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Drones: Innovación en Ciencia y Tecnología

Texto sobre los drones. Para ver texto expositivo, estructura y recursos.

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Drones, ciencia al vuelo

Guillermo Cárdenas Guzmán

Los vehículos o sistemas aéreos no tripulados (UAV o UAS, por sus siglas en
inglés) comenzaron a fabricarse y a usarse durante la Segunda Guerra Mundial para
cumplir misiones peligrosas o tener acceso a lugares de difícil incursión para aviones
pilotados. Con estas armas bélicas los ejércitos podían tener un ojo en el cielo y vigilar
a sus enemigos sin ser descubiertos. Por sus evidentes ventajas como poco peso y
maniobrabilidad, el uso de drones (en inglés la palabra alude al zumbido de un motor)
pronto se extendió a labores civiles como vigilancia del tráfico, monitoreo en zonas de
desastre, mapeo y fotografía aérea. Sin embargo, su auge masivo comenzó hace
apenas una década, tras la reducción de costos de sistemas de geolocalización como
el GPS.

Hoy existen modelos de bajo costo como el [Link] 2.0 de la compañía francesa
Parrot, que puede controlarse desde el teléfono celular con ayuda de una aplicación,
así como servicios de filmación que ofrecen espectaculares tomas aéreas con estos
dispositivos. Incluso la popular compañía Amazon anunció en 2013 su propósito de
establecer un programa de entrega de paquetes Prime Air mediante drones (en
YouTube puede verse un video titulado Amazon Prime Air que muestra cómo sería ese
servicio). Si bien todavía está pendiente la reglamentación del uso de drones con
fines comerciales en Estados Unidos, en marzo pasado la FAA otorgó a Amazon la
autorización para hacer vuelos experimentales a no más de 122 metros de altura y
únicamente durante el día.

El auge de los drones, que muchos califican como revolución, promete cambiarlo
todo: desde el comercio y los servicios, hasta el entretenimiento. También los
científicos han estado aprovechando estos vehículos para fines civiles desde los años
70, cuando la NASA envío algunos drones a sondear la atmósfera terrestre a grandes
altitudes. Hoy algunas disciplinas científicas como la geología, la climatología y la hidrología
no podrían prescindir de los vuelos rasantes de estos aparatos para efectuar reconocimientos
y estudios en la corteza terrestre, los mares o el aire.

El autopiloto de un dron es la llamada central inercial, un instrumento de


navegación que a partir de los movimientos del aparato calcula su posición,
orientación y velocidad lineal. Esta central integra un conjunto de sensores que
recogen información vital para dar al dron autonomía y estabilidad de vuelo. El
investigador Gerardo Flores, del Laboratorio Franco- Mexicano de Informática y
Control Automático (LAFMIA), localizado en el Centro de Investigación y de Estudios
Avanzados, señala que estos sensores son giroscopios, acelerómetros,
magnetómetros y altímetros. A esta configuración básica se añaden otros
componentes secundarios según el uso específico que se le dará al vehículo, como
equipo de geolocalización, cámara de imágenes ópticas o infrarrojas, sonar, sensor
láser, etcétera. Con sensores apropiados, algoritmos para detección de imágenes,
filtros de cámara y dispositivos de control, un dron puede estimar parámetros como la
dirección del viento, la altitud, la velocidad de rotación o la distancia a la que se halla
un edificio, y en caso necesario corregir su trayectoria para evitar colisiones.

Una vez que el UAV o dron ha captado la información deseada, se utilizan


algoritmos matemáticos para procesar los datos provenientes de los diferentes
sensores. Microcomputadoras a bordo o ubicadas en tierra a las que se envían las
señales, ayudan a completar la labor del dron en tiempo real, clasificar los objetos
que “ve” y controlar su trayectoria. Gracias a todo eso se logra su autonomía de vuelo
y que ya sea un avión de ala fija o ala móvil o helicóptero, pueda seguir o modificar su
ruta automáticamente en función del espacio y de las condiciones a su alrededor, tal
cual lo haría un robot en tierra. Esta capacidad lo diferencia de los aparatos
controlados a distancia, según la clasificación de la Organización Internacional de
Aviación Civil.

En México los drones ya se utilizan para monitoreo de especies silvestres, estudios


del clima, mapeo y exploración de terrenos o vestigios arqueológicos, entre otras
aplicaciones. En la UNAM, por ejemplo, un grupo de expertos desarrolla un sistema
inteligente basado en ellos para el reconocimiento y clasificación de imágenes de la
superficie terrestre en zonas de riesgo. Este proyecto realizado por académicos del
Centro de Ciencias Aplicadas y Desarrollo Tecnológico y el Instituto de Geofísica,
pretende procesar las imágenes junto con información de variables climáticas, como
vientos, temperatura, humedad, etc., para definir patrones que permitan pronosticar
eventos como incendios forestales. Los investigadores desean también, en el largo
plazo, constituir un sistema de alerta temprana.

Otro proyecto es el de la Dra. Geneviève Lucet, del Instituto de Investigaciones


Estéticas de la UNAM; ella utiliza un dron pequeño de seis aspas (hexacóptero),
denominado Huitzilin (palabra que significa “colibrí” en náhuatl), al que ha adaptado
un sistema GPS y una cámara para hacer fotografías aéreas de sitios arqueológicos.
Luego integra estas fotos con un software que le permite obtener imágenes
tridimensionales. Así ha logrado hacer planos de sitios arqueológicos mucho más
detallados y precisos que los que ya existían.

Por su parte, la Secretaría Ejecutiva de la Reserva Ecológica del Pedregal de San


Ángel, sitio a cargo de la UNAM, adquirió a finales de 2013 un hexacóptero DJIS-
800EVO de manufactura china al que bautizó como Huitzilin-2. Este aparato de siete
kilos de peso que porta una videocámara y ha sobrevolado las 237 hectáreas de la
reserva ecológica para observar sus límites, flora y fauna.

Con un dron es posible realizar percepción remota a un menor costo. Debido a su


tamaño y aerodinámica, un vehículo de este tipo puede volar a bajas altitudes y
capturar imágenes más nítidas que las satelitales.
Acceder a una zona de desastre como los reactores colapsados en Fukushima,
Japón, por el accidente nuclear en 2012, o remover escombros tras un sismo es una
labor ardua para un robot e imposible para un dron convencional. Pero no es así para
un dron geodésico a prueba de choques como el que diseñó Patrick Thevoz, ganador
de la edición 2014 del concurso internacional Drones para el Bien. El prototipo,
denominado GimBall, es un pequeño dron con sistemas de estabilización electrónica
rodeado por una jaula de fibra de carbono que le permite entrar en espacios
pequeños, rebotar contra obstáculos e incluso rodar por el suelo o las paredes. La
cubierta también protege a las víctimas para que los dos rotores del aparato no
puedan causarles daño. Cuenta con sistemas de visualización ópticos y térmicos.
Gimball está diseñado para el uso de rescatistas o inspectores industriales y en el
futuro, gracias al premio de un millón de dólares que obtuvo el diseñador y su
compañía llamada Flyability, tendrá sensores infrarrojos y mejores sistemas de
localización.

Fuente: ¿Cómo ves? Revista de Divulgación de la Ciencia de la Universidad Nacional Autónoma de


México (UNAM), Junio de 2015.

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