Yo ofrezco
desnudas, vírgenes, intactas y sencillas,
para mis delicias y el placer de mis amigos,
estas noches árabes vividas, soñadas y traducidas sobre su tierra natal y sobre el
agua
Ellas me fueron dulces durante los ocios en remotos mares, bajo un cielo ahora
lejano.
Por eso las doy.
Sencillas, sonrientes y llenas de ingenuidad, como la musulmana Schehrazada, su
madre suculenta que las dió a luz en el misterio; fermentando con emoción en los
brazos de un príncipe sublime —lúbrico y feroz—, bajo la mirada enternecida de
Alah, clemente y misericordioso.
Al venir al mundo fueron delicadamente mecidas por las manos de la lustral
Doniazada, su buena tía, que grabó sus nombres sobre hojas de oro coloreadas de
húmedas pedrerías y las cuidó bajo el terciopelo de sus pupilas hasta la
adolescencia dura, para esparcirlas después, voluptuosas y libres, sobre el mundo
oriental, eternizado por su sonrisa.
Yo os las entrego tales como son, en su frescor de carne y de rosa. Sólo existe un
método honrado y lógico de traducción: la «literalidad», una literalidad
impersonal, apenas atenuada por un leve parpadeo y una ligera sonrisa del
traductor. Ella crea, sugestiva, la más grande potencia literaria. Ella produce el
placer de la evocación. Ella es la garantía de la verdad. Ella es firme e
inmutable, en su desnudez de piedra. Ella cautiva el aroma primitivo y lo
cristaliza. Ella separa y desata... Ella fija.
La literalidad encadena el espíritu divagador y lo doma, al mismo tiempo que
detiene la infernal facilidad de la pluma. Yo me felicito de que así sea; porque
¿dónde encontrar un traductor de genio simple, anónimo, libre de la necia manía de
su renombre?...
Las dificultades del idioma original, tan duras para el traductor académico, que ve
en las obras la letra antes que el espíritu, se convierten entre los dedos del
amoroso balbuceo oriental en espirales tan bellas, que muchas veces no se atreve a
desenlazarlas por miedo a que pierdan su originalidad.
¡En cuanto a la acogida que tendrán estas joyas orientales!... El Occidente,
amanerado y empalidecido por la asfixia de sus convencionalismos verbales, tal vez
fingirá susto y asombro al oír el franco lenguaje —gorjeo simple, sonoro y juvenil—
de estas muchachas sanas y morenas, nacidas en las tiendas del desierto, que ya no
existen.
Entienden poco de malicia las huríes.
Y los pueblos primitivos, dice el sabio, llaman las cosas por su nombre y no
encuentran nunca condenable lo que es natural, ni licenciosa la expresión de lo
natural. (Entiendo por pueblos primitivos todos aquellos que aún no tienen una
mancha en la carne o en el espíritu, y que vinieron al mundo bajo la sonrisa de la
Belleza).
Además, la literatura árabe ignora totalmente ese producto odioso de la vejez
espiritual: la intención pornográfica. Los árabes ven todas las cosas bajo el
aspecto hilarante. Su sentido erótico sólo conduce a la alegría. Y ríen de todo
corazón, como niños, allí donde un puritano gemiría de escándalo.
Todo artista que ha vagabundeado por Oriente y cultivado con amor los bancos
calados de los adorables cafés populares en las verdaderas ciudades musulmanas y
árabes; el viejo El Cairo con sus calles llenas de sombra, siempre frescas; los
zocos de Damasco, Sana del Yemen, Mascata o Bagdad; todo aquel que ha dormido en la
estera inmaculada del beduino de Palmira, que ha partido el pan y saboreado la sal
fraternalmente en la soledad gloriosa del desierto, con Ibn Rachid, el suntuoso,
tipo neto del árabe auténtico, o que ha gustado la exquisitez de una charla de
simplicidad antigua con el puro descendiente del Profeta, el cherif Hussein ben Ali
ben Aoun, emir de la Meca santa, ha podido notar la expresión de las pintorescas
fisonomías reunidas. Un sentimiento único domina a toda la asistencia: una
hilaridad loca. Ella flamea con vitales estallidos ante las palabras gruesas y
libres del heroico cuentista público que en el centro del café o de la plaza
gesticula, mima, se pasea o brinca para dar mayor expresión a su relato en medio de
los espectadores risueños... Y se apodera de vosotros la general embriaguez
suscitada por las palabras y los sonidos imitativos, el humo del tabaco que hace
soñar, la esencia afrodisíaca que parece flotante en el espacio, el olor discreto
del hachís, último regalo de Alah a los hombres... Y os sentís navegantes aéreos en
la frescura de la noche.
Allí nadie aplaude. Ese gesto bárbaro, inarmónico y feroz, vestigio indiscutible de
razas ancestrales y antropófagas que danzaban en torno del poste de colores de la
víctima y del cual ha hecho Europa un signo de la horrible alegría burguesa
amontonada bajo el gas o la electricidad de las salas públicas, es completamente
desconocido.
El árabe, ante una música compuesta de notas de cañas y flautas, ante un lamento de
kanoun, un canto de muezzin o de almea, un cuento subido de color, un poema de
aliteraciones en cascadas, un perfume sutil de jazmín, una danza de flor movida por
la brisa, un -vuelo de pájaro o la desnudez de ámbar y perla de una abultada
cortesana de formas ondulosas y ojos de estrella, responde en sordina o a toda voz
con un ¡ah! ¡ah!... largo, sabiamente modulado, extático, arquitectónico.
Y esto se debe a que el árabe no es más que un instintivo; pero afinado, exquisito.
Ama la línea pura y la adivina con su imaginación cuando es irreal.
Pero es parco en palabras y sueña... sueña.
Y ahora, amigos míos...
Yo os prometo, sin miedo de mentir, que el telón va a levantarse sobre la más
asombrosa, la más complicada y la más espléndida visión que haya alumbrado jamás
sobre la nieve del papel el frágil útil del cuentista.
Doctor J. C. MARDRUS.
¡Aquello que quiera Alah!
¡En el nombre de Alah
el clemente,
el misericordioso!
¡La alabanza a Alah, amo del Universo! ¡Y la plegaria y la paz para el príncipe de
los enviados, nuestro señor y soberano Mohamed! Y, para todos los tuyos, la
plegaria y la paz siempre unidas esencialmente hasta el día de la recompensa.
¡Y después...! que las leyendas de los antiguos sean una lección para los modernos,
a fin de que el hombre aprenda en los sucesos que ocurren a otros que no son él.
Entonces respetará y comparará con atención las palabras de los pueblos pasados y
lo que a él le ocurra y se reprimirá.
Por esto ¡gloria a quien guarda los relatos de los primeros como lección dedicada a
los últimos!
De estas lecciones han sido entresacados los cuentos que se llaman «Mil y una
noches», y todo lo que hay en ellos de cosas extraordinarias y de máximas.