Ancón y los inicios del rock en Medellín
Festival Ancón 1971. Horacio Gil Ochoa. © Biblioteca Pública Piloto de Medellín
Hablar de rock hoy suena fácil. Tenemos más o menos claro lo que es y lo que no lo es.
Pero en los años sesenta y setenta, en el país del sagrado corazón, el aguapanela y la
penca de sábila detrás de la puerta no estaba muy claro. Un sonido que por ese entonces
rompía con la tradición del tango y los porros que predominaban en las emisoras
antioqueñas. Una sonoridad más cercana a la juventud y a lo que pasaba en el mundo.
Venían desde afuera en la maleta de los viajeros discos con The Beatles, The Rolling Stone,
Pink Floyd y aterrizaba en los pocos lugares nocturnos que había en la ciudad y
posteriormente, se pasaron de mano en mano en casetes. Así, poco a poco se fue
metiendo este sonido que traía consigo, además, un estilo de vida marcado por el peace
and love, la negación a la violencia, la irreverencia, la rebeldía, una estética más relajada
de cabellos largos y camisetas de colores y el consumo de estupefacientes.
Estos fueron los tiempos de lo que llamaron ye-ye o a go- go. Una música liviana y
psicodélica para poner a bailar a las clases altas que querían igualarse a la moda europea y
gringa.
Los jóvenes del momento (burgueses en su mayoría), no se quedaron atrás de está onda
psicotrópica y nacieron los primeros grupos que intentaron imitar estos sonidos. Hago
hincapié en el verbo imitar. Así nacieron en Medellín los Yetis, Los Falcons, Los teenagers;
al igual que en Bogotá bandas como The Flippers, The Ampex, The Speakers. Rock a la
colombiana.
Los yetis. Sin año. Foto tomada de Radionica
Con esta nueva onda viene también la represión. En Medellín de los años 60 entraron 3
“males” (cómo lo catalogó la iglesia en repetidas ocasiones) que era necesario erradicar: la
política de izquierda, el nadaísmo y el rock.
Comenzó una ola de persecuciones a cualquiera que se inclinara por alguna de las 3
vertientes mencionadas. A la policía se le autorizó de detener y motilar a la fuerza a los
“melenudos” acusados de atentar contra el orden social y las venerables virtudes de la
raza, cómo lo menciona el nadaista Gonzalo Arango en 1967.
En el mundo entero ya el rock era un hecho. En el año 69 en New york se realizó el festival
de rock más grande de todos los tiempos, Festival de música y arte de Woodstock, que
reunió a 500 mil hippies en una granja que pregonaban la paz y el amor como estilo de
vida.
Pese a las negativas de la sociedad tradicional, la policía y la iglesia, el rock ya estaba
ganando terreno en estas tierras. Pero le hacía falta redención. Así es como a Gonzalo
Caro -Carolo- un hippie de 22 años, en medio de un viaje de LSD (La dietilamida de ácido
lisérgico, es una sustancia psicodélica semisintética) se le ocurrió regalarles a esos jóvenes
de pelo largo y camisetas de colores el mejor regalo de su vida. El primer festival de rock
nacional, el Woodstock criollo.
Gonzalo Caro ‘Carolo’. Organizador de Ancón. Foto en “la caverna”. Foto tomada del fanpage Memoria
visual de Medellín
Antes de ancón, la Milo a Go Go
“Medellín. Hoy domingo a las 10:30 a.m. Coliseo Cubierto. Entrada gratis, con una etiqueta de MILO en la
mano. Animador, Alfonso Lizarazo. Publicidad del concierto Milo a Go Go en Medellín. Traído de El
Colombiano
La Milo a Go Go fue una gira de conciertos organizada por la empresa de chocolate de
leche en polvo que se celebró entré 1966 y 1967 por las principales ciudades del país. Esta
gira fue el primer concierto de rock en muchas de las ciudades por donde pasó. Incluyó
Los Speakers, Los Ampex y cantantes como Óscar Golden y Harold.
En Medellín el evento se dio el 22 de octubre de 1966 en el coliseo cubierto. Asistieron
alrededor de 20 mil espectadores de todas las edades que entre gritos pedían con ansias
escuchar los primeros acordes de esas guitarras eléctricas.
Luis Fernando Garcés, yeti honorario y testigo de primera fila de los acontecimientos de
esa noche. “Sí, uno se puede referir al Festival de Ancón con respeto y orgullo… Pues con
el Milo a go go pasa exactamente igual, hasta el punto de decir que la historia de la ciudad
se puede contar antes de ese festival y después de éste, por ser quizá el primer concierto
de rock con figuras locales y nacionales que se realizó en Medellín”.
Con esta única excepción, no había en Colombia un lugar, un evento que reuniera a la
nueva juventud y a la nueva musicalidad importada. Tuvo que pasar un lustro, quien sabe
cuantos muchachos motilados a la fuerza, el auge y la separación de The Beatles, la guerra
de Vietnam, la llegada del hombre a la luna, la represión de movimientos estudiantiles en
toda Latinoamérica y un desafortunado etcétera, para que Colombia se uniera de manera
definitiva (y a lo grande) al movimiento rocanrolero.
El Woodstock criollo
El festival de Ancón no fue otra cosa que el grito de independencia de una generación.
Una fiesta de tres días que rompió estigmas y paradigmas y marcó un hito en la historia
del rock y la contracultura del país.
Archivo Carolo. Tomado de El Armadillo
Este evento fue armado con las uñas. La idea empezó a tomar forma en La Caverna de
Carolo, un almacén de chucherías hippies que este tenía en el pasaje de Junín, en el centro
de Medellín.
El mismo, a pie, fue por las escuelas y barrios de Medellín y Bogotá preguntando donde le
indicaban, quien tocaba guitarra o quien tenía una banda de rock para ir armando el cartel
del festival. A punta de favores y con el poder del convencimiento que solo un loco cómo
él puede tener, logró conseguir los permisos de la alcaldía de Medellín, donaciones de
empresarios de la ciudad, entre esos Leonardo Nieto (fundador de Versalles).
Cartel con los nombres de las bandas que tocaron en Ancón. Foto cortesía de Tania Moreno Ceballos, del
grupo «Documental Al Compás del Rock»
Logró que las disqueras contribuyeran con el sonido y con los obreros del pasaje La bastilla
montó un escenario en el parque Ancón del municipio de La Estrella, lugar que escogió
porqué ahí conseguía los mejores hongos alucinógenos.
No necesitó más. Hizo la publicidad y el 18 de junio de 1971 se paró en el puente que
dividía al río Medellín con el parqu e y empezó a recibir 13,20 pesos por persona. Así
arrancó el primer festival de rock en Medellín.
Festival Ancón, 1971. Foto de Horacio Gil Ochoa. Biblioteca pública piloto
Felipe Hincapié, periodista que ha investigado arduamente este evento, dice asistieron
alrededor de 300.000 personas entre hippies y curiosos que movidos por la mala prensa
que se le hizo al evento por parte la iglesia, y los medios de comunicación locales que
durante los tres días no dejaron de dar su opinión sobre el evento.
La ofensa fue tal que, al alcalde del momento, Álvaro Villegas Moreno, después del festival
lo destituyeron de su cargo por permitir que se desarrollara aquel aquelarre permisivo e
inmoral que atentaba contra las buenas costumbres, según la iglesia calificó este evento,
en cabeza del entonces arzobispo Tulio Botero Salazar.
Fernando Gómez, en la Hora Católica, no dejó pasar la oportunidad, y en su editorial del
veinte de junio de 1971 se soltó diciendo:
“Los festivales hippies constituyen el más desgarbado certamen de indignidad, de
degeneración, de cinismo, de vulgaridad, de corrupción. De escándalo y de vergüenza
para una sociedad. Ese mundo de los vagos, de los perezosos, de los drogados, del
desaseo físico y moral no tiene por qué recibir el apoyo de la autoridad ni de los órganos
de publicidad ni de una sociedad que se precie de culta y cristiana. El alcalde autorizó a
los millares de hippies a que nos invadieran como una arrolladora avenida de fango
putrefacto para que abofetearan con sus manos sucias el rostro de la ciudad, para que
invitaran a los niños a ser maleducados, ruines, perversos y para que incitaran a la
juventud a embrutecerse en el mundo del amor libre y de los estupefacientes
destructores y enervante”.
Esos tres días marcaron una ruptura en los estándares de la juventud. Partió en dos la
historia del rock paisa. Fue un grito en la cara a la enseñanza conservadora de curas y
monjas. Les mostró a los jóvenes otra forma de vivir, de soñar, de ver la vida. No se puede
negar que fue un hito en la historia de la ciudad, no solo musicalmente hablando,
socialmente también.
Rock paisa post Ancón
Ancón fue solo la puerta que se abrió. Para que el rock en la ciudad se convirtiera en una
insignia tuvieron que pasar diez años más, ya no era este sonido suave y psicodelico, con
letras graciosas y amorosas de los primeros años. En los 80 adquiere un tono
contestatario, anarquista y anti sistémico. Una denuncia a la violencia que se vivía en el
país a causa de la guerra contra los carteles de la droga y los grupos armados ilegales.
Empezaron a llegar a la ciudad, con una sensación de clandestinidad, casetes y discos de
Sex Pistols, Dead Kenendys, The Clash y Ramones. Sonidos con un carácter más fuerte,
letras más contundentes, que iban más en resonancia con el sentimiento colectivo de
indignación de los jóvenes de esos días.
Así es como aparecen en la escena rockera antioqueña grupos como Kraken, tocando
heavy metal; y Parabellum, tocando hardcore. Se armaron bandos para cada uno de ellos
y arranca un periodo de enfrentamiento entre punkeros y metaleros, que en el fondo no
era más que una lucha de clases.