NOMBRE: Laura Sofia Martinez Diaz
GRADO: 9-E
Villa de Leyva un viaje por el pasado
Hoy quiero contar mi experiencia en los museos paleontológicos de Villa de Leyva. La
verdad fue un viaje muy bonito, lleno de cosas que no sabía y que me ayudaron a
entender mejor cómo era el pasado. Ver todos esos fósiles y restos antiguos me hizo
pensar en lo mucho que ha cambiado la Tierra con el tiempo.
El primer lugar al que fuimos fue el Centro de Investigaciones Paleontológicas. Al entrar,
unos guías nos dieron las indicaciones y nos contaron un poco sobre el lugar. En un mural
había fotos de varios paleontólogos y en ese mismo se mostraba el descubrimiento del
fósil de un ictiosaurio llamado Muiscasaurus catheti. Ese fósil fue encontrado en el año
2010 en Villa de Leyva, Boyacá. Era un reptil marino que vivió hace más o menos 125
millones de años, durante el Cretácico inferior. Me pareció increíble imaginar que un
animal tan antiguo estuvo en el mismo lugar donde yo estaba parada.
Uno de los más impresionantes fueron los ictiosaurios, que
significa “lagarto pez”. Se parecían a los delfines y tenían el
cuerpo diseñado para nadar rápido. No eran dinosaurios,
pero vivieron en la misma época, y algunos podían medir
más de 20 metros.
Después vi fósiles de amonitas,
unos moluscos con conchas en forma de espiral. Me
parecieron muy bonitos, y el guía explicó que se usaban para
saber la edad de las rocas. Su nombre viene del dios egipcio
Amón, porque sus conchas se parecen a los cuernos de
carnero.
También observamos dientes de tiburones fósiles. Me dio curiosidad saber por qué solo
se conservaban los dientes, y el guía dijo que era porque su cuerpo está hecho de
cartílago, y eso no se fosiliza.
Otro fósil que me llamó la atención fue el de una tortuga marina
llamada Plesiochelys padillai, descubierta en 2008. Era enorme y muy
bien conservada. Me pareció bonito que su nombre sea un homenaje
al paleontólogo Carlos Padilla, quien ayudó a fundar el museo.
En otra parte del museo vimos el fósil de un mosasaurio, un reptil
marino gigante que podía medir hasta 18 metros y
pesar varias toneladas. Era uno de los
depredadores más grandes del mar, y se
alimentaba de peces y otros reptiles. Había una
figura que mostraba su tamaño comparado con
una persona, y sinceramente, ¡daba miedo
imaginarlo vivo!
También vimos el fósil de un diente de sable, un mamífero carnívoro prehistórico
conocido por sus colmillos largos y curvados. Me pareció uno de los más impresionantes
porque esos colmillos eran enormes y afilados. El guía explicó que los usaban para cazar y
defenderse, y que vivieron después de los dinosaurios. Ver sus dientes me hizo pensar en
lo salvaje que debió ser la vida en esa época.
Después pasamos por fósiles de plantas, y aprendí que se forman cuando quedan
cubiertas por sedimentos que las protegen y poco a poco se vuelven piedra. Gracias a eso
los científicos pueden saber cómo eran los ecosistemas antiguos.
Y luego, observamos el cráneo de un
dinosaurio carnívoro llamado
Carcharodontosaurus, que significa
“lagarto con dientes de tiburón”. Era un depredador enorme, con mandíbulas fuertes y
dientes afilados. Me impresionó mucho imaginar cómo cazaba en su época.
Y para cerrar el recorrido con broche de oro, vimos
uno de los fósiles más grandes y sorprendentes del
museo: el Kronosaurus boyacensis. Era un reptil
marino gigante, y ver su esqueleto completo fue
impresionante. El guía dijo que vivió hace millones
de años y que era uno de los depredadores más
peligrosos del mar. Su cabeza era enorme, llena de dientes afilados. Fue el último que
vimos en el recorrido y, la verdad, me dejó sin palabras.
Al final del recorrido, me di cuenta de que cada fósil guarda una historia del pasado. Me
gustó mucho aprender sobre cómo eran los animales prehistóricos y cómo los científicos
logran descubrir tanto a partir de los restos. Fue una experiencia que me dejó con muchas
ganas de seguir aprendiendo sobre la vida antigua de nuestro planeta.
El segundo museo al que fui fue el Museo Comunitario El Fósil, en la vereda Moniquirá, a
unos minutos de Villa de Leyva. Me gustó mucho porque, aunque ya había visto algunos
fósiles antes, aquí había cosas nuevas y además todo estaba en el lugar donde se
encontraron. La comunidad del pueblo lo cuida con mucho cariño, y eso se nota en cada
rincón.
Vi de nuevo amonitas, pero esta vez ¡podía tocarlas! Había un
mural hecho solo de ellas, que me pareció muy lindo. Su textura
era lisa y un poco rugosa, y creo que se ha vuelto uno de mis fósiles
favoritos. Cuando estaban vivas, su apariencia se parecía a la de un
calamar, lo que me hizo verlas de una forma tierna y divertida.
También vimos otra vez al Kronosaurus boyacensis, y sigue
pareciéndome increíble. Algunos reptiles marinos eran enormes, y de solo pensarlo me
pregunto cómo pudieron evolucionar tanto para ser tan grandes.
Durante el recorrido también vimos al Padillasaurus leivaensis, un saurópodo que vivió
durante el Cretácico temprano. Me pareció increíble
porque es el primer saurópodo de su tipo
encontrado en el norte de Sudamérica. Era enorme,
con cuello largo y patas fuertes, y no pude evitar
imaginarlo caminando lentamente por lo que hoy es
Villa de Leyva, buscando hojas para comer. Ver su
fósil en el museo me hizo pensar en lo importante
que es esta región para la paleontología, con tantos hallazgos únicos y museos que
conservan estos tesoros antiguos.
Otro fósil que me llamó mucho la atención fue el plesiosaurio,
un enorme reptil marino que vivió hace millones de años.
Tenía un cuello larguísimo, un cuerpo aplanado y grandes
aletas para nadar rápido en los antiguos océanos. Me
impresionó pensar en cómo se movía en el agua y cómo
cazaba a sus presas. Aunque vivió junto a los dinosaurios, no
era un dinosaurio, sino un reptil marino, ¡y eso lo hace aún
más curioso! Aunque este si me dio mucho miedo
También vimos al Supersaurus, un saurópodo gigantesco
que vivió hace millones de años. Lo que más me
impresionó de este dinosaurio era su tamaño: ¡su cuello
y su cola eran enormes! Me costaba imaginar cómo
podía moverse por el terreno de hace tanto tiempo. Ver
su esqueleto me hizo pensar en lo increíble que era la
diversidad de los animales prehistóricos y en cómo
algunos de ellos crecieron hasta tamaños gigantescos
para sobrevivir en su época. ¡era muy enorme!
El siguiente museo que visitamos fue el Bioverso, el
museo de biodiversidad en Villa de Leyva. Me encantó
porque era diferente, más interactivo y lleno de sorpresas
de la naturaleza. Nada más entrar, vi uno de mis favoritos:
una rana disecada que me llamó muchísimo la atención
¡amo las ranas! Estaba tan bien conservada que parecía
estar viva
había una serpiente disecada, sin piel brillante ni movimiento, pero con su mirada fija…
me hizo sentir observada. Luego vimos insectos y otros animales en frascos, bien
ordenados, como si estuvieran esperando a que los estudiara con lupa. En otra zona
encontramos un murciélago disecado en una de las vitrinas y más insectos, muchos que
nunca había visto en la vida real.
También había un espacio con cámaras y agujeros para mirar
plantas y animales en mini-hábitats; me pareció muy curioso
porque sentía que estaba espiando la naturaleza.
Y otro sitio tenía círculos
interactivos llenos de
información: En el museo también aprendí sobre las
libélulas, unos insectos con cuerpo largo y delgado y dos
pares de alas transparentes llenas de venitas. Tienen unos
ojos enormes que les permiten ver casi todo a su alrededor
sin mover la cabeza, y tres pares de patas que usan
principalmente para sujetarse. Dependiendo de la especie,
algunas libélulas son más robustas, otras tienen colores brillantes como azul, verde, rojo o
amarillo, y algunas tienen marcas especiales en las alas.
Lo más curioso es su forma de reproducirse. El
macho sujeta a la hembra por la cabeza con su
abdomen mientras ella curva su cuerpo para formar
una especie de “rueda copulatoria”. Luego, la
hembra deposita los huevos en el agua o cerca de
ella, ¡y pueden ser miles! De cada huevo nace una
larva que vive en el agua hasta convertirse en una
libélula adulta. Me pareció fascinante cómo un
insecto tan pequeño puede tener un ciclo de vida
tan organizado y complejo.
También visité la Casa Museo Antonio Nariño,
en el centro de Villa de Leyva. Es una casa
colonial muy antigua, donde vivió Antonio
Nariño, uno de los próceres de la Independencia
de Colombia. Adentro se conservan muebles,
documentos y objetos de la época que te hacen
imaginar cómo era la vida hace más de dos siglos. Me llamó
mucho la atención un espejo súper antiguo que había en una de
las salas… ¡me dio un poquito de miedo porque parecía salido de
otra época! Además, los patios y las salas muestran la
arquitectura colonial tan característica de Villa de Leyva, y es
impresionante pensar que alguien que hizo tanta historia vivió
allí. Pude aprender sobre la famosa traducción de los Derechos
del Hombre y del Ciudadano que hizo Nariño y su papel en la
independencia, y ver todo tan bien conservado me hizo sentir
que estaba caminando por la historia. Fue un espacio que combinó curiosidad, un poquito
de misterio y aprendizaje al mismo tiempo, y me dejó una sensación de respeto y
admiración por todo lo que Nariño representó
Reflexión final del viaje
Este viaje a Villa de Leyva fue mucho más que ver fósiles o casas antiguas; fue una
oportunidad para aprender de formas diferentes y sentir la historia y la naturaleza cerca
de mí. En los museos paleontológicos entendí cómo vivieron animales enormes y extraños
hace millones de años, y cómo todo está conectado con lo que hoy conocemos. En
Bioverso pude ver la biodiversidad más de cerca, tocar insectos, mirar ranas y hasta
imaginar la vida de un cuervo o un murciélago en la naturaleza, y aprender curiosidades
fascinantes, como la forma en que se reproducen las libélulas. Finalmente, la Casa Museo
Antonio Nariño me permitió viajar en el tiempo y entender un poco más sobre la historia
de Colombia, mientras sentía la presencia de los objetos y muebles antiguos, incluso con
ese espejo que me dio un poquito de miedo.
En general, este viaje me enseñó a valorar tanto la naturaleza como la historia, a fijarme
en los detalles y a sentir que aprender puede ser algo divertido, sorprendente y lleno de
curiosidad. Cada lugar tenía su encanto y, aunque eran muy diferentes entre sí, todos me
hicieron reflexionar sobre el pasado y cómo influye en nuestro presente.