En septiembre de 2025, durante un partido jugado en Cusco, el futbolista
ecuatoriano Eryc Castillo, integrante del club Alianza Lima, fue víctima de
insultos racistas por parte de algunos hinchas locales. El hecho generó una
ola de indignación en redes sociales y medios de comunicación, lo que llevó
al Ministerio de Cultura a exigir sanciones a la Federación Peruana de
Fútbol (FPF). Este caso volvió a poner en evidencia que, a pesar de los
discursos sobre igualdad y respeto, el racismo sigue muy presente en los
espacios deportivos del Perú.
Este hecho es relevante porque muestra cómo el deporte, que debería ser
un espacio de unión, también puede convertirse en un reflejo de los
prejuicios que existen en la sociedad. Los ataques a Castillo no son un
hecho aislado, sino parte de una realidad donde los estereotipos raciales
siguen afectando la convivencia. Lo que ocurrió no solo lastima a una
persona, sino que también reproduce una idea de inferioridad hacia quienes
tienen rasgos afrodescendientes o indígenas.
A partir de este caso, se puede afirmar que el racismo en el deporte
peruano no se limita a los actos visibles de discriminación, sino que se
sostiene a través del lenguaje y las actitudes cotidianas que muchas
veces se normalizan. Sin embargo, también creo que el deporte tiene el
poder de transformar y educar. Si se asume con responsabilidad, puede
convertirse en un espacio antirracista donde se promueva la igualdad y el
respeto. Basándose en los aportes de Marco Lovón (2021) y Sharún
Gonzales (2021), este ensayo analiza cómo el racismo, el raciolingüismo y
el antirracismo se relacionan con lo ocurrido a Castillo y con la realidad
social del país.
El racismo puede definirse como la práctica que coloca a unas personas por
encima de otras según su color de piel, su origen o su cultura. No se trata
solo de insultos o gestos ofensivos, sino de una forma de organización social
que mantiene desigualdades históricas. Como explica Lovón (2021), el
racismo muchas veces se disfraza de costumbre, broma o simple
comentario, pero sigue dañando porque refuerza jerarquías invisibles.
En el fútbol, el racismo se hace evidente cada vez que un jugador es
insultado por su apariencia o su origen. El caso de Castillo lo demuestra
claramente: los gritos racistas que recibió no fueron solo un acto de
violencia verbal, sino una muestra de cómo el racismo sigue normalizado en
la sociedad. Es doloroso pensar que, en pleno siglo XXI, todavía haya
personas que intenten deshumanizar a un jugador solo por el color de su
piel. Este tipo de actitudes no solo afecta emocionalmente a la víctima, sino
que también envía un mensaje peligroso al público y a las nuevas
generaciones. Por ello, el racismo en el deporte debe entenderse como un
reflejo de las desigualdades sociales y no como un problema aislado.
El raciolingüismo, según Lovón (2021), estudia cómo el lenguaje puede
reflejar y mantener ideas racistas. A veces no nos damos cuenta de que las
palabras tienen poder: pueden herir, excluir o reproducir desigualdades. Los
insultos, los apodos o incluso las “bromas” sobre la apariencia o el modo de
hablar son ejemplos de cómo la discriminación se cuela en el lenguaje
cotidiano.
En el caso de Castillo, los insultos racistas fueron una forma de violencia
lingüística. Esas palabras no solo ofendieron a un jugador, sino que
también reactivaron estereotipos coloniales que aún persisten. Decir o gritar
algo racista en un estadio parece insignificante para algunos, pero en
realidad refuerza la idea de que hay personas “superiores” e “inferiores”.
Como señala Lovón, este tipo de lenguaje crea y mantiene fronteras
sociales. Creo que reconocer el racismo en el lenguaje es uno de los pasos
más importantes para combatirlo, porque no se puede cambiar lo que no se
nombra.
El antirracismo va más allá de “no ser racista”; implica tomar posición y
actuar frente a la discriminación. La autora Sharún Gonzales (2021)
sostiene que el deporte puede ser un espacio político donde las personas
hagan visible lo que normalmente se calla. Los gestos de protesta, las
denuncias públicas o los pronunciamientos de los deportistas son formas de
resistencia que ayudan a romper el silencio.
En el caso de Castillo, la respuesta de las autoridades y la indignación social
son ejemplos de acciones antirracistas. El pronunciamiento del Ministerio
de Cultura y el apoyo de otros futbolistas mostraron que el racismo ya no
puede seguir tratándose como “algo normal”. En consecuencia, el cambio
real comienza cuando dejamos de justificar estas conductas y exigimos
responsabilidad a las instituciones. Ser antirracista no es solo indignarse,
sino también educar, sancionar y crear espacios donde todas las personas
puedan sentirse respetadas.
Como dice Gonzales, el deporte no es ajeno a la política ni a la cultura. Los
estadios pueden ser escenarios de violencia, pero también de
transformación. Cuando un jugador denuncia la discriminación o cuando una
institución toma medidas, se abre la posibilidad de que otros sigan ese
ejemplo. En ese sentido, el caso de Castillo no solo muestra el problema,
sino también el comienzo de un cambio necesario.
El racismo en el deporte peruano sigue siendo una realidad dolorosa que
afecta no solo a quienes lo sufren directamente, sino a toda la sociedad. Los
insultos contra Eryc Castillo son un reflejo de un problema más profundo:
la persistencia de prejuicios y estereotipos que se han transmitido durante
generaciones. Sin embargo, este caso también demuestra que hay una
conciencia social que empieza a despertar.
Los aportes de Lovón y Gonzales ayudan a entender que el racismo se
manifiesta tanto en las palabras como en las actitudes, y que enfrentarlo
exige acciones concretas. El lenguaje puede ser una herramienta de
violencia, pero también de cambio. Cuando se usa para denunciar, educar y
construir respeto, se convierte en un medio de transformación.
En conclusión, el caso de Eryc Castillo debe servirnos para reflexionar como
sociedad. No basta con indignarse ante el racismo cuando aparece en los
titulares; es necesario reconocerlo en lo cotidiano, en las bromas, en los
comentarios, en lo que toleramos. Solo así podremos avanzar hacia un
verdadero deporte sin discriminación, donde la diversidad sea motivo de
orgullo y no de exclusión.
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