Ama
Kayla Leiz
Título original: Ama
Copyright © 2018 Kayla Leiz
© EAA
© Imagen de la cubierta: Encarni Arcoya Álvarez – Shutterstock
© Imagen de la portada interior: Encarni Arcoya Álvarez – Freepik
Primera edición: marzo de 2018
ISBN: 978-84-948353-0-8
Depósito Legal:
Composición: Encarni Arcoya Álvarez
Corrección: EAA
Printed in Spain – Impreso en España
Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares y sucesos que aparecen son producto de la imaginación del autor o
bien se usan en el marco de la ficción.
Cualquier parecido con personas reales (vivas o muertas), empresas, acontecimientos o lugares es coincidencia.
No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en
cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el
permiso previo y por escrito del autor-editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la
propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal).
Para Ricardo,
esta novela te pertenece.
Para ti, lectora o lector,
porque te lo mereces.
Indice
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Agradecimientos
Sobre La Autora
Otros Títulos
Prólogo
¿Qué es Ama?
Ama es un reto. Es una idea pequeñita que va cobrando sentido, y peso,
con cada palabra escrita en ella. Ama es un proyecto profesional, ambiguo y
delicioso para los sentidos. Ama es la emoción humana que requiere mayor
compromiso, la que te hace caminar desnuda por la vida; sin vestido y sin
escudo.
Ama también es un arma, la que el diestro porta en la derecha. Ama es un
idioma para interpretar un mundo desconocido y erótico, a partes iguales. Es
un código que solo unos pocos se animan a practicar pero que todos ansiamos.
Ama es tanto… que lo confundimos con poco.
Ama es vendarte los ojos y atar tu cuerpo para relevar la dependencia a
un estado físico. Ama es el equilibrio entre la entrega y el control. Ama puede
ser tan grande que traspase el mundo cibernético, el literario, el imaginario y
el psicofísico… hasta arrasarte el alma. Ama es cruzar los límites, armado y
sin escudo, ya te lo he dicho. Ama es ser valiente y apostar por ti mism@
porque eres tu bien más preciado. Ama es amarte, sin que nadie te desate.
No soy capaz de recordar cuándo comenzó esta locura para mí, pero un
día, no muy lejano, la escritora de Ama y yo nos propusimos terminar nuestras
respectivas historias. Fijamos un plazo y un castigo para la que no lo hiciera.
Le debo a Kayla Leiz sendas cervezas granainas. Eso sí, mi historia avanzó
durante este plazo más que en los últimos dos años, mi meta está a la vista. He
aprendido a racionalizar mis ansias y a valorar a las grandes amistades que me
otorga este mundo de letras. No me ha faltado una palabra de ánimo, no me ha
faltado un tú puedes. Me gustaría pensar que a ti tampoco, Kayla. ¡Gracias,
preciosa! Y gracias, además, por contar conmigo para presentar tus letras. Es
un gran honor.
Ya sabéis qué es Amar. Ya sabéis por qué estoy yo aquí; soy un poco
responsable de que Fire vea la luz dentro de plazo. Habéis podido entender
que me une un enorme lazo de amistad con su autora. Ahora, amig@s, es el
momento de adentraros en esta historia. No olvidéis, por favor, que cada letra
imprenta fue presionada por los dedos de Kayla frente a la pantalla de su
ordenador. Que, probablemente, tú dormías o paseabas por la Alhambra
mientras ella dibujaba sobre su teclado. Recuerda que mientras cocinaba, o
hacía la cama, su mente perfilaba el sentido, el desarrollo y la ejecución de
cada capítulo. Gracias a eso tu cuerpo va a vibrar con cada escena, tus ojos se
aguarán con las emociones que se desarrollan capítulo a capítulo y cuando
llegues al final, te quedará un enorme vacío de amor e intensidad. Llegado ese
momento… Ama, de la forma que quieras. Con tus propias normas. Con tus
propios límites.
Mis mayores deseos de éxito, Kayla. Confío en que este mundo te
devuelva la misma pasión que tú nos regalas párrafo a párrafo. Que la
satisfacción y el éxito te acompañen cada noche. Y que yo lo vea.
Os dejo con Ama. Os dejo bajo el embrujo de Kayla Leiz.
Con todo mi cariño. Hadha Clain.
No puedo estar a punto de perderla…
No estoy preparado…
No puedo…
La quiero tanto…
Por favor, no te la lleves…
Capítulo 1
Ven, roza tus yemas contra mi piel y erotiza cada célula de mi cuerpo
hasta que todas clamen a una única Ama y Señora de su placer.
os gemidos de los altavoces del ordenador parecían envolverla en la
L habitación donde estaba. Orgullosa de esos sonidos, su sonrisa se
encontraba oculta para la otra persona, que solo veía su cuerpo a través
de la cámara encendida. En ese momento, mostraba un corsé negro de
piel y unas manos enguantadas, tal y como le gustaba a ese hombre que tenía
como mascota obedeciendo la orden que le había dado minutos antes.
—¿Quién te ha dicho que pares? —le preguntó ella cuando vio que dejaba
de acariciarse su pene, los testículos atados con una cuerda, en un color
rosado. Estaba segura que, si ahora le ordenaba que se tocara en esa zona,
sería más un tormento que un placer.
—Lo siento, Señora, por favor, déjeme ya... —suplicó él.
A través de la pantalla del ordenador contemplaba la figura de un varón
completamente desnudo en su habitación, o en cualquier lugar, eso a ella no le
importaba. Tenía algunos kilos de más, pero una buena herramienta si lo
comparaba con algunos otros con los que había jugado en ese tiempo.
Llevaba tiempo en ese club privado online y se había hecho un nombre en
el lugar: Lady Blue. Ése era el apodo por el cual la reconocían y veneraban
cada vez que entraba o, sin hacerlo, le llegaban mensajes de gente que
preguntaba o pedía hablar y muchas más cosas. Ella era una Ama, una
dominante que no permitía libertades de nadie. Ni se daba a nadie. Cada vez
que alguno trataba de llevar las cosas más allá del juego, la diversión que
sentía al dominarlo, aunque fuera a través de internet, se acababa y cortaba
toda relación. Para todos era una Señora... Para nadie sería una Ama. No
quería relaciones serias, le iba bien como estaba.
Se echó hacia delante dejando caer su cabello largo y negro liso sobre
sus pechos, ocultándolos de la vista.
—¿Te he pedido que me hables, esclavo? —inquirió con el tono de voz
más afilado que pudo.
—No —respondió con rapidez él—. Por favor, perdóneme, Señora. Por
favor... —Sus palabras parecían que casi iban a hacerle llorar. Su propio
rostro enrojeció un poco, y empezó a notar que se aguaban sus ojos.
—Eso está mucho mejor —lo aduló acercando la mano a la cámara para,
ficticiamente, acariciarle la mejilla.
Los ojos del hombre se ensancharon al ver a través de su cámara lo que
ella hacía, el gesto con el cual lo premiaba que, si bien no era real, le hizo
tener la sensación de que lo tocaba de verdad. Éste jadeó y gimió al mismo
tiempo mientras sus testículos y pene se contraían, igual que su vientre,
echando la cabeza hacia atrás y, aun sin tocarse, una descarga de semen salió
de él mientras gritaba.
—¡Quítate la cuerda! —le ordenó ella con autoridad.
Cumplió las órdenes con rapidez haciendo que esa sencilla demostración
se convirtiera, en segundos, en todo un estallido de simiente que manchó lo
que tenía delante.
Podía notar los espasmos que tenía su pene, cómo éste se hinchaba antes
de que su leche saliera abriendo su conducto para vaciarse por completo.
Contempló la mano de él cogiéndose su herramienta, gritando por el dolor que
debía tener en ese momento en que no podía controlarse y, a pesar de sus
intentos, apretándose, volviendo a explotar.
Ella se mordió los labios y trató de no pensar en el latido de su cuerpo,
no el de su corazón, sino uno más abajo, entre sus piernas, consciente también
de la humedad que había ahí. Pero no era hora, además, él había sido
demasiado rápido y no se merecía ver cómo ella disfrutaba de sus manos en su
cuerpo. Eso le pasaba por no cumplir con las órdenes que le había impuesto
antes de iniciar el juego.
Esperó paciente a que él recobrara fuerzas, y a su propio cuerpo, laxo en
ese momento, sólo pendiente de la respiración.
—¿Estás bien? —le preguntó al ver que intentaba moverse.
—Si, Señora. Lo siento mucho; hacía tiempo que usted y yo...
—Lo sé. Pero me has decepcionado; pensé que me darías un poco más de
placer.
El hombre pareció sorprendido y asustado al mismo tiempo. Ella era
directa en lo que decía, no se callaba nada, ya fuera algo bueno, o algo malo.
—No te preocupes, tonto —le dijo suavizando el tono al ver la reacción
dolida del otro—. Es normal que haya pasado eso. ¿Qué tal te fue en el viaje?
¿Vendiste mucho? —Cambió de tema dando por terminadas la sesión y el
juego.
—Aún no lo sabemos. Por ahora tenemos unos veinte contactos nuevos y
estamos enviando la información detallada para ver si finalmente aceptan y se
abren más sucursales en otras ciudades. ¿Qué tal le fue a usted, Señora?
—Bastante bien, no me quejo. No hubo mucho trabajo, pero sí nos
entraron un par de volúmenes curiosos que hay que investigarlos.
—¿Usted se ocupará de ello? —le preguntó cogiendo un pañuelo para
limpiarse.
Ella arqueó una ceja y sonrió ladina. ¿Acaso le había dado permiso para
preguntarle sobre su trabajo? No le permitía a nadie hacerlo y, aun así, hasta
ese “supuesto trabajo” no era más que una tapadera que se había creado por lo
que no quería que nadie más se interesara por ello, no fuera a meter la pata.
—Levanta tu pene —ordenó cambiando el tono de voz a uno más
dominante.
El titubeo de él hizo que las uñas de sus manos empezaran a moverse en
la mesa produciendo un sonido rítmico.
Esperó a que él hiciera lo que le pedía y se acercó un poco más a la
pantalla con cuidado de no descubrir su cara. No veía que tuviera nada grave
con lo que podía jugar al menos un poco más.
—Por haberte corrido cuando estaba jugando contigo vas a darte cinco
azotes con la palma. Y da gracias que no te digo de coger una cuchara de palo.
—¡Señora! —protestó él—. ¡Está muy sensible ahora! ¡Por favor,
perdóneme! ¡La resarciré!
—Claro que lo harás. Comenzando por la orden que te acabo de dar. Y
será mejor que empieces, o al final te negaré el placer de hablar y jugar
conmigo.
—No, eso no —susurró él, no lo suficientemente bajito.
Respiró hondo antes de abrir las piernas un poco más en la postura que
ella le había enseñado hacía unos meses y echó hacia atrás la mano para,
segundos después, golpearse en los testículos. Abrió la boca aspirando todo el
aire que podía mientras se contraía y una sacudida le recorría el cuerpo.
—Imagina que soy yo quien está delante tuyo, cogiéndote tu pene,
masturbándolo para mi deleite y, con mi otra mano, azotándote cinco veces.
Cuatro... tres... dos... —Conforme pronunciaba un número, él actuaba y se
golpeaba, cada vez con más fuerza, los ojos cerrados dejando que la fantasía
fuera guiada por ella—, una...
—¡Señora, déjeme que me corra! —le gritó apretando su pene.
—No —le negó—. Es tu castigo por haberlo hecho antes de tiempo.
Mañana ya me lo pensaré si coincidimos por el club, ahora tengo que dejarte.
—¿No me deja correrme? —preguntó, entre asustado e ilusionado.
—Así es. Y mucho ojo con lo que haces, sabes que en el club llevamos
una cuenta y queda apuntado en el libro con las personas que jugamos y si
hemos dado alguna orden. Acabo de apuntar que tú no puedes llegar al clímax
así que, si otra juega contigo y tú no lo cumples, o ella te hace incumplirlo, hay
castigo.
—Yo no juego con otras Amas... —masculló, malhumorado.
—Lo sé. Pero ellas sí que pueden hacerlo. Recuerda que no eres de mi
propiedad.
Él miró hacia la cámara como si fuera a decirle algo, pero finalmente se
calló. Era inteligente; si hubiera dicho cualquier cosa, ella habría acabado por
lo sano y no se hubieran visto otra vez.
—En cuanto a los libros... —dijo retomando la anterior conversación para
apagar un poco sus ganas—, no me ocupo. No llevo tanto tiempo en el trabajo
y aún me falta experiencia y formación para hacerme cargo de algo así. Pero a
través de amigos sí que estoy informada de los avances.
—Me alegra que al menos pueda ser de las primeras en saber novedades.
—Sí. Ahora he de dejarte, voy a salir un rato —se despidió ella dejando
un mensaje de despedida en la sala donde más Amos, Amas, sumisos y
sumisas estaban conversando. Todos ellos le escribieron mensajes con algo de
tristeza por no haber estado mucho tiempo con ellos y les prometió volver a
entrar pronto.
—Ya sabe que si necesita cualquier cosa... —intentó él.
—Ahora mismo necesito que cumplas lo que te he dicho. O no seré tan
benevolente la próxima. ¿De acuerdo, natamiel? —Le recordó usando el
apodo por el que estaba registrado.
—Sí, Señora.
—Quizá, si te portas muy, muy bien, mañana podría tener aquí un bote de
nata y echarlo sobre mis pechos...
La mera mención de esa imagen hizo que él empezara a jadear y su cuerpo
se tensara. Ella rió a sabiendas que lo iba a poner a mil, pero sin poder
resistirse a ello.
—Hasta mañana... esclavo.
—Hasta mañana, Lady Blue. Señora.
Ella desconectó la cámara y le escribió unas palabras en el chat que
tenían abierto para despedirse de nuevo de él y de la sala del club. Se apartó
el pelo negro de su cuerpo sacándose la peluca que usaba para esas sesiones a
fin de que no la reconocieran y se quitó la coleta dejando que su pelo pelirrojo
cayera sobre el cuerpo hasta los hombros.
Cuando por fin pudo salirse de la web, se estiró desoyendo las
necesidades de su propio cuerpo. Estaba muy caliente, tenía ganas de tocarse
pero se había pasado la hora y tenía el tiempo justo para ducharse y salir de
casa hacia el restaurante donde había quedado con sus amigas esa tarde.
Apagó el ordenador dejando que el monitor mostrara la imagen en tonos
negros y grises de su rostro; uno femenino y hermoso según decían algunos,
que ocultaba en todo momento en esas sesiones.
Se quitó el corsé negro y el liguero con las medias y fue, desnuda, hacia
el baño. Estaba orgullosa de su cuerpo, aun con sus defectos, y lo defendía a
capa y espada ante cualquiera. No era el de una modelo pero no le importaba
demasiado, sabía bien que, si quería, podía hacer que fuera un manjar para
cualquier hombre. Y era buena en eso. Nadie con los que había estado se
quejó una sola vez y, si lo hacían, ella se encargaba de que no la olvidaran.
Dejó que el agua le recorriera todo el cuerpo y el cabello aumentó su
longitud, hasta cubrirle por completo los hombros, cayendo por la espalda.
Cogió la esponja y se enjabonó rápidamente. Después, por la noche, se
ocuparía de darse placer.
Salió de la ducha y se envolvió en una toalla corriendo hacia la
habitación donde se puso unos vaqueros y una camiseta azul entallada de
tirantes. Secó su pelo friccionando con la toalla y se lo cepilló con rapidez
mirando el reloj para no llegar tarde.
El móvil sonó en el instante en que estaba aplicando la barra de labios
color melocotón en sus labios y lo descolgó sin mirar.
—¿Fire? —Sonó una voz al otro lado, confusa porque nadie hubiera
respondido pero sí dejado de sonar el tono de llamada.
—Ya casi estoy —respondió ella observando cómo quedaba el
maquillaje.
—Como llegues tarde, sé de una que se pondrá echa una furia. Está así
desde que se prometió y te lo juro, la boda tarda un día más y el novio se
queda sin novia.
Fire rió. Era verdad que su amiga, Michelle, estaba atacada desde el
compromiso y, ahora que se acercaba la fecha de la boda, era más evidente.
Esa tarde iban a tener una reunión para hablar de vestidos y ayudarla a
organizar, como ya ocurriera en otra ocasión, donde habían tenido que salir
por patas debido al humor de la novia. Finalmente, y después de haberles
pedido perdón, sus amigas volvían a la carga para quitarle algo de agobio a la
pobre.
—No creo que pase lo de la otra vez. Además, ya voy saliendo de casa.
Llegaré en unos minutos.
—Más te vale. Eres la única capaz de controlarla, Fire. Y de controlarnos
a todas. Quién lo diría. —Ella sonrió para sí. Si supieran de lo que era
capaz...
—Yo tampoco lo sé —contestó pensando en su hobbie, esa pasión con la
que llevaba un par de años.
Había sido una casualidad que diera con ese tipo de relación sexual. Pero
desde ese primer encuentro en que su cuerpo se estremeció al presenciar una
sesión de dominación, se había interesado más.
Tras un inicio de estudio, de investigación, incluso conociendo todos los
aspectos de BDSM, de la dominación masculina y femenina, de las normas, las
claves y los beneficios que tenía en una pareja, había llegado a la parte
práctica, a participar en sesiones en vivo, conocer a otros y otras que, como
ella, buscaban ese pequeño aliciente en sus vidas.
Tenía una gran amistad con muchos y solía acudir a menudo a un local
selecto donde dar rienda suelta a sus íntimos deseos. Pero, cuando no podía, el
club por internet era una buena oportunidad para divertirse.
A simple vista era normal y corriente, un lugar donde Amos y Amas,
esclavos y esclavas, podían ponerse en contacto y entablar amistad o sesiones.
Pero, a la vez, todo era tan serio y en la línea del verdadero BDSM que se
hizo asidua a él. Llevaba un año entrando casi a diario en la sala, conociendo
a todas y cada una de las personas que allí había, con quienes incluso había
compartido alguna que otra taza de té y charla amena; reinaba la verdadera
dominación y los administradores de la página velaban porque todo estuviera
atado y bien atado, tanto a nivel de privacidad para los usuarios, como a nivel
organizativo. Era un club selecto, para unos pocos, que aún no se había
desvirtuado de la esencia de la dominación.
Allí la consideraban una de las mejores Amas a pesar de que sus reglas
eran claras: no mostraba su rostro, no daba nombres reales y no quedaba con
nadie del club con el que sesionara. Eso excluía a los Amos o administradores
que llevaban la página, con quienes se reunía de vez en cuando. Otra cosa eran
los hombres que pedían ser dominados por ella.
—¿Fire? —La voz de su amiga la sacó de sus pensamientos.
—Dime.
—Parecía que te habías quedado pensativa. A ver si vienes ya, anda.
—Sí, sí, ya salgo.
Colgó el teléfono y se miró al espejo por última vez. Iba bien, su
maquillaje había quedado perfecto a pesar de estar haciéndolo mientras
hablaba al mismo tiempo, y combinaba con la ropa. Caminó por el pasillo
abriendo una puerta de la que sacó un bolso de verano y recogió las llaves de
la casa. Ahora le tocaba lidiar con sus amigas que eran mucho más
condescendientes que algunos sumisos que tenía.
Capítulo 2
Sé el poder que anhelo, la entrega que deseo, la orden que obedezco y
la sumisión que desencadeno.
ire miró el reloj y aceleró el paso. Había aparcado relativamente cerca y
F no llegaba demasiado tarde, pero el haber recibido dos llamadas más de
su amiga para que se apresurara le decía que, o llegaba cuanto antes, o al
final la boda se convertía en funeral, tal era el carácter que estaba
desarrollando su amiga. ¿Cómo podía cambiar tanto por la presión?
Se fijó en el restaurante donde habían quedado para hablar de los
preparativos. Fuera había dos chicas hablando entre sí y fumando. Seguro que
al final se habían cansado de ella.
—¡Sam! —exclamó para llamar la atención de una de ellas.
La chica se volvió y su cara se convirtió en una de alivio al verla llegar.
Soltó el cigarrillo, a sabiendas de que a Fire no le gustaba que fumaran, y se
acercó a ella.
—Por Dios, menos mal que has llegado. ¡Está histérica!
—¿Qué ha sido esta vez? —preguntó dándole dos besos.
—El menú que se sirve en el restaurante y la ubicación de los invitados.
En serio, al final nos la cargamos nosotras y Chris no tiene con quién casarse.
Fire rió.
—Como no la tranquilices tú, nosotras no volvemos —le avisó Jordan.
—Vale, vale. Hablaré con ella —tranquilizó Fire.
Tanto Jordan como Sam se cruzaron de brazos. Algo bien gordo habría
hecho Michelle para que ellas dos hubieran acabado hartas.
Jordan era alta y delgada, de cabello rubio corto y una buena abogada en
su bufete. Estaba casada desde hacía un año con uno de los clientes que tuvo y
por ahora la relación iba en marcha, hasta el punto de estar pensando en tener
hijos.
En cambio, Sam era más alocada. De cabello moreno, lacio y largo hasta
media espalda, solía llevarlo casi siempre en una coleta para que no le
molestara. Vestía con faldas y camisas holgadas que conjuntaban muy bien con
su figura. Su belleza era tal que trabajaba como modelo aunque, su verdadero
trabajo, estaba junto a Fire en la misma empresa.
—¿Dónde está? —Se asomó por la ventana del restaurante intentando
encontrarla.
—Había ido al baño. No sabemos si ha salido porque huimos antes —
contestó Sam—. ¿Vas a enfrentarte a ella?
—Qué remedio —respondió adentrándose—. Voy a calmar a la bestia —
añadió echándose a reír.
Entró dejando a las otras dos detrás, prometiéndoles que las avisaría
cuando fuera seguro volver y revisó el lugar. Había algunos hombres tomando
unas copas y varias mesas ocupadas con familias o chicas con sus amigas. Y,
al fondo, una chica con el pelo castaño rizado en una melena, recogido en un
broche. Vestía unos vaqueros y una camiseta junto a una chaqueta. Estaba
tamborileando en la mesa y su zapato no dejaba de golpear el suelo con
insistencia.
Fire suspiró y avanzó hacia ella.
—¿Se puede saber qué pasa ahora? —le preguntó cruzándose de brazos
delante de su amiga.
—¿Qué pasa? ¿Te puedes creer que han querido poner a mi tío segundo
con los primos de Chris? ¿Cómo va a ser eso?
—¿Yno crees que eso se puede solucionar borrando y poniendo otra
cosa? —replicó Fire—. En serio, Michelle, ¿te has de poner así todo el
tiempo?
—¡Me caso en dos meses! —exclamó indignada.
—Y a este paso lo haces sin damas de honor, y sin pelo, como sigas así —
le recordó al verla cómo se echaba mano al cabello.
Fire respiró hondo antes de sentarse a su lado y cogerle las manos. Estaba
temblando, mitad de rabia, mitad de nerviosismo.
—Vamos a ver, Michelle. Te dije que nos dejes las cosas a nosotras, que
nos encargamos. A ti te toca probarte el vestido y ver el menú que quieres que
ya me han dicho que también has puesto el grito en el cielo. No quiero
tenértelo que repetir. —Vio que ella abría la boca para decir algo y la acalló
con la mirada—. O te tranquilizas o le digo a Chris que atrase el evento. Así
que tú decides. O te calmas, o tienes mucho que perder.
—Si es que no lo entiendes, Fire. ¿Cómo puedo hacer que todo vaya como
yo quiero?
—Pues confiando en las que te estamos ayudando. Así que vamos a ver lo
que falla, según tú, y a arreglarlo nosotras. ¿Te ha quedado claro? —La forma
en que lo dijo hizo que Michelle la mirara un poco asustada para querer
replicarle. Asintió y tomó la bebida que tenía.
—Vale. Voy a buscar a las otras y desde ya te digo que te controles. No
voy a tolerar otra salida de tono tuya. Las cosas se organizan y siempre habrá
algo que falle pero no es el fin del mundo, por muy minuciosa que seas. En
caso contrario, lo siento, preciosa, pero la paciencia tiene un límite.
—Lo sé, lo sé, Fire. Lo siento —dijo con lágrimas en los ojos—. Es que
quiero que todo sea perfecto, que sea un día que recordemos siempre.
—Y lo haremos. Pero, por favor, que no sea por todo lo que nos has hecho
sufrir.
La vio asentir varias veces y se volvió para hacer entrar a las otras. A ver
si podían acabar la reunión y lo que les faltaba por tener organizado para que
se quitaran problemas de encima. Salió y las vio hablando animadamente.
—¿Y bien? ¿Has apaciguado a la fiera?
—Sí, ahora está hecha una magdalena.
—En serio, Fire, ¿tú no tienes término medio? Cada vez que se pone
histérica, una palabra tuya y la vuelves una gatita acobardada por haberte
defraudado. ¿Qué se supone que utilizas para tener ese poder?
Fire esbozó una sonrisa.
—Mano dura —respondió—. Será mejor que entremos y hagamos algo.
No nos queda mucho tiempo y aún faltan algunas cosas.
Las otras avanzaron hacia el interior del restaurante seguidas por Fire
quien se detuvo antes de poder entrar. Alguien le obstruía el paso.
—Disculpa, no sabía que los ángeles habían bajado a la tierra... —
piropeó un hombre poniéndose en medio de su camino y haciendo que se
separara de sus amigas.
Sam y Jordan se volvieron y rieron dejándola sola.
Fire torció la cabeza hacia un lado y sonrió, seductora.
—Sin embargo, yo sí sabía que los sapos se habían hecho con el control
masculino de la población humana. Una verdadera lástima, la verdad, no
soporto las babas y ahora mismo estás soltando algunas...
El joven se quedó helado ante tal respuesta sin saber qué responder, sin
moverse, que era lo que ella quería.
—Oye, tú...
—No, escucha tú. Si esa táctica te da resultado con alguna chica, bien por
ti. Pero si pretendes dirigirte a mí será mejor que lo hagas con el respeto que
me merezco, ¿te queda claro? Aprende a ser un hombre antes de adular de esa
manera a cualquier mujer y distingue a quién puedes interesarle o que esté a tu
altura.
Fire lo apartó con la mano como si abriera una puerta y avanzó hacia
donde estaban sus amigas, estas aguantando las risas y cuchicheando mientras
ella llegaba.
—Lo has dejado a cuadros —le dijo Sam.
—¿Qué os apostáis a que en cinco minutos tenemos bebidas gratis? —
preguntó Jordan.
—Y en quince minutos se acerca para pedirle perdón a Fire y preguntarle
si puede hacer algo por ella.
Las risas inundaron el lugar porque sabían que eso mismo iba a ocurrir. Y
así pasó. A los cinco minutos, cuando estaba intentando cuadrar los sitios de
todos los invitados que iban a ir a la boda, el camarero se acercó para
informarles que tenían una ronda gratis y que si podía tomar nota de las
bebidas.
Y, unos minutos después de degustar las tapas que iban con los refrescos
que habían pedido, el joven que abordó a Fire se acercó a ellas para pedirle
perdón por su comportamiento y ponerse a su disposición por si necesitaba
algo.
Despachado sin hacerle mucho caso, Fire trató de que sus amigas
volvieran al tema central sin mucho éxito ya que se divertían viendo cómo era
capaz de manejar a cualquier hombre con sólo unas palabras y su lenguaje
corporal.
—¿Y sabes por qué? —continuó Michelle con la boca como si tuviera
gachas en el interior—. Porque yo quiero que la boda sea un éxito, que no
defraude a nadie y que los padres de Chris estén más que contentos con la
nuera que van a tener. Pero si falla algo pueden pensar que no soy lo suficiente
para su hijo.
—Michelle, por favor, que vas a vivir con Chris, no con sus padres... —
repitió de nuevo Fire deseando llegar hasta la casa de su amiga y dejarla allí
para que se le pasara la borrachera que había cogido.
En parte era culpa de las demás, no tanto de ella, pero había sido una
forma de quitarle los nervios y relajarla, haciéndole tomar más copas de lo
normal para que se diera un respiro. Después de esos momentos tensos y de
tener que controlar la situación para que surgiera algo de esa reunión, al final
habían pasado un momento más que agradable y productivo. Lo malo había
sido que las bebidas se habían desmadrado y, al final, lo “contentillo” había
ido más allá y se había vuelto una ebria descontrolada en cuanto a
sentimientos. Había momentos que peleaba, y otros en los que se echaba a
llorar.
—¡Ya lo sé! —exclamó con la voz entrecortada—. Pero es que yo quiero
caer bien a todos y si fallo... ¿Te imaginas qué pasaría si no pudiera hacerlo
bien? ¿Y si me equivoco en la boda? ¿Y si digo que no? Ay, Dios, me dará un
ataque, o si alguien interrumpe... Tengo que controlar las invitaciones no sea
que envíe alguna a algún novio mío que no tenga la boca cerrada cuando el
cura pregunte si hay alguien en la sala que tenga algo que decir. Fire, ¿qué
hago si pasa eso? —El llanto era inminente.
—No volver a beber... —masculló ella rogando porque llegaran pronto a
su casa. Porque era buena amiga y no la iba a dejar en mitad de la calle pero...
Con razón las otras se habían ido antes al ver los primeros síntomas del estado
de su amiga.
—Pero... pero... —sollozó ella—. ¿Y si no es la vida que quiero? ¿Y si es
mejor que nos vayamos a vivir juntos sin que nos casemos? A lo mejor y no
somos tal para cual... a lo mejor...
—Mira, Michelle; estamos en tu casa. Ahora mismo vas a subir, tomarte
una infusión y meterte en la cama a dormir la mona. Basta de pensar en nada y
mucho menos de llamar a alguien. Como se te ocurra hablar con Chris fijo que
la cosa se pone peor. ¿Tienes que mandarle un mensaje o algo?
—Prometí que lo llamaría cuando llegara a casa.
Fire le quitó el móvil que ya tenía en la mano y buscó el teléfono de Chris
para informarle que estaba en casa pero indispuesta —eso o que le iba a tener
toda la noche sin dormir—, con lo que le dio las buenas noches e hizo que no
le diera demasiada conversación para que descansara.
La subió hasta su apartamento y la dejó acostada —no se fiaba que
hiciera realmente lo que le había dicho—. Le dejó unas pastillas y unas notas
para, cuando se despertara teniendo resaca, tuviera algo que la ayudara a
pasarlo, más si debía trabajar al día siguiente.
Antes de cerrar la puerta, echó una última mirada. Michelle había
agarrado la almohada e intentaba abrazarla como si quisiera fundirse con ella.
Fire puso los ojos en blanco y suspiró. Decidido, el día de la boda no dejaría
que su amiga estuviera demasiado cerca del alcohol. Ya advertiría a su
“esposo” de que la noche de bodas estaba en peligro.
Bajó los escalones intentando hacer poco ruido y salió a la calle.
Desbloqueó el coche con el mando y abrió la puerta para meterse en él.
—Por fin —soltó junto a una expiración profunda. Michelle había
acabado con la paciencia que tenía y eso la había dejado con ganas de otra
cosa.
El pitido de un mensaje en su móvil hizo que se levantara un poco para
sacarlo del pantalón de atrás. Metió la clave y se fijó en que el icono del
WhatsApp marcaba dos mensajes. Pero solo había sonado una vez.
Entró en la aplicación y se fijó en el texto. El primero de los mensajes, el
que acababa de llegar, era de un amigo que le preguntaba si iba a ir. Y el
segundo, al que supuso hacía referencia ese amigo, pues ambos se conocían de
un único lugar en común, le llamó la atención:
Armand (Titán): El club Lujuria se complace en invitarle a la fiesta que
tendrá lugar esta noche. Sus deseos más íntimos pueden verse cumplidos. O
quizá no. Solo hay una forma de saberlo. 22.00 horas. Mismo lugar de
siempre. Contraseña: Lex Luthor.
Fire sonrió negando con la cabeza. Se les ocurría cada cosa para
convocar a la gente…
Abrió el chat de la otra persona y escribió. A los pocos segundos el otro
le envió un beso y, unas décimas después, el teléfono tuvo que dar lugar a una
llamada con el mismo nombre del del WhatsApp.
—Hola, Armand —saludó ella arrancando el coche y dejando que fuera el
altavoz que llevaba el vehículo quien transmitiera su voz al interlocutor.
—Hola, preciosa. ¿Vas a venir de verdad?
—Sí. Tardaré un rato, pero contad conmigo.
—Ya sabes que se van a poner muy contentos. La última fiesta te la
saltaste.
Fire respiró hondo. Se acordaba. Debido a los preparativos que había
tenido que llevar a cabo no había podido asistir a la última fiesta, a pesar de
que le hubiera gustado.
—Sigue siendo un club privado, ¿verdad? —preguntó Fire.
—No me puedo creer que hagas esa pregunta —contestó Armand con
cierto tono de reproche.
—Ni yo que hayas admitido a más en el grupo. ¿O acaso no has sido tú
quien ha metido a nuevos?
—Son de confianza. Ya los conocerás. Además, uno es de los tuyos…
—Ya… No me gustaría tener que dejar de ir porque los juegos se vuelven
poco… tradicionales.
—Descuida, no va a pasar. Tanto Jonathan como yo tenemos cuidado con
lo que hacemos. No somos novatos, deberías saberlo.
—Nosé yo… creo que ninguno de los dos ha probado a estar del otro
lado… —lanzó Fire.
—Si
hablamos del otro lado… ¿por qué no empiezas tú, Fire? —propuso
Armand—. De hecho, podría ser hoy mismo.
—Ni en tus mejores sueños… —replicó ella, mordaz.
—Querrás decir, en tus peores pesadillas… Créeme, no me gustaría hacer
nada contigo y que después fueras tú quien tuviera el poder. Tu fama te
precede, preciosa.
Fire rió. La cita podía ser justo lo que necesitaba para desahogarse un
rato.
—Llego en veinte minutos. Id calentando el ambiente.
—¿Másde lo que ya va a estar? —Se escuchó decir antes de que Fire
pulsara el botón de colgar de su manos libres.
Capítulo 3
Descúbreme un nuevo mundo, un nuevo placer que se aproxima,
lentamente, cociéndose a fuego lento para estallar en el mayor deleite.
asey gruñó echándose las manos a la cabeza. Necesitaban encontrar
C algo pronto si querían encerrar a ese tipo y, tal y como iban, las cosas
se estaban poniendo negras. Separó un poco los dedos y volvió a mirar
los documentos. Tenía la ficha policial y el informe de seguimiento de
los dos encargados de controlar los pasos desde el momento en que había
puesto un pie en la ciudad.
Daniel Greenblacht, el peor hombre de la faz de la Tierra y el más
escurridizo. Ya le habían puesto al corriente sobre él y la habilidad que tenía
para escaparse de la justicia por nimiedades. Todos sabían que no era de la
mejor calaña: drogas, mujeres, robos a gran escala... Era el líder de un
numeroso grupo y ahora se ocupaba de una red de prostitución.
El problema era el poder que tenía; lo suficiente para lograr que no
pudieran echarle el guante sin importar lo que consiguieran en su contra.
Cogió el documento que señalaba los últimos acontecimientos:
10:30 a.m.: Encuentro con Marco DaRaye.
12:00 p.m.: Salida de DaRaye. Daniel se queda en la casa. Aparecen
dos hombres de confianza.
12:30 p.m.: Entrada de hombres. Llevan a una mujer a rastras.
14:00 p.m.: La mujer sale en brazos de otro. La meten en un coche.
20:30 p.m.: Sale Daniel. Se dirige a una fiesta acompañado de una
acompañante femenina.
—Case, ¿café?
La voz de su amigo hizo que levantara la vista de los papeles y la centrara
en su compañero desde hacía unos meses, Oliver Suat. Todavía se reía por
dentro cuando recordaba su apellido y la similitud con los Swat, de los que él
provenía.
Oliver era muy parecido a él. Le superaba sólo por dos centímetros su
metro noventa y, en cambio, era a él a quien le sobraban dos kilos para estar
en los noventa de Oliver.
Al contrario del azul de los ojos de su amigo, los de Case eran verdes
oscuros haciendo juego con su cabello castaño, entre rubio y marrón, que lo
dotaba de un brillo especial en su rostro.
El de Oliver, en cambio, era negro por completo, lo cual, con sus ojos
azules, le hacían todo un adonis... Uno casado desde hacía tres años y
esperando su primer hijo.
Su compañero le extendía una taza de café humeante que aceptó. No es
que el café de la comisaría fuera el mejor pero al menos lo iba a mantener
despierto después de haber dormido sólo unas horas.
—¿Algo nuevo? —preguntó Oliver mientras se sentaba y le robaba los
documentos que había estado leyendo para echarles un vistazo—. Por lo que
veo, no. Entre los encuentros con las mujeres, las fiestas, reuniones y el hecho
de quedarse en casa, bien parecería una persona normal y corriente.
—Pero algo debe tramar. No es posible que... ¿y si tiene algún segundo?
—sugirió Casey—. Quizás está ocupándose de sus asuntos otro más para
evitar que lo pillemos nosotros si sabe que vamos a tenerlo vigilado.
—Podría ser. Pero seamos francos, Case. Daniel no confía en nadie para
ocuparse de sus cosas. No creo que haya cambiado ahora de parecer.
En eso tenía razón. Ese hombre no dejaba a nadie inmiscuirse en sus
negocios, menos aún que aprendiera de él y pudiera sacar tajada. Pero desde
que llegara a la ciudad y se diera el chivatazo de que estaba allí, apenas había
salido de la casa y todos los encuentros los celebraba en su domicilio, no
solía salir a menos que fuera absolutamente necesario. Y aun así, siempre
volvía pronto a casa y se encerraba en su despacho.
Oliver se relajó en su silla soltando los papeles y bebiendo el café. Puso
los pies encima del escritorio, a pesar de la mirada recriminatoria de su
amigo, y sonrió.
—Si el señor no hace nada que nos permita capturarle, vamos a tener que
hacer que haga algo.
—¿Qué sugieres?
Oliver se encogió de hombros.
—Y yo qué sé. Pero algo. ¿Qué hay de ese amigo tuyo? ¿No decías que
ibas a intentar que un hacker se metiera en su ordenador?
—Estaba en ello. Me llamó ayer diciendo que estaba a punto de acceder.
En realidad, lo hizo ya, pero hay una parte encriptada que le da problemas. —
Encendió su ordenador y accedió a la carpeta que le había enviado su fuente
para que Oliver pudiera echarle un vistazo a los documentos—. Por lo que
revisé, lo que hay es importante, pero no lo suficiente para hacerle una visita.
Es posible que no los tenga en su ordenador por miedo a que podamos pillarlo
por ahí. Pero esa carpeta encriptada nos dejó intrigados.
—¿Cuándo crees que lo conseguirá?
—Debería darme noticias en unas horas. Es lo suficientemente bueno para
que no se le resista tanto.
—¿Amigo tuyo del Swat?
Case rió.
—Digamos que hasta en el Swat tenemos contactos al margen de la ley...
Oliver copió su sonrisa. Llevaban trabajando poco tiempo pero, desde
que habían hecho equipo, sus detenciones, y métodos, eran la comidilla de
toda la comisaría, una forma eficaz de hacer cumplir la ley a todos los
maleantes que su jefe les encargaba. No habían errado en ningún caso, pero
ése se les resistía, como al resto de oficiales a los que se les había encargado.
Daniel era astuto y tenía buenos abogados que le sacaban de los líos en
los que se metía. Junto a eso, sus planes siempre estaban bien atados y había
podido escaparse de la justicia. Pero ellos también eran concienzudos y, tras
asignarles el caso, una vez supieron de la presencia de Greenblacht en la
ciudad, juraron no parar hasta meterlo entre rejas.
—¿Qué tal tu mujer? —preguntó Case a su amigo.
—Sufriendo los cambios de humor de las embarazadas... —masculló él
perdiendo algo del humor que tenían—. En serio, a veces da más miedo que
cualquier malnacido de los que cogemos.
—Vamos, no será para tanto.
—Te la presto un día, así pruebas.
Casey alzó los brazos.
—Por Dios, no.
La puerta de su despacho se abrió y ambos giraron su cabeza hacia la
entrada. Delante de ellos se encontraba un hombre de unos cuarenta y cinco
años, pelo canoso, delgado, con un traje gris y corbata azul marina que no
combinaba demasiado bien.
—Suat, Reindman, a mi despacho. Ahora.
—Sí, jefe —respondieron poniéndose en pie y saliendo tras la estela que
su superior había dejado.
Se fijaron en sus compañeros, bastante atareados en otros casos, mientras
se quedaban perplejos de ver que había movimiento por parte de su capitán,
Richard Calfer.
—¿Jefe? —preguntó Case cerrando la puerta tras una indicación del
dueño del despacho.
—¿Qué pasa? —inquirió Oliver tomando asiento en una silla, imitándolo
su compañero.
Richard tiró unas fotografías delante de ellos donde se podía ver un
cuerpo femenino con varias señales de violencia y un estado lamentable. En
algunas fotografías, aparecía en un bosque, casi oculta por maleza y agua ya
que había un pequeño lago.
—¿Un caso nuevo?
—Vuestro caso —dijo Richard—. He hablado con Marcus y la ha
identificado. Es la chica que entró ayer en casa de Daniel.
—Maldito hijo de puta... —maldijo Casey.
—Es la tercera en el mes que lleva aquí y, creedme si os digo que no me
gusta nada que vaya disminuyendo la población en mi ciudad. Así que, si
tenéis algo contra él, más vale que empecéis a moveros.
—Marcus habrá hecho algunas fotos pero eso sólo la sitúa en su casa, y él
no salió de allí.
—¿Hay algo que pueda implicarle, jefe?
—Nada... Le han borrado las huellas y su cuerpo ha pasado por lejía antes
de ser abandonado. No hay absolutamente nada que la relacione con Daniel.
¡Maldita sea! —exclamó dando un puñetazo en la mesa—. Hay que atraparlo.
—Estamos en ello, capitán. —Le dijo Casey.
—¿Estás loco? —susurró Oliver mientras esperaban que alguien les
abriera la puerta.
—No. Sé bien lo que hago.
—¿Metiéndote en la boca del lobo? Ni siquiera tenemos algo sólido con
lo que estar aquí y lo que tenemos le pondrá sobre aviso de que estamos
vigilándolo.
—¿Crees que él no lo sabe ya?
Antes de que pudiera replicarle, la apertura de la entrada hizo que Oliver
se callara. Ambos mostraron las placas de policía y esperaron para ver la
reacción del hombre trajeado y con gafas que tenían delante. Como esperaban,
no hizo ningún movimiento delatador.
—¿Qué desean?
—Necesitamos hablar con Daniel Greenblacht, por favor.
—¿Tienen cita?
—¿Te crees que la policía concierta citas con tu jefe? —inquirió Casey.
—Entonces no podrá atenderles...
El tipo quiso cerrar la puerta cuando el empujón que le propinó Case hizo
que trastabillara y ellos pudieran entrar.
Varios hombres desenfundaron apuntándoles directamente. Lo mismo
hicieron ellos.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó un joven desde lo alto de las escaleras.
Todas las miradas se dirigieron hacia él, un hombre de no más de treinta y
cinco años, cabello oscuro, corto, aunque algo rizado. Tenía una constitución
normal, casi delgada, y llevaba un traje azul marino con una corbata oscura.
Fue bajando los escalones contemplándolos sin que, en su rostro,
pudieran leer alguna señal de alerta.
—¿Quiénes son? —preguntó a sus hombres.
—Ya se iban, señor. No tienen cita.
—Y te he dicho que la policía no la necesita, escoria —gruñó Case.
—La policía puede venir cuando quiera. Lo que no entiendo es por qué
está aquí. ¿He cometido alguna infracción? ¿Alguno de mis coches ha sido
multado? —comentó Daniel al llegar al lugar.
—¿Conoce a esta mujer? —Oliver le extendió una fotografía de la mujer
que habían encontrado esa mañana en el bosque.
—No. ¿Debería?
—Estuvo en su casa —contestó Casey.
—En mi casa suelen entrar y salir muchas personas. Hay varios hombres
en el lugar así que cualquiera pudo haber recibido la visita de semejante
belleza. ¿Qué la relaciona conmigo?
Oliver se quedó callado. Haberla visto entrar no implicaba que hubiera
estado con él pues, en ningún momento, había fotografías con él cerca de ella.
—Supongo, por la fotografía, que la chica ha pasado a mejor vida.
¿Sospechan que he tenido algo que ver? ¿Quizá mis hombres?
Ninguno de los dos dijo nada.
—Creo que no nos conocemos —añadió Daniel para Casey.
—Soy el inspector Casey Reindman.
—Encantado. Supongo que, en la comisaría, ya le habrán puesto al
corriente de mí. Aunque, como puede comprobar, quizá no soy tan malo como
me pintan ya que, al fin y al cabo, estoy libre todavía.
—No por mucho tiempo —masculló Case.
—¿Cómo ha dicho? —Daniel enarcó una ceja asombrado por la tenacidad
del comentario que había soltado, aun cuando estaban delante de sus hombres
y éstos todavía no habían guardado las armas.
—Case... —lo avisó Oliver.
—¿Dónde estuvo ayer entre las doce y las tres de la mañana? —preguntó.
—¿Por qué no le preguntan eso a los encargados de vigilarme las
veinticuatro horas? Seguro que podrán ser más detallistas que yo.
—Es posible —coincidió con él Case—. Pero siempre hay cosas que se
les escapan y que pueden hacernos ver que es culpable de asesinato.
—¿Tienen pruebas para ello? —preguntó una voz masculina saliendo de
un despacho—. Soy el abogado del señor Greenblacht y, a menos que se
quieran ver con un expediente sancionador por hacer una acusación sin
fundamento, además de haber venido hasta aquí sin ninguna prueba...
—Sabemos que la chica estuvo aquí —interrumpió Oliver—. Es el último
sitio en el que se la vio, así que esa es prueba más que suficiente para tratar de
seguir sus pasos desde el último lugar donde estuvo con vida.
—¿Y saben con quién estuvo? Porque con gusto les dejaré hablar con los
hombres que se relacionaron con ella. Una cosita tan hermosa no merecía ese
final —se mofó él.
Oliver detuvo a Casey antes de que pudiera meterse en un lío mayor. Ya
tenía varios avisos y no quería que perdiera los papeles tan pronto con Daniel.
—¿Deben acompañarles a comisaría? Lo digo para saber de qué hombres
voy a prescindir en estos momentos hasta que los suelten en un par de días.
—Las cosas a veces no terminan como uno espera —murmuró Casey.
—Pero cuando sabes jugar a esto, perder es algo improbable —terminó
Daniel.
Ambos se miraron, quizá midiendo su poder, un tira y afloja en busca de
algo que le sirviera al otro para controlarlo.
—¿Y bien? ¿Con quién quieren hablar?
—Siempre que traigan una orden, por supuesto —añadió su abogado.
—¡Maldita sea! —gritó cabreado Case una vez estuvieron en el coche—.
Con razón me decíais que era una roca.
—Sí. Ese hombre sabe medir bien sus pasos para que todos queden más
que registrados, siempre en el lado legal. Lo que no entiendo es que nos dejara
interrogar a sus hombres ahí dentro. Creo que es porque eres nuevo y estaba
probándote.
—Lo que sea. No nos ha servido de nada porque no tenemos nada que lo
vincule con la chica. Con razón apenas sale de la casa. De esa manera nadie lo
graba ni hay posibilidad de relacionarlo con las muertes.
—Exacto. Ya tenemos una razón. Pero, ¿y las reuniones con los hombres?
¿O lo que ha pasado hoy?
—Reconozco que es extraño que esté tan pendiente del reloj como para
dejar a sus hombres solos con nosotros porque tenía que ocuparse de un
asunto. No he visto coches a la salida ni nada fuera de lo normal. ¿Quizás
alguna llamada?
—Necesitamos más cosas de él y el problema es que no nos da motivos
para que un juez autorice escuchas en su casa.
—Quizá haya que hacerlo por nosotros mismos —sugirió Casey.
Cuando Oliver quiso responderle, el teléfono de su compañero empezó a
sonar con una melodía extraña, no la habitual que llevaba. Alzó la mano para
hacerle callar y descolgó el móvil.
—Dime.
Un silencio envolvió el espacio en el coche.
—¿Qué clase de club es ese?
Case miró a Oliver, sus ojos ensanchados, el rostro asombrado,
escuchando, como estaba, la respuesta de su fuente.
Capítulo 4
Sé la fusta con la que rozas mi cuerpo; sé las esposas que acarician mis
muñecas. Sé la persona que mejor me conoce; sé la carcelera de mi humilde
condena.
ire bajó del coche y caminó hasta el maletero. Lo abrió y sacó una
F mochila. Siempre iba preparada por lo que pudiera pasar y, esa noche,
no iba vestida de la forma adecuada para el lugar donde iba. Menos mal
que llevaba un cambio especial.
Cerró el coche y cruzó la calle hacia un edificio. Aparentemente, no tenía
nada llamativo, ni tampoco parecía sobresalir del resto de negocios que había
en la misma avenida. Pero los que de verdad sabían lo que había dentro eran
conscientes de la realidad. Tenía un rótulo grande con el nombre del local y,
en letras más pequeñas, ya avisaban que era un club privado.
Dejó de mirar hacia arriba y golpeó en la puerta. Un hombre la abrió
franqueándole el paso.
—¿Contraseña? —exigió con una sonrisa en los labios.
Fire torció sus labios y soltó una risilla.
—¿En serio?
—Son las normas, Red, lo sabes.
Fire negó con la cabeza.
—Lex Luthor —respondió ella recordando lo que le habían puesto en el
mensaje—. Y dile a quien las pone que deje de ver Superman de una vez y se
modernice —añadió empujando ella misma la puerta para entrar.
—¿Qué tal si se lo dices tú misma? —comentó el hombre de la puerta
cerrando tras Fire.
—Ni loca, es capaz de tenerme dos horas en un monólogo sobre Superman
y por qué Lex Luthor es más importante y tiene más personalidad que el
protagonista.
Los dos se echaron a reír.
—Necesito adecentarme —dijo Fire levantando la mochila que llevaba en
la mano.
—Menos mal, ya pensaba que íbamos a ver a una nueva Red en el club —
picó el hombre.
—Mucho cuidado, Markus. Porque hoy tengo un humor muy especial y soy
capaz de doblegar al mismísimo diablo.
Las palabras hicieron que el grandullón tragara con dificultad y un brillo
especial delatara sus deseos. Sin embargo, solo sonrió y le indicó una puerta.
—Usa ese. Es una habitación privada con baño. Es mejor que el otro y así
evitarás que los demás te vean sin arreglar.
—Merci, hombretón —agradeció ella acercándose a él. Le acarició el
mentón con un dedo hasta llegar a sus labios y hacer que el otro le diera un
beso—. Quién sabe, si después estás libre, quizá juegue un rato contigo.
—No me des falsas esperanzas, Red… —se quejó él—. Hoy me toca
trabajar toda la noche.
—¿Y quién dice que necesito jugar contigo toda la noche? Además, sería
divertido ver cómo haces tu trabajo al mismo tiempo que yo el mío… —le
sugirió ella con una voz pícara. Fire amplió su sonrisa imaginando a ese
hombre, de constitución muy gruesa y bastante alto, siendo dominado por ella.
¿Qué reacción tendrían los que entraran cuando lo vieran? Definitivamente
había hecho bien yendo al club, necesitaba desahogarse o sus fantasías
acabarían con ella por combustión espontánea.
El timbre de la puerta hizo que ambos recuperaran la cordura.
—Ve —la apremió Markus sin querer abrir la puerta hasta que ella
estuviera fuera de la vista de los demás.
Fire le lanzó un beso y cerró la puerta aguantándose la risa. Le encantaba
ponerlo a mil. Se conocían desde hacía un tiempo y, aunque habían compartido
alguna que otra sesión juntos, su trabajo, y la lealtad que le debía a sus
amigos, hacía que se mantuviera alejada de él. No quería que la cosa fuera a
mayores y ella tuviera que dejar de ir al club.
Abrió la mochila y sacó su ropa y un neceser con pinturas. En el baño,
previniendo que alguien pudiera entrar, aunque sabía que Markus no les
dejaría, se cambió y se maquilló. Ahora que se miraba al espejo veía a la
auténtica Ama Red. Llevaba un corsé negro de cintas que había atado con
facilidad. Vestía unos pantalones de cuero y unas botas de aguja. Finalmente,
se había colocado un antifaz para ocultar su identidad a los demás, aunque
todo el mundo la conocía allí. Su cabellera pelirroja la delataba, así como la
fama que la precedía.
Salió del baño y metió lo que no necesitaba en la mochila que dejó cerca
de la puerta por donde había entrado. Ya se acordaría de recogerla cuando se
fuera.
Una vez fuera, se dio cuenta en las personas que entraban en ese
momento. Saludó con un movimiento de cabeza a un hombre y este levantó la
mano para corresponder el gesto.
—¿Acabas de llegar, Red? —le preguntó acercándose a ella vestido de
riguroso negro, tanto el pantalón como la camisa y la chaqueta.
—Hace un rato. Me pilló fuera el aviso del club y he necesitado
cambiarme —contestó ella.
—Sí, a nosotros también. He tenido que recoger a mi niña en el trabajo y
hemos venido directos.
Fire se fijó en la mujer que estaba detrás de él. Llevaba una camisa
blanca y una falda azul marina. Seguramente sería el uniforme de su trabajo.
Sin embargo, el hecho de ir con la camisa desabotonada hasta el escote no
pensaba que fuera algo que le toleraran, como tampoco el llevar la falda
recogida hasta casi el trasero.
—Veo que te has ocupado de que fuera acorde… —comentó, jocosa, Fire.
—Necesito que mi sumisa esté disponible para mi disfrute —respondió él
tocándole un pecho y haciendo que ella respingara pero, lejos de gritar o
apartarse, la muchacha se mantuvo en su sitio y sonrió ante las atenciones del
otro.
—Os veré luego. Aún no he visto a Titán ni a Brayan.
—Descuida.
Fire los dejó atrás y se encaminó por el pasillo hasta el verdadero club.
Saludó al segundo que permitía el acceso o denegaba el mismo, al igual que
hacía Markus, y este le abrió la puerta hacia un lugar más acorde con el
ambiente que se esperaba. Con luces tenues, sillones y mesas, el local estaba
atestado de personas que, como ella, habían recibido el mensaje y habían
acudido esa noche al saber que iban a abrir.
Si lo miraba bien, el lugar no difería en nada de un bar. Había una barra
desde la que se servían bebidas, mesas y sillas. Tenían además una zona donde
había asientos más cómodos, sillones y sofás, que solían usarse no solo para
conversar con amigos, sino para disfrutar de la compañía de su pareja en ese
momento.
Con el tiempo, el club había pasado de ser de unos pocos a tener más de
ciento cincuenta miembros. Para ella no era una buena cifra, pues no todos
respetaban el código del BDSM como los que realmente lo conocían y vivían
para él. De hecho, en más de una ocasión ya habían tenido que echar a varios
“personajes” por pensar que allí iban a encontrar más facilidad para follar o
agredir a una mujer. Lo que no sabían es que había normas y estaban hechas
para cumplirse.
Todos ellos iban ataviados con la ropa habitual que se usa para ir a tomar
unas cervezas, o cualquier otra bebida, con amigos o pareja. Lo que lo
diferenciaba era que, entre copa y copa, podías disfrutar de un espectáculo,
bien porque alguien castigaba a su sumisa o a su sumiso, o simplemente por
querer utilizar una de las salas privadas del local, más íntimas y dotadas con
una gran variedad de juguetes para someter a una persona. O a varias.
—¡Ama Red! —exclamó alguien haciendo que Fire se girara hacia la voz.
Sonrió al ver a un hombre acercarse.
Iba con una camisa blanca desabotonada y unos pantalones marrones.
Llevaba también un antifaz en color blanco. Cuando lo tuvo más cerca se dio
cuenta que sus pezones tenían unos aretes y frunció el ceño porque no
recordaba, de las veces que había estado con él, que los llevara.
—Hola, plebeyo —saludó ella por el apodo que tenía él—. Cuánto me
alegro de verte. —Le dio dos besos y empezó a buscar con la mirada—.
¿Dónde está tu Ama?
—Está sentada allí —le dijo señalándole una dirección.
Fire la siguió y vio a una mujer vestida completamente de rojo. Llevaba
un vestido ceñido que dejaba poco a la imaginación. Su pelo rubio se lo había
recogido en un moño alto y los tacones tenían el tacón de cristal. Igual que los
demás, también ocultaba su identidad con un antifaz en color rojo. Ella la miró
y levantó la copa.
—¿Y tú qué haces que no estás con ella? —Quiso saber.
Vio que agachaba la cabeza.
—Se ha enfadado conmigo y no quiere que esté cerca. Me ha dicho que
debo ofrecerme a otras Amas para que… —Su voz se quebró.
—¿Para qué? —insistió Fire. Conociendo como conocía a su dómina,
sabía lo que podía haberle mandado decir.
—Para que le enseñéis a una escoria como yo a obedecer sin rechistar —
terminó la frase.
—¿Así que te me estás ofreciendo? —preguntó ella.
plebeyo levantó la mirada con los ojos muy abiertos y algo asustado.
—No, yo… —Cuando se dio cuenta, cerró la boca—. Lo siento, Ama Red,
si usted quiere…
Fire arqueó la ceja. ¿Había querido negarse a que ella jugara con él? Sin
decirle nada, pasó por su lado y se dirigió hasta la mesa donde se encontraba
la Ama de plebeyo.
—Buenas noches, Diablesa —saludó utilizando su nick.
—Hola, Red. Hacía tiempo que no coincidíamos.
—Sí, he tenido unos días ajetreados y no he podido pasarme por aquí.
—Tampoco te has perdido mucho. O quizá sí, hubo un par de eventos muy
enriquecedores, sobre todo para nosotras.
Fire rió. Sabía a los que se refería.
—Me ha dicho tu sumiso que lo has castigado —le comentó ella girando
la cabeza hacia el hombre que había ido a saludar a otros recién llegados.
—Sí. Hay veces en las que le gusta tomar decisiones por su cuenta y una
tiene que ponerse dura. ¿Quieres jugar con él?
Fire se relamió contemplándolo. Por su cabeza ya había hecho con él
varios juegos y le había sacado algunos gemidos que la habían predispuesto a
decir que sí.
—No, por ahora no. Aunque no descarto hacerlo a lo largo de la noche…
A pesar de que él no quiere.
—¿Te ha dicho que no? —Diablesa se puso de pie de inmediato.
—Tranquila —la frenó Fire. Miró a plebeyo y vio cómo había palidecido
—. Me gusta que me tenga miedo.
Diablesa se echó a reír.
—Por eso estás tan solicitada, Red. Eres capaz de meterte en la mente de
cualquiera tanto física como psicológicamente.
Fire se mordió el labio inferior al tiempo que le sonreía a su amiga. Se
sentó en el mismo sofá que su amiga y pidió una copa. Iba a disfrutar haciendo
que ese hombre sufriera durante toda la noche.
—Anda, ponme al día mientras tu sumiso se pone más nervioso por estar
hablando contigo —le pidió a Diablesa mirando de reojo a plebeyo, quien se
había quedado paralizado y no les quitaba la vista de encima.
Durante unas horas, Fire permaneció con su amiga conversando y
mirando, de vez en cuando, al sumiso de Diablesa, quien no se acercaba a
ellas, pero tampoco se alejaba demasiado de sus miradas. En más de una
ocasión, al ver cómo se ofrecía a algunas Amas, Fire sentía la necesidad de
levantarse y utilizarlo para su placer, pero la espera sabía que era mucho peor
para él, por lo que se contuvo y, a cambio, empezó a jugar con otro sumiso.
No tenía problema para elegir “juguete” pues, una vez supieron que Ama
Red estaba en el club, muchos se presentaban ante ella para saludarla y para
“ofrecerse”. Ya había participado en el castigo de una sumisa que se había
sublevado ante su Amo dejándolo en evidencia. Este había decretado cien
azotes en el trasero y había pedido ayuda a otros Amos y Amas para aplicar el
castigo.
Ella se había esmerado en que esa sumisa supiera lo que había hecho, no
solo con el dolor físico, sino haciéndole ver lo que había significado para su
dominante que lo desafiara en público. Y por las lágrimas que había
derramado, lo había conseguido.
Pocas veces solían impartirse castigos públicos en las parejas. Casi
siempre era habitual utilizar las “mazmorras” que tenían en el club, ya fuera de
manera privada o permitiendo que hubiera espectadores. Tanto Titán como
Brayan lo tenían bien montado ofreciendo todas las fantasías que pudieran
desear. Además, con objeto de velar por la seguridad y el lema del BDSM:
sano, seguro y consensuado, monitorizaban todos los movimientos de tal forma
que, si alguien se excedía, se activaba una alerta roja en el lugar donde se
necesitara que se interviniera.
Solo había visto en funcionamiento ese sistema en un par de ocasiones,
casi siempre con “novatos” de la dominación y sumisión. Por eso prefería que
el club siguiera siendo de pocos partícipes.
—plebeyo —llamó Diablesa.
El hombre se acercó rápidamente disculpándose con quienes estaba
hablando y bajó la mirada.
—¿Sí, Ama?
—Yo me voy ya —le avisó—. Mañana tengo que madrugar.
—La acompaño —se ofreció él.
—De eso nada —negó—. Tú vas a quedarte con Ama Red. Ella se ha
ofrecido a ayudarme a darte una lección.
El hombre miró a Fire suplicándole con la mirada.
—¿No querrías quedarte, Diablesa? —sugirió ella—. Puede que mejore
tu humor.
—¿Qué quieres decir?
Fire se levantó del sofá y se acercó a ellos.
—Tú —ordenó a plebeyo perdiendo la sonrisa en su rostro—. Quítate los
pantalones y ponte en el escenario.
plebeyo no reaccionó, quizás asimilando el hecho de que ella no había
olvidado la negativa que le había dado, o el hecho de que fuera Ama Red quien
ahora quisiera dominarlo. Había escuchado de su reputación, visto incluso
escenas con otros sumisos que habían querido estar bajo sus órdenes. Y no era
algo que a él le gustara.
Miró implorante a su Ama pero ésta no le hizo caso. Parecía que el
castigo seguía su curso y eso no le gustaba nada.
—¿Qué me dices? —insistió Fire a la verdadera Ama de plebeyo.
—¿Vas a sorprenderme?
—¿Quién sabe? —contestó, misteriosa.
Se giró hacia plebeyo que parecía clavado en el suelo.
—¿Se puede saber qué haces aquí?
Con un respingo, plebeyo saltó y se separó de las dos Amas que tenía
delante para ir hacia el escenario. En el momento en que se subió, algunas
miradas se centraron en él, haciendo que se sintiera más indefenso pero, al
mismo tiempo, excitado por lo que iba a pasar. Independiente del miedo que le
tenía a Fire, su cuerpo lo delataba: estaba deseando que lo dominara y probar
en sus propias carnes lo que era que Ama Red jugara con él. Cumpliendo la
orden de Fire, empezó a despojarse de su camisa y pantalones dejándose solo
los calzoncillos.
—¿Algún límite, Diablesa?
—Solo déjamelo para que pueda jugar cuando salgamos de aquí. Algo me
da que me vas a dejar con ganas de usarlo…
Fire solo sonrió. Ya se le había ocurrido algo para dejar que su chico
estuviera tan sensible que, una simple caricia, le pareciera el más horrible
infierno, o el mejor de los paraísos.
Fue hasta el que atendía la barra y le susurró algo a lo cual, este se
marchó un momento y apareció minutos después con una bolsa de tela negra.
Una vez la tuvo en sus manos, Fire se encaminó hasta el escenario. Subió
los escalones consciente de los murmullos que ya se escuchaban acerca de
ella. Sí, aquellos que la conocían estarían en primera fila para verla sesionar.
Y para quienes fuera la primera vez, la curiosidad por congregar a tantas
personas haría que se acercaran. Y quedarían marcados, estaba segura de ello.
Miró a plebeyo y vio el miedo en los ojos. Pero el brillo que tenían no
era por no saber lo que le iba a pasar, sino por la lujuria del momento. Ahora
no eran dos amigos, eran una dominante y un sumiso, una dómina y un esclavo
al que iba a enseñar a comportarse.
—¿Cuál ha sido el motivo por el que tu Ama te ha castigado? —le
preguntó Fire acercándose a él como una tigresa.
plebeyo dudó antes de contestarle, lo que hizo que Fire frunciera el ceño.
No le gustaba que la hicieran esperar, mucho menos cuando tomaba el control
de la situación.
—Me negué a mi Ama cuando ella quería jugar conmigo.
A Fire se le ensombreció el semblante. Era una de las mayores faltas de
respeto que había en el BDSM y él la había hecho. Todavía no entendía cómo
Diablesa no le había pedido su collar y lo había liberado. La miró y supo que
sí lo entendía, en cierto modo. Esos dos llevaban como pareja varios años y
no eran solo una pareja de dominación y sumisión.
—Date la vuelta —ordenó Fire—. No quiero que me mires, no te mereces
eso después de tratar así a tu Ama.
—Sí, Señora —respondió girándose sobre sí mismo.
Lo que no esperaba era encontrar detrás a otro hombre preparando unas
cuerdas en el techo y unas sujeciones en el suelo. Quiso volverse hacia Fire
pero esta lo agarró del pelo con fuerza y lo obligó a mantener la posición.
—¿Tan pronto vas a empezar a desobedecerme a mí? ¿Acaso no sabes con
quién estás tratando? —le azuzó ella.
—No, Señora. Lo siento —se disculpó él—. Por favor, me portaré bien.
Sin soltarle, Fire lo empujó hacia delante haciendo que colocara los pies
en las sujeciones mientras el otro hombre cerraba las anillas en los tobillos.
Solo cuando lo tuvo sujeto, Fire lo liberó de su agarre.
—Levanta los brazos —le exigió esperando que cumpliera presto con la
orden.
Cuando vio que no preguntaba cuál brazo, y que los subía rápidamente, se
permitió el lujo de sonreír. Parecía que lo había captado e iba a poner de su
parte. Aunque eso no lo iba a librar de una buena sesión, una que no olvidaría
en días.
Fire soltó la bolsa y ató ambos brazos con las cuerdas que habían
colocado para ella. Ahora que se fijaba en el público, veía caras conocidas,
otras no tanto. Diablesa estaba en primera línea, parecía estar disfrutando del
espectáculo aunque sabía que también estaría nerviosa por si su sumiso
cumplía con las exigencias de Fire o la dejaba en mal lugar como “Ama”.
—Tu Ama está mirándonos. ¿Sabes lo que debe pensar de ti?
—Que soy una escoria, Señora —respondió él rápidamente sin hacer
amago de girar la cabeza.
—No… —rebatió Fire—. Estará pensando si vas a dejarla en ridículo. Si,
al igual que a ella, le vas a faltar el respeto a otra Ama y harás que la vea
como una dómina que no sabe entrenar buenos sumisos.
—¡No es cierto! —gritó él. Ahora sí intentó volverse pero Fire lo detuvo
dándole un tirón en el pelo.
—¿Acaso te he dado permiso para mirar?
—Por favor, Señora. Quiero ver a mi Ama.
—Ella no. No hasta que no demuestres tu arrepentimiento. Hasta que ella
no vea lo apenado que estás y lo mucho que te entregas en tu rol conmigo.
plebeyo susurró algo, pero no lo suficientemente bajo para Fire. Ya se
esperaba que dijera algo así, pero, en ese momento, estaba en sus manos, no en
las que realmente quería. Para hacerlo, antes debía volvérselas a ganar.
Se alejó un poco de él y abrió la bolsa negra. Fue sacando pinzas que
colocó a lo largo de su corsé. Hizo eso mismo hasta obtener una cantidad
considerable. Después, metió la mano de nuevo y levantó unas cuerdas que
colocó en los hombros de plebeyo.
Una a una, las pinzas que ella había pillado en su ropa fueron cambiando
de lugar para estar sobre la piel desnuda del sumiso, entre ellas la cuerda,
haciendo que siguieran una línea desde la espalda hasta las ingles del hombre.
Con cada una, plebeyo gemía e intentaba moverse sin resultado.
—Por favor… —suplicó él cuando Fire situó la cuerda sobre el pezón de
él—. Ahí no…
—¿Por qué? —preguntó ella jugando en esa zona con sus uñas y la pinza
—. Dame una razón para no ponerla.
—Duelen mucho… —respondió plebeyo. Tenía pinzas a lo largo de la
espalda y en el otro pezón. De hecho, la cuerda, y las pinzas, habían llegado
hasta sus testículos, cogidos de tal manera que cualquier movimiento que él
hiciera lo martirizaba.
—De eso se trata. —Y, sin esperar más, colocó la pinza de una forma
diferente para que hiciera más daño.
plebeyo gritó y Fire echó su cabeza hacia atrás. Le encantaba escuchar a
los sumisos, oír sus gemidos y sus gritos. Bien podía decirse que se nutría con
ellos pues, conforme los sacaba, se sentía más poderosa, más ingeniosa en sus
juegos.
Siguió colocando pinzas hasta llegar a los testículos y, al igual que había
cogido uno de ellos, hizo lo mismo con el otro.
Solo entonces se apartó de él y accionó un botón en el suelo que hizo que
plebeyo comenzara a dar una vuelta completa exhibiendo el trabajo que había
hecho al resto de curiosos. Cuando lo puso de cara al público, se acercó y
acarició algunas pinzas. Cada roce hacía que chillara y temblara, que entrara
en pánico porque las manos de Fire se acercaban a él y no podía hacer nada
por remediarlo.
—¿Alguno quiere acariciar a este perro? —preguntó a los que miraban.
Varios subieron e hicieron lo que Fire había hecho, algunos con
delicadeza, otros más bruscos. Así estuvo varios minutos hasta que Fire los
invitó a bajar para seguir. Sin embargo, con la mirada hizo que Diablesa
subiera y se colocara a su lado.
—Creo que es hora de arrancarle las pinzas, ¿no lo crees, Ama Diablesa?
—sugirió Fire.
Diablesa miró a su sumiso y vio en él lágrimas, pero también alivio
porque era ella quien estaba delante de él.
—Mi Ama… —susurró este—. Por favor, perdóname… Lo siento, te lo
suplico, Ama, por favor… —empezó a rogar plebeyo.
—¿Vas a deshacerte de tu control cuando ella te lo ordene? —preguntó
Fire por Diablesa.
—¡Sí! Haré lo que mi Ama me pida, por favor, Ama…
Diablesa le acarició el rostro y este se movió intentando besarle esa
parte de su cuerpo. No le importaba el dolor que sentía porque, el contacto
con ella, hacía que cambiara a placer, que se olvidara de su sufrimiento para
ocuparse de agradarle a ella.
—Es hora de arrancarle la culpa… —susurró Fire a Diablesa.
Y sin más palabras, ella entendió lo que quería que hiciera. Cogió una de
las cuerdas y tiró con fuerza haciendo que las pinzas saltaran de la piel con
brusquedad y plebeyo emitiera un grito desgarrador pero, al mismo tiempo,
que su pene, que había ido poniéndose erecto por el dolor provocado, también
quisiera explotar.
—No tienes permiso para correrte —le murmuró Diablesa cogiéndole el
pene y apretando.
—Sí, mi Ama. Lo que usted quiera —aceptó él intentando aguantar la
necesidad de dejar salir su semen.
Diablesa cogió la otra cuerda y miró a plebeyo. No estaba asustado sino
deseoso.
—Mi dolor es su placer… —comentó plebeyo asintiendo al notar que la
cuerda se tensaba.
Diablesa se acercó y lo besó al mismo tiempo que tiró de la cuerda. Se
bebió el grito y que salió de la boca de plebeyo al arrancarle las últimas
pinzas.
Algunos de los espectadores aplaudieron mientras otros simplemente
observaron cómo el juego había llegado a su fin. Fue Diablesa la que desató a
plebeyo mientras Fire bajaba del escenario y se reunía con dos hombres que la
esperaban al final de la escalera.
—Sí que habéis tardado —les increpó a los dos.
—Estábamos ocupados con el papeleo, preciosa —le respondió uno de
ellos. Era más bajo que el otro, con el pelo castaño y barba del mismo color.
Estaba delgado y no era muy musculoso pero su sex appeal residía en los ojos
que tenía, de color azul, y las manos con dedos largos que invitaban a ser
acariciado por él. Y era bueno en ello.
—Ya te he dicho que contratéis a un gestor, Brayan, es más sencillo,
menos quebraderos de cabeza.
—Lo sabemos —contestó el otro. De constitución más fuerte, parecía que
le sacaba dos cuerpos a Brayan. Su pelo moreno y su tez oscura hacían que
intimidara bastante. No tenía pelo en la cabeza porque se rapaba y eso hacía
que sus ojos negros como el azabache fueran lo suficiente para controlar a
cualquiera.—. Pero no todos quieren tener que ver con un negocio como este.
Hablando en términos legales, diríamos…
Fire puso los ojos en blanco. Entendía el problema, aunque no el hecho
de que alguien rechazara a clientes por el tipo de negocio que llevaban.
—Además, Titán es bueno, solo necesita práctica —achuchó Brayan.
Tanto él como Fire se echaron a reír ante un Titán sorprendido y
malhumorado por ese comentario.
—Anda, vamos a tomar algo —propuso Fire.
Fire dejó salir el aire de sus pulmones disfrutando de la sensación de su cama. Después de llegar a
casa, cerca del amanecer, por culpa de sus amigos y de haber estado horas hablando, lo que más ansiaba
era quitarse la ropa y dejarse acariciar por sus sábanas. Había sido un día muy movido pero al menos
podría descansar unas horas antes de irse al trabajo.
Se giró en la cama y cerró los ojos para que el sueño la acogiera.
El timbre de la puerta hizo que pegara un respingo.
—¿Qué demonios…? —se quejó. Miró el reloj, apenas hacía una hora que se había metido en la
cama.
Ante la insistencia del timbre, y los aporreos que daban en la puerta, decidió levantarse. Iba a
mandar a la mierda a quien estuviera al otro lado, ya fuera hombre o mujer.
Bajó los escalones y abrió la puerta con energía para soltar toda la mala leche que le había
provocado ese despertar, si se podía llamar tal a dormir apenas una hora.
Entrecerró el ceño al ver a dos hombres desconocidos esperando en la puerta. ¿Qué hacían allí?
—¿Señorita Dilworth? —preguntó uno.
—Sí.
—Somos los inspectores Oliver Suat y Casey Reindman —saludó Oliver.
Apenas le dio tiempo a fijarse en las placas e identificaciones que le mostraron al unísono.
—Necesitamos hablar con usted.
Capítulo 5
Dile a tus ojos que perdonen mi travesura; a tus manos que disculpen
mi insolencia; a tu corazón que excuse el amor que me provocas cada vez
que estás junto a mí.
ire se cruzó de brazos. ¿Dos policías habían decidido que no podían
F esperar a una hora decente para presentarse en su domicilio? Los miró
de arriba abajo sin decir nada, aunque podía notar la incomodidad de los
dos hombres.
—¿Señorita?, ¿nos ha entendido? —preguntó Casey.
—Perfectamente —respondió ella enfocándose en él y mirándole
directamente a los ojos—. Lo que no entiendo es lo que hace la policía en mi
casa a las… —Levantó el brazo izquierdo y miró su reloj— siete de la
mañana. ¿No se supone que ustedes entran a trabajar a las ocho?
—Sentimos si la hemos despertado, señorita Dilworth —se disculpó
Oliver—. Pero es un tema delicado y urgente…
—¿Tan urgente como para venir a estas horas?
Sí, estaba furiosa. Apenas había dormido, y no llevaba muy bien eso de
que la molestaran cuando estaba en la cama, ya fuera descansando o haciendo
otras cosas.
—¿Conoce a Daniel Greenblacht? —interrogó Casey.
—No tengo el gusto… —contestó ella—. Y, ahora, si me disculpan, les
pediría que vinieran a otra hora a molestar a una ciudadana.
Fire se movió del alféizar de la puerta. Fue a cerrar cuando escuchó a
Casey:
—¿Y a zalamero… Lady Blue?
La puerta se detuvo en ese momento y volvió a abrirla. ¿Cómo sabían
ellos ese nombre?
—Será mejor que entremos, señorita Dilworth —propuso Oliver.
Fire se apartó de la puerta. Sabía, por los movimientos que escuchaba,
que los dos policías habían entrado. Pero en esos momentos no era eso lo que
la molestaba, sino el hecho de que supieran de su identidad, y que hubieran ido
allí. ¿No se suponía que el club en internet era lo bastante privado y seguro
para los datos que allí dejaban?
Su cabeza era un hervidero de preguntas y esos dos hombres estaban en su
casa.
Los condujo por el pasillo hacia el salón. Su decoración era más bien
minimalista, en tonalidades blancas y negras con algo de color en ciertos
puntos. Un mueble, algunas mesitas y unos sillones era lo único decorativo en
el lugar donde prevalecía un ventanal doble que daba hacia la calle.
El salón también daba acceso al comedor, con una gran mesa de madera
oscura y seis sillas dispuestas a su alrededor. Algunos cuadros daban el toque
destacado al lugar.
—¿Puedo saber cómo han averiguado mi identidad? —les acusó a los dos.
—Siéntese, por favor. Le explicaremos todo —intentó tranquilizar Oliver
—. No está metida en ningún problema.
—¿Ah, no? Entonces, ¿esto a qué viene? —Quiso saber ella abriendo las
manos para abarcar la situación en la que se encontraban.
—Usted está relacionada con una persona a la que buscamos —le
respondió Casey que no dejaba de mirar a todos lados.
—¿Busca algo? —preguntó Fire sintiéndose acosada por esa inspección
—. Que yo sepa no tienen una orden de registro y es justo lo que sus ojos están
haciendo. ¿Acaso quiere encontrar algo?
—Supongo que tendrá una especie de cuarto rojo… —masculló Casey.
—¡Case! —le regañó su compañero—. Lo siento, mi compañero…
—¿También quiere que se lo muestre? Quizá podría enseñarle un par de
cositas que vuelvan loca a su mujer —lanzó Fire antes de que Oliver siguiera
hablando.
Case se quedó helado contemplando a Fire. ¿Acababa de decir lo que
acababa de escucharle? Dio un paso adelante para zanjar el asunto cuando
Oliver se metió entre los dos.
—Bueno, ya está. Creo que hemos empezado mal. Señorita Dilworth, nos
disculpamos por la intromisión de su intimidad. Realmente no era a usted a
quien estábamos investigando pero la IP de su ordenador salió y necesitamos
su ayuda. Si me concediera unos minutos para explicarle…
Fire se fijó en Oliver, a regañadientes, pues tenía con el otro policía una
batalla silenciosa. Los dos estaban preparados para atacar y en esos momentos
era lo que quería, poder descargar toda la frustración y el cabreo que tenía.
Finalmente, se dio la vuelta, caminó hasta uno de los sillones del salón.
Su vestimenta apenas la protegía de las miradas, y su camisón le quedaba muy
por encima de las rodillas, al igual que la bata.
Oliver miró a Casey y le pidió con la mirada que se contuviera. Ya se
excedían bastante con lo que estaban haciendo. No necesitaban ampliar la lista
de límites que se estaban saltando.
—Le agradezco que nos escuche —empezó Oliver.
—No se equivoque. Solo quiero saber qué información tienen para poder
analizar la situación —le cortó Fire—. Y tengo prisa.
Vio cómo Casey apretaba los labios y eso la hizo sonreír. Ese hombre era
una bomba a punto de estallar e iba a ser divertido.
—Claro. Verá, llevamos a cabo una investigación en marcha y nuestro
objetivo tiene relación con usted. O mejor dicho, con el club por internet que
visitan.
Fire se quedó callada esperando que prosiguiera.
—¿Usted conoce a zalamero? —preguntó Oliver al ver que no hablaba.
—Puede. He visto ese nombre en muchos sitios.
—Sabemos que usted y él han mantenido conversaciones —intervino
Casey que aún no se había sentado. Parecía un lobo andando de un lado para
otro, intentando adivinar por dónde atacar para dar la primera dentellada.
—Mantengo muchas conversaciones con mucha gente, ¿ahora es un delito?
—le dijo con calma Fire.
La tranquilidad con la que le respondió hizo que Casey respirara hondo.
No había surtido el efecto que él quería.
—Queremos que nos diga todo lo que ha hablado con ese hombre —le
ordenó.
—¿Y eso a razón de qué? —preguntó ella intentando contener la risa—.
Me van a disculpar, señores, pero esto no parece algo muy legal, y creo que
tengo mis derechos…
—¿Se niega a colaborar en una investigación? —la acusó Casey.
—¿Qué investigación? Que yo sepa, ahora mismo han entrado en mi casa
esgrimiendo que me han investigado y violado mi intimidad porque he
mantenido conversación con una persona. Como si no hubiera personas que
hablan con otras y se enteran con el paso del tiempo que no eran quienes
decían ser.
—¡Puedo detenerla si es necesario! —exclamó él echando mano a las
esposas que tenía detrás.
—¡CASE! —llamó Oliver—. Basta ya. Si no vas a ser de ayuda, creo que
lo mejor será que vayas al coche y me esperes allí —le insinuó.
Casey miró a su compañero. La rabia hervía su sangre. Esa mujer tenía
información, quizá hasta sabía cómo contactar con él y tenderle una trampa. Lo
tenían tan cerca… Y, sin embargo, ahí estaba, mirándolo de una manera que
hacía que sintiera un cosquilleo por todo su cuerpo. Era algo inexplicable,
pero por dentro solo quería incitarla, obligarla a que se rebelara, tensar la
cuerda.
—¡Casey! —gritó Oliver haciendo que sacudiera la cabeza para centrarse
en su amigo. Asintió al ver que iba en serio. Cogió una silla y se sentó en ella
a caballito manteniendo la mirada fija en Fire, aunque esta no parecía molesta
por ello, sino que le divertía plantarle cara.
—De nuevo le pido disculpas, señorita Dilworth. Le comentaré por
encima ya que no podemos darle muchos datos. Usted visita a menudo un club
por internet y el IP de su ordenador nos ha desvelado que el nick que usa es el
de Lady Blue.
»Asimismo, hemos averiguado que mantiene conversaciones con otra
persona que se hace llamar zalamero. Nos gustaría saber sobre esas
conversaciones y también si ha quedado con él.
—Yo tengo varias normas: no digo mi nombre, no quedo con nadie de ese
club y no mantengo relaciones —declaró, tajante, Fire—. Así que me van a
disculpar, pero no puedo ayudarles a localizar a ese hombre. Lo único que
puedo hacer es avisar y que lo echen, sobre todo si va a suponer un problema
para el resto del club.
Lo que Fire no dijo era que pensaba avisar de que alguien había hackeado
la cuenta del club y sacado información.
—No, por favor. —Oliver miró a su compañero—. Necesitamos atrapar a
ese hombre.
—Pues en mi casa no está, si es lo que pensaban —respondió Fire.
—Ese hombre es un asesino —intervino Casey haciendo que Fire, por
primera vez, se sorprendiera.
—¿Recuerda el nombre que le hemos dado antes? —preguntó Oliver.
—¿Daniel Greenblacht? —repitió ella. Era buena recordando las
conversaciones y esa no iba a ser la primera que olvidara.
—¿Ha oído hablar de él?
—No.
Oliver sacó su móvil, trasteó con los dedos hasta que lo giró hacia Fire.
Ella pudo observar la imagen de un hombre de cabello oscuro, corto, aunque
algo rizado. Aparecía muy delgado en esa fotografía, con algunas heridas y
hematomas.
—Deduzco por su expresión que lo conoce.
Fire lo había reconocido. Por supuesto. Aunque cuando sesionaba con él
no tenía heridas ni tampoco ese aire de rebeldía que exudaba en la fotografía.
—¿Y qué? —Le devolvió el móvil volviendo a mantener la postura.
—Necesitamos que nos diga cuándo ha quedado con él para tenderle una
trampa. O si no ha quedado, que lo haga.
—¿Quépalabra de que yo no quedo con nadie del club no entienden? No
sé cómo contactar con ese hombre, ni siquiera sé dónde vive.
—¿De qué habla con él cuando se conectan?
Fire sonrió.
—¿Usted cree que conversamos en un club como ese?
Oliver tragó saliva ante la respuesta de Fire. Ya le había explicado
durante todo el camino Casey el tipo de club que era y él mismo lo había
mirado a través de su teléfono. Conversación no era lo que buscaban los que
visitaban ese lugar.
—Me temo que debo pedirles que se vayan de mi casa. —Ante las
miradas de ambos, Fire los acalló con la suya—. Que yo sepa, no he cometido
ningún delito por visitar una página web como esa ni tampoco por mantener
conversaciones, o lo que se precie, con ciertas personas.
—No, claro que no —intentó Oliver—, pero nos vendría bien su ayuda
si…
—No. No quiero saber nada más. Les pido que se vayan y no vuelvan a
venir.
—¿Y dejará a un asesino libre? —saltó Casey que se había mantenido
callado todo ese tiempo.
—Creo que el atrapar delincuentes es una de las obligaciones de los
policías e inspectores, ¿me equivoco? ¿Ahora las personas de la calle
debemos hacer su trabajo?
—Si cambia de idea o se acuerda de algo que sea de nuestro interés… —
Oliver le dio una tarjeta de visita tratando así de suavizar la situación.
—Estamos pidiendo colaboración ciudadana —gruñó Casey—. Usted se
lo folla, qué más le da. Salvo que le pague bien por ello.
Fire se quedó con la boca abierta. Y entonces se echó a reír.
—Señores, por favor, les pido que se vayan de mi casa.
Oliver se giró y miró a su compañero. Tampoco él entendía cómo había
perdido los papeles de esa manera. Intentó tirar de él pero no fue hasta que
hizo más fuerza que consiguió que apartara los ojos de ella y lo siguiera hasta
la salida, acompañados por Fire.
—Y, para su información, yo no me lo follo. Yo lo educo, de manera
gratuita, algo que quizá debería hacer su mujer con usted.
Antes de que pudiera responderle, Fire cerró la puerta.
—¿¡Se puede saber qué ha pasado!? —le increpó Oliver.
—Esa mujer puede ayudarnos a capturar a ese malnacido y…
—No, esto ha sido al margen de Daniel. Has ido al ataque en todo
momento. Tu reacción es desmesurada. ¿Por qué?
—Te equivocas —zanjó Casey. No quiso hablar más. A cambio, arrancó
el coche y se marcharon. Era hora de descansar un poco antes de volver a la
oficina.
Capítulo 6
Porque no puedes hacer que el corazón entienda a la razón, ni la razón
al corazón. Así comienzan a nacer lo sentimientos más fuertes.
asey bajó por la rampa con su moto y la aparcó en la plaza destinada a
C ella. Había dejado a Oliver en su casa, vuelto a comisaría para
devolver el coche y recogido su moto para marcharse. Con su
compañero había quedado en estar sobre el mediodía en la comisaría y
esperaba utilizar ese tiempo para descansar, aunque su mente ya le decía que
eso iba a ser imposible.
Desde que su fuente le había soltado el tipo de página web que visitaba
Daniel y el encuentro con esa mujer, no había podido controlarse. Él había
sido quien convenciera a Oliver para abordar a la mujer e intentar que les
contara todo lo que supiera de Daniel, o de zalamero, como se hacía llamar en
ese club.
Él había llevado a su compañero a cometer varias ilegalidades, no tanto
por cogerle, ya que era arriesgado y podría escaparse de la ley por
tecnicismos, sino por dónde estaba metido. El BDSM…
Se bajó de la moto y se quitó el casco. Había estado conduciendo cerca
del agua para intentar apaciguar su alma. Pero el ver que el mar estaba bravo,
solo le había hecho sonreír y pensar que, como su ser, también el mar estaba
agitado.
Dio al botón del ascensor y esperó a que este bajara. Sin embargo, su
mente no era de las que se quedaban en blanco y pronto volvió a tener la
imagen de esa mujer de pelo rojo. Desde el primer momento en que la había
visto, algo había tirado de él.
No podía decir lo que le había ocurrido, pero había sentido el instinto de
protegerla, de enfrentarla a la realidad, de decirle que estaba jugando con
fuego y podía quemarse. Quería protegerla y al mismo tiempo quemarse con
ella. Nunca antes le había pasado con otra mujer. Y nunca antes se había
comportado así con otra.
—Menudo imbécil estoy hecho —masculló para sí dándose un golpe con
el casco de la moto.
El timbre de la llegada del ascensor hizo que entrara y pulsara el último
botón, el ático, donde estaba su apartamento. Se había mudado allí hacía poco
y aún no había tenido tiempo de ordenar, por lo que había varias cajas
apiladas de las que sacaba solo lo que necesitaba en el día a día.
Abrió con sus llaves y vio su desorganización. Tenía que dedicar algo de
tiempo para poner orden si no quería que pronto tuviera que compartir
apartamento con otros insectos.
Fue hasta la cocina y abrió la nevera. Definitivamente tenía que contratar
a alguien que se ocupara de limpiar y de mantener la nevera llena, porque si
era por él, iba apañado.
Cerró después de coger una lata de cerveza. La abrió por el camino y
cogió una foto. Se sentó en el poyete de la ventana y dio un trago largo a la lata
hasta prácticamente acabarla. Entonces, miró la fotografía.
En ella aparecía una mujer a su lado. Los dos parecían muy felices. Cosa
que no ocurría en ese momento.
El teléfono de Casey empezó a sonar. Se incorporó un poco para sacarlo
del bolsillo y miró el número.
—Hola, hermanita, ¿qué pasa?
—Dímelo tú, ¿qué te pasa? Y no me digas que nada, recuerda que soy tu
melliza y noto que hay algo.
Casey sonrió. Su hermana era la que mejor lo conocía. Miró la foto y
acarició el rostro de la mujer.
—Nada, una mala noche.
—Ya, ¿y quieres que me quede conforme con eso? Casey, mira que cojo el
tren y me planto allí. Seguro que me encuentro una casa que necesita limpiarse.
—Tus niños tienen que ir al colegio y has de ocuparte de ellos. No puedes
venir.
—No me digas lo que tengo que hacer, Case Reindman —lo acusó con ese
tono que solía usar para enfatizar lo que decía—. ¿Me lo vas a contar o tengo
que ir cuadrando fechas con Paul?
Casey se pasó la mano por el pelo. No quería que su hermana recordara
malas experiencias, ni tampoco que se presentara allí, menos si estaba en un
caso donde corría peligro. Daniel era peligroso y él trataba de mantener a su
familia apartada para evitar problemas.
—Tengo un caso bastante peliagudo y esta mañana he tenido un
encuentro… algo tenso.
—¿Esta mañana? Llevo desde las cuatro de la mañana despierta con tu
tensión. Así que ya puedes ir soltando.
—Camille, no puedo contar nada del caso. Lo sabes.
—Sí, lo sé, pero si lo que te preocupa fuera del caso, no estarías así. Lo
que quiere decir que es algo que te atañe de manera personal. ¿Qué ha sido?
Desde luego, su hermana habría sido una buena inspector si hubiera
querido. Era perspicaz y, en la mayoría de los casos, daba en el clavo. Como
en esa ocasión.
Cerró los ojos y su mente lo devolvió a ese momento, años atrás, en que
había tenido que ocuparse de un asunto demasiado íntimo como para que otro
lo hiciera. Todavía podía escuchar los lamentos, los gritos, los llantos que
había consolado y tragado.
—No lo vas a dejar pasar, ¿verdad? —preguntó aun sabiendo la respuesta.
—Sabes que no. ¿Qué ha pasado, Case?
—Este caso… tiene tintes de… dominación y sumisión.
Notó el aspaviento de su hermana y apretó los ojos. Tenía que haberse
callado. Ella no estaba preparada para revivir esos recuerdos, para volver a
lo que había pasado.
—¿Hay alguien en peligro? —preguntó ella en cambio.
—No lo sé. Tal vez; tal vez no. Yo… no conozco demasiado a esa mujer.
—Pero… pero, ¿ella está en peligro? ¿Abusan? ¿La golpean?
—No lo sé, Camille. Lo único que averigüé de ella es su nick.
—¿Cuál es?
—Lady Blue. —El teléfono se quedó en silencio durante unos minutos—.
¿Camille? —preguntó cuando la espera lo iba a consumir.
—No, no me suena. ¿Te ha dicho algo?
—¿Crees que después de meterme en su vida privada a la fuerza iba a
preguntarle algo así?
—¿Está asustada? ¿Sabes quién es su dominante? ¿Está en peligro?
—Dios, Camille… —Casey tiró la lata de la cerveza, ya vacía, al suelo
—. Te digo que no lo sé. Lo único es que está metida en ese asqueroso mundo
y allí puede pasarle cualquier cosa… Como a ti…
—Case… cada una decide lo que hacer con su vida —le comentó con
dulzura—. Tú no puedes salvar a quien no quiere ser salvada.
Casey bajó la cabeza y asintió. Sabía que su hermana llevaba razón. Pero
saber que Daniel estaba metido en ese mundo, y que esa mujer podía estar en
peligro, no solo por él, sino por el juego que jugaba…
—¿Desde cuándo la conoces? —preguntó su hermana.
—¿A quién?
—A esa chica.
—Desde hace unas horas… —respondió él.
La risa de su hermana hizo que se sonrojara.
—¿La conoces de hace unas horas y estás que te subes por las paredes con
ella? —inquirió sin poder creérselo—. ¿Qué te ha hecho?
Casey gruñó. No le gustaba el tono que su hermana empleaba. No tenía
nada de malo preocuparse por una persona que estaba en el BDSM y podía
estar en peligro. Aunque la conociera de hacía unas horas.
—Si vas a seguir riéndote, mejor te cuelgo —le regañó él al escuchar que
no dejaba de reírse.
—Vale, vale, ya paro… —Pero, aunque lo intentó, no podía dejar de reír
—. Vale, ya… A ver, ¿puedes contarme cómo ha sido todo?
Casey suspiró. Sabía que su hermana no iba a dejarlo en paz hasta que se
lo dijera así que, intentando omitir todo lo relacionado con la investigación, y
resumiendo lo acontecido, le relató el encuentro con Fire sin darse cuenta que,
cada vez que hablaba de ella, su tono de voz cambiaba.
—Joder, no me extraña que reaccionara así. ¿No te das cuenta que la has
juzgado y condenado sin darle tiempo a nada? Además, en el BDSM no se va
por ahí diciendo que lo practicas, es algo que se hace en la intimidad. Te has
metido en la vida personal y privada de una persona. Normal que reaccionara
de esa forma.
—Está relacionada con un caso importante.
—¿Y qué? Para ella es su vida, y tú has entrado en ella con tus prejuicios
para juzgarla. Creo que si lo hubieras hecho igual conmigo, yo también te
habría despachado de la misma forma, Case.
Casey se quedó pensando. En el momento en que se había enterado del
club y había indagado para encontrar la identidad y dirección de esa persona
que se relacionaba con Daniel, se había centrado en sacarle la información y
hacerle ver que esa práctica no era la adecuada. Y, sin embargo…
—Case… arregla las cosas, anda —le sugirió su hermana.
—No sé cómo —contestó él mirando el cielo de la ciudad. Tenía que
prepararse para volver a la comisaría. Observó la cama y su cuerpo se quejó
por no haberle dejado disfrutar de la comodidad del colchón—. De todas
maneras, ahora he de volver al trabajo.
—Bueno, pero ten cuidado, ¿vale? Y no seas tan impulsivo.
Casey esbozó una medio sonrisa que le hizo que apareciera un hoyuelo.
—Atrévete a decirme que no te gusta eso…
—No me gusta cuando haces que mis niños te sigan, hermanito… —
replicó ella—. Todavía me acuerdo de esa acampada y los saltos por la
cascada.
Casey rió. Miró la foto y se fijó en la cascada. Les habían tomado esa
fotografía un par de días antes de que cogiera a sus sobrinos y los subiera a lo
alto de la cascada para enseñarles lo que era saltar al agua… Claro que
después se había llevado una buena reprimenda de su hermana por ponerlos en
peligro, según ella.
—Pues menos mal que no sabes dónde nos iremos las próximas
vacaciones —comentó, jocoso, Casey.
—¡Serás! Venga, o te vas, o al final tu compañero va a tener que ocuparse
de tu desaparición. Y no te va a encontrar, de eso puedes estar seguro.
—Te quiero, hermanita.
—No tanto como yo. —Se detuvo unos segundos donde Casey pensó que
no tenía nada más que decirle. Estaba ya apartando el móvil de la oreja
cuando la escuchó llamarlo—: Casey…
—¿Sí?
—Intenta abrir tu mente. El BDSM, aunque a mí me fue mal, no es tan
malo…
—Ya…
La felicidad que había sentido se le desvaneció en ese momento y colgó
antes de que pudiera decirle nada más. El caso de su hermana no había sido el
único al que él se había enfrentado; el único que había querido investigar.
Desde hacía unos años el BDSM se utilizaba como una práctica para que
violadores y aficionados a la violencia dieran rienda suelta a sus deseos.
No iba a cambiar de idea en ese momento.
Capítulo 7
Sírveme una taza de deseo, con una pizca de placer, envuelto en el más
adorable anhelo de un beso sabor a cielo.
¡Reindman, Suat! ¡¡A mi despacho!! —gritó su jefe nada más verlos
— aparecer.
Habían quedado en encontrarse en la comisaría al mediodía y los
dos iban hablando del caso que tenían entre manos. Por eso, el grito que les
había dado los había pillado desprevenidos, como al resto de la comisaría que
se quedaron en completo silencio observando, primero, a un Richard Calfer
lleno de ira, y, segundo, a dos que se iban a llevar la bronca de su vida. Si es
que salían con vida del despacho del comisario.
—¿Tú has hecho algo? —preguntó Oliver.
—No que yo sepa. ¿Y tú?
Oliver negó. Miraban hacia donde se había introducido su jefe como si
fuera el mismísimo infierno y ninguno de los dos parecía querer acercarse ni
un milímetro a ese lugar.
—¡¡REINDMAN, SUAT!!
Los gritos hicieron que movieran sus traseros con rapidez. No querían
que los dejaran en evidencia delante de sus demás compañeros y, aunque no
entendían por qué estaba tan colérico, era mejor que lo intentaran apaciguar
con algo de obediencia.
El primero en entrar fue Casey. Oliver cerró la puerta tras de sí y se giró
hacia su amigo. No se había sentado todavía, como si esperara la orden de su
jefe para hacerlo.
—Cerrad las persianas —ordenó Calfer sin mirarlos, sentado como estaba
en su silla—. ¡Ya! —les apremió.
Cada uno de ellos se hizo cargo de una de las persianas y pronto el lugar
se quedó sellado, aunque dudaban que los gritos que fuera a darles, aún no
sabían por qué, fueran a quedarse en esa habitación.
—¿Se puede saber cómo se os ha ocurrido? —El tono era normal, pero se
notaba lo mucho que le costaba a Calfer mantenerlo sin alzar la voz y ponerse
a gritar.
—¿Cómo se nos ha ocurrido el qué? —preguntó Oliver—. Jefe, si es por
haber ido a ver a Greenblacht solo quisimos tantear el ambiente, ver si…
—¿¡Quién habla de ese hijo de puta!? —le cortó Calfer—. ¡A Fire
Dilworth! ¿¡Cómo se os ha ocurrido ir a verla e investigarla!?
—¿Señor? —intervino Casey—. ¿Esto es por esa mujer?
—¡Pues claro que es por ella! ¿Acaso no sabéis quién es?
Los dos se miraron. Cuando la fuente de Casey le contó sobre el club que
visitaba Daniel Greenblacht solo había pedido que le diera el nombre y
dirección de la persona que mantenía tantas conversaciones con él. La suerte
había estado con ellos al vivir en la misma ciudad. No habían indagado mucho
más, se habían presentado allí en un intento por tender una trampa y ser
capaces de atrapar a Daniel.
—Fire Dilworth es una mujer intocable, ¿me oís? —Les señaló con un
dedo mirándolos con la típica mirada de “no quiero réplicas”.
—¿Y eso por qué? —saltó Casey—. La señorita Dilworth está
relacionada con Daniel. Podría darnos información, ¿o acaso es una de sus
“hombres”?
La risa en la que estalló Calfer no era, ni mucho menos, divertida.
—Dilworth es una mujer que no tiene problemas con la ley. De hecho, se
la conoce muy bien. Y yo que vosotros iría a pedirle una disculpa sincera.
Sobre todo tú, Reindman. Te ha denunciado.
—¿¡Que ha hecho qué!? —exclamó él dando un paso hacia su jefe para
coger una hoja de papel que le tendía.
Junto a Oliver, leyeron lo que ponía:
“Los señores Oliver Suat y Casey Reindman se personaron en mi
domicilio personal a las siete de la mañana, sin ninguna orden. Tras la
conversación mantenida con ambos inspectores, fui consciente que he sido
investigada y han utilizado información privada y personal para intentar
extorsionarme con el objetivo de darles información acerca de un conocido
que, al parecer, es presunto culpable de no sé qué asunto.
Durante la conversación, me vi sometida a un interrogatorio ilegal por
parte del inspector Reindman que se extralimitó en su posición
ofendiéndome en más de una ocasión y siendo frenado por su compañero, el
inspector Suat.
Por ello, solicito que se le aparte del caso y se le impida acercarse a mi
persona en lo sucesivo.”
—¿Esto es verdad? —preguntó Casey.
—No parece una denuncia oficial —comentó Oliver. Miró a su capitán.
—No, no lo es, porque le pedí que no la tramitara. Cuando llegué esta
mañana, Dilworth ya estaba aquí hablando con uno de los policías. Como la
conozco desde niña me acerqué para ver si le pasaba algo y fue cuando me lo
contó. Yo mismo me hice cargo del asunto. He dado mi palabra de que no vais
a acercaros a ella, menos después de cómo la habéis abordado.
—¡Capitán!Ella es un nexo con Daniel. Podría tenderle una trampa
fácilmente… —se justificó Casey.
—¡He dicho que no! En esta ciudad, Dilworth está fuera de cualquier
investigación.
—¿Y eso por qué? —insistió Reindman.
—Si tanto quieres saberlo, Reindman —contestó Calfer—, investiga quién
es ella. ¿También debo decirte lo mismo a ti, Suat?
—No, señor —respondió Oliver.
—Y ahora, a trabajar.
Oliver tiró de su compañero para sacarlo del despacho antes de que
intentara hablar de nuevo. Solo cuando cerró la puerta, Casey se liberó con
violencia del agarre del otro.
—¿Cómo se atreve? —soltó con rabia—. ¿Y tú por qué no has dicho
nada?
—Te dije que te contuvieras. Esta mañana estabas demasiado violento con
esa mujer.
—¿Y eso a qué viene ahora? Esa tía tiene que ser alguien importante para
Daniel como para que viniera aquí a cubrirse las espaldas… Seguro…
—Case… ¿Por qué no miras quién es ella? —interrumpió Oliver.
—¿A qué te refieres?
—Tú hazlo.
—¿Tú lo sabes? —Cuando asintió, esperó que le desvelara algo más, pero
Oliver se quedó callado—. ¿Y bien?
—Averígualo por ti mismo, después me cuentas —le dijo separándose de
él para ir hacia su despacho.
Casey se quedó de pie mirando a su compañero. No parecía querer
hacerle partícipe de la información que tenía.
—¿Se puede saber qué haces aún aquí? —inquirió Calfer al salir de su
despacho.
Casey respingó pues no lo había escuchado abrir la puerta.
—Nada, jefe… —contestó tocándose la cabeza y marchándose hacia su
mesa, al lado de la de Oliver.
Se sentó y observó la pila de papeles que tenía por toda ella. Su
compañero era muy organizado pero él no. O podría decir que era organizado
en su desorden pues sabía qué contenía cada papel que tenía.
Se fijó en la foto del único marco que había llevado a comisaría. En ella
estaba su hermana gemela junto a sus tres sobrinos, dos niños y una niña. Eran
su única familia y los amaba con locura.
En su vida no había ninguna mujer que durara más de una noche, ni
tampoco él se veía como un hombre de familia. Por eso procuraba satisfacer
sus necesidades sexuales con alguna y seguir su camino. Sin ataduras, sin más
inconvenientes.
Reorganizó algunas de las carpetas y papeles hasta que, debajo de su
desorden, encontró lo que buscaba: un portátil negro que abrió y encendió para
dar con la clave de ese día: la identidad completa de esa mujer.
¿Cómo era posible que ella lo hubiera denunciado? ¿Quién se creía que
era?
Miró de reojo a su compañero pero este pareció no percatarse, o bien no
quería darse por aludido por si le decía algo, cosa que estaba más que
deseoso de hacerlo.
—Jodido
traidor… —masculló al ver que las miradas no surtían efecto
con su compañero. La ira se incrementó al ver que Oliver intentaba no sonreír.
Se centró entonces en el ordenador. Entró en el programa de la policía y,
después de teclear su clave, buscó entre las fichas el nombre de Fire Dilworth.
Pronto apareció el resultado.
—No está —dijo en voz alta.
—¿Quién no está? —preguntó Oliver sin levantar la mirada de la carpeta
que revisaba.
—Dilworth, no tiene ficha.
Oliver se echó a reír haciendo que Casey gruñera.
—Dilworth no es ninguna delincuente. Busca en Google, burro.
Sin poder evitarlo, Casey se mordió el labio inferior hasta que casi se
hizo sangre. Odiaba no saber quién era esa mujer con tanto poder como para
ponerle entre las cuerdas. Si el capitán Calfer no la hubiera interceptado, en
ese momento tendría una denuncia por conducta inapropiada y tendría que
pasar una inspección de asuntos internos, justo las personas que no quería ver
en su vida.
Abrió un navegador de internet y puso el nombre y apellido de Dilworth.
Pronto comenzaron a salirle varias páginas con entrevistas, audios, vídeos, y
demás archivos multimedia. Clicó en uno de ellos y pronto su pantalla reflejó
la imagen de una mujer de cabello pelirrojo con unos ojos tan expresivos que
se quedó mirándola durante unos minutos.
Esa mirada era hipnótica, tan sensual como poderosa. Tan sexy como
amenazadora. Por segunda vez volvió a sentir ese cosquilleo en todo su
cuerpo.
—Necesitouna noche de sexo… —murmuró negando con la cabeza. Se
frotó los ojos y eliminó la fotografía de Fire para buscar algún texto donde se
hablara de ella.
Pronto encontró un artículo del periódico de la ciudad relacionado con
ella.
La empresaria Fire Dilworth ayuda a la policía a desmantelar una red
de falsificaciones
Fire Dilworth es muy conocida en nuestra ciudad por la casa de
subastas Dilworld, una mezcla entre su apellido y la palabra “mundo” en
inglés. Es una de las casas más conocidas en todo el mundo, que realiza a
diario transacciones de miles de euros y que pone en contacto vendedores y
compradores de obras de arte.
Sin embargo, Dilworth conoce muy bien su trabajo, tanto como para
detectar falsificaciones y redes de delincuentes, como este ha sido el caso.
Fuentes de este periódico han podido descubrir que la señorita
Dilworth ha colaborado con la policía para tender una trampa al grupo que
se dedicaba a falsificar cuadros poco conocidos de pintores europeos. De
hecho, ya ha habido varias denuncias de compradores anónimos de otras
casas de subasta que, al contrario que los clientes de Dilworth, se han
llevado la mala noticia de que sus cuadros son falsos a pesar del gran
desembolso económico que realizaron.
Por ahora la investigación sigue su marcha pero todo apunta a que la
estimable ayuda de esta empresaria de treinta y cuatro años (2017) ha
permitido atrapar una red internacional de estafadores del arte.
Casey releyó el artículo varias veces antes de buscar más información.
Finalmente, encontró otra página web donde se mostraba la biografía de ella
junto con una entrevista.
Fire Dilworth, soltera y sin compromiso, se licenció en Historia del
Arte por la prestigiosa Universidad de Londres. Tiene en su haber varios
títulos relacionados con el arte de países como América, Reino Unido,
Alemania, Italia, etc. así como de otras vertientes como numismática y
filatelia. Actualmente es directora de la Casa de subastas Dilworld, una de
las más famosas y que más millones mueve a lo largo del año. Muchos
aficionados al arte están entre su clientela que permanece en el más
absoluto secreto.
Señorita Dilworth, cuéntenos, ¿por qué se decantó por un negocio tan…
de hombres?
Lo cierto es que no es un negocio de hombres, sino de valientes. En
todo el mundo las casas de subastas están dirigidas principalmente por
mujeres. En realidad los hombres son una minoría. No creo que se pueda
decir que un negocio es cosa de hombres o de mujeres en estos tiempos.
Tiene razón. Me he expresado mal, ¿por qué se decantó por un negocio
tan peligroso?
Sí que es peligroso. No solo tienes que verificar y validar la
autenticidad de cada producto que llega a tus manos, sino que también
tienes que velar porque el comprador reciba lo que ha comprado y las
transacciones se hagan de forma legal y rápida. Eso requiere de un buen
equipo y, afortunadamente, he sabido rodearme de buenos profesionales.
¿Desde pequeña ha querido dedicarse al negocio de las casas de
subastas?
El arte siempre ha formado parte de mi vida. Mi padre supo inculcarme
su pasión por los cuadros, los sellos o las monedas. Cuando estaba con él
me enseñaba a distinguir esas pequeñas características que hacen que un
cuadro sea único, que sea original.
Mi formación después me llevó a viajar y, gracias a los contactos de
mis padres pude formarme, no solo en una de las mejores universidades,
sino también en centros relacionados con lo que ahora es mi vida: las casas
de subastas.
De hecho, conservo muy buenos recuerdos de una de las mejores, la
casa Christie, donde hice un periodo de prácticas con los directores de la
casa. O la casa Sotheby, en Nueva York, en la que trabajé y pude acercarme
a colecciones que más de uno querría ponerles la mano encima.
¿Cómo es su día a día, señorita Dilworth?
Bueno, como el de cualquier trabajadora. Me levanto, voy a trabajar y
vuelvo a casa. No le contaré las aficiones que tengo o los encuentros o citas
que realizo, ya sean de trabajo o no.
Ja, ja, ja, por supuesto, pero, ¿qué nos dice de su trabajo?
Ser directora de una casa de subastas de arte es dinámico. Cada día se
hace algo diferente, es lo bueno de este trabajo. Si bien mis trabajadores se
ocupan de diferentes departamentos, y cada uno está especializado en un
tema concreto, el hecho de poder pasar por sus manos diferentes obras hace
que cada día sea diferente.
Tengo personal que se encarga de validar la autenticidad, otro que se
ocupa de la legalidad de la obra, personal para llevar a cabo subastas tanto
online como presenciales, así como otras privadas de las que solo los
interesados se enteran.
Y, todo ello, ¿lo dirige usted sola?
Por supuesto. Conozco a cada uno de mis trabajadores y, aunque
delego en personal capacitado, siempre estoy al tanto de todo lo que ocurre.
Si no fuera así, ¿qué clase de jefa sería?
¿Cuál sería su meta con Dilworld?
No hay ninguna meta. No hay nada peor en la vida que ponerse una
meta porque, cuando se llega a ella, no sabes qué hacer.
Dilworld crece día a día y soy lo bastante competente como para
seguirle el ritmo a mi empresa. Cuando ya no pueda hacerlo, será hora de
frenarla. Pero mientras tanto quiero que siga creciendo.
Muchas gracias por habernos dedicado un poco de su tiempo.
Gracias a usted por haber decidido visitar las instalaciones de
Dilworld y disfrutar de mi compañía.
—¿Entiendes ahora quién es ella? —preguntó Oliver sacándole los ojos
de la pantalla.
—¿Cómo es que tú no lo sabías? —le acusó. Él llevaba viviendo en la
ciudad años, tenía que haberla reconocido en el momento en que le dijo su
nombre.
—La reconocí en cuanto la vi, por eso fui prudente y traté de que la
conversación no fuera demasiado intrusiva. Pero tú no ayudaste mucho… —le
atacó.
—Pero si ella es tan famosa y mueve tanto dinero, quizá Daniel…
—Case, vamos, déjalo. Está limpia. Es una de las ciudadanas más
ejemplares de esta ciudad. Y si te metes con ella, vas a tener problemas
serios.
Casey exhaló con fuerza. Si realmente era tan ejemplar, podía ayudarles
en su problema. Podría detener a un criminal como Daniel Greenblacht.
—¿Estás bien, Fire? —preguntó Sam al ver que su jefa levantaba la mano
para detenerla y poder bostezar sin perderse nada de lo que le decía.
—No he podido dormir hoy. Solo eso.
—¿Tan mala noche te ha dado Michelle? ¿No me digas que la llevaste a tu
casa?
—¿Qué? ¡Nooo! La dejé en la suya. Pero después quedé con unos amigos
y volví tarde. Y esta mañana a un par de personas no se les ha ocurrido mejor
despertar que levantarme apenas me había acostado.
—¿Quiénes?
—Nadie, cosas mías —contestó evitando responder a la pregunta.
El encuentro con esos policías la había puesto de muy mal humor y por
eso, después de echarlos de su casa, se había dado una ducha y había ido a la
comisaría para poner una denuncia. Allí se había encontrado con Richard
Calfer, uno de los amigos de su padre, y finalmente la había convencido
dándole su palabra de que no se acercarían a ella.
Tras una invitación a desayunar, y un desayuno que le había quitado el
enojo de esa mañana, había llegado a su trabajo, incluso antes que Sam, y se
había puesto a trabajar en la subasta que iban a tener esa semana. Era una de
las más importantes que celebrarían y quería que todo estuviera bien.
Aún quedaban algunos documentos por recibir y necesitaba meterles
presión para que estuvieran en su poder antes del jueves.
—¿Entonces no han dicho nada? —preguntó a Sam.
Ella consultó la carpeta que llevaba. Como secretaria de Fire, tenía que
encargarse de muchos asuntos al mismo tiempo y había acabado por apuntarse
todo lo que le decía o le enviaban para no perderse.
—A ver, han dicho que intentarán enviarlo para el miércoles tarde. Que
están muy liados.
—Liados… ya…
Sam vio cómo Fire cogía el teléfono y marcaba un número de memoria.
—Quiero hablar con Leonard Petukres —dijo nada más le hablaron al otro
lado de la línea—. Me da igual que esté ocupado, dígale que lo llama Fire
Dilworth y espero que se digne a coger la llamada si no quiere quedarse sin el
cincuenta y ocho por ciento de su negocio —arrojó sin tener ningún ápice de
arrepentimiento por ello.
—Fire…
Ella levantó la mano para acallarla.
—Hola, Leonard… —saludó Fire—. Creo que tienes algo que
mandarme…
Un tenso silencio hizo que el amplio despacho se volviera pequeño y
angustioso. Y no era para citar esas características.
El despacho de Fire era de los más amplios que había en el edificio.
Estaba situado en la tercera planta y tenía ventanales en tres de las cuatro
paredes. Estaba decorado con muebles oscuros y artículos de arte que ella
misma había comprado, aunque diseminados entre esos elementos, había
fotografías de sus amigas, o de sus padres.
Ella misma se encontraba detrás de un escritorio rústico de caoba oscura
que, si no pesaba una tonelada, poco le faltaba. Encima del mismo apenas
tenía lo imprescindible para hacer su trabajo.
—No, ahora escucha tú. Quiero esa documentación para mañana. Si no
eres capaz de hacer trabajar a tu personal y que este sea competente, entonces
tendré que empezar a dar más trabajo a otros. Y eso sabes que implicará que tu
negocio se resienta. Así que sé el jefe que debes ser y ponlos firmes. Llevas
con esa documentación una semana y sabes tan bien como yo que solo se
necesitan tres días para validar las obras de un pintor como Rafael.
No le dio tiempo a réplica pues lo siguiente fue colgar el teléfono.
—Listo, un asunto menos del que ocuparse. Mañana estarán aquí.
—Paso de preguntar cómo lo sabes. Ya he aprendido que, cuando tomas el
mando, las cosas se hacen como tú dices —rió Sam—. Creo que es lo único
que nos queda.
—¿Has comprobado las acreditaciones del personal de la subasta? No
quiero ningún curioso.
—Tranquila. Se han habilitado las tarjetas especiales. Nadie que no venga
con la acreditación y el lector la lea podrá entrar. Y sí —continuó al ver que
Fire iba a hablar—, hemos revisado que funcionen aun cuando se coloquen
cerca de un móvil o cualquier otro aparato eléctrico. No dan fallos.
Fire sonrió y se echó en su silla. Le dolía la cabeza, no solo por no haber
dormido, sino también porque esa subasta era importante. Podía ser todo un
éxito, o el mayor de los fracasos. Y a ella no le gustaba perder.
—Intenta relajarte un poco, ¿vale? Te daré un par de horas para que
almuerces y duermas. Mientras mantendré a los demás alejados de aquí.
—Gracias, Sam —agradeció.
—De nada. —Le guiñó un ojo y salió del despacho.
Fire se giró en su silla y miró hacia el exterior. Ese día estaba siendo
bastante pesado, aunque, al menos, ya faltaba menos para irse a casa y, esa vez
sí, dormir un poco. Iba a desconectar el móvil y a dejar que su cama se
apropiara de ello. No tenía ganas para nada más.
Cerró los ojos y suspiró al relajarse. Ahora que tenía todo asegurado,
solo quedaba dejar pasar el tiempo.
—¡Le digo que no está aquí!
El grito fuera de su despacho hizo que Fire abriera los ojos de golpe.
Desubicada, miró a ambos lados para tratar de saber dónde estaba. La
fotografía de su padre con ella en brazos sosteniendo una moneda le dio la
clave.
—¡Que no está!
Escuchó de nuevo. ¿Era Sam? ¿Qué estaba pasando?
Fire se estiró en la silla donde al final se había quedado dormida. Se
levantó y miró el reloj. Había pasado una hora de las dos que Sam le había
prometido. Sin embargo, por los gritos y ruidos que escuchaba fuera, parecía
que la cosa se había descontrolado en tan poco tiempo.
Los golpes en la puerta le hicieron pensar que alguien intentaba abrirla y
suponía que Sam se había interpuesto. Caminó con rapidez y abrió ella misma
con ímpetu.
—¿Qué es lo que pasa? —preguntó sin subir el tono por condescendencia
a Sam, que no tenía la culpa, pues la había escuchado decir que no estaba—.
¿Tú?
Fire no podía apartar la mirada de él. ¿Qué se suponía que hacía en su
empresa?
Capítulo 8
Pasión es el nombre que susurran mis labios en el momento en que tu
boca se entierra en mi sexo envolviendo mi excitación en el poder de tu
mente.
asey se giró al escuchar la voz de Fire. La había visto por la mañana,
C aunque, en esos momentos, le parecía diferente. Llevaba unos
pantalones y una camisa blanca, un look de oficina normal y corriente.
Pero esa melena roja que se dejaba suelta era como un símbolo de
lujuria, de trasgresión.
—Inspector Reindman, ¿puedo saber qué hace aquí? —le preguntó Fire
directamente cruzándose de brazos y apoyándose en el marco de la puerta.
—¿Lo conoces? —preguntó a su vez Sam—. Le he dicho que no estabas
pero no dejaba de decir que tu coche estaba aquí y que tenía que verte. Y yo…
Fire alzó la mano para detener a su amiga. Estaba nerviosa, quizá porque
sabía lo que ocurría cuando la molestaban sin que ella quisiera que lo
hicieran.
—No te preocupes, Sam.
—¿De verdad? —La cara de perplejidad de Sam hizo que sonriera. De
haber sido otro, seguramente habría respondido de otra manera. Sin embargo,
le intrigaba lo que ese policía había venido a hacer en su empresa. Y, en cierta
forma, también ella se había recreado al verlo.
Vestía de manera casual, con unos vaqueros y una camiseta negra que
escondía bajo una chaqueta de cuero. En su mano llevaba un casco por lo que
intuía que habría una moto no autorizada en su aparcamiento.
—Sí. Déjanos solos, Sam. Ah, y ocúpate de que la grúa no se lleve la
moto de nuestro invitado, por favor —añadió entrando al despacho y
soltándolo.
—¿Cómo? —intervino por fin Casey. Su moto era sagrada, si alguien le
ponía las manos encima…
—Sí, enseguida… Pero, ¿estarás bien, Fire? —Ya no la llamaba señorita
Dilworth por lo que la pregunta la hacía más como amiga que como empleada.
Fire se volvió y la miró.
—Estaré bien. No te preocupes.
La vio asentir y esperó a que se marchara antes de voltearse de nuevo
hacia su escritorio.
—No estoy para perder el tiempo, señor Reindman.
—Ni yo —comentó él entrando, por fin, en el despacho de Fire.
Al igual que había hecho en la casa, también allí comenzó a observar las
estanterías, los cuadros y demás elementos que formaban parte de la
decoración.
Cuando se dio cuenta que Fire lo miraba, tosió y bajó la mirada.
—Lo siento, es algo que hago de manera involuntaria.
—Por su trabajo, supongo.
—Sí, nos enseñan a no dejar nada al azar y estar en alerta en todo
momento. Por eso no puedo evitar fijarme en los detalles.
—Me parece que realiza un buen trabajo, inspector —lo elogió ella
echándose sobre la silla y colocando una de sus piernas sobre la otra—. Pero
eso, lamentablemente, no me aclara el motivo por el que está aquí ahora.
—Vengo a… El capitán Calfer ha hablado conmigo.
—Oh, entonces supongo que estará aquí por esa denuncia que quise poner
y que su capitán me pidió que no lo hiciera.
—Sí —contestó él. Se iba acercando lentamente hacia el escritorio.
Fire le señaló las sillas para que tomara asiento y así lo hizo, dejando el
casco en la otra. Ahora que estaban cerca, podía observarla mucho mejor. Y lo
que veía en ella era poder. Todo su cuerpo lo exudaba. No parecía tensa, ni
furiosa porque estuviera allí. Tampoco la veía sorprendida, alegre o
incómoda. Era como si no pudiera leer a través de sus movimientos, como si
controlara cualquier reacción y esperara lo que el otro hiciera para actuar.
—Como comprenderá, no permito que nadie me juzgue o quiera utilizar
información privada sacada, a saber con qué interés, en mi contra. No voy a
tolerar…
Casey levantó la mano en un mismo gesto al que Fire había hecho con
Sam. Eso hizo que arqueara una ceja. ¿La acababa de cortar?
—No estoy aquí para hablar sobre el porqué de esa denuncia —lanzó
Casey. Fire cerró la boca y esperó a que prosiguiera—. Estoy aquí porque…
quiero pedirle disculpas —terminó.
Fire lo miró. ¿Había escuchado bien? ¿Ese hombre que había entrado en
su casa horas antes y había cuestionado sus gustos o lo que hacía en su día a
día ahora le pedía perdón por haber actuado de esa forma?
—Richard ha sido tajante, ¿me equivoco?
—No. Pero esto no viene por él… Más o menos.
La risilla de Fire hizo que él la mirara de nuevo. Le encantaba cuando
sonreía.
—¿Ah, no?
—Reconozco que me enfureció que fuera a poner una denuncia después
de…
—¿De cómo me trató en mi propia casa donde venía para pedirme
colaboración ciudadana? —acabó ella.
—Sí, bueno… Mi fuente no fue muy concienzuda en cuanto a darme toda
la información que necesitaba y, por motivos personales, mi reacción fue
excesiva —comentó él.
—Más bien diría que fue lo bastante bueno como para dar con datos que
prefiero sigan estando en el más absoluto secreto. No tanto por mí, sino
porque en esos clubes hay otras personas que pueden sentir violada su
intimidad, y son mucho más influyentes que yo.
—¿En serio? —preguntó sin dar crédito a lo que le escuchaba. Sacudió la
cabeza al ver la forma en que Fire lo miraba—. Quiero decir, por supuesto —
rectificó.
Los dos se miraron y rompieron a reír.
—Creo que hemos empezado mal —comentó Fire.
—¿Borrón y cuenta nueva? —propuso Casey tendiéndole la mano.
Fire miró la mano del policía. Era ancha, de dedos largos. Parecía una
mano que había soportado mucho.
Levantó la suya y la unió a la de Casey sintiendo con ello un cosquilleo
en todo su cuerpo. No podía describirlo, pero se sentía bien con ese hombre,
algo extraño pues no solían caerle bien personas como él.
—Trato hecho, señor Reindman.
—Llámeme Casey, o Case —le dijo él.
—Entonces, es justo que a mí me llame Fire. Y ahora que hemos
solucionado nuestros… problemas. ¿Hay algo más que pueda hacer por ust…
ti? —rectificó en último momento.
—En realidad, me gustaría hablarte de nuevo sobre lo de esta mañana. Sé
que Oliver, mi compañero, te lo dejó todo claro, aunque…
—Adelante —le incitó.
—Verás, el hombre al que perseguimos es muy peligroso. Y también un
hijo de puta que siempre sabe cómo salirse con la suya. Desde que llegó a la
ciudad tiene gente vigilándole y apenas encontramos nada que pueda
incriminarlo.
»Una de mis fuentes es experta en ordenadores así que le pedí que
hackeara el ordenador y nos diera algo de información extra. A pesar de todo,
el tío es bueno, no guarda nada sucio en él.
—Es lógico. Es una persona inteligente —alabó Fire.
—Sí, aunque si fuera para una conducta adecuada, lo sería. Sin embargo,
sí que encontró los datos de un club y empezó a tirar del hilo hasta…
—Hasta que dio con la información de lo que era.
—Así es. Una vez me dijo el tipo de club que era y que había una tal Lady
Blue con la que conversaba siempre, supuse que, si hablábamos con ella,
podríamos tenderle una trampa.
—Entiendo lo que me pides, Casey. Pero como le dije a tu compañero, en
ese club no se habla… Así que no sé nada de esa persona. Además, mis
normas…
—Sí, las sé, las sé. Nada de nombres, nada de relaciones fuera del club…
Pero eso no quita que él no pueda contarte cosas.
Fire negó con la cabeza.
—Procuro no inmiscuirme en la vida de las personas con las que… juego
—acabó la frase—. Ellos buscan algo más que hablar en esos sitios.
—Pero puedes quedar con ellos… —propuso él.
—Aunque quedara con él, ¿qué os importaría? Iría a tomar un café con un
conocido, no sería ningún delito. Y dudo mucho que ese hombre fuera
contando lo que hace a cualquier persona —razonó Fire.
Casey suspiró derrotado. Su idea cuando había ido a verla por la mañana
era sonsacarle la información, o que esta pudiera tenderle una trampa. Pero
quedaba claro que no era posible. No podía seguir por ese camino.
—Tienes razón, Fire. Y de nuevo siento haberte molestado. —Casey se
levantó de la silla—. No te preocupes por lo del club, esos datos están
seguros…
Fire asintió. No estaba muy segura de ello pero se encargaría de que lo
estuvieran en cuanto hiciera una llamada.
—Gracias por atenderme cuando estabas… ocupada —comentó
despidiéndose de ella.
—Era eso o seguir escuchando los gritos y finalmente que abrieras mi
puerta sin ser invitado —le contestó ella con lo que podía haber ocurrido de
no haber ido a averiguar lo que pasaba.
Casey sonrió pícaro.
—Eso habría pasado —le desveló.
Fire le devolvió la sonrisa. Sus ojos brillaban por lo que en su mente
ocurría con ese hombre.
Vio cómo Casey se daba la vuelta, caminaba unos cuantos pasos y se
detenía.
—Fire…
La forma en que susurró su nombre hizo que el vello se le erizara.
—¿Sí?
—Si tuvieras problemas… podrías contar conmigo.
—¿Problemas? —No entendía a qué venía eso.
—Ese tipo de clubes son peligrosos. Se hace daño a la gente.
Cuando Fire quiso preguntarle, el sonido del teléfono hizo que girara la
cabeza hacia la mesa. Descolgó y pulsó el botón de silencio para pedirle a
Casey que esperara pero este ya estaba abriendo la puerta y saliendo.
Vio a Sam en su mesa con el auricular en la oreja. Primero lo miró a él y
luego hacia ella. Se levantó deprisa y entró en el despacho.
—Fire, tienes la cita de las cuatro esperando —le recordó Sam.
Ella respiró hondo. Mandó un wasap y se preparó. Ya aclararía ese
asunto en otro momento, ahora necesitaba encargarse de la casa de subastas.
El sonido personalizado que le había puesto a su móvil hizo que levantara
la cabeza de los papeles que examinaba y mirara la pantalla. Descolgó sin
más.
—Dime.
—¿Qué querías decir con tu mensaje? —preguntaron al otro lado de la
línea.
—¿Podéis quedar? No es un asunto del que hablar por teléfono —dijo
Fire.
—Hoy no. Mañana por la mañana.
—Pues nos vemos en el café de siempre —citó Fire—. A las nueve.
Colgó tras despedirse de la otra persona y miró hacia una de las ventanas.
Ya había anochecido y seguía en la empresa revisando documentos. Sam hacía
tiempo que se había ido, como muchos de la plantilla. Ella solía ser la última
y, ese día, debido a que no podía concentrarse por las últimas frases que había
tenido con Casey, iba a salir más tarde de lo habitual.
Capítulo 9
El mayor de los castigos, la tristeza más profunda es aquella en la que
tu mirada se niega a posarse en mí.
liver vio llegar a su compañero. Hacía varias horas que lo había
O perdido de vista después de que volviera de hablar con los que habían
acabado el turno de vigilancia de Daniel. Y a su vuelta, ya no estaba.
—¿Dónde has estado? —le preguntó cuando Casey se sentó.
Todos en la comisaría habían estado ocupados pero, aun así, la ausencia
de Casey se había hecho evidente ya que su mesa era una de las que más
visitaban para dejar información sobre diferentes casos.
—Tenía que ocuparme de un asunto.
—¿Ese asunto tiene una melena pelirroja? —Casey no pudo evitar sonreír
recordándola—. Espero que no hayas hecho nada malo…
—No, tranquilo —le aseguró él—. He aclarado las cosas… Y de camino
aquí he estado pensando… —Casey miró a Oliver—. ¿Y si nos infiltramos?
—¿Cómo?
—Daniel entra en ese club, ¿no? Bueno, nosotros podemos hacer lo
mismo. Sería fácil tenderle una trampa y ver si podemos tirar de la manta hasta
que nos diga algo que lo incrimine.
—Estás loco… ¿quieres infiltrarte en un club de BDSM?
—Piénsalo. Si estamos dentro, será más fácil tener acceso a él. Y si
consiguiéramos entrar, podríamos llegar más lejos.
Oliver se quedó callado. Casey llevaba razón en ese plan, aunque dudaba
que fuera a ser tan fácil como pensaba en ese momento. Había muchos cabos
sueltos. Y estaba el hecho de que ellos no eran el objetivo de Daniel.
—Dudo mucho que a Daniel le interesen los hombres —soltó
desbaratando los planes de Casey.
—¿Y quién te dice que vamos a ser hombres? Hablo de infiltrarnos en el
club online. Si utilizamos un nick de mujer y nos presentamos como tales,
quizá podría querer “jugar”.
—¿Y qué hay de la cámara? Según nos dijo la señorita Dilworth, allí no
van a hablar precisamente, lo que implica que deba haber una cámara.
—Podemos pedir ayuda a una compañera —respondió solucionando el
problema rápidamente.
Los dos policías se miraron. Lo que estaba sugiriendo Casey era
arriesgado. Ya habían intentado, en otra ocasión, infiltrarse entre la gente de
Daniel y al final su compañero había acabado perdiendo la vida al ser
descubierto. Lo que ahora proponía no difería demasiado, salvo en el caso de
que iban a abordarlo desde el tema sexual.
—¿Qué opinas? —insistió Casey.
—Puede ser una opción. Pero el capitán…
Ambos giraron sus cabezas hacia la oficina del capitán Calfer. Tenían que
presentarle una propuesta bien atada para conseguir su objetivo. Y eso no iba
a ser fácil ya que jamás enviaba a mujeres a infiltrarse. Menos aún, lo
consideraría ante un caso de prostitución. Era poner la miel delante del oso. Y
ese oso era de los más fieros a los que se podían enfrentar.
—Tenemos que hacer algo para conseguir meter entre rejas a Daniel —
masculló Casey. Desde que había accedido a ese caso se había convertido en
algo personal.
Odiaba que los hombres abusaran de las mujeres, en cualquier
modalidad. Por eso quería acabar con el problema de raíz, sin dejar cabos
sueltos. Oliver lo había puesto en antecedentes, sabía ya tanto como él del
caso y todos los intentos de arrestarle que habían hecho, junto con todas las
artimañas que él había interpuesto para evitar el final que la policía quería. En
ese momento, les ganaba por goleada. Pero Casey se había propuesto acabar
con toda su organización. De una forma, o de otra.
—Lo sé, Case.
—Entonces hablemos con Calfer. A ver qué opina —se apresuró Casey.
La adrenalina que bombeaba su cuerpo en ese momento hizo que caminara
hacia el despacho de su capitán. Estaba convencido de que era una buena idea
y que la vería con los mismos ojos aquel a quien se la explicara.
—Capitán… —llamó tocando en la puerta antes de atreverse a entrar.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó Calfer al ver que había sido Casey quien
lo llamara.
—Se nos ha ocurrido algo para atrapar a Daniel —le dijo y vio cómo se
iluminaba el rostro de su superior.
Poco a poco, tanto Casey como Oliver le relataron al capitán todo lo que
habían considerado. El plan, aún en sus inicios, fue tomando forma en el
despacho hasta que todos los cabos fueron quedando atados.
Sin embargo, una vez los dos policías se callaron y, sonrientes, esperaban
la aprobación de Calfer, un estruendo hizo que se les borrara la felicidad de
inmediato.
—¿¡¡SERÉIS IMBÉCILES!!? —gruñó Calfer fuera de sí—. ¡Hemos
perdido ya a dos de los nuestros por culpa de Daniel y queréis infiltrar a una
mujer! ¿¡Se os ha ido la cabeza!?
—Capitán, no le pasaría nada. Ella solo estaría por internet…
—¿Y te crees que un tío como ese va contando sus intimidades a
desconocidos de internet? —preguntó evidenciando algo tan obvio que no lo
habían considerado—. Ese hombre evitará a toda costa hablar de su trabajo, o
se inventará una vida nueva. ¡¡Jamás hablará de sus chanchullos e
ilegalidades!! Gilipollas…
—Capitán, sería un riesgo a correr —insistió Casey—. Ya sé que será
imposible que desvele datos incriminatorios por internet. Pero si se conecta
con él y luego se hacen encuentros en físico, es posible que, en algún
momento, se tenga acceso a la casa. Y allí podría buscarse información. O
incluso pruebas de los crímenes.
Calfer se presionó el puente de la nariz. Esos dos le estaban dando dolor
de cabeza desde que había tenido que salvarles el culo para que Fire no los
denunciara. Y en ese momento se estaba replanteando lo que había hecho por
ellos.
—Vamos a ver… Me estáis diciendo que queréis infiltrar a una mujer en
casa de ese hombre… ¿¿¡¡CUANDO SE DEDICA A LA PROSTITUCIÓN!!??
¿¡Pero en qué estáis pensando!? Si la pilla rebuscando en su casa, la matará.
Eso en el mejor de los casos. Y si descubre su tapadera… Sin mencionar, por
supuesto, que estamos hablando de un club sexual, ¿vais a pedirle a una de
vuestras compañeras que folle con un delincuente o que se deje hacer
cualquier cosa? Rotundamente, no.
—Capitán… —volvió a hablar Oliver.
—¡¡He dicho que no!! —gritó dando un golpe sobre la mesa—. No voy a
poner a ningún hombre, o mujer, en peligro para atrapar a ese desgraciado.
Buscad otra manera. Y ahora, largaos.
Oliver y Casey se miraron y salieron del despacho desilusionados.
Sabían que su capitán llevaba razón en los argumentos que les había dado.
Pero se suponía que tenían grandes mujeres policías que podían hacer el
trabajo.
—Creo que hoy el capitán se va a acordar de nosotros… —comentó
Oliver pasándose la mano por la cabeza antes de sentarse en su escritorio.
—Y que lo digas… Lo tenemos tan cerca… —Casey estaba cabreado.
Molesto. Irritado.
Desde el momento en que Calfer había hablado de que esa mujer tendría
que someterse a lo que Daniel quisiera, su cuerpo había reaccionado de una
manera muy violenta. Su mente había imaginado a cierta mujer teniendo que
soportar las caricias, los besos, el tacto, aliento y sabor de un asesino. Y había
querido salir del despacho, presentarse en la casa de Daniel, y acabar con el
problema.
—¿Case? Oye, ¿te pasa algo?
Oliver miró a Casey. Estaba completamente tenso y no parecía haberle
escuchado nada de lo que le había estado diciendo. Se levantó y le tocó el
hombro para que reaccionara. Cuando volvió su rostro hacia él se asustó por
la mirada llena de ira.
—¿Estás bien? —Casey asintió—. Tranquilo, seguro que hay otra forma
de pillarlo. Llevamos años en la comisaría intentándolo. No es cuestión de que
llegues ahora y nos dejes como la suela del zapato a los demás —bromeó
Oliver para intentar relajarlo.
—Sí, claro —rió Casey. Tenía que sacarse de la cabeza esos
pensamientos que tenía.
Casey empujó con la pierna la puerta de su piso para que se cerrara tras
él. Había tenido una tarde de papeleo registrando todos los movimientos de
Daniel para intentar descubrir algún cabo suelto. Pero cuando se trataba de él,
no había ninguno.
En un intento por despejarse, había abierto la carpeta de otro caso y había
empezado a trabajar en él. Se sentía frustrado. Parecían estar ante un callejón
sin salida y ya no sabía qué más hacer para conseguir tirar de la manta y
desmontar esa red que había creado Daniel.
Al menos con el otro caso la resolución parecía ir más rápida. Un
pequeño aliciente para seguir quebrándose la cabeza en la solución del que
más le importaba.
Observó el contestador que parpadeaba con un mensaje del buzón y pulsó
la tecla para escucharlo mientras se acomodaba en su casa, lo que significaba
despojarse de la ropa hasta quedarse en bóxer, andar descalzo hasta la cocina
para coger una cerveza de la nevera y seguir hacia el baño para abrir el grifo
del agua caliente y que caldeara la habitación para tomar una ducha.
Sonrió varias veces al oír las voces de sus sobrinos. Su hermana le había
llamado de nuevo y había querido que sus sobrinos le enviaran mensajes.
Sabía que lo había hecho para animarle, y la verdad es que se lo agradecía.
Desde que había conocido su nuevo destino, la pena de tener que irse
lejos de la que consideraba su familia lo había mantenido un poco nostálgico.
Por eso le encantaba escuchar una y otra vez esas llamadas. Eran una forma de
sentir su hogar más cerca.
Se deshizo de la ropa interior y entró a la ducha en el momento en que su
hermana se despedía en la grabación. Dejó que el agua le cayera por todo el
cuerpo y pensó en cómo esta iba acariciándole hasta los rincones más íntimos.
De alguna manera, ese agua se llevaba de su cuerpo todos los quebraderos de
cabeza que tenía.
Apoyó una mano sobre la pared de azulejos y agachó la cabeza para que
el agua cayera, a modo de cascada, por toda ella. Quería que le taponara los
oídos para solo sentir su corazón latiendo con fuerza, abstraerse del mundo y
de toda la corrupción que había en él.
Ser policía era un trabajo muy duro porque se veía la peor cara del ser
humano. Y aunque había grandes alicientes para seguir, cuando se topaba con
casos imposibles, el peso del cansancio hacía mella en su cuerpo.
Suspiró levantando el rostro para que el agua borrara el cansancio de su
frente, las arrugas de frustración, el ceño fruncido por la rabia y la sonrisa
triste fruto de la impotencia para librar al mundo de los que no debían haber
nacido.
Cogió el bote de champú y echó una buena cantidad para lavarse el pelo.
Frotó con fuerza, como si quisiera llevarse el sentimiento de perdedor que
tenía en esos momentos, y siguió haciendo lo mismo en su cuerpo musculado.
Había pasado por el gimnasio de la comisaría antes de volver a casa y se
había ensañado con el saco de boxeo. Pero todos los puñetazos que le había
dado no parecían haber sido suficientes para destensar su cuerpo y hacerle
olvidar lo que había acudido a su mente después de hablar con su capitán.
Se sentía extraño. Jamás le había pasado algo así con una mujer, jamás
había permitido que nadie se metiera en su cabeza como ella. Para él no
existían las relaciones duraderas, solo las de una noche porque quería evitar
que nadie sufriera si, una noche, quien volviera a casa no fuera él sino algún
compañero de trabajo con las noticias más agoreras. No, él no iba a hacer
pasar a nadie por algo así. Lo tenía decidido.
Veinte minutos bajo el caño de agua hizo que, al final, Casey obtuviera el
resultado que esperaba y salió de la ducha como un hombre nuevo.
Desnudo, se paseó por la casa intentando poner algo de orden, aunque no
era de los que sabía hacerlo. Tendría que convencer a su hermana de que fuera
por allí unos días para organizarle todo, aunque también le caería una bronca,
y varias collejas, por pensar algo así. De hecho, todavía no entendía cómo
Camille no lo había llamado aún para sonsacarle por qué se reía de ella.
Notaba por ese vínculo que tenían que se estaba cabreando y sabía que él era
el causante de ello.
Cogió unos pantalones cortos de una de las cajas de ropa y se los puso,
sin más, para sentarse en el sofá y encender la televisión. Empezó a cambiar
de canal buscando algo que lo entretuviera pero no era fácil conseguirlo.
Cansado de estar dándole una y otra vez a la tecla, y de haber hecho ya tres
vueltas por los canales, dejó el mando a un lado mientras la tele echaba lo que
le daba la gana.
En cambio, él se centró en el ordenador. Lo abrió y encendió. Quería
echarle un vistazo a Facebook por si su hermana había colgado alguna
fotografía nueva, o por si había novedades en su correo electrónico. Pero ni
uno ni otro le ayudaron pues, en las redes, solo tenía solicitudes de amistad de
mujeres con las que había pasado una buena noche (y que quería que se
quedara así), y el correó solo disponía de mensajes que consideraba spam sin
ni siquiera abrirlos.
Empezó entonces a navegar por internet. Como ya hiciera tiempo atrás,
tecleó las siglas que lo habían atormentado en una época de su vida. Y volvió
a buscar información. Pero conforme más leía, más furioso se ponía.
Al cabo de unos minutos dejó el ordenador en la mesa y se levantó con
rapidez. Tenía que hacer algo… lo que fuera.
Entonces se le ocurrió.
Corrió hasta la entrada de su casa y se puso a buscar los pantalones que
se había quitado al llegar. Tenía que encontrar su móvil y llamar cuanto
antes…
—Tío, ¿ahora qué quieres? —le recibió una voz que no parecía muy feliz
de tener que cogerle la llamada.
—¿Tienes un ordenador a mano? —preguntó Casey.
—¿Para qué? Ya te hice el favor ayer, estamos en paz.
—Necesito que me metas en el club —le dijo antes de que este fuera a
colgarle.
—¿Tú estás loco?
—¿Sinceramente? No lo sé. Pero necesito estar dentro. Así que haz lo que
sea para crearme un usuario y que pueda entrar. Y uno con nombre femenino.
—¿Con nombre de mujer? ¿Qué vas a hacer, tío?
—Eso no es asunto tuyo. Hazlo o cierto hombre va a saber que has entrado
en su ordenador sin permiso.
—No te atreverías… —murmuró el otro—. ¡Joder, que me has hecho
entrar en el ordenador del peor de la ciudad!
Casey sonrió. Sabía que la curiosidad de Joseph, junto con el reto de
saltarse las protecciones más complicadas, harían que lo ayudara a descifrar
el problema que tenían con Daniel. Pero ahora que sabía de quién hablaban, lo
tenía cogido por los huevos para que siguiera trabajando para él. Al menos
hasta que atraparan a Greenblacht y lo metieran en la cárcel.
—Eres un jodido hijo de puta… —lo bautizó Joseph—. ¿Qué nombre
quieres?
Lo escuchó teclear y supo que había vencido. No era para menos, sabía
qué tornillos debía apretar en cada caso y tener un par de ellos de reserva por
si los necesitaba.
—No sé… uno que sea sugerente y llame la atención —comentó Casey.
—¿Dulce poli? —se burló Joseph.
—Muy gracioso.
—¿Qué
quieres? Va que ni pintado. Es sugerente y la atención la llamas
seguro. —Joseph se echó a reír.
—Pon “Piruleta”.
—¿Piruleta?
Ni siguiera Casey sabía por qué había elegido ese nombre. Pero algo
había hecho que pensara en ese dulce redondo que podía volver locos a
muchos, y no precisamente por el caramelo en sí, sino por lo que los hombres
se imaginaban al pensar en una mujer con una piruleta.
—Vale, ya lo tengo. Te envío a tu móvil la contraseña. Y no me llames
más.
—Eso
dependerá de lo que tarde en solucionar el caso. Y de lo que te
necesite —le dijo él—. No te pierdas —agregó.
—Como si fuera posible. Me dejaste bien claro lo que me pasaría si
alguna vez no te respondía el puñetero móvil.
Casey rió. Había sido la primera vez que lo conociera y, gracias a él,
había resuelto un caso complicado junto con Oliver. Por eso quería tenerlo
cerca, aunque jamás le había dicho a nadie quién era su fuente.
—Y sabes que cumpliré —comentó colgando la llamada sin despedirse.
Con el móvil en la mano, que vibró y sonó en cuestión de segundos, se
dirigió hasta el sofá. Colocó el ordenador a su altura y entró en el enlace que
Joseph le había enviado para introducir el nombre y contraseña. Pronto la web
dejó paso a una sala de chat.
En la esquina derecha se listaban los nombres de todos los que, en ese
momento, estaban online, incluido el que él había escogido para infiltrarse.
Empezó a bajar con la rueda del ratón hasta localizar el nombre que
buscaba pero no tuvo suerte.
Sin embargo, sí se fijó en el chat central, donde parecía que todos podían
escribir. Algo llamó su atención.
Bohemio dice: ¿Piruleta? ¿Quién eres tú?
brisa dice: ¿Alguien se ha cambiado de nombre?
Darkside dice: Hola, Piruleta, ¿eres nueva?
Casey leyó varias veces esos mensajes mientras la conversación
continuaba. De vez en cuando preguntaban por esa persona que se hacía llamar
Piruleta y que no decía nada.
Piruleta dice: Hola… sí, soy nueva. Un placer conoceros a todos.
Bohemio dice: ¿Eres Ama o sumisa?
Piruleta dice: sumisa.
De pronto una ventanita en la esquina inferior izquierda saltó y leyó el
mensaje: “Acaba de iniciar sesión zalamero”.
Ya lo tenía ahí. Ahora podía empezar a tenderle la trampa, si es que de
alguna forma podía hacerlo. A pesar de que no sabía bien cómo funcionaba el
chat. La pantalla se volvió un misterio pues no daba con la forma de abrirle un
privado. Quiso preguntar en el chat global cuando se fijó en lo que habían
escrito los demás:
Darkside dice: ¿Eres sumisa y escribes tu nick con mayúsculas? ¿Quién
demonios eres tú?
natamiel dice: ¿Se ha colado alguien?
Abigail dice: ¡Que alguien avise al administrador para que verifique a
esa persona!
Piruleta dice: Perdón, es que no lo sabía…
Quiso excusarse. ¿Acaso también había normas en los clubs online de
BDSM para comunicarse?
Piruleta dice: ¿Cómo se abre un chat privado?
De inmediato, una ventana al lado del chat global comenzó a iluminarse.
Clicó en ella y el chat desapareció dejando una sola frase:
Lex Luthor dice: Soy el administrador del club. ¿Quién eres tú? ¿Cómo
has entrado?
Casey leyó varias veces lo que le había puesto y sopesó las opciones que
tenía. Podía decirle la verdad y que, así, lo ayudaran; o bien podía seguir el
juego. Al fin y al cabo, no sabía si Daniel tenía mucha amistad con los que
había en esa página.
Piruleta dice: Hola. Me pasaron el enlace del club junto con un nombre
y usuario y decidí entrar.
¿Me puedes decir cómo se abre un privado?
Lex Luthor dice: ¿Quién te pasó el enlace? Este club es privado y
ningún miembro puede pasar el enlace. Además, solo yo tengo permisos para
crear usuarios. ¿Quién cojones eres tú y cómo has entrado en mi página?
Chasqueó la lengua. La cosa no iba nada bien. Y tenía a Daniel ahí… si
pudiera hablar con él…
Señaló el nombre con el ratón y pulsó varias veces, como si el ratón se
convirtiera en el gatillo de una pistola y así saciara las ganas de eliminarlo.
Sin embargo, con ello lo que obtuvo fue que otra pantalla se abriera, un chat
directo entre ellos dos.
—¡Por fin! —exclamó contento porque había descubierto lo que buscaba.
Piruleta dice: Hola, Zalamero.
zalamero dice: Hola, ¿quién eres?
Piruleta dice: Soy una chica que busca zalamería…
Intentó pensar como una chica que quería seducir a un hombre.
Piruleta dice: ¿te interesaría? Podemos hablar un rato y ver qué tal
conectamos.
zalamero dice: Eres nueva, ¿verdad? Cuéntame sobre ti.
Casey sonrió. ¿Quería saber? Iba a ponerle las cosas más tentadoras.
Pensó en el tipo de mujeres que solían secuestrar y comenzó a escribir.
Piruleta dice: Pues soy una mujer de veinticinco años, soltera, muy
femenina. Tengo el pelo castaño claro largo, hasta media cintura, y unos
ojos azules preciosos. Y tengo unas tetas… que a más de una les gustaría
lucirlas como yo.
zalamero dice: Vaya, parece que me ha tocado hoy una diosa. ¿Y qué
quieres de mí?
Piruleta dice: Busco alguien con quien conectar y tu nick me ha
llamado la atención. Por eso he decidido no hablar con nadie más.
zalamero dice: Ya lo veo. Porque parece que no estás leyendo el chat
global.
Casey frunció el ceño. Se fijó en que la pestaña del chat global, al igual
que el privado con Lex Luthor, tenían el color del parpadeo.
Abrió primero el privado y leyó:
Lex Luthor dice: ¿Oye? ¿Vas a responderme?
Vale, ya veo. Así que alguien ha hackeado la página. Te vas a enterar,
hija de puta. No vas a volver a entrar en este club.
Desaparece, escoria.
Pasó entonces al chat global:
Bohemio dice: ¿Que no sabías que tenías que usar un nick en
minúsculas para identificarte como sumisa? Eso lo sabe cualquier persona
que entra al club.
Darkside dice: Ya he avisado a Lex. Dice que está hablando con ella.
Que no ha invitado a nadie a unirse.
natamiel dice: ¿Entonces quién es?
brisa dice: ¿Se nos ha colado uno? ¡Lex, dijiste que el club era seguro!
Mierda, echadla de una vez.
zalamero dice: ¿Qué está pasando?
natamiel dice: Hola, zalamero. Pues al parecer tenemos un okupa, ja,
ja, ja.
zalamero dice: Me acaba de abrir privado. Se me está insinuando.
Bohemio dice: ¿A ti? Joder, esa tipa no sabe ni a quién entrarle.
brisa dice: Ja, ja, ja, está tan desesperada que le da igual a quién
escriba. ¿No preguntaba antes cómo abrir privados? Fijo que va a
escribiros a todos para ver quién se la folla esta noche.
Lex Luthor dice: ¿Alguno de vosotros la conoce?
brisa dice: No.
zalamero dice: no.
natamiel dice: no.
Bohemio dice: Lex, si tú no le has dado acceso, sácala cuanto antes. Y
revisa la web.
Lex Luthor dice: Eso mismo estoy haciendo, dadme unos segundos más.
El aviso de una nueva entrada hizo que Casey contuviera el aliento y se le
paralizara el corazón cuando leyó el nombre: Lady Blue.
Ella estaba allí. Había entrado y, sin quererlo, su corazón había pasado
de saltarse un latido, a correr desbocado al darse cuenta de quién era.
Sin embargo, esa felicidad le duró poco pues, a los pocos segundos, la
pantalla del chat se desconectó y la página web desapareció dando como
resultado un error 404.
—¿¡Qué demonios!? —gritó frustrado.
Intentó actualizar el navegador pero, todos los intentos que hacía, le
llevaban al mismo camino, esa página 404.
—¿Ahora qué?
—Algo pasa con la web —le dijo a Joseph.
—¿Qué pasa?
—No puedo entrar. No hay forma…
Esperó en silencio, a pesar de que le costaba, mientras Joseph se ocupaba
de solucionar el problema. Pero cuando este empezó a ponerse igual que él,
supo que no iba a volver.
—Tío, quien esté metido en esa web es bueno de cojones. Han cambiado
los protocolos en cuestión de minutos y han bloqueado cualquier acceso que
no sea de las IP registradas.
—En otras palabras, la han blindado —comentó Casey.
—Nunca mejor dicho. No lo había visto antes.
—¿Puedes saltártelo?
—No… Cada vez que intento acceder me rebota… Maldito genio
cabrón…
Casey colgó escuchando cómo Joseph blasfemaba. Sabía que se tiraría
toda la noche intentando romper esa seguridad y, si lo conseguía, él sería el
primero en saberlo.
Pero se subía por las paredes en ese momento. Fire estaba en ese club, y
él no estaba allí para protegerla.
Capítulo 10
Arrodíllate y suplícame porque te atienda y domine solo a ti pues así mi
atención se volverá sentimiento y, este, se transformará en amor.
a pantalla del ordenador de Fire no solo le ofreció una vista del chat del
L club privado. También, de repente, le empezaron a llegar mensajes que
hicieron que varias pestañas se iluminaran con rapidez. No era habitual
que hicieran eso, pero algo parecía haber pasado pues, nada más entrar,
y encontrar algunos saludos, también había habido una expulsión. ¿Quién era
esa tal Piruleta?
Se fijó en los mensajes que le habían entrado y filtró por el más
importante, el del administrador del club. Abrió la pestaña y leyó:
Lex Luthor dice: ¿Cómo sabías que alguien había hackeado la web?
¿Sabías que iban a meterse?
Lady Blue dice: Este no es lugar para hablar de algo así.
De inmediato su móvil comenzó a sonar con una de las canciones que más
le gustaban a ella. Lo tomó en sus manos y vio el nombre de quien la llamaba.
Era evidente que no iba a dejar las cosas así.
—Hola, Jonathan.
—Déjate de formalidades, explícame qué ha pasado y cómo es posible
que una tipa a la que yo no he invitado se colara en el club.
—Supongo que es cosa de la policía.
—¿La policía? —preguntó lleno de sorpresa—. ¿Qué tiene que ver la
policía aquí?
—Eso era lo que quería explicaros a Armand y a ti, pero hemos quedado
para mañana, ¿recuerdas?
—Blue, ¿está en riesgo el club? Dime que no ha pasado nada.
—No ha pasado nada grave, estate tranquilo. Pero uno de los miembros…
no es trigo limpio.
—Dime cuál y lo echo.
—No, primero porque eso sería meterte en su vida privada, y te recuerdo
que el club sigue las normas del BDSM: lo que pasa ahí dentro, se queda ahí
dentro, sin que influya lo que se deja fuera o la persona que sea.
—Joder, Fire, no estoy para monsergas. Si ese tío nos va a ensuciar el
club prefiero sacarlo y mantener la “legalidad”.
—Si no hacemos nada malo, Jonathan —le aclaró Fire—. Simplemente en
su investigación ha salido el club. Pero no tienen de dónde tirar.
—¿Cómo sabes todo eso tú? —inquirió de pronto.
—Mañana os lo explico.
—Venga, no me dejes con la intriga —pidió él.
—Mañana. Ahora blinda bien el club que no querría tener que
encontrarme con que mis datos son accesibles para otros.
—¿Tus datos? ¡Joder, alguien intenta volver a entrar! Será capullo, no
sabe con quién está jugando.
Fire sonrió. Jonathan era de los mejores informáticos que había conocido.
Había trabajado incluso en altas esferas y, aunque de vez en cuando les echaba
una mano, tenía sus propios proyectos en marcha, uno de ellos ese club que
había creado para mantener íntegra la esencia del BDSM.
—Dale duro, campeón —lo animó antes de echarse a reír y colgar.
Volvió la vista a la pantalla y tecleó saludos para todos los del chat
global. Fue entonces cuando se fijó en los mensajes que tenía.
natamiel dice: Buenas noches, Lady Blue, Señora.
brisa dice: Hola, preciosa. Lo que te has perdido esta noche.
zalamero dice: Mi Señora, a sus pies como siempre…
Bohemio dice: Blue, dichosos los ojos. ¿Qué es de tu vida?
Leyó uno a uno y fue respondiendo a cada. A brisa solo la conocía de ese
club, pero la chica era muy amable y respetuosa. Sabía, pues ella misma se lo
había dicho, que tenía Amo, pero que no estaba en el club, aunque sí que leía
los mensajes pues, cuando se conectaba, lo hacía con él a su lado.
Alguna que otra vez lo había invitado a entrar, pero este lo agradecía y
declinaba porque, en palabras de él, en brisa ya tenía todo lo que buscaba y no
necesitaba más.
Con Bohemio, la cosa cambiaba. Lo conocía en persona, aunque no
vivían en la misma ciudad. Sin embargo, ellos dos eran amigos desde que ella
trabajó en Nueva York en la casa de subastas. De alguna manera, en esa época
se convirtió en alguien especial. Pero el hecho de querer tener el poder al
mismo tiempo hizo que, finalmente, su relación no llegara a buen término.
Aunque era bueno en la cama, bastante bueno.
De vez en cuando iba a la ciudad y pasaban unos días juntos, pero no
había nada entre ellos más que una buena amistad. Y algún que otro revolcón
donde ambos luchaban para controlar a la otra persona, lo que añadía más
diversión al tema.
Tras unos minutos conversando, Fire observó cómo se iluminaban los
mensajes privados.
natamiel dice: Me alegro que esté bien, Señora. Yo… estoy necesitado…
Hace mucho…
Lady Blue dice: ¿Mucho? Creo que te equivocas, esclavo. Un día solo.
natamiel dice: ¡Es mucho! Señora, es pensar en usted y yo ya estoy listo
y con ganas de estar en sus manos. Por favor, juegue conmigo otra vez.
Lady Blue dice: ¿Cuánto tiempo llevas conectado?
natamiel dice: desde esta mañana. Pensé que estaría como ayer pero no
fue así y como hoy es mi día libre he pasado todo el día esperándola.
Lady Blue dice: ¿Y no has jugado con nadie? ¿No te han hablado?
natamiel dice: Sí, claro que sí. Hay dos Amas que han jugado conmigo
pero no me han dejado correrme porque leyeron el aviso que dejó. Por eso
estoy así… Por favor, Lady Blue…
Lady Blue dice: No.
Fire era rotunda. Y en esos momentos quería tenerlo desesperado por su
atención. Por eso había decidido no ceder a sus súplicas y dejarlo un día
completo sin hacer realidad sus fantasías, a pesar de que había llevado esa
noche un bote de nata junto con unas fresas, la cena que se había tomado tras
ducharse.
Vio que parpadeaba otra pestaña y la abrió mientras esperaba a que
natamiel respondiera algo, si es que lo hacía.
zalamero dice: Estoy bien. Sí es verdad que hacía unos días que no me
conectaba pero me fue imposible, no porque no la echara de menos, Mi
Señora…
Se sentía extraña hablando con él. Ahora que sabía algo sobre él, solo
quería atarlo y dejarle el cuerpo en carne viva para que sufriera. Quería
vengar a todas esas personas a las que había hecho daño, a las que hacía daño
todavía. Pero no podía; debía cuidar más sus palabras y sus gestos para evitar
que notara que algo había cambiado.
Lady Blue dice: No pasa nada, zalamero… Aunque ahora puedo
sentirme molesta porque ni siquiera has preguntado si podías enviarme un
privado.
zalamero dice: ¡Lo olvidé! Lo siento, Mi Señora, no quise incomodarla.
Es que con el asunto de Piruleta se me pasó el escribirle…
Lady Blue dice: ¿Qué pasó con Piruleta?
zalamero dice: Parece que alguien entró y esa mujer se me insinuó.
Buscaba alguien que le hiciera caso y me escribió.
Fire se quedó mirando la respuesta de zalamero. ¿Que alguien le había
escrito e insinuado? En el club nadie hacía nada sin pasar antes por el chat
global, y solicitar el permiso para hablar a otro, ya fuera Amo, Ama, sumiso o
sumisa. Sin embargo, por lo que decía, esa persona se lo había saltado.
Lady Blue dice: ¿Sí? ¿Y qué te dijo?
zalamero dice: No se preocupe, Mi Señora. Parece que buscaba un Amo
o algo así por cómo me trataba. Y ya sabe que no juego con nadie más que
no sea usted…
Lady Blue dice: No te he preguntado lo que buscaba o con quién juegas,
sino qué te dijo.
Quería que sus palabras sonaran directas y con un tono de enfado, cosa
que pareció ocurrir pues, al segundo, zalamero volvió a responder:
zalamero dice: Mis disculpas, lo siento, Mi Señora, de verdad. Puedo
enviarle el chat entero…
Y un momento después, tenía toda la conversación con esa tal Piruleta.
Fire sonrió. Quien estuviera detrás de ese nombre no sabía nada del protocolo
del BDSM y se había equivocado en muchas cosas.
zalamero dice: Mi Señora, ¿podrá perdonarme? ¿Quiere verme?
Fire miró el reloj. Estaba cansada porque apenas había dormido, y quería
irse a la cama pronto. Pero por otro lado tenía a dos sumisos escribiéndole y
ella necesitaba descargar la tensión. Una pícara sonrisa nació en su rostro.
Lady Blue dice: Sí que quiero verte… Aunque no lo creas, te he echado
de menos. Eres uno con los que mejor juego.
zalamero dice: ¿De verdad?
No tardó nada en llamarla con el botón de videollamada que tenían en el
chat. Antes de responder, Fire se aseguró de tener la peluca puesta y de que la
cámara no pudiera mostrar su rostro de ninguna forma.
Centró la cámara en su pecho, desnudo salvo un camisón de satén negro
que llevaba y una bata del mismo color y tela.
—Buenas noches, zalamero —saludó cuando lo vio en la pantalla. Se fijó
en que el lugar no era el mismo de los otros encuentros. Sin embargo, no podía
preguntarle pues eso le haría sospechar a él.
—Buenas noches, Mi Señora… Cómo me gustaría verla.
—Siempre me dices lo mismo…
—Es que la adoro, Mi Señora. Y me encantaría adorarla de los pies a la
cabeza… —comentó con zalamería.
Fire movió la mano hacia la pantalla y la tocó con el dedo índice.
—Para adorarme a mí, antes hay que someterse… ¿Acaso ya lo has
olvidado?
Los ojos de zalamero parecieron iluminarse y ensancharse. Quería eso,
quería que fuera dura, y ella no iba a controlarse en ese instante.
—¿Tienes el flogger ahí?
Lo vio trastear entre los cajones y sacó un pequeño látigo con varias
colas de color negro. Lo mostró a la cámara.
—¿Te imaginas lo que yo haría con él? ¿Cómo te ordenaría desnudarte y
que te agacharas? ¿Cómo te ataría los pies y las manos para tener tu trasero
disponible y azotarlo por los días que no me has dejado jugar contigo
multiplicado por diez?
—No, Mi Señora… —Era evidente que la fantasía acababa de gustarle y
por eso, la forma en que negó, más parecía una súplica a que lo hiciera.
—Desnúdate, zalamero. Y muéstrame que no tienes ganas —le ordenó.
Hizo lo que le pidió y se quitó la camisa y los pantalones evidenciando
que su sexo ya se había excitado y estaba erecto.
—Vaya, vaya… Parece que tu cuerpo quiere guerra hoy.
—Mi Señora, por favor, está muy sensible. Llevo tiempo sin tocarme y…
—¿Ah, sí? ¿Y eso por qué?
Vio que tragaba con dificultad y apartaba la mirada de la pantalla.
—zalamero —lo llamó con un tono de réplica por haber hecho eso.
—Quería serle fiel, Mi Señora.
Fire movió las manos cruzándose de brazos y echándose un poco sobre el
sofá sin que se le viera la cara.
—Sabes que no eres mío, zalamero. Y la última vez no te prohibí jugar
con otras o tener relaciones sexuales.
—Lo sé, pero yo solo quiero que usted me dirija, que me haga sentir.
La cabeza de Fire hervía por los pensamientos. No era solo el hecho de
estar con ese hombre, sino que intentaba pensar en cómo abordar el problema
que tenían. Porque, aunque detenerlo era asunto de la policía, en el club tenían
un problema si utilizaba esos contactos para otros fines.
—Coge dos pinzas y ponlas en los pezones. Y quiero que duelan, así que
vas a enseñármelas cuando las tengas puestas.
—Sí, Mi Señora. —No le rebatió, al contrario, fue rápido a por un par de
pinzas de la ropa y las colocó como ella le había enseñado. Después, se
acercó a la cámara y las mostró. Había pillado el pezón por la zona que más
daño hacía.
—Muy bien, zalamero.
Este sonrió agradecido por las palabras de Fire.
—Y ahora ese flogger debería bailar, ¿no lo crees?
—Si es lo que desea Mi Señora…
Apenas tuvo que ordenarle, empezó a agitarlo con sus manos y, como
tenía varias colas, algunas le rozaban las pinzas que se movían por el contacto
haciendo que él se arqueara ante el dolor.
—También abajo, zalamero —le indicó ella observando—. Y más fuerte,
¿crees que porque no te he visto en un tiempo iba a azotarte así? Lo haría con
fuerza, con furia, por haberte olvidado de mí.
—No lo hice —discutió él.
—¿Qué has dicho? —Ahora lo tenía. Llevabas días sin conectarte y
privarme del placer de jugar contigo. De sacarte gemidos y lágrimas por el
dolor que te infliges bajo mi dominio y orden. ¿Y vas a decirme que no te has
olvidado de mí?
—Donde estaba no podía conectarme. Perdonadme. Si hubiera podido
avisarla de otra forma lo hubiera hecho. De verdad. Para mí sois especial, Mi
Señora.
—Para. No hables más.
El rostro de zalamero perdió toda la sangre. Estaba pálido y excitado. Y
contrariado.
—Mi Señora…
—¿Quién te dio permiso para hablar? —Fire levantó una ceja aunque no
se vio a través de la cámara. Sin embargo, sus labios apretados y sin atisbo
alguno de la sonrisa que tenía antes ya le decía al otro que estaba molesta—.
Coge esparadrapo.
Esperó a que lo hiciera y, cuando se lo enseñó, prosiguió:
—Vas a quitarte una de las pinzas y, nada más hacerlo, quiero que te
pongas un esparadrapo encima, presionando con fuerza.
Lo vio abrir la boca y, con un gesto de su mano, lo acalló.
—Haz lo que te digo, esclavo. O esto se da por acabado.
—Sí, Mi Señora.
Se retiró una de las pinzas y colocó en su lugar una tira de esparadrapo
que pegó con fuerza a su pecho. No solo le presionaba el pezón, también había
debajo vello.
—Ahora el otro.
Lo vio asentir y hacer el mismo proceso.
Ahora tendrás que llevarlo todo el día hasta que mañana vuelvas a
conectarte. Y créeme que sabré si te lo has quitado.
—Mi Señora, no puede dejarme así… —le suplicó cogiéndose su pene—.
Por favor, necesito…
—Una ducha fría ahí abajo. Es verdad. Pero no quiero que el esparadrapo
se moje. Voy a dejarte con las ganas, y lo haré hasta que me demuestres que de
verdad me has echado de menos.
—¿Es que no se nota? —Apretó más el pene y de este empezó a salir
líquido preseminal. Estaba desesperado por seguir pero Fire tenía otros
planes.
—La próxima vez tratarás de entrar en el club para saludar al menos. ¿O
prefieres que haya otro esparadrapo en otra zona más?
—¡No! —exclamó protegiéndose sus genitales.
Fire rió. Y eso hizo que él sonriera.
—Mañana nos divertiremos mucho, zalamero. Espero que no me hagas
enfadar.
—No me lo permitiría, Mi Señora. La deseo tanto…
—Demuéstramelo… —le soltó y colgó de inmediato.
Quería dejarlo con la miel en los labios, hacerle depender de ella, que la
deseara más y más. Porque así tendrían una oportunidad.
Se despidió en el chat de todos y se desconectó sin esperar.
Su cabeza ya empezaba a maquinar algo y necesitaba estar lúcida al día
siguiente para sopesar si era bueno o demasiado arriesgado para ella.
Capítulo 11
Seducción es una palabra que engloba sentimiento y dominación a
partes iguales. Seducción es lo que soy yo.
n el momento en que Fire atisbó a sus amigos levantó la mano y la agitó
E a modo de saludo. Los dos se lo devolvieron y ella apresuró el paso
para encontrarse con ellos. Habían quedado en una cafetería que les
encantaba a los tres por la atención y la repostería que tenía, una de las
mejores en la ciudad. Sabía que uno de ellos ya estaría degustando alguno de
los manjares recién hechos de ese día.
También les gustaba por el ambiente clásico que tenía. Se trataba de una
cafetería muy normal con dos puertas de entrada y salida y el resto de
ventanales. Las mesas y sillas las tenían colocadas al lado de esas ventanas
mientras que el resto que componía el lugar era una barra larga y dos
expositores de frío para los pasteles. Incluso horneaban pan a diario, con lo
que la afluencia de clientes era constante.
—Buenos días.
—No sé qué tienen de buenos —gruñó Jonathan.
Fire lo miró desconcertada. Llevaba una camiseta negra con una calavera
y unos pantalones vaqueros. Estaba trasteando con el móvil y no se dignó a
mirarla al responderle. No se había afeitado y su rostro mostraba ya el vello
incipiente en la barbilla y parte del cuello. El apodo que utilizaba en el BDSM
era Brayan, un nombre que le iba genial por su personalidad.
Tenía una pequeña cicatriz en la ceja derecha que la partía en dos dándole
un aspecto de tipo duro, lo cual combinaba a la perfección con su cuerpo
musculado y su altura.
—No le hagas caso. Se ha pasado toda la noche con la web y tuvo que
cancelar el plan que tenía con su chica —le comentó Armand.
Armand, más conocido como Titán en el club, iba mejor vestido. Ya
llevaba un traje de chaqueta y pantalones, en color azul marino, y una camisa
en azul cielo conjuntada con una corbata de líneas en tonos azules. Le quedaba
perfecto pues, pese a no tener tanto músculo como Jonathan, sí que su cuerpo
se moldeaba a la perfección y lo cuidaba a diario. Iba bien peinado, aunque
sabía que no le gustaba ese look. Pero en su trabajo era imprescindible dar una
buena imagen.
—Vaya, no pensaba que te diera tantos quebraderos de cabeza —se
apiadó ella sentándose en la silla que habían reservado para ella en la mesa
donde estaban. Ese día se había puesto un vestido de ejecutiva en gris pues,
después de esa reunión, le tocaba ir a la empresa para ver si cerraba un nuevo
proyecto muy beneficioso para la casa de subastas.
—Y no me lo dio. Nada más pasó lo del hackeo me puse manos a la obra
y ejecuté el programa para bloquear cualquier entrada ajena a mí. Pero el tío
siguió insistiendo.
—Y ni ha podido dormir ni tampoco jugar, así que ya sabes cómo está —
añadió Armand cogiendo su taza y bebiendo para ocultar la sonrisa.
—Eres un cabrón, ¿lo sabías? —comentó él—. Que sepas que la próxima
vez yo me haré cargo de las dos, y tú solo vas a mirar.
—Perfecto —contestó Armand haciendo que los ojos le brillaran.
Fire se echó a reír. Esos dos eran muy buenos amigos. Desde que se
habían conocido, habían formado una amistad muy sólida y eso les permitía
incluso realizar sesiones grupales. Ellos dos eran los que llevaban un club
privado de BDSM donde eran conocidos como Brayan, en el caso de
Jonathan, y Titán, en el de Armand.
Un camarero se acercó a la mesa para atender a Fire y, cuando esta pidió,
siguieron con la conversación.
—Explícame cómo sabías que había que revisar la web —le dijo Jonathan
al marcharse el camarero.
—Es
una larga historia, así que espero tengáis tiempo —comentó Fire. Se
había puesto seria.
—Toda la mañana si hace falta —masculló él. Si eso le decía el porqué
habían intentado entrar en su club, valía la pena.
—Vale,
pero he de empezar diciendo que ayer no fue la primera vez que
hackearon el club —desveló Fire.
—¿¡Qué
has dicho!? —alzó la voz Jonathan. Armand tuvo que cogerle del
brazo para evitar que se levantara y alertara al resto de personas que
desayunaban tranquilamente en el lugar.
Al ver que el camarero se acercaba a ellos, los tres se mantuvieron en
silencio mientras le servía a Fire lo que había pedido: un café con leche y un
suizo de mantequilla.
—Gracias —le dijo cuando el joven ya se marchaba. Lo había visto
mirarla de reojo al servirle su desayuno por lo que, cuando este se volvió, no
pudo evitar darle un azote en el trasero.
—Explícanosmejor qué está pasando —murmuró Armand desviando la
atención de Fire en el camarero que se había dado la vuelta y no dejaba de
mirarla.
Fire cogió la taza de café y sorbió. La dejó en el plato y los miró a los
dos.
—Ayer por la mañana recibí la visita de la policía.
—¿La policía? —repitió Armand. ¿Había entendido bien?
—¿Quieres dejarla hablar? —se impacientó Jonathan.
—Dosinspectores vinieron a mi casa porque habían estado investigando a
una persona y el club de BDSM estaba en medio.
—¿Qué quieres decir? —inquirió Jonathan.
—Pues que se metieron en el ordenador del tío y sacaron información de
ahí. Encontraron un archivo sospechoso y, al hackearlo, dieron con el club.
—Malditos desgraciados… —bufó Jonathan conteniéndose para no gritar
en ese lugar.
—Espera. Vale que hayan investigado y el club estuviera en medio —
sopesó Armand—. Pero, ¿qué tienes que ver tú? Lo normal es que hubieran
ido a ver a Jonathan que es el administrador.
Fire sonrió ante la deducción de su amigo.
—Sí.Solo por un detalle. No es él quien habla siempre que se conecta esa
persona en el chat.
—¿Es un sumiso? —adivinó Jonathan. Los datos que había dado Fire eran
más que suficientes para saber que, si tenía que ver con ella, quería decir que
hablaban de un sumiso.
—Sí. Y me interrogaron con respecto a él. Pero ya sabéis las normas que
puse en el club por internet. Ni siquiera uso el mismo nick que en la vida real
y oculto mi rostro y mi pelo porque no quiero que me reconozcan ahí.
—Lo sabemos. Tú misma nos dijiste que era por tu seguridad y
respetamos eso —le aclaró Armand—. Continúa.
—No tenía información al respecto y pidieron que los ayudara a
atraparlo…
—Espera, ¿es que no pueden detenerlo ellos solos? —la interrumpió
Jonathan.
Fire lo miró de una forma que le hizo arrepentirse de haberla cortado.
Pero al mismo tiempo se emocionó por esa lucha de poderes que tenían. Al
final, Fire suspiró, negó con la cabeza y puso los ojos en blanco.
—Parece que siempre se libra por tecnicismos. Esperaban que yo pudiera
tener algo de donde tirar y detenerlo de manera más sólida.
—¿Y? —insistió Armand.
—Y nada. No sabía nada de la vida de ese tío. Lo único que hago es jugar
con él y divertirme educándolo.
—¿La policía se quedó conforme? —agregó Jonathan.
—Bueno… no mucho, pero creo que sí son conscientes de que el club no
es como uno físico. Querían que concertara una cita con él pero no iba a servir
de mucho.
—¡Y mucho menos que para sonsacarle algo tendrías que estar una buena
temporada con él! —exclamó Armand. Jonathan, al darse cuenta de lo que
insinuaba su amigo, también se enfureció.
—¡Serán malnacidos! ¡¡Que hagan ellos su trabajo!!
—¿Quién es, Fire? —preguntó de pronto Armand.
—Eso. Dime a qué cabrón hay que echar del club.
—Por eso quería hablar con vosotros. Creo que lo que ayer pasó con esa
tal Piruleta provenía de la policía. Es posible que quisieran utilizar el club
como una forma de entrar en la vida de ese hombre y acercarse lo suficiente
para sonsacarle una confesión.
—¿Tú crees? —Jonathan sopesó la idea—. Si fuera así, te diré que lo
hicieron de pena. Esa mujer no sabía nada del BDSM.
—Lo sé. —Fire tiró un bocado a su desayuno—. Quiero comentaros algo.
—¿Qué se te ha ocurrido? —intervino Armand temiendo que las
sospechas que había tenido desde que supiera de la existencia de un hombre
buscado por la ley y Fire conectaran demasiado bien.
—Me molesta tanto como a ti que tengamos en el club a un hombre
buscado por la ley. No sé bien lo que ha hecho, pero dijeron que era un
asesino. —Fire se detuvo al ver las caras que habían puesto los dos—. Sí,
bueno. Eso y sospecho que hay más.
—Fire…
—Déjame hablar, Armand. Ese hombre se ha librado de la ley siempre.
Las veces que lo han detenido, según me dijeron, siempre salía libre sin que
pudieran hacer nada. Y ahora pensaban que tenían de donde tirar. Pero, ¿y si es
así?
—Fire, no pienso dejarte que seas el cebo de nada de esto —soltó
Jonathan cansado de esperar a que ella dijera tonterías—. ¿Tú sabes a lo que
te enfrentas? Además, ¿cómo vas a conseguir que un tío como ese te vaya a
contar sus trapicheos y lo que hace?
—Puedo ganarme su confianza. Volverme imprescindible en su vida. Y,
con ello, conseguir información.
Armand negó con la cabeza.
—Ni hablar. ¿Sabes lo peligroso que es? Además, eso implicaría tener
que quedar con él en persona. ¿Y si sabe quién eres? ¿No entiendes que
estarías poniéndote en peligro?
—Claro que lo sé. Pero ese hombre…
—A ver, dime primero de quién estamos hablando. Lo investigaré —
intervino Jonathan antes de que la conversación entre Armand y Fire subiera
de intensidad.
—zalamero —desveló Fire.
—¿Ese? Joder, si es el más sumiso que hay. Si tú misma dices que es tan
complaciente que te aburres con él.
—Pues ese es el hombre que quiere la policía. Su verdadero nombre es
Daniel Greenblacht.
Armand comenzó a toser de inmediato haciendo que se manchara de café.
Soltó la taza y cogió una servilleta para evitar escupir más líquido mientras
los otros dos lo miraban como si se hubiera vuelto loco. Tardó unos minutos
en recuperarse, y todo porque Jonathan le dio unos golpes en la espalda que le
permitieron respirar mejor.
El resto de clientes los miraron extrañados e incluso preocupados por si
necesitaban asistencia médica. Pero cuando vieron que se recuperaba,
respiraron más tranquilos, sobre todo los dueños de la cafetería que habían
temido una desgracia (y no era bueno para el negocio).
—¿Daniel Greenblacht? —repitió queriendo asegurarse de que había
escuchado bien el nombre.
—Sí —respondió Fire—. ¿Por qué?
—Fire, ese hombre es el jefe de una banda de prostitución —le contó—.
Yo mismo tuve que soltarle en una ocasión porque la policía no hizo bien su
trabajo en la custodia de pruebas y su abogado denunció que las habían
manipulado. Seguí su caso un tiempo porque no somos los únicos que le
quieren echar el guante, y en otros estados les ha pasado lo mismo. No puedes
enfrentarte a él.
—Hay que sacarlo de inmediato —convino Jonathan—. No puede estar
más tiempo en el club.
—¿Queréis dejar de hablar un momento? —intervino Fire. Descubrir más
datos sobre ese hombre había hecho que se pusiera nerviosa. Pero eso lo que
conseguía es que su cuerpo segregara más adrenalina, y eso le ayudaba a
pensar más rápido.
—Según lo veo, tenemos dos opciones: la primera, intentar sonsacarle
sobre su vida y lo que hace a través de encuentros con él, así como con el
juego; la segunda, volverlo loco de mí, hacer que sea tan parte de su vida que,
si me pierde, por algún motivo, cometa un error.
—¿A qué te refieres? —preguntó Jonathan.
—Podría ser tan especial para él que, simulando un secuestro, no le quede
otra que ir a por los que me tienen, de una forma o de otra.
—¿Quieres que piense que te han secuestrado por su culpa?
—Así es. Y con lo que me has dicho, Armand, puede ser esa red que tiene
un buen motivo. Podemos hacer que alguien se haga pasar por un hermano, o
alguien que busca a una mujer que él tiene. Si encontramos información, él
mismo se va a delatar porque será quien la encuentre. Y de ese modo no
estaría en peligro.
Armand negó con la cabeza.
—Queda la tercera opción: no hacer nada. Sacarlo del club y seguir
nuestro camino. —Al ver que Fire lo miraba de malos modos respiró hondo
—. Fire, ese hombre es muy peligroso. No sabes dónde te estás metiendo.
—No, no lo sé. Por eso quería hablarlo con vosotros. Creí que, al saber el
tipo de persona que tenemos en el club, os molestaría como a mí. Con él se ha
puesto en riesgo a otras mujeres. ¿Quién os dice que no ha contactado con
ellas? ¿Y si tiene que ver en la desaparición de bruma o de alma? ¿Y qué me
dices de lirio, Armand? —citó ella mencionando a mujeres que habían entrado
en el club por recomendación de otras y, al final, no habían vuelto ni tampoco
a tener contacto con sus amigos.
Él se quedó callado. Había sembrado la duda por la desaparición de
lirio, una mujer con la que había conectado y con la que habría querido llegar
más lejos. Sin embargo, de la noche a la mañana, había desaparecido.
—Solo os digo que hay posibilidades para ayudar a la policía. Pero
necesitamos información sobre todo esto.
—¿Estás en contacto con los que llevan el caso? —preguntó Jonathan.
Fire asintió—. ¿Qué opinas, Armand?
—Que nos estamos metiendo donde no nos llaman. Pero lo peor de todo es
que la más perjudicada puedes ser tú, Fire.
—Lo sé. Pero dudo mucho que vaya a ponerme en peligro de la forma que
he dicho. ¿O acaso no lo crees tú también?
Armand apretó los labios y desvió la mirada. Debía reconocerle que
fingir un secuestro y hacer que otros la mantuvieran escondida y protegida no
la ponía, ni mucho menos, en peligro. De ese modo, un paso en falso de Daniel
haría que toda su red se tambaleara.
—¿Por qué haces esto, Fire? —le susurró Jonathan.
Fire giró la cabeza para mantenerle la mirada.
—Porque quiero evitar que siga haciendo daño a los demás. Y porque voy
a disfrutar mucho dejándome llevar y vengándome por ellas —contestó.
Armand puso los ojos en blanco.
—Buscaré información sobre el tío. Pero ni mucho menos estoy de
acuerdo con tu plan. Dudo incluso de que la policía acepte eso. Y en cuanto al
club, ¿lo has protegido bien?
—Sí. Lo que pasa es que, tras lo que hemos hablado, me gustaría hacer
algo más.
—¿El qué? —preguntó Fire.
—Quiero saber sobre cada uno de los que entra en el club. Me niego a
descubrir que tenemos a otro indeseable dentro. Y desde luego no voy a meter
a nadie más, ni aunque sea por recomendación de otros. El club queda cerrado
hasta nuevo aviso.
—Hacer lo que quieres puede considerarse una violación de la intimidad
—le informó Armand—. Es imposible.
—No si lo haces por el lado oscuro —confesó Jonathan sonriendo—.
¿Quién dice que voy a preguntar a los implicados? Yo me encargo de sacar
información de ellos y cerciorarme de que son trigo limpio.
Ahora fueron Armand y Fire los que pusieron los ojos en blanco.
—Entonces, ¿me echáis una mano?
—Al cuello, Fire. Directamente al cuello —contestó Armand.
Pero, en el fondo, Fire sabía que podía contar con ellos.
Capítulo 12
Seduce la mirada, seduce la voz, seducen las caricias, seduce el aroma,
seduce su sabor. Y al final… seduce la persona.
ire se echó hacia atrás descansando su cuello en la silla. Desde que
F había llegado el papeleo no había hecho otra cosa que crecer y, pese a
que lo tenía todo organizado, parecía que las cosas no estaban por la
labor de no dar problemas. Afortunadamente, tenía un buen equipo y, esa
mañana, solo había tenido que gritar a un par de trabajadores que no asumían
la culpa que tenían.
—Fire, ¿has terminado? —preguntó Sam asomándose por la puerta del
despacho.
—Me queda esta carpeta. ¿Cómo es posible que se haya complicado
tanto? Era el lote que menos quebraderos de cabeza nos había dado.
Sam se encogió de hombros. Llevaba trabajando con Fire desde hacía tres
años pero todavía no entendía demasiado de los pasos que había que dar para
subastar una obra o para prepararla para ello.
—¿Tardarás mucho? —insistió ella.
Fire levantó la mirada del documento y la fijó en su amiga.
—¿Qué pasa?
—Es que… Michelle llamó.
Fire levantó la cabeza y suplicó al cielo que le dieran paciencia, porque
al paso que iba, no la tendría.
—¿Ahora qué? —Quiso saber el motivo por el que Michelle había vuelto
a ponerse histérica.
—Parece que han llegado los regalos que van a hacer en la boda y no le
gustan.
—Ya le dijimos que eso había que verlos antes, que no podía guiarse por
lo que veía en internet. Pero no, ella tenía que encargarlos todos sin pedir uno
y verlo antes de hacer el pedido grande. ¿Qué son? ¿Muy feos?
Sam agarró su móvil del bolsillo y buscó en la galería hasta dar con la
foto que Michelle les había enviado. Era de un grupo de WhatsApp que habían
creado, pero como Fire solía tenerlo en silencio y sin notificaciones, solo
cuando se metía veía que había mensajes nuevos.
En la imagen aparecía una figurita de una pareja. En un principio les
había parecido muy bonita, pero Fire discrepaba en hacer el pedido completo
sin antes tener una muestra y ver si se correspondía con lo que se mostraba en
internet.
Cuando miró un poco más de cerca sus ojos se ensancharon y Fire se
carcajeó haciendo que el espaldar del sillón se echara hacia atrás.
—Pues eso, que dice que ella no está embarazada y no piensa regalar una
figurita de unos recién casados con la mujer embarazada.
—¿Los puede devolver? —preguntó Fire secándose las lágrimas de los
ojos.
—Sí, creo que sí. Pero hay que buscar otros recordatorios. Hemos
quedado a comer hoy… —la informó.
—Sabes que no reviso el grupo mientras trabajo, Sam —contestó Fire
recordándole que cuando entraba a trabajar, se abstraía de todo lo demás.
—Lo sé, lo sé. Pero he revisado tu agenda, que al fin y al cabo es la mía, y
esta tarde la tenemos libre. No hay citas, el papeleo ya está listo y… bueno,
salvo que tú tengas una cita.
—No, no había quedado —comentó ella recordando que había pensado en
llamar a los inspectores al mediodía para tener una charla con ellos acerca de
su plan—. Está bien, ¿dónde habéis quedado?
—En Da Ernesto —respondió Sam sonriente.
También Fire sonrió. Esa pizzería era una de las mejores y no solo
ofrecía pizzas, había en su carta muchos más platos italianos que tenían una
gran calidad.
—¿Hora? —preguntó entonces, haciéndosele la boca agua pensando en lo
que iba a disfrutar de la comida, eso sí, acallando antes a su amiga para que no
diera la lata por algo que podían solucionar después.
—A las tres. Pero si crees que vamos a llegar más tarde llamo y lo
retraso.
—No, a esa hora va bien. Pero entonces, déjame que acabe con esto
cuanto antes.
—Claro. —Sam salió de inmediato del despacho, con el móvil en la
mano, y tecleando en el grupo por lo que pudo atisbar Fire.
Suspiró y se concentró en los documentos. O eso intentaba ya que, cada
vez que podía, su mente no dejaba de mandarle imágenes de diferentes platos
de la pizzería. Y empezaba a tener hambre.
—¡Arggggg! ¡Esto es desesperante! —gritó Casey en medio de la
comisaría.
Todos en el cuerpo lo miraron, incluidos otros que estaban allí de paso.
Se había sujetado la cabeza con las manos y tirado una carpeta el suelo.
—Case, cálmate —le pidió Oliver agachándose a recoger los papeles—.
Esto es así.
Fue hasta su despacho y se sentó. Llevaban toda la mañana releyendo los
informes y los casos abiertos de desapariciones de mujeres.
—Esto es así… ¡Y una mierda! —Se levantó y fue hasta la mesa de Oliver
—. Con otros casos no hemos tenido ni la mitad de problemas que con este.
¿Será posible que Daniel vaya a salirse con la suya siempre?
Casey estaba muy cabreado. Esa misma mañana habían llegado a la
comisaría y su capitán les había informado del hallazgo de un cadáver. El
cuarto. Una mujer que presentaba heridas de arma blanca, quemaduras y que
había sido sometida a vejaciones y relaciones sexuales no consentidas. Lo
peor de todo es que la habían identificado como una de las mujeres que, días
atrás, se reflejara en los informes de seguimiento que les pasaban todos los
días.
—Míralo por el lado bueno, ahora podemos interrogarle.
—¿Y qué? No tenemos nada. Lo único que sabemos es que entró y salió
después con dos hombres. Si hay alguna culpa, se la echará a sus hombres y no
hay pruebas para detenerle a él —contestó conteniéndose—. Oliver, ¿cómo
podéis estar tan tranquilos con un hijo de puta como él libre?
—Pues teniendo paciencia —contestó él posando su mano en el hombro
—. Con tipos así solo hay que esperar a que den un paso en falso.
—¿Y mientras qué? ¿Seguir poniéndote delante de los familiares y
dándoles tus condolencias porque un cabrón ha matado a su hija? ¿Poniendo
cara de circunstancia?
—Case, sé que no te gusta que hagan daño a las mujeres, pero no podemos
hacer nada, tú lo sabes mejor que yo.
—Lo sé… —agregó derrotado.
Pero no significaba que le molestara menos. Había visto cómo los padres
de esa chica, de apenas veinte años, habían acudido a la oficina esperanzados
porque la hubieran encontrado con vida. Y se habían encontrado con los
peores temores hechos realidad. Y él estaba ahí, aguantando el tipo, dejando
que el padre se desahogara y les dijera de todo por no haber protegido a su
pequeña, por no haberla liberado antes. Él mismo se condenaba por ello, más
porque sabía quién era el causante de tanto mal.
—No entiendo cómo la ciudad no se manifiesta contra él. ¿De verdad que
puede vivir tranquilo?
—Yo no he dicho que sea así —comentó Oliver—. Hubo un tiempo,
cuando se asentó, que muchos pusieron el grito en el cielo. Pero hablamos de
un pez gordo, Case. Tiene dinero suficiente para comprar su tranquilidad y los
demás han aprendido a no meterse con él o a salir malparados.
Casey apretó las manos en puños haciendo que las uñas se le clavaran en
las palmas. Necesitaba sentir el dolor para aliviar la frustración que tenía en
esos momentos.
—Oye —llamó su compañero—. ¿Por qué no te das una vuelta? No creo
que sirvas de mucho en tu estado.
—Como si tú estuvieras mejor —le acusó Casey. Señaló la mesa y Oliver
miró. Había una caja de clips abierta, donde quedaban pocos. Sin embargo,
alrededor de la misma, estaban los que faltaban, doblados, o incluso rotos.
Oliver tenía uno en sus manos que estaba retorciendo sin darse cuenta—. El
jefe te va a llamar asesino de clips.
—Qué gracioso… —comentó él recogiendo los clips y echándolos a la
basura, ya inservibles—. Pienso en mis hijos y en lo que tienen como “vecino”
en la ciudad y… te juro que si esto sigue así, alguno de esta ciudad se tomará
la justicia por su mano.
—No me extrañaría. El problema es llegar hasta él. Si no fuera tan difícil,
yo mismo habría alentado a más de uno —murmuró mirando hacia el exterior
de la comisaría.
Oliver lo miró con cara de sorpresa, pero pronto cambió de parecer.
También él lo había considerado en varias ocasiones.
—¿Qué tal si le hacemos una visita? Habrá que darle la noticia a Daniel,
¿no? —propuso Oliver.
—De acuerdo. Y de paso apretarle las tuercas. Quizá tengamos suerte y
nos da motivos para hacer que pase una noche encerrado.
—Con eso me conformo ahora mismo —convino Oliver.
—¿Y este? —señaló Fire.
El grupo se volvió hacia ella y pusieron mala cara. Vale, estaba claro que
no opinaba lo mismo que ellas. Pero empezaba a perder la paciencia. Dos
horas de ver figuritas de recién casados era su límite. Por eso se había fijado
en esa figura de una mujer vestida de novia con un corpiño blanco y unos
pantalones de igual color, botas altas y una cadena que llevaba hasta el
marido, a cuatro patas y al lado de ella. Muy ella.
—Venga, Fire, échanos una mano —le pidió Jordan.
—¿A dónde? —sonó jocosa—. Llevamos dos horas viendo figuritas. Me
van a salir por las orejas.
—Si es que Michelle no se decide —intervino Sam—. Cuando da con una
idea y encontramos la figura ideal, no le gusta.
—¡Por eso me gustaba la de internet! ¡Y ahora no puedo usarla! —
exclamó Michelle.
—Bueno, siempre te puedes quedar preñada antes de la boda y anunciarlo
allí mismo.
Jordan y Sam se echaron a reír con Fire mientras Michelle las fulminaba
con la mirada.
—Muy graciosas —se quejó—. Ya los he devuelto. Esta mañana envié el
paquete —anunció para que no siguieran por ese camino.
—Qué pena —se lamentó Jordan—. Mira que si al final vas encinta a la
iglesia…
—Uy,uy, ¿no habíamos quedado en que se iban a mantener puros hasta la
boda? —Quiso saber Sam.
—¡Cállate, Jordan! —gritó Michelle enrojeciendo.
—A ver, ¿nos centramos? Que yo tengo cosas que hacer…
—¿Qué cosas? —preguntó Michelle.
—Cosas —contestó Fire.
—¿Tienen que ver con el buenorro del otro día? —lanzó Sam. Al ver que
Fire no entendía, añadió—: el que casi derriba la puerta para hablar contigo.
—¿Cómo? ¡Cuenta, cuenta! —saltó Jordan.
—Pues eso. Que el otro día se presentó en la empresa un tío
impresionante. Estaba cuadrado y tenía un cuerpo de infarto. Le dije que Fire
no estaba porque había pasado mala noche y le recomendé que se echara un
rato en el despacho pero no había forma de que se fuera. ¡Estaba duro como
una roca! Le toqué el pecho y os puedo decir que se me fue el aliento al
sentirlo.
»Los ruidos alertaron a Fire y salió a ver qué pasaba. Y cuando lo vio, lo
hizo entrar allí. No sé más, pero tardaron bastante…
Las tres la miraron como tigresas que esperan para cazar a su presa. Pero
ni siquiera con esas miradas amilanaron a Fire. Simplemente torció sus labios
en una sonrisa ladina.
—No esperéis que os diga nada.
—Jo, venga, Fire. ¿Quién es? —insistió Michelle—. ¿No me digas que
vas a venir acompañada a la boda?
—Quién sabe… —Dejó caer. Habían tenido la precaución de contratar un
tanto por ciento más de cubiertos por si alguien se presentaba con
acompañante, incluidas ellas tres, ya que Sam había comenzado a salir con un
chico.
—¡Ayyyyyy! ¡Esa, esa! —gritó Michelle corriendo hacia Fire quien la
miró horrorizada. Se apartó de inmediato y vio que seguía hasta una estantería.
En ella había una figurita de una pareja. El hombre la abrazaba por detrás y
ella giraba el cuello para darle un beso en la mejilla—. ¡Esta! —La cogió y se
la enseñó a las demás.
—Por fin… —masculló Fire. Ahora solo quedaba ver si la tienda era
capaz de traerles el número que necesitaban de esas figuritas y que las
grabaran con los nombres de los novios y la fecha de su casamiento.
Fire se sentó en un sofá que había en la tienda mientras las otras discutían
con la encargada el tema de las figuritas. Sacó su móvil y observó una tarjeta
que sobresalía. La sacó y leyó el contenido. Entonces marcó.
—¿Está seguro, Daniel? —preguntó Oliver—. Porque el último sitio en el
que sitúan a la mujer es su casa.
—Y salió de ella. Creo que hay grabaciones de ello, ¿o acaso la policía
tiene que reutilizar las cintas por falta de fondos? —respondió Daniel.
Estaban en la casa de Daniel. Les había abierto la puerta y se encontraban
en el salón. Daniel se había sentado en un sofá blanco ocupado única y
exclusivamente por él. En cambio, Oliver había elegido un sillón de cuero
oscuro que había a un lado y Casey se paseaba por toda la sala.
Se notaba que era un hombre de dinero. Los muebles, y sobre todo la
decoración, exudaba por todos los rincones el poder, el estatus social al que
se había aficionado Daniel. Había cuadros de pintores famosos, algunas
esculturas en las estanterías de los muebles. También había libros antiguos, y
otros muy nuevos, como si nunca se hubieran utilizado, pero con un acabado en
oro o plata que era por lo que destacaban.
El suelo era de mármol que casaba a la perfección con la pintura de las
paredes y la decoración en el techo, hecha con madera.
El salón daba acceso no solo a la salida, sino también a otro pasillo, en
ese momento franqueado por dos de los hombres de Daniel, y al exterior, a
través de una puerta donde se podía ver un jardín y una piscina. El ruido de
fuera les dijo pronto que había mujeres bañándose y divirtiéndose allí.
Llevaban una hora allí intentando sonsacarle algo de información, o algún
desliz, del que pudieran tirar para forzar la conversación.
—¿Para qué vino? —preguntó Casey sin mirar a Daniel.
—Ya se lo he dicho. Vino aquí porque nos conocimos y la invité a tomar
un café.
—¿Y de qué hablaron? —intervino Oliver.
—Me parece, señores, que se están repitiendo. ¿No me lo han preguntado
hace un rato?
El teléfono de Oliver comenzó a sonar. Lo cogió y miró el número.
Entonces se lo pasó a Casey que lo atrapó al vuelo.
—Contesta tú. Señor Greenblacht, una mujer ha aparecido muerta en la
ciudad y la última persona que la vio con vida fue usted, perdóneme si quiero
hacer bien mi trabajo —le respondió a Daniel.
—Entonces debería ser más específico —rebatió Daniel—. Porque la
última persona en verla no fui yo, sino su asesino.
—¿Y no son la misma cosa?
—Cuidado, Suat. Cualquiera diría que me estás acusando de algo… —
dijo con mordacidad.
Casey se retiró al pasillo por el que habían accedido al salón. También
allí, en cada una de las habitaciones, había uno o dos hombres haciendo
guardia. Incluso en las escaleras que conducían hacia la parte superior.
—Teléfono del inspector Suat —contestó acallando el tono de llamada
predeterminado que tenía su compañero. Tendría que hablar seriamente con él
para que lo cambiara por algo más personalizado.
—¿Hola? ¿No está el inspector Suat?
Esa voz le resultaba muy familiar, tanto que su cuerpo sintió un cosquilleo
que lo pilló desprevenido. Soltó todo el aire de su cuerpo, sin que le
importara que la otra persona lo oyera.
—Sí, en estos momentos no puede ponerse. ¿De parte?
—¿Casey? —Al escuchar su nombre la imagen de Fire se hizo clara en su
mente.
—¿Necesita algo, señorita? —preguntó sin querer nombrarla en un lugar
como ese.
También Fire notó que algo pasaba.
—Creo que están en un lugar donde no pueden hablar libremente… —
conjeturó ella.
—Sí, así es —contestó él sin querer darle más información, a sabiendas
que lo escuchaban.
—Me gustaría que nos viéramos. Tengo algo que puede servirles.
Casey pensó en la relación de Fire con Daniel e instintivamente miró
hacia el salón. Las miradas de Daniel y él chocaron. Fue Oliver el que tuvo
que girarse para ver cómo su compañero parecía tener una batalla con el
anfitrión de la casa.
—Casey… —Escuchó que lo llamaban—. ¿Va todo bien?
—Sí, lo siento. Oliver la llamará en un rato.
—No, sería esperar demasiado… —contestó. Casey aguantó la risa. ¿Tan
poco aguantaba la espera esa mujer? —. Les espero mañana por la tarde en mi
casa. A las ocho.
No le dio tiempo a decirle nada más, colgó no sin antes escuchar gritos de
mujeres a su alrededor que hicieron que arrugara la nariz. ¿Con quién estaba?
—¿A quién has llamado? —chilló Michelle cuando, al volverse, vio a
Fire hablando por teléfono y quedando para el día siguiente.
—A nadie. Un asunto del trabajo.
—¿Del trabajo? —Se metió Sam—. No teníamos que concertar ninguna
cita. Y di la orden de que no molestaran esta tarde. —Una bombilla se
encendió en su cabeza—. ¿¡El tío bueno!?
Fire puso los ojos en blanco. Se levantó del sofá y dejó que sus amigas
empezaran a cuchichear. Salió de la tienda seguida por ellas. Iba a ser una
tarde muy larga.
Capítulo 13
Yo te ordeno y tú obedeces. Las cosas son así, porque mi dominio
penetra en ti y hace que tu cuerpo me obedezca sin tú quererlo.
asey miró el móvil y sonrió. Reconocía que estaba intrigado por esa
C llamada, y el hecho de que los hubiera citado. Pero en esos momentos no
podía hablar con su compañero de ello. Así que simplemente se guardó el
teléfono en el bolsillo y entró de nuevo en el salón donde Oliver seguía
interrogando a Daniel.
—Señores, creo que he dicho todo lo que sabía. Y no hay ningún motivo
por el cual seguir con esto —dijo Daniel levantándose del sofá.
—¡Un momento! —detuvo Oliver—. Queremos hablar con los hombres
que la acompañaron. —Al ver que Daniel no decía nada, siguió—. Como ha
dicho, dos hombres la acompañaron fuera de su casa, y ahí se pierde el rastro.
Pues bien, queremos interrogar a los dos que la vieron.
—Eso no es problema, mañana mismo les diré que se personen…
—No. Ahora mismo. Nos los llevamos a comisaría para tomarles
declaración —intervino Casey colocándose al lado de su compañero.
—¿Y con qué orden? —cuestionó Daniel.
—No hace falta. No están detenidos, señor Greenblacht. Pero, como
comprenderá, esos hombres, si es cierto lo que nos ha comentado, son los
últimos que la vieron con vida.
—Como ya he dicho, el último que la vería con vida sería su asesino.
—¿Y quién dice que no esté rodeado de ellos? —lanzó Casey, una
pregunta de doble sentido y muy afilada ya que podía hacer referencia, no solo
al hecho de ser asesinos, sino también a que fueran los verdaderos asesinos de
esa mujer.
El cuerpo de Daniel se tensó, aunque recuperó la compostura
rápidamente.
—Llamad a los dos —ordenó a los que estaban con él. Esperó a que sus
hombres cumplieran las órdenes y entonces los miró desafiante—. Por
supuesto, mi abogado los representará y estará presente en los interrogatorios.
—Está en su derecho —comentó Casey—. Pero, como le ha dicho el
inspector Suat, no están detenidos y solo queremos hablar con ellos. Una
charla amistosa —añadió con sorna.
Daniel no le respondió, pero se notaba nervioso. Casey y Oliver se
miraron entre sí. Algo había inquietado a ese hombre y tenía que ver con los
hombres.
Un ruido hizo que se volvieran para ver aparecer a los dos hombres que
habían presenciado la conversación y otros dos más. Uno de ellos lo conocían
porque era de los habituales de Daniel pero el otro parecía bastante joven y…
¿era nuevo en la banda?
—Tenéis que acompañar a estos inspectores a la comisaría para hablar de
esa mujer… ¿cómo han dicho que se llamaba?
—Tessa —contestó Oliver.
—Una chica que vino a tomar café conmigo y que acompañasteis porque
se sentía indispuesta. Confío en que os acordéis… —La forma en que les
hablaba bien parecía ser una conversación encubierta.
—Sí, señor —contestó el más joven.
Oliver y Casey escoltaron a los dos hombres y los metieron en su coche.
No sabían si resultaría, pero al menos habían logrado poner nervioso a Daniel
y eso quería decir que tenían que aprovechar la oportunidad. Si ese joven era
una adquisición en su banda, podía no ser tan leal ni estar tan bien entrenado
como los otros.
—Oye, ¿quién me llamaba? —preguntó Oliver mientras conducía hacia la
comisaría.
Casey negó con la cabeza.
—Después te lo digo —respondió haciendo que el otro lo mirara. Casey
señaló sin levantar el brazo hacia los asientos traseros y Oliver asintió.
Oliver salió de la sala de interrogatorios. Estaba cansado, frustrado.
Habían pasado varias horas con los dos hombres de Daniel pero a ninguno de
ellos le habían sacado algún dato que pudiera ayudarles.
Desde el mismo momento en que habían llegado a la comisaría, el
abogado de Daniel se había personado y exigido estar presente en sendos
interrogatorios. Así que cada vez que hacían alguna pregunta que no debían
contestar, el abogado se metía de por medio y los envalentonaba a no
responder, o a pasar al ataque y crecerse.
Iba a ser una noche dura y larga ya que no querían soltarlos, sin embargo,
al estar el abogado allí… Habían pasado a separarlos en un intento porque uno
de los dos diera algún dato contradictorio, pero tampoco así obtenían
resultados.
—¿Qué tal? —preguntó Casey al ver a Oliver bebiendo de la fuente que
tenían en el pasillo.
—Mal. ¿Y tú?
—Igual. Parece que se han aprendido muy bien lo que deben decir. Y eso
que el joven es todavía un principiante. Varias veces le ha salvado el culo el
abogado.
Casey echó mano al bolsillo trasero y sacó el móvil de Oliver a quien se
lo pasó.
—La llamada de antes era Fir… la señorita Dilworth —rectificó—.
Quiere vernos mañana a las ocho. De la tarde —agregó para evitar
confusiones.
—¿Te ha dicho para qué?
—Me dijo algo de que nos puede interesar, pero tampoco quise hablar
mucho con ella en esa casa. No quería que su nombre se mencionara por allí.
Oliver asintió. Había sido una buena idea, para el bien de ellos, y el de la
propia Dilworth.
—¿Le dijiste que vamos?
—Más bien diría que ella lo da por supuesto. No me dio tiempo a
responderle.
Oliver rió. Conocía algo a Fire Dilworth y sabía que era de las que decía
una cosa y esperaba que se cumplieran.
—Está bien. Quizá ha recordado algo sobre Daniel que podemos utilizar.
—Es posible.
El teléfono de Casey empezó a sonar y lo miró. Levantó una mano para
excusarse con Oliver y cogió la llamada.
Mientras esperaba, Oliver revisó su teléfono. Tenía algunos mensajes así
que los leyó y respondió. Al cerrar las aplicaciones, la imagen de fondo de
una mujer sonriente y embarazada le hizo sonreír. Tenía ganas de volver ese
día con su mujer y abrazarla, como si eso fuera suficiente para protegerla del
mal que había en el mundo.
Había sentido la desesperación del padre de Tessa al enterarse del
fallecimiento de su hija. Aún le retumbaban en la cabeza esas palabras: ¡Un
padre no debería sobrevivir a una hija!
Era una gran verdad. Y lo peor es que sabían quién era el causante de
todo.
Vio que Casey volvía y lo esperó.
—¿Algo importante? —preguntó al ver la cara que traía.
—No. Mi sobrina, ha pillado un resfriado y se ha puesto sentimental.
Oliver se carcajeó.
—Vaya, vaya. No serás padrazo pero parece que como tío no se te da nada
mal.
Casey sonrió. Adoraba a sus sobrinos.
—Ya,
bueno, es un alivio entre tanto… delincuente —dijo señalando con
las manos y la cabeza que estaban rodeados de hombres de cuestionable
reputación.
—En eso tienes razón. ¿Listo para otro round?
—Sí —respondió Casey.
—Me temo que no —interrumpió una voz.
Los dos se volvieron para ver acercarse al capitán Calfer.
—¿Jefe?
—Lo siento, chicos. Tengo que soltarlos.
—¿¡Por qué!? —preguntó Oliver alzando la voz.
—El
abogado ha presentado un escrito donde alega que los retenéis sin
ninguna prueba. Y tiene razón. Si no los soltamos, nos arriesgamos a que os
expedienten y a sufrir una sanción.
La puerta de interrogatorios se abrió y por ella salió el más joven
acompañado por el abogado. Este les sonrió sintiéndose vencedor. Pasó por
delante de ellos hasta la otra sala donde abrió para comunicarle al otro que
podían irse. Finalmente, los tres, se acercaron a los inspectores.
—Supongo que no habrá más preguntas.
—Puede que se nos ocurran un par más —comentó Casey haciéndole
frente al abogado.
—No se pierdan del mapa, quizá tengamos que volver a traerles —añadió
Oliver.
Tanto el abogado como los otros dos esbozaron sonrisas. Se burlaban de
ellos y no podían hacer nada para evitarlo.
—Hay que detener a ese malnacido… —gruñó el capitán Calfer al ver
cómo se iban de su comisaría sin poder hacer nada.
Sus hombres estaban de acuerdo.
Casey detuvo el motor del coche frente a la casa de Fire. Era la segunda
vez que iba a entrar en ese lugar y se sentía extraño. Las luces estaban
encendidas y la pequeña casa parecía acogedora. Sin embargo, el hecho de
pensar en ella y en una práctica tan peligrosa, hacía que todo su cuerpo
reaccionara y lo único que quisiera fuera abrirle los ojos.
—¿Estás listo? —preguntó Oliver, sentado a su lado—. ¿Seguro que
podrás contenerte? —añadió al ver el rostro de Casey.
—Estoy bien —contestó él pasándose la mano por la cara.
—Dijiste que hablaste con ella y le pediste perdón. —Casey asintió—.
Entonces, no tiene por qué pasar nada. Céntrate en Daniel y ya está.
Daniel. Ese era otro problema. Ya no era solo por el hecho de que fuera
el tipo de calaña que era, sino el que estuviera relacionado con Fire.
—Vamos, llegamos tarde. —Cambió de tema señalándole el reloj que
marcaba casi las ocho y diez minutos.
Los dos se bajaron del coche y cruzaron la carretera para acceder a las
escaleras que llevaban a la puerta de entrada de la casa. Tocaron el timbre y
esperaron. Y esperaron.
Oliver y Casey se miraron.
—Oye, Case, era a las ocho, ¿verdad? —preguntó Oliver.
—Sí, a las ocho. Ella misma nos citó aquí. Además, tiene que estar dentro.
Hay luz —contestó él intentando mirar por la ventana.
Oliver volvió a dar al timbre pero obtuvieron el mismo resultado.
—¿Habrá salido un momento? —conjeturó Casey.
—No lo sé, voy a llamarla —respondió Oliver cogiendo su teléfono y
marcando el número con el que lo había llamado ella el día anterior.
En el momento en que daba el tercer tono, la puerta se abrió apareciendo
ante ellos Fire.
—No me gusta que lleguen tarde. Si dije a las ocho, era a las ocho. —Les
recibió con cara de pocos amigos.
—Lo siento, señorita Dilworth, nos fue imposible llegar antes.
—Y a mí me debería ser imposible recibirles ahora… —replicó ella.
Sacó todo el aire de sus pulmones y se apartó de la entrada—. Entrad —les
dijo.
Los dos se miraron y alzaron las cejas. Sin duda era una mujer a la que
había que obedecer.
Una vez dentro, intentaron evitar fijarse en lo que veían. Todavía
recordaban la situación que habían vivido días atrás en esa casa, sobre todo
Casey.
—Pasad al salón, creo que recordaréis dónde está.
—Sí, por supuesto —afirmó Oliver—. ¿De qué quería hablarnos, señorita
Dilworth? —preguntó cuando se acomodaron en el sillón que tenía.
—Tendrán que esperar, aún falta alguien —comentó ella. Estaba de pie,
con los brazos cruzados y un ligero taconeo, fruto de su enojo porque no
hubieran estado allí a la hora que los había citado.
—¿Quién falta? —saltó Casey intrigado.
El timbre sonó y Fire suspiró. Los dos policías la observaron mientras
caminaba hacia la puerta y notaron el cambio que su cuerpo experimentaba,
intentando mantenerse calmada.
—Buenas tardes —saludó a la otra persona saliendo fuera de la puerta, y
por ende del campo de visión de Oliver y Casey.
—Hola, Fire. Siento llegar tarde.
—Ya… —Con eso esperaba que cambiara de tema o iba a decirle algunas
cosillas más—. Pasa, tus hombres ya están aquí.
Oliver y Casey se miraron frunciendo el ceño. Se levantaron del sofá y
casi cayeron en él de nuevo al ver cómo entraba alguien a quien no esperaban.
—¿Capitán? —dijeron los dos al unísono.
—Hola —saludó él—. Fire, ¿qué está pasando? —le preguntó a ella
cuando los cuatro se reunieron en el salón.
—Siéntate —pidió mientras ella se dejaba caer en uno de los sillones.
Miró a los otros dos, aún de pie y, simplemente con un gesto de su rostro, se
sentaron de nuevo—. ¿Alguno quiere tomar algo?
—No, Fire. ¿A qué viene esto? Me dijiste que viniera a tu casa porque
necesitabas hablar de una cosa. Pero, ¿y ellos? —Los señaló—. ¿Has tenido
algún problema de nuevo? —preguntó Calfer poniéndose tenso—. Como
hayáis vuelto a… —Se ensañó con ellos.
—Capitán, no hemos hecho nada —cortó Casey—. Incluso le pedí
disculpas por mi comportamiento.
Fire sonrió divertida. Ellos mismos habían sacado conclusiones sin
esperar a que abriera la boca. Habían pensado por sí mismos sin saber toda la
información.
—Fue ella quien nos citó, capitán —comentó Oliver—. Nos dijo que tenía
información que podía interesarnos.
Tres miradas se dirigieron entonces hasta Fire.
—¿Puedo hablar ya? —pidió permiso con un tono burlón—. Yo os cité a
todos.
—¿Para qué? —preguntó Calfer.
—Daniel Greenblacht. —El nombre hizo que los hombres contuvieran el
aliento—. Supongo que tus hombres te han puesto al corriente de que mantengo
una relación con él, por así decirlo.
Calfer asintió. Abrió la boca para hablar pero Fire levantó el mentón
acallándolo con el gesto.
—Como les dije a tus inspectores, no lo he visto nunca en persona ni
tampoco he hablado con él como para que me desvelara su trabajo, o de dónde
saca el dinero que tiene. Pero he indagado un poco y creo que necesitáis
ayuda. —Esa misma mañana había vuelto a quedar con Armand y Jonathan,
junto con una carpeta lo bastante grande como para ocuparle varias horas a los
tres sobre la vida y milagros, o mejor dicho muerte y desgracias de ese
hombre.
—¿A qué te refieres? —inquirió Calfer.
—Yo tengo acceso “personal” a Daniel. No voy a decir que me vaya a
contar su vida delictiva, pero sí que puedo conseguir que sea imprescindible
para él.
Calfer la miró sin comprender nada. ¿A dónde quería llegar?
—¿Qué caso tiene que te conviertas en alguien especial para él? —
intervino Casey—. Eso no soluciona nada.
—¿Qué harías si te quitaran lo más importante para ti? —preguntó Fire a
su vez—. Una novia, una pareja, un hijo, ¿qué harías?
La pregunta los pilló desprevenidos.
—Lo que fuera… —contestó Oliver.
—¿Y si Daniel me tuviera y, de repente, desapareciera de su vida? ¿Y si
alguien llamara y preguntara por alguna de las mujeres desaparecidas y
quisiera hacer un intercambio? —propuso Fire lanzando así el plan que se le
había ocurrido.
—¿Estás diciendo que quieres infiltrarte en la banda de Daniel? —
preguntó directamente Calfer.
Fire negó con la cabeza.
—Estoy diciendo que puedo hacer que sea imprescindible para él. Que
todo gire sobre mí. Pero que, cuando de repente desaparezca, él cometa
errores. —Esperó un momento para que el silencio hiciera mella en los otros y
pudieran asimilar lo que les proponía—. Siempre que podáis utilizarlos para
detenerle.
—¡¡Estás loca!! —gritó furioso Casey levantándose del sofá—. Te
pondrías en peligro, ¿para qué?
—Para acabar con tipos como él —contestó con suavidad Fire—.
Reconozco que no tengo ningún motivo para participar en esto. Pero no me
gusta que estén sueltos tipos como él que hacen daño a las mujeres. Si puedo
ayudar a detenerlo...
—¿Arriesgando tu vida? —La cortó Casey.
Llevaba cuenta de las veces que lo había hecho y estaba llegando a su
límite.
—¿Quién dice que voy a arriesgarla? Daniel y yo jugamos a través del
club online. A lo más, que haya un par de encuentros. Pero ya está. Después,
desapareceré para él. ¿Qué riesgo hay ahí?
Casey comenzó a negar y se apartó del sofá. Estaba furioso porque ella
misma lo hubiera propuesto.
—Inspector Reindman —llamó Fire—, ¿acaso no vino a mi casa hace
unos días y me propuso hacer algo parecido?
Casey se quedó paralizado. Tenía razón. Pero, de alguna manera, lo que
planteaba no le gustaba nada en ese momento.
—Es parecido a lo que queríamos hacer nosotros… —confesó Oliver.
—Sí, ya me contaron de “Piruleta”… —comentó Fire.
Tanto Oliver como Calfer la miraron contrariados. Sin embargo, el rubor
que subió a las mejillas de Casey hizo que Fire se echara a reír.
—¿A quién se le ocurre meterse en un club privado sin conocer antes el
protocolo y las normas? —lanzó ella sin dar más explicaciones a los otros.
Casey tosió para evitar tener que hablar.
—Fire… agradezco tu ayuda pero, eres una civil. No podemos ponerte en
riesgo. Es demasiado peligroso —anunció Calfer.
—Quiero detenerlo. No me gusta que una persona así siga libre. Y sabéis
que soy la oportunidad que buscabais —contraatacó ella.
Los cuatro se quedaron callados.
Capítulo 14
Redescubre a la persona que se despoja de su piel ofreciendo a los que
miran su verdadero corazón y ser.
staban inquietos, sobre todo Casey. Veinticuatro horas después de estar
E en casa de Fire, allí se encontraban de nuevo. De nada habían servido
los argumentos que había dado a su capitán para evitar lo que estaban
haciendo allí. Porque, al final, y una vez sopesó todo, Calfer había dado
su brazo a torcer y había accedido a lo que pretendía hacer.
—Deja de mortificarte, Case —le comentó Oliver—. Tampoco es que
pudieras haber hecho más.
Casey lo miró y resopló. No estaba bien. Era ella la que iba a ponerse en
peligro, la que a partir de ese momento tendría que intimar con Daniel. La que
tendría que dejarse tocar, acariciar, besar… No, no podía soportar esas
imágenes.
Ya había pasado una mala noche con esos pensamientos y su hermana le
había regañado también por no dejarla dormir. Pero no podía evitarlo.
Miró hacia donde estaba Fire. Iba a ser duro ver cómo interactuaba con
Daniel sin poder meterse.
—Case, todo saldrá bien, de verdad… Confía en el capitán.
Casey esbozó el intento de una sonrisa.
—¿De verdad lo crees? Al final, es ella la que hará el trabajo sucio… —
contestó recordando la “negociación” que habían llevado a cabo la noche de
antes…
Todos se habían quedado callados. Fire había sido muy directa al
proponer lo que había pensado. Pero los había dejado a los otros sin
argumentos.
—Fire…, ni siquiera sé qué decirte —habló Calfer—. Te conozco desde
pequeña y sé que eres de las que ayudan a los demás. Pero Greenblacht…
Sería meterte en la boca del lobo.
—Sé tratar con él. Sé manejarlo. Y sé que siente algo por mí. Richard, tú
me conoces, lo acabas de decir, ¿cuándo han podido conmigo?
Calfer negó.
—Es demasiado peligroso. Estoy con Reindman, no puedo pedirte que
hagas eso. No tienes ni la formación ni tampoco la experiencia que se
necesita para infiltrarte.
—Pero yo no hablo de infiltrarme. Richard, es un club online. Hablamos
por el ordenador. A lo más, que tenga que quedar con él a tomar un café o a
salir un día. Lo suficiente para que me desee y me vuelva especial. Después
no habrá nada.
Calfer pareció sopesarlo. Miró a Oliver.
—¿Qué opinas, Suat?
—Tratándose de Daniel, ponerle en bandeja a una mujer no es algo que
yo haría, capitán. —Calfer y Casey sonrieron y miraron a Fire como si
quisieran que las palabras que acababa de escuchar las entendiera—.
Pero… —las sonrisas cesaron—, pero también entiendo que, lo que nos
ofrece la señorita Dilworth no lo hemos tenido antes.
»Tal y como nos lo plantea, hablamos de que ella siga manteniendo la
relación que tiene con Greenblacht como hasta ahora, pero profundizándola.
Y de algún modo, que ella desaparezca de su vida cuando él más la valore.
»Si logramos relacionar una sola desaparición de una mujer con él,
tendremos lo que necesitamos para echarle el guante.
—¿A costa de la vida de una civil?
—Ella no estará en peligro. No como yo lo veo —contestó Oliver—.
Cuando ella deba desaparecer, podremos protegerla. Evitaremos que la siga,
que sepa que es todo un montaje.
—Ni siquiera se necesitará eso —intervino Fire. Se levantó y salió del
salón.
Cuando volvió, mostró una peluca de pelo largo y negro.
—Cada vez que me conecto al club, lo único que ven de mí es mi cuerpo
y el pelo negro. No dejo que vean mi cara. Nadie sabe quién soy. De esa
manera, cuando tenga que desaparecer, será Lady Blue quien lo haga, no
Fire Dilworth.
Calfer observó la peluca y a Fire. El plan parecía bastante sólido y, tal
y como lo planteaba, tenía razón en que no iba a correr ningún riesgo… Sin
embargo,…
—Si dices que no te ha visto la cara, entonces quiere decir que, si
tuviera que quedar contigo para tomaros algo, podría ir cualquiera, ¿no? —
insinuó Calfer.
—Sí. Pero dudo que funcione lo que piensas —contestó ella con una
sonrisa.
—¿Y eso por qué? —inquirió Casey—. No te ha visto, puede ir
cualquiera que lleve una peluca como esa.
—Porque soy única. Y porque mi forma de hablarle, mi carácter, mis
gestos, van a delatar a la otra persona. Y lo perderíais todo.
—Pero podrías enseñarla —rebatió Calfer—. Te propongo algo.
Mientras sea por internet, acepto que nos eches una mano con Greenblacht.
Pero si se tercia un encuentro físico, tomará el relevo otra persona.
—Te repito que no va a funcionar, Richard.
—Déjame ser yo quien me dé cuenta de ello.
Fire se encogió de hombros. No quería seguir la misma discusión por
horas y horas sin que obtuviera resultado. Se darían cuenta, y eso haría que
tuviera que entrar ella. Pero si no querían estar prevenidos y preferían
darse cuenta tarde, era cosa de ellos.
Y ahí estaban ahora. Tras organizarlo todo, Calfer había querido llevar
monitores para grabar las conversaciones y lo que hacían. Por supuesto, Fire
se había negado a ello y, al final, solo había aceptado que los inspectores
Reindman y Suat estuvieran presentes junto con una grabadora y una cámara
para recoger el audio y la pantalla del ordenador de esos encuentros.
A pesar de que había dado vueltas al plan que iban a llevar a cabo, el
cual no la ponía en riesgo alto, estaba inquieto. Iba a presenciar una sesión de
BDSM y tendría que estar callado y sin hacer nada.
Miró a Fire. Había colocado algunos objetos en la mesa del ordenador.
No quería saber qué eran.
—Case, ¿estás bien?
—Sí —mintió.
—Voy a cambiarme —comentó Fire cuando se giró hacia ellos—. Hoy me
voy a conectar antes al club y así hablaré con los demás.
—De acuerdo, señorita Dilworth —dijo Oliver.
—Llámame Fire, por favor.
Oliver asintió.
Ella se marchó dejándolos a los dos solos.
—Case, ¿de verdad puedes con esto? Creo que algo te pasa con el tema
del BDSM y no me gustaría tener que obligarte a marcharte.
—Estoy bien —gruñó él—. Es que no sé cómo ha aceptado esto el
capitán.
—Te recuerdo que la primera vez que la viste también le dijiste que
colaborara.
Casey apretó los ojos con fuerza. Una cosa era cuando no la había visto, y
otra ahora que la conocía…
—Sabré contenerme —respondió a cambio.
—Bien.
—¿Queréis algo de comer o beber? —preguntó Fire haciendo que los dos
hombres la miraran. Y se quedaran sin respiración.
Fire había aparecido con un corsé negro y una bata de satén oscura
echada por encima. No tenía puesta más que la ropa interior, que había
ocultado bajo un liguero. Llevaba además unas sandalias de tacón oscuras que
alargaban más sus piernas.
Caminó hasta ellos, pasando por entre los dos, para llegar hasta el
ordenador donde colocó un bote extraño. Después, se dio la vuelta y rehizo el
camino haciéndose notar al pasar entre Oliver y Casey de nuevo.
—¿Y bien? —insistió.
—¿Eh?
—Comer… beber —repitió ella con una pequeña satisfacción al haber
provocado ese efecto en ellos.
Los dos negaron con la cabeza sin apartar los ojos de ella. Solo Oliver
consiguió pestañear cuando el teléfono le sonó.
—¿Vais a apagar los móviles cuando esté online? —inquirió a Casey.
—Sí, tranquila. No nos olvidaremos.
—Ni móviles, ni ruidos, ni gritos, ni gemidos, ni susurros, ni cuchicheos,
ni nada que pueda hacerle pensar que no estoy sola —enumeró ella con sus
dedos. El movimiento circular que hacía cada vez que uno de sus dedos se
elevaba estaba hipnotizando a Casey.
—Sí…
—¿Sí? ¿Sí, qué? —insistió.
—Sí, s… No, quiero decir, que no habrá ningún ruido —rectificó al
recuperar su mente.
La sonrisa de Fire se ensanchó más y se apartó de Casey, no sin antes
hacer que su aroma lo rodeara y se viera embriagado de ese olor.
Cuando Oliver regresó, Fire volvió a repetir lo que le había dicho a
Casey y, en unos minutos, los dos estuvieron con el móvil silenciado y
colocados en donde debían escuchar, y ver, lo que iba a suceder.
—¿Estás lista? —preguntó Oliver.
Fire giró la cabeza hacia él.
—La pregunta debería hacerla yo —comentó ella, jocosa.
Se había colocado la peluca negra y no parecía la de siempre, como si
ese vestuario, y el ocultar su melena pelirroja, la hiciera desatarse.
Dejó de mirarlos y tecleó las contraseñas con las que entraba en el club.
Ya allí el administrador estaba preparado. Le había mandado un mensaje a
Jonathan justo antes de bajar para que supiera que iba a conectarse y él, por su
parte, trataría de controlar al resto de sumisos que pudieran querer conversar
con ella para que no la molestaran.
Lady Blue dice: Buenas tardes a todos y todas.
brisa dice: ¡Hola!
natamiel dice: ¡Por fin! Señora, buenas tardes.
Abrasador dice: ¡Hola, Blue! ¿Qué tal todo?
Lady Blue dice: natamiel, a mi privado.
Lady Blue dice: brisa, hola, preciosa. ¿Todo bien?
Lady Blue dice: Todo perfecto, Abrasador, con ganas de jugar un rato.
Abrasador dice: Ya sabes, si los sumisos no te satisfacen, puedo hacerte
un hueco…
Lady Blue dice: Sabría beneficiarme muy bien de ese hueco… y
enseñarte lo que te pierdes…
Las risas hicieron que Oliver y Casey se intrigaran por el contenido de
esa conversación. Pero no podían verlo desde donde estaban.
—Daniel no está —les dijo para que se quedaran tranquilos.
—¿Sabes a la hora que se suele conectar? —preguntó Oliver.
—No, nunca le he preguntado. Las veces que he entrado solía estar, pero
hay semanas que no se conecta en todo el día, y otras está prácticamente las
veinticuatro horas.
—Entonces podemos tener suerte, o no… —murmuró Casey, no sabía si
feliz o enfadado por esa contrariedad.
—Vosotros no… yo sí tengo suerte. Uno de mis habituales está online.
Casey frunció el ceño. Al ver que Fire los avisaba que mantuvieran
silencio, supo que iba a activar la videollamada.
—Buenas tardes, natamiel.
—Hola, Lady Blue, ¿cómo está?
—Bien, con ganas de saber de ti… ¿Qué ha hecho mi esclavo?
Casey miró a Oliver y de nuevo a Fire. ¿Esclavo?
—Señora, nada… No he podido hacer nada y llevo así varios días. Por
favor, se lo suplico, juegue conmigo…
Fire cogió el bote que había llevado antes y le quitó la tapa. Lo mostró en
la cámara y presionó hasta que salió un líquido de color amarillo como la
miel.
—¿Jugar a qué, natamiel? —preguntó mientras los dedos se impregnaban
de ese líquido pegajoso y dulce y los llevaba hasta su boca. Allí se deleitó en
lamerlos con lentitud, asegurándose de pasar la lengua por cada rincón de
ellos antes de introducirlos dentro.
Oliver se movió en su asiento inquieto al seguir los movimientos de Fire.
Tampoco Casey parecía estar pasándolo bien pues su respiración se había
acelerado.
—Se lo ruego, por favor…
—¿Tan necesitado estás de una Ama? —preguntó ella haciendo hincapié
en esa última palabra, no tanto para que natamiel se diera por enterado de su
superioridad, sino porque lo hicieran los hombres que estaban sentados en esa
misma habitación.
—¡Sí! —exclamó casi al borde de las lágrimas.
Fire no le hizo caso y trasteó con el ratón del ordenador en la pantalla.
—¿Lady Blue? —llamó natamiel al ver que lo ignoraba.
—Estoy viendo el libro para saber quién ha jugado contigo y lo que te han
hecho. Según te hayas portado, podría pensar en dejarte correr. O excitarte
más.
—No, por favor, más no. Ya hasta tengo sueños con usted…
Fire sonrió.
—¿Sueños? ¿Qué tipo de sueños, natamiel? Cuéntamelos…
—Estamos en una sala como de ginecología. Y estoy en la silla especial.
Pero tengo las piernas y los brazos atados. No puedo moverme y eso que lo
intento.
»Estoy completamente desnudo y parece que la espero, pero estoy entre
nervioso y excitado. No sé por qué sentimiento decantarme. Entonces, entra
por la puerta y me excita mucho con esa falda blanca tan corta y la camisa
ceñida a sus pechos…
—¿A estos, natamiel? —Fire se inclinó hacia la cámara presionando sus
pechos para que fueran más visibles y se marcaran más. Sin embargo, no se
quedó ahí pues volvió a aplicar el bote echándose una línea de ese líquido
ámbar que recogió poco a poco con su dedo para chuparlo…
—¿Es miel? —preguntó él relamiéndose—. Yo podría limpiarla… —
añadió él mirándola con deseo, su boca abierta para poder respirar.
—Es miel, natamiel. Una miel dulce que se mezcla con mi sabor. ¿Te
imaginas cómo sería si te permitiera lamerme?
—Sería el paraíso, Señora… —susurró él con los ojos dilatados y
brillantes. No apartaba la mirada del movimiento que hacía Fire al retirarse la
miel de sus pechos.
—Continúa con tu sueño… —Al verlo titubear lo orientó—. Acababa de
aparecer en esa habitación.
—Sí… Era como un ángel, vestida de blanco. Pero los dos sabíamos que
no era así, sino un demonio. Me acarició con su mano, rodeó mi pene con ella
y sacó el glande, ya humedecido del líquido preseminal que estaba soltando…
»Y entonces se alejó un poco. Me dio la espalda y yo no podía verla. Le
rogué, le supliqué, le pedí que me dejara mirarla mientras me tocaba. Pero
solo cuando cogió lo que quería se giró hacia mí enseñándome el objeto que
había buscado.
—¿Qué fue?
—Una sonda. Quería meterla por el pene…
—Mmmm… sería interesante… ¿verdad?
—¡No! —exclamó él cubriéndose sus partes. Aunque estaba vestido, la
reminiscencia del sueño todavía estaba muy presente y había hecho que se
sintiera desnudo—. Me dolió.
—¿Todo el tiempo? —insistió ella.
—No, Señora… —confesó—. Me daba tal placer al moverla, que llegaba
un momento en que se volvía insoportable. Y cuando yo gritaba, usted reía. Se
reía de mí, de mi poco aguante para el placer. Estaba cada vez más excitado,
cada vez mi pene escupía más líquido, se ponía más duro conforme la miraba
y sentía que tenía sus manos puestas en mí, toda su atención solo para mí. Y
yo…
—¿Te corriste? —preguntó ella.
—No fue voluntario, Lady Blue. Me desperté de inmediato pero cuando
me di cuenta, yo…
Fire acercó la mano a la pantalla del ordenador y natamiel pronto se
acercó a ella. Cerró los ojos cuando vio que la mano se acercaba a su cabeza
y la abrió mientras Fire seguía el contorno de la cara.
—Tuviste una polución nocturna. Es normal…
—¡Pero yo quería serle fiel! —exclamó él cabreado consigo mismo.
—Eso no pasa nada… Porque ahora que la has tenido, lo normal es que
estés con más ganas, ¿verdad?
—Sí, Señora… Ganas de usted… Ayer me negó su compañía y me sentí
muy excitado porque la tenía tan cerca y no podía venerarla…
—Bueno, ahora puedes hacerlo, cumpliendo mi voluntad. Desnúdate.
Fire giró un poco la cabeza haciendo un gesto, para la cámara, como si
estuviese apartándose el pelo. Sin embargo, lo que quería era mirar a los dos
invitados que tenía.
Calor… Hacía mucho calor en esa habitación. Casey no podía estarse
quieto. Tenía la necesidad de levantarse y quitarse la chaqueta que tenía para
también aliviar con ello la presión de su entrepierna, que le apretaba
demasiado.
Ese hombre con el que hablaba Fire había comentado una fantasía con
ella. Pero la forma en que ella lo había llevado había hecho mella en su
cuerpo. Había sentido las caricias, había notado esa mano invisible sobre su
pene y, aunque no lo hubiera experimentado, se había encogido cuando el otro
había dicho de la sonda. ¡Hasta había tenido que cerrar los ojos y respirar
profundamente para controlarse!
Los ojos de Fire se clavaron en él y no pudo evitar respirar más rápido.
Parecía que su corazón se iba a salir del pecho, que los pulmones no cogían el
aire suficiente para abastecerle. Cerró la boca y, sin darse cuenta, se le escapó
un gemido.
Pronto el codazo de Oliver hizo que se recompusiera.
Fire apartó la mirada y la volvió a centrar en ese tal “natamiel”. Todavía
no podía creerlo. Había estado preocupado todo ese tiempo porque fuera la
sumisa de Daniel que jamás habría pensado en que ella se comportara como
Ama en el BDSM.
Según había leído, y no era mucho, la mayoría de personas mostraban un
comportamiento muy diferente en las prácticas de BDSM, contrarias podría
decirse. Pero Fire era dominante en su vida diaria y en la vida íntima. Ahora
estaba seguro de ello. No era ella quien debía tener miedo, sino la persona a
la que ella controlaba.
Y, por un momento, se sintió vencedor al pensar en Daniel pues esa mujer
era capaz de provocarle el daño más profundo. Pero, al mismo tiempo, se
sentía extraño; su cuerpo reaccionaba a los movimientos de ella, a su voz, al
momento en que dictaba una orden. Como si quisiera obedecerla.
—Así, muy bien… —elogió Fire al ver que natamiel se quedaba desnudo
y se colocaba en la posición que debía adoptar—. ¿Tienes a mano algo?
—Sí. —Se movió un poco para alcanzar una cuchara de palo y una rueda
de Wartenberg que mostró a la cámara—. Vaya, así que tenemos ganas de algo
de dolor.
—Solo si usted quiere, Señora… —contestó él pero el atisbo de sonrisa
fue suficiente para Fire.
—Coge la rueda y empieza a pasarla por los pezones, pero sin darte en
ellos, solo por alrededor —lo instruyó y el otro no tardó nada en hacerlo—.
Aprieta más fuerte, que se señale el camino.
Fire se movió para alcanzar un pequeño látigo de varias colas que
empezó a mover a su alrededor, golpeando algunas veces el monitor.
—Lo que me gustaría golpearte con esto… —murmuró ella al tiempo que
natamiel seguía pasando la rueda por su cuerpo—. Ve a los pezones y clava la
rueda en ellos.
—Sí…
—¿Sí, qué? —preguntó cambiando el tono de voz. Le molestaba que no
contestara como era debido y eso hacía que quisiera acabar antes la sesión.
—Sí, Señora. Perdón.
—Eso está mejor…
Lo vio clavar la rueda de Wartenberg en sus pezones y exhalar el aire a la
vez que saltaba por el dolor. Porque dolía, sabía bien que colocarlo ahí no era
para novatos. Y mantenerlo, como ella hacía al no decirle que lo quitara,
implicaría que se intensificara en el momento de liberarlos.
—Quítalo —le ordenó—. Y no se te ocurra moverte.
natamiel gritó y su instinto le hizo querer ir hacia el pezón y tocarlo para
aliviar el dolor. Sin embargo, se contuvo y, aunque empezó a removerse
intentando así aliviar lo que sentía, no incumplió lo que Fire le había pedido.
—Haz lo mismo en el otro pezón. Y clava tus uñas en ese dolorido.
—Señora… —suplicó él mirando a la cámara.
—¡Hazlo! —exclamó levantando la voz al tiempo que dejaba de mover el
látigo—. ¡Más fuerte!
Lo vio empujar con más fuerza la rueda y aumentar la presión de su uña
sobre el pezón. Lo mantuvo así varios segundos pendiente de su cuerpo y,
sobre todo, su rostro.
—Aparta todo —le dijo para que pudiera soltar.
En el momento en que quiso separar su uña o la punta de la rueda,
parecían pegados a él y el tirar de ambos elementos hizo que se estremeciera
de una sensación entre dolorosa y placentera.
—¿Qué pasaría ahora si te dijera de ponerte unas pinzas?
—No, por favor, Señora, se lo suplico.
—Entonces vas a coger esa cuchara que tienes. Y vas a golpearte en el
glande.
Notó que tragaba con dificultad.
—¿Cuántas veces?
—Tres —respondió. No quería que fuera algo tan doloroso. Ya de por sí
estaba lo bastante excitado como para que le resultara difícil aguantar.
Se levantó del suelo y se acercó hasta la cámara donde la situó lo
bastante cerca como para que viera golpearse esa zona.
—Uno —contó ella al tiempo que él levantaba la cuchara y la bajaba con
fuerza hacia el glande. Tenía el pene cogido con la otra mano, apretado para
separarlo de los testículos, que había presionado contra el borde de la mesa
—. Dos. —El segundo hizo que perdiera la postura y siseara de dolor. Era
consciente que quería acariciarse para aliviar la picazón que sentía, pero lo
aguantaba—. Tres —finalizó ella con el último golpe que hizo que natamiel
gritara—. Puedes tocarte —lo premió ella dejando que él hiciera el resto para
apaciguar su cuerpo.
Pocos minutos después, natamiel jadeaba y su cuerpo se tensaba.
—¡Señora! —exclamó.
—¿Qué?
—¿Puedo… puedo correrme?
Fire posó una de sus manos en la mejilla, pensativa.
—¡Por favor! —gritó natamiel.
—Está bien. Córrete…
No le hizo falta mucho más. Todo su cuerpo empezó a convulsionar y el
semen salió de su glande disparado. Varios empujes hicieron que saliera en
diferentes tandas.
Fire esperó a que él recobrara el aliento, y las plenas funciones de su
cuerpo. Lo vio sentarse en la silla y limpiar con papel lo que se había
manchado.
—Gracias, Lady Blue. Con usted siempre es una maravilla llegar hasta el
final.
—Ha sido muy bueno…
—Ojalá pudiera satisfacerla a usted como hace conmigo.
Fire se tensó.
—No sigas por ahí —avisó.
—No, no, sé que no puede ser. Solo era una fantasía…
—Voy a salirme ahora, natamiel. Después entraré un rato pero no sé si
jugaré contigo o con otro. Por lo pronto, tienes prohibido jugar. Lo anotaré en
el libro.
—¿Por qué?
—Porque quiero que estés deseoso de mí. Y ese sueño que me has
contado, me encantaría que se repitiera.
—Es usted… —empezó natamiel—… condenadamente buena dominando,
Lady Blue…
Fire se despidió de él y cortó el vídeo para, a continuación, despedirse
del chat general. Iba a volver, o eso tenía pensado, aunque dependía de que sus
invitados aguantaran.
Se giró hacia ellos y los vio. Parecía que les faltaba el aire y sus
entrepiernas habían crecido bastante.
—Voy a darme una ducha. La miel es muy pegajosa —les informó.
Cuando estuvieron a solas, Oliver y Casey se miraron. No podían
imaginar que una sesión de BDSM por internet fuera tan intensa. Los altavoces
dejaban salir el sonido de la otra persona y envolvían toda la habitación por lo
que era como si realmente estuviese allí.
Además, los movimientos que Fire hacía le daban más realismo, junto con
la voz de ella, la sensualidad con la que impregnaba las palabras. Hasta los
silencios eran eróticos.
—Dios, esto ha sido… —dijo Oliver levantándose y colocándose el
paquete de alguna forma que no molestara tanto.
—Necesito una ducha de agua fría —lanzó Casey yendo hacia la cocina.
Abrió el grifo del fregadero, llenó un vaso y se lo echó por encima de la
cabeza.
A la noche siguiente…
Casey tocó el timbre de la puerta de Fire y esperó a que le abriera.
Cuando la vio, con la peluca ya puesta, ataviada con otro corsé, rojo en ese
caso, y unos pantalones de cuero negros, sus ojos se fueron inmediatamente a
revisarla de arriba abajo. No hacía falta tocarla, ya con mirarla se veía que la
ropa le quedaba perfecta en su cuerpo curvilíneo, una curva que ahora a él se
le ponía recta en sus pantalones. Y acababa de empezar la noche.
—¿Y Oliver?
—Es un puñetero cobarde… —siseó él sintiéndose incómodo sin haber
entrado en la casa.
Cuando habían salido de la casa, a eso de las dos de la mañana, los dos
parecían caminar como los pingüinos. Sentarse en el coche ya había sido una
odisea, pero aguantar el camino, con los baches y los badenes era demasiado.
Al final habían acabado exhaustos, excitados y con ganas de aliviarse. Al
menos Oliver tenía a su mujer, quien, sin duda, estaría feliz de verlo llegar de
esa forma. Pero él estaba solo y, en su estado, no iba a ir a ningún lado.
—¿Cómo? —Fire esbozó una sonrisa.
—Hoy no viene —contestó a cambio.
Fire se apartó de la puerta para dejarle pasar.
Iba a ser una nueva nochede tortura…
Capítulo 15
Disuade a tu mente para que no recuerde la satisfacción que te da mi
persona ni el deseo que me tienes.
n cosquilleo recorrió a Casey en el momento en que entró en el salón.
U Aparentemente estaba igual que siempre, pero su cuerpo parecía ya
preparado para lo que iba a ocurrir, sin nombrar el hecho de que, ver a
Fire vestida de esa manera, había hecho mella en su autodeterminación
para aguantar las sesiones.
Todavía le era extraño considerar a Fire como una Ama. Simplemente, no
se lo creía. Siempre había estado con mujeres que buscaban protección,
cariño, amor, siempre una persona con quien sentirse resguardadas. Pero ella
no era así. Ella no necesitaba a nadie para mantener su autoestima alta, ni
tampoco para ayudarla a conseguir metas en la vida.
—¿Estás listo? —preguntó sacando a Casey de sus pensamientos.
—Sí, cuando quieras.
—He de avisarte que zalame… Daniel —rectificó antes de acabar— se
conectó esta mañana. Me dijo que a lo mejor entraba por la noche. Mis amigos
me han mandado el chat y tienes en ese portátil el archivo de vídeo.
Casey giró hacia el lugar donde la noche antes habían estado Oliver y él y
vio una mesa con un portátil ya encendido. Habían quedado en que, cuando
ellos no estuviesen, tendría que grabar si entraba en contacto con Daniel, y
para ello habían escondido una cámara en la habitación. Pero el ordenador…
La miró de nuevo sin entender.
—Sé que ayer no podíais ver a la otra persona, solo escuchabais y me
mirabais a mí. Por eso he pensado que, si Daniel se conecta, quizá queráis
verlo por si hay algo en sus gestos que pudiera delatarlo cuando hable con él
—le explicó ella—. El administrador permitirá el acceso doble de mi cuenta y
lo enmascarará por si acaso.
—Gracias… —dijo sin todavía asimilarlo todo. ¿Además de sentir esas
sesiones, ahora iba a ver lo que ella provocaba en los demás? Estaba visto
que la noche iba a ser muy larga… —. Has dicho que has estado con Daniel
—recordó—. ¿Ha pasado algo?
—No, nada que no te imagines si recuerdas lo de ayer con natamiel. —
Fire rió al ver que Casey cogía aire para soltarlo lentamente—. De todas
formas, si quieres verlo ahora…
—¡No! —gritó él abriendo los ojos. Ni loco iba a verlo en ese momento.
Ya tendría bastante con lo que hiciera esa noche para ponerse a tono antes
incluso.
Fire sonrió aguantando la carcajada que quería escaparse de su boca. Sin
embargo, lo que hizo fue sacar su lengua con la que humedeció sus labios.
Casey perdió el aire y dejó de respirar siguiendo el camino que esa sinhueso
hacía. Se veía tan apetitosa, tan evocadora y seductora…
—¿Casey?
Él sacudió la cabeza.
—¿Qué?
—Te decía que si te parece, voy a conectarme. Esta mañana apenas pude
charlar en el chat general y me apetece saber de ellos.
—Vale, vale —contestó él dándose la vuelta para serenarse. Era ilógico
que se comportara así. Jamás le había sucedido algo así con una mujer y, sin
embargo, con ella no podía controlarse. Su entrepierna ya estaba molestándole
y sabía que, conforme la noche avanzara, tendría serios problemas. Como el
caso no se resolviera pronto, tendría que buscar ayuda psicológica para
aguantar estar al lado de ella y tener las manos quietas.
—¿Seguro que estás bien, Case? —preguntó ella tocándole el hombro.
Casey se giró para mirarla y responderle que no le pasaba nada, pero, al
hacerlo, la mano de Fire subió por su cuello hasta su rostro. Le acarició la
mejilla rozándole con el pulgar los labios. Instintivamente, Casey abrió más y
con la lengua tocó el dedo de Fire antes de presionarlo entre sus labios y
soltarlo. Los dos se quedaron presa de los ojos del otro, reflejándose,
respirando incluso el mismo aire.
Fue Fire la que sonrió haciendo que él repitiera ese gesto. Fue Fire la que
hizo descender su mano por el brazo de Casey hasta llegar al dorso y, de ahí, a
los dedos. Y mientras, Casey se dejó hacer. Estaba experimentando una
sensación inmensamente erótica, como si nunca antes lo hubieran acariciado
hasta ese momento.
Intentó mover la mano para atrapar la de Fire cuando sintió que se
retiraba.
—No… —susurró Fire separándose de él unos centímetros.
Instintivamente, Casey avanzó para reponer esa separación y tenerla de
nuevo cerca. Pero la sonrisa de Fire se acentuó y retrocedió más.
—Todo a su debido tiempo, inspector Reindman… —comentó ella con
una risilla de diablesa.
Casey carraspeó. ¿Qué había pasado? El ambiente estaba más cargado, su
cuerpo temblaba y no quería ni pensar en lo que palpitaba entre sus piernas.
—¿El baño? —preguntó con la voz ronca.
—Esa puerta —contestó Fire señalándole la dirección.
Casey corrió hacia ella. Necesitaba agua, a raudales.
Fire siguió con la mirada a Casey evitando reírse. Sabía que lo había
excitado, era consciente de ese abultamiento en su entrepierna. Lo que no
sabía era que ella también se había visto abocada a ese frenesí que llevaba.
Le había costado separarse de él, pero no quería que fuera tan rápido.
Prefería tomarse su tiempo, enloquecerle, desesperarle, exasperarle por su
contacto. Porque así, sería totalmente suyo, como a ella le gustaba.
El problema era que, en esos momentos, su cuerpo no le respondía bien.
Su sexo palpitaba. Lo notaba hinchado y deseoso, tanto que su propia ropa le
molestaba y la descontrolaba. La había dejado tan deseosa de seguir que lo
único que quería era ir tras él, abrir la puerta y besarlo. Tomar sus labios por
la fuerza, atrapar las manos y obligarle a tenerlas en su espalda mientras ella
se hacía dueña de su cuerpo.
Jadeó al ser consciente de esa fantasía y se agarró al espaldar de una de
sus sillas. Intentó respirar hondo para calmar su cuerpo. En ese estado no
podía dominar a nadie, pues era el deseo el que la controlaba a ella. Y ahora
necesitaba la cabeza fría.
Daniel iba a aparecer, y no quería fallar en su sesión, en su control. Pero
también le venía bien estar así. Podía insinuarle que su estado era por él, por
esa dedicación que le tenía, por esa necesidad de dominarle y de sentir su
sumisión.
Caminó despacio hacia la zona del ordenador y se sentó. Miró la pantalla,
ofreciéndole ya el acceso al club, y sonrió. Le costaba pensar cuándo se había
sentido así. Ni siquiera en el club de BDSM al que iba a menudo en la ciudad
había conseguido dejarla de esa forma. Ni las veces que sesionaba online se
podían comparar. Casey conseguía sacar toda la pasión, toda la necesidad, y
toda la sensualidad que escondía. Era él quien hacía que su mente volara, que
se lo imaginara en mil y una situaciones. Y todas ellas acababan en el mismo
resultado: el máximo clímax. El placer divino.
Escuchó la puerta abrirse y giró la cabeza para ver a Casey. Llevaba el
pelo mojado, al igual que su rostro, pero aun así, respiraba rápido. Su mirada
se fue de inmediato hacia abajo. Aún lo tenía prieto. Le daba pena, esa
“cosita” necesitaba libertad… O quizá someterla a su voluntad.
Fire se mordió un dedo. Su mente pícara ya había pensado en un CBT y
una veintena de juegos como accesorios para una diversión conjunta.
—¿Pasa algo? —preguntó malhumorado Casey. Oh, así que se cabreaba
cuando no conseguía lo que quería… Lo tendría en cuenta para futuras
situaciones.
—No, nada —contestó ella sin dejar de mirarlo con lascivia.
Apartó los ojos de él para centrarlos en el ordenador. A partir de ese
momento lo que le importaba, y le interesaba, estaba ahí. Era la forma en que
iba a poder desahogarse, al menos hasta que fuera al club o quedara con algún
amigo.
Una vez introdujo la contraseña, se levantó y fue directa hacia Casey.
Notó cómo contenía el aliento y se paralizaba, como si temiera el contacto de
nuevo. Sin embargo, Fire no lo miró. Ni lo tocó. Se limitó a introducir los
mismos datos que había puesto en su ordenador.
—Ya tienes acceso. No toques nada —le advirtió con un tono de voz que
presagiaba un resultado negativo si no le hacía caso.
Volvió a su asiento y empezó a teclear. Ahora Casey podía leer lo que
ponía…
Lady Blue dice: Buenas noches a todos y todas.
sumiso_sucio dice: A sus pies, Señora.
Bohemio dice: Hola, Blue. ¿Qué tal la noche?
Lady Blue dice: Hola, Bohemio. La noche bien, acabo de empezar. Ya
veremos cómo se desarrolla.
Bohemio dice: Ya sabes que, si necesitas algo, me tienes disponible.
—¿Quién es Bohemio? —preguntó Casey. Apenas había leído unas frases
pero parecía que Fire mantenía algún tipo de amistad con él.
—Es un Amo de Nueva York. Y mi ex.
Casey tragó con dificultad. ¿Hablaba con su ex? No, espera, lo que le
impresionaba era que fuera Amo, ¿o era que dijera tan abiertamente que había
tenido una relación con él? Su cabeza hervía con preguntas, y sabía que no
eran apropiadas para dejarlas salir.
—¿Alguna pregunta más?
Casey negó. Fire siguió escribiendo.
Lady Blue dice: Si estuvieras más cerca, no descartaría invitarte a una
copa… y lo que se tercie.
El gruñido de Casey hizo que aguantara la risilla. ¿Así que le molestaba?
De pronto, una luz al lado de la pestaña de chat general se iluminó con el
nombre de Bohemio. Fire lo abrió y leyó:
Bohemio dice: Así que si estuviera cerca…
Lady Blue dice: Bueno, una tiene necesidades. Creo que tú eres quien
mejor lo puede entender, ¿o no?
Bohemio dice: ¿Quieres que te llame? ¿O estás ocupada?
Lady Blue dice: Ahora mismo estoy esperando a un sumiso… Pero si no
aparece, no descarto aceptar esa llamada.
Bohemio dice: Te tomo la palabra. Disfruta entonces de la noche.
Lady Blue dice: Igual tú.
Bohemio dice: Y quién sabe… quizá me doy una escapada por allí…
Lady Blue dice: Bienvenido serás, sin duda.
Miró de reojo a Casey y vio que tenía el mentón tenso. Sus labios estaban
apretados y no había un ápice de sonrisa. ¿Estaba enojado? Hasta en ese
estado su aspecto era seductor, tanto que no se dio cuenta que aparecía una
nueva pestaña.
Casey giró la cabeza para avisarla cuando vio que lo estaba observando.
Era sutil, pero se había centrado en él en lugar de la pantalla. Por eso no había
visto la entrada de un nuevo miembro, ni tampoco la pestaña que se iluminaba.
—Fire… —llamó él.
—¿Sí? —reaccionó ella.
—Tienes un mensaje nuevo.
Fire frunció el ceño y miró la pantalla. Ahí estaba la luz iluminando el
nombre.
Lex Luthor dice: Blue, ¿todo bien?
Lady Blue dice: Sí, no ha habido nada por ahora. ¿Ha estado activo
más veces zalamero?
Lex Luthor dice: Sí, te voy a pasar los chats que ha tenido. Tenías
razón…
El sonido del móvil vibrando hizo que lo cogiera y revisara las
notificaciones. Un mensaje a su cuenta de correo de parte de Jonathan le llamó
la atención. Lo abrió y vio que había tres documentos adjuntos.
Lady Blue dice: Espera, te llamo.
Activó la llamada y de inmediato se cortaron los tonos para dar paso a un
hombre con barba de tres días. Fire centró su cámara para que pudiera verla
de cuerpo completo, para extrañeza de Casey.
—Hola, Blue.
—Hola, Lex. ¿En qué tenía razón? —preguntó Fire.
—¿Los has abierto?
—Aún no. ¿Por qué?
—Hay un chat con una Ama, pero los otros dos son conversaciones con
sumisas.
—Eso no tiene nada de malo —comentó ella—. Yo también hablo con
otras Amas y no…
—Fire —cortó llamándola por su verdadero nombre—. Actúa como Amo.
Ese descubrimiento hizo que se centrara en el móvil y abriera una de las
conversaciones. Empezó a leer mientras Jonathan le hablaba:
—Creo que deberías hacérselas llegar a los inspectores esos. Pueden ser
víctimas potenciales, Fire. Va a por ellas.
—Te está oyendo. El inspector Casey Reindman está conmigo —le avisó
ella sin apartar la mirada de su móvil. Conforme iba leyendo, su ira se
acentuaba.
Casey se levantó de la silla y fue hasta donde estaba Fire y la cámara. Se
puso detrás de ella, se agachó, y saludó a la otra persona. Era extraño
conocerse de esa manera.
—Buenas noches, señor…
—Llámame Jonathan. Supongo que Fire ya te pondrá al día. Pero te lo
advierto, como ese hijo de puta se vuelva a escapar…
—Case, os dije que el club es pequeño. Desde hace un tiempo hemos visto
desaparecer a unas cuantas chicas y no sabemos nada de ellas —le explicó
Fire—. Al principio no pensaba que tuvieran relación con Daniel pero,
después de esto…
Le pasó su móvil con la conversación abierta y Casey leyó por encima.
Ahí no actuaba como un sumiso, sino como un Amo, uno bastante adulador
cuyo objetivo era ser el sueño ideal de cualquier mujer.
—¿Crees que puede estar relacionado? —preguntó Casey levantando la
vista del teléfono—. ¿Qué sabéis de esas mujeres?
—Puedo hacerte un listado de las que llevan tiempo sin entrar. La mayoría
son de otras ciudades.
—De acuerdo. Cotejaré con los cuerpos que se han encontrado.
Fire apartó la mirada de la cámara. Sentía que la rabia inundaba todo su
cuerpo. No era el hecho de que Daniel hablara con otras sumisas, ni que lo
hiciera como Amo, pues sabía que podía ser switch y, como tal, tener los dos
roles de la dominación y sumisión, aunque uno estuviera más desarrollado que
el otro. Era la conversación en sí; la forma en que camelaba a las mujeres,
cómo las incitaba a quedar con ellas, a divertirse, a conocerse más a fondo…
Algo le decía que era uno de sus métodos para encontrar mujeres.
Por eso estaba tan cabreada. Ya de por sí el BDSM tenía muy mala
reputación. Eso no le beneficiaba en absoluto, al igual que el que hubiera ese
tipo de hombres en el mundo.
—Avisa a Armand —le dijo a Jonathan—. Debería estar preparado.
Él asintió entendiendo las palabras de Fire. En cambio, Casey se la quedó
mirando.
—Te dejo, voy a charlar en el chat.
—De acuerdo. Ten cuidado.
Fire cortó la llamada y volvió a colocar la cámara para que no se
apreciara su rostro.
—¿Quién es Armand?
—Es un buen amigo. Una de las mujeres que vas a investigar es especial
para él.
—¿Cómo de especial? —insistió.
Fire le mantuvo la mirada.
—Muy especial —contestó.
El silencio hizo que se sintieran incómodos.
—Vuelve a tu sitio —le dijo Fire.
Casey no se dio cuenta que retrocedió un paso y, al hacerlo, su conexión
con Fire se rompió haciendo que ella volviera a la pantalla. Así que él camino
hacia su espacio y se sentó de nuevo. Cuando llegara a la comisaría revisaría
el listado de mujeres encontradas. Si vinculaban a Daniel con las personas que
estaban en ese club, podían tener más pruebas que lo incriminaran.
Durante las siguientes dos horas, Casey observó la pantalla del portátil.
No había mucho movimiento ese día y Fire se limitaba a escribir en el chat, o
a hablar por privado con personas. En un par de ocasiones le habían pedido
“jugar” pero ella se había negado. En cambio, no había noticias de Daniel.
Casey vio a Fire estirarse en la silla y su instinto protector hizo que
hablara.
—¿Estás cansada?
—Un poco. ¿Y tú? —preguntó a su vez.
—Aburrido. —Pensó en cómo había estado al principio de llegar y
sopesó que había venido bien ese tiempo. Ahora podía estar más relajado y su
cuerpo volvía a estar bajo control.
—Quizá sea hora de cortar. Me despediré de la gente —sugirió Fire.
Volvió al teclado y escribió despedidas para todos.
Una ventanita en la esquina inferior hizo que tanto Casey como ella
jadearan. Una nueva pestaña se unió a las que ya había, con una luz
intermitente.
zalamero dice: ¿Ya se va, Mi Señora? ¿He llegado demasiado tarde?
Capítulo 16
Búscame donde el gemido se transforma en grito, donde la caricia se
vuelve dolorosa y el suspiro tiene sabor a beso.
anto uno como otro se quedaron mirando la pantalla del ordenador y
T repitiendo la frase en su mente. Daniel había aparecido, y parecía que
quería hablar con Fire pues se había saltado el protocolo de preguntar
antes por el chat general si podía abrirle un privado. Pero ahí estaba,
una oportunidad para tenderle una trampa.
zalamero dice: ¿Ya se va, Mi Señora? ¿He llegado demasiado tarde?
Lady Blue dice: Efectivamente… no voy a estar esperándote a ti…
—¿Estás segura? —preguntó Casey al leer la contestación de ella.
—Yo no espero a nadie, son ellos los que deben esperarme —respondió
ella girándose para darle más énfasis a su respuesta al buscar el contacto
visual.
zalamero dice: Lo siento mucho, Mi Señora. Tuve que encargarme de un
asunto y no pude conectarme antes.
Lady Blue: ¿Algo más importante que yo? Creí que esta mañana había
quedado claro que por la noche me conectaría y tú mismo me prometiste que
estarías.
zalamero dice: Lo sé, lo sé. Por favor, os ruego mis disculpas, Mi
Señora. ¿Puedo conversar con usted?
Lady Blue: Eso va a depender…
Fire accionó el botón de llamada. Casey ya estaría informado, ya que veía
lo mismo que ella, así que supuso que no se sorprendería por ello.
Al momento, los tonos dejaron de sonar y apareció la imagen de Daniel,
vestido con una camisa blanca remangada, y de fondo una habitación decorada
con sobriedad, en madera oscura. Parecía haber una cama justo detrás de él y
algunas cómodas y cuadros. No había duda que parecía ser su propia
habitación.
—Buenas noches, Mi Señora.
—No tienen nada de buenas, zalamero —respondió ella con enfado—. No
me gusta que me aborden sin preguntar antes. —Levantó un dedo hacia la
cámara—. No me gusta que no cumplan las promesas que me hacen los
esclavos. —Alzó un segundo dedo—. Y no me gusta que me hayas saludado
con tanta efusividad cuando deberías estar arrepentido de lo que has hecho.
Casey la miró y tragó saliva. Su propio cuerpo había cosquilleado al
notar el tono de voz que tenía, el énfasis con el que enumeraba los fallos del
otro. Pero, de alguna manera, había hecho que él mismo se sintiera mal por
ello. ¿Tal era el poder de la palabra que tenía?
—¡Estoy arrepentido! De verdad, Mi Señora. No he querido ofenderla…
Yo…
Fire levantó las dos manos enseñándole las palmas en la cámara. De
pronto, la desconectó.
—Esta vez no me vas a ver. No quiero que alguien como tú me moleste.
—¡Por favor! —suplicó él—. Lady Blue, se lo ruego…
—¿Tienes unas pinzas cerca? —preguntó ella.
—Sí, aquí están.
—Desabróchate la camisa y coloca las pinzas sobre los pezones. —Vio
que Daniel se desabotonaba los botones con rapidez y cogía los pezones para
hacerlos que sobresalieran y poder pinzarlos. Cuando los tuvo puestos, siguió
quitándose la camisa—. Alto, ¿quién te ha dicho que te quites la camisa? —
añadió Fire.
—¿No me la quito?
—No. Abróchatela. Y siéntate. —Esperó a que Daniel hiciera lo que le
había pedido sin dirigirle la palabra—. Y ahora dime qué ha sido más
importante que yo.
—Mi Señora, he tenido que ocuparme de un problema en mi trabajo —
contestó él.
Casey se desinfló. Esperaba que dijera algo más incriminatorio. Observó
a Fire y vio que ella no se había movido ni un ápice. Su rostro denotaba
enfado. Tenía el entrecejo fruncido y sus facciones eran duras. A pesar de que
sabía que la otra persona no la veía, ni aún con la cámara encendida, todo su
cuerpo destilaba enojo.
—¿No se suponía que estabas de vacaciones estos días? —insistió ella—.
No me gusta que me mientan, zalamero…
—¡No lo hice! Es que hay veces en las que solo yo puedo arreglar las
cosas. Es lo que tiene ser tu propio jefe. Pero, de verdad que no he querido
faltar a mi promesa. Estoy aquí. Con usted.
—¿Y qué hubiera pasado si no hubieras entrado justo cuando me
marchaba? Dime, zalamero, ¿cómo te recibiría al día siguiente?
—Lo siento… —se disculpó agachando la mirada…
—Tócate las pinzas. Llevan mucho tiempo quietas.
Daniel levantó la mirada y las cejas ante lo que le decía. Sin embargo, lo
hizo, aunque más suave de lo que le hubiera gustado a Fire.
—¿Tienes algo de cuerda? —preguntó entonces.
—Sí, Mi Señora. —Daniel empezó a trastear por la mesa donde estaba el
ordenador y mostró a la cámara una cuerda fina.
—Muy bien. Tenemos dos, ¿verdad? —Al ver que asentía, prosiguió—:
Quiero que te ates el extremo de cada una de ellas a las pinzas. Sé que tienen
un pequeño agujero pero no pases por ahí la cuerda, sino lo más cerca posible
de tus pezones. Con un nudo fuerte.
—¿Y el otro extremo?
Fire sonrió por primera vez. Casey levantó la mirada y un escalofrío le
recorrió la espalda. ¿Cómo podía ser que estuviera asustado él?
—Quítate los pantalones y la ropa interior. Vas a atar cada una de las
cuerdas a uno de tus testículos. PERO, tendrás que hacerlo estando sentado.
Daniel la miró sin llegar a comprender.
—Primero, quítate la ropa —lo instruyó ella. Observó los movimientos
que hacía hasta que quedó desnudo de cintura para abajo—. Ahora siéntate y
ata las cuerdas a las pinzas como te he dicho —le dijo a continuación—.
Acércate a la cámara que las vea.
Fire observó detenidamente lo que había hecho para cerciorarse de que
estaba bien puesta.
—Vale, ahora, sentado como estás, vas a poner la cámara de manera que
vea tu sexo. Y cada extremo de la cuerda que queda deberás usarlo para
rodear uno de tus testículos. Creo que te dará para dos vueltas.
Esperó a que lo hiciera con uno y después con el otro.
—¿Así, Mi Señora?
—Sí… Así está perfecto —respondió ella con un aire de misterio que
hizo que Daniel respirara hondo—. Ahora, levántate, zalamero…
Al principio no cumplió la orden mas, unos segundos después, la procesó
y quiso levantarse de la silla donde estaba. Sin embargo, al hacerlo, las
cuerdas de sus pezones y testículos se tensaron más y tiraron con fuerza.
Lo escuchó sisear y gritar de dolor hasta que se sentó de nuevo.
—¡No te toques! —exclamó ella al ver que las manos de Daniel iban
hacia los testículos para calmar el dolor que tenía en ese momento.
—Mi Señora, por favor…
—Levántate de nuevo —dijo ella a cambio.
Daniel así lo hizo, esta vez con más cuidado, ya que si se encorvaba, no
le llegaba a doler.
—¿Así que haciendo reverencias? —insinuó ella echándose a reír después
—. Puedes ponerte bien. —Al ver que no se movía, Fire ensanchó su sonrisa
—. ¡Hazlo!
Daniel lo intentó. Trató de ponerse erguido poco a poco, pero apenas si
podía enderezarse ya que las cuerdas tiraban.
—¿No quieres hacerme caso? —preguntó Fire.
—No es eso, Lady Blue, Mi Señora —contestó él jadeando—. Es que
duele mucho.
—Más te va a doler. Siéntate.
Esperó a que Daniel se sentara. Se le notaba asustado, quizá pendiente de
que la pantalla en negro de su ordenador, le volviera a dar la orden de
levantarse. Sin embargo, Fire no hizo tal cosa, sino que conectó de nuevo la
cámara enfocándola a su cuerpo.
—Levántate de nuevo —le ordenó ella con un tono de contención. Era
como si quisiera gritarle pero se contuviera de ello.
Y, de nuevo, Daniel se levantó con cuidado de no hacerse daño, aunque
eso era bastante difícil.
—Vuelve a sentarte y levántate como lo haría cualquier persona. Rápido
—le dijo entonces Fire.
—Mi Señora, es demasiado.
—¿Prefieres que te ordene que uses la pala y te golpees en las pinzas?
Llevas… —Miró un reloj que tenía en el escritorio— diez minutos con ellas.
Ahora tendrás los pezones muy doloridos.
—Por favor, perdóneme.
—¿Qué debo perdonarte? ¿Que me hicieras una promesa que no has
cumplido, que me hayas hecho esperar, o que ahora mismo no estés
cumpliendo mi orden? —preguntó ella.
Daniel apretó los labios y se sentó para, después, levantarse con
celeridad tal y como le había pedido Fire. A pesar de que no podía erguirse.
—Eso está mejor —premió ella—. ¿Ves lo que he de hacer para educarte?
¿Cuánto tiempo tendría que dejarte sin mi atención?
—¡No, por favor! ¡Eso no! —chilló él acercándose a la pantalla—. Lady
Blue, Mi Señora, por favor…
—No sería la primera vez que no coincidimos en una temporada.
—Lo sé —convino Daniel—. Pero el tiempo que paso con usted es muy
importante.
—¿Por qué? —insistió ella.
—Porque puedo ser yo mismo. Y puedo sentir que otro ostenta el poder.
No tengo que preocuparme de nada más que sentir.
Fire sonrió. Se mordió el labio inferior y se removió en la silla.
—Empieza a tocarte mientras me dices por qué tengo que concederte parte
de mi tiempo, zalamero.
No cabía duda que Daniel era todo un zalamero. Sabía encontrar las
palabras justas para hacer caer a una mujer en sus redes. Solo que Fire no era
esa mujer y cada vez que intentaba engatusarla, le obligaba a levantarse y
sentarse varias veces.
Había tomado como juego el de demostrarle quién tenía el poder en esa
sesión y finalmente lo había castigado a levantarse y sentarse un número
determinado de veces que iba en aumento.
—¿Qué pasa, zalamero? —preguntó ella a sabiendas de cuál iba a ser la
respuesta.
—Se lo ruego, Mi Señora. Por favor, déjame quitar las cuerdas.
—¿Por qué?
—Están hinchados, doloridos y…
Fire sabía lo que faltaba ahí. Lo había visto cuando se ponía de pie.
Estaba excitado. Y eso había hecho que su pene se pusiera erecto.
—¿Y? —insistió ella.
—Y necesito que me deje correrme… —contestó él.
—Quítate las pinzas y la cuerda. Pero déjala en los testículos —añadió al
ver que Daniel se ilusionaba porque el castigo había acabado y le iba a
permitir tocarse.
Se quitó la camisa intentando no rozarse mucho con la tela, cosa
imposible de hacer pues la mayoría de las veces acababa siseando por la
sensación que experimentaba. Justo cuando liberó su pecho, tomó aire y lo
mantuvo mientras se quitaba una de las pinzas, soportando el dolor que
conllevaba ello.
Hizo lo propio con la otra pinza.
—Ponte la camisa, no quiero que cojas frío.
—Dios, Lady Blue, me estás matando… —se le escapó dejando a un lado
la respetuosidad con que la trataba.
Fire se echó a reír. Si eso lo conseguía con una dominación virtual, no
quería ni imaginar cómo lo torturaría cuando lo tuviera cara a cara.
Siguió los movimientos de Daniel mientras se volvía a cerrar la camisa y
cómo intentaba que no lo tocara.
—¿Puedo quitarme las cuerdas abajo? Necesito liberarlos…
—Antes enséñamelos en la cámara —replicó ella.
Daniel ubicó la cámara lo más cerca que pudo para mostrar su sexo a
través de la pantalla. Efectivamente, sus testículos estaban hinchados y entre
rojos y blancos, fruto de haber tenido mucho tiempo la cuerda puesta y
necesitar que pasara sangre por ellos.
Fire movió su mano fingiendo que los acariciaba y, como si él entendiera
sin decírselo, los tocó con su propia mano haciendo que todos los músculos de
las piernas se tensaran y se le escaparan varios gemidos.
—Así me gusta, que hagas lo que yo haría, zalamero —le dijo—. Aprieta
más fuerte, déjame sentir a través de tus huellas lo que he provocado, el placer
que te ha dado y cómo palpitas por mí.
—Sí, Mi Señora… Siempre por usted… —murmuró él—. Por favor…
—Sí, ve quitando las cuerdas. Deja que vea cómo te tocas con fuerza…
Daniel empezó a desatar la cuerda, primero de un testículo, luego del
otro. Y, cuando los liberó, empezó a tocarse con una mano mientras la otra
subía y bajaba a lo largo de su pene. Estaba dando un espectáculo.
—Ni se te ocurra correrte, zalamero —lo avisó al ver que sus
movimientos eran más rápidos y tenía contracciones.
—¿Cuándo? —preguntó impaciente.
Fire se pasó la lengua por sus labios.
—Nunca —dijo de pronto—. Deja de tocarte.
Al principio, las manos de Daniel se paralizaron. Hizo un amago de
seguir hasta que Fire lo reprendió por ello.
—Por favor, Lady Blue… Me ha puesto mucho…
—Lo sé. Piensa el motivo por el cual no te dejo tener tu placer. Mañana ya
me lo pensaré, siempre que cumplas con lo que me digas.
—Mañana me conectaré sobre las once de la noche… ¿Le viene bien? —
la informó raudo.
—Muy bien. Ya veremos si mañana quiero jugar contigo o prefiero irme
con otro.
El rostro de Daniel se oscureció. Fue una milésima de segundo pero lo
suficiente para que Fire se diera cuenta.
—Te recuerdo que no soy nada tuyo, como tú tampoco eres mío. Por mí,
puedes jugar con otras Amas, aunque lo único que conseguirás es que te dejen
más desesperado porque en el libro está claramente escrito que no pueden
dejarte correr.
—Yo no quiero otras Amas… —gruñó Daniel.
—Pues yo quiero esclavos que cumplan lo que dicen. Y hoy estoy molesta
contigo. Así que da gracias que al menos he pasado un rato contigo —le
recalcó ella—. Otro día no seré tan benevolente.
Se movió para desconectar la llamada.
Lady Blue dice: Buenas noches, zalamero. Espero que, tu estado, te
haga pensar en mí.
zalamero dice: Eso no lo dude. Esta noche tendré problemas para
dormir… Mañana estaré a la hora esperando ser su más humilde sumiso…
Buenas noches, Mi Señora.
Fire se levantó de la silla y se quitó la peluca dejándola sobre la mesa.
Ese día había querido castigar a zalamero, a Daniel. Y le había dado motivos
para hacerlo. Hasta el final, al negarle su clímax para que estuviera más
pendiente de cumplir sus promesas, le había parecido perfecto.
Se sentía pletórica, y excitada. Muy excitada. Le hubiera gustado ser ella
la que provocara el dolor en el cuerpo de él, la que atara esas cuerdas, la que
manejara la intensidad a la hora de golpear en esos puntos concretos.
Miró a Casey. Se había levantado de la silla pero parecía reacio a
acercarse a ella.
Acortó la distancia y, conforme lo hacía, vio el estado en el que estaba.
Entonces sonrió.
Parecía una leona caminando hacia él, destilando poder por todos los
poros de su piel. La veía y lo único que pensaba era en esos labios que ahora
tenía más hinchados y rojos fruto de haberse estado mordiéndoselos mientras
dominaba a Daniel.
Cuando la tuvo cerca, apreció el aroma que destilaba, una fragancia única
que hacía que se excitara más de lo que estaba. Apenas había mirado la
pantalla cuando Fire estaba con Daniel. La había mirado a ella. Y los
movimientos, la cadencia de su voz, las órdenes, y todo en su conjunto, lo
habían cautivado.
Respiró agitadamente al ver cómo le rozaba la mejilla y tembló bajo sus
dedos. Esa mujer lo iba a condenar al fuego eterno.
Sin embargo, hasta ese fuego se quedaba como una simple hoguera
cuando los labios de Fire atraparon los de Casey fundiéndose en un candente
beso. Uno que esperaba con ansias para saciar su apetito sexual.
Fire se separó de Casey. Ambos jadeaban y sabía que sus mentes solo
querían fusionar sus cuerpos de nuevo.
Se giró y se separó de él unos pasos. Entonces se dio la vuelta y le tendió
la mano.
—Ven.
Capítulo 17
Encuéntrame donde navega el deseo, donde el placer se oculta entre los
muslos femeninos y el manjar solo es digno del caballero adecuado.
us ojos se habían quedado fijos en la mano. La extendía tan
S inocentemente que su cuerpo lo único que quería hacer era tocarla y
dejarse hacer. Pero la había visto en esa sesión, había vibrado con ella.
Su dominación era tal que hacía que el otro perdiera la cabeza. Y a pesar
de que su mente libraba una batalla, él solo quería acercarse y volver a probar
el fruto de su boca, a experimentar esa conexión que había tenido. A sentir.
—Ven —repitió ella tan dulcemente que parecía un embrujo—. Case, ven
a mí…
Casey sonrió. Y avanzó. Cogió su mano y se dejó llevar por Fire. La
escuchaba reírse bajo pero no lo miraba. Simplemente lo dirigía hacia las
escaleras. De ahí, a un pasillo que daba a una habitación cerrada. No tuvieron
que pararse para que Fire la abriera, simplemente movió el picaporte y esta
dio paso al dormitorio.
Sin embargo, cuando Casey entró, Fire se dio la vuelta, cerró la puerta y
lo empujó contra ella cercándolo entre su cuerpo y la madera. Ahora podía
notar a Fire. Sus pezones estaban duros y sensibles, perfectos para su boca. Y
su sexo sabía que estaría húmedo, tanto como la boca que ansiaba besar. Que
se permitió el lujo de cautivar con su lengua.
Casey no se resistió a tenerla tan cerca y no hacer nada. En cuanto tuvo
oportunidad, volvió a besarla con ansias, con el deseo que llevaba días
sintiendo. Y Fire se dejó hacer. Permitió que él se saciara de ella, al tiempo
que ella se ocupaba de acariciar a Casey. Quería sentirlo más.
En el momento en que Casey se movió y fue a levantar sus brazos para
cogerla del cuello y empujarla hacia la cama, Fire reaccionó empujándose más
fuerte contra él y parando los movimientos. Con sus manos, ancló las de Casey
en la puerta, dándole un apretón en las muñecas como si con ello le dijera que
no las moviera.
Se separó de él, a pesar de las protestas y le sonrió.
—Poco a poco, semental… —le avisó ella.
Miró hacia su pecho, subiendo y bajando por la excitación, y empezó a
desabrochar cada botón de la camisa, lentamente, cubriendo con su boca la
parte de piel que quedaba al descubierto y haciendo que, cada vez que lo
rozara, gimiera de placer.
Una vez la tuvo abierta del todo, cogió la chaqueta que llevaba y la bajó
lentamente por sus brazos, apartándolo un poco de la puerta, para que saliera
del cuerpo del que ahora molestaba. Una vez la tuvo en sus manos, la dobló y
la tiró hacia un baúl que había a los pies de la cama. Entonces siguió el mismo
camino la camisa dejándolo desnudo para su disfrute, visual y carnal.
Fire colocó las manos sobre sus pectorales y notó la respiración de
Casey, incluso el latido acelerado de su corazón. Vio cómo levantaba él los
brazos e intentaba llegar hasta sus hombros, de ahí al cuello para que se
acercara pero, antes incluso de que la tocara, ella frenó su acción.
—Déjate hacer… Y déjame disfrutar —le susurró ella aproximándose
hacia su pecho y depositando un beso en el centro mismo, algo que hizo que
Casey suspirara de forma tan sonora que Fire rió.
Casey echó la cabeza hacia atrás golpeándose con la puerta mientras
notaba los besos que iba dejando Fire, las caricias que sus manos le hacían.
Parecía como si sus dedos estuvieran hechos de un material suave y delicado
que hacía que toda su piel cosquilleara y reaccionara a su toque.
Mas nada le había preparado cuando Fire empezó a lamer los pezones de
Casey, al principio blanditos y pequeños. El toque de Fire hizo que fueran
creciendo y endureciéndose al tiempo que Casey se estremecía cada vez que
ella se los metía en la boca, que succionaba, que los mordía No había
experimentado nada igual antes. Las mujeres simplemente le daban un corto
placer en esa parte y seguían hacia otra más al sur.
Pero Fire… Ella se estaba dedicando en cuerpo y alma a esa zona
mientras sus manos navegaban sin rumbo fijo, volviéndole loco, anhelando el
contacto en una zona, y siendo pronto satisfecho sin decir una palabra. Era
como si supiera lo que necesitaba en cada momento. La presión, el dolor, el
placer… Todo lo provocaba Fire y, al mismo tiempo, él lo buscaba.
Notó la lengua de Fire bajando por su abdomen y contuvo el aliento.
¿Cómo podía tener ahí un punto erógeno? ¿Cómo había conseguido que ese
simple músculo consiguiera provocarle una intensidad tan grande que hasta las
rodillas le habían temblado?
—Fire… —susurró Casey dándose cuenta de que el nombre era igual a lo
que él estaba sintiendo. Fuego.
Como respuesta, Fire empezó a darle mordiscos a lo largo de la cintura
haciendo que, con cada uno, se tensara y arqueara. Necesitaba aliviarse, no
excitarse más. Y a ese nivel no sabía ni siquiera si sería capaz de contenerse
cuando le desabrochara los pantalones.
Quería tocarla a ella pero, el placer que le estaba dando, jamás lo había
experimentado. Y quería más. Dejarse llevar, conocer cuánto podía aguantar.
Por eso, cuando notó cómo aflojaba sus pantalones, apretó los dientes en un
intento por controlarse y poder seguir.
—Buen chico… —lo premió Fire mientras iba bajando los pantalones. Se
los dejó a la altura de las rodillas para, a continuación, jugar con sus dedos
alrededor de su sexo, buscando el vello y enterrándose en él pero sin llegar a
tocarle como quería.
—Por favor, Fire. Voy a explotar… —siseó él. Quería arrancarse la ropa
que le quedaba, coger a Fire y tumbarla en la cama para enterrarse muy dentro
de ella. Pero, por alguna razón, se contenía y mantenía en el mismo lugar que
ella lo había puesto.
—No lo vas a hacer. —Era una afirmación, como si estuviera segura de
ello. Y, en ese momento, Fire acunó sus testículos haciendo que Casey se
levantara sobre sus pies y se golpeara de nuevo la cabeza con la puerta.
No apretó, ni siquiera hizo el amago de ello. Sin embargo, el contacto en
esa zona, aun cuando todavía no le había quitado sus calzoncillos de estilo
brief de corte bajo, junto al hecho de que hubiera metido la mano para rozar su
vello, lo habían catapultado más alto en su placer.
Fire siguió amasando suavemente los testículos de Casey al tiempo que
era consciente de los temblores de su cuerpo. Había veces que hasta dudaba
que pudiera aguantar mucho más en la postura que estaba. Pero le encantaba
tenerlo así, a su merced, pendiente de dónde tocaba y cómo.
Pasó uno de sus dedos siguiendo la longitud del pene y Casey no pudo
evitar la contracción de sus músculos. Empezó a hacer movimientos de empuje
y retirada mientras Fire pasaba una y otra vez su dedo.
—Por favor… qué gusto… —se le escapó a Casey.
—Pues aún no hemos empezado, Case…
Casey abrió los ojos y miró hacia abajo en el momento en que Fire se
acercaba a su sexo y rozaba con su boca, incluidos los dientes, los testículos.
Y gritó. Gritó de placer por sentir su boca. Por humedecerle el calzoncillo y
exhalar vapor en esa zona provocándola más, incitándola a sentir.
Una de las manos de Fire se introdujo por dentro de la bragueta en busca
de ese pene erecto y lo rodeó iniciando un baile entre esos dos elementos, uno
que movía la ropa interior haciendo que su miembro sobresaliera por encima
de la cinturilla de esta y evitando, con ello, que pudiera llegar hasta el glande
para alargar más el juego.
La otra mano se ocupó de mover los testículos ayudándole a divertirse
con ellos, a torturarlos, a martirizarlos mientras el ambiente se enrarecía por
el olor a sexo. El silencio hacía tiempo que se había esfumado, transformado
en gemidos, siseos, jadeos y respiraciones entrecortadas.
—No puedo más… —logró decir Casey.
Y Fire se detuvo. Se alejó un poco de entre sus piernas y alzó la cabeza
para mirarlo. Las dos miradas conectaron y Casey suspiró porque, lo que más
deseaba en ese momento, era besarla. No sabía si hacerlo. No quería moverse.
No en ese momento.
Ella se levantó y tiró de los calzoncillos dejando libertad a ese pene que
había estado prisionero. Levantó su pierna y la introdujo entre las de Casey
para pisar los calzoncillos y los pantalones bajándole de golpe hasta los
tobillos.
—Quítatelo del todo —le dijo mientras se daba la vuelta y se alejaba
hacia la cama.
Casey no tardó en descalzarse y, pisando la ropa, eliminarla de su cuerpo.
Se sacó los calcetines y avanzó unos pasos siguiendo a Fire. Sin embargo, esta
lo detuvo con un simple gesto de su mano.
Estaban uno delante del otro, y Fire comenzó a quitarse su ropa.
Lentamente, fue haciendo que Casey la viera desnudarse. Primero el corsé, del
que solo tuvo que aflojarse el lazo para que este dejara de estar en contacto
con ella.
Se lo ofreció y le indicó dónde debía colocarlo. No hizo amago de seguir
hasta que Casey cumplió con lo que le había pedido. Solo entonces empezó a
desabrocharse los pantalones de cuero. Los cogió de la cinturilla y comenzó a
bajar haciendo que Casey gimiera al ver que no llevaba ropa interior.
Se quitó los tacones y acabó de desnudarse pidiéndole lo mismo a Casey,
que los colocara donde debía.
Casey cogió los pantalones, los dobló y, dejando a Fire fuera de combate,
se los llevó a su rostro inhalando el aroma embriagador de ella.
Fire contempló la imagen y su cuerpo tembló. Jamás alguien había hecho
eso. Los demás estaban tan excitados que no habían querido otra cosa que no
fuera culminar. Pero Casey… él iba a estallar y, aun así, quería más…
Esperó a que Casey colocara los pantalones y le tendió la mano que
pronto fue cubierta por la de él.
—Ven… —le dijo al tiempo que ella se tendía en la cama abriendo sus
piernas e indicándole lo que podía, y quería, que hiciera.
Casey no tardó en cumplir con lo que ella quería, con lo que él deseaba.
Se tumbó sobre ella con cuidado de no aplastarla con su peso y comenzó a
besarla al tiempo que la mano de Fire atrapaba su sexo, le colocaba un condón
y lo conducía hasta la entrada de su vagina.
Ni siquiera le dio tiempo a él a reaccionar. A impedirle y al mismo
tiempo hacerla desear. Con sus piernas lo empujó y lo introdujo dentro. Casey
gruñó y se tensó al notar las paredes vaginales, tan húmedas y calientes, que lo
llevaban a un nivel más alto.
Ya no pudo controlarse. Se volvió una bestia salvaje que comenzó a
embestir frenéticamente mientras los jadeos y gritos de Fire hacían que fuera
más duro, más feroz en sus movimientos.
Notó las manos de ella sobre su pecho, buscando los pezones,
acariciándolos y presionándolos y eso lo encendió más todavía.
Los dos al unísono gemían y se movían; jadeaban y se dejaban llevar
hacia el precipicio de sus orgasmos hasta que Casey sintió cómo ella se
rompía en su propio clímax seguido, al poco, por el suyo propio.
Casey se desplomó en la cama, junto a Fire. Lo último que notó fue la
caricia de Fire en su cabello. Después, solo oscuridad.
Casey se despertó alterado. Al principio no sabía bien dónde estaba con
todo a oscuras como estaba. Sin embargo, al moverse, el cuerpo de Fire
protestó haciendo que se fijara en ella. Y entonces recordó.
Se había acostado con ella. Pero había sido totalmente diferente. Y al
mismo tiempo tan intenso que lo asustaba.
Empezó a respirar entrecortado. Tenía que salir de allí. Cuanto antes. Y
rápido.
Capítulo 18
Arrópame en tus caricias y cúbreme con tus abrazos, desnudando mi
alma, sometiendo mi voluntad y dejando al corazón clamando por tu control.
ecesitaba poner distancia con ella. La mayor posible. Casey se había
N levantado de la cama con cuidado de no despertar a Fire. Había
agarrado su ropa y había salido de la habitación para vestirse y
marcharse de la casa. Se sentía agobiado por lo ocurrido y tenía que
pensar en todo lo que había sucedido. ¿Por qué había disfrutado tanto?
Había cerrado despacio para no alertarla y, finalmente, había ido hacia su
moto. Apenas le había dado tiempo a ponerse el casco cuando ya había
arrancado y puesto pies en polvorosa. Menos mal que, tras el tercer semáforo,
se había dado cuenta de la hebilla y lo había atado.
Su mente no hacía más que repetir las escenas una y otra vez, algo que
hacía que se desestabilizara aún más. Él jamás había perdido el control en una
relación, es más, las mujeres que se le acercaban no querían eso. Más cuando
se enteraban que era de la policía.
En cambio ella… Sabía que era Ama, que le gustaba dominar. Pero lo
había hecho de forma tan suave y sutil, que apenas se había dado cuenta de que
lo llevaba a ese terreno, que lo hacía desear obedecerla y satisfacerla.
—¡Maldita sea! —gruñó al recordarlo.
A él no le gustaba el BDSM. ¡Lo odiaba! ¿Cómo iba entonces a pensar en
tener una relación con una persona así? ¿Cómo iba a considerar siquiera el ser
un esclavo en manos de otra persona? Eso solo conducía a perder la voluntad,
a dejarse guiar por otra persona, sin tener voz ni voto en la relación. No. Se
negaba a ello.
—Solo ha sido un calentón —se justificó. O lo intentó.
Pero sabía que había sido más que eso.
Observó las luces de una discoteca y puso el intermitente para girar.
Necesitaba una copa. Y lo que pudiera acontecer después. Tenía que aclarar
sus ideas.
Casey aparcó la moto y anduvo hasta la puerta de la discoteca. Después
de observarle el portero, le abrió la puerta dejando que pasara.
Al principio, la oscuridad combinada con los láseres de luz hizo que
cerrara los ojos hasta acomodarse. No tardó demasiado en ubicar la barra y
fue directamente hacia ella esquivando a los que se encontraban en el lugar.
—La bebida más fuerte que tengas —pidió al camarero que lo miró
enarcando una ceja.
Al no decir nada más, el de la barra se encogió de hombros y cogió una
botella. Puso encima una copa y vertió unos dos dedos de un líquido blanco.
Apenas le dio tiempo al joven a poner el tapón de la botella cuando Casey
cogió el vaso y vació el contenido en su boca colocándolo de nuevo en la
mesa para que le sirviera de nuevo.
—Otro. Doble —le dijo después de tragar el primer trago.
—Esto se sube mucho —le avisó el camarero sirviendo, en este caso,
cuatro dedos.
—Mejor —murmuró Casey.
Cogió la copa y bebió de nuevo aunque, esta vez, no del todo. Se giró y
observó el lugar. Había espectáculos cerca de la pista de baile y parecía que
las personas que iban eran de diferentes edades. Acercó uno de los taburetes y
se sentó en él para seguir mirando. Con algo de suerte el alcohol lo dejaría lo
suficientemente aturdido para que las luces y la música le hicieran olvidarse
de cierta pelirroja que lo había seducido.
—Hola.
Casey parpadeó varias veces para enfocarse en lo que había aparecido
delante de él de repente. Una cara… Un rostro femenino…
—¡Coño, una mujer! —soltó a viva voz haciendo que la muchacha lo
mirara de otra forma.
—¿Estás bien? —le preguntó al verlo tambalearse.
—Estoy de puta madre… —contestó él bajándose del taburete y
cogiéndose a la barra—. Te he conocido a ti —añadió sonriéndole a la chica.
Ella le correspondió la sonrisa.
—Estaba pidiendo unas copas y te he visto. ¿Eres nuevo?
—Sí, no había venido antes. —Parecía que el alcohol comenzaba a
disiparse o, al menos, se notaba más lúcido, aunque aún no era capaz de ver
bien a la mujer con la que hablaba.
—Me lo imaginaba —murmuró ella bajito.
—¿Por qué te lo imaginabas? —preguntó él acercándose a ella. Notó
cómo las mejillas se sonrojaban y eso le gustó—. ¿Te habrías fijado en mí?
La mujer jadeó. Lo miró, primero por el rabillo del ojo, después
volviéndose para responderle, pero, antes de que lo hiciera, Casey se
abalanzó sobre ella y la besó.
Se bebió los gemidos y los jadeos que ella hacía conforme él le exigía
más y más de ese beso. Notó cómo se dejaba hacer ya que, al sentir sus labios,
abrió la boca para que entrara y entrelazara su lengua con la de ella.
La cogió por el cuello para profundizar el beso y la pegó a su cuerpo para
que sintiera la excitación que tenía entre sus piernas.
—Aquí no… —consiguió decir ella a pesar de que volvieron a fundirse
en un beso.
—¿Dónde?
La mujer lo cogió de la mano y se lo llevó fuera de la discoteca. Giró en
una calle y siguieron andando. Pero Casey no estaba para perder más el
tiempo. Tiró de ella y la empujó contra la pared volviendo a hacer suyos los
labios de ella, de ahí a su cuello.
Con brusquedad, le bajó la camiseta de cuello barco que llevaba dejando
sus pechos al descubierto y, apartando el sujetador, se puso a lamerlos y
morderlos mientras ella hundía sus manos en el pelo de él controlando de
alguna forma su cabeza.
Casey chupó los pezones y los mordió variando la intensidad según los
gemidos de la mujer y la fuerza con la que lo presionaba contra ellos mientras
sus piernas se removían apretando su sexo. Pronto se dio cuenta él y posó las
manos en la cintura para bajarle los pantalones y tocar esa zona, para darle el
placer que buscaba al rozar sus muslos.
Su sexo también parecía a punto de explotar en sus pantalones, aunque, a
pesar de la situación, lo sentía extraño. No estaba tan excitado como con Fire.
Algo pasaba…
Se negó a pensar en ello y llevó una de sus manos hacia la vagina de la
mujer, abriéndole los labios mayores y buscando con su dedo corazón el
clítoris. Quería frotarlo hasta que ella encontrara placer y se corriera en su
mano para, después, llenarla con su miembro.
—Sí, sí, sigue… —murmuró la joven—. Dios… Eres lo que buscaba…
Casey se irguió y volvió a besarla mientras sentía palpitar su botón,
hincharse y ponerse duro hasta hacerla estallar.
Sacó la mano y contempló la humedad. Pero no se quedó ahí, sino que se
desabrochó los pantalones y liberó su pene. Metió la mano en el bolsillo y
sacó un preservativo que colocó con la rapidez que le daba la experiencia.
Frotó la mano mojada sobre su miembro e hizo que la mujer se abriera más de
piernas hasta meterla en ella.
—Ufff, qué grande… Qué gusto… —lo aduló ella.
Él siguió a lo suyo. Empezó a entrar y salir, cada vez con más rapidez,
más jadeante, con ganas de correrse y sentir cómo ella lo hacía de nuevo.
Sintió cómo ella se agarraba a él y levantaba una de sus piernas para que
pudiera profundizar más sus embestidas. Y así lo hizo.
—¡Ya, ya! —gritó la mujer encogiéndose al tiempo que la poseía el
orgasmo.
Casey siguió penetrándola alargando así el orgasmo hasta que también él
tuvo su resultado. Los dos se quedaron quietos disfrutando de las sensaciones.
Al cabo de unos segundos, Casey retiró su pene y se quitó el condón
atándolo y tirándolo a los cubos de basura que había cerca. Se colocó los
pantalones y miró a la mujer.
También ella estaba ya arreglándose.
—Ha estado genial. ¿Qué tal tú?
—Bien —contestó él con un amago de sonrisa.
—¿Solo bien? —inquirió ella arrugando la nariz—. ¿No te ha gustado?
—No es eso. Es…
—¿Qué pasa? Te has corrido de lo lindo, ¿acaso esperabas algo más? —
comentó la mujer—. A mí me ha parecido un polvo muy satisfactorio. Aunque
si quieres, podemos repetir… —agregó acercándose a él y acariciándole la
mejilla—. A lo mejor necesitas algo que dure más…
—Gracias, por hoy tengo suficiente —desestimó Casey—. Creo que me
voy a casa.
—Como tú quieras, guapo…
—¿Quieres que te lleve? —Se ofreció él.
—¿Qué? ¡No! Yo me quedo. La noche solo acaba de empezar… —
respondió ella volviendo a la discoteca.
Casey se la quedó mirando. Después, cambió la vista hacia el lugar donde
había mantenido sexo con una desconocida, como solía hacer. Pero algo había
cambiado… El sexo con ella no había sido ni la mitad de placentero que el
que había tenido con Fire. Se sentía vacío, cabreado consigo mismo y furioso
con lo ocurrido.
Él siempre había disfrutado de ese tipo de sexo, lo había buscado incluso.
Y ahora no le llenaba.
—¿Qué me está pasando? —lanzó al aire al tiempo que echaba la cabeza
hacia atrás y miraba al cielo.
Capítulo 19
Que no pasen las horas sin que te cautive; que no pasen los minutos sin
que te enamore; que no pasen los segundos sin que te domine.
abía intentado hablarle sin resultado. Oliver miró por encima de los
H documentos que habían llevado fruto del seguimiento de Greenblacht a
su compañero. Había llegado a la comisaría sin afeitar, con ojeras y de
un humor de perros. Parecía que destilaba rabia por los poros porque
nadie se acercaba a Casey y todos le preguntaban a él si sabía lo que le
pasaba.
Podía intuir que era por la sesión con Fire, pero algo le decía que había
más. Y aunque le había intentado sonsacar información, este no colaboraba en
absoluto y al final había desistido. Si quería hablar con él, no tendría más que
decirlo.
Hasta su propio jefe había ido a hablar con ellos y, cuando percibió el
aura “maligna” que portaba, prefirió darse la vuelta y llamar a Oliver solo
para comentarle sobre un caso y, de paso, preguntarle lo que le pasaba a
Casey.
Oliver se centró de nuevo en los papeles. Daniel parecía moverse más
rápido de lo normal con tantas idas y venidas. Había un lugar concreto en el
que solía ir casi todos los días, y pese a haberlo investigado, no sacaban nada
en claro más que el hecho de que fuera un club de ocio para personas selectas.
Quedaba en el centro de la ciudad y solía abrir desde las diez de la noche
hasta altas horas de la madrugada.
—Quizá deberíamos ir a echar un vistazo a este lugar… —musitó en voz
alta Oliver.
—¿Qué? —gruñó Casey.
Oliver se fijó en que sostenía un vaso de agua al que le echó una pastilla
efervescente.
—¿Te duele la cabeza? —se preocupó.
—Sí.Tomé demasiadas copas anoche… —respondió sintiéndose culpable
de haberse buscado ese estado.
¡Por fin había hablado! Lo más que le habían sacado eran gruñidos o
sonidos guturales ininteligibles. Al menos, tras unas horas en la comisaría,
parecía que su humor se había suavizado lo suficiente como para entablar
conversaciones.
—Hoy iré yo solo a casa de Fire, Case —propuso Oliver. Se sentía un
poco culpable de haber dejado a su compañero solo pero, después de esa
primera impresión, y de que llegara a casa empalmado y con ganas de su
mujer, había temido que eso se repitiera todas las noches.
Ya le había quedado claro, por parte de su pareja, que no le importaba.
—No —negó tajante Casey—. Yo también voy.
—¿Pero tú te has mirado? Estás hecho un figurín. Apuesto a que ni has
dormido.
—Esto no es por lo de Fire de anoche… —confesó—. Estuve tomando
unas copas después.
Oliver entrecerró el ceño. No era habitual que Casey bebiera. De hecho,
en el tiempo que llevaban de compañeros, no lo había visto beber hasta el
punto de emborracharse y pasar por la resaca.
—¿Y esas copas no tuvieron que ver con cierta pelirroja? —Había metido
el dedo justo en la llaga.
Casey lo fulminó con la mirada. Era cierto. Había ido buscando
respuestas y, en su afán por intentar entender lo que había pasado entre ellos
dos, había cometido más de un error.
El sonido del móvil hizo que Casey siseara porque se le clavaba ese
ruido en la cabeza y ya tenía bastante dolor como para agravarlo con el timbre
insistente. Cogió el teléfono y descolgó sin mirar quién llamaba.
—¡Diga! —exclamó malhumorado.
—Buenos días a ti también, Case. —La voz de Fire hizo que el mal humor
se le esfumara y, a cambio, su cuerpo vibrara. Tragó con lentitud sin atreverse
a decir nada—. No estás muy hablador hoy… Bueno, yo tampoco tengo mucho
tiempo, así que seré breve. Esta noche no voy a conectarme al club.
—¿Qué? ¿Por qué? —Consiguió preguntar, con un tono de voz más suave.
—No me apetece hoy.
—Pero quedaste con Daniel… —le recordó.
—Sí. Pero al contrario que él, yo no tengo por qué estar disponible
cuando no quiero. Mis amigos controlarán si de verdad entra y nos informarán,
además de si habla con alguien.
—Pero… lo dejaste… —susurró tapando el altavoz del móvil y girándose
para que nadie lo escuchara—. Lo dejaste sin correrse…
—¿Y qué? No sería la primera vez —contestó ella con tranquilidad.
—Fire, necesitamos cogerlo…
—Sé lo que me hago. Pero quizá debería preguntarte eso mismo a ti…
—¿Qué quieres decir? —inquirió él poniéndose nervioso.
—Yo no fui la que huí en mitad de la noche —respondió ella.
—Fir… —El teléfono se cortó antes de que pudiera decirle nada. Miró el
historial de llamadas—. Oliver, me voy.
—¿Qué? Oye, que era Fire, ¿qué quería? ¿Y dónde vas? —Saltó su
compañero levantándose de la silla y cogiendo su chaqueta.
—Voy solo —lo paró Casey—. Fire dice que esta noche no va a
conectarse al club. Tengo que hablar con ella —le explicó colocándose la
chaqueta. Ni siquiera esperó a que le dijera algo más, tomó camino hacia el
exterior de la comisaría donde tenía su moto.
Fire colgó el teléfono a pesar de que escuchaba a Casey llamarla. Pero no
le apetecía hablar por teléfono. Además, sabía que esa llamada iba a provocar
una reacción de él. Y esperaba que, al contrario de la noche anterior, fuera la
adecuada.
Aunque no se hubiera dado cuenta, ella estaba despierta cuando se
levantó de la cama y se vistió. También cuando salió de manera apresurada de
su casa. Si solo hubiera esperado y hablado… Pero no, como hombre que era
tenía que salir corriendo.
—¿Fire? —El interfono la sacó de sus pensamientos.
—Dime, Sam —contestó ella.
—¿Tienes tiempo para mirar lo de la subasta? Ya tengo todo lo que me has
pedido para repasarlo.
—Sí, pasa. ¿Tengo más reuniones?
—Mmmm... —Casi parecía verla señalar con el bolígrafo la hoja de la
agenda de ese día—. Esta tarde, una reunión con un nuevo cliente que quiere
comprar una pieza de arte especial. Creo que me dijeron que había visto algo
en la página web y viene a informarse.
—Cancélala. Ponla para mañana a primera hora.
—¿Y eso? ¿No me digas que falta algo para la subasta?
Fire rió.
—No, pero voy a estar ocupada. Y ahora entra y finiquitemos los
preparativos para mañana.
—Voy.
Casey irrumpió en Dilworld conduciendo sus pasos hacia el despacho de
Fire. Necesitaba hablar con ella y que le explicara el motivo por el que ese
día no iba a conectarse. ¿O acaso había algo más?
Después de haber estado con esa desconocida, no había vuelto a entrar en
la discoteca. Había cogido su moto y andado con ella hasta su casa, a varios
kilómetros de distancia. Pero esa caminata le había ido bien para eliminar el
alcohol de su cuerpo y, al mismo tiempo, aclarar sus ideas. Aunque al final lo
que hubiera conseguido fuera un tremendo dolor de cabeza y cientos de dudas
que no entendía.
Cuando había llegado a su piso, lo único que había podido hacer había
sido darse una ducha y cambiarse de ropa para ir a la comisaría donde su
compañero lo esperaba. Ni siquiera le había cogido la llamada a Camille
cuando lo había llamado a primera hora de la mañana. ¿Qué iba a decirle si ni
él entendía por qué estaba así?
Llegó hasta la planta del despacho de Fire y se paró en seco. La mesa de
su secretaria estaba vacía y la puerta por la que se accedía al despacho estaba
cerrada y con las persianas bajadas. ¿Podía ser que no estuviera?
Consultó su reloj y se maldijo por dentro. Era hora de almorzar; por eso
había visto tan poco movimiento en el lugar.
Un ruido hizo que centrara sus sentidos. Había algo, o alguien, dentro del
despacho.
Avanzó hacia el lugar y, justo cuando iba a coger la manivela para abrir la
puerta, esta se abrió chocando con una joven de pelo moreno que cayó de culo
al suelo.
—¡Perdón! —se disculpó apurada. Cuando levantó la mirada y vio quién
era, su boca se abrió en una o de sorpresa al reconocerle.
—¿Sam? ¿Estás bien? —preguntaron desde dentro.
De inmediato, Fire se agachó al lado de su amiga para ver si se había
hecho daño. Se volvió hacia la persona que había chocado con ella para
increparle cuando se dio cuenta de quién era. Entonces, se puso de pie delante
de él.
—Hola —saludó Casey.
—¿A qué has venido? Creí que había dejado todo claro —le respondió a
cambio.
—Tenemos que hablar —insistió él.
Sam, desde el suelo, miraba a un lado y a otro, primero como si estuviera
en un partido de tenis, después maquinando en su cabeza y analizando la
situación.
—Yo os dejo… —dijo al final Sam levantándose.
—¿Estás bien de verdad? —Se preocupó Fire—. ¿Te duele algo?
—Mi ego, pero ese no tiene arreglo.
—Siento haberte empujado, oí ruido y fui a mirar —le explicó Casey. Se
sentía culpable de no haber reaccionado a tiempo y, al menos, cogerla para
evitarle la caída.
—No te preocupes. Fire, voy a llevar esto a fotocopiar para distribuirlo
por el personal y después me encargaré de archivar los documentos para que
estén a mano, ¿vale?
Fire asintió con la cabeza. Observó a Casey y Sam recoger los papeles
que habían caído al suelo y, una vez los tuvo, se apartó de ellos. No le gustó
nada la sonrisa pícara que le dedicó su amiga pero no tuvo tiempo de decirle
nada pues puso pies en polvorosa.
—Fire… —llamó Casey.
Ella giró la cabeza hacia él. Lo miró, y se dio la vuelta entrando en su
despacho sin decirle nada. Tampoco necesitaba invitación puesto que había
dejado la puerta abierta y esperaba que entendiera que prefería tener
intimidad.
Casey la observó caminar hacia su escritorio y se relamió. Había tenido
el cuerpo de esa mujer para él solo. Lo había sentido bajo su cuerpo, aunque
no le hubiera dedicado mucho. Pero a pesar de haber tenido sexo la noche
pasada, su cuerpo volvía a encenderse al mirarla.
Carraspeó, agitó la cabeza y dio unos pasos hacia el interior del despacho
cerrando la puerta tras de sí. Llegó a la silla en el momento en que Fire se
sentaba enfrente suyo y entrelazaba las manos sobre el escritorio. Era una
mujer que destilaba poder, que con ese gesto, denotaba que era ella quien
estaba al mando.
—¿Para qué has venido? —volvió a repetirle.
Casey se quedó callado. En el trayecto hasta la casa de subastas había
peleado consigo mismo por entender el motivo por el que iba a verla. Si bien
era cierto que le había dicho a Oliver que iba a hablar con ella por la
cancelación de la “cita” de esa noche, había más.
Quería verla de nuevo. Volver a escuchar su voz, entender qué le estaba
pasando. Y, de alguna manera, pensaba que ella podría decírselo.
—La cita de esta noche —habló por fin Casey—. ¿Por qué la cancelas?
—Como te dije por teléfono, son ellos los que deben estar pendiente de
mí. Yo hago o no hago las cosas. No dependo de nadie. Si me apetece, entro; si
no, no lo hago.
—Pero quedaste con él…
—No… Recuerda. Él dijo que se iba a conectar a cierta hora. Yo no le
dije que lo haría.
Casey frunció el ceño intentando recordar la conversación. ¿Había sido
así? No se acordaba demasiado de ella, aunque sí del estado en que él se
encontraba después de ver cómo Fire lo dominaba. Si era como ella decía, no
tenía argumentos para recriminarla. Solo uno.
—Se supone que nos estás ayudando en el caso y que debes hacer que
quiera estar contigo, que te vuelvas imprescindible —le recalcó.
—¿Y qué relación tiene eso con no entrar en el club hoy? ¿Acaso una
persona seduce a la otra estando juntos todo el tiempo? ¿No crees que es
mejor hacerla desear a esa persona que tenerla siempre que quieras?
Tenía razón. El deseo, las ganas por volver a verla, por volver a sentirla
siempre eran mayores que la rutina de tenerlo seguro. Él mismo podía servir
de ejemplo, ya que en el momento en que ella lo había llamado y comunicado
que no iba a acceder al club él había corrido a ella, no buscando
explicaciones, sino por ella.
Casey rió. Puso la mano en la frente y la dejó caer. Empezó a negar sin
dejar de reír.
—¿Puedo saber de qué te ríes? —le preguntó Fire.
—¿Qué me has hecho? —lanzó Casey mirándola directamente—. No
puedo dejar de pensar en ti. Desde el sexo de anoche ya nada es igual, lo he
probado. —Fire enarcó una ceja pero no dijo nada—. Te has metido dentro de
mi piel…
Fire se levantó de la silla, rodeó la mesa y apoyó el trasero en ella
colocándose al lado de él. Acarició el pelo de Casey haciendo que gimiera
por el contacto, sin mirarla aún.
—¿Y no te gusta?
—No me gusta perder el control… —siseó él.
Fire bajó la mano por la mejilla hasta el mentón de Casey y, con algo de
fuerza, hizo que la mirara.
—¿Y quién te lo está quitando? —insinuó ella.
Casey se quedó impactado. Era ella quien le había quitado el control,
quien había hecho con él lo que quería, quien lo había seducido hasta el punto
de no borrarse de sus pensamientos… ¿O no era así? ¿Había sido ella la que
lo había obligado?
Recordó la noche… No… ella le había pedido disfrutarlo, y él se había
dejado hacer por el placer que sentía. Era él quien había perdido el control. Y
le había gustado.
—Anoche te agobiaste y te entraron dudas —comentó Fire con
tranquilidad—. Pero, en lugar de hablarlo, te marchaste y quisiste ver si
seguías siendo el macho que eras, ¿verdad? —Casey asintió—. ¿Y qué
obtuviste?
—Desolación… —murmuró él—. Me sentí vacío. Fue, extraño. Estaba
excitado, quería sexo. Pero no tenía el mismo entusiasmo que cuando tú y yo lo
hicimos.
—¿Y crees que eso fue porque yo tome las riendas? No, Case. Fue porque
tú te dejaste llevar, porque no tenías que preocuparte por darme placer a mí,
sino sentirlo. Y porque, al hacerlo, también a mí me satisfacías. Ese es el
verdadero BDSM.
—Odio esas siglas y lo que las engloba —gruñó apartando los dedos de
su mentón—. El BDSM solo es una forma de que violadores y abusadores se
escondan —bramó mirándola con odio.
—¿Quién fue? —preguntó ella—. ¿A qué persona querida le hicieron
daño?
—Mi hermana —confesó—. Y ese día juré que acabaría con todos los que
lo practican.
Fire sonrió.
—Coincido contigo en acabar con los que desprestigian el verdadero
BDSM. Pero aún hay personas que saben de protocolo y normas y que las
siguen al pie de la letra.
—¿Y qué les diferencia de abusar de otra persona? —inquirió
levantándose de la silla para poner distancia. Lo estaba poniendo nervioso.
Fire se cruzó de brazos y lo miró.
—¿Por qué no respondes tú a esa pregunta? Ayer te dominé, te impedí que
me tocaras, te hice lo que yo quise. ¿En algún momento te sentiste incómodo?
¿Quisiste que parara? —Al ver que no respondía, siguió—: Esa es la
diferencia. Un buen dominante conoce a la otra persona y le da lo que ella
quiere. Un dominante mediocre, solo busca su placer en los demás.
Fire se apartó de la mesa y eliminó la distancia que había con Casey.
Metió sus dedos en el cabello de él y colocó su otra mano en el hombro.
—Dime que no te gusta lo que te hago —lo retó. Metió una de sus piernas
entre las de él y la subió hasta rozarle—. Dime que no te excito.
—No puedo —respondió él con la respiración entrecortada.
Ella sacó la lengua para humedecerse los labios. Y Casey ya no pudo
más. Lo habían tentado tanto que ya no podía resistirse a ella. Necesitaba
besarla, tocarla, sentir su corazón palpitar por él, notar la vibración de su
cuerpo.
La besó recuperando las ansias, la excitación, el deseo que le provocaba.
No era igual que con esa desconocida. Con Fire todo su cuerpo se fundía en
placer.
Sintió cómo ella se dejaba hacer, abría su boca y lo invitaba pero,
también, le plantaba cara, luchaba, libraba una batalla en su interior por no
perder el control.
Las manos de Fire bajaron, una hasta su cuello, la otra a su cintura, como
si lo anclaran a ella. Pero tampoco él se quedaba atrás. Las suyas le acunaron
la cabeza dirigiendo la intensidad del beso. No le bastaba con él, quería más,
ansiaba estar dentro de ella.
Quiso empujarla hacia la mesa pero, cuando Fire rozó con su trasero el
borde, protestó.
—Aquí no, Case… —le dijo—. Ahí fuera está mi secretaria y este
despacho no está insonorizado.
—Dile que se vaya.. —propuso él—. O mejor, vamos a mi piso.
Fire rió por lo que le había dicho. Había llegado carcomido por las dudas
y la culpa; y en ese momento su deseo era tenerla en su cama. Notó de nuevo
los labios de él robándole la risa y haciendo que, de nuevo, también ella
perdiera el control por el fuego intenso que era él.
Consiguió separarse de él y se alejó hacia la puerta. La abrió y…
Tres golpes hicieron que Fire pasara de mirar hacia el frente a hacerlo
hacia el suelo.
—¿Pero qué…? —se preguntó ella.
Delante de ella, solo que al nivel más bajo, estaban Michelle, Jordan y
Sam, quejándose por haberse caído y enrojeciendo por momentos porque las
había pillado in fraganti.
—Hola, Fire… —saludó Michelle levantándose y alisando su ropa. Se
acercó a su amiga y le dio dos besos como si no hubiera pasado nada.
—¿Hola? —cuestionó ella. Miró a las otras dos que se levantaban y
evitaban el contacto visual con ella.
—¿Se puede saber qué pasa aquí? —Fire puso las manos en la cintura
esperando una respuesta—. ¿Sam?
—Yo…
—¿Jordan?
—Es que…
—¿Michelle? —Se dirigió a la tercera que, al contrario que las otras,
miraba al frente con una sonrisa bobalicona—. ¿Michelle? —repitió siguiendo
la dirección de la mirada hasta ver qué era lo que la tenía tan hipnotizada.
—Joder, cómo está la policía… —murmuró ella—. Si no fuera porque me
voy a casar con Chris…
Sam y Jordan se echaron a reír y Fire levantó las manos en señal de
derrota. Ya tenía su respuesta. Estaban allí para conocer a Casey, seguramente
avisadas por la propia Sam. Ahora entendía esa sonrisa pícara de Sam que tan
poco le había gustado.
Capítulo 20
Bajo la piel se esconde la dominación perfecta. Bajo los ojos, la
seducción más intensa. Bajo tus labios, el embrujo divino.
ichelle, Jordan y Sam parecían tener ojos solo para Casey quien las
M miraba con una sonrisa en los labios, y una incomodidad en el resto
de su cuerpo. No esperaba que pasara eso, y en esos momentos lo que
quería era seguir con Fire donde lo habían dejado, ya que cuando
estaba con ella todo lo demás carecía de importancia. Además de que su
entrepierna estaba necesitada de las atenciones que podía prestarle ella.
—Ya que las has avisado, Sam, ¿por qué no las presentas? —propuso Fire
con los brazos cruzados y con una sonrisa divertida en su rostro.
—Lo haría si supiera cómo se llama —contestó ella apartando la vista y
enrojeciendo—. Las veces que ha venido no me ha dicho su nombre.
—¿Veces? —intervino Michelle—. ¿Cuántas veces ha venido?
—Dos —respondió Sam—. Al menos, que yo sepa.
—A lo mejor lo ha invitado a su casa —añadió Jordan.
Las tres miraron a Casey y, después, a Fire. Y entonces se fueron hacia él.
—Yo soy Jordan, tú eres… —se presentó.
—El inspector Casey Reindman. Mucho gusto. —Fue a darle la mano
cuando Michelle se le echó encima y le dio dos besos.
—Yo soy Michelle, la mejor amiga de Fire.
Fire puso los ojos en blanco. Mejor amiga… en sus peores pesadillas,
quizá.
—Hola… —saludó él intentando poner cara de circunstancia.
—A Sam ya la conoces. —Se acercó Fire—. Y creo que ahora se van a ir,
¿verdad?
—¿Bromeas? Necesito tu ayuda —dijo Michelle—. Me tengo que probar
el vestido…
—¿Y? Yo no puedo probármelo por ti… —expuso Fire.
—No, claro que no. Pero también están listos los vestidos de las damas de
honor. Y además, no estoy segura de que haya escogido bien… Es que el otro
día vi otro vestido y me parece mejor que…
—¿En serio? —preguntó sorprendida Fire—. Michelle, ya has comprado
el vestido…
—Siempre puedo pedirle a papi que me compre otro…
Fire se echó la mano a la cabeza. ¿De verdad podía estar teniendo esa
conversación?
—Escúchame bien, tu vestido es perfecto. Para el rato que lo vas a tener,
es más que suficiente para dejar a todos con la boca abierta. Así que te
prohíbo mirar más vestidos, regalos y fotografías. Todo lo tenéis hecho y os
casáis en un par de meses. ¿Me has entendido?
Casey vio cómo las dos amigas de Fire sonreían mientras Michelle
apretaba los labios en un gesto lastimero y asentía intentando poner cara triste.
—Sam dice
que no tienes nada que hacer por la tarde, que lo cancelaste…
Y… —Miró a Casey—. Nos gustaría conocerlo.
—Ni hablar —sentenció Fire.
—Por mí de acuerdo —rebatió Casey haciendo que las chicas lo miraran
como si hubiera cometido un error tremendo al hablar.
Fire lo estaba mirando con una ceja levantada y un cierto deje de
sorpresa, pero cuando torció los labios en una sonrisa ladina, todo su cuerpo
se estremeció de deseo. ¿Cómo era capaz esa mujer de hacerlo anhelar tanto
su contacto?
—¡Hecho entonces! —exclamó Michelle dando saltitos de alegría.
—Michelle, compórtate —la reprendió Fire.
—Perdón… —se disculpó cogiéndose las manos y fingiendo ser una niña
buena, aunque Fire sabía que eso solo le iba a durar unos minutos—. ¡Casey
viene conmigo! —agregó cogiéndole el brazo a Casey y tirando de él hacia el
exterior del despacho.
Jordan y Sam los siguieron y, finalmente, Fire, quien suspiró. Iba a ser
una tarde muy larga.
—Bueno, ¿por qué no nos cuentas algo sobre ti? —le preguntó Michelle
cogiendo su copa y bebiendo mientras mantenía los ojos fijos en Casey,
esperando que respondiera.
—¿De mí?
—¿Queréis dejarlo ya? —pidió Fire.
—Ni hablar —contestó Jordan—. Eres nuestra amiga, tendremos que
saber si la persona que está contigo te merece.
Fire se echó a reír sin poder evitarlo. ¿Desde cuándo había tomado el
relevo de sus “padres” en cuanto a relaciones se refería? Si ni siquiera ellos
lo habían hecho.
—Fire no es de las que queda con un chico dos veces, así que eso
significa algo —puntualizó Michelle señalándole con la cucharilla de la
bebida.
Después de estar probándose vestidos en la tienda hasta que
prácticamente los echaron, y Casey aguantando, las había invitado a tomar
algo y ellas habían aceptado, a pesar de que Fire había tratado de que no lo
hicieran.
Las había llevado a un pub que conocía y al que solía ir con Oliver
cuando salían del trabajo. También había hablado con él para explicarle que
estaba con Fire y que no había conseguido que aceptara entrar en el club,
aunque tampoco había insistido mucho.
El mismo Oliver había sonado más relajado, no sabía si porque había
evitado un momento demasiado sensual, o porque el humor de su compañero
había cambiado.
—Esto es demasiado… —dijo Fire levantándose de su asiento.
Casey se giró para mirarla e hizo el amago de levantarse pero la mano de
Sam lo detuvo.
—Solo ha ido a tomar el aire. Fire no es de las que se va sin nosotras —le
explicó.
—¿Cómo es ella? —les preguntó. Era una oportunidad para tratar de
conocerla.
—¡Puro fuego! —gritó Michelle echando los brazos al aire y riendo.
Jordan le apartó la bebida. No querían una situación como la que habían
tenido unos días atrás.
—Fire es una mujer luchadora —comentó Jordan—. Ella es de las que
quiere una cosa y lucha con todas sus fuerzas para conseguirlo. Así ha sido
desde joven.
—¿La conocéis desde hace muchos años?
—Más o menos. Ella y yo coincidimos en la universidad en algunas
asignaturas de la carrera —le informó Jordan—. Sam la conoce del instituto
pero después tomaron caminos diferentes.
—Y yo la conocí a través de ellas y me enamoró por completo.
Sam y Jordan rieron.
—A Michelle la conocimos un día que salimos de marcha las tres juntas.
Empezamos a hablar y… hasta ahora —le dijo Sam—. Pero te puedo decir
que Fire es una mujer de bandera. Es leal con nosotras, jamás nos ha
abandonado en nuestros problemas. Si no podemos luchar nosotras, ella lo
hace. ¿Qué vamos a decirte de ella?
Casey sonrió. Tenía buenas amigas y ella también lo era.
—¿Y de su… dominación? —soltó esperando que le contaran algo del
mundo del BDSM.
—A Fire le encanta tener el control. Siempre ha sido así —contestó
Michelle—. Ella no permite que un chico le entre ni aunque sea para ligar. Y
si van a por nosotras se pone peor, ja, ja, ja.
—Eso es verdad… No es que no se haya ido con algún que otro chico y
haya tenido una noche movidita… —Casey se removió inquieto en el asiento
—. Pero siempre ha sido porque a ella le interesara. Y nunca ha repetido con
ninguno, por eso queríamos conocerte —comentó Jordan.
—Y en los negocios es implacable. Aunque en cierto modo la entiendo.
Las casas de subastas parece que son un mundo solo para hombres y Fire ha
tenido que luchar para hacerse un nombre. Así que, si hubiera ido de modosita
por la vida, no hubiera conseguido lo que tiene.
Estaba conociendo a Fire a través de sus amigas y, la forma en que la
defendían, y hablaban de ella, le decía que la querían. Se había ganado un
hueco en sus corazones.
—Mira, ya van a por ella… —avisó Sam a las demás.
Casey se volvió y vio que a Fire le había salido al paso un hombre que
parecía querer algo más que una simple conversación. Fue a levantarse cuando
las tres chicas lo recriminaron.
—Necesita ayuda… —se quejó él al ver que sus amigas no querían
auxiliarla.
—¿Seguro? —inquirió Michelle.
Giró la cabeza de nuevo para ver que Fire articulaba algo y, al poco,
sometía al hombre para que la dejara en paz.
—Se nos ha olvidado decirte que Fire tiene cursos de defensa personal. Y
sabe ocuparse de cualquier tipo que se le cruza en su camino si no es de su
agrado —le comentó, jocosa, Jordan.
—De hecho, en la casa de subastas todas las mujeres hemos asistido a
esos cursos, ella los subvencionó para sus trabajadoras —añadió Sam.
—Y nosotras también los hemos hecho, aunque, yendo con ella, no
solemos tener que usar nuestras habilidades —terminó Michelle.
Las tres lo miraban con una sonrisa que decía mucho más que cualquier
palabra.
—Bueno, ¿habéis terminado ya? —preguntó Fire sentándose en su asiento
y cogiendo la copa que había pedido. Bebió un trago y la soltó de nuevo.
—Más o menos… —comentó Michelle—. ¡Otra ronda! —gritó al
camarero que pasaba al lado.
Todos, incluso Casey, se echaron a reír menos Fire que recordaba lo que
había pasado la última vez con su amiga.
—Gracias por acompañarme —le agradeció Fire.
Iban en el coche de Michelle, conduciendo Fire. Michelle había insistido
tanto en que Casey fuera con ella que, al final, había tenido que dejar su moto
en el aparcamiento de la casa de subastas, lugar hacia donde se dirigían en ese
momento.
Menos mal que Sam y Jordan habían ido en el mismo coche y Fire había
dejado el suyo en la casa de subastas. El problema sería que ella tendría que
llevarse el coche de Michelle y que fuera a recogerlo al día siguiente. Pero se
lo tenía merecido por haber bebido de más.
—No iba a dejarte sola con Michelle. Tus otras amigas se fueron antes.
—Sam y Jordan siempre se escabullen antes de tiempo —bufó Fire aunque
el tono de su voz la delataba. No se enfadaba con ellas.
—Son buenas amigas… —comentó Casey.
—Mucho. Hacemos un buen equipo.
—Ellas… no saben lo tuyo, ¿verdad? —lanzó. Vio cómo Fire apartaba la
mirada unos segundos de la carretera para mirarlo a él.
—Oh, te refieres a eso. Es parte de mi vida privada. Eso no lo sabe nadie
más que un grupo selecto de personas —contestó cuando supo a lo que se
estaba refiriendo—. No es algo que vaya difundiendo por ahí.
Casey chasqueó la lengua. Él mismo la había conocido por descubrir esa
faceta suya y meterse en su vida privada. En cierto modo, se sentía culpable
por cómo había empezado con ella.
Echó la mirada hacia atrás y vio a Michelle dormida en el asiento trasero.
Había conseguido llegar por su propio pie al coche, ayudándola a que
mantuviera el equilibrio, pero en cuanto había tocado el asiento, había caído
como un tronco.
—Michelle suele ser muy abierta y espontánea —comentó Fire al ver que
miraba a su amiga. Es la más niña del grupo porque sus padres le han
consentido todo lo que ha querido. Hasta su novio lo hace. Nosotras somos su
punto de equilibrio.
—Me di cuenta en lo de ser espontánea… —murmuró él recordando cómo
se le había abalanzado para darle dos besos en el despacho.
Fire rió.
—Da gracias que no te tocó el paquete —añadió ella. Cuando le miró a la
cara, volvió a carcajearse.
Paró el coche en un semáforo y mantuvo por unos segundos la mirada al
frente. Estaban ya cerca de su empresa. Cuando fue a girar la cabeza, notó la
mano de Casey en su muslo y se obligó a quedarse quieta. Quería ver hasta
dónde llegaba.
Su mano parecía quemar en el lugar donde la había posado. Sentía un
calor que iba en aumento conforme la acariciaba, tan lenta, que se hacía
insoportable. Poco a poco, iba acercándose a su sexo, lugar que ya palpitaba
y, de haber tenido voz, hubiera gritado pidiendo la misma atención, o más, que
la que le daba a su pierna.
Notó los dedos aproximándose y se mordió los labios para evitar gemir
demasiado fuerte. Sin embargo, el pitido del coche de atrás los asustó a los
dos.
—¡Ya voy! —exclamó Michelle levantando una mano.
Los otros dos se rieron y Fire continuó la marcha.
No tardó mucho en darle al intermitente para entrar en el aparcamiento de
la casa de subastas. Paró el coche, rebuscó en su bolso hasta que encontró una
tarjeta y abrió el cristal de la puerta. Sacó la tarjeta hacia el lector y la valla
les permitió el paso.
—¿No tienes seguridad?
—¿Me crees capaz de dejar sin vigilancia mi negocio?
Al momento vio que varios agentes aparecían, preparados por si ocurría
algo.
—Señorita Dilworth, buenas noches.
—Buenas noches, señores. No se preocupen, venimos a por la moto del
inspector Reindman. ¿Todo bien?
—Sí, señora, sin novedad —contestó uno de ellos.
Casey había contado cinco hombres, y estaba seguro que, en el interior
del edificio, habría otros tantos. Teniendo en cuenta los objetos de valor que
disponía la casa de subasta, era lo mínimo pero, pensar en lo que invertía en
esa seguridad…
—Ya sé dónde buscar trabajo si me echan de la policía… —musitó
haciendo un reconocimiento de los hombres y el trabajo que harían en el
exterior.
Fire rió.
—No sé yo si te contrataría precisamente para estar por las noches aquí…
—le insinuó ella.
Condujo hasta quedar paralela a la moto de Casey y paró el motor.
—Bueno, hemos llegado —dijo Fire.
—Sí… —Sonó más ronco de lo normal, fruto de lo que ella había
provocado en él con su último comentario.
Los dos se quedaron en silencio, Casey sin querer salir del coche, como
si necesitara algo más.
—Fire, ¿hemos llegado? —preguntó Michelle con voz lastimera—. Me
duele la cabeza… —se quejó.
—Merecido te lo tienes —le replicó ella—. Salgamos —le indicó a
Casey abriendo la puerta del piloto sin esperar a que él hiciera lo que le había
dicho.
Casey abrió la puerta y la cerró con cuidado para no molestar demasiado
a Michelle. Fue hasta la parte delantera del coche donde lo esperaba Fire.
—Mañana…
—Sí, mañana me conectaré y espero que Daniel esté. Hoy está dentro —
añadió con una risa pícara.
—¿Cómo lo sabes?
Echó mano al bolsillo trasero y cogió el móvil. Lo manipuló hasta
encontrar lo que buscaba y se lo enseñó.
Jonathan (Brayan): Que sepas que tu zalamero anda esperándote y
preguntando si alguien te ha visto. No ha hablado con nadie hasta ahora. Te
mantengo informada.
Era un mensaje que había recibido sobre las doce de la noche, justo
cuando ella había salido a tomar el aire en el pub.
Tenía otro mensaje de hacía media hora.
Jonathan (Brayan): Ha ido a por una sumisa. Ya te he mandado el
archivo. Tienes que hacerle pagar al tío.
—En cuanto llegue te reenviaré el mensaje —le dijo Fire recuperando su
teléfono y guardándolo.
—Gracias. De verdad, gracias por todo.
—Cuantos menos tíos haya de esa calaña, mucho mejor.
—Entonces… nos vemos mañana. —Entendía que debía dejar a su amiga
y no podían seguir más tiempo juntos, al menos esa noche.
—Si quieres pasarte por la subasta de mañana… —le comentó ella—.
Diré en recepción que tienes permiso para entrar. Y lo mismo a Oliver.
—Gracias.
Fire sonrió y se dio la vuelta para montarse en el coche. Pero, en el
último momento, volteó y fue derecha hacia Casey. A él no le dio tiempo a
reaccionar, solo sintió los cálidos labios de Fire y su cuerpo explotó. Suspiró
en ese beso fruto de la felicidad que sentía de volver a tenerla tan cerca, de
notar su contacto.
La agarró de la cintura para presionarla contra él y poder experimentar lo
que era el sufrimiento porque no podían hacer mucho más. Sin embargo,
cuando Fire atrapó sus manos y las separó, una sensación más intensa lo
embargó provocando que se estremeciera. ¿Cómo era posible que
experimentara eso?
—Hasta mañana, Case… —lo despidió ella alejándose de sus labios, no
sin antes sacar la lengua y darle un lametón en ellos.
—Hasta mañana… —consiguió responder él con la voz más ronca aún.
La vio girarse y contonearse hasta que la puerta del coche le cortó la
visión. Y gruñó por ello. Esperó hasta que arrancó e inició la marcha. Ahora
lo sabía. Estaba perdido.
Fire sonrió recordando el momento. Ese beso lo había necesitado desde
hacía horas y no había podido resistirse a marcharse sin probar de nuevo los
labios de Casey. Incluso en ese momento, que conducía de noche con una
copiloto indispuesta, lo echaba de menos.
—¿Besa bien? —preguntó Michelle desde atrás.
Fire miró a través del espejo retrovisor interior y vio a Michelle sentada
sonriéndole. ¿Cuándo había ocurrido eso? Ella estaba dormida, tirada sobre el
asiento trasero. Y borracha. Pero ahora que la veía, parecía bastante lúcida.
—¿Tú desde cuándo finges una borrachera? —le acusó Fire.
—Desde que tienes chico… —contestó ella riendo.
Al detenerse en un semáforo, Michelle aprovechó para salir del coche y
montarse al lado de Fire.
—¿Y bien? Cuenta, ¿cómo es él?
—Michelle, ¿crees que yo soy como tú que nos cuentas todo sobre Chris?
—Jo, no seas así, Fire. Pensábamos que jamás dejarías que un hombre
entrara en tu vida. Y ahora tienes a Casey.
Fire sonrió. ¿De verdad lo tenía? ¿O acabaría perdiéndolo por culpa del
BDSM?
—Es más complicado de lo que parece. Y por ahora, solo ha sido un
polvo.
—Ya, pero uno que te gustaría repetir, ¿a que sí? —insistió Michelle.
No podía negarlo. Quería volver a estar con él, sentirlo entre sus manos y
sus piernas.
—¿Ves? Se te ha puesto una cara de lujuria…
—¡Michelle! —gritó Fire enrojeciendo y riendo junto a su amiga.
—Quiero que seas feliz… Por todo lo que haces por mí. Por nosotras.
—Ya lo soy —respondió ella.
—Pues entonces, más.
Fire quitó una de las manos del volante y cogió la mano de Michelle. Era
una gran amiga. Aunque seguía siendo reacia a decir que fuera la mejor.
—Que sepas que me llevo tu coche a mi casa. Si lo quieres, ven mañana a
la casa de subastas.
Michelle la miró con sorpresa y enojo, abrió la boca, cogió aire y lo
mantuvo haciendo que sus carrillos se hincharan. Se cruzó de brazos,
apartando con ello la mano de Fire, y miró al frente.
Fire se echó a reír. Sí, esa era Michelle.
Ella es mía…
Me pertenece…
Porque si no fuera así…
… Entonces no será de nadie….
Capítulo 21
Embrújame por el día, y tortúrame por la noche con la pena de no
tenerte y el anhelo de desearte.
ra un no parar. Desde primera hora de la mañana, Fire había tenido que
E ocuparse de que todo estuviera en orden, no porque no hubieran hecho el
trabajo sus trabajadores, sino por esa manía que tenía de controlarlo. No
podía evitarlo, y esa subasta era muy importante para ella porque le iba
a abrir el mercado para otros países, lo cual equivalía a dar a conocer
Dilworld mucho más allá de donde la conocían.
Había llegado a la empresa casi tres horas después de haberse marchado
con Michelle. Pero el hecho de dejarla en su casa, después de tomarse un café
calentito y de charlar entre las dos, la opción de irse a su casa y dormir la
había desechado por los nervios que tenía con esa puja. Sabía que saldría
bien, pero eso no hacía que, cada vez que organizaba una, el cosquilleo de su
cuerpo y los nervios, le hicieran no dormir.
Por eso, había preferido volver a la empresa y revisar los productos que,
esa mañana, desfilarían por la sala donde se iba a celebrar el evento. Se había
cerciorado del buen trabajo de su personal, de que todo estaba tal y como ella
les había pedido. Se había enorgullecido de cada uno y había tomado nota
mental de darles un pequeño incentivo en sus nóminas ese mes por el trabajo
hecho.
Al final, se había retirado a su despacho cinco minutos antes de que Sam
hiciera acto de presencia tocando la puerta y entrando para saludarla. Se había
ocupado de la reunión que tenía a primera hora y, después, juntas, habían
tomado un café y desayunado para hacer frente al día. Y a la vuelta había visto
que sus propios trabajadores ya estaban con las pilas puestas ocupándose,
cada uno, de lo que tenían que hacer.
Había personal que se encargaba de revisar las acreditaciones enviadas a
todos los que iban a participar en la subasta; otros se encargaban de conducir
a los invitados a la sala; y otros se encargaban de la seguridad. Y eso solo era
los que se veían pues sabía que, por dentro, habría más personas preparando
los artículos de arte o los lotes, organizándolos con números para que fueran
accesibles y que se pudieran sacar de manera rápida, tal y como transcurrían
las subastas.
Fire entró con Sam en la sala y vio que las sillas tapizadas en rojo granate
estaban colocadas, algunas ya ocupadas. Al fondo de la sala, en el lado
izquierdo, había una mesa grande, decorada con una tela roja y dorada, con
cinco trabajadores y, junto a ellos, un teléfono. Iban a ser los encargados de
registrar las pujas de los que participarían vía telefónica. Sin embargo, al otro
lado, en una mesa igual de larga, había otras cinco con ordenadores portátiles
para los que pujarían vía online.
Había escogido a los mejores y esperaba que no hubiera ningún problema
en ese sentido. Se giró para ver si la cámara que iba a enfocar la sala, y solo
la sala, estaba bien y suspiró. Sí, todo iba saliendo perfecto. Aunque hasta que
no empezara a escuchar cómo se subastaban los artículos no se quedaría
satisfecha.
—¿Han probado la conexión a internet? —preguntó Fire a Sam quien
estaba a su lado.
—Sí, varias veces. Y hay un dispositivo en marcha por si la conexión
fallara. Está todo controlado —le dijo Sam.
—Perfecto. ¿Y los teléfonos?
—Todos con línea y esperando que llegue la hora para comunicarse con
las personas indicadas. Hemos dejado uno de ellos libre por si alguno quisiera
llamar.
—Buena idea —elogió.
Fire vio cómo los invitados iban pasando. La mayoría de ellos, hombres
de mediana edad o parejas, la saludaban y alababan la organización del
evento, algo que ella agradecía con educación.
—Señorita Dilworth… —Llamó uno de los guardias de la entrada.
Fire salió de inmediato de la sala para reunirse con él.
—¿Qué pasa?
—La prensa está aquí. Dicen que si pueden pasar.
—Qué pesados… —se quejó Sam—. Han estado llamando desde hace
dos semanas y ya les dije que no, que era privada.
—Ya voy yo.
Fire acompañó al agente hacia el exterior y vio el panorama. Había
personas entrando en la casa de subastas y, a un lado, porque su personal los
había retirado para que no estorbaran, varios periodistas y cámaras. En el
momento en que la vieron salir, habían levantado las cámaras para grabar.
Ella se acercó con tranquilidad.
—Buenos días, señoras, señores.
—Buenos días, señorita Dilworth. Hemos venido a cubrir la noticia —le
comunicó una periodista.
—¿Y usted es…? —preguntó queriendo saber con quién hablaba.
—Anastasia Pilking, redactora del periódico de la ciudad.
—¿Está invitada a la subasta, señorita Pilking? —inquirió—. Con gusto la
dejaré pasar si me muestra la invitación, faltaría más.
—Llamamos hace unos días pero no nos han enviado nada —contestó otro
—. Quizá se traspapeló.
Fire sonrió.
—Qué raro. Porque hasta ahora todo el que debía estar, confirmó su
asistencia ayer mismo. Y según el listado, no faltó ninguno. Señoras,
señores… Lamentablemente las subastas en Dilworld son a puerta cerrada
para los medios de comunicación. Estaré encantada de hacer alguna
declaración en estos momentos y a la finalización del evento. Pero sintiéndolo
mucho, no van a pasar.
»Tal y como les dijo mi secretaria, no están autorizados. Pero les
agradezco la publicidad que me hacen o van a hacerme, ya sea positiva, o
negativa. De una manera u otra, mis clientes presentes y futuros, sabrán que
Dilworld se toma muy en serio la privacidad de estos eventos.
»¿Algo más?
Los periodistas se quedaron en silencio, algunos pidiéndoles a los
cámaras que desconectaran la grabación. Parecía que les había quedado claro,
como en otras ocasiones, que no iban a poder acceder como ellos querían.
—Señorita Dilworld, ¿podría comentar sobre el tipo de subasta que es?
—preguntó una periodista joven que sobresalió de entre el grupo.
—Por supuesto. Es más, si me da sus datos, puedo enviarle la información
que precise. Pero, en general, se trata de una puja de objetos de arte del siglo
XIV pertenecientes a Europa y Asia. Todos ellos legalmente certificados,
datados y verificada su autenticidad. Ninguno de los objetos ha sido robado ni
procede de saqueos de las guerras que hubo antaño y todos ellos salen a
subasta ya sea vía internet, teléfono o, como ven, en persona.
—Muchas gracias —agradeció la muchacha después de apuntar los datos
que le había dado Fire.
—¿Se conocerá el nombre de los compradores? —preguntó otro.
—No. Eso corresponde a cada uno de los nuevos dueños de estas obras.
Esperó unos segundos por si alguien le hacía más preguntas pero, al ver
que no era así, habló:
—Me van a disculpar pero he de ocuparme de recibir a mis invitados. Les
invito a un pequeño desayuno, si gustan —ofreció ella—. Daré orden a mi
personal para que les saquen algo.
—¿Y después podremos entrar? —preguntó Anastasia.
—Una vez se haya ido el último invitado, por supuesto. Siempre y cuando
no sea la hora de cerrar —contestó ella.
Sabía que, en los eventos anteriores, tras las pujas algunos invitados
habían querido hablar con ella y después siempre ofrecía un pequeño catering
para el que quisiera picar. Así, al final salía a altas horas de la noche. No
dudaba que se cansaran de esperar tras horas de prohibición de entrada.
Se dio la vuelta y volvió a entrar acompañada del vigilante que la había
avisado.
—Controlad a la prensa, no vayan a intentar entrar.
—Sí, señorita.
Caminó hacia la sala de nuevo saludando a su paso a los invitados y, al
entrar, se sintió más satisfecha. Se había llenado más y eso quería decir que
había acertado con el tipo de artículos. Tenía miedo a que los invitados al
final desistieran de ir pero, por lo que comprobaba, no había sido así.
—Buenos días, señorita Dilworth —saludó alguien por detrás.
—Buenos días... —repitió ella volviéndose para hablar con la persona.
—Daniel… Daniel Greenblacht.
Oliver silbó al ver todos los coches que había aparcados en el
aparcamiento de la casa de subastas. Hasta algunos habían tenido que aparcar
fuera, en las calles aledañas. Había ido con Casey para ver la subasta, y
también para hablar sobre la cita que tenían esa noche, pero no esperaban que
fuera tan multitudinaria.
—¿No es habitual? —preguntó Casey.
—Bueno, se han celebrado otras, pero desde luego no como esta. Está
todo lleno…
—Prueba en el aparcamiento.
—Está lleno —le comentó Oliver.
—Ya, pero a lo mejor Fire ha dejado reservados por si llegaba alguien
tarde… o no venían.
Oliver se encogió de hombros y giró hacia el aparcamiento. Un hombre le
salió al paso.
—Buenas noches, señores. Lo siento, estamos completos.
—¿No hay ningún hueco? —preguntó Casey.
—Los que quedan están reservados para los invitados, señor.
—Somos el inspector Oliver Suat y Casey Reindman, creo que estamos en
la lista.
—Un momento —pidió el hombre incorporándose y yendo hacia la
oficina. Cogió un documento de varias hojas y regresó al lado del coche.
—¿Casey Reindman? —repitió.
—Sí.
—Efectivamente. La señorita Dilworth ha avisado a todo el personal que
usted y el señor Suat vendrían. Les reservó una plaza al lado de la entrada. Por
favor… —Hizo un gesto a otro y, de inmediato, la barrera se levantó para
darles acceso al lugar.
—Así que Fire pensó en todo —afirmó Oliver.
—¿Lo dudas?
—No, Case, con ella no se duda, se afirma —rió Oliver. También Casey
lo hizo.
Oliver aparcó el coche en uno de los pocos huecos que había y ambos
salieron de él. Por dentro del aparcamiento se dirigieron hacia la entrada del
edificio cuando de nuevo un hombre los detuvo.
—Señores, disculpen, ¿tienen la invitación? —les pidió.
Oliver miró a Casey y este a Oliver.
—No tenemos. Fire no me la dio.
—¿Me pueden decir sus nombres? —preguntó entonces.
—Oliver Suat y Casey Reindman.
—¿Reindman? —repitió levantando la cabeza de la lista que había ido a
consultar en el momento en que Oliver le había dado su nombre—. Mis
disculpas. La señorita Dilworth nos informó. ¿Puedo ver sus carnés, por
favor? Es una mera formalidad, espero que lo entiendan.
Tanto Oliver como Casey sonrieron, echaron mano de sus identificaciones
y las mostraron, cual policías, al otro.
—Por favor, pasen. Una azafata les conducirá a la sala.
—Dígame algo… —comentó Casey—. ¿Todas las subastas son así?
—Sí, señor. La señorita Dilworth se toma muy en serio la privacidad y
llevamos varios controles para que nadie no invitado acceda —contestó él—.
Ni siquiera la prensa está invitada —añadió.
El hombre les abrió la puerta y los dos pasaron dentro asombrándose del
silencio que parecía haber en ese lugar. Con la subasta ya empezada, no
parecía haber nadie más que el propio personal de Dilworld, en ese momento
más relajados.
Al verlos, todos volvieron a sus puestos y una joven corrió hacia ellos
para atenderlos.
—Buenos días, señores. Les acompañaré hasta la sala.
Los dos cabecearon por la complacencia de la muchacha y la siguieron
hasta una sala en la que se escuchaba el ruido típico donde el subastador
repetía las cifras a una velocidad de vértigo conforme las palas iban
levantándose.
Al entrar, Casey buscó con la mirada a Fire. Tenía ganas de verla de
nuevo, de acercarse a ella y hablar. Pero su corazón se heló e hirvió a partes
iguales al ver a la persona que estaba a su lado.
—Maldito desgraciado… —gruñó dando un paso hacia ellos.
—Detente… —susurró Oliver sujetándolo. También él lo había visto y no
podía permitir que se acercara en ese momento.
Tiró de él para sacarlo fuera de la sala cerrando la puerta tras de sí.
—¿Ocurre algo? —preguntó la chica al escuchar el ruido de la puerta.
—No, nada. Tranquila —respondió Oliver sonriéndole.
Ella no quiso acercarse al fijarse en Casey, con el rostro descompuesto y
lleno de ira. ¿Qué hacía Daniel con Fire? ¿A qué había ido allí?
—Casey, tenemos que irnos.
—No, no pienso dejarla sola con él —gruñó.
—Pondrás en peligro el plan. Y a ella misma. Ahora mismo está en su
territorio, y dudo que haga o diga algo con tanta gente —le comentó intentando
que entrara en razón—. Case, vámonos.
—¡N0! —gritó empujándolo para entrar de nuevo en la sala.
La había pillado por sorpresa. No había considerado que pudiera acudir a
la subasta. Tenía que haber revisado la lista y no dejársela a Sam. Ahora, no
tenía caso; ahí estaba él.
—Encantada, señor Greenblacht.
—Igualmente, señorita Dilworth. Es la primera vez que coincido en la
ciudad con una de sus famosas subastas. Le felicito por la organización tan
bien planeada.
—Muy amable. ¿Le interesa el arte?
—Oh, sí. En mi casa hay varios cuadros que he ido adquiriendo en mis
viajes. Y ahora que estaba en la ciudad, me enteré de este evento y solicité
una invitación. Debo también elogiarla por su personal. Ha sido muy
competente en todos los pasos que debía dar para acceder.
—Solo me rodeo de la gente adecuada —comentó Fire con una sonrisa
cortés.
—No me cabe duda. —Echó un vistazo alrededor reconociendo algunos
rostros—. Veo que ha invitado a mucha gente.
—A los más interesados en estas piezas —comentó Fire.
—Bueno, veremos quién se las queda.
—Así es… Puede tomar asiento, si lo desea —le sugirió Fire.
—Oh, si no es mucha molestia, y ya que puedo presumir de estar
hablando con la misma directora de Dilworld, me gustaría quedarme de pie
a su lado.
Fire le sonrió. Había querido que la dejara para escabullirse sin
levantar sospechas y avisar a Casey y Oliver, quienes debían estar a punto
de llegar, o bien ya estaban allí.
—Si así le gusta más la subasta, no seré yo quien se lo impida. Aunque
tendrá que entender que me debo a mis invitados.
—Por supuesto… En todo caso, nos vemos cuando empiece la subasta.
—Levantó una copa en ademán de despedida.
Fire había dispuesto varios camareros por si a alguno de sus invitados
le apetecía tomar algo, pero había dejado claro que no quería alcohol en el
edificio.
Se alejó de él intentando salir de la sala, pero cada vez que intentaba
llegar a la salida, alguien la paraba y, para cuando podía librarse de esa
persona, otro la acaparaba para alabarla, preguntarle sobre las obras, o
simplemente saludarla.
—Una subasta muy interesante… —comentó Daniel a su lado. Tras
empezar, y tener que subir al escenario para dar la bienvenida a todos los
presentes, había bajado y se había colocado estratégicamente para intentar ir
retrocediendo hasta la salida.
El problema había sido que no le había dado la oportunidad de llegar
cuando Daniel se había colocado a su lado. Y con él ahí, no podía hacer gran
cosa más que seguirle el juego, aparentar que no lo conocía de nada, y
elogiarle por las compras que estaba haciendo. Ni siquiera la intervención de
Michelle, para recoger las llaves del coche que tenía aparcado en el
aparcamiento, había logrado deshacerse de él. Todo porque su amiga no había
captado las indirectas que le había lanzado en secreto.
Daniel sabía comprar con cabeza, de eso no había duda. Era bueno
poniéndole precio a las obras y en más de una ocasión había subido a una cifra
alta, muy cerca de la que le habían dado a Fire sus tasadores, con el objetivo
de acabar pronto con la subasta. A pesar de ello, había veces que ganaba y
otras, si quería conseguirla, debía sobrepujar una puja superior a lo que él
había dispuesto.
—Se lo agradezco. Y espero disfrute de las piezas que se lleva —le
respondió Fire.
—Será una buena decoración para mi casa, no le quepa duda.
La subasta continuó con una nueva pieza haciendo que se interesara por la
historia que comentaba el subastador. Notó la puerta abriéndose y miró de
refilón hacia atrás tensándose. Estaban allí, habían llegado y no dudaba en que
lo iban a reconocer de inmediato.
—¿Le interesa? —preguntó desviando la atención de Daniel para que no
se fijara en los nuevos invitados.
—Bastante… ¿Qué puede contarme que no sepa?
—Es una de las piezas más importantes de hoy. Un cuadro desconocido
del pintor y poco apreciado. Mis tasadores no pueden ponerle precio, pero
podría llegar a ser superior a los más conocidos del pintor.
—Es atractivo… Pero eso quiere decir que todos en esta sala podrían
estar interesados en ella.
—¿Solo en esta sala? —inquirió Fire con una sonrisa pícara—. En
internet, teléfono,… Señor Greenblacht, Dilworld está puesto al día en nuevas
tecnologías, pensé que se había dado cuenta. —Lo dejó en evidencia.
—Tiene razón… —admitió él mirándola de una manera lasciva.
A pesar de ello, Fire no apartó los ojos sino que le mantuvo la mirada.
No pensaba esconder su naturaleza. Había ido a su terreno y, como
empresaria, era implacable.
—¡Medio millón! —exclamó levantando la pala sin mirar al subastador,
sino a ella misma.
—¿Señor? ¿Ofrece medio millón? —preguntó el subastador haciendo que
la sala entera fuera un torbellino de murmullos—. La puja iba por ciento
veinticinco mil…
Era la primera vez que subía tanto.
—Ofrezco medio millón —repitió, por fin, apartando la mirada de Fire y
retando al resto de la sala, incluidos los que se hacían cargo del teléfono o
internet, a que pujaran de nuevo.
Fire aprovechó para mirar hacia atrás y buscar a Oliver o a Casey, pero
no los encontraba. Sin embargo, cuando finalmente nadie pujó y el subastador
adjudicó la obra a Daniel, la puerta se abrió de nuevo y Fire pudo ver a Casey.
El rostro furioso de él le hizo pensar en que no era una buena idea que Daniel
también estuviera en la misma habitación.
—Le felicito —elogió a Daniel intentando sonreír y que no se fijara en
Casey.
—Muchas gracias. Lo que me ha contado me ha hecho decantarme por la
obra. Tendrá un buen hogar a partir de ahora.
—No lo dudo, señor Greenblacht. Ya quedan pocos artículos, he de
comprobar que se están llevando a cabo los cobros y las entregas de cada
pieza. Si me disculpa…
—Me gustaría hablar con usted después. En privado.
—¿Algún motivo en concreto? —preguntó.
—Busco ciertas obras y creo que estoy en el lugar adecuado.
—Ciertamente. Entonces le espero después de terminada la subasta.
Daniel afirmó con la cabeza y se apartó para dejarla pasar. Pero, justo
ese movimiento, hizo que viera que Casey se acercaba hacia ellos.
—Inspector Reindman, ¿usted por aquí?
—Debería preguntar lo mismo… ¿Qué hace aquí? —soltó él con furia.
—Bueno… —sonó jocoso—, creo que lo mismo que todos los demás
invitados de la señorita Dilworth, comprar obras de arte. No sabía que a usted
también le interesaban o que estuviera invitado.
—Señor Reindman, un gusto conocerle —fingió Fire—. Soy Fire
Dilworth, la directora de la casa de subastas Dilworld. —Le ofreció la mano.
Casey la miró y le estrechó la mano.
—Necesito hablar con usted, si tiene un momento —le dijo a pesar de que
su mirada no iba dirigida a ella.
—Me va a tener que disculpar pero, como le decía al señor Greenblacht,
he de ocuparme de la compraventa de las obras así como de su entrega.
Después de la subasta, podrán encontrarme en mi despacho. Le ruego
concierte una cita desde la recepción de la empresa. Ahora, si me permiten…
Fire se dio la vuelta y se marchó dejándolos a los dos en la sala. Solo
esperaba que Casey no cometiera ninguna imprudencia.
Abrió la puerta y la cerró con cuidado.
—Fire… —llamó Oliver—. ¿Qué está pasando?
Fire suspiró. Se acercó a Oliver y miró hacia atrás.
—Espero que nada… O lo echará todo a perder.
No lo podía creer. Y, sin embargo, tenía que haberlo pensado. Fire se
había librado de Daniel sin necesitar ayuda de nadie. Pero el hecho de verla al
lado de ese hombre, que pudiera rozarla o incluso tocarla, lo volvía loco.
—¿Va a comprar algo? —preguntó Daniel a Casey.
—¿Cómo? —No había prestado atención a lo que le preguntaba, su mente
dando vueltas a las palabras de Fire que, sabía, llevaban algún mensaje
oculto.
—Le he preguntado si va a comprar algo, inspector Reindman. Para eso ha
venido, ¿no es así?
Casey cerró los ojos. Claro. Se suponía que, si estaba allí, era para
comprar, no porque Fire Dilworth significara algo para él. Ni porque hubieran
tenido sexo. Ni porque ellos dos formaran parte de la trampa que le estaban
tendiendo a Daniel. Estaba allí para pujar en las obras que Fire sacaba en la
subasta.
—Por supuesto —contestó él sonriente y seguro de sí mismo.
—¿Y dónde está su pala para pujar? —¡Mierda! No le habían dado nada
al entrar e intuía que Fire no había pensado en eso, por consiguiente, iba a
tener que improvisar…
—Señor, disculpe… —interrumpió la misma muchacha que los había
recibido—. Aquí tiene su pala. La dejó olvidada fuera.
—Gracias —dijo recogiendo la pala con el número que le correspondía,
uno anterior al de Daniel.
¿Hasta era capaz de adelantarse a los problemas que podía tener?
Se fijó en el subastador, que empezaba a subastar una figurita pequeña de,
según veía en los monitores, una mujer. Levantó la pala y enseguida la cifra
subió haciendo que otro sobrepujara y tuviera que volver a levantar.
—¡Adjudicado al número 47! —exclamó el subastador.
—¿Ve? Ya he comprado… —le dijo con desdén.
—Enhorabuena. Ahora solo falta que compre con cabeza… —respondió
Daniel dejándolo solo.
Siguió el camino de él, pero el monitor lo despistó al ver el número que
tenía su pala junto con la figurita que acababa de comprar y el precio que
debía pagar por ella. ¿Estaban de broma?
La muchacha salió de la sala y cerró la puerta tras de sí.
—Ya está, señorita Dilworth.
En el momento en que había salido, había tenido en cuenta las posibles
salidas que podía dar Casey para justificar su presencia en el lugar. Y una de
ellas era, sin duda, la subasta. El problema estaba en que no había dispuesto
para él una pala porque, se suponía, no iba a ir para pujar.
Por eso, había tenido que improvisar, y hacerlo de forma que Daniel no
sospechara que había sido algo de última hora, de ahí el buscar su nombre y
darle un número anterior.
—¿Han dicho algo? —preguntó Fire.
—No, nada. Pero parecía que le venía bien… —comentó ella recordando
cómo Casey se había relajado cuando le entregaba la pala.
—No me cabe duda. Muchas gracias, Emily. Seguramente saldrán para
pedir una cita conmigo. Al hombre que le has dado la pala intercéptalo en
cuanto puedas y dile que te acompañe hasta la sala de reuniones. Allí lo
esperará el señor Suat, ¿de acuerdo?
—Sí, señorita.
—Gracias.
La chica se marchó para reunirse con el equipo y prepararse para el final
del evento mientras Fire y Oliver se quedaron solos. En tan solo unos minutos
iban a entrar los últimos artículos y, en ese momento, todos saldrían para lo
cual Fire había dispuesto unas mesas con algún tentempié y catering a fin de
que la espera, si querían hablar con ella, fuera más llevadera.
—Tellevaré a la sala de reuniones. Yo tengo que ocuparme de varios
compromisos.
—Tranquila, en cuanto me reúna con él nos iremos. ¿Nos vemos en tu
casa?
—Sí, será lo mejor. Y dile a Casey de mi parte que no necesito que nadie
venga a salvarme, soy bastante capaz de ocuparme de mis clientes. Sean
quienes sean —añadió molesta.
No le había gustado nada el hecho de que apareciera y se acercara a ellos
porque, en el fondo, sabía que lo hacía porque no le gustaba que ellos dos
estuvieran en la misma sala, y manteniendo el contacto que tenían. Pero, allí,
no era la Ama de Daniel, sino una empresaria a cuyo cliente, el señor
Greenblacht, debía satisfacer.
—Se lo diré —respondió Oliver algo incómodo. Estaba visto que esos
dos seguían sin terminar de llevarse bien, a pesar de que las cosas se habían
suavizado. Porque conocía a su compañero, sabía que era impulsivo y no
pensaba las consecuencias de sus actos.
—Bien —terminó Fire empezando a andar y esperando que Oliver la
siguiera.
Capítulo 22
Silencia esa boca que pide a gritos mis besos pues la dicha de tenerme
depende de tu sumisión.
arecía que la tensión se podía cortar con un cuchillo. Desde el mismo
P momento en que Fire les había abierto la puerta a Oliver y Casey, no les
había dirigido la palabra más que lo justo para indicarles lo que hacer.
Ni siquiera les había ofrecido algo, o comentado al respecto sobre lo
ocurrido en Dilworld. No, únicamente se había centrado en entrar en el club y
charlar en el chat general así como jugar, de vez en cuando, con alguno de los
hombres a los que pedía que le abrieran privados.
—Deberías decirle algo, Case —le susurró Oliver.
—¿Yo? No hice nada malo.
Oliver lo miró levantando las cejas. Ya no estaba solo el hecho de que
hubiera acudido, cual príncipe azul, a rescatarla de las garras de Daniel,
cuando en ningún momento había habido peligro, sino que, tras la subasta,
había intentado devolver lo que había comprado alegando que solo seguía la
farsa.
La mirada que le echó Oliver hizo que Casey carraspeara y se removiera
inquieto en la silla. Había actuado por instinto, como siempre hacía cuando
veía a una mujer en peligro. Si eso le atribuía el adjetivo de anticuado, estaba
dispuesto a aceptarlo. Y sobre la figura, él solo había seguido el juego para
que Daniel no sospechara, ¿pero encima debía pagarla? Era el sueldo de un
año de trabajo, no iba a gastárselo en una vieja escultura que no sobresalía ni
veinte centímetros del suelo.
Un aviso en el portátil hizo que ambos policías miraran a la pantalla y
vieran una ventanita donde avisaba de una nueva entrada.
—Ya está aquí Daniel —dijo en voz alta Oliver.
Fire salió de la cocina con una taza humeante y un aroma embriagador. Se
había levantado hacía unos minutos dejando el chat abierto por si había
novedades. Se sentó en la silla y leyó por encima las conversaciones. Saludó
por escrito a Daniel y este le pidió de inmediato un privado.
zalamero dice: Buenas noches, Mi Señora.
Lady Blue dice: Buenas noches, zalamero.
zalamero dice: …
Lady Blue dice: ¿Qué pasa?
zalamero dice: Es que no sé cómo decirlo para que no suene mal, Mi
Señora.
Lady Blue dice: ¿Prefieres hablarlo?
zalamero dice: Sí…
Fire miró a Oliver y Casey y ambos asintieron. Sabían que, a partir de ese
momento, no debían hablar.
Ella colocó la cámara para que solo le enfocara los pechos que, ese día,
llevaba medio ocultos por una camiseta con una abertura en la zona pectoral
que insinuaba mucho más que si no la hubiera llevado. Era de color crema
tirando al rosa. Completaba su look esa noche con unos pantalones oscuros
ceñidos a sus muslos y unas botas altas y de tacón de aguja. Todo el conjunto,
con su peluca negra, parecía hacerla ver como otra persona.
—Hola, zalamero —saludó cuando la cámara le mostró el rostro de él.
—Buenas noches, Mi Señora.
Fire sonrió al ver que, a pesar de llevar más ropa de la habitual, lo había
impresionado. La había correspondido el saludo, pero sus palabras habían ido
perdiendo sonoridad conforme él se fijaba más en ella.
—Dime, ¿qué te pasa?
—Ayer me conecté…
—Ajá…
—Y usted no.
—¿Acaso yo te hice alguna promesa? ¿Te dije que iba a conectarme?
—Dijo que nos veríamos… Pensé…
Fire levantó un dedo para que callara.
—Hay una gran diferencia entre tú y yo. Tú eres sumiso, y yo soy Ama. Tú
debes obedecer, y yo hacer lo que me plazca.
—Lo sé, lo sé, Lady Blue. Por eso no sabía…
—¿Te pusiste triste?
—Mucho… pregunté varias veces, puede poner un mensaje por el chat y
ver que es verdad. No quería hablar con nadie que no fuera usted.
—¿Y cuánto esperaste?
—¡Horas! Me aburría pero no quería desconectarme hasta verla aparecer.
Pero cuando a las tres de la mañana no dio señales, me salí.
—¿Y no hablaste ni jugaste con nadie?
—No, Mi Señora, con nadie.
Sabía que le estaba mintiendo. Ella misma tenía los chats y audios de las
conversaciones que había mantenido con otras sumisas. Pero no podía
acusarle pues, para él, ella no había estado ni tampoco tenía forma de
vigilarle.
—Te diría que ya sabes que puedes jugar con otras. Fue tu decisión que no
lo hicieras… Aunque reconozco que eso me hace feliz.
—¿Sí? —Se emocionó él al ver que ella dirigía la cámara hasta enfocar
sus labios. Nunca antes lo había hecho.
—Sí… Otros esclavos con los que juego suelen buscar a otras Amas, así
que me enorgullece que haya uno que solo me quiera a mí.
—¡Por supuesto! A mí me encantaría ser su sumiso en exclusiva…
Fire bajó la cámara de nuevo.
—¿He de recordarte las normas? —puntualizó ella.
—No, Mi Señora… —contestó él entristecido.
Fire cogió algo de la mesa y se lo mostró a zalamero. Era un plumero
negro que se utilizaba para erotizar la piel y hacer que fuera más sensible al
roce, ya fuera con las plumas, o con las manos.
—Creo que tienes uno, ¿verdad?
—¡Sí! —exclamó él apartándose del portátil. Lo vio abrir un cajón y sacar
un plumero del mismo color que el suyo. Se acercó de nuevo y corrió la silla
para situarse en el centro de la imagen, donde pudiera verlo bien. Ese día no
llevaba camisa y estaba descalzo. Solo unos pantalones marrones cubrían su
desnudez—. Ya estoy, Mi Señora.
—Qué predisposición… —ironizó ella.
—Llevo sin correrme desde que hablamos la última vez.
De nuevo otra mentira. Pero si él quería aparentarlo…
—Vaya… Me haces querer ser más cruel contigo… —le insinuó. Podía
ver cómo se excitaba con la propuesta y no quiso defraudarle.
—Vas a pasar el plumero igual que yo, ¿de acuerdo?
—Sí, Lady Blue.
Fire se sacó el jersey quedándose solo en sujetador, uno blanco de encaje
que le hacía un pecho muy bonito. Sin separarse de la mesa, levantó un brazo y
comenzó a pasar el plumero por encima haciendo que su piel cosquilleara y la
carne se le pusiera de gallina. Cuanto más lento lo hacía, la sensación era más
intensa.
Controló que Daniel también estuviera haciendo lo mismo.
—Más lento, zalamero. Quiero que dure, y que te excites más.
—Ya lo estoy… —contestó él con brusquedad. Se tocó el paquete para
aliviar la presión que sentía.
—¿Por qué no te quitas el pantalón? Los míos me empiezan a molestar…
—sugirió Fire levantándose de la silla y mostrando la cinturilla. Se
desabrochó el botón y, metiendo sus manos por dentro, empezó a bajarlo
dejando al descubierto su ropa interior, unas braguitas de encaje blanco a
juego con el sujetador.
Al estar de pie, se giró hacia Oliver y Casey, los dos sorprendidos de lo
que ella estaba haciendo. Oliver había apartado la vista de ella, quizá por
respeto a su mujer, aunque las manos entre las piernas le decían del estado en
el que debía encontrarse. Sin embargo, Casey no rehuía la mirada de ella, unos
ojos con las pupilas dilatadas. Su pecho subía y bajaba con lentitud, como si
quisiera controlarse.
Fire sonrió. Se lo tenía merecido. Iba a hacerle sufrir por lo que le había
hecho esa mañana. En ese momento no había podido decirle nada ni tampoco
más tarde. Pero eso no quitaba para que no estuviera enfadada con él y lo que
quisiera fuera castigarlo por haber pensado que ella no era capaz de librar sus
propias batallas y más en su propio terreno.
Se sentó de nuevo, una vez que se quitó las botas y los pantalones,
levantando por encima del reposabrazos de la silla su pierna. Entonces se
pasó el plumero desde los dedos del pie hacia arriba, estremeciéndose por
ello. Miró si Daniel hacía lo mismo y siguió el camino hacia sus muslos, de
ahí arriba, a su vientre y, finalmente, a sus pechos.
—Mi Señora, por favor… —suplicó Daniel.
—¿Qué pasa, zalamero? —preguntó con un tono de voz tan suave y
seductor que hizo que Daniel cerrara los ojos deleitándose con ello.
—¿Cuánto más va a durar el tormento? —Quiso saber él—. Verla así, y
hacer que el plumero vaya al mismo ritmo es como hacerme imaginar que es
usted quien me lo pasa…
Sí, eso mismo quería que experimentara, que sintiera el placer que era el
cosquilleo en la piel, que imaginara lo que sería controlar ella ese elemento y
llevarlo hasta la sensación más desagradable, esa que hacía temblar el cuerpo.
Porque, solo así, podría pasar la mano y aliviarle, además de excitarle pues
iría a lugares donde el plumero podía no ser tan útil como sí sus manos.
—El tiempo que yo quiera —comentó ella subiendo el plumero hasta su
cuello y bajándolo después por el hombro del otro brazo—. ¿Algún problema?
—Uno… —contestó él señalándose entre sus piernas.
Fire se echó a reír. ¿Quién pensaba que un sencillo plumero, bien
utilizado, no era capaz de hacer maravillas? Solo había que saber cómo
aplicarlo.
—¿Qué tal si lo liberamos y lo acariciamos, zalamero? —le propuso ella.
—Sí… —susurró él tirando de la cinturilla de sus calzoncillos con
rapidez para quitárselos en unos segundos.
—Oh, pero no tan deprisa. Te he dicho acariciarlo, pero no con qué… —
lo frenó—. Por lo pronto, empieza con el plumero en esa zona, sin acercarlo
mucho, lo suficiente para que sientas algo.
—Eso es insoportable… —protestó Daniel.
—Mejor, así voy a verte suplicarme por tu orgasmo.
Fire siguió acariciándose el cuerpo con el plumero mientras Daniel hacía
lo mismo, solo que en su zona genital. Sabía que no aguantaría mucho tiempo
por la humedad que empezaba a aparecer en su pene. Pero quería oírle rogar e
implorar porque lo dejara disfrutar de su clímax.
—Lady Blue…
—Empieza a tocarte —le dijo bajando la pierna y acercándose más a la
pantalla—. Acércate a la cámara —añadió para poder verlo mejor
Sin soltarse, Daniel se aproximó hacia la cámara. Fue Fire la que colocó
la mano como si cogiera el pene de él y empezó a moverla hacia arriba y
abajo, igual que él hacía con su mano.
—Dios, Mi Señora, es como si fuera su mano la que me estuviera
proporcionando el placer… —gimió él moviendo las caderas y tensando sus
muslos.
Eso era lo que quería que sintiera, que ella le estaba masturbando hasta
llevarle al límite, hasta que notara cómo su pene se hinchaba y acortaba para,
acto seguido, explotar.
—Córrete… —le susurró al ver que el movimiento de la mano iba en
aumento igual que el de sus caderas.
Y, de repente, la pantalla quedó cubierta de un líquido blanco que hizo
que Fire retirara la mano, como si, de alguna manera, pensara que la iba a
manchar, cuando en realidad lo que había quedado cubierto había sido la
cámara de Daniel.
Lo escuchaba gritar y gemir por partes iguales, pero no podía ver lo que
hacía, aunque intuía que estaría alargando su momento tocándose más rápido,
más fuerte, más lento, según su necesidad.
—¡Mi Señora, perdón! —exclamó de pronto. En segundos un trozo de
papel pasó por la cámara y, poco a poco, retiró su semen para que pudiera
verlo—. No me di cuenta, estaba tan metido…
—No te preocupes, en cierto modo me ha encantado. Me ha hecho pensar
en eyacular en mis manos y jugar con ese semen por tu cuerpo… si me dejaras,
por supuesto.
—Claro que sí… Lo que mi Ama quisiera… —Vio cómo el pecho de Fire
se hinchaba y se tensaba—. Perdón, Mi Señora, no quería…
—No soy tu Ama, zalamero… Pero no me importa que tú me llames así.
—¿En serio? —preguntó él sorprendido por lo que decía.
—Sí…
Daniel sonrió hacia la cámara.
—Quién sabe, a lo mejor y puedo llegar a ser su sumiso en exclusividad…
—murmuró él.
—Quizás…
—Ama… ¿de verdad que no podríamos vernos? Vivimos en la misma
ciudad… —le pidió él.
En otras conversaciones, antes de que ella se enterara de quién era él,
habían hablado de dónde vivían y había salido el nombre de la ciudad. Por eso
ambos sabían que estaban en el mismo lugar, aunque Daniel viajaba mucho y
no estaba establecido allí.
—Has tentado a tu suerte, zalamero. Buenas noches —terminó ella
desconectando la videollamada a pesar de que la estaba llamando.
Ni siquiera esperó a despedirse de él por el chat privado ni en el general,
se salió de la página y apagó el ordenador.
Se volvió hacia ellos, quienes se habían quedado perplejos. ¿No se
suponía que el objetivo era lograr una cita con él y así tenderle una trampa?
Los dos se levantaron de la silla al unísono mirando a Fire. A Oliver ya
no le importaba la semidesnudez que tenía, necesitaba una explicación a lo que
acababa de hacer.
—Fire… —Fue Casey el primero en hablar.
—Dejadme que me ponga una bata. Os lo explicaré.
—¿Qué vas a explicarnos? —insistió Casey—. Se suponía que debías
quedar con él, ¡y has hecho lo contrario! —la acusó impidiéndole que saliera
de la habitación.
—Casey, sé lo que hago.
—¿En serio? Porque me parece que te olvidas que nosotros estamos aquí
para que tú puedas quedar con él. No para pasar el rato.
Fire puso los brazos en jarras. Se había estado conteniendo por lo
ocurrido en la casa de subastas, pero que le levantara la voz en su propio
hogar era ya demasiado.
—¿¡Y no te das cuenta tú que si le digo que sí, cuando tengo mis propias
normas, no sospechará!? —alzó ella el tono—. ¡Mi norma dice que no quedo
con nadie! Ya le he permitido hoy que me llame Ama sin yo quererlo, pero sí
como una forma de que piense que, para mí, es especial. ¿Te atreves a decirme
ahora que he de decirle que sí a todo?
Casey se quedó callado. Estaba furioso porque había tenido la
oportunidad de avanzar el caso, de lograr que otra persona ocupara el puesto
de ella y así la dejaran al margen. En cambio, ella se había negado a quedar
con él y lo había despachado sin más. No le había dado una explicación, nada.
¿Y si no se conectaba de nuevo? ¿Y si ya no quería hablar con ella? Estarían a
ciegas de nuevo, con varias muertes de mujeres, con desapariciones de otras, y
sin saber qué camino tomar para obtener pruebas que lo inculparan.
Pero tenía razón en algo. Ella ponía unas normas. Si empezaba a
saltárselas sin miramientos con él, iba a sospechar. Conocía a Daniel, era una
persona muy inteligente y las dudas le harían empezar a investigar. ¿Y si eso le
llevaba directamente hacia Fire? No, no podía ocurrir. No quería que se
pusiera en peligro.
Oliver se puso al lado de su compañero y le tocó el hombro para
calmarlo.
—Deja que vaya a cambiarse y lo hablaremos.
Fire no esperó que se moviera, avanzó arrollándolo y golpeándole el otro
hombro para salir. Ya había soportado mucho ese día y lo único que quería era
acabar de una vez por todas.
Subió los escalones y llegó a su habitación donde cerró con un portazo.
Necesitaba tranquilizarse o daría por finalizada la colaboración. Pero el hecho
de saber que había personas que también estaban implicadas, la frenaba.
Jonathan y Armand querían saber más sobre ese hombre y si era el causante de
las desapariciones que había habido en el club desde que se creara.
También Oliver y Casey buscaban una forma de arrestarle sin que tuviera
defensa para que diera con sus huesos en la cárcel. Y ella… no le gustaba que
le mintieran, y esa noche, zalamero, o Daniel, lo había hecho en varias
ocasiones.
Respiró hondo y se miró en el espejo. Apartó la peluca de su cabeza y fue
al baño que tenía en la misma habitación. Necesitaba un baño caliente para ver
si así se calmaba.
Casey se apartó de Oliver sin dirigirle la palabra. Se sentó en la silla y
miró la pantalla. Ella se había desconectado de su ordenador pero, en el
portátil, todavía estaba online. Había varios mensajes parpadeando, uno de
ellos de zalamero, y en la sala principal la llamaba.
Se sintió tentado a abrir el chat y concertar una cita. Era una forma de
acabar con el problema, y con la discusión, ya que, de esa manera, avanzarían.
Pero, de alguna manera, no pensaba que fuera lo más acertado.
—¿Case? —Oliver se acercó a él al ver que movía el ratón del portátil.
—La sesión seguía abierta en este ordenador —le explicó Casey—. Solo
la he cerrado.
Oliver respiró. Había pensado que podía hacer alguna imprudencia y
tensar más las cosas con Fire.
—Ella tiene razón, Case… —dejó caer.
—Lo sé —convino él—. Quería acabar con esto.
—Creo que, en ese mundillo en el que se mueven Daniel y ella, los
expertos son ellos y lo que nosotros opinemos no vale mucho —comentó él.
Casey sonrió tristemente.
—Supongo que sí. Aunque no quita que nos preocupemos. Cuando ellos
queden para tomar algo nos haremos cargo de todo, y ella podrá seguir con su
vida. Es lo que hablamos con el capitán.
—Sí. Pero no podemos precipitar las cosas. No si queremos que Daniel
no sospeche y baje la guardia. Recuerda que ella ha de ser “muy especial”
para él. Solo así funcionará el plan. Y las chicas fáciles no son de las que
suponen un reto, ¿verdad?
—Tienes razón.
—Pues esperemos ahora a que Fire nos diga. E intenta contenerte, porque
hoy te has ganado a pulso las miradas asesinas que te echa.
Torció los labios. Sí, era probable que se hubiera ganado a pulso eso. A
su favor solo podía decir que lo hacía con la intención de protegerla. El
problema era que Fire no se parecía a otras mujeres, era de las que luchaban
sus propias batallas y se convertían en príncipes cuando hacía falta.
Oliver bajó la pantalla del portátil una vez vio que se había cerrado y se
sentó en la silla a esperar a Fire. En cambio, Casey no podía estarse quieto.
Comenzó a caminar por el salón esperando oír ruido en la parte de arriba y
pensando si iba a tensar demasiado las cosas si subía a hablar. Al fin y al
cabo, era un asunto entre ella y él.
Varios exasperantes minutos después, Oliver y Casey escucharon los
pasos de Fire. Se levantaron de las sillas, incluido Casey que se había dejado
caer cansado de la espera, y esperaron a que hiciera acto de presencia en el
salón.
Fire entró y los vio de pie. El portátil estaba cerrado y recordó que,
cuando se conectaba, lo hacía en los dos ordenadores con lo cual, la sesión en
él estaría abierta. Dudó sobre lo que podían haber hecho y, como si le leyeran
la mente, Oliver le aclaró las cosas:
—Desconectamos la sesión cuando nos dimos cuenta. No hicimos más.
Fire cabeceó. Al menos habían respetado sus conversaciones y lo que
había hecho con Daniel. Eso ya les daba un punto a su favor, aunque uno muy
pequeñito.
Siguió el camino hasta uno de los sillones y se sentó en él.
—Sentaos, por favor —les pidió a ambos ofreciéndoles el sofá y el sillón
que había justo al lado de donde ella estaba en esos momentos.
Cada uno fue hasta el lugar, Casey sentándose enfrente de ella, y Oliver a
su lado.
—Tenéis que entender algo —comentó Fire—. Yo tengo mis reglas, y esas
las digo desde el primer momento y las recuerdo cada vez que a las personas
con las que “juego” se les olvidan. No puedo, de buenas a primeras, saltarme
todas las reglas con una persona porque puede sospechar que no soy yo, o que
quiero algo más… Incluso puedo crear falsas expectativas que, si bien es lo
que pretendemos, no podemos hacer que sea de la noche a la mañana, o en
unas pocas sesiones. Por eso…
—Lo entendemos —la interrumpió Casey. Fire lo miró conteniéndose—.
En este caso llevabas tú razón. Si has decidido decirle que no es porque sabes
manejarlo y eso hará que tenga más ganas de ti.
—No sé si surtirá efecto o no —rectificó Fire—. Pero si soy importante
para zalamero, para Daniel, entonces seguirá queriendo estar en contacto
conmigo, me pedirá perdón y querrá que sigamos. Ahí es cuando yo puedo dar
el paso y concertar una cita. Pero si nos precipitamos, todo se puede
derrumbar.
—Lo sabemos, Fire —dijo Oliver—. Fue el deseo de que todo avanzara y
los casos de desapariciones y muertes cesaran. Nos gustaría darles un final,
aunque no sea el que se espera, pero al menos que no hubiera más.
—¿Quiere decir que ha habido más? —preguntó ella.
—En la ciudad no. Nos han llegado informes de otro país y, por los viajes
de Daniel, coincide la desaparición con la época que pasó él allí.
—Maldito desgraciado… —gruñó ella sin alzar la voz.
Los tres se quedaron en silencio hasta que el teléfono de Oliver comenzó
a vibrar. No le tenía el sonido puesto para evitar que se escuchara en las
sesiones de Fire pero, una vez terminaban, sí lo solía dejar en vibración por si
ocurría algo.
—Es el jefe —informó a los demás—. ¿Sí? —Oliver escuchó lo que le
decía la otra persona mientras los otros dos se quedaban mirándole esperando
más información—. De acuerdo, se lo diré. Buenas noches, capitán.
Oliver colgó y guardó el móvil.
—¿Y bien? —preguntó Casey sin esperar más la espera.
—El capitán Calfer quiere vernos mañana por la mañana. A todos —
añadió mirando directamente a Fire.
—¿Para qué? —inquirió Casey, una pregunta que también Fire había
pensado hacer.
—No me ha dicho. Solo que nos quiere a los tres mañana a primera hora.
Se quedaron pensativos. ¿Habría pasado algo? ¿Habría novedades sobre
el caso? Sentían curiosidad por esa cita, más aún cuando, en ella, también
entraba Fire.
—Sea como sea, no sacaremos nada haciendo conjeturas… —saltó Fire
apartando de su cabeza lo que había ocurrido—. Mañana estaré en comisaría.
—En ese caso, nosotros nos retiramos ya —dijo Oliver levantándose del
sofá—. ¿Case? —Lo llamó al ver que no se levantaba.
—Vete tú, yo tengo que hablar con Fire —contestó él mirando
directamente a Fire, y no a Oliver.
—¿Estás seguro de que no puedes dejarlo para mañana con la mente fría?
—insinuó Oliver para que se diera cuenta de que, en ese momento, los dos
necesitaban un respiro.
—Seguro.
Oliver se giró hacia Fire y la observó. Ella no le apartaba la mirada a su
compañero. Tenía una sonrisa leve y un aire retador, que hizo que tomara la
mejor decisión que podía tomar: salir de allí cuanto antes.
—Está bien, entonces nos vemos mañana a las nueve en la comisaría.
—De acuerdo —convinieron los otros dos a la vez.
Fire se levantó de su sillón y acompañó a Oliver a la salida mientras
Casey se mantuvo sentado.
—Ten paciencia con Casey… —le susurró Oliver antes de salir al
exterior de la casa.
—No te prometo nada, Oliver. Buenas noches.
—Buenas noches, Fire.
Al menos lo había intentado. Ahora dependía de que él no metiera más la
pata, o al día siguiente podía verle aparecer con un ojo morado, o algo peor.
Bajó los escalones y fue hasta el coche.
Fire cerró la puerta y cogió las llaves que tenía colgadas por detrás.
Metió la llave y cerró sacándola después y metiéndolas en uno de los cajones
del mueble recibidor. No iba a salir nadie más de esa casa hasta la mañana
siguiente, lo había decidido desde que Casey le había dicho que tenía que
hablar con ella.
Caminó despacio hacia el salón. Por un lado, estaba impaciente, ansiosa
por saber lo que quería decirle; por otro, sus manos cosquilleaban porque
buscaban algo más que el contacto visual con él; querían hacerle pagar por ese
día, por esa forma de pensar que tenía, por todo.
Llegó al salón y se quedó detrás del sillón de Casey. Sabía que la notaba,
se había fijado en cómo se tensaba su espalda y las manos, antes relajadas,
ahora se cogían a los reposabrazos como si quisiera evitar moverse.
Miró a un lado y vio algo que la hizo sonreír. Se alejó, con cuidado de no
hacer mucho ruido, y al mismo tiempo que no la viera, y lo agarró volviendo a
posicionarse. Levantó el brazo con cuidado y dejó caer el objeto por la nuca
de Casey haciendo que se encogiera para evitar la sensación que le había
provocado. Y entonces se levantó.
—¿Qué haces? —le preguntó mirando el plumero que tenía en su mano.
Era el mismo que ella había utilizado para tocarse y el recuerdo de ese
momento hizo que Casey cambiara el peso de una pierna a otra para aliviar
otra zona.
—Nada… —contestó ella.
—Quería… quería disculparme. —Empezó a hablar Casey—. Yo…
—Tú eres un macho dominante que quiere proteger a todas las mujeres —
cortó Fire—. Y no te das cuenta que hay quien no quiere eso.
—Por eso te pido perdón. Me di cuenta, cuando estabas esta mañana con
Daniel, que habías sabido salir sola, pero me hervía la sangre. Estaba tan
cerca de ti, te tocaba…
—¿Y? ¿Sentiste celos? —insistió ella dando vueltas alrededor de Casey
quien se quedó parado en el mismo lugar. Se había apartado del sillón cuando
lo había rozado con el plumero y ahora Fire podía rodearle por completo.
—No, yo… quería protegerte. —¿Había sido eso solo? ¿En serio? Casey
no sabía qué pensar. Era cierto que quería interponerse entre Fire y Daniel
para que no le hiciera daño, o le dijera algo aunque, ¿había más? Tenía la
cabeza hecha un lío.
Fire volvió a rozarle con el plumero en la palma de una mano haciendo
que se estremeciera y la apartara.
—¿No quieres? —preguntó ella con un tono seductor.
—Fire, estamos hablando… —le regañó él.
—Te estoy escuchando. Pero si tus pensamientos no están claros, no
servirá de nada que me digas algo ahora porque, más tarde, tendrás que
rectificarlo.
—No puedo concentrarme si estás acechándome como lo haces —le
objetó él.
Fire se detuvo y, con una sonrisa que hizo que Casey se estremeciera, se
acercó a él.
—¿Y bien? ¿Qué tienes que decirme? —preguntó tan cerca que casi había
utilizado el aire que él había exhalado al sentirla a su lado.
—Perdón…
—¿Por qué? —insistió ella.
—Por haber pensado que necesitabas ayuda con Daniel en tu empresa. —
Fire asintió esperando que siguiera—. Por haber dudado de ti esta noche… —
Casey no podía más. Tenerla a su lado, hablarle y casi rozar sus labios lo
estaba volviendo loco. Ya no quería hablar, quería degustar esa parte de ella,
quería desnudarla como había estado en la sesión y ser él el que siguiera el
camino que había hecho el plumero, incluido ese que se volvía oscuro y
húmedo.
Fire se alzó un poco, lo suficiente para rozar con su lengua los labios de
Casey y, en ese momento, él explotó. La agarró por la cintura cerrando así el
espacio que quedaba y presionarla con su cuerpo mientras poseía los labios de
ella.
Al principio, tanto uno como otro intentaban controlar el beso,
mordiendo, arañando con los dientes, tentando al otro e impidiéndole ganar
terreno. Pero, finalmente, Fire reculó y permitió el avance a Casey haciendo
que gruñera victorioso y la apretara más fuerte contra él. La sensación que le
provocaba ella era tan intensa que quería experimentarla a cada minuto.
La empujó hacia la pared y empezó a besarla por el cuello subiendo los
brazos de Fire por encima de su cabeza para que no pudiera tocarlo. Ahora era
su turno paral hacerla adicta a él. Y era especialista en eso.
Fire rió por el atrevimiento pero, lejos de lo que podía esperar Casey,
mantuvo los brazos en alto, soltando el plumero, mientras él se ocupaba de
deshacer el nudo del cordón de la bata que llevaba y abrirla. Entonces contuvo
el aliento.
—Fire… —pronunció sin creerlo aún. Iba sin ropa interior. Había estado
con ellos todo ese tiempo con tan solo una sencilla bata de satén negra que no
había evidenciado lo que ocultaba bajo ella.
Las manos de Casey se acercaron temblando al cuerpo de Fire, como si
no pudieran contenerse y no supieran qué parte tocar antes. Sus hombros, los
pechos, el vientre, los muslos o…
—Ven… —escuchó Casey.
Levantó la mirada y Fire atrapó sus labios haciendo que él la presionara
más fuerte contra la pared y, al mismo tiempo, le permitiera sentir las curvas
de ella en él. Puso las manos en el cuello de Fire y, a regañadientes, se separó
de sus labios.
Se apartó lo suficiente para quitarse la camiseta dejando una de sus
piernas entre las de Fire, algo elevada rozándole casi su sexo. Al mismo
tiempo, Fire bajó los brazos haciendo que su bata descendiera por ellos y,
alejándose de la pared, cayera al suelo. Casey había seguido el camino de esa
bata, sus ojos se habían dilatado al verla desnuda por completo. Su melena
pelirroja era lo único que le ocultaba alguna zona de piel.
Puso una mano en la cintura y tiró de ella para volver a besarla mientras,
con su otra mano, empezó a acariciarla, primero el brazo, después el pecho y,
siguiendo más abajo, la cadera. Fue más atrás y pellizcó una nalga haciendo
que Fire gimiera y se tensara, pero eso lo único que consiguió es volverle más
loco. Quería beberse esos gemidos, sacar gritos de placer de su boca, saciar
la sed que tenía con el líquido dulce que escondía entre sus piernas. Lo quería
todo.
Conduciéndola, la llevó hasta el sillón en el que ella se había sentado y la
empujó con suavidad para que se sentara. Fue ella la que accionó un botón del
mismo y, de pronto, el espaldar del sillón bajó haciendo que quedara tumbada
en él sus piernas en el suelo.
—¿Así mejor? —preguntó ella sonriente.
Casey rozó los muslos de Fire y llevó las manos hacia la cara interna
ejerciendo algo de presión para separarle las piernas y poder ver su sexo.
—Sí… mucho mejor. —Se relamió al ver cómo esa postura era perfecta
para lo que quería hacer.
Se arrodilló entre sus piernas y comenzó a trazar con mordiscos en sus
piernas y muslos un camino hacia ese punto central, uno que, según había
visto, ya estaba mojado. Y le llamaba. Quería ir lento, hacer que ella lo
deseara tanto que, nada más rozarla, pudiera experimentar el sabor de su
interior.
Poco a poco iba acercándose y, aunque Fire trataba de dirigirle la cabeza,
Casey le atrapaba las manos y las fijaba en los reposabrazos. Quería que
disfrutara, lo mismo que él estaba haciendo con ella.
—¡Ah! —exclamó Fire cuando Casey sopló muy cerca de su sexo.
Con una de las manos le abrió los labios mayores e hizo lo mismo,
notando cómo su vagina se estremecía, se contraía y relajaba como si
necesitara algo ahí.
Se aproximó más y, con su lengua, dio un lametazo.
—¡Ahhh! —gimió ella agarrándose a los reposabrazos—. Sigue… —le
dijo.
Y él lo hizo. Una y otra vez, un lametazo tras otro, a veces largos, otras
cortos. Unas veces presionando sobre el clítoris y, otras, estimulando la zona
de entrada de la vagina. Quería tocarlo todo al mismo tiempo y que lo sintiera
en esos puntos erógenos.
Introdujo su mano y, con un dedo, se adentró en la vagina haciendo que
ella utilizara los músculos vaginales para atraparlo. Un segundo dedo
acompañó al primero y comenzaron a entrar y salir pese a los intentos de Fire
por fijarlos, ¿o era para hacerle sentir más?
Levantó la mirada y vio que sonreía de forma lujuriosa y divertida, como
si eso que hacía lo hiciera para excitarle a él. El problema era que lo estaba
consiguiendo.
Bajó de nuevo la cabeza y se presionó contra su clítoris succionándolo
para meterlo en su boca y jugar con él con la lengua y los dientes. Lo oprimió,
lo mordió, jugueteó con él y, conforme lo hacía, notaba cómo se endurecía y
sobresalía más.
También su vagina se volvía más resbaladiza y húmeda, tanto que le era
más fácil introducir los dedos y abrirlos dentro para acariciarle las paredes y
provocarle temblores en todo el cuerpo. Notaba a la perfección las
contracciones vaginales que la acercaban a su orgasmo y quería ser el primer
y único espectador, el que viera cómo se rompía entre sus manos. Quería
saborearla y mojarse con sus jugos.
—¡Casey! —gritó ella moviendo su mano y empujándole la cabeza para
que su clítoris estuviera más profundo en su boca.
Casey mordió el clítoris llevando a Fire a saltar en su orgasmo. Podía
sentir la humedad entre sus dedos fugándose por la palma de la mano y el
clítoris latir entre sus dientes. Aflojó y empezó a lamerlo haciendo que
gimiera y se removiera con otro orgasmo.
Se separó del clítoris y sacó la mano para intercambiar los papeles, sus
dedos en ese botón hinchado y sensible, y su lengua en la vagina, y volvió a
sentir lo que le había provocado. Saboreó su esencia y jadeó al embriagarse
de su olor y su sabor. Le encantaba…
Tras el tercero, o el cuarto, no sabía cuántos habrían sido, se apartó de
Fire y la miró. Estaba extasiada, todavía con espasmos en su cuerpo fruto de
los pequeños orgasmos que le sobrevenían. Su pecho subía y bajaba con
rapidez y toda la piel estaba cubierta de una fina capa de sudor que la hacía
brillar.
Se puso de pie y comenzó a quitarse los pantalones. Eso hizo que Fire
abriera los ojos y lo mirara. Y que volviera el sillón a su estado habitual.
—¿Qué haces? —preguntó ella, todavía sentada.
—¿Tú qué crees? —insinuó él dejando al descubierto su pene, ya húmedo
y erecto.
—¿Y piensas que, después de tratarme como lo has hecho hoy, voy a
querer acostarme contigo?
Casey se quedó a mitad de camino con los pantalones.
—¿Cómo?
Fire atrapó con su mano el pene y comenzó a acariciarlo. Tocó el glande y
eso hizo que Casey siseara. Se echó hacia delante y metió el pene en la boca
jugando con el glande y descubriendo las zonas donde era más sensible. Pero
cuando Casey intentó cogerle la cabeza para profundizar, ella lo sacó de su
boca.
—Estás a punto… —No era una pregunta, sino una afirmación.
—Sí… —contestó él levantándola del sillón y acercándola a él para frotar
su pene entre las piernas y sexo de ella.
Fire dejó que lo hiciera y notó los jadeos de él al sentir que su orgasmo
estaba ya a las puertas. También sus intentos por introducirse. Bajó su mano y
cogió el pene. Miró a Casey y este sonrió deseoso por lo que iba a pasar.
Sin embargo, lo que hizo Fire fue apretar, provocando que el cuerpo de
Casey se contrajera por una corriente desagradable.
—¿¡Qué estás haciendo!? —le increpó él.
—Dejarte con las ganas —contestó ella con tranquilidad—. Así es
posible que, la próxima vez, me trates de otra manera —añadió ella
apartándose de él.
Casey se giró hacia ella para seguir discutiendo pero, antes de que
pudiera abrir la boca, ella habló:
—Por cierto, la puerta está cerrada. Tienes la opción de dormir aquí
abajo, o arriba, conmigo. Eso sí, ya te lo digo: dormir. Si te portas bien, quizá
mañana tengas tu premio.
No, no podía hablar en serio. ¿Lo iba a dejar así? ¿De verdad?
Al ver que ella se alejaba, desnuda, contoneándose y haciéndole más
complicada la vida a su pene, supo que sí. Fire era de las que cumplía lo que
decía.
Casey respiró hondo intentando no actuar como un energúmeno e ir tras
ella para pedirle explicaciones. Se subió de mala gana los pantalones y los
cerró a pesar de que esa acción le costaba la vida misma ya que su pene
protestaba por el encierro y le dolía por estar tan sensible.
Se sentó con las piernas abiertas en el sofá y se cruzó de brazos. En
cuanto pudiera controlarse, iba a subir a hablar seriamente con Fire.
Capítulo 23
La curiosidad lleva a la persona a descubrir placeres ocultos y
sentimientos que le hacen conocerse a sí misma.
ler el café recién hecho era uno de sus pequeños vicios. Pero hacía
O mucho tiempo que no había podido disfrutar de algo así. Casey abrió
los ojos y trató de ubicarse. No estaba ni en su habitación ni en su
cama. Intentó hacer memoria y pronto recordó el placer que había
sentido al tener bajo sus manos el cuerpo de Fire, la satisfacción de verla en
su orgasmo, el deleite de que ella lo tocara. Y la frustración de quedarse sin
liberarse de su clímax.
Después de estar horas sentado y que su excitación bajara a unos niveles
más soportables, había tratado de salir de la casa de Fire, pero la llave echada
en la puerta lo había impedido. Había intentado forzar la cerradura pero sin
resultado. Tenía que pedir clases a los técnicos para que lo ayudaran con esas
cerraduras modernas.
Buscar las llaves había quedado descartado pues no quería verse como un
cotilla, rebuscando entre los objetos personales de Fire. Así que había subido
a su dormitorio para preguntarle directamente dónde estaban las llaves y poder
marcharse de esa casa. Quería llegar a su piso, descansar y olvidarse del día
que había tenido.
Al subir y verla dormida en la cama, lo había tentado. Se había
aproximado a ella y acariciado, a lo cual reaccionó de inmediato. Y lo
siguiente que había pasado era que se había metido en la cama, sin pantalones,
y ella lo había abrazado. Y no recordaba más.
—¿Me he dormido? —Se preguntó a sí mismo frotándose la cara con la
mano.
—Nada más caíste en la cama —respondió otra voz.
Casey giró para ver a Fire en el quicio de la puerta con la bata negra y
una taza humeante de café recién hecho. Tenía el pelo revuelto y su rostro
vacío de maquillaje, pero con una luz natural que lo enamoraba. Se acercó y
bebió de la taza para, después, pasársela a él.
—No sabía cómo te gustaba así que lo preparé a mi gusto —le dijo
mientras él recogió la taza.
La probó y cerró los ojos. Hacía tiempo que no tomaba un café tan bien
hecho. Su piso seguía siendo un caos y aún no se había decidido a contratar a
una persona o a ser competente y organizarse él mismo. Así que lo más
parecido a café que tomaba era el de la comisaría, o el que Oliver y él se
bebían en la cafetería cercana a la comisaría.
—Está muy bueno… —dijo tras un segundo sorbo.
—Gracias. —Y, nada más decirlo, se agachó y lo besó saboreando en sus
labios el sabor de la bebida—. Sí, está bueno —susurró cerca de sus labios
mirándolo a los ojos. Fire sonrió—. Ni se te ocurra tirarme el café en las
sábanas —advirtió anticipándose a lo que se le había pasado por la cabeza a
Casey.
Se apartó de él para darse la vuelta cuando la mano de Casey la detuvo y
la giró. La atrajo haciéndole perder el equilibrio y saltó de la cama para
acabar encima de Fire sujetándola entre sus piernas. La taza de café seguía
teniéndola en la mano y no parecía que se hubiera derramado nada.
Sin embargo, poco le duró esta pues la acercó a su boca y bebió de un
tirón el contenido de ella para soltarla lo más lejos posible de ellos dos en el
colchón, y besarla. Ese había sido el mejor despertar y desayuno que hubiera
soñado.
Notó los dedos de Fire por su cabeza, enredándose con su cabello,
acariciándole en esa zona que no sabía podía ser tan erógena, y quiso quedarse
así para siempre, teniéndola bajo él, y saciándose ella de su cuerpo.
—Vamos a llegar tarde… —le recordó Fire cuando logró apartarse de la
boca de él.
—Que esperen… —protestó él abriendo un poco la bata de Fire para
besarla en el pecho.
—¿Incluido tu capitán?
El gruñido de Casey le hizo reír. Había dado en la llaga y en lo único que
podía hacer que él dejara lo que estaba haciendo.
Casey se apartó de Fire pero esta aprovechó para empujarlo en la cama y
subirse a horcajadas, tal y como él la tenía antes.
—¿No íbamos a llegar tarde? —preguntó él al ver que Fire le cogía las
manos y las colocaba por encima de la cabeza.
—Por cinco minutos, no se enfadará… —comentó ella atrapando con sus
dientes el labio inferior de Casey. Este se mantuvo quieto mientras ella lo
succionaba y pasaba la lengua por él haciéndole desear que el beso fuera
mayor.
Pero Fire tenía otros planes y lo soltó para besarle en el cuello, en los
pectorales y en sus pezones. Les dedicó unos minutos mientras ella bajaba por
el cuerpo de Casey sus manos, arañándole al pasar por su pecho, hasta llegar a
los pezones y pellizcarlos.
—Fire… me vas a hacer arder… —gimió él ante lo que le provocaba.
—¿Y ahora? —preguntó ella levantando su trasero lo suficiente para que,
con sus manos, pudiera sacar de los calzoncillos el pene de Casey y colocarle
un preservativo que llevaba en la bata.
Lo situó a la entrada de su vagina, y se dejó caer notando cómo la abría
para abarcar toda su anchura. Fire contuvo el aliento hasta que alcanzó la base
del pene y entonces exhaló en un suspiro. Se levantó otra vez y volvió a bajar
con lentitud, saboreando el momento.
—Fire, la bata… —le dijo Casey.
Ella lo miró y sonrió. Quitó el nudo del cordón y, aun moviéndose, se
deshizo de su bata quedando desnuda encima de él, deleitándole la vista al ver
cómo sus pechos se agitaban al son del contoneo que iba tomando velocidad.
Casey llevó sus manos a los pechos de ella y los presionó haciendo que
sus pezones sobresalieran más. Entonces se incorporó un poco, lo suficiente
para llegar a ellos y besarlos, succionarlos, acariciarlos y morderlos, cada
uno con la misma atención.
Ninguno de los dos podía contener los gemidos que salían de sus labios.
Pero cuando Casey llevó sus manos a las caderas de ella, Fire las apartó con
suavidad, entrelazando sus dedos con los de él. Con ese nuevo apoyo aumentó
la velocidad al tiempo que apretaba la vagina y lo mortificaba con
movimientos de presión y liberación que le provocaban más.
—Fire… Fire… —No podía decir otra palabra. Estaba llegando a su
límite.
Fire se echó encima de él y le mordió la oreja antes de pasarle la lengua y
susurrarle:
—Córrete…
No pudo evitar agarrarle las nalgas y embestir con fuerza un par de veces
antes de gruñir y gritar al mismo tiempo vaciándose con la provocación que
Fire seguía haciendo con sus músculos vaginales.
Fire se acurrucó en el pecho de Casey y empezó a acariciarle pasando la
mano por la zona donde tenía vello. Le encantaba sentir entre sus dedos ese
tacto suave y a la vez fuerte. Esperó hasta que notó que la respiración se
normalizaba.
—Eso por portarte bien… —le dijo levantándose de su cuerpo.
Lo que no esperaba era que él se incorporara para frenarla y besarla.
—Eso por ser tú… —murmuró él cuando se separó de ella.
Los dos se miraron y sonrieron.
Casey sostuvo la puerta para que Fire entrara y, nada más hacerlo,
muchos de los policías que había, se quedaron con la boca abierta. Hasta los
que no eran policías se volvían para ver qué había dejado a un agente de la ley
fuera de combate.
La presencia de Fire siempre imponía. Y ese día no era para menos. Se
había recogido su melena roja en una coleta alta, y se había puesto una
camiseta blanca y unos pantalones de cuero negro, acompañados de unas botas
altas de tacón de aguja, las mismas que la noche anterior.
Sonrió por cómo ella era capaz de controlar a los demás con su sola
presencia. Le cogió la mano y la dirigió hacia el interior de la comisaría. Se
sentía de alguna manera orgulloso de estar al lado de una mujer así y, después
de lo que había pasado esa mañana, su humor no podía estar más alegre.
Los dos pasaron por la puerta a la que accedía solo el personal
autorizado y saludaron a Oliver y Richard Calfer, los dos hablando delante del
despacho del capitán.
—Hola, Fire —saludó Calfer acercándose a ella para darle dos besos.
—Buenos días, Richard. ¿Qué tal todo?
—Podría ir mejor, criatura. Pero bueno.
—Hola, Fire —saludó entonces Oliver.
—Oliver —nombró a modo de saludo.
—¿Entramos? —propuso Calfer señalando con el brazo el interior del
despacho.
Los cuatro pasaron dentro y el capitán cerró la puerta y bajó las
persianas. Quería total intimidad para lo que se iba a hablar en ese lugar.
Fire tomó asiento y lo mismo hizo Oliver, al lado de ella. En cambio,
Casey se quedó de pie entre los dos. No era de los que se sentaban a escuchar,
prefería estar de pie. Esperaron a que Calfer terminara de bajar las persianas
y fuera al sillón. Una vez se sentó, respiró hondo y colocó una mano sobre una
carpeta amarilla que tenía en el centro del escritorio. Todos miraron esa
carpeta, algo gruesa.
—Os he citado aquí para hablar del caso Greenblacht.
—¿Hay novedades, capitán? —preguntó Oliver.
—Sí… y no. —Casey y Oliver se miraron sin entender.
—¿Capitán? —insistió Casey.
—Aquí se encuentran todos los casos de desapariciones y muertes de
nuestra ciudad. He pedido a otras comisarías de los lugares que visita
Greenblacht que nos informen de sus investigaciones para colaborar en el
caso, pero hasta ahora hay algunos problemas con la jurisdicción. Además,
tenemos detrás al FBI al ser considerado el caso de nivel internacional.
—Ya estamos… —comentó Oliver de manera despectiva—. Capitán, el
FBI ya intentó detener a Greenblacht y fue absuelto por defecto de forma. Eso
quiere decir que no pueden juzgarlo por el mismo delito.
—Lo sé. Por eso he dicho que los tenemos detrás, no que quieran el caso.
Buscan el mismo objetivo que nosotros, detenerle de una vez por todas.
—¿Y yo qué tengo que ver, Richard? —inquirió Fire.
Calfer la miró y sonrió. Se había convertido en una mujer muy hermosa, y
a veces era complicado verla como tal y no como la chiquilla que correteaba y
jugaba por la ciudad.
—Os pondré al tanto. Por un lado, tenemos los casos de desapariciones,
muertes y la vigilancia que le pusimos a Greenblacht. Por ahora, no ha hecho
nada que pueda incriminarlo y por ahí no hemos conseguido nada. Dudo que lo
hagamos.
»Por otro lado, tenemos las grabaciones de las sesiones, que no nos
sirven de mucho, Fire, puesto que, tal y como les dijiste a mis hombres, no
habláis. Pero sí que nos han intrigado las grabaciones con las sumisas.
—¿Hay algo? —se precipitó Casey.
—Sí. Hemos podido vincular a algunas con los informes de la vigilancia.
Al menos dos de ellas han quedado con él. Pensamos que pueden ser sus
próximos objetivos.
—¡Maldita sea! —exclamó Oliver—. ¿Les ha puesto protección?
—No. No podemos hacerlo porque, por ahora, Daniel Greenblacht no es
ningún delincuente.
—¿Que no lo es? —intervino Casey.
—A ojos de la ley, sí, pero sin pruebas que lo acusen directamente. A ojos
del público, una persona acosada por la policía de varios estados y sin nada
para condenarle. Es influyente y se mueve por las altas esferas sociales. Pero
sus negocios están muy bien ocultos y se ocupa de tener tapaderas. Eso solo lo
sabemos nosotros. Es su palabra contra la nuestra.
—Richard, te vuelvo a insistir, ¿qué tengo que ver yo?
—Necesito que me pongas en contacto con el administrador de la página,
con quien te pasa los audios y vídeos.
—¿Por? —No le gustaba tener que implicar a más personas en ese asunto.
—Si queremos que las pruebas puedan valer para detenerle, he de conocer
a esa persona y establecer una colaboración. Además, si esto lo hace en un
club online, ¿quién nos dice que no acuda a clubs de BDSM para captar
chicas?
Los tres se quedaron en silencio. Podía pasar. Si en el chat hablaba con
sumisas y las convencía de que era Amo, ¿quién les decía que no estaba en
algún local de BDSM por las noches?
—¿Crees que esa persona podrá investigar si acude a algún club? Aunque
no creo que lo haga, porque es demasiado listo como para exponerse de esa
manera.
—Es posible que no —admitió Fire—. Pero hay más clubs online y
podrían preguntar. Los llamaré para que vengan.
Se levantó de la silla y Casey se apartó para que saliera del despacho.
—Capitán… ¿cree que las desapariciones podrían estar relacionadas?
—Creo que utiliza ese tipo de clubs para seleccionar a las mujeres. Y eso
podría dar un giro importante a la investigación.
Oliver y Casey lo entendía. El relacionar a las víctimas y desapariciones
con el BDSM, hacía que se acotara la búsqueda y se pudiera establecer un
patrón, además de conseguir avisar a ese colectivo para que estuvieran
atentos. Se podría incluso pedir que le denegaran el acceso y, en ese caso,
viéndose limitado, cometería errores. Y entonces lo tendrían.
Fire ya estaba buscando el contacto de Jonathan antes de salir por la
puerta del despacho de Richard. Cuando cerró la puerta, la voz de su amigo
hizo que sonriera.
—Buenos días, rojita. ¿Qué pasa?
—Estoy en comisaría…
—¿¡Qué ha pasado!? —La cortó con preocupación.
—Nada. Tenemos una reunión para lo que tú sabes. —No le gustaba
hablar de temas importantes por teléfono—. ¿Podéis venir Armand y tú?
—¿Por? ¿Ha pasado algo?
—Traed vuestro trasero hasta aquí y lo sabréis. —Y, sin decir más, colgó
el teléfono.
Llamó entonces a Armand ya que, de los dos, podía ser el que más
problema tuviera para acudir si estaba trabajando.
—¿Fire?
—¿Estás ocupado?
—No, estaba hablando sobre ti…
Fire rió. Parecía que el dejar con la intriga a Jonathan había hecho que se
moviera rápido.
—Venid los dos a la comisaría. Ahí os enteraréis.
—¿Jonathan y yo? —preguntó extrañado—. Vale, ahora vamos.
Colgó el teléfono y se dio la vuelta para volver al despacho.
—Vienen en un momento —informó a los que estaban dentro cerrando la
puerta.
—Mientras tanto, Fire, hablemos de ti —comentó Calfer mientras ella
tomaba asiento—. ¿Cómo vas?
—Daniel va mostrándose más atraído por mí. Creo que dentro de poco
podré acceder a quedar con él para tomar algo.
—Perfecto. En ese caso iré preparando a una agente que se ha presentado
voluntaria. Es muy parecida físicamente a ti y con una peluca negra no creo
que haya problema.
—No va a funcionar… —sentenció Fire. El resto la miró.
—¿Por qué no va a funcionar? —cuestionó Casey.
—Porque ella no soy yo. Pillará el embuste nada más empiece a hablar
con la mujer. Y entonces no servirá de nada lo que hemos hecho.
—Fire, ella sabe lo que debe hacer. Te ha visto en vídeos y es buena
interpretando su papel. No se dará cuenta —le comentó Calfer.
—No lo discuto, Richard. Pero no va a funcionar.
—¿Qué sugieres?
—Ir yo.
—¡Imposible! —Casey puso el grito en el cielo.
—Ni hablar —dictó Calfer—. Es demasiado peligroso, por no decir que
eso equivale a que te reconozca.
—Ri…
—No hay más que hablar, Fire. No voy a permitir que te ocupes de ese
malnacido más allá de las sesiones virtuales.
—Hablando de las sesiones… —habló Oliver—. Se me ha ocurrido algo.
—Dime —le instó Calfer.
—Habíamos dicho que, llegado el momento, Fire lo llamaría diciendo que
estaba secuestrada, ¿no? —Al ver que todos asentían, Oliver prosiguió—: ¿Y
si hacemos que el secuestro sea en vivo?
—¿Cómo? —inquirió Casey.
—Piénsalo, Case. Ella dominándole por internet. Y de pronto se oyen
ruidos, entran tres hombres y la cogen delante de las narices de Daniel. Se
pondrá hecho una furia. Presenciará el secuestro, lo que le dará más
veracidad. Solo habrá que procurar que no se nos reconozca y que el rostro de
Fire no salga en la cámara en ningún momento.
—¡Buena idea! —elogió Calfer—. Y bien pensado. No hay nada mejor
como presenciar el secuestro para que sea más creíble. Fire, ¿podrías ir
dejándole caer que te sientes observada? No ahora, pero sí cuando avance más
la relación.
—Por supuesto.
Unos golpes en la puerta hicieron que todos se volvieran hacia ella.
—Capitán, dos hombres buscan a la señorita Dilworth.
—Ya han llegado —dijo poniéndose en pie.
—Hazlos pasar —ordenó Calfer.
El policía asintió y abrió más la puerta para que entraran.
—Señores, les presento a mis amigos… —Los miró a ambos sin saber si
decirles sus verdaderos nombres o solo sus apodos.
—¿Juez Armand Wright? —La voz de Calfer había ido subiendo en
intensidad conforme formulaba la pregunta.
—Buenos días, capitán Calfer —saludó Armand con una sonrisa—. Me ha
pillado.
—En ese caso, yo soy Jonathan Reed —se presentó Jonathan—. Y ahora,
¿van a decirnos por qué estamos aquí?
Fire sonrió. Jonathan era de los que consideraba el tiempo como un bien
preciado y no le gustaba perderlo.
Oliver y Casey estrecharon las manos con Armand y Jonathan y se
apartaron para que se sentaran los dos.
—Supongo que están al tanto del caso por su amiga —comenzó Calfer.
—Sí —respondieron al unísono.
—Me gustaría dejar claro que colaboran en la investigación y que el
material aportado está libre de manipulación.
—¡Por supuesto! —exclamó Jonathan—. Sé lo que me hago, soy inspector
privado.
—Y hacker —lanzó Fire haciendo que el otro la mirara y sonriera
orgulloso.
—Lo que me lleva a recordar… —Se volvió hacia Calfer—. La próxima
vez que la policía se meta en mi club, obtendrán un virus de regalo.
Calfer lo miró extrañado. Él no había pedido a nadie que entrara en el
club. Fire se fijó en Casey y se echó a reír haciendo que los otros la miraran y
tuviera que excusarse por su reacción.
—Capitán Calfer, ¿qué tienen contra Daniel? Me gustaría saberlo para
asesorarles.
—Antes querría preguntarles si tienen contactos con lugares físicos y
virtuales donde se practique el BDSM.
Jonathan y Armand se miraron.
—Sí. ¿Por qué?
Calfer comenzó a explicarles lo que habían averiguado en torno a los
archivos multimedia que ellos les habían mandado. Conforme les daba las
conclusiones a las que habían llegado, los semblantes de ambos se
oscurecieron. Estaban furiosos porque un asesino y criminal como él utilizara
su club virtual para perpetrar esos secuestros y muertes, y ellos mismos
querían zanjar el asunto.
—En la ciudad hay un local de BDSM abierto al público y un club
privado. Podemos responder por el último porque nosotros somos los
administradores e identificamos a cada miembro. Daniel no está como socio
allí. Pero no podemos decir lo mismo del local. Solo hay que pagar una
entrada para que te permitan entrar —comentó Armand.
—También tenemos contactos con otras ciudades o incluso países. Es
cuestión de echar mano de ellos y que nos cuenten algo. ¿Por dónde suele
moverse ese hijo de puta?
—De todas maneras, dudo que vaya a lugares públicos —opinó Armand.
Al ver que lo miraban con sorpresa, se explicó—: Reconozcámoslo. Daniel es
una persona de alto standing. Los medios de comunicación lo sacan a menudo,
ya sea por sus adquisiciones, por sus fiestas o por estar relacionado con la
policía. Lo conocerían y dudo que eso le permita acceder fácilmente a las
mujeres cara a cara. Por eso usará internet para hacerlo. Una vez las haya
seducido, quedar con ellas es más fácil, así como engañarlas.
—Lo entiendo. —Calfer se quedó callado—. Aun así, me gustaría que
intentaran verificar esto. ¿Qué hay de los virtuales?
—Eso puede ser más complicado —expuso Jonathan—. Internet está
plagado de sitios web para chatear con la gente. Hay miles de salas
relacionadas con el BDSM, por no mencionar las páginas web de locales
BDSM en distintas ciudades, clubs privados, como el nuestro, y foros. Tiene
mucho donde abarcar.
—Un momento —interrumpió Casey—. La fuente con la que yo di con el
club puede meterse en el ordenador de Daniel y obtener información de dónde
se mueve por internet. ¿Nos ayudaría eso a cerrar la búsqueda?
—Sí y no —explicó Jonathan—. Puede usar un navegador anónimo y ese
tipo de páginas no deja cookies si el navegador está configurado así.
—¿Por qué entonces tu club sí? —preguntó Fire.
—Porque quería que tuvieran un pequeño archivo en los ordenadores,
oculto a la vista, por si ocurría algún problema —respondió Jonathan con una
sonrisa de superioridad—. Aunque esperaba no tener que utilizarlo nunca.
—¿Es viable lo que hablamos? —centró la conversación Calfer—.
¿Podéis rastrearle?
—Puedo intentarlo. Pero el hecho de que en internet puede utilizar
nombres diferentes ralentizará mi búsqueda. Aun así, no estaría de más
conocer a esa fuente suya, señor Reindman, para que me eche una mano.
Fire rió sorprendiendo a los demás. Le había parecido que el comentario
de Jonathan tenía oculto un mensaje para cierta “fuente” que se había colado
en su club en varias ocasiones. No dudaba que le dejaría bien claro que ese
lugar era intocable.
—Entonces quedamos así. Cualquier cosa, por favor, pónganse en
contacto con Fire, o conmigo mismo —comunicó Calfer—. Señor Wright,
¿quiere ver lo que tenemos?
—Sí, por favor.
—Yo también. —Se unió Jonathan.
—En ese caso, yo me voy —anunció Fire—. He de ocuparme de mi
empresa.
—Por supuesto, Fire. Gracias por todo lo que estás haciendo —agradeció
Calfer.
Ella simplemente sonrió y se dio la vuelta para salir de la oficina.
—¡Fire! —exclamó Casey.
—¿Sí?
—Te llamo luego —le dijo al ver que había varias cabezas pendientes de
lo que tenía que decirle.
—Vale.
Fire paró el motor del coche delante de su casa. Giró la cabeza a la
derecha y observó a Casey. Tras la comisaría, ella había ido a trabajar a su
negocio y, a la salida, la había llamado para cenar juntos.
Fue a recogerlo en su coche y él la había llevado, mediante indicaciones,
a un restaurante desconocido para ella, pero muy agradable, tanto en el
ambiente como en la comida. Había disfrutado mucho más que en los
restaurantes elitistas, de una comida y una compañía que habían hecho que se
olvidara de todo y se centrara únicamente en la persona que tenía delante.
No había podido resistirse a juguetear con él bajo la mesa, ni tampoco a
sacar el tema de una tal “Piruleta” que tanta risa le había dado. Al final, los
dos se habían reído de ello.
Tras el restaurante, habían paseado y hablado por un parque cercano.
Tanto uno como otro querían saber detalles de la otra persona y los minutos se
hicieron horas conversando.
Fire cogió su móvil, que había sonado cuando conducía, y lo miró. Tenía
un mensaje de wasap de parte de Armand:
Armand (Titán): Esta noche el club está abierto. ¿Vienes? Contraseña:
pájaro de fuego.
P.D. Algunos te están esperando ya.
—¿Qué pasa? —preguntó él al ver cómo sonreía.
—Nada. Vamos a otro sitio.
—¿A dónde?
—Al club.
Capítulo 24
Confiésame tus más ocultas fantasías y permíteme cumplirlas, pues tu
placer es el mayor de mis gozos.
Casey se le repetía una y otra vez la frase de Fire. “Al club”, “al club”,
A “al club”… Sabía perfectamente a lo que se estaba refiriendo y, por
eso mismo, sus neuronas habían dejado de funcionar. ¿De verdad creía
que él iba a ir a un club de BDSM? ¿Y cómo podía decirlo de esa
forma tan natural y directa? ¿Acaso no se acordaba que le había dicho que él
odiaba todo lo que tenía que ver con esa práctica sexual?
Una cosa era que lo hubiera pasado bien dejando que ella llevara la voz
en el sexo. Y otra muy diferente que tolerara que se le golpeara a una mujer en
su presencia. Ni siquiera porque ella quisiera.
—No te voy a obligar a nada, Case —comentó Fire al ver cómo el rostro
de Casey se había ensombrecido y perdido color—. Solo te informo que yo no
me voy a casa, voy a ir al club. Y si tú quieres venir, estás invitado.
—Fire, ¿cómo puedes ir a un sitio como ese? Ya sé que no te harán daño a
ti pero… ¿y ver cómo hacen daño a otras mujeres?
—Case, ¿has estado alguna vez en un club de BDSM? —preguntó ella.
—Sí. Varias veces.
—¿Y piensas que todos son iguales?
—Todos se basan en pegar y follar —contestó de forma despectiva—. En
serio, Fire…
—Hay clubs donde solo se va a beber una copa y conversar con gente a
quien le gusta lo mismo. O se va para ver espectáculos. No tiene por qué haber
sexo si no es consentido, y lo mismo ocurre con los azotes, latigazos y demás.
—No puedo creer que estemos hablando de esto… —Casey se estaba
cerrando en banda. Él no iba a pisar un sitio así, no. Nunca.
Fire se acercó a él y desabrochó uno de los botones de la camisa para
introducir su mano. Notó cómo el pecho de Casey se hinchaba y sus yemas
cosquilleaban al contacto con la piel de él.
—No me vas a convencer, Fire —Casey atrapó su mano impidiéndole que
pudiera seguir acariciándole pero, tampoco, apartarla. La miraba con
determinación.
—Hoy has conocido a Jonathan y Armand. ¿Te han parecido malas
personas?
—No, al contrario.
Era cierto. En las horas que habían dedicado a volver a revisar lo que
tenían contra Daniel, la aportación de Jonathan y las anotaciones de Armand
les habían insuflado de nuevas esperanzas para, por fin, después de varios
años, atraparle con todas las de la ley. Oliver era el más satisfecho de esa
colaboración pues era el que llevaba más tiempo en el caso y el que se sentía
más frustrado de que se escapara siempre.
—Pues ellos dos son Amos. Jonathan usa el apodo de Brayan. Tiene una
sumisa; y Armand es Titán. Estaba con una persona hasta que desapareció. Les
gusta darles dolor porque ellas se lo piden.
Casey frunció el ceño. No podía creer que una mujer buscara eso.
—¿A ti te gusta el dolor? —preguntó Casey.
—Me gusta cuando sé que a la otra persona lo va a excitar. Hay muchas
formas de provocar dolor, tú deberías saberlo —le insinuó dando un tirón al
vello y haciéndole sisear y tensarse en el asiento. Su cuerpo reaccionó
haciendo que se excitara por esa acción—. Antes de hacer nada, todo sumiso y
toda sumisa pone unas reglas a la persona con la que va a jugar. Si las respeta,
el juego se hace sin incidentes; si en algún momento la persona se siente
incómoda, puede finalizarlo.
—Eso es solo en teoría. En la práctica, con la adrenalina, la gente no para.
—Quizás en ese club que tú conoces. Pero no en este. ¿Por qué no le das
una oportunidad? Al fin y al cabo, es parte de mí…
Casey miró los ojos de Fire. Por algún motivo, sentía que se estaba
abriendo a él al permitirle conocer ese lado suyo. Pero su reticencia a ir a un
lugar así luchaba contra lo que pudiera sentir por ella.
—Está bien —cedió él—. Pero a la mínima que vea que no me gusta, me
largo —gruñó molesto porque había aceptado.
Fire se acercó y le dio un beso en la mejilla pero, ni siquiera eso, hizo
que sonriera o se lo quisiera devolver. Sabía que le iba a costar pero era hora
de que viera un club de BDSM de verdad, y no los seudolocales que podía
haber conocido.
—Necesito vestirme. ¿Me esperas aquí? —le preguntó abriendo la puerta
del piloto. Casey asintió—. No tardo —le aseguró saliendo del coche.
Cuando Casey se quedó solo, empezó a agobiarse. ¿Qué iba a hacer él en
un club de BDSM? ¡Si no le gustaba! Una cosa era estar con ella y dejar que
controlara, y otra muy diferente ver cómo azotaban, pegaban y permitían
vejaciones a mujeres. Eso iba a ser demasiado para él.
Cogió el teléfono y, cuando estaba mandando un wasap, el sonido le avisó
que habían sido más rápidos que él y ya tenía un mensaje.
Camille: ¿Qué pasa? Estás inquieto.
Y no se me ha olvidado que no me has llamado desde la última vez.
Casey sonrió al ver que seguía teniendo esa conexión con ella.
Casey: Creo que voy a cometer un error.
Camille: ¿Qué más da uno más? :P
Casey: Ja, ja, muy graciosa.
Camille: A ver, ¿cuál es ese error? Porque si después me va a afectar,
tengo que estar preparada.
Casey: Voy a ir a un club de BDSM.
Hasta escribirlo hacía que sus manos temblaran. ¿Por qué había aceptado
al final? Tenía que salir del coche, ir a la casa de Fire y decirle que había
cambiado de opinión. Él ya sabía que esos lugares no eran buenos, no
necesitaba verlos. Todos serían iguales.
Estaba ya abriendo la puerta del copiloto cuando el sonido de un mensaje
lo distrajo.
Camille: ¿Y qué pasa? ¿Es uno de confianza? Pues adelante…
No podía hablar en serio. ¿Su hermana le había escrito eso?
Cansado de escribir, hizo desaparecer la aplicación y buscó en sus
contactos hasta localizar a Camille. No hicieron falta más que dos tonos para
que ella descolgara.
—¿Qué? —preguntó como si se lo hubiera esperado y eso la exasperara.
—¿Cómo me puedes estar diciendo eso?
—A ver, sospecho que esto tiene que ver con esa mujer, ¿no? Si es porque
ha ido al club y tú quieres ir, no veo nada malo. Así puedes ver si está en
peligro.
—Camille, ella es ama —la cortó.
La risa de su hermana hizo que apretara los labios y se incomodara. No le
gustaba que se rieran de él.
—Perdona, cariño. Es que… Si ella es Ama, como dices, quiere decir que
quienes deben tener cuidado son las otras personas que sean sumisas.
—Ya lo sé —gruñó él.
—¿Y entonces de qué te preocupas? —preguntó ella—. Vais a un club a
tomar algo y a divertiros…
—Claro… a tomar algo y a ver cómo la gente maltrata a los demás —
soltó sarcásticamente—. Como si fuera lo más normal del mundo.
Camille suspiró. Entendía a su hermano porque, lo que él había visto, era
la peor cara del BDSM. Pero había otra y era la que no se permitía conocer.
—Ya
te lo dije una vez, Case. El BDSM se basa en tres pilares: sano,
seguro y consensuado. Si el club es de confianza, allí nadie hará nada que la
otra persona no quiera.
—¿Y eso cómo lo sabes? —cuestionó cabreado—. ¿Acaso tú
consensuaste lo que te hizo ese tipo? —En el mismo momento en que la
pregunta salió de sus labios se arrepintió de ello—. Perdona…
—Está
claro que hasta que no lo veas con tus propios ojos no vas a creer.
Así que mi consejo es que vayas. Haz lo que te dé la gana. Buenas noches. —
Camille cortó sin esperar la despedida de su hermana.
—¡Mierda! —gritó enfadándose más por haberle hecho daño a la persona
que quería.
La puerta hizo que se girara para ver entrar a Fire en el coche. Se había
puesto una minifalda de cuero, con medias de redecilla que hacían sus piernas
más sensuales. No hacía falta preguntarle si llegaban hasta arriba, en el
momento en que se sentó, la falda se le subió lo suficiente para que pudiera
ver que llevaba un liguero en color negro. Finalmente, en la parte de arriba se
había puesto un corsé de lentejuelas y, para cubrirse, una torera roja. Su pelo
seguía estando recogido en una coleta alta y había cambiado su maquillaje por
otro más apto para una fiesta.
—¿Qué ha pasado? —preguntó ella—. Te he escuchado gritar.
—Nada. —Guardó su móvil y se cruzó de brazos.
Fire suspiró y se giró en el asiento hacia él.
—Hagamos
una cosa. Si el club de BDSM que te encuentras no es tal y
como piensas, me darás tu sumisión durante veinticuatro horas.
—¿Y si lo es? —Siguió el juego.
—Dejaré que seas tú quien controle durante veinticuatro horas —contestó
ella.
Casey alzó las cejas. ¿Hablaba en serio? ¿Iba a dejar de ser dominante
por un día entero si el club era tal y como él esperaba?
—Tú conoces el club, juegas con ventaja —expuso reacio a aceptar.
—Te equivocas. El club es pequeño pero nunca se sabe qué puede pasar.
Quizá hoy sea un mal día, no sería la primera vez. Estoy apostando a que no
vas a encontrar lo que tú has visto. ¿O acaso tienes miedo?
—No —bufó él—. Trato hecho —aceptó finalmente.
Fire sonrió. No las tenías todas consigo, pero saber que, si el club esa
noche no tenía problemas iba a tenerlo bajo su dominio, la excitaba mucho.
Arrancó el coche y condujo hacia el lugar. Iba a ser una noche muy entretenida.
—Hemos llegado —anunció Fire aparcando el coche detrás de otro en la
calle. Señaló con la mano un local que, a simple vista, no destacaba nada de
los demás.
Casey leyó el cartel que había sobre la puerta y miró a Fire.
—¿Lujuria?
—Cosa de Armand, decía que un nombre seductor haría que llamara la
atención —respondió ella.
Debajo del nombre el rótulo también avisaba que era un club privado y
las puertas cerradas a cal y canto bien atestiguaban el hecho. ¿También habría
una mirilla y un gorila en la entrada?
Fire se bajó del coche y Casey hizo lo mismo. Sin embargo, se extrañó
cuando ella fue hacia el maletero. No había metido nada allí.
—¿Qué haces? —preguntó al ver que lo abría y rebuscaba en el interior.
—Coger un antifaz. ¿Quieres uno? Creo que dentro tienen para los
olvidadizos.
—¿Hay que llevar antifaz?
—Solo si se quiere. —Observó cómo se lo ponía y eso hizo que su
aspecto cambiara. Seguía siendo Fire, la reconocía, pero al mismo tiempo el
aura de misterio hacía querer olvidar su identidad y conocerla de nuevo,
seducirla.
—Vale.
—Ya estoy —dijo bajando la puerta del maletero y pulsando el botón del
mando que cerraba todo el coche—. ¿Vamos?
Casey tomó aire y lo soltó lentamente. Lo único que lo retenía allí era la
apuesta que había hecho con Fire.
Ambos cruzaron la calle y se pusieron frente a las puertas de hierro del
club. Fue Fire quien las golpeó con los nudillos y, de pronto, una ventanita se
abrió y dos ojos observaron a Fire y a su acompañante. En el momento en que
se fijó en ella habían brillado y alegrado pero, al ver a Casey, se habían
esfumado ambas sensaciones.
—¿Contraseña?
—Pájaro de fuego —respondió Fire.
—¿Hay contraseñas? —preguntó Casey al mismo tiempo que se abría la
puerta para que entraran.
—Sí, cada noche una diferente. De esa manera solo las personas que
reciben el mensaje con ella pueden acceder al local.
Los dos entraron, Casey pensativo porque era una buena manera de evitar
que alguien ajeno al club pudiera entrar a mirar o a hacer otra cosa.
—Buenas noches, Red, ya te echaba de menos.
—He estado ocupada, Markus. Pero sabes que no puedo dejar de venir de
vez en cuando —le explicó Fire dándole dos besos a la persona que les había
abierto.
Casey se quedó mirando al hombre. Bien podía ser un gorila porque era
bastante alto y grueso, además de fuerte, no dudaba de ello. Había entablado
conversación con Fire como si la conociera de bastante tiempo y ella parecía
muy tranquila conversando con él. Pero, ¿por qué llamarla Red?
—¿Quién es? —preguntó él.
—Perdona. Él viene conmigo; es… un amigo. Brayan y Titán lo conocen
así que dudo que pongan problemas.
—Si tú lo dices… Pero yo prefiero llamarles antes, si no te importa, Red.
No quiero que me digan nada después.
Fire asintió. Allí no entraba nadie que no fuera autorizado y era
responsabilidad de Markus. Por eso entendía bien que quisiera cerciorarse.
—Brayan,perdona que te moleste… Fire acaba de venir con un tío nuevo
y… ¿Cómo dices que se llama? —le preguntó a Fire.
—Casey.
—Se llama Casey. —Markus se calló—. Vale, genial. Gracias—. Puede
pasar. ¿Conoce las normas?
—Más o menos… ¿Tienes un antifaz para él?
—Sí, espera…
Markus se marchó hacia una puerta, la abrió y entró en ella. A los pocos
minutos salió con varios antifaces en la mano. Se los ofreció a Casey quien se
quedó mirándolos.
—Elige uno.
Sin darle tiempo, Fire cogió uno de ellos y, con su dedo, le pidió que se
diera la vuelta. Casey así lo hizo. Ella le pasó el antifaz por la cabeza y se lo
ató por detrás.
—Ya está. —Hizo que se girara y lo observó.
Casey podía ver cómo las pupilas de Fire se dilataban y oscurecían,
¿estaba excitada?
—¿Ya tiene nick? —preguntó Markus haciendo que ella parpadeara y se
volviera hacia el otro, para rabia de Casey.
—Sí. novato.
—¿novato? —repitió Casey al escucharla.
—Eres nuevo en esto —le explicó Fire cogiéndolo de la mano y
llevándolo a un pasillo que no parecía tener fin.
—¿Y por eso novato? —insistió él pero no obtuvo respuesta de ella—.
¿Puedo cambiarlo?
—No, es para siempre —contestó Fire.
—¿Aun cuando sea experto?
Fire se detuvo y él la adelantó un par de pasos antes de darse la vuelta
para preguntarle por qué se había parado.
—¿Y quién dice que algún día te lo enseñaré todo? —lanzó ella con una
sonrisa libidinosa. Casey se estremeció por esas palabras porque al margen de
lo que significaban, había mucho más implícito en ellas.
—Fire…
—Aquí soy Ama Red —le reprendió ella.
—¿Usas varios nicks?
—No quiero que nadie me relacione con la persona que soy en internet.
Aquí no uso peluca porque me siento cómoda con la gente, la conozco y sé
que, lo que pasa aquí, se queda aquí. Pero en internet nunca se sabe.
—Lo entiendo. Pero eso quiere decir que sí se pueden usar más nicks o
cambiárselos… —apostilló él, sonriente.
—No si la persona que te bautiza no te lo autoriza —respondió ella
acariciándole la mejilla y bajando hasta su mano para volver a cogerla y
seguir andando.
Llegaron hasta una segunda persona, y después de que este volviera a
verificar, en este caso con Markus, que Casey podía estar allí, les abrió la
siguiente puerta para acceder al club.
—Menuda seguridad —elogió Casey al pasar a lo que era el club.
—Ya te he dicho que es un club privado. No entra nadie que no sea
invitado.
Pero Casey ya no escuchaba. Se había quedado mirando el club, que era
inmenso, y se había quedado sin palabras. Estaba organizado por distintos
ambientes, por lo que observaba: había una barra para pedir bebidas o tapas;
una zona de sillones y sofás; y otra parte que parecía un escenario, en una
esquina del lugar.
También se fijó en una puerta abierta y oscura que parecía tener unas
escaleras en forma de caracol.
—novato… novato. —Fire optó por darle un golpe en el brazo para que
se diera cuenta que lo llamaba a él.
—¿Qué pasa?
—Aquí eres “novato”, respondes por ese nombre. Jamás le digas a nadie
cuál es el real, ¿de acuerdo? —Casey asintió—. Y no te separes de mí.
—¿Por qué?
—Eres nuevo. Muchas Amas, y Amos, querrán saber de ti, si tienes dueño
o dueña, si quieres jugar, si no tienes a nadie… Todos son buena gente aunque,
… —Fire se quedó callada.
—¿Hay alguien poco legal? ¿Tenía yo razón en que los clubs…?
—No quiero que nadie te toque —lo interrumpió ella antes de que
terminara la pregunta.
Casey se quedó con la boca abierta y, poco a poco, los labios esbozaron
una sonrisa. ¿Eso eran celos? ¿No quería que nadie más que ella pudiera
tocarlo? De repente, todo el cuerpo de Casey tembló y una sensación muy
placentera se anidó en él.
—Contrólate, novato… La noche solo acaba de empezar —le susurró ella
acercándose más y abriéndole la camisa un par de botones para acariciarle el
pecho.
Fire se separó de él y fue hasta la barra, acompañada de Casey. Ambos
pidieron algo de beber y pagaron sus consumiciones. Fue Fire la que le
propuso sentarse en una de las mesas con sillones y, allí, se fijó en que muchos
iban a saludarla o a presentar sus respetos, cuando eran sumisos o sumisas
quienes lo hacían.
Parecía que todo el mundo la conocía pues conforme pasaban por delante
la saludaban y después se quedaban extrañados de que estuviera acompañada.
—¿No sueles estar acompañada?
—A veces estoy jugando con algún sumiso, o charlando con Amos o
Amas. Pero no se extrañan de eso —le comentó Fire al darse cuenta del
porqué de la pregunta—. Eres tú. Eres nuevo y una golosina para algunos.
Casey carraspeó un poco incómodo. No le gustaba lo que le había dicho.
—Nadie se acercará o te hablará sin antes hacerlo conmigo.
—¿Y eso por qué?
—Porque estás conmigo —contestó girándose para mirarlo con tal
intensidad que hizo que Casey se saltara un latido.
El ambiente, la iluminación, hasta la música parecía influir en el estado
de los que estaban allí. O eso le parecía a Casey pues, desde que había
entrado, se sentía diferente.
—¡Red! —exclamó una mujer acercándose a ellos.
—Hola, Diablesa. —Fire se puso de pie justo cuando llegaba una mujer
vestida por completo con un mono de cuero rojo—. ¿Y plebeyo?
—Aquí viene… —dijo ella apartándose para ver a un hombre, también
con un mono de cuero, en este caso negro, andando a cuatro patas. Tenía
puesto un strapon con una cola y llevaba una mordaza de bola que hacía las
veces de bozal. Un collar en su cuello y una cadena que sostenía la mujer
acababan el atuendo—. Esta semana lo tengo de perro, ¿a que es mono?
—Sí, bastante mono —comentó Fire sonriendo.
El sumiso se le acercó y empezó a gemir. Le daba con la mano en las
piernas llamando su atención con lo que le acarició la cabeza a modo de
saludo y éste respondió moviendo las caderas para que la cola que llevaba
penetrándole el trasero se moviera también.
—Está contento de verte.
—Ya lo veo… —Levantó la vista y vio que Diablesa miraba más allá de
ella con lo que siguió la dirección hasta Casey.
—¿Quién es? —preguntó ella.
—Se llama novato —respondió ella.
Casey se levantó del sillón y se acercó a ellos.
—Hola, encantado —saludó tendiéndole la mano.
—Madre mía, Red… menudo hallazgo. ¿Es tuyo?
—Sí —contestó haciendo que Casey se sorprendiera. ¿No se suponía que
ella no tenía sumisos? ¿A qué venía decir que era suyo? ¿Y por qué tenía que
ser suyo?
—Qué calladito te lo tenías, ¿eh? Ya verás cuando varios de aquí se
enteren. Menuda depresión van a coger —rió Diablesa—. Bueno, voy a darle
su paseo a plebeyo que después quiero que haga un poco de ejercicio, tú ya me
entiendes…
Fire amplió la sonrisa y asintió. Seguro que ya había reservado una de las
mazmorras del sótano. Volvió a sentarse y Casey hizo lo mismo, solo que más
cerca que antes.
—¿Desde cuándo soy tu sumiso? —le preguntó molesto—. ¿Por qué le has
dicho que soy tuyo?
Fire se volvió hacia él. Sabía que estaba cabreado, y no le gustaba la
forma en que le hablaba, menos delante de los que estaban en el club.
—Yo no le he dicho que seas sumiso. He dicho que eres mío. Y lo he
hecho porque en un club de BDSM la persona que viene nueva debe tener un
protector.
—¿Y qué pasa si no lo tiene? ¿Se le hace daño a esa persona? Porque eso
mismo es lo que creo que pasa. ¿Tan insegura estás de ganar la apuesta que
tienes que dejar claro que no me toque nadie?
Fire abrió la boca y la cerró.
—Vete… —Cogió la copa y bebió—. Aléjate de mí y observa. Actúa
como quieras pero si en algún momento te sientes incómodo, di que eres mío
—le aconsejó.
Casey se levantó cabreado del sofá. Él no era propiedad de nadie, ni iba
a permitir que ella lo transformara en lo que había visto: un perro faldero.
¿Para eso lo había llevado? ¿Para enseñarle lo que le esperaba si seguía con
ella? Porque, si era así, entonces… Se quedó callado notando cómo su
corazón palpitaba más rápido conforme se alejaba de ella. Quería darse la
vuelta y mirarla pero, su orgullo le impedía hacerlo.
Empezó a caminar y a observar a los que estaban en el club. Y se
sorprendió. Había muchas caras conocidas, a pesar de que algunos llevaban
máscaras. Todos parecían relacionarse con los demás como si no vieran nada
malo en tener al lado a un hombre o a una mujer por debajo de ellos, bien con
accesorios, o bien haciendo otras acciones que, en otro lugar, resultarían
sorprendentes.
En una de las mesas con sofás había varios hombres charlando
animadamente. Junto a ellos, había dos mujeres que estaban arrodilladas en el
suelo, esperando que los hombres les acercaran la copa para beber o les
dieran de comer. Pero también había una mujer sentada al lado de otro hombre
que conversaba con ellos y llevaba un collar, símbolo de sumisión.
Siguió paseando y vio en otra mesa a un hombre y una mujer
disfrutándose. Estaban besándose, pero la mujer tenía los brazos a la espalda
y, a pesar de lo que le hacía el hombre, esta no se movía.
Al lado, se encontró a la amiga de Fire, Diablesa, quien se había sentado
y puesto entre sus pies al hombre que llevaba atado. Tenía las piernas abiertas
y tiraba de la cadena para que el sumiso se acercara más a su sexo. ¿Estaba
haciéndole sexo oral? ¿Acaso no tenía dignidad?
Movió la cabeza sin entender cómo era posible que un hombre se
rebajara a ese nivel y se alejó hacia una zona más oscura desde donde podía
ver a Fire hablar con un par de desconocidos, y se sintió celoso por no saber
acerca de la conversación que mantenían. Pero al mismo tiempo, su ego se
sentía dolido.
No quería que lo viera como un hombre al que pudiera ordenarle lo que
le diera en gana. Tampoco como un hombre intransigente. Él había sido un
“macho”, un hombre que sabía lo que quería y que lo buscaba y conseguía.
Ahora, con Fire en su vida, se sentía perdido e inseguro. Le gustaba la forma
en que Fire lo controlaba cuando practicaban sexo; se excitaba mucho más que
cuando era él quien llevaba la voz cantante. Pero no quería verse supeditado a
ella ni a nadie.
—Hola —saludó una chica—. ¿Eres nuevo?
—Sí… soy… novato —se presentó Casey.
—Yo soy aura, encantada. —Los dos se estrecharon las manos y se
sonrieron.
—¿Llevas mucho? —preguntó él.
—Un año o así siendo sumisa.
—¿Y te gusta ser sumisa? —Esa pregunta casi tenía un deje despectivo
que no pasó desapercibido por aura. Lo miró algo tensa pero, después, se
relajó.
—Yo creo que confiar en otra persona, ya sea hombre o mujer, no es malo
—comentó ella sin mirarle—. Uno disfruta lo que le gusta. Sin más. Además,
no hay por qué ser sumisa las veinticuatro horas.
—¿No? —Eso lo pilló desprevenido.
—Claro que no. La mayoría de los que están aquí lo practican solo en
momentos esporádicos, cuando quieren mantener relaciones sexuales, cuando
aplican un castigo, cuando les apetece. ¿Tú sabes lo aburrido y pesado que es
llevar una relación de dominación y sumisión todo el día, los siete días de la
semana? Puff, no, eso sería agotarse.
»Es un juego, como si para mantener sexo tuvieras que disfrazarte para
cumplir una fantasía sexual. Esto es lo mismo. Hay veces que te gusta hacerlo,
y veces que lo dejas a un lado y disfrutas igual.
—aura. —La chica se volvió y su rostro se iluminó al ver a la mujer que
la había llamado.
—¡Ama! —exclamó yendo hacia ella—. ¿Ya ha acabado?
—Sí. ¿Quién es tu amigo?
—Se llama novato. Es nuevo.
Sintió los ojos de esa mujer analizándolo y, sin saber por qué, se
incomodó. No estaba experimentando lo mismo que cuando Fire lo miraba.
—¿Sumiso o Amo? —dejó la pregunta en el aire.
—Amo de mi persona y amigo especial de Ama Red —respondió él tras
tomarse un tiempo.
Tanto aura como la otra mujer lo miraron y se echaron a reír.
—Buena respuesta —alabaron las dos.
Ambas se marcharon dejándolo solo y él permaneció en ese lugar al que
se acercaban, de vez en cuando, algunos curiosos con los que charlaba. Era lo
bastante perspicaz para no dar demasiados datos personales y captaba a la
gente a los pocos minutos de hablar. Sabía quiénes iban por simple curiosidad,
quiénes buscando algo más. Claro que eso no le valía cuando, a pesar de ser
más hosco en su conversación, seguían insistiendo y, tal y como le había dicho
Fire, el decir que estaba con Red los cortaba de inmediato, se disculpaban y lo
dejaban solo.
Entonces acudían a la mesa de Fire y hablaban algo ante lo cual ella
sonreía y negaba con la cabeza. En esos momentos, las miradas de Casey y
ella se cruzaban y, aunque al principio las rehuía, al cabo de tres ocasiones se
fijó en su lenguaje corporal. Parecía nerviosa e inquieta, pero no entendía el
motivo.
En otras situaciones, eran mujeres las que se aproximaban a él para
preguntarle si quería jugar, o si tenía sumisa. Y a pesar de que las charlas con
ellas eran educadas siempre, el hecho de que ellas le dijeran todo lo que
estaban dispuestas a hacer lo frenaba en seco. No quería a su lado a una mujer
que, a la primera de cambio, quisiera que la tratara como un felpudo.
De todos los rostros que había allí, reconoció a Armand, Titán en el club,
y levantó la mano para saludarlo. Este se acercó a él con entusiasmo.
—Buenas noches… —se quedó callado sin saber cómo dirigirse a él sin
revelar su nombre.
—Me ha puesto “novato” —murmuró haciendo referencia a la persona que
le había dado ese seudónimo.
Armand se echó a reír y le palmeó el hombro.
—Parte de razón tiene, ¿dónde está Red?
—Sentada allí. —La señaló con la cabeza y Armand se extrañó.
—¿Por qué no estás con ella?
—Estoy… integrándome por mi cuenta…
—Entiendo… Quizá me estoy metiendo donde no me llaman pero Red es
buena amiga mía y no me gustaría que le hicieras daño. —Casey lo miró con el
ceño fruncido. Había cerrado las manos en puño furioso porque pensara que él
quería lastimar a Fire.
—Tú no sabes nada… —siseó él.
—Es posible. Pero te diré algo: Siempre nos han dicho que los hombres
son los que tienen que proteger a las mujeres, ser los caballeros de brillante
armadura y los que siempre estén ahí sin importar que ellos estén mal. Pero,
¿por qué no puede ser al revés? ¿Por eso se es menos hombre?
Casey se quedó helado ante esas palabras.
—He visto cómo la miras, cómo buscabas el contacto con ella en la
comisaría. No encontrarás las respuestas que buscas aquí, sino allí. —Le
señaló la dirección en la que Fire estaba—. Te gusta, ¿no es así?
Casey no respondió.
—Porque, si fuera así, Red y Fire son la misma persona. Piénsalo —
añadió Armand volviendo a darle en la espalda en ademán de despedida.
Lo vio acercarse a la mesa de Fire y esta levantarse para saludarle. Los
dos comenzaron a hablar mientras él intentaba digerir las palabras que le
había dicho Armand.
Minutos después, las luces bajaron y se fijó en el escenario que tenía un
foco de luz enfocando a una mujer a la que empezaron a azotar varios hombres.
Se turnaban entre ellos para darle nalgadas con sus manos mientras ella gemía
y chillaba cada vez que la mano impactaba contra su trasero. Casey se sintió
incómodo. Quiso dar un paso adelante cuando una mano lo frenó.
—Mírale la cara —murmuró Fire.
Casey le hizo caso y observó el rostro de esa mujer. A pesar de los gritos,
sonreía y sus ojos estaban vidriosos y casi en un estado de éxtasis por el
placer que sentía. ¿Realmente podía gustarle que la azotaran hasta ponerle el
culo rojo? Sus jugos se derramaban por las piernas y ella parecía querer más
pues, cuando uno de los hombres tardaba más en golpearla, ella movía el
trasero para incitarle a ello.
—¿Y bien? —preguntó Fire dándole la vuelta para que la mirara solo a
ella—. ¿Cómo ha ido la visita en solitario por el club?
—Tenías razón —admitió Casey—. Este club no tiene nada que ver con el
que yo conocí. Aquí la gente se respeta y todo se hace en base a lo que la
persona que va a recibir el dolor quiere. Pero eso no significa que me guste —
añadió haciendo que Fire se riera por ello.
—¿Eso quiere decir que gano la apuesta?
—Antes necesito hablar —le pidió.
—Ven…
¿Por qué cada vez que le decía esa palabra su cuerpo convulsionaba y se
erotizaba? ¿Por qué esas tres letras contenían un contexto erótico? Cada vez
que Fire lo decía, su mente se colapsaba y solo quería obedecerla.
Lo llevó hacia el arco que había visto antes con una escalera de caracol.
A pesar de que antes le había parecido oscuro, tenía unos pequeños apliques
simulando candelabros encendidos, que le daban un aspecto más siniestro.
—¿Dónde vamos?
Fire se detuvo y se giró para hablarle:
—Abajo están las mazmorras. Son salas privadas para poder jugar, hablar
o lo que se quiera —le explicó—. He alquilado una mientras tú estabas de
paseo.
Casey tragó con dificultad. Le ponía nervioso hasta el nombre.
—Si quieres hablar, mejor en un sitio privado, lejos de oídos curiosos o
de interrupciones.
—Vale. —En eso tenía mucha razón.
Los dos bajaron las escaleras y se encontraron con un pasillo en el que, a
cada lado, había una puerta de estilo medieval, algunas de ellas con barrotes
para ver lo que ocurría dentro. Conforme avanzaban, Casey no pudo evitar
echar un vistazo al interior de las mismas.
Muchas estaban vacías, pero había algunas de las que salían gritos o
gemidos. Las personas de dentro variaban en número. Lo mismo había dos en
una habitación que, en otra, había más de diez, varios mirando, otros actuando.
No se escandalizaba por las prácticas sexuales. No era ningún mojigato
que las desconociera. Pero el lugar hacía que se sintiera como si fuera la
primera vez.
—Hemos llegado —anunció Fire sacando una llave de color rojo.
Casey estaba ansioso por saber qué iba a encontrar en la habitación.
¿Sería como las anteriores donde había visto, colgados en la pared, un montón
de juguetes eróticos relacionados con el BDSM? ¿O como en otra donde había
una cruz en donde tenían a una mujer atada y desnuda a la que estaban
azotando?
Cuando Fire abrió la puerta, entró y se apartó para que Casey pudiera
saciar su curiosidad. Él se asomó y se quedó extrañado. La sala tenía un sofá
grande de color rojo, varios sillones y una chimenea eléctrica encendida que
hacía que la habitación estuviera caldeada. En el suelo, al lado de la
chimenea, había una alfombra de pelo largo blanco y, un poco más cerca de la
puerta, un mueble bar. No había rastro de juguetes. La miró.
—¿Por qué no me dices de qué querías hablar? —le preguntó a cambio
caminando hacia el sofá y sentándose en él con una postura relajada—. Y
cierra la puerta.
Casey se giró para hacer lo que le había pedido Fire y se dio cuenta que
la puerta no tenía mirilla de barrotes. Era una habitación en la que nadie podía
ver lo que pasaba en ella.
—¿Por qué has escogido esta habitación? —le preguntó él una vez
escuchó el clic de la puerta al cerrarse. Avanzó hacia ella y se sentó en un
sillón.
—En el BDSM, cuando una persona llega nueva conviene que tenga un
protector. Es una forma de proteger a esa persona en sus primeros pasos. La
gente que hay aquí, como te dije antes, son de fiar. Pero cada uno tiene sus
propios estilos y puedes encontrarte con algunos que sobrepasarían tus límites.
Por eso te dije que no te alejaras de mí. Por eso y porque… —Fire se detuvo
un poco—, porque no quería que nadie te tocara.
Por primera vez, la vio dolida y se sintió mal por haber provocado ese
estado en ella. Se levantó de inmediato del sillón y se acercó a ella acunando
un lado de la cara con su mano. Fire se apoyó en ella como si quisiera
aumentar el contacto con Casey y cerró los ojos para disfrutar del momento.
—¿Qué es ser sumiso? —preguntó él—. ¿Qué es ser Ama?
Fire se rozó contra la mano de Casey antes de abrir los ojos y colocar la
mano del mismo modo que la tenía él en su rostro.
—Ser sumiso es un rol que se acepta durante un determinado momento.
Suele ser cuando se tienen relaciones sexuales pero pueden ocurrir en otras
circunstancias. Es dar el poder y confiar en la otra persona para que sea ella
quien te dé el placer.
»Ser Ama también es un rol que complementa al sumiso. Es la persona
que controla y se hace cargo de complacer a la otra, de hacer lo posible
porque se deleite y goce cumpliendo sus normas.
—¿Qué normas se imponen? —susurró él.
—Las que uno quiera. Hay quien pone límites en cuanto a prácticas
sexuales, en cuanto a la utilización de objetos, incluso en cuanto a lo que hacer
o no hacer. Es el sumiso el que lleva las riendas, la otra persona tiene que
respetarlas y saber hacer las cosas para complacerle.
No lo entendía. Había leído algún que otro libro donde decían eso mismo,
pero en la realidad él tenía la experiencia de su hermana. Ella había puesto
límites y el otro se los había saltado sin pensar. ¿Cómo podía fiarse de Fire?
Levantó la mirada hacia el rostro de ella y de nuevo sintió un pellizco en su
estómago al ver que los ojos de Fire habían perdido brillo.
—Fire… yo no sé si seré capaz de… esto. No quiero verme como ese
hombre disfrazado de perro. Tampoco que me traten de la manera que he visto
a algunos. No…
Ella lo besó suavemente.
—Tú ya has sido dominado por mí —contestó ella—. La primera vez fue
en mi habitación. La segunda vez, en el salón. Hay muchas formas de sumisión,
Case.
—¿Quieres que sea tu sumiso? —preguntó directamente.
—No —respondió ella, tajante, dejándolo más desorientado—. Quiero
pasar tiempo contigo, pelearte y dominarte; vencerte y deleitarme con mi
victoria.
—¿Y en qué se diferencia eso de ser un sumiso?
—Case, tú no eres un sumiso como los que has podido ver en el club. Eres
prepotente, impulsivo, egocéntrico… Pero cuando dejas eso a un lado,
entonces te permites disfrutar. Yo quiero lo que escondes dentro, lo que no has
dejado a otra mujer que vea de ti. Lo que yo puedo sacar de lo más profundo
de tu ser.
—¿Por qué?
Fire lo besó con pasión.
—Porque me gusta. Porque lo quiero.
—Perdóname… —se disculpó.
—¿Por qué?
—Porque he sido un gilipollas —se autoinsultó—. Me has traído aquí
para ver parte de tu mundo y a ti. Me has querido proteger y yo no he sido
capaz de verlo. Presupuse que querías encasillarme en un rol y reaccioné mal.
Fire le puso un dedo en los labios para que dejara de hablar. Se acercó y
besó su dedo rozándole al mismo tiempo.
—Déjame demostrarte tu sometimiento…
Y pese a odiar el BDSM, pese a pensar que lo podía ver como a uno de
los hombres con los que jugaba virtualmente, Casey asintió. Porque al otro
lado de él estaba ella. La única que había mirado más allá de su físico y su
personalidad.
Capítulo 25
El arte de gozar radica en la forma en que los gemidos son arrancados
de la persona a la que sometes.
ebía haberlo supuesto. No tenía que haberse confiando tanto al entrar
D en esa habitación que parecía inocente. Pero en realidad no lo era. Fire
había escogido bien la mazmorra a donde lo había llevado y ahora
entendía el porqué de ese lugar. Desde el momento en que había
aceptado que Fire le demostrara el tipo de sumisión al que lo quería llevar,
había firmado su sentencia de muerte.
Ese cuarto escondía en sus paredes secretos. Lo había hecho levantarse
del sofá y lo había conducido hacia la pared que había frente a la chimenea. Y
al accionar un interruptor que desconocía que estuviera allí, pues estaba bien
camuflado, un panel se había deslizado dejando al descubierto todo un arsenal
de instrumentos bedesemeros que le pusieron el vello de punta.
Fire había sabido anticiparse pues, una vez se acercó a las estanterías de
esos productos, solo escogió dos: cuerda y un instrumento que pinchaba.
Rueda de wartenberg lo había llamado. Se lo había dejado a él para que lo
probara, para que viera que no había problema alguno, que era seguro.
Entonces había cerrado el compartimento secreto y le había pedido que se
desnudara. Por eso la habitación estaba caldeada.
La vio sonriente observándole, decidiendo cuál iba a ser su siguiente
paso, cuál la forma en que lo atormentaría hasta el punto de pedirle que
parara. Porque, cuando lo hacía, ella se detenía, lo besaba y acariciaba esa
zona a la que había sometido. Y entonces volvía a pedirle más. Su cuerpo se
sublevaba a su mente, era como si se pasara al lado de ella y disfrutara con
ese tormento.
Desde que le había atado las manos, y utilizado una anilla que colgaba de
la pared a modo de perchero, Fire se había desvivido por él. Los besos habían
iniciado un fuego en el interior de Casey que subía en intensidad haciéndole
peligrar su propia cordura. Había luchado con esa lengua pícara que lo tentaba
y hacía que entrara en sus dominios para atrapar su sinhueso, morderla y jugar
en su propio terreno con ella. A pesar de los gemidos, no lo había soltado,
aunque cuando notó las sacudidas que su cuerpo tenía por esa estimulación
tampoco él quería que lo hiciera.
Intentó hacer lo mismo, pero Fire no se dejaba. Lo engañaba, lo llevaba a
su terreno para, en el último segundo, escaparse y darle a Casey un pequeño
castigo y un gran estímulo para su excitación.
Lo había sujetado tirándole del pelo, obligado a echar la cabeza hacia
atrás mientras lamía su cuello tocando la vena palpitante, besándola,
succionándola incluso, provocando que entre sus piernas algo más vibrara y
latiera como si tuviera otro corazón en esa parte.
Los besos de Fire habían seguido camino hacia su pecho. Se había
deleitado con su vello. Jamás había sentido que una caricia en ese lugar fuera
tan sensual y a la vez tan dulce. La forma en que lo tocaba le hacía desear que
lo hiciera durante todo el tiempo. Porque era tan suave y relajante, que aunque
le cosquilleaba esa zona, el sentimiento que anidaba era delicioso. Pero ella
no se había quedado solo en eso. Había jugueteado con su vello, tiraba de él
haciéndole sisear, y lo soltaba antes de que la molestia se volviera
insoportable; había deslizado los dedos y atrapado el vello entre ellos para
juntarlos todos y cerrar la mano en un puño conteniendo una parte de él.
Lo había soltado y, con las uñas, trazado un camino hacia los pectorales,
hacia sus pezones. Había dibujado círculos invisibles alrededor de ellos y los
había recreado con sus labios, con su lengua. Y en ese momento había pedido
que lo besara en el centro. Y así lo había hecho. Sus pezones recibieron la
atención que él había solicitado, el interés que se merecían.
Fire había succionado para hacer que se pusieran más duros y erectos,
para que, con solo rozarlos con las yemas, le hicieran moverse para evitar el
contacto; para cogerlos entre los dedos y apretar al punto de sentir la presión y
gritar por el dolor.
Y después de hacer lo que ella quería, sus manos habían bajado hacia el
vello púbico y había hecho lo mismo que en su pecho, solo que, al ser una
zona más sensible, Casey se había encogido y movido, provocando con ello
más dolor por ese movimiento. A pesar de las protestas de él, había seguido
rozándole porque había otra zona que le decía que no se lo estaba pasando tan
mal.
Se había agachado y le había cogido el pene para, después, darle un beso
en el glande que lo hizo temblar de pies a cabeza. Quería más, necesitaba
sentir esa humedad que era su boca, deseaba que la lengua lo rozara en esos
puntos que lo dejaban sin cordura; anhelaba las manos que con tanta suavidad
lo rozaran como si fueran plumas acariciándole. Y sobre todo se moría por su
sexo, porque esos músculos suyos se presionaran contra su pene y lo
provocaran, lo disfrutaran al máximo.
Pero pese a todo lo que quería, Fire no había hecho nada de eso.
—¿Listo? —preguntó ella mostrándole de nuevo su mano.
—No, por favor, otra vez no…
—Decías que no era tan malo… —se quejó ella pasándose por la palma
de la mano la rueda de wartenberg.
—Joder, sí, pero en tus manos eso se convierte en una herramienta de
tortura…
Fire sonrió.
—¿En serio? —preguntó al tiempo que le rozaba el costado derecho
haciendo que siseara y se apartara de ella. Solo que no podía hacerlo pues, al
empezar a jugar con la rueda, lo había hecho y ella había tomado medidas
atándole los tobillos a otras anillas que había en la parte inferior de la pared.
Casey siseó por el dolor y el cosquilleo que le dejaban esos pinchos. Lo
que más deseaba era tocarse la piel con la mano para aliviar esa sensación.
Pero ni él podía hacerlo, ni ella lo hacía, con lo que pasaba unos segundos, a
veces minutos, desagradables.
—Red, por favor… —Desde el momento en que ella había empezado a
jugar le había advertido que utilizara su seudónimo en lugar de su nombre pues
no quería que lo escucharan gritarlo desde fuera. Y él había acatado la orden.
Era una forma de separar la persona que era Fire con la Ama que era Red.
Aunque fueran la misma.
—¿Qué pasa, novato?
—Ya no puedo más…
—¿Seguro? —Le tomó con dulzura el pene y bajó la rueda despacio hacia
él haciendo que los ojos de Casey casi se salieran de sus órbitas.
—¡Por favor, por favor, por favor! —exclamó intentando escaparse de la
mano de Fire. Esta lo agarró más fuerte y dejó que la rueda lo pinchara en el
glande haciendo que se golpeara la cabeza al echarla hacia atrás y su cuerpo
comenzara a convulsionar, su pene a dejar salir más líquido preseminal.
Fire lo contempló y suspiró. Quería volver a tocarlo y jugar más, pero
sabía que estaba exhausto. Entre los nervios, el miedo por experimentar algo
nuevo, y las sensaciones que experimentaba por primera vez, debía darle
tiempo a asimilar todo. Aunque eso no quería decir que la diversión hubiera
acabado.
Se agachó y tiró de la cuerda de los tobillos que pronto quedaron
liberados. Hizo lo mismo con las manos mientras lo besaba.
Cuando Casey sintió sus manos sueltas, las bajó y rodeó con ellas el
cuerpo de Fire presionándola contra el suyo sin romper ese beso que los unía.
Ejerció fuerza para girarla y encerrarla entre la pared y él y ella se dejó hacer.
Se separó un poco para mirarla a los ojos.
—¿Ahora me toca a mí? —preguntó, seductor.
—Solo hasta donde yo te deje —respondió ella, pícara.
Él comenzó a besarla en la clavícula haciendo que de sus labios salieran
gemidos y el cuerpo se estremeciera cada vez que él la rozaba de una
determinada manera. Bajó hasta sus pechos y comenzó a acariciarlos con sus
manos, las dos a la vez, sin apartar el corsé, solo rozándolos y haciendo que
sus pezones se hincharan dentro de esa prenda de ropa. Así, cualquier
oscilación provocaba que los notara y sintiera un pequeño latigazo de dolor
por lo sensibles que se los estaba poniendo.
Se arrodilló y desabrochó el botón de la falda. Cogió la anilla de la
cremallera con sus dientes y, poco a poco, fue abriéndola mientras ella lo
observaba. Y cuando llegó al final, sus manos se apresuraron a hacerla caer y
desaparecer del cuerpo de Fire.
Se quedó sin palabras al verla con el liguero negro y unas braguitas del
mismo color, como las medias de rejilla. Insinuante, hechizante,
conquistadora… No había otros calificativos. Lo tenía derrotado con esa
visión. Y, sin embargo, cuando iba a aproximarse a ella, la mano de Fire bajo
su mentón lo hizo levantarse.
En el momento en que la cabeza de él llegó a la altura de ella lo besó,
suavemente, mientras con la otra mano maniobraba para coger su sexo y
llevarlo entre sus piernas. Colocó la mano en la cintura y empujó haciéndole
entender lo que quería y él pronto cumplió su mandato haciendo que su pene se
hiciera un hueco entre sus muslos al tiempo que rozaban los labios externos.
—¿Así? —preguntó él iniciando un vaivén suave pero sugerente.
—Sí… no te separes… —contestó ella enseñándole la rueda de
wartenberg de nuevo en su mano.
—¿No la habías soltado?
—No. —Fire sonrió ante la sorpresa de él. La había mantenido en sus
manos, a veces cambiándola de una a otra. No se había desecho de ella porque
sabía que le había gustado mucho, y ella quería seguir disfrutando de ese
miedo que le provocaba porque, tras él, la excitación era mayor. Ahora mismo
era consciente de ello pues su pene se puso más duro y ancho lo que le daba
más placer.
Dejó caer la rueda sin ejercer fuerza sobre el pecho de él hasta llegar a
los pezones donde, antes de pincharlos, rodeó la areola para provocar una
reacción más intensa. Y eso consiguió.
Casey colocó las manos en la pared alrededor de Fire y empezó a
embestir con mayor rapidez, con más intensidad. Su cuerpo estaba ardiendo en
manos de ella y no podía parar. Necesitaba enfriarse, necesitaba
descargarse…
—Quiero… —susurró él.
—Hazlo… —le respondió ella abrazándolo para que pudiera penetrarla
más fuerte. Había mantenido sus piernas juntas y hecho fuerzas para que los
muslos lo atraparan lo cual hizo que Casey gruñera y se vaciara entre los
muslos y las braguitas de Fire al tiempo que también él la abrazaba con fuerza.
No quería que se separara de él, quería tenerla así para siempre, aunque había
una forma de hacerlo mucho mejor.
Llevó las manos hasta el liguero y lo desabrochó haciendo que este
cayera hasta que los broches en las medias lo frenaron. Pero no era eso lo que
buscaba, sino la cinturilla de las braguitas. La cogió y, sacando su pene, las
bajó con rapidez.
A pesar de haber llegado al clímax, Casey colocó su pene en la entrada
de la vagina de Fire.
—Mierda… —blasfemó acordándose de que, desnudo como estaba, no
tenía ningún preservativo. Miró a Fire pidiéndole permiso para hacerlo
cuando vio que ella se metía la mano en el corsé y sacaba un envoltorio de un
preservativo.
—¿Cómo…?
—Hay que estar preparada siempre —comentó ella con una risa que iba
en aumento.
Casey refunfuñó algo ininteligible. Le arrebató el condón y rompió el
envoltorio para colocárselo en segundos. Sabía que no podía tardar mucho o
su erección comenzaría a bajar, y lo que quería ahora era darle a ella placer.
Por eso, fue brusco a la hora de entrar. Por eso, levantó la pierna de Fire
y la pegó a la pared como un punto de apoyo mientras la penetraba con más
dureza de la que había empleado con otras mujeres. Por eso, Fire lo pellizcó
devolviéndolo a su sumisión, a que se controlara mientras ella le pedía que
jugara con su clítoris y él aceptaba de buena gana.
Los gemidos de Fire jamás salieron de su boca, Casey se los silenciaba.
Lo quería todo de ella, incluso el orgasmo que le sobrevino, incluso los
siguientes que llegaron cuando él la tumbó en la alfombra blanca y volvieron a
hacer el amor, unas veces ella abajo, otras arriba. Unas veces ella
dominándole, otras dejándole libertad para que hiciera lo que quisiera. Pero,
en todas ellas, disfrutando el uno del otro.
Una figura se alejó de la puerta de la mazmorra. Ya había escuchado
suficiente.
Capítulo 26
En el ruego y la súplica se encuentran los deseos escondidos que el
dominante debe complacer.
Un mes después
a mirada de Fire no se apartaba de la pantalla del ordenador. Estaba
L pendiente de la otra persona, de que hiciera tal y como lo había
instruido, lo que le había mandado. Y, como siempre, no le defraudaba,
incluso ejercía más fuerza de la que ella le había pedido. Aunque
tampoco se sentía culpable por ello. Al fin y al cabo, él debía controlar ese
dolor.
Había pasado un mes y, en ese tiempo, había hecho avances. En todos los
aspectos.
La relación con Daniel se había afianzado. Después de desconectarse el
día que le negó quedar con él, recibió varios mensajes a través de la
plataforma del club, pidiéndole perdón e implorándole que volviera a
hablarle, que no iba a comentar de nuevo ese tema y que jamás lo volvería a
sacar en una conversación.
Había tardado tres días en aparecer y habían sido sus amigos los que le
contaran cómo entraba a menudo, a distintas horas, y preguntaba siempre por
Lady Blue, sin jugar con otras, sin hacerse pasar por Amo. Era como si, al no
tenerla, lo demás careciera de sentido.
También Casey y Oliver habían notado ese cambio cuando, a los dos días,
quisieron ir a verlo para tratar de sonsacarle alguna información
contradictoria. Pero, por primera vez, se había negado a recibirlos. Y no
habían podido hacer nada por cambiar eso.
Así, cuando Fire se conectó al club, Daniel ya estaba ahí y de inmediato
le pidió un privado. Se había disculpado con ella, rogado que no volviera a
desaparecer y pedido que se quedara con él. Y ella lo había perdonado. Desde
ese momento, había jugado con él todos los días. Ya no solo se ocupaba de dar
rienda suelta a esa necesidad de dominio, sino que también hablaba con él
sobre lo que le gustaría, los límites, y lo que podía hacer con él.
Eso había consolidado el trato entre ellos hasta el punto de que él la
llamaba Ama en el chat general y Fire tuvo que dejar de lado a otros con los
que jugaba para evitar discusiones o peleas entre ellos. Le había costado
hacerlo, pero si quería que el plan saliera bien, tenía que desvincularse de
otros sumisos y que él mismo lo viera. Que ella lo había escogido a él.
La relación “falsa” con Daniel iba dando sus frutos. Lo mismo que la
relación “real” con Casey. Tras las sesiones virtuales con Daniel, donde
solían estar Oliver y Casey, o al menos uno de los dos, Casey se quedaba en su
casa, no precisamente para dormir, y, aunque había veces en las que la
relación sexual solo era una parte, también hablaban, mucho. A pesar de que el
trabajo los mantenía ocupados, a uno investigando casos; a otra con citas,
subastas y encuentros, unos con mejor resultado que otros, sacaban algo de
tiempo para ellos mismos.
Casey seguía manteniendo las distancias con el BDSM y Fire lo
respetaba, aunque eso no quería decir que lo hubiera dejado a un lado. Solía
dominarlo, controlarle, pero poco a poco, enseñándole lo que las restricciones
podían excitarlo; lo que, los juguetes que, en un principio, se veían aterradores
o demasiado dolorosos, podían acabar siendo de lo más placenteros utilizados
en su mano.
—Coge el flogger —le indicó Fire levantando ella el que tenía. Se trataba
de un látigo pequeño con varias colas que, al agitarlo, cada una golpeaba con
una intensidad diferente y en lugares distintos.
—Sí, Ama… —obedeció él acercándose a la mesa para coger el suyo.
Tenían casi el mismo, aunque el de Daniel difería en la longitud y el material
de que estaba hecho.
—Quiero que te golpees en esa zona tantas veces como escuches el sonido
de mi flogger restallando, ¿de acuerdo?
—¿Y si no aguanto, Ama? —preguntó él, seguramente porque la sesión se
había alargado y eso implicaba que estuviera muy excitado, al punto de
soportar poco más.
—Si no aguantas, no te daré una sorpresa… Un sumiso de Lady Blue no
puede ser un debilucho. ¿Acaso lo eres tú, zalamero? —azuzó ella buscando
con ello una reacción de Daniel.
—Por supuesto que no —contestó él con un ramalazo de ira contenida.
—Demuéstramelo… —Y, nada más pronunciar esa palabra, hizo fustigar
el flogger. De inmediato, Daniel hizo lo propio, solo que en sus partes, las
cuales, estaban atadas separando cada testículo y fijando la cuerda sobre la
base de su pene.
Lo vio doblarse, gemir y respirar hondo antes de ponerse recto de nuevo.
—Otra vez… —indicó Fire volviendo a golpear en la mesa con el flogger.
Y, de nuevo, Daniel también usó el suyo—. Otra… —repitió ella.
Así hasta cinco veces.
Daniel apenas podía tenerse en pie en ese momento. Ni siquiera era capaz
de erguirse para mirarla a la cámara. Sus genitales estaban adquiriendo un
nuevo color y era consciente de que las venas serían palpables al más suave
de los roces.
—¿Por qué no te tocas un poco, zalamero? —La pregunta de Fire hizo que
la mirara con el rostro desencajado. Estaba sudando pero, a pesar de eso,
había perdido todo el color en su cara—. Hazlo, esclavo…
Daniel resopló. Varias veces. La propia mano le temblaba por lo que
estaba a punto de hacer. Apenas le rozó la yema de su dedo corazón, cuando
tuvo que tensar sus músculos y retirarse.
—¿Quién te ha dicho que hagas eso? —se molestó Fire. Desconectó su
cámara dejándolo sin su presencia.
—¡Lady Blue, por favor! —exclamó Daniel—. ¡Lo hago, lo hago! —
Empezó a tocarse a pesar de los movimientos que hacía su cuerpo, de los
espasmos que sufría y de lo doloroso que debía ser eso.
—Golpéate más fuerte —comentó ella sin encender aún la cámara.
—Sí, Mi Señora. Lo que quiera, pero déjeme verla. Déjeme saber que
está ahí… —Empezó a golpearse con el flogger, cada vez con mayor
intensidad, haciendo incluso que a Fire le doliera.
Encendió la cámara y vio cómo le cambiaba a Daniel la cara. Pero seguía
autoflagelándose.
—Para —lo detuvo—. Te diría que usaras ahora la pluma…
—Lo que quiera Mi Ama… —susurró él a punto de desfallecer.
—No,quiero que te quites la cuerda. Y quiero que no te corras hoy… ni
mañana… ni pasado…
—¿Hasta cuándo? —preguntó él cumpliendo con la orden que le había
dado.
—No sé… —Se hizo la interesante—. ¿Qué tal hasta que tomemos un café
juntos?
Daniel se quedó a mitad de lo que hacía. La miró con la boca abierta sin
poder creer lo que decía. ¿Había escuchado bien?
—Lady Blue, ¿puede repetir eso?
—¿El qué? ¿Lo de no correrte? ¿Lo del café? ¿O lo de quedar juntos?
—¿En serio? —Se acercó a la cámara—. Lady Blue, ¿quedará conmigo?
¿De verdad?
—Eso depende de ti. De si estás en la ciudad, de si quieres… De que
aceptes mis condiciones…
—¡Sí, sí, sí! ¡Sí a todo, Ama! —exclamó con júbilo—. ¿Mañana por la
mañana?
—¿Y hacer que tu pene se libere tan pronto? —inquirió ella—. No.
Dentro de tres días. En la cafetería Dominós, ¿sabes dónde está?
—Lo sabré. ¿A qué hora?
—A las ocho de la tarde. Mientras tanto, ni tú ni yo vamos a tener
contacto. Quiero dejarte con esas ganas, con esa ilusión y con ese
nerviosismo. Según cómo te portes, algo podría pasar en ese café.
Daniel no sabía qué hacer, si reír, si llorar, si ponerse a gritar, a saltar o
mantener el tipo y controlarse. Pero eso era muy complicado en esos instantes.
—Buenas noches, zalamero…
—Buenas noches, Ama…
Fire desconectó de inmediato y se giró hacia los otros.
—Cita programada —les dijo sonriente.
Casey y Oliver también sonrieron. Lo tenían. El plan empezaría a dar sus
frutos en poco tiempo. Habían estado planeando la forma en que iba a
conseguir quedar con él sin que sospechara, y esa era la que, al final, había
ganado. Ahora las variantes cambiarían.
Fire estaba cruzada de brazos y no dejaba de mirar a los demás. A pesar
de las reticencias que había puesto con respecto al plan, ninguno le hacía caso
y sabía que era un error.
—No va a salir bien —volvió a decir de nuevo haciendo que, la única que
lo mirara, fuera la mujer que iba a tomar su lugar.
—¿Por qué no? He estudiado los vídeos y audios de las sesiones. He
pasado unos días con usted. Sé lo que debo hacer —se defendió la chica.
—No, no lo sabes. Crees que vas a reaccionar como debes pero no es así.
No tienes un porte de dominante, no vas a hacer que Daniel se crea que tú eres
yo —respondió Fire.
—Fire, ¿por qué no nos dices qué le falta y ya está? —indicó Casey.
Había discutido con ella varias veces en esos tres días porque no quería que
ella se implicara más, menos aún que tuviera que quedar físicamente con
Daniel.
—¿Y por dónde empiezo? Es demasiado tarde, Daniel ya está sentado allí.
—Señaló ella con el brazo hacia el café Dominós donde habían quedado.
Daniel había llegado puntual a su cita y se había sentado en una de las
mesas que había en el exterior. El sol, que aún parecía no querer irse, hacía
que se estuviera muy bien fuera aunque no hubiera demasiada gente en las
mesas aledañas.
Por supuesto, había sido cosa de ellos ya que Fire conocía a la perfección
ese bar y sabía que, a esas horas, no solía tener clientes con lo que, si había
problemas, se podría actuar sin poner en peligro a nadie.
—Fire, todo va a salir bien —la animó el capitán—. Entiendo que estés
nerviosa pero ella está capacitada para hacerlo. Ya lo verás.
Fire bufó. No daba ni un céntimo por ello.
La mujer se acercó a la mesa donde Daniel estaba esperando. Parecía
estar inquieto e intentaba calmarse leyendo un periódico. Pero apenas si
lograba fijarse en dos palabras seguidas. Ansiaba que Lady Blue apareciera,
que ella se mostrara en persona.
—Buenas tardes —saludó sentándose.
Daniel bajó el periódico y la observó. Llevaba un corsé negro y unos
vaqueros. Se había recogido el pelo negro en una coleta y su rostro estaba
maquillado tenuemente.
—¿Acaso no vas a decirme nada, zalamero? —preguntó ella cruzando las
piernas y echándose sobre la silla. Levantó una mano para avisar al camarero
y pidió un café helado.
—Lo haría, señora, si supiera quién es —contestó él dejando a un lado el
periódico.
—¿Tan pronto te olvidas de mí? Solo han sido tres días. Aunque, por el
recibimiento, bien podría dejarte un mes.
Daniel se echó a reír. Se echó hacia atrás en la silla, descruzó sus piernas
y se puso serio.
—No sé quién es usted ni lo que pretende —dijo con un tono de voz
cauteloso—. Pero no es la persona que yo estaba esperando.
La mujer rió. Las cosas no estaban saliendo bien. Tenía que dar un giro.
—¿Ahora me vas a decir que yo no soy quien debo ser? —le acusó—.
Menudo esclavo tengo. Parece que elegí mal a la hora de escogerte.
Daniel miró a su alrededor. Esa mujer que tenía sentada al otro extremo
de la mesa no era Lady Blue. Esa muchacha no le hacía experimentar nada. Su
forma de hablar se parecía a la de su Ama, también su aspecto. Pero algo en
ella no era igual.
Bajó la mano y, de forma discreta, sacó un arma apuntándola por debajo
de la mesa. Quitó el seguro y la cargó haciendo que el sonido fuera audible
también para ella.
—¿Qué tal si nos sinceramos? —propuso él con una sonrisa aterradora.
—Mierda… —maldijo Calfer—. Esto no va nada bien.
—Tiene un arma… —avisó Oliver—. Hay que hacer algo.
Los policías estaban inquietos. Una compañera de la unidad estaba en
peligro y se debatían entre entrar y arrestar a Daniel, o mantener posiciones y
esperar a que todo se solucionara. Y ambas eran igual de estresantes, además
de que podían tener consecuencias negativas en el plan que habían seguido.
Habían organizado todo con la convicción de que no iba a tener ningún
problema porque él jamás había visto el rostro de Fire, pero en ese momento
las palabras que los habían alertado de que no iba a funcionar se les clavaban
en sus mentes.
Estaban a unos metros de donde todo ocurría y la vida de su compañera
corría mucho peligro. Demasiado.
—¿Ahora vas a tomar tú el control, zalamero? ¿Hasta el punto de
amenazarme? —Podían oírlos gracias al micrófono que llevaba la chica en las
patillas de las gafas, junto con una videocámara que habían escondido. Pero
eso hacía más difícil poder estarse quietos pues notaban en el comportamiento
de Daniel que no tenía paciencia.
—No sé por qué me da que intentas ganar tiempo… ¿Qué pasa? ¿Esperas
a alguien? ¿Eres de la policía?
—¿La policía? Esto es increíble… —La mujer descruzó las piernas y
volvió a cruzarlas al contrario de como las tenía—. ¿Para qué voy a querer yo
a la policía si no es para servirme?
—Buena respuesta, señora. Pero no la que Lady Blue daría…
—Jefe, tenemos que hacer algo —lo apresuró Casey—. Ese hombre no va
a tolerar mucho más tiempo la farsa… —Al ver que Calfer no decía nada,
Casey se giró, no podía quedarse quieto—. ¿Dónde está Fire? —preguntó al
no encontrarla.
Fire salió del local desde donde habían montado la vigilancia policía y se
apresuró a su coche. Abrió el maletero y alcanzó una pequeña mochila. Tenía
que darse prisa.
Abrió la cremallera y sacó una peluca negra. Se recogió con una goma del
pelo su cabello y se colocó la peluca ayudándose con el espejo retrovisor del
copiloto a colocarla de manera que no se notara que no era su pelo natural.
Finalmente, sacó una máscara veneciana, un pierrot. Se trataba de una
máscara completa con una base blanca y un maquillaje sobre todo en la zona
de los ojos y los labios. De uno de esos ojos sobresalía una lágrima, tal y
como se caracterizaban este tipo de máscaras.
Se la colocó ocultando su rostro y combinándola con la peluca. Se había
preparado para ese momento y sabía que ahora el plan corría peligro, igual
que la chica. Debía actuar rápido para que no se le escapara.
Cerró el coche y corrió hacia el bar por el lado contrario a donde estaban
los policías vigilando. Unos metros antes, se frenó, cogió aire para recuperar
el aliento, y se mentalizó. Ahora dejaba de ser Fire para dejar rienda suelta a
Lady Blue, una Blue de la que nunca se olvidaría Daniel.
—Me gusta saber que los sumisos que elijo saben detectar a las
impostoras… —elogió Fire haciendo que dos rostros se volvieron hacia ella.
Fire caminaba con tranquilidad, dejando que Daniel la observara en sus
pasos, como si un animal a punto de cazar se aproximara a él. No apartaba los
ojos de él, lo único de su rostro que Daniel podía ver. Se había puesto una
camiseta roja de manga corta y unos vaqueros junto con unos tacones de tiras.
—¿Lady Blue? —preguntó Daniel. Su voz había temblado y sus ojos
reflejaban la sorpresa y la alegría por igual.
—Gracias por hacerme el favor de poner a prueba a éste —se dirigió a la
chica instándola a que se moviera.
—Yo… —Se levantó de la silla acercándose a Fire quien la abrazó.
—Vete de aquí sin decir nada más —le susurró.
La policía hizo lo que le dijo y Fire tomó asiento en su lugar. Puso su
mano en la barbilla —o donde se suponía que, por la máscara, estaría—, y lo
miró.
—Hola, zalamero —saludó.
Capítulo 27
Haz que nazca un fuego tan intenso que arrase con mi voluntad y te
grabe en lo más hondo de mi ser.
aniel se había quedado sin habla. Tenía la pistola aún en la mano, pero
D esta apenas si podía apuntar de los temblores que notaba en su mano.
Por fin, había llegado el día en que Lady Blue estaba cara a cara. O
casi, pues había ocultado su rostro en una máscara que le preservaba su
identidad. Por una parte, eso lo excitaba más; por otra, quería saber lo que se
ocultaba tras ella. Lo ansiaba.
—¿A qué ha venido eso? —preguntó Daniel haciendo referencia a la
situación que había vivido. ¿Por qué Lady Blue lo había puesto a prueba?
—Porque quería saber si tú obedecerías a cualquier mujer, o solo a la que
consideras tu Ama —respondió ella con serenidad.
Daniel se quedó callado.
—¿No me vas a invitar a nada, esclavo? —le preguntó ella alejando con
un solo dedo el café helado que se había pedido la otra “Lady Blue”.
—¡Por supuesto! —exclamó. De forma sutil, guardó el arma y levantó el
brazo.
—No quiero que un camarero me sirva. Quiero que lo hagas tú —protestó
cuando el que se ocupaba de las mesas estaba ya cerca.
Daniel tragó con dificultad y, de alguna manera, notó una lucha interna.
Por un lado, quería obedecerla; por otro, no quería tolerar esa forma de
hablarle delante de otras personas.
—¿Y bien? ¿Voy a tener que levantarme e irme? —apresuró ella.
—No… ¿Qué quiere tomar? —preguntó reteniendo la vergüenza y la rabia
que sentía porque lo estuviera rebajando a un nivel inferior a ella.
—Una copa de batido de Kit Kat. Grande. Así estaré aquí más tiempo…
Daniel se estremeció. Se levantó de inmediato y obvió al camarero que le
decía que él se encargaba. No… Ahora lo entendía. Lady Blue no debía ser
servida por nadie que no fuera su sumiso. Y ese era él…
Fire se quedó a solas y respiró hondo. Se giró hacia el local donde sabía
que la estarían observando, donde unos ojos aterrados no le quitarían la vista
de encima.
Esto no podía estar pasando… No era así como tenía que ser. Casey
miraba a Fire y su cuerpo temblaba. Ella no tenía preparación para enfrentarse
a un hombre como Daniel, podía escapársele cualquier dato y ponerla en
peligro. Había que sacarla de allí cuanto antes.
—Capitán,lo siento mucho… —se disculpó la mujer entrando a la carrera
en el local—. No sé cómo se ha dado cuenta, he interpretado el papel a la
perfección.
—No habrás sido tan perfecta —se molestó Casey—. Por culpa tuya Fire
está ahí.
—Pero he hecho lo mismo que ella —se defendió.
—¿Lo mismo? Ella acaba de hacer que Daniel se levante y sea él quien la
sirva —le replicó señalándole la ventana desde la que se veía cómo llegaba
Daniel con la copa que había pedido y se la colocaba en la mesa, a su lado.
Fire apenas había cabeceado ligeramente y él se había sentado a una orden de
ella—. ¿Tú le pediste algo así?
—Ya está bien —intervino Calfer—. Sea como sea, está todo hecho.
Ahora el único problema que tenemos es que no podemos saber lo que se
dicen.
—Eso es fácil, puedo ir… —propuso Casey.
—Ni hablar. A vosotros os conoce de sobra. Y lo mismo conmigo. Si
queremos que Fire esté a salvo, vamos a tener que confiar en su pericia y en
ese control que tiene sobre Daniel para que no le haga nada.
—Me ha dado esto… —habló de nuevo la mujer mostrando un trozo de
papel doblado.
Calfer se lo arrebató de inmediato y leyó en voz alta:
“Ya os dije que no iba a funcionar. Pero no voy a perder la oportunidad
de que podáis meter entre rejas a este tipo. No os acerquéis, sé controlarlo”.
Casey golpeó la pared. Fire estaba ahí fuera ante un hombre armado que,
en cualquier momento, podía detectar peligro y dispararle. ¿Y tenía que
contentarse con quedarse mirando?
—Case, cálmate… Sabemos de lo que es capaz Fire —murmuró Oliver
palmeándole el hombro.
—Y de lo que es capaz Daniel también —añadió Casey mirando con
preocupación a su compañero. Eso no era igual que una relación virtual, ahí
estaban cara a cara y, cualquier detalle, podía ser el detonante de un desenlace
negativo.
—Confía en ella —le sugirió su amigo—. Sabe lo que hace.
Casey asintió. Sabía dominar a un hombre. Pero estaban hablando de
Daniel; no era de fiar.
—Reindman, Suat. —Los dos se volvieron hacia su capitán—. Vosotros
conocéis bien a Fire, ¿podrá con él?
—Sí, capitán —respondió Casey—. Ella ya lo ha demostrado —añadió
haciendo referencia a lo que acababa de hacer.
—Aquí tiene. —Daniel colocó la copa con cuidado en la mesa y le acercó
una pajita larga para que pudiera tomárselo.
La copa era inmensa. Contenía una mezcla de helado de vainilla y galleta
con chocolate. Estaba aderezada con nata, sirope de caramelo y polvo de
chocolate.
Fire cogió la pajita rozando adrede la mano de Daniel quien, al principio,
saltó por el contacto.
—¿Qué pasa, zalamero? —le inquirió ella mirándolo a través de la
máscara.
—Nada, lo siento… Es que no estoy acostumbrado a su roce.
Fire hundió la pajita en la copa y se la metió en la boca a través del
pequeño orificio que tenía. Aun dentro, jugueteó con su lengua haciendo que
esta sobresaliera fuera de la máscara unos segundos haciendo que Daniel
apretara sus labios y se los lamiera con ansia.
—Siéntate, zalamero…
—Sí, Ama… —respondió él acatando la orden de inmediato.
Daniel no dijo nada más mientras Fire se dedicaba en exclusiva a la copa,
sin prestarle atención a la otra persona. Y eso estaba haciendo que se pusiera
nervioso. No estaba acostumbrado a que la gente pasara de él de esa forma.
Abrió la boca para hablar cuando la mano alzada de Fire lo detuvo.
—Cuando quiera que hables te lo diré. Por ahora, calladito estás mejor.
Quiso replicarle, decirle que él había acudido y lo que quería era hablar
con ella. Pero se sentía cohibido porque sabía que, si no la satisfacía, la cita
podía terminarse y no la volvería a ver, tampoco jugaría con él. Y eso era
demasiado.
Así que, pese a lo que quería, se mantuvo callado hasta que Fire dejó a un
lado la bebida y lo miró.
—Tienes preguntas —afirmó ella.
—¿Por qué la máscara? ¿No quiere que la vea?
Fire rió suavemente.
—Eres el primer sumiso con el que quedo. ¿Crees que va a ser tan fácil
que deje que veas mi rostro? Si no lo hago en el club online, ¿qué te hace
pensar que iba a hacerlo aquí?
—Supuse que…
—¿Suponer? —inquirió Fire entrecerrando los ojos—. Tú no supones
nada. Soy yo la que te da o te quita, no lo olvides, zalamero.
En ese momento Daniel saltó por la sorpresa. Miró hacia abajo y vio que
la pierna de ella estaba estirada y se había colado entre las suyas,
acariciándole con el zapato sus partes. Levantó la cabeza.
—Acércate más y estate quieto… —le indicó ella colocando la cabeza
entre sus manos.
—Sí, Ama… —Su voz era más ronca y parecía más predispuesto a
obedecer ese tipo de órdenes.
Fire volvió a levantar el pie y empezó a tocarlo de nuevo. Lo veía
inquieto e incómodo pero, a pesar de estar así, no se movía y se notaba en su
rostro que disfruta de ese contacto, aunque no fuera directo.
—Dime, zalamero, ¿querías algo así? —le preguntó Fire mientras
torturaba sus testículos al presionar el zapato contra ellos.
—Sí… Sentirla… —susurró él de manera entrecortada—. Me encantaría
que nos fuéramos. Tengo una casa…
Fire se detuvo de inmediato.
—Quedé contigo a tomar algo. No a follar en tu casa —le dejó claro.
—Perdón, Mi Señora.
Ella volvió a coger la copa y dio otro sorbo, moviendo la pajita para que
se deshiciera el helado y se mezclara bien con el resto de ingredientes.
—Así que tú eres zalamero… —señaló.
—¿Nome esperaba así? —dudó—. Usted me ha visto a través de la
cámara… —insinuó haciendo mención a que era ella a la que él no había
visto.
—Te esperaba tal y como eres. Quizá un poco más bajo, pero me has
impresionado. Parece que he elegido un buen sumiso como candidato.
—¿Candidato? —No entendía a lo que él se refería.
—Por supuesto, ¿crees que el hecho de llamarme Ama ya te hace mío? No,
estás muy equivocado, todavía no eres digno de llevar mi collar.
—¿Qué he de hacer, Ama? —preguntó él.
—Lo que estás haciendo. Servirme. Te pondré a prueba, y si las superas,
serás mío para siempre…
—¿En serio? ¿Quiere decir que habrá más encuentros?
Fire levantó su mano y la bajó sobre la de Daniel. Empezó a acariciarla
con las yemas provocando en él un cosquilleo delicioso que se le iba
transmitiendo a otras partes de su cuerpo.
—Puede que sí. Por ahora me lo estoy pasando muy bien. ¿Y tú?
—También, Mi Señora… También…
La tensión parecía cortarse con un cuchillo. Todos estaban fijos en la
imagen de Fire y Daniel, ambos sentados en esa mesa. Llevaban así más de
una hora y, hasta ese momento, no parecía que ninguno de los dos quisiera dar
por finalizada la reunión.
Pero ellos lo estaban deseando. Sobre todo Casey, quien el saber que
Daniel tenía una pistola y que no le importaba sacarla, como había hecho
antes, a plena luz del día, para apuntar a una mujer, hacía que su mente le
jugara malas pasadas cada vez que él dirigía sus manos por debajo de la mesa.
—¿¡Cuándo van a terminar!? —saltó lleno de frustración.
—Cálmate, Case. Que haya pasado ya todo este tiempo es bueno, quiere
decir que se ha ganado su confianza.
—¡Ya lo sé! —gritó—. Pero está ahí fuera con un asesino en lugar de estar
fuera de la investigación. Ahora tendrá que ser ella la que siga quedando con
él —siseó.
—Me temo que sí —afirmó Calfer—. Nos excedimos al pensar que
podríamos reemplazar a Fire. En lo que llevo observándolos, me doy cuenta
por qué ella decía que no iba a servir. —Miró a la mujer que había intentado
reemplazar a Fire—. Mira su comportamiento, la forma de moverse, la de
hablar, gesticular… Todo lo hace de una forma natural pero con un poder
interior que es lo que atrae de ella. Y eso no lo tenías tú.
—Señor, puedo intentar aprender. Ella lleva máscara, por tanto, no la
reconocerá. La próxima vez…
—No. No me arriesgaré. La colaboración que tenemos con otros estados y
la posibilidad que nos ha brindado Fire es demasiado importante para volver
a probar. Fire seguirá siendo la persona que quede con Greenblacht.
A Casey no le gustaba nada lo que acababa de decir su capitán. Pero tenía
que acatar sus órdenes. Ella lo conocía bien, sabía cómo actuar con él. Y era
lo bastante inteligente como para que no se le escapara ninguna información
que no hubiera sacado del mismísimo Daniel.
—¿Estás bien? —le preguntó Oliver acercándose a él.
Casey suspiró.
—Lo estaré cuando Fire se haya alejado de Daniel… —respondió él.
Se sentía inútil. Fire estaba ahí fuera haciendo un trabajo que no la
correspondía. Y él, como policía, tenía que esconderse y aguantar el
sentimiento de culpa, el de temor, porque le pasara algo a ella. Había tenido
que meterse las manos en los bolsillos para evitar que otros vieran que estaba
muy preocupado por ella porque la habían metido en la boca del lobo y no se
esperaba que eso lo alterara tanto.
—Ya se va Daniel —avisó uno de los policías haciendo que los demás se
fijaran.
Daniel acababa de levantarse de la mesa y se despedía de ella dándole un
beso en la mano —algo que Casey se ocuparía de lavar en cuanto la tuviera
cerca—. Lo vieron marcharse hacia donde había aparcado su coche.
Mientras, Fire se quedaba en la mesa.
—¿Qué hacemos, jefe? —preguntó Oliver.
—Esperar… No nos podemos fiar de Daniel. Que alguien avise a Fire
para que se quede un rato allí y después venga donde estamos.
Casey alcanzó su móvil y abrió el WhatsApp. Empezó a teclear como un
loco.
El sonido de la vibración del móvil hizo que se levantara un poco para
sacarlo de donde lo llevaba.
Case: No te muevas. Daniel puede volver por ahí o pasar para ver si
estás con alguien o si te has quitado la máscara. Cuando lo creas
conveniente, vuelve conmigo.
Sonrió tras la máscara porque sabía que había puesto eso último de su
propia cosecha. Aunque ellos quisieran que fuera hacia el local donde se
escondían, Casey ya le estaba diciendo que él prefería que estuviera entre sus
brazos y, por una vez, ella también quería estar ahí.
Se quedó con la máscara puesta y, hasta que no transcurrió media hora, no
se levantó de la silla y abandonó el bar, ahora más lleno que horas antes, hacia
la calle donde estaba el local en el que la esperaban. Seguramente la policía
estaba pendiente de que nadie la siguiera y, por la ausencia de vibración de su
móvil, no parecía haber ningún problema.
Abrió la puerta y se adentró hacia la zona interior del local.
—Buenas noches —saludó ella quitándose la máscara.
—¿Cómo estás, Fire? —preguntó Calfer al verla.
—Bien, no ha pasado nada. Solo hemos charlado. Y jugado un rato… —
rió porque en ese juego él había tenido un pequeño problema con su aguante y,
al final, habían tenido que estar más tiempo para que se le secara el pantalón.
Era eso o dar el espectáculo y ella misma le había dicho que no quería que
nadie viera que, con solo la estimulación de sus pies, se había corrido.
—Voy a abusar de ti, Fire, pero vas a tener que venir a comisaría a prestar
declaración. No llevabas micro puesto y necesitamos… —Calfer se calló en
el momento en que Fire levantó su móvil.
—Puede que no llevara micrófono, Richard, pero una grabadora sí y ha
estado activa todo el tiempo.
Todos los policías que había allí sonrieron porque ella hubiera pensado
en poner a grabar el móvil en una situación como esa. Incluso la mujer que se
suponía iba a hacerse pasar por ella elogió la idea que había tenido.
—Chica lista —aduló Oliver sonriente.
Casey y ella se miraron pero este no sonrió. Ni tampoco habló. Fire
frunció el ceño, ¿estaría enfadado por lo que había hecho? ¿Aun significando
que podían tenderle la trampa a Daniel?
—¿Fire?
Fire sacudió la cabeza.
—¿Perdón? ¿Qué decías, Richard?
—Te decía que, a pesar del audio, tienes que venir.
—De acuerdo, no te preocupes.
Casey aparcó el coche en uno de los huecos que había en la calle de Fire
y quitó el contacto. Después de haber pasado varias horas contándoles lo que
escuchaban en la grabación y los gestos que Daniel había hecho en cada
momento del audio, ella le había pedido que la llevara a casa porque se
encontraba cansada y no quería conducir, pero lo que en realidad esperaba es
que él le dijera algo.
A pesar de que la distancia de la comisaría a su casa era suficiente para
haber entablado conversación, Casey no lo hizo. Y Fire no sabía el motivo de
ese silencio.
Los dos se quedaron en el coche sin mediar palabra. Hasta que Fire la
rompió.
—Está visto que hoy no eres muy hablador. Quizá mañana cambies de
idea. Buenas noches —se despidió ella. Estaba cansada, molesta y cabreada
por la actitud que tenía Casey.
Abrió la puerta del coche, salió y la cerró. Empezó a caminar hacia su
casa cuando unos brazos la rodearon por detrás y notó el calor de un pecho, el
aliento en su cuello. La apretaba con fuerza y ella se mantuvo quieta. Había
ansiado ese contacto, y sabía que él también lo quería. Pero no se había
acercado a ella.
—Tenía miedo de que te hiciera daño, Fire. Llevaba una pistola —le
susurró él—. Estaba enfadado contigo por ponerte en peligro, preocupado
porque te hiciera algo o quisiera que os fuerais a otro sitio… O que
aparecieran hombres suyos y te secuestraran…
Fire intento volverse pero, hasta que él no aflojó su agarre, no pudo darse
la vuelta.
—Estoy bien —afirmó haciendo que la mirara. Lo besó deleitándose en
ese contacto, en lo mucho que había echado de menos su apoyo en la
comisaría, en lo que le había faltado en el coche, y se abrazó a él de la misma
forma que él lo había hecho a ella—. Quédate esta noche… —le musitó.
No hizo falta respuesta. El beso que él le dio lo decía todo. Porque en ese
momento, él la necesitaba para calmar su alterado corazón, para frenar el
miedo que tenía atenazado en su cuerpo. Para darle el equilibrio que había
perdido horas antes al verla con un malnacido.
Capítulo 28
Cédeme el poder con el que saciarme. Quítame la voluntad para
obedecerte.
asey gimió echando la cabeza a un lado. No quería despertar, pero algo
C tiraba de él para que lo hiciera. Algo placentero que hacía que su
cuerpo se moviese por sí solo y se contrajera por ello. Quería seguir
durmiendo, volver a soñar que Fire y él estaban en la cama, que él la
abrazaba y se quedaban dormidos de esa forma. Quería…
Abrió los ojos y sonrió porque no estaba en su piso. Reconocía el techo,
la lámpara y el cabecero de la cama. Y sonrió aún más porque había
descubierto que ese sueño no había sido tal, sino la realidad, esa que se había
iniciado la noche anterior con un abrazo y había terminado, horas después, con
unas sábanas revueltas y un sueño reparador pegados el uno al otro.
Se sentía tan bien…
Un espasmo hizo que su cuerpo se estremeciera y lo asustara. Se sentía
tan bien… Levantó las sábanas deprisa y vio, entre sus piernas, a la causante
de ese dulce despertar que estaba teniendo.
—¡Fire!
—exclamó sujetándole la cabeza y vaciándose en la boca de ella
—. Dios… —susurró dejándose caer en la cama.
Fire tragó con rapidez y empezó a sacar el pene de Casey lentamente de
su boca aprovechando la lengua para seguir atormentándolo y haciendo que
este temblara en su interior. En el momento en que llegó al glande, notó la
tensión de Casey y cómo este temía que lo tocara en esa zona, ahora
demasiado sensible para soportar los juegos de ella.
Rió provocando que la vibración se contagiara al miembro de Casey y
este siseara intentando controlarse para no volver a eyacular. Aguantó
entonces la succión a la que Fire lo sometió haciendo que las sensaciones se
multiplicaran y volviera a llevarlo a un estado de completa excitación, a pesar
de que ya había pasado por un orgasmo.
Ella abrió la boca para dejarlo libre y, con la punta de la lengua, lo rozó
en el glande antes de levantar la cabeza y sonreírle.
—Buenos días, Case… —saludó ella.
—¿Buenos días? —preguntó él con la respiración entrecortada—. Dirás…
Joder, ya no sé ni qué decir con este despertar.
Fire se recogió el pelo por detrás de la oreja y se echó a reír. Se había
despertado diez minutos antes y, verlo en su cama dormido de manera tan
profunda había hecho que su lado travieso la incitara a meterse entre las
piernas de él y empezara a masturbarlo en una zona que ya estaba en
semierección.
Él no se había despertado hasta el momento en que había estallado y se
había sentido poderosa al tenerlo bajo su mano, someterlo a su propio placer.
Porque ella también se había divertido mucho al hacerlo, además de excitado.
En ese momento, sus pezones estaban duros y más sensibles de lo normal y su
vagina la notaba húmeda, ese líquido cayendo por entre sus piernas.
Ella gateó hacia arriba y Casey la condujo hasta su boca. Se apropió de la
de ella mezclando sus labios y lenguas, agradeciéndole por lo que había hecho
y deleitándose de las sensaciones que nacían entre los dos.
La mano de Casey recorrió uno de los hombros de Fire y bajó hacia el
pecho. En el mismo momento en que rozó el pezón, ella gimió en su boca y él
se sintió triunfador de tenerla en ese estado. Aun sin finalizar el beso, comenzó
a rozarle los pezones con delicadeza provocando que ella se moviera inquieta,
que sus caderas empezaran un ritmo que lo estaba volviendo loco pues se
había colocado a horcajadas sobre él y su pene recibía la humedad que salía
de ella. Quería penetrarla en esa postura, quería abrirla a su grosor, llenarla.
Pero se resistía a ello.
Fire se apartó de él y lo miró. Se echó hacia atrás presionando con su
sexo el de él y eso provocó que Casey gimiera, cerrara los ojos y levantara las
caderas para acercarse más a ese lugar que ahora tanto lo llamaba. Notaba las
manos de Fire acariciarle sus brazos, alzarlos para entrelazar los dedos de
ambos. Escuchó un sonido extraño e intentó reaccionar pero ella fue más
rápida.
De repente, uno de los grilletes de sus esposas estaba fijo en su muñeca,
la otra libre, aunque no por mucho tiempo.
—¡Pero…! —Quiso saber él. No le dio tiempo a que se liberara pues Fire
había sido rápida y había conseguido cerrar la siguiente argolla pasando la
cadena de las esposas por el cabecero, fijándolo a ella—. Fire… —El tono de
aviso le dijo que no le gustaba nada esa postura.
—Shhh… —le susurró ella acariciándole con el aire que salía de sus
labios en la oreja—. Vamos a divertirnos…
Se incorporó un poco, de nuevo presionándole el pene con su sexo, y, con
las uñas, le arañó el pecho haciendo que él se arqueara ante el dolor que
sentía. Pero cuando después lo acariciaba, toda incomodidad se borraba para,
a continuación, hacer que su vientre se contrajera por más placer.
De esa manera, no podía moverse. Tenía los brazos esposados y se
encontraba bajo el cuerpo de Fire, esta moviéndose para masturbar con su
propio sexo el de él, provocándole sin llegar a más, para mayor tortura.
—Fire, por lo que más quieras, no sigas… —siseó él aguantando el
contoneo de ella en su pene. Estaba deseando entrar en ella, pero cada vez que
llegaba a la entrada, ella se retiraba y volvía a frotarse contra él.
—¿De verdad? —le preguntó ella deteniéndose justo en el momento en
que él podía entrar en ella.
Casey notaba cómo su pene podía abrirla e introducirse pero el saber que
no tenía condón lo frenaba. No quería meter la pata.
—Vaya, vaya… —murmuró ella haciendo que Casey sintiera cómo iba
penetrándola—. Y yo que pensaba que querías esto… —dijo haciendo que
entrara más.
—Fire, no tengo… —Ella lo silenció con sus dedos, los apartó y lo besó.
—Lo sé, pero tomé precauciones —le informó—. La semana pasada me
puse un anticonceptivo inyectable.
En el momento en que Casey asimiló la información sus caderas
parecieron tener vida propia pues se empujó con fuerza hacia arriba
embistiendo a Fire quien gritó y se arqueó al sentirlo tan profundo. Salió y
volvió a entrar, esta vez con un asalto más repetitivo y corto, pero igual de
efectivo en su objetivo.
También ella seguía el ritmo marcado, intentando en algunos casos
presionarlo, volcándose en el placer que él le estaba dando. Ahora sabía que
tenía que atarle las piernas la siguiente vez que lo tuviera tumbado en su cama
aunque, por esa, se lo perdonaría, porque no quería que la unión terminara.
Fire llevó sus manos a los pezones de Casey y los pellizcó pillándolo por
sorpresa y haciendo que él mismo se asustara mas, pasada la primera
impresión, hacían que su cuerpo se estremeciera y erotizara mucho más. Era
una sensación extraña, entre dolor y placer al mismo tiempo ya que, cuando
los pellizcaba, su cuerpo sentía el dolor pero, en el momento en que los
soltaba era como si una oleada de fuego navegara en su interior hacia su sexo
y éste explotara mucho más. Incluso sabía que ella era consciente del cambio
que se llevaba a cabo.
—Case… —susurró Fire.
—Fire… —dijo a la vez Casey.
Las embestidas dieron paso a sus orgasmos, estos buscados y anhelados.
Fue Casey el primero que se dejó llevar por el placer aunque, en mitad del
suyo, Fire explotó prolongando la sensación.
Casey quería levantarse, cogerla y darle la vuelta en la cama pero estar
atado era un problema que no podía solucionar. De lo contrario, hubiera vuelto
a navegar entre esos flujos de Fire para hacerla que llegara a un segundo, y a
un tercero, y a un…
—Case… —Escuchó la voz de Fire.
—¿Mmm…? —Ni siquiera podía hablar. Le encantaba tenerla tumbada
encima de él, sentir el aliento de ella en su pecho, acariciar con la barbilla su
cabello y saber que, aún en esos momentos, permanecía unida a él.
—Tu teléfono, te están llamando… —Él se giró para ver que el teléfono
se iluminaba con una llamada entrante. No se acordaba cuándo lo había puesto
en silencio. Fire se movió haciendo que el pene de Casey saliera, para
malestar de él. La vio trastear para alcanzar unas llaves de la mesita de noche
y abrió las esposas.
Ella rodó por la cama para salir por el otro lado y, desnuda, se metió en
el baño. Casey no le había quitado la vista de encima. Ahora que estaba libre
y que ella había entrado al baño, sabiendo que allí tenía una bañera amplia, se
le había ocurrido un nuevo plan.
—Casey, el teléfono. —Se asomó de nuevo Fire haciendo que suspirara
porque ella le volviera a recordar que tenía otra cosa de la que ocuparse.
—Voyyyy —gruñó él.
—Si acabas pronto… —sugirió ella echándose a reír al ver la cara que
ponía él.
Le encantaba la forma en que lo había dicho, porque el tono de voz le
presagiaba muchos juegos, la mayoría de ellos de los que iban a disfrutar
ambos.
Se sentó en la cama y cogió el teléfono. En ese momento la llamada había
colgado pero silbó al ver la cantidad de mensajes y llamadas perdidas que
tenía. Consultó primero el historial de llamadas y se asustó al contar que, al
menos veinte llamadas, eran de su hermana, Camille. ¿Habría pasado algo en
su casa? ¿A sus sobrinos?
La última de esas llamadas la acababa de hacer así que le dio a rellamada
conteniendo el aliento y rezando porque no hubiera pasado nada.
—¡Por fin! —exclamó ella mitad enfadada, mitad aliviada—. ¿Se puede
saber dónde estabas?
—¿Qué ha pasado? —Ahora que estaba centrada en ella podía notar el
nerviosismo de su hermana—. ¿Estáis bien?
—Eso dímelo tú. Desde ayer tarde he estado llamándote y no has
respondido ni una sola llamada. ¡Hasta te he llenado la cinta del contestador
del fijo en mensajes!
—¿El fijo? No estoy en casa…
—¿Dónde estás? Maldita seas, Case, me has tenido toda la noche en vilo
porque no sabía qué te pasaba. ¡Creí que te habían herido!
—¿Quién te ha dicho algo así? —preguntó él cada vez más asombrado de
lo que estaba pasando—. Camille, estoy bien. Dime que vosotros también,
estás muy nerviosa.
—¿¡Y de quién es la culpa!? —le acusó. Escuchó un llanto y el teléfono
hizo un ruido extraño.
—Casey, soy Paul. Tu hermana necesita un momento.
—Por Dios, ¿qué ha pasado?
—Ayer por la tarde se puso mal y dijo que era porque sentía que algo
malo te pasaba a ti. Te llamó al móvil varias veces. No dabas señales así que
dijo de esperar a la noche. Pero cuando tampoco cogías ni el fijo ni este,
empezó a preocuparse más. No ha dormido y está muy alterada…
—¡Porque es un desconsiderado! —gritó al fondo Camille—. Sí, tú —
continuó una vez le arrebató el teléfono a su marido—. ¿No podías haberme
llamado? Sabes que el vínculo es muy fuerte, que sé lo que sientes.
—Y yo… —murmuró él.
—¿Sí? Pues no lo parece, Case, porque me has tenido toda la noche en
vilo. Un mensaje, una llamada, ¡algo!
—Lo siento, Camille… Estaba ocupado…
—¿Ocupado con qué? Ya estaba preparando a los niños y a Paul para ir a
tu casa.
—Camille, de verdad, perdóname. Estaba en una vigilancia secreta y me
puse muy nervioso porque la persona que estaba allí es muy importante para
mí. Sabíamos que el otro llevaba una pistola y sentirme tan impotente, el no
poder hacer nada me carcomía por dentro. Pero estoy bien, no me ha pasado
nada. De verdad, en cuanto coja unos días libres te prometo que voy a veros.
—Joder,Case… ¿Por qué te tuviste que meter a policía? —Dejó caer ella
más calmada—. De todos los oficios que podías haber escogido, ¿tenía que
ser ese?
Casey sonrió. No era fácil sobrellevar un vínculo así. Él hacía tiempo
que, gracias a sus instructores y psicólogos policiales había conseguido evitar
que las emociones de Camille lo afectaran en su día a día. Solo cuando se
concentraba en ella lograba abrir ese canal y conectar. Pero su hermana no lo
hacía, ella estaba conectada a él prácticamente en todo momento y las
sensaciones más fuertes hacían que ella reaccionara.
—No me va a pasar nada, Camille. Y ahora estoy bien.
—¡Ya sé que estás bien! —le reprochó—. Llevas bien desde hace varias
horas. Demasiado bien diría yo después del susto que me has dado. Que sepas
que le he levantado la voz a tus sobrinos y les pienso decir que ha sido culpa
tuya. Qué puñetas, ¡niños! —chilló haciendo que Casey se separara el
auricular—. Ahí tenéis al culpable de que mamá esté enfadada hoy.
El sonido cambió y supo que había colocado el manos libres.
—Hola, gamberretes… —saludó él.
—¡Tito! —exclamaron los tres haciendo que sonriera. Se los imaginaba a
ellos saltando alrededor del teléfono de Camille.
—¿Dónde estás, tito? —preguntó uno de ellos.
—¿Cuándo vas a venir? —saltó otro.
—Tito… —dijo el más pequeño de los tres.
—Ahora mismo estoy en una casa y voy a irme a trabajar. Pero os prometo
que, en cuanto pueda, iré a veros.
—¡¡Sí!! —exclamó el mayor—. Pero, tito, hazlo pronto que tenemos
vacaciones ahora y podemos jugar más.
—¡Eso, eso! Una merienda de té —propuso la segunda.
—Chuches… —rió el tercer pequeñín.
—Sí, claro, que os malcríe… —bufó Camille—. Y luego papá y yo somos
los malos…
Escuchó la risa de Paul y, justo después, la de su hermana. Por fin podía
respirar tranquilo porque no les había pasado nada. Porque todo seguía bien.
—¿Casey? —La voz de Fire hizo que girara la cabeza hacia el baño.
—¿Quién era esa? —preguntó Camille desconectando el altavoz—.
¿Case?
—Ehhh… Tengo que irme… Voy a llegar tarde al trabajo.
—¿Al trabajo… o a ciertas actividades?
Casey resopló.
—Te llamo luego y te lo explico, ¿vale? Promesa de hermano.
Camille se quedó callada. Solo en casos muy contados, Casey había
utilizado ese tipo de promesa para hacerla esperar. Y en todas ellas, había
cumplido.
—Vale. Pero que sea hoy.
—No fallaré. Te quiero mucho, hermanita.
—Y yo a ti. Aunque no debería —añadió intentando parecer
reprochadora.
Colgó al mismo tiempo que Fire salía de la ducha con un albornoz y una
toalla sobre su pelo húmedo.
—¿Ha pasado algo? —preguntó ella.
—No… Era mi hermana. Estaba preocupada porque no le cogía las
llamadas.
Fire sonrió y se sentó al lado de Casey. Le había hablado alguna vez de su
familia y sabía que existía una relación especial entre su hermana y él.
—¿Están bien?
—Sí. Los echo de menos —comentó él—. Creo que me he hecho adicto a
esas criaturas que tiene y a sus sermones. No puedo vivir sin provocar algunos
que hagan que me llame.
Los dos se echaron a reír.
—¿Hoy tienes trabajo? —preguntó Fire.
—Sí, reunión con el capitán para repasar el plan y ver lo que se puede
sacar de la conversación que tuviste ayer con Daniel. ¿Y tú?
—Leer el informe de la subasta que se hizo para verificar que todo esté en
orden y prepararme para una partida de obras de arte que me envían hoy.
Tendré que organizar a un equipo para que se encargue de todo.
Suspiraron al mismo tiempo y bajaron la mirada para ver que, de manera
inconsciente, se habían cogido la mano y entrelazado sus dedos.
—¿Qué te parece si te recojo y te invito a cenar? —propuso Casey.
—No si yo acabo antes —respondió ella—. Entonces seré yo la que te
recoja y te invite.
—Trato hecho —accedió él.
—Pero antes… —Fire se sentó sobre las rodillas de Casey abriendo con
ello el albornoz y dejando que la piel de ella rozara la de él. De nuevo.
—Me vas a matar… —susurró él dejándose arrastrar por ella.
Ella simplemente sonrió mientras besaba con ternura los labios de Casey.
Fire se masajeó el cuello. Desde que había llegado a la casa de subastas
no había parado. Primero, las llamadas y citas que tenía organizadas y que, ni
una sola, falló. Después, ocuparse del informe que dejaba cerrada del todo la
subasta que habían llevado a cabo hacía un mes.
En el mismo había una relación de los compradores y del pago realizado
por cada artículo de arte. También se disponía de información acerca de cómo
se había hecho entrega de las obras y de los beneficios que esa subasta habían
dado para la empresa, junto con los gastos que había supuesto. Después de
verificar que toda la información estuviera bien, había archivado el informe
con la satisfacción de un trabajo bien hecho. Ahora solo quedaba volver a
organizar otra.
Por la tarde, tuvo que acercarse a ver las nuevas adquisiciones que
entraban en ese momento y a controlar que todo lo que se había puesto en el
albarán entraba en sus almacenes. No iba a ser la primera vez que tuviera
algún problema de ese tipo.
Tras un par de horas abriendo paquetes y manteniendo a raya al
transportista para que no se fuera antes de que hubiera revisado cada una de
las cajas que había descargado, finalmente había firmado el papel de entrega y
se había centrado en organizar a su equipo para trabajar con esas nuevas obras
de arte, unas para tasarlas, otras para valorar una inversión para mejorarlas, y
otras directamente para buscar al comprador adecuado para ellas.
Varios de sus clientes ya le habían hecho peticiones de ese tipo y era por
eso que había querido comprar ese lote de obras. Pero tenía que conseguir
venderlo todo si no quería almacenar productos que, a la larga, no le iban a
servir más que para hacer una puja de productos de arte variados.
Unos golpecitos en la puerta de su despacho hicieron que volviera la
cabeza hacia ella.
—Pase… —dijo.
La puerta se abrió y entró Sam. Ya llevaba la chaqueta puesta aunque, por
el calor que hacía fuera, no la necesitaba. Claro que, con el aire
acondicionado, y el estar sentada todo el rato, podía tener frío.
—Fire, yo ya me voy. ¿Tienes que quedarte más tiempo? ¿Nos tomamos
algo?
—No, tranquila. Vete a casa y descansa.
—¿Seguro? Si quieres me espero y después nos vamos a algún lado.
—Tú tienes mañana sesión de fotos, ¿o se te ha olvidado?
Sam sonrió y se le subieron un poco los colores. A pesar de que ya
llevaba un tiempo siendo modelo, todavía le daba vergüenza cuando tenía que
ir a una sesión de fotos y aguantar horas y horas para que luego solo eligieran
diez o quince fotos.
—Intentaré no retrasarme mucho.
—Tienesel día libre —la cortó ella—. Y no me vale que digas que no
hace falta. Mañana vas, te haces las fotos y te vuelves a casa. A lo más, que
vengas a comer conmigo. Pero nada de trabajar.
Sam quiso abrir la boca para decir algo pero la cerró de inmediato. Ya no
era solo por la forma en que Fire la había mirado en el momento en que ella
iba a rechistar, sino que la conocía lo suficientemente bien como para saber
que no tenía las de ganar.
—Está bien. Entonces vengo a comer contigo, así te cuento qué tal me ha
ido.
—De acuerdo.
—¿Llamo a Michelle y Jordan por si quieren venir?
—Por mí sí, así habrá menos problema de que os emborrachéis.
Sam rió por el comentario. Al menos de esa manera sí que era cierto que
iba a tener más excusa de volver a su trabajo y, en ese caso, le tocaría a Sam
hacerse cargo de quien se achispara.
—Vale,vale, capto la indirecta —terció ella—. Nos vemos mañana
entonces, Fire. Y no trabajes demasiado… —recomendó saliendo por la
puerta del despacho y dejándola abierta.
—Suerte mañana, Sam.
Fire giró el sillón ciento ochenta grados para mirar a través del ventanal
que tenía detrás. Las luces de la ciudad iluminaban de una manera especial
todo el lugar y le encantaba apagar la luz y dejarse envolver por ellas. Era una
forma de relajarse y, al mismo tiempo, de fusionarse con su empresa, con las
obras que había en ella. Con todo.
El móvil empezó a sonar con varios mensajes. Lo desbloqueó y fue
directa a la aplicación de WhatsApp donde ya le ponía que era donde se la
reclamaban.
En ella, tenía tres conversaciones diferentes. Seleccionó la que acababa
de escribirle y leyó:
Case: ¿Cómo vas? Acabo de salir de comisaría.
Al final soy yo quien te invita.
Fire leyó los mensajes observando que el estado de Casey era “en línea”,
seguramente pendiente de que le respondiera. Sin embargo, hizo lo contrario,
pasó a la siguiente conversación:
Michelle: Oye, Fire, una preguntita… ¿vas con acompañante a mi
boda? Es que necesito saberlo, no es para que me cuentes si sigues con ese
policía de buen ver…
Nooo, claro que no era para cotillear. Respondió con un “sí”, a pesar de
que aún no le había dicho nada a Casey. Si la cosa marchaba bien, iría con él
y, si no, sabía que tenían un margen en el restaurante por si alguno de los
invitados se daba de baja a última hora.
Finalmente, fue a por la última conversación. La había visto por la tarde
pero, debido al ajetreo, no había podido responderle.
Papá: Hola, cariño, ¿cómo estás? Sé que llevo unas semanas sin darte
señales pero estoy bien. Bueno, eso sé que tú ya lo sabrás porque me han
dicho que has preguntado por mí. Ya sabes que cuando voy de viaje me
abstraigo de todo. ¿Marcha todo bien? En unas semanas estaré por ahí
dándote la lata. Y con sorpresas.
Pulsó en la zona para escribir un mensaje y empezó a redactar una
respuesta.
Hola, papá. Estoy bien, pero si no me dejaras tanto tiempo sin noticias
no tendría que andar preguntando por ti a los demás. Ya sé que te gusta
investigar por tu cuenta y eso de hacer de arqueólogo, pero tienes una hija
que quiere saber cómo está su padre cuando anda en otro país.
Por la empresa todo anda muy bien. Ya tengo ganas de verte porque,
esas sorpresas con las que siempre me vienes, suelen ser de lo mejor. Te
quiero mucho. Yo también puede que tenga sorpresas.
Lo había enviado sin haberse dado cuenta que había escrito eso último.
Pero, por primera vez, se sentía bien en una relación. Casey y ella se
compenetraban y, aunque él aún era reticente con sus prácticas sexuales, ella
iba despacio y poco a poco los límites que él mismo había impuesto, estaba
sobrepasándolos para poner otros. Así era como debía ser.
Un nuevo sonido hizo que sonriera más al ver que, su policía, parecía
impacientarse. Abrió el chat y leyó lo que le había puesto.
Case: ¿Haciéndome esperar? ¿O haciéndose de rogar?
La risa de Fire inundó todo el despacho.
Fire: Ven a por mí…
Case: Estoy allí en diez minutos.
Fire: Te espero abajo.
No quería retrasarlo más. Desde esa mañana que habían tenido que
posponer sus juegos, tenía ganas de volver a estar con él. Quería que fueran al
club esa noche porque se celebraba una fiesta especial y podría probar una de
las nuevas instalaciones que había comprado Jonathan para las mazmorras.
Diez minutos exactos de reloj después, Fire abría la puerta del copiloto
del coche de Casey y se montaba en él.
—Buenas noches —saludó ella.
—Muy buenas… —le dijo él acercándose a ella para besarla—. ¿Lista
para cenar?
—¿Cenar de verdad, o a ti? —preguntó Fire haciendo que Casey gimiera
—. Mi leona parece que tiene hambre…
—No lo sabes bien. —Después de haber estado dando órdenes a sus
empleados, lo que más le apetecía esa noche no era meterse en un club online
para dominar, sino disfrutar de ese poder en alguien real, más concretamente,
en cierta persona.
—Vale, pues cenamos y después ya veremos…
—¿Qué tal el club? —le sugirió ella—. Hoy hay fiesta y podríamos
pasarnos después de cenar.
—Lo sé. Armand me ha escrito —la informó—. Me ha mandado la
contraseña, supongo que porque ya se fían de mí.
—Ja, ja, ja… Vamos, ¿todavía les tienes inquina por eso?
Casey no respondió. Desde que había conseguido que viera el club como
un lugar donde tomar algo y disfrutar de los amigos, además de para otros
menesteres, no había recibido ni un solo día la contraseña para entrar en él y
tenía que ser siempre Fire la que la diera.
—Cuando los vea pienso decírselo… —gruñó él pero con una sonrisa en
sus labios.
Arrancó el coche y puso rumbo al restaurante donde había reservado
antes de coger el coche.
—¿Desean algo más? —preguntó el camarero.
—Nada, gracias —contestó Fire.
—Tampoco, muchas gracias —agradeció Casey.
El camarero hizo una pequeña reverencia con la cabeza y se retiró
dejándolos con el postre a ambos.
Fire cogió la cuchara y cogió un poco de nata de su helado para, después,
meterla en la boca y saborearla al mismo tiempo que jugueteaba con la
cuchara. Veía los ojos de Casey oscurecerse. Le gustaba provocarle. Quería
tentarlo, que estuviera deseoso de que ella lo tocara, de sentirla.
—Entonces… ¿Calfer dice que siga con las sesiones? —preguntó
retomando la conversación que habían dejado a medias al acercarles los
postres.
—Sí —carraspeó él—. Sí, eso ha dicho. Que intentes que haya más
sesiones, a poder ser más fuertes, para que tenga ganas de quedar de nuevo
contigo. Y que intentes sonsacarle algo de su trabajo.
—Vale. Eso haré. Aunque dudo que quiera volver a ese bar después de
que le obligara a servirme como un camarero.
—No hay problema, nos adaptaremos.
—Case… ¿y si quiere…? —Fire se quedó callada, no porque no supiera
cómo decirlo, sino porque el rostro de Casey la había asustado lo suficiente
como para frenarla—. ¿Qué pasa?
—Buenas noches. —Fire se volvió hacia quien los había saludado y
comprendió el porqué se había quedado de esa forma—. Parece que la ciudad
es un pañuelo, ¿verdad, señorita Dilworth? —dijo Daniel.
Capítulo 29
Deja que tus ojos muestren el deseo más oculto. Deja que tu cuerpo
experimente el placer más completo.
sbozó la sonrisa más dulce que podía y no apartó los ojos de Daniel. La
E miraba con intensidad, quizá pensando que iba a reaccionar de otra
forma. Pero Fire no era así. Levantó su mano para estrecharla con la de
Daniel, quien pronto se dio cuenta del gesto.
—Buenas noches, señor Greenblacht. Ha sido toda una coincidencia —
dijo Fire.
—Eso parece. No sabía que usted y el señor Reindman estuvieran…
—¿De negocios? —interrumpió ella—. Bueno, hay ocasiones en que mi
trabajo me obliga a tener que desayunar, almorzar, merendar o cenar con
clientes. Y esta vez ha sido una de ellas.
Daniel se quedó helado ya que sus pensamientos no habían ido por esas
lindes. Sin embargo, lo que Fire le había dicho bien podía ser verdad. Aunque
la forma en que los había notado, le decía que podía haber algo más.
—¿Se conocen de hace mucho tiempo?
—Hace poco que estoy en la ciudad, Greenblacht —le informó Casey—.
¿No me ha investigado? —añadió divertido por esa pregunta.
—Por supuesto que sí, por eso pregunto. Los he visto tan… cercanos…
—¿Y tiene algo de malo? —inquirió Fire—. No sé, creo que con usted,
esa tarde, también me comporté igual. ¿O acaso tiene alguna queja? —Fire
volvió a centrar la mirada de Daniel en la suya y, por debajo de la mesa, le
dio un golpe a Casey. Su rostro no era el de un “cliente” sino de alguien más
relacionado con ella y debían evitar que pensara eso.
—¿Qué pasa, Greenblacht? ¿Pensabas que eras el único con el que tenía
un trato más familiar?
Daniel giró la cabeza y quiso dar un paso hacia delante pero se frenó en
el último momento. Lo último que necesitaba era formar un escándalo y darle a
Reindman la oportunidad de detenerlo y pasar una noche en los calabozos.
—Mis disculpas, señorita Dilworth. Confío en que la próxima cita que
tengamos sea en un lugar tan entrañable como este.
—No tiene más que llamar y concertar una cita con mi secretaria —
respondió ella con educación—. Esperaré ver su nombre escrito en la agenda,
señor Greenblacht.
Este sonrió y se alejó de ellos, aunque Casey no apartó la vista de él.
El camarero lo llevó entonces hacia un apartado perdiéndole de vista en
el momento en que la cortina se echó para darle intimidad.
—Maldita sea… —masculló Casey—. Tenía que escoger el mismo
restaurante que él. —Fire rió por el comentario—. Vale. Déjame pensar.
—¿Qué tienes que pensar?
—Fire, hay que salir de aquí. Y me temo que nos van a vigilar. Querrá
saber si realmente tú y yo no tenemos nada.
—Sabes lo que hay que hacer… —No lo preguntaba.
—No quiero que estés sola… —siseó él.
—No me va a pasar nada. Llamaré a un taxi y este me llevará hasta la
empresa. Allí cogeré el coche y me iré a casa.
Casey sabía que era lo que debía hacer, pero no le gustaba nada dejar que
ella saliera del restaurante y tuviera que marcharse sola. Estaba seguro que
Daniel mandaría a sus hombres a seguirlos, y también estaban los que
vigilaban a Daniel, informarían del encuentro con Greenblacht por la mañana.
—Casey —llamó Fire—. Estaré bien. No tiene nada contra nosotros. Así
que hagamos que siga así.
Se levantó de la mesa y lo mismo hizo Casey. Le estrechó la mano y se
marchó hacia la salida.
—Disculpe, ¿podría pedirme un taxi? —preguntó al encargado del
restaurante.
—Por supuesto, señorita. Puede esperar en la sala si quiere —respondió
cortés el empleado.
—Gracias.
Cinco minutos después, Fire había cogido un taxi. Casey la había visto
montarse en él desde la mesa de la que no se había levantado aún. Solo cuando
ella se marchó, él pidió la cuenta y pagó. No podía ir a verla, y los planes que
tenían se habían visto truncados. No era su noche…
Salió por la puerta del restaurante en el mismo momento en que Daniel
también salía. Llevaba en sus manos un cigarrillo.
—Parece que se ha quedado sin acompañante, Reindman.
—En cambio usted está muy bien acompañado —replicó él. Había visto
que una mujer había entrado donde estaba Daniel unos minutos antes.
—Vaya,parece que la observación es lo suyo. ¿Se ha fijado en algo más?
—preguntó dando una calada al cigarrillo y echándole el humo directamente a
Casey.
—En que las mujeres que se relacionan con usted no acaban bien —
respondió de forma ácida.
—Lástima que no haya pruebas, ¿verdad? Qué pena que la policía tenga
que dar la cara y no poder detener al asesino o asesinos… Debe frustrar
mucho…
Casey se contenía para evitar golpearlo y hacerle confesar. Pero tenía que
mantenerse sereno porque, de lo contrario, él mismo se iba a meter en un buen
lío. Y ya tenía muchos encima para añadir otro más.
—Esperemos que la señorita Dilworth no acabe así… —murmuró el otro
tirando el cigarrillo a medio fumar a la calle.
Casey explotó. Empujó a Daniel hacia la pared del restaurante y lo sujetó
clavándole el brazo contra el cuello.
—No te acerques a Fire… —amenazó él.
—¿Ahora la llama por su nombre? Dígame, Reindman, ¿hay algo entre
ustedes?
—No. —negó con rotundidad para evitar que pensara otra cosa—. Pero
como toques a las personas que me importan… —Ya le había perdido todo
respeto al hablarle.
—¿Qué? ¿Qué hará, inspector Reindman? —azuzó Daniel.
Casey se separó un poco, lo agarró de la chaqueta y volteó empujándolo
con fuerza sobre la pared. Tiró de él hacia arriba queriendo intimidarle pero
la sonrisa de Daniel le decía que estaba haciendo todo lo contrario.
—Parece que le interesa… —conjeturó Daniel—. ¿Tanto como para
perder su placa?
Casey lo soltó de inmediato. Vio cómo Daniel se colocaba la ropa y lo
miraba con aire de superioridad.
—Debería controlar ese genio, Reindman. Le puede llevar por un mal
camino…
Apretó las manos en puños para contenerse. Quería darle un puñetazo
para borrarle esa sonrisa que tenía, quería ponerle los puntos sobre las íes
para que no se acercara a Fire, ni a ninguna otra mujer. Acabar con su red
ilegal…
—Espero que mi cena con la señorita Dilworth acabe mejor que la suya…
—insinuó haciendo rabiar más a Casey. Imaginarse a Fire en las manos de ese
hombre le había nublado la razón.
—Lo dudo mucho. La señorita Dilworth es una mujer con clase, no creo
que usted sea el hombre que ella necesita para satisfacerla.
Daniel le asestó un puñetazo en la cara a Casey rompiéndole el labio.
Este se limpió la sangre con la mano, sonrió y le devolvió el golpe.
El ruido que habían armado alertó a la gente del restaurante y, en cuestión
de segundos, dos hombres de Daniel separaron a Casey de este.
—¿Llamamos a la policía, señor Greenblacht? —preguntó el encargado
del restaurante.
—Estoy bien. —Miró a Casey quien sonreía. Sabía que sus compañeros
de la policía habrían estado grabando y que el hecho de haber sido él quien
golpeara primero lo eximía de toda culpa.
Se dio la vuelta y entró en el restaurante.
Casey se deshizo del agarre de los dos que lo retenían y los retó con la
mirada. Estos lo observaron unos segundos antes de seguir a su jefe dentro del
local.
Ahora se sentía más a gusto consigo mismo. Aunque no dudaba que su
capitán le reprochara su actitud cuando se enterara.
Dos semanas después
—¿Listo? —preguntó Fire a Casey.
—Sí.
Habían pasado dos semanas desde el incidente en el restaurante que había
hecho que Casey estuviera suspendido de empleo y sueldo durante cinco días
por la agresión a Daniel. Este no había denunciado, pero al tener grabaciones,
el comisario Calfer quiso darle un escarmiento y, finalmente, había hecho
valer su autoridad para que no se volviera a repetir.
Y Casey lo había acatado. Lo había visto como unas mini vacaciones y
había aprovechado para visitar a su familia y disfrutar de sus sobrinos. Había
querido quedarse con Fire pero, el hecho de que ella tuviera que seguir en el
caso, con las sesiones virtuales y las salidas “físicas” para cenar o tomar algo
con Daniel hacía casi imposible que pudiera pasar tiempo con ella.
Aunque eso no había quitado el hecho de que hubieran intercambiado
mensajes a todas horas del día. La echaba mucho de menos y había veces que
sus propios sobrinos dejaban de jugar con él porque “estaba en las nubes”,
según le decían a Camille.
Tras su vuelta, las cosas habían seguido su ritmo, incluida la relación con
Fire. Cada vez se sentía más unido a ella. Era la primera mujer con la que
pasaba más tiempo y también con la que podía pensar en un futuro. Pero no
sabía si ella era de la misma opinión.
Se habían conocido a través de una persona que todavía formaba parte de
sus vidas pero, ¿qué ocurriría cuando esa persona ya no estuviera? ¿Ellos dos
seguirían viéndose? ¿Podrían llegar a formar algo más? Le habían asaltado
esas dudas tras la distancia impuesta y, a la vuelta, estas parecían querer una
respuesta.
El sonido de la vídeollamada hizo que Casey se centrara en el asunto que
tenían en ese momento, una nueva sesión con Daniel. Fire había tenido
sesiones con él todos los días, a veces incluso dos veces en el mismo día. Tal
y como le había pedido Calfer, había sacado algo más de información, aunque
sabían que, lo que contaba, no era cierto. A pesar de eso, algunos de los datos
que se le habían escapado sí que habían sido muy esclarecedores en ciertos
aspectos.
También las citas físicas habían ido en aumento. No era raro el día que le
pedía salir con ella a cenar, a comer o a tomar algo, lo que fuera, por pasar
más tiempo a su lado. Cada vez era en un sitio diferente, seguramente por lo
que le hacía hacer ella en plena calle. Si ya de por sí Fire llamaba la atención
con la máscara, el hecho de que ella le hiciera a él ponerse de rodillas o
servirla, hacía que las miradas no se fijaran en ella, sino en él. Y no era
alguien poco conocido. Por eso era que siempre cambiaba el lugar y, desde
esa primera vez, los “curiosos” estaban más reducidos, según la investigación,
porque el propio Daniel se encargaba de reservar el lugar para ellos dos
solos.
—Buenas noches, zalamero. ¿Qué tal estás hoy?
—Mucho mejor —respondió él con una sonrisa—. ¿Qué tal Mi Ama?
—Con ganas de un sumiso que me atienda… Hoy estoy cansada… —Fire
se echó en la silla con cuidado de no desvelar su rostro—. Si te tuviera aquí te
mandaría muchas cosas.
—¿Cómo qué? —Daniel se acercó más al monitor, seguramente fijándose
en el cuerpo de Fire que se acariciaba en ese momento.
Se había puesto una camiseta de tirantes blanca y, debajo de ella, tenía un
sujetador de encaje rojo por lo que era completamente visible.
—Le diría que me quitara la ropa, que me quitara el sudor con una toalla
húmeda recorriéndome todo el cuerpo. Todo. Y, según donde tocara, le diría
que siguiera…
Vio que Daniel llevaba su mano hacia abajo.
—No te toques —le ordenó y él se frenó—. Esa mano sería la que pediría
para que me diera un masaje, para aliviarme la tensión. Y para encenderme,
enseñándole cómo debe tocarme…
Fire levantó la camiseta mostrando su pecho y empezó a tocarse. Ya lo
había hablado con Casey; necesitaba hacer algo diferente para volverse
indispensable para Daniel. Tenía que dejar una huella en él, entrar en su mente
y que no pudiera sacarla de ahí. Y eso era lo que hacía en ese momento.
—Mi Ama… ¿qué quiere que haga? —preguntó él mirándola con ansias.
—Mírame. Observa cómo está mi cuerpo, ¿qué voy a hacer ahora?
Empezó a tocarse los pezones haciendo que se le pusieran erectos y, con
la otra mano, la bajó y metió por debajo de su pantalón corto hacia una zona
más íntima.
—Lady Blue, por favor, déjeme… Déjeme satisfacerle.
—¿Cómo lo harás?
—Con mis manos, con mi boca, con la lengua… Como desee…
—¿Siguiendo mis órdenes?
—¡Sí! —exclamó al ver que ella bajaba la cámara hacia su pantalón
bajado hasta que podía ver un inicio de vello púbico—. Por favor, hagamos
una sesión real… Prometo ser el mejor sumiso…
—Te tomaré la palabra… Aunque ahora voy a disfrutarme yo. —Fire
cortó la llamada y miró a Casey.
Había conseguido un buen avance, hacerle rogar por una sesión real. Ahí
podría dominarle por completo y hacerle ver que ella era la persona más
importante de su vida.
Entonces, ¿por qué la miraba como si se hubiera vuelto loca?
Después de la llamada de teléfono de Richard Calfer, Fire no había
tenido más remedio que acudir a la comisaría para hablar con él. No podía
decir que no se lo esperara, pues el asunto a tratar era algo que no podían
retrasar.
Desde el mismo momento en que había puesto un pie en el lugar, uno de
los policías la había saludado y acompañado a ver a su superior, como si
hubieran estado esperando su visita. Y cuando vio que, en el despacho, ya
estaban Oliver y Casey, supo que el tema iba a ser por lo que había
conseguido con Daniel.
—Fire, toma asiento. —Calfer señaló una silla que había entre medias de
Oliver y Casey.
Ella se acercó con decisión a la silla y se sentó sin mirar a ninguno de los
dos.
—¿Qué pasa? He tenido que cancelar unas citas por venir, Richard.
—Hemos visto la grabación de ayer y… Fire, ¿cómo has podido?
Fire suspiró.
—¿Creesque una persona se hace imprescindible con un ordenador? A
esa persona se la echa de menos pero se pasa a la siguiente al cabo del
tiempo. Por mucho que hubiera conseguido con las citas con Daniel o las
sesiones, lo que ahora puedo darle hará que, si ve que me hacen daño, él
mismo reaccione y me busque.
Calfer echó la cabeza hacia atrás en la silla y cerró los ojos.
—Lo tenías pensado desde el principio, ¿verdad?
—Sí —afirmó ella.
—¿Qué necesitas? —preguntó él. No iba a hacerla cambiar de opinión y
tampoco era bueno que lo hiciera pues ya lo había comentado con Daniel. Si
ahora se retractaba podía perder la confianza que le tenía puesta.
—Un piso, una habitación, lo que sea. Yo me encargo de mis accesorios.
—Capitán, no puede hablar en serio —intervino Casey.
—inspectorReindman, ¿acaso no pensaba que esto iba a llegar en algún
momento? —le acusó él—. Porque yo sí. Lo que no sabía era si Fire aceptaría
semejante petición.
—¡Nopueden estar hablando en serio! —exclamó—. Una cosa es dejar
que esté unas horas con él mientras vigilamos y otra dejarla sola con él en una
habitación para que hagan…
—Case,
necesita ganárselo. Por muchas sesiones virtuales que tengan, no
hay nada como una real —reconoció Oliver. Él mismo sabía que era algo
indispensable si realmente querían que el plan funcionara. Tenía que verla
como suya, alguien real que, si le era arrebatada, provocaría una reacción en
él.
—¿Y eso significa que va a tener que follar con él para que la policía se
beneficie?
Todos callaron. La realidad dolía, pero no había vuelta atrás si querían
lograr lo que buscaban. Aunque fuera por esos medios.
—Casey, si yo acepté no hay más que hablar —le dijo Fire.
Ya habían discutido eso mismo la noche anterior. Y después de marcharse
de su casa, no habían vuelto a hablar hasta ese momento.
—Perfecto. —Se levantó del asiento y se marchó del despacho dando un
portazo.
Capítulo 30
Ahógame en tus pensamientos, húndeme en tus dominios y desátame en
tus placeres.
o era la primera vez que hacía una sesión real fuera del club de BDSM.
N Por sus manos habían pasado muchos hombres y mujeres. Sin embargo,
estaba inquieta. Quizá se debía a que preparar esa sesión les había
llevado una semana entera. Quizás al hecho de que, desde ese día en el
despacho del comisario, no había vuelto a hablar con Casey.
Oliver había tomado el relevo de su compañero en las sesiones que
restaron, pero también en los preparativos, en la vigilancia cuando quedaba a
tomar un café. En todo. Casey había desaparecido y pocas veces conseguía
sonsacarle a Oliver alguna información sobre él más que el hecho de que se
había embarcado en otro caso que lo tenía absorbido por completo.
Pero Fire sabía que no era eso lo que mantenía la mente del policía
ocupada. No era un caso; era ese caso, y esa sesión que llevaría a cabo.
Tras varios días, ella había dado su brazo a torcer y había intentado
ponerse en contacto con él. Pero las llamadas fueron infructuosas, y los
wasaps nunca recibieron la confirmación de lectura. La evitaba y, aunque en
un par de ocasiones se había presentado en comisaría, con la excusa de hablar
con Oliver o con el mismo capitán Calfer, se había llevado la desilusión de no
encontrarlo allí.
Le dolía que no confiara en ella.
—Fire, ¿de verdad estás segura? —preguntó Calfer haciendo que lo
mirara.
—No me va a pasar nada, Richard. Quiere una sesión, y creo que sabemos
lo que eso significa.
—Sí, pero en este caso estarás en la misma habitación que él. ¿Y si quiere
algo más que lo que tú le des?
—¿Olvidas que sé defensa personal? Le pondré las cosas bien claritas y,
si no las acata, tengo la fuerza para reducirlo. Además, no creo que ponga
problemas a que lo ate, así que, si me veo en peligro, con no soltarle, es
suficiente.
»Vosotros vais a vigilar que no haya terceros inesperados, y, si los hay, es
cuestión de aparecer y denunciarle por intento de algo.
Calfer sonrió ante las posibilidades que Fire había abierto en cuestión de
minutos. ¿Cuánto tiempo le había llevado sacar esas conclusiones y posibles
vías de escape? Se enorgullecía de esa chiquilla que conocía desde pequeña, a
la que visitaba de cuando en cuando al ir a ver a su padre. Se había convertido
en una mujer hermosa por dentro y por fuera.
—Vale, veo que tienes las cosas claras.
—En ese mundo, Richard, o comes, o te comen —dejó claro refiriéndose
al BDSM—. De todas formas, me alegra saber que vais a estar vigilando.
Tenía mis dudas acerca de que Daniel no metiera a su gente y pudiera hacer
algo indebido.
—Tranquila. Te guardamos la espalda.
Fire cabeceó. Se había ausentado ese día del trabajo para organizar los
últimos preparativos para la cita de esa tarde que tendría lugar en un
restaurante donde había quedado a almorzar con Daniel. Ese era uno de los
principales problemas que tenía ya que, usando la máscara que usaba
habitualmente, comer era imposible Por eso, usarían la otra, una que debaja la
parte de las mejillas y la boca libre, aunque ambas estarían pintadas del
mismo color que la máscara. De esa forma, no intuiría realmente su aspecto, y
evitaban así que pudiera reconocerla. Yala habían probado en otras ocasiones
y había funcionado.
Esto había supuesto que Fire tuviera que someterse a un par de horas de
maquillaje profesional que había hecho que, junto con la peluca negra y la
máscara, no hubiera diferencia entre el uso de una máscara completa o la que
ahora iba a usar.
Había elegido como atuendo unos leggins simulando el cuero y una
camiseta con cuello barco en color negro. En su cuello tenía un collar en
dorado que era en realidad un dispositivo que accionaría en caso de peligro.
Unas sandalias doradas era lo que finalizaba la vestimenta de ese día.
Se había recogido un poco el pelo para evitar que la peluca, por el peso,
pudiera caérsele, y había practicado ciertos movimientos para evitar que se le
moviera. Ahora, ya estaba lista.
Cerró los ojos, inspiró hondo y al abrirlos miró a Oliver.
—Estoy lista.
—Cualquier cosa, toca el colgante, ¿de acuerdo?
—Sí. —Se volvió hacia la puerta. Habían estado todo el día en un piso
cercano a donde iba a almorzar y tenían controlado también el hotel donde
iban a “jugar” tras el almuerzo.
—Fire… —Ella giró de nuevo al escuchar de nuevo a Oliver.
—¿Sí?
—Ten cuidado. Los dos estamos preocupados.
Fire entrecerró el ceño, aunque no pudiera verlo a través de la máscara
intentando entender lo que le había dicho. Y entonces cayó en la cuenta.
—Gracias —sonrió. El saber que Casey estaba preocupado no era
suficiente para ella. Le hubiera gustado verlo antes de meterse en la misma
habitación con el lobo.
—Por aquí, por favor… —le pidió el camarero para que lo siguiera.
—Gracias —agradeció y siguió el camino que el camarero recorría
mirando de vez en cuando para ver si lo seguía.
Descolgó una cadena con un cartel que ponía “privado” y subió unos
escalones hacia una zona más alta del restaurante.
Cuando Fire subió el último escalón se fijó en que la decoración en ese
lugar era diferente de la de abajo, con varios camareros dispuestos en el fondo
de una pared y la comida entrando y saliendo por una puerta. Era como si
hubiera un segundo restaurante, o un trato preferente a las personas que comían
en esa zona.
Apenas si había media docena de mesas y, de ellas, solo tres ocupadas.
¿Realmente les merecía la pena tal desembolso para los clientes más elitistas?
Teniendo en cuenta que ese restaurante era uno de los más conocidos y
visitados por famosos y gente pudiente, la respuesta era fácil.
Vio a Daniel levantarse de su mesa y sonreírle.
—Gracias, ya puedo ir sola —le dijo al muchacho.
—Por supuesto, señora. —Se había sorprendido por su máscara, y el
maquillaje, pero no había dicho nada, aunque no le quitaba la vista de encima.
Lo mismo había pasado cuando había ido andando hasta el restaurante. Todos
se la habían quedado mirando, aunque eso a ella no le importaba.
Fire caminó hacia la mesa de Daniel y le sonrió al tenerlo más cerca. Ese
día sí que podía utilizar sus labios para atormentarlo un poco más.
—Buenas tardes, Lady Blue.
—Buenas tardes, zalamero… —respondió ella pronunciando el apodo de
él con lentitud mientras le rozaba la mano.
Daniel se aprestó a retirar la silla para que pudiera sentarse y, hasta que
Fire no se acomodó, no dio la vuelta y se sentó en su asiento.
—Hoy estás preciosa… —le dijo.
—Olvidas tus formas, zalamero —le recordó ella.
—Pensé que, ya que vamos a jugar después, podríamos tratarnos de igual
a igual. Incluso darnos nuestros nombres…
Fire rió.
—¿Tantas confianzas te permites ya, zalamero? —Había querido repetir
su apodo, con lentitud, pero con cierto deje de impertinencia—. Yo soy Lady
Blue, ya sea por la mañana o por la noche. Y soy tu Ama, por tanto, me debes
un respeto, en público o en privado.
Daniel asintió perdiendo esas ínfulas que se había atribuido como si él
pudiera cambiar los papeles, o incluso lo intentara.
—No quería ofenderla, Mi Señora… —se disculpó él volviendo al redil y
siendo el sumiso que era—. Lo siento.
—Así está mejor. No me gustaría que mi primera sesión contigo fuera para
castigarte.
—Sería bienvenido ese castigo, Mi Ama. —La forma en que lo había
dicho le decía que se había excitado al pensar en esa sesión real. Era bueno,
parte de su trabajo estaba hecho, ya lo tenía ansioso por estar con ella a solas.
Uno de los camareros de esa planta se acercó a ellos haciendo que ambos
guardaran silencio.
—Buenas tardes, señores. —Se quedó mirando a Fire con la máscara y el
maquillaje y no fue hasta que Daniel carraspeó que apartó la mirada—.
Perdón,… mmm… ¿qué van a tomar? —Apenas si se acordaba de lo que tenía
que preguntar pues el ver a una mujer con esa máscara le llamaba demasiado
la atención.
Fire cogió la carta y comenzó a leer lo que servían en ese restaurante.
Solo había estado una vez en él tras su inauguración y sabía los precios
elevados que tenía. Por eso no solía ir a menudo con clientes habituales o
poco pudientes. En cambio, Daniel le había dicho que era uno de sus
restaurantes favoritos y que solía ir a menudo. No entendía el hecho de
gastarse mil quinientos euros por persona para cenar o almorzar más que
porque le sobrara mucho dinero.
—Me gustaría, de primero, Ostras en escabeche templado con champán.
De segundo, Costilla Wagyu. Y de postre El beso.
—Buena elección, ¿y para beber puedo recomendarle una bebida diferente
para cada plato?
—No hace falta —rechazó Fire—. Quiero Macallan Rare Cask para el
postre, Laphrogaig para la costilla; e Hibiki para las ostras.
—Impresionante… —murmuró Daniel sorprendido por la sabiduría en
bebidas y en la combinación con los platos que había pedido—. Lo mismo
para mí —añadió dándole la carta al maître.
—Enseguida les traigo la primera bebida —le indicó el camarero
recogiendo las cartas y marchándose para dar nota de lo que necesitaba para
esa mesa.
—Confieso que me ha dejado intrigado. ¿Ha comido aquí antes?
—Concretamente, aquí, no —respondió ella. No faltaba a la verdad.
Jamás había comido en el reservado del restaurante pero sí que conocía el
menú y, en esa ocasión, había pedido lo más caro de la carta.
—Entonces le gusta comer bien.
Fire cogió uno de los cuchillos que tenía dispuestos en su lado de la
mesa. Lo alzó y se lo llevó a los labios.
—Me gusta vivir bien —rectificó ella.
Daniel se quedó perplejo ante ella. Ese aura de poder que desprendía
hacía que, aunque quisiera, se sintiera diminuto ante ella. Era la única que le
hacía sentir algo así, la única que sabía controlarlo y llevarlo al redil para
hacer lo que quisiera con él. Y le fascinaba.
—¿Qué tal si nos saltamos la comida y nos vamos? —propuso él.
Fire apretó los labios como gesto de disgusto.
—¿Tan poco aguante tienes, zalamero? Lo bueno se hace esperar…
Levantó la mirada hacia el camarero y ambos callaron mientras les servía
las copas de la primera bebida que habían pedido.
—Enseguida estarán los platos, señores.
—Bien —respondió Daniel—. Cuanto antes mejor.
Fire sonrió. Tenerlo tan inquieto le venía bien.
Tras el primer plato, que dieron cuenta de él en poco tiempo, el segundo
llegó casi enseguida. Era lo habitual en ese restaurante ya que no hacían
esperar demasiado a los clientes y, solo si ellos lo pedían expresamente,
servían los platos nada más se acababa con el anterior.
Daniel parecía querer acabar cuanto antes y daba poca conversación a
Fire quien era la que lo retenía, sobre todo cuando empezó a jugar con él por
debajo de la mesa haciendo que, en más de una ocasión, se le cayera algún
cubierto o parte de la comida. Le divertía ponerlo en aprietos y que este se
avergonzara de su comportamiento teniendo que disculparse con los camareros
que iban prestos a ayudarle.
Con el postre, algo típico de la casa, terminaron el almuerzo y Daniel
empezó a sonreír.
—¿Desean tomar algo más? —preguntó el camarero acercándose para
retirar los platos.
—¡No! —exclamó él demasiado alto—. Bueno, salvo que la señora quiera
algo.
Fire rió.
—No, felicite al cocinero de mi parte. Todo ha estado muy bueno.
—Muchas gracias, señora. Se lo diré de su parte.
Daniel se levantó de la silla y lo mismo hizo Fire. Había podido comer
sin que se le fuera el maquillaje que le habían puesto en la cara y la máscara,
así como la peluca, aguantaban bien.
—Voy un momento al baño —le dijo a Daniel.
—De acuerdo. La espero abajo mientras pago.
Ella cabeceó en señal afirmativa y se marchó hacia las escaleras. Abajo,
un camarero abrió la cadena que separaba esa zona. Sabía que Daniel la
estaba mirando.
—Disculpe, ¿el baño? —preguntó al camarero. Ella ya sabía dónde estaba
el baño. Pero no quería cometer ningún error, y menos delante de Daniel.
—Por supuesto, siguiendo ese pasillo, a la derecha —le indicó.
—Gracias.
Siguió caminando hacia su objetivo y, una vez dentro, respiró. Se miró al
espejo y se aseguró de que todo estaba correcto. No quería que su tapadera se
desvelara. Porque ahora quedaba la parte difícil.
Cinco minutos después, Fire salió del baño reuniéndose con Daniel en la
puerta del restaurante.
—¿Lista? —preguntó él.
Ella negó con la cabeza haciéndolo dudar.
—Quien debe estar listo para darme su sumisión eres tú —le susurró al
pasar cerca de él.
Sin embargo, no esperó a que él echara a andar, fue ella la que pasó
primero por la puerta y siguió el camino para que, por detrás, él la siguiera.
Como debía ser.
Daniel se quedó contemplando la espalda y el trasero de Fire y exhaló de
forma sonora. Esa mujer hacía que todo su cuerpo reaccionara e imaginarse en
sus manos había sido la fantasía durante esos días que había puesto ella de
tiempo para hacerlo. Ni siquiera en sus sueños se libraba de ella, quien se
había convertido en su protagonista y la causante de que se despertara en
mitad de la noche húmedo por el sudor y por las poluciones nocturnas. Ella
tenía la culpa de que hubiera descuidado sus negocios. Pero valía la pena. Por
su Ama.
—¿No vienes? —preguntó Fire al ver que se había quedado demasiado
atrás.
—Sí… —murmuró él echando a andar como si de un perrito faldero se
tratara. Porque con ella él podía dejar de ser el jefe. Ya se encargaba ella de
darle su lugar.
Fire miró por el rabillo del ojo a Daniel. Se había metido bien rápido en
su papel de sumiso y eso le gustaba. El hecho de que estuviera tan
predispuesto le decía que las sesiones virtuales y las citas que habían tenido
daban su fruto. Ahora solo debía culminarlo todo para dar el siguiente paso:
ser secuestrada para que él se volviera loco y cometiera errores. Y sabía que
lo haría.
Ya en esa semana Daniel había descuidado sus negocios. Al menos, esas
eran las conclusiones que habían sacado en la policía pues había citas a las
que no había acudido, o lo había hecho tarde. Solo quedaba darle el último
empujón.
Se detuvo en la puerta del hotel y miró hacia arriba. Había escogido uno
de los mejores hoteles de la ciudad y cercano al restaurante que él había
pedido. Sabía que la habitación estaba lista con micrófonos para grabar lo que
pasaba dentro. Solo le faltaban sus “herramientas”.
Giró un poco la cabeza para mirar a Daniel y este pronto se dio cuenta de
lo que esperaba. Se adelantó a ella y le abrió la puerta. Una caricia en su
rostro a modo de agradecimiento hizo que se pusiera a mil, sobre todo cuando
los dedos de Fire rozaron los labios de él y este sacó la lengua para tocarlos.
—Buenas tardes —saludó el recepcionista.
—Tengo una habitación reservada —comentó Daniel hablando con él.
Miró a Fire y esta supo enseguida lo que pasaba.
Se alejó de la recepción hacia unos sillones que había en el hall del hotel
y se sentó en ellos. Ella ya sabía que había reservado la habitación con su
nombre, una suite especial que había podido visitar días antes con Oliver para
examinarla por si tenía cámaras o micrófonos y para instalar los suyos
propios. La habían vigilado en los días siguientes para evitar errores.
—Ya está —le dijo Daniel cuando recogió la llave de la habitación.
—Un momento.
Fire se levantó y fue hacia la recepción. Daniel la seguía de cerca, quizá
desconfiando sobre lo que podía querer o preguntar.
—¿Tienen un paquete a nombre de Lady Blue?
El recepcionista parpadeó varias veces antes de reaccionar.
—Sí, lo han traído esta mañana… —Se agachó y cogió una caja que puso
sobre la mesa—. Aquí tiene.
—Gracias. —Se giró hacia Daniel—. Cógelo —le ordenó y echó a andar
hacia el ascensor.
Daniel se apresuró a agarrar la caja sin mirar al otro hombre y se marchó
hacia Fire.
—¿Qué es? —preguntó mientras esperaban el elevador.
—Algo con lo que vas a disfrutar —le auguró Fire.
Daniel sonrió como un bobo. Bien valían todas las situaciones a las que
le sometía Fire en público por esa sesión. Estaba deseando estar en sus manos.
Que ella fuera suya.
Cuando las puertas se abrieron y los dos pasaron, Daniel ya no podía
aguantar más. Estaba deseando estar con ella. Conforme el ascensor los
elevaba hasta el piso que les correspondía su excitación también subía. Estaba
tan cerca de ella que podía apreciar su aroma, sentir su respiración, tocarla.
Fire se volvió a él cuando sintió que Daniel la tocaba. Lo vio con la
mirada perdida y sonrió. No sabía lo que le iba a esperar esa tarde.
—Contrólate, zalamero… me vas a decepcionar sin haberte hecho nada.
—Tenía tantas ganas… —masculló él.
El sonido del ascensor llegando al piso hizo que Fire se separara de él.
Gruñó por ello mientras que la risa de Fire los acompañó a través del pasillo.
—¿Qué habitación es?
—La setecientos siete —respondió él.
Fire se fijó en los números hasta que se paró en la que era su número, una
puerta doble al final del pasillo. Fue Daniel el que abrió la puerta y la dejó
entrar a ella antes de cerrar.
—Es muy amplia… —reconoció Fire. Había pasado por un pequeño
pasillo hasta un salón enorme. Este llevaba a una habitación, entreabierta,
donde se veía una cama. Había además un baño y no descartaba que, en el
dormitorio, hubiera otro.
—Así tendremos más sitio donde jugar… —sugirió él dejando la caja que
llevaba en la mesa del escritorio del salón—. ¿Qué hay dentro?
Fire se volvió con una sonrisa misteriosa. Se acercó a la caja y, con la
misma uña, rasgó el celo abriéndola por completo. De ella empezó a sacar el
contenido: unas cuerdas rojas, una pluma y un flogger negro y una fusta de
charol, también negra.
Cogió la fusta entre las dos manos y se giró hacia él.
—¿Qué tal si empezamos? —preguntó predispuesta a comenzar con lo que
la había llevado a ese lugar. Ahora le tocaba disfrutar a ella.
—Sí, Mi Ama… —contestó de inmediato él.
—Desnúdate.
Fire comenzó a caminar en círculos alrededor de él mientras Daniel se
quitaba la camisa, el pantalón, los zapatos y los calcetines.
—Vaya… así que me hiciste caso… —comentó ella al verle el pecho.
Tenía un esparadrapo puesto sobre los pezones.
—Por supuesto, Mi Ama… siempre…
Ella levantó la fusta y comenzó a rozarle con ella la tela adhesiva
presionando sobre los pezones que intentaban sobresalir. Presionados como
estaban, y en el estado que estaba él, era doloroso.
—Las manos a la espalda —dijo ella mientras se apartaba de él para
coger la cuerda—. Voy a atarte las manos, las piernas y es posible que también
tus partes. Sabes que hay una palabra de seguridad, ¿verdad?
—No la voy a necesitar.
Fire lo atizó con la fusta en el muslo haciendo que Daniel saltara.
—¿Palabra de seguridad?
—Rojo, Ama.
—Eso está mejor. Voy a poner mis reglas, y tú harás lo mismo. Si alguna
choca, lo hablamos, y si no, empezamos a jugar. —Al ver que no decía nada,
siguió—: Es una sesión, por tanto, voy a dominarte. No hay ningún tipo de
relación entre tú y yo. Por ahora…
Daniel esbozó una sonrisa. Había dicho “por ahora”, no excluía que
pudiera haber algo entre ellos. Al fin y al cabo, era al primer sumiso que iba a
hacerle una sesión real. Y había quedado muchas veces con ella. De no
interesarle, sabía que se lo habría dicho.
—Presta atención… —Fire le dio golpecitos en la mejilla derecha—.
Decía que no hay relación, por ahora, entre tú y yo, aunque no la descarto. —
Fire se lamió el labio inferior—. Voy a hacer lo mismo que en las sesiones
virtuales, ¿estás de acuerdo?
—Sí… —susurró él—. Y a más…
—Eso ya se verá, zalamero… Quizá en una próxima cita, te deje
probarme… Y ver si tu herramienta —Fire bajó la fusta por el pecho hacia el
pene de Daniel, aún guardado en el bóxer—, es tan buena como su dueño…
Daniel se arqueó hacia delante cuando su pene notó el golpe de la fusta.
No le había golpeado con fuerza, pero las palabras que le había dicho eran lo
bastante poderosas como para hacer que segregara líquido preseminal.
—¿Empezamos? —volvió a preguntar Fire.
Daniel se acercó hasta el escritorio, cogió la cuerda roja y se la ofreció a
Fire.
—Cuando Mi Ama quiera… —comentó haciéndole una reverencia.
—Date la vuelta, las manos en la espalda.
Daniel hizo lo que le pedía y ella le colocó los brazos como los quería.
Iba a atarlo de tal forma que no pudiera moverlos y además se sintiera
incómodo. Pero eso pronto pasaría cuando se dedicara a otras partes de su
cuerpo.
Una vez los tuvo sujetos, soltó los extremos de la cuerda y se agachó.
Cogió la cinturilla del bóxer y tiró de él para dejarlo completamente desnudo.
Daniel la ayudó subiendo una pierna, y luego la otra, para apartar la ropa
interior y, tras eso, Fire siguió atando las cuerdas de tal manera que lo fijó con
ellas. No podía andar ni cerrar las piernas.
—Así estás muy bien, zalamero.
—Como Mi Ama, Lady Blue, quiera… Yo lo adoro…
—Veremos a ver si dices eso después…
Fire se acercó a Daniel y empezó a rascar una de las esquinas del
esparadrapo de su pecho. Cuando consiguió tener una superficie adecuada, lo
cogió y tiró con fuerza arrancándole a él un grito y llevándose consigo la tira
adhesiva con parte del vello de Daniel.
El pezón estaba enrojecido e hinchado, tanto que el simple roce de ella
con las yemas de sus dedos hizo que Daniel rogara que parara.
—Otra vez, zalamero… —avisó ella al rascar la otra tira.
—No, por favor, por favor, por favor…
Pero de nada sirvieron las súplicas. Ella tiró de nuevo arrancándole parte
de sí, liberando a ese otro pezón. Y ahora, tenía dos muy sensibles para
torturar.
Tiró los esparadrapos a la papelera y cogió el flogger. Empezó a moverlo
de manera circular mientras se iba acercando a él. Empezó a rozarle por las
piernas y fue subiendo por los muslos, el abdomen, el pecho. Daniel siseó e
intentó evitarlo. Pero el hecho de no tener ningún apoyo, y el miedo a caerse,
hicieron que se mantuviera todo lo quieto que podía.
Fire siguió azotando, cada vez con más intensidad, los pezones. De vez en
cuando bajaba hacia el pene o los testículos y Daniel gemía y lloraba porque
parara. Pero no decía la palabra de seguridad.
Fue ella la que cogió con su mano los testículos de Daniel y los apretó
con fuerza, tiró de ellos hacia abajo, hacia el frente, hacia arriba, obligándole
a moverse a un lado o a otro.
Y justo cuando se había cansado de jugar con su sexo, se le ocurrió la
idea de atarlo ahí abajo y golpearle con la fusta. Con fuerza, con dedicación.
Continuamente. O dejándole un descanso en el que ella misma se ocupaba de
acariciar y calmar esa zona para, después, volver a traumatizarla.
Cogió su pene y empezó a masturbarlo con las manos. El glande estaba
empapado y lo mismo podía decir del suelo donde caían las gotas de líquido
que salían de él.
—Dios, Ama… por favor…
—¿Por favor qué? —preguntó ella.
—Siga tocándome, por favor…
Fire apretó y lo hizo gemir y chillar.
—¿Por qué debería tocarte?
—Porque la necesito…
—¿Solo para masturbarte?
—¡No! Porque… porque…
Fire volvió a apretarle junto con los testículos. Desató la cuerda con una
mano y los liberó para poder agarrarlos con su mano.
—¿Y bien?
—¡Porque es Mi Ama y la quiero en mi vida! —exclamó él enloqueciendo
por lo que le hacía.
—Mmmm… quizá podría plantearme tener a alguien como tú —susurró a
su oído antes de morderlo—. Alguien a quien dominar todos los días, alguien
que me complazca, que me dé placer, que me ame…
—¡Yo! —soltó él con ímpetu.
Fire aumentó la velocidad de sus manos y él se arqueó ante la explosión
que llegaba. Ya se acercaba. Su ritmo cardiaco aumentaba, lo mismo los
jadeos y sus movimientos de cadera que avisaban a Fire que estaba a punto.
—No te corras… —le negó apretándole dolorosamente los testículos.
—¡Lady Blue! —gritó él frustrado.
Ella rió.
—¿Quién te ha dicho que esto va a durar poco?
Fire aparcó su coche y se bajó. Estaba cansada de ese día. Habían sido
muchos los acontecimientos y lo que quería era llegar a casa y tirarse en la
cama esperando que la mañana siguiente fuera mejor. Y que no lloviera como
estaba haciéndolo en ese momento.
Había pasado tres horas con Daniel en la sesión. Tres horas en las que lo
había hecho adicto hasta el punto de haberse ido y querer volver a repetir al
día siguiente. Tras despedirse de él, había conducido hasta el lugar acordado
con Oliver, en un piso franco, para controlar por si alguien la seguía. Y tras
cerciorarse de que no era así, una vez se hubo cambiado, ir a la comisaría
para prestar declaración y reproducir las cintas que habían grabado.
Caminó hasta su casa y se fijó en el hombre que estaba sentado en los
escalones. Tenía una botella medio vacía y apenas si se sostenía. El olor a
alcohol era más que evidente.
—¿Has terminado de follar? —le preguntó Casey—. ¿Te ha gustado? ¿Es
mejor que yo?
—Estás ebrio —le dijo.
—¡Vaya! Hasta yo lo sé y, ¿sabes qué? ¡Que no me importa! Saber que mi
chica está con otro tío no es algo que me guste, ¿lo habías considerado? —Iba
alzando la voz conforme hablaba haciendo que, los que pasaban por allí, se
quedaran mirándolos.
—Entremos —le ordenó ella subiendo los escalones para abrir la puerta.
—¿Para qué? ¿Quieres ahora una segunda follada? ¿Te ha dejado con
ganas? —Casey se levantó y arrojó la botella haciéndola añicos a los pies de
Fire. Se sentía furioso con ella, consigo mismo.
Fire se volvió hacia él y le abofeteó.
—Maldito seas, Casey. Entra de una vez para que pueda hablar contigo y
después castigarte como te mereces.
Casey la miró y se abalanzó hacia ella. Llevaba días sin verla, sin
besarla, sin escucharla, sin tocarla. Y ahora estaba ahí, su Fire. Su fuego.
La besó sin importar que la boca le supiera a alcohol, sin pensar que
pudiera oler mal, sin tener en cuenta que estaba empapado por la lluvia que
llevaba horas cayendo. Solo quería besarla, borrar todo rastro de Daniel de la
piel y de la mente de ella. Quería limpiarla de la inmundicia para que
renaciera entre sedas. Como ella se merecía.
Capítulo 31
Gime con tus orgasmos. Aúlla con el dolor. Pues entre grito y jadeo, yo
hallaré mi felicidad.
os ojos de Casey comenzaron a moverse bajo sus párpados. El sueño iba
L relegándose a un segundo plano para transformar la tranquilidad en un
tremendo dolor de cabeza que comenzó a taladrarle y le obligó a gemir y
apretar los ojos en un intento porque se fuera. Pero no se iba, sino que
iba en aumento, más cuando abrió un poco y vio que estaba todo iluminado con
la luz del sol.
—Ahhh… qué dolor… —se quejó él llevándose las manos a la cabeza.
—Bien merecido te lo tienes —habló otra voz. Por fin empezaba a
despertar después de la noche que le había dado.
Fire se levantó del sillón y se acercó hasta las ventanas para bajar un
poco las persianas y echar las cortinas. No le gustaba demasiado, pues a ella
le encantaba que el sol entrara en su casa, pero entendía las dificultades, y
sobre todo el dolor, que Casey sufría en ese momento.
—¿Fire? —Lo vio mirar a todos lados, como si no se hubiera ubicado—.
¿Estoy en tu casa?
—Vaya, ¿así que no te acuerdas de nada?
—Estaba bebiendo en un bar y después…
—Espero que no vinieras conduciendo, Casey… —Fire se marchó hacia
la cocina. Empezó a hacer ruido y Casey gruñó porque cada pequeño sonido
parecía convertirse en uno estridente dentro de su cabeza.
Cuando Fire accionó la batidora, casi pensó en morir. Y aun después de
que la apagara, podía seguir oyendo ese sonido.
—Toma… —Abrió un poquito los párpados y vio a Fire ofreciéndole un
vaso de un mejunje extraño.
—¿Qué es?
—Te quitará la resaca. Bébetelo de un trago. Y no hagas más preguntas.
Casey cogió el vaso, bastante más grande de lo normal. Se lo acercó y, al
aspirar el olor, giró la cara arrugando la nariz.
—Huele fatal.
—No te he dicho que lo huelas, sino que te lo tomes. Y pronto, o dejará de
hacer efecto.
Casey obedeció sin rechistar más. El tono con el que le hablaba Fire no
era demasiado amigable y no recordar lo que había pasado le carcomía por
dentro. Conforme la bebida entraba en su cuerpo, tragando sorbos pequeños al
principio, más grandes y sin respirar después de saborearla, el dolor de
cabeza fue remitiendo hasta que, al terminar el vaso, apenas si era una leve
punzada.
—¿Qué es? —preguntó.
—Algo que aprendí en mi época estudiantil. Un cóctel que te permitía
pasarte con la bebida y al día siguiente no tener resaca. —Fire lo miró con los
brazos en jarras—. Pensaba que la policía no bebía.
—Y no bebemos.
Ella arqueó una ceja. ¿De verdad le estaba diciendo eso? ¿Después de
haberse presentado en su casa borracho como una cuba y haberse desplomado
en mitad del beso? ¿Después de haber visto su estado?
—No es habitual beber. Hacía tiempo que no probaba una gota de alcohol.
—Ya, y ayer querías celebrar algo especial… —ironizó.
—No. Ayer quería que el alcohol borrara esa voz que me decía que tú
estabas con Daniel follando.
Fire se mantuvo callada. Lo que le decía no era ninguna excusa que a ella
le sirviera para perdonarle.
—¿Y lo conseguiste? —preguntó a cambio.
—No…. —gruñó—. Se hizo más fuerte y bebí más. Ya ni recuerdo…
¿Cómo acabé aquí?
—¿Y me lo preguntas? Cuando llegué a casa te encontré en los escalones
sentado y con una botella. Conseguí que entraras y al poco te desmayaste. He
pasado velándote toda la noche.
Ahora fue el turno para Casey de quedarse en silencio. ¿Había ido él a su
casa? No se acordaba de nada después de salir del bar.
Hizo acopio de sus fuerzas y se levantó del sofá. Aún le martilleaba la
cabeza y se sentía desorientado, pero al menos no tenía ese dolor intenso.
—¿Puedo ir al baño? —preguntó él. Necesitaba aclarar sus ideas con una
ducha fría.
Fire se encogió de hombros y se marchó de la habitación hacia la planta
superior.
Casey tanteó a andar sin separarse demasiado del sofá, no fuera a caerse.
Pero cuando vio que su cuerpo le respondía bien fue hasta el baño. Cerró la
puerta y se cogió al lavabo. Se miró y casi no se reconoció. Sabía que llevaba
días sin afeitarse, tenía un aspecto horrible, mucho más que cuando salió esa
mañana al trabajo.
Se había hecho cargo de un caso con el objetivo de mantener su cabeza
ocupada en otra cosa que no fuera Fire y la sesión que iba a tener con Daniel.
Y aunque la investigación había sido ardua, ella no lo había abandonado en
sus pensamientos. Como tampoco las imágenes que lo atormentaban de ella
con Daniel.
Se golpeó con la palma la frente para centrarse y apartó la mirada del
espejo hacia la ducha que había. Empezó a quitarse la ropa dejándola en el
suelo.
Fire se había sentado en la cama para tranquilizarse. Estaba muy
cabreada con Casey, por su comportamiento, por lo que había pensado de ella.
Quería contarle lo que de verdad había pasado con Daniel, pero saber que eso
lo mortificaba le gustaba, quería que siguiera sufriendo como ella lo hacía
porque él no le tenía la confianza que se merecía.
Entendía que se hubiera puesto así pero no era razonable. Él mismo había
presenciado sesiones virtuales y reales, y sabía que no acababan todas con
sexo. ¿Qué le indicaba que ella lo haría con Daniel? ¿Por qué había pensado
algo así?
Se levantó y bajó los escalones. Quería prepararse algo de desayunar
antes de marcharse a la empresa cuando escuchó el agua de la ducha del baño.
Al menos estaba aseándose. Avanzó hasta el salón y vio el móvil en la mesa.
Lo cogió y siguió hasta la cocina.
Sin embargo, en lugar de preparar el desayuno, desbloqueó el teléfono y
buscó entre sus contactos. Se colocó el móvil en la oreja y esperó que los
tonos dieran paso a la voz que esperaba.
Casey permaneció tiempo bajo el grifo del agua. Era como si en él, al
caerle el agua por la cabeza y taponarle los oídos, pudiera abstraerse del
mundo, de la situación en la que se encontraba.
Se había lavado la cabeza y el cuerpo varias veces intentando con ello
limpiarse de la estupidez que había hecho esa noche. Ahora podía acordarse
de todo. Tras salir del trabajo, una vez hubo encauzado el caso que tenía,
había preguntado por Oliver y le habían dicho dónde estaba. Entonces todo
había explotado en su cabeza.
De camino a casa había parado en un bar y había empezado a beber como
si no tuviera fondo, quizás intentando encontrar en el fondo de una botella una
respuesta a algo que no estaba allí. Después de que lo echaran, había
conseguido comprar un par de botellas y había cogido el coche hasta la casa
de Fire. Ahora se daba cuenta de todas las infracciones que había cometido en
cuestión de horas. Y era policía…
Cerró el grifo del agua y esperó unos minutos dentro del plato de ducha.
Tenía que disculparse con Fire pero, mirarla a la cara era pensar en cómo lo
había pasado con Daniel, en recordar la rabia que todavía se contenía en su
cuerpo imaginando la forma en que él la habría tocado, en que la habría
besado, en cómo la había llevado al orgasmo con su sumisión.
Reguló el grifo hacia el agua fría y lo abrió empapándose de nuevo para
calmarse. Cinco minutos después, como si lo hubiera hecho como castigo para
no pensar en lo que lo había conducido a ello, cerró el grifo y salió de la
ducha. Cogió una toalla que había colgada y empezó a secarse.
Todo su cuerpo se había tensado por el frío del agua, aunque la
temperatura empezaba a ser elevada y no le costó volver a equilibrar su
cuerpo y a que este se secara sin apenas usar la toalla.
Fue a echar mano a su ropa y se fijó en que esta había desaparecido.
—¿Dónde está? —se preguntó él.
Miró la puerta. ¿No la había dejado cerrada antes?
—¿Fire? —llamó saliendo del baño. Se había colocado la toalla
alrededor de la cintura, pero esta apenas si conseguía protegerle más que sus
partes—. ¿Fire? —repitió al no obtener respuesta.
Se acercó a la escalera y volvió a llamarla.
—¿Qué?
La voz de Fire hizo que respingara. No se esperaba que le respondiera
desde el salón. Tenía una taza humeante en la mano y lo miraba de arriba
abajo.
Una sonrisa comenzó a esbozarse en el rostro de Fire y sus ojos se
entornaron y dilataron al verle solo con una toalla. Su pecho descubierto y
ejercitado, y sus piernas tensas y fuertes, unidas a los brazos musculosos que
tenía, lo hacían bastante apetitoso. Lo que más quería era arrancarle esa toalla
y que se paseara desnudo por la casa hasta que a ella le apeteciera. Si es que
le apetecía que se vistiera.
—¿Dónde está mi ropa?
—En la basura. Tus pertenencias las tienes aquí —señaló la mesa baja del
salón donde, al acercarse, pudo ver que tenía lo que llevaba en los bolsillos.
—¿Y qué me pongo ahora?
Fire se encogió de hombros. Se terminó el café, dejó la taza encima del
mueble y pasó por delante de él.
—Ni lo sé ni me importa. Arréglatelas como puedas —le dijo. Descolgó
el bolso que tenía en el perchero y cogió las llaves de la casa y del coche del
mueble de la entrada—. Cierra cuando te vayas.
—Ja, ja… en serio, Fire… —ironizó él. No le gustaba nada la broma que
le estaba gastando.
Pero cuando vio que abrió la puerta y la cerró sin despedirse, supo que
iba en serio.
En cierto modo, se lo tenía merecido. Llevaba días sin contacto con ella.
Había evitado sus llamadas y los wasaps. Había ido a comisaría lo mínimo y
se había compinchado con Oliver para no coincidir con ella. Todavía no
entendía cómo había sido capaz de ir a su casa, borracho, y echarle en cara lo
que había hecho con Daniel. Algo que no sabía pues ella no le había dado
explicaciones. O al menos no las recordaba.
Por si fuera poco, había tenido que cuidarlo toda la noche y estaba seguro
de que no habría dormido velando el sueño de él por si necesitaba algo.
—Maldita sea yo… —se maldijo a sí mismo.
Se dio la vuelta y alcanzó el móvil. Necesitaba ropa para ir a trabajar. E
intentar arreglar las cosas con Fire. Como fuera.
Fire aparcó el coche en su plaza y se quedó en el coche. Tras no haber
dormido en toda la noche, y el hecho de hablar poco con Casey, su humor no
había mejorado.
Abrió la puerta y cerró su vehículo entrando en la empresa.
—Buenos días, señorita Dilworth.
—Buenos días —respondió seca. Hoy no estaba para buenos días porque
para ella no lo eran.
Siguió caminando y se dio cuenta que todo el mundo se apartaba de ella.
Sonrió para sí. Al menos captaban que ese día no estaba para nadie.
El timbre hizo que Casey se levantara de la silla y fuera hasta la puerta de
entrada. Revisó antes de abrir por si se trataba de otra persona y respiró
aliviado al verlo al otro lado.
—Gracias, tío —agradeció abriendo la puerta.
Oliver lo miró de arriba abajo con un deje cómico.
—¿Qué ha pasado? —preguntó aguantando la risa—. ¿Habéis roto tu
ropa?
—Muy gracioso… —Casey se metió hacia el pasillo al ver que algunas
mujeres se lo quedaban mirando y Oliver entró y cerró la puerta siguiendo a su
amigo.
—¿Dónde está Fire?
—No lo sé. En su trabajo, supongo. Se fue hace más de media hora.
Oliver entró en el salón y no vio nada fuera de lugar. En la cocina olía a
café recién hecho y parecía que Casey se había tomado un par de ellos por lo
nervioso que estaba.
—Toma. —Le dio una bolsa—. Mi mujer ha metido también ropa interior.
Dice que es nueva, así que no tienes que preocuparte.
—Gracias… Te daré el dinero.
Oliver hizo un gesto desaprobando lo que acababa de decir Casey.
—¿Puedo preguntar qué ha pasado? Fire y tú llevabais días sin… —No
sabía cómo terminar la frase. Lo único que tenía claro era que estaban
enfadados, que no se hablaban, y que todo era a raíz de esa sesión real con
Daniel.
—Me presenté ayer borracho como una cuba exigiéndole que me contara
cómo se lo había pasado.
—¿Le hiciste daño? —preguntó Oliver.
—No. Básicamente me desmayé y Fire ha estado cuidándome toda la
noche. Esta mañana, mientras me duchaba cogió mi ropa y la tiró a la basura
porque no olía bien. Y la creo. ¿Me has traído una maquinilla? —añadió al
revisar lo que iba en la bolsa.
Casey sacó la maquinilla de afeitar y se la mostró a Oliver.
—Supuse que no te vendría mal. —Se encogió de hombros.
Casey afirmó y se metió en el baño para vestirse y afeitarse. Por su parte,
Oliver comenzó a pasear por el salón, la cocina y subió a la planta superior.
Justo cuando bajaba, Casey salía por la puerta.
—Te queda bien.
—Un poco justa la camisa, pero pasa. Dale las gracias a tu mujer también
esta noche.
—No pasa nada. —Miró el reloj—. Aún nos queda un rato para entrar al
trabajo así que vas a permitirme que te sea franco en algo. —Casey frunció el
ceño sin entender a lo que venía eso—. Sé que Fire te gusta. Muchísimo diría
yo.
—Oliver…
Él levantó la mano pidiendo silencio.
—Déjame hablar. Después puedes hacer lo que te dé la puñetera gana.
Pero en el tiempo que llevamos en el caso, tú has cambiado. Y ella. Los dos os
lleváis bien, sentís atracción el uno por el otro. Y lo sé porque cuando estáis
juntos las miradas os delatan. Siempre buscáis el contacto con la otra persona.
»Puedo entender que os hayáis peleado por lo de la sesión pero, Case, no
tienes razón. Ella lo explicó varias veces en la comisaría; las sesiones reales
son como las virtuales. No tenía por qué haber sexo en ellas.
—¡Ya lo sé! —exclamó frustrado—. Oliver, he presenciado más sesiones
virtuales y reales que tú. —Oliver se sorprendió de ello—. Conozco mejor
que nadie a Fire. Pero… saber que está con otro hombre, que la van a tocar, a
besar, a…
—No lo ha besado —soltó él.
—¿Qué?
—Fire no se dejó besar por Daniel. Y tampoco tocar. Las horas que pasó
con él lo tuvo atado y cada vez que intentaba acercarse para besarla lo
rechazaba. Case, no sé cómo acabará vuestra relación, pero creo que ella te
respeta lo suficiente como para no jugar con tus sentimientos. La pregunta
ahora es si tú la respetas y confías en ella igual que Fire en ti.
Casey miró a Oliver. A pesar de ser prácticamente de la misma edad, se
notaba la madurez en él. Y el llevar casado varios años. En ese momento,
Casey se sentía un adolescente en su primer amorío. Y Oliver se había
convertido en un consejero.
—Es complicado, Oliver.
—¿Y qué no es complicado en el amor? Case, Fire es una mujer de
bandera. Si no estuviera casado, tendrías en mí a un rival para ganar el amor
de ella —confesó—. Pero no sé si te has dado cuenta que ella te ha elegido a
ti. Se ha abierto para ti. Y lo que pasó el otro día, en la oficina, sospecho que
no era la primera vez que hablabais del tema, ¿verdad?
—Discutimos la noche anterior —le aclaró Casey.
—No quiero meterme demasiado, pero te daré un consejo: Fire es una
mujer que valora mucho la confianza. Cuando una persona no se fía de ella o
es ella quien no puede fiarse de la otra, se pierde todo. Y ella no es de las que
da el primer paso. Contigo lo hizo.
Sabía a lo que se estaba refiriendo Oliver. Él mismo lo había tapado las
veces que Fire había llamado a la comisaría y preguntado por él.
—Lo sé. —Bajó la cabeza—. Tengo que arreglarlo.
—Ese es el primer paso, compañero. —Palmeó su hombro dándole
ánimos—. Y ahora vayámonos o sé de uno que nos va a gritar hasta el último
minuto del día por llegar tarde.
Casey se unió a las risas de su compañero.
—Oliver… ¿qué pasó ayer?
Al principio, no sabía a qué se refería, pero después cayó en la cuenta.
—Será mejor que lo escuches y lo veas por ti mismo, ¿no crees?
—Sí.
Ambos salieron de casa de Fire y cada uno cogió su coche. Debían llegar
a la comisaría a su hora por lo que, callejeando, consiguieron evitar los
atascos que se producían a horas tempranas.
Quince minutos después, los dos habían dejado aparcados sendos coches,
uno al lado del otro, y caminaban hacia su puesto. Saludaron a sus compañeros
al entrar y justo en el momento en que Oliver iba a su mesa, observó que había
un policía en ella colgando el teléfono.
Este se volvió y se asustó al ver a Oliver.
—¿Quién era? —preguntó Oliver.
—La señorita Dilworth. Me ha pedido que le diga que esta noche no tiene
que ir a su casa, que no va a estar.
Oliver miró a Casey. Le extrañaba ese cambio de opinión porque habían
quedado la noche anterior en entrar en el club online para ver si también lo
hacía Daniel.
—¿Te ha dado algún motivo?
—Sí, ha dicho que esta noche iba a salir.
Casey abrió la boca y la cerró. Ya sabía dónde iba a ir. Sacó el móvil del
bolsillo trasero del pantalón y marcó un número.
—Hoy estás muy seria —le dijo Armand llevándose su bebida a la boca
—. ¿Ha pasado algo con Greenblacht?
—No, fue todo bien. Está colado por mí. En unos días haremos el
secuestro y se acabará todo.
—Me alegro, empiezo a estar nervioso porque estés tan expuesta. —Fire
lo miró—. Entiende que, aunque te disfraces, él puede notar cualquier cosa,
Fire. Cuanto antes te deslindes de ese tío, mejor.
—Lo sé. —Fire cogió su Coca-Cola y bebió. Tenía la mirada perdida.
—¿Qué más te ronda por esa cabeza?
Ella sonrió.
—Nada.
—Uff, si tú dices “nada” es que es algo más gordo de lo que pensaba.
Había salido del trabajo en cuanto Armand la había avisado que estaba en
su empresa. Había sido un alivio para sus empleados, sobre todo para Sam,
que era la que no se había despegado de ella en todo momento.
—Tengo un mal día…
—Ya lo creo, me llamaste muy temprano esta mañana.
—Ya… —Bebió de nuevo—. He cambiado de opinión.
—¿No vas a ir al club?
—Sí, sí que voy. Pero no necesito alquilar nada. Puedes dársela a otro.
—¿No vienes con Casey?
—No. —Fue tajante en su respuesta y Armand se fijó en que su rostro se
había oscurecido.
No quiso ahondar más en el problema y prefirió dejar el tema.
—Vale. ¿Te doy la contraseña o te vienes conmigo?
—Voy contigo. Tengo ganas de llegar pronto y ver qué “productos” hay
esta noche para usar.
Armand rió por su comentario. Y sintió pena por los sumisos o sumisas
que se acercaran a ella buscando atención. Iba a ser implacable.
Terminaron las bebidas y Fire pagó las copas antes de levantarse y
marcharse juntos. No se habían alejado demasiado de la empresa y volvieron
a ella para coger sus coches y seguirse, el uno al otro, hasta el local del club.
Una vez estacionaron, Fire se tomó un momento en coger una mochila con
ropa más adecuada y su antifaz. Por su parte, Armand la esperó y abrió la
puerta con la llave. Todavía era demasiado pronto para que Markus hubiera
llegado. O para abrir el club ya que apenas empezaba a anochecer.
—No creo que tarden en venir —comentó yendo hacia la barra y sirviendo
un par de copas.
Fire ya se había cambiado nada más entrar en el club y estaba lista.
Llevaba unas botas largas y unos pantalones de cuero muy cortos. Se había
colocado una camiseta negra de manga corta rajada en la parte de los pechos
que hacía que su sujetador, también negro, pudiera apreciarse, tanto por
delante como por detrás.
—Mejor. Hoy tengo ganas de juego.
—Ten cuidado, no vayas a pasarte —le aconsejó.
Fire cogió la copa, la alzó y guiñó un ojo a Armand.
—Estoy de mal humor, no descontrolada.
Quiso decirle algo. A cambio, permaneció callado.
Oyeron ruido en la puerta y se asomaron para ver quién era.
—¿Ya estáis aquí? —se sorprendió Markus—. Sí que vais a empezar
pronto.
Las risas inundaron el club.
Dos horas después, la sala estaba llena. Esa noche había bastantes
personas que se habían acercado, quizá por el hecho de ser verano y que
muchos hubieran cogido sus vacaciones. Fire se paseó por el local saludando
a los conocidos y conociendo a los nuevos que habían llegado. Pero ninguno
de los sumisos le llamaba la atención y eso la molestaba. ¿Qué se suponía que
estaba buscando?
—Ama Red. —Ella se volvió. Jonathan había llegado hacía media hora
con su sumisa, a la cual no sabía dónde habría dejado. Se fijó en la otra
persona que estaba a su lado. Llevaba solo unos bóxers negros, agarres en las
muñecas y tobillos y una máscara de privación sensorial, solo que abierta.
Enarcó la ceja pidiéndole explicaciones.
—Tengo una petición que hacerte. Quiere aprender a confiar y no se me
ocurre mejor Ama que tú. ¿Lo tomarías a tu tutela?
Fire miró a Jonathan y después al sumiso.
no voy a ser clemente, Brayan —avisó usando su apodo
—Hoy
bedesemero.
—Es consciente de ello —dijo a cambio.
Ella giró ciento ochenta grados y se alejó de ellos. Sin embargo, tras
cuatro o cinco pasos, echó la cabeza atrás.
—Ven —le ordenó al sumiso. Este miró a Jonathan quien afirmó con la
cabeza.
Fire siguió andando sin preocuparse de que el otro la siguiera. Se sentó
en uno de los sillones más alejados del ambiente y se fijó en que el hombre se
había quedado de pie mirándola.
—De rodillas a mi lado —le mandó.
Hizo lo que le dijo.
Fire le cogió del mentón y lo obligó a levantar la mirada para verle los
ojos.
—¿Qué estás haciendo aquí, novato? —preguntó directamente.
me has descubierto? Brayan dijo que con la máscara no sabrías
—¿Cómo
quién era —desveló él hablando a través de ella.
—Brayan
no se fija en los detalles. Por sus manos han pasado tantas
mujeres que piensa que son todas iguales. Pero yo te conozco, conozco tu
cuerpo. —Casey tragó con lentitud saboreando esas palabras. Al menos no se
había olvidado de él en esos días—. De todas formas, no has respondido a mi
pregunta.
—Quiero aprender a confiar —repitió lo que Jonathan le había dicho a
ella.
—Ya.—Fire lo soltó, se cruzó de brazos y se echó sobre el sofá sin
prestarle atención a Casey quien continuó de rodillas en el mismo sitio.
Diez minutos después, por el rabillo del ojo lo vio moverse, seguramente
para aliviar el dolor de las rodillas por estar mucho tiempo. Pero no le
importaba. Llamó a uno de los camareros y pidió una copa.
Veinte minutos después los movimientos de Casey hicieron que se fijara
en sus intentos por relajar las rodillas y aguantar la postura. Pero había pasado
mucho tiempo y sabía lo que eso dolía. Y porque no le había puesto un grano
de arroz en las rodillas, entonces hubiera estado perdido en pocos minutos.
—Ama Red, ¿puedo levantarme? —pidió él casi en un gemido.
—Sí. —Vio cómo Casey se sujetaba al sofá y a la mesa para levantarse—.
Siéntate en el sofá —añadió al ver que se quedaba de pie junto a ella.
Cuando Casey se sentó soltó un suspiro de alivio y cerró los ojos.
—Gracias, Red.
Fire gruñó. Le dio la espalda pero, en segundos, se giró hacia él.
—¿Así que quieres aprender lo que es la confianza? —Casey asintió—.
¿Estás seguro? —De nuevo asintió.
—Quiero demostrarte que confío en ti. Que voy a aprender a confiar en ti
—rectificó sabiendo que su carácter jugaría en su contra en el futuro.
—Muy bien. —Y, de inmediato, le cerró la zona de los ojos para que no
pudiera ver nada—. Pues ahora dependerás de mí para ver.
En el momento en que Casey se quedó ciego se tensó. Escuchaba a la
gente hablar, gemir, chillar. Escuchaba los azotes que debían estar dando en el
escenario, los cubitos moverse en algunos vasos. Pero no veía nada. Era una
sensación estresante porque quería poner orden con todo el ruido, le absorbía.
—Estoy aquí. —La voz de Fire silenció todas las demás. Ya no importaba
el ruido, u otras voces, solo había una que le importara, una que había sonado
tan cerca que lo había calmado de inmediato. Cuando notó la caricia de ella
sobre su brazo se estremeció y su vello se puso de punta ante el contacto.
Sin embargo, igual que había aparecido, desapareció dejándolo de nuevo
solo. Aunque ya no le importaba. Con su voz lo había guiado hacia el lugar
donde estaban. Ahora podía escuchar los cubitos de su vaso moviéndose
cuando ella lo alzaba y bebía. Podía sentir en el sofá la vibración de ella. Y,
de vez en cuando, lo premiaba con alguna caricia.
—¡Ama Red! —exclamó otra mujer haciendo que Casey girara de manera
automática la cabeza al sonido.
—Hola, Diablesa, ¿qué tal estás?
—Bien… ¿Es novato? —preguntó fijándose en Casey.
—No.
De alguna forma, Casey se sintió incómodo, no sabía por qué.
—¿Qué le miras tanto, Diablesa? Tampoco es tu sumiso…
—Oh, eso ya lo sé. Es que tiene un buen cuerpo… ¿Lo has probado?
¿Hace un buen cunnilingus? ¿Me lo dejas?
—Sí. Sí. No. —Diablesa la miró como si se hubiera vuelto loca—. Sí lo
he probado, sí hace un buen cunnilingus y no, no te lo dejo —le aclaró ella.
—Joder, Red, yo te he dejado a mi perro…
—Sabes perfectamente que aquel que está conmigo es solo mío. No
comparto con nadie. —Vislumbró a plebeyo entre dos Amas que estaban
jugando con él—. ¿Por qué no vas con el tuyo? No parece que lo pase bien.
Diablesa siguió la mirada de Fire hacia la escena y sonrió.
—¿Quién dice que no va a pasarlo bien? —aventuró—. Va a tener a dos
mujeres para él.
—O dos mujeres van a tener a un hombre para divertirse —interpretó Fire
desde el punto de vista de una dómina.
—También. El caso es que me estoy aburriendo de mi sumiso y… —
Volvió a mirar a Casey—, me preguntaba si seguías con novato. Hace días que
no viene. Y como tienes a este ahora… novato está libre, ¿no?
—No —negó con contundencia—. Busca a otro, Diablesa.
Ella llenó los mofletes de aire. Su aspecto era de cabreo.
—¿Qué?
—Pues que no es justo. ¿Vas a tener ahora dos sumisos?
Fire rió.
—¿Y cuando tú has tenido tres? ¿Qué pasó con bajotuspies y faldero?
—Ya lo sabes… —siseó ella.
Por supuesto que lo sabía. Los había llevado al límite y, al final, la habían
dejado de lado. De vez en cuando, coincidían con ella en el club pero tenían
diferentes Amas que los sabían tratar como se merecían, en lo bueno y lo
malo.
—Tengo ganas de un nuevo sumiso… Me aburro de plebeyo…
—Así empezaste la otra vez, Diablesa.
—Ya,
pero no puedo hacer nada por quitarme esas ganas —dijo sacándole
la lengua—. Espera, sí que puedo, buscar a un nuevo sumiso. Qué pena que no
vengan tantos…
Fire puso los ojos en blanco y negó.
—¿Tú conoces a alguien? —le preguntó Diablesa.
—No, lo siento.
—Bueno, echaré un vistazo por ahí. O le preguntaré a Titán, a lo mejor
sabe algo de los nuevos.
—Buena idea.
Cuando vio partir a Diablesa respiró aliviada.
—¿Por qué no le has dicho que soy novato? —preguntó Casey.
—Porque no quiero que nadie te reconozca sin ropa. Ese placer es solo
mío.
Casey notaba el latido de su corazón. Cada vez el sonido era más fuerte y
su pecho se hinchó de orgullo. Las palabras de Fire le causaban una gran
alegría y, al mismo tiempo, la mayor de las tristezas. A su mente llegaban las
veces que había discutido con ella por culpa de Daniel, de las sesiones y,
finalmente, cuando la dejó en la comisaría y quiso cortar todo contacto con
ella.
—Perdóname… —susurró.
—¿Por qué?
—Porque…. —Explicarlo era difícil. No encontraba las palabras
adecuadas con las que justificarse, o con las que pudiera hacerle entender a
ella el motivo por el que se había distanciado de ella.
Fire se acercó a él y le obligó a girar la cabeza. En el momento en que él
sintió los labios de ella presionándose contra los suyos su cuerpo empezó a
temblar. Había olvidado lo bien que se sentían, la forma en que ella lo besaba
conduciéndolo a la locura.
—¿Por qué? —repitió Fire.
—Porque no he confiado en ti. Porque sabía el tipo de sesiones y pensé
que, cuando lo tuvieras delante, serías igual que conmigo. Porque me puse
celoso de que otro te pudiera ver desnuda; de que otro te tocara o te besara.
Porque, de alguna manera, te considero mía.
Fire sonrió. Levantó la visera de la máscara para que la viera.
—Y yo te considero mío —le dijo ella antes de volver a besarlo—. Pero
eso no te exime de un castigo ejemplar.
—Lo acepto. —Fire se quedó muda. ¿De verdad iba a permitirle
enseñarle la cara oscura del BDSM?
—Quédate aquí. —No esperó a que le respondiera. Se levantó del sofá y
fue en busca de Jonathan.
Casey la siguió con la mirada, ahora que había recuperado la vista. La
vio hablando con Jonathan y cómo este se echaba a reír y lo miraba. No sabía
si había hecho bien en aceptar pero sí quería demostrarle algo a Fire: que
confiaba plenamente en ella.
Cinco minutos después, Jonathan se perdía entre la multitud y Fire volvía
con él.
—Te lo vuelvo a preguntar, ¿estás seguro?
—Sí. —No tenía que pensárselo. Ya lo había hecho. Y su respuesta,
siendo ella, sería siempre afirmativa.
—Levántate. Voy a privarte de la vista y del oído. Voy a ser yo quien
decida cuándo vas a respirar. Y seré yo quien te diga cuándo obtener placer y
cuándo dolor. Y voy a darte dolor. Voy a hacerte sentir lo que yo he sentido
cuando me he visto traicionada, cuando tú no has confiado en mí. ¿Aceptas?
—Sí. —Volvió a afirmar—. Red, acepto. —Se acercó a su oído—. Fire,
acepto.
—Entonces, ven conmigo… —Lo cogió de la mano y caminó con paso
decidido hacia el escenario.
Casey comenzó a ponerse nervioso. No le gustaba que lo miraran, menos
en una situación así. Pero no quería defraudarla y en ningún momento retrasó
el paso o la hizo sentir que titubeaba.
Los dos subieron los escalones y vio que Brayan, junto a otros hombres,
cargaban una cruz de San Andrés.
—¿Dónde la quieres, Red?
—Justo en el centro —instruyó ella.
—De acuerdo…
Siguieron empujándola hasta que llegaron al centro y la fijaron al suelo.
La cruz era impresionante, en forma de equis, con ataduras en cada extremo de
los palos. ¿Iba a atarlo en ella?
—Necesito un pañuelo, un látigo y unas pinzas.
—¿Un pañuelo? —La única función que se le ocurría para el pañuelo era
la de vendarle los ojos y la máscara que llevaba disponía de una visera. Ella
misma la había usado.
—Voy a darte un pañuelo en la mano porque no vas a tener la boca libre.
Por tanto, no vas a poder pronunciar la palabra de seguridad si quieres que
pare. Por eso, el pañuelo. Lo dejarás caer cuando no puedas aguantar más.
Casey levantó la cabeza. ¿Pensaba que no iba a ser capaz de aguantar lo
que le hiciera? La mano en su pecho hizo que volviera a mirar a Fire.
—No es cuestión de orgullo o de aguante, novato. Es cuestión de
seguridad. Si en algún momento titubeas, te sientes raro de forma negativa o
reaccionas mal, tíralo. Te lo digo en serio, es mejor eso que provocar algo
peor.
—¿Como qué?
—Como miedo… —respondió ella.
Los dos se quedaron inmóviles sin apartar la mirada del otro.
—Ya lo tienes, Red. ¿Necesitas algo más?
Fire se volvió y cogió los objetos que había pedido.
—No. Nada. Solo que novato se ponga en su sitio para atarlo.
Se giró hacia él y, como si le hubiera dado un empujón, Casey se sintió
obligado a caminar hacia la cruz. Levantó las manos para alcanzar la primera
atadura cuando Fire le detuvo.
—Al revés, novato. Quiero tu cabeza mirándome.
Casey se dio la vuelta y fue Fire quien se acercó, le cogió el brazo y lo
llevó hasta la atadura. Ahí lo fijó con fuerza e hizo lo mismo con la pierna.
Fue entonces al otro lado y tensó el cuerpo de Casey al atarlo. En esa postura
apenas si podía moverse, como si estuviera clavado directamente en la cruz.
Lo primero que hizo Fire fue coger el pañuelo y se lo pasó a Casey.
—Recuerda, si notas algo raro o quieres que pare, suéltalo.
—De acuerdo.
—¿Estás nervioso?
—Sí… —No iba a mentirle.
—¿Confías en mí? —La pregunta hizo mella en su mente. Era por eso que
hacía eso. Sabía la respuesta.
—Sí.
—Entonces, demuéstramelo…
Se alejó haciendo que su melena ondeara al darse la vuelta y, con la luz
del escenario, pareciera que tuviera magia en ella. Que todo en ella se
volviera diferente, que adquiriera un poder divino.
Fire inspiró hondo antes de soltar el aire poco a poco. Hacía mucho
tiempo que no usaba el látigo y se sentía un poco desentrenada. Lo deslió y
probó su peso y la fuerza que tenía que ejercer para que restallara en el aire.
No quería que lo hiciera en la piel de Casey pues lo que buscaba no era
provocarle heridas, sino tensarlo, que viera que ella era capaz de controlar el
placer y el dolor.
Ondeó el látigo haciendo que Casey se asustara al verlo pasar tan cerca
de él. Pero no quería tocarlo, no hasta que controlara la distancia y se
amoldara al látigo. Entonces la cosa cambiaría.
Empezó a hacerlo cortar el aire cada vez más cerca del cuerpo de Casey
hasta que este jadeó cuando, por primera vez, sintió el contacto con el látigo,
más concretamente con la cola de él. Notaba una picazón donde le había dado
bastante molesta ya que iba en aumento el dolor. En cambio, no tuvo tiempo de
centrarse en ello, ya que el látigo siguió restallando y obligándole a saltar
cada vez que entraba en contacto con él. Tenía la parte del pecho enrojecida,
igual que su abdomen y los muslos. Solo quería que lo tocara para aliviar ese
malestar.
Contó los latigazos hasta que llegaron a veinte. Y entonces se detuvo. La
vio acercarse y, al tocarlo, cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Su
toque era mágico, cambiaba el dolor por placer, lo llevaba a un espacio
diferente, uno donde estaban juntos, donde ella y él eran uno y se fusionaban
con un beso.
Abrió los ojos y se dio cuenta de que ese beso existía, era real. Y era
todo para él. Sacó su lengua y buscó la de ella, la probó y se deleitó con ella.
Quiso seguir pero Fire se retiró a pesar de la súplica que nació de la boca de
Casey.
La vio con unas pinzas en las manos. Había jugado con ellas en otra
ocasión, sabía lo que hacían, la presión que ejercían en ciertas partes. Y
aunque le dolían, era más soportable que el otro dolor. Por eso se mantuvo
quieto cuando Fire estimuló sus pezones y los hizo sobresalir para, después,
aplastarlos con una de las pinzas.
Fire colocó una pinza en cada pezón y llevó su mano hasta la cabeza de
Casey para bajar la visera y privarle de la vista. Se alejó de él, látigo en
mano, y volvió a hacerlo restallar tocando con la cola la pinza o la zona
cercana a donde estaba esta.
Casey gritaba cada vez que lo rozaba. El miedo atenazaba su cuerpo
porque no veía el látigo, ni a ella. Pero tenía que confiar en que no le haría
daño.
De nuevo los latigazos pararon y Fire volvió a caminar hacia él. Lo tocó
haciendo que respingara y movió con suavidad las pinzas en un intento por
transformar ese dolor en algo más placentero.
—Ahora tampoco escucharás… —le susurró antes de cerrar la máscara en
la zona de los oídos.
Casey empezó a respirar de manera agitada. No escuchaba, no veía.
¿Cómo iba a saber cuándo lo tocaría el látigo? O si ella se acercaría… Se
sentía indefenso y nervioso. Muy nervioso. La mano donde sujetaba el pañuelo
empezó a temblarle y su propia mente le decía que soltara el pañuelo, que lo
dejara caer para que acabara todo. Pero se aferró a las palabras de Fire.
Confiaba en ella. Lo hacía.
El primer latigazo casi le hizo perder el pañuelo. El segundo le hizo
aferrarlo más. Y el tercero nunca llegó. Notó las manos de Fire subiendo por
sus piernas, acercándose a su sexo para magrearlo, y después seguir por su
abdomen hacia los pezones, donde arrancó las pinzas sin mucho cuidado
sacándole un gemido y un lamento. Pero no le importó porque empezó a
masajearlos doblando así el dolor que sentía, haciendo que chillara y se
removiera a pesar de las restricciones para escapar de ese sufrimiento. Siseó
cuando Fire le arañó con las uñas en el pecho, ya de por sí sensible de los
latigazos. Y, sin embargo, todo eso cambió en el momento en que Fire tomó sus
labios y entró en su boca buscándolo.
De repente, el dolor había desaparecido y, a cambio, notaba como un
fuego interno que empezaba a expandirse por todo su cuerpo, quemándolo a su
paso, y llevándolo más lejos de donde no había estado antes.
—Confía en mí… —Escuchó. ¿Cuándo lo había liberado de su sordera?
Notó cómo introducía un objeto en la zona de la boca y, de repente, este
se hinchaba impidiéndole respirar. Ni siquiera podía sacarlo de su boca, se
sentía impotente. Y se estaba quedando sin aire.
Empezó a agitar las manos, a abrir y cerrar la que no tenía el pañuelo, y
notó que el objeto perdía dureza. Lo aplastó y abrió la boca para respirar.
Fire le abrió la visera y lo miró a los ojos. Sabía que iba a ver miedo en
ellos pero quería que la viera, que supiera que estaba allí y que, si bien
dependía de ella para respirar, podía confiar.
Volvió a hinchar el objeto de la boca y Casey tomó aire rápidamente para
aguantar la respiración. Vio a Fire sonreír y de pronto notó su mano tocándole
los testículos y el pene, por fuera del bóxer, pero como si lo hiciera por
dentro. Empezó a gemir y el aire fue saliendo de su boca mientras la mordaza
hacía lo propio de ella. Pronto se dio cuenta que no le quedaba aire y empezó
a mover la cabeza en un intento por sacar lo que tenía en la boca y respirar.
Pero no fue hasta que Fire quiso, que el objeto disminuyó de tamaño.
—Por favor… —suplicó.
—¿Quieres que pare? —preguntó ella.
¿Lo quería? Lo había privado de su respiración y, sin embargo, lo que él
recordaba en ese momento no era esa sensación, sino lo que había sentido al
tocarle en su sexo. Había sido increíble. Y quería más…
La vio sonreír y supo que no hacía falta responderle. Ella ya sabía la
respuesta.
Diez minutos después, Fire desató una de las ataduras de la cruz dejando
que Casey bajara el brazo. Hizo lo mismo con la pierna y lo ayudó a mantener
el equilibrio mientras se ocupaba de los otros agarres.
—¿Estás bien? —preguntó ella sin quitarle la vista de encima.
—Muy excitado. Y cansado y… no lo sé…
—Red, te ayudo —intervino Armand sosteniendo a Casey mientras ella le
desataba la pierna.
—¿Dónde lo llevas, Titán? —preguntó Fire viendo que lo conducía hacia
las escaleras de las mazmorras.
—A donde él me pidió. Alquiló una mazmorra esta mañana —le informó
bajando.
Fire miró a Casey quien esbozó una sonrisa.
—He de complacer a mi chica… —murmuró él intentando recuperar
fuerzas.
—Ya lo has hecho… —susurró ella sin saber si Casey lo había escuchado.
Capítulo 32
Busca en mí la tentación. Busca en ti la sumisión.
ire se quedó mirando hacia delante. Estaba escuchando lo que le decían,
F pero su mente era incapaz de asimilarlo, ni siquiera de responder. Y eso,
en su trabajo, no era bueno. Sus ojos se movieron hacia la persona quien
calló esperando que dijera algo. Pero no sabía qué decir. Era
complicado hacerlo cuando no había oído la pregunta.
—Perdona, Sam… ¿qué has dicho?
—¿Qué te pasa hoy, Fire? Estás como ida. ¿Te encuentras bien?
—Sí, sí, estoy bien. Mi mente se ha ido a otros problemas…
—Pues que yo sepa el único que tenemos es este —comentó ella
volviendo a mirar los documentos que tenía en las manos—. Bueno, a no ser
que Michelle te haya llamado a ti también.
—¿Michelle? —Tardó unos segundos en asimilar el nombre con su amiga
—. ¿Qué pasa ahora?
—Nada, nervios. Anoche llamó a Jordan y la tuvo hasta las cinco de la
mañana al teléfono. Por más que intentaba cortarle, ella se ponía a hablar y
suplicar que la ayudara. Hemos quedado esta noche, te apuntas, ¿verdad?
—No, no puedo —negó.
—¿Por qué? Últimamente no salimos muy a menudo.
—Últimamente estoy ocupada… —rectificó ella. No mentía, solo que esas
ocupaciones, salvo una llamada “Casey”, no sabían cuáles eran.
—Vamosa tener que hablar seriamente con ese poli… —masculló con una
sonrisa pícara.
—Tú lo que quieres es ir a la comisaría a ver si tiene a un compañero
guapo…
—¿Y lo tiene? —insistió ella con una sonrisa en la que podía verle los
dientes.
—Sí.
—Sam se ilusionó—. Y está casado. —De la ilusión pasó a la
decepción. Fire rió.
—¡Jo, Fire, no te rías!
—¿No habías empezado una relación?
—No. Sí… Lo dejé hace unas semanas. No me gusta que me controlen…
—Bien hecho entonces.
—Ya, pero, ¿con quién voy yo ahora a la boda de Michelle?
—Puede que se me ocurra alguien del trabajo… —dejó caer Fire.
—¡No, por favor, del trabajo no! —exclamó ella.
Fire sonrió. ¿Quién se estaba refiriendo a “ese” trabajo?
—Venga,
vamos a acabar esto, Fire. Dejemos mi vida privada para fuera
de estos muros.
—¿Estás segura? —picó Fire.
—¡Sííí! —gritó ella poniéndole los papeles delante—. Esto, céntrate en
esto.
La risa de Fire hizo que Sam se sonrojara.
—Vale, vale… A ver, cuéntamelo otra vez.
Sam empezó a contarle de nuevo lo que había ocurrido en la empresa y,
de nuevo, Fire se abstrajo. Su mente solo estaba en lo que iba a ocurrir esa
misma noche. Cuatro después de la sesión real con Daniel. Tres tras su
reconciliación con Casey.
Sonrió recordando esa noche. No solo había probado el BDSM de
verdad, sino que había confiado en ella hasta el final. Y lo había
recompensado. Se sentía muy feliz en esa relación, como nunca antes se había
sentido. Y solo esperaba que siguieran adelante.
Ese día iba a terminar con todo. Solo tenía que escenificar su papel y
acabaría la relación con Daniel. Estaba deseándolo porque, de esa manera,
tendría más tiempo para estar con Casey.
—¡Fire! —gritó haciendo que ella se estremeciera—. Por favor, ¿qué te
pasa hoy?
—A ver, Sam… ¿Es importante?
—Mmmm…. No… no mucho.
—Entonces dejémoslo. No tengo cabeza hoy para nada. Puedes salir antes,
si quieres.
—¿Seguro? ¿No quieres que me quede por si acaso?
—Seguro. Anda. Yo también me voy a ir pronto a casa. Quizá esté
incubando algo —mintió para evitar que su amiga se preocupara.
—Con las lluvias veraniegas del otro día hay muchos que han caído con
resfriados. Así que cuídate.
—Lo haré… Buenas noches, Sam.
—Hasta mañana, Fire.
Sam recogió los papeles y se marchó hacia su mesa. Metió la carpeta en
el cajón, cerró con llave todo su escritorio y apagó el ordenador. Se despidió
con la mano y fue hacia las escaleras para marcharse.
Fire se echó sobre la silla pensativa. Desde que Calfer había tomado la
decisión de teatralizar el “secuestro”, se habían puesto manos a la obra para
establecer una secuencia de movimientos que impidieran en todo momento que
se le viera la cara a Fire.
Eso les había llevado un par de días perfeccionar y, aun así, de vez en
cuando se descuidaban. Esa noche tenía que salir todo bien. O acabarían
fastidiando el plan por completo.
Las personas encargadas de llevar a cabo el “secuestro” iban a ser tres
policías secretas. Nadie los conocía y eso hacía más fácil el trabajo. Pero
contaban con pasamontañas, cosa que Fire no podía llevar. Ni siquiera podía
utilizar la máscara que llevaba cuando quedaba con Daniel por miedo a que,
en el forcejeo, se le cayera o le dieran algún golpe y la descubriera. Por eso
llevaba días con los policías en su casa ensayando.
Se levantó del sillón y recogió sus cosas. Estaba visto que, hasta que no
solucionara ese tema, no iba a quitárselo de la cabeza y llegaba a tiempo para
ensayar de nuevo. Si es que los otros podían salir de comisaría.
Salió por la puerta con el teléfono en la oreja. Cuanto antes empezaran,
antes iban a acabar.
—¿Qué pasa? —preguntó Casey.
—Me voy a casa. ¿Podéis venir todos y ensayamos de nuevo?
Casey se quedó callado un momento.
—Vale. En una hora estamos allí.
—Que sea media —puntualizó Fire antes de colgar.
Casey contempló la pantalla de su teléfono. ¿Le había colgado? ¿Así?
—¿Qué pasa? —preguntó Oliver.
—Nada… —Se levantó de la silla—. Voy a hablar con el capitán. Fire ya
ha salido de trabajar.
—Avisaré a los otros —dijo incorporándose para buscar a los policías
que harían de secuestradores.
Casey fue hasta la oficina y tocó con los nudillos en el marco de la puerta.
Su capitán solo cerraba la puerta en caso necesario.
—Adelante. —Ni siquiera había mirado quién era.
Entró y cerró la puerta tras de sí haciendo que, esa vez sí, lo mirara.
—¿Qué ocurre, Reindman?
—Fire ha terminado de trabajar. Va a su casa y nos ha citado allí para
ensayar un poco.
—De acuerdo… —Casey se dio la vuelta una vez lo había informado. Ya
estaba cogiendo el pomo de la puerta—. Espere… —Casey se volvió—.
Tengan cuidado. Que no se le vea la cara ni pueda identificarla.
También él estaba preocupado de poner en peligro a Fire. Después del
tiempo empleado, era el mayor de los miedos que los mantenía en tensión.
—Sí, señor.
Abrió y salió del despacho. Empezaba a sentir los nervios crecer en su
cuerpo.
Una vez fuera, esperó que Oliver regresara con los policías. Habían
escogido tres, dos de ellos más fornidos y de aspecto amenazador, otro más
normal que sería el que hablaría con Daniel. Todos ellos tenían un equipo
especial: camisetas negras, pantalones negros, tenis negros y, obviamente,
pasamontañas negros. Habían escogido uno en el que apenas se les pudiera ver
los ojos. Ni siquiera se les veía la boca.
Cuando los vio aparecer, los nervios se acrecentaron. Estaba deseando
que llegara el final de ese día, o el principio del siguiente, según se mirara,
para acabar de una vez por todas y dejar a un margen a Daniel para que su
relación dejara de mancharse con semejante personaje.
—¿Alguna orden del capitán? —preguntó Oliver.
Casey negó con la cabeza.
—Lo único, que tengamos cuidado.
Oliver sonrió. Como si no lo supieran ya. Ahora era cuando Fire iba a
exponerse demasiado y cualquier mínimo fallo podría tener consecuencias
negativas.
—Vamos —apresuró Casey. Quería llegar y controlar la situación. De
algún modo, así sentía que protegía a Fire.
Tras recoger todo el equipo que necesitaban, habían utilizado dos coches
para llegar a la casa de Fire donde ella los esperaba. De hecho, estaba en la
puerta pendiente de que llegaran y, nada más verlos, los saludó.
—Hola —saludó ella dejando que pasaran todos. Cerró la puerta de
inmediato—. ¿Queréis algo?
—No, gracias, Fire —agradeció Oliver.
—Yo tampoco —dijo Casey.
El resto también negó, supuso que, como ella, algo inquietos por lo que
iba a pasar.
—¿Qué tal si os cambiáis? —propuso Fire—. Podríamos practicar un
poco, sobre todo el tema de ruidos y demás.
—Iré a avisar a las casas vecinas. No queremos que llamen a la policía —
comentó Oliver con cierto deje de diversión.
—No, sobre todo porque ya está aquí.
—Te acompaño —se unió Casey—. ¿Estás bien? —No había podido
evitar la pregunta ni rozarle la mano al pasar por su lado. Cuando vio que
asentía y le sonreía, se relajó. Solo un poco.
Cada uno de ellos comenzó a hacer su trabajo. Oliver y Casey avisaron a
los vecinos de los ruidos que iban a escuchar en unas horas, igual que había
pasado días atrás. La propia policía estaba avisada de que, si se tenía un aviso
en ese domicilio, no fueran, pero tampoco estaba de más evitar que otras
personas quisieran hacerse los héroes.
Mientras tanto, los dos policías empezaron a practicar con Fire mientras
el tercero miraba a través del portátil para guiarles y corregirles en caso de
que cometieran algún error. Repitieron varias veces hasta que todos quedaron
conformes. Sabían que era muy complicado realizar los mismos movimientos y
reacciones ya que, en el momento clave, la adrenalina podría jugarles una
mala pasada. Por eso, habían optado por apartar a Fire de la cámara
anteponiéndose ellos y, de esa manera, evitar que pudiera verle la cara.
Por supuesto, Fire tenía que resistirse, y el problema venía cuando quiso
demostrarles que era capaz de librarse de ellos dos en poco tiempo. Más de
una vez lo había hecho, quizás a modo juguetón, o para que no se fiaran de
ella. Necesitaba que lo hicieran a conciencia, incluso haciendo daño, para que
fuera creíble.
Después de varias horas, de descansar y prepararse, llegó el turno de
entrar en el club. No había quedado a una hora fija con Daniel y tampoco sabía
si realmente se conectaría, pero no había fallado ni un solo día, y no iba a ser
ese diferente.
Lady Blue dice: Buenas noches a todos.
Nada más entrar, saludó en el chat general. Los saludos no se hicieron
esperar, todos los que había la saludaron. Hasta los hombres con los que había
jugado la saludaban a pesar de que ella misma había pedido que no le pidieran
privados por un tiempo.
—Daniel no está —comentó una vez revisó la lista de usuarios online que
había en el club.
—Esperaremos —dijo Oliver.
Fire siguió conversando en el chat general con los demás. Hacía tiempo
que no veía a Bohemio y le extrañó pues él solía ser asiduo al club. Tampoco
en él pudieron decirle mucho ya que apenas lo habían visto. Tendría que
preguntarle a Jonathan sobre él o llamarle directamente.
Aburrida de la espera, Fire había acabado enviando algún mensaje
privado a los sumisos que más conocía. Quería saber un poco de cómo le iban
y de si habían entablado relación con alguna dómina. De alguna forma, se
preocupaba porque estuvieran bien.
Así, fueron pasando las horas y la noche cayendo…
—Atentos… —avisó Fire al ver la ventana que avisaba de una nueva
entrada—. Ha llegado.
Todos se tensaron y el ambiente se enrareció de inmediato. Fire revisó su
peluca y la posición de la cámara para controlar que no se la viera. Quería que
todo saliera bien porque eso terminaría con Daniel.
zalamero dice: Buenas noches, Amas y Amos… Buenas noches, mi
querida Ama Lady Blue.
Fire se mofó. Siempre la adulaba sobremanera en el chat. De ahí su
apodo. Pero ella lo odiaba. La razón por la que empezó a hablarle, tiempo
atrás, había sido por eso mismo, por reprocharle que fuera tan adulador, tan
“zalamero”, y lo había castigado por seguir haciéndolo en la conversación
privada. Tras ese día, los encuentros habían sido más habituales. Hasta ese
momento.
Vio cómo lo saludaban todos y ella esperó… No iba a darle el placer de
escribirle nada más aparecer, como si lo hubiera estado esperando. Quería
tomarse su tiempo.
—Fire… —murmuró Casey.
—Sé lo que hago —protestó ella.
zalamero dice: Ama Lady Blue, ¿puedo escribirle?
Lo leyó y pasó. Quería que pensara que estaba en una sesión, o que
hablaba con alguien. Quería ponerle nervioso y que se esmerara para no
relajarse en su “relación”, si es que se podía llamar así.
Cuando pasaron diez minutos y Fire no escribió, una pestaña apareció con
una luz intermitente. Fire sonrió. ¿Se tomaba esas libertades?
Pulsó la pestaña y leyó:
zalamero dice: Mi Ama, ¿está por ahí? ¿Está con alguien?
Lo tenía. Dudas, preguntas… Estaba inquieto, se preguntaba si hablaría
con algún sumiso, si charlaría con alguna Ama o Amo. Quería que la viera
como una posesión.
Lady Blue dice: Buenas noches… ¿te he dado permiso para hablarme?
zalamero dice: No, Mi Señora, pero le escribí en el chat y como no me
respondía yo…
Lady Blue dice: Tú te tomaste la libertad de escribirme y molestarme.
zalamero dice: No, no es eso. Es que pensé que a lo mejor estaba con
alguien. Con…
zalamero dice: con alguna Ama o Amo.
Fire rió. Había tardado en escribir eso. Seguramente porque no era lo que
realmente quería poner.
Lady Blue dice: Estaba charlando con una Ama que me ha dado
algunas ideas para sesiones…
zalamero dice: ¿En serio? ¿Sesiones virtuales o… reales?
Sabía que quería otra sesión, él mismo se la había pedido para el día
siguiente. Pero ella simplemente se había reído, acariciado y pronunciado un
“pronto”, antes de recogerlo todo y marcharse de la habitación junto a él.
Lady Blue dice: Lo dejaré a tu imaginación, aunque creo que dentro de
poco voy a necesitarte… Tengo ganas de una polla bien dura para llenarme.
En el encuentro físico se había dado cuenta que le gustaba que le hablaran
sucio. Él mismo había querido que lo insultara, que lo humillara, que le dijera
de todo. Y ahora, pensaba utilizar eso en su favor. Quería vincular lo real con
lo virtual, que viera que era la misma persona y, de algún modo, atraparlo más
en sus redes.
zalamero dice: Yo estoy disponible para usted cuando me necesite.
Incluso si es ahora mismo. Puedo ir donde quiera. O venir Mi Ama a mí.
Lady Blue dice: ¿Yo ir a ti? ¿Desde cuándo una Ama tiene que
molestarse en ir a por su esclavo? Cuidado, zalamero, porque puedo ser muy
cruel contigo.
zalamero dice: Lo que quiera Mi Reina, Mi Ama, Mi Lady Blue…
Fire puso los ojos en blanco. Tantos elogios la cansaban. ¿Estaría
provocándola?
zalamero dice: ¿Podemos hacer una videollamada?
Lady Blue dice: Prueba…
Miró a Oliver y Casey. Estaban sentados delante del ordenador mientras
que los otros tres se levantaron de las sillas y se colocaron en el pasillo. El
plan era dejar que hablara, o jugara con él y, al cabo de un tiempo prudencial,
comenzar a hacer ruido, empezando por la puerta de entrada.
Fire tendría que levantarse y apartarse un poco de la cámara para avisar
que había alguien en su casa. Entonces los hombres la cogerían, la voltearían y
ella se resistiría hasta que le dieran un golpe en la cabeza y se dejara caer en
los brazos de ellos. En ese momento, el tercero tomaría el control de la
videollamada y le explicaría a Daniel lo que ocurría.
O al menos, eso era lo que tenían planeado.
El sonido de la llamada hizo que se centrara en la pantalla del ordenador.
Su cámara ya se había activado y podía controlar lo que se veía. Aceptó la
llamada y pronto vio a Daniel, sentado al lado del ordenador, sonriéndole.
—Buenas noches…
—Hola, zalamero. ¿Qué tal?
—Mal…
—¿Y eso? —Fire movió una de sus manos ondeándola por delante de la
cámara como si quisiera tocarlo.
—No dejo de pensar, de revivir lo que hicimos en esa habitación… Por
favor, Mi Ama, hagámoslo otra vez. Quiero que me domine, quiero que
disfrute de mí, quiero que…
—¿Quieres que te humille, perro? ¿Que me satisfaga de ti y no te deje ni
tocarme ni correrte?
—Sí, por favor… Quiero sentirla.
—¿Y que recibo yo? ¿Acaso estás tan seguro de que vas a darme placer?
—No suelen quejarse…
La risa de Fire lo puso nervioso.
—Cuidado, zalamero. No soy de las que comparte. Y me estás diciendo
que hay otras.
—Había… Ahora solo tengo a una en mi pensamiento. ¿No podemos
quedar?
—¿Ya no te gusta por aquí?
—Una vez la he probado, es como una droga, Ama. Quiero más, quiero
poder tocarla y sentir que es real, poder notar sus manos en mi cuerpo, que
controle todos los juguetes y yo no tenga que hacer nada más que dejarme
llevar.
—Quizá podríamos quedar mañana. Tengo libre la tarde… y la noche…
Vio cómo se le iluminaban los ojos.
—Yo también…
—Ja, ja, ja… Y aunque no la tuvieras, si tu Ama te dice de quedar,
quedas. ¿Entendido?
—Sí, Mi Ama…
—¿Quieres jugar?
—Sí… Para estar más excitado para mañana…
Fire sonrió. Iba a dejarlo tan necesitado de ella que, cuando viera que la
perdía, se volviera loco.
Un ruido fuerte hizo que Fire se levantara de la silla de repente.
—¿Qué pasa? —preguntó Daniel—. ¡Lady Blue! —la llamó al ver que
ella se giraba.
—¿¡Quiénes sois vosotros!? ¿¡Qué hacéis aquí!? —vociferó lo más alto
que pudo.
Daniel se acercó a la pantalla y vio dos sombras oscuras que tiraban de
Fire e intentaban inmovilizarla. Un tercero, más delgado que los otros, se
mantuvo cerca sin hacer nada. Tenía un arma y apuntaba con ella a Fire. Ella
se resistía, intentaba soltarse y escapar, chillaba y gritaba pidiendo ayuda,
gritos que se unían a los de él llamándola, queriendo que se fijaran en la
pantalla para darle tiempo a ella a escapar. Se veía inútil siendo un mero
espectador de lo que le hacían a su Ama.
—¡Basta! ¡Eh! ¡Vosotros, dejadla! ¡Lady Blue! —gritaba una y otra vez
con más fuerza, como si quisiera atravesar la pantalla y salir al otro extremo
—. ¡Dejadla!
—¡Soltadme! ¡Socorro! ¡Socorro! —chillaba Fire tratando de liberarse.
Uno de ellos la levantó en el aire para que se estuviera quieta y ella
golpeó con las piernas el sillón que se movió unos metros. Cuando volvieron a
ponerla en el suelo, el otro le dio un golpe en la cabeza y todo se nubló. Dejó
de moverse y pudieron agarrarla mejor. Tenía el pelo echado hacia delante y,
al darle la vuelta para que Daniel la viera, golpearon el sillón que antes se
había movido. Este se deslizó hasta el mueble del ordenador con el que chocó
haciendo que la cámara cayera.
El tercero, que había entrado pero no había hecho nada hasta ese
momento, se apresuró a coger la cámara y la enfocó en sí mismo.
—Dile adiós a la chica...
—Hijos de puta… —gruñó él.
Arrancó la cámara de un tirón y apagó el ordenador con el botón de
encendido.
Todos se miraron y empezaron a sonreír.
Tanto Oliver como sus compañeros celebraron la actuación que habían
hecho y cómo Daniel estaba justo donde lo querían. Ahora tocaba que moviera
ficha y esperaban que fuera para cometer errores. Así podrían atraparlo.
Sin embargo, Casey se quedó mirando la pantalla del ordenador. Algo en
el rostro de Daniel le daba mala espina. Muy mala espina.
Capítulo 33
Guarda las palabras más sumisas que tengas. Entrégame los deseos
más ocultos que anheles.
asey se movió en cuanto notó que Fire empezaba a despertarse. La
C noche había sido larga, no solo por la fiesta que habían organizado tras
saber que todo había salido como habían supuesto, sino porque ahora
podrían ver los resultados de meses de trabajo. Solo esperaban que
Daniel no los defraudara y, por la cara que había puesto, dudaban que lo
hiciera.
Una vez se fueron los policías y Oliver, Casey y Fire se quedaron solos.
Y disfrutaron de su soledad. Pero Casey no había dormido. Había algo que lo
inquietaba. La mirada de Daniel, de puro pánico, tenía algo más. Algo a lo que
no podía dar respuesta y que lo carcomía por dentro.
—Buenos días, Case… —susurró ella haciendo que se centrara en esa
mujer que se había dormido después de una noche loca en sus brazos.
—Buenos días, mi fuego… —La besó con dulzura, igual que hizo ella.
—¿Te pasa algo? —preguntó frunciendo el ceño.
—No, no es nada.
Fire se incorporó un poco.
—¿Seguro?
—Estoy intranquilo por lo que hará Daniel.
—No me va a pasar nada.
Casey hizo que se tumbara sobre su pecho. Por supuesto que no le iba a
pasar nada.
—¿Hoy tienes que ir a trabajar? —Fire jugueteaba con el vello de su
pecho.
—Sí, tenemos que coordinarnos con el equipo para seguir los pasos de
Daniel.
—¿Y por la noche…?
El pecho de Casey subió y bajó con rapidez.
—Por la noche soy todo tuyo… —le aseguró.
Fire depositó un beso en su pecho y se levantó de nuevo.
—Genial… —Miró el reloj y suspiró—. Voy a darme una ducha. ¿Te
apetece ayudarme? —le insinuó.
—Faltaría más… —contestó Casey incorporándose para atraparla de
nuevo.
Casey llegó a la comisaría como alma que lleva al diablo. No saludó a
nadie ni se sentó en su mesa. Siguió andando hasta una de las oficinas de
multimedia que tenían allí. Necesitaba sacarse de la cabeza a Daniel y solo
había una forma de hacerlo.
Abrió la puerta sin llamar asustando al joven que había dentro.
—¡Inspector Reindman! —exclamó saltando de su asiento—. ¿Necesita
algo?
—El vídeo de ayer de la señorita Dilworth, ¿lo tienes?
—Estaba editándolo en estos momentos.
—Ponme la grabación de la casa.
—Sí, señor…
El joven se apresuró a cumplir las órdenes mientras Casey se sentaba en
una de las sillas frente a los monitores. Tenía que verlo. Tenía que saber por
qué se sentía tan inquieto.
Fire llegó a la oficina feliz. Se había quitado un gran peso de encima y
por fin podría escuchar a Sam y saber cuál era el problema que había surgido
para darle solución.
Caminó por el pasillo saludando a los trabajadores con los que se
encontraba. Todos parecían saber cuál era su lugar y eso le gustaba. Aunque
después hubiera que darle un tirón de orejas a algunos por equivocarse o
acomodarse demasiado en su puesto.
Llegó hasta el ascensor y esperó con tranquilidad. Ese día iba a tomarlo
con calma.
—Buenos días, Sam —la saludó al verla ya en su puesto.
—Buenos días, señorita Dilworth. —Fire arrugó la nariz. ¿Por qué esas
formalidades? Cuando estaban a solas solía llamarla Fire, incluso estando con
otros trabajadores. Solo podía significar que había alguien más allí.
—Buenos días, señorita Dilworth. —En cuanto escuchó la voz fue girando
lentamente hacia la persona que le había hablado.
—Señor Greenblacht —pronunció ella casi en un susurro.
Casey se golpeó con la palma en la cabeza. Algo se le escapaba. Algo
importante.
—¿La pongo de nuevo?
—Sí —gruñó él. Llevaba más de media hora en ese lugar visionando una y
otra vez la grabación de la casa de Fire y la de la videollamada que Jonathan
había pasado esa misma noche. Y notaba algo raro, pero no podía decir el qué.
La puerta se abrió haciendo que la luz lo deslumbrara y tuviera que
apartar la vista del monitor.
—¿Casey? ¿Qué haces aquí? Me han dicho que te habían visto venir.
—Algo se nos escapa, Oliver. Lo sé, lo presiento.
—¿De qué hablas? Salió todo bien, tú mismo estabas allí y lo viste.
—No puedo explicarlo…. Pero hay algo…
Se fijó en que el muchacho había puesto otra vez el vídeo en la parte que
le había pedido, desde que habían entrado a secuestrarla hasta el final. Volvió
a revivirlo, a pensar en la ubicación de la cámara y lo que podía haber visto
Daniel.
Habían sido concienzudos en el hecho de quitar espejos, cristales y todo
lo que pudiera reflejar el rostro de Fire. Incluso habían eliminado fotografías
de ella de esa habitación para que no hubiera errores.
Casey jadeó. Se estaba volviendo loco. El plan era perfecto, y había
salido bien. Pero no conseguía quitarse de la cabeza esa sensación de que se
aproximaba algo malo.
Y entonces lo vio.
—¡Para!
—¿Qué pasa? —preguntó Oliver acercándose al monitor.
—Vuelve para atrás —le indicó al chico—. ¡Ahí! Despacio…
En el momento en que la cámara había caído al suelo, en esos segundos,
había enfocado una pequeña escultura de lo que, parecía, una mujer. Casey
soltó todo el aire de sus pulmones y se puso lívido. Reconocía perfectamente
esa estatua. Y Daniel también.
Se levantó de la silla y echó a correr. Tenía que salvarla. A como diera
lugar.
Fire contempló a Daniel sentado en los sillones que había fuera de su
despacho. Ese día no tenía ninguna reunión programada y el hecho de que
fuera él quien estuviera allí le ponía el vello de punta. ¿A qué había ido? Se
volvió hacia su amiga.
—Sam, ¿tenía cita a primera hora con el señor Greenblacht? Pensaba que
no…
—No, cuando he llegado ya estaba aquí, Fi…, señorita Dilworth —
rectificó—. Le he dicho que no puede recibirlo de forma tan repentina pero ha
insistido en esperarla.
—No pasa nada, Sam —tranquilizó ella—. Señor Greenblacht —se
dirigió a él—, ¿a qué debo su visita?
Se giró hacia Daniel olvidándose de Sam. Tenía que aparentar
tranquilidad, no solo por Daniel, sino también por su propia amiga.
—Necesitaba hablar con usted.
—¿De algo en particular? Comprenda que soy una mujer ocupada y no
puedo perder el tiempo.
—Creo que no lo va a perder, al contrario, va a resultar muy
gratificante…
—En ese caso, ¿por qué no entramos a mi despacho? —lo invitó ella
retrocediendo un par de pasos.
—Por supuesto —respondió con una sonrisa.
Fire imitó el gesto aunque, por dentro, estaba muy inquieta. La presencia
de Daniel no le inspiraba confianza y menos que hubiera llegado solo cuando,
normalmente, acudía con varios de sus hombres. ¿Dónde estarían los otros?
Abrió la puerta de su despacho y entró. Caminó hacia su mesa y le dio la
vuelta hasta que se sentó en su silla. Tiró del tirador de uno de los cajones y
metió dentro su bolso.
Mientras, Daniel la contempló. La forma en que se movía, la forma en que
miraba.
—¿No quiere sentarse? —preguntó Fire al ver que no se había acercado a
la mesa.
Daniel acortó la distancia y se sentó. Si quería jugar, lo haría. Pero ahora,
la ventaja estaba en su terreno.
—¿De qué quiere hablar, señor Greenblacht? —preguntó Fire.
—Llámame Daniel, por favor —le pidió él.
—Está bien, Daniel.
Daniel cerró los ojos saboreando el momento.
—He venido a hablar de una estatuilla de arte que fue vendida por su casa
de subastas.
—¿Acaso tiene alguna queja con la compra que hizo?
—No, ni mucho menos. Pero sí es algo que no compré y que me interesa
saber quién es su dueño. O dueña.
Fire cruzó las piernas y se recostó sobre su silla.
—Como comprenderá, Daniel, no soy de las que va dando información
privada de las ventas de mis clientes.
—Este cliente es un conocido nuestro. El inspector Reindman. Pujó
delante de mí por ese artículo de arte.
Fire comenzó a tensarse.
—En ese caso debería hablar con él de ese tema, no conmigo.
—Sin embargo, creo que es con usted con quien debería hablar. Al fin y al
cabo, es quien tiene la figura.
Fire se quedó sin palabras. ¿Cómo había sabido eso? A su mente regresó
lo que habían hecho la noche anterior. Se había cerciorado de que no hubiera
nada que la relacionase. No había absolutamente nada delante de la cámara
que pudiera hacer pensar en ella.
—Creo que se equivoca…
—En absoluto, Mi Ama…
Fire lo miró, su respiración acelerándose. ¿Lo había descubierto todo?
Casey frenó el coche delante de la casa de subastas a pesar de los gritos e
insultos que recibió por parte de los transeúntes. No tenía tiempo para aparcar
bien, ni siquiera sabía si llegaba a tiempo.
—¡No puede dejar el coche ahí! —le objetó un guarda de seguridad—.
Llamaré a la grúa.
—Soy policía. ¿Dónde está Fire?
—¿La señorita Dilworth? —Frunció el ceño sin entender qué relación
tenía el haber aparcado el coche subiéndose a la acera con su jefa—. En su
despacho, supongo. Hace un rato que llegó.
Casey echó a correr. Tenía que subir y cerciorarse de que estaba bien.
—¡El coche!
—¡Déjalo ahí hasta que baje! —gritó él sin darse la vuelta.
Atravesó el hall en cuestión de segundos hacia las escaleras. Iba
esquivando a los que se encontraba y, los que no, los arrollaba farfullando
unas disculpas que, en ese momento, no sentía. La única preocupación que
tenía era por Fire. Optó por las escaleras en lugar de esperar al ascensor y
subió los escalones de dos en dos o de tres en tres.
En cuanto dobló la esquina, vio cómo Daniel cerraba la puerta del
despacho. Se escondió para que no lo viera y observó a Sam.
—Sam… —susurró—. Sam… —repitió un poco más alto.
Sam se giró. Había escuchado su nombre, pero no sabía de dónde venía.
—Sam —Casey la redirigió hacia él.
—¿Casey? —Al ver que se llevaba el dedo a los labios a modo de
silencio, asintió y se acercó hasta la fotocopiadora que tenían—. ¿Qué pasa?
—preguntó con nerviosismo.
—Está dentro Fire, ¿verdad? —Hablaban bajito a pesar de que la puerta
del despacho estaba cerrada.
—Sí. Con el señor Greenblacht. Casey, ¿qué pasa?
—Tengo que sacarla de ahí como sea… —masculló él—. ¿Hay otra
entrada?
—No… Bueno… —Sam lo miró—. Hay una puerta pequeña que lleva a
los archivos. Y de ahí tienes acceso al despacho de Fire.
—¿Dónde? —le apremió—. Sam, dime dónde está y vete de aquí.
—¿Qué está pasando?
—Hazme caso —la centró—. La puerta.
Ella señaló una puerta en negro que estaba detrás de su mesa. Parecía ser
parte de la decoración de la planta pero, cuando uno se fijaba mejor, veía las
molduras y la manivela.
—¿Sabes dónde están los hombres de Greenblacht?
—¿Los guardaespaldas? El señor Greenblacht les ordenó que estuvieran
abajo vigilando. ¿Por qué?
—Sal de aquí sin que te vean. Ve a tu casa. Fire te llamará, te lo prometo.
Sam no entendía nada pero Casey empezaba a contagiarle la prisa y los
nervios que desprendía él. Se agachó y, andando en cuclillas, se encaminó
hacia la puerta.
—¿A dónde da en el despacho? —preguntó acercándose a su objetivo.
—A lado de la mesa de Fire.
Asintió. Ya estaba ubicado. Solo tenía que abrir y llegar a la otra puerta,
entrar al despacho de Fire y noquear a Daniel. Se veía muy fácil, pero sabía
que, con él, nada era fácil.
—¿Disculpe? Señor Greenblacht, creo que está confundiendo los
términos.
—En absoluto… —Daniel se levantó y se paseó por el despacho de Fire
—. Según entiendo, el señor Reindman compró la figurita, y sin embargo,
quien la tiene es usted.
—¿Yo? ¿Qué le hace pensar que tengo lo que sea que compró el inspector
Reindman?
—Siempre fuiste tú, ¿verdad? Desde el principio… Lady Blue…
Ella no dijo nada.
—¡Me tendiste una trampa! —La acusó. Había golpeado la mesa con las
manos buscando asustarla pero no lo había conseguido.
Fire vislumbró la culata de una pistola y respiró hondo.
—¡Basta ya! —gritó levantándose de la silla—. No voy a tolerar que me
levante la voz en mi propio despacho. —Rodeó la mesa y fue acercándose a él
—. No tengo idea de lo que me está hablando y no sé por qué quiere
relacionarme con el señor Reindman.
—No quiero relacionarla con él, sino conmigo… —musitó él. Echó mano
a la chaqueta y sacó el arma que llevaba—. Y creo que con esto se aclararán
mejor las dudas, ¿verdad que sí, Ama?
Fire se detuvo. Daniel no se comportaba como el sumiso que ella
conocía, sino como el jefe de una banda. Estaba dolido y se sentía traicionado.
Si había descubierto la verdad, era un tipo muy peligroso y tener una pistola
en la mano lo hacía más mortífero. Tenía que urdir otro plan si quería escapar
con vida.
—¿Qué quieres? —Ya no había caso de seguir negando la evidencia.
—Vas a venir conmigo. Tú y yo tenemos que hablar.
—No tengo nada de qué hablar contigo —desafió.
—Sin embargo, esta —movió la pistola— y yo pensamos lo contrario.
Vamos.
Fire chasqueó la lengua. No le gustaba que le dieran órdenes. Ni siquiera
aunque llevara una pistola encima. Pero tal y como estaba la situación, no iba
a poder acercarse de ninguna forma. A pesar del vínculo que tenía con él,
ahora mismo su idea de traición hacía que se cerrara en banda y de nada
servía ser su dómina o el BDSM en ese momento.
Daniel hizo que Fire caminara hacia la puerta mientras se unía a ella.
Quería tenerla cerca para evitar que pudiera escaparse. Sin embargo, no se
esperaba que, al rozarla, esta se volviera y forcejeara con él. Los dos
empezaron a luchar por mantener el liderazgo y, en un momento dado, la
pistola cayó y se disparó. Se oyó un ruido sordo, el que hace un cuerpo al
caer.
Casey abrió la puerta con rapidez. El ruido y el disparo lo habían
alertado y tenía que actuar en ese momento o Fire podía salir herida. Sin
embargo, cuando pudo ver lo que ocurría en el despacho, se quedó perplejo.
En el suelo yacía Daniel mientras que, a su lado, estaba Fire.
—¡Casey! —exclamó ella yendo hacia él.
—¿Estás bien? ¿Qué ha pasado? ¿Te ha herido? ¿Lo has matado? —No
sabía qué pregunta le importaba más.
—He usado una llave. Se despertará enseguida. Casey, lo sabe, sabe que
yo soy…
—Lo sé, lo sé. Después te lo explico. Tenemos que salir de aquí.
Le cogió la mano y tiró de Fire echando a correr. Entraron de nuevo en
los archivos y Casey quiso salir por la misma puerta que había entrado. Ella lo
retuvo.
—Por aquí —susurró ella dirigiéndole al lado contrario.
—¿Dónde vas?
—Hay otra salida… —le explicó mientras aceleraban sus pasos.
Fire abrió otra puerta y accedieron a un pasillo donde había unas
escaleras. El primer pensamiento de Casey fue el de bajar pero Fire negó y le
indicó los escalones que subían.
—Es mi empresa… —masculló ella.
—Vale, vale.
Ambos subieron los escalones y atravesaron una nueva puerta corriendo
por el pasillo a pesar de las miradas que les echaban los demás.
Fire se fijó en una pequeña caja de color rojo. Dentro de ella estaba el
interruptor que avisaba de un incendio. Se apresuró hacia él y lo accionó
provocando que se activara una alarma y los aspersores de pasillos y salas
empezaran a echar agua.
Sus trabajadores conocían los protocolos en caso de incendio, los habían
hecho. Sabrían lo que debían hacer cada uno pero, con algo de suerte, podría
generar un pequeño caos que les beneficiaría para esquivar a los hombres de
Daniel.
Siguieron corriendo en dirección contraria a los trabajadores con los que
se encontraban y bajaron otro tramo de escaleras para, ahora sí, estar en la
planta baja.
—Únete a la gente —le murmuró Casey empujándola hacia el resto de
trabajadores—. Pasaremos desapercibidos si vamos en grupo.
Casey frenó a Fire para que fuera al mismo ritmo que los demás. No
debían llamar la atención.
—¡Atrapadlos!
Casey y Fire se dieron la vuelta para ver a Daniel. Estaba en las
escaleras y los había visto.
—¡Corre! —le gritó Casey.
Apartando a la gente, los dos trataron de salir cuanto antes al exterior.
Cuando lo hicieron, Fire se fijó en el coche de Casey. ¿De verdad lo había
dejado así? Se podían escuchar las sirenas de los bomberos que llegaban para
apagar un fuego que no existía. Ya se ocuparía de pagar la multa por haber
accionado la palanca. Pero ahora…
—¡Fire, sube, rápido! —exclamó él adelantándola y deslizándose por el
capó del coche para abrir la otra puerta.
Fire subió al coche de Casey casi a la carrera y cerró la puerta. Los
seguían los hombres de Daniel y lo que menos querían era que usaran sus
armas contra ellos.
—¡Agáchate! —le gritó Casey empujándola con su mano en la cabeza para
que se protegiera al ver que los apuntaban.
Los cristales estallaron cuando varias balas impactaron contra ellas
mientras Casey pisaba a fondo el pedal del acelerador tratando de poner
distancia entre ellos. No dudaba en que los iban a perseguir y necesitaba sacar
todo el tiempo posible de ventaja para despistarlos.
Las ruedas del coche derraparon dejando su huella en el asfalto. Casey
controló el coche y notó cómo cogía velocidad. Le daban igual los semáforos,
stops y cedas el paso. Debían escapar.
Capítulo 34
La canción más humilde, la armonía más dulce y la melodía más
sincera. Así es como defino el gemido que te arranco.
pesar de la velocidad, Casey no dejaba de mirar por el espejo
A retrovisor o los laterales buscando alguna señal de los coches de
Daniel. Tenían que perseguirlos, estaba seguro que lo harían, aunque el
hecho de que Fire hubiera accionado la alarma de incendios colapsaría
la salida y eso les permitía tener un tiempo valioso.
—Fire, ¿estás bien? ¿Tienes alguna herida?
Ella se miró y tocó.
—No, estoy bien. ¿Y tú? —Jadeó al ver que, en su brazo derecho, con el
que la había protegido, había una mancha de sangre—. ¡Casey!
—No es nada, es un rasguño.
—Un rasguño no sangra como ese —protestó ella queriendo levantarle la
manga de la camiseta para ver la herida.
—Fire, ahora no. Necesitamos cambiar de coche y salir de la ciudad.
—¿Salir de la ciudad? Pensaba que me llevabas a comisaría… —Se fijó
en el entorno y vio que iban en dirección contraria—. Casey, ¿dónde vamos?
—Ahora mismo, a escondernos. Necesito llamar a Oliver e informarle.
Ella echó mano al bolsillo trasero. Siempre llevaba allí su móvil pero ese
día, con el bolso, no sabía si lo había echado allí o en donde siempre.
—Mierda… mi móvil se ha quedado en la oficina. Y mi bolso con toda mi
documentación.
—Estará a salvo ahí.
—Necesito llamar a Armand —se justificó ella—. Ahora que yo no estoy,
irán a por Sam. Ella es la más cercana a mí, pueden hacerle daño.
—Le dije que se fuera —le anunció—. Con suerte, estaría lejos cuando
accionaste la alarma.
Fire no se quedó demasiado conforme con eso así que Casey se levantó
un poco del asiento y cogió su móvil.
—Busca en los contactos, está grabado.
—Gracias. —Le sonrió, aunque los nervios hacían que no fuera tan dulce
como hubiera querido.
Casey desbloqueó el teléfono y se lo pasó a Fire quien hizo una búsqueda
en los contactos y pulsó para llamar.
—¿Casey? ¿Qué pasa? —contestaron al segundo tono.
—Armand, necesito tu ayuda —sabía que su tono era de urgencia.
—Cuéntame, Fire.
—Daniel ha averiguado que soy Lady Blue —soltó callándose de
inmediato al escuchar al otro.
—¿¡Qué!? ¿¡Cómo!?
—No lo sé, no sé cómo lo ha hecho…
—Yo sí —intervino Casey. Fire puso el manos libres.
—Armand, Casey dice que él sabe cómo.
—Casey, ¿lo sabes?
—Ayer cuando llevamos a cabo el teatro cometimos un error. —Fire se lo
quedó mirando extrañada—. En el forcejeo, algo que no esperábamos es que
la cámara se cayera al suelo.
—¿Os vio? —preguntó en un susurro Fire.
—No. Vio la escultura de la mujer por la que yo pujé en tu subasta —
respondió él—. Simplemente ha tenido que unir cabos: la salida conmigo, el
hecho de que estuviera allí… Si a eso le pones que ha podido investigarte y
que puede habernos vigilado esta mañana al salir los dos de tu casa, acabamos
de echar abajo tu tapadera. —Se sentía mal porque, ahora, ella estaba en
peligro y de nada había servido el secuestro.
—¿Qué plan tienes, Casey?
—Aún no lo sé. Tengo que llamar a mi compañero y explicarle a mi jefe y
a él lo que ha pasado. Y sé que no puedo llevarla a ningún sitio que pueda
frecuentar ella. Ahora mismo me dirijo a casa de una persona que conozco.
—¿De fiar?
—Más o menos. Es Joseph, Jonathan lo conoce.
—¿El hacker? Sí. De acuerdo, lo llamaré y nos reuniremos con vosotros
en cuanto podamos.
—¡Armand! —chilló Fire antes de que cortara la llamada.
—¿Qué pasa?
—Mi secretaria. Sam. A ella la conoce Daniel, estará en peligro. Necesito
que la encuentres y la cuides. Por favor.
—De acuerdo. Llámala. Avísala pero no le cuentes mucho. Voy a hablar
con Jonathan.
—Vale.
Fire cortó la llamada e intentó serenarse pero, el hecho de que Casey
condujera por encima de la velocidad permitida, que estuviera herido y que,
además, todo se estuviera desmoronando, no ayudaba demasiado.
Enseguida notó la mano de él apretándole la suya.
—Todo saldrá bien. No dejaré que te haga daño.
—Ni yo dejaré que te lo haga a ti otra vez —aseguró ella—. Nadie hace
daño a lo que es mío.
Sintió el agarre más fuerte de Casey.
—¿Llamo a Oliver? —preguntó al recordar que él había dicho que tenía
que avisarlo.
—No. Él no sabe dónde vive Joseph y no voy a poder explicárselo.
—¿Por qué?
Casey apartó un momento la mirada de la carretera.
—Porque puedo tener el teléfono pinchado. Lo primero que tendremos que
hacer es dejar el teléfono y todo lo demás que pueda rastrearnos.
—Yo no tengo nada, se ha quedado todo en la oficina.
—Por eso te decía que está mejor allí. Compraré unos móviles de tarjeta
para llamar a la gente, aunque no podemos abusar, no sabemos si podrían ir a
por ellos. Tampoco vamos a poder usar tarjetas de crédito… Necesitamos
sacar dinero…
—¿Y si lo denunciamos? —propuso Fire—. Me ha amenazado en el
despacho, y te han disparado. El coche y tu brazo sirven como pruebas. Y hay
cámaras en mi empresa. Ha intentado secuestrarme, ¿no lo condenarían por
eso?
—Lo harían, si es que llega el juicio hasta el final. Daniel haría lo posible
por tergiversar las pruebas o incluso quitarnos de en medio. Tendríamos que
escondernos igualmente.
—Pero al menos ya tendríais una forma de atraparle.
—Fire, por eso apenas le condenarán dos o tres años. Si es que llegan. No
entraría en la cárcel y no cumpliría toda la condena.
—Pero algo es algo…
Casey se quedó pensativo. Tenía parte de razón, era una forma de
empezar a cerrar la soga en el cuello de Daniel, pero también de exponer aún
más a Fire.
Giró el coche hacia una calle y, con otro giro, cambió de dirección
volviendo por el camino contrario al que llevaban.
—Dame el teléfono —le pidió extendiendo la mano hacia ella.
Fire se lo entregó y buscó a la persona con quien quería hablar. Puso el
manos libres y esperó.
—¿Case? ¿Dónde estás? Hay un aviso en la casa de subastas de Fire,
estoy…
—Oliver, estoy con Fire. Daniel fue a por ella.
—¿Por qué?
—Vio la estatuilla que se suponía que había comprado yo. Intuyo que ha
hackeado los ficheros de la empresa de Fire y ha revisado los datos. —Fire lo
miró con sorpresa—. Nos ha disparado.
—¿Estáis bien?
—Sí, un rasguño nada más. Quiero que busques las grabaciones del
despacho de Fire y de la entrada.
—¿Qué estás pensando? —Se unió Fire a la conversación.
—No podemos denunciar sin tener pruebas. Y esas grabaciones pueden
ser cruciales. Pero Daniel también habrá caído en ellas.
—¿Y lo de ir a un hospital y presentar allí la denuncia?
—No sé quién me disparó. Y aunque la presentara, él dirá que fue uno de
sus hombres. No lo tendríamos a él. Sin esas grabaciones, no se sostendría
ningún caso.
—Estoy llegando a Dilworld, llámame en veinte minutos.
—De acuerdo.
Casey colgó y apagó el móvil. Hizo que el coche cambiara de nuevo de
dirección.
—¿Por qué das vueltas?
—Porque si nos estaba rastreando, no quiero que sepa dónde vamos.
Pararé y compraremos dos teléfonos de tarjeta.
—Pedirán los datos… —avisó ella.
—No si muestro la placa.
—¿Y después?
—Llamaré a Oliver. Según nos diga, haremos.
Fire agachó la cabeza y la levantó enseguida.
—De acuerdo, pero entonces tendrás que parar antes en una farmacia. Hay
que curarte esa herida.
—Está bien —claudicó él—. Pero no aquí, vamos a otra zona de la
ciudad. Ahora que el teléfono está apagado, no podrá rastrearnos.
—¿Dónde iremos? —preguntó Fire.
Casey la miró de reojo. Ni él lo sabía. En esos momentos solo estaba
siguiendo su instinto de supervivencia. Y ese solo le gritaba que se alejara con
Fire lo más lejos que pudiera porque Daniel no se rendiría fácilmente.
Fire terminó de vendar la herida. Tal y como había dicho Casey, se
trataba de una herida superficial. Habían parado cerca de una farmacia y Fire
había ido a buscar lo necesario para hacerle una cura, después de ver el tipo
de herida que tenía.
Mientras, él se había acercado a una tienda y había conseguido dos
teléfonos nuevos. Había tenido que pagar con la tarjeta, había sido previsor ya
que no estaban cerca de la casa de Joseph y no pensaba volver por ese lugar.
Tenían que salir cuanto antes.
Daniel era un hombre muy inteligente. Los controlaría por todos los
medios, tenía dinero suficiente para hacerlo y hombres a los que mandar
hacerlo.
—Ya está —avisó Fire quedándose más tranquila después de haber
limpiado la herida y ver que no era tanto como la sangre le había hecho
pensar.
—Vale. ¿Te sabes los números de Jonathan, Armand y tus amigas?
—Sí, ¿por qué?
Casey cogió uno de los teléfonos y grabó el de Oliver. Hizo lo mismo en
el otro y se lo pasó a ella.
—Grábalos aquí. Voy a llamar a Oliver.
Pulsó y se llevó el terminal a la oreja mientras la veía hacer lo que le
había pedido. Se sentía culpable por lo que había pasado pues, en cierto
modo, él había tenido la culpa. Si hubiera pagado la figura y se la hubiera
llevado, todo habría resultado de otra manera.
—Inspector Suat, ¿quién es?
—Oliver, soy yo. Dime qué hay.
—Nada… El muy cabrón ha entrado en los ordenadores y ha borrado las
grabaciones. He hablado con algunos trabajadores, pero no recuerdan haberlo
visto allí.
—¿Y los disparos?
—Se produjeron cuando los bomberos llegaron, las sirenas amortiguaron
el sonido y nadie vio nada.
—Maldita sea… —bramó Casey—. ¿No tenemos nada?
—Su palabra contra la vuestra. Y sabes lo que eso significa.
—Que saldrá libre…
—A lo más, inculpará a uno de sus hombres.
Casey se quedó callado. Había mantenido la esperanza de poder
denunciarle para mantenerlo a raya en lo que a Fire se refería. Pero de esa
forma seguía estando en peligro. No dudaba que Daniel querría vengarse por
la traición que ella había cometido y que haría lo imposible por buscarla.
—Piensas lo mismo que yo, ¿verdad? —preguntó Oliver.
Miró a Fire quien estaba pendiente de la conversación.
—Hicimos esto para que se desesperara y, cuando viera que le quitaban a
Fire, él hiciera lo posible por encontrarla. Y ahora haría el mismo objetivo,
solo que no le movería la desesperación sino la venganza.
—Tanto el amor como el odio pueden llevar al mismo camino… —soltó
Oliver.
—Pero este es mucho más peligroso.
—Voy a comisaría. Informaré al capitán. ¿Dónde estaréis?
—Solo te daré un nombre. Joseph. Volveremos a llamar cuando estemos
allí.
—De acuerdo.
Colgó y suspiró. Su cabeza era un mar de dudas y la adrenalina corría por
sus venas. Y no dudaba de que Fire estuviera igual.
Le cogió la mano para infundirle ánimos.
—No pasará nada.
Fire lo miró y sonrió, esa vez más segura de ese gesto. Sus ojos brillaban.
—Estoy segura de ello —le afirmó dándole a él seguridad.
—Apunta
los números aquí también. —Le dio el móvil que él había usado
—. Vamos a casa de Joseph.
—Vale.
Casey arrancó el coche y salió rápido de donde habían estado. No quería
que los atraparan y ya estaba dándoles demasiadas pistas para que lo hicieran.
Llegar a casa de Joseph no supuso demasiado tiempo, como tampoco
aparcar. Vivía en una zona “poco recomendable” de la ciudad, pero que
conocía bastante bien.
Desde que había llegado allí, el encuentro con Joseph, después de
pillarlo robando cuando investigaba otro caso, había posibilitado una pequeña
amistad. Se había convertido en su “fuente” a cambio de no denunciarlo ni
detenerlo, con la promesa de él de que no volvería a pillarlo. Y obviamente,
no lo había vuelto a hacer, aunque sabía que seguía delinquiendo.
En más de una ocasión había ido a su casa a pedirle favores, o lo había
llamado por teléfono. Y desde que entrara en el ordenador de Daniel, las idas
y venidas, así como las llamadas, se habían sucedido más habitualmente.
Hasta el capitán Calfer quería ofrecerle un puesto en el departamento de
informática de la policía que, por ahora, rechazaba por no “traicionar” a los
suyos. Pero el sueldo era suculento y sabía que estaba pensándoselo y dejando
asuntos cerrados para no tener que ir a por sus “amistades”.
Casey se detuvo en la tercera planta del edificio en el que habían entrado
y llamó a la puerta. Miró a Fire, esta a su vez observando el lugar con la nariz
arrugada. Sonrió al ver que le desagradaba. Estaba seguro que, si viviera en
esa zona, iba a ponerlos a todos derechos y haría que cambiaran para bien.
Escuchó el sonido de la mirilla y se volvió para que se le viera bien la
cara. Al instante abrieron la puerta.
—Hola, Jonathan —saludó él.
—Casey, Fire, ¿cómo estáis? ¿Os ha seguido alguien? —Se apartó para
que entraran y cerró la puerta tras echar un vistazo fuera.
—Creo que no —respondió Casey—. He aparcado el coche lejos y en una
zona algo descampada.
—Bien. Armand ya está aquí. —Se acercó a Fire y la abrazó—. ¿Cómo
estás?
—Bien. Con un cacao en la cabeza —añadió sonriendo—. ¿Podemos
hacer algo?
—Vamos a ver lo que tenemos.
Los tres pasaron dentro y vieron que Armand estaba revisando unos
papeles que había encima de la mesa mientras que Joseph tenía delante un
portátil en el que tecleaba como un loco.
—Que sepas que, antes de elegir mi casa como tu lugar seguro, debías
haberme consultado.
—Cierra la boca, me debes una —le soltó Casey.
—¿Que yo te debo? ¿Y las veces que te he ayudado en los casos? —Se
echó a un lado para ver a Fire. La recorrió de arriba abajo y silbó—. Ahora
entiendo…
Casey se acercó a él y le dio una colleja más fuerte de lo normal. Fire rió
un poco. Era la primera vez que lo hacía desde esa mañana. Y habían pasado
varias horas.
—¿Queréis algo? —inquirió Armand.
—Agua —pidió Fire.
Jonathan le pasó una botella pequeña que ella agradeció.
—Oliver me ha dicho que no hay grabaciones de lo que ha pasado esta
mañana en la oficina de Fire. Y tampoco hay testigos de los disparos ni los han
visto con armas.
—Eso complica las cosas —criticó Armand—. Tenía la esperanza de que
pudierais denunciarlo por intento de secuestro y utilización de arma de fuego,
pero sin testigos…
—¿No vale el testimonio por sí solo? —intervino Fire.
—Sí. Y no. Hablamos de Greenblacht. Él dirá que habéis discutido, que
las cosas fueron mal y demás, pero que no te hizo daño. Y no tienes nada para
demostrar que no fuera así.
—La pistola se disparó en mi despacho, la bala debe estar ahí. —Casey la
miró—. Si logramos conectar la bala con su pistola, podríamos tener una
prueba de que hubo forcejeo y crearemos la duda sobre las acusaciones.
—No sirve, Fire —habló Jonathan—. Después de que Armand me
llamara, fui a tu empresa para ver si podía encontrar pistas. Entré en tu
despacho y revisé todo. No había rastro de ninguna bala. Daniel es muy
concienzudo. Cuando escapasteis, seguramente, con lo que se armó, volvió a tu
despacho y eliminó pruebas.
Fire chasqueó la lengua.
—Sabes que va a ir a por ella —se dirigió entonces a Casey. Este asintió
—. Estoy seguro que ahora está furioso por saber que su “Ama” lo ha
traicionado y no va a parar hasta encontrarla. No tendrá otro pensamiento en
su mente.
—La mantendré a salvo —aseguró Casey.
—No lo digo por eso —reprochó—. Me refiero a que descuidará sus
otros negocios. Y si baja la guardia ahí, la policía podrá recabar pruebas.
Hasta ahora sabemos que es Daniel el que mueve los hilos y controla todo en
la banda. Pero si él no está en disposición de hacerse cargo, lo hará otra
persona y esa puede no saber cómo esconder las pruebas.
—Ese era el plan que teníamos en un principio, Jonathan.
—Lo sé. Ahora solo se añade el hecho de que Fire está en medio. —Los
dos miraron a Fire.
—¡Por fin! —exclamó Joseph.
—¿Qué has hecho? —preguntó Casey.
—¿Has terminado? —Jonathan hizo la pregunta al mismo tiempo.
—Sí. Ya está. —Levantó la mirada de la pantalla—. Para que lo sepas,
policucho, acabo de salvarte el trasero. Y a tu chica también.
Casey y Fire se miraron entre sí sin entender nada.
—He brindado tu información. Cualquiera que entre en internet e intente
obtener datos tuyos, se va a encontrar con una bonita historia familiar, con
direcciones y nombres dignos de una telenovela —se enorgulleció él—.
Vamos, que he falseado tus datos para que no puedan encontrar a nadie de tu
familia. Ni a ti.
—¿Y si ya los han buscado antes? —sugirió Fire acercándose al
ordenador curiosa por saber lo que había puesto.
—He consultado el historial, no ha habido ninguna entrada. Aunque no
puedo decir lo mismo cuando me he puesto a trabajar.
—¿Han intentado acceder a mi ficha?
—No solo a la tuya, también a los datos privados de Fire —le explicó
Joseph—. Ahora no van a poder, he armado una trampa que te cagas…
Casey lo miró reprendiéndole por el lenguaje. Pero este simplemente le
sacó la lengua y sonrió desafiante.
De pronto, el teléfono que llevaba en el bolsillo comenzó a vibrar. Lo
sacó y vio el nombre por el que tenía registrado el móvil. Respiró aliviado.
—Dime, Oliver.
—Estoy con el capitán —lo informó.
Casey se separó el teléfono de la oreja y puso el manos libres.
—Estoy con Armand, Jonathan, Joseph y Fire —enumeró él.
—Contadme lo que tenemos —sonó la voz de Calfer—. Fire, ¿estás bien?
—Sí, Richard, estoy bien —contestó antes de que los demás expusieran lo
que sabían.
—Capitán —comenzó Casey—, anoche hicimos el teatro tal y como
estaba preparado. Sin embargo, hubo un fallo. La cámara se cayó y enfocó una
estatua pequeña que Daniel reconoció. Por eso descubrió la relación de Fire
en esto. Seguramente nos ha vigilado desde esta mañana con sus hombres. Se
presentó en la empresa de Fire a primera hora y allí intentó secuestrarla.
Huimos y hasta ahora.
—¿Tenemos algo para meter entre rejas a ese malnacido? —siseó Calfer.
—Me temo que no, capitán Calfer —respondió la pregunta Armand—.
Ningún juez lo condenará sin pruebas y, por las investigaciones que ha hecho
Oliver y Jonathan, no hay nada que lo incrimine. Solo con el testimonio de
Fire y de Casey no será suficiente.
—¿Y el coche? —consideró Fire—. Tiene los cristales rotos con balas de
fuego.
—Solo hará que incrimine a uno de sus hombres, no a él directamente —
contestó Oliver al otro lado del teléfono—. De todas maneras, es una buena
prueba.
—Capitán Calfer —intervino Jonathan—. Joseph y yo hemos entrado en
los archivos policiales y del ayuntamiento y bloqueado el acceso a la
información real de Fire y Casey. Quien haga una búsqueda de ellos solo
encontrará información falsa.
—Hasta ahora lo que tenemos es lo siguiente —comentó Calfer—: un
hombre lleno de sed de venganza que hará lo que sea para atrapar a Fire, un
blindado de la información veraz de dos personas y una de ellas en peligro.
Viéndolo así, no parecía que las cosas fueran fáciles.
—También tienen a un hombre desesperado, que siente que se han burlado
de él y querrá resarcir su orgullo —agregó Fire.
—Sí. Y que no estará tan pendiente de otros asuntos… —masculló Calfer
—. De acuerdo, la prioridad ahora mismo es sacar a Fire de la ciudad. Hay
que llevarla a un piso franco y proporcionarle un cambio de identidad.
»Casey, a ti tampoco te debe ver Greenblacht por aquí, así que te irás con
ella. Los demás, tendremos que ocultar cualquier información de ellos dos, ya
sea a través de las redes o en persona.
—Nos hemos encargado —apuntó Jonathan—. Tenemos lo necesario para
que su huida sea lo más limpia posible.
Casey miró a Jonathan. ¿Qué habían tramado?
—Hay un coche recién matriculado esperándoles, nuevos móviles sin
posibilidad de rastreo y nuevas tarjetas de crédito y algo de ropa. Fire,
también encontrarás un tinte para tu pelo, lo siento, pero el pelirrojo es
demasiado llamativo —se disculpó él—. Nadie será capaz de encontrar a
ninguna persona relacionada con ellos.
»Sea donde sea que vayan, su localización será un misterio, hasta para
nosotros, a menos que nos lo digan ellos.
—Bien, prepararé el papeleo para el cambio de identidad…
—Capitán —interrumpió Casey—. Yo sé dónde podemos ir y protegernos
al mismo tiempo.
Todos lo miraron sorprendidos.
—¿Es un lugar seguro? —interrogó Calfer.
—Sí.
—De acuerdo. Ahora mismo es lo único que tenemos. Poneos en marcha
ahora mismo. Y no paréis hasta llegar a ese destino.
—Sí, señor.
Fire apartó a un lado a Armand. Los demás estaban ultimando los
preparativos.
—¿Y Sam? —preguntó.
—A salvo. Está en mi casa. ¿Cuánto sabe ella?
Fire negó.
—Nada. Ni siquiera del BDSM.
—De acuerdo. La mantendré a salvo. Aunque ya he visto que no es de las
que obedecen…
Fire sonrió.
—Para eso tienes tu don, ¿no? —le insinuó.
Armand la abrazó con fuerza.
—Ojalá las cosas hubieran salido de manera diferente.
—¿Me lo dices a mí? —ironizó ella—. Tengo que dejar mi empresa, a
saber cuánto tiempo, y me voy a saber dónde. Sam podrá encargarse, dile que,
si preguntan por mí, me he tomado unas vacaciones.
—De acuerdo.
—Y que si hay algo, me llame al teléfono que nos habéis dado.
Armand asintió. Ahora le tocaba tomar nota de todo lo relacionado con la
empresa de Fire para que esta siguiera adelante, aunque ella no pudiera estar
presente.
—¿Y tu padre?
—Está fuera. Lo llamaré cuando lleguemos al nuevo destino y lo pondré
sobre aviso.
—Fire —llamó Casey. Ella se volvió—. Tenemos que irnos.
Casey tocó al timbre de la puerta varias veces. Tras unos minutos, las
luces de dentro se encendieron y un hombre abrió la puerta.
—Hola, Paul. Perdona por las horas —saludó a su cuñado—. ¿Podemos
quedarnos a dormir?
Paul miró a la mujer que estaba a su lado. Ambos parecían exhaustos.
Abrió del todo la puerta permitiéndoles que entraran.
Capítulo 35
Llévame a ese lugar donde el dolor no tiene cabida y tu contacto se
siente como fuegos artificiales.
aul se apartó de la puerta dejando que tanto Casey como la mujer que iba
P con él entraran. Cerró de inmediato y los miró esperando una
explicación. Eran casi las cinco de la mañana, se suponía que él estaba a
miles de kilómetros de ellos. Ni siquiera los había llamado por teléfono
para avisarles. Y se presentaba con una mujer.
—¿Paul? —La voz venía de la planta superior.
—Es tu hermano, Camille —respondió él alzando un poco la voz.
—¿Case? —Se escuchó ruido y al cabo de unos segundos, una mujer con
el cabello castaño ondulado y una bata blanca se quedaba observándoles
desde lo alto de la escalera—. ¿Qué haces aquí? —preguntó bajando los
escalones corriendo. Se abrazó a su hermano—. Sabía que algo pasaba…
—Estoy bien. Agotado por el viaje, pero bien —Casey cerró los brazos en
torno a su hermana y mesó su cabello para relajarla—. Camille, de verdad.
—¿Qué ha pasado? Llevo días inquieta pero no sabía por qué. Y ahora
estás aquí y… —Se fijó en Fire—. Perdona, ¿eres Fire?
—Sí.
—Yo soy Camille, la hermana de Case. Y él es mi marido, Paul.
Fire sonrió a ambos. Se sentía algo cohibida. Habían llegado de
madrugada y ni siquiera los conocía. Esas horas no eran para presentarse en
ningún lado. Pero por más que se lo había dicho a Casey, este no había
querido parar en ningún hotel o gasolinera más que lo necesario para llenar el
depósito y comprar alguna comida o bebida rápida. Se habían hecho unos dos
mil kilómetros sin salir del coche, durmiendo en el mismo, ¿qué más les daba
una noche más?
—Es tarde… —aludió Paul—. ¿Qué tal si las preguntas las dejamos para
mañana? Si seguimos aquí hablando, los niños despertarán tarde o temprano.
—Tienes razón —apoyó Camille—. Case, id a tu habitación. Hablaremos
mañana.
—De acuerdo. —Fue a dar un paso cuando la mano de Paul lo detuvo. Se
giró a mirarlo y vio que lo miraba serio.
—¿Está todo bien?
—En la medida de lo posible…
Paul asintió y lo soltó. Sabía que necesitaba una explicación, pero en esos
momentos su cuerpo no resistía mucho más. Había puesto la máxima distancia
que podía de Daniel y esperaba que no los siguieran. Oliver y el resto de
policías lo vigilaban de cerca e incluso habían acudido a su casa para
preguntarle por la visita a la casa de subastas. Pero no había sido muy
colaborador. Al menos no había salido de la ciudad y sus intentos por
encontrarlos estaban viéndose frustrados por los amigos de Fire y Joseph.
Para todos, Fire y él se habían tomado unas vacaciones; nadie sabía
dónde.
—Fire, ven. —Casey la cogió de la mano y empezaron a subir las
escaleras, seguidos por detrás de Paul y Camille que los observaban.
Lo poco que había podido ver del lugar es que era inmenso. La fachada
era bastante grande, igual que el terreno. Y tenían dos plantas, con lo que se
multiplicaban los metros cuadrados edificados.
—¿Necesitáis algo, Case? —preguntó Camille al llegar arriba.
—Solo una cama. Llevamos días sin pillar una —respondió él.
—Si no es mucha molestia —intervino Fire—. ¿Podría pedir un botiquín?
—Camille la miró entre asustada y sorprendida por tal petición—. Me gustaría
curarle la herida a Casey.
—¿Herida? —jadeó Camille echándose las manos a la boca para evitar
chillar demasiado.
—¿Qué ha pasado? —demandó Paul.
—Solo es un rasguño, ya está casi curado. —Se levantó la manga de la
camiseta y les enseñó el vendaje que llevaba. Tenía un rastro de sangre.
—Eso necesita puntos para que deje de sangrar —comentó Paul
observando más de cerca.
—Ya se lo dije —afirmó Fire—. Pero no ha querido pararse en un
hospital para que lo hicieran.
—Mi hermano es cabezota.
—Dímelo a mí —convino Fire retando con la mirada a Casey para que
dijera lo contrario.
—¿Mami? —La voz infantil hizo que los cuatro se callaran de inmediato.
—Id a la habitación, ahora os llevaré el botiquín y mañana, cuando estés
duchado, te coso —susurró Paul alejándose hacia el ala izquierda de la casa
—. Camille, vamos.
—Voy. —Miró a su hermano y se acercó a darle un beso.
Fire vio cómo se alejaban.
—Vamos —dijo Casey cogiéndola de nuevo de la mano y caminando al
ala contraria de su hermana.
Ella se dejó conducir. Estaba agotada y lo único que quería era descansar,
a poder ser varios días seguidos.
En cuanto Casey abrió la puerta de la habitación, los dos esbozaron una
sonrisa enorme al ver la cama. ¡Cuánto habían echado de menos una!
Casey zarandeó un poco a Fire intentando que se despertara. Pero desde
que habían caído en la cama, a eso de las seis de la mañana, tras ocuparse de
la herida, no se había querido mover de ella.
—Fire, tienes que despertar… —susurró él dándole besos en la mejilla.
Fire giró la cabeza para que no la molestara.
—Venga, preciosa. Tenemos que hablar con mi hermana y su marido. Están
esperando que les demos una explicación.
Fire gimió por haberla despertado y dado un argumento que no podía
criticar. Estaba en casa ajena y debía una conversación. Volvió a girar la
cabeza y abrió los ojos.
—¿Y tú por qué estás tan risueño? —preguntó ella al verlo con una
sonrisa en los labios.
—Porque ahora mismo estás conmigo —respondió él acercándose a
besarla—. Y porque estoy en casa.
Fire gruñó. Él estaba en casa. Ella no. Su casa era esa que había tenido
que abandonar sin siquiera recoger algo de sus pertenencias. Menos mal que
sus amigos iban a ocuparse de todo. Tenía tantas cosas en la cabeza que debía
decirle a Sam y a Armand y Jonathan que había hecho una lista para enviársela
en cuanto pudiera. Solo tenía que encontrar una señal Wifi, conectarse y poder
enviarles wasaps.
—¿Puedo ducharme? —preguntó estirándose en la cama a pesar de que le
dolían todos los músculos al hacerlo.
—Nos ducharemos juntos.
Fire lo miró de forma amenazadora.
—Ducha, solo ducha. Lo prometo —se apresuró a explicar aunque, la
sonrisa que puso después, no le auguraba que realmente cumpliera su palabra.
Se movió en la cama para sentarse cubriéndose con la sábana su cuerpo y
miró alrededor. La habitación era grande, tan grande como su salón. Tenía un
baño privado y estaba decorada en tonos madera oscura muy varonil. Pero no
había más personalización. Bien podía ser la habitación de Casey, o la de
invitados.
Vio su ropa apilada en las sillas del escritorio. Al lado, había una
mochila. Se notaba que Jonathan era bueno con las mujeres ya que había
sabido escoger la talla en la ropa que le había escogido, junto con la ropa
interior. Igual había ocurrido en el caso de Casey.
Se pasó la mano por el cabello y, al llegar a las puntas, lo miró. Se había
echado el tinte antes de salir de la casa de Joseph para evitar problemas, pero
seguía prefiriendo su pelo pelirrojo a ese castaño claro que ahora tenía. No le
gustaba nada. Menos mal que habían comprado uno que se iba con los lavados
porque, de ser permanente, se hubiera negado en redondo a hacerle ese crimen
a su pelo.
Incluso le habían insinuado que se lo cortara y había amenazado con dejar
fuera de combate al que se acercara a ella con unas tijeras. Menos mal que al
cambiar de color habían claudicado.
—¿Qué hora es? —preguntó.
—Las siete de la tarde. —La cara de sorpresa de Fire hizo que Casey
riera—. ¿Qué esperabas? Estabas exhausta. Hemos estado conduciendo varios
días y la tensión acumulada que tenemos nos ha mantenido activos pero con la
cama y un lugar seguro…
—¿A qué hora te has despertado?
—A las cuatro. Pero no he salido de la habitación. Solo he estado mirando
por la ventana a mis sobrinos que se han estado bañando.
—¿Has hablado con Oliver?
Casey negó.
—Con nadie. Llamaré por la noche.
Fire se levantó y se quejó. Su cuerpo protestaba por sacarlo de la
comodidad de la cama. Dejó la sábana y rodeó la cama completamente
desnuda mientras Casey no apartaba la mirada de ella. Solo tenía las braguitas
puestas, igual que él los calzoncillos, pero aun con esa pieza de ropa, era muy
sugerente la visión que le ofrecía.
—¿No vienes a ducharte? —Fire extendió su mano y él no dudó en
cogerla.
Se levantó de la cama y se dejó conducir al baño. En ese momento le
apetecía dejar que el agua caliente le cayera por el cuerpo y calmara la tensión
de sus músculos. Y si era con Fire a su lado, mejor.
Media hora más tarde, los dos habían terminado de vestirse. Casey había
llamado por teléfono a su hermana para avisarla de que salía, por si no
querían que los niños se enteraran que estaban allí, y ella les había pedido
diez minutos.
—Necesitamos una lavadora, Case —le comentó Fire—. Hay que lavar la
ropa.
Se habían puesto la última muda limpia que tenían, unos pantalones cortos
y camiseta blanca de cuello barco y volantes; y él unos pantalones de tela
color beige y una camiseta marrón oscura con un símbolo extraño.
—Mañana iremos a comprar antes de irnos.
Fire lo miró extrañada. ¿No se suponía que habían ido allí a quedarse?
—¿No nos íbamos a esconder aquí? —le preguntó directamente.
—No. Hay un sitio aún más seguro.
—¿Y por qué venir aquí?
Casey la miró.
—Porque quiero que mi hermana y mis sobrinos también vengan. Necesito
proteger aquello que quiero.
Fire se enterneció por el gesto. Entendía que quisiera mantener a salvo a
los que él quería y, aunque Jonathan y Joseph hubieran hecho todo lo posible
para evitar que salieran sus nombres, no había nada mejor como mantenerlos
seguros uno mismo para estar más tranquilo.
También ella temía por sus amigas, sobre todo por Sam, que era la que
más podía conocer Daniel. Esperaba que se llevara bien con Armand y
congeniaran. Aunque fuera en una situación tan difícil como esa.
Y en cuanto a su padre, lo había informado de todo, pero sabía que no
tenía que preocuparse. El acompañante que le había puesto años atrás, después
de ver que la edad iba jugando en su contra, era muy capaz de hacerse cargo
de la situación.
—¿Estás lista? —preguntó cerrando el móvil al ver que ya habían
transcurrido los diez minutos que le había pedido su hermana.
—Sí —respondió levantándose de la cama donde había estado sentada.
Observó la mano que le tendía Casey y la cogió. Entrelazaron sus dedos y
no pudo evitar que Casey tirara de ella para chocar contra su pecho.
—Ten cuidado, novato… —le avisó.
—¿Por qué? —preguntó robándole un beso.
—Por tomarte demasiadas libertades…
Casey se acercó a su oreja.
—Si eso implica que voy a tener tu atención… —insinuó él.
Fire le pellizcó en el trasero haciendo que saltara.
—Eso implicará que tenga que devolverte al redil —corrigió ella
sonriendo. Sabía que lo había hecho para que dejara de pensar y se lo
agradecía, pero en esos momentos en que sentía que había perdido el control
de su vida, necesitaba poner las cartas sobre la mesa. En todos los aspectos.
En el momento en que abrieron la puerta, se encontraron con Camille a
punto de llamar. Tanto Fire como ella respingaron al ser sorprendidas.
Sonrieron y rieron por la reacción.
—Venía a avisaros.
—Ya salíamos, Camille —habló Casey.
—Ah, Paul quiere que vayas a la cocina para coserte la herida —le dijo
Camille mirando de forma furtiva el brazo para ver cómo la tenía.
—Está casi curada… —se rebeló él.
Fire se dio la vuelta y se cruzó de brazos.
—Ve. Ahora —le ordenó.
Él le mantuvo la mirada unos segundos hasta que, finalmente, claudicó.
—Voy… —dijo a regañadientes.
Camille alzó las cejas en señal de sorpresa. Pocas veces había visto a su
hermano obedecer de esa forma y mucho menos fuera del trabajo. Se fijó en
Fire y sonrió.
—Tú y yo vamos al salón, hablaremos allí.
—¿Y los niños? —preguntó Fire.
—Llamé a una amiga para que se los llevara a tomar un helado. Creo que
lo que tenéis que hablar con nosotros es lo bastante serio como para que ellos
no deban enterarse de nada.
Fire sonrió. Era una chica lista. Muy lista.
Casey bajó las escaleras y giró hasta llegar a la cocina donde Paul estaba
sentado en las sillas de la isla esperándole. Tenía en la encimera un botiquín y
una gasa extendida con varios instrumentos. Verlos hizo que se le pusiera la
carne de gallina.
—No tengo ninguna bala, Paul —lo avisó—. Solo fue un rasguño, no
entró.
—Deja que eso lo vea yo mismo —contestó él con la seriedad que le
caracterizaba.
Casey resopló y se acercó a su cuñado. Cogió un taburete y se sentó lo
bastante cerca para que el otro pudiera revisar la herida del brazo. Este, sin
decir nada más, levantó la manga de la camiseta y le quitó el vendaje recién
puesto por Fire. Hizo que levantara el brazo y observó la herida.
—¿Ves? —le echó en cara que no lo hubiera creído.
—Necesitas unos puntos o tardará demasiado en dejar de sangrar —
apuntó el otro preparando lo que necesitaba.
—Pero no tenía ninguna bala —puntualizó Casey.
Paul lo miró de lado. Ese hombre, cuando quería, ponía de los nervios a
cualquiera. Todavía no entendía cómo Camille se había fijado en él y
acercado, menos después de la experiencia que había tenido.
—Ahora que estamos solos, ¿por qué no me cuentas todo, Casey? —
aventuró Paul centrándose en los utensilios que tenía delante.
Cogió una jeringuilla y la llenó de un líquido transparente. Se acercó con
ella al brazo de Casey y se la clavó cerca de la herida.
—¿Qué quieres saber? —preguntó él.
Con la jeringuilla aún metida en el brazo, Paul alzó la vista y lo fulminó.
—De qué huis y si eso pone en peligro a mi familia —contestó, tajante.
Casey se puso serio. Hablar con Paul no era hacerlo con su hermana. Él
era diferente. Muy diferente.
Camille miró a Fire quien, a su vez, estaba pendiente de cómo Casey se
marchaba. No sabía si había hecho bien en separarlos ya que Fire era una
desconocida en su casa y ni siquiera habían sido presentadas de manera
adecuada. Pero sabía que Paul quería hablar a solas con Casey y, de alguna
forma, ella quería saber más sobre la mujer que estaba con su hermano.
—¿Me acompañas? —invitó Camille.
—Por supuesto.
Las dos caminaron, Fire siguiendo a Camille, hasta que llegaron al salón.
Era inmenso, un lugar dividido por dos espacios, una zona más familiar, con
sofás y una televisión grande; y otra donde parecía que los niños habían
establecido su zona de juegos.
—Mi hermano me ha contado que practicas el BDSM —rompió el hielo
haciendo que Fire se volviera a ella con rapidez. Camille sonrió intentando
suavizar el momento—. Supongo que te habrá hablado de mi experiencia.
No sabía qué decir. Suponía que su hermana estaría enterada ya que él
había hablado con ella, pero no pensaba que fuera a sacar ese tema de
conversación en un primer encuentro. Sin embargo, era como si Camille se
quisiera sincerar con ella.
—Sí. Y lo siento mucho —se disculpó ella—. No deberías haber pasado
por algo así.
Camille se encogió de hombros, su rostro entristeciéndose un poco.
—A veces, las cosas pasan sin saber.
—¿Qué te pasó? —preguntó—. Si quieres contármelo —añadió.
—Hablar del BDSM también significa hablar de Casey.
Fire se quedó helada. ¿Por qué implicaba hablar de él? ¿Qué había más
allá de lo que Casey le había contado?
Capítulo 36
Aventúrate en las curvas de mi cuerpo y dibújame en tu mente para
convertirme en la obsesión de tu alma.
aul no había vuelto a hablar. Casey sabía que estaba esperando una
P respuesta y, mientras tanto, no le interesaba perder el tiempo en otra
conversación, insustancial para él. Quería darle una respuesta, pero
antes necesitaba hablar con las personas que podían mantenerle al tanto
de lo que estaba pasando.
Tratando de moverse lo menos posible, sacó el móvil que le había dado
Jonathan y marcó un número de teléfono. No tuvo que esperar mucho.
—Case, ¿cómo estáis? —preguntó Oliver.
—Estamos bien, Oliver. Casi hemos llegado —le informó sin darle
explicaciones del lugar donde estaban. No había querido decirles nada, ni
siquiera a su capitán, por miedo a que Daniel pudiera enterarse de alguna
forma.
—Voy a avisar al capitán.
Se fijó en Paul, que lo miraba con intensidad. Había dejado de coserle en
cuanto había hablado, como si quisiera prestar atención a la conversación, y a
aquello que no decían con las palabras.
—Reindman —oyó la voz del capitán.
—Hola, capitán.
—¿Cómo estáis?
—Bien. Ha sido el primer día que hemos descansado. Necesito saber qué
está pasando allí.
—Daniel sigue en la ciudad. No se ha movido. Aunque está tramando algo
—desveló Oliver—. Los agentes que lo vigilan han constatado que hay muchas
idas y venidas y algunos de sus hombres han desaparecido de la ciudad. No
sabemos si para bien, o para mal.
—¿Dicen algo los otros estados?
—Están en alerta, como nosotros. Hemos ido un par de veces a verlo,
pero ya no nos recibe. Ha aprendido muy bien eso de que, sin una orden o una
razón lógica para interrogarlo, no hará nada.
—Un hombre encerrado es mucho más peligroso de lo que uno puede
creer —masculló Calfer.
—¿Jonathan o Joseph han conseguido algo?
—No. Es como si hubiera dejado de utilizar su ordenador y sus cuentas.
Sospechan que tiene un aparato que inhibe la señal o bien un repetidor que
rebota la IP y es casi imposible seguirla. Siguen insistiendo.
—¿Tampoco ha entrado al club?
—Sí que lo hizo —contestó Oliver—. Hace dos días, entró y charló con
todas las sumisas con las que había quedado alguna vez.
—¿Qué les dijo?
—Eso es lo más extraño. Les dijo “paraíso”. Solo eso. No hubo ninguna
videollamada ni una respuesta a eso. Simplemente lo puso y se desconectó.
Fue lo único que conseguimos del ordenador de Daniel antes de que este se
quedara en blanco. Desde ese día no sabemos más.
Casey se quedó pensativo. No le gustaba nada porque eso quería decir
que, aquello que planeara, lo estaba haciendo en persona, o al menos
implicando solo a los más allegados.
—Decidle a Jonathan que revise la cuenta de Fire en el club —les pidió
—. ¿Qué hay de los hombres que faltan?
—Estamos vigilándolos, pero varios salieron de la ciudad. Solo podemos
dar destinos aproximados. No tenemos tantos hombres para seguirlos a todos
—comentó Calfer.
—Oliver, ¿y las amigas de Fire? —Sabía que Fire estaría preocupadas
por ellas, sobre todo por Sam.
—Sam está con Armand en su casa. Me consta que no la deja ni a sol ni a
sombra. Se ha pedido un receso en sus casos y la acompaña cuando va a la
casa de subastas a trabajar. En cuanto a Jordan y Michelle, tienen un agente
encubierto cerca de ellas. Sam me pidió que no les dijera nada.
—De acuerdo. Nosotros seguiremos viaje. Quiero llegar al refugio cuanto
antes. Nos quedaremos allí hasta que todo pase.
—Tarde o temprano, Daniel se desesperará y hará alguna locura —
conjeturó Calfer.
—Eso espero… —Era consciente que, si se alargaba demasiado, sería
Fire la que no soportaría estar alejada de su vida.
—Tened cuidado —dijo Oliver.
—Sí. Os llamaré.
Cortó sin esperar más y miró a Paul.
—¿Qué dirías si te pidiera irnos de vacaciones a tu refugio? —preguntó.
—¿A qué hora salimos? —contestó. Había oído suficiente para saber que
había que proteger la vida de la mujer que acompañaba a Casey. Y no había
lugar más seguro que su propio refugio.
Fire no sabía qué pensar al respecto. Casey le había dicho que odiaba el
BDSM por lo que le había pasado a su hermana; no entendía entonces el
motivo por el que hablar de ese tema podía implicarlo a él más que en el
hecho de que la había salvado.
Vio que Camille se sentaba y dio un paso para hacer lo mismo cuando
notó la vibración del teléfono en su trasero y pronto comenzó la música
predeterminada que le había dejado.
—Un momento —pidió sacando el móvil y mirando quién la llamaba.
Descolgó de inmediato.
—Armand… —expresaba alivio en su voz—. ¿Qué tal todo por allí?
—Todo igual. ¿Qué tal estás tú, preciosa?
—Descolocada —respondió con sinceridad—. Ahora mismo me siento
fuera de lugar. Estoy furiosa por haber tenido que dejar mi vida aparte por un
tío como Daniel. Estoy feliz porque estoy con Casey. Y nerviosa porque no sé
qué va a pasar. Armand, ¿ha hecho algún movimiento Daniel?
—Hasta ahora, nada. Se ha cerrado herméticamente, la policía lo vigila
pero, hasta ahora, no hay nada de lo que tirar. Lo único que saben es que está
desatendiendo los asuntos de la red que tiene. Parece que ha puesto al mando a
otros hombres que son los que están haciéndose cargo.
—¿Y él?
—Fire, sea lo que sea que está haciendo, no deja rastro.
Fire miró al techo pensando.
—No puedo vivir eternamente escondida, Armand. Yo no soy de esas.
—Lo sé. —Se quedó callado—. ¿Qué te parece si te doy una sorpresa?
—¿Sorpresa?
—¿Fire? —preguntaron al escucharla.
—¡Sam!
—¡Fire!
Se echaron a reír, mitad nerviosas, mitad felices por escucharse.
—¿Qué tal va todo? —preguntó Fire.
—¿Que qué tal? ¡Me has dejado con todo! ¿Qué hago yo con la empresa?
—Mantenerla a flote. Cada uno sabe lo que hay que hacer, no tendrás
problema.
—No, claro que no… Solo las citas que tenías y que he tenido que atrasar
de forma indefinida hasta que la directora regrese de unas vacaciones
imprevistas. Y luego está el problema que teníamos entre manos, el del nuevo
lote. ¿Y te has olvidado del lote de Nueva York que iba a venir en unas
semanas?
—Sam… Lo sabes hacer todo.
—¡Pero yo no tengo tu carácter! —Se quedó callada—. Y que sepas que
Michelle está cabreada contigo. ¿Vas a ir a la boda?
La boda… Se había olvidado por completo que la boda era a final de
septiembre. Estaban casi a primeros, y no sabía cuánto tiempo iba a tener que
estar oculta.
—No lo sé… Sam, ahora mismo no sé qué voy a hacer —respondió
desilusionada.
—Todo esto es por Greenblacht, ¿verdad?
—Sí. ¿Te ha contado Armand algo?
—No. Esa es otra, ¿por qué tengo que quedarme con él?
—No quiero que Daniel se te acerque lo suficiente para hacerte daño. Y
eres la persona más cercana a mí. ¿Acaso no te trata bien?
—No es eso… ¿Qué ha pasado con Greenblacht? ¿Por qué has tenido que
desaparecer? —cambió ella de tema.
Casi podía ver que se mordía el labio.
—¿No querías un acompañante para la boda? —insinuó riéndose.
—¡Fire! —gritó ella.
Estaba segura que ahora estaría avergonzada y no podría mirarlo a los
ojos.
—Tengo que dejarte. Intentaré escribiros algún wasap cuando conecte con
algún Wifi, ¿de acuerdo?
—¡Pero si no me has explicado nada! —la acusó.
—Es mejor así, Sam. Créeme. Y si no, pregúntale a Armand.
Colgó el teléfono antes de seguir con la conversación. No quería tener
que explicarle a su amiga la clase de persona que era Daniel y su relación con
ella. Volvió a poner el móvil en el bolsillo trasero y se sentó en uno de los
sillones, justo al lado de Camille.
—Perdona.
Camille negó.
—Sé por lo que estarás pasando.
Fire sonrió. Era un gesto loable el intentar empatizar con ella. Aunque
dudaba que realmente supiera cómo se sentía en ese momento. Había
abandonado su casa, su trabajo, sus amigos y su vida por culpa de un hombre
que ahora estaba obsesionado con encontrarla. Y no para algo bueno, estaba
segura de ello.
—Camille… —En el momento en que habló escuchó pasos detrás de ella
y se volvió. Se levantó de inmediato al ver aparecer a Paul y Casey.
—Siéntate, por favor —le pidió Paul.
—¿Le has visto la herida? ¿Era poca cosa como decía? —preguntó
Camille haciéndole sitio a su marido en el sofá.
—Más o menos… —murmuró él sin sonreír. Se sentó a su lado y le cogió
las manos. Solo cuando la miró, esbozó una sonrisa débil.
—¿Estás bien? —preguntó Casey rozando a Fire en el hombro. Ella se
giró hacia él y asintió—. He hablado con Oliver.
—Yo con Armand —le explicó Fire—. ¿Qué te ha dicho?
—Que parece que se ha enclaustrado en su casa. No sale de allí y hay
otros hombres haciéndose cargo de la red. Parece que hay mucho movimiento
estos días, pero nada todavía. ¿Y Armand?
—Más o menos lo mismo, que no tienen nada, que lo que sea que esté
haciendo, lo hace con sumo cuidado para no dejar huellas.
—¿Vosotros dos vais a contarnos qué es lo que pasa? —intervino Camille.
Ambos se volvieron hacia ella y suspiraron.
Casey se sentó en el brazo del sillón, al lado de Fire.
—Mi nombre es Fire Dilworth —comenzó Fire—. Creo que Casey os
habrá contado de mí. Ayudé a Case y a su compañero a atrapar a un
delincuente que era muy espabilado escapándose de la policía y de cualquier
problema con la ley. Él y yo nos conocíamos, aunque ninguno sabía nada del
otro, al menos al principio.
Casey se presentó en mi casa un día y me puso sobre aviso acerca del
tipo de persona que era. Al principio me negué a ayudar pero, finalmente, lo
hice. Solo tenía que obsesionarlo, hacerle desearme hasta el punto de
olvidarse de todo lo demás. Y lo conseguí. Pero hubo un pequeño error y
descubrió mi identidad.
—Escapamos de la ciudad ese mismo día y hemos estado conduciendo
hasta llegar aquí —prosiguió Casey—. He de decir que estáis a salvo. Un
conocido mío y unos amigos de Fire han bloqueado cualquier acceso a nuestra
información privada y ese hombre no sabe nada de nosotros. Pero necesito
poner a salvo a Fire. Por eso vinimos aquí.
—¿Para esconderos? —preguntó Camille.
—No, Camille. He venido aquí para recogeros y llevaros con nosotros al
refugio.
Fire levantó la cabeza. ¿Dónde iban a ir?
—¿Al refugio? —Camille apretó las manos de Paul y este le devolvió el
gesto.
—Quiero poner a salvo todo aquello que quiero. Sé que Paul sabría
protegeros en el caso de que no vinierais pero…
—¿Qué es eso del refugio? —inquirió Fire.
Casey la miró.
—Se trata de un lugar apartado. Prácticamente nadie sabe de él. Está
oculto en pleno bosque. Y asegurado como un búnker. Mi hermana y Paul
suelen ir casi todos los años y los niños lo conocen, se lo pasan genial, hacen
acampadas y juegan. No es un lugar donde vayamos a estar recluidos. Es…
como unas vacaciones en el campo.
—Ya, ¿y eso de seguro?
—La casa está habilitada con los sistemas de seguridad más modernos —
habló Paul—. Hay cámaras por todo el perímetro y trampas que pueden
activarse en caso de peligro. También hay sensores y repetidores que inhiben
cualquier señal eléctrica. Hay otros que falsean la ubicación de la casa y de
las personas que haya dentro. Ni siquiera utilizando un móvil podrían
descubrir dónde estáis.
—¿A eso te referías con conocer un lugar seguro?
—Es el más seguro y desconocido que conozco —sonrió Casey—. No hay
mejor sitio donde llevarte y que estés a salvo.
—¿Y cuánto tiempo estaré allí? —insistió Fire.
—El que sea necesario —murmuró él.
Fire cerró los ojos. No quería tener que vivir en un limbo hasta que
Daniel se cansara de buscarla. Necesitaba saber cuánto iba a durar eso, y
sobre todo tener un cierto control en su vida. Porque era su vida.
—¿Cuándo nos iríamos? —intervino Camille.
—Mañana por la mañana.
La puerta se cerró justo cuando Casey iba a entrar. Había dado un portazo
sonoro y, en cierto modo, entendía el porqué lo había hecho. Esperó unos
segundos, armándose él mismo de paciencia, y abrió para entrar en el
dormitorio. Veía a Fire caminar de un lado a otro de la habitación como un
animal enjaulado, como sabía que se sentía en esos momentos.
—Fire…
—Déjame… —le cortó.
—Fire, escúchame… —Ella se detuvo y lo fulminó con la mirada. Aun
así, no se amilanó—. Lo siento.
—¿Sentirlopor qué? ¿Porque vas a encerrarme en un lugar apartado del
mundo? ¿Porque no sé cuánto tiempo voy a tener que huir? ¿POR QUÉ?
Estaba cabreada. La conversación con Camille y Paul había continuado
por casi una hora en la que habían aparecido los niños y se habían alegrado al
ver a su tío en casa. Ella los había conocido y eran muy educados y
encantadores.
—Cálmate —murmuró él sin levantar la voz.
—¿Cómo quieres que me calme? Casey, llevo más de dos días huyendo.
He tenido que dejar mi vida, mi trabajo, a mis amigos, todo por culpa de
Daniel. Sin yo quererlo, me veo fuera de lugar, y ahora me dices que no sabes
cuándo voy a volver. Case, ¿tú sabes lo que se me pasa por la cabeza? ¿Sabes
cuántos años habrá estado Oliver, o los otros inspectores intentando atrapar a
Daniel? ¿Voy a tener que aprender a vivir de otra forma? ¿Voy…?
Casey acortó la distancia entre ellos y la abrazó. Entendía el estrés por el
que pasaba y también que esa explosión tenía que llegar tarde o temprano. Sin
embargo, Fire lo empujó para que la soltara.
—Si tú te hubieras llevado esa estúpida estatuilla… —le echó en cara.
Casey sacó todo el aire que contenía y la miró. Estaba furiosa, no debía
tener en cuenta lo que había dicho pero era la verdad. Había sido él el
culpable de que todo se desmoronara.
Capítulo 37
Suelta el gemido, aquel que mis manos han buscado, ese que mis oídos
ansían, el que mi dominación ha conseguido.
ire cerró los ojos y los apretó. Se arrepentía de lo que acababa de decir,
F pero necesitaba un control que, en ese momento, no tenía. No sabía qué iba
a pasar con su vida, con la empresa. Estaba perdida, frustrada y, sobre todo, la
incertidumbre acerca de lo que hacer o no en ese tiempo que iba a permanecer
oculta la mataba.
—No puedo cambiar lo que pasó, Fire. Pero puedo protegerte.
—¿A cambio de perderlo todo? —lo acusó—. Case, ahora mismo no
tengo nada.
—¡Me tienes a mí! —Case alzó la voz.
Los golpes en la puerta hicieron que Casey dejara de mirar de manera
acusatoria a Fire y se acercara a la puerta. Abrió y vio a su hermana parada y
un poco incómoda.
—Se os oye desde abajo —comentó ella. Su rostro intentaba parecer
normal pero se compadecía de su hermano.
—Lo siento —se disculpó él. Se giró hacia Fire—. Voy a tomar algo —
dijo saliendo de la habitación y apartando a su hermana del camino.
—¿Dónde?
—¡No lo sé! —gritó él bajando las escaleras.
Fire se acercó a la ventana. Hacía tiempo que había anochecido y solo
había oscuridad. Empezó a negar con la cabeza. No quería decir todo lo que
había dicho, estaba desorientada, en una situación que no había previsto.
—Fire… —llamó Camille.
—Perdona, ahora mismo yo… —Camille levantó la mano para que no
hablara más.
—Mira, sé que ahora mismo te encuentras perdida y no sabes qué va a ser
de ti, de tu vida. No quiero darte falsas promesas de que vas a estar bien, o
que van a atrapar a ese hombre en poco tiempo, porque eres una mujer
inteligente, dudo que me creyeras.
»Lo único que puedo decirte es que allí, en el refugio, puedes hacer una
vida “normal”. Estoy segura de que Case no se negará a que trabajes desde esa
casa. Podrás recibir llamadas, hacerlas, mandar correos, todo.
—Pero no es mi casa. No es mi rutina. Yo… —Fire calló.
—¿Sabes? Yo estuve en ese refugio seis meses.
Fire la observó. Hablaba de él con cierta tensión. La vio sentarse en la
cama y sonreírle, invitándola a que hiciera lo mismo. En cambio, ella cogió
una silla y se sentó justo enfrente de Camille. Le cogió las manos y las apretó.
—Antes, cuando estábamos solas, dijiste que tu experiencia en el BDSM
estaba relacionada con Casey. —Camille asintió—. Cuéntamela. Dime qué es
lo que Casey oculta.
Camille la miró. Sus ojos brillaban.
—Ocurrió hace varios años… Yo apenas si tenía veinticinco años,
acababa de terminar una carrera y me sentía poderosa. Quería comerme el
mundo. Igual que Casey. Habíamos luchado por eso con uñas y dientes. ¿Sabes
que somos huérfanos?
Fire negó.
—Nosotros no hemos tenido padres que nos ayudaran, que nos quisieran.
Vivimos en un orfanato hasta los dieciocho y, a esa edad, nos echaron. Casey
consiguió un trabajo en un restaurante como lavaplatos y aparte… Bueno,
digamos que hacía otros “trabajillos”.
»Todo el dinero que conseguía era para pagarnos los estudios. Él quería
que yo estudiara y por eso se desvivía para pagar el alquiler del piso que
teníamos, la matrícula de mi carrera y todo lo demás que nos hiciera falta.
»Cuando acabé mi carrera, unas amigas me invitaron a irnos de fiesta y
acepté. Lo que no sabía era dónde íbamos y cuando vieron un club nuevo
decidieron entrar.
»Al principio, todo fue bien. Nos parecía muy glamuroso eso de tener que
pagar para acceder al club, y había algo de cola porque se celebraba una fiesta
dentro. Así que entramos y, una vez allí, nos dimos cuenta del tipo de club que
era. Nos daba morbo estar.
»Mis amigas y yo nos quedamos en la barra tomándonos algo y veíamos
que se nos acercaban chicos y hombres maduros a conversar con nosotras.
Éramos el centro de atención porque éramos nuevas. Nos encantaba la
atención que recibíamos y cómo algunos nos deleitaban los oídos con ciertas
frases.
»Empezamos a ir asiduamente porque no veíamos nada malo. Ninguno
nos forzaba a nada, al contrario, nos animaban a curiosear, a descubrir. Y nos
fuimos metiendo en ese mundillo.
—¿Qué pasó?
—Casey estaba en esa época estudiando para las oposiciones de inspector
de policía. Él sabía bien lo que quería y, nada más salir del orfanato, luchó
por eso. Aún no sé cómo sacó fuerzas para hacerlo. Trabajaba, estudiaba,
cuidaba de mí… Cuando se sacó las primeras oposiciones con una de las
notas más altas, escogió plaza en la ciudad en la que vivíamos y eso le
permitió tener más tiempo, pero lo invirtió en una diplomatura porque quería
aspirar a más.
»Nos distanciamos un poco porque él se centró en sus estudios y yo en
buscar trabajo y… en el club. Me encantaba ir, descubrirme a mí misma, mi
sexualidad, mi erotismo, todo. Veía a otras mujeres dejándose humillar y sentir
placer por eso y quise experimentarlo. Quería ceder mi control y al mismo
tiempo mantenerlo. Pero sobre todo, quería sentir.
»Fue cuando lo conocí. —Camille se tensó—. Había ido al club varias
veces pero no hablaba con nosotras nunca. Solo nos observaba desde lejos. En
esa época tenía a otra mujer, una sumisa que siempre iba a su lado y se
arrodillaba cuando él se sentaba. La trataba como una mascota, como una
perrita que lo acompañaba a todas partes. Apenas le prestaba atención en el
club y, si lo hacía, era para hacerle pasar vergüenza.
»Recuerdo que, una vez, la levantó e hizo que se tumbara sobre la mesa.
Empezó a masturbarla hasta que se corrió y dejó que otros hombres le
lamieran sus jugos.
—¿Sabes que eso es consentido?
—Lo sé. Después de ir varias veces al club empecé a aprender sobre esa
práctica y lo veía erótico. Me encantaba, soñaba con encontrar a un Amo,
quería descubrir en cualquier hombre que se me acercaba a ese personaje de
las novelas a las que me había aficionado. En cierto modo, él lo tenía todo.
»Cierta noche, Phillip, así se llamaba, vino solo. Yo había ido sola
también y se acercó a mí. Conversamos toda la noche y fue genial. Nos reímos,
bebimos… teníamos muchas cosas en común. Descubrí que tenía un pequeño
negocio que era acorde con mi titulación así que, hablando, me dijo que le
llevara el currículo a su empresa.
»¿Sabes cuál fue la cara de Casey cuando le dije que tenía trabajo? Para
él, yo estaba todos los días de fiesta, cosa que no era mentira y, sin embargo,
había conseguido trabajo de lo mío.
»Empecé a trabajar y todo iba muy bien. Phillip era atento, me enseñaba
lo que no sabía y estaba pendiente de mí. Sabía que era algo extraño puesto
que a las demás compañeras no parecía gustarles el trato que tenía conmigo,
¡pero yo lo conocía fuera de esas paredes!
»Poco a poco la relación fue… intimándose. Era el primer hombre que se
fijaba en mí de una manera “seria”. Estábamos juntos por la mañana en el
trabajo y por las noches en el club. Él me enseñaba todo. Me decía cómo
vestir, cómo comportarme… en ambos mundos. Empecé a hacer solo lo que él
quería que hiciera. Me daba igual lo que los demás dijeran, yo a quien quería
agradar era a él. Porque lo quería.
»Un día, Phillip habló conmigo para que me convirtiera en su sumisa. Era
la mujer más feliz del mundo porque sentía que había encontrado a esa persona
especial. Hablamos de nuestros límites, todo. Y empezó bien. Pero… con el
tiempo, la cosa fue endureciéndose.
Fire le apretó las manos. Se le había quebrado la voz y sentía que le
faltaba el aire pues respiraba más rápido.
—Camille, si no quieres…
—No. Escucha. Las cosas empezaron a ponerse difíciles. Quería una
sumisión completa. Tenía que darle cuentas de todo lo que hacía cuando no
estaba con él, y si no lo hacía en el momento en que quería, cuando estábamos
juntos me lo echaba en cara y me castigaba. Primero fueron en privado, porque
tenía que enseñarme a ser su sumisa. Pero después lo hacía en público a pesar
de que era uno de mis límites. Él solo decía que, si no era capaz de aprender
castigándome en privado, lo tendría que hacer en público.
»Sin embargo, después se comportaba conmigo como un caballero.
Hablaba, me reconfortaba, incluso me pedía perdón por lo que había hecho.
Siempre que había un castigo de esos, al día siguiente me recibía con rosas en
el trabajo. O las enviaba a mi casa.
»Las sesiones empezaron a ser más habituales en nuestras vidas y no
había día en que no tuviera alguna marca: una herida del látigo, un moratón de
las palas, una rozadura de las cuerdas… Él decía que eran heridas de
sumisión. Pero yo tenía que esconderlas y era complicado en verano, cuando
hacía demasiado calor para ir en manga larga. Eso le enfadaba más.
»Empezó a ser más autoritario y a quejarse por todo lo que hacía porque
todo lo hacía mal. Me sentía la peor persona porque no era capaz de
agradarlo, ni en el trabajo, ni en el club. Me humillaba sin importarle que
hubiera gente delante. Y yo empecé a sentirme una basura.
»Casey se daba cuenta de que me pasaba algo. Nuestro vínculo siempre
nos avisaba de cuando uno de los dos estaba mal o necesitaba ayuda. Pero yo
no quería preocuparle, estaba luchando por su sueño y quería que él lo
consiguiera. Sus compañeros lo animaban, lo ayudaban todos. Yo quería hacer
lo mismo.
Fire respiró hondo. La sangre de su cuerpo hervía de rabia por lo que
estaba oyendo. Ese hombre no era un Amo, ni siquiera merecía llevar ese
calificativo.
—El día que Casey aprobó las oposiciones y entró en su nuevo puesto, yo
me sentí feliz por él. Pero empecé a pensar en la carga que había sido. En la
carga que también era para Phillip. Yo no servía para nadie porque no era
capaz de hacer las cosas bien. Empecé a cambiar… Faltaba al trabajo, al
club… Cuando mi hermano me preguntaba, le decía que me sentía enferma y él
no me decía nada, solo me acompañaba al médico y este me daba la baja sin
más. A ellos les daban igual los pacientes.
»Me quedaba en casa todo el día sola. Casey trabajaba horas y horas. A
veces ni siquiera iba por la noche a dormir. Phillip tampoco me llamaba. Yo
no le importaba a nadie.
»Una noche… recibí un mensaje de Phillip. Me quería en el club y no
quería que le diera excusas. Según él, quería hablar. Y yo no sabía negarme.
Era mi jefe, mi Amo, mi todo. Tenía que obedecerle aunque no me gustara,
aunque me costara más que la vida hacerlo.
»Me presenté allí y lo vi charlando animadamente con otras mujeres. En
cuanto me vio, empezó a insultarme por mi aspecto, por no haberme arreglado
lo suficiente, por estar demacrada… Todo en mí estaba mal. Se levantó y me
llevó a una mazmorra donde me obligó a mirarme al espejo y a que viera lo
“poca cosa” que era. Y entonces me dijo que él no quería a su lado a una
mujer así, que podía despedirme de mi trabajo y de su dominación porque no
la merecía. En palabras de él: “no era digna de que un Amo se fijara en mí”.
Camille se detuvo. Las lágrimas caían por sus mejillas y Fire tampoco
estaba mucho mejor.
—Salí como pude de la mazmorra pero, antes de llegar a la puerta, Phillip
me cogió. Me susurró que, por los viejos tiempos, iba a darme una sesión más.
Quise creer que me daba una oportunidad para ser la mujer que él necesitaba.
Pero cuando vi que me llevaba donde había otros Amos que me miraban de
manera lasciva… Él me cedió y les contó a los otros Amos que mi fantasía era
la de ser violada. Daba igual que gritara una y otra vez la palabra de
seguridad, había convencido a todos que eso era consentido, que yo lo quería.
—Hijo de puta… —blasfemó Fire.
—Cuando terminaron conmigo los del club me ayudaron a salir. Llamaron
un taxi y me fui a casa. Me sentía utilizada, sucia, asqueada. ¿Y sabes lo peor?
Que no podía culpar a Phillip de ello. Pensaba que había sido yo quien me lo
había buscado, quien, al no ser adecuada para él, había provocado eso.
»Entré en casa y abrí el espejo del baño, donde guardábamos las
pastillas. Mi médico me había recetado tranquilizantes para dormir y me tomé
la caja entera. ¿Para qué iba a seguir viviendo?
»Lo único que recuerdo después de eso fueron los gritos de Casey. Él me
contó que había sentido algo y había dejado su investigación para cerciorarse
de que estaba bien. Me salvó la vida.
»Desperté días después en el hospital. Y lo único que le dije era que
quería morir. No le dije nada de lo ocurrido, pero en el hospital le informaron
de cada herida, cada rozadura, cada cardenal que tenía. Y también de que
había sido forzada. Pero a pesar de que él me preguntaba, que me pedía que
hablara con él, me cerré en banda.
»Casey empezó a faltar a su trabajo por estar conmigo. No se atrevía a
dejarme sola por si volvía a intentar suicidarme de nuevo. Cuando no tenía
más remedio que ir, su humor no era el mejor. Discutía con sus compañeros y
con su superior. Llegó incluso a las manos, lo que le supuso un expediente
disciplinario. Y era yo quien estaba destruyéndole.
»Intenté suicidarme dos veces más. Y en la última ocasión los médicos le
aconsejaron a mi hermano que me internara. Pero se negó a hacerlo. Fue
entonces cuando empezó a investigarme. Comenzó a seguir mis pasos, a saber
qué había hecho, dónde había ido, con quién había hablado.
»En cuestión de semanas, descubrió el club y no tardó mucho más en
darse cuenta de lo que se hacía allí. Muchos le hablaron de mí, de mi relación
con Phillip. Él solo ató cabos; a él no hacía falta contarle nada.
»Una de esas noches coincidió con Phillip y… supongo que te imaginarás
lo que pasó.
—Mi pregunta sería si lo mató —comentó Fire. Camille rió.
—No… pero porque no lo dejaron. Lo separaron antes de que pudiera
hacerle más daño. Pero desde el primer puñetazo ya le habían jodido la vida,
Fire. Phillip lo denunció y lo cambiaron de destino de inmediato.
»Nos fuimos de la ciudad y nos instalamos en un pueblo. Casey fue
degradado y ocupaba un puesto mucho más bajo. Pero no se quejó ni una vez.
»Contrató a una chica para que me hiciera compañía y parecía que el
cambio me hacía bien. Empecé a salir adelante, a tener ilusión. Blanca era una
mujer excepcional. Se había criado en ese pueblo y ansiaba conocer mundo.
Me contaba miles de historias que se le ocurrían en cientos de destinos
diferentes. Y me enamoró de esas ganas de vivir.
»Casey también pareció resurgir y comenzó a hacer méritos para volver a
su puesto. Allí fue donde conocí a Paul. Llegó de repente al pueblo. Blanca me
comentó que era un hombre extraño porque se ausentaba a menudo y a veces
tardaba semanas o meses en volver.
»El primer día que nos vimos, él iba vestido todo de negro y me asustó.
Ya has visto que no es muy… simpático.
Fire rió.
—Sí, lo he notado.
Camille respiró hondo.
—El pueblo era pequeño así que coincidíamos a menudo. Pero no hablaba
con él, solo observaba. Me daba pena que la gente lo dejara de lado. Yo había
tenido a Blanca para salir y él no parecía congeniar con nadie. Así que un día
en que se le había roto la bolsa de la compra me acerqué a ayudarle.
»Poco a poco, Blanca, Paul y yo entablamos amistad. Era un hombre
taciturno y de pocas palabras pero, no sé por qué, cuando estaba a solas con
él, le encantaba escucharme. Creo que me volvía una dicharachera porque no
paraba de hablar. Me incomodaban los silencios de él y por eso lo hacía. Y a
él le encantaba que lo hiciera.
»Todo nos iba bien y la verdad es que me encantaba. Volvía a reír, a salir,
a disfrutar. Incluso encontré trabajo a tiempo parcial en un pequeño negocio
que me servía para distraerme. Junto con Casey, salíamos los cuatro juntos
cuando podíamos y nos divertíamos como gente de nuestra edad.
Fire sonrió. Al menos había tenido su final feliz.
—Hasta que él llegó.
—¿Él? —se contrarió Fire.
—Phillip.
—¿Cómo que Phillip? —No entendía nada. Vio la sonrisa amarga de
Camille y, en ese caso, fue ella quien le frotó las manos que se le habían
quedado heladas.
—Dos años después de habernos establecido en el pueblo, un día que
paseaba con Blanca por la calle, me lo encontré. Me quedé atónita, no podía
creer que de verdad fuera él. Estaba igual que las primeras veces que lo había
visto. Me sonrió y me saludó, al menos eso es lo que me dijo Blanca, porque
yo no me di cuenta de ello.
»Quise pensar que había sido un espejismo, algo que realmente no existía
de verdad. Ni siquiera le quise preguntar a Blanca. Pero seguí viéndolo y ya
no podía tener la duda de si me estaba volviendo loca o era real.
»Empecé a tener miedo. No quería salir de casa por si lo veía, cambiaba
todos los planes para que se hicieran en casa y, solo en caso de que saliera
con Casey, dejaba mi casa. Eran las únicas veces en las que no lo solía ver.
»Los encuentros fueron en aumento y empecé a sospechar que me
vigilaba. Siempre estaba volviendo la vista atrás y, como no, Casey se dio
cuenta de mi cambio. En esa ocasión, no me callé y le conté todo. Él se
enfureció por haber tardado tanto y llamó a Paul para que se quedara conmigo
mientras lo buscaba. Pero no dio con él en esa ocasión. Cuando pasaron los
días y Blanca desapareció, Casey y Paul temieron por mí. Fue cuando Paul
sugirió llevarme al refugio para protegerme.
»Los dos vivimos en ese lugar varios meses, encerrados. Me enseñó a
confiar, a volver a quererme. Fue inevitable que terminara enamorada de él.
»Poco después me enteré que Casey había seguido investigando a Phillip
y ese club de BDSM. Se había infiltrado en algunos incluso y había tocado
puertas que no debía. Muchos hombres y mujeres fueron denunciados y Phillip
fue uno de ellos. Por eso vino a por mí. Quería vengarse por las denuncias a
las que tenía que hacer frente.
—¿Qué pasó con él? —preguntó Fire.
—No lo sé —respondió Camille—. Un día, Casey vino al refugio y se
quedó a dormir. Y por la mañana, junto con Paul, me dijeron que todo había
terminado. Por más que les pedí explicaciones, no me las dieron. Y tuve miedo
de que, aquello que pensaba, se cumpliera. Así que dejé de preguntar.
»Como en el pueblo no lo conocían, tampoco lo echaron de menos y, al
menos que yo supiera, no hubo denuncia.
—¿Y Blanca?
—Nunca la encontraron. Sé que Casey siguió investigando pero lo
trasladaron de nuevo y ya no pudo hacer más. Paul y yo decidimos casarnos y
nos vinimos a vivir aquí y Casey venía a menudo a vernos. Siempre está
pendiente de nosotros.
Fire se quedó callada. Cerró los ojos y los volvió a abrir, esta vez
esbozando una sonrisa.
—Fuiste una mujer muy fuerte.
Camille negó.
—No es cierto. Pero sí tuve ayuda. Y aunque tu situación puede no ser la
misma, quiero que sepas que tienes en nosotros unos amigos en los que
apoyarte. Casey solo está haciendo lo que cree mejor para ti. Hará todo lo
posible por mantenerte a salvo. Pero no creas que no se culpa en cierto modo
de haberte puesto en peligro. Simplemente quiere que no te pase nada.
Fire abrazó a Camille. Le agradecía mucho el que hubiera confiado en
ella para contarle su historia pero, sobre todo, una parte de Casey que ella
desconocía. Porque ahora podía entenderle un poco mejor, incluso ese lado
protector que tenía.
La puerta de la habitación se abrió y Casey se detuvo al ver a su hermana
y Fire abrazadas.
—¿Todavía estás aquí? —preguntó Casey.
Camille miró el reloj. ¡¡Llevaban dos horas hablando!! Se levantó de la
cama de inmediato.
—¿Tú ya has ido a beber? —Empezó a olerlo lo que hizo que Casey se
apartara de ella y empezara a darle manotazos para que no se acercara.
—Tu marido no me ha dejado acercarme al alcohol… —respondió
malhumorado Casey.
—Mejor. Bueno, os dejo, es tarde, seguro que queréis descansar. Hasta
mañana.
—Hasta mañana, Camille. Y gracias.
Camille le guiñó un ojo a Fire y cerró la puerta.
Casey se acercó a Fire y le acarició con un dedo por debajo del ojo
retirándole una lágrima que se deslizaba por su mejilla.
—Lo siento… —se disculpó ella intentando controlar otras lágrimas que,
traviesas, querían brotar de sus ojos.
—Soy yo quien lo siente. Por ayudarnos, la más perjudicada has sido tú.
Fire colocó su mano en la mejilla de él y se acercó a besarlo.
—¿Y esto a qué viene? —preguntó él.
—Me apetecía…
—Pues me encantaría que te apeteciera más…
Fire sonrió.
—¿Quién te dice que no es así?
Volvió a besarlo de nuevo, haciendo que, cada vez, se alargara más el
momento mientras bajaba sus manos y las metía por dentro de la camiseta.
Podía percibir cada curva, cada ondulación del cuerpo de Casey, cada
respiración que daba, cada tensión de sus músculos.
Notó cómo él la pegaba más y gimió en sus labios por el placer que sentía
al estar tan cerca. Eso hizo que sus besos fueran más apasionados, que su
deseo creciera y se apoderara de sus manos que empezaron a moverse por
todo el cuerpo de Fire queriendo abarcarla, pegarla a él, hacer que ese
momento no acabara.
Fire se apartó, a regañadientes de Casey, y levantó la camiseta para
quitársela. No tardó nada en ayudarle él quien la sacó con rapidez para volver
a estar ocupado con sus labios, pero justo en el momento en que se acercaba,
ella lo detuvo, empujándole levemente, para que no se acercara.
—Siéntate… —le dijo dándole otro empujón para que sus bíceps
femorales sintieran el filo del colchón y se sentara allí.
Retrocedió unos pasos, los suficientes para que él no pudiera tocarla y
sonrió mientras movía las manos por sus caderas, subiendo y bajándolas hacia
la cintura. Atrapó la camiseta que llevaba y fue subiéndola lentamente,
dejando que viera, poco a poco, parte de su piel. Como si se tratara de una
tortura, Fire se quitó la camiseta como si de un estriptis se tratara.
Una vez tuvo la camiseta en sus manos, la voleó a un lado de la
habitación sin que esta captara la atención de Casey. Sus ojos estaban puestos
en ella. Solo en ella.
Volvió las manos a su cintura y movió sensualmente sus caderas mientras
se desabrochaba el pantalón corto e iba dejando que apareciera su ropa
interior. Más lenta que con la camiseta, Fire podía escuchar la respiración
acelerada de Casey, sus gemidos y gruñidos por ralentizar la pérdida de una
prenda tan pequeña como era ese pantalón. A la altura de las rodillas, la dejó
caer y subió de nuevo las manos por sus muslos, levantando una pierna, luego
la otra, para liberarse por fin.
Miró a Casey. Sus manos le temblaban por no poder tocarla. Su deseo era
una realidad a través de los ojos. Lo podía ver. Había ansias, anhelos y, sobre
todo, había un apetito sexual enorme, uno que Fire quería que fuera más
grande, que la convirtiera en su deseo, y al mismo tiempo, lo satisficiera en
sus más profundos instintos.
Llevó los brazos hacia atrás y, con una mano, desabrochó el sujetador que
quedó laxo en su cuerpo. Solo tenía que moverse un poco para que fueran
apareciendo sus pechos y la poca tela que le quedaba, desapareciera.
Fue consciente del jadeo que emitió Casey cuando vio que los pezones
estaban erectos, incluso sensibles a cualquier roce que ella se hacía.
Jugueteó con la cinturilla de las braguitas antes de introducir su mano
hacia su sexo y escuchar el gruñido de él por ser ella quien tocara ahí. Bajó un
poco la prenda dejando que el vello fuera evidente, y lo vio morderse los
labios, hacérsele la boca agua por querer degustar esa zona, por acariciar el
vello pelirrojo que conservaba y lo que había más allá de él. Siguió
resbalando la ropa interior y levantó una pierna para sacarla pero, en el
momento en que estuvo fuera, Casey actuó.
Casey se levantó de golpe de la cama y arrolló a Fire en su camino. La
empujó contra la propia pared e hizo posesión de sus labios mientras sus
caderas se movían haciendo que su pene se frotara contra el sexo desnudo de
Fire. Podía notar la dureza del pantalón y eso solo hacía que quisiera que se lo
quitara. Se imaginaba arrancándoselo y dejando que él la tomara así, duro,
salvaje, como lo había puesto.
Sintió la mano de Casey abriendo el pantalón, bajando la bragueta y
tirando de la cinturilla para liberarse de la ropa. Gimió cuando notó la
erección posicionarse en su sexo, uno de los brazos de él levantándole una
pierna, el otro situando su pene para empujar lo suficiente para que no se
moviera, fijándose después en la cintura de Fire. Y entonces empujó.
Fire gritó. Casey la silenció. Sus labios se bebieron los gemidos mientras
las embestidas eran más fuerzas, más rudas, más salvajes. Ella había tenido la
culpa de haberlo convertido en una bestia sedienta de sexo. Sedienta de ella. Y
quería más, mucho más. La llevó hasta la locura y disfrutó del primer orgasmo
deteniéndose por completo para percibir los espasmos de la vagina, su líquido
derramándose por fuera. Pero no le valía. Quería más.
La empujó hacia la cama y la tendió sobre su espalda para echarse sobre
ella y volver a penetrarla. Y de nuevo la llevó a ese clímax que hizo que
gritara y se aferrara a la espalda de él arañándole con sus uñas, haciendo que
siseara por el escozor que sentía, pero obligándose a aguantar. Se levantó e
hizo que Fire se girara por completo.
Abrió sus nalgas y la penetró desde atrás, haciendo que ella se agarrara a
la colcha, que la arrugara en su puño mientras se deleitaba con los
movimientos de Casey, con los besos que le regalaba en su espalda, en su
hombro… Notó cómo le agarraba del pelo y tiraba hacia atrás de la cabeza
para besarla. Gruñó por esa violencia, pero pronto el dolor dio paso al placer
cuando los labios se unieron y las embestidas se volvieron frenéticas hasta el
punto de que también él bramó al sobrevenirle a ambos el orgasmo.
Se dejó caer al lado de Fire, su pecho subiendo y bajando con rapidez.
Fire se acurrucó junto a él. Y él sacó fuerzas para abrazarla. No quería
perderla. Nunca.
Capítulo 38
Hazme sentir ese cosquilleo que solo tus manos me provocan. Crea en
mí la obsesión por ti.
ún no sabía cómo habían sido capaces de hacerlo. A primera hora de la
A mañana, cuando Casey y Fire se despertaron, salieron de la habitación
hacia la cocina para desayunar y allí habían descubierto que Camille,
Paul y los tres niños, ya estaban listos para irse. Tanto Camille como
Paul habían preparado todo esa misma noche para salir hacia el refugio y
ahora eran ellos los que iban tarde.
Realmente no tenían gran cosa que recoger ya que todo lo llevaban en una
mochila, pero sí que necesitaban algo de ropa, así que hicieron una parada
rápida por el camino en un centro comercial para conseguir abastecer, al
menos con lo básico, su fondo de armario, en ese caso de mochila. No sabían
cuánto tiempo iban a tener que estar fuera de sus hogares, pero sí necesitaban
algo de ropa, aunque, en el interior de su dormitorio, fuera prescindible.
Los niños se habían tomado la noticia con gran alboroto. Para ellos, ir al
refugio significaba diversión las veinticuatro horas del día ya que estaban en
plena naturaleza y todo allí les encantaba. Aunque Camille no era de la misma
opinión porque se preocupaba demasiado por lo que pudiera pasarles.
Fire contempló el amor que tenía Casey por sus sobrinos. Igual que el de
ellos por él. Se los habían presentado y le habían robado un cachito de su
corazón, sobre todo el pequeño de todos, que, nada más verla, quiso abrazarla
y se pasó todo el tiempo tocándole el pelo y riéndose solo. No había podido
evitar contagiarse de esa inocencia.
Por eso, cuando tocó coger los coches, no le extrañó que quisieran irse
con ellos en lugar de con sus padres. De hecho, los tres pequeños querían ir en
el coche con su tío y, al final, fueron ellos los que acabaron ayudando en las
compras de ropa que habían hecho.
Paul y Camille habían cogido su propio vehículo, aunque Casey había
tenido reparos a ello. No quería que su coche se grabara por las cámaras de
tráfico. Paul le había asegurado a Casey que no había problema por cogerlo y,
al llevarlo al garaje, tuvo que acceder al ver que, el coche que quería llevar,
era en realidad uno en el que había estado trabajando y se encontraba recién
matriculado a nombre de la persona que se lo iba a comprar, quien le había
dado permiso para cogerlo y, así, probar la estabilidad de su creación.
—Tito Casey, ¿cuándo llegamos? —preguntó el mayor de todos, Andrew.
Fire se volvió hacia el asiento trasero y vio a los tres sentados, pero con
cara de aburridos. Andrew la miró y sonrió volviendo a concentrarse en el
libro que llevaba en las manos. Por su parte, Blanca, la mediana, estaba
jugando con su hermano pequeño, Lionel, aunque no parecía que lo hiciera con
muchas ganas.
—¿Cuánto queda, Casey? —susurró Fire.
—Tres o cuatro horas más.
Fire se sorprendió. ¿Tan lejos estaba ese refugio? Encima, iban por una
carretera secundaria, porque no habían querido coger una más directa por
miedo a que pudieran llamar la atención.
—Los niños no van a aguantar tanto tiempo —insistió ella—. ¿Y si
paramos para que descansen?
—No podemos, Fire. No es bueno ir dejando pistas. Además, Paul los
habrá avisado, ¿verdad chicos? —Elevó la voz para que le prestaran atención
—. Papá os ha dicho que el viaje era largo.
—Sí —contestó Andrew—. Y que solo podíamos parar para ir a hacer
pipí o caca pero que a lo mejor teníamos que hacerlo en el campo.
—Mamá nos dio pañuelos —añadió Blanca sacando de sus bolsillos
varios paquetes de pañuelos.
—Pipí… —dijo Lionel haciendo que todos los del coche lo miraran.
—Antes lo dicen… —masculló Casey buscando algún lugar donde parar
para que su sobrino pudiera ir al baño.
Fire se echó a reír y se volvió hacia la puerta de su lado para evitar que
Casey la viera, aunque era complicado en tan pocos metros de espacio.
Conforme las horas fueron pasando, el cansancio, el hambre y el
aburrimiento fueron haciendo mella en los niños hasta que estos, cerca del
anochecer, y después de que Fire consiguiera que Casey parara en una
gasolinera para comprar algo de comer para los pequeños, se quedaron
dormidos. También ella estaba en un duermevela.
No echaba de menos el conducir ni estar en un coche. En el poco tiempo
que llevaba huyendo se había pasado en uno días enteros. Y volver, por tantas
horas, no le había hecho gracia.
Su móvil sonó y lo desbloqueó para ver el wasap que le había entrado.
—Es tu hermana —le dijo a Casey—. Ya han llegado ellos. Dice que
cuánto nos queda.
—Dile que sobre una hora —respondió Casey parpadeando y frotándose
los ojos.
Fire escribió el mensaje y dejó el móvil de nuevo en el coche.
—¿Quieres que conduzca yo?
—No, no sabes dónde vamos.
—Pero puedes guiarme. No creo que sea negada para seguir indicaciones.
—Eres mejor dándolas —soltó el otro—. Quiero decir…
Fire rió. Llevó su mano al muslo y fue avanzando hasta hacer la curva del
mismo y rozar una zona más sensible. El coche aceleró de golpe y Casey tuvo
que frenar haciendo que los niños chillaran asustados preguntando qué es lo
que había pasado.
Tras una hora más de viaje, el coche enfiló por una carretera sin asfaltar.
Veinte minutos después, Casey giró a la izquierda y frenó.
—¿Es aquí? —preguntó Fire mirando a un lado y a otro sin ver nada.
—No exactamente. Pero el coche se tiene que quedar aquí.
—¿Por qué?
—Porque el camino que queda solo se puede hacer a pie. Mira, ahí está
Paul —saludó desde el coche a su cuñado y salió de él sin explicarle nada
más a Fire.
Ella también abrió la puerta y se bajó del coche para acercarse a ellos.
—¿Alguno me puede explicar qué pasa?
Paul se giró hacia ella. Apretó el botón de un mando que tenía y,
enseguida, una parte del suelo empezó a descender dando paso a una rampa
por donde se accedía a lo que parecía un búnker subterráneo.
—Los coches se quedan aquí. Es un sitio seguro que pasa desapercibido
para cualquier persona. Tendremos los coches fuera de la vista de los demás.
El refugio está adentrándonos por el bosque, en un lugar poco transitado.
—Desde luego, si Daniel consigue dar conmigo no será porque no le
habéis puesto las cosas difíciles —bromeó Fire.
Los dos hombres sonrieron.
—Los niños están dormidos… —comentó Fire—. ¿Los despierto?
—No —negó Casey—. Los llevaremos en brazos. ¿Tú puedes con las
bolsas?
—Sí, claro. ¿Y Camille?
—Está ocupándose de la casa y la cena —la informó Paul.
Tras organizarse, Casey metió el coche y sacaron todas las cosas y a los
niños del vehículo para subir por la misma rampa y cerrar el lugar. A pesar de
la oscuridad, Paul llevaba un par de linternas que iluminaban bastante bien y
eso hizo que Fire pudiera ver cómo, una vez cerrado el lugar, a no ser que
supieras que allí abajo había algo, no había nada que lo delatara.
—¿Vamos? —propuso Casey. Fire se fijó en que Paul ya había empezado
a caminar.
—¿Quieres que lleve yo a Lionel? —le preguntó a Casey. Él llevaba a
Blanca y a Lionel en brazos mientras que ella había cogido las bolsas con la
ropa y accesorios que habían comprado.
—No, no pesan tanto. Además, tú no conoces este terreno, deberás tener
cuidado.
Fire esbozó una sonrisa ladina.
—¿Crees que soy una mujer de ciudad? —le insinuó ella echando a andar
colina arriba.
Media hora después, agotada por el esfuerzo que había hecho, vislumbró
las luces de una casa. No parecía ser muy grande pero para ella era un oasis
dentro de ese lugar. Era verdad que no era una chica de ciudad, porque con su
padre, de pequeña, había viajado mucho y andado por el campo. Pero el llevar
años asentada parecía haberle pasado factura.
Fueron acercándose y pudo apreciar que la casa era de una sola planta,
aunque bastante amplia en sí. Estaba construida de madera aunque, por lo poco
que conocía a Paul, estaba segura que solo era una fachada pues habría algo
más sólido bajo ese material. Las ventanas tenían rejas y telas metálicas y,
aunque había muchos accesos, no parecía que fueran realmente útiles para que
un hombre pudiera acceder a ella.
Paul tocó la puerta con la mano y, de inmediato, una línea roja la recorrió
poniéndose verde al llegar al final. Entonces la puerta hizo un ruido y esta se
abrió. Fire quedó sorprendida.
—Después de cenar te registro, Fire —comentó Paul.
—Toda la casa tiene sensores que detectan la presencia de los que viven
en ella. Si alguien intenta entrar y no está registrado, el sistema activa las
defensas —murmuró Casey cerca del oído de Fire.
—¿A qué se dedica tu cuñado? —preguntó a su vez Fire.
Casey sonrió misterioso.
—Será mejor que no lo sepas… O podría tener que matarte después —
contestó tratando de no reír al ver la cara que había puesto.
Los dos entraron y Fire se quedó maravillada. El lugar estaba muy bien
decorado y amueblado, en un estilo rústico, pero muy acorde con el lugar
donde se encontraban.
—Oye, ¿y los que paseen por el bosque no verán la casa o las luces? —
preguntó ella dejando las bolsas en el suelo al lado de la puerta.
—No, a varios kilómetros hay un sistema que se encarga de crear una
pantalla para que no se acerquen —respondió Paul dejándola aún más curiosa.
¿Qué clase de hombre había construido ese tipo de refugio? ¿De qué huía él?
—¿Ya estáis aquí? —Camille apareció por una de las puertas—. Ainss,
¿se han dormido?
—Llevan así unas horas —comentó Fire viendo cómo los dos hombres
colocaban a los niños en los sofás del salón.
—Bueno, pues a ver si con el olor a comida despiertan, si no, ahora los
llevamos a su habitación. Casey, la tuya es la de siempre.
—De acuerdo. —Casey se acercó a Fire y recogió las bolsas del suelo—.
Ven conmigo. ¿Nos da tiempo a ducharnos?
—Sí, a la comida le queda un poco. Pero solo un poco —puntualizó ella.
—Vale, vale… —aseveró él agitando la mano.
Fire rió por el camino. Iba a tener que aguantarse sus ganas de otros
“jueguecitos”.
Una semana después
Tras la primera semana, Fire estaba familiarizada con la casa. Al
principio le había costado mucho hacerse con ella, no solo por el hecho de que
hubiera tenido que registrar sus huellas, su iris y hasta la estaturas y
complexión de su cuerpo para que el sistema la reconociera, sino también las
medidas de seguridad que Casey le había mostrado.
Le daba miedo preguntarle a Paul cuál había sido su profesión porque, en
esos momentos, era ingeniero. Pero sabía que había algo más allá de esa
“tapadera”.
Tal y como le había dicho Camille, Casey le había permitido a Fire
trabajar a distancia en su empresa, aunque no podía hacer llamadas de forma
habitual y tampoco estar conectada mucho tiempo, más bien porque los niños
le absorbían parte de su tiempo. Y cuando no eran ellos, era Casey.
Todos los días se los pasaba jugando con ellos, saliendo al bosque y
disfrutando de la naturaleza, algo que hacía mucho tiempo que no había hecho.
El primer día se había asustado muchísimo ya que, al volver al refugio,
ella solo había visto una ladera pronunciada que incluso daba miedo
asomarse. Pero cuando los niños habían ido corriendo hacia esa zona ella
había gritado. De no ser por Casey, hubiera tenido un ataque de ansiedad. Y es
que ella no esperaba que el sistema de la casa fuera tan eficiente que creara la
ilusión de una zona por la que no se debía pasar y, sin embargo, en cuanto
dabas dos pasos se eliminaba permitiendo que la casa fuera visible.
—Sam, ¿estás segura? —preguntó de nuevo ella pasando la mano por el
pelo en un gesto nervioso.
—Claro que lo estoy. He intentado arreglarlo pero no quieren hablar
conmigo. Dicen que solo responderán ante la señorita Dilworth. —Había
sonado como si repitiera las palabras de la otra persona.
—¿Y una llamada no les vale? —insistió.
—Que no… que han dicho que tienes que ir. Vamos, he intentado hablar
con el señor Fillmorth pero no ha habido forma.
Fire chasqueó la lengua. ¿Qué pretendía Derrick ahora? ¿Qué era lo que
quería?
—¿Qué hago? —preguntó Sam descorazonada—. Fire, de verdad que lo
he intentado todo pero…
—Ya lo sé, preciosa. Y lo estás haciendo muy bien. Derrick solo quiere
verme, eso es todo. ¿A que no han puesto pegas a ningún documento?
—Ahora que lo dices… no. Lo único que falta es la firma de ese hombre
para que puedan empaquetar las obras para la empresa.
—¿Ves? ¿Y ha preguntado por mí?
—Varias veces… Dice que te llama a tu teléfono y que no estás operativa,
sea la hora que sea. ¿A que te ha llamado de madrugada?
—Pues lo más seguro. Pero como ese teléfono ya no lo tengo… —
comentó ella recordando que lo tenía Jonathan después de comentárselo—.
Intentaré llamarlo a ver qué me dice.
—Vale, como quieras… Fire… ¿estás bien? —preguntó ya a nivel
personal.
—Todo lo bien que se puede estar encerrada y sin poder salir. —No era
así exactamente, ya que salía por el bosque con Casey, Camille, Paul o los
niños. Pero sí que era lo que habían quedado en decir por si alguien espiaba
sus conversaciones.
—¿Pero podrás volver pronto?
—Eso depende de la policía, Sam. ¿Por qué lo dices?
—La boda… Michelle anda preocupada por ti y está pensando en
atrasarla hasta que se solucione lo tuyo. Dice que si no vas a estar, prefiere
celebrarla en otro momento.
—¿Qué? ¿Y soportarla más tiempo? —saltó ella haciendo que Sam riera
—. No puedo prometer que voy a ir. Se lo dije a Jordan cuando llamó el otro
día —le explicó—. Tiene que casarse, lleva mucho esperando y no es justo
para Chris que tenga que esperar.
—Ya, pero sabes que quiere que estemos las cuatro juntas.
—Lo sé —convino ella. Le dolía mucho perderse la boda de Michelle,
sobre todo porque era la confirmación de que, por fin, pasaba a ser la
preocupación de otra persona—. ¿Qué tal te va a ti?
—Bien, ¿por qué lo preguntas? —respondió tan rápido que apenas la
entendió. ¿Estaba nerviosa?
—Por nada… solo preguntaba cómo te iba con Armand.
—Genial. Bueno, bien, él a lo suyo y yo a lo mío. Bueno, casi, porque me
sigue a todas partes… Tampoco a todas, pero… —farfullaba en lugar de
explicarse de manera coherente lo que hizo que Fire enarcara una ceja.
—Sam… ¿seguro que no ha pasado nada?
—¡Seguro! —exclamó subiendo el tono—. Oye, llaman al teléfono. —Fire
no escuchaba el sonido de la llamada—. Te dejo, cuídate, chao.
Apartó el móvil de la oreja y vio que había colgado la llamada. Se echó a
reír. ¿Qué estaba pasando con Sam?
—¿Qué pasa? —preguntó Casey al entrar en la habitación que habían
dispuesto como “despacho” para que Fire pudiera trabajar.
—Nada… Bueno, un pequeño problema, voy a ver si lo soluciono por
teléfono.
—¿Qué es?
—Compré un lote de artículos de arte a una casa de subastas en Nueva
York y ahora no quieren enviármelo porque falta una firma y este hombre ha
dicho que, si no habla en persona conmigo, no va a firmar. Y es algo que
estaba esperando para poder organizar el próximo evento en Dilworld.
Casey se mantuvo en silencio. Se fue hacia la ventana y miró hacia fuera.
Sus sobrinos estaban jugando y Camille y Paul los vigilaban. Había hablado
con ellos sobre los niños. Ellos tenían que volver a casa para que los niños
fueran a clase y empezaran el curso escolar, que ya había comenzado.
Por supuesto, no había querido que lo hicieran, pero tampoco podía evitar
que continuaran con su vida. Al fin y al cabo, no sabían por cuánto tiempo iban
a tener que estar escondidos.
—¿Solo sería quedar con el tío, tomar algo, firmar y volver? —le
preguntó.
—Sí… —respondió frunciendo el ceño—. ¿Por qué?
Se volvió hacia ella. Lo que iba a proponer era descabellado, pero no
debía haber peligro alguno.
—Porque estamos a media hora de camino de Nueva York —respondió él
—. Podemos ir y volver en el mismo día.
Fire no podía creérselo. ¿De verdad le estaba diciendo eso?
Fire había tardado una semana en preparar la cita con Derrick para que
firmase el papel que haría que los artículos pasaran a ser de su propiedad.
Había intentado hablar con él por teléfono, pero este se había negado en
rotundo a firmar sin antes verla. Era la única persona a la que ella no
conseguía ordenar y, aunque había veces que sí lo hacía, sobre todo cuando el
poder recaía en sus manos, no era esa la ocasión.
Finalmente, y después de cerciorarse de que las cosas con Daniel no
avanzaban, Casey había hablado con Oliver y su superior para que le
informaran de todo lo que ocurría.
Lo único que tenían claro es que Daniel apenas salía de su casa. Se había
encerrado y ya no entraban mujeres ni hombres de negocio. De eso se
encargaban dos hombres que, al parecer, habían tomado el relevo de él en esas
cuestiones. Pero seguían sin saber qué tramaba Daniel.
Sabía, por Joseph, que había accedido a los datos que ellos mismos
habían dejado a modo de trampa y estaban seguros que seguía esas pistas, así
como otras que habían empezado a dejarle en un intento porque saliera y
cometiera algún error. Pero, hasta ahora, no había ninguna evolución. Y eso no
le gustaba nada a Casey. Cuanto más tiempo tuviera más sangre fría tendría
para idear un plan y menos errores podría cometer. No podían fiarse de ese
hombre.
—¿Estás seguro, Casey? —preguntó de nuevo Camille. Estaban en el
salón junto a Paul. Casey se metió un arma en el tobillo y cogió otra pistola
que guardó en el bolsillo, tapándola con la camiseta para que no se viera.
—Sí. Es solo ir y volver. No vamos a quedarnos allí y, en cierto modo,
viene bien. Greenblacht no está haciendo ningún movimiento, quizá tengamos
que tensar las cosas y dejarnos ver.
—No me gusta, Case —desaprobó Camille—. ¿Y si pasa algo?
—Nadie sabe que hemos quedado. Fire le ha dicho a este hombre que está
de vacaciones y que, por su culpa, va a tener que cambiar sus planes para
firmar el dichoso papel. Solo será llegar, tomar algo rápido e irnos. Ni
siquiera ha aceptado una invitación a comer.
Era cierto. Derrick había tratado de imponer sus normas para la firma del
documento pero solo había bastado con una llamada a su superior para que
este le diera un toque de atención y, finalmente, había claudicado con una copa
en un restaurante que ellos mismos habían escogido, a las afueras de Nueva
York.
—Estarán bien —tranquilizó Paul—. ¿Quieres que retrasemos la vuelta y
vaya con ellos?
—No… Tenemos que irnos. Los niños deberían haber empezado a ir a
clase y… —Miró hacia la ventana. Los niños se lo pasaban genial allí y no
habían echado de menos al colegio ni a sus compañeros de clase. Para ellos
era tener un verano extra.
Habían decidido marcharse ese día por la mañana pero, al saber de los
planes de Fire y Casey, habían decidido esperar hasta el día siguiente para
cerciorarse de que volvían sanos y salvo al refugio.
Fire apareció lista para marcharse. No tenía nada formal para ponerse
pero sí había conjuntado una camisa en color rojo con una camiseta de tirantes
blanca y unos pantalones pirata blancos. Iba veraniega y, al mismo tiempo,
elegante para lo que se trataba, y el poco tiempo que iba a estar. Era
consciente que se arriesgaban demasiado.
—¿Estás lista? —preguntó Casey.
—Sí. ¿Y tú?
Casey asintió. Miró a Camille a quien Paul abrazaba por la cintura.
—Deseadnos suerte.
Capítulo 39
Mírame. Solo a mí. Con intensidad. Con deseo. Ese que te provoco
cuando te doy placer o dolor.
abían aparcado el coche justo al lado del lugar donde Fire se había
H citado. Casey no había querido entrar hasta que vieran aparecer a la
persona que esperaban y ella le había dado la razón. Era mucho más
rápido y fácil huir estando en el vehículo que tener que llegar hasta él.
Aunque no le gustaba nada estar en el coche. Le había cogido demasiada
manía al pasar tantas horas en uno.
Su destino era Harlem Public, en Manhathan. Habían quedado en una zona
intermedia ya que no estaba cerca de la casa de subastas donde trabajaba su
cita, y, al mismo tiempo, tampoco les obligaba a ellos a meterse en pleno
corazón de Nueva York. Además, al ser una calle poco frecuentada a esas
horas, permitía que el aparcamiento fuera más fácil de encontrar.
Casey había dado varias vueltas hasta que, en una de ellas, se había
quedado un hueco libre en la misma calle del restaurante. Y ahora esperaban a
que diera señales la otra persona para tomar algo rápido y volver al refugio.
—¿Aún nada? —preguntó suspirando. Estaba aburrido de esperar.
—No. Tampoco parece haber leído los mensajes que le he mandado. —
Fire tecleó y se acercó el móvil a la oreja. Tras unos segundos, lo bajó—. Y, a
pesar de que lo llamo, no me lo coge.
Casey apretó los labios. No quería decirle nada a Fire pero no le gustaba
tener que esperar, en la situación en que se encontraban. Cuanto más visibles
fueran, más peligro podía correr Fire.
—Ya está aquí —avisó ella abriendo la puerta del coche.
Casey la miró, al principio aterrado porque saliera del coche, después
observando las personas que pasaban por la calle para tratar de reconocer si
había alguna amenaza. Pero cuando vio que Fire se alejaba del coche no tardó
él en hacer lo mismo para estar cerca de ella.
—Hola, Derrick —saludó Fire al hombre que iba a entrar al restaurante.
Tenía ya el pomo de la puerta en la mano y había abierto.
—¡Fire! Pensaba que ya estarías dentro —exclamó él soltando la puerta y
acercándose a ella—. ¿Cómo estás?
—Ocupada. Habíamos quedado hacía media hora. —Fire se retiró cuando
Derrick intentó besarla—. Media hora, Derrick —repitió ella lanzándole una
mirada de advertencia ante lo que había intentado hacer.
—Ya sabes cómo son las cosas en nuestro trabajo, ¿o tus vacaciones te lo
han hecho olvidar? —lanzó él.
—Soy consciente de que puede haber imprevistos. Pero no estoy aquí para
perder mi tiempo.
—Ni yo el mío, Fire. Y ahora creo que lo perdemos ambos.
Fire respiro hondo guardándose la respuesta que tenía para él. Sus
caracteres chocaban demasiado entre sí y todavía no entendía cómo había sido
capaz de trabajar a su lado varios meses.
Vio que la mirada de Derrick se dirigía a otra persona y sintió la mano de
Casey en la cintura.
—Te presento a Casey Reindman —presentó Fire—. Case, este es Derrick
Boenh. También lo conoces como Bohemio. Mi exnovio.
Casey empezó a toser. ¿De verdad le estaba diciendo que ese hombre era
Bohemio? ¿El del club online? ¿Su exnovio? Miró a Fire pidiéndole
explicaciones pero esta solo tenía la mirada fija en Derrick quien lo miraba
divertido.
Lo analizó con ojo clínico. Derrick era un poco más alto que él y de
constitución mucho más delgada. Su pelo era corto y de color castaño claro
mientras que los ojos, verde esmeralda, resaltaban las facciones blancas de su
piel. Todo en él parecía cincelado, hasta el mínimo detalle.
Iba vestido elegantemente con un traje de marca que parecía muy bien
planchado y cuidado.
—¿Entramos? —sugirió Derrick.
Fire fue la primera en pasar pero, antes de que Casey pudiera seguirla,
Derrick se puso en medio sutilmente. No le caía nada bien ese tipo.
—¿Tienes algún reservado? —preguntó Fire echando la mirada hacia
atrás.
—No, sabía que no habría mucha gente.
—Vale. —No le importaba la explicación, solo quería una respuesta
afirmativa o negativa.
—Aquí —dijo Casey señalando una mesa cerca de la puerta y que daba a
un ventanal desde el que vigilar el exterior.
—¿No sería mejor algo más íntimo?
—Ese sitio está bien —reafirmó Fire sentándose al lado de Casey—. ¿No
te sientas? —Alzó una ceja esperando que cumpliera la orden.
Derrick suspiró, se desabrochó el botón de la chaqueta y se sentó frente a
ellos.
—¿Has traído los papeles? —preguntó Fire fijándose en el maletín.
—¿Desde cuándo te has vuelto tan impaciente? Recuerdo que te gustaban
las cosas lentas… —El tono de voz que había utilizado hizo que Casey se
tensara.
Fire movió su mano hasta posarla encima de la de Casey. La miró y
descubrió que ella lo miraba a él. Entonces se giró hacia Derrick.
—Y no sabes cómo me gustan con la compañía adecuada.
Lamentablemente, ahora tenemos prisa, y como comprenderás, no estoy para
perder el tiempo.
—Sin embargo, a mí me gustaría discutir algunos asuntos, Fire. Son pocas
las veces que logramos coincidir. ¿Cuándo fue la última vez que tú y yo
estuvimos juntos? ¿Unos meses atrás?
La mención de su última vez hizo que también Fire se sintiera incómoda.
No se arrepentía de su vida privada, ni de lo que había hecho o dejado de
hacer; era una mujer libre…
—Derrick, te lo repito. Los papeles. —En su tono de voz intentaba
mantener la calma.
—Antes tomaremos algo, ¿no? ¿Qué queréis?
—Un refresco —dijo Casey.
—Otro para mí.
Derrick asintió y se levantó para ir hacia la barra a pedir.
—¿Por qué no me dijiste que la persona con la que tenías que verte era tu
exnovio? —la acusó Casey cuando se quedaron a solas.
—Porque no vengo a ver a mi exnovio sino al gerente de la casa de
subastas de Manhattan —contestó ella. Estaba nerviosa e irritada por el
comportamiento de Derrick. Siempre acababa sintiéndose así, como si tuviera
que estar en constante ataque para que él no intentara doblegarla. Ambos
sacaban su lado dominante con la otra persona y eso era lo que había hecho
que su relación no llegara a nada.
—¿Y eso es excusa para que no me digas nada? —insistió Casey—.
¿Sabes la cara de estúpido que se me habrá quedado?
Fire lo miró.
—Él y yo hace tiempo que acabamos, Case. No quiero nada con él y no
creo que yo te pida explicaciones de las novias y tías que te has follado,
estuvieras o no conmigo, ¿verdad?
Casey gruñó. Tenía razón. Fire, como él, tenía un pasado. Y ninguno de
los dos había hablado de ello, pero no quería decir que no existiera.
—Estoycontigo… —susurró ella acariciándole la mano mientras veía a
Derrick acercándose, junto al camarero, con las bebidas.
—¿Por qué no me cuentas de tu vida, Fire? —preguntó Derrick siendo
cortés.
—¿Qué quieres que te cuente?
—Bueno,salta a la vista que tienes nuevo… ¿cómo llamarlo? ¿Amante?,
¿novio?, ¿mascota?
—Veoque has hablado con Diablesa… —respondió ella apretándole la
mano a Casey para que no fuera a saltar.
—Sí,me comentó que tienes a alguien en tu vida y ahora veo que es
verdad. ¿Lleváis mucho tiempo?
—El que no le importa —contestó Casey sin miramientos—. ¿Por qué no
le da los papeles a Fire y acabamos con esto? Tenemos prisa.
—Vaya… ¿tanta prisa tenéis? —Derrick se llevó el vaso a la boca y bebió
mirándolos a los dos.
—Mira, Derrick, en otra ocasión me encantará pasar un rato juntos. Ahora,
no.
—Está bien… —cedió por fin.
Lo vieron abrir el maletín y sacar unos documentos. Se los pasó a Fire.
—Ya están firmados por mí. Solo queda tu firma.
Fire fue a sacar un bolígrafo cuando Derrick se lo ofreció.
—Gracias.
Ella se centró en releer por encima los documentos y, finalmente, los
firmó devolviéndole una copia a él y guardando la suya en el bolso que
llevaba.
—¿Podemos ahora tomarnos la bebida con más tranquilidad? —propuso
Derrick.
Casey cogió su copa y, de un trago, se la bebió entera. La depositó en la
mesa de manera sonora y se levantó.
—Voy a pagar —dijo dejándolos solos.
Fire bajó la cabeza y sonrió. Le había gustado eso porque sabía que había
dejado ko a Derrick.
Ella cogió su vaso y bebió, pero solo hasta la mitad.
—Lo siento, Derrick. Tenemos que irnos —dijo despidiéndose.
Se levantó y lo mismo hizo él cortándole el paso. Se acercó a Fire y
atrapó entre sus dedos un mechón de pelo.
—Tan suave como siempre… —susurró él.
Fire le retiró el pelo de su mano y lo miró, cortante.
—Ya vale. Has estado todo el rato lanzando indirectas. ¿Qué quieres,
Derrick?
—¿Recuerdas en el club cuando dijiste que, si no estuviera muy lejos, me
invitabas a un café, y lo que se terciara?
Lo recordaba. Lo había hecho para poner celoso a Casey, porque quería
ver la reacción que tendría al decirle que él era su exnovio y que, aun así,
podía quedar y mantener relaciones sexuales con un hombre.
—Sí.
—Pues te tomé la palabra… ¿Titán y Brayan no te dijeron que estuve en
Lujuria?
Fire entrecerró el ceño. ¿De qué estaba hablando?
—Te vi con él en el club —desveló—. Escuché detrás de la puerta de la
mazmorra. Te lo pasaste muy bien…
Ella abrió la boca sin que saliera ningún sonido. Entonces la cerró.
—¿Ahora te has vuelto voyeur, Derrick? ¿Qué te importa a ti lo que haga o
deje de hacer o con quién? Tú y yo ya no tenemos nada. Si tú no quisiste
avisarme de que estabas en la ciudad, yo no tengo por qué saberlo, no soy
adivina.
Derrick sonrió.
—Ese día iba con un objetivo. El mismo por el que quería que vinieras a
Nueva York.
—¿Qué objetivo? —preguntó Fire.
Fire no tuvo tiempo de frenarlo, notó los labios de Derrick en su boca e
intentó separarlo. Sin embargo, él la sujetó de las muñecas para separar sus
brazos y que le fuera imposible. Ella no se quedó quieta, en el momento en que
pudo, agarró uno de los labios de Derrick y lo mordió con fuerza haciendo que
gruñera y se apartara soltándola.
—No vuelvas a besarme… —amenazó ella.
—Siempre has tenido ese fuego, Fire… Siempre —murmuró él tocándose
con la mano y viendo que le había hecho sangre—. Vuelve conmigo —soltó
desarmando a Fire.
—¡Hijo de puta! —gritó Casey abalanzándose sobre él. Lo había visto
inclinarse hacia Fire y besarla, retenerla para que le costara separarse de él. Y
a pesar de que Fire había reaccionado, él había explotado con esa imagen que
se le repetía una y otra vez en su mente.
—¡Casey, no! —gritó Fire deteniendo el puño de Casey a escasos
centímetros de la cara de Derrick.
Casey lo tenía asido por la chaqueta y la rabia le recorría de arriba abajo.
¿Quién se creía él para besar a Fire y pedirle que volviera con él?
Lo soltó a regañadientes y se alejó unos pasos cogiendo a Fire de la
cintura y poniendo distancia de Derrick.
—Tú siempre has querido un perrito faldero a tu lado, ¿no Fire?
Antes de que el otro pudiera reaccionar, Casey se volvió y lo golpeó
rompiéndole la nariz. Se lo había buscado.
Fire agarró con mayor fuerza a Casey. No quería que volviera a
golpearlo, no porque no se lo mereciera, sino porque realmente no tenía por
qué meterse en esa situación. Ella ya lo había dejado claro. No quería nada
con él; lo que había habido entre ellos, se había acabado hacía muchísimo
tiempo. Y no iba a cambiar de idea.
—Ahora puedes castigarme por haber hecho eso… —masculló Casey
soltándose del agarre de Fire. La cogió de la mano y tiró de ella para
separarla de Derrick.
No se atrevía a mirarla a la cara por miedo a que estuviera enfadada,
pero no había podido evitarlo. En el momento en que había visto que su
exnovio la besaba, algo en su interior había gritado y encendido como un
fuego. No había pensado, sino actuado. Habría querido partirle la cara a ese
hombre por inmiscuirse en una relación. Él había tenido su oportunidad y
había pasado. Ahora, Fire estaba con él. Aunque no sabía si eso sería posible
después de esa escena de celos que había protagonizado.
Sin soltarla, Casey abrió la puerta del restaurante y siguió camino hasta el
coche. Abrió la puerta de Fire y esperó a que ella entrara para cerrar y dar la
vuelta. Una vez dentro, arrancó el coche y metió la marcha saliendo a pesar
del frenazo y el pitido que el coche que iba en el carril tuvo que dar para que
no chocara con él.
Fire lo miró sin decir nada. Sabía que estaba muy cabreado, que no
hablaba porque de su boca podía salir cualquier cosa de la que se arrepentiría
en el mismo momento en que terminara de decirlo. Y tampoco ella quería
forzar las cosas. Así que se acomodó en el asiento y esperó. Era la mejor
actitud que podía tomar en esos momentos pues, quien debía hablar, era él.
Algo más de media hora después, Casey rebuscaba en los bolsillos el
mando a distancia que le había dado Paul.
—¡Maldita sea! —gritó dando un puñetazo al volante del coche.
Fire se movió quitándose el cinturón y abriendo la guantera para sacar el
mando que él había metido ahí cuando se habían marchado para evitar que se
le pudiera caer cuando estuvieran en Nueva York.
—Gracias… —murmuró.
—De nada —dijo Fire.
Esperaron a que la rampa bajara del todo y Casey introdujo el coche.
Volvió a accionar el botón para que se cerrara.
—¿No salimos? —preguntó, extrañada, Fire. Que ella supiera, no había
otra forma de salir de allí más que por ese mismo lugar.
—Antes dime por qué no me has replicado por lo que he hecho.
—No tengo que echarte en cara nada de lo que has hecho, Case.
Casey se sorprendió. ¿De verdad no le importaba que hubiera golpeado a
su exnovio?
Al ver su rostro, Fire rió. Torció la cabeza y le sonrió más ampliamente.
—¿Crees que me importa que le hayas golpeado? —preguntó—. Por lo
que a mí respecta, se lo tenía merecido. Y si no le hubieras pegado tú, lo
hubiera hecho yo.
—¿En serio?
—Sí. Case, él es dominante. Al principio de nuestra relación yo no
conocía demasiado el BDSM, fui metiéndome poco a poco, ganando poder. Y
eso chocó con él. A Derrick le gusta que las mujeres sean sumisas, y yo odiaba
sentirme por debajo de él. Así que al final, cada uno siguió su camino. Sí,
reconozco que me he acostado con él más veces después de que nuestra
relación terminara. Sin embargo, eso lo hacía porque prefería lo “malo
conocido que lo bueno por conocer”. Al menos así no tenía que buscar, venía
solito…
Casey negó con la cabeza y rió por el comentario.
—¿Qué quieres que te diga? No soy una santa. Como tú, yo también tengo
mis ligues. Y Derrick es eso, un ligue pasado que hoy se ha ganado lo que se
merecía.
Fire se inclinó y se echó hacia delante haciendo que Casey pensara que
iba hacia una parte “íntima” de su cuerpo pero, lo que en realidad hizo Fire
fue tirar de la palanca baja del asiento y hacer que este se echara para atrás
hasta el máximo. Se incorporó y, haciendo algunos malabares, consiguió
subirse a horcajadas encima de él.
—Así que, ¿estás ya más tranquilo? —preguntó ella moviendo las caderas
para que sus sexos se tocaran.
—Algo así… Fire… —Casey se detuvo—. Yo no voy a ser ningún perrito
faldero.
—Eso ya lo sé —contestó ella con seriedad—. No quiero que seas así.
Me gusta cómo eres, me encanta ponerte celoso, hacer que te vuelvas loco y,
después… —Se acercó a su oreja—, castigarte y dominarte para enseñarte
quién es la que manda.
Antes de que pudiera retirarse del todo, Casey atrapó con sus manos el
cuello de Fire y la besó con pasión. Necesitaba volver a sentir ese fuego que
ella tenía.
Ella colocó sus manos encima de las de Casey e hizo que profundizara el
beso. Casey gruñó en su boca, se sentía extasiado por ella, por la forma en que
lo tentaba con la lengua, rozándole la suya para, cuando iba por ella, morderle
y así evitar que entrara. Era un juego en el que ella llevaba el poder, pero le
encantaba la sensación que le provocaba, la forma en que jugaba con él.
Adoraba la manera en que lo seducía.
Fire se separó de los labios de Casey y se irguió un poco. Quiso bajarse
del coche pero Casey la detuvo cuando abría la puerta.
—¿Casey?
—Shhhh —Cerró la puerta y sus manos empezaron a introducirse por
debajo de la camiseta que llevaba. La camisa hacía tiempo que se había
quedado en el asiento trasero y verla con esa prenda de tirantes únicamente le
estaba torturando. Prefería tenerla desnuda sobre él.
Poco a poco, fue subiéndole la camiseta hasta que finalmente, con ayuda
de ella, se la quitó del todo dejándola en sujetador.
—Todavía hay mucha ropa… —siseó él cogiendo celos de que ese
sujetador estuviera en contacto con su piel y no fueran sus manos o su boca los
que lo hicieran.
—Pues ya sabes lo que hacer, novato… —insinuó Fire.
Casey la miró. No le hacía falta más aliciente. Estaba deseando
desabrochar el sostén y llevarse a la boca sus pechos, acariciarlos con sus
manos, morder los pezones y lamerlos después para calmarlos. Y entonces
volver a empezar.
No tardó ni diez segundos en separar la espalda del asiento para alcanzar
con sus manos el broche y soltarlo, ni cinco en hacer que esa ropa dejara de
molestar y tuviera vía libre para acunar él mismo los pechos, sopesar su peso
y relamerse sin saber por cuál de ellos empezar a disfrutar.
Se acercó a uno y le dio un lametazo haciendo que su pezón vibrara con el
movimiento. Hizo lo mismo con el otro y aprovechó con los dedos de la otra
mano para seguir acariciando el otro pezón, para que este siguiera
erotizándose, endureciéndose más, haciendo que la recorrieran pequeñas
corrientes eléctricas que sabía provocarían un efecto mayor en una zona más
baja.
Mordió el pezón y escuchó el grito, entre sorprendido y jadeante, de Fire.
Y se sintió triunfador. Y se sintió ganador. Ella estaba ahí, con él. Lo había
escogido.
—Ten cuidado, novato —avisó Fire—. ¿Crees que me tienes a tu merced?
—añadió moviendo las caderas para frotarse con más fuerza contra su pene
haciendo que el contacto llegar a ser doloroso.
Aprovechó entonces para poner sus manos en el pecho de Casey y buscó
por encima de la ropa sus pezones, un poco erectos, pero lo suficiente para
que pudiera pellizcarlos.
—Fire… —susurró él cerrando los ojos y dejándose controlar por ella.
—No, no… sigue con lo que hacías, novato… —Fire retiró las manos y
las puso detrás de la espalda, apoyándolas sobre el volante para poder crear
un mejor ángulo para conectar su cuerpo con el de él.
Casey no la hizo esperar. Quería seguir degustándola, conseguir que su
calentura fuera mayor; que su excitación fuera tal que no pudiera contenerse,
que le pidiera follarla allí mismo.
Cerró los ojos y se dejó llevar por las emociones y sensaciones que se
estaban creando en el interior del vehículo, empañándose los cristales de su
propio aliento erótico que salía jadeante de sus cuerpos. Ya no sabía si iba a
explotar por la pasión que creaban los dos o por la necesidad de tenerla a ella,
de sentirla desde dentro.
En un momento dado, se asustó al verse catapultado hacia atrás cuando el
espaldar del asiento cedió y bajó hasta su máximo, hasta quedarse horizontal
por completo. Levantó la vista y la vio victoriosa, sonriente, pícara pues ella
había sido la causante de ello.
Notó las manos de Fire en su pantalón, abriéndole la cremallera,
buscando por dentro un pedazo de carne que palpitaba y que, en el momento en
que sintió los dedos de Fire, tembló haciéndole que su mente volara y se
anticipara a todo lo que podía ocurrir. Sus glúteos se tensaron cuando la mano
de ella se cerró en su pene y apretó lo suficiente para hacer que una gota de
líquido preseminal apareciera brillante en su glande. Esa mujer lo hechizaba
como nadie antes lo había hecho.
Empezó a acariciarlo, a juguetear con él, a enloquecerlo con lo que a sus
dedos se les ocurría hacer. Las risas que lo rodeaban hacía que quisiera
levantarse y besarla, pero cualquier amago de ello, era fácilmente reprimido.
Ella era quien tenía el poder, y él solo podía sucumbir a ella.
—Será mejor que vayamos a la casa o Camille y Paul empezarán a
preocuparse… —sugirió Fire a pesar de que no tenía ganas de moverse de
donde estaba. Ni dejar lo que estaba haciendo.
—Sí… Allí hay camas… —masculló él haciendo que Fire riera.
Los dos se recompusieron y salieron del coche dejándolo cerrado.
Mediante la cámara que había en el interior de ese “sótano”, vieron si podían
accionar la puerta y, una vez salieron y se cercioraron de que todo quedaba
oculto, comenzaron a caminar hacia el refugio.
Casey colocó su mano y la puerta lo reconoció de inmediato. Abrió
dejando paso a Fire quien entró. Se quedó parada al ver a Camille y Paul
pendientes de la televisión. Al verla entrar, el gesto de Camille la preocupó.
Se acercó a ellos y se giró hacia la pantalla para ver qué era lo que
habían visto para que el ambiente se hubiera tensado tanto. Ellos habían
llegado sanos y salvos, y estaban más que bien.
Y entonces lo vio. Reconocería ese edificio en cualquier parte, aunque en
ese momento estuviera en llamas y rodeado de una inmensa humareda negra.
Aunque estuviera medio destruido. Su empresa…
Capítulo 40
Déjame ser el instrumento de tu placer, ese que, con un roce tuyo, se
pone a tus pies.
inguno de los dos podía apartar la mirada de la televisión. En ella se
N veía el edificio de la casa de subastas en llamas, la gente saliendo
como podía, ayudando a otros a escapar antes de que hubiera más
derrumbes. Ni siquiera escuchaban al locutor hablar de lo sucedido,
solo podían leer una y otra vez los rótulos que aparecían: Bomba en la casa de
subastas Dilworld. Decenas de heridos y tres muertos provisionales.
Fire se había sentado con ayuda de Casey en uno de los sillones y su
cabeza se movía en señal negativa. No podía ser verdad lo que veía, tenía que
ser una broma, o una trampa…
—¿Cuándo ha ocurrido? —preguntó Casey a su hermana y su cuñado.
—Esta tarde. Sobre las siete y media —respondió Paul.
—Cuando más gente habría… —susurró ella. Empezó a parpadear y las
lágrimas siguieron su camino cuando lograron desbordarle los ojos.
Casey sintió que se le destrozaba el corazón. Para él verla de esa manera
lo abatía. Sentía rabia por la persona o personas que hubieran hecho eso. Sin
embargo, una mirada a Fire, apagaba cualquier ansia de venganza para querer
abrazarla y borrar la pena que ahora encogía su alma.
—¿Han dicho si ha sido un atentado?
—No… —comentó Camille—. Dicen que están investigando. La alarma
de incendios no sonó. Han hecho referencia a otra vez, hará unas semanas, en
que saltó.
—Sí, cuando escapamos de Greenblacht —afirmó Casey. Miró de nuevo a
la pantalla y a Fire. Entonces, apartó a un lado a su hermana y a Paul—. Voy a
llamar a mi compañero —les susurró para que Fire no se enterara—. Necesito
saber qué ha pasado.
—De acuerdo, nosotros vigilaremos a Fire. Voy a prepararle una tila —
dijo Camille yendo hacia la cocina.
—Yo me quedo con ella —asintió Paul.
Los tres miraron a Fire quien seguía pendiente de lo que aparecía en la
televisión. De vez en cuando cambiaba de canal para ver si decían algo
diferente. A pesar de ello, los datos seguían siendo escasos y eso no ayudaba a
que ella se sintiera mejor.
Ni a que lo hicieran los demás.
Casey se marchó hasta su habitación y cerró la puerta. Echó su cuerpo
sobre ella y miró al techo. Se sentía impotente ante lo que ocurría y solo
esperaba que los daños no fueran tan catastróficos como se veía en las
imágenes que emitían una y otra vez las cadenas de televisión.
Sacó su móvil y buscó su historial de llamadas hasta encontrar a Oliver.
Entonces esperó.
—Hola, Casey… —saludó, su voz apagada.
—¿Qué ha pasado? —preguntó él. No había tiempo para ser cortés.
Necesitaba saber lo que estaba ocurriendo allí de primera mano.
—Esto es un infierno, Case… —lo desalentó Oliver—. Hay muchos
heridos, algunos graves, y el edificio está muy tocado.
—¿Sabéis quién ha sido?
—Sospechamos de Daniel. No ha podido ser otro. Sin embargo, aún no
hay pruebas que lo incriminen. Todavía es pronto, el equipo forense está
trabajando junto con los bomberos. Hay gente dentro, Case, y fuegos activos.
Casey dio un puñetazo en la puerta.
—Tiene que haber sido él para que ella salga de su escondite.
—¿Cómo está? —preguntó.
—Mal, no se separa de la televisión. Mi hermana y su marido están con
ella. Ya te imaginarás, está viendo a miles de kilómetros que su empresa está
destruida y en llamas. Y por si eso no fuera poco, también estará lamentándose
por sus trabajadores.
—No la dejes sola ahora. No queremos que cometa ningún error —lo
avisó Oliver.
Casey cayó en la cuenta. Fire no iba a dejar las cosas así, no era de ese
tipo de personas. Temía que quisiera marcharse de ese refugio; tenía que
pedirle a Paul que bloqueara su permiso para abrir las puertas y abandonar la
casa. Era la única manera de evitar que hiciera alguna estupidez.
—No te preocupes por eso. Mantenme informado de todo, incluidos los
nombres de los heridos y los fallecidos. Fire querrá saberlo.
—En cuanto se organice todo lo haré. Ahora mismo esto es un caos. E
intuyo que la noche va a ser igual.
—Llámame con lo que sea.
—Sí. Vigila a Fire —se despidió Oliver.
Casey bajó el móvil sin desconectar la llamada. Ya esperaba que lo
hiciera Oliver. Ahora mismo se había quedado sin fuerzas. En su mente solo
había fija una imagen, la de Fire llorando.
Camille se acercó a Fire con una taza humeante. Había puesto dos bolsas
de tila para cargar la infusión y que le hiciera más efecto.
—Fire, tómate esto —le dijo acercándole una taza.
—No, gracias —rechazó ella—. No me entra nada.
—Por favor… Necesitas serenarte —insistió Camille.
Fire cogió la taza de las manos de Camille, se la llevó a la boca, sopló y
bebió un sorbo. Entonces la colocó en la mesa pequeña.
—Fire, deberías dejar de ver eso… —comentó Paul sentado en el sofá al
lado de Fire.
—No… Quiero saber si están bien.
—La televisión no te dirá lo que quieres saber. —Fire giró la cabeza
hacia Paul.
—Tienes razón —dijo levantándose y marchándose hacia el pasillo que
conducía a las habitaciones.
—¡Fire!, ¿dónde vas? —preguntó preocupada Camille siguiéndola.
Ella no se detuvo, siguió caminando y abrió la puerta de la habitación que
había usado como despacho. La cerró antes de que Camille llegara y echó la
llave.
Solo tenía que llamar a alguno de sus amigos para que le dieran el
número de teléfono de Daniel. Y entonces podría llamarlo…
El ruido de la puerta hizo que se girara hacia ella al tiempo que se abría.
Ella la había dejado cerrada con llave, ¿cómo era posible que alguien pudiera
abrirla en tan poco tiempo?
La figura de Paul apareció frente a ella, sin sonrisa, sin buscar una
empatía ante lo que estaba pasando.
—¿Crees que es buena idea? —preguntó Paul.
—¿Cómo has entrado?
—¿Crees que ponerte en contacto con él solucionará algo? —volvió a
preguntar Paul. Se había fijado en que tenía el móvil en la mano.
Fire no dijo nada. Su mente le daba la razón a Paul. Pero su corazón
estaba con la empresa, con esas familias que tenían hijos, hermanos, padres,
sobrinos, etc. heridos o muertos. Y ella no estaba allí para apoyarles
moralmente, para tender una mano amiga. Aún más, ella era la culpable de lo
que había pasado, de esas muertes, de cada rotura, torcedura, rasguño, y
moratón que se hubieran hecho. Ella.
Las lágrimas empezaron a caer por su mejilla y abrió la boca para coger
una bocanada de aire. Respiraba de manera entrecortada ante lo que era un
ataque de ansiedad. Fue Camille la que se acercó a ella y la rodeó en un
abrazo haciendo que saliera de la habitación y volviera al salón. Fue Paul el
que desconectó la televisión y le insistió en que se tomara la infusión.
Los dos estaban pendientes de Fire quien no había vuelto a pronunciar
una palabra. Tampoco se sentía con fuerzas de hacerlo. Su cabeza solo podía
pensar en las familias rotas que había en ese momento.
Escuchó los pasos de Casey y las lágrimas volvieron. Tenía que volver a
la ciudad, dar la cara para que Daniel no hiciera daño a nadie más. Sin
embargo, sabía perfectamente que a él no le iba a gustar eso.
—Fire… —Casey se había arrodillado a su lado y la llamaba. Le levantó
un poco el mentón para que lo mirara—. Fire, tranquilízate.
Ella se soltó del agarre y se mordió el labio inferior reprimiendo las
lágrimas.
—Ven aquí —dijo Casey abrazándola y haciendo que ella rompiera a
llorar. Sabía que lo necesitaba, y él quería ayudarla en ese duro momento.
Paul tocó a Camille y se levantaron del sofá para dejar a Casey y a Fire a
solas.
Casey se mantuvo en esa postura todo el tiempo que Fire necesitó para
desahogarse. No hubo una sola mueca de dolor por la incomodidad, ni
tampoco un intento de moverse. Solo cuando Fire se quiso separar de él,
Casey se sentó en el sofá junto a ella y le ofreció la taza, ya fría.
—Será mejor que la caliente —le dijo.
—No, da igual… —contestó ella con la voz algo ronca. Carraspeó al
notarse la garganta seca.
—He hablado con Oliver, aún no sabe nada. Ha quedado en llamarme.
—Vale… ¿No sabe quiénes estaban dentro? —preguntó Fire. Entonces
palideció—. ¡Sam y Armand! —exclamó volviendo a alterarse.
—Fire, tranquila. Respira…
Pero ella ya no escuchaba. Se había levantado y había alcanzado su móvil
en el que buscaba el teléfono de uno de los dos para ponerse en contacto. Las
manos le temblaban.
Cuando, después de quince toques, la llamada a Sam no dio frutos, volvió
a buscar en los contactos hasta localizar el de Armand. Sin embargo, a pesar
de insistir dos veces, tampoco se lo cogía.
—No puede haberles pasado nada… A ellos no… —sollozó Fire.
Casey se levantó y volvió a abrazarla.
—Estarán bien. Ya lo verás.
—¿Y por qué no me cogen el teléfono? —inquirió ella esperando una
explicación que hiciera que su inquietud desapareciera.
Casey se quedó callado. No tenía ninguna respuesta para esa pregunta y
todo lo que pudiera decir no eran más que palabras vacías pues no podía
aseverar nada. No en ese momento.
El teléfono comenzó a sonar y Fire se separó de golpe de Casey. Rogaba
porque fuese Sam la que llamaba. O Armand. Pero el nombre que leyó hizo
que sus esperanzas cayeran en saco roto.
—Hola, Michelle… ¿no es muy tarde para llamarme? —preguntó. En todo
el tiempo que llevaba escondida, la había llamado un par de veces, cuando se
sentía más agobiada con la boda, aunque siempre lo hacía a horas normales,
no en plena noche o casi de madrugada.
—Estamos en el hospital —respondió ella—. Sam está en observación.
Casey cogió al vuelo a Fire cuando le fallaron las piernas y se precipitó
al suelo. La llevó hasta el sillón y la sentó allí, él agachado frente a ella
vigilando su estado.
—¡Fire! —gritó él tratando de que reaccionara.
—Fire, está bien, ¡está bien! —exclamó Michelle rápidamente intuyendo
lo que podía pasar—. Armand la protegió y solo tiene unos rasguños, nada
más. ¿Fire?
—¿Seguro que está bien? ¿Y Armand? ¿Por qué no me han cogido el
teléfono?
—Están bien —afirmó un poco más alegre al ver que Fire le respondía—.
Los teléfonos los tienen en las bolsas que dan en el hospital y no los dejan
moverse de donde están. Bueno, a Armand ya le han regañado porque se fue de
su camilla y está en un sillón al lado de Sam. Cuando los oímos sonar,
pensamos en ti y por eso te llamo…
—Señorita, el teléfono… —murmuró otra voz.
—Sí, lo siento… —se disculpó Michelle—. Sam, voy afuera un momento,
¿vale? Fire, espera. —Escuchó los tacones de Michelle caminando ligera y
varias puertas abriéndose—. Ya, es que andan un poco alterados ahí dentro.
—¿Qué tiene Sam? ¿Y Armand?
—A ver, Sam tiene una contusión en la frente y una herida pero dicen que
no le quedará cicatriz. También tiene otra herida en la mano, esa es un poco
más grande y fea, pero nada más. Y Armand… él tiene unas costillas rotas y
algunos golpes. Es que protegió a Sam con su cuerpo —le explicó—. Eso sí,
los dos están bien, ¿vale?
—Diles que lo siento, que siento mucho lo que ha pasado… —La voz se
le quebró.
—Fire, tú no has hecho nada —dulcificó ella.
—Eso díselo a las familias que ahora están sufriendo, Michelle —ironizó
ella—. Esto es por mi culpa.
—Pues no, esto es culpa del cabrón que haya puesto la bomba. Tú no
puedes responsabilizarte de nada.
Escuchaba las palabras de Michelle pero no le servían para eliminar su
sentimiento de culpabilidad. Ella no habría colocado la bomba, pero sí había
provocado la colocación de ella.
—Bueno, tengo algo que contarte. Voy a aplazar la boda.
—¿Qué? ¡No! —exclamó ella.
—Fire, quiero que todas mis amigas compartan conmigo ese momento. Si
me faltas, no será igual. Necesito que estés aquí, que le digas unas cuantas
cosas a Chris para que sepa aguantarme.
—Michelle, llevas meses esperándolo…
—¿Y qué más da unos meses más? Papi no me va a echar de casa. Y si lo
hace me voy contigo.
—Ay, no, por Dios —soltó ella temiéndose lo peor. La risa de Michelle
hizo que ella se relajara—. ¿Has avisado ya?
—No, aún no. Pero lo haré.
—¿Hasta cuándo puedes avisar?
—Mmm… no sé, una semana antes o así. ¿Por?
—No hagas nada todavía. Quizá la bomba pueda ayudar a que detengan a
ese capullo.
—Ojalá, Fire.
También ella lo esperaba.
—Voy a entrar de nuevo, ¿vale? ¿Te quedas más tranquila?
—Sí… ¿Jordan también está?
—No, ella ya se fue a casa. Es que está un poquito malilla, ji, ji, ji.
La risilla pícara la extrañó.
—¿Qué le pasa?
—Nada, nada,… ya te enterarás… Chauuu
—¡Michelle! —gritó. A pesar de ello, el sonido de fondo que escuchaba
de ella se silenció cuando cortó la llamada.
Si ya de por sí estaba nerviosa, que le pasara algo a Jordan, la inquietaba
más. Aunque algo le decía que no era malo.
Se fijó en Casey y se echó en sus brazos. Necesitaba sentirse arropada,
que todo lo que había ocurrido se quedara fuera de su mente.
—Vamos a la cama, Fire… —le susurró él cogiéndola en brazos y
caminando hacia el dormitorio—. Necesitas descansar.
No quería descansar. Quería poder retroceder en el tiempo y ocuparse
ella misma de Daniel para que eso no hubiera ocurrido.
Fire se levantó de la cama con sumo cuidado de no despertar a Casey. Se
había dormido después de estar horas velándola y ella había esperado a que lo
hiciera para salir.
Andando de puntillas se dirigió hasta la salida del dormitorio. Cerró con
cuidado la puerta y, con el mismo sigilo, fue hasta otra habitación.
Una vez dentro, se sentó en el sillón y levantó la tapa del portátil que Paul
le había dejado utilizar. Llevaba usándolo desde que había llegado allí y se
había informado de cómo hacía para evitar el rastreo. Por eso, su mente estaba
decidida a hacerlo.
Una vez cargó por completo, abrió una ventana del navegador y esperó a
que saliera la página de inicio. Se fue a la barra de direcciones y escribió la
url de la página web. En cuestión de segundos le apareció lo que quería: el
club online.
Llevó el cursor hasta el botón de iniciar sesión y metió sus datos. El chat
general apareció de inmediato pero no era ahí donde quería ir. Lo minimizó y
fue hasta su bandeja de entrada donde tenía más de cincuenta correos
esperando ser leídos. Sus amigos le habían dicho que Daniel le había escrito,
a razón de un mail diario, a veces hasta dos, pero no había tenido necesidad de
verlos. Ahora, las cosas habían cambiado.
Empezó a hojearlos desechando aquellos que en ese momento no le
interesaban. Finalmente, abrió uno de hacía varias semanas, cuando todo se
torciera:
De: zalamero
Para: Lady Blue
Asunto: ¡¡¡HIJA DE PUTA!!!
Maldita seas… Voy a ir a por ti, Fire. Voy a hacerte pagar lo que has
intentado hacerme. ¿Desde cuándo llevas mintiéndome? ¡HIJA DE PUTA!
No voy a parar hasta encontrarte y, cuando lo haga, vas a sufrir lo que
me has hecho. Nadie se ríe de mí y tú lo has hecho. ¡DARÉ CONTIGO Y ME
LO PAGARÁS CARO!
Ese mensaje contenía una rabia inmensa. Ella misma había temblado al
leer ciertas partes del correo. Podía intuir la sed de venganza y el sentimiento
de traición.
Siguió con otro, al azar, de hacía dos semanas:
De: zalamero
Para: Lady Blue
Asunto: ¿Dónde estás?
¿Dónde te has metido? Fire, esto no puede quedarse así, no puedes
dejarme así. Por favor, tenemos que hablar…
Déjame explicarte. Tienes que entenderlo. Seguramente la policía te ha
metido ideas que no son, pero yo puedo demostrarte que no es cierto. Fire,
no soy malo, ellos nunca tienen pruebas contra mí, por favor, dime dónde
estás.
¡MALDITA SEA! Esto no puede quedar así. No podemos tirar por la
borda lo nuestro, Fire.
Volvamos a lo que teníamos, los dos. Solos. Por favor…
Fire se estremeció. El tono de desespero de Daniel le había puesto el
vello de punta. ¿Realmente la estaba perdonando después de haber participado
con la policía para tenderle una trampa? ¿Tan obsesionado estaba con ella que
rozaba la psicopatía?
Por último, abrió el más moderno de ellos, de esa misma mañana, y
mucho más largo que los anteriores:
De: zalamero
Para: Lady Blue
Asunto: Eres mía…
No sé si, donde quiera que estés, te dejarán leer los mensajes. O te los
darán para que veas que sigo acordándome de ti.
No voy a parar hasta encontrarte porque tú y yo tenemos que hablar.
Por eso, haré todo lo que haga falta para que salgas, para que tú misma
quieras encontrarte conmigo.
Hace falta aclarar las cosas. Seguro que te han confundido, que no
sabes todo lo que debes. Por eso me traicionaste. Entiendo tus razones, y he
decidido perdonarte. Solo debemos hablar, dejar que te cuente yo mismo y
retomar lo que teníamos tú y yo, sin terceros metiéndose en medio y minando
nuestra relación. Porque eres mía… Mi Ama…
Cuando lo sepas todo, volverás a confiar en mí, estoy seguro.
Quiero verte, Fire… Quiero tenerte cara a cara y disfrutarte. Y lo voy a
conseguir. Tarde o temprano, te encontraré.
De todos los mensajes, ese era el que más miedo daba. Estaba tranquilo,
sosegado, y determinado a conseguir un fin. Ya no había rabia en sus palabras,
sino osadía. Y alguien con una convicción tan fuerte como él había explicado,
era peligroso.
Fire abrió un mensaje nuevo y rellenó los datos. Finalmente, empezó a
escribir:
De: Lady Blue
Para: zalamero
Asunto: Eres un cobarde cabrón. Si me quieres, ven a por mí
¿De verdad hacía falta eso, Daniel? ¿Hacía falta poner una bomba en
mi empresa para herir y matar a los que yo quiero? ¿Esa es la persona con
la que yo he estado?
Eres un capullo, un cobarde que no tiene otra forma de encontrarme
que haciéndome salir. ¿Qué te habían hecho esas mujeres y hombres? Ni
siquiera te vieron disparándonos ese día en la empresa.
Yo no soy tu Ama, y tú no mereces ser mi sumiso. Porque no lo eres. Solo
quieres perder el control un rato para sentir que otra persona te quiere, que
se ocupa de ti. Tú no eres capaz de dar esa entrega, de confiar en la otra
persona. Nunca lo has hecho. Por eso siempre cambiabas el lugar donde
quedábamos, por eso siempre me mostrabas que tú tenías poder.
Ahora lo único que has conseguido es que te repudie más. Has hecho
daño a los que quería y no voy a detenerme hasta que des con tus huesos en
la cárcel y que esas mujeres a las que secuestras vuelvan a sus vidas.
Si me quieres, ven a por mí, pero no seas un cobarde y ataques a otros
para que ellos hagan tu trabajo. No voy a huir más, búscame. Y entonces te
demostraré de la calaña que estás hecho.
Fire levantó la mirada de la pantalla y se sorprendió al ver allí a Casey.
¿Cuándo había entrado en la habitación?
—Jonathan me avisó —le explicó Casey al ver que lo miraba.
Tomó aire y lo exhaló despacio. No se arrepentía de lo que había hecho, y
no le importaba lo que le dijera él. Había sido su decisión hacerlo.
—No voy a pedir perdón por lo que he hecho —dijo ella levantándose del
asiento y apartándose de la mesa para volver al dormitorio.
Casey atrapó la muñeca de Fire y la obligó a girarse para mirarla.
—Ni yo te voy a pedir que te disculpes por ello. Te he visto derramar
lágrimas escribiendo ese mensaje, escribir cada palabra dotándola de la rabia,
la impotencia, el dolor y la desesperación que tú estás viviendo. No sé lo que
le habrás puesto, pero si a ti te ha servido para levantarte de nuevo y renacer
como la luchadora nata que eres, no voy a ser yo quien censure tu
comportamiento.
Fire lo miró a los ojos. La palabras de él la habían cautivado, esa
confianza ciega que le tenía. Él no podía saber lo que había escrito, y, sin
embargo, le daba igual porque consideraba que ella había obrado bien. Porque
había sentido que esa mujer dominante volvía de nuevo.
Lo besó con pasión, con dulzura, con agradecimiento, un beso agridulce
por las lágrimas. Pero un beso verdadero.
Días después
Casey entró como una exhalación en la casa y caminó rápido hacia la
habitación donde estaba Fire. Abrió la puerta de golpe haciendo que se
asustara.
—¡Lo tienen! —exclamó con una sonrisa en los labios.
A Fire no le hacían falta más explicaciones para saber de quién estaba
hablando.
Por fin lo he encontrado…
Es él…
Capítulo 41
Entrégame tu voluntad y sacia mi autoridad. Otórgame tu sumisión
para alcanzar mi satisfacción.
l rostro de Fire se fue iluminando, primero, por sus ojos, más abiertos y
E brillantes. Después, por los pómulos que iban resaltando más conforme
la sonrisa iba creciendo en sus labios. Empezó a respirar más agitada y
se levantó de la silla hacia Casey, quien tenía la misma alegría que ella
en esos momentos.
—¿De verdad? —consiguió articular Fire—. ¿Tienen a Daniel?
—¡Sí! Dios, el mensaje que le enviaste por el club, ¿te acuerdas? —Fire
asintió con rapidez—. Te respondió, varias veces. Al principio, no decía nada
pero después se fue de la lengua. Dijo cosas que solo la persona que había
encargado colocarla podía saber. No solo de la bomba, también se ha referido
a algunas de las mujeres desaparecidas. Y no solo eso, tanto las
investigaciones que llevamos a cabo en esos meses como Jonathan y Joseph
manteniendo un ojo sobre la red, han conseguido sacar más pruebas.
Fire saltó a los brazos de Casey y se sujetó a su cuello. Por su parte, él
empezó a dar vueltas con ella haciendo que se elevara en el aire y la hiciera
reír. La abrazó con fuerza para evitar que se separara de él y fue frenando
hasta que se detuvieron los dos. La miró a los ojos, colmados de lágrimas, y la
besó colocando una de sus manos en la mandíbula de ella.
Habían pasado varios días desde la bomba en Dilworld. Los canales ya
se habían olvidado de la noticia y no hacían referencia alguna a lo sucedido, ni
a lo que estaba pasando. Fire había conseguido, junto a Oliver y Jonathan,
ponerse en contacto con los familiares y disculparse con todos y cada uno de
ellos, así como ocuparse de los gastos médicos de sus trabajadores.
No había podido estar presente en los entierros de los fallecidos, pero sí
su padre. Tras ver lo que había pasado, él se había personado en la ciudad y
hecho cargo de la situación como representante de ella. Se había ocupado de
todo e incluso en esos momentos se encargaba de, junto con los peritos de los
seguros, valorar el siniestro y proceder a levantar de nuevo la empresa.
Por su parte, Camille y Paul habían vuelto a su hogar con los niños. Casey
se había encargado de que tuvieran vigilancia a través del capitán Calfer quien
había mediado con la policía del estado. No había sido una despedida muy
agradable pues los niños se aferraron a Casey y a Fire y se marcharon
llorando por no poder quedarse más tiempo. Le daba la razón a Casey, esos
pequeños eran joyas que había que cuidar y que se hacían un hueco en el
corazón de cualquier persona.
—Se acabó… Oliver va a detenerlo.
—¿Cuándo?
—Hoy mismo, están esperando la orden del juez para marchar hacia su
casa.
—¿Podemos volver?
—En cuanto Oliver nos diga que no hay posibilidad de que salga de la
cárcel, sí.
—Quiero verlo —murmuró seria Fire—. Quiero ir a la cárcel y hablar
con él, Case.
—Lo suponía. No voy a impedírtelo. Porque yo estaré al otro lado de la
puerta —contestó él—. Pero una vez lo veas, volveremos a desaparecer. No
quiero darle la oportunidad de que pueda ordenar que te maten mientras está
en la cárcel. Recuerda que eres una testigo clave.
Fire volvió a abrazarlo. Estaba feliz. Se había acabado por fin todo.
Ahora solo quedaba testificar en el juicio y se acabaría. Por fin.
Se separó de golpe de él.
—¡La boda! —exclamó.
Casey sonrió. Fire había querido que la boda siguiera adelante y había
mentido a Michelle para que pensara que iría. Junto a Sam, le habían dicho
que las investigaciones estaban dando su fruto y que, seguramente, para ese
día, podría estar presente. Aunque no había sido la verdad, ese día, el día de
su matrimonio, se había cumplido.
Michelle se casaba por la tarde. Y Fire había quedado en estar en el
convite. Ya se encargarían sus amigas de desvelar la pequeña mentira que ella
le había dicho. Solo esperaba que la perdonara después de pasarse una
estupenda luna de miel con su marido.
—Tienes media hora para vestirte —le dijo Casey.
—Pero estamos a miles de kilómetros…. —razonó ella. Habían tardado
días en llegar hasta el refugio, ¿cómo iban a tardar menos ese día?
—La boda se celebra en Nueva York… —desveló Casey.
—¿Qué? —Lo miró—. ¿Qué me he perdido? —acusó a Casey con una
mirada amenazadora.
—Sabía que, si había una mínima posibilidad de que pudieras asistir, esa
sería estando fuera de la ciudad y lo bastante cerca para nosotros. Así,
podíamos desplazarnos y acudir. Michelle ha sabido en todo momento la
verdad, Fire.
»Hablaron con el párroco y este movió sus hilos para que pudiera
trasladarse toda la boda. Créeme que aún no sé como ha podido Michelle
hacerlo. Se va a celebrar en Lyndhurst Castle. De eso se hizo cargo Chris por
lo que sé. Y aunque supuso mucho trabajo para avisar a los invitados, Jordan y
Sam se las han arreglado bien. También han tenido ayuda de Armand, Jonathan
y Joseph.
—Lo habéis urdido todo en secreto… —reafirmó ella. No tenía palabras
para lo que le estaba contando Casey—. Sois… —Fire lo besó. Jamás nadie
había hecho tantas cosas como él.
—Venga, o llegaremos tarde.
—Pero, ¿qué me pongo? No tengo nada para la boda.
—Está todo arreglado. Sam tiene tu vestido. Y Armand el mío. Nos
reuniremos con ellos y podrás cambiarte en el castillo. —Al ver que no se
movía, Casey habló—: Vamos, date prisa. Tenemos que llegar a tiempo, se
casa a las ocho.
Fire respingó, volvió a abrazarlo, a besarlo, y salió corriendo a la
habitación. Por fin podía comenzar a recuperar su vida.
—¡Fire! —gritó Sam cuando vio que se bajaba del coche. Estaba fuera
preparando los bancos de la ceremonia y se había quedado pendiente para
recibir a los invitados.
—¡Sam! —exclamó Fire al reconocerla.
Las dos echaron a correr y se unieron en un gran abrazo. Era como si
ambas quisieran coger las penas que la otra había sufrido y llevárselas.
—¿Cómo estás? —preguntó Fire separándose y mirándola de arriba abajo
para cerciorarse de que lo que le habían dicho realmente era cierto, que no
tenía ninguna herida grave.
—Bien, Fire, de verdad. Qué alegría que estés aquí… —Volvió a
abrazarla—. Michelle se pondrá muy contenta. Y Jordan… Ay, Jordan tiene
algo que contarte…
—¿Que está embarazada? —soltó ella haciendo que Sam se apartara con
cara de sorpresa.
—¿Quién te lo ha dicho? —preguntó.
—Nadie —respondió sonriente.
—¿Entonces cómo lo sabes?
—Porque mis amigas no saben que puedo leer entre las frases que soltáis.
Y a Michelle se le da muy mal dejar caer las cosas. Se las pilla al vuelo.
Rieron. Se miraron. Sonrieron. Suspiraron. Por fin había acabado todo.
Por fin podían volver a estar juntas las cuatro.
—Hola, Sam —saludó Casey.
—¡Casey! —Se fue directa a él y lo pilló por sorpresa al echarle los
brazos de esa manera tan efusiva.
Casey retrocedió una pierna para apoyarla y sujetar a Sam mientras la
cogía de la cintura con el objetivo de sostenerla.
—Gracias por estar con Fire —le susurró ella—. Gracias por ayudar a
nuestra amiga.
—De nada —correspondió él dándole un abrazo.
—¿Es hora de abrazos? —preguntó otra persona.
Fire se volvió y vio a Armand acercándose a ellos.
—¡Armand! —exclamó yendo hacia él para abrazarle. Pero cuando lo
hacía, escuchó el siseo de él y se retiró de inmediato.
—Los médicos dicen que la costilla tardará un poco en curar del todo…
—comentó riendo—. Pero créeme que, por ese abrazo, bien vale la pena el
dolor. Aunque esta vez sea yo quien lo haya recibido —añadió susurrando
para que otros no escucharan esa referencia.
Fire se echó a reír.
Sam y Casey se acercaron a ellos y Casey saludó a Armand con un
apretón de manos mientras que ellas se quedaban a un lado.
—¿Puedo ayudar, Sam? —preguntó Fire—. Estabas colocando lazos en
los bancos.
—No te preocupes, lo tenemos todo coordinado. Será mejor que vayas
dentro. Seguro que te encuentras a Michelle o a Jordan por ahí. Ah, y pregunta
en recepción por tu habitación.
—¿Mi habitación?
—¡Claro! ¿Casey no te lo ha dicho? Os quedáis a dormir.
Fire se dio la vuelta preguntándole con la mirada a Casey.
—No era seguro. Pero con la confirmación de Oliver de que va a
detenerlo, podemos quedarnos aquí si tú quieres. O irnos, no estamos muy
lejos.
—Ah, ni hablar. Esta noche es nuestra —dijo Sam cogiendo a Fire del
cuello.
—Usted perdone —se disculpó Casey levantando las manos en señal de
rendición. Reía.
—Anda, ven, que voy a llevarte dentro. Seguro que las otras se van a
alegrar cuando te vean.
Fire se volvió hacia el castillo. Realmente era impresionante, como todo
el conjunto. Mientras llegaban en el coche había visto que tenía una
localización de ensueño, rodeado de un bosque impresionante y casi oculto de
miradas indiscretas. ¿Lo habían escogido también pensando en ella?
El edificio en sí era muy hermoso. Según le había contado Casey, había
sido construido en el siglo XIX con un estilo gótico que bien podía simular el
castillo de un cuento de hadas. Sin embargo, no se lo había imaginado de esa
forma. En él, las escenas románticas, junto con el paisaje natural, no se hacían
esperar, sucedían a cada paso, como si en ese lugar hubiera otra atmósfera,
una idónea para una boda.
Habían habilitado parte del jardín para la ceremonia y estaban levantando
una pérgola y adornándola con flores y telas blancas. A su lado, había
dispuestos varios bancos en los que había estado trabajando Sam.
Conforme se acercaban a la puerta, se dio cuenta que había mucho
personal de un lado para otro, corriendo para dejarlo todo dispuesto para la
boda.
—¿Seguro que no necesitáis ayuda? Parece que se echa el tiempo encima.
—Ah, no. Eso es porque Michelle ha cambiado de opinión a última hora y
en el castillo han accedido a sus peticiones —respondió Sam.
Abrió la puerta para que Fire entrara y, al hacerlo, se encontró con la
imagen de Michelle, de espaldas a ella, hablando con un hombre.
—¡Me da igual lo que haya que hacer! ¡Quiero rosas rojas y no blancas!
—gritaba como si hubiera cogido una pataleta.
—¿Otro cambio de última hora, Michelle? —intervino.
Michelle se giró por completo para ver quién se atrevía a decirle nada y
enmudeció al ver a Fire. Entonces, echó a correr hacia ella.
—¡Fire! —gritó.
Fire levantó el brazo deteniendo el avance de su amiga.
—Lo primero que vas a hacer es disculparte con ese hombre por cómo lo
has tratado. Y lo segundo, me vas a decir a qué viene ese cambio repentino
por…
Michelle no le dio tiempo a decir nada más, esquivó el brazo de Fire y la
abrazó con fuerza mientras se echaba a llorar.
—Ahora todo va a salir bien —susurró.
Fire la rodeó con sus brazos y mesó el cabello.
—Tonta. Va a salir todo bien, esté o no esté yo aquí porque los que de
verdad importáis sois Chris y tú. —La separó de ella y vio que el maquillaje
se le había corrido—. Será mejor que dejes de llorar, o la maquilladora tendrá
que hacer horas extras.
Eso hizo que Michelle riera.
—Disculpe… He hablado con el jardinero. Podemos colocar unos ramos
de rosas rojas pero no habría suficientes… —comentó el encargado a
Michelle.
—Perdóneme a mí. Soy una novia histérica —pidió perdón Michelle.
—No se preocupe, estamos acostumbrados —dijo con una sonrisa cortés.
Fire dudaba que se hubieran enfrentado alguna vez a una novia como
Michelle.
—¿Colocamos las rosas rojas como usted quería?
—No, no se molesten —respondió Fire por ella—. Sigan con las rosas
blancas, los ramos han quedado preciosos y a ella le gustan, ¿verdad,
Michelle?
—Sí… Ya no importa nada. —Volvió a abrazarla. Menos mal que
quedaban solo unas horas para que fuera Chris quien tuviera que aguantarla las
veinticuatro horas… Aunque quizá debía advertirle antes, no fuera que su
matrimonio durara solo un suspiro—. ¡Te enseñaré vuestra habitación! —
exclamó ella tirando de Fire hacia un pasillo.
—¿Vuestra?
—¡Claro! De Casey y tuya. ¿Para qué iba a reservar dos habitaciones?
Fire rió. Ella, que no quería irse a vivir con Chris ni tampoco mantener
relaciones con él, se tomaba las libertades con sus amigas. Era un caso.
Se dejó llevar por su amiga hasta la habitación y se quedó sin palabras al
ver las vistas que tenía. Era una preciosidad de dormitorio, con una cama
inmensa, incluso con dosel, un cuarto de baño con una bañera grande,
suficiente para dos personas, y espacio más que suficiente para no agobiarse
al tener la cama en el centro.
—¿Te gusta? —preguntó Michelle.
—Es preciosa, Michelle. Pero, ¿y si no hubiera podido venir?
—Casey me prometió que te traería aunque solo pudieras estar media
hora. Quería que al menos disfrutaras de mi boda y esto también es parte de
ella.
Fire suspiró.
—Gracias, Michelle.
—Ahora te dejo. Me van a peinar, tengo que avisar para que me pinten de
nuevo y no quiero que Chris me vea paseándome por ahí, ¿sabes que desde
hace tres semanas no nos vemos? Ji, ji, ji.
Fire puso los ojos en blanco. Sus teorías para que el matrimonio
funcionara seguían su curso.
—Venga, en cuanto esté lista iré a verte.
—¡Sí! Ah, y pide algo de comer, os lo subirán a la habitación.
Asintió mientras veía cerrar la puerta. Cogió su móvil y mandó un wasap
a Casey. Seguro que no sabía dónde se había metido y estaría preocupado por
ella.
Diez minutos después, Casey tocó en la puerta y Fire le abrió con una
zanahoria en la mano. Había pedido algo de comer para apaciguar el estómago
y estaba degustando la ensalada que le habían llevado.
—¿Comiendo
sin mí? —insinuó Casey. La miró y observó que ya se había
duchado pues llevaba un albornoz.
—El
postre lo suelo reservar para lo último —contestó Fire echándole los
brazos al cuello y besándolo—. Aunque hay veces que suelo pasar
directamente a él.
—¿Veces como esta? —Casey la cogió de la cintura y se acercó más a
ella.
—Pudiera ser…
Casey se inclinó sobre ella y mordió un trozo de la zanahoria
sorprendiendo con ello a Fire quien lo miró alzando las cejas.
—Yo también tengo hambre.
—¿Y
eso te da derecho a quitarme la comida? —inquirió ella intentando
demostrar enojo. Una sonrisa sádica apareció en su rostro—. Desnúdate —le
ordenó.
—Fire…
—Shhh…no quiero escucharte, quiero sentirte. Y no quiero hacerlo con
mis oídos, sino con mis manos y mis ojos. Desnúdate, novato —repitió ella
haciéndole entender quién llevaba el poder en ese momento.
—Fire, tienes que arreglarte y… —Ella lo silenció con un beso, uno que
auguraba un placer mayor, que lo dejaba con déficit de ella—. De acuerdo…
—cedió finalmente buscando sus labios de nuevo.
No podía resistirse a ella. Cada vez que lo tocaba, su cuerpo reaccionaba
buscando más, queriendo más. Y cuando utilizaba la dominación, saber que
podía dejarse llevar para deleitarse en lo que le provocaba, lo volvía adicto.
Con ese beso, lo llevó más al centro de la habitación y se retiró. Cogió
una silla y se sentó en ella, una de sus piernas apoyada en el propio asiento.
—Estoy esperando que te desnudes —le recordó Fire pues no se había
olvidado de la orden que le había dado.
Casey la miró torciendo la sonrisa pero, finalmente, agarró la camiseta y
se la sacó por la cabeza con rapidez. Se descalzó los zapatos pisándoselos con
el otro pie y los apartó de su espacio. Finalmente, se desabrochó el pantalón y,
junto con los calzoncillos, los bajó hasta el suelo donde sacó los pies de los
huecos.
—¿No hay estriptis para mí? —preguntó decepcionada ella.
—¿Túcrees que estando así… —se señaló su pene, ya erecto y sensible
—… puedo alargar más las cosas?
Fire rió.
—Tú no… pero yo sí. Ponte a cuatro patas. —Casey frunció el ceño—.
Hazlo, y ven así a mí…
Casey se resistió. Le había venido a la mente la imagen de plebeyo
transformado en perro y no quería que ella le hiciera lo mismo.
—Case… ven… —la forma que lo tentaba hizo que se arrodillara y,
finalmente, pusiera las manos en el suelo para, en cuestión de dos pasos, estar
al lado de la pierna de Fire—. Ámame…
No hacía falta que le diera instrucciones. Él sabía lo que hacer, lo que él
quería hacer. Cogió la pierna y la levantó lo suficiente para empezar a lamerla,
a meterle los dedos provocando un gemido de ella. Con la lengua siguió un
camino hacia el muslo mientras sus manos se ocupaban del resto de piel que
no podía abarcar con su sinhueso.
Cuando llegó a la rodilla, hizo algunos movimientos circulares que
estremecieron a Fire y la volvieron loca, sobre todo cuando las manos de
Casey le rozaron por detrás de esa zona haciéndole cosquillas.
Casey giró un poco la cabeza para seguir lamiendo por la parte interna de
los muslos hacia un lugar más sensible, más húmedo, más placentero. Y ella no
se lo prohibió, al contrario, abrió más la pierna para que pudiera tener un
mejor acceso.
—Dios, Fire… —gruñó él al ver que su objetivo estaba exento de ropa
interior—. ¿Has abierto así la puerta cuando han traído la comida?
—No… Abrí en ropa interior —le contestó ella haciendo que Casey
levantara la cabeza para cerciorarse de que hablaba en serio.
—¿Y qué dijo?
Fire se echó a reír.
—¿Crees que fue capaz de decir algo? El pobre se fue empalmado y ni
esperó por propina… Creo que se dio por bien pagado.
Casey le rozó los labios mayores con los dedos, haciendo que gimiera.
Jadeó al notar cómo los abría y el aire fresco la estimulaba. Empujó su trasero
hacia fuera dejando un mejor acceso a esa parte de ella.
—Cómeme, novato… —le pidió.
—Sí, Señora… —contestó él.
Fire acercó su mano al mentón de él e hizo que se incorporara hasta
quedar casi a su altura.
—Señora, no…
—Ama… —terminó él por ella.
Fire atrapó sus labios en un beso al que pronto se unieron las lenguas.
Ella mordía de vez en cuando provocando pequeños jadeos y gemidos. A
pesar de ese dolor, él buscaba más después. Y ella le daba el placer envuelto
en esas píldoras de dolor.
Se separó de él y, con la mano colocada en la cabeza, lo guió hasta su
sexo. No hizo falta decirle lo que tenía que hacer; en el momento en que estuvo
lo bastante cerca para rozarla, empezó a acariciarla con la lengua. El jadeo de
Fire le indicaba si lo hacía bien, o si tenía que cambiar.
También la mano de ella le ayudaba a saber pues, cuando quería aumentar
la sensación, apretaba su cabeza contra su sexo, haciendo que lo degustara,
saboreando los jugos que salían de ella. Introdujo uno de sus dedos en la
vagina y empezó a jugar con ella escuchando la humedad que había dentro,
sacándola fuera para empaparse de ella. Mientras, su lengua se ocupaba del
clítoris, más hinchado y sensible que de costumbre.
Con los labios, succionó hacia su boca esa pequeña perla, y la atormentó
con los dientes y la lengua, con la presión y la liberación. La estaba volviendo
loca aunque no era la única; también él empezaba a tener dificultades para
contenerse.
—Ven, novato… —Escuchó.
Alzó la cara y vio deseo en la de Fire. Se levantó y rozó con su pene a
Fire quien lo atrapó con su mano y lo llevó hasta su entrada. Casey se quedó
mirando embobado cómo ella lo acariciaba con sus uñas, sin hacerle daño,
pero al mismo tiempo haciendo que sus venas palpitaran más rápido y fueran
más visibles.
—¿A qué esperas? —le preguntó ella moviendo el pene de Casey para
frotarse con él.
No le hizo falta nada más. En cuanto notó que estaba bien colocado,
embistió con fuerza sujetándose a la pierna que tenía levantada Fire y al
espaldar de la silla, encerrándola entre ese mueble y él. Empezó a entrar y
salir, cada vez con más rapidez, cada vez con mayor ahínco, con necesidad de
frotarse dentro y enloquecerla.
Fue consciente de su orgasmo y se mantuvo quieto disfrutando de los
espasmos que tenía en los músculos vaginales. Mas cuando estos remitieron,
él volvió a la carga para alargar el momento, para que el clímax se repitiera y
se hiciera continuo.
La levantó y cogió en volandas ocupándose él de entrar y salir, de
sostenerla y darle el placer que le había pedido. Pero también el que él quería.
Notó sus manos en los hombros, las uñas clavándosele, y siseó por la
sensación que el dolor le provocaba. La tumbó en la cama y, con su ayuda,
fueron subiendo hasta el cabecero, embistiéndola con fuerza y haciendo que
ese impulso la ayudara a subir más. Y siguió embistiendo. Y siguió dándole
orgasmos. Porque esa era la orden que ella le había pedido.
Fire se abrazó a él en uno de los últimos orgasmos.
—Córrete… —le susurró sin apenas aliento.
Y aunque sabía que no se lo había prohibido, como si de una orden se
tratara, Casey notó cómo le sobrevenía su propio orgasmo. Gritó incapaz de
silenciarse y notó en el contacto con Fire que sonreía. ¿Cómo lo había hecho?
No lo sabía, pero había sido capaz de controlar su orgasmo durante todo ese
tiempo.
Cayó sobre ella buscando a bocanadas aire para sus pulmones. Había
sido una experiencia increíble y, aunque en ese momento no iba a poder
repetirlo, quería hacerlo en cuanto pudiera.
—¿Cómo lo has hecho? —balbuceó él, apenas sin fuerzas.
—Yo soy tu Ama. Yo te digo cuándo correrte —contestó ella mesándole el
cabello—. ¿Tienes hambre ahora?
Casey levantó un poco la cabeza para mirarla.
—De ti…
Fire sonrió.
—Así me gusta, novato…
—¿El señor Reindman? —preguntó un camarero en la mesa donde
estaban.
—Soy yo —contestó Casey.
—Tiene una llamada en recepción, señor.
Estaba disfrutando de la celebración de la boda. Habían conseguido estar
a la hora acordada sentados en los bancos del jardín para ver entrar a
Michelle de brazos de su padre y a Chris, su prometido. Habían disfrutado con
esos momentos únicos de toda una boda y, después, de un convite digno de un
rey.
Casey se levantó inquieto. Buscó entre la gente a Fire y la vio bailando
con sus amigas. Si ella no era, ¿quién lo llamaba?
Mientras avanzaba hacia el interior del castillo, echó mano a su móvil y
cayó en la cuenta que no lo había cogido. Al ir tarde a la boda, se lo había
dejado en el pantalón que llevaba. Echó a correr.
—Soy Reindman, me han dicho que tengo una llamada —dijo nada más
abordar a la joven que estaba en recepción.
—Sí, señor. Se la paso a ese teléfono.
—Gracias.
Caminó hacia él y descolgó.
—¿Sí?
—¡Case, salid de ahí! —gritó Oliver.
—¿Oliver?
—¡Daniel no está aquí! ¡Salid de la boda y volved al refugio, Case!, ¡irá a
por ella!
Casey no se detuvo en colgar el teléfono, lo soltó dejando que el cable
que unía al teléfono quedara suspendido en el aire. El simple hecho de que su
compañero no supiera dónde estaba Greenblacht era motivo suficiente para
salir de allí y volver al único sitio donde podían estar seguros. Corrió hasta
donde se celebraba la boda y agarró a Fire.
—¿Case?
—Hay que irse, rápido. —Sus palabras denotaban urgencia.
—¿Qué pasa?
—Daniel no está en su casa. Hay que volver al refugio —contestó tirando
de ella.
—¿Qué? ¿Dónde está?
—No lo sé, pero no voy a ponerle las cosas fáciles.
Casey echó a correr obligando a Fire a hacer lo mismo, a pesar de los
tacones y del vestido que llevaba. Ni siquiera subieron a la habitación a
recoger sus cosas, enfilaron hacia los coches.
—Ese, deprisa —le señaló al aparcacoches que guardaba las llaves de
todos los vehículos que había aparcados.
—Aquí tiene —le ofreció las llaves.
—Gracias.
Ambos se montaron en el coche y Casey arrancó con rapidez. Tenía un
mal presentimiento y sabía que, hasta que no llegara al refugio, no iba a poder
quitárselo de encima.
—Case, vas muy rápido… —le comentó Fire cinco minutos después de
salir.
—No te preocupes. Tengo que ponerte a salvo.
Fire puso la mano sobre la de Casey, aferrada al volante con fuerza. En
ese momento, las luces largas de un coche los deslumbró a ambos.
Casey pitó para avisar al conductor de su imprudencia pero, cuando
observó en el espejo retrovisor que el vehículo giraba para ir tras ellos,
aceleró.
—Case… —se asustó Fire.
—Agárrate —le dijo Casey pisando el acelerador.
Fire miró al coche que los seguía. Mantenía las luces largas con lo que
era imposible ver al conductor o pasajeros. Sin embargo, no hacía falta verlos,
podía intuir quiénes eran. De repente, el coche apagó las luces y desapareció
de su vista.
—¡Mierda! —exclamó él mirando por el espejo.
Unas luces fuertes se encendieron por delante ocupando el carril por el
que ellos iban. Lo mismo ocurrió por detrás, reapareciendo el coche que los
perseguía.
—¡CASE! —gritó Fire al ver que ambos vehículos iban a embestirlos.
Pegó un volantazo para esquivarlo pero el otro coche que les perseguía
aumentó la velocidad y les golpeó por detrás haciendo que Casey perdiera el
control. El coche dio una vuelta de campana y parte de otra hasta que dejó de
moverse. Y todo se nubló.
Escuchaba los pasos de varias personas acercándose pero no tenía
fuerzas para levantar los párpados y ver quién era. Sus brazos y piernas
apenas le respondían y solo el cinturón de seguridad lo mantenía sujeto. Su
consciencia iba y venía, pues los pasos se escuchaban, unas veces lejos, y
otras muy cerca.
—Cogedla —dijo una voz.
Quería gritar, hablar, decir algo, pero no podía. Solo era un mero
espectador de lo que estaba pasando.
Capítulo 42
No te olvides de ese fuego con el que incendio tu cuerpo. No te olvides
de la persona que sabe apaciguar las llamas de tu deseo.
a respiración fue aumentando conforme dejaba el sueño y la consciencia
L iba reemplazándolo. Notaba dolor en todo su cuerpo y la pesadilla que
había tenido no parecía querer abandonarle. Era como si todo en él se
resistiera a abandonar ese lugar de calma y tranquilidad y no quisiera
despertar. A pesar de todo, los ojos de Casey se abrieron y se quejó por la luz
que llegaba de las ventanas de la habitación.
—¿Casey? ¿Estás despierto? —preguntó una voz que le era muy familiar.
—¿Camille? —tanteó sin poder abrir los ojos para cerciorarse de que su
hermana estaba allí realmente.
—Sí… Voy a avisar a los médicos.
¿Los médicos? Empezó a pensar, a intentar recordar los últimos instantes,
los últimos recuerdos que tenía. Y entonces le llegaron todos ellos como una
bola de billar que impacta con las demás. Recordó la salida precipitada de la
boda, los coches. Y el accidente.
—¡Fire! —exclamó intentando levantarse. Las máquinas que tenía
conectadas empezaron a pitar. Se arrancó la vía y apartó las sábanas de la
cama.
—¡Casey! ¿Qué haces? —le reprendió su hermana—. Estate quieto,
¿dónde vas?
—¿Dónde está Fire? —preguntó mirándola directamente—. Camille,
¿dónde está? —repitió.
Su hermana sollozó y las lágrimas cayeron por un rostro entristecido y
preocupado. Podía sentir la angustia de Camille, y también el miedo. Pero ni
una cosa ni otra le servía para encontrar a Fire.
—¿Qué está haciendo? —preguntó el médico cuando entró—. No debería
estar de pie. ¿Se ha quitado la vía? —Se fijó en que el brazo tenía un hilo de
sangre que goteaba.
—Tengo que irme. ¿Dónde está mi ropa? —No podía estarse quieto.
Necesitaba encontrar la ropa, vestirse y salir. Tenía que ir por Fire, salvarla
de Daniel, no tenía tiempo de estar tumbado en una cama. ¡Ella estaba en
peligro!
—No va a ninguna parte, señor Reindman. Está convaleciente. Ha sufrido
un accidente.
—¡Hemos! —gritó—. Iba con una mujer, y no está. ¡Tengo que
encontrarla! —se exaltó.
El médico salió de medio cuerpo al pasillo.
—¡Llamad a seguridad y que venga un enfermero a ayudarme! —avisó.
—Doctor, no me van a retener aquí —aventuró él yendo hacia el médico
para quitarlo de en medio de la puerta y poder irse a buscar a Fire.
En cuestión de segundos, dos policías y un enfermero entraron por la
puerta. A pesar de que Casey trató de resistirse, entre los cuatro lo redujeron
y, sujeto por los policías, no pudo evitar que el médico le inyectara una
sustancia que hizo que se sumiera de nuevo en un sueño. Uno donde Fire no
estaba.
Esa vez, Casey despertó sin hacer ningún ruido. Movió la cabeza con
lentitud hacia la ventana y descubrió que ya la luz no le molestaba tanto.
¿Cuánto tiempo lo habían drogado?
Volvía a tener una vía y los monitores parecían registrar las pulsaciones
de su corazón.
—Camille, está despierto —avisó Paul dando al traste con su intento de
inspeccionar todo.
—¿Casey?
A sus ojos llegó la cara de Camille. Cerró los ojos al notar la angustia de
su hermana por él. La había asustado mucho, y estaba muy nerviosa. Movió su
mano y notó que ella se la cogía.
—Estoy bien… —le afirmó—. Drogado, pero bien.
—Tuvieron que dormirte, Case. Estabas muy alterado, te habías hecho
daño a ti mismo.
—¿Dónde estoy?
—En el hospital —respondió Camille.
—Camille, eso ya lo sé. ¿En dónde?
—En Nueva York. —Casey cerró los ojos. El dolor de cabeza iba en
aumento—. ¿Qué pasó?
—Tuviste un accidente, ¿no te acuerdas? —sondeó Camille.
—Sí, después de eso… No puedo recordar nada…
—Tu compañero, Oliver, viendo que no lo llamabas para que se quedara
tranquilo y saber que estabais sanos y salvos, se preocupó. Intentó llamaros y,
al ver que no dabais señales, llamó de nuevo al lugar de la boda. Allí pidió
hablar con Armand y lo puso sobre aviso.
»Él salió junto a su chica y vio el coche en la carretera. Estabas
inconsciente y herido. Llamaron a una ambulancia y a la policía.
—¿Y Fire? —La cabeza le pesaba mucho, como si lo que le hubieran
puesto se resistiera a abandonarle.
—No había rastro de ella —contestó Paul por Camille quien había
agachado la cabeza y negaba—. Solo huellas de dos coches.
—La tiene él… —susurró antes de que tuviera que rendirse a la
inconsciencia.
Empezaba a cansarse de ese estado de letargo que tenía. ¿Por qué su
cuerpo no le reaccionaba y conseguía levantarse de la cama? Tenía que hablar
con Oliver, saber qué había ocurrido con la vigilancia que tenía Daniel puesta
y cómo había sido capaz de burlarlos.
Tenía que volver a la ciudad y registrar la casa de Greenblacht en busca
de algún rastro. También conocer las propiedades que tenía e ir casa por casa
buscando a Fire. De inmediato. Llevaba demasiadas horas allí postrado en la
cama. Horas en las que Fire podía estar en peligro. O incluso muerta.
—¿Vas a compartir esos pensamientos con nosotros?
Casey abrió los ojos y se encontró a Jonathan y Armand. También estaba
Sam.
—¿Qué hacéis aquí?
—Tu hermana nos pidió que cuidáramos de ti mientras ella y su esposo
iban a dormir un poco. Han estado velándote toda la noche.
Casey levantó su brazo y se pasó la mano por la cabeza. Notó el vendaje.
—Te golpeaste la cabeza en el accidente. Dicen que has sufrido una
conmoción cerebral —le explicó Sam acercándole un espejo.
Casey lo cogió y se enfocó. Y se sorprendió. Tenía la cara con bastantes
moratones, seguramente fruto del airbag, y un vendaje en la cabeza del que no
se había dado cuenta las veces anteriores. Le dolía menos la cabeza aunque
seguía molestándole bastante. También el cuello.
—¿Qué más me hice?
—Aparte de moratones por todo el cuerpo de la vuelta que dio el coche,
nada más —comentó Armand.
—¿Sabéis algo de Fire?
Todos se quedaron en silencio.
—No, Casey… No hay rastro de ella.
Casey cerró los ojos. Necesitaba pensar, intentar descubrir dónde podía
habérsela llevado Daniel.
—Jonathan, llama a Oliver, por favor —pidió.
Jonathan sacó su móvil y buscó entre el historial de llamadas a Oliver.
Colocó el altavoz y todos pudieron escuchar los tonos hasta que estos se
interrumpieron.
—Jonathan, ¿qué pasa? —preguntó al otro lado Oliver.
—Oliver, soy yo —habló Casey.
—Case, ¿cómo estás?
—Como si me hubieran arrollado. ¿Qué sabes? Cuéntame qué es lo que ha
pasado.
Lo oyó suspirar y supo que eso no era nada bueno.
—Te lo contaré desde el principio. A primera hora del día que te llamé las
pruebas eran irrefutables. Lo teníamos todo gracias a la ayuda de los amigos
de Fire y a la propia Fire. Creo que si no le hubiera escrito ese correo, él no
se hubiera delatado.
»Entregamos las pruebas en el juzgado y solo esperábamos la orden de
detención para ir a su casa. Llevaba días encerrado y los propios agentes de
vigilancia lo corroboraban. De vez en cuando, salía al patio a fumar, o a
despedir o saludar a algún cliente o mujer.
»El juez nos hizo esperar mucho porque hasta media tarde no obtuvimos
la orden. Fue cuando me personé con más agentes para deternerlo.
»Al principio sus hombres nos pusieron algunas trabas pero cuando
arresté a un par de ellos por obstrucción a la ley, los demás parecieron
aprender la lección y no nos molestaron. El problema fue cuando, una vez
dentro, no había rastro de Daniel.
»Buscamos por todo el lugar. Era como si se hubiera esfumado. Sin
embargo, los agentes no lo habían visto salir, ni tampoco había posibilidad de
que saliera por otro lado. Y fue cuando me di cuenta.
—¿De qué? —preguntó Casey siguiendo al detalle la narración de su
compañero.
—Uno de los hombres de Greenblacht era muy parecido a él. De lejos,
hasta podía ser él. Me lo llevé a comisaría y lo interrogué. Me costó pero
saqué una confesión: se había hecho pasar por Daniel durante días, tal y como
él se lo había pedido.
»Ese hombre ha estado fuera de la ciudad y nosotros no nos habíamos
enterado. Así que sospeché de inmediato que podría haber estado pendiente de
la boda de la amiga de Fire. El resto, lo sabes.
—¿Qué tenemos ahora? —preguntó obviando el recuerdo que conservaba
de los últimos minutos con Fire.
—Poca cosa, Case. Se ha emitido una orden de busca y captura
internacional. Creemos que, si tiene a Fire…
—La tiene —interrumpió Casey.
—Siendo así, no ha podido ir muy lejos. Se habrá movido por coche y lo
más seguro es que esté en algún estado cercano. Si está herida, dudo que
quiera moverla y poner en riesgo su vida.
—Ese cabrón no querrá hacerle daño —intervino Jonathan—. Habéis
leído los mensajes de ese psicópata.
—Yo no —negó Casey—. Sé que se los escribía a diario, pero Fire no
quiso leerlos nunca y yo tampoco quise tenerlos presentes.
—Esos correos solo reafirman la personalidad de ese hombre —comentó
Jonathan—. Ha creado una obsesión con Fire hasta el punto de no querer
vengarse de ella, sino perdonarla y volver a lo que tenían, por supuesto, bajo
sus condiciones. Habrá algo que ella perderá por haberle traicionado, y
supongo que podría ser su libertad. Él solo la quiere por lo que le hace sentir
cuando lo domina, porque es el único momento en el que cree que alguien lo
quiere. Por eso no está dispuesto a perderla.
—Entonces estará viva —señaló Casey.
—Yo creo que sí. Y seguramente, herida, como tú.
—Eso no nos lleva a nada —razonó Oliver desde el móvil—. Hemos
rastreado los hospitales en el radio del lugar de la boda y no hay ninguna
mujer que se corresponda con la descripción de Fire.
—No la llevaría a un hospital, tiene dinero suficiente para contratar un
médico en su casa. El problema es dónde está esa casa. Oliver, ¿no tenemos el
patrimonio de Daniel?
—Sí, pero también hay otros inmuebles que se relacionan con él y no están
a su nombre. Además, muchos están en otros estados que no colaboran con
nosotros. El capitán está haciendo todo lo que puede para que presten ayuda.
Casey resopló. ¿Por qué no podían encontrar a Fire? ¡Si solo habían
pasado unas horas! Era imposible que Daniel se escondiera tan bien en ese
tiempo.
—Perdón… —intervino Sam—. A lo mejor yo puedo ayudar.
Todos giraron la cabeza hacia ella y se sintió un poco más cohibida. Bajó
la mirada y miró de soslayo a Armand quien se acercó a ella.
—¿Sabes algo?
—Casey, ¿recuerdas el día de la subasta? —Él asintió—. Compró muchos
objetos y, a la hora de pagar, pidió que fueran enviados a diferentes lugares.
No estoy muy segura pero creo que alguna de esas direcciones esta cerca de
Nueva York.
—Nosotros no tenemos constancia de que haya ningún inmueble de
Greenblacht por allí. Sam, ¿podrías pasarme ese listado?
—Claro, Oliver. —Miró a Armand—. Solo necesito un ordenador.
—Yo tengo el mío en el hotel. En cuanto lleguemos te lo dejo.
Sam sonrió agradecida.
—Vale, pues algo es algo. Ahora… —Casey intentó levantarse a pesar de
que la cabeza le daba vueltas.
—¿Dónde crees que vas? —preguntó Armand reteniéndolo en la cama.
—A salir de aquí y a buscar a Fire. Me necesita.
—¿Estás loco? —reprochó Jonathan—. Fire te necesita al cien por cien, y
ahora no lo estás.
—No voy a dejar que Daniel la tenga más tiempo. A saber lo que estará
haciendo.
—Ya te he dicho que no la querrá muerta. Fire es fuerte, aguantará. Hasta
ahora no hemos tenido noticias que lamentar.
—¿Hasta ahora? Lleva unas horas desaparecida.
La tensión en la habitación hizo que se fijara en los rostros de los que
estaban allí. Todos se habían quedado callados y esquivos en su mirada.
—¿Cuántos días llevo en el hospital? —preguntó finalmente temiendo la
respuesta.
—Una semana —contestó Sam.
Casey la miró con terror. ¿Llevaba una semana separado de Fire? ¿Y no
tenían noticias de ella? En ese tiempo, Daniel podía haber hecho muchas cosas
con ella. Temblaba de solo pensar en ello. Su único pensamiento, era para
Fire. Sin embargo, necesitaba encontrar alguna pista que lo condujera hasta él.
Algo…
Apartó las sábanas y trató de levantarse. A pesar de las protestas de sus
amigos, Casey se puso en pie apoyándose en la pared.
—¡Tenemos que encontrarla! —exclamó. Parpadeó varias veces para
alejar con ello la distorsión de la imagen.
—Casey, aún no estás recuperado del todo.
—Me da igual, Fire es mi prioridad… —contestó. Dio un paso y el dolor
al sentir la vibración de apoyar el pie, hizo que todo se nublara. Su cuerpo
reaccionaba a su temeridad de levantarse y moverse con rapidez. La
adrenalina de ese primer momento, cuando despertara por primera vez, lo
había abandonado.
Jonathan lo agarró y, junto a Armand, volvieron a colocarlo en la cama.
—Nosotros nos ocuparemos de buscarlo. Tú recupérate.
—¿Qué tal si os hecho una mano?
Todos se volvieron hacia la persona que había entrado sin que nadie se
diera cuenta.
—¿Paul? —nombró Casey.
Este medio sonrió.
Los días siguientes, la habitación del hospital se convirtió en el lugar de
reunión de todos. Allí revisaban cada uno de los datos que tenían de Daniel
para ver si se les escapaba algo. También el listado de domicilios que había
dado Daniel en Dilworld fue crucial ya que algunas de esas localizaciones no
cuadraban con los inmuebles que tenía él.
Habían pedido la colaboración de la policía para vigilar esos lugares
pero, hasta ahora, no obtenían buenos resultados.
Paul llevaba días sin aparecer. Se había marchado para buscar indicios
de dónde podría estar Fire y, hasta ese momento, no había dado señales de
vida.
Poco a poco, Casey se recuperaba aunque el dolor de cabeza seguía
persistiendo, no sabía si por el accidente, o porque la preocupación por Fire
no desaparecía en ningún momento.
A la búsqueda también se unió Oliver, quien viajó hasta Nueva York para
ayudar. Al fin y al cabo, en la ciudad no podía hacer nada y sí allí. Junto con el
capitán Calfer, habían conseguido que el estado de Nueva York, y los más
cercanos, colaboraran, con lo cual, Oliver y Casey se convirtieron en los
agentes responsables del caso teniendo a su disposición a otros policías que
se encargaban de revisar cada mínima pista que sacaban.
La puerta se abrió de golpe asustando a Casey y a Sam.
—Ya sé dónde está —dijo Paul.
Capítulo 43
Retén en tu mente la magia de los momentos en los que un roce mío
iniciaba el ascenso al paraíso.
a cabeza iba y venía. Los momentos lúcidos apenas duraban unos
L segundos y no le dejaban ni abrir los párpados o hacer algún sonido que
sirviera para alertar a quien estuviera cerca. Le dolía mucho la cabeza,
le dolía el brazo. Y, sin embargo, no le salía la voz. Quería saber dónde
estaba, cuántos días llevaba así y sobre todo, quería ver a Casey.
—...ey… Ca… sey...
—Doctor… —llamó la persona que la vigilaba.
Una luz la deslumbró en los ojos cuando le levantaron los párpados.
Empezó a protestar y gruñir porque le molestaba, pero era imposible hacer
más movimiento que el de girar un poco la cabeza.
—Está despertando. ¿Cómo decía que se llamaba?
—Blue. Se llama Blue.
Fire frunció el ceño. ¿Blue? ¿Ese era su nombre? Su mente todavía no
estaba lo bastante lúcida para recordarlo, pero no lo reconocía. Los únicos
que la llamaban así… Como una catapulta, los recuerdos la abrumaron. Solo
había una persona capaz de llamarla Blue en ese lugar. Solo una.
Abrió los ojos buscando con la mirada, su corazón acelerándose, los
nervios y la adrenalina filtrándose por todas las terminaciones nerviosas y
músculos para que reaccionara cuanto antes. Y cuando lo vio, una corriente de
odio y rabia la recorrió.
—Daniel… —siseó con desprecio.
—Bienvenida, Blue…
—¿Cómo se encuentra? ¿Le duele algo? —se fijó en el que le hablaba.
Llevaba una bata blanca y no parecía tener más de treinta años—. Soy médico,
la he estado ayudando en su recuperación. Tenía un golpe en la cabeza y el
brazo roto. ¿Entiende lo que le digo, señorita Blue?
—No me llamo Blue, soy Fire Dilw…
Fire se quedó paralizada al escuchar el disparo. Sin embargo, lo que más
le impresionó fue la sangre que la salpicó en el momento en el que la bala
atravesó el cráneo del médico matándolo en el acto. Empezó a temblar girando
la cabeza hacia Daniel.
—Parece que ya estás recuperada —murmuró Daniel. Tenía una pistola en
la mano y salía un pequeño hilillo de humo de ella.
—¿Por qué has hecho eso? —preguntó de forma entrecortada.
—Porque no quiero que nadie sepa quién eres tú. La culpa de su muerte es
tuya. Tenías que haber mantenido la boca cerrada, Blue.
—Yo no soy Blue, Daniel —contestó ella retándole con la mirada—.
¿Dónde estoy?
—En un sitio seguro. Conmigo.
Fire lo miró. Con él era precisamente como no estaba segura de ninguna
forma. Intentó levantarse de la cama pero, al ir a apoyar el antebrazo derecho,
notó rigidez en él. Bajó la cabeza y vio que lo tenía entablillado con algunos
hierros. Varios tornillos se clavaban en su piel. Se asustó.
—Tranquila, el médico hizo un buen trabajo. Tenías el hueso partido en
varios trozos y te los reconstruyó. No te quedarán secuelas, aunque tardarás un
poco en recuperar toda la movilidad de la mano. ¿Qué tal el dolor de cabeza?
Has estado hablando en sueños.
—¿Qué te importa cómo esté?
Daniel guardó el arma y se sentó en la cama de Fire, esta apartando sus
piernas para que no pudiera tocarla.
—Te dije en los mails que tú y yo teníamos que hablar. —Su actitud
calmada y la modulación de su voz la ponía nerviosa. No sentía que estuviera
enfadado ni había indicios de que fuera a ponerse furioso, lo cual hacía que
sintiera más peligro—. Hemos tenido algo y no podemos echarlo por la borda.
—Tú y yo no hemos tenido nada —gruñó Fire.
—Te equivocas. Lo tuvimos. Cada vez que me dominabas tú te entregabas
a mí igual que yo a ti. Eso no puede interpretarse. Lo disfrutabas como yo.
—Daniel, ¿no te das cuenta? Hice todo eso porque quería que fueras a la
cárcel y pagaras por todos los delitos que habías cometido —le echó en cara.
—No, no hay ningún delito. Eso es lo que te ha hecho creer la policía.
Pero ni Suat ni Reindman han podido encontrar nada. Soy un simple
empresario que lleva sus negocios y que, como triunfo, la gente piensa que es
porque hago algo malo.
Fire negó. ¿De verdad podía creerse una mentira así?
—Eres un proxeneta. Llevas una red de prostitución, secuestras mujeres y
las obligas a prostituirse, y cuando ya no te sirven, las mandas matar…
—¿Y qué pruebas tienes? Seguro que ni la policía ha sido capaz de darte
una. No hay, porque no existen. Quieren culparme de algo que yo no hago.
—No, tú lo mandas hacer a tus hombres.
Daniel sonrió de manera escalofriante. Fire se estremeció al ver que se
acercaba a ella.
—Ahora no estamos aquí para hablar de mí. Sino de nosotros. Entiendo
que te hayas confundido, que hayas tenido dudas de mí. Al fin y al cabo, no nos
conocíamos cara a cara ni habíamos tenido más relación que unas cuantas
sesiones.
»Sin embargo, las cosas cambiaron. Fui entrando en tu vida, fui
haciéndome un hueco. Y lo mismo te pasó a ti en mí. Por eso, estoy dispuesto a
perdonar tu traición. Porque tú no tuviste la culpa.
—¿De qué estás hablando? —inquirió ella sin saber a dónde quería llegar.
—La policía te manipuló. Ese Casey lo hizo. Y te engañó para que
pensaras lo peor de tu sumiso. Pero un sumiso no puede dudar de su Ama.
—Yo no soy tu Ama. —Odiaba escuchar esa palabra dirigida a ella
pronunciada por él.
—Lo eres. Tú me diste permiso, tú me diste poder. Y ahora vamos a
recuperar lo que teníamos. Con algunas condiciones, por supuesto.
—¿Condiciones?
—Claro… Cuando una persona traiciona a otra, uno puede perdonar, pero
el otro ha de perder algo a cambio de ese perdón.
Fire palideció. ¿Qué tenía que perder ella?
—¿El qué? —musitó ella sin apenas abrir la boca.
La sonrisa de Daniel la ponía muy nerviosa.
—En realidad, hay dos cosas… Una, tu libertad. Ahora eres mía, mi única
Ama, solo para mi placer, para cuando yo quiera jugar. Mientras tanto, estarás
encerrada.
Fire se echó a reír desconcertando a Daniel quien la miró perdiendo la
sonrisa que había tenido. Parecía inquieto sin saber cómo reaccionar ante la
risa de ella.
Finalmente, Fire dejó de reír y lo miró como si quisiera traspasarle con la
mirada, de una forma ácida y sobrecogedora.
—¿Quién te crees que eres para retenerme en contra de mi voluntad,
zalamero? —Había utilizado su apodo porque quería jugar sus cartas. Si
podía obligarlo a asumir su papel de sumiso, quizá podía tener una
oportunidad para salir de allí y reunirse con Casey y los otros.
—Una Ama jamás debe traicionar a su sumiso… Y tú lo hiciste… Por
tanto, ahora pongo yo las reglas.
—¿Y si no las acato? —tensó Fire.
—Me temo que no tendrás opción. Porque igual que puedo hacértelo pasar
muy bien, también puedo hacerte las cosas difíciles.
Daniel se levantó de la cama y fue hasta la salida de la habitación.
—Piénsatelo, Blue… Verás que, a la larga, es lo mejor. Yo estoy dispuesto
a perdonarte y seguir con nuestra relación.
—¡Tú y yo no tenemos nada! —gritó ella.
Daniel negó con la cabeza.
—Cambiarás de opinión… —Abrió la puerta y vio que había varios
hombres al otro lado. ¿Así que la tenía vigilada?—. Por cierto, te he dicho que
perderías dos cosas. Una es tu libertad. La otra… la perdiste el día que te
recuperé.
Fire frunció el ceño. ¿El día que la recuperó? Su corazón le dio un
vuelco. Su cuerpo perdió el color rosado y los ojos se ampliaron llenos de
terror.
—Casey… —susurró.
—Muerto el perro… se acabó la rabia… —citó Daniel cerrando la puerta
y dejando a Fire derramando lágrimas y sin apenas poder respirar.
No podía ser verdad. No podía haberlo matado. Sin embargo, era Daniel,
él no tenía miramientos con respecto a quién asesinar. Y Casey se había
interpuesto muchas veces. Para él, era un estorbo.
El grito que dio inundó toda la habitación y estaba segura que Daniel,
donde quiera que estuviera, también lo habría oído.
Fire comenzó a dar puñetazos en la cama con su mano izquierda. No
podía ser verdad, era mentira, intentaba confundirla. Él estaba bien, habían
tenido un accidente pero habría salido con vida, como ella. No le habrían
hecho nada. Tampoco se habría interpuesto para evitar que la secuestrara…
Las lágrimas le nublaban la vista cada vez que daba una excusa porque
estas sabían la verdad. Que Casey podía haber sufrido más que ella en el
accidente; que Casey podía haber puesto resistencia a que se la llevaran.
Daniel podía haberle dicho la verdad. Y esa verdad dolía. Mucho.
Ya no le importaba la cabeza, o su brazo, su corazón se había partido en
mil pedazos y lo único que quería era que entrara por esa puerta Daniel y le
dijera que no era cierto. O mejor, que fuera Casey quien abriera y la abrazara
para que dejara de llorar. Le daban igual cualquiera de los dos escenarios.
Eran mejores que el que estaba viviendo en ese momento.
Se echó sobre la cama y siguió llorando. En ese momento, sus fuerzas
solo le servían para eso.
En algún momento, el cansancio hizo que Fire se durmiera. Fue cuando
los que la vigilaban entraron para retirar el cadáver del médico que la había
asistido desde que la secuestraran tras el accidente. Greenblacht les había
ordenado deshacerse del cuerpo y eso mismo era lo que iban a hacer. Jugaban
a idear formas de hacerlo: ¿atándole una bolsa de piedras y hundiéndole en el
agua?, ¿cavando un agujero y enterrándolo en algún lugar donde nadie soliera
pasear?, ¿o era mejor meterlo en un contenedor con ácido y que se encargara
el producto en eliminar las pruebas? Todos esos métodos los habían hecho, y
algunos otros que no podían hacer porque no se encontraban en el lugar
habitual.
Fire se despertó cuando los hombres rozaron la cama de ella y se volvió
asustada. Los miró a los ojos y ellos le sonrieron, una sonrisa del que se sabe
poderoso. No le hizo falta que le dijeran nada, sabía que no debía moverse si
no quería que le hicieran daño. Y aunque eso podía costarles que Daniel se
enfadara, no iba a arreglar las cosas.
—¿Dónde está Daniel? —preguntó a cambio.
—Ocupado. Vendrá cuando él quiera —le respondió uno de ellos.
—Pues envíale un mensaje. Dile que quiero verlo. Ya.
Tuvo que escuchar las risas de los hombres llevándose el cuerpo y
cerrando la puerta, dejando un rastro de sangre que le recordaba que ese joven
doctor no tenía la culpa de nada más que de querer cumplir con su código
hipocrático.
Volvió a quedarse sola y, con la sábana, se limpió la cara de las lágrimas
que pudieran quedar. No había tiempo de decaer, tenía que salir de allí y
encontrar a Casey. Porque había decidido no creer en las palabras de Daniel.
Si no había una prueba, ella seguiría confiando en que él estaba vivo. Fuera
donde fuera.
Miró la vía que tenía y siguió el camino hasta una botella de suero.
Estaba casi agotada. Con cuidado, se sacó la vía y taponó unos minutos. No
tenía caso seguir con ella, ya no tenía un médico que la atendiera. Y ahora,
necesitaba almacenar fuerzas para luchar contra Daniel en su mismo campo: el
poder.
Daniel no había vuelto al final. A pesar de que Fire lo esperó, no hizo su
aparición en todo el día. Tampoco durante la noche pudo verlo.
Cuando se despertó por la mañana, asustada y habiendo dormido a saltos
por querer mantenerse alerta, se extrañó por la comida y la ropa que encontró
en una mesa que habían llevado. Seguramente en unas de las ocasiones en que
se había quedado dormida, habían entrado sin hacer ruido.
Se levantó con cuidado probando si era capaz de ponerse en pie sin
marearse e intentó dar unos pasos. Fue cuando se fijó en que había una
segunda puerta, justo en la misma pared donde ella tenía el cabecero de la
cama.
Fue hasta allí, apoyándose en la pared, y la abrió. Ante ella apareció un
baño. Pero, al contrario que otros, este no tenía ningún espejo. Tampoco
puertas en la bañera o una cortina que al menos le diera mayor intimidad a la
hora de tomar una ducha.
Los muebles estaban fijados a la pared e incluso los cajones habían sido
sellados para impedir que pudieran utilizarse como armas. Daniel había
pensado en todo. Y eso le ofrecía menos posibilidades para salir de allí.
Aprovechó para utilizar el baño y, una vez salió, fue hasta la mesa. Se
sentó en la silla, cansada por el esfuerzo que le suponía caminar en esos
momentos. El brazo había estado toda la noche doliéndole y la cabeza
tampoco parecía querer darle una tregua.
Echó un vistazo a lo que había sobre la mesa. Habían llevado un plato de
plástico con una porción de pizza fría. También había un vaso de agua, del
mismo material que el plato, que cogió y bebió. Su boca estaba reseca y
necesita hidratarse. Al lado de esos elementos, había unas pastillas pero no las
reconocía. No pensaba tomarse nada que le diera Daniel sin saber realmente
lo que era, ya fuera bueno o no.
Miró la ropa que le había dejado y acabó arrojándola al suelo. Unos
pantalones de cuero negro y un corpiño acabaron arrugados. De haberse
encontrado con más fuerzas, los habría pisoteado.
Agarró la pizza y le dio un bocado. No le hacía gracia ese tipo de comida
mas no había dónde elegir y ella necesitaba recuperarse del todo.
Una vez acabó, se levantó de nuevo y marchó hacia la cama. No había
ventanas, ni otros muebles. Se tenía que guiar por la luz que veía por debajo
de la puerta para saber si era de día o de noche. Se tumbó en la cama mirando
al techo y empezó a recordar los momentos con Casey.
Sonrió cerrando los ojos y recreando cada minuto, cada segundo que
había pasado con él. Recordó ese dulce momento en la boda cuando, al
preguntar el cura si Chris prometía amar y respetar a Michelle, Casey había
susurrado un “sí, quiero” en el que le había apretado la mano con fuerza a Fire
y había hecho que lo mirara para, de improviso, besarla.
Hasta el propio párroco les había visto y se había reído por cómo dos
invitados también parecían querer participar en los votos matrimoniales.
Revivió ese divertido instante en el que Fire había sacado a Casey a
bailar, a pesar de su reticencia, y al final habían acabado disfrutando los dos
de un baile lento que había provocado un nuevo nacimiento de excitación en
sus cuerpos.
—Parece que estás mejor.
La voz de Daniel hizo que se incorporara en la cama. Estaba delante de
ella cerrando la puerta. Dio un par de pasos y se encontró con la ropa en el
suelo. Bajó la mirada y la levantó hacia Fire.
—¿No te gusta?
—¿Para qué voy a ponérmela? No voy a salir de aquí…
—No quiero que salgas, quiero que te la pongas para una sesión.
—No voy a hacer ninguna sesión contigo —gruñó Fire observándole
mientras caminaba a un lado y a otro de la habitación, como si quisiera revisar
que todo estuviera en su lugar.
—Ya te dije que te perdono. No hay por qué dejar lo que teníamos. Sé que
costará, al principio, pero poco a poco te acostumbrarás de nuevo y volverás a
ser la Ama que eras.
—¿Qué palabras no has entendido, Daniel? ¡No soy tu Ama!, ¡no voy a
jugar contigo!, ¡y no tenemos ninguna relación!
Daniel avanzó hacia ella, la cogió del cuello obligándola a mantenerlo
alzado mientras que, con la otra mano, le apretó los hierros y los clavos
haciendo que gritara y apretara los ojos aguantando el dolor.
—Creo que eres tú quien no aprende, Fire… —enfatizó su nombre. Era la
primera vez que lo utilizaba en lugar de Blue—. Ahora eres mía, Mi Ama. Y
eso quiere decir que, cuando quiera jugar, lo harás.
—Tú no me das órdenes —respondió con lentitud—. Si de verdad fuera tu
Ama, sería quien impondría lo que yo quisiera.
Daniel la soltó y se dio la vuelta. Metió las manos en el bolsillo y se
alejó un poco.
—Así debería ser, Blue. Lamentablemente, debido a tu traición, ese
privilegio también lo has perdido. Por eso, como sumiso tuyo, yo decido
cuándo quieres jugar conmigo. Por ejemplo, ahora…
Se volvió hacia ella con una sonrisa, como si esperara que eso fuera
suficiente para que ella hiciera lo que le pedía.
—No pienso obedecerte. Tú no tienes poder sobre mí. Jamás podría
aceptar a un sumiso como tú.
—Pero me aceptaste, Blue. Y lo volverás a hacer. Solo tengo que
esperar…
—Entonces espera sentado —ironizó ella—. Porque, Daniel, yo no voy a
obedecerte. No voy a dominarte. Y no voy a quererte.
El rostro de Daniel se nubló con un halo de frustración que hizo que Fire
se estremeciera. Pero fingió seguir entera y no retiró la mirada de él. No iba a
dejarse vencer.
—Creí que la noticia de la muerte de Reindman haría que recapacitaras de
tu situación. Veo que no es así.
—Casey está vivo. No me has dado ninguna prueba de lo contrario —
respondió ella confiada en su convicción—. Y vendrá a por mí.
—Crees en una quimera. —Daniel bajó la mirada. Parecía pensativo
mientras se quedaba quieto delante de Fire—. Yo estoy dispuesto a continuar
con la relación. Y sé que tú también porque has disfrutado conmigo. Solo
necesitas tiempo.
—Daniel, ríndete. No voy a tocarte. Me das asco.
—Ya lo veremos… Acabarás haciendo lo que quiero, Blue. —Fue hacia
la salida y se detuvo antes de coger la manivela—. ¿Te ha gustado la comida?
Será la última hasta que te decidas a cambiar de idea —desveló dejándola sin
palabras.
¿Iba a matarla de hambre hasta que claudicara? Bien, prefería morir antes
que volver a hacer lo que él quería. Porque ella no era su esclava.
Daniel tiró la ropa que había llevado ese día para que Fire se la pusiera.
Llevaba cuatro días sin darle nada de comer. Y aun así, Fire seguía negándose
a hacer una sesión. Le había suplicado, ordenado, pedido incluso, pero
ninguna de esas veces había logrado que ella tomara el papel de Ama que él
quería.
El disgusto de Daniel había ido en aumento al no obtener lo que quería de
ella. Era Fire la persona que conseguía que él se sintiera amado y deseado. Y
tenerla cerca y ver la cara de desprecio y la entereza que mantenía su espíritu
minaba su determinación. No cejaba en su intento pero comenzaba a cansarse
de esperar.
—¡Hazlo! ¡Domíname! —gritó Daniel fuera de sí.
—¿Por qué no se lo pides a otra de las mujeres que prostituyes? Seguro
que ellas querrán golpearte y hacerte gemir hasta que supliques por tu vida —
contestó, mordaz.
Daniel se abalanzó sobre ella y levantó el brazo para golpearla pero una
simple mirada de ella lo frenó en seco. A pesar de la debilidad de su cuerpo,
seguía manteniendo fuego en sus ojos.
—Maldita seas… —Se giró y trató de serenarse—. ¿Es que no te das
cuenta que quiero volver a lo que teníamos? —Se fue hacia Fire directo y la
agarró de los brazos levantándola de la silla—. Quiero que vuelvas a comer
conmigo, a seducirme y hacerme sentir tu esclavo. Quiero sentir tu roce en mi
cuerpo, que mi polla tiemble porque llevas en tus manos una fusta con la que
harás que ruegue porque pares para que me des placer.
—Si me das cualquier cosa de esas, te juro que no me detendré ni te daré
dolor para buscar placer, sino para torturarte hasta la misma muerte —le contó
dotando cada palabra con la ira que la consumía.
Daniel la soltó de un empujón haciendo que cayera al suelo y siseara por
el dolor en el antebrazo. Escuchó el portazo de la puerta y suspiró. Cada vez
tenía menos fuerzas para levantarse de la cama pero, cuando él aparecía, las
sacaba para evitar que la viera decaer.
Se levantó, no sin dificultad, y fue al baño. El grifo del agua era lo único
que apaciguaba sus ganas de comida. No le importaba no tener comida porque
seguía estando hidratada. Podía aguantar.
Accionó para llenar el vaso de plástico que tenía, el único que le habían
dado ese día que habían llevado la pizza. Sin embargo, cuando estaba a punto
de llenarse, el agua dejó de salir. Intentó cerrar y abrir de nuevo pero obtuvo
el mismo resultado.
Miró el vaso. Ese agua era lo único que tenía para aguantar hasta que
fueran a por ella. Y no iba a durarle mucho tiempo.
Capítulo 44
Cada gemido tuyo es un suspiro a mis oídos. Cada súplica, un
murmullo. Y cada orgasmo, la consecución de mi dominación.
mbos miraron a Paul intentando asimilar lo que había dicho. ¿De
A verdad había conseguido descubrir el paradero de Fire? ¿Y cómo lo
había logrado? Había tantos interrogantes que no sabían por cuál de
ellos empezar ni tampoco cómo preguntarle. Sin embargo, conforme
pasaron los segundos los dos fueron haciendo que sus cuerpos se llenaran de
esperanzas renovadas.
—¿La has visto? —preguntó Casey.
—No, no he podido acercarme tanto, pero sé donde está. —Entró en la
habitación y buscó en la mesa un mapa—. Aquí.
Casey y Sam se acercaron para ver cuál era el lugar que señalaba. Casey
miró a Paul y después a Sam.
—Llama a todos, Sam. Tenemos que preparar un plan de rescate —le dijo
Casey. Esta cogió su móvil y empezó a marcar.
Volvió a centrarse en el mapa. Paul había señalado el punto exacto donde
Daniel estaba y mantenía a Fire retenida. Y coincidía perfectamente con una de
las direcciones que Sam había dado. El problema era que estaba en un estado
donde no tenían jurisdicción y no sabía si su capitán podría conseguirla.
Aunque tampoco le importaba mucho; saber que Fire estaba allí ya era razón
suficiente para él para ir a buscarla.
—¿Estás seguro? —insistió Casey.
—Sí. Hay mucho movimiento y vigilancia por esa zona. Y además, he
encontrado un cadáver.
Casey lo miró alertado.
—Es de un médico. Tiene una herida de bala en la cabeza, reciente, de
unos tres o cuatro días.
—¿Fire está herida?
—Es una posibilidad. Tú también sufriste heridas. Al menos podemos
estar tranquilos porque ha cuidado bien de ella.
—¿Cómo supiste…?
—Solo tuve que buscar desapariciones de médicos jóvenes. Y hubo un
único caso. Fui allí y comencé a observar. —Sacó una foto de su bolsillo—.
Ese es Daniel, ¿verdad?
Casey cogió la fotografía y la miró. En ella aparecía Greenblacht
sonriente con una mujer saliendo de un restaurante. La sangre le hirvió al ver a
ese hombre tan feliz; retenía a Fire, y encima era capaz de hacer su trabajo sin
ningún ápice de arrepentimiento.
—Sí —gruñó Casey devolviéndosela para apartarla de su vista.
—He podido hacer más fotos. Creo que con todas ellas y lo que os cuente
podréis haceros una idea de lo que hay.
—Esperoque vengan pronto. Porque ardo en deseos de echarle el guante a
Daniel —comentó Casey mirando a Sam mientras hablaba con alguien.
Fire miró el techo desde su cama. No tenía demasiadas energías para
moverse y tampoco es que pudiera ir a algún otro sitio. Necesitaba guardarlas
para aguantar más tiempo. Aunque no sabía cuánto lograría hacerlo.
Sus labios estaban resecos y su cuerpo empezaba a notar la carencia de
agua, junto con la de comida. A pesar de todo, las veces que había ido Daniel,
había logrado plantarle cara y negarse a su petición. Prefería morir antes que
aceptar dominarle y caer en la propia dominación de él. Ella no se iba a dejar
convencer.
Escuchó la puerta abrirse pero no quería levantar la cabeza para ver
quién era. Las personas que ella quería ver no iban a entrar tan despacio en su
cárcel, por lo que, el resto, le importaban más bien poco.
—¿Te has muerto ya? —preguntó uno de los hombres que la vigilaban. Lo
sabía por la voz, porque era en lo único que se entretenía, escucharlos.
Gracias a eso se había enterado de muchos tejemanejes de Daniel. Sabía
cómo captaba a las mujeres, cómo se deshacían de ellas, e incluso algún que
otro plan a medio y largo plazo para aumentar su red de prostitución a la zona
de Europa. Sabía que, si salía con vida, su testimonio podría acabar con
Daniel de una vez y para siempre. Él mismo había cavado su tumba. Si es que
no cavaban antes la de ella.
—Más quisieras… —contestó con cierto tono de ironía.
—¿Sabes lo que hará el jefe si no le obedeces?
—¿Más de lo que me está haciendo? Dudo que se le ocurra algo.
—Eso dará igual. No te quiere muerta así que hará que comas y pensará en
otra forma de obligarte a que hagas lo que quiere.
—¿Eso es lo que les hace a las otras chicas?
—Ellas no aguantan tanto como tú… —respondió él—. Deberías hacerme
caso; las cosas cambiarían para mejor si accedieras.
—Jamás… —siseó ella.
—Tú misma. —Se encogió de hombros y cerró la puerta.
E igual que la puerta, Fire cerró los ojos. Se sentía tan cansada...
Jonathan abrió la puerta de la habitación de Casey y se sorprendió al
encontrarlo vestido.
—¿Qué haces? —preguntó.
—He pedido el alta voluntaria. ¿Y Armand?
—Ha tenido que volver a la ciudad por un aviso… Sam, te quedas
conmigo —le comunicó a ella.
—¿Por qué se ha ido?
—No sé, algo de que han entrado a robar a su casa. No parecía muy
preocupado. ¿No habíais dicho que hay novedades sobre Greenblacht y Fire?
—Sí,sabemos dónde están —contestó Casey—. Y vamos a ir a por ella
—añadió con determinación.
—Ya… ¿cuántos? ¿Cuatro contra los hombres de Daniel? —aventuró
contando a Oliver, Casey, Paul y a él mismo—. ¿O tenemos un ejército?
—Lamentablemente, no…
—Vale, entonces cuéntame las cosas desde el principio para que pueda
hacerme a la idea de que un plan suicida de entrar en ese lugar va a tener
resultado.
Casey sonrió por primera vez en todo el día. De la forma en que Jonathan
lo había visto, parecía una estupidez. Pero aun siéndola, era lo único que
tenían para salvar a Fire. Y él no iba a dejar pasar esa oportunidad.
—De acuerdo. Oliver —llamó a su compañero—, llama al capitán, quiero
que también lo escuche y saber si tiene noticias acerca de lo que le pedí antes.
—Ahora mismo —respondió él cogiendo el móvil—. Jefe, voy a poner el
manos libres —dijo cuando Calfer le cogió el teléfono.
—Capitán, ¿sabe algo?
—No mucho. Intenté hablar con los responsables pero me dieron largas y
lo mismo les ha ocurrido a otros capitanes que han intentado ayudar para que
pusieran de su parte. A pesar de su ayuda, no van a colaborar y sospecho que
Greenblacht los tiene comprados.
»También he hablado con el FBI. Tenemos autorización para detener a
Greenblacht donde está.
Eso eran buenas noticias. No solo podrían salvar a Fire, sino que también
podían ejercer su poder para detener a Greenblacht y acusarle, entre otras
cosas, de secuestro y retención ilegal de una persona. Los cargos se le
acumulaban y, esta vez sí, iba a pasar una larga temporada en la cárcel, eso si
no era condenado al Corredor de la Muerte o a la Pena Capital.
—Entonces, ¿tenemos vía libre? —preguntó Casey.
—Sí. También podéis contar con algunos agentes que se han ofrecido
voluntariamente para esta misión. Los he convocado a todos en la comisaría,
Suat —le avisó a su agente.
—Yo también iré —informó Casey.
—Reindman, usted está de baja y en el hospital.
—Ya no, capitán. He pedido el alta voluntaria y estoy capacitado para
volver a estar activo.
—Reindman…
—Capitán, por favor —pidió él intentando controlarse.
—Está bien —accedió. Pero quiero que extreme las precauciones. No me
gustaría tener que enterrarlo tan pronto. Aún no me ha conocido bien…
Casey se echó a reír.
—Descuide, capitán, estimo que usted y yo tendremos una relación
superior-subordinado de muchos años. Si no acabo con su paciencia antes —
bromeó él.
—Bueno, contadme lo que sabéis ahora.
—La primera parte es cosa de mi cuñado, Paul. —Casey lo miró
pidiéndole que volviera a explicar, en este caso a todos, lo que había
averiguado.
—Fire y Daniel se encuentran en uno de los domicilios que dio Daniel
cuando compró las obras de arte. Se trata de un terreno privado y con mucha
seguridad. Nada más llegar al lugar, te ves franqueado por unas rejas y dos
hombres que patrullan noche y día. Una vez consigues entrar, tienes dos
controles más, solo que se duplican los hombres.
»Llegar a la casa no es fácil, pero si se logra, hay un patio bastante
amplio con algunos setos bajos y un camino empedrado que lleva hasta la
entrada de la casa. El edificio es de dos plantas, con muchas ventanas, sobre
todo en el frontal de la casa, que bien podrían estar ahí para prevenir algún
ataque y poder utilizarlas para disparar a los que intenten entrar.
»La parte trasera no tiene ventanas y hay una escarpadura que sería
prácticamente infranqueable. De hecho, aunque quisiéramos, tardaríamos
demasiado tiempo en entrar por ahí.
—¿Cómo sabes todo eso? —preguntó Jonathan.
—Solo hice buenas migas con el que se encargó de llevar las obras de
arte a la casa —desveló—. He podido contar dos docenas de hombres en la
casa, quizá más. No sé las armas pero habría que tener cuidado porque es
posible que dispongan de algunas de asalto e incluso ametralladoras.
—Menuda investigación…
—Solo falta saber dónde estará Fire… —murmuró Casey.
—Seguramente en una de las habitaciones que dé a la parte trasera. No
querrá que sepa dónde está y tampoco que otros la vean, menos si tiene
sesiones con Daniel.
El simple pensamiento de Fire teniendo que jugar con Daniel hizo que
Casey arrugara la nariz. Si había pasado eso, la cárcel sería el menor de sus
problemas, porque no llegaría a ella.
—De acuerdo. No sé el número exacto de hombres con los que contáis —
habló Calfer—, pero es muy probable que sean menos de a los que os
enfrentáis. Así que habrá que pensar una manera de acceder.
—Hay una —intervino Paul—. Una vez a la semana, un camión entra sin
que pongan inconveniente. No sé qué lleva pero sí que no es de Nueva York.
Entra, está diez minutos, y se vuelve a marchar.
—¿Alguna idea? —preguntó Jonathan.
—Ninguna. No he podido averiguar nada. El conductor no se detiene en la
ciudad y tampoco para en zonas cercanas.
—¿Tiene algún logotipo? ¿Algo que lo identifique?
—Nada. Pero, si lo interceptáis, podréis pasar los controles.
Paul tenía razón. Era una buena posibilidad, como el caballo de Troya,
descubriendo que la policía estaba dentro de la casa cuando ya era demasiado
tarde.
—También iba un camión a la casa de Daniel en nuestra ciudad… —
agregó Oliver—. La frecuencia no era tan habitual como la que has dicho, pero
sí que aparecía un camión. De hecho, se paró al conductor en varias
ocasiones, unas veces antes de entrar, y otras al salir de casa de Daniel.
—¿Y había algo? —preguntó Paul.
—Nada, estaba vacío. Siempre nos decía lo mismo, que iba a recoger
algo, o que había ido a dejarlo. Pero aun parándolo en el mismo día, el camión
iba vacío.
—Puede ser que tuviera un compartimento secreto.
—Lo pensamos, y lo inspeccionamos, incluso con perros. No había nada.
Paul sonrió.
—Hay muchas formas de hacer que pase desapercibido eso. Puedo ayudar
si lo interceptáis.
—¿Qué sabéis del camión? —se interesó Jonathan. Quizá pueda averiguar
algo con mis contactos.
—Está claro que el camión puede ser nuestro medio de entrada. Pero una
vez dentro, hay que planificar el asalto —concluyó Oliver.
—Reindman, Suat, id a la comisaría y organizarlo todo. Y coged a ese
cabrón.
—Sí, jefe —contestaron los dos a la vez.
Fire abrió los ojos y se encontró con su peor pesadilla mirándola: Daniel.
—Hola, Daniel —saludó ella intentando esbozar una sonrisa.
—¿Has cambiado de idea?
—Sí… —contestó ella intentando centrar toda su atención en él.
—¿En serio? ¿Volverás a ser Mi Ama? ¿A dominarme?
—He cambiado de idea en cuanto a lo de entregarte a la policía. Te mataré
con mis propias manos —le explicó haciendo que las esperanzas que Daniel
se había forjado las perdiera y dieran paso a una rabia incontrolada.
—¡Maldita seas! —gritó. La abofeteó sin que ella pudiera hacer nada.
—No vas a conseguir nada. Ya sea que muera o que viva, vas a quedarte
con las ganas.
—No. No es cierto. Al final lo harás, de una forma o de otra, tú volverás a
ser mía.
—Jamás fui tuya. Todo lo que hice, todo, formaba parte del plan para que
te volvieras loco por mí y cometieras errores en tus negocios.
—No es verdad, Blue…
—¿Por qué me llamas así? Sabes que mi nombre es Fire…
—Porque yo no quiero a Fire. Quiero a Blue, esa Ama que impuso las
normas y se las saltó conmigo. Porque le importaba, porque había algo entre
los dos.
—¡Mentiras! Solo lo hice porque era la forma de seducirte.
Daniel se inclinó sobre ella en la cama.
—Y lo hiciste… por eso te quiero en mi vida.
—Eres un iluso, Daniel. Estás loco si crees que voy a querer tener algo
contigo.
—Lo harás. Aunque tenga que hacer que otros se encarguen de ti. ¿Acaso
crees que todas las mujeres que utilizo en la prostitución han accedido por las
buenas? Algunas dieron más problemas pero, al final, pasaron por el aro.
Como harás tú.
—¿Qué vas a hacerme ahora? ¿Dejarme sin la cama?
—No… Volverás a tener comida y agua… Pero si yo no consigo
doblegarte, quizá pasar una temporada con esas mujeres, trabajando como
ellas, te haga ver que lo que yo te ofrezco no tiene comparación con lo que vas
a vivir.
Fire se lo quedó mirando. ¿Lo decía en serio? ¿Iba a obligarla a
prostituirse?
—Piénsalo, Blue. Tienes unas horas para decidir si quieres reconsiderar
nuestra relación o, por el contrario, prefieres conocer el lado oscuro del sexo.
Daniel salió de la habitación dejándola de nuevo sola. Quería llorar, pero
hasta las lágrimas se le habían secado ya.
—Casey… —llamó Paul.
Casey miró a Paul y se separó del resto de hombres que se preparaban
para el asalto en la comisaría. Tras la reunión en el hospital, Oliver lo había
llevado a comisaría y había conocido a los agentes que se habían presentado
voluntarios para atrapar a Daniel.
Les había agradecido a todos su ayuda y los había informado del plan.
Para ello, contaban con armas y chalecos antibalas junto con vehículos de
asalto.
Jonathan iba a encargarse de las comunicaciones y las cámaras de
vigilancia para interceptar al camión que tenía que venir ese día a primera
hora de la mañana. Era Paul el que les ayudaría a descubrir qué era lo que
ocultaba ese camión.
—Sabes que le prometí a tu hermana que no volvería a…
—Tranquilo —lo cortó palmeándole en el hombro—. Ya ayudas de más
con lo que has conseguido y con el camión, Paul. El resto es cosa nuestra
ahora.
Paul asintió.
Casey se apartó de él y caminó hacia la salida donde lo esperaban los
coches y sus compañeros.
—Voy a por ti, Fire —susurró para sí.
—Casey… —murmuró Fire antes de que sus fuerzas la abandonaran y se
desmayara por la falta de comida y agua.
Capítulo 45
Que tus manos sean las que atraviesen mis fronteras. Que tus labios se
graben a fuego en mi piel. Que tus órdenes me estremezcan. Que tu
dominación, me haga adicto a ti.
ire se movió en la cama y se extrañó de que le costara mover el brazo.
F ¿Tan débil se encontraba que no era capaz de levantarlo para poder
girarse y seguir durmiendo? Intentó con el otro brazo y, al ver que
tampoco era capaz, hizo el esfuerzo de abrir los ojos y despertarse del
todo. Bajó la mirada para ver qué era lo que pasaba y se sorprendió de tener
los brazos atados a la cama, el que tenía con hierros sujeto con una cuerda en
ella.
Siguió mirando hacia arriba y descubrió que tenía, de nuevo, una vía
colocada en uno de los brazos. Ni siquiera se había enterado. El gotero del
suero caía con rapidez y ya no se encontraba tan cansada como hacía unas
horas. Aunque aún le faltaba mucho para recuperarse.
Lo que no entendía era por qué se lo habían puesto. ¿Iba en serio Daniel
con lo que le había dicho? ¿De verdad iba a dejar que otros la tocaran, la
besaran y la follaran? ¿Y que después él la acogería y la trataría como si eso
jamás hubiera ocurrido?
—Casey… ¿dónde estás? —se preguntó. Los días iban pasando y las
dudas eran cada vez mayores. Daniel había dicho que solo el tiempo haría que
lo creyera, pero ella no quería pensar en que Casey estaba muerto. No lo
estaba, tenía que confiar en eso porque era la forma en que Daniel pagaría por
todo lo que le había hecho. Porque una vez lo detuvieran, lo condenarían.
Cerró de nuevo los ojos dejando que el suero la nutriera y, de nuevo,
acumulara fuerzas. Si realmente iba a llevarla con otros proxenetas, no se lo
pondría nada fácil y trataría de escapar a la menor oportunidad posible.
Casey estaba nervioso. También Oliver. Los dos iban en un coche
camuflado siguiendo al camión desde la ubicación que Paul les había dado. Su
plan consistía en pararlo e inspeccionarlo pero, también, en lograr que el
conductor colaborara con ellos, de cualquier manera.
—Estamos a cinco minutos del punto —dijo por la radio Oliver. Casey
apretó con fuerza el volante. Si la primera parte del plan no salía, iban a tener
problemas para seguir.
—Case, tranquilo —se dio cuenta su compañero—. Rescataremos a Fire.
—Solo espero que no le haya hecho daño. Porque si lo ha hecho, te juro
que no va a quedar hombre para condenar —vaticinó.
Oliver asintió. Entendía cómo se sentía. Si él hubiera perdido a su mujer,
más ahora estando embarazada, no sabía lo que sería capaz de hacer, pero
sería muy parecido a lo que Casey pensaba.
—Activa las luces —dijo Casey aumentando la velocidad para acercarse
más al camión. Vamos a empezar.
Oliver abrió la guantera y cogió la luz policial que llevaba ese coche. De
inmediato empezó a brillar y a sonar la sirena haciéndole señales al conductor
del camión para que se detuviera a un lado del arcen.
Sin oponer resistencia, el camión hizo lo que le pidieron y el conductor se
mantuvo en la cabina. Era un camión con una cabina y un remolque grande, en
color blanco y negro, pero sin ninguna señal o logotipo que indicara para la
empresa que trabajaba.
Casey aparcó justo detrás del camión. Le habían dado el alto en una zona
descampada, justo en el punto donde lo querían.
—Cúbreme —le pidió a Oliver.
—De acuerdo. —Oliver echó mano a la pistola y quitó el seguro sin
sacarla de la pistolera. No querían alertar al conductor.
Fue Casey el que cerró la puerta del coche y caminó hacia el lado del
conductor. Debía tener cuidado, no sabía cómo podía reaccionar el otro y estar
a una altura superior le proporcionaba ventaja sobre él.
—Buenos días —saludó Casey levantando la cabeza para mirar al otro
quien, desde el interior, con la ventana medio bajada, lo observaba.
—Buenos días, ¿hay algún problema, agente?
—Documentación, por favor. —Lo vio moverse por el interior y, en unos
segundos, le pasó el permiso de conducir, los seguros del vehículo y una orden
de retirada de mercancía en la dirección de Daniel.
—Gracias.
Casey empezó a revisar todos los documentos, tardando más de lo
normal, mientras el conductor lo miraba inquieto.
—¿Tardará mucho? He quedado a una hora fija… —preguntó cuando ya
no aguantó más.
—No, está todo en orden. —Le devolvió los papeles—. ¿Qué lleva en el
remolque?
—Nada, está vacío. Como le he enseñado, he quedado para recoger
mercancía.
—¿Le importa bajar y abrirlo? —insistió él apartándose del camión para
que pudiera abrir la puerta.
—¿En serio? ¡Si no he hecho nada!
—Señor,estamos llevando a cabo un registro cotidiano, si fuera tan
amable… O quizá sea mejor que le detengamos aquí…
—¡Está bien, está bien! —cedió el otro. Abrió la puerta y se bajó de la
cabina.
Llevaba las llaves en la mano e iba localizando la que abría la parte de
atrás, que contenía un candado.
—Buenos días —saludó Oliver al ver que se acercaba.
—No sé qué tienen de buenos —gruñó el otro—. Están haciéndome perder
mi tiempo.
—Solo será un momento.
El conductor bufó y abrió el candado para, después, tirar de la palanca
hacia fuera para que las puertas se desbloquearan y pudiera abrirlas. Ante
ellos apareció un espacio vacío, no había nada en él.
—¿Lo ve? —se dirigió a Casey.
Casey miró a Oliver.
—Señor, ¿está seguro que no lleva nada?
—¿Es que están ciegos? —tildó de locos a ambos—. Ahí no hay nada,
salvo que crean en cosas invisibles.
Un nuevo coche se detuvo al lado del de Casey y Oliver y de él bajó un
policía y Paul. Este, sin mediar palabra, se acercó hacia el camión y se subió
dentro.
—¡Hey! —exclamó el conductor queriendo detenerlo.
—Señor, solo hacemos nuestro trabajo —le explicó Oliver—. Si no lleva
nada, no le importará que echemos un vistazo, ¿verdad?
El hombre apretó los labios. Se veía que comenzaba a ponerse nervioso,
más cuando Paul comenzó a pasearse por el remolque. De pronto, se detuvo en
la zona más cercana a la cabina. Golpeó con los nudillos.
—¿Lleváis una linterna? —preguntó a Casey.
—¿Oliver?
—No sé si hay en el coche.
—Yo tengo una. —El policía nuevo sacó la linterna de su cinturón y se la
pasó a Casey quien la voleó hasta Paul. Este la cogió al vuelo.
La encendió y empezó a revisar milímetro a milímetro el lugar hasta que
se fijó en una pequeña rajita que iba de arriba abajo del remolque. Empujó un
poco y pronto cedió como si fuera un muelle abriendo un panel y pudiendo
acceder a una parte más pequeña del lugar.
—Listo. Así es como transportan lo que no quieren que se vea —averiguó
Paul dejándolos a todos sorprendidos—. Sospecho que debe haber más huecos
ocultos. Este espacio es más pequeño que como se ve por fuera el remolque.
Casey se volvió hacia el conductor.
—¿Seguro que no quiere cambiar su declaración? —le preguntó él con una
sonrisa.
El hombre tenía miedo en sus ojos y eso era algo que les beneficiaba a
ellos, porque podría querer colaborar y, por ende, el plan seguiría en marcha.
Daniel estudiaba los documentos que había preparado. Ese día saldría
una nueva partida de mujeres para los proxenetas y esperaban que las cuidaran
mejor que las anteriores. Tenía que pedirle al camión de reparto que pasara
por unas cuantas direcciones más para recoger a las que faltaban pero eso no
era la primera vez. Llevaban varios años haciendo un reparto progresivo y
tenía cuidado de no hacer desaparecer a muchas mujeres de un mismo estado.
Pero tenía que empezar a pensar en marcharse del país.
La policía estaba demasiado cerca de atraparlo y, con Fire a su lado,
debía poner kilómetros de por medio para evitarlos. Por eso había decidido
trasladar su negocio a Europa. Allí sería más complicado seguirle la pista y
tenía la ventaja de que la ley era más permisiva y con más lagunas. Podía
hacer dinero allí, y podía incluso iniciar algunos otros proyectos que tenía en
mente.
Uno de sus hombres entró y se quedó de pie frente al escritorio donde
estaba sentado Daniel.
—¿Ha llegado ya? —preguntó él.
—Aún no es la hora, señor —le respondió el otro—. ¿Preparamos a las
chicas?
—Sí, ponedles una dosis fuerte, no quiero que se despierten hasta pasadas
doce horas al menos, que no le den problemas al conductor.
—¿Y la otra?
Daniel suspiró… Tenía que hablar con ella, intentar que entrara en razón
y le obedeciera. Porque de lo contrario, si él no iba a conseguir nada, tendría
que hacer que otros lo hicieran, y no le gustaba ceder sus cosas.
—Yo me encargo —habló después de unos minutos.
Casey salió de la sala donde tenían retenido al conductor del camión.
Todo marchaba como habían hablado pero debían empezar a moverse para que
nadie sospechara nada.
El camión tenía que llegar a la hora acordada y eso significaba en media
hora. Ya le habían sacado una buena confesión al hombre quien había accedido
a colaborar con el objetivo de reducir su condena. Nada como ponerle los
puntos sobre las íes y enseñarle todo lo que tenían contra Greenblacht para
que se diera cuenta que no iba a poder salvarlo de ninguna manera.
Ahora, solo quedaba el siguiente paso, entrar en casa de Daniel y
asaltarla para rescatar a Fire. Solo esperaban la orden del juez que los
permitiría actuar. Y junto a la del FBI, dejaban todo atado.
—¿Aún no hay noticias? —preguntó a uno de los policías voluntarios.
—No señor, el inspector Suat todavía no ha aparecido.
Casey bufó. Si se retrasaban demasiado podrían poner en riesgo la
consecución del objetivo y no estaba dispuesto a perder esa oportunidad,
menos sabiendo que Fire estaba tan cerca.
Comenzó a andar de un lado para otro hasta que, al final decidió ir en
busca de Oliver. No podían perder más tiempo.
—Case —llamó Oliver al encontrarse frente a frente—. ¡Lo tenemos!
La adrenalina comenzó a fluir en su cuerpo. Era hora de actuar.
Los dos se marcharon hacia la sala donde esperaban los policías y los
instruyeron en lo que debían hacer. Después, fueron a por el conductor del
camión. Ese día, no solo iría él en la cabina, sino también un policía infiltrado
al que haría pasar por su hijo. Si preguntaban, debía decir que quería que
aprendiera el negocio para que no hubiera problemas y pudieran seguir
sirviendo a Greenblacht. Dudaban que eso les extrañara.
Y una vez dentro, ese policía podría dar la voz de aviso para asaltar la
casa entrando desde todos los frentes posibles. Incluido desde dentro.
—Esto se acabará hoy mismo… —terció Oliver.
—Para bien o para mal —añadió Casey.
Había contado hasta tres botellas de suero… Los hombres que la
vigilaban entraban justo cuando se iba a acabar y le ponían otra sin mediar
palabra. Tampoco ella quería que le hablaran.
Ella misma se había levantado un par de veces y había ido al baño. Y en
cada una de ellas, las fuerzas eran mayores. Aunque aún le quedaba para
recuperarse del todo.
Volvió a escuchar la puerta y se extrañó. El suero todavía estaba medio y
no eran de los que se despistaban.
—Tienes mejor cara… —le dijo Daniel haciendo que el vello se le
pusiera de punta.
Fire abrió los ojos y lo miró. Parecía nervioso.
—Vete al infierno —le regalo ella a cambio.
—Esos ojos están empezando a recuperar el fuego que suelen tener. Me
alegro. —Se alejó de ella y llegó hasta la silla. La arrastró y se sentó a su lado
—. ¿Has pensado en lo que te dije?
—¿Cuál de las docenas de tonterías? —saltó ella.
—Ten cuidado, Blue. No quiero arrepentirme.
—¿Arrepentirte de qué? ¿De secuestrar mujeres? ¿De obligarlas a
prostituirse? ¿De haberme secuestrado y retenerme en contra de mi voluntad?
—De ofrecerte una vida juntos, como pareja —cortó él cansado de
escuchar sus fechorías—. De ser la Ama que yo quiero que seas.
—Ah, la tontería mayor… ¿Te vas a arrepentir? Genial, pues ya estás
tardando. Así me dejarás en paz.
—No, Blue. Si no aceptas, te mandaré con el resto de las mujeres a mis
hombres y ellos sabrán doblegarte muy bien. Volverás a mí con los brazos
abiertos y dócil como una gatita.
—¿Y de qué te serviría entonces?
—Yo te enseñaría a dominarme, a hacer lo que a mí me gusta. Estarías
aquí para mi placer. Y, con el tiempo, podría confiar en ti.
Fire rió. Lo miró con furia.
—Prefiero la muerte.
Daniel se levantó de golpe de la silla, tirándola al suelo, y le rodeó con
las manos el cuello. Apretó dificultándole respirar.
—Si no eres mía… entonces no serás para nadie…
El camión se detuvo en la primera de las rejas, la que daba acceso a la
propiedad de Daniel. El conductor bajó la ventanilla y sonrió.
—Buenos días, Warren, ¿qué tal todo?
—Ahí vamos, tranquilos. —Otro de los hombres de Daniel se acercó por
el otro lado y golpeó el cristal del copiloto para que lo bajara.
—¿Quién es ese? —preguntó Warren al ver que no iba solo.
—Es mi hijo, Dylan. Estoy enseñándole el negocio para que sepa lo que
debe hacer, no me gustaría decepcionar a Greenblacht. Paga bien y se porta
con nosotros…
Warren se quedó callado un momento. Entonces rió.
—Sí, mejor que sepan hacer las cosas que no acaben criando malvas. Que
luego es complicado esconder el cadáver.
El conductor también se echó a reír aunque, por dentro, él mismo estaba
asustado. Sin embargo, el policía interpretó su papel de chiquillo asustado.
Habían escogido a un policía joven que bien podía parecer un chaval yendo
con su padre. Claro está, uno que tenía una pistola apuntándole en las costillas
al conductor por si se le ocurría irse de la lengua.
—¿Puedo pasar entonces?
—Sí, claro. Ya las tienen preparadas para que te las lleves y Greenblacht
te dará la ubicación de las que tienes que recoger y dónde soltar a cada una.
—De acuerdo.
Esperó a que abrieran las puertas y enfiló el camión hacia la cuesta que
conducía a la casa de Daniel.
—Quedan dos controles más —susurró el camionero.
—Lo sabemos —comentó el policía—. Y tú ya sabes qué hacer —añadió
empujando el cañón del arma contra el otro para que recordara lo que podía
perder si las cosas salían mal.
Con el espejo retrovisor, miró hacia atrás, a ese remolque que llevaba y
que, en cuanto parara el motor, haría que varios policías salieran de él.
El segundo control siguió su curso, como el primero. Ninguno de los
hombres encontraron sospechas en que fuera con su hijo al trabajo.
—Es el último —avisó el conductor al policía—. Pasado este, está la
casa de Greenblacht.
—De acuerdo.
El conductor paró el camión cerca de la puerta y varios hombres se
acercaron a él. Los conocía, habían entablado cierta relación laboral, aunque
solía hablar poco con ellos.
—¿Quién es? —preguntó uno de ellos.
—Mi hijo. Le estoy enseñando el negocio familiar.
—¿Lo sabe Greenblacht? —El conductor se quedó paralizado.
—No… Él no lo ha visto aún.
—Entonces él se queda aquí. Entrarás tú solo y, si Greenblacht te da
permiso, entonces lo mandaremos para la casa.
El conductor miró al policía. No esperaba que le dijeran eso y no sabían
cómo reaccionar. De pronto, la puerta del copiloto se abrió y apenas le dio
tiempo al joven para esconder la pistola bajo una manta que llevaban en el
asiento.
—Tú te quedas aquí —le dijo uno de los hombres tirando de él para que
bajara del coche.
—¡Vale, vale! ¡Las manos quietas! —gritó el otro intentando deshacerse
del que lo había cogido—. Menudos tíos, ¿y yo voy a trabajar con estos? —
Cerró con disgusto la puerta del camión para que siguiera adelante. Era la
única forma de que el plan siguiera.
—Cuidaremos bien de él —se mofó uno de los hombres al conductor.
Este arrancó y pasó las últimas puertas mirando por el retrovisor.
Esperaba que ese chico saliera de una pieza de esa.
Unos metros después, la casa de Daniel comenzó a vislumbrarse. El
conductor detuvo el camión en el mismo lugar que siempre y bajó de la cabina
para abrir el remolque. El plan era que el policía diera un golpe en el lado
derecho para avisar a los demás pero, sin él, no habría señal.
Se fijó en que salían los hombres de Daniel con mujeres en brazos y los
saludó con la mano dando un salto hacia el remolque y corriendo al fondo de
este. Golpeó con fuerza.
—¡Ahora, ahora, ahora! —gritó.
La puerta se abrió y todos los policías que había dentro del camión
empezaron a desfilar y a abrir fuego a los hombres que soltaban a las mujeres
y empuñaban las armas. En pocos segundos, la tranquilidad del lugar se vio
salpicada con el ruido de los disparos y los gritos.
Daniel levantó la cabeza en cuanto empezó a escuchar ruido. Miró al
hombre que estaba con él.
—Ve a ver qué pasa —le dijo quedándose solo.
El otro fue hasta la puerta, la abrió y la dejó así mientras intentaba
entender a qué venía todo ese ruido. Sin embargo, en cuanto escuchó más
disparos y voces de otras personas supo que no era normal.
Se giró hacia Fire. Tenía que escapar. Metió la mano en el bolsillo y
cogió la llave que abría las esposas con las que la había atado a la cama.
Después, se ocupó de soltar la cuerda.
—Tú te vienes conmigo —le dijo sin que hubiera respuesta.
—¡Jefe, la pasma! —gritó uno de sus hombres.
—¡Da la alarma! —le ordenó. Cogió en brazos a Fire—. Cubridme —
añadió cuando vio que tenía a tres hombres consigo.
Salió de la habitación y corrió hacia el garaje. Su prioridad ahora era
salir de allí. No iban a llevarse a Fire. Era suya.
Casey y Oliver se apresuraron a organizar a los hombres. No querían que
hubiera bajas innecesarias y la prioridad estaba en capturar con vida a Daniel
y encontrar a Fire. Pero, para ello, debían encargarse antes del personal de
seguridad que tenía Greenblacht.
—¡Tenemos que entrar! —gritó Casey a Oliver. No habían podido acceder
a la casa y estaban en el jardín guardando posiciones.
—¡Te cubro! —exclamó—. ¡Vamos! —ordenó a los demás que
comenzaron a disparar para que Casey pudiera acercarse más a la casa. Junto
a él, otros policías también avanzaron y comenzaron a disparar y pelear para
incapacitar a los hombres.
Mientras, Oliver iba asegurando la zona y deteniendo a los hombres de
Daniel que aún quedaban vivos.
Casey subió al piso con el corazón en un vuelco. Fire estaba allí, tenía
que encontrarla. Fue habitación por habitación buscando y despejando el lugar,
bien disparando o dejando sin sentido a los que intentaban ponerse en su
camino.
Se fijó en una puerta abierta y entró, arma en mano. En la habitación no
había nadie pero la camilla, los pocos muebles y el aroma inconfundible de
Fire, le hizo saber que ella había estado allí.
—¡Fire! —gritó dándose la vuelta. Daniel querría irse con ella. Y la única
forma era en coche.
Corrió hasta las cocheras. No podían escapar.
Daniel colocó a Fire en el asiento del copiloto y le puso el cinturón de
seguridad. También le cerró las esposas al asiento de tal manera que, aunque
abriera la puerta, no podía escapar de él.
Corrió hacia el otro lado y se montó arrancando lo más rápido que pudo
pisando el acelerador a fondo. Ni siquiera esperó a que la puerta de la
cochera terminara de abrirse, esta le rozó todo el techo del coche. Embistió a
varios hombres a su paso y escapó del lugar por el mismo lugar que el camión
había entrado. Cuando se encontró con la carretera cortada por varios
vehículos policiales, no le importó virar el coche y meterse por un terreno de
tierra que solían utilizar los que cuidaban las plantas para escapar, tenía que
llegar a la carretera y perderlos de vista.
Volvió a la carretera principal de su finca justo para pasar por la última
puerta, abierta y con varios policías armados pidiéndole que se detuviera.
Pero no lo hizo. Tampoco ellos abrieron fuego sino que se apartaron y Daniel
embistió a los vehículos para pasar entre ellos y escapar.
—¡Maldita sea, maldita sea, maldita sea! —Cada vez que blasfemaba,
golpeaba el volante. No había bajado la velocidad a pesar de que había
bastante tráfico por la ciudad.
Escuchaba sirenas de policía aunque no veía ningún coche cerca. Debía
poner distancia, salir del estado y coger un avión lo antes posible.
Fire se quejó y empezó a toser con fuerza. Entonces se dio cuenta de que
ya no estaba en la habitación. Ante ella los coches pasaban demasiado rápido.
Los pitidos e insultos, cada vez más fuertes, fueron despejando su mente.
Entonces miró a Daniel.
—Ríndete… —le dijo—. Has perdido.
—Aún no —contestó él aumentando la velocidad.
Casey disparó al último de los hombres de Daniel que le impedía el paso.
Lo vio caer y corrió hacia la cochera pero apenas pudo levantar el arma y
amenazar a un coche que ya se escapaba. Miró hacia el resto de vehículos y
corrió a uno de ellos.
Se montó y aceleró. No iba a perderla.
En su camino, Oliver lo detuvo. Abrió la puerta y se metió.
—¡Vamos! —lo apremió.
—Llama a Jonathan, necesitamos que controle las cámaras y nos diga
cómo cortarle el paso.
Oliver agarró su móvil e hizo lo que le había pedido.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Jonathan sin apenas dejar que la llamada
diera dos tonos.
—Vamos detrás de Daniel, tienes que interceptar las cámaras y dirigirnos.
Va en un todoterreno negro.
Lo escucharon maldecir y empezar a trastear con el teclado del ordenador
de la comisaría, donde lo habían dejado.
—¡Diles que lleva a Fire, que no abran fuego! —exclamó Casey al ver
que el coche de Daniel se salía de la carretera para volver a ella después.
—¡Vale!
Los minutos se hacían horas mientras Jonathan se colaba en las cámaras
de vigilancia de las calles.
—¡Ha girado a la izquierda en su propiedad! —avisó Oliver. A ellos aún
les quedaba para llegar a hacer el giro y sabían que necesitaban las
indicaciones de Jonathan para adelantarse a él.
—¡Lo tengo! —clamó victorioso—. ¿Y vosotros?
—Un Noble azul claro —respondió Oliver.
—Os veo. ¡Girad a la derecha! Le cortaréis el paso. ¡¡Acelerad!!
—¿Cuándo giramos? —preguntó Casey. Estaba pasándose varias calles
pero no sabía por cuál.
—¡Más rápido!
Casey metió una nueva marcha y pisó a fondo pitando con fuerza para que
los coches se apartaran.
—¡Ahora!
Frenó para virar el coche y aceleró en el momento en que se puso
horizontal. Volvió al pedal del acelerador y se catapultaron hacia delante a la
calle. Justo en el momento en que se acababa, el coche de Daniel los adelantó.
Sin embargo, pudieron ver a Fire. Como ella los vio a ellos.
Casey torció en la misma dirección. Ya estaban pegados a él.
Estaba vivo… Fire suspiró y rió porque por fin conocía la verdad,
porque sus dudas se habían disipado en el momento en que ella lo había visto.
Casey estaba vivo e iba a por ella. Estaba justo detrás.
Miró a Daniel, fuera de sí. Tenía que hacer algo para que se detuviera.
Pero solo disponía del brazo que tenía con los tornillos… Miró el volante y la
calle por la que iban, y entonces no lo pensó. Con la mano atada, desabrochó
el cinturón y ae echó hacia delante y para agarrar con fuerza el volante.
El coche giró bruscamente invadiendo el carril contrario. Algunos los
esquivaron pasándose al otro sentido a pesar de rozarse con ellos. Sin
embargo, un camión que venía de frente no tenía tiempo de maniobrar
completamente.
—¡No! —gritó Daniel intentando hacerse con el control del coche y
volver al carril. Lo encauzó pero ya era demasiado tarde.
El camión, que había girado en la misma dirección de la de Daniel, los
embistió de lado con la cabina desplazándolos unos metros y haciendo que se
pegaran al propio camión mientras que, con el remolque, los envolvía en la
parte de atrás derramando la carga sobre ellos y alejando al mismo tiempo la
parte delantera del coche del vehículo. De pronto, se inició un fuego a su
alrededor y una explosión sobrevino a todos los que habían presenciado el
accidente.
El coche donde iba Oliver y Casey frenó delante del accidente. Casey se
bajó del vehículo.
—¡¡FIRE!!
Capítulo 46
Deseo es la palabra que está presente en mis labios cada vez que se
encuentran con los tuyos.
asey no podía apartar la mirada de las llamas y la humareda de humo
C que subía hacia el cielo. Habían chocado con un camión lleno de
material inflamable y este había explotado al instante, pero también
estaban ellos en peligro. Tenía que sacar a Fire de ahí antes de que
fuera tarde. Antes de que la perdiera de verdad.
—¡Fire! —gritó de nuevo intentando ver si había algún movimiento en el
coche de Daniel.
Toda la calle estaba colapsada por el accidente. Había heridos en otros
coches y la gente se refugiaba en los locales intentando evitar las explosiones
que iban sucediéndose. Otros se aventuraban para grabar con sus móviles las
consecuencias del accidente. Casey trató de correr pero Oliver lo detuvo.
—¡Es peligroso! —le replicó.
—¡Fire está ahí! —¿De verdad le podía decir que se mantuviera alejado?
¿Si hubiera sido su mujer lo habría hecho? Estaba seguro de que no. Y si no se
apartaba pronto, tendría que golpearle para que le dejara paso.
—No te lo digo por eso, ¡debemos tener cuidado! Las llamas del camión
pronto prenderán el coche y todo estallará por los aires.
—Lo sé. Por eso tenemos que correr.
Los dos se apresuraron a llegar al coche e intentaron abrir la puerta de
Fire.
—¡Necesitamos algo con lo que abrirla! —gritó Oliver al verse incapaces
de hacerlo.
Casey desenfundó su pistola y golpeó con fuerza el cristal de la ventana.
Hicieron falta tres golpes para hacer que estallara. Siguió apartando los
cristales con el arma hasta que pudo meter la mano e intentar abrir desde
dentro.
—Ayúdame, Oliver —le pidió intentando forzar la puerta para que se
soltara del agarre. Aunque les costó, finalmente cedió y Casey dio la vuelta
para entrar en el coche.
—¡Fire!,
¡Fire! —la llamó. Observó las heridas visibles que tenía y el
brazo que llevaba con hierros y tornillos, ahora ensangrentados. Intentó
moverla pero no fue muy lejos pues se dio cuenta que estaba esposada al
asiento—. ¡Mierda!
—¿Qué pasa? —preguntó Oliver.
—¡Está atada al asiento! —le respondió Casey sujetándola y estirando el
brazo que la mantenía conectada con el coche.
—¡Hablaré con los bomberos, seguro que tienen algo con lo que cortarla!
—ideó Oliver al ver que habían llamado a los bomberos y estos habían
acudido rápidamente al lugar del accidente.
Casey se quedó solo con Fire y Daniel. Entonces se fijó en él. Los airbags
delanteros y laterales habían saltado, pero el brazo izquierdo lo tenía doblado
en una postura poco normal, seguramente roto ya que tenía una fractura abierta
en la que se le veía el propio hueso. Tenía otras heridas en el rostro y la
camisa parecía ensangrentada, no sabía si por el brazo o por algún otro
motivo.
Quería haber sido él mismo quien le provocara las heridas, quien le
hiciera pagar por todo lo que había hecho sufrir a Fire, a todas las mujeres que
habían pasado por su vida. Entonces se le ocurrió que, si alguien tenía las
llaves de las esposas, era él.
Dejó a Fire en el asiento e intentó ver si podía acceder a la puerta de
Daniel. Sin embargo, los golpes recibidos y la cercanía con el camión, lo
hacían demasiado peligroso. Volvió junto a Fire e intentó llegar a Daniel.
Estaba inconsciente y eso le permitía poder rebuscarle en los bolsillos; al
menos en los que tenía acceso.
Se introdujo en el coche intentando no hacer daño a Fire pero, en el
momento en que empezó a manipularlo, los gemidos y aullidos de dolor de
Daniel hicieron que este se despertara.
—¿Dónde está? ¿Dónde está la llave de las esposas? —le preguntó a
Daniel.
—Es mía… Ella es mía, es mi Ama —contestó él intentando moverse del
coche. Sin embargo, parecía costarle respirar.
—Iluso… ella nunca podría ser tuya. Se merece a alguien mejor.
Miró hacia atrás y observó cómo los bomberos intentaban frenar las
llamas y controlar el incendio, sin mucho resultado hasta ahora.
Daniel movió su mano derecha para intentar sacar la pistola pero, justo en
el momento en que hizo sonar el percutor, Casey reaccionó rápido y lo
desarmó sin demasiado esfuerzo. Le dio un puñetazo en la cara dejando que la
ira fuera la fuerza de ese golpe.
—¡ES MÍA! —gritó Daniel intentando liberarse de su propia cárcel y
plantarle cara a Casey.
—Nunca lo fue, Daniel. Entérate de una vez. Fire siempre ha estado
conmigo, soy yo quien la quiere de verdad, quien daría su vida por ella y
jamás le pediría que cambiara por mí. Ahora me doy cuenta de que Fire es
como es en cualquier momento de su vida, y me ha hecho amarla en todos
ellos. Es algo que tú jamás vas a lograr.
Casey miró a Fire. No iba a dejarla allí, si no podía sacarla, él mismo se
quedaría. Le daba igual que las llamas lo rodearan; no le importaba que
hubiera más explosiones; Fire no iba a morir sola. Y mucho menos al lado de
una escoria como era Daniel quien estaría feliz de matarla si él estaba a su
lado.
—Fire… —susurró suplicando, de algún modo, escuchar de nuevo su voz.
La besó en los labios con suavidad.
—¡NO LA TOQUES! —chilló Daniel con los ojos fuera de sus órbitas.
No, no podía ver que otro hombre estuviera tocándola. Blue era suya, solo
suya. Porque, si no fuera así, entonces no sería de nadie. Quería haberle
disparado a ella, haber acabado de una vez con todo, pero Casey se había
interpuesto. Lo maldecía.
—Case…
—¡Fire! —repitió queriendo que hablara otra vez. Esperó hasta que abrió
los ojos y le sorprendió que, aun en esa situación, pudiera sonreírle.
—Estás vivo…
—¡Claro que sí! Y tú también. Te sacaré de ahí.
—Me prometí a mí misma que te diría algo si volvía a verte —comentó
ella pausando las palabras para tomar aliento.
—Yo también tengo algo que decirte, Fire. Pero después, ahora voy a
sacarte.
—Hay fuego… Y estoy esposada… —Fire giró la cabeza hacia Daniel
quien, al ver que lo miraba, suavizó el gesto y esperó, esperanzado, que dijera
algo.
Sin embargo, lo único que consiguió de ella fue lo que menos esperaba:
—Se acabó… —le dijo Fire a Daniel.
—¡No! Tú eres mía… Tienes que amarme, que dominarme, que hacerme
alcanzar el placer, que…
—Te equivocas, Daniel… Yo no tengo que hacer nada por ti. Tú sí por
mí… morirte…
—¿Y crees que no lo harás tú? —atacó Daniel. Sabía que estaban en
peligro. Y no parecía que pudieran salvarlos.
—Te sacaré, Fire, por favor, aguanta —habló Casey haciendo que ella se
volviera a mirarla.
—¡No! —gritó Daniel agarrando a Fire por el pelo—. ¡Mírame a mí!
—¡Suéltala, hijo de puta! —exclamó Casey agarrando el antebrazo de
Daniel y apretando con fuerza al tiempo que lo golpeaba en el pecho.
Daniel soltó de inmediato haciendo aspavientos para intentar respirar. Su
pecho empezó a mancharse más y jadeaba, como si le faltara el aire.
Casey la cogió e intentó separarla más de Daniel pero la cadena de las
esposas daba poco espacio.
—Lo que quería decirte es… —murmuró Fire.
—No, no lo digas. Espera a que te recuperes, a que yo también me sincere
contigo. Fire, no te voy a dejar.
Fire hinchó su pecho y dejó salir el aire lentamente mientras intentaba
mantenerse despierta.
—Te…
—¡¡NO!! —gritó Daniel empezando a convulsionar.
—¡Lo tengo! —avisó Oliver. Corría hacia el coche y traía consigo unas
cizallas y a un bombero detrás intentando recuperarlas para hacer su trabajo.
Casey se apartó de ella los segundos suficientes para que el bombero, una
vez le dio las cizallas Oliver, pudiera cortar la cadena de las esposas.
Liberada, se hizo a un lado para que Casey cogiera a Fire.
—Alejaos, deprisa, el coche está a punto de estallar —les recomendó.
—¡Ayuda, ayúdenme! ¡¡No quiero morir!! —suplicó Daniel resoplando y
costándole hablar.
Vieron cómo el bombero se metía en el coche y trataba de tirar de Daniel
para sacarlo. Pero cada vez que lo hacía, los gritos de este les decía que
estaba atorado en el coche, y sufriendo. Ni Oliver ni Casey sintieron lástima
por él. Se merecía eso y mucho más. Se fijaron en las llamas, estaban
demasiado cerca del depósito de gasolina.
—¡Cuidado! —exclamó Oliver agarrando al bombero quien soltó a
Daniel, aún en el coche. Los tres corrieron alejándose del vehículo, justo unos
momentos antes de que todo estallara en llamas.
—¡¡NO!! ¡¡¡NO!!! ¡¡¡NOOOOOO!!! —se escuchó seguido de gritos y
alaridos conforme las llamas hacían arder el cuerpo de Daniel.
Casey protegió a Fire de la nueva explosión, esa que, irónicamente,
cumplía con los deseos de Daniel: el tener a Fire1 a su lado, aunque fuera a
través de las llamas que acabarían con su vida de una vez y para siempre.
Capítulo 47
Déjame sacar las palabras más dulces de tus gemidos más amargos.
Déjame transformar tu sufrimiento en alegría mientras te susurro esas dos
palabras románticas.
Dos semanas después
staba harta de estar en el hospital. El problema era que los médicos no querían que se
E marchara sin revisar a conciencia el brazo. Los primeros tornillos y hierros se habían movido
en el accidente y habían provocado que entrara de nuevo a quirófano y, con ello, volver a
sufrir los dolores que ya había pasado. Afortunadamente, en esa ocasión tenía medicamentos para
aliviarlo.
Por eso, aún no la habían soltado, como ella solía decir, porque debían
hacerle pruebas y ver si realmente necesitaba una nueva operación o era
suficiente con colocarle un yeso con el que pudiera hacer vida normal. Menos
mal que, al final, habían optado por esa solución y, una vez sus heridas y
consecuencias del accidente mejoraron los médicos le dieron la buena noticia
de que podía marcharse del hospital.
Todos los días, había tenido a Casey a su lado. También Oliver, Jonathan,
Sam, Armand, Jordan, Michelle, Chris. Incluso Richard Calfer había acudido
acompañando a su padre. Allí este había conocido a Casey y habían hecho
buenas migas. Por su habitación habían desfilado muchísimas personas. Menos
mal que ahora podría descansar en su propio hogar pues tenían pensado volver
a casa en unos días.
—¿Quéestás haciendo? —preguntó Casey cuando abrió la puerta y se
encontró a Fire levantándose de la cama. Le acababan de poner el yeso
cubriendo varios tornillos de su brazo y era hora de prepararse para
marcharse.
—¿Tú qué crees? —le insinuó ella.
—Quedamos en que te ayudaría a vestirte y a guardar todas tus
pertenencias —le replicó él.
—Ya, pero puedo valerme por mí misma.
Casey se acercó a ella y la retó con la mirada para que se atreviera a
hacer alguna acción. Fire enarcó la ceja y esperó con paciencia a que él dijera
algo. Se movió a un lado y abrió el armario para buscar la ropa con la que
podía salir del hospital. Pero allí no había nada. Se volvió hacia Casey y este
levantó una bolsa.
—Tu ropa está aquí. La que llevabas no sobrevivió.
—Mejor… solo quería llevarla lo mínimo posible antes de poder
cambiarme.
Recogió la bolsa y se metió en el baño. No quería ocultarse de él, pues ya
conocían al mínimo detalle el cuerpo del otro, pero sí evitar que alguien la
viera si entraba en su habitación.
Casey se ofreció a ayudarla pero, salvo en el caso del sujetador, donde
Fire no tuvo más remedio que abrir la puerta y pedirle que le echara una mano,
el resto había conseguido ponérselo ella sola. No era demasiado complicado
teniendo en cuenta que Casey le había llevado un vestido holgado y una rebeca
para protegerse del frío que ya empezaba a hacer.
—¿Debemos esperar al médico?
—No, me dijo que pasara por la zona de enfermeras y que allí me darían
los informes, documentos de alta, citas y medicación. Por mí, nos podemos ir
ya.
Casey se acercó a Fire y le colocó un cabestrillo que le habían dado las
enfermeras cuando lo habían visto dirigirse a la habitación de Fire. Había
hecho buenas migas con ellas ya que se pasaba la mayor parte del día allí,
gracias sobre todo al permiso que su superior le había dado.
No se había apartado de la cama de Fire en ningún momento desde que
fuera ingresada. Y solo cuando recuperó la consciencia y la vio recuperar sus
fuerzas y ese fuego interior que tenía, empezó a tomarse un respiro. Era eso o
acabar dormido en el incómodo sillón de la habitación de Fire. Y ya lo había
probado muchas noches para cerciorarse de que estaba más cómodo en el
suelo que en sentado en el sillón.
—¿Nos vamos? —propuso Fire deseando cambiar de aires y, sobre todo,
salir del hospital y sentirse a gusto.
—Claro. —Cogió el bolso grande en el que había metido todos las
pertenencias de Fire y le abrió la puerta para salir.
Una vez fuera, Fire sonrió porque acababa de dar el primer paso hacia su
libertad. Entre el tiempo que había pasado encerrada en la casa de Daniel y el
hospital, lo único que quería era poder salir y decidir por sí misma lo que
quería hacer y dónde ir.
Se estremeció y se agarró el brazo al recordar a Daniel. Había sido el
causante de sus muchas pesadillas los días posteriores al accidente. La habían
despertado en mitad de la noche, gritando y empapada en sudor. Sin embargo,
había tenido a Casey para apoyarse y lograr pasar página. Ahora, él ya no
podía hacerle más daño, como tampoco a las mujeres que, gracias a la ayuda
del conductor, empezaban a aparecer y a recobrar su vida, aunque estaba
segura de que ellas tardarían bastante más en hacerlo que ella.
El contacto de Casey en la baja espalda hizo que su mente dejara de
pensar en Daniel y se centrara en él. Echó la cabeza hacia atrás y sonrió.
—¿Estás bien?
—Ahora sí… —respondió. Todavía no le había dicho lo que se había
prometido decirle. Solo esperaba a poder estar realmente a solas y compartir
un momento de intimidad con él.
Los dos se acercaron hasta la zona de enfermería de la planta quienes
tenían ya preparados los papeles y le dieron algunas indicaciones a ambos
para que la recuperación de su brazo fuera más rápida y efectiva. Se
despidieron de ellos y bajaron hasta la planta baja en busca del coche que le
habían dejado en la comisaría de Nueva York durante el tiempo que estuviera
allí.
Oliver había tenido que volver a la ciudad para hacerse cargo de los
otros casos y redactar el informe final sobre el accidente de Daniel. Los
habían felicitado por la resolución del caso aunque realmente no era tal. Con
Daniel muerto, la red de prostitución sí que se eliminaba pero, con él, se había
esfumado mucha información que podía servir para encontrar a las mujeres
secuestradas y salvarlas de su triste destino.
Fire se detuvo antes de atravesar las puertas del hospital y Casey la miró.
Observaba el exterior de una manera extraña.
—¿Tienes miedo? —le preguntó Casey.
Fire negó con la cabeza.
—Solo reúno fuerzas para enfrentarme al mundo. Para volver a cogerlo y
hacerle que caiga a mis pies —respondió ella dando el primer paso y abriendo
la puerta hacia una avalancha de periodistas que se habían convocado allí al
conocer la noticia del alta de Fire.
Todos querían una declaración de Fire sobre lo sucedido, tanto con
Daniel como con su empresa y, de esa forma, saber cuáles serían los planes
del negocio.
Sin embargo, si bien Fire atendió a los periodistas, fue muy clara en no
hacer declaraciones hasta que no estuviera en su ciudad y su empresa para
poder hacerse cargo de todo. Y, a pesar de que muchos medios no la conocían,
ninguno puso pegas a la determinación con la que habló ella dejándolos a
todos perplejos y sin saber qué decir para hacerla cambiar de opinión.
Casey le abrió la puerta del coche y la cerró una vez se sentó dentro. Fue
hasta el maletero y dejó la bolsa para, después, entrar en el vehículo.
—¿Vamos a tu hotel o a otro sitio? —preguntó Fire. Sabía que se alojaba
en un hotel cercano para poder descansar y ocuparse de algunos asuntos
policiales que aún quedaban en Nueva York. Según le había contado, la
habitación era una suite, ya que tenía un amplio salón, para poder hacer
reuniones, y después una habitación principal y un acceso a un baño.
—Al hotel —contestó él—. Pasado mañana tenemos un vuelo directo a
casa —informó refiriéndose, como ella, a su ciudad.
Fire colocó su mano envolviendo la de Casey al tiempo que este ponía
una marcha y se miraron. No les hizo falta decir nada más para acercarse el
uno al otro y besarse.
—No se les habrá ocurrido celebrar una fiesta sorpresa, ¿verdad? —lanzó
Fire a los cinco minutos de salir.
Casey la miró sorprendido. Fire se echó a reír, la cara de él le había dado
la respuesta.
Quince minutos después, Casey aparcaba el coche en el aparcamiento del
hotel y subía con Fire en el ascensor. Su rostro era de enojo y Fire sabía que
era porque había descubierto lo que le habían preparado. Pero, conociendo a
sus amigas como las conocía, era inevitable pensar en que le habían preparado
algo.
Siguió a Casey por el pasillo de su habitación y vio cómo metía la tarjeta
para que la puerta se abriera. Entonces se apartó.
—Pasa —le dijo sosteniéndole la puerta.
Fire lo miró. No quiso decir nada porque tampoco quería herir los
sentimientos de los demás. Por eso, cuando todas las luces se encendieron y
escuchó el grito unánime de “sorpresa”, se hizo la sorprendida ante esa
reunión improvisada de sus amigos. Solo Casey sabía la verdad y confiaba en
que no dijera nada.
Estaba feliz de volver a estar con sus amigas, de que todo se hubiera
acabado y, a partir de ese momento, Jonathan pusiera más cuidado en el club
online; de que Armand hubiera pasado página y se delatara con las miradas
furtivas que le lanzaba a Sam, correspondidas por ella.
Ahora, quedaba dejar atrás ese recuerdo y comenzar un nuevo camino. Su
empresa volvería a abrir en cuestión de un par de semanas y los seguros que
tenía la habían indemnizado de acuerdo con el valor de todo lo que había
perdido, no sin pelear, por supuesto. Odiaba que los demás no hicieran su
trabajo con la misma eficiencia que ella y no dudaba en dejar claro que sabía
lo que tenía, lo que valía y el tiempo que tardaría en recibir lo que le
correspondía. Ella era lo bastante clara para hacerse entender, sobre todo
porque había muchas más empresas aseguradoras y no le daba miedo
cambiarse a otra que realmente le respondiera cuando la necesitaba.
Echó una mirada a todos los que había en esa habitación. Faltaban
algunos que habían estado pendientes de ella en el hospital. Le habían
demostrado lo que era la amistad y el poder contar con ellos. Y solo esperaba
cumplir ella de la misma forma.
Finalmente, se centró en Casey. Él se había hecho un hueco en su vida y
ahora le faltaba el aire si pensaba en perderlo. Quería decirle tantas cosas que
las palabras se le agolpaban en la boca incapaces de salir. Y eso, no le había
pasado nunca. Por eso sabía lo que era.
Casey cerró la puerta de su habitación y se giró hacia Fire. Por fin se
habían quedado solos después de más de dos horas de fiesta que le habían
organizado donde las amigas de Fire se habían puesto al día y también
Jonathan y Armand le habían contado cómo iban las cosas, en todos los
sentidos.
—¿Estás cansada? —le preguntó Casey al ver que estaba echada sobre el
sofá y no le prestaba atención a la televisión. Había acabado por posar la
cabeza en su hombro y casi parecía que se estaba quedando dormida.
—Un poco. Es normal.
—Sí, lo sé. —Él había pasado una semana en el hospital y solo el
objetivo de recuperarla le había dado fuerzas para aguantar. Pero una vez la
tenía, había pasado unos días cuidando de ella muy fatigosos para él—. ¿Por
qué no te vas a la cama?
—Si vienes conmigo… —añadió ella con cierta sensualidad.
Casey se levantó del sofá y la ayudó a que hiciera lo mismo. Juntos,
fueron hacia la habitación y Fire escogió el lado de la cama en el que siempre
solía dormir.
—¿Qué
es esto? —preguntó cogiendo una cajita pequeña que estaba
encima de su almohada.
Se giró para buscar a Casey pero no había rastro de él en la habitación.
Entonces volvió a centrarse en la cajita. La abrió y vio una pulsera de oro
personalizada con una palabra que conocía muy bien: Ama.
—Al menos eso no te lo esperabas —murmuró la voz de Casey detrás de
ella.
Fire lo miró con lágrimas en los ojos. Era cierto, la había sorprendido
con ese regalo, uno que no esperaba recibir, uno que había hecho que todo su
cuerpo vibrara de emoción al saber de quién provenía ese regalo.
Dejó que Casey cogiera la caja, sacara la pulsera y le ofreció la muñeca
izquierda para que se la colocara. Una vez puesta, Fire la observó. Lo que
implicaba esa joya era mucho.
—Casey, cuando estaba en el coche y te vi, quise decirte algo… —le
recordó Fire.
—Yo también he de decirte algo.
—Te
quiero —dijeron los dos al mismo tiempo dejando a la otra persona
impactada por esas dos sencillas palabras.
Casey le cogió la cara entre sus manos y la besó, aumentando en
intensidad, disminuyendo la distancia que había entre sus cuerpos.
—Te quiero —repitió él dándole besos cortos en los labios.
Fire sonrió.
—Ya me lo has dicho —recalcó.
—Pues te lo voy a decir durante el resto de mi vida…
—Eso será si yo te dejo —bromeó ella—, y no lo digo antes.
Casey se apartó un poco de ella y la observó. Sus ojos se habían
oscurecido y su sonrisa pícara hizo que le recorriera un cosquilleo entre
placentero y desagradable por toda la espalda.
—Necesitas descansar… —le recordó Casey.
—Si voy a hacerlo… Métete en la cama desnudo, novato —le ordenó.
Fire se levantó el vestido dejando que sus muslos y ropa interior fueran
visibles y Casey la ayudó a sacárselo. Ella se dio la vuelta y cogió con la
mano buena el tirante del sujetador para que entendiera lo que quería. No
tardó mucho Casey en desabrocharlo y hacer que este perdiera el contacto con
los pechos de Fire. Lo mismo pasó con las braguitas.
—¿Ves? —dijo Fire abriendo la cama y sentándose para finalmente
tumbarse en la cama—. ¿No vienes?
Casey no se hizo esperar. Conforme iba bordeando la cama la camiseta
desapareció de su cuerpo, lo mismo que los pantalones y los calzoncillos, que
se quedaron en el suelo en algún momento de ese corto trayecto.
Cogió la ropa de la cama y se metió bajo ella para entrar en contacto con
el cuerpo de Fire. Sin embargo, al hacerlo, se dio cuenta del brazo escayolado
de Fire y su sentido de protección se activó.
—Fire, no deberíamos…
—Shhh, calla… —Fire hizo que se tumbara sobre su espalda y ella se
acurrucó a su lado, con cuidado de que el brazo quedara extendido en el
colchón pero que ni su cuerpo ni el de él lo apretaran o le hicieran daño.
Empezó a acariciar con su mano izquierda su pecho, jugando con su vello.
Le encantaba cogerlo entre sus dedos y tirar de él, sin fuerza, pero sí para
sentir la tensión que generaba en él. De nuevo, volvió a acariciarlo
acercándose al pezón derecho y provocando que Casey se tensara. Su pecho se
hinchó y tembló cuando los dedos de Fire le rozaron esa zona tan sensible.
Sin embargo, Fire no se quedó ahí, siguió su camino hacia el costado, de
ahí hacia arriba, haciendo que colocara el brazo por encima de su cabeza y lo
instruyó para que se agarrara al hierro del cabecero de la cama. La otra mano
de Casey estaba por debajo de la cabeza de Fire y la rodeaba hasta su cadera
izquierda, en un abrazo que le permitía controlarlo.
—Así estás mejor… —Sonrió ella volviendo a hacer el mismo recorrido
arañándole con las uñas. Llegó hasta el pezón y empezó a rozarlo, apretarlo,
moverlo a su antojo haciendo que el cuerpo de Casey no se pudiera estar
quieto.
Fire intercalaba las atenciones en el pezón derecho con el izquierdo y,
solo cuando su toque comenzó a ser desagradable, bajó por el vientre la mano
hasta toparse con un obstáculo.
—¿Qué es eso, novato? —preguntó ella como si se hubiera llevado una
sorpresa al encontrarlo.
Siguió rozándolo con mucho cuidado, acariciándolo con tanta suavidad
que casi parecía el roce de una pluma. Y Casey no podía hablar. Las
sensaciones que le procuraba eran tales que solo quería que lo tocara y mover
las caderas al son de su movimiento.
Fire no le hizo esperar. Rodeó con su mano izquierda su pene y empezó a
masturbarlo debajo de las sábanas al mismo tiempo que Casey empujaba las
caderas arriba y abajo, cada vez más rápido. Jadeó cuando uno de los dedos
de Fire le rozó el glande y se humedeció más, consiguiendo con ello una
mayor suavidad y que incluso él, por cómo lo había excitado, pudiera escuchar
el leve chapoteo del dedo de Fire masturbándolo en una zona concreta en la
que sentía mucho placer.
—Fire… Fire… —Sentía que su orgasmo ya llegaba.
—Aún no… —le negó Fire apretando con fuerza su pene siendo doloroso
y haciendo que gritara.
Sin embargo, no le dio opción a réplica, volvió a tensarlo, a estimularlo
con su placer, a devolverlo a ese precipicio que era su orgasmo, pero sin
dejarle dar el salto para que pudiera disfrutar de su clímax.
—Por favor… —suplicó él cuando, por tercera vez, Fire lo controló y le
impidió correrse.
Ella se incorporó hasta sentarse en la cama, retirando las sábanas y se
agachó para introducirse el pene en su boca. Comenzó a succionar y lamer
desde dentro al tiempo que, con su mano, lo masturbaba, apretando y soltando
para estimularlo más. Escuchó los gemidos y suspiros de Casey. Eso la
incitaba, la erotizaba. Quería escucharlos todas las noches, todos los días.
—Córrete, novato… —le dijo sin sacar del todo el pene y aumentando el
movimiento y los juegos que hacía con él dentro de su boca.
Casey gruñó y levantó las caderas cuando le sobrevino el orgasmo
haciendo que Fire tuviera que controlarlo para que no la ahogara. Fue sacando
su boca poco a poco, acariciando con la lengua cada milímetro del pene,
haciéndole sisear en el momento en que le rozó el prepucio o el glande.
Se incorporó y volvió a acurrucarse junto a él, ahora con una sonrisa de
superioridad por lo que había hecho.
—Podría acostumbrarme a esto.
—Lo harás… Yo me encargaré de ello.
Los dos se miraron con intensidad.
—Sí… Ama… —susurró Casey.
Sus cuerpos volvieron a fusionarse en un beso sellando el vínculo que
había nacido entre ellos, ese que, cada día, iba a fortalecerse más.
FIN
Agradecimientos
Muchas gracias por llegar a esta página de la novela. Para mí es quizás una de
las más difíciles de escribir porque hay tanto que contar y tan poco espacio en
el que escribir.
Mi primer agradecimiento va para Ricardo. Él fue la persona que, una vez
supo que tenía la idea de Fire y Casey, de Ama, me alentó a escribirla y fue el
primero en querer que lo hiciera, porque creía en mí, porque me veía capaz de
hacerlo bien, porque sabía que iba a crear una historia de los pies a la cabeza.
Bueno, pues aquí está, más gordita de lo que pensaba en un momento, y muy
orgullosa de lo que ha salido porque la he hecho con el corazón.
Mi segundo agradecimiento va para esas lectoras cero que he tenido: Ani
Escobedo Morente, Hadha Clain, y Maribel Roa. Ellas me dieron sus
opiniones y estuvieron ahí cuando flaqueé o cuando no había manera de seguir
(porque algún capítulo se me atravesó demasiado). Con sus palabras, sus
wasaps y sus llamadas, me dieron la fuerza de seguir adelante y de aportarme
objetividad en mi propia novela. Gracias, de verdad, por vuestra ayuda.
También Judith Luque me animó y me hizo querer seguir hasta el final,
conseguir mi meta, esa que, al final, logré.
Mi tercer agradecimiento va para Hadha Clain. Hadha se ha convertido
en una amiga muy especial para mí y espero que, como yo, también ella acabe
su novela y pueda sacarla pronto. Gracias por ese prólogo que me has hecho, y
gracias por estar ahí cuando tenía algún problema.
Mi cuarto agradecimiento va para Fire. Sí, sé que es un personaje, pero
me ha enseñado que, en la vida, hay que comer antes de que te coman, que hay
que ser valiente y tirar para adelante aunque las cosas te vayan mal, que hay
que luchar por tus sueños con uñas y dientes porque, quizá no sea hoy ni
mañana, pero, algún día, se obtendrá lo que se busca. Fire estaba escondida
dentro de mí y ahora es parte de mí. Por favor, espero no perder nunca ese
espíritu guerrero del que me has imbuido ahora mismo.
Mi quinto agradecimiento va para esas lectoras y lectores que me siguen.
Me da igual que estén en Facebook, en Twitter, en La panda (mi grupo de
Facebook) o en persona. Os agradezco que apostéis por mí, que cuando pida
un beso porque estoy baja de moral pronto me lo mandéis; que cuando os pida
horas porque no llego a tiempo para sacar la novela me brindéis vuestros
ánimos y apoyo. Por todo. Sin vosotras, no sería lo que soy, y por ello, os
merecéis estas palabras.
En especial, quiero nombrar a: Rosa Bayo, Encarna Prieto, Danáe San,
Juani Caparros Oliva, Yoli Gil, Marisa Goñi, Elsa Maximiliano, Emily Cruz,
Melinka Flores, Fátima Moreno, Keli Ap, Blanca Flor, Patricia Maestre
Delgado, María Ascensión Rodriguez Peramos, Estrella Pérez, Ofra Cruz
Fernández, Nuria Bnds, Mari Carmen Sáez García, Leyre Villanueva, Elisa
Expósito, María Remedios Molinero Díaz, Paola Gualteros, Sonia Martínez
Gimeno, Elizabeth Rodriguez, Soraya Escobedo Campos y Elisa Martinez,
porque ellas se lo merecen. Porque sé que están ahí y me han respondido en mi
grupo, porque sé que puedo contar con ellas.
Y, finalmente, mi sexto agradecimiento va para ti, por haberle dado la
oportunidad al libro, por haberme escogido a mí entre tantos autores y autoras.
Espero que hayas disfrutado con la historia, que te haya llegado y ahora seas
tú quien haga brillar esta novela haciendo que otra persona la lea. Ese sería mi
mayor deseo.
Kayla Leiz,
escritora.
Sobre La Autora
Kayla Leiz. Encarni Arcoya. La misma persona pero con dos nombres diferentes. Cuando empecé a
escribir y publicar lo hacía con mi nombre pero siempre tenía esa duda de qué pasaría si tuviera un nombre
extranjero. Por cosas de la vida surgió la oportunidad y así nació Kayla Leiz.
He escrito muchos libros, tanto cuentos infantiles – Los monstruos de las cosquillas; Álex y Alma:
nos vamos a la pastelería; La eñe sin rabito; Álex y Alma: nos vamos al espacio; El secreto de los doce
del zodiaco chino – como juveniles – En las fauces del amor; Suki desu. Te quiero; Solo en la eternidad;
Historias reales para princesas principesas; Historias reales para príncipes princesapes – y de adultos –
Un profesor como regalo de Navidad; El cuarto rey mago; Rendición; Sed de ti; Re-enamorarse; Pasión a
través del hilo rojo del destino; Cinco para una; Caza a la mentirosa; Hessa: Un amor entre leyendas;
Amar por partida doble.
Mi meta es que todas esas historias sigan brillando y que más personas las lean para que no sean
olvidadas ni se apague su luz.
Tienes más información sobre mí en mis páginas o puedes encontrarme en las redes sociales.
Estaré encantada de compartir mi tiempo con los lectores.
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confesarse. Tras una interrupción poco afortunada en clase, tiene que ir al despacho de
éste para descubrir que, afortunadamente, los sentimientos que ella tiene no son
unilaterales. Gideon Richard es profesor universitario y solo espera que una de sus
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pasar un mal rato en clase la cita en su despacho para reconfortarla. El problema es que
no puede controlar los deseos de su cuerpo por ella.
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Jesús expiró en la cruz. Sin embargo, fue dotado con el don de la reencarnación, y vida tras vida su único
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un joven de treinta y tres años cansado de vivir, harto de todas las vidas pasadas, de saber que se le priva
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mundo ellos solos. Sus mejores amigos, Josh y Alice, están
siempre con ella y son con quienes más se relaciona porque se
siente a gusto con ellos. Pero lo más excitante en su vida son los
sueños con dos hombres que, en la cama, le dan mucho placer...
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deben vincularse, cada uno, a una mujer de su mundo pero, cuando ambos
descubren en sus sueños a una mujer que les remueve el corazón, y parte de su
cuerpo, no se lo piensan: la quieren a ella y, para ello, no dudarán en ir a
buscarla para hacer realidad esas fantasías que, los tres, han compartido en los
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Hessa es guía turística en Granada. Junto a su mejor amigo, Izan, y a Laia,
dirigen TUPUG, una empresa de visitas turísticas a distintas zonas de la
ciudad. Ella es la encargada de enseñar la Alhambra, el monumento principal
y donde destaca por el amplio conocimiento que tiene de esta fortaleza roja.
Pero, ¿qué pasaría si Hessa estuviera más vinculada de lo que ella sabe a la
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de ese palacio nazarí?
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de trabajo y comienza a ir a una discoteca de moda.
Desde hace una semana, Wolf no ha perdido de vista a esa criatura que
recientemente frecuenta su negocio. Y cada vez le cuesta más dejar de
observarla. La atracción que sienten es mutua, pero Wolf, al descubrir que es
virgen, se aleja de Shanie por su bien. Un año después no ha podido olvidarla, y
cada día se arrepiente más de lo que le hizo.
Después de lo sucedido con Wolf, lo único que quiere Shanie es que la dejen en
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misma para no volver a sufrir nunca más. Cuando Wolf reaparece en su vida, se propone sacarla de su
letargo como sea y recuperar a la Shanie que conoció y de la que se enamoró, aunque para lograrlo tenga
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Un vampiro solo encuentra a su alma gemela una vez en la vida vampírica.
Cuando Raven pierde a su esposa por no ser capaz de convertirla en el monstruo que
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Juntos podrían encontrar la felicidad pero… ¿Será capaz Raven de darse una segunda oportunidad y
aceptar lo que es: un vampiro?
Hace casi dos años, Adam perdió a su esposa en un accidente de coche y no cree
que pueda volver a enamorarse nunca más. Vive obsesionado por la seguridad de
su hijo Colin, así que decide contratar a una estudiante de magisterio para que se
haga cargo de él por las tardes.
Jackie siente devoción por los niños y adora a Colin, con quien pasa muchas horas
al día. Ha conseguido devolverle la alegría al pequeño y se siente feliz por ello. El
problema, sin embargo, son los sentimientos que tiene hacia Adam, deseos que
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¿Estarán preparados para darle una segunda oportunidad al amor?
Kendrick Mackay es un poderoso guerrero al servicio del rey Macbeth. Sobre
él se cierne una profecía según la cual una mujer acabará con el clan Mackay.
Leilany está harta de su vida, de la gente que la rodea, de sus quilos de más y
de sentirse tan miserable. Tras sufrir un accidente de coche, se despierta en
medio de una batalla en la Escocia del siglo XI. Cuando ve pelear a esos
hombres que parecen sacados de las novelas románticas, piensa que está en el
cielo.
Aunque también cabe la posibilidad de que haya retrocedido en el tiempo con
el fin de encontrar el lugar al que pertenece y al hombre al que está
predestinada. Será verdad?
Ex quería huir de su pasado, dejar atrás aquello que tanto
daño le había hecho y empezar de cero. Cuando llega a un
pueblo desconocido, un travesti la invita a un local
exclusivo para mujeres.
Los cinco strippers, a cuál más atractivo, que allí trabajan
la acogen en su casa y le ofrecen un trabajo en el club.
Cuatro de ellos están encantados de compartir su casa con
ella y le enseñan las delicias del sexo. El quinto se resiste
porque se ha enamorado de Ex y la quiere en exclusiva. Pero antes de disfrutar
de su amor, ella deberá poner en orden su pasado y resolver el asunto que la
hizo huir de casa.
¿Y si el pasado vuelve justo en el mejor momento de su vida?
Chloe y Storm mantienen una relación vía email desde
hace un año. Gozan de una amistad muy sólida, pero
¿qué pasará cuando Storm decida ir a conocerla y se dé
cuenta de que la foto que ella le envió no era suya?
Chloe no tendrá más remedio que confesarle la verdad,
que la persona que él conoce como Sunny es ella en
realidad, Chloe, una chica normal y corriente que le ha
estado mintiendo, incluso cuando su primera norma fue
«no mentir». ¿Podrá perdonarla?
Casius es un chico atormentado por el poder que le domina. Como
rewop, su poder del fuego es el doble del de cualquiera de los
suyos. Tiene una cuenta pendiente con su mejor amigo, Zether, por
quien perdió aquello que más quería. Ahora que ha vuelto, sólo
quiere encontrarle y vengarse.
Aislan lleva un año viviendo sin vivir. Sus padres no la quieren y, el
único que le demostraba amor, era su hermano Kyle. Una noche,
cuando se encuentra con varios rewops de los que tiene que huir,
topa con Zether y éste le ayuda.
Su encuentro no será más que el enlace para que ella y Casius unan sus destinos.
Darius es el heredero de la casa Sythus, que gobierna la ciudad en la que viven. Pero
no es feliz. La única felicidad la encuentra visitando los sueños de una mujer que le
atrae y por la que comienza a descubrir lo que son los sentimientos.
Kayla es una muchacha en coma desde que fue golpeada tras evitar la violación de
una menor. Está sola en el mundo de los sueños hasta que un joven aparece ante ella.
Gracias a él, volverá a despertar en el mundo real.
Pero, a veces, el amor de dos personas no es suficiente para derribar las barreras que
marca la sociedad en la que viven. ¿O tal vez sí?
Un amor que trata de sobrevivir en medio de una lucha entre el bien y el mal.
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1Fire es fuego en inglés. Daniel se ve rodeado por las llamas, como si la propia Fire se tratara.