Los skinwalkers son la raza a medio camino del hombre y el grupo se razas conocidas como
licantropos, desde lobos a cocodrilos y tigres pero una raza de licantropos no tan vista seria de las
comadrejas, animales pequeños pero cazadores violentos y eficientes, impresionantes en su nivel
cazando a seres que le doblan en tamaño, habitantes de la infraocuridad solo una raza de hombres
comadreja abitan las zonas heladas de Tian xia, conocidos por ser tan rápidos que no se les puede ver y
cortar los tendones de los viajeros durante las tormentas de nivel. Sus Skinwalkers simbolo de mal
agüero hacia mucho ya no abitaban los teritorios de sus ancestros despues de que los años les enseñaran
que unos animales conocidos como uno de los mas territoriares del mundo no soportan ni tener a su
misma gente cerca.
Los skinwalkers de la comadreja blanca no eran una tribu, sino un secreto. Se autodenominaban Shiroi
no kage ("Sombras Blancas" en la lengua vulgar de Tian Xia), aunque nadie en el pueblo humano
cercano a las Montañas Kullanmaa los llamaba así. Para los granjeros de Anuli, eran los mustélidos:
criaturas de ojos dorados que robaban gallinas y dejaban huellas de manos pequeñas y peludas en el
barro. Shirayuki nació en una aldea de casas de corteza de abedul escondidas entre los pinos negros,
donde el humo de las hogueras siempre olía a menta silvestre.
Su madre, Yukina, era cazadora y artesna. La había concebido en una primavera con un forastero que
jamás volvió; las comadrejas, después de todo, no crían en pareja. Pero Yukina tejía historias sobre
aquel hombre, un hombre grande como el solo. "Tu padre era un herrero errante", le decía mientras
afilaba sus cuchillos. "Forjaba espadas que billan bajo la luna. Un día regresará y te enseñará a hablar
con el acero". Shirayuki, de tres años y piel aún sin marcas, creía cada palabra.
La tribu era un puñado de almas frágiles. Diez adultos, tres niños. Cazaban de noche y trabajaban en el
día. Los humanos de Anuli los conocían como un grupo de ermitaños que habían emigrado a su tierra
desde el otro lado del mar hacia ya dos generaciones, desconociendo su verdadera raza la malloria solo
conocían a los Shiroi no kage reparaban herramientas a cambio de sal, y sus niños, con dedos ágiles y
agilidad de gato, jugaban a esconderse entre los carros del mercado. Shirayuki era la más curiosa. A los
cuatro años, ya trepaba a los tejados para robar tuercas oxidadas y engranajes rotos, tesoros que
guardaba bajo su cama fascinada con sus formas inusuales.
Es su primera memoria de cuando estaba con su madre en el mercado.
"El hierro sabe a frío penso. La tuerca que sostengo tiene dientes, pero no muerden. La giro contra la
piedra y chilla. El hombre del mercado dice que es basura. Él no ve lo que yo veo: si junto varias
podría hacer algo con ellas. Mamá me llama 'mi pequeña ingeniera'. No sé qué significa, pero su voz
suena a miel quemada. Le regalo la tuerca. Ella la ata con un hilo a su collar. 'Así nunca olvidarás',
dice. Yo solo me fijo en que sonríe."
Cuando ella tenia como 8 años un mercader de Qadira, perdido en los bosques lejos de su patria, llegó a
la aldea pidiendo refugio. Yukina lo hospedó, y a cambio, él le dio a Shirayuki una caja de música de
una madera color ébano. "Gira la llave, pequeña bestia", le dijo. La melodía era El Vals de las Sombras,
una canción de Nidal que heló la sangre incluso a los adultos. Pero Shirayuki la amó. Dormía abrazada
a la caja, repitiendo la canción hasta que los adultos le arrancaron el mecanismo. "Es peligrosa", le
advirtió Yukina. "Esas cosas atraen fantasmas".
La niña no obedeció. Reensambló la caja en secreto, usando las tuercas robadas. Aprendió a replicar el
vals con silbidos, y cuando la tribu la reprendió, corrió al bosque. Allí, entre los abetos, conoció a Aiko,
una niña humana de Anuli que pastoreaba cabras.
"Aiko tiene el pelo como heno quemado. Me enseña una muñeca de trapo. 'Se llama Kiyomi', dice. Yo
le doy mi caja de música. Ella gira la llave y llora. 'Suena como mamá cuando llora', susurra. No
entiendo, para mi suena como un pequeño piano tocando una melodía lenta como una canción de cuna,
pero abrazo a Aiko. Sus lágrimas huelen a sal. Prometo regalarle la caja si quiere al amanecer. Pero esa
noche, los lobos llegan."
Los lobos eran humanos con armaduras de cadáveres. Mercenarios cazadores de esclavos que llegaban
como fantasmas saliendo de la oscuridad guiados por una melodía desconocida cantada por sombras
espectrales. Atacaron la aldea con hachas y antorchas verdes. Yukina empujó a Shirayuki hacia un túnel
oculto bajo el río. "¡Corre hacia las rocas azules! ¡No mires atrás!". Pero Shirayuki miró. Vio cómo un
hombre con máscara de cuervo atravesaba el pecho de Yukina con un estoque. Vio la caja de música,
olvidada junto al fuego.
"Mamá yace en el barro. Su sangre dibuja raíces alrededor de la caja. Si solo la paro... Los gritos son
agujas en mis orejas. Corro. La madera está caliente. La llave gira sola y soy incapaz de detenerla. El
vals suena. Entonces, una mano me agarra por el cuello. Huele a vinagre y azufre. 'Un híbrido', ríe la
voz. 'El Barón pagará bien por esta alimaña'."
La Subasta de Magnimar
Shirayuki viajó dos meses en una jaula de hierro, alimentada con pan mohoso y gotas de agua. Los
cazadores le enseñaron a no morder: por cada dentellada, le arrancaban un mechón de pelo plateado.
Para cuando llegó a Magnimar, ya no lloraba. Solo canturreaba el vals que se pego en su cabeza.
La subasta ocurrió en el Circo de los Susurros, un teatro abandonado donde los esclavos eran los
"actores". A Shirayuki la vistieron con sedas y la encadenaron a una plataforma giratoria. El pregonero,
un hombre sin párpados, anunció: "¡Lote 33: hembra skinwalker, subtipo comadreja! Doméstiquenla
para placer o combate; sus uñas cortan como una daga y su piel... bueno, mírenla".
"Las antorchas me ciegan. Hombres y mujeres me mirar fijamente. Uno grita: '¡Que baile!'. Otro: '¡Que
muestre los colmillos!'. Giro y giro. El vals resuena en mi cabeza. Una mujer con capa de plumas lanza
una moneda. Me golpea la frente. Sangro. Ríen. Cierro los ojos y imagino que mamá me abraza. Pero
cuando los abro, veo... a él."
El comprador fue el Barón Alaric Voss, un ingeniero chelaxiano exiliado. Alto, de barba canosa y
manos cubiertas de cicatrices de quemaduras, llevaba un reloj de bolsillo que reproducía El Vals de las
Sombras. Pagó 3000 piezas de oro por Shirayuki. "Eres un materia en bruto", le dijo al levantar su
rostro con una manopla de latón. "Pero con mis herramientas, te convertiré en una máquina perfecta".
El Barón Voss no era un buen amo, sino un artista obsesionado con alguna tecnología perdida. La tuve
una temporada cerca suyo vivía en una mansión de ladrillos negros al sur de Holomog, llena de
autómatas medio terminados. Shirayuki dormía en una jaula junto a su taller, donde él pasaba noches
enteras dibujando diagramas. "Cuando pula mis habilidades estoy seguro, seras mi proyecto
definitivo", le decía. "Una muñeca con alma".
Pero el Barón también tenía momentos mas cercanos. Le enseñó a leer usando sus tratados de
ingeniería, le regaló el primer vestido que no era un trapo y, cuando ella cumplió nueve años, le dio una
comadreja de juguete. "La llamarás Niko", ordenó. Shirayuki odiaba al autómata, pero lo abrazaba cada
noche, imaginando que era el baron padre de las historias de Yukina.
"El Barón me hace vestir como su difunta hija. Me llama 'Lysandra' cuando está borracho. Anoche me
mostró un retrato: una niña rubia de ojos muertos. 'Ella era débil', dijo. 'Tú no lo serás'. Cuando
duermo, sueño que soy Lysandra. Que él es mi padre. Que si soy buena, me querrá. Pero por la mañana,
me ata a la mesa porque esta ocupado para vigilarme. 'haz ruido y te rompo la lengua', susurra.
La Cueva
El Fetchling no tenía nombre. O quizás sí, pero nunca lo pronunció. Lo llamaba sensei con una ironía
tan afilada como sus estiletes, aunque él solo respondía a golpes. Un día el barón lo llamo pata un
trabajo, con un pago por adelantado para entrenar y preparar a su proyecto personal mientras el
avanzaba con su trabajo, algo para escapar de la mortalidad de la carne decía, después lo siguiente fue
estar en la cueva, este no parecía un lugar, sino un vientre de piedra: estalactitas como dientes, charcos
de agua salada que quemaban heridas abiertas, y el olor a moho y sudor adolescente. Shirayuki tenía
nueve años cuando el Baron la entregó a aquel espectro de piel ceniza.
"Los huesos son el primer engranaje que debes romper"
No llores. No. Llorar es sangre en el agua. Él huele el miedo.
El Fetchling le arrojó un shuriken oxidado a los pies. "Recógelo. Tu primera arma". Ella se
agachó, y su espalda ardió bajo el látigo que él blandía. Ella cayó de bruces con la mejilla
rasgada por una piedra. "Un asesino no se doblega", escupió él. Ella se levantó. Volvió a caer.
Se levantó. Diez veces. Veinte. Hasta que el shuriken tembló en su mano.
"La noche es una mentira"
Si cierro los ojos, veo Anuli. Mamá cantando. Papá ajustando relojes. No. No debo ver.
El Fetchling la encerró en una celda sin luz durante semanas. Pretendía que aprendiera a
moverse en la oscuridad total, guiándose por el sonido de la respiración. "Los ojos mienten. Los
oídos traicionan. Solo el instinto no falla". Ella falló. Muchas veces. Sus brazos aún llevan las
marcas de cuchillos ajenos, cicatrices que recordaba sus fracasos.
"Eres un reloj descompuesto"
Quiero que me elogie. Solo una vez. Empezó a pensar ella desesperada por algo de afecto
Shirayuki logró clavar un shuriken en la garganta de un mercenario capturado. El hombre tosió
sangre, sus ojos suplicando piedad. El Fetchling se rió. "Tardaste tres segundos más de lo
necesario. Eres lenta. Débil". Esa noche, ella talló No soy débil en la pared con una uña rota. Al
amanecer, el Fetchling la obligó a lamer la piedra hasta borrarlo.
A los catorce años, la llevaron al Centro Druídico de Anuli. Cerca de el mismo bosque donde jugaba de
niña. El Fetchling la abandonó ante un druida tuerto llamado Vareth. "Se supone te enseñe magia asi
que espero tu sangre de bestia no te haga tan ignorante", dijo.
El Ritual del Familiar: "Tú no me elegiste, ¿verdad?"
Te llamaré Yukio. Como el osito de trapo que quemaron en Anuli.
La comadreja de juguete, heredada de su tiempo en la mansion, yacía en un círculo de hongos
bioluminiscentes. Vareth le ordenó beber una poción de raíz de wyvern. El dolor fue eléctrico. Yukio se
retorció, incapaz de usar adecuadamente la magia su juguete roto para dar paso a piel viva, dientes
afilados. Cuando mordió su mano, Shirayuki su miedo. Es como yo, pensó.
El tiempo en el centro no fue realmente malo, Shirayuki no era exactamente buena en las artes
druidicas a pesar de su apariencia, pero era lo bastante inteligente para trabajar con plantas creando
remedios y demas urguentos, por otro lado no tenia realmente amistades en ese sitio, ella era solitaria y
se apartaba de todos por su tiempo en la cueva, se cubría casi completamente para ocultar las cicatrices.
Por otro lado si tenia un amigo, un chico algo mayor llamado Kaelan, siempre se acercaba a ella con
regalos como flores.
Kaelan, aprendiz de herborista, le enseñó a distinguir venenos. Le historias de dragones y demas
maravillas que habían fuera de esa ciudad. Pero una noche, junto al estanque con sus amigos sin previo
aviso, la empujó contra un roble. Mientras alguien mas la sujetaba de los brazos "Siempre quisiste esto,
putita", gruñó. Sus manos olían a cicuta. Ella le clavó los dientes para soltarse pero el solo reía mientras
le desvestía con la mirada.
Vareth encontró el cadáver de los tres chicos al día siguiente con marcas de cortes y garras, ella solo
respondió repitiendo "Él se cayó". No le creyó. Los druidas la declararon corrupta pero antes de que
hicieran nada. El Fetchling reapareció, indiferente. "Si no sirves para la magia abra que buscar otra
manera".
A los dieciséis, la enviaron a La Rosa de Jade, un burdel en los bajos fondos de Magnimar. La madama,
una humana con ropa que la hacia parecer una medusa con escamas pintadas de dorado. El sitio,
inesperadamente lujoso por dentro, como un palacio con decoración exagerada.
Su cliente tenía manos de panadero. Olía a levadura quemada pero nunca le dirigió la palabra y ella
solo actuó como un cadáver inmóvil todo el tiempo.
Shirayuki aprendió rápido: un susurro en la oreja, un muslo rozando una entrepierna, un cuchillo bajo
la almohada por si acaso. Usó afrodisíacos en el vino para acelerar el acto. Pero una noche, un
mercenario borracho la golpeó hasta romperle dos costillas. La madama le escupió: "Aprende a
disfrutarlo, o te rompera más".
A los diecinueve, el Fetchling la declaró "terminada". El Baron la recibió en su taller, entre autómatas
chirriantes. "Mi pequeña relojera", sonrió, ignorando sus cicatrices. El punto de todo esto, la razón de
tantos años era para asegurarse aguantara lo que venia, con ella aun consciente la subió a la mesa de su
taller, paralizada y desnuda fue abierta en canal, mientras la magia la mantenía viva el barón cambio su
sangre por un liquido escarlata, saco su corazón y movió sus órganos para hacer espacio a una maquina
de relojería que bombeaba este liquido por su cuerpo. Este era solo el primer paso, cuando su cuerpo se
adaptara pasaría a cambiar sus huesos y carne le dijo cuando despertó después de desmayarse del dolor.
El Juego del Gato y el Ratón Enjaulado
“Quería que me viera. Que reconociera lo que él creó”.
Shirayuki saboteó sus creaciones con aceite de serpiente en los engranajes. Los autómatas se
derrumbaban en plenas demostraciones. El Baron tuvo sus sospechas pero al final culpó a "errores de
diseño". Ella ofreció masajes en sus hombros cansados. "Eres como la hija que perdí", murmuró él,
mientras sus manos recorrían su espalda.
Su piel sabía a pólvora y nostalgia. Lo sedujo por meses con todo lo que aprendió. Usó un afrodisíaco
que paraliza a las horas y cuando el la llevo a la cama tuvo una de las mejores noches de su vida, con
ambos satisfechos la droga al fin hizo efecto y ella aun desnuda saco su cuchillo de la almohada para
abrir en canal con cuidado de no matarlo por accidente vio como a excepcion de su bazo todo en el era
orgánico, ella era su conejillo antes de intentar nada en si mismo pero mientras pensaba en eso la vida
ya lo habia abandonado. Cuando él se desplomó, sonriente y vulnerable, ella le susurró: "Tus diseños
eran mediocres". Ella robó sus diarios, quemó el taller, y dejó un shuriken clavado en su corazón por si
acaso.
Shirayuki no lloró al marcharse. Pero en las afueras de Magnimar, vomitó hasta vaciar su estomago.
Yukio lamió su mejilla, sabiendo la verdad que ella jamás admitiría:
El Baron fue el único que dijo "te quiero", aunque fuera una mentira fue lo mas cercano a un padre para
ella.
Holomog no era un refugio, sino un laberinto de mármol astillado y torres inclinadas, donde el aire olía
a estática y las calles susurraban ecos de guerras olvidadas. Shirayuki llegó con una bolsa de monedas
robadas al Baron y una orden de captura pegada a su nombre en cada puesto de guardia. Los carteles
decían: Viva o muerta.
Día 12 en Holomog: Un grupo de mercenarios ganzi, sus pieles moteadas por destellos de energía
caótica, la acorralaron en un mercado de suministros mecánicos. Shirayuki usó un polvo cegador
(mezcla de azufre y pétalos triturados de flor de luna) para escapar, pero no antes de que una bala de
arcana le quemara el hombro izquierdo. Yukio, su comadreja familiar, mordió los cables de un
autómata de carga, provocando un incendio que distrajo a sus perseguidores.
Vivió tres meses entre tuberías corroídas y ratas mutadas por energía planar. Allí talló trampas con
restos de hierro y sobornó a traficantes con favores sexuales. "Un coito rápido duele menos que una
espada en el estómago", le dijo a Yukio, aunque su voz temblaba.
El templo De Arshea estaba escondido tras la fachada de un teatro abandonado en el distrito de Las
Agujas Doradas. No tenía paredes internas; solo cortinas de seda translúcida y un techo abierto al cielo
nocturno. Las sacerdotisas bailaban desnudas, sus cuerpos pintados con runas que brillaban al ritmo de
tambores.
Cuando Shirayuki se decidió a refugiarse en el templo le dieron la bienvenida y cuando pidió participar
en los ritos fue obligada a desnudarse y caminar sobre brasas mientras recitaba un canto que alejaba el
dolor. "El dolor es una prisión que tú construyes", le dijo la sacerdotisa, una elfa con tatuajes en forma
de constelaciones. Al caer agotada, una aprendiz le untó ungüento de hielo y miel en los pies. "Arshea
no premia el sufrimiento, sino la elección de dejarlo ir", explicó.
Durante una ceremonia de "Unión Libre", Shirayuki se acostó con un herrero enano "Tienes manos de
mecánica... pero frías, como metal", murmuró él. Esa noche, entendió que su cuerpo no era solo un
arma: podía ser un puente, un consuelo. O al menos, un espejo.
- Aunque abrazó la filosofía de Arshea, seguía usando el sexo como herramienta. Manipuló a un oficial
de la guardia para obtener documentos falsos, drogando su vino.
El Clérigo de Brigh y la ehrmandad
El reverendo Kaelen era un hombre flaco de gafas de cristal ahumado, con una pierna reemplazada por
una prótesis de latón. La encontró desplomada en un callejón, tosiendo sangre negra (su corazón
artificial fallaba; el Baron nunca terminó los filtros de este y ya estaba en su limite).
El clérigo la escondió en su taller bajo una iglesia de engranajes giratorios, hogar de un grupo de
artesanos bastante únicos, unidos no por un dios sino por un credo compartido, aunque si era verdad
que habían muchos seguidores de Brigh. Allí, Shirayuki aprendió tres lecciones:
1. La Ética del Compartir: Kaelen le mostró planos robados a un gremio de artificeros avaros. "El
conocimiento atrapado se oxida".
2. El Costo de la Arrogancia: Su necrosis en las manos empeoraba. Kaelen le construyó guantes de
cuero con refuerzos de acero, pero advirtió: "No detendrá la muerte. Solo la pospondrá".
3. El Voto de la Warsmith Brotherhood: "Las obras de un artista deben beneficiar a todas las
entidades...". Ella rio al leerlo. "Suena bonito. ¿Funciona?".
Iniciación en la Warsmith Brotherhood
La ceremonia se realizó en una cámara subterránea bajo Magnimar, rodeada de máquinas de vapor
anticuadas. Los hermanos llevaban máscaras de metal calado con forma de engranajes.
Como primera prueba para entrara a la Hermandad debió navegar un pasillo con espejos que mostraban
sus peores recuerdos (el Fetchling golpeándola, Kaelan muriendo, el Baron chamuscado). Yukio guió
mordiendo su tobillo cuando titubeaba.
Después quemó sus herramientas de asesina (shurikens envenenados, frascos de afrodisíacos) en una
forja sagrada como símbolo de dejar sus lealtades anteriores. El humo le hizo toser sangre pero con el
juramento dicho se encontró siendo al fin parte de algo con un grupo muy unido, fanáticos de su visión
y combatientes hábiles de su estilo de combate único de la ehrmandad.
- Aunque juró difundir el conocimiento, ocultó sus notas sobre el corazón artificial del Baron. "No está
completo", justificó aunque en realidad quería ser ella y solo ella quien lo completara.
Regreso a Magnimar
Nunca espero volver a esta ciudad, pero su misión era clara: infiltrarse en las excavaciones de las ruinas
thassilonianas cerca del Puente Irespan, buscar artefactos de ingeniería prohibida y robarlos para la
Hermandad.
En una cámara subterránea, encontró un generador de energía runico intacto, protegido por un guardián
de carne y metal fusionados. Shirayuki usó sus guantes para desactivar trampas, pero sus dedos
necrosados fallaron al final. El guardián se despertó y la lanzo contra una pared, sus garras perforando
su vientre pero aun se podía mover si tan rápido como pudo corrió de la criatura.
Shirayuki sabía que se moría, no por la herida en su cuerpo ya hacia mucho curada. Lo sabía cada vez
que su corazón artificial omitía un latido o al ver la piel de sus manos pudrirse. Pero en las reuniones de
la Hermandad, hablaba con voz firme mientras defendía su trabajo.
Por otro lado algas veces a la semana visitaba el templo de Arshea para bailar descalza bajo la luna,
ignorando las miradas de las sacerdotisas. "No soy una de ustedes", decía tratando de crear distancia.
Pero una noche, rompió a llorar en brazos de la Suma Liberadora. No hubo sermones. Solo silencio, y
el canto de los grillos.
Notas:
- Su sabotaje al Baron dejó rastros: un discípulo suyo, obsesionado con revivirlo, rastreaba sus
movimientos.
- La necrosis avanzaba; pronto necesitaría extremidades prostéticas. ¿Las aceptaría, convirtiéndose en
lo que el Baron quiso que fuera?
- Arshea y la Hermandad tiraban de ella en direcciones opuestas: ¿Liberación personal o sacrificio por
el progreso colectivo?
Shirayuki no tenía respuestas. Pero tenía un shuriken escondido en el dobladillo de su manto, y una
comadreja que nunca juzgaba. Por ahora, era suficiente.