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Fábulas y cuentos con moraleja para niños

La fábula de 'La gallinita roja' enseña que el trabajo debe ser compartido para disfrutar de los frutos, mientras que 'El perro y su reflejo' resalta la importancia de valorar lo que se tiene. En 'El mono y la naranja', se ilustra que es mejor concentrarse en una tarea a la vez para lograr el éxito, y 'Las cabras testarudas' muestra que la confianza en uno mismo puede superar obstáculos. Finalmente, la leyenda sobre los perros explica su comportamiento de olerse la cola como un recordatorio de su lucha por ser tratados con respeto y cariño.
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Fábulas y cuentos con moraleja para niños

La fábula de 'La gallinita roja' enseña que el trabajo debe ser compartido para disfrutar de los frutos, mientras que 'El perro y su reflejo' resalta la importancia de valorar lo que se tiene. En 'El mono y la naranja', se ilustra que es mejor concentrarse en una tarea a la vez para lograr el éxito, y 'Las cabras testarudas' muestra que la confianza en uno mismo puede superar obstáculos. Finalmente, la leyenda sobre los perros explica su comportamiento de olerse la cola como un recordatorio de su lucha por ser tratados con respeto y cariño.
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Fábula: “La gallinita roja”.

Érase una vez una gallinita roja que encontró un grano de trigo.

—¿Quién plantará este grano? —preguntó.


—Yo no —dijo el perro.
—Yo no —dijo el gato.
—Yo no —dijo el cerdo.

—Entonces lo haré yo —dijo la gallinita roja—. ¡Clo, clo!

Y plantó el grano de trigo y este creció muy alto.

—¿Quién cortará este trigo? —preguntó la gallinita roja.


—Yo no —dijo el perro.
—Yo no —dijo el gato.
—Yo no —dijo el cerdo.

—Entonces lo haré yo —dijo la gallinita roja—. ¡Clo, clo!

Y cortó el trigo.

—¿Quién llevará el trigo al molino para hacer la harina? —preguntó la gallinita roja.
—Yo no —dijo el perro.
—Yo no —dijo el gato.
—Yo no —dijo el cerdo.

—Entonces lo haré yo —dijo la gallinita roja—. ¡Clo, clo!

Llevó el trigo al molino y más tarde regresó con la harina.

—¿Quién amasará esta harina? —preguntó la gallinita roja.


—Yo no —dijo el perro.
—Yo no —dijo el gato.
—Yo no —dijo el cerdo.

—Entonces lo haré yo —dijo la gallinita roja—. ¡Clo, clo!

La gallinita amasó la harina y luego horneó el pan.

—¿Quién se comerá este pan? —preguntó la gallinita roja.


—Yo —dijo el perro.
—Yo —dijo el gato.
—Yo —dijo el cerdo.
—No, me lo comeré yo —dijo la gallinita roja—. ¡Clo, clo!

Y se comió todo el pan.

Moraleja: No esperes recompensa sin colaborar con el trabajo.

Ana Victoria Rodriguez Milla. – 2° A.


Fábula: “El perro y su reflejo”.

Un perro muy hambriento caminaba de aquí para allá buscando algo para comer,
hasta que un carnicero le tiró un hueso. Llevando el hueso en el hocico, tuvo que
cruzar un río. Al mirar su reflejo en el agua creyó ver a otro perro con un hueso
más grande que el suyo, así que intentó arrebatárselo de un solo mordisco. Pero
cuando abrió el hocico, el hueso que llevaba cayó al río y se lo llevó la corriente.
Muy triste quedó aquel perro al darse cuenta de que había soltado algo que era
real por perseguir lo que solo era un reflejo.

Moraleja: Valora lo que tienes, y no lo pierdas por envidiar a los demás.


Ana Victoria Rodriguez Milla. – 2°A.

Cuento: “El mono y la naranja”


Érase una vez un mono que más que mono parecía una mula de lo terco que era. ¡Ah! ¿que no te
lo crees?… Pues te invito a que descubras hasta qué punto llegaba su cabezonería y verás que
no me falta razón.

Resulta que una mañana, el susodicho mono se empeñó en pelar una naranja al tiempo que se
rascaba la cabeza porque le picaba muchísimo. Como tenía las dos manos ocupadas en calmar el
insoportable cosquilleo, cogió la naranja con la boca y la dejó caer al suelo. Acto seguido se
agachó y tiró de la cáscara con sus potentes dientes. Al primer contacto le supo terriblemente
amarga y tuvo que escupir saliva para deshacerse del mal sabor de boca.

– ¡Puaj, qué asco! Esta cáscara es agria y desagradable… Soy incapaz de morderla porque
produce escozor en la lengua y… ¡y me entran ganas de vomitar!

Después de cavilar unos segundos tuvo otra idea que le pareció sensacional; consistía poner un
pie sobre la fruta para sujetarla, e ir despegando pequeños trozos de la corteza con una de las
manos.

– ¡Je, je, je! ¡Creo que por fin he dado en el clavo!

Sin dejar de rascarse con la izquierda, liberó la derecha y se puso a ello con muchas ganas. El
plan no estaba mal, pero a los pocos segundos tuvo que abandonarlo porque la postura era
terriblemente incómoda y solo apta para contorsionistas profesionales.

– ¡Ay, así tampoco puedo hacerlo, es imposible! Tendré que probar otra opción si no quiero pasar
el resto de mi vida con dolor de riñones.

¡No le quedaba otra que cambiar de estrategia! Se sentó en el suelo, cogió la naranja con la mano
derecha, la colocó entre sus rodillas, y continuó retirando la monda mientras seguía rasca que te
rasca con la izquierda. Desgraciadamente esta decisión también fracasó: ¡la naranja se le escurrió
entre las patas y empezó a rodar por la hierba como una pelota! El desastre fue total porque la
parte visible de la pulpa se llenó de tierra y restos de hojas secas.

– ¡Grrr!… Hoy es mi día de mala suerte, pero no pienso darme por vencido. ¡Voy a comerme esta
naranja sí o sí!

¡Ni por esas dejó el mono de rascarse! Emperrado en hacer las dos cosas al mismo tiempo
agarró la naranja con una mano y la introdujo en el río para quitarle la suciedad. Una vez lavada
puso sus enormes labios de simio sobre el trozo comestible e intentó succionar el jugo de su
interior. De nuevo, las cosas se torcieron: la naranja estaba tan dura que por mucho que apretó
con los cinco dedos no pudo exprimirla bien.

– ¡¿Pero qué es esto?!… Solo caen unas gotitas… ¡Estoy hasta las narices!

A esas alturas estaba tan harto que lanzó la naranja muy lejos y se dejó caer de espaldas sobre la
hierba, completamente deprimido. Mirando al cielo y sin dejar de rascarse, pensó:
– ‘No puede ser que yo, uno de los animales más desarrollados e inteligentes del planeta, no
consiga pelar una simple naranja’.

Cuando ya lo daba todo por perdido, un rayo de luz pasó por su mente.

– ¡Claro, ya lo tengo! ¿Y si dejara de rascarme durante un rato para poder pelar la naranja con las
dos manos?… Tendría que aguantar el picor durante un par de minutos, pero haciendo un
pequeño esfuerzo supongo que podría soportarlo. ¡¿Cómo no se me ha ocurrido antes una
solución tan lógica y elemental?!

Razonar con sensatez le dio buen resultado. Fue corriendo a por la naranja, la cogió con la mano
derecha, volvió a remojarla en el río para dejarla reluciente, y con la izquierda retiró los trozos de
piel con absoluta facilidad.

– ¡Yupi! ¡Lo he conseguido! ¡Lo he conseguido!

En un periquete tenía todos los gajos a la vista; desprendió el primero y lo saboreó con placer.

– ¡Oh, qué delicia, es lo más rico que he probado en mi vida!… La verdad es que el asunto no era
complicado… ¡El complicado era yo!

El mono degustó el apetitoso manjar procurando disfrutar del momento. Cuando terminó se limpió
las manos y subió a la rama de su árbol favorito ¿sabes para qué?… Pues para continuar
rascándose a gusto con sus diez grandes dedos de primate.

Moraleja: Si en alguna ocasión tienes que hacer dos tareas lo mejor es que pongas toda la
atención en una, la termines correctamente, y luego realices la otra. De esta forma evitarás perder
el tiempo de manera absurda y te asegurarás de que ambas salgan bien.
Ana Victoria Rodriguez Milla. – 2°A.

Cuento: “Las cabras testarudas”

Vivía en la isla un muchacho que trabajaba como pastor. Cada día salía al campo con su
rebaño de cabras para que comieran hierba y corrieran libres por el monte. Al caer la tarde el
chico silbaba y todos los animales se acercaban a él para regresar a la granja formando un
pelotón.

En una ocasión, a última hora, cuando la luna comenzaba a asomar entre las nubes, el
pastorcillo las llamó como de costumbre pero algo extraño sucedió: por más que silbaba y
hacía gestos con las manos, las cabras le ignoraban.

No entendía nada y comenzó a gritar como un descosido:


– ¡Vamos, vamos, vengan aquí, tenemos que irnos ya!

Nada, las cabras parecían sordas. El chico, desesperado, se sentó en una piedra y comenzó a
llorar.

Al ratito un lindo conejo se paró ante él y le preguntó:


– ¿Por qué lloras, amigo?
– Lloro porque las cabras no me hacen caso y si no regreso pronto mi padre me va a castigar.
– ¡No te preocupes, tranquilo, yo te ayudaré! ¡Ya verás cómo las hago caminar!

El conejo empezó a saltar y a gruñir entre las cabras para llamar su atención, pero ellas
continuaron pastando como si fuera invisible. Abatido, se sentó en la piedra al lado del pastor y
comenzó a llorar junto a él.

En eso pasó un zorro que, viendo semejante drama, se atrevió a preguntar:


– ¿Por qué lloras, conejito?
– Lloro porque el pastor se puso a llorar porque sus cabras no le hacen caso y si no regresa
pronto su padre le va a castigar.
– Tranquilo, os echaré una mano ¡Voy a ver qué puedo hacer!

El zorro se acercó a las cabras con cara de malas pulgas y respiró una gran bocanada de aire;
un segundo después salieron de su boca unos cuantos aullidos de esos que ponen los pelos
de punta al más valiente.

A pesar de que resonaron en todo el valle ¿sabes qué sucedió?… Pues que las cabras ni se
giraron para ver de dónde venían los escalofriantes sonidos.

El zorro, con la moral por los suelos, se unió a la pareja con los ojos llenos de lágrimas.

Al cabo de un rato salió de entre la maleza el temido lobo. Se quedó muy sorprendido al ver un
chico, un conejo y un zorro juntos llorando a mares. Sintió mucha curiosidad por saber qué les
entristecía tanto y le pareció oportuno preguntar al zorro.

– Perdona si te parezco un metomentodo, zorro, pero ¿por qué lloras?


– Lloro porque el conejo llora porque el pastor se puso a llorar porque sus cabras no le hacen
caso y si no regresa pronto su padre le va a castigar.
– Bueno, pues no parece tan difícil… ¡Voy a intentarlo yo!

El lobo pegó un brinco y sacó los colmillos para asustar a las cabras, pero fracasó. Los blancos
y apacibles animales no se movieron ni medio metro de donde estaban. Pensando que con la
vejez había perdido toda su capacidad de atemorizar, se hizo un hueco en la piedra y también
empezó a lloriquear como un bebé.

Una abejita que volaba cerca se quedó muy sorprendida al ver el curioso grupo de animales
llorando a lágrima viva. Intrigadísima, se acercó zumbando y, sin posarse, preguntó al lobo:
– ¿Por qué lloras, lobo? ¡No es propio de ti!
– Lloro porque el zorro llora porque vio llorar al conejo que llora porque el pastor se puso a
llorar porque sus cabras no le hacen caso y si no regresa pronto su padre le va a castigar.
– Estén tranquilos ¡yo haré que se vayan!

Por primera vez todos dejaron de sollozar y, al unísono, estallaron en carcajadas. El pastorcillo,
sin dejar de reír, le dijo:

– ¿Tú, con lo pequeña que eres? ¡Qué graciosa! Si nosotros no lo hemos conseguido tú no
tienes ninguna posibilidad.

El pequeño insecto se sintió dolido pero no se dio por vencido.

– ¿Ah, no?… ¡Ahora veras!

Sin perder tiempo se fue hacia el rebaño y comenzó a zumbar sobre él. Las cabras, que tenían
un oído muy fino, se sintieron muy molestas y dejaron de comer para taparse las orejas.

Entonces, la abeja llevó a cabo la segunda parte del plan: sacó su afilado y brillante aguijón
trasero y se lo clavó en el culo a la cabra más anciana, que era la líder del grupo. Al sentir el
picotazo la vieja cabra salió corriendo hacia la granja como alma que lleva el diablo, y todas las
demás la siguieron atropelladamente.

El pastor, el conejo, el zorro y el lobo contemplaron atónitos cómo, una tras otra, atravesaban
el cercado y se reagrupaban. Después, miraron sonrojados a la pequeña abeja y el pastor se
disculpó en nombre de todos:

– Perdona, amiga, por habernos reído de ti ¡Nos has dado una buena lección! ¡Gracias por tu
ayuda y hasta siempre!

La abejita sonrió, les guiñó un ojo, y se fue zumbando por donde había venido.

Y así es cómo termina esta pequeña historia que nos enseña que lo importante no es ser
grande o fuerte, sino tener confianza en uno mismo para afrontar los problemas y las
situaciones difíciles ¡Si te lo propones, casi todo se puede conseguir!
Ana Victoria Rodriguez Milla – 2° A

Leyenda Mexicana: ¿Por qué los perros se huelen la cola?


En un pueblo de Centroamérica existe una vieja leyenda que cuenta que hace muchísimos
años, los perros se sentían muy tristes. Según esta historia, los cachorritos, desde que nacían,
se comportaban de manera bondadosa con los humanos, les ofrecían su compañía sin pedir
nada a cambio y siempre trataban de ayudar en las tareas del campo hasta que la vejez se lo
impedía.

Desde luego, los hombres y mujeres de las aldeas no podían quejarse, pues no había en el
mundo amigos más fieles y generosos que ellos.

a razón de su desconsuelo era que, a pesar de todo eso, algunas personas los trataban mal y
no les daban ni un poco de cariño. Con toda la razón, consideraban que merecían un trato más
digno y respetuoso por parte de la raza humana.

Un buen día, varias decenas de perros se reunieron en un descampado para poner fin a esa
situación tan injusta. Hicieron un gran corro y debatieron largo y tendido con el fin de encontrar
una solución. Después de deliberar y estudiar los pros y los contras, llegaron a una conclusión:
lo mejor era pedir ayuda al bueno y poderoso dios Tláloc. Él sabría qué hacer y tomaría
medidas inmediatamente.

Redactaron una carta para entregársela al dios y el perro más anciano la firmó en nombre de
todos. Después, se hizo una votación. Salió elegido un perro negro de cuerpo musculoso y
famoso por tener muy buen olfato para llevar a cabo la importante misión: recorrer cientos,
quizá miles de kilómetros, hasta encontrar al dios Tláloc y entregarle el mensaje.

¡Qué orgulloso se sintió el joven perrito de poder representar a su comunidad y de que todos
confiaran en sus capacidades! Sin embargo, cuando estaba listo para partir, surgió un pequeño
problema: ¿Dónde debía guardar la carta?

En las patas era imposible porque necesitaba las cuatro para caminar día y noche; tampoco
podía ser en el hocico, ya que el papel llegaría húmedo y además tendría que soltarlo cada
vez que quisiera comer o beber ¡El riesgo de perderlo o de que se lo llevara el viento era muy
alto!

Al final, todos se convencieron de que lo mejor sería que guardara la carta bajo la cola, sin
duda el lugar más seguro. El perro aceptó y se despidió de sus amigos con tres ladridos y una
sonrisa.

Desgraciadamente, han pasado muchos años desde ese día y el pobre perro aún no ha
regresado. Se cree que el dios vive tan lejos que todavía sigue caminando sin descanso por
todo el mundo, decidido a llegar a su destino.

Después de tanto tiempo, sucede que los demás perros ya no se acuerdan muy bien de su
cara ni del aspecto que tenía; por eso, cuando un perro se cruza con otro al que no conoce, le
huele la cola para comprobar si esconde la vieja carta y se trata del valeroso perro negro de
cuerpo musculoso y buen olfato que un buen día partió en busca del dios Tláloc para pedirle
ayuda.
Ana Victoria Rodriguez Milla. – 2°A

Leyenda Mexicana:
“La flor de Cempasúchil”

La historia de Xóchitl y Huitzilin, dos jóvenes aztecas enamorados, comenzó desde


su infancia, cuando ambos solían escalar los cerros y ofrecer flores a Tonatiuh, el
dios del sol. Al llegar a edad, Huitzilin debió cumplir sus deberes de guerrero y
abandonar su pueblo para combatir.

Desgraciadamente, el joven murió en batalla. Al enterarse de esto, Xóchitl subió a


una montaña y rogó a Tonatiuh que les permitiera estar juntos. Entonces, el dios
del sol lanzó un rayo sobre ella, convirtiéndola en una hermosa flor de color
naranja brillante.

Huitzilin, en forma de colibrí, se acercaría a besar a Xóchitl convertida en flor. Este


es el origen de la flor de cempasúchil, utilizada en la tradición prehispánica para
guiar a los muertos al mundo de los vivos.

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