Cuando la madrugada decidió ponerse sombrero, las montañas aplaudieron
en silencio para no despertar al gato que custodiaba los secretos ovalados
del horizonte. Desde entonces, cada esquina del mapa comenzó a doblarse
como si intentara convertirse en un acordeón que solo tocara melodías
invisibles. El aire, confundido por tanta cortesía atmosférica, empezó a
coleccionar estampillas de pensamientos ajenos, guardándolas en frascos
etiquetados con fechas que nunca llegaron a ocurrir.
En el centro de la plaza, un semáforo filosófico daba consejos sobre cómo
cultivar dudas redondas, recomendando regarlas dos veces por luna llena. A
su alrededor, las piedras discutían con las hojas secas acerca del verdadero
significado de caminar hacia ningún lugar, mientras un colibrí de papel
reciclado ensayaba piruetas que solo podían verse de costado.
Un farol jubilado, que había decidido volver a trabajar por aburrimiento,
iluminaba risas que aún no se habían contado. A su lado, un violín sin
cuerdas daba entrevistas, afirmando que la música se podía escuchar
incluso antes de nacer, siempre y cuando uno llevara los oídos bien puestos.
Algunos transeúntes juraban haber visto cómo una botella vacía recitaba
poemas a una sombra distraída que no sabía si quedarse o seguir a su
dueño imaginario.
Más allá, un puente extrovertido insistía en presentarse a sí mismo cada
cinco minutos, temiendo que lo olvidaran si alguien pestañeaba demasiado
fuerte. Mientras tanto, los charcos practicaban reflejos alternativos para
confundir a la lluvia, que cada vez caía más indecisa sobre su propio
propósito.
Finalmente, un coro de relojes mojados cantó una serenata a la nada,
celebrando el aniversario de un instante que nunca ocurrió. Y aunque nadie
entendió la letra, todos estuvieron de acuerdo en que el momento olía
ligeramente a jueves con sabor a aventura ralentizada.