Enrique se encontraba en una prisión con forma de aposentos, solo, en silencio.
Se quedó sentado en su cama, mirando un punto fijo en la pared, cuando escuchó el
familiar chirrido de la puerta. Se levantó de un salto, esperando al rey, pero se relajó al
ver quién era el intruso.
---Hola, Enrique, ¿puedo pasar?
El heredero asintió lentamente con la cabeza, decaído, y esperó a que su amado
sirviente se sentara a su lado.
---Siento mucho lo que ha pasado… ---dijo Jorge. --¿Por qué no me lo contaste?
Sabes que puedes decirme lo que quieras, ¿verdad? No te juzgaré. ¿Qué sientes
ahora?
---No quiero ser rey. Eso es todo. ---El criado lo miró suspicaz.
---¿No quieres ser rey, o no quieres ser tu padre? ---el sucesor lo pensó, y se dio
cuenta de la verdad.
---Tienes razón, no quiero ser mi padre. Pero quiero ser rey, y cambiar las cosas.
---Hay algo más, ¿verdad? Cuéntamelo, ¿qué sientes?
La respuesta del príncipe quedó ahogada en un grito proveniente de fuera. Era
hora de la boda.
---¿Quieres saber que siento? Te quiero, Jorge.
Y se fue, dejando al sirviente solo y sonrojado.
. . .
Ya estaban todos en la iglesia, con la música sonando. Los invitados sentados
en sus sitios correspondientes, el cura en el altar, y el prometido esperando a la novia.
Y entonces entró ella. Estaba radiante con su vestido blanco, pero jamás podría atraer
al príncipe. Al ponerse al lado de Enrique, el cura habló.
---(Prometida), ¿quieres recibir al príncipe Enrique, como esposo, y prometes
serle fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y, así,
amarlo y respetarlo todos los días de tu vida?
---Sí, quiero ---dijo ella.
---Príncipe Enrique, ¿quieres recibir a (Prometida), como esposa, y prometes
serle fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y, así,
amarla y respetarla todos los días de tu vida?
---Yo… ---le lanzó una breve mirada a su padre, que lo miraba fijamente, antes
de continuar ---Sí, quiero.
---Entonces, yo os declaro…
No pudo terminar la frase, dado que la puerta se abrió de golpe con un fuerte
ruido. Y ahí, atravesando las filas de invitados, avanzaba Jorge, con miedo, pero su
determinación era palpable en el tenso aire de la sala.
---¡Yo me opongo! ---gritó el criado. Recorrió la sala hasta llegar hasta el
sucesor, y se arrodilló ante él. ---Alteza, ¿me daría usted el honor de ser mi marido?
Silencio. Ni un ruido, pero duró poco: empezaron a sonar abucheos y gritos de
por toda la sala, miradas de asco de todas partes, y una gélida y desafiante mirada por
parte del rey.
Pero Enrique no se dio cuenta. ¿Estaba soñando? No era posible, pero ¿lo era
que el hombre del que había estado enamorado tantos años también le amara? Jorge
levantó la vista y sus miradas se encontraron. Solo hizo falta esa breve interacción para
que el declarante se levantara y diera un paso al frente.
---Sería todo un honor ---contestó el príncipe, tan sonrojado como el sirviente.
Los gritos sonaban cada vez más altos, y la figura del rey transmitía decepción,
pero no les importó. Sus caras se acercaron poco a poco, hasta juntarse en un beso
suave, pero lleno de pasión.
. . .
Nadie lo había aceptado aún, y ellos lo sabían, pero no les hicieron caso, ni lo
harían. No tenían por qué. No eran reyes de ninguna ciudad, o al menos pueblo, pero
eran dueños de sus propias vidas. Se encontraban en la cima de una montaña, de la
mano, preguntándose cuál sería su siguiente aventura.