Si
En una ciudad que nunca aparecía en los mapas oficiales, donde las calles parecían
cambiar de forma cada vez que alguien las recorría, vivía una mujer llamada Liora. No
era famosa, ni poderosa, ni buscaba serlo. Sin embargo, poseía algo que ninguna otra
persona tenía: la capacidad de percibir los hilos invisibles que conectaban los
pensamientos, los recuerdos y los deseos de quienes la rodeaban. No era magia —o al
menos, no del tipo que suele encontrarse en los cuentos—, sino más bien una
sensibilidad extraordinaria hacia aquello que la mayoría ignoraba por costumbre.
Cada mañana, al despertar, Liora se sentaba junto a la ventana de su pequeño
apartamento para observar cómo la ciudad respiraba. Las luces parpadeaban como
señales que solo ella comprendía y los sonidos distantes de los tranvías parecían
formar un lenguaje secreto. A menudo se preguntaba si la ciudad estaba viva o si todo
era una construcción de su mente inquieta. Pero, al final, entenderlo no era lo
importante; lo esencial era seguir avanzando.
Un día, mientras caminaba por un pasaje estrecho que normalmente pasaba
desapercibido, sintió un tirón extraño, como si un hilo invisible la empujara hacia una
puerta vieja y carcomida. Nunca la había visto antes, aunque estaba segura de haber
pasado por ahí cientos de veces. Sin dudarlo, porque así era como solía actuar, colocó
la mano sobre el picaporte frío y empujó. La puerta cedió con un susurro que parecía
una advertencia o tal vez una bienvenida, y al otro lado encontró una habitación
inmensa, mucho más grande de lo que el exterior podía sugerir.
El lugar estaba lleno de objetos: relojes sin manecillas, espejos que reflejaban escenas
distintas a la realidad, cuadernos que parecían escribir solos y estatuas que cambiaban
de expresión cuando uno no miraba directamente. En el centro había una mesa con un
solo libro abierto. Las páginas estaban en blanco, salvo por una frase escrita con tinta
verde: “Si entras aquí, aceptas ver aquello que siempre evitaste.”
Liora no supo si debía sentir miedo o curiosidad, pero la curiosidad ganó, como
siempre. Dio un paso hacia adelante y, de repente, todo a su alrededor comenzó a
transformarse. La habitación se desvaneció, reemplazada por imágenes que surgían
como destellos de memoria: fragmentos de su infancia, momentos felices que creía
olvidados, errores que había enterrado y sueños que nunca se atrevió a perseguir. No
era una visión cruel, aunque tampoco era cómoda. Era un recordatorio de que, para
avanzar, debía enfrentar las partes de sí misma que había dejado en la sombra.
Cuando la visión terminó, volvió a encontrarse en la habitación, pero ya no estaba sola.
Una figura alta, hecha de luz tenue, la observaba con una especie de ternura silenciosa.
No habló; no tenía rostro, pero transmitió algo parecido a un agradecimiento. Liora
sintió que había pasado una prueba cuya existencia desconocía. Y, sin saber cómo,
entendió que la ciudad, en toda su rareza, la había guiado hasta allí para devolverle
algo que había perdido hacía mucho: la capacidad de creer en su propio camino.
Al salir por la misma puerta por la que había entrado, descubrió que el pasaje había
cambiado otra vez. Pero esta vez no sintió desconcierto. Caminó hacia adelante con
una tranquilidad nueva, sabiendo que, aunque la ciudad siguiera moviéndose como un
laberinto caprichoso, ella también cambiaría con ella. Porque había comprendido que
no todas las respuestas están afuera; algunas esperan pacientemente dentro de uno
mismo.