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Introducción a "1984" de Orwell

En '1984' de George Orwell, Winston Smith vive en un mundo distópico donde el Partido controla todos los aspectos de la vida, incluyendo la vigilancia constante a través de la telepantalla. A medida que Winston lucha con su descontento hacia el régimen totalitario, comienza a escribir un diario en secreto, un acto que podría costarle la vida. La novela explora temas de control, libertad y la naturaleza de la verdad en una sociedad opresiva.

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Introducción a "1984" de Orwell

En '1984' de George Orwell, Winston Smith vive en un mundo distópico donde el Partido controla todos los aspectos de la vida, incluyendo la vigilancia constante a través de la telepantalla. A medida que Winston lucha con su descontento hacia el régimen totalitario, comienza a escribir un diario en secreto, un acto que podría costarle la vida. La novela explora temas de control, libertad y la naturaleza de la verdad en una sociedad opresiva.

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1984

George Orwell

Título original: 1984


Traducción: Rafael Vázquez Zamora
© 1948 by George Orwell
© 1980 Salvat Editores S.A.
Edición electrónica de Utopía
R6 08/01
PRIMERA PARTE

CAPITULO I

Era un día luminoso y frío de abril y los relojes daban las trece. Winston Smith, con la
barbilla clavada en el pecho en su esfuerzo por burlar el molestísimo viento, se deslizó
rápidamente por entre las puertas de cristal de las Casas de la Victoria, aunque no con la
suficiente rapidez para evitar que una ráfaga polvorienta se colara con él.
El vestíbulo olía a legumbres cocidas y a esteras viejas. Al fondo, un cartel de colores,
demasiado grande para hallarse en un interior, estaba pegado a la pared. Representaba
sólo un enorme rostro de más de un metro de anchura: la cara de un hombre de unos
cuarenta y cinco años con un gran bigote negro y facciones hermosas y endurecidas.
Winston se dirigió hacia las escaleras. Era inútil intentar subir en el ascensor. No
funcionaba con frecuencia y en esta época la corriente se cortaba durante las horas de
día. Esto era parte de las restricciones con que se preparaba la Semana del Odio.
Winston tenía que subir a un séptimo piso. Con sus treinta y nueve años y una úlcera de
varices por encima del tobillo derecho, subió lentamente, descansando varias veces. En
cada descansillo, frente a la puerta del ascensor, el cartelón del enorme rostro miraba
desde el muro. Era uno de esos dibujos realizados de tal manera que los ojos le siguen a
uno adondequiera que esté. EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decían las palabras al pie.
Dentro del piso una voz llena leía una lista de números que tenían algo que ver con la
producción de lingotes de hierro. La voz salía de una placa oblonga de metal, una especie
de espejo empeñado, que formaba parte de la superficie de la pared situada a la derecha.
Winston hizo funcionar su regulador y la voz disminuyó de volumen aunque las palabras
seguían distinguiéndose. El instrumento (llamado teidoatítalia) podía ser amortiguado,
pero no había manera de cerrarlo del todo. Winston fue hacia la ventana: una figura
pequeña y frágil cuya delgadez resultaba realzada por el «mono» azul, uniforme del
Partido. Tenía el cabello muy rubio, una cara sanguínea y la piel embastecida por un
jabón malo, las romas hojas de afeitar y el frío de un invierno que acababa de terminar.
Afuera, incluso a través de los ventanales cerrados, el mundo parecía frío. Calle abajo
se formaban pequeños torbellinos de viento y polvo; los papeles rotos subían en espirales
y, aunque el sol lucía y el cielo estaba intensamente azul, nada parecía tener color a no
ser los carteles pegados por todas partes. La cara de los bigotes negros miraba desde
todas las esquinas que dominaban la circulación. En la casa de enfrente había uno de
estos cartelones. EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decían las grandes letras, mientras
los sombríos ojos miraban fijamente a los de Winston. En la calle, en línea vertical con
aquél, había otro cartel roto por un pico, que flameaba espasmódicamente azotado por el
viento, descubriendo y cubriendo alternativamente una sola palabra: INGSOC. A lo lejos,
un autogiro pasaba entre los tejados, se quedaba un instante colgado en el aire y luego se
lanzaba otra vez en un vuelo curvo. Era de la patrulla de policía encargada de vigilar a la
gente a través de los balcones y ventanas. Sin embargo, las patrullas eran lo de menos.
Lo que importaba verdaderamente era la Policía del Pensamiento.
A la espalda de Winston, la voz de la telepantalla seguía murmurando datos sobre el
hierro y el cumplimiento del noveno Plan Trienal. La telepantalla recibía y transmitía
simultáneamente. Cualquier sonido que hiciera Winston superior a un susurro, era
captado por el aparato. Además, mientras permaneciera dentro del radio de visión de la
placa de metal, podía ser visto a la vez que oído. Por supuesto, no había manera de
saber si le contemplaban a uno en un momento dado. Lo único posible era figurarse la
frecuencia y el plan que empleaba la Policía del Pensamiento para controlar un hilo
privado. Incluso se concebía que los vigilaran a todos a la vez. Pero, desde luego, podían
intervenir su línea de usted cada vez que se les antojara. Tenía usted que vivir - y en esto
el hábito se convertía en un instinto - con la seguridad de que cualquier sonido emitido por
usted sería registrado y escuchado por alguien y que, excepto en la oscuridad, todos sus
movimientos serían observados.
Winston se mantuvo de espaldas a la telepantalla. Así era más seguro; aunque, como
él sabía muy bien, incluso una espalda podía ser reveladora. A un kilómetro de distancia,
el Ministerio de la Verdad, donde trabajaba Winston, se elevaba inmenso y blanco sobre
el sombrío paisaje. «Esto es Londres», pensó con una sensación vaga de disgusto;
Londres, principal ciudad de la Franja aérea 1, que era a su vez la tercera de las
provincias más pobladas de Oceanía. Trató de exprimirse de la memoria algún recuerdo
infantil que le dijera si Londres había sido siempre así. ¿Hubo siempre estas vistas de
decrépitas casas decimonónicas, con los costados revestidos de madera, las ventanas
tapadas con cartón, los techos remendados con planchas de cinc acanalado y trozos
sueltos de tapias de antiguos jardines? ¿Y los lugares bombardeados, cuyos restos de
yeso y cemento revoloteaban pulverizados en el aire, y el césped amontonado, y los
lugares donde las bombas habían abierto claros de mayor extensión y habían surgido en
ellos sórdidas colonias de chozas de madera que parecían gallineros? Pero era inútil, no
podía recordar: nada le quedaba de su infancia excepto una serie de cuadros
brillantemente iluminados y sin fondo, que en su mayoría le resultaban ininteligibles.
El Ministerio de la Verdad - que en neolengua (La lengua oficial de Oceanía) se le
llamaba el Minver - era diferente, hasta un extremo asombroso, de cualquier otro objeto
que se presentara a la vista. Era una enorme estructura piramidal de cemento armado
blanco y reluciente, que se elevaba, terraza tras terraza, a unos trescientos metros de
altura. Desde donde Winston se hallaba, podían leerse, adheridas sobre su blanca
fachada en letras de elegante forma, las tres consignas del Partido:

LA GUERRA ES LA PAZ
LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
LA IGNORANCIA ES LA FUERZA

Se decía que el Ministerio de la Verdad tenía tres mil habitaciones sobre el nivel del
suelo y las correspondientes ramificaciones en el subsuelo. En Londres sólo había otros
tres edificios del mismo aspecto y tamaño. Éstos aplastaban de tal manera la arquitectura
de los alrededores que desde el techo de las Casas de la Victoria se podían distinguir, a
la vez, los cuatro edificios. En ellos estaban instalados los cuatro Ministerios entre los
cuales se dividía todo el sistema gubernamental. El Ministerio de la Verdad, que se
dedicaba a las noticias, a los espectáculos, la educación y las bellas artes. El Ministerio
de la Paz, para los asuntos de guerra. El Ministerio del Amor, encargado de mantener la
ley y el orden. Y el Ministerio de la Abundancia, al que correspondían los asuntos
económicos. Sus nombres, en neolengua: Miniver, Minipax, Minimor y Minindantia.
El Ministerio del Amor era terrorífico. No tenía ventanas en absoluto. Winston nunca
había estado dentro del Minimor, ni siquiera se había acercado a medio kilómetro de él.
Era imposible entrar allí a no ser por un asunto oficial y en ese caso había que pasar por
un laberinto de caminos rodeados de alambre espinoso, puertas de acero y ocultos nidos
de ametralladoras. Incluso las calles que conducían a sus salidas extremas, estaban muy
vigiladas por guardias, con caras de gorila y uniformes negros, armados con porras.
Winston se volvió de pronto. Había adquirido su rostro instantáneamente la expresión
de tranquilo optimismo que era prudente llevar al enfrentarse con la telepantalla. Cruzó la
habitación hacia la diminuta cocina. Por haber salido del Ministerio a esta hora tuvo que
renunciar a almorzar en la cantina y en seguida comprobó que no le quedaban víveres en
la cocina a no ser un mendrugo de pan muy oscuro que debía guardar para el desayuno
del día siguiente. Tomó de un estante una botella de un líquido incoloro con una sencilla
etiqueta que decía: Ginebra de la Victoria. Aquello olía a medicina, algo así como el
espíritu de arroz chino. Winston se sirvió una tacita, se preparó los nervios para el
choque, y se lo tragó de un golpe como si se lo hubieran recetado.
Al momento, se le volvió roja la cara y los ojos empezaron a llorarle. Este líquido era
como ácido nítrico; además, al tragarlo, se tenía la misma sensación que si le dieran a
uno un golpe en la nuca con una porra de goma. Sin embargo, unos segundos después,
desaparecía la incandescencia del vientre y el mundo empezaba a resultar más alegre.
Winston sacó un cigarrillo de una cajetilla sobre la cual se leía: Cigarrillos de la Victoria, y
como lo tenía cogido verticalmente por distracción, se le vació en el suelo. Con el próximo
pitillo tuvo ya cuidado y el tabaco no se salió. Volvió al cuarto de estar y se sentó ante una
mesita situada a la izquierda de la telepantalla. Del cajón sacó un portaplumas, un tintero
y un grueso libro en blanco de tamaño in-quarto, con el lomo rojo y cuyas tapas de cartón
imitaban el mármol.
Por alguna razón la telepantalla del cuarto de estar se encontraba en una posición
insólita. En vez de hallarse colocada, como era normal, en la pared del fondo, desde
donde podría dominar toda la habitación, estaba en la pared más larga, frente a la
ventana. A un lado de ella había una alcoba que apenas tenía fondo, en la que se había
instalado ahora Winston. Era un hueco que, al ser construido el edificio, habría sido
calculado seguramente para alacena o biblioteca. Sentado en aquel hueco y situándose lo
más dentro posible, Winston podía mantenerse fuera del alcance de la telepantalla en
cuanto a la visualidad, ya que no podía evitar que oyera sus ruidos. En parte, fue la
misma distribución insólita del cuarto lo que le indujo a lo que ahora se disponía a hacer.
Pero también se lo había sugerido el libro que acababa de sacar del cajón. Era un libro
excepcionalmente bello. Su papel, suave y cremoso, un poco amarillento por el paso del
tiempo, por lo menos hacía cuarenta años que no se fabricaba. Sin embargo, Winston
suponía que el libro tenía muchos años más. Lo había visto en el escaparate de un
establecimiento de compraventa en un barrio miserable de la ciudad (no recordaba
exactamente en qué barrio había sido) y en el mismísimo instante en que lo vio, sintió un
irreprimible deseo de poseerlo. Los miembros del Partido no deben entrar en las tiendas
corrientes (a esto se le llamaba, en tono de severa censura, «traficar en el mercado
libre»), pero no se acataba rigurosamente esta prohibición porque había varios objetos
como cordones para los zapatos y hojas de afeitar - que era imposible adquirir de otra
manera. Winston, antes de entrar en la tienda, había mirado en ambas direcciones de la
calle para asegurarse de que no venía nadie y, en pocos minutos, adquirió el libro por dos
dólares cincuenta. En aquel momento no sabía exactamente para qué deseaba el libro.
Sintiéndose culpable se lo había llevado a su casa, guardado en su cartera de mano.
Aunque estuviera en blanco, era comprometido guardar aquel libro.
Lo que ahora se disponía Winston a hacer era abrir su Diario. Esto no se consideraba
ilegal (en realidad, nada era ilegal, ya que no existían leyes), pero si lo detenían podía
estar seguro de que lo condenarían a muerte, o por lo menos a veinticinco años de
trabajos forzados. Winston puso un plumín en el portaplumas y lo chupó primero para
quitarle la grasa. La pluma era ya un instrumento arcaico. Se usaba rarísimas veces, ni
siquiera para firmar, pero él se había procurado una, furtivamente y con mucha dificultad,
simplemente porque tenía la sensación de que el bello papel cremoso merecía una pluma
de verdad en vez de ser rascado con un lápiz tinta. Pero lo malo era que no estaba
acostumbrado a escribir a mano. Aparte de las notas muy breves, lo corriente era
dictárselo todo al hablescribe, totalmente inadecuado para las circunstancias actuales.
Mojó la pluma en la tinta y luego dudó unos instantes. En los intestinos se le había
producido un ruido que podía delatarle. El acto trascendental, decisivo, era marcar el
papel. En una letra pequeña e inhábil escribió:
4 de abril de 1984
Se echó hacia atrás en la silla. Estaba absolutamente desconcertado. Lo primero que
no sabía con certeza era si aquel era, de verdad, el año 1984. Desde luego, la fecha
había de ser aquélla muy aproximadamente, puesto que él había nacido en 1944 o 1945,
según creía; pero, «¡cualquiera va a saber hoy en qué año vive!», se decía Winston.
Y se le ocurrió de pronto preguntarse: ¿Para qué estaba escribiendo él este diario?
Para el futuro, para los que aún no habían nacido. Su mente se posó durante unos
momentos en la fecha que había escrito a la cabecera y luego se le presentó,
sobresaltándose terriblemente, la palabra neolingüística doblepensar. Por primera vez
comprendió la magnitud de lo que se proponía hacer. ¿Cómo iba a comunicar con el
futuro? Esto era imposible por su misma naturaleza. Una de dos: o el futuro se parecía al
presente y entonces no le haría ningún caso, o sería una cosa distinta y, en tal caso, lo
que él dijera carecería de todo sentido para ese futuro.
Durante algún tiempo permaneció contemplando estúpidamente el papel. La
telepantalla transmitía ahora estridente música militar. Es curioso: Winston no sólo
parecía haber perdido la facultad de expresarse, sino haber olvidado de qué iba a
ocuparse. Por espacio de varias semanas se había estado preparando para este
momento y no se le había ocurrido pensar que para realizar esa tarea se necesitara algo
más que atrevimiento. El hecho mismo de expresarse por escrito, creía él, le sería muy
fácil. Sólo tenía que trasladar al papel el interminable e inquieto monólogo que desde
hacia muchos años venía corriéndose por la cabeza. Sin embargo, en este momento
hasta el monólogo se le había secado. Además, sus varices habían empezado a
escocerle insoportablemente. No se atrevía a rascarse porque siempre que lo hacía se le
inflamaba aquello. Transcurrían los segundos y él sólo tenía conciencia de la blancura del
papel ante sus ojos, el absoluto vacío de esta blancura, el escozor de la piel sobre el
tobillo, el estruendo de la música militar, y una leve sensación de atontamiento producido
por la ginebra.
De repente, empezó a escribir con gran rapidez, como si lo impulsara el pánico,
dándose apenas cuenta de lo que escribía. Con su letrita infantil iba trazando líneas
torcidas y si primero empezó a «comerse» las mayúsculas, luego suprimió incluso los
puntos:
4 de abril de 1984. Anoche estuve en los flicks. Todas las películas eras de guerra
Había una muy buena de su barrio lleno de refugiados que lo bombardeaban no sé dónde
del Mediterráneo. Al público lo divirtieron mucho los planos de un hombre muy muy gordo
que intentaba escaparse nadando de un helicóptero que lo perseguía, primero se le veía
en el agua chapoteando como una tortuga, luego lo veías por los visores de las
ametralladoras del helicóptero, luego se veía cómo lo iban agujereando a tiros y el agua a
su alrededor que se ponía toda roja y el gordo se hundía como si el agua le entrara por
los agujeros que le habían hecho las balas. La gente se moría de risa cuando el gordo se
iba hundiendo en el agua, y también una lancha salvavidas llena de niños con un
helicóptero que venía dando vueltas y más vueltas había una mujer de edad madura que
bien podía ser una judía y estaba sentada la proa con un niño en los brazos que quizás
tuviera unos tres años, el niño chillaba con mucho pánico, metía la cabeza entre los
pechos de la mujer y parecía que se quería esconder así y la mujer lo rodeaba con los
brazos y lo consolaba como si ella no estuviese también aterrada y como sí por tenerlo
así en los brazos fuera a evitar que le mataran al niño las balas. Entonces va el
helicóptero y tira una bomba de veinte kilos sobre el barco y no queda ni una astilla de él,
que fue una explosión pero que magnífica, y luego salía su primer plano maravilloso del
brazo del niño subiendo por el aire yo creo que un helicóptero con su cámara debe
haberlo seguido así por el aire y la gente aplaudió muchísimo pero una mujer que estaba
entro los proletarios empezó a armar un escándalo terrible chillando que no debían echar
eso, no debían echarlo delante de los críos, que no debían, hasta que la policía la sacó de
allí a rastras no creo que le pasara nada, a nadie le importa lo que dicen los proletarios, la
reacción típica de los proletarios y no se hace caso nunca...
Winston dejó de escribir, en parte debido a que le daban calambres. No sabía por qué
había soltado esta sarta de incongruencias. Pero lo curioso era que mientras lo hacía se
le había aclarado otra faceta de su memoria hasta el punto de que ya se creía en
condiciones de escribir lo que realmente había querido poner en su libro. Ahora se daba
cuenta de que si había querido venir a casa a empezar su diario precisamente hoy era a
causa de este otro incidente.
Había ocurrido aquella misma mañana en el Ministerio, si es que algo de tal vaguedad
podía haber ocurrido.
Cerca de las once y ciento en el Departamento de Registro, donde trabajaba Winston,
sacaban las sillas de las cabinas y las agrupaban en el centro del vestíbulo, frente a la
gran telepantalla, preparándose para los Dos Minutos de Odio. Winston acababa de
sentarse en su sitio, en una de las filas de en medio, cuando entraron dos personas a
quienes él conocía de vista, pero a las cuales nunca había hablado. Una de estas
personas era una muchacha con la que se había encontrado frecuentemente en los
pasillos. No sabía su nombre. pero sí que trabajaba en el Departamento de Novela.
Probablemente - ya que la había visto algunas veces con las manos grasientas y llevando
paquetes de composición de imprenta - tendría alguna labor mecánica en una de las
máquinas de escribir novelas. Era una joven de aspecto audaz, de unos veintisiete años,
con espeso cabello negro, cara pecosa y movimientos rápidos y atléticos. Llevaba el
«mono» cedido por una estrecha faja roja que le daba varias veces la vuelta a la cintura
realzando así la atractiva forma de sus caderas; y ese cinturón era el emblema de la Liga
juvenil Anti-Sex. A Winston le produjo una sensación desagradable desde el primer
momento en que la vio. Y sabía la razón de este mal efecto: la atmósfera de los campos
de hockey y duchas frías, de excursiones colectivas y el aire general de higiene mental
que trascendía de ella. En realidad, a Winston le molestaban casi todas las mujeres y
especialmente las jóvenes y bonitas porque eran siempre las mujeres, y sobre todo las
jóvenes, lo más fanático del Partido, las que se tragaban todos los slogans de propaganda
y abundaban entre ellas las espías aficionadas y las que mostraban demasiada curiosidad
por lo heterodoxo de los demás. Pero esta muchacha determinada le había dado la
impresión de ser más peligrosa que la mayoría. Una vez que se cruzaron en el corredor,
la joven le dirigió una rápida mirada oblicua que por unos momentos dejó aterrado a
Winston. Incluso se le había ocurrido que podía ser una agente de la Policía del
Pensamiento. No era, desde luego, muy probable. Sin embargo, Winston siguió sintiendo
una intranquilidad muy especial cada vez que la muchacha se hallaba cerca de él, una
mezcla de miedo y hostilidad. La otra persona era un hombre llamado O'Brien, miembro
del Partido Interior y titular de un cargo tan remoto e importante, que Winston tenía una
idea muy confusa de qué se trataba. Un rápido murmullo pasó por el grupo ya instalado
en las sillas cuando vieron acercarse el «mono» negro de un miembro del Partido Interior.
O'Brien era un hombre corpulento con un ancho cuello y un rostro basto, brutal, y sin
embargo rebosante de buen humor. A pesar de su formidable aspecto, sus modales eran
bastante agradables. Solía ajustarse las gafas con un gesto que tranquilizaba a sus
interlocutores, un gesto que tenía algo de civilizado, y esto era sorprendente tratándose
de algo tan leve. Ese gesto - si alguien hubiera sido capaz de pensar así todavía - podía
haber recordado a un aristócrata del siglo XVI ofreciendo rapé en su cajita. Winston había
visto a O'Brien quizás sólo una docena de veces en otros tantos años. Sentíase
fuertemente atraído por él y no sólo porque le intrigaba el contraste entre los delicados
modales de O'Brien y su aspecto de campeón de lucha libre, sino mucho más por una
convicción secreta que quizás ni siquiera fuera una convicción, sino sólo una esperanza -
de que la ortodoxia política de O'Brien no era perfecta. Algo había en su cara que le
impulsaba a uno a sospecharlo irresistiblemente. Y quizás no fuera ni siquiera heterodoxia
lo que estaba escrito en su rostro, sino, sencillamente, inteligencia. Pero de todos modos
su aspecto era el de una persona a la cual se le podría hablar si, de algún modo, se
pudiera eludir la telepantalla y llevarlo aparte. Winston no había hecho nunca el menor
esfuerzo para comprobar su sospecha y es que, en verdad, no había manera de hacerlo.
En este momento, O'Brien miró su reloj de pulsera y, al ver que eran las once y ciento,
seguramente decidió quedarse en el Departamento de Registro hasta que pasaran los
Dos Minutos de Odio. Tomó asiento en la misma fila que Winston, separado de él por dos
sillas., Una mujer bajita y de cabello color arena, que trabajaba en la cabina vecina a la de
Winston, se instaló entre ellos. La muchacha del cabello negro se sentó detrás de
Winston.
Un momento después se oyó un espantoso chirrido, como de una monstruosa máquina
sin engrasar, ruido que procedía de la gran telepantalla situada al fondo de la habitación.
Era un ruido que le hacía rechinar a uno los dientes y que ponía los pelos de punta. Había
empezado el Odio.
Como de costumbre, apareció en la pantalla el rostro de Emmanuel Goldstein, el
Enemigo del Pueblo. Del público salieron aquí y allá fuertes silbidos. La mujeruca del pelo
arenoso dio un chillido mezcla de miedo y asco. Goldstein era el renegado que desde
hacía mucho tiempo (nadie podía recordar cuánto) había sido una de las figuras
principales del Partido, casi con la misma importancia que el Gran Hermano, y luego se
había dedicado a actividades contrarrevolucionarias, había sido condenado a muerte y se
había escapado misteriosamente, desapareciendo para siempre. Los programas de los
Dos Minutos de Odio variaban cada día, pero en ninguno de ellos dejaba de ser Goldstein
el protagonista. Era el traidor por excelencia, el que antes y más que nadie había
manchado la pureza del Partido. Todos los subsiguientes crímenes contra el Partido,
todos los actos de sabotaje, herejías, desviaciones y traiciones de toda clase procedían
directamente de sus enseñanzas. En cierto modo, seguía vivo y conspirando.
Quizás se encontrara en algún lugar enemigo, a sueldo de sus amos extranjeros, e
incluso era posible que, como se rumoreaba alguna vez, estuviera escondido en algún
sitio de la propia Oceanía.
El diafragma de Winston se encogió. Nunca podía ver la cara de Goldstein sin
experimentar una penosa mezcla de emociones. Era un rostro judío, delgado, con una
aureola de pelo blanco y una barbita de chivo: una cara inteligente que tenía sin embargo,
algo de despreciable y una especie de tontería senil que le prestaba su larga nariz, a cuyo
extremo se sostenían en difícil equilibrio unas gafas. Parecía el rostro de una oveja y su
misma voz tenía algo de ovejuna. Goldstein pronunciaba su habitual discurso en el que
atacaba venenosamente las doctrinas del Partido; un ataque tan exagerado y perverso
que hasta un niño podía darse cuenta de que sus acusaciones no se tenían de pie, y sin
embargo, lo bastante plausible para que pudiera uno alarmarse y no fueran a dejarse
influir por insidias algunas personas ignorantes. Insultaba al Gran Hermano, acusaba al
Partido de ejercer una dictadura y pedía que se firmara inmediatamente la paz con
Eurasia. Abogaba por la libertad de palabra, la libertad de Prensa, la libertad de reunión y
la libertad de pensamiento, gritando histéricamente que la revolución había sido
traicionada. Y todo esto a una rapidez asombrosa que era una especie de parodia del
estilo habitual de los oradores del Partido e incluso utilizando palabras de neolengua,
quizás con más palabras neolingüísticas de las que solían emplear los miembros del
Partido en la vida corriente. Y mientras gritaba, por detrás de él desfilaban interminables
columnas del ejército de Eurasia, para que nadie interpretase como simple palabrería la
oculta maldad de las frases de Goldstein. Aparecían en la pantalla filas y más filas de
forzudos soldados, con impasibles rostros asiáticos; se acercaban a primer término y
desaparecían. El sordo y rítmico clap-clap de las botas militares formaba el contrapunto
de la hiriente voz de Goldstein.
Antes de que el Odio hubiera durado treinta segundos, la mitad de los espectadores
lanzaban incontenibles exclamaciones de rabia. La satisfecha y ovejuna faz del enemigo y
el terrorífico poder del ejército que desfilaba a sus espaldas, era demasiado para que
nadie pudiera resistirlo indiferente. Además, sólo con ver a Goldstein o pensar en él
surgían el miedo y la ira automáticamente. Era él un objeto de odio más constante que
Eurasia o que Asia Oriental, ya que cuando Oceanía estaba en guerra con alguna de
estas potencias, solía hallarse en paz con la otra. Pero lo extraño era que, a pesar de ser
Goldstein el blanco de todos los odios y de que todos lo despreciaran, a pesar de que
apenas pasaba día - y cada día ocurría esto mil veces - sin que sus teorías fueran
refutadas, aplastadas, ridiculizadas, en la telepantalla, en las tribunas públicas, en los
periódicos y en los libros... a pesar de todo ello, su influencia no parecía disminuir.
Siempre había nuevos incautos dispuestos a dejarse engañar por él. No pasaba ni un solo
día sin que espías y saboteadores que trabajaban siguiendo sus instrucciones fueran
atrapados por la Policía del Pensamiento. Era el jefe supremo de un inmenso ejército que
actuaba en la sombra, una subterránea red de conspiradores que se proponían derribar al
Estado. Se suponía que esa organización se llamaba la Hermandad. Y también se
rumoreaba que existía un libro terrible, compendio de todas las herejías, del cual era autor
Goldstein y que circulaba clandestinamente. Era un libro sin título. La gente se refería a él
llamándole sencillamente el libro. Pero de estas cosas sólo era posible enterarse por
vagos rumores. Los miembros corrientes del Partido no hablaban jamás de la Hermandad
ni del libro si tenían manera de evitarlo.
En su segundo minuto, el odio llegó al frenesí. Los espectadores saltaban y gritaban
enfurecidos tratando de apagar con sus gritos la perforante voz que salía de la pantalla.
La mujer del cabello color arena se había puesto al rojo vivo y abría y cerraba la boca
como un pez al que acaban de dejar en tierra. Incluso O'Brien tenía la cara
congestionada. Estaba sentado muy rígido y respiraba con su poderoso pecho como si
estuviera resistiendo la presión de una gigantesca ola. La joven sentada exactamente
detrás de Winston, aquella morena, había empezado a gritar: «¡Cerdo! ¡Cerdo! ¡Cerdo!»,
y, de pronto, cogiendo un pesado diccionario de neolengua, lo arrojó a la pantalla. El
diccionario le dio a Goldstein en la nariz y rebotó. Pero la voz continuó inexorable. En un
momento de lucidez descubrió Winston que estaba chillando histéricamente como los
demás y dando fuertes patadas con los talones contra los palos de su propia silla. Lo
horrible de los Dos Minutos de Odio no era el que cada uno tuviera que desempeñar allí
un papel sino, al contrario, que era absolutamente imposible evitar la participación porque
era uno arrastrado irremisiblemente. A los treinta segundos no hacía falta fingir. Un
éxtasis de miedo y venganza, un deseo de matar, de torturar, de aplastar rostros con un
martillo, parecían recorrer a todos los presentes como una corriente eléctrica
convirtiéndole a uno, incluso contra su voluntad, en un loco gesticulador y vociferante. Y
sin embargo, la rabia que se sentía era una emoción abstracta e indirecta que podía
aplicarse a uno u otro objeto como la llama de una lámpara de soldadura autógena. Así,
en un momento determinado, el odio de Winston no se dirigía contra Goldstein, sino
contra el propio Gran Hermano, contra el Partido y contra la Policía del Pensamiento; y
entonces su corazón estaba de parte del solitario e insultado hereje de la pantalla, único
guardián de la verdad y la cordura en un mundo de mentiras. Pero al instante siguiente,
se hallaba identificado por completo con la gente que le rodeaba y le parecía verdad todo
lo que decían de Goldstein. Entonces, su odio contra el Gran Hermano se transformaba
en adoración, y el Gran Hermano se elevaba como una invencible torre, como una
valiente roca capaz de resistir los ataques de las hordas asiáticas, y Goldstein, a pesar de
su aislamiento, de su desamparo y de la duda que flotaba sobre su existencia misma,
aparecía como un siniestro brujo capaz de acabar con la civilización entera tan sólo con el
poder de su voz.
Incluso era posible, en ciertos momentos, desviar el odio en una u otra dirección
mediante un esfuerzo de voluntad. De pronto, por un esfuerzo semejante al que nos
permite separar de la almohada la cabeza para huir de una pesadilla, Winston conseguía
trasladar su odio a la muchacha que se encontraba detrás de él. Por su mente pasaban,
como ráfagas, bellas y deslumbrantes alucinaciones. Le daría latigazos con una porra de
goma hasta matarla. La ataría desnuda en un piquete y la atravesaría con flechas como a
san Sebastián. La violaría y en el momento del clímax le cortaría la garganta. Sin
embargo se dio cuenta mejor que antes de por qué la odiaba. La odiaba porque era joven
y bonita y asexuada; porque quería irse a la cama con ella y no lo haría nunca; porque
alrededor de su dulce y cimbreante cintura, que parecía pedir que la rodearan con el
brazo, no había más que la odiosa banda roja, agresivo símbolo de castidad.
El odio alcanzó su punto de máxima exaltación. La voz de Goldstein se había
convertido en un auténtico balido ovejuno. Y su rostro, que había llegado a ser el de una
oveja, se transformó en la cara de un soldado de Eurasia, el cual parecía avanzar,
enorme y terrible, sobre los espectadores disparando atronadoramente su fusil
ametralladora. Enteramente parecía salirse de la pantalla, hasta tal punto que muchos de
los presentes se echaban hacia atrás en sus asientos. Pero en el mismo instante,
produciendo con ello un hondo suspiro de alivio en todos, la amenazadora figura se fundía
para que surgiera en su lugar el rostro del Gran Hermano, con su negra cabellera y sus
grandes bigotes negros, un rostro rebosante de poder y de misteriosa calma y tan grande
que llenaba casi la pantalla. Nadie oía lo que el gran camarada estaba diciendo. Eran sólo
unas cuantas palabras para animarlos, esas palabras que suelen decirse a las tropas en
cualquier batalla, y que no es preciso entenderlas una por una, sino que infunden
confianza por el simple hecho de ser pronunciadas. Entonces, desapareció a su vez la
monumental cara del Gran Hermano y en su lugar aparecieron los tres slogans del Partido
en grandes letras:

LA GUERRA ES LA PAZ
LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
LA IGNORANCIA ES LA FUERZA

Pero daba la impresión de un fenómeno óptico psicológico de que el rostro del Gran
Hermano persistía en la pantalla durante algunos segundos, como si el «impacto» que
había producido en las retinas de los espectadores fuera demasiado intenso para borrarse
inmediatamente. La mujeruca del cabello color arena se lanzó hacia delante, agarrándose
a la silla de la fila anterior y luego, con un trémulo murmullo que sonaba algo así como
«¡Mi salvador!», extendió los brazos hacia la pantalla. Después ocultó la cara entre sus
manos. Sin duda, estaba rezando a su manera.
Entonces, todo el grupo prorrumpió en un canto rítmico, lento y profundo: «¡Ge-Hache.
Ge-Hache... Ge-Hache!», dejando una gran pausa entre la G y la H. Era un canto
monótono y salvaje en cuyo fondo parecían oírse pisadas de pies desnudos y el batir de
los tam-tam. Este canturreo duró unos treinta segundos. Era un estribillo que surgía en
todas las ocasiones de gran emoción colectiva. En parte, era una especie de himno a la
sabiduría y majestad del Gran Hermano; pero, más aún, constituía aquello un
procedimiento de autohipnosis, un modo deliberado de ahogar la conciencia mediante un
ruido rítmico. A Winston parecían enfriársele las entrañas. En los Dos Minutos de Odio, no
podía evitar que la oleada emotiva le arrastrase, pero este infrahumano canturreo «¡G-H...
G-H... G-H!» siempre le llenaba de horror. Desde luego, se unía al coro; esto era
obligatorio. Controlar los verdaderos sentimientos y hacer lo mismo que hicieran los
demás era una reacción natural. Pero durante un par de segundos, sus ojos podían
haberío delatado. Y fue precisamente en esos instantes cuando ocurrió aquello que a él le
había parecido significativo... si es que había ocurrido.
Momentáneamente, sorprendió la mirada de O'Brien. Éste se había levantado; se había
quitado las gafas volviéndoselas a colocar con su delicado y característico gesto. Pero
durante una fracción de segundo, se encontraron sus ojos con los de Winston y éste supo
- sí, lo supo - que O'Brien pensaba lo mismo que él. Un inconfundible mensaje se había
cruzado entre ellos. Era como si sus dos mentes se hubieran abierto y los pensamientos
hubieran volado de la una a la otra a través de los ojos. «Estoy contigo», parecía estarle
diciendo O'Brien. «Sé en qué estás pensando. Conozco tu asco, tu odio, tu disgusto. Pero
no te preocupes; ¡estoy contigo!» Y luego la fugacísima comunicación se había
interrumpido y la expresión de O'Brien volvió a ser tan inescrutable como la de todos los
demás.
Esto fue todo y ya no estaba seguro de si había sucedido efectivamente. Tales
incidentes nunca tenían consecuencias para Winston. Lo único que hacían era mantener
viva en él la creencia o la esperanza de que otros, además de él, eran enemigos del
Partido. Quizás, después de todo, resultaran ciertos los rumores de extensas
conspiraciones subterráneas; quizás existiera de verdad la Hermandad. Era imposible, a
pesar de los continuos arrestos y las constantes confesiones y ejecuciones, estar seguro
de que la Hermandad no era sencillamente un mito. Algunos días lo creía Winston; otros,
no. No había pruebas, sólo destellos que podían significar algo o no significar nada:
retazos de conversaciones oídas al pasar, algunas palabras garrapateadas en las
paredes de los lavabos, y, alguna vez, al encontrarse dos desconocidos, ciertos
movimientos de las manos que podían parecer señales de reconocimiento. Pero todo ello
eran suposiciones que podían resultar totalmente falsas. Winston había vuelto a su
cubículo sin mirar otra vez a O'Brien. Apenas cruzó por su mente la idea de continuar este
momentáneo contacto. Hubiera sido extremadamente peligroso incluso si hubiera sabido
él cómo entablar esa relación. Durante uno o dos segundos, se había cruzado entre ellos
una mirada equívoca, y eso era todo. Pero incluso así, se trataba de un acontecimiento
memorable en el aislamiento casi hermético en que uno tenía que vivir.
Winston se sacudió de encima estos pensamientos y tomó una posición más erguida
en su silla. Se le escapó un eructo. La ginebra estaba haciendo su efecto.
Volvieron a fijarse sus ojos en la página. Descubrió entonces que durante todo el
tiempo en que había estado recordando, no había dejado de escribir como por una acción
automática. Y ya no era la inhábil escritura retorcida de antes. Su pluma se había
deslizado voluptuosamente sobre el suave papel, imprimiendo en claras y grandes
mayúsculas lo siguiente:

ABAJO EL GRAN HERMANO


ABAJO EL GRAN HERMANO
ABAJO EL GRAN HERMANO
ABAJO EL GRAN HERMANO
ABAJO EL GRAN HERMANO

Una vez y otra, hasta llenar media página.


No pudo evitar un escalofrío de pánico. Era absurdo, ya que escribir aquellas palabras
no era más peligroso que el acto inicial de abrir un diario; pero, por un instante, estuvo
tentado de romper las páginas ya escritas y abandonar su propósito.
Sin embargo, no lo hizo, porque sabía que era inútil. El hecho de escribir ABAJO EL
GRAN HERMANO o no escribirlo, era completamente igual. Seguir con el diario o
renunciar a escribirlo, venía a ser lo mismo. La Policía del Pensamiento lo descubriría de
todas maneras. Winston había cometido - seguiría habiendo cometido aunque no hubiera
llegado a posar la pluma sobre el papel - el crimen esencial que contenía en sí todos los
demás. El crimental (crimen mental), como lo llamaban. El crimental no podía ocultarse
durante mucho tiempo. En ocasiones, se podía llegar a tenerlo oculto años enteros, pero
antes o después lo descubrían a uno.
Las detenciones ocurrían invariablemente por la noche. Se despertaba uno
sobresaltado porque una mano le sacudía a uno el hombro, una linterna le enfocaba los
ojos y un círculo de sombríos rostros aparecía en torno al lecho. En la mayoría de los
casos no había proceso alguno ni se daba cuenta oficialmente de la detención. La gente
desaparecía sencillamente y siempre durante la noche. El nombre del individuo en
cuestión desaparecía de los registros, se borraba de todas partes toda referencia a lo que
hubiera hecho y su paso por la vida quedaba totalmente anulado como si jamás hubiera
existido. Para esto se empleaba la palabra vaporizado.
Winston sintió una especie de histeria al pensar en estas cosas. Empezó a escribir
rápidamente y con muy mala letra:
me matarán no me importa me matarán me dispararán en la nuca me da lo mismo
abajo el gran hermano siempre lo matan a uno por la nuca no me importa abajo el gran
hermano...
Se echó hacia atrás en la silla, un poco avergonzado de sí mismo, y dejó la pluma
sobre la mesa. De repente, se sobresaltó espantosamente. Habían llamado a la puerta.
¡Tan pronto! Siguió sentado inmóvil, como un ratón asustado, con la tonta esperanza
de que quien fuese se marchara al ver que no le abrían. Pero no, la llamada se repitió. Lo
peor que podía hacer Winston era tardar en abrir. Le redoblaba el corazón como un
tambor, pero es muy probable que sus facciones, a fuerza de la costumbre, resultaran
inexpresivas. Levantóse y se acercó pesadamente a la puerta.

CAPITULO II

Al poner la mano en el pestillo recordó Winston que había dejado el Diario abierto
sobre la mesa. En aquella página se podía leer desde lejos el ABAJO EL GRAN
HERMANO repetido en toda ella con letras grandísimas. Pero Winston sabía que incluso
en su pánico no había querido estropear el cremoso papel cerrando el libro mientras la
tinta no se hubiera secado.
Contuvo la respiración y abrió la puerta. Instantáneamente, le invadió una sensación de
alivio. Una mujer insignificante, avejentada, con el cabello revuelto y la cara llena de
arrugas, estaba a su lado.
- ¡Oh, camarada! empezó a decir la mujer en una voz lúgubre y quejumbrosa -, te sentí
llegar y he venido por si puedes echarle un ojo al desagüe del fregadero. Se nos ha
atascado...
Era la señora Parsons, esposa de un vecino del mismo piso (señora era una palabra
desterrada por el Partido, ya que había que llamar a todos camaradas, pero con algunas
mujeres se usaba todavía instintivamente). Era una mujer de unos treinta años, pero
aparentaba mucha más edad. Se tenía la impresión de que había polvo reseco en las
arrugas de su cara. Winston la siguió por el pasillo. Estas reparaciones de aficionado
constituían un fastidio casi diario. Las Casas de la Victoria eran unos antiguos pisos
construidos hacia 1930 aproximadamente y se hallaban en estado ruinoso. Caían
constantemente trozos de yeso del techo y de la pared, las tuberías se estropeaban con
cada helada, había innumerables goteras y la calefacción funcionaba sólo a medias
cuando funcionaba, porque casi siempre la cerraban por economía. Las reparaciones,
excepto las que podía hacer uno por sí mismo, tenían que ser autorizadas por remotos
comités que solían retrasar dos años incluso la compostura de un cristal roto.
- Si le he molestado es porque Tom no está en casa - dijo la señora Parsons
vagamente.
El piso de los Parsons era mayor que el de Winston y mucho más descuidado. Todo
parecía roto y daba la impresión de que allí acababa de agitarse un enorme y violento
animal. Por el suelo estaban tirados diversos artículos para deportes patines de hockey,
guantes de boxeo, un balón de reglamento, unos pantalones vueltos del revés y sobre la
mesa había un montón de platos sucios y cuadernos escolares muy usados. En las
paredes, unos carteles rojos de la Liga juvenil y de los Espías y un gran cartel con el
retrato de tamaño natural del Gran Hermano. Por supuesto, se percibía el habitual olor a
verduras cocidas que era el dominante en todo el edificio, pero en este piso era más
fuerte el olor a sudor, que se notaba desde el primer momento, aunque no alcanzaba uno
a decir por qué era el sudor de una mujer que no se hallaba presente entonces. En otra
habitación, alguien con un peine y un trozo de papel higiénico trataba de acompañar a la
música militar que brotaba todavía de la telepantalla.
- Son los niños dijo la señora Parsons, lanzando una mirada aprensiva hacia la puerta -
. Hoy no han salido. Y, desde luego...
Aquella mujer tenía la costumbre de interrumpir sus frases por la mitad. El fregadero de
la cocina estaba lleno casi hasta el borde con agua sucia y verdosa que olía aún peor que
la verdura. Winston se arrodilló y examinó el ángulo de la tubería de desagüe donde
estaba el tornillo. Le molestaba emplear sus manos y también tener que arrodillarse,
porque esa postura le hacía toser. La señora Parsons lo miró desanimada:
- Naturalmente, si Tom estuviera en casa lo arreglaría en un momento. Le gustan esas
cosas. Es muy hábil en cosas manuales. Sí, Tom es muy...
Parsons era el compañero de oficina de Winston en el Ministerio de la Verdad. Era un
hombre muy grueso, pero activo y de una estupidez asombrosa, una masa de
entusiasmos imbéciles, uno de esos idiotas de los cuales, todavía más que de la Policía
del Pensamiento, dependía la estabilidad del Partido. A sus treinta y cinco años acababa
de salir de la Liga juvenil, y antes de ser admitido en esa organización había conseguido
permanecer en la de los Espías un año más de lo reglamentario. En el Ministerio estaba
empleado en un puesto subordinado para el que no se requería inteligencia alguna, pero,
por otra parte, era una figura sobresaliente del Comité deportivo y de todos los demás
comités dedicados a organizar excursiones colectivas, manifestaciones espontáneas, las
campañas pro ahorro y en general todas las actividades «voluntarias». Informaba a quien
quisiera oírle, con tranquilo orgullo y entre chupadas a su pipa, que no había dejado de
acudir ni un solo día al Centro de la Comunidad durante los cuatro años pasados. Un
fortísimo olor a sudor, una especie de testimonio inconsciente de su continua actividad y
energía, le seguía a donde quiera que iba, y quedaba tras él cuando se hallaba lejos.
- ¿Tiene usted un destornillador? dijo Winston tocando el tapón del desagüe.
- Un destornillador dijo la señora Parsons, inmovilizándose inmediatamente -. Pues, no
sé. Es posible que los niños...
En la habitación de al lado se oían fuertes pisadas y más trompetazos con el peine. La
señora Parsons trajo el destornillador. Winston dejó salir el agua y quitó con asco el
pegote de cabello que había atrancado el tubo. Se limpió los dedos lo mejor que pudo en
el agua fría del grifo y volvió a la otra habitación.
- ¡Arriba las manos! chilló una voz salvaje.
Un chico, guapo y de aspecto rudo, que parecía tener unos nueve años, había surgido
por detrás de la mesa y amenazaba a Winston con una pistola automática de juguete
mientras que su hermanita, de unos dos años menos, hacía el mismo ademán con un
pedazo de madera. Ambos iban vestidos con pantalones cortos azules, camisas grises y
pañuelo rojo al cuello. Éste era el uniforme de los Espías. Winston levantó las manos,
pero a pesar de la broma sentía cierta inquietud por el gesto del maldad que veía en el
niño.
- ¡Eres un traidor! grito el chico -. ¡Eres un criminal mental! ¡Eres un espía de Eurasia!
¡Te mataré, te vaporizaré; te mandaré a las minas de sal.
De pronto, tanto el niño como la niña empezaron a saltar en torno a él gritando:
«¡Traidor!» «¡Criminal mental!», imitando la niña todos los movimientos de su hermano.
Aquello producía un poco de miedo, algo así como los juegos de los cachorros de los
tigres cuando pensamos que pronto se convertirán en devoradores de hombres. Había
una especie de ferocidad calculadora en la mirada del pequeño, un deseo evidente de
darle un buen golpe a Winston, de hacerle daño de alguna manera, una convicción de ser
va casi lo suficientemente hombre para hacerlo. «¡Qué suerte que el niño no tenga en la
mano más que una pistola de juguete!», pensó Winston.
La mirada de la señora Parsons iba nerviosamente de los niños a Winston y de éste a
los niños. Como en aquella habitación había mejor luz, pudo notar Winston que en las
arrugas de la mujer había efectivamente polvo.
- Hacen tanto ruido... Dijo ella -. Están disgustados porque no pueden ir a ver ahorcar a
esos. Estoy segura de que por eso revuelven tanto. Yo no puedo llevarlos; tengo
demasiado quehacer. Y Tom no volverá de su trabajo a tiempo.
- ¿Por qué no podemos ir a ver cómo los cuelgan? Gritó el pequeño con su tremenda
voz, impropia de su edad.
- ¡Queremos verlos colgar! ¡Queremos verlos colgar! - canturreaba la chiquilla mientras
saltaba.
Varios prisioneros eurasiáticos, culpables de crímenes de guerra, serían ahorcados en
el parque aquella tarde, recordó Winston. Esto solía ocurrir una vez al mes y constituía un
espectáculo popular. A los niños siempre les hacía gran ilusión asistir a él. Winston se
despidió de la señora Parsons y se dirigió hacia la puerta. Pero apenas había bajado seis
escalones cuando algo le dio en el cuello por detrás produciéndole un terrible dolor. Era
como si le hubieran aplicado un alambre incandescente. Se volvió a tiempo de ver cómo
retiraba la señora Parsons a su hijo del descansillo. El chico se guardaba un tirachinas en
el bolsillo.
- ¡Goldstein! Gritó el pequeño antes de que la madre cerrara la puerta, pero lo que más
asustó a Winston fue la mirada de terror y desamparo de la señora Parsons.
De nuevo en su piso, cruzó rápidamente por delante de la telepantalla y volvió a
sentarse ante la mesita sin dejar de pasarse la mano por su dolorido cuello. La música de
la telepantalla se había detenido. Una voz militar estaba leyendo, con una especie de
brutal complacencia, una descripción de los armamentos de la nueva fortaleza flotante
que acababa de ser anclada entre Islandia y las islas Feroe.
Con aquellos niños, pensó Winston, la desgraciada mujer debía de llevar una vida
terrorífica. Dentro de uno o dos años sus propios hijos podían descubrir en ella algún
indicio de herejía. Casi todos los niños de entonces eran horribles. Lo peor de todo era
que esas organizaciones, como la de los Espías, los convertían sistemáticamente en
pequeños salvajes ingobernables, y, sin embargo, este salvajismo no les impulsaba a
rebelarse contra la disciplina del Partido. Por el contrario, adoraban al Partido y a todo lo
que se relacionaba con él. Las canciones, los desfiles, las pancartas, las excursiones
colectivas, la instrucción militar infantil con fusiles de juguete, los slogans gritados por
doquier, la adoración del Gran Hermano... todo ello era para los niños un estupendo
juego. Toda su ferocidad revertía hacia fuera, contra los enemigos del Estado, contra los
extranjeros, los traidores, saboteadores y criminales del pensamiento. Era casi normal
que personas de más de treinta años les tuvieran un miedo visceral a sus hijos. Y con
razón, pues apenas pasaba una semana sin que el Times publicara unas líneas
describiendo cómo alguna viborilla - la denominación oficial era «heroico niño» había
denunciado a sus padres a la Policía del Pensamiento contándole a ésta lo que había
oído en casa.
La molestia causada por el proyectil del tirachinas se le había pasado. Winston volvió a
coger la pluma preguntándose si no tendría algo más que escribir. De pronto, empezó a
pensar de nuevo en O'Brien.
Años atrás - cuánto tiempo hacía, quizás siete años - había soñado Winston que
paseaba por una habitación oscura... Alguien sentado a su lado le había dicho al pasar él:
«Nos encontraremos en el lugar donde no hay oscuridad». Se lo había dicho con toda
calma, de una manera casual, más como una afirmación cualquiera que como una orden.
Él había seguido andando. Y lo curioso era que al oírlas en el sueño, aquellas palabras no
le habían impresionado. Fue sólo más tarde y gradualmente cuando empezaron a tomar
significado. Ahora no podía recordar si fue antes o después de tener el sueño cuando
había visto a O'Brien por vez primera; y tampoco podía recordar cuándo había identificado
aquella voz como la de O'Brien. Pero, de todos modos, era indudablemente O'Brien quien
le había hablado en la oscuridad.
Nunca había podido sentirse absolutamente seguro - incluso después del fugaz
encuentro de sus miradas esta mañana - de si O'Brien era un amigo o un enemigo. Ni
tampoco importaba mucho esto. Lo cierto era que existía entre ellos un vínculo de
comprensión más fuerte y más importante que el afecto o el partidismo. «Nos
encontraremos en el lugar donde no hay oscuridad», le había dicho. Winston no sabía lo
que podían significar estas palabras, pero sí sabía que se convertirían en realidad.
La voz de la telepantalla se interrumpió. Sonó un claro y hermoso toque de trompeta y
la voz prosiguió en tono chirriante:
«Atención. ¡Vuestra atención, por favor! En este momento nos llega un notirrelámpago
del frente malabar. Nuestras fuerzas han logrado una gloriosa victoria en el sur de la
India. Estoy autorizado para decir que la batalla a que me refiero puede aproximarnos
bastante al final de la guerra. He aquí el texto del notirrelámpago...»
Malas noticias, pensó Winston. Ahora seguirá la descripción, con un repugnante
realismo, del aniquilamiento de todo un ejército eurásico, con fantásticas cifras de muertos
y prisioneros... para decirnos luego que, desde la semana próxima, reducirán la ración de
chocolate a veinte gramos en vez de los treinta de ahora.
Winston volvió a eructar. La ginebra perdía ya su fuerza y lo dejaba desanimado. La
telepantalla - no se sabe si para celebrar la victoria o para quitar el mal sabor del
chocolate perdido - lanzó los acordes de Oceanía, todo para ti. Se suponía que todo el
que escuchara el himno, aunque estuviera solo, tenía que escucharlo de pie. Sin
embargo, Winston se aprovechó de que la telepantalla no lo veía y siguió sentado.
Oceanía, todo para ti, terminó y empezó la música ligera. Winston se dirigió hacia la
ventana, manteniéndose de espaldas a la pantalla El día era todavía frío y claro. Allá lejos
estalló una bombacohete con un sonido sordo y prolongado. Ahora solían caer en
Londres unas veinte o treinta bombas a la semana.
Abajo, en la calle, el viento seguía agitando el cartel donde la palabra Ingsoc aparecía y
desaparecía. Ingsoc. Los principios sagrados de Ingsoc. Neolengua, doblepensar,
mutabilidad del pasado. A Winston le parecía estar recorriendo las selvas submarinas,
perdido en un mundo monstruoso cuyo monstruo era él mismo. Estaba solo. El pasado
había muerto, el futuro era inimaginable. ¿Qué certidumbre podía tener él de que ni un
solo ser humano estaba de su parte? Y ¿Cómo iba a saber si el dominio del Partido no
duraría siempre? Como respuesta, los tres slogans sobre la blanca fachada del Ministerio
de la Verdad, le recordaron que:

LA GUERRA ES LA PAZ
LA LIIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
LA IGNORANCIA ES LA FUERZA

Sacó de su bolsillo una moneda de veinticinco centavos. También en ella, en letras


pequeñas, pero muy claras, aparecían las mismas frases y, en el reverso de la moneda, la
cabeza del Gran Hermano. Los ojos de éste le perseguían a uno hasta desde las
monedas. Sí, en las monedas, en los sellos de correo, en pancartas, en las envolturas de
los paquetes de los cigarrillos, en las portadas de los libros, en todas partes. Siempre los
ojos que os contemplaban y la voz que os envolvía. Despiertos o dormidos, trabajando o
comiendo, en casa o en la calle, en el baño o en la cama, no había escape. Nada era del
individuo a no ser unos cuantos centímetros cúbicos dentro de su cráneo.
El sol había seguido su curso y las mil ventanas del Ministerio de la Verdad, en las que
ya no reverberaba la luz, parecían los tétricos huecos de una fortaleza. Winston sintió
angustia ante aquella masa piramidal. Era demasiado fuerte para ser asaltada. Ni siquiera
un millar de bombascohete podrían abatirla. Volvió a preguntarse para quién escribía el
Diario, para el pasado, para el futuro, para una época imaginaria? Frente a él no veía la
muerte, sino algo peor - el aniquilamiento absoluto. El Diario quedaría reducido a cenizas
y a él lo vaporizarían. Sólo la Policía del Pensamiento leería lo que él hubiera escrito
antes de hacer que esas líneas desaparecieran incluso de la memoria. ¿Cómo iba usted a
apelar a la posteridad cuando ni una sola huella suya, ni siquiera una palabra
garrapateada en un papel iba a sobrevivir físicamente?
En la telepantalla sonaron las catorce. Winston tenía que marchar dentro de diez
minutos. Debía reanudar el trabajo a las catorce y treinta. Qué curioso: las campanadas
de la hora lo reanimaron. Era como un fantasma solitario diciendo una verdad que nadie
oiría nunca. De todos modos, mientras Winston pronunciara esa verdad, la continuidad no
se rompería. La herencia humana no se continuaba porque uno se hiciera oír sino por el
hecho de permanecer cuerdo. Volvió a la mesa, mojó en tinta su pluma y escribió:
Para el futuro o para el pasado, para la época en que se pueda pensar libremente, en
que los hombres sean distintos unos de otros y no vivan solitarios... Para cuando la
verdad exista y lo que se haya hecho no pueda ser deshecho:
Desde esta época de uniformidad, de este tiempo de soledad, la Edad del Gran
Hermano, la época del doblepensar... ¡muchas felicidades!
Winston comprendía que ya estaba muerto. Le parecía que sólo ahora, en que
empezaba a poder formular sus pensamientos, era cuando había dado el paso definitivo.
Las consecuencias de cada acto van incluidas en el acto mismo. Escribió:
El crimental (el crimen de la mente) no implica la muerte; el crimental es la muerte
misma. Al reconocerse ya a sí mismo muerto, se le hizo imprescindible vivir lo más
posible. Tenía manchados de tinta dos dedos de la mano derecha. Era exactamente uno
de esos detalles que le pueden delatar a uno. Cualquier entrometido del Ministerio
(probablemente, una mujer: alguna como la del cabello color de arena o la muchacha
morena del Departamento de Novela) podía preguntarse por qué habría usado una pluma
anticuada y qué habría escrito... y luego dar el soplo a donde correspondiera. Fue al
cuarto de baño y se frotó cuidadosamente la tinta con el oscuro y rasposo jabón que le
limaba la piel como un papel de lija y resultaba por tanto muy eficaz para su propósito.
Guardó el Diario en el cajón de la mesita. Era inútil pretender esconderlo; pero, por lo
menos, podía saber si lo habían descubierto o no. Un cabello sujeto entre las páginas
sería demasiado evidente. Por eso, con la yema de un dedo recogió una partícula de
polvo de posible identificación y la depositó sobre una esquina de la tapa, de donde
tendría que caerse si cogían el libro.

CAPITULO III

Winston estaba soñando con su madre. El debía de tener unos diez u once años
cuando su madre murió. Era una mujer alta, estatuaria y más bien silenciosa, de
movimientos pausados y magnífico cabello rubio. A su padre lo recordaba, más
vagamente, como un hombre moreno y delgado, vestido siempre con impecables trajes
oscuros (Winston recordaba sobre todo las suelas extremadamente finas de los zapatos
de su padre) y usaba gafas. Seguramente, tanto el padre como la madre debieron de
haber caído en una de las primeras grandes purgas de los años cincuenta.
En aquel momento en el sueño - su madre estaba sentada en un sitio profundo junto a
él y con su niña en brazos. De esta hermana sólo recordaba Winston que era una chiquilla
débil e insignificante, siempre callada y con ojos grandes que se fijaban en todo. Se
hallaban las dos en algún sitio subterráneo por ejemplo, el fondo de un pozo o en una
cueva muy honda -, pero era un lugar que, estando ya muy por debajo de él, se iba
hundiendo sin cesar. Si, era la cámara de un barco que se hundía y la madre y la
hermana lo miraban a él desde la tenebrosidad de las aguas que invadían el buque. Aún
había aire en la cámara. Su madre y su hermanita podían verlo todavía y él a ellas, pero
no dejaban de irse hundiendo ni un solo instante, de ir cayendo en las aguas, de un verde
muy oscuro, que de un momento a otro las ocultarían para siempre. Winston, en cambio,
se encontraba al aire libre y a plena luz mientras a ellas se las iba tragando la muerte, y
ellas se hundían porque él estaba allí arriba. Winston lo sabía y también ellas lo sabían y
él descubría en las caras de ellas este conocimiento. Pero la expresión de las dos no le
reprochaba nada ni sus corazones tampoco - el lo sabía - y sólo se transparentaba la
convicción de que ellas morían para que él pudiera seguir viviendo allá arriba y que esto
formaba parte del orden inevitable de las cosas.
No podía recordar qué había ocurrido, pero mientras soñaba estaba seguro de que, de
un modo u otro, las vidas de su madre y su hermana fueron sacrificadas para que él
viviera. Era uno de esos ensueños que, a pesar de utilizar toda la escenografía onírica
habitual, son una continuación de nuestra vida intelectual y en los que nos damos cuenta
de hechos e ideas que siguen teniendo un valor después del despertar. Pero lo que de
pronto sobresaltó a Winston, al pensar luego en lo que había soñado, fue que la muerte
de su madre, ocurrida treinta años antes, había sido trágica y dolorosa de un modo que ya
no era posible. Pensó que la tragedia pertenecía a los tiempos antiguos y que sólo podía
concebirse en una época en que había aún intimidad - vida privada, amor y amistad - y en
que los miembros de una familia permanecían juntos sin necesidad de tener una razón
especial para ello. El recuerdo de su madre le torturaba porque había muerto amándole
cuando él era demasiado joven y egoísta para devolverle ese cariño y porque de alguna
manera - no recordaba cómo - se había sacrificado a un concepto de la lealtad que era
privadísimo e inalterable. Bien comprendía Winston que esas cosas no podían suceder
ahora. Lo que ahora había era miedo, odio y dolor físico, pero no emociones dignas ni
penas profundas y complejas. Todo esto lo había visto, soñando, en los ojos de su madre
y su hermanita, que lo miraban a él a través de las aguas verdeoscuras, a una inmensa
profundidad y sin dejar de hundirse.
De pronto, se vio de pie sobre el césped en una tarde de verano en que los rayos
oblicuos del sol doraban la corta hierba. El paisaje que se le aparecía ahora se le
presentaba con tanta frecuencia en sueños que nunca estaba completamente seguro de
si lo había visto alguna vez en la vida real. Cuando estaba despierto, lo llamaba el País
Dorado. Lo cubrían pastos mordidos por los conejos con un sendero que serpenteaba por
él y, aquí y allá, unas pequeñísimas elevaciones del terreno. Al fondo, se velan unos
olmos que se balanceaban suavemente con la brisa y sus follajes parecían cabelleras de
mujer. Cerca, aunque fuera de la vista, corría un claro arroyuelo de lento fluir.
La muchacha morena venía hacia él por aquel campo.
Con un solo movimiento se despojó de sus ropas y las arrojó despectivamente a un
lado. Su cuerpo era blanco y suave, pero no despertaba deseo en Winston, que se
limitaba a contemplarlo. Lo que le llenaba de entusiasmo en aquel momento era el gesto
con que la joven se había librado de sus ropas. Con la gracia y el descuido de aquel
gesto, parecía estar aniquilando toda su cultura, todo un sistema de pensamiento, como si
el Gran Hermano, el Partido y la Policía del Pensamiento pudieran ser barridos y enviados
a la Nada con un simple movimiento del brazo. También aquel gesto pertenecía a los
tiempos antiguos. Winston se despertó con la palabra «Shakespeare» en los labios.
La telepantalla emitía en aquel instante un prolongado silbido que partía el tímpano y
que continuaba en la misma nota treinta segundos. Eran las cero - siete - quince, la hora
de levantarse para los oficinistas. Winston se echó abajo de la cama desnudo porque los
miembros del Partido Exterior recibían sólo tres mil cupones para vestimenta durante el
año y un pijama necesitaba seiscientos cupones - y se puso un sucio singlet y unos shorts
que estaban sobre una silla. Dentro de tres minutos empezarían las Sacudidas Físicas.
Inmediatamente le entró el ataque de tos habitual en él en cuanto se despertaba.
Vació tanto sus pulmones que, para volver a respirar, tuvo que tenderse de espaldas
abriendo y cerrando la boca repetidas veces y en rápida sucesión. Con el esfuerzo de la
tos se le hinchaban las venas y sus varices le habían empezado a escocer.
- ¡Grupo de treinta a cuarenta! - ladró una penetrante voz de mujer -. ¡Grupo de treinta
a cuarenta! Ocupad vuestros sitios, por favor.
Winston se colocó de un salto a la vista de la telepantalla, en la cual había aparecido ya
la imagen de una mujer más bien joven, musculoso y de facciones duras, vestida con una
túnica y calzando sandalias de gimnasia.
- ¡Doblad y extended los brazos! - gritó -. ¡Contad a la vez que yo! ¡Uno, dos, tres,
cuatro! ¡Uno, dos, tres, cuatro! ¡Vamos, camaradas, un poco de vida en lo que hacéis!
¡Uno, dos, tres, cuatro! ¡Uno, dos, tres, cuatro!...
La intensa molestia de su ataque de tos no había logrado desvanecer en Winston la
impresión que le había dejado el ensueño y los movimientos rítmicos de la gimnasia
contribuían a conservarle aquel recuerdo. Mientras doblaba y desplegaba mecánicamente
los brazos - sin perder ni por un instante la expresión de contento que se consideraba
apropiada durante las Sacudidas Físicas -, se esforzaba por resucitar el confuso período
de su primera infancia. Pero le resultaba extraordinariamente difícil. Más allá de los años
cincuenta y tantos - final de la década - todo se desvanecía. Sin datos externos de
ninguna clase a que referirse era imposible reconstruir ni siquiera el esquema de la propia
vida. Se recordaban los acontecimientos de enormes proporciones - que muy bien podían
no haber acaecido -, se recordaban también detalles sueltos de hechos sucedidos en la
infancia, de cada uno, pero sin poder captar la atmósfera. Y había extensos períodos en
blanco donde no se podía colocar absolutamente nada. Entonces todo había sido
diferente. Incluso los nombres de los países y sus formas en el mapa. La Franja Aérea
número 1, por ejemplo, no se llamaba así en aquellos días: la llamaban Inglaterra o
Bretaña, aunque Londres - Winston estaba casi seguro de ello - se había llamado siempre
Londres.
No podía recordar claramente una época en que su país no hubiera estado en guerra,
pero era evidente que había un intervalo de paz bastante largo durante su infancia porque
uno de sus primeros recuerdos era el de un ataque aéreo que parecía haber cogido a
todos por sorpresa. Quizá fue cuando la bomba atómica cayó en Colchester. No se
acordaba del ataque propiamente dicho, pero sí de la mano de su padre que le tenía
cogida la suya mientras descendían precipitadamente por algún lugar subterráneo muy
profundo, dando vueltas por una escalera de caracol que finalmente le había cansado
tanto las piernas que empezó a sollozar y su padre tuvo que dejarle descansar un poco.
Su madre, lenta y pensativa como siempre, los seguía a bastante distancia. La madre
llevaba a la hermanita de Winston, o quizá sólo llevase un lío de mantas. Winston no
estaba seguro de que su hermanita hubiera nacido por entonces. Por último,
desembocaron a un sitio ruidoso y atestado de gente, una estación de Metro.
Muchas personas se hallaban sentadas en el suelo de piedra y otras, arracimadas, se
habían instalado en diversos objetos que llevaban. Winston y sus padres encontraron un
sitio libre en el suelo y junto a ellos un viejo y una vieja se apretaban el uno contra el otro.
El anciano vestía un buen traje oscuro y una boina de paño negro bajo la cual le asomaba
abundante cabello muy blanco. Tenía la cara enrojecida; los ojos, azules y lacrimosos.
Olía a ginebra. Ésta parecía salírsele por los poros en vez del sudor y podría haberse
pensado que las lágrimas que le brotaban de los ojos eran ginebra pura. Sin embargo, a
pesar de su borrachera, sufría de algún dolor auténtico e insoportable. De un modo
infantil, Winston comprendió que algo terrible, más allá del perdón y que jamás podría
tener remedio, acababa de ocurrirle al viejo. También creía saber de qué se trataba.
Alguien a quien el anciano amaba, quizás alguna nietecita, había muerto en el
bombardeo. Cada pocos minutos, repetía el viejo:
- No debíamos habernos fiado de ellos. ¿Verdad que te lo dije, abuelita? Nos ha
pasado esto por fiarnos de ellos. Siempre lo he dicho. Nunca debimos confiar en esos
canallas.
Lo que Winston no podía recordar es a quién se refería el viejo y quiénes eran esos de
los que no había que fiarse.
Desde entonces, la guerra había sido continua, aunque hablando con exactitud no se
trataba siempre de la misma guerra. Durante algunos meses de su infancia había habido
una confusa lucha callejera en el mismo Londres y él recordaba con toda claridad algunas
escenas. Pero hubiera sido imposible reconstruir la historia de aquel período ni saber
quién luchaba contra quién en un momento dado, pues no quedaba ningún documento ni
pruebas de ninguna clase que permitieran pensar que la disposición de las fuerzas en
lucha hubiera sido en algún momento distinta a la actual. Por ejemplo, en este momento,
en 1984 (si es que efectivamente era 1984), Oceanía estaba en guerra con Eurasia y era
aliada de Asia Oriental. En ningún discurso público ni conversación privada se admitía
que estas tres potencias se hubieran hallado alguna vez en distinta posición cada una
respecto a las otras. Winston sabía muy bien que, hacia sólo cuatro años, Oceanía había
estado en guerra contra Asia Orienta] y aliada con Eurasia. Pero aquello era sólo un
conocimiento furtivo que él tenía porque su memoria «fallaba» mucho, es decir, no estaba
lo suficientemente controlada. Oficialmente, nunca se había producido un cambio en las
alianzas. Oceanía estaba en guerra con Eurasia; por tanto, Oceanía siempre había
luchado contra Eurasia. El enemigo circunstancial representaba siempre el absoluto mal,
y de ahí resultaba que era totalmente imposible cualquier acuerdo pasado o futuro con él.
Lo horrible, pensó por diezmilésima vez mientras se forzaba los hombros
dolorosamente hacia atrás (con las manos en las caderas, giraban sus cuerpos por la
cintura, ejercicio que se suponía conveniente para los músculos de la espalda), lo horrible
era que todo ello podía ser verdad. Si el Partido podía alargar la mano hacia el pasado y
decir que este o aquel acontecimiento nunca había ocurrido, esto resultaba mucho más
horrible que la tortura y la muerte.
El Partido dijo que Oceanía nunca había sido aliada de Eurasia. Él, Winston Smith,
sabía que Oceanía había estado aliada con Eurasia cuatro años antes. Pero, ¿dónde
constaba ese conocimiento? Sólo en su propia conciencia, la cual, en todo caso, iba a ser
aniquilada muy pronto. Y si todos los demás aceptaban la mentira que impuso el Partido,
si todos los testimonios decían lo mismo, entonces la mentira pasaba a la Historia y se
convertía en verdad. «El que controla el pasado - decía el slogan del Partido -, controla
también el futuro. El que controla el presente, controla el pasado .» Y, sin embargo, el
pasado, alterable por su misma naturaleza, nunca había sido alterado. Todo lo que ahora
era verdad, había sido verdad eternamente y lo seguiría siendo. Era muy sencillo. Lo
único que se necesitaba era una interminable serie de victorias que cada persona debía
lograr sobre su propia memoria. A esto le llamaban «control de la realidad». Pero en
neolengua había una palabra especial para ello: doblepensar.
- ¡Descansen! - ladró la instructora, cuya voz parecía ahora menos malhumorada.
Winston dejó caer los brazos de sus costados y volvió a llenar de aire sus pulmones.
Su mente se deslizó por el laberíntico mundo del doplepensar. Saber y no saber, hallarse
consciente de lo que es realmente verdad mientras se dicen mentiras cuidadosamente
elaboradas, sostener simultáneamente dos opiniones sabiendo que son contradictorias y
creer sin embargo en ambas; emplear la lógica contra la lógica, repudiar la moralidad
mientras se recurre a ella, creer que la democracia es imposible y que el Partido es el
guardián de la democracia; olvidar cuanto fuera necesario olvidar y, no obstante, recurrir a
ello, volverlo a traer a la memoria en cuanto se necesitara y luego olvidarlo de nuevo; y,
sobre todo, aplicar el mismo proceso al procedimiento mismo. Ésta era la más refinada
sutileza del sistema: inducir conscientemente a la inconsciencia, y luego hacerse
inconsciente para no reconocer que se había realizado un acto de autosugestión. Incluso
comprender la palabra doblepensar implicaba el uso del doblepensar.
La instructora había vuelto a llamarles la atención:
- Y ahora, a ver cuáles de vosotros pueden tocarse los dedos de los pies sin doblar las
rodillas - gritó la mujer con gran entusiasmo - ¡Por favor, camaradas! ¡Uno, dos! ¡Uno,
dos...!
A Winston le fastidiaba indeciblemente este ejercicio que le hacía doler todo el cuerpo y
a veces le causaba golpes de tos. Ya no disfrutaba con sus meditaciones. El pasado,
pensó Winston, no sólo había sido alterado, sino que estaba siendo destruido. Pues,
¿cómo iba usted a establecer el hecho más evidente si no existía más prueba que el
recuerdo de su propia memoria? Trató de recordar en qué año había oído hablar por
primera vez del Gran Hermano. Creía que debió de ser hacia el sesenta y tantos, pero era
imposible estar seguro. Por supuesto, en los libros de historia editados por el Partido, el
Gran Hermano figuraba como jefe y guardián de la Revolución desde los primeros días de
ésta. Sus hazañas habían ido retrocediendo en el tiempo cada vez más y ya se extendían
hasta el mundo fabuloso de los años cuarenta y treinta cuando los capitalistas, con sus
extraños sombreros cilíndricos, cruzaban todavía por las calles de Londres en relucientes
automóviles o en coches de caballos - pues aún quedaban vehículos de éstos -, con lados
de cristal. Desde luego, se ignoraba cuánto había de cierto en esta leyenda y cuánto de
inventado. Winston no podía recordar ni siquiera en qué fecha había empezado el Partido
a existir. No creía haber oído la palabra «Ingsoc» antes de 1960. Pero era posible que en
su forma viejolingüística es decir, «socialismo inglés» - hubiera existido antes. Todo se
había desvanecido en la niebla. Sin embargo, a veces era posible poner el dedo sobre
una mentira concreta. Por ejemplo, no era verdad, como pretendían los libros de historia
lanzados por el Partido, que éste hubiera inventado los aeroplanos. Winston recordaba los
aeroplanos desde su más temprana infancia. Pero tampoco podría probarlo. Nunca se
podía probar nada. Sólo una vez en su vida había tenido en sus manos la innegable
prueba documental de la falsificación de un hecho histórico. Y en aquella ocasión...
- ¡Smith! - chilló la voz de la telepantalla -; ¡6O79 Smith W! ¡Sí, tú! ¡Inclínate más, por
favor! Puedes hacerlo mejor; es que no te esfuerzas; más doblado, haz el favor. Ahora
está mucho mejor, camarada.
Descansad todos y fijaos en mí.
Winston sudaba por todo su cuerpo, pero su cara permanecía completamente
inescrutable. ¡Nunca os manifestéis desanimados! ¡Nunca os mostréis resentidos! Un leve
pestañeo podría traicioneros. Por eso, Winston miraba impávido a la instructora mientras
ésta levantaba los brazos por encima de la cabeza y, si no con gracia, sí con notable
precisión y eficacia, se dobló y se tocó los dedos de los pies sin doblar las rodillas.
- ¡Ya habéis visto, camaradas; así es como quiero que lo hagáis! Miradme otra vez.
Tengo treinta y nueve años y cuatro hijos. Mirad - volvió a doblarse. Ya veis que mis
rodillas no se han doblado. Todos Vosotros podéis hacerlo si queréis - añadió mientras se
ponía derecha -. Cualquier persona de menos de cuarenta y cinco años es perfectamente
capaz de tocarse así los dedos de los pies. No todos nosotros tenemos el privilegio de
luchar en el frente, pero por lo menos podemos mantenemos en forma. ¡Recordad a
nuestros muchachos en el frente malabar! ¡Y a los marineros de las fortalezas flotantes!
Pensad en las penalidades que han de soportar. Ahora, probad otra vez. Eso está mejor,
camaradas, mucho mejor - añadió en tono estimulante dirigiéndose a Winston, el cual,
con un violento esfuerzo, había logrado tocarse los dedos de los pies sin doblar las
rodillas. Desde varios años atrás, no lo conseguía.

CAPITULO IV
Con el hondo e inconsciente suspiro que ni siquiera la proximidad de la telepantalla
podía ahogarle cuando empezaba el trabajo del día, Winston se acercó al hablescribe,
sopló para sacudir el polvo del micrófono y se puso las gafas. Luego desenrolló y juntó
con un clip cuatro pequeños cilindros de papel que acababan de caer del tubo neumático
sobre el lado derecho de su mesa de despacho.
En las paredes de la cabina había tres orificios. A la derecha del hablescribe, un
pequeño tubo neumático para mensajes escritos, a la Izquierda, un tubo más ancho para
los periódicos; y en la otra pared, de manera que Winston lo tenía a mano, una hendidura
grande y oblonga protegida por una rejilla de alambre. Esta última servía para tirar el
papel inservible. Había hendiduras semejantes a miles o a docenas de miles por todo el
edificio, no sólo en cada habitación, sino a lo largo de todos los pasillos, a pequeños
intervalos. Les llamaban «agujeros de la memoria». Cuando un empleado sabía que un
documento había de ser destruido, o incluso cuando alguien veía un pedazo de papel por
el suelo y por alguna mesa, constituía ya un acto automático levantar la tapa del más
cercano «agujero de la memoria» y tirar el papel en él. Una corriente de aire caliente se
llevaba el papel en seguida hasta los enormes hornos ocultos en algún lugar desconocido
de los sótanos del edificio.
Winston examinó las cuatro franjas de papel que había desenrollado. Cada una de
ellas contenía una o dos líneas escritas en el argot abreviado (no era exactamente
neolengua, pero consistía principalmente en palabras neolingüísticas) que se usaba en el
Ministerio para fines internos. Decían así:
times 17.3.84. discurso gh malregistrado áfrica rectificar
times 19.12.83 predicciones plantrienal cuarto trimestre 83 erratas comprobar número
corriente
times 14.2.84. Minibundancia malcitado chocolate rectificar
times 3.12.83 referente ordendía gh doblemásnobueno refs nopersonas reescribir
completo someter antesarchivar
Con cierta satisfacción apartó Winston el cuarto mensaje. Era un asunto intrincado y de
responsabilidad y prefería ocuparse de él al final. Los otros tres eran tarea rutinaria,
aunque el segundo le iba a costar probablemente buscar una serie de datos fastidiosos.
Winston pidió por la telepantalla los números necesarios del Times, que le llegaron por
el tubo neumático pocos minutos después. Los mensajes que había recibido se referían a
artículos o noticias que por una u otra razón era necesario cambiar, o, como se decía
oficialmente, rectificar. Por ejemplo, en el número del Times correspondiente al 17 de
marzo se decía que el Gran Hermano, en su discurso del día anterior, había predicho que
el frente de la India Meridional seguiría en calma, pero que, en cambio, se
desencadenaría una ofensiva eurasiática muy pronto en África del Norte. Como quiera
que el alto mando de Eurasia había iniciado su ofensiva en la India del Sur y había dejado
tranquila al África del Norte, era por tanto necesario escribir un nuevo párrafo del discurso
del Gran Hermano, con objeto de hacerle predecir lo que había ocurrido efectivamente. Y
en el Times del 19 de diciembre del año anterior se habían publicado los pronósticos
oficiales sobre el consumo de ciertos productos en el cuarto trimestre de 1983, que era
también el sexto grupo del noveno plan trienal. Pues bien, el número de hoy contenía una
referencia al consumo efectivo y resultaba que los pronósticos se habían equivocado
muchísimo. El trabajo de Winston consistía en cambiar las cifras originales haciéndolas
coincidir con las posteriores. En cuanto al tercer mensaje, se refería a un error muy
sencillo que se podía arreglar en un par de minutos. Muy poco tiempo antes, en febrero, el
Ministerio de la Abundancia había lanzado la promesa (oficialmente se le llamaba
«compromiso categórico») de que no habría reducción de la ración de chocolate durante
el año 1984. Pero la verdad era, como Winston sabía muy bien, que la ración de
chocolate sería reducida, de los treinta gramos que daban, a veinte al final de aquella
semana. Como se verá, el error era insignificante y el único cambio necesario era sustituir
la promesa original por la advertencia de que probablemente habría que reducir la ración
hacia el mes de abril.
Cuando Winston tuvo preparadas las correcciones las unió con un clip al ejemplar del
Times que le habían enviado y los mandó por el tubo neumático. Entonces, con un
movimiento casi inconsciente, arrugó los mensajes originales y todas las notas que él
había hecho sobre el asunto y los tiró por el «agujero de la memoria» para que los
devoraran las llamas.
Él no sabía con exactitud lo que sucedía en el invisible laberinto adonde iban a parar
los tubos neumáticos, pero tenía una idea general. En cuanto se reunían y ordenaban
todas las correcciones que había sido necesario introducir en un número determinado del
Times, ese número volvía a ser impreso, el ejemplar primitivo se destruía y el ejemplar
corregido ocupaba su puesto en el archivo. Este proceso de continua alteración no se
aplicaba sólo a los periódicos, sino a los libros, revistas, folletos, carteles, programas,
películas, bandas sonoras, historietas para niños, fotografías ..., es decir, a toda clase de
documentación o literatura que pudiera tener algún significado político o ideológico.
Diariamente y casi minuto por minuto, el pasado era puesto al día. De este modo, todas
las predicciones hechas por el Partido resultaban acertadas según prueba documental.
Toda la historia se convertía así en un palimpsesto, raspado y vuelto a escribir con toda la
frecuencia necesaria. En ningún caso habría sido posible demostrar la existencia de una
falsificación. La sección más nutrida del Departamento de Registro, mucho mayor que
aquella donde trabajaba Winston, se componía sencillamente de personas cuyo deber era
recoger todos los ejemplares de libros, diarios y otros documentos que se hubieran
quedado atrasados y tuvieran que ser destruidos. Un número del Times que - a causa de
cambios en la política exterior o de profecías equivocadas hechas por el Gran Hermano -
hubiera tenido que ser escrito de nuevo una docena de veces, seguía estando en los
archivos con su fecha original y no existía ningún otro ejemplar para contradecirlo.
También los libros eran recogidos y reescritos muchas veces y cuando se volvían a editar
no se confesaba que se hubiera introducido modificación alguna. Incluso las instrucciones
escritas que recibía Winston y que él hacía desaparecer invariablemente en cuanto se
enteraba de su contenido, nunca daban a entender ni remotamente que se estuviera
cometiendo una falsificación. Sólo se referían a erratas de imprenta o a citas equivocadas
que era necesario poner bien en interés de la verdad.
Lo más curioso era - pensó Winston mientras arreglaba las cifras del Ministerio de la
Abundancia - que ni siquiera se trataba de una falsificación. Era, sencillamente, la
sustitución de un tipo de tonterías por otro. La mayor parte del material que allí manejaban
no tenía relación alguna con el mundo real, ni siquiera en esa conexión que implica una
mentira directa. Las estadísticas eran tan fantásticas en su versión original como en la
rectificada. En la mayor parte de los casos, tenía que sacárselas el funcionario de su
cabeza. Por ejemplo, las predicciones del Ministerio de la Abundancia calculaban la
producción de botas para el trimestre venidero en ciento cuarenta y cinco millones de
pares. Pues bien, la cantidad efectiva fue de sesenta y dos millones de pares. Es decir, la
cantidad declarada oficialmente. Sin embargo, Winston, al modificar ahora la
«predicción», rebajó la cantidad a cincuenta y siete millones, para que resultara posible la
habitual declaración de que se había superado la producción. En todo caso, sesenta y dos
millones no se acercaban a la verdad más que los cincuenta y siete millones o los ciento
cuarenta y cinco. Lo más probable es que no se hubieran producido botas en absoluto.
Nadie sabía en definitiva cuánto se había producido ni le importaba. Lo único de que se
estaba seguro era de que cada trimestre se producían sobre el papel cantidades
astronómicas de botas mientras que media población de Oceanía iba descalza. Y lo
mismo ocurría con los demás datos, importantes o minúsculos, que se registraban. Todo
se disolvía en un mundo de sombras en el cual incluso la fecha del año era insegura.
Winston miró hacia el vestíbulo. En la cabina de enfrente trabajaba un hombre
pequeñito, de aire eficaz, llamado Tillotson, con un periódico doblado sobre sus rodillas y
la boca muy cerca de la bocina del hablescribe. Daba la impresión de que lo que decía
era un secreto entre él y la telepantalla. Levantó la vista y los cristales de sus gafas le
lanzaron a Winston unos reflejos hostiles.
Winston no conocía apenas a Tillotson ni tenía idea de la clase de trabajo que le
habían encomendado. Los funcionarios del Departamento del Registro no hablaban de
sus tareas. En el largo vestíbulo, sin ventanas, con su doble fila de cabinas y su
interminable ruido de periódicos y el murmullo de las voces junto a los hablescribe, había
por lo menos una docena de personas a las que Winston no conocía ni siquiera de
nombre, aunque los veía diariamente apresurándose por los pasillos o gesticulando en los
Dos Minutos de Odio. Sabía que en la cabina vecina a la suya la mujercilla del cabello
arenoso trabajaba en descubrir y borrar en los números atrasados de la Prensa los
nombres de las personas vaporizadas, las cuales se consideraba que nunca habían
existido. Ella estaba especialmente capacitada para este trabajo, ya que su propio marido
había sido vaporizado dos años antes. Y pocas cabinas más allá, un individuo suave,
soñador e ineficaz, llamado Ampleforth, con orejas muy peludas y un talento sorprendente
para rimar y medir los versos, estaba encargado de producir los textos definitivos de
poemas que se habían hecho ideológicamente ofensivos, pero que, por una u otra razón.
continuaban en las antologías. Este vestíbulo, con sus cincuenta funcionarios, era sólo
una subsección, una pequeñísima célula de la enorme complejidad del Departamento de
Registro. Más allá, arriba, abajo, trabajaban otros enjambres de funcionarios en multitud
de tareas increíbles. Allí estaban las grandes imprentas con sus expertos en tipografía y
sus bien dotados estudios para la falsificación de fotografías. Había la sección de
teleprogramas con sus ingenieros, sus directores y equipos de actores escogidos
especialmente por su habilidad para imitar voces. Había también un gran número de
empleados cuya labor sólo consistía en redactar listas de libros y periódicos que debían
ser «repasados». Los documentos corregidos se guardaban y los ejemplares originales
eran destruidos en hornos ocultos. Por último, en un lugar desconocido estaban los
cerebros directores que coordinaban todos estos esfuerzos y establecían las líneas
políticas según las cuales un fragmento del pasado había de ser conservado, falsificado
otro, y otro borrado de la existencia.
El Departamento de Registro, después de todo, no era más que una simple rama del
Ministerio de la Verdad, cuya principal tarea no era reconstruir el pasado, sino
proporcionarles a los ciudadanos de Oceanía periódicos, películas, libros de texto,
programas de telepantalla, comedias, novelas, con toda clase de información, instrucción
o entretenimiento. Fabricaban desde una estatua a un slogan, de un poema lírico a un
tratado de biología y desde la cartilla de los párvulos hasta el diccionario de neolengua...Y
el Ministerio no sólo tenía que atender a las múltiples necesidades del Partido, sino repetir
toda la operación en un nivel más bajo a beneficio del proletariado. Había toda una
cadena de secciones separadas que se ocupaban de la literatura, la música, el teatro y,
en general, de todos los entretenimientos para los proletarios. Allí se producían periódicos
que no contenían más que informaciones deportivas, sucesos y astrología, noveluchas
sensacionalistas, películas que rezumaban sexo y canciones sentimentales compuestas
por medios exclusivamente mecánicos en una especie de calidoscopio llamado
versificador Había incluso una sección conocida en neolengua con el nombre de
Pornosec, encargada de producir pornografía de clase ínfima y que era enviada en
paquetes sellados que ningún miembro del Partido, aparte de los que trabajaban en la
sección, podía abrir.
Habían salido tres mensajes por el tubo neumático mientras Winston trabajaba, pero se
trataba de asuntos corrientes y los había despachado antes de ser interrumpido por los
Dos Minutos de Odio. Cuando el odio terminó, volvió Winston a su cabina, sacó del
estante el diccionario de neolengua, apartó a un lado el hablescribe, se limpió las gafas y
se dedicó a su principal cometido de la mañana.
El mayor placer de Winston era su trabajo. La mayor parte de éste consistía en una
aburrida rutina, pero también incluía labores tan difíciles e intrincadas que se perdía uno
en ellas como en las profundidades de un problema de matemáticas: delicadas labores de
falsificación en que sólo se podía guiar uno por su conocimiento de los principios del
Ingsoc y el cálculo de lo que el Partido quería que uno dijera. Winston servía para esto.
En una ocasión le encargaron incluso la rectificación de los editoriales del Times, que
estaban escritos totalmente en neolengua. Desenrolló el mensaje que antes había dejado
a un lado como más difícil. Decía:
times 3.12.83 referente ordendia gh doblemásnobueno refs nopersonas reescribir
completo someter antesarchivar.
En antiguo idioma (en inglés) quedaba así:
La información sobre la orden del día del Gran Hermano en el Times del 3 de diciembre
de 1983 es absolutamente insatisfactoria y se refiere a las personas inexistentes. Volverlo
a escribir por completo y someter el borrador a la autoridad superior antes de archivar.
Winston leyó el artículo ofensivo. La orden del día del Gran Hermano se dedicaba a
alabar el trabajo de una organización conocida por FFCC, que proporcionaba cigarrillos y
otras cosas a los marineros de las fortalezas flotantes. Cierto camarada Withers,
destacado miembro del Partido Interior, había sido agraciado con una mención especial y
le habían concedido una condecoración, la Orden del Mérito Conspicuo, de segunda
clase.
Tres meses después, la FFCC había sido disuelta sin que se supieran los motivos.
Podía pensarse que Withers y sus asociados habían caído en desgracia, pero no había
información alguna sobre el asunto en la Prensa ni en la telepantalla. Era lo corriente, ya
que muy raras veces se procesaba ni se denunciaba públicamente a los delincuentes
políticos. Las grandes «purgas» que afectaban a millares de personas, con procesos
públicos de traidores y criminales del pensamiento que confesaban abyectamente sus
crímenes para ser luego ejecutados, constituían espectáculos especiales que se daban
sólo una vez cada dos años. Lo habitual era que las personas caídas en desgracia
desapareciesen sencillamente y no se volviera a oír hablar de ellas. Nunca se tenía la
menor noticia de lo que pudiera haberles ocurrido. En algunos casos, ni siquiera habían
muerto. Aparte de sus padres, unas treinta personas conocidas por Winston habían
desaparecido en una u otra ocasión.
Mientras pensaba en todo esto, Winston se daba golpecitos en la nariz con un
sujetador de papeles. En la cabina de enfrente, el camarada Tillotson seguía
misteriosamente inclinado sobre su hablescribe. Levantó la cabeza un momento. Otra
vez, los destellos hostiles de las gafas. Winston se preguntó si el camarada Tillotson
estaría encargado del mismo trabajo que él. Era perfectamente posible. Una tarea tan
difícil y complicada no podía estar a cargo de una sola persona. Por otra parte, encargarla
a un grupo sería admitir abiertamente que se estaba realizando una falsificación. Muy
probablemente, una docena de personas trabajaban al mismo tiempo en distintas
versiones rivales para inventar lo que el Gran Hermano había dicho «efectivamente». Y,
después, algún cerebro privilegiado del Partido Interior elegiría esta o aquella versión, la
redactaría definitivamente a su manera y pondría en movimiento el complejo proceso de
confrontaciones necesarias. Luego, la mentira elegida pasaría a los registros
permanentes y se convertiría en la verdad.
Winston no sabía por qué había caído Withers en desgracia. Quizás fuera por
corrupción o incompetencia. O quizás el Gran Hermano se hubiera librado de un
subordinado demasiado popular. También pudiera ser que Withers o alguno relacionado
con él hubiera sido acusado de tendencias heréticas. O quizás - y esto era lo más
probable hubiese ocurrido aquello sencillamente porque las «purgas» y las vaporizaciones
eran parte necesaria de la mecánica gubernamental. El único indicio real era el contenido
en las palabras «refs nopersonas», con lo que se indicaba que Withers estaba ya muerto.
Pero no siempre se podía presumir que un individuo hubiera muerto por el hecho de
haber desaparecido. A veces los soltaban y los dejaban en libertad durante uno o dos
años antes de ser ejecutados. De vez en cuando, algún individuo a quien se creía muerto
desde hacía mucho tiempo, reaparecía como un fantasma en algún proceso sensacional
donde comprometía a centenares de otras personas con sus testimonios antes de
desaparecer, esta vez para siempre. Sin embargo, en el caso de Withers, estaba claro
que lo habían matado. Era ya una nopersona. No existía: nunca había existido. Winston
decidió que no bastaría con cambiar el sentido del discurso del Gran Hermano. Era mejor
hacer que se refiriese a un asunto sin relación alguna con el auténtico.
Podía trasladar el discurso al tema habitual de los traidores y los criminales del
pensamiento, pero esto resultaba demasiado claro; y por otra parte, inventar una victoria
en el frente o algún triunfo de superproducción en el noveno plan trienal, podía complicar
demasiado los registros. Lo que se necesitaba era una fantasía pura. De pronto se le
ocurrió inventar que un cierto camarada Ogilvy había muerto recientemente en la guerra
en circunstancias heroicas. En ciertas ocasiones, el Gran Hermano dedicaba su orden del
día a conmemorar a algunos miembros ordinarios del Partido cuya vida y muerte ponía
como ejemplo digno de ser imitado por todos. Hoy conmemoraría al camarada Ogilvy.
Desde luego, no existía el tal Ogilvy, pero unas cuantas líneas de texto y un par de
fotografias falsificadas bastarían para darle vida.
Winston reflexionó un momento, se acercó luego al hablescribe y empezó a dictar en el
estilo habitual del Gran Hermano: un estilo militar y pedante a la vez y fácil de imitar por el
truco de hacer preguntas y contestárselas él mismo en seguida. (Por ejemplo: «¿Qué nos
enseña este hecho, camaradas? Nos enseña la lección - que es también uno de los
principios fundamentales de Ingsoc - que», etc., etc.)
A la edad de tres años, el camarada Ogilvy había rechazado todos los juguetes excepto
un tambor, una ametralladora y un autogiro. A los seis años - uno antes de lo
reglamentario por concesión especial - se había alistado en los Espías; a los nueve años,
era ya jefe de tropa. A los once había denunciado a su tío a la Policía del Pensamiento
después de oírle una conversación donde el adulto se había mostrado con tendencias
criminales. A los diecisiete fue organizador en su distrito de la Liga juvenil Anti-Sex. A los
diecinueve había inventado una granada de mano que fue adoptada por el Ministerio de la
Paz y que, en su primera prueba, mató a treinta y un prisioneros eurasiáticos. A los
veintitrés murió en acción de guerra. Perseguido por cazas enemigos de propulsión a
chorro mientras volaba sobre el Océano índico portador de mensajes secretos, se había
arrojado al mar con las ametralladoras y los documentos... Un final, decía el Gran
Hermano, que necesariamente despertaba la envidia. El Gran Hermano añadía unas
consideraciones sobre la pureza y rectitud de la vida del camarada Ogilvy. Era abstemio y
no fumador, no se permitía más diversiones que una hora diaria en el gimnasio y había
hecho voto de soltería por creer que el matrimonio y el cuidado de una familia
imposibilitaban dedicar las veinticuatro horas del día al cumplimiento del deber. No tenía
más tema de conversación que los principios de Ingsoc, ni más finalidad en la vida que la
derrota del enemigo eurasiático y la caza de espías, saboteadores, criminales mentales y
traidores en general.
Winston discutió consigo mismo si debía o no concederle al camarada Ogilvy la Orden
del Mérito Conspicuo; al final decidió no concedérsela porque ello acarrearía un excesivo
trabajo de confrontaciones para que el hecho coincidiera con otras referencias.
De nuevo miró a su rival de la cabina de enfrente. Algo parecía decirle que Tillotson se
ocupaba en lo mismo que él. No había manera de saber cuál de las versiones sería
adoptada finalmente, pero Winston tenía la firme convicción de que se elegiría la suya. El
camarada Ogilvy, que hace una hora no existía, era ya un hecho. A Winston le resultaba
curioso que se pudieran crear hombres muertos y no hombres vivos. El camarada Ogilvy,
que nunca había existido en el presente, era ya una realidad en el pasado, y cuando
quedara olvidado en el acto de la falsificación, seguiría existiendo con la misma
autenticidad, con pruebas de la misma fuerza que Carlomagno o Julio César.

CAPITULO V

En la cantina, un local de techo bajo en los sótanos, la cola para el almuerzo avanzaba
lentamente. La estancia estaba atestada de gente y llena de un ruido ensordecedor. De la
parrilla tras el mostrador emanaba el olorcillo del asado. Al extremo de la cantina había un
pequeño bar, una especie de agujero en el muro, donde podía comprarse la ginebra a
diez centavos el vasito.
- Precisamente el que andaba yo buscando - dijo una voz a espaldas de Winston. Éste
se volvió. Era su amigo Syme, que trabajaba en el Departamento de Investigaciones,
Quizás no fuera «amigo» la palabra adecuada. Ya no había amigos, sino camaradas.
Pero persistía una diferencia: unos camaradas eran más agradables que otros. Syme era
filósofo, especializado en neolengua. Desde luego, pertenecía al inmenso grupo de
expertos dedicados a redactar la onceava edición del Diccionario de Neolengua. Era más
pequeño que Winston, con cabello negro y sus ojos saltones, a la vez tristes y burlones,
que parecían buscar continuamente algo dentro de su interlocutor.
- Quería preguntarte si tienes hojas de afeitar - dijo.
- ¡Ni una! - dijo Winston con una precipitación culpable. He tratado de encontrarlas por
todas partes, pero ya no hay.
Todos buscaban hojas de afeitar. La verdad era que Winston guardaba en su casa dos
sin estrenar. Durante los meses pasados hubo una gran escasez de hojas. Siempre
faltaba algún artículo necesario que en las tiendas del Partido no podían proporcionar;
unas veces, botones; otras, hilo de coser; a veces, cordones para los zapatos, y ahora
faltaban cuchillas de afeitar. Era imposible adquirirlas a no ser que se buscaran
furtivamente en el mercado «libre».
- Llevo seis semanas usando la misma cuchilla - mintió Winston.
La cola avanzó otro poco. Winston se volvió otra vez para observar a Syme. Cada uno
de ellos cogió una bandeja grasienta de metal de una pila que había al borde del
mostrador.
- ¿Fuiste a ver ahorcar a los prisioneros ayer? - le preguntó Syme.
- Estaba trabajando - respondió Winston en tono indiferente. Lo veré en el cine,
seguramente.
- Un sustitutivo muy inadecuado - comentó Syme.
Sus ojos burlones recorrieron el rostro de Winston. «Te conozco», parecían decir los
ojos. «Veo a través de ti. Sé muy bien por qué no fuiste a ver ahorcar los prisioneros.»
Intelectualmente, Syme era de una ortodoxia venenosa. Por ejemplo, hablaba con una
satisfacción repugnante de los bombardeos de los helicópteros contra los pueblos
enemigos, de los procesos y confesiones de los criminales del pensamiento y de las
ejecuciones en los sótanos del Ministerio del Amor. Hablar con él suponía siempre un
esfuerzo por apartarle de esos temas e interesarle en problemas técnicos de
neolingüística en los que era una autoridad y sobre los que podía decir cosas
interesantes. Winston volvió un poco la cabeza para evitar el escrutinio de los grandes
ojos negros.
- Fue una buena ejecución - dijo Syme añorante Pero me parece que estropean el
efecto atándoles los pies. Me gusta verlos patalear. De todos modos, es estupendo ver
cómo sacan la lengua, que se les pone azul... ¡de un azul tan brillante! Ese detalle es el
que más me gusta.
- ¡El siguiente, por favor! - dijo la propietaria del delantal blanco que servía tras el
mostrador.
Winston y Syme presentaron sus bandejas. A cada uno de ellos les pusieron su ración:
guiso con un poquito de carne, algo de pan, un cubito de queso, un poco de café de la
Victoria y una pastilla de sacarina.
- Allí hay una mesa libre, debajo de la telepantalla - dijo Syme. De camino podemos
coger un poco de ginebra.
Les sirvieron la ginebra en unas terrinas. Se abrieron paso entre la multitud y colocaron
el contenido de sus bandejas sobre la mesa de tapa de metal, en una esquina de la cual
había dejado alguien un chorretón de grasa del guiso, un líquido asqueroso. Winston
cogió la terrina de ginebra, se detuvo un instante para decidirse, y se tragó de un golpe
aquella bebida que sabía a aceite. Le acudieron lágrimas a los ojos como reacción y de
pronto descubrió que tenía hambre. Empezó a tragar cucharadas del guiso, que contenía
unos trocitos de un material substitutivo de la carne. Ninguno de ellos volvió a hablar
hasta que vaciaron los recipientes. En la mesa situada a la izquierda de Winston, un poco
detrás de él, alguien hablaba rápidamente y sin cesar, una cháchara que recordaba el
cua-cua del pato. Esa voz perforaba el jaleo general de la cantina.
- ¿Cómo va el diccionario? - dijo Winston elevando la voz para dominar el ruido.
- Despacio - respondió Syme. Por los adjetivos. Es un trabajo fascinador.
En cuanto oyó que le hablaban de lo suyo, se animó inmediatamente. Apartó el plato
de aluminio, tomó el mendrugo de pan con gesto delicado y el queso con la otra mano. Se
inclinó sobre la mesa para hablar sin tener que gritar.
- La onceava edición es la definitiva dijo -. Le estamos dando al idioma su forma final, la
forma que tendrá cuando nadie hable más que neolengua. Cuando terminemos nuestra
labor, tendréis que empezar a aprenderlo de nuevo. Creerás, seguramente, que nuestro
principal trabajo consiste en inventar nuevas palabras. Nada de eso. Lo que hacemos es
destruir palabras, centenares de palabras cada día. Estamos podando el idioma para
dejarlo en los huesos. De las palabras que contenga la onceava edición, ninguna quedará
anticuada antes del año 2050 -. Dio un hambriento bocado a su pedazo de pan y se lo
tragó sin dejar de hablar con una especie de apasionamiento pedante. Se le había
animado su rostro moreno, y sus ojos, sin perder el aire soñador, no tenían ya su
expresión burlona.
- La destrucción de las palabras es algo de gran hermosura. Por supuesto, las
principales víctimas son los verbos y los adjetivos, pero también hay centenares de
nombres de los que puede uno prescindir. No se trata sólo de los sinónimos. También los
antónimos. En realidad ¿qué justificación tiene el empleo de una palabra sólo porque sea
lo contrario de otra? Toda palabra contiene en sí misma su contraria. Por ejemplo,
tenemos «bueno». Si tienes una palabra como «bueno», ¿qué necesidad hay de la
contraria, «malo»? Nobueno sirve exactamente igual, mejor todavía, porque es la palabra
exactamente contraria a «bueno» y la otra no. Por otra parte, si quieres un reforzamiento
de la palabra «bueno», ¿qué sentido tienen esas confusas e inútiles palabras «excelente,
espléndido» y otras por el estilo? Plusbueno basta para decir lo que es mejor que lo
simplemente bueno y dobleplusbueno sirve perfectamente para acentuar el grado de
bondad. Es el superlativo perfecto. Ya sé que usamos esas formas, pero en la versión
final de la neolengua se suprimirán las demás palabras que todavía se usan como
equivalentes. Al final todo lo relativo a la bondad podrá expresarse con seis palabras; en
realidad una sola. ¿No te das cuenta de la belleza que hay en esto, Winston?
Naturalmente, la idea fue del Gran Hermano - añadió después de reflexionar un poco.
Al oír nombrar al Gran Hermano, el rostro de Winston se animó automáticamente. Sin
embargo, Syme descubrió inmediatamente una cierta falta de entusiasmo.
- Tú no aprecias la neolengua en lo que vale - dijo Syme con tristeza -. Incluso cuando
escribes sigues pensando en la antigua lengua. He leído algunas de las cosas que has
escrito para el Times. Son bastante buenas, pero no pasan de traducciones. En el fondo
de tu corazón prefieres el viejo idioma con toda su vaguedad y sus inútiles matices de
significado. No sientes la belleza de la destrucción de las palabras. ¿No sabes que la
neolengua es el único idioma del mundo cuyo vocabulario disminuye cada día.
Winston no lo sabía, naturalmente sonrió - creía hacerlo agradablemente - porque no
se fiaba de hablar. Syme comió otro bocado del pan negro, lo masticó un poco y siguió:
- ¿No ves que la finalidad de la neolengua es limitar el alcance del pensamiento,
estrechar el radio de acción de la mente? Al final, acabamos haciendo imposible todo
crimen del pensamiento. En efecto, ¿cómo puede haber crimental si cada concepto se
expresa claramente con una sola palabra, una palabra cuyo significado esté decidido
rigurosamente y con todos sus significaos secundarios eliminados y olvidados para
siempre? Y en la onceava edición nos acercamos a ese ideal, pero su perfeccionamiento
continuará mucho después de que tú y yo hayamos muerto. Cada año habrá menos
palabras y el radio de acción de la conciencia será cada vez más pequeño. Por supuesto,
tampoco ahora hay justificación alguna para cometer crimen por el pensamiento. Sólo es
cuestión de autodisciplina, de control de la realidad. Pero llegará un día en que ni esto
será preciso. La revolución será completa cuando la lengua sea perfecta. Neolengua es
Ingsoc e Ingsoc es neolengua - añadió - con una satisfacción mística -. ¿No se te ha
ocurrido pensar, Winston, que lo más tarde hacia el año 2050, ni un solo ser humano
podrá entender una conversación como esta que ahora sostenemos?
- Excepto... empezó a decir Winston, dubitativo, pero se interrumpió alarmado.
Había estado a punto de decir «excepto los proles»; pero no estaba muy seguro de que
esta observación fuera muy ortodoxa. Sin embargo, Syme adivinó lo que iba a decir.
- Los proles no son seres humanos dijo -. Hacia el 2050, quizá antes, habrá
desaparecido todo conocimiento efectivo del viejo idioma. Toda la literatura del pasado
habrá sido destruida. Chaucer, Shakespeare, Milton, Byron... sólo existirán en versiones
neolingüístcas, no sólo transformados en algo muy diferente, sino convertidos en lo
contrario de lo que eran. Incluso la literatura del partido cambiará; hasta los slogans serán
otros. ¿Cómo vas a tener un slogan como el de «la libertad es la esclavitud» cuando el
concepto de libertad no exista? Todo el clima del pensamiento será distinto. En realidad,
no habrá pensamiento en el sentido en que ahora lo entendemos. La ortodoxia significa
no pensar, no necesitar el pensamiento. Nuestra ortodoxia es la inconsciencia.
De pronto tuvo Winston la profunda convicción de que uno de aquellos días
vaporizarían a Syme. Es demasiado inteligente. Lo ve todo con demasiada claridad y
habla con demasiada sencillez. Al Partido no le gustan estas gentes. Cualquier día
desaparecerá. Lo lleva escrito en la cara.
Winston había terminado el pan y el queso. Se volvió un poco para beber la terrina de
café. En la mesa de la izquierda, el hombre de la voz estridente seguía hablando sin
cesar. Una joven, que quizás fuera su secretaria y que estaba sentada de espaldas a
Winston, le escuchaba y asentía continuamente. De vez en cuando, Winston captaba
alguna observación como: «Cuánta razón tienes» o «No sabes hasta qué punto estoy de
acuerdo contigo», en una voz juvenil y algo tonta. Pero la otra voz no se detenía ni
siquiera cuando la muchacha decía algo. Winston conocía de vista a aquel hombre
aunque sólo sabía que ocupaba un puesto importante en el Departamento de Novela. Era
un hombre de unos treinta años con un poderoso cuello y una boca grande y gesticulante.
Estaba un poco echado hacia atrás en su asiento y los cristales de sus gafas reflejaban
la luz y le presentaban a Winston dos discos vacíos en vez de un par de ojos. Lo
inquietante era que del torrente de ruido que salía de su boca resultaba casi imposible
distinguir una sola palabra. Sólo un cabo de frase comprendió Winston «completa y
definitiva eliminación del goldsteinismo» -, pronunciado con tanta rapidez que parecía salir
en un solo bloque como la línea, fundida en plomo, de una linotipia. Lo demás era sólo
ruido, un cuac-cuac-cuac, y, sin embargo, aunque no se podía oír lo que decía, era
seguro que se refería a Goldstein acusándolo y exigiendo medidas más duras contra los
criminales del pensamiento y los saboteadores. Sí, era indudable que lanzaba diatribas
contra las atrocidades del ejército eurasiático y que alababa al Gran Hermano o a los
héroes del frente malabar. Fuera lo que fuese, se podía estar seguro de que todas sus
palabras eran ortodoxia pura. Ingsoc cien por cien. Al contemplar el rostro sin ojos con la
mandíbula en rápido movimiento, tuvo Winston la curiosa sensación de que no era un ser
humano, sino una especie de muñeco. No hablaba el cerebro de aquel hombre, sino su
laringe. Lo que salía de ella consistía en palabras, pero no era un discurso en el
verdadero sentido, sino un ruido inconsciente como el cuac-cuac de un pato.
Syme se había quedado silencioso unos momentos y con el mango de la cucharilla
trazaba dibujos entre los restos del guisado. La voz de la otra mesa seguía con su rápido
cuac-cuac, fácilmente perceptible a pesar de la algarabía de la cantina.
- Hay una palabra en neolengua - dijo Syme que no sé si la conoces: atablar, o sea,
hablar de modo que recuerde el cuac-cuac de un pato. Es una de esas palabras
interesantes que tienen dos sentidos contradictorios. Aplicada a un contrario, es un
insulto; aplicada a alguien con quien estés de acuerdo, es un elogio.
No cabía duda, volvió a pensar Winston, a Syme lo vaporizarían. Lo pensó con cierta
tristeza aunque sabía perfectamente que Syme lo despreciaba y era muy capaz de
denunciarle como culpable mental. Había algo de sutilmente malo en Syme. Algo le
faltaba: discreción, prudencia, algo así como estupidez salvadora. No podía decirse que
no fuera ortodoxo. Creía en los principios del Ingsoc, veneraba al Gran Hermano, se
alegraba de las victorias y odiaba a los herejes, no sólo sinceramente, sino con inquieto
celo hallándose al día hasta un grado que no solía alcanzar el miembro ordinario del
Partido. Sin embargo, se cernía sobre él un vago aire de sospecha. Decía cosas que
debía callar, leía demasiados libros, frecuentaba el Café del Nogal, guarida de pintores y
músicos. No había ley que prohibiera la frecuentación del Café del Nogal. Sin embargo,
era sitio de mal agüero. Los antiguos y desacreditados jefes del Partido se habían reunido
allí antes de ser «purgados» definitivamente. Se decía que al mismo Goldstein lo habían
visto allí algunas veces hacía años o décadas. Por tanto, el destino de Syme no era difícil
de predecir. Pero, por otra parte, era indudable que si aquel hombre olía sólo por tres
segundos las opiniones secretas de Winston, lo denunciaría inmediatamente a la Policía
del Pensamiento. Por supuesto, cualquier otro lo haría; Syme se daría más prisa. Pero no
bastaba con el celo. La ortodoxia era la inconsciencia.
Syme levantó la vista:
- Aquí viene Parsons - dijo.
Algo en el tono de su voz parecía añadir, «ese idiota». Parsons, vecino de Winston en
las Casas de la Victoria, se abría paso efectivamente por la atestada cantina. Era un
individuo de mediana estatura con cabello rubio y cara de rana. A los treinta y cinco años
tenía ya una buena cantidad de grasa en el cuello y en la cintura, pero sus movimientos
eran ágiles y juveniles. Todo su aspecto hacía pensar en un muchacho con excesiva
corpulencia, hasta tal punto que, a pesar de vestir el «mono» reglamentario, era casi
imposible no figurárselo con los pantalones cortos y azules, la camisa gris y el pañuelo
rojo de los Espías. Al verlo, se pensaba siempre en escenas de la organización juvenil. Y,
en efecto, Parsons se ponía shorts para cada excursión colectiva o cada vez que
cualquier actividad física de la comunidad le daba una disculpa para hacerlo. Saludó a
ambos con un alegre ¡Hola, hola!, y sentóse a la mesa esparciendo un intenso olor a
sudor. Su rojiza cara estaba perlada de gotitas de sudor. Tenía un enorme poder
sudorífico. En el Centro de la Comunidad se podía siempre asegurar si Parsons había
jugado al tenis de mesa por la humedad del mango de la raqueta. Syme sacó una tira de
papel en la que había una larga columna de palabras y se dedicó a estudiarla con un lápiz
tinta entre los dedos.
- Mira cómo trabaja hasta en la hora de comer - dijo Parsons, guiñándole un ojo a
Winston -. Eso es lo que se llama aplicación. ¿Qué tienes ahí, chico? Seguro que es algo
demasiado intelectual para mí. Oye, Smith, te diré por qué te andaba buscando, es para la
sub. Olvidaste darme el dinero.
¿Qué sub es esa? - dijo Winston buscándose el dinero automáticamente. Por lo menos
una cuarta parte del sueldo de cada uno iba a parar a las subscripciones voluntarias.
Éstas eran tan abundantes que resultaba muy difícil llevar la cuenta.
- Para la Semana del Odio. Ya sabes que soy el tesorero de nuestra manzana.
Estamos haciendo un gran esfuerzo para que nuestro grupo de casas aporte más que
nadie. No será culpa mía si las Casas de la Victoria no presentan el mayor despliegue de
banderas de toda la calle. Me prometiste dos dólares.
Winston, después de rebuscar en sus bolsillos, sacó dos billetes grasientos y muy
arrugados que Parsons metió en una carterita y anotó cuidadosamente.
- A propósito, chico - dijo -, me he enterado de que mi crío te disparó ayer su tirachinas.
Ya le he arreglado las cuentas. Le dije que si lo volvía a hacer le quitaría el tirachinas.
- Me parece que estaba un poco fastidiado por no haber ido a la ejecución - dijo
Winston.
- Hombre, no está mal; eso demuestra que el muchacho es de fiar. Son muy traviesos,
pero, eso sí, no piensan más que en los espías; y en la guerra, naturalmente. ¿Sabes lo
que hizo mi chiquilla el sábado pasado cuando su tropa fue de excursión a
Berkhamstead? La acompañaban otras dos niñas. Las tres se separaron de la tropa,
dejaron las bicicletas a un lado del camino y se pasaron toda la tarde siguiendo a un
desconocido. No perdieron de vista al hombre durante dos horas, a campo traviesa, por
los bosques... En fin, que, en cuanto llegaron a Amersham, lo entregaron a las patrullas.
- ¿Por qué lo hicieron? - preguntó Winston, sobresaltado a pesar suyo. Parsons
prosiguió, triunfante:
- Mi chica se aseguró de que era un agente enemigo... Probablemente, lo dejaron caer
con paracaídas. Pero fíjate en el talento de la criatura: ¿en qué supones que le conoció al
hombre que era un enemigo? Pues notó que llevaba unos zapatos muy raros. Sí, mi niña
dijo que no había visto a nadie con unos zapatos así; de modo que la cosa estaba clara.
Era un extranjero. Para una niña de siete años, no está mal, ¿verdad?
- ¿Y qué le pasó a ese hombre? - se interesó Winston.
- Eso no lo sé, naturalmente. Pero no me sorprendería que... - Parsons hizo el ademán
de disparar un fusil y chasqueó la lengua imitando el disparo.
- Muy bien - dijo Syme abstraído, sin levantar la vista de sus apuntes.
- Claro, no podemos permitirnos correr el riesgo... - asintió Winston, nada convencido.
- Por supuesto, no hay que olvidar que estamos en guerra.
Como para confirmar esto, un trompetazo salió de la telepantalla vibrando sobre sus
cabezas. Pero esta vez no se trataba de la proclamación de una victoria militar, sino sólo
de un anuncio del Ministerio de la Abundancia.
- ¡Camaradas! exclamó una voz juvenil y resonante. ¡Atención, camaradas! ¡Tenemos
gloriosas noticias que comunicaros! Hemos ganado la batalla de la producción. Tenemos
ya todos los datos completos y el nivel de vida se ha elevado en un veinte por ciento
sobre el del año pasado. Esta mañana ha habido en toda Oceanía incontables
manifestaciones espontáneas; los trabajadores salieron de las fábricas y de las oficinas y
desfilaron, con banderas desplegadas, por las calles de cada ciudad proclamando su
gratitud al Gran Hermano por la nueva y feliz vida que su sabia dirección nos permite
disfrutar. He aquí las cifras completas. Ramo de la Alimentación...
La expresión «por la nueva y feliz vida» reaparecía varias veces. Éstas eran las
palabras favoritas del Ministerio de la Abundancia. Parsons, pendiente todo él de la
llamada de la trompeta, escuchaba, muy rígido, con la boca abierta y un aire solemne,
una especie de aburrimiento sublimado. No podía seguir las cifras, pero se daba cuenta
de que eran un motivo de satisfacción. Fumaba una enorme y mugrienta pipa. Con la
ración de tabaco de cien gramos a la semana era raras veces posible llenar una pipa
hasta el borde. Winston fumaba un cigarrillo de la Victoria cuidando de mantenerlo
horizontal para que no se cayera su escaso tabaco. La nueva ración no la darían hasta
mañana y le quedaban sólo cuatro cigarrillos. Había dejado de prestar atención a todos
los ruidos excepto a la pesadez numérica de la pantalla. Por lo visto, había habido hasta
manifestaciones para agradecerle al Gran Hermano - el aumento de la ración de
chocolate a veinte gramos cada semana. Ayer mismo, pensó, se había anunciado que la
ración se reduciría a veinte gramos semanales. ¿Cómo era posible que pudieran tragarse
aquello, si no habían pasado más que veinticuatro horas? Sin embargo, se lo tragaron.
Parsons lo digería con toda facilidad, con la estupidez de un animal. El individuo de las
gafas con reflejos, en la otra mesa, lo aceptaba fanática y apasionadamente con un
furioso deseo de descubrir, denunciar y vaporizar a todo aquel que insinuase que la
semana pasada la ración fue de treinta gramos. Syme también se lo había tragado
aunque el proceso que seguía para ello era algo más complicado, un proceso de
doblepensar. ¿Es que sólo él, Winston, seguía poseyendo memoria?.
Las fabulosas estadísticas continuaron brotando de la telepantalla. En comparación con
el año anterior, había más alimentos, más vestidos, más casas, más muebles, más ollas,
más comestibles, más barcos, más autogiros, más libros, más bebés, más de todo,
excepto enfermedades, crímenes y locura. Año tras año y minuto tras minuto, todos y todo
subía vertiginosamente. Winston meditaba, resentido, sobre la vida. ¿Siempre había sido
así; siempre había sido tan mala la comida? Miró en torno suyo por la cantina; una
habitación de techo bajo, con las paredes sucias por el contacto de tantos trajes
grasientos; mesas de metal abolladas y sillas igualmente estropeadas y tan juntas que la
gente se tocaba con los codos. Todo resquebrajado, lleno de manchas y saturado de un
insoportable olor a ginebra mala, a mal café, a sustitutivo de asado, a trajes sucios.
Constantemente se rebelaban el estómago y la piel con la sensación de que se les habla
hecho trampa privándoles de algo a lo que tenían derecho. Desde luego, Winston no
recordaba nada que fuera muy diferente. En todo el tiempo a que alcanzaba su memoria,
nunca hubo bastante comida, nunca se podían llevar calcetines ni ropa interior sin
agujeros, los muebles habían estado siempre desvencijados, en las habitaciones había
faltado calefacción, los metros iban horriblemente atestados, las casas se deshacían a
pedazos, el pan era pard plain negro, el té imposible de encontrar, el café sabía a
cualquier cosa, escaseaban los cigarrillos y nada había barato y abundante a no ser la
ginebra sintética. Y aunque, desde luego, todo empeoraba a medida que uno envejecía,
ello era sólo señal de que éste no era el orden natural de las cosas. Si el corazón
enfermaba con las incomodidades, la suciedad y la escasez, los inviernos interminables,
la dureza de los calcetines, los ascensores que nunca funcionaban, el agua fría, el
rasposo jabón, los cigarrillos que se deshacían, los alimentos de sabor repugnante...
¿cómo iba uno a considerar todo esto intolerable si no fuera por una especie de recuerdo
ancestral de que las cosas habían sido diferentes alguna vez?
Winston volvió a recorrer la cantina con la mirada. Casi todos los que allí estaban eran
feos y lo hubieran seguido siendo aunque no hubieran llevado los «monos» azules
uniformes. Al extremo de la habitación, solo en una mesa, se hallaba un hombrecillo con
aspecto de escarabajo. Bebía una taza de café y sus ojillos lanzaban miradas suspicaces
a un lado y a otro. Es muy fácil, pensó Winston, siempre que no mire uno en torno suyo,
creer que el tipo físico fijado por el Partido como ideal - los jóvenes altos y musculosos y
las muchachas de escaso pecho y de cabello rubio, vitales, tostadas por el sol y
despreocupadas - existía e incluso predominaba. Pero en la realidad, la mayoría de los
habitantes de la Franja Aérea número 1 eran pequeños, cetrinos y de facciones
desagradables. Es curioso cuánto proliferaba el tipo de escarabajo entre los funcionarios
de los ministerios: hombrecillos que engordaban desde muy jóvenes, con piernas cortas,
movimientos toscos y rostros inescrutables, con ojos muy pequeños. Era el tipo que
parecía florecer bajo el dominio del Partido.
La comunicación del Ministerio de la Abundancia terminó con otro trompetazo y fue
seguida por música ligera. Parsons, lleno de vago entusiasmo por el reciente bombardeo
de cifras, se sacó la pipa de la boca:
- El Ministerio de la Abundancia ha hecho una buena labor este año - dijo moviendo la
cabeza como persona bien enterada -. A propósito, Smith, ¿no podrás dejarme alguna
hoja de afeitar?
- ¡Ni una! - le respondió Winston -. Llevo seis semanas usando la misma hoja.
- Entonces, nada... Es que se me ocurrió, por si tenías.
- Lo siento - dijo Winston.
El cuac-cuac de la próxima mesa, que había permanecido en silencio mientras duró el
comunicado del Ministerio de la Abundancia, comenzó otra vez mucho más fuerte. Por
alguna razón, Winston pensó de pronto en la señora Parsons con su cabello revuelto y el
polvo de sus arrugas. Dentro de dos años aquellos niños la denunciarían a la Policía del
Pensamiento. La señora Parsons sería vaporizada. Syme sería vaporizado. A Winston lo
vaporizarían también. O'Brien sería vaporizado. A Parsons, en cambio, nunca lo
vaporizarían. Tampoco el individuo de las gafas y del cuac-cuac sería vaporizado nunca,
Ni tampoco la joven del cabello negro, la del Departamento de Novela. Le parecía a
Winston conocer por intuición quién perecería, aunque no era fácil determinar lo que
permitía sobrevivir a una persona.
En aquel momento le sacó de su ensoñación una violenta sacudida. La muchacha de la
mesa vecina se había vuelto y lo estaba mirando. ¡Era la muchacha morena del
Departamento de Novela! Miraba a Winston a hurtadillas, pero con una curiosa intensidad.
En cuanto sus ojos tropezaron con los de Winston, volvió la cabeza.
Winston empezó a sudar. Le invadió una horrible sensación de terror. Se le pasó casi
en seguida, pero le dejó intranquilo. ¿Por qué lo miraba aquella mujer? ¿Por qué se la
encontraba tantas veces? Desgraciadamente, no podía recordar si la joven estaba ya en
aquella mesa cuando él llegó o si había llegado después. Pero el día anterior, durante los
Dos Minutos de Odio, se había sentado inmediatamente detrás de él sin haber necesidad
de ello. Seguramente, se proponía escuchar lo que él dijera y ver si gritaba lo bastante
fuerte.
Pensó que probablemente la muchacha no era miembro de la Policía del Pensamiento,
pero precisamente las espías aficionadas constituían el mayor peligro. No sabía Winston
cuánto tiempo llevaba mirándolo la joven, pero quizás fueran cinco minutos. Era muy
posible que en este tiempo no hubiera podido controlar sus gestos a la perfección.
Constituía un terrible peligro pensar mientras se estaba en un sitio público o al alcance de
la telepantalla. El detalle más pequeño podía traicionarle a uno. Un tic nervioso, una
inconsciente mirada de inquietud, la costumbre de hablar con uno mismo entre dientes,
todo lo que revelase la necesidad de ocultar algo. En todo caso, llevar en el rostro una
expresión impropia (por ejemplo, parecer incrédulo cuando se anunciaba una victoria)
constituía un acto punible. Incluso había una palabra para esto en neolengua: caracrimen.
La muchacha recuperó su posición anterior. Quizás no estuviese persiguiéndolo; quizás
fuera pura coincidencia que se hubiera sentado tan cerca de él dos días seguidos. Se le
había apagado el cigarrillo y lo puso cuidadosamente en el borde de la mesa. Lo
terminaría de fumar después del trabajo si es que el tabaco no se había acabado de
derramar para entonces. Seguramente, el individuo que estaba con la joven sería un
agente de la Policía del Pensamiento y era muy probable, pensó Winston, que a él lo
llevaran a los calabozos del Ministerio del Amor dentro de tres días, pero no era esta una
razón para desperdiciar una colilla. Syme dobló su pedazo de papel y se lo guardó en el
bolsillo. Parsons había empezado a hablar otra vez.
- ¿Te he contado, chico, lo que hicieron mis críos en el mercado? ¿No? Pues un día le
prendieron fuego a la falda de una vieja vendedora porque la vieron envolver unas
salchichas en un cartel con el retrato del Gran Hermano. Se pusieron detrás de ella y, sin
que se diera cuenta, le prendieron fuego a la falda por abajo con una caja de cerillas. Le
causaron graves quemaduras. Son traviesos, ¿eh? Pero eso sí, ¡más finos...! Esto se lo
deben a la buena enseñanza que se da hoy a los niños en los Espías, mucho mejor que
en mi tiempo. Están muy bien organizados. ¿Qué creen ustedes que les han dado a los
chicos últimamente? Pues, unas trompetillas especiales para escuchar por las cerraduras.
Mi niña trajo una a casa la otra noche. La probó en nuestra salita, y dijo que oía con doble
fuerza que si aplicaba el oído al agujero. Claro que sólo es un juguete; sin embargo, así
se acostumbran los niños desde pequeños.
En aquel momento, la telepantalla dio un penetrante silbido. Era la señal para volver al
trabajo. Los tres hombres se pusieron automáticamente en pie y se unieron a la multitud
en la lucha por entrar en los ascensores, lo que hizo que el cigarrillo de Winston se
vaciara por completo.

CAPITULO VI

Winston escribía en su Diario:


Fue hace tres años Era una tarde oscura, en una estrecha callejuela cerca de una de
las estaciones del ferrocarril. Ella, de píe, apoyada en la pared cerca de una puerta,
recibía la luz mortecina de un farol. Tenía una cara joven muy pintada. Lo que me atrajo
fue la pintura, la blancura de aquella cara que parecía una máscara y los labios rojos y
brillantes. Las mujeres del Partido nunca se pintan la cara. No había nadie más en la
calle, ni telepantallas. Me dijo que dos dólares. Yo...
Le era difícil seguir. Cerró los ojos y apretó las palmas de las manos contra ellos
tratando de borrar la visión interior. Sentía una casi invencible tentación de gritar una sarta
de palabras. O de golpearse la cabeza contra la pared, de arrojar el tintero por la ventana,
de hacer, en fin, cualquier acto violento, ruidoso, o doloroso, que le borrara el recuerdo
que le atormentaba.
Nuestro peor enemigo, reflexionó Winston, es nuestro sistema nervioso. En cualquier
momento, la tensión interior puede traducirse en cualquier síntoma visible. Pensó en un
hombre con quien se había cruzado en la calle semanas atrás: un hombre de aspecto
muy corriente, un miembro del Partido de treinta y cinco a cuarenta años, alto y delgado,
que llevaba una cartera de mano. Estaban separados por unos cuantos metros cuando el
lado izquierdo de la cara de aquel hombre se contrajo de pronto en una especie de
espasmo. Esto volvió a ocurrir en el momento en que se cruzaban; fue sólo un temblor
rapidísimo como el disparo de un objetivo de cámara fotográfica, pero sin duda se trataba
de un tic habitual. Winston recordaba haber pensado entonces: el pobre hombre está
perdido. Y lo aterrador era que el movimiento de los músculos era inconsciente. El peligro
mortal por excelencia era hablar en sueños. Contra eso no había remedio.
Contuvo la respiración y siguió escribiendo:
Entré con ella en el portal y cruzamos un patio para bajar luego a una cocina que
estaba en los sótanos. Había una cama contra la pared, y una lámpara en la mesilla con
muy poca luz. Ella...
Le rechinaban los dientes. Le hubiera gustado escupir. A la vez que en la mujer del
sótano, pensó Winston en Katharine, su esposa. Winston estaba casado; es decir, había
estado casado. Probablemente seguía estándolo, pues no sabía que su mujer hubiera
muerto. Le pareció volver a aspirar el insoportable olor de la cocina del sótano, un olor a
insectos, ropa sucia y perfume baratísimo; pero, sin embargo, atraía, ya que ninguna
mujer del Partido usaba perfume ni podía uno imaginársela perfumándose. Solamente los
proles se perfumaban, y ese olor evocaba en la mente, de un modo inevitable, la
fornicación.
Cuando estuvo con aquella mujer, fue la primera vez que había caído Winston en dos
años aproximadamente. Por supuesto, toda relación con prostitutas estaba prohibida,
pero se admitía que alguna vez, mediante un acto de gran valentía, se permitiera uno
infringir la ley. Era peligroso pero no un asunto de vida o muerte, porque ser sorprendido
con una prostituta sólo significaba cinco años de trabajos forzados. Nunca más de cinco
años con tal de que no se hubiera cometido otro delito a la vez. Lo cual resultaba
estupendo ya que había la posibilidad de que no le descubrieran a uno. Los barrios
pobres abundaban en mujeres dispuestas a venderse. El precio de algunas era una
botella de ginebra, bebida que se suministraba a los proles. Tácitamente, el Partido se
inclinaba a estimular la prostitución como salida de los instintos que no podían suprimirse.
Esas juergas no importaban políticamente ya que eran furtivas y tristes y sólo implicaban
a mujeres de una clase sumergida y despreciada. El crimen imperdonable era la
promiscuidad entre miembros del Partido. Pero - aunque éste era uno de los crímenes
que los acusados confesaban siempre en las purgas - era casi imposible imaginar que tal
desafuero pudiera suceder.
La finalidad del Partido en este asunto no era sólo evitar que hombres y mujeres
establecieran vínculos imposibles de controlar. Su objetivo verdadero y no declarado era
quitarle todo, placer al acto sexual. El enemigo no era tanto el amor como el erotismo,
dentro del matrimonio y fuera de él. Todos los casamientos entre miembros del Partido
tenían que ser aprobados por un Comité nombrado con este fin Y - aunque al principio
nunca fue establecido de un modo explícito - siempre se negaba el permiso si la pareja
daba la impresión de hallarse físicamente enamorada. La única finalidad admitida en el
matrimonio era engendrar hijos en beneficio del Partido. La relación sexual se
consideraba como una pequeña operación algo molesta, algo así como soportar un
enema. Tampoco esto se decía claramente, pero de un modo indirecto se grababa desde
la infancia en los miembros del Partido. Había incluso organizaciones como la Liga juvenil
Anti-Sex, que defendía la soltería absoluta para ambos sexos. Los nietos debían ser
engendrados por inseminación artificial (semart, como se le llamaba en neolengua) y
educados en instituciones públicas. Winston sabía que esta exageración no se defendía
en serio, pero que estaba de acuerdo con la ideología general del Partido. Éste trataba de
matar el instinto sexual o, si no podía suprimirlo del todo, por lo menos deformarlo y
mancharlo. No sabía Winston por qué se seguía esta táctica, pero parecía natural que
fuera así. Y en cuanto a las mujeres, los esfuerzos del Partido lograbar pleno éxito.
Volvió a pensar en Katharine. Debía de hacer nueve o diez años, casi once, que se
habían separado. Era curioso que se acordara tan poco de ella. Olvidaba durante días
enteros que habían estado casados. Sólo permanecieron juntos unos quince meses. El
Partido no permitía el divorcio, pero fomentaba las separaciones cuando no había hijos.
Katharine era una rubia alta, muy derecha y de movimientos majestuosos. Tenía una
cara audaz, aquilina, que podría haber pasado por noble antes de descubrir que no había
nada tras aquellas facciones. Al principio de su vida de casados - aunque quizá fuera sólo
que Winston la conocía más íntimamente que a las demás personas - llegó a la
conclusión de que su mujer era la persona más estúpida, vulgar y vacía que había
conocido hasta entonces. No latía en su cabeza ni un solo pensamiento que no fuera un
slogan. Se tragaba cualquier imbecilidad que el Partido le ofreciera. Winston la llamaba en
su interior «la banda sonora humana». Sin embargo, podía haberla soportado de no haber
sido por una cosa: el sexo.
Tan pronto como la rozaba parecía tocada por un resorte y se endurecía. Abrazarla era
como abrazar una imagen con juntas de nudera. Y lo que era todavía más extraño:
incluso cuando ella lo apretaba contra sí misma, él tenía la sensación de que al mismo
tiempo lo rechazaba con toda su fuerza. La rigidez de sus músculos ayudaba a dar esta
impresión. Se quedaba allí echada con los ojos cerrados sin resistir ni cooperar, pero
como sometible. Era de lo más vergonzoso y, a la larga, horrible. Pero incluso así habría
podido soportar vivir con ella si hubieran decidido quedarse célibes. Pero curiosamente
fue Katharine quien rehusó. «Debían - dijo - producir un niño si podían.». Así que la
comedia seguía representándose una vez por semana regularmente, mientras no fuese
imposible. Ella incluso se lo recordaba por la mañana como algo que había que hacer esa
noche y que no debía olvidarse. Tenía dos expresiones para ello. Una era «hacer un
bebé», y la otra «nuestro deber al Partido» (sí, había utilizado esta frase). Pronto empezó
a tener una sensación de positivo temor cuando llegaba el día. Pero por suerte no
apareció ningún niño y finalmente ella estuvo de acuerdo en dejar de probar. Y poco
después se separaron.
Winston suspiró inaudiblemente. Volvió a coger la pluma y escribió:
Se arregló su la cama y, en seguida, sin preliminar alguno, del modo más grosero y
terrible que se puede imaginar, se levantó la falda. Yo...
Se vio a sí mismo de pie en la mortecina luz con el olor a cucarachas y a perfume
barato, y en su corazón brotó un resentimiento que incluso en aquel instante se mezclaba
con el recuerdo del blanco cuerpo de Katharine, frígido para siempre por el hipnótico
poder del Partido. ¿Por qué tenía que ser siempre así? ¿No podía él disponer de una
mujer propia en vez de estas furcias a intervalos de varios años? Pero un asunto amoroso
de verdad era una fantasía irrealizable. Las mujeres del Partido eran todas iguales. La
castidad estaba tan arraigada en ellas como la lealtad al Partido. Por la educación que
habían recibido en su infancia, por los juegos y las duchas de agua fría, por todas las
estupideces que les metían en la cabeza, las conferencias, los desfiles, canciones,
consignas y música marcial, les arrancaban todo sentimiento natural. La razón le decía
que forzosamente habría excepciones, pero su corazón no lo creía. Todas ellas eran
inalcanzables, como deseaba el Partido. Y lo que él quería, aún más que ser amado, era
derruir aquel muro de estupidez aunque fuera una sola vez en su vida. El acto sexual,
bien realizado, era una rebeldía. El deseo era un crimental. Si hubiera conseguido
despertar los sentidos de Katharine, esto habría equivalido a una seducción aunque se
trataba de su mujer. Pero tenía que contar el resto de la historia. Escribió:
Encendí la luz. Cuando la vi claramente...
Después de la casi inexistente luz de la lamparilla de aceite, la luz eléctrica parecía
cegadora. Por primera vez pudo ver a la mujer tal como era. Avanzó un paso hacia ella y
se detuvo horrorizado. Comprendía el riesgo a que se había expuesto. Era muy posible
que las patrullas lo sorprendieran a la salida. Más aún: quizá lo estuvieran esperando ya a
la puerta. Nada iba a ganar con marcharse sin hacer lo que se había propuesto.
Todo aquello tenía que escribirlo, confesarlo. Vio de pronto a la luz de la bombilla que
la mujer era vieja. La pintura se apegotaba en su cara tanto que parecía ir a
resquebrajarse como una careta de cartón. Tenía mechones de cabellos blancos; pero el
detalle más horroroso era que la boca, entreabierta, parecía a oscura caverna. No tenía
ningún diente.
Winston escribió a toda prisa:
Cuando la vi a plena luz resultó una verdadera vieja. Por lo menos tenía cincuenta
años. Pero, de todos modos, lo hice
Volvió a apoyar las palmas de las manos sobre los ojos. Ya lo había escrito, pero de
nada servía. Seguía con la misma necesidad de gritar palabrotas con toda la fuerza de
sus pulmones.

CAPITULO VII

Si hay alguna espera, escribió Winston, está en los proles.


Si había esperanza, tenía que estar en los proles porque sólo en aquellas masas
abandonadas, que constituían el ochenta y cinco por ciento de la población de Oceanía,
podría encontrarse la fuerza suficiente para destruir al Partido. Éste no podía
descomponerse desde dentro. Sus enemigos, si los tenía en su interior, no podían de
ningún modo unirse, ni siquiera identificarse mutuamente. Incluso si existía la legendaria
Hermandad - y era muy posible que existiese resultaba inconcebible que sus miembros se
pudieran reunir en grupos mayores de dos o tres. La rebeldía no podía pasar de un
destello en la mirada o determinada inflexión en la voz; a lo más, alguna palabra
murmurada. Pero los proles, si pudieran darse cuenta de su propia fuerza, no necesitarían
conspirar. Les bastaría con encabritarse como un caballo que se sacude las moscas. Si
quisieran podrían destrozar el Partido mañana por la mañana. Desde luego, antes o
después se les ocurrirá. Y, sin embargo...
Recordó Winston una vez que había dado un paseo por una calle de mucho tráfico
cuando oyó un tremendo grito múltiple. Centenares de voces, voces de mujeres, salían de
una calle lateral. Era un formidable grito de ira y desesperación, un tremendo ¡O-o-o-o-oh!
Winston se sobresaltó terriblemente. ¡Ya empezó! ¡Un motín!, pensó. Por fin, los proles se
sacudían el yugo; pero cuando llegó al sitio de la aglomeración vio que una multitud de
doscientas o trescientas mujeres se agolpaban sobre los puestos de un mercado callejero
con expresiones tan trágicas como si fueran las pasajeras de un barco en trance de
hundirse. En aquel momento, la desesperación general se quebró en innumerables peleas
individuales. Por lo visto, en uno de los puestos habían estado vendiendo sartenes de
lata. Eran utensilios muy malos, pero los cacharros de cocina eran siempre de casi
imposible adquisición. Por fin, había llegado una provisión inesperadamente. Las mujeres
que lograron adquirir alguna sartén fueron atacadas por las demás y trataban de
escaparse con sus trofeos mientras que las otras las rodeaban y acusaban de favoritismo
a la vendedora. Aseguraban que tenía más en reserva. Aumentaron los chillidos. Dos
mujeres, una de ellas con el pelo suelto, se habían apoderado de la misma sartén y cada
una intentaba quitársela a la otra. Tiraron cada una por su lado hasta que se rompió el
mango. Winston las miró con asco. Sin embargo, ¡qué energías tan aterradoras había
percibido él bajo aquella gritería! Y, en total, no eran más que dos o tres centenares de
gargantas. ¿Por qué no protestarían así por cada cosa de verdadera importancia?
Escribió:
Hasta que no tengan conciencia de su fuerza, no se revelarán, y hasta después de
haberse rebelado, no serán conscientes. Éste es el problema.
Winston pensó que sus palabras parecían sacadas de uno de los libros de texto del
Partido. El Partido pretendía, desde luego, haber liberado a los proles de la esclavitud.
Antes de la Revolución, eran explotados y oprimidos ignominiosamente por los
capitalistas. Pasaban hambre. Las mujeres tenían que trabajar a la viva fuerza en las
minas de carbón (por supuesto, las mujeres seguían trabajando en las minas de carbón),
los niños eran vendidos a las fábricas a la edad de seis años. Pero, simultáneamente, fiel
a los principios del doblepensar, el Partido enseñaba que los proles eran inferiores por
naturaleza y debían ser mantenidos bien sujetos, como animales, mediante la aplicación
de unas cuantas reglas muy sencillas. En realidad, se sabía muy poco de los proles. Y no
era necesario saber mucho de ellos. Mientras continuaran trabajando y teniendo hijos, sus
demás actividades carecían de importancia. Dejándoles en libertad como ganado suelto
en la pampa de la Argentina, tenían un estilo de vida que parecía serles natural. Se regían
por normas ancestrales. Nacían, crecían en el arroyo, empezaban a trabajar a los doce
años, pasaban por un breve período de belleza y deseo sexual, se casaban a los veinte
años, empezaban a envejecer a los treinta y se morían casi todos ellos hacia los sesenta
años. El duro trabajo físico, el cuidado del hogar y de los hijos, las mezquinas peleas
entre vecinos, el cine, el fútbol, la cerveza y sobre todo, el juego, llenaban su horizonte
mental. No era difícil mantenerlos a raya. Unos cuantos agentes de la Policía del
Pensamiento circulaban entre ellos, esparciendo rumores falsos y eliminando a los pocos
considerados capaces de convertirse en peligrosos; pero no se intentaba adoctrinarlos
con la ideología del Partido. No era deseable que los proles tuvieran sentimientos políticos
intensos. Todo lo que se les pedía era un patriotismo primitivo al que se recurría en caso
de necesidad para que trabajaran horas extraordinarias o aceptaran raciones más
pequeñas. E incluso cuando cundía entre ellos el descontento, como ocurría a veces, era
un descontento que no servía para nada porque, por carecer de ideas generales,
concentraban su instinto de rebeldía en quejas sobre minucias de la vida corriente. Los
grandes males, ni los olían. La mayoría de los proles ni siquiera era vigilada con
telepantallas. La policía los molestaba muy poco. En Londres había mucha criminalidad,
un mundo revuelto de ladrones, bandidos, prostitutas, traficantes en drogas y maleantes
de toda clase; pero como sus actividades tenían lugar entre los mismos proles, daba igual
que existieran o no. En todas las cuestiones de moral se les permitía a los proles que
siguieran su código ancestral. No se les imponía el puritanismo sexual del Partido. No se
castigaba su promiscuidad y se permitía el divorcio. Incluso el culto religioso se les habría
permitido si los proles hubieran manifestado la menor inclinación a él. Como decía el
Partido: «los proles y los animales son libres».
Winston se rascó con precaución sus varices. Habían empezado a picarle otra vez.
Siempre volvía a preocuparle saber qué habría sido la vida anterior a la Revolución. Sacó
del cajón un ejemplar del libro de historia infantil que le había prestado la señora Parsons
y empezó a copiar un trozo en su diario:
En los antiguos tiempos (decía el libro de texto) antes de la gloriosa Revolución, no era
Londres la hermosa ciudad que hoy conocemos. Era un lugar tenebroso, sucio y
miserable donde casi nadie tenía nada que comer y donde centenares y millares de
desgraciados no tenían zapatos que ponerse ni siquiera un techo bajo el cual dormir.
Niños de la misma edad que vosotros debían trabajar doce horas al día a las órdenes de
crueles amos que los castigaban con látigos si trabajaban con demasiada lentitud y
solamente los alimentaban con pan duro y agua. Pero entre toda esta horrible miseria,
había unas cuantas casas grandes y hermosas donde vivían los ricos, cada uno de los
cuales tenía por lo menos treinta criados a su disposición. Estos ricos se llamaban
capitalistas. Eran individuos gordos y feos con caras de malvados como el que puede
apreciarse en la ilustración de la página siguiente. Podréis ver, niños, que va vestido con
una chaqueta negra larga a la que llamaban «frac» y un sombrero muy raro y brillante que
parece el tubo de una estufa, al que llamaban «sombrero de copa». Este era el uniforme
de los capitalistas, y nadie más podía llevarlo, los capitalistas eran dueños de todo que
había en el mundo y todos los que no eran capitalistas pasaban a ser sus esclavos.
Poseían toda la tierra, todas las casas, todas las fábricas y el dinero todo. Si alguien les
desobedecía, era encarcelado inmediatamente y podían dejarlo sin trabajo y hacerlo morir
de hambre. Cuando una persona corriente hablaba con un capitalista tenía que
descubrirse, inclinarse profundamente ante él y llamarlo señor. El jefe supremo de todos
los capitalistas era llamado el Rey y...
Winston se sabía toda la continuación. Se hablaba allí de los obispos y de sus
vestimentas, de los jueces con sus trajes de armiño, de la horca, del gato de nueve colas,
del banquete anual que daba el alcalde y de la costumbre de besar el anillo del Papa.
También había una referencia al jus primae noctis que no convenía mencionar en un libro
de texto para niños. Era la ley según la cual todo capitalista tenía el derecho de dormir
con cualquiera de las mujeres que trabajaban en sus fábricas.
¿Cómo saber qué era verdad y qué era mentira en aquello? Después de todo, podía
ser verdad que la Humanidad estuviera mejor entonces que antes de la Revolución. La
única prueba en contrario era la protesta muda de la carne y los huesos, la instintiva
sensación de que las condiciones de vida eran intolerables y que en otro tiempo tenían
que haber sido diferentes. A Winston le sorprendía que lo más característico de la vida
moderna no fuera su crueldad ni su inseguridad, sino sencillamente su vaciedad, su
absoluta falta de contenido. La vida no se parecía, no sólo a las mentiras lanzadas por las
telepantallas, sino ni siquiera a los ideales que el Partido trataba de lograr. Grandes zonas
vitales, incluso para un miembro del Partido, nada tenían que ver con la política: se
trataba sólo de pasar el tiempo en inmundas tareas, luchar para poder meterse en el
Metro, remendarse un calcetín como un colador, disolver con resignación una pastilla de
sacarina y emplear toda la habilidad posible para conservar una colilla. El ideal del Partido
era inmenso, terrible y deslumbrante; un mundo de acero y de hormigón armado, de
máquinas monstruosas y espantosas armas, una nación de guerreros y fanáticos que
marchaba en bloque siempre hacia adelante en unidad perfecta, pensando todos los
mismos pensamientos y repitiendo a grito unánime la misma consigna, trabajando
perpetuamente, luchando, triunfantes, persiguiendo a los traidores... trescientos millones
de personas todas ellas con las misma cara. La realidad era, en cambio: lúgubres
ciudades donde la gente, apenas alimentada, arrastraba de un lado a otro sus pies
calzados con agujereados zapatos y vivía en ruinosas casas del siglo XIX en las que
predominaba el olor a verduras cocidas y retretes en malas condiciones. Winston creyó
ver un Londres inmenso y en ruinas, una ciudad de un millón de cubos de la basura y,
mezclada con esta visión, la imagen de la señora Parsons con sus arrugas y su pelo
enmarañado tratando de arreglar infructuosamente una cañería atascada.
Volvió a rascarse el tobillo. Día y noche las telepantallas le herían a uno el tímpano con
estadísticas según las cuales todos tenían más alimento, más trajes, mejores casas,
entretenimientos más divertidos, todos vivían más tiempo, trabajaban menos horas, eran
más sanos, fuertes, felices, inteligentes y educados que los que habían vivido hacía
cincuenta años. Ni una palabra de todo ello podía ser probada ni refutada. Por ejemplo, el
Partido sostenía que el cuarenta por ciento de los proles adultos sabía leer y escribir y
que antes de la Revolución todos ellos, menos un quince por ciento, eran analfabetos.
También aseguraba el Partido que la mortalidad infantil era ya sólo del ciento sesenta por
mil mientras que antes de la Revolución había sido del trescientos por mil... y así
sucesivamente. Era como una ecuación con dos incógnitas. Bien podía ocurrir que todos
los libros de historia fueran una pura fantasía. Winston sospechaba que nunca había
existido una ley sobre el jus primae noctis ni persona alguna como el tipo de capitalista
que pintaban, ni siquiera un sombrero como aquel que parecía un tubo de estufa.
Todo se desvanecía en la niebla. El pasado estaba borrado. Se había olvidado el acto
mismo de borrar, y la mentira se convertía en verdad. Sólo una vez en su vida había
tenido Winston en la mano - después del hecho y eso es lo que importaba - una prueba
concreta y evidente de un acto de falsificación. La había tenido entre sus dedos nada
menos que treinta segundos. Fue en 1973, aproximadamente, pero desde luego por la
época en que Katharine y él se habían separado. La fecha a que se refería el documento
era de siete u ocho años antes.
La historia empezó en el sesenta y tantos, en el período de las grandes purgas, en el
cual los primitivos jefes de la Revolución fueron suprimidos de una sola vez. Hacia 1970
no quedaba ninguno de ellos, excepto el Gran Hermano. Todos los demás habían sido
acusados de traidores y contrarrevolucionarios. Goldstein huyó y se escondió nadie sabía
dónde. De los demás, unos cuantos habían desaparecido mientras que la mayoría fue
ejecutada después de unos procesos públicos de gran espectacularidad en los que
confesaron sus crímenes. Entre los últimos supervivientes había tres individuos llamados
Jones, Aaronson y Rutherford. Hacia 1965 - la fecha no era segura - los tres fueron
detenidos. Como ocurría con frecuencia, desaparecieron durante uno o más años de
modo que nadie sabía si estaban vivos o muertos y luego aparecieron de pronto para
acusarse ellos mismos de haber cometido terribles crímenes. Reconocieron haber estado
en relación con el enemigo (por entonces el enemigo era Eurasia, que había de volver a
serlo), malversación de fondos públicos, asesinato de varios miembros del Partido dignos
de toda confianza, intrigas contra el mando del Gran Hermano que ya habían empezado
mucho antes de estallar la Revolución y actos de sabotaje que habían costado la vida a
centenares de miles de personas. Después de confesar todo esto, los perdonaron, les
devolvieron sus cargos en el Partido, puestos que eran en realidad inútiles, pero que
tenían nombres sonoros e importantes. Los tres escribieron largos y abyectos artículos en
el Times analizando las razones que habían tenido para desertar y prometiendo
enmendarse.
Poco tiempo después de ser puestos en libertad esos tres hombres, Winston los había
visto en el Café del Nogal. Recordaba con qué aterrada fascinación los había observado
con el rabillo del ojo. Eran mucho más viejos que él, reliquias del mundo antiguo, casi las
últimas grandes figuras que habían quedado de los primeros y heroicos días del Partido.
Todavía llevaban como una aureola el brillo de su participación clandestina en las
primeras luchas y en la guerra civil. Winston creyó haber oído los nombres de estos tres
personajes mucho antes de saber que existía el Gran Hermano, aunque con el tiempo se
le confundían en la mente las fechas y los hechos. Sin embargo, estaban ya fuera de la
ley, eran enemigos intocables, se cernía sobre ellos la absoluta certeza de un próximo
aniquilamiento. Cuestión de uno o dos años. Nadie que hubiera caído una vez en manos
de la Policía del Pensamiento, podía escaparse para siempre. Eran cadáveres que
esperaban la hora de ser enviados otra vez a la tumba.
No había nadie en ninguna de las mesas próximas a ellos. No era prudente que le
vieran a uno cerca de semejantes personas. Los tres, silenciosos, bebían ginebra con
clavo; una especialidad de la casa. De los tres, era Rutherford el que más había
impresionado a Winston. En tiempos, Rutherford fue un famoso caricaturista cuyas
brutales sátiras habían ayudado a inflamar la opinión popular antes y durante la
Revolución. Incluso ahora, a largos intervalos, aparecían sus caricaturas y satíricas
historietas en el Times. Eran una imitación de su antiguo estilo y ya no tenían vida ni
convencían. Era volver a cocinar los antiguos temas: niños que morían de hambre, luchas
callejeras, capitalistas con sombrero de copa (hasta en las barricadas seguían los
capitalistas con su sombrero de copa), es decir, un esfuerzo desesperado por volver a lo
de antes. Era un hombre monstruoso con una crencha de cabellos gris grasienta,
bolsones en la cara y unos labios negroides muy gruesos. De joven debió de ser muy
fuerte; ahora su voluminoso cuerpo se inclinaba y parecía derrumbarse en todas las
direcciones. Daba la impresión de una montaña que se iba a desmoronar de un momento
a otro.
Era la solitaria hora de las quince. Winston no podía recordar ya por qué había entrado
en el café a esa hora. No había casi nadie allí. Una musiquilla brotaba de las
telepantallas. Los tres hombres, sentados en un rincón, casi inmóviles, no hablaban ni una
palabra. El camarero, sin que le pidieran nada, volvía a llenar los vasos de ginebra. Había
un tablero de ajedrez sobre la mesa, con todas las piezas colocadas, pero no habían
empezado a jugar. Entonces, quizá sólo durante medio minuto, ocurrió algo en la
telepantalla. Cambió la música que tocaba. Era difícil describir el tono de la nueva música:
una nota burlona, cascada, que a veces parecía un rebuzno. Winston, mentalmente, la
llamó «la nota amarilla».

Y la voz de la telepantalla cantaba:


Bajo el Nogal de las ramas extendidas
yo te vendí y tú me vendiste.
Allí yacen ellos y aquí yacemos nosotros.
Bajo el Nogal de las ramas extendidas.

Los tres personajes no se movieron, pero cuando Winston volvió a mirar la


desvencijada cara de Rutherford, vio que estaba llorando. Por vez primera observó, con
sobresalto, pero sin saber por qué se impresionaba, que tanto Aaronson como Rutherford
tenían partidas las narices.
Un poco después, los tres fueron detenidos de nuevo. Por lo visto, se habían
comprometido en nuevas conspiraciones en el mismo momento de ser puestos en
libertad. En el segundo proceso confesaron otra vez sus antiguos crímenes, con una sarta
de nuevos delitos. Fueron ejecutados y su historia fue registrada en los libros de historia
publicados por el Partido como ejemplo para la posteridad. Cinco años después de esto,
en 1973, Winston desenrollaba un día unos documentos que le enviaban por el tubo
automático cuando descubrió un pedazo de papel que, evidentemente, se había deslizado
entre otros y había sido olvidado. En seguida vio su importancia. Era media página de un
Times de diez años antes - la mitad superior de una página, de manera que incluía la
fecha - y contenía una fotografía de los delegados en una solemnidad del Partido en
Nueva York. Sobresalían en el centro del grupo Jones, Aaronson y Rutherford. Se les veía
muy claramente, pero además sus nombres figuraban al pie.
Lo cierto es que en ambos procesos los tres personajes confesaron que en aquella
fecha se hallaban en suelo eurasiático, que habían ido en avión desde un aeródromo
secreto en el Canadá hasta Siberia, donde tenían una misteriosa cita. Allí se habían
puesto en relación con miembros del Estado Mayor eurasiático al que habían entregado
importantes secretos militares. La fecha se le había grabado a Winston en la memoria
porque coincidía con el primer día de estío, pero toda aquella historia estaba ya registrada
oficialmente en innumerables sitios. Sólo había una conclusión posible: las confesiones
eran mentira.
Desde luego, esto no constituía en sí mismo un descubrimiento. Incluso por aquella
época no creía Winston que las víctimas de las purgas hubieran cometido los crímenes de
que eran acusados. Pero ese pedazo de papel era ya una prueba concreta; un fragmento
del pasado abolido como un hueso fósil que reaparece en un estrato donde no se le
esperaba y destruye una teoría geológica. Bastaba con ello para pulverizar al Partido si
pudiera publicarse en el extranjero. Y explicarse bien su significado.
Winston había seguido trabajando después de su descubrimiento. En cuanto vio lo que
era la fotografía y lo que significaba, la cubrió con otra hoja de papel. Afortunadamente,
cuando la desenrolló había quedado de tal modo que la telepantalla no podía verla.
Se puso la carpeta sobre su rodilla y echó hacia atrás la silla para alejarse de la
telepantalla lo más posible. No era difícil mantener inexpresivo la cara e incluso controlar,
con un poco de esfuerzo, la respiración; pero lo que no podía controlarse eran los latidos
del corazón y la telepantalla los recogía con toda exactitud. Winston dejó pasar diez
minutos atormentado por el miedo de que algún accidente - por ejemplo, una súbita
corriente de aire lo traicionara. Luego, sin exponerla a la vista de la pantalla, tiró la
fotografía en el «agujero de la memoria» mezclándola con otros papeles inservibles. Al
cabo de un minuto, el documento sería un poco de ceniza.
Aquello había pasado hacía diez u once años. «De ocurrir ahora, pensó Winston, me
habría guardado la foto.» Era curioso que el hecho de haber tenido ese documento entre
sus dedos le pareciera constituir una gran diferencia incluso ahora en que la fotografía
misma, y no sólo el hecho registrado en ella, era sólo recuerdo. ¿Se aflojaba el dominio
del Partido sobre el pasado se preguntó Winston - porque una prueba documental que ya
no existía hubiera existido una vez?
Pero hoy, suponiendo que pudiera resucitar de sus cenizas, la foto no podía servir de
prueba. Ya en el tiempo en que él había hecho el descubrimiento, no estaba en guerra
Oceanía con Eurasia y los tres personajes suprimidos tenían que haber traicionado su
país con los agentes de Asia oriental y no con los de Eurasia. Desde entonces hubo otros
cambios, dos o tres, ya no podía recordarlo. Probablemente, las confesiones habían sido
nuevamente escritas varias veces hasta que los hechos y las fechas originales perdieran
todo significado. No es sólo que el pasado cambiara, es que cambiaba continuamente. Lo
que más le producía a Winston la sensación de una pesadilla es que nunca había llegado
a comprender claramente por qué se emprendía la inmensa impostura. Desde luego, eran
evidentes las ventajas inmediatas de falsificar el pasado, pero la última razón era
misteriosa. Volvió a coger la pluma y escribió:
Comprendo CÓMO: no comprado POR QUÉ.
Se preguntó, como ya lo había hecho muchas veces, si no estaría él loco. Quizás un
loco era sólo una «minoría de uno». Hubo una época en que fue señal de locura creer que
la tierra giraba en torno al sol: ahora, era locura creer que el pasado es inalterable. Quizá
fuera él el único que sostenía esa creencia, y, siendo el único, estaba loco. Pero la idea
de ser un loco no le afectaba mucho. Lo que le horrorizaba era la posibilidad de estar
equivocado.
Cogió el libro de texto infantil y miró el retrato del Gran Hermano que llenaba la
portada. Los ojos hipnóticos se clavaron en los suyos. Era como si una inmensa fuerza
empezara a aplastarle a uno, algo que iba penetrando en el cráneo, golpeaba el cerebro
por dentro, le aterrorizaba a uno y llegaba casi a persuadirle que era de noche cuando era
de día. Al final, el Partido anunciaría que dos y dos son cinco y habría que creerlo. Era
inevitable que llegara algún día al dos y dos son cinco. La lógica de su posición lo exigía.
Su filosofía negaba no sólo la validez de la experiencia, sino que existiera la realidad
externa. La mayor de las herejías era el sentido común. Y lo más terrible no era que le
mataran a uno por pensar de otro modo, sino que pudieran tener razón. Porque, después
de todo, ¿cómo sabemos que dos y dos son efectivamente cuatro? O que la fuerza de la
gravedad existe. O que, el pasado no puede ser alterado. ¿Y si el pasado y el mundo
exterior sólo existen en nuestra mente y, siendo la mente controlable, también puede
controlarse el pasado y lo que llamamos la realidad?
¡No, no!; a Winston le volvía el valor. El rostro de O'Brien, sin saber por qué, empezó a
flotarle en la memoria; sabía, con más certeza que antes, que O'Brien estaba de su parte.
Escribía este Diario para O'Brien; era como una carta interminable que nadie leería nunca,
pero que se dirigía a una persona determinada y que dependía de este hecho en su forma
y en su tono.
El Partido os decía que negaseis la evidencia de vuestros ojos y oídos. Ésta era su
orden esencial. El corazón de Winston se encogió al pensar en el enorme poder que tenía
enfrente, la facilidad con que cualquier intelectual del Partido lo vencería con su dialéctica,
los sutiles argumentos que él nunca podría entender y menos contestar. Y, sin embargo,
era él, Winston, quien tenía razón. Los otros estaban equivocados y él no. Había que
defender lo evidente. El mundo sólido existe y sus leyes no cambian. Las piedras son
duras, el agua moja, los objetos faltos de apoyo caen en dirección al centro de la Tierra...
Con la sensación de que hablaba con O'Brien, y también de que anotaba un importante
axioma, escribió:
La libertad es poder decir libremente que dos y dos son cuatro. Si se concede esto,
todo lo demás vendrá por sus pasos contados.

CAPITULO VIII

Del fondo del pasillo llegaba un aroma a café tostado - café de verdad, no café de la
Victoria -, un aroma penetrante. Winston se detuvo involuntariamente. Durante unos
segundos volvió al mundo medio olvidado de su infancia. Entonces se oyó un portazo y el
delicioso olor quedó cortado tan de repente como un sonido.
Winston había andado varios kilómetros por las calles y se le habían irritado sus
varices. Era la segunda vez en tres semanas que no había llegado a tiempo a una reunión
del Centro Comunal, lo cual era muy peligroso ya que el número de asistencias al Centro
era anotado cuidadosamente. En principio, un miembro del Partido no tenía tiempo libre y
nunca estaba solo a no ser en la cama. Se suponía que, de no hallarse trabajando,
comiendo, o durmiendo, estaría participando en algún recreo colectivo. Hacer algo que
implicara una inclinación a la soledad, aunque sólo fuera dar un paseo, era siempre un
poco peligroso. Había una palabra para ello en neolengua: vidapropia, es decir,
individualismo y excentricidad. Pero esa tarde, al salir del Ministerio, el aromático aire
abrileño le había tentado. El cielo tenía un azul más intenso que en todo el año y de
pronto le había resultado intolerable a Winston la perspectiva del aburrimiento, de los
juegos anotadores, de las conferencias, de la falsa camaradería lubricada por la ginebra...
Sintió el impulso de marcharse de la parada del autobús y callejear por el laberinto de
Londres, primero hacia el Sur, luego hacia el Este y otra vez hacia el Norte, perdiéndose
por calles desconocidas y sin preocuparse apenas por la dirección que tomaba.
«Si hay esperanza - habría escrito en el Diario -, está en los proles.» Estas palabras le
volvían como afirmación de una verdad mística y de un absurdo palpable. Penetró por los
suburbios del Norte y del Este alrededor de lo que en tiempos había sido la estación de
San Pancracio. Marchaba por una calle empedrada, cuyas viejas casas sólo tenían dos
pisos y cuyas puertas abiertas descubrían los sórdidos interiores. De trecho en trecho
había charcos de agua sucia por entre las piedras. Entraban y salían en las casuchas y
llenaban las callejuelas infinidad de personas: muchachas en la flor de la edad con bocas
violentamente pintadas, muchachos que perseguían a las jóvenes, y mujeres de cuerpos
obesos y bamboleantes, vivas pruebas de lo que serían las muchachas cuando tuvieran
diez años más, ancianos que se movían dificultosamente y niños descalzos que jugaban
en los charcos y salían corriendo al oír los irritados chillidos de sus madres. La cuarta
parte de las ventanas de la calle estaban rotas y tapadas con cartones. La mayoría de la
gente no prestaba atención a Winston. Algunos lo miraban con cauta curiosidad. Dos
monstruosas mujeres de brazos rojizos cruzados sobre los delantales, hablaban en una
de las puertas. Winston oyó algunos retazos de la conversación.
- Pues, sí, fui y le dije: «Todo eso está muy bien, pero si hubieras estado en mi lugar
hubieras hecho lo mismo que yo. Es muy sencillo eso de criticar - le dije, pero tú no tienes
los mismos problemas que yo».
- Claro - dijo la otra -, ahí está la cosa. Cada uno sabe lo suyo.
Estas voces estridentes se callaron de pronto. Las mujeres observaron a Winston con
hostil silencio cuando pasó ante ellas. Pero no era exactamente hostilidad sino una
especie de alerta momentánea como cuando nos cruzamos con un animal desconocido.
El «mono» azul del Partido no se veía con frecuencia en una calle como ésta. Desde
luego, era muy poco prudente que lo vieran a uno en semejantes sitios a no ser que se
tuviera algo muy concreto que hacer allí: Las patrullas le detenían a uno en cuanto lo
sorprendían en una calle de proles y le preguntaban: «¿Quieres enseñarme la
documentación camarada? ¿Qué haces por aquí? ¿A qué hora saliste del trabajo?
¿Tienes la costumbre de tomar este camino para ir a tu casa?, y así sucesivamente. No
es que hubiera una disposición especial prohibiendo regresar a casa por un camino
insólito, mas era lo suficiente para hacerse notar si la Policía del Pensamiento lo
descubría.
De pronto, toda la calle empezó a agitarse. Hubo gritos de aviso por todas partes.
Hombres, mujeres y niños se metían veloces en sus casas como conejos. Una joven salió
como una flecha por una puerta cerca de donde estaba Winston, cogió a un niño que
jugaba en un charco, lo envolvió con el delantal y entró de nuevo en su casa; todo ello
realizado con increíble rapidez. En el mismo instante, un hombre vestido de negro, que
había salido de una callejuela lateral, corrió hacia Winston señalándole nervioso el cielo.
- ¡El vapor! - gritó -. Mire, maestro. ¡Échese pronto en el suelo!
«El vapor» era el apodo que, no se sabía por qué, le habían puesto los proles a las
bombas cohetes.
Winston se tiró al suelo rápidamente. Los proles llevaban casi siempre razón cuando
daban una alarma de esta clase. Parecían poseer una especie de instinto que les
prevenía con varios segundos de anticipación de la llegada de un cohete, aunque se
suponía que los cohetes volaban con más rapidez que el sonido. Winston se protegió la
cabeza con los brazos. Se oyó un rugido que hizo temblar el pavimento, una lluvia de
pequeños objetos le cayó sobre la espalda. Cuando se levantó, se encontró cubierto con
pedazos de cristal de la ventana más próxima. Siguió andando. La bomba había destruido
un grupo de casas de aquella calle doscientos metros más arriba. En el cielo flotaba una
negra nube de humo y debajo otra nube, ésta de polvo, envolvía las ruinas en torno a las
cuales se agolpaba ya una multitud. Había un pequeño montón de yeso en el pavimento
delante de él y en medio se podía ver una brillante raya roja. Cuando se levantó y se
acercó a ver qué era vio que se trataba de una mano humana cortada por la muñeca.
Aparte del sangriento muñón, la mano era tan blanca que parecía un molde de yeso. Le
dio una patada y la echó a la cloaca, y para evitar la multitud, torció por una calle lateral a
la derecha. A los tres o cuatro minutos estaba fuera de la zona afectada por la bomba y la
sórdida vida del suburbio se había reanudado como si nada hubiera ocurrido. Eran casi
las veinte y los establecimientos de bebida frecuentados por los proles (les llamaban, con
una palabra antiquísima, «tabernas») estaban llenas de clientes. De sus puertas
oscilantes, que se abrían y cerraban sin cesar, salía un olor mezclado de orines, serrín y
cerveza.
En un ángulo formado por una casa de fachada saliente estaban reunidos tres
hombres. El de en medio tenía en la mano un periódico doblado que los otros dos
miraban por encima de sus hombros. Antes ya de acercarse lo suficiente para ver la
expresión de sus caras, pudo deducir Winston, por la inmovilidad de sus cuerpos, que
estaban absortos. Lo que leían era seguramente algo de mucha importancia. Estaba a
pocos pasos de ellos cuando de pronto se deshizo el grupo y dos de los hombres
empezaron a discutir violentamente. Parecía que estaban a punto de pegarse.
- ¿No puedes escuchar lo que te digo? Te aseguro que ningún número terminado en
siete ha ganado en estos catorce meses.
- Te digo que sí.
- No, no ha salido ninguno terminado en siete. En casa los tengo apuntados todos en
un papel desde hace dos años. Nunca dejo de copiar el número. Y te digo que ningún
número ha terminado en siete...
- Sí; un siete ganó. Además, sé que terminaba en cuatro, cero, siete. Fue en febrero...
En la segunda semana de febrero.
- Ni en febrero ni nada. Te digo que lo tengo apuntado. - Bueno, a ver si lo dejáis - dijo
el tercer hombre.
Estaban hablando de la lotería. Winston volvió la cabeza cuando ya estaba a treinta
metros de distancia. Todavía seguían discutiendo apasionadamente. La lotería, que
pagaba cada semana enormes premios, era el único acontecimiento público al que los
proles concedían una seria atención. Probablemente, había millones de proles para
quienes la lotería era la principal razón de su existencia. Era toda su delicia, su locura, su
estimulante intelectual. En todo lo referente a la lotería, hasta la gente que apenas sabía
leer y escribir parecía capaz de intrincados cálculos matemáticos y de asombrosas
proezas memorísticas. Toda una tribu de proles se ganaba la vida vendiendo
predicciones, amuletos, sistemas para dominar el azar y otras cosas que servían a los
maniáticos. Winston nada tenía que ver con la organización de la lotería, dependiente del
Ministerio de la Abundancia. Pero sabía perfectamente (como cualquier miembro del
Partido) que los premios eran en su mayoría imaginarios. Sólo se pagaban pequeñas
sumas y los ganadores de los grandes premios eran personas inexistentes. Como no
había verdadera comunicación entre una y otra parte de Oceanía, esto resultaba muy
fácil.
Si había esperanzas, estaba en los proles. Ésta era la idea esencial. Decirlo, sonaba a
cosa razonable, pero al mirar aquellos pobres seres humanos, se convertía en un acto de
fe. La calle por la que descendía Winston, le despertó la sensación de que ya antes había
estado por allí y que no hacía mucho tiempo fue una calle importante. Al final de ella
había una escalinata por donde se bajaba a otra calle en la que estaba un mercadillo de
legumbres. Entonces recordó Winston dónde estaba: en la primera esquina, a unos cinco
minutos de marcha, estaba la tienda de compraventa donde él había adquirido el libro en
blanco donde ahora llevaba su Diario. Y en otra tienda no muy distante, había comprado
la pluma y el frasco de tinta.
Se detuvo un momento en lo alto de la escalinata. Al otro lado de la calle había una
sórdida taberna cuyas ventanas parecían cubiertas de escarcha; pero sólo era polvo. Un
hombre muy viejo con bigotes blancos, encorvado, pero bastante activo, empujó la puerta
oscilante y entró. Mientras observaba desde allí, se le ocurrió a Winston que aquel viejo,
que por lo menos debía de tener ochenta años, habría sido ya un hombre maduro cuando
ocurrió la Revolución. Él y unos cuantos como él eran los últimos eslabones que unían al
mundo actual con el mundo desaparecido del capitalismo. En el Partido no había mucha
gente cuyas ideas se hubieran formado antes de la Revolución. La generación más vieja
había sido barrida casi por completo en las grandes purgas de los años cincuenta y
sesenta y los pocos que sobrevivieron vivían aterrorizados y en una entrega intelectual
absoluta. Si vivía aún alguien que pudiera contar con veracidad las condiciones de vida en
la primera mitad del siglo, tenía que ser un prole. De pronto recordó Winston el trozo del
libro de historia que había copiado en su Diario y le asaltó un impulso loco. Entraría en la
taberna, trabaría conocimiento con aquel viejo y le interrogaría. Le diría: «Cuénteme su
vida cuando era usted un muchacho, ¿se vivía entonces mejor que ahora o peor?.
Precipitadamente, para no tener tiempo de asustarse, bajó la escalinata y cruzó la calle.
Desde luego, era una locura. Como de costumbre, no había ninguna prohibición concreta
de hablar con los proles y frecuentar sus tabernas, pero no podía pasar inadvertido ya que
era rarísimo que alguien lo hiciera. Si aparecía alguna patrulla, Winston podría decir que
se había sentido mal, pero no lo iban a creer. Empujó la puerta y le dio en la cara un
repugnante olor a queso y a cerveza agria. Al entrar él, las voces casi se apagaron. Todos
los presentes le miraban su «mono» azul. Unos individuos que jugaban al blanco con
unos dardos se interrumpieron durante medio minuto. El viejo al que él había seguido
estaba acodado en el bar discutiendo con el barman, un joven corpulento de nariz
ganchuda y enormes antebrazos. Otros clientes, con vasos en la mano, contemplaban la
escena.
- ¿Vas a decirme que no puedes servirme una pinta de cerveza? - decía el viejo.
- ¿Y qué demonios de nombre es ese de «pinta»? - preguntó el tabernero inclinándose
sobre el mostrador con los dedos apoyados en él.
- Escuchad, presume de tabernero y no sabe lo que es una pinta. A éste hay que
mandarle a la escuela.
- Nunca he oído hablar de pintas para beber. Aquí se sirve por litros, medios litros... Ahí
enfrente tiene usted los vasos en ese estante para cada cantidad de líquido.
- Cuando yo era joven - insistió el viejo - no bebíamos por litros ni por medios litros.
- Cuando usted era joven nosotros vivíamos en las copas de los árboles - dijo el
tabernero guiñándoles el ojo a los otros clientes.
Hubo una carcajada general y la intranquilidad causada por la llegada de Winston
parecía haber desaparecido. El viejo enrojeció, se volvió para marcharse, refunfuñando, y
tropezó con Winston. Winston lo cogió deferentemente por el brazo.
- ¿Me permite invitarle a beber algo? - dijo.
- Usted es un caballero - dijo el otro, que parecía no haberse fijado en el «mono» azul
de Winston -. ¡Una pinta, quiera usted o no quiera! - añadió agresivo dirigiéndose al
tabernero.
Éste llenó dos vasos de medio litro con cerveza negra. La cerveza era la única bebida
que se podía conseguir en los establecimientos de bebidas de los proles. Estos no
estaban autorizados a beber cerveza aunque en la práctica se la proporcionaban con
mucha facilidad. El tiro al blanco con dardos estaba otra vez en plena actividad y los
hombres que bebían en el mostrador discutían sobre billetes de lotería. Todos olvidaron
durante unos momentos la presencia de Winston. Había una mesa debajo de una ventana
donde el viejo y él podrían hablar sin miedo a ser oídos. Era terriblemente peligroso, pero
no había telepantalla en la habitación. De esto se había asegurado Winston en cuanto
entró.
- Debe usted de haber visto grandes cambios desde que era usted un muchacho
empezó a explorar Winston.
La pálida mirada azul del viejo recorrió el local como si fuera allí donde los cambios
habían ocurrido.
- La cerveza era mejor - dijo por último -; y más barata. Cuando yo era un jovencito, la
cerveza costaba cuatro peniques los tres cuartos. Eso era antes de la guerra,
naturalmente.
- ¿Qué guerra era ésa? - preguntó Winston.
- Siempre hay alguna guerra - dijo el anciano con vaguedad. Levantó el vaso y brindó.
¡A su salud, caballero!
En su delgada garganta la nuez puntiaguda hizo un movimiento de sorprendente
rapidez arriba y abajo y la cerveza desapareció. Winston se acercó al mostrador y volvió
con otros dos medios litros.
- Usted es mucho mayor que yo - dijo Winston -. Cuando yo nací sería usted ya un
hombre hecho y derecho.
Usted puede recordar lo que pasaba en los tiempos anteriores a la Revolución; en
cambio, la gente de mi edad no sabe nada de esa época. Sólo podemos leerlo en los
libros, y lo que dicen los libros puede no ser verdad. Me gustaría saber su opinión sobre
esto. Los libros de historia dicen que la vida anterior a la Revolución era por completo
distinta de la de ahora. Había una opresión terrible, injusticias, pobreza... en fin, que no
puede uno imaginar siquiera lo malo que era aquello. Aquí, en Londres, la gran masa de
gente no tenía qué comer desde que nacían hasta que morían. La mitad de aquellos
desgraciados no tenían zapatos que ponerse. Trabajaban doce horas al día, dejaban de
estudiar a los nueve años y en cada habitación dormían diez personas. Y a la vez había
algunos individuos, muy pocos, sólo unos cuantos miles en todo el mundo, los
capitalistas, que eran ricos y poderosos. Eran dueños de todo. Vivían en casas enormes y
suntuosas con treinta criados, sólo se movían en autos y coches de cuatro caballos,
bebían champán y llevaban sombrero de copa.
El viejo se animó de pronto.
- ¡Sombreros de copa! exclamó. Es curioso que los nombre usted. Ayer mismo pensé
en ellos no sé por qué. Me acordé de cuánto tiempo hace que no se ve un sombrero de
copa. Han desaparecido por completo. La última vez que llevé uno fue en el entierro de mi
cuñada. Y aquello fue... pues por lo menos hace cincuenta años, aunque la fecha exacta
no puedo saberla. Claro, ya comprenderá usted que lo alquilé para aquella ocasión...
- Lo de los sombreros de copa no tiene gran importancia - dijo Winston con paciencia -.
Pero estos capitalistas - ellos, unos cuantos abogados y sacerdotes y los demás
auxiliares que vivían de ellos - eran los dueños de la tierra. Todo lo que existía era para
ellos. Ustedes, la gente corriente, los trabajadores, eran sus esclavos. Los capitalistas
podían hacer con ustedes lo que quisieran. Por ejemplo, mandarlos al Canadá como
ganado. Si se les antojaba, se podían acostar con las hijas de ustedes. Y cuando se
enfadaban, los azotaban a ustedes con un látigo llamado el gato de nueve colas. Si se
encontraban ustedes a un capitalista por la calle, tenían que quitarse la gorra. Cada
capitalista salía acompañado por una pandilla de lacayos que...
- ¡Lacayos! Ahí tiene usted una palabra que no he oído desde hace muchísimos años.
¡Lacayos! Eso me recuerda muchas cosas pasadas. Hará medio siglo aproximadamente,
solía pasear yo a veces por Hyde Park los domingos por la tarde para escuchar a unos
tipos que pronunciaban discursos: Ejército de salvación, católicos, judíos, indios... En fin,
allí había de todo. Y uno de ellos..., no puedo recordar el nombre, pero era un orador de
primera, no hacía más que gritar: «¡Lacayos, lacayos de la burguesía! ¡Esclavos de las
clases dirigentes!». Y también le gustaba mucho llamarlos parásitos y a los otros les
llamaba hienas. Sí, una palabra algo así como hiena. Claro que se refería al Partido
Laborista, ya se hará usted cargo.
Winston tenía la sensación de que cada uno de ellos estaba hablando por su cuenta.
Debía orientar un poco la conversación:
- Lo que yo quiero saber es si le parece a usted que hoy día tenemos más libertad que
en la época de usted. ¿Le tratan a usted más como un ser humano? En el pasado, los
ricos, los que estaban en lo alto...
- La Cámara de los Lores - evocó el viejo.
- Bueno, la Cámara de los Lores. Le pregunto a usted si esa gente le trataba como a un
inferior por el simple hecho de que ellos eran ricos y usted pobre. Por ejemplo, ¿es cierto
que tenía usted que quitarse la gorra y llamarles «señor» cuando se los cruzaba usted por
la calle?
El hombre reflexionó profundamente. Antes de contestar se bebió un cuarto de litro de
cerveza.
- Sí - dijo por fin -. Les gustaba que uno se llevara la mano a la gorra. Era una señal de
respeto. Yo no estaba conforme con eso, pero lo hacía muchas veces. No tenía más
remedio.
- ¿Y era habitual? - tenga usted en cuenta que estoy repitiendo lo que he leído en
nuestros libros de texto para las escuelas -, era habitual en aquella gente, en los
capitalistas, empujarles a ustedes de la acera para tener libre el paso?
- Uno me empujó una vez - dijo el anciano -. Lo recuerdo como si fuera ayer. Era un día
de regatas nocturnas y en esas noches había mucha gente grosera, y me tropecé con un
tipo joven y jactancioso en la avenida Shaftesbury. Era un caballero, iba vestido de
etiqueta y con sombrero de copa. Venía haciendo zigzags por la acera y tropezó conmigo.
Me dijo: «¿Por qué no mira usted por dónde va?». Yo le dije: «¡A ver si se ha creído usted
que ha comprado la acera!». Y va y me contesta: «Le voy a dar a usted para el pelo si se
descara así conmigo». Entonces yo le solté: «Usted está borracho y, si quiero, acabo con
usted en medio minuto». Sí señor, eso le dije y no sé si me creerá usted, pero fue y me
dio un empujón que casi me manda debajo de las ruedas de un autobús. Pero yo por
entonces era joven y me dispuse a darle su merecido; sin embargo...
Winston perdía la esperanza de que el viejo le dijera algo interesante. La memoria de
aquel hombre no era más que un montón de detalles. Aunque se pasara el día
interrogándole, nada sacaría en claro. Según sus «declaraciones», los libros de Historia
publicados por el Partido podían seguir siendo verdad, después de todo; podían ser
incluso completamente verídicos. Hizo un último intento.
- Quizás no me he explicado bien. Lo que trato de decir es esto: usted ha vivido mucho
tiempo; la mitad de su vida ha transcurrido antes de la Revolución. En 1925, por ejemplo,
era usted ya un hombre. ¿Podría usted decir, por lo que recuerda de entonces, que la
vida era en 1925 mejor que ahora o peor? Si tuviera usted que escoger, ¿preferiría usted
vivir entonces o ahora?
El anciano contempló meditabundo a los que tiraban al blanco. Terminó su cerveza con
más lentitud que la vez anterior y por último habló con un tono filosófico y tolerante como
si la cerveza lo hubiera dulcificado.
- Ya sé lo que espera usted que le diga. Usted querría que le dijera que prefiero volver
a ser joven. Muchos lo dicen porque en la juventud se tiene salud y fuerza. En cambio, a
mis años nunca se está bien del todo. Tengo muchos achaques. He de levantarme seis y
siete veces por la noche cuando me da el dolor. Por otra parte, esto de ser viejo tiene
muchas ventajas. Por ejemplo, las mujeres no le preocupan a uno y eso es una gran
ventaja. Yo hace treinta años que no he estado con una mujer, no sé si me creerá usted.
Pero lo más grande es que no he tenido ganas.
Winston se apoyó en el alféizar de la ventana. Era inútil proseguir. Iba a pedir más
cerveza cuando el viejo se levantó de pronto y se dirigió renqueando hacia el urinario
apestoso que estaba al fondo del local. Winston siguió unos minutos sentado
contemplando su vaso vacío y, casi sin darse cuenta, se encontró otra vez en la calle.
Dentro de veinte años, a lo más - pensó -, la inmensa y sencilla pregunta «¿Era la vida
antes de la Revolución mejor que ahora?» dejaría de tener sentido por completo. Pero ya
ahora era imposible contestarla, puesto que los escasos supervivientes del mundo antiguo
eran incapaces de comparar una época con otra. Recordaban un millón de cosas
insignificantes, una pelea con un, compañero de trabajo, la búsqueda de una bomba de
bicicleta que habían perdido, la expresión habitual de una hermana fallecida hacía
muchos años, los torbellinos de polvo que se formaron en una mañana tormentosa hace
setenta años... pero todos los hechos trascendentales quedaban fuera del radio de su
atención. Eran como las hormigas, que pueden ver los objetos pequeños, pero no los
grandes. Y cuando la memoria fallaba y los testimonios escritos eran falsificados, la:
pretensiones del Partido de haber mejorado las condiciones de la vida humana tenían que
ser aceptadas necesariamente porque no existía ni volvería nunca a existir un nivel de
vida con el cual pudieran ser comparadas.
En aquel momento el fluir de sus pensamientos se interrumpió de repente. Se detuvo y
levantó la vista. Se halle ha en una calle estrecha con unas cuantas tiendecitas oscura
salpicadas entre casas de vecinos. Exactamente encima de su cabeza pendían unas
bolas de metal descoloridas que habían sido doradas. Conocía este sitio. Era la tienda
donde había comprado el Diario. Sintió miedo. Ya había sido bastante, arriesgado
comprar el libro y se había jurado a sí mismo no aparecer nunca más por allí. Sin
embargo, en cuanto permitió a sus pensamientos que corrieran en libertad, le habían
traído sus pies a aquel mismo sitio. Precisamente, había iniciado su Diario para librarse
de impulsos suicidas como aquél. Al mismo tiempo, notó que aunque eran las veintiuna
seguía abierta la tienda. Creyendo que sería más prudente estar oculto dentro de la tienda
que a la vista de todos en medio de la calle, entró. Si le preguntaban podía decir que
andaba buscando hojas de afeitar.
El dueño acababa de encender una lámpara de aceite que echaba un olor molesto,
pero tranquilizador. Era un hombre de unos sesenta años, de aspecto frágil, y un poco
encorvado, con una nariz larga y simpática y ojos de suave mirar a pesar de las gafas de
gruesos cristales. Su cabello era casi blanco, pero las cejas, muy pobladas, se
conservaban negras. Sus gafas, sus movimientos acompañados y el hecho de que
llevaba una vieja chaqueta de terciopelo negro le daban un cierto aire intelectual como si
hubiera sido un hombre de letras o quizás un músico. De voz suave, algo apagada, tenía
un acento menos marcado que la mayoría de los proles.
- Le reconocí a usted cuando estaba ahí fuera parado - dijo inmediatamente. Usted es
el caballero que me compró aquel álbum para regalárselo, seguramente, a alguna
señorita. Era de muy buen papel. «Papel crema» solían llamarle. Por lo menos hace
cincuenta años que no se ha vuelto a fabricar un papel como ése - miró a Winston por
encima de sus gafas. ¿Puedo servirle en algo especial? ¿O sólo quería usted echar un
vistazo?
- Pasaba por aquí - dijo Winston vagamente. He entrado a mirar estas cosas. No deseo
nada concreto.
- Me alegro - dijo el otro - porque no creo que pudiera haberle servido. - Hizo un gesto
de disculpa con su fina mano derecha -. Ya ve usted; la tienda está casi vacía. Entre
nosotros, le diré que el negocio de antigüedades está casi agotado. Ni hay clientes ni
disponemos de género. Los muebles, los objetos de porcelana y de cristal... todo eso ha
ido desapareciendo poco a poco, y los hierros artísticos y demás metales han sido
fundidos casi en su totalidad. No he vuelto a ver un candelabro de bronce desde hace
muchos años.
En efecto, el interior de la pequeña tienda estaba atestado de objetos, pero casi
ninguno de ellos tenía el más pequeño valor. Había muchos cuadros que cubrían por
completo las paredes. En el escaparate se exhibían portaplumas rotos, cinceles mellados,
relojes mohosos que no pretendían funcionar y otras baratijas. Sólo en una mesita de un
rincón había algunas cosas de interés: cajitas de rapé, broches de ágata, etc. Al
acercarse Winston a esta mesa le sorprendió un objeto redondo y brillante que cogió para
examinarlo.
Era un trozo de cristal en forma de hemisferio. Tenía una suavidad muy especial, tanto
por su color como por la calidad del cristal. En su centro, aumentado por la superficie
curvada, se veía un objeto extraño que recordaba a una rosa o una anémona.
- ¿Qué es esto? - dijo Winston, fascinado.
- Eso es coral - dijo el hombre -. Creo que procede del Océano Indico. Solían
engarzarlo dentro de una cubierta de cristal. Por lo menos hace un siglo que lo hicieron.
Seguramente más, a juzgar por su aspecto.
- Es de una gran belleza - dijo Winston.
- De una gran belleza, sí, señor - repitió el otro con tono de entendido -. Pero hoy día
no hay muchas personas que lo sepan reconocer - carraspeó -. Si usted quisiera
comprarlo, le costaría cuatro dólares. Recuerdo el tiempo en que una cosa como ésta
costaba ocho libras, y ocho libras representaban... en fin, no sé exactamente cuánto;
desde luego, muchísimo dinero. Pero ¿quién se preocupa hoy por las antigüedades
auténticas, por las pocas que han quedado?
Winston pagó inmediatamente los cuatro dólares y se guardó el codiciado objeto en el
bolsillo. Lo que le atraía de él no era tanto su belleza como el aire que tenía de pertenecer
a una época completamente distinta de la actual. Aquel cristal no se parecía a ninguno de
los que él había visto. Era de una suavidad extraordinaria, con reflejos acuosos. Era el
coral doblemente atractivo por su aparente inutilidad, aunque Winston pensó que en
tiempos lo habían utilizado como pisapapeles. Pesaba mucho, pero afortunadamente, no
le abultaba demasiado en el bolsillo. Para un miembro del Partido era comprometedor
llevar una cosa como aquélla. Todo lo antiguo, y mucho más lo que tuviera alguna
belleza, resultaba vagamente sospechoso. El dueño de la tienda pareció alegrarse mucho
de cobrar los cuatro dólares. Winston comprendió que se habría contentado con tres e
incluso con dos.
- Arriba tengo otra habitación que quizás le interesara a usted ver - le propuso -. No hay
gran cosa en ella, pero tengo dos o tres piezas... Llevaremos una luz.
Encendió otra lámpara y agachándose subió lentamente por la empinada escalera, de
peldaños medio rotos. Luego entraron por un pasillo estrecho siguiendo hasta una
habitación que no daba a la calle, sino a un patio y a un bosque de chimeneas. Winston
notó que los muebles estaban dispuestos como si fuera a vivir alguien en el cuarto. Había
una alfombra en el suelo, un cuadro o dos en las paredes, y un sillón junto a la chimenea.
Un antiguo reloj de cristal, en cuya esfera figuraban las doce horas, estilo antiguo, emitía
su tic-tac desde la repisa de la chimenea. Bajo la ventana y ocupando casi la cuarta parte
de la estancia había una enorme cama con el colchón descubierto.
- Aquí vivíamos hasta que murió mi mujer - dijo el vendedor disculpándose. Voy
vendiendo los muebles poco a poco. Ésa es una preciosa cama de caoba. Lo malo son
las chinches. Si hubiera manera de acabar con ellas...
Sostenía la lámpara lo más alto posible para iluminar toda la habitación y a su débil luz
resultaba aquel sitio muy acogedor. A Winston se le ocurrió pensar que sería muy fácil
alquilar este cuarto por unos cuantos dólares a la semana si se decidiera a correr el
riesgo. Era una idea descabellada, desde luego, pero el dormitorio había despertado en él
una especie de nostalgia, un recuerdo ancestral. Le parecía saber exactamente lo que se
experimentaba al reposar en una habitación como aquélla, hundido en un butacón junto al
fuego de la chimenea mientras se calentaba la tetera en las brasas. Allí solo,
completamente seguro, sin nadie más que le vigilara a uno, sin voces que le persiguieran
ni más sonido que el murmullo de la tetera y el amable tic-tac del reloj.
- ¡No hay telepantalla! - se le escapó en voz baja.
- Ah - dijo el hombre. Nunca he tenido esas cosas. Son demasiado caras. Además no
veo la necesidad... Fíjese en esa mesita de aquella esquina. Aunque, naturalmente,
tendría usted que poner nuevos goznes si quisiera utilizar las alas.
En otro rincón había una pequeña librería. Winston se apresuró a examinarla. No había
ningún libro interesante en ella. La caza y destrucción de libros se había realizado de un
modo tan completo en los barrios proles como en las casas del Partido y en todas partes.
Era casi imposible que existiera en toda Oceanía un ejemplar de un libro impreso antes de
1960. El vendedor, sin dejar la lámpara, se había detenido ante un cuadrito enmarcado en
palo rosa, colgado al otro lado de la chimenea, frente a la cama.
- Si le interesan a usted los grabados antiguos... - propuso delicadamente.
Winston se acercó para examinar el cuadro. Era un grabado en acero de un edificio
ovalado con ventanas rectangulares y una pequeña torre en la fachada. En torno al
edificio corría una verja y al fondo se veía una estatua. Winston la contempló unos
momentos. Le parecía algo familiar, pero no podía recordar la estatua.
- El marco está clavado en la pared - dijo el otro -, pero podría destornillarlo si usted lo
quiere.
- Conozco ese edificio - dijo Winston por fin -. Está ahora en ruinas, cerca del Palacio
de Justicia.
- Exactamente. Fue bombardeado hace muchos años. En tiempos fue una iglesia. Creo
que la llamaban San Clemente. - Sonrió como disculpándose por haber dicho algo ridículo
y añadió -. «Naranjas y limones, dicen las campanas de San Clemente».
- ¿Cómo? - dijo Winston.
- Es de unos versos que yo sabía de pequeño. Empezaban: «Naranjas y limones, dicen
las campanas de San Clemente». Ya no recuerdo cómo sigue. Pero sí me acuerdo de la
terminación: «Aquí tienes una vela para alumbrarte cuando te vayas a acostar. Aquí
tienes un hacha para cortarte la cabeza». Era una especie de danza. Unos tendían los
brazos y otros pasaban por dentro y cuando llegaban a aquello de
«He aquí el hacha para cortarte la cabeza», bajaban los brazos y le cogían a uno. La
canción estaba formada por los nombres de varias iglesias, de todas las principales que
había en Londres.
Winston se preguntó a qué siglo pertenecerían las iglesias. Siempre era difícil
determinar la edad de un edificio de Londres. Cualquier construcción de gran tamaño e
impresionante aspecto, con tal de que no se estuviera derrumbando de puro vieja, se
decía automáticamente que había sido construida después de la Revolución, mientras
que todo lo anterior se adscribía a un oscuro período llamado la Edad Media. Los siglos
de capitalismo no habían producido nada de valor. Era imposible aprender historia a
través de los monumentos y de la arquitectura. Las estatuas, inscripciones, lápidas, los
nombres de las calles, todo lo que pudiera arrojar alguna luz sobre el pasado, había sido
alterado sistemáticamente.
- No sabía que había sido una iglesia - dijo Winston.
- En realidad, hay todavía muchas de ellas aunque se han dedicado a otros fines - le
aclaró el dueño de la tienda -. Ahora recuerdo otro verso:
Naranjas y limones, dicen las campanas de San Clemente, me debes tres peniques,
dicen las campanas de San Martín.
No puedo recordar más versos.
- ¿Dónde estaba San Martín? - dijo Winston.
- ¿San Martín? Está todavía en pie. Sí, en la Plaza de la Victoria, junto al Museo de
Pinturas. Es una especie de porche triangular con columnas y grandes escalinatas.
Winston conocía bien aquel lugar. El edificio se usaba para propaganda de varias
clases: exposiciones de maquetas de bombas cohete y de fortalezas volantes, grupos de
figuras de cera que ilustraban las atrocidades del enemigo y cosas por el estilo.
- San Martín de los Campos, como le llamaban - aclaró el otro -, aunque no recuerdo
que hubiera campos por esa parte.
Winston no compró el cuadro. Hubiera sido una posesión aún más incongruente que el
pisapapeles de cristal e imposible de llevar a casa a no ser que le hubiera quitado el
marco. Pero se quedó unos minutos más hablando con el dueño, cuyo nombre no era
Weeks - como él había supuesto por el rótulo de la tienda -, sino Charrington. El señor
Charrington era viudo, tenía sesenta y tres años y había habitado en la tienda desde
hacía treinta. En todo este tiempo había pensado cambiar el nombre que figuraba en el
rótulo, pero nunca había llegado a convencerse de la necesidad de hacerlo. Durante toda
su conversación, la canción medio recordada le zumbaba a Winston en la cabeza.
Naranjas y limones, dicen las campanas de San Clemente, me debes tres peniques, dicen
las campanas de San Martín. Era curioso que al repetirse esos versos tuviera la
sensación de estar oyendo campanas, las campanas de un Londres desaparecido o que
existía en alguna parte. Winston, sin embargo, no recordaba haber oído campanas en su
vida.
Salió de la tienda del señor Charrington. Se había adelantado a él desde el piso de
arriba. No quería que lo acompañase hasta la puerta para que no se diera cuenta de que
reconocía la calle por si había alguien. En efecto, había decidido volver a visitar la tienda
cuando pasara un tiempo prudencial; por ejemplo, un mes. Después de todo, esto no era
más peligroso que faltar una tarde al Centro. Lo más arriesgado había sido volver
después de comprar el Diario sin saber si el dueño de la tienda era de fiar. Sin embargo...
Sí, pensó otra vez, volvería. Compraría más objetos antiguos y bellos. Compraría el
grabado de San Clemente y se lo llevaría a casa sin el marco escondiéndolo debajo del
«mono». Le haría recordar al señor Charrington el resto de aquel poema. Incluso el
desatinado proyecto de alquilar la habitación del primer piso, le tentó de nuevo. Durante
unos cinco segundos, su exaltación le hizo imprudente y salió a la calle sin asegurarse
antes por el escaparate de que no pasaba nadie. Incluso empezó a tararear con música
improvisada.
Naranjas y limones, dicen las campanas de San Clemente, me debes tres peniques,
dicen las...
De pronto pareció helársele el corazón y derretírsele las entrañas. Una figura en
«mono» azul avanzaba hacia él a unos diez metros de distancia. Era la muchacha del
Departamento de Novela, la joven del cabello negro. Anochecía, pero podía reconocerla
fácilmente. Ella lo miró directamente a la cara y luego apresuró el paso y pasó junto a él
como si no lo hubiera visto.
Durante unos cuantos segundos, Winston quedó paralizado. Luego torció a la derecha
y anduvo sin notar que iba en dirección equivocada. De todos modos, era evidente que la
joven lo espiaba. Tenía que haberío seguido hasta allí, pues no podía creerse que por
pura casualidad hubiera estado paseando en la misma tarde por la misma callejuela
oscura a varios kilómetros de distancia de todos los barrios habitados por los miembros
del Partido. Era una coincidencia demasiado grande. Que fuera una agente de la Policía
del Pensamiento o sólo una espía aficionada que actuase por oficiosidad, poco importaba.
Bastaba con que estuviera viéndolo. Probablemente, lo había visto también en la taberna.
Le costaba gran trabajo andar. El pisapapeles de cristal que llevaba en el bolsillo le
golpeaba el muslo a cada paso y estuvo tentado de arrojarlo muy lejos. Lo peor era que le
dolía el vientre. Por unos instantes tuvo la seguridad de que se moriría si no encontraba
en seguida un retrete público, Pero en un barrio como aquél no había tales comodidades.
Afortunadamente, se le pasaron esas angustias quedándole sólo un sordo dolor.
La calle no tenía salida. Winston se detuvo, preguntándose qué haría. Mas hizo lo
único que le era posible, volver a recorrería hasta la salida. Sólo hacía tres minutos que la
joven se había cruzado con él, y si corría, podría alcanzarla. Podría seguirla hasta algún
sitio solitario y romperle allí el cráneo con una piedra. Le bastaría con el pisapapeles. Pero
abandonó en seguida esta idea, ya que le era intolerable realizar un esfuerzo físico. No
podía correr ni dar el golpe. Además, la muchacha era joven y vigorosa y se defendería
bien. Se le ocurrió también acudir al Centro Comunal y estarse allí hasta que cerraran
para tener una coartada de su empleo del tiempo durante la tarde. Pero aparte de que
sería sólo una coartada parcial, el proyecto era imposible de realizar. Le invadió una
mortal laxitud. Sólo quería llegar a casa pronto y descansar.
Eran más de las veintidós cuando regresó al piso. Apagarían las luces a las veintitrés
treinta. Entró en su cocina y se tragó casi una taza de ginebra de la Victoria. Luego se
dirigió a la mesita, sentóse y sacó el Diario del cajón. Pero no lo abrió en seguida. En la
telepantalla una violenta voz femenina cantaba una canción patriótica a grito pelado.
Observó la tapa del libro intentando inútilmente no prestar atención a la voz.
Las detenciones no eran siempre de noche. Lo mejor era matarse antes de que lo
cogieran a uno. Algunos lo hacían. Muchas de las llamadas desapariciones no eran más
que suicidios. Pero hacía falta un valor desesperado para matarse en un mundo donde las
armas de fuego y cualquier veneno rápido y seguro eran imposibles de encontrar. Pensó
con asombro en la inutilidad biológica del dolor y del miedo, en la traición del cuerpo
humano, que siempre se inmoviliza en el momento exacto en que es necesario realizar
algún esfuerzo especial. Podía haber eliminado a la muchacha morena sólo con haber
actuado rápida y eficazmente; pero precisamente por lo extremo del peligro en que se
hallaba había perdido la facultad de actuar. Le sorprendió que en los momentos de crisis
no estemos luchando nunca contra un enemigo externo, sino siempre contra nuestro
propio cuerpo. Incluso ahora, a pesar de la ginebra, la sorda molestia de su vientre le
impedía pensar ordenadamente. Y lo mismo ocurre en todas las situaciones
aparentemente heroicas o trágicas. En el campo de batalla, en la cámara de las torturas,
en un barco que naufraga, se olvida siempre por qué se debate uno ya que el cuerpo
acaba llenando el universo, e incluso cuando no estamos paralizados por el miedo o
chillando de dolor, la vida es una lucha de cada momento contra el hambre, el frío o el
insomnio, contra un estómago dolorido o un dolor de muelas.
Abrió el Diario. Era importante escribir algo. La mujer de la telepantalla había
empezado una nueva canción. Su voz se le clavaba a Winston en el cerebro como
pedacitos de vidrio. Procuró pensar en O'Brien, a quien dirigía su Diario, pero en vez de
ello, empezó a pensar en las cosas que le sucederían cuando lo detuviera la Policía del
Pensamiento. No importaba que lo matasen a uno en seguida. Esa muerte era la
esperada. Pero antes de morir (nadie hablaba de estas cosas aunque nadie las ignoraba)
había que pasar por la rutina de la confesión: arrastrarse por el suelo, gritar pidiendo
misericordia, el chasquido de los huesos rotos, los dientes partidos y los mechones
ensangrentados de pelo. ¿Para qué sufrir todo esto si el fin era el mismo? ¿Por qué no
ahorrarse todo esto? Nadie escapaba a la vigilancia ni dejaba de confesar. El culpable de
crimental estaba completamente seguro de que lo matarían antes o después. ¿Para qué,
pues, todo ese horror que nada alteraba?
Por fin, consiguió evocar la imagen de O'Brien. «Nos encontraremos en el sitio donde
no hay oscuridad», le había dicho O'Brien en el sueño. Winston sabía lo que esto
significaba, o se figuraba saberlo. El lugar donde no hay oscuridad era el futuro
imaginado, que nunca se vería; pero, por adivinación, podría uno participar en él
místicamente. Con la voz de la telepantalla zumbándole en los oídos no podía pensar con
ilación. Se puso un cigarrillo en la boca. La mitad del tabaco se le cayó en la lengua, un
polvillo amargo que luego no se podía escupir. El rostro del Gran Hermano flotaba en su
mente desplazando al de O'Brien. Lo mismo que había hecho unos días antes, se sacó
una moneda del bolsillo y la contempló. El rostro le miraba pesado, tranquilo, protector.
Pero, ¿qué clase de sonrisa se escondía bajo el oscuro bigote? Las palabras de las
consignas martilleaban el cerebro de Winston:

LA GUERRA ES LA PAZ
LA LIIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
LA IGNORANCIA ES LA FUERZA

SEGUNDA PARTE

CAPITULO I

A media mañana, Winston salió de su cabina para ir a los lavabos.


Una figura solitaria avanzaba hacia él desde el otro extremo del largo pasillo
brillantemente iluminado. Era la muchacha morena. Habían pasado cuatro días desde la
tarde en que se la había encontrado cerca de la tienda. Al acercarse, vio Winston que la
joven llevaba en cabestrillo el brazo derecho. De lejos no se había fijado en ello porque
las vendas tenían el mismo color que el «mono». Probablemente, se habría aplastado la
mano para hacer girar uno de los grandes calidoscopios donde se fabricaban los
argumentos de las novelas. Era un accidente que ocurría con frecuencia en el
Departamento de Novela.
Estaban separados todavía por cuatro metros cuando la joven dio un traspié y se cayó
de cara al suelo exhalando un grito de dolor. Por lo visto, había caído sobre el brazo
herido. Winston se paró en seco. La muchacha logró ponerse de rodillas. Tenía la cara
muy pálida y los labios, por contraste, más rojos que nunca. Clavó los ojos en Winston
con una expresión desolada que más parecía de miedo que de dolor.
Una curiosa emoción conmovió a Winston. Frente a él tenía a la enemiga que
procuraba su muerte. Frente a él, también, había una criatura humana que sufría y que
quizás se hubiera partido el hueso de la nariz. Se acercó a ella instintivamente, para
ayudarla. Winston había sentido el dolor de ella en su propio cuerpo al verla caer con el
brazo vendado.
- ¿Estás herida? - le dijo.
- No es nada. El brazo. Estaré bien en seguida.
Hablaba como si le saltara el corazón. Estaba temblando y palidísima.
- ¿No te has roto nada?
- No, estoy bien. Me dolió un momento nada más.
Le tendió a Winston su mano libre y él la ayudó a levantarse. Le había vuelto algo de
color y parecía hallarse mucho mejor.
- No ha sido nada - repitió poco después -. Lo que me dolió fue la muñeca. ¡Gracias,
camarada?
Y sin más, continuó en la dirección que traía con paso tan vivo como si realmente no le
hubiera sucedido nada. El incidente no había durado más de medio minuto. Era un hábito
adquirido por instinto ocultar los sentimientos, y además cuando ocurrió aquello se
hallaban exactamente delante de una telepantalla. Sin embargo, a Winston le había sido
muy difícil no traicionarse y manifestar una sorpresa momentánea, pues en los dos o tres
segundos en que ayudó a la joven a levantarse, ésta le había deslizado algo en la mano.
Evidentemente, lo había hecho a propósito. Era un pequeño papel doblado. Al pasar por
la puerta de los lavabos, se lo metió en el bolsillo.
Mientras estuvo en el urinario, se las arregló para desdoblarlo dentro del bolsillo. Desde
luego, tenía que haber algún mensaje en ese papel. Estuvo tentado de entrar en uno de
los waters y leerlo allí. Pero eso habría sido una locura. En ningún sitio vigilaban las
telepantallas con más interés que en los retretes.
Volvió a su cabina -, sentóse, arrojó el pedazo de papel entre los demás de encima de
la mesa, se puso las gafas y se acercó al hablescribe. «¡Todavía cinco minutos! se dijo a
sí mismo -, ¡por lo menos cinco minutos!». Le galopaba el corazón en el pecho con
aterradora velocidad. Afortunadamente, el trabajo que estaba realizando era de simple
rutina - la rectificación de una larga lista de números - y no necesitaba fijar la atención.
Las palabras contenidas en el papel tendrían con toda seguridad un significado político.
Había dos posibilidades. calculaba Winston. Una, la más probable, era que la chica fuera
un agente de la Policía del Pensamiento, como él temía. No sabía por qué empleaba la
Policía del Pensamiento ese procedimiento para entregar sus mensajes, pero podía tener
sus razones para ello. Lo escrito en el papel podía ser una amenaza, una orden de
suicidarse, una trampa... Pero había otra posibilidad, aunque Winston trataba de
convencerse de que era una locura: que este mensaje no viniera de la Policía del
Pensamiento, sino de alguna organización clandestina. ¡Quizás existiera una Hermandad!
¡Quizás fuera aquella muchacha uno de sus miembros! La idea era absurda, pero se le
había ocurrido en el mismo instante en que sintió el roce del papel en su mano. Hasta
unos minutos después no pensó en la otra posibilidad, mucho más sensata. E incluso
ahora, aunque su cabeza le decía que el mensaje significaría probablemente la muerte,
no acababa de creerlo y persistía en él la disparatada esperanza. Le latía el corazón y le
costaba un gran esfuerzo conseguir que no le temblara la voz mientras murmuraba las
cantidades en el hablescribe.
Cuando terminó, hizo un rollo con sus papeles y los introdujo en el tubo neumático.
Habían pasado ocho minutos. Se ajustó las gafas sobre la nariz, suspiró y se acercó el
otro montón de hojas que había de examinar. Encima estaba el papelito doblado. Lo
desdobló; en él había escritas estas palabras con letra impersonal:
Te quiero.
Winston se quedó tan estupefacto que ni siquiera tiró aquella prueba delictiva en el
«agujero de la memoria». Cuando por fin, reaccionando, se dispuso a hacerlo, aunque
sabía muy bien cuánto peligro había en manifestar demasiado interés por algún papel
escrito, volvió a leerlo antes para convencerse de que no había soñado.
Durante el resto de la mañana, le fue muy difícil trabajar. Peor aún que fijar su mente
sobre las tareas habituales, era la necesidad de ocultarle a la telepantalla su agitación
interior. Sintió como si le quemara un fuego en el estómago. La comida en la atestada y
ruidosa cantina le resultó un tormento. Había esperado hallarse un rato solo durante el
almuerzo, pero tuvo la mala suerte de que el imbécil de Parsons se le colocara a su lado y
le soltara una interminable sarta de tonterías sobre los preparativos para la Semana del
Odio. Lo que más le entusiasmaba a aquel simple era un modelo en cartón de la cabeza
del Gran Hermano, de dos metros de anchura, que estaban preparando en el grupo de
espías al que pertenecía la niña de Parsons. Lo más irritante era que Winston apenas
podía oír lo que decía Parsons y tenía que rogarle constantemente que repitiera las
estupideces que acababa de decir. Por un momento, divisó a la chica morena, que estaba
en una mesa con otras dos compañeras al otro extremo de la estancia. Pareció no verle y
él no volvió a mirar en aquella dirección.
La tarde fue más soportable. Después de comer recibió un delicado y difícil trabajo que
le había de ocupar varias horas y acaparar su atención. Consistía en falsificar una serie
de informes de producción de dos años antes con objeto de desacreditar a un prominente
miembro del Partido Interior que empezaba a estar mal - visto. Winston servía para estas
cosas y durante más de dos horas logró apartar a la joven de su mente. Entonces le
volvió el recuerdo de su cara y sintió un rabioso e intolerable deseo de estar solo. Porque
necesitaba la soledad para pensar a fondo en sus nuevas circunstancias. Aquella noche
era una de las elegidas por el Centro Comunal para sus reuniones. Tomó una cena
temprana - otra insípida comida - en la cantina, se marchó al Centro a toda prisa, participó
en las solemnes tonterías de un «grupo de polemistas», jugó dos veces al tenis de mesa,
se tragó varios vasos de ginebra y soportó durante una hora la conferencia titulada «Los
principios de Ingsoc en el juego de ajedrez». Su alma se retorcía de puro aburrimiento,
pero por primera vez no sintió el menor impulso de evitarse una tarde en el Centro. A la
vista de las palabras Te quiero, el deseo de seguir viviendo le dominaba y parecía tonto
exponerse a correr unos riesgos que podían evitarse tan fácilmente. Hasta las veintitrés,
cuando ya estaba acostado en la oscuridad, donde estaba uno libre hasta de la
telepantalla con tal de no hacer ningún ruido - no pudo dejar fluir libremente sus
pensamientos.
Se trataba de un problema físico que había de ser resuelta, cómo ponerse en relación
con la muchacha y preparar una cita. No creía ya posible que la joven le estuviera
tendiendo una trampa. Estaba seguro de que no era así por la inconfundible agitación que
ella no había podido ocultar al entregarle el papelito. Era evidente que estaba
asustadísima, y con motivo sobrado. A Winston no le pasó siquiera por la cabeza la idea
de rechazar a la muchacha. Sólo hacía cinco noches que se había propuesto romperle el
cráneo con una piedra. Pero lo mismo daba. Ahora se la imaginaba desnuda como la
había visto en su ensueño. Se la había figurado idiota como las demás, con la cabeza
llena de mentiras y de odios y el vientre helado. Una angustia febril se apoderó de él al
pensar que pudiera perderla, que aquel cuerpo blanco y juvenil se le escapara. Lo que
más temía era que la muchacha cambiase de idea si no se ponía en relación con ella
rápidamente. Pero la dificultad física de esta aproximación era enorme. Resultaba tan
difícil como intentar un movimiento en el juego de ajedrez cuando ya le han dado a uno el
mate. Adondequiera que fuera uno, allí estaba la telepantalla. Todos los medios posibles
para comunicarse con la joven se le ocurrieron a Winston a los cinco minutos de leer la
nota; pero una vez acostado y con tiempo para pensar bien, los fue analizando uno a uno
como si tuviera esparcidas en una mesa una fila de herramientas para probarlas.
Desde luego, la clase de encuentro de aquella mañana no podía repetirse. Si ella
hubiera trabajado en el Departamento de Registro, habría sido muy sencillo, pero Winston
tenía una idea muy remota de dónde estaba el Departamento de Novela en el edificio del
Ministerio y no tenía pretexto alguno para ir allí. Si hubiera sabido dónde vivía y a qué
hora salía del trabajo, se las habría arreglado para hacerse el encontradizo; pero no era
prudente seguirla a casa ya que esto suponía esperarla delante del Ministerio a la salida,
lo cual llamaría la atención indefectiblemente. En cuanto a mandar una carta por correo,
sería una locura. Ni siquiera se ocultaba que todas las cartas se abrían, por lo cual casi
nadie escribía ya cartas. Para los mensajes que se necesitaba mandar, había tarjetas
impresas con largas listas de frases y se escogía la más adecuada borrando las demás.
En todo caso, no sólo ignoraba la dirección de la muchacha, sino incluso su nombre.
Finalmente, decidió que el sitio más seguro era la cantina. Si pudiera ocupar una mesa
junto a la de ella hacia la mitad del local, no demasiado cerca de la telepantalla y con el
zumbido de las conversaciones alrededor, le bastaba con treinta segundos para ponerse
de acuerdo con ella.
Durante una semana después, la vida fue para Winston como una pesadilla. Al día
siguiente, la joven no apareció por la cantina hasta el momento en que él se marchaba
cuando ya había sonado la sirena. Seguramente, la habían cambiado a otro turno. Se
cruzaron sin mirarse. Al día siguiente, estuvo ella en la cantina a la hora de costumbre,
pero con otras tres chicas y debajo de una telepantalla. Pasaron tres días insoportables
para Winston, en que no la vio en la cantina. Tanto su espíritu como su cuerpo habían
adquirido una hipersensibilidad que casi le imposibilitaba para hablar y moverse. Incluso
en sueños no podía librarse por completo de aquella imagen. Durante aquellos días no
abrió su Diario. El único alivio lo encontraba en el trabajo; entonces conseguía olvidarla
durante diez minutos seguidos. No tenía ni la menor idea de lo que pudiera haberle
ocurrido y no había que pensar en hacer una investigación. Quizá. la hubieran vaporizado,
quizá se hubiera suicidado o, a lo mejor, la habían trasladado al otro extremo de Oceanía.
La posibilidad a la vez mejor y peor de todas era que la joven, sencillamente, hubiera
cambiado de idea y le rehuyera.
Pero al día siguiente reapareció. Ya no traía el brazo en cabestrillo; sólo una protección
de yeso alrededor de la muñeca. El alivio que sintió al verla de nuevo fue tan grande que
no pudo evitar mirarla directamente durante varios segundos. Al día siguiente, casi logró
hablar con ella. Cuando Winston llegó a la cantina, la encontró sentada a una mesa muy
alejada de la pared. Estaba completamente sola. Era temprano y había poca gente. La
cola avanzó hasta que Winston se encontró casi junto al mostrador, pero se detuvo allí
unos dos minutos a causa de que alguien se quejaba de no haber recibido su pastilla de
sacarina. Pero la muchacha seguía sola cuando Winston tuvo ya servida su bandeja y
avanzaba hacia ella. Lo hizo como por casualidad fingiendo que buscaba un sitio más allá
de donde se encontraba la joven. Estaban separados todavía unos tres metros. Bastaban
dos segundos para reunirse, pero entonces sonó una voz detrás de él: «¡Smith!». Winston
hizo como que no oía. Entonces la voz repitió más alto: «¡Smith!». Era inútil hacerse el
tonto. Se volvió. Un muchacho llamado Wilsher, a quien apenas conocía Winston, le
invitaba sonriente a sentarse en un sitio vacío junto a él. No era prudente rechazar esta
invitación. Después de haber sido reconocido, no podía ir a sentarse junto a una
muchacha sola. Quedaría demasiado en evidencia. Haciendo de tripas corazón, le sonrió
amablemente al muchacho, que le miraba con un rostro beatífico. Winston, como en una
alucinación, se veía a sí mismo partiéndole la cara a aquel estúpido con un hacha. La
mesa donde estaba ella se llenó a los pocos minutos.
Por lo menos, la joven tenía que haberlo visto ir hacia ella y se habría dado cuenta de
su intención. Al día siguiente, tuvo buen cuidado de llegar temprano. Allí estaba ella,
exactamente, en la misma mesa y otra vez sola. La persona que precedía a Winston en la
cola era un hombrecillo nervioso con una cara aplastada y ojos suspicaces. Al alejarse
Winston del mostrador, vio que aquel hombre se dirigía hacia la mesa de ella. Sus
esperanzas se vinieron abajo. Había un sitio vacío una mesa más allá, pero algo en el
aspecto de aquel tipejo le convenció a Winston de que éste no se instalaría en la mesa
donde no había nadie para evitarse la molestia de verse obligado a soportar a los
desconocidos que luego se quisieran sentar allí. Con verdadera angustia, lo siguió
Winston. De nada le serviría sentarse con ella si alguien más los acompañaba. En aquel
momento, hubo un ruido tremendo. El hombrecillo se había caído de bruces y la bandeja
salió volando derramándose la sopa y el café. Se puso en pie y miró ferozmente a
Winston. Evidentemente, sospechaba que éste le había puesto la zancadilla. Pero daba lo
mismo porque poco después, con el corazón galopándole, se instalaba Winston junto a la
muchacha.
No la miró. Colocó en la mesa el contenido de su bandeja y empezó a comer. Era
importantísimo hablar en seguida antes de que alguna otra persona se uniera a ellos.
Pero le invadía un miedo terrible. Había pasado una semana desde que la joven se había
acercado a él. Podía haber cambiado de idea, es decir, tenía que haber cambiado de
idea. Era imposible que este asunto terminara felizmente; estas cosas no suceden en la
vida real, y probablemente no habría llegado a hablarle si en aquel momento no hubiera
visto a Ampleforth, el poeta de orejas velludas, que andaba de un lado a otro buscando
sitio. Era seguro que Ampleforth, que conocía bastante a Winston, se sentaría en su mesa
en cuanto lo viera. Tenía, pues, un minuto para actuar. Tanto él como la muchacha
comían rápidamente. Era una especie de guiso muy caldoso de habas. En voz muy baja,
empezó Winston a hablar. No se miraban. Se llevaban a la boca la comida y entre
cucharada y cucharada se decían las palabras indispensables en voz baja e inexpresivo.
- ¿A qué hora sales del trabajo? - Dieciocho treinta.
- ¿Dónde podemos vernos?
- En la Plaza de la Victoria, cerca del Monumento.
- Hay muchas telepantallas allí.
- No importa, porque hay mucha circulación.
- ¿Alguna señal?
- No. No te acerques hasta que no me veas entre mucha gente. Y no me mires. Sigue
andando cerca de mí.
- ¿A qué hora?
- A las diecinueve.
- Muy bien.
Ampleforth no vio a Winston y se sentó en otra mesa. No volvieron a hablar y, en lo
humanamente posible entre dos personas sentadas una frente a otra y en la misma mesa,
no se miraban. La joven acabó de comer a toda velocidad y se marchó. Winston se quedó
fumando un cigarrillo.
Antes de la hora convenida estaba Winston en la Plaza de la Victoria. Dio vueltas en
torno a la enorme columna en lo alto de la cual la estatua del Gran Hermano miraba hacia
el Sur, hacia los cielos donde había vencido a los aviones eurasiáticos (pocos años antes,
los vencidos fueron los aviones de Asia Oriental), en la batalla de la Primera Franja Aérea.
En la calle de enfrente había una estatua ecuestre cuyo jinete representaba, según
decían, a Oliver Cromwell. Cinco minutos después de la hora que fijaron, aún no se había
presentado la muchacha. Otra vez le entró a Winston un gran pánico. ¡No venía! ¡Había
cambiado de idea! Se dirigió lentamente hacia el norte de la plaza y tuvo el placer de
identificar la iglesia de San Martín, cuyas campanas - cuando existían - habían cantado
aquello de «me debes tres peniques». Entonces vio a la chica parada al pie del
monumento, leyendo o fingiendo que leía un cartel arrollado a la columna en espiral. No
era prudente acercarse a ella hasta que se hubiera acumulado más gente. Había
telepantallas en todo el contorno del monumento. Pero en aquel mismo momento se
produjo una gran gritería y el ruido de unos vehículos pesados que venían por la
izquierda. De pronto, todos cruzaron corriendo la plaza. La joven dio la vuelta ágilmente
junto a los leones que formaban la base del monumento y se unió a la desbandada.
Winston la siguió. Al correr, le oyó decir a alguien que un convoy de prisioneros
eurasiáticos pasaba por allí cerca.
Una densa masa de gente. bloqueaba el lado sur de la plaza. Winston, que
normalmente era de esas personas que rehuyen todas las aglomeraciones, se esforzaba
esta vez, a codazos y empujones, en abrirse paso hasta el centro de la multitud. Pronto
estuvo a un paso de la joven, pero entre los dos había un corpulento prole y una mujer
casi tan enorme como él, seguramente su esposa. Entre los dos parecían formar un
impenetrable muro de carne. Winston se fue metiendo de lado y, con un violento empujón,
logró meter entre la pareja su hombro. Por un instante creyó que se le deshacían las
entrañas aplastadas entre las dos caderas forzudas. Pero, con un esfuerzo supremo,
sudoroso, consiguió hallarse por fin junto a la chica. Estaban hombro con hombro y
ambos miraban fijamente frente a ellos.
Una caravana de camiones, con soldados de cara pétrea armados con fusiles
ametralladoras, pasaban calle abajo. En los camiones, unos hombres pequeños de tez
amarilla y harapientos uniformes verdosos formaban una masa compacta tan apretados
como iban. Sus tristes caras mongólicas miraban a la gente sin la menor curiosidad. De
vez en cuando se oían ruidos metálicos al dar un brinco alguno de los camiones. Este
ruido lo producían los grilletes que llevaban los prisioneros en los pies. Pasaron muchos
camiones con la misma carga y los mismos rostros indiferentes. Winston conocía de
sobra el contenido, pero sólo podía verlos intermitentemente. La muchacha apoyaba el
hombro y el brazo derecho, hasta el codo, contra el costado de Winston. Sus mejillas
estaban tan próximas que casi se tocaban. Ella se había puesto inmediatamente a tono
con la situación lo mismo que lo había hecho en la cantina. Empezó a hablar con la
misma voz inexpresivo, moviendo apenas los labios. Era un leve murmullo apagado por
las voces y el estruendo del desfile.
- ¿Me oyes?
- Sí.
- ¿Puedes salir el domingo?
- Sí.
- Entonces escucha bien. No lo olvides. Irás a la estación de Paddington...
Con una precisión casi militar que asombró a Winston, la chica le fue describiendo la
ruta que había de seguir: un viaje de media hora en tren; torcer luego a la izquierda al salir
de la estación; después de dos kilómetros por carretera y, al llegar a un portillo al que le
faltaba una barra, entrar por él y seguir por aquel sendero cruzando hasta una extensión
de césped; de allí partía una vereda entre arbustos; por fin, un árbol derribado y cubierto
de musgo. Era como si tuviese un mapa dentro de la cabeza.
- ¿Te acordarás? - murmuró al terminar sus indicaciones.
- Sí.
- Tuerces a la izquierda, luego a la derecha y otra vez a la izquierda. Y al portillo le falta
una barra.
- Sí. ¿A qué hora?
- Hacia las quince. A lo mejor tienes que esperar. Yo llegaré por otro camino. ¿Te
acordarás bien de todo?
- Sí.
- Entonces, márchate de mi lado lo más pronto que puedas.
No necesitaba habérselo dicho. Pero, por lo pronto, no se podía mover. Los camiones
no dejaban de pasar y la gente no se cansaba de expresar su entusiasmo. Aunque es
verdad que solamente lo expresaban abriendo la boca en señal de estupefacción. Al
Principio había habido algunos abucheos y silbidos, pero procedían sólo de los miembros
del Partido y pronto cesaron. La emoción dominante era sólo la curiosidad. Los
extranjeros, ya fueran de Eurasia o de Asia Oriental, eran como animales raros. No había
manera de verlos, sino como prisioneros; e incluso como prisioneros no era posible verlos
más que unos segundos. Tampoco se sabía qué hacían con ellos aparte de los
ejecutados públicamente como criminales de guerra. Los demás se esfumaban,
seguramente en los campos de trabajos forzados. Los redondos rostros mongólicos
habían dejado paso a los de tipo más europeo, sucios, barbudos y exhaustos. Por encima
de los salientes pómulos, los ojos de algunos miraban a los de Winston con una extraña
intensidad y pasaban al instante. El convoy se estaba terminando. En el último camión vio
Winston a un anciano con la cara casi oculta por una masa de cabello, muy erguido y con
los puños cruzados sobre el pecho. Daba la sensación de estar acostumbrado a que lo
ataran. Era imprescindible que Winston y la chica se separaran ya. Pero en el último
momento, mientras que la multitud los seguía apretando el uno contra el otro, ella le cogió
la mano y se la estrechó.
No habría durado aquello más de diez segundos y, sin embargo, parecía que sus
manos habían estado unidas durante una eternidad. Por lo menos, tuvo Winston tiempo
sobrado para aprenderse de memoria todos los detalles de aquella mano de mujer.
Exploró sus largos dedos, sus uñas bien formadas, la palma endurecida por el trabajo con
varios callos y la suavidad de la carne junto a la muñeca. Sólo con verla la habría
reconocido, entre todas las manos. En ese instante se le ocurrió que no sabía de qué
color tenía ella los ojos. Probablemente, castaños, pero también es verdad que mucha
gente de cabello negro tienen ojos azules. Volver la cabeza y mirarla hubiera sido una
imperdonable locura. Mientras había durado aquel apretón de manos invisible entre la
presión de tanta gente, miraban ambos impasibles adelante y Winston, en vez de los ojos
de ella, contempló los del anciano prisionero que lo miraban con tristeza por entre sus
greñas de pelo.

CAPITULO II

Winston emprendió la marcha por el campo. El aire parecía besar la piel. Era el
segundo día de mayo. Del corazón del bosque venía el arrullo de las palomas. Era un
poco pronto. El viaje no le había presentado dificultades y la muchacha era tan
experimentada que le infundía a Winston una gran seguridad. Confiaba en que ella sabría
escoger un sitio seguro. En general, no podía decirse que se estuviera más seguro en el
campo que en Londres. Desde luego, no había telepantallas, pero siempre quedaba el
peligro de los micrófonos ocultos que recogían vuestra voz y la reconocían. Además, no
era fácil viajar individualmente sin llamar la atención. Para distancias de menos de cien
kilómetros no se exigía visar los pasaportes, pero a veces vigilaban patrullas alrededor de
la estaciones de ferrocarril y examinaban los documentos de todo miembro del Partido al
que encontraran y le hacían difíciles preguntas. Sin embargo, Winston tuvo la suerte de
no encontrar patrullas y desde que salió de la estación se aseguró, mirando de vez en
cuando cautamente hacia atrás, de que no lo seguían. El tren iba lleno de proles con aire
de vacaciones, quizá porque el tiempo parecía de verano. El vagón en que viajaba
Winston llevaba asientos de madera y su compartimiento estaba ocupado casi por
completo con una única familia, desde la abuela, muy vieja y sin dientes, hasta un niño de
un mes. Iban a pasar la tarde con unos parientes en el campo y, como le explicaron con
toda libertad a Winston, para adquirir un poco de mantequilla en el mercado negro.
Por fin, llegó a la vereda que le había dicho ella y siguió por allí entre los arbustos. No
tenía reloj, pero no podían ser todavía las quince. Había tantas flores silvestres, que le era
imposible no pisarlas. Se arrodilló y empezó a coger algunas, en parte por echar algún
tiempo fuera y también con la vaga idea de reunir un ramillete para ofrecérselo a la
muchacha. Pronto formó un gran ramo y estaba oliendo su enfermizo aroma cuando se
quedó helado al oír el inconfundible crujido de unos pasos tras él sobre las ramas secas.
Siguió cogiendo florecillas. Era lo mejor que podía hacer. Quizá fuese la chica, pero
también pudieran haberío seguido. Mirar para atrás era mostrarse culpable. Todavía le dio
tiempo de coger dos flores más. Una mano se le posó levemente sobre el hombro.
Levantó la cabeza. Era la muchacha. Ésta volvió la cabeza para prevenirle de que
siguiera callado, luego apartó las ramas de los arbustos para abrir paso hacia el bosque.
Era evidente que había estado allí antes, pues sus movimientos eran los de una persona
que tiene la costumbre de ir siempre por el mismo sitio. Winston la siguió sin soltar su
ramo de flores. Su primera sensación fue de alivio, pero mientras contemplaba el cuerpo
femenino, esbelto y fuerte a la vez, que se movía ante él, y se fijaba en el ancho cinturón
rojo, lo bastante apretado para hacer resaltar la curva de sus caderas, empezó a sentir su
propia inferioridad. Incluso ahora le parecía muy probable que cuando ella se volviera y lo
mirara, lo abandonaría. La dulzura del aire y el verdor de las hojas lo hechizaban. Ya
cuando venía de la estación, el sol de mayo le había hecho sentirse sucio y gastado, una
criatura de puertas adentro que llevaba pegado a la piel el polvo de Londres. Se le ocurrió
pensar que hasta ahora no lo había visto ella de cara a plena luz. Llegaron al árbol
derribado del que la joven había hablado. Esta saltó por encima del tronco y, separando
las grandes matas que lo rodeaban, pasó a un pequeño claro. Winston, al seguirla, vio
que el pequeño espacio estaba rodeado todo por arbustos y oculto por ellos. La
muchacha se detuvo y, volviéndose hacia él, le dijo:
- Ya hemos llegado.
Winston se hallaba a varios pasos de ella. Aún no se atrevía a acercársela más.
- No quise hablar en la vereda - prosiguió ella - por si acaso había algún micrófono
escondido. No creo que lo haya, pero no es imposible. Siempre cabe la posibilidad de que
uno de esos cerdos te reconozcan la voz. Aquí estamos bien.
Todavía le faltaba valor a Winston para acercarse a ella. Por eso, se limitó a repetir
tontamente:
- Estamos bien aquí.
- Sí. Mira los árboles eran unos arbolillos de ramas finísimas -. No hay nada lo bastante
grande para ocultar un micro. Además, ya he estado aquí antes.
Sólo hablaban. Él se había decidido ya a acercarse más a ella. Sonriente, con cierta
ironía en la expresión, la joven estaba muy derecha ante él como preguntándose por qué
tardaba tanto en empezar. El ramo de flores silvestre se había caído al suelo. Winston le
cogió la mano.
- ¿Quieres creer - dijo - que hasta este momento no sabía de qué color tienes los ojos?
- Eran castaños, bastante claros, con pestañas negras -. Ahora que me has visto a plena
luz y cara a cara, ¿puedes soportar mi presencia?
- Sí, bastante bien.
- Tengo treinta y nueve años. Estoy casado y no me puedo librar de mi mujer. Tengo
varices y cinco dientes postizos.
- Todo eso no me importa en absoluto - dijo la muchacha.
Un instante después, sin saber cómo, se la encontró Winston en sus brazos. Al
principio, su única sensación era de incredulidad. El juvenil cuerpo se apretaba contra el
suyo y la masa de cabello negro le daba en la cara y, aunque le pareciera increíble, le
acercaba su boca y él la besaba. Sí, estaba besando aquella boca grande y roja. Ella le
echó los brazos al cuello y empezó a llamarle «querido, amor mío, precioso...». Winston la
tendió en el suelo. Ella no se resistió; podía hacer con ella lo que quisiera. Pero la verdad
era que no sentía ningún impulso físico, ninguna sensación aparte de la del abrazo. Le
dominaban la incredulidad y el orgullo. Se alegraba de que esto ocurriera, pero no tenía
deseo físico alguno. Era demasiado pronto. La juventud y la belleza de aquel cuerpo le
habían asustado; estaba demasiado acostumbrado a vivir sin mujeres. Quizá fuera por
alguna de estas razones o quizá por alguna otra desconocida. La joven se levantó y se
sacudió del cabello una florecilla que se le había quedado prendida en él. Sentóse junto a
él y le rodeó la cintura con su brazo.
- No te preocupes, querido, no hay prisa. Tenemos toda la tarde. ¿Verdad que es un
escondite magnífico? Me perdí una vez en una excursión colectiva y descubrí este lugar.
Si viniera alguien, lo oiríamos a cien metros.
- ¿Cómo te llamas? - dijo Winston.
- Julia. Tu nombre ya lo conozco. Winston... Winston Smith.
- ¿Cómo te enteraste?
- Creo que tengo más habilidad que tú para descubrir cosas, querido. Dime, ¿qué
pensaste de mí antes de darte aquel papelito?
Winston no tuvo ni la menor tentación de mentirle. Era una especie de ofrenda amorosa
empezar confesando lo peor.
- Te odiaba. Quería abusar de ti y luego asesinarle. Hace dos semanas pensé
seriamente romperte la cabeza con una piedra. Si quieres saberlo, te diré que te creía en
relación con la Policía del Pensamiento.
La muchacha se reía encantada, tomando aquello como un piropo por lo bien que se
había disfrazado.
- ¡La Policía del Pensamiento!, qué ocurrencias. No es posible que lo creyeras.
- Bueno, quizá no fuera exactamente eso. Pero, por tu aspecto... quizá por tu juventud
y por lo saludable que eres; en fin, ya comprendes, creí que probablemente...
- Pensaste que era una excelente afiliada. Pura en palabras y en hechos. Estandartes,
desfiles, consignas, excursiones colectivas y todo eso. Y creíste que a las primeras de
cambio te denunciaría como criminal mental y haría que te mataran.
- Sí, algo así... Ya sabes que muchas chicas son de ese modo.
- La culpa la tiene esa porquería - dijo Julia quitándose el cinturón rojo de la liga Anti-
Sex y tirándolo a una rama, donde quedó colgado. Luego, como si el tocarse la cintura le
hubiera recordado algo, sacó del bolsillo de su «mono» una tableta de chocolate. La partió
por la mitad y le dio a Winston uno de los pedazos. Antes de probarlo, ya sabía él por el
olor que era un chocolate muy poco frecuente. Era oscuro y brillante, envuelto en papel de
plata. El chocolate, corrientemente, era de un color castaño claro y desmigajaba con gran
facilidad; y en cuanto a su sabor, era algo así como el del humo de la goma quemada.
Pero alguna vez había probado chocolate como el que ella le daba ahora. Su aroma le
había despertado recuerdos que no podía localizar, pero que lo turbaban intensamente.
- ¿Dónde encontraste esto? - dijo.
- En el mercado negro - dijo ella con indiferencia. Yo me las arreglo bastante bien. Fui
jefe de sección en los Espías. Trabajo voluntariamente tres tardes a la semana en la Liga
juvenil Anti-Sex. Me he pasado horas y horas desfilando por Londres. Siempre soy yo la
que lleva uno de los estandartes. Pongo muy buena cara y nunca intento librarme de una
lata. Mi lema es «grita siempre con los demás». Es el único modo de estar seguros.
El primer trocito de chocolate se le había derretido a Winston en la lengua. Su sabor
era delicioso. Pero le seguía rondando aquel recuerdo que no podía fijar, algo así como
un objeto visto por el rabillo del ojo. Hizo por librarse de él quedándole la sensación de
que se trataba de algo que él había hecho en tiempos y que hubiera preferido no haber
hecho.
- Eres muy joven - dijo -. Debes de ser unos diez o quince años más joven que yo.
¿Qué has podido ver en un hombre como yo que te haya atraído?
- Algo en tu cara. Me decidí a arriesgarme. Conozco en seguida a la gente de la acera
de enfrente. En cuanto te vi supe que estabas contra ellos.
Ellos, por lo visto, quería decir el Partido, y sobre todo el Partido Interior, sobre el cual
hablaba Julia con un odio manifiesto que intranquilizaba a Winston, aunque sabía que
aquel sitio en que se hallaban era uno de los poquísimos lugares donde nada tenían que
temer. Le asombraba la rudeza con que hablaba Julia. Se suponía que los miembros del
Partido no decían palabrotas, y el propio Winston apenas las decía como no fuera entre
dientes. Sin embargo, Julia no podía nombrar al Partido, especialmente al Partido Interior,
sin usar palabras de esas que solían aparecer escritas con tiza en los callejones solitarios.
A él no le disgustaba eso, puesto que era un síntoma de la rebelión de la joven contra el
Partido y sus métodos. Y semejante actitud resultaba natural y saludable, como el
estornudo de un caballo que huele mala avena. Habían salido del claro y paseaban por
entre los arbustos. Iban cogidos de la cintura siempre que tenían sitio suficiente para
pasar los dos juntos. Notó que la cintura de Julia resultaba mucho más suave ahora que
se había quitado el cinturón. Seguían hablando en voz muy baja. Fuera del claro, dijo
Julia, era mejor ir con prudencia. Llegaron hasta la linde del bosquecillo. Ella lo detuvo.
- No salgas a campo abierto. Podría haber alguien que nos viera. Estaremos mejor
detrás de las ramas.
Y permanecieron a la sombra de los arbustos. La luz del sol, filtrándose por las
innumerables hojas, les seguía caldeando el rostro. Winston observó el campo que los
rodeaba y experimentó, poco a poco, la curiosa sensación de reconocer aquel lugar. Era
tierra de pastos, con un sendero que la cruzaba y alguna pequeña elevación de cuando
en cuando. En la valla, medio rota, que se veía al otro lado, se divisaban las ramas de
unos olmos que se balanceaban con la brisa, y sus hojas se movían en densas masas
como cabelleras femeninas. Seguramente por allí cerca, pero fuera de su vista, habría un
arroyuelo.
- ¿No hay por aquí cerca un arroyo? - murmuró.
- Sí lo hay. Está al borde del terreno colindante con éste. Hay peces, muy grandes por
cierto. Se puede verlos en las charcas que se forman bajo los sauces.
- Es el País Dorado... casi - murmuró.
- ¿El País Dorado?
- No tiene importancia. Es un paisaje que he visto algunas veces en sueños.
- ¡Mira! - susurró Julia.
Un pájaro se había movido en una rama a unos cinco metros de ellos y casi al nivel de
sus caras. Quizá no los hubiera visto. Estaba en el sol y ellos a la sombra. Extendió las
alas, volvió a colocárselas cuidadosamente en su sitio, inclinó la cabecita un momento,
como si saludara respetuosamente al sol y empezó a cantar torrencialmente. En el
silencio de la tarde, sobrecogía el volumen de aquel sonido. Winston y Julia se abrazaron
fascinados. La música del ave continuó, minuto tras minuto, con asombrosas variaciones
y sin repetirse nunca, casi como si estuviera demostrando a propósito su virtuosismo. A
veces se detenía unos segundos, extendía y recogía sus alas, luego hinchaba su pecho
moteado y empezaba de nuevo su concierto. Winston lo contemplaba con un vago
respeto. ¿Para quién, para qué cantaba aquel pájaro? No tenía pareja ni rival que lo
contemplaran. ¿Qué le impulsaba a estarse allí, al borde del bosque solitario, regalándole
su música al vacío? Se preguntó si no habría algún micrófono escondido allí cerca. Julia y
él habían hablado sólo en murmullo, y ningún aparato podría registrar lo que ellos habían
dicho, pero sí el canto del pájaro. Quizás al otro extremo del instrumento algún
hombrecillo mecanizado estuviera escuchando con toda atención; sí, escuchando aquello.
Gradualmente la música del ave fue despertando en él sus pensamientos. Era como un
líquido que saliera de se mezclara con la luz del sol, que se filtraba por entre hojas. Dejó
de pensar y se limitó a sentir. La cintura de la muchacha bajo su brazo era suave y cálida.
Le dio la vuelta hasta quedar abrazados cara a cara. El cuerpo de Julia parecía fundirse
con el suyo. Donde quiera que tocaran sus manos, cedía todo como si fuera agua. Sus
bocas se unieron con besos muy distintos de los duros besos que se habían dado antes.
Cuando volvieron a apartar sus rostros, suspiraron ambos profundamente.
El pájaro se asustó y salió volando con un aleteo alarmado.
Rápidamente, sin poder evitar el crujido de las ramas bajo sus pies, regresaron al claro.
Cuando estuvieron ya en su refugio, se volvió Julia hacia él y lo miró fijamente. Los dos
respiraban pesadamente, pero la sonrisa había desaparecido en las comisuras de sus
labios. Estaban de pie y ella lo miró por un instante y luego tanteó la cremallera de su
nono con las manos. ¡Sí! ¡Fue casi como en un sueño! Casi tan velozmente como él se lo
había imaginado, ella se arrancó la ropa y cuando la tiró a un lado fue con el mismo
magnífico gesto con el cual toda una civilización parecía anihilarse. Su blanco cuerpo
brillaba al sol. Por un momento él no miró su cuerpo. Sus ojos habían buscado ancoraje
en el pecoso rostro con su débil y franca sonrisa. Se arrodilló ante ella y tomó sus manos
entre las suyas.
- ¿Has hecho esto antes?
- Claro. Cientos de veces. Bueno, muchas veces. - ¿Con miembros del Partido?
- Sí, siempre con miembros del Partido.
- ¿Con miembros del Partido del Interior?
- No, con esos cerdos no. Pero muchos lo harían si pudieran. No son tan sagrados
como pretenden. Su corazón dio un salto. Lo había hecho muchas veces. Todo lo que
oliera a corrupción le llenaba de una esperanza salvaje. Quién sabe, tal vez el Partido
estaba podrido bajo la superficie, su culto de fuerza y autocontrol no era más que una
trampa tapando la iniquidad. Si hubiera podido contagiarlos a todos con la lepra o la sífilis,
¡con qué alegría lo hubiera hecho! Cualquier cosa con tal de podrir, de debilitar, de minar.
La atrajo hacia sí, de modo que quedaron de rodillas frente a frente.
- Oye, cuantos más hombres hayas tenido más te quiero yo. ¿Lo comprendes?
- Sí, perfectamente.
- Odio la pureza, odio la bondad. No quiero que exista ninguna virtud en ninguna parte.
Quiero que todo el mundo esté corrompido hasta los huesos.
- Pues bien, debo irte bien, cariño. Estoy corrompida hasta los huesos.
- ¿Te gusta hacer esto? No quiero decir simplemente yo, me refiero a la cosa en si.
- Lo adoro.
Esto era sobre todas las cosas lo que quería oír. No simplemente el amor por una
persona sino el instinto animal, el simple indiferenciado deseo. Ésta era la fuerza que
destruiría al Partido. La empujó contra la hierba entre las campanillas azules. Esta vez no
hubo dificultad. El movimiento de sus pechos fue bajando hasta la velocidad normal y con
un movimiento de desamparo se fueron separando. El sol parecía haber intensificado su
calor. Los dos estaban adormilados. Él alcanzó su desechado mono y la cubrió
parcialmente.
Al poco tiempo se durmieron profundamente. Al cabo de media hora se despertó
Winston. Se incorporó y contempló a Julia, que seguía durmiendo tranquilamente con su
cara pecosa en la palma de la mano. Aparte de la boca, sus facciones no eran hermosas.
Si se miraba con atención, se descubrían unas pequeñas arrugas en torno a los ojos. El
cabello negro y corto era extraordinariamente abundante y suave. Pensó entonces que
todavía ignoraba el apellido y el domicilio de ella.
Este cuerpo joven y vigoroso, desamparado ahora en el sueño, despertó en él un
compasivo y protector sentimiento. Pero la ternura que había sentido mientras escuchaba
el canto del pájaro había desaparecido ya. Le apartó el mono a un lado y estudió su
cadera. En los viejos tiempos, pensó, un hombre miraba el cuerpo de una muchacha y
veía que era deseable y aquí se acababa la historia. Pero ahora no se podía sentir amor
puro o deseo puro. Ninguna emoción era pura porque todo estaba mezclado con el miedo
y el odio. Su abrazo había sido una batalla, el clímax una victoria. Era un golpe contra el
Partido. Era un acto político.

CAPITULO III

- Podemos volver a este sitio - propuso Julia -. En general, puede emplearse dos veces
el mismo escondite con tal de que se deje pasar uno o dos meses.
En cuanto se despertó, la conducta de Julia había cambiado. Tenía ya un aire
prevenido y frío. Se vistió, se puso el cinturón rojo y empezó a planear el viaje de regreso.
A Winston le parecía natural que ella se encargara de esto. Evidentemente poseía una
habilidad para todo lo práctico que Winston carecía y también parecía tener un
conocimiento completo del campo que rodeaba a Londres. Lo había aprendido a fuerza
de tomar parte en excursiones colectivas. La ruta que le señaló era por completo distinta
de la que él había seguido al venir, y le conducía a otra estación. «Nunca hay que
regresar por el mismo camino de ida», sentenció ella, como si expresara un importante
principio general. Ella partiría antes y Winston esperaría media hora para emprender la
marcha a su vez.
Había nombrado Julia un sitio donde podían encontrarse, después de trabajar, cuatro
días más tarde. Era una calle en uno de los barrios más pobres donde había un mercado
con mucha gente y ruido. Estaría por allí, entre los puestos, como si buscara cordones
para los zapatos o hilo de coser. Si le parecía que no había peligro se llevaría el pañuelo
a la nariz cuando se acercara Winston. En caso contrario, sacaría el pañuelo. Él pasaría a
su lado sin mirarla. Pero con un poco de suerte, en medio de aquel gentío podrían hablar
tranquilos durante un cuarto de hora y ponerse de acuerdo para otra cita.
- Ahora tengo que irme - dijo la muchacha en cuanto vio que él se había enterado bien
de sus instrucciones -. Debo estar de vuelta a las diecinueve treinta. Tengo que
dedicarme dos horas a la Liga Anti-Sex repartiendo folletos o algo por el estilo. ¿Verdad
que es un asco? Sacúdeme con las manos. ¿Estás seguro de que no tengo briznas en el
cabello? ¡Bueno, adiós, amor mío; adiós!
Se arrojó en sus brazos, lo besó casi violentamente, poco después desaparecía por el
bosque sin hacer apenas ruido. Incluso ahora seguía sin saber cómo se llamaba de
apellido ni dónde vivía. Sin embargo, era igual, pues resultaba inconcebible que pudieran
citarse en lugar cerrado ni escribirse. Nunca volvieron al bosquecillo. Durante el mes de
marzo sólo tuvieron una ocasión de estar juntos de aquella manera. Fue en otro escondite
que conocía Julia, el campanario de una ruinosa iglesia en una zona casi desierta donde
una bomba atómica había caído treinta años antes. Era un buen escondite una vez que se
llegaba allí, pero era muy peligroso, el viaje. Aparte de eso, se vieron por las calles en un
sitio diferente cada tarde y nunca más de media hora cada vez. En la calle era posible
hablarse de cierra manera mezclados con la multitud, juntos, pero dando la impresión de
que era el movimiento de la masa lo que les hacía estar tan cerca y teniendo buen
cuidado de no mirarse nunca, podían sostener una curiosa e intermitente conversación
que se encendía y apagaba como los rayos de luz de un faro. En cuanto se aproximaba
un uniforme del Partido o caían cerca de una telepantalla, se callaban inmediatamente. Y
reanudaban conversación minutos después, empezando a la mitad de una frase que
habían dejado sin terminar, y luego volvían a cortar en seco cuando les llegaba el
momento de separarse. Y al día, siguiente seguían hablando sin más preliminares. Julia
parecía estar muy acostumbrada a esta clase de conversación, que ella llamaba «hablar
por folletones». Tenía además una sorprenden habilidad para hablar sin mover los labios,
Una sola vez en un mes de encuentros nocturnos consiguieron darse un beso. Pasaban
en silencio por una calle. Julia nunca hablaba cuando estaban lejos de las calles
principales y en ese momento oyeron un ruido ensordecedor, la tierra tembló y se
oscureció la atmósfera. Winston se encontró tendido al lado de Julia - magullado - con un
terrible pánico. Una bomba cohete había estallado muy cerca. De pronto se dio cuenta de
que tenía junto a la suya cara de Julia. Estaba palidísima, hasta los labios los tenía
blancos. No era palidez, sino una blancura de sal. Winston creyó que estaba muerta. La
abrazo en el suelo y se sorprendió de estar besando un rostro vivo y cálido. Es que se le
había llenado la cara del yeso pulverizado por la explosión. Tenía la cara completamente
blanca.
Algunas tardes, a última hora, llegaban al sitio convenido y tenían que andar a cierta
distancia uno del otro sin dar la menor señal de reconocerse porque había aparecido una
patrulla por una esquina o volaba sobre ellos un autogiro. Aunque hubiera sido menos
peligroso verse, siempre habrían tenido a dificultad del tiempo. Winston trabajaba sesenta
horas a la semana y Julia todavía más. Los días libres de ambos variaban según las
necesidades del trabajo y no solían coincidir. Desde luego, Julia tenía muy pocas veces
una tarde Ubre por completo. Pasaba muchísimo tiempo asistiendo a conferencias y
manifestaciones, distribuyendo propaganda para la Liga juvenil Anti-Sex, preparando
banderas y estandartes para la Semana del Odio, recogiendo dinero para la Campaña del
Ahorro y en actividades semejantes. Aseguraba que merecía la pena darse ese trabajo
suplementario; era un camuflaje. Si se observaban las pequeñas reglas se podían infringir
las grandes. Julia indujo a Winston a que dedicara otra de sus tardes como voluntario en
la fabricación de municiones como solían hacer los más entusiastas miembros del Partido.
De manera que una tarde cada semana se pasaba Winston cuatro horas de aburrimiento
insoportable atornillando dos pedacitos de metal que probablemente formaban parte de
una bomba. Este trabajo en serie lo realizaban en un taller donde los martillazos se
mezclaban espantosamente con la música de la telepantalla. El taller estaba lleno de
corrientes de aire y muy mal iluminado.
Cuando se reunieron en las ruinas del campanario llenaron todos los huecos de sus
conversaciones anteriores. Era una tarde achicharrante. El aire del pequeño espacio
sobre las campanas era ardiente e irrespirable y olía de un modo insoportable a palomar.
Allí permanecieron varias horas, sentados en el polvoriento suelo, levantándose de
cuando en cuando uno de ellos para asomarse cautelosamente y asegurarse de que no
se acercaba nadie.
Julia tenía veintiséis años. Vivía en una especie de hotel con otras treinta muchachas
(«¡Siempre el hedor de las mujeres! ¡Cómo las odio!», comentó; y trabajaba, como él
había adivinado, en las máquinas que fabricaban novelas en el departamento dedicado a
ello. Le distraía su trabajo, que consistía principalmente en manejar un motor eléctrico
poderoso, pero lleno de resabios. No era una mujer muy lista - según su propio juicio -,
pero manejaba hábilmente las máquinas. Sabía todo el procedimiento para fabricar una
novela, desde las directrices generales del Comité Inventor hasta los toques finales que
daba la Brigada de Repaso. Pero no le interesaba el producto terminado. No le interesaba
leer. Consideraba los libros como una mercancía, algo así como la mermelada o los
cordones para los zapatos.
Julia no recordaba nada anterior a los años sesenta y tantos y la única persona que
había conocido que le hablase de los tiempos anteriores a la Revolución era un abuelo
que había desaparecido cuando ella tenía ocho años. En la escuela había sido capitana
del equipo de hockey y había ganado durante dos años seguidos el trofeo de gimnasia.
Fue jefe de sección en los Espías y secretaria de una rama de la Liga de la juventud antes
de afiliarse a la Liga juvenil Anti-Sex. Siempre había sido considerada como persona de
absoluta confianza. Incluso (y esto era señal infalible de buena reputación) la habían
elegido para trabajar en Pornosec, la subsección del Departamento de Novela encargada
de fabricar pornografía barata para los proles. Allí había trabajado un año entero
ayudando a la producción de libritos que se enviaban en paquetes sellados y que llevaban
títulos como Historias deliciosas, o Una noche en un colegio de chicas, que compraban
furtivamente los jóvenes proletarios, con lo cual se les daba la impresión de que adquirían
una mercancía ilegal.
- ¿Cómo son esos libros? - le preguntó Winston por curiosidad.
- Pues una porquería. Son de lo más aburrido. Hay sólo seis argumentos. Yo trabajaba
únicamente en los calidoscopios. Nunca llegué a formar parte de la Brigada de Repaso.
No tengo disposiciones para la literatura. Sí, querido, ni siquiera sirvo para eso.
Winston se enteró con asombro de que en la Pornosec, excepto el jefe, no había más
que chicas. Dominaba la teoría de que los hombres, por ser menos capaces que las
mujeres de dominar su instinto sexual, se hallaban en mayor peligro de ser corrompidos
por las suciedades que pasaban por sus manos.
- Ni siquiera permiten trabajar allí a las mujeres casadas - añadió -. Se supone que las
chicas solteras son siempre muy puras. Aquí tienes por lo pronto una que no lo es.
Julia había tenido su primer asunto amoroso a los dieciséis años con un miembro del
Partido de sesenta años, que después se suicidó para evitar que lo detuvieran. «Fue una
gran cosa - dijo Julia -, porque, si no, mi nombre se habría descubierto al confesar él.»
Desde entonces se habían sucedido varios otros. Para ella la vida era muy sencilla. Una
lo quería pasar bien; ellos es decir, el Partido - trataban de evitarlo por todos los medios; y
una procuraba burlar las prohibiciones de la mejor manera posible. A Julia le parecía muy
natural que ellos le quisieran evitar el placer y que ella por su parte quisiera librarse de
que la detuvieran. Odiaba al Partido y lo decía con las más terribles palabrotas, pero no
era capaz de hacer una crítica seria de lo que el Partido representaba. No atacaba más
que la parte de la doctrina del Partido que rozaba con su vida. Winston notó que Julia no
usaba nunca palabras de neolengua excepto las que habían pasado al habla corriente.
Nunca había oído hablar de la Hermandad y se negó a creer en su existencia. Creía
estúpido pensar en una sublevación contra el Partido. Cualquier intento en este sentido
tenía que fracasar. Lo inteligente le parecía burlar las normas y seguir viviendo a pesar de
ello. Se preguntaba cuántas habría como ella en la generación más joven, mujeres
educadas en el mundo de la revolución, que no habían oído hablar de nada más,
aceptando al Partido como algo de imposible modificación - algo así como el cielo - y que
sin rebelarse contra la autoridad estatal la eludían lo mismo que un conejo puede escapar
de un perro.
Entre Winston y Julia no se planteó la posibilidad de casarse. Había demasiadas
dificultades para ello. No merecía la pena perder tiempo pensando en esto. Ningún comité
de Oceanía autorizaría este casamiento, incluso si Winston hubiera podido librarse de su
esposa Katharine.
- ¿Cómo era tu mujer?
- Era..., ¿conoces la palabra piensabien, es decir, ortodoxa por naturaleza, incapaz de
un mal pensamiento?
- No, no conozco esa palabra, pero sí la clase de persona a que te refieres.
Winston empezó a contarle la historia de su vida conyugal, pero Julia parecía, saber ya
todo lo esencial de este asunto. Con Julia no le importaba hablar de esas cosas.
Katharine había dejado de ser para él un penoso recuerdo, convirtiéndose en un recuerdo
molesto.
- Lo habría soportado si no hubiera sido por una cosa - añadió -. Y le contó la pequeña
ceremonia frígida que Katharine le había obligado a celebrar la misma noche cada
semana. Le repugnaba, pero por nada del mundo lo habría dejado de hacer. No te puedes
figurar cómo le llamaba a aquello.
- «Nuestro deber para con el Partido» - dijo Julia inmediatamente.
- ¿Cómo lo sabías?
- Querido, también yo he estado en la escuela. A las mayores de dieciséis años les dan
conferencias sobre tema, sexuales una vez al mes. Y luego, en el Movimiento juvenil, no
dejan de grabarle a una esas estupideces en la cabeza. En muchísimos casos da
resultado. Claro que nunca se tiene la seguridad porque la gente es tan hipócrita...
Y Julia se extendió sobre este asunto. Ella lo refería todo a su propia sexualidad. A
diferencia de Winston, entendía perfectamente lo que el Partido se proponía con su
puritanismo sexual. Lo más importante era que la represión sexual conducía a la histeria,
lo cual era deseable ya que se podía transformar en una fiebre guerrera y en adoración
del líder. Ella lo explicaba así: «Cuando haces el amor gastas energías y después te
sientes feliz y no te importa nada. No pueden soportarlo que te sientas así. Quieren que
estés a punto de estallar de energía todo el tiempo. Todas estas marchas arriba y abajo
vitoreando y agitando banderas no es más que sexo agriado. Si eres feliz dentro de ti
mismo, ¿por qué te ibas a excitar por el Gran Hermano y el Plan Trienal y los Dos Minutos
de Odio y todo el resto de su porquerías.
Esto era cierto, pensó él. Había una conexión directa entre la castidad y la ortodoxia
política. ¿Cómo iban a mantenerse vivos el miedo, y el odio y la insensata incredulidad
que el Partido necesitaba si no se embotellaba algún instinto poderoso para usarlo
después como combustible? El instinto sexual era peligroso para el Partido y éste lo había
utilizado en provecho propio. Habían hecho algo parecido con el instinto familiar. La
familia no podía ser abolida; es más, se animaba a la gente a que amase a sus hijos casi
al estilo antiguo. Pero, por otra parte, los hijos eran enfrentados sistemáticamente contra
sus padres y se les enseñaba a espiarles y a denunciar sus Desviaciones. La familia se
había convertido en una ampliación de la Policía del Pensamiento. Era un recurso por
medio del cual todos se hallaban rodeados noche y día por delatores que les conocían
íntimamente.
De pronto se puso a pensar otra vez en Katharine. Ésta lo habría denunciado a la P.
del P. con toda seguridad si no hubiera sido demasiado tonta para descubrir lo herético de
sus opiniones. Pero lo que se la hacía recordar en este momento era el agobiante calor
de la tarde, que le hacía sudar. Empezó a contarle a Julia algo que había ocurrido, o
mejor dicho, que había dejado de ocurrir en otra tarde tan calurosa como aquélla, once
años antes. Katharine y Winston se habían extraviado durante una de aquellas
excursiones colectivas que organizaba el Partido. Iban retrasados y por equivocación
doblaron por un camino que los condujo rápidamente a un lugar solitario. Estaban al
borde de un precipicio. Nadie había allí para preguntarle. En cuanto se dieron cuenta de
que se habían perdido, Katharine empezó a ponerse nerviosa. Hallarse alejada de la
ruidosa multitud de excursionistas, aunque sólo fuese durante un momento, le producía
un fuerte sentido de culpabilidad. Quería volver inmediatamente por el camino que habían
tomado por error y empezar a buscar en la dirección contraria. Pero en aquel momento
Winston descubrió unas plantas que le llamaron la atención. Nunca había visto nada
parecido Y llamó a Katharine para que las viera.
- ¡Mira, Katharine; mira esas flores! Allí, al fondo; ¿ves que son de dos colores
diferentes?
Ella había empezado ya a alejarse, pero se acercó un momento, a cada instante más
intranquila. Incluso se inclinó sobre el precipicio para ver donde señalaba Winston. Él
estaba un poco más atrás y le puso la mano en la cintura para sostenerla. No había nadie
en toda la extensión que se abarcaba con la vista, no se movía ni una hoja y ningún
pájaro daba señales de presencia. Entonces pensó Winston que estaban completamente
solos y que en un sitio como aquél había muy pocas probabilidades de que tuvieran
escondido un micrófono, e incluso si lo había, sólo podría captar sonidos. Era la hora más
cálida y soñolienta de la tarde. El sol deslumbraba y el sudor perlaba la cara de Winston.
Entonces se le ocurrió que...
- ¿Por qué no le diste un buen empujón? - dijo Julia -. Yo lo habría hecho.
- Sí, querida; yo también lo habría hecho si hubiera sido la misma persona que ahora
soy. Bueno, no estoy seguro...
- ¿Lamentas ahora haber desperdiciado la ocasión?
- Sí. En realidad me arrepiento de ello.
Estaban sentados muy juntos en el suelo. El la apretó más contra sí. La cabeza de ella
descansaba en el hombro de él y el agradable olor de su cabello dominaba el
desagradable hedor a palomar. Pensó Winston que Julia era muy joven, que esperaba
todavía bastante de la vida y por tanto no podía comprender que empujar a una persona
molesta por un precipicio no resuelve nada.
- Habría sido lo mismo - dijo.
- Entonces, ¿por qué dices que sientes no haberío hecho?
- SóIo porque prefiero lo positivo a lo negativo. Pero en este juego que estamos
jugando no podemos ganar. Unas clases de fracaso son quizá mejores que otras, eso es
todo.
Notó que los hombros de ella se movían disconformes. Julia siempre lo contradecía
cuando él opinaba en este sentido. No estaba dispuesta a aceptar como ley natural que el
individuo está siempre vencido. En cierto modo comprendía que también ella estaba
condenada de antemano y que más pronto o más tarde la Policía del Pensamiento la
detendría y la mataría; pero por otra parte de su cerebro creía firmemente que cabía la
posibilidad de construirse un mundo secreto donde vivir a gusto. Sólo se necesitaba
suerte, astucia y audacia. No comprendía que la felicidad era un mito, que la única victoria
posible estaba en un lejano futuro mucho después de la muerte, y que desde el momento
en que mentalmente le declaraba una persona la guerra al Partido, le convenía
considerarse como un cadáver ambulante.
- Los muertos somos nosotros - dijo Winston.
- Todavía no hemos muerto - replicó Julia prosaicamente.
- Físicamente, todavía no. Pero es cuestión de seis meses, un año o quizá cinco. Le
temo a la muerte. Tú eres joven y por eso mismo quizá le temas a la muerte más que yo.
Naturalmente, haremos todo lo posible por evitarla lo más que podamos. Pero la
diferencia es insignificante. Mientras que los seres humanos sigan siendo humanos, la
muerte y la vida vienen a ser lo mismo.
- Oh, tonterías. ¿Qué preferirlas: dormir conmigo o con un esqueleto? ¿No disfrutas de
estar vivo? ¿No te gusta sentir: esto soy yo, ésta es mi mano, esto mi pierna, soy real,
sólida, estoy viva?... ¿No te gusta?
Ella se dio la vuelta y apretó su pecho contra él. Podía sentir sus senos, maduros pero
firmes, a través de su mono. Su cuerpo parecía traspasar su juventud y vigor hacia él.
- Sí, me gusta - dijo Winston.
- No hablemos más de la muerte. Y ahora escucha, querido; tenemos que fijar la
próxima cita. Si te parece bien, podemos volver a aquel sitio del bosque. Ya hace mucho
tiempo que fuimos. Basta con que vayas por un camino distinto. Lo tengo todo preparado.
Tomas el tren... Pero lo mejor será que te lo dibuje aquí.
Y tan práctica como siempre amasó primero un cuadrito de polvo y con una ramita de
un nido de palomas empezó a dibujar un mapa sobre el suelo.

CAPITULO IV

Winston examinó la pequeña habitación en la tienda del señor Charrington. junto a la


ventana, la enorme cama estaba preparada con viejas mantas y una colcha raquítica. El
antiguo reloj, en cuya esfera se marcaban las doce horas, seguía con su tic-tac sobre la
repisa de la chimenea. En un rincón, sobre la mesita, el pisapapeles de cristal que había
comprado en su visita anterior brillaba suavemente en la semioscuridad.
En el hogar de la chimenea había una desvencijada estufa de petróleo, una sartén y
dos copas, todo ello proporcionado por el señor Charrington. Winston puso un poco de
agua a hervir. Había traído un sobre lleno de café de la Victoria y algunas pastillas de
sacarina. Las manecillas del reloj marcaban las siete y veinte; pero en realidad eran las
diecinueve veinte.
Julia llegaría a las diecinueve treinta.
El corazón le decía a Winston que todo esto era una locura; sí, una locura consciente y
suicida. De todos los crímenes que un miembro del Partido podía cometer, éste era el de
más imposible ocultación. La idea había flotado en su cabeza en forma de una visión del
pisapapeles de cristal reflejado en la brillante superficie de la mesita. Como él lo había
previsto, el señor Charrington no opuso ninguna dificultad para alquilarle la habitación. Se
alegraba, por lo visto, de los dólares que aquello le proporcionaría. Tampoco parecía
ofenderse, ni inclinado a hacer preguntas indiscretas al quedar bien claro que Winston
deseaba la habitación para un asunto amoroso. Al contrario, se mantenía siempre a una
discreta distancia y con un aire tan delicado que daba la impresión de haberse hecho
invisible en parte. Decía que la intimidad era una cosa de valor inapreciable. Que todo el
mundo necesitaba un sitio donde poder estar solo de vez en cuando. Y una vez que lo
hubiera logrado, era de elemental cortesía, en cualquier otra persona que conociera este
refugio, no contárselo a nadie. Y para subrayar en la práctica su teoría, casi desaparecía,
añadiendo que la casa tenía dos entradas, una de las cuales daba al patio trasero que
tenía una salida a un callejón.
Alguien cantaba bajo la ventana. Winston se asomó por detrás de los visillos. El sol de
junio estaba aún muy alto y en el patio central una monstruosa mujer sólida como una
columna normanda, con antebrazos de un color moreno rojizo, y un delantal atado a la
cintura, iba y venía continuamente desde el barreño donde tenía la ropa lavada hasta el
fregadero, colgando cada vez unos pañitos cuadrados que Winston reconoció como
pañales. Cuando la boca de la mujer no estaba impedida por pinzas para tender, cantaba
con poderosa voz de contralto:
Era sólo una ilusión sin esperanza
que pasó como un día de abril;
pero aquella mirada, aquella palabra
y los ensueños que despertaron
me robaron el corazón.

Esta canción obsesionaba a Londres desde hacía muchas semanas. Era una de las
producciones de una subsección del Departamento de Música con destino a los proles. La
letra de estas canciones se componía sin intervención humana en absoluto, valiéndose de
un instrumento llamado «versificador». Pero la mujer la cantaba con tan buen oído que el
horrible sonsonete se había convertido en unos sonidos casi agradables. Winston oía la
voz de la mujer, el ruido de sus zapatos sobre el empedrado del patio, los gritos de los
niños en la calle, y a cierta distancia, muy débilmente, el zumbido del tráfico, y sin
embargo su habitación parecía impresionantemente silenciosa gracias a la ausencia de
telepantalla.
«¡Qué locura! ¡Qué locura!», pensó Winston. Era inconcebible que Julia y él pudieran
frecuentar este sitio más de unas semanas sin que los cazaran. Pero la tentación de
disponer de un escondite verdaderamente suyo bajo techo y en un sitio bastante cercano
al lugar de trabajo, había sido
demasiado fuerte para él. Durante algún tiempo después de su visita al campanario les
había sido por completo imposible arreglar ninguna cita. Las horas de trabajo habían
aumentado implacablemente en preparación de la Semana del Odio. Faltaba todavía más
de un mes, pero los enormes y complejos preparativos cargaban de trabajo a todos los
miembros del Partido. Por fin, ambos pudieron tener la misma tarde libre. Estaban ya de
acuerdo en volver a verse en el claro del bosque. La tarde anterior se cruzaron en la calle.
Como de costumbre, Winston no miró directamente a Julia y ambos se sumaron a una
masa de gente que empujaba en determinada dirección. Winston se fue acercando a ella.
Mirándola con el rabillo del ojo notó en seguida que estaba más pálida que de costumbre.
- Lo de mañana es imposible - murmuró Julia en cuanto creyó prudente poder hablar.
- ¿Qué?
- Que mañana no podré ir.
La primera reacción de Winston fue de violenta irritación. Durante el mes que la había
conocido la naturaleza de su deseo por ella había cambiado. Al principio había habido
muy poca sensualidad real. Su primer encuentro amoroso había sido un acto de voluntad.
Pero después de la segunda vez había sido distinto. El olor de su pelo, el sabor de su
boca, el tacto de su piel parecían habérsele metido dentro o estar en el aire que lo
rodeaba. Se había convertido en una necesidad física, algo que no solamente quería sino
sobre lo que a la vez tenía derecho. Cuando ella dijo que no podía venir, había sentido
como si lo estafaran. Pero en aquel momento la multitud los aplastó el uno contra el otro y
sus manos se unieron y ella le acarició los dedos de un modo que no despertaba su
deseo, sino su afecto. Una honda ternura, que no había sentido hasta entonces por ella,
se apoderó súbitamente de él. Le hubiera gustado en aquel momento llevar ya diez años
casado con Julia. Deseaba intensamente poderse pasear con ella por las calles, pero no
como ahora lo hacía, sino abiertamente, sin miedo alguno, hablando trivialidades y
comprando los pequeños objetos necesarios para la casa. Deseaba sobre todo vivir con
ella en un sitio tranquilo sin sentirse obligado a acostarse cada vez que conseguían
reunirse. No fue en aquella ocasión precisamente, sino al día siguiente, cuando se le
ocurrió la idea de alquilar la habitación del señor Charrington. Cuando se lo propuso a
Julia, ésta aceptó inmediatamente. Ambos sabían que era una locura. Era como si
avanzaran a propósito hacia sus tumbas. Mientras la esperaba sentado al borde de la
cama volvió a pensar en los sótanos del Ministerio del Amor. Era notable cómo entraba y
salía en la conciencia de todos aquel predestinado horror. Allí estaba, clavado en el
futuro, precediendo a la muerte con tanta inevitabilidad como el 99 precede al 100. No se
podía evitar, pero quizá se pudiera aplazar. Y sin embargo, de cuando en cuando, por un
consciente acto de voluntad se decidía uno a acortar el intervalo, a precipitar la llegada de
la tragedia.
En este momento sintió Winston unos pasos rápidos en la escalera. Julia irrumpió en la
habitación. Llevaba una bolsa de lona oscura y basta como la que solía llevar al
Ministerio. Winston le tendió los brazos, pero ella apartóse nerviosa, en parte porque le
estorbaba la bolsa llena de herramientas.
- Un momento - dijo -. Deja que te enseñe lo que traigo. ¿Trajiste ese asqueroso café
de la Victoria? Ya me lo figuré. Puedes tirarlo porque no lo necesitaremos. Mira.
Se arrodilló, tiró al suelo la bolsa abierta y de ella salieron varias herramientas, entre
ellas un destornillador, pero debajo venían varios paquetes de papel. El primero que cogió
Winston le produjo una sensación familiar y a la vez extraña. Estaba lleno de algo
arenoso, pesado, que cedía donde quiera que se le tocaba.
- No será azúcar, ¿verdad? - dijo, asombrado.
- Azúcar de verdad. No sacarina, sino verdadero azúcar. Y aquí tienes un magnífico
pan blanco, no esas porquerías que nos dan, y un bote de mermelada. Y aquí tienes un
bote de leche condensada. Pero fíjate en esto; estoy orgullosísima de haberlo
conseguido. Tuve que envolverlo con tela de saco para que no se conociera, porque...
Pero no necesitaba explicarle por qué lo había envuelto con tanto cuidado. El aroma
que despedía aquello llenaba la habitación, un olor exquisito que parecía emanado de su
primera infancia, el olor que sólo se percibía ya de vez en cuando al pasar por un corredor
y antes de que le cerraran a uno la puerta violentamente, ese olor que se difundía
misteriosamente por una calle llena de gente y que desaparecía al instante.
- Es café - murmuró Winston -; café de verdad.
- Es café del Partido Interior. ¡Un kilo! - dijo Julia.
- ¿Cómo te las arreglaste para conseguir todo esto?
- Son provisiones del Partido Interior. Esos cerdos no se privan de nada. Pero, claro
está, los camareros, las criadas y la gente que los rodea cogen cosas de vez en cuando.
Y... mira: también te traigo un paquetito de té.
Winston se había sentado junto a ella en el suelo. Abrió un pico del paquete y lo olió.
- Es té auténtico.
- Últimamente ha habido mucho té. Han conquistado la India o algo así - dijo Julia
vagamente. Pero escucha, querido: quiero que te vuelvas de espalda unos minutos.
Siéntate en el lado de allá de la cama. No te acerques demasiado a la ventana. Y no te
vuelvas hasta que te lo diga.
Winston la obedeció y se puso a mirar abstraído por los visillos de muselina. Abajo en
el patio la mujer de los rojos antebrazos seguía yendo y viniendo entre el lavadero y el
tendedero. Se quitó dos pinzas más de la boca y cantó con mucho sentimiento:

Dicen que el tiempo lo cura todo,


dicen que siempre se olvida,
pero las sonrisas y lágrimas
a lo largo de los años,
me retuercen el corazón.

Por lo visto se sabía la canción de memoria. Su voz subía a la habitación en el cálido


aire estival, bastante armoniosa y cargada de una especie de feliz melancolía. Se tenía la
sensación de que esa mujer habría sido perfectamente feliz si la tarde de junio no hubiera
terminado nunca y la ropa lavada para tender no se hubiera agotado; le habría gustado
estarse allí mil años tendiendo pañales y cantando tonterías. Le parecía muy curioso a
Winston no haber oído nunca a un miembro del Partido cantando espontáneamente y en
soledad. Habría parecido una herejía política, una excentricidad peligrosa, algo así como
hablar consigo mismo. Quizá la gente sólo cantara cuando estuviera a punto de morirse
de hambre.
- Ya puedes volverte - dijo Julia.
Se dio la vuelta y por un segundo casi no la reconoció. Había esperado verla desnuda.
Pero no lo estaba. La transformación había sido mucho mayor. Se había pintado la cara.
Debía de haber comprado el maquillaje en alguna tienda de los barrios proletarios. Tenía
los labios de un rojo intenso, las mejillas rosadas y la nariz con polvos. Incluso se había
dado un toquecito debajo de los ojos para hacer resaltar su brillantez. No se había pintado
muy bien, pero Winston entendía poco de esto. Nunca había visto ni se había atrevido a
imaginar a una mujer del Partido con cosméticos en la cara. Era sorprendente el cambio
tan favorable que había experimentado el rostro de Julia. Con unos cuantos toques de
color en los sitios adecuados, no sólo estaba mucho más bonita, sino, lo que era más
importante, infinitamente más femenina. Su cabello corto y su «mono» juvenil de chico
realzaban aún más este efecto. Al abrazarla sintió Winston un perfume a violetas
sintéticas. Recordó entonces la semioscuridad de una cocina en un sótano y la boca
negra cavernosa de una mujer. Era el mismísimo perfume que aquélla había usado, pero
a Winston no le importaba esto por lo pronto.
- ¡También perfume! - dijo.
- Sí, querido; también me he puesto perfume. ¿Y sabes lo que voy a hacer ahora? Voy
a buscarme en donde sea un verdadero vestido de mujer y me lo pondré en vez de estos
asquerosos pantalones. ¡Llevaré medias de seda y zapatos de tacón alto! Estoy dispuesta
a ser en esta habitación una mujer y no una camarada del Partido.
Se sacaron las ropas y se subieron a la gran cama de caoba. Era la primera vez que él
se desnudaba por completo en su presencia. Hasta ahora había tenido demasiada
vergüenza de su pálido y delgado cuerpo, con las varices saliéndose en las pantorrillas y
el trozo descolorido justo encima de su tobillo. No había sábanas pero la manta sobre la
que estaban echados estaba gastada y era suave, y el tamaño y lo blando de la cama los
tenía asombrados.
- Seguro que está llena de chinches, pero ¿qué importa? - dijo Julia.
No se veían camas dobles en aquellos tiempos, excepto en las casas de los proles.
Winston había dormido en una ocasionalmente en su niñez. Julia no recordaba haber
dormido nunca en una.
Durmieron después un ratito. Cuando Winston se despertó, el reloj marcaba cerca de
las nueve de la noche. No se movieron porque Julia dormía con la cabeza apoyada en el
hueco de su brazo. Casi toda su pintura había pasado a la cara de Winston o a la
almohada, pero todavía le quedaba un poco de colorete en las mejillas. Un rayo de sol
poniente caía sobre el pie de la cama y daba sobre la chimenea donde el agua hervía a
borbotones. Ya no cantaba la mujer en el patio, pero seguían oyéndose los gritos de los
niños en la calle. Julia se despertó, frotándose los ojos, y se incorporó apoyándose en un
codo para mirar a la estufa de petróleo.
- La mitad del agua se ha evaporado - dijo -. Voy a levantarme y a preparar más agua
en un momento. Tenemos una hora. ¿Cuándo cortan las luces en tu casa?
- A las veintitrés treinta.
- Donde yo vivo apagan a las veintitrés un punto. Pero hay que entrar antes porque...
¡Fuera. de aquí, asquerosa!
Julia empezó a retorcerse en la cama, logró coger un zapato del suelo y lo tiró a un
rincón, igual que Winston la había visto arrojar su diccionario a la cara de Goldstein
aquella mañana durante los Dos Minutos de Odio.
- ¿Qué era eso? - le preguntó Winston, sorprendido.
- Una rata. La vi asomarse por ahí. Se metió por un boquete que hay en aquella pared.
De todos modos le he dado un buen susto.
- ¡Ratas! - murmuró Winston -. ¿Hay ratas en esta habitación?
- Todo está lleno de ratas - dijo ella en tono indiferente mientras volvía a tumbarse -.
Las tenemos hasta en la cocina de nuestro hotel. Hay partes de Londres en que se
encuentran por todos lados. ¿Sabes que atacan a los niños? Sí; en algunas calles de los
proles las mujeres no se atreven a dejar a sus hijos solos ni dos minutos. Las más
peligrosas son las grandes y oscuras. Y lo más horrible es que siempre...
- ¡No sigas, por favor! - dijo Winston, cerrando los ojos con fuerza.
- ¡Querido, te has puesto palidísimo! ¿Qué te pasa? ¿Te dan asco?
- ¡Una rata! ¡Lo más horrible del mundo!
Ella lo tranquilizó con el calor de su cuerpo. Winston no abrió los ojos durante un buen
rato. Le había parecido volver a hallarse de lleno en una pesadilla que se le presentaba
con frecuencia. Siempre era poco más o menos igual. Se hallaba frente a un muro
tenebroso y del otro lado de este muro había algo capaz de enloquecer al más valiente.
Algo infinitamente espantoso. En el sueño sentíase siempre decepcionado porque sabía
perfectamente lo que ocurría detrás del muro de tinieblas. Con un esfuerzo mortal, como
si se arrancara un trozo de su cerebro, conseguía siempre despertarse sin llegar a
descubrir de qué se trataba concretamente, pero él sabía que era algo relacionado con lo
que Julia había estado diciendo y sobre todo con lo que iba a decirle cuando la
interrumpió.
- Lo siento - dijo -, no es nada. Lo que ocurre es que no puedo soportar las ratas.
- No te preocupes, querido. Aquí no entrarán porque voy a tapar ese agujero con tela
de saco antes de que nos vayamos. Y la próxima vez que vengamos traeré un poco de
yeso y lo taparemos definitivamente.
Ya había olvidado Winston aquellos instantes de pánico.
Un poco avergonzado de sí mismo sentóse a la cabecera de la cama. Julia se levantó,
se puso el «mono» e hizo el café. El aroma resultaba tan delicioso y fuerte que tuvieron
que cerrar la ventana para no alarmar a la vecindad. Pero mejor aún que el sabor del café
era la calidad que le daba el azúcar, una finura sedosa que Winston casi había olvidado
después de tantos años de sacarina. Con una mano en un bolsillo y un pedazo de pan
con mermelada en la otra se paseaba Julia por la habitación mirando con indiferencia la
estantería de libros, pensando en la mejor manera de arreglar la mesa, dejándose caer en
el viejo sillón para ver si era cómodo y examinando el absurdo reloj de las doce horas con
aire divertido y tolerante. Cogió el pisapapeles de cristal y se lo llevó a la cama, donde se
sentó para examinarlo con tranquilidad. Winston se lo quitó de las manos, fascinado,
como siempre, por el aspecto suave, resbaloso, de agua de lluvia que tenía aquel cristal.
- ¿Qué crees tú que será esto? - dijo Julia.
- No creo que sea nada particular... Es decir, no creo que haya servido nunca para
nada concreto. Eso es lo que me gusta precisamente de este objeto. Es un pedacito de
historia que se han olvidado de cambiar; un mensaje que nos llega de hace un siglo y que
nos diría muchas cosas si supiéramos leerlo.
- Y aquel cuadro - señaló Julia - también tendrá cien años?
- Más, seguramente doscientos. Es imposible saberlo con seguridad. En realidad hoy
no se sabe la edad de nada.
Julia se acercó a la pared de enfrente para examinar con detenimiento el grabado. Dijo:
- ¿Qué sitio es éste? Estoy segura de haber estado aquí alguna vez.
- Es una iglesia o, por lo menos, solía serio. Se llamaba San Clemente.
- La incompleta canción que el señor Charrington le había enseñado volvió a sonar en
la cabeza de Winston, que murmuró con nostalgia: Naranjas y limones, dicen las
campanas de San Clemente.
Y se quedó estupefacto al oír a Julia continuar:
- Me debes tres peniques, dicen las campanas de San Martín. ¿Cuándo me pagarás?,
dicen las campanas de Old Baily...
- No puedo recordar cómo sigue. Pero sé que termina así: Aquí tienes una vela para
alumbrarte cuando te acuestes. Aquí tienes un hacha para cortarte la cabeza.
Era como las dos mitades de una contraseña. Pero tenía que haber otro verso después
de «las campanas de Old Bailey». Quizá el señor Charrington acabaría acordándose de
este final.
- ¿Quién te lo enseñó? - dijo Winston.
- Mi abuelo. Solía cantármelo cuando yo era niña. Lo vaporizaron teniendo yo unos
ocho años... No estoy segura, pero lo cierto es que desapareció. Lo que no sé, y me lo he
preguntado muchas veces, es qué sería un limón - añadió -. He visto naranjas. Es una
especie de fruta redonda y amarillenta con una cáscara muy fina.
- Yo recuerdo los limones - dijo Winston -. Eran muy frecuentes en los años cincuenta y
tantos. Eran unas frutas tan agrias que rechinaban los dientes sólo de olerlas.
- Estoy segura de que detrás de ese cuadro hay chinches - dijo Julia -. Lo descolgaré
cualquier día para limpiarlo bien. Creo que ya es hora de que nos vayamos. ¡Qué fastidio,
ahora tengo que quitarme esta pintura! Empezaré por mí y luego te limpiaré a ti la cara.
Winston permaneció unos minutos más en la cama. Oscurecía en la habitación.
Volvióse hacia la ventana y fijó la vista en el pisapapeles de cristal. Lo que le interesaba
inagotablemente no era el pedacito de coral, sino el interior del cristal mismo. Tenía tanta
profundidad, y sin embargo era transparente, como hecho con aire. Como si la superficie
cristalina hubiera sido la cubierta del cielo que encerrase un diminuto mundo con toda su
atmósfera.
Tenía Winston la sensación de que podría penetrar en ese mundo cerrado, que ya
estaba dentro de él con la cama de caoba y la mesa rota y el reloj y el grabado e incluso
con el mismo pisapapeles. Sí, el pisapapeles era la habitación en que se hallaba Winston,
y el coral era la vida de Julia y la suya clavadas eternamente en el corazón del cristal.

CAPITULO V

Syme había desaparecido. Una mañana no acudió al trabajo: unos cuantos indiferentes
comentaron su ausencia, pero al día siguiente nadie habló de él. Al tercer día entró
Winston en el vestíbulo del Departamento de Registro para mirar el tablón de anuncios.
Uno de éstos era una lista impresa con los miembros del Comité de Ajedrez, al que Syme
había pertenecido. La lista era idéntica a la de antes - nada había sido tachado en ella -,
pero contenía un nombre menos. Bastaba con eso. Syme había dejado de existir. Es más,
nunca había existido.
Hacía un calor horrible. En el laberíntico Ministerio las habitaciones sin ventanas y con
buena refrigeración mantenían una temperatura normal, pero en la calle el pavimento
echaba humo y el ambiente del metro a las horas de aglomeración era espantoso.
Seguían en pleno hervor los preparativos para la Semana del Odio y los funcionarios de
todos los Ministerios dedicaban a esta tarea horas extraordinarias. Había que organizar
los desfiles, manifestaciones, conferencias, exposiciones de figuras de cera, programas
cinematográficos y de telepantalla, erigir tribunas, construir efigies, inventar consignas,
escribir canciones, extender rumores, falsificar fotografías... La sección de Julia en el
Departamento de Novela había interrumpido su tarea habitual y confeccionaba una serie
de panfletos de atrocidades. Winston, aparte de su trabajo corriente, pasaba mucho
tiempo cada día revisando colecciones del Times y alterando o embelleciendo noticias
que iban a ser citadas en los discursos. Hasta última hora de la noche, cuando las
multitudes de los incultos proles paseaban por las calles, la ciudad presentaba un aspecto
febril. Las bombas cohete caían con más frecuencia que nunca y a veces se percibían allá
muy lejos enormes explosiones que nadie podía explicar y sobre las cuales se esparcían
insensatos rumores.
La nueva canción que había de ser el tema de la Semana del Odio (se llamaba la
Canción del Odio) había sido ya compuesta y era repetida incansablemente por las
telepantallas. Tenía un ritmo salvaje, de ladridos y no podía llamarse con exactitud
música. Más bien era como el redoble de un tambor. Centenares de voces rugían con
aquellos sones que se mezclaban con el chas-chas de sus renqueantes pies. Era
aterrador. Los proles se habían aficionado a la canción, y por las calles, a media noche,
competía con la que seguía siendo popular: «Era una ilusión sin esperanza». Los niños de
Parsons la tocaban a todas horas, de un modo alucinante, en su peine cubierto de papel
higiénico. Winston tenía las tardes más ocupadas que nunca. Brigadas de voluntarios
organizadas por Parsons preparaban la calle para la Semana del Odio cosiendo banderas
y estandartes, pintando carteles, clavando palos en los tejados para que sirvieran de
astas y tendiendo peligrosamente alambres a través de la calle para colgar pancartas.
Parsons se jactaba de que las casas de la Victoria era el único grupo que desplegaría
cuatrocientos metros de propaganda. Se hallaba en su elemento y era más feliz que una
alondra. El calor y el trabajo manual le habían dado pretexto para ponerse otra vez los
shorts y la camisa abierta. Estaba en todas partes a la vez, empujaba, tiraba, aserraba,
daba tremendos martillazos, improvisaba, aconsejaba a todos y expulsaba pródigamente
una inagotable cantidad de sudor.
En todo Londres había aparecido de pronto un nuevo cartel que se repetía
infinitamente. No tenía palabras. Se limitaba a representar, en una altura de tres o cuatro
metros, la monstruosa figura de un soldado eurasiático que parecía avanzar hacia el que
lo miraba, una cara mogólica inexpresiva, unas botas enormes y, apoyado en la cadera,
un fusil ametralladora a punto de disparar. Desde cualquier parte que mirase uno el cartel,
la boca del arma, ampliada por la perspectiva, por el escorzo, parecía apuntarle a uno sin
remisión. No había quedado ni un solo hueco en la ciudad sin aprovechar para colocar
aquel monstruo. Y lo curioso era que había más retratos de este enemigo simbólico que
del propio Gran Hermano. Los proles, que normalmente se mostraban apáticos respecto a
la guerra, recibían así un trallazo para que entraran en uno de sus periódicos frenesíes de
patriotismo. Como para armonizar con el estado de ánimo general, las bombas cohetes
habían matado a más gente que de costumbre. Una cayó en un local de cine de Stepney,
enterrando en las ruinas a varios centenares de víctimas. Todos los habitantes del barrio
asistieron a un imponente entierro que duró muchas horas y que en realidad constituyó un
mitin patriótico. Otra bomba cayó en un solar inmenso que utilizaban los niños para jugar
y varias docenas de éstos fueron despedazados. Hubo muchas más manifestaciones
indignadas, Goldstein fue quemado en efigie, centenares de carteles representando al
soldado eurasiático fueron rasgados y arrojados a las llamas y muchas tiendas fueron
asaltadas. Luego se esparció el rumor de que unos espías dirigían los cohetes mortíferos
por medio de la radio y un anciano matrimonio acusado de extranjería pereció abrasado
cuando las turbas incendiaron su casa.
En la habitación encima de la tienda del señor Charrington, cuando podían ir allí, Julia y
Winston se quedaban echados uno junto al otro en la desnuda cama bajo la ventana
abierta, desnudos para estar más frescos. La rata no volvió, pero las chinches se
multiplicaban odiosamente con ese calor. No importaba. Sucia o limpia, la habitación era
un paraíso. Al llegar echaban pimienta comprada en el mercado negro sobre todos los
objetos, se sacaban la ropa y hacían el amor con los cuerpos sudorosos, luego se
dormían y al despertar se encontraban con que las chinches se estaban formando para el
contraataque. Cuatro, cinco, seis, hasta siete veces se encontraron allí durante el mes de
junio. Winston había dejado de beber ginebra a todas horas. Le parecía que ya no lo
necesitaba. Había engordado. Sus varices ya no le molestaban; en realidad casi habían
desaparecido y por las mañanas ya no tosía al despertarse. La vida había dejado de serie
intolerable, no sentía la necesidad de hacerle muecas a la telepantalla ni el sufrimiento de
no poder gritar palabrotas cada vez que oía un discurso. Ahora que casi tenían un hogar,
no les parecía mortificante reunirse tan pocas veces y sólo un par de horas cada vez. Lo
importante es que existiese aquella habitación; saber que estaba allí era casi lo mismo
que hallarse en ella. Aquel dormitorio era un mundo completo, una bolsa del pasado
donde animales de especies extinguidas podían circular. También el señor Charrington,
pensó Winston, pertenecía a una especie extinguida. Solía hablar con él un rato antes de
subir. El viejo salía poco, por lo visto, y apenas tenía clientes. Llevaba una existencia
fantasmal entre la minúscula tienda y la cocina, todavía más pequeña, donde él mismo se
guisaba y donde tenía, entre otras cosas raras, un gramófono increíblemente viejo con
una enorme bocina. Parecía alegrarse de poder charlar. Entre sus inútiles mercancías,
con su larga nariz y gruesos lentes, encorvado bajo su chaqueta de terciopelo, tenía más
aire de coleccionista que de mercader. De vez en cuando, con un entusiasmo muy
moderado, cogía alguno de los objetos que tenía a la venta, sin preguntarle nunca a
Winston si lo quería comprar, sino enseñándoselo sólo para que lo admirase. Hablar con
él era como escuchar el tintineo de una desvencijada cajita de música. Algunas veces, se
sacaba de los desvanes de su memoria algunos polvorientos retazos de canciones
olvidadas. Había una sobre veinticuatro pájaros negros y otra sobre una vaca con un
cuerno torcido y otra que relataba la muerte del pobre gallo Robin. «He pensado que
podría gustarle a usted» - decía con una risita tímida cuando repetía algunos versos
sueltos de aquellas canciones. Pero nunca recordaba ninguna canción completa.
Julia y Winston sabían perfectamente - en verdad, ni un solo momento dejaban de
tenerlo presente - que aquello no podía durar. A veces la sensación de que la muerte se
cernía sobre ellos les resultaba tan sólida como el lecho donde estaban echados y se
abrazaban con una desesperada sensualidad, como un alma condenada aferrándose a su
último rato de placer cuando faltan cinco minutos para que suene el reloj. Pero también
había veces en que no sólo se sentían seguros, sino que tenían una sensación de
permanencia. Creían entonces que nada podría ocurrirles mientras estuvieran en su
habitación. Llegar hasta allí era difícil y peligroso, pero el refugio era invulnerable.
Igualmente, Winston, mirando el corazón del pisapapeles, había sentido como si fuera
posible penetrar en aquel mundo de cristal y que una vez dentro el tiempo se podría
detener. Con frecuencia se entregaban ambos a ensueños de fuga. Se imaginaban que
tendrían una suerte magnífica por tiempo indefinido y que podrían continuar llevando
aquella vida clandestina durante toda su vida natural. O bien Katharine moriría, lo cual les
permitiría a Winston y Julia, mediante sutiles maniobras, llegar a casarse. O se suicidarían
juntos. O desaparecerían, disfrazándose de tal modo que nadie los reconocería,
aprendiendo a hablar con acento proletario, logrando trabajo en una fábrica y viviendo
siempre, sin ser descubiertos, en una callejuela como aquélla. Los dos sabían que todo
esto eran tonterías. En realidad no había escapatoria. E incluso el único plan posible, el
suicidio, no estaban dispuestos a llevarlo a efecto. Dejar pasar los días y las semanas,
devanando un presente sin futuro, era lo instintivo, lo mismo que nuestros pulmones
ejecutan el movimiento respiratorio siguiente mientras tienen aire disponible.
Además, a veces hablaban de rebelarse contra el Partido de un modo activo, pero no
tenían idea de cómo dar el primer paso. Incluso si la fabulosa Hermandad existía,
quedaba la dificultad de entrar en ella. Winston le contó a Julia la extraña intimidad que
había, o parecía haber, entre él y O'Brien, y del impulso que sentía a veces de salirle al
encuentro a O'Brien y decirle que era enemigo del Partido y pedirle ayuda. Era muy
curioso que a Julia no le pareciera una locura semejante proyecto. Estaba acostumbrada
a juzgar a las gentes por su cara y le parecía natural que Winston confiase en O'Brien
basándose solamente en un destello de sus ojos. Además, Julia daba por cierto que
todos, o casi todos, odiaban secretamente al Partido e infringirían sus normas si creían
poderlo hacer con impunidad. Pero se negaba a admitir que existiera ni pudiera existir
jamás una oposición amplia y organizada. Los cuentos sobre Goldstein y su ejército
subterráneo, decía, eran sólo un montón de estupideces que el Partido se había
inventado para sus propios fines y en los que todos fingían creer. Innumerables veces, en
manifestaciones espontáneas y asambleas del Partido, había gritado Julia con todas sus
fuerzas pidiendo la ejecución de personas cuyos nombres nunca había oído y en cuyos
supuestos crímenes no creía ni mucho menos. Cuando tenían efecto los procesos
públicos, Julia acudía entre las jóvenes de la Liga juvenil que rodeaban el edificio de los
tribunales noche y día y gritaba con ellas: «¡Muerte a los traidores!». Durante los Dos
Minutos de Odio siempre insultaba a Goldstein con más energía que los demás. Sin
embargo, no tenía la menor idea de quién era Goldstein ni de las doctrinas que pudiera
representar. Había crecido dentro de la Revolución y era demasiado joven para recordar
las batallas ideológicas de los años cincuenta y sesenta y tantos. No podía imaginar un
movimiento político independiente; y en todo caso el Partido era invencible. Siempre
existiría. Y nunca iba a cambiar ni en lo más mínimo. Lo más que podía hacerse era
rebelarse secretamente o, en ciertos casos, por actos aislados de violencia como matar a
alguien o poner una bomba en cualquier sitio.
En cierto modo, Julia era menos susceptible que Winston a la propaganda del Partido.
Una vez se refirió él a la guerra contra Eurasia y se quedó asombrado cuando ella, sin
concederle importancia a la cosa, dio por cierto que no había tal guerra. Casi con toda
seguridad, las bombas cohete que caían diariamente sobre Londres eran lanzadas por el
mismo Gobierno de Oceanía sólo para que la gente estuviera siempre asustada. A
Winston nunca se le había ocurrido esto. También despertó en él Julia una especie de
envidia al confesarle que durante los dos Minutos de Odio lo peor para ella era contenerse
y no romper a reír a carcajadas, pero Julia nunca discutía las enseñanzas del Partido a no
ser que afectaran a su propia vida. Estaba dispuesta a aceptar la mitología oficial, porque
no le parecía importante la diferencia entre verdad y falsedad. Creía por ejemplo - porque
lo había aprendido en la escuela - que el Partido había inventado los aeroplanos. (En
cuanto a Winston, recordaba que en su época escolar, en los años cincuenta y tantos, el
Partido no pretendía haber inventado, en el campo de la aviación, más que el autogiro;
una docena de años después, cuando Julia iba a la escuela, se trataba ya del aeroplano
en general; al cabo de otra generación, asegurarían haber descubierto la máquina de
vapor.) Y cuando Winston le dijo que los aeroplanos existían ya antes de nacer él y
mucho antes de la Revolución, esto le pareció a la joven carecer de todo interés. ¿Qué
importaba, después de todo, quién hubiese inventado los aeroplanos? Mucho más le
llamó la atención a Winston que Julia no recordaba que Oceanía había estado en guerra,
hacía cuatro años, con Asia Oriental y en paz con Eurasia. Desde luego, para ella la
guerra era una filfa, pero por lo visto no se había dado cuenta de que el nombre del
enemigo había cambiado. «Yo creía que siempre habíamos estado en guerra con
Eurasia», dijo en tono vago. Esto le impresionó mucho a Winston. El invento de los
aeroplanos era muy anterior a cuando ella nació, pero el cambiazo en la guerra sólo había
sucedido cuatro años antes, cuando ya Julia era una muchacha mayor. Estuvo
discutiendo con ella sobre esto durante un cuarto de hora. Al final, logró hacerle recordar
confusamente que hubo una época en que el enemigo había sido Asia Oriental y no
Eurasia. Pero ella seguía sin comprender que esto tuviera importancia. «¿Qué más da?»,
dijo con impaciencia. «Siempre ha sido una puñetera guerra tras otra y de sobras
sabemos que las noticias de guerra son todas una pura mentira.»
A veces le hablaba Winston del Departamento de Registro y de las descaradas
falsificaciones que él perpetraba allí por encargo del Partido. Todo esto no la
escandalizaba. Él le contó la historia de Jones, Aaronson y Rutherford, así como el
trascendental papelito que había tenido en su mano casualmente. Nada de esto la
impresionaba. Incluso le costaba trabajo comprender el sentido de lo que Winston decía.
- ¿Es que eran amigos tuyos? - le preguntó.
- No, no los conocía personalmente. Eran miembros del Partido Interior. Además, eran
mucho mayores que yo. Conocieron la época anterior a la Revolución. Yo sólo los conocía
de vista.
- Entonces ¿por qué te preocupas? Todos los días matan gente; es lo corriente.
Intentó hacerse comprender:
- Ése era un caso excepcional. No se trataba sólo de que mataran a alguien. ¿No te
das cuenta de que el pasado, incluso el de ayer mismo, ha sido suprimido? Si sobrevive,
es únicamente en unos cuantos objetos sólidos, y sin etiquetas que los distingan, como
este pedazo de cristal. Y ya apenas conocemos nada de la Revolución y mucho menos de
los años anteriores a ella. Todos los documentos han sido destruidos o falsificados, todos
los libros han sido otra vez escritos, los cuadros vueltos a pintar, las estatuas, las calles y
los edificios tienen nuevos nombres y todas las fechas han sido alteradas. Ese proceso
continúa día tras día y minuto tras minuto. La Historia se ha parado en seco. No existe
más que un interminable presente en el cual el Partido lleva siempre razón. Naturalmente,
yo sé que el pasado está falsificado, pero nunca podría probarlo aunque se trate de
falsificaciones realizadas por mí. Una vez que he cometido el hecho, no quedan pruebas.
La única evidencia se halla en mi propia mente y no puedo asegurar con certeza que
exista otro ser humano con la misma convicción que yo. Solamente en ese ejemplo que te
he citado llegué a tener en mis manos una prueba irrefutable de la falsificación del pasado
después de haber ocurrido; años después.
- Y total, ¿qué interés puede tener eso? ¿De qué te sirve saberlo?
- De nada, porque inmediatamente destruí la prueba. Pero si hoy volviera a tener una
ocasión semejante guardaría el papel.
- ¡Pues yo no! - dijo Julia -. Estoy dispuesta a arriesgarme, pero sólo por algo que
merezca la pena, no por unos trozos de papel viejo. ¿Qué habrías hecho con esa
fotografía si la hubieras guardado?
- Quizás nada de particular. Pero al fin y al cabo, se trataba de una prueba y habría
sembrado algunas dudas aquí y allá, suponiendo que me hubiese atrevido a enseñársela
a alguien. No creo que podamos cambiar el curso de los acontecimientos mientras
vivamos. Pero es posible que se creen algunos centros de resistencia, grupos de
descontentos que vayan aumentando e incluso dejando testimonios tras ellos de modo
que la generación siguiente pueda recoger la antorcha y continuar nuestra obra.
- No me interesa la próxima generación, cariño. Me interesa nosotros.
- No eres una rebelde más que de cintura para abajo - dijo él.
Ella encontró esto muy divertido y le echó los brazos al cuello, complacida.
Julia no se interesaba en absoluto por las ramificaciones de la doctrina del partido.
Cuando Winston hablaba de los principios de Ingsoc, el doblepensar, la mutabilidad del
pasado y la degeneración de la realidad objetiva y se ponía a emplear palabras de
neolengua, la joven se aburría espantosamente, además de hacerse un lío, y se
disculpaba diciendo que nunca se había fijado en esas cosas. Si se sabía que todo ello
era un absoluto camelo, ¿para qué preocuparse? Lo único que a ella le interesaba era
saber cuándo tenía que vitorear y cuándo le correspondía abuchear. Si Winston persistía
en hablar de tales temas, Julia se quedaba dormida del modo más desconcertante. Era
una de esas personas que pueden dormirse en cualquier momento y en las posturas más
increíbles. Hablándole, comprendía Winston qué fácil era presentar toda la apariencia de
la ortodoxia sin tener idea de qué significaba realmente lo ortodoxo. En cierto modo la
visión del mundo inventada por el Partido se imponía con excelente éxito a la gente
incapaz de comprenderla. Hacía aceptar las violaciones más flagrantes de la realidad
porque nadie comprendía del todo la enormidad de lo que se les exigía ni se interesaba lo
suficiente por los acontecimientos públicos para darse cuenta de lo que ocurría. Por falta
de comprensión, todos eran políticamente sanos y fieles. Sencillamente, se lo tragaban
todo y lo que se tragaban no les sentaba mal porque no les dejaba residuos lo mismo que
un grano de trigo puede pasar, sin ser digerido y sin hacerle daño, por el cuerpecito de un
pájaro.

CAPITULO VI

Por fin, había ocurrido. Había llegado el esperado mensaje. Le parecía a Winston que
toda su vida había estado esperando que esto sucediera.
Iba por el largo pasillo del Ministerio y casi había llegado al sitio donde Julia le deslizó
aquel día en la mano su declaración. La persona, quien quiera que fuese, tosió
ligeramente sin duda como preludio para hablar. Winston se detuvo en seco y volvió la
cara. Era O'Brien.
Por fin, se hallaban cara a cara y el único impulso que sentía Winston era emprender la
huida. El corazón le latía a toda velocidad.
No habría podido hablar en ese momento. Sin embargo, O'Brien, poniéndole
amistosamente una mano en el hombro, siguió andando junto a él. Empezó a hablar con
su característica cortesía, seria y suave, que le diferenciaba de la mayor parte de los
miembros del Partido Interior.
- He estado esperando una oportunidad de hablar contigo - le dijo -; estuve leyendo uno
de tus artículos en neolengua publicados en el Times. Tengo entendido que te interesa,
desde un punto de vista erudito, la neolengua.
Winston había recobrado ánimos, aunque sólo en parte.
- No muy erudito - dijo -. Soy sólo un aficionado. No es mi especialidad. Nunca he
tenido que ocuparme de la estructura interna del idioma.
- Pero lo escribes con mucha elegancia - dijo O'Brien -. Y ésta no es sólo una opinión
mía. Estuve hablando recientemente con un amigo tuyo que es un especia lista en
cuestiones idiomáticas. He olvidado su nombre ahora mismo; que lo tenía en la punta de
la lengua.
Winston sintió un escalofrío. O'Brien no podía referirse más que a Syme. Pero Syme no
sólo estaba muerto, sino que había sido abolido. Era una nopersona. Cualquier referencia
identificable a aquel vaporizado habría resultado mortalmente peligrosa. De manera que
la alusión que acababa de hacer O'Brien debía de significar una señal secreta. Al
compartir con él este pequeño acto de crimental, se habían convertido los dos en
cómplices. Continuaron recorriendo lentamente el corredor hasta que O'Brien se detuvo.
Con la tranquilizadora amabilidad que él infundía siempre a sus gestos, aseguró bien sus
gafas sobre la nariz y prosiguió:
- Lo que quise decir fue que noté en tu artículo que habías empleado dos palabras ya
anticuadas. En realidad, hace muy poco tiempo que se han quedado anticuadas. ¿Has
visto la décima edición del Diccionario de Neolengua?
- No - dijo Winston -. No creía que estuviese ya publicado. Nosotros seguimos usando
la novena edición en el Departamento de Registro.
- Bueno, la décima edición tardará varios meses en aparecer, pero ya han circulado
algunos ejemplares en pruebas. Yo tengo uno. Quizás te interese verlo, ¿no?
- Muchísimo - dijo Winston, comprendiendo inmediatamente la intención del otro.
- Algunas de las modificaciones introducidas son muy ingeniosas. Creo que te
sorprenderá la reducción del número de verbos. Vamos a ver. ¿Será mejor que te mande
un mensajero con el diccionario? Pero temo no acordarme; siempre me pasa igual.
Quizás puedas recogerlo en mi piso a una hora que te convenga. Espera. Voy a darte mi
dirección.
Se hallaban frente a una telepantalla. Como distraído, O'Brien se buscó maquinalmente
en los bolsillos y por fin sacó una pequeña agenda forrada en cuero y un lápiz tinta
morado. Colocándose respecto a la telepantalla de manera que el observador pudiera leer
bien lo que escribía, apuntó la dirección. Arrancó la hoja y se la dio a Winston.
- Suelo estar en casa por las tardes - dijo -. Si no, mi criado te dará el diccionario.
Ya se había marchado dejando a Winston con el papel en la mano. Esta vez no había
necesidad de ocultar nada. Sin embargo, grabó en la memoria las palabras escritas, y
horas después tiró el papel en el «agujero de la memoria» junto con otros.
No habían hablado más de dos minutos. Aquel breve episodio sólo podía tener un
significado. Era una manera de que Winston pudiera saber la dirección de O'Brien. Aquel
recurso era necesario porque a no ser directamente, nadie podía saber dónde vivía otra
persona. No había guías de direcciones. «Si quieres verme, ya sabes dónde estoy», era
en resumen lo que O'Brien le había estado diciendo. Quizás se encontrara en el
diccionario algún mensaje. De todos modos lo cierto era que la conspiración con que él
soñaba existía efectivamente y que había entrado ya en contacto con ella.
Winston sabía que más pronto o más tarde obedecería la indicación de O'Brien. Quizás
al día siguiente, quizás al cabo de mucho tiempo, no estaba seguro. Lo que sucedía era
sólo la puesta en marcha de un proceso que había empezado a incubarse varios años
antes. El primer paso consistió en un pensamiento involuntario y secreto; el segundo fue
el acto de abrir el Diario. Aquello había pasado de los pensamientos a las palabras, y
ahora, de las palabras a la acción. El último paso tendría lugar en el Ministerio del Amor.
Pero Winston ya lo había aceptado. El final de aquel asunto estaba implícito en su
comienzo. De todos modos, asustaba un poco; o, con más exactitud, era un pregusto de
la muerte, como estar ya menos vivo. Incluso mientras hablaba O'Brien y penetraba en él
el sentido de sus palabras, le había recorrido un escalofrío. Fue como si avanzara hacia la
humedad de una tumba y la impresión no disminuía por el hecho de que él hubiera sabido
siempre que la tumba estaba allí esperándole.

CAPITULO VII

Winston se despertó muy emocionado. Le dijo a Julia:


«He soñado que...», y se detuvo porque no podía explicarlo. Era excesivamente
complicado. No sólo se trataba del sueño, sino de unos recuerdos relacionados con él que
habían surgido en su mente segundos después de despertarse.
Siguió tendido, con los ojos cerrados y envuelto aún en la atmósfera del sueño. Era un
amplio y luminoso ensueño en el que su vida entera parecía extenderse ante él como un
paisaje en una tarde de verano después de la lluvia. Todo había ocurrido dentro del
pisapapeles de cristal, pero la superficie de éste era la cúpula del cielo y dentro de la
cúpula todo estaba inundado por una luz clara y suave gracias a la cual podían verse
interminables distancias. El ensueño había partido de un gesto hecho por su madre con el
brazo y vuelto a hacer, treinta años más tarde, por la mujer judía del noticiario
cinematográfico cuando trataba de proteger a su niño de las balas antes de que los
autogiros los destrozaran a ambos.
- ¿Sabes? - dijo Winston -, hasta ahora mismo he creído que había asesinado a mi
madre.
- ¿Por qué la asesinaste? - le preguntó Julia medio dormida.
- No, no la asesiné. Físicamente, no.
En el ensueño había recordado su última visión de la madre y, pocos instantes después
de despertar, le había vuelto el racimo de pequeños acontecimientos que rodearon aquel
hecho. Sin duda, había estado reprimiendo deliberadamente aquel recuerdo durante
muchos años. No estaba seguro de la fecha, pero debió de ser hacía menos de diez años
o, a lo más, doce.
Su padre había desaparecido poco antes. No podía recordar cuánto tiempo antes, pero
sí las revueltas circunstancias de aquella época, el pánico periódico causado por las
incursiones aéreas y las carreras para refugiarse en las estaciones del Metro, los
montones de escombros, las consignas que aparecían por las esquinas en llamativos
carteles, las pandillas de jóvenes con camisas del mismo color, las enormes colas en las
panaderías, el intermitente crepitar de las ametralladoras a lo lejos... y, sobre todo, el
hecho de que nunca había bastante comida. Recordaba las largas tardes pasadas con
otros chicos rebuscando en las latas de la basura y en los montones de desperdicios,
encontrando a veces hojas de verdura, mondaduras de patata e incluso, con mucha
suerte, mendrugos de pan, duros como piedra, que los niños sacaban cuidadosamente de
entre la ceniza; y también, la paciente espera de los camiones que llevaban pienso para el
ganado y que a veces dejaban caer, al saltar en un bache, bellotas o avena.
Cuando su padre desapareció, su madre no se mostró sorprendida ni demasiado
apenada, pero se operó en ella un, súbito cambio. Parecía haber perdido por completo los
ánimos. Era evidente - incluso para un niño como Winston - que la mujer esperaba algo
que ella sabía con toda seguridad que ocurriría. Hacía todo lo necesario - guisaba, lavaba
la ropa y la remendaba, arreglaba las camas, barría el suelo, limpiaba el polvo -, todo ello
muy despacio y evitándose todos los movimientos inútiles. Su majestuoso cuerpo tenía
una tendencia natural a la inmovilidad. Se quedaba las horas muertas casi inmóvil en la
cama, con su niñita en los brazos, una criatura muy silenciosa de dos o tres años con un
rostro tan delgado que parecía simiesco. De vez en cuando, la madre cogía en brazos a
Winston y le estrechaba contra ella, sin decir nada. A pesar de su escasa edad y de su
natural egoísmo, Winston sabía que todo esto se relacionaba con lo que había de ocurrir:
aquel acontecimiento implícito en todo y del que nadie hablaba.
Recordaba la habitación donde vivían, una estancia oscura y siempre cerrada casi
totalmente ocupada por la cama. Había un hornillo de gas y un estante donde ponía los
alimentos. Recordaba el cuerpo estatuario de su madre inclinado sobre el hornillo de gas
moviendo algo en la sartén. Sobre todo recordaba su continua hambre y las sórdidas y
feroces batallas a las horas de comer. Winston le preguntaba a su madre, con reproche
una y otra vez, por qué no había más comida. Gritaba y la fastidiaba, descompuesto en su
afán de lograr una parte mayor. Daba por descontado que él, el varón, debía tener la
ración mayor. Pero por mucho que la pobre mujer le diera, él pedía invariablemente más.
En cada comida la madre le suplicaba que no fuera tan egoísta y recordase que su
hermanita estaba enferma y necesitaba alimentarse; pero era inútil. Winston cogía
pedazos de comida del plato de su hermanita y trataba de apoderarse de la fuente. Sabía
que con su conducta condenaba al hambre a su madre y a su hermana, pero no podía
evitarlo. Incluso creía tener derecho a ello. El hambre que le torturaba parecía justificarlo.
Entre comidas, si su madre no tenía mucho cuidado, se apoderaba de la escasa cantidad
de alimento guardado en la alacena.
Un día dieron una ración de chocolate. Hacía mucho tiempo - meses enteros - que no
daban chocolate. Winston recordaba con toda claridad aquel cuadrito oscuro y
preciadísimo. Era una tableta de dos onzas (por entonces se hablaba todavía de onzas)
que les correspondía para los tres. Parecía lógico que la tableta fuera dividida en tres
partes iguales. De pronto - en el ensueño -, como si estuviera escuchando a otra persona,
Winston se oyó gritar exigiendo que le dieran todo el chocolate. Su madre le dijo que no
fuese ansioso. Discutieron mucho; hubo llantos, lloros, reprimendas, regateos... su
hermanita agarrándose a la madre con las dos manos - exactamente como una monita -
miraba a Winston con ojos muy abiertos y llenos de tristeza. Al final, la madre le dio al
niño las tres cuartas partes de la tableta y a la hermanita la otra cuarta parte. La pequeña
la cogió y se puso a mirarla con indiferencia, sin saber quizás lo que era. Winston se la
quedó mirando un momento. Luego, con un súbito movimiento, le arrancó a la nena el
trocito de chocolate y salió huyendo.
- ¡Winston! ¡Winston! - le gritó su madre. Ven aquí, devuélvele a tu hermana el
chocolate.
El niño se detuvo pero no regresó a su sitio. Su madre lo miraba preocupadísima.
Incluso en ese momento, pensaba en aquello, en lo que había de suceder de un momento
a otro y que Winston ignoraba. La hermanita, consciente de que le habían robado algo,
rompió a llorar. Su madre la abrazó con fuerza. Algo había en aquel gesto que le hizo
comprender a Winston que su hermana se moría. Salió corriendo escaleras abajo con el
chocolate derritiéndosele entre los dedos.
Nunca volvió a ver a su madre. Después de comerse el chocolate, se sintió algo
avergonzado y corrió por las calles mucho tiempo hasta que el hambre le hizo volver.
Pero su madre ya no estaba allí. En aquella época, estas desapariciones eran normales.
Todo seguía igual en la habitación. Sólo faltaban la madre y la hermanita. Ni siquiera se
había llevado el abrigo. Ni siquiera ahora estaba seguro Winston de que su madre hubiera
muerto. Era muy posible que la hubieran mandado a un campo de trabajos forzados. En
cuanto a su hermana, quizás se la hubieran llevado - como hicieron con el mismo Winston
- a una de las colonias de niños huérfanos (les llamaban Centros de Reclamación) que
fueron una de las consecuencias de la guerra civil; o quizás la hubieran enviado con la
madre al campo de trabajos forzados o sencillamente la habrían dejado morir en cualquier
rincón.
El ensueño seguía vivo en su mente, sobre todo el gesto protector de la madre, que
parecía contener un profundo significado. Entonces recordó otro ensueño que había
tenido dos meses antes, cuando se le había aparecido hundiéndose sin cesar en aquel
barco, pero sin dejar de mirarlo a él a través del agua que se oscurecía por momentos.
Le contó a Julia la historia de la desaparición de su madre. Sin abrir los ojos, la joven
dio una vuelta en la cama y se colocó en una posición más cómoda.
- Ya me figuro que serías un cerdito en aquel tiempo - dijo indiferente -. Todos los niños
son unos cerdos.
- Sí, pero el sentido de esa historia...
Winston comprendió, por la respiración de Julia, que estaba a punto de volverse a
dormir. Le habría gustado seguirle contando cosas de su madre. No suponía, basándose
en lo que podía recordar de ella, que hubiera sido una mujer extraordinaria, ni siquiera
inteligente. Sin embargo, estaba seguro de que su madre poseía una especie de nobleza,
de pureza, sólo por el hecho de regirse por normas privadas. Los sentimientos de ella
eran realmente suyos y no los que el Estado le mandaba tener. No se le habría ocurrido
pensar que una acción ineficaz, sin consecuencias prácticas, careciera por ello de
sentido. Cuando se amaba a alguien, se le amaba por él mismo, y si no había nada más
que darle, siempre se le podía dar amor. Cuando él se había apoderado de todo el
chocolate, su madre abrazó a la niña con inmensa ternura. Aquel acto no cambiaba nada,
no servía para producir más chocolate, no podía evitar la muerte de la niña ni la de ella,
pero a la madre le parecía natural realizarlo. La mujer refugiada en aquel barco (en el
noticiario) también había protegido al niño con sus brazos, con lo cual podía salvarlo de
las balas con la misma eficacia que si lo hubiera cubierto con un papel. Lo terrible era que
el Partido había persuadido a la gente de que los simples impulsos y sentimientos de
nada servían. Cuando se estaba bajo las garras del Partido, nada importaba lo que se
sintiera o se dejara de sentir, lo que se hiciera o se dejara de hacer. Cuanto le sucedía a
uno se desvanecía y ni usted ni sus acciones volvían a figurar para nada. Le apartaban a
usted, con toda limpieza, del curso de la historia. Sin embargo, hacía sólo dos
generaciones, se dejaban gobernar por sentimientos privados que nadie ponía en duda.
Lo que importaba eran las relaciones humanas, y un gesto completamente inútil, un
abrazo, una lágrima, una palabra cariñosa dirigida a un moribundo, poseían un valor en sí.
De pronto pensó Winston que los proles seguían con sus sentimientos y emociones. No
eran leales a un Partido, a un país ni a un ideal, sino que se guardaban mutua lealtad
unos a otros. Por primera vez en su vida, Winston no despreció a los proles ni los creyó
sólo una fuerza inerte. Algún día muy remoto recobrarían sus fuerzas y se lanzarían a la
regeneración del mundo. Los proles continuaban siendo humanos. No se habían
endurecido por dentro. Se habían atenido a las emociones primitivas que él, Winston,
tenía que aprender de nuevo por un esfuerzo consciente. Y al pensar esto, recordó que
unas semanas antes había visto sobre el pavimento una mano arrancada en un
bombardeo y que la había apartado con el pie tirándola a la alcantarilla como si fuera un
inservible troncho de lechuga.
- Los proles son seres humanos - dijo en voz alta -. Nosotros, en cambio, no somos
humanos.
- ¿Por qué? - dijo Julia, que había vuelto a despertarse.
Winston reflexionó un momento.
- ¿No se te ha ocurrido pensar - dijo - que lo mejor que haríamos sería marcharnos de
aquí antes de que sea demasiado tarde y no volver a vernos jamás?
- Sí, querido, se me ha ocurrido varias veces, pero no estoy dispuesta a hacerlo.
- Hemos tenido suerte - dijo Winston -; pero esto no puede durar mucho tiempo. Somos
jóvenes. Tú pareces normal e inocente. Si te alejas de la gente como yo, puedes vivir
todavía cincuenta años más.
- ¡No!. Ya he pensado en todo eso. Lo que tú hagas, eso haré yo. Y no te desanimes
tanto. Yo sé arreglármelas para seguir viviendo.
- Quizás podamos seguir juntos otros seis meses, un año... no se sabe. Pero al final es
seguro que tendremos que separarnos. ¿Te das cuenta de lo solos que nos
encontraremos? Cuando nos hayan cogido, no habrá nada, lo que se dice nada, que
podamos hacer el uno por el otro. Si confieso, te fusilarán, y si me niego a confesar, te
fusilarán también. Nada de lo que yo pueda hacer o decir, o dejar de decir y hacer,
serviría para aplazar tu muerte ni cinco minutos. Ninguno de nosotros dos sabrá siquiera
si el otro vive o ha muerto. Sería inútil intentar nada. Lo único importante es que no nos
traicionemos, aunque por ello no iban a variar las cosas.
- Si quieren que confesemos - replicó Julia - lo haremos. Todos confiesan siempre. Es
imposible evitarlo. Te torturan.
- No me refiero a la confesión. Confesar no es traicionar. No importa lo que digas o
hagas, sino los sentimientos. Si pueden obligarme a dejarte de amar... esa sería la
verdadera traición.
Julia reflexionó sobre ello.
- A eso no pueden obligarte - dijo al cabo de un rato -. Es lo único que no pueden
hacer. Pueden forzarte a decir cualquier cosa, pero no hay manera de que te lo hagan
creer. Dentro de ti no pueden entrar nunca.
- Eso es verdad - dijo Winston con un poco más de esperanza -. No pueden penetrar
en nuestra alma. Si podemos sentir que merece la pena seguir siendo humanos, aunque
esto no tenga ningún resultado positivo, los habremos derrotado.
Y pensó en la telepantalla, que nunca dormía, que nunca se distraía ni dejaba de oír.
Podían espiarle a uno día y noche, pero no perdiendo la cabeza era posible burlarlos. Con
toda su habilidad, nunca habían logrado encontrar el procedimiento de saber lo que
pensaba otro ser humano. Quizás esto fuera menos cierto cuando le tenían a uno en sus
manos. No se sabía lo que pasaba dentro del Ministerio del Amor, pero era fácil
figurárselo: torturas, drogas, delicados instrumentos que registraban las reacciones
nerviosas, agotamiento progresivo por la falta de sueño, por la soledad y los
interrogatorios implacables y persistentes. Los hechos no podían ser ocultados, se los
exprimían a uno con la tortura o les seguían la pista con los interrogatorios. Pero si la
finalidad que uno se proponía no era salvar la vida sino haber sido humanos hasta el final,
¿qué importaba todo aquello? Los sentimientos no podían cambiarlos; es más, ni uno
mismo podría suprimirlos. Sin duda, podrían saber hasta el más pequeño detalle de todo
lo que uno hubiera hecho, dicho o pensado; pero el fondo del corazón, cuyo contenido era
un misterio incluso para su dueño, se mantendría siempre inexpugnable.

CAPITULO VIII

Lo habían hecho, por fin lo habían hecho.


La habitación donde estaban era alargada y de suave iluminación. La telepantalla había
sido amortiguada hasta producir sólo un leve murmullo. La riqueza de la alfombra azul
oscuro daba la impresión de andar sobre el terciopelo. En un extremo de la habitación
estaba sentado O'Brien ante una mesa, bajo una lámpara de pantalla verde, con un
montón de papeles a cada lado. No se molestó en levantar la cabeza cuando el criado
hizo pasar a Julia y Winston.
El corazón de Winston latía tan fuerte que dudaba de poder hablar. Lo habían hecho;
por fin lo habían hecho... Esto era lo único que Winston podía pensar. Había sido un acto
de inmensa audacia entrar en este despacho, y una locura inconcebible venir juntos;
aunque realmente habían llegado por caminos diferentes y sólo se reunieron a la puerta
de O'Brien. Pero sólo el hecho de traspasar aquel umbral requería un gran esfuerzo
nervioso. En muy raras ocasiones se podía penetrar en las residencias del Partido
Interior, ni siquiera en el barrio donde tenían sus domicilios. La atmósfera del inmenso
bloque de casas, la riqueza de amplitud de todo lo que allí había, los olores - tan poco
familiares - a buena comida y a excelente tabaco, los ascensores silenciosos e
increíblemente rápidos, los criados con chaqueta blanca apresurándose de un lado a
otro... todo ello era intimidante. Aunque tenía un buen pretexto para ir allí, temblaba a
cada paso por miedo a que surgiera de algún rincón un guardia uniformado de negro, le
pidiera sus documentos y le mandara salir. Sin embargo, el criado de O'Brien los había
hecho entrar a los dos sin demora. Era un hombre sencillo, de pelo negro y chaqueta
blanca con un rostro inexpresivo y achinado. El corredor por el que los había conducido,
estaba muy bien alfombrado y las paredes cubiertas con papel crema de absoluta
limpieza. Winston no recordaba haber visto ningún pasillo cuyas paredes no estuvieran
manchadas por el contacto de cuerpos humanos.
O'Brien tenía un pedazo de papel entre los dedos y parecía estarlo estudiando
atentamente. Su pesado rostro inclinado tenía un aspecto formidable e inteligente a la
vez. Se estuvo unos veinte segundos inmóvil. Luego se acercó el hablescribe y dictó un
mensaje en la híbrida jerga de los ministerios.
«Ref 1 coma 5 coma 7 aprobado excelente. Sugerencia contenida doc 6 doblemás
ridículo rozando crimental destruir. No conviene construir antes conseguir completa
información maquinaria puntofinal mensaje.»
Se levantó de la silla y se acercó a ellos cruzando parte de la silenciosa alfombra. Algo
del ambiente oficial parecía haberse desprendido de él al terminar con las palabras de
neolengua, pero su expresión era más severa que de costumbre, como si no le agradara
ser interrumpido. El terror que ya sentía Winston se vio aumentado por el azoramiento
corriente que se experimenta al serle molesto a alguien. Creía haber cometido una
estúpida equivocación. Pues ¿qué prueba tenía él de que O'Brien fuera un conspirador
político? Sólo un destello de sus ojos y una observación equívoca. Aparte de eso, todo
eran figuraciones suyas fundadas en un ensueño. Ni siquiera podía fingir que habían
venido solamente a recoger el diccionario porque en tal caso no podría explicar la
presencia de Julia. Al pasar O'Brien frente a la telepantalla, pareció acordarse de algo. Se
detuvo, volvióse y giró una llave que había en la pared. Se oyó un chasquido. La voz se
había callado de golpe.
Julia lanzó una pequeña exclamación, un apagado grito de sorpresa. En medio de su
pánico, a Winston le causó aquello una impresión tan fuerte que no pudo evitar estas
palabras:
- ¿Puedes cerrarlo?
- Sí - dijo O'Brien -, podemos cerrarlos. Tenemos ese privilegio.
Estaba sentado frente a ellos. Su maciza figura los dominaba y la expresión de su cara
continuaba indescifrable. Esperaba a que Winston hablase; pero ¿sobre qué? Incluso
ahora podía concebirse perfectamente que no fuese más que un hombre ocupado
preguntándose con irritación por qué lo habían interrumpido. Nadie hablaba. Después de
cerrar la telepantalla, la habitación parecía mortalmente silenciosa. Los segundos
transcurrían enormes. Winston dificultosamente conseguía mantener su mirada fija en los
ojos de O'Brien. Luego, de pronto, el sombrío rostro se iluminó con el inicio de una
sonrisa. Con su gesto característico, O'Brien se aseguró las gafas sobre la nariz.
- ¿Lo digo yo o lo dices tú? - preguntó O'Brien.
- Lo diré yo - respondió Winston al instante -. ¿Está eso completamente cerrado?
- Sí -, no funciona ningún aparato en esta habitación. Estamos solos.
- Pues vinimos aquí porque...
Se interrumpió dándose cuenta por primera vez de la vaguedad de sus propósitos. No
sabía exactamente qué clase de ayuda esperaba de O'Brien. Prosiguió, consciente de
que sus palabras sonaban vacilantes y presuntuosas:
Creemos que existe un movimiento clandestino, una especie de organización secreta
que actúa contra el Partido y que tú estás metido en esto. Queremos formar parte de esta
organización y trabajar en lo que podamos. Somos enemigos del Partido. No creemos en
los principios de Ingsoc. Somos criminales del pensamiento. Además, somos adúlteros.
Te digo todo esto porque deseamos ponernos a tu merced. Si quieres que nos acusemos
de cualquier otra cosa, estamos dispuestos a hacerlo.
Winston dejó de hablar al darse cuenta de que la puerta se había abierto. Miró por
encima de su hombro. Era el criado de cara amarillenta, que había entrado sin llamar.
Traía una bandeja con una botella y vasos.
- Martín es uno de los nuestros - dijo O'Brien impasible. Pon aquí las bebidas, Martín.
Sí, en la mesa redonda. ¿Tenemos bastantes sillas? Sentémonos para hablar
cómodamente. Siéntate tú también, Martín. Ahora puedes dejar de ser criado durante diez
minutos.
El hombrecillo se sentó a sus anchas, pero sin abandonar el aire servil. Parecía un
lacayo al que le han concedido el privilegio de sentarse con sus amos. Winston lo miraba
con el rabillo del ojo. Le admiraba que aquel hombre se pasara la vida representando un
papel y que le pareciera peligroso prescindir de su fingida personalidad aunque fuera por
unos momentos. O'Brien tomó la botella por el cuello y llenó los vasos de un líquido rojo
oscuro. A Winston le recordó algo que desde hacía muchos años no bebía, un anuncio
luminoso que representaba una botella que se movía sola y llenaba un vaso incontables
veces. Visto desde arriba, el líquido parecía casi negro, pero la botella, de buen cristal,
tenía un color rubí. Su sabor era agridulce. Vio que Julia cogía su vaso y lo olía con gran
curiosidad.
- Se llama vino - dijo O'Brien con una débil sonrisa -. Seguramente, ustedes lo habrán
oído citar en los libros. Creo que a los miembros del Partido Exterior no les llega. - Su
cara volvió a ensombrecerse y levantó el vaso -. Creo que debemos empezar brindando
por nuestro jefe: por Emmanuel Goldstein.
Winston cogió su vaso titubeando. Había leído referencias del vino y había soñado con
él. Como el pisapapeles de cristal o las canciones del señor Charrington, pertenecía al
romántico y desaparecido pasado, la época en que él se recreaba en sus secretas
meditaciones. No sabía por qué, siempre había creído que el vino tenía un sabor
intensamente dulce, como de mermelada y un efecto intoxicante inmediato. Pero al
beberlo ahora por primera vez, le decepcionó. La verdad era que después de tantos años
de beber ginebra aquello le parecía insípido. Volvió a dejar el vaso vacío sobre la mesa.
- Entonces, ¿existe de verdad ese Goldstein? - preguntó.
- Sí, esa persona no es ninguna fantasía, y vive. Dónde, no lo sé.
- Y la conspiración..., la organización, ¿es auténtica?, ¿no es sólo un invento de la
Policía del Pensamiento?
- No, es una realidad. La llamamos la Hermandad. Nunca se sabe de la Hermandad,
sino que existe y que uno pertenece a ella. En seguida volveré a hablarte de eso. - Miró el
reloj de pulsera -. Ni siquiera los miembros del Partido Interior deben mantener cerrada la
telepantalla más de media hora. No debíais haber venido aquí juntos; tendréis que
marcharos por separado. Tú, camarada - le dijo a Julia -, te marcharás primero.
Disponemos de unos veinte minutos. Comprenderéis que debo empezar por haceros
algunas preguntas. En términos generales, ¿qué estáis dispuestos a hacer?
- Todo aquello de que seamos capaces - dijo Winston.
O'Brien había ladeado un poco su silla hacia Winston de manera que casi le volvía la
espalda a Julia, dando por cierto que, Winston podía hablar a la vez por sí y por ella.
Empezó pestañeando un momento y luego inició sus preguntas con voz baja e
inexpresivo, como si se tratara de una rutina, una especie de catecismo, la mayoría de
cuyas respuestas le fueran ya conocidas.
- ¿Estáis dispuestos a dar vuestras vidas?
- Sí.
- ¿Estáis dispuestos a cometer asesinatos?
- Sí.
- ¿A cometer actos de sabotaje que pueden causar la muerte de centenares de
personas inocentes?
- Sí.
- ¿Vender a vuestro país a las potencias extranjeras?
- Sí.
- ¿Estáis dispuestos a hacer trampas, a falsificar, a hacer chantaje, a corromper a los
niños, a distribuir drogas, a fomentar la prostitución, a extender enfermedades venéreas...
a hacer todo lo que pueda causar desmoralización y debilitar el poder del Partido?
- Sí.
- Si, por ejemplo, sirviera de algún modo a nuestros intereses arrojar ácido sulfúrico a la
cara de un niño, ¿estaríais dispuestos a hacerlo?
- Sí.
- ¿Estáis dispuestos a perder vuestra identidad y a vivir el resto de vuestras vidas como
camareros, cargadores de puerto, etc.?
- Sí
- ¿Estáis dispuestos a suicidaros si os lo ordenamos y en el momento en que lo
ordenásemos?
- Sí.
- ¿Estáis dispuestos, los dos, a separaros y no volveros a ver nunca?
- No - interrumpió Julia.
A Winston le pareció que había pasado muchísimo tiempo antes de contestar. Durante
algunos momentos creyó haber perdido el habla. Se le movía la lengua sin emitir sonidos,
formando las primeras sílabas de una palabra y luego de otra. Hasta que lo dijo, no sabía
qué palabra iba a decir:
- No - dijo por fin.
- Hacéis bien en decírmelo - repuso O'Brien -. Es necesario que lo conozcamos todo.
Se volvió hacia Julia y añadió con una voz algo más animada:
- ¿Te das cuenta de que, aunque él sobreviviera, sería una persona diferente?
Podríamos vernos obligados a darle una nueva identidad. Le cambiaríamos la cara, los
movimientos, la forma de sus manos, el color del pelo... hasta la voz, y tú también podrías
convertirte en una persona distinta. Nuestros cirujanos transforman a las personas de
manera que es imposible reconocerlas. A veces, es necesario. En ciertos casos,
amputamos algún miembro.
Winston no pudo evitar otra mirada de soslayo a la cara mongólica de Martín. No se le
notaban cicatrices. Julia estaba algo más pálida y le resaltaban las pecas, pero miró a
O'Brien con valentía. Murmuró algo que parecía conformidad.
- Bueno. Entonces ya está todo arreglado - dijo O'Brien.
Sobre la mesa había una caja de plata con cigarrillos. Con aire distraído, O'Brien la fue
acercando a los otros. Tomó él un cigarrillo, se levantó y empezó a pasear por la
habitación como si de este modo pudiera pensar mejor. Eran cigarrillos muy buenos; no
se les caía el tabaco y el papel era sedoso. O'Brien volvió a mirar su reloj de pulsera.
- Vuelve a tu servicio, Martín - dijo -. Volveré a poner en marcha la telepantalla dentro
de un cuarto de hora. Fíjate bien en las caras de estos camaradas antes de salir. Es
posible que los vuelvas a ver. Yo quizá no.
Exactamente como habían hecho al entrar, los ojos oscuros del hombrecillo recorrieron
rápidos los rostros de Julia y Winston. No había en su actitud la menor afabilidad. Estaba
registrando unas facciones, grabándoselas, pero no sentía el menor interés por ellos o
parecía no sentirlo. Se le ocurrió a Winston que quizás un rostro transformado no fuera
capaz de variar de expresión. Sin hablar ni una palabra ni hacer el menor gesto de
despedida, salió Martín, cerrando silenciosamente la puerta tras él. O'Brien seguía
paseando por la estancia con una mano en el bolsillo de su «mono» negro y en la otra el
cigarrillo.
- Ya comprenderéis - dijo - que tendréis que luchar a oscuras. Siempre a oscuras.
Recibiréis órdenes y las obedeceréis sin saber por qué. Más adelante os mandaré un libro
que os aclarará la verdadera naturaleza de la sociedad en que vivimos y la estrategia que
hemos de emplear para destruirla. Cuando hayáis leído el libro, seréis plenamente
miembros de la Hermandad. Pero entre los fines generales por los que luchamos y las
tareas inmediatas de cada momento habrá un vacío para vosotros sobre el que nada
sabréis. Os digo que la Hermandad existe, pero no puedo deciros si la constituyen un
centenar de miembros o diez millones. Por vosotros mismos no llegaréis a saber nunca si
hay una docena de afiliados. Tendréis sólo tres o cuatro personas en contacto con
vosotros que se renovarán de vez en cuando a medida que vayan desapareciendo. Como
yo he sido el primero en entrar en contacto con vosotros, seguiremos manteniendo la
comunicación. Cuando recibáis órdenes, procederán de mí. Si creemos necesario
comunicaras algo, lo haremos por medio de Martín. Cuando, finalmente, os cojan,
confesaréis. Esto es inevitable. Pero tendréis muy poco que confesar aparte de vuestra
propia actuación. No podéis traicionar más que a unas cuantas personas sin importancia.
Quizá ni siquiera os sea posible delatarme. Por entonces, quizá yo haya muerto o seré ya
una persona diferente con una cara distinta.
Siguió paseando sobre la suave alfombra. A pesar de su corpulencia, tenía una notable
gracia de movimientos. Gracia que aparecía incluso en el gesto de meterse la mano en el
bolsillo o de manejar el cigarrillo. Más que de fuerza daba una impresión de confianza y
de comprensión irónica. Aunque hablara en serio, nada tenía de la rigidez del fanático.
Cuando hablaba de asesinatos, suicidio, enfermedades venéreas, miembros amputados o
caras cambiadas, lo hacía en tono de broma. «Esto es inevitable» - parecía decir su voz -;
«esto es lo que hemos de hacer queramos o no. Pero ya no tendremos que hacerlo
cuando la vida vuelva a ser digna de ser vivida.» Una oleada de admiración, casi de
adoración, iba de Winston a O'Brien. Casi había olvidado la sombría figura de Goldstein.
Contemplando las vigorosas espaldas de O'Brien y su rostro enérgicamente tallado, tan
feo y a la vez tan civilizado, era imposible creer - en la derrota, en que él fuera vencido.
No se concebía una estratagema, un peligro a que él no pudiera hacer frente. Hasta Julia
parecía impresionada. Había dejado quemarse solo su cigarrillo y escuchaba con intensa
atención. O'Brien prosiguió:
- Habréis oído rumores sobre la existencia de la Hermandad. Supongo que la habréis
imaginado a vuestra manera. Seguramente creeréis que se trata de un mundo
subterráneo de conspiradores que se reúnen en sótanos, que escriben mensajes sobre
los muros y se reconocen unos a otros por señales secretas, palabras misteriosas o
movimientos especiales de las manos. Nada de eso. Los miembros de la Hermandad no
tienen modo alguno de reconocerse entre ellos y es imposible que ninguno de los
miembros llegue a individualizar sino a muy contados de sus afiliados. El propio Goldstein,
si cayera en manos de la Policía del Pensamiento, no podría dar una lista completa de los
afiliados ni información alguna que les sirviera para hacer el servicio. En realidad, no hay
tal lista. La Hermandad no puede ser barrida porque no es una organización en el sentido
corriente de la palabra. Nada mantiene su cohesión a no ser la idea de que es
indestructible. No tendréis nada en que apoyaros aparte de esa idea. No encontraréis
camaradería ni estímulo. Cuando finalmente seáis detenidos por la Policía, nadie os
ayudará. Nunca ayudamos a nuestros afiliados. Todo lo más, cuando es absolutamente
necesario que alguien calle, introducimos clandestinamente una hoja de afeitar en la celda
del compañero detenido. Es la única ayuda que a veces prestamos. Debéis
acostumbraras a la idea de vivir sin esperanza. Trabajaréis algún tiempo, os detendrán,
confesaréis y luego os matarán. Esos serán los únicos resultados que podréis ver. No hay
posibilidad de que se produzca ningún cambio perceptible durante vuestras vidas.
Nosotros somos los muertos. Nuestra única vida verdadera está en el futuro. Tomaremos
parte en él como puñados de polvo y astillas de hueso. Pero no se sabe si este futuro está
más o menos lejos. Quizá tarde mil años. Por ahora lo único posible es ir extendiendo el
área de la cordura poco a poco. No podemos actuar colectivamente. Sólo podemos
difundir nuestro conocimiento de individuo en individuo, de generación en generación.
Ante la Policía del Pensamiento no hay otro medio.
Se detuvo y miró por tercera vez su reloj.
- Ya es casi la hora de que te vayas, camarada - le dijo a Julia -. Espera. La botella está
todavía por la mitad.
Llenó los vasos y levantó el suyo.
- ¿Por qué brindaremos esta vez? - dijo, sin perder su tono irónico -. ¿Por el despiste
de la Policía del Pensamiento? ¿Por la muerte del Gran Hermano? ¿Por la humanidad?
¿Por el futuro?
- Por el pasado - dijo Winston.
- Sí, el pasado es más importante - concedió O'Brien seriamente.
Vaciaron los vasos y un momento después se levantó Julia para marcharse. O'Brien
cogió una cajita que estaba sobre un pequeño armario y le dió a la joven una tableta
delgada y blanca para que se la colocara en la lengua. Era muy importante no salir
oliendo a vino; los encargados del ascensor eran muy observadores. En cuanto Julia
cerró la puerta, O'Brien pareció olvidarse de su existencia. Dio unos cuantos pasos más y
se paró.
- Hay que arreglar todavía unos cuantos detalles - dijo -. Supongo que tendrás algún
escondite.
Winston le explicó lo de la habitación sobre la tienda del señor Charrington.
- Por ahora, basta con eso. Más tarde te buscaremos otra cosa. Hay que cambiar de
escondite con frecuencia. Mientras tanto, te enviaré una copia del libro. - Winston observó
que hasta O'Brien parecía pronunciar esa palabra en cursiva -. Ya supondrás que me
refiero al libro de Goldstein. Te lo mandaré lo más pronto posible. Quizá tarde algunos
días en lograr el ejemplar. Comprenderás que circulan muy pocos. La Policía del
Pensamiento los descubre y destruye casi con la misma rapidez que los imprimimos
nosotros. Pero da lo mismo. Ese libro es indestructible. Si el último ejemplar
desapareciera, podríamos reproducirlo de memoria. ¿Sueles llevar una cartera a la
oficina? Añadió.
- Sí. Casi siempre.
- ¿Cómo es?
- Negra, muy usada. Con dos correas.
- Negra, dos correas, muy usada... Bien. Algún día de éstos, no puedo darte una fecha
exacta, uno de los mensajes que te lleguen en tu trabajo de la mañana contendrá una
errata y tendrás que pedir que te lo repitan. Al día siguiente irás al trabajo sin la cartera. A
cierta hora del día, en la calle, se te acercará un hombre y te tocará en el brazo,
diciéndote: «Creo que se te ha caído esta cartera». La que te dé contendrá un ejemplar
del libro de Goldstein. Tienes que devolverlo a los catorce días o antes por el mismo
procedimiento.
Estuvieron callados un momento.
- Falta un par de minutos para que tengas que irte - dijo O'Brien -. Quizá volvamos a
encontrarnos, aunque es muy poco probable, y entonces nos veremos en...
Winston lo miró fijamente.
- ... En el sitio donde no hay oscuridad? - dijo vacilando.
O'Brien asintió con la cabeza, sin dar señales de extrañeza:
- En el sitio donde no hay oscuridad - repitió como si hubiera recogido la alusión -. Y
mientras tanto, ¿hay algo que quieras decirme antes de salir de aquí ¿Alguna pregunta?
Winston pensó unos instantes. No creía tener nada más que preguntar. En vez de
cosas relacionadas con O'Brien o la Hermandad, le - acudía a la mente una imagen
superpuesta de la oscura habitación donde su madre había pasado los últimos días y el
dormitorio en casa del señor Charrington, el pisapapeles de cristal y el grabado con su
marco de palo rosa. Entonces dijo:
Oíste alguna vez una vieja canción que empieza: Naranjas y limones, dicen las
campanas de San Clemente.
O'Brien, muy serio, continuó la canción:
Me debes tres peniques, dicen las campanas de San Martín.
¿Cuándo me pagarás?, dicen las campanas de Old Bailey.
Cuando me haga rico, dicen las campanas de Shoreditch
- ¡¡Sabías el último verso!! - dijo Winston.
- Sí, lo sé, y ahora creo que es hora de que te vayas. Pero, espera, toma antes una de
estas tabletas. O'Brien, después de darle la tableta, le estrechó la mano con tanta fuerza
que los huesos de Winston casi crujieron. Winston se volvió al llegar a la puerta, pero ya
O'Brien empezaba a eliminarlo de sus pensamientos. Esperaba con la mano puesta en la
llave que controlaba la telepantalla. Más allá veía Winston la mesa despacho con su
lámpara de pantalla verde, el hablescribe y las bandejas de alambre cargadas de papeles.
El incidente había terminado. Dentro de treinta segundos - pensó Winston - reanudaría
O'Brien su interrumpido e importante trabajo al servicio del Partido.

CAPITULO IX

Winston se encontraba cansadísimo, tan cansado que le parecía estarse convirtiendo


en gelatina. Pensó que su cuerpo no sólo tenía la flojedad de la gelatina, sino su
transparencia. Era como si al levantar la mano fuera a ver la luz a través de ella.
Trabajaba tanto que sólo le quedaba una frágil estructura de nervios, huesos y piel. Todas
las sensaciones le parecían ampliadas. Su «mono» le estaba ancho, el suelo le hacía
cosquillas en los pies y hasta el simple movimiento de abrir y cerrar la mano constituía
para él un esfuerzo que le hacía sonar los huesos.
Había trabajado más de noventa horas en cinco días, lo mismo que todos los
funcionarios del Ministerio. Ahora había terminado todo y nada tenía que hacer hasta el
día siguiente por la mañana. Podía pasar seis horas en su refugio y otras nueve en su
cama. Bajo el tibio sol de la tarde se dirigió despacio en dirección a la tienda del señor
Charrington, sin perder de vista las patrullas, pero convencido, irracionalmente, de que
aquella tarde no se cernía sobre él ningún peligro. La pesada cartera que llevaba le
golpeaba la rodilla a cada paso. Dentro llevaba el libro, que tenía ya desde seis días antes
pero que aún no había abierto. Ni siquiera lo había mirado.
En el sexto día de la Semana del Odio, después de los desfiles, discursos, gritos,
cánticos, banderas, películas, figuras de cera, estruendo de trompetas y tambores,
arrastrar de pies cansados, rechinar de tanques, zumbido de las escuadrillas aéreas,
salvas de cañonazos..., después de seis días de todo esto, cuando el gran orgasmo
político llegaba a su punto culminante y el odio general contra Eurasia era ya un delirio tan
exacerbado que si la multitud hubiera podido apoderarse de los dos mil prisioneros de
guerra eurasiáticos que habían sido ahorcados públicamente el último día de los festejos,
los habría despedazado..., en ese momento precisamente se había anunciado que
Oceanía no estaba en guerra con Eurasia. Oceanía luchaba ahora contra Asia Oriental.
Eurasia era aliada.
Desde luego, no se reconoció que se hubiera producido ningún engaño. Sencillamente,
se hizo saber del modo más repentino y en todas partes al mismo tiempo que el enemigo
no era Eurasia, sino Asia Oriental. Winston tomaba parte en una manifestación que se
celebraba en una de las plazas centrales de Londres en el momento del cambiazo. Era de
noche y todo estaba cegadoramente iluminado con focos. En la plaza había varios
millares de personas, incluyendo mil niños de las escuelas con el uniforme de los Espías.
En una plataforma forrada de trapos rojos, un orador del Partido Interior, un hombre
delgaducho y bajito con unos brazos desproporcionadamente largos y un cráneo grande y
calvo con unos cuantos mechones sueltos atravesados sobre él, arengaba a la multitud.
La pequeña figura, retorcida de odio, se agarraba al micrófono con una mano mientras
que con la otra, enorme, al final de un brazo huesudo, daba zarpazos amenazadores por
encima de su cabeza. Su voz, que los altavoces hacían metálica, soltaba una interminable
sarta de atrocidades, matanzas en masa, deportaciones, saqueos, violaciones, torturas de
prisioneros, bombardeos de poblaciones civiles, agresiones injustas, propaganda
mentirosa y tratados incumplidos. Era casi imposible escucharle sin convencerse primero
y luego volverse loco. A cada momento, la furia de la multitud hervía inconteniblemente y
la voz del orador era ahogada por una salvaje y bestial gritería que brotaba
incontrolablemente de millares de gargantas. Los chillidos más salvajes eran los de los
niños de las escuelas. El discurso duraba ya unos veinte minutos cuando un mensajero
subió apresuradamente a la plataforma y le entregó a aquel hombre un papelito. Él lo
desenrolló y lo leyó sin dejar de hablar. Nada se alteró en su voz ni en su gesto, ni
siquiera en el contenido de lo que decía. Pero, de pronto, los nombres eran diferentes. Sin
necesidad de comunicárselo por palabras, una oleada de comprensión agitó a la multitud.
¡Oceanía estaba en guerra con Asia Oriental! Pero, inmediatamente, se produjo una
tremenda conmoción. Las banderas, los carteles que decoraban la plaza estaban todos
equivocados. Aquellos no eran los rostros del enemigo. ¡Sabotaje! ¡Los agentes de
Goldstein eran los culpables! Hubo una fenomenal algarabía mientras todos se dedicaban
a arrancar carteles y a romper banderas, pisoteando luego los trozos de papel y cartón
roto. Los Espías realizaron prodigios de actividad subiéndose a los tejados para cortar las
bandas de tela pintada que cruzaban la calle. Pero a los dos o tres minutos se había
terminado todo. El orador, que no había soltado el micrófono, seguía vociferando y dando
zarpazos al aire. Al minuto siguiente, la masa volvía a gritar su odio exactamente come
antes. Sólo que el objetivo había cambiado.

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