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bien del género ramplón, el 5 de septiembre del mismo
año:
No con comparaciones de pesado,
hijas del pedantismo, ahora pretendo
ensalzar, joven, tu talento, viendo
que nadie alcanza donde tú has llegado:
en tu edad tierna haber recopilado
ideas semejantes, no comprendo
cómo demonios fue, y aunque no entiendo
de música una letra, me ha encantado
tu ópera, hijo de mi alma, de tal modo,
que juzgo, cuando advierto tu viveza,
la propiedad, la aplicación del todo,
fue en sí un prodigio de naturaleza:
los actores lo digan, que han querido,
viéndola tal, hacer cuanto han podido.
Hacia 1800 Sor abandona Barcelona y se dirige a Ma-
drid. Allí goza de la protección de la duquesa de Alba. El
mismo Sor describe este período con las siguientes pala-
bras:
En su época, la duquesa de Alba lo acogió bajo su
protección y le mostró todo el afecto de una madre. Ella
no quería ni que ejerciera la profesión musical ni que
se dedicara exclusivamente a la milicia. Para auxiliar-
lo en sus estudios, le había preparado en su propia casa
una habitación de trabajo en donde podía consultar
partituras italianas y ejercitarse en el piano. Bajo los
más delicados pretextos, la duquesa hallaba maneras
de mejorar la posición del joven oficial, quien podía así
dedicarse plenamente a sus aficiones musicales. Poco
después, la duquesa, que estaba enferma, abandonó
Madrid y dejó a su protegido una suma considerable
con la que se pudiera sostener mientras ella estaba au-
sente. Sor se afligió mucho por esta separación que sería
eterna: la duquesa murió casi inmediatamente.
Probablemente Sor conoció en Madrid las obras de
Moratín, de Goya, de Boccherini. Sabemos que oyó en
su estancia madrileña a Crescentini y a la Colbran -la pri-
mera esposa de Rossini-. A la muerte de la duquesa de
Alba, en 1802, el duque de Medinaceli ofrece a Sor un
puesto administrativo en sus dominios de Cataluña. Sor
acepta y permanece allí unos dos años, en los que com-
pone dos sinfonías, tres cuartetos, una salve, cinco o seis