El fin de la soledad Benedict Wells
La idílica infancia de Marty, Liz y Jules estalla en pedazos
cuando sus padres mueren en un accidente de tráfico. Los
tres son enviados a un sombrío inter nado público donde
cada uno construirá su propio destino. Mientras sus her ma-
nos se refugian en el éxito profesional o los paraísos artifi-
ciales, Jules, el narrador, se cierra al mundo para convertir-
se en un joven ensimismado que busca el consuelo de la
ensoñación literaria. Pero su búsqueda también lo acerca a
Alva, una misteriosa compañera de estudios con quien forja
un vínculo lleno de secretos e inesperadas confesiones. So-
lo años después tomará conciencia de lo mucho que ella le
ocultaba. Envuelto por esta tupida red de lazos y emocio-
nes, cautivado por el aliento humano de los personajes, el
lector descubrirá los caminos que conducen al fin de la so-
ledad.
Tanto la crítica inter nacional como los jueces que concedie-
ron a esta novela el Premio de Literatura de la Unión Euro-
pea 2016 han destacado la destreza de Benedict Wells para
manejar una compleja trama cargada de elementos dramá-
ticos sin caer en la grandilocuencia o el alarde sentimental,
para tejer una historia que es a un tiempo melancólica y lu-
minosa. El fin de la soledad recorre los laberintos del amor,
la amistad y la familia en busca de una salida. Al final la en-
cuentra.
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El fin de la soledad Benedict Wells
Para mi hermana
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El fin de la soledad Benedict Wells
Acerca tu silla al borde del precipicio. Entonces te
contaré mi historia.
F. SCOTT FITZGERALD
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El fin de la soledad Benedict Wells
PRIMERA PARTE
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El fin de la soledad Benedict Wells
Hace tiempo que conozco a la muerte, pero ahora ella tam-
bién me conoce a mí.
Abro los ojos con cuidado. Parpadeo. La oscuridad re-
mite lentamente. Una habitación vacía, apenas iluminada
por el fulgor verde y rojo de unos aparatitos, y un haz de
luz que se cuela por la puerta entreabierta. El silencio noc-
turno de un hospital.
Me siento como si acabara de despertar de un sueño de
varios días. Un dolor sordo y cálido en mi pier na derecha,
en mi abdomen, en mi pecho. En la cabeza, un ligero zum-
bido que irá en aumento. Poco a poco empiezo a intuir lo
que debe de haber sucedido.
He sobrevivido.
Me asaltan algunas imágenes. Me veo saliendo de la
ciudad en moto, acelerando, la curva ante mí. Noto que las
ruedas pierden adherencia, que el árbol se precipita hacia
donde yo estoy, que intento esquivarlo, que cierro los
ojos…
¿Qué fue lo que me salvó?
Echo un vistazo hacia abajo. Un collarín; la pier na dere-
cha inmovilizada, probablemente enyesada; la clavícula
vendada. Antes del accidente estaba en buena for ma; en
realidad en muy buena for ma, dada mi edad. Quizá eso ha-
ya ayudado.
Antes del accidente… ¿No había ahí algo más? ¿Algo
completamente distinto? No quiero ni recordarlo. Prefiero
pensar en el día en que enseñé a los niños a lanzar piedras
al agua para que rebotaran sobre su superficie. Prefiero
pensar en las manos de mi her mano gesticulando al discutir
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El fin de la soledad Benedict Wells
conmigo. Y en el viaje a Italia con mi mujer, y en el paseo
que dimos por la costa de Amalfi al amanecer, mientras a
nuestro alrededor el mar iba iluminándose y rompía suave-
mente contra las rocas…
Dor mito. En mi sueño, estamos en el balcón. Ella me
mira intensamente a los ojos, como si me atravesara. Con la
barbilla señala hacia el patio, donde nuestros hijos juegan
con los de los vecinos. Mientras la niña trepa resueltamente
por un muro, el niño se mantiene al margen y se limita a
observar a los demás.
—Es clavadito a ti —me dice.
La veo sonreír y la cojo de la mano…
Suenan varios pitidos. Un enfer mero cambia la bolsa de
suero. Aún es noche cerrada. En el calendario de la pared
pone «Septiembre 2014». Intento incorporar me.
—¿Qué día es hoy?
No reconozco mi voz.
—Miércoles —dice el enfer mero—. Ha estado dos días
en coma.
Es como si hablara de otra persona.
—¿Cómo se encuentra?
Me recuesto de nuevo.
—Un poco mareado.
—Es nor mal.
—¿Cuándo podré ver a mis hijos?
—Avisaré a su familia a primera hora de la mañana. —El
enfer mero va hacia la puerta, y una vez allí se detiene bre-
vemente—. Si necesita algo, llame al timbre. La doctora
vendrá enseguida a atenderle.
No le respondo, y sale de la habitación.
¿Qué es lo que hace que una vida sea como es?
En el silencio oigo todos mis pensamientos, y de pronto
estoy completamente desvelado. Empiezo a revivir etapas
aisladas de mi pasado. Me sobrevienen historias que había
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El fin de la soledad Benedict Wells
dado por olvidadas: me veo de niño en el pabellón del in-
ter nado, y veo la luz roja de mi cámara oscura en Hambur-
go. Al principio, los recuerdos son vagos, pero con el paso
de las horas irán volviéndose más precisos. Mi mente
deambula errática por el pasado, antes de aterrizar en la
catástrofe que eclipsó mi infancia.
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El fin de la soledad Benedict Wells
CORRIENTES
(1980)
Cuando tenía siete años, mi familia fue de excursión al
sur de Francia. Mi padre, Stéphane Moreau, nació en Berdi-
llac, un pueblo cercano a Montpellier. Mil ochocientos habi-
tantes, una panadería, una cervecería, dos bodegas, una
carpintería y un equipo de fútbol. Fuimos a visitar a mi
abuela, quien en los últimos años no había vuelto a salir del
pueblo.
Como hacía en todos los trayectos largos en coche, mi
padre se puso su vieja chaqueta de cuero de color marrón
claro y se plantó su pipa en la boca. Mi madre, que había
ido medio dor mida la mayor parte del camino, puso una
cinta con canciones de los Beatles. Se dio la vuelta hacia
mí.
—Para ti, Jules.
Paperback Writer, mi canción preferida de entonces. Yo
iba sentado detrás de ella y empecé a tararear. Las voces
de mis her manos empezaron a oírse más fuerte que las del
casete. Liz había pellizcado a Martin en la oreja. Marty —así
era como lo llamábamos— empezó a gritar y a quejarse a
nuestros padres.
—Chivato estúpido —dijo Liz pellizcándole de nuevo.
Siguieron con la pelea, cada vez más subida de tono,
hasta que mi madre se dio la vuelta y los miró. Su mirada
era un poema: mostraba al mismo tiempo comprensión ha-
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El fin de la soledad Benedict Wells
cia Marty, que tenía una her mana malvada, y hacia Liz, que
tenía un her mano enervante; pero sobre todo daba a en-
tender que pelearse era una solemne tontería y, más aún,
que si se portaban bien podrían pedir un helado en la si-
guiente gasolinera. Mis her manos se separaron de inmedia-
to.
—¿Por qué tenemos que ir cada año a ver a la abuela?
—preguntó Marty—. ¿Por qué no podemos ir alguna vez a
Italia?
—Porque es lo correcto. Y porque vuestra mamie se po-
ne muy contenta con vuestra visita —dijo papá en francés
sin apartar la mirada de la carretera.
—No es verdad. No le gustamos nada.
—Y además huele muy raro —dijo Liz—. Como a mue-
bles viejos tapizados.
—No, huele a sótano mohoso —matizó mi her mano.
—¡Dejad de decir esas cosas sobre vuestra mamie! —Mi
padre giró en una rotonda.
Yo miré por la ventana. A lo lejos vi arbustos de tomillo,
garrigas y robles. El aire era más aromático que en el sur de
Francia, y los colores más intensos que en casa. Me metí la
mano en el bolsillo y jugué con las monedas plateadas, los
francos, que me habían sobrado del año anterior.
Por la tarde llegamos a Berdillac. Cuando pensaba en
aquel lugar, me venía siempre a la mente un anciano hosco
y malhumorado, pero en el fondo encantador, que se pasa-
ba el día dor mitando. Como en muchas zonas del Langue-
doc, las casas estaban hechas de gres y arenisca, tenían
unas persianas muy sencillas y unos tejados de tejas rojas
que reflejaban suavemente el sol del atardecer.
La grava crujió bajo las ruedas del coche cuando este se
acercó a la casa que quedaba al final de la Rue Le Goff. El
edificio resultaba algo inquietante: la fachada estaba cu-
bierta de hiedra y el techo algo hundido. Olía a pasado.
Nuestro padre bajó el primero del coche y avanzó con
paso resuelto hacia la puerta. Debía de estar en su mejor
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El fin de la soledad Benedict Wells
momento, como suele decirse. A los treinta y tantos años
aún conservaba todo su pelo, de color moreno, y atendía a
todo el mundo con exquisita elegancia. Yo solía ver cómo
los vecinos, amigos y conocidos se acercaban a él y lo es-
cuchaban con atención cuando hablaba. El secreto era su
voz: suave, ni muy grave ni muy aguda, con el acento ape-
nas perceptible; actuaba como un lazo invisible sobre sus
oyentes, a los que rodeaba y atraía hacia sí. En su trabajo
como auditor también tenía un éxito notable, pero para él
lo único que importaba era la familia. Cada domingo coci-
naba para nosotros, siempre tenía tiempo para sus hijos y
su sonrisa juvenil era realmente optimista y reparadora.
Aunque debo admitir que tiempo después, al mirar fotos
suyas, observé que ya entonces había algo que no encaja-
ba. Sus ojos. Un furtivo dolor se escondía en ellos. Quizá al-
go de miedo.
Nuestra abuela apareció por la puerta. Tenía los labios
apretados y apenas miró a su hijo, como si se avergonzara
de algo. Se abrazaron.
Los niños observamos la escena desde el coche. Se de-
cía que la abuela había sido una magnífica nadadora en su
juventud, y que era muy querida en todo el pueblo. Tuvo
que ser hace cientos de años. Ahora sus brazos parecían
muy frágiles, tenía una leve joroba y parecía incapaz de so-
portar el ruido que hacían sus nietos. Teníamos miedo de
ella y de aquella casa tan sobria, con sus alfombras pasadas
de moda y sus camas de hierro forjado. Nos parecía un mis-
terio que papá quisiera venir aquí cada verano. «Era como
si año tras año tuviera que volver al lugar en el que sufrió
las peores humillaciones», dijo Marty en una ocasión, años
después.
Aunque allí también olía a café por las mañanas y los ra-
yos de sol iluminaban el suelo embaldosado del salón. De
la cocina llegaban sonidos metálicos cuando mis her manos
cogían los cubiertos para poner la mesa del desayuno,
mientras mi padre per manecía ensimismado en el periódico
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El fin de la soledad Benedict Wells
y mi madre hacía planes para el resto del día. Y luego cami-
natas por las cuevas, excursiones en bici o alguna partida
de petanca en el parque.
A finales de agosto, la fiesta del vino de Berdillac. La
banda de música del pueblo tocaba cada tarde, las casas
estaban decoradas con farolillos y guir naldas y el olor de
car ne a la parrilla impregnaba todas las calles. Mis her ma-
nos y yo nos sentábamos en la enor me escalera del ayunta-
miento y veíamos bailar a los adultos en la plaza del pue-
blo. En mi mano, la cámara que mi padre me había confia-
do. Una Mamiya pesada y cara. Me habían encargado que
hiciera fotos de la fiesta. Para mí fue un honor, pues mi pa-
dre no dejaba su cámara a nadie. Orgulloso, hice algunas
fotos mientras él dirigía con elegancia a mi madre por la
pista de baile.
—Papá es un buen bailarín —dijo Liz con tono de exper-
ta.
Mi her mana tenía once años. Era una niña alta, con el
pelo rubio y rizado. Por aquel entonces ya tenía lo que mi
her mano y yo llamamos «la enfer medad del teatro». Liz
siempre se comportaba como si estuviera encima de un es-
cenario. Brillaba como si varios focos la estuvieran iluminan-
do, y hablaba con el tono y la claridad adecuados para que
hasta el público de la última fila pudiera oírla sin proble-
mas. Ante los desconocidos se hacía la mayor, pero en rea-
lidad acababa de superar su fase de princesas. Mi her mana
dibujaba y cantaba, le gustaba jugar con los niños del ve-
cindario, era capaz de pasarse varios días sin ducharse,
unas veces quería ser inventora y otras soñaba con ser el-
fa… En su cabeza parecían agolparse miles de ideas a la
vez.
Por aquella época las demás niñas solían burlarse de
ella. Yo vi a mi madre entrando muchas veces en su dor mi-
torio para tranquilizarla y conversar después de que sus
compañeras del cole la hubiesen molestado o le hubiesen
escondido la mochila. Después, yo también pude entrar en
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su dor mitorio; ella pasaba rápidamente los brazos sobre
mis hombros y yo sentía su respiración sobre mi piel, mien-
tras me explicaba todo lo que le había dicho mamá, segu-
ramente con algo de cosecha propia. Yo quería a mi her ma-
na como a nada en este mundo, y aquello no cambió ni un
ápice cuando me dejó en la estacada, años más tarde.
Después de la medianoche, un manto de humedad cu-
bría siempre el pueblo. Los hombres y las mujeres que aún
seguían en la pista de baile —entre los que se encontraban
nuestros padres— cambiaban de pareja con cada canción.
Hice una foto, aunque a duras penas podía seguir soste-
niendo la Mamiya.
—Dame la cámara —dijo mi her mano.
—No, papá me ha dicho que la vigile yo.
—Solo un momento, solo quiero hacer una foto. Tú ni
siquiera puedes con ella.
—No seas tan malo con él —dijo Liz—. Le ha hecho mu-
cha ilusión ser el encargado de guardarla…
—Pues las fotos que ha hecho son una mierda. No tiene
ni idea de usar el flash.
—Eres un maldito sabelotodo. No me extraña que no
tengas amigos.
Marty hizo algunas fotos. Era el mediano de los her ma-
nos. Diez años, gafas, pelo oscuro, rostro pálido y vulgar.
Mientras que Liz y yo nos parecíamos ostensiblemente a
nuestros padres, el aspecto externo de Marty no tenía nada
que ver con el de ellos. Parecía haber venido de un lugar
distinto y desconocido y haberse colado entre nosotros pa-
ra quedarse. A mí no me gustaba nada. En las pelis que so-
lía ver, los her manos mayores eran casi siempre héroes que
arriesgaban su vida por sus her manos pequeños. El mío, en
cambio, era un solitario que se pasaba el día en su habita-
ción jugando con su hor miguero o haciendo pruebas de
sangre a las lagartijas y los ratoncillos que él mismo disec-
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El fin de la soledad Benedict Wells
cionaba. Su reserva de animalillos muertos parecía inagota-
ble. Hacía poco, Liz había dicho de él que era «un friki re-
pugnante», y yo creo que dio bastante en el clavo.
De aquel verano en Francia no recuerdo más que algu-
nos fragmentos —aparte del dramático acontecimiento del
final, por supuesto—. Sea como fuere, lo que sí recuerdo es
el modo en que los tres her manos observábamos a los ni-
ños franceses jugando a fútbol en la plaza del pueblo, y la
sensación de intrusos que nos embargaba. Los tres había-
mos nacido en Múnich y nos sentíamos alemanes. En nues-
tra vida no había nada que nos recordara nuestros orígenes
franceses —excepto, quizá, alguna receta especial— y ape-
nas hablábamos el idioma. Y eso que nuestros padres se
conocieron en Montpellier. Mi padre se mudó allí al acabar
el colegio porque quería huir de su familia, y mi madre ha-
bía viajado a aquella ciudad porque le encantaba Francia (y
porque quería huir de su familia). Cuando nos hablaban de
aquella época, de las noches que pasaban yendo al cine o
de las tardes en las que mamá tocaba la guitarra o de la
primera vez que se vieron en una fiesta de estudiantes a la
que los invitó un amigo común, o de cuando se marcharon
a Múnich, con mamá ya embarazada, los tres teníamos la
sensación de conocer a nuestros padres. Después, cuando
se marcharon, tuvimos que admitir que no sabíamos nada
de ellos. Nada en absoluto.
Salimos a dar un paseo, pero nuestro padre no nos dijo
adónde íbamos y tampoco abrió la boca durante el trayec-
to. Los cinco anduvimos hasta la cima de una colina y llega-
mos a una zona boscosa. Mi padre se detuvo frente a un
enor me roble.
—¿Veis lo que pone ahí, en el tronco? —preguntó, aun-
que parecía algo ausente.
—L’arbre d’Eric —leyó Liz—. El árbol de Eric.
Observamos el roble.
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—Alguien ha talado una rama —dijo Marty señalando
un punto redondeado y desmochado del árbol.
—Cierto —mur muró papá.
Mis her manos y yo no conocimos al tío Eric. Nos dijeron
que había muerto hacía ya muchos años.
—¿Por qué pone que este era su árbol? —preguntó Liz.
El rostro de mi padre se iluminó:
—Porque mi her mano traía aquí a las chicas para ligár-
selas. Las invitaba a sentarse junto al árbol, en el banco, y
mientras miraban hacia el valle él leía poemas, y luego las
besaba.
—¿Poemas? —preguntó Marty—, ¿eso funcionaba?
—Siempre. Y por eso algún bromista vino hasta el árbol
y escribió estas palabras en la corteza.
Mi padre miró hacia el frío azul matinal del cielo; mi ma-
dre se acercó a él y apoyó la cabeza en su hombro. Yo miré
al árbol y repetí en voz baja: «l’arbre d’Eric».
Y entonces llegó el final de las vacaciones e hicimos una
última excursión. Por la noche había vuelto a llover; las go-
tas de rocío pendían de los árboles y el aire de la mañana
refrescaba nuestra piel. Como siempre que me despertaba
pronto, yo tenía la maravillosa sensación de que el día me
pertenecía. Hacía unos días había conocido a una chica del
pueblo, Ludivine, e iba hablando de ella con mi madre. Mi
padre, como le sucedía siempre al acabar las vacaciones en
Francia, se veía francamente aliviado por dejarlo todo atrás
hasta el año siguiente. Se detenía de vez en cuando para
hacer fotos y silbaba. Liz iba delante de todo, al trote, y
Marty, en cambio, caminaba muy lento, algo descolgado
de los demás. Teníamos que parar de vez en cuando a es-
perarlo.
Al llegar al bosque, nos encontramos con un río lleno de
cantos rodados sobre el que había un árbol volcado que lo
cruzaba de orilla a orilla. Como teníamos que pasar al otro
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FIN DEL FRAGMENTO
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