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Gobiernos de Rosas: Poder y Conflictos (1829-1852)

El documento detalla los gobiernos de Juan Manuel de Rosas en Argentina entre 1829-1833 y 1835-1852, destacando su ascenso al poder tras el derrocamiento de Dorrego y su consolidación como gobernador con facultades extraordinarias. Durante su mandato, Rosas implementó un régimen autoritario, persiguió a la oposición y mantuvo un control absoluto sobre el comercio exterior, enfrentando bloqueos y conflictos con potencias extranjeras. La Batalla de la Vuelta de Obligado se menciona como un evento clave que, a pesar de su resultado negativo, fortaleció la imagen de Rosas como defensor de la soberanía nacional.

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Gobiernos de Rosas: Poder y Conflictos (1829-1852)

El documento detalla los gobiernos de Juan Manuel de Rosas en Argentina entre 1829-1833 y 1835-1852, destacando su ascenso al poder tras el derrocamiento de Dorrego y su consolidación como gobernador con facultades extraordinarias. Durante su mandato, Rosas implementó un régimen autoritario, persiguió a la oposición y mantuvo un control absoluto sobre el comercio exterior, enfrentando bloqueos y conflictos con potencias extranjeras. La Batalla de la Vuelta de Obligado se menciona como un evento clave que, a pesar de su resultado negativo, fortaleció la imagen de Rosas como defensor de la soberanía nacional.

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GOBIERNOS ROSISTAS (1829-1833) Y (1835-1852)

Primer Gobierno de Rosas (1929-1932)

Tras la caída del Directorio, en 1820 Rosas comienza a participar activamente de la política
bonaerense. Apoyó e impuso la candidatura de Martín Rodríguez a la gobernación de Buenos
Aires. Participó activamente en el Pacto de Benegas entre Santa Fe y Buenos Aires y se hizo
cargo de entregarle al caudillo santafecino, Estanislao López, 30.000 cabezas de ganado. El
derrocamiento de Dorrego y su posterior fusilamiento a manos de Lavalle, vuelve a colocar a
Rosas en el primer plano de la política. Luego de este episodio, Lavalle marcha hacia Santa Fe
para encontrarse con Paz, pero es derrotado en Puente de Márquez por las fuerzas aliadas de
López y Juan Manuel de Rosas. Lavalle firma entonces con Rosas el pacto de Cañuelas, que
nombra como gobernador interino de Buenos Aires a Viamonte y convoca a una reunión de la
sala de representantes porteña para elegir el gobernante definitivo.

El 8 de diciembre de 1829 la sala de representantes proclamó a Juan Manuel de Rosas


gobernador de Buenos Aires otorgándole las facultades extraordinarias y el título de
Restaurador de las Leyes. Rosas llevó a cabo una administración provincial ordenada. Recortó
los gastos, aumentó los impuestos, superando lentamente el déficit fiscal heredado, y reanudó
las relaciones con la Santa Sede, suspendidas desde 1810. Fue el sector terrateniente el que
sustentó el liderazgo rosista.

La estructura social durante este período estuvo basada en la tierra. La gran estancia era la
que confería status y poder. Acompañaban a Rosas en el poder los grupos dominantes porteños
que no estaban dispuestos a compartir las rentas de la aduana con el resto de las provincias. El
restaurador les garantizaba el orden y la disciplina social necesarios para desarrollar sus
actividades económicas. Rosas gozaba de un gran predicamento entre sectores populares de
Buenos Aires, y, de esta forma, aparecía ante los terratenientes de la provincia como el único
capaz de contener y encauzar las demandas de las clases bajas. En agosto de 1830 varias
provincias del interior conforman la Liga Unitaria bajo el liderazgo del General Paz. En enero
de 1831 Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos firmaron el Pacto Federal, una alianza político
militar para terminar con los unitarios de Paz.
Finalmente, Paz será derrotado y capturado por López. Rosas, López y Quiroga dominaban
la confederación. Pero el restaurador demostró ser el más poderoso y continuó aislando a
Buenos Aires de las otras provincias. En 1832 Rosas fue reelecto como gobernador de Buenos
Aires. Exigió que se le renovaran las facultades extraordinarias. La sala de representantes se
opuso y Rosas renunció.

Fue electo el general Juan Ramón Balcarce, candidato de Rosas que, entre 1833 y 1834,
emprendió una campaña al desierto financiada por la provincia y los estancieros bonaerenses
preocupados por la amenaza indígena sobre sus propiedades. Rosas combinó durante la
campaña la conciliación con la represión. Pactó con los Pampas y se enfrentó con los ranqueles
y la Confederación liderada por Juan Manuel Calfucurá. Según un informe que Rosas presentó
al gobierno de Buenos Aires a poco de comenzar la campaña, el saldo fue de 3200 indios
muertos, 1200 prisioneros y se rescataron 1000 cautivos blancos. El éxito obtenido por el
restaurador en la campaña aumentó aún más su prestigio político entre los propietarios
bonaerenses, que incrementaron su patrimonio al incorporar nuevas tierras y se sintieron más
seguros con la amenaza indígena bajo control. Rosas se alejó de la provincia, pero no de los
manejos políticos. Su mujer, Encarnación Ezcurra era su fiel representante y con el apoyo de la
mazorca, conspiró contra los gobiernos de Balcarce, Viamonte y Maza que se sucedieron
durante la ausencia del restaurador. La agitación política conducida por Encarnación contribuyó
de manera decisiva a crear un clima de gran inestabilidad favorable a los intereses de Rosas. Un
hecho agravará aún más la situación.

El caudillo riojano Juan Facundo Quiroga, residía por entonces en Buenos Aires bajo el
amparo de Juan Manuel de Rosas. Quiroga había manifestado al Restaurador sus inquietudes
sobre la necesidad de convocar a un congreso y organizar constitucionalmente al país. Rosas se
opuso argumentando que no estaban dadas las condiciones mínimas para dar semejante paso y
consideraba que era imprescindible que, previamente, cada provincia se organice. A Rosas no se
le escapaba que la organización nacional implicaría la pérdida para Buenos Aires del disfrute
exclusivo de las rentas aduaneras, entre otros privilegios. Ante un conflicto desatado entre las
provincias de Salta y Tucumán, el gobernador de Buenos Aires, Manuel Vicente Maza (quien
respondía políticamente a Rosas), encomienda a Quiroga una gestión mediadora. Tras un éxito
parcial, Quiroga emprendió el regreso y fue asesinado el 16 de febrero de 1835 en Barranca
Yaco, provincia de Córdoba. La muerte de Quiroga determinó la renuncia de Maza y provocó
entre los legisladores porteños que prevaleciera la idea de la necesidad de un gobierno fuerte,
que restaure las leyes.
SEGUNDO GOBIERNO ROSISTA (1835-1852)

Inicio del segundo gobierno (1835):

En 1835, tras el asesinato de Facundo Quiroga, Buenos Aires quedó en una situación de
crisis. La Legislatura de Buenos Aires le ofreció nuevamente el poder a Rosas, quien
aceptó con la “Suma del Poder Público”, lo que le daba autoridad absoluta sobre los
tres poderes del Estado.

Características del gobierno:

 Régimen autoritario: Rosas concentró todo el poder, limitó la libertad de


expresión y persiguió a la oposición.
 Uso del terror político: Se apoyó en la Mazorca, un grupo parapolicial que
perseguía y ejecutaba a sus enemigos políticos.
 Federalismo en el discurso, centralismo en la práctica: Aunque se decía
federal, Buenos Aires concentró el poder político y económico.
 Culto a la personalidad: Se exigía lealtad pública al gobernador con consignas
como “¡Viva la Santa Federación!” y “¡Mueran los salvajes unitarios!”
Economía y comercio:

Control total del comercio exterior desde el puerto de Buenos Aires, lo que generó
tensiones con otras provincias. Mantuvo relaciones económicas con potencias
extranjeras como Inglaterra y Francia.

Política exterior:

 Bloqueo francés (1838-1840) y bloqueo anglo-francés (1845-1848): Rosas


resistió ambos bloqueos con éxito, lo que aumentó su prestigio.
 Conflictos con Uruguay y Brasil por su intervención en la política del Río de la
Plata.
Batalla de la vuelta de Obligado
A mediados del siglo XIX, el 2 de agosto de 1845 un bloqueo anglo-francés al río de la Plata
materializaba la política expansionista de ambas potencias europeas y buscaba nuevos mercados
para colocar sus productos. La acción naval impidió el comercio en todos los puertos de la
Confederación. Los invasores se apoderaron de la escuadra argentina comandada por el Almirante
Guillermo Brown y una escuadrilla oriental al mando de José Garibaldi se apoderó de la isla Martín
García.

El gobierno uruguayo presidido por Fructuoso Rivera permitió a los invasores utilizar a la ciudad
de Montevideo como una factoría comercial y a su estratégico puerto como fondeadero. El 17 de
noviembre de 1845, quince naves de guerra blindadas con torretas de artillería giratorias escoltando
a 100 barcos mercantes comenzaron a remontar el río Paraná. Para intentar detener su avance,
Rosas nombró al Jefe de la guarnición militar de San Nicolás, General Lucio Norberto Mansilla
comandante de las fuerzas defensoras.

Éste trató de obstaculizar la travesía a los invasores en el paraje llamado Vuelta de Obligado a 18
kilómetros al norte de la localidad de San Pedro. Era un pronunciado recodo donde el río se
angostaba a 700 metros dificultando la navegación.

Mansilla ordenó tender de costa a costa tres gruesas cadenas que cerraban el paso, estribadas sobre
24 lanchones. Además montó sobre los promontorios de la costa en la ribera derecha del río cuatro
baterías artilladas con treinta cañones.

El combate
El 20 de noviembre de 1845 se produjo el encuentro. La flota invasora con un intenso cañoneo y
fuertes descargas de cohetes Congreve atacó las baterías argentinas que contaban con cañones de
mucho menor alcance, menor precisión y notable lentitud de recarga, pero sin perjuicio de la
desigualdad de fuerzas, las fuerzas de la Confederación dejaron fuera de combate a los bergantines
Dolphin y Pandour, obligaron a retroceder al Comus, silenciaron el poderoso cañón del Fulton y
cortaron el ancla de la nave capitana que dejó de batallar y se alejó aguas abajo a la deriva.

Luego de más de dos horas de lucha, los defensores agotaron gran parte de sus municiones por lo
que su capacidad de respuesta disminuyó considerablemente. El comandante invasor Sullivan
ordenó el desembarco de dos batallones que avanzaron contra la batería sur. Mansilla ordenó la
carga a bayoneta. Mientras encabezaba la carga, fue herido de gravedad en el pecho por una salva
de metralla. El coronel Thorne lo reemplazó en el comando de la artillería.

Con la considerable disminución de los disparos de la escuadra defensora, los atacantes lograron
cortar las cadenas a martillazos sobre un yunque. Tras varias horas de lucha, fuerzas de infantería
desembarcaron en la costa atacando a la batería argentina que perdió 21 cañones. Al intentar
sostener su posición, los desembarcados fueron acometidos por la caballería del coronel Ramón
Rodríguez, quien los obligó a reembarcar en forma temporal, pero luego debió ceder posiciones
ante un segundo ataque.

Aprovechando que los argentinos debían defender su artillería, los atacantes incendiaron los
lanchones que sostenían las cadenas. Nuestras fuerzas perdieron al buque Republicano, que fue
volado por su propio comandante ante la imposibilidad de defenderlo. En total sus bajas en el
combate fueron de 250 muertos y 400 heridos. Por su parte los agresores tuvieron 26 muertos y 86
heridos. Debido a que sus naves sufrieron grandes averías, obligó la escuadra invasora debió
permanecer casi inmóvil en diversos puntos del Delta del Paraná intentando reparaciones de
urgencia. Finalmente quebró la línea de defensa y se adentró en el Paraná. Parte de sus tropas
desembarcaron en Obligado con la intención de internarse en la región por vía terrestre.

Aunque este combate tuvo un resultado negativo para las fuerzas argentinas, el 20 de noviembre
del fue declarado el Día de la Soberanía Nacional, debido al heroísmo con el que las tropas
defendieron el territorio patrio.

Finalizada la acción de Obligado, Mansilla colocó su artillería volante en varios parajes estratégicos
costeros. La escuadra anglo-francesa, hostilizada permanentemente desde los diferentes puestos
defensivos levantados en territorio santafesino, logró dificultosamente remontar el Paraná y arribar
a la provincia de Corrientes gobernada por el unitario Joaquín de Madariaga, quien había depuesto
al gobernador federal Pedro Cabral en 1843.

Si bien intentaron comercializar sus mercancías solamente pudieron vender algunas armas al
gobierno correntino. Optaron por regresar a Montevideo, pero el 4 de junio de 1846 Mansilla los
interceptó en de la Angostura del Quebracho en la costa occidental del río Paraná. En este combate
la flota invasora experimentó 60 bajas, perdió seis naves mercantes de las que dos fueron
incendiadas por la artillería y cuatro por su tripulación al encallar. Asimismo dos de sus buques de
guerra sufrieron averías de importancia. Las tropas de la Confederación únicamente tuvieron un
muerto y dos heridos.

Después de largas y complicadas negociaciones diplomáticas con Francia e Inglaterra, el gobierno


argentino consiguió recuperar la flota capturada a Brown y la isla Martín García, el reconocimiento
de la soberanía de la Argentina y de sus derechos exclusivos sobre la navegación de sus ríos
interiores y que las flotas invasoras desagraviaran a la bandera argentina con una salva de 21
cañonazos.

Estos tratados de paz marcaron la victoria de la firme y digna posición en defensa de la soberanía
nacional mantenida por Juan Manuel de Rosas, en su carácter de encargado de las relaciones
internacionales de la Confederación Argentina.

FUENTE: [Link]
Boulogne-sur- Mer, 2 de noviembre de 1848.

Excmo. Sr. Capitán general D, Juan Manuel de Rosas.

Mi respetable general y amigo:

A pesar de la distancia que me separa de nuestra patria, usted me hará la justicia de


creer que sus triunfos son un gran consuelo a mi achacosa vejez. Así es que he tenido
una verdadera satisfacción al saber el levantamiento del injusto bloqueo con que nos
hostilizaban las dos primeras naciones de Europa; esta satisfacción es tanto más
completa cuanto el honor del país, no ha tenido nada que sufrir, y por el contrario
presenta a todos los nuevos Estados Americanos, un modelo que seguir y más cuando
éste está apoyado en la justicia. No vaya usted a creer por lo que dejo expuesto, el que
jamás he dudado que nuestra patria tuviese que avergonzarse de ninguna concesión
humillante presidiendo usted a sus destinos; por el contrario, más bien he creído no
tirase usted demasiado la cuerda de las negociaciones seguidas cuando se trataba del
honor nacional. Esta opinión demostrará a usted, mi apreciable general, que al
escribirle, lo hago con la franqueza de mi carácter y la que merece el que yo he formado
del de usted. Por tales acontecimientos reciba usted y nuestra patria mis más sinceras
enhorabuenas.

Para evitar el que mi familia volviese a presenciar las trágicas escenas que desde la
revolución de febrero se han sucedido en París, resolví transportarla a este punto, y
esperar en él, no el término de una revolución cuyas consecuencias y duración no hay
precisión humana capaz de calcular sus resultados, no sólo en Francia, sino en el resto
de la Europa; en su consecuencia, mi resolución es el de ver si el gobierno que va a
establecerse según la nueva constitución de este país ofrece algunas garantías de orden
para regresar a mi retiro campestre, y en el caso contrario, es decir, el de una guerra
civil (que es lo más probable), pasar a Inglaterra, y desde este punto tomar un partido
definitivo.

En cuanto a la situación de este viejo continente, es menester no hacerse la menor


ilusión: la verdadera contienda que divide a su población es puramente social; en una
palabra, la del que nada tiene, tratar de despojar al que le posee; calcule lo que arroja de
sí un tal principio, infiltrado en la gran masa del bajo pueblo, por las predicaciones
diarias de los clubs y la lectura de miles de panfletos; si a estas ideas se agrega la
miseria espantosa de millones de proletarios, agravada en el día con la paralización de la
industria, el retiro de los capitales en vista de un porvenir incierto, la probabilidad de
una guerra civil por el choque de las ideas y partidos, y, en conclusión, la de una
bancarrota nacional visto el déficit de cerca de 400 millones en este año, y otros tantos
en el entrante: éste es el verdadero estado de la Francia y casi del resto de la Europa,
con la excepción de Inglaterra, Rusia y Suecia, que hasta el día siguen manteniendo su
orden interior.
Un millar de agradecimientos, mi apreciable general, por la honrosa memoria que
hace usted de este viejo patriota en su mensaje último a la Legislatura de la provincia;
mi filosofía no llega al grado de ser indiferente a la aprobación de mi conducta por los
hombres de bien. Esta es la última carta que será escrita de mi mano; atacado después
de tres años de cataratas, en el día apenas puedo ver lo que escribo, y lo hago con
indecible trabajo; me resta la esperanza de recuperar mi vista en el próximo verano en
que pienso hacerme hacer la operación á los ojos. Si los resultados no corresponden a
mis esperanzas, aun me resta el cuerpo de reserva, la resignación y los cuidados y
esmeros de mi familia.

Que goce usted la mejor salud, que el acierto presida en todo lo que emprenda, son
los votos de este su apasionado amigo y compatriota.

José de San Martín.

Fin del gobierno:

En 1852, el general Justo José de Urquiza (gobernador de Entre Ríos) se rebeló contra
Rosas mediante el Pronunciamiento de Urquiza. Rosas fue derrotado en la Batalla de
Caseros (3 de febrero de 1852). Tras la derrota, se exilió en Inglaterra, donde murió en
1877.

Fuente: [Link]

La Batalla de Caseros – Fin de una


época
En 1829 Juan Manuel de Rosas asumía la gobernación de Buenos Aires desplegando una
enorme influencia sobre todo el país. A partir de entonces y hasta su caída en 1852, ejercerá el
poder en forma autoritaria. Rosas se opuso durante toda su gestión a la organización nacional y
a la sanción de una Constitución. Ello hubiera significado el reparto de las rentas aduaneras con
el resto del país y la pérdida de la hegemonía porteña. A partir de 1851, Justo José de Urquiza,
su ex aliado, había decidido enfrentarse al gobierno bonaerense y alistó a sus hombres en el
llamado Ejército Grande. Avanzó sobre Buenos Aires y derrotó a Rosas en la Batalla de
Caseros, el 3 de febrero de 1852. La caída de Rosas parecía poner fin a las disputas
provinciales; sin embargo, los enfrentamientos se tornarían más encendidos que nunca.
Cómo se pronuncia Urquiza
Año tras año, argumentando razones de salud, Rosas presentaba su renuncia a la conducción de
las relaciones exteriores de la Confederación, en la seguridad de que no le sería aceptada. (…)
En 1851 el gobernador de Entre Ríos emitió un decreto, conocido como el “pronunciamiento”
de Urquiza, en el cual aceptaba la renuncia de Rosas y reasumía para Entre Ríos la conducción
de las relaciones exteriores.

El conflicto era en esencia económico: Entre Ríos venía reclamando la libre navegación de
los ríos –necesaria para el florecimiento de su economía- lo que permitiría el intercambio de su
producción con el exterior sin necesidad de pasar por Buenos Aires.

El ejército “mais grande do mundo”

Armado de alianzas internacionales, Urquiza decidió formar su ejército para enfrentar al


gobierno bonaerense, al que llamó, a falta de mejor nombre, “Grande”. El emperador de Brasil,
Pedro II, proveería infantería, caballería, artillería y todo lo necesario, incluso la escuadra. El
tratado firmado entre Urquiza y los brasileños decía en una de sus partes: “Para poner a los
estados de Entre Ríos y Corrientes en situación de sufragar los gastos extraordinarios que tendrá
que hacer con el movimiento de su ejército, Su Majestad el Emperador del Brasil les proveerá
en calidad de préstamo la suma mensual de cien mil patacones por el término de cuatro meses
contados desde la fecha en que dichos estados ratifiquen el presente convenio”.

Por supuesto que el emperador de Brasil no hacía esto en defensa de la libertad y los
derechos humanos, y solicitó y obtuvo del gobernador Urquiza la hipoteca de territorio
argentino en garantía a sus contribuciones: “Su Excelencia el señor Gobernador de Entre Ríos
se obliga a obtener del gobierno que suceda inmediatamente al del general Rosas, el
reconocimiento de aquel empréstito como deuda de la Confederación Argentina y que efectúe
su pronto pago con el interés del seis por ciento al año. En el caso, no probable, de que esto no
pueda obtenerse, la deuda quedará a cargo de los Estados de Entre Ríos y Corrientes y para
garantía de su pago, con los intereses estipulados, sus Excelencias los señores Gobernadores de
Entre Ríos y Corrientes, hipotecan desde ya las rentas y los terrenos de propiedad pública de los
referidos Estados”.

Otras provincias reaccionaron e intentaron formar una coalición militar para defender a
Rosas, pero ya era demasiado tarde.

Urquiza alistó a sus hombres en el “Ejército Grande”, avanzó sobre Buenos Aires y derrotó a
Rosas en la batalla de Caseros, el 3 de febrero de 1852.

Horas después, Rosas escribía su renuncia: “Sres. Representantes: Es llegado el caso de


devolveros la investidura de gobernador de la provincia y la suma del poder público con que os
dignasteis honrarnos. Creo haber llenado mi deber como todos los señores representantes,
nuestros conciudadanos los verdaderos federales y mis compañeros de armas. Si más no hemos
hecho en el sostén sagrado de nuestra independencia, de nuestra integridad y de nuestro honor,
es porque no hemos podido. Permitidme, Honorables representantes, que al despedirme de
vosotros, os reitere el profundo agradecimiento con que os abrazo tiernamente y ruego a Dios
por la gloria de V.H., de todos y de cada uno de vosotros. Herido en la mano derecha y en el
campo, perdonad que os escriba con lápiz y en una letra trabajosa. Dios Guarde a V.H.”

Rosas, vencido, se embarcó en el buque de guerra Conflict hacia Inglaterra.

Al día siguiente de Caseros, terratenientes porteños, como los Anchorena, primos de Rosas,
renegaban de su pasado rosista y trataban de congraciarse con las nuevas autoridades. (…)
Mientras tanto, Rosas se instalaba en la chacra de Burgess, cerca de Southampton, acompañado
por peones y criados ingleses. (…) Volvió a dedicarse a las tareas rurales hasta su muerte,
ocurrida el 14 de marzo de 1877, a los ochenta y cuatro años. Unos años antes había escrito una
especie de testamento político: “Durante el tiempo en que presidí el gobierno de Buenos Aires,
encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina, con la suma del poder
por la ley, goberné según mi conciencia. Soy pues, el único responsable de todos mis actos, de
mis hechos buenos como los malos, de mis errores y de mis actos. Las circunstancias durante
los años de mi administración fueron siempre extraordinarias, y no es justo que durante ellas se
me juzgue como en tiempos tranquilos y serenos. Si he podido gobernar 30 años aquel país
turbulento, a cuyo frente me puse en plena anarquía y al que dejé en orden perfecto, fue porque
observé invariablemente esta regla de conducta: proteger a todo trance a mis amigos, hundir por
cualquier medio a mis enemigos”.

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