Índice
Portada
I. Despertarse de un sueño
1 El paso del tiempo. ¡Ya vuelve a ser Navidad!
2 ¿Por qué vivimos? La más inquietante de las preguntas
3 El don de ser. Tomar conciencia
4 Vivir cada día como si fuera el último
5 El ahora pleno. Alegato contra el aburrimiento
II. Vivir con sentido
6 Dar la vida, ofrecer la posibilidad de ser
7 Velar por la calidad de los vínculos
8 Contra las evasiones. La autenticidad
9 La aventura, la fiesta. Un poco de irracionalidad
10 Edificar el mundo. Comprometerse
11 La belleza que salva
12 La fuerza espiritual. Nada habrá sido en vano
Bibliografía esencial
Notas
Créditos
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La aventura, la fiesta. Un poco de irracionalidad
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Tiene sentido, de vez en cuando, detenerse, abrir una pausa en la continuidad del tiempo
y celebrar la posibilidad de ser con los que amas. Ser es un regalo, pero el gran regalo no
consiste en estar presente en el mundo, sino en ser con otras personas y establecer con
ellas vínculos de calidad.
Tres figuras literarias expresan bellamente la íntima relación entre vínculo y
sentido: Adán, Robinson Crusoe y Frankenstein.
Adán, tal como se narra en el Génesis, lo tenía todo en el jardín del Edén, pero no
disponía de lo fundamental. Disponía de todos los frutos, de todos los rincones del
universo, de la belleza pura y virgen, del esplendor de toda la naturaleza entregada como
ofrenda. Pero el primer hombre se sentía solo. En aquel universo multicolor se sentía
infinitamente solo. Necesitaba una presencia. Su vida estaba falta de sentido. Le faltaba
un ser humano como él, una criatura racional y libre capaz de amar a una persona.
Deseaba forjar un vínculo de calidad, una comunidad de afectos. El Creador sintió
compasión de su soledad y, por esto, formó el cuerpo de Eva, la primera mujer, a partir
de su costilla.
Este acto fue, en realidad, el último acto de la creación. La obra creadora de Dios no
concluye con la creación de Adán sino con el nacimiento de Eva. El mundo más
hermoso no puede saciar el corazón del hombre. Necesitaba un interlocutor, una pareja,
un ser a quien amar, capaz de palabra y de escucha. La creación de Dios acaba, pues,
cuando Adán se abraza a Eva y con este abrazo inaugura, de hecho, la historia.
Adán descubre que lo que da sentido no es, en ningún caso, la búsqueda puramente
individual, al margen de los demás, sino el proyecto personal abierto a los demás.
El mítico personaje de Daniel Defoe, Robinson Crusoe, también se sentía solo en
aquella isla desértica adonde había ido a parar. Náufrago como era, había aprendido a
sobrevivir y a superar todos los escollos, incluso había aprendido a disfrutar de las
puestas de sol y de la belleza natural de la isla. Sin embargo, se sentía infinitamente solo.
Necesitaba un tú. Experimentaba el deseo de escuchar una voz humana y no podía
soportar más aquel ensordecedor mutismo de la naturaleza. A diferencia de Adán,
Robinson Crusoe había tenido vínculos humanos, conocía las palabras y las caricias,
había oído reír y llorar, y, por esto mismo, la nostalgia lo golpeaba, sentía el drama de la
ausencia.
En aquella maravillosa isla, al náufrago le faltaba el vínculo humano, la interacción
mental y emocional con un ser hecho como él. De ahí que su vida cambie de modo
radical cuando hace acto de presencia el nativo Viernes. Entonces siente la alegría de
festejar su existencia, se siente alegre y contagia espontáneamente esta alegría a todo lo
que le rodea. No entiende la lengua de Viernes ni comparte sus hábitos y costumbres,
pero se da cuenta de que en él hay todo un universo escondido, un amigo potencial.
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El conocido personaje de Mary Shelley, Frankenstein, deseaba morir, desaparecer
del mundo, al ver que nadie lo aceptaba debido a su apariencia monstruosa. Suplica a su
creador, el doctor Frankenstein, que cree una mujer tan monstruosa como él, para poder
amarla lejos de los hombres y de las ciudades, allí donde la tierra se acaba, una mujer
para dar sentido a su existencia. El monstruo, hecho de pedazos de cadáveres, se sentía
solo, sucio, humillado y vejado. Tenía fuerza y poder, causaba miedo a todo el mundo y
no tenía que sufrir para sobrevivir, pero su vida estaba falta de sentido. Rondaba
escondido por los bosques y las montañas, buscaba compañía y afecto, pero sólo recibía
golpes y palizas. No tenía a nadie con quien poderla compartir.
La lección de Frankenstein es clara. Mary Shelley nos muestra que lo que da
sentido a la vida no es ser; es ser con alguien que ama, desarrollar el proyecto propio
sabiendo que hay un ser en el mundo al que se ama solícitamente y que puede contarse
siempre con su complicidad. Entonces la vida se vuelve plena y la alegría estalla en
forma de fiesta. La fiesta, pues, lejos de ser una imposición o una rutina social necesaria
para la salud de los pueblos, es una explosión interior, un signo de gratitud, un grito de
alegría ante tantos dones.
El binomio entre la bestia y la belleza, entre el monstruo y la mujer maravillosa es
un recurso muy habitual en las narrativas cinematográficas. El caso más significativo es
el de King Kong. La mutación biológica más famosa en la historia del cine vive
desencantada en una isla perdida. Vive para sobrevivir, pero su vida está vacía y falta de
sentido. En realidad, se aburre mucho. Aislado de todos, King Kong satisface
periódicamente sus necesidades primarias, pero se siente vacío.
La presencia de una mujer maravillosa en sus manazas y la tierna relación que
después vivirán los dos, el monstruo y la bella, da sentido a su vida hasta tal punto que la
bestia trasciende su condición animal y respeta y ama a aquella cándida figura en su
fragilidad. La belleza transforma a la bestia en un ser nuevo, lo humaniza, lo eleva por
encima de la naturaleza instintiva y su vida experimenta un salto cualitativo: aprende a
amar. Al amar se vuelve débil, vulnerable y ésta es, de hecho, la causa de su perdición.
Es crucificado por los hombres, expuesto a los ojos de todos, porque ha amado. Si no
hubiera amado, habría envejecido solo y aburrido en aquella isla perdida.
Al empezar a amar, King Kong experimenta su vida como una posibilidad única,
como una tarea dotada de sentido. A partir de aquel momento entiende que su misión es
proteger y cuidar de aquella mujer maravillosa. La salva de unos animales prehistóricos,
dinosaurios que quieren atacarla y comérsela. Después, una vez capturado y escarnecido
en la isla más popular del mundo, Manhattan, convertido en carnaza de entretenimiento,
el gran simio busca, desesperadamente, la fuente del sentido de su vida y la defiende con
las garras de la crueldad humana. Entiende que no basta con sobrevivir para vivir una
vida digna, se da cuenta de que la cuestión no es perdurar, permanecer en este mundo
tanto tiempo como sea posible. Se da cuenta de que hay razones por las cuales vale la
pena luchar, sufrir, arriesgarse, e incluso dar la propia vida.
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Dejemos el plano de la ficción y volvamos al hilo de la cuestión. Lo que da sentido
a la vida es el proyecto personal, en que cada cual se ve llamado a llenar de contenido
con sus decisiones, pero el proyecto no tiene ningún sentido si no puede ofrecerse a los
demás, si no tiene como referencia inmediata o indirecta a los demás. El proyecto es
propiamente un proyecto cuando, a través de él, se realiza algún tipo de bien a un todo
más grande que yo mismo, cuando se hace alguna contribución, del orden que sea, al
conjunto. Cuando sólo incide sobre uno mismo y revierte sobre la propia persona, es
estéril, miope, mezquino.
Necesitamos compartir los proyectos con las personas que amamos, experimentar
con ellas los desiertos y las negras noches que supone llevar adelante cualquier fin en el
mundo, por minúsculo que sea. El proyecto justifica las luchas y los trabajos, da sentido
a la vida, pero hay un sentido que no deriva del proyecto sino que es dado desde fuera,
desde los márgenes del camino. Hay un sentido buscado de manera racional y
premeditada, pero hay otro sentido que irrumpe imprevisible. A veces, lo que al final da
sentido a nuestras vidas no es lo que hemos buscado con tenacidad, constancia y
esfuerzo, sino lo que ha ocurrido sin buscarlo, azarosamente.
El proyecto puede conducirnos a una vida impermeable, cerrada a los demás y
centrada de manera exclusiva en aquello que es esencial para realizar el fin. Cuando el
proyecto se vive así, exclusivamente, puede llegar a convertirnos en seres
unidimensionales unilaterales y unidireccionales. Entonces perdemos riqueza,
experiencia, y dejamos demasiadas cosas por el camino. Hay que vivir el proyecto con
distensión, sin aferrarse en exceso, sin creérselo demasiado, con una media sonrisa en los
labios, sabiendo, en todo caso, que es un ensayo, y que, por maravilloso que sea, no
podemos ser ciegos a la realidad que nos rodea.
Sólo el necio se vuelca por completo en su proyecto. Sólo él se cree que todo está
en juego, que el mundo depende, en exclusiva, de su pequeño trabajo, de su contribución
a la historia. Sin darse cuenta, se convierte en un ser monotemático, infinitamente
aburrido; se transforma en un hombrecillo que cree que el mundo gira a su alrededor. A
un ser así le falta perspectiva histórica, visión de conjunto, confianza en los demás, en
los que están y en los que vendrán después de él. Aferrarse en exceso al propio proyecto
es un síntoma de debilidad y el resultado es un hombre ridículo, grotesco.
El sabio sabe tomar distancia, relativiza su contribución a la historia, es consciente
de la irrelevancia de su ser y de la pequeñez que representa su persona en el conjunto del
cosmos. Los grandes hombres y mujeres de la humanidad han sabido marcar distancias,
sobrevolar con ironía por encima de sus obsesiones y no han perdido nunca de vista la
relatividad de todo. Vivir es proyectar, pero es de sabios saber relativizar los propios
proyectos, e incluso, saber reírse de ellos.
Algunos, sin embargo, están tan ocupados en llevar a buen puerto su misión que no
ven nada, ni sienten nada, que no escuchan a nadie ni tienen tiempo para explorar otros
caminos. Están tan unilateralmente preocupados en la cosa que pierden incluso la
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capacidad de admirar, de maravillarse de los encantos del mundo. Ésta es, en fin, la
única capacidad que no podemos permitirnos malbaratar.
Digámoslo con una imagen. Hay que correr por el camino de montaña fijando los
ojos en el suelo para no caer con algún tocón, pero sin embargo, hay que saber levantar
la vista y mirar el espectáculo de la naturaleza, contemplar el paisaje que queda por
debajo, aunque sea por unos breves momentos y con el riesgo de tropezar. Si al final se
llega a la meta pero no se ha contemplado nada, ¿habrá valido la pena correr tanto?
Sin entrar ahora en la multisecular dialéctica entre racionalismo y romanticismo,
hay que decir que lo que da sentido a la vida no es sólo el proyecto racionalmente
pensado y sistemáticamente ejecutado, sino también los puntos de irracionalidad, de
exceso y de desmesura que de modo inesperado hacen acto de presencia en la vida. Por
fortuna, irrumpen elementos que no habíamos previsto, experimentamos encuentros que
no imaginábamos, nos reencontramos con figuras del pasado que ya creíamos enterradas,
descubrimos personas nuevas y escuchamos relatos que estaban fuera de nuestro
horizonte mental. El corredor dúctil no pierde el norte —sabe siempre hacia dónde va—,
pero tiene la capacidad de disfrutar de las novedades que le regala la vida.
Romper la monotonía es explorar un camino alternativo para volver después al
camino principal. Se vuelve con nueva fuerza tras haber conocido de cerca diferentes
realidades. Se vuelve con un nuevo bagaje. El poeta griego lo dice muy claro: la riqueza
no consiste en llegar a Ítaca, sino en el bagaje que se ha acumulado a lo largo de la
travesía. El sentido no siempre es obra de la razón, sino que, en ocasiones, es fruto de
una intuición, de un sentimiento, de un encuentro inesperado. Ser receptivo a lo que nos
pasa es básico, porque en lo que nos pasa podemos entrever inesperadamente el sentido
de la propia vida.
La novedad rompe la continuidad. Nos desconcierta, incluso nos inquieta, pero
conmueve nuestro ser. Nos hace pensar en el proyecto que estamos construyendo, en su
valor y su calidad. Romper el hilo es tomar un avión para ir a visitar a un ser querido, es
compartir con la persona amada una jornada especial y volver posteriormente a la vida
cotidiana. Romper la continuidad es ir a dormir más tarde de lo que toca, hablar de lo
que nunca hablamos, hacer un gesto fuera de lugar, dormir al raso, bailar hasta altas
horas de la madrugada o pasear por un barrio que desconocemos. Como dice Michel
Montaigne, somos seres de costumbres y tendemos a la repetición mecánica, pero
saliendo del circuito habitual, podemos intuir el sentido que, a ciegas, hemos buscado
durante tanto tiempo.
Las interrupciones, los cortes, las discontinuidades dan sentido a la vida humana.
Son la porción de sal necesaria para que no sea una insípida y previsible sucesión de
acontecimientos pensados a priori. En estas discontinuidades hay que tener presente que
no se puede herir a los demás, ni traicionar las fidelidades tejidas a lo largo de la vida. El
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proyecto puede experimentar grandes transformaciones, pero la aventura no puede ser
nunca una excusa para herir al otro. Un poco de irracionalidad encanta, pero una vida
centrada en la irracionalidad conduce al gran naufragio.
No hace falta haber vivido mucho tiempo para saber que la existencia personal no
es la ejecución de un plan pensado y premeditado reflexivamente. Es una cadena de
discontinuidades, una carrera llena de obstáculos y de encrucijadas. Sería un
despropósito no acoger en positivo estos elementos de irracionalidad que irrumpen en la
vida y la embellecen.
Una vida que excluye lo que es imprevisible es una vida inhumana que rechaza lo
que es propio de ella: el cambio, la mutación, la vulnerabilidad. La planificación racional
de la vida tiende a eliminar la presencia de lo que es imprevisto; no obstante, su
presencia a través de aquellos imponderables que tienen lugar es lo que hace sentir viva
a la persona: la fiesta, el juego, el enamoramiento. Hay pocas cosas más aburridas que
jugar sin la incertidumbre del resultado final. En el fondo, a nadie le gusta jugar y que el
resultado esté cantado de entrada. La victoria ajustada se disfruta más que la goleada, así
como la derrota ajustada se sufre más que la que se ha producido por una amplia
diferencia. Acostumbra a pasar que la mayor imprevisión en la acción confiere una
mayor intensidad en la experiencia. El juego interesa porque está igualmente abierto a la
victoria y a la derrota, interesa mientras existe la posibilidad de ganar o de perder. Del
mismo modo, la vida interesa vivirla mientras hay incertidumbre. En el fondo, pretender
una vida sin incertidumbre es una ilusión, una quimera que nos aleja de la presencia de
la palmaria realidad, la presencia de lo imponderable velando cada minuto de nuestra
vida.
Si tomamos la metáfora del camino, tan frecuente en los clásicos griegos y latinos,
para describir la condición peregrina del ser humano, vemos que no sólo tiene sentido
orientarse hacia el horizonte que uno mismo se ha marcado, sino también detenerse,
pararse en una fuente, plantar la tienda un par de noches en una buena balconada y tomar
un sendero para volver, después, al camino originario.
La fiesta, como la aventura, es una de estas interrupciones que da sentido a la vida.
Es un corte en la cadena temporal, una parada, un momento para la juerga y la ternura,
para la desmesura y el exceso. La fiesta, sin embargo, no es una fuga del mundo ni una
manera de evadirse de la trágica existencia. Es el momento de la celebración, la liturgia
de la vida expresada en la danza, en la música, en el vino que corre y en la distensión.
Sólo puede festejar, en realidad, el que vive habitualmente su vida con sentido.
Festejar es hacer fiestas a los demás, decirles y hacerles cosas bonitas, hacer que se
sientan bien, complacerlos de corazón. Sólo puede complacer a los demás, de verdad, el
que se siente complacido; sólo puede hacer fiestas el que vive su vida con entusiasmo.
Quien vive con amargura el hecho de vivir, sus relaciones interpersonales o bien su
trabajo cotidiano no puede festejar, porque festejar es afirmar, es conmemorar, es
alegrarse con los demás por el hecho de existir.
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La fiesta, además, siempre es fruto del encuentro amoroso. No existe la fiesta
solitaria. No tiene razón de ser. Sería una contradictio in terminis. La fiesta siempre se
celebra con los demás y es una expresión de la alegría de vivir. Hacer fiesta es
comunicar a los demás que es una alegría estar en este mundo y que el motivo son los
demás.
Hay sin embargo dos modos de entender la fiesta radicalmente opuestos: la fiesta
como una fuga de la vida cotidiana y la fiesta como una celebración de la existencia.
Para el que la vida es una danza tediosa, mediocre y cansada, la fiesta es una salida de
tono, una manera de desahogarse, de manifestar el malestar olvidándose de todo y de
todos. La fiesta se asocia, entonces, a esta especie de evasión. Se convierte en la
expresión de un grito desesperado, de una radical protesta contra todo y todos.
La verdadera fiesta, por el contrario, es un acto afirmativo, es la celebración alegre
de estar en el mundo. Entendida de esta manera, es la síntesis creativa de vida, belleza,
proyecto y vínculos firmes. Quien experimenta el mundo como bello, entiende la vida
como una tarea que se desarrolla día a día y disfruta del afecto de las personas que ama,
vive una vida plena y experimenta la necesidad de celebrar esta constelación de dones
con los demás. También siente el deseo de engendrar nuevas vidas para que vivan estas
maravillas. La convergencia de estos elementos es la raíz de la fiesta.
En la fiesta hay un punto de irracionalidad, de desmesura y de vitalismo
incontinente que dota de sentido a la vida. De vez en cuando, necesitamos liberarnos de
la faja social, del encasillamiento laboral, de los formulismos y de las convenciones
culturalmente establecidas. Experimentamos la necesidad de dejarnos ir, de destensarnos
para sumergirnos en la danza cósmica y estallar en gritos de alegría.
La fiesta, como la pasión, tiene un punto de irracionalidad. En ocasiones, lo único
que tiene sentido es gritar, llorar, abrazarse a la persona amada, sentirla estrechamente
unida al propio cuerpo. A veces, estas desmesuras pasan factura, sacuden el pequeño
orden cotidiano, pero son un don de la vida que no se puede desconsiderar. Excluir toda
desmesura del propio trayecto, cerrarse a los estímulos que vienen de fuera, apartar toda
aventura es, en definitiva, una forma de debilidad, una expresión de miedo. Quien ama
su camino y es leal a su proyecto, quien es consciente de lo que hay en juego, no excluye
las irrupciones que vienen de fuera. Las acoge, saca el máximo provecho y aprende de
ellas.
Para el que la vida tiene sentido, la fiesta es una manera de comunicar a los demás
que vivir es bello y que, a pesar de todo, vale la pena.
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