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Cuentos infantiles: poesía y fábulas

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1.

El gallo despertador, de Gloria Fuertes

Kikirikí,
estoy aquí,
decía el gallo
Colibrí.

El gallo Colibrí
era pelirrojo,
era su traje
de hermoso plumaje.

Kikirikí
Levántate campesino,
que ya está el sol
de camino-.

Kikirikí
Levántate labrador,
despierta con alegría,
que vienen el día.

Kikirikí
Niños del pueblo
despertad con el ole,
que os esperan en el “cole”.

El pueblo no necesita reloj,


le vale el gallo despertador.
Los ratones, de Lope de Vega

Juntáronse los ratones


para librarse del gato;
y después de largo rato
de disputas y opiniones,
dijeron que acertarían
en ponerle un cascabel,
que andando el gato con él,
librarse mejor podrían.

Salió un ratón barbicano,


colilargo, hociquirromo
y encrespando el grueso lomo,
dijo al senado romano,
después de hablar culto un rato:
—¿Quién de todos ha de ser
el que se atreva a poner
ese cascabel al gato?

Doña primavera, de Gabriela Mistral


Doña Primavera
viste que es primor,
viste en limonero
y en naranjo en flor.

Lleva por sandalias


unas anchas hojas,
y por caravanas
unas fucsias rojas.

Salid a encontrarla
por esos caminos.
¡Va loca de soles
y loca de trinos!

Doña Primavera
de aliento fecundo,
se ríe de todas
las penas del mundo...

No cree al que le hable


de las vidas ruines.
¿Cómo va a toparlas
entre los jazmines?s

¿Cómo va a encontrarlas
junto de las fuentes
de espejos dorados
y cantos ardientes?

De la tierra enferma
en las pardas grietas,
enciende rosales
de rojas piruetas.

Pone sus encajes,


prende sus verduras,
en la piedra triste
de las sepulturas...

Doña Primavera
de manos gloriosas,
haz que por la vida
derramemos rosas:

Rosas de alegría,
rosas de perdón,
rosas de cariño,
y de exultación.
El invierno

El invierno es un viejito que tiene una barba blanca, llena de escarcha que le
cuelga hasta el suelo. Donde camina deja un rastro de hielo que va tapando
todo.

A veces trae más frío que de costumbre, como cuando sucedió esta
historia: Hacía tanto, pero tanto frío, que los árboles parecían arbolitos de
Navidad adornados con algodón. En uno de esos árboles vivían los Ardilla
con sus cinco hijitos.

Papá y mamá habían juntado muchas ramitas suaves, plumas y hojas para
armar un nido calientito para sus bebés, que nacerían en invierno.

Además, habían guardado tanta comida que podían pasar la temporada de


frío como a ellos les gustaba: durmiendo abrazaditos hasta que llegara la
primavera.

Un día, la nieve caía en suaves copos que parecían maripositas blancas


danzando a la vez que se amontonaban sobre las ramas de los árboles y sobre
el piso, y todo el bosque parecía un gran cucurucho de helado de crema en
medio del silencio y la paz. ¡Brrrmmm!

Y entonces, un horrible ruido despertó a los que hibernaban: ¡una


máquina inmensa avanzaba destrozando las plantas, volteando los árboles y
dejando sin casa y sin abrigo a los animalitos que despertaban aterrados y
corrían hacia cualquier lado, tratando de salvar a sus hijitos!

Papá Ardilla abrió la puerta de su nido y vio el terror de sus vecinos. No quería
que sus hijitos se asustaran, así que volvió a cerrar y se puso a roncar.

Sus ronquidos eran más fuertes que el tronar de la máquina y sus bebés no
despertaron. Mamá Ardilla le preguntó, preocupada:

- ¿Qué pasa afuera?


- No te preocupes y sigue durmiendo, que nuestro árbol es el más grande y
fuerte del bosque y no nos va a pasar nada - le contestó.

Pero Mamá Ardilla no podía quedarse tranquila sabiendo que sus vecinos
tenían dificultades. E insistió:

- Debemos ayudar a nuestros amigos: tenemos espacio y comida para


compartir con los que más lo necesiten. ¿Para qué vamos a guardar tanto,
mientras ellos pierden a sus familias por no tener nada?

Papá Ardilla dejó de roncar; miró a sus hijitos durmiendo calientitos y a Mamá
Ardilla. Se paró en su cama de hojas y le dio un beso grande en la nariz a la
dulce Mamá Ardilla y ¡corrió a ayudar a sus vecinos!.

En un ratito, el inmenso roble del bosque estaba lleno de animalitos


que se refugiaron felices en él. El calor de todos hizo que se derritiera la
nieve acumulada sobre las ramas y se llenara de flores. ¡Parecía que había
llegado la primavera en medio del invierno!.

Los pajaritos cantaron felices: ahora tenían dónde guardar a sus pichoncitos,
protegidos de la nieve y del frío. Así, gracias a la ayuda de los Ardilla se
salvaron todas las familias de sus vecinos y vivieron contentos.

Durmieron todos abrazaditos hasta que llegara en serio la primavera, el aire


estuviera calientito, y hubiera comida y agua en abundancia

Tío Tigre y Tío Conejo

Una calurosa mañana, se encontraba Tío Conejo recolectando zanahorias para el almuerzo. De
repente, escuchó un rugido aterrador: ¡era Tío Tigre!
—¡Ajá, Tío Conejo! —dijo el felino—. No tienes escapatoria, pronto te convertirás en un delicioso
bocadillo.

En ese instante, Tío Conejo notó unas piedras muy grandes en lo alto de la colina e ideó un plan.

—Puede que yo sea un delicioso bocadillo, pero estoy muy flaquito —dijo Tío Conejo—. Mira hacia
la cima de la colina, ahí tengo mis vacas y te puedo traer una. ¿Por qué conformarte con un
pequeño bocadillo, cuando puedes darte un gran banquete?

Como Tío Tigre se encontraba de cara al sol, no podía ver con claridad y aceptó la propuesta.
Entonces le permitió a Tío Conejo ir colina arriba mientras él esperaba abajo.

Al llegar a la cima de la colina, Tío Conejo gritó:

—Abre bien los brazos Tío Tigre, estoy arreando la vaca más gordita.

Entonces, Tío Conejo se acercó a la piedra más grande y la empujó con todas sus fuerzas. La piedra
rodó rápidamente.

Tío Tigre estaba tan emocionado que no vio la enorme piedra que lo aplastó, dejándolo adolorido
por meses.

Tío Conejo huyó saltando de alegría.

El Patito Feo

En una hermosa mañana de verano, los huevos que habían


empollado la mamá Pata empezaban a romperse, uno a uno. Los
patitos fueron saliendo poquito a poco, llenando de felicidad a
los papás y a sus amigos. Estaban tan contentos que casi no se
dieron cuenta de que un huevo, el más grande de todos,
aún permanecía intacto.
Todos, incluso los patitos recién nacidos, concentraron su
atención en el huevo para ver cuándo se rompería. Al cabo de
algunos minutos, el huevo empezó a moverse. Pronto se pudo
ver el pico, luego el cuerpo, y las patas del sonriente pato. Era el
más grande, y para sorpresa de todos, muy distinto de los
demás. Y como era diferente todos empezaron a llamarle
el Patito Feo.

La mamá Pata, avergonzada por haber tenido un patito tan feo,


le apartó con el ala mientras daba atención a los otros
patitos. El patito feo empezó a darse cuenta de que allí no
le querían. Y a medida que crecía, se quedaba aún más feo, y
tenía que soportar las burlas de todos. Entonces, en la mañana
siguiente, muy temprano, el patito decidió irse de la granja.

Triste y solo, el patito siguió un camino por el bosque hasta


llegar a otra granja. Allí, una vieja granjera le recogió, le dio de
comer y beber, y el patito creyó que había encontrado a alguien
que le quería. Pero, al cabo de algunos días, él se dio cuenta de
que la vieja era mala y solo quería engordarle para
transformarlo en un segundo plato. El patito feo salió
corriendo como pudo de allí.

El invierno había llegado, y con él, el frío, el hambre y la


persecución de los cazadores para el patito feo. Lo pasó muy
mal. Pero sobrevivió hasta la llegada de la primavera. Los días
pasaron a ser más calurosos y llenos de colores. Y el patito
empezó a animarse otra vez. jamás había visto. ¡Eran cisnes!
Y eran elegantes, delicadas y se movían como verdaderas
bailarinas, por el agua. El patito, aún acomplejado por la figura y
la torpeza que tenía, se acercó a una de ellas y le preguntó si
podía bañarse también en el estanque.
Y uno de los cisnes le contestó:

- Pues, ¡claro que sí! Eres uno de los nuestros.

Y le dijo el patito:

- ¿Cómo que soy uno de los vuestros? Yo soy feo y torpe, todo
lo contrario de vosotros. Vosotros son elegantes y vuestras
plumas brillan con los rayos del sol.

Y ellos le dijeron:

- Entonces, mira tu reflejo en el agua del estanque y verás


cómo no te engañamos.

El patito se miró y lo que vio le dejó sin habla. ¡Había crecido


y se había transformado en un precioso cisne! Y en este
momento, él supo que jamás había sido feo. Él no era un pato
sino un cisne. Y así, el nuevo cisne se unió a los demás y vivió
feliz para siempre.

Uga la tortuga
- ¡Caramba, todo me sale mal!, se lamenta constantemente
Uga, la tortuga.

Y es que no es para menos: siempre llega tarde, es la última en


acabar sus tareas, casi nunca consigue premios a la rapidez y,
para colmo es una dormilona.

- ¡Esto tiene que cambiar!,- se propuso un buen día, harta de


que sus compañeros del bosque le recriminaran por su
poco esfuerzo al realizar sus tareas.

Y es que había optado por no intentar siquiera


realizar actividades tan sencillas como amontonar hojitas secas
caídas de los árboles en otoño, o quitar piedrecitas de camino
hacia la charca donde chapoteaban los calurosos días de
verano.

- ¿Para qué preocuparme en hacer un trabajo que luego acaban


haciendo mis compañeros? Mejor es dedicarme a jugar y a
descansar.

- No es una gran idea - dijo una hormiguita - Lo que


verdaderamente cuenta no es hacer el trabajo en un tiempo
récord; lo importante es acabarlo realizándolo lo mejor que
sabes, pues siempre te quedará la recompensa de haberlo
conseguido.

No todos los trabajos necesitan de obreros rápidos. Hay


labores que requieren tiempo y esfuerzo. Si no lo intentas
nunca sabrás lo que eres capaz de hacer, y siempre te quedarás
con la duda de si lo hubieras logrado alguna vez.

Por ello, es mejor intentarlo y no conseguirlo que no probar y


vivir con la duda. La constancia y la perseverancia son buenas
aliadas para conseguir lo que nos proponemos; por ello yo te
aconsejo que lo intentes. Hasta te puede sorprender de lo que
eres capaz.

- ¡Caramba, hormiguita, me has tocado las fibras! Esto es lo que


yo necesitaba: alguien que me ayudara a comprender el valor
del esfuerzo; te prometo que lo intentaré.

Pasaron unos días y Uga la tortuga se esforzaba en sus


quehaceres.

Se sentía feliz consigo misma pues cada día conseguía lo


poquito que se proponía porque era consciente de que había
hecho todo lo posible por lograrlo.

- He encontrado mi felicidad: lo que importa no es marcarse


grandes e imposibles metas, sino acabar todas las pequeñas
tareas que contribuyen a lograr grandes fines

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