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El Club de los Bastardos: Lugh en Escocia

El capítulo inicial de 'El Club de los Bastardos: El Comienzo' presenta a Lugh, un niño de ocho años en Escocia, cuya vida cambia drásticamente cuando su padre, Alexander Davies, aparece para reclamarlo. A pesar de los intentos de su madre por protegerlo, Lugh es llevado por su padre a un nuevo hogar donde enfrentará disciplina severa y maltrato. La historia establece un tono oscuro y desafiante, mostrando la lucha de Lugh por mantener su identidad y la conexión con su madre en medio de la crueldad que lo rodea.

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El Club de los Bastardos: Lugh en Escocia

El capítulo inicial de 'El Club de los Bastardos: El Comienzo' presenta a Lugh, un niño de ocho años en Escocia, cuya vida cambia drásticamente cuando su padre, Alexander Davies, aparece para reclamarlo. A pesar de los intentos de su madre por protegerlo, Lugh es llevado por su padre a un nuevo hogar donde enfrentará disciplina severa y maltrato. La historia establece un tono oscuro y desafiante, mostrando la lucha de Lugh por mantener su identidad y la conexión con su madre en medio de la crueldad que lo rodea.

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Contenido

CAPÍTULO 1 ............................................................................................................................................ 5
CAPÍTULO 2 ............................................................................................................................................ 9
CAPÍTULO 3 .......................................................................................................................................... 12
CAPITULO 4 .......................................................................................................................................... 16
CAPITULO 5 .......................................................................................................................................... 20
CAPITULO 6 .......................................................................................................................................... 24
CAPÍTULO 7 .......................................................................................................................................... 27
CAPITULO 8 .......................................................................................................................................... 30
CAPÍTULO 9 .......................................................................................................................................... 34
CAPITULO 10 ........................................................................................................................................ 38
CAPITULO 11 ........................................................................................................................................ 41
CAPÍTULO 12 ........................................................................................................................................ 44
CAPITULO 13 ........................................................................................................................................ 47
CAPÍTULO 14 ........................................................................................................................................ 51
CAPÍTULO 15 ........................................................................................................................................ 54
Lugh
EL CLUB DE LOS BASTARDOS: EL COMIENZO

ELENA GARQUIN
CAPÍTULO 1
En algún lugar de Escocia, 1784

Hacía tanto tiempo que se hacía llamar Lugh, que casi había olvidado su verdadero nombre.
A madre le gustaba, así que se dirigía a él de ese modo, con orgullo. Después de todo, era el nombre
de un dios celta, que él había oído en una celebración de Beltane, cuando apenas levantaba un palmo
del suelo.
No era que en ese momento levantara mucho más, a sus ocho años, pero era un crío inteligente y
despierto, que conocía la historia del dios celta de la luz. El héroe y guerrero, que lideró a los Tuatha
Dé Danann a la victoria sobre los Fomorianos.
Tenía una imaginación desbordante. Por eso, en sus juegos, adoptaba la personalidad de Lugh,
además de su nombre. Y por eso, aquella noche, cuando él y madre compartían una cena austera al
calor de la chimenea, en su pobre pero digna cabaña, se extrañaron al escuchar el sonido de un
carruaje que se detenía justo en su puerta.
—Hace una noche de perros. Llueve a mares, y es demasiado tarde para las visitas. —De repente,
Fiona miró fijamente a su hijo—. No habrás hecho alguna fechoría con tus amigos cerca del castillo
del laird, ¿verdad?
—No, madre. Lo prometo.
—Si me estás mintiendo, y la persona que ha llegado tiene que ver con él, vas a estar sin poder
sentarte una semana como mínimo, jovencito.
Lugh no se asustó por la amenaza. Madre rara vez le había puesto la mano encima. Era una persona
bondadosa, trabajadora y con unos altos principios que le había inculcado desde la cuna…
Al contrario que el personaje que, después de golpear la puerta con fuerza hasta que madre la
abrió, irrumpió en su apacible hogar empapado hasta los huesos, pero con una oscura mirada que
pasó de madre a él, y después otra vez a madre, que se había quedado lívida mientras retrocedía,
como si hubiera visto al mismísimo diablo.
—Alexander… —la escuchó decir, justo antes de que lo arrancara de su silla y lo colocara tras ella.
El mensaje estaba claro: aquel desconocido, vestido como todo un noble escocés, de aspecto
lúgubre y provisto de un bastón con el que lo señaló, constituía una seria amenaza de la que ella
pretendía protegerlo.
—Cuánto tiempo, Clarice —respondió el aludido—. Unos… ¿Cuántos años tienes, chico?
—O-Ocho.
—Unos ocho años, entonces —concluyó, llegando hasta él para arrancarlo de las faldas de madre
con un severo empujón—. Esto está mejor. Así al menos podrás saludar a tu padre como es debido.
—Tú no eres su padre. ¡Nunca lo fuiste, y nunca lo serás! —Incluso sin tener contacto con ella, el
niño percibió el temblor que la sacudió entera cuando se interpuso entre ellos con expresión fiera—.
Nadie te ha invitado a esta casa. ¡No eres bienvenido en ella!
—La gatita miedosa se ha convertido en una tigresa, que saca las garras para defender a su retoño.
Conmovedor. Lástima que vuestro laird Wallace sea el dueño de lo que tú llamas casa, igual que de
vuestras vidas. Le informé debidamente de mi visita, pidiéndole permiso, por supuesto —añadió,
acercando su cara tanto a la de madre, que Lugh pudo entrever las señales de crueldad que la
surcaban—. No me moví de mi propio territorio hasta que no recibí su beneplácito. Él conoce nuestro
parentesco, chico, pero por si no te ha quedado claro, te lo repetiré: me llamo Alexander Davies, y
soy tu padre. He venido a ejercer como tal…
—¡No!
—Aún hay tiempo para ti, muchacho —prosiguió, como si el grito de madre no hubiera tenido
lugar—. Soy un hombre rico y respetado. No tengo fama, ni asisto a las fiestas de sociedad, pero
pienso educarte como corresponde a mi hijo. Te reconoceré. Dejarás de ser un bastardo sin raíces…
—Yo no tengo padre. Madre…
—¿Te ha contado alguna patraña, para que no pienses que fuiste abandonado? Pues siento decirte
que lo fuiste. Tu madre intentó cazarme con un embarazo que ninguno de los dos quería, esa es la
verdadera historia. No me quedó más remedio que echarla de mi casa, donde servía como criada,
cuando supe que estaba preñada.
—¡No le escuches, Lugh!
—Sí, Lugh, escúchame, porque solo yo te contaré la verdad. Entonces, ni siquiera podía saber con
certeza si tú eras mi hijo o el error de otro. Decidí venir aquí para averiguarlo, puesto que la vida me
ha privado de un heredero legítimo, pero acabo de descubrir que he hecho lo correcto. Te pareces
tanto a mí que ya no albergo duda alguna.
—¡Él nunca será como tú! —Madre se abalanzó sobre él como una fiera, con los ojos arrasados en
lágrimas y los dientes apretados, pero Alexander se deshizo de ella con un simple empujón que la
envió al suelo—. ¡Él ha sido educado en el amor y el respeto!
—¡No la toques, maldito!
Lugh intentó detenerlo con valentía, pero era más grande y fuerte que él, y no tuvo dificultad en
sujetarlo en el aire.
—Sí, ya veo —murmuró con desagrado—. Está llorando, como tú. Es un ser débil, pero yo haré de
él la criatura única que está destinada a cambiar el mundo. Lugh. Tu propio nombre lo dice. Ahora,
en lugar de atentar contra la persona que te hará poderoso, recoge tus cosas, si es que tienes alguna
que merezca la pena, y acompáñame. El cochero, se está empapando.
—Yo vivo con madre.
—Ya no.
—Entonces, quiero que madre venga con nosotros.
—Ella se quedará aquí. Vamos.
No pensaba hacer tal cosa, pero tampoco contaba con nada más aparte de su coraje para resistirse.
Una simple mirada dirigida a madre, que se levantaba del suelo dispuesta a presentar batalla, sirvió
para que él retrocediera, mientras buscaba a su alrededor algo con lo que defenderse.
—Abandona la idea, muchacho. No sabes manejar un cuchillo con la rapidez necesaria, ni tienes
fuerzas para dejarme fuera de combate con un atizador. Eso suponiendo que consiguieras llegar hasta
él antes de que yo te interceptara. No acabes con mi paciencia y acompáñame.
—¡No voy a ir con usted a ningún sitio!
Alexander avanzó al mismo tiempo que él retrocedía, con una sonrisa tan siniestra como él.
—A partir de ahora, aprenderás a aceptar las órdenes como designios de alguien que está por
encima de ti. Pero de momento, deja de gimotear y compórtate como un hombre. Ocho años y la vida
en este lugar, son suficientes para haber hecho de ti un ser despabilado y astuto.
—¡Por eso no voy a ir con usted a ningún sitio!
—¡Aléjate de él!
El hombre no tuvo más que elevar el codo para que este impactara en el rostro de madre, cuando
ella intentó impedir que se lo llevara. A continuación, le apretó el brazo hasta el dolor y lo arrastró
fuera de allí.
Iba a ser apartado de su madre. Por un maldito desconocido que había sido cruel con ellos. Que se
lo llevaba en volandas hacia el carruaje, en mitad de la lluvia, mientras madre contemplaba todo entre
aullidos de impotencia.
—No te preocupes por ella. Se le pasará. Teniendo en cuenta su dudosa moral, incluso encontrará
un semental que le haga otro hijo que te sustituya.
Lugh escuchaba aquellas frases entre sollozos que le hacían temblar. De frío, pero también de
miedo. Incapaz de hacer otra cosa, encogido en el asiento del carruaje cuando Alexander lo arrojó
dentro, y se sentó frente a él, bajo la escasa iluminación de una lámpara.
—Quiero… volver… con madre… por favor… —hipó, llevado por la desesperación, abrazado a
sus rodillas como un animalillo aterrado ante su inminente destino.
—No volverás a verla. Al menos hasta que seas suficientemente adulto, y tu mente funcione como
es debido. —Alexander apretó con fuerza el pomo del bastón—. Eres inteligente, ya lo he
comprobado. No tendrás problemas en entenderlo. Yo te guiaré por el camino correcto. Con
disciplina férrea y respeto absoluto hacia quienes trabajarán en conseguirlo, llegarás a la meta que he
planeado para ti.
El niño cerró los ojos con fuerza.
No podía ser que le estuviera sucediendo aquello. ¿Sería un castigo de Dios por sus travesuras?
No. Madre siempre decía que los niños eran como ángeles sin malicia, y que Dios jamás emplearía
su justicia con ellos.
Entonces, era real.
Y fue esa realidad la que logró que algo estallara en su interior para atreverse a desafiar a su
carcelero.
—¡Yo no quiero nada de eso! —gritó, enfurecido—. ¡Yo solo quiero volver con madre! ¡Trabajar la
tierra y quedarme en mi casa!
—No se te ocurra hablarme en ese tono, o nunca sabrás lo que es tener una casa de verdad.
—¡No quiero estar más con usted! ¡Es malo! ¡Es…!
El primer golpe de bastón lo pilló desprevenido, y lo envió de nuevo a su asiento.
—Más tarde, cuando te hayas quitado toda la mugre que llevas encima y te hayas vestido como a
partir de ahora te corresponderá, podré ponerte la mano encima para castigar tus faltas. De momento,
me conformaré con hacerlo en la distancia —apreció Alexander, con repugnancia—. De cualquier
manera, espero que hayas aprendido cuales son las consecuencias de desobedecerme, ¿verdad?
—S-Sí…
Intentó parar el segundo golpe, dirigido a su cabeza, elevando una mano, pero escuchó un crujido
procedente de uno de sus dedos.
Después vino el dolor que le arrancó un alarido, y muchas más lágrimas.
—Sí, señor —le corrigió Alexander, sin inmutarse por la posibilidad de habérselo partido.
—Sí… señor…
Tenía ganas de vomitar. De orinarse encima. Pero tenía que contenerse como fuera. Si no lo
conseguía, su padre seguiría apaleándolo como a un perro, solo para aplacar esos instintos que
brotaban de él como la lava incandescente de un volcán en erupción. Quería rebelarse. Arrebatarle
aquel odioso bastón y metérselo por el trasero, para infligirle un sufrimiento parejo al que él estaba
padeciendo en aquel momento. Lo miró con una pequeña parte del odio que sentía, y que le
provocaba aquel sudor frío que lo empapaba, pero no pudo hacer nada más.
—No te oigo, Lugh. —Alexander acercó su oído, fingiendo esfuerzo.
—¡Sí, señor!
—Bien. Al menos demuestras un poco de rabia, en lugar de seguir llorando por la separación de
tu madre y unos golpecitos de nada, como si fueras una plañidera. Canalizaremos esa fuerza hacia el
camino correcto, pierde cuidado. Ya hemos llegado.
Lo empujó al exterior en cuanto el carruaje se detuvo.
En medio del horrible dolor que ya se extendía hasta la mitad de su brazo, y de la cortina de
lágrimas que seguían corriéndole por las mejillas, el niño atinó a vislumbrar un extenso campo, sin
ningún signo de civilización, excepto la sombra indefinida de varias construcciones.
Alexander lo tomó del brazo y lo llevó a buen paso hasta la más grande, ayudándose de la lámpara
que había colgado en el interior del carruaje.
—Este será a partir de ahora tu nuevo hogar, hijo —murmuró con una sonrisa siniestra, que se
ensanchó cuando le señaló otro lugar, situado en la parte trasera de la casa—. Pero me temo que esta
noche, recibirás tu primera lección.
—¿De qué? ¿Por qué?
—De disciplina. Y por desobediencia. Andando. —De nuevo, se vio arrastrado hasta lo que parecía
un pequeño recinto vallado—. Esto que ves aquí es un conjunto de rosales, entrelazados entre sí, pero
que conservan un pequeño hueco en su centro. Ideal para el tamaño de un niño díscolo. Es decir, para
ti. No debiste llorar de esa manera durante el viaje. No es propio de un hombre. Ni siquiera de un
varón, tenga la edad que tenga —añadió, con la misma mueca que provocaba en Lugh una sucesión
de inevitables escalofríos—. Como puedes ver, una de las ventanas del segundo piso de la casa va a
dar justo aquí, así que no te perderé de vista mientras cumples con tu castigo…
Los ojos espantados del niño no se apartaron de la forma indeterminada que formaban los rosales,
mientras su padre lo colocaba en el mismo centro. No le importó pincharse en el proceso. Parecía
hecho de puro hierro cuando se apartó y lo contempló con satisfacción.
—Permanecerás aquí el tiempo que estime necesario. Si lloras, ese tiempo se alargará. Si suplicas,
también. Si intentas escapar, los pinchos se te clavarán en cualquier parte antes de que logres salir. Y
si lo consigues, yo te estaré esperando.
Observó paralizado cómo Alexander cumplía con su amenaza.
Su instinto le impulsó a suplicar a gritos clemencia. A intentar escapar.
Todo lo que había vaticinado su padre, se cumplió. Pero solo el pánico a encontrárselo al otro lado
le impidió soportar los pinchazos y arañazos de los rosales, que se unieron al dolor por el dedo roto.
Su padre no iría a por él.
Lloró hasta que la debilidad lo postró de rodillas. Maldijo en voz baja, temiendo que Alexander le
oyera.
Su último pensamiento antes de entregarse a la inconsciencia fue que estaba solo. Desprotegido
frente a tanta crueldad incomprensible. Empapado por la lluvia que no dejaba de caer, y con el
convencimiento de que acababa de comenzar la peor de sus pesadillas.
CAPÍTULO 2
—¿Cuántos años tienes?
—O-Ocho.
—¿Sabes leer?
—No…
—¿Y contar?
—Un… poco…
La voz de ultratumba se infiltró en su mente poco a poco, hasta conseguir que abriera los ojos.
Cuando logró enfocar la vista, distinguió un espejo de mano frente a él.
La imagen que le devolvió logró que retrocediera en la cama donde se encontraba, totalmente
espantado. Cuando levantó su mano herida para palparse la cabeza rapada, un ramalazo de dolor le
recordó que su padre le había roto un dedo con un bastonazo… Pero alguien se lo había vendado,
justo antes de depositarlo sobre aquel confortable colchón. Seco, caliente.
Un refugio engañoso, como le hubiera advertido madre, de haber contemplado el gesto
impertérrito de Alexander.
—Te necesito en plenas facultades. He sido yo quien te ha vendado el dedo. No te preocupes, se
curará mucho antes que en un adulto —dijo—. Tres días encamado han sido suficientes para obrar
las primeras transformaciones en ti.
—Mi pelo…
—Crecerá de nuevo para cubrir la flor de lis que te he grabado en tu cabeza. La tendrás para
siempre. Será tu seña de identidad, y deberá permanecer oculta si queremos que accedas a las más
altas cotas de poder de incógnito.
Lugh no comprendía nada. La confusión, el miedo, el cansancio y el dolor todavía lo tenían
demasiado indefenso, pero la sonrisa de su padre activó todos sus instintos al mismo tiempo.
—De modo que ocho años. Aún no es demasiado tarde para casi nada, así que te alimentarás como
es debido, y aceptarás todos los cuidados que Fiona, el ama de llaves, como espero que hayas
aprendido a hacer después del ligero correctivo de anoche —afirmó, sustituyendo el espejo por una
bandeja con comida que el niño aceptó con cautela cuando logró incorporarse—. Como puedes
comprobar, llevas una camisa de dormir limpia. La mujer hizo lo que pudo con tu higiene, dado que
habías perdido el conocimiento, pero en cuanto termines, te bañarás y te adecentarás. No quiero
personas insalubres sentadas a mi mesa. A Lewis, el mozo de cuadra, lo conocerás en cuanto
recuperes las fuerzas y puedas cabalgar. Porque sabrás cabalgar…
—El mozo de mi laird me enseñó… señor.
—Bien. Al menos por ese lado puedo estar tranquilo. Sir Archibald Warren será tu nuevo profesor
a partir de mañana. Él te enseñará a leer y te instruirá en filosofía, matemáticas y política, entre otras
artes. Además, la propia Fiona te enseñará las normas de etiqueta, y sir Errol Wright conseguirá hacer
de ti un brillante estratega militar, a la vez que te inicia en el manejo de las armas hasta que lo superes.
—Pero yo no quiero manejar armas, padre. —La bofetada consiguió que el oído le pitara—. S-
Señor —se corrigió, conteniendo las lágrimas.
Por nada del mundo quería volver a su encierro de espinos.
—Escúchame bien, porque solo lo diré una vez. —Alexander apartó la bandeja con una mirada tan
oscura que el niño contuvo un escalofrío—: Deberás memorizar todo al pie de la letra. Cada error será
castigado con un latigazo en la espalda. Procura utilizar tu inteligencia, tu agilidad y tu astucia con
sabiduría, y tendrás una espalda impoluta, chico.

Cada uno de aquellos nombres hubieran supuesto para Lugh la reproducción del infierno en la
tierra, de no haberlos conocido. Pero el ama de llaves resultó ser una amable mujer de pocas palabras,
que le sacó la mugre a base de frotar con energía, hasta que su piel enrojeció. Por fortuna, no dio
muestras de fijarse en su cabeza rapada, ni en la imagen que la adornaba.
Ni tampoco en el miedo que lo había dejado sin reaccionar ante la humillación de verse marcado
como una res. Alexander no le había explicado la razón, y él no se había atrevido a preguntar.
Intuía que la recibiría más temprano que tarde, como así fue.
Al día siguiente, bien temprano, Fiona lo ayudó a vestirse como correspondía al hijo de lord
Alexander Davies, y lo llevó junto a su progenitor, que lo esperaba para desayunar impecablemente
vestido, mientras él se prometía por el camino que, si realmente aquel era su verdadero apellido y el
que heredaría, jamás lo utilizaría.
Era la primera muestra de rebeldía.
Las siguientes vendrían a continuación. Tan seguidas que ese hombre ni siquiera las vería venir.
Madre le señalaba a menudo que era muy rápido pensando y llevando a cabo sus travesuras. Pues
bien, aquello no sería una travesura, sino algo mucho más importante: el medio para volver a ella.
Su supervivencia.
Y de eso, también sabía bastante.
—Buenos días, señor.
—Buenos días, Lugh. Veo que al menos sabes saludar como es debido. —Alexander lo esperaba
sentado, ojeando un periódico, y acompañado de otros dos desconocidos—. Fiona, has hecho un buen
trabajo con él. Puedes retirarte después de que nos sirvas el desayuno.
—Enseguida, milord.
La mujer le guiñó un ojo con discreción, pero el muchacho no se percató. Sus cinco sentidos se
hallaban con su carcelero. Escudriñando cada gesto, analizando cada tono y cada movimiento, para
intentar adelantarse a su próximo movimiento. En eso, según madre, también era muy espabilado.
Y necesitaría de todo su ingenio para luchar contra ese enemigo que la vida le había puesto en el
camino, apartándolo de todo lo que consideraba su hogar.
No podía rendirse. Si su cuerpo había soportado el primer castigo, su mente debería acompañarlo,
o de lo contrario terminaría destrozado. Aquel había sido el primer principio aprendido en su corta
vida de privaciones y trabajo duro.
—¿No tiene criadas y lacayos que hagan todo este trabajo? —se atrevió a preguntar.
—Como pueden ver, sus conocimientos de las buenas maneras son tan cortos como larga es su
impertinencia. Chico, en un momento entenderás el por qué de un servicio tan… escueto. Pero antes,
deberás aprender a esperar —le regañó Alexander—. Sir Archibald, sir Errol, él es mi hijo Lugh, que
está deseoso de comenzar con su instrucción lo antes posible. No se preocupen por su mano. Un
pequeño accidente sin importancia, que no le impedirá cumplir con sus deberes. Lugh, ellos serán tus
preceptores a partir de ahora.
—No entiendo por qué los necesito.
—Ciertamente, lord Davies, es bastante impertinente —apunto sir Archibald, un caballero entrado
en años y de gesto tan desagradable como su progenitor.
—Démosle tiempo para que se adapte a los cambios. Encantado de conocerte, Lugh. Un nombre
extraño para un niño. —Sir Errol, bastante más joven que su compañero, y también más afable,
extendió su mano a modo de saludo—. Yo te enseñaré el manejo de todo tipo de armas. Te servirá de
distracción, o como ejercicio físico, cuando las clases de sir Archibald te resulten demasiado densas.
—Chico, acepta su mano —susurró Alexander.
—No.
—¿Cómo has dicho?
—Que no. —El profesor no pareció ofendido cuando la retiró, pero con el movimiento, él
vislumbró lo que parecía una flor de lis en su muñeca, que quedó cubierta por la manga de su
camisa—. Le he visto una marca igual que la que me han grabado en la cabeza. ¿Qué es?
—La marca identificativa de nuestra hermandad. —Lord Archibald, ajeno a la furia que oscurecía
los ojos de Alexander, le enseñó la suya—. ¿Ves? Tu padre también tiene otra, en un lugar oculto a
simple vista, como te sucederá a ti en cuanto te crezca el pelo.
—Pronto entenderás los fines de la hermandad a la que pertenecerás por derecho de sangre, y que
liderarás por el mismo motivo. Pero ahora, por favor, saluda como es debido.
—No —respondió a su padre por segunda vez.
Por fuera, permanecía tan indiferente como él.
Por dentro, su cabeza le pedía a gritos que se plegara a sus deseos, mientras su corazón aplaudía
su recién adquirido coraje.
—Como podrán comprobar, es un pequeño salvaje que necesita ser domesticado —dijo Alexander,
después de un ligero carraspeo—. O saludas a tus profesores como corresponde, o te quedarás sin
desayunar.
—No me importa. Con madre aprendí a racionar la comida, por si nos quedábamos sin ella. Hace
muy poco que he comido. Usted mismo me llevó la bandeja, así que puedo aguantar mucho tiempo
sin volver a hacerlo.
—Conque esas tenemos. —Su padre pareció olvidarse de sus invitados y de las formas. Como el
animal que Lugh creía que era, tiró de su brazo herido y lo arrastró al exterior de la casa—. Bueno,
quizá un segundo castigo aplaque tus ansias de rebeldía, y de paso te llene la cabeza de una prudencia
mucho más aconsejable para ti.
—¡No puede volver a castigarme! ¡Yo no he hecho nada malo! ¡Sería injusto!
—La vida es injusta, ya lo comprobarás.
—¡Si me lleva de nuevo a los rosales, me escaparé! ¡Aunque me arañe la cara! ¡Ahora que sé que
solo cuenta con Fiona y con el mozo de cuadras, correré tan rápido que ninguno de ustedes podrá
alcanzarme, y volveré con madre!
—Sigue soñando, estúpido. —Sus pasos se detuvieron a la entrada de los establos. Allí, el hombre
más grande que había visto en su vida parecía esperarlos, con sus músculos a punto de reventar la
camisa raída, y un ceño tan oscuro como su pelo—. Lewis, este es mi hijo, aunque no lo parezca…
—Ciertamente, milord. El niño lloroso de anoche parece haber desaparecido junto con la mugre.
—Sí. Es el cochero que nos trajo hasta aquí —le dijo Alexander, antes de que él preguntara—. Y
ahora, también será el guerrero que te enseñe un par de cosas, empleando esa fuerza que tanto te
empeñas en invocar. Adelante, Lewis. Todo tuyo.
—Pero, milord, es demasiado pequeño para mis juegos de guerra. ¿Está usted seguro de…?
CAPÍTULO 3
—Si no haces lo que te digo, no podrás disfrutar de más juegos. Ni de guerra, ni de ningún otro
tipo. Porque acabaré contigo, igual que antes he hecho con otros de inteligencia tan limitada como la
tuya. ¿Está claro, maldito bobo?
Lewis terminó asintiendo, aunque retrocedió un paso que para Lugh supuso todo un mundo de
posibilidades. Sus movimientos torpes, y la alusión cruel de Alexander, le indicaron que su mente no
funcionaba como la del resto. En ocasiones había visto personas así, con un tamaño físico tan
descomunal como su fuerza, en contraposición con lo que habitaba en su cabeza. Siempre constituían
el objeto de todo tipo de burla por parte de la gente, aunque madre siempre le decía que no debía
reírse de quien tenía un defecto, porque todo el mundo tenía alguno.
—Por favor, no me pegues —murmuró cuando Lewis lo levantó en vilo con una sola mano, y lo
acercó a su cara—. Por favor…
—Tengo que hacerlo, o el amo me matará. Pero será despacito. Solo un poco, para que crea que le
obedezco, ¿de acuerdo?
Esos conceptos, en una persona de su tamaño, significaban muy rápido y mucho para Lugh. Lo
comprobó en cuanto el primer golpe pareció estallarle en plena cara, como una bala de cañón. Solo
pudo ver por el rabillo del ojo que Alexander permaneció allí, asegurándose de que se cumplían sus
órdenes al pie de la letra, mientras el mozo de cuadras le propinaba la paliza de su vida. Sin embargo,
no lanzó ni un mísero lamento.
Cualquier cosa antes que ofrecerle una señal de rendición. De victoria para él.
Con cada minuto sufrido a manos de Lewis, una verdad se abrió paso en la mente del niño con
una claridad pavorosa: Alexander se hallaba en posesión de su cuerpo, pero quería moldear su mente
a capricho. Si cedía a los mensajes oscuros de cada uno de sus brutales castigos, dejaría de separar lo
que estaba bien de lo que estaba mal.
Y aquello estaba mal, muy mal. Madre se lo había inculcado así desde la cuna. No podía perder
sus enseñanzas, o entonces sería él quien se perdería.
—Déjalo ya, o no podrá recibir sus primeras clases. —El mozo lo dejó caer al suelo, con una mirada
de arrepentimiento. Alexander se inclinó sobre él—. Estoy seguro de que me escuchas, muchacho.
Por eso sé que has aprendido la lección.
—Esto es algo malo. ¡Es lo único que he aprendido! —Se encaró con él, a pesar de que la sangre de
su ceja abierta se unía a la de su labio partido, y el párpado comenzaba a hinchársele—. ¡Usted es
como un demonio, pero yo no soy así!
—Lo serás. Ya lo creo. Recorriendo el mismo camino que hemos recorrido todos antes que tú: el
de la violencia. Mírame. —Le sujetó la cara con tanta fuerza que el niño apretó los dientes para evitar
llorar—. Conociendo a la puta de tu madre, seguramente habrás recibido más palos desde que nos
conocemos, que en toda tu maldita vida. ¿Eso no te dice nada?
—¡Ya se lo he dicho!
—¡Bravo! ¡Sigues mostrando ira a pesar del dolor! ¡Ah, serás un magnífico sucesor! Pero hasta que
lo consigas, habrás de recorrer un camino lleno de desengaños, de pena, de espinas y de violencia.
Ese es el único lenguaje que la gente entiende. Aprenderás a manejarlo de forma que no te afecte. Y
este es el principio.
Tiró de él por segunda vez en dirección a la casa, donde sus preceptores lo esperaban, pero en la
mente de Lugh solo aparecían cuatro palabras: desengaño, pena, espinas y violencia.
Sus últimas emociones. La profundidad de sus padecimientos. Tan fuertes, tan hondos, tan negros,
que provocaron ira. Deseos de venganza. Maldad en estado puro, en aras de su supervivencia.
No pensó en el amor, la comprensión o la magnanimidad de las que madre siempre le hablaba,
como los pilares en los que se sustentaba el honor de un hombre.
El suyo estaba siendo pisoteado sin piedad. La justicia que esperaba no llegaría nunca.
Los buenos hombres sufrían, en tanto que los malos ejercían el poder.
Aquella fue la primera lección que aprendió.
Si quería llegar al segundo día de su nueva y repugnante vida, le convendría no olvidarla.

El resto del día se limitó a obedecer.


Fiona le curó las heridas, pero su dolor trascendía mucho más allá de lo meramente físico. Se sentía
como una marioneta, a merced de intereses que no comprendía, invadido por una batalla en su cabeza
para la que no estaba preparado.
¿Qué persona de ocho años podría estarlo? Sus preceptores se limitaron a mirarlo con compasión,
mientras comenzaban con sus clases, pero ninguna de las enseñanzas de sir Archibald pareció abrir
una brecha en la coraza que Lugh había comenzado a construir a su alrededor, para evitar más daños
irreversibles. El caballero se apiadó de él y lo elogió delante de su padre. Otro tanto sucedió con sir
Errol, después de intentar que el niño sostuviera una espada, dado su estado físico.
Se esforzó. Madre habría estado orgullosa de él si lo hubiera visto.
Pero no se hallaba con él para verlo. Ni para limpiar su sangre, como cuando se peleaba con algún
otro chico de la aldea. Ni tampoco para regañarle con dulzura cada vez que hacía algo mal, o para
sermonearle acerca de la manera óptima de proceder en cada situación.
No. Madre no estaba. En su lugar, un montón de extraños intentaban cultivar su, al parecer, gran
inteligencia, mientras uno en particular, se esmeraba en hacerle entender los retorcidos principios por
los que debería regirse a partir de entonces, a través de una especie de atroces parábolas que él tenía
que interpretar correctamente, pero que solo contribuían a lanzarlo contra su progenitor.
¡Esos castigos no hablaban de bondad, ni de generosidad, ni de apego, o alegría! Ni siquiera de
capacidad de sacrificio, o de trabajo duro para obtener la recompensa esperada.
Alexander le había dicho que no había justicia. Que, a menudo, la recompensa nunca llegaba. Que
solo los que ostentan el poder pueden aspirar a algún tipo de felicidad.
Pero madre siempre le había hablado de lo contrario…
Y él debía luchar por conservar sus enseñanzas.
—En vista de las circunstancias que han rodeado el día de hoy, y dado que los informes de tus
profesores son más que favorables, te permitiré un pequeño descanso. Puedes explorar los
alrededores si te apetece. Estarás constantemente vigilado, así que no intentes fugarte, o de nuevo
sufrirás las consecuencias. —Tenía a su padre frente a él, vestido de etiqueta. Rezumando tiranía y
crueldad por cada poro de su piel, con cada gesto y con cada movimiento—. Es importante que sepas
quién manda aquí, Lugh. Quién está por encima de ti, en todos los aspectos.
—Por el momento, señor.
—¿Cómo dices?
A pesar de que le dolía todo el cuerpo, el niño se las ingenió para mirarlo con todo el odio que
estaba reprimiendo a duras penas.
—Quiero decir que creceré. Y cuando eso ocurra, yo seré más joven y fuerte que usted, señor —
respondió—. ¿Va a castigarme también por eso?
—No… Claro que no, muchacho. —Contra todo pronóstico, Alexander esbozó un asomo de
sonrisa—. Todo lo contrario. Acabas de demostrarme que, a pesar de que el cuerpo de un mocoso de
ocho años parece haber llegado al límite, su mente comienza a despertar… Al fin. ¡Ve y diviértete! Te
lo tienes merecido, pues de la misma manera que una conducta aborrecible merece el peor de los
castigos, una intachable merece una recompensa a la altura.
«¡Escapa!».
Eso fue lo que su conciencia le dictó, pero para Lugh, aquella empresa era poco menos que
imposible. Había pasado tres días en cama para recuperarse de los efectos de su primer castigo.
¿Cuánto le costaría un segundo de mayor envergadura?
Aun así, sus pies lo llevaron al establo. Si consiguiera ensillar un caballo él solo, lo bastante veloz
como para sacarlo de allí antes de que Alexander se diera cuenta…
—Yo que tú no me devanaría los sesos pensando en un medio para alejarte de él. Salta a la vista
que es tu padre. Aunque se comporte como si fuera tu verdugo.
Era Lewis quien le hablaba. Tan arrepentido por lo que había tenido que hacer cuando se acercó,
que el niño no pudo albergar ni un poco de rencor hacia él.
—Siento haberte golpeado —le dijo, señalando su labio—. Pero si no lo hacía…
—Él te hubiera golpeado a ti, o algo peor. No te preocupes, lo entiendo y te perdono. Pero no
puedo quedarme más tiempo aquí. Si tú me ayudas, podré marcharme en uno de estos caballos.
Seguro que son rápidos.
—Ajá.
—Y los cuidas bien. No se cansarán con facilidad.
—Ajá.
—Entonces…
—Él sabría que te he ayudado. Siempre lo sabe todo. Presume de que es descendiente de los dioses
celtas, ¿sabes? Y yo lo creo —concluyó Lewis, haciéndole un gesto para que lo siguiera hasta un
montón de paja, donde se dejó caer, junto con Lugh—. A veces, se reúne con otros hombres, todos
muy ricos, y que llevan la misma marca que tu cabeza.
—Es una flor de lis.
—Un día, los escuché hablar de una hermandad que también se llamaba así. —Su limitado
raciocinio, le hizo encogerse de hombros, sin comprender—. Decían algo acerca del jefe supremo, lord
Alexander, y de que necesitaban un sucesor. Fue entonces cuando él decidió que iría a por ti. Por eso
no tienes escapatoria.
Lugh trago saliva. La angustia estaba apoderándose de él a pasos agigantados.
—Madre está sola —arguyó, como si eso fuera suficiente motivo para que su padre lo dejara ir—.
Si no regreso pronto con ella, se morirá de pena.
—Entonces, finge. Hazle creer que obedecerás cada una de sus órdenes. Así podrás vencerlo.
—Así es como tú has logrado sobrevivir…
—Yo soy tonto. Si no hubiera fingido, estaría muerto.
Desde luego, no era nada tonto, sino mucho más inteligente que la mayoría de las personas que él
había conocido en su corta vida. Abrió la boca para decirle que seguiría su consejo, pero entonces
notó algo húmedo recorriendo sus dedos.
Cuando bajó la vista, se encontró con un precioso cachorro de perro labrador que le lamía la mano,
mientras le miraba a los ojos y meneaba su cola.
—Es Finn. El único que todavía merodea por aquí —le dijo Lewis, encerrando al animal entre sus
enormes brazos para besarlo—. Ya es mayor. No necesita a su madre.
—Está solo. Como yo.
—Flinn no está solo. Me tiene a mí. Somos amigos. ¿Tú quieres ser nuestro amigo, Lugh? Si aceptas,
podrás cuidar de él como lo hago yo. Será nuestro secreto…
Un secreto. Un arma contra su padre de la que ni el propio Alexander sería consciente.
El corazón le palpitó muy deprisa, por una esperanza que murió en cuanto se atrevió a acariciar al
cachorro.
Finn podía haberse marchado de aquel infierno. Era libre de hacerlo, y lo bastante mayor como
para dejar a su madre, a diferencia de él. Pero ni siquiera el perro había escapado al influjo nefasto
que su padre parecía ejercer sobre cualquier persona, animal o cosa que caía bajo su mano.
Pero formaba parte de un mundo al que Lugh podía aspirar. Uno que se había formado en el
interior de aquel establo, y que supondría su desafío particular a la autoridad paterna.
—Sí —dijo sin dudar—. Los tres seremos como hermanos.
Quizá así pudiera regresar a casa.
CAPITULO 4
El pelo le creció, ocultando una marca cuyo significado, o al menos una parte del mismo, conoció
gracias a las sucintas explicaciones de Lewis.
Siguió con su amistad, cuidando de Finn en la clandestinidad, mientras se convertía en una
persona mucho más mayor de lo que en realidad era. Después de todo, había renunciado a entender
lo que le ocurría cada día. Hasta un niño como él había establecido una relación directa entre las
pesadillas que lo asediaban por las noches, y su empeño en escapar, en rebelarse, en negar la
evidencia.
Comenzó a pulir el arte de fingir, al mismo tiempo que aprendía todo lo que sir Errol y sir
Archibald le enseñaban. En realidad, le gustaba aprender. Disfrutaba con las matemáticas, la
dialéctica, e incluso la física y la química. Se desfogaba a gusto con sus clases de esgrima, y con las de
tiro, aunque a menudo saliera magullado. Mostraba interés incluso con otras artes, como la música y
la danza.
—Puede darte la impresión de que te estoy convirtiendo en un afeminado, pero nada más lejos de
la realidad —le explicaba Alexander, con su habitual gesto lleno de desconfiada reserva, mientras
seguía manteniendo las distancias, para alegría de Lugh—. Serán de vital importancia a la hora de
elegir una esposa adecuada al rango que ocuparás, dentro y fuera de mi hermandad. Igual que el
protocolo que se sigue a la hora de sentarse a una mesa, en una reunión de negocios o, simplemente,
en una fiesta de la alta sociedad. El conocimiento es poder, muchacho. Y el poder lo es todo.
Estaba empezando a comprobarlo. Conforme pasaba el tiempo, Lugh dejaba atrás sus
aprehensiones, encerrando sus más tiernos recuerdos en un rincón de su mente, para que no pudieran
dañarlo. Madre estaría orgulloso de él cuando consiguiera volver a verla, se decía cada mañana,
cuando se esforzaba por ser el mejor en todo aquello que le aguardaba a lo largo del día.
Lo lograba. Hasta tal punto que Alexander nunca tuvo que castigarlo porque no se hubiera
aprendido la lección de turno. Lugh procuraba memorizar hasta el más mínimo detalle; de ello
dependía el poco tiempo que su progenitor le permitía para él, justo antes de la cena.
Eran horas en las que Alexander parecía desaparecer de su rutina, y también de su mente. El niño
podía dar rienda suelta a la normalidad que todavía atesoraba para él, con Lewis y Finn. Correteando
por la campiña que había llegado a conocer como la palma de su mano, dedicándose a cuidar del
cachorro que pronto dejó de serlo… pero descalzo, y sin ropa de abrigo, sobre todo cuando el frío
comenzó a arreciar con fuerza. Además, no se le permitía acceder a las cocinas. Si tenía hambre, debía
comunicárselo a Fiona y ella lo atiborraría a comida si fuera necesario.
Opulencia para que la pudiera comparar con la miseria que lo había precedido. Libertad, bajo una
cuerda que podía tensar a su antojo. Era la manera en la que Alexander le cortaba unas alas que
apenas habían comenzado a crecerle. Según él, era lo bastante inteligente como para no emprender
una huida en esas condiciones, puesto que moriría de frío y de hambre. Por otro lado, Lewis le había
dicho que no había nadie en muchas millas a la redonda.
Estaban aislados. Él sabía que Alexander nunca le permitiría ser totalmente libre, pero si era listo,
y madre siempre le decía que lo era, aprendería a sacar provecho de una situación que, aunque le
fastidiara admitirlo, era privilegiada, siempre que estuviera atento a cada una de las reacciones de su
verdugo.
No le quería. No le admiraba. No le consideraba su padre. Su odio hacia él crecía con el tiempo.
Le obligaba a estar en guardia a cada minuto, temiendo un golpe, un castigo ejemplar que volviera a
postrarlo en cama.
Aquel era un lujo que no podía permitirse.
—¡Cuidado, Finn!
El perro acababa de caer en un cepo. Sus aullidos le estremecieron cuando, con ayuda de Lewis,
consiguieron liberar su pata destrozada.
—¡Tenemos que hacer algo! ¡No podemos dejarlo así!
—En el establo podremos curarlo. Vamos.
El mozo cogió a Finn, que se retorcía de dolor, y corrieron hacia el rincón que ambos, con el tiempo,
habían acondicionado para su mascota, escondido de cualquier ojo curioso, aunque desde la llegada
de Lugh, el lord no había vuelto a recibir visita alguna. Allí depositaron al tembloroso animal sobre
un lecho de paja, y Lewis se apresuró a vendarle la herida.
—Tiene la pata rota. Tenemos que colocarle el hueso y hacerle un cabestrillo.
—Pero nos morderá.
—No. Ya verás. —Su amigo empleó su corpulencia y su enorme fuerza para reducir el movimiento
del animal con un solo brazo, mientras con la mano libre conseguía devolver el hueso a su sitio con
rapidez. No soltó a Finn hasta que este no dejó de gruñir y él pudo terminar el trabajo—. ¿Ves? Ahora
le dolerá, pero si puedes traer un poco de láudano de la despensa y algo de comida, conseguiremos
que se le pase pronto.
Lugh lo miró boquiabierto.
—¡No puedo robar! —Solo con pensar en las consecuencias, su pequeño cuerpo comenzó a
temblar—. Si milord me descubre…
—Vete sin que te vea.
—No sale de la casa hasta que yo no estoy en ella y me deja bajo la vigilancia de Fiona. Solo me
permite estar aquí contigo, porque cree que tú también me vigilas.
—Entonces busca a Fiona directamente, y explícale lo que ha pasado. Ella es buena conmigo. Será
buena contigo y con Finn.
—No estoy seguro…
En ese momento, el perro lanzó un aullido de dolor que terminó de decidirlo.
Tenía delante de él los dos únicos seres que contaban con su amor incondicional. Necesitaba
conservarlos a su lado, para no olvidarse de que podía sentir.
Para no olvidar a madre.
—De acuerdo —afirmó—. Espérame hasta que vuelva.
Corrió, pero apenas había logrado salir, cuando la firme silueta de su padre lo detuvo en seco.
El corazón le golpeó el pecho tan deprisa, cuando apreció la cruel mirada de Alexander clavada
en él, que pensó que se le saldría por la boca, pero echó mano de una dosis extra de valentía y fingió
una tranquilidad que no sentía ni por asomo.
—Buenas tardes, señor —saludó—. Espero no haberme retrasado en la hora de la cena, señor.
—Para nada, chico. Todavía queda tiempo suficiente para que enmiendes tu error.
—¿Qué error, señor?
—Si has pensado por un momento que podías ocultarme algo así, acabas de descubrir lo
equivocado que estás. Vamos. —Tiró de él hasta volver junto a Finn y Lewis, que lo miraba con los
ojos desorbitados por el pánico—. Veo que, a pesar de mis advertencias, has logrado hacer amigos
incluso en mis propios dominios. Una conducta impropia de ti, además de muy temeraria. ¿Qué hace
este perro sarnoso en mi establo, ensuciando todo de sangre?
—Es mío —afirmó, en un intento de salvar al mozo—. Llevo tiempo cuidando de él, señor.
—Casi desde que llegaste aquí. Lo sé.
—Juega conmigo y me acompaña cuando salgo a pasear. Pero hoy ha caído en un cepo, y se ha
partido una pierna. Solo pretendía cuidarlo, señor.
—Un acto ciertamente loable por tu parte, aunque inútil. Solo te lo he permitido para evaluar tus
reacciones en un entorno más… digamos amable para ti. De ese modo, me ha resultado mucho más
fácil controlarte. Pero el permiso se ha terminado. He notado que últimamente estás un poco más
distraído de lo habitual en tus lecciones, aunque tus profesores quieran encubrir esa conducta.
—¡Pero no he tenido ni un solo fallo! ¡Me he comportado bien, he obedecido en todo! Señor…
—Saca al perro de aquí, déjalo en la campiña y aléjate de él.
Los ojos del niño comenzaron a llenarse de lágrimas que contuvo con furia.
—Por favor, señor. No me aleje de él —suplicó, a pesar de que lo único que quería en ese momento
era atacarlo para desahogar su ira—. Está herido. Me necesita.
—Si es fuerte, sobrevivirá sin ti y tú sin él. Haz lo que te digo. —Lugh se mantuvo inmóvil, con su
mirada clavada en la del lord. Incapaz de condenar a uno de sus mejores amigos—. ¡Hazlo, y después
recibirás tu castigo por esta insolencia!
—¿Y si me niego… señor?
En la boca de Alexander apareció una sonrisa escalofriante cuando señaló a Lewis y a Finn.
—Entonces, ellos sufrirán ese castigo en tu lugar.
Su resistencia al dolor continuado, su contención constante, su apariencia indiferente. Incluso un
incipiente e incomprensible deseo de ser alabado por aquel que lo había encarcelado en una
mazmorra de crueldad y ostracismo. Todo golpeó contra su propio dique de contención, haciéndolo
pedazos para desaparecer.
De pronto, no pudo encontrar emoción alguna que le impidiera condenar a Finn a una muerte
segura. Como si actuara bajo los efectos de un potente narcótico, el niño tomó al perro de los brazos
de Lewis y se dirigió con él hacia el lugar indicado por Alexander. Allí, siendo consciente en todo
momento de aquel par de demoníacos ojos clavados en él, lo dejó y le dio la espalda.
No titubeó cuando regresó junto a su padre. Era como si, con Finn, hubiera abandonado toda
capacidad para albergar cualquier buen sentimiento. Tuvo la sensación de que su sangre pasaba por
sus venas con el ritmo cadencioso que el lord se había empeñado en marcarle desde el primer
momento.
Su aguante se había hecho añicos, pero en lugar de convertirlo en una bestia descontrolada, un
desconocido, experto en el control de un dolor que podría destrozar a cualquier otro niño, se plantó
delante del noble con la barbilla en alto.
—Bien —le dijo este, señalando hacia la casa—. Ahora, ve a tu cuarto. Recibirás diez latigazos en
las plantas de los pies, y no volverás a disfrutar de tus paseos hasta que yo lo estime oportuno.
Lugh obedeció sin inmutarse. Cuando el látigo tomó contacto con su cuerpo, ni siquiera lo notó. Y
cuando días después, supo que Lewis había desaparecido misteriosamente, para ser sustituido por
otro mozo de cuadras, no derramó una sola lágrima.
El maldito Alexander Davies había logrado su objetivo, en apenas un año.
La mente de su hijo había fabricado una coraza tras la que protegerse, tan indestructible, que había
comenzado a mimetizarse con ella.
Era el principio del fin de aquel ser pusilánime que sufría, para dar lugar a una criatura invencible,
ajeno a cualquier clase de sentimientos, de emociones.
De recuerdos que los provocaran, como por ejemplo, el de una madre que nunca le olvidaría, a
pesar de que él se empeñara en olvidarla a ella.
CAPITULO 5
Años después

«Primero: el silencio es tu única lealtad. La información es nuestro bien más preciado, y la


compartimos solo con el que tiene la llave. Si hablas, si presumes, si te lamentas, te conviertes en un
eslabón débil. Y en nuestra cadena, los eslabones débiles se rompen.
Segundo: el rostro que presentas no es el verdadero. Adopta una identidad, una máscara, que sea
impecable. Un caballero de la corte, un banquero respetado, un clérigo piadoso. Tu papel es tu vida.
Debes ser tan convincente que ni tú mismo recuerdes quién fuiste antes. Usa el encanto, la astucia, la
piedad, lo que sea necesario para ganarte la confianza de aquellos que tienen poder. No eres tú quien
se sienta a la mesa, es tu personaje.
Tercero: la seducción de la mente es superior a la de la carne. El poder real no se obtiene en la
alcoba. Se obtiene en los salones de la alta sociedad, en los gabinetes privados, en las bibliotecas.
Aprende a manipular las ambiciones de los demás, a sembrar dudas, a explotar las debilidades. Los
deseos carnales son pasajeros, pero la codicia y la necesidad de reconocimiento son motores que
nunca se apagan. Úsalos a tu favor.
Cuarto: cada alianza es un medio, nunca un fin. No hay amigos, solo contactos. No hay lealtades,
solo conveniencia. Te aliarás con quien sea necesario, desde el paria más bajo hasta el duque más
influyente, siempre y cuando te sirva para avanzar. Cuando una alianza ya no te beneficie, la dejarás
caer sin dudar. No hay sentimentalismos, solo estrategia. El único objetivo es el nuestro.
Quinto: el poder fluye desde la sombra. Nuestra victoria no se celebrará con desfiles. Debes influir
en las decisiones desde la oscuridad, ser la mano invisible que mueve los hilos. No busques el
reconocimiento público; ese es para los peones que solo ejecutan la voluntad de otros. El verdadero
poder es el que se ejerce sin ser visto, el que se siente sin ser nombrado.
Sexto: si algo te sucede, si te descubren, si te quiebras... nunca estuviste con nosotros. Si nos delatas,
seremos nosotros quienes acabemos contigo».

Lugh iba recordando mentalmente cada uno de los principios de la Hermandad de la Flor de Lis,
en la que había sido iniciado hacía tan solo unos meses, mientras el carruaje se dirigía al corazón de
Londres, donde uno de los duques más influyentes de la corte, daba una fiesta en honor a su
primogénito, que había regresado de la guerra de la independencia americana, como todo un héroe,
a pesar de la derrota inglesa. Mientras lo hacía, miraba de reojo el anillo de oro que lucía su padre,
con la misma flor grabada en él.
—Nunca le he preguntado por qué marcó mi cuero cabelludo con nuestro emblema, y sin embargo
usted lo lleva a la vista, señor —comentó.
—Nuestra estirpe puede permitirse el lujo de lucir un anillo como este, sin que nadie se percate de
lo que en realidad significa, muchacho —respondió Alexander. Seguía dirigiéndose a él de ese modo,
a pesar de que ya rozaba los veintidós años de edad—. Espero que tu presentación ante el consejo de
la hermandad no te haya puesto nervioso, porque no sería una buena manera de comenzar tu debut
en sociedad.
—¿Nervioso? No recuerdo haber alcanzado nunca ese estado, señor.
A continuación, dirigió hacia el exterior la misma mirada vacía que había dedicado a su padre. Un
pequeño ramalazo fugaz, algo así como un breve relámpago en una tormenta lejana, iluminó la
oscuridad que dominaba su mente, y entre la que se sentía tan cómodo, para colocar en ella la imagen
de una amorosa mujer que se dirigía a él con cariño, y una sonrisa llena de calor.
Su madre. Alexander se había cansado de explicarle que era una puta dispuesta a utilizar a los
hombres a su conveniencia, como todas las mujeres. Que no importaba su linaje, ni su estatus social,
todas sin excepción buscaban lo mismo de ellos.
—Por esa razón, deberás aprender a usarlas para lo único que te servirán: ayudarte a escalar
posiciones sociales, darte placer y engendrar hijos. Solo eso debe importarte de ellas, chico. Son
calculadoras, bellas y atrayentes como un veneno. Si te dejas seducir, estarás perdido.
Y ya conocía las consecuencias de semejante estado. Perdería todo lo conseguido hasta el
momento. Dejaría de ocupar el privilegiado puesto de sucesor de su padre en la hermandad. La red
de nobles de rancio abolengo, clérigos poderosos y ricos banqueros, entre otros, se desharía junto con
su fundamento: el cambio en el orden establecido. La influencia progresiva en los diferentes estratos
por miembros de la hermandad, hasta amasar todo el poder en las mismas manos.
Las del propio Lugh, cuando su padre hubiera muerto.
Era un dios. Un ser insensible a todo lo que no fuera la consecución de los planes para llegar a lo
más alto. Eso que solo le estaba reservado a él.
Había dedicado años en pulir a una criatura invencible. Sin un pasado, con un presente del que se
enorgullecía, y con un futuro prometedor. Elegante, educado… carente por completo de cualquier
emoción o sentimiento.
—Nos hemos preocupado en preparar a la alta sociedad a conciencia para tu aparición —le explicó
Alexander, luciendo la misma expresión indiferente que él—. Vistes impecable y elegante, chico. Y
llevas contigo una mirada indiferente y un aura de misterio. Las damas más influyentes caerán
rendidas a tus pies. Solo tienes que elegir a la que te llevarás a la cama como tu legítima esposa,
porque esa será la única diferencia con las que has visitado en los burdeles, acompañado por nuestro
querido John.
Lugh no pudo evitar una sonrisa petulante.
John, sin más, era un doctor caído en desgracia años atrás, por culpa de un error médico que lo
condenó al ostracismo. Hasta que Alexander lo rescató de él y le encomendó la misión de instruirle
en las plantas medicinales, y en los venenos más letales y rápidos. Era una formación imprescindible
para un hombre destinado a ser el jefe supremo de una de las naciones más poderosas de la tierra.
Debía mostrarse implacable con sus enemigos. Rápido y mortal con quienes se atrevieran a
desobedecerlo, o a traicionarlo.
Era la recta final para convertirse en un líder nato. En un perfecto asesino.
—Los dos lo pasamos bien en el burdel, señor. Aunque John no lo demuestre —comentó, al
recordar su iniciación en los misterios del sexo. Se había revelado como un amante excepcional, que
aprendió las artes amatorias con la misma rapidez y eficacia empleadas con el resto, pero con mucho
más gusto, por supuesto—. Solo espero que la muchacha que me interese sepa plegarse a mis deseos.
—Si no lo hace, serás tú quien le muestre el camino. De la misma manera que yo hice contigo en
su momento. Y he aquí el resultado —apreció, señalándolo con un leve gesto de orgullo que
desapareció en cuanto llegaron a su destino—. Recuerda que tu misión no es hacer amigos. Ya
contamos con los más influyentes dentro de la hermandad. Debes observar a los invitados. Solo de
esa manera conseguirás vislumbrar sus debilidades, para poder controlarlos llegado el caso. Y
créeme, llegará.
—En ese momento, haré lo que se espera de mí, señor.
Fue la primera vez que sintió la tentación de llamarlo «padre», aunque enseguida desechó esa
debilidad, acompañada por una extraña necesidad de que Alexander reconociera sus esfuerzos. Que
realmente le complaciera.
Que se sintiera orgulloso de él.
Porque solo recordaba haber albergado un odio arraigado, retorcido y profundo contra su
progenitor, antes de que, de pronto, su mente se hubiera roto irremisiblemente, para volver a
recomponerse con un nuevo credo.
Cuando ambos fueron debidamente presentados en la celebración, Lugh puso en práctica todo lo
aprendido con sus preceptores y con Fiona. Ignoró las miradas de desdén y los susurros a su
alrededor cuando Alexander lo presentó como su hijo legítimo, y se dedicó a diseccionar cada gesto
de los asistentes.
Sobre todo de las mujeres. Bailó con una cantidad ingente de ellas, estableciendo diálogos corteses
y superfluos que terminaban al mismo tiempo que la pieza de turno. Entonces, cambiaba de pareja
con la misma indiferencia que si se tratara de una de sus excelentes camisas.
No le interesaba participar en las conversaciones, sino analizarlas. Le resultaba indiferente si él era
el objeto de los comentarios, siempre que pudiera escucharlos al completo.
Al cabo de unas horas, concluyó que la reunión no era de su agrado, y que las muchachas que se
acercaban a él, fascinadas por su aspecto y el aura que lo rodeaba, tampoco.
Insulsas. Vírgenes incautas que no sobrevivirían a una noche de bodas como la que él les brindaría.
Inocentes que vivían en su mundo de princesas, sin saber que había otro, mucho más oscuro, que le
habían impuesto de niño, y que ahora mismo habitaba.
—Te veo aburrido. —Lugh se sobresaltó al escuchar tan cerca la voz de su padre—. ¿Ya has
elegido? Porque te aseguro que eres la sensación de la noche.
—No me interesa. Ninguna, señor. No están a mi altura.
Alexander lo miró gratamente sorprendido.
—No esperaba menos de ti —lo aduló—. Debes conducirte de un modo tan perfecto como tú
mismo, chico. El mismísimo duque ha mostrado un interés en ti fuera de lo común. Debemos
aprovechar la ocasión, para comenzar a introducirte en esferas más altas, hasta llegar al mismísimo
rey. Estoy seguro de que en la corte encontrarás lo que buscas.
—Desde luego, aquí ya he hecho todo lo que tenía que hacer, señor.
—En ese caso, vámonos.
Era lo que más deseaba. De pronto, la aglomeración de gente, sonidos y olores comenzó a turbar
su claridad mental, hasta ponerlo nervioso. Necesitaba salir de allí. Regresar a la seguridad de su
casa, de la rutina que su padre había establecido para él desde los ocho años.
Odiaba la improvisación. Y aquel lugar estaba lleno de actuaciones improvisadas. Risas fuera de
lugar. Gritos e insinuaciones soeces. Intenciones partidistas y ambiciosas con él como principal
objetivo…
Tuvo que hacer un esfuerzo para mostrarse cortés en la despedida, aduciendo un severo malestar
que le obligaba a abandonar la fiesta antes de tiempo, acompañado por Alexander, y bajo la promesa
de que recibiría futuras invitaciones para todo tipo de reuniones de temporada.
—No me importan —murmuró cuando regresó al íntimo habitáculo del carruaje—. Estoy muy
feliz sin establecer relaciones sociales, más allá de las necesarias para conseguir nuestro objetivo,
señor. Lo demás… —Se mordió el labio para reconocer que, como poco, le habían acelerado el pulso
y nublado el entendimiento—. Sencillamente, no estoy acostumbrado a los espacios cerrados, al
ruido… Quiero regresar a casa para trazar el siguiente paso a seguir.
Fue la única muestra de debilidad que dejó entrever. Y estaba tan ensimismado, intentando
comprender esa emoción durante tanto tiempo reprimida, que de repente había decidido salir a la
luz, que no vio la mirada penetrante que Alexander le dirigió.
CAPITULO 6
—Recuerda que eres descendiente directo del maestro Lyseus de Aurelia, el mejor alquimista de
su época. Un verdadero portento que no solo fundó la hermandad, sino que amasó una enorme
fortuna con la que fue enterrado.
—No solo le acompaña su fortuna, sino la Piedra Secreta, que permite a quien la posee prolongar
su vida durante décadas, además de transformar cantidades pequeñas de materiales comunes en oro
puro. Y no nos olvidemos de los Códices Nigrum. Los registros secretos de la hermandad, que
también se encuentran junto a su cadáver… Suponiendo que haya uno, claro. Porque si consiguió
vivir casi eternamente…
—Tú lo has dicho: casi. Lo que en tu mente escéptica se traduce en un imposible. —John le lanzó
una sonrisa cuando lo vio asentir—. Bueno, esperemos que tu padre no descubra su incredulidad
acerca de algo que, para todo jefe supremo de la hermandad que se precie de serlo, constituye un
credo mayor aún que los principios que nos rigen.
—Esperemos.
—De momento, centrémonos en la dedalera. En dosis bajas, puede usarse para tratar problemas
de corazón. Si la aumentas, puedes provocar un infarto. ¿Me estás escuchando, Lugh?
—Sí, John. Por supuesto.
—Te veo un poco distraído últimamente. —Lugh se concentró con más ahínco en las clases. Por
nada del mundo hubiera consentido que el buen doctor averiguara la desazón que lo carcomía desde
que había acompañado a Alexander a aquella fiesta, hacía ya varias semanas—. No estarás enfermo…
Sabes que tu padre no lo consentiría.
—Porque no podría probar las dosis de veneno que me has enseñado a preparar, en los animales
elegidos por él. —Cruel. Esa fue la palabra que le vino a la cabeza, sin previo aviso. Pudo sentir cómo
palidecía, desconcertado, pero lo ocultó con maestría—. Y esto de aquí es acónito o matalobos. Su
veneno puede ser absorbido a través de la piel. Administrado con un solo toque, puede causar
parálisis y asfixia en el estómago. ¿Lo ves? Muestro más que interés en el tema.
—¿Y el laurel?
—Su veneno proviene de las hojas machacadas. Tiene un ligero olor a almendras amargas…
—Perfecto. —John se contuvo para no demostrarle su orgullo a través del contacto físico. Llevaba
con aquel muchacho el tiempo suficiente como para ver su escalofriante transformación. Cmo para
tomarle un cariño muy parecido al de un padre por su hijo. Él formaba parte de la hermandad desde
que fue arrojado a la oscuridad por un simple error, y Alexander lo había rescatado para la causa,
pero cuando vio el bautismo de Lugh, supo que realmente aquel muchacho suponía el verdadero
sentido de su vida—. ¿Qué puedes decirme de la belladona?
—Que a menudo es llamada «mortífera». Produce una sustancia que puede ser beneficiosa para
diversas afecciones oculares, pero también puede causar una muerte dolorosa.
—Creo que el alumno ha superado al maestro. Enhorabuena. —John le obsequió con una sonrisa,
esperando despertar en él algún signo de humanidad. Para su regocijo, Lugh torció la boca, en un
burdo intento de corresponderle, que terminó incluso antes de haber empezado—. Ahora, solo te
queda refinar las composiciones, para que sean completamente inodoros, incoloros e insípidos,
utilizando los productos químicos que tenemos en este laboratorio, para lograr que el veneno no
reaccione de inmediato, sino que aparezca horas o días después de haber sido administrado.
—Y probarlos en los animales.
—No te veo muy entusiasmado.
—No lo estoy.
«Finn».
El nombre le llegó como un fogonazo, acompañado por la triste estampa de un perro herido por
un cepo, que tuvo que abandonar en mitad del campo, a su suerte, si no quería que Alexander acabara
con él, y con el mozo de cuadras, de un modo mucho menos compasivo y rápido.
Pero el mozo no había vuelto a aparecer. Ni Finn.
Su padre había faltado a la palabra dada.
A cambio, había tenido las plantas de los pies en carne viva el tiempo suficiente como para
comprender cuál sería el camino correcto a seguir a partir de aquel día.
Lugh tragó saliva y sacudió la cabeza, hasta que aquellos incomprensibles pensamientos se fueron
de la misma manera incomprensible que habían llegado.
—Odias utilizar a los animales. Odias hacerlos sufrir. —Poco a poco, John apoyó su mano en el
hombro de su discípulo, preparado para retirarla a la menor señal de rechazo. Pero él solo clavó su
mirada en aquellos dedos, y después la desplazó hacia él, con un ligerísimo brillo de emoción en ellos,
que desapareció en un parpadeo, al igual que el violento temblor que pareció poseerlo—. Estás
confundido. Y guardas silencio porque, en el fondo, esperas que yo te ayuda a aclarar esas ideas
difusas. ¿Me equivoco?
—Alexander acabaría contigo sin que le temblara el pulso. Ya lo ha hecho otras veces —afirmó,
con una inesperada pena que pareció estrangularlo. Carraspeó e intentó centrarse en todos los
instrumentos que tenía delante, pero era como si contemplara algo sin sentido. Un borrón que no le
serviría para nada. Con manos temblorosas, dejó la probeta de turno y soltó un largo suspiro—. ¿Por
qué llevas con él tanto tiempo? Nunca te lo he preguntado…
—Primero, por lealtad y agradecimiento. De no ser por él, hubiera muerto de hambre. Sé que no
le movió ningún fin altruista, sino el interés más frío y retorcido, pero me salvó. Y para mí, eso es lo
que cuenta.
—¿Y además…?
—Por ti, Lugh. La primera vez que te vi, con apenas nueve años, me pareciste lo más parecido a
un ángel caído que había tenido la desgracia de contemplar. Sí, desgracia, porque sabía lo que tu
padre pretendía obtener de ti, y también de mí. ¿Sabías que, a veces, cuando un secuestrador pasa
demasiado tiempo con su víctima, esta termina por convertirse en una especie de copia de su
verdugo?
—¿Insinúas que eso es lo que ocurrió conmigo?
—Un niño de nueve años tiene un aguante relativo ante determinadas atrocidades. —John se
encogió de hombros sin perder su expresión afable. Había sembrado la semilla de la duda en una
mente tan privilegiada como la de Lugh. El resto, sería cosa suya—. Pero lo cierto es que no me
arrepiento de haber seguido las directrices de tu padre al pie de la letra. Porque de ese modo, he
tenido el inmenso privilegio de conocer a una persona con un gran corazón.
—Yo no tengo de eso.
—Lo tienes, sepultado bajo toneladas de podredumbre, odio, rencor y maldad sin límites. Yo lo vi
en cuanto te conocí. Alguien así nunca pierde del todo su humanidad… En todo caso, me has ganado,
seas como seas. Yo no te abandonaré, muchacho.
Un extraño nudo se alojó en la garganta de Lugh. Y no se fue ni siquiera tragando saliva.
¿Sería emoción? ¿Y ese escozor que le nublaba la vista?
¡Maldición! Tenía ganas de abrazar a aquel pobre viejo, y al mismo tiempo sus instintos más
implacables le inducían a acabar con él, solo por confundirlo de aquella manera.
—Necesito… un descanso —balbució, como si fuera una criatura débil—. Necesito… cambiar de
aires.
—¡Pues yo tengo el lugar perfecto! Necesito algunas plantas que se me han acabado, y en el pueblo
más cercano aún tienen el tradicional mercado de flores de los miércoles.
—Alexander no me permitirá marcharme sin él.
—Alexander te permitirá acompañarme si entra dentro de tu dura instrucción en cuestión de
químicos y venenos. —Con un gesto de absoluta seguridad, John se puso su gruesa chaqueta y le
invitó a hacer lo mismo—. Puede que mi conciencia me afee para siempre el bando para el que trabajo,
pero si algo he sacado en claro, es mi capacidad para analizar a las personas… incluido el feje supremo
de la mismísima Hermandad de la Flor de Lis.

En contra de toda lógica, Alexander permitió que acompañara a John, incluso de buen grado.
Según él, después de la fiesta en la residencia del duque, la presencia de Lugh en la sociedad ya era
un hecho; por lo tanto, no tenía sentido ocultarla al común de los mortales. Todo lo contrario, era
incluso conveniente que se acostumbraran a él.
Así pues, Lugh se encontró vestido de una manera informal, abandonando por el momento esa
pose rígida, siempre en guardia, que había aprendido a adoptar cuando su padre lo vigilaba, aunque
no se hallara en el mismo habitáculo que él, caminando entre los lugareños en mangas de camisa, con
el pelo revuelto y los sentidos subyugados por la mezcla de agradables aromas que surgían de cada
puesto, mezclado con las voces de sus dueños, las risas e incluso los juegos de algunos niños que tuvo
que esquivar sin dificultad.
Y sin aprehensión.
Ese detalle fue el primero que le impactó. Si en la fiesta había tenido la impresión de ser un pez
fuera del agua, ¿por qué allí sentía que no era el objeto de observación de nadie?
—Pasas desapercibido y eso te gusta, ¿verdad? —Él asintió a la pregunta inocente de John, que se
había detenido en uno de los puestos repletos de plantas, para tomar una entre sus manos y
examinarla con atención—. A veces, es nuestro pasado el que nos dicta el camino a seguir. Sin duda
estás destinado a suceder a Alexander. Grandes gestas te esperan. Pero tu mente no olvida de donde
provienes. Eres del pueblo, Lugh. —Con su sempiterna sonrisa afable, el doctor posó las manos sobre
sus hombros. A pesar de que siempre había rechazado el contacto físico, en aquella ocasión ni siquiera
se sobresaltó—. Perteneces a la tierra que te vio nacer. Y si encontraras el valor para…
—Una flor hermosa para un hombre hermoso. ¿Querría usted aceptar mi presente, milord?
Lugh se giró en redondo al escuchar esa voz cantarina tan cerca de él.
Cuando vio a quién pertenecía, todas las respuestas que tenía en mente para desalentar los intentos
de John, se volatilizaron como si fueran un puñado de nubes llevadas por el viento.
CAPÍTULO 7
Todavía ignoraba qué era lo que lo había perturbado tanto en aquella fiesta. Pero no fue nada en
comparación con la debacle que sufrió al verla.
Las mujeres eran meros objetos de placer.
Un medio para conseguir un fin.
Una recompensa que un hombre debía procurarse.
No se podían, ni se debían, contemplar como nada más. De lo contrario, corría el riesgo de
convertirse en víctima de sus intrigas.
Cómo había ocurrido con su madre. Él la había esperado. Muchos días. Demasiadas noches. Creyó
que lo buscaría hasta la extenuación al no verlo regresar.
Pero perdió la esperanza al mismo tiempo que la humanidad.
Y ahora, contemplaba el hermoso rostro de un ángel. Una pureza genuina, sin la podredumbre a
la que ya estaba acostumbrado.
La muchacha que regentaba el puesto donde se habían detenido, lo contemplaba sin ocultar su
humildad. Con una mirada que irradiaba una calidez y una autenticidad que lo confundieron.
—Yo… —Por primera vez en muchos años, no supo cómo actuar. Qué decir para no parecer un
estúpido ante aquella belleza que permanecía con la flor en alto—. Er… No suelo aceptar presentes
de desconocidas, señorita…
—Me llamo Clarice Stanton, y soy la hija de la florista que tiene una tienda no lejos de aquí —
respondió ella, sujetándose un rebelde rizo rojizo tras la oreja, mientras le obsequiaba con una sonrisa
que pareció iluminar el negro cielo que Lugh cargaba consigo.
Con aquellos extraordinarios ojos del color del whisky, lo cautivó de inmediato.
Todo su cuerpo reaccionó a su exuberante belleza, realzada por la camisa bajo un estrecho corsé,
que elevaba sus jóvenes y turgentes pechos, como el de un semental ante la vista de una briosa yegua.
Porque a pesar de su dulzura, quedaba patente que Clarice poseía carácter y desenvoltura. De lo
contrario, se hubiera pensado dos veces acercarse a él.
—Sé que usted es el primogénito de lord Alexander Davies —prosiguió, atreviéndose incluso a
colocarle la flor en el ojal de su camisa, sin que él le hubiera dado permiso para ello. Lugh se la quedó
mirando, entre fascinado y espantado, pero no se movió un ápice—. En realidad, todo el mundo lo
sabe.
—¿Y no me… temes?
—Solo si no me dice su nombre.
Clarice bromeaba, pero él no captó ese matiz.
Desde donde le alcanzaba la memoria, nunca nadie había bromeado con él.
—Lugh —respondió.
—¿Lugh? ¿Qué clase de nombre es ese?
—El de un magnífico dios celta, muchacha. ¿Es que acaso no has asistido nunca a una celebración
de Beltane? —exclamó él, ofendido por su ignorancia.
—Sí, claro. Pero no recuerdo haber escuchado nunca las alabanzas a semejante dios.
—Porque representa, entre otros campos, a las artes. Y Beltane no se caracteriza por honrarlas,
precisamente. Aun así, yo lo escuché por primera vez allí mismo, cuando era solo un crío, y decidí
que quería llamarme como él.
—Qué original. —De nuevo aquella risa llena de frescura y franqueza, que parecía llegar al centro
mismo de su pecho con una facilidad pasmosa. Una vez que logró prender la flor donde pretendía,
la joven florista tomó las plantas que John le entregaba y las metió en un pequeño cesto—. No voy a
cobrárselas, señor. Considérelo un regalo de la casa, dirigido al futuro lord Davies.
—Señorita, soy yo quien quiere comprarlas, no él —respondió el doctor. A pesar de que fingía
desinterés, en realidad estaba tomando buena nota de todo aquel desconcertante encuentro, con una
mezcla de cautela ante la posibilidad de que supusiera el principio del fin del gran dios celta, y
esperanza, precisamente por lo mismo—. Por favor, le ruego que…
—Insisto. —Clarice sacudió la cabeza, antes de lanzar a Lugh una mirada que hubiera derretido el
hielo del peor invierno escocés—. En todo caso, me daré por pagada si le vemos más a menudo por
aquí, milord. Se dice de usted que es descendiente directo del mismísimo demonio, carente de toda
emoción humana. Implacable y sin corazón. Pero he de decir que yo no he visto nada de eso, de modo
que considérese bienvenido en la aldea. Tanto por mí, como por todos los comerciantes que ahora
mismo, no se están perdiendo detalle de nosotros, por si no se ha dado cuenta.
Un simple vistazo le bastó para constatar que los sonidos típicos de un día ajetreado de mercado,
se habían atemperado hasta casi desaparecer. De pronto sintió la presión de unos cuantos pares de
ojos clavados en él. Le pareció que menguaba en estatura y en valentía, y se insultó a sí mismo por su
comportamiento incomprensible y gazmoño.
«Estúpido. Si Alexander te viera, te castigaría por tu cobardía y tu falta de decisión, además de por
esa consideración que estás demostrando con una hembra que no te serviría más que para una
cosa…».
Pero cuando pensó en esa cosa en particular, notó una desconocida opresión en el pecho que le
impidió tomar aire.
¿Qué demonios le estaba pasando?
—Tanto milord como yo nos hacemos cargo de la curiosidad que despierta. Es su primera visita,
pero le aseguro, señorita Clarice, que no será la última. La novedad pasará a aburrimiento antes de
que nos demos cuenta —intervino John, tirando de él con discreción—. Y ahora, si nos disculpa,
tenemos un poco de prisa y debemos marcharnos. Que tengan todos ustedes un buen día.
No le dirigió la palabra en todo el camino de vuelta, pero Lugh sabía que su más querido preceptor
tramaba algo. Solo tuvo que esperar a entrar en su pequeño laboratorio, en el sótano de la casa, para
averiguarlo.
—¿Es que has perdido el juicio de repente, muchacho? —le susurró, indignado—. ¿En qué maldito
momento se te ocurrió flirtear con una florista?
—No tenía ni idea que la amabilidad pudiera ser un flirteo, pero ya que lo mencionas, solo
respondí a su educación. Muy limitada, por cierto —añadió, conteniendo una sonrisilla al recordar la
ignorancia de la muchacha acerca del origen divino de su nombre.
—¿Pero tú te estás escuchando? ¿Te estás viendo? ¡Si incluso sonríes!
—¿Qué importancia tiene eso? —Borró la sonrisa en el acto, aunque en su interior aún había algo
de origen desconocido, que le palpitaba en el pecho sin su permiso—. Solo he visto a una buena
hembra, con quien podría retozar sin preocupaciones.
—¿Eso crees? —John lo llevó hasta el otro lado del habitáculo con una expresión severa—. Desde
el momento que ignoras algo tan simple como que todo un pueblo ha sido testigo, comienzan tus
preocupaciones. ¿En algún momento te has parado a pensar que las habladurías llegarán a tu padre
incluso antes que nosotros a esta cueva
—Vamos, John. Me parece que exageras. Solo me he mostrado interesado por una chica que me ha
calentado la sangre al verla. Alexander incluso estará complacido de que me desfogue con ella, antes
de molestarme en buscar esposa para perpetuar la estirpe.
—Vaya. Veo que vuelves a tu sarcasmo habitual. Tu padre estaría orgulloso de ti.
—Para mí, nunca será mi padre. —Retazos de su brutal educación acudieron a él para despertar
su vena rebelde—. Y jamás se sentirá orgulloso de mí. Ya no soy el niño al que podía moldear a su
antojo. Me he convertido en un hombre, con las necesidades propias de un hombre. Incluso él las
padecerá de vez en cuando…
—Supongo que no te falta parte de razón. —Lugh sintió un alivio momentáneo cuando vio cómo
el gesto de John se relajaba. Era la primera vez que intentaba convencer a alguno de sus profesores,
para conseguir un fin distinto del que sin duda Alexander reservaba para él. Porque Clarice se había
convertido en su pequeño e intrigante enigma, y estaba dispuesto a desentrañarlo… solo, para
variar—. Pero deberías prepararte para cuando lo descubra.
Una pequeña llama se encendió en el corazón del joven, haciéndolo vibrar.
«Ilusión».
—¿Quiere eso decir que me guardarás el secreto? —preguntó.
El doctor dejó escapar un suspiro de derrota, antes de palmear su espalda.
—¿Cuándo te he fallado yo en algo, muchacho? —preguntó a su vez, con una sonrisa torcida que
le caldeó el ánimo—. Vamos a seguir trabajando, anda. El final de tu instrucción está cerca. Alexander
lo sabe. Quizá eso le haga bajar la guardia, lo bastante como para permitirte ese capricho.
Lugh obedeció, entusiasmado por primera vez desde que había aprendido a utilizar esa memoria
fabricada por otros, pero en su fuero interno, algo le advirtió en contra de todos los preceptos
inculcados a sangre y fuego.
Le habían despojado de su infancia como a un espartano, para convertirlo en un guerrero
meticuloso y mortal.
Pero cuando se esforzó en recordarlo, la luz genuina de unos hermosos ojos ambarinos disipó su
convencimiento, dejándolo a ciegas.
Tendría que encontrar de nuevo el camino, se dijo.
Aunque fuera siguiendo esa mirada que había quedado grabada en su mente como oro líquido.
CAPITULO 8
Los siguientes días, y con la complicidad de John, logró visitar el pueblo en dos ocasiones más.
En ninguna de ellas volvió a encontrarse con Clarice.
Incluso se atrevió a acercarse a la floristería que, según le había informado ella, regentaban sus
padres, pero tampoco la vio allí. Y su valentía no alcanzaba para penetrar en el local y preguntar
abiertamente. Ya bastante inquietante le resultaba que, a pesar del paso del tiempo, su presencia en
la aldea todavía fuera considerada como un acontecimiento.
Se estaba exponiendo demasiado, pensaba mientras, un día cualquiera de primavera, regresaba a
casa montado en su caballo, después de una nueva búsqueda infructuosa. Le extrañaba que
Alexander siguiera ignorando el verdadero objetivo de unos paseos que, de pronto, se habían
multiplicado, bajo una complacencia igual de incomprensible.
Permanecía alerta. La parte del niño aterrado que todavía vivía en él esperaba que, de un momento
a otro, su padre lo sorprendiera en su fechoría particular, para hacerlo pagar de algún modo retorcido.
Pero hacía ya mucho que no padecía sus castigos. Alexander era lo bastante listo como para
rendirse ante la fuerza de la naturaleza. Y esta le decía que había envejecido, al mismo ritmo que
Lugh se había convertido en todo un hombre, fuerte, vigoroso. Ya no podría imponerse por la fuerza,
aunque no lo necesitaría. Se había asegurado de contar con la fidelidad completa de su intelecto.
Y este abandonó sus maquinaciones en cuanto escuchó una voz cantarina, cerca del camino que
en aquel momento cruzaba.
Lugh aguzó el oído y la vista cuando descendió del caballo y se acercó al río con sigilo.
Allí, en la misma orilla, todos sus sueños más secretos comenzaron a convertirse en una realidad
tan placentera, que tuvo que parpadear varias veces, escondido tras el grueso tronco de un árbol, para
asegurarse de que, en efecto, se trataba de su sueño hecho carne.
No tuvo ninguna duda cuando hasta él llegó el aroma fresco que manaba de la muchacha,
incrementado por el paño húmedo que ella pasó por sus hombros y el nacimiento de sus senos,
cuando tiró de su blusa hasta la mitad de los brazos. Se hallaba de espaldas a él, arrodillada junto al
río mientras entonaba una alegre canción. Era evidente que creía que se hallaba sola, pero por un
momento, él creyó que era consciente de la tensión que gobernaba su cuerpo solo con olisquearla. O
de su torpeza mental a la hora de imaginarla solo como un simple objeto sexual.
Aquella cascada de rizos pelirrojos, que cubría parte de la espalda que la blusa había dejado al
descubierto, lo atraía mucho más allá del placer mundano. En ese preciso instante, supo que
arriesgaba mucho más que la satisfacción física momentánea si seguía adelante.
Pero también supo que seguiría.
Porque por primera vez desde los ocho años, sentía. Y le gustaba tanto como le aterraba, o incluso
le intrigaba.
Cuando sus ojos vislumbraron el pañuelo, cubriendo el profundo valle entre esos preciosos y
turgentes pechos, en un acto tan inocente como erótico, Lugh ahogó un gemido y apretó los dientes.
¡Señor! Le costaba creer que una simple imagen le hubiera puesto tan duro.
—Clarice…
El nombre surgió como una caricia en su boca, estremeciéndolo como nunca antes había sucedido
con mujer alguna. Mucho menos verbalizando una simple palabra. Aunque nada en aquella jovencita
le resultaba simple. Ni aburrido. Ni mucho menos anodino o vulgar, como sus orígenes deberían
proclamar.
¿No le había repetido Alexander hasta la saciedad, que los integrantes de las clases más bajas
llevaban con ellos un aura inconfundible de ordinariez, suficiente para impedir que su sangre se
mezclara con la aristocracia? ¿No había él llegado a convencerse de que ninguna mujer que no
perteneciera a la nobleza, era digna de otro trato distinto que el que dispensaría a una yegua?
—Pues bien, aquí tengo una muestra de algo que, como mínimo, me hace dudar —murmuró para
sí, aunque no lo bastante bajo como para que ella no se percatara de que alguien la espiaba.
—¿Quién anda ahí?
Lugh maldijo la torpeza que llevó a la muchacha a cubrirse, cuando se puso en pie de un salto y
comenzó a mirar en todas direcciones, asustada.
Bien. Miedo. Era una emoción que él conocía como la palma de su mano, y que ya estaba
acostumbrado a sembrar en los que lo rodeaban. Era la única que Alexander le permitía.
—El poder se sustenta en el temor, y crece con él en la misma medida —le había advertido, antes
de presentarlo al Consejo de la hermandad al completo.
Aquel día había comprobado la verdad absoluta de las palabras de su padre, cuando todos los
miembros lo habían mirado con curiosidad, pero también con ese temor que suscitaba en ellos, por el
simple hecho de ser hijo de quien era.
También por esa imagen de crueldad implacable, pero real, que había aprendido a adoptar como
silenciosa advertencia, y que con Clarice era incapaz de mostrar.
Quizá no quería hacerlo, pensó, desconcertado. Quizá con ella deseaba proceder de otro modo…
—¿Hay alguien ahí?
La voz de Clarice lo sacó de su ensimismamiento. Con movimientos indecisos, salió de su
escondite.
—No pretendía asustarte. —Su naturalidad a la hora de excusarse, lo aterró de tal modo que no se
le ocurrió otra cosa para disimular, que señalar a su caballo—. Yo… regresaba del pueblo cuando te
he oído cantar. Aunque pensé que en realidad…
—¿Me encontraba en algún apuro? Caray, va a ser verdad eso de que nunca han conocido la alegría
en su hogar, milord, si no sabe diferenciar una tonadilla de un grito de auxilio. Buenos días también
para usted —añadió con alegre despreocupación, acercándose a él, hasta que tuvo los rizos húmedos
tan cerca, que las yemas de los dedos le hormiguearon por la necesidad de tocarlos—. Aunque le
agradezco su preocupación, como ve, no necesito que un caballero de brillante armadura me salve de
ningún malhechor.
—¿Me consideras un caballero de brillante armadura?
Su estupefacción era tan genuina que Clarice se echó a reír.
Un sonido aún más melodioso que el de su canción, que se infiltró por los oídos de Lugh, hasta
afectar directamente a su cerebro.
«Estáis los dos solos y la chica te gusta. Hazla tuya las veces que sean necesarias, hasta que te
quedes satisfecho. Y después, déjala aquí y regresa a casa, como si no hubiera pasado nada. Nadie te
lo recriminará jamás…».
Su maldita conciencia, esa de la que ya se había olvidado, se lo afearía. Por no hablar de John, el
hombre que se había convertido para él en lo más parecido a un padre que había tenido nunca. El
único que había despertado en su interior algún tipo de emoción, con el paso del tiempo, a la que
todavía no le había puesto un nombre.
Igual que aquello que lo impulsaba a tratar a Clarice con cortesía y respeto, fuera cual fuese su
origen.
—¿Me guarda un secreto? —le preguntó ella, obteniendo a cambio un firme asentimiento—. No
solo le considero todo un caballero, sino que además es el primero con el que me he topado al que
pueda llamar como tal.
—Razón de más para que no vayas sola por ahí, sin un acompañante, al menos.
—Acabo de encontrar a uno. —Estaba claro que bromeaba, mientras se recogía el pelo con maña,
para disgusto de Lugh. Una campesina tosca como ella no podía insinuar siquiera que todo un lord
hiciera las veces de…—. Oh, perdóneme si me he excedido. Pero pensaba que, si a estas alturas no se
ha marchado ni ha intentado propasarse conmigo, como ha sucedido con otros, era porque me
consideraba… bueno, algo así como una amiga.
Lewis. Finn.
Los nombres de sus dos últimos amigos le golpearon la mente con fuerza. Sus finales por culpa de
esa amistad, también.
—Nunca podríamos a aspirar a algo así, muchacha —replicó, tan tieso como un palo de escoba—
. Tú eres aldeana, y yo noble. Pero mi estricta educación me impulsa a actuar como tu paladín, si
observo que se ha cometido alguna injusticia con una mujer. Y esos que han intentado propasarse
contigo…
—Ah, pero ocurrió hace tiempo, y yo supe encargarme de ellos. No tiene importancia —rio ella de
nuevo, para después alargar una mano en dirección a su cuello. Él retrocedió instintivamente, pero
Clarice no retiró la mano—. Solo quería aflojarle el nudo del pañuelo. Parece que le aprieta
demasiado. Por eso tiene el rostro tan congestionado, ¿verdad?
«No. Estoy así porque mi parte más civilizada y honesta desea complacerte, incluso con una simple
amistad que me lleve a confiar en otro ser humano, mientras que mi parte más oscura quiere
someterte a mi voluntad de todas las formas posibles. Sin reparar en daños, en dolor o en humillación.
Tal y como me han enseñado a hacer».
Por primera vez, Lugh se encontraba en serios aprietos para mantener su máscara imperturbable.
La candidez sincera de Clarice lo tenía subyugado. Casi rendido, precisamente por comprender una
absoluta novedad para él.
—Chica lista. Lo has captado a la primera —respondió en cambio, dejándose hacer. Para su
absoluto asombro, no sintió el conocido rechazo ante el contacto físico con otro ser humano, cuando
notó los hábiles dedos de ella rozando la piel de su cuello mientras le aflojaba el nudo—. Gracias. Así
está mucho mejor, aunque ahora me encuentro en deuda contigo. Tendré que saldarla llevándote
sana y salva a la aldea.
—Sabía que era usted galante y respetuoso.
—En realidad soy una bestia insensible, que he encontrado placer en el dolor ajeno demasiadas
veces como para redimirme, pero me gusta que pienses lo contrario. Lo disfrutaré, antes de que se te
caiga la venda de los ojos. —Era una advertencia en toda regla, pero Clarice lo tomó como una chanza
más y le obsequió con otra de sus ineludibles sonrisas, que lo caldearon por dentro—. ¿Sabes
cabalgar?
—Tenemos un pequeño carro tirado por una mula, que usamos para llevar encargos de flores y
plantas a otras aldeas, milord. Para el resto, tanto mis padres como yo nos desplazamos a pie. Somos
gente demasiado humilde como para poseer un bien tan preciado como un caballo.
—Sin duda tus padres se escandalizarían si nos vieran llegar a lomos del mío. Pensarían que te he
deshonrado, y caerías en desgracia.
—Yo… le agradecería que me mostrara su galantería de un modo mucho menos peligroso para mí
—murmuró ella, azorada y con los ojos clavados en sus propios pies, con tanto ahínco que Lugh
adivinó enseguida sus pensamientos.
—Eres doncella. No confías en mí lo bastante como para seguir siéndolo —afirmó, poniéndoles
voz, con un extraño desasosiego estrangulándole la boca del estómago. Entonces, hizo algo muy
temerario: posó las manos sobre los delicados hombros de la joven, mientras contradecía los gritos de
sus más bajos instintos—. No voy a hacerte daño, Clarice. Pero si piensas que puedo hacértelo, eres
libre de regresar sola. Nadie sabrá que nos hemos encontrado aquí. Pero si decides lo contrario,
podemos volver a pie. Yo llevaré a mi caballo de la brida sin problema.
Para su desgracia, la muchacha pareció considerarlo. Hasta que finalmente, asintió.
—Confiaré en usted, milord. Después de todo, podría haberse aprovechado de mí mucho antes,
en lugar de observar cómo me aseaba, detrás de ese árbol. —Lugh abrió la boca, atónito, y ella volvió
a reír. Dios, qué sonido tan delicioso…—. Acaba de decir que llevaría a su caballo con una mano, pero
le queda la otra libre.
Su elocuente mirada se clavó en ella, mientras le ofrecía la suya.
Para Lugh, el mensaje estaba claro. Igual que su respuesta.
Natural. Espontánea. Como una especie de agradecimiento a ese pequeño esbozo de seguridad
que Clarice acababa de depositar en él, la criatura insensible entrelazó sus dedos con los de ella y
emprendieron el camino a la aldea, con la convicción de que, de alguna siniestra manera, la florista
comenzaba a tejer una deliciosa tela de araña a su alrededor, en la que caería… con mucho gusto.
CAPÍTULO 9
Debió suponer que alguien tan sagaz como Alexander se daría cuenta de su cambio de actitud.
Lugh se había encargado de que estos fueran sutiles. Solo se los confió en toda su magnitud a John,
pero los tentáculos del Jefe Supremo de la hermandad llegaban a lugares mucho más inverosímiles
que el corazón de un hombre moldeado a su imagen y semejanza.
Un corazón que, a partir de aquel primer encuentro con Clarice, comenzó a palpitar por otra
persona distinta de sí mismo, y con unos fines muy diferentes a los que le habían inculcado, y que
tenían que ver con la hermandad.
—Últimamente me da la impresión de que sueñas despierto, chico. —Lugh se esforzó por no
sobresaltarse cuando escuchó la observación de su padre mientras desayunaban—. Tu instrucción en
lo tocante a tus antiguos profesores hace tiempo que terminó. Tienes una inteligencia fuera de lo
común, que te ha llevado a indagar en tu aprendizaje por ti mismo, solo por el simple placer de
ampliarlo. Tampoco tienes amistades aquí, así que solo me queda pensar que John…
—¡Él no tiene nada que ver! —Se arrepintió enseguida de enfervorizada defensa, pero Alexander
ya lo estaba mirando con suspicacia—. Paso mi tiempo con él porque me apasiona todo lo relativo a
las plantas y sus múltiples utilidades, señor. Es algo que nunca terminaré de dominar.
—¿Por esa razón visitas la aldea más de lo que deberías?
—Exacto —respondió, rezando para que su padre no oliera su mentira y siguiera el rastro de esta
como un sabueso, hasta dar con Clarice y sus encuentros furtivos, cada vez más frecuentes. No estaba
dispuesto a renunciar a ese extraño y endeble vínculo que se había establecido entre ellos. Una mezcla
de amistad, naciente confianza y evidente atracción mutua que le hacía sentir… vivo—. John está
experimentando una mezcla nueva de diversas plantas, para elaborar un veneno efectivo. Cuando lo
consiga, la hermandad al completo, con usted al frente, estará orgullosa de él, señor. Pero entretanto,
a mi mentor le duelen los huesos. Supongo que será por la edad. En todo caso, yo me he ofrecido a
hacerle los recados.
—Así que una transacción. Tú le llevas las plantas, él te enseña a usarlas como ninguno.
—Ambos ahorramos tiempo y esfuerzos, si me permite decirlo. La verdad, no pensé que pudiera
molestarle, señor —añadió, imprimiendo a sus palabras una tranquilidad que no sentía ni por
asomo—. Usted pareció muy conforme de que acompañara a John la primera vez que nos acercamos
a la aldea, con idénticas intenciones.
—Eres mi hijo. Nunca terminarás de pasar desapercibido.
—Se asombraría si viera que no me prestan la menor atención —mintió por segunda vez en un
espacio escandalosamente corto de tiempo, con total naturalidad y sin el menor remordimiento. Señal
inequívoca de que algo en él había cambiado en las últimas semanas—. Esos campesinos están
demasiado ocupados intentando agradarnos, como para reparar en nada más.
—Comprendo.
Contra todo pronóstico, Alexander continuó leyendo el periódico mientras sorbía poco a poco de
su taza de café, pero Lugh no se dejó engañar por esa pose despreocupada. Cada músculo de su
cuerpo aguardó en una dolorosa tensión, el resultado de las maquinaciones que ocupaban la mente
de su progenitor… Hasta que este volvió a clavar su mirada penetrante y oscura en él.
—Tus ojos mienten —declaró sin más.
—Señor, no tengo ninguna razón para hacerlo.
—En efecto. Pero yo sí que tengo alguna para advertirte: todo hombre tiene debilidades, incluso
yo. Ten cuidado con las tuyas, muchacho, o terminarán siendo tu perdición.

Aquella última frase acompañó a Lugh hasta que se reunió con Clarice, en su lugar secreto.
Uno al que incluso a Alexander le costaría acceder. Y tendría que hacerlo personalmente para
descubrirlo, puesto que John estaba de su parte, al igual que la vieja Fiona. Por las caballerizas ya
habían pasado tantos mozos que no logró establecer relación estrecha con ninguno, como
seguramente sería la intención de su padre.
No creía que el lord se aventurase por aquellos riscos que tanto él como la joven ascendían casi
cada día, al ocaso, para terminar en un recinto acotado por vallas centenarias, que no pertenecía a
nadie, pero que contenía uno de los tesoros más valiosos para los dos. Era un compendio de árboles,
plantas de todo tipo y flores, que parecía haber sido construido por la mano de algún dios solo para
su disfrute. El complemento perfecto para escuchar los poemas que la mujer que comenzaba a
obsesionarlo, le leía. Se había convertido en un adicto a ellos, ahora que sabía que Clarice había
aprendido a leer y escribir desde niña, gracias al maestro de la aldea, y que usaba su talento en
plasmar en el papel sus más íntimos pensamientos.
Últimamente, esos pensamientos tenían que ver con él. Él era el protagonista de aquellos versos.
Siempre un héroe, nunca un villano. La idea cada vez le gustaba más, pero no lograba aplacar esa
maldita conciencia que le susurraba al oído que, más tarde o más temprano, despertaría de ese sueño
para estrellarse en su cruda realidad.
—Te has retrasado, milord —lo saludó Clarice, señalando la manta sobre la que se hallaba sentada,
esperándolo, y que contenía toda clase de apetitosos y humildes manjares, a los que él ya se había
acostumbrado—. ¿Problemas en tu paraíso particular?
—No más de los esperados. —Con una exclamación de gusto, se tiró sobre la manta cuán largo
era, y se dedicó a admirar las nubes que comenzaban a cubrir el cielo—. No sé si te he dicho alguna
vez que esto se asemeja demasiado a un paraíso…
—¿Porque has estado en él, o por la compañía?
—Ambas cosas. —Sin apartar la vista del firmamento, él alargó una mano, sabiendo que ella
pronto se la tomaría, como así fue. Hacía ya mucho tiempo que buscaba ese tipo de contacto. Como
si un ligero roce de la persona adecuada, lo llenara de la calidez que le faltaba. Un roce de Clarice. Un
halago de Clarice. Una mirada de Clarice. Un beso de Clarice…—. Aunque desde luego, la compañía
siempre es inmejorable.
—¿Por eso un noble como tú vuelve una y otra vez a mí?
Lugh sonrió y tiró de ella hasta tenerla pegada a su costado.
¡Santo Dios, acababa de sonreír! Ya no recordaba cuándo había sido la última vez que se había
producido semejante prodigio, con unas intenciones que no fueran dañinas, para él o para los que le
rodeaban.
—Vaya. —Clarice debió de notarlo también, porque resiguió la curvatura de sus labios con el dedo,
entre fascinada y encantada—. Cuando sonríes, eres aún más guapo, milord. Deberías ponerlo en
práctica más a menudo.
—¿Te parezco guapo?
—Exacto.
—¿Nada de oscuro, ni insensible, ni…?
—No, nada de eso. ¿Me explicas esa extraña insistencia en atribuirte defectos que yo no veo por
ningún lado?
—Porque tú eres un ángel. —Y él un maldito demonio que jugaba a limpiar su alma con ella—.
Solo ves la parte buena de las personas, Clarice.
—Siempre que esas personas la tengan. Tú la tienes, Lugh. Junto con una sensibilidad digna del
dios del que has elegido su nombre.
Nunca le había hecho pregunta alguna al respecto de eso… ni de nada que tuviera que ver con su
vida. Le daba lo mismo su apellido, de dónde provenía o cómo se llamaba realmente.
Clarice lo había aceptado tal y como se había mostrado ante ella, y eso hizo que comenzara a
avergonzarse de su naturaleza. Últimamente, se encontraba sopesando demasiado a menudo, la
posibilidad de renegar de esa naturaleza, pero hacia demasiado tiempo que había olvidado su
esencia, en beneficio de su supervivencia...
—No soy ningún dios. Pronto lo comprobarás, pero hasta ese momento… déjame comportarme
como si lo fuera, dulce Clarice.
Entonces la besó en la boca.
Fue como si el dique que había contenido sus emociones escondidas durante años, se resquebrajara
para dejarlas salir libre mente. Por una fracción de segundo, esperó que ella lo rechazara. Que se
apartara, que lo abofeteara y que lo rechazara para siempre. Hubiera sido lo mejor para la muchacha.
Pero no para él. Y se aprovechó de todas las circunstancias para convertirse en un egoísta.
Saqueó la boca de la florista como si fuera una cavidad húmeda, caliente y excitante, llena de
tesoros aún por descubrir. Se regodeó en su inexperiencia, absorbió sus jadeos, primero de sorpresa,
luego de gradual excitación. Saboreó las sensaciones que lo envolvieron cuando sus lenguas iniciaron
un sensual baile sin retorno, y la estrechó más contra su pecho, hasta ser consciente de cada palmo de
su dulce cuerpo presionando el de él.
Las barreras emocionales que lo habían protegido desde que su padre se lo había llevado con él,
desaparecieron de un plumazo. Su mente se convirtió en una hoja en blanco, sobre la que empezó a
escribir su propia historia llena de dudas. Si su madre realmente lo había abandonado a su suerte, ya
no le importaba. Porque acababa de encontrar una mujer con todas las virtudes que Alexander le
había enseñado a aborrecer.
Atrayente, delicada… Sabía a fruta fresca, a hierba recién cortada y a libertad. Olía a brezo, a mar
embravecido, a provocación, a redención…
Y a lluvia.
Justo la que en ese instante comenzó a caer sobre ellos torrencialmente, calándolos antes de que
pudieran hacer algo para evitarlo.
Clarice se apartó de él con un chillido y se quedó de pie sobre la manta, con una sonrisilla tonta en
los labios y una mirada insinuante en los ojos, que delataba su pasión insatisfecha y prometía mucho
más.
—¡La cena! ¡Mis cuadernos! —exclamó de pronto, como si regresara de un largo viaje a su realidad.
Comenzó a recoger todo atropelladamente y le arrojó la manta, que ya estaba tan mojada como ellos—
. ¡Ven conmigo, rápido!
Aún aturdido por lo que ese beso significaba para él, Lugh la siguió a la carrera, hasta que ambos
lograron guarecerse del chaparrón en una vieja cabaña, que seguramente habría utilizado algún
pastor mucho antes que ellos.
—Aquí estaremos a salvo. —Clarice dejó todo sobre una mesa llena de polvo y se lo quedó
mirando, con las manos en las caderas y una expresión embobada—. Bueno, milord. Reconozco que
sus besos me han quitado el sentido, pero me parece que ya va siendo hora de que lo recobremos, ¿no
crees?
—Depende de lo que entiendas por recobrar.
Fue consciente de la oscuridad de su mirada cuando avanzó hacia ella. Pero también del
desparpajo y la falta total de temor, con los que ella lo recibió. Rodeó su angosta cintura con un brazo
y la pegó a su torso, hasta que los apresurados latidos de su corazón le golpearon en su propio pecho,
y su aliento cálido le bañó la nariz.
—Te necesito entera, Clarice —murmuró junto a su boca, un instante antes de poseerla de nuevo,
en un beso furioso que fue respondido en la misma medida—. Pero antes de que tomes una decisión
equivocada, creo que lo justo sería que conocieras con exactitud a qué te enfrentas.
—A un hombre encantador que me ha conquistado, y al que no me importará conceder mi
virginidad. —Lugh abrió la boca para hablar, pero la muchacha lo silenció con otro beso—. Sé que no
puedo aspirar a nada más contigo, milord. Que jamás podré convertirme en tu esposa. Pero es que
tampoco deseo otra cosa que tu pasión, tu deseo… tu amor.
—¿Y si fuera eso precisamente lo único que no puedo darte?
CAPITULO 10
Se maldijo por haber sido tan brutalmente sincero.
Notó que el peso de la culpa se acentuaba cuando Clarice retrocedió, con el ceño ligeramente
fruncido y aquella expresión de duda que él tanto había temido durante todos aquellos días.
Pero aún así, el resquicio de humanidad que había conservado a lo largo del tiempo, lo empujó a
seguir con esa honestidad que le era tan ajena.
—Ven. Siéntate conmigo. Tenemos que hablar —le dijo, llevándola hasta el mugriento catre
colocado en un rincón de la única estancia de la cabaña.
—Me estás asustando…
—Solo pretendo que abras los ojos. Que escuches mi historia. Si después quieres que sigamos
juntos… Dejaremos que las cosas sigan su curso, sin interponer más obstáculos.
—¿Lo prometes?
Lugh lo pensó durante una fracción de segundo, antes de asentir.
—Es la primera promesa auténtica que he hecho en años, así que pienso cumplirla —aseguró.
A continuación, comenzó a relatarle su terrible pasado. Las razones por las que sus otras promesas,
habían estado teñidas de maldad. La brutalidad de Alexander. La falta de amor en su vida…
Sin embargo, no fue completamente honesto con ella. Se guardó para sí todo lo relativo a la
hermandad. El motivo por el que su padre había puesto tanto empeño en hacer de él lo que, en ese
mismo momento, no era. Un hombre debía mantenerse fiel a sus propios secretos. Incluso cuando
comenzaba a abrirse en canal para la única persona que había llegado a importarle lo suficiente, Lugh
mantenía una feroz reserva en lo tocante a esa naturaleza retorcida que aún habitaba, y siempre
habitaría, en él.
—Como ves, no soy el mejor partido del mundo, precisamente. Ni siquiera la fortuna que un día
heredaré, me hacen merecedor de ese título que tú te empeñas en darme —concluyó, con la mirada
al frente y una opresión en el pecho que solo se iría con la aceptación de Clarice—. Solo has visto una
parte inexistente de mí, amor. Ni siquiera yo soy consciente de poseerla.
—Pero está ahí, Lugh. Te empeñaste en deshacerte de ella por el desengaño de ver que, a lo largo
de los años, tu madre, la única persona que amabas, no fue a buscarte. Preferiste agarrarte a la versión
que te ofreció tu padre, como un mecanismo de defensa. —Clarice extendió una mano para abarcar
su mejilla, pero él se apartó antes de que lograra su objetivo—. No pasa nada. Eras solo un niño
indefenso, que no comprendía nada de lo que le estaba ocurriendo. Necesitabas una razón para
asimilarlo, y la encontraste en una actitud de tu madre que, para ti, fue incomprensible.
—¡Y cruel! Ella nunca me habló de mi padre de forma voluntaria. Pero cuando comencé a
preguntar, me dijo que había muerto en la guerra, sirviendo a los intereses de nuestro laird. En cierta
manera, era el hijo de un héroe. Yo llevaba el nombre de un dios… Pero Alexander hizo su aparición
estelar, y todo mi castillo de naipes se derrumbó. —Los recuerdos acudieron a él con la fuerza de una
cascada en plena primavera. Se cubrió la cara con las manos para mitigar sus efectos, pero no lo logró
del todo—. Nunca olvidaré la estampa derrotada de mi madre, mientras contemplaba con impotencia
cómo me llevaba con él…
—¿Crees que esa sería la actitud de una mujer fría, que está deseando librarse de la carga que
siempre ha supuesto su hijo para ella?
—No entiendo a dónde quieres llegar…
—A que quizá ella no pudo ir a buscarte, aunque conociera al dedillo dónde encontrarte. Es posible
que algo se lo impidiera —afirmó Clarice, posando su mano sobre el hombro de Lugh. Su tacto cálido
lo reconfortó de inmediato—. O a lo mejor lo hizo, pero tu padre impidió que llegara hasta ti y te lo
ocultó, implantando en tu cabeza la idea de que habías sido abandonado por ella. ¿No te has parado
a pensarlo?
—Me avergüenza reconocer que… no.
Y debería haberlo hecho. Después de años de duro entrenamiento en la dirección contraria, y
conociendo al dedillo la personalidad retorcida de su progenitor, debería haber contemplado
cualquiera de las posibilidades que Clarice le planteaba con tanta naturalidad.
—Por eso estás tan confundido ahora mismo. —En los ojos de Clarice había más comprensión de
la que se merecía. Ahora, su interior era un volcán de contradicciones que se peleaban entre sí,
buscando una verdad que tal vez nunca había querido ver—. Pero no debes pensar que ella no te
quería, Lugh. Seguramente te amaba más que a su propia vida.
—El amor no es dolor. Ni abandono.
—No, pero tampoco es una debilidad. Tú puedes experimentarlo, sin sentir que eres un
pusilánime, indigno del orgullo de tu padre. Porque a su manera, estoy segura de que él está
orgulloso de ti, igual que lo estaría tu madre si te viera.
—Esta es mi mujer. La eterna optimista, que no pierde la fe en la raza humana. Que siempre ve el
lado bueno de la vida, aunque no lo haya… Que siempre ha confiado en mí.
La había reclamado como suya con aquellas simples palabras, pero lo refrendó con un beso
apasionado, que pretendía ser la continuación del anterior, y el principio de todo un mundo. La
pasión comenzó a rugir en el interior de Lugh cuando comenzó a desvestirla, adorando cada parte
de su cuerpo que quedaba desnuda con infinidad de besos. Saboreó a placer cada palmo de aquella
piel cremosa, tierna. Virgen. Toda para él.
Para el hombre tierno que comenzó a surgir poco a poco, al mismo ritmo que se iban descubriendo
poco a poco. La bestia sedienta de placeres mundanos, que los abarcaba a manos llenas, sin tener en
cuenta el dolor que podría causar, se hallaba dormida… pero no muerta.
—Lugh… Lugh…
Clarice se reclinó sobre el catre, con sus rosados pezones, duros como el mármol por la excitación,
apuntando hacia él invitadores. Por supuesto, aceptó la invitación. Se los introdujo en la boca
alternativamente, como si fueran deliciosas cerezas maduras, mientras amasaba a conciencia aquellos
pechos que parecían vibrar bajo su contacto. De pronto necesitaba sentirla entera. Notar cada poro de
su piel pegado a él como si fuera suyo. El calor comenzó a hacer estragos en su voluntad y en su
cuerpo, y se arrancó la ropa, con una prisa que no demostró con ella.
—Quiero beberte entera, mi vida —murmuró, pegándola a su pecho—. Quiero paladear cada
rincón de ti, antes de entrar en tu interior. Porque no me siento merecedor del regalo que vas a
hacerme, pero soy tan condenadamente egoísta que no voy a consentir que otro se lo lleve en mi
lugar.
Necesitaba sentirse respetado sin causar temor. Amado por lo que era, con todas sus escalofriantes
sombras, y no por miedo.
La necesitaba a ella.
Su boca se volvió ansiosa, voraz. Los dedos que mantenía clavados en el tierno costado de Clarice,
descendieron con hambre hasta anclarse a sus caderas, mientras seguía aquel ardiente sendero con
los labios, dejando su impronta en la piel femenina. La lengua se entretuvo en el ombligo cuando
escuchó los jadeos febriles de la muchacha que, como por arte de magia, comenzó a responder a sus
lascivas señales, retorciéndose debajo de él. La joven era completamente inexperta, de eso no cabía
duda, pero para su total asombro, le siguió en su pasión efervescente y alzó su pelvis hacia él cuando
Lugh terminó enterrando la boca entre sus muslos.
—Dios, Clarice, eres tan receptiva, que no sé si podré aguantar mucho tiempo… —susurró entre
gemidos, cuando al fin pudo probar el líquido que brotó de entre sus pliegues más íntimos.
La sujetó con fuerza, impidiendo que se moviera; estaba tan dolorosamente duro que no hubiera
podido soportar un rechazo, provocado por su ignorancia, pero de nuevo ella lo sorprendió. Se colocó
sus piernas sobre sus hombros, solo para sentir cómo lo encerraba entre ellas, abrigándolo con su
ardiente deseo. Cómo la tensión inicial por la sorpresa, iba dando lugar a una progresiva relajación.
Los muslos femeninos comenzaron a temblar cuando él se adentró en el interior hirviente de su sexo,
primero con la lengua, después con un solo dedo, emulando una cópula febril que desembocó en un
violento clímax.
Era lo que deseaba más que nada en el mundo. Más incluso que su propia satisfacción quería
regalarle la suya.
La sorpresa que le produjo aquel pensamiento, solo fue superada por la que atravesó el rostro de
Clarice cuando, poco a poco, los latidos de su corazón fueron volviendo a la normalidad. Cuando
levantó la cabeza y la besó, haciendo que se saboreara a sí misma de su boca, ella lo miró con los ojos
muy abiertos a causa de su descubrimiento, y las mejillas encendidas de pura satisfacción.
—Señor de los cielos, nunca pensé que esto fuera así —susurró aún sin aliento—. Yo pensaba que…
siempre he escuchado a las mujeres casadas de la aldea hablar de…
—¿Dolor? Me temo que lo sentirás, pero antes, quería prepararte para causarte el menor
sufrimiento posible…
No dejó que pasara más tiempo, o arrebatarle la virginidad supondría una experiencia demasiado
mala para ella. Y por alguna extraña razón, quería conservar la opinión, tan errónea como halagadora,
que la muchacha tenía de él.
Sin apartar la mirada de la de Clarice ni un solo segundo, se colocó entre sus piernas y la penetró
de un solo movimiento. Se maldijo cuando comprobó su repentina rigidez y escuchó un quejido
contenido de dolor. Era un miserable. Siempre lo había sido, pero solo ahora, cuando arrebataba a
Clarice su bien más preciado sin remordimiento alguno, comenzaba a ser consciente de ello.
Lo único que podía hacer por ella era contener su ímpetu salvaje al verse acogido, presionado.
Caldeado por las paredes resbaladizas de su interior. Pero era tan difícil…
Estar dentro de Clarice era como ser succionado por un enorme remolino de agua, hacia el centro
mismo del placer. Lanzó un gruñido agónico y, cuando ella comenzó a relajarse, se enfundó del todo
en su interior, con movimientos profundos, intensos. Se mordió los labios, tratando de contenerse
para no infligirle más daño, pero la muchacha, lejos de sentirse incómoda, rodeó su cintura con las
piernas y lo empujó aún más hacia adelante.
Con los talones clavados en la parte baja de su espalda, lo engulló por completo. Y él se dejó llevar
por el ímpetu salvaje que, a partir de ese momento, guio sus acometidas, haciéndolas más intensas,
más rápidas, hasta desembocar en un clímax brutal. Con un grito formado por su nombre, Lugh sintió
cómo se vaciaba por completo en el cuerpo de Clarice. Cómo exprimía hasta la última gota… de su
alma.
Porque cuando los espasmos de ella lo aprisionaron con fuerza, supo, sin ningún género de dudas,
que acababa de adueñarse de la parte de ese corazón que, solo quizá, aún poseía.
CAPITULO 11
La sensación de felicidad y plenitud que lo embargaba, era tan desconocida que lo hizo temblar
de miedo.
Algo que había dejado de experimentar desde que había decidido no sentir.
Iba mucho más allá de la simple satisfacción física. Lo dejó aletargado, casi diría que
completamente indefenso, en los brazos de su diosa particular durante las siguientes horas.
Hicieron el amor dos veces más, entre risas, confidencias y una complicidad que se llevó un pedazo
de sí mismo. Fuera, había dejado de llover, pero a ninguno de los dos le importó el paso del tiempo.
Dieron buena cuenta de las viandas que habían llevado, y encendieron un fuego con la leña seca que
encontraron dentro de la cabaña.
Y así, abrazados como si fueran un todo indivisible, cubiertos con su manta y al abrigo de las
alegres llamas, se quedaron dormidos.
Lugh fue el primero en despertar cuando sintió la tibieza de un cuerpo desnudo junto al suyo, y
escuchó la respiración profunda de Clarice, pero dedicó unos minutos a contemplarla.
Quizá de ese modo, lograría analizar el vendaval de emociones que lo agitaban en todas las
direcciones posibles, aturdiéndolo.
Ella era una belleza fuera de lo común. La manta le había dejado al descubierto los blancos
hombros y parte de uno de sus pechos, que apuntaba hacia él, invitador. Con la cascada de rizos
rojizos cayéndole descuidadamente por la espalda y parte de su rostro, parecía el mejor ejemplo de
un ángel, capaz de proporcionarle el mayor y más duradero de los placeres… O una bruja, dispuesta
a condenarlo.
«Recuerda siempre que la debilidad no tiene lugar en nuestro mundo, muchacho. Solo los fuertes
sobreviven en él. Eres lo que yo he hecho de ti: un ser indestructible, infalible. Incapaz de cometer un
error».
Las palabras de Alexander resonaron en su cabeza para martirizarlo.
¿Habría cometido el primero y el más grave de sus errores, confiándose a aquella muchacha?
¿Caería al abismo de la desgracia sin remisión, si decidía aceptar como compañera de vida a una
simple florista que conocía una parte importante de sus secretos?
La paz y la felicidad se evaporaron con aquellas dos simples preguntas. Lugh se mordió los labios,
casi con saña, y decidió despertar a su compañera de cama.
—Debemos marcharnos, Clarice —la apuró, cuando ella se desperezó con una sensual lentitud, y
su cuerpo reaccionó como si llevara meses de abstinencia—. Dios, si haces eso jamás saldremos de
aquí.
—Yo no quiero salir.
Ella sonrió y lo atrajo hacia sus labios para besarlo, pero él se apartó antes de que el beso
desembocara en otra serie de actividades, que lo sumirían en una bruma mucho más espesa que la
que ya regía en su mente.
—Pues deberías. Imagino que tus padres estarán más que preocupados —insistió, apartándose de
ella para vestirse atropelladamente.
—Les dije que pasaría la noche con una vieja amiga, que me guardará las espaldas. No hay peligro.
—¿Le has dicho a alguien que te ves conmigo?
—Tú también lo has hecho. ¿Qué hay de malo?
Podría perder más tiempo explicándoselo, pero era un lujo que no podía permitirse. Además, se
expondría de un modo demasiado peligroso para él, de modo que tiró de ella, le lanzó una última y
hambrienta mirada a su gloriosa desnudez, y la ayudó a vestirse.
—El secreto debe envolver nuestros futuros encuentros, Clarice —le aconsejó, con las manos sobre
sus hombros y los labios posados en su frente—. Nadie más debe conocer lo que acaba de ocurrir
entre nosotros. Ni mi preceptor, ni tu amiga. Si cualquiera de los dos nos pregunta, diremos que ya
no tenemos contacto, ¿entendido?
—Pero, ¿por qué? Creí que lo que teníamos era algo especial. Que eras el hombre adecuado para
entregarme a ti por primera vez. Que tú también sentías lo mismo que yo…
Miserable. Mentiroso. Rastrero. Todos esos adjetivos, y alguno más, se los aplicó a sí mismo
cuando vio el destello de decepción y desengaño que brilló en los ojos de Clarice. No pudo soportarlo
más y la abrazó con fuerza.
—No me merezco nada de eso. Lo que te he ofrecido a cambio es algo insignificante, pero no podré
evitar que te hagan daño si lo nuestro se hace público. Y, desde luego, no entra en mis planes dejarlo
aquí. —Tomó el rostro de ella entre sus manos y buscó su mirada—. Clarice, creo que… me sentiría
muy desgraciado si no pudiéramos seguir viéndonos. Necesito… Te necesito. Completa. Sana y salva.
Tan feliz y plena como hasta ahora. Solo para mí.
—Me tienes así, Lugh.
—Aquí. Solo aquí, por el momento —añadió—. No puedo correr el riesgo de que te arranquen de
mi lado para siempre. O peor aún, que te hagan… desaparecer.
—¿No te parece que exageras? Como mucho, no nos permitirían casarnos, siempre en caso de que
quisiéramos hacerlo, claro está…
Dejó la frase en un delicioso suspenso que él debía terminar, pero no fue capaz de comportarse
como un miserable con ella.
—Dejemos que pase el tiempo y compartámoslo juntos en la medida de lo posible, para ver a
dónde nos lleva. ¿Estás de acuerdo? —Ella asintió, y él la recompensó con un beso tan intenso como
breve—. Entonces mañana al mediodía nos volveremos a ver aquí. Es una hora mucho menos
arriesgada, y procuraremos no quedarnos dormidos para no levantar sospechas.
—Sí. Mañana. Aquí.
Si hubiera sido un caballero, la habría acompañado, pero su instinto de autoconservación había
tomado el mando, prescindiendo de algo tan necesario para garantizar la seguridad de la joven. Lugh
se despidió de ella con una nueva sonrisa, esta vez mucho menos sorprendente, y se encaminó hacia
donde su caballo aún permanecía atado, pastando con tranquilidad. El amanecer comenzaba a
despuntar cuando emprendió el regreso, pero a medio camino, recordó los cuadernos de poemas de
Clarice. Por mucho que le gustaran, debía advertirle de que los dejara en su casa. Si sus padres se
daban cuenta de que faltaban, podrían sospechar.
Dio la vuelta, en la esperanza de que Clarice aún se encontrara en la cabaña o, en su defecto,
siguiendo el sendero que conducía a la aldea.
Conforme se iba acercando, divisó el tenue resplandor de la chimenea encendida a través de la
única ventana de la cabaña. Bien. Clarice todavía estaba allí, probablemente recogiéndolo todo ella
sola, en vista de que él no había cooperado.
Una mancha más de egoísmo que atribuir a su conducta, pero que enmendaría… con el tiempo.
Sin embargo, antes de apearse de su montura, distinguió la silueta de otro caballo no lejos de él.
Conforme se dirigió hacia allí, el corazón comenzó a trepar hasta su garganta cuando lo reconoció
de inmediato.
Era el de Alexander.
Su respiración se aceleró. Un sudor frío le recorrió el cuerpo con la efectividad de las olas
golpeando una piedra, pero reaccionó y corrió en dirección a la cabaña.
Por su mente pasaron toda clase de desgracias en ese único minuto…
Todas, menos la que contempló a través de la venta, antes incluso de llegar a la puerta, y que lo
dejó absolutamente petrificado.
Alexander abrazaba a Clarice, que daba la espalda a Lugh. Ninguno de los dos pareció haber
reparado en su presencia. Se encontraban tan absortos en lo que a él le pareció una repugnante
muestra de afecto mutuo, que siguieron dando rienda suelta a su fogoso encuentro, cuando su padre
fue en busca de la boca de la joven y se apropió de ella con furia, al mismo tiempo que la envolvía
entre sus brazos.
Sintió cómo la furia ciega se apoderaba de cada una de sus terminaciones nerviosas.
De pronto, todo perdió el sentido y, al mismo tiempo, lo encontró.
Clarice no era más que otro peón de las atroces enseñanzas del lord. Solo había cumplido una
función con él, con un éxito rotundo, si se fiaba del modo en que en ese instante se retorcía entre los
brazos de Alexander.
El sudor frío regresó, acompañado de un temblor que lo cegó mientras se escondía, pegado a la
pared.
«Traidora. Malnacida. Embustera. Puta. Como madre».
Las palabras se fueron sucediendo, contaminando su mente, hasta que no fue capaz de distinguir
la verdad de la mentira. Lo real de la fantasía. Solo podía sentir el dolor inmenso de la traición, que
lo abarcaba todo. Solo podía actuar en función de lo que acababa de ver, sin valorar otras opciones.
Incluso pudo escuchar los pedazos rotos de un corazón que nunca creyó poseer, cayendo a sus
pies, en tanto la realidad se abatía sobre él como un ave de rapiña.
Miró sus manos desnudas. Sus dedos, crispados por la cólera.
«No tengo nada más con lo que hacer justicia. No puedo acabar con ella ahora».
Alexander lo impediría.
Su padre. El hombre del que más crueldades había recibido. Tantas como lecciones que, ahora,
entendía ciertas.
«El mundo está lleno de mentiras. Los sentimientos son solo distracciones. No debes confiar en
nadie distinto de ti mismo».
Los ojos comenzaron a escocerle, repletos de lágrimas que comenzaron a correrle por las mejillas,
sin que él pudiera impedirlo. Sin que ni siquiera recordara haber tenido la capacidad de llorar alguna
vez en su vida.
Apretó los párpados, conteniendo los gemidos que luchaban por salir de su garganta, y pegó la
espalda a la pared para que no lo descubrieran, mientras decidía cuál sería el siguiente paso a dar.
Cómo podía restaurar la dignidad perdida, ya no delante de Alexander, sino de él mismo.
Pero su mente parecía un enjambre de abejas furiosas. El zumbido que manaba de ella era
atronador. Le picaba. Le escocía. Sentía cómo su sangre se escapaba a través de la herida abierta, así
que solo se le ocurrió un camino: correr lejos de allí. Internarse en el bosque.
Escapar de todo lo que seguía suponiendo una preciosa cárcel de oro, manejada por un ser
insensible y sin entrañas, igual que él, pero también de esos sentimientos que se habían asentado con
fuerza en su alma, echando raíces.
CAPÍTULO 12
Hacía tiempo que no llovía.
El suficiente, si se fiaba del suelo, que ya no estaba húmedo.
Tenía hambre, pero la ira que lo dominaba le impedía sentir frío. Lo mantenía en pie, vagando por
el bosque interminable como un proscrito. Sin que le importase lo más mínimo ser interceptado,
descubierto. Castigado o recompensado.
Ni siquiera sabía si su padre lo buscaba. Era probable que sí, aunque solo fuera para salvaguardar
el anonimato de la hermandad, a costa de su vida, por supuesto. A esas alturas, Lugh dudaba que
Alexander tuviera compasión de él.
Sería inflexible cuando lo encontrara. No se arriesgaría a ser delatado, ni siquiera por su propio
hijo. Le aplicaría la misma ley que al resto.
Tampoco le importaba.
Lo que llevaba arrastrando se parecía demasiado a la muerte, con la diferencia de que él aún
respiraba.
Aún pensaba.
Venganza.
Era la única palabra que lo mantenía en pie.
La única razón que lo llevó de nuevo a la cabaña, armado con una antorcha que logró encender,
aplicando sus conocimientos al respecto, y aprovechándose de un pequeño montón de ramas,
guarecido de la lluvia por una lona, que encontró en su deambular.
Si sus cálculos no fallaban, habían pasado dos días desde su encuentro con Clarice. Había faltado
a su cita, obviamente, pero se preguntó si ella seguiría yendo, en la esperanza de volver a verlo.
Si, por un azar del destino y de una conciencia que había demostrado no tener, la muchacha aún
deseaba tenerlo delante. Aunque solo fuera para mostrar honestidad y ser sincera con él.
—No se lo permitirías, admítelo —se recriminó a sí mismo, con una risa amarga que reverberó en
cada rincón del bosque—. La matarías antes de que lo intentara.
«No. Estás enamorado de ella. Por eso sufres tanto. Aunque lo único que querrías sería retorcer su
precioso cuello, le concederías el beneficio de la duda. Seamos francos: Alexander no es la clase de
hombre cuyos altos principios le impidan conducirse con mezquindad…».
Sí. Era probable que hubiera contemplado el escenario de un engaño muy bien urdido. Y en ese
caso, ¿qué haría?
—Lugh.
El sonido de aquella voz envolvente lo detuvo, a tan solo unos pasos de la puerta de la cabaña.
Allí, a tan solo unos pasos de él, Clarice lo observaba con cautela, y una chispa de esperanza que,
a pesar de sus esfuerzos por lo contrario, le caldeó un cuerpo que se había quedado tan frío como un
cadáver.
Llevaba un enorme ramo de flores entre los brazos, casi más grande que ella, que dejó en el suelo
para acercarse a él.
—No.
Lugh interpuso sus manos para evitar cualquier contacto, pero sobre todo, para paliar los efectos
humillantes de esa mirada, llena de compasión, con la que ella le recorrió de abajo arriba, hasta que
sus ojos se quedaron engarzados, como dos gemas preciosas indivisibles.
—Sé por qué no viniste ayer —comenzó Clarice, sin hacer ademán de moverse en ningún sentido—
. Te vi marcharte cuando tu padre y yo…
—¿Os besasteis? No, no te molestes en negarlo. Yo mismo lo vi —le reprochó con aspereza,
gesticulando tanto con la antorcha que llevaba encendida, para paliar la escasez de luz del atardecer,
que ella retrocedió por instinto—. Como comprenderás, no podía acudir a nuestra cita después de tu
engaño.
—No fue un engaño. Me forzó a hacerlo.
—No mientas, Clarice.
—Apareció en cuanto tú te marchaste y me amenazó con matarme si no renunciaba a ti. Pero de
pronto, su actitud pendenciera cambió de pronto…
—¡No mientas, maldita seas! —bramó, como una tempestad a punto de descargar sobre aquella
pobre incauta, que había osado engañarlo, desafiarlo en su propio terreno.
—Hablemos dentro.
Clarice no pareció afectada por su ataque de ira y penetró en la cabaña, dejándolo solo.
Mostrándole la espalda, en un signo inequívoco de confianza.
Sabía que no le haría daño. Y por Dios que tenía razón.
Lugh la siguió, pero se mantuvo a distancia. Aguardando aquello que ella tuviera que decirle,
como si fuera su propia sentencia.
La joven solo soltó un suspiro y dejó el ramo de flores sobre el catre donde se habían amado, para
afrontarlo a continuación, con una serenidad pasmosa.
—No miento —comenzó, señalando la ventana—. En ese momento no comprendí por qué, de
buenas a primeras, ese ser odioso pasó de estar a punto de arrebatarme la vida, a besarme sin mi
consentimiento. Fue después de que me soltara y volviera a advertirme de que desaparecería de la
faz de la tierra para siempre si me atrevía a continuar mi relación contigo, cuando me di cuenta de lo
que había ocurrido. Tu caballo estaba en la entrada. Cuando te reconocí, ya te habías internado en el
bosque, y tu padre se había marchado.
—No te creo.
—Es la pura verdad, milord. Mis sentimientos hacia ti siempre han sido tan puros como sinceros
y fuertes. Jamás te traicionaría, mucho menos después de haberme entregado a ti como lo hice.
El corazón de Lugh latía desaforado. Él intentaba descubrir algún signo que delatara su malicia,
sus intentos de manipularlo, pero no había nada oscuro en la expresión de Clarice. Solo su honestidad
acostumbrada. Solo esa mirada de devoción que le dedicaba con absoluta naturalidad, y que
comenzaba a hacer estragos en su firme convencimiento…
—Te amo, milord. —Él se sobresaltó cuando sintió la mano femenina abarcando su mejilla, con
tanta ternura que toda su voluntad de castigarla, comenzó a esfumarse como el humo—. Lugh, debes
alejarte de él. Te ha manipulado durante demasiado tiempo. No puedes seguir a su sombra. Ahora
eres un hombre. Puedes, y debes, enfrentarte a él.
—No. —Dios. Su mente era una niebla espesa entre la que intentaba abrirse paso, sin conseguirlo.
Retrocedió hacia la salida, mientras sacudía la cabeza—. Eres una mujer. Has usado tu cuerpo para
encandilarme, para vencerme, pero no lo has conseguido. Te has entregado a mí como una
cualquiera…
Trastabilló cuando al fin salió al exterior y cerró la puerta tras él, pero no se detuvo. Volvió a huir,
incapaz de infligirle el castigo que sin duda se merecía… ¿O decía la verdad? Desde luego, Alexander
podría haberle espiado para descubrirlos, y a continuación manipular la escena, asegurándose de que
él la contemplara y se hiciera una idea equivocada de lo que había sucedido. No sería la primera
mujer a la que extorsionaba sin piedad, ni sería la última.
Pero aquella había regresado en la esperanza de que lo encontraría, para hablar con él.
Para esgrimir su verdad.
Se detuvo en medio de ninguna parte, y se sujetó la cabeza con la mano libre, intentando aclarar
sus ideas.
Y de pronto, supo lo que tenía que hacer.
Las palpitaciones que le golpeaban el cráneo cesaron como por arte de magia. Incluso esa desazón
que parecía carcomerlo por dentro desapareció, cuando se irguió y volvió sobre sus pasos.
No titubeó, ni le tembló el pulso. Con pasos medidos, utilizó la antorcha para prender fuego a la
cabaña. La puerta seguía cerrada; no la abrió. Solo se apartó cuando las llamas fueron aumentando
en altura e intensidad, después de arrojar a ellas la antorcha, y toda su cólera.
—Al fin entras en razón, muchacho. Francamente, ya no se me ocurría nada más para alejarte de
ella. Matarla te hubiera puesto contra mí. Debía ser algo más… sutil.
Lugh se giró sobresaltado. A pocos pasos, su padre lo miraba con una sonrisa siniestra que no lo
alteró lo más mínimo.
—¿Sorprendido? No tanto como yo cuando descubrí la relación que te unía a esa fulana, te lo
aseguro —continuó hablando Alexander—. Supongo que la chica te contaría la verdad antes de
morir… Porque sí, la obligué a besarme porque sabía que tú nos verías. En definitiva, se convirtió en
mi medicina particular para curarte de tu peor enfermedad: la debilidad. Al acabar con ella, te has
convertido, al fin, en mi sucesor de pleno derecho. Felicidades.
No lo tocó, ni intentó acercarse más a él. Sin que su sonrisa desapareciera, se alejó, dejándolo solo
ante la macabra magnificencia de unas llamas que devoraban el lugar donde había pasado sus
instantes más felices.
Incapaz de hablar, Lugh solo pudo pensar.
Recordó las lecciones aprendidas a través de latigazos, de hambre, de violencia. La forma en que
lo obligó a renunciar a Finn y Lewis, los dos seres que le habían mostrado calidez en aquel lugar que
nunca fue su hogar.
Pero ya no era el niño que fue forzado a convertirse en una máquina infalible; era un hombre que,
a través de la brutalidad, había logrado convertirse en el único ser humano que había podido ser, a
través de una última lección: la traición era el único camino para la victoria.
Pues bien, la había aprendido. Para Alexander él no era su hijo, sino su herramienta más mortífera,
perfeccionada a su voluntad. Como cuando era niño, solo pudo dominar la impotencia que lo
dominaba de una manera: regresando a su estado emocional de indiferencia, mientras se prometía
que no pararía hasta terminar con su padre, de forma que él quedara libre de toda sospecha.
CAPITULO 13
—Debes poner mucho cuidado con esta sustancia. Es tan potente, tan peligrosa, que un solo fallo
podría transformarse en un error irreversible.
—No te preocupes, John. No fallaré.
El doctor sintió un involuntario estremecimiento cuando Lugh clavó sus oscuros ojos en él. Desde
que habían ayudado a extinguir el incendio que había arrasado una vieja cabaña de pastores, su
protegido no parecía el mismo. Todo rastro de emoción había desaparecido de él, No había vuelto a
hablarle de aquella florista que parecía capaz de sacarlo de su ostracismo, y él no había insistido. Pero
le preocupaba en qué se estaba convirtiendo. El ser implacable que tenía ante él, no parecía dudar
ante nada ni ante nadie. Su sangre fluía firme por sus venas, sin que existiera poder humano o divino
que pudiera influir sobre su sacrosanta voluntad.
—Muchacho, ¿te encuentras bien? —insistió.
—Alexander dice que estoy mejor que nunca.
—No le he preguntado a Alexander, sino a ti.
—Entonces, lo estaré en cuanto me enseñes lo que te he pedido, doctor —concluyó, con un deje de
amargura y una sonrisa torcida que le provocó otro escalofrío—. Adelante. Muéstrame cómo puedo
utilizar esa sustancia en particular. En pequeñas dosis, a ser posible. Y no te molestes en preguntarme
qué me traigo entre manos. Nunca te lo contaría.
—¿Ni siquiera si supieras que siempre tendrás mi fidelidad? ¿Aunque decidas convertirte en el
mayor asesino de la hermandad?
—Yo no lo decidí, pero es lo que soy. —Lugh levantó la cabeza de su tarea y le dedicó una fugaz
mirada, llena de un dolor que se esfumó con rapidez—. Aunque… te agradezco tus palabras.
—Agradécemelas contándome qué ha ocurrido. —John posó la mano sobre la suya y se esforzó
por mantener el contacto ocular, pero el joven lo eludió con maestría—. Por favor. Si vas a condenarte,
al menos déjame que vaya contigo.
—No alcanzo a comprender por qué quieres acompañarme.
—Porque eres lo más parecido a un hijo que nunca tendré. Porque sé que estás sufriendo. Y porque
apostaría todo lo que tengo, que es bastante poco, a que planeas algo contra tu padre.
Maldito fuera.
Malditos fueran todos por obligarlo a tomar una decisión tras otra, cuando no estaba de acuerdo
con ninguna.
Desde el incendio de la cabaña, se había esmerado tanto en aniquilar cualquier atisbo de emoción,
o sentimiento, que pudiera destruirlo, que incluso se había sorprendido de la rapidez con la que había
regresado a su estado anterior a Clarice. Sin embargo, aquel hombre vivaz y tranquilo conseguía
derribar sus defensas, como si estas estuvieran hechas de mantequilla.
Quiso pensar en él como en un aliado para sus planes más inmediatos, pero eso hubiera supuesto
terminar con su vida una vez los hubiera llevado a cabo.
Y él jamás podría asesinar a una persona como John. Ni aunque su parte oscura tomara posesión
de todo su ser al completo.
—No puedo —murmuró, contrito—. Si lo hago, correrás un peligro innecesario. Solo yo me meteré
en esto, y solo yo saldré.
John suspiró, dándose por vencido, pero no apartó su mano.
—Estaré ahí cuando te encuentres en apuros. Si necesitas un aliado que jamás abrirá la boca, lo
tienes delante… Pero si lo que deseas es un padre que te apoye, aun a riesgo de su propia vida,
también —concluyó con pena.
Lugh se concentró con más ahínco en la clase de ese día, solo para evitar fundirse con su profesor
en un abrazo que le permitiera mostrarse vulnerable…. Para volver a tolerar el amor, tal y como había
ocurrido con Clarice.
Pero hacía tiempo que Clarice ya no estaba con él, y si no quería que ocurriera lo mismo con John,
debía conducirse con mayor frialdad y meticulosidad que nunca.
Un error, podía costarles muy caro.
Al día siguiente, alegó un dolor de cabeza para evitar madrugar.
—Haré llamar a John para que te prepare alguno de sus mejunjes —refunfuñó Alexander cuando
preguntó por su falta a la hora del desayuno—. Si no bajas, no desayunarás.
En ese momento, lo que menos le importaba era llenar su estómago. Asintió y esperó
pacientemente a que Alexander abandonara sus dependencias privadas, pero no se quedó en las
suyas. Cuando John llegara y viera que estaban vacías, comprendería que algo vital acababa de
comenzar… para terminar en breve.
Sigilosamente, se introdujo en la recámara de su padre y se dirigió a los cajones de su cómoda,
donde guardaba el anillo de oro con el emblema de la flor de lis. Por regla general, se lo ponía después
de su café matinal. Como esperaba, lo encontró donde solía dejarlo, así que cerró la puerta con llave
y se dispuso a trabajar con la mayor rapidez posible.
Conocía la obsesión del lord por el tiempo. Su escrupulosa puntualidad, que siempre le había
exigido a él. Un vistazo a su reloj de pie le dijo que disponía de apenas un cuarto de hora hasta que
Alexander volviera a sus habitaciones.
Tiempo suficiente, si lograba controlar el temblor de sus manos cuando sacó la minúscula aguja
hueca, que llevaba en su interior un veneno inodoro de acción lenta que provocaba parálisis muscular
y finalmente asfixia. No era un veneno que dejara rastro, sino que reproducía los síntomas de un
ataque al corazón.
Le había costado demasiado tiempo y esfuerzo dar con el adecuado, y aprender a introducirlo en
un objeto tan pequeño como el que manejaba en ese instante, como para echarlo todo a perder por
unos ridículos nervios. Debía pensar en lo que significaba aquella flor de lis, grabada en el sello, para
Alexander. Poder, linaje, una legitimidad que él creía poseer. Un recordatorio constante de lo que
había intentado inculcar en él: ser un hombre de elevado status, sin ninguna debilidad.
Solo se había permitido el lujo de tener una, se recordó con saña mientras introducía la aguja en la
base del relieve de la flor de lis, en la parte interior del anillo. Y no podía acceder a ella.
Paciencia.
Debía atesorar grandes dosis, y ser un muy buen actor, para conseguir sus objetivos.
Regresó a sus dependencias antes del tiempo estipulado, justo cuando John las abandonaba,
confundido al no encontrarlo allí, y sí en las de su padre.
—¿Se puede saber qué estás haciendo, chico? —le recriminó en un susurro, arrastrándolo hasta su
dormitorio—. ¡Si tu padre te descubre en sus dominios…!
—No lo hará. Ni ahora, ni en un futuro.
—Entonces tu dolor de cabeza no era tal, claro.
—Era una excusa, pero todavía tengo cosas que hacer, así que si no te importa… Necesito vestirme
para la ocasión.
Era una manera educada de echarlo de su lado en un momento tan delicado como aquel. John se
lo tomó como él esperaba; abrió la boca, a punto de rechazar semejante ofensa, pero pareció
pensárselo mejor y se dirigió a la salida, sacudiendo la cabeza.
—No olvides lo que hablamos —insistió, antes de salir—. No estás solo.
«Gracias, John. Por todo».
Aquellas palabras se quedaron en su mente mientras él se vestía atropelladamente, para
encontrarse con su padre antes de que este terminara de desayunar. Sabía que John nunca lo delataría,
pero permaneció en su cabeza, junto con aquellos incómodos remordimientos, cuando irrumpió en
el salón de la mañana como un huracán, luciendo una sonrisa tan extraña a él mismo como su
comportamiento.
Alexander se estaba limpiando con la servilleta cuando clavó sus sorprendidos ojos en él, con todo
tipo de suspicacias que posiblemente le rondarían por la cabeza.
A Lugh no le importaban lo más mínimo. Solo le importaba que mordiera el anzuelo.
—Imagino que tendrás una razón poderosa para demostrar modales más propios de un mozo de
cuadra, junto con un aspecto que dista mucho de ser el de un hombre con jaqueca —le dijo,
poniéndose en pie muy despacio—. No pensaba que los remedios de John tuvieran una efectividad
tan rápida.
—Y no la tienen, señor. Cuando llegó, yo ya me encontraba mucho mejor. De ahí mi carrera. Quería
desayunar con usted, si no le resulta inconveniente.
—Me resulta, y bastante. Ya he acabado.
—Pero aún no se ha marchado, señor. —Se preocupó de que su sonrisa no disminuyera ni un ápice
cuando tomó asiento y dejó que la vieja Fiona le sirviera, sin apartar los ojos de su progenitor—. Y
me gustaría celebrar algo con usted. No ahora, por supuesto. Los dos tenemos cosas que hacer —
añadió, adelantándose a Alexander—. Pero sí esta noche.
—Ya veo. ¿Y qué hay que celebrar, si puede saberse?
Lugh dejó su taza de café y se levantó con parsimonia. Por dentro, todo él aullaba de furia asesina.
Clamaba justicia. Pero había aprendido a ser pragmático a fuerza de golpes. Él y su alma ya estaban
condenados; de nada servía jugar a ser honesto, cuando la pequeña parte de su corazón que todavía
latía, se hallaba tan corrompido como su mente.
Para la reencarnación del dios celta no había vuelta atrás. Pero todavía podía arrastrar a su
principal demonio con él en su caída.
—Mi sucesión —afirmó, acercándose a Alexander poco a poco. Con ese aire de superioridad que
tan bien había aprendido a exhibir cuando era necesario—. Mi bautismo como su legítimo heredero,
señor. Ya ha pasado tiempo suficiente como para que lo ocurrido en aquella cabaña haya quedado en
el olvido para los aldeanos. Nadie conoce nuestra implicación, ni las consecuencias que ha tenido…
excepto nosotros. Siento que ese orgullo que me demostró mientras observábamos las llamas, merece
un brindis muy especial, digamos, esta noche, después de la cena.
—Una especie de colofón. De guinda del pastel…
—Exactamente, señor. ¿Qué me dice?
Se sorprendió de lo convincente que había resultado su discurso. Alexander incluso pareció
considerarlo, todo un triunfo si tenía en cuenta su carácter desconfiado hasta la médula.
—De acuerdo. Nos veremos esta noche —concedió antes de marcharse.
Santo Dios.
Lo había conseguido.
Le había engañado.
Ahora solo quedaba esperar, confiar… Y rezar para que, aquella noche, Alexander Davies llevara
puesto el sello que representaba su vida… y su muerte.
CAPÍTULO 14
Nada diferenciaba aquella noche de las anteriores de la vida de Lugh.
Pero sí que la diferenciaría de las posteriores. Tanto, que surgiría un nuevo hombre, un nuevo
orden, que lo cambiaría todo.
No tuvo que repetírselo mentalmente mientras se preparaba frente al espejo de su habitación, sin
la ayuda habitual de Fiona. Necesitaba privacidad. Un disfraz perfecto de cara al exterior, que
cubriera por completo su verdadera naturaleza interior: la de una alimaña a punto de obtener su
presa más preciada, después de una larga y tortuosa persecución.
Su sed de sangre al fin se vería saciada, se dijo cuando bajó al salón, que su padre ya ocupaba, y
saludó con su habitual ceremonia.
—Buenas noches, señor. Siento el pequeño retraso, pero necesitaba ataviarme para la ocasión —
saludó.
—Eso me dijo Fiona cuando pregunté por ti. Espero que no siente un desagradable precedente. El
heredero de la jefatura suprema de la hermandad no puede permitirse el lujo de ser indolente con
ningún aspecto de su educación.
—No lo soy. —Sus ojos se fueron directos a los dedos de su padre. Casi se le detuvo el corazón
cuando vio que llevaba el anillo—. Creí que ya confiaba en mí, señor.
—Nunca confiaré en nadie distinto de mí, chico. Y tú deberías hacer lo mismo, si quieres seguir mi
estela con garantías de éxito. Es una de las lecciones más importantes que, espero, hayas aprendido
con los últimos acontecimientos.
El cuerpo entero de Lugh se tensó al escuchar su insinuación.
Hablaba de Clarice. De todo lo sucedido con ella.
Estuvo a punto de escupirle en la cara todo lo que pensaba acerca del tema. Todo lo que callaba.
Pero cada cosa en su momento, se repitió, hasta que poco a poco recuperó el control de sí mismo, para
seguir manteniendo aquella charada.
—Veo que hoy te agrada especialmente mi sello. —Apartó la mirada, pero ya era tarde. Su padre
se había percatado de su interés—. No te preocupes, chico. Pronto lo llevarás contigo. Brindemos por
eso.
—Brindemos, señor.
Levantó la copa para acercarla lo máximo posible a la de Alexander, situado en el otro extremo de
la mesa, y bebió, sin dejar de analizar cada reacción del hombre que tenía delante. Tan cerca y, a la
vez, tan lejos. Con un desparpajo provocado por la necesidad, se puso en pie y se encaminó hacia él,
con la copa en alto.
—Mejor así, señor —dijo—. La distancia suele ser un revelador indicativo de tranquilidad, pero
me siento tan pletórico, tan satisfecho con el resultado de sus… enseñanzas, que me siento incapaz
de permanecer en la distancia. Choquemos nuestras copas. —Antes de que su atónito padre pudiera
reaccionar, provocó ese tintineo alegre. Después, bebió un sorbo, conminando a Alexander a que
hiciera otro tanto—. Y ahora, sellemos nuestro acuerdo como un par de caballeros.
—No somos caballeros.
—Lo somos. Dos caballeros que se pasean por la oscuridad, planeando gobernar el mundo desde
su anonimato total. Solo aquellos que nos servirán, para después morir, podrán vernos el rostro. Es
la única concesión que haremos a los seres mundanos, que se encuentran muy por debajo de nosotros
en nuestro escalafón social —recitó con convicción, dejando la copa sobre la mesa para extender su
mano—. Adelante, señor. Sellemos nuestra identidad, el valor de nuestros retorcidos y eficaces
principios, con un apretón de manos, como corresponde a nuestra estirpe.
Pero Alexander se lo quedó mirando con suspicacia.
—Nunca has tolerado el contacto físico, a excepción de las putas en general, y de esa última, que
terminó convertida en cenizas, en particular —murmuró. Pero a continuación, se puso en pie y alzó
las cejas—. Pero, sin duda, esta ocasión bien merece una excepción. Sellemos esa identidad,
muchacho.
Aceptó su mano con aquella que llevaba el sello de oro.
Y con ello, firmó su fin.
En ese momento, la aguja oculta pinchó levemente el dedo de su padre, liberando el veneno.
Él ni siquiera se dio cuenta. Esbozó lo más parecido a una sonrisa que había lucido desde que lo
había arrancado de su hogar, y continuaron con el final de la cena y su celebración, hasta que el
cansancio se fue adueñando de él y se retiró a sus habitaciones.
Lugh permaneció de pie junto al hogar encendido cuando se quedó solo.
Aguardando una señal.
Esperando tal vez un milagro, que no tardó en producirse.
Cuando escuchó el golpe seco, se demoró adrede en llegar hasta el dormitorio de Alexander. A
juzgar por el grito que escuchó, Fiona se le había adelantado. Cuando llegó, se encontró con el ama
de llaves arrodillada junto al cuerpo inerte del lord.
La pobre mujer lloraba, sacudiéndolo para exigir que despertara, pero él sabía que el maldito
Alexander Davies había muerto.
No obstante, por si quedaba alguna duda, fue en busca de John.
Se lo encontró a medio camino. Él también había escuchado los lamentos de la criada. Solo
cruzaron una breve mirada antes de que el doctor examinara a su padre, para decretar su muerte por
un ataque al corazón. Tuvo que esperar a quedarse a solas con él, para que el buen profesor le dedicara
toda su atención.
—Lugh.
Fue todo lo que dijo. Sus ojos hablaron bastante más. Le formularon preguntas a las que él
respondió con un simple asentimiento.
Había aplicado su propia justicia, antes de abandonar para siempre cualquier sentimiento que
pudiera hacerlo débil. Había utilizado las propias herramientas de su padre—la obsesión con los
símbolos de poder, la crueldad y la deshumanización—para destruirlo.
—Su entrenamiento ha terminado —confesó, con la sangre fría que regiría su destino a partir de
entonces—. Me ha convertido en algo más que un simple asesino. Ahora puedo matar de una manera
limpia y silenciosa, tal y como él deseaba.
—¿Cómo…?
—Una diminuta aguja escondida en la parte interior del anillo. Al final, he usado lo que él me
enseñó, para quitarle la vida.
No sintió pena, ni remordimientos o culpa. Fue capaz de mirar el cadáver con una indiferencia que
solo podía derivar del dolor más profundo y prolongado, infligido con cruel asiduidad, hasta
insensibilizarlo.
Solo un pequeño suspiro escapó de sus labios cuando volvió su mirada de nuevo a John.
La única persona cuyo juicio podía importarle algo.
—Te acabas de convertir en su único heredero —fue lo único que escuchó—. En todos los campos.
Los aldeanos pronto lo sabrán.
—Eso espero.
—Tendrás que dejar este lugar para incorporarte al que te corresponde. Para siempre.
—Llevándome conmigo aquello que me sea más útil. Eso también lo espero.
John no replicó. Durante un minuto completo, ambos hombres cruzaron sus miradas.
Comprendiendo. Apoyando sin juzgar.
Después, lo abrazó con fuerza.
—No estás solo —repitió.
Para él, fue su juramento más preciado.
Y el último que le afectaría en lo que le quedaba de vida, se prometió en silencio.
CAPÍTULO 15
Años después…

El consejo general de la Hermandad de la Flor de Lis pasó a llamarse el Consejo de los Nueve,
formado por líderes cuya identidad se ocultaba tras la máscara de una flor de lis negra.
Él también la llevaba.
Era imperativo que los nuevos miembros desconocieran sus respectivas identidades. Sobre todo
después de la muerte de su padre, cuando él tuvo que asumir el completo de sus responsabilidades.
Debía llevar hasta el límite cada uno de los principios que regían la hermandad. Entre ellos, una
limpieza de sangre, esencial para acceder a los principales puestos de poder, tanto políticos como de
cualquier otro orden, en la seguridad de que los miembros que lo lograban podían presumir de unas
raíces nobles intachables.
Nadie conocía sus propias raíces. Había pasado tanto tiempo, que había olvidado el fango del que
un día, el cruel Alexander Davies lo había rescatado, para convertirlo en la criatura cruel, inhumana
e inflexible que estaba orgulloso de ser. Su pasado le era tan ajeno como esos sentimientos que, un
día, amenazaron con volverlo vulnerable, humano. Propenso a sensaciones como el amor, la
generosidad…
Nada que pudiera beneficiarlo.
La muerte de Alexander supuso su último punto de inflexión. A partir de ahí, no se permitió ni un
solo error más. Debía aparecer como el dios supremo que era ante los simples mortales, a los que
utilizaría para llegar a lo más alto, cambiando el orden establecido; incluso el curso de la historia, tal
y como sus antecesores habían hecho desde el origen de la hermandad.
No tenía límites, pero sí diversos estratos por debajo del Consejo. Creó la figura de Los Custodios,
aristócratas ingleses que actuaban en sociedad, manipulando matrimonios, herencias y alianzas, para
abrir caminos a la hermandad. Y por último, estaban Los Manos Negras: asesinos y espías a sueldo,
encargados de eliminar obstáculos. Estos siempre gozaban de las simpatías de Lugh, precisamente
porque podía mostrarse ante ellos como realmente era, sin miedo a ser delatado. Por regla general,
siempre terminaban de la misma manera cuando sus servicios ya no eran requeridos: en el fondo del
Támesis, con una enorme piedra atada a los pies.
Ese era el hombre implacable, que no dudaba en quitarse de en medio a todo aquel que no servía
a sus propósitos, como si fueran meros peones en su juego de ajedrez.
Un juego que comenzaba a ser muy peligroso.
—Napoleón ha decretado un bloqueo continental —le decía John, de camino a su nueva residencia,
donde lo esperaba su nueva y flamante esposa. Una mujer sumisa, alegre y complaciente, que no
sospechaba nada de su doble vida—. Ha prohibido el comercio con Inglaterra con la única intención
de debilitarnos.
—¿Y qué es lo que la corona ha rexuelto a cambio?
—Demostrar que somos superiores por mar. —El doctor se había convertido en la única persona
a la que él podía llamar «amigo», además de su informante más fiable—. Está considerando participar
en la guerra entre España y Francia…
—Apoyando a España, como es lógico.
—Exacto. Espera que sus socios contra Napoleón, Rusia, Suecia, Austria y Nápoles, lo entiendan.
—Y si no lo hacen, nosotros les persuadiremos. —Estaba cansado de lidiar con tantos frentes
abiertos, pero su mente calculadora no dejaba de elucubrar, con un índice de acierto tan alto que,
ciertamente, los integrantes de la hermandad ya creían que sus orígenes eran divinos—. Pero eso será
mañana. Hoy… Hoy quiero saber cómo está, antes de llegar a mi casa.
—Bien. Pero puedes comprobarlo por ti mismo si quieres.
Lugh le lanzó una mirada ansiosa.
Acto seguido, se asomó por la portezuela e indicó al cochero que cambiara el rumbo.
John no lo contradijo. Con una sonrisa de complicidad, se limitó a esperar a que llegaran a su
destino. Contempló con una sonrisa cómo el lord se apeaba y casi corría hacia la entrada de la modesta
casita, situada en mitad de la campiña, sin vecinos alrededor que molestasen la apacible existencia de
su única ocupante.
El corazón de Lugh solo latía cuando la tenía entre sus brazos. En esos momentos, se permitía el
lujo de imaginarse como un hombre normal, con una vida sencilla, sin preocupaciones ni
maquinaciones retorcidas, en compañía de la única mujer a la que había amado y amaría siempre…
Aunque fuera a su manera.
—Clarice.
Solo tuvo que pronunciar su nombre para que la mujer en cuestión dejara la leña que tenía en los
brazos, y corriera a los de él, con un grito de júbilo.
Cada vez que la veía, recordaba su victoria absoluta sobre Alexander. El modo en que le habían
hecho creer que había perecido en aquel incendio, solo para permitirle un margen de tiempo,
necesario para perfeccionar su plan. Siempre supo que ella no se encontraba dentro de aquella cabaña
cuando le prendió fuego. Fue su secreto mejor guardado… y el de la propia Clarice. Aceptó alejarse
de él por tiempo indefinido, demostrando su amor incondicional.
Un amor que él seguía sin merecerse. Y seguía sin poder renunciar a él.
Cuando pasó el tiempo de luto adecuado por la muerte de su padre, y tomó posesión de la inmensa
fortuna que le había legado, fue en su busca, dispuesto a retenerla a su lado… con todas las
limitaciones que su nueva posición le imponía.
—No podré casarme nunca contigo, Clarice —le advirtió, después de implorarle que siguiera a su
lado. Amándole. Comprendiéndole. Respetando todos los secretos que llevaría siempre con él—. El
escándalo sería tan grande, que nos marcaría para siempre. A nosotros y a nuestros hijos.
Por fortuna, no habían tenido ninguno, pero ella aceptó ser su amante, recluida en aquella casita,
con todo tipo de lujos y una vida placentera, a la que él acudía cada vez más a menudo.
Ella representaba la paz. Las reminiscencias de un pasado que le abría sus puertas a sus mejores
momentos cuando acudía a su lado. Con Clarice no había reproches, ni preguntas indiscretas. No
había exigencias de más. Solo peticiones que eran cubiertas con creces.
Solo amor incondicional, que siempre crecía.
—Clarice… —repitió, cuando al fin pudo besarla como ansiaba, antes de apartarla para contemplar
la lozanía de un rostro que parecía no advertir el paso del tiempo—. Siento mucho mi larga ausencia.
—¿Larga? Solo has estado fuera tres días, milord.
—Todo un mundo para mí. Sobre todo ahora, que tengo que dejarte de nuevo en manos de John.
Mi esposa y mis deberes me reclaman. —Había quedado claro desde hacía tiempo que su matrimonio
de conveniencia solo le reportaría beneficios sociales y económicos. No había amor, aunque su esposa
creyera lo contrario. Estaba convencida de que él la quería. Pero él solo quería a una mujer—. Sabes
que si estoy con ella, solo pienso en ti, ¿verdad?
—Siempre lo he sabido.
—Y que mi amor es para ti…
—Más te vale —bromeó, sellando su afirmación con un beso que le quitó el sentido—. Tranquiliza
a tu conciencia. Nunca te he pedido más de lo que has podido darme, y así seguirá siendo. Eres mío
en cuerpo y alma, Lugh Davies. Solo conmigo utilizas tu verdadero apellido. Solo yo puedo
domesticar a la bestia que llevas dentro. Eres mío —repitió, con tanto convencimiento que él se
estremeció—. Dios no ha bendecido nuestra unión con un hijo, pero tampoco la que mantienes con
tu esposa. No hay descendientes que sufran el estigma de la bastardía.
—No sufrirán como yo.
—Pero tú puedes seguir siendo feliz… conmigo.
Lugh asintió, tomándola de la mano para entrar en el que sí consideraba su hogar, mientras John,
su carruaje y todos los problemas esperaban fuera.
Todo su universo tendría que pararse mientras ellos disfrutaban de su amor sin trabas, pensó.
Después…
Después, la Hermandad de la Flor de Lis, con un bastardo como jefe supremo, extendería sus
tentáculos hasta dominar el mundo.
No importaba el tiempo que invirtiera en ello, ni los medios empleados o las vidas que quedarían
en el camino.
El siniestro legado de su padre había echado raíces en él de forma irremisible.
Su parte oscura dominaría el mundo… Siempre que Clarice incentivara sus luces, permaneciendo
para siempre a su lado.

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