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Diario de una asesina: esperanza y locura

El libro aborda la lucha interna de una persona que se siente atrapada en su dolor y desesperación, recordándole que siempre hay esperanza a pesar de las circunstancias. A través de capítulos que exploran la angustia, el bullying y la locura, se narra la historia de alguien que enfrenta sus demonios y busca una salida a su sufrimiento. La protagonista se encuentra en un ciclo de violencia emocional y física, lo que la lleva a un punto crítico donde debe confrontar su realidad.
Derechos de autor
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Diario de una asesina: esperanza y locura

El libro aborda la lucha interna de una persona que se siente atrapada en su dolor y desesperación, recordándole que siempre hay esperanza a pesar de las circunstancias. A través de capítulos que exploran la angustia, el bullying y la locura, se narra la historia de alguien que enfrenta sus demonios y busca una salida a su sufrimiento. La protagonista se encuentra en un ciclo de violencia emocional y física, lo que la lleva a un punto crítico donde debe confrontar su realidad.
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SSSS

Para todos aquellos que sienten que se están hundiendo. Para quienes
no pueden ver la salida, pero aún respiran. Este libro es para ti, para
recordarte que aún hay un "antes", un camino por recorrer, y que tu
historia no tiene que terminar aquí. No estás solo/a, y siempre hay
esperanza, incluso cuando parece que todo se desmorona.
Índice
Prólogo
Capítulo 1: En el filo de la navaja
Capítulo 2: Susurros en la oscuridad
Capítulo 3: El peso del alma rota
Capítulo 4: El juego de las sombras
Capítulo 5: Miradas vacías
Capítulo 6: La fragilidad de la locura
Capítulo 7: Un corazón sangrante
Capítulo 8: Entre la mentira y el abismo
Capítulo 10: Sangre en la piel
Capítulo 11: El último suspiro
Epílogo
Prólogo:
El suelo bajo mis pies cruje como si la tierra misma quisiera
tragarme. Sus voces flotan en el aire, a lo lejos, como ecos de
una pesadilla. Sé que están ahí, vigilándome, observándome.
Pero no puedo verlos. Quizá nunca los vea de nuevo.
El miedo corre por mis venas, pero también algo más. Algo
que nunca sentí antes. Rabia. Y la necesidad de que todo
termine, de una vez por todas.
Los recuerdos vienen a mí en fragmentos rotos: sus caras, sus
risas. Sus palabras. Pero ¿fui yo la que hizo esto? ¿Fui yo quien
rompió todo? No puedo confiar en mi mente. Ya no sé qué es
real.
Solo sé que en algún lugar, muy dentro de mí, hay una verdad
que no quiero recordar. Y si sigo adelante, si sigo buscando, tal
vez esa verdad me destruya aún más.
Capítulo 1
“En el filo de la navaja”
La oscuridad me rodea, pero no la temo. El silencio es lo que me
inquieta, lo que me desgarra por dentro. Los latidos de mi corazón
resuenan en mis oídos, como un tambor frenético que marca el ritmo
de lo que está por venir. No hay escape, no hay lugar al que huir.

Él está delante de mí, su rostro distorsionado por una mueca cruel, la


misma expresión de siempre. Pero ya no es él. Ya no es el chico que
me hacía sentir pequeña, insignificante. No. Ahora es una sombra, una
versión de él que solo yo puedo ver. Sus ojos me perforan, como agujas
afiladas que atraviesan mi piel, mi alma.

No sé cómo llegué aquí. No sé cómo llegué a este lugar donde las


sombras toman forma, donde la realidad se disuelve. Todo está
borroso. Solo puedo ver su cara, escucharlo reír mientras se acerca, tan
cerca que puedo sentir su aliento en mi cuello. Y de repente, el miedo
me paraliza, pero una chispa dentro de mí se enciende, una necesidad
primitiva. ¿Por qué no yo? ¿Por qué no terminar con esto de una vez?

Un paso. Dos pasos. Mi mano tiembla. Me encuentro sosteniendo algo


frío, algo duro. ¿Un cuchillo? ¿Un arma? No lo sé. Solo lo sé porque
lo siento en mi palma. Está ahí. Siempre estuvo ahí, como una
extensión de mí misma. Y en ese instante, sin pensarlo, sin detenerme
a cuestionar la realidad, lo clavo en su pecho.
El grito es ensordecedor. O tal vez no lo es. Tal vez solo está en mi
cabeza. Pero el cuerpo cae, el peso de su cuerpo me aplasta contra el
suelo, y sus ojos vacíos me miran, vacíos como siempre, como nunca.

Mis manos están cubiertas de algo rojo. ¿Es sangre? ¿Es real? Todo se
vuelve confuso. Mi respiración es un susurro errático, y por un
segundo, la imagen de su rostro se desvanece. Ya no está ahí. Solo yo.
Solo yo y el eco de mi propia locura.

"¡No… no soy yo!" susurro, pero nadie me responde. Solo el silencio.


Solo la oscuridad. Pero sé lo que he hecho. Lo sé en lo más profundo
de mi ser.

Y en ese momento, la verdad se me escapa: ya no hay vuelta atrás. El


final ha comenzado.

El aire se siente espeso, como si todo el peso del mundo cayera sobre
mí. El sonido de mi respiración se mezcla con el eco de mis pasos
apresurados. No sé a dónde voy, pero mi cuerpo se mueve por inercia.
Hay algo caliente en mis manos, algo que no puedo dejar de mirar. La
sangre. La sangre de él.

Mis pies se deslizan sobre el suelo, y cada paso se siente más pesado
que el anterior. No puedo dejar de temblar. Mis piernas ceden, y caigo
al suelo. Un llanto sordo sale de mi garganta, pero no lo reconozco
como mío. No lo sé. Ya no sé nada.

Mi mente se acelera, mis pensamientos se mezclan, se distorsionan.


¿Qué acabo de hacer? ¿Cómo llegué aquí? Todo está en sombras,
borroso. Sus risas siguen resonando en mi cabeza. La verdad se escapa
entre los dedos de mi conciencia, y lo único que sé es que estoy
corriendo, huyendo, alejándome de lo que acabo de hacer.

¿Por qué lo hice?

No hay respuestas. Solo el caos. Solo el vacío.

Al llegar a un callejón oscuro, me detengo a tomar aire. El frío me


golpea, pero no me calma. Mis manos tiemblan tanto que casi no
puedo mantener el control. El filo del cuchillo aún está en mi memoria,
la sensación de su carne cediendo bajo mi presión. Mis ojos se nublan,
y por un momento, me siento perdida, como si todo a mi alrededor
fuera un sueño.

¿Qué ha pasado? ¿Cómo llegué hasta aquí?

Me dejo caer al suelo, mis rodillas se golpean contra el cemento frío.


Cierro los ojos, intentando recordar algo, alguna explicación, algo que
haga sentido. Pero solo hay recuerdos rotos, fragmentos que no
encajan. Mi respiración es errática, y la sensación de desesperación me
ahoga.
Lo vi venir. Las voces en mi cabeza me dicen que ya lo sabía, que no
era una sorpresa. Pero la verdad se diluye y se mezcla con las sombras.

Y entonces, como un susurro lejano, los recuerdos vienen a mí, uno


tras otro, como una película antigua que nunca se termina. El bullying.
Las risas. Las caras de mis compañeros, cada una más cruel que la
anterior. Las miradas despectivas, las palabras afiladas, los empujones.
Ellos nunca lo entendieron. Nunca entendieron lo que me hacían.

El primer día en que todo cambió.

"Vas a ser nada", me dijeron. "Vas a ser invisible".

Al principio, no me di cuenta. Pensé que solo era un juego. Pero con


cada día, con cada palabra cruel, con cada empujón, algo se rompía
dentro de mí. Algo que no podía ver, pero que lo sentía. Me aislaban,
me ridiculizaban, me hacían pequeña. Cada día me sentía más sola.
Más vacía.

Y entonces las voces llegaron. Primero un susurro, luego un grito. Las


risas seguían. No estaba segura de si las escuchaba realmente o si solo
existían en mi cabeza, pero poco a poco, mi realidad empezó a
desmoronarse. Los episodios empezaron con pequeñas alucinaciones.
Al principio, veía sus caras en la multitud, luego en mi habitación,
incluso cuando cerraba los ojos. Los veía en todas partes.
¿Quién soy? ¿Qué me está pasando?

Recuerdo que traté de hablar con alguien, pero todo parecía tan…
lejano. Nadie me escuchaba. Ellos pensaban que estaba exagerando,
que era solo una etapa. Pero no lo era. No lo era. La violencia se fue
acumulando, y algo en mí comenzó a cambiar. Ya no podía controlar
lo que pensaba, lo que veía. La realidad y la locura se confundieron.

Y luego, ese día, todo explotó. Fue como si algo dentro de mí se


rompiera de una vez por todas. Fue el momento en que todo lo que
había guardado dentro de mí salió a la superficie. El cuchillo en mi
mano fue la última respuesta. Y aunque creí que lo hacía para acabar
con ellos, lo que realmente estaba buscando era acabar con lo que
había dentro de mí.

Cuando llego a la puerta de la casa, el silencio me recibe como siempre.


Pero hoy, hay algo diferente. El aire está denso, tenso, como si todo
estuviera esperando a estallar. El zumbido de la televisión se oye desde
el pasillo, pero no puedo ver nada.

Al entrar, mi madre está en la sala, encendida por una furia que


reconozco al instante. Lo veo en su mirada.

"¡¿Dónde has estado?!", grita, levantándose del sofá. La pregunta suena


más como una acusación. ¿Por qué no me espera en paz?
Mis pies se quedan pegados al suelo. No sé qué hacer, no sé qué decir.
La rabia en su voz me atraviesa como un cuchillo. Pero no importa.
No lo entendería. Ni ella ni nadie.

Estoy tan cansada de todo esto.

"¡Es tarde! ¡¿Te has olvidado de que tienes una casa a la que llegar?!"

Ahí está, la culpa. Pero también la ira que ya no puedo reprimir. El


dolor se mezcla con la rabia. Solo intento mantener la calma, pero mi
respiración se acelera.

No sé cómo ha sido posible, pero cuando me doy cuenta, su mano ya


está levantada. Golpea mi mejilla con fuerza. El contacto es seco, duro,
como si la tierra misma estuviera castigándome. El golpe me
sorprende, pero no lo siento. Solo el calor de mi piel quemada por el
impacto, como si la humillación fuera mi destino final. Es la misma
escena que siempre hemos vivido, pero hoy es diferente.

Lo que no espero es la risa de mi padre desde el rincón oscuro de la


sala.

"Sydney... ya no hagas caso de ella", dice, con la voz entrecortada. El


alcohol lo tiene atrapado. Viene de un rincón, tambaleándose, con los
ojos vidriosos, el olor a licor apoderándose de su aliento.
"Estás como siempre... no tienes por qué dar explicaciones", añade con
una risa tonta, casi despectiva.

Su presencia, ebria y vacía, lo dice todo. Nada de lo que diga tiene


sentido. Mi madre lo mira con asco, pero no le responde. Ya no hay
palabras entre ellos, solo gritos.

Es como si me estuvieran empujando más al abismo.

Intento respirar profundo, pero todo dentro de mí tiembla. ¿Por qué


siempre es así? ¿Por qué siempre soy la culpable?

"Vete a tu habitación", me ordena mi madre, después de un largo y


pesado silencio. No quiero ir. Quiero quedarme, decir algo. Pero ya
no tengo fuerzas para hablar.

Camino lentamente hacia las escaleras. El dolor de la mejilla sigue


punzante y el sonido de las risas de mi padre me hace sentir aún más
pequeña. La casa ya no es un hogar. Es una prisión.

Cierro la puerta de mi habitación. El sonido sordo de la cerradura me


da algo de paz, aunque sé que es solo temporal.

La luz de la lámpara parpadea sobre la mesa junto a mi cama. La


botella de antidepresivos está allí, esperándome, casi riéndose de mí.
He pasado tanto tiempo buscando una salida, una forma de
desconectarme de todo. Pero sé que nunca será suficiente. Nada lo
será.

Con dedos temblorosos, tomo el frasco, lo abro, y comienzo a tragar


las pastillas. Una tras otra. Cinco, diez... las trago sin pensar.

El mundo comienza a desdibujarse. La tormenta en mi cabeza se


calma, al menos por un momento. El sonido del aire parece más leve.
Todo es menos nítido, más lejano. Y, por fin, me dejo caer en la cama.

Mis ojos se cierran. Pero, en el fondo de mi mente, siento que algo


sigue persiguiéndome. El vacío que siempre siento se expande. Y la
verdad se escapa entre mis dedos. ¿Qué acabo de hacer?
Capítulo 2:
“Susurros en la oscuridad”

El sonido de las campanas del colegio me arrastra de regreso al


mundo real, pero me siento como si estuviera bajo el agua. Todo a mi
alrededor es borroso, distante. La multitud de estudiantes llenando los
pasillos solo aumenta el peso en mi pecho. No quiero estar aquí, pero
no tengo más opción que avanzar.

Las caras se cruzan conmigo, algunas indiferentes, otras burlonas, otras


simplemente vacías. No espero nada de ellos, pero aún así, me sigue
dando escalofríos verlos. Cada uno de sus murmullos se convierte en
un cuchillo afilado que se clava en mi piel, incluso sin que digan nada
directamente.

"¿Viste a Sydney?", susurra alguien cerca. "Parece que ni siquiera se da


cuenta de lo que hace."

La risa ahogada es mi única respuesta. Me ignoran. Me atacan sin


piedad. Como si fuera un cadáver que aún camina, sin valor alguno.

Tyler está allí, como siempre. El chico más popular, el líder de la


escuela. Todos lo miran con adoración, y yo solo trato de evitarlo, pero
no puedo. ¿Cómo podría? Cada vez que lo veo, siento un nudo en el
estómago, una mezcla de miedo y algo que no logro identificar.
Él se me acerca mientras camino por el pasillo, como siempre, como
un fantasma que se esconde tras una sonrisa falsa. "Vas a llegar tarde
otra vez, ¿verdad?" me dice en voz baja, lo suficientemente fuerte para
que mis compañeros lo oigan.

No respondo. Solo aprieto los puños y sigo caminando, con la cabeza


baja.

"¿Sabes que te ves patética, Sydney?", añade, con una sonrisa burlona.
Los demás ríen, pero hay algo en sus ojos que me descoloca. ¿Es odio?
¿Es diversión? No lo sé.

Me voy a mi asiento rápidamente, sin querer escuchar más. Todo


parece volverse más pesado. Los murmullos, las risas, las miradas…
todo se mezcla en un ruido ensordecedor en mi cabeza. Lo peor es
que no puedo escapar de él. De Tyler.

Me siento en mi pupitre y trato de concentrarme en lo que la profesora


está diciendo, pero las palabras se me escapan. Las hojas del cuaderno
se vuelven un borrón, los números parecen bailar sobre la página.
¿Qué estaba escribiendo? ¿Acaso alguien me está mirando? ¿O es
todo una ilusión?

Y entonces, el primer escalofrío me recorre la espalda. El frío es como


un filo cortante que entra en mi piel. Alzo la mirada y veo que todos
me observan. ¿Me están mirando? ¿Todos? La clase se distorsiona,
como si estuviera viendo a través de un vidrio empañado. La profesora
está hablándome, pero sus labios parecen moverse demasiado rápido,
como si intentara devorarme.

"¿Sydney?" Su voz se distorsiona, se vuelve una amalgama de ruido. No


puedo concentrarme. No puedo escapar. Mi corazón late tan rápido
que me ahogo. Las paredes se están acercando, el aire me falta.

"¡Sydney!"

La voz se vuelve más fuerte, más urgente. Miro a mi alrededor, y todo


parece cambiar. Los rostros de mis compañeros ya no son los mismos.
Se distorsionan, se deforman, como si fueran máscaras de personas
que ya no conozco. Las risas ya no son solo risas. Son gritos.

"¿Qué está pasando?" La pregunta se escapa de mi boca antes de que


pueda detenerla. Los murmullos de la clase se convierten en ecos
repetidos que me aprietan el pecho. Todo está fuera de lugar. Los ojos
de Tyler me miran, pero no son los de antes. ¿Son sus ojos?

Siento un fuerte zumbido en mis oídos, mi cabeza da vueltas. No


puedo respirar.

"¡Sydney, despierta!" La voz de la profesora es un grito, pero es lejano,


como si viniera de otro mundo.

Y entonces, el caos se detiene.


Todo está en silencio.

Me levanto de golpe, mis manos temblando, mi cuerpo mojado en


sudor. ¿Qué acaba de pasar? Todo lo que veo, todo lo que siento, se
vuelve confuso, como si no fuera real. Estoy aquí, ¿no?

La profesora me observa con preocupación, pero sus ojos me dicen


algo más. No estoy segura de lo que es.

La campana suena y los estudiantes empiezan a salir, ignorando lo que


acaba de ocurrir. Tyler se me acerca de nuevo, esta vez con un tono
bajo, como si no quisiera que nadie lo oyera.

"No fue tan difícil, ¿verdad?", dice, aunque su sonrisa ya no es burlona,


sino más… tensa. Algo en su voz me hiela.

¿Qué quiere? ¿Por qué me habla así?

No quiero escuchar, no quiero mirar, así que simplemente me voy,


arrastrando mis pies como si mi cuerpo estuviera en otro lugar. No
puedo quedarme aquí. El eco de la pregunta resuena en mi cabeza:
¿Qué he hecho?

El ruido del recreo me abruma como siempre. Los estudiantes se


agrupan en pequeños círculos, riendo, hablando, corriendo, como si
todo fuera un juego. Yo, en cambio, estoy aquí, en este rincón solitario
del patio, comiendo mi sándwich sin ganas. Las voces a mi alrededor
me atraviesan como agujas, pero no me atrevo a moverme. Este lugar
está lleno de gente que me observa, aunque no lo admitan.

Mastico lentamente, buscando en mi mente algo que me distraiga, algo


que me haga sentir menos fuera de lugar. Pero la voz de Tyler resuena
en mis pensamientos, como una sombra que no puedo quitarme de
encima.

"¿A dónde vamos a hacer la fiesta?", escucho que pregunta una chica
popular. Sus palabras flotan en el aire, como si estuvieran destinadas a
llegar a mis oídos.

"No sé", responde un chico de cabello rubio y brillante. "Pero seguro


será épico. ¡A nadie le importaría que Sydney no venga, verdad?"

El sonido de la risa me atraviesa, como si me estallara en los oídos. Mi


pecho se aprieta. ¿Por qué siempre tienen que hablar de mí así? ¿Por
qué siempre soy la broma? Mis manos se tensan alrededor del
sándwich, pero no lo trago. El aire se hace más espeso.

"Seguramente ni siquiera sabe que hay fiesta", dice otra chica con tono
de burla. La risa es insoportable. Como si cada palabra estuviera
dirigida directamente a mí, cada carcajada un cuchillo que se clava en
mi carne.
Intento concentrarme en algo, en cualquier cosa que no sea eso, pero
es inútil. La distorsión empieza, como si las voces se alargaran, se
retorcieran y se hicieran más grandes. Las caras de las personas
comienzan a desdibujarse, como si estuvieran hechas de humo. Mi
respiración se acelera. El sándwich cae de mis manos, el ruido del patio
se vuelve lejano, distante.

Y entonces, una voz más se une al coro, pero esta no proviene de los
chicos populares. Es otra voz, una nueva, un susurro que no proviene
de ninguna parte.

"¿Has escuchado sobre el asesino en serie?", murmura una voz grave.


"Dicen que está cerca... que se esconde entre nosotros."

La realidad se distorsiona aún más, como si el aire mismo estuviera


siendo presionado, estrujado, y cada palabra que escucho se convierte
en una pesadilla. ¿Qué es esto? ¿De dónde viene esa voz? Las
carcajadas de los chicos populares se mezclan con el susurro, creando
un sonido que se repite, que me persigue. Como si el asesino estuviera
en todos lados. Como si el monstruo que tanto temo pudiera estar a
solo un paso de mí.

"Dicen que es alguien del colegio. Que ya ha matado a... a varios",


continúa el susurro, y cada palabra se hace más densa, más oscura. ¿Es
real? ¿Está pasando ahora mismo?

Miro alrededor, buscando a la fuente de esa voz, pero nadie parece


haber hablado. Todos siguen conversando entre sí, riendo,
ignorándome. ¿Soy yo la que está perdiendo la cabeza?
Mi mente se tambalea. ¿Qué es real? ¿Qué no lo es? Los rostros de
los chicos populares se distorsionan nuevamente, sus sonrisas se
convierten en máscaras de algo más oscuro. ¿Son ellos? ¿Acaso todos
son cómplices de algo más grande?

Me levanto de golpe, el pánico apoderándose de mi cuerpo. No puedo


quedarme aquí. No puedo. Todo gira alrededor de mí. Me están
observando. El asesino está cerca, y no sé quién es, ni si estoy viendo
lo que realmente está pasando.

Mis piernas no responden. Mis pies se mueven sin que yo los controle,
empujando a otros estudiantes a medida que paso por su lado. Las
voces siguen llamándome, pero ya no sé si son reales o si las estoy
inventando.

"¡Sydney!" escucho a alguien gritar. Es la voz de Tyler, pero esta vez su


tono no es burlón. Es casi… preocupado. ¿Por qué? ¿Por qué ahora
parece preocupado? ¿Será que me está jugando una nueva broma?
Al salir del comedor, veo a Tyler apoyado contra una pared, su mirada
fija en mí. Me cuesta no evitarlo. No quiero mirar, pero sus ojos
parecen seguirme.

"Sydney", dice su voz, suave y casi como si tratara de llamar mi atención.


¿Por qué ahora? ¿Por qué después de todo lo que me ha hecho?

Me quedo quieta, con los puños apretados a los lados, intentando no


reaccionar. No quiero saber qué tiene que decirme.
"¿Te ha ido bien hoy?", pregunta, cruzándose de brazos mientras me
observa como si estuviera esperando una respuesta.

Levanto una ceja, sin mostrar ninguna emoción en mi rostro. "¿Te


importa?" Suelo evitarle, pero su presencia aquí, tan cercana, me pone
incómoda.

Tyler sonríe, pero no de la manera que lo hace con los demás. Es


diferente. Su tono es más suave, menos burlesco. "Solo quiero saber si
te encuentras bien. Parecías un poco perdida en clase."

Me río, pero no con amabilidad. "Eso no es tu problema." Me doy la


vuelta para irme, pero él da un paso más cerca, bloqueando mi camino.

"Siempre tan cortante, Sydney", dice con una pequeña sonrisa. "Pero
me gusta. No tienes miedo de decir lo que piensas."

Muerdo mi labio para contener una respuesta mordaz. No quiero que


siga hablando, pero algo en su actitud me irrita aún más.

"¿Qué quieres de mí?", respondo finalmente, mi voz apenas un susurro


cortante. No tengo tiempo para juegos.
Tyler se queda en silencio por un momento, su sonrisa se desvanece
por un segundo, y su mirada se vuelve más intensa. "Nada, realmente.
Solo… quiero que sepas que no eres invisible para mí."

Sus palabras me golpean de manera extraña. ¿Qué está insinuando?


¿Ahora quiere jugar a ser el chico bueno?

"Déjame en paz, Tyler", digo con firmeza, empujándolo suavemente


para poder pasar. Mi cuerpo me pide distancia, pero él sigue
mirándome, sin moverse.

"Te veré luego, Sydney", murmura, pero su voz tiene algo de


melancolía, algo que no entiendo.

Lo ignoro, girándome para alejarme lo más rápido posible.


El ruido en mi cabeza aumenta. Las voces ya no son solo un murmullo.
Mi corazón late más rápido, mi respiración se vuelve errática.

"¿Vas a quedarte ahí parada?", dice una voz que no es mía, rasposa,
como si viniera de muy lejos. No soy yo.

"¿Vas a seguir siendo débil?", la voz persiste, más clara, más cercana.
Mis pies se mueven sin que yo los controle.

"Ve a la fiesta. Haz lo que nadie espera de ti."

Mi cuerpo avanza por sí solo, mis manos empiezan a sudar. No quiero


ir, pero no puedo detenerme.

"Demuestra quién eres realmente. Hazlo."

Siento el control desvanecerse, como si estuviera atrapada dentro de


mí misma. Mi mente grita, pero mis piernas siguen caminando,
impulsadas por algo que no reconozco.
Llegué a mi casa sin recordar cómo, como si estuviera flotando. ¿Por
qué estoy haciendo esto? Mi mente no para de gritarme que no lo haga,
pero mis manos ya están tomando la ropa que encontré, vistiéndome
sin que yo lo decida. ¿Qué me está pasando?

El sonido de mi respiración se amplifica en el baño, y me miro en el


espejo, esperando ver a la misma chica que siempre ha estado ahí. Pero
lo que veo no soy yo. ¿Es esto mi rostro?

El reflejo no es el mío. Mi piel está pálida, demasiado pálida. Mi boca


se curva en una sonrisa extraña, una sonrisa que no reconozco, que me
da miedo. Mis ojos... mis ojos están vacíos, como si algo se hubiera
llevado mi alma.

Mi cuerpo se mueve, como si alguien más estuviera al mando. No soy


yo. La chica en el espejo no es quien soy. Me acerco al espejo, casi
tocándolo, mis manos temblorosas se apoyan en el vidrio. ¿Quién es
esa?

Una risa baja, casi imperceptible, resuena en mi mente. No soy yo. ¿Es
otra persona? ¿Soy yo? ¿Es esta... ella?

Me aparto rápidamente, tropezando al dar un paso atrás. Mi


respiración se acelera. Esto no está bien. No es normal.
En la distorsión del espejo, veo como mis ojos parecen vacíos, como si
me observara una desconocida. Algo se retuerce en mi interior, una
sensación de terror frío me recorre la espalda. ¿Qué está pasando
conmigo?

Con el corazón palpitando en mi garganta, me doy cuenta de que no


puedo detenerme. Ya estoy comprometida con esto. Sin embargo, algo
dentro de mí sigue luchando, pidiendo ayuda, gritando que no lo haga.

El aire en la casa está pesado, como si todo estuviera cargando algo.


Una tensión que no logro comprender, pero que siento en cada rincón.
Las luces parpadean levemente, y el silencio es más fuerte de lo
normal. Es extraño, pero no puedo hacer nada más que seguir hacia la
puerta.

Siento que me miran, aunque no hay nadie allí. Mi piel se eriza


mientras salgo al pasillo, mi respiración se acelera. El teléfono en mi
bolsillo vibra, y cuando lo saco, veo un mensaje.

"Nos vemos en la fiesta."

Pero no lo envió Tyler, ni nadie que reconozca. El número es


desconocido, y el mensaje es simple, pero tiene algo disturbador. ¿Por
qué siento como si la fiesta fuera lo único que importara ahora?
¿Quién está detrás de esto?

El aire en la casa sigue denso, y cada paso que doy hacia la puerta de
entrada se siente más difícil. Algo no está bien aquí.

Al llegar al final del pasillo, veo la puerta de mi cuarto entreabierta. Mis


ojos se enfocan en ella, y por un momento, el miedo me paraliza. Algo
me dice que no debo abrirla, pero mis pies avanzan sin que yo lo
decida. Un impulso extraño, como si alguien me empujara a hacerlo.

Casi alcanzo la manija cuando un sonido llega a mis oídos. Un


murmullo bajo, voces que no reconozco. Mi padre… ¿y quién más?

Me quedo quieta, con la mano suspendida en el aire, escuchando. Mi


corazón late fuerte, mis sentidos se agudizan. Al lado de la puerta, noto
que la luz debajo de la rendija se mueve, como si alguien estuviera
dentro.

Entonces, escucho risas. No es mi madre, ni nadie que suene familiar.


Es una voz profunda, masculina, que hace que una ola de frío me
recorra. ¿Quién está ahí? ¿Por qué mi padre está acompañado?

Me acerco más, mis respiraciones se vuelven más rápidas, pero cuando


estoy a punto de abrir la puerta, algo me detiene. Una sensación gélida
me recorre, como si todo mi ser gritara que no lo haga. ¿Qué está
pasando?
Retrocedo, lentamente, antes de que alguien me escuche. Las voces
dentro del cuarto crecen más intensas, y un nudo se forma en mi
garganta. ¿Por qué nunca he escuchado estas voces antes?

Mi cuerpo tiembla, pero sigo mi camino hacia la salida, aunque algo


dentro de mí sabe que el peligro está mucho más cerca de lo que creo.

Mi cuerpo tiembla de ira cuando veo a mi padre parado frente a la


puerta de mi cuarto, con otra persona que no es mi madre.

—¿Quién diablos es ella? —mi voz sale cortante, llena de desprecio.

Mi padre se sorprende, intenta hablar, pero mi furia lo supera.

—¡Eres un maldito! —grito. —¿Qué haces aquí con ella? ¿A quién crees
que estás engañando?

Él da un paso atrás, parece desconcertado.

—Sydney, por favor, no es lo que piensas... —dice, intentando


calmarme.

—¿No es lo que pienso? —repite, incrédula. —No me vengas con tus


mentiras, viejo.
Él se pasa una mano por el rostro, nervioso.

—Te lo puedo explicar. Solo déjame explicarte.

—¿Explicarme? —Me acerco, cada palabra cargada de rabia. —No


necesito tus explicaciones, solo tu honestidad. ¿No te da vergüenza
hacer esto frente a mí?

Mi padre parece vacilar, pero no dice nada. Su silencio me hiere más


que sus palabras.

—Ya basta. No quiero escucharte. —Con un golpe fuerte, giro sobre mis
talones y me dirijo hacia la salida.

Antes de salir, lo escucho susurrar, casi como una súplica:

—Sydney, por favor...

Pero no me detengo.
Cuando llego a la fiesta, todas las miradas se desvían hacia mí. Mi ropa,
mi maquillaje, todo parece estar en su lugar. Me siento diferente, como
si por fin fuera parte de algo, como si por un momento pudiera dejar
de ser invisible. Las luces brillan y la música retumba en mis oídos,
pero el ambiente no es lo que esperaba.

Paseo entre los grupos de personas, buscando algún atisbo de atención,


pero todos me ignoran. Hablan entre ellos, se ríen, como si yo no
existiera. El hecho de que todos me miren no cambia el hecho de que
nadie se acerque. ¿Qué estoy haciendo aquí?

Sigo caminando, entre gente que ni siquiera me nota. Nada ha


cambiado. Estoy sola, aún estando rodeada de gente. Pero entonces,
una figura se acerca a mí. Tyler.

—No te vi llegar. —Su voz es suave, pero tiene una sonrisa que me
desconcierta. —Te ves… bien.

Siento que el aire se vuelve más denso. ¿Qué está haciendo él aquí?
No me fío de sus palabras. Todos dicen lo mismo, pero ¿realmente lo
piensa?

—Gracias. —Respondo cortante, sin saber qué más decir.

Tyler sonríe, un poco nervioso, pero sigue allí, como si no pudiera irse.
Hay algo raro en él, algo que me hace dudar.
—¿Te gustaría beber algo? —Pregunta, señalando la mesa llena de
botellas.

No lo quiero. Pero no sé cómo rechazarlo. Mi mente está nublada,


confusa. ¿Qué quiere de mí?

—No, gracias. —Mi respuesta es rápida, aunque en el fondo sé que lo


estoy diciendo solo para que se aleje.

Tyler se queda un momento en silencio, mirándome de una manera


que no logro descifrar. Es extraño, incómodo, pero no se va.

—Sabes… —dice en voz baja, como si compartiera un secreto. —La gente


no te ve como tú piensas.

¿Qué diablos quiere decir con eso?

Me siento desconcertada, incómoda. No sé si quiero saber.

Tyler me ofrece otro trago y lo acepto sin pensarlo. El alcohol se va


acumulando en mi sistema, volviendo el ambiente más denso, más
confuso. Ya no sé si el calor viene de las luces, la música o de las copas
que he tomado.
—¿Por qué nadie se acerca a ti? —dice Tyler, su tono suave pero
curioso. Su mano roza ligeramente la mía, y por un momento, me
siento atrapada en su mirada.

—No lo sé. —Respondo, mirando a mi alrededor, viendo cómo todos


parecen estar en sus propios mundos. —¿A ti te importa?

—Un poco. —Sonríe, pero hay algo diferente en su expresión. Como si


en realidad le importara más de lo que está dejando ver.

La música sigue retumbando, las luces giran alrededor de nosotros, y


él me ofrece el vaso con un poco más de licor. Bebo.

—¿Te has preguntado alguna vez por qué nadie te habla realmente? —
Tyler me pregunta con una sonrisa, como si lo estuviera averiguando
todo.

Mi cabeza da vueltas, y sin pensarlo, respondo:

—Porque no les importa.

Él ríe, pero esa risa tiene algo extraño. Se acerca un poco más, el aliento
caliente en mi rostro.

—Lo único que importa es que yo estoy aquí.


Antes de que pueda responder, sus labios encuentran los míos. El
contacto es inesperado, pero no me aparto. El alcohol me ha nublado
los sentidos, y sin quererlo, sigo el ritmo. Sus manos tocan mi cintura,
me atrae hacia él.

—No... no debí... —murmuro, pero mi voz suena apagada, como si no


fuera mía.

Tyler se detiene un momento, pero me mira fijamente, sin decir nada.


El ambiente se vuelve más pesado y el tiempo parece diluirse a su
alrededor.

Finalmente, se separa ligeramente, pero su rostro sigue cerca. No


puedo concentrarme, mi mente está a punto de explotar de confusión.

—Vamos, solo disfruta. Nadie va a juzgarte aquí. —Su voz es suave,


tentadora.

Tyler ya no es el mismo. Sus ojos brillan con una intensidad extraña,


su caminar está tambaleante, y su respiración es irregular. Ha tomado
demasiada bebida, demasiado rápido.

—¿A dónde vamos? —Pregunto, nerviosa, al ver cómo me lleva de la


fiesta, apartándome de la multitud.
Él no responde, solo sonríe de una manera que me pone incómoda.
La fiesta se va quedando atrás, y pronto estamos en un rincón oscuro,
donde la luz de la calle no llega. Un lugar aislado.

—Tyler… —digo, mi voz más firme, aunque mi corazón late desbocado.


—¿Qué estás haciendo?

Él no dice nada. Se acerca lentamente, su aliento a alcohol me golpea,


y sin previo aviso, pone sus manos sobre mis hombros. Me siento
atrapada.

—Tranquila. Solo déjate llevar. —Su voz está distorsionada, y las


palabras me llegan como si estuviera escuchando desde muy lejos.

No quiero esto. Intento empujarlo, pero sus manos son fuertes, y cada
intento por alejarme parece inútil. Su rostro está cerca del mío, su
respiración pesada.

—No, Tyler, no… —mi voz tiembla, aunque no sé si por miedo o por el
alcohol en mis venas.

Él sonríe de nuevo, y sus manos se deslizan hacia mi cintura,


apretándome más. Mi cuerpo entra en pánico.

—Tyler, basta… por favor… —giro la cabeza, buscando alguna salida,


pero el aire es denso, mi visión se nubla. Siento una presión en el
pecho, como si algo se estuviera apoderando de mí. No puedo pensar
claramente.

Mis manos tiemblan y, antes de que pueda reaccionar, algo cambia. Un


grito interno me atraviesa, como si una fuerza ajena tomara el control
de mi cuerpo. Es como si no fuera yo misma.

El mundo alrededor se distorsiona, mi respiración se acelera. El rostro


de Tyler se convierte en una figura distorsionada. Todo lo que puedo
ver es su sonrisa burlona, y sus manos sobre mí. No puedo pensar.

Unos segundos después, sin saber cómo ni por qué, mi mano se mueve
con rapidez. Golpeo su cabeza con el vaso de licor con toda la fuerza
que puedo reunir. El vidrio hace un ruido sordo al impactar con su
cráneo, y Tyler cae al suelo, atónito y sangrando.

El choque me deja paralizada. ¿Qué acabo de hacer?

Mi respiración es errática, mi cuerpo está tenso, y todo lo que veo es


la figura inmóvil de Tyler en el suelo. No sé si está muerto. No sé si
me importa.

Mi mente se descontrola, y las voces, las caras… todos esos rostros del
pasado comienzan a rodearme, susurros que no logro entender. ¿Es
real? ¿Lo que acabo de hacer es real?
Mi cabeza da vueltas, y cuando finalmente logro mirarlo, Tyler sigue
en el suelo, quieto.
El sonido del vidrio rompiéndose sigue retumbando en mi cabeza.
¿Qué hice? ¿Qué he hecho? Las imágenes de Tyler, tirado en el suelo,
sangrando, se quedan grabadas en mi mente. No puedo pensar. No
puedo respirar.

Mi cuerpo tiembla, y con esfuerzo trato de moverme, pero mis piernas


no responden. ¿Por qué todo está tan borroso? Me tambaleo, mis
pasos son erráticos. La confusión me ahoga, el terror me consume, y
solo puedo pensar en huir.

Salgo corriendo, mis zapatos resonando en el suelo de la fiesta vacía.


La puerta está al frente, pero el aire me golpea como un muro cuando
la atravieso. No sé a dónde voy, ni cómo llegué allí, solo sé que tengo
que escapar.

El frío de la noche me calienta un poco, pero mi cabeza sigue sumida


en el caos. Las luces de los coches pasan como sombras difusas, y las
voces siguen susurrando en mis oídos. ¿Son reales?
Mis piernas no pueden sostenerme más. De repente, la vista se me va,
las sombras se funden y el sonido se apaga. Me desplomo al suelo, todo
se oscurece y el peso de mi cuerpo parece hacerme desaparecer por
completo.

Capítulo 3
“El peso del alma rota”
Mi cabeza late con fuerza, como si todo el dolor del mundo se
hubiera concentrado ahí. Despierto en un lugar desconocido, el aire
huele a algo fresco, pero familiar. Mi cuerpo está pesado, como si me
hubieran arrastrado hasta aquí.

¿Dónde estoy? Abro los ojos lentamente, pero la luz me hiere. El lugar
no es mi casa. Las paredes son de un color cálido, el mobiliario es
sencillo, pero acogedor. Hay una ventana cerca, y aunque la luz se
cuela, no es suficiente para aclarar mi mente. ¿Qué pasó?

De repente, escucho pasos suaves acercándose. No sé si debo


esconderme o seguir inmóvil, pero el miedo me paraliza. Mis músculos
parecen no responder, y antes de que pueda reaccionar, una figura se
acerca.

Es un chico.

Él está parado al lado de la cama, mirándome con una expresión de


sorpresa. No es Tyler, es alguien diferente. Un chico que nunca
imaginé ver aquí. Uno de los populares, pero no es como los demás.
Este chico tiene algo tranquilo en su rostro, como si la rabia y el
desprecio que veo en los demás no estuvieran en él.

Lo recuerdo.
—¿Cómo te sientes? —su voz es suave, casi preocupada, como si
realmente le importara.

¿Por qué está aquí? No entiendo nada. Lo reconozco. Lo había visto


en la escuela, pero nunca lo había notado tanto. No es como Tyler, ni
como los demás. Este chico siempre fue amable. El más amable de
todos.

—¿Dónde estoy? —mi voz suena débil, casi rota.

—En mi casa. —responde con una calma que me tranquiliza un poco.


—Te desmayaste afuera, y... bueno, no podía dejarte ahí.

¿Mi cabeza? Está tan confusa que apenas puedo procesar sus palabras.
Todo lo que veo son imágenes fragmentadas: la fiesta, el vaso, Tyler
en el suelo. No quiero recordar más.

—¿Qué... qué pasó? —mi pregunta es apenas un susurro, pero él parece


entenderlo.

—Tranquila. Estás a salvo aquí. Nadie te va a hacer daño.

Me siento vulnerable, más que nunca, y lo peor de todo es que no sé


si puedo confiar en él. No sé si puedo confiar en nadie.
Él se queda en silencio un momento, luego da un paso atrás,
mirándome con una mirada cálida, pero con una ligera preocupación.

—¿Te sientes mejor? —pregunta, como si no quisiera presionarme,


pero como si también quisiera asegurarse de que estoy bien.

La confusión me consume, pero de alguna manera, en su presencia,


algo se calma.
—¿Qué pasó? —mi voz tiembla, casi un susurro.

Miguel da un paso atrás, parece dudar antes de hablar. Su rostro se


oscurece, y hay algo en su mirada que me hace sentir una punzada de
miedo.

—Encontraron a Tyler... —su voz baja. ¿Por qué no me dice? —Lo


encontraron afuera, en un callejón. Estaba... —su tono se quiebra por
un segundo, y me obliga a mirarlo fijamente. Está muerto. —las palabras
caen pesadas en el aire. —Tenía una herida grave en la cabeza,
desangrándose.

Mis ojos se abren de par en par, y un nudo se forma en mi garganta.


¿Qué? ¿Tyler está muerto?

—¿Qué? —susurro, mi voz apenas audible, pero las palabras salen como
un grito en mi mente. Todo da vueltas, las imágenes de la fiesta, las
risas, las burlas, el vaso de vidrio... Un escalofrío recorre mi espalda.
Miguel observa mi reacción, esperando a ver si puedo procesarlo. Yo
no puedo. ¿Lo maté yo?

—¿Qué...? ¿Cómo? —las palabras se atropellan en mi boca. —¿Lo


maté? —mi voz está temblorosa, mis manos sudan, y un escalofrío me
recorre entera. ¿Qué pasó? ¿Cómo...?

Miguel da un paso hacia mí, su rostro ahora más serio, pero sin
juzgarme.

—No sabemos qué pasó exactamente, Sydney. —dice con calma, pero
con una nota de preocupación en su tono. —Solo sé que lo encontraron
allí, tirado. Nadie sabe cómo sucedió. Pero... —hace una pausa, sus ojos
fijos en mí, como si estuviera evaluando cómo reaccionaré. —No te
preocupes por eso ahora. Lo importante es que estás a salvo.

A salvo. ¿A salvo? ¿Después de lo que hice? ¿Después de todo esto?

El nudo en mi estómago se aprieta. ¿Qué pasó en realidad? Mi cabeza


me grita que no lo recuerdo todo, que no sé si fue mi culpa, pero en
mi pecho hay un vacío tan profundo que me consume.

—¿Me estás diciendo que... que no lo maté? —pregunto, apenas


audible, casi temerosa de lo que podría decir.

Miguel suspira y se acerca un poco más, como si no quisiera que me


sintiera más sola de lo que ya me siento.
—No estoy diciendo eso, Sydney. —su tono es suave, pero firme. —Solo
que no tienes que cargar con todo esto sola. Todos están hablando de
lo que pasó, pero nadie sabe la verdad. No es tu culpa.

¿No es mi culpa? Mi mente sigue gritando que sí lo es. Pero él no lo


sabe. Yo... no lo sé.

—No sé qué hacer, Miguel. —digo entre susurros, mis ojos llenos de
lágrimas. —No puedo recordar. No sé qué hice.

Miguel se arrodilla junto a la cama, su mirada se suaviza aún más, y por


primera vez, siento que me ve de verdad, como si pudiera entender lo
que siento, aunque no haya palabras.

l sol entra por la ventana, pero no puedo sentir su calidez. Mi mente


está en otro lugar, perdida entre las imágenes que no puedo borrar.
Tyler. La fiesta. Las risas que se volvieron gritos. La oscuridad de la
habitación. El cristal. La sangre.

¿Qué hice?

Muevo la cabeza, como si pudiese alejar esos pensamientos que me


ahogan. Estoy sentada en la cama de Miguel, las sábanas están
arrugadas a mi alrededor, y el sonido de la respiración de Miguel,
dormido en el sofá, me recuerda que no estoy sola. Pero, por más que
quiera, no puedo dejar de sentirme vacía.
Soy una asesina.

Esa palabra se repite en mi mente una y otra vez, como un eco que no
se apaga. ¿Cómo no me di cuenta antes? Todo lo que hice. Todo lo
que sentí. El cristal, la sangre. Tyler en el suelo, sin vida. No puedo
sacarlo de mi cabeza.

Una oleada de repulsión me inunda, y mi estómago se revuelca.


¿Cómo pude? Aún no lo sé. No recuerdo cómo llegué hasta ahí. Pero
sé lo que pasó. Y lo que hice. Lo maté.

De repente, me doy cuenta de que mis manos están temblando. Miro


mis dedos, esperando no ver nada, pero no puedo evitar pensar que
hay algo más ahí. ¿Mi sangre? ¿La suya? El miedo me consume de
nuevo. Los recuerdos son fragmentos rotos, pedazos de una historia
que no quiero contar. No quiero ser una asesina.

Pero lo soy.

Siento una presión en el pecho, como si todo lo que he hecho me


estuviera aplastando. No quiero pensar en eso, no quiero aceptarlo.
Pero el silencio me lo grita al oído. Cada segundo que pasa, me siento
más atrapada. ¿Quién soy ahora?

Me levanto de la cama, mis pies apenas tocan el suelo. Salgo de la


habitación, tratando de mantener el control sobre mi cuerpo, pero es
como si no estuviera en él. La casa está silenciosa, solo el sonido de
mis propios pasos me acompaña. Abro la puerta de la sala lentamente,
sin querer hacer ruido, como si alguien pudiera despertarse y verme.

Miguel sigue dormido en el sofá, ajeno a mis pensamientos. No sé si


debería sentirme agradecida o culpable por su amabilidad. Todo lo
que hizo por mí, y yo... yo lo maté. No lo puedo dejar de pensar. Mi
mente va más rápido que mis pensamientos. Soy un monstruo.

Salgo al jardín, buscando algo de aire fresco, pero ni el viento me alivia.


¿Qué hago ahora? ¿Qué pasa si alguien descubre lo que hice? Mis
manos tiemblan más. Me siento desesperada, como si la presión de
mis propios pensamientos fuera a aplastarme. Ya no soy la misma.

De repente, siento el impulso de correr. No puedo quedarme aquí. No


quiero ver la cara de nadie, no quiero hablar con nadie. Sólo quiero
desaparecer. Pero sé que no puedo escapar de lo que soy. Una asesina.

Los recuerdos de esa noche no dejan de atormentarme. En mi mente,


los rostros de mis compañeros, las risas burlonas, Tyler, la fiesta. Todo
se mezcla, y me pregunto si alguien sabrá la verdad. Si alguien sabrá lo
que soy. El miedo crece en mí, pero hay algo más. Un sentimiento
oscuro, un deseo extraño que se despierta dentro de mí.

¿Quiero escapar? ¿O lo que realmente quiero es caer más profundo?


Miguel entra a la cocina con una caja de pizza en las manos. La luz de
la televisión parpadea suavemente en la sala, y un aire de incomodidad
se siente en el ambiente. Mientras se sienta frente a mí, no puedo evitar
notar que el silencio entre nosotros está más pesado que nunca. El
sonido de la caja de pizza abriéndose rompe la quietud, pero mi mente
sigue atrapada en el caos.

"Creo que te vendrá bien algo de comida", dice Miguel con una sonrisa
pequeña, como si intentara aliviar la tensión. Pero sus ojos no dejan de
observarme, como si pudieran ver a través de mí.

Ni siquiera respondo. Tomo una porción de pizza, pero el sabor no


me llega. Todo sabe a metal, a sangre. A Tyler.

Miguel enciende la televisión sin hablar más. No sé por qué lo hace.


Tal vez está tratando de distraerme, o tal vez necesita una distracción
él mismo. Pero el sonido del televisor llena la sala, y lo que aparece en
la pantalla me congela el alma.

Una imagen de Tyler aparece, pero no como lo recordaba. Sangre.


Mucha sangre. El rostro ensangrentado, los ojos vacíos. La noticia dice
que fue encontrado en un callejón oscuro, desangrándose.

"Esto es lo que ha sucedido..." dice la reportera, con una seriedad que


corta el aire. "La policía ha encontrado un cadáver más esta mañana.
Tyler Stevenson, uno de los estudiantes más populares de la escuela,
fue encontrado con una herida mortal en la cabeza. La causa de la
muerte, según los primeros informes, es un golpe contundente. La
policía investiga el caso como el de un posible asesino en serie que ha
estado operando en esta ciudad durante semanas."

Mis manos tiemblan, la pizza cae al suelo sin que lo note. Los ojos de
Miguel se fijan en la pantalla, pero yo no puedo apartar la vista de la
imagen de Tyler. El asesino en serie.

Mis labios se secan, mi respiración se acelera. El nombre, la foto, el


cadáver. Todo tiene sentido ahora, de una manera retorcida y macabra.
Yo lo maté.

Pero, ¿por qué no me arrestan? ¿Por qué nadie sabe lo que hice? Mi
mente comienza a divagar, mi corazón late como si fuera a salirse de
mi pecho. Me siento atrapada entre el terror y el deseo de saber más.

La reportera sigue hablando, pero sus palabras ya no tienen sentido.


Solo escucho el retumbar de mi propio corazón, el eco de sus últimas
palabras.

"Una recompensa está siendo ofrecida por cualquier información que


lleve a la captura de este asesino. Se pide que cualquier persona con
conocimiento de los crímenes contacte a las autoridades
inmediatamente."

¿Información?
Mis ojos se clavan en la pantalla, pero ya no puedo ver nada. Sólo veo
sombras. Me estoy hundiendo.

Miguel se mueve a mi lado, rompiendo el hechizo de la pantalla.


"¿Estás bien?" pregunta, tocando mi brazo con delicadeza. Pero lo
único que siento es frío. Frío en los huesos. La confusión se mezcla
con la culpa, y esa maldita palabra vuelve a mi mente. Asesina.

"Miguel... ¿tú... tú crees que soy capaz de eso?" me escucho decir, mi


voz temblorosa. Mis palabras se sienten extrañas, como si salieran de
alguien más. ¿Soy yo la que está hablando? ¿O es otra persona dentro
de mí, alguien que se está apoderando de mi cuerpo?

Miguel se queda en silencio. Su expresión cambia, su rostro refleja


preocupación, pero no puedo leer lo que realmente piensa. No me
atrevo a mirar su rostro más tiempo, porque temo ver la respuesta que
sé que está ahí, escondida en sus ojos.

Pero entonces, Miguel habla, con una voz suave, como si quisiera
darme una respuesta que no me lastime más. "Sydney, no sé qué pasó,
pero lo que sea que hayas hecho... no te hace un monstruo. No lo eres."

¿Qué sé yo de lo que soy?

Lo miro, y siento que la mirada que él me lanza me quema más que


las palabras. No sé si lo dice para calmarme o si de verdad lo cree. Pero
yo sé la verdad.
Soy una asesina. Y la policía está buscando al asesino. Y yo soy el único
sospechoso.

El terror me congela, y al mismo tiempo, algo en mi interior me empuja


hacia adelante.

La recompensa.

Es todo lo que puedo pensar.


Capítulo 4
“El juego de las sombras”
S alí de la casa de Miguel con el corazón aún latiendo acelerado. La adrenalina
seguía corriendo por mis venas, y el caos de lo que había pasado en la fiesta me
perseguía. No pude quedarme allí ni un minuto más. Cuando llegué a casa, la
puerta estaba abierta. Algo no estaba bien.

Entré, sin saber qué esperar. La casa vacía me recibió como siempre, pero ahora
todo se sentía más oscuro, más solitario. Nadie estaba en casa. Nadie para
preguntarme qué había hecho o qué estaba pasando. Era como si todo fuera una
maldita pesadilla, una en la que yo estaba atrapada sin salida.

Mi respiración se hacía más difícil, y mi cabeza daba vueltas. Caminé hasta mi


cuarto, me dejé caer sobre la cama y busqué, casi sin pensar, las pastillas. Las
tenía que tomar. Necesitaba ese alivio, esa calma momentánea. Las saqué, las
tomé, varias de una vez. No me importó cuántas. Quería dejar de sentir.

De inmediato, algo en mis ojos cambió. El ardor me hizo cerrar los párpados,
pero no sirvió de nada. Cuando los abrí de nuevo, todo se veía raro,
distorsionado. Me levanté, tropezando hacia el espejo. Mis ojos estaban
completamente rojos, casi brillaban. Era como si estuviera mirando una versión
de mí misma que no reconocía.

Me caí al suelo de golpe, las piernas ya no me respondían. El pánico me envolvía,


pero no podía detenerme. Sabía que había tomado demasiadas. Mi cabeza
zumbaba, y el vacío en mi pecho me ahogaba. Quería desaparecer. Quería no
estar aquí.

El suelo se acercó con rapidez, y aunque traté de mantenerme consciente, el


vacío se tragó todo a mi alrededor. Mis ojos, los mismos que hace un rato veían
con claridad, se nublaron y todo se apagó.

Desperté de golpe, el aire frío me envolvía. Mi cuerpo temblaba, y la confusión me dejó atónita.
Mi visión estaba borrosa, mis ojos se sentían secos y mi cabeza... mi cabeza era un completo
caos. Me costó un rato entender que estaba acostada en el suelo de mi habitación,
en la misma casa que me había visto caer en la desesperación.

Me incorporé lentamente, y fue entonces cuando la vi. Frente a mí, en la


oscuridad, había una silueta. Era alta, pálida, casi como si su presencia estuviera
completamente fuera de lugar en ese cuarto. No podía distinguir bien sus rasgos,
pero había algo en su postura que me hizo sentir como si estuviera siendo
observada.

—¿Quién... quién está ahí? —mi voz salió temblorosa, ahogada. Mis labios se
sentían pegajosos, mis pensamientos nublados. Pero la silueta no respondió.
Simplemente permaneció allí, como una sombra al acecho.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza. Quise moverme, pero mi cuerpo no


respondía. Era como si estuviera atrapada en un sueño del que no podía
despertar. Mis ojos seguían fijos en esa figura, y cada vez que intentaba mirar más
allá, ella se acercaba más.

—¿Qué quieres de mí? —intenté decir, aunque las palabras parecían no tener
sentido en mi boca. No importaba cuántas veces las dijera, la silueta no hacía ni
un solo movimiento. Solo me miraba fijamente, y su presencia comenzaba a
llenar el cuarto de una energía pesada y asfixiante.

Sentí una presión en el pecho, como si el aire mismo me estuviera oprimiendo.


El miedo me hizo temblar. Sentí cómo mi piel se erizaba, el frío se apoderaba de
mi cuerpo. Algo estaba mal, algo no estaba bien en todo esto.

—No.… no te acerques. —Logré articular, pero mi voz ya no sonaba tan firme. Lo


que sentía no era solo miedo. Era una sensación de terror puro, algo que iba más
allá de cualquier pesadilla. La figura dejó de moverse, y por un momento todo
estuvo en silencio absoluto.

Pero luego, como si fuera una ilusión, la silueta comenzó a caminar lentamente
hacia mí. Sus pasos eran suaves, casi inaudibles, pero yo podía sentir su
proximidad como si fuera un peso que me aplastaba. Algo no me dejaba mover.
Algo me mantenía aquí, pegada al suelo, mirando cómo esa sombra se acercaba
con cada segundo.

Mi garganta se cerró, y la última palabra que logré decir fue un susurro casi
inaudible.
La figura se quedó allí, inmóvil, observándome fijamente. No podía moverme,
ni pensar con claridad. Mis ojos, como si estuvieran hipnotizados por su
presencia, no podían apartarse de ella. El silencio se hacía más pesado con cada
segundo, hasta que, de repente, la silueta comenzó a desvanecerse, como si fuera
una niebla que se disuelve en el aire.

Pero lo que sucedió después me hizo desmoronarme por completo.

Frente a mí, apareció Tyler. Su rostro, aún con la expresión de dolor que lo
marcaba, se veía más claro que nunca. Estaba allí, como si hubiera vuelto de la
muerte, mirándome con ojos llenos de furia y tristeza. Mis piernas temblaron al
verlo, y mi respiración se detuvo.

—¿Por qué, Sydney? —su voz era baja, temblorosa, pero se sentía como un grito
en mi cabeza. Yo no podía reaccionar, no podía moverme, solo mirarlo.

—¿Por qué lo hiciste? —sus palabras se clavaron en mi pecho como agujas. Se


acercó lentamente, cada paso parecía un latigazo de culpa. —Pensé que eras
diferente. Pensé que, al menos, podrías entenderme. Pero no... solo me mataste.

La angustia en su rostro era tan palpable que me sentí a punto de quebrarme. No


entendía qué estaba pasando, cómo había llegado hasta este punto.

—Tyler, yo... yo no quise... —traté de hablar, pero mi voz se quebró. Me sentía


tan pequeña, tan perdida. Todo se desmoronaba a mi alrededor.

—No... —me interrumpió, y su mirada se hizo más intensa, como si atravesara


cada rincón de mi alma. —Lo que no entiendes, Sydney, es que yo estaba
enamorado de ti. Siempre lo estuve.

Mis ojos se llenaron de lágrimas. ¿Cómo podía ser esto real? ¿Cómo podía estar
escuchando esas palabras de su boca, después de todo lo que había hecho?

—¿Enamorado de mí? —susurré, incrédula. ¿Cómo podía? Si él fue el que me


hizo sentir como una sombra, la que siempre me miraba con desprecio, la que
me empujaba al límite.

Tyler dio un paso más cerca. Ya no había ira en su mirada, solo tristeza, una
tristeza tan profunda que me atravesó como una flecha.

—Sí, Sydney. Siempre te vi desde lejos. Siempre vi cómo te destruían, cómo te


trataban... Y aún así, te odiaba por alejarme. No entendí lo que pasaba en tu
cabeza. Pero te vi caer... y no hice nada. Te lo debí haber dicho antes. Te debí
haber cuidado.

El nudo en mi garganta era insoportable. Ya no sabía qué sentir, qué pensar.


Estaba atrapada en una pesadilla de la que no podía salir. ¿Qué se suponía que
debía hacer con esa confesión?

—No pude... No pude dejar que lo hicieras... —me respondió con un susurro,
como si todo fuera una justificación para él.

De repente, todo en mi mente se mezcló. La desesperación, el miedo, la culpa.


Los recuerdos de lo que había hecho, de lo que había sufrido, de cómo todo
había cambiado.

Entonces, sin previo aviso, un grito salió de mi boca. Un grito profundo,


desgarrador, como si intentara liberar toda la angustia que se había acumulado
en mi pecho. Era un grito de desesperación, de dolor, de todo lo que había
vivido.

Y en ese momento, todo desapareció. Tyler. La habitación. La silueta. Todo se


desvaneció como si nunca hubiera existido. Solo quedaba el vacío. Un vacío que
me tragaba, me consumía.

Solo estaba yo, sola en la oscuridad.


Capítulo 5
“Miradas vacías”
El sol brillaba con fuerza, pero yo apenas lo sentía. Caminaba por la calle con
pasos erráticos, mi mente un torbellino de pensamientos y emociones que no
podía controlar. La botella de licor en mi mano era lo único que me mantenía
de pie, el único consuelo en un mundo que me estaba tragando. Cada trago me
quemaba la garganta, pero al menos me hacía olvidar. Olvidar todo lo que había
hecho, todo lo que había perdido.

Mi estómago se retorcía, y mis piernas se sentían como si fueran de plomo, pero


no me importaba. El dolor físico era nada comparado con lo que cargaba dentro
de mí. Necesitaba seguir bebiendo. Necesitaba que esa angustia se desvaneciera.

El colegio estaba cerca. Podía ver la entrada, las caras conocidas, los murmullos,
las risas, las miradas de desprecio. Pero hoy no me importaba. Nada importaba.
Ni siquiera el hecho de que ya no sabía si estaba completamente consciente o si
todo esto era solo otro de mis episodios. Solo quería llegar allí. Quería que todo
se desmoronara. Quería sentir que estaba viva, aunque fuera por un instante.

Cuando ya estaba a punto de cruzar el umbral de la escuela, escuché una voz.

—¡Hola! —una chica se acercó a mí, sonriendo. Tenía el rostro radiante, una
energía que contrastaba completamente con mi tristeza y mi vacío. Sus ojos
brillaban con curiosidad, pero había algo en ellos, algo sincero. No era como los
demás. No había odio ni rechazo, solo un destello de amabilidad.
Me detuve y la miré, confundida, sin saber cómo reaccionar.

—¿Te importa si me siento contigo? —me preguntó, como si no hubiera notado


mi estado. Como si todo fuera completamente normal. La niña era alta, de
cabello oscuro y corto, vestía con una camiseta sencilla, pero había algo en su
forma de hablar que me hizo pensar que no era como los demás. No era como
los que me odiaban, los que me hacían sentir invisible.

Yo seguí mirando la botella en mi mano, evitando su mirada. No quería hablar,


no quería interactuar con nadie. Pero ella no parecía molesta por mi silencio, no
parecía apurada. Solo se quedó ahí, esperando.

—Soy Amie —dijo finalmente, dando un paso hacia mí con una sonrisa sincera.
Mi cabeza daba vueltas, y mi visión se volvía borrosa, pero algo en su voz me hizo
levantar la vista, por fin, y mirarla a los ojos. Era extraña. Demasiado amable. Y
eso me hizo sentir incómoda. Nadie me había tratado así en mucho tiempo.

—Sydney —respondí, apenas susurrando, sintiéndome tensa, como si no supiera


cómo seguir. ¿Por qué me estaba hablando? ¿Por qué me miraba como si fuera
una persona normal?

—¿Vienes todos los días por aquí? —me preguntó, su voz tan relajada que casi me
irritaba. No sabía si debía confiar en ella, si podía permitirle acercarse. Estaba tan
atrapada en mi propio caos que no podía pensar con claridad.

Mi respuesta fue solo un movimiento de cabeza, una señal de que no quería


seguir la conversación. Estaba a punto de seguir caminando, pero ella no se
movió.

—¿Estás bien? —preguntó de nuevo, y esta vez su tono fue menos animado, más
preocupado.
No supe qué responder. Estaba cansada de que todos me preguntaran lo mismo,
de que todos intentaran hacerme sentir mejor cuando lo que más quería era estar
sola. Pero al verla ahí, con esa expresión genuina en su rostro, no pude evitar
pensar que tal vez no todos eran como los demás. Tal vez aún quedaba algo de
bondad en este mundo. Pero en el fondo sabía que eso solo era un pensamiento
tonto, una ilusión.

Amie me miró por un momento más, evaluando mi expresión. Luego,


finalmente, dio un paso atrás y sonrió nuevamente.

—Bueno, me alegra conocerte, Sydney. Si necesitas hablar o algo, ya sabes dónde


encontrarme —dijo con una leve risa, dándome una última mirada antes de irse.

Y yo, allí de pie, con la botella en la mano, me quedé mirando cómo se alejaba.
¿Por qué alguien como ella se preocupaba por mí? ¿Por qué me había hablado?

No lo entendía, pero de alguna forma, algo dentro de mí se rompió un poco.


Como si, tal vez, las cosas pudieran ser diferentes... o tal vez no. Tal vez solo
estaba buscando algo, o alguien, que me ayudara a encontrar un poco de luz en
la oscuridad en la que me encontraba.

El sol brillaba con fuerza, pero yo apenas lo sentía. Caminaba por la calle con
pasos erráticos, mi mente un torbellino de pensamientos y emociones que no
podía controlar. La botella de licor en mi mano era lo único que me mantenía
de pie, el único consuelo en un mundo que me estaba tragando. Cada trago me
quemaba la garganta, pero al menos me hacía olvidar. Olvidar todo lo que había
hecho, todo lo que había perdido.
Mi estómago se retorcía, y mis piernas se sentían como si fueran de plomo, pero
no me importaba. El dolor físico era nada comparado con lo que cargaba dentro
de mí. Necesitaba seguir bebiendo. Necesitaba que esa angustia se desvaneciera.

El colegio estaba cerca. Podía ver la entrada, las caras conocidas, los murmullos,
las risas, las miradas de desprecio. Pero hoy no me importaba. Nada importaba.
Ni siquiera el hecho de que ya no sabía si estaba completamente consciente o si
todo esto era solo otro de mis episodios. Solo quería llegar allí. Quería que todo
se desmoronara. Quería sentir que estaba viva, aunque fuera por un instante.

Cuando ya estaba a punto de cruzar el umbral de la escuela, escuché una voz.

—¡Hola! —una chica se acercó a mí, sonriendo. Tenía el rostro radiante, una
energía que contrastaba completamente con mi tristeza y mi vacío. Sus ojos
brillaban con curiosidad, pero había algo en ellos, algo sincero. No era como los
demás. No había odio ni rechazo, solo un destello de amabilidad.

Me detuve y la miré, confundida, sin saber cómo reaccionar.

—¿Te importa si me siento contigo? —me preguntó, como si no hubiera notado


mi estado. Como si todo fuera completamente normal. La niña era alta, de
cabello oscuro y corto, vestía con una camiseta sencilla, pero había algo en su
forma de hablar que me hizo pensar que no era como los demás. No era como
los que me odiaban, los que me hacían sentir invisible.

Yo seguí mirando la botella en mi mano, evitando su mirada. No quería hablar,


no quería interactuar con nadie. Pero ella no parecía molesta por mi silencio, no
parecía apurada. Solo se quedó ahí, esperando.
—Soy Amie —dijo finalmente, dando un paso hacia mí con una sonrisa sincera.
Mi cabeza daba vueltas, y mi visión se volvía borrosa, pero algo en su voz me hizo
levantar la vista, por fin, y mirarla a los ojos. Era extraña. Demasiado amable. Y
eso me hizo sentir incómoda. Nadie me había tratado así en mucho tiempo.

—Sydney —respondí, apenas susurrando, sintiéndome tensa, como si no supiera


cómo seguir. ¿Por qué me estaba hablando? ¿Por qué me miraba como si fuera
una persona normal?

—¿Vienes todos los días por aquí? —me preguntó, su voz tan relajada que casi me
irritaba. No sabía si debía confiar en ella, si podía permitirle acercarse. Estaba tan
atrapada en mi propio caos que no podía pensar con claridad.

Mi respuesta fue solo un movimiento de cabeza, una señal de que no quería


seguir la conversación. Estaba a punto de seguir caminando, pero ella no se
movió.

—¿Estás bien? —preguntó de nuevo, y esta vez su tono fue menos animado, más
preocupado.

No supe qué responder. Estaba cansada de que todos me preguntaran lo mismo,


de que todos intentaran hacerme sentir mejor cuando lo que más quería era estar
sola. Pero al verla ahí, con esa expresión genuina en su rostro, no pude evitar
pensar que tal vez no todos eran como los demás. Tal vez aún quedaba algo de
bondad en este mundo. Pero en el fondo sabía que eso solo era un pensamiento
tonto, una ilusión.

Amie me miró por un momento más, evaluando mi expresión. Luego,


finalmente, dio un paso atrás y sonrió nuevamente.
—Bueno, me alegra conocerte, Sydney. Si necesitas hablar o algo, ya sabes dónde
encontrarme —dijo con una leve risa, dándome una última mirada antes de irse.

Y yo, allí de pie, con la botella en la mano, me quedé mirando cómo se alejaba.
¿Por qué alguien como ella se preocupaba por mí? ¿Por qué me había hablado?

No lo entendía, pero de alguna forma, algo dentro de mí se rompió un poco.


Como si, tal vez, las cosas pudieran ser diferentes... o tal vez no. Tal vez solo
estaba buscando algo, o alguien, que me ayudara a encontrar un poco de luz en
la oscuridad en la que me encontraba.

Aquí tienes el comienzo del capítulo 6, donde Sydney se encuentra con Amie en
un momento muy crítico para ella. ¿Qué opinas de la interacción entre las dos?

Dijiste:
Despúes Amie se sienta junto a ella y la empieza a ver algo extraña y le pregunta
porque sus ojos verdes estan grises y prque su cabello est mas claro
ChatGPT dijo:
Claro, aquí te dejo la continuación:

Capítulo 6:
Amie se sentó junto a mí sin pedir permiso, pero no me importó. Tal vez porque,
de alguna manera, estaba acostumbrada a que todos me invadieran el espacio,
solo que su presencia era diferente. Había algo tranquilo en ella, algo que, de
alguna forma, me hacía sentir menos invisible.

Estábamos ahí, en silencio, comiendo nuestras cosas. Yo todavía tenía la botella


en la mano, pero ya no la estaba bebiendo. A pesar de todo, mi cabeza daba
vueltas. No entendía qué estaba pasando conmigo. No me sentía como antes.
Como si todo alrededor se hubiera distorsionado, como si el reflejo en el espejo
ya no fuera el mío. Tal vez la bebida estaba haciendo su efecto, o tal vez algo
mucho peor estaba ocurriendo.

De repente, la mirada de Amie se volvió más intensa. Me observaba de una


manera que no entendía. Era como si estuviera buscando algo que yo no quería
que viera.

—Oye, ¿estás bien? —preguntó, con una expresión extraña, casi preocupada.

Mi primer impulso fue ignorarla, como siempre hacía con los demás. Pero algo
en su tono me hizo detenerme. No dije nada, solo la miré, confundida. Fue
entonces cuando ella se inclinó un poco hacia mí y, con una expresión de
desconcierto, preguntó:

—¿Por qué tus ojos están grises? —su voz era suave, casi temerosa, como si no
quisiera alarmarme. Pero sus palabras me hicieron estremecer. Mis ojos...
¿grises? No. Yo siempre había tenido los ojos verdes, un verde oscuro que se
notaba solo cuando la luz les daba de frente.

Sentí un escalofrío recorrer mi espina dorsal. Mi mente se llenó de preguntas.


¿Qué estaba pasando conmigo? ¿Era posible que la bebida, los medicamentos o
la esquizofrenia estuvieran afectándome más de lo que pensaba?
Amie, sin embargo, no apartaba la mirada. Me miraba como si estuviera viendo
algo más allá de la superficie.

—Y... —continuó, como si hubiera notado algo más—. ¿Tu cabello? Está... más
claro. ¿Qué te pasa, Sydney?

Por un momento, no supe qué responder. El miedo comenzó a acumularse


dentro de mí. Mi cabello había sido oscuro, casi negro. ¿Por qué lo vería más
claro ahora? ¿Era otra de esas cosas extrañas que mi mente estaba creando?
¿O...?

No pude evitar tocarme el cabello, con la esperanza de que lo que estaba viendo
no fuera real. Pero cuando lo toqué, me sorprendí al notar una ligera diferencia.
El color no era tan oscuro como siempre. Mi mente comenzó a hacer
conexiones, pero cada una de ellas solo me sumía más en la confusión.

—No sé —murmuré, mi voz temblorosa—. No sé qué está pasando conmigo.

Amie frunció el ceño, parecía pensar que no le estaba diciendo la verdad. Pero
algo en su mirada me decía que, a pesar de mi actitud distante, no pensaba que
estuviera mintiendo. Solo había algo en mí que no podía comprender.

—Quizá deberías descansar —sugirió ella, con una sonrisa triste. No era un
consejo, sino una preocupación genuina. Y por un instante, sentí que, tal vez,
tenía razón. Tal vez, todo lo que estaba viviendo era demasiado, incluso para mí.

Me quedé en silencio, mirando al frente, mientras Amie seguía observándome.


Algo en su mirada me hizo sentir, por un momento, que había alguien dispuesto
a entenderme. Pero al mismo tiempo, me aterraba la idea de que, si ella sabía la
verdad, ya nada sería igual.

Amie no dejó de mirarme mientras tomaba un sorbo de su refresco. La


conversación había quedado suspendida en el aire, pero algo en su mirada me
decía que quería decirme algo más. El silencio entre nosotras se hacía más
pesado, como si ella estuviera esperando el momento adecuado para soltar una
bomba.

Finalmente, Amie dejó su vaso en la mesa y, con una expresión más seria, se
inclinó hacia mí.

—Sydney... hay algo más que tienes que saber —dijo en voz baja, como si no
quisiera que nadie más oyera.

Me quedé en silencio, observándola con curiosidad, sin saber qué esperar. Los
minutos pasaban lentos, pero ella no dejaba de mirarme fijamente.

—Mi papá es policía —continuó, ahora mirando de reojo a los demás, como si
quisiera asegurarse de que nadie escuchara—. Y... —hizo una pausa—. Él me envió
a esta escuela.

Parpadeé varias veces, confusa. ¿A qué venía todo eso? Amie era nueva en la
escuela, no podía ser que estuviera relacionada con la policía o con algo tan…
oscuro.

—¿Qué quieres decir con eso? —pregunté, incapaz de ocultar el desconcierto en


mi voz.
Amie me observó por un momento largo, como si evaluara cómo me lo diría.
Sus dedos se apretaron alrededor del vaso, y luego exhaló con fuerza antes de
hablar.

—Él está investigando al asesino en serie —dijo finalmente. Su voz era firme, pero
con un tinte de preocupación—. Y me pidió que estuviera cerca de ti, para obtener
información.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo al escuchar sus palabras. Mi mente trataba de


procesarlo, pero no podía. ¿Qué quería decir con "asesino en serie"? Yo... yo era
una asesina, ¿acaso me estaba investigando a mí? ¿Acaso mi padre, que siempre
estuvo ausente, sabía algo que yo ignoraba?

—¿Qué? ¿Qué estás diciendo, Amie? —mi voz salió casi como un susurro. Estaba
temblando por dentro, la incredulidad apoderándose de mí—. ¿Por qué te
enviaron a mí?

Amie me miró con una mezcla de lástima y seriedad. Sabía que lo que acababa
de decirme era algo que no debía tomarse a la ligera, pero al mismo tiempo, en
sus ojos había una luz de compasión.

—Sydney... mi papá sospecha que el asesino podría estar cerca —me dijo
suavemente, pero sus palabras resonaron en mi mente como un eco aterrador—.
Y... yo estoy aquí para ayudarte. O, al menos, para averiguar qué está pasando.

Mis pensamientos estaban desordenados. No sabía si debía confiar en ella o si


todo esto era una trampa. Pero algo dentro de mí me decía que, tal vez, Amie no
mentía. El hecho de que la policía estuviera investigando me daba un giro a todo
lo que había vivido hasta ahora. Las piezas empezaban a encajar, pero no me
gustaba la forma en que todo parecía darme vueltas.
—¿A qué te refieres con "ayudarme"? —pregunté, mi voz ahora temblorosa.

Amie no respondió de inmediato. En lugar de eso, suspiró y me miró como si


quisiera buscar la mejor forma de explicarme todo esto. Finalmente, dejó escapar
una pequeña sonrisa triste.

—No te preocupes, Sydney. No estás sola. No todo está perdido. Pero debemos
ser cuidadosas —dijo. Y aunque trataba de sonar tranquilizadora, sus palabras me
dejaron aún más confundida.

Un escalofrío me recorrió la espalda mientras mi mente daba vueltas, intentando


encontrar respuestas a todo lo que acababa de descubrir.
Capítulo 6
“La fragilidad de la locura”
No sé cuándo exactamente empezó, pero en el momento en que supe lo que
Amie estaba investigando, algo dentro de mí se apagó. Como una luz que se
apaga por completo, dejando todo a oscuras. Y, por primera vez en mucho
tiempo, me sentí tranquila con la oscuridad.

Estaba evitando a Amie, claro. No me gustaba la idea de que me estuviera


observando, de que su presencia tuviera un propósito detrás. La idea de que
estaba allí para "ayudarme" me parecía aún más aterradora que enfrentar mi
propia locura. Había algo extraño en su actitud, en su forma de mirarme
últimamente. Estaba preocupada, pero a la vez, no podía evitar sentir que no me
entendía. Nadie lo hacía.

No sé por qué lo hice. Quizás era la mezcla de desesperación y esa sensación de


vacío que me perseguía desde hace tanto tiempo. Tal vez fue la necesidad de
sentir control sobre algo, sobre mí misma. La decisión fue casi instintiva: tenía
que hacerlo.

Era como si mi cuerpo y mi mente estuvieran en completo desacuerdo, pero mi


corazón me empujaba a una única respuesta. Un sentimiento de hambre que
nunca se apagaba.

Salí al pasillo, con la respiración agitada. Ya había planeado todo. El chico que
solía burlarse de mí, Jonathan, estaba solo en el baño. Siempre me había hecho
sentir como un insecto insignificante, pero hoy no era como cualquier otro día.
Esta vez, el cazador sería yo.

Me acerqué sigilosamente. La puerta estaba entreabierta, y pude escuchar sus


pasos al otro lado. Mi mano estaba temblando ligeramente, pero de alguna
manera, sabía que ya no había marcha atrás. La confianza había tomado el
control, y la necesidad de venganza me impulsaba a hacer lo que debía hacer.
Di un paso dentro del baño, y ahí estaba, de espaldas. Jonathan no me vio venir.
Saqué el cuchillo con una calma que me sorprendió, sintiendo el peso metálico
en mis manos. Mis pensamientos se apagaron por un segundo. Ya no había
rencor ni rabia. Solo... la necesidad.

Me acerqué lo suficiente para que no me pudiera escuchar, y luego, con un solo


movimiento rápido y preciso, lo acuchillé en la espalda. La sensación de la hoja
perforando su piel fue un ruido sordo en mis oídos, y me detuve por un
momento, observando cómo su cuerpo se desplomaba hacia el suelo.

El grito de dolor que salió de su garganta me hizo estremecerme, pero no


retrocedí. No podía detenerme. Ya había cruzado la línea. En ese instante, todo
lo que había experimentado, todo el dolor y el miedo, se transformó en un
impulso salvaje. Lo miré mientras se retorcía en el suelo, incapaz de entender lo
que acababa de hacer. Mi respiración era errática, pero algo en mi interior se
sentía... completo.

Y entonces, escuché un ruido. Alguien se acercaba.

Dejé el cuchillo sobre el suelo y corrí hacia la salida. Mi cuerpo estaba tenso, el
corazón latiendo en mi pecho como un tambor frenético. No podía quedarme
allí mucho más tiempo. Nadie debía saber lo que acababa de hacer.

La puerta del aula se abrió de golpe, interrumpiendo mis pensamientos. La chica que había
entrado parecía fuera de sí. Estaba llorando, su rostro pálido, y su respiración era entrecortada.
No podía entender por qué, pero algo en su postura me hizo darme cuenta de que algo no iba
bien.

—¡Jonathan está muerto! —gritó entre sollozos, mirando a todos con ojos desorbitados—. ¡Lo...
lo mataron!

Mis manos se crispaban sobre mi escritorio, sintiendo una presión en el pecho que casi me
paralizaba. Una sensación de mareo empezó a invadir mi cabeza. Las palabras de la chica
flotaban en el aire, pero de alguna manera, no lograba comprender lo que estaba sucediendo.

"Jonathan está muerto."

Mi mente se nubló por un momento, como si todo a mi alrededor se distorsionara. La visión


se me hacía borrosa, y entonces, un escalofrío recorrió mi espina dorsal cuando la imagen de
lo que había hecho aquella mañana volvió a mi mente. Esa sombra de recuerdo, la sensación
del cuchillo en mi mano, el sonido del metal cortando la piel... y la caída de su cuerpo.

No podía creer lo que acababa de recordar. Me sentí mareada, incapaz de moverme, como si
el aire me faltara. ¿Lo había matado? No. No podía ser.
Un fuerte golpe en la mesa me sacó de mis pensamientos. Alguien estaba hablando a mi lado.
Era Amie. Estaba mirando mi rostro con preocupación, pero sus ojos brillaban con una mirada
más que inquietante.

Ella sacó su teléfono y rápidamente escribió algo, su dedo deslizándose a gran velocidad. Su
expresión cambió, y el pánico en sus ojos me heló la sangre.

—Mi padre está en camino —murmuró, su tono frío y calculado. Algo en su voz no sonaba
bien—. Él va a averiguarlo todo.

Antes de que pudiera procesar sus palabras, la puerta se abrió de nuevo. Dos policías entraron
al aula con expresiones graves, seguidos por más oficiales. Todos miraron hacia nosotros, y la
sala se llenó de tensión.

El chico, Jonathan, había sido llevado en ambulancia, pero su pulso era tan débil que apenas
se sentía. Los oficiales nos miraban a todos y comenzaron a ordenar que todos salieran de las
aulas. Algunos compañeros se miraban entre sí, pero nadie parecía decir nada. Estábamos en
silencio, como si el aire hubiera pesado toneladas.

Amie me miró una última vez, sus ojos fijándose en los míos por un segundo largo. Pero no
dijo nada más. No hacía falta. Mi cabeza estaba llena de gritos que no salían, de recuerdos que
no quería enfrentar. No entendía cómo, pero sabía que todo lo que había hecho hasta ese
momento, cada movimiento, cada golpe, había sido solo el comienzo.

Salí de la clase sin decir una palabra, mis pies automáticos, mi mente en un estado de confusión
total.

El pasillo estaba lleno de murmullos, y las noticias sobre el "asesino en serie" parecían estar
por todas partes. No me atreví a mirar a nadie a los ojos. Todos me observaban, pero yo solo
quería huir.

La imagen de Jonathan tendido en el suelo, sangrando, no dejaba de repetirse en mi mente.


No podía pensar, solo podía sentir ese vacío abrumador.

Un asesino... ¿Era yo el asesino?


Amie había notado algo raro en mí, lo sabía. Desde que salimos del aula, había
estado observándome de reojo. Sus ojos, agudos y calculadores, no me dejaban
en paz, y aunque intentaba disimular, el peso de sus miradas me quemaba por
dentro.

Cuando llegué a mi casa, la puerta estaba entreabierta. Mi madre ni siquiera


estaba allí, como siempre. Me sentía vacía, como si todo lo que había hecho no
tuviera sentido. Mi mente seguía dando vueltas al asesinato, al chico que había
matado, al cuchillo en mi mano. Todo parecía tan distante, tan irreal, como si
hubiera sido otra persona, como si fuera... otra vida.

Entré a mi habitación sin ganas de hacer nada, ni siquiera de pensar. Me


desplomé en mi cama, con las manos sobre mi rostro, sintiendo el sudor frío
empaparme. Mis ojos estaban vidriosos, y la cabeza me daba vueltas. ¿Cómo
había llegado hasta aquí? ¿Por qué todo se había ido tan rápido, tan lejos?

Al rato, el sonido del timbre me sacó de mi letargo. Nadie solía visitar mi casa, y
menos a estas horas. Me levanté con dificultad, caminé hacia la puerta, y al
abrirla, me encontré con Amie, con la mirada fija y una expresión que no podía
leer.

—Sabía que algo pasaba —dijo con voz suave, pero firme—. Sé que no estás bien,
Sydney. Y sé lo que hiciste.

El miedo recorrió mi cuerpo como una corriente eléctrica. ¿Cómo sabía? ¿Qué
sabía ella? Mi garganta se secó, y las palabras no salían. Quería cerrar la puerta y
esconderme, desaparecer, pero algo en su mirada me detenía.
Amie dio un paso al frente, entrando en la casa sin pedir permiso. Su presencia
era imponente, como si supiera exactamente qué hacer en cada momento.

—Tu padre me ha dicho muchas cosas sobre ti, sobre lo que eres capaz de hacer...
—empezó a hablar, pero su tono había cambiado. Ahora era más serio, más
penetrante—. Y lo que pasó hoy, lo que ocurrió con Jonathan, no fue un
accidente, ¿verdad?

Un nudo se formó en mi estómago. ¿Cómo sabía todo eso? ¿Cómo había llegado
a este punto? No podía dejar que supiera más. No podía.

—No tienes idea de lo que estás diciendo... —musité, bajando la mirada.

Amie suspiró, y sus ojos no dejaban de observarme. Parecía que la verdad no la


asustaba. La verdad de lo que había hecho.

—Sé lo que sientes, Sydney. Pero te voy a decir algo: yo te puedo ayudar.
Podemos hacerlo juntas.

Mi corazón dio un vuelco. ¿Ayudarme? ¿Ella? No podía creerlo. ¿Por qué me


estaba diciendo esto? ¿Qué esperaba de mí?

—No... —susurré, sintiendo la confusión apoderarse de mi mente—. No quiero...


que me ayudes. No quiero que nadie sepa...
Amie me observó en silencio por un largo momento, y luego dijo con una calma
perturbadora:

—Lo que pasa es que ya te has expuesto, Sydney. Ya eres parte de esto. Y si no
haces lo que te digo, las consecuencias serán mucho peores.

Esa última frase me heló. Sentí un escalofrío recorriendo mi cuerpo. ¿Qué quería
ella de mí? ¿A qué se refería con "peores consecuencias"?

Cuando entramos a la casa de Amie, el ambiente era mucho más cálido de lo


que había esperado. No era como la mía, fría y vacía; las paredes estaban
decoradas con fotos familiares y detalles de una vida tranquila. Pero aún así, algo
en el aire me incomodaba. Había una tensión sutil que no podía ignorar.

Amie me condujo al salón, donde un hombre de complexión fuerte y rostro serio


me esperaba. Llevaba un uniforme de policía, su placa brillaba con una frialdad
inquietante bajo la luz.

—Papá, esta es Sydney —dijo Amie con una sonrisa en el rostro, como si
presentara a cualquier otra amiga.

El hombre me miró fijamente, su mirada era intensa, como si estuviera siempre


alerta. Extendió la mano, y aunque su gesto era cortés, sentí que había algo detrás
de su actitud.

—Encantado, Sydney —dijo él, con una voz grave. Había algo en su tono que me
ponía nerviosa.

Le estreché la mano, notando el frío del metal de la placa que colgaba sobre su
uniforme. No podía dejar de pensar en lo extraño que todo esto me parecía. ¿Por
qué estaba yo aquí? ¿Qué quería Amie de mí?

—Me imagino que has estado pasando por cosas difíciles —comentó él, casi como
si hubiera estado observándome antes de llegar.
Amie intervino rápidamente, como si quisiera suavizar la tensión en el aire.

—Mi papá es policía, Sydney. No te preocupes, él entiende cosas como esta. Si


necesitas ayuda, estamos aquí para apoyarte.

Al escucharla, sentí una mezcla de alivio y desconfianza. ¿De qué manera mi


situación encajaba con lo que él podía ayudarme?

Mientras miraba la placa en su uniforme, una sensación de incomodidad me


invadió. ¿Y si sabía más de lo que decía? ¿Y si él estaba involucrado en la
investigación sobre los asesinatos?

Pero no podía mostrar lo que pensaba. Estaba atrapada en una red de mentiras,
y cualquier paso en falso podría delatarme.

Amie se acercó a mí y susurró, como si intentara tranquilizarme:

—No te preocupes. Todo va a estar bien. Mi papá puede ayudarte a que todo esto
pase desapercibido.

La forma en que lo decía me hacía sentir que tal vez todo esto era una trampa.
Me miraba con tanta seguridad, pero ¿cómo podía estar segura de que no me
estaba metiendo en algo aún peor?

El hombre observó mi reacción, pero no dijo nada. Solo asintió, como si quisiera
confirmar algo que yo aún no entendía.

—Solo recuerda, Sydney —dijo el policía, con tono serio—, a veces la gente necesita
un poco de ayuda para ver la verdad. Pero si decides confiar en nosotros, todo
será mucho más fácil.

Mis pensamientos estaban nublados. Mi mente quería hacer mil preguntas, pero
mi garganta estaba cerrada. No podía expresar lo que realmente sentía, pero algo
me decía que debía tener cuidado. Estaba siendo observada, de alguna manera,
aunque nadie lo dijera en voz alta.

Amie, viendo mi silencio, se acercó un poco más, sonriendo con tranquilidad:

—Te lo prometo, vamos a estar bien. Te ayudaré a mantenerte al margen de todo


esto.
Sus palabras parecían sinceras, pero el ambiente pesado y la presencia de su
padre me decían que todo esto no era lo que parecía.

La tensión seguía palpable en el aire cuando Amie me llevó a su cuarto. El lugar


era tan distinto al de mi casa: ordenado, limpio, casi perfecto. Yo no sabía cómo
sentirme. La parte racional de mi mente me decía que debía alejarme de todo
esto, pero algo dentro de mí me mantenía ahí, atrapada en la necesidad de estar
cerca de Amie, como si ella pudiera salvarme de lo que me estaba convirtiendo.

Amie abrió un cajón de su escritorio y, con una calma inquietante, sacó una
pistola. La miró como si fuera un objeto común, como si fuera algo que todos
tuviéramos en casa.

—Mi papá me dio esto —dijo con voz baja, sin mirarme directamente—. Me dijo
que fuera responsable con ella, que la llevara cuando saliera a sitios peligrosos.

La pistola brillaba bajo la luz de la lámpara, y mi vista quedó fijada en ella. Mis
dedos comenzaron a temblar ligeramente mientras la observaba, como si
estuviera hipnotizada. El peso del metal en su mango me llamaba, me atraía,
como una fuerza que no podía comprender del todo. Mi corazón latía más rápido
mientras pensaba en lo que podría hacer con eso.

De repente, las palabras salieron de mi boca sin que pudiera detenerlas:

—Esto es mejor que un cuchillo.

Amie me miró sorprendida, pero no dijo nada. Su expresión se volvió extraña,


como si algo en mi tono la hubiera inquietado, pero rápidamente lo ignoró.
Volvió a guardar el arma en el cajón y lo cerró con un leve clic, pero aún sentía
el peso de la pistola en mi mente. Era más que un objeto; era una forma de
control, una forma de liberar todo lo que sentía dentro de mí.

Amie salió del cuarto hacia el baño, dejándome sola. Un suspiro de alivio escapó
de mis labios mientras aprovechaba la oportunidad. Mis manos actuaron
rápidamente, sin pensarlo. Abrí el cajón con sigilo, tomé la pistola y la escondí
debajo de mi abrigo. Cerré el cajón con llave, asegurándome de que no pudiera
abrirse. Nadie debía saber que la tenía.
Mi mente se nubló aún más. Todo lo que veía, oía y sentía me llevaba a un lugar
oscuro, un lugar donde el control se desvanecía y la necesidad de hacer cosas
incontrolables tomaba el mando.

¿Qué era yo ahora? ¿Quién me había convertido en esto? La pistola, el cuchillo,


los gritos en mi mente… todo estaba ligado. Y lo peor de todo es que no quería
parar.

Escuché los pasos de Amie acercándose, y guardé la pistola, respirando hondo


para tranquilizarme.

—¿Estás bien? —me preguntó Amie al regresar al cuarto. No pude evitar notar la
preocupación en su voz, pero estaba tan perdida en mis propios pensamientos
que no supe qué responder.

—Sí —respondí rápidamente, sintiendo que la distancia entre nosotros aumentaba


con cada segundo.

Ella me miró unos segundos, aún con duda, pero pareció no insistir. Se sentó en
su cama y empezó a hablar sobre la escuela, sobre cosas que no lograba escuchar.
Mi mente solo giraba en torno a lo que había hecho, lo que podría hacer, y lo
que significaba tener el control de un arma en mis manos.

Amie estaba tan cerca, pero al mismo tiempo tan lejos.

Yo me había convertido en alguien más. Y no sabía cómo detenerlo.

Amie salió del cuarto y se dirigió al baño. Mi cuerpo, casi por instinto, reaccionó
en el momento en que escuché la puerta cerrarse. Mis ojos se clavaron en el cajón
donde ella había guardado la pistola. Mi mente comenzó a nublarse y una presión
inexplicable se apoderó de mi pecho.

No pude evitarlo. Mis pies se movieron hacia el escritorio como si no tuviera


control sobre ellos. Abrí el cajón con cautela, mi corazón latiendo más rápido
con cada movimiento. Los segundos parecían estirarse, como si el tiempo
estuviera de mi lado.
La pistola estaba allí, exactamente donde Amie la había dejado. Tomé el mango
con las dos manos, sintiendo su peso, su frío metal. La sensación fue como un
suspiro de alivio en medio de mi caos interno. Todo en mí pedía que la
sostuviera, que tuviera el control, aunque supiera que no lo tenía.

Me quedé allí, unos segundos, mirando el arma. Las voces en mi mente


empezaban a callarse. Todo lo que sentía, todo lo que pensaba, se disolvía en la
quietud del momento. Era como si el mundo entero hubiera desaparecido,
dejando solo a la pistola y a mí.

Pero entonces escuché los pasos de Amie acercándose, y un impulso inmediato


me hizo guardar el arma bajo mi abrigo. Cerré el cajón con un clic casi
imperceptible y me quedé allí, en silencio, esperando.

Amie entró al cuarto con una sonrisa, como si nada estuviera pasando. Pero yo
sabía lo que había hecho. Yo sabía lo que tenía en mis manos.

"¿Estás bien?", preguntó, y yo solo pude sonreír, intentando ocultar el caos que
se estaba desbordando dentro de mí.

"Sí," respondí, pero lo sabía: algo oscuro dentro de mí estaba tomando forma.

Y ya no podía detenerlo.
Capítulo 7
“Un corazón sangrante”
Amie regresó al cuarto con una sonrisa relajada, sin sospechar nada. Se
acomodó en la cama y sacó su teléfono, comenzando a buscar algo.

“Estaba pensando en ver una película de terror, ¿te parece?” me preguntó, sin
esperar respuesta, como si su entusiasmo fuera contagioso.

Asentí sin pensarlo. Ya no tenía ganas de hablar. Quería sumergirme en algo,


dejar que la sensación de vacío me tragara. Amie puso la película y las luces se
apagaron, dejando el cuarto en penumbra, solo iluminado por la luz de la
pantalla.

Al principio no me interesaba, pero en cuanto vi las primeras imágenes, algo


dentro de mí cambió. La película comenzaba con una escena sangrienta, un
asesino desfigurando el rostro de su víctima con un cuchillo. El sonido del acero
cortando la carne, el grito desesperado, el rojo intenso de la sangre… todo me
absorbió por completo. No podía apartar la mirada.

El ritmo de la película avanzaba, mostrando más escenas de asesinatos, torturas


y gritos. Los cuerpos mutilados se apilaban, las víctimas sufrían, pero de alguna
manera, lo que antes me parecía horrible, ahora me resultaba fascinante. La
forma en que el cuchillo cortaba la piel, la manera en que el cuerpo caía al suelo,
y cómo la vida se desvanecía lentamente en los ojos de los caídos... todo eso
despertaba algo en mí, algo que no entendía.

Mi respiración se volvió más pesada, más errática, y mi mente se nubló. Me sentía


atrapada, observando cada escena como si fuera parte de mí. No pude evitarlo.
Imaginé cómo sería estar en el lugar del asesino, sosteniendo el cuchillo,
controlando cada movimiento, viendo el dolor y el miedo en los ojos de la
víctima. Mis manos temblaron al pensar en ello.

Amie, que estaba concentrada en la pantalla, no parecía notar cómo mi expresión


se transformaba. Yo ya no estaba en el cuarto con ella; me había perdido en la
oscuridad de mis pensamientos, en la calma de la violencia que se desplegaba
ante mis ojos.

“¿Te gusta?” preguntó Amie, rompiendo mi trance.

Me giré lentamente hacia ella. Sus ojos brillaban con curiosidad, pero yo no podía
ver nada más allá de las imágenes en mi mente. Sentí cómo mi cuerpo temblaba
al recordar las escenas de la película, el cuchillo, el sonido, la sangre.

“Es… interesante,” respondí, mi voz más fría de lo que pretendía.

Amie asintió, ajena al torbellino que se desataba dentro de mí.

“Sí, es bastante buena, ¿verdad? Esos asesinatos son tan… reales,” dijo con una
sonrisa de satisfacción.

No pude decir nada más. La verdad es que en ese momento, todo en mí estaba
centrado en esa sensación, en esa sed de ver más, de entender más. Ya no quería
salir de esa oscuridad.

Y sentí que, poco a poco, algo en mí se estaba perdiendo.

El teléfono vibró en mi bolsillo, sacándome de mi trance. Miré la pantalla con


lentitud, el nombre del remitente era desconocido. Un mensaje apareció:
“Nos vemos en la Calle Oscura, cerca del puente. Te espero.”

Mi corazón dio un vuelco. Sabía exactamente de qué calle se trataba. Era el


callejón donde había matado a Tyler. El lugar que guardaba todos esos recuerdos
oscuros y descontrolados que aún me perseguían, pero al mismo tiempo, era
como un imán para mi mente rota.

Un escalofrío recorrió mi columna vertebral, pero una extraña emoción comenzó


a crecer dentro de mí. Era como si una llamada de algo oscuro me estuviera
invitando, algo que sentía que debía seguir. No podía ignorarlo.

Miré a Amie, que estaba mirando la pantalla de su teléfono, ajena a todo. La


necesidad de ir allí era más fuerte que mi miedo. Tenía que ir. Ya no podía
detenerme. Me levanté sin pensarlo mucho.
“Amie,” dije, mi voz tan calma como pude, “me tengo que ir. Tengo algo que
hacer.”

Amie levantó la mirada y me vio de pie, con la expresión que probablemente era
difícil de leer. La verdad era que no sabía cómo justificarlo. Tampoco sabía si
realmente quería justificarlo.

“¿Te vas ya?” preguntó, algo sorprendida. “¿No quieres seguir viendo la
película?”

Negué con la cabeza. “No, tengo que ir. Lo siento.”

Amie me miró por un momento, algo en sus ojos cambiando, pero no dijo nada
más. Parecía estar masticando algo en su mente, pero no preguntó más.

“Está bien, cuídate,” me dijo finalmente, con una sonrisa que no llegaba a sus
ojos. “Nos vemos luego.”

No pude evitarlo. “Sí, nos vemos,” respondí, sintiendo una extraña desconexión
con la situación. Caminé hacia la puerta y la abrí, saliendo sin mirar atrás.

El aire frío me golpeó la cara, y la ciudad me pareció aún más vacía y lejana
mientras caminaba por las calles. La dirección que me habían dado me llevaba
directo a la Calle Oscura. Un lugar donde ya no podía ser la misma. Tenía que
encontrar respuestas, aunque no sabía si las quería.

Miré mi teléfono una vez más. El mensaje seguía allí. “Te espero.”

El destino me estaba llamando, y no podía resistirme.


El aire estaba denso, frío, y el callejón parecía aún más oscuro de lo que
recordaba. Las luces de la ciudad se reflejaban débilmente sobre los charcos en
el suelo, y el sonido de los autos lejanos se apagaba poco a poco, dejando solo el
crujir de los adoquines bajo mis botas. Me detuve en el centro del callejón,
esperando a que apareciera el extraño.

De repente, lo vi. Un hombre alto, con una chaqueta oscura que se ajustaba
perfectamente a su figura. El rostro parcialmente iluminado por una tenue luz
amarillenta. Sus ojos brillaban con una intensidad peligrosa, y al instante supe
que no venía a hacer amigos.

—Así que tú eres la famosa asesina… —su voz era baja, grave, como si estuviera
disfrutando de la situación. Sus palabras eran afiladas como un cuchillo. No era
un novato.

Lo observé detenidamente. No sentí miedo. La adrenalina me recorría como una


corriente eléctrica, pero no era miedo lo que sentía. Era el mismo impulso, la
misma necesidad. El deseo de seguir el ciclo.

—Tú también eres un asesino, ¿verdad? —respondí, mi tono casi indiferente,


aunque algo en mi interior comenzaba a hervir.

El hombre sonrió de manera cruel. —Así es, pero… no estoy dispuesto a tener un
rival. He observado cómo mataste a ese chico, Tyler. Eres buena, pero no quiero
que sigas en mi territorio. —El brillo de su cuchillo en su mano me llamó la
atención. Un destello plateado, tan letal como sus palabras.

Sin pensarlo, me adelanté hacia él, como una sombra. El cuchillo que él había
sacado brilló en el aire, trazando una línea peligrosa hacia mi rostro. Me agaché
instintivamente, dejando que el filo pasara por encima de mi cabeza, rozando un
mechón de mi cabello. Un movimiento rápido, y me levanté de nuevo,
esquivando con agilidad.

La sensación de peligro era palpable. Cada vez que el cuchillo de mi atacante se


acercaba, el aire se cortaba, y mis sentidos se agudizaban. Tenía que actuar
rápido, sin dejar que la confusión o el miedo me paralizaran.
En un movimiento que apenas pude seguir con la mirada, me deslicé a su
costado, intentando clavarle el cuchillo en el abdomen. Pero él reaccionó a
tiempo, bloqueando el golpe con un giro rápido de su muñeca, causando que mi
cuchillo se deslizara por su piel y cayera al suelo. Pero no me detuve. Recogí
rápidamente otro cuchillo que estaba cerca de mis pies y lo sostuve con firmeza.

Nuestros cuerpos se movían en una danza mortal. Cada estocada, cada esquiva,
estaba llena de una tensión que me llenaba por dentro. Estaba tan enfocada que
todo lo demás desaparecía. Solo existíamos él y yo en ese instante.

Mi brazo se movió con velocidad, y pude hacerle un corte profundo en su mejilla.


La sangre comenzó a brotar de su rostro, pero él no se detuvo. Sonrió con
frialdad, sin darme tregua.

Sabía que no podía seguir así. Él era rápido, y no tenía la fuerza que yo necesitaba
para ganarle de esta manera. Mi mirada recorrió el suelo, buscando la pistola que
escondía en mi bolsillo. Pero algo dentro de mí me dijo que no era el momento
de usarla.

La antigua era más confiable. Me moví como un espectro y me lancé hacia él,
esta vez con toda la fuerza que tenía. El cuchillo pasó por su abdomen, y pude
escuchar su respiración entrecortada. Se giró para contraatacar, pero me
adelanté, girando en un ángulo inesperado y clavando mi cuchillo directo a su
pecho.

El hombre retrocedió, tambaleándose. La sangre brotaba de su herida, y vi el


pánico en sus ojos, algo que nunca había visto en él. Él había subestimado mi
rapidez, y ahora, estaba pagándolo.

Con una última estocada, hundí el cuchillo con toda mi fuerza en su corazón. La
resistencia desapareció al instante, y su cuerpo cayó al suelo, sin vida, dejando
una estela de sangre que se expandía a mi alrededor. La quietud que siguió fue
ensordecedora.

Me quedé allí, de pie, observando el cuerpo inerte frente a mí. Mi respiración


era pesada, y la adrenalina aún corría en mis venas. Por un momento, me sentí
vacía, como si todo lo que hubiera hecho no hubiera sido más que un acto
mecánico, un impulso que no podía detener.

Poco a poco, la imagen de mi víctima se desvaneció, reemplazada por una


sensación de satisfacción inquietante. Me había demostrado a mí misma que aún
estaba en control, aunque, en el fondo, sabía que algo mucho más oscuro se
estaba apoderando de mí.

El callejón, que una vez había sido un lugar sombrío de recuerdos oscuros, ahora
era mi dominio.

Con el hombre desplomado a mis pies, la adrenalina seguía corriendo por mi


cuerpo, pero en cuanto la quietud se instaló, la realidad volvió a golpearme. El
cuchillo en mis manos aún palpitaba con la sangre caliente del hombre, y su
cuerpo estaba tendido allí, como un recordatorio de lo que había hecho. Estaba
herida, pero no sentía dolor. No importaba. Lo que importaba ahora era escapar
antes de que alguien apareciera.

Rápidamente, tomé su cuchillo ensangrentado del suelo, deslizándome hacia él


con la agilidad de una sombra. No quería dejarlo allí, ni siquiera en este lugar
lleno de muerte. Él había querido desafiarme, y ahora yo era la que tenía la última
palabra. Me lo guardé en mi chaqueta, sintiendo el peso metálico, pero también
una sensación de control. Estaba ganando. O eso creía.

Mi cuerpo estaba cubierto de algunas heridas menores, pero el sangrado era


mínimo. Sabía que no debía quedarme mucho tiempo. El sonido lejano de
sirenas comenzó a llegar a mis oídos, y el miedo que había sentido al principio
se transformó en una necesidad urgente de escapar. No podía quedarme.

Di un paso hacia atrás, mirando una última vez el cuerpo del hombre, y luego
me dirigí rápidamente hacia el final del callejón. Mis pasos resonaban en la
quietud de la noche, y la niebla comenzaba a formarse alrededor de mí. Cada
respiración era más pesada que la anterior, pero la sensación de estar huyendo
me empujaba hacia adelante.

Me alejé lo más rápido que pude, sin mirar atrás. Sabía que no podía dejar que
nadie me siguiera. Este lugar ahora me pertenecía, y no había vuelta atrás. Lo que
había hecho no se podía deshacer.
Entré al bar, el ruido de la música y las conversaciones se desvanecieron mientras caminaba
hacia la barra. Mis heridas seguían ahí, pero el dolor ya no era lo más importante. El cansancio
no era una opción. Quería un trago, algo que me ayudara a calmar lo que sentía dentro, algo
que me recordara que aún podía ser humana, aunque ya no estuviera tan segura de qué
significaba eso.

El camarero, con una sonrisa automática, me miró y luego se detuvo al ver mi rostro. Sus ojos
se estrecharon un poco cuando me vio más de cerca. La mirada de alguien que acaba de
asesinar a otro es difícil de ignorar. Era el mismo sentimiento que tuve en el callejón, solo que
ahora estaba aquí, en público, con las manos manchadas de sangre.

—¿Qué te traigo? —dijo el camarero, pero cuando miró mi edad, su tono cambió.

—¿Una cerveza, por favor? —dije sin perder la calma, esperando a que se diera cuenta de que
no estaba de humor para discutir.

Él me miró fijamente, parece que dudaba. Luego, levantó una ceja, con una sonrisa nerviosa.

—Lo siento, chica. Eres demasiado joven para beber aquí.

Una mueca recorrió mis labios, una especie de sonrisa torcida. Y sin pensarlo dos veces, le
solté, casi entre dientes:

—Te dije que me traigas mi maldita cerveza.

No era una amenaza, solo una afirmación tranquila. Mis ojos lo retaron, le mostré un atisbo
de lo que había hecho, de lo que podía hacer. Él tragó saliva, me miró durante un segundo y,
finalmente, se dio por vencido.

—Está bien... Una cerveza, enseguida —dijo, y comenzó a servirla.

Mi mirada se mantuvo fija en él, y mientras esperaba mi trago, sentí la sensación de estar
ganando, de estar en control. Tal vez no de todo, pero de este momento.
Fue entonces cuando mi mirada se detuvo en una chica que bailaba en la pista.
Lo intentaba, al menos. Movía sus caderas al ritmo de la música, pero sus ojos
estaban lejos. Se veía... incómoda, como si estuviera atrapada en una especie de
espectáculo que no le pertenecía. No era su lugar, y lo sabía.

Escuché a alguien murmurando su nombre cerca de la barra: "Danielle", pero no


le presté mucha atención. No me importaba. Nada de eso importaba ahora. Mi
mente seguía atrapada en lo que acababa de hacer, en las heridas, en la sangre,
en la adrenalina que todavía corría por mis venas.

La chica seguía bailando, pero no la miraba realmente. Solo era una más en este
lugar lleno de gente que no conocía ni quería conocer. Me tomé otro sorbo de
mi cerveza, y el resto desapareció.
Capítulo 8
“Entre la mentira y el abismo”
Salí del bar con la cerveza en la mano, sintiendo el aire frío de la noche
acariciando mi piel, pero la sensación de estar viva seguía palpitando en mis
venas. El calor de la adrenalina aún me quemaba por dentro, y no pude evitar
pensar en la última pelea, en el tipo al que acababa de matar.

Caminaba sin rumbo, sin detenerme, solo siguiendo la sensación de que debía
seguir adelante, sin mirar atrás. Mis pasos resonaban en la calle vacía cuando
escuché una risa ahogada detrás de mí. Giré, encontrándome con un hombre
ebrio, tambaleándose de un lado a otro, sus ojos nublados por el alcohol.

"¿Dónde vas, hermosa?", murmuró, acercándose más de lo que me gustaba. Su


aliento a licor me pegó al instante, y mi piel se erizó.

"No es tu problema", le respondí, sin ganas de lidiar con él, pero al mismo
tiempo sintiendo cómo la furia comenzaba a crecer dentro de mí. La tensión
estaba en el aire.

"¿Quién te crees, eh?", dijo él, acercándose más, su aliento cada vez más fuerte
y su tono más amenazante. "¿Qué harías si te hago algo? Seguro no eres tan
valiente como parece."

El tiempo se detuvo. No pensé en nada más que en lo que tenía que hacer. Mi
cuerpo se movió por sí solo, como si lo hubiera hecho miles de veces antes. Sin
previo aviso, saqué el cuchillo que siempre llevaba conmigo. La hoja brilló bajo
la luz de la farola, y sin un solo pensamiento racional, me lancé hacia él. El
sonido del metal cortando su piel fue tan satisfactorio como si me deshiciera de
toda mi frustración, mi ira acumulada.

Lo apuñalé una vez, luego otra, y otra más. Cada golpe era un eco de todo lo
que había estado guardando, una liberación de lo que me había estado
ahogando. No pensaba en nada más que en el placer que me daba ver cómo
caía al suelo, cómo se retorcía ante mis ataques. La furia me consumía.
"¿Vas a seguir hablando?" le susurré, viendo cómo el tipo comenzaba a temblar
y a desangrarse lentamente. Mi respiración se hizo más pesada, pero no me
detuve. Cada apuñalada fue como un recordatorio de lo que era capaz de
hacer.

Finalmente, cuando ya no se movía, cuando ya no quedaba nada más que un


cuerpo tendido en el suelo, me quedé allí un momento, observando el caos que
acababa de crear. Estaba cubierta de sangre, y aunque por un momento sentí
que algo dentro de mí se rompía, también me sentí... tranquila.

Al fin, guardé el cuchillo y di un paso atrás, dejando que la oscuridad me


tragara de nuevo.

Cada vez que lo apuñalaba, veía cómo su cuerpo se debilitaba más, cómo las
heridas se acumulaban. Mi visión se nublaba con la intensidad del momento,
pero seguí. No pensaba. Era como si la necesidad de hacerle daño lo pudiera
todo.

Finalmente, cuando ya estaba agotada de tanto golpear, di una última estocada


en su pecho, tan profunda que sentí cómo mi cuchillo se hundía hasta su
corazón. Un último suspiro escapó de sus labios, y vi cómo su cuerpo caía, casi
como si fuera parte de la misma noche oscura que nos rodeaba.

Me quedé de pie, respirando pesadamente, observando lo que acababa de


hacer. El hombre, ahora tirado en el suelo, no mostraba señales de vida. La
sangre se extendía por todo el suelo, creando un charco oscuro que reflejaba la
luz de la calle.

Me tomé un momento para mirar el cuchillo, cubierto de sangre, y luego miré


mi propia ropa, empapada. Sin pensarlo, guardé el cuchillo y me aparté de él.
Ya no importaba lo que había hecho. Lo único que sabía era que necesitaba
irme, desaparecer.

Me fui sin mirar atrás, mis pasos resonando en la calle, mi corazón latiendo con
fuerza, pero sin arrepentimientos.

Al llegar a casa, la puerta se cerró de golpe detrás de mí. El aire estaba pesado,
y aunque estaba ebria, algo dentro de mí sabía que las consecuencias de esa
noche iban a alcanzarme. Apenas había cruzado el umbral cuando sentí la
presencia de mi madre, que me miraba desde la cocina con una mezcla de
rabia y decepción.

"Sydney... ¿otra vez llegas borracha?", dijo, su voz temblando con frustración.

Intenté caminar en línea recta, pero el alcohol me hacía tambalear. No le


respondí, solo pasé a su lado, ignorándola por completo. No quería escucharla,
no quería oír nada sobre cómo arruinaba mi vida, sobre cómo era un mal
ejemplo para todo el mundo. Yo estaba cansada de todo eso.

"¡Sydney!", me agarró del brazo antes de que pudiera llegar a mi habitación. Su


agarre era fuerte, implacable. "¡No vas a seguir actuando así!"

Me volví lentamente, viéndola con los ojos entrecerrados, como si el mundo a


mi alrededor fuera solo un ruido distante. "¿Qué pasa, mamá? ¿Te molesta que
beba?", le dije con voz lenta, tratando de mantener el control sobre mis
palabras. "¿Te molesta que me divierta?"

"No, no se trata de eso, ¡es que te estás destruyendo!", su rostro estaba rojo, las
lágrimas a punto de salir, pero mi indiferencia la bloqueaba.

La miré a los ojos, sintiendo la presión del alcohol en mis venas, y solo solté
una risa amarga. "No sabes con quién te estás metiendo", le dije, con una
frialdad que ni yo misma entendía. "Soy yo quien se está destruyendo, mamá,
no tú."

En ese momento, algo en mi voz la detuvo. Noté que su expresión se suavizaba


por un instante, pero pronto se tornó de nuevo en enojo.

"¡Syd—", empezó a gritar, pero yo ya la había ignorado. Me solté de su agarre y


seguí caminando hacia mi habitación.

Mi madre me miró, incapaz de decir más. Sabía que estaba perdida en un lugar
mucho más oscuro, y que sus palabras no tenían poder sobre mí ya. Y aunque
me odiaba por hacerlo, yo también me odiaba a mí misma por dejarme
arrastrar así. Pero no podía parar.
Estaba sentada en medio del examen, las hojas arrugadas en mi mano, pero mi
mente no estaba en las preguntas ni en las respuestas. El eco de las voces a mi
alrededor me incomodaba, la presión del lápiz en mi mano me hacía sentir más
nerviosa que de costumbre. Mis ojos se desviaban hacia los pasillos, buscando
algo, alguien, cualquier cosa que me distrajera de la constante oscuridad en mi
cabeza. Y fue entonces cuando la vi.

Sofía. Esa chica que siempre había sido parte de mi tormento, que había estado
al margen de los ataques, pero que a su manera también me había hecho sentir
pequeña. Ella se levantó de su asiento, sin prestar atención a mí, y comenzó a
caminar hacia la puerta. Había algo en su actitud, algo en la forma en que la
miraba, que me hizo decidir, casi sin pensarlo.

Pedí permiso al profesor con una rapidez casi impensable para mí, como si la
necesidad de seguirla se apoderara de mis sentidos. No estaba segura de lo que
quería hacer, ni siquiera lo pensaba. Solo sabía que no podía dejar pasar esta
oportunidad.

La vi entrar al baño, sola, sin darse cuenta de que la seguía. Un sudor frío
recorrió mi espalda, pero no me detuve. El pasillo parecía largo, interminable,
mientras mis pasos resonaban en mis oídos.

Cuando llegué a la puerta del baño, me quedé parada allí unos segundos,
respirando con pesadez, antes de abrirla con cautela.

Sofía estaba frente al espejo, ajena a mi presencia. Podía ver que se miraba con
cierta actitud despectiva, como si estuviera en su propio mundo, sin saber que
yo estaba observándola. Mi mano, como si fuera controlada por algo más, tocó
el pomo de la puerta y la empujó hacia adentro, sin pensar en las
consecuencias.

Fue entonces cuando me vio.

Sus ojos se abrieron de par en par, sorprendida, pero no aterrada, no aún.


Cuando sus ojos se clavaron en los míos, me di cuenta de que había cometido
un error. Pero ya era tarde. Estaba demasiado cerca.

“¿Qué haces aquí?” su voz temblaba, pero intentaba disimularlo, como si fuera
la misma de siempre.
Sin decir una palabra, mi mano fue hacia mi mochila y la sacó con rapidez. El
brillo metálico del cuchillo en mi mano le hizo entender lo que estaba pasando.
Su rostro se congeló, se quedó sin habla por un momento.

“¡No! ¡No, por favor!”, dijo, retrocediendo, pero la puerta ya estaba cerrada.
Estábamos solas.

El miedo en sus ojos me hizo sentir algo que no podía describir. Pero no me
detuve. Cada respiración que tomaba parecía hacerme más fuerte. En un
movimiento rápido, avancé hacia ella. Y, sin mediar más palabra, el cuchillo fue
lo único que habló entre nosotros.

Volví al aula con el corazón martillando en mi pecho. Mi respiración aún era


irregular, mis manos temblaban apenas perceptiblemente, pero me obligué a
mantener la calma. Me deshice del cuchillo con rapidez antes de regresar a mi
asiento, mezclándome entre los demás como si nada hubiera ocurrido.

Respiré hondo. Nadie lo notó. Nadie me miró dos veces.

Amie, sentada a unos asientos de distancia, frunció el ceño. Su nariz se arrugó


ligeramente mientras olfateaba el aire, como si algo le pareciera extraño.

—¿Hueles eso? —murmuró en voz baja, dirigiéndose a la profesora sin levantar


la mano.

La profesora, absorta en revisar exámenes, levantó la vista con un aire de


fastidio.

—¿A qué te refieres, Amie?

Amie miró a su alrededor y luego hacia la puerta, como si intentara ubicar el


origen del olor.

—No sé… huele raro. Como… —Se detuvo, pensativa, antes de agregar en un
susurro—: Como algo podrido.

Mi estómago se revolvió.

La profesora soltó un suspiro y llamó al conserje con su radio.

—Pablo, por favor, revisa los pasillos. Parece que hay un olor extraño cerca de
los baños.
Mis manos se apretaron en puños debajo del escritorio. No podía ser. No
podían descubrirlo tan rápido.

El murmullo de los estudiantes creció cuando el conserje, un hombre mayor


con el rostro siempre cansado, entró en el aula y asintió antes de salir
nuevamente.

Un minuto pasó. Luego dos.

Entonces, un grito.

Un grito agudo que cortó el aire del colegio como un cuchillo.

La profesora se levantó de inmediato, su expresión pasó del fastidio a la


preocupación en un instante. Salió al pasillo junto con algunos estudiantes
curiosos. Yo, en cambio, me quedé en mi asiento, sintiendo cómo la sangre se
me helaba.

—¡Dios mío! ¡Es… es el cuerpo de una estudiante! —gritó Pablo.

El aula se convirtió en un caos. Alguien gritó. Otros se levantaron de sus


asientos, algunos corrieron a ver de qué se trataba, otros retrocedieron con las
manos en la boca.

Yo… yo solo me quedé allí.

Amie me miró. Sus ojos escanearon mi rostro, tratando de descifrar mi


expresión.

No supe si lo lograba o no.

Pero una cosa era segura.

Sofía había sido encontrada.

El caos estalló en cuestión de minutos.

Amie sacó su teléfono con manos temblorosas y marcó con rapidez.

—Papá… —su voz era apenas un murmullo, pero sus palabras tenían peso—.
Encontraron otro cuerpo.
Escuché el murmullo de su padre al otro lado de la línea, su tono grave y
cortante. Luego, Amie asintió, apretando los labios con fuerza.

—Sí… sí, lo haré.

Colgó y me miró con una seriedad que nunca le había visto antes.

—Van a cerrar la escuela.

El anuncio se propagó por los altavoces del colegio en cuestión de segundos.

“Por motivos de seguridad, todos los estudiantes deben evacuar de inmediato.


La escuela permanecerá cerrada hasta nuevo aviso.”

Las voces se alzaron en pánico. Nadie entendía qué estaba pasando


exactamente, pero todos intuían lo peor.

En la ciudad, las noticias no tardaron en explotar. Reportes de víctimas


aparecían en cada canal, en cada periódico. La gente hablaba en susurros, las
calles empezaban a vaciarse.

El miedo crecía.

Y en medio de todo eso, yo solo podía pensar en lo fácil que había sido matar.

Amie me miró con preocupación, pero yo solo rodé los ojos.

—Sydney, ¿estás segura? Con todo lo que está pasando, creo que no deberías
quedarte sola…

Sonreí con ironía.

—No me preocupa. Créeme, sé cuidar de mí misma.

Amie frunció el ceño, como si intentara entender lo que realmente quería


decir.

—No es solo por ti, es que… hay un asesino suelto. No quiero que…

Levanté una ceja y la interrumpí antes de que terminara.

—Amie, en serio. No me va a pasar nada.


Ella suspiró, pero asintió lentamente.

—Si necesitas algo, llámame.

—Claro —mentí.

Ella no dijo nada más, pero podía notar que no estaba convencida. Me miraba
como si intentara descifrar algo en mí, como si sospechara.

Pero no importaba.

Esa noche, haría lo que me diera la gana.

Me senté en el borde de la cama, con el frasco de pastillas en la mano. El


cuarto estaba en penumbras, la única luz venía de la farola de la calle filtrándose
por las cortinas. Me llevé un par de pastillas a la boca y las tragué en seco.

El silencio de la casa me resultaba pesado, sofocante. Cerré los ojos y apoyé la


cabeza en la pared.

Y entonces, los vi.

Abrí los ojos de golpe, mi respiración se volvió errática.

Frente a mí, en la oscuridad de mi habitación, estaban ellos.

Me quedé inmóvil.

El silencio pesaba como una lápida en mi habitación. Mi respiración era un eco


en la oscuridad. Pero no estaba sola.

Los sentía.
Primero, una figura en la esquina. Luego otra, junto a la puerta. Y otra más,
cerca del espejo.

Cuando parpadeé, ya estaban frente a mí.

Tyler. Su cabeza aún chorreaba sangre, la herida abierta era una grieta oscura
en su cráneo. Me miraba con el ceño fruncido, su boca torcida en una mueca
de dolor.

A su lado, Sofía. Su piel era cera, sus labios amoratados. Su cuello tenía marcas,
huellas de mis manos.

Detrás de ellos, el tipo del callejón. Sus entrañas aún colgaban de su cuerpo
apuñalado. Cada respiración que hacía sonaba como un gorgoteo ahogado.

Había más.

Más rostros. Más cadáveres que yo había creado.

—No… —murmuré, apretando los puños.

Mis víctimas no dijeron nada. Solo me observaban.

Entonces, Tyler inclinó la cabeza.

—¿Por qué lo hiciste?

Sofía entrecerró los ojos, su expresión era de lástima.

—¿Te sentiste mejor matándome?

El tipo del callejón sonrió.

—Eres igual a mí.

Retrocedí hasta chocar contra la pared, mi pecho subía y bajaba con violencia.

—Ustedes… No están aquí…

Pero sí lo estaban.

Se acercaban, cada vez más.


Sentí dedos fríos en mi brazo. Una mano invisible apretó mi garganta. Mi
propio reflejo en el espejo me sonreía, pero yo no estaba sonriendo.

—Eres un monstruo —susurraron todos a la vez.

Grité.

Cerré los ojos con fuerza, tapándome los oídos.

Y cuando volví a mirar…

La habitación estaba vacía.

Mi cuerpo temblaba. El aire me quemaba los pulmones.

Me dejé caer al suelo, sintiendo el sudor pegado a mi piel.

No estaban aquí.

No podían estar aquí.

Pero sus voces aún resonaban en mi cabeza.

La botella de licor me quemaba la mano, pero el frío de la noche era más


fuerte. Cada trago me hundía más en la niebla, en el vacío que sentía dentro de
mí. Mis pasos eran vacilantes, pero mi mente estaba enfocada en lo que
acababa de hacer, en la sangre, en la sensación de poder. ¿Qué había de malo
en eso? Nadie se preocupaba por mí, así que no había nada que perder.

De repente, lo vi. Un hombre alto, caminando rápido, arrastrando a una mujer


que no podía más que sollozar, con los ojos llenos de miedo. Me detuve en
seco. Algo dentro de mí se encendió. La veía. Estaba indefensa, atrapada, y ese
hombre... él era el que iba a hacerle daño. ¿Qué podía hacer yo? Estaba tan
cansada de ser la víctima, tan harta de ser esa sombra que todos pisoteaban.
Algo dentro de mí susurró que ya no tenía que ser la observadora. Era mi turno
de ser la cazadora.

Lo seguí, con los latidos de mi corazón acelerados. Mis pasos eran invisibles,
mis movimientos calculados. La oscuridad me abrazaba mientras me acercaba a
ellos. El hombre no se dio cuenta de mi presencia hasta que estuve justo detrás
de él.

—¡Oye! —dije con voz ronca, casi gutural, antes de lanzarme al ataque.

El hombre giró, su cara llena de sorpresa y confusión. En un abrir y cerrar de


ojos, el cuchillo se clavó en su abdomen. Vi el impacto. Sentí cómo mi mano se
hundía en su carne, y el sonido de la sangre brotando me hizo sonreír. Mi
cuerpo temblaba de excitación.

—¡No puedes hacer esto! —gritó el hombre, pero su voz me parecía tan lejana,
tan débil.

Lo apuñalé de nuevo. Esta vez más profundo, en el costado. Vi cómo su rostro


se retorcía por el dolor, pero no me detuve. No podía. Cada estocada me
liberaba, me llenaba de algo que no sabía cómo describir, algo que me hacía
sentir completa. El cuchillo se hundió una vez más, esta vez en su pecho. Vi
cómo su respiración se hacía más lenta, más errática. La sangre fluía, caliente,
por su piel, y en ese momento, la sensación de poder era tan intoxicante que no
quería parar.

—¡Por favor! —gimió, pero sus palabras se desvanecieron, ahogadas por el dolor.

Con cada apuñalada, sentía cómo su vida se deslizaba de su cuerpo. Vi cómo


sus ojos se apagaban, cómo su boca apenas podía emitir sonidos. Pero me sentí
invencible, inmortal. Su lucha era débil, su vida ya no importaba. Solo
quedábamos él y yo, en ese espacio vacío, con la sangre cubriéndolo todo.

Finalmente, el hombre cayó al suelo, su cuerpo ya inerte. El cuchillo se deslizó


de su piel y cayó al lado de su cuerpo sin vida. Mi respiración era irregular, mi
pecho subía y bajaba como si hubiera corrido una maratón, pero todo lo que
sentía era esa calma aterradora. El vacío que había llenado mi mente antes,
ahora estaba en paz.

Pero entonces, algo me detuvo.

Vi a la mujer. Ella estaba de pie, mirando la escena con horror, sus ojos
reflejaban una mezcla de miedo y desesperación. Estaba aterrada, no podía
moverse. Intentaba retroceder, pero sus piernas temblaban.
Yo la miré fijamente. Ella me observaba con esos ojos tan frágiles, tan llenos de
vida. Algo dentro de mí hizo un giro, un cambio repentino. Mis manos, que
antes estaban llenas de sangre, temblaron. Vi sus lágrimas, su miedo, y todo lo
que había querido destruir, todo lo que había querido arrasar, se desvaneció en
un instante.

La furia que me consumía se apagó, y en su lugar quedó una incertidumbre que


no podía comprender. Me acerqué lentamente, sintiendo el peso de lo que
había hecho. No quería matarla. No podía. Algo me lo impedía. Algo me decía
que ella no merecía lo que le había dado a él.

Mis labios se movieron sin pensarlo:

—Vete.

No la miré. No podía. Sentí como si una parte de mí hubiera muerto, algo que
había estado guardado muy dentro de mí. De alguna manera, las víctimas que
había creado, la sangre que había derramado, todo eso se desmoronó en ese
momento.

La mujer, temblorosa, apenas entendió lo que estaba pasando. Vi cómo, sin


una palabra, dio un paso atrás y luego comenzó a correr, perdiéndose en la
oscuridad de la noche.

Me quedé allí, con el cuchillo en la mano, la sangre cubriéndome, el eco de lo


que acababa de hacer resonando en mis oídos. Pero algo había cambiado. Algo
dentro de mí estaba… roto.

No la maté.

No esa vez.

Mi respiración aún era errática, pero antes de que pudiera procesarlo, mi


teléfono vibró en el bolsillo de mi chaqueta. Lo saqué sin pensarlo, con la
mano temblorosa, y vi el nombre en la pantalla.

Era mi mamá.
Abrí el mensaje, y las palabras casi me quemaron los ojos:

"¿Dónde estás? ¿Por qué saliste sola? Con la situación en la ciudad, no quiero
que andes por ahí a estas horas. Quédate en casa, no seas tan irresponsable."

Las letras parecían resaltar con cada mirada, como si se estuvieran grabando en
mi piel. Mi mamá no entendía nada, como siempre. No entendía lo que había
hecho, lo que realmente significaba esta nueva vida que yo había empezado a
vivir. Me miraba como si fuera una niña que aún no podía manejar el mundo,
como si no supiera la verdad.

¿Irresponsable? ¿Ella realmente pensaba que era eso? No tenía idea de con
quién me estaba metiendo, de lo que era capaz de hacer.

Guardé el teléfono rápidamente, sintiendo que el peso de esas palabras me


aplastaba. Pero, por alguna razón, no me importaba. Había algo en mí que me
decía que, por fin, estaba tomando control de mi vida.

El cuchillo aún estaba en mis manos, pero no quería pensar más en ello.

Me di la vuelta y comencé a caminar de regreso a casa, la cabeza llena de


pensamientos confusos, la sangre en mis manos comenzando a secarse. La
ciudad estaba en silencio, pero yo sabía que algo estaba cambiando dentro de
mí, algo que no podría detener.
Al entrar a casa, el ambiente ya no era el mismo. El aire estaba denso, como si
todo estuviera al borde de estallar. Escuché el sonido de la televisión desde la
sala, y al caminar hacia allí, vi a mi mamá, con la mirada fija en la pantalla, los
ojos desbordados de preocupación.

—Sydney —me dijo con voz temblorosa—, ¿dónde estabas? Te llamé varias
veces.

Me quedé de pie en la entrada, observando la pantalla. Otra víctima. Otra


noticia sobre el asesino en serie. Esta vez el reportero mencionaba un nuevo
cuerpo encontrado, y las cámaras mostraban el lugar del crimen, con la policía
cerrando el área. Los rostros de la gente aterrados, las sirenas. Como siempre,
más de lo mismo.

—¿Por qué sigues haciendo esto, Sydney? —preguntó mi madre, su voz


quebrada. —Tú sabes lo que está pasando en esta ciudad. ¿Y tú te vas por ahí,
como si nada? ¡Es peligroso!

Mi expresión no cambió. No podía, ni quería, entender la preocupación que


ella sentía. Sus palabras me resbalaban como si no tuvieran peso.

—Se lo merecían —dije, y la frialdad en mi tono sorprendió hasta a mí misma.


No podía sentir ni una pizca de remordimiento. Ellos se lo habían buscado.

Mi madre me miró horrorizada, como si fuera una extraña. A veces lo sentía,


como si ya no fuera la misma persona que conoció, como si todo lo que hacía
fuera... natural.

—¡No puedes seguir con esto, Sydney! ¡Por favor, reacciona! —su voz subió de
tono, llena de angustia—. ¡¿Qué te pasa?!

Me quedé en silencio, sin darle una respuesta, simplemente mirándola


fijamente. El odio en mis venas ardía, pero no era hacia ella. Mi odio no tenía
dirección, era solo... vacío. ¿Qué podía decirle? No lo entendía. Nadie lo
entendía.

—Te preocupas demasiado, mamá. Yo soy la que está viva, ¿verdad? Ellos ya
no...
Mi mamá me miró como si acabara de decir algo espantoso, pero me dio igual.
No me importaba lo que pensara, ni lo que el mundo pensara. Solo estaba yo.
Y ya nada más importaba.

Me giré y me dirigí a mi cuarto, dejando atrás la mirada desconcertada de mi


madre. La puerta se cerró tras de mí, y el silencio volvió a invadir la habitación.

Ahora, solo quedaba una pregunta: ¿quién sería el siguiente?

Estaba en la ventana, mirando hacia fuera, cuando vi algo que me heló la


sangre. Mi padre. Estaba allí, en el porche de la casa, con otra mujer. Una
mujer que no era mi madre. La escena era tan... vulgar. Los dos se besaban,
completamente ajenos a que yo los estaba observando. El rostro de él, el
mismo que siempre tenía cuando me gritaba, ahora se veía suave, relajado,
como si nada importara. Y ella... ella le acariciaba la mejilla con una sonrisa
tonta, esa que él nunca me había dedicado.

Mi estómago se revolvió. Un nudo amargo creció en mi garganta. ¿Cuántas


veces más lo haría? ¿Cuántas mujeres más tendría que ver devorando mi casa
con su presencia?

Sentí que algo se apoderaba de mí. La furia que había estado construyendo
durante tanto tiempo, esa misma que se encendía cuando veía a alguien tratar
de tapar sus defectos con mentiras... me estaba devorando. ¿Por qué no? ¿Por
qué no acabar con todas esas mujeres que se acercaban a él, como si no
importara nada?

"Las cosas se solucionan rápido", pensé para mí misma con una sonrisa amarga.
Pero no dije nada. Solo observé.

Una risa irónica se escapó de mis labios.

—¿Y pensar que las mataría por ti, papá? —murmuré, casi como si me hablara a
mí misma. No sabía si lo decía en serio. No sabía si quería hacerlo. Solo sabía
que me estaba divirtiendo con la idea de hacerlo.

Bajé lentamente las escaleras, sin hacer ruido. Mi corazón latía con fuerza, pero
mi rostro no reflejaba nada. No sentía miedo, solo una fría determinación.
Cuando llegué al umbral de la puerta, vi a mi padre todavía allí, sin notar que
me estaba observando. A mi lado, la mujer seguía aferrada a él, como si fuera la
única en el mundo que importara.

Sin pensarlo, salí al jardín y me acerqué. Ellos no me vieron hasta que estuve lo
suficientemente cerca.

—¿Qué haces aquí? —preguntó ella con una sonrisa que no era ni un poco
amistosa.

Mi mirada se clavó en ella, tan fría como nunca.

—No te acerques a mi papá. —Mi voz era dura, casi cortante. No estaba
pidiendo permiso ni pidiendo que se fuera. Estaba dando una orden.

La mujer levantó una ceja, desafiante. Se apartó ligeramente de mi padre y dio


un paso hacia mí.

—¿Y tú qué? ¿Qué vas a hacer? —Su tono era burlón. Estaba probando mis
límites, y sabía que podía sentirse segura, pero algo en sus ojos mostraba que no
estaba tan segura de sí misma.

—Te dije que no te acerques. —Dije, esta vez mucho más firme, mientras mis
manos comenzaban a temblar de furia contenida. Sentí cómo la presión en mi
pecho se intensificaba.

Ella soltó una risa, sin ni siquiera dudarlo, y dio un paso hacia mí, con ese aire
de superioridad. Estaba más cerca de lo que pensaba.

—¿Qué vas a hacer, eh? ¿Vas a pegarme? —dijo, provocativa.

Mi mano se movió rápido, casi como si se moviera por sí sola, y en un segundo


la cuchilla brilló bajo la luz de la luna. La apuñalé en el costado, el primer golpe
un impulso de rabia. Ella gritó, pero no se apartó. Solo me miró con ojos
desmesuradamente abiertos, sorprendida.

—¡¿Qué haces?! —gritó entre dientes, mientras intentaba retroceder.

—Te dije que te apartaras. —Le dije con voz fría, sin emociones, mientras le
clavaba la cuchilla de nuevo, esta vez en el estómago. No había vuelta atrás, no
podía parar.
Me sentía... extraña. La furia se desbordaba. Cada vez que la apuñalaba, sentía
una satisfacción macabra. Un control que había perdido hacía mucho.

—No... no puedes hacer esto —balbuceó ella, tosiendo sangre.

—No te acercarás más a él —dije con voz baja, mientras el brillo de la cuchilla se
reflejaba en su rostro, ahora pálido, mirando lo que había hecho.

A cada golpe, sus quejas se volvieron más débiles, hasta que finalmente cayó al
suelo, sin vida. Me quedé allí, respirando con dificultad, observando lo que
acababa de hacer. Cada pulso que latía en mis oídos me hacía sentir como si el
mundo se hubiera detenido. Todo lo que veía, todo lo que sentía... era mía.

Me giré y volví hacia la casa sin mirar atrás. Sabía que no había vuelta atrás.

Llegué a casa, con los nervios a flor de piel. No quería ver a nadie, pero no
podía evitarlo. Sabía que mi madre no estaba cerca, solo mi padre, sentado en
el sofá, viendo la televisión como si nada hubiera pasado. Estaba tan absorta en
mis propios pensamientos que no me importó que me viera. Lo que importaba
era lo que tenía que hacer.

Me acerqué lentamente a él.

—Eres un inútil —dije con voz fría, cada palabra cargada de desprecio. No me
importaba si me escuchaba o no, pero necesitaba decírselo.

Él levantó la cabeza, sorprendido, y luego me miró, sus ojos llenos de ira.

—¡¿Qué has dicho, hija?! —gritó, levantándose abruptamente.

No me importó. Podía sentir la rabia hirviendo en sus ojos, pero algo en mí no


se movía. Ya no había espacio para el miedo, solo para lo que tenía que pasar.

—No te atrevas —le respondí con una calma tan profunda que el aire se volvió
pesado entre nosotros. Mis palabras flotaron, frías y letales.

Mi padre intentó avanzar hacia mí, pero no me moví ni un centímetro. Con un


solo movimiento, lo detuve. Lo miré fijamente, mis ojos fríos, como si no
hubiera nada dentro de mí. Nada de lo que él pudiera hacer me afectaría. Lo
sentí retroceder, casi como si él también percibiera el cambio en mí.
—No te atrevas —repetí, esta vez más firme, más segura.

Él no entendió y se lanzó a golpearme. Lo que sucedió después fue casi


mecánico: tomé su brazo y lo giré hacia un lado. El sonido seco del impacto
cuando cayó al suelo fue como música para mis oídos.

Lo miré, sin piedad, sin emoción. No podía entender por qué siempre tenía
que arrastrarme al mismo ciclo, y ya no me importaba hacerlo. Ya no.

—Ahora lárgate de aquí antes de que te haga algo que realmente lamento... —le
dije, con una calma tan aterradora que ni siquiera él pudo replicar.

Mi padre no dijo ni una palabra más. Se levantó lentamente, mirando hacia el


suelo, sin atreverse a mirar sus ojos. No entendía lo que estaba pasando, pero
yo lo sabía. No podía detenerme, no quería detenerme.

Me di la vuelta y salí por la puerta trasera, no volví la vista atrás. Ya no tenía


miedo. El miedo lo había dejado atrás hace mucho.

Me encontraba tirada en el suelo de mi cuarto, las paredes parecían acercarse,


como si el espacio mismo me estuviera devorando. La luz tenue de la lámpara
iluminaba mi rostro, pero todo lo que podía ver era una mezcla borrosa de
sombras y distorsiones. Mis respiraciones eran rápidas y entrecortadas, mi
pecho subía y bajaba violentamente, y mi mente no lograba enfocar nada.
Mis manos temblaban, y cuando intenté moverlas, las sentí demasiado pesadas.
Algo no estaba bien, algo dentro de mí se había roto. Los ecos de las voces, las
risas burlonas, las súplicas de mis víctimas, todo se agolpaba en mi cabeza como
un grito sordo. Los recuerdos de cada muerte, de cada cuchillo, de cada golpe…
me golpeaban con fuerza.

Intenté gritar, pero mi garganta estaba cerrada. Todo me daba vueltas, mi


cuerpo ya no me respondía. Sentí que el suelo comenzaba a moverse bajo mí, y
me arrastraba hacia un abismo profundo y oscuro. Las imágenes de Tyler, de la
mujer en el callejón, de todos ellos, comenzaban a fusionarse en una pesadilla
en la que ya no podía distinguir la realidad de lo que había hecho.

Mis manos buscaron algo en el suelo, una salida, un refugio, algo que pudiera
devolverme el control. Pero no había nada. Sólo las voces, sólo los recuerdos
que se hacían más y más intensos. Las luces de mi cuarto se desvanecían, y la
oscuridad comenzaba a tomarlo todo. Podía sentir cómo mi cuerpo se tensaba,
como si los nervios se descontrolaran. Un dolor insoportable me recorrió, y la
sensación de perderme, de dejarme ir, fue tan fuerte que sentí que iba a
desmayarme.

Fue en ese momento que el dolor se volvió tan agudo que no pude más. Me
desplomé sobre el suelo, mi respiración se hizo errática y las convulsiones
comenzaron a apoderarse de mí. Mi visión se nublaba y todo lo que podía
hacer era aferrarme a lo poco de mi conciencia que aún quedaba.

Una parte de mí sabía que esto no iba a detenerse. Todo lo que había hecho,
todo lo que había dejado de hacer… se estaba acumulando dentro de mí y no
había forma de escapar de ello.

Mi cuerpo estaba fuera de control. Las luces, las sombras, las voces, todo se
mezclaba en una vorágine de caos, y mi mente se desmoronaba poco a poco.
No podía pensar. No podía detenerlo. Y lo peor de todo era que no sabía si
realmente quería hacerlo. Mi último pensamiento antes de perderme en el
vacío fue que quizás, solo quizás, ya era demasiado tarde para volver atrás.
Capítulo 9
“El eco de los gritos”
El sonido constante del vibrador de mi teléfono me despertó de golpe. Mis ojos
estaban aún pesados, mi cabeza zumbaba con el dolor de la convulsión anterior,
pero algo en mí me empujaba a mirar la pantalla. "Amie", vi su nombre repetido
en la pantalla más veces de las que podía contar, y al abrir el chat, una avalancha
de mensajes me golpeó de lleno.

Amie: ¿Syd? ¿Estás bien?


Amie: ¿Me puedes responder? ¡Por favor!
Amie: ¿¡Viste las noticias!?
Amie: ¡Encontraron otro cuerpo! Esta vez fue en el parque cerca de la escuela.
Amie: Hay una mujer gritando que vio al asesino, pero no te preocupes, no te
han identificado, dijeron que está demasiado oscuro…
Amie: ¡Syd! ¡¿Qué está pasando?! Tienes que decirme si estás bien, por favor…
¿Estás allí?

La urgencia en su mensaje hizo que mi pecho se apretara. Podía sentir el sudor


en mis manos, el maldito nudo en mi estómago. Vi las noticias en mi cabeza: el
horror, los cadáveres, la mujer que vio al asesino. Mis dedos temblaron mientras
deslizaba hacia arriba para leer más de sus mensajes, pero las palabras se
nublaban. Todo lo que podía pensar era en lo que había hecho… y lo que estaba
a punto de hacer.

No podían saber que fui yo. Eso fue lo primero que pasó por mi mente, y lo
único en lo que me concentré. No podían saber.

Me eché hacia atrás, tirándome en la cama, ignorando la creciente presión en mi


pecho. Miré mi cuerpo cubierto, las manchas de sangre secas en mi ropa, las
cicatrices de la noche anterior, las huellas del caos. Nadie podía saber que era yo.
Nadie.

Pero entonces la realidad me golpeó: ¿y si alguien lo descubría? ¿Y si la mujer


que vio al asesino había hablado de mí? ¿Y si me había visto de verdad?
Intenté calmarme, pero la ansiedad subía por mi garganta como una cadena de
fuego. Agarré mi teléfono con fuerza y comencé a escribirle a Amie. Mis dedos
escribieron palabras con desesperación, pero mi cabeza no sabía si decirle la
verdad o mentirle.

Sydney: Estoy bien. No te preocupes, Amie. Yo no estoy involucrada en eso.


Sydney: Estaré bien. No te preocupes por mí.
Sydney: ¿Ya se fue la policía? Estoy asustada.
Sydney: No te preocupes, yo no fui.

Le di enviar y, aunque sabía que no estaba convencida, no tenía más opción. La


verdad no era una opción.

De repente, escuché un sonido desde la ventana. Mi corazón se aceleró. Al


principio pensé que era la lluvia, pero al mirar hacia afuera, todo estaba oscuro y
silencioso. Me levanté, aún temblando, y me acerqué con cautela. Ningún sonido,
nada que no fuera mi respiración frenética.

Solo entonces me di cuenta de que aún no me había detenido a pensar. ¿Qué


pasaría ahora? ¿Cuántos más?

No podía dejar de pensar en lo que había hecho. Cada vez que mataba a alguien,
una extraña calma se apoderaba de mí, pero era una calma fugaz. La satisfacción
era efímera, se desvanecía con el mismo peso con el que caía la cuchilla sobre
sus cuerpos. Y luego llegaba la culpa, el remordimiento que me devoraba, pero
lo ignoraba lo mejor que podía. Porque, al final, cuando todo quedaba en
silencio, no sentía nada más que vacío. Un vacío tan profundo que me atraía
como un agujero negro, dispuesto a tragarse cualquier vestigio de humanidad que
quedara en mí.

Pero, como siempre, ese vacío desaparecía rápido. Porque pronto, al dar una
vuelta por mi teléfono, vi la notificación. Una fiesta. Lion había hecho una
publicación. Era el último de los que me habían hecho sentir pequeña, el último
de todos los que alguna vez me humillaron, me miraron con desprecio y me
hicieron sentir como si no valiera nada. Lion. El chico que se divertía a mi costa,
el que nunca dejó de llamarme rara, el que me hizo llorar tantas veces que ni
siquiera puedo contar cuántas.

No iba a dejar que se saliera con la suya. No lo iba a dejar. ¿Cómo podía?
Después de todo lo que había hecho, después de todo lo que había sufrido por
su culpa, por culpa de todos los que me hicieron sentir como un estorbo, yo no
podía simplemente quedarme en silencio. No después de todo lo que pasé. No
después de todas las veces que me hice la dormida, que me hice la fuerte, la que
podía soportarlo todo. Ya no más.

El teléfono seguía vibrando con nuevas notificaciones, pero no me importaba.


Todo lo que importaba era esa fiesta. Lion estaría allí, rodeado de gente, riendo,
sin saber lo que se le venía. Porque yo ya no era la chica que solía ser. Ya no era
esa niña asustada que se escondía de todo y de todos. Ahora, era la cazadora. Y
Lion sería mi próxima presa.

Mi mente ya estaba decidida. No pensaba en lo que estaba a punto de hacer, no


pensaba en las consecuencias, solo en lo que él me había hecho. Pensaba en
todas esas veces que me miró como si fuera menos, como si no mereciera su
atención, y ahora… ahora era el momento de que él sintiera lo mismo que yo.
Esa humillación, esa impotencia.

Me levanté de la cama, apagué el teléfono y guardé mi cuchillo en la chaqueta.


No importaba lo que pudiera pasar, lo que pudiera sentir. Sólo sabía una cosa:
cuando llegara allí, nadie podría detenerme. Ni él, ni nadie más. Y entonces, todo
ese dolor que se había acumulado en mi pecho durante tanto tiempo
desaparecería en un instante.

Cuando llegué a la fiesta, la música resonaba en las paredes, el ambiente estaba


cargado de risas y voces eufóricas. Los chicos, ebrios y despreocupados, no
parecían tener idea de lo que iba a suceder. Podía sentirlo en el aire: la tensión,
el peligro latente que solo yo podía percibir.

Me acerqué al grupo, cada uno me miró con una mezcla de curiosidad y


atracción, como si ya me conocieran, aunque nadie se atrevió a acercarse
demasiado. Los observé detenidamente, disfrutando de la sensación de control
que ahora tenía sobre ellos. Tomé un sorbo de mi bebida y, con una sonrisa algo
irónica, los invité a seguirme.

“Vengan, tengo algo que enseñarles. Algo que hará esta fiesta mucho más
interesante”, dije, manteniendo la calma en mi voz. Sabía que estaban demasiado
ebrios para pensar en las consecuencias, como siempre, demasiado confiados.
Los hombres me siguieron, tropezando ligeramente, sin preguntarse por qué los
llevaba a un lugar apartado. Cuando llegamos a la esquina de la casa, lejos de los
ojos curiosos, me di la vuelta.

“¿Les gustaría saber qué significa realmente estar aquí?” dije, mi voz más suave
ahora, casi un susurro. Ellos estaban demasiado distraídos con mi actitud
confiada para percatarse de la oscuridad que se cernía sobre nosotros.

En un abrir y cerrar de ojos, el ambiente cambió. Saqué la pistola que llevaba


guardada, la sensación del metal frío en mi mano era como un eco distante de lo
que estaba a punto de hacer. “¿Qué tal si... esta fiesta se vuelve un poco más
entretenida?” musité. Mi dedo apretó el gatillo, y en ese instante todo se volvió
borroso y caótico. Uno de los chicos cayó al suelo, sus ojos abiertos, sin vida. Los
otros comenzaron a gritar y a correr, pero ya no podía detenerme.

Las imágenes de todas mis víctimas empezaron a girar a mi alrededor, sus rostros
desfigurados, pidiéndome que no me detuviera. Uno trató de escapar, pero no
me importó. Le disparé. La sensación de control se apoderó de mí mientras veía
a los demás caer uno a uno.

La fiesta había terminado, al menos para ellos. Los chicos caían al suelo uno a
uno, sin poder reaccionar, mientras yo observaba con una calma inquietante. El
poder que sentía sobre ellos era absoluto. Ya no importaban los gritos ni las
súplicas, solo el sonido del silencio que llegaba tras cada disparo, cada golpe, cada
acción que había tomado.

De repente, escuché un ruido distante, un sonido metálico y rápido que llegó


desde la calle. El retumbar de sirenas comenzó a hacerse más fuerte. En algún
momento, alguien debió haber llamado a la policía. La tensión se apoderó de mi
cuerpo. Sabía que no tenía mucho tiempo.

Apreté los dientes y miré una vez más a los cuerpos en el suelo. No podía dejar
que me atraparan. Sin pensarlo, me di la vuelta, corriendo a través del jardín
trasero, donde las sombras me envolvían. Podía escuchar los pasos apresurados
de los oficiales acercándose. La adrenalina comenzaba a circular en mi sangre
con fuerza.

Llegué rápidamente a la entrada trasera de la casa, donde ya me había asegurado


de que no quedara nadie para verme. Saqué el móvil de mi bolsillo, miré la
pantalla en blanco, sin tomar el tiempo de comprobar si había alguna
notificación, y corrí hacia la calle, sin que nadie me viera.
Escuché las puertas de patrullas abriéndose y los policías gritando órdenes, pero
ya no me importaba. La calle estaba vacía, y la oscuridad me abrazó, ayudándome
a desvanecerme en la penumbra.

No dejé rastro, como siempre lo hacía. Sabía cómo moverme, cómo perderme
entre la multitud y desaparecer antes de que me atraparan.

Corrí lo más rápido que pude, el sonido de mis pasos resonando en la calle vacía.
Los murmullos de la gente que ya había oído sobre los asesinatos llenaban el aire,
pero no me detuve. No podía dejar que nadie me viera, no con la policía en el
aire. Finalmente llegué a la entrada de mi casa, y mi respiración se aceleró al ver
la puerta entreabierta. Algo no estaba bien.

Entré rápidamente, cerrando la puerta tras de mí con un golpeteo sordo. No


podía perder el control, no ahora. Pero al mirar hacia el salón, ahí estaba ella.
Amie. Sentada en el sofá, su rostro era una mezcla de preocupación y confusión.
No podía saber qué pensar, ni lo que había pasado con los demás, pero podía
sentir la presión de sus ojos sobre mí.

—¿Sydney...? —su voz temblaba, como si ya supiera que algo estaba mal. Pero no
había tiempo para explicaciones.

Me acerqué lentamente a ella, aún con la adrenalina corriendo por mis venas.
Las imágenes de lo que acababa de hacer seguían atormentando mi mente. El
eco de las víctimas, el miedo de la gente. Pero, al final, todo eso no importaba.
Nada importaba.

—¿Qué pasó? —insistió, pero la verdad es que no tenía ganas de hablar. No quería
darle explicaciones a nadie, ni siquiera a Amie.

Mi mirada se deslizó por la habitación, las sombras eran mi refugio. La luz de la


lámpara iluminaba solo lo suficiente como para darme cuenta de que ella ya me
había visto, me había conocido por completo.

Sin embargo, no dijo nada más. Solo se quedó allí, mirándome, esperando una
respuesta que no podía dar.
Me giré y salí nuevamente hacia el pasillo, con el corazón latiendo a mil por hora.
Amie me siguió unos pasos, pero me detuve y me volví a ella. Los pensamientos
oscilaban dentro de mi cabeza, y el terror de ser descubierta se apoderaba de mí.

—No lo entiendes, ¿verdad? —le dije en voz baja, sin mirarla directamente.

Ella paró en seco, una expresión de incomodidad cruzando su rostro. Pero no


dijo nada más.

Al entrar en casa, el silencio me recibe como un viejo conocido. Mis manos tiemblan
ligeramente mientras me acerco a la mesa donde guardo las pastillas. Tomo una botella, saco
las pastillas sin pensarlo dos veces. Las deslizo en mi boca, una tras otra, como si pudieran
calmar la tormenta dentro de mí. Pero sé que no lo harán. Nada lo hace.

Me dejo caer sobre la cama. Mis ojos se cierran, pero la pesadilla nunca se va. Empiezo a
escuchar murmullos, susurros que se enredan entre mis pensamientos. Esos malditos
recuerdos. Tyler, Lion... cada uno de ellos me atormenta, me persigue. Vuelvo a ver sus
rostros, sus gritos, sus cuerpos...

No puedo respirar. Siento que todo se ahoga dentro de mí. Mis manos se sacuden y mi pecho
se aprieta. ¿Qué he hecho? Mis ojos se abren con un sobresalto y la habitación parece girar a
mi alrededor. ¿Quién soy? ¿Qué soy? La angustia me consume, pero no me importa.

Entonces, escucho una risa. No es mía. No es humana. Me levanto rápidamente, mis pasos
son erráticos, mis ojos se llenan de lágrimas mientras me sostengo de la pared. Los murmullos
se vuelven gritos. Los veo a todos, mirándome desde las sombras. No hay escape.

"Ellos están aquí... ¿quién va a detenerme ahora?" Mi voz suena extraña, como si no fuera mía.
La furia se apodera de mí, pero también el miedo. Miedo de lo que soy. Miedo de lo que soy
capaz de hacer.

Mi cuerpo empieza a moverse sin control, es como si alguien más estuviera al mando. Quiero
gritar, pero las palabras no salen. Mi mente está rota, y mi alma, ya perdida, busca consuelo
en la violencia.

"¿Quién me va a detener?" repito, mientras las lágrimas caen por mi rostro. Pero no hay
respuesta.

Lo único que sé es que el monstruo que soy está tomando control. Y ya no puedo detenerlo.
Capítulo 10
“Sangre en la piel”
El sonido del timbre me arrancó de mis pensamientos mientras caminaba hacia
el salón. La escuela nunca había sido mi lugar favorito, pero de alguna manera
me había acostumbrado a la rutina. La gente se dispersaba por los pasillos,
charlando, riendo, pero yo… yo no podía dejar de pensar en lo que había pasado
el día anterior. Mi cabeza seguía llena de recuerdos que no podía quitarme de
encima.

Cuando llegué a mi clase, me senté en mi pupitre sin ganas de interactuar con


nadie. Amie entró poco después, con esa energía que siempre parecía tener, y
me sonrió al verme.

“¡Sydney! Qué bueno verte. No sé si te lo dije, pero mi fiesta de piscina es este


fin de semana, ¡espero verte allí! Ya sabes, estará genial”, dijo, como siempre,
llena de emoción.

Solo asentí. No tenía muchas ganas de socializar, pero le había prometido que
iría. Y no podía ser tan mala amiga, ¿verdad?

Durante la clase, traté de desconectarme, pero mis pensamientos no dejaban de


ir hacia el pasado. A veces me preguntaba si alguna vez podría escapar de esa
oscuridad. Sin embargo, mi mente volvía una y otra vez a la idea de la fiesta.
Quizás era lo que necesitaba, alejarme de todo un rato.

Al final de la jornada escolar, vi a Amie despedirse de sus amigos mientras yo me


quedaba atrás, con la cabeza llena de pensamientos oscuros. Estaba lista para
salir, aunque no estaba segura de por qué acepté ir a la fiesta. Pero a pesar de
todo, algo dentro de mí me decía que tal vez necesitaba un respiro.

Al llegar a la fiesta de Amie, el bullicio de la música me rodeó inmediatamente.


Las luces brillaban intensamente, y pude ver a varios chicos y chicas riendo y
saltando en la piscina. Mi estómago se revolvió, pero traté de ignorarlo. No iba a
dejar que nada me arruinara el momento.
Me dirigí hacia el grupo donde estaba Amie, que me saludó con una gran sonrisa.
"¡Te vi llegar! Qué bien que viniste, Sydney", dijo mientras me abrazaba. A pesar
de que no estaba del todo cómoda, le sonreí. Quizás la fiesta sería una
distracción. Tal vez…

Fue entonces cuando vi a un chico que me llamó la atención. Era Miguel, el


hermano de Amie. Lo había visto un par de veces, pero nunca había hablado con
él. Sin embargo, algo en su mirada me hizo sentir nerviosa y, a la vez, curiosa.
Mientras avanzaba hacia él, no pude evitar pensar en lo que podría ser una noche
diferente.

Miguel me sonrió desde donde estaba, con una mirada curiosa pero amigable.
No pude evitar sentirme un poco incómoda, como si hubiera algo extraño en el
aire entre nosotros, aunque no podía señalar qué exactamente. Me acerqué y él
se levantó al verme llegar.

—¡Hola, Sydney! No esperaba verte aquí —dijo Miguel con una sonrisa—. ¿Todo
bien?

Me quedé unos segundos mirándolo, tratando de conectar los puntos. Algo en


su voz me era familiar, pero no pude darme cuenta de inmediato de qué era. Su
presencia me parecía extraña, casi como si lo conociera de antes, aunque no lo
había visto mucho en los últimos meses.

—Hola... —respondí, intentando recuperar la compostura—. Estoy bien, solo…


necesito un poco de distracción, creo.

Él asintió, comprensivo.

—Entiendo. ¿Te gustaría sentarte con nosotros? Hay un par de amigos por ahí.
—Miguel señaló un grupo a lo lejos, pero me di cuenta de que su mirada seguía
fija en mí, como si estuviera esperando algo más.

Algo dentro de mí me decía que debía hablar con él, como si hubiera una
conexión que no había entendido antes. Fue entonces cuando, por alguna razón,
lo recordé. El momento en que me desperté en una casa que no era la mía,
rodeada de desconocidos, y él había sido uno de ellos.

—Tú... —dije, la voz un poco vacilante—. Tú fuiste el que me ayudó aquella vez,
¿verdad? Cuando me desmayé.
Miguel me miró sorprendido, sus ojos se agrandaron por un momento antes de
que una sonrisa ligera apareciera en su rostro.

—Sí, fui yo. Aunque en ese momento no sabías quién era, lo entiendo. Siempre
te veía por los pasillos, pero no me imaginé que fueras tú cuando te desmayaste.
Tú siempre andabas con esa capucha puesta, ¿recuerdas? Nunca te vi bien,
siempre estabas como aislada.

Mis ojos se abrieron con sorpresa. ¡Claro! Recordaba esos momentos, pero no
lo había reconocido. Estaba tan perdida en mis propios pensamientos y en mis
problemas que nunca me había detenido a ver a las personas que realmente me
ayudaban.

—Gracias, Miguel. Realmente no lo había asociado hasta ahora —dije,


sintiéndome un poco más relajada.

Él asintió y, al ver que me sentía incómoda, cambió de tema para no seguir


insistiendo en esa conversación.

—No tienes que agradecerme. Me alegra verte bien, Sydney. Si en algún momento
necesitas hablar o… salir de aquí, sabes que puedes contar conmigo —respondió
él, ofreciéndome una sonrisa sincera.

Yo no sabía qué responder. Por un lado, agradecía su amabilidad, pero por otro,
no quería involucrar a más personas en mi locura. Sin embargo, algo en su mirada
me hizo pensar que, tal vez, no todo estaba perdido. Tal vez había una parte de
mí que podía empezar de nuevo.

Pero en ese momento, una pequeña parte de mí se dio cuenta de que quizás el
hecho de que Miguel me estuviera mirando de esa manera no era casual. Ya no
solo lo veía como alguien que me había ayudado. Algo más empezaba a crecer
dentro de mí, una sensación que no podía identificar. ¿Era solo por
agradecimiento? O... ¿quizás algo más?
Después de un rato, me sentí nerviosa, como si la conversación con Miguel
hubiera abierto algo que no quería enfrentar. Me levanté rápidamente de la mesa,
excusándome por un momento.

—Voy al baño —dije, y sin esperar una respuesta, me dirigí hacia el pasillo.

El bullicio de la fiesta quedaba atrás a medida que caminaba, y el sonido de las


risas y la música parecía desvanecerse mientras entraba al baño. Estaba sola, lo
cual me dio un respiro. Necesitaba tiempo para pensar, para procesar todo lo
que había ocurrido en los últimos minutos.

Me miré al espejo, observando mi reflejo. El maquillaje que había aplicado al


principio de la noche ya estaba un poco difuso, así que saqué mi pequeño neceser
y empecé a retocarlo. Mis manos temblaban un poco, como si no pudiera
controlar la ansiedad que se apoderaba de mí.

¿Por qué me sentía así? ¿Por qué cada vez que pensaba en Miguel, algo dentro
de mí comenzaba a moverse, como una mariposa atrapada en una red? No tenía
sentido, o eso quería pensar.

Me pasé la base sobre la piel, el delineador cuidadosamente en los ojos, y el labial


lo apliqué con precisión. Mi reflejo en el espejo me miraba fijamente, y por un
momento sentí una desconexión total entre mi imagen y mi mente. ¿Quién era
yo ahora? ¿La misma chica que hacía solo unos meses luchaba por sobrevivir en
la escuela, o esta persona que tenía un contacto más profundo con quienes la
rodeaban?

Mi mente empezó a dar vueltas, y para cuando terminé de arreglarme, me


encontré con la misma inquietud, con la misma sensación de que había algo más
por debajo de lo superficial.

Suspiré y guardé el maquillaje, tomando una decisión que, aunque sabia que
estaba equivocada, me resultaba inevitable. Tenía que ir a buscar algo, a alguien.
Algo que apagara esta sensación que no me dejaba en paz.
Con una última mirada al espejo, salí del baño, respirando profundamente para
calmar mis pensamientos. De alguna manera, no quería seguir ignorando lo que
sentía. Y tal vez, solo tal vez, Miguel podría ser la forma de enfrentarlo.

Mientras caminaba de regreso hacia la fiesta, trataba de apartar esos


pensamientos. Pero entonces lo vi. Un chico, apoyado contra la pared, su mirada
perdida, su cuerpo temblando levemente. Estaba evidentemente drogado. No
tardó mucho en notar mi presencia y, aunque estaba algo desorientado, me
dedicó una sonrisa torcida.

—Oye, ¿qué tal? —dijo con voz nasal, su aliento fuerte a alcohol y algo más que
no pude identificar de inmediato—. ¿Te gustaría... ya sabes? Un poco de esto.

Me ofreció una pequeña bolsita, dentro de la cual vi claramente unas pastillas.


Algo dentro de mí se revolvió al instante, algo que no podía ignorar. Su insistencia
me hizo sentir incómoda, pero había algo más en su actitud que me recordó a
otra persona. Tyler. Él también se había acercado a mí de esa forma, con esas
mismas palabras, esa mirada llena de deseo y maldad.

—No me interesa —respondí, intentado mantener la calma. Pero mi voz temblaba


un poco, traicionándome.

El chico no se dio por vencido. Se acercó más, sus ojos brillando con un fervor
extraño.

—Vamos, no te preocupes. Solo una, te hará sentir bien... mucho mejor. —dijo
con una sonrisa tonta, casi burlona—. Vamos, nena, no seas tímida.

Mi estómago se retorció, y algo dentro de mí comenzó a hervir. No podía


soportar esta clase de gente, este tipo de insistencia. Era como si me estuvieran
empujando a una esquina, como lo hacía Tyler, como lo había hecho él hasta
que ya no pude soportarlo más.

—Dije que no. —mi tono ahora era más firme, y la ira empezaba a brotar—.
Déjame en paz.

Pero el chico no se movió. Comenzaba a sentirse cada vez más agresivo. Mi


mente volvía una y otra vez a ese momento con Tyler, al maldito control que él
había tenido sobre mí, y cómo había terminado. No podía, no lo permitiría de
nuevo.
Entonces, sin pensarlo, me adelanté, y con rapidez, lo empujé hacia atrás,
haciendo que se cayera al suelo. Él gritó, pero yo ya estaba demasiado enojada.
Recordaba el dolor, la humillación, todo lo que había sentido cuando había sido
víctima de alguien como él. La misma rabia que sentí entonces volvió a recorrer
mi cuerpo.

Mi cuerpo reaccionó sin pensarlo, y en un instante sentí el frío acero del cuchillo
en mis manos, que había guardado sin darme cuenta. Lo apuñalé una vez, y luego
otra, y otra más. Cada movimiento estaba lleno de furia y de un impulso
incontrolable que no podía detener.

No me importó lo que hiciera ni el dolor en su rostro. Solo lo veía a él, veía a


todos los que me habían hecho sentir pequeña. Las puñaladas fueron rápidas,
casi una danza. No dejaba de pensar en lo que me había dicho, en cómo se sentía
tan seguro, como si el poder estuviera de su lado.

Cuando terminé, el chico estaba tirado en el suelo, su cuerpo ya sin vida,


sangrando. Mi respiración era agitada, mi mente era un caos. Miré el cuchillo,
cubierto de sangre, y sentí una extraña satisfacción, como si hubiera hecho lo que
tenía que hacer. Pero al mismo tiempo, algo dentro de mí se quebró aún más.

La música de la fiesta retumbaba en mis oídos, pero yo no podía dejar de pensar


en lo que había hecho antes. Me sentía mareada, confundida, con los recuerdos
de mis víctimas acechando mi mente, y de repente, Amie apareció frente a mí
con una copa en las manos.

"¿Quieres probar algo más fuerte?" me preguntó, con una sonrisa que parecía
amistosa, pero que yo solo podía ver como una amenaza. Ya no me quedaba
claro qué era real y qué no lo era.

Tomé la copa sin pensarlo, como si necesitara ahogar algo dentro de mí, algo
que no podía controlar. El licor quemó mi garganta y, en cuestión de segundos,
sentí cómo mi mente se nublaba, cómo todo comenzaba a girar alrededor de mí.

Las voces, las caras, los recuerdos… todo se convirtió en un caos. Sentí que perdía
el control. ¿Era mi imaginación? ¿O realmente veía a Sofía frente a mí,
acusándome? Sus ojos me taladraban, me hablaban. "Me mataste, Sydney. ¿Por
qué lo hiciste?" Su voz era suave, pero llena de desesperación.

Las luces de la fiesta se desvanecieron, y vi la cara de Sofía, su sangre, su


sufrimiento. No podía más. La furia se apoderó de mí, y saqué un cuchillo, uno
que llevaba escondido en mi chaqueta, sin saber por qué. En mi mente, solo
había un objetivo: matarla, terminar lo que había comenzado. Pero no era Sofía
quien estaba frente a mí ahora. Era Amie, y no podía ver más allá de la psicosis
que me invadía.

Me lancé hacia ella, pero cuando levanté el cuchillo, algo me detuvo. Miguel.
Estaba frente a mí, sujetándome las muñecas con fuerza, mirándome con una
mezcla de miedo y compasión.

"Sydney, por favor," dijo con voz temblorosa, pero su expresión era firme. "No lo
hagas. No eres esa persona."

Mi cuerpo temblaba, y la confusión me ahogaba. Vi su rostro, su desesperación,


y por un momento, el caos en mi mente se desvaneció, solo para ser reemplazado
por un abismo aún más oscuro. La sensación de no saber quién era, de no poder
escapar de lo que había hecho… me estaba destruyendo.

Amie, que se había quedado congelada al ver mi reacción, me miró con miedo,
pero también con algo más. ¿Qué pensaba de mí? ¿Era esto lo que veía en mí,
lo que todos veían? Un monstruo.

Miguel me mantuvo firme, sus manos apretadas en mis muñecas, pero ya no


podía seguir resistiendo. Sentí que todo mi cuerpo se relajaba, mis rodillas
flaqueaban, y caí al suelo, sin fuerzas, mientras mi mente caía más y más profundo
en el abismo.

"Miguel..." murmuré, casi en un susurro, sin saber si aún estaba en la realidad.


¿Era mi amigo, o mi víctima? ¿Me iba a dejar caer? No sabía nada. Solo sabía
que había hecho algo que no podía deshacer.

Miguel me miró por un momento más, luego me levantó con suavidad. "Vamos,"
dijo, y me llevó hacia un rincón apartado de la fiesta, donde pude calmarme un
poco. "Esto no tiene que seguir así, Sydney. No te dejaré hacerle daño a nadie."

Pero yo sabía que no podía confiar en esas palabras. Había demasiada oscuridad
dentro de mí. Demasiados fantasmas.
Capítulo 11
“El último suspiro”
Estaba sentada en el suelo, sintiendo el peso de todo lo que había hecho. Mis
pensamientos eran un caos, y no podía dejar de ver los rostros de mis víctimas,
las voces de los que había lastimado resonando en mi cabeza. Mi respiración era
agitada, como si algo dentro de mí estuviera a punto de estallar.

— ¿Por qué lo hiciste, Sydney? — susurró Amie, acercándose lentamente.

Yo no podía mirarla a los ojos, me sentía demasiado perdida. Había tantas


palabras atrapadas en mi garganta, tantas emociones que no podía procesar. Sin
embargo, sabía que tenía que hablar. Tenía que liberar mi corazón de todo el
daño, el sufrimiento que había estado acumulando por tanto tiempo.

Empecé a hablar en voz baja, pero mis palabras salieron con una fuerza
inesperada:

— No era yo... al principio, no era yo. Todos me hacían daño, me miraban como
si no valiera nada. Y luego, el dolor... me transformó... — mi voz se quebró al
decir esto. — Los maté porque creí que eso aliviaría mi dolor... pero no lo hizo.
Sólo me sumió más en la oscuridad.

Amie se acercó más, su rostro reflejaba tristeza, pero también una compasión
que no entendía. Estaba a punto de continuar, cuando sentí algo frío tocando mi
espalda. Algo metálico, algo que conocía muy bien. Giré la cabeza lentamente y
vi el brillo del cuchillo. Mis manos temblaban, mi mente había perdido el control
otra vez, y el impulso de matar me atravesó de nuevo como una ola.

Miguel, que había estado observando desde la distancia, se acercó rápidamente.


En un movimiento impulsivo, me besó. Fue un beso desesperado, como si tratara
de calmar la tormenta dentro de mí. Al principio, me quedé inmóvil, sin saber
cómo reaccionar, pero algo dentro de mí cedió. La presión que sentía en el pecho
comenzó a disminuir.
Amie se apartó un paso atrás, viendo el cuchillo ensangrentado en mi mano. El
miedo en sus ojos me hizo darme cuenta de lo cerca que había estado de perderlo
todo. Y, por primera vez, sentí una oleada de arrepentimiento tan grande que
casi me hizo colapsar.

— ¿Por qué, Sydney? — preguntó Miguel, su voz quebrada por la preocupación.

— Porque no sabía cómo detenerme... porque no sabía quién era ya... — solté,
mientras las lágrimas caían sin cesar. — Pero ahora, lo sé. No quiero ser esto. No
quiero seguir hiriendo a la gente...

Poco a poco, dejé caer el cuchillo. El sonido del metal cayendo al suelo resonó
en mis oídos, como una señal de que finalmente me estaba liberando. No me di
cuenta de cuándo había comenzado a llorar tan fuerte, pero lo que sentía en ese
momento era un dolor tan profundo, tan real, que me di cuenta de que ya no
podía seguir huyendo de mí misma.

Amie, aunque temerosa, se acercó y me abrazó. Fue extraño, porque nunca


imaginé que alguien como ella querría acercarse a alguien como yo, pero ahí
estaba. Y entonces entendí lo que Miguel había intentado hacer: salvarme de mí
misma.

Las luces de la calle iluminaban nuestras caras, mientras el viento comenzaba a


soplar, llevando consigo el pesado olor a muerte que me había seguido todo este
tiempo. Pero, en ese instante, sentí que podía respirar nuevamente. Tal vez no
tenía todas las respuestas, ni sabía si algún día lograría redimirme por completo,
pero por primera vez, decidí que quería intentarlo.
Epílogo:
Han pasado meses desde aquella noche. Los recuerdos, las cicatrices, y la sensación de
culpa siguen ahí, presentes, como sombras que me siguen a donde vaya. Pero ya no son tan
pesadas como antes. He comenzado a darme cuenta de que la redención no es algo que llega
de la noche a la mañana, ni es un destino. Es un proceso largo, y estoy aprendiendo a
caminar en él.

Fui a terapia, por fin. Reconocer que necesitaba ayuda fue uno de los pasos más difíciles. Me
enfrenté a lo que había hecho y a lo que aún soy capaz de hacer. Pero estoy aprendiendo a
perdonarme, a entender por qué me convertí en lo que fui, sin justificarlo.

Amie está allí, aunque nuestra relación no es la misma. Nadie puede olvidar tan fácilmente lo
que pasó, pero ella ha estado a mi lado, aunque sea de lejos. Y Miguel... él me ayudó a ver
que hay algo más allá de la oscuridad, algo por lo que vale la pena luchar. No sé qué nos
depara el futuro, ni si algún día encontraré la paz completa, pero ahora sé que no estoy sola.

A veces, en la quietud de la noche, cuando me quedo sola con mis pensamientos, escucho
los ecos de las personas que maté. Y aunque no puedo borrar lo que hice, trato de vivir con
la esperanza de que, algún día, esos ecos se desvanecerán.

Hoy, en la mañana, tomé un paso más hacia adelante. Es pequeño, casi imperceptible, pero
es un paso. Y eso es todo lo que puedo hacer ahora. Avanzar, aunque sea lentamente.
Aceptarme, aunque no sea fácil. Y nunca olvidar que el mal no define quién soy, ni lo que
puedo llegar a ser.
"Agradezco profundamente a aquellas personas que, al ver el
sufrimiento de los demás, se detienen a comprender lo que realmente
están pasando, y no se enfocan únicamente en las acciones, sino en el
dolor y las emociones detrás de ellas. A ustedes, que ven más allá de
las apariencias y entienden la fragilidad humana, les dedico estas
palabras."
En un mundo donde el dolor se
convierte en venganza, una joven luchará
por controlar los demonios que la
acechan, pero, ¿será capaz de redimirse
¿antes de perderse por completo?"

M. Castillo

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