EL CONOCIMIENTO HISTÓRICO.
LOS NUEVOS ENFOQUES Y LA HISTORIA SOCIAL
Marta BARBIERI GUARDIA
Como todo conocimiento, la historia ha sido concebida de diversas maneras a lo largo del
tiempo. Ello se vincula a su sentido social ya que las interpretaciones en torno al pasado
nos ofrecen algunos parámetros que podrían orientar la comprensión del presente y del
futuro, legitimar el orden político vigente y a la vez, estimular esperanzas para modificarlo.
Desde mediados del siglo XX, las controversias se han multiplicado a partir de nuevas
realidades económicas, políticas y educativas y, sobre todo, de las impugnaciones a las
verdades aportadas por las ciencias más una creciente incertidumbre sobre la objetividad
de la historia, han multiplicado los debates en torno a su crisis y renovación.
En su origen griego, el término historia significa pesquisa, búsqueda, interro-gatorio. Luego
adoptó dos sentidos: el de "res gestae" (historia materia) o sea, los hechos pasados y el de
"rerum gestarum", o sea la narración sobre los hechos pasados (historia conocimiento).
Diversos historiadores han considerado que esta separación es en realidad ficticia puesto
que no puede establecerse una separación tajante entre la realidad histórica y el relato
acerca de ésta: la historia implica una construcción signada por el presente del relator que
estudia la realidad preté-rita. Se trata pues, de dos aspectos que no pueden separarse,
dado que la historia es una construcción de los seres humanos acerca de sus orígenes,
acerca de su contexto social. En tanto que forma de conocimiento, rerum gestarum, busca
constantemente su legitimidad y revisa sus fundamentos. Dada la importancia que
atribuimos a la comprensión del presente con el aporte del conocimiento históri-co, en las
páginas siguientes analizamos estas cuestiones a fin de brindar herramientas para discernir,
con una actitud más crítica y reflexiva, las condiciones del mundo en el que nos toca vivir.
La constitución de la historia científica: cambios de enfoque y nuevos paradigmas
La historiografía, como tradición de escritura histórica a lo largo del tiempo, evolucionó
desde el mero narrar hasta el dar respuesta a cuestiones complejas, incorporando nuevas
temáticas. Si bien desde ya en el mundo antiguo la historia se alejó del mito, procuró ser
verídica, adoptó una sucesión diacrónica y supuso que las intenciones se proyectan en las
acciones humanas, sólo en el siglo XIX se consolidó como disciplina científica. Al mismo
tiempo se enseñó en las universidades en un momento en el que educación y ciencia se
convirtieron en factores ineludibles del progreso.
Ya desde el nacimiento de las Academias en el XVII, se desarrollaron comunidades que
compartieron reglas para hacer ciencia. En este siglo los Principia de Newton
fundamentaron una imagen matemática y mecánica del universo y contribuyeron a modificar
el concepto del tiempo que abandonó su carácter neutral, circular y religioso y se convirtió
en entidad absoluta, lineal, secular y universal.
Esto justificó el progreso del mundo occidental hacia la modernidad y la existencia de un
marco secular común para todos los pueblos.
En el siglo XVIII la Ilustración impuso una cosmovisión mecanicista del mundo y el carácter
absoluto de las ciencias. Ello estimuló la búsqueda de leyes para explicar el ascenso de la
humanidad y consagró un modelo científico que identificó razón, producción científica y
progreso, cuya finalidad fue enfrentar las verdades proclamadas por la Iglesia y el Estado
absolutista. Desde fines del siglo XVIII las universidades se legitimaron como centros
jerarquizados de investigación y enseñanza. El modelo fue la Universidad de Berlín (1810)
producto de la construcción del Estado burocrático prusiano que llevaría adelante la
unificación de Alemania. De este modo, en el mundo occidental, la historia se convirtió en
ciencia académica y se expandió a otros niveles educativos junto a los nacionalismos en
auge y la burguesía liberal triunfante del siglo XIX.
Diversos aportes enriquecieron las producciones historiográficas: un idealista como Hegel
definió el concepto de dialéctica y concibió a la historia como el camino del espíritu de un
pueblo hacia formas más perfectas de libertad, Marx creó el materialismo histórico y sostuvo
que en la base de toda sociedad opera el modo de producción de bienes que moldea la
historia, la política y la cultura y determina la naturaleza de las relaciones sociales y la lucha
de clases. Por su parte
Darwin elaboró la teoría de la evolución y Freud desafió la concepción del hom bre como
ser exclusivamente racional.
El historiador alemán Leopold von Ranke fue quien marcó el camino de la profesionalización
de la historia que involucró también el surgimiento de archi-vos, series documentales,
revistas y todo el aparato erudito que exigió el oficio.
Según la visión rankeana la investigación objetiva de los historiadores debía explicar el
pasado a través de indicios estudiados meticulosamente mediante técnicas específicas de
lectura. En efecto, partió de la singularidad de los fenómenos históricos, únicos e
irrepetibles y adoptó el método crítico para recopilar, comprender y exponer los hechos. Ello
era posible a partir de una objetiva interrelación que otorgaba sentido a los hechos
históricos. La objetividad -concepto no carente de ambigüedad en Ranke- debía caracterizar
el trabajo del historiador que mostraba las cosas tal y como sucedieron. Más adelante, esta
aspiración fue sacada de contexto y adoptada como el principio metodológico que
fundamentaba la imparcialidad del historiador, aun cuando el propio Ranke se involucró en
la política ya que cuestionó al liberalismo y justificó con su trabajo el nacionalismo alemán y
la reverencia al poder, al punto que fue nombrado como historiógrafo oficial por el rey
Federico Guillermo IV de Prusia.
Estos planteos, que dominaron el panorama de la historiografía, fueron identificados como
historia historizante o episódica.' Los hechos históricos debían ser recogidos por el
historiador a partir de los documentos públicos y ordenados en una cadena lineal de causas
y consecuencias. Los hechos se imponían al historia-dor, no eran creados por éste y eran
casi siempre políticos, diplomáticos, militares o religiosos.
A partir de los aportes de Ranke, generaciones de historiadores acudieron a Alemania para
formarse en el análisis crítico o hermenéutico sobre là base de métodos uniformes, laicos,
científicos. La investigación se apoyó en el examen riguroso de documentos, sobre todo
oficiales y escritos, ya que la verdad dependió de la búsqueda del objeto empírico en
archivos y fuentes originales. Asimismo, a partir de las ideas de Augusto Comte, el
positivismo propuso una ciencia de la sociedad que debía buscar las leyes generales que
regulaban la evolución histórica para ordenarlos y modificarlos en el futuro, garantizando de
esta forma el progreso de la sociedad humana. Estos aportes incidieron en la consolidación
de una historia científica opuesta a las filosofías de la historia especu-lativas. Como saber
autónomo se fundó en el rigor documental aunque ello se subordinó a la legitimación del
Estado y el orden social. Así, tanto la que se inspiró más en la escuela alemana como la
que revela mayor influencia comtiana. En el caso de la historiografía francesa, intentaron
hacer historia científica y acercarse a las ciencias naturales. Identificaron el razonamiento
inductivo con el conocimiento basado en fuentes y sostuvieron que la teoría surgiría de la
acumulación de los datos en una cadena lineal de causas y consecuencias. La historia se
ocupó de los hechos singulares, de individuos eminentes y privilegió la historia política,
diplomática y militar. Estos fueron los fundamentos de las grandes historias fácticas
sesgadas por la interminable sucesión de fechas, figuras heroicas, batallas: la inacabable
sucesión de datos irrefutables y objetivos.
Todas estas formas de producción historiográfica integraron un proceso en el que la
industrialización estimuló la alfabetización y facilitó el acceso a la prensa y a publicaciones
distribuidas masivamente. El nacionalismo se convirtió en una fuerza poderosa y en los
diversos estados, bajo el influjo de la Revolución Fran-cesa, se conformó una ciudadanía
con mayores responsabilidades. En este con-texto, la consolidación de la historia como
ciencia se ligó a su ideologización ya que objetividad no significó neutralidad política. La
historia se convirtió en una herramienta al servicio de intereses nacionales y burgueses
mientras que la ense-fanza de la historia desempeñó un papel importante en la construcción
de la nacionalidad con distintos énfasis según los países, las coyunturas históricas y el
clima ideológico. En efecto, las nuevas formas de asociación sostenidas en el lenguaje, el
comercio, el gobierno, también dependieron de la difusión de valores compartidos y de la
transmisión de una educación patriótica en la que la historia adquirió el vigor de una verdad
indiscutible.
En un mundo signado por rivalidades imperialistas fundadas en el afianzamiento de formas
económicas monopólicas, la conquista de mercados y colonias y las políticas
armamentistas, en cada Estado-nación la construcción de una memoria histórica procuró
fusionar la identidad personal y nacional. La historiografia justificó derechos, contribuyó a
generar un consenso ideológico en torno al pasa do y fundamentó los componentes de la
conciencia nacional.
La historia económica y social
Clis
El paradigma científico hegemónico de fines del siglo XIX fue alimentado por nuevas
discusiones que surgieron a medida que se evidenciaron las consecuencias de la
industrialización. Fue entonces cuando los historiadores se plantearon la ampliación del
objeto de estudio hacia la sociedad, la cultura, las condiciones de vida de los obreros. De
esta forma, la historia económica y social brindó respuestas a las falencias del modelo
tradicional limitado a la realidad política y manifestó el propósito de estudiar el conjunto de
la sociedad.
Aunque estos enfoques socio-históricos no ocuparon todavía un papel estelar, sostuvieron
la importancia tanto de explicar los hechos como de reconocer sus interrelaciones.
Mantuvieron el concepto de ciencia de los historiadores políticos ya que como lo sostuvo
Henry Pirenne, el más importante intermediario entre la historiografía social alemana y la
francesa, la producción histórica debía fundarse en la evaluación crítica de las fuentes.
Asimismo, hacia fines del XIX corrientes idealistas enmarcadas en las "cien-cias del
espíritu", cuestionaron esta empeñosa búsqueda de leyes causales rigurosas y acentuaron
la importancia de la intuición para comprender el mundo social y la vida humana. También
se multiplicaron las críticas a la cultura, al modelo de vida burgués y al concepto de ciencia
vigente en las sociedades burguesas. En su obra Sobre el provecho y perjuicio de la historia
para la vida de 1874, Nietzsche señalaba que los intereses del historiador se gestan en su
época y condicionan su conocimiento del pasado. Negaba así la utilidad de la investigación
histórica, la primacía del pensamiento lógico y la existencia de una verdad objetiva al
margen de la subjetividad de los investigadores. Este planteo que expresó un pesimismo
cultural ligado al pensamiento antidemocrático que se difundió hasta 1945, fue retomado por
nuevos críticos de las últimas décadas que atacaron los fundamentos mismos del
conocimiento histórico y científico.
En el siglo XX en sus diversas variedades la historia profesional y otras disciplinas
relativamente nuevas como la sociología, la economía, las ciencias políti-cas, la psicología o
la antropología, continuaron escribiéndose bajo el influjo de la modernización. Atendieron a
cuestiones como los principios operativos de los mercados, las formas de interacción social,
el impacto psicológico de los cam-bios, su aceleración, etc. para estudiar la trayectoria
occidental hacia la moderni dad. Además de asociar los usos capitalistas -culto a la
empresa, innovación, sensibilidad ante las señales del mercado- a la historia de la libertad
personal, se esforzaron por incorporar al mundo a su esquema interpretativo. Todas las pro-
ducciones, ya sea las procedentes del historicismo clásico o las propuestas socia-les,
definieron una historia orientada a la realidad objetiva que se guiaba por reglas uniformes.
Paralelamente, hacia la década de 1920, los contactos con las ciencias sociales
contribuyeron a descalificar a la historia tradicional. Los historiadores dejaron de enfocar
hechos singulares y se ocuparon de ciclos de larga y corta duración, de la vida económica,
el conflicto social y justificaron sus teorías, hipótesis de traba-jo, criterios de selección y
procedimientos empleados.
De un modelo positivista según el cual el historiador sólo exponía rigurosamente los hechos,
se pasó a una historia en la que éste se erigía en constructor del conocimiento e intérprete
de la realidad estudiada. Bajo la influencia de la geografía de Vidal de la Blache, que hacia
1900 situaba el espacio geográfico en su contexto histórico-cultural, y de la sociología de
Dúrkheim, la escuela francesa de los Annales (nombre de la revista que dirigieron a partir
de 1929, Lucien Fevbre y Marc Bloch) centró su interés en las tendencias demográficas y
económicas. La historia asimiló los métodos y tópicos de las ciencias sociales en un gran
proyecto de síntesis.
Esto significó una renovación fundamental respecto a la historia tradicional en varios
aspectos. Por un lado produjo la incorporación de la historia económica y social y expandió
el campo de estudio hacia temáticas diversas como las menta-lidades, las mujeres, la
muerte, las costumbres, etc. Por otro afianzó la concepción de una historia globalizante que
integrara todos los planos de la vida históri-ca, sin aislar aspectos de la actividad humana y
lograra la convergencia entre la realidad material y las mentalidades colectivas.
En la década de 1940 Fernand Braudel sistematizó los aportes de esta escuela y descartó
la existencia de un tiempo único en los procesos históricos. Compuso un modelo integrado
por distintas temporalidades, por diversas duraciones de los procesos: el tiempo largo de las
estructuras, el medio de las coyunturas, el corto de los acontecimientos y más abajo, casi
inmóvil la historia de los hombres en relación a la tierra. Todos estos tiempos debían ser
considerados en el trabajo historiográfico fundado en registros seriales y métodos
valorativos que midieran el flujo y el reflujo de las sociedades. En una coyuntura podían
advertirse el cruce de diferentes duraciones junto a relaciones particulares que debían
permitir la reconstrucción de la unidad del proceso general. En definitiva, la historia debía
abordar el problema de las duraciones y ritmos diferentes que caracterizan a todo proceso
social y a sus distintos niveles, estudiándolos tanto a partir de su sincronía y diacronía.
Paulatinamente dejó su impronta en la producción historiográfica de esta escuela el
estructuralismo de Levi-Strauss que priorizó la idea de estructura. Entendió como tal a un
sistema o conjunto de sistemas interrelacionados, una arquitectura que el tiempo desgasta
en largos períodos y somete la vida de los hombres.
Adopta del funcionalismo la idea de función y enfrenta al causalismo y al historicis-mo,
privilegiando el análisis sincrónico sobre el diacrónico. Muchas obras históricas atendieron a
la reconstrucción de vastos panoramas sin considerar los procesos que los generan y
transforman. En general los "annalistas" evitaron una identificación ideológica clara y
priorizaron la investigación científica sobre las filosofías que pretendían enunciar el sentido
de la historia. Así, asociaron la historia de las mentalidad a la historia serial y secuencias de
datos, por ejemplo mediante el estudio de los testamentos en un lugar y momento
determinado, para estudiar las ideas sobre la muerte, la secularización, etc.
Paralelamente, el análisis marxista, sobre todo a partir de las primeras décadas del siglo
XX, fue ganando influencias en la producción historiográfica. Marx buscó leyes del
desarrollo histórico combinando la sociología, el análisis económico y la historia. En base a
ello abordó el conjunto de relaciones que los hombres establecen entre sí en el curso de la
producción de su vida social y buscó establecer leyes generalizables que explicaran los
cambios históricos. Estos resultaban de un proceso dialéctico de tesis y antitesis como
consecuencia de la lucha de clases por la dominación de los medios de producción. Así, la
historia marxista enfocó particularmente el conflicto social, la economía, sus crisis, las
estructuras, las duraciones, las coyunturas. Como consecuencia se fortalecieron la historia
económica y la historia social que privilegiaron lo cuantitativo, los procesos masivos, los
largos plazos y el método hipotético-deductivo. Sus críticos las consideraron propuestas con
un marcado determinismo socioeconómico, mientras que sus defensores valoraron el
método de análisis histórico que contribuyó a renovar estos estudios.
Si bien Marx marcó la interdependencia del campo de lo simbólico y la realidad material y la
existencia de fases que no se prestan a simplificaciones, sus seguidores esquematizaron
estas afirmaciones en una sucesión que pasaba de la comunidad primitiva al régimen
esclavista, de éste al feudal y al capitalista para derivar, finalmente, en el socialismo.
Lejos del reduccionismo ideologizante de la Unión Soviética, la historiografía marxista tomó
vuelo hacia mediados del siglo XX. En Gran Bretaña, historiadores como Hobsbawm, Hilton,
Thompson se expresaron en la revista Past and Present que, a partir de 1952, difundió un
modelo pluralista que combinó lo estructural con lo político, lo cultural y lo episódico para
reconstruir la historia de la sociedad.
A su vez la nueva historia económica americana fundada en la recolección sistemática de
documentos cuantificables, reflejó la influencia de los estudios comparativos de Weber
acerca de los orígenes de la modernidad y la burocratización del Estado. Si los historiadores
acentuaban la lucha de clases (marxismo), los cambios demográficos (la escuela francesa
de los Annales) o el desarrollo de redes de inversión y comunicación (modernization theory
de los Estados Unidos), esperaban que sus modelos fueran válidos para todo el mundo.
Desde esta pers-pectiva, impulsaron el afianzamiento de la historia social como ámbito de
investigación en el siglo XX y paulatinamente, buscaron descubrir la realidad de la gente
común olvidada por la historia tradicional.
Crisis de la modernidad y nuevos giros de la historia en las últimas décadas
Mientras tanto, la Segunda Guerra Mundial, los crímenes de guerra, la Shoá, Hiroshima,
habían marcado ya los límites de la ciencia revestida de neutralidad y desinterés. La
utilización de la ciencia nuclear por parte de los protagonistas de la Guerra Fría contribuyó a
difundir el pánico nuclear. A la vez, los quebrantos ecológicos, la destrucción provocada por
guerras como la de Vietnam o Afganistán entre tantas otras, las explosiones
fundamentalistas islámicas, la deriva del régimen chino y la caída de los regímenes
socialistas, generaron nuevas incertidum-bres. De todo ello resultó un escenario
amenazador impregnado de escepticismo que condenaron a los absolutismos
decimonónicos impuestos por el occidente cristiano y en el que ya no fue posible confiar en
el progreso de la humanidad ni en la noción de ciencia al margen de valores.
Así, la llamada "década de oro de la historiografía" 1960-1970, de la historia sociológico-
estructural, concluyó con la multiplicación de las críticas y la descon fianza hacia la "historia
científica". Desde fines de los años 60 se acentuaron los cuestionamientos al progreso
prometido por la modernidad y a los presupuestos optimistas del occidente cristiano. Al
movimiento de los "Annales" se le criticaba la ausencia de teoría, a los marxistas británicos
la imposibilidad de conectar situaciones de cambio con las de continuidad y generalidad, a
la historia científica las elaboraciones abstractas y a los cuantitativistas, la pobreza de sus
resultados.
Nuevas investigaciones renovaron estrategias de investigación con origen en la
antropología, la lingüística y la semiótica. El conflicto adoptó perfiles humanos y se
multiplicaron los objetos de estudio, desde los sectores privilegiados a otros discriminados,
de las estructuras sin rostro humano a aspectos de la vida cotidia-na, de lo macro a lo
micro, de la historia social a la cultural. Se renovaron además la historia política y una
historiografía narrativa que se propuso evitar los modelos abstractos y dar cuenta de los
aspectos subjetivos de la existencia humana.
Paralelamente, el posmodernismo abrió nuevas polémicas sobre el significado y la escritura
de la historia y su pretensión de objetividad. Los posmodernistas niegan las promesas de la
modernidad y señalan que los genocidios y los horrores cometidos en nombre de la ciencia
generan dudas en torno a la inevitabilidad del progreso y la razón. Según Jean-Francois
Lyotard la modernidad marcó el camino a Auschwitz. Más aun, el totalitarismo refiere a todo
tipo de dominación y la democracia se presenta sólo un poco menos agresiva o algo "más
discreta" que el nazismo. Michel Foucault (1926-1984) y Jacques Derrida (1930-) inspiraron
los principales argumentos posmodernistas, aun cuando no compartieron algunos de sus
postulados. Ambos reivindicaron la obra de Fedinand de Saussure sobre la naturaleza del
lenguaje y la distancia entre el significante (sonido o aspecto de una palabra) y el significado
(sentido o concepto de la palabra). Asimismo, estos autores negaron la posibilidad de
generar una relación objetiva con la realidad histórica. Consideraron que la realidad esta
siempre velada por el lenguaje y que éste no implica ningún sentido trascendental o verdad
previa. Ello justificó el método propuesto por Derrida "la deconstrucción" que evidenció las
múltiples interpretaciones que admiten los textos pues sus significantes, señalaba este au-
tor, no tienen conexión esencial con lo que significan.
*La desconfianza y descontento de los filósofos posmodernos son fácilmente identificables
en un mundo en el que ciencia y tecnología se han utilizado para crear mayores
desigualdades, bombas nucleares, campos de exterminio de seres humanos. Sin embargo,
sus representantes suelen cuestionar sin :
rtar solucio nes y suman sus voces al proclamado "fin de la historia". Generan así un
escepticismo que neutraliza los compromisos e intentos de cualquier tipo para modificar el
orden establecido.
Si bien las críticas posmodernas dividieron a los estudiosos en posturas opues-tas,
renovaron discusiones sobre los métodos, objetivos y fundamentos del conocimiento y
viabilizaron la aceptación de que la historia se escribe desde los interrogantes del presente.
Asimismo, también contribuyeron a reflexionar sobre las relaciones entre normas e
individuos, entre procesos y estructuras, entre lo material y lo ideal, entre sujeto y objeto,
confirmando la necesidad de explicacio-nes, parciales y objetivas acerca de la forma como
ha operado el pasado y se ha proyectado al presente. Los elementos más útiles están
dados por la acentuación de una conciencia crítica sobre el texto que nos permite alejarnos
de lecturas anacrónicas e inadecuadas del pasado y, sin duda, por la revalorización del
sujeto.
En este contexto, a fines de 1969 nuevos grupos se erigieron en conductores de Annales y
dieron lugar a la autodenominada la "nueva historia". En 1978, la enciclopedia de esta
corriente, dirigida por Jacques Le Goff proclamó atender a nuevos problemas y objetos de
estudio, reivindicó el tiempo largo braudeliano, la historia cuantitativa, de las mentalidades y
reforzó el contacto con diversas disci-plinas, sobre todo la antropología. El énfasis en la
cultura supuso que valores, creencias, rituales y mecanismos interpretativos no sólo reflejan
la situación material de la población puesto que interactúan con sus expectativas sociales y
eco-nómicas. Para esta nueva generación de los Annales, la cultura no constituye ya el
"tercer nivel" de la experiencia histórica sino que opera como un determinante primario de la
realidad histórica. Concibieron así que toda práctica, económica o cultural depende de las
representaciones mentales que los individuos emplean para entender su mundo, intentaron
ubicar los productos formales de la jurispru-dencia, literatura, ciencia y artes para descifrar
los códigos, gestos, signos -que van reconfigurándose permanentemente en la vida
cotidiana- mediante los que los seres humanos comunican sus valores y verdades.
En esta línea, algunos historiadores cuestionaron los sistemas globales de in-terpretación,
los modelos meta-narrativos -esto es, los grandes esquemas para organizar, interpretar y
escribir la historia- como el positivismo o el marxismo caracterizándolos como artificios
funcionales a las sociedades industriales y a las tendencias normalizadoras de los Estados
modernos. Privilegiaron el estudio de los utillajes mentales que había quedado relegado por
el estudio de las estructuras y las coyunturas. Atendieron al sujeto individual y rescataron la
importancia de la parte meditada de las acciones humanas rechazando o bien matizando la
fuerza de las determinaciones colectivas para explicar el funcionamiento social. Cabe
aclarar que un nuevo manifiesto de 1988 cuestionó a algunas producciones historiográficas
ubicadas en esta corriente, tildándolas de "superficiales" y "anárquicas". Así nuevos
historiadores buscaron otras perspectivas metodológicas y se identificaron en una crítica
que dio lugar a la dispersión de tendencias y al predominio de la especulación filosófica y
sociológica.
Hacia fines de la década de 1980 se renovaron las críticas a los enfoques macrohistóricos
que acentuaban el estudio de estructuras y procesos globales. En efecto, el acercamiento a
la antropología reforzó la perspectiva microhistórica que optó por la reducción de la escala
de observación, por un análisis microscópico y un estudio intensivo del material documental
a fin de revelar nuevos factores y elaborar conclusiones más generales. La microhistoria no
ignora la existencia de complejas estructuras sociales pero a partir de cada espacio social y
desde allí a la experiencia privada, a la vida cotidiana, a los márgenes de libertad de los
individuos en los intersticios y contradicciones de los sistemas normativos que los
constriñen.
Sin duda el quehacer histórico se ha enriquecido también mediante la renovación de la
historia política que recurre a la ciencia política, a los análisis jurídicos, a la dimensión
cultural y al análisis de las prácticas que revelan las interpretaciones de las personas.
Asimismo, surgieron y se consolidaron múltiples corrientes como la historia de género, la
historia oral, la cliometría, la ecohistoria, la historia de la vida privada, de los mitos, de la
infancia, de la lectura, de los sectores marginados o "vencidos" a partir de la expansión
colonial de los países europeos. La historia del presente, reciente o próxima recuperó por su
parte, la contemporaneidad que expuso la historia en sus orígenes y cuestionó al
positivismo y sus patrones de objetividad a través de la separación total entre sujeto y
objeto de estudio y
*la condena a las interpretaciones.
Desde otras miradas, el acercamiento a la antropología y también a la crítica linguística y
literaria "decontruccionista" llevó a dudar de la posibilidad de conocer los documentos y
textos en los que se apoya el trabajo del historiador y reforzó las orientaciones relativistas
de la disciplina. En efecto, si estos enfoques plantean la imposibilidad real de conocer el
pasado, tampoco es posible analizar los acontecimientos de un presente que se convertirán
indefectiblemente en pasado y por tanto, carecerán de sentido. Este escepticismo promovió
el denominado "giro lingüístico" que priorizó una filosofía del lenguaje. Éste es visualizado
como un sistema cerrado de signos que construyen al mundo antes que referirse a éste por
lo que es posible anular las barreras entre ficción e historia, entre narración histórica y
narración literaria.
Como vemos, las polémicas en torno a la historia se han multiplicado en las últimas
décadas. Se han construido nuevos paradigmas que reconocen la diversidad de objetos de
estudio y su tratamiento diferenciado. La oposición entre métodos analíticos y
hermenéuticos, explicación y comprensión, individuo o socie-dad, no se ha evaluado en
forma definitiva. En la visión del historiador Hobsbawm las diversas líneas pueden
conjugarse ya que tanto si miramos a través de un microscopio, como si lo hacemos a
través de un telescopio, buscamos desentrañar las claves de un mismo universo.
Las nuevas formas de hacer historia reafirman el valor de los testigos, las normas
culturales, las informaciones, las pertenencias sexuales, generacionales, educativas, etc.
Reavivan diálogos con las ciencias sociales y reinterpretan los acontecimientos y su
relación con las estructuras. Todo ello forma parte de las nuevas concepciones acerca de la
ciencia, abiertas a lo cualitativo y a lo probabilis-tico que priorizan las relaciones no lineales
propias de la naturaleza y de la vida de los seres humanos, no reducibles a simples
encadenamientos de causa-efecto.
En este sentido han resultado fundamentales los aportes de la teoría del caos, que no
identifica caos con desorden o confusión sino que lo entiende como clases de órdenes
complejas e impredecibles que afectan a los sistemas, y de la termodinámica de los
sistemas no lineales de Ilya Prigogine. Es Prigogine quien señala que en la dinámica clásica
y en la física cuántica no existen certezas sino posibilidades y que no sólo hay leyes sino
acontecimientos que no pueden deducirse de las leyes. Paralelamente la teoría de la
relatividad destronó al tiempo absoluto independiente de los procesos y evidenció sus
propiedades variables y dependientes de los objetos materiales, las relaciones y los
movimientos, produciendo impactos en la producción historiográfica. Son estas las ideas
que nos permiten estudiar mejor las grandes transiciones históricas, abrimos a la
complejidad del mundo social y acceder, como señalaba Josep Fontana, a la comprensión
de que racionalidad no es lo mismo que certeza ni probabilidad significa ya ignorancia. La
vigencia de la historia social
La crisis de los paradigmas que afectó a las ciencias, también posibilitó la renovación de la
historia social que enriqueció sus perspectivas y acentuó la necesidad de procurar
explicaciones reconocidamente parciales y objetivas del pasa-do, sin negar el concepto de
racionalidad de la ciencia histórica tradicional, pero ampliándolo significativamente.
Esta historia social renovada aborda distintos niveles de la realidad histórica: sus
fundamentos económicos (formas de subsistencia, la reproducción material, la distribución
del producto etc.), la estructura social (formas de organización de la sociedad, sujetos
sociales, ámbitos de sociabilidad, diferencias sociales, movimientos sociales etc.), sus
fundamentos políticos (formas de competencias por el poder, organización del Estado, la
nación, etc.) y la esfera de los simbólico (ideas, creencias, valores y representaciones que
sostienen acciones sociales y políticas, formas de transmisión cultural etc.). Aunque la
historia social considera que la economía y las bases materiales constituyen referentes
imprescindibles, analiza las articulaciones entre dichos niveles, sin establecer
determinismos rígidos o unidireccionales y comprueba la capacidad creativa de los sêres
humanos. Así, valorizó el nivel de la práctica y superó criterios unilaterales ya que enfocó el
conflicto y las conexiones entre estructuras, procesos y experiencias que aportan a la
formación y transformación de las estructuras. Recurre tanto a métodos hermenéuticos
como analíticos pues en la actualidad, la historia social reconoce el pluralismo y combina lo
estructural con lo episódico, aborda lo político, lo económico y lo cultural para reconstruir la
historia de las sociedades en toda su complejidad. También recuperó la existencia de
grupos marginales que no formaban parte del relato épico nacional e hizo visibles las
relaciones sociales y politi-cas de cada época.
Entendemos a la historia social como la historia de las sociedades que estudia
acontecimientos únicos por cierto, pero inscriptos en un proceso que los abarca.
Le interesa la integración de todas sus partes, la definición de grandes etapas o
"períodos sociales", la ubicación cronológica de los acontecimientos, los cambios y las
continuidades, lo conflictivo de la existencia humana, sus aspectos materiales y espirituales
y la concurrencia de múltiples factores para explicar la dinámica de las sociedades
humanas.
Se trata de una perspectiva que reclama autonomía al saber histórico. Un saber que crea
conceptos analíticos en función del camino recorrido por cada histo-riador, de su propia
investigación y de las fuentes diversas que utiliza para construir dichos conceptos.
Asimismo, asumió que todo discurso es narración y que, de lo que se trata, es de narrar
verazmente, de facilitar la comprensión de los fenómenos sociales y de aprehender la
relación entre las estructuras y los seres humanos concretos, buscando, como señalaba
Hobsbawm, las explicaciones globales de los procesos históricos. En este sentido, no
rechaza toda meta-narra-ción puesto es lo que permite dar sentido a las acciones en el
mundo.
La historia social aspira a utilizar a la historia como una disciplina que exhiba el problema de
la temporalidad y del cambio social. Intenta pensar racionalmente el pasado como un
esfuerzo que, en realidad es externo a ese mismo pasado e inherente a este tipo de
conocimiento en construcción, provisorio, aunque no ar-bitrario, que obedece a reglas,
técnicas e instrumentos que contribuyen a explicar las posibilidades y límites del
conocimiento del pasado en forma más o menos coherente.
La producción de conocimiento desde la historia social se enmarca en una
práctica revitalizada que tiene en cuenta las siguientes cuestiones:
Objeto y sujeto de la historia
Como hemos señalado, cuando la historia se convirtió en ciencia, su objeto de estudio
fueron los hechos del pasado. Ranke postuló que se trataba de "mostrar lo que realmente
sucedió" ya que los hechos debían ser rescatados y no interpreta-dos. Es la concepción
ontológica de hecho histórico que tiene existencia objetiva e independiente por entero del
sujeto de conocimiento, sostenida por las corrientes empiristas y positivistas.
Los enfoques idealistas criticaron esta postura, redujeron la realidad a mero producto
mental y proclamaron la primacía del sujeto en la medida que éste es quien organiza al
objeto. En esta perspectiva los hechos históricos no fueron considerados como algo dado,
sino como algo completamente subjetivo, como exclusiva creación del historiador.
Desde la perspectiva de la historia social, consideramos que el sujeto tiene un papel activo
frente a la realidad. En este sentido, la relación cognoscitiva es una interacción entre sujeto
y objeto de conocimiento, ambos tienen una existencia real y operan uno sobre el otro. El
objeto de estudio de la historia es los seres humanos en el pasado, el perpetuo cambio de
las sociedades humanas, entendidas como relaciones entre individuos. El ámbito de lo
humano es la sociedad, una rea-lidad de relación, fuera de la cual el ser humano
difícilmente subsista, una realidad que involucra el doble carácter personal y colectivo de la
existencia humana," lo público y lo privado, lo interno y externo en ese plano triple de
presente, pasado y futuro.
Desde el modelo de conocimiento del que partimos, concebimos al sujeto de la historia
como un sujeto social. No se trata pues de un ser puramente biológico sino de un ser social
condicionado por la historia, la cultura, el lenguaje especial-mente. Josep Fontana planteará
que no se trata de oponer individuo y grupos sociales, las masas, porque son como la
marea y la ola que explican conjuntamente el avance del agua del mar tierra adentro.
La objetividad en la historia
La convicción de que el conocimiento se crea en el tiempo y en el espacio y es construido
por seres humanos condicionados por el contexto histórico-social y natural que los
envuelve, genera una nueva manera de entender la objetividad. En efecto ahora
entendemos que lo objetivo no existe en el objeto ni en cada sujeto que investiga sino que
resulta de una relación interactiva entre ambos. La investigación histórica no es arbitraria
pero tampoco meramente racional, aunque siempre debe orientarse hacia la realidad y
establecer hechos históricos, entendidos como ideas, representaciones, tradiciones,
ideologías, prácticas sociales e institu-ciones, sujetos y formas de poder que se organizan y
operan en y sobre la socie-dad.
La objetividad implica la búsqueda, clasificación y análisis de fuentes tanto primarias como
secundarias y se alcanza mediante la crítica y el debate entre historiadores que están
sujetos a las normas que establece la comunidad académica de la que forman parte,
normas que, como exigencias técnicas, fijan límites a las diversas interpretaciones sobre un
proceso histórico.
La ciencia histórica postula el acceso a la verdad. No se trata de una verdad absoluta
puesto que el conocimiento es un proceso, una elaboración de distintas perspectivas sobre
la realidad histórica, los datos históricos, contenidos en las fuentes y convertidos en hechos
históricos. Todo conocimiento está condicionado por el ser social del sujeto e implica a la
ideología. En forma simplificada, podemos entender a la ideología como sistema de ideas o
bien como "falsa concien-cia", o sea un conjunto de ideas que no se corresponden con el
ser social que pien-sa. En definitiva no existe pensamiento humano ajeno a las influencias
ideologi- zantes del contexto histórico, social, económico, cultural. Lo que pensamos, sen-
timos, hacemos, la memoria y el olvido, la valoración de nuestra propia vida, resultan de los
cambios en las formas de la vida social y de las relaciones sociales.
Así, el conocimiento se da siempre desde una postura determinada y ello supone que se
trata de un proceso, acumulativo de verdades parciales.
Situado en su contexto, el historiador parte de preguntas que le permiten formular
problemas que luego indaga a partir del material empírico disponible -sus fuentes- e intenta
revelar las causas de un fenómeno, aun cuando éstas son siempre demasiado numerosas
para ser agotadas por el análisis científico. Finalmente organiza la información para
comunicarla comprensiblemente. Esto es, construye conceptos a partir de sus fuentes, elige
claves, encadenamientos, síntesis que posibilitan la explicación y comprensión de las
interacciones humanas a partir de sus supuestos sobre las motivaciones humanas y la
acción social.
En este proceso, la intervención del factor subjetivo es real pero ello no elimina el carácter
objetivo del hecho histórico. En efecto, el historiador somete los hechos del pasado que
registran sus fuentes a la crítica externa o examen de la procedencia y autenticidad de las
fuentes y a la crítica interna o análisis del valor, de la intencionalidad de una fuente. El
historiador no manipula los hechos arbitrariamente sino que los ubica en una secuencia
temporal y en una trama de relaciones de orden político, económico, cultural, etc. Los
hechos no hablan por sí solos.
Son seleccionados y valorados por el historiador pero no de forma arbitraria. Esa búsqueda
de la verdad implica elaborar enunciados consistentes con los hechos (sometidos a prueba),
debe dar cuenta de su objeto y también de las teorías que se enunciaron sobre éste. Como
señalaba Carr la historia se ocupa de los hechos del pasado y de las construcciones
historiográficas acerca de éstos. Ello se integra en una estructura explicativa o discurso de
demostración que responde a dos tipos de preguntas ¿qué fue?, a la que se responde
mediante los hechos. ¿por qué fue?) a la que se responde mediante una explicación causal
sobre los orígenes del fenómeno y hechos que conducen a otros hechos y nos dan la idea
de proceso histórico.
Más allá de la existencia de diferentes escuelas y teorías, los historiadores se han
especializado en la resolución de interrogantes básicos entre lo que ha sido y la memoria de
lo que ha sido, en establecer conexiones con el pasado para aclarar los problemas del
presente y en tender líneas hacia el potencial del futuro. Si existen diversas versiones de lo
sucedido, ello refleja la complejidad e imprevisibi-lidad de la vida humana, lo que da lugar a
nuevas lecturas de los distintos mensa-jes que envuelven a los acontecimientos del pasado.
El compromiso con el saber objetivo nos obliga a situarlo en el tiempo y a asumir la verdad
del conocimiento histórico como una empresa que no concluye, como un informe interino
sujeto a normas, abierto a las controversias. Un conocimiento progresivo pero no en el
sentido de progreso lineal y armónico sino conflictivo como todo lo relativo a los seres
humanos y sobre todo fundado en fuentes.
Saber y conciencia histórica
El tema de la objetividad nos remite al problema de la conciencia histórica. Es el cuerpo
social, al que pertenecemos, el que impone el desarrollo de nuestra conciencia histórica. Se
trata de la conciencia de ser en el tiempo, de las distintas formas de conocimiento que una
sociedad tiene sobre si misma y sobre las demás y de la construcción de proyectos para el
futuro mediante visiones del pasado.
Forjar nuestra conciencia histórica implica comprender las circunstancias dadas o
transmitidas del pasado y reflexionar en torno de la estructura de pensamiento que orienta
nuestras prácticas sociales a través del tiempo. A partir de ello, será más posible el
autoconocimiento y el desarrollo de una identidad propia y autodeter-minada.
El saber histórico se construye en el marco de la conciencia histórica, que marca el espacio
de experiencia y los horizontes de expectativa de una época. No se identifica con la
conciencia histórica, sino que está condicionado por ésta y aspira a la búsqueda de la
verdad como un objetivo al que debe tenderse. Tiene una exigencia de rigor e instrumentos
de control, como vimos, los propios de su metodología que ayudan a mantener este rigor.
Esta tensión entre conciencia y saber llevar al permanente enriquecimiento del saber
histórico por la conciencia social e incluye nuestra temporalidad. El pasado existe en el
presente y desde éste intentamos elaborar conocimiento sobre el pasado.
El trabajo del historiador revela la conciencia histórica como una dimensión de la conciencia
de una sociedad. Planteamos que esta conciencia orienta las preguntas que podemos
formular al pasado que, como objeto de curiosidad, cambia con las épocas y las diversas
perspectivas. Por ello cambian también los relatos históricos que incluyen selección,
interpretación, recuerdos y olvidos. Asimismo esta construcción del pasado, que implica una
tarea social, incide en el presente ya que nos lleva a otorgar carácter "histórico" a aspectos,
situaciones o seres humanos que hasta entonces no habíamos tenido en cuenta. A partir de
este análisis podemos afirmar que las nuevas escuelas historiográficas han renunciado a la
historia lineal y han puesto en evidencia el fracaso de la visión tradicional sobre el ascenso
de la humanidad al progreso. Nos conducen a entender el pasado a partir de sus diversas
opciones, que no necesariamente terminó imponiéndose la mejor y que otras opciones
podrían continuar abiertas. En síntesis, afirmamos que la producción científica no es ajena a
lo social, esto es a los gobiernos, las iglesias, los credos religiosos, las ideologías políticas,
la identidad de género, los intereses o las convenciones lingüísticas. El saber humano está
construido socialmente pero, asimismo, la práctica de la ciencia, aún cuando valórica o
teoricista sigue produciendo afirmaciones razonablemente veraces sobre la naturaleza y la
sociedad.
Así, lejos de significar una opción estético-contemplativa o la historia por la historia misma,
posibilita el desarrollo de una forma de pensamiento crítico sobre la realidad. En efecto si la
competencia principal del historiador es la de la crítica de los documentos, si la historia es
un examen disciplinado de fenómenos socia-les, la educación histórica puede encararse
como una posibilidad para asumir la crítica de la información y la búsqueda de la verdad en
un proceso siempre inconcluso en el que pueden surgir nuevos planteos, preguntas y
aportes.