Contemplar a Colombia: Mapa psicológico de nuestra lengua.
(Un llamado de atención desde la psicología social de la liberación)
A veces hasta parece chistoso escucharse hablar en castellano, pero la realidad que esconden las
palabras que se usan en la cotidianidad pone en relieve nuestro poco interés de conocer su
significado. Nuestra lengua contiene nuestros sentimientos, pensamientos y comportamientos
sobre el buen y mal vivir en el territorio colombiano, y «no paramos bolas» a su contenido.
Como sabemos, tenemos muchos dichos y frases populares, pero lo que no sabemos es que estas
pueden esconder resignación, pasividad, presentismo, y características predeterminadas de la
imagen del colombiano, dizque: «relajao’», «el que habla sabroso», es como estucar la realidad
con expresiones indolentes que no dejan fluir la verdadera historia que está sujeta a ellas, y eso
noté al analizar mis redes sociales.
A propósito de las formas humanas contenidas en las palabras, en Colombia reside un ilustrador
australiano que publica nuestra supuesta cultura en Instagram. Él muestra nuestra comida (las
arepas, por ejemplo), los mapas geográficos coloridos de las ciudades, y un conglomerado de
chistes y expresiones coloquiales que rigen cada región. Por supuesto, las lenguas son personas
en movimiento.
Bueno, sí. Puede que esa sea una manera satírica de percibir nuestra cultura. O como titula un
medio nacional «así luce Colombia en los ojos de un ilustrador australiano», lo cual me parece
desafortunado. Un foráneo nos está visibilizando a su manera, desde su raíz, o se da más cuenta
de las alegorías nacionales que nosotros mismos. Es preferir las traducciones de nuestros dichos
en forma de meme por un extranjero que ver con los propios ojos el panorama social del país.
Las frases hechas que nos hacen sentir y pensar inconscientemente, son las mismas que nos
causan más problemas y desencantos. El hecho de decir: «no sea indio» [no sea tonto]; «no sea
sapo» [metete en tus propios asuntos]; «no de papapa» [no se exponga al peligro]; «no hagas el
oso», [hacer el ridículo], son también maneras de perpetuar nuestros miedos de hablar, de
cambiar y de transcender los conflictos sociales en Colombia. Son expresiones que han existido
siempre, pues la naturaleza y sus derivados comestibles son primero que el hombre, pero que en
el contexto de la burlesca y borrosa memoria colectiva colombiana, son maneras de minimizar el
crimen organizado y público en el país, y de justificar la violencia contra otros en los colegios,
los hogares y la televisión. Preferimos la burla, “la guachafita”, y dejamos de lado la verdadera
contemplación de las posibilidades de cambio en Colombia, que empieza al pensar sobre el
significado de las palabras que usamos en el castellano. Que se cristalice todo menos la
autocrítica del discurso propio.