A lo largo de nuestra historia republicana, diversos líderes políticos han obtenido el cargo de
presidente; algunos en más de una oportunidad por medio de votación democrática. Sin
embargo, muchas de las personas que han obtenido el poder se han visto involucrados en
casos de corrupción. Dentro de estos casos encontramos al ex presidente Alberto Fujimori;
bien se sabe que él y sus allegados se encargaron de construir las bases necesarias para,
posteriormente, erigir toda una red corrupta que les permitiese, a la larga, perpetuarse en el
poder y dominar al pueblo peruano.
Durante la década de 1990, el Perú vivió el gobierno de Alberto Fujimori, quien llegó al
poder en 1990 tras vencer a Mario Vargas Llosa. Su gobierno se desarrolló en un contexto de
crisis económica, violencia terrorista (Sendero Luminoso y MRTA) y desconfianza política.
En 1992, Fujimori dio un autogolpe de Estado, disolviendo el Congreso y controlando el
Poder Judicial, el Ministerio Público y los medios de comunicación. Ese mismo año impulsó
una nueva Constitución (1993) que amplió su poder y permitió su reelección.
En el aspecto económico aplicó reformas neoliberales que estabilizaron la inflación, pero
aumentaron el desempleo y la desigualdad. En lo social y político, su gobierno se caracterizó
por violaciones a los derechos humanos, corrupción y control autoritario del Estado,
principalmente a través de su asesor Vladimiro Montesinos, jefe del Servicio de Inteligencia
Nacional (SIN).
1. Malversación de fondos públicos
Durante el gobierno de Alberto Fujimori, uno de los actos más graves de corrupción fue la
malversación de fondos públicos, cometida en complicidad con su asesor Vladimiro
Montesinos. Ambos implementaron un sistema estructurado para desviar millones de
dólares provenientes de los presupuestos del Ministerio de Defensa, del Interior y de las
Fuerzas Armadas hacia el Servicio de Inteligencia Nacional (SIN), bajo el control absoluto de
Montesinos.
Estos recursos, que debían destinarse a la seguridad del país, fueron utilizados para pagar
sobornos, comprar medios de comunicación, manipular instituciones y enriquecer
ilícitamente a altos funcionarios del régimen. Exministros y testigos clave confirmaron que
Fujimori ordenaba transferencias mensuales de fondos públicos al SIN, y que parte de ese
dinero era entregado directamente a él o a su familia.
Uno de los casos más emblemáticos fue la entrega de 15 millones de dólares del Tesoro
Público a Montesinos en el año 2000, justificada falsamente como una “compensación”.
Este pago fue una maniobra desesperada por mantener su lealtad, en momentos en que el
régimen se encontraba en crisis tras la difusión de los famosos “vladivideos”.
Las investigaciones judiciales y los testimonios de funcionarios como el general César
Caicedo Sánchez, la secretaria Matilde Pinchi Pinchi y la colaboradora María Angélica Arce
Guerrero, demostraron la participación directa de Fujimori en las transferencias y en el
encubrimiento de estos actos. Los fondos desviados nunca fueron utilizados con fines
oficiales, y el SIN no registró el destino del dinero, violando toda norma de transparencia y
control estatal..
2. Enriquecimiento ilícito
El enriquecimiento ilícito de Fujimori y su familia se evidencia en el manejo de millonarias
donaciones internacionales, principalmente provenientes de instituciones y personas
japonesas. Estas donaciones, que debían utilizarse para obras sociales, fueron canalizadas
hacia organizaciones y cuentas privadas controladas por los propios familiares del
expresidente.
La organización Apenkai, creada y dirigida por la familia Fujimori desde el Palacio de
Gobierno, fue una de las principales vías utilizadas para encubrir estos movimientos. Aunque
se presentaba como una entidad de cooperación y ayuda al Perú, sus registros financieros
eran confusos y no explicaban el destino real del dinero recibido.
Las investigaciones demostraron que aproximadamente 4.5 millones de dólares fueron
desviados a cuentas personales de Rosa Fujimori, del exembajador Víctor Aritomi —cuñado
del expresidente— y de su madre, Mutsue Inamoto. Además, entre 1996 y 1997, Rosa
Fujimori entregó a su hermano tres cheques de 175 mil dólares cada uno, procedentes de
las mismas cuentas.
RONDA 2: Aspecto Social
En el ámbito social, el régimen de Fujimori utilizó la manipulación mediática, la represión y
el control del pensamiento público para mantenerse en el poder.
A través de campañas de desinformación, espionaje y violencia estatal, el gobierno impuso
un clima de miedo y silencio.
1. Compra ilegal de medios de comunicación
Durante el gobierno de Alberto Fujimori, especialmente entre 1998 y el año 2000, se ejecutó
una estrategia sistemática para controlar los medios de comunicación y manipular la opinión
pública a favor del régimen. Este plan fue dirigido por Vladimiro Montesinos, jefe del
Servicio de Inteligencia Nacional (SIN), quien manejaba un presupuesto mensual cercano a 9
millones de dólares, provenientes de fondos públicos desviados.
Con ese dinero, Montesinos sobornaba a dueños de canales de televisión, periodistas y
directores de prensa, a cambio de que difundieran mensajes favorables al gobierno y
atacaran a la oposición. Entre los medios implicados estuvieron Canal 4 (América Televisión),
Canal 5 (Panamericana) y Canal 9 (Andina de Televisión), cuyos propietarios recibieron
millones de dólares en efectivo a cambio de entregar el control editorial de sus emisiones.
Incluso, el Canal 10 (Cable de Noticias) fue comprado directamente por Montesinos por 2
millones de dólares, con recursos del Estado.
Uno de los casos más emblemáticos fue el de Canal 2, Frecuencia Latina, cuyo propietario
Baruch Ivcher fue despojado de su nacionalidad peruana en 1997 por negarse a alinearse
con el gobierno. El canal fue tomado por accionistas cercanos al fujimorismo y su línea
editorial cambió radicalmente, pasando a defender abiertamente al régimen. Tras la caída de
Fujimori, Ivcher recuperó su nacionalidad y fue absuelto judicialmente.
Además del control televisivo, el régimen financió con dinero del SIN a la llamada “prensa
chicha”, un conjunto de diarios sensacionalistas y de bajo costo. Montesinos destinó más de
22 millones de dólares para financiar estos periódicos entre 1998 y 2000. Su función era
ridiculizar y desprestigiar a los opositores políticos, periodistas críticos y defensores de
derechos humanos, mientras difundían propaganda a favor de Fujimori y su campaña
reeleccionista.
Durante los juicios realizados después del año 2000, Montesinos reconoció que todas estas
operaciones fueron ordenadas y aprobadas por el propio Fujimori, quien consideraba que la
prensa escrita, especialmente la de bajo costo, tenía un gran impacto en la población. Dijo
textualmente que “el ingeniero Fujimori era consciente de que los diarios chicha producían
el efecto de orientar la corriente de opinión”.
Los “vladivideos”, grabaciones encontradas en el SIN, mostraron con claridad cómo
Montesinos entregaba dinero en efectivo a empresarios mediáticos y congresistas,
revelando el nivel de corrupción y manipulación política del régimen.
2. Violación del secreto de las comunicaciones e interceptaciones telefónicas
Durante el régimen de Alberto Fujimori, el Servicio de Inteligencia Nacional (SIN) llevó a
cabo un sistema de interceptaciones telefónicas ilegales a gran escala, con el objetivo de
espiar, chantajear y controlar a políticos, periodistas, empresarios y miembros de la sociedad
civil que pudieran oponerse al gobierno o denunciar actos de corrupción.
Desde los primeros años de su mandato, el SIN instaló sofisticados equipos de escucha en el
Palacio de Gobierno y en varios inmuebles alquilados en Lima, donde un grupo especializado
se encargaba de interceptar y transcribir llamadas privadas. Estas acciones, financiadas con
fondos públicos, fueron autorizadas directamente por Fujimori y ejecutadas bajo las órdenes
de Vladimiro Montesinos.
De acuerdo con testimonios de Matilde Pinchi Pinchi (ex asistente de Montesinos) y del
general Gerardo Pérez del Águila, Fujimori dio instrucciones precisas para interceptar
teléfonos de congresistas, periodistas y opositores, y se mantenía informado del contenido
de las grabaciones. Incluso se llegó a instalar un centro de interceptación dentro del Palacio
de Gobierno, demostrando el nivel de vigilancia y control ejercido sobre la población.
Estas interceptaciones violaron gravemente el derecho a la privacidad y al secreto de las
comunicaciones, socavando el Estado de derecho y fortaleciendo el poder autoritario del
régimen
3. “Jueces sin rostro”
Durante el gobierno de Alberto Fujimori, especialmente después del autogolpe del 5 de abril
de 1992, se instauró el sistema de “jueces sin rostro”, que funcionó entre 1992 y 1997.
Estos tribunales fueron creados con el supuesto objetivo de combatir el terrorismo de
Sendero Luminoso y el MRTA, en un contexto de violencia y miedo en el país. Los jueces,
fiscales y vocales ocultaban su identidad por motivos de seguridad, utilizando cabinas
cerradas o espejos polarizados para que los acusados no pudieran verlos.
Aunque el gobierno justificó esta medida como necesaria para proteger a los magistrados,
en la práctica se convirtió en una herramienta de abuso y control político. Los juicios se
realizaban sin pruebas suficientes, sin defensa adecuada y con sentencias predeterminadas.
Más de mil personas inocentes fueron encarceladas injustamente, acusadas de terrorismo o
traición a la patria solo por sospechas o por vivir en zonas conflictivas.
Además, el Ejecutivo y el Servicio de Inteligencia Nacional (SIN) intervinieron directamente
en el sistema judicial, usando estos tribunales para eliminar a opositores o críticos del
régimen.
Organismos como la Corte Interamericana de Derechos Humanos y Amnistía Internacional
denunciaron que los “jueces sin rostro” violaban el debido proceso, la presunción de
inocencia y el derecho a una defensa justa.
4. Uso sistemático de la violencia
Durante el régimen de Alberto Fujimori ocurrieron graves crímenes de Estado, entre ellos las
masacres de Barrios Altos (1991) y La Cantuta (1992), perpetradas por el Grupo Colina, una
unidad militar clandestina que operaba bajo las órdenes del Servicio de Inteligencia Nacional
(SIN). Estas acciones fueron parte de una estrategia sistemática del gobierno para eliminar a
supuestos terroristas, aunque en realidad las víctimas fueron personas inocentes, incluidos
estudiantes, un profesor y un niño de ocho años.
En ambos casos, el Grupo Colina ejecutó a las víctimas de manera extrajudicial, las torturó y
luego intentó desaparecer sus cuerpos para ocultar los crímenes. Existen pruebas
contundentes —entre ellas declaraciones de miembros del propio grupo— que demuestran
que Fujimori tenía conocimiento previo de estas operaciones y no tomó medidas para
impedirlas ni sancionar a los responsables, lo que lo hace responsable directo de estos
hechos.
Durante su juicio por violaciones a los derechos humanos, Fujimori intentó justificar estas
muertes como “excesos” o “daños colaterales” de la guerra contra el terrorismo. Sin
embargo, los magistrados determinaron que no existía evidencia alguna de que las víctimas
pertenecieran a organizaciones subversivas, y que la violencia ejercida por el Estado tuvo
otros fines: amedrentar a la población, silenciar a la sociedad civil y controlar el espacio
público, consolidando así un proyecto autoritario y corrupto.
5. Esterilizaciones forzadas
En 1991, el entonces presidente Alberto Fujimori declaró el Año de la Austeridad y la Planificación
Familiar, orientando las políticas del Estado hacia la reducción del crecimiento demográfico. Entre
1991 y 1995 se aprobó el Programa Nacional de Población, que tenía como meta disminuir la tasa de
crecimiento poblacional al 2% y la tasa global de fecundidad a 3.3 hijos por mujer. Bajo este marco,
se promovió un Programa de Planificación Familiar que incluía la distribución de diversos métodos
anticonceptivos.
Posteriormente, entre 1992 y 1995, se implementó el Programa Nacional de Atención a la Salud
Reproductiva de la Familia, con el objetivo de reducir la fertilidad y controlar el tamaño de las
familias peruanas. Si bien este programa declaraba respetar la libre decisión de la población sobre la
planificación familiar, en la práctica se transformó en un instrumento de control coercitivo de la
natalidad, especialmente dirigido hacia mujeres en situación de pobreza.
En 1992, mediante la Resolución Ministerial N.° 0738-92-SA, el gobierno legalizó la esterilización
quirúrgica como método anticonceptivo, y en 1995 se modificó la Ley Nacional de Población,
excluyendo únicamente el aborto de la lista de métodos anticonceptivos permitidos. Esto abrió el
camino para políticas más agresivas de control poblacional.
En 1996, el régimen aprobó la Resolución Ministerial N.° 071-96-SA/DM, que dio origen al Programa
Nacional de Salud Reproductiva y Planificación Familiar 1996–2000, cuyo propósito fue masificar el
uso de métodos anticonceptivos, en particular la anticoncepción quirúrgica voluntaria (AQV). Sin
embargo, el programa estableció metas numéricas obligatorias de esterilización que debían cumplir
los médicos y trabajadores de salud, generando presiones y abusos sistemáticos.
Como consecuencia, miles de mujeres campesinas, indígenas y quechuahablantes fueron sometidas
a esterilizaciones sin consentimiento informado, muchas veces mediante engaños, amenazas o
coerción. A algunas se les prometió beneficios en programas sociales como el Vaso de Leche o se les
advirtió que perderían el acceso a estos si no aceptaban la intervención. En muchos casos, los
procedimientos se realizaron en condiciones médicas precarias, sin anestesia adecuada ni
seguimiento postoperatorio, lo que ocasionó muertes, infecciones y secuelas permanentes.
Las investigaciones realizadas por la Defensoría del Pueblo, el Ministerio Público y la Comisión
Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) estiman que más de 314,000 mujeres fueron
esterilizadas durante el régimen fujimorista, en el marco de un plan que contaba con el conocimiento
y aprobación directa del presidente Fujimori y de las más altas autoridades del Ministerio de Salud.
Este caso constituye una de las violaciones más graves a los derechos humanos cometidas durante
los años noventa, vulnerando el derecho a la integridad física, la salud, la autonomía corporal y la
libertad reproductiva de miles de peruanas.
A pesar del tiempo transcurrido, las víctimas continúan exigiendo justicia y reparación integral, y el
caso sigue siendo un símbolo del uso del aparato estatal para imponer políticas autoritarias bajo el
discurso del desarrollo y la modernización.
RONDA 3: Aspecto Político
En lo político, Fujimori estableció un régimen autoritario, basado en el abuso de
poder, la corrupción institucional y el nepotismo familiar.
1. Nepotismo
Fujimori colocó a familiares en puestos clave del Estado.
Su hermana Rosa y su cuñado Aritomi tuvieron gran poder en el manejo de
donaciones extranjeras y en la representación diplomática en Japón,
evidenciando un uso familiar del poder.
2. Abuso de poder
El autogolpe del 5 de abril de 1992 fue la muestra más clara de abuso político:
Fujimori disolvió el Congreso, intervino el Poder Judicial y gobernó por decreto
con apoyo militar.
Luego impulsó una nueva Constitución (1993) que le permitió reelegirse y
consolidar su control absoluto sobre el Estado.
A través del SIN y Montesinos, también manipuló al Congreso y al Poder
Judicial mediante sobornos, amenazas y nombramientos ilegales.
3. Control del Congreso y sobornos políticos
En el año 2000, tras no obtener mayoría en el Congreso, Fujimori ordenó comprar
congresistas opositores para obtener el control parlamentario.
Estos sobornos quedaron grabados en los vladivideos, que finalmente fueron la
prueba definitiva del sistema corrupto.
💬 Conclusión política:
El fujimorato fue un régimen autoritario que utilizó la ley para mantener el poder y
eliminar la oposición. Fujimori convirtió las instituciones en herramientas políticas
y destruyó la independencia de los poderes del Estado.
Si bien los actores de corrupción presentes en el segundo gobierno de Fujimori,
tiene como mayor responsable al asesor Vladimiro Montesinos, el mandatario
conocía muy bien estos hechos, ya que ambos se beneficiaban de los recursos del
pueblo. Rospigliosi (2000, citado en Pease, 2003) menciona que:
Fujimori no fue un títere de Montesinos, si bien este lo manipuló
sistemáticamente, Fujimori fue un cómplice y un socio. Él supo perfectamente
quien era Montesinos desde el primer día que lo conoció. Precisamente lo
requirió por sus habilidades delincuenciales para “arreglar” el asunto de la
evasión de impuestos […]. Sin las maquinaciones de Montesinos, Fujimori no
hubiera podido perpetuarse en el poder. La politización y corrupción del
ejército, la destrucción y el debilitamiento de las instituciones, como el poder
Judicial y el Congreso, tuvieron como objetivo no solo aumentar el poder y la
riqueza de Montesinos, sino también de Alberto Fujimori. (p.43).