Reflexiones de un joven en crisis
Reflexiones de un joven en crisis
Parte 1
Honestamente, qué extraño es ser algo siquiera. La mañana del jueves me levanté más temprano
de lo normal, el sol todavía no había salido. Estuve un rato reflexionando, todavía pensando
acerca de lo que había pasado anoche y me terminé levantando una hora u hora y media después.
Me dió tiempo a bañarme y dejar el apartamento más o menos arreglado. No comí, ahora no
tengo hambre. Uno de mis amigos, Rascal, me dijo que estaba algo más distraído de lo normal,
pero yo no lo noté. Desearía que me dejara solo a veces, pero a pesar de todo lo quiero bastante.
Esta noche llegué a casa corriendo. No me acordé de traer la plata para devolverme en bus. Al
entrar todo estaba sucio, y el único lado que tenía ordenado era por el que solía pasar el gato.
Rascal me llamó preguntándome si quería salir a tomar pero le dije que estaría ocupado, así que
no. El estudio se sintió como una tarea eterna.
A la mañana siguiente se veía terrible. Parecía que hubiese envejecido diez años en una sola
noche. Me burlé de él y por eso sospecho que se resintió un poco conmigo. Quien lo manda a
andar de borracho sabiendo que tiene clase a la mañana siguiente. Los profesores hoy noto que
me miran extrañados, cuando fuimos a preguntarle algo uno me dijo que estaba muy delgado,
que actuaba lento, que ya no participaba y no se que más. Problema mío. Francés, otro amigo
mío, oyó esto y me propuso ir a comer esa misma noche, pero lo rechacé. Él es muy lindo, como
persona y físicamente. Odiaría verme igual. Sentí que me estaban mirando bastante, y me
incomodé por lo que me apresuré a sentarme otra vez.
La clase siguió con normalidad, estuve algo distraído por algo que contaré después pero en
general estuvo bien. Mis amigos me insistieron hasta el cansancio de ir a comer, y por más que
los rechazaba no me dejaron en paz, por lo que no tuve más opción que hacerles caso. Cuando
llegamos entendí para que molestaban tanto, y es que estaba sentada Ana Sofía, una de mis
amigas que hace varias semanas no veía. Había estado internada por diversos motivos. Con esto
que ha pasado últimamente la verdad me alegré mucho de verla, pero verle los brazos con tantas
heridas aún cicatrizando me distraía bastante. Con total honestidad, no me exaltó, pero me hizo
recordar a algo que pasó hace varios años:
En segundo de bachiller, estudiando en otro lugar, uno de los jóvenes que conocía era obvio que
se había hecho daño en los brazos y a pesar de no ser tan cercano, me partía el alma. También
recuerdo que a pesar de verse y sonar como una mujer, se presentaba como hombre y se hacía
llamar Nicolás a pesar de tener otro nombre, también de mujer. En el momento me pareció
extraño, pero lo respeté. De vuelta a lo que estaba pasando ahora, me sorprendía la indiferencia
con la que reaccionaba a las heridas aún sanando de mi amiga en comparación con la reacción
que tuve en aquel entonces con alguien que no era tan cercano. Estar con ella me abrió el apetito;
me alzó el ánimo bastante. Pedimos hamburguesas, con calma después de que aceptaran la
condición de que yo pagaba lo mío con mi plata. No me gusta que me gasten nada, me da
vergüenza.
Cuando terminamos de comer y nos íbamos, Anita me dio uno de los abrazos más lindos que he
recibido. De verdad me hacía falta, y a ella también. Me daban ganas de darle un beso en la
mejilla pero al final no me animé. No quiero nada romántico con ella y estoy bastante seguro de
que a ella no le atraen los hombres, no la quiero incomodar. Me fui con una sonrisa estúpida a la
casa, y llegué a limpiar un poquito ya que temía que se empezaran a meter bichos y otras vainas
que no me gustan, y quería aprovechar esta energía.
Encontré los juguetes del gato, los que usaba cuando era algo más joven y los peluches que
siempre le habían encantado. De verdad que no recuerdo por que los encontré en un lugar
arbitrario de la casa, todos juntos, pero por eso ahora me estaba aguantando las ganas de llorar,
no me lo puedo permitir. Terminé y me puse a estudiar y escribir lo que no entendía para volver a
analizar. Ya es viernes, en tres días empiezan los exámenes. Me fui a dormir a la madrugada,
cansado como un infierno, pero con algo de paz en la cabeza.
Tuve un sueño anoche. Estábamos Anita y yo, pero ella tenía mi ropa puesta y yo tenía la de ella.
Era algo bastante divertido, en cualquier otra ocasión me hubiera muerto de la vergüenza pero
con ella tengo bastante confianza, por lo que no había problema. No pensé mucho en ello cuando
me levanté. Estuve en el computador un buen rato, pensando en cuanta vaina apareciera en esa
máquina de satisfacción inmediata. Aún siendo consciente de ello no me era fácil desprenderse
de ella, pues el estudio pareciera una tarea infinitamente más aburrida en comparación. Me
considero una persona culta, solo que últimamente han pasado muchas cosas.
Ahora es domingo, tengo nervios acerca de cómo me irá en los exámenes mañana, me esforzaré
lo más que pueda. Me levanté cansado, pues, por más ficticio que fuera, siento que lo que leí
ayer reflejaba un problema real que tenía. Estuve preparando el desayuno, con ese café que tanto
me encanta. Agarré el celular por primera vez en la mañana y ví que tenía llamadas perdidas de
la mamá de Anita, así que la llamé de vuelta. No me contestó, y me preocupaba que algo malo le
hubiera pasado por lo que fui lo más rápido que pude a la casa de mi amiga. Al llegar, me abrió
sin saludar e inició la conversación.
– ¿Me puedes pasar los temas que vimos las semanas que no estuve?
– ¿Para eso me llamas ahora? Me tenías preocupado
– Ayy pero tú también.
– ¿Yo también que? Ahora te lo paso.
Todo el estudio que había hecho dió frutos y salí bastante relajado, al menos en ese aspecto. Que
Anita no haya venido me preocupaba un poco porque ahora le quedaría bastante complicado
presentarlo, tal vez hasta le tocara hablar con el director y ese señor siempre se la pasaba de mal
humor. Rascal estaba bastante tenso, sin saber cómo le había ido, por el contrario Francés estaba
relajado, al igual que yo. Comimos juntos, de nuevo, y ya a este punto me estaba empezando a
hartar de comer con ellos. Al llegar a la casa llegué a dormir, pues dormí mal la noche anterior.
El celular fue lo que me despertó, era la mamá de Ana. Supuse que era mi amiga de nuevo y le
respondí. Esta vez sí era la mamá, quien estaba llorando. Anita se había suicidado, me quedé en
silencio y terminé la llamada de una.
El jueves de la semana siguiente el sol brillaba con vitalidad, un cielo mayormente despejado con
una que otra nube blanca se extendía sobre la catedral de la institución y el patio al frente de ella
donde nos habíamos reunido todos. Me hallaba yo ante un ataúd abierto, presentando el cadáver
pálido de mi amiga. Tenía puesto un vestido celeste de diseño floral; flores moradas y el fondo
del mismo color que el cielo de aquel día, los zapatos diría que eran los mismos que ella se ponía
cuando era bachiller, no tenía maquillaje de ningún tipo y habían cubierto su cuello con un collar
para ocultar su herida. El cura empezó a dar el sermón que oí sin escuchar, dado que tenía la
mente concentrada en revivir los recuerdos, puesto que aun no podía asimilar la idea de lo que
estaba viviendo.
Dentro de lo que cabe, transcurrió todo con completa normalidad. La familia destrozada, los
amigos sollozando intentando no estorbar y yo, aún dominado por el ego, cabizbajo y sin llorar.
Acabó el funeral antes de darme cuenta, ya estaba anocheciendo cuando le di el pésame a la
familia y me fui. Me dejaron pensando en los abrazos que me dieron los padres, puesto que era
que parecía ellos sabían que tan cercano era a ella. Agarré el bus y me quedé dormido a los pocos
minutos, solo me desperté cuando ya me había pasado bastante de donde me tenía que bajar.
Normalmente me disgustaría caminar a estas horas de la noche y más encima solo, pero esta vez
me empecé a fijar más y más en diversos detalles a medida que iba acercándome más a mi casa:
la cafetería estaba repleta de imágenes de artistas de todos los tipos, el grupo de amigos tomando
en una de las aceras, las calles por aquí también estaban llenas de huecos, el edificio residencial
contiguo tenía la misma ventana prendida todo el día y los guardias de la noche llegando a pie
para empezar su jornada, el gato que mi vecina solía dejar en el patio afuera, y un montón de
pequeñeces más. Son cosas que a lo mejor me habrían llamado la atención cuando me empecé a
mudar, pero que la rutina ahora me había hecho asumir y no prestarles atención a pesar de estar
allí a simple vista.
Estaba exhausto, pero cada vez que me empezaba a dormir me imaginaba el teléfono sonando,
además de que la basura se empezaba a acumular cada vez más y encima sentía la culpa de no
haber asistido a clase durante tanto tiempo, puesto que la pagan mis padres y cada vez que no
voy es hacerles perder plata. Aún no les he contado lo que ha pasado, ahora que lo pienso. Me
siento horrible.
Me había dormido, pero me desperté en la madrugada porque empezaba a oír las bolsas
moviéndose y cuando prendí la luz era la fiesta de las cucarachas. No la saqué hasta el siguiente
día, cuando tuve que llamar a alguien para que lo hiciera por mi, y mientras tanto tuve que
intentar conciliar el sueño en la sala del apartamento. Rascal me despertó al llamarme por
primera vez en varios días, a él también le afectó bastante esto que ha sucedido. Se desahogó
conmigo contándome que se sentía imponente y culpable acerca de no haber hecho nada
mientras ella seguía acá. Se puso a llorar y yo no sabia que hacer para calmarlo, aunque me daba
bastante pena. Él se había tardado más para procesarlo que yo, se veía distante durante el funeral
y, como ya mencioné, no me había escrito. Estuve escuchándolo y respondiéndole con
monosílabos, no porque no me importara sino porque no le pude decir nada de utilidad.
Finalmente se calmó, me agradeció y colgó el teléfono. Me quedé ensimismado el resto de la
noche en los recuerdos. No estaría contento si me tuviera que ir ahora, por la manera en la que
soy. Hasta ahora he pensado en cómo me gustaría que fuera mi vida en el momento en el qué
muriese y como puedo apuntar hacia ello. Pienso entonces en cómo sería mi muerte en sí, ya que
empieza a parecer la única salida al dolor que me aqueja por todo esto.
Volví a ir a clases, me estaba empezando a cansar de sentir que las sábanas de la cama se estaban
fundiendo con mi piel. Me han enseñado que como hombre que soy no tengo por qué estar como
vago, sin importar lo que pase. Aún así, como era de esperarse, me fue mal. Era destacable cómo
los profesores daban clase como si nada hubiera pasado, me da curiosidad pensar qué clase de
cosas pasarán por sus cabezas y sus motivos. Por más de que nuestro grupo de amigos aún
estuviese sintiendo la pérdida, el resto del salón parecía haberse adelantado, éramos nosotros
quienes estábamos rezagados en el dolor aún.
Ninguno quiso comer juntos esta vez, y me sorprendió porque pensé que ahora íbamos a estar
unidos con todo lo que ha pasado. Llegué a la casa a andar medio dormido en la cama. La
reciente llamada de Rascal me dejó pensando, pues me hizo darme cuenta de que yo no buscaba
ayuda en los demás, ni siquiera en este momento que considero el peor de mi vida. Sin embargo,
otras personas sí buscaban apoyo en mí. Esto se debía a dos motivos. El primero y principal era
que desde pequeño me costaba mucho confiar en otras personas, y el segundo era que yo tenía la
creencia de que yo solo podía con todo.
Ahora mismo me quería distraer lo antes posible de estos pensamientos, por lo que la madrugada
parecía un momento interesante para estar despierto haciendo cosas, antes solo me quedaba en la
cama pero ahora me decidí a al fin arreglar el desastre que era la casa y organicé. Matar y sacar
cucarachas resultó ser una buena actividad para olvidarme de lo que siento; con excepción del
miedo hacia ellas, claro, pero este ha estado disminuyendo con el tiempo. Mi mamá no se
pondría orgullosa de que acabé cuando estaba amaneciendo, pero sí de que organicé por fin, pues
era algo en lo que yo nunca le hacía caso y ella siempre me insistía, sin embargo nunca se
molestaba en serio en ponerme a cumplir. Todas las veces era una advertencia acerca de lo que
pasaría si no me ponía a organizar mi habitación o la casa pero nunca la cumplía. Por razones
como esa es que ahora no confío mucho en ella.
Algo después ví una casa limpia, pero no tanto como pensaba que la había ordenado la noche
pasada. Aún así, seguía siendo mejor que con lo que empecé, así que me aferré a ello. El día
transcurrió, al igual que el anterior, con la normalidad que se espera de un grupo de personas que
está en proceso de duelo. El mío ha sido particular, ya que por lo que sé debería estar sufriendo
mucho más de lo que parece, pero ha sido una apatía más que un dolor específico, solo yéndose
en las noches que me permito sentir. La noche de aquel día fue una de ellas, pues de nuevo me
sumergí en el recordarla a ella tanto como fué posible.
En lo mucho que la recordé aquella noche, terminé atrayéndola sin querer por la mañana. La
madre de ella me llamó, de nuevo, en el estado en el que se podría esperar a alguien que está en
el proceso de duelo por su hija. Resulta que mientras se hacía la limpieza del cuarto de Anita, se
habían encontrado una caja con mi nombre que asumieron tenía cosas que yo le había dado. No
tenía idea de que era esto, ni ella tampoco. por lo que fui rápido a la casa para poder recoger lo
que sea que me había dejado. En el camino me iba imaginando que podría ser, solo por saciar la
curiosidad momentánea. Llegué a la casa de ellos y me la entregó la mamá, apresurada, como si
quisiera olvidarse del asunto cuanto antes. Quise colaborar y me fui igual de apresurado a mi
casa.
Se puede imaginar mi sorpresa al ver que lo que se encontraba en la caja era su ropa, maquillaje
y perfumes. En algunas ocasiones habíamos tocado el tema en broma, pero imagino que ella no
se dió cuenta de eso. Me duele pensar que había planeado darme esto para después de fallecer.
Estuve ocupado con la casa el resto de la tarde, y ya por la noche, como era natural, salí al pasillo
frente a la habitación para ver el espejo y me puse uno de los vestidos. Me quedaba mal, pero me
invadió una felicidad que pocas veces he sentido.
Esa noche fui a dormir confundido, el closet que miraba mientras estaba recostado en la cama no
parecía real, como si todo esto fuera un sueño. Ya eran varios meses en los que no pensaba
acerca de mis “gustos” debido a todo lo que había estado ocurriendo en mi vida, sospechaba que
no eran los más convencionales pero jamás me imaginé que llegaría hasta ese punto. El closet
abierto que miraba me estaba proyectando un sentimiento de paz, dado que esa noche empecé a
planear vaciarlo y llenarlo con nuevas prendas, prendas que me llevaron a un sueño plácido
después de tanto tiempo.
Al día siguiente me desperté con una sonrisa boba, pensando en la bonita idea de comprar
maquillaje. Poco le puse atención a las clases de aquel día por estar pensando en lo que iba a
hacer por la noche, pero sí me fijé en mis amigos, quienes afortunadamente parecían estar más
concentrados que yo en la clase. Cuando cayó la noche ya estaba libre, así que me dirigí hacia el
centro con algo de nerviosismo. Entré en una tienda rosada, con un olor dulce y luces cálidas.
Habían muchos productos, que llamaban a la vista casi tan fuertemente como los precios de todo
lo que vendían. Distintas mujeres ordenando todo lo que se encontraba en los estantes, Compré
una base líquida, mintiéndole a la cajera de que era todo para mi hermana quien tenía mi mismo
color de piel para poderla probar. No tengo hermana.
Llegué a casa con emoción de probar mi nueva compra. Me metí al baño y ahí me fijé que no
tenía las esponjas para poder aplicarlo. Probé con el dedo y poco sirvió, por lo que me tuve que
lavar la cara y fui a comprar almohadillas de algodón. De nuevo, entré a la casa, ahora con más
inquietud que antes. Me apliqué la base y funcionaron como una maravilla, si bien al inicio
parecía demasiado entre más toques le daba más y más se iba pareciendo al color de piel. Cuando
terminé me quedé viendo mis propios ojos en el reflejo un buen tiempo. ¿Ese era mi rostro? No
era que pareciera exactamente el de una mujer, pero me costaba reconocerlo como el mío. Me
lavé la cara de nuevo y cuando ya no quedaba nada me acosté en mi cuarto. Se veía pulcro, pues
lo había organizado de nuevo. Me quedé dormido satisfecho, con la misma sonrisa boba con la
que me desperté esa mañana.
Parte 2
Tuve un sueño. Estaba en el cuerpo de una mujer muy linda, tirada en una cama mugrienta y con
el pecho pesándome. No me quería levantar, y mientras me quitaba la cobija y prendía el
ventilador pude ver cómo los escasos vellos en mis antebrazos estaban pegados a mi piel por la
sangre seca. El ventilador encima de mi era grande y enviaba aire hacia abajo con gran fuerza.
La ventana del cuarto, la cual daba a la calle, dejaba entrar el sol del mediodía que estaba
calentando toda la casa y me impedía volver a dormir. Con los ojos entrecerrados lograba ver
cómo tenía varias fotos de Ana enmarcadas una al lado de otra, finalizando la secuencia con un
gran cuadro en el que aparecemos todos con expresiones graciosas, siendo en realidad la única
que salió bien de las pocas que nos tomamos juntos.
Me desperté de repente. Agarré el celular para ver la hora y me fijé que eran las 3 pasadas. Tenía
varias llamadas perdidas de Rascal, habíamos dicho meternos a un curso de inglés para tener
mejores oportunidades cuando nos graduamos y obviamente me había perdido la clase ese día, y
me había llamado para saber dónde estaba. Por mi cuenta me había metido a un entrenamiento de
voz, también. Me fui al borde de la cama antes de ponerme de pie para arreglarla, y vi el cuadro
de mis amigos y yo colgado en grande en el centro de una de las paredes del cuarto. En realidad,
mi habitación era la misma del sueño, solo cambiaba que no tenía el mismo cuerpo. Darme
cuenta de esto fue suficiente para ponerme a llorar y al cabo de unos minutos me levanté para ir
al baño a lavarme la cara. En el espejo podía ver como mis ojos estaban algo hinchados, pero no
le di importancia ya que no iba a salir ese día de todos modos.
Me puse a limpiar el cuarto mientras escuchaba música con los audífonos que acababa de
comprar. Por esa línea de pensamiento se me hundió el corazón en el estómago porque me di
cuenta que tampoco había ido a trabajar y no le avisé a mi jefecito querido. Le escribí un
mensaje rápido, disculpándome repetidas veces y explicándole que no me sentía bien como para
ir. Al poco rato me escribió que no había problema, que entendía. Terminé de limpiar y me puse
en el computador, sentado como camarón a jugar el juego recién salido que hasta ahora no había
tenido la oportunidad para jugar. Estuve hasta la noche, llegué como a la mitad del progreso total
y apagué el computador para pedir algo para comer.
Cuando llegó, el repartidor se sobresaltó por ver tantos cortes en mis antebrazos así que me afané
en pagarle y recibir la comida para no incomodar. Después de que se fue, me dediqué a comer en
silencio. Lavé los cubiertos y fui a limpiarme la boca. Al momento de pasarme la seda por las
últimas muelas me saqué sangre sin querer y mientras me cepillaba no paré de escupir sangre
mezclada en la espuma. El clima me parece un misterio; esa noche hizo calor, mientras que la
anterior había hecho bastante frío. Antes de irme a dormir, ví mientras cruzaba el pasillo que
conectaba al cuarto con la sala como las cajas de la mudanza que estaban sin organizar en la otra
habitación empezaban a llenarse de polvo porque ahí si se me olvidaba limpiar. Me acosté en la
cama, cerré los ojos y poco a poco el sueño me fue ganando. Sentía que al fin podía descansar,
pero el despertador me despertó con su fuerte chirrido y me dejó con los ojos bien abiertos. Ya
había amanecido, así de rápido sentí que se pasó mi sueño.
Era sábado, por lo que no tenía que ir a estudiar, pero sí al trabajo. En realidad eran ya las
prácticas que necesitaba para graduarme, pero me las pagaban y a mi me gustaban. Descansaba
los domingos y los miércoles, sentía que me iba mejor así que no yendo sábado y domingo. Fui a
la ducha y me quité la ropa. Mis muslos también estaban llenos de líneas, todas paralelas a las
otras, algunas ya cicatrizadas y otras todavía sanando, las cuales aún me ardían y rascaban un
poco. Pegué un salto cuando el agua salió fría, entonces me di cuenta de que no me había
acordado de pagar el gas. Me bañé lo más rápido que podía bañarme con agua fría y me vestí con
el uniforme del trabajo, únicamente agregándole un delgado suéter para cubrir las cicatrices de
los brazos.
Al jefe no le gustaba antes de enterarse por qué me lo ponía, que fue cuando de afanado entró sin
avisar y yo me lo había sacado. Casi se pone a llorar. Es un hombre muy particular: gentil y
sensible, dando la sensación incluso de ser tímido aún a sus casi 70 años. Siempre viste elegante
y mantiene una sonrisa de labios cerrados, pero extensa y calmada. Sus ojos son grandes y de
forma suave, al igual que su voz. Si no es a las 4 para irse a almorzar, poco sale de su oficina. A
menudo me visita para ver cómo estoy y como me va.
Llegaron las 4 de la tarde y salieron más o menos la mitad de los empleados a cenar. El grupo me
incluía a mí y a otros 8 como mucho. Salí del centro comercial hacia un restaurante de
corrientazo que quedaba cerca. No podía decidir qué comprar hasta que vi a otra clienta con una
bandeja paisa. Se me hizo agua la boca y la pedí. Al servirla, empecé por remover el chicharrón
y todo lo que parecía que tuviera cerdo. Me tuve que aguantar las arcadas, no me gusta para nada
el cerdo. Aunque después de removerlo debo admitir que me acabé el resto antes de que me diera
cuenta, estaba delicioso. Pagué mi comida y volví temprano al trabajo, no sin cepillarme los
dientes en el baño antes.
Fue algo más ajetreado que otros días. En la última hora deseaba únicamente llegar a casa para
comer e irme a dormir. Así que como era de esperarse, se sintió más lenta que todas las horas
anteriores. Finalizar el trabajo normalmente no me tomaba demasiado tiempo pero parecía que el
computador se había descompuesto por lo que iba extremadamente trabado. Tuve que aceptar
que tendría que ando por fin empezaron a cerrar el centro comercial y por lo tanto la tienda,
comencé a guardar mis cosas para irme rápidamente. Me despedí de algunas personas en el lugar
e informé acerca de los errores que había estado teniendo en el computador. No sé siquiera si me
escucharon, se veían igual de cansados que yo. En lo que salía del centro, Francés me llamó para
ir a salir al día siguiente al mediodía. Caí en cuenta que no había salido con mis amigos en varios
meses ya, por lo que acepté, colgué la llamada y tomé un taxi.
Por alguna razón, siempre me sorprendía al entrar a la casa y encontrar todo exactamente igual a
como lo dejé antes de salir. Igualmente creo que es mejor que llegar y descubrir que todo está
patas arriba y los electrodomésticos faltando, pero me hace pensar que aún no me acostumbro a
que mis padres no hagan todo el trabajo en la casa. Siempre me dieron ese placer.
Me saqué los zapatos, las medias, la chaqueta y la camisa. Estando dentro de la casa sentía que
me estaba cocinando, afuera hacía frío y adentro hacía calor. No entiendo como funciona eso.
Puse la ropa en la lavadora para empezar el ciclo mañana cuando me levantara y me acosté en el
sofá un rato antes de calentar la comida. Esta vez lo iba a hacer en olla y no en microondas, dado
que quería hacer pegado y no solo tibiarla como ayer. Después de hacer esto, me puse a ver una
serie mientras comía, una comedia romántica acerca de un par de estudiantes enamorados. Desde
que tenía doce años me encantaban estas historias. En esta ocasión estaba terminando de ver el
último capítulo de la temporada, me estaba derritiendo con todo lo que hacía la protagonista con
el chico que le gustaba.
Mis pensamientos se empezaron a dirigir hacia la chica. Me hubiera encantado ser ella, hubiera
dado lo que sea por ser ella. Me causaba tristeza ver su cuerpo tan lindo, su forma agraciada de
moverse, la sonrisa tan bien lograda, la voz tan aguda y linda y ese cabello rubio, liso y sedoso
que se movía como en los anuncios de Pantene. Me causaba una profunda tristeza el saber que
nunca tendría eso por culpa de ser algo que no elegí, y tuve que apagar el computador para evitar
ponerme peor; por este motivo ahora no veía series como esta. Terminé de comer mientras me
ensimismaba más en estos pensamientos y me fui a acostar. Al igual que las noches anteriores, el
calor era tremendo y me tocaba respirar profundamente para intentar enfriarse. Al final me decidí
por prender el ventilador. Antes de dormirme, me quedé observando el techo; el ventilador que
giraba encima mío y que enfriaba con mayor fuerza cualquier parte del cuerpo que estuviera
húmeda como el pecho, las palmas de las manos y pronto incluyó también a los ojos y las
mejillas.
Varios días después de eso, agarré la valentía que necesitaba para ir a la tienda a comprar un
vestido. Era un vestido blanco con un diseño similar a las pinturas de acuarela, distruibido en
varias zonas, y de múltiples colores. Sorprendentemente, la cajera no me miró como si me
quisiera asesinar (que era lo que yo estaba pensando que pasaría), simplemente me lo registró,
me cobró y ya. Parecía cansada, no creo que le importe cualquier cosa que yo compre, y darme
cuenta de esto me sacó un peso de encima. Me lo llevé en una bolsa mientras compraba la
remesa, tenía la misma sonrisa boba de siempre, la misma que tenía siempre que experimentaba
con este tipo de cosas. Llegué cargado a la casa, y entre tantas cosas que moví para poder cargar
las bolsas me di cuenta que había metido el vestido cerca a la carne y ahora estaba oliendo muy
mal, lo tenía que ir a lavar antes de poder usarlo.
Estuve viendo la televisión mientras la lavadora hacía su trabajo y mi madre me llamó mientras
esperaba, y me di cuenta pero decidí no responder. Había puesto la lavadora en el ciclo rápido y
el vestido, junto al resto de ropa que aproveché para meter, se terminaron de lavar antes de que
me diera cuenta. La saqué y la colgué en los cables y cada tanto iba a ver como se estaba secando
todo, y por la noche recién decidí que ya se había secado lo suficiente como para ponérmelo. Me
dejé únicamente una pantaloneta por debajo y me vestí. Me quedé mirándome en el espejo, en el
cual podía ver todo mi cuerpo. Los hombros resaltaban demasiado en comparación con la cadera,
la forma de mis brazos y de mis piernas no se veían para nada como los de una mujer, y ya ni
hablar de mi pelo que aún no había crecido lo suficiente o de mis cejas protuberantes y mi
mandíbula demasiado cuadrada, o de mi vello facial que aún afeitado era visible donde iba, o de
el bulto en mi garganta que se ahora se hacía más obvio que nunca, o de mi cuerpo que en
general parecía un tronco más que la figura esbelta y curvilínea que yo deseaba. Por más que
quisiera que fuera de otra forma, seguía siendo un hombre.
Me saqué el vestido y lo guardé con las manos temblorosas en el clóset que había comprado
cuando me mudé, planeando no verlo hasta que de verdad me lo pudiera poner. Preparé la
comida, esta vez en el microondas y dejé la loza lista para lavarla mañana por la mañana. Me
puse la ropa ya para dormir y me acosté en la cama, repasando lo que había pasado una y otra
vez y en cómo me había sentido. Esa noche lloré hasta que me quedé dormido pero también esa
noche decidí que necesitaba ir a conseguir ayuda, porque me daba miedo lo que estaba
empezando a pensar. A este punto poco me interesan los exámenes más de lo que me interesa
resolver esto.
Apunté una cita de psicología para una semana después de que comenzaran las vacaciones.
Durante las pocas semanas que quedaban de estudio, traté de olvidarme de todo este cuento, pero
me fue imposible. Cada día, el sentimiento estaba ahí, sea que estuviese hablando con alguien,
estudiando, poniéndole o no atención a la clase o simplemente pensando. En los primeros días
después de que acabara el semestre, sin la distracción del estudio, se había empezado a colar en
todas las cosas que pasaban en mi vida. Me sentía mal por la manera en la que caminaba, la
manera en la que hablaba, la manera en la que movía mis brazos y manos, la manera en la que
me veía y también por la manera en la que pensaba.
Llegó el día de la cita, estaba nervioso acerca de lo que me fueran a decir pero sentía que lo
mejor en este momento sería simplemente salir de esto, para ver si de verdad la psicología me
ayudaba o si no era lo mío. Además, para cualquier otro tipo de avance tendría que pasar por
aquí de todos modos. La psicóloga me dió la grata sorpresa de saber acerca de lo que estaba
tratando, y realmente era buena. De antemano ya sabía los temas que íbamos a tratar, por lo que
durante la mayor parte de la conversación ella tuvo el control. Esto ayudó a que yo le comentara,
un poco a regañadientes, acerca de cómo me había estado sintiendo con respecto esto en los
últimos meses, cosa que no habría visto posible hasta hace muy poco. Si bien no llegamos a nada
concreto aún, sentía que habíamos hecho un gran avance en esta primera sesión.
Decidí comer en un restaurante asiático que estaba cerca al lugar de donde había salido. Era
delicioso, el arroz con su sabor agridulce y grandes porciones de diversos animales marinos, con
un precio bastante accesible y más aún teniendo en cuenta todo lo que traía. Llegué a casa con
una sensación de satisfacción, puesto que sentía que hoy había hecho bastante más que
lamentarme por la manera en la que nací.
Mi vida, más allá de esto, era bastante monótona e irrelevante en comparación con toda la
travesía que implicaba autodescubrirme. Las semanas iban pasando, y poco a poco se iban
convirtiendo en meses, en los cuales me obligaba a asistir a dos sesiones de psicología. A pesar
de todo el bien que me hacían, no dejaban de sentirse como un deber más que un beneficio el
cual tenía la suerte de poder pagar. El tiempo lo sentí pasar tan rápido que cuando reaccioné ya
estaba en los últimos meses de la universidad, y cuando menos me di cuenta, un año había
pasado desde que comencé las citas de psicología y ahora, por fin, después de tanto tiempo
esperando, la psicóloga me dió su aprobación para que empezara los procedimientos médicos.
Además de esto, ella me ha ayudado a lidiar con toda la muerte en mi vida. Me siento mucho
más en paz ahora.
Al día siguiente fui a un médico general al día siguiente después de esto, el cual me dejó
esperando una cantidad cómica de tiempo, y a quien le tuve que insistir un montón para que me
diera una respuesta. Es así cómo me dirigí hacia endocrinología, los cuales también me hicieron
esperar una cantidad de tiempo exagerada para una respuesta, pero que finalmente me mandaron
una evaluación psiquiátrica y otra de análisis de sangre. Las preguntas de psiquiatría fueron
bastante básicas, acerca de la manera en la que me había sentido en los últimos 6 meses, o como
veía el futuro siendo un hombre, lo cual tiene una respuesta muy sencilla: me da asco.
Tras demasiadas llamadas, mensajes de texto y correos electrónicos, logré que me dieran las
conclusiones a las que habían llegado, y sin durar 4 meses. Estaba aprobado, tendría una dosis
diaria en forma de pastillas de estradiol, además de otras cuantas sustancias que se supone me
iban a ayudar en el proceso. Aquella noche, después de un buen tiempo, fui a dormir sintiéndome
finalmente descansada, librándome de uno de los tantos pesos que llevaba cargando toda mi vida.
Parte 3
Habían pasado un par de meses desde que empecé a vivir como una mujer. Mis padres al final no
me aceptaron, mis amigos se tardaron en entender y en lo poco que quedaba de la universidad
poco me pasó que alguien me dijera o hiciera algo al respecto. Era obvio lo que había pasado, y
simplemente lo aceptaban o yo no les importaba lo suficiente como para molestarme con ello. El
trabajo ya es otra historia. Comentando más en lo de mis padres, mi mamá se lo había tomado
bien al inicio, voy a narrarlo.
En el trabajo no me había ido mejor. Mi jefe, a pesar de viejo y toda la cosa, me entendió y fue la
persona quien más me apoyó en ese sitio. Su sonrisa siempre me lograba contagiar su calma, y
sentía que me podía apoyar en él. El resto de gente, hasta mi compañero quien me había hecho
recordar mi canción de piano favorita me trataban ya desde la distancia, incluso rozando la
indiferencia o el desprecio y era frecuente que me siguieran tratando como hombre a pesar de
hacerles claro de que esto me disgustaba a más no poder. Me quería hacer como la que le daba
igual todo porque de todos modos ya se iban a terminar las prácticas y no tenía planeado
regresar; o al menos no frecuentemente. Pero siendo totalmente honesta, si me dolía y bastante.
Me dolía mucho ver como me trataban ahora solo porque elegí expresarme de la manera en la
que de verdad me siento. Si no hiero a otra persona, ¿qué importa lo que yo haga?
Me gradué poco después, casi con honores, y por parte de la recomendación de un profesor me
apareció un trabajo en la ciudad de Temple, estado de Texas, Estados Unidos. Me dolía irme de
esta ciudad después de tantos años y más aún me dolía irme del país en el que nací y me crié toda
mi vida pero también veía esta oportunidad como una chance de empezar una nueva vida,
separada de todo el sufrimiento y los problemas que cargaba conmigo hasta ahora. Era eso lo que
necesitaba. El trabajo comenzaba en unas cuantas semanas, semanas que se sintieron como un
infierno por todas las cosas que me tocó hacer, ni siquiera las recuerdo bien porque cada día era
tratar de resolver los problemas del día anterior sin descanso. Cuando finalmente terminó todo,
estaba trasnochada y sólamente quería fundirme con el asiento para dormir todo lo que durara el
vuelo que iba a tener, y fue exactamente eso lo que hice.
Desperté para desembarcar en un país extranjero, lleno de gente que se veía y actuaba ajena a
todo lo que conocía hasta entonces. Aunque entre el desconocimiento también podía encontrar
un sentimiento de fraternidad y unión por más ajenos que parecieran. Pienso que todo sería mejor
si más gente tuviera este sentimiento. Tomé un taxi apenas salí del aeropuerto y le mostré la
dirección al señor que conducía pues aún no entendía bien cómo explicar las carreras y las calles,
o lo que sea que utilizaran para las direcciones acá. Las clases de inglés y el entreno de voz de
verdad me sirvieron porque todo el mundo allí no solo me entendía si no que me trataban como
una mujer, y con buen motivo, pues eso es lo que soy.
Y fue en este mismo apartamento, el día que daban los resultados de las elecciones
presidenciales, donde también recibí dos noticias terribles. La primera fue por parte de mi padre,
el cual no he mencionado nunca porque las escasas conversaciones que teníamos eran
superficiales o eran discusiones que no aportan nada. Él me llamó poco antes de que comenzaran
a dar las conclusiones de las elecciones, imagino que por pura coincidencia, y dijo con rabia que
no me iba a reconocer jamás como su hija, que su hijo había muerto y que se llevó consigo a su
madre. La cual, según me contaba el señor, era ahora una sombra de lo que fue antes puesto que
desde mi intento de visitarla su salud tanto mental como física había empeorado
significativamente, y en numerosas ocasiones había comentado que no podía vivir con el dolor
de saber en lo que me había convertido. No le comenté nada, tanto de la rabia como de la
tristeza, y le colgué. Sinceramente, lloré y me revolqué y quería dejar de pensar en esto hasta que
prendí la televisión.
Pasaban las noticias. En esta ocasión, estaba reñido entre una mujer demócrata, de la cual yo
tenía mis dudas, pero sin duda era mejor que la otra opción: un viejo republicano, conservador y
extremista a morir. Hubiera sido un muy buen comediante, pero para la desgracia del mundo el
señor era candidato a la presidencia. Y la había ganado, de alguna manera la había ganado. El
hombre tenía escándalos de diversos motivos y había hecho decisiones muy cuestionables
anteriormente y aún así había ganado las elecciones. En ese momento simplemente me quedé
viendo la televisión, anonadada sobre todo lo que estaba diciendo el hombre que estaba
informando los hechos. Me parecía imposible, como si todo esto fuera un gran chiste al cual no
le veía ni el motivo ni la gracia.
Fui a la cama para intentar dormir pero no pude. Ninguna cantidad de optimismo me iba a salvar
ahora que sabía que muy seguramente no tendría oportunidad en este país. Yo ahora ni siquiera
tenía alguna característica masculina visible, pero sabía que ellos se enterarían de alguna manera
y sabía que era de Colombia, y a ese señor no le gustaban los latinos. No quería imaginarme
volver a mi país, por más de que me encantara, pues por fin había visto la oportunidad de dejar
atrás todos mis problemas y volver allí solo me iba a hacer recordar el por qué me fuí. Además,
allá no tenía trabajo y sabía que en el antiguo no era bienvenida, y mis padres sin duda alguna no
me iban a dejar estar con ellos. Mis amigos por su parte, estaban demasiado ocupados en sus
problemas como para estarme manteniendo. Recordé la noche de aquel miércoles ya hace varios
años en el que me dió demasiado miedo lanzarme de una gran altura, y también recordé las
palabras de mi padre de antes en ese día. Sonreí porque ahora tenía la voluntad para cumplirlas
de verdad. Era una decisión súbita, pero de verdad me calmó cuando se me ocurrió.
Apagué el celular después de esto, las tres personas de las cuales sentía que me necesitaba
encargar ya estaban informadas. Me puse a procesar por un momento lo que estaba a punto de
hacer, y tras una seria reflexión decidí que iba a hacerlo, definitivamente iba a hacerlo. Dejé
ordenando una que otra cosa en el cuarto y decidiendo que ropa ponerme. Aquí ví el vestido que
había comprado hace tanto tiempo y decidí ponérmelo. Mientras salía a la calle para pedir un
taxi, ví los contenidos de la mudanza perfectamente organizados en la otra habitación. Conocía el
edificio al que iba a ir, el Hotel Milennium de Saint Louis, trabajaba muy cerca de ese lugar. El
taxista me hizo bastante conversación y notó que parecía estar bastante inquieta, pero le mentí
parcialmente y le dije que fue por el resultado de las elecciones. Parece que él si apoyaba a quien
ganó, puesto que no me habló por el resto del trayecto. Llegamos, y me bajé e inspeccioné el
lugar con la mirada, puesto que pensaba retirar plata en un cajero. Como no encontré ninguno,
decidí ver la cancha que quedaba al otro lado del hotel pero no lo encontré. Eso sí, me percaté de
que había una celebración en una calle aledaña sobre la victoria del recién elegido presidente. Me
devolví rápido y concluí que simplemente iba a pagar la habitación con la tarjeta de crédito, y
eso hice. Para mi fortuna, tenían libres varias habitaciones del penúltimo piso y pagué por una de
ellas. Le pasé la tarjeta, hizo la transacción y me entregó las llaves. Me dirigí al ascensor y junto
a mí entró una pequeña familia: los padres, cariñosos y juguetones, y la hija. La niña la podría
haber visto alguien y hubiera dicho que era yo de pequeña.
El timbre del elevador sonó y me dirigí rápido a la habitación que me habían asignado,
alcanzando a ver como esa familia agarraba la habitación de al lado. Era grande, con una cama
tamaño king, como para una pareja. El papel tapiz tenía diversos diseños de flores, pero todas
eran flores moradas y el fondo era un fondo celeste, celeste como el cielo. Me pareció irónico. La
habitación tenía una mesa al frente de la cama en la que se apoyaba el televisor de modelo viejo,
y al lado de la mesa estaba la puerta que daba al baño. Tenía un escritorio de tamaño modesto y
una silla que se veía cómoda, la cual levanté y era ligera. Este escritorio estaba cerca a grandes
ventanales que daban hacia la calle. Cerré la puerta del cuarto con seguro, apagué la luz y entré
al baño para lavarme la cara pues me sentía bastante nerviosa, sentía que el corazón me iba a
explotar y necesitaba calmarme. Me vi en el espejo, con mi pelo ondulado y mis gafas grandes,
mis ojos color café claro y mi nariz fina, mis labios delgados y mi mandíbula que ahora sí
parecía tener la forma que yo deseaba, gracias a que mi pelo ahora más largo lograba enmascarar
las regiones que no me gustaban. Pensé en todo lo que había vivido hasta ahora y en cómo ahora
la gente me llamaba Ana Sofía, en cómo cuando finalmente había conseguido lo que quería me
vinieron a pasar estas cosas. Pero ya nada de eso importaba.
Salí del baño directo a agarrar la silla y estrellarla contra la ventana. Cuando no pasó nada, lo
repetí y lo repetí pero el cristal no se rompía y me empecé a desesperar porque podía oír como la
familia al lado llamaba a recepción para que vinieran a mi habitación debido a que el ruido los
había alertado. Fijé mi mirada en el televisor, el cual era grande y pesado. Y con toda la fuerza
que tenía, lo tiré contra el vidrio, el cual esta vez sí se rompió. Se formó un gran estruendo tanto
cuando la rompí como cuando cayó el televisor a la calle. Podía ver que mi ventana daba al
parque donde se estaba llevando a cabo la celebración. Levantaron su mirada hacia mí y algunos
comenzaron a llamar por celular, confundidos y asustados por la intriga sobre lo que iba a hacer
yo. Me retiré de la ventana porque las vistas me incomodaban y me dió risa esta realización
porque me parecía algo estúpido incomodarme de esas cosas a este punto. Escuché como alguien
llegaba a la puerta de la habitación e intentaba abrirla sin éxito mientras gritaba. Entonces
escuchaba como más y más gente se iba acumulando en el pasillo para chismosear que era lo que
estaba sucediendo en mi habitación. Escuché como la niña que había visto antes empezó a llorar,
y le decía a sus padres que estaba asustada y que tenía miedo. Yo también tenía miedo en ese
momento, miedo de que no lograría hacerlo y me atraparían o miedo de que, tal vez, sí lo
lograría hacer. Estaba aterrada, pero me puse a pensar y a revivir lo que había pasado en ese día y
pronto ese miedo se convirtió en rabia, y luego en una profunda ira. ¿Por qué tenía que sentirme
de esta manera? ¿Por qué había nacido de esta forma, en vez de nacer como una persona
“normal”? Ahora escuchaba como alguien llamaba a la policía porque tenían miedo de que me
fuera a poner agresiva cuando inevitablemente abrieran la puerta.
Poco a poco conseguía el valor que necesitaba. Me paré lentamente y me fui acercando con
pasos cortos hacia la ventana; pudiendo sentir el viento. Era un viento frío, un viento casi
congelado que me hacía temblar aún más de lo que ya lo estaba haciendo. Podía mirar el paisaje,
múltiples edificios y rascacielos eran visibles a lo lejos, con montañas de color verde oscuro y
todo por encima tenía un tono azulado debido a la lejanía, solamente opacado por las luces de las
construcciones a lo lejos. De verdad era una vista hermosa.
Logré escuchar cómo la policía llegaba al otro lado del que daba a mi ventana, para mi fortuna, y
luego me percaté de cómo ellos casi inmediatamente después de llegar, subían mediante el
ascensor y empezaban a golpear la puerta con un ariete. La puerta ya no iba a aguantar mucho
más. Los pensamientos venían a cántaros: Incluso si nací de esta manera, ¿por qué el mundo me
tenía que tratar de esta forma? ¿Acaso me lo merecía? Sabía que no había sido la persona más
moral o santa durante toda mi vida, ¿pero de verdad me merecía esto? Y las demás personas
como yo, ¿que habían hecho para merecerlo, o siquiera habían hecho algo malo? Me puse en el
borde de la ventana y miré a las personas que alzaban su mirada hacia mí. Tal vez era esa gente
quien se lo merecía, y era mi papel en este momento hacerles caer en cuenta de lo que habían
provocado; y de primera mano sabía lo mucho que les iba a doler. Entonces me fijé en que las
personas que me estaban mirando aterradas llevaban esas gorras rojas tan características, las
cuales no detallé en las dos veces anteriores que ví a esas personas. Yo estaba por encima de
ellos en ese momento, yo tenía el control sobre ellos. Fue ahí donde dejé de temblar y perdí por
completo el miedo a actuar.
Tal vez eran aquellos quienes me querían ver sufrir, quienes merecían de verdad la desgracia por
la que yo había pasado. Lograron abrir la puerta, pero ya tenía medio pie en el aire. Tal vez
finalmente me sentiría satisfecha si escuchara los gritos de las personas de las gorras al ver como
mi cuerpo se estrellaba contra el pavimento. Respiré profundamente y sentí cómo de repente yo
dejaba de pesar.