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Vida portuaria en San Blas, siglo XVII

El documento analiza la vida y el trabajo en el puerto de San Blas durante el siglo XVII, destacando la integración de diversos trabajadores en actividades marítimas y terrestres. Se enfatiza la importancia de las experiencias de los pobladores para comprender el funcionamiento de esta sociedad portuaria novohispana y las similitudes con las travesías atlánticas. Además, se describen las labores en altamar y las condiciones que enfrentaban las tripulaciones, así como la influencia del clima en las operaciones marítimas.

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Vida portuaria en San Blas, siglo XVII

El documento analiza la vida y el trabajo en el puerto de San Blas durante el siglo XVII, destacando la integración de diversos trabajadores en actividades marítimas y terrestres. Se enfatiza la importancia de las experiencias de los pobladores para comprender el funcionamiento de esta sociedad portuaria novohispana y las similitudes con las travesías atlánticas. Además, se describen las labores en altamar y las condiciones que enfrentaban las tripulaciones, así como la influencia del clima en las operaciones marítimas.

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Guadalupe Pinzón Ríos

“La vida en torno al puerto de San Blas”


p. 129-161

Hombres de mar en las costas novohispanas


Trabajos, trabajadores y vida portuaria en el
Departamento Marítimo de San Blas (siglo XVII)
Guadalupe Pinzón Ríos (autor)

México
Universidad Nacional Autónoma de México,
Instituto de Investigaciones Históricas
Figuras, mapas y cuadros
(Historia Novohispana 95)

Primera edición impresa: 2014


Primera edición electrónica en PDF: 2015
Primera edición electrónica en PDF con ISBN: 2018
ISBN de PDF 978-607-30-0554-8
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La vida en torno al puerto de San Blas

(...) el marinero, el pescador, el habitante de las riberas


se caracteriza, con decreciente intensidad, por la tensión
entre la ferocidad, el valor y la piedad.

Alain Corbin

A San Blas paulatinamente llegaron más pobladores que se vincularon a


las faenas marítimas del puerto y se integraron al contexto social, econó-
mico y administrativo del lugar. Las vivencias de los trabajadores, además
del aspecto laboral, incluían la convivencia que existía entre ellos, las di-
versiones con las que contaban, las rutinas que establecieron y hasta las
desgracias que provocaron que la cotidianeidad se rompiera.1 Es importan-
te conocer las vivencias de los pobladores en un lugar como San Blas de-
bido a que esto permite apreciar el funcionamiento de una sociedad por-
tuaria novohispana de fines del siglo xviii, además de sus diferencias o
semejanzas con respecto a otro tipo de sociedades del interior del virreina-
to. Es necesario comprender que los trabajos que se hacían en altamar eran
una extensión de las faenas del puerto y no aislados de él. Por lo tanto, las
labores terrestres y navales se complementaban y hacían que San Blas
funcionara y por ello hay que vincularlas entre sí. Las autoridades se en-
cargaron de la administración y vigilancia de las faenas de tierra, mientras
que los oficiales controlaron lo relativo a los trabajos en las embarcaciones.
Las actividades en el puerto fueron desempeñadas por empleados de todos

1. En este apartado se recurre más a lo anecdótico debido a que, como explica Pilar
Gonzalbo, cada hecho específico está inmerso en el universo mental y es una cons-
trucción elaborada que se ubica en una realidad. Estos casos (privados) deben ser
insertados en lo público para comprender lo cotidiano en una sociedad. Véase
Vivir en…, p. 15-16.

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los niveles, edades y oficios entre los que hubo carpinteros, herreros, cala-
fates, aserradores, corchadores, toneleros, marineros, artilleros, grumetes,
pajes, aguadores, vendedores, cocineras, lavanderas, parteras, entre otros.
De la participación de cada uno de ellos, en su respectivo oficio, dependió
el funcionamiento del puerto.

Vida laboral en altamar

No se sabe mucho de los trabajos que se realizaban durante los viajes que
partían de San Blas. Es de suponer que muchas de las labores que los
hombres desempeñaban eran similares a las realizadas en las embarcacio-
nes que cruzaron el Atlántico, de la cual existen más investigaciones.
Pablo Emilio Pérez-Mallaina ha explicado que los trabajos marítimos exi-
gían total disponibilidad de cada miembro de la tripulación. Cuando la
nave salía del puerto comenzaba el trabajo de gobernarla y mientras los
oficiales desde la popa daban órdenes, la marinería corría por las cubier-
tas cumpliéndolas. Una vez colocado el navío en ruta con vientos favora-
bles, los marinos se dedicaban a labores rutinarias como reparar aparejos,
remendar velas, o simplemente limpiar la cubierta. Sólo un cambio repen-
tino, provocado por vientos, tormentas o agresiones enemigas sacaba a
los hombres de su monotonía. Al caer el sol, tras el rezo de la oración, la
tripulación se dividía en grupos que hacían guardias en turnos para vigi-
lar el viaje.2 Entre los tripulantes, los pajes debían barrer y limpiar la
embarcación, preparar la distribución de alimentos, llamar a la tripulación
a recibir el rancho y recoger la mesa tras la comida. Los grumetes eran
marinos sin reconocimiento oficial por no haber desempeñado el puesto
demasiado tiempo. Ellos y los marinos se encargaban de recoger velas en
medio de tempestades o saltar desde la borda a un bote en pleno océano,
entre otras actividades. El carpintero, el calafate y el buzo se encargaban
del casco de la nave; el cirujano y el capellán de la salud de los cuerpos y
de las almas; el despensero, de los víveres y las raciones; el contramaestre

2. Pérez-Mallaina, Los hombres…, p. 79-83.

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y guardián de hacer cumplir las órdenes de los oficiales mayores. Las


máximas autoridades en los navíos eran el maestre o capitán, encargado
del mando de la nave; y el piloto, que llevaba la derrota, o ruta, y todo lo
relacionado con la parte naval.3
La documentación con la que se cuenta sobre San Blas permite ver
semejanzas en la vida laboral entre las navegaciones practicadas en este
establecimiento y las travesías atlánticas. Las tripulaciones que partían de
San Blas debían desempeñar sus funciones de acuerdo al puesto que ocu-
paban, aunque a veces sus labores variaban dependiendo de las necesidades
que se presentaran durante el viaje; dichos cambios generalmente se debían
a la reducción o falta de personal. Las faenas marítimas que la mayoría de
los hombres desempeñaba se basaron en los conocimientos prácticos que
adquirían con la experiencia. Del saber de los tripulantes podía depender
el éxito o fracaso de los viajes y les permitía moverse con seguridad en los
mares. Como ejemplo puede verse la narración que se hizo durante el
viaje del navío San Carlos, realizado en agosto de 1783, en el que los cono-
cimientos prácticos permitieron a los tripulantes continuar con la nave-
gación sin contratiempos:

(...) el agua esta muy cambiada, que es lo que nos señal[a] no estar
muy separados de la costa, pero por el espesa neblina se puede avistar
si non de muy cerca como una legua y media de distancia.4

Las funciones de las tripulaciones comenzaban desde que eran reclu-


tadas para subir los cargamentos y terminaban cuando las naves eran va-
ciadas en su totalidad; había quienes debían continuar trabajando en las
embarcaciones cuando éstas estaban en la costa; eso sucedía generalmente
cuando a los hombres se les encargaba vigilarlas para que no se perdieran

3. Pérez-Mallaina, Los hombres…, p. 84-89; Haring, Comercio…, p. 374-379; Martínez-


Hidalgo, Las naves…, p. 200.
4. AGN, Marina, v. 62, exp. 2, 1783. Diario de navegación hecho por el pilotín Josef
Mehio y por el alférez de fragata Don Estevan José Martínez durante su viaje a las mi-
siones de Californias en el San Carlos.

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en caso de mal tiempo o para evitar algún tipo de robo. Los trabajos reali-
zados en el mar dependían en buena medida del objetivo de cada viaje, de
las órdenes que tuvieran que llevarse a cabo o de las condiciones en las que
se hubiera dado la travesía. Lo anterior principalmente se debía a la variada
duración de los viajes o a las diversas condiciones climáticas con las que las
tripulaciones se enfrentaran en los distintos destinos a los que se dirigían.
Los hombres se embarcaban con instrucciones precisas de lo que debían de
hacer durante el viaje; dichas instrucciones generalmente se daban a los
oficiales de mar para que ellos se encargaran de organizar las faenas en la
nave. Algunos de los objetivos de los viajes fueron llevar víveres a las pobla-
ciones del norte, explorar esas costas, buscar asentamientos enemigos, man-
dar mercancías o correspondencia a las Filipinas, traer herramientas, hom-
bres y correspondencia del reino del Perú, entre otros. Como ejemplo sobre
las instrucciones pueden verse las órdenes que fueron entregadas al nave-
gante Juan Pérez para que realizara su viaje de exploración al noroeste en
enero de 1774. Dicho navegante, junto con su tripulación, debía alcanzar
los 60º Norte y desembarcar en los puntos costeros más estratégicos así
como tomar posesión de esa tierra en nombre de la Corona con símbolos
habituales, como clavar una cruz o enterrar botellas que contuvieran docu-
mentos acreditativos de la posesión española; dichos desembarcos no tenían
la finalidad ni el permiso de establecer una fundación. En el caso de que
Pérez y sus hombres vieran establecimientos extranjeros debían limitarse a
informar sobre su emplazamiento, su fuerza y el número de navíos que
tuvieran. Si llegaban a encontrarse con embarcaciones extranjeras debían
evitar el contacto con ellos; de no poder evitarlo, ocultarían su verdadera
misión pretextando que llevaban provisiones a las Californias.5
Una de las principales obligaciones de los oficiales de mar era llevar
diarios de navegación donde registraran sus rumbos, sus cálculos de latitud
y longitud, la configuración de la costa con indicaciones sobre bancos de
arena, escollos e islas y todas las noticias posibles sobre la tierra visitada, sus
habitantes, sus recursos y las incidencias de la navegación (véase figura 9).

5. Hilton, Alta…, p. 157-158.

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De cada viaje existen bitácoras, hechas por los pilotos, en donde se na-
rraron día a día los acontecimientos ocurridos, pero por muy rica que fuera
la información lo cierto fue que los datos que contenían estas bitácoras ge-
neralmente eran técnicos y señalaban los grados por los que se navegaba, las
características de las costas o las cuestiones climáticas. Poco se referían a los
trabajos en el barco, a menos que durante la travesía ocurrieran aconteci-
mientos que rompieran con la monotonía o la normalidad del viaje. La in-
formación obtenida de la vida de las tripulaciones durante las travesías gene-
ralmente va ligada a las desgracias. En un viaje normal y sin problemas la
narración cuenta con pocos detalles. En cambio, una travesía caótica o con-
flictiva es la que cuenta con información respecto a las dificultades padecidas
y un poco sobre la vida que las tripulaciones llevaban en los viajes.6
Los trabajos en altamar en cierta forma estuvieron sujetos a las con-
diciones climáticas que las naves enfrentaban. El mar podía ser traicione-
ro y sobrevivir en él no era tarea fácil. Lo podemos ver en la siguiente
descripción de viaje:

(...) que habiéndonos alcanzado un bárbaro huracán (o ira de Dios


que no era otra cosa) nos constituido hasta el diez, sumergidos en
varias ocasiones, de suerte que al fin desarbolamos del palo mayor,
habiéndonos llevado la fuerza de la mar varios candeleros de fierro y
parte de las obras muertas.7

Las condiciones climáticas también afectaron el inicio de los viajes.


Las salidas se tenían que hacer cuando la marea era alta, pues de no ser así

6. Bernabéu explica que desde finales del siglo XVIII las narraciones sobre viajes en el
Pacífico aumentaron considerablemente y fueron cada vez más amenas, principal-
mente por la influencia de las narraciones novelescas y de aventuras de piratas hechas
por los ingleses. Ver El Pacífico…, p. 91-92. En el caso de San Blas las narraciones más
detalladas son las de exploraciones pues era requisito que así se hiciesen, pero estaban
muy lejos de narrar aventuras o casos emocionantes; respecto a los diarios de nave-
gación comunes, éstos eran mucho menos ricos y detallados que los anteriores.
7. AGN, Marina, v. 58, f. 128. Isla Luzón, 7 agosto 1781. Carta del piloto Diego
Choquet al virrey Mayorga.

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se corría el peligro de quedar atrapado en bancos de arena. Las embarca-


ciones salían del puerto en la noche, momento propicio para la marea alta.
El problema era que la noche era también el instante en que el mar podría
estar picado o presentarse vientos severos que dificultaban la salida de las
embarcaciones. Por ejemplo, en febrero de 1775 el navío San Carlos inten-
tó viajar a las provincias del norte para llevar víveres, pero el viento impi-
dió que la nave avanzara; las olas reventaban con tal fuerza en el casco que
llegó a temerse por su seguridad; por fortuna el San Carlos pudo regresar a
la costa y en el puerto se descubrió que quedó seriamente dañado, por lo
que tuvo que ser reparado.8 Caso similar fue el de la fragata La Favorita,
la cual intentó hacerse a la mar rumbo a El Callao en mayo de 1781 y zar-
pó a las 11 de la noche, pero para su mala suerte los vientos mantuvieron
a la embarcación en lucha constante. Finalmente La Favorita pudo regresar,
pero sufría serios daños y por ello quedó imposibilitada para partir como
se había planeado. Su cargamento tuvo que trasladarse a la fragata Santia-
go, ya que los hombres habían enfermado o (tal vez por el susto) deserta-
do y la carga de víveres tuvo que reponerse.9
Los viajes eran planeados y se calculaba el tiempo aproximado en el
que se harían, pero a pesar de los cálculos las travesías llegaron a retrasar-
se por muy diversos motivos. Algunos se debían a las condiciones climáti-
cas, como antes se mencionó; otros se debían a problemas que llegaron a
padecerse en las embarcaciones, como falta de agua, de alimento o enfer-
medad de miembros de la tripulación. Por ejemplo, el navío El Príncipe en
1769 llegó al puerto de San Diego llevando víveres a las poblaciones del
norte y las órdenes del capitán Vicente Vila incluían llegar a Monterrey
también, pero el escorbuto que atacó a sus hombres hizo que muchos
murieran o cayeran enfermos y varios quedaron imposibilitados para con-
tinuar con su trabajo. Lo anterior provocó que el viaje no cumpliera con
su cometido. Así lo explicó el capitán:

8. AGN, Correspondencia de virreyes, v. 64, f. 15v-16v. México, 24 febrero 1776. Infor-


me sobre problemas que tuvo el navío San Carlos al zarpar.
9. AGN, Marina, v. 52, f. 140-140v. San Blas, 9 mayo 1781; AGN, Marina, v. 52,
exp. 68, f. 101-101v. San Blas, 7 junio 1781. Carta del comisario Francisco de Trillo
al virrey Mayorga.

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El motivo de la demora en este puerto, y no poder seguir a Monterrey


y ha sido por hallarme con toda la gente de mi tripulación enferma de
escorbuto, contando de este número diez y seis muertos y oficiales
de mar, y el resto de ella enfermos unos más agravados que otros, sin
tener a mi bordo más que dos marineros convalecientes para todo el
trabajo...10

Los retrasos también podían presentarse al momento de zarpar. Las


demoras a veces se debían a que los cargamentos no estaban listos o a que
así lo disponían las autoridades. Por ejemplo, en marzo de 1769 el virrey
ordenó que el paquebote Concepción retrasara su salida ya que reciente-
mente habían llegado a Veracruz algunos oficiales de marina que debían
embarcarse lo más pronto posible a las Californias y por lo tanto dicho
paquebote tuvo que esperar para poder zarpar.11
Las estancias en otros puertos también implicaban tareas a realizar.
Los hombres continuaban cumpliendo con sus obligaciones de reparación,
aguada, abasto de víveres, carga y descarga. Por su parte los oficiales, además
de coordinar las labores de sus trabajadores, debían vigilar su comporta-
miento y mantenerlos controlados para evitar que desertaran o provocaran
disturbios en las localidades visitadas. Así lo deja ver esta narración de
Bruno de Hezeta:

De quedarse en tierra gente suelta pueden resultar algunas quejas de la


misión vecina, siendo el tiempo de la noche sobrado para ir a ella y
volver al amanecer a éste. Días pasados tuve noticia de juegos en el
bosquecillo y pozos donde hacen aguada, a donde, con los marineros
que llenaban barriles, se me fueron algunos de estos mozos sirvientes
durante la noche. Tres noches hace que, habiendo sentido a la media-
noche o poco antes ruido un soldado casado a espaldas de su casa, salió

10. AGN, Historia, v. 329, f. 54-55. Puerto de San Diego, 6 julio 1769. Carta del nave-
gante Vicente Vila al virrey marqués de Croix.
11. AGN, Historia, v. 329, f. 66. México, 14 marzo 1769. Orden de retrasar salida del
paquebot Concepción.

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a averiguar quién lo causaba y, encontrando a un marinero, le pregun-


tó repetidas veces quién era y por no dar razón de sí en un todo, puso
mano a la espalda y le descargó tales cinturonazos que reventó la espal-
da. El marinero, antes de responder, eligió valerse de sus pies para correr
y largó dos paños blancos, uno de polvos de Camboya y una servilleta,
que fueron hurtados según el reclamo hoy hecho de una mujer.12

Al regresar a San Blas, era indispensable que los trabajadores conti-


nuaran con sus labores; al mismo tiempo debían de estar listos en caso de
ser reclutados nuevamente para enfrascarse en una nueva travesía.13

Vida laboral en tierra

Los trabajadores en tierra tuvieron un papel principal en el éxito de los


viajes practicados desde San Blas. En ellos recaía la responsabilidad de
acondicionar cualquier tipo de nave (sin importar la función de su viaje),
de alistar los cargamentos, de conseguir y transportar (o incluso trans-
formar) los materiales útiles en la construcción o reparación de las em-
barcaciones, de abastecer de alimento a las naves con todas las actividades
que eso implicaba (matar animales, salar carne, meter en barriles los pro-
ductos, etcétera), informar a los viajeros sobre cuestiones marítimas y
cartográficas, entre otras.
En los trabajos realizados en tierra participaron todo tipo de hombres
y mujeres, ya fueran experimentados o no, en sus respectivos oficios. Hubo
ocasiones en las que en San Blas se carecía del personal suficiente para
preparar las expediciones, lo cual provocó continuos retrasos y que las
naves no siempre zarparan en los tiempos planeados. Por ejemplo, el tercer
viaje de exploración del navegante Juan Pérez pudo salir del puerto el 20
de enero de 1771 tras un largo periodo de preparativos en los que se puso de
manifiesto las dificultades del Departamento Marítimo para abastecer y

12. Tomado de Bernabéu, Trillar…, p. 123.


13. AGN, Marina, v. 50, f. 253. México, 20 junio 1782. Orden sobre las labores que
deben de desempeñar las tripulaciones en tierra.

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carenar con rapidez las naves. La empresa se retrasó debido a la falta de


caudales y personal administrativo, así como a la falta de operarios y ma-
teriales en los astilleros y almacenes.14
Hay que resaltar que las faenas realizadas en San Blas mejoraron con
el tiempo, a diferencia de puertos como Acapulco, donde las actividades
portuarias continuaron con poco desarrollo.15 En los inicios de San Blas
los utensilios, el personal y la experiencia laboral del lugar fueron escasos.
En la medida en la que sus actividades aumentaron, así como el tránsito
marítimo por el Pacífico, las funciones del puerto y de su personal fueron
cada vez más especializadas.16 La experiencia marítima del lugar se incre-
mentó principalmente por la creciente y diversificada cantidad de navega-
ciones que se practicaron.17
Los trabajos que se realizaron en el puerto también dependieron de las
necesidades que en él se presentaron o de las órdenes que se recibieron de

14. Bernabéu, “Juan Pérez…”, p. 282.


15. Humboldt, Ensayo…, p. 482 explicó que las funciones de Acapulco se reducían a la
llegada del galeón de Manila y a algunas actividades de cabotaje. Lo anterior hace
suponer que San Blas, principalmente por las funciones que fue adquiriendo, se
desarrolló más en el aspecto naval y que su personal fue más calificado. Como
ejemplo puede verse cómo en junio de 1782 se señaló que en el muelle de Acapul-
co laboraban soldados sin ningún tipo de experiencia marítima. Ver AGN, Marina,
v. 60, f. 21. Acapulco, 12 junio 1782. Carta de cabos y soldados de milicias urbanas
de Acapulco al castellano de ese puerto Juan Francisco Regis.
16. Thurman considera además que la mayor experiencia adquirida por los oficiales y
pilotos de San Blas fue entre 1781 y 1786, periodo en el que se hacían 2 viajes al
año. Ver Department…, p. 278.
17. Pérez-Mallaina explica que en los viajes de exploración el número de hombres
necesarios en las embarcaciones eran menores que los que laboran en las embar-
caciones comerciales; en los primeros viajes destacaban los pilotos, mientras que
en los segundos lo hacían los trabajadores cargados de experiencia al ir y venir por
las derrotas conocidas. Ver “Los libros de náutica española del siglo XVI y su in-
fluencia en el descubrimiento y conquista de los océanos” en José Luis Peset (co-
ord.), Ciencia, vida y espacio en Iberoamérica, v. 3, Madrid, Consejo Superior de
Investigación Científica, 1989, p. 457-484, p. 460. Esas mejoras y experiencias
acumuladas también se vieron reflejadas en el personal de tierra firme y en las
faenas que éstos realizaban.

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las autoridades. Lo común era preparar las naves para que pudieran zarpar.
En ellas eran subidos objetos y materiales útiles a la navegación (o a las
actividades practicadas durante las travesías) como alimentos, herramien-
tas, cajas de botica y de capellán o armas.18 En caso de que los viajes se
retrasaran o tuvieran que regresar de emergencia, los trabajadores del puer-
to debían estar listos para llevar a cabo las faenas necesarias como trasla-
do de mercancías de una embarcación a otra, reparación de las naves y
abasto de víveres más frescos.
El personal de maestranzas de San Blas era el encargado de arreglar o
sustituir las piezas dañadas de los buques que partían de este puerto. También
reparaba los daños de las naves que llegaban de manera forzosa a esas costas;
dichas embarcaciones provenían de Acapulco, Filipinas o los establecimien-
tos del noroeste e incluso, hacia la década de 1790, de Perú. Los costos de
las reparaciones al parecer eran considerables. Las autoridades del puerto
debían llevar una relación detallada sobre dichos costos. Si las naves perte-
necían al rey las reparaciones corrían a cargo de la Corona y en ese caso se
intentaba reducir lo más posible los gastos. En junio de 1781 la fragata La
Favorita, originaria de San Blas, regresó a este puerto con el casco algo da-
ñado; luego de una revisión, se aconsejó que la nave no fuera carenada. Por
el momento podría continuar navegando siempre y cuando fuese en zonas
poco peligrosas. Es decir que mientras partiera a destinos donde la nave, su
cargamento y sus hombres no corrieran peligro de perderse, no habría ne-
cesidad de hacer gastos en la reparación del casco (véase figura 10).19

18. Algunos de los listados de utensilios útiles a las navegaciones de San Blas pueden
verse en AGN, Marina, v. 52, f. 87-95v. San Blas, 4 junio 1781. Lista de utensilios
y herramientas llevados en las embarcaciones que parten de San Blas; AGN, Ma-
rina, v. 52, f. 166-174v. San Blas, 7 mayo 1781. Lista de utensilios y herramientas
necesarios en las embarcaciones que parten de San Blas; AGN, Marina, v. 52,
f. 24-34. San Blas, 2 agosto 1782. Lista de utensilios y herramientas necesarios en
las embarcaciones que parten de San Blas.
19. AGN, Marina, v. 49, exp. 23, f. 29. 24 julio 1781. Informe sobre las condiciones
en las que se encuentra la fragata Favorita. La imagen que se expone deja ver la
forma en la que para fabricar o reparar naves en ocasiones había que hacer trazos
de ellas señalando cada una de sus partes y por eso se pone como ejemplo.

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La vida en torno al puerto de San Blas 139

En caso de tratarse de embarcaciones particulares que viajaran con


fines comerciales, los gastos de reparación debían correr por cuenta de los
respectivos dueños. Como ejemplo de lo anterior puede verse el caso del
navío Hércules, el cual varó en San José del Cabo, pero como en ese lugar
no se contaban con los materiales ni el personal necesario para realizar las
reparaciones de la nave, su oficialidad consideró mejor trasladarla a San
Blas. Así lo deja ver la carta que enviaron al comisario del puerto:

Este navío el Hércules de nuestro cargo que salió del puerto de Macao
(a donde fue en corso y mercancía del Perú) el 26 de junio varó en
San José del Cabo de San Lucas el 6 del corriente [noviembre]. Perdió
el timón, y ha quedado haciendo agua, la que trae sin intermisión
ocupada una bomba, con el auxilio de veinte hombres que nos facili-
tó aquel pueblo. En este estado, hallándonos frente de ese Departa-
mento de San Blas esperamos del favor de Vuestras Mercedes los más
breves auxilios de que estamos necesitados (...)20

El Hércules estaba en tan malas condiciones que los oficiales de mar


de San Blas sugirieron descargarlo, llevar sus mercancías a las bodegas del
puerto y vender unas cuantas de éstas para que pudieran cubrirse los gas-
tos de reparación, materiales y manutención de la tripulación.21
Para llevar a cabo las tareas de reparación el puerto necesitaba contar
con suficientes pertrechos. Desde su fundación se enviaban a San Blas

20. AGN, Marina, v. 67, exp. 11, f. 297. A bordo del navío Hércules, 17 noviembre
1784. Solicitud del capitán del navío Hércules Francisco José Mendizábal para arribar
a San Blas. Hay que señalar que el caso de este navío es especial. Se trató de una
embarcación fletada en Cádiz por la Casa de Uztáriz con rumbo a las Filipinas.
Debido a la guerra que estalló entre Inglaterra y España en 1779 se le autorizó ir
a Acapulco vía Cantón. La nave cruzó varias veces el Pacífico haciendo navega-
ciones no acostumbradas. Eso explica que en 1785 llegara a San Blas provenien-
te de Macao, situación que no era la habitual. Al respecto ver Pinzón, “La inser-
ción…”, p. 273.
21. AGN, Marina, v. 67, exp. 10, f. 265-265v. México, 13 enero 1784. Orden de que
cargamento del navío Hércules sea llevado a los almacenes de San Blas.

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pertrechos diversos desde otros establecimientos portuarios como La Ha-


bana o Veracruz.22 A medida que en el Departamento Marítimo se amplia-
ron las funciones navales, fue necesario que además se fabricaran algunos
materiales útiles en las reparaciones, como “clavos, tachuelas, estoperoles,
velas y jarcias”, algunos de los cuales fueron elaborados en el mismo puer-
to. Esto hizo de San Blas un lugar al que las embarcaciones podían recurrir
en caso de requerir reparaciones o abastos.23 Para que se pudieran tener
los materiales útiles en el puerto era necesario acudir al trabajo de una
serie de empleados que los proveyeran. Por ejemplo, según el comandante
Bruno de Hezeta los hombres en tierra eran los encargados de ir a los
montes a buscar madera para el departamento, así como de abrir caminos
para su conducción.24 Los bosques cercanos al puerto fueron los provee-
dores de este material y el río Santiago un medio eficaz para su transpor-
tación. El puerto también contó con buena cantidad de piezas de metal
entre las que destacaron anclas, cañones y balas de diversos calibres; todo
guardado en las bodegas del puerto.25
Hubo varias naves que recibieron reparaciones en San Blas y eso obli-
gó que los almacenes del lugar paulatinamente estuvieran mejor surtidos,
que el personal fuese más numeroso y que estuviese mejor preparado. Por
ejemplo, en una de las embarcaciones de la expedición de Alejandro Ma-
laspina, La Atrevida, se hizo impostergable detenerse en San Blas para ha-
cerle reparaciones. Los arreglos a la nave fueron hechos con rapidez y efi-
ciencia, según la narración de José Bustamante, segundo al mando de
Malaspina y capitán de dicho navío. Además, este oficial aprovechó su es-
tancia en el lugar para embarcar buena cantidad de víveres frescos, madera,

22. AGN, Correspondencia de Virreyes, v. 70, f. 13v-15. México, 27 agosto 1775. Orden
a autoridades de San Blas de que hagan relación sobre herramientas y repuestos que
hacen falta en el puerto.
23. AGN, Marina, v. 44, f. 305-305v. San Blas, 10 noviembre 1781. Carta del comisario
Francisco de Trillo al virrey Mayorga.
24. AGN, Marina, v. 34, f. 9. México, 31 octubre 1774. Carta de Bruno de Hezeta al
virrey Bucareli.
25. Gutiérrez, San Blas…, p. 95-96.

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brea y pipas para agua.26 Incluso algunos de los suplementos obtenidos en


San Blas serían entregados a la nave Descubierta, comandada por Malaspi-
na, con quien se reunirían en Acapulco; así lo deja ver el informe hecho
por José Bustamante:

Se empleó todo el día en recibir el arsenal, la lancha nueva, los útiles


de herrero y tonelero, alguna clavazón mediana, la madera, brea y otras
menudencias que se supone necesitará la Descubierta. Se embarcaron
220 quintales de pan, 150 arrobas de tocino, que mandé aprontar de
antemano y otras prevenciones de rancho que todo debía dividirse por
mitad en Acapulco.27

Lo anterior demuestra que San Blas contaba con los medios necesarios
para proveer a cualquier embarcación que arribara al lugar.28 El personal
que trabajaba en las bodegas del puerto llevaba registro de todo lo que se
guardaba en ellos. Los productos que entraban o salían del lugar eran he-
rramientas, materiales de reparación y posteriormente mercancías de las
embarcaciones
Las funciones del personal del puerto no únicamente significaron traba-
jo físico sino también intelectual. San Blas funcionó como plataforma desde
donde partieron las exploraciones que reconocieron el noroeste novohispano,
y las que posteriormente comunicaron esas regiones con el resto del virrei-
nato. La experiencia adquirida permitió a la oficialidad del lugar elaborar

26. González, Malaspina…, p. 74-75.


27. Bustamante, Diario…, p. 212.
28. Habría que preguntarse si las posibilidades de San Blas para recibir naves dañadas
y ayudarlas en sus reparaciones eran mayores que las que existían en Acapulco. V.
González en “Aportación novohispana a la expedición de Malaspina” en J. L. Peset
(coord.), Ciencia, vida…, v. 3, p. 427-437, p. 429, explica que Malaspina también
recibió en Acapulco apoyo material para poner al día su corbeta, su despensa y su
bodega, pero al mismo tiempo menciona que para recibir dicha ayuda, antes anun-
ció al virrey Revillagigedo su arribo, lo que generó la movilización de materiales y
hombres a través de enormes distancias para que la embarcación pudiera reabas-
tecerse y repararse. Esto da la impresión de que Acapulco no era un paraje tan útil
para realizar reparaciones de embarcaciones como llegó a serlo San Blas.

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relaciones sobre múltiples viajes de exploración; además, se rehicieron o rec-


tificaron informaciones marítimas con la que se contaba (ver figura 12).
Las relaciones de viaje y los mapas elaborados en San Blas incluso
fueron utilizados con posterioridad por personajes como Malaspina o Hum-
boldt.29 En el caso del primero recibió importante información cartográ-
fica del noroeste americano por parte del comandante Francisco de la
Bodega y Cuadra. Acababa de finalizar una travesía desde las Filipinas y de
ella se proporcionó noticias útiles, así como algunos mapas, de la costa
noroeste de América, de las islas Sándwich (Hawai), un itinerario con
puntos en donde era conveniente internarse y datos hidrográficos del área
en cuestión. Además, en La Atrevida se llevó material científico dejado en
San Blas por marinos de la real armada que participaron en las explora-
ciones que partieron de ese puerto (véase figura 13).30
Las labores desempeñadas por el personal de San Blas también inclu-
yeron faenas agrícolas, ganaderas, comerciales y pesqueras.31 De las dos
primeras se obtenía parte del alimento enviado a otras poblaciones así
como del que era consumido en el mismo puerto y en las embarcaciones.
De la participación de los comerciantes y arrieros dependieron las transac-
ciones comerciales y el envío de mercancías. La pesca y la recolección de
ostras, así como de conchas para hacer cal, representaban actividades al-
ternativas para el personal del puerto, las cuales podían realizarse siempre
y cuando obtuvieran permiso de las autoridades del lugar.32
En el puerto había además personal que desempeñaba faenas que se
relacionaban de manera indirecta con la navegación, como las cocineras,

29. En el estudio introductorio que hace Juan Ortega y Medina a Humboldt, Ensayo…,
se listan las obras hispanas citadas por este viajero. Entre dichas fuentes se hace
mención a múltiples informes marítimos elaborados en San Blas por los oficiales
de mar de ese puerto. Ver p. ccxxiii-cxlii.
30. González, Malaspina…, p. 74-75.
31. Thurman menciona la importante participación de la población civil en las faenas
portuarias, véase Department…, p. 20-21.
32. Estos son productos que desde tiempo atrás obtenían los pueblos de indios de la
región, como antes se mencionó. Véase Ciudad Real, Tratado…, p. 117 y Mota,
Descripción…, p. 43.

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las lavanderas, los zapateros, los sastres, los arrieros, los aguadores, entre
otros. Los aguadores tenían la responsabilidad de proveer a las embarca-
ciones de barriles con agua; ellos vigilaban que los arrieros llevaran dichos
barriles hasta las cubiertas. También es de suponerse que, como en otros
establecimientos, los aguadores del puerto cargaban sus odres para vender
agua, ya fuera a los pobladores del puerto o entregarla a los trabajadores
mientras realizaban sus respectivas faenas.33 El personal del lugar también
debía desempeñar labores que no siempre tenían que ver con su trabajo
cotidiano; esto principalmente sucedía cuando se presentaban emergencias
o acontecimientos inesperados en el puerto. Por ejemplo, en septiembre
de 1799 llegó un grupo de niños expósitos que debía ser enviado a las
Californias; su estancia, por breve que fuera, seguramente implicó el tra-
bajo del personal del lugar para alimentarlos, vestirlos y atenderlos en lo
que se hacían a la mar. 34 Otro acontecimiento fueron las inundacio-
nes que se presentaron en el puerto en septiembre de 1781 y que obliga-
ron a las autoridades a trasladar los almacenes de sal a terrenos más altos;
para que dicha labor se hiciera con rapidez tuvo que usarse el mayor nú-
mero posible de trabajadores.35 Los incendios también fueron un problema,
principalmente debido a los materiales con los que estaban hechas las cons-
trucciones del puerto. En una ocasión, la quema que se hizo de un montón
de basura provocó que el fuego se propagara y que muchas de las casas del
puerto fueran reducidas a cenizas, por lo que el personal tuvo que ayudar
a su reconstrucción.36 En otra, un rayo cayó sobre el arsenal, por lo que

33. Antonio Rubial explica el trabajo de los aguadores en la ciudad de México y es


probable que ese mismo papel lo desempeñaran en otros establecimientos. Explica
que los aguadores eran hombres que cargaban con odres llenos de agua, la cual
vendían en vasos de barro o cristal. Ver La plaza, el palacio y el convento, México,
Conaculta, 1998, p. 27.
34. AGN, Californias, v. 41, exp. 3, f. 56. México, 21 septiembre 1799. Orden de enviar
niños expósitos de Puebla a San Blas para ser enviados a Californias.
35. AGN, Marina, v. 50, f. 36. 12 septiembre 1781. Orden de que almacenes de sal sean
trasladados.
36. AGN, Indiferente de Guerra, v. 527-A, s/f. San Blas, 29 marzo 1798. Relación sobre
el incendio que hubo en el pueblo de San Blas.

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el personal tuvo que trabajar a marchas forzadas para rescatar el mayor


número de pertrechos posible, así como en la construcción de uno nuevo
(véase figura 14).37
Las faenas que se realizaban en el puerto fueron tan variadas que
permitieron la participación de todo tipo de personas. Su trabajo, de forma
directa o indirecta, influyó en el funcionamiento del lugar. La vinculación
de la población con las actividades marítimas se incrementó a medida que
éstas se multiplicaron y expandieron por nuevos territorios.

Viviendas y relaciones vecinales de los oficiales de mar de San Blas

Las diferencias sociales entre oficialidad y marinería pueden apreciarse en


el tipo de viviendas que cada grupo tenía. Como antes se mencionó, los
oficiales de mar (salvo pilotos, pilotines, cirujanos y sangradores), desde
que San Blas fue fundado, tuvieron permiso de residir en Tepic, lugar que
fungía como enclave entre las poblaciones de la región y el puerto. Los
oficiales preferían residir en ese pueblo debido a que su clima era menos
cálido que el de San Blas. La razón para permitir a los oficiales vivir fuera
del puerto fue procurar que contaran con buena salud antes de iniciar las
travesías. Las autoridades consideraron que de dicho personal dependía el
éxito de los viajes y por lo tanto había que darles ciertos privilegios. La
concesión de vivir en Tepic significaba la recuperación total de la salud
gracias a un descanso satisfactorio en un lugar de clima agradable. Ese
privilegio pronto se hizo popular entre todos los trabajadores. Cirujanos,
pilotos, miembros de la maestranza y de la marinería abandonaban sus
obligaciones para trasladarse a Tepic. Eran tantas las ausencias en el puer-
to que el virrey prohibió esos traslados, a menos que fuesen casos excep-
cionales. Incluso se decretó que cada trabajador que se alejara de San Blas,
aún con licencia, perdería la mitad de su sueldo.38

37. AGN, Californias, v. 27, exp. 1, f. 3-4. San Blas, 24 agosto 1782. Informe sobre el
incendio que sufrió el arsenal de San Blas.
38. AGN, Marina, v. 34, f. 42v. México, 18 diciembre 1778. Autorización del virrey
Bucareli para que oficiales de mar vivan en Tepic.

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Los oficiales que vivían en Tepic contaban con casas propias en las que
vivían con sus familias, mancebas o servidumbre. Sus viviendas general-
mente estaban hechas de materiales más resistentes (tal vez piedra y lodo)
que las que había en el puerto.39 La vinculación que tuvieron con los veci-
nos de Tepic puede apreciarse de cierta manera en algunos de los escánda-
los en los que llegaron a verse involucrados. Un ejemplo claro fue el caso
del oficial de mar Diego Choquet.
Choquet vivía sólo en una casa que tenía en Tepic. Se vio involucra-
do en tres escándalos por las relaciones que mantuvo con mujeres del
pueblo. La primera fue una esclava mulata que pertenecía al teniente
coronel del pueblo, Miguel Marín, llamada María Petrona; todas las no-
ches ella era sacada por la ventana de la casa de su amo y regresada en la
madrugada.40 Al parecer Choquet convenció a Miguel Marín para que le
concediera la libertad a su esclava y la entregara a su madre, quien vivía
en el mismo pueblo. Marín lo hizo y Choquet se la llevó a su propia casa
luego de comprarla,41 pero él la maltrataba; el tío de la chica denunció la
situación al cura y éste se encargó de sacarla de casa de Choquet y llevar-
la a Compostela. Se prohibió al oficial que se comunicara con la esclava,
pero éste se dio maña para llevarla nuevamente a su casa, donde conti-
nuaron los escándalos. Cuando los problemas con el cura comenzaron
de nuevo, Choquet intentó vender a María Petrona con algún vecino del
pueblo, pero no pudo lograrlo.42 Finalmente el cura la llevó a una casa
de recogidas en Guadalajara.43 Posteriormente Choquet se amancebó con
Francisca de la Cruz, vecina del pueblo. Al parecer el oficial también la
sometía a castigos. Ella huyó y pidió ayuda al cura, quien la llevó a casa

39. Así se refleja en los documentos que se refieren a actividades de los oficiales en
Tepic. AGN, Marina, v. 74, exp. 11, f. 80-80v. Tepic, 7 mayo 1787. Carta de Josef
Camacho a José Cañizares.
40. AGN, Marina, v. 44, exp. 14, f.183-184v. San Blas, 16 marzo 1779. Declaraciones
hechas en torno a las acusaciones levantadas en contra de Diego Choquet.
41. AGN, Marina, v. 44, exp. 14, f. 167-167v. San Blas, 23 noviembre 1778. Declara-
ciones...
42. AGN, Marina, v. 44, exp. 14, f. 184v-185. San Blas, 16 marzo 1779. Declaraciones…
43. AGN, Marina, v. 44, exp. 14, f. 183-184v. San Blas, 16 marzo 1779. Declaraciones….

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del comandante de marina Bruno de Hezeta y posteriormente a la del


alcalde mayor Javier Jordán. En ambas casas hubo problemas con Choquet
ya que éste se presentaba a diario para hablar mal de la muchacha. En la
primera gritaba desde la calle y en la segunda molestaba al dueño dicien-
do que la chica se había amancebado con su hijo. Fueron muchas las
incomodidades provocadas, por lo que el cura sacó de Tepic a Francisca
de la Cruz (en secreto para que Choquet no se enterara) y la llevó al
pueblo de Santa María.44 Él la buscó y la llevó de regreso a su casa. El cura
amenazó al oficial con levantar una sumaria judicial en su contra. Cho-
quet suplicó al cura que no lo hiciera y que a cambio no volvería a invo-
lucrarse en escándalos. La chica fue desterrada del pueblo y el hombre
perdonado.45 Los escándalos de este oficial no terminaron; tiempo después
se amancebó con otra joven llamada Tadea Josefa Urbina a la que también
sometió a castigos: la encerraba en su casa y la acusaba de ser amante de
cualquiera que pasara por la calle. Ella huyó y pidió refugio al cura, quien
intentó acomodarla en alguna casa del pueblo, pero el acoso de Choquet
provocó que en ninguna permaneciera mucho tiempo. Además, tuvo que
ser llevada al hospital para curarse de bubas. El cura instruyó a los em-
pleados del hospital que por ningún motivo le permitieran a Choquet
tener contacto con la chica. El oficial mandaba cartas amenazantes al
cura para que sacara a Tadea del hospital y la desterrara del pueblo, ade-
más de buscar la manera de comunicarse con ella. Primero gritaba por
la ventana del hospital, luego envió a un panadero para que le llevara
recados; finalmente entró a este lugar armado con una espada. Dentro
del nosocomio empujó a Tadea y le revisó su vientre, pues se empeñó en
decir que estaba embarazada. Choquet fue sometido por el personal del
hospital y sacado del lugar. La chica fue enviada a casa del comandante
Ignacio de Arteaga para que fuera revisada por los cirujanos y las parteras
del pueblo.46 Dos horas después la regresaron con la noticia de que no

44. AGN, Marina, v. 44, exp. 14, f. 188v-190v. San Blas, 19 marzo 1779. Declara-
ciones…
45. AGN, Marina, v. 44, exp. 14, f. 167-167v. 23 noviembre 1778. Declaraciones hechas...
46. AGN, Marina, v. 44, exp. 14, f. 185v-188. San Blas, 16 marzo 1779. Declaraciones…

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estaba embarazada.47 Tadea fue desterrada del pueblo y Choquet acusado


por el cura ante las autoridades de San Blas.
Al parecer este oficial, además de involucrarse en escándalos locales,
se excusaba de navegar por motivos de salud que le impedían abandonar
su casa, mientras que realizaba actividades diversas en Tepic:

(...) me manifiesta padece accidentes habituales en su salud, no sé


cuáles puedan ser éstos que no le han privado sembrar una milpa
siendo tan impropio en un oficial y andar yendo y viniendo a ella
frecuentemente como también andar de noche al agua y sereno de
fandango en fandango escandalizando al pueblo y todo el día a caba-
llo en él (...)48

El comandante Ignacio de Arteaga ordenó a Choquet trasladarse al


puerto para someterse a un arresto. Sin embargo el oficial solicitó que éste
se hiciera en su casa de Tepic ya que su salud le impedía trasladarse a San
Blas. El comandante Arteaga no le creyó, principalmente porque su salud
se evidenciaba en los escándalos en los que se vio envuelto:

(...) y siendo así que vuestra merced no acreditado desde aquel enton-
ces ser cierta la enfermedad que vuestra merced manifiesta en el oficio
de 4 del pasado [octubre] como lo acreditó en la noche del 23 del
corriente el asalto que dio al hospital y casa cural de este pueblo, in-
sultando a todos los individuos que ambas partes se hallaban y andan-
do a caballo por todo el pueblo como se verificó (...)49

Choquet no fue detenido, continuó cumpliendo sus obligaciones en


el puerto y viviendo en Tepic. Su caso deja ver algunos aspectos sobre la

47. AGN, Marina, v. 44, exp. 14, f. 190v-195v. San Blas, 22-27 marzo 1779. Declara-
ciones…
48. AGN, Marina, v. 44, exp. 14, f. 169-169v. San Blas, 4 octubre 1778. Declaraciones…
49. AGN, Marina, v. 44, exp. 14, f. 173-174. San Blas, 24 noviembre 1778. Declaracio-
nes…

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vida de los oficiales de mar en ese pueblo. Eran varios los oficiales que vivían
ahí; todos mantenían relaciones entre sí y con el resto de los habitantes
del lugar y realizaban actividades diversas, ya fueran honestas o no. Algu-
nas veces invertían sus salarios en Tepic en lugar de hacerlo en San Blas y
algunas de esas inversiones se relacionaron con las casas construidas o,
como en el caso anterior, en tierras en la misma localidad.
No todos los oficiales vivieron lejos del puerto; había quienes se es-
tablecieron en San Blas, en el cerro de San Basilio. Al parecer las casas de
los oficiales de alto nivel estaban mejor construidas y ubicadas que las del
resto de los habitantes del puerto. Había viviendas que contaban con
varios cuartos, aunque eso seguramente dependió del nivel social y eco-
nómico de sus dueños. Algunas de las casas fueron de dos pisos: la parte
superior servía de vivienda y la inferior podía funcionar como bodega.50
Cuando las casas contaban con cuartos extra los propietarios podían ren-
tarlos a miembros de las tripulaciones que estaban en el puerto esperando
el momento de embarcarse. La negociación podía incluir asistencia de
alimento y lavado de ropa, lo que significaba que los caseros se hacían
cargo de esas actividades a cambio de dinero extra.51 Para ejemplificar
tanto la vivienda como la convivencia de algunos de los oficiales de mar
en el puerto puede verse el caso del contramaestre Carlos Ortega. Éste
tenía una casa de dos plantas en el puerto. La parte de abajo funcionaba
como bodega mientras que la de arriba era donde vivía con su esposa, una
hija adoptada y una sirvienta con sus respectivos hijos (estos últimos
dormían en la cocina). Ortega se ausentaba por temporadas de su casa
debido a las travesías en las que participaba y a principios de 1793 regresó
a San Blas luego de un viaje que hizo a Nutka. Al llegar a su casa se en-
contró con la noticia de que en ella vivía de manera temporal el sangra-
dor Luis Gálvez con su ayudante de 12 años. El sangrador había frecuen-
tado la casa con regularidad y posteriormente hizo arreglos con la esposa

50. AGN, Indiferente de Guerra, v. 525-A, f. 2v. 29 marzo 1793. Proceso civil en contra
del sangrador Luis Gálvez.
51. AGN, Indiferente de Guerra, v. 525-A, f. 18v. 17 abril 1793. Proceso civil...

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de Ortega para que lo dejara comer ahí.52 Gálvez había sido asignado
para viajar en la goleta Mexicana, por lo que dejó el cuarto que rentaba para
embarcarse; pero el viaje se retrasó y Gálvez ya no pudo regresar a su vi-
vienda anterior porque ya había sido rentada a otra persona. Por ese mo-
tivo el sangrador pidió a la esposa de Ortega le permitiera vivir en su casa,
en la bodega, en lo que se embarcaba. El nuevo arreglo incluyó asistencia
de alimentos.53 La presencia de Gálvez en su casa no gustó a Ortega, pero
no dijo nada para evitar escándalos; además, supuso que la estancia de
aquel sería por poco tiempo. Sin embargo, la goleta Mexicana nuevamen-
te retrasó su partida, lo que significó la prolongación de la estancia del
sangrador en casa del oficial. A éste le molestaba ver que el extraño dis-
ponía de su casa como si fuese la propia, así como el hecho de que su
esposa y su hija le prodigasen cuidados. Un día vio a la hija preparándole
al sangrador agua de tamarindo; mas tarde la vio entrando en la cocina
para hacerle su cena. A su esposa la vio platicando con el sangrador en la
estancia de su casa. La tensión entre ambos hombres fue tal que la tarde
del 28 de marzo de 1793 tuvieron un enfrentamiento en la calle. Ortega,
algo tomado, llegó a su casa dando gritos, insultó a todos y amenazó con
quemar la vivienda. Gálvez salió y Ortega intentó golpearlo con un palo;
el sangrador terminó clavándole al contramaestre la punta de una espada
en el pecho. Por suerte para Ortega por el lugar paseaban un artillero de
mar llamado Antonio Romero y un empleado del puerto llamado Silvestre
Miranda.54 Ambos separaron a Ortega y a Gálvez; al primero lo llevaron al
hospital y le buscaron inmediatamente al cura, mientras que el otro fue
llevado a la Iglesia y posteriormente a la cárcel del puerto.55 Luego del in-
cidente, los vecinos recomendaron a la hija y a la esposa de Ortega salirse

52. AGN, Indiferente de Guerra, v. 525-A, f. 16-16v. Marzo 1793. Proceso civil... (De-
claración de sirvienta Juana Francisca Cárdenas).
53. AGN, Indiferente de Guerra, v. 525-A, f. 18v-23. 17 abril 1793. Proceso civil...
(Declaración del sangrador Luis Gálvez).
54. AGN, Indiferente de Guerra, v. 525-A, f. 14v-16. 12 abril 1793. Proceso civil... (Decla-
raciones de testigos Antonio Romero y Silvestre Miranda).
55. AGN, Indiferente de Guerra, v. 525-A, f. 2-5v. 29 marzo 1793. Proceso civil...
(Declaración del contramaestre Carlos Ortega).

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de su casa para no verse envueltas en el problema. La hija se fue a casa del


comerciante Gabriel Porret y de su mujer María Antonia Navarro, mien-
tras que la esposa de Ortega se fue a Tepic a casa de María Pío.56
El caso anterior deja ver una integración de los oficiales de mar del
puerto y de sus familias a la vida cotidiana del lugar. Algunos miembros
del personal de alto nivel contaban con casas de más de una habitación
e incluso en ocasiones con más de una planta. Entre los trabajadores
del puerto cabía la posibilidad de que se asistieran mutuamente con
alimentos e incluso vivienda a cambio de una paga regular, práctica al
parecer muy común en San Blas. La convivencia entre los oficiales de
mar que residían en el puerto y el resto de los pobladores tuvo que ser
intensa, tanto que participaron en sucesos comunes del lugar (regulares
o inesperados) e incluso en las festividades llevadas a cabo en la misma
población.
Los oficiales de bajo nivel, como pilotos, pilotines, cirujanos y sangra-
dores, estaban en una situación diferente. Algunos contaban con casas
propias en el puerto en las cuales podían vivir solos o con sus familias.
Generalmente estas casas no eran tan grandes o bien hechas como las de
los oficiales de alto nivel. Como ejemplo puede verse la casa del sangrador
José María Vega, la cual era de palma, doble zacate, corredor, dos puertas
y corral a la calle.57 Vega vivía sólo y la casa quedaba vacía cuando éste se
ausentaba al embarcarse, pero había oficiales que no tenían vivienda pro-
pia, como se vio con el caso del sangrador Luis Gálvez, antes mencionado,
quien rentaba cuartos para vivir en lo que permanecían en el puerto. Había
además oficiales que contaban con habitación asignada en lo que perma-
necían en tierra. Ese era el caso de los cirujanos, quienes trabajaban en el
hospital de San Blas en lo que se embarcaban; eso les daba la posibilidad
de alojarse en el nosocomio en el caso de que no contaran con casa propia.
También había cirujanos que eran asignados al pueblo de Tepic para que

56. AGN, Indiferente de Guerra, v. 525-A, f. 13-14. 12 abril 1793. Proceso civil... (De-
claración de María Ignacia, hija del contramaestre Carlos Ortega).
57. AGN, Californias, v. 56, exp. 15, f. 202. 8 marzo 1784. Informe sobre inmueble que
es usado como hospital.

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La vida en torno al puerto de San Blas 151

asistieran a los oficiales que vivían en esa población y en el lugar también


se les brindó alojamiento.
Podría decirse que las diferencias existentes en las viviendas de unos
y otros dependieron en gran medida de su nivel laboral y económico den-
tro del mismo puerto. Seguramente esa situación afectó de alguna manera
su relación con el resto de los pobladores de San Blas, sin embargo, no
puede negarse que sin importar la casa que tuvieran, la convivencia entre
oficiales, y de ellos con el resto de los habitantes del puerto (e incluso de
Tepic), debió ser intensa.

La vivienda de los trabajadores del puerto y su convivencia


con los vecinos del lugar

A diferencia de los oficiales, el resto de las tripulaciones tenía que vivir en


el puerto. Dependiendo de su condición laboral era la calidad de sus vi-
viendas. En el cerro de San Basilio fueron construidas casas solas y casas
comunales, muchas de las cuales por largo tiempo continuaron siendo de
palma. En ellas podían vivir familias completas o trabajadores solos. Es
probable que el aspecto de las viviendas de San Blas fuese muy parecido a
las de Veracruz, donde la mayoría también estuvieron hechas de materiales
poco resistentes.58 De hecho, la descripción del pueblo hecha por José
Bustamante así lo refleja:

La población reducida a una porción de chozas cubiertas de paja, tiene


todo aquel aspecto pobre y miserable que ofrece un clima malsano
habitado solo por la necesidad. Algunas casas de particulares y uno u

58. Thomas Gage describió las casas de Veracruz de la siguiente forma. “No paramos
mucho la consideración en los edificios, porque todos son de madera, tanto las
iglesias y los conventos como las casas particulares. Las paredes de la casa del ve-
cino más rico son de tablas, y esto y la violencia de los vientos del norte han sido
causa de que la ciudad se haya reducido a cenizas en diversas ocasiones.” Véase
Nuevo reconocimiento de las Indias Occidentales, introducción y edición de Elisa
Ramírez Castañeda, México, SEP/80, FCE, 1982, p. 88.

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otro edificio del rey están hechos con alguna solidez, pero son estrechas
y mal repartidas.59

Como antes se mencionó, algunas de las casas grandes rentaban cuar-


tos o espacios en la bodega para que el personal marítimo pudiera vivir.
Sin embargo, parece ser que la mayor parte de la población vivía en casas
comunales. Rentaban cuartos en los que podían vivir una o varias personas
a la vez. En estas casas tipo vecindad la privacidad era casi inexistente
debido a la comunicación y disposición de las viviendas mismas, ya que
sus moradores pasaban la mayor parte del tiempo en el patio común o en
la calle.60 Las habitaciones sólo eran utilizadas como dormitorios; la ma-
yoría de los servicios, como lavaderos o fogón, eran compartidos con el
resto de los inquilinos.61 En dichas casas podían vivir desde oficiales de bajo
nivel hasta grupos marginados del puerto. Como ejemplo del tipo de con-
vivencia que había en las casas comunales de San Blas puede verse el si-
guiente caso.
En una de las moradas del puerto (al parecer con varias habitaciones
y al menos dos pisos) vivían María Miguela de Bugarín, su esposo, su hijo
(aguadores los dos) y su hermana María Mónica; también vivían ahí Ma-
ría Teresa de Jesús (viuda) así como María Guadalupe Palacios y su esposo.
Al parecer María Miguela había dado “palabra de casamiento” de su her-
mana al grumete Ignacio Casillas, quien comenzó a frecuentar esa casa y
a ser asistido (con alimentos y tal vez con lavado de ropa) por Mónica. Los
de la casa sabían de ese trato y conocían al grumete, quien podía entrar y

59. Bustamante, Diario…, p. 213.


60. Teresa Lozano, “De los ultrajes a la jurisdicción real o de cuanto la injuria es es-
cándalo”, en C. Yuste (coord.), La diversidad del siglo XVIII novohispano. Homenaje
a Roberto Moreno de los Arcos, México, UNAM, 2000, p. 55-71, p. 59.
61. Como indica Pedro Viqueira al estudiar la ciudad de México, la mayor parte de la
población vivía en vecindades y como las habitaciones eran oscuras, pequeñas e
insalubres, la mayoría de la gente pasaba más tiempo en el patio común. Véase
¿Relajados o reprimidos? Diversiones públicas y vida social en la ciudad de México
durante el Siglo de las Luces, México, FCE, 2005 [1987], p. 133. Ver también Rubial,
La plaza…, p. 96.

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salir del lugar como si fuese un vecino más. Sin embargo, dicha relación
no prosperó y Mónica comenzó a frecuentar a otro hombre llamado Da-
macio Pano, originario de Acapulco. Él preguntó a Mónica si era mujer
libre, a lo que ella respondió que sí, que antes había tenido amistad con
otro hombre pero que ya lo había dejado. Pano era ahora quien frecuenta-
ba la casa. Una mañana de enero de 1798 fue a visitar a Mónica a la hora
del almuerzo para llevarle alimentos; saludó a las mujeres que estaban ahí
haciendo la comida (preparando lo que les llevarían a sus esposos). Pano
platicaba con Mónica cuando oyó pasos en las escaleras, pero pensó que
era gente de la misma casa. De pronto, sintió una herida en la espalda y,
sin saber quién lo atacaba, se defendió y se ocultó entre las sábanas que
colgaban en el patio; finalmente logró escapar de su agresor y llegar al
hospital para que lo atendieran y confesaran. Las mujeres, quienes presen-
ciaron la agresión, informaron que el atacante fue el grumete Ignacio
Casillas. Él pasó por la escalera saludándolas y diciéndoles que iba por unos
zapatos, pero se le fue encima a Pano y lo hirió en la espalda; posterior-
mente tomó a Mónica y la sacó de la casa. Casillas, luego de la agresión
que cometió, pidió refugio en la iglesia del pueblo y posteriormente fue
conducido al cuartel del lugar. Ahí confesó que nunca había visto antes a
Pano, que lo atacó debido a que le incomodó verlo hablando con Mónica
“llenándose de ira de ver a este sujeto que jamás había entrado en la no-
minada casa.”62
Con el ejemplo anterior puede verse que el tipo de viviendas de San
Blas no parece haber sido demasiado diferente al de otras poblaciones.
Había casas comunales donde vivían muchas personas y en ellas la convi-
vencia debió ser intensa, principalmente durante los momentos en los que
todos desarrollaban una misma actividad, como la hora de la preparación
de los alimentos. Al parecer las mujeres se quedaban en las casas mientras
que los hombres salían de ahí para trabajar. En dichas casas podían entrar
y salir personas ajenas a ellas, aunque seguramente debido a algún tipo de

62. AGN, Indiferente de Guerra, v. 527-A. San Blas, enero 1798. Proceso civil en contra
del grumete Ignacio Casillas. Todo el caso está en diversas fojas de este volumen, pero
no están numeradas.

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relación con los habitantes de la misma; eso hace suponer que existían
vínculos entre los habitantes del puerto en general.
La convivencia entre las tripulaciones y la gente del pueblo podía crear
vínculos de solidaridad y de comunicación, pero también fuertes tensiones
y riñas.63 A pesar de que las autoridades portuarias hicieron el intento de
separar a los trabajadores del puerto del resto de los habitantes, en realidad
no lograron su cometido y todos formaron parte de una misma población
marítima.

Entretenimientos y desórdenes en San Blas

Es difícil saber qué tipo de distracciones tenían los trabajadores y poblado-


res del puerto al final de sus jornadas. Lo probable es que se tratasen tanto
de actividades religiosas como civiles. La población entera podía contar con
diversos entretenimientos aunque muchos de éstos dependían de su géne-
ro o de su nivel social.
Los eventos religiosos se llevaban a cabo de acuerdo a las celebracio-
nes comunes del calendario cristiano. En ellos participaban todos los
miembros de la sociedad. Por ejemplo, durante la Semana Santa la pobla-
ción participaba en las procesiones comunes de esa fecha.64 Había días en
los que era obligatorio dejar de trabajar con el fin de participar en eventos
religiosos y otros en los que se debía ir a misa pero también continuar con
las faenas comunes del puerto. Por ejemplo, el día de la Santa Cruz era
obligatorio escuchar misa, pero como no era día de guardar los empleados
del rey debían de cumplir con sus respectivos trabajos. Incluso se pensó
que la mejor forma para evitar perder tiempo en el traslado de los em-
pleados del puerto a la iglesia era dando la misa en el mismo arsenal.65
Las celebraciones religiosas también podían llevarse a cabo como conse-

63. Rubial, La plaza…, p. 96.


64. AGN, Indiferente de Guerra, v. 525-A. Marzo 1793. Proceso civil en contra del gru-
mete Ignacio Casillas.
65. AGN, Californias, v. 10, exp. 7, f. 90-91. San Blas, 5 mayo 1785. Orden de que los
días que no sean de guardar las misas se hagan en el arsenal.

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cuencia de sucesos excepcionales. Así pasó cuando en abril de 1782 llegó


la noticia de que las autoridades del puerto debían de organizar una misa
de acción de gracias por el nacimiento de un miembro de la familia real.66
Las diversiones públicas que había en el puerto también podían ser de
tipo civil; algunas de ellas podían ir en contra de las buenas costumbres que
promovía la Iglesia. El alcohol era uno de los principales placeres con
que contaban los trabajadores y pobladores del puerto y estaba vinculado a
muchas de sus celebraciones. Su consumo podía crear trastornos pero a la
vez situaciones que seguramente fueron divertidas para algunos hombres. El
comandante Joseph María Lasso estableció un estanco de bebidas en el que
se vendían mezcal, tepache, guarapo y pulque amarillo. Dicho estableci-
miento no era muy bien visto debido a que el consumo de bebidas alcohó-
licas trastornaba la paz del puerto; además, la embriaguez causaba daño a
la salud y a las buenas costumbres, “originando delitos, pecados y
abominaciones.”67 Por eso se prohibió el estanco, pero el consumo de be-
bidas alcohólicas no desapareció y los problemas producidos por éstas con-
tinuaron.
Para los hombres existían lugares de no muy buena reputación que ellos
podían frecuentar. Por ejemplo, el oficial pagador y el guardia almacén uti-
lizaban el almacén como mesón en donde organizaban reuniones al parecer
muy divertidas pero poco honestas. Así lo describió el comisario Trillo:

(...) dicho Real Almacén está transfigurado en mesón donde se alojan


y posan todos los que son de la devoción y gusto de don Juan de Ayllon.
Estos huéspedes en dicha oficina, la convierten en teatro de cuestionar,
e impedir muy perjudicialmente continuar el trabajo de ella con con-
currencias y visitas embarazosas (...)68

66. AGN, Marina, v. 58, f. 1-2. San Blas, 25 abril 1782. Carta del comisario Trillo al
virrey Mayorga.
67. AGN, Californias, v. 79, exp. 7, f. 27 [julio 1779]. Bando donde se prohíbe estableci-
miento de estanco de mezcal en San Blas.
68. AGN, Marina, v. 52, f. 320-320v. San Blas, 28 febrero 1781. Carta del comisario
Francisco de Trillo al virrey Mayorga.

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Por otro lado, había diferentes lugares para hombres en los que podían
reunirse y divertirse al final de sus jornadas. En el puerto, en una casa de
zacate, se estableció una mesa de trucos. La casa debía dejar de funcionar
a las diez de la noche y no debía recibir personas de “segunda clase”.69
Parecía ser un lugar especial para oficiales y personal apto para convivir
con ellos. Los dueños de la mesa de trucos no respetaron las restricciones
que les dieron. La casa no se apegó a los horarios indicados y muchas veces
terminaban de jugar pasadas las once de la noche. Esto provocó descon-
tento y temor entre los pobladores del puerto porque era peligroso mante-
ner fuego en las casas a altas horas. Debido al material del que estaban
hechas la mayor parte de las viviendas los pobladores de San Blas debían
de apagar todo tipo de fuego a las 7:30 en invierno y a las 8:00 en verano.70
Por dicho motivo esas reuniones fueron criticadas, a pesar de que a ellas
asistían algunas de las autoridades y de los oficiales de mar.
En un lugar como San Blas los desórdenes públicos también estuvieron
presentes. Hay que recordar que los hombres de mar tenían fama de ser
pendencieros, violentos, rebeldes y malos cristianos, y al parecer hubo
ocasiones en las que se vieron envueltos en desórdenes públicos. Estas si-
tuaciones se veían favorecidas con el hecho de que era común que esos
empleados estuvieran permanentemente armados con cuchillos, así como
de que hubiera población flotante que podía provocar inseguridad, falta de
respeto, malas costumbres, contrabando y robo; todo incrementado por el
disimulo y la tolerancia de las autoridades.71 Muchos de los problemas eran
generados por los mismos habitantes, como puede verse en los escándalos
antes mencionados. También había desórdenes provocados por la llegada
de personal marítimo ajeno al puerto.72 Esto era normal en otros estable-
cimientos costeros: en Veracruz se procuraba que los hombres de mar

69. AGN, Marina, v. 52, f. 436-436v. México, 30 marzo 1781. Autorización para que
Sebastián Luna establezca una mesa de trucos en San Blas.
70. AGN, Marina, v. 49, exp. 92, f. 258-260v. Tepic, 28 septiembre 1781. Carta del
comandante Ignacio de Arteaga al virrey Mayorga.
71. Cárdenas, San Blas…, p. 42.
72. Cárdenas, San Blas…, p. 171.

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permanecieran en sus embarcaciones para evitar que en tierra provocaran


desórdenes, pues cuando bajaban generalmente buscaban mujeres con las
que pudieran relacionarse, visitaban mesones para emborracharse, o bien
perderse entre la multitud y así desertar del servicio.73 Para evitar estos
problemas se ordenó que las tripulaciones permanecieran en sus embar-
caciones, a menos de que éstas estuvieran en peligro de hundirse. Los
únicos que descendían eran los enfermos y los que obtuvieran licencia de
su capitán o maestre.74 Los permisos para descender fueron otorgados con
muchas condiciones. Los hombres podían bajar en grupos pequeños y por
periodos cortos. Si en el tiempo indicado no regresaban eran considerados
desertores y perdían todo derecho a su salario.75
Situaciones similares se presentaron en San Blas. Los hombres prove-
nientes de otras poblaciones solían obtener permiso de bajar y pasear por
el lugar siempre y cuando hubieran cumplido con sus respectivas obliga-
ciones. Hay que recordar que la llegada de embarcaciones a ese puerto
varió considerablemente. En un principio sólo arribaban las naves propias
que regresaban de sus travesías o las que llegaban dañadas y debían ser
reparadas en el lugar; posteriormente comenzaron a llegar embarcaciones
con fines comerciales, lo que aumentó el flujo marítimo del puerto y por
lo tanto la presencia de tripulaciones provenientes de otros establecimien-
tos costeros. La estancia de los visitantes dependía de la duración de los
trabajos realizados en el puerto o de las condiciones climáticas que regu-
laban las salidas y entradas de las embarcaciones. Dependiendo de la du-
ración de la estancia de los visitantes era el grado de convivencia con la
población local y, por consiguiente, el grado de problemas que podrían
generarse. Para dar una idea de lo anterior puede verse el siguiente caso.
En diciembre de 1798 arribó a San Blas el bergantín San Francisco de
Asís, procedente de Guayaquil. Algunos de los tripulantes descendieron
con la intención de pasear por el lugar. El artillero Pascual Añasco y el

73. Adriana Gil Maroño habla de las zonas pobres de Veracruz. Ver “Espacio urbano…”,
p. 158-163.
74. Pérez-Mallaina, Los hombres…, p. 21,
75. Haring, Comercio…, p. 370.

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marinero Xavier Pineay, ambos de 24 años, paseaban por las calles del
lugar aproximadamente a las seis de la tarde. Vieron en una puerta a Juan
Xalisco, marino del puerto a quien conocieron en una pulpería el día an-
terior. Al ser un rostro familiar se le acercaron para saludarlo y le pidieron
un poco de agua. El recibimiento que tuvieron fue hostil ya que el marino
comenzó a injuriarlos y amenazarlos de muerte; los corrió del lugar dicién-
doles que no los quería alrededor de su casa. Los dos artilleros se fueron
de ahí para evitar escándalos, pero el marino los alcanzó, continuó gritán-
doles e incluso comenzó a golpear a Pineay con un palo. Los agredidos
sacaron sus cuchillos y lograron que el marino huyera. Un calafate del
puerto que pasó por ahí fue testigo de que era Xalisco quien los agredía y
continuamente se les iba encima con el palo; incluso este calafate intentó
separarlos en dos ocasiones.76 Los visitantes avanzaron por el puerto y
Xalisco los volvió a alcanzar pero esta vez con una cuadrilla de compañeros.
A Añasco le tiraron tres puñaladas que pudo esquivar. Los agredidos echa-
ron a correr por el monte y se separaron. Añasco logró llegar a la pulpería
pero poco después llegó Xalisco, quien lo insultó, lo obligó a salir del lugar
y le tiró una puñalada al pecho; Añasco metió la mano y logró evitar que
lo apuñalara, pero su mano fue perforada por el cuchillo y tuvo que ser
llevado al hospital.77 La versión de Juan Xalisco fue que él hablaba con una
mujer conocida suya (de la cual ignoraba el nombre) cuando pasaron
Añasco y Pineay; intentaron trabar conversación con la mujer y Xalisco les
pidió que esperaran a que él terminara de hablar con ella. Los visitantes lo
insultaron; mas tarde los volvió a encontrar y se enteró de que hablaban
mal de él a sus espaldas y por ese motivo hirió a Añasco en la mano.78
Lo anterior muestra que los pelitos entre personal marítimo, tanto del
puerto como de las embarcaciones que arribaban a él, existían y posible-

76. AGN, Indiferente de Guerra, v. 525-A, f. 5-5v. San Blas, 1798. Proceso civil contra
marinero Juan Xalisco (testimonios del calafate Juan Barreras).
77. AGN, Indiferente de Guerra, v. 525-A, f. 3-5. San Blas, 1798. Proceso civil... (tes-
timonios de Xavier Pincay y de Pacual Añasco).
78. AGN, Indiferente de Guerra, v. 525-A, f. 5v-6. San Blas, 1798. Proceso civil... (testi-
monio de Juan Xalisco).

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mente con cierta regularidad. Los hombres estaban armados con cuchillos
en todo momento, ya que éste era una herramienta de trabajo. Las tripu-
laciones podían bajar y recorrer el pueblo de San Blas con relativa libertad,
pero seguramente había limitantes que mucho tenían que ver con las au-
toridades de sus embarcaciones. La convivencia de los visitantes con los
habitantes del lugar seguramente no siempre fue amistosa y pudo desen-
cadenar algunos disturbios locales. Los desórdenes públicos causados por
las marinerías del puerto es probable que fuesen comunes. Al parecer, re-
gularmente había hombres que cometían delitos y acudían a la Iglesia a
refugiarse; de ahí eran conducidos a la cárcel del puerto.79
Para castigar a los pendencieros las autoridades tenían implementados
ciertos métodos que variaban de acuerdo a la gravedad del delito cometido.
En San Blas el encargado de impartir la justicia era el comandante quien
investigaba los acontecimientos a partir de testimonios. Luego de escuchar-
los se dictaba la sentencia. Es posible que los castigos también variaran no
sólo a partir del delito, sino del nivel social y laboral de los acusados. Por
ejemplo, el marino Juan Xalisco, hombre de bajo nivel, fue condenado a
6 años de presidio;80 al sangrador Luis Gálvez lo condenaron a trabajar 6 años
en la Compañía de Acapulco;81 en cambio al oficial Diego Choquet no lo
condenaron y siguió con sus actividades cotidianas. Seguramente los desór-
denes y los castigos implementados para los acusados fueron muy llamativos
para la población del puerto.
Los desórdenes públicos también eran causados por la forma de actuar
de la población del lugar. Los escándalos acaecidos en el puerto provocaron
enfrentamientos entre las autoridades civiles y religiosas; unos criticaban
el mal comportamiento de los hombres y otros lo justificaban o hacían
caso omiso de él. En abril de 1781 las autoridades virreinales llamaron la
atención del comisario Trillo por permitir el concubinato de muchos hom-

79. Rubial, La plaza..., p. 46, explica que en la Nueva España los asesinos se retiraban
a menudo a los atrios de las iglesias para burlar a la justicia y hacer uso, aunque
sólo temporalmente, del medieval derecho de asilo.
80. AGN, Indiferente de Guerra, v. 525-A, f. 6v. San Blas, 1798. Proceso civil...
81. AGN, Indiferente de Guerra, v. 525-A. San Blas, 30 mayo 1798. Proceso civil...

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bres y, principalmente, por pelearse públicamente con el cura del lugar que
trataba de evitarlos:

Parece que Vuestra Merced se ingiere en puntos distintísimos de los


que tocan a su empleo como el de disputar a ese cura la jurisdicción
sobre impedir los concubinatos cuando debiera ayudarle con todo su
esfuerzo a evitar semejantes pecados sin aspirar a desnudar al párroco
de una facultad inseparable de su ministerio.82

Los desórdenes hablan de una sociedad heterogénea en la que los es-


cándalos, conflictos e incluso la impartición de justicia eran parte de la
vida del lugar. San Blas llegó a ser un establecimiento formal en el que se
desarrolló una sociedad compleja, similar a la de otras poblaciones portua-
rias de la Nueva España.
Con lo anterior puede verse retratada la vida que se llevó en un puer-
to colonial como lo era el de San Blas. Las experiencias de los trabajadores
del lugar, al igual que la de sus pobladores, son las que reflejan el desarro-
llo del puerto. Las casas-habitación, el alimento, el trabajo y las diversiones.
permiten conocer la forma de vivir, y de convivir, de una sociedad. En este
caso pudo verse que una población dedicada a las faenas marítimas no era
tan diferente a otras del interior del territorio. Las actividades portuarias
en la Nueva España fueron parte importante del desarrollo económico y
social de ese reino; los hombres que realizaron dichas faenas son la prue-
ba de ello. El desarrollo marítimo de la Nueva España, y en este caso de
San Blas, tuvo lugar a partir del esfuerzo de las autoridades por establecer
una población permanente y por el envío de navegantes experimentados
en sus respectivas faenas. La nueva población, pese a las dificultades con
las que se enfrentó, permitió la vinculación del puerto de San Blas con el
interior del territorio y por consiguiente de toda aquella región con las
de otros establecimientos portuarios. Por otro lado, la presencia de los hom-
bres de mar fue vital para el funcionamiento del puerto. Sin importar su

82. AGN, Marina, v. 52, f. 441-441v. México, 4 abril 1781. Orden de que Trillo no
interfiera en labores del cura y en contra del concubinato en San Blas.

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La vida en torno al puerto de San Blas 161

fama de violentos o malos cristianos, lograron verter sus conocimientos


en una población nueva, dedicada a actividades marítimas. Su experiencia
pudo ser teórica o práctica, de empleados de alto o bajo nivel, con expe-
riencia en las embarcaciones o en tierra firme; el esfuerzo de todos ellos
permitió que San Blas se convirtiera en un lugar donde se formó cierta
tradición marítima, en donde la población novohispana pudo hacerse de
nuevos oficios relacionados con el mar.

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