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Infidelidad y Desamor en Londres

El libro 'La Ex del Jeje' de Mary Rojas narra la historia de Valeria, quien enfrenta la traición de su prometido Alexander al descubrirlo en la cama con otra mujer. A pesar del dolor, Valeria decide retomar su vida y aceptar un trabajo en Londres, donde se verá obligada a confrontar su pasado. A lo largo de la trama, se exploran temas de amor, desamor y la lucha por la superación personal.

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Pao Velasquez
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Infidelidad y Desamor en Londres

El libro 'La Ex del Jeje' de Mary Rojas narra la historia de Valeria, quien enfrenta la traición de su prometido Alexander al descubrirlo en la cama con otra mujer. A pesar del dolor, Valeria decide retomar su vida y aceptar un trabajo en Londres, donde se verá obligada a confrontar su pasado. A lo largo de la trama, se exploran temas de amor, desamor y la lucha por la superación personal.

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©LA EX DEL JEJE ©

MARY ROJAS
©PRIMERA EDICIÓN : 2022 ©
SEGUNDA EDICIÓN :2023 ©
TERCERA EDICIÓN: 2024

México.

Facebook: @Mary Rojas


Instagram: @mary_rm_96

Corrección y Revisión:
Johana Calderon José
Barreto

Diseño de portada y Diagramación:


Johana Calderon
Yosoy@[Link]

Registro SafeCreative
ISBN: 9789403721316

Reimpresión 2024: Bookmundo

Editorial: Indigo Libros

© Todos los derechos reservados


Prohibida la distribución total o parcial de este libro, tampoco puede
ser registrada en o tramitada por un Sistema de recuperación de
información en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico,
fotoquímico, electrónico, magnético, por fotocopia o cualquier otro,
sin la autorización expresa y por escrito de la autora.
Para Santiago, que me
hizo ser la protagonista
enamorada en su propia
historia.
ÍNDICE

Prólogo .............................................................................. 7
Capítulo 1 ........................................................................ 13
Capítulo 2 ........................................................................ 25
Capítulo 3 ........................................................................ 41
Capítulo 4 ........................................................................ 59
Capítulo 5 ........................................................................ 75
Capítulo 6 ........................................................................ 95
Capítulo 7 ...................................................................... 115
Capítulo 8 ...................................................................... 135
Capítulo 9 ...................................................................... 151
Capítulo 10 .................................................................... 161
Capítulo 11 .................................................................... 171
Capítulo 12 .................................................................... 179
Capítulo 13 .................................................................... 189
Capítulo 14 .................................................................... 205
Capítulo 15 .................................................................... 221
Capítulo 16 .................................................................... 237
Capítulo 17 .................................................................... 253
Capítulo 18 .................................................................... 267
Capítulo 19 .................................................................... 271
Capítulo 20 .................................................................... 287
Capítulo 21 .................................................................... 307
Capítulo 22 .................................................................... 323
Capítulo 23 .................................................................... 341
Capítulo 24 .................................................................... 353
Capítulo 25 .................................................................... 369
Capítulo 26 .................................................................... 389
Capítulo 27 .................................................................... 403
Capítulo 28 .................................................................... 415
Epílogo .......................................................................... 423
Agradecimientos ............................................................ 433
Biografía ........................................................................ 435
Lista de novelas ............................................................. 437
PRÓLOGO

2017
El corazón aún me late a mil por hora por la información
que Lisette me dio nada más llegar a Londres.
Saco las llaves de mi bolsa con las manos temblorosas, pero
estas se me caen, haciendo ruido en el piso. Maldigo entre
dientes mientras me agacho para recogerlas, tratando de
que no vuelvan a sonar y arruinar mi llegada sorpresa al
departamento que comparto con mi prometido.
«Por favor que no sea verdad, que todo sea un malenten-
dido», rezo en mi mente. La sangre circula de forma pesada
por todo mi cuerpo y siento mi corazón en la garganta.
Giro la llave, presa del pánico que me invade, pero no hay
marcha atrás. Voy a llegar hasta el fondo de esto y espero
que lo que encuentre sea el silencio más absoluto, que mi
amado novio esté trabajando como se supone que debería
estar haciendo, al no saber que adelanté mi llegada.
Las luces están apagadas y esa es buena señal. Tampoco
hay jadeos, gemidos o algún otro ruido que indique que él
esté siéndome infiel en nuestra casa.
Casi me echo a reír por lo ridículo de mi comportamiento
mientras cierro la puerta, parezco un personaje de las tele-
novelas que ve mi mamá, justo antes del momento en que

7
MARY ROJAS

encontrará al esposo con su amante. Aun así, mi lado pa-


ranoico me pide que me quite los zapatos y vaya a la habi-
tación principal, aquella donde tantas veces Alexander me
ha hecho suya y me juró que me amaría para siempre.
Dejo la bolsa y las llaves sobre la mesa; me quito los zapatos
y camino descalza hasta la habitación, cuya puerta está
entreabierta. Doy un suspiro casi inaudible y entro, encen-
diendo la luz, para encontrarme con una escena que jamás
habría querido ver.
Alexander duerme plácidamente al lado de una mujer ru-
bia, que nunca he visto antes, que lo abraza por la espalda.
Ambos están desnudos en nuestra cama.
A pesar del dolor y la desolación que me invaden, también
me lleno de rabia mientras camino con lentitud hacia Ale-
xander, acaricio su atractivo rostro, como hago cada ma-
ñana para despertarlo. Sus ojos grises se abren de inme-
diato y la sorpresa es evidente en él.
—¿Mi amor? —jadea emocionado, y eso me confunde por
un segundo. Me causa más dolor la forma amorosa en la que
me mira—. ¿Cuándo llegaste…?
—Llegué justo a tiempo para darme cuenta de tus porque-
rías —espeto, sin poder controlar la ira y el creciente odio
que me carcome.
—¿De qué…?
Su pregunta se ve interrumpida por los soniditos que hace
la rubia, que se despierta desorientada y se separa de su
cuerpo. Al verme, sonríe de una manera burlona y yo resisto
las ganas de tomar su cabello teñido y arrastrarla por todo
el departamento.
Alexander da un salto en la cama, quedando sentado de

8
lado para ver a su amante, que está cubierta por nuestra
sábana blanca. Mi novio tiene puesto el bóxer, pero eso no
significa nada, bastantes veces me ha hecho el amor con la
ropa puesta.
—Me voy —anuncio de forma calmada, a pesar de que me
estoy muriendo por dentro. Alexander gira la cabeza hacia
mí y se levanta rápidamente.
—Princesa, no es lo que crees... —me dice lleno de pánico,
tratando de acercarse a mí. Yo alzo los brazos para indi-
carle que no lo haga, pero me ignora y me toma de estos
mientras yo me retuerzo para que me suelte.
—¡No quiero escucharte! ¡Todo está muy claro! —bramo
llena de dolor.
—Por favor, escúchame —suplica con desesperación.
—No, te vas a la mierda, Radcliffe. No quiero volver a saber
jamás de ti.
Logro liberarme de sus brazos y salgo corriendo de aquella
asquerosa habitación. Las lágrimas empañan mi vista,
siento que me tiemblan las piernas, pero a pesar de ello con-
sigo llegar al comedor sin tropezarme. Recojo mi bolsa y las
llaves con rapidez, dispuesta a salir de aquí lo antes posible.
—Nena, por favor hablemos —insiste Alexander corriendo
detrás de mí—. No voy a dejar que te vayas, no puedo estar
sin ti.
—Claro que puedes ―respondo con cinismo―. Tienes a esa
rubia esperándote en tu habitación.
—Es nuestra habitación —su voz tiembla y sus ojos se vuel-
ven llorosos.
—Peor aún —digo asqueada y le lanzo las llaves a su pecho

9
MARY ROJAS

desnudo—. Ni siquiera eso pudiste respetar.


—Valeria, yo te amo. No sé cómo pasó esto, pero si me dejas
explicar…
—¡No quiero que me expliques nada! ―se me quiebra la
voz, no quiero llorar frente a él―. Es más que obvio cómo
pasó todo esto. No tienes vergüenza, ¡infeliz!
Giro sobre mis pies y me dirijo a la puerta, pero Alexander
pone una mano sobre esta para impedirme salir, acorralán-
dome contra esta, pegando su cuerpo a mi espalda.
—No te vas a ir, eres mi mujer, mi futura esposa —me su-
surra al oído y me estremezco—. Solo tengo ojos para ti.
—Solo tienes ojos para mí, pero tu amigo no se ha enterado
—contesto irónica, refiriéndome a su miembro.
—Él, más que nadie, te desea solo a ti —responde juguetón
y eso me provoca náuseas. ¡Maldito cínico!
—Déjame pasar que me quiero ir —insisto, aferrando la pe-
rilla, sin embargo, él me hace girar para quedar frente a
frente.
—¡No! ¡No te vas a ir! Me amas y me vas a escuchar.
―¿Y qué me vas a decir? ¿Vas a negar que estabas con otra
mujer en nuestra cama? ¡Nuestra cama! ―lo acuso, per-
diendo el control. Estoy a punto de echarme a llorar, pero
no puedo dejar que me vea así, no puedo permitir perder
más mi dignidad.
―¡No sé qué pasó! ―exclama aferrándome por los brazos,
pero lo sacudo con fuerza y él insiste en volver a aga-
rrarme―. ¡No la conozco! ¡Ni siquiera sé quién es!
Esas palabras son peores, en este momento no puedo pensar
en otra cosa que en la posibilidad de que Alexander me haya

10
sido infiel un montón de veces, con aventuras de una noche,
con mujeres a las que ni siquiera conoces.
¡Qué asco!
―Chiquita… ―dice mi apodo con ese tono de voz que siem-
pre hace que mi corazón se ablande, sin embargo, ahora,
solo consigue que este se rompa, que se convierta en algo
frío y duro que se está muriendo lentamente.
―No, Alexander… ―Lo empujo, poniendo distancia entre
los dos.
―Valeria, nosotros nos amamos… ¿verdad? ―pregunta
con nerviosismo, lo puedo ver en sus ojos.
—No… Ya no te amo… Por eso no te quiero escuchar —
miento con contundencia, dejándolo pasmado.
Alexander se aleja de mí con una expresión de agonía, como
si le faltara el aire.
—Me estás mintiendo. Por favor, dime que no es cierto, por
favor, no —suplica, sujetándose la cabeza con ambas ma-
nos, echándose a llorar—. Tú me amas, yo soy tu cielo, tú
eres mi princesa. Nos amamos, ¡por Dios!
—Por eso nunca te llamé, no sabía cómo decirte que ya no
te amo. Y ahora que vi esto, mucho menos. Toma. —Me
quito el anillo de compromiso y se lo lanzo a la cara.
Con esa mentira logro que Alexander me deje ir.
Y al marcharme, toda mi vida y mis sueños se quedan con
él.

11
CAPÍTULO 1

2020
—¿Estás segura de que quieres hacer esto? —me pregunta
mi hermana por milésima vez mientras me ve cerrar mi
maleta—. Volver a Londres y trabajar como asistente de vi-
cepresidencia en Heartland es ir a toparse cara a cara con…
—Estoy segura —la interrumpo con una sonrisa, divertida
por su actitud—. ¿Qué pasa si me lo llego a encontrar?
Nada, no pasaría nada porque ya lo superé. Tengo todo bajo
control.
Sara eleva su ceja maquillada a la perfección, es obvio su
escepticismo, no me cree nada de lo que digo, lo cual hiere
un poco mi ego.
—Sara, esta es una oportunidad única, independiente-
mente de que ese cabrón sea el dueño. James, su hermano,
confía en mí para este puesto —suspiro—. Él es el único de
su familia que me apoyó cuando pasó todo.
—Esto va a acabar muy mal —vaticina con una expresión
de preocupación. Yo solo pongo los ojos en blanco.
—Tranquilízate ya, que no es para tanto. Seguro que Ale-
xander ya debió superarme y lo que menos le importa en el
mundo es mi existencia. —Me encojo de hombros.

13
MARY ROJAS

—Pero irás a recordárselo. —Entorna los ojos en mi direc-


ción.
—Pues mejor, para que aprenda lo que es la vergüenza —
me carcajeo y bajo la maleta de mi cama, aliviada por ha-
berla podido cerrar.
Sara suelta un gruñido por lo bajo y sale de nuestra habita-
ción de forma dramática. Sé que está en lo absoluto en con-
tra de lo que voy a hacer porque se preocupa por mí. Lo que
sucedió con Alexander me rompió en mil pedazos y pasé
por un largo proceso para poder sanar, desgastando emo-
cionalmente también a mi familia, la cual pasaba, de forma
paralela, por una situación peor.
Entiendo a mi hermana a la perfección, y es bastante pro-
bable que yo tomase la misma postura si la situación fuese
a la inversa. Es por esa razón que me planteé, en algún
punto, la idea de no aceptar esta propuesta, que llegó como
caída del cielo debido a la mala situación económica que
estamos atravesando.
Mi padre no puede más con los pagos de la hipoteca que
solicitó para poder costear el tratamiento oncológico de mi
madre. Mi hermana y yo aportamos gran parte de nuestro
sueldo como secretarias para ayudarle con la deuda, pero
ya no es suficiente, no después de que él tuvo que jubilarse
de manera obligatoria por una lesión en la espalda, y ahora
percibe menos ingresos.
Nos vamos a ir a la mierda si seguimos así.
Lo único que le agradezco a Dios, y lo que hace que todo
valga la pena, es que mi madre está con vida. Ha superado
el cáncer y cada día recobra más la alegría de vivir que la
caracteriza.

14
Unas horas más tarde, estoy en el aeropuerto despidién-
dome de mis padres; aquellos que lo han dado todo por mí
y a los que ahora me toca corresponderles.
—Te voy a extrañar tanto, mi niña —me dice mamá con los
ojos llorosos, acunando mi rostro entre sus delgadas ma-
nos—. No necesitas hacer esto, lo sabes.
—Ya está decidido, mami —respondo tranquila y con una
sonrisa, aunque por dentro tengo muchas ganas de llorar—
. Esto será solo por un tiempo, no para siempre.
—Eso espero. Aquí en México está tu familia.
Miro a mi padre, quien tiene una actitud taciturna desde
hace días. Trato de despedirme de él.
—Ya me voy, papá, ¿no vas a decirme nada?
Recibo un gruñido por respuesta y desvía la mirada mien-
tras se cruza de brazos. Él no está enterado de que Alexan-
der es el dueño de la empresa donde voy a trabajar, pero sí
sabe que es mi ex cuñado el que me ofreció un puesto im-
portante.
—Disculpa a tu papá. Sabes que te adora, pero no está de
acuerdo con esto. —Mi madre pone los ojos en blanco y
luego me persigna. Yo no soy una persona muy devota, pero
su bendición es muy importante para mí en medio de toda
esta situación.
—Gracias, mamá. Te amo. —La abrazo con fuerza y grabo
en mi mente el tranquilizador y delicado aroma de su per-
fume. Sin duda alguna, la extrañaré, pero este es el precio
de haberle salvado la vida y lo voy a pagar con gusto.
Cuando la suelto miro a mi padre una vez más antes de
irme, pero él sigue tenso, sin darme alguna señal de que se
despedirá.

15
MARY ROJAS

—Te amo a ti también, papá. —Me acerco y le doy un beso


en la mejilla. Sé que esto le está doliendo muchísimo y por
eso no me ofende que no me responda.
Doy media vuelta con mi maleta en la mano para entrar al
aeropuerto. Ellos no pueden acompañarme más tiempo de-
bido a que mi madre aún se siente débil tras su última qui-
mioterapia.
—¡Mija! —me grita mi papá y yo sonrío con alivio antes de
volverme y ser abrazada por él. Los ojos se me llenan de
lágrimas y comienzo a sollozar—. Que Dios te acompañe,
mi niña. Discúlpame por mi actitud.
—No tengo nada que perdonarte, papi —gimoteo—. Eres el
mejor hombre del mundo y te prometo que esta situación
se resolverá.
—Me pesa demasiado que tengas que hacer esto —dice sol-
tándome. Él también está llorando, pero rápidamente se
limpia las lágrimas con la manga de su chamarra, pues
nunca le ha gustado llorar frente a los demás.
—Yo estoy haciendo esto con todo el amor del mundo —le
aseguro—. No se preocupen por mí, que estaré muy bien.
Mi padre asiente y me da su bendición también, gesto que
deja mi corazón totalmente en paz. Ahora, puedo empren-
der mi viaje con la seguridad de que todo estará bien y que
en cuanto podamos pagar nuestras deudas, volveré.

Cuando el avión despega y veo el asiento a mi lado, no

16
puedo evitar que se me forme un nudo en la garganta y que
algunos recuerdos vengan a mi mente: hace casi cinco años
ese asiento contiguo lo ocupaba el que, en ese entonces, era
el amor de mi vida. La verdad es que no sé si mis emociones
se deben a dejar atrás a mi familia, o volver a Londres des-
pués de tanto tiempo.
Alexander y yo nos conocimos cuando entré a mi primer
empleo para poder costearme la universidad. Se hizo pasar
por un empleado más para conquistarme, pero al final re-
sultó ser el hijo del dueño de AutoNation Autos, una em-
presa automotriz inglesa bastante prestigiosa, que tiene fi-
liales en muchos países.
Uno de esos países era el mío y precisamente mandaron a
Alexander a hacerse cargo de esa filial en la que yo traba-
jaba en intendencia. Al trabajar en departamentos diferen-
tes, no me di cuenta de inmediato de que él era el jefe.
Siempre me río al recordar lo mucho que me enojé al ente-
rarme. No le hablé como por dos semanas, pero estaba tan
enamorada y era tan ingenua que terminé perdonándolo y,
cuando murió su abuelo y le heredó una gran fortuna, em-
prendí con él a la aventura de ayudarlo a fundar su em-
presa; una que, sorprendentemente, hoy en día supera con
creces el capital de la empresa de su padre, del cual siem-
pre quiso independizarse.
Fue así como apostó a un excelente camino: las redes so-
ciales.
Después de diez horas de vuelo, el avión aterriza en el ae-
ropuerto Heathrow a las ocho de la mañana de Londres. He
procurado dormir pocas horas después del despegue para
que no me afecte demasiado el cambio de horario, pero es-
toy un poco somnolienta cuando bajo del avión y hago todo

17
MARY ROJAS

el engorroso proceso para salir.


Una vez afuera, me estremezco por el frío, aunque también
por los nervios. Realmente estoy de vuelta, a punto de pisar
la empresa del hombre que me rompió el corazón.
Por suerte no tengo que trabajar para él directamente, pero
casi.
Solo espero que esto no sea un plan de James para re-
unirme con su hermano, que ―por lo que sé―, está en una
relación con Lisette, aquella “amiga que me abrió los ojos”.
—¡Cuñadita! —me grita una voz conocida a mi izquierda,
en un español bastante malo.
Me echo a reír cuando veo a ese rubio acercarse con un
letrero de bienvenida al revés; y a Anna, su esposa, pisán-
dole los talones.
—Eso está al revés —le digo, señalando el cartel, cuando
llegan hasta mí, y él voltea hacia abajo, girándolo rápida-
mente.
—Oh, mierda —murmura avergonzado.
—¡Valeria! —exclama Anna alzando los brazos, para luego
abrazarme con cariño—. Te extrañamos mucho.
—Y yo a ustedes —respondo enternecida antes de abrazar
también a James—. Gracias por venir a recogerme y por
darme hospedaje en su casa.
—No tienes ni que decirlo. —Mi ex cuñado niega con la
cabeza—. Eres parte de la familia.
Luego de charlar un poco más, nos dirigimos al auto de Ja-
mes, el cual está aparcado cerca de la entrada. Los tres nos
subimos al auto y emprendemos el viaje hasta su casa, el
cual no toma demasiado tiempo.

18
Al llegar y tras comer algo ligero, subo a la que será mi ha-
bitación y caigo sobre la cama, sin reparar mucho en la de-
coración, dado que estoy cansada.
Luego de unas horas de sueño, y una vez instalada en la
hermosa habitación que me asignaron, me asomo por la
ventana y miro el hermoso jardín. Estar aquí me encanta, y
no solo por las comodidades que tengo, sino por la calidez
de toda la casa, por el trato amable que James y Anna me
dan. Los dos se han desvivido en atenciones para mí, tra-
tándome como una hermana que vuelve a casa.
James dice que siempre voy a ser su cuñada y, sincera-
mente, no me preocupa que me vea de esa forma. Estoy tan
segura de haber superado lo que pasó con Alexander que
no me interesa o incomoda el que me llame cuñada.
—¿Te gusta tu habitación? —me pregunta Anna, recargada
contra el marco de la puerta.
—Me encanta, de verdad agradezco mucho lo que están ha-
ciendo por mí —contesto con una enorme sonrisa.
—Deja de agradecer todo el tiempo. —Se ríe y corre para
sentarse sobre la cama matrimonial. El edredón que la cu-
bre es precioso, de color crema con detalles dorados—. Te
queremos muchísimo.
—No puedo evitarlo. Ustedes son dos ángeles y también los
quiero mucho.
—Somos dos ángeles que se van a poner furiosos si no te
metes a la ducha de una vez y bajas a cenar. —Me saca la
lengua y yo me río—. James se está luciendo con la cena,
así que…
—Jamás rechazaría la comida y lo sabes —le recuerdo di-
vertida.

19
MARY ROJAS

—Ir contigo a un restaurante es una película de terror —se


carcajea—. Comías tres veces más que Alexan… —se calla
a la mitad de la frase para evitar incomodarme y yo niego
con la cabeza, restándole importancia.
—Comía tres veces más que Alexander —termino la frase
por ella—. No me incomoda que hables del pasado, está su-
perado.
—¿De verdad lo superaste? —cuestiona impresionada—.
Lo que tuvieron fue muy fuerte…
—Lo fue, pero ya se terminó. —Me encojo de hombros—.
Ahora lo que quiero es trabajar para ayudar a mis padres y,
¿quién sabe? Quizás encontrar el amor.
—Mi cuñado fue un idiota por dejarte ir —masculla
enojada—. Eres una gran mujer.
—Claro que lo soy —presumo con pretensión, pero luego
me gana la risa—. Por eso tu esposo me quiere como asis-
tente.
—Te agradezco que aceptaras el trabajo, así lo alejas de las
zorras que lo andan acechando —dice furiosa, entornando
los ojos.
—¡Hey! ¿Qué pasa con la sororidad que predicabas? —la
reprendo.
—¡Ay, Vale! Es tan difícil. Muchas mujeres le coquetean a
mi esposo y no puedo evitar enojarme —se queja y frunce
el ceño. Un mechón de cabello rojo le cae sobre la cara y se
lo coloca detrás de la oreja.
—James está loco por ti, no tienes nada de qué preocuparte
—le aseguro y me acerco para sentarme también en la
cama.

20
—Lo sé, pero…
—Pero nada, James es fiel, no como su hermanito… —mi
voz suena un poco rencorosa y eso hace que los ojos azules
de Anna se iluminen.
—¡Ahí está! ¡Te sigue doliendo lo que hizo! —exclama y yo
la miro con los ojos entrecerrados.
—¿Acaso te alegra que sufra? —la acuso—. Pero no, Anna
Banana, no me duele ya. Lo que sucede es que me purgan
los hombres infieles.
—Ay, cómo extrañaba que me dijeras así —expresa con
tono meloso y da pequeños saltos en la cama.
Después de unos minutos de conversar, Anna se retira de
la habitación y me deja a solas para que me duche. Puedo
olfatear el delicioso olor de la comida cuando voy a cerrar
la puerta, e inhalo de forma profunda para identificar qué
es.
Repito la inhalación. Aún tengo dudas al respecto, pero me
parece que preparó shepherd’s pie1, uno de mis platillos lon-
dinenses favoritos porque siempre me ha parecido que
tiene un olor similar al mole.
Me relamo los labios al pensar en la comida, mientras me
quito la ropa y la coloco sobre la cama; después, abro el pri-
mer cajón de la cómoda y saco mi ropa interior, para luego
dirigirme al baño, el cual me encanta que sea exclusivo para
mí; así descansaré un par de meses de tener que compartir
el baño y de esperar a que el otro salga.
Aunque, en el fondo, también lo voy a extrañar, ¿para qué

1
Plato típico de Gran Bretaña, hecho de carne molida de cordero y puré de
papas. Se compone de una base de puré, el centro de carne molida y una cor-
teza de puré de papá. En español se conoce como Pastel del Pastor.

21
MARY ROJAS

me engaño? No tengo un día en Londres y ya extraño a mi


familia.
Una vez en la ducha, disfruto del agua caliente que corre
por mi cuerpo, comienzo a ponerme el champú, cerrando
la llave por costumbre. Cuando la abro de nuevo, ni una
sola gota de agua sale de la regadera y el pánico se apodera
de mí.
—¡No, no puede ser! —grito, saliendo rápidamente de la
ducha. Envuelvo mi cuerpo con la toalla, tomo la mariposa
para el cabello que he colocado sobre el lavamanos y me lo
sujeto para no regar tanto jabón por todas partes.
Atravieso la entrada del baño y me acerco a mi bolsa para
sacar mi celular y llamar a Anna, pero no contesta; luego,
llamo a James y tampoco hay respuesta, por lo que, resig-
nada, me pongo una blusa de tirantes y un pantaloncillo
que no me importa mojar. También me echo por encima de
los hombros una toalla para no ser tan descarada; si bien,
ambos me ven como una hermana, el pudor es algo que me
caracteriza y lo último que quiero que vean son mis pezones
erectos por el frío, que se notan a través de la blusa.
Bajo las escaleras soltando maldiciones y titiritando por el
frío que me recorre de pies a cabeza. No quiero morir con-
gelada y rezo por que estén en la cocina y me ayuden
pronto.
—James, Anna, por favor... —comienzo a suplicar, sin fi-
jarme en quienes están allí; sin embargo, al subir mis ojos
veo a dos personas en la sala.
Me quedo de piedra, de la impresión al ver que no son mis
amigos se me cae la toalla.

22
Conozco a esas dos personas… aunque no me agradan, pre-
cisamente.
Lisette me mira atónita, sus labios carmesíes dibujan una
perfecta O que la hace ver muy cómica... El tono de labial
me gusta y, como no le guardo rencor, pienso en pregun-
tarle la marca y el tono. Tal vez me compre uno.
Mis ojos después se dirigen hacia el sujeto con el que iba a
casarme: Alexander Radcliffe. Este no está boquiabierto
como su novia, pero sí me recorre el cuerpo con una mirada
que arde más que el mismo infierno, haciendo que se me
quite el frío en ese instante. No estoy segura si sus ojos
muestran odio o hambre.
El corazón se me acelera ante su escrutinio, no obstante,
tengo que recordarme a mí misma que no debo parecer
nerviosa. Todo está bien, ya no siento nada por ese idiota.
Sí, un idiota que está buenísimo con esos músculos que se
marcan a través de su costosa y fina camisa de vestir oscura;
con ese rostro perfecto, tallado por los mismos dioses y en-
marcado por una corta y pulcra barba; y con sus ojos… ¡Ma-
dre de Dios! Esos ojos grises fueron mi delirio, y ahora
mismo me comen entera, recordándome lo lujurioso que
fue siempre conmigo… y con otras mujeres.
Termino con aquel descarado duelo de miradas y les
ofrezco mi mejor sonrisa a ambos antes de recoger la toalla
y ponerla sobre mis hombros de nuevo, como si nada hu-
biese sucedido.
Yo no hice nada malo, no tengo por qué salir corriendo.
Faltaba más…
En todo caso, quienes deberían sentirse avergonzados son
ellos, no yo; después de todo, no fui yo quien lo engañó, ni

23
MARY ROJAS

tampoco fui yo quien aprovechó la oportunidad de que-


darme con el ex de mi amiga, ¿verdad?
Las siguientes palabras que digo antes de que ellos salgan
de su asombro son ridículamente hipócritas, pero son la
mejor arma que tengo para defenderme de esta bochornosa
situación.
¿Qué mejor forma de demostrarle a ambos que no me im-
portan ni un poquito?
—Buenas noches, Alexander, Lisette. Es un gusto volver a
verlos.

24
CAPÍTULO 2

James se dirige al patio a arreglar el problema cuando le


pido ayuda, y, casualmente, el agua vuelve en menos de un
minuto. Estoy furiosa con él por la maldita trampa que me
ha puesto para que su hermano me mire casi en paños me-
nores, pero tampoco estoy en condiciones de hacer un es-
cándalo, así que lo dejo estar y finjo que no lo he notado.
Me termino de duchar y me visto de prisa con un pijama.
No me voy a vestir de gala para cenar con ese par de cabro-
nes que ni siquiera pudieron responderme el saludo de
forma correcta. No tienen cara para mirarme después de
haberse hecho pareja.
Suelto una carcajada al pensar en que lo más seguro es que
se marchen.
¡Pero no! No se largan, ahora están en el comedor, espe-
rando la cena. Camino muy relajada y aparto la silla para
sentarme justo frente a mi ex, quien me observa atento, sin
decir palabra alguna. Lisette está a su lado, muy incómoda.
—¿Qué pasa? ¿Les comió la lengua un ratón o qué? ¿No
piensan saludar? —pregunto con tono bromista y Lisette
parece relajarse un poco, sin embargo, no suelta el brazo de
Alexander, como si este se le fuera a escapar apenas lo

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MARY ROJAS
suelte.
«Pobre mujer», pienso con lástima, sintiéndome afortunada
de no vivir con esa ansiedad nunca más. Tener a un hom-
bre como él, es motivo para vivir siempre asustada de que
se acueste con otra.
Y lo digo con bases, a mí me lo hizo. No quiero imaginar
cuántas veces ha engañado a Lisette y cuánto ha sufrido
ella a sabiendas de ello. Puede ser una vil traidora, pero
empatizo con ella.
—Hola, Valeria… ¿Cómo has estado? —pregunta tímida.
—¡Muy bien! —sonrío—. ¿Tú cómo estás? Por cierto, tu
labial me encanta, te queda estupendo —la elogio de forma
sincera. De verdad se ve guapa, no lo puedo negar; su nueva
vida al lado de Alexander le ha servido para darse su man-
tenimiento.
—Eh… gracias.
—La cena está lista —canturrea Anna mientras me sirve un
plato de comida deliciosa—. Ahora traigo lo demás, quería
servirle primero a la invitada de honor.
—¡Por el amor de Dios! —grito sorprendida—. Hicieron
mole, qué rico. —Doy pequeños saltos en mi silla mientras
aplaudo.
Siento la mirada de Alexander sobre mí todavía, pero lo ig-
noro. No voy a ocultar mi naturaleza de barril sin fondo solo
porque está él. Nunca lo hice, no lo voy a hacer ahora que
no es nada mío.
―¿Vienes a Londres a comer comida mexicana? ―in-
quiere Alexander, puedo detectar un leve sarcasmo en su
voz.

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―Yo nunca he sido quisquillosa con la comida. Tal vez no
lo recuerdes ―le respondo sonriéndole con indiferencia―,
mientras la comida esté rica, comeré lo que me pongan.
―Llevo un bocado a mis labios y hago soniditos un tanto
vulgares cuando el increíble sabor toca mi lengua.
—¿Cuánto tiempo te vas a quedar aquí? —espeta Alexan-
der de repente. Su voz sigue siendo tan sensual como la
recuerdo y faltó poco para sonrojarme al recordar las cosas
que me decía cuando estábamos juntos, siempre me deleitó
su acento británico, cada que abría la boca me ponía a mil.
«Ok, creo que ya llevo mucho tiempo sin sexo. Calma esas
hormonas, Valeria», me reprendo en mi mente. Ese hom-
bre tiene solo unos minutos frente a mí y ya me estoy ca-
lentando.
—Unos meses. —Me encojo de hombros—. A lo mucho un
año.
—¿Viniste a trabajar? —cuestiona Lisette, claramente ner-
viosa por la información.
—Así es. No vine aquí a vacacionar, aunque la idea es ten-
tadora —me río—. Londres es hermoso.
Sin importarme nada los modales, me dedico a comer con
mucho entusiasmo, no solo está delicioso, sino que me doy
cuenta que, de verdad, estoy hambrienta; no puedo conte-
ner los gemidos de satisfacción cada vez que el sabor de la
comida invade mi boca.
—Esto está delicioso —expreso feliz. Veo de reojo cómo Ale-
xander traga saliva y mira hacia el techo, incómodo a morir.
¡Ah sí! Se me olvidaba que tenía un fetiche con mi ruido al
probar algo delicioso. No pocas veces me interrumpió en

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MARY ROJAS
medio del almuerzo para hacerme el amor como si no hu-
biera un mañana. Qué días aquellos…
—¿No hay empleo en tu país acaso? —inquiere mi ex amiga
con un ligero tono mordaz, lo cual me saca de mis pensa-
mientos pecaminosos.
—Sí lo hay, pero aquí me ofrecieron un buen puesto, ¿lo
iba a desaprovechar? Claro que no —respondo tranquila,
sin ofenderme por su pregunta. Entiendo lo celosa que está
y sé que su pregunta no se trata de discriminación; a ella
no le importa de dónde vengas, te tratará como le caigas.
—¿Y en dónde vas a trabajar? Si se puede saber…
—Ya deja de hacer preguntas, Lisette —la regaña Alexan-
der, mirándola por primera vez desde que nos encontra-
mos.
—¿Podrían dejar de hablar de trabajo? No sean aburridos
—se queja James cuando sale de la cocina y yo asiento, dán-
dole la razón.
—La verdad es que sí, que pereza da hablar de trabajo —
gruño, aunque por dentro me cuestiono por qué James no
ha permitido que se lo diga.
—Una disculpa, no pretendía incomodarte —miente Lise-
tte.
—No me incomodas, tranquila —le dedico una sonrisa afa-
ble y luego me dirijo a ambos para aclarar las cosas de una
vez por todas—. Quiero decirles que su presencia aquí ni
me inquieta ni me pone incómoda. De hecho, me alegra
verlos y saber que están muy bien juntos. Los felicito, son
una linda pareja.
Son tal para cual, traidores a su manera. No me queda más
que alegrarme por ellos de corazón.

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—¿De… de verdad? —tartamudea ella muy incrédula.
—Claro que sí —le aseguro—. Lo que pasó quedó en el pa-
sado y no guardo ningún rencor.
Luego de aclarar las cosas, la cena transcurre de forma
amena para todos, excepto para Alexander, que sigue tenso
y me lanza miradas furibundas cada que hablo, sobre todo
cuando respondo que soy felizmente soltera, pero que no
descarto encontrar de nuevo el amor.
La verdad ya no puedo con su mal rollo y me termina do-
liendo el estómago a pesar de estar disfrutando muchísimo
de la cena.
Él fue el que se equivocó, ¿por qué demonios me mira como
si fuera la mala del cuento? Yo intento ser buena onda,
pero, si sigue así, lo mandaré directo y sin escala al carajo
por segunda vez.
Cuando por fin dan indicios de irse siento un alivio in-
menso en todo mi ser.
Alexander es el primero que se marcha a su camioneta. Li-
sette se queda conmigo en el umbral de la puerta.
—De verdad estoy aliviada de que no estés enojada conmigo
—me dice antes de despedirse con un beso en la mejilla.
Trato de no poner los ojos en blanco ante su hipocresía y
mantengo una actitud relajada—. Dudé mucho en aceptar
estar en una relación con Alex, él se enamoró de mí y no
pude evitarlo, yo también.
—No tienes por qué darme explicaciones —le aclaro—. Us-
tedes son dos personas adultas y saben lo que hacen. Mi
historia con Alexander es solo eso: historia, algo que ya
pasó.
—Gracias, Vale. Eres una gran mujer.

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MARY ROJAS
—Te agradezco tus palabras —contesto sin poder decir lo
mismo de ella.
Cuando se va cierro la puerta y, al darme la media vuelta,
James y Anna me miran de forma extraña.
—¿Qué te pareció nuestra sorpresa? —inquiere mi ex cu-
ñado.
—¡Me encantó la cena! —exclamo haciéndome la tonta. Sé
que en realidad no se refieren a la cena, pero ni loca me
pondré en evidencia―. Vaya a donde vaya, siempre amaré
la comida mexicana, lo llevo en la sangre.
—Sabes que no hablamos de eso —gruñe Anna, poniéndose
las manos en la cintura.
—¿Ese par eran mi sorpresa? —Señalo hacia atrás con el
pulgar y me echo a reír—. Lisette fue agradable, pero Ale-
xander es un tipo insoportable, ¿qué rayos le pasó?
—¿Todavía lo preguntas? —James me mira como si fuera
una obviedad lo que estoy preguntando.
—Sí, sí lo pregunto, porque no entiendo.
—Valeria —mi amiga pronuncia mi nombre a modo de re-
gaño—. Alexander casi se muere cuando lo dejaste, eras
toda su vida. Aún no se recupera, es un ser sin alma desde
entonces.
—Claro, toda su vida —la interrumpo con incredulidad,
sintiendo un nudo en la garganta—. Si él me hubiese
amado me habría respetado, no se habría acostado con otra.
—Eso de que se acostó con otra todavía no lo creo —lo de-
fiende James.
—Lo dices porque eres su hermano, pero yo lo vi con estos
ojos —discrepo mientras me los señalo.

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—Quizá fue una trampa…
—James, Anna, por favor ya basta —les pido con voz suave.
Han logrado que me sienta muy incómoda—. Mi relación
con él acabó, es una herida que me costó sanar y que no
dejaré que nadie vuelva a abrir. Hoy en día vivo tranquila y
espero que respeten eso.
Mis amigos se miran entre ellos y luego a mí con mucha
pena.
—Lo siento, Vale. No debimos presionarte —se disculpa
Anna.
—Perdón, cuñadita, ¡oh! Debería decir, ex cuñadita —Ja-
mes sonríe de manera triste.
—Me puedes decir cuñadita, no tengo problema con eso —
le explico—. Pero sí te pido que no hagas cosas para inten-
tar que ocurra algo entre Alexander y yo, porque eso no va
a pasar. Él está en una relación con otra persona, y yo no
soy esa clase de mujer.
—De acuerdo. —Asiente, comprendiendo mis deseos.
—Gracias por entender y por todo lo que hacen por mí. Los
amo, chicos.
—Nosotros a ti —dice Anna—. Siempre seremos tu familia,
ya lo sabes.
—Lo sé, y ustedes la mía.

Termino de maquillarme en el tocador y sonrío al ver que

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MARY ROJAS
el labial que Anna me regaló me queda increíble. Es un co-
lor que no sé si es naranja o marrón, pero me fascina.
Mi cabello tiene un tono rubio cenizo —hace meses mi her-
mana me convenció de pintarlo— luce brillante y hermoso,
con unas ondas delicadas que caen sobre mis pechos; mis
ojos color miel están enmarcados por unas gruesas pestañas
que alargué por el rímel, otra cortesía de mi Anna Banana.
Me veo perfecta y estoy lista para mi primer día de trabajo.
Me levanto del banco del tocador y voy hacia la cama para
tomar la pequeña y discreta bolsa que llevaré. Ahí solo tengo
mi celular y mi cartera; no necesito llevar nada más porque,
según James, todo se me va a proporcionar en la empresa.
—¡Te ves espectacular! —me alaba James mientras me
toma de la mano para que gire sobre mis pies cuando llego
al piso de abajo.
Anna levanta los dos pulgares en señal de aprobación por
mi atuendo, que consiste en una blusa de botones color oro
rosa, una falda lápiz blanca y zapatillas de aguja que com-
binan con la blusa.
—Eres una diosa. Me haces dudar de mi sexualidad. —
Anna me lanza un beso y yo suelto una carcajada.
—Cómo te amo, loquita —digo en respuesta y le mando un
beso de vuelta.
—Joder, que me voy a poner celoso —mi ex cuñado nos
sigue la corriente. Definitivamente, adoro a este par.
—Pues con justa razón porque Vale está que arde —las pa-
labras coquetas de mi amiga me hacen sonrojar, pero sigo
riéndome, disfrutando al máximo de la compañía de ambos.
—Okay, antes de que terminen en una aventura lésbica,

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mejor nos vamos al trabajo, Vale —me dice James.
Los dos nos despedimos de Anna; su esposo la besa con
adoración, haciéndome sentir un poco de nostalgia al re-
cordar cuando alguien me besaba de la misma manera…
Sacudo la cabeza para sacarme a Alexander de la mente.
Suficiente tengo con haber sido sorprendida anoche por un
sueño erótico con él, producto de todo el tiempo que llevo
sin nada de nada.
Él fue el primero y el último que me tocó, y me siento muy
avergonzada por eso. Al principio fue el despecho, no tole-
raba la idea de estar con otro hombre, pero después de eso,
hubo una temporada en que pude buscarme a alguien, sin
embargo, no le di importancia. En cierto modo, siento ver-
güenza porque a ratos pareciera que me estoy guardando
para el idiota ese.
De verdad necesito con urgencia encontrar a alguien más y
dejar de ser "virgen".
Virgen de Alexander.
Me río al pensar en ese calificativo que me he puesto a mí
misma, y James me mira extrañado cuando se sube al auto.
—¿Me quieres contar el chiste? —pregunta divertido.
—Nada, es solo que no me acostumbro al volante a la dere-
cha.
—Viviste más de un año aquí, a mí no me engañas. Pero,
está bien, no te pregunto más, con el tiempo lo sabré —su
tono de voz tiene un deje de misterio. Seguro que ha adver-
tido que estaba pensando en su hermano y eso me hace
maldecir dentro de mi mente.
James conduce por las calles de Londres de forma ágil y yo

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MARY ROJAS
voy por la ventana observando con fascinación todos los edi-
ficios, sobre todo el Big Ben, el reloj más icónico de Ingla-
terra y el más grande del mundo.
—¿No te gustaría vivir aquí? —me pregunta mi amigo
cuando estamos por llegar a la empresa—. Veo que te en-
canta la ciudad.
—No —respondo de inmediato—. Me encanta estar aquí,
pero quiero regresar con mi familia, sobre todo con mi
mamá.
—Admiro profundamente a Silvia, es una mujer muy fuerte
—expresa con una sonrisa cargada de cariño.
—Lo es, es muy fuerte y valiente —coincido—. La amo y
estoy agradecida con la vida de aún tenerla a mi lado.
Minutos después, mi corazón late fuerte porque llegamos al
imponente edificio de Heartland. Es de esos edificios cu-
biertos casi en su totalidad por grandes ventanales oscuros,
haciéndolo parecer una clase de fortaleza moderna y no me
gusta. Este no era el concepto de edificio que Alexander y
yo teníamos en mente, pensábamos en algo más sencillo y
que tuviera jardines, lo cual no veo por ninguna parte. Solo
hay asfalto y más asfalto en el estacionamiento.
Me reservo mis comentarios sobre el lugar y me bajo del
auto, cerrando fuerte la puerta porque me siento indig-
nada.
Siento como… como si hubiesen destrozado el sueño de mi
vida.
—¿Ocurre algo? —cuestiona James. Ambos nos encontra-
mos bajo la entrada techada del edificio y siento un frío que
me cala los huesos, así que me pongo el abrigo que traigo
conmigo.

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—No, ¿por qué?
—Cerraste fuerte la puerta, estás enojada. Te conozco
como si fueras mi hermana, más bien, lo eres.
—Después hablamos de eso —le prometo—. Ahora vamos
a trabajar.
—¡Me encanta esa actitud, vamos!
A pesar de que el exterior me molesta mucho, no puedo
decir nada sobre el interior, que es bastante colorido. Las
personas que caminan de aquí para allá están vestidas de
forma tan casual que me siento ridícula por el atuendo for-
mal que me ha indicado James que traiga.
—No te preocupes —me susurra este al oído, notando mi
estado de ánimo—. Los demás días podrás venir más có-
moda, hoy tendremos una reunión importante.
Después de esto, avanzamos con paso seguro hacia la re-
cepción, donde una persona conocida nos atiende.
—¡¿Valeria?! —exclama la morena levantándose de golpe
de su asiento. Parece que va a sufrir un infarto, pero de
felicidad.
—¡Hola, Samantha! —respondo al saludo con entusiasmo
y ella grita mientras sale del mostrador de mármol para ve-
nir a abrazarme.
—¡No puedo creerlo! —grita eufórica, moviéndose de un
lado a otro sin soltarme— ¿Por qué no me avisaste que ven-
drías?
—Era una sorpresa para todos —interviene James, quien
nos sonríe de forma cariñosa. No me pasa desapercibido el
“para todos” y voy a hablar de eso con él en su oficina.
Samantha corta el abrazo, pero me toma de las manos.

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MARY ROJAS
—Dime que has arreglado tus problemas con el jefe. Sería
maravilloso —implora con los ojos brillantes de emoción y
tengo que contener las ganas de reír.
—Mis problemas con él están solucionados desde hace mu-
cho tiempo —contesto—. Y me alegra que ahora esté en
una relación.
—Oh no, no me digas que no volvieron. —Hace un puchero
de tristeza—. Eran la mejor pareja de este mundo, y todo
en la empresa era estupendo cuando estaban juntos.
—Yo creo lo mismo —opina James soltando una risita.
—Ahora el jefe escasamente aparece por aquí y, cuando
viene, nos quiere asesinar a todos —me cuenta estreme-
ciéndose—. James hace lo que puede, se convirtió casi en
el presidente de esta compañía.
—¿Es eso verdad? —pregunto incrédula y mi ex cuñado
asiente.
—Así es, no viene muy seguido —confirma—. Y si llega a
venir es para cobrar su cheque mensual, cerrar tratos muy
grandes y sobre todo para querernos matar por nimiedades.
Tal y como dijo Anna, es un ser sin alma desde que lo de-
jaste.
—Creo que exageran, no puedo creer lo que me dicen. —
Pongo los ojos en blanco, aunque muy en el fondo siento
lástima.
¿Qué necesidad tiene Alexander de volverse una persona
horrible? Se equivocó, sí, pero la vida sigue y es de humanos
errar. Pese a lo que me hizo, admito que siempre fue una
persona amable, educada y respetuosa. Es por eso que me
enamoré de él en el pasado.
Y porque está más que bueno, no lo puedo negar.

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—Por eso te necesito, no puedo yo solo con todo esto —
confiesa James—. Mi antigua asistente renunció porque
Alex casi la asesina por derramar un maldito café sobre mi
escritorio.
—Pobrecita —susurro apenada.
—Bueno, ahora te voy a dar un tour por las instalaciones.
No conoces este lugar por obvias razones.
—¡Claro! —acepto encantada, tratando de olvidar el tema
de Alexander.
James me lleva por todo el edificio y quedo gratamente sor-
prendida al ver la calidez de la decoración de las instalacio-
nes. Los empleados parecen felices y cómodos trabajando;
pues, además de las oficinas, hay salas de recreación, cafe-
terías y salas comunes para descansar.
Hay una gran cultura corporativa, lo cual es extraño, dado
que tienen un jefe tirano según los rumores, porque eso son
para mí: rumores. Me cuesta mucho creer que Alexander
sea un energúmeno.
Además de Samantha, hay otras personas más que me co-
nocen y la cara se les ilumina al pensar que he vuelto con
Alexander, solo que al poco rato se oscurecen al romperles
su ilusión cuando les aclaro la situación.
—Parece que todos aquí quieren que me case con él —digo
exhausta cuando por fin llegamos a su amplia y lujosa ofi-
cina.
James se quita el saco y lo pone sobre el respaldo de su silla
giratoria de piel. Me entran unas ganas inmensas de sen-
tarme en esta a contemplar por horas la ciudad que puede
verse a través de los grandes ventanales.

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MARY ROJAS
—Porque eso fue lo que debió pasar, cuñadita. Ustedes de-
bieron casarse.
—Ya sabes por qué no sucedió —le recuerdo tratando de
no perder la calma.
—Él te amaba. Puedo apostar toda mi fortuna a que te sigue
amando y que tú también lo amas aún.
—Yo no puedo responder por él, pero sí puedo hacerlo por
mí —suspiro—. Alexander para mí es pasado, me costó mu-
cho dejar de amarlo porque fue muy importante para mí,
pero lo logré.
—Jum… Qué raro, ¿acaso no lo dejaste de amar antes de
que te engañara? Eso fue lo que me dijo él y por eso dejó
que te fueras.
Me rio de una manera irónica por la ingenuidad de James.
—Estaba dolida por el engaño, ¿qué querías que dijera? —
Mi amigo se queda boquiabierto ante mi confesión.
—Entonces lo amabas…
—¡Claro que lo amaba! Él era todo para mí.
En ese momento, las puertas de la oficina se abren de forma
violenta y me sobresalto al ver a un iracundo Alexander con
el rostro deformado por la furia.
—¡¿Por qué demonios estás ocupando mi ofici…?! —co-
mienza a gritarle a su hermano, no obstante, se calla de
forma abrupta cuando me ve.
Sus facciones no se relajan, pero su mirada me recorre de
pies a cabeza, poniéndome más nerviosa de lo que ya estaba
por su impetuosa entrada.
—Me disculpo por ocupar tu oficina, pero, dado que nunca

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te apareces, yo tengo que hacerla de presidente —dice Ja-
mes con sorna.
—¿Qué hace ella aquí? —cuestiona Alexander sin despegar
la vista de mi cuerpo. Aquello me confirma lo que ya sospe-
chaba: él no tiene ni idea de que me contrataron.
—Qué bueno que lo preguntas, hermanito —se ríe—. Te
presento a Valeria Díaz, la nueva asistente de vicepresiden-
cia y que, casualmente, es la novia que te amaba cuando te
dejó. Me lo acaba de decir.
Los ojos se me abren como platos al escuchar sus palabras
y me vuelvo de forma lenta hacia él, con ganas de ahorcarlo.
Voy a matar a James, lo amo, pero lo voy a matar.
—¿Es eso cierto? —cuestiona el presidente bastante intere-
sado a pesar de su enojo.
Respiró profundo y lo miro a los ojos, los cuales parecen
ansiosos por saber la respuesta. No tengo por qué mentirle
más. Después de todo, lo nuestro terminó, ya todo quedó
en el pasado y no me duele admitirlo.
—Sí, Alexander —digo con firmeza—. Yo te amaba, pero ya
no tiene importancia porque… —guardo silencio un mo-
mento para darme valor, pues, por algún motivo, me cuesta
decírselo a la cara—. Ahora ya no te amo.

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CAPÍTULO 3

Cuando me dijeron que Alexander era un tirano no estaban


mintiendo. Después de decirle que no lo amaba se puso
como loco y nos corrió de la oficina casi a patadas.
Mis ovarios están encogidos de miedo ante los gritos de ese
salvaje, que al parecer está destruyendo en mil pedazos su
oficina, a juzgar por los ruidos horribles que se escuchan.
—Este hombre va a sufrir de un infarto si sigue así, ¿vas a
dejar que continúe? —le pregunto a James mientras cami-
namos hacia su verdadera oficina, la cual está hasta al otro
lado del pasillo.
—No puedo decirle o impedirle algo, es el dueño —sus-
pira—. La única persona que lo podría sacar de ese estado
eres tú, y resulta que acabas de decirle las peores palabras
que pudiste haber encontrado.
—¿Estás insinuando que es mi culpa? —Estoy ardiendo de
indignación. Esto es lo único que me falta, que todos crean
que su carácter de mierda se debe a mí
—No lo estoy insinuando, es un hecho —repone tenso,
mientras abre la puerta de su oficina para dejarme pasar.
La oficina de vicepresidencia es más pequeña, pero más

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MARY ROJAS
acogedora. También hay un escritorio destinado para mí a
unos cuantos pasos del escritorio principal que, al igual que
la otra oficina, tiene un ventanal con vista a Londres.
—No es mi culpa, James. Solo le dije la verdad —me de-
fiendo.
—Lo sé —trata de sonreírme, pero es evidente su tristeza y
preocupación ante la actitud de su hermano—. No tienes
la culpa por ya no amarlo, pero sí por decírselo porque es
un golpe muy bajo para él.
—¿Por qué? —me atrevo a preguntar—. ¿Por qué le afecta
tanto?
—Valeria, no puedo creer que hasta el día de hoy no com-
prendas lo que significabas para él. —Me mira consternado
antes de continuar—. Lo peor que le ha podido pasar es que
dejaras de quererlo, él mismo me lo dijo cuándo te fuiste.
No sabes la infinidad de noches que lloró por haberte per-
dido, y Lisette lo ayudó a salir de ese bache, pero es obvio
que no volvió a ser el mismo.
—Lo siento mucho por él —murmuro. Trato de que no me
afecte, pero lo hace y no puedo evitar sentirme muy mal. A
pesar de todo, no lo odio, al menos ya no; aunque por otro
lado, tampoco es justo que me echen la culpa de eso, no fui
yo la que estaba en la cama con otro hombre—. Sin em-
bargo, no puedo sentirme culpable, él me engañó. Ojalá que
algún día reciba ayuda y pueda superarlo, porque nunca
podrá vivir en paz.
—Ojalá, cuñadita, ojalá. —Sacude la cabeza y recupera su
actitud normal. Se frota las manos y me indica que es hora
de trabajar.

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¡Al fin voy a hacer lo que me interesa y para lo que he ve-
nido!
Me acomodo en mi escritorio, donde se me ha puesto una
computadora, un teléfono alámbrico y una agenda con un
bolígrafo hermoso, regalo de bienvenida de mi cuñadito.
Este me da las indicaciones de lo que tengo que hacer, que
básicamente es agendar reuniones, encargarme de sus al-
muerzos, comunicarlo a otras áreas de la empresa por el
intercomunicador; también voy a acompañarlo a sus
reuniones fuera de la empresa o las llevadas a cabo en la
sala de juntas para tomar apuntes, entre otras funciones.
En definitiva, tendré más actividades que las que tenía en
México siendo secretaria de un traumatólogo ―al que es-
timo muchísimo y que, si soy sincera, voy a extrañar―. Es
una persona hermosa, fácil de tratar y, sobre todo, fiel a su
compañera de vida desde hace más de treinta años: su se-
ñora esposa, como él le dice. Tengo las puertas abiertas en
su consultorio cuando decida regresar, y claro que lo haré,
pero también voy a disfrutar de este trabajo que promete
ser movido e importante.

La mañana transcurre de manera tranquila y sin más so-


bresaltos. Alexander se ha ido de la empresa después de
destruir su oficina, lo que me molesta muchísimo porque
las pobres personas de intendencia tendrán que levantar
semejante desastre.

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MARY ROJAS
James me escucha atento cuando le sugiero algunas estra-
tegias para que la comunicación interna de la empresa sea
más oportuna, rápida y segura, ya que, como la buena li-
cenciada en comunicación que soy, detecto algunas fallas
en esta cuestión, que existen desde antes de que yo me
marchara.
—¡Esa idea de nuestra propia aplicación para enviar la in-
formación es muy buena! —exclama mi amigo—. Aunque
faltaría ver si Alex lo aprueba, él es reacio a las ideas de los
demás.
—Pero dices que eres el presidente básicamente. No ten-
dría por qué importarle.
—Oh, claro que sí le importa —me contradice—. No viene
a la empresa casi nunca, pero yo no puedo mover un peón
del tablero sin consultárselo.
—¿Y piensas que voy a creerte cuando me contrataste sin
decírselo? —Entrecierro los ojos y él suelta una carcajada
que lo hace toser.
—Eso es lo único que he hecho sin su permiso porque sabía
que no me haría nada —dice con cinismo—. Ese hombre
te adora, y aunque ya no sea el mismo, no va a despedirte
por más que le grites a la cara mil veces que no lo amas.
—Ya no se lo voy a decir nunca más —gruño—. Si lo hago,
terminará arrasando con todos los activos tangibles de esta
empresa, comenzando por nuestros escritorios.
—Comienzas a entender, cuñadita —vuelve a reírse—.
Bueno, ahora tenemos que ir a la reunión tan importante
que te comentaba, ¿ya terminaste con las carpetas?
—Listas. —Doy unas palmaditas a la montaña de carpetas

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