Estas HolaNadie en el pueblo recordaba exactamente cuándo la casa del acantilado había
quedado vacía, ni por qué nadie se atrevía a acercarse más allá del portón oxidado que colgaba
torcido, como si el viento mismo evitara rozarlo. Algunos decían que había sido una familia
extranjera la que la construyó, otros juraban que allí vivió un médico que practicaba con los
cuerpos de los muertos, pero la verdad se desvanecía en el rumor, y solo quedaban las ventanas
rotas que parecían ojos cansados mirando al mar, ojos que lloraban el salitre del tiempo. Elena,
recién llegada al pueblo, escuchó esas historias con una mezcla de curiosidad y escepticismo.
Era escritora, o al menos lo intentaba, y su editor le había dicho que necesitaba inspiración
nueva, algo real, algo que pudiera olerse, tocarse, temerse. Así que alquiló una pequeña cabaña
cerca de los acantilados, desde donde se veía la silueta negra de la casa a lo lejos, recortada
contra el cielo gris como una herida que nunca cicatrizaba. La primera noche escuchó el mar
golpear las rocas con furia y pensó que el sonido del viento parecía arrastrar voces. No
distinguía palabras, pero había algo en aquel murmullo que no era natural. Intentó convencerse
de que era solo el eco del oleaje, pero una sensación fría le recorrió la espalda, como si alguien
la observara desde la ventana. Encendió la lámpara, respiró hondo y escribió en su cuaderno:
“Hay casas que respiran. Y hay otras que esperan.”
A la mañana siguiente, fue al pueblo. El café del puerto estaba lleno de pescadores silenciosos
que evitaban mirar hacia la colina. Cuando mencionó la casa, el camarero dejó de secar un vaso
y murmuró: “No es un lugar para curiosos, señorita. Allí no queda nadie.” Elena sonrió con
cortesía, fingiendo no entender la advertencia, pero su mente ya se encendía con ideas. Aquella
misma tarde caminó hasta el portón oxidado. El aire olía a algas y metal viejo. Empujó la verja y
un chirrido prolongado rompió el silencio, como si algo despertara. Los escalones de piedra
estaban cubiertos de musgo, y cada paso resonaba hueco, devolviéndole el eco de su propio
corazón. En la puerta principal encontró una cerradura vieja, pero al girar el pomo, cedió sin
resistencia. Dentro, el aire era espeso, cargado de polvo y humedad, y había un leve aroma a sal
y madera podrida. El vestíbulo era amplio, con un espejo enorme cubierto por una sábana
amarillenta, cuadros torcidos en las paredes y un reloj detenido a las tres y doce. Le pareció
escuchar un leve tic-tac, pero cuando se acercó, la manecilla estaba quieta. Subió las escaleras
con una linterna y su libreta en mano. A cada paso, el crujido de la madera parecía formar
palabras, suspiros que la seguían. En el pasillo del piso superior había una fila de puertas
cerradas, y una de ellas, al final, estaba entreabierta. Desde allí salía una corriente de aire
helado que olía a mar. Se acercó despacio. Dentro había una habitación infantil: una cama
pequeña, una muñeca rota sobre una silla, y en la pared, un dibujo hecho con lápices de
colores: una familia sonriendo frente a la casa. Había cuatro figuras, pero en la esquina inferior,
con trazo tembloroso, alguien había dibujado una sombra alta, sin rostro. Elena se estremeció.
Anotó en su libreta: “Las casas guardan los miedos de quienes las habitaron.”