Gestión de Riesgo y Vulnerabilidad Social
Gestión de Riesgo y Vulnerabilidad Social
Se introduce el concepto de vulnerabilidad social y humana como factor central: las condiciones
económicas, sociales, culturales y ambientales determinan el nivel de daño.
Se plantea que gestionar el riesgo debe ser parte intrínseca del desarrollo y que este último debe
definirse como la reducción de vulnerabilidades y aumento de capacidades.
Amenaza: posibilidad de que ocurra un evento potencialmente dañino (natural, socio-natural o antrópico).
Los desastres son la concreción del riesgo, que surge de la interacción entre amenaza y vulnerabilidad
en un espacio-tiempo determinado.
El riesgo tiene una expresión territorial concreta (local, regional, nacional), pero sus causas pueden estar
en territorios distintos.
La reducción del riesgo requiere una gestión multinivel y coordinación entre actores locales, nacionales e
internacionales.
Ejemplo: deforestación en cuencas altas que provoca inundaciones en zonas bajas, mostrando que la
causalidad y el impacto pueden estar espacialmente desconectados.
No se trata solo de reducir vulnerabilidades o mitigar amenazas, sino de definir niveles de riesgo
aceptable para la sociedad.
Implica:
La gestión del riesgo debe estar integrada en planes de desarrollo sostenible y fortalecimiento institucional.
• Debe implicar participación comunitaria real y apropiación del proceso por actores locales.
• Va más allá de acciones aisladas (ej. sistemas de alerta temprana); busca integrar la reducción del
riesgo en los procesos de desarrollo local.
• Requiere integralidad y sostenibilidad: incorporar la gestión de riesgo en agricultura, manejo de
suelos, construcción, educación y políticas territoriales.
ALERTA: Estado que se declara, con anterioridad a la manifestación de un fenómeno peligroso, con el fin
de que los organismos operativos de emergencia activen procedimientos de acción preestablecidos y para
que la población tome precauciones específicas debido a la inminente ocurrencia del evento previsible.
Además de informar a la población acerca del peligro, los estados de alerta se declaran con el propósito
de que la población y las instituciones adopten una acción específica ante la situación que se presenta.
AMENAZA (Hazard): Peligro latente que representa la posible manifestación dentro de un período de
tiempo y en un territorio particular de un fenómeno de origen natural, socio-natural o antropogénico, que
puede producir efectos adversos en las personas, la producción, la infraestructura, los bienes y servicios y
el ambiente. Es un factor de riesgo externo de un elemento o grupo de elementos expuestos, que se
expresa como la probabilidad de que un evento se presente con una cierta intensidad, en un sitio
especifico y en dentro de un periodo de tiempo definido.
ANTROPICO: De origen humano o de las actividades del hombre, incluidas las tecnológicas.
BIENES Y SERVICIOS: Son aquellas cosas tangibles e intangibles, de valor económico que reportan
beneficio a quienes las poseen o usufructúan y que permiten la vida individual y en comunidad. Serán
bienes cuando son susceptibles de apropiación, sea privada o pública, y servicios cuando su utilidad
radica exclusivamente en su consumo.
DAÑO: Efecto adverso o grado de destrucción causado por un fenómeno sobre las personas, los bienes,
sistemas de prestación de servicios y sistemas naturales o sociales.
EMERGENCIA: Estado caracterizado por la alteración o interrupción intensa y grave de las condiciones
normales de funcionamiento u operación de una comunidad, causada por un evento o por la inminencia
del mismo, que requiere de una reacción inmediata y que exige la atención o preocupación de las
instituciones del Estado, los medios de comunicación y de la comunidad en general.
EVENTO (PERTURBACION): Suceso o fenómeno natural, tecnológico o provocado por el hombre que se
describe en términos de sus características, su severidad, ubicación y área de influencia. Es el registro en
el tiempo y el espacio de un fenómeno que caracteriza una amenaza. Es importante diferenciar entre un
evento potencial y el evento mismo, una vez éste se presenta.
GESTION DE RIESGOS: Proceso social complejo que conduce al planeamiento y aplicación de políticas,
estrategias, instrumentos y medidas orientadas a impedir, reducir, prever y controlar los efectos adversos
de fenómenos peligrosos sobre la población, los bienes y servicios y el ambiente. Acciones integradas de
reducción de riesgos a través de actividades de prevención, mitigación, preparación para, y atención de
emergencias y recuperación post impacto.
LINEAS (REDES) VITALES: Infraestructura básica o esencial. Energía: presas, subestaciones, líneas de
fluido eléctrico, plantas de almacenamiento de combustibles, oleoductos, gasoductos. Transporte: redes
viales, puentes, terminales de transporte, aeropuertos, puertos fluviales y marítimos. Agua: plantas de
tratamiento, acueductos, alcantarillados, canales de irrigación y conducción. Comunicaciones: redes y
plantas telefónicas, estaciones de radio y televisión, oficinas de correo e información pública.
PÉRDIDA: Valor adverso de orden económico, social o ambiental alcanzado por una variable durante un
tiempo de exposición específico.
PLAN DE CONTINGENCIA: Procedimientos operativos específicos y preestablecidos de coordinación,
alerta, movilización y respuesta ante la manifestación o la inminencia de un fenómeno peligroso particular
para el cual se tienen escenarios definidos.
PREPARACIÓN (PREPARATIVOS): Medidas cuyo objetivo es organizar y facilitar los operativos para el
efectivo y oportuno aviso, salvamento y rehabilitación de la población en caso de desastre. La preparación
se lleva a cabo mediante la organización y planificación de las acciones de alerta, evacuación, búsqueda,
rescate, socorro y asistencia que deben realizarse en caso de emergencia.
PREVENCIÓN: Medidas y acciones dispuestas con anticipación con el fin de evitar o impedir que se
presente un fenómeno peligroso o para evitar o reducir su incidencia sobre la población, los bienes y
servicios y el ambiente.
RESPUESTA: Etapa de la atención que corresponde a la ejecución de las acciones previstas en la etapa
de preparación y que, en algunos casos, ya han sido antecedidas por actividades de alistamiento y
movilización, motivadas por la declaración de diferentes estados de alerta. Corresponde a la reacción
inmediata para la atención oportuna de la población.
• Lavell plantea que el riesgo y los desastres no son eventos aislados, sino fenómenos construidos
socialmente, que generan consecuencias físicas, sociales y emocionales.
• Aquí se vincula directamente con los primeros auxilios psicológicos, que buscan estabilizar
emocionalmente a las personas, reducir su angustia inicial y prevenir daños psicológicos
duraderos.
• Lavell insiste en que el riesgo debe verse como un proceso que se puede gestionar antes,
durante y después de un evento.
• Los PAP se sitúan en la etapa inmediata posterior al impacto, pero deben integrarse en un plan
más amplio de atención:
• La gestión del riesgo debe ser participativa y comunitaria, ya que las comunidades son las
primeras en responder emocionalmente a los desastres.
• PAP deben enseñarse y practicarse a nivel local: líderes comunitarios, docentes, personal sanitario
y voluntarios pueden capacitarse para dar apoyo inmediato.
• Enfatiza la autonomía local y el uso de recursos comunitarios para sostener la atención emocional
inicial, evitando depender únicamente de ayuda externa.
• Los PAP no sustituyen la atención terapéutica profunda, pero previenen que la crisis inicial se
agrave y cronifique.
La existencia de un riesgo implica la probabilidad de la ocurrencia de algo nocivo para un grupo humano o
sociedad determinada. Esto implica la existencia de un “peligro” o “amenaza” y una población afectada por
el mismo. En palabras de Lavell, el riesgo debe ser reconocido como “una condición latente o potencial”,
cuyo “grado depende de la intensidad probable de la amenaza y los niveles de vulnerabilidad existentes”
(Lavell, 1996). Esto implica cambiar el centro de la problemática desde el evento concreto, identificado
como principal “responsable” del desastre hacia el reconocimiento del desastre como un proceso.
Gestionar el riesgo, implica entonces la adopción de políticas, estrategias y prácticas (físicas, culturales,
institucionales, económicas, etc.) orientadas a reducir los riesgos de desastres o minimizar sus efectos. La
gestión debe ser integral, abandonando la tradicional fragmentación temporal, espacial e institucional
propia de las mayorías de las actuaciones.
Se identifican, para clarificar las estrategias, pero reconociendo la interrelación existente entre ellos, cuatro
momentos claves para lograr una gestión integral del riesgo (González, 1999): la gestión de la
peligrosidad, actuando sobre la mitigación de los efectos del evento concreto; la gestión de la
vulnerabilidad, actuando sobre la situación de los sectores sociales vulnerables asentados en las áreas
afectadas; la gestión de la respuesta, para actuar durante el fenómeno; y la gestión de la rehabilitación,
actuando para recuperar la “normalidad” en los sectores afectados.
Esta conceptualización del riesgo pone en evidencia la íntima relación existente entre la gestión de los
mismos y las políticas de desarrollo, en particular teniendo en cuenta que muchas veces son los propios
procesos de desarrollo los que contribuyen a propiciar situaciones de riesgo.
Avances conceptuales y operativos que se han dado en el país en los últimos años se destacan las
modificaciones del marco legal en lo que hace al ordenamiento territorial (aprobación de la Ley N° 18308,
de Ordenamiento Territorial y Desarrollo Sostenible) y la gestión de las emergencias (aprobación de la Ley
N° 18621, de Creación del Sistema Nacional de Emergencias).
Los eventos hidrometeorológicos representan el 73% de las actuaciones del Sistema Nacional de
Emergencias (SINAE). Las inundaciones ribereñas son el principal problema que afecta al país en relación
a eventos hidrometeorológicos. Según datos del SINAE, procesados por este equipo de investigación, más
de 65000 personas han sido evacuadas en los últimos diez años en los distintos eventos de inundación.
Artigas, como principal afectado. Inundaciones del Cuareim en 2001 registraron 5000 evacuados. El
Departamento de Artigas presenta indicadores socio-económicos que lo sitúan entre los más deprimidos
del país.
Esto es de singular importancia porque la inestabilidad de una comunidad no comienza luego de ocurrido
un desastre. La vulnerabilidad, tanto física-material, social-organizativa y actitudinal-motivacional está
vinculada con factores de largo trayecto que dificultan el desarrollo de la población.
–el trabajo interdisciplinario - El Grupo de Gestión Integral del Riesgo permite generar conocimiento
integral, acordar marcos teóricos y terminologías comunes. La experiencia obtenida en este trabajo se
capitaliza en actividades de enseñanza como ser cursos opcionales de grado y cursos de actualización
para egresados.
- la integración de la investigación con la extensión - Se trata por un lado de apoyar a las poblaciones
afectadas que no tienen capacidad suficiente para enfrentar la etapa de recuperación y, por otro, de
acercar a los estudiantes a una realidad que es muy posible que de otra forma no conocerían, y reflexionar
sobre ella. Es por esto último que el instrumento de relevamiento fue diseñado de manera que pueda ser
implementado por estudiantes con una capacitación media.
El diseño de la ficha se realiza con base en el formulario utilizado en Treinta y Tres. La ficha de
relevamiento utilizada se puso en consideración en el marco de un Grupo Interinstitucional creado luego
del evento de mayo de 2007 para capitalizar las lecciones aprendidas.
La ficha consta fundamentalmente de tres partes: una que permite reconocer vulnerabilidades y
capacidades locales, otra que permite cuantificar los impactos del evento para actuar tanto a corto como a
mediano plazo y una tercera que tiene por objetivo conocer la percepción del evento.
En cuanto al nivel educativo de las personas relevadas, se observa que el 60% no superó los niveles de
enseñanza primaria.
En cuanto a la inserción laboral, el 35% de la población mayor de 18 años se declara como desocupado.
La amplia mayoría de las personas declaran no participar en organización social alguna. Representan
el 88% de la población relevada (1368 personas). La Iglesia es la que más población convoca, el resto
declara participar en un club deportivo, club social y en organizaciones barriales.
Accesibilidad a los servicios públicos. La gran mayoría de las unidades utilizan agua de la red general
para beber y cocinar.
En cuanto al servicio sanitario se destaca el alto porcentaje de viviendas que no lo poseen integrado a la
misma. El 19% lo posee en el exterior de la vivienda, en tanto el 6% declara no tener ningún tipo de
servicio sanitario.
El 9.4% de las viviendas están en condición ruinosa (36 viviendas), y con necesidad de reparaciones
importantes el 31%. Solo 72 (19%) viviendas presentan un estado de conservación bueno.
Las patologías constructivas más frecuentes son las goteras y humedad en el techo, caídas de revoque,
aberturas y pozos negros en mal estado. Se identifican muchas de ellas como previas a este evento de
inundación.
De los hogares relevados, el 89% había sufrido inundaciones anteriores. Pese a ello, solo el 27%
consideró al barrio como un mal lugar para vivir. Entre quienes abandonaron la vivienda, el 55% se evacuó
en casa de familiares, el 22% en alguna institución y el 23% en otras soluciones.
Se destaca como prioridad la pérdida y solicitud de colchones, camas y ropa de cama en general.
El riesgo, entendido como “la probabilidad de consecuencias perjudiciales resultado de interacción entre
amenazas naturales o antropogénicas y condiciones de vulnerabilidad” (EIRD), dan cuenta que, más allá
de la magnitud del fenómeno mismo de la inundación, son las condiciones de vulnerabilidad de la zona las
que definen el riesgo.
Vulnerabilidad urbana y material: Son más vulnerables las personas que viven en zonas de riesgo, en la
pobreza, sin acceso a la educación, salud, recursos productivos y servicios urbanos de calidad.
Vulnerabilidad social y organizativa: son más vulnerables las personas marginadas de los sistemas
económicos, políticos y sociales; las comunidades con instituciones ineficaces y sociedades sin redes de
solidaridad.
Vulnerabilidad motivacional y actitudinal: son más vulnerables las personas y comunidades con
actitudes fatalistas, barreras culturales y religiosas desfavorables al cambio y la participación.
Para la gestión del riesgo es necesario el reconocimiento de las particularidades locales de las zonas
afectadas.
Modulo 2.
Loarche – Aportes de la psicología para pensar la identidad y el arraigo ambiental.
Desde Facultad de Psicología hemos colaborado en situaciones de impacto comunitario y ello ha ido
conformando un equipo que se ha especializado en las actuaciones psicosociales ante emergencias so-
ciales, eventos extremos y desastres.
Desde las grandes inundaciones del 2007 vimos la necesidad de coordinar las acciones que desarrolla la
Universidad y se conformó el grupo de trabajo interdisciplinario sobre Gestión Integral de Riesgo (GGIR).
El Sistema Nacional de Emergencia también se enfrentaba a una ley caduca, con muchas carencias
legales y operativas y que había que volver a pensar. Se convoca a la Universidad para apoyar en la
redacción de la nueva ley y se toma la sugerencia de anexar un glosario, que permita a todos los actores
una mayor comprensión de las acciones que realiza cada uno y unificar criterios para, por ejemplo, la
redacción de informes.
En el caso de las viviendas las miradas interdisciplinarias e intersectoriales nos permiten desplazarnos de
lo que es estrictamente la construcción, “lo que se ve” de una casa, y ver lo que significan los hogares y
las viviendas para las personas, familias y comunidades. Empezar a ver que las casas tienen raíces y que
esas raíces están entrelazadas entre sí. Sobre todo, colabora para pensar los procesos de relocalización.
Desde la mirada psicosocial podemos detenernos en dos enfoques: uno que tiene que ver más con lo
evaluativo y cognitivo y otro con lo interpretativo. En el primero trabajamos lo que hace a la propiedad del
terreno y la vivienda. En las inundaciones del 2009, en el proceso de recuperación, el GGIR aplica un
formulario en el que se diferencia la propiedad del terreno de la propiedad de la vivienda. Considerarse
dueño de la vivienda es un factor a tener en cuenta para trabajar lo simbólico y ver posibles obstáculos
que podrían presentarse en el proceso de relocalización.
La apropiación del espacio podemos considerarla como una extensión de la identidad, como todo lo que
hace a los hábitos, a la identidad personal y grupal, que de alguna manera son expresiones de poder
frente a otros grupos, el “yo soy de” (un cuadro de fútbol, un barrio...) hace que uno se empodere con eso.
Al perderlo, se pierde también cierta cuota de poder.
Lo importante es que en los procesos de relocalización se pueda construir vecindad, no solo trasladar a la
gente a un lugar, sino poderlos involucrar.
Podría comenzarse con las cuatro acepciones de riesgo – risk – que hacen los investigadores según
Slovic (2002): 1) El riesgo como fuente de peligro, 2) El riesgo como probabilidad. 3) El riesgo como
consecuencia y, 4) El riesgo como adversidad o amenaza. Esta variedad de significados, tanto en el
lenguaje coloquial como en el científico, muestra la polisemia del concepto dejando al contexto que fije en
cada caso el significado real que se le asigna.
A pesar de las divergencias hay un consenso entre los autores ([Link].: Pidgeon et al, 1992 y Puy, 1995) en
aceptar el planteamiento de Yates y Stone (1992), quienes entienden el riesgo como la probabilidad de
sufrir un daño y de su evaluación subyacen tres dimensiones: las pérdidas, el significado de las pérdidas y
la incertidumbre asociada a las mismas. Las primeras se operativizan a través de indicadores que se
establecen en función de criterios supuestamente “objetivos” (p. e. número de muertos). La segunda, se
define a partir del marco de referencia desde donde se perciben las pérdidas y, por tanto, se encuentra
sometida a procesos psicológicos y sociales. Finalmente, el concepto de incertidumbre está más próximo
al concepto de la probabilidad de que la pérdida tenga lugar.
La percepción del riesgo es fundamentalmente de carácter social. No hay razón para suponer que las
creencias y los valores que están relacionados con las fuentes de riesgo en el nivel personal, son
diferentes de creencias y valores más generales, aunque, sin duda, en el nivel individual aparecerá el
aspecto idiosincrásico. No obstante, hay algunos aspectos de carácter personal que resultan interesantes
de cara a actuar ante la amenaza y seguridad. Según el riesgo se considere individual o social, las
representaciones cognitivas, los aspectos emocionales, así como las implicaciones políticas serán
diferentes para un caso y otro.
Tres grandes enfoques han estudiado la percepción del riesgo, uno de ellos son los Enfoques
individualistas entre los que destacan los trabajos de Tversky y Kahneman (1974) y Kahneman, Slovic y
Tversky, (1982) sobre los sesgos y heurísticos en la percepción, principalmente los relacionados con el
sesgo de disponibilidad y el sesgo de la sobreconfianza. También destacan bajo este enfoque los trabajos
sobre la teoría prospectiva de la decisión bajo riesgo de Kahnemann y Tversky (1979). En este caso se
trata de estudiar el proceso de toma de decisión en condiciones de incertidumbre. Otro modelo que toma
interés bajo este enfoque o nivel de análisis es el denominado “modelos mentales” (Bostrom, Fischhoff y
Morgan, 1992), con él se trata de estudiar las representaciones psicológicas que las personas tienen sobre
algún dominio de conocimiento. Este enfoque de carácter cualitativo persigue obtener representaciones de
los niveles del riesgo y conocer cómo se entiende la fuente de peligro, cómo se perciben los potenciales
efectos y cómo evitarlos o reducirlos.
Dentro del Enfoque psicosocial destacan la aproximación actitudinal que se corresponde con el estudio
psicosocial clásico de medida y cambio de actitudes (p. ej: Otway,1980 y Eiser, Vander Plig y Spears,
1995) y el denominado “paradigma psicométrico” desarrollado por Fischhoff, Slovic, Lichtenstein, Read y
Comb (1978). Este último, estudia aquellas características cualitativas correspondientes a las fuentes de
riesgo - actividades, tecnologías, sustancias, etc. – y su poder explicativo sobre la magnitud del riesgo
percibido. Este modelo ha sido replicado en numerosos países tal y como recoge Neto y Mullet (2000).
Como señala Slovic (1992) este modelo intenta hacer un mapa de la “personalidad” de las fuentes de
riesgo; es decir, identificar el patrón de cualidades percibidas que caracterizan a cada fuente de riesgo.
Dos dimensiones subyacentes fueron las que aparecieron en los primeros estudios. “Desconocido” de
carácter más bien cognitivo y “Temor” de carácter afectivo.
El tercer nivel de análisis se relaciona con un Enfoque cultural. Éste entiende que todas las expresiones de
riesgo están derivadas de asunciones y procesos sociales o institucionales, esto es, el riesgo es
socialmente construido. Ello se debe a que la teoría cultural de percepción del riesgo parte de que las
actitudes hacia el riesgo y el daño varían según los contextos culturales donde se produce el peligro, lo
que supone que las actitudes y las creencias son compartidas por los grupos.
Dentro de este enfoque destaca la teoría cultural de Douglas (1986) y el modelo de la amplificación social
del riesgo de Kasperson, Kasperson y Renn (1992). Ambos ofrecen un marco interpretativo de carácter
general, lo que dificulta el desarrollo de trabajos empíricos que los pongan a prueba.
Aunque hoy en día muchas de las diferencias pueden estar relacionadas con aspectos sociodemográficos
más que propiamente culturales ya que, al menos en la sociedad occidental, la gran mayoría de los
agregados disfrutan de los mismos o parecidos sistemas de valores y creencias.
En la misma línea, se pronuncia Vaughan (1993) cuando señala que la percepción del riesgo está influida
por las características personales de los perceptores y el contexto de su percepción.
Catástrofes como Seveso en 1976, Three Mille Island en 1979, Chernobyl en 1986, Exxon Valdez en 1989,
11 de Septiembre en 2001 y el huracán Katrina en 2005, son catástrofes que han dado lugar a numerosa
investigación sobre desastres desde múltiples perspectivas y prestando atención al antes, durante y
después del desastre.
Uno de los ámbitos de estudio de los desastres que toma especial relevancia en los últimos tiempos son
los denominados naturales, especialmente desde que Naciones Unidas declarara los años 90 como
década Internacional para la Reducción de los Desastres Naturales. Este libro recoge numerosos ejemplos
que confirman este auge y pone en evidencia lo que pronosticaba Quarentelli (1993) cuando advertía que
los desastres naturales serían cada vez más y peores.
Sin duda este campo de estudio se ve altamente influido por los problemas ambientales que aparecen en
el discurso de la sociedad occidental. Hace unos años estuvo de moda la “pérdida de capa de ozono” y era
fácil observar como este fenómeno tenía su repercusión en las ciencias sociales, con posterioridad se
“olvidó” este tema para tomar relevancia el “Desarrollo Sostenible”. Y, en la actualidad este ha sido
“sustituido” por el “Cambio Climático”. Los tres fenómenos son “invisibles” a la mayoría de los seres
humanos y los impactos reales se encuentran muy distantes en el espacio y/o en el tiempo del ciudadano
medio. Podría decirse que cualquiera de los tres temas ambientales señalados es de una gran complejidad
y están llenos de incertidumbre.
Sin duda el Cambio Climático resulta ser en estos momentos uno de los temas centrales en el ámbito de la
Psicología Ambiental como señala Gifford (2014) en su reciente revisión sobre la disciplina.
Una definición alternativa (Martín-Beristain 2000) sería considerar que una catástrofe es aquella situación
de amenaza puntual (por ejemplo, un huracán) o repetida (por ejemplo, el hambre o la violencia política)
que provoca una desestructuración y una ruptura importante del tejido social impidiendo a la población
afectada continuar funcionando con normalidad.
En el año 2000, alrededor de 256 millones de personas resultaron afectadas por desastres naturales,
catástrofes y guerras.
Existen diversos modelos de intervención en catástrofes que tienen en cuenta algunos aspectos de
carácter psicosocial. Pero la mayoría de estos modelos están diseñados desde centros de investigación o
intervención en países europeos o en los Estados Unidos y Canadá, siendo de difícil aplicación en otros
contextos.
Por un lado, porque parten de estudios sobre las consecuencias individuales y comunitarias de los
desastres ajenos a los modos de afrontamiento individual y colectivo propias, por ejemplo, del mundo
latino o asiático. Y, sobre todo, porque se basan en modelos de articulación y coordinación de estructuras
dependientes del Estado con frecuencia inexistentes.
En el terreno de la salud la diferencia viene dada no sólo por contar con unidades de emergencia o
hospitales de campaña sino simplemente por la existencia de niveles definidos de atención primaria,
secundaria y terciaria en salud suficientemente poderosos y que lleguen a todos los lugares del país como
para que puedan desplazarse equipos cualificados a la zona sin que deje de funcionar el resto del sistema.
Todas estas cosas no son parte de la realidad cotidiana de la mayoría de los países del sur, es decir, del
97% de víctimas por catástrofes.
El Norte dispone de excelentes protocolos para intervención en emergencias, pero escasa tradición de
trabajo en procesos post-catástrofe, es decir, con una perspectiva de reparación y reconstrucción social y
humana.
Cuando ocurre una emergencia en países del sur, el gobierno local y las agencias (ONGs) nacionales e
internacionales ponen en marcha planes urgentes de intervención.
Anderson y Woodrow (1998) consideran que las diferentes vulnerabilidades pueden resumirse dentro de
tres grandes componentes:
• Vulnerabilidad física y material: son más vulnerables las personas que viven en áreas de riesgo,
que viven en la pobreza o en situaciones de privación, con pocos medios, sin acceso a la
educación, a la salud y a los recursos productivos.
• Vulnerabilidad social y organizativa: son más vulnerables las personas marginadas de los
sistemas económicos, políticos y sociales debido a procesos de exclusión basados en razones
políticas, económicas, religiosas, de raza, género, clase, casta u otras. También son más
vulnerables las personas y las comunidades cuyas instituciones son ilegítimas e ineficaces, y están
minadas por la corrupción, y se insertan en sociedades desarticuladas y sin redes de solidaridad.
• Vulnerabilidad motivacional y actitudinal: son más vulnerables las personas y las comunidades
con actitudes fatalistas y con barreras culturales y religiosas desfavorables al cambio, la
participación o la solidaridad.
Las catástrofes provocan innegables consecuencias sobre las personas que las padecen.
Del mismo modo en que es posible pensar el trabajo comunitario no desde las necesidades, sino desde
las vulnerabilidades y capacidades, es posible repensar el trauma desde la fortaleza y la resistencia.
Se ha sugerido que los desastres naturales probablemente no tengan unas consecuencias tan indeseables
como los sucesos traumáticos inducidos por humanos (e.g., guerras, violencia interpersonal, homicidios,
etc.)
Las diferencias culturales no sólo promueven diferentes construcciones del yo, sino diferencias en cómo
los individuos piensan, sienten y actúan (Chang, 1996, 2000; Matsumoto, 1996). Por tanto, es importante
desarrollar métodos de evaluación que eviten asumir presupuestos respecto a lo que es normal y anormal
en la consecuencias y los modos de afrontamiento individual y comunitario frente a desastres (Oliver-
Smith, 1996).
El escenario de trabajo más común en un contexto de catástrofe son los alojamientos temporales formales
o espontáneos, en forma de campos, albergues o refugios. Es también en ellos dónde resultan más
relevantes los elementos psicosociales.
Los testimonios de los campos de concentración y los estudios en reclusos también han señalado, desde
hace décadas, que la dignidad personal es una de las piezas clave para evitar la vulnerabilidad (Primo
Levi, 1986) en zonas de convivencia forzada.
Existen al menos cinco situaciones especialmente relevantes para un trabajo psicosocial con
supervivientes: criterios y forma en el reparto de comida, criterios y forma en el reparto de donaciones
(ropa, ayudas, material de reconstrucción...), habilitación y uso de las letrinas, duchas y zonas de aseo, e
información confiable sobre lo que está ocurriendo en cada momento y control de rumores por parte de la
propia comunidad o de las autoridades.
Los componentes psicosociales impregnan toda la vida de las personas y los grupos tras una catástrofe. Si
la personas pueden recuperar sus rutinas en poco tiempo, las consecuencias se atenúan. Cuando se
requiere de procesos más prolongados de reconstrucción, los elementos psicosociales que hemos ido
desgranando pasan a cobrar una importancia decisiva.
Entrarán en juego otros elementos de carácter ético y deontológico: contribuir a fomentar la no violencia
frente a la agresión, promover la tolerancia frente a la polarización, defender el derecho de los
supervivientes a no ser utilizados políticamente ni ellos ni la memoria de las víctimas etc.
Vázquez y Pérez-Sales – Emociones positivas, trauma y resistencia.
Desde el inicio, los autores proponen reconceptualizar el trauma y el estrés postraumático, no solo
desde la perspectiva de déficit y vulnerabilidad tradicionales, sino tomando en cuenta el papel central de
emociones y cogniciones positivas, como rasgos de personalidad o mecanismos de autorregulación
emocional.
Se cuestiona la visión normativa del trauma en los manuales como el DSM-III y III-R, que presuponen que
cualquier persona expuesta a eventos extremos desarrollará reacciones traumáticas. Los autores resaltan
que esto minimiza el rol de factores personales como la resiliencia o la regulación emocional positiva.
Se citan estudios longitudinales donde la expresión de emociones positivas (en monjas, por ejemplo) se
asocia significativamente con mayor longevidad. Se afirma que las emociones positivas podrían tener
efectos protectores superiores incluso a las emociones negativas.
Se destaca que herramientas como el humor, la religiosidad o las interacciones sociales funcionan como
mecanismos de autorregulación frente a la adversidad. Experiencias positivas durante eventos estresantes
ayudan a aliviar emociones negativas y conservar la homeostasis emocional.
Los autores concluyen que este enfoque basado en emociones positivas abre un campo prometedor para
desarrollar estrategias de prevención e intervención más amplias, que complementen los modelos
terapéuticos clásicos centrados en patologías.
• Se apoya en la teoría del “ampliar y construir” de Barbara Fredrickson: las emociones positivas
amplían repertorios cognitivos y conductuales, y ayudan a construir recursos duraderos (físicos,
sociales, psicológicos).
• En trauma, este efecto actúa como contrapeso: incluso pequeñas experiencias de alegría o gratitud
permiten abrir espacio para afrontar lo negativo.
• El texto señala que, aun en medio de experiencias extremadamente duras (guerras, tortura,
desastres naturales), muchos sujetos reportan emociones como orgullo, alivio, humor o
esperanza.
• Esto no significa negar el sufrimiento, sino que ambas experiencias (negativas y positivas) pueden
coexistir.
Concepto de “resistencia”
• Se diferencia entre:
• La resistencia se asocia con factores como el optimismo, el sentido del humor, el locus de control
interno y la cohesión social.
Crítica metodológica
• Los autores advierten que la investigación en emociones positivas aún es incipiente, con
limitaciones de diseño (sesgos de memoria, definiciones de variables, falta de estudios
longitudinales).
• Sin embargo, remarcan que este campo abre un cambio de paradigma frente al enfoque
patogénico dominante.
Los roles de género propician una división genérica de trabajo, que asigna a las mujeres una jornada
primordial de tareas vinculadas principalmente, y casi en exclusividad con la reproducción doméstica,
como madres y esposas, y las hace responsables del cuidado de las y los otros ya sean infantes,
enfermos, ancianos y discapacitados. Todo este conjunto de factores coloca a las mujeres en una situación
que les determina una menor movilidad para buscar y obtener recursos, así como dentro de limitaciones
para continuar con su formación académica y el desarrollo de habilidades profesionales no tradicionales
(Collins, 1995; De Beauvoir, 1989; Rubin, 1986).
Las necesidades de los hombres y sus intereses tienden a ser más asertivos y visibles y, aunque los
hombres en su mayoría cumplen con una única jornada laboral, oponen fuertes resistencias a
comprometerse y a participar en las tareas domésticas, de alimentación y de cuidados a su familia y a
otros miembros de la comunidad.
En años recientes, la concepción de los desastres se ha modificado y cada vez más se les considera como
resultado de complejos procesos sociales multicausales, consecuencia, a su vez, de condiciones
vulnerables preexistentes construidas socialmente a través del tiempo en un territorio específico, que se
ven expuestas al impacto de un peligro o amenaza natural, socio-natural o directamente inducido por la
sociedad (socio-organizativo, tecnológico, químico-sanitario, entre otros) (García, 1997:8-13), cuyas
consecuencias provocan daños y muertes considerables sobre la población, su organización socio-política,
su economía y su entorno construido y/o ambiental.
La gestión integral del riesgo de desastre contempla entonces dos fases: ex ante al desastre y ex post del
desastre. Dentro de la fase previa al desastre, ex ante, se incluyen cuatro componentes distintos e
interrelacionados: a) la identificación y análisis de los riesgos, b) prevención, reducción y mitigación de
riesgos, c) la transferencia del riesgo o protección financiera, y, d) el manejo de desastres durante la
preparación y alerta de emergencia.
Dentro de la fase posterior al desastre, ex post, se circunscribe el manejo de desastres con tres
componentes: a) respuesta inmediata a la emergencia, b) la rehabilitación y recuperación y, c) la
reconstrucción.
En esta fase (ex ante al desastre) se requiere un análisis de la percepción individual y colectiva de los
riesgos de desastre y de los riesgos por desastre, así como de la representación social y la estimación
objetiva de cálculos del riesgo que incluyan la probabilidad y las pérdidas esperadas.
La etapa de prevención tendría que incluir un acercamiento proactivo para asegurar el desarrollo de
políticas que incorporen medidas que permitan la reducción de las vulnerabilidades y la consideración del
manejo sostenible de recursos naturales. Para disminuir la posibilidad de que un riesgo resulte en un
desastre se requiere necesariamente modificar los escenarios de riesgos. La siguiente fórmula expone
sintéticamente los elementos que deben considerarse para disminuir los riesgos de desastres, la
modificación de cada componente necesariamente afectará al resto de los elementos considerados:
Riesgo de Desastre = Vulnerabilidades + Amenazas + Capacidades
En la pretensión de identificar y reducir el riesgo de desastre es fundamental llevar a cabo una evaluación,
identificación y análisis exhaustivo de las vulnerabilidades existentes, diferenciales y acumuladas, y
abordar de raíz las causas que las originan para poder eliminarlas, modificarlas o reducirlas (Demeter,
2004).
Entre las principales causas que incrementan y/o mantienen las vulnerabilidades sociales, económicas,
físicas y ambientales existentes de una sociedad ante un riesgo de desastre:
• Situación política inestable en las formas de gobierno y en la participación social, lo que inhibe la
integración y participación de los ciudadanos y sus comunidades en los procesos democráticos de
desarrollo y en la disminución del riesgo de desastre.
• Fallas en la aplicación de los derechos humanos y la justicia social que coadyuvan a relaciones
inequitativas de género enlazadas con otras formas de desigualdad social: clase, raza, etnia,
preferencia erótica, generacional, contexto histórico y cultural, lenguaje.
• Necesidades básicas no resueltas que mantienen en la pobreza generacional a grandes sectores
de la población: accesibilidad a la vivienda de calidad, servicios de salud y educación,
abastecimiento de alimentos, agua potable, movilidad y comunicación, entre otros.
• Dependencia del mercado externo y debilitamiento de la producción interna y su mercado,
incremento del desempleo local y el desabastecimiento, baja capacitación de la mano de obra.
• Educación pública y privada de bajo perfil, insuficiencia en el apoyo gubernamental y privado para
la investigación científica, tecnológica y social, lo que perpetúa la dependencia externa de recursos
y tecnología; insuficiencia de recursos y conocimientos generados local o regionalmente;
preexistencia de analfabetismo funcional; pérdida de bienes culturales sobre todo en comunidades
indígenas.
• Pobre aplicación de las leyes ambientales y de desarrollo urbano, y/o su uso faccioso por grupos
de interés económico y político; degradación ambiental por acciones humanas tanto en zonas
urbanas como rurales que contribuyen a romper los ciclos climáticos de regulación y disminuyen la
protección natural contra amenazas, generando deforestación, pérdida de biodiversidad, reducción
de la disponibilidad de agua y desertificación.
• Planificación no integral, sino más bien fragmentada, tanto territorial como administrativamente;
zonificación y usos de suelo urbano y rural no aplicados o incorrectos; códigos constructivos
inadecuados y pobremente aplicados en zonas propensas a riesgos; orientación limitada al mejor
funcionamiento del mercado inmobiliario y no a la habitabilidad y calidad del espacio construido;
construcciones edificadas sin la seguridad ni la calidad requeridas (materiales de bajo costo y baja
durabilidad).
• Migración, sobrepoblación urbana y urbanización acelerada sin control de recursos sostenibles;
pobreza urbana y rural e incremento de asentamientos humanos localizados en zonas de riesgo e
irregulares; inseguridad en la tenencia de la tierra y las propiedades.
• Carencia de educación y difusión amplia de información sobre protección civil, mitigación y
prevención de riesgos y desastres; escasez de mecanismos de protección contra pérdidas
económicas, como los seguros sobre pérdidas de bienes y vidas; insuficiencia de los mecanismos
institucionales de reducción de riesgos y desastres, incluyendo el mantenimiento a los espacios
construidos y la gestión sostenible de recursos naturales; falta de alertas tempranas y monitoreo,
entre otros tantos factores.
La gestión integral del riesgo de desastre también requiere un enfoque holístico e histórico, que permita
manejar un desastre como una oportunidad de cambiar procesos, como una plataforma que legitime y
permita hacer cambios sociales, políticos y económicos posibles y necesarios para disminuir los riesgos de
desastres y por tanto la vulnerabilidad de las comunidades (Demeter, 2004).
Los integrantes de una sociedad deben realizar tareas que la fortalezcan y le permitan resistir el impacto
negativo de eventos peligrosos naturales, ambientales y tecnológicos, a través de la toma de medidas
preventivas que disminuyan el impacto y la intensidad de un evento peligroso, así como de la reducción de
presentes y futuras vulnerabilidades a través de planes de mitigación que determinen claramente quiénes,
cómo, cuándo, qué y dónde hay que trabajar, ponderando la rentabilidad social por encima de la
económica y política.
Tanto en la fase ex ante como en la fase ex post al desastre, es muy importante evitar que cada agente o
administrador de recursos pueda interpretar la igualdad de género a su manera y, por lo tanto, no permita
una coherencia interna en los programas, para ello es necesaria una estrategia nacional en materia de
igualdad de género que involucre los diferentes ámbitos de gobierno y su relación con las comunidades
afectadas.
La respuesta inmediata a la emergencia exige realizar medidas de respuesta para rescatar y salvar todas
las vidas humanas posibles, sin olvidar a los animales sobrevivientes, pues generalmente no se atiende la
supervivencia de animales, ya sean mascotas o los silvestres y salvajes, lo que contribuye a la pérdida de
biodiversidad en el planeta. La respuesta debe ser sensible a la equidad de género y a la diversidad social
existente e, igualmente, a las condiciones de desigualdad de ingresos, edad, raza, etnia y cultura,
lenguaje, entre otros factores… (Demeter, 2004)
La Red Virtual Género y Desastres (Gender and Disaster Network) plantea que, durante el periodo
posterior inmediato a un desastre, las mujeres también deben contribuir en la toma de decisiones y
participar en todas las consultas comunitarias, especialmente acerca de los albergues de emergencia y/o
los campamentos temporales, para que sea adecuado a sus necesidades.
Hasta hace muy poco, los investigadores consideraban que los desastres naturales no discriminaban entre
sus víctimas. Sin embargo, recientes investigaciones muestran que las tasas de mortalidad son más altas
en mujeres que en hombres según reporta Kumar-Range (2001), al menos en casos como tsunamis,
ciclones y huracanes…
Otro factor a considerar es que después de vivir un desastre inesperado, las mujeres registran un mayor
desorden por estrés post traumático a causa de la multiplicidad de sus fuentes de estrés: incremento de
limitaciones y carencia de control sobre los recursos para cumplir con las exigencias alimenticias y de
cuidado para sus dependientes (hijos, enfermos, heridos, discapacitados, ancianos), estrés muy superior
al que acompañaría a una situación de conflicto armado por un periodo prolongado de tiempo (Domeisen,
1997).
La Organización Internacional del Trabajo ha encontrado casos donde las mujeres sobrevivientes a un
desastre no pueden discutir libremente sus necesidades con los hombres trabajadores de los equipos que
brindan asistencia porque su cultura no les permite que hombres desconocidos entren a sus casas o
hablen con ellas (Bangladesh, Turquía), además, porque en los equipos técnicos y operativos de campo
simplemente las mujeres no existen (Enarson, 2000, Rochelle, 2005).
Para que sea verdaderamente efectivo un sistema de gestión de riesgos de desastres requiere, para su
implementación, de un compromiso político visible con un enfoque de equidad de género, manifiesto en
políticas apropiadas para reducción de riesgos, necesariamente vinculadas con las de la planeación del
desarrollo urbano y regional, y asistidas por una legislación efectiva que asigne responsabilidades y
recursos a fondos para la prevención y reducción de riesgos, y la atención de desastres. Al mismo tiempo,
es necesario crear indicadores de la gestión del riesgo de desastre para medir su efectividad,
principalmente sobre la actuación del gobierno, que incluye el porcentaje destinado del PIB para un
presupuesto de prevención y mitigación de riesgos y de pobreza, para la preparación y gestión de
emergencias, evaluación, control y cumplimiento de logros y responsabilidades con una visión de equidad
de género. Sobre la identificación de riesgos de desastre, los indicadores deben considerar el desarrollo, el
monitoreo sistemático de peligros, de las vulnerabilidades, el porcentaje de proyectos de investigación –
incluidos aquellos con perspectiva de equidad de género- y proyectos de inversión con componentes de
evaluación del riesgo de desastre. Por su parte, la gestión de riesgos incluye indicadores como las
tendencias en la deforestación y reforestación, la cobertura de seguros, la existencia de redes de
seguridad social en la fase de recuperación, el hacer cumplir planes de zonificación actualizados, las
tendencias en asentamientos desarrollados en zonas de peligros y construidos sin cumplir con los
estándares de seguridad, la gestión del conocimiento, entre otros (Demeter, 2004)
La realidad supera los prejuicios estereotipados y deja ver que las mujeres hacen más actividades de las
que se les reconocen y se les valora, por eso es fundamental reconocer las habilidades que las mujeres
han desarrollado cotidianamente y que emplean en caso de desastres. Por esa razón, las decisiones
deben basarse en hechos reales y particulares que las mujeres viven y no en los prejuicios sobre lo que
las mujeres deben ser o cómo deben comportarse.
Los liderazgos femeninos son más tolerados en la región de América y el Caribe que en la región asiática.
Esa tolerancia permite que las mujeres se involucren activamente en actividades económicas
remuneradas adquiriendo capacidades organizacionales y administrativas con las cuales puedan mantener
un compromiso social con sus comunidades (Toscani, 1998).
Otra tendencia es que los hombres empobrecidos que sienten disminuidos sus derechos dejan de cumplir
sus obligaciones maritales y de manutención a sus dependientes (Agarwal, 1990:391; Wiest et al., 1994).
En pos de contribuir al desarrollo, mujeres y hombres deben poder acceder a las mismas oportunidades
para poder formarse y sentirse capaces de actuar sobre sus sociedades y sus territorios; para ello, es
necesario comprender cómo se estructuran nuestras sociedades y cómo las diferencias han llegado a
traducirse en desigualdades que necesitan ser superadas (bien sean de género, clase, raza, casta, etnias,
generacionales, o de preferencias eróticas o políticas). No es difícil predecir que, si los patrones de género
inequitativos son desatendidos en el presente, innegablemente producirán mayores inequidades de género
y otros más a futuro.
La equidad de género y los principios de reducción del riesgo son una oportunidad para el cambio y la
reorganización política, de tal forma que éstos permitan a las mujeres oportunidades significativas para su
participación equitativa en la planeación de un futuro más resiliente a desastres y en el fortalecimiento de
sus liderazgos en sus comunidades.
Algunos pasos prácticos que posibilitan el fortalecimiento de las mujeres son: una consulta detallada con
las mujeres sobre el diseño y operación de los albergues de emergencia, escriturar las nuevas viviendas
reconstruidas con los nombres de ambos beneficiarios, si son una pareja, o de la mujer, si es jefa de
familia; incluir a las mujeres tanto en el diseño urbano como en la construcción y reconstrucción de las
viviendas para que los prototipos se ajusten a sus necesidades reales; promover los derechos de
propiedad del suelo para las mujeres.