Elina: La búsqueda de lo desconocido
Elina: La búsqueda de lo desconocido
Editorial Vanir
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Barcelona
ISBN: 978-84-949190-4-6
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préstamo público.
En memoria de Valeriano Bailon Sanz.
uviste que aprender a luchar desde muy
temprana edad y no paraste de hacerlo hasta tu
T último suspiro. No me cabe la menor duda de que
si hubieses sido un siren pertenecerías al clan de
los guerreros Mayans.
Ten por seguro que jamás te olvidaremos y espero que
allá donde estés recuerdes que tenemos una promesa
pendiente.
S
e llamaba Elina. Y era médium. Sujetaba aquel anillo
entre sus dedos y lo estudiaba con su más que versada
inteligencia y todos sus sentidos abiertos a lo desconocido
y a todo aquello que nadie más podía ver. Sus ojos azules y
alargados se embebían de la alianza y asentían con la seguridad
aplastante de lo místico, como si el objeto le hablara en un tono
inaudible para los mundanos. Su vestido negro y victoriano
enfundaba un cuerpo poderoso y robusto. Llevaba su pelo largo y
liso recogido en una cola que no se estilaba en aquella época. Toda
su persona irradiaba un velo misterioso alrededor, imposible de
ignorar.
Eran tantos los que querían pedirle ayuda, pero se contaban con
los dedos de una mano aquellos a los que de verdad quería y podía
aconsejarles. Aquellos aptos que creían y comprendían el signi cado
de sus palabras. Y aquella mujer que había venido con la esperanza
en sus ojos oscuros y el respeto en su actitud, tenía algún tipo de
relación con su maestra, la mujer que le había enseñado todo lo que
sabía. La más grande. Por tanto, nunca podría negarle sus visiones.
El apellido Fawce era conocido y amigo.
El esposo de la señora Fawce y padre de sus tres hijos, Percy
Fawce , había desaparecido en el Ma o Grosso brasileño en busca
de una ciudad dorada a la que él llamaba Z, inspirado en los escritos
y las notas que su mentora y maestra, Madame Blavatsky, había
dejado en sus libros de culto de «La doctrina secreta». Tomos que
Elina había releído para fortalecer las bases de su conocimiento y
que se basaba en la existencia de entidades espirituales superiores y
en súper conciencias que habitaban la Tierra.
—Acudo a usted porque me han dicho que es la aprendiz oculta
de la señora Blavatsky y confío en que pueda poseer la mitad,
aunque sea, de toda su sabiduría.
—¿Quién le dijo dónde encontrarme? —Elina alzó la mirada clara
para jarla en la señora Fawce . A tenor de sus ropas, tenía dinero y
muy buenos modales y había reunido los medios su cientes como
para dar con ella. Y no todo el mundo podía hacerlo. Dado que las
que eran como ella y conocían el poder Vril, debían aprender a
ocultarse. Porque las visiones ya la habían azotado y nada bueno
auguraban con un futuro de persecución en el que iban a ser usadas
como armas de guerra. Una guerra mundial movida por la magia
oscura y por el ansia de poder y conocimiento.
—Mi cuñado, el hermano mayor de mi marido. Él me habló de
usted. De la que iba a ser la mayor aprendiz de Helena.
—Su cuñado… ¿el escritor de novelas de cción? —preguntó con
un punto de desdén.
—Sí. Ese mismo. Él estuvo mucho tiempo en contacto con
Blavatsky para ayudarla a escribir su obra teosó ca. Y me comentó
que la señorita Von Hahn había aceptado instruir a niñas con
habilidades especiales para hablarles del mundo… especial.
—Ella no instruyó a nadie. Yo era hija de uno de sus alumnos.
Blavatsky me tomó cariño, eso es todo y tuve la fortuna de ser
depositaria de mucho de sus conocimientos. Fue su secretaria Annie
Besant —comentó no sin cierta amargura— quien tenía en mente la
instrucción a niños… especiales. Pero usted no está aquí para que yo
le cuente nada de esto —dejó el anillo sobre el mantel blanco de la
con dente mesa redonda alrededor de la que ambas estaban
sentadas.
—No. Yo solo quiero saber si mi marido está bien. Encontraron
este anillo hace unos meses en… —dijo la mujer deseosa de tener
noticias.
—En una de las orillas de los a uentes de las selvas amazónicas.
—Sí —tragó saliva.
—Su marido lleva perdido unos años, señora Fawce —le
recordó.
—Sí. Tres exactamente.
—¿Y todavía tiene fe en encontrarle vivo?
—Dieron con su anillo —excusó—. Y con su brújula.
—Pero encontraron algo más —la miró entre sus pestañas y
esperó que fuera la esposa desesperada quien le revelara el secreto.
La señora Fawce se quedó tan pasmada que no pudo ni
parpadear.
—No —contestó algo asustada.
La médium negó con la cabeza y sonrió decepcionada.
—Señora Fawce , usted me ha dejado que toque la alianza de su
marido y yo he visto muchas más cosas de las que me cuenta. Un
anillo y una brújula no es todo lo que encontraron. Había algo más.
Algo más que colgaba de la cadena de la brújula. Una especie de
ídolo de cristal verdoso y dorado. Lo he visto y no me lo puede
negar.
Ella abrió la boca sin dar crédito a lo que oía. Realmente, la
médium era buenísima y sabía algo que nadie más, a excepción de
sus hijos, conocía.
—¿Cómo sabe…?
—¿A qué ha venido aquí? ¿Qué es lo que quiere saber? —la
apremió la medium.
—Solo quiero saber si él está bien y si le volveré a ver —preguntó
con ojos acuosos—. Todo el mundo a rma que él, mi hijo y su mejor
amigo murieron a manos de las tribus indígenas al intentar dar con
su misteriosa ciudad. La última carta que tengo de él habla de que
van a entrar a ese lugar pero pide que nadie les vaya a buscar por lo
peligroso del viaje. Y yo no sé si creer que de verdad han muerto.
Porque todo el mundo habla y dice la suya, señora, y unos creen que
ven a tres hombres de piel blanca con los indígenas, y otros dicen
que están muertos y unos pocos adoptan la teoría de que se han
convertido en líderes de esos colectivos. Pero, de estar vivos, se
habrían puesto en contacto conmigo —despreció incrédulamente
desechando tal idea—. Mi marido era un aventurero. Nunca se
acomodaría así sin encontrar lo que andaba buscando, porque nunca
desfallecía. Así que solo quiero saber si sigue vivo.
—Su marido hizo un viaje iniciático muy arriesgado en busca de
la verdad. Buscaba una entrada a una civilización que coexiste con la
nuestra. Una hermandad poderosa y mucho más avanzada de lo que
nosotros seremos jamás. Uno no encuentra algo así sin pagar un alto
peaje.
—Usted habla como él… —dijo admirada—. Percy también creía
en los sacri cios. Nada que valiese la pena era sencillo para él.
—Porque era un buscador. No solo realizaba expediciones a
lugares inóspitos. Era un verdadero buscador, ¿entiende lo que le
digo? Y encontró lo que buscaba. Pero debo decirle que nunca más lo
verá —sentenció sin más.
—Entonces… —susurró con la mirada perdida—. ¿Ha muerto de
verdad? ¿Y mi hijo también?
Elina cerró los ojos y acarició la alianza que poseía la frase
familiar grabada en el interior. La frotó con los dedos y echó la
cabeza ligeramente hacia atrás, como si recibiera algún tipo de
comunicación. Al cabo de unos largos segundos, abrió los ojos y
contestó:
—Ellos ya no están aquí. Yo no percibo nada en su alianza. No le
percibo a él —añadió con tiento—. Si sigue vivo, no es en este plano.
Ya no.
La mujer se levantó de la silla, y se limpió las lágrimas con su
delicado pañuelo blanco.
—¿Y no puede ubicar su cuerpo? —insistió—. Me gustaría
trasladarlo a…
—¿No está entendiendo lo que le digo? Su marido ya no se
encuentra en este plano.
—¡¿Y qué quiere decir eso con exactitud?! —resopló frustrada.
—Que encontró eso que buscaba, aquello por lo que luchaba.
Tuvo éxito en su misión.
—¡Pero no puede vivir para contarlo! —estalló abatida por la
noticia—. ¡¿Qué tipo de éxito es ese?! Todo el mundo hablará de él
como el loco que se fue a la selva y desapareció sin dejar rastro en
busca de su ciudad de fantasía. Eso no hace honor al increíble
hombre que era…
—Se equivoca —la corrigió con calma—. Su marido creará
escuela. Muchos morirán siguiendo sus pasos en busca de esa
misteriosa ciudad, pero nadie la encontrará. ¿Sabe por qué?
—No —contestó con voz débil.
—Porque nadie está preparado para una verdad de ese tamaño.
Pero él os ha dado una muestra de su hallazgo para que sigáis
manteniendo la fe. Encontrasteis el ídolo atado al cordón de su
brújula. Es todo muy simbólico y al mismo tiempo muy evidente.
¿Sabe?, que haya venido usted hoy aquí también me ha devuelto la
fe. Mi maestra, mamá Blavatsky —así la llamaba ella— estaba en lo
cierto. Ella también tenía razón.
—Pero nada de lo que me dice ocupa el vacío que siento en el
pecho. Yo adoraba a mi marido —murmuró acongojada—. Nadie me
lo va a devolver. Que me diga que encontró lo que buscaba no me
prueba nada. Porque nadie lo puede demostrar. Es muy frustrante.
—Lo sé. Las pérdidas pueden ser irreparables. Pero su marido
nunca morirá. Permanecerá en la memoria y en los libros de historia.
Créame, así será.
—No me consuela —sorbió por la nariz, descontenta.
—La entiendo. Sin embargo, debe escucharme bien porque hay
algo que debe quedarle muy claro. Aún no lo comprende, pero usted
no ha venido a mí para que le diga si su marido vive o no. El motivo
real de su visita es que yo le diga qué tiene que hacer con el ídolo en
forma de llave que él halló en una de las cataratas del Roncador.
—¿Qué debo hacer con ello?
—Manténganlo a buen recaudo siempre. No dejen que nadie lo
vea. No permitan que nadie lo toque. Es muy importante que la
opinión pública crea que solo encontraron su anillo y su brújula.
Nadie debe mencionar jamás al otro objeto.
—¿Por qué es tan importante?
—Porque lo es todo —respondió arqueando sus cejas negras—.
Por ahora solo deben ocultarlo. Su familia debe ser su guardiana. Es
un objeto muy poderoso. Un ídolo mágico —musitó levantándose
lentamente. Caminó hacia ella y se colocó a su lado.
—¿Cómo sabe usted lo que es?
—Veo cosas. Por eso está usted aquí. Por eso su cuñado escribió
junto a Madame Blavatsky, porque ella también veía más allá. Por
eso su marido Percy creyó en la ciudad Z. Porque no todo es blanco
o negro, señora Percy. Que los humanos no seamos capaces de ver
los otros mundos, no signi ca que no sean reales. Nada está sujeto al
azar. Recuerde esto que le voy a decir señora Fawce : pasará mucho
tiempo hasta que su familia encuentre un sentido a ese ídolo. Pasará
mucho… —repitió como si viera el futuro—. Pero deben guardarlo y
no mostrarlo a ojos desconocidos. Porque un día nacerá una niña. Y
esa niña estará destinada a seguir con el legado de su marido y a ir
más allá. Llegará más allá. Ella acabará el trabajo de investigación y
descubrimiento que Percy inició.
—¿Una niña? ¿Qué niña? —no podía llegar a entender lo que le
decía la médium—. ¿Dónde está?
—Usted no la conocerá —le aseguró—. Ni sus hijos. Serán sus
nietos o sus biznietos quienes den con ella.
—¿No nacerá en nuestra familia? ¿No será de nuestra sangre?
—¿Sería posible?
—No señora —sonrió condescendiente—. Pero ella será la clave
para el futuro de todos.
—¿Cómo dice? ¿El futuro de todos? —una niña no podía acarrear
con tal estigma. ¿Se había vuelto loca?
—Se avecinan tiempos tormentosos. La naturaleza de la
humanidad está repleta de oscuridad. El futuro no depara nada
bueno y habrá una lucha de poderes.
—Me está asustando.
—No tema. La misión de esa mujer será muy importante — la
miraba sin verla realmente, como si estuviera perdida en un punto
del espacio tiempo que nada tenía que ver con aquel instante ni
aquel lugar—. Debe encargarse de trasladar esta leyenda a todos sus
hijos. Y estos a sus hijos. Y los otros a los hijos de sus hijos… hasta
que den con la época y el momento exacto para encontrarla. Y una
vez lo hagan, denle todo lo que necesite para desarrollar sus
habilidades. Y, ante todo, protéjanla.
—¿De quiénes?
Elina no quiso contestarle aunque la advirtió con sus ojos azules.
—Protéjanla. Solo les digo eso. Si yo la he visto, si yo sé que esa
muchacha puede encontrar mundos ocultos, otros como yo también
lo habrán visto. Protéjanla de ellos.
—Pero ¿cómo sabremos que es ella? ¿Cómo sabremos que esa
niña es quien usted dice?
—Porque el destino es caprichoso. Tendrán que buscarla por todo
el orbe. Y la encontrarán, ¿sabe por qué?
—Eso mismo le he preguntado.
—Porque esa niña llevará su nombre.
—¿Que llevará mi nombre?
—Así será.
—¿Se llamará como yo? —preguntó emocionada, como si creara
un vínculo con esa alma que aún no había nacido y que nunca
conocería.
—Sí señora. Se llamará Nina.
2
En la actualidad
Selva amazónica del Madre De Dios.
Perú
A
vanzando por el río Amaru con un peque-peque de
los machiguengas, con el atardecer cayendo sobre ella, y
los sonidos nocturnos de la selva despertando para
advertir sobre la llegada de esa intrusa, Nina pensaba solo en
encontrar aquel punto que marcaba su ordenador portátil.
En la pantalla se re ejaba un mapamundi sobre el que cruzaban
todo tipo de líneas rectas. Se trataban de las líneas Ley, la red
energética de la Tierra. Una de ellas, de color más azul clara,
parpadeaba incesantemente, y en uno de sus extremos, sobre Perú,
un punto concéntrico titilaba con igual energía. Este fenómeno
sucedía cuando había una fuente focal en activo: un punto vórtex.
Zonas en las que la energía electromagnética se disparaba. Ahora, el
punto parecía en reposo, pues estaba en color azul claro. Pero días
atrás, en ese mismo lugar, algo había pasado, dado que el pico
energético que se registró fue muy superior al actual. Como fuera,
estuviera en reposo o en activo, en aquel cónclave al que se dirigía,
algo había sucedido, y ella, como buena buscadora Fawce , quería
averiguar de qué se trataba.
Marcaba ese lugar. Y sabía que al nalizar el río, llegaría hasta él.
Lo había conseguido. A sus veintiún años, a punto de cumplir
veintidós, era miembro de la Sociedad Fawce , la exploradora más
joven de la asociación, y le satisfacía saber que todos los ojos que
habían puesto en ella, y todos los esfuerzos por darle una formación
apropiada, daba sus frutos tempranamente, en esa nueva misión en
Perú. Porque Nina no pensaba irse de ahí sin una respuesta a esas
alteraciones telúricas en aquella zona.
El motor del peque-peque, de esa embarcación de madera
estrecha y alargada, con la pintura azul desgastada, que llevaba a las
tribus machiguengas a lo largo del río, no tenía mucha potencia y no
era demasiado segura, pero era su apuesta más respetuosa para no
invadir el espacio de la fauna y la ora del lugar con una de sus
lanchas.
Con la caída del atardecer, las luciérnagas se dejaban ver
revoloteando entre los descomunales árboles. Los castores asomaban
la cabeza, curiosos por ver quién era el extranjero que iba más allá de
donde estaba permitido, tan alejado de Puerto Maldonado, su
capital.
Ya había hecho otros viajes a otras partes del mundo. Aquel no
era el primero. Al principio los hacía con su tutor, el profesor Martin,
que le enseñó todo lo que sabía, instruyéndola en el Club de estudios
privados Londinense Percival donde se estudiaba mitos,
arqueología, historia y culturas antiguas entre otras doctrinas más
metafísicas. Y a ella, a pesar de ser la más pequeña y joven, siempre
la tuvieron como una auténtica aventurera. Una buscadora original.
Nina no fue a la universidad. Todo lo que aprendió desde que
salió del orfanato Lostsoul se lo enseñó el profesor Martin. Con
quince años, ya había aprendido a hablar francés y español
perfectamente, tenía amplias nociones en cultura antigua y ya había
decidido que quería ser como Lara Croft. Los cinco años siguientes
los invirtió en prepararse para ser una buena «buscadora» y en
recibir la carrera de arqueología en el Club Percival. Era una joven
precoz y titulada.
Estaba feliz con su vida y con las personas que la habían
adoptado. Porque le dieron todo lo que necesitaba. Cada noche,
recordaba el día en que la fueron a buscar y recordaba la única
conversación que tuvo con el profesor Martin y que provocó que ese
mismo día se la llevaran, sin poder despedirse de sus hermanos.
Estuvo mucho tiempo triste y enfadada por aquello, pero con el paso
de los meses aprendió a acostumbrarse a la vida en Inglaterra y a
todas las comodidades que le ofrecían. Pero nada, nunca jamás,
volvería a ser como en Lostsoul.
Doce años atrás
Orfanato Lostsoul
Nina se balanceaba en el columpio del jardín del orfanato
Lostsoul, frente al mural enorme de Evia.
Los niños estaban en el gimnasio, pero aquel día, ella no se
encontraba muy bien. Le dolía la garganta y la señorita Brigit la
liberó de la sesión de deporte matinal porque no quería que cogiera
frío.
Aunque a ella le daba igual coger frío o no, porque desde que su
hermana Evia se había ido, se sentía sola y helada. Todos la echaban
mucho de menos, pero nadie la echaba de menos tanto como ella.
Evia había sido su hermana mayor. Una chica fuerte y muy
especial a la que una extraña enfermedad se la llevó cuando no
tocaba. Demasiado pronto. Demasiado duro. Demasiado injusto.
Sin embargo, Nina no quería creerlo así. Por eso, a diario, se
quedaba ensimismada mirando el mural que los hermanos Sin y Lex
habían pintado con el rostro de la hermosa joven, sonriente, como si
estuviera en un lugar de fantasía, lleno de cataratas, animales
fantásticos y edi cios él cos e inverosímiles. Y Nina imaginaba que
estaba esperando por ella. Eso quería creer, porque así todo era más
fácil. La pequeña no quería morirse, pero durante unos días, quiso
hacerlo solo para ir con Evia. Ella le prometió que un día la llevaría a
ese mundo del que ella venía. «Te llevaré adonde sea», le dijo.
Pero no había cumplido su palabra.
Se mecía sobre sus pies, y miraba ensimismada la punta de sus
bambitas blancas. Tenía diez años entonces, era una cría con la
cabeza repleta de mundos imaginarios y mágicos. Evia la había
animado a creer en ellos. Pero su hermana se había ido con apenas
diecisiete años, a punto de cumplir los dieciocho, y Nina la lloraba
todas las noches. Ya no podía dormir en su habitación, con ella, y no
quería molestar a Ethan, porque él pasaba el luto a su manera. El
chico no quería que nadie tocara la cama de Evia. Y Nina no quería
molestar. Porque odiaba molestar.
—Hola, buenos días.
Nina alzó su cabecita morena para encontrarse con un señor muy
bien vestido, con gafas redondas y una sonrisa afable en su rostro.
Tenía los ojos negros y el pelo castaño oscuro, y sujetaba una pipa de
fumar apagada en una de sus manos. A Nina no le gustaban los
adultos, porque se querían llevar a los niños del orfanato. Así era
como ella lo veía.
—Buenos días —contestó ella educadamente.
—¿Sabes dónde está la señorita Brigit?
Nina lo observó de pies a cabeza, sin disimulo.
—¿Es usted un padre?
El hombre sonrió divertido y frunció el ceño.
—¿Cómo dices?
—Que si es un padre. Un señor que viene a buscar un hijo —le
explicó con naturalidad.
El hombre negó con la cabeza y se sentó a su lado, no sin pedir
antes permiso. Nina se lo dio.
—No. Vengo a ver a mi amiga. Eso es todo. Me han dicho que
dirige este centro.
—La señora Brigit es muy buena.
—No lo dudo.
—¿Cómo se llama usted? —preguntó educadamente.
—Me llamo Jack Martin. ¿Estás buscando tú un padre?
—No. Yo quiero quedarme aquí —adujo mirando al frente, al
retrato del muro de Evia.
Martin siguió la dirección de sus ojos hasta que dio con aquello
que embelesaba a la pequeña.
—Es un dibujo precioso —admiró Martin.
—Es mi hermana Evia. Pero ya no está aquí.
—¿Ah no? ¿Se ha ido con alguna familia?
—No. Se ha ido con uno al que le llaman Padre Todopoderoso. A
un Reino que dicen que es del cielo.
Martin comprendió inmediatamente a qué se refería la chiquilla
morena de inmensos ojos marrones claros. Evia había muerto, era
obvio.
—Son tonterías —prosiguió la pequeña.
—¿Cómo dices? ¿No crees en Dios?
—No sé quién es. No lo conozco.
—¿No crees que Evia haya ido con él?
La muchacha admiró el rostro de su querida hermana y sonrió
con cariño.
—Yo sé que ella está en otro lugar. Un lugar como el de ese
dibujo. Porque ella no es de aquí… Su padre es Starman. Se la han
llevado a ese lugar.
—¿A las estrellas?
—Puede ser.
—Entiendo —murmuró Martin. Era un lugar fantástico, pudo
atisbar—. ¿Crees que existen lugares como ese?
—Sí. Claro que sí. Evia prometió que me llevaría con ella. Pero no
lo hizo. Me encantaría encontrarla. Yo sé que no está en esa caja
cuadrada bajo tierra.
Martin giró la cabeza para mirar hacia abajo y estudiarla con
intensidad. Esa niña no creía en la muerte y sí en otras realidades.
—¿Por qué estás tan segura de eso? ¿Crees que ella sigue viva?
—Sí. Porque Evia no puede morir. Ella era especial… —hablaba
con tanta seguridad que era imposible llevarle la contraria.
Y Martin no iba a ser quien le rompiera la ilusión.
—¿Especial?
—Sí. Ella… hacía cosas —se encogió de hombros—. Pero sé que
aunque no la podamos ver, sigue aquí. En algún lugar.
—¿Y te gustaría encontrarla algún día?
—Cuando sea mayor —contestó—. Cuando sea mayor, podré
viajar e iré en su busca. Buscaré ese lugar —señaló el mural— y no
descansaré hasta encontrarla.
—¿Y crees que lo lograrás?
Nina lo miró esta vez, con la barbilla temblorosa y con poco
control sobre sus emociones. A Martin se le rompió el corazón al
verla así.
—Sí. Lo creo.
—¿Por qué?
—Porque un Lostsoul nunca abandona.
—Así que un Lostsoul nunca abandona… —repitió cautivado—.
Me encantaría poder ayudarte a encontrarla —le explicó—. Yo
también creo en esos mundos. Y también creo en Starman —le
informó con dentemente—. Podría enseñarte a buscar.
—Me gusta buscar cosas —asintió limpiándose las lágrimas de
los ojos.
Martin intentó hallar la verdad en los ojos de la cría y vio algo
que lo despertó de golpe. Fue como una revelación.
—Dime, pequeña. ¿Cómo te llamas?
—Me llamo Nina.
Su nombre cayó como un relámpago en la conciencia de Martin.
Eufórico, pues no fue a aquel orfanato a adoptar a nadie, sino a
saludar a su vieja amiga Brigit, se dio cuenta de que acababa de
hacer cumplir la profecía de la pupila de Blavatsky. La profecía de
los Fawce . Esa que todos los miembros selectos del Club Percival
conocían.
Menuda sorpresa.
—Nina es un nombre precioso —contestó Martin algo nervioso
—. ¿Hacemos un trato?
—¿Cuál?
—Si te vienes conmigo te prometo que te ayudaré a buscar a
Evia. Y te hablaré de muchos mundos en los que ella pueda estar.
—¿Es que usted los conoce? —preguntó con los ojos chocolate
abiertos de par en par—. ¿Sabe dónde se encuentran?
—Tengo una ligera idea —respondió con orgullo—. Pero tendrías
que venir a vivir conmigo e ir a una gran escuela donde aprenderás
muchísimas cosas. Muchas, Nina. Y te enseñaremos a buscar.
—Yo solo quiero encontrar a Evia e irme con ella.
—Buscaremos ese mundo donde dices que puede estar. Hay
muchos mundos en este, Nina —le explicó en voz baja—. Y muchas
personas especiales, que son iguales que nosotros, pero hacen cosas
que nadie hace… Y hay ciudades en el fondo del mar, y en el interior
de la tierra. Hay mundos en el cielo y seres que nos observan. Hay
tantas cosas que podría enseñarte…
A Nina la emoción le brotaba por los ojos. Estaba entusiasmada
ante la idea de conocer todas esas cosas que el señor Martin le
ofrecía. ¿Sería verdad? ¿Podría ella encontrar a Evia?
—¿Te gustaría venir conmigo?
—Pero no quiero dejar a mis hermanos —refutó triste.
Martin tuvo que engañarla para poderse llevar a aquel tesoro de
la providencia.
—Hablarás con ellos siempre que quieras, Nina. Y les
invitaremos para que vengan a verte. Tendrás una nueva familia.
—Yo ya tengo una familia aquí. Ethan, Lex, Sin, el niño
demonio…
Martin sacudió la cabeza al oír aquel último apodo y dejó ir una
risita.
—Vendrán a verte. Y si quieren, podrán pasar una temporada
allí, en nuestro hogar. Sé que no puedo ser tu padre. Pero seré tu
amigo —se sinceró—. Y te ayudaré a que aprendas a encontrar
mundos.
—¿Me lo promete? ¿Me promete que me ayudará a encontrar a
Evia y que podré ver a mis hermanos? —se levantó del columpio y
lo miró de frente—. Ethan estará tan contento cuando la traiga de
vuelta…
—Te lo prometo, Nina —mintió. No mentía del todo, pero tenía
que seguirle el juego como fuera.
—Entonces… —se lo pensó unos segundos más—. Está bien.
Me iré con usted.
Martin sonrió de oreja a oreja. Se levantó de su columpio y le
ofreció la mano para que Nina se la cogiera.
—Bien. Vamos rápido a ver a mi amiga Brigit. Tenemos una
buena noticia que darle.
—Pero tengo que avisar a mis hermanos —repuso Nina.
—Lo harás. Podrás hablar con ellos siempre que quieras.
—Sí. Vale —Nina miró el mural de Evia por última vez, con una
sonrisa abierta y sincera y la creencia ciega de que iba a encontrarla,
estuviera donde estuviera.
Ese día, empezó su nueva vida.
Y aprendió, amargamente, que para abrazar su futuro, tenía que
dejar atrás todo su pasado y aprender a olvidar a las personas que
quería.
Aquel día, abandonó Lostsoul para siempre. Y no. No pudo
despedirse de sus hermanos.
Y aquella era una mentira que nunca pudo perdonar al profesor
Martin.
Le estaría agradecida por la vida y las enseñanzas que le inculcó.
Pero nunca olvidaría que no cumplió su palabra con ella.
Evia no se la llevó con ella.
Y Martin no dejó que volviera a tener contacto con los Lostsoul.
En la actualidad
Selva Amazónica del Madre De Dios. Perú
Cuando Nina bajó del peque-peque y sus botas goretex se
hundieron en el palmo de agua de la cristalina orilla del río, aún
tenía vívidos y presentes sus últimos pensamientos y recuerdos
sobre aquel primer encuentro con el profesor Martin.
Sobre el cambio que provocó en ella. En su vida.
Tal vez, de haberse quedado en Lostsoul y no haber sido
adoptada por el director del Club Percival, ella no sería la persona
que era en aquel momento. Posiblemente, sería otra chica distinta.
Aunque sus inquietudes, seguramente, se habrían mantenido.
Solo que, muy probablemente, no habría tenido los medios para
explotarlas como sí había hecho en el Club de estudios privados
Percival.
Lo que sabía, lo que aprendió, lo que estudió le había dado las
herramientas para ver la vida de una manera distinta, para tener
otro prisma, más consciente y también coherente, con unas bases
sólidas en las que respaldarse. Y aquello, el saber, era impagable
para ella.
Lo único que lamentaba era lo que tuvo que dar a cambio para
poder vivir como vivía en la actualidad. Aunque no había ni un solo
día en el que no pensara en su familia de almas perdidas.
Pero debía tener muy presente las últimas palabras que le dedicó
el profesor Martin en su lecho de muerte, tres años atrás. Y no las iba
a ignorar.
—Eline, la aprendiz de Blavatsky dejó una profecía tras la visita
de Nina Fawce . Ella dijo que pasaría mucho tiempo hasta que
alguien le diera continuidad al trabajo de Percy Fawce y a su
búsqueda. En algún lugar nacería una niña que nalizaría su misión
y que mostraría al mundo la verdad del origen de nuestra
civilización. La niña llegaría al círculo Fawce bajo el nombre de
Nina, como el de la esposa de Percy, pero no compartiría la sangre
de la familia. Nosotros, la ayudaríamos a alimentar y a redirigir sus
inquietudes en pos de la búsqueda. Lo único que debíamos asegurar
era tu protección. Protegerte a ti, y al ídolo mágico —El profesor
Martin sufría una grave afección pulmonar pero se aseguró de
contarle la verdad antes de irse para siempre—. Sé que estás
enfadada conmigo por haberte separado así de tu familia del
orfanato. Y conozco tu profunda añoranza. Pero he hecho lo mejor
para ti. Créeme. Tú vas a ser importante, Nina. Vas a ser una
reveladora de mundos.
En aquel momento, Nina no podía enfadarse con él, porque había
aprendido a quererlo mucho en esos años. Nunca como a un padre.
Pero sí como a un buen amigo y aliado, tal y como él le prometió.
—Sigues creyendo que Evia no era de este mundo, ¿verdad?
—Con todas mis fuerzas.
—¿Y sigues creyendo que algún día la encontrarás?
—No tengo ninguna duda —Nina sujetó con fuerza la fría mano
del profesor.
—Yo tampoco dudo que lo harás, Nina. Encuentra el primer
mundo oculto, y todos los demás se abrirán ante ti, incluso ese en el
que crees que se encuentra tu hermana. Tú eres la heredera de los
buscadores —tosió con fuerza, privado de aire.
—No hables más. Me estás haciendo sufrir… Descansa. El
profesor Martin negó con vehemencia.
—Descansaré pronto —dijo él—. Pero déjame hablarte como el
padre que me hubiera gustado ser para ti. Estudia. Lee.
Experimenta. Y cree. Cree siempre, Nina. Tienes dieciocho años. Eres
una chica muy bonita y muy divertida, pero no te despistes con los
chicos, ¿de acuerdo? Sé que hay muchos que están interesados…
Nina puso cara de no poder creérselo.
—No estoy pensando en chicos ahora, profesor.
—Solo por si acaso. Acaba tus estudios en Percival. Gradúate con
todos los honores. Y después emprende tu viaje personal e inicia tu
leyenda, Nina Croft —sonrió—. Y si te tienes que enamorar…
enamórate de ti y de la vida. Eres una chica llena de magia —alzó
sus dedos y le acarició la mejilla—. Si tienes que enamorarte y tienes
que elegir, hazlo de alguien que sea tan mágico como tú. A los
soñadores no nos pueden cortar las alas. Porque aunque tocamos
con los pies en el suelo, nuestra mirada siempre mira al cielo.
Asegúrate de que miráis los dos en la misma dirección.
Nina besó la mano helada del profesor y asintió mientras las
lágrimas corrían sin freno por sus mejillas.
—Esta lección es muy distinta a todas las que me has dado en
clase.
—Esta lección es la mejor que te puedo dar. El Percival se fundó
en honor a Percy Fawce . Él fue un ejemplo a seguir para nosotros.
Él inspiró a Spielberg para que creara a Indiana Jones, y a Arthur
Conan Doyle, su gran amigo, para que escribiera El mundo perdido...
Él creía en muchas cosas y ha dejado huella. Y creía en ese mundo
oculto. Toma el ídolo y ve a acabar su misión en cuanto sea el
momento. Deja huella tú también. Encuentra la ciudad perdida de
Percy.
—Sí, profesor.
—Bien —miró al techo e intentó tomar aire con todas sus fuerzas
—. Espero que encuentres todo lo que buscas, en este mundo y en
los otros, Nina. Ha sido un honor poder instruirte. Mis mejores
deseos para ti y toda mi admiración.
—Le echaré de menos, profesor —su voz sonó estrangulada y
rota por la pena.
—Y yo a ti, pequeña. Y yo a ti. No hace falta que me vengas a
buscar. Porque yo sí estaré en el cielo —tuvo fuerzas para hacer su
última broma—. Con el Padre Todopoderoso. ¿Sigues sin saber
quién es? —la miró de reojo.
—No he tenido el gusto de verle, todavía.
—Bien. Y debes tardar mucho. Tú no puedes ir a su reino hasta
que seas una viejita. Muy viejita y sabia. ¿Entendido? Nina sonrió y
se mordió el labio inferior con impotencia. El profesor Martin expiró
su último aliento en presencia de Nina. Pero ella tendría muy
presente su última lección de vida.
Estando en la selva, se le mezclaban los recuerdos entre el pasado
y la actualidad. Porque estar ahí era la culminación de una
investigación que inició un año atrás sobre los vortex en el triángulo
que comprendía Perú, Brasil y Bolivia y su relación con los mundos
ocultos.
Los puntos calientes de la tierra se activaban sin orden especí co,
sin patrones. Y todos esos vortex incidían en lugares donde siempre
sucedían cosas extrañas como avistamientos, presencias
inverosímiles, hombres vestidos de blanco y piel resplandeciente,
ciudades que aparecían y desaparecían como un espejismo. Percy
Fawce nunca tuvo el material informático ni los medios que sí
poseía Nina como miembro del Club Percival, por tanto nunca pudo
comprobar que sus teorías eran ciertas. Pero Nina sí podía hacerlo.
Y allí, en esa selva, quería comprobar qué sucedía en un punto
electromagnético activo, aunque débil, como aquel. Agarró el
portátil y dejó al peque-peque con el machiguenga, que miraba a su
alrededor asustado.
—Señorita, dese prisa —le pidió con un español no muy claro.
—No sé cuánto tardaré —contestó guardando el portátil en la
mochila. A diferencia del machiguenga, ella hablaba un español muy
correcto y bueno. A continuación tomó su movil para ver en pantalla
el mismo programa de vortex que transmitía el ordenador—. Váyase
si quiere.
—No. Irme no. Usted sola aquí no —Se llamaba Iván. Tenía una
camiseta rota blanca de manga corta, unas zapatillas gastadas y un
pantalón de un equipo de fútbol. Los machiguengas recibían visitas
de los jesuitas y de extranjeros como ella que les colmaban de
regalos, la mayoría ropa y medicinas. A cambio, ellos les dejaban
dormir en sus chozas, en las zonas menos peligrosas de la selva. Pero
el lugar en el que estaban hacía horas que había traspasado la línea
de lo seguro, dado que eran territorios que ni ellos pisaban porque
les inspiraba un gran respeto.
—No hay nadie en este lugar —contestó ella apartándose la larga
trenza negra y colocándosela sobre su hombro. Llevaba unos
pantalones caquis largos militares y ajustados, y una camiseta negra
de tirantes. Se había rociado la piel con spray antipicaduras contra
jejenes. Esos molestos mosquitos picaban y dejaban un reguero de
sangre por el cuerpo, que luego escocía horrores—. No me va a pasar
nada.
—Señorita. Hay serpientes, arañas, sachavacas…
—Me preocupan más los jejenes. Espero que las vacunas surtan
efecto —dijo para sí misma.
—Molestar a los señores del muro no es bueno.
—Intentaré no despertarles —bromeó.
Los machiguengas contaban muchas leyendas sobre el muro de
Pusharo, una pared de piedra colosal, arraigada a la selva, colocada
ahí como una barrera prohibitiva como si separara mundos y
realidades, que estaba repleta de jeroglí cos que nadie había logrado
descifrar nunca. Y era ahí, curiosamente, donde su programa
marcaba el vórtex semidormido.
—Iván, no tienes que quedarte si no quieres. Pásame a recoger
por la mañana —No tenía miedo a pasar noches sola. Ya lo había
hecho en el desierto, en bosques, en mares y en otras selvas…
Miró su reloj digital—. ¿A las seis?
—No. No entiende. Usted es chica.
—¿Soy pequeña? —alzó una ceja admonitoria—. Yo no me
considero pequeña. Soy alta, y fuerte —aseguró mostrando un
bíceps no muy prominente.
—Es chica —él abrió los ojos molesto—. Es mujer. No estar sola
aquí.
—Joder con el patriarcado —gruñó incrédulamente—. Hasta en
la selva… Gracias por preocuparte por mí. Haz lo que quieras, Iván.
Yo me voy hacia adentro —alzó la mano en señal de despedida y se
dio la vuelta para caminar entre los espesos matorrales. Ignoró las
advertencias de Iván y caminó hasta que dejó de oír su voz cerrada.
Encendió la linterna con su mano libre y con la otra, siguió el
GPS del vortex. Estaba muy localizado. Y era algo maravilloso que
un punto telúrico mostrara esa actividad permanente.
Allí había algo. Algo distinto. Algo que emitía una señal potente.
Y fuera lo que fuese, Nina iba a dar con ello.
3
—H
robadas de Sirens.
as hecho un buen trabajo, lágrima negra —lo
felicitó Azaro recibiendo de mano de Idún el
estuche hermético con las tres poderosas varas
N
ina solo tuvo que seguir las ondas exactas que emitía
aquel artilugio en la pantalla del móvil. Y no tardó nada
en dar con aquella pieza circular, plateada y formada
por extrañas aleaciones.
Sus enormes ojos oscuros re ejaron todo el asombro que sentía
en ese momento. Porque ella conocía esos anillos. Los había
estudiado en su clase de antiguas civilizaciones y, aunque este
difería en color y en la disposición de las líneas, sí podía catalogarlo.
Tomó sus gafas de ver, de pasta negra y se las puso con emoción.
¿Era eso? ¿Eso era lo que emitía esa radiación? ¿Cómo era
posible? ¿De qué estaba hecho? ¿Qué era y a quién pertenecía? ¿Y
por qué algo como aquello estaba medio enterrado en la húmeda
tierra a los pies del muro de Pusharo?
Ella esperaba encontrarse con algún tipo de portal oculto o de
entrada a otro mundo. Y en su lugar halló una alianza. Aunque no
era una cualquiera. Esta era especial de verdad.
—¿Cómo has llegado tú hasta aquí? —preguntó Nina alzando el
anillo para acercarlo a sus ojos.
Acto seguido volcó su atención en el muro. Los machiguengas
aseguraban que esa muralla dividía un mundo de otro. Y que tras él
vivían seres vestidos de blanco. Y habían tantas leyendas de ese tipo
esparcidas por todo el mundo, sobre todo por esos cónclaves
mágicos, que Nina no podía dejar de creer que algo de realidad
tenían.
Aunque Pusharo no era un vórtex caliente. Dudaba que fuera un
portal hacia ninguna otra dimensión. No obstante, debía encontrar la
razón por la que ese anillo tan especial reposaba en ese lugar. Con la
idea de regresar a Londres a la mañana siguiente para empezar a
hacerle todo tipo de pruebas a aquel objeto, Nina se dispuso a
guardárselo en el bolsillo lateral con cierre cremallera del pantalón.
Pero entonces, escuchó el crujido de una rama. Como si alguien
la hubiera pisado a propósito.
Se dio la vuelta para enfocar el origen del sonido con la potente y
diminuta linterna que sujetaba. Y no encontró a nadie.
No sería la primera vez que se viera cara a cara con el peligro. En
sus viajes, siempre se había dado de bruces con guardianes de todo
tipo. Con anacondas, con leones, panteras, nidos de arañas… las
complicaciones y los desafíos no le eran ajenos. Por ese motivo creyó
que fuera el animal que fuese quien quisiera echarla de ahí, lo
respetaría pero no le acobardaría. Simplemente se mirarían, ella le
transmitiría que no venía a hacer daño ni a cazar, y la era se daría
la vuelta y se iría. O, en caso contrario, sería ella quien arrancara a
correr cagando leches. Que eso también sabía hacerlo.
Alumbró de nuevo todo lo que tenía a sus espaldas, y no vio
nada, excepto el espesor verdoso de la selva, y muchos de sus
diminutos insectos acomodados entre plantas y frondosas ramas.
Al nal, más tranquila, se dio la vuelta de nuevo para mirar el
muro por última vez y asegurarse que no había nada más que le
llamase la atención.
Pero sí lo había.
Se quedó sin aire al comprobar que ante ella, a solo un palmo de
distancia, un hombre que le sacaba una cabeza y media, cubierto de
sangre y con los ojos de color de un intenso rubí, la miraba furioso.
Sus ropas rotas no ocultaban sus aparatosos cortes. Tenía el pelo
negro y largo de un lado, y la mitad del cráneo rapado. En su rostro
sucio de barro y sangre había una lágrima negra tatuada bajo su ojo
derecho. Y cerca de su barbilla, casi a dos o tres centímetros de la
comisura de su labio, asomaba una cicatriz antigua, que se movía a
cada gesto de su barbilla. Era poderoso y fuerte. Características que
casaban con la violencia y la crueldad de su mirada roja e inhumana.
Porque alguien cuyos ojos brillaran con ese fulgor y ese tono
estaba lejos de ser un humano.
Nina dejó caer la linterna al suelo, producto del espanto, y emitió
un grito que pronto el desconocido acalló, posando su mano sobre
su boca y agarrándola con fuerza de los pelos de la nuca.
Y ella se esperó lo peor. Sola, en la selva, con un sociópata, nada
bueno ocurriría. ¿Y si la violaba? ¿Y si la mataba? Los animales no le
inspiraban el miedo que sí podía despertar en ella encontrarse a
solas en un lugar solitario y abandonado a la mano de Dios, con un
desconocido con aspecto de haber salido del ascensor de El
Resplandor. Un tipo que estaría perseguido por los cuerpos de
seguridad de ese país, y que seguramente se ocultaba en la selva
para sobrevivir. Parecía un híbrido entre un motero tipo Ángel del
In erno y el líder de una mara.
Y estaba convencida de que la iba a matar.
—Dámelo —le ordenó hablando entre dientes.
Sus dientes rectos y blancos emergieron entre sus labios,
acompañado de un suspiro de dolor.
Nina nunca se quedaba sin palabras. Era muy elocuente y eso le
había sacado de más de un embrollo. Pero en ese momento su mente
se sumía en la parálisis. Estaba en blanco.
—¿Eh? —contestó contra la palma de su mano.
—Dame lo que es mío.
¿Ese acento?, pensó Nina. Él hablaba en inglés. Pero un inglés
muy extraño. Como si hiciera mucho tiempo que no lo practicase. De
hecho, dudaba que ese individuo hablara con nadie que no fuera
Satanás.
—¿No me has oído, humana?
¿Humana? ¿Había dicho «humana»? De acuerdo… estaba
completamente loco y despersonalizado.
Y ella estaba en serio peligro, porque nadie podía razonar con los
locos.
—El anillo —gruñó haciéndola andar hasta apoyarla contra el
muro de jeroglí cos. Sus ojos despiadados se oscurecían y se
aclaraban como si fueran bipolares—. Dame el anillo.
Nina ocultó su fascinación pues sabía que aquello no era bueno.
Así que intentó engañarle y hacerse pasar por española, hablándole
en castellano.
—No sé qué quieres. Por favor, no me hagas daño.
Idún entrecerró los ojos y agarró su trenza con más fuerza.
—Quiero que me des el anillo —sus manos urgentes y violentas, le
abrieron la cremallera del bolsillo y lo sacudieron hasta coger la
alianza—. Esto es mío.
Nina no sabía qué la sorprendía más. Pero que él también hablase
español la dejó un poco perdida. Sin embargo, le estaba robando el
anillo.
—Está bien. Llévatelo… —accedió ella temblorosa—. Pero deja
que me vaya.
Idún la soltó de malas maneras, lanzándola al suelo y
provocando que sus gafas se cayeran y se partieran. Frenó con las
manos, pero quedó de rodillas, con la trenza sacudiéndose de un
lado al otro frente a su rostro.
Aprovechó que su agresor le dio la espalda momentáneamente,
como si ella dejara de tener importancia, y abrió la mochila que
reposaba en el suelo para tomar su pistola. Lara Croft siempre
procuraba llevar una. Ella no sería diferente, porque no solo podía
defenderse con sus puños. Necesitaba algo más duro. Sabía pelear.
Pero no iba a jugarse el pellejo con ese salvaje.
Se levantó con su semiautomática Smith & Wesson negra bien
sujeta con ambas manos y lo apuntó a la espalda, manteniendo los
brazos bien tensos y estirados.
—¡Eh! —le gritó espoleada por una nuevaoleadadevalor—. ¡No te
muevas!
Idún la ignoraba por completo. Como si no le importase nada de
lo que le sucediera a partir de ahora. Entonces él, como si estuviera
sordo, se colocó el anillo en el pulgar.
En ese momento, cuando Idún alzó el brazo, Nina vislumbró
unos dibujos negros en su brazo, del hombro al codo. Estaba
tatuado, por supuesto pero con la poca luz que había y sin sus gafas
no podía identi car sus símbolos.
Idún cerró y abrió los dedos de la mano en la que ahora relucía el
anillo y algo fuera de lo normal, algo a lo que Nina no podía
encontrar explicación, sucedió ante ella.
Todas las heridas de ese hombre. Incisiones y cortes aparatosos,
empezaron a cerrarse por arte de magia. Los extremos abiertos de su
piel se unían para volverla uniforme y sana.
Nina dio un paso atrás y entreabrió la boca, con sorpresa y
pasmo. ¿Eso era real? ¿El anillo estaba sanando a ese individuo?
¿Y él lo sabía? ¿Sabía que escondía ese poder entre sus atributos?
¡Era un anillo atlante real!
—Mierda… —susurró Nina asustada—. Esto es muy raro…—
murmuró para sí misma. Pero no podía quedarse mirando. Tenía
que coger lo que era suyo e irse de ahí—. ¡Dámelo o te dispararé!
¡Eh! —volvió a gritarle—. ¡¿Me estás oyendo?!
Idún se dio la vuelta, aún con gesto ausente, como si pensara solo
en sus cosas mientras sanaba inexplicablemente. Las heridas de su
rostro desaparecían y el rictus de sufrimiento se borraba de su
expresión relajando las arrugas de su frente y de sus ojos. Pero unos
ojos rojos e intermitentes siempre darían miedo. Porque no eran de
ese mundo.
El anillo atlante le habló de su último propietario. E Idún vio en
su mente de quién se trataba y qué historia le contaba.
Y era increíble. Aquel anillo había pertenecido a un hombre
llamado Fred. Un hombre que había estado en Sirens junto a su
amigo Arnold y Lilith Bathory. Los tres humanos que entraron en
Sirens para cambiarlo todo.
Fred rescató a los niños que Lilith secuestró de Sirens, a Evia y a
Ethan, y los dejó en una casa de niños perdidos llamada Lostsoul.
Fred fue quien, con ayuda de los Mur, devolvió a Evia a Sirens
cuando perdió la vida en la Tierra. Él la ayudó. Pero Fred se sintió
siempre perseguido por los integrantes del clan Bathory y ftule, y un
día, al ver que ya no podía escapar y que los tenía pisándole los
talones, decidió sacri carse, ahí, en ese muro, para que nunca
averiguaran quién tenía el medallón de entrada a Sirens y quién
escondía a Evia y a Ethan.
Idún no sabía muy bien cómo sentirse. Todo aquello era una
enorme casualidad, pero en realidad, solo un siren podría encontrar
un anillo atlante como aquel. Y ahora él estaba en el exterior y lo
necesitaba. Por tanto, el anillo ahora le pertenecía. Ya analizaría en
otro momento toda esa lectura psicométrica de la alianza.
Entre su curación, la revelación y su alivio, Idún volvió a caer en
la cuenta de que no estaba solo, y de que esa humana le había estado
gritando. Palabras a las que él no atendía y le importaban bien poco.
Pero, aunque establecer contacto visual con una humana, era lo
último que quería, comprendió que debía hacerlo. Porque Idún
seguía necesitando cosas de ella.
—No te acerques. O te dispararé. Sácate el anillo y lánzamelo.
Aquella orden pareció divertir al salvaje. Su ceja negra la desa ó,
fue el único músculo que se movió en su rictus severo y duro.
—Quiero saber qué dispositivos has usado para encontrar uno de
estos. Y quiero que me lo des —Idún alzó el pulgar y el anillo
refulgió azulado con los rayos de la luna.
Nina dejó ir el aire entre sus dientes.
—Te lo voy a repetir una vez más. La última —¿Ese hombre
estaba sordo o qué le pasaba?—. Lánzame el anillo y te dejaré ir.
Idún se sentía cada vez mejor. Las propiedades del anillo lo
ayudaban y lo sanaban de dentro hacia afuera. Como lágrima negra
que era, ya no le pesaba la conciencia por nada de lo que hiciera. Era
como si el bien y el mal fueran meras caras de una misma moneda, y
a él ya no le importaba por cuál debía apostar. Sus principios ya no
venían regidos por el Dharma siren. Pero tampoco se regía por la luz
Graen. Se había desvinculado de ambas, y ahora solo permitía una
emoción en su interior: La venganza y la consecución de sus propios
intereses.
Quería acabar con Sisé, Azaro y Lilith. Quería matarlos, y no
porque ellos quisieran dominar el mundo y convocar a los Indignos
en su totalidad. Quería acabar con sus vidas porque le habían
manipulado y obligado a realizar un genocidio que él nunca quiso.
Se habían reído de él.
Él tenía un plan. Pero no lo conseguiría solo.
Esa humana había encontrado un anillo atlante con ayuda de un
programa. Idún necesitaba ese sistema para sus propósitos. Y estaba
decidido a conseguirlo.
—Humana —Idún se movió de un modo imperceptible para ella.
Y pronto la pudo agarrar de la garganta. Ella abrió los ojos aterrada
pero no dejó de apoyar el cañón de la pistola en su estómago.
—¿Cómo… te has movido así de rápido? ¿Qué eres? —preguntó
ella luchando por comprender lo que veían sus ojos—.
¡¿Qué demonios eres?!
—Yos ol ek on eserc. Soy aquello que no crees. Et gonev ah biarmac ut
donum. Ut daiv.
Nina arrugó el ceño. Su voz se le coló bajo la piel y le erizó el
vello. No comprendía ese dialecto. ¿En qué idioma le hablaba?
—¡Suéltame! —le gritó. Sus cuerdas vocales, estrujadas por la
manaza de Idún, se desgarraron.
—No. Te vienes conmigo.
—¡No!
¡Pam!
Antes de que Idún comprendiera lo que había pasado, la bala
había perforado su caja torácica. La humana le había disparado.
Aunque con el anillo atlante, su cuerpo sanaría rápido. El siren
atravesó a Nina con sus ojos rojos, como si necesitara echar mano a
toda su paciencia para no quebrar su cuello por completo. Y
entonces echó la cabeza hacia atrás y le dio un cabezazo.
Fue como un fogonazo.
El mundo de la joven morena se oscureció, se volvió negro, y su
conciencia cayó al abismo.
Su cuerpo inerte cayó tieso como un muro de piedra contra el
suelo selvático. Soltó la pistola, y se quedó con los brazos y las
piernas abiertas, haciendo la estrellita y la nariz sangrando.
Idún se acuclilló ante ella y la observó con atención, como haría
un animal ante una especie que no reconocía. En Sirens jamás se
hubiera atrevido a golpear a una mujer. Pero allí nadie le hubiera
disparado.
En cambio, en el exterior, veía a las mujeres humanas asalvajadas
y traicioneras. Como Sisé y Lilith. Ellas lo empezaron todo. Ellas
mancharon su mundo con su ambición. Nada que ver con lo que
eran las mujeres en Sirens.
Evia era todo virtud y amor. Las Myst, las Sanaes… Su madre fue
un ejemplo para… De repente, el rictus de Idún se tornó pétreo, su
mente cortocircuitó al comprender que ellos ya no existían. Que Evia
también había muerto. Que el corazón de Sirens, sin ella, ya habría
dejado de palpitar…
El frío acampó en su corazón, como venía haciendo desde que
Ethan le arrebató el título de Jinete de los Uróboros y líder Mayan.
Pero nunca había dolido tanto. Cuanto más recordaba, peor era.
Se apartó la melena a un lado, cogió la pistola de Nina y se la
guardó en la cinturilla del pantalón. Agarró su móvil para ver si
continuaba aquel programa abierto, pero la pantalla ya se había
bloqueado. Idún intentó desbloquearla. La tecnología de Sirens era
más avanzada que la humana, pero más esencial, más conectada a la
tierra. La de los terrestres no era así.
Frustrado, jó su atención en la chica y gruñó para sí mismo al
comprender que la iba a necesitar para ir en busca de lo único que
podía acabar con Azaro y sus dos concubinas. La agarró de las
muñecas para medio incorporarla, y entonces atisbó algo en su piel
que no había visto todavía.
Y todo dio un giro de ciento ochenta grados.
Esa chica tenía un tatuaje en el antebrazo. Y no uno cualquiera.
Era un objeto que él conocía por las clases que los Guías daban en
la metrópoli sobre culturas y clanes ancestrales. Y él reconocía ese
símbolo.
De hecho, lo necesitaba. Y ella no sabía cuánto. Era un Tyet. La
llave al mundo de los Khimeras.
Algo estupefacto, se quedó observando a la muchacha.
¿Quién era?
Fuera como fuese, estaba en el lugar adecuado y en el momento
oportuno. Y tenía relación con el mundo de los Khimeras. Justo lo
que él necesitaba. Un puente entre mundos. Nunca podría entrar en
Sirens. Su tierra estaba infectada de enfermedad y ya habrían muerto
todos.
Idún ya no tenía hogar. Ni familia. Ni raíces.
Pero su naturaleza no sería rechazada en el mundo de los hijos de
Isis, del cual solo quería una cosa: llevarse la vara de poder que ellos
custodiaban.
E implantar su castigo a aquellos que lo habían convertido en el
destructor de su mundo.
Sirens
El llano de la Llegada
—La pérdida es irreparable. Pero nada desaparece del todo, hijos
de Sirens, todo se transforma.
Con esas palabras, Merin iniciaba la ceremonia del Adiós en
honor a la extinción de los sirens. Solo quedaban aquel grupo
reducido de niños que él se había limitado a proteger bajo su cúpula
mientras todos los demás morían uno a uno producto del virus que
Idún trajo consigo al robar las tres varas de poder que custodiaba la
pirámide de cristal, el corazón del mundo hueco y el que equilibraba
los dos universos, el interior y el exterior.
Como el más sabio de los sirens en pie, el viejo atlante era
escuchado y respetado por todos. Allí, en el llano de la Llegada,
acompañados de todos los seres que residían en los acantilados de
ftot y todos los que habían bajado desde la Tierra del Cielo,
guardaban silencio y escuchaban con el corazón abierto las sentidas
palabras del Sabio. Se habían vestido todos de riguroso negro, con
livianas túnicas que cubrían sus cuerpos sin ninguna otra pretensión
que rendir culto y respeto a los que habían partido.
Los niños nunca entenderían qué había pasado en realidad para
que, de la noche a la mañana, sus padres y sus familiares ya no
estuvieran con ellos. Muchos lloraban, todavía en shock, al recordar
a sus seres queridos, y dejaban ores a los pies de aquellas cuatro
esculturas guardianas erigidas en honor a las víctimas, cada uno
representante Guía de una facción. Los padres de Ethan y Evia. En la
base de las estatuas se habían grabado los nombres de cada uno de
los habitantes desaparecidos.
Ethan y Cora, al lado de Merin, no podían esconder su dolor. Así
como Devil y Evia, que habían regresado al interior de Sirens para
rendir culto al Adiós.
Los cuatro sentían lo sucedido de maneras distintas.
Ethan sentía que él era responsable de los actos de Idún, al haber
despertado su ira y su envidia. Al haber regresado a su mundo.
Cora creía que si no se hubiera lanzado a buscar al hombre de sus
sueños, una civilización antigua aún seguiría viva, y entonces aquel
hermoso mundo hueco no estaría cubierto de pena y desolación.
Evia siempre creería que podría haber hecho más. Que su
conexión con el corazón podría haber despertado una sanación
universal que no existía entre las propiedades místicas de Näel. Tal
vez, si hubiera estado en ese momento, si hubiera permanecido en el
lago de las leyendas… No, también habría sido contagiada al
instante. Poco se podía hacer contra un virus de ese calibre.
Y Devil… Devil, aunque había sido elegido protector de Sirens
junto a Evia, sentía que la responsabilidad de esa tragedia era de él y
solo de él, por haber tenido un padre genetista que trabajara a las
órdenes de Lilith Bathory. Aunque Evia le había dicho por activa y
por pasiva que de lo único que él era responsable era de salvarla a
ella, a Merin y a los niños, y haberles dado un rayo de esperanza
para sobrevivir y continuar.
Era complicado gestionar las culpas y las emociones en
situaciones de esa dureza sentimental, en las que el dolor por todo lo
que se había perdido, nublaba la claridad mental o el raciocinio.
—Los sirens somos seres longevos, hechos para descansar con el
paso de los siglos y los milenios, y hacerlo naturalmente,
entregándonos a nuestro origen y nal. Nos vamos con nuestros
devis y nuestros amaras, siempre acompañados de los seres a nes
que nos han rodeado en vida. Así debería ser nuestra despedida
—continuó Merin mirando reverencialmente aquella estatua. Los
hipidos y las lágrimas silenciosas de los niños le rompían el corazón.
Pero el discurso debía ser pronunciado para que todos fueran
conscientes de lo que acontecía—. Sin embargo, hemos sido víctimas
de una traición. Y todas estas almas grabadas aquí —señaló la base
del monumento— se han ido antes de tiempo. Y se fueron sin poder
luchar. Sin poder defenderse. Nos han robado las tres varas de poder
que protegíamos. Hay un Indigno despierto, y las humanas que una
vez cobijamos, Sisé y Lilith, lo acompañan para ayudarle a cumplir
sus propósitos. Hace años nuestro mundo sufrió el mismo ataque a
manos de los Indignos. Con esto quiero decir que los sirens ya
hemos luchado —dirigió sus ojos plateados a los críos, los únicos
supervivientes de la masacre—. Ya peleamos por sobrevivir y por
seguir cumpliendo nuestra función de observadores. Nuestro pueblo
ha perecido — caminó hasta ellos, apoyando su vara en el suelo—.
Debemos aceptarlo. Hemos estado al borde de la extinción —
reconoció con pesar—. Pero nos queda la semilla de todos los
maestros, os tenemos a vosotros —sonrió a los pequeños con
compasión— frutos de sus cuerpos y recipientes de toda su
sabiduría. Vosotros seréis el futuro, seréis los nuevos Mayan, Sanae,
Khemist y Myst… y yo me encargaré de que recibáis la misma
instrucción que vuestros padres y familiares recibieron. Pero nuestra
labor ahora y aquí, entre los muros de la tierra hueca, es de
expectativa y contención. Hemos cerrado las puertas al exterior. Esta
vez, de verdad, nadie más podrá entrar y salir.
—¿No lucharemos? —preguntó un pequeño aguerrido con ojos
llorosos—. ¿No lucharemos para ir en busca de los que nos hicieron
esto?
Merin se fue hacia él y acarició su pelo trenzado con cariño.
—No Beowl. Ahora es momento de retirarse y esperar. Debemos
sanar las heridas y no reaccionar al dolor de manera equivocada.
—Pero ¿entonces? ¿No haremos nada?
—Nosotros no —sentenció Merin—. Sois niños. No debéis
corromperos con las bajas emociones viscerales que nos lleven a
guerras que perderíamos sin duda. Los sirens no somos ese tipo de
seres. Y ese no es vuestro papel ahora. Vuestro papel es crecer, y
aprender. Pero sí es el de ellos —alzó la mirada para detenerla en
Ethan, Evia y sus acompañantes. Merin no se rendía, pero sí
aceptaba la realidad—. Hemos perdido esta batalla, pero no la
guerra. Y confío en que El Jinete de los Uróboros, la Vril, la
Guardiana de Näel y su protector, encuentren el modo de restablecer
nuestro equilibrio y el del exterior. Ellos van a dejar Sirens en
vuestras manos, pequeños —Merin el Sabio, sabía qué tenía que
hacer y decir para obtener toda la atención de esos niños de
potencial indiscutible que necesitaban lamer sus heridas de algún
modo. Debía hacerlos importantes. Y lo eran. Mucho—. Ellos saldrán
al mundo de los humanos para intentar arreglar las cosas. Pero para
ello necesitan a auténticos guardianes en su interior, ¿no es así,
Ethan?
Ethan, cuyo dolor y congoja por la muerte de sus padres se
exteriorizaba en su rostro y en sus ojos atormentados, dio un paso al
frente, con Cora sujeta de la mano. Ellos, sin mucha razón, eran
considerados héroes por los seres que vivían en Sirens. Y decía sin
mucha razón, porque si no habían podido salvar las vidas de los
miembros de su comunidad, ¿qué era lo que les agradecían?
—Agradecen sus vidas —le explicó Cora hablándole en voz muy
baja, solo audible para él—. Agradecen que hayas vuelto para
salvarles. Ethan, tienes que dirigirte a ellos y hablarles.
«No sé qué decirles. No puedo…».
«Claro que puedes, im mora. Háblales como te gustaría que te
hablaran a ti».
Ethan negó con la cabeza, trastornado por lo sucedido. No tenía
ganas de hablar, pero era un líder, el único líder Mayan que había en
pie, y era, además, el legendario Jinete de los Uróboros. Los niños y
el resto de individuos de otros clanes que lo observaban con
detenimiento, esperaban su discurso con impaciencia. Y ellos no les
podían decepcionar.
Así que jó sus ojos azul plata en cada grupo y comunidad que
asistía a aquel hermoso y fúnebre encuentro, y vestido de negro,
como el guerrero que era, y su pelo suelto mecido por el viento
marino, se alejó del discurso de Merin para decir uno que casara con
cómo realmente se sentía. Con cómo sabía que se sentían los niños.
—Como sabéis, soy Ethan Silanis. De la casa de Samun y Lys, y
hermano de Idún.
Cuando pronunció el nombre de su hermano un silencio lleno de
rabia y rencor se apoderó del llano. No iban a ignorarlo, lo
aceptarían porque Idún era el enemigo número uno para los sirens,
incluso más que Azaro.
—Yo fui arrancado de los brazos de mis padres junto a Evia, y
nos llevaron al exterior donde crecimos con los humanos. Y allí
aprendimos a querer. Y formamos parte de una familia grande. Sé
que muchos no creéis en ellos ahora. Y hacéis bien. Porque hay
maldad en sus corazones, como la hay en el de Lilith y Sisé. Pero
también la hubo en el de Idún. Así que nadie está libre de esas
emociones de baja intensidad. Porque alcanzó a Idún y lo convirtió
en un lágrima negra. Y yo no quiero más lágrimas negras aquí —
aseguró hablando a los pequeños de un modo que ellos lo
entendieran—. No quiero que os volváis malos ni que os llenéis de
ira y de venganza. Azaro, Lilith, Sisé e Idún son responsables de lo
que ha pasado, y os prometo que pagarán por ello. Nosotros nos
encargaremos —juró—. Pero no lo haremos solos. Nos ayudarán en
el exterior humanos buenos también. Como Cora —señaló a su rubia
pareja Vril, cuya leyenda cobró vida al ser acariciada por Ethan—. O
como Devil
—miró a su fornido amigo protector, cuyos demonios no dejaban
de seguir con la mirada a Evia, que sonreía agradecida por tenerle y
por haber llegado a un acuerdo con él: se amaban. Y punto. Y nada
hacía más feliz a Ethan—. Los sirens llevamos milenios sin actuar y
sin comprometernos, porque nunca nos molestaron lo su ciente
como para salir, dado que esa no era nuestra misión. Pero ahora nos
han tocado lo que más queríamos, y esta vez, bajo mi tutela, sí
vamos a reaccionar de otro modo. Mis Uróboros no descansarán
hasta dar con el traidor y sus cómplices, y acabar con ellos. Y me da
igual que sea mi hermano Idún quien tenga que pagar. Él es
hermano de sangre, pero ni siquiera es mi amigo. Ellos sí son mis
amigos —hizo referencia a Evia, Cora y Devil—. Y los que se han
llevado en el exterior también. Así que vamos a ir en su busca.
Vamos a arrebatarles las varas que son nuestras, y a castigarles por
lo que han hecho. Se im braalap. Os doy mi palabra.
—¿Y el protector? —quiso saber una niña de pelo muy rizado y
labios gruesos—. ¿Él va a quedarse aquí?
Todos los niños miraban a Devil con fascinación. Sus demonios
rojos en su leyenda eran tan magnéticos que no podían dejar de
estudiarlos con sus ojitos curiosos. Devil y sus tatuajes intimidaban
un poco, pero Evia a su lado, se encargaba de suavizar su apariencia.
—No. Yo me iré con ellos también —contestó Devil sin
esconderse—. Como sabéis, soy humano. Evia está loca por mí —
añadió cómicamente— y resulta que soy su aimán. Su pareja.
—A Devil le encanta fanfarronear —intervino Evia mirándolo sin
remedio.
—Mis demonios dicen que no soy muy bueno —arguyó
mostrándoselos a los críos. Los adultos de otras comunidades del
llano sonreían de manera cómplice. Devil se había ganado su respeto
al traer la cura a Sirens—. Y la verdad es que no lo soy — admitió—.
Mi padre creó el virus para acabar con los Sirens. Y creo que eso
nunca me lo perdonaré, aunque no haya tenido nada que ver con
ello y aunque nunca haya tenido nada que ver con él. Porque mi
padre me abandonó de pequeño, ¿sabéis? Y ha sido ahora, de mayor,
cuando he descubierto qué hacía realmente. Ojalá pudiera dar
marcha atrás. Ojalá lo hubiese descubierto antes —se fustigó—.
—No es tu culpa, demonio —dijo la niña mirándolo con tristeza
—. Tú nos salvaste.
Devil se sintió bañado por la pura misericordia de aquellos críos
que creían que era un héroe, y casi no lo pudo aguantar.
—Pero aunque mi padre me abandonó —continuó con la voz
algo quebrada— encontré a mi familia. ¿Sabéis cómo se llaman? Se
llaman Lostsoul. Son niños perdidos. Niños sin papás —les explicó
—. Eso niños crecieron… y hoy, Ethan y Evia, son parte de ellos. Lo
que quiero decir con esto es que, sé que habéis perdido a vuestros
papás, como los Lostsoul perdimos a los nuestros por el camino. ¿Y
sabéis en qué os convierte esto?
—¿En qué? —preguntaron los niños sin perder detalle de lo que
Devil les decía.
—Os convierte en uno de nosotros. Sois Lostsoul, todos — los
señaló—. Sois sirens, sí. Pero también sois almas perdidas. Y nunca,
jamás, estaréis solos. Nosotros —abarcó a los cuatro— seremos
vuestros hermanos. Y cuidaremos de vosotros. Porque un Lostsoul
nunca abandona.
Los ojos de Evia y Cora se llenaron de lágrimas. Ethan no podía
admirar más a Devil. Eso era lo que esos críos, ahora perdidos y
devastados, necesitaban. Saber que formaban parte de ellos, que eran
una comunidad y que eran especiales. Que nunca los abandonarían.
—Nosotros saldremos de Sirens, pero no para abandonaros. Lo
haremos para protegeros y luchar. Y necesitamos que cuidéis de este
mundo. Y que hagáis caso a Merin. Que le obedezcáis. No vamos a
permitir que los malos ganen. Pero ellos también se han llevado a
Lostsoul como vosotros, amigos nuestros, y debemos ir a buscarles y
traerles aquí. No nos detendremos hasta lograr nuestros propósitos.
Las expresiones de los pequeños cambiaron gradualmente. De
repente, se hicieron importantes y entendieron que Devil e Ethan les
pedían que fueran responsables y que cuidaran de ellos mismos y de
su mundo. Ellos también podían ser héroes.
—Hablad mucho con Näel —les pidió Evia—. Dadle mucho
amor a nuestro corazón, porque yo no voy a poder estar con él. Él os
necesita mucho.
—¿Te lo ha dicho, Myst? —preguntó otro niño preocupado—. ¿Él
nos necesita?
—Ya lo creo que sí —contestó Evia—. Necesita de vuestras
canciones y de vuestros buenos deseos. Necesita de vuestras
oraciones y vuestros mimos. Siempre que estéis allí, él recibirá
energía, y las puertas de Sirens permanecerán cerradas para todos
esos seres malos que quieran hacernos daño. Id a Criaturiam y jugad
con todos los animales —los animó—. Visitad a la Tierra del Cielo y
conoced a otros distintos a vosotros. Rezad por las almas de nuestros
seres queridos e id a hablar con Azul siempre que queráis. Conoced
vuestra tierra y vuestro mundo, y adorarlo como se merece, y nunca,
bajo ningún concepto, hagáis daño.
¿Me habéis oído?
—Sí —contestaron todos.
—¿Qué es lo que he dicho?
—Que nunca hagamos daño —contestaron a la vez. Evia,
complacida, asintió feliz.
—Creced en Sirens como los seres especiales que sois y respetad
lo que os rodea. Llenaos de amor. Y de Luz —proclamó provocando
una sonrisa de adoración en los niños, que la veían como a una diosa
—. Nosotros seremos vuestros guerreros —les aseguró—. Mi
protector, mi amiga Vril y el Jinete de los Uróboros, vamos a
llevarnos toda vuestra energía para ir a cambiar las cosas en el
exterior. Y sabremos que cada logro también será vuestro, porque
sentiremos vuestros pensamientos y vuestros deseos con nosotros. Y
ese será nuestro poder secreto —les guiñó un ojo.
Cora sonrió y agachó la cabeza al percibir el poder de Evia y lo
fácil que lo hacía para conectar con todos. Tenían mucho que
aprender la una de la otra y le hacía feliz saber que iban a luchar
juntas.
María Orsic y su abuelo Arnold la miraban, mezclados entre la
multitud. Le transmitían una fuerza y un apoyo inconmensurables.
Ellos, al menos, estaban a salvo allí. Pero Cora se sentiría mucho
mejor si encontrara en el exterior a Rose y a Cassie, porque no tenía
ni idea de dónde estaban, y le daba miedo pensar que algo malo de
verdad les hubiera pasado, o que Bathory se las hubiera llevado.
—Hace mucho tiempo, cuando hubo la primera guerra — explicó
Merin— y se produjo nuestro hundimiento, un héroe atlante decidió
dedicar su vida a la venganza y al castigo. Se llamaba ftot el Atlante.
A él lo acompañaban cuatro generales, los mejores de nuestras
facciones, a los que se les recordó como Los Cuatro de ftot. Hoy,
ellos cuatro salen de Sirens para ayudarnos, como si tomaran el
relevo. Para protegernos. Y para no silenciarnos. Despidámoslos
como los héroes que son.
Acto seguido, Merin los atrajo y rodeó a los cuatro con sus
brazos. La multitud les empezó a cantar una canción de protección y
de despedida. Y mientras sus voces se armonizaban, Merin unió su
cabeza a la de ellos, como si formaran una estrella de cinco puntas
mirada desde el cielo, y les dijo en voz baja:
—Antes de partir, debéis hacer una visita a los Oráculos. Es
importante.
Los cuatro asintieron y no necesitaron ninguna explicación más.
Merin los hizo desaparecer a los cinco, mientras en el Llano de la
Llegada reverberaba aquel himno a los héroes.
Uno que hablaba de sacri cio, despedidas y valentía.
5
L
os dos Oráculos, sembradores de vida originarios,
lucían compungidos, como todos los seres vivos de Sirens.
Lam y Enib, de piel negruzca llena de ornamentos y
tatuajes tribales y dorados, andróginos, y poco dados a mostrar
cualquier tipo de emoción, miraban lutosos a sus cinco visitanes en
la cueva del Volcán del Oráculo. Cuando uno hablaba, el otro
permanecía en silencio. Se iban turnando dado que uno anunciaba el
futuro de un modo más optimista que el otro. Ellos ofrecían un
posible resultado, pero no explicaban cómo se llegaba a él. Las
fórmulas, las variantes, eran tantas, que cualquier pequeño detalle
podía cambiar el sino del destino.
Allí, Ethan había ordenado a Merin que, con su vara, cambiara
sus ropas a unas más cómodas y aptas para el exterior. Y el Sabio les
había vestido a todos de negro, con ropas militares que no llamaran
excesivamente la atención entre los humanos. Las prendas se
pegaban a sus pieles, ocultaban plenamente sus leyendas y eran
resistentes a cualquier tipo de arma, con lo que podían sentirse
totalmente protegidos.
Ellas llevaban monos de cuerpo entero que delineaban con el
bisturí de un cirujano sus esbeltas y atléticas guras. Las botas
parecían militares pero tenían talón alto y cuadrado.
Ellos llevaban pantalones y camisetas de manga larga y sus pies
estaban cubiertos también por botas altas de piel negra.
—La tela de estos uniformes es indestructible —le explicó
Merin observando cómo quedaba en ellos—. Y si vuestras
leyendas necesitan salir, podrán hacerlo sin problema. No obstante,
el material de estas ropas cubrirá la luz que emiten vuestros tatuajes
y evitaréis llamar la atención. Sabéis lo que va a pasar a partir de
ahora, ¿verdad? —preguntó Merin algo sobrecogido.
—Sabemos que no podremos volver. Que Sirens debe
permanecer hermético, al menos, hasta que no consigamos todas las
varas de vuelta —contestó Ethan acariciando distraídamente la larga
cola de Cora—. Pero lo tenemos asumido.
—Sirens es ahora un reducto que proteger. Desde aquí, lo único
que puedo hacer es reestablecer las alianzas con los de la Tierra del
Cielo y los habitantes de las Tierras de Hielo y Fuego. Necesitamos
hacer una coalición potente para la posible guerra que se avecina,
porque nosotros ya no tenemos efectivos. Y si tuviéramos que salir…
o ellos entraran… —su silencio fue más que elocuente. Nada bueno
sucedería.
La guerra era la principal preocupación de Merin. Pero para
evitarla, ya habían hablado de todo lo que necesitaban impedir
antes.
Azaro no podía despertar a ningún Indigno más. Los dos cetros
de poder que quedaban debían caer en manos de Ethan y los suyos
antes que en las del Indigno y la Bathory. Pero conocía las
vinculaciones del Jinete de los Uróboros con las almas a nes de sus
amigos del exterior. Y el sabio atlante comprendía que rescatarlos
era un objetivo primordial. Del mismo modo que las ansias de
venganza que percibía en Devil, Evia e Ethan. Ansiaban encontrar a
Idún y hacerle pagar por lo que había pasado.
Solo ellos, una vez afuera, debían elegir cuál sería el sendero
personal a seguir.
—Si hubiera una guerra —añadió Devil— sería una excelente
noticia. Querría decir que les estamos poniendo las cosas difíciles —
Devil nunca había estado frente a los Oráculos, y aquella cueva en el
interior de un volcán le inspiraba respeto, así como las dos entidades
que permanecían en silencio, como si estuvieran en modo ahorro de
energía.
—La guerra sería un desastre —resolvió Merin cruzando sus
manos a su espalda y mirando al frente—. Los humanos debían
coexistir ignorantes de nuestra existencia. Si llega un enfrentamiento
entre los miembros de Graen y los miembros de la luz… será el n
para ellos. Una guerra entre atlantes Indignos y sirens, tendría
reverberación en todo el universo. Y los humanos se volverían locos.
—Los humanos pueden afrontar muchas cosas —murmuró Cora
—. Si descubrieran la existencia de estas realidades, no estarían en
absoluto preparados y eso conllevaría muchos cambios, largos y
tempestuosos en su sociedad, pero creo que no sería el n para ellos.
El ser humano teme a la muerte, no a otras formas de vida, Merin —
señaló la Vril con con anza—. Sin embargo, han sido adoctrinados
para no ver más allá, para creer de manera simplista que ellos son el
ombligo del universo y que no hubo ni hay ni habrá nada antes o
después que ellos. Si las realidades chocan, ya no podrán estar al
margen. Serán víctimas de lo que suceda.
—¿Y estáis dispuestos a aceptarlo? —Merin miró de soslayo a
Cora—. ¿Estáis dispuestos a aceptar que si la guerra llega y el velo se
cae, la humanidad como raza, como especie, se pondrá en peligro?
¿Estáis preparados para ello?
—Nadie está preparado para ver la muerte de cerca, sabio. Pero
intentaremos que eso no suceda. Vamos a echar mano de todos
nuestros medios para conseguir los cetros y detener a Azaro y a la
Bathory.
—Niu Niorac… —Merin sacudió su melena blanca y sonrió
apenado—. Confío en que no os rendiréis. Sé que lo podéis lograr.
Pero conozco a los Indignos. Sé de su crueldad y de su ambición. Son
ingobernables, y autoritarios. Les gusta someter. Como antiguo
atlante que soy me siento contrariado por los caminos que se abren
ante nosotros. Pero también tengo la seguridad de que, del ejército
reducido del que dispongo, mando a los mejores. Por eso estamos
aquí frente a los sembradores de vida. Porque quiero otorgaros el
don y el privilegio de escuchar una respuesta sobre el destino que
vais a encarar en cuanto salgáis de aquí.
—¿De qué nos sirve saber el futuro? —preguntó Devil un tanto
escéptico—. Los Oráculos ya te hablaron antes de que yo resucitara
en Sirens, antes de que Evia me diera el último aliento
—sus ojos celeste transmitían frialdad—. Y no sirvió de nada,
porque ellos entraron igual. Idún entró y mató a casi todo el mundo.
Mi padre, que en paz descanse si puede, creó el virus. Y el Indigno
resucitó —sacudió la cabeza—. Que me perdonen los sembradores
—alzó las manos— pero sus suposiciones y sus adivinanzas no nos
sirven de nada. Si hablan —miró a Lam y a Enib—, que hablen alto y
claro y que no dejen nada al azar.
Fue entonces cuando los dos seres que eligieron reposar su
eternidad en Sirens, seres ancestrales y más antiguos que el Tiempo,
dieron un paso al frente y hablaron al unísono, reaccionando a las
palabras del Protector.
—Todo es azar —contestaron—. Vosotros sois piezas de azar.
Nadie os gobierna. Nadie os obliga a tomar las decisiones que
tomáis, ni a seguir los senderos que seguís. El destino no es quien os
empuja a ir en una dirección u en otra. Sois vosotros —los ojos
invidentes de los Oráculos, azules y blanquecinos, se cernieron sobre
los cuatro—. En cada una de vuestras acciones, se forman nuevos
resultados nales. Y nosotros vemos cientos de miles de ellos. Pero
no vemos uno de nitivo. Sin embargo, de todas esas secuencias
podemos comprender el sino predominante. ¿Será para bien o para
mal? —se preguntaron los dos al mismo tiempo—. No vamos a
responder ninguna de vuestras preguntas. Solo os podemos dar un
consejo que esperamos que aceptéis. Es nuestra naturaleza. No
somos ni brujos ni adivinos. Leemos todas las posibilidades y de
entre todas ellas, señalamos las más evidentes y las que más
in uirían en el peor y en el mejor de los destinos. ¿Estáis dispuestos
a escucharnos?
Merin no salía de su asombro. Era la primera vez que los
sembradores dejaban a un lado su papel irremplazable de Oráculos
que solo respondían a preguntas concretas o que lanzaban súbitas
advertencias para convertirse en mediadores y facilitadores.
Entonces, el Sabio lo supo. Supo que la situación iba a ser más
delicada que nunca y que la labor de todos los que trabajaran en
favor de los sirens, iba a tener consecuencias universales y cósmicas.
—Por supuesto que estamos dispuestos a escucharos —contestó
Evia calmando a Devil con un sutil toque en su brazo—. Contrólate
demonio, por Näel —le pidió Evia de reojo y hablándole entre
dientes.
Devil le sonrió malvadamente pero acató sus órdenes. Siempre
las obedecería. Era su drúister.
—Entonces, escuchad bien con oídos y con corazón —dijo Lam
alzando uno de sus larguísimos y suaves dedos negros de pianista
—. Porque solo hablaremos ahora. Solo para vosotros. Nuestra
profecía será conjunta. Y será la última. Dice así:
E
ra mucho más fácil para Idún moverse en esa realidad
sin las aparatosas heridas que había arrastrado desde que
explotó el yate de la Bathory. Pero era más fácil no atender
a reglas ni a leyes obsoletas y más aún cuando por n podía
disfrutar de esa naturaleza oscura, de ser un lágrima negra. La
energía Graen corría por sus venas, había intoxicado su sangre y su
mente y ya no atendía a razones ni a Dharma ni a dioses.
Era Idún. Solo Idún.
Lo había perdido todo. Ya no era líder Mayan ni hijo de Samun y
Lys, ni Idún de la casa de Silanis. Todo eso ya no existía. Ni los
títulos ni los vínculos. Ni el respeto ni el amor. Pero lejos de
regodearse en la autocompasión, ahora, con sus tinieblas abrazadas,
se había dado cuenta de que no le debía nada a nadie, solo a sí
mismo.
Lo que iba a hacer, lo haría porque era lo que quería. Tomaría sus
propias decisiones sin esperar a ofender a ningún Guía ni a ningún
Indigno, porque ya no pertenecía a nadie.
Por eso, sabedor de sus nuevos poderes y de no tener límites,
hacía lo que hacía.
Los humanos no le merecían ningún respeto. Y esa morena de
larga trenza y ojos grandes y misteriosos era solo un medio para él.
Uno que llegó en el momento adecuado y en el lugar más
inesperado. Un medio para un n.
Se encontraban en una cabaña de las reservas del interior de la
selva. La niebla recorría la frondosa y verde superfície y casi entraba
en el habitáculo. Idún había cargado con Nina a cuestas, hasta
encontrar un lugar en el que poder comer y en el que poder sacar de
ella lo que necesitara. Y ahí estaba. En una choza de la cual había
expulsado a los machiguengas residentes en él, una familia de tres,
con un crío pequeño de no más de cinco años, vestido con ropa corta
y deshilachada. Y los había echado sin ningún miramiento. Aunque,
para ser honestos, tampoco había requerido ningún esfuerzo por su
parte. En cuanto vieron sus ojos rojos, salieron corriendo y en
silencio, como si acabaran de encontrarse al mismo diablo en
persona.
Había sentado a Nina en una silla medio rota y harapienta, y le
había atado las muñecas a la espalda, porque no le apetecía tener
que pelear. Entendía que una mujer a la cual no le costaba apretar el
gatillo y disparar, tampoco le costaría arañarle y pegarle para
defenderse. No tenía paciencia para esas tonterías.
La bala de su caja torácica había salido voluntariamente de su
cuerpo, y poco a poco su capacidad curativa reaccionaba y lo
ayudaba a sanar sin necesidad de ese anillo. Se sentía mejor, más
fuerte. Más capaz. Liberado. Sin miedos ni cargas pesadas sobre sus
hombros. Porque ya no tenía nada por lo que llorar. Solo quedaba la
rabia. La ira. La indignación. Y el honor caído.
Acercó el rostro al de la chica y le dijo:
—Abre los ojos. Te haces la dormida. Y sé que estás despierta.
Cuando Nina los abrió, fue lo su cientemente rápida como para
echar la cabeza hacia atrás y darle un cabezazo en la nariz. Idún
apartó el rostro de golpe y se cubrió la cara con la mano,
pronunciando todo tipo de injurias e insultos hacia la joven.
Nina sonreía satisfecha, respirando aceleradamente y con la nariz
roja y un poco hinchada, pero ya sin restos de sangre.
—Esto por lo de antes —espetó rabiosa, intentando deshacerse de
las ataduras de las muñecas.
La energía Graen de Idún se removió entre su orgullo y sus
vísceras, activando dones que como siren no había ejercitado,
aunque sabía que con doctrina todo se aprendía. Y ahora, siendo un
lágrima negra, el poder se abría ante él. Y lo quería disfrutar. Así que
estiró el brazo y la señaló con dos dedos de su mano para, con solo
un movimiento, acercar a Nina sin tocarla.
La chica abrió los ojos consternada al ver que su silla se
arrastraba por el suelo de madera seca y descuidada de la choza. La
estaba moviendo sin tocarla… ¡Telekinesia! ¡¿En serio?! ¡No podía
ser!
—¡¿Quién eres?! —le gritó Nina apabullada—. ¡¿Qué quieres?! —
miró a su alrededor—. ¡¿Dónde estamos?!
—Los humanos siempre hacéis muchas preguntas.
Ella tragó saliva y lo miro de arriba abajo. Maldita sea… le
recordaba a alguien. Había algo en él que le era familiar y no sabía
de qué se trataba. ¿Cómo era posible? Hablaba de la humanidad
como si él no fuera humano. ¿Acaso no lo era? ¿Entonces?
A Nina no le daba miedo creer en otras realidades. De hecho, se
había dedicado a buscar esos reinos ocultos. Incluso cuando era niña
siempre fantaseaba con ellos convencida de que esos mundos
existían pero los humanos no los alcanzaban a ver.
Sin embargo, no imaginaba que hubieran entidades malas como
ese individuo que la intimidaba.
—¿No eres humano?
—¿Crees que me parezco a uno de vosotros? —preguntó
agachándose para atravesarla con los ojos.
—Fisionómicamente sí. No eres muy distinto.
Entonces, Idún vio algo en su actitud, en aquella ponencia sobria
y decidida. Y le sorprendió.
—No me tienes miedo —acertó con agrado.
Fue una a rmación y no una pregunta.
—¿Debería?
—Deberías.
Ella le dirigió una mirada sin pizca de respeto. Era una peleona.
—Suéltame.
—No —contestó él agarrando su barbilla con fuerza—. No hasta
que me des lo que quiero.
—Te has llevado ese anillo. Lo tienes en tu dedo. Y eso debería
ser mío. Lo he encontrado yo.
—Esto no pertenece a tu mundo —le mostró el anillo para
hacerla rabiar, sacudiendo levemente el dedo frente a ella—. Es mío.
Porque viene de mi tierra.
—¿Y de dónde vienes tú…?
—No de este mundo, desde luego —contestó observando lo que
le rodeaba con menosprecio—. No tengo tiempo para hablar contigo
—Idún la cortó abruptamente—. Es inútil. Quiero saber por qué
tienes el Tyet original en tu antebrazo. Y si has visto alguna vez algo
parecido.
—¿El Tyet? ¿Mi tatuaje? —replicó ella.
—Entonces, ¿sabes de lo que te hablo? —entendió.
—No me voy a tatuar algo en la piel que no sé lo que es —
replicó ella tratándolo como tonto—. No soy tonta.
—Bien. Dime dónde has visto ese símbolo exacto.
—Está en todos los jeroglí cos egipcios, es el símbolo de Isis…
—No, humana —Idún alargó la mano y la agarró de la trenza con
fuerza—. No juegues conmigo. Ese símbolo exacto, tal cual lo tienes
en la piel, no está en las pirámides. En las pirámides hay una
representación esculpida, una banal manifestación de su forma. Pero
no es lo que tienes tú en el brazo. Por eso, por última vez te
pregunto, dónde has visto algo como eso. ¿Por qué lo tienes tatuado?
Nina se resistía a hablar. Quería que le soltara la trenza, pero el
salvaje no cedía.
—¿Para qué lo quieres?
—No te importa.
—Sí me importa si estás a punto de matarme por esto.
—Te mataré igual me lo digas o no. Ella alzó la barbilla
trémulamente.
—Pues mátame ya. Ese es mi secreto. Mío, y de nadie más —
sonrió envanecida—. Llevo toda mi vida buscando respuestas sobre
ello para que ahora tú quieras quitármelo sin darme explicaciones.
Idún apoyó las manos en sus rodillas y se curvó inclinándose
sobre ella.
—No eres consciente de lo que te puedo hacer. Podría romperte
los huesos uno a uno con solo un chasquido de mis dedos. Podría
absorber el aire de tus pulmones y dejarte sin respiración. Te
torturaré durante horas hasta que me digas dónde está la llave si no
me lo dices voluntariamente.
—¿Una llave? ¿El Tyet es una llave…? —repitió para sí misma en
voz muy baja. Era conocido como el nudo de Isis o la sangre de Isis
pero no sabía que era una llave—. Siempre lo supuse…
¡Lo sabía! —exclamó en voz baja, vanagloriándose de su
conclusión—. ¿Y qué abre?
—¡Soy yo el que te ha hecho una pregunta! —gritó sin paciencia
agarrando la silla con ambas manos y levantándola en el aire como si
pesara una pluma. La sacudió con furia y la lanzó al suelo. La silla se
rompió bajo su cuerpo y una astilla de unos diez centímetros se le
clavó sorprendentemente en el muslo de la joven.
Nina dejó ir un largo y doloroso berrido, y se quedó en el suelo,
paralizada, con las manos atadas a la espalda. Sentía el fragmento de
madera insertado en su carne y en su cuádriceps. Y cómo le dolía…
en otras aventuras había tenido algún que otro percance físico, pero
nada se parecía a aquello. Aquel hombre no iba de farol. Era
peligroso y agresivo.
—Vaya… —Idún se acuclilló en el suelo e inclinó su cabeza a un
lado para lamentar de forma falsa la suerte de la chica—. Eso ha sido
sin querer —señaló la herida de su muslo. La sangre brotaba con
fuerza—. Y no tiene buen aspecto —chasqueó con la lengua—.
Podría ayudarte. Aquí, en medio de la selva, sin ayudas médicas de
ningún tipo… a varias horas de la zona más poblada… puede que no
salgas de esta. Los lugareños no tienen medicinas para …
—Te lo estoy diciendo, capullo —dijo ella de repente.
—¿Qué me estás diciendo? —acercó el oído.
—Lo de la llave.
—No he oído nada.
Nina le dirigió una mirada negra, acuosa y airada.
—Entonces, ¿no lees la mente? Aquello alertó a Idún.
—Podría si quisiera —supuso. Ser un lágrima negra era pasarse a
la torera cualquier regla. ¿Por qué no? Podría leer la mente de la
humana si quisiera, porque no había ningún código que vulnerar. Y
físicamente era posible.
—¿Sí? Pero ahora no puedes oír lo que digo, ¿verdad? —musitó
dolorida.
No, necesitaba más tiempo para ello y comprender cómo
funcionaba la telepatía con seres de otra naturaleza como la de ella.
—Dímelo —imperó Idún de nuevo.
—Te estoy diciendo que «la llave la tienes metida en el culo»
—pronunció las palabras lentamente y de manera muy
provocadora, solo para despertar su ira—. Busca ahí.
Nina sabía que estaba ante algo fuera de lo común.
Ese hombre no era humano. Porque los humanos no tenían
tatuajes negros que cobraran vida ni poseían ojos cambiantes.
Durante toda su vida fue en busca de lo excepcional, de lo
fantástico y único. Creía en muchas teorías y también en muchas
conspiraciones que hablaban del ocultamiento informático al que los
poderosos sometían a la humanidad. Nina creía en muchas cosas y
todas fuera de lo corriente. Para ella lo extraordinario estaba ahí, solo
que no habían enseñado a la sociedad a creer en ello.
Y ahora, en esa selva, se daba cuenta de que aquel hombre de
otro mundo, porque sabía que era de otro lugar, era la respuesta a
todas sus preguntas. La con rmación de todos sus credos y sus tesis.
Había algo más. Percival estaba en lo cierto. Había otros reinos,
con otros seres, de ojos camaleónicos, tatuajes con vida y fuerza
sobrehumana. Estaba por ver si eran buenos o malos, aunque desde
luego que ese individuo no era bondadoso. En absoluto.
Y sin embargo, Nina no quería perder su oportunidad. Porque
era su momento. ¿Cuántas probabilidades tenía de contactar
abruptamente con un ser de otra dimensión? El tipo estaba intrigado
por el Tyet, y el anillo que le había robado de ascendencia atlante, lo
había sanado en poco tiempo. Había pasado de ser un trozo de carne
triturado, a convertirse en un cuerpo sano y saludable. Eso era
magia.
No era de ese mundo. No quería perder detalle de nada de
aquello. Y no había sido educada para rendirse y dar la espalda a
algo tan fascinante como él. Por mucho miedo que le diera, por poco
able que le pareciera. No quería morir en esa selva. Al menos, si la
mataba, que lo hiciera habiéndole dejado ver parte de su realidad.
Un mundo al que él quería acceder. Y el Tyet parecía ser la llave.
—¿Pones en juego tu vida por eso? —espetó Idún señalando el
tatuaje de Nina—. Me da igual hacerte daño. Y no pararé hasta que
me lo digas. ¿No te das cuenta?
—Sí me doy cuenta. Me doy cuenta de que estaba en el lugar
equivocado y en el momento equivocado para encontrarme contigo
—la sangre de la herida salía con fuerza y ella apretó los dientes,
pues el dolor era insoportable—. Pero la casualidad ha hecho que
posea algo muy adecuado para ti. Y no vas a matarme
—alzó la barbilla temblorosa—. Sé donde está el Tyet. No te
interesa que muera si quieres llegar hasta él. Solo yo puedo dártelo.
Él no movió un solo músculo de la cara. Como si su cerebro no se
sorprendiera ante aquellas palabras. Solo se incorporó lentamente,
hasta parecer un gigante ante ella, y alzó el labio superior con asco.
—Los humanos y vuestro abuso del chantaje. Sois una especie
despreciable. Así es cómo conseguís todo…
—No es chantaje. Es supervivencia —gruñó ella—. Ayúdame.
Sácame de aquí. Y te llevaré hasta el Tyet, te lo prometo…
—Calla —ordenó Idún de golpe. Nina frunció el ceño, pero
obedeció.
Los ojos de ese salvaje, rojos y vivos, barrieron la cabaña, como si
pudieran ver a través.
—¿Qué pasa?
Él no contestó. Continuó escuchando sonidos solo audibles para
él, dado que ella no oía nada.
—Están aquí —Idún giró la cabeza hacia la entrada de la cabaña
y esperó pacientemente a que algo apareciera. Acto seguido, se miró
el anillo pensativo y cayó en la cuenta de lo que sucedía. Se quitó la
alianza, y agarró la silla de Nina para darle la vuelta con poco
cuidado y colocarle el anillo al dedo.
—Esto envía señales. Esos gusanos de mar vienen a por mí.
Toma. Guárdamelo.
—¿Qué… quién viene? Pero, espera… ¡no me puedes dejar así
aquí!
Ella no se lo podía creer.
Idún la ignoró, simplemente se dio la vuelta para esperar a sus
visitantes con una calma glacial y desinteresada.
Primero tuvo que pelear contra los Edérlys de la Bathory en su
yate. Después, al caer al mar, recorrió el océano malherido, fustigado
por los ataques de esas hienas de agua. Y ahora, lo habían seguido
hasta ahí los pieles frías. Habrían salido de su escondite marino al
percibir la energía de un anillo atlante en el dedo de un siren. Eran
activadores, Idún no lo olvidaba.
Esos seres salían como alimañas al primer rayo de energía,
deseosos de absorberla, porque de eso vivían los pieles frías. De
comer la energía de los demás, fuera la que fuese.
Y de repente, entraron en la cabaña.
Hacían sonidos extraños y siseantes entre sus dientes serrados.
Tenían apariencia humanoide, vestían con ropas oscuras. Su piel era
pálida, casi translúcida… eran como congrios con piernas y brazos.
Y sus ojos vacíos, negros y jos, como los de un pez… no tenían vello
facial ni corporal. No eran agradables para la vista.
Y, aunque al principio de salir de Sirens, Idún estuvo dispuesto a
colaborar con ellos, ahora ya no eran sus aliados. Ellos querían
matarle. Y él quería destruirlos.
Tras ese último pensamiento, Idún se movió como una gacela
supersónica para hacerse cargo de ellos.
Nina, estupefacta por el aspecto de aquellos tres individuos, gritó
horrorizada por lo que veía.
—¡¿Pero qué es eso?! —exclamaba entre sus intentos por cubrirse
el rostro. Aunque no podía, dado que estaba maniatada. Uno de ellos
dio un paso hacia ella al detectar la energía del anillo en su mano.
Nina gritó del miedo. Si ese tipo la cogía, a saber lo que haría con
ella.
Pero Idún se interpuso en su camino y empezó su carnicería con
él.
Fuera lo que fuesen, la morena comprendió que no eran buenos.
El salvaje de ojos rojos no era bueno tampoco, pero tenía la sensación
de que esos tres calvos andróginos y de aspecto húmedo y
gelatinoso eran peor.
Entre sus gruesas pestañas, Nina observó lo que hacía Idún con
ellos. No le gustó lo que vio, pero no podía apartar la mirada de él.
Levantaba a esos seres con ambas manos, por encima de su
cabeza, y los lanzaba contra la madera de la cabaña hasta que la
atravesaban. Hacía levitar los troncos partidos que habían formado
parte de la estructura de la choza y los dirigía milimétricamente
contra su pecho o sus frentes.
Los ensartaba con ellos, y después los remataba con sus manos.
Echó su mano derecha hacia atrás, y con un movimiento que
apenas podía ver, irreal, sesgó el cuello de los tres seres.
¿Y qué hicieron los cuerpos decapitados al caer? Empezaron a
descomponerse como si fueran gelatina podrida.
La sangre de esos tres no era roja. Era oscura y alquitranada. No
eran humanos tampoco.
Idún se dio la vuelta para encarar de nuevo a Nina la cual, desde
el suelo, en una posición muy incómoda, miraba aturdida la escena
dantesca que habían pintado ante sus ojos.
Él ni siquiera se había cansado. No estaba agotado. No le había
supuesto ningún esfuerzo vencerles.
—Solo eran tres —masculló Idún—. Pero vendrán más. Sus ojos
rubís se centraron en ella y sopesaron la situación.
El anillo atlante había ayudado a detener la hemorragia de su
pierna y hacía su trabajo, eliminando del cuerpo de la joven esa larga
astilla anclada a sus carnes.
Pero ella ni siquiera se daba cuenta. Estaba en shock. Respirando
por la boca, con las pupilas dilatadas y los párpados temblorosos.
Y, sin embargo, cuando abrió la boca para hablar, dijo algo
totalmente inesperado para él.
—Llévame.
—¿Cómo dices?
—Llévame contigo. Yo te guiaré hasta el Tyet. Te lo juro. No te
daré problemas —continuó relamiéndose los labios resecos.
—¿Por qué no tienes miedo de mí? —preguntó Idún
impresionado.
—Estoy aterrada —le aseguró—. No sé qué ha pasado aquí. No
entiendo qué eres. No sé de dónde vienes ni qué eran esos cuerpos
que se… —tragó saliva y añadió con un hilo de voz—. Que se
deshacen ante mis ojos y huelen tan mal. Pero llevo años intentando
comprender el origen del Tyet y su función. He dedicado parte de
mi vida a comprender su razón de ser y a encontrar el lugar real del
que viene. Llévame contigo —le rogó—. Tengo contactos. Nos
llevarán donde les pidamos y conseguiré lo que sea que necesitemos.
No quiero quitarte nada. No quiero meterme en tu… guerra o en lo
que sea que andes metido. No soy parte de eso ni quiero serlo. Pero
déjame ir contigo.
—No me gustan los humanos.
—Lo sé —contestó ella—. Intuyo que no te gustan por cómo me
has tratado y hablado —adujo apoyando la frente en el suelo—. Pero
tendrás que matarme si quieres saber dónde se esconde esa llave.
—¿Y qué te hace pensar que no te mataré? —dejó caer la cabeza a
un lado y entrecerró sus intimidantes ojos.
—Has matado a esos sin pensártelo. No quieres matarme —
intentó convencerle—. Te sirvo más viva que muerta.
Idún resopló como un caballo y sin ella esperárselo la agarró por
los hombros y la levantó por encima de su cabeza para mirarla a la
cara. Los pies de Nina colgaban a un metro y medio del suelo.
—Es posible que acabes muerta —se encogió de hombros—.
Es posible que te mate yo.
A Nina aquella amenaza la impresionó. Pero haría lo posible por
vivir sus últimos instantes de vida con ese ser de otro mundo o de
otra dimensión. Había tanto que quería preguntarle…
—Lo asumo.
Idún no relajó la expresión, aunque hubo un brillo de
reconocimiento abierto hacia ella en la profundidad de sus pupilas.
Tendría una muerte con honor.
—Eres valiente, humana. ¿Quieres hacer tratos conmigo?
—Sí.
—¿Sabes lo que soy capaz de hacerte?
—Sí. Pero me da igual lo que seas. Sé donde está esa llave.
Mantenme con vida y te llevaré —no iba a temblarle la voz en ese
momento. Quería que viera que estaba decidida a ayudarle. Y lo
estaba. Porque haría lo posible por llegar con él hasta el nal.
Idún dejó caer la silla coja en el suelo. Y se agachó para estar a la
altura de los ojos de Nina.
—Te voy a soltar. Intenta cualquier cosa contra mí y te mataré.
Intenta engañarme y te mataré. Intenta…
—Sí. Lo entiendo. Cualquier camino que tome me llevará a la
cuneta.
—No sé qué es la cuneta. Pero no me traiciones. Ahora eres mi
seavalc.
—¿Tú qué? —dijo confundida.
—Me sirves. Me ayudarás en todos mis propósitos. Y solo debes
obedecerme a mí. Solo a mí.
—No soy sierva de nadie —contestó intentando morderse la
lengua y relajando el feminismo latente en ella y su dignidad.
—Serás la mía —sonrió malignamente—. No te mataré, humana.
Pero en la cadena alimenticia, yo soy el depredador y ahora me
debes tu vida.
—Claro, una vida que tú decides cuando quitar o no —murmuró
en desacuerdo.
—Me la debes porque yo no te he matado, pero lo habrían hecho
los pieles frías.
—Pieles frías… —repitió ensimismada.
—Ahora llévame hasta el Tyet.
Algo hizo Idún con los dedos, que rompió la cuerda que sujetaba
sus muñecas. La liberó.
—Levántate —le ordenó.
Nina se miró el muslo con incomodidad. La herida seguía
abierta, pero se iba cerrando lentamente. Al menos, ya no había
madera en su interior. Se frotó las muñecas irritadas y se levantó
poco a poco.
—El anillo te ayuda a sanar. Eres humana y lo hace más
lentamente, pero al nal, sanarás completamente —le explicó Idún
—. Es uno de nuestros objetos más preciados. Ahora te toca sacarnos
de aquí, humana.
—Me llamo Nina —respondió ella—. Puedes llamarme por mi
nombre humano —lo estudió de re lón, sin parecer excesivamente
curiosa—. ¿Tú tienes nombre? ¿O es impronunciable?
¿Te llamas Cetrespeo? ¿Erredosdedos? ¿Ten Goun Paloenelano?
Él ni siquiera comprendió la broma pero aquellos nombres no le
gustaron nada. ¿Por qué quería saber ella cómo se llamaba?
¿Acaso importaba?
Sin embargo, se vio contestándole y recordándose a sí mismo el
modo que tenía de presentarse a los demás.
—Soy Idún. De la casa Silanis. Hijo de Samun y Lys. Y líder
Mayan de… —entonces calló de golpe. Hablaba de títulos que no
tenía y almas que ya no existían. Ya no era nada de eso.
Fue como si de repente el vacío cortara su interior. Pero
rápidamente fue sustituido por frío. Por esa luz oscura que lo
atravesaba para no hacerle sentir nada.
—Está bien. Idún —contestó Nina—. Te llamaré solo Idún,
entonces. Llamaré a mis contactos para que vengan a buscarnos.
Pero necesito mi mochila… —dio vueltas sobre sí misma buscando
sus objetos personales. Allí tenía su ordenador, su dispositivo, su
teléfono y cosas muy valiosas que no quería ni podía perder.
—Está ahí —le dijo él señalando la esquina de la cabaña que aún
seguía en pie—. La traje conmigo porque quiero que me enseñes a
comprender tu programa de búsqueda de anillos.
—¿Mi programa de búsqueda de anillos? —sacudió la cabeza sin
comprender—. Mi software no busca anillos.
—Me da igual. Ya me lo explicarás —la apremió alzando la
barbilla como si escuchara algo más—. Hay que darse prisa y salir de
aquí.
—Ah… sí —Nina se sintió aliviada y fue a por ella.
—Ya no tienes arma —le recordó Idún—. La tiré al río. Aquello
no le gustó nada a Nina. Su pistola era única y pre-
ciosa y a ella no le gustaba ir indefensa. Pero lo aceptaría si era el
peaje que debía pagar por ver en acción el Tyet y conocer ese otro
mundo.
—No te hará falta —señaló él.
—Una pistola siempre hace falta.
—El anillo te protegerá —contestó sin más—. Los humanos sois
débiles y frágiles. Vuestros cuerpos son excesivamente vulnerables.
No entiendo cómo sobrevivís en el exterior…
Nina negó con la cabeza. No iba a contestarle. Tomó su móvil y
marcó el teléfono de su contacto.
—Humana —le recordó—. Recuerda: no me traiciones —
advirtió colocándose a su lado para escuchar su conversación.
—No iba a hacerlo. Pero tengo que llamar a un piloto para que
venga a buscarnos en helicóptero y nos saque de aquí. Sabe que en
cuanto le llame llegará aquí en una media hora.
—¿Adónde tenemos que ir a buscar el Tyet?
—Está en una isla.
—¿Está muy lejos de aquí?
Ella lo miró concentrada en los pitidos de la línea telefónica,
esperando a que alguien descolgara su llamada y en esa espera
contestó:
—¿Sabes dónde está Amal , Idún?
7
D
elphine estaba sentada en posición de loto, sobre su
alfombrilla de ores de loto, en su suite personal del
Horus. Su pelo dorado, largo y rizado caía sobre sus
hombros y su espalda dibujando todo tipo de caprichosas formas.
Sus ojos de color miel y oro permanecían cerrados, y sus pestañas
eran tan largas que rozaban la parte superior de sus pómulos.
No era ningún secreto: era una beldad. Una atípica y exótica, que
no pasa desapercibida para ningún sexo.
Ella era la líder de las Damas de Min, la Dama, la Poderosa, la
Intocable y la Deseada. Eran tantos adjetivos los que la de nían,
pero ella era todos y ninguno.
El incienso a madera la reconfortaba y el olor del agua de las
cataratas interiores del Horus, que se podían apreciar a través de las
enormes cristaleras que daban a los balcones del jardín interior, le
recordaba a la esencia del hogar que habitó años atrás. El lugar del
que venían. Y la llenaba de paz.
Los Horus fueron creados para dar cobijo a las Damas de Min en
la era moderna y poder facilitarles una residencia a su altura. Las
llamaban sibaritas, hedonistas, apoláusticas… solo porque un raza
como la humana no podía comprender que las hijas del cielo solo
podían vivir en paraísos en la tierra. Porque estaba en su naturaleza,
en su esencia. Ellas no eran mundanos como los demás. No eran
como el resto.
Sus clientes lo sabían, esos hombres y mujeres que ellas cuidaban
y adoraban, y de los cuales se alimentaban, se enganchaban a su
poder, a su seducción y a sus silencios. Nunca las podían olvidar
una vez las conocían. No porque ellas les hicieran nada ni los
hechizaran… sencillamente, se hacían adictos a ellas porque les
daban lo que necesitaban: que alguien les hiciera sentir querido y
que les escuchara. Sí, podían dar sexo si a ellas les apetecía, pero al
nal, no era lo importante.
Y Delphine sabía por qué. Porque el sexo era efímero y
momentáneo: las almas, humanas o no, anhelaban amor,
correspondencia y pertenencia. Por eso las personas que acudían al
Horus, preferían hablar mientras recibían un masaje, a follar.
Preferían llorar y desahogarse a gemir y correrse.
Era lo irónico de todo aquello. Que las Mins estaban hechas para
hacer sucumbir a cualquier ser ante su propio placer, pero en el
fondo eran terapeutas. Y no obstante, si los demás de verdad
supieran quiénes eran ellas y de dónde venían, con toda
probabilidad, huirían despavoridos de sus aposentos. Y nunca
volverían. No mirarían atrás. Porque el ser humano temía y odiaba
lo que desconocía.
Su meditación era esencial en su día a día. La conectaban con los
hilos del tiempo y de la vida y le mostraban aquello que no se podía
ver a simple vista. Meditar y ascender en la conciencia era vital para
ella. Era trascendental para todas las Mins. Necesitaban la disciplina
para poner en orden su mente y su alma y liberarse de la energía
pegajosa y dependiente que dejaban los humanos en ellas.
Para puri carse.
Y aunque Delphine no estaba en el escaparate del Horus como
mujer de compañía y nadie la tocaba si ella no quería, meditaba a
diario, porque ello la calmaba.
Calmaba sus huracanes internos que desde tiempos antiguos
intentaba apaciguar. Algunas veces con más éxito que otras.
La Dama de Min por antonomasia, tan diva, tan mujer, tan
segura de sí misma e inalcanzable, sufría tormentas secretas en su
interior. Porque ni siquiera las almas de los más poderosos tenían
paz y descanso. Todos acarreaban sombras y fantasmas. Todos
tenían heridas infectadas y cicatrices visibles, imborrables a pesar del
paso del tiempo.
Y ella las aceptaba. Las asumía. Y cargaba con ellas como la jefa
indiscutible que era.
Delphine sabía que las puertas del cambio se habían abierto. Que
en esa realidad, en aquella tierra que habitaban, las leyes del espacio
y del tiempo se alteraban, y los accesos secretos de todos los mundos
vibraban esperando a que alguien metiera la llave en su
correspondiente cerradura.
Lo percibía en el aire. Incluso el olor de aquel mundo había
cambiado. La aparición de un Indigno, la liberación de los cetros, y
la invocación de los aquelarres de Graen, todos oscuros y
putrefactos, llenaban el oxígeno de un hedor fétido que los que eran
como ella podían olfatear a distancia.
El ligero equilibrio de aquel planeta se iba al traste. Podía
sorberlo por la nariz. Y la fragancia no era grata.
Por eso había alertado a todas las Mins. Les había pedido que
estuvieran alerta y que no dejaran entrar en los Horus a nadie que
percibieran de energía distinta, o que olieran diferente a un humano
de a pie.
Sus templos debían ser respetados para que no pasara lo que
sucedió en el Horus de Chicago, donde los Edérlys de esa zorra
llamada Lilith Bathory habían luchado contra sus damas sin ser
afectados por su poder. Porque eran asexuales y unicerebrales.
Les excitaba lo mismo un lápiz que una mujer. Es decir, nada. El
mal siempre encontraba formas y recipientes en los que hacer acto
de presencia y actuar. Y los Bathory, los ftule, las Vril… eran
organizaciones conocidas para ella, de las que siempre se alejó y a
los que siempre burló. Porque ellos siempre querían más, siempre
querían saber más, y su código era amoral. No les importaba el cómo
ni el cuánto mientras consiguieran sus propósitos. Más respuestas.
Más saber. ¿Y para qué? No para hacer un mundo mejor. No, para
eso no. Lo querían para hacerse más poderosos. Porque el saber era
poder. Y porque el saber de unos pocos les hacía millonarios.
Pero en la actualidad, en ese momento de su vida, todo había
dado un vuelco y ahora no eran tan anónimas como querían. Ni
estaban tan ocultas como deseaban.
Si iba a haber una guerra, probablemente, había empezado y era
momento de comprender quiénes eran sus enemigos y quiénes sus
aliados. Además de que era su labor la de proteger a las suyas y
participar en la contienda solo si era conveniente. No se meterían en
camisas de once varas si no era necesario. Aunque si debían ayudar,
lo harían.
Porque una no daba la espalda a la Luz. La abrazaba.
Cuando abrió los ojos después de salir de su trance, estos se
dilataron para acomodarse a la claridad que entraba por la ventana.
Se levantó con la elegancia de un cisne, recogió su esterilla y la dejó
reposando en una esquina de su habitación.
A ella le encantaban los grandes espacios, y que los elementos
desde el mobiliario al color del suelo y los marcos de las ventanas
mantuvieran una armonía. Así que en aquella amplia y especial suite
todo cuadraba. Todo tenía un orden.
Desde el color grisáceo envejecido de las láminas de madera del
suelo, hasta los muebles perfectamente acomodados y restaurados
de estilo vintage que resguardaban cada esquina de su alcoba.
Después, con detalles, salpicaba la estancia con colores potentes,
como el púrpura, el naranja y el magenta, para que transmitiera los
chispazos eléctricos de vida y temperamento que ella atesoraba en
su interior. Lo demás eran accesorios que acompañaban a un todo.
Complementos que hablaban de ella: un gato egipcio a los pies de la
cama, una Isis de brazos y alas abiertas protegiendo su biblioteca, un
cofre en forma de sarcófago…
Delphine pasó la punta de los dedos por el sarcófago dorado y su
rostro sereno se quedó pensativo. Iba a recibir una visita.
De hecho, estaban a punto de entrar en el Horus.
Se miró al espejo para desabrocharse la bata de seda roja con
motivos de mirlo de las siete islas, una pieza carísima de Japón, y se
dio la vuelta para entrar en su imponente vestidor.
Ahí, entre cientos de zapatos y maravillosos vestidos de rma,
eligió uno dorado y negro, porque se sentía más egipcia que nunca,
y los zapatos a tiras doradas de Jimmy Choo, los Lang 100, unos de
los muchos pares que tenía de la rma del diseñador.
Porque sería una an triona perfecta para recibir a las
maravillosas visitas que la esperaban. Y ella siempre quería
impresionar. Aunque a la Gran Dama no le hiciera falta vestirse para
ello. Con su presencia y uno de sus brillantes e intensos golpes de
vista, domeñaba al más poderoso de todos, por malo o bueno que
fuera.
Delphine tenía el poder de doblegar voluntades.
Pero lo que la hacía grande era que pudiendo dominar, nunca
abusaba de su poder.
Aquella era la grandeza de Delphine.
L
a tensión en el avión se podía cortar con un cuchillo.
Nina logró hablar con su contacto y sin dar más
explicaciones, este le vino a recoger con un helicóptero y
los llevó directamente al aeropuerto desde donde salieron en
dirección a Nápoles.
Su contacto no osó a preguntarle de qué lugar de la selva había
sacado a ese hombre con pinta de punk peligroso y ojos diabólicos.
De hecho, no se aventó ni una vez a mirarle. Idún intimidaba
muchísimo. Simplemente accedió a las peticiones de Nina y acató
órdenes.
Ahí, sentados uno frente al otro, el diálogo y la comunicación
brillaban por su ausencia.
Pero a Nina poco le importaba que no le hablara. Idún le parecía
fascinante.
Todo aquello en lo que había creído desde que era una niña, todo
lo que una vez soñó encontrar y conocer, lo tenía ahí, en frente,
mirándola penetrantemente sin apenas parpadear en todo el viaje. Y
eso que no sabía de qué naturaleza exacta era ese hombre, pero en
realidad, le daba lo mismo.
Porque existía. Podía mover cosas con la mente, tenía una
velocidad inhumana, sus ojos eran irreales y su fuerza colosal.
Nina jugaba con el anillo atlante que tenía en su dedo y lo
estudiaba de vez en cuando, alzando la mirada sin que él se diera
cuenta. Pero era inútil. Idún no le quitaba la vista de encima, no se
aba de los humanos.
La herida de la pierna cicatrizaba milagrosamente gracias a aquel
artilugio mágico del dedo. Y tenía tantas ganas de preguntarle tantas
cosas… pero no se atrevía.
Ese individuo había matado a aquellos seres que les atacaron en
la cabaña. Seres demoniacos y de naturaleza no terrestre. Y para
colmo quería el Tyet, el objeto por el cual Percy arriesgó su vida, la
razón de ser de sus viajes místicos. Nina no dejaba de ver conexiones
entre unas cosas y otras. Su mente inquieta no la dejaba tranquila. Y
mejor aún, le impedía sentir miedo ante aquellas circunstancias tan
poco comunes. Lo que a unos les asustaba, a ella la estimulaba. Poco
importaba que Idún pudiera matarla con un chasquido de sus dedos,
como le había dicho. Si moría, al menos quería hacerlo con la certeza
de que sus estudios y sus convicciones eran reales. Como mínimo,
daría una alegría al Club Percival.
—Eres una humana con recursos. No tienes mucho que ver con la
familia que eché de esa casa de madera de la selva. Ni con otros con
los que me he encontrado en otros lugares. Pero sí tienes mucho que
ver con las otras dos mujeres que me traicionaron.
Nina levantó la cabeza de golpe y sus ojos oscuros brillaron con
curiosidad. Habían sido muchas frases seguidas de repente y mucha
información.
—¿Echaste a una familia de su casa? Idún contestó sin inmutarse.
—Sí. ¿De quién te creías que era esa choza en la selva? De alguien
debía de ser…
—No quiero oír nada más. No me lo quiero ni imaginar. Haré…
haré lo posible por ponerme en contacto con los jesuitas y enviarles
ropa y comida como disculpa a los machiguengas.
—¿Por qué harías algo así?
—¿Cómo que por qué? Porque es lo que se debe hacer.
—¿Por qué?
—Porque de eso va ser buenos, ¿no? No sé con qué personas has
estado antes pero no todos somos iguales.
—Deja que lo dude.
—Duda lo que quieras. Y ahora, vayamos por partes, como dijo
Jack el Destripador —se dejó de tocar el anillo para inclinarse
levemente hacia adelante—. Has tenido contacto con más humanos.
Eso lo acabas de decir.
—Sí.
—¿Dónde?
—No es de tu incumbencia. Pero eres parecida a la mujer Bathory
y a la Vril. Tienes medios. Dinero —No ocultó su disgusto en su tono
—. En esta realidad todo lo solucionáis con eso. Con una tarjeta y
con billetes de papel ridículos.
Nina entrecerró los ojos sin comprenderlo muy bien.
—Desconozco quiénes son Bathory y Vril. Pero no te voy a llevar
la contraria. En esta realidad materialista el dinero importa y mucho.
Sin eso haces poco. Yo estoy agradecida por poder disponer de él.
No voy a pedir disculpas por ello. Aunque el dinero no es mío. Y…
—preguntó disimuladamente entre toda su verborrea—. ¿Qué te
hicieron esas mujeres para que hables de ellas con tanto
menosprecio?
Los ojos rojos de Idún se aclararon y adquirieron un tono
magenta fascinante. Nina no podía dejar de mirarlos.
—Me traicionaron. Ya te lo he dicho.
—¿Qué hacías con ellas? ¿Eran de la Nasa? ¿Es eso?
—¿La Nasa? No. Teníamos un pacto. Ellas me engañaron.
—Ah, ya —asumió como una sabionda—. Ya entiendo.
—Explícate. ¿Qué entiendes? ¿Acaso sabes algo? —le preguntó
amenazadoramente.
—¿Qué? No —contestó asustada—. Pero hay teorías
conspiradoras que a rman que el gobierno y los departamentos de
inteligencia están en contacto con otras razas extraterrestres y que
trabajan en equipo para mantener el control de la sociedad…
—No —No iba desencaminada. Pero aunque el fondo podía
haber sido el mismo, el resultado nal no había tenido nada que ver
con su intención inicial.
—Está bien. ¿Y por qué tienes la ropa tan hecha polvo? —señaló.
—Me atacaron.
—¿En la selva?
—No.
—¿Ellas? ¿Esas mujeres? —al ver que Idún no contestaba leyó en
su semblante que había acertado de lleno—. ¿Eran humanas esas
mujeres? Porque llevas los pantalones y la camiseta llena de cortes.
Tenían las uñas muy largas, ¿no? ¿O ya te habían atacado antes los
seres gelatinosos de la cabaña? Dime, ¿qué eran? ¿De dónde
salieron?
—Ya te lo dije, humana. Son pieles frías.
—Piel fría es lo que tengo ahora yo —murmuró desanimada.
Idún le agarró la muñeca y tiró de ella. Nina se quedó muda.
—No la tienes fría —con rmó palpando su pulso acelerado con
el pulgar—. No mientas.
—Es s-solo una manera de hablar. Idún se la quedó mirando
jamente.
—¿Me la devuelves? —preguntó ella con un hilo de voz—. ¿Me
devuelves mi muñeca?
Él abrió los dedos de las manos y la liberó como quien libera una
mosca.
—Me encargaré de ellas pronto.
—¿De quién? ¿De las humanas con garras? —revisó los cortes de
su camiseta negra al tiempo que se frotaba su muñeca.
—Sí. Erradicaré su existencia.
Ella tragó saliva y volvió a mirar la alianza. No quería pensar en
lo que implicaba aquel juramento. Idún iba a matar a alguien. Pero
antes quería el Tyet. Un objeto del que solo ella conocía el paradero.
¿La mataría a ella después?
—Se me rompieron las gafas… —murmuró para sí misma, para
llenar el silencio incómodo—. Veo menos que un gato de escayola.
Me encantaría poder estudiar mejor la alianza y sin mis cristales no
puedo.
Aquello llamó la atención de Idún.
—¿No puedes ver bien? —se burló de ella.
—Soy hipermétrope. No veo bien decerca. Por eso llevo lentes.
—Los humanos y vuestros defectos genéticos —dijo con toda la
descortesía de la que era capaz—. El anillo te equilibrará y te
ayudará a que veas mejor.
—Y eso lo dice un tío con ojos de Drácula con el mono en todo lo
alto.
—¿Drácula?
—Sí, Drácula. ¿Y dices que esto tiene propiedades curativas?
—dedujo ella ignorando el pasmo de Idún, acariciando la alianza
— ¿Y mágicas? Es sanador. Y emite señales… electromagnéticas. Un
anillo para conquistarlos a todos —parafraseó a Tolkien. Después
suspiró como si se obligara a pisar de nuevo en la tierra—. De todos
modos, necesitaré unas lentes nuevas para cuando me lo quites.
Estoy acostumbrada a llevar gafas.
—Gafas —repitió la palabra como si le hiciera gracia—. No tienes
orden cuando hablas. Saltas de un tema a otro con facilidad.
—Y… ¿de qué planeta dices que vienes?
—No he dicho que viniera de ningún planeta.
—¿Quién te ha enseñado a hablar tan bien nuestra lengua?
—Hablo todos los idiomas de tu mundo.
—Oh… Vaya, eso es… —No supo qué decir. Se imaginaba que
los seres que existían en otros lugares y dimensiones podían estar
más evolucionados o menos. Y ese, en particular, era de los primeros
—. Eso debe ser maravilloso. Yo solo hablo cuatro idiomas. Sí, ya que
me lo preguntas te diré que son: inglés, español, francés y chino. Y
chapurreo italiano, pero eso no cuenta.
—No te lo he preguntado. Yo los hablo todos —repitió como si
nada—. Los de tu mundo. Y los de otros.
—Claro. Hay tantos… ¿verdad? —alardeó sin saber—. ¿Cómo
has dicho que se llama tu mundo?
—Repites la pregunta dos veces, humana. No tengo interés en
contarte mucho más. No necesitas saberlo, solo tienes que
obedecerme.
—Perdón. Se llama curiosidad. Y no. No todos los humanos son
curiosos. Yo siento curiosidad por muchas cosas, ¿comprendes? —le
explicó aunque él no se lo había pedido—. Por la vida más allá de la
tierra, por la historia real de nuestro planeta y de nuestra evolución,
no la que nos han contado —le informó a modo de con dencia—.
Porque cuentan muchas tonterías, ya sabes… y somos propensos a
creérnoslo todo. Creo en hadas y en gnomos. Y en gigantes y en
sirenas.
—¿En sirenas?
—Sí, ya sabes… esas mujeres con cola —se señaló el trasero—.
Que vivían bajo el mar… Bajo el maaaaaaar… —se puso a cantar la
canción de la Sirenita—. Bajo el marrrrr… —rio nerviosa—. Y creo en
las antiguas civilizaciones ¿de dónde vinieron? Y me encantaría
saber si la tierra es hueca… ¿Te suena el nombre de Percy Fawce ?
No, supongo que no. ¿O tal vez sí? Da igual. Y quisiera saber… —
apoyó las manos en las rodillas y se acercó a él sin miedo—. ¿Qué es
esa marca negra que tienes debajo del oído?
¿Una marca de nacimiento?
Idún se llevó la mano a la marca que salía a los Sirens cuando
nacían y decantaban su facción. Si iban a ser Myst, Mayan, Khemist
o Sanae… A él se le había des gurado por completo, y ahora era un
lunar negro.
—¿Vienes del mar o no? Vives contenta, siendo sirena eres feliiiiiiz…
¿Por qué tienes una lágrima tatuada como si fueras un expresidiario? Y sobre todo —alzó el
dedo— ¿cómo es posible que tu serpiente negra del brazo, que no deja de ser un tatuaje,
se mueva por tu piel como si fueras su terrario? Eso, mira, me
intriga mucho, fíjate —dijo sin paciencia.
Idún solo parpadeó una vez durante todo aquel vómito de
preguntas. Estaba estupefacto. Y era difícil que le sorprendieran.
Pero esa mujer… era un espécimen estrafalario.
—Esto es un interrogatorio. No me gustan los interrogatorios
—advirtió con gesto estirado—. Hablas mucho, mujer. Quiero
que te calles.
—Se llama conversar —Nina cerró los ojos y apoyó la cabeza en
el asiento del jet. Lo había intentado. Se relajaba si hablaba. Porque
Idún y todo su misterio y su peligro la ponían nerviosa. No sabía
qué iba a ser de ella en cuanto llegaran a la isla. Ni cómo hacer para
que él no se deshiciera de ella tan fácilmente.
¿Cuánto tiempo podría ganar con su pequeña artimaña? ¿Lo
podría convencer para que la dejara ir con él?
—Háblame del lugar al que vamos, Isla Del n —le ordenó Idún
—. ¿Qué hace el Tyet ahí?
Nina abrió un ojo, lo miró y lo volvió a cerrar. Era mejor hablarle
sin tener que enfrentar aquel rostro exigente y apolíneo, solo
alterado por su cicatriz.
—Entonces ¿hablo o me callo? Porque te puedo obedecer, pero
no me mandes señales contradictorias.
—Estoy pensando en si te parto el cuello o te arranco la lengua —
dijo alzando la voz.
—Vale —Nina levantó las manos para que se calmara—.
Vamos ahí porque… bueno, en realidad, allí hay un museo de
antigüedades cuyo propietario es amigo íntimo de mi familia. Él
guarda nuestro Tyet como oro en paño. Llegaremos al aeropuerto de
Nápoles, desde ahí iremos al puerto y allí ya nos tendrán preparada
la lancha motora con la que iremos a la isla. Iremos al museo y le
pediremos a Gioseppo…
—¿Gioseppo? —repitió muy serio.
—Sí —mentía y le iba a crecer la nariz—. Gioseppo, el director
del museo. Le pediremos que nos entregue el Tyet. Y entonces…
—Y entonces —la cortó Idún—… abrirás ese programa que tienes
en tu dispositivo y me enseñarás cuál es el punto que toque mar y
que esté más activo. Y te callarás para siempre.
Nina se humedeció los labios.
—Sí. De acuerdo. Pero ¿para qué lo quieres mirar?
—Porque quiero ver a dónde tengo que dirigirme con el nudo
original de Isis.
—¿Y por qué tiene que tocar mar ese punto?
—Mar o cualquier super cie líquida.
—Sí, vale. ¿Por qué? —A Nina le brillaban los ojos con
anticipación. Si ese ser quería ir a uno de los puntos vórtices
oceánicos querría decir que ella estaba en lo cierto. Que su intuición
no fallaba y que sus teorías no iban desencaminadas. Su emoción
crecía por momentos.
—Su ciente. ¿Los humanos no dormís?
—Yo no mucho.
—Pues cierra los ojos y hazte la muerta.
—Si quieres que me calle me callaré —contestó—, pero olvídate
de que me duerma contigo al lado. No me fío de ti. No sé qué eres ni
de dónde vienes. ¿Y si quisieras acabar con la raza humana? Haré lo
imposible para detenerte. No vencerás —le desa ó.
¿Es que esa mujer no callaba? ¿Es que no comprendía que no
tenía nada que hacer contra él y que seguía viva porque era un
medio para un n?
—Da gracias a que todavía respiras. No hagas que me arrepienta
de mi decisión.
La in exión en su voz hizo enmudecer a Nina.
Al nal, se quedó mirando por la ventana, en silencio. Pero que
no hablara no quería decir que su cabeza no elucubrase mil hipótesis
distintas por minuto.
Quedaban unas horas para llegar a Nápoles.
El viaje se iba a hacer interminable. Pero juraba por la tumba de
Evia que no iba a cerrar los ojos. De ello dependía su vida.
Wisconsin
Torre del Homenaje de la Bathory
Mientras Azaro meditaba en silencio, sentado sobre aquella
alfombra con una estrella invertida de cinco puntas, ubicada en
medio de aquella sala diáfana sin muebles rodeada de candelabros
budistas encendidos, Lillith y Sisé lo contemplaban en silencio.
Las dos vestían de negro, estilizadas, como si fueran damas del
BDSM. El negro les sentaba bien y aquellos uniformes a caballo entre
lo militar y lo bondage las hacía sentirse poderosas. Sus botas negras
y altas por debajo de las rodillas y hebillas plateadas laterales, sus
pantalones estilo pop punk negros de cintura alta y con los muslos
abombados como si fueran de equitación, con botones heráldicos
plateados en sus muslos y aquellas blusas negras de cuello mao que
mostraban sus largas, elegantes y blanquecinas gargantas, las
convertían en la imagen de lo recio y autoritario.
Las dos mujeres tenían sus ojos clavados en la espalda de Azaro
y se cuidaban mucho de no transmitir ninguna emoción para que el
atlante no las percibiera y supiera que no era de su agrado.
No estaban acostumbradas a recibir órdenes de ningún hombre y
no les gustaba la ascendencia que Azaro tenía sobre sus personas.
Pero lo cierto era que se trataba de un ser más poderoso, que las
podía doblegar y vencer cuando quisiera. Por eso debían ser cautas
con sus pensamientos y trabajar en equipo más que nunca.
Bathory ya lo tenía todo. Ya lo había conseguido todo. Poseía el
código genético de un Indigno, facilitado por el mismo Azaro. Y
aunque nunca más podría regresar a aquel mundo de Sirens porque
se habían encargado de mutilarlo, ya no le hacía falta. Ya sabía cómo
erradicar la enfermedad de la vejez del cuerpo de los humanos. Ya
sabía cómo ser inmortal y joven eternamente. Y se iba a convertir en
la mujer más poderosa de la historia. En la Reina.
Además, sus sísifos eran de por sí todo un logro cientí co. Un
paso gigante en la evolución. Aunque para llegar a ellos, antes tuvo
que crear engendros clónicos como los Eldérlys para experimentar
con sus cuerpos humanos. Ella no era ningún Doctor Frankenstein,
era una vanguardista. Vivía adelantada a su tiempo.
Pero su tiempo y su espacio empezaba a quedársele corto. Podía
tener el control de su mundo si lo deseara. La información que
poseía la convertía en la más fuerte, y la situaba en el primer lugar
de la cadena de depredadores. Ella y Sisé iban a ser las dueñas de
ese planeta. Sin embargo, ese todo que ahora tenía, de nada le
serviría estando a las órdenes de un ser como Azaro.
«Lillith». La voz de su amiga Sisé entró en su cabeza. «Cuida tus
pensamientos».
La de pelo caoba y ojos castaño rojizos, cuyo semblante era igual
de joven que el de Lillith, a pesar de que ambas eran muchísimo más
mayores, le lanzó una mirada de soslayo reprobatoria. La morena
reaccionó a la advertencia, y miró la punta de su botas negras de
más de mil dólares.
No escatimaban en nada. Eran millonarias. Líderes de sus
movimientos y sus clanes. Los Bathory, los ftule, los Vril… todos las
seguían a pies juntillas. Y habían llegado a un punto en el que
estaban por encima de leyes, ética y religiones. Prueba de ello era el
ser ancestral que discurría en los entresijos de su mente sentado
apaciblemente en una de sus salas. Un ser que reventaría la historia
de la humanidad y las bases de la religíon en un suspiro.
«No lo puedo evitar», contestó la Bathory con el brillo diabólico
de sus ojos negros encendido por la rabia.
«Debes hacerlo. Azaro lo ve y lo lee todo. Un solo contacto de su
mano en una de nuestras cabezas y sabrá qué es lo que le
escondemos. Así que aplica lo que te enseñé para que no puedan
leerte la mente», Sisé miró el per l de su compañera con
preocupación. En todas sus horas juntas, en sus momentos más
íntimos, ella como psíquica que era, la había instruído para que
aprendiera a ocultarse y a no ser leída. La mente de una era un libro
abierto para la otra, pero su con anza no debía ser violada por nadie
más.
«No estamos en el lugar que nos corresponde. Somos nosotras
quienes debemos estar a la cabeza, no él».
«Tiempo al tiempo, querida. Debemos esperar».
Lillith sabía que Sisé estaba en lo cierto. Idún había caído en uno
de sus yates. Tenían los tres cetros mágicos de poder que todavía no
habían podido ni ver ni tocar porque Azaro los tenía bajo su ala.
Poseía la muestra genética de Azaro para que ella pudiera empezar a
trabajar en su laboratorio. Pero era Azaro quien las tenía atadas de
pies y de manos. Era él quien exigía sus servicios. Y en esos
momentos intentaba localizar a la segunda de los Indignos
enterrados por ftot.
«No he trabajado todos estos años para estar a la sombra de un
Indigno. Hasta la fecha no sabía ni que existían».
«Tú misma me enseñaste que esperara a los acontecimientos para
ver qué podía sacar de cada situación. En eso estamos».
«Sisé, no podemos arnos de ese ser. Para él, tú y yo valemos
menos que nada. Cuando no le sirvamos, nos eliminará, y no llevo
viva tantos años para que me maten así».
Sisé sonrió ladinamente y agachó la cabeza.
«Eso no va a pasar».
«Si Azaro logra encontrar a otro Indigno más y lo despierta,
¿qué crees que será de nosotras? Ya no nos necesitará. Y estos
seres son conquistadores. No lideran en grupo».
«Nosotras tampoco».
«Exactamente. Debemos estar alertas. Los sirens han muerto.
Pero ellos no eran peligrosos. Los Indignos sí lo son», Lillith volvió a
mirar al frente y carraspeó levemente.
«Tal vez los sirens hayan muerto… pero la Vril, Cora, sigue viva
—objetó—. La puedo sentir en mi cabeza. La huella que dejó cuando
se metió en mi mente sigue palpitando. Eso quiere decir que está
viva».
La revelación sorprendió a Lillith, aunque no la preocupó en
demasía.
«¿Puedes rastrearla?».
«No. Se ha hecho muy poderosa».
«¿Puede rastrearte ella a ti?».
«Es posible. Y si lo hace, no deja estela. No me doy cuenta.
De alguna manera, ella y el siren forjaron un vínculo que la hizo
todavía más dominante. La cuestión es… que de alguna manera
percibo que el siren, Ethan… no ha muerto —comentó sin estar cien
por cien segura».
Lillith tomó aire por la nariz y se quedó meditabunda.
«Sorcha nos dijo lo que vio en Comillas. Contempló como el siren
abría un portal y desaparecía con los suyos, alarmados por lo que
sucedía en su tierra. Si Ethan entró… murió con los suyos. Es
imposible que sobreviviera al virus de Grey. Imposible —repitió
abriendo nuevas posibilidades en su mente—. Aunque, sea como
sea, no creo que debamos preocuparnos. Las Vril se quedaron en la
tierra hueca, no existen en el exterior. Matamos a Idún, que podría
habernos supuesto un gran problema al descubrir lo que hicimos con
él. Y ahora mismo no hay raza que pueda combatirnos. Los pieles
frías, los magos oscuros, las comunidades ftule, Vril y Bathory…
somos demasiados para que una mosquita muerta nos moleste. Sin
aliados, la Vril sola no puede hacer nada. Incluso, aunque hubiera
alguna probabilidad de que Ethan sobreviviera al virus por haber
vivido tanto tiempo en el exterior… él solo no puede detenernos».
«No. Él solo no. Por muy fuerte que sea y por mucho dragón
negro que le acompañe —recordó con rabia el ataque al que fue
sometida en el ferry de la Bathory, cuando los tatuajes de Ethan
cobraron vida y estuvieron a punto de matarla. Aunque Idún, por
suerte para ella, la salvó».
«La dichosa Vril no me preocupa, Sisé —señaló a Azaro con un
gesto de su barbilla—. Él sí. Y debemos hacernos cargo».
«¿En qué estás pensando exactamente? Sé que tienes algo en
mente».
«Me conoces bien», sonrió complacida.
«Son muchos años, Condesa».
«Debo madurarlo aún. Pero se me está ocurriendo algo. Debemos
regresar al trono que nos corresponde. Y ahora ese trono está
ocupado por la diva esta», añadió despectivamente. «Él tiene tres
cetros. La historia dice que se necesita un cuarto para convocar a un
líder superior. Si lo intentan con tres, llegaría un nuevo diluvio.
Mientras no convoquen a ese líder y él no encuentre a otro de los
Indignos, aún tenemos posibilidades de recuperar nuestro lugar y
volver a ser dueñas de nosotras mismas y de nuestras decisiones».
«No podemos boicotearlo. Nos descubrirá», la alertó.
«No vamos a boicotearlo. Por ahora —aclaró—. Debemos usarlo.
Él nos revelará la información que necesitemos. Y nos llevará hasta
esa tal Astrid, ¿verdad?».
«Sí. Ese es su plan».
«Bien. Esperaremos a que descubra su paradero. Y a partir de ahí
—torció el rostro para mirarla—, decidiremos»,.
Sisé hizo lo mismo, ambas se sonrieron con la mirada y asintieron
de acuerdo con sus planes.
La sororidad y el amor podían ser usadas para muchos
propósitos. Entre ellos: el de no permitir que un ser de otra realidad
arrebatara el poder a dos mujeres humanas.
El mundo sería de ellas o no sería.
—No funciona —dijo de repente Azaro, levantándose y medio
levitando en el suelo.
Lillith y Sisé actuaron como si segundos antes no hubieran estado
confabulando contra él. Las dos mujeres le miraron sin comprender.
Azaro avanzó a ras de suelo, hasta donde ellas estaban. La luz de
las velas titiló, y su claridad trémula re ejó en los rostros de ambas.
El Indigno centró su atención en ellas. Su cutis cincelado
contrastaba con sus ojos satánicos y sin empatía. Su pelo rubio
ondeaba por la energía que él mismo impulsaba para desa ar la
gravedad.
—No funciona —repitió controlando sus nervios—. La señal de
Astrid es muy oja. Creo percibirla en un país de vuestra Europa.
Pero no voy a poder encontrarla así.
—¿Y qué propones? —quiso saber Lillith.
—Los lugares donde están enterrados los Indignos tienen que
estar marcados por historias trágicas de muerte, violencia y
destrucción, porque esa es la energía que emitimos. Somos Graen
—espetó orgulloso—. Vosotras debéis tener información sobre
esos lares.
—Pero ¿cómo vamos a saber dónde está?
Azaro sonrió intrigantemente. Y volcó sus ojos en Sisé.
—Creo que la Vril podrá servirme. ¿Tienes un mapa a
disposición? Quiero asegurarme antes de ir a por Astrid.
Lillith asintió sumisamente. Debía cambiar su manera de pensar
ante Azaro, porque no querían ser descubiertas. Aunque el Indigno
no era tonto.
Ahí se estaban haciendo la cama mútuamente y vencería el más
inteligente de todos.
—Tráemelo, Sisé —le ordenó Azaro sin dejar de mirar a Lillith.
La Vril se tensó levemente al dejar sola a su compañera. Pero
conocía el juego y si debía ngir, ngiría.
—Ahora mismo —contestó dejándolos solos a regañadientes.
Cuando los dos disfrutaron del silencio y la soledad de la Torre,
el terso rostro de Lillith se alzó para encarar a Azaro.
—He sentido interferencias en mi meditación —señaló Azaro
volviendo a tocar con la punta de sus botas en el suelo. Se relamió el
labio inferior y se echó el pelo rubio hacia atrás, amaneradamente.
—No queríamos molestarte —dijo Lillith manteniendo la calma
—. Pero hemos estado hablando sobre algo que nos inquieta.
—¿Sobre qué?
Lillith cruzó las manos a su espalda y lo miró de frente, como dos
iguales.
—La Vril sigue viva. Sisé cree que el siren, su pareja, también lo
está.
Azaro frunció el ceño y sonrió altivamente.
—Eso no es posible —contestó—. El virus que obtuvo tu
cientí co de mi sangre no se podía vencer. Era mortal para los sirens.
La idea era que los sirens del exterior que iban a por el cetro
regresaran a la tierra hueca para que fueran infectados.
—Lo sé —a rmó la morena—. Pero, Sisé no suele errar en sus
percepciones. Siente al siren en la huella que dejó Cora en su mente.
Está conectada a ella. No le puede leer la mente, porque ahora esa
Vril es muy poderosa, pero… no diría jamás que Sisé se equivoca.
No obstante, Azaro —bajó su tono a uno más servicial—, tenemos
con qué chantajear y detener a esos dos.
—¿Con qué? —preguntó sin mucho interés.
A la Bathory le entraron ganas de romperle el cuello.
—Mis sísifos cogieron a uno de sus amigos. Mi hija, Sorcha, se
está encargando de él.
Azaro le dio la espalda y jó sus ojos rojizos en la ventana que
daba al exterior.
—Por lo que sé, mataron a una wiccana… pero de todos los que
se reunieron en ese Capricho, tus sísifos solo cogieron a uno. Fue un
fracaso, Bathory —espetó desdeñoso—. No me hables de ellos como
un logro o una victoria. No tienes que sentirte orgullosa de ello. Un
humano no nos sirve para nada. Tus sísifos son inofensivos.
Lillith rechinó los dientes, y lanzó dagas con la mirada contra su
delgada espalda. Era alto, pero un esmirriado. Y a ella no le gustaba
nada.
Sus sísifos podían lograr grandes cosas. Porque ella les había
enseñado a conseguirlas.
—Ahora dediquemos nuestra energía a centrarnos en lo que de
verdad importa. Astrid. Ella es el siguiente paso para nuestra
conquista.
Lillith ocultó sus pensamientos todo lo que pudo y, nalmente,
dejó caer la cabeza en actitud aquiescente para nalizar con un
escueto e hipócrita:
—Sí, Azaro.
9
Laboratorios Bathory
Inglaterra
A
hí, en un edi cio contiguo al principal de los
laboratorios Bathory, entre crisoles y probetas, matrazes
de fondo plano, placas petris, frascos lavadores y
gradillas y tubos de ensayo, los sísifos tenían su casa.
En esa casa aparte, donde todo estaba dispuesto de manera fría y
mecánica, donde ni el alma ni los sentimientos tenían lugar y las
habitaciones estaban dispuestas de manera militar, los hijos de
Lillith Bathory se ejercitaban y se sometían a sus terapias génicas.
Pero de todos ellos, solo una, apodada como la hija de la
vampiresa, tenía trato directo con mamá.
El único objetivo de Sorcha en su vida era el de contentar a
Lillith, incluso cuando no se lo merecía. A pesar de las palizas, las
torturas, los tratamientos y los cortes que tardaban en cicatrizar,
Sorcha estaba programada para complacer a su madre. Y moriría por
ella, porque así se lo habían ordenado.
Ella era la líder de los sísifos. Era la más cruel y entregada.
Solo sabía de dolor, de reducir y de someter. Y le encantaba.
Porque había aprendido a apreciar el poder.
Y ahí se encontraba Sorcha. En una de las salas de castigo. Una
hueca sala sin alma, donde las cadenas pendían del techo en el que
un par de tragaluces circulares dejaban entrar un rayo de claridad
que enfocaba directamente al cuerpo de aquellos que eran sometidos
y que colgaban de ellas.
Esa sala era muy conocida por ella. Y la había aprendido a querer
y a respetar. Porque la había hecho fuerte. Era un lugar que había
frecuentado como víctima en muchas ocasiones. Aunque esta vez era
ella quien mandaba. Era ella la que castigaba.
Porque ya había madurado y podía ser por n el ojito derecho de
su madre.
Ante ella tenía a un buen ejemplar de macho. Todo él musculoso,
alto y hermoso. A esos era a los que le encantaba doblegar.
—Tus amigos no van a venir a buscarte. ¿Lo sabes? —dijo an-
dando en círculos a su alrededor.
Su voz era un tanto ronca pero atractiva. Sus facciones eran
hermosas y ese rasgo era muy aplaudido por mamá. Porque Lillith
decía que eso la hacía un arma perfecta para conseguir cualquier
propósito.
Pero Sorcha no se veía así cuando se miraba en el espejo. De
hecho, solo veía posibilidades. Capacidades como las de tener un
buen cuerpo para matar y hacer daño si era lo que se requería.
Porque era una herramienta.
Ella era una máquina de cumplir objetivos.
—Pobre tartamudo guapo… —siseó mientras sacaba una de las
jeringuillas que había sacado del laboratorio—. ¿Sabes? Vas a ser el
primero en recibir este tratamiento. Madre me ha pedido
exclusivamente que esto lo use en ti… —le dirigió una hermosa
sonrisa y sacó la caperuza de la aguja—. Deben dolerte los brazos,
tanto tiempo en esa posición… —bromeó—. Pero no te preocupes. Se
te acostumbrarán con las luxaciones.
Lex Lostsoul escuchaba cada una de las palabras de esa sádica
hermosa y las interiorizaba, porque cuando saliera de ahí, que estaba
seguro de que iba a salir, se encargaría de ella personalmente. Y ya le
podría decir quien fuera que lo que iba a hacer estaba mal, o que no
era moral o que la venganza lo convertía a uno en un animal. No le
importaba lo que pensaran los demás cuando por n escapara de esa
mazmorra con esa bestia a cuestas. Pero esa mujer se estaba
encargando de romper su mundo a cachitos. Ya le había roto todos
los dedos de las manos, no sabía si iba a ser capaz de pintar otra vez,
la muy hija de puta… Lo apalizaba, y después le ponía unas
inyecciones cuyo contenido desconocía. Y era una sustancia que lo
hacía estar deseoso de recibir más palos, de sentir más dolor, aunque
le ayudara a cicatrizar de una manera milagrosa. Estaba sumido en
un círculo vicioso de dolor, de torturas y de autocuración… y todo,
absolutamente todo, se lo in igía ella.
Posiblemente estaba perdiendo todo lo bueno que había en su
interior. Pero si aguantaba aquel suplicio era porque sabía que un
día podría devolverle los golpes uno a uno. Y multiplicado por mil.
Su alimento a cada amanecer, a cada anochecer, a cada hora que
pasaba ahí colgado, sangrando, malherido, drogado, cabreado y
abatido era el odio.
El odio lo mantenía vivo.
—S-Sorcha… —tartamudeó y se maldijo. Porque odiaba hacerlo
ante ella. Porque ella le había jurado al secuestrarlo que se
encargaría de que no volviera a pronunciar una palabra sin
tartamudear. Y lo estaba consiguiendo.
—¿S-sí? —se burló de él alzando una ceja castaña clara.
—Oigo a n-niños llor-rar… ¿l-les ha-haces a e-ellos l-lo que a m-
mí?
Sorcha golpeó la jeringuilla con la punta de los dedos y alzó sus
ojos para lanzarle una mirada intimidante.
—Son sísifos —contestó—. Ellos están aquí para hacerse fuertes.
No soy yo la que está con ellos. Son los cientí cos de mi madre.
¿Hacerse fuertes?, pensó Lex. No podía imaginarse a lo que se
refería con ello.
—¿L-les p-pincháis l-lo que a m-mí?
Sorcha se encogió de hombros y no le dio mayor importancia.
—¿Y qué si lo hacen? Eso les convertirá en algo mejor de lo que
son.
—Eso l-les mat-tará.
—A mí no me mató.
Lex alzó su rostro adonísio y le lanzó una mirada helada de sus
ojos claros entre sus espesas pestañas.
—T-tú ya e-estás m-muerta.
—¿Qué quieres decir, disco rayado?
—Tú t-te rendiste y m-moriste e-en est-tas j-jaulas —sonrió,
porque todavía tenía fuerzas para hacerlo—. Y-ya no t-tienes a-
alma. T-te e-entregaste a-a l-lo que t-te hacían. Y t-te perdiste. D-
desapa-pareciste. S-si a-alguna v-vez fuiste u-una n-niña b- buena, a
e-esa n-niña la m-mataron l-las p-paliz-zas y… y l-las i- inyecciones.
N-no e-eres un-a s-superviviente. N-no presumas d-de lo qu-que no
e-eres. P-perdiste. P-pero p-podrías ha-hacer a-algo b-bueno. S-
sálvalos a e-ellos.
—¿A los sísifos que vienen? —preguntó incrédula.
—Sí.
—¿Por qué iba a hacerlo? Les están dando la oportunidad de ser
longevos, de ser irrompibles…
—N-no. N-no serán irrompibles. Y-ya estarán rotos —le aseguró
deseando arrancarle la cabellera—. T-tan r-rotos c-como tú. Er-res u-
una muñequita r-rota. M-me d-das mucha p-pena. Ella no soportaba
la compasión, así que sabía lo que iba a comportar aquellas palabras
en la fachada de esa chica. Sabía lo que iba a suceder. Ella se creía
que tenía el poder. Pero Lex también podía obtener de ella lo que
quería.
—¿Ah, sí, tartaja? ¿Te doy pena? ¿Y crees que tú vas a vencer?
¿Crees que seguirás entero después de todo lo que te estoy
haciendo? Tú… me odias. ¿Verdad?
—N-no —estiró el cuello lentamente—. Yo t-te quiero m- matar.
Sorcha sonrió de oreja a oreja.
—Me odias. Y cuando acabe contigo te convertirás en lo que soy.
Aunque… —miró la jeringa con interés— no tengo ni idea de lo que
te estoy pinchando. Es una terapia nueva. No sé en lo que te
convertirás, guapo. Pero tengo que suministrártela todos los días,
durante una semana.
Lex se echó a reír y negó con la cabeza mientras Sorcha le clavaba
la aguja con rabia en la nalga y se la dejaba ahí, insertada.
—Ya apenas sientes dolor, ¿a que no? No hace falta que contestes,
lo sé —Sorcha pasó las manos por su torso desnudo y le arañó la piel
—. Y lo necesitas. Necesitas el dolor. ¿Ves lo mucho que te he
reventado? ¿Ves en el bicho raro que te estás convirtiendo? Cuando
no sientes agonía física, cuando tu cuerpo no está abierto y lacerante
te sientes mal y solo. Por eso los Sísifos somos dependientes.
Sentimos placer en el dolor, gangoso.
Lo peor era que Lex no podía negar aquella a rmación. Y se
asqueaba a sí mismo por sentir aquella dependencia.
Sorcha le hacía lo mismo dos veces al día. Sin descanso. Primero
mandaba a alguien a que lo fustigaran y le in igieran todo tipo de
dolor físico. Después, ella misma le ponía una inyección para que su
cuerpo sanara. Pero al cabo de las horas, su cuerpo rogaba por más.
Más dolor. Más droga.
—N-no s-solo me d-das pena. A-además, m-me das asco. Cuando
s-salga d-de aquí, n-no habrá l-lugar en l-la tierra e-en el que p-
puedas e-esconderte, Sorcha.
—Me buscarás porque me necesitarás, Lex. Como ahora, mira —
la joven metió sus manos cuyas uñas perfectas estaban pintadas de
azul muy oscuro dentro de los calzoncillos blancos manchados de
sangre que era la única prenda que lo cubría. Sus ojos ahumados con
una línea perfecta ascendente brillaron con anticipación—. Mírate —
agarró sus testículos con una mano y los alzó para que todo el
paquete sobresaliera por encima de la costura de la ropa interior—.
Eres grande. Eres enorme en realidad y creo que lo que hay en las
inyecciones te está potenciando. Y estás empalmado. Porque te
caliento, Lex. Hay algo en mí que te enloquece —susurró sacando la
lengua y lamiendo su pene de arriba abajo—. Es porque tu cuerpo
reconoce quién es su dueña y se ha rendido a mí.
—N-no…
—Sí —aseguró ella abriendo la boca para engullir su ancho
prepucio—. Lo sabes. Me ves y la reacción de tu cuerpo es siempre la
misma. Te pones duro —le apretó el pene con fuerza y disfrutó de su
quejido—. Incluso te gusta que te toque así y te provoque dolor
mientras te masturbo. Pobre, tartamudo… Te he quebrado. Lo sabes.
No lo niegues.
Lex negó con la cabeza, resistiéndose a aquel masaje que le daba
placer y que iba a provocar que se corriera. Sorcha era todo lo que él
hubiera deseado en una mujer de no ser porque era una sádica
asesina sin corazón. Por eso lo ponía cachondo. Porque físicamente
lo tenía totalmente hipnotizado, aunque tuviera el espíritu podrido.
¿Cuántas veces no había dibujado a una mujer con ese rostro y con
esa actitud? Él, que adoraba dibujar cómics. Se había hartado de
representar a su heroína perfecta, y siempre fue una mujer como
Sorcha, con sus ojos, con su cuerpo, con su pose… una hembra que
sometiera a cualquier hombre y lo hiciera mearse en los calzoncillos
de miedo y de gusto.
Pero aquello… era pasarse. Parecía que su dibujo se hubiera
convertido en real, que él la hubiera creado. Incluso su historia. Su
heroína había sido una niña maltratada y destrozada por otros que
intentaron abusar de ella. Pero ella se rebeló. No se fue al lado
oscuro.
Sin embargo, la mujer que él había dibujado miles de veces, en
todas las posturas, estaba frente a él y no era una heroína. Era una
villana. Porque Sorcha sí había aceptado el mal y el dolor como suyo
y se consideraba parte de él.
—Tus amigos no te reconocerán si algún día los vuelves a ver. El
Lex que perdieron en Comillas murió en mis manos — Sorcha se
retiró el largo pelo del rostro y lo succionó como sabía que le gustaba
—. Se fue, como te vas a ir ahora —le acarició los testículos con una
mano, y con la otra, agarró la jeringuilla que aún seguía insertada en
su trasero. Y entonces… la removió entre su carne y le introdujo la
sustancia a la vez que lo chupaba con la boca. Se apartó justo en el
momento en que él gritó para correrse como la bestia en la que
quería convertirlo y que ya era, con las venas del cuerpo hinchadas,
los músculos tensos y la garganta roja de sollozar.
Sorcha dio un paso atrás. Su pene seguía escupiendo semen y
manchando el suelo, y ella silbó admirada.
—Cada vez sueltas más… lo que sea que te están dando, te está
subiendo la testosterona y la carga de los huevos —cuando se
detuvo, recogió una gota blanca y espesa que recorría el abdomen de
Lex y la frotó con los dedos—. Ahora, tartamudo, dime que no te
gusto. Porque sé que nunca nadie te ha hecho correrte así.
—N-no m-me gus-tas.
Sorcha exhaló cansada y lo agarró de los muslos para impulsarlo
y obligarlo a dar vueltas en el aire.
—Ya no existes, Lex. Ahora eres de los míos.
—N-nunca —replicó sin dejar de dar vueltas.
Sorcha satisfecha por lo que le había hecho, se dio la vuelta y se
alejó de la sala de torturas. Abrió la puerta metálica y, antes de
cerrarla se despidió con un:
—Te veo mañana, en nuestra siguiente sesión —le guiñó un ojo
—. Duerme como puedas, mudito.
Lex se quedó a solas, girando como un péndulo, con los ojos
llenos de lágrimas por el modo en que se había corrido. Y era justo lo
que quería. Correrse así, porque le daba satisfacción y lo ayudaba a
dormirse. Tal vez ella tuviera razón y se había convertido en un
adicto a ella.
Pero en algo estaba equivocada. A él ya lo intentaron romper de
pequeño. Y no lo consiguieron. Ahora, de mayor, por mucha droga
que le metieran en el cuerpo, tampoco lo lograrían.
Porque era una promesa que le había jurado a su hermano Sin.
Y la tenía muy presente. No rendirse nunca.
Nápoles
Nina pudo convencer a Idún para que se pusiera la ropa que le
dejaba el piloto del Jet, que tenía una bolsa con mudas de recambio.
No era buena idea que apareciera por tierras italianas como si fuera
un indigente. No querían llamar la atención. Se puso su camiseta
gris, una cazadora y unos tejanos. Y aprovecharía las botas negras y
militares que llevaba y que había arrastrado por mar y por tierra. Él
y el piloto tenían más o menos la misma altura, aunque el piloto
fuera más grueso y rellenito. Pero al menos pudo aprovechar sus
ropas y también sus gafas de sol.
—Ponte estas, por favor —le pidió Nina.
Él las tomó y las dejó sobre la mesa.
—No. No uso esas cosas.
—Eh… —Nina forzó una sonrisa, agarró de nuevo las gafas y se
las pegó en el duro pecho—. Yo te llevo donde quieras, pero hazme
caso.
—¿Por qué?
—Porque vas a aterrorizar a la gente. No todas las personas
reaccionan tan bien al descubrir la existencia de otras realidades. No
hay ni un solo humano con los ojos rojos. Excepto el hijo de Satán,
que por cierto, no descarto que seas —le colocó las gafas ella misma
ante el gesto de sorpresa de él—. Ah, y también los personajes de las
novelas de Bram Stoker. Pero esos los tienen rojos porque chupan
sangre —no le dio importancia y después lo señaló con el dedo—.
No te las quites.
Él escuchó atentamente las palabras de esa humana con
incontinencia verbal. Nunca había odio hablar a nadie tanto ni dar
tanta información intrascendente en tan poco tiempo.
Nina no lo sabía. Pero sus ojos nunca fueron rojos. Tenían un
tono azul oscuro con trasfondo plateado, como el de todos los sirens.
A su madre le parecían hermosos. Pero ellos ya no existían. Y él, el
último superviviente, el aniquilador, ya no se les parecía en nada. Ya
no tenía nada que ver con ellos. Había perdido todas sus raíces con
sus actos.
—Eh, ¿me oyes? —Nina chasqueaba los dedos frente a sus ojos—.
Déjatelas puestas.
Idún apretó la mandíbula y se la sacó de encima bruscamente.
No le gustaba su cercanía.
—Sí. Vámonos ya.
—Eres todo amabilidad. Seas de donde seas o vengas de donde
vengas, los tuyos no parecen ser de los buenos —y eso la asustaba.
Porque no quería ser partícipe de la aniquilación de su especie. Pero
esperaba descubrirlo antes de llegar tan lejos.
Quince minutos después desembarcaban al atardecer en el
aeropuerto de Nápoles. Y ahí, Nina gestionó todo para poder ir al
puerto y alquilar una lancha que les llevara hasta la isla. Pero
tuvieron complicaciones con las que no contaban.
El mar bravo y picado impedía que nadie pudiera navegar.
No eran buenas condiciones para llegar a Isla Del n.
Sin embargo, Idún no estuvo conforme. Se negaba a quedarse en
tierra. Quería el Tyet lo antes posible.
—Idún —le dijo Nina una vez intentó alquilar la embarcación en
el inmenso puerto de Nápoles. El hombre se llamaba Pedro y hacía
todo lo posible por ayudarla—, no nos permiten adquirir la lancha
ahora mismo. Deberíamos esperar a mañana para que se calme la
marea.
—Las prohibiciones no signi can nada para mí —contestó
perdonándole la vida a ella y al delegado de la empresa que les cedía
el bote.
—Con toda probabilidad el mar les engulliría, señor —advirtió el
trajeado y joven trabajador al que Idún casi le sacaba dos cabezas.
El lágrima negra dio un paso adelante y espetó:
—Como le puedo engullir a usted la…
—¡Uy! —Exclamó ella como una loca dejando ir una carcajada—.
¡Hahaha! Uy… perdone —se interpuso entre Idún y el señor. Tuvo
que colgarse de nuevo la mochila al hombro porque con el
movimiento se le había resbalado—. No es muy sociable. Ya sabe,
es… no ha dormido nada en el avión. Estuvo toda la noche de
concierto y bueno… —se acercó y le dijo en voz baja—. Es una
estrella del rock, ¿sabe? ¿No ve su pelo? ¿Quién lleva el pelo largo
ahora y media cabeza afeitada?
—Ah —el señor pareció comprenderlo todo, aunque con ciertas
reservas—. Ya lo entiendo. Claro, por eso van a Isla Del n. Es un
lugar de descanso de artistas.
—Eh, sí. Eso es —Nina le siguió el rollo como a los locos.
—Pensaba que era Roman Reigns de la WWE —señaló Pedro
disculpándose por la confusión.
—Vaya, pues… se parece… sí —Nina repasó a Idún por encima
del hombro—. Como ve, tiene el mismo mal carácter.
—Sea quien sea, no puedo facilitarle transporte a la isla, señorita.
Es peligroso. Lo siento. Hemos detenido todos los ferrys para Capri.
No se puede navegar. Espérense a mañana. Les esperaré aquí
mismo.
—Sí, de acuerdo… Eso haremos. Disculpe las molestias — ella se
dio la vuelta y agarró a Idún por el codo para tirar de él y sacarlo de
la o cina de alquileres.
—Humana —Idún se plantó en medio del paseo de o cinas
marítimas del puerto—, no obedezco órdenes ni consejos de…
—De trabajadores.
—De humanos.
Nina puso los ojos en blanco, era como tratar con un niño
mandón y malcriado.
—Debemos esperar. Hasta mañana. Ya lo has oído.
—Ellos no esperan —sus dientes blancos resplandecieron entre
sus labios apretados.
—¿Quiénes? Puedes hablarme más claramente. ¿En qué tipo de
con icto estás metido? ¿Con quién? ¿Con esas mujeres de las que me
hablaste? ¿Es que estás en medio de una carrera con ellas? Es que no
lo entiendo…
—Ellas, sí. Y los que nos atacaron en la cabaña también. No tienes
ni idea de lo que puede pasar en tu mundo. El anillo que llevas —La
agarró de la muñeca y la obligó a mostrarle la mano— es como un
caramelo. Un imán para el tipo de seres como los de la selva. Y
también para otros. Lo sentirán e irán a por ti. Y a por mí.
—Pues me lo quito y asunto resuelto.
—No —se lo prohibió vehementemente—. Te mantendrá viva…
—Ah —Nina se quedó boquiabierta por la revelación—.
¿Entonces no me quieres matar?
—Te mantendrá viva hasta que consiga el Tyet.
—Claro. Entiendo —contestó desilusionada.
—Vas a hacer lo que yo diga. Me vas a llevar ahora mismo a Isla
Del n, vamos a ir a ese museo y a pedirle a Giopetro que te la dé.
—Gioseppo —lo corrigió.
—Eso he dicho.
—No —arqueó las cejas a punto de sonreír—. Pero no importa.
Ya has oído al señor de la agencia de alquileres.
—Y tú ya me has oído a mí.
—Pero…
Idún no esperó a que la replicara. Sencillamente la arrastró por el
puerto, hasta encontrar una embarcación que le convenciera. Y
habían muchas, cientos de ellas y de propiedad privada.
Pero cogería la que fuera sin permiso.
—Esta —señaló una negra que parecía un tiburón.
—¿Esta qué? —preguntó Nina haciéndose cruces.
—Esta funciona distinto. Sube.
—Idún, ¿quieres que además de los que ya nos persiguen
también lo haga la policía italiana?
—Sube —el moreno empujó a Nina para que saltara y cayera en
la lancha.
—¡Estoy harta de que me trates así! ¡Joder! —se quejó del dolor
de codo que sentía en ese momento. Se había golpeado con la
estructura de la embarcación. Pero el anillo hizo su trabajo y le calmó
la contusión.
—No tengo tiempo para ser amable —Se quitó las gafas de sol y
saltó a su interior con la elegancia de un felino. Entró a la cabina de
mando forzando la puerta con un golpetazo de hombro y estudió
durante unos segundos cómo manipular la lancha.
—Nos van a pillar. Mi expediente está impoluto y no quiero que
se manche por tu culpa —Nina entró en la cabina con él y leyó
Torqeedo en la consola—. Joder, es una lancha eléctrica.
¿Por eso has dicho que funciona distinto?
—Sí.
—¿Y cómo piensas hacerla funcionar? Se necesita una llave
igualmente para… —Nina calló al ver el modo en que Idún posaba
su mano en la super cie del ordenador de a bordo, y cerraba los ojos
como si pudiera hablar con el sistema.
Era un lágrima negra. Un guerrero. Tenía poder que aún debía
explorar. Así que se concentró en transmitir su energía interior al
aparato para activarlo eléctricamente.
Su mano se iluminó con una luz rojiza y llamativa y entonces, la
pantalla se encendió.
—No te creo —murmuró Nina pegándose a él. En ese momento
era incapaz de medir qué emoción la embargaba: si el miedo o la
fascinación, y entendió que era lo segundo—. No te creo… —repitió
tocándole la mano para encontrar de nuevo aquel fulgor rojizo y
mágico—. Me voy a volver loca al nal…
—susurró—. Eres… eres como Starman. En serio… ¿de qué
constelación vienes? ¿Por qué estás aquí?
Era extraño para Idún. La humana sujetaba su mano, que hacía
casi dos de las de ella, y lo miraba como si fuera algo maravilloso. Y
lo tocaba… voluntariamente. Y recordó la última vez que alguien lo
había tocado así. Le vino a la mente su madre, Lys, en su despedida,
en Sirens, y su manera de mirarlo cuando ya sabía que los iba a
traicionar. Aunque ella nunca imaginó lo que en verdad les
sucedería.
El dolor fue tan atroz que retiró su mano súbitamente y dio un
paso atrás para alejarse de Nina. No.
Los recuerdos no le dolían. ¿Por qué aquel sí? ¿Por qué en aquel
momento?
—No lo vuelvas a hacer.
—¿El qué?
—No me vuelvas a tocar.
Nina se miró la mano y aceptó la orden. Idún parecía atribulado,
y se atrevería a decir que incluso desvalido.
—De acuerdo. Lo siento.
—Si lo haces otra vez, te haré daño.
Las palabras heladas se colaron en el interior de la sensible joven.
Pero no la asustaron ni la decepcionaron. Simplemente, le sirvieron
para comprender la naturaleza del ser que tenía delante. No le
habían tocado en mucho tiempo. Se sentía incómodo ante el contacto
físico. A lo mejor, porque los humanos le asqueaban, y ella era
justamente eso. Una humana innoble.
No obstante, a cada segundo que pasaba, le tenía menos miedo a
Idún Silanis.
—Has encendido la lancha —señaló ella haciéndose a un lado—.
¿Conduces tú o lo hago yo?
La jación con la que la miraba Idún la incomodó. Hasta que
comprendió que no le iba a contestar porque ella ya debía saber la
respuesta.
—Ah, sí… que soy tu sierva —se dio la vuelta, agarró el volante y
le dio al botón de encendido de la pantalla—. Pues agárrate. Vamos a
salir de aquí deprisa antes de que los mozos se den cuenta de que
estamos violando las normas de navegación al salir con bandera roja.
Ah… y que estamos robando, claro — puntualizó nerviosa.
—Arranca el barco. Y si puedes, hazlo en silencio.
—No es un barco. Es una lancha. Es distinto. Yo he conducido
varias, pero esta es la primera eléctrica… Me gustan desde que vi la
película de La Isla. Qué casualidad ¿verdad? Y nos dirigimos a una
ahora mismo… me gustaba porque entonces tenía jación con Ewan
McGregor. Ahora no entiendo por qué me gustaba ese hombre —se
dijo extrañada—. Porque no me gustan rubios… —se encogió de
hombros—. En n, la película trata de…
Maniobraba a gran velocidad y antes de que se dieran cuenta, ya
salían del puerto con éxito.
Idún se sentó en la butaca que había collada a la pared, acolchada
y de color naranja. Y escuchó pacientemente la historia interminable
de Nina. La velocidad hacía que su larga trenza azotara su espalda
arriba y abajo.
Y se dio cuenta de que la joven hablaba tanto porque era su
sistema de defensa ante las situaciones de estrés.
Todo lo contrario a él.
Que ya no hablaba porque no le apetecía. Porque no tenía nada
que decir ni a nadie a quién contárselo.
Solo actuaba y nunca pedía permiso.
Isla Delfín
L
e dolía la cabeza. Cuando abrió los ojos, además de la
desorientación y del miedo, se dio cuenta de que
recordaba cosas que no eran suyas. No eran recuerdos de
ella. ¿Cómo habían ido a parar a su cabeza?
Las vivencias eran de otra persona, de un niño de otro mundo.
Un niño con padres que lo adoraban y le llamaban pequeño
guerrero. Un crío de ojos increíblemente azules y plata, y pelo largo
negro y liso. Ellos, esos seres, se hacían llamar sirens.
Vivían en un paraíso donde los vehículos funcionaban con la
energía de la tierra, donde los animales se respetaban y se adoraban,
donde se aprendía a amar la naturaleza y al prójimo; un lugar de
muchas tierras, unas de hielo y fuego, y otras suspendidas en el
cielo; era un reino de magia y sabiduría, y de amor y respeto,
plagado de seres evolucionados que vivían en impresionantes
edi cios de estilo él co, en casas en los árboles, en ciudadelas
inmensas cuyo corazón era un árbol interior que les llevaba al
subsuelo, a un lago en el que levitaba una pirámide de cristal dorada
y que palpitaba como un órgano vital.
Nina sacudió la cabeza y pensó que todo aquello se lo había
imaginado. Pero no podía ser cierto, porque había sido todo tan real,
con tanto detalle… tanto… que en ese momento en el que su cuerpo
era bañado por las olas que acariciaban las pequeñas orillas llenas de
rocas de la Isla Del n, tenía di cultades para advertir en qué
realidad se encontraba.
Y entonces recordó la última ola y el impacto de su cabeza contra
el techo de la lancha… quedó inconsciente en el acto.
Y ya no podía recordar nada más.
¿Cómo había llegado hasta ahí? ¿La había llevado Idún?
Cualquiera habría muerto presa de la salvaje marea que los rodeó.
Pero Nina seguía viva. Se miró el tatuaje del Tyet de su antebrazo, y
después veri có que el anillo estuviera en su lugar. Y ahí estaba.
Pero no había ni rastro de Idún. Se levantó intentando mantener el
equilibrio sobre una de las rocas, y cuando se dio la vuelta para
comprobar en qué punto exacto de la Isla se encontraba, se dio de
bruces con él.
Idún la sujetó por los hombros para que no se cayera. El modo en
que la miraba era intenso, como si quisiera leer en su interior. Estaba
empapado de arriba abajo. Sus rasgos maduros y varoniles
resplandecían por el brillo del agua salada re ejada por el sol
napolitano. Nina no pudo negarlo: era guapísimo. Y la cicatriz de la
cara le hacía todavía más irresistible.
Idún se echó el pelo largo de un lado del cráneo detrás de la
oreja. Y ese gesto activó los recuerdos extraños de Nina. No tardó en
comprenderlo. El niño que había visto y la vida que le había
mostrado era la de Idún.
—No puede ser… —murmuró aturdida.
—¿Estás bien?
—Creo que sí. ¿Cómo… cómo hemos llegado hasta aquí? Él miró
al cielo y oteó el horizonte.
—No tengo explicación para eso. Pero sí sé lo que nos…
—Idún —Nina lo agarró de la cara para que le prestara toda la
atención que fuera capaz de prestar—. Escúchame.
—Te he dicho que no me tocaras.
—Esto lo tienes que oír. Te he visto a ti. De niño. He visto tu
mundo…
Los músculos de su cuerpo se tensaron. Se volvieron de piedra.
—Eso no es posible —declinó la posibilidad liberándose de
la sujeción de la chica. Porque compartir recuerdos de manera
involuntaria solo sucedía en un caso especial. Y él no tenía
posibilidad de experimentarlo como lágrima negra.
—Escucha, sí lo es —Nina se humedeció los labios llenos de sal y
arena y lo volvió a agarrar pero esta vez por los antebrazos—. He
visto el escudo de tu familia. Los Silanis. He visto partes de tu
ciudad o de tu tierra, lo que sea. Te he visto a ti de pequeño, a tu
madre y a tu padre… ellos eran… —Nina lo soltó y se tocó el rostro
como si estuviera en una ensoñación—, eran hermosos, Idún —dijo
emocionada—. Te pareces tanto a ellos…
Él frunció el ceño. Se negaba a escuchar nada sobre su tierra y su
familia. Se negaba a hablar de ello con ella. Quería martirizarlo.
—Cállate.
—¿Qué? ¿Por qué? —al ver que Idún le daba la espalda y
empezaba a caminar con largas zancadas inalcanzables, Nina fue
tras él como pudo. Ascendía la isla con un piñón de más que su
cuerpo no poseía—. ¡Espera! Idún… ¿por qué me ha pasado eso?
¿Tú lo sabes?
—No lo sé. Debiste darte un golpe enorme en la cabeza.
—Sabes que digo la verdad —insistió—. Tu mundo es precioso.
Es… portentoso. ¿De dónde vienes? ¿De qué planeta eres? Y esos
edi cios… y los animales tan maravillosos… —susurró alborozada
por haber tenido el privilegio de verlo de aquel modo—. Era como
estar en una novela de fantasía. Ha sido… hazlo otra vez, por favor.
Enséñame más. Quiero verlo… —dijo motivada.
—Incordio de mujer…
—¡Háblame de ello, Idún! —le rogó abriendo los ojos como una
niña pequeña, cogiendo aire y corriendo para colocarse a su lado—.
Ya ves que no me da miedo… —le probó—. Yo solo quiero…
—¡Cállate de una maldita vez!
Se giró bruscamente y la misma ira irradió a Nina, que
impresionada, se cubrió el rostro y se hizo un ovillo para no caer
rocas abajo.
—¡No estoy aquí para hablarte de mi mundo! ¡No estoy aquí para
hacer amigos! —le echó en cara furioso—. ¡Tú eres una humana!
¡Solo eso! ¡No eres mi amiga! ¡Ni mi compañera! —sus ojos se
volvieron rojos de nuevo, esta vez más claros—. ¡En lo único que
pienso cuando te veo es en el fastidio que supone para mí tenerte a
mi lado, y en las ganas que tengo de deshacerme de ti! Así que no
me hables como si nos conociéramos o como si tuviéramos algún
vínculo. Porque no lo tenemos ni lo tendremos jamás, ¿queda claro?
¡Levántate de una maldita vez y llévame hasta el Tyet! —el alarido
fue tan fuerte que resonó en toda la isla.
Nina lo miró asustada a través de sus dedos semiabiertos. Estaba
tan enfadado que su ira le ponía la piel de gallina y la hacía temblar.
Se levantó renqueante y con ganas de llorar. No era una mojigata
ni una cobarde, pero había algo en el modo en que Idún la miraba y
le hablaba que la hacía sentirse como una mierda, probablemente,
porque era como él quería que se sintiera.
Alzó la barbilla temblorosa y asintió aguantando el tipo. Si Idún
descubría que lo había mentido, en ese momento, seguramente la
mataría. Porque ahora sí lo creía capaz.
—Llévame al museo y haz que esta tortura acabe de una vez por
todas.
Nina señaló recto, tras él, y con cara de pasmo dijo:
—Es un niño.
Idún harto de ella, se acercó para amedrentarla y agarrarle de la
cola deshecha.
—Te he dicho que no hables más de tus estúpidas visiones…
—y justo cuando la iba a coger, Nina gritó.
—¡Que hay un niño, memo! —le gritó señalando en su dirección
—. Detrás tuyo.
Lo agarró para su sorpresa y le obligó a darse la vuelta. Y
entonces Idún vio al niño al que se refería Nina.
Tenía el pelo blanco. No rubio blanquecino, sino, blanco, como
Merin. Su tez era morena y sus ojos tenían un tono dorado muy
especial. Eran grandes y sabios. Las pecas se dispersaban por su
nariz y vestía con pantalón caqui corto y camiseta blanca de manga
corta. Hacía frío para que fuera así. O al menos, lo hacía fuera de la
isla. Porque allí, la temperatura se sumía en un microclima muy
peculiar.
—¿Quién eres? —preguntó Idún de malas maneras.
—Tócale un pelo a ese niño y te juro que te mato —Nina se
apresuró a posicionarse entre el pequeño que no tendría más de
ocho años y el huraño de Idún—. Es un niño, ¿me has oído? Me
encargo yo.
—¿Qué crees que le voy a hacer?
—No sé —adivinó—. ¿Comértelo tal vez?
—¿Quién es? ¿El hijo de Gioseppo?
—¿Eh? —Nina no sabía dónde meterse.
—Aquí no hay nadie con ese nombre de zapatos —irrumpió el
niño.
—¿Nombre de zapatos? —repitió Idún cada vez más perdido—.
Venimos al museo. Llévanos.
El muchacho arqueó sus cejas blancas como si no se creyera que
nadie le hablara en ese tono.
—No hay ningún museo, palurdo. Y tienes muy malos modales
—dijo el niño de sopetón—. Me llamo Arthur. Y no me gusta que
estés aquí —se encaró con Idún—. No tratas bien a las chicas. Y
especialmente no la tratas bien a ella —Arthur estiró el brazo y le
ofreció la mano a Nina—. Y es una falta de respeto. Bienvenida.
L
a llamaban de muchas maneras. La Sirenuse, Li Galli…
Isla Delfín. No había una isla como aquella. Segurísimo. Se
hallaba entre Capri y Positano, en la costa italiana de
Amal , y era la primera vez que Nina pisaba ese lugar.
La había visto en fotos anteriormente. Y gracias a esas fotos y a
su posterior ampliación, pudo descubrir que además de en las ruinas
romanas, en la torre que aceptaba huéspedes pudientes y ricos,
personas especiales, en el muro exterior de la torre, había un cuadro
de piedra tipo mosaico que re ejaba el mismo nudo de Isis que ella
tenía en su antebrazo.
Fue una sorpresa descubrir una imagen idéntica. Pues aunque
buscó y rebuscó durante años junto a su tutor, anhelando un hilo
conductor entre el objeto de Percy y la historia, nunca lo halló. Hasta
que un día, después de detectar que en aquel cónclave había
actividad electromagnética mani esta, buscaron información sobre
el lugar y los tres únicos edi cios que habían sobre la montaña. En el
material visual que adquirieron, Nina detectó el cuadro. En
principio, el profesor Martin y ella se interesaron mucho por aquella
casualidad, pero al hablarlo con la asociación de buscadores, todos
coincidieron en que se desviaba muchísimo de todo lo que Percival
había explorado. Y desestimaron profundizar en su estudio. Fawce
desapareció en la selva amazónica. De allí cogió la llave. La encontró
o alguien se la dio, pero la halló en esas tierras latinoamericanas.
Y no tenía ningún sentido buscar conexiones entre Amal y la
selva, porque no las había.
Y, a pesar de todas las negativas, Nina tenía la intuición clara de
que la Isla Delfín estaba profundamente conectada al Tyet.
¿Cómo? ¿Por qué? Eso era lo que tenía que descubrir. Por el
momento, solo seguían a Arthur, el niño extraño y adivino que les
había dado la bienvenida y que, daba por hecho que era otro ser
especial, aunque desconocía su naturaleza. Khimera le había
llamado Idún.
Era una locura. Todo era una locura para ella. Sin embargo,
estaba fascinada y se sentía más viva que nunca. Despierta y
estimulada.
Porque ella no era una exploradora ni una arqueóloga. Ella creía
en auténticos descubrimientos. En los que podían cambiar la
realidad y la naturaleza de las cosas.
Como Idún. Como la llave de su brazo. Como aquel niño. Y
estaba convencida de que ya nada la sacaría de ese mundo. Solo
esperaba que no le borraran la mente como hacían los bolígrafos de
los hombres de negro.
A ese pedazo de tierra le perseguían cientos de leyendas
pobladas de sirenas. Aseguraban que esos seres mitológicos vivieron
a su alrededor, en grutas interiores de las rocas.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Arthur estudiando a la joven con
admiración mani esta.
—Me llamo Nina.
—Mi hermana mayor no está. Seguro que ella te gustará cuando
la conozcas —explicó Arthur dando saltos ágiles por el caminito que
les llevaba hasta la torre de vigilancia romana, situada arriba del
todo del peñón. Habían hecho de ese espacio una residencia con una
vistas espectaculares y, por lo que Nina sabía, tenía una decoración
interior de un hotel de cinco estrellas. De hecho, hospedarse en la
isla solo estaba al alcance de unos pocos.
—¿Tu hermana mayor?
—Sí. Chaos.
—¿Chaos?
—Ella está trabajando, pero vuelve esta noche —le explicó
esperándola para caminar a su lado.
—Pero ¿vivís aquí? —preguntó asombrada—. ¿Qué sois? ¿Tú
sabes qué signi ca esto? —le preguntó señalando su tatuaje—.
¿Sabes qué es y a quién pertenece?
—Sí. A nosotros. Los Khimeras —Arthur le hablaba como si
tuviera menos años que él. Porque el crío la entendía. La humana no
sabía nada de su mundo. Pero ellos sí sabían sobre ella. Es una llave.
Abre una puerta.
—No lo entiendo —contestó ella apretándose la trenza y tirando
de la goma—. De veras que no lo entiendo…
—Tranquila —Arthur la agarró de la mano y la invitó a que
caminaran juntos. Y entonces, él tocó su alianza—. ¿Tienes un anillo
atlante? —preguntó él con asombro. Agarró su mano y lo miró de
cerca—. ¡Ala! ¡Nunca vi uno! ¡¿Quién te lo ha dado?!
—Lo encontré en la selva —le explicó Nina—. Ahí encontré al
marciano malo —señaló a Idún con el pulgar en voz baja—. Él me lo
robó. Pero después se interesó más por mi tatuaje y decidió que
prefería el Tyet al anillo.
—Pero el anillo es muy poderoso —dijo Arthur abriendo sus ojos
dorados. En aquel rostro moreno y con el pelo blanco y largo,
llamaba mucho la atención—. El Tyet solo es una llave.
—¿Pero abre algo de verdad?
—Claro que sí. Todos los Tyets abren cosas. Pero esa puerta no es
visible para todos. En cambio, el anillo es. para él lo increíble era el
anillo atlante, dado que había oído hablar mucho sobre ello—. ¿Y
por qué te lo ha dado? —quiso saber mirando a Idún con curiosidad.
—Para que no me mataran por el camino. Al lado de él soy como
de azúcar, ¿sabes?
—De azúcar —Arthur se echó a reír—. Eres de azúcar —repitió,
porque le gustaba la metáfora—. Entonces… —se quedó pensativo
—. El lágrima negra te ha estado protegiendo.
—No —contestó Nina burlándose de ello—. No, no, por Dios.
Simplemente me ha estado usando para un n. Se supone que ahora
me tiene que matar porque se siente traicionado y porque es muy
malo.
—No te va a matar —dijo Arthur burlándose de Idún—. En Isla
Delfín está prohibido matar. Aquí solo se baila, se canta, se nada, se
come y se ora. Toda la isla está protegida por un hechizo. Un escudo
de poder. Y aquí todo el mundo hace lo que dice Eros.
—¿Ramazzo i?
—¡No! —Arthur volvió a reír. En Italia todo el mundo conocía a
Eros Ramazzo i—. ¡Eros es mi hermano!
—Niño —Idún los alcanzó en dos zancadas, justo cuando
llegaban a la entrada de la torre—. No hemos venido aquí de
vacaciones. Quiero hablar con Eros. ¿Él es vuestro Guía?
—Guías… —Arthur leyó a Idún más rápido que él mismo. Lo
contempló con curiosidad y contestó echando la cabeza hacia atrás
para mirarlo bien—. Nosotros no tenemos Guías. Vosotros sí los
teníais, ¿verdad?
—¿Es ahora cuando vais a hablar de vuestros mundos? — Nina
se cruzó de brazos con interés—. Genial, porque estoy deseando
escucharlo todo.
Idún y Arthur se midieron en una escena muy cómica. Nina no
sabía quién era más crío de los dos.
—No. Yo no puedo hablar de ello. Solo mis hermanos pueden
hacerlo. Todavía soy un niño —protestó—. Cuando lleguen, que
dudo que tarden en hacerlo, cenaremos juntos y conversaremos
—añadió—. Ahora subid a la última planta de la torre. Vuestras
habitaciones están listas —explicó dándose media vuelta para
dejarlos solos—. Podéis hacer lo que queráis en la isla. Lo que os
venga en gana. Podéis bañaros en la piscina de agua salada, o ir a ver
las ruinas romanas o visitar las otras villas. Tenéis suerte, ahora
mismo solo estamos en la isla Lea y yo. Nadie os molestará. Y nadie
verá los ojos rojos y enfermos del lágrima negra. No asustará a los
inquilinos —besó la mano de Nina, como un caballero, y le dirigió
una mirada perdona vidas a Idún.
Acto seguido, Arthur se fue montaña abajo, y Nina se metió en la
torre antes de esperar a oír cualquier comentario de Idún.
—Dame la llave —le ordenó Idún imperativo.
—Toma, aquí la tienes —le contestó dándole la espalda y alzando
el dedo corazón solo para él.
Idún no sabía lo que signi caba eso. Así que la persiguió hasta el
interior de aquel lugar.
—¿Cómo puede ser que la hayas tenido todo este tiempo y
sabiendo lo que te iba a hacer si me traicionabas no me la hayas
dado? ¿Es que no piensas, humana?
—Porque es mía. Y no me gusta que me roben —contestó ella sin
más.
—No es tuya —la agarró por el antebrazo, por la zona de su
tatuaje, y entonces Idún recibió un chispazo espectacular y retiró la
mano rápidamente.
Nina abrió los ojos de par en par y se miró el Tyet.
—¡Te juro que no sé qué ha pasado! —exclamó asustada. Idún no
salía de su asombro.
—No sé… no sé, de verdad —se apresuraba a decir cada vez más
nerviosa.
—Ah… —Arthur asomó la cabeza a través de la puerta y
exclamó—: La portadora no se toca. Cuando decimos que aquí nadie
se puede hacer daño es porque… nadie se puede hacer daño. El
hechizo de la isla la protege —alzó su manita y la abrió para añadir
—: ¡Hasta luego!
Nina salía de un shock y se metía en otro, pero estaba convencida
de algo:
—Adoro a ese niño. Es mi puto héroe.
—Te libras, humana —miró a su alrededor con curiosidad—. Yo
no soy Khemist y no puedo deshacer los hechizos… Pero no vas a
escaparte.
Ella tragó saliva y sacó pecho ante la situación.
—Di lo que te venga en gana. Pero aquí tu poder no vale nada. Ya
lo has oído. No puedes hacerme daño.
Iba a subir las escaleras cuando Idún espetó.
—Eres la peor sierva del mundo.
—Gracias, es un honor —aseguró. Idún se veía nervioso,
intranquilo, y eso puso todavía a Nina más en guardia—. Tú eras el
niño de mi visión. Puedes mentirme todo lo que quieras. Pero eras
tú. No sé en qué me he metido ni sé si podré llegar a contar esta
aventura o moriré por el camino. No tengo ni idea. Pero sí sé que lo
tuyo no lo puedo comprender.
—¿El qué no puedes comprender? —dijo con desprecio.
—Que tuviste amor. Mucho amor. Lo he visto en esa visión que
he tenido… Tus padres —susurró admirada— te apreciaban, te
amaban. Lo he visto en su modo de mirarte. Te llamaban pequeño
guerrero. Y algo parecido a Im Näel… Que no sé qué signi ca. Y
cuando un niño crece con amor y con valores como los de tu mundo,
no se vuelve un espíritu malo. No quiere ser malo. No es una especie
mala. ¿Por qué tú sí?
Aquellas palabras se clavaron en lo más hondo de Idún. No sabía
que todavía podía sentir dolor. Pero al parecer, sí, aún lo sentía.
Odiaba a Nina por lo que le estaba haciendo. Desde que se había
encontrado con ella, los remordimientos que creía aniquilados, lo
estaban consumiendo poco a poco, despertándose cuando menos lo
esperaba. ¿Quién era ella para hablar de sus padres?
Idún no podía hacerla callar. No podía tocarla o la isla se le
echaría encima. Pero era lo que más deseaba en ese momento.
Silenciarla para que dejara de hacerle daño.
—¿No quieres hablar conmigo?
—No. Nunca.
—Porque soy humana.
—Sí.
—Y soy inferior.
—Por supuesto.
—Y sin embargo, quieres el Tyet para algo. Y gracias a mí estás
en casa de los Khemiras.
—Khimeras —la corrigió.
—Sí, exacto. No deberías ser tan desagradecido, Idún de la casa
Silanis —le recordó—. Deberías tener presente lo que tus padres te
dijeron al nacer. «Serás un protector, pequeño guerrero. Serás un
líder, im Näel».
Quería matar a esa chica. Quería hacerla desaparecer, porque
cuanto más hablaba, más lo hundía. La energía Graen peleaba en su
interior para hacerse más fuerte ante la debilidad, y eso lo devastaba.
—En tu mundo valoráis la familia. Los nexos. Los vínculos…
Lo he visto. Ojalá hubiera tenido unos padres como…
—Pero no los tuviste. Te abandonaron en un circo mientras este
se quemaba —contraatacó—. Te abandonaron porque no te querían,
humana. Eras molesta, justo como eres ahora. Les incordiabas. No
fueron a por ti, no te buscaron, Nina.
El rostro de Nina se congeló. Ella nunca supo sobre su vida
pasada. Nunca le dijeron en el orfanato dónde ni cómo la
encontraron. Ni tampoco el profesor. Era información censurada. Y
saberlo así, de boca de ese desalmado, la desencajó. Sus ojos
aniñados y enormes se llenaron de lágrimas y su barbilla temblorosa
se arrugó. ¿Venía de una familia de circenses y la abandonaron
mientras el circo se quemaba?
—¿Lo has visto?… ¿tú también me has visto cuando era un bebé?
—comprendió.
—Sí. Y no porque lo haya querido. Simplemente… pasó.
—Yo no recuerdo nada. Era demasiado pequeña.
—Lo viste. Estabas ahí… pero no eras consciente todavía.
—¿Por qué hemos compartido esos recuerdos? ¿Hay una
explicación?
—Ninguna —mintió—. Pero sí, humana, debes saber que tus
padres no te querían. Que se largaron. No fueron a rescatarte.
—Tal vez a mí no me quisieran mis padres. Yo eso no lo sé — se
defendió como pudo. Su voz se quebró ligeramente—. Pero aprendí
del amor de otras personas. Un amor incondicional y familiar. ¿Eso
no lo has visto?
—No me ha dado tiempo —contestó vanidoso.
—Me alegro. No quiero que metas tus narices en esos recuerdos.
Son los años más felices de mi vida, y es demasiado bonito para ti.
Ellos… sin ser sangre de mi sangre fueron igualmente mis
hermanos. Y lo que me enseñaron lo guardo como oro en paño
—Nina se secó una lágrima con el dorso de su temblorosa mano
—. ¿Sabes? Siento mucha pena de tus padres. Y de ti. Mucha.
—¿Por qué?
—Porque ellos te enseñaron lo mejor. Porque lo pudiste tener
todo. Pero es imposible que alguien como tú haya tomado sus
valores y los haya absorbido. Mírate.
—¿Qué tengo que ver?
—Que no están hechas las perlas para los cerdos.
Dicho esto, Nina, que se sentía violada en su mente más íntima y
herida, continuó su ascenso por las escaleras sin mirar atrás. Quería
largarse, desaparecer y dejar de ser la diana de Idún.
Estaba cansada de eso.
Idún acababa de recibir de su propia medicina. Buscó molestar a
Nina por haberle mentido, pero ella le daba lecciones constantes a
cada conversación, y sus puñaladas eran profundas y sangrantes.
Sintiéndose hueco y extraño, siguió el camino de Nina,
lentamente, hasta su habitación. A él también le vendría bien parar
un poco. Solo un poco. Porque no había tenido posibilidad de
hacerlo desde que decidió salir a la tierra exterior y traicionar a los
suyos.
Tenía razón. Ella tenía razón.
Sus padres murieron sin sentir ni una pizquita de orgullo hacia
él.
Aquel fue su último pensamiento antes de abrir la habitación que
quedaba en frente de la de Nina. Cerró la puerta perseguido por el
mismo pensamiento sombrío y humillante.
Nadie podía sentirse orgulloso de un hijo asesino.
Nina durmió largas horas, por primera vez, después de dos días
a remolque de Idún y de no parar. Por n sintió que había
descansado. Y ni siquiera recordaba cómo cayó frita en la cama. De
hecho, ni se había duchado ni tampoco se había quitado la ropa.
¡Plaf! Fue llegar, caer sobre el colchón todavía rondándole el
disgusto de Idún, y cerrar los ojos para no abrirlos hasta siete horas
después.
¿Qué hora sería? ¿Dónde estaba el lágrima negra? ¿Se habría ido?
Era la música. La música le había despertado. Una música sin
letra, solo percusión y una intensa melodía que la llamaba. Los
violines y el sonido del tambor se le metieron bajo la piel y le
agitaron la sangre.
Entonces un pensamiento recorrió su mente, y de un salto, bajó
de la cama para colocarse en cuclillas y revisar su mochila, que
reposaba sobre la silla. Quería asegurarse de que el Tyet seguía ahí.
Y cuando encontró la caja en la que estaba guardado, descansó
tranquila. Arthur había dicho que el nudo de Isis abría algo que
estaba oculto, pero ellos ya estaban en la isla. Ya no los podían echar.
Nina tenía una mente abierta, y dado que siempre creyó en ese
tipo de universos, su cabeza no le permitió en ningún momento
entrar ni en crisis de ansiedades ni en ataques de pánico. Aquel era
el mundo que siempre quiso conocer. Los seres en los que siempre
creyó. Y estaba ansiosa de saber más, de averiguar más, de descubrir
más… Se levantó del suelo, y por primera vez, admiró el lugar en el
que estaba.
Pero bueno, era increíblemente perfecto. Sí, era un
emplazamiento privado reservado solo para pudientes. Ella conocía
sus tesoros y parte de su historia por las fotografías y la información
que habían recopilado del lugar. Gallo Lungo, la isla de las sirenas.
La isla pasó por las manos de Leónid Massine y Nureyev, y ambos
tenían la intención de convertirla en el escenario idílico para sus
coreografías, con un an teatro y una escuela de danza de élite, única
en el mundo. Pero se decía que las sirenas, celosas de las bailarinas,
provocaron tormentas y ventiscas que impidieron que ese famoso
an teatro de increíbles vistas se construyera.
«D Idúnejahabía
de luchar y ven», le había dicho la maldita khimera.
intentado escapar a esa melodía y al efecto que
provocaba en su cuerpo y en su conciencia, pero era imposible. Era
como un hechizo.
Una auténtica tela de araña de la que no se podía escapar. No
sabía lo que pretendía Lea con aquella artimaña, pero ellos estaban
bajo su in ujo de lleno. Desconocía qué tipo de poderes tenía un
khimera, porque nunca había visto a uno en acción, pero la
persuasión y la seducción debían estar entre sus atributos. Y puede
que también la hipnosis. Porque aunque se sentía muy consciente de
quién era y de lo que estaba haciendo, se sentía impelido a seguir a
esa mujer al interior del agua. Y era una muy mala idea.
Posiblemente, la peor de todas.
Desde que empezó a escuchar la música desde su habitación, ya
sabía que algo no iba bien. Él notaba el poder. Y ahí había poder. Y
cuando sintió la terrible necesidad de bañarse en la piscina y de
quedarse solo en uno de esos calzoncillos incómodos con los que los
humanos se vestían, comprendió que sucediera lo que sucediese, no
iba a ser bueno.
—Nina te espera.
Nina iba a responder que ella no esperaba a nadie. Que solo
pasaba por ahí, para darse un baño en la piscina tal y como le había
sugerido Arthur. Pero ella sola. No tenía planes con nadie más. No
se había preparado para ninguna Pool Party.
Todo eso era lo que le quería decir. Pero se vio incapaz de
pronunciar una palabra.
De repente era muy consciente de que a ese bestia, a ese gigante,
le faltaba toda la ropa menos los calzoncillos, que le quedaban de
toma pan y moja. Justo cuando su mente procesó ese pensamiento,
se dio cuenta de que algo en todo aquello no era ni medio normal.
Pero no tenía ganas de detenerlo. Porque no sabía, y solo podía
verlas venir.
Nina se miró los pechos desnudos y ni siquiera se ruborizó.
Entonces, sintió a Lea a su espalda. ¡A su espalda! ¡¿Pero cómo y
cuándo se había movido tan rápido?!
Aunque la cabeza de Idún le decía que no fuera, que no se
metiera en esa piscina, su cuerpo actuó por libre, como un ente
independiente, y en cuanto su pie enorme tocó el agua y cruzó el
límite del interior de la piscina, se lamentó porque estaba perdido.
«¡No! ¡No! ¡Sal de aquí, bicho! —gritaba la mente de Nina.». En
cambio, su cuerpo se giró hacia él. Entonces sintió las manos de Lea
recorriéndole el vientre y ascendiendo hasta sus…
—¡Un momento! —exclamó Nina cerrando los ojos con fuerza.
¿Por qué no podía apartarle las manos? Lea cubría sus pechos con
sus palmas y se los levantaba, para entregárselos a Idún, que cada
vez estaba más cerca. Muy muy cerca.
Bien. Vale. Eso era un sueño. No había otra explicación. Ella no
podía disfrutar con eso, ni sentirse excitada, a no ser que su
subconsciente supiera lo que estaba pasando y se liberase. Sí. Era
eso. Un sueño. Una experiencia astral. La música sonaba en bucle,
todo el tiempo la misma, no sabía si tenía un principio o un nal y a
su alrededor todo parecía borrascoso y resplandeciente.
—Calla, Nina —le pidió Lea arqueando una ceja roja. Su
expresión divertida retaba a Idún para que se acercara más.
Idún no quería ir. No quería acercarse.
Algo en su interior se despertaba en esa piscina. Una emoción
lasciva y extraña que no debería tener lugar en un ser como él. Pero
se manifestaba, y sacudía sus cimientos.
Lea acariciaba los pechos de Nina y los levantaba para él.
—Es toda tuya. La humana es toda para ti. ¿Qué harás? ¿La
matarás ahora como le has venido diciendo desde que os
encontrásteis? ¿O harás justo lo que sabes que no puedes hacer?
Nina tragó saliva y entreabrió los labios con deseo. No sabía
cómo Lea tenía esa información, pero… que la mataran si no quería
en ese preciso momento, en esa piscina, que Idún la tocara.
Nunca se consideró una mujer muy sexual. No había sentido
fascinación loca por los hombres ni ganas de follar a todas horas,
pero sí que había estado con algunos, para pasar el rato. Porque con
su trabajo, mantener una relación era complejo.
Y aun así, el modo en que su piel y su cuerpo se despertaban en
esa piscina, y ardía bajo la mirada roja de Idún y las caricias de
Lea… Dios, en su vida había hecho nada tan pervertido.
¿Dónde estaba el Tyet? ¿Cuándo iba a entrar a ese mundo
perdido de leyenda? ¿O acaso ya estaba en él?
Lea besó el cuello expuesto de Nina y lanzó una mirada audaz y
atrevida al lágrima negra. La joven levantó la barbilla presa del
gusto. Era el beso de una mujer. Y le encantaba. Entrecerró los ojos y
volcó sus pupilas negras en él.
—Aquí puedes hacer lo que quieras, Idún —aseguró Lea—. Deja
que salgan tus anhelos más oscuros. No hay nada prohibido. Yo
estoy aquí para ayudaros…
Idún no tenía idea. No se le ocurría qué podían necesitar ellos de
una khimera. Pero tampoco podía negarse a la invitación abierta.
Por primera vez vio a Nina como una mujer, no solo como la
humana que era. La vio en todo su esplendor femenino, con su tez
morena, sus ojos grandes y oscuros y aquel pelazo negro.
Ciertamente era hermosa. No diría que no. Lejos quedaba el hecho
de que fuera o no una mentirosa y una traidora, como lo habían sido
la Bathory y la Vril. Él sentía el agua reconfortarlo como si lo
acariciara, y se estaba dejando llevar por la estampa tan tentadora
que habían formado las dos mujeres, mientras jugaban a provocarlo.
Lea y Nina… parecían dos ninfas marinas. Aunque en realidad,
solo una de ellas lo era.
La de pelo rojo decidió que ya se había cansado de calentarlos, y
que los había puesto a punto a los dos, y entonces, dejó los pechos de
Nina y se despegó de su espalda.
Salió de la piscina completamente desnuda, mostrando los
tatuajes que tenía en hombros y en muslos y nalgas. Echó una última
mirada hacia los dos y se quedó satisfecha por su labor.
Idún no reparó en ella. Tampoco Nina.
Lea desapareció como si nunca hubiera estado ahí. Pero la
música, esa música que sonaba a todo volumen en la sangre de Idún
y Nina, no se detenía. Nadie la apagaba. Como no se apagaba el
fuego extraño y arrollador que ambos experimentaban en su interior.
Y que iba a quemarlos por completo, a consumirlos, si no hacían
algo al respecto.
Ella lo repasó de la cabeza a los pies, y no encontró ningún
argumento de peso para no desearlo y querer aprovecharse de él
carnalmente, aunque no fuera un buen hombre, o siren, o lo que
fuera.
¿Cuántas posibilidades tenía una de aprovecharse de un ser así,
tan perfecto, tan amenazante y fuera de su mundo? Ninguna. No
había ninguna posibilidad de que eso pasara. Pero se le había
presentado a ella. Y no iba a decir que no. Que le quitaran lo bailado.
¿Por qué no iba a poder acostarse con él? ¿Por qué debía dejar pasar
ese tren? No quería.
La mirada demoníaca de Idún, en ese contexto, no la asustaba.
De hecho, la excitaba. Lea había despertado en ella su lado más
sexual e irre exivo. El lado que solo quería actuar sin esperar nada
más a cambio.
Nina le mostró los pechos a Idún. No se los cubrió.
La energía que había en esa piscina era una tela de araña de
deseo perfectamente tejida por Lea. Había sido ella. Ella lo había
creado.
Nina era consciente de que aquello no era natural. Idún también,
por supuesto.
Pero ni uno ni otro podían escapar de aquello.
El lágrima negra sentía esa energía visceral, del último chakra,
empujando a través de él, muy adentro. Y era totalmente distinta a
cómo podía sentirla en Sirens. Ahí, en aquella isla, no sentía ningún
control sobre sus instintos.
Tenía a una mujer humana ante él y cualquier reserva y prejuicio
brillaba por su ausencia.
Quería tocar a Nina y poseerla. Quería esa experiencia en ese
lugar. Aunque no lo hubiera deseado. Aunque no lo hubiera
planeado ni hubiese estado entre sus objetivos.
¿Sexo con una humana? Sí. Ahora mismo. Ya se arrepentiría
después cuando el in ujo mágico de aquella excéntrica khimera se
desdibujara.
Nina parecía pasar por el mismo proceso mental que él.
No le caía bien. Eso era lo más tormentoso de todo. Idún era un
ser arrogante, abusivo, déspota y cruel. La había querido matar. La
trataba mal.
Pero sus ojos rojos la miraban famélico. Y nunca nadie la había
mirado así. Era tentador dejar de luchar contra ese hechizo y probar
cuáles eran los límites con ese hombre.
Nina sentía que su cuerpo y su voluntad ya no eran suyos. Y en
cuanto Idún dio el primer paso y se quedó a un centímetro de
distancia de que sus cuerpos se tocaran completamente, entendió
que no iba a poder hacer nada para evitar aquello. Porque lo
deseaba. De una manera incomprensible. Porque contra todo
pronóstico quería aquello. Era demencial.
—Esto es una mierda —susurró alzando las manos para acariciar
el pecho desnudo y musculoso del siren—. Es un completo
desastre…
Cuando él percibió el modo que sus manos húmedas tenían de
tocarlo. Cuando su mente arisca y deshumanizada recibió el toque
como una caricia, algo en él, una bestia desconocida y eléctrica se
activó.
Nina ascendió una de sus manos hasta la nuca y ahí hundió los
dedos en su melena negra.
—Es, de largo —puntualizó—, la peor de las ideas. Será mi
mayor error. ¿Puedes detenerlo? Detenlo, si puedes, porque yo no
tengo ningún poder —le rogó Nina llena de deseo.
Idún jó sus ojos rubís en la boca de la humana, hermosa y
apetecible, e hizo lo mismo con su pelo, pero tomándolo con ambas
manos y tirando de él levemente para colocarla en la posición que él
quería.
—No. No puedo.
Nina ya lo imaginaba. Los habían dejado solos y sentía que en el
mundo no existía nadie más que ellos. Para hacer en esa piscina lo
que les viniera en gana. Y solo pensaban en sexo.
—Solo para dejar las cosas claras. ¿No tendrás ahí abajo un alien
o tentáculos extraños?
—No.
—Vale, menos mal… Me voy a arrepentir toda la vida de esto —
dejó ir en voz muy baja.
—Por supuesto que sí —Idún dejó caer su boca sobre la suya.
Los sirens eran seres sensuales. Pero un lágrima negra era otra
categoría. No sabía lo que él era en esa nueva intimidad y con
aquella nueva naturaleza. E iba a descubrirlo inmediatamente.
—Sí, humana. Es la peor idea de todas —le recordó mordiéndole
el labio inferior con fuerza.
Nina abrió los ojos con sorpresa. El dolor no duró. Fue solo un
pequeño mordisco que luego calmó con su lengua. Pero sirvió para
que sus pezones se endurecieran contra su torso. Idún la acercó a él
y pegó su piel a la suya.
Él había besado a otras hembras en Sirens. No eran de ninguna
de las cuatro facciones, eran solo miembros de la civilización. De los
alrededores de la metrópolis. Y también había tonteado con chicas
de la tierra del Cielo. Como líder Mayan conoció todas las tierras y
viajó mucho con sus guerreros para conocer las estirpes y el mundo
que habitaban. Y aunque siempre esperó a que Evia lo eligiera y, a
su manera, siempre intentó darle espacio y no agobiarla, eso no le
impidió que pudiera experimentar con otras. Idún había besado,
había practicado el coito con otras mujeres. No era virgen.
Pero la boca de Nina era distinta. Cuando ella le entregó su
lengua y él accedió a succionársela y a rozarla con la suya, se dio
cuenta de que era la primera vez que besaba a alguien así. Con
tantas ganas.
Lea había presionado una tecla… y después estaba esa música
que hacía vibrar el agua y que lo animaba a seguir. Sin gerencia
alguna. Sin control.
La humana se pegó a él y se enrolló alrededor de su cuerpo de un
modo atrevido y desvergonzado que le encantó. Se colgó de su
cuello, rodeó sus caderas con una de sus largas y morenas piernas y
le clavo las uñas en la espalda al mismo tiempo que se
intercambiaban los papeles y era ella quien le mordía a él esta vez. Y
para él fue como un azote.
Idún se envaró y caminó con ella por la piscina, ocupando toda
su boca con su lengua. Apoyó la espalda de Nina en la pared de roca
y frotó todo su sexo contra su intimidad.
—Esto es terrible —murmuró Nina echando el cuello hacia atrás
para permitir que Idún le lamiera la garganta.
Pero Idún ya no oía nada.
Nina era muy atractiva, y estaba casi totalmente desnuda para él.
Y quería que lo estuviera por completo, porque no había estado con
ninguna humana antes, y de repente ella era una prioridad.
El lágrima negra lo poseyó por completo. Inmovilizó a Nina
contra la pared y le arrancó las braguitas de golpe, con un tirón
fuerte y ero.
Ella cerró los ojos consternada.
—Oye… no seas muy bruto —le pidió. Pero cuando Idún se quitó
sus calzoncillos y frotó toda su esplendorosa erección contra su sexo
suave y mojado, Nina se mordió el labio inferior y musitó—. Madre
mía… sabes cómo funciona esto, ¿no? Eres un extraterrestre o lo que
sea… —Estaba nerviosa y excitada, y él no era humano. Y, sin
embargo, su anatomía era exacta a la de los humanos. Puede que él
fuera más alto, y más corpulento. Perfecto como un nadador
profesional, un morenazo bastante intimidante ahí abajo—. ¿Sabes lo
que tienes que hacer?
Él cubrió su vagina con su mano y presionó como si aquello fuera
suyo. Sus ojos rojos parecían brillar, y su boca sonreía
perversamente.
—Cállate y déjame ver —le ordenó.
Idún sí sabía lo que tenía que hacer. La anatomía de un siren y de
otras razas y especies bípedas no era distinta a la humana. Además,
en Sirens aprendieron todo lo que tenían que saber de los humanos.
Pero, aunque lo supiera, no contaba con hacerlo con una mujer de la
tierra con aquel nivel de hambre y necesidad en el cuerpo. El lágrima
negra solo quería colmar su urgencia. Quería que aquella sensación
de estar insatisfecho desapareciera. Por eso sujetó bien la pierna de
Nina contra su cadera, y dirigió su pene directamente a su entrada.
Sin preliminares. Sin nada que los pudiera preparar a ambos.
Era solo sexo. No era nada más. Nada de caricias ni complicidad.
Solo la sed y la avidez que ambos tenían de aquello.
Y aunque ella era estrecha y estaba resbaladiza por lo que había
provocado Lea en ellos, sí notó que sus músculos se resistían a
dejarlo entrar como él quería. Pero insistió, hasta quedar bien
adentro.
No oyó el grito de Nina hasta que estuvo completamente en su
interior.
—¡Me haces daño! —exclamó ella quejosa. Se agarró a su pelo y
empezó a temblar sobre él.
Idún se movía en su interior, ajeno a su dolor o a su miedo, pero
se detuvo al notar el modo en que ella se quedaba inmóvil y se
desplomaba sobre él. Como si se rindiera. Sintió la mejilla de la joven
contra su garganta y la oyó sorber por la nariz.
Y a pesar de la excitación y de las ganas que tenía de continuar y
de acabar lo que había empezado, al mirarla de cerca y ver su
hermoso rostro surcado de lágrimas, se sintió mal. Por ella.
Estaba ciego por seguir y ni siquiera sabía cómo había podido
detenerse. Pero aunque tenía sentimientos encontrados hacia esa
chica, no quería que Nina lo pasara mal.
La quería castigar. Pero no así. Eso no estaba bien.
Idún miró hacia abajo y la imagen que se encontró le encantó. Era
sensual y caliente. Estaba tan metido que parecían uno. Pero no
quería seguir haciéndole daño.
El hechizo de Lea les afectaba y ambos querían disfrutar. Pero no
el uno a consta del otro. Él no tenía miramientos, pero los tendría
por ella… porque provocarle dolor le hacía sentirse rastrero.
Una parte de su oscuro interior le decía que siguiera. Que se
fueran a la mierda todos. Que él no había pedido estar en esa
piscina. Que si querían jugar, él jugaría y si hacía daño a la humana,
la única responsable era la khimera. Porque él no estaba ahí para
hacer amigos. Su aventura en esa tierra debía acabar de una
manera… lo tenía muy claro.
Pero, por otro lado, aunque Nina le había tomado el pelo, no era
una chica mala. De hecho, no tenía nada de maldad en su interior. Y
él tenía para dar y regalar.
Nina no se merecía aquello. Él debía hacer un esfuerzo por no ser
egoísta y pensar en tratarla bien.
Con ese pensamiento, Idún la apoyó contra la pared y le sujetó la
pierna para aguantar su peso y dejar de penetrarla
momentáneamente. Así no sentiría tanto dolor y ella podría
descansar y reponerse. Porque, aquel paréntesis era solo eso. Ambos
sabían que no iban a detenerse.
—Tómate tú tiempo —le dijo Idún sujetándose a la pared de la
piscina—. Esperaremos.
Nina jamás hubiera esperado oír algo así de su boca, con aquella
voz ronca y pesada y la excitación en la punta de su lengua. Volvió a
sorber por la nariz y poco a poco empezó a relajarse contra él.
Escuchar a Idún hablarle en ese tono más amigable y conciliador,
a pesar de estar en su interior duro como un mástil, le hizo sentir un
poco mejor. Le dio más con anza. Estaba teniendo sexo con un
desconocido con poderes, y le estaba haciendo daño. Pero él tuvo
deferencia con ella y paró. A pesar del hechizo, de la música que los
incitaba a ir más allá y a no detenerse, y a pesar del deseo. Idún paró
y le dio tiempo. ¿Y qué decía eso de él? Alguien malo de verdad
nunca hubiera hecho un alto, y menos en medio de un coito.
Nina se apartó ligeramente para poder mirar a Idún a la cara.
Quería contemplar su expresión.
Y… joder. Él parecía tallado en piedra. Apretaba la mandíbula,
no parpadeaba y respiraba como un toro. Sin duda se estaba
esforzando para no herirla.
Ella se secó las lágrimas con la punta de los dedos y volvió a
rodear el cuello de Idún con ambas manos.
¿En qué lugar dejaba lo que estaba ocurriendo a ese hombre?
¿Era todo lo indino que parecía? No… estaba segura que una
persona vil no cedía al lloro de una mujer.
Pero Idún había decidido ayudarla. Nina quería seguir con
aquello, pero no sintiendo dolor. Y agradecía haber sido escuchada.
—Me estabas haciendo daño —dijo ella aún a igida—. No estoy
acostumbrada a… —se movió ligeramente para acomodarlo mejor
—. A ti.
Idún asintió con rmeza solo una vez. Parecía que no quería
reconocerlo. Pero no hacía falta. Su ciente había hecho con
esperarla.
Tenerlo tan cerca, le hizo admitir lo bello que era, tan animal y
tan exótico que no podía dejar de mirarlo. Él con rmaba todo
aquello en lo que creía. Toda la fantasía, todo el terror, lo
paranormal y lo mágico. La ciencia y la historia. Él con uía en todos
esos puntos.
No pudo evitarlo. Tuvo que acariciarle la barbilla, como si
estuviera agradecida, porque le salió de dentro.
—Gracias —le dijo. Reconocía su gesto.
La cara de asombro de Idún fue impagable y tan auténtica, que
Nina decidió que ya estaba bien. Que podían continuar.
Ya se había acostumbrado a su dimensión y prefería que
empezaran a actuar en vez de crear ese clima íntimo y tenso entre los
dos. Porque eso sí la asustaba.
—No te muevas —imperó de nuevo.
A ella la música la volvía a envolver. La abrazaba y la animaba a
moverse y a dejarse llevar. Al menos, sabía que no estaba teniendo
sexo con el demonio ni con un ser malvado. Y eso la tranquilizó y la
ayudó a disfrutar de la experiencia.
—Está bien —Nina dejó ir el aire, como si se quedara más
tranquila—. Ahora puedes moverte como antes… —con un poco de
vergüenza coló la mano entre sus cuerpos y ella misma adaptó un
poco la penetración para sentirse más cómoda.
Él tragó saliva excitado al notar los dedos de la humana en su
erección.
Acto seguido, la mano de Nina volvió a hundirse en su melena,
como si se agarrase a la crin de un caballo que iba a cabalgar.
—Sigue —le ordenó.
Él tomó aire y la siguió al pie de la letra.
Empezó a moverse en su interior, sin salir demasiado de ella, solo
sacudiéndose dentro, deleitándose en el intenso agarre que
prodigaba el cuerpo de la joven.
Nina estaba atrapada entre la pared de roca de la piscina y el
cuerpo de acero de Idún, y casi le parecía un sueño de lo intenso que
era aquello. ¿Cuándo había experimentado aquel tipo de posesión
con un hombre? Nunca.
No iba a mentir. El sexo con ese siren no se parecía a nada que
hubiera vivido. Era como una prisión, como una cárcel de la que no
se quería salir. El sonido de los tambores, las palmas y los violines
que no sabían de donde venían los arrolló. La piel de Idún se cubrió
de una energía rojiza que pronto también la rebozó a ella. Él parecía
tan sorprendido como Nina al percatarse de que sus cuerpos
irradiaban luz.
—Oh… ¿en serio? —se dijo Nina admirando sus brazos. Cerró
los ojos con fuerza al sentir el primer calambre detrás del ombligo.
¿O le venía por la espalda? Ni siquiera sabía por dónde le llegaba el
placer. Era increíble…
Idún le cogió el otro muslo y se lo subió a la cadera. La mantuvo
abierta de piernas, mientras él la poseía como nunca la habían
poseído.
Sus caderas se movían contra ella y sus nalgas se apretaban a
cada movimiento. Nina disfrutaba de sus estocadas, tan certeras y
hondas que era como si estuviera cavando en ella. Pero no le
desagradaba porque estaba haciendo que le naciera el orgasmo por
dentro y por fuera.
Nina se abrazó a él y le clavó las uñas en los hombros. Abrió la
boca y dejó ir un larguísimo gemido en el oído de Idún, justo debajo
de su marca en forma de tridente.
Y de repente, mientras se corría, vio un túnel de luz en su mente,
y empezó a recibir más información sobre Idún.
Información sobre su mundo y sobre quién era. Como si
absorbiera su historia completa. Sus tradiciones, su cultura… Era
una clase sobre su civilización.
Idún sentía su serpiente negra de su leggend recorrer su piel y su
cuerpo. Estaba convencido de que también recorría el de Nina, como
si marcara una tierra nueva que explorar y conquistar. Y cuando
empezó a correrse en su interior, y besó a Nina en el cuello,
succionado su piel, pudo ver retazos de su vida y de su infancia. Y
conoció a la Nina pequeña, el lugar en el que creció, y la familia con
la que se educó.
Y a Idún no sabía lo que le ponía más nervioso. Si descubrir lo
que suponían esos recuerdos, o si darse cuenta de que estaba
compartiendo su elan vital con una humana. El elan vital de un
lágrima negra.
Como si fuera su aimán.
Como si esa humana pudiera ser su auténtica pareja. El Destino
se había vuelto loco.
—N
o sabes tomar el pelo.
—No te tomo el pelo.
—Sí, ya.
—Nina. Tienes los ojos rojos.
—Y un huevo.
—¿Un huevo? —repitió considerando ridícula esa expresión—.
¿Qué tiene que ver un huevo con esto? ¿Por qué iba a mentirte?
—Para hacerme callar.
—¿Y eso ha funcionado en algún momento? —La miró incrédulo.
Después de eso, el rostro de la joven pasó del asombro al
disgusto en décimas de segundo.
—¡¿Qué?! —era una estupidez buscar algún espejo por ahí cerca,
pero aun así ella lo hizo—. ¿Pero qué tipo de rojo? —se dijo
angustiada—. ¿Rojo irritación del cloro o rojo posesión diabólica?
—Rojo… posesión.
—¡Noooo! —se lamentó y salió de la piscina corriendo,
mostrando su desnudez—. ¡Ya hablaremos! —lo señaló—. ¡De
muchas cosas, eh! —le dejó claro.
Idún se quedó callado mirando cada uno de sus movimientos.
—¿Y dónde están…? —Nina buscó sus bragas y las encontró
rotas, otando en la super cie de la piscina—. Joder… —se le había
olvidado ese episodio. Se colocó los pantalones sucios y rotos de
manera vigorosa, al tiempo que dejaba ir todo tipo de lindeces por la
boca.
Idún no entendía nada de la mitad de lo que hablaba.
—Pero, por favor… no puedo ir por la vida como una Cullen o
Mister Siniestro o uno de esos niños de los pueblos de los malditos…
—dijo compungida—. Formo parte de un colectivo de renombre.
¿Cómo voy a presentarme así ante ellos?
Idún elevó una de sus cejas negras y medio sonrió al verla tan
afectada.
—No sé de quiénes estás hablando. Pero, si te tranquiliza, el rojo
no te sienta mal. Y, además, es posible que nunca más vuelvas a
relacionarte con esas personas de tu colectivo.
Nina, que no podía controlar sus ataques repentinos de ira y su
creciente malhumor, agarró una de las macetas pequeñas que
adornaban el patio de la piscina y le amenazó:
—¡Ahora mismo voy a ver qué le pasa a mis ojos! ¡Pero esto es
por tu culpa! ¡Me has contagiado! —la maceta voló en su dirección.
Idún no iba a decir que no. Él la había contagiado, seguramente
como había contagiado a todos los suyos, hasta matarlos. Pero el
virus no actuaba contra los humanos. ¿Entonces? ¿Podía ser que su
energía como lágrima negra afectara en un intercambio sexual igual
que la energía siren afectaba con sus parejas?
Ya se había vestido y no mostraba ni un centímetro de carne
íntima. Idún la vio con el pelo mojado, aquellas facciones tan bonitas
y el ovalo perfecto de su cara, y pensó que con sus ojos rojos era
como una demonia atractiva e irresistible. Y además, le había dejado
una marca en la piel, en el lateral de su garganta. Él no se preocupó
por protegerse. Levantó dos dedos juntos, hizo un movimiento con
ellos y la maceta salió volando colina abajo. Ella parpadeó dos veces,
con la mano en alto, como si todavía tuviera el tiesto de ores entre
los dedos. Idún tenía poderes. No debía olvidarlo.
Acto seguido, se dio la vuelta malhumorada mascullando entre
dientes:
—Voy a cargarme a Lea. ¿Dónde está la maldita khimera?
—¡Eh! ¡Vosotros dos!
Idún y Nina se dieron la vuelta de golpe al ver a Lea, el objetivo
de todas sus vituperaciones, aparecer entre los árboles, con un
vestido negro tipo helénico de corte exquisito y liviano, zapatillas
romanas y un rictus nada amigable.
—¡Eh, tú! —replicó Nina dirigiéndose hacia ella envalento nada
por aquella energía que la poseía de arriba abajo—.
¡¿Quién te crees que eres para jugar así con nosotros?! ¡¿Qué
demonios nos has hecho, pelandusca con cara de elfa?!
Lea parecía muy enfadada a la par que algo medrosa. Y aquello
puso en guardia a Idún. ¿Por qué una khimera estaría asustada en su
propia isla?
—¿Qué habéis hecho? —inquirió.
—Como si no lo supieras… —dijo Nina entrecerrando sus
nuevos ojos rojos.
—Pero ¿qué le ha pasado a tus ojos? —preguntó Lea con un
ligero toque de histerismo—. ¡¿Dónde están tus ojos negros,
portadora?! —gritó al cielo como si aquello fuera un drama.
—Díselo a Alain A elou —Nina señaló a Idún.
Este, que permanecía adusto y malhumorado, buscó sus
calzoncillos por el agua y los encontró otando a su espalda. Se los
puso y salió de la piscina como el guerrero mayan que una vez, no
hacía mucho, fue.
—¿Qué pasa, khimera? ¿Por qué pareces tan espantadiza?
—¡¿Por qué?! —repitió ella—. ¡¿Es que no te has dado cuenta de
lo que ha pasado?!
—Sí, eso he dicho —A Idún nunca se le vería como un aprensivo
crónico—. ¿Por qué?
—¡Porque os habéis cargado la protección de la isla! —clamó con
los ojos verdes abiertos de par en par—. ¡Por eso! ¡Qué mierda
habéis hecho! ¡Eros me va a matar! —se lamentó nerviosa.
Wisconsin
Mansión Bathory
Sisé y Lillith miraban con atención a Azaro.
El Indigno, concentraba todo su poder en la visión del
mapamundi que tenía a sus pies. Los tres formaban un triángulo y el
mapa se ubicaba en el centro.
Ciertamente, el Indigno sabía cómo podía encontrar a Astrid,
pero requería un empuje de poder y mucha más concentración.
Llevaba casi un día meditando. Y en todas esas horas, exigió que las
dos mujeres estuvieran con él.
Lillith asumía que él no se aba de ellas, que intuía que podían
tramar algo, pero mientras no se certi cara con pruebas, todo sería
solo descon anza, aunque él no fuera nada desencaminado.
El Indigno se iba a cortar la palma de su mano, y de ella, un
intenso chorro de sangre oscura caería sobre el mapa.
—La sangre de un Indigno dará con el siguiente.
Según Azaro, los Indignos podían percibirse y sentirse entre
ellos. Pero él admitía que Astrid tenía una señal muy débil, que
apenas podía ubicar.
—¿Por qué vas a por Astrid antes que a por Semiasás?
Azaro ni siquiera la miró para contestarle. Solo cambió el gesto
de su rostro aniñado, como si él supiera todos los secretos del
universo.
—No todos los Indignos somos igual de poderosos. De los tres,
yo soy el estratega. Yo poseo la mente y la inteligencia. Pero mi
poder nada tiene que ver con el de Astrid. No invirtieron la misma
energía para encerrarme a mí que la que invirtieron para encerrar a
Astrid.
—Ella es más poderosa que tú, asumo.
—Es un tema de relevancia —dijo Azaro—. En tu mundo, yo seré
más relevante que tú —sus ojos rojos y negros se clavaron en los de
Lillith—. Tú y tu novia —miró a Sisé—, sois el eslabón débil en esta
cadena. Yo estoy por encima de vosotras.
—Asumo que Astrid entonces está por encima de ti —indicó
Lillith sin perder los nervios, jugando al mismo juego que él.
—Astrid domina la magia oscura como ningún otro. Como digo,
su señal es débil, pero con esfuerzo, podría llegar a localizar su
prisión. Sin embargo, Semiasás era el más completo de los tres. El
más cruel. Por tanto, doy por hecho que su tumba es mucho más
profunda y está mucho más protegida. Para dar con él necesito a
Astrid. Por eso, urge encontrar primero la suya. Mi sangre
determinará en qué territorio… —alzó la mano para mostrarles la
palma blanca como si se tratara de una piedra brillante. Y acto
seguido calló. Cerró los dedos de la mano en un puño y torció la
cabeza a un lado. Parecía escuchar algo que ninguna de las mujeres
podía oír.
Sisé alzó la barbilla, como si también pudiera escuchar esa
emisión, pero no lo hacía.
—¿Qué sucede? —preguntó Lillith.
—El lágrima negra… —Azaro le ordenó que callara—. Sigue
vivo.
A Lillith no le gustó nada oír eso. Tampoco a Sisé, que se removió
nerviosa.
El Indigno sonrió abiertamente.
—Ese incordio sigue vivo…
—¿Cómo lo sabes?
—Porque soy un Indigno, humana —replicó con desdén—.
Y porque tus Edérlys no lo mataron.
—Ni tampoco tus pieles frías ni tus magos oscuros —le reprochó
Lillith.
Azaro estiró la mano y agarró del cuello a Sisé. Apretó con fuerza
para dejarla sin aire y miró de reojo a Lillith.
—Vamos a hablar de ese tono, humana.
Lillith no quería que Sisé sufriera por su culpa, pero no pensaba
dar un paso atrás. Aquello era una lucha de poderes y ella odiaba
perder. No tenía intención de recular en el terreno que ya había
ganado.
—Dime dónde está —le urgió Bathory—. Y mandaré a los míos
para que acaben lo que empezó.
—Los tuyos —dijo con sorna. Arqueó una ceja rubia y soltó a Sisé
de mala gana. Esta trastabilló y cayó hacia atrás—. Tus Sísifos, tus
Edérlys… no me hagas reír. Tus inventos no son competitivos al lado
de mi ejército Graen. Ellos no necesitan de mis órdenes para ponerse
en acción. El lágrima negra está en un lugar en el que hay un anillo
atlante y está rodeado de agua. Puedo percibir su señal desde aquí.
Los pieles frías ya están tras él.
Lillith rechinó los dientes. Ella quería ese poder para sí. Quería
ser igual de poderosa. Odiaba quedarse atrás.
—¿Y no puedes detectar el lugar exacto? No pareces tan
poderoso, entonces, Azaro —lo provocó. Atacaría a su ego. Aquello
sería su perdición.
—Debes ser muy tonta si crees que no lo sé, Lillith.
—¿Dónde? Deja que envíe a mis Edérlys y a mis Sísifos para que
esta vez sí acaben lo que empezaron. Sería mi oportunidad de
resarcirme ante ti.
El Indigno sonrió con agrado. Se lo pensó durante unos segundos
mientras disfrutaba de la humillación de la Bathory.
—Te daré otra oportunidad —concluyó—. Por las imágenes que
me vienen a la mente, es una isla de piedra en forma de delfín.
Sisé, que se frotaba la garganta y aún se intentaba recuperar del
ataque de Azaro, se posicionó al lado de Lillith. Esta la miró con cara
de alivio y le dijo:
—¿En la costa Amal tana? —preguntó Sisé sin comprender—.
¿Qué hace él ahí? ¿Qué hace ahí un anillo atlante?
Lillith asintió concentrada en sus nuevas directrices mentales.
Pero mientras, aprovechaba para darle órdenes orales a la Vril.
—Prepáralo todo. Lleva a los Edérlys allí y llama a mis hijos para
que se desplacen hasta ese lugar.
—Sí, señora —asintió Sisé agachando la cabeza.
—Ah, Vril… y cuando acabes —le ordenó Azaro—, ven aquí de
nuevo. Hay que concluir la búsqueda de Astrid. Me gustaría partir
hoy mismo hasta donde esté su tumba.
Sisé asintió igualmente a Azaro y se alejó de nuevo de la sala.
Lillith se concentró en el mapa. Debían encontrar a Astrid.
Pero antes le urgía más controlar a Idún. Ese siren vengativo
sería un dolor de cabeza.
Con esa idea, centró sus ojos en la zona de Nápoles, donde había
una isla llamada Isla Delfín.
El lugar en el que, sin ninguna duda, Idún preparaba su
venganza. Y lo sabía, porque ella haría exactamente lo mismo.
Isla Delfín
Nina frunció el ceño y esperó a que Idún le explicara de qué iba
el tema. Pero este parecía más tenso que la joven.
—Hemos hecho lo que tú querías que hiciéramos —le recordó
Idún.
—Yo quería lo que siempre quiero —replicó Lea acercándose a él
—. Que los amantes bailen y forniquen para limar asperezas. No que
se pongan a follar como si fueran dos pares de bobinas eléctricas de
Tesla. Habéis provocado una descarga en La Sireneuse. Y el hechizo
de protección que la cubría se ha hecho añicos. No sabía que el
lágrima negra podía reventar esas protecciones así —le recriminó.
—Yo tampoco —asumió Idún con una parsimonia brutal.
Era la primera vez que tenía sexo bajo esa condición, y además,
con una humana.
—¿Y en qué repercute? —a Nina el tono de la joven cada vez le
inquietaba más.
Lea se dio la vuelta para mirar a Nina de arriba abajo, como si le
pusiera precio.
—Repercute en que ahora, los gusanos de mar podrán
detectarnos fácilmente gracias a esto —agarró su muñeca y la alzó
para colocarla entre los cuerpos de ambas. El anillo atlante re ectó
en sus rostros por el sol—. Somos visibles para Graen. Y ni Eros ni
Chaos han llegado aún para ayudarnos y volver a cubrir el retiro.
—Es decir: estamos en peligro —comprendió Nina—. Esos
gusanos Graen, adivino que son los pieles frías.
—Sí. Y no tardarán en venir —lamentó—. Estamos al des
cubierto. Y en la isla solo nos encontramos nosotros cuatro. No sé
si podremos protegernos.
—¿Dónde está Arthur? —preguntó Idún activando su modo
luchador sin perder el tiempo.
A Nina aquello no le sorprendió, aunque se percató de que a Lea
sí le provocó sorpresa. Idún era un guerrero venerado en su mundo.
Un héroe y alguien a quien admirar. También lo sería en aquella
tierra.
En aquel momento el grito ensordecedor del niño invadió la isla.
Lea palideció y se llevó las manos al rostro.
—¡Mi hermano! —advirtió atemorizada—. No pueden coger a
Arthur, por favor —Lea agarró a Idún del brazo y le suplicó por que
los ayudara—. Sé que no está en tu condición pero…
—Vamos —ordenó Idún sacándosela de encima.
Los tres salieron corriendo en dirección al lugar del que venía el
grito.
—¿Tú puedes tejer algún tipo de hechizo con los pieles frías?
—quiso saber él—. ¿Como has hecho con nosotros?
Lea se encogió de hombros.
—¿Quieres que les ponga a follar entre ellos?
—Es nísima la khimera —susurró Nina corriendo al mismo
ritmo que ellos, colina abajo.
—Te lo pregunto por si puedes ayudar. ¿No puedes?
—Con vosotros ha sido muy fácil. Pero con esos seres
repugnantes… —sacudió la cabeza de manera negativa—. Nunca me
he enfrentado a ellos. No sé qué tipo de energía les mueve…
—¿Los khimeras no sabéis pelear?
—¿Pelear? Sí, sabemos —dijo abriendo los ojos verdes como
platos—. Pero nunca hemos tenido que hacerlo. No sé cómo se me
dará.
Idún miró a Nina de reojo.
—¿Y tú hay algo que sepas hacer?
—Podría tener una pistola en la mochila —contestó ella muy
digna, con sus ojos rojos encendidos—. Disparo muy bien. Pero un
descerebrado me vació el cargador y me la rompió. Sin embargo, sí
sé luchar —aseguró—. Doy unas hostias que te cambian los ojos de
código postal. ¿No lo has visto en mis recuerdos, Starman?
Él frunció el ceño y sí recordó haber visto lo que ella hacía en el
orfanato. Recordó que era una niña soñadora que creía en todos los
mundos que ya le había mencionado. Pero también recordaba que
Evia e Ethan habían vivido con ella. Era una carambola siniestra del
destino, sin lugar a dudas. Nina ni se imaginaba que sus hermanos
de orfanato eran los sirens robados. Y tampoco sabía que Evia iba a
ser su pareja. Y lo que menos se imaginaba era que él los había
matado a todos.
—Entonces, pelea, humana.
—Haré lo que pueda —espetó ella llegando al pequeño puente en
forma de embarcadero, donde habían dos barcos atracados.
—Y tú —desvió la mirada roja hacia Lea—. Piensa en algo. Pero
no te quedes quieta. Usa la música o haz lo que sea que sabes
hacer…
—¿Lo que sea? —Lea tenía expresión de vértigo.
—Lo que sea. Los Khimeras estáis aquí por un motivo. Protegéis
algo, ¿verdad?
—Sí.
—Bien… pues seguid protegiéndolo.
—¡Suéltame! ¡Lea! ¡Nina! —la cabeza de Arthur emergió del agua
y volvió a desaparecer en su interior.
Idún no se lo pensó dos veces. En cuanto vio las manos de los
pieles frías arrastrando el pequeño cuerpo del khimera, se lanzó al
agua en calzoncillos y se fue a por él.
El agua lo refrescó y lo activó. Como siren, Idún era un experto
nadador. Un delfín o una sirena macho. Pero como lágrima negra, su
determinación y la furia que lo consumía lo convertían en un tiburón
asesino y despiadado. En una orca.
Isla Del n
Villa Grande
M
itología, baile, lujo. Todo hacía conjunción en esa
isla que decían que siempre había estado protegida
por las sirenas. Y Nina comprendía por qué el mito
siempre conllevaba algo de realidad.
En Villa Grande residían las Khimeras por largas temporadas.
Ellos eran los verdaderos guardianes del lugar. ¿Y por qué? ¿Por qué
decidían reunirse ahí? ¿Qué era lo que protegían? Ella aún
desconocía lo que de verdad estaba pasando y el motivo por el que
Idún había salido de la tierra hueca. Pero intuía que era un asunto de
vida o muerte para los de su especie. Y que los Khimeras tenían una
vaga idea sobre ello.
Mientras Arthur no se despegaba de Idún, Nina seguía
admirando la decoración de todas las estancias. La isla, además de
dos Villas, un muelle para barcos, un helipuerto y una torre
románica reformada, tenía un hotel boutique de trece habitaciones.
Lea le había contado que el hotel era para el resto de Khimeras
que venían de visita, cuando tenían reuniones anuales. Al nal, se
alquilaba la isla entera y ese recinto quedaba cerrado para ellos.
Porque necesitaban mucha intimidad y anonimato.
Durante el año, otras personas muy pudientes hacían lo mismo,
pero los Khimeras que tenían esa isla como hogar permanente
procuraban no coincidir con ellos demasiado.
Una vez en la preciosa Villa, Lea le contó que ese edi cio en
particular había sido construido por un bailarín ruso que ella
admiraba con todo el alma. Se llamaba Leónide Massine.
—Llegué a bailar para él, alguna vez —le explicó mientras
traía algunos utensilios especiales para curar la herida de Idún—.
He bailado tantas veces en presencia de tantas personas… —recordó
con un suspiro—. La mayoría de veces lo he hecho sin ser consciente
de que me espiaban —aclaró Lea.
Nina escuchaba atentamente a la khimera. Quería saberlo todo
sobre ellos. Pero la joven recelaba en contarle información que ella
no debía revelar.
—Lea, antes de nada —le ordenó Idún con el gesto severo—,
encárgate de proteger la Villa. Deja eso para luego —despreció el
botiquín—. Haz lo que sea que haces y pon el lugar y lo que importa
a salvo —dijo dejándose caer en el sofá turquesa con cojines azul
oscuro. Los retiró porque le molestaban y los lanzó al suelo
malhumorado.
Lea silbó sorprendida.
—¿Siempre tiene ese carácter? —esperó la respuesta de Nina.
Esta le dirigió una sonrisa falsa y contestó:
—No, para nada. Es mil veces peor.
—Caramba… creo que no te envidio —aun así Lea le obedeció
inmediatamente.
—Deberías agradecerme que no te haya arrancado esa cabellera
roja y larga que tienes, Khimera —espetó Idún mostrándole los
dientes como un animal—. No he olvidado la trampa que has
hurdido en la piscina.
—No seas rencoroso, lágrima negra. Y agradece nuestra
hospitalidad —contestó Lea muy cortante—. Seguro que no la
recibirás en muchos lugares.
Idún cerró los ojos y apoyó la cabeza en el sofá. Iba a contestarle
algo ofensivo a la khimera, pero no valía la pena.
Nina admiró el modo en que ella alzaba el rostro e invocaba una
canción cualquiera. Una melodía mesmerizante a la que no se podía
hacer oídos sordos. Se metía bajo la piel y se apoderaba de la
voluntad de uno.
—¿Cómo lo haces? —quiso saber intrigada.
—Yo vibro con la música y el baile —les explicó mientras
chasqueaba los dedos. Al hacerlo, empezó a sonar un tema de
Niviro. Se llamaba Flares—. Procuro poner canciones sin letra,
porque mi don sugestiona tanto que a veces quien me ve bailar y
escucha la música intenta hacer lo mismo que dice la letra. Una vez
bailé con un tema de Johnny Cash. Hurt —rememoró haciendo una
mueca—. Si conocéis la letra, habla de un tipo que dice que se había
cortado para ver si todavía sentía el dolor… una canción bastante
deprimente. Un grupo de turistas que se habían acercado a la isla
con su yate, me vieron. Se quedaron embebidos y… bueno —encogió
sus hombros—. Os podéis imaginar la escabechina en la que se
convirtió el yate. Todo el mundo cortaba a todo el mundo. Parecía
Psicosis.
—¿Por qué bailabas con esa música tan triste? —quiso saber
Nina.
—Porque puedo bailar lo que sea. Y nosotros también nos
podemos sentir mal y melancólicos —aseveró de manera enigmática
—. También tenemos derecho.
Lea se movía como si otara. Daba vueltas sobre sí misma en
cada esquina de la villa. Aquel era el modo que tenía de proteger el
lugar. Cualquier entidad que se adentrara en ese terreno, sabría que
no podía hacerles daño y que no debían dar un paso más. La música
y el verla a ella les impelería a obedecerla.
D
espués de ducharse, Nina se vistió con la ropa que
Lea le había dejado. No sabía cuándo podría volver a su
casa y ser una chica normal. Pero no le importaba. Lo
único que llevaba con ella en esa mochila era su movil, el Tyet, una
linterna, su documentación, la cartera y un microportátil con el que
mantener sus programas activos y encendidos.
Aunque lo cierto era que sus programas ya no le iban a servir de
mucho, porque había encontrado lo que para ella era la piedra
losofal. Y no era un arca ni un grial ni los huesos de Jesucristo. Para
ella el grial era Idún, su mayor descubrimiento de todos. El siren, sin
lugar a dudas, le había cambiado la vida para otorgarle otra
perspectiva de las cosas y de las realidades, de los mundos y los
multiversos. Y sin duda, le con rmaba lo que ella y el Club Percival
a rmaban. Antes que los humanos, existieron otras civilizaciones
mucho más avanzadas que venían de otras esquinas del universo, de
otros planetas. ¿En qué dejaba eso a la humanidad? Era un mero
experimento evolutivo.
Nina fue a la selva para culminar su estudio sobre los vórtex y la
relación activa que había entre los puntos calientes de la tierra. Y en
vez de nalizar su proyecto, se dio de bruces con el mayor logro de
todos los tiempos. Al menos para ella. Tener contacto directo con un
ser de otro lugar, con dones muy especiales. Posiblemente, Idún
tenía razón. Ya no podría volver a esa vida y hacer como si nada. El
Club Percival era avispado y querría saber por qué ya no tenían
noticias de ella y sus descubrimientos. Pero comprendía que nada de
eso podía saberse. Así que lo mejor sería desaparecer. Alejarse.
Gracias a los recuerdos y a los pensamientos que le había
trasladado Idún, ahora sabía mucho más. Que asociaciones como la
Bathory, los ftule y otros siempre fueron por el lado del ocultismo y
sí consiguieron información privilegiada. Y nunca la compartieron
con el resto. Se la quedaron para ellos, para su economía, su ego.
Pero Nina no iba a poner en riesgo esos mundos. Debían
salvaguardarse. Nadie debía aprovecharse de ellos.
¿Qué sería de esos dos niños que habían robado del mundo de
Idún? ¿Los tenían los humanos, entonces? ¿Y qué estaban haciendo
con ellos? ¿Dónde estarían?
Nina se podía imaginar la ansiedad que seguramente corroería a
Idún, porque ella fue víctima de la misma cuando la separaron de
sus hermanos Lostsoul y nunca más volvió a saber de ellos. Y nada
le gustaría más que volverlos a ver. Pero cuando fue capaz de
buscarlos por sí misma, ya les había perdido el rastro por completo.
¿Qué sería de Ethan? ¿Qué sería del malo de Devil, el bondadoso
Lex y el ligón Sin? Ellos siempre cuidaron de ella y la protegieron.
Incluso Devil, con su carácter chulesco y agriado, siempre la trató
bien y la cuidó a su manera. El no saber era lo que acababa matando
a uno de la curiosidad. Y aunque Nina había construido su propia
vida, nunca les olvidaría. Porque para ella, eran sus hermanos.
Siempre lo serían.
Dios… ojalá pudiera hablar con ellos y contarles todo lo que
estaba descubriendo.
Se miró al espejo y se acabó de recoger bien el pelo con sus
trenzas laterales africanas, bien sujetas al cráneo. Tenía el pelo largo,
negro y espeso, y las puntas de las trenzas le llegaban a mitad de los
omóplatos. Al nal, había elegido un precioso vestido negro, que se
ajustaba puede que demasiado a su cuerpo, pero le sentaba muy
bien, de maravilla. Y en los pies se había atrevido con unas botas
militares negras, Dr. Martens. Ya había visto ese estilismo. Lo
llamaban urban chic, aunque ella nunca lo había probado, porque
solía ir como Lara Croft viajando por el mundo. Tenía un toque
roquero y gamberro que le agradó y le hizo sentir cómoda. Y junto a
esos Khimeras y a ese siren lo mejor era dar aspecto de chica mala.
Ella también podía dar guerra si se lo proponía. Había degollado a
los pieles frías, sin parpadear.
¿Cómo había hecho algo así sin pizca de remordimiento? Ni
siquiera pensó en que lo que hacía era matar a un ser vivo. Pero en
ningún momento dejó de ser ella, en ningún momento dejo de
sentirse en su propio cuerpo. Estaba segura de lo que hacía. Se
imaginaba la estampa que debió representar en el muelle, abriendo
las gargantas de esos asquerosos con el lo de una piedra, ya
ensangrentada. Como una salvaje.
Acercó el rostro al cristal del espejo y lamentó no tener los ojos
rojos y no habérselos visto cuando los tenía. Lo increíble era que no
echaba de menos sus gafas. Veía bien.
¿Qué le estaba pasando a su cuerpo? ¿Podría ser que Idún
realmente la estuviera contagiando pero… para bien?
Nina se apartó del espejo y se miró de per l, pasando las manos
por su vientre, alisando el vestido.
Se pintó la línea de los ojos, un poco de colorete y cacao en los
labios. Eso era algo que siempre llevaba también en la mochila.
Se aseguró de que el Tyet y el anillo estaban en el estuche
protector, y cuando lo con rmó, decidió que era momento de bajar a
cenar.
Esperaba que Lea y Arthur le hablaran de muchas cosas hacia las
que sentía una profunda curiosidad. Porque ya sabía que Idún nunca
le hablaría de nada por voluntad propia. Para ello, debía meterse en
su mente.
Avión de los Mur
Mar mediterráneo
—Ethan.
El siren torció el rostro a un lado. Estaba mirando las nubes,
perdido en sus recuerdos y en sus pensamientos. Menos mal que
estaba Cora con él, para sacarlo de sus agujeros negros.
Lo sucedido con Idún y todas sus consecuencias le habían
amargado un poco el alma.
—Dime, im devi.
Cora lo agarró del rostro con ambas manos y unió su frente a la
de ella.
—Tienes que dejar de pensar y de fustigarte. Las decisiones que
ha tomado Idún son solo de él. Tú no eres responsable de nada.
La rubísima Vril de ojos claros y aspecto de sirena, llevaba una
cola alta en honor a las suyas. Y desde que había encontrado al
hombre con el que siempre soñó y que era su alma gemela, también
sentía todo su dolor y su a icción, y necesitaba ayudarlo.
—No sé hacerlo —contestó Ethan irritado—. No dejo de pensar
en todo lo que mi aparición ha provocado.
Cora besó sus labios con delicadeza y le regañó.
—Ha sido todo bueno, Ethan. Que tú aparecieras me ha hecho
feliz. ¿Eso no cuenta?
Él la miró con todo el amor y la fascinación que sentía hacia ella.
—Tú eres el centro de mi mundo. Cada latido de mi corazón.
Ella se levantó del asiento del jet privado y se sentó encima de
Ethan, rodeándole el cuello con los brazos.
—Mi sireno de ojos plateados —susurró besándolo
profundamente. Cuando soltó sus labios añadió—. Vamos a coger el
cetro. Porque no nos sirve de nada encontrar a nuestros amigos si los
cetros de los Indignos acaban con todos. El único modo de
detenerles es adelantándonos a ellos. Y después, buscaremos a
todos.
—¿Sigues sin poder detectar a ninguno? Cora re ejó su
frustración en sus ojos.
—No. Estén donde estén, yo no consigo dar con ellos. El único
señuelo que podemos seguir es el de los merlianos. Cassandra y
Rose se escondieron en el Capricho. Yon también desapareció. Si hay
alguna relación entre ellos, solo pueden saberlo los miembros del
mundo mágico del clan de los wiccanos. Devil y Evia conocieron a
dos de sus miembros de Inglaterra. Wulf y Leona. En última
instancia, podríamos ir en su busca. Su clan también está metido en
esta guerra.
Ethan agachó la cabeza y acarició su muslo asumiendo que nada
podía hacer por ellos, todavía. Pero tenía una posibilidad, como
mínimo, para rescatar a Rose y Cassandra.
—¿Y a Sisé?
Cora se humedeció los labios y le pasó los dedos por el liso pelo
negro. Él era el líder real de los sirens. Junto a Evia y a Idún era el
único superviviente. Ethan ansiaba por saber el paradero de Sisé,
dado que si encontraba a la Vril, encontraría por consiguiente a la
Bathory, al Indigno y al lágrima negra. Y de todos, con el que
deseaba dar su aimán, era con su hermano de sangre.
—Sí. Tienes razón —Ethan no lo negaba. Le leía la mente—. Mi
afán es encontrarme cara a cara con él. Quiero ser yo quien acabe con
ese traidor.
—¿No crees que el virus le haya matado?
—No —negó rotundamente—. Idún es una plaga. La plaga mata,
no muere por sí misma. Es portador. Pero no está contagiado. Y a mí,
una vez pasada la enfermedad, ya no me puede volver a contagiar.
—Pero, Ethan ¿serás capaz de matar a tu hermano?
—No hay nada de hermano en su interior, Cora. Es un lágrima
negra. ¿Recuerdas lo que dijo Merin? No hay salvación para un
lágrima negra. No se puede revertir. Graen está en su interior y nada
lo controla. Él intentó acabar con todos nosotros. De su ataque solo
sobrevivimos tres sirens, y los niños que Merin protegió. Solo
nosotros —recordó con amargura—. Él ha impedido que yo pudiera
conocer a mis padres. Y ha hecho que pierda la familia que tardé
tanto en recuperar. Me ha arrebatado esa posibilidad. Y yo no tendré
compasión con él.
—De acuerdo, Ethan. No te detendré si es lo que quieres hacer en
caso de que nos encontremos con él.
—Bien. Quedan dos horas para llegar a Nápoles. Si accedemos a
Isla Delfín y obtenemos el cetro, todo irá muy rápido. Debemos
encontrar el modo de destruirlo. O nunca dejarán de ir tras ellos. Los
Khimeras saben cómo hacerlo. Por eso el cetro les pertenece.
—Esperemos que salga todo bien, porque no tengo ningunas
ganas de morir aniquilada.
Ethan también lo esperaba. Lo que nadie podía poner en duda
jamás era la voluntad que ambos poseían para ayudar a mantener el
equilibrio de los dos mundos.
Porque de nada servía estar tan enamorado, si la muerte les
privaba del amor.
Isla Delfín
Cuando Nina bajó a la terraza rodeada de antorchas, que era un
patio trasero en la inigualable Villa, no esperaba encontrarse con ese
banquete.
La luna era enorme sobre el mar, y desde allí habían unas vistas
increíbles al precipicio, a las rocas y al horizonte que quitaban la
respiración.
Comida italiana, sí señor. Ensaladas, canapés y pasta. Focaccia
con tomate y cebolla y galletitas saladas con un montón de salsas
distintas en las que poder hundirlas. La mesa estaba iluminada con
cuencos de velitas otantes. Habían colocado una cubertería de plata
con motivos de animales marinos y mangos en forma de colas de
sirenas. Las copas altas y cristalinas eran de color azul oscuro. La
mantelería turquesa parecía tan suave que sabía mal hasta tocarla.
En las sillas de mimbre blanco, que parecían tronos de madera,
habían dejado cojines decorativos para que fuera más cómodo
sentarse. Y sonaba una canción de Zucchero. «Baila, morena».
Nina se imaginaba a Idún diciendo con aquella voz cortante «no
he venido aquí a cenar ni a sociabilizar», en cambio, se encontró a un
Idún tan aplastantemente guapo con aquella ropa y que la miraba
con tanta atención que se quedó sin habla. Sus ojos rojos
centelleaban a cada centímetro que admiraba de su cuerpo. El siren,
con aquella lágrima negra tatuada, ese corte de pelo tan drástico, su
mancha debajo de la oreja y su nueva indumentaria que consistía en
una camiseta de manga corta blanca y unos tejanos rotos de color
azul claro, parecía un modelo revolucionario, y hasta un hombre
normal. Aunque, a decir verdad, Idún jamás sería corriente.
Lea, que también se había cambiado de vestido y llevaba uno del
mismo estilo pero de color amarillo chillón, la recibió con sorpresa, y
dirigiéndole miradas sesgadas a Idún.
—Por todas las sirenas… —Lea la tomó de las manos y la acercó
a la mesa—. Eres muy guapa. ¿A que es muy guapa? — preguntó a
Idún mirándolo de reojo.
Este no decía nada. Ni siquiera se movía.
—¡Qué bien te huelen las trenzas! ¿Has usado el champú de
frambuesas?
—Eh, sí… —Nina no estaba acostumbrada a que nadie la
vitoreara tanto. Y menos por llevar un vestido negro y unas botas.
Arthur corrió a retirarle la silla con una sonrisa.
—Señorita… —dijo como un caballero.
—Vaya, qué bien… muchas gracias, señor —Nina le siguió el
rollo—. Arthur… ¡vaya corte de pelo! —se lo había cortado igual que
Idún. Era una locura.
El niño se pasó la mano por la parte de la cabeza rapada y sonrió.
—¿Quién ha preparado todo esto?
—Yo, claro —contestó, Arthur.
—Qué mentira más grande —dijo Lea ofendida—. Que no lo has
hecho tú solo. Que yo he puesto la mesa y he preparado el ambiente.
Nina se había quedado pasmada. Aquel crío había cocinado todo
eso.
—¿Te gusta cocinar? —preguntó Nina.
—Eh, sí …—contestó avergonzado.
—¿Por qué no eres más mayor? —se quejó Nina.
—Porque soy solo un niño —dijo sin más—. ¿Por qué quieres que
crezca?
—Así podrías ser mi novio.
Él se sonrojó. Miró a Idún con recelo. Este continuaba apabullado
por la hermosura atrevida de Nina. El pequeño, que veía mucho más
de lo que veían los demás, contestó nalmente:
—Otro llegó antes —y acto seguido le dijo a Idún—. ¿Lágrima
negra, has comido alguna vez en el exterior?
Aquello captó toda la atención de Nina.
¿Cómo que si había probado comida en el exterior? ¿En una
terraza o en el mundo exterior?
—No. Aún no he comido nada.
—Aquí hay unos alimentos increíbles. Puede que algunos no
sean muy saludables —le contó el pequeño entusiasmado—, pero
solo por cómo saben uno podría empezar a querer este mundo. Esto
de aquí son espaguetis a la napolitana —le señaló Arthur—. Eh, ¿me
quieres escuchar? —el pequeño se levantó, le agarró de la barbilla y
le exigió que mirara los platos que le señalaba, pero Idún solo tenía
ojos para Nina. Y Arthur lo comprendía. Pero tenía que comer.
—Sí. Disculpa —se excusó Idún.
—Y ese plato de ahí verde son ensaladas.
—Conozco las ensaladas —con rmó Idún—. En mi tierra
también exis… las conozco.
—Bien, ese líquido es vino. Y esas bebidas con gas son sodas y
Pepsis. Los canapés están muy ricos, algunos son de atún y otros de
aguacate con queso…
Nina espiaba a Idún sin cortarse un pelo. Mientras Lea empezaba
a llenarse el plato y a comer, se dio cuenta de que Idún no cogería
nada de la mesa si ella no lo hacía antes. Así que se levantó, tomó el
plato vacío de Idún y empezó a ponerle un poco de todo.
—Si lo ha hecho Arthur, seguro que todo está rico, Idún — lo
tranquilizó y le guiñó el ojo al crío—. Yo me voy a poner lo mismo
que tú —le entregó el plato lleno y procedió del mismo modo con el
suyo propio—. Aunque me pondré más espaguetis porque me
encanta la pasta. Todo el mundo dice que la pasta de noche engorda.
Yo digo que engordas tú, no la pasta —cerró los ojos con gusto—.
Además, mis padres creo que eran italianos, ¿eh, Idún? —aquello fue
una chinita directa al siren, pero no quería pelear con él—, por eso
tengo que comer estos espaguetis a la napolitana —añadió un tono
italiano que de inmediato hizo sonreír a Arthur.
Idún miró el plato con hambre. Todo olía de maravilla. Arthur
esperó a que se llevara el primer canapé a la boca y dis-
frutó de la cara de gusto de Idún. Sonrió con orgullo y sacó
pecho.
A Nina le enterneció el modo en el que el pequeño khimera
buscaba la complicidad de Idún. Le había impresionado sin duda el
modo en que le había salvado. No lo olvidaría nunca.
Y Nina tampoco olvidaría una experiencia así jamás.
Mientras comía, Lea zampaba de lo lindo con la mirada verde
esmeralda ja en un punto en el mar.
—¿Estas segura de que aquí, a la vista, estamos a salvo? — Nina
no acababa de convencerse.
—Los pieles frías no han vuelto a pisar la isla desde el último
ataque —contestó llevándose un trozo de melón a la boca—. Ya no
vendrán.
—¿Por qué estás tan segura?
—Porque Eros y Chaos están al caer. Vais a tener que lidiar con
ellos. Y ellos son, de largo, los bordes de la familia —bebió de su
copa de vino tinto y estiró los brazos por encima de la cabeza.
A Nina aquello no le tranquilizó en absoluto. ¿Qué iba a pasar
cuando ellos llegaran?
—Sí. Está todo rico, Arthur.
Idún no hacía cumplidos. Pero se los hacía al muchacho. Si eso no
era un gesto de un ser bueno, entonces Nina no sabía lo que lo era.
—Te puedo enseñar a cocinar —le dijo Arthur—. A cambio de
que me enseñes a luchar.
Idún arqueó sus cejas. Le había cogido por sorpresa.
—¿Los Khimeras no te han enseñado a luchar?
—A mí no —le explicó Arthur—. Eros y Chaos son los más
guerreros. Mi don es distinto. Todos se preocupan por protegerme.
Pero yo quiero saber defenderme. Puedo nadar tan rápido como un
delfín, pero no soy fuerte. ¿Tú podrías enseñarme?
A Idún aquello le sobrepasaba. La esperanza en los ojos de
Arthur, la expectación en los de Nina, la curiosidad en los de Lea…
todos esperaban cosas de él.
Y él no era más que un asesino y un traidor. Si supieran la verdad
de lo que había hecho, no le dirigirían la palabra. Pero Arthur sí
sabía cosas de él. Fue el primero en llamarle “lágrima negra” y en
decirle que él no lo quería en la isla. ¿Ahora había cambiado de
opinión? ¿Por qué?
Nina tragó los espaguetis y los acompañó con soda. No podía
beber porque el vino la ponía piripi. Y sentía la necesidad de estar
muy despierta en aquel lugar.
—Si tuviera tiempo, te enseñaría, Arthur —le contestó bajando
mucho la voz—. Pero mañana ya no estaré aquí.
Arthur oyó aquellas palabras y no les dio ninguna importancia.
—¿Crees que te irás de la isla con lo que quieres entre tus manos?
—espetó—. La isla no te va a dejar ir sin pagar el peaje. Y va a ser
muy caro —Arthur se metió tres canapés enteros en la boca y le
dedicó una mirada presuntuosa—. Y eso, si te deja ir. Idún arrugó la
frente. Miró a Nina para cerciorarse de que había escuchado lo
mismo, y sí. Lo había hecho. Porque su expresión boquiabierta era
hasta divertida, si no fuera porque a él le cabreaba.
—¿Y eso por qué? —quiso saber la morena.
En ese instante, Idún percibió algo a su espalda. Se levantó de la
silla y se dio la vuelta para encararlo y luchar. Era una energía muy
poderosa, no tan relajada como la de Lea, ni tan sutil como la de
Arthur.
Esta era autoritaria y vigorosa. La energía de un líder.
Ante él, vestido de imponente traje chaqueta, con camisa blanca,
las manos en los bolsillos del pantalón de pinzas, el pelo rasurado y
castaño claro y ojos de acero, había un hombre soberbio con cara de
no tener paciencia.
Un hombre que provocó que Nina se levantara de golpe y tirara
la silla, mientras Arthur y Lea seguían comiendo sin inmutarse.
—Yo contestaré a tu pregunta, lágrima negra —dijo el hombre—.
La isla te ha retenido. Y te retendrá hasta que seas juzgado.
—Os presento a Eros —dijo Lea bebiendo vino. A Idún le dio
igual la presentación.
—¿Juzgado? —repitió él incrédulo—. A mí no me retiene nadie.
—Has probado a escapar. Inténtalo —lo retó.
—No me hagas reír… ¿Me vas a juzgar tú, denad? Dandee.
Eros no cambió su expresión. Ni siquiera se sacó las manos de los
bolsillos.
—Arrodíllate —le ordenó muy serio—. Y no te muevas. Ni
siquiera hables.
Idún se arrodilló sin quererlo. Le obedecía sin más. Increíble.
—Tú eres la portadora —le dijo a Nina mientras Idún se quedaba
arrodillado e indefenso ante él.
Nina parpadeó solo una vez, para que no le lloraran los ojos
demasiado. No sabía ni qué decir. ¿Eros hacía eso? ¿Ese era su
poder?
—¿Por qué le tratas así? —quiso saber ella—. Idún no ha hecho
más que ayudar a proteger tu isla… ¿De qué se le hay que juzgar?
—Tú eres la portadora. Y es un honor tenerte aquí. Pero antes de
que decidas seguir adelante y continúes ayudando a este hombre,
deberías saber la verdad sobre él. Es lo justo, para ti y para todos.
Pues tus decisiones siempre comportarán consecuencias.
—No sé de qué me estás hablando…
Lea puso los ojos en blanco y le recriminó a su hermano sus
puestas en escena.
—Siempre igual contigo, Eros. Nina, Idún. Mi hermano es el líder
de los Khimeras.
Arthur lo miró por encima del hombro y lo saludó.
—¿Qué pasa, chaval? —le preguntó Eros—. ¿Has cuidado bien de
nuestra casa y de tu hermana?
—Sí —dijo él alzando el pulgar—. Y te he hecho cena. Eros sonrió
agradecido por el detalle del pequeño.
—Genial, porque tengo un hambre…
Pasó de largo a Idún y se detuvo ante Nina. La miró de arriba
abajo con interés masculino, y sus ojos se detuvieron no en el Tyet de
su antebrazo, sino, en el chupetón que lucía en el cuello.
Entonces apretó aquella mandíbula cuadrada y varonil y se
enfrentó a Lea.
—Lea… ¿qué mierda has hecho esta vez? ¿No podías estarte
quieta?
—¡Ya estoy aquí! —dijo una voz que venía del interior de la casa.
Cuando la nueva visitante apareció ante ellos, Nina estuvo a
punto de cortocircuitar.
—A ver, qué me he perdido —exigió saber la chica.
La joven no era muy alta, pero tenía un cuerpo menudo y muy
bonito y curvilíneo. Su pelo largo y castaño era ondulado, y lo tenía
recogido de manera desenfadada, y eso la hacía más guapa de lo que
era. Sus ojos verdes oscuros con tintes marrones eran grandes y tenía
tantas pestañas que marcaban perfectamente la línea de sus ojos. Sus
labios eran mullidos, y tenían una forma delicada y que volvía locos
a todos sus fans. Llevaba un vestido de lentejuelas brillantes y negras
y unos zapatos con plataforma que Nina nunca se atrevería a
comprar. Y tenía las uñas pintadas de negro, como la sombra de ojos
con brillo.
—El lágrima negra ha llegado a la isla con la Portadora —le
informó Arthur—. La portadora tiene el Tyet físico e Idún lo quiere.
Ah… y Lea ha provocado que los dos se pongan a hacer guarradas
en la piscina.
La recién llegada elevó su ceja derecha, se cruzó de brazos y se
apoyó en una cadera para mirar de modo conspiratorio a su
hermana khimera.
—¿Otra vez, Lea? ¿Otra vez has puesto a follar a los invitados?
—Chaos —Eros le llamó la atención. Había un niño delante.
—¿Qué? Arthur no es tonto. Eres un peligro, Lea —le recriminó.
—Ah, yo soy el peligro —contestó la otra—. Sales en las noticias
porque tus seguidores se desnudan en los conciertos por tu culpa, y
yo soy el peligro.
—Pero este no es normal. ¿No te diste cuenta? Tiene genética
siren. Ya sabes las tonterías que hacen cuando follan… las descargas
eléctricas… la energía que intercambian…
—¿Por eso la isla está desprotegida? —indagó Eros—. ¿La ha
descargado?
—Pues mira, sí. Se ha descargado en ella —la pelirroja señaló a
Nina—. ¡Y lo hecho, hecho está!
—No sabes cómo te compadezco —Chaos no ocultó su lástima.
—Lea… ¡ha sido una cagada! —Exclamó Eros.
Lea apretó los puños a cada lado de sus caderas, y se le
hincharon los carrillos como si fuera a explotar. Y lo hizo.
—¡Arthur me dijo que lo hiciera! —señaló al pequeño al sentirse
acorralada.
Chaos se echó a reír. Arthur dijo por lo bajini «chivata», pero
siguió comiendo.
—¡Qué blanda eres! ¡Tienes que aguantar más, Lea! —Chaos se
adelantó para abrazar a su hermana pequeña y meterse con ella.
Eros, en cambio, resopló no tan divertido como su hermana
mediana.
—Los seres Graen nunca encontrarán esta isla. Hoy y para
siempre dormiremos protegidos —proclamó como si hablara a los
mares—. Bueno… ya está. Isla Delfín cubierta. Portadora,
¿te encuentras bien? Parece que se te haya comido la lengua el
gato.
Nina no sabía dónde meterse. Es que no se lo podía creer. Chaos
había capturado toda su atención desde que hizo acto de presencia.
—Otra que se queda ipando cuando te ve —murmuró Lea a
Chaos, masticando una fresa a medias con ella—. Es que no se te
puede sacar de casa.
Nina no reaccionaría con tanta facilidad. Estaba en shock.
Un shock rotundo y brutal.
Porque nunca se imaginó que Chaos, una de las Khimeras más
poderosas dicho por sus hermanos, se tratara en realidad de Chaos
Eda.
Era Chaos Eda. Una súper estrella de la música internacional.
Joder, si tenía todos sus discos. Si escuchaba sus canciones casi a
diario, sobre todo en sus viajes.
Nina carraspeó, aún aturdida y solo atinó a decir sin apuro
alguno.
—Chaos… soy tu fan. Pero levanta a Idún del suelo.
La aludida dejó otra fresa a medio camino de su boca, y espetó.
—Coño… ¿qué me acaba de decir? ¿Eso ha sido una orden?
—Vale, está bien. Hasta aquí —irrumpió Eros sin ánimo para
seguir con aquella estampa inaudita e inverosímil—. La portadora y
el lágrima negra. Los dos —les señaló el interior de la Villa—. ¡A
dormir!
—No puede ser… —Nina miraba cómo sus pies caminaban solos
de nuevo hasta el interior de la casa, con Idún pegado a sus talones
—. No me creo que nos estén haciendo esto de nuevo.
—Eh, ¡y nada de folleteos! —exclamó Chaos con una risita,
poniéndose de puntillas y apoyándose en el hombro desnudo de
Lea.
—Y nosotros… —prosiguió Eros como un organizador.
—A nosotros no nos mesmerices —le adviritó Chaos—, o me
pongo a cantar y te traigo aquí a Il Divo hasta que se queden sin voz.
—Pues mira —Lea no le hizo el feo a aquella propuesta—.
No sería mala idea.
—No os voy a ordenar. No sirve de nada con vosotras.
Sentémonos —les pidió tomando asiento alrededor de la mesa—.
Estoy deseando que me contéis lo sucedido con todo lujo de detalles.
Y que Arthur me explique qué es lo que ha visto. Deberíamos poder
tomar las mejores decisiones sobre el lágrima negra y la chica.
—Siempre lo hemos hecho —le recordó Chaos. Entonces abrazó a
Arthur y lo sentó sobre sus rodillas—. Eres el mejor chef del mundo,
guapetón —lo felicitó.
Eros apoyó los codos en la mesa y la barbilla sobre sus puños
cerrados.
—Esta vez es distinto. Es crucial para nosotros.
Dicho esto, Lea y Arthur le explicaron desde el principio a sus
dos hermanos recién llegados lo que había acontecido en la isla
desde que Idún y Nina estaban en ella.
Y había sido mucho.
16
—D
espertad.
Nina abrió los ojos con la sensación de
haber estado babeando toda la noche. Seguía
vestida con la misma ropa de la cena y una de sus trenzas se le había
pegado a la mejilla. Sacudió la cabeza para apartársela.
Madre mía, vaya globo.
Ni Diazepam. Ni Tranquimazin. Ni Yurelax. El mejor relajante se
llamaba Eros.
Idún, en cambio, en cuanto fue consciente y se dio cuenta de
dónde estaba, intentó pelear y luchar contra el khimera que, sentado
en una silla, los miraba como si fuera a acabar con ellos de un
momento a otro.
—No os mováis —les ordenó.
Y ambos hicieron exactamente lo que Eros les pedía. No se
podían resistir a sus órdenes. Tal era su poder.
Nina e Idún estaban hombro con hombro, de rodillas, sobre la
super cie pétrea de aquel espléndido sibil.
Aquella, desde luego, no era ninguna de las magní cas estancias
de Villa Grande. Y tampoco se encontraban en el exterior de la isla.
Era una gruta iluminada estratégicamente por la claridad de la luna,
aunque Nina no era capaz de localizar la entrada de los rayos. El
agua turquesa resplandecía. Daba la sensación de que había potentes
focos alumbrándola desde el abismo. Posiblemente, pensó Nina,
estarían en los túneles que habría por debajo del peñasco rocoso de
Li Galli. Los mismos
laberintos que en su mente fantasiosa llevarían al más que
probable mundo subterráneo de los khimeras. Un mundo que no
distaría mucho del de la Sirenita.
—¿Dónde estamos?
—En la garganta de Anukis.
—¿De Anukis? —repitió Nina perpleja—. ¿El Dios egipcio del
Mar y los Lagos?
—Veo que tienes formación —reconoció Eros.
—Sé de muchas culturas y de civilizaciones antiguas. Si no, no
me dedicaría a lo que me dedico.
—Por eso eres la portadora.
—Lo que tú digas —respondió Nina incómoda por estar en
aquella posición vulnerable ante él.
—Libérame, Khimera —ordenó Idún.
—No —contestó Eros impugnante. Cuando sus ojos de acero se
cernieron en Nina, su expresión se suavizó—. Conocíamos de la
existencia de un portador. Y aunque sabíamos que tarde o temprano
daría con nosotros, no intuimos cuándo lo haría exactamente, hasta
que el pequeño Arthur lo soñó. Lo que no nos imaginábamos era que
traerías contigo a un lágrima negra. Ha sido una sorpresa un tanto
desagradable.
A Nina todavía le faltaban datos para comprender qué papel
tendría ella en todo aquello, necesitaba información.
—La portadora posee una llave, que en algún lugar, en algún
momento, un maestro khimera ofreció como obsequio a un
buscador. A un explorador de mundos —Eros le lanzó la mochila y
esta quedó abierta frente a ella—. Como tú. Tú recibiste la llave.
—Agradecería que no lanzaras mi mochila así. Ya le han dado
muchos golpes y hasta ha buceado… pero lo que hay dentro todavía
funciona. Me gustaría que siguiera funcionando.
Eros ni se inmutó.
—¿Qué crees que puedes hacer con el Tyet? ¿Por qué lo llevas
encima? Cuéntamelo todo.
—Porque seguía los pasos de Percy Fawce . Estaba en la selva, y
esperaba encontrar algún paralelismo entre el Tyet, la energía
electromagnética que emanaba cerca de Pusharo y la civilización que
creyó encontrar Fawce . Pero en vez de eso, me di de bruces con un
anillo atlante y con Idún.
—Hay gente que a tropezarse con alguien lo llaman Destino.
¿Tú eres de esas?
—Ahora mismo no sé ni quién soy.
—¿Por qué tienes el Tyet, Nina? Nina exhaló cansada.
—Ya te lo he dicho. Tengo el Tyet porque pertenecía a Percy
Fawce . Él la halló en la selva, en uno de sus viajes…
lamentablemente su cuerpo desapareció y… Percy mandó unas
cartas a su mujer diciendo que había encontrado algo. Al poco
tiempo ella recibió su brújula de explorador, y en su cadena, un Tyet
colgado como si fuera una reliquia sin excesiva importancia. El Tyet
ha estado en manos de la familia Percy durante muchos años, hasta
que llegué yo para cumplir una profecía en la que creían muchísimo.
Una que decía que una niña de nombre Nina, una niña a la que
adoptarían, seguiría con su legado. Tras sus pasos. Y… aquí estoy.
Eros alzó la mano para que se callara.
—Una historia muy interesante. Pero aquí, lo único que importa
es que la tienes tú. Y la has grabado en tu piel con una exactitud
asombrosa —admiró su tatuaje, dado que el vestido era de media
manga—. ¿Eras consciente de la magnitud de acarrear con el Tyet
encima?
A Nina todo eso le cansaba. Siempre tenía que estar dando
explicaciones. Pero Eros seguía obligándola a hablar.
—Era consciente de que nadie tenía una igual. Hasta que por
fotos, vi un cuadro en esta isla con una llave de Isis idéntica a la mía.
—Es porque esta isla es un lugar de entrada. Un comunicador. Y
los Khimeras nos encargamos de proteger todas las entradas a la
tierra hueca. Por eso estamos aquí. Y porque hay una cámara muy
especial. Única en todo el orbe.
—Sí —dijo Nina—. Algo hay en esa cámara que interesa mucho a
Idún —dijo como si nada—.
—¿Cuánto hemos dormido? —preguntó Idún interrumpiendo a
Nina.
Eros lo observó con descon anza.
—Dos horas. Las que he necesitado para comprender lo que
debía hacer —se levantó de la silla y caminó alrededor de ellos—.
Puedes levantarte, portadora —le dijo al oído—. No hay razón para
mantenerte subyugada.
Nina lo miró por encima del hombro y se incorporó lentamente.
—¿Dónde están los demás?
—Lea y Arthur siguen en la terraza. Y Chaos está justo ahí
—señaló a su espalda.
Cuando se dio la vuelta, encontró a la artistaza que admiraba y
que, sentada sobre una roca grisácea y medio esférica, cargaba con
un cuenco lleno de frutas y canapés en una mano, y con la otra
mordía una fresa. Chaos la saludó como pudo.
—Hey —dijo con la boca llena.
Nina seguía sin creérselo. Pero ya no la impresionaba tanto
tenerla cerca como encontrase en aquella caverna, con aquel aire
inquisidor y confabulador a su alrededor.
—¿Qué queréis hacer con nosotros? Idún está aquí por un motivo
noble —lo defendió ella.
El lágrima negra dejó caer sus ojos rojos en ella. Nunca dejaría de
sorprenderle que esa humana creyera en su supuesta bondad. Se
había hecho una visión de él que no se aproximaba a la realidad.
¿Qué pasaría cuando descubriera lo que había provocado con sus
acciones? A él solo le quedaba esperar su desprecio. Nada más.
La cara de Eros fue hasta cómica. El silencio que cayó como una
losa sobre ellos solo fue interrumpido por el sonido del mordisco de
Chaos sobre un canapé de aguacate. Pero incluso la famosa khimera
parecía reírse de sus palabras.
—Lo sabía —murmuró Eros—. Sabía que no tenías ni idea.
—¿Que no tenía ni idea de qué?
—No sabe nada —dijo Chaos dando un salto desde su butaca
presidencial. Dejó el cuenco sobre la roca y caminó hasta ellos de
manera resuelta—. Te lo dije, Eros —le recordó—. No me daba la
impresión de que una chica como ella accediera a las peticiones de
este —señaló a Idún como si no valiera nada.
—¿De qué habláis?
—¿Tienes idea de la guerra que se avecina, portadora? —Eros se
acercó a ella con la intensidad en sus ojos—. Cargar con esto
—alzó su brazo— entraña mucha responsabilidad. Deberías
rodearte de mejores compañías.
Nina no consideraba a Idún tan malo. Solo era arisco y
amenazador. Perro ladrador poco mordedor.
—No puedes llevarla hasta la puerta. Ella puede abrirla sin
problemas, Eros —murmuró Chaos en desacuerdo con su
hermano—. Antes de que haga ningún movimiento o tome ninguna
decisión, debe saberlo todo. Si está in uenciada por el lágrima
negra…
—Ella no está in uenciada por mí, estúpida.
Aquella manera de hablar no le gustó nada a Chaos. La khimera
se plantó ante él con un movimiento sorprendentemente rápido y
entornó aquellos ojos bicolores.
—¿Qué me has llamado, punk?
—Chaos, déjalo —le ordenó Eros sin mucha vehemencia.
—No. A mí nadie me insulta. Y menos este despojo traidor y
vengativo. Nina tiene que saber la verdad. Debe saber en qué se ha
metido y con quién. No se imagina la de carambolas que hay a su
alrededor.
—¿Y por qué no me las cuentas? He estado en la mente de Idún,
me ha enseñado su mundo —replicó ella.
—No te ha enseñado mucho, entonces. Hazlo, Eros —Chaos
volvió a apremiar a su hermano—. Sabes que tenemos que hacerlo.
Llevémosle ante Anukis. Que ese fósil activo le muestre lo que le
falta a Nina por ver. Y que, después de eso, que la portadora decida
qué hacer con el lágrima negra. No podremos impedir que tome su
decisión. Pero, al menos, la tomará sabiendo todo lo que tiene que
saber.
Idún alzó el mentón y sonrió con aquella oscuridad que ponía
alerta a Nina y a todo aquel que le rodeaba.
—¿Cómo de fuerte eres, Khimera? —preguntó Idún. Quería
provocarla. Aquello era una encerrona. Y un tigre no se dejaba
encerrar sin antes luchar y dar un último zarpazo.
—No me pongas a prueba. No quieras saberlo —avisó
prudentemente.
Posiblemente porque nadie imaginaba nada de lo que Idún era
capaz de hacer, una piedra de más de ciento cincuenta kilos de peso,
impactó lateralmente en el cuerpo de Chaos y la hizo volar por los
aires hasta hacerla caer al agua.
El impacto fue violento.
Nina se cubrió la boca abierta con las manos y corrió a empujar a
Idún y a recriminarle.
—¡¿Te has vuelto loco?! —reprochó preocupada por la artista—.
¡¿Cómo te atreves a hacerle eso?!
Pero Idún se lamió el labio inferior con gusto, sabedor de que
había dado el primer golpe.
Sin embargo, Eros lo agarró del pelo y hablando entre sus dientes
apretados le dijo:
—No uses tu poder y no te muevas. ¿Vienes a mi mundo a
golpear a los míos tal y como hiciste en el tuyo? Eres un
desagradecido.
Era tanta información y había tanta tensión que Nina no se dio
cuenta de que estaba temblando. ¿Por qué Idún se comportaba así?
Era un invitado de la isla, de un clan distinto, por eso no podía
actuar como si fuera un enemigo.
En ese momento, Chaos salió del agua de un salto, empapada por
completo. El vestido y los zapatos chorreaban, pero ella cayó sobre el
suelo con un donaire felino inigualable.
Nina vio en ella a la artista adorada por masas, pero también a
alguien que poseía más poder del que podría llegar a controlar. La
Khimera agarró a Idún por la cabeza y lo levantó por los pelos,
aunque él fuera muchísimo más alto. Lo cierto era que Chaos no
poseía demasiada altura. Nina era más alta que ella.
Por eso impresionaba verla en ese rol de castigadora.
—¡Invócalo, Eros! Dile a Anukis que le muestre a Nina cómo en
verdad es Idún. Tiene que tomar una decisión ya y pronto.
Eros estuvo de acuerdo con su hermana. Idún tenía que pagar
por ser así, no iba a salir de rositas como si nada.
—¡Anukis! —El líder Khimera, un mesmer sin parangón, se
acuclilló frente al lago interno de la cueva, hundió su mano en el
agua y repitió—. ¡Anukis, sal y revela las intenciones de estas dos
almas recién llegadas! ¡Muéstrales su pasado y su presente!
El agua calma de la albariza de la gruta empezó a dibujar ondas
concéntricas. Del centro de la primera onda, sobresalió el cuerpo de
un hombre anciano, con los mismos tatuajes en hombros y muslos
que los Khimeras, y una especie de casco metálico y dorado con cara
de perro negro egipcio, un gran cánido oscuro al que llamaban
Anubis.
El hombre, que levitaba sobre el mar como haría un delfín con su
cola, parecía muy mayor. Casi anciano. Sus ojos negros apenas
estaban abiertos. Tenía una barba blanca larga. Al igual que su
melena.
—¿Qué es eso? —preguntó Nina horrorizada.
Chaos agarró a Nina y Eros a Idún, y los llevaron a ambos para
posarse ante Anukis.
—Anukis es el primero de los Khimeras, el más anciano —le
explicó Eros—. Reside en este lago, bajo la isla, y es el revelador de
almas. Él no permitirá que ningún secreto o intención oculta
permanezca inmanifestada. Tú tienes la llave de la puerta de Isla
Del n. Posiblemente tengas la llave de otras muchas que no te
imaginas —volvió a colocarla de rodillas y esperó a que Chaos
hiciera lo mismo con Idún—. Pero no vamos a dejarte llegar hasta la
puerta sin que antes sepas quién te ha acompañado todo este
tiempo.
Anukis se acercó a ellos y posó sus manos sobre sus cabezas.
Idún miró a Nina con muchísima preocupación y ella le de-
volvió el gesto angustiada.
—¿Idún? ¿Qué se supone que voy a ver? ¿Quién eres?
Los músculos faciales de Idún se tensaron, igual que los del
cuello y los hombros, pues ponía resistencia al control de Anukis.
Entonces contestó.
—Puede que, después de todo —espetó con rabia—, yo sí sea la
semilla del mal.
Y de repente la presión en sus cráneos se hizo insoportable y
ambos empezaron a convulsionar y a revelar todos sus recuerdos.
Todos sus secretos.
Incluso los enquistados y aquellos que no deseaban volver a
experimentar jamás.
Y mientras ellos veían la mente del otro, en el re ejo del agua del
lago, Eros y Chaos eran testigos de todo lo que contemplaban, como
si se tratara de una película.
Y era un panorama dantesco.
Una hora después
A Nina le dolía el alma. El corazón. La cabeza, de tanto llorar.
No recordaba ni cuándo había empezado. Pero se le ocurrían
muchos momentos.
En una hora, un corto intervalo de tiempo, había vivido lo que
Idún en su larga vida como siren. Un siren que ya no era,
de nitivamente.
Ahora lo sabía todo.
Nadie como él había querido tanto a sus padres. Nadie como él
los había admirado y mimado. Pero él acabó con ellos.
Nadie como él había amado tanto a su tierra ni se había sentido
tan fascinado ni tan protector de ella. Pero fue él quien llevó la
desolación y el nal de su era.
Idún siempre quiso haber tenido un hermano, un amigo, alguien
a quien poder ayudar y querer, porque eso era el Idún puro, el
original: era un defensor de los suyos. Pero cuando ese hermano
llegó, Idún lo rechazó.
Idún quiso amar, quiso creer en el amor siren y convencerse de
que su corazón pertenecía a la Myst, pero la llegada del auténtico
Jinete de los Uróboros provocó una reacción en él tóxica, que no
supo controlar.
Y después de eso vino la traición. El dolor. La pena. La huida. Y
la conversión a lo que era: una lágrima negra cuya oscuridad
infestaba lo que le rodeaba.
Él se había aliado con la Bathory y la Vril solo para dar una
lección a un hermano que no conocía, porque se había atrevido a
destruir la vida que él creía que se merecía en Sirens. Y despertaron
al Indigno…
Y con él llegó el virus y el robo de los cetros. Lo único de lo que
se le podía exculpar era de no saber que llevaba un virus mortal
contra los suyos. Era de lo único que era inocente.
Pero de lo demás, de su odio, su envidia y su traición, era
culpable. Mucho.
No obstante de todo lo que había visto Nina, la muerte de los
sirens era lo que más le afectaba, pero no tanto como saber que Idún
había puesto en peligro a sus añorados Lostsoul. Porque por
sorprendente que fuera, esas personas que habían provocado todo
aquel cúmulo de reacciones en él, eran suyos. Su familia. Y eso la
entristecía y la hacía feliz al mismo tiempo.
Idún y ella estaban conectados por varias personas, pero sus
amigos eran la principal.
Evia seguía viva. Su Evia, su hermana, tal y como ella siempre
pensó, vivía en otro lugar. En su verdadero mundo.
Ethan, su hermano mayor, era el hermano de Idún. Ethan y Evia
eran a su vez los niños robados de Sirens. Una broma del destino.
Una locura.
Pero Idún los había matado a todos. Idún había acabado con ellos
por culpa de ese virus y le había arrebatado la oportunidad de
volverlos a ver.
El lágrima negra los había contagiado. Y, por tanto, ellos estarían
muertos. Esos eran a los únicos tres que había visto en los recuerdos
de Idún. Ni rastro de Lex o de Sin.
Pero sí los vio a ellos. Y el corazón de Nina lloraba sin remedio,
porque el hombre en el que ella había creído, su Starman arisco y
complicado, era un traidor, un asesino y un indeseable. Y solo sentía
asco. Y también mucha pena.
Cuando abrió los ojos por n, era presa de cientos de emociones.
Ninguna bondadosa. Todas tenían su estela de odio y de dolor. Y de
repulsa.
Anukis parecía igual de afectado que ella, así que retiró las
manos de las cabezas de ambos y con lágrimas en los ojos, se volvió
a hundir en el agua, para desaparecer.
El anciano khimera, que habría contemplado miles de recuerdos
impronunciables, se alejó de ahí con el peso de haber visto a una
civilización antigua aniquilada por un hombre que acababa de tocar
y que seguía vivo.
Nina sentía el dolor de Idún. ¿Sentiría Idún el suyo? ¿Sentiría su
humillación por haberse acostado con él y por sentir lo que sentía?
Permanecía de rodillas en el suelo, con los ojos cerrados y las
mejillas repletas de lágrimas.
Eros y Chaos lucían desolados por todo lo que acaban de ver. A
ellos también les dolía la muerte de los sirens y el modo en que
murieron.
Se levantó renqueante, con las manos apoyadas en los muslos. Y
entonces miró con toda la inquina que sentía al culpable de su
desdicha y su dolor.
En silencio, como una justiciera agotada, lo juzgó desde su
posición. Como una víctima más de sus fechorías.
Y lo odió. Lo odió como nunca había odiado a nadie.
L
a mente de Nina era abierta. Extrovertida. Y se daba a
todo tipo de posibilidades. Pero nunca imaginó que ella,
entre todos los habitantes de la tierra, fuera a encontrarse
con un aniquilador de mundos. Podría haber tenido un
avistamiento, un contacto con un ser de otro planeta, un tesoro
oculto que con rmara la existencia de otras civilizaciones antes que
la humana o incluso los clavos de Cristo y el Santo Grial. Sí, ella
podría haber encontrado todas esas cosas. Porque creía en ello. pero
nunca imaginó dar con un ser como Idún, que representaba todo lo
que ella odiaba, en una especie y en otra.
Descubrir lo que era el lágrima negra la hirió más que la
despedida de Evia. Porque en Evia todavía podía creer, ella siempre
había sentido que seguía viva.
Pero ya no podía creer en Idún. Y durante unos días, él, a pesar
de ser un borde y un desalmado en ocasiones, mantenía su sueño
vivo. Él representaba ese sueño, el de contactar con alguien superior,
pero bueno. Idún, con sus mentiras y sus actos, había pisoteado su fe
y su benevolencia. Como cuando una niña crecía creyendo en
principes azules y luego se llevaba el jarro de agua fría y la gran
torta al comprobar que la gran mayoría eran sapos.
Así se rompía una ilusión. Tal y como le había mostrado Anukis.
Una entraba en la cabeza del otro y, ahí, donde nada se podía
manipular, salían todos los trapos sucios a la luz.
Y lo peor era que los de Idún estaban manchados de sangre
inocente. Y de la sangre de las personas que más había querido en su
vida.
Ethan y Evia eran sirens. Debería estar sorprendida, pero no lo
estaba, porque para ella, ellos eran de otro mundo, muy distinto a
aquel en el que residían. Donde unos veían capacidades, ella veía
dones. Donde uno veía una consecuencia, ella veía magia.
Lo que le sorprendía de verdad era que un ser bueno como Idún
se dejara corroer por Graen.
Eso era inconcebible. El bien debía abrazarse y respetarse. La
deslealtad era lo más intolerable para Nina. Mientras recorría la
gruta corriendo detrás de Eros y Chaos, las lágrimas se le caían de
los ojos. Había sido todo tan duro de ver.
Tan inexplicable… Y todavía tenía la imagen de Ethan y Evia en
el interior de Sirens. Juntos. Y sentía la rabia de Idún al verlos. Y eso
le hacía más daño, y no entendía por qué. Idún había estado celoso
de Ethan, porque él volvía para quitarle su trono, sin esfuerzo y sin
o cio ni bene cio, excepto el de ser un niño robado, y pretendía
arrebatarle a Evia.
Y eso no lo toleró. Porque Idún quería a Evia. ¿La quería? ¿Y de
qué le extrañaba?
Evia era el ser más adorable y bueno del universo. Era preciosa y
etérea. Todo el mundo la adoraba. E Idún no fue invulnerable a sus
efectos.
Pensaba que iban a salir a la montaña escarpada, pero no. Nina se
dio cuenta de que habían entrado de nuevo a la casa, por una puerta
que se suponía que había en la pared. Pero cuando ella se giró para
contemplarla, ahí no encontró nada. Solo pared. Pared repleta de
azulejos.
—Os vais a quedar de piedra —dijo Lea llevándolos hasta la
terraza exterior. Los tres seguían las zancadas de la bailarina cuyo
vestido amarillo ondeaba con gracia alrededor de sus esbeltas
piernas—. Es alucinante.
Nina alzó la vista para abrir la boca de par en par y ver,
embobada, como un Uróboros como los de Sirens, extendía sus alas
apoyándose en la barandilla de piedra de la terraza.
Y montado sobre el Uróboros, con una rubia agarrada a su
cintura que inmediatamente identi có a través de los recuerdos de
Idún, estaba Ethan.
Ethan.
Su Ethan.
Con la Vril, con Cora tras él, mirándola con curiosidad. Su
mariposa gigante agitaba las alas y como decía el dicho «el aleteo de
una mariposa puede provocar un maremoto en la otra parte del
mundo», el mar nocturno, más bravo que nunca, se agitó salvaje.
Nina se tomó su tiempo para asegurarse de que lo que veía era
real y no fruto del trauma que llevaba encima. No había podido
dejar de llorar desde que salió de la gruta.
Así que cuando Ethan bajó del Uróboros de un salto y Cora fue
tras él, su llanto se descontroló tanto que incluso Arthur, que tocaba
al Uróboros con su fascinación de niño, se emocionó igual.
—¿Quién es él? ¿Es un siren? —se preguntó Eros—. ¿No habían
muerto todos?
—Aparta, hermano —le dijo Arthur a Eros, que seguía
impresionado—. Deja que el siren vea a la portadora.
Ethan frunció el ceño y clavó sus ojos plateados con un fondo
violeta en Nina.
Ella temblaba incrédula y superada por los acontecimientos. Y a
Ethan, en cuanto la reconoció, todo lo que tenía en mente, cualquier
tipo de estructura y de coherencia, se le esfumó como un sueño entre
los dedos.
Arrastró los pies, como si no tuviera fuerzas para llegar hasta
ella, y se detuvo ante la joven y espléndida morena llorosa cuyos
ojos negros siempre serían los de una niña que adoraba el chocolate
y los dulces. Su Nina.
—¿Nina? —su voz se rompió—. ¿Eres tú? ¿De verdad eres tú?
—¿Ethan? —Nina se cubrió la boca con una mano, consternada y
con una llorera considerable, dio un paso adelante, le echó los brazos
al cuello y se dejó abrazar por aquel que consideró siempre su
hermano mayor. Su hermano del alma—. ¡Ethan! — hundió el rostro
en su hombro y ambos se quedaron abrazados largo rato.
Uno que intentaba compensar los casi doce años que hacía que
no se veían.
L
a expresión de Nina se llenó de preocupación y miedo.
Ella pensaba que le hacía un regalo, no que condenaba a
Ethan. Y, sin embargo, sentía repugnancia por dárselo en
bandeja de ese modo. Porque… ¿en qué la convertía eso? ¿En Poncio
Pilatos?
—¿Crees de verdad que Idún es insalvable? ¿Crees que merece
morir? ¿Crees que a Ethan le hará bien acabar con la vida del único
hermano y la única familia que le queda? —Cora tragó saliva y
adoptó una actitud suplicante—. Nina… tú no eres así. Te afecta la
energía Graen igual que le afecta a Idún, pero puedes sobreponerte.
Sabes que puedes controlarla. Y creo… creo que puedes controlarle a
él.
—¿Qué dices?
—Lo has sentido. Has visto destellos de bondad en su interior…
Sabes lo destruído que está por todo lo sucedido. Pero cree que no
tiene salvación.
Nina se levantó de la hamaca. Se sentía inquieta y nerviosa. Las
palabras de Cora entraban en ella a bocajarro y la despertaban.
Abofeteaban la energía Graen a cascoporro y dejaban que la
comprensión y los sentimientos no intoxicados tomaran partido en
sus decisiones.
—No, no…
—Estás dolida. Estás defraudada. Lo comprendo —aseguró Cora
sujetándola para que no escapara—. Pero si permites que maten a
Idún, no te lo perdonarás jamás. Porque cuando desaparezcan tus
ojos rojos y te sientas de nuevo en tus cabales, cuando sientas de
nuevo la Nina que en realidad eres, no podrás vivir con ese peso
sobre tus hombros.
—Él me ha… —se calló cuando se dio cuenta de que estaba
decidiendo el destino de ese hombre por lo mucho que le dolía que
no fuera el hombre que ella quería que fuera ni el Starman que
siempre soñó. Le había roto las estructuras, y un poco los sueños.
Porque se había enamorado de una Morena. Una serpiente de mar
que daba descargas.
Reconocerlo le daba más miedo que nada. No porque no creyera
en ese tipo de conexiones y de amor fulminante y tan loco que
parecía hasta obsceno. ¡Era una romántica, una soñadora y una
aventurera! ¡Por supuesto que creía en ello! Lo que nunca imaginó
era que le sucediera con un individuo como él.
—Lo sé —Cora posó una mano sobre su hombro y esperó que de
verdad reaccionara—. Sé lo que te pasa. Soñé con Ethan cada noche
de mi vida durante muchísimos años, Nina. Creía que era un
egregor…
—¿Como Ewan?
—¿Eh?
—¿Un escocés? —preguntó sin comprender.
—¿Qué? —frunció el ceño—. ¿Qué? No. Un egregor. No un
McGregor, Nina —Cora ahogó una carcajada. Ahora entendía a qué
se refería Ethan cuando decía que Nina era una persona diferente
con unas salidas fuera de lo común.
—Ah… ya, perdona —Nina cada vez estaba más insegura y
nerviosa.
—Escucha, tranquilízate. Ethan y yo no nos habíamos visto
jamás. ¿Qué probabilidades había de que él fuera real?
—Las mismas de que no lo fuera —dijo con total normalidad.
—Es verdad, que tú crees en muchas cosas… bueno, yo también.
Lo que te quiero decir es que no elegimos quiénes nos gustan ni a
quiénes deseamos. Eso escapa a nuestro entendimiento, porque es
algo físico e incluso cuántico. Es puro caos. En estas cosas, dos más
dos no son cuatro. Porque en caso de que lo fuera, Ethan y Evia
serían pareja. Pero no. Ethan es para mí — sonrió agradecida—. Y
Devil es para Evia —espetó.
—¿Estás insinuando que Idún es para mí?
Cora había percibido algo más que un intercambio físico entre
ellos. Habían enlazado como un dispositivo a un bluetooth. Y daba
un pavor tremendo saber que se podían realizar conexiones de ese
tipo entre almas y sin wi . Pero el mundo era así. La vida era un
misterio y cada día sucedían cosas fascinantes. Algunas asustaban,
otras la dejaban a una desnuda y sobrecogida.
Como las relaciones entre los sirens.
—Eso solo lo puedes saber tú. Idún se equivocó en sus
decisiones. Y sus consecuencias han sido nefastas y altamente
destructivas. Pero no es responsable de la peor de todas. Él no mató
a nadie. No mató. Lo usaron. Lo sabes.
Nina asintió y dejó caer la cabeza, como si se rindiera a la
evidencia y al sentido común.
Era verdad. Ella solo lo había visto matar a esos seres gelatinosos,
a los pieles frías. No había presenciado nada violento ni
desagradable de Idún contra otras especies. No contra los humanos.
Le gustaba amenazar, pero ella siempre había estado ahí para calmar
los ánimos. ¿Tendría razón Cora? ¿Acaso ella podía serenar esa parte
oscura de Idún?
Fuera como fuese no con aba en él.
—¿Por qué debería salvarlo?
—Porque tú no eres Graen. No eres una asesina. E Ethan
tampoco —sentenció muy seria.
—¿Y qué ganaríamos con él vivo? ¿Descon ar? ¿Temer? Esperar
a que vuelva a jugárnosla… Yo no he vivido lo que vosotros por su
culpa, Cora. ¿Debo hacerme responsable de lo que pueda volver a
hacer?
Cuando volvió a alzar la mirada a Cora, sus ojos volvían a ser
negros. Aunque ya no tenían ese brillo inocente y aniñado. Era como
si hubiera crecido de golpe.
La Vril negó con la cabeza y esperó que Nina comprendiera lo
que ella ya intuía.
—Solo me ha bastado leer a Idún en tu cabeza, portadora, para
comprender que si Idún pudiera manipular el tiempo, iría al pasado
para enmendar sus errores.
—¿Por qué estás tan segura?
—Por lo mismo por lo que tú lo estás. Su dolor es físico. No
puede escapar de él. Seguramente nunca lo logre. Sé que soy egoísta
por intentar hacerte ver que el lágrima negra merece vivir. Pero no
solo lo hago por él. Lo hago por ti y por Ethan. Matarlo acabaría con
vosotros. Y con el tiempo, acabaría contigo. No tienes ni idea de lo
que es conectar con uno como él. Ni te imaginas lo que pasa en su
ausencia. Y espero que no lo experimentes jamás.
—Hablas como si Idún y yo…
—Puede ser que sí —Cora se encogió de hombros—. O puede ser
que no. Dependerá de ti. De tu capacidad para aceptar su oscuridad
y asumir que no es perfecto. Como no lo somos ninguno de nosotros.
Si haces de verdugo indirecto demostrarás que no eres mejor que él.
E Idún no necesita eso. Necesita, precisamente, demostraciones y
actos de compasión y misericordia. Debe empezar a recordar quién
fue.
Nina cerró los ojos lentamente, absorbiendo cada palabra de la
Vril.
¿Debía arriesgarse? ¿Debía dar un paso al frente y contra todo
pronóstico perdonar al lágrima negra? ¿Debía permitir que ese lazo
que ellos dos mantenían, por extraño e inaudito que fuera, se
mantuviera rme? ¿Por qué? ¿Con qué motivo?
—Tienes razón —dijo sin más. No podía soportar la idea de
permitir la tortura y la muerte. No eran la inquisición.
Cora echó la cabeza hacia atrás y exhaló como si le hubieran
sacado un peso de encima.
—Gracias. Gracias para siempre —la abrazó con fuerza.
Nina recibió aquella acogida como un sedante. No sabía que lo
necesitaba tanto. Le devolvió el gesto, y después de unos segundos
se separaron.
—Eres perfecta. Para Ethan, me re ero —reconoció dibujando
una leve sonrisa en sus labios.
—No. Tú eres perfecta para ellos. Te necesitan mucho, Nina
—la emocionó ver cómo la morena se acongojaba—. Date prisa
—le rogó Cora. Ya sabía que Nina iba a tomar la decisión correcta
—. Ethan y yo estamos conectados. No me deja hablarle, pero creo
que a Idún le queda poco.
—Sí. Voy.
Nina parpadeó asustada. Apretó los dientes y empezó a correr
alejándose de ella.
Cora se sentó en la hamaca y entrelazó sus dedos, rezando para
que Nina llegara a tiempo.
Arthur, que había estado oculto todo ese tiempo detrás de un
árbol, se apartó de su escondite, y corrió a sentarse al lado de Cora.
El niño parecía satisfecho pero pensativo.
La Vril le miró los pies embutidos en esas zapatillas de tiras
marrones, las pequeñas rodillas con arañazos y la piel tan morena
curtida por el sol. Era un khimera de ocho años, diminuto para su
edad. Uno con un don demasiado poderoso para alguien tan
pequeño. Debería estar durmiendo porque ya era de madrugada, y
en vez de descansar, estaba pendiente de todo lo que advenía en la
isla. Como una lechuza. Un guardián, sin duda.
—¿Crees que lo salvará? —preguntó Arthur. Cora hizo un
mohín.
—Lo va a intentar —miró al crío de soslayo—. Yo espero que lo
salve. ¿Tú sabes lo que va a pasar?
Arthur negó con la cabeza.
—No. Pero sí sé lo que quiero que pase. Por eso hay que
ayudarles. Porque si les ayudamos, tendremos más oportunidades.
—¿Quiénes?
—Todos. Los sirens, los merlianos, los khimeras… los humanos.
Todos.
Cora sabía que él era distinto a Eros, Chaos y Lea. No era como
ellos. Y aun así era un khimera.
—Por eso te he pedido que fueras a hablar con ella —continuó
Arthur—. Tú podías ver a Idún en su cabeza. Y podías sentirla a ella
—se frotó los ojos dorados y chutó una piedrecita del suelo—.
Necesitaba que alguien más viera lo que yo veo para convencer a
Nina.
La Vril se preguntaba qué era exactamente lo que veía Arthur
sobre el futuro. ¿Probabilidades? ¿Valoraba qué opciones tenían más
números para salir?
—¿Qué es lo que ves, pequeño?
El crío se pasó la mano por el lado de la cabeza afeitada, como
hacía Idún, y jó su mirada en el mar.
—Veo que un «no» si es por un bien, puede cambiarlo todo
—sonrió y enseñó sus dientes blancos y separados. Alguno
todavía de leche—. Y quiero que Idún me enseñe a luchar.
I started my life
when you knocked on the door.
Found something inside
Empecé a vivir
Cuando golpeaste a mi puerta.
Encontré algo en mi interior
Que no me atreví a ignorar.
Ahora creo en ores en la luna,
Nadaré junto a la marea dorada.
I hardly breathed
My heart was asleep
Salvation
E
n caso de que dos personas estuvieran conectadas y
tuvieran un vínculo irrompible entre ellas, ¿cuánto podían
llegar a conocerse dos almas humanas? ¿Cuánto? ¿Se lo
contarían todo? ¿Tendrían secretos? ¿Máscaras? Con esos seres,
como Idún, la ocultación era imposible. Porque ella veía todo lo que
había sido, y él lo había visto de ella.
A sus amigos, al orfanato, a los Lostsoul, a su academia, al
profesor y a todos esos ligues que había tenido, intrascendentes e
insigni cantes.
Aquel era el rasgo más increíble y más especial de tener sexo con
un lágrima negra. Nina debía asumir que él entraría en su cabeza
cuando le diera la gana, siempre que intimaran, y él debía aceptar lo
mismo.
Por ese motivo, conocía a Idún cada vez mejor. Por eso entendía
al tótem de su leyenda, porque era como él. Escurridizo,
atemorizante y si lo tocabas, te electrocutaba. A sus ores, dedaleras
acampanadas de un intenso color rosa, aunque ahora fueran negras
y cuya toxina podía acelerar el ritmo cardiaco. Como él. Altamente
tóxico para ella, le había revolucionado los latidos de su corazón.
Entendía el rostro de sus padres en negativo en su hombro y aquella
nana, la melodía de su alma que aún no atinaba a saber leer. Y ella
quería aprenderla.
Los recuerdos de Sirens de Idún eran poderosos y estaban
grabados en su memoria, aunque luchara por no recordarlos.
Nina se encontraba tumbada encima de él, con la mejilla pegada
a su pecho. Idún tenía la mirada perdida en las puertas abiertas del
balcón, y a lo lejos, podía ver el horizonte del mar. Quedaba poco
para que empezara a amanecer.
Se habían agotado hasta vaciarse. No podían darse más placer ni
más orgasmos sin morir en el proceso.
Y Nina no quería morir, al igual que él. Ambos tenían cosas que
hacer. Muy importantes. Trascendentales.
—Eres una mujer marcada por las señales, Nina —dijo Idún
de repente—. De pequeña, recién nacida, ya te perseguía el Tyet.
La profecía sobre ti era real, pero el primero que introdujo la llave de
Isis a tu vida no fue el profesor Spencer —le acariciaba la nuca con
los dedos.
Ella lo escuchó pacientemente hasta que, pasados unos segundos
contestó.
—¿A qué te re eres?
Él movió la cabeza para admirar su adorable per l.
—La familia de circenses de la que venías.
—¿Los que me abandonaron?
—No te abandonaron —contestó con honestidad—. Te mentí.
Ella sonrió y hundió la nariz en su plexo.
—Lo sabía. Eres malo y cruel. Te gusta herir gratuitamente.
—Solo estaba… disgustado —se avergonzaba de haberle dicho
algo tan hiriente—. Tenía ganas de molestarte. Discúlpame.
No tenía más remedio. Lo perdonaría aunque esperaba que no lo
hiciera más.
—¿Y entonces? ¿Tienes mis recuerdos? ¿Qué pasó?
—No sé dónde se originó el fuego. Pero tú mirabas a todas partes
asustada, y tus ojos enfocaron la parte superior de tu cunita de
madera. En ella había un Tyet dibujado. La cuna era dorada y roja.
Igual que el interior del habitáculo. El espectáculo circense que
realizaban se basaba en el antiguo Egipto. Todo estaba decorado con
ese estilo. Las carrozas, los cercos, las carpas…
—pensó recordando lo que Nina veía desde su carroza—. Tu
cuna tenía el Tyet. Ya estabas marcada por ese símbolo. Eras la
Portadora nada más nacer, aunque no lo comprendieras hasta al
cabo de unos cuantos años. Cuando el fuego arrasó, la única carroza
que no ardió fue la tuya. Como si estuvieras protegida.
—¿Crees que estaba protegida?
—El Tyet es antiguo y poderoso, Nina. Es un protector. Creo que
otras fuerzas que nunca viste te han estado protegiendo desde
siempre.
Oír aquello de su boca la satis zo. Porque ella siempre creyó lo
mismo.
—Sé que me encontraron entre las ruinas del incendio. Pero
no sabía nada más. No lo sabía. No tenía ni idea —murmuró ella
apenada—. No recuerdo nada de eso. Me dijeron que no hubo
supervivientes. Fue una tragedia.
—Eras muy bebé. Tu mente lo grabó pero tú no tenías capacidad
para memorizar conscientemente —alargó la caricia hasta el centro
de sus omoplatos—. Posiblemente muchos verían una casualidad en
la simbología que te perseguía. Pero no lo era. Estabas marcada —
tomó su antebrazo y lo levantó para besar su llave de Isis.
Ella se derretía ante un Idún tan atento y cariñoso.
—¿Qué más has visto, Idún? —lo retó a que hablara de lo más
importante. Si él era capaz de hablar de ello, podría afrontar mejor lo
que estaba por venir.
Idún apoyó la cabeza en el cabezal, concentrado en seguir
tocando la piel de Nina. Y nalmente contestó:
—Te he visto con humanos que no te llegan ni a la suela de los
zapatos. ¿Por qué ibas a querer estar con ellos? Aquella observación
la dejó con la boca abierta.
—No todos los hombres son como tú. En tu tierra hueca ha-
béis hecho un pacto con la genética y la sionomía. En mi tierra
hay libre albedrío para ser feo, desaliñado, gordo, delgado, alto,
bajito, desdentado, dentón, con pelo y sin pelo… no todos son
especímenes explosivos como tú o como tu hermano Ethan — se
defendió—. Los que son guapos se lo creen demasiado. La mayoría
de hombres con conversación inteligente no son atractivos. Al nal,
nos acabamos jando en otras cosas y nos quedamos con lo más
aceptable. “Es mono”, decimos. Y entonces, ya es su ciente para ir a
la cama —se encogió de hombros. Ahora le parecía que no se había
hecho valer. Que había aceptado cualquier cosa. Después de Idún,
todo sería cualquier cosa. Le había arruinado la vida sexual.
—Tú eres una humana muy bonita, Nina. Esos hombres con los
que has estado… han tenido la suerte de su vida por poder tocar a
alguien como tú. Pero ya no lo volverán a hacer. Tranquila. Ya no
tendrán más caridad. Te protegeré de ellos —Idún se estiró a su lado
y pegó su pecho a su espalda, para abrazarla por detrás.
Ella lo miró por encima del hombro. Idún sonreía aunque solo
mostrara sus ojos divertidos y provocadores. Era fascinante
descubrir que tenía sentido del humor.
—¿Quieres que hablemos de ligues?
—¿Ligues?
—Sí. Tú también has estado con otras… mujeres.
—Hembras. Sí.
—Tampoco te he visto muy selecto…
—Son de otras razas.
—Ah… ¿y todas tienen lo mismo? ¿Son biológicamente como yo?
Los sirens sí sois como los humanos en ese aspecto. Pero las demás
especies… Los del Cielo, los de la Tierra de Hielo y Fuego, los que
ocupan los acantilados de ftot…
—Los humanos y los sirens tenemos las mismas genis biológicas,
pero nuestro ADN es sustancialmente distinto, por eso nosotros
hacemos cosas que vosotros no sois capaces de hacer. Tenemos
dones, somos longevos y podemos jugar con la gravedad. Pero hay
otras especies…
—Te estás enrollando. Mira, yo he visto cosas en tus recuerdos
que me han recordado a los aliens que salían en Eclipse Total… muy
random —señaló un tanto azorada—. Mujeres de piel azul como en
Avatar, otras con orejas puntiagudas y rabo… algunas con tres
pechos. O sea tres —alzó tres dedos—. Solo se me ocurre tener tres
pechos si hay personas con tres cabezas. A cabeza por teta saldrían y
entonces tendría sentido.
Divagaba. Y cuando se ponía a divagar Idún podría escucharla
durante horas porque nadie hablaba tan rápido como ella. Ni era tan
entretenida.
—Tú ya has visto lo que he hecho, pequeña humana.
—Lo he visto muy por encima —lo miró de soslayo. Sus ojos
rojos, los de ambos, brillaban en la habitación como los de dos
animales salvajes—. Le he dado a pasar rápido.
—Si te sirve de consuelo, im naamuj, tú eres mi favorita. Ella no
quería hacerse ilusiones. Pero se las hacía. Idún la lla-
maba «humana mía» y ella era bastante pro del movimiento
feminista. Pero que un tipo como Idún le dijera eso en su idioma y
medio ronroneando, la verdad es que la calentaba. No le parecía
nada malo. Ni ofensivo. Era como una taza de chocolate caliente. Y
se la quería tomar ya.
Se dio la vuelta y se abrazó a él hasta quedar medio tumbada
sobre su cuerpo, de nuevo con la oreja pegada a su corazón.
—¿Y qué tienes que decir de Ethan?
Él dejó ir el aire por la boca. ¿Qué tenía que decir de su hermano?
Pues la verdad. Que estaba equivocado con él. Que erró. Que fue un
descon ado y que ojalá le hubiera dado la oportunidad que merecía.
Que se merecían los dos. Porque a través de los ojos de Nina lo veía
como un buen hombre, un gran protector y un excelente líder.
Justamente todo lo que él intentó ser y no logró.
—Que no hay nadie mejor que él para ser el Jinete de los
Uróboros. Que los sirens merecen un líder así. Y que morir en sus
manos era lo justo y no era el peor nal que me merecía.
Y cuando él contestaba de esa manera, con la franqueza y la
verdad en sus palabras, Nina se quedaba sin argumentos para
desenamorarse. Quería sujetar a su corazón y decirle que todo iba a
salir bien. Pero ya no las tenía todas consigo.
—Me gustaría que intentarais limar asperezas.
—Por mi culpa ha muerto casi toda mi especie, Nina —contestó
agotado de dar explicaciones—. No hay asperezas. Es un abismo. Es
el peor acto de traición y debo asumirlo. Posiblemente él y yo nunca
tengamos siquiera una relación cordial. Ni con él ni con Evia ni…
—Eso nunca se sabe. Tal vez esté esperando un gesto para
empezar a con ar. Y podría llegar antes de lo esperado. Incluso
antes de salir de esta isla.
—¿De qué hablas?
—Tenemos que vestirnos en un rato para ir a buscar el cetro en
las grutas que hay debajo de la isla. Ethan cree que como es un siren
le pediré a él que me acompañe. Pero yo quiero que seas tú el que
vengas conmigo y entre a la cámara secreta de los Khimeras.
Idún cerró los ojos y negó con la cabeza.
—No sabes lo que haces. No he dejado de ser Graen, Nina.
Mírame —le ordenó.
—Yo también lo soy, ¿recuerdas? Gracias a ti. Esto que llevo en
los ojos no son lentillas, es tu contagio de oscuridad y malas pulgas y
ahora yo también tengo un poco. Pero no me voy a dejar llevar por
ella. Ni permitiré que te lleve. Confío en ti. Quiero creer en ti.
—Y yo no quiero decepcionarte.
—Entonces, no lo hagas.
—Nina… no sé cómo —no sabía cómo decirle que no estaba
hecho para eso. Ni para el amor ni para que nadie lo soportara. Esa
humana se hacía ilusiones y…
—Idún. Solo inténtalo, por favor. Hazlo para que recuerdes
cómo se siente uno haciendo lo correcto. Creo que Graen es como
una enfermedad, y que si se combate puede remitir… Acompáñame,
entraré contigo a las grutas, cogeremos el cetro y se lo entregarás en
mano a Ethan, como gesto de buena voluntad. Lo harás ante Eros, él
será testigo. Los khimeras y los sirens tienen que empezar a creer en
ti.
—¿Sabes lo que soy y todavía crees que puedo coger un cetro
y no entregárselo a Azaro? —La miró incrédulo, como si ella
fuera más de lo que esperaba.
—Ya no sé ni lo que creo, Idún. Pero tendrás que demostrármelo
tú. Ahora eres un renegado. No estás con Graen, aunque te posee. Y
no estás con los sirens, aunque todavía lo eres. Estás en tierra de
nadie. Solo tú puedes de nirte. Vente a mi tierra y haz lo correcto —
agarró su barbilla con dos dedos y lo besó en la boca—. Y después,
juntos, averigüemos qué somos y qué debemos hacer. Y tratemos de
impedir que Azaro resucite a los demás Indignos e iremos en busca
del resto de nuestros amigos. Y…
Mierda. Quería el nal feliz, pensó Idún. La película romántica.
No sabía dónde estaba metida aún. ¿Ese era su plan con él? Se iba a
decepcionar rápido. Aunque era bonito imaginárselo y soñar que
podía vivir esa vida. Que se la merecía. Y que quería que Nina
estuviera con él.
—Yo no tengo amigos, Nina —La cortó impresionado por su
energía—. Ya no. Los maté a todos.
—Bueno, ya trataremos eso en otro momento… —repuso
nerviosa—. Pero ¿lo vas a intentar? ¿Vas a intentar ayudarnos y
hacerme caso?
Idún se colocó encima de ella, entre sus piernas y acomodó su
sexo contra el de Nina, pero sin penetrarla. Quería hacerla callar y
que ambos se entregaran de nuevo a lo que mejor sabían hacer
juntos. Follar.
—Lo voy a intentar. Voy a intentar cambiar mis objetivos,
aunque me quemen internamente por cumplirlos a mi manera. Nina
sacudió la cabeza y se cubrió los ojos con el antebrazo.
—Eres muy difícil.
—Soy un lágrima negra —contestó dejando caer su boca contra la
de ella—. Fáciles no podemos ser.
No, por supuesto que no.
No era fácil estar con Idún. No era fácil defenderlo. Pero
empezaba a intuir que lo verdaderamente difícil era estar sin él.
Y eso la asustaba muchísimo.
Más de lo que nunca hubiera esperado.
Helicóptero Bathory
Costa amal tana
Sorcha había cogido un vuelo esa misma tarde. Tenía las
instrucciones claras y concisas de lo que tenía que hacer. Pero
cuando se disponía a hacer lo que requería, se encontró con algo que
le imposibilitaba cumplir con las órdenes recibidas. Y aunque mamá
le había pedido que no la llamara para molestarle, debía hacerlo.
—Sorcha —dijo la voz de Lillith al otro lado—. Te he dicho que
no me molestaras. Estamos recogiendo y nos vamos a ir ya.
—Ah… ¿ya te vas? ¿Adónde?
—A Eslovaquia. Te dejo a cargo del Rancho. Ya sabes todo lo que
tienes que hacer. Llegaré en un par de días, seguramente.
Así llamaban a los laboratorios donde experimentaban con ellos
y con otros individuos: el Rancho.
—Pero… ¿Te vas con él y con Sisé?
—Sí. Con los dos.
—Eso es que habéis encontrado ya lo que buscabais —supuso
Sorcha mirando hacia abajo. El mar oscuro y calmo todavía poseía
los re ejos de la luna. Aunque no por demasiado tiempo. Su madre
siempre le contaba las cosas a medias, y eso no le gustaba.
—Eso creemos. Habla. Para qué me llamabas. Y date prisa.
—Es por lo que se supone que tengo que hacer aquí —miró al
interior del helicóptero de carga militar. Había cincuenta Edérlys
preparados para actuar—. Estoy sobre el punto de coordenadas que
me diste. Sobre la supuesta isla. La Sireneuse.
—Sí. ¿Y qué pasa?
—Que no hay isla.
La línea se silenció. Sorcha podía imaginarse a Lillith perdiendo
la paciencia. Dirigiría una mirada de aburrrimiento a Sisé y otra más
sesgada a Azaro.
—¿Cómo que no hay isla?
—No. Hay. Isla.
—Como me vuelvas a hablar así otra vez, haciéndome pausas
como si fuera gilipollas, cuando te vea en los laboratorios, te
despellejo —la amenazó rotundamente—. ¿Me has oído? Además,
hay que acabar de probar la terapia génica de la cicatrización. La
probaré contigo, ¿te parece?
Se le enfrió la piel al oír aquello.
Sorcha odiaba ese tono. Ella siempre se había esforzado por
agradarla. Pero nunca hacía las cosas a gusto de su madre. Al nal,
siempre encontraba un motivo por el que darle una paliza y
castigarla.
—Discúlpate —le ordenó Bathory.
Sorcha tragó saliva con rabia. No soportaba bajarse los
pantalones así.
—Lo siento.
—¿Qué más?
—Lo siento, madre.
—Ahora haz lo que te dije. La isla está en ese punto. Sisé va a
preparar a los Erdélys para que salten cuando tú digas y estén sobre
el punto exacto.
—Pero aquí no hay nada —refutó Sorcha.
—¡Si lo hay te digo! —exclamó—. ¡Haz lo que te he ordenado de
una vez! Sisé controlará a los Erdélys para que sigan sus
instrucciones.
Ella esperó a que el radar del helicóptero detectara la isla. Pero no
vio que re ejara nada. Los pilotos hacían negaciones con la cabeza,
tan contrariados como ella.
Sorcha no iba a decirle nada más a Lillith. La obedecería y punto,
y si los Erdélys reventaban contra el mar, que lo hicieran. Total, no
eran humanos.
—De acuerdo. Cuando estemos encima de ella procederemos
al descenso.
—Bien. Sorcha. Buen trabajo. Ah… otra cosa.
—¿Qué?
—¿Cómo evoluciona el tartamudo?
Sorcha esperó unos segundo para contestarle, porque le gustaba
hacerla esperar.
—Bien.
—¿Has notado cambios en él?
—Sí.
—Bien, cuando regreses al rancho pídele a Clarence que prepare
las nuevas inyecciones. Es el tratamiento nal. Se la pondrás tú.
—¿Más?
—¿Cómo que más? ¿Qué te importará a ti lo que le metamos a
ese?
—Nada.
—No te encariñes, Sorcha. Ya sabes lo que les hago a aquellos que
intentas cubrir…
Sorcha apretó la mandíbula con fuerza. Sus ojos almendrados y
grandes se perdieron en el horizonte.
—No lo hago. Hago todo lo que me pides.
—Deja de intentar proteger a los que llevo a los laboratorios,
maldita traidora. Todos acabarán como tú. Mami sabe muy bien
cómo tiene que trataros.
—Claro —contestó sin alma.
Ella desconocía cuáles eran esos planes y esos cambios que
anunciaba su madre. Pero siempre que decía algo lo cumplía.
—Quiero que te encargues tú. Y que seas tú quien pruebe con los
niños del Rancho el tratamiento que le has inyectado al Lostsoul.
¿Me oyes, estúpida?
—Sí.
—Bien. Te llamaré cuando esté de vuelta. Y no me enfades más.
—¿Se puede saber qué vas a hacer a Eslovaquia?
Otro silencio más.
—Por supuesto que no. No te importa. Obedece las órdenes y
envía a los Erdélys a la isla. Los pieles frías de Azaro han fracasado.
Vamos a ver si nosotras tenemos más suerte con mis inservibles y
débiles clones —estaba claro que lo decía con sarcasmo y acidez y
que Azaro estaba presente, dado que intentaba pasarle por la cara su
malogrado plan en la Isla Delfín.
Lillith colgó sin despedirse ni decirle adiós.
Era tan cariñosa que la agobiaba, pensó Sorcha con ironía. Pero
era la única que había conocido.
No podía compararla con nada ni con nadie.
—Avisadme cuando estemos justo sobre las coordenadas exactas
—pidió Sorcha a los dos pilotos—. Tenemos que dejar caer a estos,
haya tierra o no.
—Pero…
—No hay pero que valga. Son las órdenes —volvió a mirar hacia
abajo—. Y debo obedecerlas.
Por la cuenta que le traía, era lo mejor que podía hacer. Lillith
ordenaba. Ella ejecutaba.
Como siempre, desde que tenía cinco años.
Isla Delfín
Villa Grande
Nina e Idún se habían duchado juntos.
La cama era un despropósito atroz de sangre, sudor y sexo. Pero
a ninguno le había importado, porque el candor del momento había
sido arrollador.
El cabecero del hermoso y principesco catre había machacado la
pared de azulejos árabes hasta provocar profundos boquetes.
Idún tenía una fuerza bruta descomunal y a ella no le había
importado que fuera rudo, porque lo que tenía de rudo lo tenía de
intenso, y la sacudía emocionalmente. Jamás experimentó ese tipo de
afectación por otro hombre. Y le encantaba.
Hicieron caso de Chaos y tomaron ropa nueva de los armarios.
Era como si en esa Villa, los armarios roperos tuvieran ropas con el
tallaje exacto para sus invitados.
Una maravilla mágica, supuso Nina.
Como fuera, se vistieron. Ella con una falda elástica negra y
estrecha, y una camiseta de manga larga y holgada, con mangas
abombadas y escote. Se puso las mismas Marten´s, porque
sencillamente eran lo más cómodo para ella.
Esta vez se dejó el pelo largo suelto, y lo sujetó con una diadema
na plateada que había en el tocador.
Y se sentó en la silla, mirando ensimismada el modo en que Idún
se ponía la ropa y cómo sus músculos se movían por debajo de su
piel.
Su leggend le gustaba cada vez más. Le parecía sexy, oscura y
cruda, como él era. El modo en que su ropa marcaba todo su cuerpo
de luchador y guerrero la ponía cachonda. Tenía ganas de reír,
porque en sus casi veintidós años, ningún hombre había despertado
esa parte tan sensual y primaria en ella. Y ahora entendía el por qué:
porque Nina no era de humanos. Era más de sirens y lágrimas
negras. De ese tipo de sexo místico que le cambiaba a una el Norte.
—¿De qué te ríes? ¿Por qué me miras así? —preguntó él cuando
se subía la cremallera del pantalón.
—De nada.
—No es verdad. Al salir de la ducha tenías los ojos negros. Y
ahora los vuelves a tener rojos.
Ella se encogió de hombros y se levantó del sillón orejero para
acercarse a él y quitarle una pelusa inexistente de su camiseta negra
de manga corta que hacía que sus bíceps parecieran prominentes.
Porque lo eran. Lo tocó, porque necesitaba una excusa para hacerlo.
Idún iba de negro. Como la energía Graen que habitaba en sus
instintos. Y ningún color le quedaba mejor que ese. Era suyo.
—¿Estás nervioso?
—No. ¿Por qué iba a estarlo?
—Porque vas a enfrentarte a Ethan y a Eros, sin puñetazos ni
amenazas de muerte de por medio —tuvo que echar la cabeza hacia
atrás para encararlo bien y leer en sus ojos.
—No estoy aquí para que me crean, Nina. Ni para pelear por mi
inocencia. Porque no lo soy —asumió—. No soy inocente.
—Lo sé. Pero yo estoy queriendo apostar por ti, Idún. Por lo que
sé de ti, por lo que veo… ¿Vas a portarte bien?
—No tengo ánimo de pelear con mi hermano. Acepto lo que
piensa de mí. No voy a enfrentarme a él ni al khimera que me
inmovilizó y permitió que me rajaran hasta casi la muerte —sus ojos
rojos adquirieron un color más furioso. Apretó los puños y los tensó
contra los muslos.
Nina lo advirtió y agarró sus manos.
—Sí, ya veo que lo tienes todo controlado —arguyó irónicamente
preocupada.
—Es solo ira —confesó él—. Solo eso —se obligó a tranquilizarse.
Desde que intimaba con Nina, le era más fácil regular la energía
Graen para que no se lo llevara con él a su terreno.
—¿Me das tu palabra de que harás en todo momento lo mejor
para todos?
—No.
—¿Por qué no, Idún?
—Porque solo haré lo mejor para ti —contestó—. Le doy el cetro
a Ethan por ti, porque si fuera por mí haría otra cosa bien distinta
con él. Confórmate con eso por ahora.
—Lo sé —respiró más tranquila—. Te lo agradezco. Bueno…
¿bajamos? —estaba inquieta. No quería más problemas.
—Sí.
—Vale.
—Eh —Idún la agarró por la camiseta y tiró de ella hasta rodearla
con sus brazos. Entonces le dio un beso profundo y con sello propio.
Ese era su modo de decirle a Nina que la tenía en cuenta, que no
quería hacerle daño con su actitud o sus decisiones.
—¿Y esto?
—Por todo. Gracias. Ella frunció el ceño.
—No me tienes que agradecer nada. Idún la besó otra vez y
añadió:
—No sé cuándo querrás besarme otra vez —susurró—. Ni si
podremos. Por si acaso.
Ella abrió los ojos y se relamió los labios, recogiendo parte de su
sabor. Aquello la dejó sin palabras, y la hizo sentirse bien y valorada.
No estaba todo perdido con Idún y ella se iba a encargar de
demostrárselo a todos.
—Recojamos el cetro rápido. Se lo damos a Ethan, y después,
puede que te dé más besos.
Él dejó caer la cabeza a un lado para aprendérsela de memoria, y
entonces sonrió dócilmente.
—Vamos, entonces —entrelazó sus dedos con los de ella y la guió
hasta salir de la habitación.
Nina no quería ser muy optimista al respecto de los cetros y de la
relación de ella e Idún.
Pero las ilusiones eran así. Y ella se hacía muchas.
22
A
quince minutos de la salida del sol, se habían reunido
en el salón todos los khimeras, la Vril, el Jinete de los
Uróboros, el lágrima negra y Nina.
El ambiente estaba enrarecido.
Ethan miraba descon ado a Idún que no bajaba sus ojos rojos ni
mostraba arrepentimiento. Solo asumía sus actos y acataba cualquier
menosprecio por parte de los demás. Pero él no pediría misericordia.
Porque no era así, no iba con él. No quería que nadie sintiera
a icción por sus miserias personales. Viviría con ellas y punto.
Chaos estaba retirada en una esquina, como si observase el lienzo
desde una perspectiva más general.
Lea sonreía a Nina por haber logrado que Idún no muriese y
haberlo sanado.
Y Arthur… Arthur era el que, sin duda, más cerca estaba de
Idún. Era extraño ver a un niño tan puro y especial, apoyando sin
tapujos al monstruo que tanto mal hizo.
Eros, cruzado de brazos, se apoyaba en el respaldo del Chester de
piel rojiza, pensativo y maquinando algo. Valorando la situación en
todo momento.
Y luego estaba Cora, que sin duda alguna, intentaba leer a todo el
mundo para comprender los ánimos de unos y de otros.
Idún no soltaba la mano de la Portadora. Quería dejar claro a
todos que ella estaba con a su lado, y que si alguien la trataba mal
por la decisión de apoyarle, entonces, rendiría cuentas con él. No iba
a volver a odiar a Ethan como lo hizo cuando todo le estalló en la
cara. ni tenía ánimos de hacer daño a los sirens. No quería vengarse
de ellos ni de los khimeras, y su actitud sería como mínimo, servil.
Pero si alguien chistaba a la portadora, se dejaría llevar por Graen, y
no le sería difícil. Y le daba igual que fuera Ethan o Eros o Cora… se
sentía excesivamente protector de ella como para tolerar que nadie la
hiciera llorar. Y más sabiendo que la humana era sensible y buena.
—¿Y bien, Nina? —preguntó Ethan—. ¿Estás lista?
—Sí —dijo ella.
—Entonces, sigamos a Eros. Él nos dirá cómo llegar a la gruta y…
—Espera, Ethan —Nina lo detuvo—. No he salvado a Idún
porque me dé la gana. Que sí, también —aclaró—, pero no. No
ha sido solo por eso. No puedo explicarte por qué lo siento así, pero
creo en él. Y necesito que vosotros también lo hagáis. Es por eso que
he decidido que…
—Ni hablar —Ethan la cortó antes de tiempo.
Cora fue al rescate y tiró de su muñeca para que se mantuviera
en su lugar, a su lado, y no provocara ningún efecto dominó. La Vril
sentía la energía Graen de Idún. No lo podía leer como ella quería,
porque su oscuridad era predominante en su manera de pensar. Y,
sin embargo, lo que más preponderaba en su cabeza, era Nina.
Protegerla. Dejarla en buen lugar. No decepcionarla. Cora
comprendió que primaba Nina en sus acciones, por eso intentó
calmar a Ethan.
«Deja que hable. Son sus decisiones, Ethan. No tuyas».
—Ethan —Nina alzó la voz y se acercó a él liberándose del
amarre de Idún. Quería a Ethan. verle, sentirle de nuevo tan cerca,
saber que había encontrado el amor al lado de la increíble Cora y
que pertenecía al mundo que ella siempre quiso descubrir, la llenaba
de amor y de consideración hacia el siren. De respeto y también de
admiración por el ser que era. Pero Nina no necesitaba que la
protegieran—. Soy la Portadora —alzó el antebrazo y le mostró el
Tyet—. Yo elijo con quién desciendo a la cámara secreta de los
Khimeras. Yo elijo con quién voy a por el cetro. Y elijo que sea Idún.
—¿Quieres meternos en un lío, renacuaja? —espetó nervioso. Le
hablaba como cuando era una niña.
—¿Renacuaja? —Idún frunció el ceño algo disgustado por ese
apodo.
—No es un insulto —lo tranquilizó ella—. Es un apodo cariñoso.
El lágrima negra se destensó inmediatamente. No permitiría que
nadie la insultara.
—Voy a ir con Idún, te guste o no.
—Es una locura. Es un jodido lágrima negra… sus ojos solo
hablan de La Luz graen. ¿No te das cuenta?
Nina cerró la boca con fuerza, rabiosa. Y solo para dejar las cosas
claras, permitió que esa misma energía escarlata se apoderase de
ella.
—¿Y qué dicen los míos? —lo desa ó mostrándole el cambio en
sus iris—. ¿Sabes lo que es su energía? Yo sí. La siento. Son vísceras,
es sangre, es instinto y primitivo. Son sentimientos primarios.
—Es odio, es venganza, es traición —enumeró Ethan—. Si le das
el cetro a Idún se irá con él.
—¿Y si no se va? ¿Vas a pedirle perdón?
—No.
—Ayer te dije que ya habías hecho pagar a Idún por lo que hizo.
Que todo se debía quedar ahí y que debíais empezar de nuevo. ¿Así
empiezas? Ethan, no soy la niña del orfanato que todos queríais
proteger. Me hace feliz que siga siendo así para ti, pero mírame. Soy
una mujer. Y sé lo que me hago.
El Jinete se echó el largo pelo negro hacia atrás, disconforme con
el discurso de Nina. Y entonces, Arthur hizo algo impensable. Sujetó
la mano de Idún, posicionándose claramente a su lado.
El lágrima negra se tensó al recibir aquella muestra de apoyo y
cariño, y bajó la mirada al pelo blanquecino del crío, que se había
cortado para parecerse a él.
Y la ternura lo barrió por completo, aunque no apartó ni su
oscuridad ni sus decisiones que ya estaban tomadas.
—Ethan —Cora negó con la cabeza al ver al pequeño tan cercano
al lágrima negra—. Debes dejar que ella decida.
El Jinete miró a Nina, después sus ojos que se habían vuelto
púrpuras repasaron a Idún, y más tarde, acabaron en Cora, para
regresar inmediatamente a Idún.
—Si nos traicionas, Idún, a mí no me sorprenderá —espetó Ethan
con frialdad—, pero la defraudarás a ella. Y a él —señaló a Arthur—.
Y te perseguiré para acabar contigo esta vez sí, y no por tu traición,
sino por haberles hecho daño.
Idún alzó el mentón con arrogancia y asumió aquellas palabras,
encajándolas lo mejor que pudo. De repente, se vio re ejado en él. Él
habría adoptado el mismo discurso para proteger a los que quería. Y
supo que no eran distintos. Y se sintió orgulloso de quién era Ethan.
—Ayer no quería ni tu comprensión ni tu misericordia. Hubiera
deseado que le pusieras n a mi suplicio, im noamrey. Pero seguiste
los deseos de Nina. Y ella me salvó. Sigo teniendo oscuridad, sigo
deseando violencia y venganza —sorprendió a todos con su discurso
— pero no puedo demostraros que mis objetivos son otros. Quiero
que os llevéis el cetro para que no lo tengan Azaro y Lillith. Y te doy
mi palabra de que te lo entregaré.
—¿Por qué debería creerte?
—Porque Nina sigue aquí y seguís todos vivos —contestó sin
más—. Siento odio su ciente como para aniquilaros a todos, pero mi
rabia y mi animosidad no van dirigidas a vosotros. Quiero que
Azaro, Lillith y Sisé paguen por lo que me hicieron. Y que paguen
por lo que le hicieron a mi mundo. Quiero que paguen por haber
matado a nuestros padres y a mis amigos. Nunca quise eso para
nosotros. Espero que en eso me creas.
Ethan escuchó el discurso de Idún pacientemente. Como si
valorase si decía la verdad o no.
—Pero encontraré el modo de dar con ellos —juró— y matarlos
con mis propias manos. Eso no va a cambiar.
—Si vuelves a encontrarte con Azaro —lo amenazó Ethan— él
volverá a manipularte como lágrima negra que eres. Potenciará
Graen en tu interior. Y volverá a usarte como cabeza de turco contra
nosotros.
—Tendré que arriesgarme —se encogió de hombros— o nunca
más podré descansar —miró a Nina con tristeza. Le estaba diciendo
la verdad de cómo se sentía. No tendría tranquilidad hasta acabar
con ellos. No podría estar con ella sin acabar con ellos antes.
Y Nina lo entendió perfectamente. Pero no aceptaba que Idún se
enfrentase a ellos solo, porque moriría en su confrontación.
—Pero eso no será hoy —senteció Idún—. Hoy os entregaré el
cetro. Lo juro por el poco honor que me queda.
Eros decidió entonces intervenir, dado que el sol empezaba a
emerger y a iluminar el día y la tierra.
—Ethan, hay que irse ya —le explicó Eros—. ¿Quién va a ser
entonces el que acompañe a la Portadora hasta la cámara?
Ambos se dirigieron una última mirada. Sus facciones eran
parecidas, aunque las de Idún tenían una expresión más oscura y
amenazante.
—Idún —dijo Ethan apartándose y dándole la espalda. Quería
que todo sucediera rápido y dejar de pensar en que se la iba a jugar.
Porque él tampoco se sentía bien dudando de su hermano
continuamente.
—Vamos pues —Eros se adelantó para recorrer la villa y entrar
por el mismo túnel secreto que les llevó a las grutas de Anukis.
Nina respiró tranquila.
Abrazó a Ethan por la espalda y le susurró.
—Gracias, Jinete.
Él se emocionó al recibir la muestra de cariño de su hermana
Nina. Seguía adorñandola como cuando era una cría, y no
aguantaría que nadie la apartara de nuevo de su lado. Tenía que
llevarla a ver a Evia y a Devil, y juntos debían encontrar a Lex y a
Sin… eran demasiadas cosas por hacer para perderla de nuevo. Acto
seguido agarró a Idún de la mano y se lo llevó de allí, siguiendo los
pasos de Eros.
Arthur salió al exterior de la Villa para asomarse a la terraza y
jar su mirada plata en el cielo.
—Ha sido emocionante, chicos —dijo Chaos pendiente de su
móvil—. Pero Lea y yo tenemos que irnos.
La bailarina alzó la cabeza como un perro guardián y curioso y
contestó:
—¿Ah, sí?
—Síp —Chaos se acercó a su hermana como la diva que era y le
mostró la pantalla de su iPhone X. La pelirroja leyó el mensaje y su
gesto, siempre pizpireto y alegre, se tornó oscuro.
—¿De cuándo es esto?
—Ayer noche —contestó Chaos muy seria.
—¿Y han sido ellos? ¿Los del nes? —quiso saber Lea.
—Sí. Tengo la grabación completa. Se ve como lo rodean y lo
traen hasta el muelle… Mi muelle —especi có nerviosa.
—¿Por qué iban a hacer algo así?
—¿Cómo que por qué, tarada? —la mirada de kohl y sombras de
Chaos cayó sobre su hermana como si estuviera demente—. ¿No
recuerdas lo que hiciste?
—¿Qué hice? —dijo perdida.
—No puedes beber más —la reprendió.
—Ahora no sé por dónde vas.
—¿No me digas? Bailaste en mi playa privada y decretaste al mar
una orden especí ca —le dijo con los dientes apretados—, por tu
puta obsesión con Ariel y Eric.
—Ah… andaaaaa —abrió los ojos al recordar—. Ah —se calló de
golpe—. Ups.
—¡Sí! ¡Ups! Te necesito para que deshagas el hechizo — Chaos
tenía prisa por salir de ahí y solucionar aquello. Ella siempre estaba
asediada por paparazzis. No le interesaba que pudieran fotogra ar o
grabar una escena tan de cción como aquella—. Es el segundo en
una semana. El primero era un hombre de unos sesenta años que se
había caído al mar borracho. Y desnudo.
—Bueno, mira —medio sonrió—. Este no parece tener sesenta
años. Y no está desnudo.
—Lea, no te aguanto. Vámonos —tironeó de ella, pero antes se
despidieron de su hermano pequeño—. Eh, enano… —sacudió su
pelo—. Menudo corte de pelo molón te has hecho — besó su
coronilla.
—Gracias —contestó Arthur sin dejar de mirar al cielo. Chaos y
Lea lo abrazaron a la vez.
—Nos tenemos que ir. Volveremos pronto —le aseguró Lea
colando los dedos entre las hebras largas y blancas de su hermano
pequeño.
—¿Qué miras tanto, hermanito? —quiso saber Chaos. Arthur
meditó la respuesta. Su per l recortado en el horizonte era estoico.
Estaba tan concentrado… Entonces, miró a una y a otra y les sonrió
mostrándole las mellas, como si no pasara nada.
—Solo el cielo —contestó—. No os preocupéis. Le diré a Eros que
os habéis marchado y que regresaréis pronto.
—Hoy mismo si podemos —recti có Chaos—. Ya sé que no
debería irme ahora, pero esto es muy urgente. Está controlado,
¿no? La Portadora va a por el cetro y los sirens se lo llevarán,
¿verdad? —al ver que Arthur volvía a mirar al cielo, Chaos insistió
tomándole de la barbilla—. ¿Verdad, Arthur?
—Sí —contestó él retirando la cara.
—No. Sí, no. ¿Deberíamos quedarnos? —preguntó Chaos
insegura. Ella no tenía el don de Arthur, no veía lo que él. Y no
quería meter la pata e irse cuando no tocaba.
—No. Vosotras no. Íos ya.
Las dos khimeras echaron un último vistazo al techo estelar del
amanecer y al nal tomaron la decisión de irse.
Dejaron al crío en el balcón, que inmediatamente fue
acompañado por Ethan y Cora, las cuales también se despidieron de
ellas.
—Vamos y venimos —aclaró Chaos alzando el pulgar—. Espero
que todo salga bien. Tenemos mucha prisa.
—Adiós —Lea se despidió de ellos alzando la mano.
Cora siguió a las dos hermanas hasta que desaparecieron por la
entrada. Acto seguido buscó la complicidad de Arthur. Sus ojos no
tardaron en encontrarse.
—Vayamos dentro —le pidió Ethan.
—No —contestó Cora acariciando la espalda tensa del Jinete—.
Mejor aquí.
—¿Por qué? ¿Desde aquí no les oiremos entrar? Quiero coger el
cetro en cuanto salgan.
Arthur y Cora se miraron de reojo.
—Hazme caso. Creo que debemos quedarnos aquí —señaló a
Arthur con un golpe de su pequeña barbilla con hoyuelo incluído.
El Jinete atendió a Arthur tal y como pedía Cora.
—Arthur, ¿está todo bien?
La brisa del amanecer sacudía las hebras blancas de Arthur y
acariciaba su rostro aniñado. El pequeño cerró los ojos, inspiró
lentamente por la nariz y al exhalar contestó.
—Prepara a tu Uróboros, Jinete.
La vril y el siren reaccionaron poniéndose en guardia
inmediatamente.
—¿Por qué?
—Porque lloverán muertos del cielo.
F
ue al ascender. Pasó cuando estaban a punto de llegar
arriba para volver a coger oxígeno real. Cuando ella menos
se lo se esperaba.
Idún se impulsaba con sus pies y buceaba como un Delfín.
Quedaban pocos metros para llegar al exterior. Y entonces, sin venir
a cuento, él la apartó.
La obligó a coger ese cofre que quemaba al tacto y le hería las
manos, y la impulsó con tanta fuerza que salió disparada del agua
para caer en la dura super cie de piedra.
El impacto la dejó sin aire. Soltó la caja momentáneamente para
ver qué demonios había pasado y dio vueltas sobre su cuerpo como
una croqueta para asegurarse de que Idún subía con ella.
Pero no. Idún había desaparecido en el fondo del mar tan rápido
que solo podía ver las burbujitas gaseosas que provocaba con su
avance.
—¡Idún! ¡Idún, no me hagas esto! ¡Sal ahora mismo! —gritó con
todas sus fuerzas—. ¡Idún!
Eros se agachó para ayudarla a levantarse.
—¡Idún!
—¡Nina! —le gritó Eros—. ¡Para y escúchame!
Ella se vio obligada a obedecerle, aunque su cuerpo temblaba de
impotencia y lloraba de rabia y de necesidad.
Eros tuvo que analizar la situación antes de decirle nada, porque
estaba tan contrariado como ella. Ubicó el cofre con el cetro. Y se dio
cuenta de que Nina volvía a llevar el anillo atlante, y que de su
elegante cuello pendía un colgante muy especial.
—Joder… lo ha hecho —dijo sorprendido.
—¡¿Qué mierda ha hecho?! —exigió saber ella toda mojada y
desolada.
—Te ha entregado el cofre y te ha dado el anillo atlante para que
el poder radioactivo del cetro no te hiriese. Ha cumplido su palabra
—aseguró asombrado—. Y además, te ha dado esto — sujetó el
colgante entre sus dedos.
—¡Eros!
Ethan, Cora y Arthur aparecieron por la entrada de las grutas
subterráneas. El Jinete de los Uróboros estaba salpicado de sangre
que no era la suya. Cora sujetaba de la mano a Arthur que en cuanto
vio a Nina, decidió que era la que más consuelo necesitaba de todos.
—¿Qué demonios ha pasado? —preguntó el khimera estupefacto
—. ¿Estáis todos bien? ¿Arthur? —se agachó para revisarlo con
manos urgentes
—Sí. Estoy bien —le tranquilizó.
Ethan se acercó a Nina al tiempo que le explicaba lo sucedido a
Eros.
—Han caído Edérlys de los cielos con la intención de dina-
mitar la isla. Arthur nos ha avisado de lo que iba a pasar y me ha
dado tiempo de sacar a Uros y a Boros —señaló su leyenda— para
conseguir que no pisarán tierra rme.
—¡El dragón se los ha comido como si fueran mosquitos! — contó
Arthur todavía atónito—.
—Pero seguramente se habrá escapado alguno. Boros está
rastreando los alrededores para ver si los encuentra —concretó el
Jinete.
Eros no se lo podía creer.
—No es posible. La isla está protegida bajo mis órdenes.
—Con los Erdélys no funciona así —le corrigió Cora
cerciorándose de que Nina estuviera bien—. Son seres sin
conciencia. Tus hechizos no les afectan porque no tienen razón ni
mente ni intenciones —aclaró—. Solo obedecen a una mente que los
vincula a todos. A Sisé. Nina —Cora le alzó la barbilla. Sentía su
dolor como si fuera suyo—. Eh… ¿qué ha pasado?
—¿Qué ha…? ¿Dónde está Idún? —quiso saber Ethan furioso—.
¡¿Se ha ido?! ¡Valiente malnacido! ¡Te dije que nos traicionaría!
—¡Ethan! —Nina explotó llena de ira hacia él—. ¡Idún no nos ha
traicionado! ¡Ahí tienes el cetro! ¡Cógelo y métetelo por el culo!
Eros le dio la razón asintiendo con la cabeza. Ethan no se podía
creer que Nina le hablase así. Nadie hablaba así al Jinete.
Cora, en cambio, pensó que se lo tenía merecido.
—Es verdad. Idún la ha hecho subir con el cetro. Y le ha colocado
el anillo atlante para protegerla. Y no solo eso —indicó Eros
señalando la garganta de Nina—. La ha obsequiado con un akandi.
Ethan incrédulo todavía por lo que veían sus ojos, se concentró
en el colgante y en el cetro, y no pudo hacer más que admitir que
Idún tenía un golpe escondido certero y necesario para esa ocasión.
—Un akandi —susurró Ethan—. Es la primera vez que veo uno
físicamente. Lo tenía en la mente de la consciencia colectiva sirens.
Pero pensaba que habían desaparecido…
—No —contestó Eros—. La cámara de los Khimeras guarda
muchas reliquias. Esta es una de las muchas que esconde.
—Pero —a Ethan le costaba ver a Idún tan considerado ni tan
concienciado con lo que tenía que hacer. Por eso intentaba
comprender por qué había hecho lo que había hecho—. ¿Dónde ha
ido Idún?
—No lo sé —contestó Nina muy triste por no verle ahí con ella—.
Solo sé que me ha abandonado con todo esto… —señaló sus
obsequios.
De repente, el rictus de Ethan se tensó y se cubrió de evidencia.
Acababa de descubrir cuál era la verdadera intención de su
hermano. Porque al n y al cabo, los dos pensaban de manera
parecida. Eran familia.
—Eros… ¿en esa cámara guardáis un Gaad? ¿Un puñal mata
Indignos?
—Sí. De hecho… —Eros se puso de cuclillas en el suelo para
mirar bien el cofre donde se guardaba el cetro—. Como también fue
un regalo de ftot, creo que estaba sujeto aquí… —señaló una cinta de
cuero gruesa, pegada al lateral de la caja, en la parte menos ancha.
Pero la cinta no sostenía nada—. Oh, mierda — espetó cuando lo
comprendió todo.
—Sí. Eso digo yo —dijo Ethan mesándose el pelo con poca
paciencia.
—¿Qué pasa? —Nina no acababa de comprender lo que ellos. Y
fue Arthur el que cogió el dedo meñique de Nina y le explicó:
—Idún no va a parar hasta matar a Azaro. Se ha llevado el gaad
para ello.
—¿Cómo estáis tan seguros de eso? —Nina no podía creer que él
la hubiera dejado de lado de ese modo. Eso sí que había sido una
traición para ella.
—Porque yo quería hacer lo mismo —reconoció Ethan
abiertamente—. Idún ha pensado lo mismo que yo.
—Pero ¿cómo sabe dónde encontrar a Azaro? —preguntó Eros—.
No creeréis que le vaya a entregar una de las tres armas que pueden
acabar con los Indignos, ¿no?
—Los Erdélys han llegado a Isla Del n justo cuando él estaba en
la cámara con Nina —repuso Ethan—. ¿Y si nos ha traicionado de
verdad?
—¡¿Os estáis oyendo?! —les recriminó Nina.
—Idún no os ha traicionado —contestó Arthur decepcionado con
ellos—. Él no es un enemigo. Va a ir a por el Indigno. Ya encontrará
el modo de dar con él. Al n y al cabo, sabe cómo usar la magia
Graen en su bene cio.
Nina dejó caer la cabeza y se dio la vuelta para que no la vieran
llorar.
Cora corrió a pasarle el brazo por encima y consolarla.
Pero nadie la consolaría jamás. La había abandonado. Se había
ido porque su odio y su necesidad de venganza eran mayor que
cualquier cosa que tuvieran entre ellos.
¿Y cómo le decía ella a su corazón locamente enamorado que no
la correspondían hasta el punto de priorizarla sobre todo lo demás?
—Nina —Ethan se acercó lentamente hasta ella. Sabía que
no podía confortarla como necesitaba pero quería hablarle del
regalo tan especial y único que le había entregado Idún—. Tienes
razón. Tenías razón. Idún se ha portado. Pero ¿sabes qué es lo que
me demuestra que puede tener un buen fondo?
A Nina le importaba bien poco el buen fondo o los buenos gestos
de Idún. Por ella, que se fuera al in erno. Maldito, hijo de perra
abandona Ninas.
—¿Crees que me importa? —replicó ella en medio de un hipido.
Tenía la nariz roja de tanto llorar.
—Sí. Sé que sí. Sé que esto te va a encantar. Es el mejor regalo que
te podían dar. El Akandi te traslada al lugar que pende de la cadena.
—Es una pirámide, Ethan —le habló como si fuera tonto—.
Ya he estado en Egipto.
—No es una de las pirámides de la meseta de Gizeh, tontita
—La regañó cariñosamente—. Es el corazón de Sirens. Es…
El rostro de Nina mudó la expresión gradualmente, cuando
comprendió lo que de verdad podía ofrecerle el collar.
—Näel —musitó ella con los ojos llenos de lágrimas—. El corazón
de Sirens.
—Eso es —La felicitó Ethan—. Mi hermano te da la oportunidad
de que tú, con el anillo atlante, puedas cargar el cetro y llegar a
Sirens. No solo para dejar la vara…
Nina asintió y sus hombros se sacudieron por su llanto
silencioso.
—Él sabía qué era lo que más ilusión te hacía. Él sabía cuál era tu
anhelo —comprendió Ethan.
—¿Y cuál es? —quiso saber Arthur con mucha curiosidad.
Ella sorbió por la nariz, y con una sonrisa de alegría y gratitud
contestó:
—Quería entrar en su mundo. Y por encima de todas las cosas,
quería ver a Evia de nuevo.
Cora cerró los ojos como si aquello fuera un milagro para todos.
Idún les daba la posibilidad de entrar en Sirens sin forzar
ninguna puerta. Nina entraría en la tierra hueca con el akandi y
entregaría el cetro a Merin para que lo guardara junto al de los
Merlianos.
Tendrían dos cetros guardados. Dos. Y por ahora,
imposibilitarían al Indigno para que los reuniera todos.
—Pues parece que vas a poder hacerlo todo —le aseguró Cora
feliz por ella—. Ver Sirens y ver a Evia. Y portar el cetro, como
portadora que eres.
A Nina le hubiera encantado cumplir su misión junto a Idún. Él
era el que hacía aquello posible. Él lo había logrado. Pero en cambio,
tenía un sentimiento agridulce del que no podía desprenderse.
La felicidad que experimentaba por poder entrar en Sirens y
encontrarse con Evia sería efímera, hasta que no volviera a ver a
Idún sano y salvo.
Quería creer que él regresaría a ella. Si de verdad se iba a
enfrentar a Azaro, quería que volviera, aunque estuviera malherido
y moribundo. Deseaba que la buscara, porque ella no iba a dejarlo
morir.
Jamás.
—Prepárate, Nina —le informó Ethan—. Sé que no estás del todo
bien —comprendió. Nina e Idún tenían una vinculación parecida a
la de él con Cora. ¿Querría decir que eran almas gemelas? Le costaba
creerlo, pero tampoco había creído en su hermano, esta vez, y se
había equivocado—. Pero debes llevar la vara de poder a Sirens.
Debes hacerlo cuanto antes.
No. Por supuesto que ella no estaba bien. Pero sería responsable
con el poder que le había dado Idún.
Cumpliría con su parte.
Aunque el lágrima negra no hubiese cumplido con la suya.
Eslovaquia
A Lillith no le gustaba aquel lugar, aunque fuera la cuna de sus
antepasados.
No le agradaba el ambiente ni el paisaje alrededor y ni mucho
menos la tristeza y la poca vanidad de ese castillo. Ella adoraba el
lujo y los servicios. Y allí no había ni una cosa ni la otra.
En el castillo de Cachtice fue donde nació Elizabeth Bathory. Y
era allí donde se dirigían por orden de Azaro. El ritual de la sangre
había mostrado de lleno el cónclave en el que se encontraba la tumba
de Astrid. El espeso y oscuro líquido vital del Indigno se había
aglutinado como una pira, sobre aquel lugar en Eslovaquia, sin dar
margen al error. Lillith no tuvo que pensar demasiado. Allí se
hallaba el castillo de los horrores de la familia. El hogar de la
Condesa Vampira original.
Sí, Elisabeth Bathory, su antepasada, la misma que le dio el
apellido. De hecho, al llegar al pueblo, en la entrada, les recibía una
estatua de madera de aquella mujer que tantos crímenes había
perpetrado.
Ni la Vril ni la Bathory podían dar crédito a lo que les había
dicho el Indigno. En aras de buscar el cuerpo de Astrid, la segunda
de los Indignos que debía despertar, el rubio Tar traidor había
sentido que su cuerpo estaba ahí. Que había una razón por la cual la
dueña de Cachtice mataba a mujeres y a niñas y se bebía la sangre de
sus víctimas. Azaro insinuaba que era por la in uencia de Astrid
bajo sus cimientos. Los humanos no lo sabrían jamás, pero allí, bajo
capa antiguas de la historia de la Tierra, se hallaba la cárcel de
Astrid, la tumba en la que la metió ftot.
Azaro, sentado delante del coche, observaba las hayas, castaños y
robles que enmarcaban el caminito de entrada a la fortaleza y
sesgadamente vigilaba a Lillith a través del retrovisor.
—Tu antepasada tiene un largo expediente de asesinatos a sus
espaldas. Astrid tuvo que afectarle mucho.
—Elisabeth no estaba in uenciada por la Indigna —la defendió
ella.
—Por supuesto que sí, humana.
—Ella era cientí ca, como yo. Pero para entonces no tenía las
herramientas que yo tengo para estudiar el ADN —contestó Lillith
alzando la barbilla.
Su tez blanca y lisa no mostraba ni una arruga, y a Azaro le
costaba adivinar su edad. Sobre todo porque sabía que ella misma
había probado terapias génicas que la rejuvenecían. Terapias que
distaban de ser justas o que tuvieran cualquier atisbo de moralidad.
—Sin duda alguna, la sangre de esa sanguinaria, recorre tus
venas. Y probablemente, la in uencia de Astrid también.
Sisé se quitó los guantes estirándolos por la punta y carraspeó
remilgadamente, mirando de manera un tanto airada a Azaro.
—Los descubrimientos de Lillith en pos de la ciencia y de la
evolución no tienen parangón. Lillith es poderosa por méritos
propios.
—Bueno, ahora ya sabéis por qué —aseguró a rmando algo que
sabía que molestaba a unas mujeres con tanto ego. Que las Bathory
eran lo que eran por la prevalencia de Astrid.
Lillith y Sisé se dirigieron miradas fugaces. No podían mantener
en contacto sus ojos para que Azaro no sospechara sobre sus
conversaciones telepáticas. Además, detrás de sus orejas, tenían un
pequeño regulador de ondas, para que por esa banda pudieran
comunicarse exclusivamente sin levantar suspicacias.
«Sisé, ¿has podido dejarle el mensaje?».
«Sí —contestó la de pelo caoba mirando el paisaje grisáceo de la
ventanilla».
«¿Cómo ha sido? Cuéntamelo».
«Estaba en la isla. No todos los Edérlys llegaron a tierra.
Ethan… estaba ahí, con ese maldito lagarto volador…».
«¿Ethan también estaba ahí? ¿En el mismo lugar que Idún?», se
pasó la mano enguantada por el pantalón negro. Alisando la tela
para que estuviera perfecta. «Entonces, allí había un cetro»,
comprendió.
«Sí».
«Extraño. Pero no es malo para nosotras que tengan otra vara.
Azaro no puede conseguir la cuarta, al menos, mientras él siga
como el más poderoso de los tres».
«Lo sé. Ethan no permitió que ningún Edérlys llegara a tierra
rme —Sisé continuó con su relato—. Pero tampoco pudo
alcanzarlos a todos, y algunos cayeron al mar».
«¿Y dónde encontraron a Idún?».
«Salía de la isla… Nadaba a toda velocidad con un dispositivo
extraño sujeto a los talones. Impactó contra uno de los Edérlys que
querían llegar a tierra rme y que no habían sido engullidos por la
serpiente marina del siren».
«Esos tatuajes… —susurró Lillith con admiración—. Continúa».
«Idún se detuvo extrañado. Se aseguró de que la situación en la
Isla estaba controlada por Ethan, pero antes de encargarse del clon,
este pudo darle el mensaje. Le dijo dónde podía encontrarnos.
Cuando recibió esa información, Idún le arrancó la cabeza y
prosiguió su camino».
Lillith dejó ir el aire por la nariz, satisfecha con el resultado.
«Ya tendremos tiempo de descubrir qué más hay en ese peñasco
de piedra. Lo importante era darle la información al lágrima negra».
«¿Estás convencida de que viene a por nosotros?».
«No tengo ninguna duda. Es vengativo. Es cruel. No va a olvidar
lo que le hicimos. Y lo necesitamos».
«Pero eso también nos pone en peligro a nosotras, Lillith».
«Nosotras seguiremos nuestro plan, Sisé. No nos podemos
desviar. No va a cambiar nada. Solo tengo que saber que tú estas
convencida».
«Sí. Lo estoy».
«Entonces, no hay más que hablar. Esperaremos a que Idún
llegue a tiempo».
—¿Estás lista, Lillith? —Azaro cortó la comunicación entre ellas,
ajeno a lo que tramaban—. ¿Sabes lo que va a comportar despertar a
Astrid?
—Sí.
—Su cuerpo está muy débil. Tendréis que hacer lo que yo os
diga.
—Todo sea por Graen, Azaro —Lillith sonrió falsamente—.
Nos entregaremos al plan como dijimos.
Azaro asintió sin más y se pasó la mano por la melena rubia,
complacido con la respuesta.
Lillith sonrió internamente y pensó que la complacencia acababa
siempre con el más poderoso.
Y tenía pensado que acabara en el castillo de Cachtice.
24
C
ruzar un portal a otro mundo… no pensó que sería
tan sencillo. Pero con el Akandi, era insultantemente fácil.
Ethan y Eros le habían explicado cómo tenía que hacerlo.
Debía visualizar la pirámide de Näel en su mente. Y la veía clara
y nítida, porque Idún le había entregado aquel recuerdo. Con su
fotograma entre ceja y ceja, tenía que sujetar el collar y presionar un
pequeño botón que había en su base. Una protuberancia metálica y
minúscula. A saber cómo funcionaba cuánticamente ese artilugio
para poder abrir una brecha entre el espacio y el tiempo. Lo que
tenía claro era que no iba a ponerse a pensar en ello.
Porque Nina se iba a otro lugar, como Portadora, cargando con
una vara de poder que llevaría a puerto seguro, con un anillo atlante
que regresaba al lugar del que salió y también con su corazón
ansioso y resquebrajado por el dolor de haber permitido que el
lágrima negra se fuera.
Idún se fue. Se fue con un puñal que mataba a Indignos.
Sabía que los demás siempre tendrían la duda de no saber lo que
él haría con ello. El miedo a que se lo entregara a Azaro estaba ahí.
Siempre estaría ahí en ellos, la sombra de la traición alargada y
tenebrosa.
Pero Nina sabía que no iba a ser así. Lo que temía era que no
lograse su empresa y que pagase por ello. Que no viviera para
contarlo.
Ahí, envuelta en un túnel de luz activado por el Akandi, supo
que no perdonaría a Idún. Porque la había traicionado. Ella debía
saber lo que él iba a hacer.
Porque había volcado toda su con anza y todo su amor en él.
Y él la había abandonado.
Con aquel desazón interior, el túnel desapareció, y de repente,
estaba en otro lugar.
Su cuerpo volvía a estar medio hundido en un lago de agua
cristalina. Parecía estar más tiempo en el agua que fuera de ella. Una
luz brillante y cegadora la iluminaba desde arriba. De hecho
alumbraba toda la cueva. Una cueva como ninguna otra. Porque en
ninguna levitaba una pirámide de cristal con luz dorada en su
interior. Una pirámide que palpitaba como un corazón. La
mandíbula se le desencajó al presenciar aquella maravilla mágica del
mundo que visitaba.
—Dios mío… Fawce —dijo para sí misma, abrazando contra su
pecho el cofre con el cetro—. Creo que… cumplo la profecía y
culmino tu aventura. Estoy aquí. Aquí, en el mundo que siempre
buscaste. Esto es… Sirens.
—¿Quién eres?
Nina se dio la vuelta, asustada por oír aquella voz tan repentina,
aparecida de la nada.
Cuando sus ojos rojos se clavaron en la huésped de aquel salón
de las leyendas, Nina tragó saliva, azorada por la impresión, y
entonces, sin fuerzas, dejó caer el cofre al agua.
Sabía que iba a verla, pero la impresión la abofeteó. Se cubrió el
rostro parcialmente y arrancó a llorar. Sus ojos rojos desaparecieron
y volvieron a su tono negro y chocolate.
—Evia… —gimoteó.
La siren inclinó la cabeza a un [Link] ella, se materializó
Merin, que había captado la presencia de un nuevo cetro en Sirens.
La siren descendió la escalera de piedra con cautela. Llevaba un
vestido blanco precioso, con una cinta dorada que le sujetaba el
busto, y otra cinta dorada en la cabeza, acomodándole la larga
melena castaña clara.
El vestido otó sobre la super cie, mientras Evia se acercaba a
esa chica.
Nina, rota y emocionada, no quería moverse de su sitio. Evia
estaba tal cual la habían dibujado Lex y Sin en el muro del orfanato
Lostsoul. Llevaba la misma ropa.
—Me prometiste —le dijo Nina, compungida—… que me
llevarías contigo allá donde fueras.
Evia se detuvo en seco, a dos metros de distancia de ella. Su
rostro se desencajó, sus ojos se aguaron y entonces, reconoció a la
niña de la que siempre cuidó, y que amó como a una hermana. Una
niña en la que pensaba a diario,y que llamaba cojenos a los conejos.
Una cría con mundos de fantasía y bondad a raudales en su interior,
que se había convertido en toda una preciosa mujer, pero que no
perdía su esencia, una energía maravillosa que golpeaba a Evia
como un soplo de aire fresco.
—¡Nina!
Evia dio dos zancadas, agarró a Nina por los hombros y la abrazó
con tanta fuerza que las dos se fundieron en un solo ser.
—Nina, Nina… —Evia lloraba con ella. Le acariciaba el pelo, los
hombros, la espalda… toda ella.
Nina hundió el rostro en el hombro de su hermana mayor, y no
dijo nada más. No podía. La alegría había tragado todas sus palabras
—. ¡Te he echado tanto de menos! —clamó Evia mirando a Näel, sin
poder creerse que ella estuviera ahí.
Merin observaba la escena tan sobrecogido como Evia. Pero no
tanto como Devil que, con uno de los niños de Sirens subido a
coscoletas y otro agarrado a su pierna, se había materializado en el
salón de las leyendas, siguiendo la estela de su amor. El rubísimo
Druister hacía pucheros incontrolables mientras admiraba la imagen
de las dos mujeres, llorando la una contra la otra, felices de
reencontrarse.
—¿Devil? —preguntó Merin sabedor de la respuesta—. ¿Conoces
a esa chica?
Él, que no apartaba sus ojos de ellas, asintió sin más, soportando
a los niños que, desligados de la carga emocional de aquel evento,
continuaban jugando con él.
—Es nuestra hermana pequeña —contestó bajando al niño de sus
hombros y entregándole a los dos al anciano Merin. Los críos
querían ir con el drúister, el héroe de Sirens, pero este se había
lanzado al agua para ir al encuentro de Nina.
Le importó bien poco si rompía el momento de ellas. La emoción
lo desbordó.
Porque nunca pensó que pudieran volver a reencontrarse. Así
que rodeó con sus brazos a las dos y formó una piña.
Cuando Nina lo reconoció, empezó a llorar con más sentimiento.
Parecía un concurso, y el ganador sería el que más llorase.
Merin dejó que los críos se colocaran debajo de su túnica blanca y
estudió la escena como el sabio y erudito que era. Alzó la barbilla
barbuda y apoyó sus manos cruzadas en la espalda.
—La portadora tiene cuerpo de mujer y hará que el hombre
atormentado deje de llorar para apartarlo de las tinieblas. Ella
mediará para la coalición y la redención. Ella es el ama de llaves, la
leyenda que todo lo abre —repitió la profecía en voz baja.
Nina era la pareja del lágrima negra, de Idún. Y se suponía que
debía apartarlo de las tinieblas, de Graen. Si traía un cetro,
¿signi caba que había conseguido que él se arrepintiera y colaborara
para salvar el mundo que conocía? ¿Había mediado para la coalición
y la redención? En su brazo no había leggend. Solo un Tyet tatuado.
Faltaban piezas por completar, todavía.
Y esperaba que Nina les dijera por qué.
Estaba deseando oírla hablar.
Aunque, por ahora, ellos merecían ese momento, ese reencuentro.
Una alegría, después de tantos sacri cios y tanto dolor, era como
una inyección de adrenalina.
—AdrelaNina —susurró Merin divertido con su propio chiste.
Cuando se dio cuenta de lo que había hecho, entendió que la
presencia de Devil en Sirens le estaba afectando.
Esos humanos… qué tontos eran.
Sirens
Metrópolis
Tuvieron que contarse muchas cosas. Sobre sus vidas desde su
separación.
Y sobre el cambio de realidad que sufrió al encontrarse con Idún
en la selva.
Nina les explicó lo que estaba sucediendo en el exterior. Ellos
tenían información de Cora, hasta que llegaron a Isla Delfín. Ahí, la
comunicación cesó.
Nina veía dos razones en ello.
La primera, que la protección de Eros impedía comunicaciones
de ese tipo.
La segunda, que Cora estaba muy ocupada apagando incendios
entre Ethan, Idún, Eros y ella misma, como para retransmitirle todo
a María Orsic y las Vril de los Acantilados de ftot. Como fuera, en
una cena apacible rodeada de todos los niños supervivientes, en la
sala central de la metrópolis, rodeada de todos los estadios de las
facciones y unas vistas místicas y aptas solo en un mundo como
aquel, se pusieron al día sobre todo lo sucedido y los cambios que
iban sucediendo en el exterior.
Evia y Devil eran muy reticentes a creer en la voluntad y la
bondad de Idún. Pero les sorprendió saber que el lágrima negra no
sabía que estaba infestado con un virus mortal cuando entró en
Sirens. A él también lo engañaron.
Merin escuchaba todo con atención, valorando cada acción del
lágrima negra. Y recordaba otros tiempos en los que sus decisiones
pudieron ser otras.
—Nina, Idún es malo —le dijo Devil muy brusco.
Nina le escuchaba, pero no le tenía en cuenta. Devil era como
Ethan, siempre protector. Siempre macho. Siempre descon ado.
Todos sus hermanos Lostsoul eran así. Mientras él hablaba, Nina
aprovechaba para saborear la variedad de delicias que habían en
Sirens. Desde que se había subido a bordo de esa aventura, apenas
había comido. Y allí, con esos cuencos preciosos algunos de bambú,
otros de cristal, repletos de todo tipo de alimentos y texturas, cada
bocado era una sorpresa. Aquella comida le sanaba el alma. No le
curaba el corazón, que echaba de menos y mucho a Idún y que sufría
por él, pero al menos, le calentaba el espíritu.
Evia, tan diferente de Devil como era, rompió una lanza a favor
de su examigo.
—Idún no quería matar a nadie. Solo quería vengarse de Ethan
por quitarle el lugar que le pertenecía. Se dejó llevar por emociones
altamente volubles. Pero entre sus planes no constaba la aniquilación
de toda su especie —contestó censurando a Devil por su excesiva
agresividad al hablar de Idún.
—Merin me dará la razón —dijo Devil esperando la intervención
del Sabio—. ¿Qué te parece todo lo que nos ha contado Nina? No
voy a dejar salir a Nina creyendo que ese tipo pueda ponerle una
mano encima.
—Bueno, para tu información —dijo Nina dejando el cuenco
vacío a un lado, limpiándose la comisura de la boca con una
servilleta— llegas tarde, porque me ha puesto más de una mano
encima. Y tú, querido y añorado Devil, no vas a decidir por mí.
Devil frunció el ceño. Evia lo miró como si fuera estúpido.
—¿De verdad no te has dado cuenta?
—¿Eh? ¿Cuenta de qué? —preguntó irritado—. ¿Y desde cuándo
eres así de contestona? —señaló a Nina como si fuera una niña
pequeña.
—No le hagas caso, Nina —le sugirió Evia—. Desde que es el
héroe de los niños en Sirens, se toma muy en serio el papel de padre
protector. Idún y Nina son más que amigos.
Devil miró a su pareja como si se hubiera perdido algo.
—Hasta Merin se ha dado cuenta —señaló Evia en voz baja.
—¡Pero si es una cría! —protestó el drúister todo ofendido. En su
mente, Nina todavía tenia diez años, y no los casi veintidós que tenía
—. ¡Puto Idún! ¡Déjame salir para que me lo cargue! —gritó hecho
una era.
Las dos chicas se rieron de él en su cara, y lo ignoraron por
completo, al menos, en sus comentarios sobre Idún y ella. No era
nada realista.
—¡Merin, apóyame! —exigió el drúister—. Haz algo para que se
olvide de Idún.
Merin se levantó de la mesa y apoyó las manos en su super cie.
Entonces, pronunció unas palabras que nunca creyó volver a oír de
su propia boca.
—Mi pareja, la mujer de la que yo me enamoré perdidamente,
era una lágrima negra. La primera de todas. La única.
La confesión puso la piel de gallina de Nina, que se levantó como
un resorte, dispuesta a seguir escuchando su relato. Devil tenía la
boca tan abierta que se le iba a desencajar, y Evia… parecía que Evia
ya lo sabía.
—¿Cómo has dicho? —preguntó Devil.
—Ella era una Khemist. Una maga de nuestro clan. Una líder. Mi
pareja. Y tenía mi leggend. Poseía muchísimo poder, más que los
Guías. Para ella la magia que manipulaba era fácil.
—¿Me estás diciendo que tenías pareja? ¿Tú? —Devil no se lo
podía creer—. Creía que te habías sacri cado por el Dharma.
—Y lo hice. Vaya si lo hice. Pero después de perder a Gea —
asumió con la serenidad que le otorgaban los años—. Gea, como os
he dicho, era la más poderosa de las Khemist. Pero cuando los
Indignos aparecieron y la Atlántida se hundió, nunca lo superó. Ella
misma, por tener tanto poder, se hacía responsable de no haber
podido detener la energía Graen de los Indignos. Entonces, decidió
que, como sirens, para no volver a quedarnos tan expuestos a la
energía oscura, debíamos comprenderla para poder controlarla. Yo le
advertí que no era buena idea. Que, como sirens, no podíamos jugar
con fuego, porque ya sabíamos lo que les había pasado a los atlantes
que se tornaron a ese tipo de luz. Pero Gea se obsesionó. Ya no me
escuchaba… —recordó con pesar—. Poco a poco, empezó a practicar
con Graen, y se volvió peligrosa. La idea de Gea era absorber la
oscuridad para destruirla desde dentro. Quería inmolarse, pensando
que podría sobrevivir a esa destrucción —negó con la cabeza—. Se
sentía fuerte y poderosa y quería sacri carse por nosotros. Su ego,
alimentado por Graen, era enorme y la hacía creer que podía vencer.
Entonces… lamentablemente, lo intentó.
—Y murió —asumió Evia.
—Sí. Murió en el intento de destruir Graen, y no comprendió que
lo que quería Graen era destruirla a ella. Intenté salvarla, y fracasé. A
día de hoy, pienso que… tal vez me rendí. Que debí insistir, que debí
demostrarle que la quería, que estaba ahí para ella y que no
necesitaba que fuera tan poderosa para amarla, pero no supe
hacerlo. Y si lo hice, no lo hice bien. A raíz de ese episodio, ftot fue
en busca de los Indignos, y para encerrarlos, tomando como ejemplo
a Gea, usó el handicap del lágrima negra, y emitió el último aliento
para todos los sirens. Yo… intenté resucitar a Gea con él. Pero no lo
logré.
—Por eso ya no puedes dar tu último aliento a nadie —entendió
Devil.
—Sí. ftot hizo lo que hizo porque nunca imaginó que ningún
siren, sabiendo lo que sucedió con la mayor de los Khemist, se
dejaría seducir por su poder.
—Pero sucedió —Nina se pronunció rabiosa—. Sucedió con Idún.
—Sí.
—¿Y qué me quieres decir con todo esto, Merin? —exigió saber la
portadora—. ¿Que no hay salvación para Idún? ¿Que se volverá
malo y no lo podré remediar?
El sabio atlante negó azorado, y por primera vez se le vio
realmente perdido y arrepentido.
—No, Nina. He entendido que tal vez sepa menos de lo que me
creo. Así que, esta vez no te voy a advertir. Yo era la pareja de Gea. Y
sigo creyendo que no la ayudé como merecía, que no me involucré,
porque tenía miedo —reconoció—. Miedo de cómo esa energía
podía afectarme. Miedo de no saber controlarla. Miedo a que me
tocara.
—Ese miedo —lo interrumpió ella más valiente que nunca—, es
el que os hace débiles. Os creéis puros y bondadosos, perfectos y
nobles, en vuestro mundo maravilloso y limpio de maldad —señaló
el centro de la sala de la metrópolis y el paisaje de Sirens—. Aquí
nada os puede salpicar. Pero así es muy fácil ser bueno cuando el
mal no te tienta… Creo que Gea tenía razón. Y creo que la dejasteis
sola —aquello era muy ofensivo para Merin, pero no por ello era
menos verdad—. Gea necesitaba apoyo incondicional y que la
ayudárais a comprender mejor esa energía para que tuvierais armas
para enfrentarla. Pero os apartasteis todos. Incluído tú.
Merin clavó sus ojos plateados en los rojos de Nina, y en ella vio
a Gea. Y también vio a Idún. Y no vio mal. Solo atrevimiento y valor
teñido de furia. Pero no maldad.
—No te quitaré razón, Nina.
Aquello enmudeció a la joven e interrumpió su discurso.
—¿Sorprendida? —preguntó Merin arqueando sus cejas blancas.
Ya no le dolía hablar de Gea. Y había tenido una eternidad para
comprender sus errores. Asumía su parte de culpa—. Creo que
Graen envuelve muchas facetas del universo. Está presente en
instintos salvajes y de supervivencia, está presente en venganzas
justas, como la que Idún quiere llevar a cabo con Azaro, y también
está presente en la paliza que Ethan le dio a Idún. Graen estuvo en
Devil cuando odiaba a Evia y a Ethan, y está en sus demonios —
señaló la leyenda de Devil—, aunque ahora sea un drúister. Graen
está en tu manera de maldecir a Idún ahora mismo porque sientes
que te ha abandonado… Y sentir esas cosas, no nos hace malos —
analizó—. Esta energía esta vinculada a las vísceras, y en pequeñas
dosis, nos puede liberar y salvar de ser engullidos por nuestros
silencios y nuestras frustraciones. He aprendido que en algún
momento de nuestras vidas, todos somos Graen —se encogió de
hombros—. Lo que nos diferencia de acabar como los Indignos y de
no saber diferenciar el bien del mal, es el hielo. El frío de la soledad.
El no sentir. El no haber amado. El no poder escuchar y el no
recti car. Graen nos come cuando nos acobardamos. Como yo,
cuando veía de lejos lo que Gea hacía por miedo a que me salpicara.
Pero creo que Gea nos enseñó algo. Ella se enfrentó a la oscuridad
para vencerla, pero no lo consiguió. Porque no puedes erradicar el
mal de las realidades, es una condición. Asumir a Graen, saberla ver,
y recti car y enmendar tus errores cuando te has dejado llevar por
ella, te hace fuerte, porque sabes que no te puede infestar. Siempre
habrá luz en ti. No te podrá ganar.
—¿Con esto me quieres decir que…?
—Que sí —le dirigió una sonrisa sincera y tierna—. Que luches
por Idún como yo no fui capaz de luchar por Gea. No es más bueno
el que no siente emociones negativas. Es mejor el que las siente y las
supera. Y creo que si te ha dejado sola es por tu bien. Creo que no ha
querido involucrar a nadie más en su enfrentamiento con Azaro
porque no quiere que por su culpa muera más gente. Idún puede
tener la lágrima negra en su rostro, pero tú haces que su sonrisa se
pura y brillante. Y creo que contigo a su lado, él sabrá portarse bien
—sus ojos se humedecieron y agachó la cabeza para que no lo
vieran.
—Merin… —Evia nunca lo había visto así y se levantó
preocupada por él.
—Tranquila, Niu Nioroc —alzó su mano para detenerla—. Hacía
mucho que no hablaba de Gea. Estoy bien. Pero, creo que voy a
retirarme a meditar y a recuperar la serenidad.
—Merin, espera —Nina se dejó llevar por la espontaneidad que
la caracterizaba y lo sorprendió rodeándole la cintura con los brazos
—. Gracias —se sentía en deuda con el Sabio. Si él podía creer en
Idún de nuevo, entonces todos podrían. No tenían más remedio.
El anciano y altísimo atlante acarició el pelo de Nina agradecido
con ella.
—¿Y esto?
—No quería perder la oportunidad de abrazar a un antiguo
atlante.
Merin sonrió, y le dio un último consejo:
—No sé lo que te depara el futuro, joven Portadora. Pero sí sé
que todavía no se ha acabado. Puedes entrar y salir de Sirens
siempre que quieras, porque estás marcada —tocó su Tyet—. Pero
debes abrir más puertas. Y tienes que saber encontrarlas.
—¿Y cómo?
—Me temo que depende de Idún. Y de que salga vivo de su
venganza personal.
—¿Cómo hago para ayudarle? ¿Cómo hago para salir de aquí? Ya
os he dado lo que necesitáis. Y por n he visto a mis hermanos
—contestó Nina impaciente—. Si sabes el modo de ayudar a
Idún, debes decírmelo.
—¿Y si te traiciona, Nina? —Devil no se aría. Haría falta mucho
para que él pudiera con ar en el hermano de sangre de Ethan.
—Eso es cosa mía, Devil —contestó ella—. Deberías apoyarle
más.
—¿A quién? ¿A Idún? —no se lo podía creer.
—Si todos hubieran creído de ti que eras malo y que no harías
ningún bien, no seguirías vivo ni con el amor de Evia. Evia creyó en
ti. Y tú no saliste mal del todo —le tiró la chinita porque sabía que él
iba a reaccionar—. Idún tampoco saldrá mal.
Merin valoró el requerimiento de Nina.
—¿Quieres salir a ayudar a Idún?
—Sí.
No iba a forzar el destino ni el futuro, pero si Graen tenía sus
herramientas y sus trampas, él también podía ayudar a que se
equilibrase la balanza.
—Espera aquí. Tengo algo para ti. Y quiero que conozcas a
alguien.
—¿A quién?
El árbol de los Amantes
—Esta es Azul.
Nina, que había sido teletransportada por Merin, todavía
contemplaba aquel hermoso lago lleno de luces otantes y azules
que susurraban cosas en idioma siren… Y ese árbol. ¡Qué
majestuoso! Era un algarrobo loco tan hermoso que con solo verlo
podía inspirar la balada más romántica. Su tronco eran un hombre y
una mujer entrelazados. Y se movían.
Cuando la pareja advirtió que tenían visitas, la miraron con
dulzura y le sonrieron. Era Cercis. El árbol del amor y de las parejas
eternas.
Nina tenia en mente los recuerdos del niño Idún, meciéndose con
la música que emergía del árbol, y con las canciones que le cantaban
las luces. Ese niño de ojos azul oscuro y plateado, moreno y de
complexión fuerte, quería creer en el amor. Y soñaba con una chica a
la que no sabía ponerle nombre. Le cantaba a ella, para que estuviera
en el lugar en el que estuviese, le escuchase. Y era una canción tan
bonita, que Nina tenía hasta ganas de llorar… Idún creía que las
canciones de la Tierra eran inspiradas por los sirens que, al lado del
árbol, cantaban buscando a su pareja, atrayéndola. Y era un
pensamiento tan tierno y bonito que le hizo creer todavía más en él.
Con el tiempo, Idún creyó que era Evia esa chica. Pero no. Evia
no estaba ahí para él. Ella sí.
Azul le pasó la mano por la cara, para que por n la viera.
Nina, ensimismada en recuerdos que no le pertenecían, tuvo que
disculparse con Azul por no saludarla debidamente.
La divina y etérea mujer, de pelo largo y azul, como el color de
sus ojos, llevaba un vestido rosa y corto, y sus largas piernas blancas
brillaban de lo pálida que era.
—¿Merin? ¿Qué has traído?
El atlante empujó levemente a Nina y la animó a que hablara.
—Es una humana. Quiere pedirte algo. Creo que… que debes
escucharla.
Azul se tocó la barbilla con un dedo y la estudió jamente.
—Yo siempre escucho, Merin.
—¿Qué son… estas luces?
—¿Estas? —Azul las señaló abarcando todo el lago—. Al
principio eran solo las almas de las parejas sirens. Ahora, son las
almas de todos los que mató el virus. De todos —recalcó.
—Ah —mierda. Al menos, no había dicho de todos los que Idún
mató.
—Sí… Bueno, ¿qué quieres saber, Portadora?
—No quiero saber nada. Solo quiero un favor. Azul se quedó
impactada.
—Todo los seres vienen a mí para preguntarme sobre su amor…
¿tú no?
—No. Yo ya sé a quien quiero. Pero Merin me ha dicho que solo
tú puedes llevarme directamente hasta él. Y Azul —unió sus manos
como si rezara—, te ruego que me lo admitas y me lleves con él
rápido.
La mujer con aspecto de elfa se lo pensó durante largos
segundos.
—¿Quién es él?
—Intuyo que ya lo sabes. Tú lo sabes todo sobre el amor.
—Sí —no lo negó—. Pero quiero que lo digas en voz alta.
—¿Por qué?
—Porque todos deben oír su nombre.
—No me estás dando demasiadas oportunidades…
—Dilo, humana —la animó.
—Idún Silanis.
Las luces que levitaban suavemente, se agitaron con violencia al
oír aquel nombre. Azul encogió sus hombros con preocupación.
—No les gusta.
—¿No me digas? —dijo entre dientes.
—¿Por qué quieres ayudar al lágrima negra?
—Porque…
—Dilo en voz alta. Y díselo a ellos dos —señaló a dos luces muy
luminosas que se acercaban lentamente hasta revolotear sobre su
cabeza—. Te escucharán.
Nina sentía miedo, y también vergüenza. Esos entes, esas almas,
ya no tenían cuerpo por culpa del engaño al que fue sometido Idún,
pero todos verían siempre su rostro como culpable del genocidio.
—No. Ellos ya saben que Idún no los mató —la corrigió Azul
leyendo sus pensamientos—. Os hemos oído hablar desde la
Metrópoli. Desde aquí puedo oírlo todo —aseguró orgullosa de ello
—. Pero ahora quieren oír por qué una humana, que es una
buscadora de mundos, quiere salvar a Idún de la casa Silanis.
La morena exhaló agotada y se pasó la mano por el pelo. Su
diadema había desaparecido y ahora lo llevaba suelto. ¿Por qué?
Había tantos porqués que no sabía por dónde empezar. Se haría un
lío. Pero aun así, lo intentó:
—Porque… porque yo no he sufrido al Idún que vosotros
sufristeis. Yo conozco a un siren, con una lágrima tatuada en su ojo,
que tiene malas pulgas y al cual Graen puede afectarle, como me
puede afectar a mí —confesó—, como afecta a cualquiera que tenga
emociones. Sé que fue víctima de una decisión. Pero una decisión no
de ne a las personas. Sé que cometió errores, pero también sé que
nos ha ayudado a recuperar un cetro, y que intenta paliar todo el
daño que hizo, pretendiendo matar a un Indigno. Y sé que no va a
acabar bien si está solo. Idún cree que lo justo para él es morir —
Nina sentía dolor cada vez que imaginaba al lágrima negra sin vida.
No podía imaginar vivir aquella realidad sin él, porque había sido él
quien se la había mostrado—. Va a matar a Azaro, aunque él caiga
por el camino. Pero yo… —sacudió la cabeza consternada—, no lo
puedo permitir. Soy humana, no soy siren. No tengo su leggend, y a
lo mejor nunca me pertenecerá como yo quiero que lo haga, a lo
mejor no soy su alma eterna y nunca me amará como yo lo hago —
aclaró mostrando el Tyet de su antebrazo—. Solo soy una chica que
tiene un tatuaje que me hace especial. Pero además de eso, tengo
su ciente amor para los dos. Mucho amor. Porque él sí vale la pena.
Y quiero que le deis la oportunidad de demostrarlo. Dadme la
oportunidad a mí —posó la mano en su pecho, a la altura de su
corazón—, al menos, para que lo encuentre y le diga todo esto.
Porque no quiero que se vaya sin que lo sepa. Por favor —entrelazó
los dedos por encima de su cabeza y les suplicó a las luces azules
que la ayudaran—. Ayudadme. Llevadme hasta él. Sé que no estoy
equivocada. Ayudadme.
Azul parecía satisfecha con sus palabras. Pero debía esperar a ver
qué decisión tomaban todas las luces que, de manera protectora y no
permisiva, se habían dispuesto sobre el agua como un manto, como
si el lago tuviera una clave secreta.
Las dos luces, almas de los padres de Idún, rodeaban a Nina,
hasta que al cabo de un rato se alejaron e hicieron lo mismo con
Azul, para colocarse a la altura de su oído y más tarde reunirse con
el manto de luces multitudinario.
—El pueblo siren actúa en comunidad —dijo Azul—. Los cuatro
guías han hablado. Samun y Lys, Khamut y Maika… Los padres de
Idún han perdonado a su hijo. Y quieren creer en él. La comunidad
sirens —señaló a todas las luces que se alzaron dos metros por
encima del agua del lago— son seres que dan segundas
oportunidades. Quieren creer en Idún, por lo que fue y por lo que
puede llegar a ser… pero a tu lado.
La peliazul se acuclilló sobre el césped e inclinó su cuerpo hasta
tocar el agua con los dedos.
—Puedo hacerte volver con él. El agua te llevará al lado de tu
verdadero amor. Merin —miró al anciano—. ¿Es lo que quieres?
Merin asintió vehementemente, satisfecho con la respuesta de las
almas.
—Entonces, Nina Lostsoul —le gustó sorprender a Nina. Ponía
unas caras muy cómicas—, entra en el lago. Y ve a por él.
—S-sí —contestó Nina muy nerviosa. Pero antes de meterse por
completo, se detuvo, echó un último vistazo a aquel lugar y a las
luces que otaban sobre su cabeza y, por último, torció el rostro para
ver a Merin.
El sabio le sonrió y se señaló la muñeca. Merin le había dado una
pulsera. Un brazalete metálico, no muy ancho y de grosor muy no,
que tenía un espiral iluminado con una extraña luz iridescente.
Ú Ú
—Úsala inmediatamente. Úsala, Nina —le repitió Merin—. En
cuanto lo veas, agarra a Idún. La pulsera te llevará al Origen.
—¿Qué Origen?
—El Origen, Nina… donde empezó todo.
Azul apresuró a la Portadora para que se metiera en el agua por
completo. La ninfa etérea la ayudó, agarrándola de la cabeza y
hundiéndola hasta que no hubo ni rastro de Nina en el lago. Las
ondas de la super cie desaparecieron y en su lugar, el manto acuoso
quedó calmo y en silencio. Como si nada hubiese pasado.
25
Eslovaquia
Castillo de Cachtice
D
espués de la enorme estatua de madera de Elizabeth
Bathory nada más llegar al pueblo, del denso bosque y
de la multitud de veredas llenas de verde y vegetación,
una colina pronunciada, se encontraron con las ruinas del castillo.
Nadie habitaba en él desde el siglo dieciocho.
—La condesa Bathory estaba obsesionada con la eterna juventud,
y creyó que matando a más de seiscientas vírgenes, entre ellas, niñas,
lograría su objetivo de ser siempre joven —decía Azaro en el centro
desalmado y solitario de lo que era el castillo. Su voz resonaba en el
espacio interior y ascendía al cielo nocturno y nublado. Caería una
buena tormenta—. ¿Sigues creyendo que tu estirpe no está
in uenciada por Astrid? A ti te pasa lo mismo que a la condesa,
Lillith —dijo Azaro divertido con la tensión entre ellos—. Por algo
será… A Astrid le encantaba beber sangre de los humanos, ¿a que no
lo sabías? Todo el poder que tenéis, todo lo que habéis conseguido…
Os lo ha regalado Astrid.
Alrededor de ellos habían clavado cinco antorchas rodeándolos
como una estrella de cinco puntas, y el re ejo del fuego iluminaba
sus rostros inquisidores.
Lillith se mantenía imperturbable. No iba a caer en su juego. Sisé
tampoco.
—Si tú lo dices, Azaro, será verdad —dijo sin sentirlo.
—Es aquí —abrió los brazos y alzó la mirada al cielo—.
¡Aquí! Puedo sentirla… Rápido, colocaos en posición. Hay que
abrir el velo cuanto antes. ¿Tienes la sangre de Idún? —preguntó
Azaro a Lillith, reclamándola con su na mano.
—Sí, aquí mismo —Lillith sacó un frasco con sangre del lágrima
negra y se lo entregó. Miró alrededor para ver si había rastro de
Idún, pero no lo encontró por ningún lugar. Esperaba que su plan
diera resultado, aunque quedara en manos de alguien que quería ver
muertos a los tres.
Azaro le quitó el tapón al frasco de cristal y vertió la sangre sobre
el suelo moteado de césped y piedra. Entonces, el Indigno invocó a
la magia Graen del lugar, como una vez hizo Idún para despertarlo a
él.
—Ol ek canun mosiv, reëv. Ol ek es y hya, täse. Ek Graen treseum te
loev! Ot yhos le derop!
Sucedió tal cual Lillith lo recordaba.
La sangre fue absorbida por la tierra, como si necesitara alimento.
Se abrió en canal para ella. Cuando la última gota de sangre
desapareció del suelo, hubo una explosión de luz, que venía del
vacío, y que iluminó todo el espacio. Debían darse prisa antes que
los del pueblo se dieran cuenta de los fuegos arti ciales.
Después de recuperar la visión, advirtieron que la grieta de la
tierra se hacía más grande, y que para su sorpresa, no eran ellos los
que bajaban a la tumba, era la tumba la que, vomitada por las
entrañas del lugar, salía hacia afuera impulsada por raíces antiguas
de la montaña, que la cubrían como si la protegieran del tiempo.
Esas raíces se iban apartando para que la sangre tocara la su
per cie de la tumba de piedra, que chupaba el uido con ansia.
La energía que emanaba de ese cetro era perversa y brutal. Y
alimentaría al mismísimo demonio.
Lo que saliese de ahí, arrebataría por siempre el poder femenino
a Lillith y a Sisé. No lo podían permitir.
—Acércate, Lillith —le ordenó Azaro.
La tumba era abierta por las raíces que de tan grandes parecían
tentáculos. En su interior, vestida como vestía Azaro, con esos trajes
que parecían más propios de las serpientes, descansaba el cadáver
consumido y cadavérico de una mujer, cuyo pelo rubio aún se
sujetaba a su cráneo—. Acercáos las dos. Tú también, Sisé —exigió
sin paciencia—. Astrid estará encantada con vuestro sacri cio. Y os
lo recompensará.
No. Astrid no lo haría. Porque si era como ellas, no querría que
nadie estuviera a su altura. Ellas eran las dominantes, no las
dominadas.
Portland
E
l Club Percival se alegró de saber de Nina. Esperaban
que regresara pronto para que ella les hablase de sus
descubrimientos, pero en aquella habitación de hotel de
Portland, Nina comprendió que nunca les hablaría de lo que sabía.
Porque los Sirens habían sido traicionados muchas veces, y no
merecían otra traición. Porque ahora el equilibrio de su mundo
dependía de ello.
Nina no llevaba tarjetas ni libretas encima, pero se sabía todos los
números y claves de memoria. Con ello, se hospedaron en el
Courtyard Portland Downtown.
Después de ducharse juntos, y con los albornoces blancos ya
puestos, consiguió ponerse en contacto con Ethan al número de
teléfono móvil que él le dio. Logró hablar con él para decirle que
Cora hablase con María Orsic y Evia, para que les contara lo
sucedido en Sirens. Nina no tenía ganas de dar demasiadas
explicaciones. Lo único que quería era que Ethan supiera que Idún y
ella estaban bien. Que el lágrima negra había matado a Azaro, y que
no sabían en qué estado se encontrarían Lillith y Sisé, ni tampoco la
momia de Astrid… Y sobre todo, que aceptara que Idún y ella
estaban juntos.
Juntos de verdad.
—No voy a interponerme, Nina —contestó un comprensivo
Ethan.
—Bien. No lo hagas.
—Me ha sorprendido todo. Solo es eso. Idún, esta vez, ha
demostrado cosas buenas…
—Idún es una caja de sorpresas —contestó disfrutando de los
besos de Idún en su cuello—. Es tu hermano, ¿no? Algo se le ha
tenido que pegar.
Ethan sonrió.
—Bueno, te tengo que dejar. Solo te llamaba para que sepas que
estamos bien.
—¿Qué vas a hacer con lo de tu brazo? ¿Es una leyenda?
—No. Es como un mapa de carreteras o como el mapa del metro
—contestó observándolo con detenimiento—. Quiero comprender lo
que es. Soy la Portadora, ¿no?
—Sí, no hay duda. Me alegra tanto haberte reencontrado, enana.
Nina se sentía igual. Los quería tanto a todos que no quería
volver a vivir sin ellos. Por eso deseaba encontrar a Lex y a Sin y que
todos estuvieran juntos de nuevo.
—Hay que encontrarles —sentenció Nina—. Hay que recuperar a
los hermanos.
—En ello estamos, pequeña. Pero vamos muy perdidos…
—Respecto a eso —le alertó de nuevo la información que Devil
compartió con ella en Sirens cuando le dijo que la llave de Isis que
tenía en el antebrazo era como la que dibujaban Lex y Sin en su arte
callejero. Era una obra muy conocida dentro de la cultura pop
artística. La llamaban: «las puertas de Agartha». Ella no tenía ni idea
porque había perdido el rastro de sus hermanos durante más de una
década. No tenía ni idea de a qué se dedicaban, y veía poco la
televisión. Si eran famosos o no, lo desconocía—. Devil me dijo lo de
«Las puertas de Agartha» de Lex y Sin.
¿Sabes si hay fotos de ellas en internet? Como es arte clandestino
y todo eso, no sé si prohíben su difusión o si…
—Sí. Sí las hay. ¿Por qué?
—Pásamelas a mi correo. Me conectaré a internet en los
ordenadores del hotel. Me dejé la mochila con el Mac y el móvil en
Isla Delfín.
—De acuerdo.
Nina observó los símbolos de su antebrazo que recorrían líneas,
cruces y puntos concéntricos.
—Quiero ver esos símbolos. ¿Sabías que el mural que dibujaron
de Evia en Lostsoul era una imagen real de Sirens? ¿Cómo pudieron
ellos saber algo así? Evia me vino a recibir con el mismo vestido y la
misma diadema, Ethan —no salía de su asombro—. Eso tiene que
signi car algo.
—Lex y Sin siempre han sido peculiares… Pero, después de todo
lo que estamos viviendo, nada es ya rocambolesco.
—Sí —bostezó sin querer.
—Bueno, te dejo, debes estar cansada.
—Sí. Lo estamos —miró de soslayo a Idún, que sonreía como un
pillo—. Descansa.
—Descansad los dos. Informadnos de todo lo que descubráis.
Cuando Nina colgó el teléfono de la habitación se tumbó encima
de Idún y lo inmovilizó contra el colchón. Su largo pelo negro cubrió
los rostros de ambos.
Y él la miraba más relajado que nunca. Y satisfecho. Satisfecho
con la vida.
—Idún.
—¿Qué?
—¿Nos ayudarás?
—No —contestó feliz—. Te ayudaré a ti. ¿Qué necesitas?
—Quiero encontrar a nuestros amigos. Saber qué ha pasado con
la zorra de la Bathory y sus amigas, si están muertas. Encontrar a las
amigas de Cora. Recuperar el cetro que falta, por si las moscas… —
se encogió de hombros—. Evitar el n del mundo. Esas cosas.
Idún arqueó sus cejas negras y la comisura de su labio se alzó
burlón.
—¿Y ver a qué línea de metro te lleva tu mapa?
—Sí. Exacto.
Él agarró su antebrazo, le besó el Tyet y después colocó su mano
sobre su pecho.
Su mirada llena de amor y de liberación la dejó sin habla.
—Todo lo que haga falta por ti. Lo que sea, Nina. Tú solo
muéstrame la hoja de ruta.
Nina parpadeó acogiendo esas palabras con agrado. Mientras se
besaban, la joven recordó al pequeño Idún cantando en el árbol de
los amantes, cuando pedía a una chica para sí. A un amor de verdad.
Y tal vez él tuvo razón. Tal vez sus letras inspiraron una canción en
la Tierra. O puede que fuera Azul que dejaba oír las canciones
románticas de la tierra en su lago, para las almas de los amantes.
—You, you light up in the dark, You’re the glowing and priceless work of
art… Tú iluminas la oscuridad. Eres la más resplandeciente e
impagable obra de arte.
—I see, I see your shining star, You’re the light through my window
from afar. Veo, veo tu brillante estrella. Tú eres la luz lejana a través
de mi ventana —Continuó Idún siguiéndole la letra. Aquella era su
canción.
—And don’t you forget. e only that ma ers is your heartbeat going
strong. Oh, don’t you forget. at nothing else can ma er ‘cause you know
where I belong. Y no te olvides que lo único que importa es que tu
corazón lata con fuerza. Que nada más importa porque sabes donde
pertenezco.