La complejidad psicológica de Don Quijote y Sancho no puede resolverse, como quieren algunos, en la
simple contraposición de dos caracteres entre los cuales se reparte la naturaleza humana...
Se dice que el Caballero es loco de remate, que es iluso, que persigue cosas imaginarias e imposibles y
desconoce paso a paso la realidad cuando quiere conformarla a sus imaginaciones y pensamientos. Y
del otro se predica que es cuerdo, práctico, realista, ingenioso y socarrón, y en él se compendia esa
gran porción de la humanidad que prefiere las cosas tangibles a las ilusorias, lo vivo a lo imposible, lo
inmediato a lo que se remonta por encima del tiempo. Se llega más lejos en la confrontación de esas
dos figuras humanas.
Don Quijote y Sancho no son hombres que se contraponen sino que conviven, porque un hombre es
un todo en sí mismo, un universo de carne que comprende toda la naturaleza en sí mismo y no puede
considerarse ni concebirse parcelado. Los dos son por igual locos y cuerdos. Si analizamos a Don
Quijote vemos que este buen hidalgo manchego, independientemente de su locura por la justicia
caballeresca, tenía el juicio sano y aún brillante, de una agudeza extraordinaria cuando hacía el
parangón entre las armas y las letras, o ensalzaba las virtudes de la Edad de Oro, o daba consejos a
Sancho para que gobernara con discreción la ínsula Barataria. Sus discusiones con el barbero y el cura,
y aún con el canónigo, cuando hacia el fin de la primera parte del libro le llevaban preso en una jaula a
su pueblo, le acreditan de hombre reflexivo y sensato. Además era melancólico, y quien es de esa
manera descubre por un conducto cerrado a los temperamentos jocundos la verdad íntima de la
naturaleza. Y era humorista, como que miraba a los hombres y a las cosas deformados, no como son
en realidad, sino como deberían ser según su naturaleza, de donde resulta la comicidad de muchos
pasajes del libro y las divertidas confusiones, porque el humorismo no es otra cosa que la visión del
hombre al través de un modelo mejor. La deformación que de allí resulta provoca, por lo monstruosa,
una sonrisa; pero el humor es condición de hombres cuerdos.
le, ni en la vida personal -en el amor y la amistad-, ni en la vida colectiva. Es preciso, por el contrario, construir
un espacio social y legal en el cual los conflictos puedan manifestarse y desarrollarse, sin que la oposición al
otro conduzca a la supresión del otro, matándolo, reduciéndolo a la impotencia o silenciándolo.
Es verdad que para ello, la superación de "las contradicciones antinómicas" entre las clases y de las relaciones
de dominación entre las naciones es un paso muy importante. Pero no es suficiente y es muy peligroso creer
que es suficiente. Porque entonces se tratará inevitablemente de reducir todas las diferencias, las oposiciones
y las confrontaciones a una sola diferencia, a una sola oposición y a una sola confrontación; es tratar de negar
los conflictos internos y reducirlos a un conflicto externo, con el enemigo, con el otro absoluto: la otra clase, la
otra religión, la otra nación; pero éste es el mecanismo más íntimo de la guerra y el más eficaz, puesto que es
el que genera la felicidad de la guerra.
Los diversos tipos de pacifismo hablan abundantemente de los dolores, las desgracias y las tragedias de la
guerra -y esto está muy bien, aunque nadie lo ignora-; pero suelen callar sobre ese otro aspecto tan
inconfesable y tan decisivo, que es la felicidad de la guerra. Porque si se quiere evitar al hombre el destino de
la guerra hay que empezar por confesar, serena y severamente la verdad: la guerra es fiesta. Fiesta de la
comunidad al fin unida con el más entrañable de los vínculos, del individuo al fin disuelto en ella y liberado de
su soledad, de su particularidad y de sus intereses; capaz de darlo todo, hasta su vida. Fiesta de poderse
aprobar sin sombras y sin dudas frente al perverso enemigo, de creer tontamente tener la razón, y de creer
más tontamente aún que podemos dar testimonio de la verdad con nuestra sangre. Si esto no se tiene en
cuenta, la mayor parte de las guerras parecen extravagantemente irracionales, porque todo el mundo conoce
de antemano la desproporción existente entre el valor de lo que se persigue y el valor de lo que se está
dispuesto a sacrificar. Cuando Hamlet se reprocha su indecisión en una empresa aparentemente clara como la
que tenía ante sí, comenta: "Mientras para vergüenza mía veo la destrucción inmediata de veinte mil hombres
que, por un capricho, por una estéril gloria van al sepulcro como a sus lechos, combatiendo por una causa que
la multitud es incapaz de comprender, por un terreno que no es suficiente sepultura para tantos cadáveres".
¿Quién ignora que este es frecuentemente el caso? Hay que decir que las grandes palabras solemnes: el
honor, la patria, los principios, sirven casi siempre para racionalizar el deseo de entregarse a esa borrachera
colectiva.
Los gobiernos saben esto, y para negar la disensión y las dificultades internas, imponen a sus súbditos la unidad
mostrándoles, como decía Hegel, la figura del amo absoluto: la muerte. Los ponen a elegir entre solidaridad y
derrota. Es triste sin duda la muerte de los muchachos argentinos y el dolor de sus deudos y la de los
muchachos ingleses y el de los suyos; pero es tal vez más triste ver la alegría momentánea del pueblo argentino
unido detrás de Galtieri y la del pueblo inglés unido detrás de Margaret Thatcher.
Si alguien me objetara que el reconocimiento previo de los conflictos y las diferencias, de su inevitabilidad y su
conveniencia, arriesgaría paralizar en nosotros la decisión y el entusiasmo en la lucha por una sociedad más
justa, organizada y racional, yo le replicaría que para mí una sociedad mejor es una sociedad capaz de tener
mejores conflictos. De reconocerlos y de contenerlos. De vivir no a pesar de ellos, sino productiva e
inteligentemente en ellos. Que sólo un pueblo escéptico sobre la fiesta de la guerra, maduro para el conflicto,
es un pueblo maduro para la paz.
Tomado de: Zuleta E, (1994) Elogio de la dificultad y otros ensayos. Medellín: Fundación Estanislao Zuleta.
Entropía: Medida del desorden de un sistema. Una masa de una sustancia con sus moléculas regularmente
ordenadas, formando un cristal, tiene entropía mucho menor que la misma sustancia en forma de gas con
sus moléculas libres y en pleno desorden. [Link]
A partir de la lectura soluciona los siguientes interrogantes:
1. ¿Qué tesis plantea el autor de este texto?
2. ¿Cómo caracteriza el autor la guerra como fiesta?
3. ¿Qué consecuencias tiene para una sociedad dejarse embriagar por la fiesta de la guerra?
4. ¿Por qué el autor afirma que “poderse afirmar sin sombras y sin dudas” es un motivo de festejo?
5. ¿Qué sentido tiene la frase de Hamlet en el contexto de la argumentación?
6. ¿Cuál es la conclusión del texto?
7. Antinómico significa que implica contradicción entre dos principios. ¿Qué significa entonces “Superar
las contradicciones antinómicas?
8. ¿Cómo califica el autor los términos honor, patria y principios?
9. Explica qué significa la expresión “negar la disensión”
10. La intención del autor del ensayo es: a. Informar b. Explicar c. Contar d. Opinar.
11. ¿Qué opinas de calificar la guerra como “una felicidad, una fiesta” colectiva? ¿A qué tipo de felicidad se
refiere?
12. ¿Crees que Colombia se halla inmersa en una “fiesta de la guerra”? Justifica tu respuesta con
argumentos sólidos.