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Herramientas para Análisis Sociopolítico

El documento 'Herramientas para el análisis sociopolítico' de Mercedes Saborido, publicado por Eudeba, ofrece un marco conceptual para entender la ideología y su impacto en la acción política. A través de varios capítulos, se exploran temas como la sociedad, el Estado, los regímenes políticos y la democracia, enfatizando la importancia de la ideología como un sistema de ideas que guía el comportamiento político. La obra también aborda la relación entre ideología y poder, destacando cómo las ideologías pueden ser utilizadas para legitimar o desafiar estructuras de dominación social.

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El documento 'Herramientas para el análisis sociopolítico' de Mercedes Saborido, publicado por Eudeba, ofrece un marco conceptual para entender la ideología y su impacto en la acción política. A través de varios capítulos, se exploran temas como la sociedad, el Estado, los regímenes políticos y la democracia, enfatizando la importancia de la ideología como un sistema de ideas que guía el comportamiento político. La obra también aborda la relación entre ideología y poder, destacando cómo las ideologías pueden ser utilizadas para legitimar o desafiar estructuras de dominación social.

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MATERIAL DE CÁTEDRA

CICLO BÁSICO COMÚN

EU DE de Buenos BA Aires
Editorial universitaria
ISBN 978-950-23-5904-5
HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO
Mercedes Saborido

HERRAMIENTAS
PARA EL ANÁLISIS
SOCIOPOLÍTICO

Mercedes Saborido

EU
DE
EU

9789502 359045
DE

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BA

HERRAMIENTAS

PARA EL ANÁLISIS

SOCIOPOLITICO
Mercedes Saborido

EU DE
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Saborido, Mercedes

Herramientas para el análisis sociopolítico / Mercedes Saborido. - la ed.. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Eudeba, 2019.
120 p. ; 23 x 16 cm. - (Material de cátedra)

ISBN 978-950-23-5904-5

1. Análisis Socioeconómico. 1. Título.


CDD 339.
A

Eudeba

Universidad de Buenos Aires

Primera edición: marzo de 2019

© 2019
Editorial Universitaria de Buenos Aires

Sociedad de Economía Mixta

Av. Rivadavia 1571/73 (1033) Ciudad de Buenos Aires


Tel.: 4383-8025 / Fax: 4383-2202

[Link]

Diseño de tapa: Silvina Simondet


Corrección y composición general: Eudeba

Impreso en Argentina.
Hecho el depósito que establece la ley 11.723

LA FOTOCOPIA MATA AL LIBRO YES UN DELITO

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No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su almacenamiento en un sistema informático, ni su transmisión
en cualquier forma o por cualquier medio, electrónico, mecánico, fotocopia u otros métodos, sin el permiso previo del editor.

ÍNDICE

Introducción.

Capítulo 1. La sociedad.
7

13

Capítulo 2. El Estado: definición y fundamentos de su legitimidad............... 29 Capítulo 3. El Estado y las diferentes


corrientes del pensamiento político.... 39 Capítulo 4. El concepto de nación..
Capítulo 5. Los regímenes políticos y las formas de gobierno.
67

85

Capítulo 6. La democracia: definición y evolución histórica del concepto.... Capítulo 7. Los partidos políticos y
la democracia.....
93

.... 107
Bibliografía.
113

Sobre la autora
117

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INTRODUCCIÓN

A propósito de la ideología

Antes de internarnos en el recorrido conceptual que se está proponiendo, consideramos importante aproximarnos al
qa los significados de una expresión clave en el lenguaje de la ciencia y la filosofía política, como es
ideología.
Los usos de esta palabra son tan variados que han dado lugar a una densa discusión teórica, con aportaciones de
altísimo nivel. Pero, además, la expresión ha sido incorporada al habla cotidiana: así como en algún momento se llegó a
afirmar que las ideologías "gobiernan el mundo", en la actualidad se decreta con énfasis que "las ideologías han
muerto", aunque los movimientos ideológicos siguen mostrando su vitalidad y capacidad de difusión.
En esta Introducción nos proponemos revisar dos de las acepciones más usuales, que consideramos fundamentales
para la comprensión de los análisis que se realizarán posteriormente: 1) la que define la ideología como un
sistema de ideas impulsoras de la acción política; 2) la que sostiene que la ideología constituye un discurso
socialmente determinado.

La ideología como sistema de ideas

Desde esta perspectiva, la ideología puede ser definida como un conjunto de ideas y de valores concernientes
al orden sociopolítico que cumplen la función de guiar los comportamientos políticos colectivos.
Podemos decir, entonces, que la ideología se caracteriza por una formulación explícita en la que se ilustra cómo
funciona la sociedad, se explica cómo debería funcionar a partir de un enfoque ideal, y se despliega un programa
destinado a

1. Entre los textos de mayor valor, podemos citar a Rossi Landi (1980), Eagleton (1997), Žižek (2004).

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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO
modificar el funcionamiento real para hacerlo compatible con la visión ideal. Asimismo, son componentes de una
ideología un alto grado de integración y de compatibilidad entre sus proposiciones, la resistencia a toda
modificación de los principios, la obediencia que se exige a los adherentes y la carga emotiva que generalmente
acompaña su aceptación y aplicación.
Si avanzamos en esta línea de análisis podemos preguntarnos desde cuándo existen las ideologías así definidas.
No cabe duda respecto a que desde que el hombre organizó su vida en sociedad ha habido reflexiones sobre cuestiones
como el ejercicio del poder, su legitimidad y sus posibilidades de transformación, así como también se han
utilizado argumentos destinados a asegurar su hegemonía política, social y cultural en la sociedad. No obstante, es
preciso destacar que fue a partir del progresivo desarrollo de la sociedad burguesa en la Europa de los
siglos XIV y XV cuando empezó a percibirse la importancia social de ciertos conjuntos de ideas y representaciones.
Ahora bien, a los efectos de encuadrar adecuadamente el tema se puede acordar con el historiador Karl Dietrich Bracher (1989)
en su afirmación de que el siglo XX constituye la “era de las ideologías", ya que en ese momento adqui- rieron
preponderancia las ideologías -liberalismo, socialismo, nacionalismo y sus variantes- que venían
desarrollándose desde el siglo XVIII. Los elementos novedosos que identifican esta “era" son los siguientes: 1) la
importancia que adquiere la cuestión de la legitimidad, esto es, la necesidad de justificación que surge de una
realidad política caracterizada por la declinación definitiva de la influencia de la religión, lo que obliga a la
elaboración de renovados recursos ideológicos; 2) la expansión experimentada por los medios de
comunicación que, al transformar el concepto de "opinión pública", exige la elaboración de nuevos
argumentos para abordar el carácter que toma el conflicto político, y 3) el manejo que hacen los regímenes
dictatoriales de las ideas políticas, manipulando la opinión pública a los efectos de apuntalar su gestión.
Parece evidente que uno de los rasgos que caracteriza al mundo contemporáneo es el "enfrentamiento ideológico",
entendida esta expresión como la confron- tación en la arena política de visiones excluyentes del mundo que
imaginan un escenario futuro en el que se ha producido el triunfo absoluto de "su" verdad.
El dogmatismo y la fuerte propensión hacia una visión de la realidad sociopo- lítica afectada por conflictos
profundos han sido algunos de los rasgos atribuidos a las ideologías. La persistencia de esos
componentes negativos que acompañan a la expresión puede apreciarse en el irónico comentario (muy
generalizado) de que la ideología es "como el mal aliento, justamente lo que tiene otra perso- na". Asimismo,
desde una perspectiva conservadora se tiende a contraponer la ideología al verdadero conocimiento: el
primero es un conjunto de ideas que, internalizadas por el individuo, lo llevan a visualizar de manera distorsionada
Introducción

la realidad, mientras que los que defienden el statu quo --liberales en política, defensores del mercado en economía-
son los que están en posesión efectiva de la verdad (nuevamente, ideología es lo que tiene el otro),
En resumen: fascismo, comunismo, nacionalismo, liberalismo, el mismo cristianismo cuando baja a la arena
política, constituyen "ideologías" en el sentido que estamos analizando.

La ideología como discurso socialmente determinado

Cualquier abordaje sobre el tema de la ideología en un sentido diferente del que hemos desarrollado hasta ahora
debe revisar las aportaciones de Karl Marx (1818-1883), expuestas en varias de sus obras. Los estudios sobre su visión
de la ideología son importantes y muestran la existencia de diferentes concepciones no siempre coincidentes; en esta
introducción nos limitaremos a llamar la atención sobre las que se consideran sus ideas más difundidas. Para ello
transcribiremos uno de sus párrafos más conocidos, proveniente del prólogo a la Introducción general a la crítica de
la economía política, obra de 1859:

En la producción social de su existencia, los hombres establecen deter- minadas relaciones, necesarias e independientes de su
voluntad, relacio- nes de producción que corresponden a un determinado estadio evolutivo de sus fuerzas productivas
materiales. La totalidad de esas relaciones de producción conforman la estructura económica de la sociedad, la base sobre
la cual se alza una superestructura jurídico-política y a la cual co- rresponden determinadas formas de conciencia
social. El modo de pro- ducción2 determina el proceso social, político e intelectual de la vida en general. La
conciencia de los hombres no es la que determina su ser social sino que, por el contrario, su ser social es el que
determina su con- ciencia (Marx, 1986: 66).3

En el párrafo que acabamos de transcribir, "formas de conciencia social" equivale a ideología, y su interpretación
más generalizada es que constituye el

2. En la terminología marxista se defiue como modo de producción la relación existente entre un determinado desarrollo de las
fuerzas productivas y las relaciones de producción en las que entran los sujetos que participan en los procesos productivos.
3. En la traducción utilizada Uberbau es traducido como “edificio", pero en general la ex- presión más conocida es "superestructura", por
lo que se ha realizado esta modificación en el texto. En otras ocasiones, bendingen es traducido como "condicionar"
invocando otros textos de Marx, pero en este caso se ha mantenido la traducción original.

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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO


Introducción
1

conjunto de las ideas y teorías -en muchos casos expresadas a través de ins- tituciones- por medio de las
cuales se encubren las relaciones de explotación características de cada modo de producción y que
aseguran la reproducción de estas en beneficio de las clases dominantes. Desde esta perspectiva,
quienes detentan el poder buscan legitimar su situación de dominio a través de la utili- zación de diferentes
estrategias, a saber: impulsando creencias y valores que les resulten afines, difundiéndolas por medio de
"aparatos ideológicos” creados a tal efecto, universalizándolas para hacerlas evidentes e inevitables, atacando
las ideas que puedan poner en peligro su dominio y oscureciendo la realidad social de manera conveniente
para sus intereses.
Un ejemplo elemental de esta utilización del término ideología puede ser el siguiente enunciado: quienes
detentan el poder en el capitalismo encubren la realidad social, caracterizada por la existencia de clases que
poseen un acceso desigual a las rentas que se generan como consecuencia del funcionamiento del sistema,
sosteniendo que esas desigualdades constituyen un rasgo de todas las sociedades que han existido ( "pobres
habrá siempre"); que cualquier intento de acabar con esas desigualdades conduce a situaciones de opresión
que terminan siendo peores para el conjunto de los integrantes de la sociedad ("la infructuosa búsqueda
de la igualdad conduce inevitablemente a una pérdida de libertad”); que el capitalismo es el único modo de
producción que permite el ascenso social a partir del esfuerzo individual ("persevera y triunfarás”) y, por lo
tanto, es el mejor de los sistemas creados por el hombre.
La cuestión para destacar de este abordaje reside en que no toda ideología está asociada a un poder político
dominante, por lo que es preciso ampliar la definición de manera que abarque un conjunto de ideas
-verdaderas o falsas-por las que los actores sociales explican y justifican sus acciones políticas, con
independencia de que se propongan defender, reformar o abatir el orden social existente.
De la caracterización de la ideología realizada por Marx se destacan dos aspectos importantes; su determinación
social y la existencia de un componente de "falsedad".
La determinación social, como se ha visto, alude de manera concreta a que, en el ámbito de una sociedad dividida en clases,
quienes ocupan las posiciones de privilegio hacen uso de un conjunto de elementos destinados a asegurar su dominio,
difundiendo valores, 'actitudes y prácticas sociales que impulsen la conformidad con el orden social existente. Esta afirmación
es válida también para quienes, por el contrario, aspiran a transformar la sociedad.

4. Esta expresión es utilizada por Althusser (1980) para designar los instrumentos institucio- nales y no institucionales -el
sistema educativo es un ejemplo de los primeros y los medios de comunicación, de los segundos de los que se valen las clases
dominantes en un determinado modo de producción para asegurar su hegemonía,

10
Recurramos a un nuevo ejemplo que contribuya a aclarar estos conceptos: cuando en la Edad Media la Iglesia
predicaba las bondades de una sociedad dividida entre quienes trabajaban contribuyendo con sus tributos al
manteni- miento del conjunto (los campesinos), quienes rezaban por la salvación de todos (los miembros del
clero) y quienes combatían en defensa de la integridad física de todos frente a los enemigos (los señores
feudales), sosteniendo además que ese era el ordenamiento querido por Dios, básicamente estaban
elaborando un discurso ideológico destinado a fomentar la conformidad de los oprimidos -la abrumadora
mayoría de la población-, quienes en una situación de crisis podían preguntar y preguntarse por las
verdaderas razones que explicaran el hecho de que con su trabajo mantenían a los otros dos sectores
privilegiados.
En ese mismo escenario histórico, quienes desde posiciones subalternas dentro de la Iglesia --las órdenes
mendicantes- aspiraban a modificar la realidad también hicieron uso de un discurso ideológico alternativo,
sosteniendo, por ejemplo, que la pobreza de Jesucristo era incompatible con el lujo y la ociosidad de los clérigos,
que la tierra pertenecía a Dios y no a un grupo privilegiado que la usufructuaba en su beneficio, por lo que era
preciso retornar a una pasada (e imaginaria) edad de oro caracterizada por la igualdad en el reparto de los esfuerzos y
de lo producido por el trabajo,
En cuanto al tema de la "falsedad" de la ideología es preciso diferenciar la idea marxista de que se trata de un intento
de enmascarar (o destacar) los as- pectos más cuestionables de una realidad social basada en la dominación de un grupo sobre
otros, respecto de la concepción de que la ideología tiene un carácter "falso" por tratarse de un producto de la
conciencia individual, afectado por las deformaciones que sus sentimientos y sus prácticas cotidianas imponen a su
capacidad de conocimiento. En pocas palabras: podemos tener actitudes racistas destacando los rasgos "inferiores"
de los afectados (negros, indios, extranjeros), porque de esa manera "justificamos" el hecho de explotarlos; o
podemos serlo porque desconocemos los rasgos de la comunidad hacia la que tenemos este tipo de
comportamientos y nos manejamos por prejuicios, pero podemos modificar nuestra actitud a partir del
conocimiento de la realidad. En el primer caso nos encontramos frente a una "falsedad" en el sentido marxista, que
justifica una situación de opresión, mientras que en el segundo se trata de una "falsedad" que se origina en una
limitación del conocimiento individual.

Este breve recorrido ha tenido como objetivo llamar la atención sobre una situación que debe ser considerada en
todo el proceso de análisis que vamos a realizar seguidamente: por una parte, vamos a estudiar realidades sociales
que

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I

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:

HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

se abordan desde diferentes posiciones ideológicas; por otra, el autor mismo no puede rehuir el hecho de que los
conocimientos que intenta transmitir pueden estar afectados por los condicionamientos sociales que afecten su
discurso. El rernedio para esto último reside en ser consciente de esas limitaciones pero tratar de realizar un
tratamiento lo más objetivo posible, teniendo claro que un conoci- miento (una teoría, una explicación) es "verdadero/a"
mientras no sea refutado por otro/a que se corresponda; esto es, que explique de manera más convincente el
proceso-fenómeno que se está estudiando.
12

CAPÍTULO 1 LA SOCIEDAD

Introducción

Sociedad se define generalmente como una agrupación natural o pactada de personas, con el fin de cumplir,
mediante la cooperación, todos o algunos de los fines de la vida. En la misma definición ya aparecen perfiladas las
dos corrientes existentes respecto del origen de la sociedad: la de la naturaleza y la del pacto
o contrato.

De acuerdo con la primera corriente, la sociedad es un componente natural de la vida del hombre, puesto que en
ella nace y se desarrolla. La naturaleza (y la necesidad) lo han llevado a vivir en sociedad; sin la comunicación de
las ideas y el conocimiento de lo conseguido por sus antepasados, el género humano no habría salido de la
infancia. Solo si fuera "una bestia o un dios" podría vivir en una situación asocial. Además, la concepción de que
"el hombre es un ser social" implica la existencia de una autoridad "natural", entendida como una
persona o un conjunto de personas encargadas del ejercicio del poder público. Esta concepción fue desarrollada
por Aristóteles (384-322 a. C.) que, partiendo del principio de que el hombre es por naturaleza un animal político
y social, expuso una teoría del desarrollo político que va desde la familia -que existe para las necesidades
elementales de la vida- hasta la sociedad (polis), única estructura que hace al individuo protagonista de la
vida política. Si bien el cristianismo ha sido el prin- cipal defensor de la "naturalidad" de la sociedad,
esta posición fue adoptada en diferentes épocas por quienes se oponen al contractualismo.
El contractualismo se basa en la teoría del pacto, desarrollada en el siglo XVII por los pensadores ingleses Thomas
Hobbes (1588-1679) y John Locke (1632-1704), y en el siglo siguiente por el francés Jean-Jacques Rousseau (1712-
1778). Afirma que la sociedad no es obra de la naturaleza sino de la decisión de los hombres mediante un pacto, que
además establece una autoridad, a la que se someten voluntariamente. Desde esta visión, el primer estado natural del
hombre fue el aislamiento y, por distintas razones según los autores --la guerra, la defensa de la propiedad, el
pacto o contrato surge para superar esa situación,

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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

dando lugar a la emergencia de la sociedad política -una forma de organización de los hombres- en la que la
autoridad se constituye para asegurar los derechos de quienes forman parte de ella.
Esta caracterización nos remite a dos tipos de contrato: el pacto de asociación entre individuos que deciden vivir juntos,
regulando de común acuerdo todo lo que se refiere a su segura conservación, y el pacto de sumisión (o de
sujeción), que instaura el poder político, al que se compromete a obedecer.
Las concepciones contractualistas se vinculan históricamente al constitucio- nalismo, es decir, a las corrientes
políticas que plantean la necesidad de limitar el ejercicio del poder por medio de un documento que
establezca los derechos y deberes de gobernantes y gobernados,
Como muestra la historia, el contrato social es pura teoría; sin embargo, ha sido la forma más convincente
--¿racional?- de ordenar la convivencia y legitimar la autoridad.
Una variante de la teoría del contrato es aquella que distingue entre comuni- dad y sociedad.' De acuerdo con ella,
los seres humanos se agruparon primero en comunidades, grupos en los que los lazos de unión eran sobre todo
afectivos. Las transformaciones económicas fueron las que dieron lugar al surgimiento de la socie- dad, unión de
personas en las que el único lazo que las mantiene unidas es el interés económico. En este caso, el pacto surge
implícitamente para vincular a personas que no tienen nada que ver entre sí, estableciendo las normas que regulan
la convivencia en un mundo individualista, dominado por la competencia en todos los terrenos.

La estratificación social

La estratificación social es la manera como se divide una sociedad determi- nada, compuesta de diferentes
agregados llamados estratos," cada uno de los cuales entraña un grado diferente de propiedad, bienes y servicios;
derechos y obligaciones; y poder y prestigio. En palabras de Giddens, "la estratificación puede definirse
como las desigualdades estructuradas entre diferentes agrupamientos de individuos". En efecto, todas las
sociedades se caracterizan por el hecho de que sus integrantes están colocados en situaciones diferenciadas
en relación con el acceso a los bienes sociales, de existencia escasa.

1. El primero en establecer esta diferencia fue el sociólogo alemán Ferdinand Tonnies (1855-1936).
2. El término "estrato" ha sido tomado de la geología, y se refiere a la superposición de capas de diferentes materiales a lo
largo del tiempo, dando lugar a la conformación de estructuras geológicas consolidadas.
Capítulo 1. La sociedad
Es fundamental destacar que la estratificación es social, para no confundir las desigualdades sociales con las
desigualdades naturales. No existen dudas respecto de que los hombres no son iguales, pues difieren tanto en
sus caracte- rísticas físicas como en sus capacidades mentales, pero estas diferencias de por sí no explican las
desigualdades sociales, a pesar de que en ciertos casos pueden influir en ellas. Para poner un ejemplo, en una
sociedad guerrera un atleta va a estar en posición favorable respecto de una persona con salud precaria.
La estratificación social se origina básicamente en la división del trabajo; en una sociedad hipotética en la que
todos los hombres y las mujeres desarrollaran las mismas actividades no se producirían entonces diferenciaciones
sociales. El proceso de diferenciación de las posiciones sociales originado por la división del trabajo va
acompañado de una diferente evaluación de esas diferenciaciones, y da lugar al establecimiento de escalas de
valores que dependen de cada sociedad, y que incluso pueden modificarse dentro de una misma sociedad en
determinadas circunstancias.
Si bien no existe unanimidad de criterios acerca de la tipología utilizable para comparar los distintos tipos de
sistemas de estratificación social que han existido a lo largo de la historia, autores como Giddens o Kerbo
coinciden en la descripción de cuatro: el sistema de esclavitud, el de castas, el de estamentos o estados, y el
sistema de clases. Para poder compararlos de forma sintética y clara, y de esa forma comprender la complejidad
de cada uno de ellos, se pueden utilizar cinco variables: 1) la apertura o cierre normativa del rango; 2) el método
por el cual las personas se ubican en uno u otro rango; 3) cuál es el sostén legitimador del sistema; 4) a qué se
debe la desigualdad; 5) finamente en cuál de los sistemas existe una mayor desigualdad.
Con la primera de las variables se está haciendo referencia a los valores o normas que establecen los
ordenamientos, y si esas normas son cerradas o abiertas. Esto quiere decir si hay restricciones formales o
religiosas para el matrimonio o la relación entre un estrato y otro.
La segunda variable describe la razón por la cual la gente realmente se sitúa en uno u otro rango. Aquí
encontramos dos términos que nos ayudan a la compresión: adscripción y logro. El primero de ellos señala cuando
la persona se sitúa en un rango no por elección sino porque, de alguna manera, le viene "heredado", y en tal caso
es imposible de modificar, como el caso del color o el sexo. El segundo concepto establece que el individuo
arriba a un rango en particular debido a su propio mérito. Un término pertinente para incorporar a esta altura es el
de movilidad social, esto es, la posibilidad de ascender o descender socialmente.
La variable legitimación trata de la razón o el método por los cuales el sis- tema se sostiene, es decir, cómo se logra
convencer y/o persuadir a la mayorfa de la población para que respete y sostenga ese sistema de desigualdad. Aquí

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15
i
के

HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

podemos encontrar preceptos legales y/o ideológicos; es decir, puede haber un sistema jurídico legal que lo
sostenga o un sustrato ideológico, muchas veces relacionados con la religión, pero puede ser otro tipo de
ideología, que sirve de sostén del sistema.
La cuarta de las variables refiere al hecho de que en la mayoría de las socie- dades encontramos tres métodos por
los cuales se fundamenta la desigualdad: estatus o prestigio, poder adquisitivo-posesiones materiales, y
poder militar. Estas formas de legitimación suelen estar interrelacionadas y en ningún caso se dan de forma
pura.
Por último, con la última variable se concluye de forma abstracta y genera- lizando más de lo pretendido, en cuál
de los sistemas se puede determinar que existe una mayor desigualdad.
Del resultado de la relación de las cinco variables mencionadas arriba con los sistemas tipo de estratificación antes mencionados
obtenemos el siguiente análisis.

La esclavitud

El sistema esclavista fue una de las formas de desigualdad que ha existido durante mayor cantidad de tiempo y la
más extrema. Se pueden encontrar rastros de ella en las primeras comunidades agrarias, desarrollándose con
fuerza con las primeras grandes civilizaciones occidentales (Grecia y Roma). Si bien en los siglos que ha persistido
ha tomado formas particulares, la característica distintiva es la propiedad privada del hombre, es decir, la
apropiación de un hombre por parte de otro. Los casos más conocidos son los del mundo clásico mediterráneo -las ciudades
griegas y el Imperio romano-, y el sistema de plantaciones instaurado a partir del siglo XVI por parte de
algunas naciones europeas en varias regiones de América utilizando mano de obra traída desde África.
Al ser un sistema que duró tantos siglos es difícil realizar una generalización de sus características. En principio
lo que se puede establecer es que no siempre constituía un sistema normativamente cerrado: en las sociedades esclavistas anti-
guas el esclavo podía comprar su libertad o acceder a ella de diferentes maneras. Un esclavo lo era en general por
adscripción, es decir por haber heredado esa condición, pero también podía darse que una persona naciera libre, lo
tomaran como esclavo un periodo de tiempo determinado y finalmente terminara libre. Eso tiene relación directa con
las distintas formas de aplicación de este sistema. En el Mediterráneo un esclavo era aquel que se dedicaba a actividades
relacionadas con el trabajo, pero también podía serlo un prisionero de guerra. Y eso se rela- ciona directamente
con su forma de legitimación: la esclavitud se basó siempre en un sisterna legal que lo sostuvo, amén de su
sustrato ideológico que sirvió para hacer "aceptable" esta forma de explotación. El fundamento de la desigualad era

16
Capítulo 1. La sociedad

meramente económico, lo que hizo que el sistema cayera efectivamente por pro- blemas económicos: en el
momento mismo que dejó de ser rentable. En términos generales, este sistema es uno de los más cerrados.

Sistema de costas

La casta se asocia a las culturas del subcontinente indio. Si bien el término casta no es propio de la India sino que es
portugués y significa estirpe pura, es aplicado para el caso indio. Algunos estudiosos tratan el sistema de
castas de la India como un fenómeno económico similar al feudalismo europeo, en el que los terratenientes
explotan a los que no tienen tierras con el apoyo de la religión. Otros, en cambio, lo analizan desde la
perspectiva litúrgica o religiosa al servicio de fines distintos a los económicos, aunque inevitablemente vinculado a
ellos. La pertenencia a una casta se determinaba exclusivamente por el nacimiento, es decir, era heredada y en
principio estaba excluido el paso de una casta a otra. Su rasgo principal era justamente la inexistencia de "zonas
grises" donde las cate- gorías se confundieran; por el contrario, las divisiones estaban muy definidas y
claras, y sus rangos eran cerrados. La forma de legitimación del sistema estaba anclado a la religión hindú y a su
creencia en la reencarnación: si un individuo en sus vidas pasadas y en el presente no realizaba los rituales que
reclamaba la liturgia, en la próxima vida ocuparía una posición inferior.
Sistema de estados o estamentos

En la sociedad feudal se pertenecía a un orden principalmente por el nacimiento, es decir heredado,


aunque el paso de un orden a otro no estaba excluido y se concretaba por medio de un requisito formal, como la
concesión de un título nobiliario por parte de un monarca, lo que bace que los rangos si bien en principio
eran cerrados, tuvieran excepciones. Cada estado tenía deter- minadas obligaciones y derechos, y estos estaban
establecidos por ley, aunque la tradición jugaba un papel trascendental (forma de legitimación). Es, ante todo, una
relación basada en el poder militar o en la dominación económica: ya Marx escribió acerca de la relación basada en la
dominación económica en la que una clase poseía los principales medios de producción, que en la época feudal era la
tierra, mientras que el resto vivía subyugado por aquellos.

3. De esta situación se escapaba el orden eclesiástico, aunque dentro de él había una clara distinción entre el "alto clero",
reservado para miembros de la aristocracia, y el "bajo clero", al que accedía el resto de la población.

17
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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

Ya en la Europa del siglo XII el feudalismo estaba establecido y se dividía en tres ordenes o estamentos: la
nobleza, propietaria de la tierra, generalmente de origen militar; el clero, los sacerdotes y todos aquellos que
pertenecían al mundo religioso, (estamento que a su vez estaba fuertemente jerarquizado); y finalmente
los plebeyos, o a veces denominados tercer estado, que eran todos los demás: campesinos, artesanos,
comerciantes, etcétera.

Sistema de clases

Para aquellas sociedades en las cuales las desigualdades sociales no están sancionadas por ley, el concepto
más utilizado es el de clase. A diferencia de los casos citados, en esas sociedades teóricamente no existe ningún
obstáculo para el paso de una clase a otra, en tanto estas se caracterizan por el hecho de que designan a
agrupaciones cuya existencia no está reconocida por el ordenamiento jurídico de la sociedad. La movilidad social
se plantea como una posibilidad cierta y es lo que sustenta y legitima el sistema. La clase del individuo es
adquirida, en parte ya que no es meramente recibida de nacimiento, si bien su situación "inicial" es un factor que se puede
considerar al menos condicionante. Clase, entonces, es la expresión que se utiliza para designar a un agregado de
personas que comparten ciertos elementos objetivos comunes, en general relacionados con su nivel
de ingresos, que los coloca en diferente posición social respecto de otras, en sociedades que reconocen que todos
los hombres son formalmente iguales ante la ley.

Teorías de la estratificación social

En un sentido amplio, puede decirse que, a partir del concepto de clase existen dos conjuntos de teorías
de la estratificación social: las teorías del conflicto y las teorías funcionalistas. Ambas constituyen esfuerzos
por dar respuesta a una pregunta básica: ¿cómo es posible la sociedad? o, formulada de otra manera, ¿cómo es
posible que la mayoría de la gente obedezca las reglas la mayor parte del tiempo?
Los teóricos funcionalistas afirman que la sociedad se mantiene unida debido, sobre todo, a la existencia de un
consenso en torno a los valores y las normas de la sociedad. Las personas tienden a obedecer las reglas y a vivir de
acuerdo con ellas tras un largo proceso de socialización. Los teóricos del conflicto, por el contrario, sostienen que la
sociedad está caracterizada por la existencia de conflictos, pero a pesar de eso se mantiene unida porque: 1) una de
las clases

18
Capítulo 1. La sociedad

de la sociedad tiene el poder de hacer cumplir las reglas, y hacer que las clases subordinadas sigan reglas que en
lo fundamental sirven a sus intereses, y 2) hay tantos grupos de interés solapados y divididos que los individuos o
grupos deben aprender a cooperar.
Una de las razones de que los supuestos de los modelos de los teóricos funcio- nalistas y los teóricos del conflicto sean
diferentes es que mientras los primeros tienden más a considerar a las sociedades como sistemas "holistas" (semejantes
a órganos biológicos),* las segundas se centran en las partes y los procesos que componen las sociedades.

Las teorías del conflicto

Las dos principales aportaciones al estudio de las clases sociales desde la perspectiva del conflicto son obra de
pensadores alemanes: Karl Marx (1818- 1883) y Max Weber (1864-1920).
Para Marx, a pesar de que nunca desarrolló sistemáticamente el concepto, las clases sociales se conforman como
consecuencia de la posición objetiva que ocupan los individuos en el proceso productivo. Así, en el modelo
clásico, el capitalismo se caracteriza por la existencia de dos clases: la burguesía, com- puesta por los
propietarios de los medios de producción, y el proletariado, que al-carecer de ellos se ve obligado a vender
su fuerza de trabajo en el mercado para subsistir. Dos de los rasgos principales de la teoría de Marx son: 1) que
cada clase se define por su relación con la otra -u otras- (no puede haber burguesía sin proletariado, y viceversa), y
2) que estas relaciones son'de carácter antagónico. La conocida expresión de Marx "la historia de la
humanidad es la historia de la lucha de clases" no solo sintetiza este último punto sino que extiende la utiliza-
ción del concepto de clase para referirse a las diferentes formas en las que se han manifestado las desigualdades
sociales en la historia (señores feudales/siervos; propietarios esclavistas/esclavos, etcétera). Desde su
perspectiva de análisis, las clases oprimidas, con sus luchas, fueron las protagonistas de las transformaciones
verificadas en la estructura social.

Marx siempre se interesó por la acción social, y a partir de ese interés trató de delimitar los elementos y las
condiciones que se vinculaban con los procesos de surgimiento de la clase obrera. Su argumentación parte de la idea de
que la clase dominante desarrolla toda una estructura ideológica que actúa a través de

4. Desde esta perspectiva, la sociedad se asemeja a un organismo biológico: así como cada órgano cumple una función dentro
del cuerpo humano, las diferentes partes de una sociedad cumplen distintas funciones, necesarias para la salud y el
mantenimiento de esta.

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༄།

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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

los mecanismos de socialización y de control social -como el mensaje religio- so, la educación y los medios de
comunicación-, cuyo objetivo es justificar la posición que cada clase ocupa en la estructura social, impidiendo la
gestación de una verdadera conciencia entre los que carecen de los medios de producción y además del poder
político efectivo.
Para terminar de entender el análisis marxista de las clases sociales es pre- ciso recurrir a dos conceptos: clase en sí
y clase para sí. Una clase en sí es un conjunto de individuos que comparten una misma posición en la estructura
productiva -por ejemplo, el conjunto de los obreros industriales-, mientras que se utiliza la expresión clase para sí
para señalar a los integrantes de una clase que reconocen la existencia de intereses comunes y a partir de esa
realidad se organizan políticamente; de ellos también se afirma que han adquirido “con- ciencia de clase". Es decir
que a una caracterización objetiva -por ejemplo, en la Edad Media los siervos compartían una situación de
inferioridad basada en que estaban atados a la tierra y debían pagar tributos al señor feudal-, se agrega otra de
carácter subjetivo: los siervos toman conciencia de su posición subalterna en la sociedad y llevan a cabo
revueltas para modificar la realidad.
Además, según Marx la sociedad de clases produce alienación, una deshuma- nización del trabajo originada
como consecuencia de la existencia de relaciones de producción basadas en la explotación, que privan al individuo
de la posibilidad de realizarse como persona, de contribuir activamente a forjar su propio destino en vez de
padecerlo como oprimido. A mantener al individuo en ese estado de alienación contribuye la estructura ideológica
a la que ya hemos hecho referencia. Por lo tanto, los explotados deben superar esa situación como parte de su
lucha para alcanzar el poder.
El intento más importante de utilizar el concepto de clase de manera diferente de la de Marx se debe a la obra
de Max Weber. Este ilustre pensador alemán compartía la visión marxista de que la sociedad está caracterizada
por el conflicto; sin embargo, creía que el conflicto entre los propietarios de los medios de pro- ducción y los
trabajadores no era el único conflicto que se daba en la sociedad, y en ocasiones ni siquiera el más importante.
Su análisis parte de una definición de clase de carácter económico: una clase es el conjunto de personas que
están colocadas en una misma situación de mercado, es decir, que tienen iguales posibilidades de acceso a
los bienes disponibles en el mercado. Desde su perspectiva, por lo tanto, la propiedad es una fuente de
privilegios en la competencia por el acceso a los bienes pero no constituye el único criterio para la
conformación de las clases. De este planteo se derivan dos consecuencias: 1) las clases solo existen en
sociedades en las que se ha desarrollado la economía de mercado, y 2) las clases son agregados que no necesariamente
dan origen a la formación de grupos sociales efectivos; para
Capítulo 1. La sociedad

que eso ocurra debe desarrollarse un sentimiento comunitario, de intereses o de destino, que da lugar a una acción común
en defensa de esos intereses o valores. De esta manera nos encontramos ante una distinción con rasgos similares a
la de clase en sí y clase para sí.
La principal diferencia entre las concepciones de Marx y Weber reside en que para el primero la clase
constituye el elemento central para el análisis de las relaciones entre los aspectos económicos, políticos,
sociales y culturales, siendo los antagonismos entre ellas un punto fundamental para estudiar la estructura
de las sociedades y su dinámica transformadora. En la visión de Weber, en cambio, la clase solo adquiere importancia
en el marco del ordenamiento económico, y las diferencias de clase no se manifiestan de manera tan
significativa en los ámbitos sociales y políticos, razón por la cual introduce los conceptos de estatus y de partido.
Comparten un mismo estatus quienes gozan de un prestigio social particular y se caracterizan por sus modos de
comportamiento, sus hábitos de consumo, por el tipo de relaciones que establecen, etcétera. A diferencia de las
clases, los grupos de estatus constituyen comunidades que se definen por su forma de actuar, por un modo de
percibirse a sí mismos y de ser percibidos por los demás. Sin duda, las clases y los grupos de estatus están
vinculados entre sí, pero el hecho importante es justamente que no coinciden: individuos de clases diferentes pueden
formar parte del mismo grupo de estatus, y viceversa. El concepto de estatus abarca una esfera muy amplia de
realidades, desde las castas de la India hasta los órdenes medievales, desde los militares hasta la burocracia;
podríamos decir que el hecho de compartir un cierto estatus remite a las situaciones en las que la posición social de
un individuo no puede predecirse con seguridad a partir de la riqueza de que dispone. En contraste con la "situación de
clase", económicamente determinada, la "situación de estatus" implica que cada componente de la vida de los hombres
está establecido por una específica estimación social positiva o negativa. En pocas palabras, el estatus está
normalmente expresado por un estilo de vida específico.
Se han establecido diversas tipologías de estatus; una de las más conocidas es aquella que distingue los
estatus atribuidos de los estatus adquiridos. Los pri- meros -edad, sexo, raza, nacionalidad, familia, etcétera-se
darían sin el control de la persona, mientras que los adquiridos implican algún tipo de intervención de ella
-ocupación, ingresos, etcétera-, aunque la adquisición raras veces está libre de atribución -herencia, recomendación,
etcétera-.
Finalmente, Weber hace referencia a los partidos políticos, definidos como asociaciones voluntarias cuyo fin es la
conquista o conservación del poder. Los partidos surgen a partir de intereses de clase o de grupos de estatus,
aunque en general los partidos reclutan sus miembros entre diferentes clases sociales y ellos no necesariamente se
identifican con un estatus particular.
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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO .

Por lo tanto, Weber aborda la cuestión de la estratificación social sobre la base


de tres dimensiones, riqueza, prestigio y poder, que
son interdependientes, aunque sin duda gozan de una cierta autonomía.
Las sociedades contemporáneas se han caracterizado, entre otros factores, por la aparición de nuevas y complejas
realidades que no pueden ser explicadas por los análisis tradicionales de los teóricos del conflicto. El fenómeno
central en la evolución de las sociedades desarrolladas parece ser la disolución de pautas como la conciencia de
clase, sustituida por: 1) las reagrupaciones en función de la naturaleza misma de un trabajo cada vez menos
mecánico; 2) la partici- pación de los trabajadores en el capital de las empresas; 3) la disolución del viejo
proletariado en agrupaciones de profesionales más fragmentadas y menos solidarias; 4) la movilidad en el empleo y
el continuo reciclaje; 5) la aparición de potentes vínculos de afinidad cultural, en sentido amplio, en
[Link]. vez más multiculturales; 6) el reforzamiento de solidaridades nuevas como las de género, tendencia
sexual, origen territorial, etnia, y 7) la reivindicación más viva de políticas sociales a practicar desde el
Estado-grandes servicios públicos; seguridad social, acceso a la información y a bienes no materiales-. En
palabras de Manuel Castells:

La segmentación de la mano de obra, la individualización del trabajo y la difusión del capital en los circuitos
de las finanzas globales ha inducido en conjunto la desaparición de la estructura de clases de la sociedad in-
dustrial (1998, 1: 302).

que,
Por lo tanto, se ha producido el surgimiento de enfoques teóricos di- rectamente inspirados en Marx y Weber,
intentan dar cuenta de los rasgos que presentan las estructuras sociales actuales. Pasaremos una ligera revista a
algunos de estos nuevos abordajes.

1) Los planteamientos neomarxistas están concentrados en el hecho de que han aparecido posiciones de clase que no
pueden ser explicadas por las dicotomías burguesía/proletariado y capital/trabajo, propias del marxismo clásico.
A partir de esta constatación, las novedades más importantes introducidas por quienes están enrolados en esta
corriente de pensamiento pueden resumirse así:
a) Se ha distinguido entre explotación y dominación. Mientras la explo- tación es un hecho objetivo de carácter
económico e implica la apro- piación del excedente por parte de una clase social, la dominación no es de carácter
fundamentalmente económico, sino que implica otros
Capítulo 1. La sociedad

privilegios. No obstante, ambos factores están íntimamente ligados;


la dominación hace posible la explotación.
La clase dominante se afianza en el poder por medio del control de tres elementos fundamentales: los medios de producción
(controlados a través de la propiedad privada), los medios de administración y del Estado (especialmente los
vinculados con la coerción), y el sistema educativo y los medios de comunicación (encargados de generar con-
senso social). En consecuencia, aunque la propiedad sigue siendo la principal fuente de poder, ya no es esencial
para el control social. b) Las sociedades capitalistas avanzadas pueden representarse por medio de una
pirámide que se estrecha en la cúspide (la clase dominante) y se ensancha en la base (la clase trabajadora). En el
medio se sitúan diversos grupos sociales que no tienen el poder pero que disponen de variada influencia
(funcionarios, intelectuales, etcétera), y por debajo de la clase trabajadora se encuentra una subclase compuesta
por indi- viduos en situación de precariedad extrema.
La clase dominante no es homogénea pero presenta un alto grado de compactación interna, lo que permite la
defensa y prosperidad de sus intereses. A su vez, la clase subordinada se compone de los trabajadores y quienes
dependen de ellos; aunque para algunos autores marxistas esta tiende a disminuir, para otros incrementa su número,
pero orientado al rubro servicios.
La categorización de estos últimos grupos --asalariados de "cuello blanco", técnicos, empleados públicos- en
términos de clase han dado lugar a varias interpretaciones, empezando por las que nie- gan su carácter de
clase-integrándolos ya en la burguesía, ya en la clase obrera-, hasta llegar a las que sostienen que este
colectivo de asalariados pertenece a la clase media, que cumple una función de estabilidad social.
c) Aun reconociendo todas las transformaciones experimentadas por la sociedad, la clase social continúa siendo un
elemento fundamental de la identidad de los hombres, pues a pesar de la importancia que puedan tener elementos
como la etnia y el género, toda persona está ubicada en la estructura social y pertenece a una clase, y esta
afirmación se manifiesta mucho más válida en los países atrasados, en los que muchas de las transformaciones
apenas han comenzado.
2) Desde la perspectiva weberiana también se han verificado varios aportes,
entre los que podemos indicar los siguientes:
a) El desarrollo de las sociedades anónimas ha determinado que la figura del capitalista se descomponga en dos: el
accionista y el directivo;
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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

por el contrario, queda intacta la separación entre quienes planifican y quienes ejecutan.
b) A diferencia de lo que sostenía Marx respecto de que el trabajo tendía a homogeneizarse, se afirma que la
clase obrera se diversifica cada vez más, con el establecimiento de varios niveles de habilidades. c) Se ha producido el
crecimiento de una nueva clase media como consecuen- cia de la expansión de las grandes empresas, con su
necesidad de ampliar las tareas destinadas a la gestión, administración, supervisión, etcétera. d) El desarrollo de
las formas de dominación racional (véase más ade- lante) ha conducido al surgimiento y crecimiento de la
burocracia, como aparato administrativo estatal encargado de hacer cumplir las reglas abstractas a las que están
ligadas los detentadores del poder y los dominados. Se denomina burocracia a un conjunto de personas integradas en
una organización que se caracteriza por relaciones de autoridad entre posiciones ordenadas de un modo
jerárquico, por esferas de competencia definidas con claridad, y por una separación entre la persona y el cargo.
e) Al incrementarse los índices de movilidad social se produce una sua- vización de los límites entre clases, que
convierte progresivamente al conflicto de clases en un conflicto entre individuos. Además, el conflicto de clases se
institucionaliza mediante procedimientos consensuados de arbitraje, lo que implica que ahora la lucha tiene
lugar conforme a determinadas reglas de juego.

En resumen: los análisis de la estratificación social desde la perspectiva del conflicto se han centrado últimamente
en el estudio de las desigualdades exis- tentes en las sociedades tal cual existen en la actualidad, y los resultados
de estos análisis han permitido disponer de elementos teóricos que nos permiten elaborar una explicación más
amplia de sus características.

Las teorías funcionalistas

Las teorías funcionalistas sostienen: 1) que la desigualdad es inevitable en una sociedad; 2) que esta se mantiene
unida gracias al consenso existente entre sus integrantes acerca de ciertas normas y valores.
Como se ha dicho, al analizar la sociedad desde una perspectiva basada en la visión “holista”, los teóricos
funcionalistas centran su estudio en el sistema social en su conjunto y en la interrelación entre sus partes.
El punto de partida para el estudio de estas teorías es la obra de Émile Durkhe- im (1858-1917). Su
pensamiento sobre la estratificación social puede resumirse

24
Capítulo 1. La sociedad

así: el mantenimiento del orden social depende de la integración moral de la sociedad. La importancia
concedida a la moral se vincula con el hecho de que Durkheim desconfiaba de la naturaleza humana; abandonadas
a su libre albedrío las personas estarían en permanente conflicto, dominando y explotando de forma egoísta a sus
congéneres en beneficio de sus intereses. Entonces, con el fin de salvarlos del caos social e incluso de la autodestrucción,
es necesario un orden moral fuerte.

Durkheim era optimista respecto de la capacidad de las instituciones sociales para regular el conflicto egoísta
en nombre del bien común. La religión, la fa- milia, los gremios y sobre todo la educación eran elementos
importantes para el mantenimiento y reforzamiento de la integración moral, Se requería un proceso continuo de
socialización para que las personas interiorizaran un orden moral que los llevara a modificar su comportamiento
egoísta.
El término "clase" aparece muy poco en la obra de Durkheim, pero se vio obligado a considerar su existencia y la
del conflicto en las sociedades industria- les en expansión. En principio, calificó la existencia de la clase y el
conflicto de clase de no naturales, atribuyéndolos a que la sociedad se encuentra en un estado transitorio de
desarrollo o a la existencia de una condición patológica del orden social. Esta condición patológica del conflicto
existe porque fracasan los grupos responsables de proporcionar orden moral y porque los intereses de individuos
y grupos amenazan a la sociedad. Durkheim nunca pensó que un sistema de división del trabajo como el existente
en la sociedad industrial, y que él mismo analizó en una de sus obras principales, pudiera constituir una estructura
de poder al servicio de la dominación de una clase, como sostienen los teóricos del conflicto. En esta línea, el Estado es
una agencia moral que concentra los valores de toda la comunidad social; apelando al paralelismo biológico, es el
"cerebro", el mecanismo coordinador del organismo social. La sociedad necesita la orga- nización moral que
proporciona el Estado; a diferencia de Marx, Durkheim no creyó que el Estado pudiera ser un mecanismo para
asegurar la dominación de una clase sobre otra.
Por último, en relación con el orden moral al que le atribuía tanta importancia, tampoco pensó que pudiera
constituir un recurso de dominación social. Aquí también se puede apreciar con claridad la diferencia con los
teóricos del con- flicto: para él, la integración moral era beneficiosa para todos los integrantes de la sociedad; los
teóricos del conflicto, por su parte, reconocen la importancia de las normas y valores, pero una vez interiorizadas
por las clases bajas sirven para asegurar su apoyo a un sistema en el que sus intereses están subordinados a los
de la clase dominante. Como hemos visto, para Marx está situación se modificaría cuando los trabajadores pasaran de la
situación de clase en sí a la de clase para sí.

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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

Revoluciones sociales

Ningún análisis de la estructura y funcionamiento de las sociedades moder- nas puede obviar la significación de
acontecimientos excepcionales como las revoluciones. Desde el proceso que condujo a la independencia de los
Estados Unidos en 1776, y sobre todo desde la Revolución francesa de 1789, la idea de que una transformación radical de
las estructuras económicas, sociales y políticas era posible ha generado tanto entusiasmo como temor. El siglo
XX, testigo de acontecimientos de enorme significación como la Revolución rusa de 1917, la Revolución china de
1949 y la Revolución cubana de 1959, han contribuido a potenciar esa doble sensación.
En efecto, frente a la amenaza o a la concreción de un estallido revolucionario en
general se manifiestan dos visiones
opuestas. Para sus defensores, simplifi- cando al máximo el argumento, las masas oprimidas se alzan
lideradas por diri- gentes que las guían en la tarea de derrocar a un gobierno injusto para instaurar un nuevo
orden, en el que puedan superar la opresión a la que están sometidos y destruir el régimen dominante, que en
defensa de los intereses de quienes lo apuntalan impide que la mayoría acceda a los beneficios de la justicia
social y a una libertad política que le ha sido negada.
Para sus cuestionadores, una revolución es la explosión del descontento po- pular y su consecuencia es el caos.
Dirigentes tal vez bien intencionados, críticos con el orden social vigente, se ven desbordados por la furia de
la mayoría que se manifiesta en oleadas de violencia que generan muerte y destrucción, que incluso se pueden
llegar a manifestar en contra de sus propios impulsores.
La realidad muestra que las revoluciones reales son de muy variados tipos: algunas han conducido al
establecimiento de regímenes democráticos y otras a dictaduras represivas; incluso ha habido algunas inicialmente
no violentas pero otras condujeron a sangrientas guerras civiles.
Para responder de la manera más amplia posible a la pregunta ¿qué es una revolución? es preciso tener en cuenta
dos factores: por una parte la movilización de masas con el objetivo de un cambio institucional, y por otra una
concepción ideológica que incorpora una visión de justicia social para beneficio de las clases postergadas.
La consecuencia es que el elemento distintivo de una revolución es que los cambios en la estructura política y en la
estructura social se refuerzan
mutuamente.

En resumen: revolución puede definirse como el derrocamiento de un régimen a través de la movilización de las
masas con el objetivo de producir cambios en la estructura política y social que beneficie a los sectores más bajos
de la sociedad.
Al definirla de esta manera, se excluyen del concepto de revolución términos como "rebelión", "insurrección", o
"golpe de Estado"; todos estos acontecimientos
Capitulo 1. La sociedad
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pueden surgir en el curso de procesos sociales o políticos-e incluso pueden llegar a formar parte de un proceso
revolucionario- pero lo que hace de la revolución un fenómeno diferente, único, es que combina la voluntad de
derrocar el régimen vigente utilizando la movilización de masas, guiada por una determinada visión de
transformación de la sociedad y dispuesta a instaurar nuevas instituciones políticas.
Al mostrar la realidad histórica la existencia de revoluciones cabe por lo menos una pregunta: ¿por qué se produce
una revolución? A partir de las teorías que hemos explicado podemos disponer, por lo menos, de dos tipos de
respuestas diferentes:

1) Las teorías que privilegian el conflicto, en buena medida pueden resu- mirse en este párrafo de Carlos Marx: Al
llegar a determinada etapa de su desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en
contradicción con las relaciones de producción existentes (...). De formas de desarrollo de las fuerzas productivas
estas relaciones se convierten en trabas. (...) Y surge así una época de revolución social (2001: s.d.). Las
fuerzas productivas se definen como el desarrollo técnico de una socie- dad determinada --desde las primeras
herramientas utilizadas por nuestros antepasados hasta la maquinaria moderna-. Por su parte, las relaciones de
producción son las que se establecen entre los actores que se encargan de fabricar los bienes que produce la
sociedad, estructurados a lo largo del tiempo en las diferentes relaciones que hemos visto (amo-esclavo, etcétera).
Esta explicación se complementa con una definición: "la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases".
Por lo tanto, desde esta perspectiva la posibilidad de una revolución es un elemento siempre presente en el desarrollo
de las sociedades, en la medida en que existan diferencias sociales, ya sean estas sancionadas por ley o resultado
de la dinámica socioeconómica.
2) Las teorías funcionalistas presentan diferentes argumentaciones, pero la más elaborada de las
explicaciones puede sintetizarse así: las sociedades normalmente son sistemas estables funcionalmente adaptados a
las exi- gencias de su ambiente. Los valores de estas sociedades han sido inter- nalizados por la mayoría de sus integrantes
a través de diversos procesos de socialización, incluyendo la legitimidad de la autoridad política. En estos
sistemas básicamente estables, la posibilidad de una revolución surge cuando el sistema social entra en crisis, cuando se
produce una ten- sión entre la sociedad y sus valores, por la irrupción de un nuevo escenario, marcado, por ejemplo, por una
crisis económica, o por nuevos desarrollos
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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

tecnológicos. Sin embargo, a pesar de que un sector de la sociedad pueda reclamar cambios, incluso por la vía
violenta, la revolución solo es posible si las autoridades se muestran incapaces de resolver esas tensiones; en ese
caso el triunfo revolucionario implicará un cambio del sistema y de sus valores.
CAPÍTULO 2
EL ESTADO: DEFINICIÓN Y FUNDAMENTOS DE SU
LEGITIMIDAD
28
Introducción

Para algunos autores como Giddens (2002), con la aparición de la agricultura emergen las sociedades con Estado.
Esa forma de organización política, que ha tomado características muy distintivas en las diferentes épocas, como
imperios, ciudades Estados, o en el feudalismo, ha tenido una serie de rasgos comunes que a grandes rasgos se
mantienen en la actualidad: todos los Estados, tanto tradicio- nales como modernos, poseen un conjunto de
instituciones de gobierno o aparato político, como pueden ser el congreso o los parlamentos y sus integrantes.
Estas instituciones están enmarcadas en un territorio dado. Asimismo, monopoliza el establecimiento de normas dentro de
su territorio.

Esta concepción tiene, sin embargo, limitaciones: al ser simultáneamente institucional (se refiere a las instituciones
que conforman el Estado) y funcional (describe las funciones que le competen), da por válido un vínculo que
algunas veces no se ha dado en la historia. Por ejemplo, en la cristiandad de comienzos de la Edad Media,
muchas funciones gubernamentales -el mantenimiento del orden, el establecimiento de las reglas de la guerra y la
justicia- eran atendidas por la Iglesia y no por los Estados débiles y transitorios que existían en esa época. Este
comentario muestra que no todas las sociedades de la historia han estado controladas por un Estado. La
civilización china generalmente estuvo contro- lada por un solo Estado, pero la cristiandad latina nunca lo
estuvo. Además, los Estados no siempre poseyeron el control completo sobre los medios de coerción, como
ocurrió en la época feudal. Las sociedades de cazadores y recolectores y las pequeñas estructuras agrarias no
contaban con un poder centralizado. No obstante, el hecho de no poseerlo no las sumía en una situación caótica;
como explica Giddens, tenían formas alternativas de tomas de decisiones que las hacfan funcionar eficientemente.
Si bien las características arriba mencionadas hacen referencia a todos los Estados, en los modernos, esos rasgos presentan ciertas
especificidades:

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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

1. El aparato político en los Estados modernos es burocrático. La adminis- tración burocrática plantea una tajante
división entre política y adminis- tración, reservándose para esta ultima el saber técnico y especializado e
impersonal. La organización burocrática genera una previsibilidad en el funcionamiento de los procedimientos,
planteando un respeto a ultranza de las normas y leyes.
2. Es fundamental el hecho de que el Estado mira tanto hacia adentro como hacia fuera, a comunidades más grandes entre
las que debe abrirse paso. La noción de frontera no era propia de las sociedades de cazadores y reco- lectores o
las pequeñas comunidades agrarias, pero conforme fue pasando el tiempo y las sociedades fueron complejizándose,
la noción de límite o frontera fue imponiéndose En la modernidad el territorio cumple cuatro características:
unidad, indivisibilidad, impenetrabilidad e inalienabilidad. La unidad hace referencia a la concepción de
personalidad jurídica del Estado que imposibilita su participación, sin perder su entidad. Indivisibi- lidad,
relacionada con unidad hace referencia a la existencia del Estado en tanto todo integrado, quedando prohibida su división,
aunque hemos visto casos en la historia que contradicen este principio, como por ejemplo, los Estados perdedores
en la Primera Guerra Mundial. La impenetrabilidad, se conecta con la idea de soberanía, estableciendo que
nadie puede entrar en el sin someterse a su ordenamiento salvo que lo haga en pie de guerra. Por último,
inalienabilidad representa el principio de la no venta de su territorio, si bien hemos visto como Estados han
vendido parte de su territorio, como Rusia, que en el siglo XIX vendió Alaska a los Estados Unidos
3. En las sociedades más pequeñas, la resolución de conflictos se realizaba en una instancia simple de reunión o
asamblea. Con la evolución de las sociedades se crea una estructura o sistema legal sofisticado y diversificado
que incluye por ejemplo el sistema judicial con todo lo que ello implica. En la moderni- dad, esto también refiere a la
característica privativa de los Estados que es el monopolio del uso de la fuerza o la coacción física en última instancia.

Pero solo son Estados modernos aquellos que son nacionales, soberanos y basados en la concepción liberal de
ciudadano. Es decir, implican las condiciones anteriormente mencionadas propias de los Estados, aparato
político, territorio, monopolio del establecimiento de normas, con sus características distintivas en la modernidad, pero
además poseen otras tres particularidades más que los hacen específicos. Siguiendo a Giddens son: soberanía,
ciudadanía y nacionalismo.

4. La noción de soberanía significa que un solo gobierno ejerce la autoridad sobre una zona o territorio claramente
delimitado (fronteras) dentro las
Capítulo 2. El Estado: Definición y fundamentos de su legitimidad

cuales es la única autoridad legítima. Las normas que establece el Estado se imponen a todos los individuos que
residen en esa zona geográfica determinada, con independencia de la voluntad de cada uno de ellos. Las personas que
residen en Francia, por ejemplo, se hallan sometidas a la autoridad coercitiva del Estado francés tanto si quieren como si
no; solo se puede abandonar la jurisdicción francesa cuando se sale físicamente del territorio del Estado.
5. La idea de ciudadanía responde a la era moderna, donde los Estados sustentan su legitimidad en el derecho y
en la preservación de determina- dos derechos y obligaciones de los habitantes de ese Estado que pasan a
denominarse ciudadanos. Esos derechos en la modernidad se presuponen universalidades y abarcan a todos los
residentes/nacidos dentro de un determinado territorio.

6. El concepto de nacionalismo hace referencia al "conjunto de símbolos y creencias que proporcionan el sentido de
formar parte de una comunidad política" (Giddens, 1991: 339). La lealtad nacional es propia de esta forma de
organización moderna y legitimadora del poder estatal. La nación es lo que sostiene el Estado. Para ello, el Estado
utiliza estrategias para interna- lizar esa conciencia colectiva; entre las más exitosas y conocidas está la educación. Es
justamente con el advenimiento de los Estados modernos que la educación se empieza a extender hacía sectores
sociales que antes no existían; concretamente es cuando la educación empieza a ser un asunto del Estado y no
de la Iglesia o de grupos privados como había ocurrido en el pasado. Esta caracterización de nacionalismo como
"lealtad nacional" se diferencia de la noción de nacionalismo como ideología política, que implica entro otros
elementos que desarrollaremos en capítulos posteriores.

que, siguiendo a Weber, la definición que


Otra de las aportaciones vinculadas con el tema del Estado es el hecho de
hemos formulado no se plantea ningún objetivo adicional para él. El Estado, desde la perspectiva que estamos
analizando, no existe para alcanzar el "bienestar general", el "bien común", o algún otro fin deseable; solo es una
construcción social, un conjunto de instituciones eficaces para mantener el orden y lograr la obediencia de quienes
se encuentran bajo su jurisdicción. Esto no implica negar el hecho de que para algunas corrientes de
pensamiento-el cristianismo, el marxismo, para citar solo dos- la existencia del Estado tiene un fin, sea este el
logro del "bien común" o el de asegurar el dominio de la clase que detenta el poder.
Llegados a este punto, creemos que es importante destacar la diferencia entre legalidad y legitimidad
en relación con el ejercicio del poder. Por una parte, se afirma que un poder es legal cuando se ejerce
de acuerdo con las leyes
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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

establecidas (o de algún modo aceptadas); lo contrario de un poder legal es un poder arbitrario.


En cuanto a la legitimidad, puede definirse como el atributo del Estado que consiste en la existencia
dentro de la población de un consenso mayoritario que asegura la obediencia a la autoridad sin que sea necesario
recurrir a la fuerza (salvo en casos excepcionales). Dentro de las formas de dominación legitimas, Weber ha sido el
que distinguió entre dominio carismático, tradicional y racional. El dominio carismático está legitimado por los
poderes excepcionales del jefe (carisma). Por su parte, la legitimidad del dominio tradicional está constituida por
la creencia en reglas y poderes, antiguos e inmutables. Finalmente, la dominación racional-legal se funda en la
existencia de normas formales y abstractas (leyes). Es decir que, resumiendo, la coincidencia entre legalidad
y legitimidad se verifica en el caso de la dominación racional y, como vimos, la burocracia es la estructura
encargada de hacerla efectiva.
La mayor parte de la historia de la humanidad no ha contado con la presencia de Estados; el primero que puede
definirse como tal aparece hacia el año 3000 a. C. en Mesopotamia (actual Irak). Por lo tanto, el Estado no es una
institución natural; se torna entonces inexcusable la búsqueda de una explicación respecto de sus orígenes, la que puede
abordarse a partir de esta pregunta: ¿por qué los hombres fueron "atrapados” dentro de organizaciones
coercitivas permanentes? Las dos respuestas más aceptadas provistas por los investigadores son las siguientes:

1) Existe una importante conexión entre la agricultura y el surgimiento del Estado. Las obras de irrigación ligan
firmemente a los productores a la tierra y los convierten en "presa" para los Estados. En su variante más
elaborada sostiene que el Estado surge de un proceso que se desliza desde el cumplimiento "desde arriba" de tareas
fundamentales para el grupo humano que no pueden ser realizadas por los sujetos de manera indivi-
dual-construcción de canales, almacenamiento de alimentos-, hasta la creación de una institución encargada de la coerción
generalizada. 2) Se atribuye al Estado un origen religioso. El núcleo de la argumentación consiste en afirmar que,
siendo la irrupción del Estado una cuestión de máxima importancia, que organiza a las personas a partir de normas
y conceptos que no son familiares a la experiencia de los individuos, es muy probable que solo haya podido
constituirse recurriendo a planteos que reivindicaran un origen sobrenatural.

Otra de las cuestiones importantes que plantea la existencia del Estado es el origen de su autoridad, esto es
¿cuál es la razón por la que mandan los que
Capítulo 2. El Estado: Definición y fundamentos de su legitimidad

mandan? o, formulando la pregunta de manera más sutil, ¿qué es lo que confiere su fuerza a la ley?
Sin embargo, antes de abordar este tema vamos a plantear una pregunta más elemental pero imprescindible:
¿qué es la autoridad?
El término "autoridad" se utiliza en diversos sentidos, pero puede decirse resumidamente que implica la
capacidad para obtener la obediencia. Esa ca- pacidad -de un individuo o de un ente abstracto denominado
Estado- puede provenir de la fuerza, del reconocimiento de los otros de un saber superior o de la existencia de un
conjunto de circunstancias que determinen que esa autoridad "debe" ser obedecida, en la que el "deber" está
relacionado con algún tipo de juicio moral o racional.
En un sentido muy amplio, y refiriéndonos exclusivamente al mundo occi- dental, podemos afirmar que a lo
largo de los siglos coexistieron ---obviamente enfrentadas- dos concepciones respecto de esta cuestión,
Por una parte, se encuentra la llamada concepción descendente del poder, que sostiene que este reside
originalmente en un ser supremo, que con el pre- dominio del cristianismo se identificó con la misma
divinidad. Como se puede apreciar, esta concepción se vincula con el origen religioso del Estado. En el siglo V de
nuestra era, un pensador como San Agustín (354-430) afirmaba que Dios daba sus leyes a la humanidad por medio
de reyes; en la misma línea, en el siglo XIII, Santo Tomás de Aquino (1224-1275) sostenía que el poder descendía
de Dios. De ahí se desprendía que quien desempeñaba la dignidad suprema era tan solo responsable ante Él.
Con estos elementos se conformaba una visión teocrática del poder; durante varios siglos, el poder real era
"insti- tuido por el sacerdocio por orden de Dios". Para ser más claros, el poder estaba fuera de la intervención
de los hombres; a estos se les decía que aceptaran un conjunto de preceptos, pues de no cumplirlos su
salvación corría peligro. Esta concepción iba acompañada de una visión orgánica de la sociedad en la
que todos los elementos que la conformaban eran partes de un conjunto integrado que se reproducía
perpetuamente, en cumplimiento de la "ley eterna”, divina y revelada, que no ordenaba nada que fuera en contra
de la naturaleza humana. La concepción descendente del poder, entonces, se basa en el fundamento divino
del ordenamiento social, que coincide con las orientaciones "naturales" de los seres humanos.

En la práctica, por supuesto, esta concepción generó tensiones con el poder político real, al que le resultaba
incómoda su subordinación a la autoridad ecle- siástica. Por ello en el siglo VI el papa Gelasio I (491-518)
formula la llamada "teoría de las dos espadas", por la cual se afirma que el mundo estaba regido por dos
autoridades: la autoridad sacra de los pontifices y el poder real. En ella se reconocía la existencia de un ámbito
específico e independiente a cargo del
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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

poder político, al que incluso debían subordinarse los clérigos, pero subsistía la tensión en la medida en que aun el
encargado de ejercerlo estaba en última instancia subordinado a quien administraba las "cuestiones divinas".
Todavía en el siglo XVI subsistía la idea del superior poder de Dios. Un texto de la época lo muestra con claridad:

Las Sagradas Escrituras enseñan que Dios reina por su propia autori- dad y los reyes por derivación; Dios
por Sí mismo, los reyes por Dios;. Dios tiene una jurisdicción propia, los reyes son sus delegados. De
aquí que los reyes sean sus subordinados. Por tanto, la jurisdicción de Dios no tiene límites, la de los
reyes es limitada (Citado por Prieto, 1989: 150).

En oposición total a la anterior, también en la Edad Media se elaboró la con- cepción ascendente del poder. Su
principal característica consiste en que el poder reside originalmente en el pueblo, por lo que era este el que
elegía a un jefe para la guerra, un rey, etcétera. Al gobernante se lo consideraba un representante de la
comunidad y era entonces responsable ante esta. Sus poderes eran los que el pueblo le había concedido, lo que
implicaba también un derecho a la resistencia si se consideraba que el gobernante había dejado de representar su
voluntad. Se sentaban así las bases para el surgimiento de un pensamiento político laico, capaz de concebir el poder
como algo distinto del dominio espiritual, es decir dotado de competencias para el gobierno terrenal.
Durante varios siglos estas concepciones coexistieron enfrentadas, pero a me- dida que se fueron desplegando las
transformaciones de todo tipo que afectaron al mundo occidental desde el siglo XV la justificación del ejercicio del
poder fue evolucionando lentamente hacia la concepción ascendente, aunque, con fre- cuencia, en el curso de
extensas y destructivas guerras religiosas, la apelación al derecho divino como fundamentación del poder no estuvo
ausente. Se estaba conformando el Estado moderno, y el desempeño eficaz de tareas cada vez más complejas en
un mundo convulsionado condujo a la aparición del absolutismo, un poder sin limitaciones que a los efectos de
consolidarse frente a los desafíos impuestos por los conflictos sociales apeló a argumentos de legitimación vincu-
lados con la concepción descendente del poder. Así, los monarcas absolutos de los siglos XVII y XVIII van a ser
justificados de la siguiente manera: Dios toma bajo su protección a todos los gobiernos legítimos, en cualquier
forma que estén establecidos, por lo que quien pretenda derribarlos no es solo enemigo público sino también
enemigo de Dios.
Capítulo 2. El Estado: Definición y fundamentos de su legitimidad

Origen histórico de los Estados modernos

En el caso de los Estados modernos, su origen está ligado fuertemente a la expansión económica, en particular, con
el desarrollo urbano, la expansión del comercio y las primeras formas de desarrollo industrial. La crisis general del
feudalismo, causada en buena medida por la peste bubónica o peste negra, sig- nificó una fisura en el complejo
mundo medieval, generando a mediano plazo una distensión de las relaciones feudales. Las tensiones sociales
producto de la crisis generaron una revalorización del poder de las monarquías que a partir del siglo XVI
empezaron a consolidarse como absolutas. Absolutas significaba que no había otra instancia de decisión
que la del rey y que este tenía un poder supremo e ilimitado respecto de su comunidad. Esa progresiva
centralización del poder fue el germen de los Estados modernos y por lo tanto, este tipo de monarquías
generaron las condiciones de posibilidad para el desarrollo de estos. Así, la unificación de los mercados internos, el
control y la pacificación social, la creación de fuerzas de orden público, y la consolidación de aparatos políticos
progresivamente despersonalizados y burocráticos fueron el antecedente más claro de la expansión de esta forma de
organización política.

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Como explican Abal Medina y Nejamkis (2006), confluyeron procesos relacionados entre sí: la aparición
de un sistema capitalista, la centralización concentración de poder por parte del Estado, el auge del protestantismo,
adoptado como religión de Estado por parte de todos los Estados del noroeste europeo, el proceso de
secularización, y finalmente la Paz de Westfalia (1648) que significó el establecimiento y la posterior consolidación de
un sistema de reconocimiento estatal, donde todos respetaban la existencia del otro.
Conforme fue pasando el tiempo, y con el desarrollo de las ideas iluminis- tas, el absolutismo empezó a
ser cuestionado por sectores sociales asociados a ideas liberales. Los primeros grupos burgueses aceptaron la
existencia de un poder absoluto en la medida en que lo creyó necesario para la defensa de sus intereses económicos,
pero comenzó a variar su posición en la medida en que algunas políticas del Estado absoluto, como el
mercantilismo, pusieron trabas al desarrollo del mercado.
El liberalismo lo entendemos como la escuela de pensamiento filosófica, política y económica cuestionadora del
poder absoluto y de sus pretensiones divinas, que intentó restringir los poderes del Estado y defender los valores de
la tolerancia y el respeto por la vida privada. Uno de los principios del Estado liberal lo constituye el
constitucionalismo y la teoría de la división de poderes. El accionar de toda maquinaria estatal se encuentra
controlado y limitado por la ley, emergida esta de un cuerpo colegiado representante de los intereses de la sociedad.
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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

Así, el Estado liberal surgió en la historia como un subtipo de Estado modemo, como una organización política que
generaba las condiciones de posibilidad para la expansión del capitalismo. Se planteaba una sociedad de
individuos libres e iguales que compiten en el mercado por su bienestar, originariamente en el marco de una
democracia restringida/limitada. El Estado cumplía una finalidad negativa, y era la de remover los
obstáculos para la autonomía de los mercados. Esta visión estaba basada en el modelo clásico formulado por
Adam Smith, que centraba su análisis en la idea de una "mano invisible"" y en un modelo de sociedad en el que si
cada hombre luchaba en forma egoísta por conseguir su bienestar particular, se lograría por un efecto cascada el
bienestar de toda la comunidad. Por tanto, muchos asociaron este tipo de Estado con un Estado regulador,
absentista, ya que al no poder actuar no interfería en la esfera de los sujetos y por el contrario garantizaba,
mediante su pasividad, que los individuos pudieran disfrutar de sus derechos y libertades. Su misión principal era
que terceros no se entrometan en los ámbitos delimitados por nuestros derechos y libertades.
En la medida que fueron desarrollándose los acontecimientos, las limitaciones del modelo liberal se fueron evidenciando
y los reclamos en torno a las contra- dicciones del mercado en tanto asignador eficiente de recursos y a la extensión de
sufragio se hicieron fuertes. Así, el fin del siglo XIX estuvo caracterizado por la ampliación del derecho al voto a
toda la población masculina, lo que a veces erradamente se denomina sufragio universal,
El proceso que significó la ampliación de la representación, así como también el desarrollo en gran parte del
mundo del sistema capitalista industrial, llevaron a que los sectores excluidos pasaran a ser considerados como
parte integrante de la comunidad política. Eso se pudo evidenciar en el surgimiento de partidos políticos cuyo
objetico era la cooptación/ incorporación de esos sectores al juego político. Pero si a eso se le suma el advenimiento
de la crisis más profunda que tuvo el capitalismo (la llamada crisis del 30), que significó la reconfiguración del
escenario teórico/académico, tenemos como resultado la emergencia de nuevas teorías que presentan desde el
ámbito político y económico una nueva relación entre el Estado y el mercado. Si en el modelo liberal existía la firme creencia de
la necesidad de que el Estado no interviniera en los asuntos económicos, luego de la crisis, autores como John
Maynard Keynes desde el mundo económico, empezaron a pensar teorías alternativas que ponían al Estado en el
centro de la escena. Pero también desde el ámbito político, empezó a hablarse de la incorpo- ración de sectores
menos favorecidos por el mercado por medio de la ampliación de los derechos superando las primeras oleadas
asociadas a derechos civiles y políticos, sino dando un salto formidable a la universalización de los derechos

1. Es una metáfora utilizada por el autor para describir la autorregulación del mercado.

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Capítulo 2. El Estado: Definición y fundamentos de su legitimidad

de tipo social. Ese nuevo tipo de Estado, llamado de bienestar o social, rompió con las creencias establecidas desde el
liberalismo dando un vuelco histórico al modelo de Estados. A partir de ahí, la discusión que incluso llega hasta
nuestros días tiene que ver con el papel que debe asumir el Estado en las relaciones so- ciales y econômicas.
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CAPÍTULO 3
EL ESTADO Y LAS DIFERENTES CORRIENTES DEL
PENSAMIENTO POLÍTICO

Introducción

Una vez discutidos los fundamentos de la legitimidad del poder, abordaremos el tema relativo a las elaboraciones
teóricas que se han desplegado en relación con el origen y las funciones de la institución Estado como tal.
La problemática del Estado ha sido objeto de contribuciones por parte de diferentes corrientes de
pensamiento. Una primera e importante distinción puede realizarse entre: 1) quienes ven el Estado como un
fenómeno secunda- rio, suponiendo que su carácter y vigor resultan de la influencia que ejercen sobre
él las fuerzas de la sociedad; 2) quienes insisten en que el mantenimiento del orden es un bien en cualquier
sentido y que el Estado es el encargado de esa función, y 3) los que sostienen que el Estado es un componente
funda- mental de la sociedad, y tiene como finalidad la búsqueda del bien común de las personas que la
conforman. Entre quienes se encolumnan detrás de la primera posición se encuentran el liberalismo y el
marxismo; el fascismo entendiendo por fascismo el conjunto de movimientos antidemocráticos que
surgieron en Europa entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial- defiende la segunda, y el
pensamiento cristiano se fundamenta en la tercera. Pasaremos ligera revista a estas corrientes en un orden
cronológico elaborado a partir de su surgimiento.
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El pensamiento cristiano

Es sin duda tarea imposible abarcar las variadas corrientes del pensamiento cristiano respecto del Estado, el origen
de este y sus funciones. Para intentar ha- cerle justicia, dado que ha sido un factor fundamental para entender la
evolución de las ideas en Occidente, intentaremos realizar un sintético bosquejo histórico que muestre la emergencia de
algunas de esas variantes.

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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

Durante la Edad Media, momento histórico de dominio cristiano


por exce-lencia, prevaleció la ya analizada "concepción descendente del poder". Esta se resumía así: el
poder reside en Dios. No existe en la Biblia pasaje más expresivo que aquel correspondiente al
Evangelio según San Juan en el que Jesucristo se dirige a Pilatos con estas palabras: "No tendrías ningún
poder sobre mí si no te hubiera sido dado desde lo alto”. También San Pablo (¿,7-67 d. C.) en la Epístola a
los Romanos lo afirmaba con claridad: "Toda alma se someta a las potestades superiores, porque no hay potestad
sino de Dios, y las que son, de Dios son ordenadas". Este pensamiento podía ilustrarse con una metafórica
pirámide en la que el poder estaba concentrado en el vértice: cualquier forma de este poder que se diera "más
abajo" provenía de "arriba". Esta concepción es denominada también teocrática"y, como es obvio, fueron
los clérigos-monopolizadores del pensamiento culto- quienes la desarrollaron y perfeccionaron. El pueblo, lejos
de gozar de cualquier poder autónomo, se hallaba de hecho encomendado por Dios al gobierno de su rey. Una de
las claves que permite entender la vigencia de esta corriente de pensamiento es que antes del siglo XIII no
se concebía a los reinos e imperios más que como porciones de una unidad más amplia, el con- junto de todos los
cristianos. Este era el punto de partida de la llamada doctrina "hierocrática", según la cual el Papa, como sucesor
de San Pedro -que había recibido los poderes y las funciones de Jesucristo- debía dirigir la comunidad de los
creyentes; la línea divisoria entre lo material y lo espiritual carecía de poder operativo, y el Papa reivindicaba
su supremacía respecto de reyes y emperado- res. Los enfrentamientos entre el papado y quienes ejercían la
autoridad terrenal fueron uno de los componentes de la vida política durante varios siglos, pero se trataba de una
polémica que no afectaba la cuestión de que el poder descendía de Dios; simplemente se discutía si era el Papa o
el emperador quien recibía la autoridad. La teoría de las dos espadas", a la que ya hemos hecho referencia, se
inscribe tempranamente dentro de los intentos de resolver esta espinosa cuestión.
La aceptación de la idea de que la humanidad es un conjunto de hombres indi- vidualizados, autosuficientes,
autónomos y soberanos surgió durante el 1200 como consecuencia de la influencia del pensamiento aristotélico. La
toma de contacto en Occidente con la mayor parte de las obras de Aristóteles, que se habían perdido en el curso de
la temprana Edad Media, aportó nuevas ideas al análisis de las sociedades. En ese momento histórico comienzan a
utilizarse expresiones como “política” y “Estado” para designar actividades e instituciones que se
vinculaban con la concepción ascendente del poder. La visión de Aristóteles se sustentaba en la idea de que
la ciudad (polis), definida como la comunidad de los ciudadanos, era una realidad natural, surgida de la actuación
de las leyes de la naturaleza, no como consecuencia de algún acuerdo o contrato, ni como resultado de un acto
específico de la divinidad; su objetivo era el logro de la plenitud moral de sus

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Capítulo 3. El Estado y las diferentes corrientes del pensamiento político

integrantes. En su análisis, el hombre era por naturaleza un “animal” político y social, lo que implicaba su
participación en las instituciones de gobierno y en todas las actividades vinculadas con el logro de una mayor
perfección.
Fue Santo Tomás de Aquino quien llevó a cabo la adaptación del pensamiento de Aristóteles a las concepciones
cristianas: si bien seguía sosteniendo que el poder provenía de Dios, la distinción entre el ciudadano ---hombre
político- y el hombre, sujeto a diferentes normas de tipo moral, religioso, etcétera, dio comienzo a la ciencia
política como disciplina independiente, definida como el conjunto de conocimientos relativos al gobierno del Estado.
Se iba perfilando así la idea de que el poder reside en el pueblo; quien lo ejercía (rey, jefe, etcétera) era
considerado representante de la comunidad y por lo tanto responsable ante esta, razón por la cual existía un
“derecho" a la resis- tencia.' Fueron apareciendo los clementos que permitieron que posteriormente se
consolidara la concepción ascendente del poder, también llamada teoría popular de gobierno. Al asumir como
válido el postulado que considera al hombre como ser naturalmente inclinado a la actividad social, este es miembro de la "cindad
temporal”, una construcción coronada por una autoridad, accesible al entendi- miento humano gracias a la razón.
Esta permite descubrir las normas de la ciudad justa, orientada hacia la realización del "bien común", que
dispone de su propia fórmula de legitimidad: si quien ejerce la autoridad lo hace de conformidad con la razón,
debe ser obedecido. Por lo tanto, la función principal del Estado es la de "procurar el bien común"; toda su
actividad, desde la política hasta la económica, debe dirigirse a la creación de una situación en la que los
ciudadanos puedan desarrollar sus cualidades personales y los individuos, impotentes por sí solos, persigan
solidariamente ese fin común. Se estaban sentando las bases para el sur- gimiento de un pensamiento
político independiente de los principios religiosos, y la concepción descendente del poder perdió
progresivamente importancia.
A lo largo de los siglos siguientes, el pensamiento católico mantuvo una postura de aceptación del poder
constituido mientras este respetara los derechos de la Iglesia; incluso con su accionar contribuyó a avalar el
poder de los reyes absolutos.
El conflictivo período caracterizado por el surgimiento de la Reforma Protes- tante en el siglo XVI implicó
cambios de importancia en las concepciones respecto del Estado. Por una parte, tal como lo planteaba
Juan Calvino (1509-1564), uno

1. En algunas corrientes del pensamiento cristiano aparece la idea del "pacto de subording- ción” a la autoridad (véase más
adelante), por el cual se le entrega el poder.
2. Se define como “bien común" el principio que da forma a la sociedad y el fin al que esta debe tender.
3. Nicolás Maquiavelo (1469-1527) va a ser quien dará comienzo real a este proceso de "desucralización” de la política,
sentando las bases para el surgimiento de la ciencia política.

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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

de sus principales representantes, se refuerza la idea de la obediencia a la auto- ridad (“No se puede resistir al
gobernante sin que al mismo tiempo se resista a Dios"), situación que no debe modificarse ni ante un gobernante
tiránico; este era considerado como un instrumento divino para castigar los pecados humanos. Pero si en este
aspecto los protestantes no planteaban diferencias respecto de las concepciones católicas, la emergencia de la
Reforma fue fundamental en cuanto a provocar la ruptura de la unidad de la cristiandad; a partir de ella se
hizo posible que el Estado moderno avanzara en su construcción. El hecho de la existencia de diversas
confesiones religiosas y las "guerras de religión" derivadas condujeron a que el Estado buscara establecer el
fundamento de su autoridad y legitimidad más allá de las convicciones religiosas de sus súbditos. El poder '
eclesiástico existente -el Papa residente en Roma- dejó de estar por encima del orden terrenal; por el
contrario, se consolidó la idea de que el poder civil es el que debe dominar en estos asuntos.
*

El gran desafio que significó el despliegue de las ideas liberales a lo largo del siglo XVII, con su
cuestionamiento a las jerarquías tradicionales y la reivindica- ción de los derechos individuales, así como el estallido de la
a fines del siglo XVIII y el surgimiento de la Revolución industrial, afectaron de
revolución en Francia
mañera profunda al núcleo del pensamiento católico. Durante casi todo el siglo XIX la oposición de la
Iglesia a las ideas liberales fue casi total y escasa fue la comprensión respecto de los problemas sociales de la
época que generaba la industrialización. Pontífices como Pío IX (1792-1878) se destacaron por su defensa
cerrada del orden prerrevolucionario; expresiones como "el liberalismo es pecado" resultaron de uso común en
los escritos de la jerarquía eclesiástica. La insistencia de este papa en defender la supremacía espiritual pero
también el poder temporal del papado lo enfrentó con el naciente Estado italiano. La encíclica Quanta cura
(1864) condenaba el nacionalismo y el socialismo, pero también "el progreso, el liberalismo y la civilización
moderna”.
En cuanto al abordaje de la cuestión social y al papel del Estado frente a ella, la superación de una mirada que solo
pensaba en términos de caridad recién se produjo hacia finales del siglo XIX. La encíclica Rerum Novarum (1891)
del papa León XIII (1810-1903) daba cuenta de la gravedad de la "cuestión obrera”, recordaba a los ricos sus
deberes de justicia y caridad, pero además postula la necesidad de una acción del Estado destinada a "promover y
defender el bien del obrero en general". En relación con la promoción del bienestar material de los trabajadores y
la función que le corresponde a la autoridad, León XIII afirma lo siguiente:

Bueno es que examinemos que parte del remedio que se busca (resolver la cuestión obrera) se ha de exigir
al Estado. Entendemos hablar aquí
Capítulo 3. El Estado y las diferentes corrientes del pensamiento político

del Estado, no como existe en este pueblo o en el otro, sino tal cual lo demanda la recta razón, conforme con la
naturaleza y cual demuestran que deben ser los documentos de la divina sabiduría que trata sobre la constitución
cristiana de los Estados.

Esto supuesto, los que gobiernan un pueblo deben primero ayudar en general con todo el complejo de leyes e
instituciones, es decir, haciendo que de la misma conformación y administración de la cosa pública brote
espontáneamente la prosperidad, así de la comunidad como de los parti- culares. (...) Con el auxilio de esto, así
como pueden los que gobiernan aprovechar a todas las clases, así pueden también aliviar muchísimo la suerte de
los proletarios y esto en uso de su mejor derecho y sin pueda tenerlos por entrometidos, porque debe el
Estado, por razón de su oficio, atender al bien común (...).
que nadie

Pero debe, además, tenerse en cuenta otra cosa que va más al fondo de la cuestión y es esta: que en la sociedad
civil es una e igual la condición civil de las clases altas y de las ínfimas. Porque son los proletarios, con el
mismo derecho que los ricos y por su naturaleza, ciudadanos, es decir, partes verdaderas y vivas de las que mediante
las familias- se compone el cuerpo social, por no añadir que en toda ciudad es la suya sin comparación más numerosa.
Pues como sea ab- surdísimo cuidar de una parte de los ciudadanos y descuidar otra, se sigue que debe la
autoridad pública tener cuidado del bienestar y provecho de la clase propietaria; de lo contrario, violará la
justicia que manda dar a cada uno su derecho. (...) De lo cual se sigue que entre los deberes no pocos ni
ligeros de los príncipes, a quienes toca mirar por el bien del pueblo, el principal de todos es proteger todas
las. clases de ciudadanos por igual, es decir, guardando inviolablemente la justicia llamada distributiva
(...).
Exige, pues, la equidad que la autoridad pública tenga cuidado del pro- letario haciendo que le toque algo de
lo que aporta a la común utilidad, que con casa en que morar, vestido con que cubrirse y protección con que
defenderse de quien atente a su bien, pueda con menos dificultades so- portar la vida. De donde se sigue que se ha
de tener cuidado de fomentar todas aquellas cosas que en algo pueden aprovechar a la clase obrera (...).
Importa al bienestar del público y al de los particulares que haya paz y orden; que todo el ser de la sociedad
doméstica se gobierne por los man- damientos de Dios y los principios de la ley natural; que se guarde y se fomente
la religión, que florezcan en la vida privada y en la vida pública costumbres puras; que se mantenga ilesa la
justicia y no se deje impune al que viola el derecho de otro; que se formen robustos ciudadanos, ca-
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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLITICO

paces de ayudar y, si el caso lo pidiere, defender la sociedad. Por esto, si acaeciese alguna vez que amenazasen
trastornos por amotinarse los obreros o por declararse en huelga; que se relajasen entre los proletarios los lazos
naturales de la familia; que se hiciese violencia a la religión de los obreros; si en los talleres peligrase la integridad
de las costumbres por la mezcla de los dos sexos o por otros perniciosos incentivos de pe- car; u oprimen los
amos a los obreros con cargas injustas o condiciones incompatibles con la persona y dignidad humana, si se
hiciera daño a la salud con un trabajo desmedido o no proporcionado al sexo ni a la edad, en todos estos
casos claro es que se debe aplicar, aunque dentro de ciertos límites, la fuerza y autoridad de las leyes (...).
Debe tratarse de contener al pueblo dentro de su deber, porque si bien es permitido esforzarse, sin mengua
de la justicia, en mejorar la suerte, sin embargo, quitar a otro lo que es suyo o en pro de una absurda igualdad
apoderarse de la fortuna ajena, lo prohíbe la justicia y lo rechaza la natu- raleza del bien común. Es cierto que la
mayor parte de los obreros quiere mejorar de suerte a fuerza de trabajar honradamente y sin hacer a nadie injuria;
pero también es verdad que hay -y no pocos-imbuidos de torci- das opiniones y deseosos de novedades, que
de todas maneras procuran trastornar las cosas y arrastrar a los demás a la violencia. Intervenga, pues, la autoridad
del Estado y, poniendo un freno a los agitadores, aleje- de los obreros los artificios corruptores de sus costumbres y
de los que legítimamente tienen el peligro de ser robados (León XIII, 1999: 33-42).
La aceptación de las transformaciones políticas verificadas en el siglo XIX dio lugar a una revisión de las posturas
católicas respecto del liberalismo y de la democracia. Si bien las posiciones condenatorias del
liberalismo político y económico subsistieron una parte importante del pensamiento contrarrevolu- cionario es
de base católica-,* se desarrolló una corriente dispuesta a aceptar las nuevas realidades. El filósofo
francés Jacques Maritain (1882-1973) expresa en estos párrafos algunos de los rasgos de ese pensamiento:

El segundo problema por estudiar es el del pueblo y el Estado, o de los medios merced a los cuales el
pueblo pueda supervisar o fiscalizar al Estado (...).
Quisiera hacer algunas observaciones relativas a los dos casos típicos di- ferentes: el del Estado democrático,
donde la libertad, la ley y la dignidad

4. Surgido a partir de la obra de Edmund Burke (1729-1797), el pensamiento con- trarrevolucionario tuvo
representantes importantes como Joseph de Maistre (1753- 1821) y el vizconde Louis de Bonald (1854-1840).

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Capítulo 3. El Estado y las diferentes corrientes del pensamiento político

humana son los dogmas fundamentales, y la racionalización de la vida política se persigue dentro de la perspectiva
de las normas y los valores morales, y el del Estado totalitario, en donde solo se toman en considera- ción el poder
y una determinada tarea a cumplir por el todo (...). Consideremos el caso del Estado democrático. En él, la fiscalización del
Estado por parte del pueblo, incluso aunque el Estado trate de eludirla, se hafla inscrita en los principios
y armazón constitucional del cuerpo po- lítico. El pueblo dispone de medios regulares, estatuidos por la
ley, para ejercer su vigilancia. Elige periódicamente a sus representantes y, directa o indirectamente, a sus
funcionarios administrativos. No solamente el pueblo destituirá a estos de sus cargos en los comicios siguientes a su
elección, sino que a través de las asambleas de sus representantes fiscali- za, supervisa y presiona a su gobierno
durante el tiempo que este ejerce el poder (...).
En segundo lugar, el pueblo cuenta con los medios --aun cuando no los utilice directamente por sí de expresar la
opinión pública a través de la prensa, la radio y otros elementos, cuando son libres (...).
En tercer lugar, está la presión de los grupos sociales y otros medios no institucionales por cuyo conducto actúan
sobre los organismos guberna- mentales algunos fragmentos del cuerpo político (...).
Concluyamos, pues, en primer término, que según el principio plura- lista todo cuanto pudiera lograrse en el
cuerpo político merced a los organos particulares o sociedades de grado inferior al Estado y nacidas de la libre
iniciativa del pueblo, debería obtenerse por medio de di- chas sociedades u órganos particulares; segundo, que la
energía política debe surgir inagotablemente del pueblo, dentro del cuerpo político. En otras palabras: el
programa de conducta del pueblo no debería brindar- se desde arriba; al contrario: ha de ser elaborado por el
pueblo (Mari- tain, 1984: 80-84).

Podemos concluir afirmando que el Concilio Vaticano II, convocado en 1962 por el papa Juan XXIII (1881-1963),
marcó el punto de mayor acer- camiento de la jerarquía eclesiástica a las realidades de la sociedad contem-
poránea, disminuyendo su dimensión jerárquica para ponerse al servicio del "pueblo de Dios".
Posteriormente, el largo pontificado de Juan Pablo II (1920-2005) marcó un claro retroceso en este terreno,
reforzando las posiciones conservadoras, si bien acompañado de un intento destinado a recomponer las relaciones
entre el pontifice y el "pueblo de Dios".
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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

El liberalismo

El liberalismo postula que la razón del individuo constituye el fundamento para organizar las relaciones entre los
hombres, y entre ellos y el mercado. En política implica el contractualismo o constitucionalismo -incluyendo
los prin- cipios de representación de los ciudadanos y la separación y limitación de los poderes- y en
economía el mercado libre. En ambos casos la clave reside en el derecho de propiedad. Este es sagrado, es la razón de
ser del Estado y el elemento que confiere autonomía real a cada individuo. El liberalismo es, en definitiva, el
sistema y la ideología que garantiza la libertad en todas sus dimensiones y hace del individuo el centro de la
sociedad.
En todas las variantes del liberalismo existe una concepción definida del hombre y de la sociedad. Sus
elementos) son: 1) es individualista, en tanto afirma la primacía moral de la persona frente a las exigencias de
cualquier colectividad social; 2) es igualitaria, porque confiere a todos los hombres el mismo estatus
moral, y niega la aplicabilidad, dentro de un orden político o legal, de diferencias en el valor moral entre
los seres humanos; 3) és uni- versalista, ya que afirma la unidad moral de la especie humana y
concede una importancia secundaria a las asociaciones históricas específicas; 4) es progresista, por su creencia en
la posibilidad de mejoramiento de cualquier institución social y política.
La tradición liberal ha buscado justificación en muy diversas filosofías. Las afirmaciones políticas y morales del
liberalismo se han fundamentado en teorías- de los derechos naturales del hombre y han buscado el apoyo tanto de
la ciencia como de la religión.
Además, al igual que cualquier otra corriente de opinión, el liberalismo ha adquirido matices diferentes en cada una de
las culturas nacionales: el liberalismo francés difiere notablemente del inglés; el liberalismo alemán se ha enfrentado
siempre con problemas singulares, y el liberalismo norteamericano, aunque en deuda con las formas de
pensamiento y prácticas inglesas y francesas, muy pronto tuvo rasgos propios.
A pesar de la rica diversidad que ofrece a la investigación histórica, es un error suponer que las múltiples
variedades del liberalismo no pueden ser entendidas como variantes de un reducido conjunto de temas. El
liberalismo constituye una tradición única, no un difuso síndrome de ideas.

5. La concepción de "derecho natural", desde la perspectiva liberal, sostiene que a partir de la utilización adecuada de la razón
podía sostenerse la idea de un "orden natural". De la misma manera que los seres vivos y las estrellas se movían siguiendo
"leyes naturales", se esperaba poder enunciar las leyes naturales" seguidas por las comunidades humanas.

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Capítulo 3. El Estado y las diferentes corrientes del pensamiento político

Esa tradición tiene antiguas raíces en Occidente, y en este sentido el mundo clásico aporta algunos elementos,
desde los sofistas griegos," que al establecer una distinción clara entre lo natural y lo sobrenatural
tendieron a sostener la igualdad natural del hombre, hasta los aportes romanos en el tema de la igual- dad
ante la ley.
Sin embargo, su formulación moderna, acompañada de una teoría del sur- gimiento del Estado, se produce en la
conmocionada Inglaterra del siglo XVII, sacudida por enfrentamientos casi continuos desde la década de 1640,
situación de donde emerge la obra de Thomas Hobbes (1588-1679) y sobre todo la de John Locke (1632-1704). Las
transformaciones políticas y económicas que experimentaba el mundo occidental a partir de las guerras de religión y
de la expansión económica afirmada en el comercio internacional contribuyeron a socavar el poder de las
monarquías tradicionales.
Las ideas centrales de Hobbes se manifiestan en el Leviatán (1651) y pueden ser definidas como una filosofía del poder. Su
punto de partida es lo que él deno- mina estado de naturaleza, una situación hipotética en la que se encuentran los hombres
y el tipo de vida que ellos llevarían “de no existir un poder común que temer". En esta línea, el estado de naturaleza es
caracterizado como un estado de guerra y de anarquía. Los hombres son iguales; de la igualdad proviene la
desconfianza, y de la desconfianza procede la guerra de todos contra todos. Para Hobbes, sin embargo, hay un
derecho natural y unas leyes naturales, aunque estas no tienen para él la misma significación que para los teóricos
del derecho natural. La ley natural es definida como "un precepto o regla general descubierto por la razón y que
prohíbe, por un lado, hacer aquello que pueda destruir su vida u obstaculizar sus medios de preservación, y
por otro, dejar de hacer aquello que pueda preservar lo mejor posible su vida”. Las dos primeras leyes
naturales consisten, desde la perspectiva de Hobbes, en buscar la paz y defenderse por todos los medios que se
tengan al alcance. Ahora bien, para asegurar la paz y la seguridad, los hombres deciden establecer un
contrato entre ellos, transfiriendo al Estado los derechos que, de ser conservados, obstaculizarían la paz de la hu-
manidad. Este contrato es el que anteriormente hemos definido como “pacto de sujeción o subordinación”.
De este análisis pueden inferirse algunos elementos:

6. Los sofistas constituyeron un movimiento intelectual que surgió en Grecia en el siglo V a. C. Estos "maestros del saber"
difundieron nuevas ideas sobre el hombre, la sociedad y el gobiemo. Prevaleció en ellos el interés por convencer y refutar respecto
del deseo de llegar a la verdad. Sin embargo, con ellos el filósofo se integra en la sociedad y en vez de meditar en soledad,
discute y problematiza. Sócrates y Platón combatieron su metodología y sus posturas relativistas.

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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

1) La sociedad no es un hecho natural, es el "fruto artificial de un pacto


voluntario, de un cálculo interesado".
2) El Estado se basa en un contrato, no el que establecen un monarca y sus súbditos sino el que pactan individuos
que deciden darse un soberano; ese contrato, lejos de imitar la soberanía, la funda.
3) El origen del contrato es la preocupación por la paz.
4) El Estado tiene la función de salvaguardar el derecho natural de cada uno y su poder encuentra su límite
absoluto en ese derecho natural, no en ningún otro hecho moral.
5) El Estado es quien fundamenta la propiedad, por lo que todo ataque al
Estado es un ataque a la propiedad.

En consecuencia, si llamamos liberalismo a la doctrina que sostiene que los derechos, en oposición a los deberes,
constituyen el hecho político fundamental del hombre, e identifica la función del Estado con la protección y
salvaguarda de tales derechos, es correcto afirmar que Hobbes fue el fundador del liberalismo.
John Locke puede ser entendido más adecuadamente si lo ubicamos en su escenario histórico, la Inglaterra de la
Gloriosa Revolución de 1688, que acabó de manera definitiva con el absolutismo en ese país e instauró las
instituciones de una monarquía constitucional. Su obra, entonces, constituye la fundamenta- ción teórica de la
rebelión contra el poder aunque, partiendo de algunos de los conceptos ya introducidos por Hobbes, les da
una interpretación diferente.
John Locke, en su clásico libro Ensayo sobre el gobierno civil (1690), desarro- lla los fundamentos teóricos del
liberalismo, centrados en el estado de naturaleza, el surgimiento del Estado y los límites de su autoridad.
La concepción acerca del hombre en estado de naturaleza es sensiblemente diferente a la pregonada por Hobbe
tanto en lo que refiere al estado de naturaleza del hombre, el tipo de pacto que da origen a la sociedad, la
concepción acerca de la propiedad privada, y el derecho a revelarse entre otras cosas:

(...) el estado de naturaleza es un estado de perfecta libertad; cada uno puede ordenar sus acciones y disponer de sus
bienes y de su persona según sus aptitudes, dentro de los límites determinados por la ley natural y sin
necesitar permiso ni depender de la voluntad de hombre alguno. Es también un estado de igualdad donde todo poder
y jurisdicción es recípro- co, donde nadie tiene más que nadie; es entonces evidente que allí todas las criaturas, de
la misma especie y rango, nacidas con las mismas cuali- dades naturales y con el goce de las mismas facultades,
deben ser iguales, sin subordinación o sumisión; a menos que el dueño y señor de todas ellas coloque a una por
encima de las demás por cualquier declaración expresa
Capítulo 3. El Estado y las diferentes corrientes del pensamiento político.

de su voluntad y le confiera, por una evidente y clara designación, un ‹ indiscutible derecho de dominio y
soberanía (...).
Para que todos los hombres estén impedidos de invadir derechos ajenos y de hacerse daño unos a otros, y para
que la ley natural, que quiere la paz preservación de toda humanidad, sea observada, su ejecución está puesta,
en este estado, en la mano de todos los hombres, por lo cual cada uno tiene derecho a castigar a los
transgresores de esa ley hasta el grado que lo permita la violación (...).
Como el hombre tiene derecho desde su nacimiento, como ha sido de- mostrado, a una perfecta libertad y a un goce no
fiscalizable de todas las facultades y privilegios de la ley natural, y como es igual a cualquier otro hombre o
multitud de hombres, tiene por naturaleza no solamente el po- der de preservar su propiedad, es decir, su vida,
libertad y estado contra las injurias y atentados de los otros hombres, sino también de juzgar y castigar a los
transgresores de esta ley proporcionalmente a la gravedad de la ofensa, y aun con la misma muerte cuando él crea que la
atrocidad del hecho lo requiere (...).
Por consiguiente cuando cualquier número de hombres está unido en so- ciedad de tal manera que cada uno de
ellos abandone el poder ejecutivo que le pertenecía por derecho natural y se lo entrega a la autoridad públi- ca,
existe una sociedad política o civil (...).
Siendo los hombres libres, iguales e independientes por naturaleza, como ya se ha dicho, ninguno puede ser
sacado de su estado y sometido al po- der político de otro sin su propio consentimiento,
Cuando los hombres salen del estado de naturaleza y se unen en una comunidad, debe entenderse que desisten a favor de la
mayoría de todo el poder que fuera necesario para conseguir los fines que los llevaron a asociarse (a menos que
determinen explícitamente a cualquier grupo más numeroso que la simple mayoría). Y esto se consigue cuando
los hom- bres acuerdan unirse en una sociedad política, acuerdo que resume en sí todo el procedimiento
contractual que se sigue o necesita seguirse entre los individuos que entran a formar un Estado. (...)
Todo lo que no pueda ser reconocido sino como una ventaja sobre las antiguas medidas para la sociedad y para el
pueblo en general debe ser justificado por sí mismo; y siempre que el pueblo elija sus representan- tes
según un criterio proporcional y justo, conforme a la constitución original del Estado, no puede dudarse que
sea la voluntad y el acto de la misma sociedad que le permitió obrar así y fue la causa de tal acción. Así como la
usurpación consiste en el ejercicio de un poder al que otra persona tiene derecho, la tiranía consiste en el ejercicio
abusivo

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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO


del poder, a lo que nadie tiene derecho. Esto ocurre cuando se usa el poder para el bien personal y exclusivo del
gobernante y no para el bien de los súbditos. Se debe, pues, considerar tirano a todo gobernador, o como quiera
que se titule, que no tiene la ley como regla sino su voluntad propia y cuyos mandamientos y actos no están
dirigidos hacia la preser- vación de las propiedades de su pueblo sino hacia la satisfacción de su propia ambición, de
sus venganzas personales, de su codicia o de alguna otra pasión semejante.
Es un error pensar que la tiranía es propia de los regímenes monárquicos. También las otras formas de gobierno
están expuestas a sus defectos; porque allí donde el poder, colocado en manos determinadas para el go- bierno
del pueblo y la preservación de sus propiedades, es aplicado a otros fines y usado para empobrecer y oprimir a los
súbditos mediante una autoridad irregular y arbitraria, existe una tiranía, que indistintamen- te puede ser de uno o
de varios. Así vemos en la historia los treinta tiranos de Atenas y el tirano único de Siracusa; en cuanto al
intolerable dominio de los decemviros en Roma, no era mucho mejor que una tiranía. Pero si todos ven
claramente que los pretextos alegados por un gobernan- te son de naturaleza perfectamente opuesta a las
acciones que realiza y que emplea todos los artificios posibles para eludir la autoridad de la ley, y que todos los
beneficios de la prerrogativa (poder otorgado al soberano a fin de que lo use arbitrariamente para conseguir un
bien para el pueblo y no un mal) son empleados contrariamente a su finalidad; si el pueblo ad- vierte que la
elección de los magistrados inferiores y de los oficiales sub- alternos se hace de acuerdo con finalidades contrarias al
interés público y que son más o menos favorecidos en proporción al celo que pongan en la obtención de tales
objetivos funestos; si los ciudadanos experimentan los efectos nocivos del poder arbitrario; si notan que
clandestinamente se favorece una religión contraria al espíritu público y se trata de introdu- cirla en todas partes,
aunque el gobierno públicamente se declara contra ella, ¿cómo podría un hombre dejar de pensar que un peligro
amenaza la suerte del Estado y hace necesaria una pronta salvación (John Locke, Ensayo sobre el gobierno civil, citado por
Fayt, 1973: 153-188).

En el texto de Locke aparece otro de los temas centrales que caracterizan al liberalismo: la división de poderes. El
francés Montesquieu (Charles Louis de Secondat, barón de la Bréde et de la Montesquieu, 1689-1755) la fundamentó
para evitar los abusos de poder: "Para formar un gobierno moderado, hay que combinar los poderes, regularlos,
suavizarlos, hacerlos funcionar; dar, por así decirlo, un cierto peso a uno para que pueda resistir a otro”.
Capítulo 3. El Estado y las diferentes corrientes del pensamiento política:

La evolución del pensamiento liberal se vio afectada por las transformaciones económicas y politicas que se
iniciaron en el siglo XVIII y se prolongaron en el siglo siguiente, sobre todo tras el impacto producido por la
Revolución industrial en el terreno económico y por la Revolución francesa en el ámbito político,
La obra del filósofo y economista escocés Adam Smith (1723-1790) Investi- gación acerca de la naturaleza y
causa de la riqueza de las naciones, publicada en 1776, es considerada clave para el desarrollo del
pensamiento económico liberal. La obra se encuentra divida en cinco libros que discuten, por este orden la
producción y la distribución, el capital, del desarrollo económico, la historia económica y las finanzas públicas.
Su idea de que un mercado sin interferencias
y es el más eficiente asignador de los recursos en la vida económica pasó a ser uno de los pilares de los apologistas
del capitalismo.
Pero además de los aspectos estrictamente económicos, su obra contiene una crítica a la sociedad y al gobierno de la
época. Adam Smith es conocido también por su insistencia en que un cierto tipo de Estado, un Estado
mínimo, propor- cionaba la mejor cobertura para el crecimiento económico. Estaba convencido de que solo se
necesitaba paz, impuestos bajos y una razonable administración de justicia para llevar a un Estado hasta la
opulencia; esta es producida por el orden natural de las cosas.
Frente a esta apreciación, que con realismo sostenía que era necesario con- trolar el poder, en tanto "paz y
administración" implicaba siempre una cierta presencia del Estado, durante el siglo XIX se potenció una visión
extrema en la que pensadores como Herbert Spencer (1820-1903) afirmaron que el Estado debía dejar de existir;
los individuos libres se asociarían sin coerción extrema, lo que resultaría beneficioso para su temple moral y
útil para el principio del mercado. La Inglaterra de la época de la reina Victoria parece haber sido la realidad más
próxima a los objetivos liberales. El párrafo siguiente resume las características de ese momento:

Hasta agosto de 1914, cualquier caballero inglés sensato, respetuoso de las leyes, podía pasar por la vida y
notar, apenas, la existencia del Estado excepto por la oficina de correos y el policía de la esquina. Podía vivir
donde quisiera y como quisiera. No tenía un número oficial ni documento de identidad. Podía viajar por el
extranjero, o abandonar para siempre el país sin un pasaporte o forma alguna de permiso oficial. Podía cambiar
su dinero por alguna otra moneda sin restricción o límite. Podía comprar mercancías de cualquier parte del mundo
en los mismos términos en los que compraba artículos en su país. Por la misma razón, un extranjero po- día vivir
en este país sin permiso y sin informar a la policía. A diferencia de los países del continente europeo, el Estado no
exigía a sus ciudadanos
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que cumplieran con el servicio militar. Un inglés podía enrolarse, si así lo deseaba, en el ejército regular, en las
fuerzas navales o territoriales. Pero también podía, de preferirlo, pasar por alto los llamados a la defensa nacional.
(...) Hablando en términos generales, el Estado solo intervenía para ayudar a quienes no podían ayudarse.
Dejaba en paz al ciudadano adulto (Taylor, 1989: 17).

El siglo XIX implicó la vigencia del liberalismo en Occidente en todos los terrenos: en el campo político a través
de la conformación de un Estado con fun- ciones que se limitaban a hacer cumplir las leyes, y en el económico a
partir de la vigencia de concepciones que ponían límites a la participación del Estado en esta esfera. Sin
embargo, no se trataba de un dominio libre de cuestionamientos: pensadores como Joseph de Maistre
expresaban los temores de los defensores de las estructuras del Antiguo Régimen, sosteniendo, por ejemplo,
que la libertad de expresión suponía la destrucción de la sociedad y que no puede sobrevivir ningún gobierno en el
cual los gobernados se consideren iguales a los que gobiernan. Asimismo, el éxito académico del liberalismo
económico no se trasladó con frecuencia al ámbito de la política económica, en el que las tendencias protec- cionistas
muchas veces se impusieron alegando la defensa de los intereses de la producción nacional frente a los problemas
de la competencia extranjera.
Los debates respecto de la vigencia del Estado liberal continuaron también en el siglo XX, afectados por los
cuestionamientos crecientes provenientes desde la derecha y desde la izquierda (véase el capítulo siguiente). El
liberalismo se vio afectado por las transformaciones experimentadas por la vida económica, tanto desde el punto de
vista de la inestabilidad manifestada por el capitalismo como por el desafío planteado por un eventual triunfo del
socialismo. Todos sus defensores coincidían respecto a que se requiere la limitación del accionar del gobierno por
medio de normas estrictas. Más allá de las posiciones destinadas a defender la existencia de un Estado mínimo,
cuya existencia se limita a las competencias estrictas para evitar el robo, el fraude o la violencia, la mayoría de los
autores liberales reconocen que el Estado puede tener varias funciones de servicio, que rebasan la protección y el
sostenimiento de la justicia, y por esta razón son partidarios de un Estado limitado, que debe cumplir la condición
de contener restricciones constitucionales sobre el ejercicio arbitrario de la autoridad gubernamental.
En el ámbito económico, las posiciones liberales pasaron por diferentes niveles de valoración, coincidentes con los
avatares por los que atravesó el mundo a lo largo del siglo. Si hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial en
1914 el papel del Estado en la economía era considerado marginal --aunque las tendencias
proteccionistas siguieron vigentes sobre todo en períodos de crisis-,
Capítulo 3. El Estado y las diferentes corrientes del pensamiento político:

desde ese momento la situación se fue modificando, tanto como consecuencia de las necesidades bélicas como de las
dificultades que produjeron a partir de la crisis de los años 30. El período que arranca en 1945 fue el de mayor
desarrollo de la gestión estatal, hasta el punto de forjarse la expresión "economía mixta" para designar una
realidad en la que la actividad del Estado en múltiples terrenos ocupaba un lugar significativo. Sin
embargo, la ortodoxia económica se mantuvo con fuerza en los ámbitos académicos, esgrimiendo
argumentaciones en buena medida renovadas, pero que partían de las que ya había elaborado Adam Smith a fines
del siglo XVIII. El retorno al primer plano del liberalismo económico se produjo como consecuencia de la crisis
de la década de 1970, atribuida a los excesos provenientes de la intervención estatal durante los años de vigencia de la
"economía mixta", y adoptó la forma extrema del monetarismo, una corriente del pensamiento económico
surgida en la Universidad de Chicago, cuyo principal exponente fue Milton Friedman (1912-2006), premio
Nobel en 1976. El éxito de esta corriente se ha concretado hacia fines del siglo XX con el triunfo de las
XX con el triunfo de las concepciones neoliberales, que han tomado las banderas del Estado mínimo aplicándolas a la
nueva realidad de la globalización.
El texto que se transcribe proviene de un libro de divulgación escrito por Friedman con su mujer Rose e ilustra
adecuadamente respecto de sus posturas en relación con el Estado y en particular, respecto del papel que se le debe
asignar al gobierno:

No es fácil mejorar la respuesta que dio Adam Smith a esta pregunta hace doscientos años: "De acuerdo con el sistema
de libertad natural, el soberano
sólo tiene que atender a tres obligaciones, que son, sin duda, de grandísima
importancia, pero que se hallan al alcance y a la compren- sión de una inteligencia corriente. Primera, la obligación
de proteger a la sociedad de la violencia y de la invasión de otras sociedades indepen- dientes; segunda, la obligación de
proteger, hasta donde esto es posible, a cada uno de los miembros de la sociedad, de la injusticia y de la opresión
que puedan recibir de otros miembros de la misma, es decir, la obligación de establecer una exacta
administración de la justicia; y tercera, la obli- gación de realizar y conservar determinadas obras públicas y
determina- das instituciones públicas, cuya realización y mantenimiento no pueden ser nunca de interés para un
individuo particular o para un pequeño nú- mero de individuos, porque el beneficio de las mismas no podrá nunca
reemplazar de su gasto a ningún pequeño grupo de individuos, aunque con frecuencia reembolsan con gran
exceso a una gran sociedad". (...) Un cuarto deber del gobierno que Adam Smith no mencionó explícita- mente
es el de proteger a los miembros de la comunidad que no pueden

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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

considerarse como individuos "responsables". Lo mismo que el tercer deber, el cuarto puede también dar lugar a
grandes abusos. Con todo, no se lo puede dejar de lado.
La libertad solo es un objetivo defendible para los individuos responsa- bles. No creemos en la libertad total para
locos o niños. De algún modo debemos trazar una línea divisoria entre los individuos responsables y los demás, y
aun haciéndolo así introducimos un elemento de ambigüedad fundamental en nuestro proyecto final de libertad. No
podemos rechazar categóricamente el paternalismo para con los que consideramos como irresponsables (...).
do, tienen realmente una "grandísima
Los tres deberes de Adam Smith, o nuestros cuatro deberes del Esta-
importancia", pero están mucho menos "al alcance y a la comprensión de una inteligencia corriente" de lo que
él suponía. Aunque no podemos pronunciarnos sobre la conve- niencia o la inoportunidad de cualquier
intervención pública real o pro- puesta, refiriéndonos mecánicamente a uno o a otro de dichos deberes, constituyen un
grupo de principios en los que nos podemos basar para hacer balance de los pros y los contras. Incluso en la
interpretación más holgada, reglamentan la mayor parte de las intervenciones administrati- vas todos
aquellos "sistemas, lo mismo los que otorgan preferencias que los que imponen restricciones", contra los que
luchó Adam Smith, y que más tarde fueron destruidos, pero que desde entonces han reaparecido en forma de los
aranceles actuales, en forma de precios y salarios fijados por el Estado, de obstáculos al ingreso en varias
ocupaciones, y de muchas otras desviaciones de su "sistema claro y sencillo de la libertad natural” (Friedman y
Friedman, 1983: 49-56).

El marxismo

La obra de Karl Marx (1818-1883) se ha erigido en una aportación central para las ciencias sociales.
La dimensión de sus concepciones históricas, filosó- ficas, sociológicas, antropológicas y económicas lo
transforman en un pensador clásico, lo que implica un reconocimiento de sus méritos y una objetivación de la
relatividad de estos. Su aportación es la de un pensador producto de la Revo- lución industrial y del
desarrollo del liberalismo, y sus propuestas se insertan en ese marco económico-social y en ese clima ideológico.
De ahí que es válido sostener que, en el despliegue de sus ideas, su interlocutor es el liberalismo, con el que se
enfrenta en una arena común, brindando soluciones alternativas a los mismos problemas.
Capítulo 3. El Estado y las diferentes corrientes del pensamiento político

En el ámbito específico de la política en general y de la teoría del Estado en particular, la versión más
difundida de su pensamiento partía de dos premisas fuertemente vinculadas entre sí: la política es solo una
representación de una relación de fuerzas entre agentes sociales que se consolida en el mundo de la
producción, y el Estado, a lo largo de su existencia, ha sido y es un instrumento de dominación de
clase. Frente a concepciones que, implícita o explícitamente, definen el Estado como un poder neutral,
situado más allá de las fuerzas sociales en conflicto, la crítica de Marx denuncia el carácter ilusorio de esa
hipótesis, planteando la subordinación de lo político al intercambio entre capital y fuerza de trabajo. Como
instrumento de dominación de clase, la función del Estado se prolonga hasta que la clase obrera lleve a cabo la
revolución; una vez desaparecida la explotación, el Estado pierde su razón de ser.
Por lo tanto, esta concepción se fundamenta en la convicción de que el Estado no es el ámbito adecuado para
alcanzar sus objetivos -el triunfo del socialis- mo- sino simplemente un puente para que el proletariado como
sujeto histórico proceda a utilizarlo en el tránsito hacia la toma del poder.
Ningún texto de los pensadores marxistas expresa estas ideas de manera más rotunda que Vladimir Ilich Ulianov,
que pasó a la historia con el de nombre de Lenin (1870-1924). El líder de la Revolución rusa no solo fue un
militante cuyas decisiones políticas contribuyeron al triunfo a los bolcheviques en octubre de 1917 sino que
también produjo aportaciones de trascendencia, hasta el punto de difundirse la expresión
"marxismo-leninismo" para referirse al conjunto de ideas del fundador, ampliadas por la incorporación
de sus "adaptaciones" a la realidad del siglo XX.
En el mismo año de la revolución, Lenin dio a conocer su obra El Estado y la revolución, la construcción más utópica del
mundo posrevolucionario. El texto siguiente, una conferencia pronunciada en julio de 1919, resume sus
posiciones respecto del Estado:

La teoría del Estado sirve para justificar los privilegios sociales, la existencia de la explotación, la existencia del
capitalismo, razón por la cual sería el mayor de los errores esperar imparcialidad en este proble- ma, abordarlo
en la creencia de que quienes pretenden ser científicos pueden brindarles a ustedes una concepción
puramente científica del asunto. Cuando se hayan familiarizado con el problema del Estado, con la doctrina del
Estado y con la teoría del Estado y lo hayan pro- fundizado suficientemente, descubrirán siempre la lucha
entre clases diferentes, una lucha que se refleja o se expresa en un conflicto entre concepciones sobre el Estado,
en la apreciación del papel y de la sig- nificación del Estado.

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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

(...) hay que tener presente, ante todo, que no siempre existió el Estado. Hubo un tiempo en que no había
Estado. Este aparece en el lugar y mo- mento en que surge la división de la sociedad en clases, cuando
aparecen los explotadores y los explotados.
La historia demuestra que el Estado, como aparato especial para la coer- ción de los hombres, surge solamente
donde y cuando aparece la división de la sociedad en clases, o sea, la división en grupos de personas, algunas
de las cuales se apropian permanentemente del trabajo ajeno, donde unos explotan a otros.
Y esta división de la sociedad en clases, a través de la historia, es lo que debemos tener siempre presente con toda
claridad, como un hecho fundamental. El desarrollo de todas las sociedades humanas a lo largo de miles de años,
en todos los países sin excepción, nos revela una sujeción general a leyes, una regularidad y consecuencia; de modo
que tenemos, primero, una sociedad sin clases, la sociedad originaria, patriarcal, pri- mitiva, en la que no
existían aristocratas; luego una sociedad basada en la esclavitud, una sociedad esclavista (...).
Los dueños del capital, los dueños de la tierra y los dueños de las fábri- cas constituían y siguen constituyendo,
en todos los países capitalistas, una insignificante minoría de la población, que gobierna totalmente el trabajo de
todo el pueblo y, por consiguiente, gobierna, oprime y explota a toda la masa de trabajadores, la mayoría
de los cuales son proletarios, trabajadores asalariados, que se ganan la vida en el proceso de produc- ción,
solo vendiendo su mano de obra, su fuerza de trabajo. Con el paso al capitalismo, los campesinos, que habían sido
divididos y oprimidos bajo el feudalismo, se convirtieron, en parte (la mayoría) en proletarios, y en parte
(la minoría) en campesinos ricos, quienes a su vez contrataron trabajadores o constituyeron la burguesía rural
(...).
El Estado es una máquina para mantener la dominación de una clase sobre otra. Cuando no existían clases en la
sociedad, cuando antes de la época de la esclavitud, los hombres trabajaban en condiciones primitivas de mayor
igualdad, en condiciones en que la productividad del trabajo era todavía muy baja y cuando el hombre
primitivo apenas podía con- seguir con dificultad los medios indispensables para la existencia más tosca y primitiva,
entonces no surgió, ni podía surgir, un grupo especial de hombres separados especialmente para gobernar y
dominar al resto de la sociedad. Solo cuando apareció la primera forma de la división de la sociedad en clases, cuando
apareció la esclavitud, cuando una clase determinada de hombres, al concentrarse en las formas más rudimenta- rias
del trabajo agrícola, púdo producir cierto excedente, y cuando este
Capítulo 3. El Estado y las diferentes corrientes del pensamiento político

excedente no resultó absolutamente necesario para la más mísera exis- tencia del esclavo y pasó a manos del
propietario de esclavos, cuando de este modo quedó asegurada la existencia de la clases de los propietarios de
esclavos, entonces, para que esta pudiera afianzarse era necesario que apareciera un'Estado (...).
Cuando aparecieron las clases, siempre y en todas partes, a medida que la división crecía y se consolidaba,
aparecía también una institución es- pecial: el Estado. Las formas de Estado eran en extremo variadas. Ya durante
el período de la esclavitud encontramos diversas formas de Es- tado en los países más adelantados, más cultos y
civilizados de la época, por ejemplo en la antigua Grecia y en la antigua Roma, que se basaban íntegramente en la
esclavitud. Ya había surgido en aquel tiempo una di- ferencia entre anarquía y república, entre aristocracia y
democracia. La monarquía es el poder de una sola persona, la república es la ausencia de autoridades no
elegidas, la aristocracia es el poder de una minoría rela- tivamente pequeña, la democracia el poder del pueblo
(democracia, en griego, significa literalmente poder del pueblo). Todas estas diferencias surgieron en la época de
la esclavitud. A pesar de estas diferencias, el Es- tado de la época esclavista era un Estado esclavista, ya se tratara
de una monarquía o de una república, aristocrática o democrática (...). El Estado es una máquina para que
una clase reprima a otra, una máquina para el sometimiento a una clase de otras clases, subordinadas. Esta
má- quina puede presentar diversas formas (...).
Debemos rechazar todos los viejos prejuicios acerca de que el Estado significa la igualdad universal, pues esto
es un fraude: mientras exista explotación no podrá existir igualdad. El terrateniente no puede ser igual al
obrero, ni el hombre hambriento igual al saciado. La máquina llamada Estado, y ante la que los hombres se
inclinaban con supersticiosa vene- ración, porque creían en el viejo cuento de que significa el poder de todo el
pueblo, el proletariado la rechaza y afirma: es una mentira burguesa. Nosotros hemos arrancado a los capitalistas
esta máquina y nos hemos apoderado de ella. Utilizaremos esa máquina, o garrote, para liquidar toda explotación;
y cuando toda posibilidad de explotación haya desapa- recido del mundo, cuando ya no haya propietarios de
tierras ni propieta- rios de fábricas, y cuando no exista ya una situación en la que unos están saciados mientras
otros padecen hambre, solo cuando haya desaparecido por completo la posibilidad de esto, relegaremos esta
máquina a la ba- sura. Entonces no existirá Estado ni explotación (Lenin, "Conferencia pronunciada en la
Universidad Sverdlov", citado por Portantiero y De ĺpola, 1987: 314-335).

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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

Pese a que esta visión del pensamiento marxista en relación con el Estado es la más difundida, corresponde llamar la
atención sobre una interpretación alter- nativa, que no corresponde tanto a Marx como a Friedrich Engels (1820-1895).
En una obra publicada con posterioridad a la muerte de Marx, la Introducción a La lucha de clases en Francia,
Engels dejó sentada algunas ideas que implicaban un cambio en la estrategia revolucionaria: en lugar del
camino revolucionario se defendió la utilización de la vía legal, de las instituciones parlamentarias.
Hacia fines del siglo XIX y principios del siguiente se produjo un intenso debate en las filas de los partidos
socialistas, que giraba en principio alrededor de las transformaciones económicas experimentadas por el
capitalismo, lo que había traído como consecuencia un mejoramiento de las condiciones de vida de la clase
trabajadora, situación que contradecía las previsiones de Marx res- pecto de su agotamiento. Pero, además, se
planteó la discusión alrededor de la importancia de la democracia política y el papel del Estado, rechazando el
concepto de "dictadura del proletariado". El principal impulsor de estas ideas "revisionistas" fue el alemán Eduard
Bernstein (1850-1932), quien criticó desde posiciones de izquierda los tres supuestos fundamentales de la
teoría marxista: ni el Estado es un puro instrumento coactivo de la clase dominante, ni es necesaria la
destrucción violenta del aparato de Estado, ni es válido el mito de la extinción del Estado.

En virtud de una determinada concepción del Estado, se adopta una acti- tud hostil hacia él, que en determinadas
circunstancias -ya que el Estado no puede suprimirse tan rápidamente- conduce a medidas muy erradas o a
descuidar asuntos necesarios, como, por otra parte, la concepción contraria, un excesivo culto del Estado
puede inducir a cierta gente a hacer causa común con partidos que realmente no solo están en prin- cipio opuestos
a sus aspiraciones sinó que, una vez llegados al poder, les colocarían mucho más obstáculos que cualquier
otro partido. Ahora bien, en el movimiento socialista chocamos con concepciones del Estado diametralmente opuestas:
una, amistosa que llega hasta el culto al Esta- do; otra hostil, crítica, que lleva a un antagonismo directo con él.
Esas concepciones contrarias, en sus diversos matices, aparecen a través de la historia de las ideas del socialismo.
El Estado no es solo un órgano de la represión y un procurador de nego- cios para los propietarios. Hacerlo
aparecer únicamente como tal es el recurso de todos los anarquistas planificadores de sistemas. Proudhon, Bakunin,
Stirner, Kropotkin, todos ellos han presentado el Estado solo como órgano de represión y explotación, lo que por
cierto ha sido du- rante un tiempo más que suficiente, pero que realmente no tiene por
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Capitulo 3. El Estado y las diferentes corrientes del pensamiento político

qué continuar siendo así. El Estado es una forma de la convivencia y un órgano de gobierno, cuyo contenido
social hace variar su carácter políti- co-social. Quien, a la manera de un nominalismo abstracto, vincula irre-
vocablemente su concepto con el de las condiciones de dominación bajo las cuales surgió en otros tiempos, ignora
las posibilidades de desarrollo y las metamorfosis reales que con él han tenido lugar en la historia. En la
práctica, bajo la influencia de las luchas del movimiento obrero, ha aparecido otra valoración del Estado en los
partidos socialdemócra- tas. Ahí ha ganado terreno realmente la idea de un Estado popular, que no sea
herramienta de las clases altas, sino cuyo carácter esté dado por la gran mayoría popular, en virtud del sufragio
general e igualitario. En ese sentido Lasalle -a pesar de algunas exageraciones- acaba teniendo razón en sus
frases frente a la historia (...): "A ustedes, las clases su- fridas, y no a nosotros, las clases altas, pertenece el
Estado, porque él está constituido por ustedes, la gran asociación de las clases pobres: ¡ese es el Estado!". Un
apotegma que tiene mucha semejanza con la frase de un socialista francés, de quien se escribió en su época que
Lasalle la había copiado, lo cual no era cierto. Este es Louis Blanc, el autor del artículo sobre la organización
del trabajo. En un artículo que estaba dirigido contra Proudhon, escribió: "En un sistema de gobierno
democrático el Estado es el poder de todo el pueblo, representado por sus parlamentarios; es el imperio de la
libertad. El Estado no es otra cosa que la propia sociedad, que actúa como sociedad para impedir la opresión y
conservar la libertad”.
El llamado final es, de hecho, casi el mismo que profirió Lasalle. Y se argumenta en forma semejante: el Estado
surge del pueblo, en conse- cuencia el pueblo es el Estado. En ese sentido, ciertamente se puede argumentar de
manera menos simplista. Con la afirmación acerca de los hombres que constituyen la población del Estado, aún no
se ha ex- plicado a este último. Oigamos sobre esto a otro socialista: el inglés James Ramsey MacDonald, quien
publicó un interesante artículo sobre socialismo y gobierno en 1909. En él argumenta: "El Estado no es el
gobierno ni es la sociedad, es la personalidad política organizada de un pueblo independiente, la organización de
una comunidad para hacer va- ler su voluntad común a través de medios políticos. Es un error suponer que el
Estado es solo lo que los individuos han hecho de él. También el pasado lo ha hecho. (...) De ahí que el Estado
deba ser observado como un todo orgánico".
Esta es, creo, una definición del concepto "Estado” capaz de subsis- tir ante el juicio histórico imparcial.
No se trata de un poder místico,

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HERRAMIENTAS PARA IZL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

sobrenatural, sino muy simplemente de la participación de la historia, del pasado, en su creación y no


puramente de la eventual votación de una cierta cantidad de personas. El Estado es un producto del desarro-
llo, en cuya eventual configuración el pasado ha desempeñado un papel. Desprenderse del Estado es imposible.
Solo se puede cambiar. Y así, el problema del Estado lleva a los socialistas al problema de la democracia,
finalmente, al del gobierno.
Aceptemos que el socialismo de nuestra época como movimiento de clase es el movimiento de la clase obrera. La
verdad es que no es solo movimiento de clase, sino también movimiento de ideología socialista. Pero los
miembros de otra clase social deben, según los distintos casos, olvidar sus intereses de clase o pasar sobre ellos
para llegar a ser so- cialistas. Sin embargo el obrero, por lo menos esa es la opinión de los socialistas, solo necesita
reconocer su interés de clase -no su interés personal, ese puede ser distinto- para llegar a ser socialista. Ya que con
esto el movimiento socialista es el movimiento de la clase obrera, de los amplios sectores bajos de la sociedad, y
automáticamente un movimiento democrático. Sobre eso no puede existir ninguna diferen- cia de opiniones,
sino solo cómo repercute esa democracia, por cuáles vías y a cuáles objetivos se llega. En primer lugar, existe
una disputa en torno de su forma, y ahí el problema de la democracia toca al del parlamentarismo. Y actualmente
puede leerse en órganos de aquella tendencia socialista, que se denomina comunista, la máxima sostenida
como axioma por el gobierno bolchevique de la Rusia soviética: "El parlamentarismo es la forma de gobierno
de la burguesía”. Al contrario, nosotros sabemos que tanto Marx y Engels como Lasalle defendieron el parlamentarismo
cuando se trataba de la lucha por el derecho presu- puestario, el derecho de aprobación del Parlamento contra
gobiernos monárquicos semiabsolutistas. Y, actualmente, la gran mayoría de los socialistas que no són comunistas
bolcheviques defiende el gobierno parlamentario (Bernstein, Sobre el concepto de Estado, citado por Heinmann,
1982: 217-221).

Las posiciones de Bernstein fueron en su momento objeto de duros ataques por parte de las principales figuras del
socialismo europeo, pero a lo largo del siglo XX se constituyeron en elementos importantes del pensamiento
socialdemócrata, hasta el punto de que el llamado "Estado de bienestar", una de las novedades clave puestas en
práctica en el Occidente de la segunda posguerra, se asienta en buena medida en argumentos que su revisionismo
ya había desplegado.
El fascismo
Capítulo 3. El Estado y las diferentes corrientes del pensamiento político

El fascismo es sin duda una ideología del siglo XX; los movimientos fascis- tas emergieron al finalizar la
Primera Guerra Mundial y en los países en los que triunfó -Alemania e Italia- los regímenes subsistieron hasta
la catástrofe de la guerra de 1939-1945. Sin embargo, hay una coincidencia en la actualidad respecto de
QUE el corpus de ideas fascistas se gestó en el cuarto de siglo anterior a 1914, como reacción de algunos
intelectuales frente al rumbo que estaba tomando la sociedad. Tras su derrota militar y política, durante muchos
años el fascismo fue considerado solo de dos maneras: o poco más que una desviación patológica, un negativo
apartamiento respecto de las tradiciones occidentales, o la manifesta- ción reactiva y salvaje del capitalismo en su
fase imperialista, amenazado por el ascenso del movimiento obrero. En los últimos años ha cambiado esta visión y
se ha insistido en la complejidad que caracteriza su pensamiento.
Las ideas fascistas apuntan hacia la exaltación del Estado: frente a la división de poderes que defiende el
liberalismo, reflejo de la necesidad que sentía esta corriente de proteger al individuo frente a los abusos de
la autoridad, el fascis- mo defiende la vigencia de un poder que exprese los supremos valores éticos y supere todos
los egoísmos de clase. Es decir que todos los intereses individuales y corporativos se deben subordinar al Estado,
que es un término absoluto en el cual individuos y grupos pasan a ser términos relativos.
La figura de Benito Mussolini (1883-1945) tuvo, obviamente, trascendencia como político: fundador del
movimiento fascista en 1919, tras haber sido un ca- racterizado dirigente socialista, se transformó en gobernante
de Italia a partir de octubre de 1922 luego de la "marcha sobre Roma". Hasta la toma del poder por parte de Adolf
Hitler (1889-1945) en 1933, fue considerado el líder del naciente fascismo y de sus discursos emergen algunos de los
rasgos que caracterizan la visión que tenía esta corriente ideológica respecto del Estado. Expresiones ro-
tundas como "todo en el Estado, nada fuera del Estado", "nada contra el Estado, o sin Estado no hay Nación", resumen la
visión del fascismo sobre esta cuestión.

¿Qué es el Estado? En los postulados programáticos del fascismo queda definido como la encarnación jurídica de la
nación. La fórmula es vaga. El Estado, sobre todo el Estado moderno, es eso, desde luego, pero no es solo eso. Sin
querer hacer un elenco de todas las definiciones del Estado, dadas en todos los tiempos por los especialistas en
ciencias políticas, me parece que puede definirse como un sistema de jerarquías. El Estado es, originalmente, un
sistema de jerarquías. El día en que un hombre, entre un grupo de hombres, asumió el mando, porque era el más
fuerte, el más astuto, más sabio o más inteligente, y los demás lo obedecieron por amor

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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

o a la fuerza, ese día nació el Estado y fue un sistema de jerarquías, sim- ple y rudimentario entonces, como era
simple y rudimentaria la vida de los hombres en el amanecer de la historia. El jefe tuvo que crear necesa- riamente
un sistema de jerarquías, para hacer la guerra, para dictar justi- cia, para administrar los bienes de la
comunidad, para obtener el pago de tributos, para regular las relaciones entre el hombre y lo sobrenatural. No
importa la índole del origen que el Estado invoque y por el cual legitima su privilegio de creador de un sistema
jerárquico: puede ser Dios, y se forma el Estado teocrático; puede ser un hombre solo, la descendencia de
una familia, o un grupo de individuos, y se constituye el Estado monár- quico o aristocrático; o el pueblo, a través
del mecanismo del sufragio, y estamos en el Estado democonstitucional de la era capitalista; pero en todos los
casos el Estado se manifiesta por medio de un sistema de je- rarquías, hoy infinitamente más complejo, de acuerdo
con la vida que es más compleja en intención que en extensión. Pero para que las jerarquías no sean categorías
muertas, es necesario que fluyan en una síntesis, que converjan todas a un fin, que tengan un alma, cuya suma
sea el alma co- lectiva, para lo cual el Estado debe expresarse en la parte más elegida de una determinada sociedad,
como guía de las clases inferiores (...). La decadencia de las jerarquías significa la decadencia de los Estados.
Cuando la jerarquía militar, desde el mariscalato a los subalternos, ha perdido sus virtudes, viene la derrota.
Cuando la jerarquía fiscal roba y devora el erario sin escrúpulos, el Estado naufraga. Cuando la jerarquía
política vive al día y no tiene fuerza moral para perseguir fines lejanos ni para subyugar a las masas
poniéndolas al servicio de esos fines, el Estado llega a encontrarse ante este dilema: o perece bajo el dominio de
otro Estado o, a través de la revolución, sustituye o rejuvenece las jerarquías decadentes o insuficientes (...).
La historia de los Estados, desde el Imperio romano hasta la quiebra de la dinastía de los Capeto, o el atardecer
melancólico de la República Vé- neta, es todo un nacer, crecer y morir de las jerarquías (.....).
El fascismo quiere el Estado. No cree en la posibilidad de una conviven- cia social que no esté encuadrada en el
Estado. Solo los anarquistas --más optimistas aún que Jean-Jacques Rousseau- piensan que la sociedad hu- mana
tan torva, tan opaca, tan egoísta, pueda vivir en estado de absoluta libertad. El advenimiento de una era en la cual, sin
normas y sin límites, los hombres se "asocien libremente en una comunidad libre", según la fórmula anarquista,
debe ser relegado al limbo de las utopías más futuris- tas. Somos, pues, antianárquicos, porque no creemos
en una posibilidad de convivencia humana que no se manifieste en un Estado. Tampoco nos
Capítulo 3. El Estado y las diferentes corrientes del pensamiento político

seduce, sino que rechazamos, la tesis socialista de un Estado entendido. como simple comité gestor de negocios de la clase
dirigente, destinado a transformarse, con la desaparición de la propiedad y la nación, en un Comité administrativo de
cosas, en una enorme teneduría de libros co- lectiva. Todo esto es no solo falso, sino absurdo. Administración de cosas es una frase
sin sentido, aun cuando quiera significar la negación del Estado. En realidad, quien administra, gobierna, y quien
gobierna es el Estado con todas sus consecuencias. El ejemplo ruso prueba claramente que la administración de
cosas obliga a la creación de un Estado, incluso de un super Estado, que a las viejas funciones
estatales-guerra y paz, policía, justicia, percepción de tributos, enseñanza- añade funciones de tipo económico. El
fascismo no niega el Estado; afirma que una sociedad civilizada, nacional o imperial, solo es concebible bajo
forma de Estado; no va pues contra la idea de Estado, sino que se reserva libertad de actitud ante ese Estado
concreto que es el Estado italiano. (...) Darles autenti- cidad o sustitución a las jerarquías: esta es la misión para la
que ya no parece apto el Estado italiano actual. Esta es la misión de la revolución fascista, que podrá realizarse
tanto por medios legales como a través de insurrección armada, para lo cual el fascismo ha provisto sabiamente,
preparándose para ambas posibilidades (Mussolini, s/f: 205-208).

El nazismo, definiendo como tal a la variante alemana del fascismo, tomó el poder en Alemania en 1933,
impulsado por la figura de su líder, Adolf Hitler. El Partido Obrero Nacional Socialista, surgido al finalizar la
Primera Guerra Mun- dial, se convirtió en una fuerza política importante a favor de las deficiencias del régimen
de la República de Weimar, que no logró estabilizar la vida política de un país derrotado en la Primera Guerra Mundial.
El nazismo, si bien comparte en varios aspectos los principios del fascismo, sin embargo procede a una redefinición
del Estado que lo aparta en este terreno del tronco principal de esta concepción ideológica: en su visión, el Estado
era meramente un agente de la raza. A su vez, el individuo no tiene derechos en tanto persona sino como
componentes de la comunidad nacional. El texto siguiente ilustra sobre esta visión que estuvo en vigencia
durante el Tercer Reich:

La ciencia política del siglo pasado [XIX] consideraba al Estado como una entidad en sí misma, como una
persona-Estado jurídica, abstracta. Por el contrario, el valor político fundamental del nacionalsocialismo no es el
Estado como tal, sino el pueblo (...).
La revolución en la concepción del Estado ha cambiado necesariamen- te el concepto, esencia y contenido de la
nacionalidad y la ciudadanía.

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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

El nacionalsocialismo ha puesto al pueblo directamente en el centro del pensamiento, la fe, y la voluntad de


creatividad y vida. Como dice el ministro del Reich, Frick, el nacionalsocialismo deriva de la más pode- rosa de
todas las tradiciones de la Tierra: de la eternidad del pueblo que siempre se renueva.
"El punto de partida de la doctrina nacionalsocialista no está en el Estado sino en la Nación. (...) Así pues, el
punto focal de todo el pensamiento na- cionalsocialista radica en la sustancia viva que nosotros, de acuerdo con su
desarrollo histórico, llamamos la nación alemana" (de la alocución de clausura del führer al Congreso del Partido, en
1935). La comunidad del pueblo, apoyada en una comunidad de voluntad y en una concien- cia de
comunidad de honor del pueblo alemán racialmente homogéneo, constituye una unidad política. Esa comunidad no
es solamente espiritual sino también real. El vínculo real es la sangre común. Esa comunidad de sangre crea la
unidad político-nacional del empuje de la voluntad con- tra el mundo circundante. En consecuencia, no el
Estado desde el punto de vista individualista-liberal, a saber, como una abstracta personalidad estatal, aparte y por
encima del individuo. El Estado es la organización político-nacional del organismo vivo, la nación. El concepto de
Estado del nacionalsocialismo es la idea de la comunidad político-nacional. La oposición entre la idea del Estado y
el propósito del Estado, por una parte, y la nación y la comunidad popular nacional, por otra, oposición
que recorre la historia (la ruptura entre nación y Estado, por la que tanto ha sufrido en el pasado el pueblo
alemán), ya han sido superadas. Hoy comprendemos que la nación es al Estado como el contenido a la
forma, como el propósito a los medios. El Estado es el medio para el fin de salvaguardar al pueblo. "Su fin es la
preservación y promoción de una comunidad de seres vivientes que son física y psicológicamente semejan- tes. Esa
preservación se dirige ante todo y sobre todo a la estirpe racial, y permite por ello el libre desarrollo de todas las
energías latentes en la raza" (el führer, en Mein Kampf) (...).
Esa concepción de nación e imperio determina también la relación del in- dividuo al todo. Como ya hemos puesto
de relieve, la concepción liberal del Estado pone al individuo en oposición al Estado. Lo hizo así al subra- yar el
derecho individual al mayor grado posible de actividad sin restric- ciones, y al suponer que su deber consistía
en liberar al individuo de los grilletes de una autoridad estatal demasiado poderosa, y en protegerlo de la
de una comunidad sino como un oponente del Estado. La
interferencia del Estado. El individuo no era visto como un miembro
relación del indivíduo al Estado se determinaba en términos de la persona como tal,
Capítulo 3. El Estado y las diferentes corrientes del pensamiento político.

y favorecía al individuo a expensas de la sociedad como un todo. Por el contrario, según la concepción
nacionalsocialista, no son los seres huma- nos individuales sino las razas, pueblos y naciones lo que constituyen
los elementos del orden, querido por Dios, de este mundo. La comunidad de la nación es el valor primordial de la
vida del todo, así como la del indi- viduo. El ser humano individual solamente puede ser concebido como un miembro de
una comunidad de personas a las que es racialmente similar y de las que hereda sus dotes físicas y espirituales. El
nacionalsocialismo no reconoce una esfera individual separada que, aparte de la comunidad, haya de ser
cuidadosamente protegida de toda interferencia por parte del Estado. Ninguna actividad de la vida diaria tiene
significado ni valor a no ser como un servicio al todo. Así, no es posible que la vida del individuo se desarrolle si
no es al servicio de la comunidad nacional. Así pues, en el orden legal, la posición del individuo no está ya
determinada en términos de la persona como tal, sino en términos de la comunidad. Desde el punto de
vista del interés público, en contraste con el de la persona privada; la preocupación central no ha de ponerse
ya en lo que el individuo requiere para el libre desarrollo de sus potencialidades, o para el logro de sus
objetivos personales, su afán de ganancia y posesiones personales, y qué parte de ello puede ceder en
beneficio de la comunidad en momentos de emergencia. La pregunta que se hace el nacionalsocialismo, sobre la
base de la suprema responsabilidad ante el Reich y la nación, es esta: ¿qué alcance concede la comunidad a los derechos del
individuo? Así se esta- blece un claro orden de rango entre las necesidades de la comunidad y las justificables aspiraciones
del individuo. Eso no significa que se nieguen los derechos civiles individuales, sino que se los incorpora a
una estruc- tura nacional basada en la justicia y el honor. El individuo es valorado como la unidad más pequeña de
la nación y como una parte del todo; es protegido por la ley, en interés del todo. Derechos y deberes civiles no
dimanan de la personalidad no restringida del ser individual, y de las relaciones entre este y el Estado. De lo que
derivan es de su propio rango y posición en la comunidad. El individuo ha nacido como un miembro de su nacionalidad.
Esa condición de miembro produce para él derechos y deberes con la nación como un todo, y con todos sus demás
miembros. De ahí que los derechos y deberes del individuo no deban su existencia a una relación bilateral entre la persona
individual y la persona estatal, Al contrario, dimanan directamente de la condición de miembro que el indi- viduo
tiene, de su posición en la sociedad (Stuckart y Globe, Komentare zur deutschen Rassengesetzgebung, citado
por Mosse, 1973: 340-349).
:

H
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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

El nazifascismo fue derrotado en la Segunda Guerra Mundial y sus ideas quedaron sepultadas por el triunfo
generalizado de la democracia en Occidente. y la expansión del socialismo soviético en Europa del este, pero esta
realidad no debe ocultar el hecho de que, en los últimos años, determinadas situaciones coyunturales han conducido a la
reaparición de grupos denominados "neofas- cistas", que a través de la utilización de temas como la presencia de
inmigrantes extraeuropeos disputando (supuestamente) empleos a los trabajadores nacionales, han alcanzado una
cierta repercusión electoral en algunos países,
CAPÍTULO 4
EL CONCEPTO DE NACIÓN
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En su obra más conocida sobre el nacionalismo, Eric Hobsbawm imagina la llegada de un extraterrestre a nuestro
planeta para investigar las causas de una supuesta catástrofe nuclear y afirma:

Nuestro observador, después de estudiar un poco, sacará la conclusión de que los últimos dos siglos de la
historia humana del planeta Tierra son incomprensibles si no se entiende un poco el término "nación" (Hobs-
bawm, 1991: 9).

En efecto, en la actualidad la nación constituye la unidad social por excelencia, un complejo conglomerado
de relaciones étnico-político-culturales, de contornos difusos y de difícil caracterización, pero sobre el que
descansa la imagen que el hombre se hace del mundo. Si bien las transformaciones verificadas en las últimas décadas del siglo
XX, definidas con la expresión "globalización”, están poniendo en cuestión esta afirmación, las reacciones
que generan -fundamentalmente, el reforzamiento de las identidades étnicas, lingüísticas, religiosas- muestran la
vigencia del concepto
La expresión nación se utilizaba ya en la Edad Media, solo para referirse al origen o la descendencia de alguien,
sin ninguna connotación sociopolítica; recién a partir del siglo XVIII comenzó a tener un significado
político que pro- gresivamente se transformará en predominante, asociado al proceso de confor- mación de los
Estados nacionales que se venía desarrollando desde el siglo XV. En este sentido, la Revolución francesa
constituye un hito fundamental -aunque existieron antecedentes-, ya que en ella quedó establecido que la nación
era un conjunto de personas asociadas bajo ciertas leyes, que reconocen la existencia de una autoridad común.
Con anterioridad, la escala de valores de un individuo determinaba que era en primer término cristiano, en segundo lugar,
borgoñón (o normando, alsaciano, etcétera) y solo en tercer lugar francés (y sentirse francés tenía un sentido
com- pletamente diferente del que tiene en la actualidad). A partir del surgimiento del

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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

fenómeno nacional, el sentido de pertenencia a la propia nación ha adquirido en Occidente una posición de
predominio respecto de cualquier otro sentimiento de pertenencia territorial, religioso o ideológico.
Esta hegemonía de lo nacional en el pensamiento moderno determina que, a pesar de la imprecisión conceptual que,
como veremos, caracteriza al térmi- no, la existencia de la nación como base de la organización de las sociedades
humanas, como producto social con capacidad para imponerse a las decisiones aisladas de los hombres, raramente
sea puesta en cuestión. Se discute respecto de si determinada comunidad reúne requisitos suficientes -territorio,
lengua, raza, cultura, tamaño, etcétera- para ser considerada nación, pero no sobre la existencia de tales entidades.
La nación aparece como una realidad insoslayable que configura y determina todos los aspectos de la vida
colectiva, no solo los políticos. Es así como se habla de un "arte nacional", una "literatura nacional", un "carácter
nacional" e incluso hasta de un "alma nacional".

Puede afirmarse que la historia de los dos últimos siglos en Europa y la del siglo XX fuera de Europa, es la
historia de las naciones e, incluso, que de los grandes mitos de la modernidad -el progreso, el triunfo de la razón-
la nación es el único que a pesar de todo parece haber sobrevivido indemne a las grandes convulsiones históricas
del último medio siglo.
Una de las paradojas de esta indiscutible hegemonía de la nación en el ima- ginario moderno es la
endeblez conceptual del término, la que se extiende al nacionalismo como movimiento ideológico, el que si,
por una parte, afirma que la humanidad está dividida naturalmente en naciones, por otra se muestra incapaz de
proporcionar criterios objetivos para identificarlos.
Por lo tanto, el abordaje del tema se inicia con la pregunta que ya en el siglo XIX formuló el francés Ernest Renan
(1823-1892) y que dio título a un conocido libro: ¿Qué es una nación?
Una definición aceptable es aquella que sostiene que una nación es un grupo humano consciente de formar una
comunidad, que comparte una cultura común, está ligado a un territorió claramente delimitado, tiene un pasado
común y un proyecto colectivo para el futuro.
Los teorizadores del hecho nacional siguen generalmente una lógica acu- mulativa, en la que la existencia de la
nación está determinada por una serie de principios: territorio, etnia, lengua, cultura, tradición, etcétera. El
problema radica en que esta acumulación de condiciones no supone, en la práctica, un índice de "nacionalidad"
creciente. Grandes naciones históricas reúnen muy pocos de estos criterios, mientras que otros espacios
geográficos, que poseen un gran número de ellos, nunca han sido considerados como naciones, ni siquiera por
sus pro- pios habitantes. De hecho, todos los intentos de determinar bases objetivas para definir el concepto de
nación (lengua, raza, cultura, etcétera) han fracasado, al
Capitulo 4. El concepto de nación

encontrarse siempre numerosas colectividades que, a pesar de encajar en tales definiciones, no pueden ser
consideradas naciones y, a la inversa, colectividades que, sin cumplir alguno o la mayor parte de estos requisitos,
poseen un claro sentimiento de nación. Estas surgen cuando ciertos lazos objetivos vinculan a un determinado
grupo social, pero muy pocas los poseen todos y, lo que es más importante, ninguno de ellos es
esencial a la existencia o definición de la nación,
En resumen: es imposible definir la nación como una entidad objetiva. Hay otra manera de enfrentarse
al problema: partir, no de la objetividad con- ceptual de la idea de nación, sino de la subjetividad que
hace a los individuos sentirse miembros de una nación determinada. La pregunta sería, entonces, no si una
colectividad concreta es una nación, sino qué mecanismos conducen, en un determinado momento histórico-¿por
qué los croatas se ven hoy a sí mismos como una nación y hace un siglo no?-y en un definido espacio
geográfico--¿por qué América Central está compuesta de varias naciones y México no?-, a esa colectividad a
considerarse a sí misma como nación. El hecho de que las demás la vean como tal depende exclusivamente de las
estrategias de los movimientos nacionalistas y del éxito de sus políticas.
Se trata, por lo tanto, de concebir la nación no como una realidad objetiva sino como una representación
simbólica e imaginaria, como algo perteneciente sobre todo al mundo de la conciencia de los actores sociales,
sin que este ca- rácter simbólico e imaginario impida que tenga eficacia social, que “exista" como
realidad social. La eficacia social de las ideas y representaciones de la realidad, su capacidad para influir sobre el
comportamiento de los individuos no depende de su "realidad" u objetividad científica, sino del grado de
consenso social existente sobre ellas.
Este planteamiento supone rechazar la idea de que la existencia de nación es siempre anterior al desarrollo del
nacionalismo y considerar la posibilidad de que el proceso sea justamente el inverso: la identidad
nacional como una invención del nacionalismo,
Este proceso de invención nacional queda perfectamente ejemplificado en la afirmación del político
italiano Massimo d'Azeglio en la década de 1860 durante la primera reunión del Parlamento de la Italia
unificada: "Hemos hecho Italia, ahora tenemos que hacer a los italianos". Es necesario precisar, sin
embargo, que la nación no es una colectividad ficticia. En toda comunidad nacional hay siempre rasgos
objetivos-lengua, historia, cultura, geografía-percibidos como tales por sus miembros; lo ficticio es la
elevación de alguno de estos principios a elemento de diferenciación absoluto, a determinante de la nacionalidad. Ficticio
en la medida en que supone privilegiar unos aspectos sobre otros: ¿por qué el idioma y no la historia?,
¿por qué la historia y no la cultura?; y ficticio también en cuanto implica una delimitación a priori de las características
de ese criterio determinante.
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Partir de una idea no esencialista de la nación -es decir, negar que la nación existe desde el fondo de los tiempos-
significa reconocerle un carácter circuns- tancial e histórico, e implica suponer que la identificación nacional no
siempre ha existido y que no es consustancial a la naturaleza humana. A lo largo de la historia han existido
distintas formas de identificación colectiva (tribu, familia, ciudad, etcétera), capaces de establecer la distinción entre
un “nosotros”, en cuyo interior priman la lealtad y la solidaridad, y un “ellos", regido por la deslealtad y la
insolidaridad; lo que parece evidente es que esta forma de reconocerse como miembro de un grupo no ha
sido justamente la nación durante la mayor parte de la historia de la humanidad.
Por lo tanto, las naciones no son entonces realidades objetivas sino invenciones colectivas; no el fruto de una
larga evolución histórica sino el resultado de una invención que recurre a datos objetivos, rasgos diferenciadores
preexistentes, pero que a pesar de su existencia previa pueden dar lugar o no a una conciencia. nacional. En la
metáfora de cuerpo construido en la que descansa la idea de lo nacional, la voluntad cuenta más que la conciencia,
y los mitos, las costumbres, las lenguas, la historia solo adquieren poder por la repetición, la difusión y, en
definitiva, por la construcción.
La invención de las naciones no se lleva a cabo a partir de decretos y normas políticas sino de valores
simbólicos y culturales, aunque generalmente estos son destacados y potenciados desde el Estado; bien se ha dicho que
son las rutinas, las costumbres y las formas artísticas las que expresan la nación y la dibujan en el imaginario
colectivo. Es en esos ámbitos en donde se lleva a cabo el proceso de invención nacional. El paso de lo cultural a
lo político es un proceso secun- dario; la nación, a pesar de cumplir una función simbólica de carácter político,
necesita caracterizarse como algo natural y ahistórico, situado al margen de la estructura política.
El sentirse miembro de una nación es una cuestión de imágenes mentales, de "comunidad imaginada", que forma
parte de la historia de la cultura y no de la historia de la política, lo que no excluye que estas imágenes mentales
sean utili- zadas como arma política, como forma de acceso y control del poder e, incluso, que sea el poder
político el que esté en el origen de esta creación imaginaria.
Plantear el problema de la nación desde esta perspectiva conduce a situar a la intelectualidad --literatos,
historiadores, periodistas, educadores- como cons- tructora, legitimadora y canalizadora de la conciencia
nacional.
Por lo tanto, el nacimiento y la afirmación de una identidad nacional -dife- rente en cada caso- es el resultado de un
proceso de socialización mediante el cual los individuos aceptan como propias una serie de normas y valores, y los
interiorizan como cauce de todo su comportamiento social: se trata del fruto de una determinada coerción ideológica.
Capítulo 4. El concepto de nación

Esta coerción ideológica se ha concretado de dos maneras diferentes: 1) que se ejerce a la sombra de un Estado
ya existente, instrumentada por este como legitimación de su poder, circunstancia que ha llevado a la
utilización de la expresión nacionalismos "oficiales", y 2) la que se impulsa en contra del Estado existente, por
grupos que disponen de un cierto poder --político, económico, aca- démico y buscan entrar en competencia con
este, buscando el establecimiento de un Estado alternativo.
El despliegue de esta argumentación supone situar al Estado en el corazón del problema nacional: considerar la
nación como un problema de Estado. Entonces, la nación es históricamente el resultado de las necesidades de
legitimación de la forma de ejercicio del poder político que conocemos con el nombre de Estado.
En el caso de los nacionalismos "oficiales", la construcción de la nación se lleva a cabo a través de aquellas formas de expresión
más directamente contro- ladas por el Estado: la educación, el arte y la cultura oficial. En líneas generales, la
construcción de una identidad nacional aparece ligada al desarrollo de una cultura alfabetizada, gestada en
torno de los círculos de la burocracia estatal, que es promovida a la categoría de cultura nacional. La coerción
ideológica se ceritra entonces en el desarrollo de una identidad homogénea, capaz de legitimar el lugar
del Estado como defensor y garante de esa comunidad.
En cambio, en los nacionalismos "no oficiales" son las formas de expresión oral y en general toda la cultura
"popular", tal como es procesada por el mo- vimiento nacionalista, los elementos nacionalizadores preferidos.
Carentes de una alta cultura propia, estos nacionalismos construyen la nación a partir de las culturas campesinas
y las tradiciones folclóricas. Si alcanzan el éxito en su lucha por el poder, pasarán a conformar desde el Estado la
nueva cultura nacional.
Históricamente, en Europa occidental nos encontramos con la concreción de este proceso de invención de la nación:
a partir del siglo XIV se produjeron una serie de cambios -económicos, que establecieron espacios más
amplios para el desarrollo de su actividad; políticos, que conformaron un poder centralizado en ese espacio
ampliado- que condujeron progresivamente a la convergencia de la idea del Estado como poder centralizado, con
vinculación a un lugar y a una comunidad de origen. El resultado fue la coincidencia de la realidad política estatal
con la realidad "natural" constituida por la nación que se está constru- yendo. Es decir, se consolidaron los
primeros Estados-nación, ámbitos en los que la conciencia de pertenecer a la misma comunidad se irá potenciando
para fortalecer los lazos entre los integrantes de una nación, entendida como el sustrato humano de url Estado.
Esta conformación de los Estados-nación se hizo a expensas de otras naciones posibles, como judíos y
borgoñones, moriscos y alsacianos. Los grandes Estados homogeneizaron la población y las minorías fueron
presionadas hasta conseguir

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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

su integración dentro de la comunidad nacional. La continuidad de estas minorías explica la existencia de estos
nacionalismos no oficiales, que en algunos casos van a llegar más tarde a irrumpir con fuerza en el ámbito del
Estado-nación triunfante. Los conocidos casos de los vascos y los catalanes dentro del Estado español constituyen un
conflictivo ejemplo actual.
En América Latina, la construcción de la nación a partir de la liberación de la dependencia colonial fue un
proceso en el que, en sus comienzos, no existía esta cuestión en la abrumadora mayoría de sus protagonistas, sino
que, como afirma José Carlos Chiaramonte específicamente para el caso argentino, es preciso considerar “la
formación de la nacionalidad argentina como un efecto, no una causa, de la historia de la Nación Argentina
actual" (1997: 261).
En resumen: en un largo período histórico que se prolonga desde el siglo XVII hasta la actualidad, los Estados,
primero en Europa, más tarde en todo el mundo, han ido propiciando una imagen homogénea del pasado
de la nación, han inventado una historia nacional oficial capaz de fundamentar la existencia de naciones
entendidas como grupos humanos de origen común, definidos por características étnicas y/o culturales propias
que los distinguen de otros grupos vecinos.

El surgimiento histórico de las ideas de nación

La limitación que se ha expuesto en los párrafos anteriores no ha impedido, sin embargo, que se hayan
elaborado significativas concepciones sobre el fenó- meno nacional. Seguidamente expondremos el
proceso histórico de surgimiento de estas concepciones durante el siglo XVIII, centradas en cuestiones
filosóficas e históricas, y luego analizaremos cómo estas ideas abstractas se transformaron en realidades concretas
a partir del proceso revolucionario que se inicia con la revolución francesa.
Se estructuran entonces dos ideas de nación, las que vertebran incluso con diferentes denominaciones los
estudios sobre el tema: la nación política (también denominada liberal-contractual), y la nación cultural (o
esencialista).

La nación política

El concepto de nación político toma sus bases doctrinarias de los filósofos de la Ilustración; el punto
departida lo constituye la inquietud de estos de cuál sería la forma más racional de organizar la sociedad y el Estado. En
esta línea de análisis, la idea fundamental que se utiliza es la de contrato, entendido como
Capítulo 4. El concepto de nación

principal elemento integrador del individuo dentro del contexto estatal. El paso inicial para la
conformación de la nación es justamente el Estado, cuya legiti- midad, concretada por el contrato, es la
garantía fundamental de la convivencia. Para entender el desarrollo teórico es preciso puntualizar la distinción que
se establece en esta época entre el llamado "estado de naturaleza”, entendido como una situación en la que la
comunidad mantiene una condición de independencia absoluta y el "Estado político" o "sociedad política", que es la
vinculación de los individuos a partir del contrato o pacto, que va a adquirir distintas dimensiones según el autor
que aborde el tema.
En las palabras de pensador ingles Thomas Hobbes (1588-1679), la necesidad del contrato está justificada por: “una
condición de guerra de todos contra todos, en la cual cada uno está gobernado por su propia razón, no
existiendo nada de lo que pueda hacer uso, que no le sirva de instrumento para proteger su vida contra los
enemigos" (Hobbes, 1994:106).
Aun cuando la necesidad del pacto o contrato está condicionada por una situación conflictiva que se verifica en el
"estado de naturaleza", lo cierto es que su formulación viene definida por un acto de voluntad (racional) de los
contra- tantes para preservar su vida (o su propiedad). La cesión de derechos, que es recíproca entre los
contratantes, debe efectivizarse por medio de la instauración de un poder de base política, que Hobbes denomina
"Estado", que es el único garante de que el contrato sea eficaz, por lo tanto, afirma que: "la naturaleza de los
pactos no comienza sino con la constitución de un poder civil suficiente para compeler a los hombres a
observarlos. Es entonces, también, cuando comienza la propiedad" (Hobbes, 1994: 140).
Efectivamente, Hobbes introduce el pacto, pero este no tiene una legitimación política emanada de una
voluntad de los contratantes orientada hacia su autogo- bierno, sino que se establece como una necesidad individual,
aunque voluntaria, para salvaguardar la vida y la propiedad de los individuos.
Sera posteriormente cuando otro inglés, el filósofo John Locke (1632-1704), quien, basándose en la
independencia del individuo frente al Estado, estructure otro nuevo tipo de legitimidad contractual fundamentada en
un autogobierno ineludiblemente pactado entre hombres libres, los que se unen de acuerdo con una comunidad de
intereses.

La base del pacto que establece Locke en la forma como constituye una sociedad política, para él: "no es otra cosa
que el consentimiento de un número cualquiera de hombres libres capaces de formar mayoría para unirse e
integrarse dentro de semejante sociedad, y eso, y solamente eso, es lo que dio o podría dar principio a un gobierno
legítimo" (Locke, 1983: 33).
La voluntad política orientada hacia el establecimiento de una forma de go- bierno concreto, es decir de
autogobernarse, se encuentra entre los fundamentos

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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

del pensamiento de Locke, "de modo pues, que todas las sociedades políticas arrancaron de una unión
voluntaria, y del mutuo acuerdo entre hombres que ac- tuaban libremente en la elección de sus gobernantes y de las formas
de gobierno” (Locke, 1983: 77).
En resumen; su aportación es importante para llegar al fundamento de na- ción política, ya que son los individuos
libres quienes toman la determinación de formar la sociedad política, y por tanto su autogobierno, aun cuando en
su filosofía el fin último de la asociación que propugna sea la defensa del derecho de propiedad. Este fin último, la
propiedad, está sin embargo en relación con la configuración de un poder legítimo pactado, elegido independiente
y libremente por las personas que componente la sociedad política. Esta idea va a constituir el soporte
ideológico, junto con la teoría del contrato social de Juan Jacobo Rousseau (1712-1778), del concepto de nación
política que retomaran los revolucionarios franceses a la hora de concretar la realidad "nacional".
Será justamente Rousseau quien desarrolle con amplitud el contenido del contrato o pacto social como capacidad
que adquiere una comunidad para su autogobierno, apuntalando de manera definitiva la idea de nación política.
El aporte más importante de su teoría política es que los elementos individuales que componen la
comunidad o, lo que es lo mismo, las voluntades individuales, no se identifican sino con el todo, con la voluntad
general, la cual es una e indivi- sible; a este respecto, refiriéndose a la imposibilidad de una voluntad individual
para establecer el contrato social, Rousseau afirma: “Estas cláusulas [las del pacto social], bien entendidas, se reducen
todas a una sola: a saber, la enajenación total de cada individuo con todos sus derechos a toda la comunidad: porque, en
primer lugar, al darse cada uno por entero, la condición es igual para todos, y siendo igual para todos, nadie tiene
interés en hacerla onerosa para los demás" (1980: 22).
En definitiva, el contrato o pacto social lo explica afirmando que: "cada uno de nosotros pone en común la persona
y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general, y cada miembro se constituye como parte
indivisible del todo" (1980: 23).
El análisis del proceso revolucionario francés es esencial para la configuración del concepto de nación
política, ya que en él se produce la convergencia de la teórica de la afirmación nacional con su práctica.
En un sentido amplio se puede afirmar que para los revolucionarios franceses la idea de nación posee una base
"nacional": para ellos va a significar una realidad sociopolítica clara y concreta, diferenciándose de procesos
históricos donde la “nación francesa” no era más que un Estado, con su territorio y una determina- da forma de
gobierno, la monarquía absoluta; los revolucionarios en cambio la concebían como un fenómeno del presente que se
definía por su racionalidad, utilidad y fundamentación jurídico-política.
Capítulo 4. El concepto de nación

La aplicación más clara de la teoría que establece los elementos de la nación política es la obra del Abate
Emmanuel Sieyès (1748-1836). La esencia de su pensamiento reside en la defensa de un nuevo sector social
emergente, marginada por el Antiguo Régimen, identificada con el Tercer Estado. Esta vinculación la
establece el autor para diferenciarla del Estado, que estaría compuesto por los estamentos privilegiados con las que
estaba jurídicamente vinculado todo el aparato institucional de la época.
El Tercer Estado es el todo que compone la nación, que a la vez se identifica con esa nueva clase social en
ascenso, la burguesía: “así que es el Tercer Estado. Todo, pero un todo trabado y oprimido que sería sin el orden
privilegiado. Todo, pero un todo libre y floreciente. Nada puede marchar sin él, y todo iría infinita- mente mejor
sin los otros" (Sieyes, 1989: 27-28).
El concepto de nación tiene entonces una base clara que se entremezcla con la idea del pueblo que se expresa en el
Tercer Estado. ¿Qué es una nación? un cuerpo de asociados que viven bajo una ley común y representado por la
misma legislatura. Y el Tercer Estado “abraza pues, todo lo que pertenece a la nación”. Es por compuesto
imposible que la nación en cuerpo o incluso algún orden en particular, llegue a ser libre, si no lo es el Tercer
Estado. No se es libre por pri- vilegio, sino por los derechos que pertenecen a todos.
El Tercer Estado es el único que puede declararse legítimamente como na- ción, porque solamente él, por
su trabajo, se sostiene el orden existente. Sieyes es claro cuando fundamenta la relación entre burguesía y nación,
fundiéndose ambos como un elemento común.
La equivalencia burguesía/pueblo es determinante; cuando se refiere a la primera como clase
esencialmente para la representación dice: "estas clases no tienen otro interés que el del resto del pueblo"
(Sieyès, 1988: 34). Dicha vinculación la cierra el autor al manifestar que la burguesía, identificada con el
pueblo se convierte en realidad nacional: "piénsese que la antigua relación entre las ordenes ha cambiado de los dos
lados a la vez: el Tercero, que había sido reducido a nada, ha adquirido por su industria una parte de lo que la
injusticia del más fuerte le había arrebatado" (Sieyes, 1988: 34).
La identificación nación/pueblo que estructura Sieyès, se corresponde con el momento histórico en el que las
prácticas políticas de las clases populares y de la burguesía concordaban. Es durante la Revolución cuando ambas
estaban enfrentadas a todo lo que constituye el Antiguo Régimen; y al ser el pueblo y la burguesía el grupo de
no privilegiados, se produce una conjunción volunta- ria, una coincidencia de objetivos, entre los que se
destaca la adquisición de la ciudadanía por medio del poder político y la libertad. Este va a ser el principal
logro del proceso revolucionario, aunque otros sectores, fundamentalmente los jacobinos, planteen la idea de nación
dentro de un contexto más democrático.

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:

HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

Los jacobinos (y también los girondinos) fundaron sus teorías en el principio roussoniano de la voluntad popular;
esta no entendida como individualizada, sino que pensaba el pueblo en su conjunto era titular de la soberanía. La
concreción de esta idea nos y producirá durante el ciclo revolucionario iniciado en 1789; tendrán que pasar varias décadas
hasta que la democracia se imponga como régimen (véase el Capítulo 6).
A esta altura de la exposición, podemos perfilar algunos datos fundamentales del concepto de nación política en la
lógica revolucionaria, resumidos en los siguientes puntos:

1. Ruptura total con respecto a las instituciones del Antiguo Régimen. 2. Estructuración de una formación social
nueva; la nación.
3. Fundamentación de esa nación sobre la base del pacto o contrato entre los
individuos.

4. Carácter puramente instrumental de la sociedad o de la nación respecto al individuo entendido como


mero sujeto de las relaciones económicas -como propietario- o bien como simple elemento que da origen y
legitimidad al autogobierno de los pueblos.

La [Link] completar y ampliar la revolución era uno de los objetivos que surgieron en el curso de
esta: la liberación de los pueblos se convirtió en una necesidad en nombre de la "gran nación”, creando su propia
dinámica re- volucionaria.
El pueblo identificado con la nación va a generar una unión con la bur- guesía, y si en un principio coincidían
en su aspiración de abolir el Antiguo Régimen, a partir de 1792, con el inicio de la guerra total contra
Europa, coincidirán con el sentimiento patriótico de la defensa de una nueva nación francesa. Dejando aparte
los intereses contrapuestos que pudieran mantener las distintas facciones, lo cierto es que la guerra estaba
inicialmente definida por el objetivo de un universalismo nacional: los principios de libertad e igualdad
debían extenderse a todos los Estados europeos que seguían bajo el yugo de la opresión absolutista. La
nación francesa era la "nueva" nación francesa, no el Estado-nación histórico que se definía en torno a un territorio
y sus perspectivas fronteras "naturales", dotado de una forma de gobierno monárquica.
En pleno proceso revolucionario, y como consecuencia de los cambios de poder entre los grupos
revolucionarios, ese universalismo nacional se fue tor- nando en un particularismo nacional de Estado. La guerra,
antes impulsora de la liberación de los pueblos, se convierte en un instrumento de expansión; este cambio ya se
manifiesta en 1793, cuando la Convención hace suya la política de
Capítulo 4. El concepto de nación

las "fronteras naturales", que constituye una afrenta a los derechos de los pueblos
a disponer de sí mismos.
Además, la guerra se vincula con nuestro tema de otra manera: la revolución produjo un enorme impacto en todos
aquellos ámbitos a lo que llegó su onda expansiva; mientras que los poderes absolutistas la rechazaron por
manifiesta incompatibilidad ideológica, muchos sectores ilustrados y miembros de la bur- guesía en
ascenso pensaron que la llegada de las tropas francesas podía ser la ocasión para abolir los lazos tradicionales de
sujeción e instaurar el "reino de la libertad". Progresivamente, sin embargo, la política de ocupación
implementada por el invasor fue produciendo un cambio importante en la percepción del fenó- meno
revolucionario: ya no solo va a ser rechazado y combatido por sus enemigos naturales, sino también por quienes
comienzan a ver la llegada de los franceses como la manifestación, mal disimulada, de una forma de dominación colonial
que explotaba los recursos de la nación en beneficio de Francia. Se fueron creando así las condiciones para el surgimiento y
la expansión de la idea de nación cultural. El paso del universalismo al particularismo nacional de Estado no
supuso un cambio radical en Francia donde los viejos principios de libertad, igualdad y fraternidad no
fueron olvidados, aunque si transformados hasta asimilarlos dentro del contexto del nuevo Estado Nacional. Pero
en Europa, en cambio, comenzó a gestarse una reacción de signo contrarrevolucionaria, que se inicia en el ámbito
filosófico ya en 1789 con la obra del inglés Edmund Burke (1729-1797), pero se concreta más tarde con las
diferentes manifestaciones de reacción patriótica ante la invasión napoleónica.
En efecto, la política imperial francesa trastocó todo el proyecto de la Re- volución, subordinando los ideales de
libertad y autogobierno de los Estados anexionados o de las repúblicas hermanas a los intereses del imperio
napoleónico. Se produjeron entonces tres tipos de reacciones en los países afectados por la guerra de
conquista: la primera, de carácter militar, la segunda, preminentemente ideológica y la tercera, relacionada con
incipientes movimientos nacionalistas. En estas dos últimas es donde comienza a vislumbrarse la lógica de la
nación cultural. Para percibir las características de las reacciones de tipo ideológicas e inte- lectuales analizaremos los
escritos del alemán Johann G. Fichte (1762-1814), que constituyen un indicador claro del cambio producido en la
filosofía política a partir de principios del siglo XIX. Esta reacción, que puede ser aplicada a todo movimiento
romántico1 europeo se basa en tres elementos fundamentales:

1. Se denomina romanticismo, en un sentido amplio a una serie de fenómenos culturales que tuvieron lugar entre 1780 y 1830,
caracterizados, por un lado, por una reacción contra la Ilustración y el materialismo, por el otro, por la exaltación de la verdad
subjetiva e intuitiva, de naturaleza espiritual, y del papel de la poseía para reunir ambas esferas en la experiencia creativa
consciente.
1

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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

la política exterior francesa de expansión imperial; el revés de las expectativas revolucionarias que Napoleón hizo
fracasar; y la frustración de las esperanzas de unificación de Alemania, que hubieran podido concretarse si
el emperador francés hubiera implantado en ese país, el modelo de Estado-nación moderno al estilo Francia.
Los tres elementos tienen un peso específico grande y una lógica propia pero el detonante principal lo constituye el
primero de ellos -la política exterior francesa-provocador inminente de los movimientos de afirmación
patriótica....
En una obra de 1806, Fichte comienza a introducir la valoración patriótica como elemento subjetivo, como
imperativo de subordinación de unos intereses particulares -la vida- a un ser superior; la gloria de servir y morir por
una causa que está por encima de las valoraciones personales: "durante el tumulto de la batalla, debéis conservar el
sentimiento de firmeza en el corazón, e incluso en la muerte pensar en la victoria, en la patria, en lo eterno" (Fichte,
1986: 60).
Ante el imperialismo, Fichte establece el cambio en el registro discursivo de la nación, refiriéndose al
imperio como realidad que estructura al Estado, tomando apreciable distancia respecto de las posiciones
contractualistas:
Históricamente el imperio en su primera forma dependía del hecho de la tierra. Aquí, por el contrario, la
propiedad de la tierra proviene del imperio; lo primero es realismo, lo último, idealismo. En el primer caso,
cada uno se ocupa de sí mismo, aunque todos están sometidos a las leyes de la política y tienen que pagar el
impuesto al dueño de la tierra; así pues, la propiedad privada y la seguridad son el fin supremo y último del
Estado en esta perspectiva. En el segundo caso, lo supremo es la nación, la comunidad y sus fines, y
todo lo demás va apareciendo a partir del concepto de reciprocidad de prestaciones. Por consiguiente, allí la pro-
piedad burguesa es el fundamento de toda posesión, aquí solo tenemos en usufructo y bajo condiciones lo que
pertenece a la comunidad, al Estado (Fichte, 1986: 65-66).

Esta diferenciación va a ser el punto de partida de la nación cultural, étnica en la que el individuo y sus valores
son relegados a un segundo plano, puesto que es la comunidad, la nación quien adquiere el carácter identificador.
En cuanto a las que podemos denominar "reacciones patrióticas", en algunos países se convirtieron en verdaderas
afirmaciones nacionales. Un caso para citar es el de España, en donde en el curso de la guerra contra las tropas
napoleónicas se recoge el concepto de autogobierno en los propios escritos constitucionales de la época. En el
decreto de Constitución de las Cortes, de fecha 24 de septiembre de 1810, se dice: "y declara mula de ningún
valor la cesión de la Corona que se

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Capítulo 4. El concepto de nación

dice hecha a favor de Napoleón, no solo por la violencia que intervino en aquellos actos injustos e ilegales, sino
principalmente por faltarle el consentimiento de la Nación" (Cortes de Cádiz, 1810).
El principio de autogobierno, el rechazo de los medios empleados por el impe- rialismo napoleónico infundió una
necesidad patriótica de convertirse en nación libre e independiente; en el caso español, la exaltación patriótica se
traducía en:

- El surgimiento de una conciencia nacional que al mismo tiempo origina la tendencia a la desaparición de la
conciencia generada por otras unidades territoriales.
- Una opinión creciente de que todos los habitantes provistos de bienes e incluso a veces, todos los habitantes sin
excepción son parte de la nación y deben hacer oír su voz en el gobierno nacional.
- Una creencia creciente de que el gobierno nacional de ciudadanos debe cumplir las funciones nacionales y
desplegar las actividades políticas, económicas y sociales en beneficio de todos los ciudadanos.
- Una conciencia en aumento de una visivilización nacional y el orgullo res- pecto de tal civilización, así como la
reivindicación de una lengua, una literatura y una religión comunes.
- Un sentimiento creciente respecto de que no solo todos los habitantes forman parte de la nación y deben
compartir entre ellos sus responsabilidades, sino que también deben dedicarse a ella completamente.

Se va generando así una identificación con la nación en sentido subjetivo: su lengua, costumbres, arte, literatura,
religión, etcétera. Esta serie de elementos van a ir conformando las bases de la nación cultural.

Nación cultural

Como se viene comentando, en sectores de la intelectualidad de los países afectados por los avances de las tropas
francesas, el apoyo a los principios revolucionarios se transformó rápidamente en rechazo de estos, surgiendo
una serie de corrientes que constituirán el múcleo del denominado pensamiento con- trarrevolucionario.
En Alemania, autores como Johann Herder (1744-1803), y el ya citado Fi- chte, constituyeron hitos del
pensamiento contrarrevolucionario que conducirá al surgimiento de una teoría de la nación de contenido
especifico y propio, la denominada nación cultural, clara y progresivamente diferenciada de las con- cepciones
vinculadas con la nación política, y que va a tener enorme influencia a lo largo de todo el siglo XIX y del XX.

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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

Herder rechaza fundamentalmente el universalismo abstracto contenido en las ideas iluministas, ese Estado ideal destinado a
extenderse de manera uniforme por toda Europa y que procura ordenarlo todo, criticando asimismo la pretensión de
establecer una filosoffa general de la humanidad. En un tono irónico afirma: "entre todos han desaparecido,
gracias a Dios, todos los caracteres nacionales; todos nos amamos, o mejor: nadie necesita amar al otro; tenemos
relaciones, somos iguales: educados, corteses, felices, no tenemos patría, no tenemos gentes "nuestras" para las
que vivir, pero somos, en cambio, amigos de la humanidad y cosmopolitas" (Herder, 1982: 336),
A este universalismo aparentemente abstracto-pero en realidad controlado por las elites culturales francesas- Herder
le opone un universalismo alternativo basado en la variedad, en la historia particular de cada pueblo (“volk”),
entendido no como una mera suma de individuos, ni como el resultado de un contrato, sino como una entidad metafísica
definida por la relación que se establece entre un lenguaje particular, una cultura, una historia, una
religión y unas costumbres. Todo esto no era producto de seres individuales sino una manifestación del
Volksgeist, del "espíritu del pueblo”.
Frente a la Ilustración, Herder considera que, como respuesta al miedo, los seres humanos se organizan en grupos
y colectividades diversas, que desarro- llan un lenguaje y una cultura propios, los cuales conformar su propio
carácter nacional, y este carácter se moldea de modo dinámico en el desarrollo de las especificidades de cada
pueblo a través de las diversas generaciones.
En el conjunto de las manifestaciones del "espíritu del pueblo”, Herder otorga una importancia primordial a la
lengua, considerándola rasgo distintivo original básico de las naciones. Establece una concepción amplia
del lengua- je, incluyendo en ella todas las expresiones no elaboradas del mismo que se manifiestan en los
ámbitos populares, desde las canciones y las leyendas hasta las prácticas familiares. Las implicancias políticas
de esta idea son revolucio- narias, ya que los sectores inferiores, las capas populares, no aparecen como
simple masa de campesinos primitivos sino como auténtica fuente de creación nacional. Precisamente el idioma es
algo que ellos comparten igualmente con los miembros de la aristocracia; si estos, como ocurría con frecuencia, se
dedicaban a imitar los modelos extranjeros -en muchas cortes de Europa el francés era el idioma dominante- de hecho,
estaban traicionando su propia comunidad nacional.
La influencia de Herder va a resultar muy importante en el campo de la re- novación cultural pero también el
estrictamente político, pues a partir de 1806, fecha de la derrota del ejército prusiano en Jena y momento de
explosión del nacionalismo alemán, toda su construcción argumentativa va a ser retomada y utilizada por
pensadores, juristas, economistas, filósofos, historiadores, etcétera.
Capítulo 4. El concepto de nación

Fichte será la otra gran figura del pensamiento germánico, complementando y consolidando la nueva
concepción de nación cultural, otorgándole además un im- portante contenido político. Sus ideas sobre la nación
expresadas en los "Discursos a la Nación Alemana", constituyen una exaltación de esta, destinada a sacarla de lo
que considera una situación de decadencia. De ahí que el contenido de su obra contenga implícita, y a veces
explícitamente, elementos irracionales que en los años posteriores formarán parte del acervo genérico común de las
ideologías nacionalistas, como, por ejemplo: la superioridad del pueblo propio por sobre los extranjeros, la
idealización del pasado, la consideración de que las virtudes del pueblo son naturales y los vicios
consecuencia de la astucia extranjera, etcétera.
Fichte, igual que Herder, opone la individualidad de cada pueblo al universa- lismo abstracto de las ideas ilustradas;
asimismo, considera la lengua como un rasgo esencial de la diversidad de los seres humanos. Pero su aporte original
no reside tanto en los aspectos lingüísticos-culturales, sino en la "politización" de los mismos, en su utilización
como agentes de regeneración de la conciencia nacional. Esta instrumentación de los factores culturales se manifiesta de
manera fun- damental en tres aspectos configuradores de la moderna teoría de nación cultural: El primero es la
conexión entre la lengua, cultura y pueblo ya establecida por Herder. Fichte le va a otorgar a esta conexión un
contenido eminentemente político, al afirmar que el futuro de los pueblos depende de un modo estricto de su
actitud con respecto a su lengua, pues las palabras de una lengua "son vida y crean vida en todas
partes". Establece por ello una distinción entre pueblos de lengua viva y pueblos de lengua muerta. Mientras los
primeros tienen un acervo común de ideas originarias y diferentes de las de otros pueblos, los segundos,
que abandonan su lengua y aceptan una lengua extraña pierden su esencia e identidad propias. De esta afirmación
deduce cuatro consecuencias que constituirán la regla de oro del nacionalismo cultural:

1. En el pueblo de lengua viva la formación espiritual penetra en la vida; en el caso contrario la formación
espiritual y la vida siguen cada una su camino.
2. Por esta razón un pueblo del primer tipo toma muy en serio toda formación espiritual y se esfuerza porque esta
intervenga en la vida; en cambio, un pueblo del segundo tipo se toma la formación espiritual como un juego
ingenioso del que no se espera nada más.
3. De lo segundo se deduce: el primero es diligente y serio en todas estas cosas y además esforzado, mientras que el
último se deja llevar por los caminos de la naturaleza feliz.
4. De todo esto se saca en consecuencia que en cada nación del primer tipo la gran masa es educable y los
educadores prueban sus descubrimientos en el
+
3

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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

pueblo y quieren influir en él, mientras que en una nación del segundo tipo los estamentos cultos están separados del
pueblo (Fichte, 1977: 139-140).

El segundo aspecto se refiere al contenido y las pautas en las que se deben fundamentar la regeneración
nacional: la misma radica en la reforma educacional, en un nuevo sistema capaz de conseguir la formación de un
yo completamente nuevo, pero no un yo individualizado, sino uno nacionalizado. La educación propugnada por
Fichte es una educación popular, dirigida a toda la comunidad: "esta educación debe ser nacional para los
alemanes, porque todos los que ha- blan nuestra lengua deben formar una raza, por lo que es preciso que todos
los estados alemanes tomen a su cargo el asegurar la educación a sus ciudadanos” (Fichte, 1970: 189).
El tercer aspecto es sumamente significativo, en tanto es el que inequívoca- mente le otorga al concepto de nación
cultural un contenido político. Fichte eleva ese pueblo a la categoría de sujeto político, estableciendo así una
simbiosis entre el pueblo como formación social y cultural, y el Estado-nación como formación jurídico-política. Como se
puede apreciar, estos contenidos incluían como válidos los principios de soberanía popular.
El pueblo como formación cultural mantienen el carácter de absoluta prio- ridad sobre el Estado y ello es lógico dado
el carácter esencial otorgado a la lengua como fundamento primario de los pueblos. Si la distinción entre los mismos
radica primordialmente en la distinción entre sus lenguas, es evidente que se producirá una separación entre los
pueblos de modo que cada uno tenga sus propias fronteras interiores levantadas por la naturaleza del espíritu del
ser humano. Por ello, un pueblo no puede querer admitir en su seno a otro pueblo de distinto origen y lengua sin
mezclarse con el sin desviar y trastornar de forma severa su normal y equilibrado desarrollo.
Las fronteras exteriores, geográficas, naturales o artificiales, establecidas por el Estado no son más que una mera
consecuencia de las fronteras interiores establecidas por los pueblos. Los seres humanos no constituyen una
unidad de pueblo por el hecho de vivir rodeados de ríos o montañas, sino al revés; los seres humanos viven
juntos, rodeados de ríos o montañas, porque ya previamente, por una ley superior, formaban una unidad de pueblo.
El Estado es medio o instrumento, mientras que el pueblo es sustancia o esencia. El pueblo y la patria
"portadores y garantías de la eternidad eterna"; el Estado, mera condición, es- tructura o medio dirigida al
mantenimiento de la vida y el bienestar de todos, de la paz, y de la prosperidad y libertad personal.
Fichte pasa así a convertirse en el profeta de la idea nacional y, muy particu- larmente, el profeta de aquellos
pueblos que a lo largo del siglo XIX y comienzos del siglo XX no han conseguido dotarse de un Estado
nacional propio, porque

82
Capítulo 4. El concepto de nación

rompe con la identificación entre reivindicación nacional y revolución liberal. La consideración de la sociedad civil
como una formación de contenido étnico- cultural, así como la supremacía de esta con respecto al Estado, van a
constituir los argumentos básicos de las reivindicaciones nacionalistas de los que más tarde Federico Engels
calificará de "pueblos sin historia".
A modo de balance podemos resumir los lineamientos principales de lo que hemos definido como nación cultural:

1. La nación constituye un todo armónico al que las diferentes partes están


subordinadas.
2. La caracterización de la nación ha de realizarse en base a sus criterios
étnico-culturales.

3. Como consecuencia de lo anterior, se deduce la noción de diversidad


nacional como separación de orden natural entre ellas.
4. Cada nación tiene un espíritu particular y la historia es la realización
específica de la misma.
5. El único gobierno legítimo es el autogobierno nacional.
Algunas conclusiones

Al rastrear los orígenes de estas dos ideas de nación es preciso destacar que las caracterizaciones realizadas
abstraen determinados elementos para conformar "tipos ideales". Su utilidad no resulta afectada por el hecho obvio
de que en la realidad las naciones políticas tienden a proyectarse inevitablemente en el campo de las prácticas
culturales (la construcción de la Francia moderna incluyó de manera significativa un conjunto de ritos, elementos
artísticos y elaboraciones discursivas vinculadas con la Revolución como acontecimiento fundamental en el proceso de
conformación de la nación). Es esta una constatación paralela al hecho de que las naciones culturales no son ajenas
a los más acusados componentes señalados como propios de las naciones políticas (los nacionalismos de
izquier- da siempre han reivindicado la soberanía popular como uno de los elementos básicos). Lo valioso de esta
caracterización es, entonces, la posibilidad de que ayude a entender la pluralidad inherente a los hechos nacionales,
así como las disposiciones ideológicas de los movimientos nacionalistas que los toman como fundamento en distintos
momentos de su historia.

Por otra parte, es preciso destacar el hecho de que a lo largo del siglo XIX se verificó una secuencia en dos
etapas en cuanto a la hegemonía de las ideas de nación que hemos perfilado: durante la primera mitad se registró
una primacía de la concepción que destacaba los valores de la nación política, la que se desplegó

83
I

HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

como una idea revolucionaria en la que la lengua, las artes, y la cultura de un pueblo conformaban elementos
importantes pero nunca definitorios a la hora de delimitar la nación. De hecho, en Italia, Giuseppe Mazzini, el
"apóstol del na- cionalismo" pensaba que la autodeterminación solo era aplicable a las naciones que se
consideraban “viables", utilizando esta última expresión en un sentido cultural y económico. Esto significaba la
existencia de lo que se ha denominado "principio de umbral”; por debajo del mismo, las pequeñas naciones debían
unirse para conformar estados viables. Así, para citar solo dos ejemplos, los serbios debían unirse a los croatas y
los eslovenos en una única Yugoslavia (para lo cual no existía precedente histórico alguno), y los checos con
los eslovacos. Como se ve, estos planteos eran incompatibles con cualquier definición de la nación basada en la lengua,
la etnicidad o la historia común.
Por el contrario, en la segunda mitad del siglo XIX fue imponiéndose una idea de la nación -la que hemos definido
como cultural- que difiere en dos aspectos fundamentales respecto de lo que se pensaba muy poco tiempo antes: 1)
cualquier conjunto de personas que se consideren como "nación" podían reivindicar el derecho a un Estado
soberano, el derecho a la autodeterminación; 2) la etnicidad y la lengua se convirtieron en los criterios decisivos (a
veces únicos) de la per- tenencia a la nación en potencia. También puede destacarse, como lo han hecho
especialistas como Hobsbawm, las ideas de corte nacionalista experimentaron un marcado
desplazamiento hacia la derecha política, lo que implicaba la rei- vindicación de una sociedad jerarquizada
y, con frecuencia, el cuestionamiento de las bases del pensamiento democrático liberal.
Para finalizar, es preciso llamar la atención sobre las circunstancias de que no uno y otro tipo de nación pueden
coincidir en el mismo espacio geográfico: en el suelo francés podemos encontrar a la nación política de origen
revolucionario y unas hipotéticas naciones culturales como la bretona, vasca o alsaciana.

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CAPÍTULO 5
LOS REGIMENES POLÍTICOS Y LAS FORMAS GOBIERNO

El régimen político es definido como el conjunto de las instituciones que regulan la lucha por el poder y su
ejercicio, así como de los valores que orientan la vida de esas instituciones.
Las instituciones pueden ser estudiadas desde dos perspectivas: 1) constituyen la estructura organizativa del
poder político, seleccionando la clase dirigente y asignando su papel a los diversos individuos
comprometidos en la lucha política, y 2) son un conjunto de normas y procedimientos que garantizan la
repetición de determinados comportamientos y hacen posible el desempeño ordenado de la lucha por el poder y
su ejercicio.
El nexo entre la estructura del régimen y los valores adoptados por este es estrecho, en el sentido de que la elección
de un determinado régimen implica establecer límites a la libertad de acción del gobierno; es posible que se
pongan en práctica direcciones políticas divergentes pero estas deben encuadrarse en las coordenadas del régimen
establecido.
Los regímenes políticos fueron ya objeto de una clasificación por parte del filósofo griego Aristóteles (384-322 a.
C.), que ha sido utilizada hasta una época relativamente reciente. Él distinguía la monarquía-gobierno de
uno solo-, la aristocracia -gobierno de pocos-- y la república -gobierno de la mayoría-. A cada una de
estas formas "puras" correspondía una forma "corrupta": la tiranía, la oligarquía y la democracia. La
diferencia entre las formas "puras" y las "co- rruptas" residía en que en las primeras el gobierno es
administrado en interés general y en las corruptas, en interés de quienes detentan el poder. De cualquier manera,
la democracia era considerada la menos mala de las formas "corruptas". El criterio sobre el que se fundaba esta
distinción era el número de los gobernantes y ello es claramente inadecuado, en tanto no toma en cuenta el
hecho de que el gobierno es siempre detentado por pocos. Nicolás Maquiavelo (1469-1527), por su parte, redujo
los regímenes políticos a dos: monarquía y república, incluyendo

1. Algunos autores prefieren utilizar la expresión tìmocracia, gobierno de los que disponen de un cierto nivel de rentas.

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-

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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

en este último las repúblicas aristocráticas y las repúblicas democráticas. La diferencia esencial radica
entonces entre el gobierno de uno solo y el gobierno de una asamblea, un cuerpo colectivo.
Montesquieu (1689-1755) planteó, a su vez, en el siglo XVIII una clasificación diferente: agregó a la
monarquía y a la república el despotismo, definido como el gobierno de uno solo "pero sin leyes ni frenos”,
La idea de clasificar los regímenes políticos a partir de los aspectos formales de sus instituciones fue
progresivamente reemplazada por una aproximación de carácter sociológico, que consiste en individualizar los
caracteres esenciales de los regímenes políticos a partir de las diversas formas que adopta la lucha por el
poder.
Las dos principales aportaciones provienen del materialismo histórico - cuyo eje es el pensamiento de
Marx- y de las concepciones que destacan el papel autónomo del Estado.
Por una parte, el materialismo histórico establece una relación estrecha, de condicionamiento recíproco, entre el
modo de producción y la organización política. Entonces, a lo largo de la historia se han sucedido por lo menos en
Occidente, diferentes modos de producción -modo de producción asiático, escla- vitud, feudalismo- a los que les
corresponderían diferentes tipos de organización política -imperios despóticos orientales, democracia griega
pero excluyendo a la masa de esclavos, monarquías feudales--.
En esta línea de argumentación, el desarrollo del capitalismo, que implica el surgimiento del trabajador libre como
figura social dominante, hace posible la irrupción de la democracia representativa; este régimen no puede existir
sin condiciones sociales que faciliten la participación política. Podríamos resumir la cuestión afirmando que la
democracia representativa nació cuando, primero la burguesía y luego todo el pueblo tomaron conciencia de ser
los protagonistas del desarrollo económico y pretendieron influir en él, participando en el control del poder.
Sin embargo, el estudio del modo de producción no agota el conjunto de factores que ejercen influencia sobre el
funcionamiento de los regímenes políticos. La fisonomía que adquieren estos depende, entre otros factores,
de los rasgos del sistema de Estados, ámbito en el que se manifiesta el carácter relativamente autónomo de la
vida política respecto de las estructuras econó- micas y sociales. Por ejemplo, los teóricos de la "razón de
Estado" explican la diferente evolución de las estructuras estatales vinculándolas con el papel desempeñado por
el Estado en el sistema político internacional. Así, el flore... cimiento de las libertades políticas y el autogobierno
local en Gran Bretaña y Estados Unidos están relacionados con la insularidad de estos Estados; mien- tras que el
autoritarismo, el militarismo y la centralización, que en diversos
Capítulo 5. Los regímenes políticos y las formas de gobierno

grados caracterizaron a los regímenes políticos en Alemania, Francia e Italia se explicaría por la situación
continental de estas naciones: el hecho de estar más expuestos a invasiones terrestres los obligó a crear
enormes ejércitos per- manentes y un régimen centralizado y autoritario en condiciones de realizar una
rápida movilización de todos los recursos de la sociedad.
Asimismo, la configuración del régimen político se vincula con las caracterís- ticas del sistema de partidos; se ha
afirmado que el accionar de estos, orientado hacia el mantenimiento de su poder, puede llegar a tener más
importancia que la fórmula jurídico-constitucional con la que son definidos.
Para sintetizar, la posibilidad de establecer una tipología de los regímenes políticos puede fundarse en las
vinculaciones establecidas por el materialismo histórico entre el modo de producción y las estructuras políticas,
balanceando este determinismo con la concepción de la relativa autonomía del poder político.
Tipos de regímenes políticos contemporáneos

Los politólogos en su mayoría coinciden en que podemos identificar dos grandes modelos de regímenes políticos
propios de la edad contemporánea y ellos son: los democráticos y los no democráticos.
Los regímenes democráticos, como ya se ha explicitado, son aquellos en los que existe libertad legal para
formular alternativas políticas, libertad de asocia- ción, competencia entre los distintos partidos (que
a su vez representan opciones claramente diferenciadas), renovaciones en los cargos de gobierno periódicos,
donde se obedecen las reglas de juego pactadas y donde existe sufragio universal. Siguiendo a Sartori, un régimen
democrático preferentemente debe basarse en un sistema de partidos consolidado, con la posibilidad clara de
alternancia, Asi- mismo, deben prevalecer los valores democráticos, la igualdad de oportunidades en el mundo del
trabajo y en la educación. Si bien esta definición es maximalista y casi ideal, hoy en día sin duda se acuerda que un
régimen es democrático por la existencia de elecciones y vigencia de libertades tanto de expresión como de
postulación a cargos.
Utilizando como referencia la obra del politólogo Juan Linz, dentro de la categoría regímenes no democráticos
existen dos subtipos bien específicos que es necesario describir ya que de no hacerlo se puede entrar en una
confusión conceptual y ellos son los regímenes autoritarios y totalitarios.
Los regímenes autoritarios, como explica Morlino tomando como referen- cia a Linz "son aquellos con un
pluralismo limitado, y no responsable; sin una ideología elaborada y directora (pero con una mentalidad
peculiar); carentes de movilización política intensa o extensa; y en los que un líder (o si acaso un grupo

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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

reducido) ejerce el poder dentro de límites formalmente mal definidos, pero en realidad bastante predecibles"
(Morlino, 1988: 131).
La primera característica hace referencia a la idea de que este tipo de regime- nes, aunque consideran desfavorable
cualquier idea de apertura política, tolera o a veces no puede evitar algún tipo de manifestación política. Eso
se manifiesta en la existencia de grupos políticos que, aunque clandestinos, persisten y en algunos casos
dialogan con el poder reinante.
La segunda característica está relacionada con la inexistencia de un proyec- to político a gran escala que
plantee transformar la sociedad existente. Eso de ninguna manera significa que los gobernantes no tengan
ideología, sino que sus construcciones teóricas son quizá solo aplicables al ámbito del gobierno y no de la
sociedad en su conjunto.
Al hablar de la limitada movilización popular, se hace referencia a la incapa- cidad por parte del gobierno de
generar algún tipo de lealtad absoluta y a la falta de posibilidad de forjar un efectivo control social. En ese
contexto, la moviliza ción social es percibida como peligrosa, y los esfuerzos, por parte de la cúpula
dirigencia serán dirigidos para provocar un efecto de desmovilizar intentando neutralizar de esa forma cualquier
foco de conflicto social.
Por último, el tipo de liderazgo ejercido es de baja intensidad y el ejercicio de poder se encuentra dentro de
una estructura de configuración difusa pero que puede generar a la larga algún tipo de nivel de
institucionalización.
La España franquista es el ejemplo mayormente utilizado para este tipo de régimen, aunque el caso de la dictadura
militar argentina (1976-1983) entra perfectamente en esta categoría.
Los regímenes totalitarios, tomando como referencia el ya clásico libro escrito por C. J Friedrich y Z.
Brzezinski, y en su línea argumentativa, el libro escrito por la filósofa Hannah Arendt, tienen las siguientes
características: carecen de pluralismo, ya que existe solo un único partido político que se fusiona con el Estado;
posee una ideología rectora que sirve como legitimadora del modelo; detenta una capacidad de
movilización política clára; y por último, un pequeño grupo o en general un único líder carismático que no posee
límites claros de su autoridad.
La primera característica hace referencia a la inexistencia, no solo de partidos políticos opositores, sino de
cualquier manifestación de poder alternativa, así como también de representación del disenso.
La persecución sistemática del enemigo del régimen, por medio de la aplica-, ción de diversas estrategias violentas,
como puede ser policía secreta, entre otras, posibles estas por el monopolio del uso de la fuerza con que cuenta el
régimen, hace de este modelo la antítesis del Estado de derecho. Los límites entre el poder político y la
sociedad civil se esfuman verificándose una penetración del primero sobre esta última.
Capítulo 5. Los regímenes políticos y las formas de gobierno

Al hablar de ideología rectora se hace referencia a la construcción por parte del régimen de un sistema de ideas y
valores compartidos, con un conjunto de mitos, íconos, liturgias y expresiones coreográficas asimilables a
una religión, pero laica que le valieron de fundamento legitimador.
Utilizando su ideología y diversas estrategias emprendidas por parte del partido político único, y
eventualmente por asociaciones dependientes de este, los totalitarismos apelaron a la participación activa de la
población en la vida pública. La búsqueda incesante de la unanimidad y homogeneidad era una de las obsesiones
más evidentes de los líderes de esos regímenes, quienes, por medio de sus estructuras, se esforzaron para reclutar la
mayor cantidad de adeptos posible. Por último, la figura del líder carismático la ha pensado oportunamente Max
Weber: los jefes de estos regímenes son personas con gran capacidad de oratoria y concebidos por muchos
observadores como personas con cualidades excepcionales.
Al hablar de regímenes totalitarios se suele pensar en el caso de Italia de Mussolini (1922-1945), Alemania de
Hitler (1933-1945) y Rusia de Stalin (1929-1953). Sin embargo, existe una discusión teórica presentada de forma
excepcional en el libro de Enzo Traverso, El totalitarismo. Una historia en el debate (2001), respecto de la
utilización “indiscriminada" de ese término para los regímenes mencionados y ello está en relación directa con
las compleji- dades que se presenta a la hora de definir realidades históricas tan diversas, ignorando su contenido
social, su evolución y sus objetivos fundamentales. En ese sentido, si bien el régimen soviético y nazi
compartieron casi la totalidad de las características antes mencionadas, presentan diferencias que no pueden
ser definidas como menores. Mientras que el nazismo tiene su origen en un proceso electoral y legal, el régimen
soviético emerge de un proceso revolu- cionario; mientras Hitler entra en la categoría de lider carismático,`el
caso de Stalin es más complejo ya que nunca detentó una personalidad excepcional y cimento su
poder por el control extremo que ejercía del partido y la burocracia estatal. Mientras que el nazismo no
intentó modificar la estructura social y el sistema de producción imperante, los bolcheviques construyeron un
nuevo modelo económico basado en una economía colectivizada. Mientras que el nazismo abanderó una
ideología basada en el extremo nacionalismo, biolo- gicismo y racismo, el régimen soviético pregonó una
filosofía emancipadora, humanitarista y universalista. Mientras que en el régimen nazi se aplicaron a gran escala
los campos de exterminio cuyo único objetivo irracional era la matanza sistemática de los enemigos de
la nación, en el régimen soviético, los gulags, campos de concentración con toda su indiscutible crueldad,
tenía un objetivo de racionalidad económica, ya que en ellos, los enemigos del pueblo trabajaban en
grandes obras de infraestructura. Por último, mientras que los
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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

nazis fueron una revolución contra los ideales de la revolución francesa, el régimen bolchevique es hijo del iluminismo.

Gobierno y formas de gobierno

Si bien a lo largo de la historia ha habido discusiones significativas respecto del concepto de gobierno, se podría
pensar que "se entiende el gobierno como el lugar o ámbito donde individuos e instituciones poseen autoridad
para tomar decisiones, formular políticas públicas y conducir una sociedad" (Pegoraro y Zulcovsky, 2006:
154).
Como mencionan Pegoraro y Zulcovsky (2006) y Zelaznik (2006), existen al menos tres perspectivas o ejes de
análisis para el estudio del gobierno: como un conjunto de actores, como un conjunto de funciones, y como un
conjunto de instituciones...
Con el primer eje de análisis se hace referencia específicamente a quien ejerce el poder. Presupone una
visión subjetiva del poder. Esta concepción ha puesto sido en tela de juicio ya que se pretende personalizar la
política y por tanto en quienes ejercen el poder, pero con la mediatización de la política y la aparenté
crisis de los partidos políticos modernos, sostiene que el foco se ha vuelto a centrar en las personas.
El segundo eje pone el acento en la toma de decisiones; así el gobierno es aquel que dirige y guía a una
comunidad política de forma adecuada.
Por último, el tercer eje centra su atención en el conjunto de instituciones. El poder reside en las instituciones,
que están construidas socialmente y que poseen determinadas atribuciones para el ejercicio del poder con
independencia de quien ocupe el cargo, ya que están legitimadas por ordenamiento legal que. las
sostiene.

Una forma de clasificar a los regímenes democráticos ya clásica e iluminadora se construye sobre la base de la
relación que se puede establecer entre el Poder Legislativo y el Ejecutivo. Como resultado de esta relación tenemos
la existen- cía de tres formas de gobierno conocidas: parlamentarismo, presidencialismo y semipresidencialismo.
En los regímenes parlamentarios, el jefe de gobierno y su equipo de gabinete son responsables ante el
Poder Legislativo y eso se debe a que su poder emerge de este. Necesitan su voto de confianza y si no lo tienen
el jefe de gobierno cae. La legitimidad del jefe de gobierno es indirecta, ya que el pueblo no lo vota di-
rectamente sino que eligen a los representantes del parlamento que a posteriori eligen a su líder. El
ejemplo contemporáneo y más representativo de este sistema es Gran Bretaña.
Capítulo 5. Los regímenes políticos y las formas de gobierno

Los regímenes presidenciales se caracterizan por tener bien diferenciado el Poder Ejecutivo del Legislativo. El
presidente, jefe de gobierno es elegido - directamente por el pueblo (aunque puede hacerlo por colegios
electorales) y su legitimidad entonces deriva del ese acto electoral. Su mandato esta preestablecido así
como también su posibilidad de reelección. Por lo tanto, el ejecutivo es uni- personal y existe una clara
división de poderes. Un ejemplo de estos regímenes es el de la Argentina.
Por último, el semipresidencialismo es un sistema denominado "mixto" en el que conviven instituciones de los
dos regímenes antes mencionados. Por un lado existe un presidente a cargo del Ejecutivo que es elegido por el
pueblo (directa o indirectamente) con un mandato definido; pero también existe un primer ministro que emerge del
voto del Parlamento. Así, el Ejecutivo tiene una estructura de poder dual integrada por el Jefe de Estado, el
presidente, y el Jefe de Gobierno, el primer ministro. Un ejemplo de este tipo de régimen es el de Francia.

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CAPÍTULO 6
LA DEMOCRACIA: DEFINICIÓN Y EVOLUCIÓN HISTÓRICA DEL
CONCEPTO

Introducción

El estudio de la realidad política contemporánea está asociado a la expresión democracia. Salvo contadas
excepciones, vinculadas a algunas corrientes del pen- samiento católico y a quienes se proclaman partidarios
del fascismo, en el mundo occidental nadie está dispuesto a proclamarse públicamente contrario a las con-
cepciones democráticas. Incluso muchos dictadores reivindican su accionar como democrático y señalan que el
gobierno toma sus decisiones de acuerdo con los deseos y la aprobación del pueblo, expresada de alguna forma
particular. Sin embargo, en algunos casos el sustantivo aparece acompañado de adjetivos -democracia real,.
democracia formal, democracia socialista, etcétera- que dan lugar a pensar en la existencia de respuestas
muy diferentes frente a la pregunta ¿qué es la democracia?
Seguidamente, tras avanzar en una definición de democracia, pasaremos revista al origen y la evolución histórica
del concepto, y destacaremos algunas características del debate actual sobre el tema. La palabra
democracía provienc del griego y significa soberanía del pueblo, pero no hay definición de democra-
cia generalmente aceptada que se pueda formular en una sola proposición. No obstante, pueden extraerse dos
ideas que se vinculan con ella: 1) la soberanía det pueblo, y 2) la igualdad. Ellas llevan a la distinción entre
gobierno del pueblo respecto del gobierno para el pueblo. La discusión respecto de qué sentido se les
atribuye a estas dos expresiones se realizará seguidamente, vinculada con la evolución histórica del significado del
concepto democracia.

Democracia y soberanía del pueblo

En el mundo clásico griego, como se ha indicado, la palabra democracia se empleó para designar una forma de
gobierno en la que el poder residía en todos los ciudadanos de la comunidad.

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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCTOPOLÍTICO


Este régimen se caracterizaba por ser "participativo", es decir, por permitir la participación real del ciudadano
en las decisiones colectivas. Los principios fundamentales sobre los que se asentaba eran dos: la igualdad de los
ciudada- nos ante la ley y la igualdad de palabra en la asamblea, constituida en el órgano soberano de
gobierno.
Las ciudades griegas eran comunidades pequeñas, lo que facilitaba la inter- vención de los ciudadanos en la vida
pública. Para citar el ejemplo más conocido, Atenas tenía menos de cuatrocientos mil habitantes, de los cuales más de la
mitad eran esclavos, los que por definición no participaban de la vida política; además, tampoco tenían estatuto de
ciudadanos las mujeres y los extranjeros (hombres que no tuvieran padre y madre atenienses). El fundamento de la
democracia ate- niense fue la participación activa, directa y plena de los ciudadanos en los asuntos relacionados con
el gobierno de la sociedad, a tal punto que su participación era vista como parte necesaria del desarrollo de la
persona.
Una democracia de estas características solo podía funcionar: 1) en comuni- dades de pequeña extensión, que de
alguna manera garantizaban alto grado de homogeneidad en los intereses; y 2) en un sistema económico
esclavista, mediante el cual los ciudadanos gozaban de tiempo ocioso para dedicarse exclusivamente a los asuntos
públicos.
La organización del poder en la democracia ha sido descripta por Aristóteles:

A
El fundamento del régimen democrático es la libertad (en efecto, suele decirse que solo en este régimen se
participa de la libertad, pues este es, según afirman, el fin a que tiende toda democracia). Una característica de la
libertad es el ser gobernado y gobernar por turno y, en efecto, la justicia democrática consiste en que todos tienen
igual valor, no según los merecimientos; y siendo esto lo justo, forzosamente tiene que ser soberana la
muchedumbre, y lo que apruebe la mayoría, eso tiene que ser lo justo. Todos los ciudadanos deben tener lo
mismo, de forma que en las democracias resulta que los pobres tienen más poder que los ricos, puesto que son
más numerosos y lo que prevalece es la opinión de la mayoría. Esta es, pues, una característica de la libertad,
que todos los partidarios de la democracia consideran como un rasgo esencial de este régimen. Otra es vivir
como se quiere, pues dicen que esto es resultado de la liber- tad, puesto que lo propio del esclavo es vivir
como no quiere. Este es el segundo rasgo esencial de la democracia, y de aquí vino la idea de no ser gobernado, y
si no, por turno (Aristóteles, 1983; 175).
pesar de esta descripción, la democracia no era un régimen que satisfacía a los filósofos griegos. Platón
(428-347 a. C.) la rechazó, defendiendo en cambio
Capítulo 6. La democracia; definición y evolución histórica del concepto

una estructura jerárquica, donde el gobierno debía estar en manos de los sabios. También Aristóteles, aunque
mucho menos rotundo, la vio como mal menor, sin mostrar mayor entusiasmo; prefería un gobierno de "clase media",
de ciu- dadanos con recursos econômicos que les permitieran disponer de tiempo para cumplir con una función
pública. Las razones de esta valoración negativa de la democracia son dos: por una parte, la desilusión que les
provocó el deterioro de la democracia ateniense en la guerra frente a Esparta, pero además, y esta es sin duda la
razón más importante, consideraban que el gobierno de los mu- chos --sobre todo si incluía tanto a
propietarios como a no propietarios- no era confiable. Sin dudar, afirmaban que el control de los asuntos
públicos debería estar en manos de una minoría calificada, con habilidad, saber y experiencia para decidir lo más
conveniente para todos. La diferencia entre Platón y Aristóteles en este tema residía en que el primero reivindicaba
el gobierno de una aristocracia preparada para ejercer el poder, mientras que Aristóteles se mostraba partidario de
una "democracia restringida", "un buen gobierno que proteja al pobre de la opresión y al rico de la confiscación”.

Como consecuencia, por lo menos en parte, de la argumentación de estos filósofos, durante mucho tiempo existió
en Occidente un juicio negativo respecto de la democracia, y se asoció a un régimen de ese tipo a la inestabilidad,
la sobe- ranía de los mediocres y una tendencia al despotismo. Hasta el gran teórico de la soberanía popular
Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), dudaba de su viabilidad:

No hay gobierno que esté tan sujeto a las guerras civiles y a las agitacio- nes intestinas como el democrático o
popular, a causa de que no hay tam- poco ninguno que propenda tan continuamente a cambiar de forma ni
que exija más vigilancia y valor para sostenerse. Bajo este régimen, el ciu- dadano debe armarse de fuerza
y de constancia y repetir todos los días, en el fondo de su corazón, lo que decía el virtuoso Palatino en la dieta de
Polonia: "Prefiero la libertad con peligro a la esclavitud con sosiego". Si hubiera un pueblo de dioses estaría
gobernado democráticamente. Un gobierno tan perfecto no conviene a los hombres (Rousseau, 1991: 94).

El matiz peyorativo asociado al vocablo "democracia" fue tan tenaz que sus defensores debieron recurrir
a otros como "pueblo" o "república" para volver a proponer, en términos conceptualmente menos comprometidos, el
concepto de autogobierno popular. Serán entonces los republicanos quienes recrearán las condiciones para
reafirmar la idea de un “gobierno del pueblo”, aunque siguieran pensando que la democracia constituía una
situación de potencial inestabilidad, posicionada entre los dos extremos de la tiranía por un lado y la
anarquía por el otro.
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пор
HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

En sentido positivo, el concepto "democracia" afloró realmente durante la Revolución francesa. Se le dio
inicialmente un sentido social, dirigiéndose con→→ tra ia aristocracia; en muchos países de Europa se designó
con esta expresión a los defensores de la Revolución, sin realizar distinciones entre las diferentes corrientes. En un famoso
discurso pronunciado en febrero de 1794, Maximilia- no Robespierre (1759-1794), líder de la fracción jacobina, detalló
lo que podía brindar un Estado "democrático o republicano": moral en lugar de egoísmo, libertad en lugar de
esclavitud, igualdad en lugar de privilegios de clase. Estas exigencias solo habían de cumplirse, según su opinión,
en un "Estado democrá- tico o republicano”.
Sin embargo, la etapa de gobierno jacobino desarrollada a lo largo de apro- ximadamente un año entre 1793 y
1794, asociada a la aplicación de medidas de excepcional violencia contra los opositores (el llamado "Terror"),
generó inicialmente un profundo rechazo entre la intelectualidad europea: las concep- ciones liberales en
ascenso tomaron inicialmente distancia respecto de las posi- ciones democráticas. La primera formulación de la
antítesis entre democracia y liberalismo fue realizada por Benjamín Constant (1767-1830), quien desde una
perspectiva liberal lo planteó como una contradicción entre la libertad de los antiguos y la de los modernos:

El fin de los antiguos era la distribución del poder político entre todos los ciudadanos de una misma patria: ellos
llamaban a esto libertad. El fin de los modernos es la seguridad en los goces privados: ellos llaman libertad a las
garantías acordadas por las instituciones para estos goces (citado por Chatelet et al., 1992: 98).

Para Constant, la libertad de los modernos, que es la que defiende, es la li- bertad individual respecto del Estado, de la
que son manifestación concreta las libertades civiles y la libertad política, aunque no necesariamente extendidas
a todos los ciudadanos. La libertad de los antiguos implicaba, en cambio, como vimos, la participación directa de
los ciudadanos en la formación de las leyes. a través de una democracia asamblearia. Por lo tanto, durante varias décadas
la visión que se tenía de la democracia, rechazada como símbolo de anarquía, era la democracia directa o
participativa. De ahí que la corriente principal del libe- ralismo en la primera mitad del siglo XIX
-representada, además de Constant, por Alexis de Tocqueville (1805-1859) y John Stuart Mill (1773-1836)-recelara
de la democracia como forma de gobierno.
Tocqueville, sin embargo, no considera, a diferencia de Constant, que la democracia constituya una amenaza
para la libertad individual; en cambio, sos- tiene que es un proceso inevitable al que hay que tratar de
corregir y modelar. Su
Capítulo 6. La democracia: definición y evolución histórica del concepto

famoso estudio sobre la democracia en América muestra que su establecimiento en Estados Unidos estuvo
favorecido por la ausencia de toda estratificación social y de cualquier diferenciación hereditaria, por la autonomía
de la sociedad civil respecto del poder político asegurada por la libertad de prensa, y por las formas de
autogobierno locales que salvaguardaban los intereses de los ciudadanos. Con estos elementos se aspiraba a poner
un freno a la posibilidad de la tiranía de la mayoría, el gran peligro que encontraba en el afianzamiento de la
democracia.

que

A pesar de todo, progresivamente fue ganando fuerza la idea de que se podía establecer una relación entre el
Estado liberal, entendido como la autoridad reconoce y garantiza derechos como el de la libertad de pensamiento,
de religión, de imprenta, de reunión, con la democracia parlamentaria o representativa, donde la tarea de hacer
las leyes no concierne a todo el pueblo reunido en asamblea sino a un cuerpo restringido de representantes
elegidos por aquellos ciudadanos a quienes se les reconozcan los derechos políticos.
A partir de ese nuevo escenario, la línea de desarrollo de la democracia en los regímenes representativos se orientó en una
dirección muy clara: la gradual ampliación del derecho de voto que, restringido en un principio a una exigua
parte de los ciudadanos, con criterios basados en la renta, la cultura y el sexo, se ha ido extendiendo de manera
progresiva hasta abarcar, al finalizar el siglo XX, a todos los ciudadanos de cualquier sexo que hayan alcanzado un
cierto límite de edad (sufragio universal).'
Sin embargo, ese proceso no se verificó sin problemas; en el tránsito entre el siglo XIX y el XX, en pleno auge
de las prácticas democráticas, se desarrollaron una serie de intentos teóricos destinados a cuestionar la inclusión de
estratos cada vez más amplios de la población en el área de la “ciudadanía política”. Se trata del principio que
establece la inevitable tendencia de todo sistema político a la oligarquía, es decir, a la consolidación de una minoría
destinada a dominar sobre la mayoría. Por lo tanto, se verificaría entonces una sustancial desvalorización de la
democracia entendida como gobierno del pueblo.
La discusión teórica del gran parte del siglo XX giró en torno de dos grandes visiones contrapuestas: las
teorías elitistas, teñidas de un fuerte pesimismo res- pecto de las bondades de la democracia en general y del
pueblo en particular; y las teorías pluralistas, con perspectivas un poco más esperanzadoras e inclusivas.
Gaetano Mosca (1856-1941), Vilfredo Pareto (1848-1923), Max Weber (1864- 1920) y Josep Schumpeter
(1883-1950) fueron los principales impulsores las teorías elitistas. Mosca sostiene que en toda sociedad el
poder político pertenece

1. De hecho, puede decirse que hasta después de la Primera Guerra Mundial no existieron realmente regímenes basados en el
sufragio universal masculino, y el proceso de reconoci- miento del derecho al voto de las mujeres fue lento y en algunos
países se concretó después de 1945.
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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO
a un núcleo restringido de personas y que todo gobierno está en manos de una minoría organizada. En los
sistemas políticos democráticos no son los electores los que eligen a sus representantes sino que por lo general son
estos los que se hacen elegir por los electores. En su visión, la introducción del sufragio universal promueve una
forma de nivelación hacia abajo de las cualidades intelectuales y políticas de los representantes. El voto no es
un derecho sino una función, que debe reconocerse únicamente a aquellos que tienen capacidad para ejercerlo.
Por su parte, Pareto elaboró una teoría del sistema social y de sus condicio- nès de equilibrio. Al existir en la
sociedad fuerzas heterogéneas que contienen elementos incompatibles entre sí, el equilibrio, que es puesto
continuamente en discusión entre gobernantes y gobernados, es restablecido a través del mecanismo de
"circulación de las elites", que define las modalidades a través de las cuales se produce la integración y el recambio
de quienes ocupan posiciones de gobierno. En su análisis, la historia no es más que un "cementerio de aristocracias”,
una sucesión de minorías privilegiadas que luchan por conquistar el poder para luego decaer, extinguirse y
terminar siendo reemplazadas por otras minorías. En este esquema explicativo, incluso los socialistas, que
actúan en nombre de las masas populares, están destinados a organizarse en maquinarias burocráticas que
dan lugar al surgimiento de una nueva elite dominante. Es decir que, para Pareto, la democracia es solo
una pantalla detrás de la cual, finalmente, "mandan siempre los mismos".
A su vez, Weber parte del supuesto que la democracia participativa es im- posible en las sociedades
modernas por el hecho de que miles o millones de personas no pueden establecer decisiones conjuntas. Por lo
tanto, la democracia para este teórico es una democracia plebiscitaria, queriendo decir con esto que es solo una
especie de dominación carismática que se oculta bajo la forma de una legitimidad derivada de la voluntad de
los dominados, y solo persiste en virtud de ella. La complejizarían de los requerimientos sociales hace
menester echar mano de técnicos encargados de la resolución de los problemas acucrántes. Esos técnicos y su
importancia dentro del sistema no deben depender del sistema electoral, ya que no responden a cuestiones
políticas, sino que justamente son tecnócratas. En cambio, sí deben ser políticos los altos cargos que, al responder.
a partidos e ideologías, pueden ser reemplazados por medios electorales. Pero el desarrollo de las maquinas
burocráticas, los partidos políticos, atemorizó a Weber que creyó que podían amenazar la autonomía de los
parlamentos. Lo que para este autor aseguraría un sistema eficiente sería que los partidos políticos expresaran
claramente diferencia de intereses, dando por supuesto entonces, que el sistema multipartidista sería el más
cercano al ideal. Asimismo, es importante la existencia de líderes políticos de "raza", apasionados 'e imaginativos
capaces de contrapesar a la burocracia en ascenso.
Capítulo 6. La democracia: definición y evolución histórica del concepto

Josep Schumpeter fue, de alguna forma, continuador de la obra de Weber: al igual que su predecesor sostiene
que la participación política de las masas es claramente limitada. Lo original y controvertido de este autor fue
comparar el mercado político con el mercado de consumo. Compara a los electores con meros consumidores y
sostiene que, así como los consumidores están influidos por campañas publicitarias y consumen irracionalmente
por fuera de sus necesi- dades reales, los electores también lo están y por lo tanto eligen desprovistos de cualquier
tipo de lógica o racionalidad. El creó lo que se dio a llamar la "ley de la irracionalidad decreciente": conforme el
individuo se aleja de sus elecciones más inmediatas y cercanas, que tienen que ver con su núcleo primario, va
perdiendo racionalidad. Es por ello, que cuando llega al ámbito político, sus elecciones están teñidas de una falta
evidente de lógica. A esta altura es importante aclarar que Schumpeter fue un testigo, en primera persona, de
lo que significó el avance electoral inesperado del partido nacionalsocialista obrero alemán, en las décadas de
1920 y 1930.
Las ideas sostenidas por los teóricos del elitismo democrático fueron fuer- temente cuestionadas desde diversos
ámbitos; los principales opositores fueron los teóricos del pluralismo democrático quienes, a diferencia de los
anteriores, se encontraron en un contexto histórico y político tendiente a concebir la democracia como el régimen
de gobierno preferible. La teoría pluralista cree que hay otras instancias de participación y de influencia en el
gobierno que no son meramente los momentos electorales, si bien reconocen que el individuo aislado tiene poca
influencia o al menos indirecta. Por ello destaca la existencia de grupos sociales, como sindicatos, ONG,
asociaciones civiles, grupos empresariales, medios de prensa, etcétera, que tienen la posibilidad de influir y
negociar con el gobierno. Si uno de los grupos mencionados anteriormente no cuenta con una gran cantidad de
votos, pero tiene un poder económico considerable es probable que puedan influir en esferas de poder, ya que
tienen la capacidad, entre otras cosas, de crear empleo. Por lo tanto, un orden político democrático es aquel donde
existen grupos sociales con posibilidad de negociar.
Dentro del pluralismo democrático, Robert Dahl constituye uno de sus prin- cipales propulsores, quien
con el desarrollo de su modelo teórico denominado poliarquía, ha contribuido a explicar el funcionamiento
de la democracia en las sociedades modernas y a postular una mejor aplicación de los principios demo-
cráticos a dichas sociedades. Poliarquía es pensado como el concepto teórico necesario a la hora de analizar los
casos reales, dejando el término democracia “como un valor universal perfecto que en última instancia sirve
como modelo.
Las características que identifican a las poliarquías según Dahl, tomando en consideración su obra La democracia
y sus críticos (1991) son:

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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

1. Derecho a voto: los adultos tienen derecho a elegir a los funcionarios de


gobierno.
2. Elecciones limpias, libres y regulares.
3. Que las instituciones públicas dependan del voto popular: los líderes
elegidos están subordinados a los no líderes, a través de las elecciones. 4. Los no líderes a su vez están subordinados a los
líderes o funcionarios electos, en virtud de que el control de las decisiones en materia de política pública corresponde
a los funcionarios electos.
5. Ocupar cargos públicos: todos los adultos, cumpliendo con las edades requeridas en determinados
casos, tienen derecho a ocupar cargos públicos. en el gobierno.
6. Libre expresión: los ciudadanos tienen derecho a expresarse, sin correr peligro de sufrir castigos severos, en
cuestiones políticas establecidas con amplitud.
7. Fuentes alternativas de información: los ciudadanos tienen derecho a dis- poner, sin incurrir en penalidades, de
fuentes alternativas de información, es decir, distintas a las controladas por los funcionarios gubernamentales. 8.
Autonomía de las asociaciones: los ciudadanos gozan del derecho de constituir asociaciones u organizaciones
independientes del control gubernamental.

Si todos estos requisitos se pueden-encontrar en un régimen, la democracia funciona correctamente. Puede


darse que algunos de esos factores se den y otros no: es allí donde nos encontramos con los denominados sistemas
imperfectos.
A pesar de estos cuestionamientos, a lo largo de un proceso prolongado y contradictorio que llega hasta
nuestros días, la democracia se ha consolidado, aunque sin duda se trata de una transformación más
cuantitativa que cualitativa, del régimen representativo.

Democracia e igualdad

Hasta aquí se ha hablado de la democracia en el sentido de la creación de un conjunto de reglas destinadas a que el
poder político sea distribuido de manera efectiva entre la mayor parte de los ciudadanos. La otra cuestión crucial
es la de democracia como expresión de un ideal de igualdad. El análisis del concepto de igualdad aplicado a los
integrantes de una sociedad es de hecho enormemente complejo, por lo que nos limitaremos solo a alguno de sus
aspectos.

2. Véase, por ejemplo, Bobbio y Matteucci (1987),

100
Capítulo 6. La democracia: definición y evolución histórica del concepto

En principio, podemos referirnos a dos temas vinculados con la idea de igual- dad en el ámbito social: 1)
la igualdad frente a la ley, y 2) la igualdad de derechos.

-El principio de la igualdad ante la ley se explica históricamente a partir de la necesidad de abolir todo tipo
de discriminaciones provenientes de las sociedades basadas en el privilegio. La Constitución3 francesa de 1791,
promulgada en pleno período revolucionario, cerraba, su Preámbulo con esta frase: "Ya no hay en ninguna parte de
la nación, ni para el individuo, algún privilegio o excepción al derecho común de todos los franceses”. Se
expresaba entonces en el derecho a una jurisdicción común y al acceso a los principales cargos civiles y
militares independientemente del origen del individuo. De esta manera, se afirmaba la idea de que los sujetos
origina- rios de la sociedad son los individuos en tanto tales,
}

-- En cuanto a la igualdad de derechos, se refiere al disfrute equitativo por parte de los ciudadanos de algunos
derechos "fundamentales" que están garantizados por medio de una disposición constitucional. La cuestión se
presenta a la hora de determinar cuáles son esos derechos, que pueden ser extremadamente variados: igual
satisfacción de las necesidades fun- damentales, igualdad de oportunidades --redistribución del acceso a las
distintas posiciones de la sociedad-, nivelación de la riqueza, etcétera.

En la medida en que en la mayor parte de los casos esos derechos implican alguna forma de intervención
gubernamental, surgen las divergencias entre quienes niegan que la democracia como forma de gobierno
implique la asun- ción por parte del Estado de responsabilidades en cuanto a la implementación de disposiciones
destinadas al logro de la igualdad de derechos y quienes, por el contrario, sostienen que está en la esencia de la
democracia la distribución de ciertos bienes "básicos" y la promoción del bienestar colectivo. De hecho, este
constituye el más importante debate teórico actual respecto de la democracia y el papel del Estado, por lo que
sintetizaremos los diferentes posicionamientos.
Por una parte, autores como el estadounidense Robert Nosick (1938-2002) han fundamentado argumentaciones que
apuntan hacia la reducción del Estado a su expresión mínima, un Estado-policía cuya única función es la de
proteger a los individuos y sus propiedades. Partiendo, como se puede apreciar, de las posiciones

3. Se entiende por Constitución, vinculada al ente Estado, a aquellos principios relacionados con las decisiones esenciales
respecto de la forma de Estado, con la organización y funciones de los poderes públicos, y con los derechos y deberes de los
ciudadanos.
4. En las sociedades organizadas a partir del privilegio, los beneficiarios de estos no pagaban determinados impuestos, eran los
únicos que podían acceder a los rangos más altos de la jerarquía militar y burocrática, etcétera.

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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

extremas del liberalismo, en su libro Anarquía, Estado y utopía (1988) plantea que no es deber del Estado democrático
la redistribución de la riqueza o de aquellos bienes considerados básicos; educación, sanidad, seguridad social, trabajo.
Por el contrario, afirma que es injusto privarle al que trabaja del fruto total de su labor para dárselo, a través de la
vía fiscal, a quien carece de empleo. Su idea de la justicia es la máxima propia de las teorías del laissez-faire: a
cada cual según sus méritos. Alejados de estas posiciones están quienes, como John Rawls (1921-2002),
sostienen que una sociedad "bien ordenada" es aquella que comparte un ideal de justicia que se resume en tres
principios fundamentales: 1) igual libertad para todos; 2) igualdad de oportunidades, y 3) principio de la
diferencia, consistente en repartir los bienes básicos con el criterio de dar más a quienes menos tienen. Esos tres principios
deben hacerlo suyos las instituciones democráticas-la Constitución, los tres poderes del Estado-con el fin de ir
mejorando la justicia social (Rawls, 1979).

Los problemas actuales de la democracia

A lo largo de un proceso que se inicia con el derrumbamiento de las potencias del Eje en la Segunda Guerra
Mundial y culmina con el hundimiento del llamado "socialismo real" en la Unión Soviética y los países de Europa
del este hacia fines de la década de 1980 y principios de la de 1990, se ha verificado una con- solidación de la
democracia como el mejor (o el menos malo) de los regímenes. que la humanidad ha sido capaz de poner en
práctica. Solo en los márgenes de la vida política de la mayor parte de los países, o en concepciones de muy
escasa repercusión efectiva se cuestiona la idea de que la democracia es la forma de gobierno que cuenta con más
controles capaces de disminuir las imperfecciones y desviaciones provenientes del ejercicio del poder.
Sin embargo, lo dicho no implica dejar de llamar la atención, como de hecho lo han expresado incluso sus
defensores más fervientes, respecto de los problemas que se producen en los regímenes democráticos. Seguidamente
pasaremos revista a algunos de ellos, en la medida que dan cuenta, más allá de su generalidad, de ciertas
constantes que involucran a todos los regímenes existentes. Creemos que esta revisión servirá para tomar conciencia de
que, si bien pueden detectarse muy claras diferencias de "calidad" entre las democracias realmente operantes, hay
también ciertos elementos que no son solamente desviaciones cuya responsabi- lidad es exclusivamente de la
clase política o, peor aún, de una sociedad incapaz de vivir en democracia. Lo mejor (o por lo menos lo más
realista) que puede
Capítulo 6. La democracia: definición y evolución histórica del concepto

decirse de la democracia es que es un régimen hecho a la medida de los muy imperfectos seres humanos.

La razón de Estado

Las democracias se fundamentan en el llamado "Estado de derecho”, un Esta- do que defiende, ante todo, los derechos
de los individuos. Sin embargo, no hay dudas respecto de que la política muestra con excesiva frecuencia una
tendencia irrefrenable a actuar de acuerdo con razones e intereses que funcionan de manera autónoma y que pueden ir
contra los derechos de los ciudadanos. A esta realidad se la denomina “razón de Estado”: razón que consiste en
anteponer un supuesto bien de la comunidad al bien del individuo, o ciertos ideales políticos a los derechos
individuales. La mayoría de los conflictos bélicos de signo nacionalista responden a esa tendencia. Además,
cualquier poder político, incluyendo las democracias, necesita mantener, por motivos de seguridad, ciertas zonas secretas
excluidas de la luz pública: fondos reservados, centros de inteligencia. Esos medios no deben convertirse nunca en
un fin en sí mismo ni deben prevalecer cuando claramente violan derechos individuales. La máxima "el fin no
justifica los medios" debe ser un principio invulnerable en una democracia. La seguridad es un valor y un derecho
pero su defensa no debe obviar otros derechos igualmente fundamentales y respetables. Por ejemplo, el derecho al
respeto a la intimidad de las personas, el derecho a la vida o el derecho a la libertad de expresión o asociación.

La tiranía de las mayorías

La democracia es, en principio, un procedimiento para tomar decisiones colectivas y actúa a través del
voto de los ciudadanos o de sus representantes elegidos por sufragio universal. Finalmente, la decisión
adoptada es la votada por la mayoría de los ciudadanos o de representantes de la ciudadanía; es decir, por
aquellos partidos que tienen más sufragios. Tal procedimiento puede conducir a la llamada "tiranía de la
mayoría", una tiranía de algún modo inevitable pero no carente de peligros. Entre ellos cabe citar dos que
tienen importancia: 1) se ve seriamente disminuido el derecho de las minorías, y 2) la mayoría no siempre está en la
posesión de la verdad; el ejemplo muchas veces citado -aunque no único- es el de que Hitler llegó al poder a
principios de la década de 1930 como resultado de elecciones intachablemente democráticas. Este es un problema ex-
tremadamente difícil de resolver: ¿cómo se evita un resultado antidemocrático cuando la mayoría quiere ese
resultado? Una respuesta consiste en afirmar que la democracia no es únicamente un procedimiento de elección de
representantes:
5. Esta revisión está basada en los análisis de Camps (2001).

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1

HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

la denominada "concepción asociativa" de la democracia considera al individuo asociado de pleno derecho de una
empresa política colectiva, por lo que las decisiones son democráticas solo si protegen la condición o intereses
de cada ciudadano como asociado de pleno derecho de esa empresa.

El deterioro institucional

Los partidarios políticos, el parlamento, los sindicatos se han ido convir- tiendo en organizaciones que se
benefician más a sí mismas que al público al que deberían servir. La burocratización, ya denunciada por Max
Weber, es en buena medida la causante de este problema. El sistema de partidos políticos, en particular, está
demostrando graves deficiencias, consecuencia en parte de la ya analizada tendencia a desarrollar estrategias que
derivan en una concentración de poder dando la espalda a los ciudadanos. A pesar de lo fundado de estas críticas,.
en una democracia los partidos políticos parecen imprescindibles. Los llamados "movimientos sociales"
-ecologistas, feministas, defensores de los derechos humanos, etcétera-, que asomaron con fuerza en la segunda
mitad del siglo XX como alternativa a los partidos políticos, han acabado en general siendo absor- bidos por el
mismo régimen que cuestionaban. Sin embargo, en especial bajo. la forma de organizaciones no
gubernamentales, algunos de esos movimientos sociales siguen siendo la expresión de otra forma de hacer
política, menos oficial, distanciada del sistema electoral y menos proclive a caer en una burocratización que resta
eficacia a las organizaciones tradicionales.

El interés común y los intereses corporativos

Frente a expresiones como "interés común", "bien común", "intereses gene- rales", actualmente se sostiene que las
sociedades del presente están organizadas "corporativamente". Tanto los partidos como los sindicatos persiguen su
propio interés, pero no solo ellos: también las empresas, las universidades, las mismas organizaciones no
gubernamentales, se enfrentan al serio peligro de perder de vista la condición de “servicio público” que tales
organizaciones deberían tener por encima de todo. El corporativismo es el principal enemigo del interés común.

El aprendizaje y el ejercicio de la ciudadanía

como ciudadano, como servidor de la


La democracia nace en Grecia cuando el individuo se concibe a sí mismo bási- camente
polis; para ello es preciso desarrollar
Capítulo 6. La democracia: definición y evolución histórica del concepto

una particular “cultura cívica”. En la actualidad la ciudadanía es un derecho formal, reconocido por la
Constitución y por la ley positiva, pero olvidado como conjunto de derechos políticos. El hecho de que
haya una democracia no implica necesariamente la educación democrática de los ciudadanos. La insolidaridad y
la intolerancia crecen como consecuencia de todos los fenómenos derivados de las desigualdades económicas y sociales aún
no superadas, y de la voluntad de algunos gobernantes de perpetuarlas. Conseguir que el individuo se conciba a sí
mismo como ciudadano y actúe como tal es algo que hay que proponerse como objetivo de la educación en todos los
niveles.

La corrupción

Este no es un problema específico de la democracia sino del poder en todas sus formas; la tendencia a utilizar
bienes y privilegios públicos para fines privados es natural en todo aquel que se dedica a gestionar y
administrar lo público. A dife- rencia de lo que ocurre con las dictaduras, en sí mismas corruptas, la democracia
permite que los casos de corrupción afloren, se hagan públicos y sus responsables sean castigados; si esto no
ocurre, la democracia no está cumpliendo una de sus tareas. Para evitar la corrupción, las democracias deben
afinar sus procedimientos de control, respetar la división de poderes y educar al ciudadano en la exigencia frente
a sus representantes políticos.

El populismo: ¿un nuevo desafío a la democracia?

La expresión "populismo" se ha incorporado al lenguaje político cotidiano en los últimos años. Por un lado, es
considerado un movimiento ajeno a la democracia -en algunos casos se llega a considerar como una especie de
insulto-; por otro, es evidente su atractivo para amplios sectores de la población en Occidente, sobré todo tras el
fuerte impacto de la crisis desencadenada en 2008; finalmente, con razón o sin ella, se hace referencia a un
populismo "de derecha" y a un populismo "de izquierda" pero se los analiza como si se tratara de fenómenos
similares.
En términos académicos, el "populismo" puede ser definido como un conjunto de fórmulas políticas en la cuales
el pueblo -un conjunto social homogéneo depo- sitario de valores permanentes-es la fuente de inspiración y
objeto de referencia.
La palabra tiene su origen en la segunda mitad del siglo XIX y se utilizó para designar agrupaciones políticas
que reivindicaban la importancia y significación del "pueblo" frente a los intereses de los poderosos y de
quienes en nombre de la modernización atentaban contra la organización social tradicional. Así, tanto Narodnaya
Volia (Voluntad Popular) en la Rusia de los zares, como el Partido
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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

del Pueblo en Estados Unidos, si bien con matices fuertemente diferenciados, constituyeron los antecedentes del
populismo actual.

Las modernas corrientes populistas tienen como punto de partida un cuestiona- miento de las transformaciones que,
impulsadas por los ideales de la Ilustración, desde las últimas décad: siglo XX se convirtió en un proyecto
hegemónico, la globalización, dominerlo ror el neoliberalismo. En palabras de una experta en el tema: "nuestras
democracias han dejado de respetar lo que la Ilustración reclamaba con sus votos, y han puesto en marcha unas
verdades monopólicas cercanas a las de los antiguos regímenes contra los cuales se erigieron" (Delsol,
2015:177).
Sin embargo, a pesar de que el cuestionamiento a las nuevas realidades es ampliamente compartido, es preciso
destacar las importantes diferencias entre el populismo de derecha y el populismo de izquierda. Sobre todo, en
países de Europa, existe un populismo que se asocia con el cuestionamiento a la demo- cracia liberal
(sobre todo a sus instituciones, carcomidas por la corrupción y el elitismo), con el rechazo a la disolución de las
identidades nacionales que con- lleva el fenómeno de la globalización, con la condena de la inmigración
masiva proveniente de países agobiados por la pobreza, atribuyéndoles los problemas de desocupación.
Su objetivo es representar los intereses del "pueblo" que, afirman, mayoritariamente descree de los políticos
y de sus manejos ajenos a los intereses de la mayoría. Al postular liderazgos fuertes, utilizando los
mecanismos de la democracia para alcanzar el poder y luego crear una democracia "real", supues- tamente más
cercana al ciudadano común -"votemos ahora para no votar munca más” sería una frase que los representa- se
ubica a los partidos y movimientos populistas de este tipo en la extrema derecha del espectro político. El Frente
Nacional en Francia, liderado por Marine Le Pen, constituye el ejemplo más conocido de esta corriente política.
Pero también existe otra caracterización del populismo, definido "como una estrategia discursiva de construcción
de una frontera política que divida a la sociedad en dos campos y convoca a la movilización de “los de abajo”
contra "aquellos en el poder" (Mouffe, 2018: 25) Esta caracterización no se limita al concepto marxista de lucha de
clases sino que apunta a nuclear los diferentes movimientos-feministas, gay y lesbianas, inmigrantes-que
actúan reivindicando una serie de demandas insatisfechas por el sistema vigente, hasta el punto de plantearse
como objetivo la desestabilización de la estructura política tal como funciona en la actualidad. Este objetivo no
cuestiona la democracia liberal sino que propugna una “radicalización” de sus principios ético-políticos,
resumido en la expresión "Libertad e igualdad para todos”.

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CAPÍTULO 7
LOS PARTIDOS POLÍTICOS Y LA DEMOCRACIA

Introducción

políticos. Definidos ya como asociaciones


El desarrollo de la democracia en Occidente está asociado a la existencia de los partidos
voluntarias orientadas bacia la toma y conservación del poder, están inevitablemente vinculados a regímenes
políticos en los que se reconoce teórica o prácticamente el derecho del pueblo a participar en la gestión de ese
poder.
Por lo tanto, si bien desde la Antigüedad han existido grupos que siguiendo a un jefe luchaban por la obtención del
poder, es solo a principios del siglo XIX, con el acceso al poder de la clase burguesa en algunos países de Europa
occidental y Estados Unidos, cuando puede hablarse de la aparición de partidos políticos en el sentido moderno.
Tiene que verificarse un grado de complejidad en la socie- dad que convierta en necesaria la articulación y
asociación de sus miembros en partidos que compiten por ganar el apoyo de los ciudadanos animados por
ideas y/o intereses contrapuestos.
A lo largo del siglo XIX y de parte del siguiente, los partidos fueron evolu- cionando al compás del
aumento de las demandas de participación planteadas por diferentes sectores de la sociedad. Se dieron así los
llamados partidos de notables, característicos de los regímenes en los que el sufragio estaba limitado y la
actividad política se desarrollaba casi exclusivamente en el parlamento, o en salones de acceso
restringido. Tuvieron como principal característica la excesiva dependencia respecto de los caballeros lo
que generaba varios problemas entre ellos, la intermediación de relaciones personales, y el escaso
profesionalismo, así como también, las rupturas sucesivas por cualquier percance ya que no responden
estrictamente a fundamentos ideológicos. Las alianzas o acuerdos circunstancia- les estaban a la orden del día.
Las decisiones eran tomadas por el representante/ notable con total independencia producto cultural.
Así, basándonos en las ideas de Maurice Duverger y su enfoque institucionalista, esta tipología de
partido responde a un proceso de creación interna, es decir, dentro de la propia estructura del
parlamento, y no a exigencias o necesidades promovidas desde las bases.

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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

Con la extensión del sufragio aparecieron los partidos de masas quienes, pro- ducto de necesidades
externas, tenían como objetivo construir una estructura de alcance nacional y poder captar votos. Las agrupaciones
políticas que se vieron beneficiadas con esta apertura democrática fueron los partidos de izquierda que supieron
adecuarse a las nuevas circunstancias planteando un nuevo desafío al sistema democrático. Con estos nuevos
partidos, comienza a darse la disciplina partidaria dentro y fuera del parlamento, y la puesta en marcha de grandes
apa- ratos institucionales dispuestos a movilizar al electorado, que ahora si responde de forma más
estrecha a mandatos ideológicos. La afiliación se torna un factor trascendental dentro de esta organización
política de tipo verticalista, que sirve de sostén económico para el desarrollo de las actividades. Las
corrientes sociológicas. sobre el origen de los partidos políticos, representadas fundamentalmente por
Seygmour Lipset y Stein Rokkan, prestan especial atención a la generalización de este tipo de partidos, y
consideran que su emergencia responde a una serie de divisiones sociales producto del desarrollo de los estados
modernos y la economía de mercado. Algunos de los clivajes narrados por los mismos son: Iglesia versus
Estado del cual derivan partidos liberales laicos versus confesionales; la fractura trabajadores versus capitalistas,
del cual derivan los partidos socialistas versus los partidos liberales/conservadores; o la fractura asociada a
los sectores secun- darios versus primarios de la economía, de la que derivan los partidos radicales liberales versus
conservadores agrarios.
Luego del fin del Estado de bienestar y de la caída de la URSS, y con el triunfo aparente del sistema capitalista,
el neoliberalismo tomó la posta ideológica presentándose como el pensamiento "superador". Sumado a eso, el
auge de las tendencias laicas, el consumo masivo y el desdibujamiento de la estructura de clase, tuvo como
correlato que las ideologías en general y las de izquierda entraran en un cierto descrédito repercutiendo esto en la
estruc- tura partidaria. Tuvieron origen los llamados partidos atrapatodo (catch all), “escoba” o también
llamados profesional electoral, cuya intención era lograr votos con un programa partidario hibrido, atenuado
y poco diferenciado del resto. Máquinas electorales pragmáticas en las que prima la cantidad y no la
afiliación ideológica/clasista. Insertos en una era caracterizada por la "crisis de representación" con una alta apatía
política estos partidos fueron el emergente de ese nuevo contexto.
Es importante aclarar que a lo largo de la historia han existido partidos po- líticos cuya función no se inscribía
simplemente en el juego electoral, sino por el contrario jugaban al juego de la democracia con el único objetivo
de deses- tabilizar el sistema. A esos partidos Linz los denominó partidos "antisistema" y su existencia se produjo
durante el siglo XX. Este tipo de partido golpeaba por dentro al sistema democrático que presentó quiebres
aparentemente difíciles de

108
Capítulo 7. Los partidos políticos y la democracia

salvar. Partidos políticos que se adscribían al sistema como parte integrante del mismo pero que pretendían
eliminar al todo.
Como último ejemplo tenemos a aquellos partidos que no son parte del sistema sino el todo en sí mismos, como el
caso de los partidos comunistas que llegaron al poder, o el de los regímenes totalitarios de corte fascista. Se
constituían como partidos, centralizaban el quehacer de la política, y eso es lo que los hacían ex-
cepcionales, llamaban a elecciones. En estas no había posibilidad de elección; eran pensadas como una forma
más de legitimación del sistema.
La ideología del partido, que inicialmente era una cosmovisión abarcadora desde un punto de vista político y
social, ha perdido (o modificado) buena parte de sus planteamientos a los efectos de atraer a ciudadanos
provenientes de dife- rentes ámbitos sociales, a los que se les ofrece un programa de amplio espectro ideológico, en
condiciones de satisfacer todas o, por lo menos, algunas de sus expectativas.
Las funciones de los partidos políticos son dos: 1) constituyen la vía a través de la cual diferentes grupos
sociales se han introducido en el régimen político, y 2) crean las condiciones para que esos grupos
expresen sus reivindicaciones y tengan ocasión de participar en la toma de decisiones políticas.
Durante muchos años, la problemática teórica y práctica de los partidos polí- ticos se centró en su
compatibilidad (o no) con la idea de la soberanía nacional, según la cual cada diputado representaba, de
manera directa y sin mediación alguna, a la totalidad de la nación. Progresivamente, la existencia de los partidos
se extendió y su legitimidad solo fue discutida por grupos reaccionarios o, más tarde, por teóricos del nacionalismo
preocupados, como hemos visto, por exaltar la unidad de la nación, y para quienes los partidos eran un elemento
disolvente que promovía la disgregación nacional,
La más seria crítica que se ha realizado a los partidos políticos, en la línea de autores ya citados como Mosca y
Pareto, es que la complejidad de sus estructuras organizativas conduce al desarrollo de tendencias oligárquicas, en
tanto se produce una estabilización del liderazgo ejercido por políticos profesionales que están en condiciones de
manipular la demanda política de los integrantes en función de sus intereses, orientados a la perpetuación en el
poder.
Esta crítica, expresada bajo la forma de una "ley" (la ley de Michels),' ha sido a su vez cuestionada, porque el
estudio de las circunstancias históricas es- pecíficas muestra que se trata de un fenómeno que a veces se verifica
de manera clara, pero en otros casos no se manifiesta directamente. Es razonable sostener

1. Roberto Michels (1876-1936) formuló la llamada "ley de hierro de las oligarquías" que sostenía que los partidos políticos
tendían inevitablemente a ser controlados por una minoría que se perpetuaba en el poder. Los argumentos de Michels han sido
utilizados en abundancia por las concepciones antidemocráticas para afirmar que un gobierno del pueblo es
irrealizable.

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HERRAMIENTAS PARA EL ANÁLISIS SOCIOPOLÍTICO

como hipótesis que la existencia de tendencias oligárquicas y poco democrá- ticas dentro de los partidos políticos
se vincula con el nivel y la intensidad de la participación; cuanto mayor es el involucramiento de los ciudadanos en
las circunstancias políticas, menores son las posibilidades de que los partidos puedan organizar y
consolidar una estructura que opere a espaldas de los reclamos de los militantes y adherentes.
Un sistema de partidos es el resultado de las interacciones entre las unidades partidistas que lo componen; más
concretamente, es el resultado de las inte- racciones que resultan de la competición político electoral. Se lo
piensa como sistema porque toma características propias y privativas que superan o, incluso, a veces colisionan con
las características de las unidades individuales. Una forma de categorizar a los sistemas de partidos es por el
número y la morfología que lo componen, y así tenemos como resultado tres sistemas: unipartidista,
bipartidista y multipartidista. Sartori ha propuesto un interesante criterio cualitativo para poder considerar cuando
un partido puede considerarse relevante dentro del sistema. Un partido se contabiliza si tienen poder de
coalición y de chantaje. La primera de estas características hace referencia a si esa organización es
indispensable o no para armar coalición gubernamental. La segunda, tiene relación con que si un partido puede o no
tener influencia en la táctica de composición de los demás partidos, como puede ser el caso de los partidos
llamados antisistema o desleales al régimen, que están dispuestos a derrocarlo, (como ha sido el caso del
Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán) liderado por Adolfo Hitler o si por el contrario no la tiene. En la
actualidad existen tres diferentes sistemas de partidos: 1) el sistema bipartidista; 2) el sistema pluralista
moderado, y 3) el sistema pluralista extremo. El sistema bipartidista es definido como el más estable, pero
muchas veces se producen en su interior enfrentamientos que en los otros sistemas se manifiestan a través de la
existencia de varios partidos.
Puede afirmarse, en líneas generales, que la capacidad de un sistema de crear gobiernos estables no depende del
número de partidos sino de la voluntad de los dirigentes de forjar alianzas y coaliciones que faciliten la
gobernabilidad.
Las críticas, muchas veces justas, que se le formulan a los partidos políticos lleva a preguntarse si hay
alternativas al llamado "régimen de partidos". En oca- siones han hecho irrupción en la arena política los
defensores del corporativismo, definido como una doctrina que propugna la organización de la sociedad
sobre la base de las corporaciones, asociaciones representativas de los intereses y de las actividades
profesionales. Partiendo de una concepción que hunde sus raíces en el pensamiento cristiano y tiene su
manifestación en el actual funcionalismo. de que la sociedad constituye un todo armónico en el que las diferentes
partes tienen funciones que cumplir, se reivindica la solidaridad orgánica de los inte- reses concretos parciales, a
los efectos de elaborar fórmulas de colaboración

110
Capítulo 7. Los partidos políticos y la democracia

que permitan remover o neutralizar los elementos conflictivos: la diferenciación ideológica en el terreno político,
la competencia en el ámbito económico y la lucha de clases en el plano social.
Frente a los elementos disgregadores que han introducido en la sociedad la Revolución industrial y la Revolución
francesa, que transformaron al individuo en una mera entidad numérica (por ejemplo, "un hombre un voto",
fórmula elemental de la democracia), el corporativismo preconiza el establecimiento de formas de representación
basadas en las instituciones "naturales" de las forma parte el individuo (la familia, el municipio, el sindicato). Los
partidos políticos son vistos como una creación "artificial", un invento del liberalismo que solo contribuye a destruir
la unidad orgánica que caracteriza a la sociedad y enfrentó a sus integrantes.
que

Tanto el catolicismo tradicional como el fascismo avanzaron en diferentes momentos sobre estas ideas, aunque desde
premisas diferentes, e incluso Musso- lini llegó a crear en 1933 el Consejo Nacional de las Corporaciones,
rígidamente subordinado al Estado.
A la vista de las características de las sociedades contemporáneas, parecé indiscutible que las formas de
representación corporativas tienden a fragmentar aún más a la sociedad, en la medida en que cada uno de sus
representantes de- sarrollaría una actividad estrictamente vinculada con la defensa de los intereses de la corporación a la que
defienden. Una de las características positivas de los partidos políticos es, justamente, la de tratar de articular los
intereses de los dife- rentes sectores a los efectos de poder solicitarles el apoyo en las lides electorales.

2. El corporativismo católico constituye una reacción frente a las transformacio nes del siglo XIX, una reivindicación de
la sociedad jerárquica tradicional. Para el fascismo, en cambio, el corporativismo es un instrumento destinado a
asegurar el orden productivo desde el poder para impulsar el crecimiento económico,

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SOBRE LA AUTORA
Mercedes Saborido es licenciada en Ciencia Política (Universidad de Buenos Aires, 2003), magíster en Historia del
Mundo Hispánico (Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 2002) y doctora en Historia
Contemporánea (Universidad Complutense de Madrid, 2011). Es profesora adjunta regular de la materia
Introducción al Conocimiento de la Sociedad y el Estado (CBC, UBA), y docente de las materias Historia Social
General e Historia Contemporánea de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA), donde es investigadora desde el 2006.
Sus últimas publicaciones en libros son: "So Distant and yet so Close?: The Response of the Left in the River Plate
Region to the Russian Revolution", en Alberto Pellegrini, Antoni Segura y Andreu Mayayo (coords.),
Centenary of the Russian Revolution (1917-2017), Cambridge Scholars Publishing (CSP), 2018; "Un viraje
inducido: el Partido Comunista de la Argentina y el conflicto de Medio Oriente, 1948-1973", en Emmanuel Kahan
(coord.), Israel-Palestina, una pasión argentina. Estudios sobre la recepción del conflicto árabe-israelí en
Argentina, Prometeo, 2016; y "El Partido Comunista de la Argentina y la llamada Guerra de los Seis Días",
en Lazar Jeifets, Víctor Jeifets y Miguel Ángel Urrego (coords.), Izquierdas, movimientos sociales
y cultura política en América Latina, Encuentros 23, Morelia, 2016. Asimismo, ha publicado numerosos
artículos en revistas académicas de Argentina, España, México, Brasil, Chile, Estados Unidos y Francia, siendo
su área de interés la historia política y de las izquierdas.

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