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Vida de un soldado cínico y supersticioso

El documento narra la vida de varios personajes que han vivido experiencias diversas en el contexto del Imperio Romano, cada uno con su propia historia de origen y características únicas. Se destacan un veterano cínico y pragmático, un ladrón ingenioso y supersticioso, un escriba torpe pero inteligente, y un sabio distraído con una conexión mística con las estrellas. Cada uno de ellos enfrenta sus propios desafíos, reflejando la complejidad de la vida en un imperio en guerra.

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Vida de un soldado cínico y supersticioso

El documento narra la vida de varios personajes que han vivido experiencias diversas en el contexto del Imperio Romano, cada uno con su propia historia de origen y características únicas. Se destacan un veterano cínico y pragmático, un ladrón ingenioso y supersticioso, un escriba torpe pero inteligente, y un sabio distraído con una conexión mística con las estrellas. Cada uno de ellos enfrenta sus propios desafíos, reflejando la complejidad de la vida en un imperio en guerra.

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Naciste en una aldea polvorienta del Lacio, hijo de un vinatero que

confundı́a el agua con el vino y de una madre que aseguraba tener


sangre etrusca, lo que al parecer justi�icaba su mala leche. Con
diecisé is añ os te alistaste para «ver mundo» y desde entonces lo has
visto casi todo: Germania, Judea, Egipto… eso sı́, casi siempre desde
un campo de batalla, con barro hasta las rodillas y escuchando a tus
superiores gritar ó rdenes contradictorias.
Has sobrevivido a tres emperadores, a cinco campañ as militares y a
dos matrimonios (el segundo, má s sangriento que la guerra de las
Galias). Tu ú ltimo hijo ha decidido hacerse escriba «para no acabar
oliendo a sudor y miedo», lo cual consideras el ú nico acto inteligente
por parte de alguien de tu linaje.
Los añ os en el ejé rcito te han enseñ ado tres cosas: que los dioses no
escuchan, que los que mandan no piensan y que el vino es má s �iable
que ambos. En este tiempo, tu sentido del humor se ha vuelto tan
seco como los desiertos que patrullas.
Ahora, destinado en la provincia de Siria, cumples con lo que te
queda de carrera mandando un pequeñ o destacamento. Tu mayor
aspiració n es jubilarte con los dos ojos y los dos pies intactos,
aunque no te importarı́a perder uno de cada si con eso te dan una
viñ a cerca de Ná poles.
Cojera en la pierna izquierda.
Secuela de una lanza mal sacada y peor curada. No te impide
combatir, pero cada paso te recuerda que los hé roes no existen y que
la gloria huele a ungü ento rancio. Cuando el tiempo cambia,
renqueas y maldices a los dioses.
Cínico empedernido.
Has perdido toda fe en el Imperio, en los dioses y en la gente. Te
burlas de todo lo que otros veneran: la autoridad, el honor, la
devoció n. En combate o ante un peligro, reaccionas con sarcasmo o
apatı́a, lo que a veces puede minar la moral de tus tropas… o
salvarlas, ya que sueles mantener la cabeza frı́a cuando otros
pierden los nervios.
Veterano pragmático.
No te dejas llevar ni por el miedo ni por la gloria. Has visto morir a
demasiados insensatos por seguir ó rdenes o ideales, ası́ que actú as
con frı́a e�icacia. Calculas rá pido, decides sin titubeos y, aunque lo
ocultes bajo una gruesa capa de sarcasmo, siempre proteges a tu
gente. Cuando todo se desmorona, tú sigues en pie —refunfuñ ando,
pero en pie.
Naciste en los callejones de la Subura, el barrio donde Roma guarda
todo lo que no quiere ver a la luz del dı́a. Hijo de nadie y hermano de
todos los que compartı́an el pan robado, aprendiste pronto dos
cosas: que la suerte existe, pero só lo si la ayudas, y que los dioses
favorecen antes a un bribó n ingenioso que a un idiota honesto.
De niñ o te ganabas la vida robando comida, bolsas y corazones —en
ese orden—, hasta que con diecisiete añ os fuiste atrapado
intentando vender a un legionario una estatua de bronce… del
propio legionario. El magistrado te mandó a servir en las legiones
«por el bien del Imperio», lo que para ti signi�icaba lo mismo que una
condena a muerte.
Pero al �inal resultó que sabı́as moverte. En las patrullas del desierto,
tu vista y tus re�lejos han salvado má s de una vida. Tu arco, heredado
de un comerciante persa al que se lo «ganaste» en una partida de
dados, se ha vuelto famoso entre tus compañ eros: dicen que nunca
fallas, salvo si hay una apuesta de por medio.
Supersticioso hasta el delirio, llevas colgados del cuello media
docena de amuletos de distintas religiones «por si alguno tiene
razó n». Antes de los combates tienes la costumbre de lanzar una
moneda al aire; si cae de canto, les dices a todos que es un mal
presagio… aunque siempre la preparas para que ocurra, te encanta
ver la cara que ponen los nuevos.
Eres muy vago cuando no hay peligro y veloz como un gato cuando
lo hay. Tienes la lengua má s rá pida que el arco y la conciencia má s
�lexible que el cuero de tus sandalias. Pero tus compañ eros te
aprecian porque, aunque seas un sinvergü enza, siempre acabas
haciendo lo correcto… normalmente por accidente. Y es que, aunque
tú no crees en el destino, por alguna razó n, el destino sı́ que parece
creer en tı́.
Cicatriz en la mano derecha.
Es una vieja herida de cuando intentaste robar la bolsa a un
pretoriano y acabaste colgado de una verja. Los tendones no curaron
bien, ası́ que tu mano tiembla ligeramente cuando apuntas con el
arco o cuando lanzas los dados.
Supersticioso obsesivo.
Crees a pies juntillas que todo está guiado por presagios, señ ales o
maldiciones. No das un paso sin consultar tus amuletos ni empiezas
una guardia sin hacer tres veces la señ al de Mercurio. Estas manı́as
a veces te hacen dudar a la hora de tomar decisiones o pueden
provocar que ignores la ló gica siguiendo una corazonada absurda.
Superviviente.
Sabes cuá ndo hablar, cuá ndo callar y, sobre todo, cuá ndo correr.
Percibes el peligro antes de que se mani�ieste, como un animal
callejero curtido por la vida. Tu olfato para detectar trampas,
mentiras o emboscadas es casi sobrenatural y ha salvado a tus
compañ eros má s de una vez aunque despué s siempre a�irmes que
fue «solo suerte».
Nacido en Ostia, hijo de un modesto contable naval, mostraste desde
pequeñ o una obsesió n preocupante por las letras: las copiabas, las
atesorabas, y escribı́as con cualquier instrumento a mano sobre
cualquier super�icie disponible.
Estudiaste con un gramá tico griego que te enseñ ó latı́n, retó rica… y
a defenderte con un cá lamo cuando los demá s niñ os preferı́an los
puñ os. Tu gran error fue corregir en pú blico la gramá tica de un
tribuno: un gesto que te valió un traslado inmediato «al frente,
donde sobran los que piensan demasiado».
Desde entonces sirves como escriba en la Legio X, registrando
inventarios, informes y excusas o�iciales para los desastres
cotidianos del ejé rcito. No sabes blandir una espada, pero puedes
recitar de memoria la lista de bajas del añ o pasado, lo cual, segú n
crees, tiene má s mé rito que matar bá rbaros.
Tienes la mente a�ilada, pero las manos torpes: tropiezas con tu
propio equipo, te quemas con la cera de las tablillas y sueles
mancharte la tú nica de tinta en los momentos menos dignos. Pese a
ello, tu inteligencia y curiosidad te convierten en una fuente
inagotable de soluciones inesperadas, aunque casi siempre
accidentales.
Tu relació n con Marco Varro es una mezcla de respeto y fastidio: el
centurió n te considera «demasiado blando para la guerra», pero
reconoce que tu cabeza ha evitado má s muertes que muchas
espadas. Crispo, en cambio, te adora: dice que siempre está s «tan
distraı́do que los dioses ni se molestan en castigarte».
Tú , por tu parte, resumes tu �ilosofı́a de vida con una frase que
desconcierta a todos:
«La pluma es má s fuerte que la espada… sobre todo si la espada la
sostiene un idiota».
Miope y torpe.
Entornas los ojos para leer las tablillas o distinguir un amigo de un
enemigo a má s de diez pasos, y siempre llevas contigo un estilete de
hueso que consideras «tu mejor arma», aunque sueles pincharte con
é l má s a menudo de lo que serı́a razonable.
Curiosidad insaciable.
Tienes una necesidad casi compulsiva de comprenderlo todo. No
soportas dejar una incó gnita sin resolver, ni aunque el campamento
esté ardiendo. Esa curiosidad te lleva a meterte donde no debes,
formular preguntas inoportunas e ignorar el sentido del peligro si
algo despierta tu interé s acadé mico.
Genio analítico.
Posees una mente brillante para descifrar patrones, idiomas, có digos
y sı́mbolos. Detectas incoherencias, recuerdas datos absurdos y
resuelves problemas complejos de forma sorprendentemente
prá ctica… despué s de tropezar tres veces en el proceso. Tu ingenio
puede salvar al grupo, aunque nadie entienda có mo lo has hecho.
Naciste en una tierra donde el desierto canta con el viento y las
estrellas parecen má s cercanas que los hombres. Desde niñ o
mirabas má s al cielo que al suelo, convencido de que los astros te
hablaban… aunque nadie má s parecı́a escuchar sus palabras.
Tu padre te decı́a que dejaras de mirar arriba y aprendieras un o�icio
ú til. Tú lo intentaste, claro: alquimista, astró nomo, sacerdote… hasta
que descubriste que todos eran el mismo o�icio con distinto nombre.
Con el tiempo, tu fama de sabio creció . Tambié n tu fama de distraı́do:
una vez confundiste la fó rmula de un perfume con una mezcla
alquı́mica y dejaste oliendo a incienso todo un palacio durante un
mes. Desde entonces, te consideran un hombre tocado por los
dioses… o quizá s por algo peor.
Tu sabidurı́a es profunda, pero tu cabeza va má s rá pido que tus pies.
Tropiezas con tus propias tú nicas mientras recitas ecuaciones
sagradas y formulas teorı́as que ni tú mismo entiendes del todo. Aun
ası́, hay algo en ti —una mezcla de calma y locura— que inspira a los
demá s a seguirte.
Llevas añ os siguiendo señ ales que otros no ven: alineaciones
imposibles, patrones que se repiten y, ahora, una estrella que parece
moverse contra el cielo. Sabes que anuncia algo grande, aunque
ignoras exactamente qué . Pero lo importante no es el destino, sino el
camino que te lleva hasta é l.
Sigues la estrella con fe, o con terquedad. Tal vez sea lo mismo.
Vista cansada.
Despué s de largas noches estudiando estrellas, runas y mapas, tus
ojos se fatigan fá cilmente. Esto no te impide practicar la lectura ni el
estudio, pero a veces provoca pequeñ os accidentes y tropezones
inconvenientes.
Distracción mística.
A veces te pierdes en pensamientos complejos, sı́mbolos o cá lculos
temporales, olvidando el entorno inmediato. Puedes dejar pasar un
detalle crucial en combate o en una situació n peligrosa, y tus
explicaciones suelen ser demasiado largas o confusas para los
demá s, lo que a veces exaspera a quien te acompañ a.
Intuición mística.
Tienes un talento natural para descifrar sı́mbolos, leer estrellas y
prever patrones complejos, incluso en situaciones que parecen
caó ticas o má gicas. Tu intuició n mı́stica te permite identi�icar
artefactos, anticipar movimientos de enemigos o entender
fenó menos extrañ os.
Naciste en una tierra donde el desierto canta con el viento y las
estrellas parecen má s cercanas que los hombres. Desde niñ o
mirabas má s al cielo que al suelo, convencido de que los astros te
hablaban… aunque nadie má s parecı́a escuchar sus palabras.
Tu padre te decı́a que dejaras de mirar arriba y aprendieras un o�icio
ú til. Tú lo intentaste, claro: alquimista, astró nomo, sacerdote… hasta
que descubriste que todos eran el mismo o�icio con distinto nombre.
Con el tiempo, tu fama de sabio creció . Tambié n tu fama de distraı́do:
una vez confundiste la fó rmula de un perfume con una mezcla
alquı́mica y dejaste oliendo a incienso todo un palacio durante un
mes. Desde entonces, te consideran un hombre tocado por los
dioses… o quizá s por algo peor.
Tu sabidurı́a es profunda, pero tu cabeza va má s rá pido que tus pies.
Tropiezas con tus propias tú nicas mientras recitas ecuaciones
sagradas y formulas teorı́as que ni tú mismo entiendes del todo. Aun
ası́, hay algo en ti —una mezcla de calma y locura— que inspira a los
demá s a seguirte.
Llevas añ os siguiendo señ ales que otros no ven: alineaciones
imposibles, patrones que se repiten y, ahora, una estrella que parece
moverse contra el cielo. Sabes que anuncia algo grande, aunque
ignoras exactamente qué . Pero lo importante no es el destino, sino el
camino que te lleva hasta é l.
Sigues la estrella con fe, o con terquedad. Tal vez sea lo mismo.
Vista cansada.
Despué s de largas noches estudiando estrellas, runas y mapas, tus
ojos se fatigan fá cilmente. Esto no te impide practicar la lectura ni el
estudio, pero a veces provoca pequeñ os accidentes y tropezones
inconvenientes.
Distracción mística.
A veces te pierdes en pensamientos complejos, sı́mbolos o cá lculos
temporales, olvidando el entorno inmediato. Puedes dejar pasar un
detalle crucial en combate o en una situació n peligrosa, y tus
explicaciones suelen ser demasiado largas o confusas para los
demá s, lo que a veces exaspera a quien te acompañ a.
Intuición mística.
Tienes un talento natural para descifrar sı́mbolos, leer estrellas y
prever patrones complejos, incluso en situaciones que parecen
caó ticas o má gicas. Tu intuició n mı́stica te permite identi�icar
artefactos, anticipar movimientos de enemigos o entender
fenó menos extrañ os.
Naciste en una tierra donde el desierto canta con el viento y las
estrellas parecen má s cercanas que los hombres. Desde niñ o
mirabas má s al cielo que al suelo, convencido de que los astros te
hablaban… aunque nadie má s parecı́a escuchar sus palabras.
Tu padre te decı́a que dejaras de mirar arriba y aprendieras un o�icio
ú til. Tú lo intentaste, claro: alquimista, astró nomo, sacerdote… hasta
que descubriste que todos eran el mismo o�icio con distinto nombre.
Con el tiempo, tu fama de sabio creció . Tambié n tu fama de distraı́do:
una vez confundiste la fó rmula de un perfume con una mezcla
alquı́mica y dejaste oliendo a incienso todo un palacio durante un
mes. Desde entonces, te consideran un hombre tocado por los
dioses… o quizá s por algo peor.
Tu sabidurı́a es profunda, pero tu cabeza va má s rá pido que tus pies.
Tropiezas con tus propias tú nicas mientras recitas ecuaciones
sagradas y formulas teorı́as que ni tú mismo entiendes del todo. Aun
ası́, hay algo en ti —una mezcla de calma y locura— que inspira a los
demá s a seguirte.
Llevas añ os siguiendo señ ales que otros no ven: alineaciones
imposibles, patrones que se repiten y, ahora, una estrella que parece
moverse contra el cielo. Sabes que anuncia algo grande, aunque
ignoras exactamente qué . Pero lo importante no es el destino, sino el
camino que te lleva hasta é l.
Sigues la estrella con fe, o con terquedad. Tal vez sea lo mismo.
Vista cansada.
Despué s de largas noches estudiando estrellas, runas y mapas, tus
ojos se fatigan fá cilmente. Esto no te impide practicar la lectura ni el
estudio, pero a veces provoca pequeñ os accidentes y tropezones
inconvenientes.
Distracción mística.
A veces te pierdes en pensamientos complejos, sı́mbolos o cá lculos
temporales, olvidando el entorno inmediato. Puedes dejar pasar un
detalle crucial en combate o en una situació n peligrosa, y tus
explicaciones suelen ser demasiado largas o confusas para los
demá s, lo que a veces exaspera a quien te acompañ a.
Intuición mística.
Tienes un talento natural para descifrar sı́mbolos, leer estrellas y
prever patrones complejos, incluso en situaciones que parecen
caó ticas o má gicas. Tu intuició n mı́stica te permite identi�icar
artefactos, anticipar movimientos de enemigos o entender
fenó menos extrañ os.

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