¿Qué es el alma según las Escrituras?
¿Qué es el alma según las Escrituras?
¿Qué es el alma según las Escrituras? El alma es una creación de Dios. 1 Corintios 15:45 “Así
también está escrito: Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu
vivificante.” Adán fue creado “alma viviente” y esa alma fue creada para conectar con la vida
espiritual, es decir, Cristo.
Y el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra”. Esto se refiere al cuerpo del hombre. “Y
sopló en su nariz el aliento de vida”. Esto indica que el espíritu del hombre procede de Dios. Así,
este hombre vino a ser “un alma viviente”. Cuando el espíritu infundió vida al cuerpo, el hombre
llegó a ser un alma viviente, una persona viva, consciente de sí misma. El hombre es un ser
tripartito, pues posee espíritu, alma y cuerpo. Según este versículo, el hombre fue creado con
dos elementos independientes: el espíritu y el cuerpo. Cuando el espíritu entró en el cuerpo, se
produjo el alma. El cuerpo estaba inerte, pero cuando se encontró con el espíritu de vida, se
produjo una tercera entidad, el alma. Sin el espíritu, el cuerpo está muerto. Cuando vino el
espíritu, el cuerpo recibió vida. Cuando el espíritu está en el cuerpo, se produce algo orgánico, a
lo cual llamamos el alma.
Por eso decimos que el alma es el resultado de la unión de dos cosas; además es la personalidad
misma del hombre. Examinemos el siguiente ejemplo: si ponemos una gota de tinta en una
vasija con agua, la tinta y el agua se mezclan y llegan a ser agua entintada. Se puede decir que
es tinta y, de hecho, lo es. También se puede decir que es agua, porque todavía sigue siendo
agua. La tinta y el agua mezcladas llegan a ser una tercera sustancia: agua entintada. (El alma,
producida por la unión del espíritu y del cuerpo, es un elemento independiente.) De la misma
manera, el espíritu y el cuerpo eran dos elementos independientes, pero su combinación
produjo el alma.
Dios caracteriza al hombre por su alma ya que allí residen las cualidades de éste, del mismo
modo que los ángeles son caracterizados por su espíritu. El hombre no es sólo un cuerpo, ni es
sólo un cuerpo con aliento de vida, sino que llegó a ser un alma viviente. Por eso es que, como
veremos luego en la Biblia, Dios usa la palabra “alma” para referirse al hombre. Esto se debe a
que el hombre es juzgado por su alma, pues ella lo representa y expresa las características de su
personalidad. El alma es el órgano con el que expresa su libre albedrío, y tanto el espíritu como
el cuerpo están incorporados a ella. Si el alma decide obedecer a Dios, puede hacer que el
espíritu sea el amo de todas las cosas, según lo dispuso Dios; pero también puede hacer a un
lado al espíritu y tomar como amo la parte que quiera. El espíritu, el alma y el cuerpo se pueden
comparar con una bombilla eléctrica, en la cual están la electricidad, el filamento y la luz. El
cuerpo es el filamento, el espíritu es la electricidad, y el alma es la luz. La electricidad es la
fuente que produce la luz; el filamento es el material físico que conduce la electricidad para que
la luz sea emitida. Cuando el espíritu y el cuerpo se combinan, se produce el alma. El alma lleva
consigo las características de la combinación del espíritu y el cuerpo, y es el producto de la
unión de ambos. El espíritu es la fuerza motriz del alma, mientras que el cuerpo es el medio por
el cual ella se expresa, así como la electricidad es la fuente de la luz, y el filamento es el medio
en el que la luz brilla.
Sin embargo, debemos tener presente que en la vida presente, el alma es la expresión completa
del hombre, mientras que en la vida venidera, en la resurrección, el espíritu será dicha
expresión. Por eso la Biblia dice: “Se siembra cuerpo anímico, resucitará cuerpo espiritual” (1
Co. 15:44). Puesto que estamos unidos al Señor resucitado, por El nuestro espíritu puede
controlar todo nuestro ser. Todo nuestro ser puede ser controlado, porque no estamos unidos al
primer hombre Adán, que es un alma viviente, sino al postrer Adán, quien es el Espíritu
vivificante.
Con el cuerpo uno puede conocer el mundo físico; El cuerpo tiene cinco órganos,
correspondientes a los cinco sentidos, que le permiten al hombre comunicarse con el mundo
físico. Es el medio por el cual nos relacionamos con nuestro entorno e interactuamos con él
con el alma se puede conocer a sí mismo; . Es el medio por el cual nos relacionamos con
nuestro entorno e interactuamos con él. En el alma se halla el intelecto, el cual hace posible que
el hombre exista independientemente. El asiento de los afectos genera sentimientos hacia otros
seres humanos o hacia los objetos. Los afectos se originan en los sentidos. Todo esto es parte
del hombre, constituye su personalidad y le faculta para estar consciente de sí mismo.
con el espíritu puede conocer a Dios. El espíritu es la parte con la cual el hombre se comunica
con Dios y con la cual lo adora, le sirve y mantiene su relación con El. En el espíritu el hombre
está consciente de Dios. Por consiguiente, Dios mora en el espíritu;
función del alma es mantener al espíritu y al cuerpo en su debido orden, para que no pierdan
su relación. De esta manera, el cuerpo, que es el más superficial, se someterá al espíritu; éste,
por ser más elevado, podrá controlar el cuerpo por medio del alma. El alma es en efecto, el
elemento principal del hombre y busca al espíritu para recibir el suministro que éste recibe
del Espíritu Santo. Luego comunica al cuerpo lo que recibe para que éste pueda participar de la
perfección del Espíritu Santo y llegue a ser un cuerpo espiritual.
El espíritu del hombre es su parte más noble y mora en lo más recóndito de él. El cuerpo es la
parte superficial y más exterior. El alma mora entre el espíritu y el cuerpo y es el enlace entre
los dos. El cuerpo es la corteza del alma, mientras que el alma lo es del espíritu. Cuando el
espíritu intenta controlar al cuerpo, necesita la ayuda del alma. Antes de que el hombre cayera,
el espíritu controlaba todo su ser por medio del alma. Cuando el espíritu quería hacer algo, lo
comunicaba al alma, y ésta activaba el cuerpo para que siguiera la orden del espíritu. Así opera
el alma como medio.
El alma es potencialmente la parte más fuerte porque tanto el espíritu como el cuerpo están
ligados a ella, la consideran su personalidad y son afectados por ella. Pero al principio, cuando el
hombre no había pecado, el poder del alma estaba completamente sujeto al espíritu. Por lo
tanto, el poder del alma era el poder del espíritu. El espíritu no podía controlar al cuerpo
directamente; tenía que hacerlo por medio del alma. Vemos esto en Lucas 1:46-47: “Mi alma
magnifica [presente] al Señor; y mi espíritu ha exultado [pretérito] en Dios mi Salvador”. Se
aprecia el cambio de tiempo en el idioma original, que indica que el espíritu primero se regocija,
y luego el alma magnifica al Señor. Primero el espíritu comunica su exultación al alma, y después
el alma expresa esta ación por medio del cuerpo.
El apóstol Pablo dijo en 1 Corintios 3:16: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu
de Dios mora en vosotros?” El apóstol recibió la inspiración de que el hombre es un templo. Así
como en el pasado Dios moraba en el templo, de la misma manera hoy el Espíritu Santo mora
en los creyentes. La Biblia compara al hombre con el templo y, al hacerlo, muestra los tres
elementos del hombre con mayor claridad.
La primera parte era el atrio, el cual era visible y estaba accesible a todo el pueblo. Allí se ofrecía
a Dios la adoración externa es visible.
El hombre templo de Dios . Cuerpo del hombre Es ahí donde el hombre debe obedecer todos
los mandamientos de Dios. Fue también ahí donde el Hijo de Dios murió por el hombre.
cuerpo) 'Por lo cual, entrando en el mundo dice: Sacrificio y ofrenda no quisiste; Mas me
preparaste cuerpo. 'HEBREOS 10:5
La segunda parte estaba el lugar santo, donde sólo los sacerdotes podían entrar para ofrecer a
Dios la sangre, el aceite, el incienso y el pan. Aunque estaban muy cerca de la presencia de Dios,
no llegaban a El, porque todavía estaban fuera del velo. Más adentro, está el alma del hombre,
la cual es la vida interior que hay en el hombre e incluye su parte emotiva, su voluntad y su
mente. Este es el Lugar Santo de una persona regenerada, y allí se encuentran el amor, los
pensamientos y los deseos. En este lugar hay mucha luz, todo es claro y obvio, y los sacerdotes
entran y salen para servir a Dios.
Dios moraba en el Lugar Santísimo, desde donde irradia Su gloria infinita. Por otra parte, el
Lugar Santísimo era oscuro, y nadie podía acercarse a Dios allí, salvo el sumo sacerdote, a quien
se le permitía entrar una sola vez al año. Esto demuestra claramente que antes de que el velo
fuera rasgado, no había nadie detrás del velo. Más adentro, detrás del velo, está el Lugar
Santísimo, al cual no llega la luz natural y no es visible a los ojos humanos. Este es “el abrigo del
Altísimo” (Sal. 91:1) y la morada de Dios, a donde ningún hombre puede entrar a menos que
Dios quite el velo. Este corresponde al espíritu humano. El hombre no sólo tiene cuerpo y alma,
sino también espíritu; éste es más profundo que la consciencia que el hombre tiene de sí
mismo, y está fuera del alcance de sus sentimientos. Allí tiene comunión con Dios.
En el Lugar Santísimo no se necesita luz, porque allí mora Dios. En el Lugar Santo el candelero
con sus siete brazos irradia luz. En el atrio todo está expuesto bajo la luz del sol. Este es un
cuadro de la persona regenerada. Su espíritu es el Lugar Santísimo, donde Dios mora. A este
lugar se entra por la fe y, como es totalmente oscuro, el creyente no puede ver, sentir ni
entender. El alma es como el Lugar Santo, donde hay una gran capacidad de entendimiento,
muchos pensamientos, abundante conocimiento e innumerables preceptos; allí uno
comprende lo pertinente al mundo psicológico y al mundo físico. En este lugar está la luz del
candelero. El cuerpo es el atrio, que es visible y cuyas actividades y conducta son visibles.
El orden que Dios establece no debe equivocarse. Este orden es: “espíritu y alma y cuerpo” (1
Ts. 5:23). No es “alma y espíritu y cuerpo”, ni “cuerpo y alma y espíritu”. El espíritu es el más
noble; por lo tanto se menciona primero. El cuerpo es el más superficial; por eso se menciona
al último. El alma está ubicada entre los dos, y a eso se debe que sea puesta en medio. Cuando
vemos claramente el orden que Dios les da, vemos la sabiduría que expresa al comparar al
hombre con el templo. Vemos cómo el Lugar Santísimo, el lugar santo y el atrio concuerdan
con el orden y el grado de importancia del espíritu, el alma y el cuerpo respectivamente
'¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? '
1 CORINTIOS 3:16
'¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois el templo del
Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré entre ellos, Y seré su Dios, Y ellos serán mi
pueblo. '
2 CORINTIOS 6:16
Todas las acciones efectuadas en el atrio y en el lugar santo son determinadas por la presencia
de Dios, que se halla en el Lugar Santísimo, el cual es el lugar más íntimo del templo y al cual
están supeditados los otros lugares. En el Lugar Santísimo parece que no hay mucho trabajo,
pues es muy oscuro. Muchas actividades se llevan a cabo en el lugar santo, y las incontables
obras realizadas en el atrio son controladas por los sacerdotes que ministran en el lugar santo.
De hecho, el Lugar Santísimo es un lugar silencioso y quieto. Sin embargo, todas las actividades
del lugar santo están dirigidas por la inspiración que proviene de allí.
El significado espiritual de esto es fácil de entender. El alma es el órgano que expresa nuestra
personalidad, pues incluye la mente, la voluntad, la parte emotiva, entre otras; parece ser el
amo de las actividades de todo el ser. Aun el cuerpo está bajo su dirección. Sin embargo, antes
de que el hombre cayera, aunque había muchas actividades y obras del alma, todas estaban
bajo el control del espíritu. El orden que Dios estableció es: (1) el espíritu, (2) el alma y (3) el
cuerpo.
EL ESPIRITU Y EL ALMA
Es muy importante que los creyentes sepan que tienen un espíritu. Más adelante veremos que
toda comunicación entre Dios y el hombre se produce en el espíritu. Si un creyente no sabe qué
es su espíritu, no sabrá cómo tener comunión con Dios en el espíritu, y sustituirá la obra del
espíritu por actividades del alma, como por ejemplo, las de la mente y la parte emotiva. Como
resultado, permanecerá en la esfera del alma y no llegará a la esfera espiritual.
En 1 Corintios 2:11 se habla del espíritu del hombre que está en él.
Zacarías 12:1 dice que Jehová formó el espíritu del hombre dentro de él. Estos versículos
demuestran que el hombre tiene espíritu, el cual no es el alma ni el Espíritu Santo. Por medio
de este espíritu, nosotros adoramos a Dios.
De acuerdo con lo que enseña la Biblia y según la experiencia del creyente, se puede decir que
el espíritu del hombre está compuesto de tres partes, o que tiene tres funciones. Estas tres
partes son la conciencia, la intuición y la comunión (con Dios, que es lo mismo que la
adoración).
(Hch. 17:16). “Pues no habéis recibido espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor”
(Ro. 8:15). “El Espíritu mismo da testimonio juntamente con nuestro espíritu, de que somos
hijos de Dios”
(Ro. 8:16). “Pues yo ... presente en espíritu, ya como presente he juzgado al que tal cosa ha
hecho” (1 Co. 5:3). “No tuve reposo en mi espíritu”
(2 Co. 2:13) “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía” (2 Ti. 1:7)
El espíritu también abarca la intuición, que es el conocimiento de las cosas. Vemos esto en los
siguientes versículos:
El espíritu tiene la función de la comunión o adoración. Vemos esto en los siguientes versículos:
“Y mi espíritu ha exultado en Dios mi Salvador” (Lc. 1:47)
. “Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y con veracidad” (Jn. 4:23).
“Habéis recibido espíritu filial, con el cual clamamos: ¡Abba, Padre!” (Ro. 8:15).
“El Espíritu mismo da testimonio juntamente con nuestro espíritu” (Ro. 8:16).
“Pero el que se une al Señor, es un solo espíritu con El” (1 Co. 6:17).
En estos versículos vemos que el espíritu incluye por lo menos tres partes: la conciencia, la
intuición y la comunión.
Aunque una persona que no es regenerada no ha recibido la vida divina, de todos modos tiene
estas tres facultades, aunque en tales circunstancias sólo tiene comunión con los espíritus
malignos. En algunos la manifestación del espíritu es mayor, y en otros es menor, pero esto no
significa que esa persona, antes de ser regenerada, no está muerta en sus delitos y pecados. La
Biblia no considera a una persona salva sólo porque su conciencia esté activa, porque su
intuición sea aguda o porque tenga inclinaciones e intereses espirituales. Estas cosas sólo
demuestran que el hombre tiene espíritu y que éste es diferente al intelecto, a la parte emotiva
y a la voluntad, pues éstas son parte de su alma. Antes de ser regenerado el hombre, su espíritu
está separado de la vida de Dios, pero después de ser regenerado, comienzan a vivir la vida de
Dios y el Espíritu Santo en su espíritu y a vivificarlo, y hacen de éste el instrumento del Espíritu
Santo. La razón por la cual estudiamos las principales características del espíritu, es mostrar que
el hombre tiene un espíritu que es independiente de sus otras partes. Dicho espíritu no es la
mente ni voluntad ni la parte afectiva del hombre. En él se halla la función de la conciencia, de
la intuición y de la comunión. Allí Dios nos regenera, nos instruye y nos guía a Su descanso.
Debido a que los creyentes han estado por mucho tiempo controlados por el alma, su
conocimiento del espíritu es muy débil. Debemos acercarnos a Dios en temor y temblor, y
pedirle que nos muestre en nuestra experiencia lo que es del espíritu y lo que es del alma.
Antes de ser regenerada una persona, su espíritu se halla profundamente sumergido dentro
de su alma, la cual lo envuelve y está entretejida con él. De esta manera, las funciones de la
conciencia se mezclan con el alma, y la persona no puede distinguir entre lo que viene del alma
y lo que viene del espíritu. Además, ya que las principales funciones del espíritu para con Dios
están perdidas y muertas, ellas llegan a ser suplementarias para el alma. Cuando las funciones
de la mente, la parte emotiva y la voluntad se fortalecen, las funciones del espíritu se eclipsan.
Por lo tanto, después de que el creyente es regenerado, llega a ser necesario que el alma y el
espíritu estén divididos. Si buscamos en las Escrituras (lo cual haremos en breve),
descubriremos que el espíritu de una persona que no ha sido regenerada parece que hiciera lo
mismo que el alma. Los siguientes versículos demuestran esto:
Los versículos mencionados muestran la función del espíritu de una persona que no ha sido
regenerada, y podemos ver cuánto se parecen a las funciones del alma.
El propósito de estos versículos al decir que el espíritu se conduce de cierta manera, en vez de
decir que el alma lo hace, es destacar la condición de esas personas en la parte más profunda
de su ser. Los espíritus de tales personas son controlados y afectados por sus mentes. Por eso el
espíritu lleva a cabo las funciones del alma, pues todavía está presente, y las funciones
mencionadas se consideran funciones de sus espíritus. Un hombre no pierde el espíritu ni hace
que éste desaparezca sólo porque su alma haya tomado el control.
EL ALMA
Además del espíritu, el órgano con el cual nos comunicamos con Dios, también tenemos alma.
En ella el hombre está consciente de sí mismo y de su propia existencia. El alma es el órgano
que constituye la personalidad del hombre. Todo lo que incluye la personalidad, es decir, todo
elemento que constituye al hombre como tal, es parte del alma. Su intelecto, su mente, sus
ideales, su amor, sus reacciones, sus juicios, su voluntad, etc., todo ello es parte del alma. Ya
dijimos que el espíritu y el cuerpo están fusionados en el alma. Por eso, ella constituye la
personalidad del hombre y el centro de su ser. Por esta razón la Biblia llama alma al hombre,
como si fuera la única parte que tuviese.
Ya dijimos que el espíritu y el cuerpo están fusionados en el alma. Por eso, ella constituye la
personalidad del hombre y el centro de su ser.
Por esta razón la Biblia llama alma al hombre, como si fuera la única parte que tuviese. Por
ejemplo, Génesis 12:5 habla de las almas que salieron de Harán. Cuando Jacob condujo su
familia a Egipto, la Biblia dice que “todas las almas [o personas] de la casa de Jacob, que
entraron en Egipto, fueron setenta” (46:27). Existen muchos otros casos similares en el idioma
original, donde la palabra “alma” se usa refiriéndose a personas. Esto obedece a que el alma es
el asiento de la personalidad y su parte más destacada
. La conducta del hombre es regida por su personalidad. La existencia del hombre, sus
características y su vida provienen de su alma. Por eso la Biblia llama a los hombres almas
Los tres elementos principales que conforman la personalidad del hombre son
La parte emotiva es el asiento del amor, el odio y los demás sentimientos. Podemos amar, odiar,
regocijarnos, enojarnos, entristecernos y alegrarnos por esta facultad. Sin ella, el hombre sería
insensible como la madera o como una piedra.
Encontraremos que los tres elementos principales de la personalidad del hombre pertenecen
al alma. Ya que la cantidad de versículos es demasiado grande, sólo mencionaremos algunos
como ejemplo.
“Y te entregué a la voluntad de las hijas de los filisteos, que te aborrecen” (Ez. 16:27).
“Cuando alguno hiciere voto a Jehová, o hiciere juramento ligando su alma con obligación” (Nm.
30:2).
“Poned, pues, ahora vuestros corazones y vuestros ánimos [o vuestras almas] en buscar a
Jehová vuestro Dios” (1 Cr. 22:19).
“Por volver a la cual suspiran [o elevan su alma] ellos para habitar allí” (Jer. 44:14).
Las expresiones “querer”, “desear”, “buscar”, “poned”, “suspiran”, “no quería” y “tuvo por
mejor”, todas son funciones de la voluntad del hombre y, por ende, proceden del alma. Así
que, el alma incluye la voluntad.
“El día que yo arrebata a ellos ... el anhelo de sus almas, y también sus hijos y sus hijas” (Ez.
24:25).
“Lo tendré aún en memoria, porque mi alma está abatida dentro de mí” (Lam. 3:20).
“Sin ciencia”, “consejos”, “lo sabe”, “en memoria”, etc., son actividades de la mente o el
intelecto del hombre. La Biblia los considera parte del alma. El alma incluye el intelecto o la
mente humana.
El alma también incluye los afectos:
“El alma de Jonatán quedó ligada con la de David, y lo amó Jonatán como a sí mismo” (1 S.
18:1).
“Y darás el dinero por todo lo que deseas ... o por cualquier cosa que tú deseares” (Dt. 14:26).
“Lo que deseare tu alma, haré por ti” (1 S. 20:4).
“Anhela mi alma y aun ardientemente desea los atrios de Jehová” (Sal. 84:2).
“Hazme saber, oh tú a quien ama mi alma” (Cnt. 1:7). “Con mi alma te he deseado en la noche”
(Is. 26:9).
“Mi Amado, en quien se complace Mi alma” (Mt. 12:18). “Mi alma magnifica al Señor” (Lc.
1:46). “Y una espada traspasará tu misma alma” (Lc. 2:35).
Estos versículos revelan que amar es una función del alma, pues de ella proviene.
“Que le hace que su vida aborrezca el pan, y su alma la comida suave” (Job 33:20).
“Su alma abominó todo alimento” (Sal. 107:18). Vemos en estos versículos que el odio es una
función del alma.
“Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí” (Sal. 42:5)..
Los versículos anteriores muestran cómo es afectada el alma. El sentimiento de ser afectado
procede del alma. En ellos podemos ver las funciones de nuestras emociones. El amor, el odio,
el sentido de haber sido afectado y las sensaciones, además de otros sentimientos, proceden
del alma. Esto nos muestra que nuestra parte afectiva también es parte de nuestra alma.
Algunos eruditos que han estudiado la Biblia afirman que en griego existen tres palabras
diferentes que se traducen vida: (1) bios, (2) psique, y (3) zoe.
Cuando el Señor Jesús dijo que la viuda había echado todo el “sustento” que tenía, El usó esta
palabra (Lc. 21:4).
Zoe es la vida más elevada, la vida espiritual. Siempre que la Biblia menciona “vida eterna”, usa
la palabra Zoe.
Psique es la vida que imprime aliento al hombre; es su vida natural o psíquica, es decir, la vida
del alma. La Biblia usa esta palabra cuando se refiere específicamente a la vida del hombre.
“¿Es lícito en sábado, hacer bien, o hacer mal, salvar una vida o destruirla? (Lc. 6:9).
“Hombres que han arriesgado sus vidas por el nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Hch.
15:26). “Ni estimo preciosa mi vida para mí mismo” (Hch. 20:24).
“El buen Pastor pone Su vida por las ovejas” (Jn. 10:11, 15, 17).
En los pasajes anteriores, la palabra vida en el idioma original es nephesh o psique. Pero no se
traduce alma porque no tendría sentido [en estos contextos]. Se le da este uso porque se refiere
a la vida del hombre.
Por otro lado, el alma y la vida del hombre son inseparables porque ambas están plenamente
integradas dentro de él.
La Biblia no nos dice que una persona carnal tiene vida aparte del alma.
La vida del hombre es el alma que ocupa el cuerpo. El alma que está unida al cuerpo es la vida
del hombre. La vida no es más que la expresión del alma.
Ya que nuestra vida física es la vida del alma, la Biblia llama a nuestro cuerpo “cuerpo anímico”
(1 Co. 15:44). La idea de que el alma es la vida del hombre es crucial. Tiene mucho que ver con
que seamos cristianos espirituales o anímicos.
La Biblia tiene abundantes pruebas de este hecho. En Números 30 “ligar el alma con
obligación” se menciona más de diez veces.
En el idioma original, todos estos lugares dicen “ligando su alma”. Esto nos muestra claramente
que el alma es nuestro yo. En muchos pasajes la Biblia traduce la palabra “alma” como la
persona misma. Mencionemos sólo algunos casos: “Ni os contaminéis con ellos, ni seáis
inmundos por ellos” (Lv. 11:43).
El espíritu es el órgano que conoce a Dios, oye Su voz, tiene comunión con El y puede conocerle
bien. Después de que Adán cayó, su espíritu se adormeció.
Al principio, Dios le dijo a Adán: “Porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Gn.
2:17). Después de que Adán y Eva comieron del fruto, vivieron algunos cientos de años. Esto
muestra que la muerte de la que Dios habló no era sólo la muerte física. La muerte de Adán
comenzó en su espíritu. ¿Qué clase de muerte era? La definición científica de la muerte, es la
finalización de toda comunicación con el medio ambiente. Cuando el espíritu muere, pierde su
comunión con Dios. Cuando el cuerpo muere, el espíritu deja de tener comunicación con el
cuerpo. Por lo tanto, el hecho de que el espíritu haya entrado en un estado de muerte no
significa que haya abandonado el cuerpo; simplemente significa que perdió su conocimiento de
Dios y que estaba muerto para El. La muerte espiritual significa que la comunión con Dios cesa.
Por ejemplo, tomemos el caso de una persona muda. Tiene boca y pulmones, pero no puede
hablar por algún problema con el sistema del habla. Se puede decir que su boca está muerta
para el lenguaje humano. Cuando Adán desobedeció a Dios, su espíritu murió. El espíritu seguía
en él, pero estaba muerto para Dios y había perdido sus facultades. El conocimiento intuitivo
que el hombre tenía de Dios en su espíritu, se corrompió por el pecado, y el espíritu quedó
muerto para las cosas de la esfera espiritual. A partir de entonces, el hombre puede tener
religión, moral, educación, aptitud, poder y salud física y mental, pero está muerto para Dios.
Puede hablar acerca de Dios, hacer conjeturas acerca de El, y hasta predicar; sin embargo, para
Dios está muerto. No puede oír la voz del Espíritu de Dios.
La muerte espiritual del primer hombre se extendió gradualmente al cuerpo. Aunque después
de que el espíritu murió, el hombre siguió vivo por un tiempo largo, durante ese lapso la muerte
estaba operando en él hasta que su espíritu, alma y cuerpo quedaron embargados por la
muerte. En ese entonces, aquel cuerpo que podía haber sido transformado y glorificado regresó
al polvo. Cuando el hombre interior dentro del hombre quedó en caos y caído, su cuerpo físico
estaba destinado a la muerte y la destrucción.
De ahí en adelante, el espíritu de Adán (así como el de todos sus descendientes) quedó bajo el
dominio del alma. Poco después, el espíritu fue absorbido por el alma, se fusionó con ella, y las
dos partes quedaron entretejidas. Por eso el autor de Hebreos dice en 4:12 que la palabra de
Dios tiene que penetrar y dividir el espíritu del alma, lo cual es necesario por haberse hecho
uno solo. Después de que el espíritu quedó entretejido con el alma, el hombre comenzó a vivir
en un mundo conceptual. Empezó a actuar de acuerdo con su intelecto y con sus sentimientos.
Para entonces, el espíritu había perdido todo su poder y sus sentidos, y había quedado
embotado. Originalmente, el espíritu tenía la facultad de conocer a Dios y servirle. Ahora había
perdido sus funciones y había caído en un estado comatoso. Aunque todavía estaba allí, era
como si no estuviese. Este es el significado de la expresión que leemos en Judas: “Los anímicos,
que no tienen espíritu” (v. 19). (En este versículo no se alude al Espíritu Santo, sino al espíritu
humano, ya que la expresión anterior dice “anímicos”. Si el alma es humana, el “espíritu”
mencionado a continuación también debe de ser humano. La posición del artículo en el griego
también confirma esto). Esto no significa que el espíritu del hombre ya no exista, pues Números
16:22 claramente dice que Dios es “el Dios de los espíritus de toda carne”. Todas las personas
del mundo tienen espíritu. Pero éste se halla cubierto completamente por los pecados y no
puede tener comunión con Dios.
Aunque este espíritu está muerto para Dios, todavía obra tan activamente como la mente y el
cuerpo. De hecho está muerto para Dios, pero sigue activo en otras áreas.
En algunos casos un hombre caído puede tener un espíritu más fuerte que su alma y su cuerpo,
y puede todavía gobernar sobre todo su ser, pero la mayoría de las personas son anímicas o
carnales. No obstante, las personas anteriormente mencionadas son “espirituales”, ya que sus
espíritus son más desarrollados que los de otros.
Podemos encontrar esa clase de personas entre los que practican el espiritismo, la adivinación,
la brujería, etc. Ellos se comunican con la esfera espiritual, no por medio del Espíritu Santo, sino
de los espíritus malignos.
Los espíritus de los hombres pecaminosos están unidos a Satanás y a los espíritus malignos. Sus
espíritus están muertos para Dios, pero vivos para Satanás y receptivos a la operación de los
espíritus malignos dentro de ellos.
(1 Co. 15:47). Están completamente bajo el control de la carne y andan de acuerdo con la vida
del alma y en la naturaleza carnal. Tales personas no pueden tener comunión con Dios. Algunas
veces expresan su fuerza intelectual, y otras, su lujuria; y frecuentemente expresan las dos
cosas. La carne controla todo su ser sin ninguna restricción. Esta es la clase de personas a las
que se alude en Judas 18 y 19: “Burladores, que andarán según sus impías concupiscencias.
Estos son los que causan divisiones; los anímicos, que no tienen espíritu”. Ser anímico es lo
opuesto a tienen espíritu. El espíritu, que era el más elevado y debía estar unido a Dios y debía
gobernar el alma y el cuerpo, quedó rodeado por el alma, cuyos motivos e intenciones son
totalmente terrenales. El espíritu perdió su posición original y quedó en una condición anormal.
Por eso la Biblia dice que tales personas no tienen espíritu. El resultado de esta condición
completamente anímica es que se burlan, actúan de acuerdo con sus propias lujurias y causan
divisiones.
En 1 Corintios 2:14 también se habla de las personas anímicas no regeneradas: “Pero el hombre
anímico no acepta las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son necedad, y no las
puede entender, porque se han de discernir espiritualmente”. Ellas son controladas por sus
almas, las cuales dominan sus espíritus; son lo opuesto al hombre espiritual. Aunque puedan
ser muy inteligentes y tengan ideas y teorías maravillosas, no pueden decir nada acerca de las
cosas del Espíritu de Dios. No pueden recibir la revelación del Espíritu Santo. ¡Qué diferente es
esta perspectiva de la del mundo! El mundo piensa que el poder intelectual y la razón del
hombre son omnipotentes, y que el hombre puede descubrir toda clase de verdades en el
mundo por medio de su mente. Pero la Palabra de Dios considera todo eso como vanidad.
Además, cuando un hombre es carnal, no sólo está bajo el gobierno del alma, sino que su alma
está íntimamente ligada a su cuerpo. Muchas veces el cuerpo induce al alma a cometer los
pecados más viles. El cuerpo de pecado está lleno de deseos y concupiscencias, y sus
inclinaciones y motivos son terrenales, lo cual obedece a que fue creado del polvo de la tierra.
Desde que el veneno de la serpiente entró en el cuerpo del hombre, sus deseos legítimos se
convirtieron en lujuria. Desde que el alma obedeció al cuerpo y se rebeló contra lo ordenado
por Dios, quedó sujeta al cuerpo y le obedece. En tales circunstancias, la concupiscencia del
cuerpo se expresa en diferentes formas de pecado por medio del alma. La autoridad del cuerpo
es tan grande que hace que el alma sea incapaz de resistir y sea una esclava obediente.
El hombre consta de tres partes: el espíritu, el alma y el cuerpo. La intención original de Dios era
que el espíritu mantuviera la preeminencia y gobernara el alma. Después de que el hombre se
hizo anímico, el espíritu fue subyugado y se convirtió en siervo del alma. Después de que el
hombre se hizo carnal, la carne, que ocupaba el lugar más bajo, comenzó a reinar. El hombre
dejó de ser gobernado por el espíritu y pasó a ser gobernado por el alma, y ésta a su vez fue
regida por el cuerpo. Paso a paso fue cayendo, y la carne tomó el control. ¡Qué lamentable fue
esto!
La muerte entró al mundo debido a la caída del hombre. Esta es una muerte espiritual que
separa al hombre de Dios, y vino por medio del pecado. Desde el momento de la caída hasta
hoy no ha habido ningún cambio: la muerte siempre viene por medio del pecado. Romanos
5:12 dice que “el pecado entró en el mundo por medio de un hombre”. Adán pecó, y el pecado
entró en el mundo. “Y por medio del pecado la muerte”; esto nos muestra que el resultado
inevitable del pecado es la muerte. “Y así la muerte pasó a todos los hombres”. ¿Por qué razón?
“Por cuanto todos pecaron”. No sólo la muerte pasó a todos los hombres, sino que según la
traducción literal de esta frase, la muerte “se extendió a todos los hombres”.
Según la Biblia, el hombre que peque debe morir. Por lo tanto, ningún animal ni ningún ángel
puede morir por el hombre como sustituto llevando el castigo del pecado. Es la naturaleza
tripartita del hombre la que peca; por lo tanto, el que muere debe tener esa misma naturaleza.
Sólo la naturaleza humana puede redimir la naturaleza humana. Ya que todos los hombres
pecaron, la muerte de uno mismo no lo puede redimir de su propio pecado. Debido a esto, el
Señor Jesús vino y tomó la naturaleza humana a fin de llevar sobre sí el juicio dictado contra
la naturaleza humana. El no tenía pecado, así que Su naturaleza santa podía redimir la
naturaleza pecaminosa del hombre, por medio de la muerte. El murió como un substituto,
llevó sobre Sí el castigo por el pecado y dio Su vida en rescate de muchos, para que todo el
que crea en El sea librado del juicio (Jn. 5:24).
Así como la acción de un hombre, Adán, representa las acciones de toda la humanidad, así la
obra de otro hombre, Cristo, también representa la obra de toda la humanidad. Debemos ver
que Cristo incluyó a toda la humanidad para poder entender lo que es la redención. La
transgresión de Adán es la transgresión de toda la humanidad, pasada y presente. Esto se debe
a que Adán fue el primero del género humano, y todos los hombres provienen de él. De igual
manera, la justicia cumplida por Cristo llega a ser la justicia de toda la humanidad, pasada y
presente. Esto obedece a que Cristo es el primero del nuevo linaje, el cual es el nuevo hombre y
nace de Cristo.
Debido a que la naturaleza humana debe sufrir el juicio, el Hijo de Dios, el hombre Jesucristo,
llevó sobre la cruz, en Su espíritu, alma y cuerpo el castigo que merecía la humanidad.
Examinemos primeramente el castigo que sufrió Su cuerpo. El hombre peca por medio de su
cuerpo, pues éste hace que el hombre peque y sienta placer al hacerlo. Por lo tanto, la parte del
hombre que necesita ser castigada es el cuerpo. ¿Quién puede comprender completamente el
sufrimiento del cuerpo del Señor Jesús mientras estaba sobre la cruz?. En el Antiguo
Testamento, los salmos mesiánicos (los que se relacionan con Cristo) nos dan una descripción
clara de la agonía de Su cuerpo: “Horadaron mis manos y mis pies” (Sal. 22:16). El profeta lo
describió como Aquel “a quien traspasaron” (Zac. 12:10). Sus manos, Sus pies, Su frente, Su
costado y su corazón fueron traspasados por los hombres; El fue horadado por los seres
humanos pecaminosos y para el bien de ellos. Allí El sufrió intenso dolor. Debido a que el peso
de Su cuerpo había estado colgando de la cruz sin ningún soporte, tuvo una fiebre alta
causada por la falta de circulación de la sangre en todo Su cuerpo. Su boca se secó, y El clamó,
“Mi lengua se pegó a mi paladar” (Sal. 22:15), y “En mi sed me dieron a beber vinagre” (Sal.
69:21). A las manos les encanta pecar; por eso, deben ser clavadas. Ya que a la boca le gusta
pecar, debe sufrir. Los pies van en pos del pecado; así que, deben ser traspasados. A la cabeza
le place pecar; por ende, debe llevar una corona de espinas. El castigo que el cuerpo humano
merece, fue ejecutado a cabalidad sobre Su cuerpo. Fue así como El sufrió el dolor físico,
hasta que la muerte puso fin a todo ello. Aunque El podía evitarse esos sufrimientos, El
entregó Su cuerpo voluntariamente para sufrir esos indescriptibles dolores y agonías. No se
retractó ni por un momento, hasta que supo que “todo estaba consumado” (Jn. 19:28). Sólo
entonces, rindió Su vida.
No sólo Su cuerpo sufrió, sino también Su alma. Nuestra alma es la parte por la cual estamos
conscientes de nosotros mismos. Cuando el Señor Jesús estaba en la cruz, le ofrecieron vino
mezclado con mirra para que perdiera la sensibilidad y no sintiera dolor, pero El lo rechazó. No
quiso dejar de estar consciente. El alma del hombre anhela los placeres del pecado; por eso, El
debía estar muy consciente de los dolores por el pecado. El escogió beber la copa que Dios le
dio, y no beber la que le haría perder el sentido.
¡Qué vergonzoso era morir en una cruz! Era un castigo para los esclavos que escapaban. Un
esclavo no tenía posesiones ni derechos civiles. Hasta su cuerpo pertenecía a su amo; por lo
tanto, la cruz, el castigo menos honroso, se aplicaba a los esclavos. El Señor Jesús tomó nuestro
lugar como un esclavo y fue clavado en la cruz. Isaías se refirió a El como esclavo; Pablo también
dijo que El era un esclavo. El vino como un esclavo para salvarnos a nosotros, quienes a lo largo
de nuestras vidas éramos esclavos del pecado y de Satanás. Eramos esclavos de las
concupiscencias, de la ira, de los vicios y del mundo; habíamos sido vendidos al pecado; pero El
murió para librarnos de nuestra esclavitud y llevó sobre sí toda nuestra vergüenza.
La Biblia nos dice que los soldados echaron suertes sobre Sus vestidos (Jn. 19:23). Cuando fue
crucificado, estaba casi desnudo. Esta vergüenza era parte de la crucifixión. El pecado quita
nuestras vestiduras de luz y nos desnuda.
El Señor Jesús fue despojado de Su ropa delante de Pilato y luego en el Gólgota. ¿Cómo
reaccionó Su naturaleza santa? ¿No pisoteó esto la santidad de Su humanidad y lo avergonzó?
¿Quién puede comprender cómo se sintió Su alma en esa hora? Mientras todos los hombres
disfrutaban la gloria del pecado, nuestro Salvador sufría la vergüenza del pecado. Ciertamente,
a esa hora Dios “lo cubrió de afrenta”, y “Tus enemigos, oh Jehová, han deshonrado. Porque tus
enemigos han deshonrado los pasos de Tu ungido” (Sal. 89:45, 51). Pero El “sufrió la cruz,
menospreciando el oprobio” (Heb. 12:2).
Nadie puede comprender en verdad cómo sufrió Su alma en la cruz. Por lo general, solamente
pensamos en los sufrimientos de Su cuerpo y olvidamos los sentimientos de Su alma. La semana
anterior a la Pascua, El dijo: “Ahora está turbada mi alma” (Jn. 12:27). Esto habla de la cruz.
Cuando estaba en Getsemaní dijo: “Mi alma está profundamente triste, hasta la muerte” (Mt.
26:38). Sin estas palabras no podríamos entender la agonía en Su alma. Isaías 53:10-12 dice tres
veces que El dio Su vida (o alma), afligió su alma, y derramó su vida (o alma) hasta la muerte. Ya
que El cargó con la maldición y la vergüenza de la cruz, todo aquél que cree en El ya no necesita
cargar con ello.
Su espíritu también sufrió grandemente. El espíritu es la parte por medio de la cual el hombre
tiene comunión con Dios. El Hijo de Dios es santo y sin pecado, separado de los pecadores. Su
espíritu, en unión con el Espíritu Santo, nunca tuvo un momento de oscuridad ni de
confusión. Constantemente disfrutó la presencia de Dios. “Porque no estoy Yo solo, sino Yo y
el que me envió, el Padre” (Jn. 8:16). “Porque el que me envió, conmigo está” (v. 29). Por eso,
podía orar: “Padre, gracias te doy por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes” (11:41-
42). Sin embargo, mientras estaba sobre la cruz (el momento en que más necesitaba la
presencia de Dios), El clamó: “Dios Mío, Dios Mío, ¿por qué me has desamparado? (Mt.
27:46). Su espíritu estaba separado de Dios. Se sintió solo, rechazado y aislado. Siguió siendo
obediente, haciendo la voluntad de Dios; pero fue abandonado, no por nada Suyo, sino por el
pecado de otros.
El peor daño que causa el pecado es el que le causa al espíritu. Por lo tanto, aun tal Santo, el
Hijo de Dios, debido a que cargó con el pecado de otros, llegó a estar separado de Dios. Es un
hecho que en la eternidad insondable “Yo y el Padre uno somos” (Jn. 10:30); esta verdad
permaneció vigente aun mientras estuvo sobre la tierra. La humanidad no podía separarle de
Dios, pero el pecado lo hizo, aunque era el pecado de otros. El sufrió la separación espiritual por
nosotros, a fin de que nuestro espíritu pudiera reconciliarse con Dios.
Cuando El vio la muerte de Lázaro, quizá pensó en Su propia muerte, así que “se indignó en Su
espíritu (Jn. 11:33). Cuando anunció que sería traicionado y moriría en la cruz, “se conmovió
en espíritu” (13:21). Debido a eso, cuando estaba en el monte llamado Gólgota recibiendo el
juicio de Dios, clamó: “Dios Mío, Dios Mío, ¿por qué Me has abandonado?” “Me acordaba de
Dios, y me conmovía; me quejaba, y desmayaba mi espíritu” (Sal. 77:3). Esto se debió a que
Su espíritu se separó del Espíritu de Dios, quedó desprovisto en Su espíritu de la fuerza del
Espíritu Santo, quien normalmente lo sustentaba (Ef. 3:16). Así que clamó: “He sido
derramado como aguas, y todos Mis huesos se descoyuntaron; mi corazón fue como cera,
derritiéndose en medio de mis entrañas. Como un tiesto se secó mi vigor, y mi lengua se pegó
a mi paladar, y me has puesto en el polvo de la muerte” (Sal. 22:14-15)
Por un lado, el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios, se apartó de El; mientras que por otro, el
espíritu malvado de Satanás se burlaba de El. Las palabras de Salmos 22:11-13 parecen indicar
esto: “No te alejes de mí .... porque no hay quien ayude. Me han rodeado muchos toros. Fuertes
toros de Basán me han cercado. Abrieron sobre mí su boca como león rapaz y rugiente”.
Su espíritu, por un lado, sintió el abandono de Dios, y por otro, resistió la burla y el desprecio
del espíritu maligno. Cuando el espíritu del hombre se separa de Dios, se exalta a sí mismo y se
convierte en presa fácil para la operación de los espíritus malignos (Ef. 2:2). Sin embargo, el
espíritu del hombre debe ser completamente quebrantado, para que el hombre no pueda
resistirse a Dios ni unirse al enemigo.
El Señor Jesús fue hecho pecado por nosotros en la cruz. Su naturaleza santa fue
completamente quebrantada, debido a que la naturaleza pecaminosa del hombre fue juzgada
por Dios. Cristo fue abandonado por Dios, y experimentó la parte más dolorosa del juicio de
Dios, ya que el amor de Dios, Su rostro bondadoso y Su luz se escondieron de El, haciendo que
el Salvador sufriera en tinieblas la ira del castigo de Dios sobre el pecado. El resultado del
pecado es ser abandonado por Dios. Ahora, tanto nuestra naturaleza pecaminosa como nuestro
espíritu, alma y cuerpo fueron castigados.
Martes 28
LA REGENERACION
Antes de que el hombre sea regenerado, su espíritu está muy lejos de Dios y está muerto.
La muerte significa separación de la vida. La máxima expresión de la vida es Dios. Puesto que
estar muerto significa estar separado de la vida, entonces estar muerto es estar separado de
Dios. El espíritu del hombre que está separado de Dios está amortecido y no tiene comunión
con El. El alma controla todo su ser; así que dicho hombre vive por sus ideas o por sus
reacciones. Las lujurias y los deseos del cuerpo subyugan su alma. El espíritu del hombre se
amorteció; por lo tanto, es necesario que sea resucitado.
El nuevo nacimiento del que el Señor Jesús habló a Nicodemo, es el nuevo nacimiento del
espíritu. Nacer de nuevo no tiene que ver con nuestro cuerpo, como pensó Nicodemo, ni con
nuestra alma, porque no solamente el “cuerpo de pecado” es anulado (Ro. 6:6), sino que
además “los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne [el alma] con sus pasiones y
concupiscencias” (Gá. 5:24). Debemos recalcar especialmente que la regeneración es la
impartición de la vida de Dios en el espíritu del hombre. Debido a que Cristo redimió nuestra
alma y destruyó el principio de la carne, nosotros, quienes somos uno con El, podemos
participar de Su vida resucitada que venció la muerte. Nuestra unión con la muerte de Cristo y
nuestro paso inicial de recibir Su vida de resurrección se hallan en nuestro espíritu. Nacer de
nuevo es un asunto exclusivo del espíritu, y no tiene relación con el alma ni con el cuerpo.
El hombre es un ser único en toda la creación, no por tener alma sino por tener espíritu. Al
unirse el espíritu y el alma se forma un hombre.
Esta unión hace que el hombre sea un ser único en el universo. De acuerdo con la Biblia, el alma
del hombre por sí sola no tiene ninguna relación con Dios. La relación del hombre con Dios se
lleva a cabo en el espíritu. Dios es Espíritu, y los que le adoran deben utilizar sus espíritus. Sólo
el espíritu puede relacionarse con el Espíritu y adorar a Dios. Por lo tanto, en la Biblia vemos
que solamente el espíritu puede servir al Espíritu (Ro. 1:9; 7:6; 12:11), conocer al Espíritu (1 Co.
2:9-12), adorar a Dios, quien es Espíritu (Jn. 4:23-24; Fil. 3:3), y recibir revelación de Dios quien
es Espíritu (Ap. 1:10; 1 Co. 2:10).
Por lo tanto, debemos tener presente que Dios siempre se relaciona con el hombre por medio
del espíritu humano y cumple Su plan por medio de dicho espíritu.
Por lo tanto, para que el espíritu del hombre cumpla el propósito de Dios, debe permanecer en
una unión constante y viva con Dios mismo, y en ningún momento seguir las emociones, los
deseos ni las ideas del alma, pues contradicen la ley divina. De no ser así, la muerte vendrá, y el
espíritu interrumpirá su unión con Dios quedará desconectado de la vida de El. Ya dijimos que
esto no significa que el hombre pierda su espíritu, sino que éste cede su posición al alma.
Cuando el espíritu del hombre obedece el impulso de su “hombre exterior” en la forma de
ideales y deseos, el resultado es que pierde su comunión con Dios. Esto constituye la muerte.
Quienes están muertos “en delitos y pecados” se entregan a “los deseos de la carne y de los
pensamientos” (Ef. 2:1, 3).
La vida de un hombre no regenerado está casi enteramente bajo el control del alma.
Primero, el hombre experimenta ansiedad, curiosidad, gozo, orgullo, compasión, vicios, placer,
asombro, vergüenza, amor, arrepentimiento, entusiasmo y felicidad.
Tercero, el hombre tiene deseos de obtener poder, riquezas, aprobación social, libertad,
posición, fama, alabanza y conocimiento. El puede ser decisivo, dependiente, valiente y
paciente; al mismo tiempo, puede ser temeroso, indeciso, independiente, obstinado y
recalcitrante. Todas estas son manifestaciones del alma en sus tres aspectos: la parte emotiva,
la mente y la voluntad. ¿Acaso no está la vida del hombre llena de éstas cosas? Sin embargo,
la regeneración del hombre no se produce como resultado de ninguna de estas funciones. Uno
puede arrepentirse de las ofensas, lamentarse por el pecado y proponerse, con lagrimas,
mejorar; sin embargo, eso no trae salvación. La confesión, la decisión, así como muchos otros
sentimientos religiosos no producen la regeneración. Aun la determinación de la voluntad, el
conocimiento intelectual y la receptividad en la mente para escoger lo bueno, hermoso y noble,
no pasan de ser funciones del alma, mientras que el espíritu puede permanecer completamente
inactivo. En la salvación la voluntad, la parte emotiva y la mente del hombre no son lo
principal ni lo básico; más bien, son secundarios o subordinados. Por lo tanto, sin importar el
grado de sufrimientos del cuerpo, de la agitación de la emoción, de las exigencias de la voluntad
o del entendimiento de la mente para reformar y mejorar al hombre, nada de eso es constituye
el nuevo nacimiento. En la Biblia la regeneración sucede en una parte del hombre que es más
profunda que el cuerpo y el alma. Es en su espíritu donde el Espíritu Santo le imparte la vida
de Dios.
Debido a esto, todo obrero del Señor debe entender que nuestras habilidades naturales no
pueden hacer que alguien nazca de nuevo. La vida y obra cristiana, de principio a fin, no debe
confiar en el poder del alma. Si lo hace, el fruto sólo será en la esfera del alma y no penetrará
a lo más profundo, al espíritu del hombre. Debemos depender del Espíritu Santo para impartir
la vida de Dios a otros.
Entonces, podrá obtener la vida eterna, la cual es una vida espiritual (17:3) y nacerá de nuevo.
Debemos tener mucho cuidado para no considerar la muerte substitutiva del Señor y nuestra
muerte juntamente con El como dos asuntos separados. Aquellos que ponen atención al
conocimiento tienen esta tendencia, pero no debe ser así en nuestra vida espiritual. La muerte
substitutiva del Señor y nuestra muerte juntamente con El pueden diferenciarse pero nunca
deben separarse. Cuando uno cree en la muerte substitutiva del Señor Jesús, en realidad ya
murió con Cristo (Ro. 6:2).
Creer que el Señor Jesús tomó mi lugar de castigo, es creer que yo ya fui castigado en El. La
pena por el pecado es la muerte, y ése fue el castigo que el Señor sufrió por nosotros; por lo
tanto, en el Señor Jesús yo ya estoy muerto. De no ser así, no hay salvación. Decir que El murió
en mi lugar es decir que yo ya fui castigado y morí en El (aquellos que confíen en este hecho
podrán experimentarlo).
La fe por la cual un pecador cree en la muerte substitutiva del Señor Jesús lo introduce en Cristo
y lo une a El. Aunque muchas veces él solamente ve los problemas con respecto al castigo por el
pecado y no comprende lo que es el poder del pecado, esta unión con el Señor es común a
todos los creyentes. El que no está unido al Señor, no ha creído en El y no tiene nada que ver
con El. Creer en el Señor es unirse a El. Estar unido al Señor significa experimentar todo lo que
El experimentó. En los versículos 14 y 15 de Juan 3 el Señor Jesús explicó claramente lo que
significa estar unido a El. Es estar unido a El en Su muerte y crucifixión. Todo aquel que cree en
el Señor Jesús está unido por lo menos en posición a la muerte de Cristo. Pero “si ... hemos
crecido juntamente con El en la semejanza de Su muerte, ciertamente también lo seremos en la
semejanza de Su resurrección” (Ro. 6:5). Por lo tanto, todo el que cree en la muerte substitutiva
del Señor Jesús ha sido resucitado (en posición) con El. Aunque un creyente no haya
experimentado plenamente el significado de la muerte del Señor, Dios ya le resucitó juntamente
con Cristo, y en la vida resucitada del Señor ya recibió una vida nueva y nació de nuevo.
Debemos rechazar la idea de que el hombre debe experimentar la muerte y la resurrección con
el Señor antes de nacer de nuevo. Según la Biblia, cuando una persona cree en el Señor Jesús,
nace de nuevo. “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en Su nombre ... son
engendrados ... de Dios” (Jn. 1:12-13). Tengamos presente que nuestra corresurrección con el
Señor no es una experiencia posterior a la regeneración. Nacer de nuevo es resucitar
juntamente con el Señor porque la muerte del Señor (o sea, nuestra muerte con El) eliminó el
problema de nuestra vida pecaminosa. Entonces, en la resurrección del Señor (o sea, cuando
resucitamos con El), se nos dio una vida nueva, la cual dio inicio a nuestra vida cristiana. Por eso
la Biblia dice: “Dios .... nos ha regenerado ... mediante la resurrección de Jesucristo de entre los
muertos” (1 P. 1:3). Esto nos muestra que todo creyente, todo el que nace de nuevo ya fue
resucitado con el Señor. Sin embargo, en Filipenses 3 el apóstol Pablo nos dice que el creyente
todavía necesita aspirar a conocer “el poder de Su resurrección” (v. 10). A muchos cristianos,
aunque ya nacieron de nuevo y participaron en la resurrección del Señor, les falta la
manifestación del poder de la resurrección.
Así que no debemos confundir la posición con la experiencia. Cuando una persona cree en el
Señor Jesucristo, aunque todavía sea débil o desconozca los hechos, Dios le dio una posición en
la cual puede darse por muerto, resucitado y ascendido con el Señor. Aquellos que fueron
aceptados en Cristo, en posición, son aceptados igual que El. Sin embargo, los creyentes no
necesariamente tienen la experiencia de este hecho. El creyente está en una posición en la que
posee todas las experiencias del Señor Jesús. En experiencia, como mínimo, ya nació de nuevo.
El nuevo nacimiento no se debe a que haya experimentado la muerte, la resurrección y la
ascensión del Señor a cierto grado, sino a que cree en El. Su posición produce en él la
experiencia de nacer de nuevo; aunque en la experiencia todavía no conoce el poder de la
resurrección de Cristo (Fil. 3:10), ya fue vivificado, resucitado y está sentado en los lugares
celestiales juntamente con Cristo (Ef. 2:5-6) “Lámpara de Jehová es el espíritu del hombre” (Pr.
20:27). En la regeneración el Espíritu Santo entra en nosotros; penetra en el espíritu del hombre
como la luz de una lámpara.
En esto consiste el “nuevo espíritu” del que habla Ezequiel 36:26. Debido a que el viejo espíritu
estaba muerto, el Espíritu Santo deposita en él la vida increada de Dios, lo cual le infunde vida.
Antes de la regeneración, el espíritu del hombre era gobernado por su alma, la cual era
dominada por el yo, el cual era regido por el cuerpo, y éste, a su vez, era controlado por la
lujuria. Así que el alma llegó a ser la vida del espíritu; el yo vino a ser la vida del alma, y la lujuria
se convirtió en la vida del cuerpo. Pero después de la regeneración del hombre, el Espíritu Santo
gobierna su espíritu, hace que éste gobierne su alma, y por medio del alma también gobierna su
cuerpo. Ahora el Espíritu Santo llega a ser la vida del espíritu, y el espíritu, la vida de todo su ser.
En la regeneración el Espíritu Santo revive el espíritu humano y lo renueva. En la Biblia, la
regeneración se refiere al paso por el cual el hombre sale de la muerte y entra en la vida.
La regeneración, igual que el nacimiento físico, sucede sólo una vez, y una es suficiente. En el
nuevo nacimiento el hombre recibe la vida de Dios, nace de El y llega a ser hijo de Dios. Según
las Escrituras la renovación se refiere a la obra que hace el Espíritu Santo en nuestro ser,
llenándonos progresivamente de Su vida y venciendo completamente nuestra vida carnal. Es
una obra larga, continua y progresiva. En tal persona es restaurado el orden original del espíritu
y el alma. También debemos prestar atención al hecho de que la regeneración no sólo nos
restaura a la condición en que estaba Adán antes de la caída, sino que nos da algo más. Adán
tenía espíritu, pero aunque había sido creado por Dios no contenía la vida increada de Dios, la
cual es representada por el árbol de la vida. No había una relación vital entre Adán y Dios. Al
igual que los ángeles, Adán fue llamado hijo de Dios (Lc. 3:38), ya que Dios lo creó
directamente. Quienes creemos en el Señor Jesús somos “engendrados” de Dios (Jn. 1:12 13), y
de este modo tenemos una relación vital con El. La vida que heredan los hijos es la vida del
padre. Ya que nosotros nacimos de Dios, automáticamente tenemos Su vida (2 P. 1:4). Si Adán
hubiera querido recibir la vida que Dios le ofreció por medio del árbol de la vida, habría tenido
la vida eterna e increada de Dios. Su espíritu vino de Dios y existe para siempre, pero esa vida
llega a ser eterna dependiendo de su respuesta al mandamiento de Dios y a lo que escogiera. Lo
que los creyentes obtenemos en la regeneración es la vida de Dios, una vida que Adán pudo
obtener, pero que no quiso. La regeneración no sólo sirve para restaurar el espíritu y el alma y
sacarlos de su estado de confusión y tinieblas, sino que además, hace que el hombre posea la
vida sobrenatural de Dios. El espíritu amortecido y caído del hombre es vivificado al recibir la
vida de Dios que le imparte el Espíritu Santo. En esto consiste la regeneración. La base sobre la
cual el Espíritu Santo regenera al hombre es la cruz (véase Jn. 3:14-15). La vida eterna
mencionada en Juan 3:16 es la vida de Dios que el Espíritu Santo deposita en el espíritu del
hombre. Ya que esta vida es la vida de Dios, que nunca puede morir, todos los que son
regenerados tienen esta vida, y por eso se dice que “tienen vida eterna”. Si la vida de Dios
muriera, la vida eterna que recibe el hombre inmediatamente perecería. Después de la
regeneración, la relación del hombre con Dios es igual a la que establece el nacimiento de un
niño. Una vez que un hombre nace de Dios, no importa lo que suceda, Dios no puede negar que
lo engendró. Por lo tanto, el hombre, al nacer de Dios, obtiene una posición ante El y una
relación con El que no puede ser destruida en toda la eternidad. El hombre no recibe esto por
medio del progreso ni la espiritualidad ni la santidad que obtenga después de haber creído, sino
por medio de la regeneración que se efectúa cuando cree en el Señor Jesús como Salvador. Dios
da a los regenerados vida eterna. Por lo tanto, esta posición y esta vida jamás pueden ser
anulados. Cuando el hombre es regenerado, obtiene la vida de Dios. Este es el punto de partida
de la vida cristiana y es la mínima experiencia de todo creyente. Todo aquel que no haya creído
en la muerte del Señor Jesús ni haya recibido Su vida sobrenatural, de la cual él carece
originalmente sin importar con cuánto celo pueda progresar en la religión, la moralidad y el
aprendizaje, está muerto a los ojos de Dios. Todo aquel que no tiene la vida de Dios está
muerto. Con la regeneración como punto de partida, la vida espiritual tiene la posibilidad de
crecer. El nuevo nacimiento es el primer paso en la vida espiritual. En la regeneración, la vida
espiritual está completa, pero no madura.
La capacidad de esta vida está completa y puede ascender al plano más elevado; sin embargo,
debido a que acaba de nacer, no es una vida madura. Es como una fruta que está verde, aunque
tiene la vida completa; la capacidad de la vida se halla presente en plenitud, pero la fruta no
tiene todas sus facultades orgánicas. Lo mismo sucede en la regeneración del hombre. En el
hombre regenerado existe una capacidad inmensamente grande de la vida de Dios que le
permitirá avanzar sin cesar. Desde ahí en adelante, el Espíritu Santo puede guiarlo hacia
adelante hasta que el cuerpo y el alma sean totalmente sometidos.
En 1 Corintios 3:1, el apóstol clasificó a todos los creyentes en dos categorías: espirituales y
carnales. Un cristiano espiritual es aquel en cuyo espíritu mora al Espíritu Santo y cuyo ser es
gobernando por El. Entonces, ¿qué es ser carnal? En la Biblia, la carne se refiere a todo lo que
pertenece a la naturaleza y vida del hombre no regenerado: todo el ser de un hombre no
regenerado, todo lo que pertenezca a su espíritu, alma y cuerpo pecaminosos (Ro. 7:18). Por lo
tanto, un cristiano carnal es uno que, habiendo nacido de nuevo y habiendo recibido la vida de
Dios, no puede vencer su carne, y por el contrario, ésta lo vence.
Ya vimos la condición del hombre caído: su espíritu está amortecido y es gobernado por su
alma y su cuerpo. Un cristiano carnal, entonces, es aquel que obedece a su alma y a su cuerpo
para pecar y para conducirse. Si después de ser regenerado un hombre permanece por un largo
período en la carne, la salvación no se perfeccionará en él, pues sólo cuando él crece en la
gracia y llega a ser espiritual es perfeccionada la salvación en él. El camino de salvación que
vemos en el Gólgota consiste en que Dios ya preparó Su salvación para que todo pecador sea
regenerado y para que todo hombre regenerado llegue a la condición de un hombre espiritual
capaz de vencer la vieja creación.