Introducción
El presente documento tiene como propósito brindar a los estudiantes de psicología una
oportunidad de análisis y aplicación de los criterios diagnósticos del Manual Diagnóstico y
Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5). A través de una serie de veinte casos clínicos
redactados de manera realista, se busca fortalecer las habilidades de observación, razonamiento
clínico y justificación diagnóstica en el contexto de la práctica psicológica.
Cada caso ha sido diseñado para reflejar la complejidad de la conducta humana y la sutileza con la
que pueden manifestarse los síntomas clínicos. No se presentan pistas evidentes sobre el
diagnóstico, con el fin de que el estudiante ejercite la inferencia, la integración de información y la
aplicación rigurosa de los criterios diagnósticos.
Instrucciones para los estudiantes
1. Lee con atención cada uno de los veinte casos clínicos presentados.
2. Identifica los síntomas principales, su curso y las áreas de funcionamiento afectadas.
3. Determina el diagnóstico que consideres más adecuado con base en los criterios del DSM-
5.
4. Justifica brevemente tu elección, explicando qué criterios observas cumplidos y qué otros
diagnósticos posibles podrías descartar.
5. Considera la información del caso de manera integral (historia, edad, contexto,
funcionalidad y curso temporal).
6. Al finalizar, podrás contrastar tus respuestas con la sección de diagnósticos sugeridos
incluida al final del documento.
Caso 1. “El chico distraído”
Javier, un niño de 10 años, ha sido descrito por sus maestros como inteligente, creativo y con una
curiosidad natural, pero “imposible de mantener enfocado”. Desde los primeros grados, se observó
que olvidaba materiales escolares, perdía objetos y necesitaba múltiples recordatorios para iniciar
o concluir una tarea. Durante las clases, parece desconectado, mira por la ventana o dibuja
mientras la maestra explica. Cuando se le llama la atención, responde con amabilidad, pero sin
recordar de qué se hablaba.
En casa, su madre comenta que puede pasar horas armando figuras de Lego o viendo videos sobre
astronomía, pero evita actividades que requieran atención sostenida. Suele no terminar lo que
empieza y necesita supervisión constante para realizar deberes. Los reportes escolares indican bajo
rendimiento y frecuentes errores por descuido. No presenta alteraciones motoras ni de conducta
grave.
Su sueño y apetito son normales. No hay antecedentes de ansiedad o depresión, pero sí familiares
con problemas de concentración. En entrevistas, Javier reconoce que se “aburre rápido” y que le
cuesta organizarse. Su rendimiento mejora temporalmente cuando hay incentivos o temas de su
interés. La escuela ha sugerido evaluación psicológica por sospecha de un trastorno de atención,
dado que su desempeño académico se ve afectado a pesar de tener inteligencia promedio.
Caso 2. “El orden como refugio”
Lucía, de 8 años, presenta un desarrollo cognitivo avanzado y un lenguaje sofisticado para su edad.
Desde pequeña mostró preferencia por rutinas estables y un interés inusual por los colores y la
simetría. Organiza sus juguetes por tamaño y tono, se viste siguiendo un orden específico y come
con el mismo plato y cubiertos. Si algo cambia, llora intensamente, grita o se aísla.
Sus padres la describen como sensible a los ruidos fuertes y reacia al contacto físico. En la escuela,
evita mirar a los ojos de sus compañeros y no comprende el sarcasmo o las bromas. Prefiere hablar
de temas como planetas o trenes y puede recitar datos con gran precisión. La maestra señala que
no muestra malicia ni rebeldía, pero “vive en su propio mundo”.
Durante las sesiones de observación, Lucía mantiene el contacto visual limitado, habla con un tono
monótono y no detecta señales sociales implícitas. Disfruta las actividades solitarias y muestra
angustia ante los cambios de rutina. A pesar de su inteligencia, su adaptación social es deficiente y
su repertorio emocional restringido. No hay antecedentes de trauma o negligencia. Los padres
reportan que los síntomas se han mantenido estables desde la primera infancia.
Caso 3. “Las palabras que no llegan”
Miguel tiene 4 años y fue llevado a consulta porque, aunque comprende lo que se le dice, apenas
usa frases de dos palabras. Desde los 2 años mostraba dificultad para expresarse verbalmente,
pero sus padres pensaron que era “tardado para hablar”. Actualmente señala objetos, usa gestos y
sonidos para comunicarse, y se frustra fácilmente cuando no logra hacerse entender.
Su desarrollo motor y sensorial es normal, y juega de forma adecuada con juguetes de
construcción. No presenta signos de autismo ni retraso cognitivo. Comprende instrucciones
simples como “tráeme tus zapatos” o “guarda los bloques”, pero no puede relatar experiencias ni
expresar emociones con claridad.
Durante la evaluación, mantiene contacto visual y participa con entusiasmo, aunque sus frases son
ininteligibles o incompletas. La madre relata que, a pesar de recibir estimulación verbal en casa, su
progreso ha sido lento. El pediatra descartó problemas auditivos. En la guardería, se muestra
sociable, pero sus compañeros no siempre lo entienden, lo que provoca llanto o aislamiento. Los
padres manifiestan preocupación por su lenguaje expresivo, aunque notan que su comprensión es
mucho mayor que su capacidad de hablar.
Caso 4. “Movimiento sin pausa”
Sebastián, de 9 años, es descrito por sus maestros como “incansable”. En clase se levanta
constantemente, interrumpe a sus compañeros, contesta antes de tiempo y se balancea en la silla.
En casa, su madre refiere que siempre está corriendo, brincando o hablando. Desde preescolar,
mostraba impulsividad: empujaba a otros niños sin mala intención y se metía en problemas por no
esperar su turno.
Su rendimiento académico es irregular. Comprende los temas, pero comete errores por distracción.
Se distrae fácilmente con cualquier ruido o estímulo. Durante la entrevista, juega con el bolígrafo
del psicólogo, se levanta sin pedir permiso y responde de forma precipitada. Reconoce que a veces
“hace las cosas sin pensar” y que eso le genera regaños.
Los padres reportan que su conducta es más notoria en la escuela que en casa, aunque también
interrumpe conversaciones y le cuesta seguir instrucciones. No hay antecedentes de consumo de
sustancias ni problemas neurológicos. Dormir y comer le cuesta trabajo; suele acostarse tarde y
comer apresurado. A pesar de las dificultades, es afectuoso y no presenta alteraciones
emocionales graves, aunque se frustra fácilmente cuando lo reprenden.
Caso 5. “El peso del cansancio”
Mariana, de 32 años, acude a consulta refiriendo sentirse “vacía” y sin motivación desde hace más
de tres meses. Comenta que al despertar siente una pesada sensación de cansancio y que, aunque
duerme más de lo habitual, no logra descansar. Ha dejado de disfrutar actividades que antes le
resultaban placenteras, como salir con amigos o leer. Su apetito ha disminuido considerablemente,
ha perdido 4 kilos y refiere falta de energía incluso para realizar tareas básicas.
En el trabajo ha recibido llamados de atención por errores y lentitud, lo cual aumenta su
sentimiento de culpa. Al hablar, mantiene un tono bajo y llora con facilidad. Niega eventos
traumáticos recientes, pero menciona que desde adolescente ha tenido “etapas tristes”, aunque
ninguna tan prolongada. Describe pensamientos de inutilidad y una sensación de que “nada tiene
sentido”, aunque niega ideación suicida activa.
Su pareja comenta que Mariana evita el contacto físico y pasa gran parte del día acostada mirando
el techo. No consume sustancias ni presenta enfermedades médicas relevantes. Su estado anímico
ha impactado su vida social y laboral. Al finalizar la entrevista, expresa que desea mejorar, pero no
sabe “por dónde empezar”.
Caso 6. “Subida y caída”
Alberto, de 27 años, llega a consulta después de una serie de cambios bruscos en su
comportamiento. En las últimas tres semanas ha dormido solo tres o cuatro horas por noche,
mostrando una energía inusual. Durante este periodo se mostró eufórico, hablaba sin parar,
iniciaba múltiples proyectos y gastó gran parte de sus ahorros en compras impulsivas, incluyendo
un automóvil que no necesitaba.
Su familia notó que hablaba rápido, se irritaba fácilmente y parecía convencido de que tenía “un
gran destino”. Posteriormente, sin razón aparente, su estado de ánimo cayó abruptamente.
Actualmente se siente agotado, sin energía ni interés por nada. Menciona sentirse avergonzado
por sus decisiones recientes y afirma que “no reconoce” a la persona que fue semanas atrás.
No consume drogas ni alcohol. Los episodios de ánimo elevado y decaimiento se han repetido en
años anteriores, aunque nunca había buscado ayuda. Sus amigos mencionan que puede ser
“brillante o imprudente”, dependiendo del momento. Actualmente duerme mucho, evita salir y ha
faltado al trabajo. Refiere que durante los periodos de euforia siente que todo es posible, pero
luego experimenta un profundo vacío y arrepentimiento.
Caso 7. “Un ánimo que cambia con las estaciones”
Laura, de 25 años, refiere que cada invierno su estado de ánimo cambia drásticamente. Durante los
meses fríos se siente más lenta, duerme más horas y experimenta antojos intensos por dulces y
carbohidratos. Suele aumentar de peso y evita el contacto social. En esta época, siente que “la vida
se detiene” y que no tiene energía para levantarse.
Con la llegada de la primavera, su ánimo mejora gradualmente: vuelve a hacer ejercicio, retoma
contacto con amigos y se muestra más motivada. Relata que este patrón se ha repetido por al
menos cuatro años, coincidiendo con los cambios de estación. Aunque en verano se siente “como
nueva”, en invierno describe una sensación de pesadez y tristeza constante.
Su trabajo remoto le ha permitido sobrellevar los periodos difíciles, pero reconoce que su
productividad baja drásticamente. Su familia considera que “solo es flojera”, lo que la hace sentir
incomprendida. No presenta antecedentes psiquiátricos familiares. Su sueño es prolongado pero
no reparador. Ha intentado mantener rutinas estables, sin éxito. Dice: “sé que va a pasar, pero
cuando estoy así, nada me importa”.
Caso 8. “Sin lágrimas”
Jorge, de 45 años, fue llevado por su esposa, quien nota un cambio progresivo en su carácter.
Antes era sociable y cariñoso, pero desde hace meses se muestra apático y distante. Aunque niega
sentirse triste, pasa horas acostado viendo el techo o revisando el celular sin propósito. No expresa
emociones y evita las conversaciones profundas.
En consulta, se muestra cooperativo, pero con tono plano y contacto visual escaso. Niega ideación
suicida, pero comenta que “si algo me pasara, no importaría”. No identifica una causa específica
para su estado, solo una sensación de desconexión. Su esposa refiere que ha dejado de
involucrarse en las actividades familiares y que, a pesar de dormir muchas horas, parece más
agotado cada día.
Su apetito ha disminuido, perdió peso y no encuentra placer en actividades que antes disfrutaba.
No hay antecedentes de consumo de sustancias ni de episodios previos. Menciona sentirse
culpable por “no ser el mismo”, pero no logra reaccionar. No hay antecedentes de pérdida reciente
ni enfermedad médica que lo justifique. La falta de expresión emocional y la lentitud psicomotora
son notorias durante la entrevista.
Caso 9. “El corazón acelerado”
Carmen, de 29 años, ha acudido en múltiples ocasiones a servicios de urgencias convencida de que
está sufriendo un infarto. Describe episodios súbitos de palpitaciones intensas, sudoración,
temblores, sensación de ahogo, mareo y miedo intenso a morir. Cada episodio dura entre 10 y 15
minutos y aparece sin un detonante claro. Los médicos no han encontrado alteraciones cardiacas
ni metabólicas.
Desde el primer episodio, Carmen vive en constante estado de alerta, temerosa de que ocurra
nuevamente. Evita salir sola, se asegura de conocer la ubicación de los hospitales y lleva siempre
consigo un frasco de agua y pastillas “por si acaso”. Menciona que el simple hecho de pensar en
tener otro ataque le genera ansiedad.
Su vida laboral se ha visto afectada, pues evita asistir a reuniones o lugares concurridos. Su pareja
refiere que ha reducido sus salidas sociales y que necesita tener siempre una vía de escape
disponible. No hay antecedentes de trauma ni consumo de sustancias. Los episodios se han vuelto
más frecuentes en los últimos meses, generando preocupación constante y limitación funcional
significativa.
Caso 10. “Más allá del examen”
Daniela, estudiante universitaria de 21 años, describe un miedo persistente a hablar frente a los
demás. Aunque en la infancia era extrovertida, en la adolescencia comenzó a experimentar
síntomas intensos antes de presentaciones: temblor de voz, sudoración, rubor facial y sensación de
“bloquearse”. Estos síntomas se intensifican cuando siente que la observan o evalúan.
Actualmente evita participar en clase, rechaza invitaciones a reuniones y ha llegado a faltar a
exposiciones importantes. Pasa horas anticipando lo que podría salir mal y repasa mentalmente
sus posibles errores. Refiere pensamientos como “van a notar que me tiembla la voz” o “todos se
van a reír de mí”.
Aunque reconoce que su miedo es irracional, no puede controlarlo. En contextos de confianza se
muestra tranquila, pero ante desconocidos experimenta un nivel de ansiedad desproporcionado.
Su rendimiento académico ha disminuido debido a la evitación. No presenta antecedentes de
trauma ni síntomas generalizados de ansiedad. Comenta sentirse avergonzada de “no poder ser
como los demás”.
Caso 11. “El miedo al polvo”
Rosa, de 35 años, dedica gran parte de su día a limpiar su casa. Lava las manos más de 30 veces al
día, hasta que la piel se le irrita. Siente un miedo intenso a contraer enfermedades si toca
superficies “contaminadas”. Aunque sabe que sus pensamientos son excesivos, no logra detenerse.
Antes de salir de casa, revisa varias veces si el gas está cerrado y las luces apagadas. Si duda de
haberlo hecho, regresa incluso después de haber avanzado varias cuadras. Estos rituales le
generan alivio momentáneo, pero la ansiedad regresa poco después.
Su pareja reporta que pasa horas limpiando el baño y evita recibir visitas. Cuando alguien entra,
siente la necesidad de desinfectar todo el lugar. Aunque ha intentado reducir los rituales,
experimenta una sensación de culpa y miedo insoportable si no los realiza. No hay antecedentes
de psicosis ni consumo de sustancias. Reconoce que su conducta afecta su vida diaria, pero teme
que “algo malo ocurra” si deja de hacerla.
Caso 12. “El mundo que se estrecha”
Andrés, de 40 años, solía disfrutar de viajar y conducir, pero desde hace dos años ha comenzado a
evitar lugares donde siente que “no podría escapar fácilmente”. Experimenta mareos,
palpitaciones, sudoración y sensación de desmayo al estar en espacios cerrados o muy
concurridos, como centros comerciales, cines o el transporte público.
Ha renunciado a su trabajo porque implicaba desplazarse en autobús y ahora evita salir de casa sin
compañía. En el supermercado, elige pasillos cercanos a la salida y siempre busca tener el control
de su entorno. Cuando logra llegar a lugares abiertos, siente un alivio inmediato.
Reconoce que su miedo es irracional, pero la ansiedad es tan intensa que prefiere evitar las
situaciones que la desencadenan. Su vida social y laboral se ha visto seriamente afectada. No
presenta antecedentes de trauma ni consumo de sustancias. Su esposa refiere que pasa gran parte
del día planeando estrategias para evitar sentirse atrapado. Durante la entrevista, muestra tensión
corporal y preocupación anticipatoria constante.
Caso 13. “El espejo roto”
Valeria, de 28 años, acude a terapia después de su tercera ruptura amorosa en menos de un año.
Describe sus relaciones como “intensas y desgastantes”. Durante las primeras semanas se muestra
completamente entregada, idealiza a su pareja y asegura haber encontrado “al amor de su vida”.
Sin embargo, ante el menor signo de distancia o crítica, reacciona con enojo, miedo y conductas
impulsivas, como enviar múltiples mensajes, amenazar con irse o hacerse daño.
Refiere sentirse vacía y sin rumbo cuando está sola. Su imagen personal cambia constantemente:
pasa de estilos elegantes a ropa gótica en cuestión de días. Suele expresar emociones intensas que
varían bruscamente, alternando entre llanto y risa en una misma conversación. Tras una discusión
con su última pareja, se realizó cortes superficiales en el brazo, diciendo que “solo quería que la
escucharan”.
Valeria manifiesta temor constante al abandono y una profunda dificultad para regular sus
emociones. Niega consumo de sustancias o antecedentes psicóticos. Relata una infancia con
conflictos familiares y una madre impredecible emocionalmente. En consulta, busca cercanía con
el terapeuta, pero también teme ser rechazada o juzgada.
Caso 14. “Desconfianza constante”
Sergio, de 42 años, trabaja como supervisor en una empresa. Es competente en su labor, pero sus
relaciones interpersonales son tensas. Desconfía de sus compañeros, a quienes acusa de “tener
segundas intenciones”. Interpreta comentarios neutros como críticas o burlas. Se niega a compartir
información personal, convencido de que podría ser usada en su contra.
En la entrevista, mantiene una postura rígida, mira fijamente y responde con cautela. Relata que
en anteriores empleos fue “traicionado”, por lo que prefiere mantenerse vigilante. Suele anotar
detalles de conversaciones y almacenar mensajes “por si algún día los necesita”. En casa, cuestiona
constantemente a su esposa, revisa su celular y sospecha que ella le oculta información.
No hay evidencia de delirios o alucinaciones. Su pensamiento es lógico, aunque cargado de
suspicacia. Reconoce que su actitud genera conflictos, pero considera que “es mejor no confiar en
nadie”. Carece de amigos cercanos y prefiere evitar reuniones sociales. No hay antecedentes de
consumo de sustancias ni alteraciones del juicio, pero su desconfianza le ha llevado a un
aislamiento progresivo.
Caso 15. “El perfeccionista”
Carla, de 35 años, es contadora y se enorgullece de su orden y dedicación. Sin embargo, su
búsqueda de perfección le genera un alto nivel de tensión. Revisa repetidamente sus reportes,
corrige mínimos detalles y se queda horas extras para asegurarse de que todo esté impecable.
Cuando un compañero comete errores, se irrita y prefiere hacerlo ella misma.
En casa, organiza los objetos por tamaño y color; si alguien los mueve, experimenta molestia y
ansiedad. Tiene dificultad para delegar tareas, pues considera que “nadie lo hace igual de bien”. Le
cuesta disfrutar del ocio y se siente culpable cuando descansa. Sus relaciones personales son
formales y distantes, y su pareja describe que “vive para trabajar”.
Durante la entrevista, mantiene una postura rígida y un discurso excesivamente controlado.
Menciona que desde la infancia le enseñaron que “hacerlo bien no es suficiente, hay que hacerlo
perfecto”. No presenta rituales obsesivos ni pensamientos intrusivos, pero su rigidez le impide
adaptarse a cambios. Aunque su desempeño laboral es excelente, reconoce sentirse
constantemente insatisfecha y exhausta.
Caso 16. “Distante por naturaleza”
Tomás, de 30 años, vive solo y trabaja como programador. Describe su vida como “tranquila y sin
complicaciones”. No tiene amigos cercanos ni pareja, y dice no necesitar compañía. Prefiere pasar
el tiempo leyendo, programando o viendo películas. Cuando se le pregunta si se siente solo,
responde: “no, simplemente no me interesa”.
En el trabajo cumple con sus funciones, pero evita interacciones sociales. Sus compañeros lo
consideran educado, aunque inexpresivo. No muestra alegría, enojo ni tristeza ante situaciones
que suelen generar emoción. Su familia refiere que desde niño fue reservado y que evitaba el
contacto físico.
Durante la entrevista, su tono de voz es monótono y su afecto plano. No manifiesta delirios,
alucinaciones ni ansiedad social. Su principal preocupación es que los demás “quieren cambiarlo”.
Reconoce que pocas cosas le generan placer o motivación, pero no percibe esto como un
problema. Su estilo de vida solitario no le causa malestar, aunque ha limitado su crecimiento
personal y social.
Caso 17. “Las voces del pasillo”
Marta, de 38 años, vive sola desde hace un año, después de que su familia notara un deterioro
progresivo en su comportamiento. En los últimos meses, afirma escuchar voces masculinas que la
insultan cuando está sola en casa. Dice que provienen del pasillo y que los vecinos han colocado
micrófonos para espiarla. Ha tapado las rendijas de las puertas con toallas y cubierto los espejos
porque “reflejan señales que ellos usan para controlarla”.
Su aspecto es descuidado; ha dejado de bañarse con regularidad y apenas come. Antes trabajaba
como auxiliar administrativa, pero fue despedida tras acusar a su jefe de conspirar contra ella. Su
hermana comenta que Marta pasa horas hablando sola y gritando a “quienes la observan”.
Durante la entrevista, se muestra inquieta, mira hacia los lados y responde a voces inexistentes.
No hay antecedentes de consumo de sustancias, traumatismo craneal ni enfermedades
neurológicas. Menciona que hace años escuchaba murmullos esporádicos, pero ahora son más
intensos y constantes. Niega necesidad de medicación porque “si la toma, ellos ganan”. Su
contacto con la realidad está notablemente deteriorado y su funcionamiento global es muy
limitado.
Caso 18. “El elegido”
Eduardo, de 26 años, es llevado por su familia tras presentar un comportamiento extraño. Afirma
haber recibido un mensaje divino que le reveló su misión de “salvar al país de una conspiración
política”. Desde hace semanas duerme poco, escribe planes estratégicos y pasa horas vigilando
desde su ventana “a los enemigos infiltrados”.
En consulta, se muestra exaltado y habla con rapidez, saltando de un tema a otro. Expresa
desconfianza hacia su familia, asegurando que “fueron reemplazados por impostores”. Niega
escuchar voces, pero asegura recibir señales a través de los noticieros y de las luces del alumbrado
público. No acepta la posibilidad de estar enfermo y considera que los médicos intentan detener su
misión.
Su historia académica muestra buen rendimiento antes del inicio de los síntomas. No hay consumo
de drogas ni antecedentes familiares psiquiátricos conocidos. Su discurso presenta desorganización
y creencias de grandeza que se mantienen firmes pese a la evidencia contraria. Su deterioro
funcional y social ha sido rápido, y ha perdido el contacto con la realidad.
Caso 19. “Los ojos que me miran”
Claudia, de 33 años, trabajaba en una oficina hasta que comenzó a sentirse observada por sus
compañeros. Asegura que cuando camina por la calle, las personas la miran y comentan sobre ella.
Evita usar el teléfono y ha cubierto la cámara de su celular por miedo a ser grabada. También evita
redes sociales porque siente que “la vigilan desde internet”.
No reporta escuchar voces ni ver cosas que otros no vean. Su preocupación principal es que todos
notan lo que hace y hablan de ello. En consulta, mira constantemente alrededor y se muestra
ansiosa. Dice que incluso el terapeuta “podría estar involucrado”.
Su familia describe que siempre fue reservada, pero su desconfianza se ha intensificado durante el
último año. No hay antecedentes de trauma, consumo de sustancias ni trastornos médicos
relevantes. Aunque reconoce que la situación le causa angustia, no acepta que sea producto de su
mente. Su funcionamiento laboral y social se ha deteriorado notablemente.
Caso 20. “El eco de mis pensamientos”
Ramiro, de 22 años, estudiante universitario, es llevado por sus padres después de varias semanas
de aislamiento. Afirma que sus pensamientos “se escuchan afuera” y que las personas pueden
saber lo que está pensando. Comenta que, en ocasiones, siente que sus ideas desaparecen
repentinamente o que alguien las inserta en su mente. Dice que a veces el televisor “le responde”
y que sus pensamientos influyen en lo que sucede a su alrededor.
Ha dejado de asistir a clases, se descuida en su aseo y evita contacto con amigos. Sus padres lo
notan desconectado, con mirada perdida y largos periodos de silencio. Durante la entrevista,
mantiene pausas prolongadas, muestra afecto plano y dificultades para sostener una conversación
coherente.
No hay antecedentes familiares psiquiátricos ni consumo de sustancias. Su rendimiento académico
era sobresaliente antes del inicio de los síntomas, pero ha disminuido drásticamente. Refiere
sentirse confundido, con pensamientos desorganizados y sensación de ser controlado. Su insight es
nulo, y el deterioro funcional es significativo.