Filosofía Kantiana en Psicopedagogía
Filosofía Kantiana en Psicopedagogía
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Introducción
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En este módulo veremos el pensamiento de Immanuel Kant, filósofo central para la cultura occidental. Con él, el
pensamiento moderno llegó a su culminación y su influencia sigue presente hasta nuestros días. Veremos, en primera
instancia, su teoría del conocimiento que constituye uno de los hitos fundamentales, porque se rompe con todas las
posturas realistas y se instaura el idealismo como corriente fundamental de pensamiento. Con ello se instituye a la
subjetividad como fundamento de toda reflexión acerca del mundo humano. Como contrapartida, veremos en
segunda instancia la cuestión ética y la consideración del hombre como ser libre y racional, por ende, moral.
Entenderemos la ética kantiana como una moral basada en la responsabilidad e intencionalidad de los actos morales.
Es un video de una clase en la calle en al que se desarrollan algunos de los temas del módulo, y se pone acento en
cuestiones que tienen que ver con nuestra vida cotidiana
Mentira la verdad IV. Kant, Fundamentación de la metafísica de las costumbres. Recuperado de: [Link]
v=nt3qo7psM8Q&t=188s
Lección 2 de 9
Introducción a la unidad
Contenidos de la unidad
1 Idealismo trascendental.
En esta unidad veremos uno de los dos ejes fundamentales del pensamiento de Immanuel Kant, que consiste en el
problema del conocimiento, también llamado en filosofía, problema gnoseológico. Con la figura de Kant el
pensamiento moderno llega a su punto culminante. Cabe aclarar que, si bien la Modernidad filosófica comienza con
la Edad Moderna, es una etapa del pensamiento que se extiende más allá de este período histórico y llega hasta el s.
XX. Es por ello que el estudio de la filosofía kantiana es importante ya que tiene influencia en muchas de las
cuestiones fundamentales de nuestro tiempo.
El problema del conocimiento es un problema clave porque marca una manera particular de relacionarse el hombre
con el mundo o realidad. Con Kant se instala definitivamente la noción de “sujeto”, el ser humano es entendido a
partir de él y el idealismo —corriente filosófica que Kant inauguró— como fundamento y creador de la realidad. En
otras palabras, el mundo humano es una creación humana. Este “giro copernicano” que cambia el eje de toda la
realidad, va a ser el punto de partida de una visión del mundo que va a marcar la cultura occidental de forma
indeleble y cuyos frutos aún estamos observando.
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Lección 3 de 9
Dedicó su vida entera al estudio y a la reflexión. Publicó numerosos trabajos de física, de cosmología y de otros
temas variados. Pero su nombre se hizo inmortal por las tres grandes obras del llamado “período crítico”. Estas obras
son: Crítica de la Razón Pura (1781), Crítica de la Razón Práctica (1787) y Crítica del Juicio (1790), en las que trata,
respectivamente, del problema del conocimiento, del problema moral y del problema estético.
Falleció en 1804, luego de una penosa y larga decadencia física y mental, sin haber salido nunca de su ciudad natal.
Recuperado de : [Link]
Con la figura de Kant, se inaugura una corriente filosófica, cuyos influjos determinaron todas las ramas de
pensamiento humanístico y político durante el s. XX; esta corriente se denomina “idealismo”. Ante todo, entendemos
por idealista a todo pensamiento que afirma que en el acto de conocer, el objeto conocido es una construcción del
sujeto. Dicho en otros términos, siempre que se produce un acto de conocer, hay dos componentes indispensables, un
ser humano (sujeto) que conoce algo (objeto).
Para ser más claros, para un realista, cuando conocemos algo, es decir, cuando tenemos el concepto de algo, por
ejemplo, “Caballo”, nuestra representación mental de dicho animal, se corresponde con los caballos concretos, que
están en el mundo, fuera de nosotros; hay una correspondencia entre lo que pensamos (conceptos) y lo que es (cosas).
Desde esta perspectiva, entonces, entendemos por realismo a la corriente que sostiene que cuando el Sujeto conoce,
accede a las cosas como son en realidad. En el realismo, como afirma Carpio:
Tenemos entonces que, tanto racionalismo como empirismo son posturas realistas, la discusión entre ellos era cuál
era la verdadera realidad, la que me da la razón —racionalismo— o la que me brindan los sentidos —empirismo—.
Podríamos ubicar en principio al racionalismo de Descartes y el empirismo de Hume dentro del racionalismo. Como
afirma Carpio:
Por su parte, el empirismo acusa de dogmático al racionalismo, pues considera que la razón es una facultad limitada
que nos brinda conocimientos abstractos:
Sin embargo, racionalismo y empirismo tienen algo en común: ambos pertenecen al realismo lo que significa que
ambas posturas sostienen que el conocimiento humano se refiere a una realidad que va más allá del propio sujeto que
conoce; en el caso de Descartes, la razón nos conduce a una serie de verdades que no pueden ser ni creadas, ni
modificadas por el hombre. En el caso de Hume, los sentidos nos proporcionan datos de una realidad concreta que
tiene una existencia autónoma, más allá del sujeto, conocer significa acceder a esos datos tal y como son en realidad.
El sujeto cognoscente (…) es comparable a un espejo donde las cosas simplemente se reflejan. Tal “espejo” puede
reflejar las cosas mediante la razón (racionalismo) o mediante los sentidos (empirismo); pero en cualquiera de los dos
casos el esquema es exactamente el mismo: conocer quiere decir reflejar, reproducir las cosas.
Lo que se refleja será en cada caso diferente, porque para el racionalismo se tratará de copiar las cosas en sí mismas,
el fundamento último de ellas, y para el empirismo se mostrará en el espejo solamente el fenómeno, la apariencia de
las cosas; pero en los dos casos, repetimos, el conocimiento se concibe como actitud fundamentalmente pasiva.
(Carpio, 2004, p. 230)
El cambio realizado por Kant en la concepción del conocimiento se ha dado en llamar giro copernicano, nombre
inspirado en la revolución científica que produjo el astrónomo polaco Nicolás Copérnico (1473-1543), quien dio un
viraje radical para la cultura y la ciencia occidentales. Según la visión de Aristóteles (384 a.C.- 322 a.C.), la Tierra
estaba en el centro del universo y el Sol giraba alrededor de ella; Copérnico formuló lo contrario: es el Sol el que está
en el centro y es la Tierra la que gira a su alrededor (esta teoría se terminó de demostrar un siglo después por Galileo
Galilei). Del mismo modo, Kant invirtió la relación entre el sujeto y el objeto en el ámbito del conocimiento: según
el realismo, el objeto era dado con sus propiedades desde afuera y el sujeto debía limitarse a reproducirlas en una
actitud pasiva. Esto determina que para determinar si nuestro conocimiento es válido o no, debemos referirnos
necesariamente al objeto. Para ser más claros, conocer algo implica poder pensarlo, pero nuestro pensamiento sobre
algo es verdadero cuando coincide con el objeto pensado. Por lo cual, es el objeto el que determina si el saber es
verdadero o no. Según el idealismo que propone Kant, por el contrario, el objeto no es dado, sino que es constituido
por el sujeto, quien mantiene una actitud activa en el momento de conocer. Ahora bien, es necesario aclarar dos
cosas: En primer lugar, el sujeto no crea al objeto “a partir de la nada” (en ese caso podríamos llegar a pensar que el
mundo exterior es en realidad una alucinación nuestra). El sujeto constituye al objeto aplicándole una especie de
“moldes” que ya trae consigo, al material dado por las sensaciones. Esto significa que, sin una experiencia inicial, no
puede haber conocimiento. En esto el idealismo kantiano se acerca al empirismo: El conocimiento comienza con
la experiencia, sin un material dado por las sensaciones, el sujeto no tendría a qué aplicarle sus moldes, y no podría
confeccionar un objeto. Ahora bien, según el empirismo, la mente del sujeto está vacía cuando nace, y se va
“llenando” de ideas a partir de que va teniendo impresiones (experiencia). Sin embargo, y en esto la posición
kantiana se acerca al racionalismo, pues, según Kant, la mente del sujeto no está vacía. Si bien es cierto que no hay
ideas ni conocimientos innatos, lo que sí tiene el sujeto es una especie de moldes, pero que carecen de contenidos;
estos moldes son estructuras de la razón constitutivas del hombre desde que nace. Estas estructuras o moldes
racionales son, en lenguaje kantiano, a priori, es decir, independientes de toda experiencia. Kant hace una distinción
entre conocimientos a priori y conocimientos a posteriori. Los conocimientos a priori, son aquellos que no provienen
de experiencia alguna, vale decir, conocimientos que no se pueden adquirir por los sentidos; el ejemplo más claro de
esto son las matemáticas. Los conocimientos a posteriori, por el contrario, son los que provienen de la experiencia
observable, o sea, sensible; ejemplo de estos conocimientos son los colores, los sabores, etc. Retomando con lo que
veníamos diciendo, el sujeto está constituido por estos moldes racionales y a priori, los que sin el material dado por
la experiencia, permanecerían siempre vacíos y no sería posible el conocimiento. Pero, por otra parte, si sólo
tuviéramos datos sensibles, es decir, a posteriori, tampoco podríamos conocer, porque no es directamente de la
experiencia de donde surge el conocimiento, ya que la experiencia no nos da el objeto acabado, sino que nos da
sensaciones desordenadas, que el sujeto ordena gracias a los moldes que trae consigo.
En resumen, para que haya conocimiento, según el idealismo kantiano, es necesario que, por un lado, los sentidos nos
proporcionen las impresiones, que son los datos sensibles, pero estos datos deben ser ordenados y unificados por las
estructuras o moldes de la razón. A modo de ejemplo: Supongamos que queremos hacer una torta. Si sólo tenemos
los ingredientes sueltos, no podríamos hacerla: es necesarios ponerlos en un molde para darle forma. Si sólo tenemos
los moldes vacíos, tampoco podemos realizar una torta, ya que necesitaríamos el material para llenar los moldes.
Ahora bien, la analogía es la siguiente: imaginando que la torta del ejemplo es en realidad el objeto, el sujeto tiene a
priori lo moldes, y las sensaciones que vienen de la experiencia le otorgan el material. Por eso es que, según Kant,
son necesarias ambas cosas para confeccionar el objeto y así tener conocimiento: la experiencia, que nos da el
material a través de las sensaciones, y el entendimiento, que nos da los moldes para darle forma a ese material.
El giro copernicano
Ahora bien, ya sabemos por qué dice Kant que el objeto es una creación del sujeto. Pero aquí reaparece otro punto
que ya hemos mencionado, el tema del giro copernicano y la carga de la verdad. Habíamos dicho que, para el
realismo, la verdad de un conocimiento estaba dada por su coincidencia con el objeto; esto cambia rotundamente con
el idealismo. Como decíamos, sujeto conoce a partir de la experiencia sensible, es decir, lo que nos muestran los
sentidos. Pero, como ya habíamos visto con Descartes, los sentidos son engañosos, no captan las cosas como
verdaderamente son, sino que su posibilidad de captación es limitada; por otra parte, las estructuras de la razón dan
forma a estas impresiones, por lo cual, el objeto de conocimiento construido por el sujeto, jamás va a coincidir con la
cosa como es en sí misma.
Tenemos, entonces, que si el objeto es creado por nosotros de la manera descripta en el punto anterior, eso significa
que no conocemos las cosas “tal cual son” (como en el ejemplo dado de los anteojos de colores). Kant no niega que
exista un mundo exterior a la mente del sujeto, lo que llamaríamos el mundo “real”. Pero la cuestión es que no
tenemos un acceso directo al mismo.
En este punto cabe explicar algunos términos utilizados por Kant. Dijimos que nosotros no tenemos acceso al mundo
concreto tal cual es. El mundo real está compuesto de las “cosas en sí”. Kant entiende por “cosa en sí” a la cosa tal
cual es, pero a la que nosotros no podemos conocer. Nosotros conocemos el “fenómeno” que es el producto del
material sensible que nos llega por los sentidos y el orden que nuestras estructuras racionales le imprimen; por lo
cual, para Kant, fenómeno y objeto son sinónimos. Aquí aparece otra gran diferencia con el realismo, para esta
corriente, cuando conocemos accedemos a las cosas tal cual son, por ello, la cosa en sí misma es el objeto de
conocimiento. Para Kant, en cambio, el objeto y la cosa en sí, difieren absolutamente. Pues, el objeto es un
pensamiento producido por el sujeto, y la “cosa en sí” es una realidad externa al hombre a la cual no se puede
acceder.
Aclaremos un poco más cómo se da este proceso y en qué consisten estos moldes vacíos. Según Kant, en el proceso
del conocimiento intervienen dos facultades: la sensibilidad y el entendimiento, que contienen representaciones:
intuiciones y conceptos. La sensibilidad representa el aspecto pasivo del conocer: en ella están las intuiciones, que
reciben las sensaciones dadas por la cosa en sí, que se encuentra en el exterior. Estas sensaciones son recibidas, en
primer lugar, por las intuiciones puras (a priori), que serían los primeros tipos de moldes que tiene el sujeto. Estas
intuiciones puras son dos:
Espacio.
Tiempo.
Es decir que el espacio y el tiempo no están en la realidad, sino que el sujeto ordena las sensaciones
espaciotemporalmente para poder comprenderlas. También existen intuiciones empíricas: estas no son a priori, sino
que dependen de la experiencia: son las sensaciones causadas por la cosa en sí (lo que Hume llamaba impresiones de
sensación).
Por otra parte, en el entendimiento representa el aspecto activo del conocimiento. Así como en la sensibilidad residen
las intuiciones, en el entendimiento hay conceptos. Y estos también pueden ser puros o empíricos. Los conceptos
puros (a priori), son el otro tipo de moldes (además del espacio y el tiempo), que permiten no sólo recibir las
sensaciones, sino terminar de darles forma. De este modo, con las formas puras espacio-tiempo el sujeto conforma
los fenómenos, y con las formas puras del entendimiento (conceptos puros) puede pensar los fenómenos y armar las
proposiciones a las que Kant llama juicios.
En este video se puede ver brevemente una sencilla explicación del idealismo de Kant que parte de un ejemplo
cotidiano, lo que permite ver los alcances de la teoría en nuestra vida diaria.
Lección 4 de 9
Cierre de la unidad
Hablamos de “conocer” porque este es el modo de acceder a la realidad que nos rodea, es decir, nuestro mundo.
Hasta ese momento, todos los pensadores habían sido realistas, porque creían que los seres humanos conocíamos la
realidad tal cual era. Kant rompe con esta creencia. Sostiene que el hombre para conocer, por un lado, necesita de lo
que le muestran los sentidos —que de por sí son limitados, porque no pueden percibir todo—, pero por otro lado,
viene dotado de una estructura racional que ordena, a su manera, el material que proveen los sentidos. Así se produce
una representación de lo real a la que Kant denomina “fenómeno” y es a lo único que podemos acceder.
Ahora bien, el fenómeno es una representación humana mediada por los sentidos limitados y la razón ordenadora, es
decir, poco tiene que ver con cómo es la realidad en sí misma. De aquí que no conocemos la realidad, sino que
construimos la realidad. En otras palabras, el mundo humano es una construcción humana que poco tiene que ver con
la realidad en sí misma.
Conclusión
La teoría gnoseológica kantiana marca alguno de los hitos más importantes de la filosofía de Occidente. La ruptura
con el realismo deja claro, por un lado, los límites del conocimiento humano y la división absoluta entre el sujeto y la
naturaleza, pero, por otro lado, le da un lugar se supremacía al hombre frente al mundo hasta ese momento
desconocido.
Hemos visto a lo largo de la unidad algunos de los aspectos básicos del profundo análisis que realiza Kant de las
condiciones de posibilidad de conocimiento para el sujeto. Esta forma de relación del hombre con el mundo, es decir,
esta relación del sujeto que conoce con su objeto de conocimiento está en las bases de las diversas ciencias
occidentales, y en muchas de las demás formas de vida occidentales.
Bibliografía
de referencia
–
García Morente, Manuel (1980). Lecciones preliminares de filosofía. México D.F., México: Porrúa.
Kant, Manuel (2018). Crítica de la razón pura. México D.F., México: Porrúa.
de lectura obligatoria
–
Carpio, A.(2004) Carpio, Adolfo (2004); Principios de Filosofía, Buenos Aires, Argentina, Editorial Glauco.
Capítulo X. PP. 227-237 y 244-247.
Como, M. (2010); Fundamentos de la filosofía Occidental; Buenos Aires, Argentina; Leuka 2010. Capítulo V.
PP. 101-109.
Lección 5 de 9
Introducción a la unidad
Contenidos de la unidad
2 El imperativo categórico.
En esta unidad veremos los aspectos fundamentales de la ética kantiana. Entendemos por ética a la rama de la
filosofía que se ocupa de la reflexión acerca de los valores morales. En este caso, Kant plantea una moral rigurosa
sostenida en el control y resistencia que puede lograr la razón humana para controlar las pasiones o inclinaciones.
Según nuestro pensador, el hombre es un ciudadano de dos mundos, es, por un lado, un ser natural, dotado de un
cuerpo con las mismas necesidades e inclinaciones que todos los demás seres de la naturaleza; pero, por el otro lado,
el ser humano está dotado de una conciencia moral que marca la presencia del absoluto en su alma. El hombre es un
ser racional, y entre una de las manifestaciones más importantes de la razón está la buena voluntad, sostenida en la
conciencia moral. Evidentemente estas dos naturalezas entran en conflicto dentro del ser humano, en el marco de esta
disputa entre razón e inclinaciones, se dirime el accionar moral del hombre.
Tengan en cuanta, a la hora de estudiar el módulo, la disputa que está presente en toda persona a la hora de decidir
cómo debe actuar.
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Lección 6 de 9
La buena voluntad
Un aspecto importante de la ética de Kant es que, de alguna manera, viene a solucionar un problema de su
concepción gnoseológica. Como hemos visto en la unidad anterior, desde el idealismo trascendental no es posible
tener conocimiento de la realidad tal cual es (es decir, de algo absoluto) sino que todo conocimiento es siempre sobre
fenómenos (o sea, todo conocimiento es relativo al sujeto). Lo que mantiene la objetividad del conocimiento es que
todos los sujetos moldeamos al fenómeno de la misma manera, ya que tenemos las mismas intuiciones y conceptos a
priori.
Sin embargo, desde la ética sí sería posible entrar en contacto con algo absoluto. Como afirma Carpio:
La conciencia moral es absoluta porque ella es la conciencia del deber, de lo que se debe hacer. Y el deber es
universal: no hace referencia a lo que conviene hacer en determinado caso particular (por ejemplo: “conviene hacerse
amigo de tal persona para que me ayude a solucionar tal problema”), sino a lo que se debe hacer en todos los casos,
sin excepción (por ejemplo: “se debe decir siempre la verdad”).
Ahora bien, que todos tengamos de manera absoluta y universal la conciencia de lo que se debe hacer, no quiere decir
que siempre sigamos esta conciencia moral. Como seres humanos que somos, podemos elegir seguirla o no. Aquí
Kant hace una diferencia entre el reino de la naturaleza y la condición humana.
El deber
Como veníamos diciendo, la voluntad es siempre buena. Es más, es lo único que es absolutamente bueno. Otras
cosas, como la inteligencia, por ejemplo, no son absolutamente buenas, ya que pueden ser utilizadas para el bien o
para el mal. La buena voluntad, por el contrario, es buena de manera absoluta. Como afirma Kant:
Y más
Los tipos de actos, según su relación entre el deber y las inclinaciones, pueden clasificarse de la siguiente manera.
Veamos un ejemplo de cada uno, tal como aparecen en Carpio:
Supóngase (…) que alguien se está ahogando, y que dispongo de todos los medios para salvarlo; pero se trata de
una persona a quien debo dinero, y entonces dejo que se ahogue. Está claro que se trata de un acto moralmente
malo, contrario al deber, porque el deber mandaba salvarlo. El motivo que me ha llevado a obrar -a abstenerme
de cualquier acto que pudiera salvar a quien se ahogaba- es evitar pagar lo que debo: he obrado por inclinación, y
la inclinación es aquí mi deseo de no desprenderme del dinero, es mi avaricia.
Ahora el que se está ahogando en el río es una persona que me debe dinero a mí, y sé que si muere nunca podré
recuperar ese dinero; entonces me arrojo al agua y lo salvo. En este caso, mi acto coincide con lo que manda el
deber, y por eso decimos que se trata de un acto “de acuerdo” con el deber. Pero se trata de un acto realizado por
inclinación, porque lo que me ha llevado a efectuarlo es mi deseo de recuperar el dinero que se me debe. Esa
inclinación, además, es mediata, porque no tengo tendencia espontánea a salvar a esa persona, sino que la salvo
sólo porque el acto de salvarla es un “medio” para recuperar el dinero que me debe. Por tanto no puede decirse
que este acto sea moralmente malo, pero tampoco que sea bueno; propiamente es neutro desde el punto de vista
ético, es decir, ni bueno ni malo.
Supóngase que ahora quien se está ahogando y trato de salvar es alguien a quien amo. Se trata, evidentemente, de
un acto que coincide con lo que el deber manda, es un acto “de acuerdo” con el deber. Pero como lo que me lleva
a ejecutarlo es el amor, el acto está hecho por inclinación, que aquí es una inclinación inmediata, porque es
directamente esa persona como tal (no como medio) lo que deseo salvar. Según Kant, también éste es un acto
moralmente neutro.
Quien ahora se está ahogando es alguien a quien no conozco en absoluto, ni me debe dinero, ni lo amo, y mi
inclinación es la de no molestarme por un desconocido; o, peor aún, imagínese que se trata de un aborrecido
enemigo y que mi inclinación es la de desear su muerte. Sin embargo el deber me dice que debo salvarlo, como a
cualquier ser humano, y entonces doblego mi inclinación, y con repugnancia inclusive, pero por deber, me
esfuerzo por salvarlo. (Carpio,2004, p. 281-282)
Según Kant, el único acto moralmente bueno es el que se realiza exclusivamente por deber, sin que medie ningún
tipo de inclinación.
Lección 7 de 9
Según lo que hemos visto en el punto anterior, el valor moral de la acción no reside en su resultado, sino en el
principio por el cual se la realiza. A este principio Kant lo llama la máxima de la acción, es decir, la razón que me
lleva a obrar de cierta forma. En esto consiste el imperativo categórico, que Kant presenta en tres formulaciones:
La primera es: “Obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal”.
(Kant, 2015, p.70). Esto significa que en cada acto que realizamos, debemos hacer de acuerdo a cómo pensamos que
deberían actuar todas las personas que estuvieran en nuestra misma situación. Es decir que nuestro acto nunca debe
ser una excepción, no debemos buscar justificativos para nuestras acciones.
Esta fórmula, que puede parecer muy abstracta, coincide en el fondo con
la siguiente: “no nos convirtamos jamás en excepciones”; con lo cual se
quiere significar que lo decisivo para determinar el valor moral del acto
es saber si la máxima de mi acción (aquello por lo que obro) es
meramente un principio sobre la base del cual yo - circunstancialmente-
decido obrar, o bien es una máxima que al mismo tiempo la consideramos
válida para cualquier otra persona.
La segunda formulación del imperativo categórico que da Kant es muy similar a la primera, y no agrega demasiado a
lo ya visto: “obra como si la máxima de tu acción debiera tornarse, por la voluntad, ley universal de la naturaleza”.
(Kant, 2015, p.70).
Pero es en la tercera formulación donde aparece una novedad. Pero para presentarla primero debemos hacer una
diferenciación entre medios y fines:
Toda acción humana se orienta hacia un fin, es decir, hacia una meta u
objetivo que se quiere lograr. Y para conseguirlo, se hace uso de diferentes
medios.
Por ejemplo, si mi fin es irme de vacaciones el próximo verano, un medio para conseguirlo puede ser ahorrar dinero
trabajando. Ahora bien, según Kant hay dos tipos de fines: Hay fines que son subjetivos, relativos y condicionados.
Estos son los que se refieren a las inclinaciones que tenemos y sobre ellos se fundan los imperativos hipotéticos. Los
imperativos hipotéticos se formulan para llegar a alguno de estos fines subjetivos, como en el ejemplo dado
anteriormente: “Si quiero irme de vacaciones (fin), debo ahorrar dinero (medio)”.
Existen otro tipo de fines que son objetivos, absolutos e incondicionados. Y sobre estos se funda el imperativo
categórico. Son fines absolutamente buenos (no buenos para tal o cual cosa). Ahora bien, como dijimos más arriba,
lo único absolutamente bueno es la buena voluntad. Y como ésta solamente se encuentra en los seres humanos,
afirma Kant que el ser humano es un fin en sí mismo.
Es decir que un acto es moralmente malo cuando a una persona se la considera meramente como un medio o
instrumento para conseguir algo, en lugar de como un fin en sí mismo. La prostitución y la esclavitud son ejemplos
de estos actos.
Ahora bien, como dijimos más arriba, en el reino de la naturaleza rige el determinismo: si una roca se desprende de
una montaña y causa la muerte de una persona, a nadie se le ocurriría decir que la roca actuó moralmente mal: sin
elección no hay moralidad en los actos. Ahora bien, si el ser humano también estuviera determinado, entonces la
conciencia moral carecería de sentido. Pero, según Kant, la conciencia moral es un hecho indisputable de la razón.
Como explica Carpio:
Es decir que es preciso postular que somos libres, para poder comprender el hecho de la conciencia moral: si bien no
podemos conocer la libertad, sí podemos pensarla, ya que los seres humanos somos capaces de actuar iniciando
nuevas cadenas causales, sin estar determinados a hacerlo. No obstante, si bien una acción surge libremente de
nosotros, luego tendrá sus consecuencias en el mundo natural determinista. Por ejemplo, puedo elegir libremente
darle a una persona enferma un medicamento. El efecto que éste le haga dependerá de las cadenas causales del reino
natural.
Por lo tanto, la libertad, según Kant, es un supuesto necesario para pensar el hecho de la conciencia moral. Y es el
único contacto con algo absoluto, nouménico (es decir, no fenoménico), contacto que no había sido posible desde su
posición gnoseológica, pero sí desde su ética.
Es una breve clase dada por el filósofo español Fernando Savater en la que explica de un modo muy didáctico el
concepto de “imperativo categórico” que es el precepto fundamental de la moral de Kant. Este concepto está tratado
a lo largo de esta unidad.
Fjjriosja, (2012) La aventura del pensamiento. Kant, imperativo categórico. Recuperado de: [Link]
v=gGEUQtc9zHc
Lección 8 de 9
Cierre de la unidad
La ética kantiana está sostenida en la intencionalidad de los actos humanos. Cabe aclarar que entendemos por ética a
la reflexión filosófica acerca de la moral, es decir, acercad e los que debemos o no debemos hacer. Kant postula una
ética rigurosa, según la cual lo que cuenta de los hechos es la intención con la que los realizamos. Esta postura se
sostiene con la buena voluntad.
La buena voluntad es la intención racional y consciente de obrar bien. Los seres humanos somos seres racionales que
tenemos conciencia moral, es decir, tenemos la tendencia a obrar bien. Pero no somos seres puramente racionales,
también estamos inclinados a obrar por deseos o conveniencias. Evidentemente ambas partes entran en disputa y es
donde aparece la necesidad de derrotar las inclinaciones y cumplir con el deber. Los actos verdaderamente morales
serán aquellos en lo que cumplo con el deber a pesar de que no lo desee y no me convenga.
Conclusión
Hemos visto hasta aquí el desarrollo de la ética kantiana, cuyo sentido fundamental es la valoración de los actos que
realizan las personas a partir de las intenciones que motivan esos actos. Es por ello que, para Kant, el motor principal
de la moral humana es la buena voluntad, que no es otra cosa que el querer racionalmente hacer el bien en contra de
toda conveniencia y deseo personal. El imperativo categórico es la manifestación fundamental de la racionalidad
moral y es el precepto fundamental que deben seguir los hombres que estén impulsador por la buena voluntad a
cumplir con el deber.
Bibliografía
de referencia
–
García Morente, Manuel (1980). Lecciones preliminares de filosofía. México D.F., México: Porrúa.
Kant, Immanuel (2015). Fundamentación de la metafísica de las costumbres. Buenos Aires, Argentina:
Losada.
de lectura obligatoria
–
Carpio, Adolfo (2004); Principios de Filosofía, Buenos Aires, Argentina, Editorial Glauco. Capítulo X. PP.
278-286.
Lección 9 de 9
[Link]
17.3 MB