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Adaptación de Peter Pan y Actividades

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Peter Pan

J. M. Barrie
Adaptacion de Agustin Sanchez Aguilar

CUC

llustraciones de Robert Ingpen


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in 2024

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WESTMINSTER PUBLIC LIBRARY

3 3020 01099 2369

CH
Peter Pan

pees, Westminst Publig-tltgr,


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/ | \Westmirster, CO |
www, westminsterlibrary. org
Colecci6n dirigida por

Francisco Anton
James M. Barrie

Peter Pan
Adaptacion y actividades
Agustin Sanchez Aguilar

llustraciones

Robert Ingpen

Vicens Vives
Primera edicion, 2011
Reimpresiones, 2013, 2014, 2016, 2017
Quinta reimpresion, 2018

Depésito Legal: B. 25.263-2011


ISBN: 978-84-682-0097-2
Ne. de Orden V.V.: MH58

© AGUSTIN SANCHEZ AGUILAR


Sobre la adaptacion y las actividades.
© 2005 ROBERT INGPEN
by permission of Palazzo Editions Ltd
Sobre las ilustraciones.
© EDITORIAL VICENS VIVES, S.A.
Sobre la presente edicion segutin el art. 8 del Real Decreto Legislativo 1/1996.

Las ilustraciones de Robert Ingpen han sido publicadas por la editorial Palazzo en inglés y por la editorial Blume
en castellano. La presente edicién recoge una parte sustancial de las ilustraciones realizadas por el artista australiano,
pero prescinde de algunas de ellas. El lector curioso que quiera conocerlas todas, puede consultar la edicion
en cartoné de la editorial Blume.

Obra protegida por el RDL 1/1996, de 12 de abril, por el que se aprueba el Texto Refundido
de la Ley de Propiedad Intelectual y por la normativa vigente que lo modifica. Prohibida la
reproduccion total o parcial por cualquier medio, incluidos los sistemas electrénicos de
almacenaje, de reproduccion, asi como el tratamiento informatico. Reservado a favor del Edi-
tor el derecho de préstamo publico, alquiler o cualquier otra forma de cesi6n
de uso de este ejemplar.

IMPRESO EN ESPANA. PRINTED IN SPAIN.


Indice

Todos menos uno 9

El misterio de las hojas u

Una ventana abierta 16

La sombra de Peter Pan 19

jHas hecho trampa! Dp)

El regreso de Peter Pan 30

3No sabes lo que es un beso? 33

El Pais de Nunca Jamas 48

El capitan Garfio 55

El pajaro Wendy 65

Salvada por un beso 68

Una casa a medida 74

Calcetines rotos 79

La Roca de los Abandonados 84

La muerte anda cerca 98

El] juego se termina 101

FLL
a a TE A ED
LLL DLS ES TSN ERT NSOE

La despedida 108

E] tam-tam 113

Quiero estar solo 118

La venganza 122

3Creéis en las hadas? 125

Tic-tac 130

O Garfio 0 yo 138

Vida de perro 150

Tristeza 153

Las madres tontas 155

El regreso 158

El beso mas dulce 161

Esperando la primavera 165

Y Wendy creci6 168

Actividades 175
Peter Pan
Todos menos uno

Todos los nifios crecen, todos menos uno. Pues en una isla lejana,
apartada de los caminos que recorren los hombres, vive un nifio
que jamas se hara mayor. Se llama Peter Pan, y es una criatura
alegre y soniadora que adora el juego y vuela lo mismo que los
pajaros. Durante el dia, Peter Pan permanece en el Pais de Nunca
Jamas, una isla magica dorada por el sol donde los piratas entie-
rran sus tesoros debajo de las palmeras y las sirenas se peinan a
orillas del mar. En cambio, cuando cae la noche y las estrellas
empiezan a tiritar en el cielo, Peter Pan viaja a nuestro mundo y
entra en secreto en el cuarto de los nifos. Le encanta rebuscar en
el cajén de los juguetes y derribar con el dedo a los soldados de
plomo y sentarse al pie de las camas a tocar su alegre caramillo de
pastor.! Cuando la muerte, que es tan injusta, decide quitarle la
vida a un nifio, es Peter Pan quien lo toma de la mano y lo acom-
pana hasta el cielo para que no se asuste.
Hubo un tiempo en que Peter Pan visitaba a menudo el hogar
de los Darling. Los Darling vivian en una casa de tres plantas, en
el numero 14 de una de las calles mas distinguidas de Londres. La
senora Darling era una mujer encantadora, de imaginacion viva
y corazon tierno. Tenia una mirada dulce y tranquila, y una boca

1 caramillo: flauta que suelen tocar los pastores.


PETER PAN

burlona en la que guardaba el beso mas dulce del


mundo. Su marido, en cambio, era un hombre
muy serio que se daba muchisima importan-
cia. Siempre estaba pensando en el dinero, y
hablaba con auténtico entusiasmo de esos gran-
des negocios que hacen los bancos con nume-
ros de diez y doce cifras. Por las tardes, cuando
volvia de la oficina, se pasaba horas enteras sen-
tado en el salon, echando cuentas en un viejo cuaderno.
Un dia, al poco de casarse, el senor Darling le dijo a su esposa:
—Lo he estado pensando, querida, y me parece que no debe-
mos tener hijos. ;Cuesta tanto dinero criarlos...! Piensa que un
sarampion sale por unos quince chelines, y unas paperas por
treinta. ;Y eso sin contar el dineral que valen los jarabes para la
tos!
Al final, los Darling tuvieron tres hijos: una nifa y dos ninos.
Wendy, la mayor, era un encanto. Un dia, al poco de cumplir los
dos afios, arranco una flor del parque y corri6 a regalarsela a su
madre. Fue un detalle tan hermoso que la senora Darling estuvo
a punto de echarse a llorar.
—Ay, Wendy —dijo—, ;por qué tendran que crecer los nifos?
jSeria tan bonito que te quedaras asi para siempre...!
Aquel dia, Wendy comprendio que su destino era hacerse ma-
yor. Es algo que todos descubrimos a los dos anos: los dos anos
son el principio del fin. De pronto, cuando menos lo esperamos,
la vocecita que llevamos por dentro nos anuncia que la infancia
ha de pasar veloz como un suspiro y que un dia se ira para no
volver nunca. Porque todos los nifios crecen. Todos menos uno.

10
El misterio de las hojas

Una noche, cuando Wendy andaba por los once afios, la sefiora
Darling se puso a arreglar la imaginacién de sus hijos. Es algo
que hacen todas las madres mientras los nifios duermen, y se pa-
rece mucho a arreglar la ropa de un armario. Las madres ordenan
lo que sus niNos han amontonado en la imaginacién durante el
dia, y alli encuentran de todo: bandadas de flamencos y cabanas
de indios, barcos piratas que cruzan el océano, palacios orientales
que se miran en el agua de un lago, un principe que suspira por
amor, una viejecita de nariz ganchuda, la peonza que gira y los
deberes de la escuela, el pastel de chocolate y los tirantes azules...
Las madres entierran las cosas feas en lo mas hondo de la imagi-
nacién de sus hijos, y dejan a mano lo mas dulce, esas fabulacio-
nes suaves como el plumaje de un cisne.
Aquella noche, la senora Darling encontr6 en la imaginacion
de sus hijos el nombre de Peter Pan. «;Quién sera?», se pregunto.
La verdad es que se olvidé enseguida del asunto: tenia tantas co-
sas en qué pensar... Sin embargo, dias después volvio a recordar-
lo cuando sucedié aquel extrafio asunto de las hojas. Era por la
maniana, y la sefiora Darling acababa de entrar en el cuarto de sus
hijos para despertarlos. Entonces, descubrio al pie de la ventana
unas hojas de arbol y se acercé a examinarlas. «j;Qué raro!», pen-
s6, «en Inglaterra no hay ningun arbol que tenga unas hojas asi».

il
PETER PAN

Cuando le pregunté a Wendy de donde habian salido aquellas


hojas, la nifia respondio con su encantadora sonrisa:
—Supongo que las ha traido Peter Pan.
La sefiora Darling arque6 las cejas, muy sorprendida.
—;Me estas diciendo que alguien ha entrado en vuestro cuar-
to? —pregunto.
—Si, un nifio que se llama Peter Pan. Viene muchas noches.
—;Y a qué viene?
—Se sienta a los pies de mi cama y toca su caramillo para mi.
Pero el pobre pierde el tiempo, porque yo nunca me despierto.
—Entonces, ;cémo sabes que ha venido?
—Lo sé, eso es todo.
—;Y cémo entra en vuestro cuarto?
—Por la ventana, claro.
—;Por la ventana? —dijo la sefiora Darling—. ;Pero si estamos
en un tercer piso, carifio...! ;Cémo va a llegar hasta aqui arriba?

14
EL MISTERIO DE LAS HOJAS

—No lo sé, mami. Lo unico que sé es que pasa un rato aqui y


luego se va.
—Pues a mi me parece que todo lo que me estas contando no
es mas que un sueno que has tenido...
— Ah, si? 3Y entonces de dénde han salido esas hojas?
La senora Darling se qued6 pensativa. Wendy tenia razon: tal
vez Peter Pan no existia, pero las hojas estaban alli, al pie de la
ventana... Y ademas Wendy hablaba de Peter Pan de un modo
tan convincente como si aquel nifio fuese una persona real.
—Wendy, querida —dijo la sefora Darling—, ;por qué nunca
me habias hablado de Peter Pan?
Wendy se encogid de hombros.
—Se me olvidé, mami —fue todo lo que dijo.
De pronto, a la sefora Darling el corazon le dio un salto en el
pecho. ;Y si Peter Pan estaba todavia en el cuarto, escondido en
algun rincon? Alumbrandose con una vela, lo buscé bajo la cama,
tras el armario y en el canon de la chimenea, pero no lo encon-
tré. Mas tarde, se asom6 a la ventana y comprobo que habia por
lo menos diez metros hasta la calle. Era imposible que nadie su-
biera hasta alli arriba. jSi ni siquiera habia una caneria por la que
trepar...! Estaba claro que Wendy lo habia sonado todo. Peter
Pan no existia y, si existia, no podia haber entrado en el cuarto de
los nifios. Eso es lo que se dijo la seflora Darling para librarse de
sus miedos. Pero esta claro que se equivocd, porque a la noche si-
guiente ocurrié un suceso que le hizo comprender que en esta vi-
da no hay nada imposible.

15
Una ventana abierta

En la calle donde vivian los Darling, todas las familias tenian ni-
fiera. Los Darling también querian una, para no ser menos que
sus vecinos. Pero pronto comprendieron que no podian permi-
tirsela. ;De donde iban a sacar el dinero para pagar a una nifera
sia duras penas llegaban a fin de mes? Asi estaban las cosas el dia
en que la sefiora Darling se encontr6 en el parque a una perra de
Terranova.' Era un animal fuerte, bonachon y tranquilo: el perro
ideal. A la sehora Darling le gust6 tanto que decidio llevarselo a
casa, y desde aquel dia la perra fue la nifera de Wendy, Juan y
Miguel. La llamaron Nana, y le colocaron la caseta en el mismo
cuarto de los nifos.
Nana era una auténtica joya. Adoraba a los chicos, los llevaba
al colegio y al parque, los bafaba, les alisaba el pelo, los acostaba
a la hora justa y estaba pendiente de si tosian 0 les salian granos,
para avisar a la sefiora Darling en caso de que alguno de los nifios
cayera enfermo. Cuando iban por la calle, Nana obligaba a los
tres hermanos a caminar en hilera, y cuando el dia amanecia nu-
blado, se atravesaba el paraguas en la boca por si rompia a llover.
Los ninos adoraban a Nana y la obedecian en todo. En cambio,

1 El Terranova es un perro parecido al San Bernardo. Destaca por su gran ta-


mano y su fuerza, y es valiente y astuto, excelente vigilante y muy buen nada-
dor, por lo que ha sido usado con frecuencia en el rescate de naufragos.

16
UNA VENTANA ABIERTA

las otras niferas del barrio, las que tenian cara de persona y ca-
minaban sobre dos piernas, la miraban con desprecio.
—jBah! —decian—. No es mas que un bicho.
La noche en que todo sucedid, Nana libraba, asi que fue la
propia senora Darling quien se encarg6é de meter a los nifos en la
cama. Cuando se acercé a Wendy para darle las buenas noches, la
nifia trat6 de arrancarle aquel beso tan dulce que la sefiora Dar-
ling guardaba junto al labio, en el lado derecho de la boca, pero
no logr6 atraparlo. Aunque estaba alli, bien visible, era inalcanza-
ble como un beso sofiado. Luego, la sefiora Darling se sent6 a co-
ser en el sillé6n del cuarto mientras canturreaba una cancién de
cuna. Wendy y sus hermanos se durmieron enseguida, y lo mis-

17
PETER PAN

mo le paso a la propia sefiora Darling, que entré en el reino de


los suefios nada mas dar la tercera puntada.*
La noche era tranquila, y en el cielo reinaba una paz profunda.
La sefora Darling sono con una isla perdida en la niebla, de pla-
yas luminosas y altas palmeras. Habia un barco pirata anclado en
la costa y un campamento de indios al pie de una
montafia, y por el cielo, de un azul radiante,
volaba un nifio de amplia sonrisa. El suefio era
tan hermoso que la senora Darling habria que-
rido dormir para siempre. Pero de pronto la
ventana del cuarto se abrid, como si un viento
furioso la hubiese empujado, y la senora Darling
Bal despert6. Entonces, encontr6 justo delante de sus
ojos al nifio con el que acababa de sonar. Tendria unos once o
doce afios, y llevaba puesto un traje precioso hecho de hojas de
arbol, y su mirada concentraba toda la picardia y toda la astucia
de quienes se resisten a crecer. El nino abrio la mano y dejo esca-
par una especie de estrella dorada que empezo a volar por la ha-
bitacion a toda velocidad, como una mariposa enloquecida. La
senora Darling se levanto, asustada, y solo entonces se dio cuenta
de que no estaba sonando. Comprendioé que aquel nifo era Peter
Pan, y que habia entrado por la ventana, tal y como decia Wendy.
Estaba tan cerca que la sefora Darling no tenia mas que ade-
lantar el brazo para tocarlo con sus propios dedos.

2 puntada: cada uno de los agujeros que se hacen en la tela al coser.

18
La sombra de Peter Pan

Cuando Peter Pan vio a la sefiora Darling, hizo un gesto de fasti-


dio: no se esperaba que hubiese un adulto en el cuarto. La sefiora
Darling, por su parte, lanz6 un grito de espanto que resoné en
toda la casa. Nana, que dormia en el piso de abajo, despert6é de
golpe y corrio al cuarto de los nifos dando grandes ladridos. Na-
da mas abrir la puerta, vio a Peter Pan, y corri6 hacia él, grufien-
do como un lobo en pleno ataque. El nifo comprendio que le
convenia desaparecer, y salt6 por la ventana sin pensarselo dos
veces. Entonces, la senora Darling se quedo tan palida como la
misma muerte.
—jSe ha matado! —grit6—. jEse nino se ha matado!
En aquel momento, su mente era un torbellino. La sefiora
Darling bajo la escalera de la casa a todo correr, desesperada, y
cuando salié a la calle, se llevé la mayor sorpresa de su vida. No
podia creerlo, pero Peter Pan no estaba al pie de la ventana. Lo
primero que se le ocurri6 fue que alguien lo habia visto y se lo
habia llevado al hospital, pero ;cdmo podia haber sido tan rapido,
si ella no habia tardado mas de quince segundos en bajar desde la
tercera planta? Luego le dio por pensar si no estaria volviéndose
loca. Se esforz6 en recobrar la calma, pero antes de conseguirlo,
se le ocurrié una idea inquietante: ;y si Peter Pan habia regresado
al cuarto? Entonces, la sefiora Darling corrié de nuevo a la habi-

19
PETER PAN

tacion de los nifios, agarrandose al pasamanos de la escalera para


llegar lo antes posible. Cuando por fin lleg6 al cuarto, el coraz6n
parecia a punto de salirsele por la boca. Por fortuna, Peter Pan no
estaba alli. Lo buscé en el armario y bajo la cama, tras el sillon y
en la chimenea, pero no lo encontr6. Luego, agotada por los ner-
vios, se dejé caer en la mecedora, y entonces vio que Nana lleva-
ba algo en la boca: era una especie de mancha negra que tenia el
tamafio de un nifio. La sefora Darling comprendi6 que se trata-
ba de la sombra de Peter Pan. Al ver que el nifio escapaba, Nana
habia cerrado de golpe la ventana del cuarto, y la sombra de Peter
habia quedado atrapada bajo el marco de madera. La senora Dar-
ling examino la sombra: era, ciertamente, de lo mas normalita.
Tampoco a Nana le pareci6 gran cosa, asi que abrio la ventana y
la colg6 en el exterior de la casa.
—j Buena idea! —dijo la sehora Darling—. Asi, si Peter Pan
vuelve, no tendra que entrar en el cuarto para recoger su sombra.
Claro que, bien pensado, es mejor guardarla dentro. Si no, los ve-
cinos pensaran que es un vestido que hemos puesto a secar, y
vendran a quejarse. Diran que rebajamos la categoria del ba-
rrio... La verdad es que no sé dénde poner esa dichosa sombra.
Lo mejor sera preguntarle a Jorge...
La sehora Darling fue, en efecto, en busca de su marido, que
estaba haciendo cuentas en el comedor. Pero lo vio tan atareado
que no se atrevid a molestarlo. «Mejor le pregunto manana», se
dijo. Entonces, volvio al cuarto de los nifios, guardé la sombra en
un cajon, bien dobladita, y se senté a descansar en su mecedora
como si nada hubiera pasado. La desgracia andaba muy cerca,
pero la senora Darling atin no lo sabia.

20
=
{Has hecho trampa!

Fue un viernes, un viernes triste que los Darling no olvidarian ja-


mas. Faltaba poco para la Navidad, y una nieve primeriza blan-
queaba las calles. Se habia hecho de noche, y la os-
curidad intentaba colarse en la casa feliz de los
Darling. A eso de las ocho, Nana se echo a
Miguel a cuestas para llevarlo a la bafiera.
—jNo, Nana, por favor, no me
bafies todavia! —empezo a gritar el
nino—. ;Déjame jugar un poco mas 0 no im
volveré a quererte! %%
—jVenga, Miguel, no protestes tanto! err la senora Dar-
ling, que acababa de entrar en la habitaci6n—. Si Nana dice que
es hora de banarse, es que es hora de banarse.
La senora Darling se habia puesto su mejor vestido, y estaba
bellisima. Aquella noche, los Darling tenian una cena muy im-
portante fuera de casa, y el senor Darling estaba hecho un flan.!
Cuando entr6 en el cuarto de los nifios, peleaba por hacerse el
nudo de la corbata.
—jEsta corbata me tiene mania! —bramaba—. jLa muy estt-
pida no quiere anudarse alrededor de mi cuello! jEsto es un de-

1 estar hecho un flan: estar muy nervioso.

Ded,
{HAS HECHO TRAMPA!

sastre, un absoluto desastre! jEs peor que un terremoto, que un


incendio, que una epidemia!
—Venga, Jorge, no exageres —dijo la sefiora Darling con mag-
nifica serenidad.
— Que no exagere? ;Sabes lo que nos jugamos en la cena de
esta noche? Mi jefe estara alli, espiandome. Si quedamos bien, es
probable que me nombre director de la oficina. Pero si no consi-
go hacerme el nudo de la corbata, no podremos ir a cenar, y si no
vamos a cenar, no podré volver a la oficina, y si no vuelvo a la ofi-
cina, nos moriremos de hambre...
—Tranquilizate, carifio, y ven aqui, que yo te ayudaré.
La senora Darling acercé sus manos, tan delicadas, al cuello de
su esposo, y le hizo el nudo de la corbata con pasmosa facilidad.
Asi era la sefiora Darling: en sus manos, todo parecia sencillo. Al
ver que su problema se habia solucionado, el senor Darling se
puso tan contento que se eché al pequeno Miguel sobre los hom-
bros y empezo a bailar por toda la habitacién con el nino a caba-
llo. Pero luego comprendioé que podian llegar tarde a la cena y
solté a Miguel de golpe.
—jNo perdamos tiempo! —dijo.
Entonces, salié del cuarto a todo correr. Estaba tan concentra-
do en sus pensamientos que ni siquiera se dio cuenta de que Na-
na se hallaba a medio camino. El senor Darling se enred6 en una
de las patas de la perra, tropez6 y estuvo a punto de rodar por el
suelo. Hecho una furia, comenz6 a gritar:
— Dios mio, la perra acaba de llenarme los pantalones de pe-
los! ;Y son los mejores que tengo!
—No te preocupes, carifio, que yo te los cepillaré —dijo la se-
fora Darling.

23
PETER PAN

—j Me parece que ya va siendo hora de que nos deshagamos


de este dichoso animal!
—;Deshacernos de Nana? Supongo que estas de broma...
—Hablo muy en serio. ;Acaso te parece normal tener una pe-
rra como nifiera? jTrata a los nifios como si fueran mufecos!
—Pero, Jorge, si Nana es un tesoro... No conozco a nadie que
cuide mejor a los nifios. Cuando estan con Nana, me siento tran-
quila. Por cierto, hace dias que quiero contarte una cosa...
Entonces, la sefiora Darling le explicd a su marido lo que le
habia pasado con Peter Pan. Incluso saco la sombra del cajén pa-
ra ensenarsela. El sefior Darling la examin6 con atencion y luego
dijo:
—Esta sombra no es de nadie que yo conozca. De todas for-
mas, no son mas que cosas de nifios...
—Supongo que si... —suspir6 la senora Darling.
En esto, Nana aparecié con un frasco en la boca.
— ;Ves como Nana es una joya? —dijo la senora Darling—.
jFijate, ahora le trae el jarabe a Miguel!
Miguel, por supuesto, empezo a berrear: detestaba el jarabe.
—Pero ;por qué gritas, Miguel? —dijo el senor Darling—. jNo
me digas que le tienes miedo a las medicinas...! Cuando yo era
pequefio, cada vez que mis padres me daban jarabe, les decia:
«Gracias, papas, por cuidar tanto de mi salud».
Nana dijo «guau» para darle a entender a Miguel que debia to-
marse el jarabe, y luego abandoné la habitacién.
—Si el jarabe es tan bueno, papi —dijo Miguel—, témate tu
también una cucharada.
El senor Darling se quedo blanco como la cal.
—Pero yo no estoy enfermo, hijo... —advirtid.

24
jHAS HECHO TRAMPA!

—jExcusas! Lo que pasa es que eres un cobarde, papa.


—Si, papa es un cobarde —intervino Juan, y se eché a reir.
—;Cobarde yo? No sabéis lo que estais diciendo, muchachos.
La senora Darling decidié mediar en la discusi6n.
—Puestc que sois tan valientes —dijo, mientras salia del cuar-
to—, lo mejor es que los dos os toméis el jarabe.
—jSi, si! —exclam6 Wendy, que se estaba poniendo el cami-
son.
El senor Darling lo penso un momento y luego dijo:
—Esta bien. Empieza tu, Miguel.
—jNo! —gruno el nino—. Tienes que tomartelo tt primero.
—;Por qué no os lo tomais los dos a la vez? —propuso Wendy.
—Me parece bien —acepto el se-
nor Darling—. ;Estas preparado, Mi-
guel?
Wendy llen6 dos vasitos y luego
dijo:
—jCuando cuente tres, os lo
bebéis! A la de una...
PETER PAN

—Estoy listo —dijo el sefior Darling, digno como un princi-


pe—. No soy nada miedoso.
—A la de dos...
—jHay que ser hombre, Miguel, hay que ser hombre! —insis-
tid el sefior Darling.
—Y ala detres...
Padre e hijo levantaron sus vasos. Miguel, lleno de asco, cerré
los ojos, pero se tragé la medicina. El sefor Darling, en cambio,
aproveché que su hijo no miraba para tirar el jarabe al suelo. Sin
embargo, Miguel abrié los ojos justo a tiempo y entonces rugid:
—jHas hecho trampa, papa! jHas tirado el jarabe al suelo!
—Es verdad —dijo Wendy—. jHas hecho trampa!
—jHay que jugar limpio, papa! —intervino Juan.
—He jugado limpio. Si el jarabe se ha caido, no es culpa mia.
Los tres nifos estaban muy enojados, y miraban a su padre
como si hubieran dejado de admirarlo. El senor Darling se puso
rabioso, pues no soportaba que sus hijos lo mirasen asi. Enton-
ces, no se le ocurri6 nada mejor que echar un chorro de jarabe en
el cuenco de Nana.
—jNo hagas eso, papa! —dijo Wendy.
—jCon lo buena que es Nana...! —se quejé Juan.
Pero el senor Darling no hizo caso.
—jQué divertido! —dijo, aunque sin mucha conviccidn.
Casi al instante, la perra volvi6 al cuarto.
—jVen aqui, Nana! —le orden6 el senor Darling—. Acabo de
ponerte un poco de leche en tu cuenco...
La pobre Nana cay6 en la trampa. De hecho, se puso muy con-
tenta al ver que su amo se preocupaba tanto por ella. Pero, en
cuanto lamid la supuesta leche, se dio cuenta del engafo, y en-

26
oT A DmoTmkR A Dal
ju AS HE CHO TRAMPA!

tonces se aparté de golpe del cuenco. Sus ojos reflejaron una hon-
da tristeza, y su gran lagrimal rojo se agrand6. Humillada y llena
de dolor, Nana se dio media vuelta y se refugid en su caseta.
— Por qué has hecho eso, papa? —dijo Wendy, y se levanté
para abrazar a la perra—. jCon lo bien que nos trata Nana...!
—Has sido malo, papi —le reproché Miguel.
— Por qué estais tan enfadados? —dijo la sefiora Darling, que
acababa de volver a la habitaci6n.
Cuando los nifos se lo contaron, la sefora Darling rifié a su
marido:
—jOh, Jorge! —le dijo—. ;Por qué tratas tan mal a Nana si sa-
bes que los nifios la adoran?
El seflor Darling estaba avergonzado, pero era demasiado or-
gulloso para pedir perdon. Y menos a una perra.
—jNo hay que ponerse asi! jSolo ha sido una broma! —grun6
mientras la sefiora Darling consolaba a sus hijos—. ;Queréis mas
a la perra que a mi...! jA ella no parais de mimarla y a mi, en
cambio, me tratais como a un perro!
—jNo grites tanto, Jorge, que alarmaras a los vecinos! —le ad-
virtié la sefiora Darling.
Al sefior Darling se lo llevaban los demonios. Como siempre,
se defendidé atacando.
—Desde ahora —dijo—, prohibo que la perra entre en esta
habitacion.
— No, papa! —protestaron los nifios, echandose a llorar.
Nana corrio hacia el sefior Darling para suplicarle, pero el se-
for Darling la oblig6 a retroceder.
—jTu sitio es el patio! —rugid—. Desde ahora, te quedaras
alli, atada con la cadena.

PY
PETER PAN

—Por favor, Jorge —murmuré6 la sefora Darling—, deja que


Nana se quede en el cuarto. Recuerda lo que te he contado sobre
Peter. Panes
Pero el sefior Darling no hizo caso. Queria demostrar quién
mandaba en aquella casa, de modo que sacé a Nana a rastras del
cuarto y la até en el patio. Luego, enfadado consigo mismo, se
senté en la escalera, y se puso a murmurar sin ton ni son.
—En esta casa nadie me valora... —decia—. Soy un cero a la
izquierda, no pinto nada... Me tratan como un pelele... Incluso
la perra es mas importante que yo...
Mientras tanto, la sefiora Darling habia metido a los nifos en
la cama y habia encendido las lamparillas del cuarto. Juan, que
oyo ladrar a Nana, empezo a sollozar.
—Papa la ha atado —dijo—. Por eso ladra.
—No es eso, Juan —aclar6 Wendy—. Nana ladra asi cuando
huele un peligro.
La sefiora Darling se volvio hacia su hija, angustiada.
—jUn peligro? —dijo—. ;Estas segura, Wendy?
—Desde luego que si.
La sefora Darling noto un escalofrio en la espalda. Se dirigié a
la ventana, la abrid y mir6 afuera. No parecia que hubiese ningtin
peligro, pero la senora Darling tuvo un extraho presentimiento.
Cuando cerré de nuevo la ventana, sus manos temblaban de in-
quietud. Era como si las estrellas le estuvieran diciendo desde el
cielo: «No te vayas. Cuida de tus hijos».
—jComo me gustaria quedarme en casa esta noche! —confes6.
—3Es que pasa algo? —dijo Miguel—. Mientras las lamparas
estén encendidas nadie puede hacernos dafio, ;verdad que no,
mami?

28
jHAS HECHO TRAMPA!

—No, hijo mio, por supuesto que no. Las lamparillas son los
ojos que dejan las madres para vigilar a sus hijos. Estaran encen-
didas toda la noche, asi que no debéis preocuparos.
Dicho esto, la sefiora Darling fue de cama en cama contando-
les a sus hijos cosas encantadoras. El pequefio Miguel se lanz6 a
darle un abrazo.
—jTe quiero mucho, mama! —le dijo.
—Y yo a ti —respondio la sefora Darling.
Cuando sali6é de la casa poco después, aquella madre entrega-
da no sabia lo mucho que iba a tardar en abrazar otra vez a sus
hijos.

29
El regreso de Peter Pan

Los Darling salieron de casa a las nueve en punto. Iban muy cer-
ca: al nimero 27 de su misma calle. Aun asi, les cost6 mucho lle-
gar, pues tuvieron que sortear la nieve para no mancharse los za-
patos. Las estrellas, silenciosas, los miraban desde el cielo. Sabian
que algo importante iba a ocurrir en casa de los Darling, y tirita-
ban de pura impaciencia.
En cuanto los Darling se fueron, las tres lamparillas que ilumi-
naban el cuarto de los nifos dieron un bostezo y se apagaron.
Justo entonces, surgié una luz nueva en la habitacion, mil veces
mas brillante que las lamparillas, y mil veces mas chiquitita. Ha-
bia que acercarse mucho para darse cuenta de que aquel punto
de luz era en realidad un hada, un hada diminuta que cabia en la
palma de una mano. Parecia una munequita. Tenia un cuerpo
gordezuelo y llevaba puesto un vestido precioso hecho con una
hoja de arbol. Cada vez que movia sus alas, dejaba en el aire una
brillante nubecilla de polvo de oro.
El hada recorrio el cuarto al completo, volando veloz como un
colibri. Revolvié la ropa del armario y paso bajo las camas, pero
no encontr6 lo que andaba buscando. De pronto, las estrellas so-
plaron desde el cielo, y la ventana se abri6é. Peter Pan entré en el
cuarto volando, ansioso como un pajaro sin norte, y se posé con
suavidad en el suelo. Habia llevado al hada encerrada en el pufio

30
PETER PAN

durante buena parte del camino, y la palma de su mano estaba


manchada de polvo de oro.
—Campanilla, ;d6énde estas? —susurr6.
El hada se habia metido dentro de un jarro, y se lo estaba pa-
sando de maravilla volando en circulo.
—Vamos, Campanilla, no es momento para juegos —le rind
Peter Pan—. Dime si has encontrado mi sombra.
Campanilla contest6 en el lenguaje de las hadas, que suena
igual que el tintineo de una sarta de campanillas. «La sombra esta
en la caja grande», dijo. Peter comprendi6 que Campanilla se re-
feria a la comoda,' asi que abrié todos sus cajones y empezo a va-
ciarlos con las dos manos. Los calcetines y las camisas volaron
por los aires como monedas lanzadas desde la carroza de un rey.
Campanilla revoloteaba en torno a la c6moda cuando Peter Pan
encontro por fin su sombra.
—jAqui esta! —exclam6 con alegria.
Se sentia tan feliz que cerré de golpe el cajén, sin darse cuenta
de que Campanilla se habia quedado dentro. En aquel instante,
no pensaba mas que en ponerse de nuevo su sombra. Creia que,
en cuanto la encontrase, se le pegaria al cuerpo por arte de ma-
gia, igual que se funden dos gotas de Iluvia en un cristal. Y, sin
embargo, no fue asi. Peter Pan buscé entonces algo para unirse la
sombra al cuerpo, pero no encontré nada a la vista. Al final, en-
tr6 en el cuarto de bano y trato de pegarse la sombra frotandola
con una pastilla de jabon. Pero no funciono. Entonces, pensd que
su destino era vivir sin sombra por el resto de sus dias, y se asusté
tanto que rompi0 a llorar.

1 cémoda: mueble bajo y de cajones anchos que sirve para guardar ropa.

32
3No sabes lo que es un beso?

Wendy oy6é el Ilanto del nifio, pero al principio no hizo caso, por-
que pens6 que todo era un suefio. Sin embargo, cuando abrié los
ojos, descubridé que el nifio estaba alli, delante de su cama. Se ha-
bia sentado en el suelo y lloraba a lagrima viva.
— Por qué lloras? —dijo Wendy, enternecida.
Peter Pan se secé las lagrimas con las manos. Mir6 a Wendy, se
puso en pie e hizo una reverencia como si estuviera delante de
una princesa.
—;Como te llamas? —pregunto.
Wendy tom6 aire y dijo de un tirdn su nombre completo:
—Wendy Moira Angela Darling. ;Y tu?
—Peter Pan.
—;Nada mas?
—Nada mas.
—Lo siento mucho —dijo Wendy Moira Angela Darling.
—;Qué es lo que sientes?
—Que tengas un nombre tan corto.
—A mi no me importa —respondio Peter, que nunca habia
pensado que su nombre fuera corto.
—Dime, Peter, ;dénde vives?
—Segundo a la derecha, y después siempre recto hasta la ma-
nana.

oo
PETER PAN

—jQué direcci6n mas rara...!


—;Por qué es rara?
—No sé, suena extrafia. ;Esa es la direccin que pone la gente
en el sobre cuando te escribe una carta?
Peter Pan se revolvid, algo molesto.
—Yo no recibo cartas —dijo.
—Pero tu mama si las recibira...
—No tengo mama.
Ni la tenia ni le apetecia tenerla. Peter Pan pensaba que las ma-
dres estaban pasadas de moda.
—Entonces no me extrafia que estés llorando —dijo Wendy—.
Seguro que te sientes muy solo.
—No estoy llorando por eso de las madres —se defendi6 Pe-
ter, casi indignado—. jLloro porque no puedo pegarme la som-
bra al cuerpo! Bueno, en realidad, no estaba llorando... No soy
ningun blandengue...
Wendy acababa de ver la sombra en el suelo.
—3Es que se te ha caido la sombra? —pregunto.
—Si.
—»Y querias pegartela con jab6n? —dijo Wendy, echandose a
reir—. El jabon no pega, Peter. Lo que tienes que hacer es coserte
la sombra al cuerpo.
— ;Cosérmela? ;Y eso como se hace?
— De verdad que no sabes lo que es coser?
—A lo mejor es que tt lo sabes todo...
Wendy sacé hilo y aguja de su costurero y se dispuso a coser la
sombra a los pies de Peter Pan.
—Puede ser que te duela un poco... —le advirtio.
—No voy a llorar por eso —dijo Peter—. Yo nunca lloro.

34
3NO SABES LO QUE ES UN BESO?

La verdad es que no se quejé ni una sola vez. Apretaba los


dientes, pero no se quejé. A los dos minutos, la sombra ya estaba
cosida a los talones de Peter. Luego, Wendy la miré con aire pen-
sativo y dijo:
— Esta sucia y bastante arrugada. A a vy

lo mejor tendria que haberla planchado


antes:de cosértela...
—jQué mas da! —exclam6o Peter, y
empezo a dar saltos—. jQué listo soy!
jY qué habilidoso! ;Me he pegado la
sombra al cuerpo!
—;Asi que lo has hecho to-
do tt solo? —dijo Wendy, bas-
tante molesta.
—Bueno, tt has hecho un poquito...
—;Un poquito? Pues, como sirvo de tan
poco, me retiro. Buenas noches.
Digna como una reina, la nifa salt6 a la
cama y se tapo la cara con la sabana. Peter
se sintié confuso. No entendia que Wen- ~
dy se hubiese ofendido... Por un momento, pensd
en pedirle perd6n, pero pedir perdon le parecia cosa de nifas. Al
fin, tras un largo silencio, se sent al borde de la cama y le dio a
Wendy un golpecito en el pie.
—No tienes por qué molestarte —dijo—. Lo que pasa es que,
cuando estoy contento, me vuelvo muy presumido...
Wendy seguia bajo la sabana.
—Venga, Wendy —insistid Peter—. Escuchame: de no haber
sido por ti, seguiria sin sombra. Te lo agradezco mucho.

35
PETER PAN

Al ofr aquello, Wendy asom6 los ojos por encima de la sébana.


—;Lo dices en serio? —pregunto.
—Claro que si.
Entonces Wendy se levanto y se sent6 al lado de Peter.
—Has sido muy amable —dijo—. ;Quieres que te dé un beso?
Peter Pan no supo qué responder. No tenia ni idea de lo que
era un beso, porque, en el Pais de Nunca Jamas, los nifios crecen
lejos de sus padres y nadie les da besos. Pero Peter supuso que un
beso tenia que ser algo bueno, asi que extendid la palma de la
mano para que Wendy le diera uno.
—No sabes lo que es un beso, ;verdad? —dijo Wendy.
—Damelo y lo sabré —contest6 Peter Pan algo irritado, pues
no soportaba quedar como un tonto.
Wendy, para no dejarlo en ridiculo, sacé un dedal de su costu-
rero y se lo puso a Peter en la palma de la mano.
—Aqui tienes tu beso —le dijo.
Peter Pan mir6 el dedal y se lo guardo.
—Ahora —le dijo a Wendy—, ;quieres que yo te dé un beso?
Wendy dijo que si y se inclino hacia Peter. Sin embargo, el ni-
fo se limité a ponerle en la mano una bellota de color dorado
que se arrancé de su propio traje. Wendy fingid que todo aquello
le parecia de lo mas normal.
— Ves esta cadena que llevo al cuello? —le dijo a Peter Pan—.
Pues me voy a colgar tu beso en ella.
Asi lo hizo, y fue una gran idea, porque, dias después, aquella
humilde bellota habria de salvarle la vida.
— Oye, Peter, ;cuantos anos tienes? —pregunté Wendy.
Peter Pan se mostr6 desconcertado. Le habria sido mas facil
decir cudntas estrellas hay en el cielo 0 cuantas olas en el mar.

36
eNO SABES LO QUE ES UN BESO?

—No tengo ni idea —confesé—. Solo sé que soy muy peque-


no. Me escapé de este mundo el mismo dia en que naci.
—3Y por qué te escapaste?
—Porque oi a mis padres hablando sobre lo que debia ser de
mayor, y aquello me parecioé horroroso.
—;Horroroso? ;Por qué?
—Porque yo no quiero ser mayor. Yo quiero ser un nifio para
siempre, y jugar y divertirme todos los dias. Comprendi que, si
me quedaba en casa, mis padres me obligarian a hacerme mayor,
asi que me escapé a los jardines de Kensington, y alli vivi durante
mucho tiempo, entre las hadas.'
Wendy se quedo boquiabierta.
—Pero ;es que conoces a las hadas? —dijo—. ;Cémo son? ;Es
verdad que vuelan? jVivir con las hadas debe de ser estupendo!
—Si las conocieras, no dirias lo mismo. Las hadas siempre es-
tan enredando y metiéndose en lo que no les importa.
— Es que no te gustan las hadas, Peter?
—Si que me gustan, pero hay que mantenerlas a raya.
Al decir aquello, Peter Pan se acordé de pronto de Campanilla
de Cobre. Hacia mucho rato que no la ofa, y le extranaba, porque
Campanilla era muy revoltosa.
—j,Campanilla, Campanilla! —comenz6 a decir—. ;D6nde se
habra metido esa sabihonda?
A Wendy le brillaron los ojos.
—;Es que hay un hada aqui? —pregunt6, emocionada.
—Ha venido conmigo, si, pero no sé por donde anda. 3Tu la
oyes?

1 Los jardines de Kensington se encuentran proximos al centro de Londres.

37
PETER PAN

—Oigo una especie de cascabel...


— Es Campanilla! Las hadas hablan asi: sus palabras suenan
como cascabeles. ;Ah, me parece que yo también la oigo!
El sonido venia de la c6moda. Peter Pan comprendié que Cam-
panilla estaba alli y rompid a reir. Su risa, brusca y alocada como
la de un bebé, era un sonido encantador.
—Me parece que Campanilla se ha quedado encerrada —dijo.
Cuando abri6 el cajén de la comoda, Campanilla salid hecha
una furia. Vol6 alrededor de Peter Pan, y su campanilleo son6
fuerte y desafinado como una granizada de cristales.
—jVenga, no digas esas cosas! —exclam6 Peter—. ;Ha sido un
accidente! ;Cémo iba a saber yo que estabas encerrada?
Wendy, deseosa de ver a Campanilla, le dijo a Peter Pan:
—No la veo bien. ;Como no se esta quieta...!
—Las hadas nunca se estan quietas —explicé Peter.
Wendy siguid a Campanilla con los ojos, y hubo un momento
en que el hada se detuvo sobre el reloj de cuco. Entonces Wendy
pudo observarla por fin.
—jEs preciosa! —exclamo.
—Campanilla —dijo Peter—, a esta senorita le encantaria que
fueses su hada...
Campanilla volvi6 a alborotarse. Esta vez, su tintineo son6 co-
mo una rapida cascada de canicas.
—3Qué es lo que dice? —pregunt6 Wendy.
—Cosas que no deberia decir.
—)Qué tipo de cosas?
—Dice que eres fea y demasiado grande, y que no quiere ser
tu hada, porque solo quiere ser mi hada. Pero ya le he dicho mil
veces que no puede.

38
éNO SABES LO QUE ES UN BESO?

Al oir aquello, Campanilla respondié en su lenguaje musical:


«jEres un burro, Peter!», y se cold volando en el cuarto de bafio.
—Es un hada muy vulgar —explicé Peter Pan—. La Ilaman
Campanilla de Cobre porque arregla los pucheros y las ollas cuan-
do se estropean.
Los dos chiquillos permanecieron en silencio un instante, y
luego se sentaron en el brazo de un sillon.
—»Y ahora donde vives, Peter? —pregunté Wendy.
—cCasi siempre estoy con los nifios perdidos.
— Los nifios perdidos? Nunca he oido hablar de ellos...
—Son bebés que caen de sus cochecitos cuando sus nifieras
estan mirando para otro lado. Si a los siete dias nadie los ha re-
clamado, acaban en el Pais de Nunca Jamas. Estan todos a mis 6r-
denes, porque yo soy su capitan.
—Debe de ser muy divertido —dijo Wendy.
—Lo es, pero estamos muy solos... No hay ninguna nifia con
nosotros.
—;Ninguna?
—Ninguna. Las nifias son demasiado listas para caerse del co-
checito...
Al oir aquello, Wendy se sintiéd muy orgullosa.
—j Como me alegra que te guste estar con las nifias! —dijo—.
Mi hermano Juan las detesta.
Peter Pan junto las cejas, muy enfadado. Sin decir nada, se
acerc6 a Juan y le solt6 un puntapié. Juan salid rodando cama
abajo, pero no se desperto. Se limité a grufir un poco, y siguid
durmiendo en el suelo.
—Eso no ha estado bien, Peter —dijo Wendy.
—Lo he hecho por ti...

ay
PETER PAN

—Si, ya lo sé. Y te lo agradezco. Si quieres, puedes darme un


beso.
Wendy habia olvidado que Peter ignoraba lo que era un beso.
—Ya sabia yo que no me dejarias quedarmelo... —se lamento
el nino, y sacé el dedal.
—Fso no es un beso, Peter. Eso es un dedal.
— Y qué es un beso?
—Un beso es una cosa que se da asi... —explicéd Wendy, ade-
lantando los labios, y luego le dio a Peter un beso muy tierno.
Peter permanecio callado un momento. No parecia alegre, pe-
ro tampoco triste.
—jQué cosa mas graciosa! —dijo al fin—. ;Quieres que yo te
dé un dedal, o un beso 0 como se llame?
—Si te apetece...
Peter acercé sus labios a la cara de Wendy, y le dio un dedal,
quiero decir un beso. Entonces, Wendy lanzo un chillido.
—;Qué te pasa, Wendy? —pregunto Peter.
—jAlguien me ha tirado del pelo!
—Seguro que ha sido Campanilla.
Se oy, en efecto, el tintineo del hada, que daba vueltas alrede-
dor de Peter Pan.
—Dice que volvera a tirarte del pelo cada vez que yo te dé un
dedal —advirtio el nifito—. La verdad es que nunca la habia visto
tan enfadada. jMe esta Ilamando borrico y tonto perdido! No sé
por qué se ha puesto asi...
Wendy si lo entendia. Saltaba a la vista que el hada estaba muer-
ta de celos. Para Campanilla, Wendy era una rival. Peter tenia que
quererla a ella y nada mas que a ella.
—;Sabes por qué entré en tu cuarto, Wendy? —dijo Peter Pan.

40
PETER PAN

— Por qué?
—Para oirte contar cuentos. Es que yo no sé ninguno... Y los
ninos perdidos tampoco.
—Pero eso es horrible...
—Claro que es horrible, porque a todo el mundo le gustan los
cuentos. Un dia, of que tu madre te contaba uno precioso. Era la
historia de una muchacha que perdia un zapatito de cristal.
—jCenicienta! —exclam6 Wendy—. jEs un cuento estupendo!
sQuieres que te lo explique? jSeguro que a los nifos perdidos les
encantaria escucharlo...!
Al oir aquello, Peter agarré a Wendy por el brazo y comenz6 a
arrastrarla hacia la ventana.
—jSuéltame, Peter! ;Ad6nde me llevas?
—A\] Pais de Nunca Jamas. Tienes que contarles tus cuentos a
los nifos perdidos.
—jPero no puedo irme, Peter! ;Piensa en lo que sufririan mis
padres si me fuera...! Ademas, no sé volar.
—Yo te ensenaré. Es muy facil. Solo tienes que trepar sobre el
lomo del viento. ;Venga, Wendy, animate! Volaremos sobre el mun-
do y les diremos cosas graciosas a las estrellas. Te encantara ver a
las sirenas del Pais de Nunca Jamas.
—>}Hay sirenas en tu isla? ;De esas que tienen cola?
—Si, tienen unas colas larguisimas.
—No sabes lo que daria por ver una sirena...
—Entonces, 3a qué esperas? Vente conmigo.
A Wendy cada vez le apetecia mas irse con Peter. Pensaba en lo
bonito que seria volar como las aves y charlar con las estrellas y
acariciar la cola de las sirenas. Pero el corazén le decia: «No hagas
locuras, Wendy. ;Como vas a abandonar a tus padres?».

42
eNO SABES LO QUE ES UN B ESO?

—Dime, Peter —pregunt6 de pronto—, ;ensefarias también a


volar a Juan y a Miguel?
—Si quieres... —respondio Peter con indiferencia: saltaba a la
vista que Wendy le interesaba mas que sus hermanos.
Wendy fue en busca de Juan y empezo a sacudirlo por los
hombros.
—jDespierta, Juan, despierta! —le decia—. jPeter Pan esta aqui
y nos va a ensefiar a volar!
Juan levanto la cabeza y se froté los ojos.
—+}Lo dices en serio? —preguntd, y cuando vio a Peter Pan en
el cuarto se entusiasm6 de tal modo que se puso en pie de golpe.
Solo entonces se dio cuenta de que estaba durmiendo en el suelo.
Miguel, por su parte, arm6 tal escandalo al despertar que Peter
tuvo que pedirle que guardara silencio.
—¥jSi haces tanto ruido, los mayores se enteraran! —le dijo.
Nana, mientras tanto, ladraba sin parar. Sabia que algo raro
estaba sucediendo en la habitacién de los nifios, y tiraba de la ca-
dena para soltarse. Pero todos sus esfuerzos eran inutiles, y sus la-
dridos se perdian en la noche como las gotas de lluvia en el mar.
— Es verdad que puedes volar? —le pregunt6 Juan a Peter.
Peter no contesté con palabras, sino con hechos: sin apenas
tomar impulso, se levant6 en el aire y volo por toda la habitacion.
Wendy y sus hermanos se quedaron boquiabiertos. Les parecié
que volar era muy sencillo, y empezaron a saltar para trepar por
el aire, pero cada vez que separaban los pies del suelo, volvian a
caer. Eran como polluelos recién nacidos, que atin no han apren-
dido a mover las alas. Juan se dio un buen golpe en una rodilla, y
mientras se la frotaba para aliviarse, le pregunto a Peter Pan:
— Qué hay que hacer para volar?

43
PETER PAN

Afuera, Nana seguia ladrando. Estaba desesperada. Queria sal-


var a los nifios, pero no sabia cémo. Una y otra vez, tiraba de la
cadena, pero el hierro no cedia. El metal, ya se sabe, tiene un co-
razon duro. Nana habria querido hablar como las personas para
gritar a todo pulmon: «jSocorro! jSalvad a los nifos!». Pero ni los
perros hablan ni las personas entienden los ladridos.
—Para volar, no tenéis mas que pensar en cosas maravillosas
—explicé Peter Pan—. Las cosas maravillosas lo levantan a uno
por el aire. Mirad, se hace asi...
Entonces, Peter volvié a volar por la habitacién. Los nifios se
fijaron en sus movimientos, pero no sacaron nada en claro.
—Lo haces tan deprisa que no es facil aprender —se lamentd
Juan—. ;No podrias volar mas despacito?
En realidad, Peter les estaba gastando una broma, porque para
volar es preciso que un hada nos rocie con su polvo de oro. Por
suerte, Peter guardaba aun entre los dedos algo del polvillo de
Campanilla, asi que abrio la palma de la mano y sopl6 sobre
los ninos.
—Ahora, moved vuestros hombros asi —explicé6—, y de-
Jaos ir.
Fue milagroso. Miguel salt de la cama
y empezo a flotar en el aire.
—jEstoy volando! —grit6.
Aquello multiplicé la inquietud de
Nana. Desde el patio, la perra vio a Mi-
guel en pleno vuelo,
y se puso muy ner-
viosa. Entonces dio
un tirén brutal a la

44
3NO SABES LO QUE ES UN BESO?

cadena, tan fuerte que habrian hecho falta veinte hombres para
detenerla. La anilla de hierro revento, y Nana, sin perder un se-
gundo, salié de la casa. Una vez afuera, buscé en el aire el rastro
de los Darling, y su fino olfato lo localizé enseguida. Corriendo
calle abajo, Nana alcanzo el numero 27 en menos de un minuto.
Por fortuna, la puerta de la casa estaba abierta. Veloz como un ra-
yo, atraves6 el umbral, recorrié el pasillo y se presenté en el salén.
Los invitados estaban a punto de sentarse a la mesa cuando vieron
aparecer a aquel animal gigantesco que venia corriendo a todo ga-
lope, tan ansioso y alborotado que habria podido tumbar a un to-
ro con el roce de su cabeza. El sefior Darling se qued6 boquiabier-
to, y la copa que llevaba en la mano se hizo pedazos contra el
suelo. La sehora Darling, por su parte, comprendio en el acto que
algo grave estaba sucediendo en casa. Con la voz temblorosa, le
pregunto a Nana:
—;Qué es lo que ha pasado? ;Estan bien los nifios?
Mientras tanto, Juan y Wendy habian logrado volar, y surca-
ban el cuarto por el aire, de la mano de Miguel. Es verdad que
pataleaban un poco, y que sus cabezas chocaban a veces contra el
techo, pero estaban volando, y no habia nada mejor en el mundo.
—j(Parezco una cometa en un dia de viento! —exclam6 Juan—.
3Por qué no salimos a volar sobre la ciudad?
—jSi, salgamos! —dijo Miguel.
Wendy, en cambio, no estaba tan convencida. Le dolia tanto
apartarse de su casa y dejar a sus queridos padres... Peter, que la
vio indecisa, le pregunt6 con voz muy dulce si no le apetecia ver a
las sirenas y a los piratas de su isla.
—j(Piratas! —exclam6 Juan, mientras se ponia su elegante som-
brero de copa—. ;A qué esperamos para irnos?

45
PETER PAN

Para entonces, los Darling ya volvian a casa a


todo correr. Desde la calle, miraron hacia la habi-
tacién de los nifios, y se quedaron aterrados al ver
que sus hijos estaban volando. Subieron la escalera
sin perder un solo instante, temblando de pies a
cabeza y con un nudo de angustia en la garganta, y
ya estaban a punto de entrar en el cuar- »
- to de los nifios cuando una estrella
del cielo, la mas chiquitita de todas,
soplé contra la ventana y
| la abrio de par en par. & tis
Peter comprendié que : 2
aquello era un aviso, y les
tiaIos pes es era ners oeir-

baila volando hacia un pais de maravillas. Cuando eea


el senor y la sefiora Darling, seguidos por Nana, isa
entraron en el cuarto, los pajaros ya vols, ie lo
arriba.
.
%
t
El Pais de Nunca Jamas

Vista desde el cielo, la ciudad parecia muy poca cosa: un simple


ovillo de luces atravesado por un cordon de agua. Juan y Miguel
disfrutaron planeando alrededor de los campanarios, esquivando
las nubes y haciendo carreras de vuelo. Volaban con cierta rapi-
dez, aunque sin ninguna elegancia. Peter Pan, en cambio, se mo-
via por el aire con la soltura de una golondrina, y no dejaba de
exhibirse. A veces, volaba hasta las estrellas para decirles algo, y
un minuto después planeaba a ras del mar, rozando el lomo gris
de los delfines. A Juan le irritaba un poco que presumiera tanto.
—Ese Peter es un fanfarron —le susurr6 a Miguel—. Ojala
que no nos deje abandonados a medio camino, porque no sabe-
mos como volver a casa ni cémo llegar al Pais de Nunca Jamas.
Asi era. Peter Pan les habia dicho que, para viajar a su isla ma-
gica, habia que ir segundo a la derecha y luego siempre recto has-
ta la manana. Pero ;quién puede encontrar un lugar con esas in-
dicaciones? Estaba claro que Peter decia siempre lo primero que
le pasaba por la cabeza. Aunque, en realidad, para dar con el Pais
de Nunca Jamas solo hacia falta una cosa: creer en él.
Estaba amaneciendo cuando Campanilla se refugié en la ma-
no de Peter y se qued6é dormida. Entonces, el nifio le pregunt6 a
Wendy si sabia cuando habian nacido las primeras hadas. Wendy
respondio que no.

48
EL PAIS DE NUNCA JAMAS

—Fue hace muchisimo tiempo —dijo Peter—, con el primer


nino que nacié en el mundo. Entonces no existian las hadas, pero
el nifio se rio por vez primera, y cuando su risa cayé al suelo, se
rompio en mil pedazos. Cada uno de los pedacitos em-
pezo a saltar, y esos pedacitos de risa son las ha-
das. Dicen que cada nifio y cada nifia deberia
tener su propia hada.
—;Y no la tienen?
—jQué va! Hoy en dia, los nifios quie-
ren hacerse mayores lo antes posible, y
dejan enseguida de creer en las hadas. Y lo 2
peor es que cada vez que un nifio dice: «Yo
no creo en las hadas», se muere una.
Los nifos volaron durante dias, a veces bajo un sol ardiente y
a veces bajo la luz plateada de la luna, afrontando brisas africanas
y vientos polares, esquivando bandadas de cigtiefias y tormentas
eléctricas. Comer resultaba sencillo, pues Peter les robaba a los
pajaros las miguitas de pan que llevaban en el pico. Dormir, en
cambio, no era tan facil. Peter lo hacia en pleno vuelo, tumbado
boca arriba en el aire, pero Wendy y sus hermanos caian en pica-
do en cuanto cabeceaban, asi que Peter tenia que lanzarse cielo
abajo para que no se estrellasen contra el mar. Cuando por fin
llegaron al Pais de Nunca Jamas, la isla parecia deshabitada y dor-
mida. Sin embargo, en cuanto Peter se acercé, las hadas desperta-
ron de golpe y las bestias volvieron a corretear por la montana y
las rosas florecieron al pie de los arboles. Cuando los nifios vie-
ron la isla, bafiada por los calidos rayos del sol, estuvieron a pun-
to de enloquecer de alegria. Habian sonado tantas veces con el
Pais de Nunca Jamas que se lo conocian a la perfecci6n.

49
i x
—jMira la laguna, Juan! —exclam6 Wendy, brincando sobre
una nube—. jY alli estan los flamencos que tanto te gustan!
—jLas tortugas estan enterrando los huevos en la arena!
—dijo Juan—. jY la loba esta en su cueva con
los cachorros!
—jEstoy viendo el campamento de los
indios! —grit6 Miguel—. jMirad el
humo que sale de la hoguera!
PETER PAN

A Peter Pan le fastidid un poco que los nifios supieran tantas


cosas sobre su isla. Pero no dijo nada. Estaba serio, atento al hori-
zonte, y se habia puesto la mano tras la oreja como Si quisiera es-
cuchar un rumor muy lejano. Intuia un peligro, y buscaba el mo-
do de evitarlo, pues no queria que Wendy se llevara un sobresalto
nada mas llegar a la isla. Pero las cosas no salieron bien. De pron-
to, el sol se desvanecié y el aire se volvid negro y espeso como
una fumarola de volcan. Los nifios, asustados, se apretujaron en
torno a Peter. Todo estaba tan oscuro que lo unico que se veia era
el débil resplandor de Campanilla.
—;Qué est4 pasando? —pregunt6 Wendy con un hilo de voz.
Peter tard6 en responder. Tenia la vista clavada en la lejania, y
su mirada era tan penetrante como si quisiera perforar las cosas
con los ojos.
—Los piratas saben que hemos llegado —dijo por fin.
Los nifios tragaron saliva.
—;Qué piratas? —pregunto Juan.
—Los del capitan Garfio, por supuesto —contest6 Peter, y su
rostro se ensombreci6 al pronunciar aquel nombre odioso.
Los nifios conocian a Garfio. Sabian que era el ladr6én mas te-
mido de los siete mares, un individuo de corazon duro y aparien-
cia siniestra a quien no le temblaba la mano
a la hora de matar a un hombre.
—Dinos, Peter —pregunt6 ™,
Juan—-: 3Garfio es un tipo grande
o mas bien menudito?
—Antes era mayor —respon-
did Peter.
—;Qué quieres decir?

52
EL PAIS DE NUNCA JAMAS

—Que ahora le falta un pedazo. Yo mismo le corté la mano


derecha en una batalla.
—Entonces, ;ya no puede luchar?
—Claro que puede. Se puso un garfio de hierro en lugar de la
mano, y lo usa para agarrar bien fuerte a sus enemigos.
—3Y cémo sabe Garfio que estamos aqui?
—Porque nos ha visto llegar.
—Pero si esta muy oscuro... —advirtid Miguel.
—Imagino que ha visto la luz de Campanilla —dijo Peter.
—Entonces dile a Campanilla que se vaya —sugiri6 Juan.
—Nada de eso. Campanilla es mi amiga, y ademas esta muy
asustada.
—Pues pidele que apague su luz —dijo Wendy.
—Las hadas no pueden apagar su luz asi como asi. Tan solo se
apagan cuando duermen, como les pasa a las estrellas.
—Pues dile que se ponga a dormir.
—;Coémo va a dormirse con el miedo que tiene? Lo Unico que
podemos hacer es esconderla. ;Tenéis un bolsillo?
Ni los pijamas de Juan y Miguel ni el camisén de Wendy tenian
bolsillos, de modo que escondieron a Campanilla en el sombrero
de Juan, que desde aquel momento Wendy Ilevé en la mano. Los
nifos volaban con el alma en un hilo, en me-
dio de un silencio estremecedor. Todos pen-
saban lo mismo: ;qué pasaria si Garfio los
atrapaba? De pronto, un siniestro estampido
rompio el silencio. Fue un ruido atronador,
brutal, estrepitoso. Parecia que todas las
calderas del infierno hubiesen estallado al
mismo tiempo.

53
PETER PAN

—jLos piratas nos disparan! —grit6 Peter.


Una bala de cafién atraves6 el aire. La habian creado para des-
truir, y estaba ansiosa por dar muerte a alguien.
Las montafias se estremecieron, el mar se
levanté sobre si mismo, y los nifos, que se
hallaban justo en el camino de la bala, salie-
ron disparados en todas direcciones. Wendy lanz6
un grito de terror. Juan cerro los ojos y penso en la
muerte. Miguel record6 la boca de su madre, embelle-
cida por aquel beso tan dulce que nadie lo-
graba atrapar. Cuando el ruido ces6, un
silencio espeso y triste se apoderé
del mundo. Juan abrio los ojos y
comprob6 que seguia en el aire, en
medio de una densa oscuridad. Ape-
nas ofa, pues el rugido del cafdn le habia embotado los oidos, y
tuvo que hacer un gran esfuerzo para distinguir al pequeno Mi-
guel, que flotaba en las sombras como una hoja sobre el viento.
— Estas bien? —murmur6 Juan.
—Si—contest6 su hermano con una voz muy triste—. ;Y tu?
Por fortuna, ninguno de los dos habia sufrido heridas. Juan y
Miguel respiraron aliviados, pero la tranquilidad les duré muy
poco. Porque, cuando miraron alrededor, ansiosos por ver a Wen-
dy y a Campanilla y a Peter Pan, descubrieron horrorizados que
se habian quedado solos.

54
El capitan Garfio

La noche anterior habia sido de lo mas ajetreada en el Pais de


Nunca Jamas. Todos los habitantes de la isla habian permanecido
despiertos buscando a alguien. Los nifios perdidos buscaban a
Peter Pan, los piratas buscaban a los ninos perdidos, los indios
buscaban a los piratas y los lobos buscaban a los indios. La isla
entera era un corro gigante de personas y animales que rastrea-
ban en la oscuridad. De pronto, en el cafaveral de los flamencos,
sono una voz ronca y furiosa como el rugido de un leon.
—j Mas deprisa, mas deprisa! —decia—. ;Hay que encontrar a
esos Mocosos cuanto antes!
Era el capitan Garfio. Iba tumbado en una litera’ que sus pira-
tas llevaban sobre los hombros. Garfio era un hombre alto y del-
gado, de mirada astuta y piel bronceada, de negro bigote y afilada
barbilla. Con su casaca de botones de oro, su gorguera de encaje
y su melena de largos tirabuzones,’ parecia un principe a punto
para el baile. En sus horas de calma, hablaba con la exquisitez de
un gran sefior, pues habia estudiado en los mejores colegios, pe-

1 litera: vehiculo antiguo formado por una caja que tenia a los lados unas va-
ras. Los criados las sostenian sobre los hombros y llevaban asi a su senor.
2 casaca: especie de chaqueta con faldones; gorguera: adorno del cuello hecho
con una tela que se ha doblado muchas veces; encaje: tejido que se adorna
con bordados; tirabuzon: rizo largo en forma de espiral.

55
PETER PAN

ro, en cuanto se enojaba con alguien, se olvidaba de su buena


educacion. Garfio era un hombre triste, de cara oscurecida por la
melancolia. Su corazon latia al ritmo feroz del odio, y sus ojos,
azules como el nomeolvides, solo se iluminaban cuando veian
morir a un enemigo. Garfio sofiaba con matar a Peter Pan y a los
nifios perdidos, y estaba decidido a hacerlo aquella misma noche.
— Mas deprisa, malditos perezosos! —volvi6 a gritar, y levan-
to en el aire el brillante gancho de hierro que llevaba encajado en
el brazo derecho.
Los piratas de Garfio eran hombres temibles, acostumbrados
al crimen y al robo. Tenian el pelo grasiento, los dientes amarillos
y los brazos tatuados, apestaban a ron y a sudor y se adornaban
las orejas con grandes aros de bronce. Algunos llevaban un par-
che atravesado en la cara porque habian perdido un ojo batallan-
do, y otros tenian una sola pierna, y caminaban apoyandose en
una pata de palo. Su vida era dura, tan dura como su alma, pero
se sentian felices cometiendo fechorias. Aquella noche, mientras
cruzaban la selva, iban cantando a pleno pulmon, con una voz
espantosa que marchitaba las flores y asustaba a los pajaros.
—jNo veo a esos mocosos por ninguna parte! —volvi6 a gritar
el capitan—. ;Si no encontrais a los nifos, os ahorcaré a todos!
En aquellos dias, habia seis nifos en la isla. Dos eran gemelos,
y se parecian tanto entre si como si cada uno fuese un espejo del
otro. Se reian a la vez, se rascaban a la vez, estornudaban a la vez
y preguntaban las mismas cosas al mismo tiempo. Peter Pan nun-
ca habia logrado distinguirlos. Los Gemelos eran alegres, pero
poco carifosos. En cambio, habia un nifio en la isla que rebosaba
ternura, y que se pasaba la vida abrazando a los demas. Se Ilama-
ba Simplon, y siempre se perdia las aventuras de sus amigos por-

56
“se
e de icaban a cazaree a es en la
a plays

deaba RG

_grupo. Por el contrario, en cuanto se ponia el sol, ios


n- se re=
myeaaioeNO

gis
PETER PAN

babas pegajosas. Los nifios se habian sentado a descansar sobre


unas piedras cuando de pronto soné una cancion en la lejania:

Siempre quise ser pirata


para no llevar corbata,
[0 jo, jo!
Y luchar por la bandera
de la horrible calavera,
{0 jo, jo!
Era la siniestra cancién de los piratas. Los nifios se asustaron
tanto que escaparon corriendo como liebres, y antes de un minu-
to ya se habian perdido de vista. Solo Simpl6én se qued6 atras,
porque tuvo la mala suerte de tropezar con la raiz de un arbol.
Starkey, uno de los piratas, alcanz6 a verlo y lo apunt6 con su pis-
tola, pero, cuando ya estaba a punto de disparar, Garfio agarr6 a
Starkey por el hombro y le dijo con su ronca voz:
—Baja el arma ahora mismo.
—Pero, capitan —protesté Starkey—, era uno de esos nifios a
los que tanto odidis... Si hubiera disparado, lo habria dejado seco.
—No nos conviene hacer fuego. Los indios nos siguen y, si
oyen un disparo, nos encontraran. No sé a ti, Starkey, pero a mi
no me apetece que me arranquen la cabellera.
Smee, que era el contramaestre de Garfio y su hombre de con-
fianza, sacoé su sable’ y dijo:
—Yo seguiré a ese muchacho, capitan. Si queréis, puedo hacer-
le unas buenas cosquillas con mi sacacorchos... Es un arma que
no hace el menor ruido.

3 contramaestre: jefe de los marineros; sable: espada de hoja curvada.

60
PETER PAN

«El sacacorchos»: asi llamaba Smee a su sable, porque cuando


lo clavaba en el vientre de sus enemigos, le daba vueltas y mas
vueltas hasta que lo veia asomar por la espalda. Por lo demas,
Smee era un encanto. No se podia decir que fuese inteligente, pe-
ro le gustaba asearse, cosa rara en un pirata, y lo primero que ha-
cia tras liquidar a sus victimas era limpiar a conciencia los crista-
les de sus gafas.
—No me interesa cazar a uno solo de esos ninos —dijo Gar-
fio—. Los quiero a los siete, y los quiero esta misma noche. Asi
que separaos y rastread la selva.
Obedientes como perros, los piratas se perdieron en el bosque.
Tan solo Smee se qued6 con el capitan. La luna, enorme, brillaba
sobre la selva, y la noche era tan hermosa que Garfio suspir6.
—jAy! —dijo—. ;Seria una noche perfecta si pudiera matar a
Peter:Pant,.!
—Ese chiquillo le destrozé a usted la vida cuando le corté la
mano, ;verdad, capitan? —pregunté Smee.
—Digamos que me gustaria arrancarle el corazon...
—De todas formas, siempre dice usted que el garfio le sirve
para peinarse y para trinchar la carne...
—Es una buena herramienta, no lo niego. Si yo tuviera hijos,
rezaria para que nacieran con un garfio, y no con una mano. Pero
me fastidia que fuese el maldito Peter Pan quien decidiera por mi
con qué debo rascarme la barbilla. ;No solo me cort6 la mano, si-
no que se la eché a aquel cocodrilo...!
Al mencionar al cocodrilo, Garfio se estremecid. Aquel hom-
bre aguerrido y feroz se volvia blanco como el papel cada vez que
se acordaba del cocodrilo. De pronto, el capitan se sintié tan dé-
bil que tuvo que sentarse a descansar.

62
EL CAPITAN GARFIO

—Sabes, Smee? —susurr6—. A aquel cocodrilo le gust6é tanto


mi mano que, desde entonces, me sigue por mar y tierra. Le en-
cantaria zamparse el resto de mi cuerpo...
—Eso es porque tiene usted buen sabor. Seguro que si esa bes-
tia se hubiera comido el brazo de Starkey, no le apetecerfa repetir.
—No bromees, Smee: ese cocodrilo es peligroso. He consegui-
do esquivarlo varias veces, pero ha sido por pura casualidad.
— Qué quiere decir, capitan?
—Verdas, Smee: el cocodrilo, ademas de mi mano, se tragé mi
reloj, y lo lleva en la tripa. Por suerte, el reloj hace tic-tac, y eso
me permite saber a tiempo que el cocodrilo se acerca.
—;Y qué hace cuando lo oye, capitan?
Garfio bajé los ojos. Lo que hacia al oir el reloj era salir co-
rriendo, pero, por supuesto, no le gustaba confesarlo.
—Por las seis pistolas de Barbanegra!* —exclam6 de pronto, y
se puso en pie de un salto. Solo entonces se dio cuenta de que se
habia sentado sobre una seta gigante.
— Qué le pasa, capitan? —pregunt6 Smee.
—jQue este hongo esta caliente! jHe estado a punto de achi-
charrarme el trasero!
Smee se acercé a la seta y la examin6 con atencion.
—Es enorme —dijo—, y parece macizo como una piedra.
—No habia visto un hongo asi en toda mi vida...
—Probemos a arrancarlo, capitan.
Los dos hombres agarraron la seta y, al primer tirén, se les que-
do entre las manos.
—Fijese, capitan, no tiene raices —observ6 Smee.

4 Barbanegra fue un pirata del siglo xvi, famoso por su crueldad.

63
PETER PAN

Entonces, del agujero que habia quedado en tierra comenzo a


salir humo. Los dos piratas se miraron entre si.
—Ahi abajo hay alguien —susurr6 el capitan, y se incliné ha-
cia el suelo para escuchar. Estuvo un rato en silencio, y al fin se
irguid de nuevo, con los ojos chispeantes, y exclamo—: ;Magnifi-
co! ;Acabamos de descubrir la casa de los ninfos!
En efecto, lo que habian encontrado era la chimenea de la ca-
sita subterranea. Los nifios solian taparla con una seta para que
nadie supiera que vivian alli abajo, pero Garfio acababa de descu-
brir el secreto. Al mirar alrededor, el capitan vio siete arboles, y
advirtiO que todos tenian un agujero en el tronco.
—Ahora lo entiendo, Smee —dijo—. ;Sabes por qué esos ar-
boles estan huecos? Porque esos malditos nifos los utilizan para
colarse en su madriguera. Fijate si son tontos que cada uno usa
un tronco distinto. Como no tienen madre, nadie les ha ensena-
do que podrian bajar todos por el mismo tronco...
Garfio volvio a inclinarse hacia el suelo y permanecio largo ra-
to escuchando a través de la chimenea. En cierto momento, oy6
decir a los nifos que Peter Pan no estaba en la isla, y entonces se
aparto de la chimenea, desencantado.
—Vuelve a poner la seta en su sitio, Smee —dijo.
— Es que no va usted a asaltar la casa?
—No, Smee, aunque no por falta de ganas. Me encantaria aca-
bar con esos mocosos ahora mismo, pero Peter Pan no esta en la
isla, asi que es mejor esperar a que regrese. Si no puedo matar a
ese granuja, ;de qué me sirve acabar con los otros? Volvamos al
barco, Smee. Ahora ya conocemos el secreto de esos mequetrefes,
y no me importa esperar un poco. A fin de cuentas, la venganza
es un plato que sabe mejor frio.

64
El pajaro Wendy

Los ninos esperaron un rato dentro de su guarida subterranea,


hasta que los piratas se hubieron marchado. Luego volvieron al
bosque, ansiosos por reunirse con Peter Pan. Sospechaban que
Garfio estaba tramando algo, y andaban inquietos. Durante toda
la noche vagaron por la selva, pero Peter no aparecié. Al amane-
cer, Chispa empezo a notar que su est6mago rugia. Tenia ham-
bre, y fue en busca de unos frutos. Pero, apenas se alejé de los
otros nifios, reapareci6 corriendo, dando gritos, palido como si
estuviera enfermo de muerte. Pedia socorro porque lo perseguia
una manada de lobos hambrientos, que estaban a punto de sal-
tarle encima y de hincarle sus largos colmillos. Los otros nifos, al
ver a las fieras, quisieron escapar, pero Ligerisimo les advirtid:
—jNo corrais! ;Hagamos lo que Peter nos enseno!
Entonces, los chiquillos se volvieron de espaldas a los lobos,
bajaron la cabeza y miraron a la manada por entre las piernas.
Era un truco que habian aprendido de’Peter, quien conocia a la
PETER PAN

perfeccidn todos los secretos de las bestias del bosque. Y, aunque


parecia una bobada, la astucia funcion6, pues los lobos saben que
un nifio que mira a los demas por entre las piernas no es una
criatura de fiar. Ligerisimo y los otros chicos se mondaron de la
risa cuando vieron que la manada se alejaba a todo correr, con el
rabo entre las patas.
—jHurra! —exclamaron.
Por un momento, se sintieron tranquilos. Pero, casi al instan-
te, se llevaron un nuevo susto. Un gran estruendo retumb6 en el
cielo, sacudié la tierra y estremeci6 los Arboles. Fue un ruido tan
espantoso como si el mundo acabara de partirse en dos.
—jEs el cafién de los piratas! —exclamaron los Gemelos.
—Apuesto a que han disparado contra los pieles rojas —dijo
Ricitos—. No descansaran hasta hacerlos picadillo.
Entonces, una extrafia mancha blanca empez6 a caer desde el
cielo. Parecia un pajaro, pero no tenia plumas, sino una especie
de piel muy blanca que ondeaba al viento como la vela de un bar-
co. Mientras bajaba, el pajaro gritaba sin cesar: «jPobre Wendy,
Pobre Wendy!».
—jEse pajaro es un Wendy! —concluyé6 Ligerisimo.
— ;Un Wendy? —dijo Chispa—. ;Y qué tipo de pdjaro es un
Wendy?
—Campanilla viene volando con el pajaro —advirtié Sim-
plon, que enseguida grit6 mirando hacia el cielo—: Dinos, Cam-
panilla, ;qué pajaro es ese que viene contigo?
A lo que Campanilla respondioé en su lenguaje musical: «jEs
Wendy, y Peter Pan os manda que le disparéis!».
En efecto, lo que estaba cayendo desde el cielo era la pequefia
Wendy, vestida con su blanco camis6n. La bala de los piratas las

66
EL PAJARO WENDY

habia enviado, a ella y a Campanilla, hasta lo mas alto del cielo, y


mientras bajaban, el hada habia decidido aprovechar la ocasién
para librarse de Wendy. Entonces, habia empezado a pellizcarle
los brazos y las piernas para que la nifia no pudiese volar y se es-
trellase contra la tierra. Cuando Campanilla vio a los nifios per-
didos, se le ocurrié una nueva idea: decirles que debian disparar
contra Wendy porque asi lo habia mandado Peter Pan.
—jMe da que ese bicho quiere atacarnos! —advirtié Ricitos—.
jFijaos, se nos va a echar encima!
Los ninos, asustados, corrieron a esconderse. Solo Simpl6n
permanecié donde estaba. Valiente como un héroe, empuno el
arco que llevaba consigo, carg6é una flecha y, sin pensarselo dos
veces, dispard. Pensdé que Peter Pan se pondria loco de contento
cuando supiera que habia matado al Wendy. «Seguro que me
nombra su ayudante de honor», se dijo.
—jApartate, Campanilla! —orden6 luego en voz alta, mien-
tras la flecha volaba cielo arriba.
Un instante después, el pajaro Wendy caia derribado al suelo.

67
Salvada por un beso

Simpl6n recorria la selva a toda velocidad, abriéndose paso entre


los arboles. Algunas ramas le arafaban las manos, pero se sentia
tan feliz que no notaba el dolor. Estaba ansioso por encontrar al
pajaro Wendy. Habia visto que la flecha le acertaba en el pecho, y
sabia que ningtin animal sobrevive a una herida asi. Al fin, tras
saltar sobre unos matorrales, Simpl6n alcanz6 una zona despo-
blada de arboles, y alli, tumbado boca arriba sobre la hierba, en-
contr6 al pajaro Wendy. Tenia los ojos cerrados y no se movia:
definitivamente, Simplon habia triunfado.
—jHe matado al Wendy, he matado al Wendy! —empez6 a gri-
tar—. ;Veréis lo contento que se pone Peter cuando se entere!
También Campanilla estaba alegre. Se habia salido con la suya,
y revoloteaba alrededor de la pobre Wendy mondandose de la ri-
sa. Enseguida aparecieron los otros nifos: venian con los pufales
en la mano por si el pajaro todavia coleaba. Cuando Ilegaron al
claro y vieron al Wendy de cerca, se quedaron pasmados de asom-
bro. No podian creerse lo que estaban viendo. Ligerisimo, el nifio
de la nariz respingona, fue el primero en hablar.
—Pero ;qué has hecho, pedazo de bobo? —le solt6é a Simpl6n—.
3No ves que eso no es un pajaro? jEs una sefiorita!
Simpl6n perdié de golpe la sonrisa que le iluminaba la cara. Se
puso tan nervioso que se le nublo la vista.

68
SALVADA POR UN BESO

— Quieres decir que he matado a una persona? —murmuro.


—Seguro que Peter la traia para que nos ayudara... —se la-
mento Ricitos.
—j Iba a ser nuestra madre! —exclamaron los Gemelos.
Todos se quitaron el gorro, como conviene hacer en presencia
de un difunto. El silencio era tan grande que los nifios podian oir
a la perfeccion el latido de sus corazones. Simpl6n parecia a pun-
to de desmayarse. Estaba palido de miedo y agarrotado por la cul-
pa. Incluso le costaba respirar.
—Todas las noches —dijo— me acuesto pensando lo mismo:
«jOjala venga una madrecita a cuidar de nosotros...!». ;Y ahora
que por fin ha venido, no se me ocurre nada mejor que enviarla
al otro mundo! ;Cuando Peter se entere, me arrancara la piel a ti-
ras! jSoy un idiota, un monstruo, un asesino! No sé cémo he po-
dido hacer algo asi. Adiés, chicos, me marcho antes de que Peter
vuelva. No creo que volvamos a vernos...
Eso fue lo que dijo Simplon, sin saber que ya era tarde para
huir. Pues, justo entonces, cayé del cielo un grito potente como el
bramido de un dragon. Los nifos lo reconocieron al instante: era
el gozoso quiquiriqui con el que Peter Pan anunciaba siempre su
regreso a la isla. Ahora estaba claro que Peter habia sobrevivido al
cafionazo de Garfio y que volvia victorioso y feliz a su reino de
fabula. Pero los nifios estaban asustados. Cuando oyeron el qui-
quiriqui, corrieron a rodear el cuerpo de Wendy para que Peter
no pudiera verlo. Solo Simplén permanecié aparte.
—jSalud, chicos! —dijo Peter Pan al aterrizar.
Los nifios respondieron con poco entusiasmo.
—Pero ;qué os pasa? —pregunto Peter algo molesto—. ;Asi
me recibis después de tanto tiempo sin verme? ;Tanto os cuesta

69
PETER PAN

ser amables? En fin, dejémoslo... ;Sabéis?, tengo buenas noticias:


he traido a una madrecita para que cuide de vosotros. A lo mejor
la habéis visto... Venia volando hacia aqui hace un momento.
Los nifios menearon la cabeza para dar a entender que no sa-
bian nada de Wendy. Sin embargo, la verdad se descubri6 ense-
guida, cuando Simplon, atormentado por la culpa, cay6é de rodi-
llas ante su capitan.
—Escuchame, Peter —dijo, llorando a lagrima viva—, la ma-
drecita que has traido ha sufrido una desgracia...
—;Una desgracia? ;Qué tipo de desgracia?
Simpl6n mir6 entonces a los otros nifos y les dijo:
—Apartaos, chicos. Dejad que Peter vea lo que ha sucedido.
Cuando los nifios retrocedieron, Peter Pan se quedo horrori-
zado. No podia creerse que la madrecita que habia ido a buscar al
mundo real estuviera muerta. La flecha que Wendy tenia clavada
en el pecho era una injusticia horrible, un insulto a la inocencia,
una ofensa a la razon. Roto de dolor, Peter se lanzo sobre Wendy
y le arranco aquella flecha odiosa. Luego, con los ojos encendidos
por la rabia, se volvio hacia los ninos y pregunto:
—;Quién le ha disparado? Confesad: ;de quién es esta flecha?
Simplon levanto la cabeza.
—Es mia —dijo.
—jMaldito cobarde! —exclam6 Peter, empunfando la flecha
como si fuera un cuchillo—. ;Te mereces acabar igual que ella!
Simplon asintid.
—Clavamela aqui —dijo, y se descubrié el pecho—. Me lo
merezco por tonto.
Peter apreté los dedos alrededor de la flecha. Sus ojos tenian el
brillo rojizo del fuego, y su brazo estaba tenso de pura colera.

70
SALVADA POR UN BESO

Simpl6n cerré los ojos y acepté su destino: tenia que morir, era lo
justo. Sin embargo, cuando Peter levanté la mano, noté que la
flecha no se movia. Entonces, volvié la cabeza y vio que Wendy, a
pesar de que seguia con los ojos cerrados, habia agarrado la fle-
cha para salvar a Simplon. Radiante de alegria, Peter exclam6:
— /Wendy esta viva!
Entonces, se arrodill6 para examinar a la nifia de cerca y vio
que los parpados de Wendy temblaban y que en su pecho se no-
taba el latido del corazon. Al mirar la bellota dorada que la nifia
llevaba colgada del cuello, Peter vio que tenia un agujero.
—jMirad! —dijo—. jEs el beso que le di! jLa flecha ha choca-
do contra el beso! jMi beso ha salvado a Wendy!
Ligerisimo se acercé a mirar la bellota. Al contrario que los
otros ninos de la isla, estaba convencido de que recordaba c6mo
eran las cosas del mundo real.
—jSi, si, no hay duda: es un beso! —exclamé—. jLos besos
pueden salvar a la gente!
Peter Pan no apartaba los ojos de Wendy.
—Despierta, despierta —le decia muy bajito—. Tengo que en-
sefiarte a las sirenas y llevarte a nuestra casita subterranea...
En ese momento, sono un gemido sobre las cabezas de los ni-
fios. Ricitos miré hacia arriba y vio a Campanilla de Cobre.
—jMirad, es Campanilla! —dijo—. Llora porque Wendy no
ha muerto. ;Sabes, Peter?, fue ella quien nos dijo que habia que
matar a Wendy. «jMatadla, matadla», decia, «que lo ha ordenado
Peter Pan!».
Peter se puso muy serio, y sus ojos volvieron a chispear.
— Marchate ahora mismo, Campanilla! —dijo—. jNo quiero
verte nunca mas! ;Nuestra amistad ha terminado!

FAL
Campanilla volé hacia Peter y le suplic6 en
su idioma musical que la perdonase, pero Peter
y
la alej6 de un manotazo. No habia perd6n po-
sible. La fechoria habia sido demasiado grave
para pasarla por alto. Sin embargo, en el ulti-
mo momento, Wendy volvi6 a levantar el bra-
ZO para pedir compasién. Peter comprendié lo
que aquello queria decir, y en sus ojos traviesos se encendi6é una
lucecita de piedad.
—Esta bien, Campanilla —dijo—, no hace falta que te vayas
para siempre, pero te prohibo que, durante una semana, te acer-
ques a la isla.
Campanilla se alej6, retorciéndose de rabia, y entonces Ricitos
pregunto:
— Qué hacemos con Wendy? Habra que llevarla a la casita...
—Desde luego —asintié Ligerisimo—. No podemos dejar a
una dama tirada en el bosque.
—Pero es peligroso moverla —advirtid Chispa—. ;No veis que
esta muy delicada?
—Si la dejamos aqui, se morira —intervino Simplon.
-—Haremos una cosa —dijo Peter—: en vez de llevar a Wendy
a la casita, construiremos una casita alrededor de Wendy...
Asi lo hicieron. A los pocos minutos, el ruido de las hachas al-
borotaba el bosque. Los chicos derribaron arboles, acarrearon ra-
mas y fueron acumulando troncos junto al cuerpo de Wendy. En
eso estaban cuando vieron aparecer a dos nifios a los que no co-
nocian. Iban apoyados uno contra el otro, y tenian tanto sueho
que se dormian mientras caminaban. Peter Pan se rio al verlos.
—Son los hermanos de Wendy —explico.
En efecto, eran Juan y Miguel. Los dos sintieron un gran alivio
al encontrar a Peter Pan. Preguntaron por qué Wendy se encon-
traba tumbada en el suelo, y Peter les explicé que estaba dormida
y que le iban a construir una casa alrededor. A Juan le parecié
una ocurrencia bastante extrana. Pens6 si no seria mas facil llevar
a Wendy a un lugar cubierto en vez de crear un lugar cubierto al-
rededor de Wendy, pero no dijo nada. Sospechaba que, en el Pais
de Nunca Jamas, las cosas obedecian una ldégica propia... Y sus
sospechas se confirmaron cuando Peter Pan dijo que lo primero
que tenian que construir eran las sillas, la mesa y la chimenea, y
que luego pondrian las paredes alrededor y el techo encima.

73
Una casa a medida

Los nifios trabajaron mas que un sastre en visperas de una boda,


pero antes del atardecer ya habian acabado la casa. Cuando la mi-
raron desde lejos, se entusiasmaron. Rodeaba el cuerpo de Wendy
como un traje a medida, y tenia un vistoso rosal junto a la puerta
y una calida alfombra de musgo sobre el suelo y una elegante chi-
menea en el tejado, hecha con el sombrero de copa de Juan. Aca- ma
bado el trabajo, Peter se acercé a la puerta y llam6 tres veces: toc,
toc, toc. Los nifos aguantaron la respiracion: se preguntaban con
inquietud si Wendy abriria la puerta. Al principio, no se oyé na-
da, salvo la risa de Campanilla, que lo estaba viendo todo desde la
copa de un Arbol. Peter, inquieto, volvio a llamar: toc, toc, J
toc. Pero otra vez reino el silencio. Simplo6n, con cara tris-
te, se puso en lo peor.
—Seguro que Wendy no esta en casa —dijo.
Pero se equivocé. Wendy estaba, desde luego que si. Aca-
baba de despertarse y, cuando miro alrededor, se qued6 bo-
quiabierta. No tenia la menor idea de dénde se encontraba,
pero la casita le parecié un lugar encantador. Era co-
mo haber caido dentro de un cuento. Le fascina-
ron aquellas paredes pintadas del color del ca-
ramelo, y las cortinas de hojas amarillas, que
doraban la luz cansada del sol.

74
UNA CASA A MEDIDA

Toc, toc, toc, se oy6 por tercera vez, y entonces Wendy se le-
vanto. Cuando abrié la puerta, se vio rodeada de nifios.
— ;Dé6nde estoy? —pregunto.
—Esta usted en su casita —explicé Ligerisimo—, en el Pais de
Nunca Jamas, y nosotros somos sus hijos.
Los seis ninos perdidos se pusieron entonces de rodillas y ten-
dieron sus brazos hacia Wendy.
UNA CASA A MEDIDA

—jOh, senora Wendy! —dijeron—. ;Tiene que ser usted nues-


tra madre, por favor!
— Que sea vuestra madre? —exclam6 Wendy—. ;Pero si no
soy mas que una nifa! jJamas he sido madre de nadie!
—Eso es lo de menos —dijo Peter Pan—. Aprenderds, como
se aprenden todas las cosas. Lo unico que queremos es una ma-
dre tierna y carifiosa, y tu lo eres, Wendy. Quédate con nosotros,
por favor.
La nina sonri0, casi emocionada.
—Si lo unico que queréis es carifio —dijo—, jyo os daré todo
el carino del mundo! jAqui tenéis a vuestra madre!
Los chiquillos gritaron, locos de entusiasmo: jacababan de en-
contrar a la madre perfecta! Wendy les pidid que entrasen en la
| casa y, aunque no os lo creais, todos cupieron, pues en el Pais de
;7 Nunca Jamas no hay nada imposible. Cenaron sin prisas, charla-
ron de todo, se rieron mucho y, cuando cayé6 la noche, Wendy les
explicé a sus hijitos el cuento de Cenicienta. Luego, los beso en la
mejilla y los mando a dormir a la guarida subterranea. A esas
horas, estaba tan cansada que, en cuanto se tumb6o sobre
la alfombra de musgo, la vencié el suefio.
Peter Pan se quedé6 afuera, sentado a las puertas
de la casa, con la espada en la mano. Ahora que
habia encontrado una madrecita, es-
taba decidido a protegerla a toda cos-
ta. Permanecié despierto hasta media-
noche, pero luego se durmid sin darse
cuenta. Entonces, pasaron por alli
unas hadas que volvian de una fies-
ta y, cuando vieron la casita, se que-
PETER PAN

daron maravilladas. De la chimenea salfa una ligera columna de


humo, y por las ventanas escapaba el resplandor amoroso del
fuego. A las hadas les pareciéd que no habia un lugar mejor para
vivir que aquella casa tan aparente que parecia recién brotada de
la tierra: era chiquita como el vestido de una mujer, pero digna y
resultona como el palacio de un principe. Se pasaron varias horas
admirandola y comentando con entusiasmo cada detalle. Ya era
de madrugada cuando se fueron, volando en espiral como moscas
aleladas,' pero antes de marcharse se acercaron a Peter y le pelliz-
caron la nariz, pues ya sabéis que las hadas son criaturas muy ju-
guetonas, y nada les gusta tanto como hacer una travesura.

1 aleladas: atontadas.

78
Calcetines rotos

Pocos dias después, Wendy se traslad6 a la guarida subterranea


donde vivian los nifios perdidos. Era una casita de una sola habi-
tacion, sencilla pero muy acogedora. Todos los nifios dormian
juntos en una misma cama, para hacerse compafiia y darse calor.
A la hora de comer, no se sentaban en sillas, sino en unas setas
enormes que crecian en medio de la habitacién. Wendy observé
que en una de las paredes de la casa habia un hueco del tamafio
de una jaula de pajaros. Era la alcoba' de Campanilla, en la que
habia un tocador? lindisimo y un espejo idéntico al que habia
usado el Gato con Botas en los tiempos del marqués de Carabas.
Pero lo que mas sorprendié a Wendy fue la chimenea, que se mo-
via por si sola y se presentaba siempre, sin que nadie la llamase,
en el rincon mas frio de la casa.
A Wendy le encantaba ser la madre de los ninos perdidos. Dis-
frutaba peindndolos, preparandoles pasteles, remendandoles® los
pantalones y ensefandoles buenos modales. Los nifos tenian pro-
hibido pelearse, toser sobre la comida, meterse el dedo en la nariz
y hablar con la boca llena. Debian estar en la cama a las siete y to-
marse el jarabe antes de irse a dormir. Wendy andaba tan atarea-

1 alcoba: dormitorio.
2 tocador: mueble en forma de mesa que sirve para peinarse y maquillarse.
3. remendar: reforzar con hilo 0 con un pedazo de tela la ropa rota 0 gastada.

72
PETER PAN

da con el cuidado de sus hijos que no tenia un


minuto para extrafiar su antigua vida. Solo al
anochecer, cuando se sentaba junto al fuego a
zurcir* calcetines, se acordaba de sus padres y de
la pobre Nana. Un dia, abandon6 de repente la
aguja y se qued6 mirando a sus herma-
nos, que estaban jugando a los indios al
otro lado de la habitacién. Parecian tan ~
felices que Wendy se pregunt6 sino aca- %
barian por olvidarse de sus padres. Desde
aquel dia, se acostumbro a interrogar a Juan
y Miguel sobre la vida que habian dejado en Londres para que no
se les borrara de la memoria. Todas las noches, poco antes de irse
a la cama, les preguntaba:
—A ver si sabéis decirme quién era mas alto, si papa o mama.
3Y quién era mas serio? ;De qué color tenia mama los ojos? ;Y el
pelo? ;Quién se acuerda de cémo era la risa de mama?
Juan y Miguel participaban encantados en aquella prueba, in-
cluso en los dias en que Wendy los obligaba a contestar por escri-
to. También los nifos perdidos respondian a las preguntas, aun-
que lo hacian al tuntun,° pues jamas en su vida habian visto a los
senores Darling. A mitad del juego, regresaba Peter. Llegaba can-
sado, pues se habia pasado el dia viviendo aventuras. Los nifos
corrian a abrazarlo. «jHola, papi!», le decian a gritos. Peter casi
siempre traia alguna brecha’® en la frente o algin morat6n en el
brazo. Wendy le refrescaba las heridas con agua y, mientras tanto,

4 zurcir: coser los agujeros de una prenda de ropa.


5 al tuntun: sin conocimiento, sin saber de lo que se habla.
6 brecha: herida, especialmente en la cabeza.

82
CALCETINES ROTOS

Peter le contaba que habia vencido a los pieles rojas en el barran-


co de las tortugas, o que habia tumbado a un le6n agarrdndolo
por las orejas o que habia encontrado un cofre Ileno de monedas
de oro enterrado al pie de un cocotero. Sus historias eran tan di-
ficiles de creer que Wendy casi nunca se las crefa. Pero eso era lo
de menos. Wendy apreciaba la fantasia de Peter Pan, pues nada le
parecia tan hermoso como inventar lo que no existe. Ademas, ca-
si todas las noches, Peter le traia un regalo: el peine de una sirena,
una flor pensativa, una pluma violeta del Ave Sofiada...
A Campanilla, por supuesto, no le hacia ninguna gracia que
Peter y Wendy estuvieran tan unidos. Un dia, la nifa se qued6
dormida en medio de la selva, sobre una hoja gigante de banano,
y entonces Campanilla llamo a sus amigas las hadas y les dijo:
— Vamos a echar a Wendy del Pais de Nunca Jamas!
Entre todas, levantaron la hoja con Wendy encima, y luego
echaron a volar rumbo a Londres. Pero las cosas no salieron se-
gun lo previsto, porque, al poco de partir, la hoja se rompi6 por
la mitad y Wendy cay6 desde el cielo. Cuando abrié los ojos y se
vio dentro del mar, rodeada de peces y de blancas espumas, se
quedo de lo mas intrigada. Lo ultimo que recordaba era que se
habia quedado dormida entre los arboles... Sin embargo, no pen-
s6 demasiado en el asunto, porque sabia que en el Pais de Nunca
Jamas siempre estén ocurriendo cosas imposibles. Por fortuna,
Wendy pudo alcanzar la costa a nado y volver a la casita subterra-
nea. Y aquella noche, mientras se calentaba al amor del fuego, se
sintid extrafiamente feliz.

83
La Roca de los Abandonados

En los dias de calor, los nifios iban a banarse a la laguna de las si-
renas, donde el azul del cielo parecia mas intenso y soplaba siem-
pre una brisa amable. Wendy los acompanaba con la esperanza de
ver a las sirenas, que se sentaban a orillas de la laguna a peinarse
sin prisas. Sin embargo, nunca lleg6 a tratar con ellas, porque las
sirenas odiaban que las mirasen. En cuanto veian a Wendy, salta-
ban al agua para esconderse en sus bellos palacios de coral.
Los ninos pasaban dos o tres horas chapoteando en el agua y
luego nadaban hasta una roca situada mar adentro, en la que se
tumbaban a secarse al sol. Dormir sobre una roca fria no es nada
bueno para la salud, pero Wendy les dejaba hacerlo porque era
una madre joven y poco experimentada. La roca tenia el tamafio
de una cama, y estaba pulida por las olas y cubierta de musgo, pe-
ro solo quedaba a la vista cuando la marea bajaba, pues el agua la
cubria durante la pleamar.' Aquella piedra tan confortable tenia
su propio nombre. La llamaban la Roca de los Abandonados, pues
el capitan Garfio la usaba para castigar a los piratas que se atre-
vian a desobedecerle: los mandaba atar de pies y manos y luego
los dejaba sobre la roca para que se ahogasen sin remedio cuando
subiese la marea.

1 pleamar: marea alta, subida maxima del nivel del agua del mar.

84
PETER PAN

Un dia, mientras los nifios dormitaban sobre la roca, el cielo


se oscurecié y las aguas empezaron a agitarse. Era la sefial de que
algo terrible estaba a punto de suceder. Wendy, asustada, desper-
to a los nifios, y Peter se puso la mano tras la oreja para escuchar
los rumores que traia el viento. Muy pronto distinguié el chas-
quido de unos remos, y entonces les dijo a los nifos:
—jSaltad al agua! jLos piratas vienen hacia aqui!
Los nifios se zambulleron y se alejaron de la roca. Dispersos
por la laguna, con el agua hasta la barbilla, se quedaron muy
quietos para no hacer ruido. Poco después, asomo un bote por
entre la niebla, y entonces se oy6 una voz que decia:
—Esta princesita es tonta de remate. ;Cémo se le ocurre subir
a nuestro barco con un cuchillo atravesado en la boca? ;Pensaria
que matar a nuestro capitan es cosa facil...!
El que hablaba era Smee, el contramaestre del capitan Garfio.
Peter Pan levant6 un poco la cabeza, y vio a otras dos personas en
el bote: el pirata Starkey y la joven Tigridia, la hija del jefe de los
indios. Tigridia iba atada de pies y manos: por lo visto, la habian
sorprendido cuando intentaba colarse en el barco pirata para
matar a Garfio, y Smee y Starkey iban a dejarla en la Roca de los
Abandonados. Para alguien como Tigridia, no existia un castigo
peor, pues los indios creen que en el agua no hay caminos que
lleven al paraiso, asi que el alma de los ahogados permanece va-
gando por el mundo para siempre jamas. Sin embargo, cuando
Smee y Starkey la dejaron en la roca, Tigridia no mostraba triste-
za alguna. Era la hija de un jefe, y estaba decidida a morir con
dignidad. Wendy sintié tanta lastima que sus ojos se llenaron de
lagrimas, y Peter, que estaba a su lado, murmuré con indigna-
c1ion:

86
LA ROCA DE LOS ABANDONADOS

—jSucios piratas! ;Cémo se atreven a ir dos contra una? ;Voy


a salvar a Tigridia cueste lo que cueste!
Lo mas facil habria sido esperar a que los piratas se fueran, pe-
ro Peter Pan no elegia nunca la forma mas sencilla de hacer las
cosas. De pronto, sin contarle a nadie lo que se proponia, empez6
a gritar:
—jEh, bobalicones!
Starkey y Smee miraron alrededor, pero no vieron a nadie.
—jEs el capitan! —susurr6é Smee.
Peter, en efecto, habia imitado la voz profunda y carrasposa’?
de Garfio, y lo habia hecho tan bien que Smee y Starkey pensaron
que el capitan estaba de veras en la laguna.
—Debe de venir nadando hacia nosotros —dijo Starkey, y
luego grito hacia el viento—: jestamos en la Roca, capitan! jVa-
mos a abandonar a la india!
—;A la india? —replicé la voz—. ;Dejadla en libertad ahora
mismo!
Smee y Starkey se miraron, muy sorprendidos.
—;En libertad? —pregunt6 Smee—. ;Esta seguro, capitan?
—;Es que hablo en chino, cabeza de chorlito? —dijo Peter Pan,
cada vez mas cémodo en su papel—. jSi no la soltais ahora mis-
mo, os arrancaré el corazon para hacer salchichas!
A Starkey se le erizo la piel, y Smee se puso tan nervioso que
empezo a tiritar.
—jQué... qué... qué cosa mas rara! —tartamudeo.
Pero, por supuesto, hizo lo que le mandaban. Sin perder un ins-
tante, corté las cuerdas que mantenian atada a Tigridia, y la mu-

y carrasposa: aspera, ronca.

87
PETER PAN

chacha, al verse libre, se zambull6é de cabeza


en el agua y se perdié en los fondos de coral
con la agilidad de una anguila. «jSoy un
genio!», pens Peter. Estaba tan satisfe-
cho que estuvo a punto de gritar «jquiqui-
riqui!», pero, por suerte, Wendy le tapo la boca a
tiempo.
—jEh, vosotros, los del bote! —se oy6 entonces.
Wendy temblo de pies a cabeza, y un largo escalofrio le reco-
rri6 la espalda. Aquella voz profunda y carrasposa era la misma
que habia salido de los labios de Peter, pero, esta vez, Peter tenia
la boca cerrada.
—jEh, vosotros, los del bote! —volvi6 a oirse.
No habia duda: en esta ocasion, el que ha-
blaba era el auténtico capitan Garfio.
—jEstamos aqui, capitan! —gritd
Smee, y levanté la linterna.
Garfio eché a nadar hacia la luz.
En el circulo de claridad que
formaba la linterna, Wendy pudo
ver como el capitan clavaba su
gancho en el bote pa- ...
ra ayudarse a subir,
Una vez a bordo, Garfio se
puso en pie. Era alto y del-
gado como una espada.
Estaba chorreando de la cabe-
za a los pies, y jadeaba a cau-
sa de la fatiga. Mas queun 4

88
LA ROCA DE LOS ABANDONADOS

hombre de carne y hueso, parecia un fantasma recién llegado del


mas alla. Smee y Starkey lo rodearon, ansiosos por saber a qué
venia. Garfio apoyé la barbilla en su gancho de hierro y lanzé un
suspiro muy triste.
— Algo va mal, capitan? —pregunto Starkey.
En los ojos de Garfio asom6 una mirada ftinebre, la mirada de
un hombre que ha perdido toda esperanza.
—La lucha ha terminado —dijo—. Esos nifios han encontra-
do una madrecita.
Al oir aquello, y a pesar del miedo que ocupaba su corazén,
Wendy se sintid profundamente orgullosa.
—;Y qué es una madrecita? —pregunté Smee.
«jPobre Smee!», pensd Wendy, «nunca conocié a su madre».
—Una madrecita se encarga de cuidar a sus nifios —explicé el
capitan—, y no dudaria en dar la vida por ellos.
Al decir esto, la voz del capitan se quebro. Garfio acababa de
recordar los dias felices de su nifiez, y estuvo a punto de desha-
cerse en lagrimas. Pero no queria pasar por un tipo sentimental,
asi que agité su gancho en el aire para ahuyentar los buenos re-
cuerdos.
—Capitan —propuso Smee—, ;no podriamos secuestrar a la
madrecita de esos nifios para que cuidara de nosotros?
Por una vez en la vida, el capitan Garfio parecio ilusionado.
—;Qué gran idea! —exclamé—. jEso es lo que vamos a hacer!
iAhogaremos a los muchachos en la laguna y nos quedaremos
con su madrecita!
Al oir aquello, Wendy se indign6.
—jEso nunca! —dijo.
El capitan, que tenia el oido fino, se levanté de golpe.

89
PETER PAN

—;Quién ha dicho eso? —pregunto.


Smee pasé la linterna sobre la laguna, pero no vio a nadie. El
mar estaba en calma, y ni siquiera los peces se movian.
—Habra sido un pajaro —dijo Starkey.
El capitan volvi6 a sentarse.
—Entonces, ;me ayudaréis a secuestrar a la madrecita? —dijo.
Smee y Starkey juntaron su mano derecha con el garfio del ca-
pitan, y los dos juraron a la vez.
—Os ayudaremos a secuestrar a la madrecita —aseguraron
con voz solemne.
Justo en aquel momento, el bote chocé contra la Roca de los
Abandonados, y el capitan se acordé de Tigridia.
—Por cierto —dijo—, ;donde esta la piel roja?
Smee y Starkey se miraron, sonriendo.
—jQué bromista que es usted, capitan! —exclamé Smee—. La
hemos dejado en libertad tal y como nos ha ordenado...
Al capitan se le ensombrecio la cara.
— Qué diablos estais diciendo? —bram6o—. jJuro por las dos
tibias de nuestra bandera que yo no os he ordenado nada!
Smee no supo qué pensar. Miré a Starkey en busca de una ex-
plicacion, pero también Starkey se hallaba desconcertado. Garfio
comprendi6 que algo muy raro estaba ocurriendo, y se puso en
pie. Cuando mir6 a su alrededor, tenia los ojos de un loco deso-
rientado.
—Espiritus de la laguna —dijo—, ;me estdis oyendo?
Si Peter Pan hubiera sido prudente, habria permanecido calla-
do. Pero le gustaba apostar fuerte y acept6 el desafio. Imitando la
voz de Garfio, contest6:
—Si, Garfio, estamos aqui.

90
LA ROCA DE LOS ABANDONADOS

—jPor cien mil pares de demonios! —exclamé el capitan, y


entonces Smee y Starkey se abrazaron para soportar el miedo—.
sQuién eres, genio desconocido?
—Soy el capitan Garfio, por supuesto —respondié la voz.
—jEstas mintiendo! jEl capitan Garfio soy yo!
—jRayos y centellas! —replicé la voz—. jVuelve a decir eso, y
te lanzaré el ancla a las mismisimas narices!
El capitan Garfio se qued6 pensativo, y
decidié probar con otro me-
dio mas ingenioso. Mirando
a la distancia, y casi con hu-
mildad, pregunto:
—Si eres el capitan Gar-
fio, responde: ;quién soy yo?
Peter no tuvo que pensar la respuesta.
—Un merluzo, por supuesto —contest6é—. Nada mas que un
triste y miserable merluzo.
—;Un merluzo? —exclam6 Garfio, palido de indignacion.
A Smee le entré la risa.
— (Nuestro capitan es un merluzo! —susurré—. ;Un triste y mi-
serable merluzo!
El capitan luchaba por no perder la fe en si mismo. De pronto,
tuvo una intuicién. Con los ojos radiantes, avivados por la astu-
cia, le grit6 a su enemigo invisible:
—;Tienes otra voz, Garfio?
Entonces, por vez primera, Peter respondio con su propia voz.
—Si que la tengo —dijo.
—;Y otro nombre?
—Desde luego que si —contesté el nifio con orgullo.

91
PETER PAN

sus fuerzas, pero, por mas que alzaba la nariz y abria la boca, no
conseguia capturar ni una gota de aire. Lleg6 un momento en
que empezo a ver doble, y entonces pens6é que su muerte era cosa
segura. Pero, por suerte, sus amigos no lo abandonaron. De re-
pente, los Gemelos Ilegaron a la roca y saltaron sobre Starkey.
Fueron tantos los golpes que le dieron en la frente y en las nari-
ces, que el pirata no tuvo mas remedio que huir por segunda vez.
A Garfio, en cambio, no era tan facil dejarlo fuera de combate.
Tras saltar del bote, habia logrado alcanzar la orilla de la laguna.
Varios chiquillos lo rodearon, pero el capitan se defendié agitando
su gancho de hierro. De ese modo, cre6 a su alrededor un circulo
mortal, del que los nifios escapaban como peces asustados. Sin
embargo, lleg6 un momento en que empezo a cansarse, y enton-
ces salt6 al agua para librarse de los ninos. Nadando a grandes
brazadas, alcanz6 la Roca de los Abandonados, adonde Ilegé casi
sin aliento. Intent6 subir a la piedra, pero resbalé con el musgo.
Entonces buscé un saliente del que agarrarse, y cuando dejo caer la
mano, topo con algo que no esperaba. Su corazon se agit6. Al prin-
ciplo, pens6 que era un animalillo, una rata tal vez, pero, cuando
levanto la cabeza, vio que se trataba de otra cosa. De repente, los
ojos de Garfio brillaron de excitacion. El capitan tenia frente a
frente al enemigo que mas odiaba: alli, de pie sobre la roca, rodea-
do de sombras como un dios solar, estaba Peter Pan.
Los dos rivales se hallaban tan cerca que Peter noté en la cara
el aliento de Garfio. «Ahora o nunca», pens6. Entonces, apretan-
do los dientes, adelanté la mano y logr6 arrancarle al capitan el
cuchillo que Ilevaba colgado del cintur6n. Garfio no supo reac-
cionar. Se qued6é inmovil, con los ojos muy abiertos y los labios
petrificados: parecia que acabara de verle la cara a la muerte. Pe-

94
LA ROCA DE LOS ABANDONADOS

ter enderez6 entonces el brazo, con el pufal entre los dedos, y ya


estaba a punto de hundir el arma en el vientre de Garfio, cuando
de pronto advirti6 que el capitan estaba en inferioridad de condi-
ciones. En efecto, Garfio se hallaba en la roca un poco mas abajo
que Peter. El nifio deseaba vencer, pero queria hacerlo con digni-
dad, jugando limpio. Entonces, en un gesto magnifico, aparté el
punial y le dio la mano a Garfio para ayudarlo a subir.
PETER PAN

Fue un error decisivo. Porque Garfio, lejos de agradecer aque-


lla muestra de generosidad, aprovecho la ocasion para morderle
la mano a Peter. El nifio se qued6 paralizado de asombro. No po-
dia entender que Garfio lo tratase asi. ;Cémo podia ser tan desleal
con alguien que intentaba ayudarlo? ;Es que nadie le habia ense-
fiado a ser agradecido? ;Acaso ignoraba que incluso en la guerra
hay reglas que es preciso respetar? Peter se sintid tan decepciona-
do que todo su cuerpo tembl6 como la hierba bajo la Iluvia. A
aquellas alturas de su vida, ya debia saber que los adultos a veces
juegan sucio. Pero era un nino, y los nifios no estan capacitados
para entender la traicion.
—Llevaba afios sofando con este momento —dijo Garfio con
voz diabdlica—. Despidete de la vida, Peter Pan, porque la muer-
te viene conmigo para llevarte al infierno.
El capitan no tuvo piedad. Enderez6 su cuerpo como si quisie-
ra tocar las nubes y levanto su garra de hierro con una furia atroz.
Sus ojos irradiaron un rencor poderoso, letal,’ antiguo como el
mundo, pero su corazon se sentia feliz. Peter Pan iba a pagar por
fin todas sus humillaciones. El capitan record6 los tiempos en
que su brazo terminaba en una mano, y su garfio chisporrote6 en
el aire como un rayo de tormenta. Cuando el hierro cay6 sobre
Peter, el nino lanz6 un grito de dolor. La muerte, en efecto, se ha-
bia puesto de parte de Garfio. El capitan volvié entonces a levan-
tar el brazo, y ya iba a descargar el golpe definitivo cuando algo
inesperado sucedidé. Garfio detuvo su gancho en el aire, y todo su
cuerpo quedo paralizado. Pero no es que se hubiera arrepentido
de lo que iba a hacer. Lo que pasaba era que acababa de oir el ru-

3 letal: mortal.

96
LA ROCA DE LOS ABANDONADOS

mor que mas temia: en el silencio tenso de la laguna, habia sona-


do el tic-tac del cocodrilo.
El capitan se qued6 muy palido, blanco como la nieve, tieso
como una lanza. Cerr6 el pufio, levanté las cejas, e incluso su co-
razon dej6 de latir por un instante, porque toda la energia de su
cuerpo se concentr6 en la tarea de escuchar. Aquel tic-tac era la
peor amenaza que Garfio podia imaginarse. El cocodrilo sonaba
con devorar el cuerpo del capitan, sin dejar ni una sola migaja
desde el craneo a los talones, asi que Garfio no se paré a pensar
lo que tenia que hacer: muerto de miedo, salt6 al agua y se alejd
nadando a una velocidad portentosa. Si el momento no hubiera
sido tan dramatico, el propio Peter se habria echado a reir, pues
no habia nada mas ridiculo que un hombre hecho y derecho hu-
yendo a todo correr del tic-tac de un relo).

WY
La muerte anda cerca

Los nifios se pasaron mas de una hora llamando a Wendy y a Pe-


ter Pan, pero nadie respondio. Un denso silencio reinaba sobre el
mundo, y la laguna parecia deshabitada. Al final, los nifos deci-
dieron volverse a la casita subterranea: pensaron que tal vez Peter
y Wendy ya estuvieran alli.
Sin embargo, Peter y Wendy seguian en la Roca de los Aban-
donados. No era un lugar seguro, pues la marea estaba subiendo,
pero Peter no podia volar a causa de sus heridas, y Wendy no te-
nia fuerzas para nadar hasta la isla. Los dos nifios estaban acorra-
lados. Wendy comprendio que el fin se acercaba y tomo la mano |
de Peter para no sentirse sola. Luego cerr6 los ojos y se acord6 de
sus padres. Le falt6 muy poco para echarse a llorar, pero se dijo a
si misma que tenia que ser fuerte y reprimio las lagrimas. El mar,
mientras tanto, subia y subia, y la Roca cada vez se veia mas pe-
quefnia. Era como si la muerte estuviera estrechando su abrazo. En
cierto momento, Wendy not6 que algo le rozaba la mejilla, y se
dijo: «Todo ha terminado». Pens6 que era la muerte, que acababa
de llegar desde su extrafo reino de sombras. Pero no sintié mie-
do, sino pura curiosidad. Wendy queria saber cOmo era la muer-
te, asi que abrio los ojos. Entonces descubrié una cometa que so-
brevolaba el mar a pocos metros de la superficie del agua. Era su
cola de papel lo que le habia rozado la cara.

98
LA MUERTE ANDA CERCA

—jMira, Peter! —dijo Wendy—. jEs la cometa que se le esca-


po a Miguel! ;Te acuerdas de que lo levant6 por los aires?
Peter apenas presté atencidn. Estaba demasiado angustiado
para pensar en cometas. Llevaba un rato buscando una manera
de escapar de la laguna, pero solo se le ocurrian ideas absurdas.
Su mente estaba tan agotada que se habia vuelto una maquina
lenta y poco eficaz. Sin embargo, no era una maquina inutil. De
pronto, cuando Wendy mencion6 la cometa, Peter empezé a aso-
ciar ideas. Pens6 que si la cometa habia levantado a Miguel, tam-
bién podria levantar a Wendy... Entonces, con la agilidad de un
mago, até la cola de la cometa alrededor de la cintura de la nifia.
—;Qué estas haciendo? —pregunté Wendy.
—Salvarte. La cometa te llevara volando hasta la isla.
—;Y tu por qué no te atas?
—No puede ser. La cometa no aguantaria tanto peso.
—Entonces no quiero irme...
Wendy intent6 agarrar las manos de Peter, pero ya era tarde: el
viento habia empezado a empujarla cielo arriba. Los dos nifios se
miraron con ternura: no necesitaron palabras para decirse lo mu-
cho que se querian. Peter se quedo a solas, y la marea, insensible
al dolor, siguid subiendo. Poco después, empez6 a atardecer, y las
sirenas se pusieron a cantarle a la luna. Peter pens en la muerte,
que ya estaba tan cerca, pero no sintié miedo. Al contrario: su co-
raz6n latié con alegria, como un gozoso tambor de fiesta. De pron-
to le parecié que también la muerte puede ser una gran aventura.
A fin de cuentas, siempre que algo se acaba, es que algo nuevo es-
ta por empezar... Aliviado con esa idea, miré a lo lejos, pregun-
tandose por donde apareceria la muerte. Y alli, sobre la linea del
horizonte, justo donde el mar besaba al cielo, descubri6 una man-

wh)
PETER PAN

cha que se estaba acercando. Peter tardd poco en descubrir de


qué se trataba. Era el Ave Sofiada, un pajaro que solo existe en el
Pais de Nunca Jamas. Venia flotando sobre el agua, a bordo de su
nido, igual que un naufrago a bordo de una balsa. Peter com-
prendié emocionado que el Ave Sofiada le traia su nido para que
lo usase a modo de barca. Era la prueba palpable de que el nino
habia hecho buenos amigos en el Pais de Nunca Jamas...
Asi fue como salvo su vida. Peter aparté los huevos del nido y
los depositd en un sombrero que flotaba sobre el agua, y que de-
bia de ser de Starkey. Luego, usando su propio traje y un par de
ramas que encontr6 a su paso, improvis6 un mastil y una vela, y
de ese modo convirti6 el nido en barca. Un viento favorable co-
menzo a soplar, y al poco rato, Peter desembarcé en la isla. Aque-
lla noche, cuando lleg6 a la casita subterranea, Wendy le dio un
abrazo tierno y sentido, y los nifios libraron en su honor una glo-
riosa guerra de almohadas.
El juego se termina

Al dia siguiente, el Gran Tigre, padre de Tigridia y jefe de los Pi-


caninos, se presento ante Peter fumando la pipa de la paz.
—Ayer tu salvar Tigridia de muerte espantosa —dijo con voz
solemne—. Nosotros pieles rojas, agradecidos como 4rbol al agua.
Tu, Peter Pan, ser nuestro Gran Padre Blanco. Nosotros proteger
Peter Pan.
Los Picaninos formaban una tribu de hombres feroces. Lleva-
ban plumas de guerra en la cabeza y se pintaban las mejillas con
largas rayas de colores para camuflarse entre los arboles. Eran pe-
quefios y robustos, y no soportaban que nadie les faltase al respe-
to. A la menor ofensa, empufiaban sus cuchillos y sus hachas y se
lanzaban a pelear a vida 0 muerte. En el Pais de Nunca Jamas no
habia guerreros mas temibles. Pero, desde aquel dia, los Picani-
fios se dedicaron en cuerpo y alma a proteger a Peter Pan. Vigila-
ban la casita subterranea a todas horas, a veces sentados en torno
a la hoguera y a veces tapados con sus mantas de pelo de bisonte.
Cuando veian a Peter, agachaban la cabeza en senal de respeto.
Incluso la orgullosa Tigridia, que no era carifiosa con nadie, se
deshacia en mimos con Peter Pan. Su voz se volvia dulce cuando
lo tenia delante, y sus ojos centelleaban como el agua del mar en
el verano. Algo muy parecido al amor burbujeaba en su esquivo
corazon de princesa.

101
PETER PAN

Peter, como es légico, estaba encantado. Agradecia la protec-


cién de los pieles rojas y disfrutaba siendo el padre de los ninos
perdidos. Era feliz. Por las mafianas, salia en busca de aventuras,
y por las noches volvia a casa cargado de nueces y castanas para
sus nifios. Wendy, en cambio, parecia algo triste. Desde la aventu-
ra de la Roca de los Abandonados, se la veia cambiada. Aunque
queria a sus hijitos, no se sentia a gusto con su papel de madre de
mentirijillas. Su vida de fabula empezaba a cansarle. Jugar era di-
vertido, desde luego, pero no le bastaba para sentirse satisfecha.
Wendy empez6 a sospechar que le hacia falta volver al mundo real
para conocer a fondo todo lo que la vida podia ofrecerle. Una no-
che, mientras los ninos jugaban, levanto la vista de los calcetines
que estaba zurciendo y mir6 a Peter Pan a los ojos.
—Peter, ;t me quieres? —le pregunto.
Peter no tuvo que pensar la respuesta.
—Por supuesto que si —dijo.
—Pero ;c6mo me quieres? —quiso saber Wendy.
—jQué curioso, es lo mismo que me pregunto ayer Tigridia!
—;Y qué le respondiste?
—No le respondi —explic6é Peter—, porque no entendi bien
lo que me estaba preguntando. Me dijo que ella me queria, pero
no como una madre quiere a sus hijos, sino de una forma distinta.
—Entonces, ;no sabes c6mo me quieres? —pregunt6 Wendy.
—Te quiero como un hijo debe querer a su madre. ;Es que hay
otra forma de querer?
—jHay otra forma, si! —dijo Wendy, y recalc6é una por una las
cuatro palabras.
Su corazon, de repente, se habia Ilenado de sombras. Se sentia
incomprendida y tenia ganas de gritar. Con gesto cansado, dejé

102
(aes

PETER PAN

los calcetines junto a la chimenea y se dirigié al otro lado de la


habitacion. El juego estaba a punto de acabarse.
—Eres muy rara, Wendy —murmur6 Peter—. Y Tigridia tam-
iene
«Y tt eres muy tonto», dijo Campanilla en su alcoba con un
rapido cascabeleo. Entonces Wendy se levant6 y se puso a acostar
a sus hiitos segtin el sistema que ella misma habia ideado para
que se molestasen lo menos posible: uno dormia con la cabeza
hacia el sur y el siguiente con la cabeza hacia el norte. Una vez en
la cama, los ninos le pidieron a Wendy que les explicase la histo-
ria de los senores Darling, que era su cuento preferido. A Peter,
aquella historia le parecia odiosa, y siempre que Wendy la conta-
ba salia de la casa 0 se tapaba los oidos. Pero aquella noche deci-
did escuchar el cuento, porque, en lo mas hondo de su coraz6n,
intuy6 que algo importante estaba a punto de ocurrir.

104
EL JUEGO SE TERMINA

—Habia una vez —empezo a decir Wendy— unos papas Ila-


mados sefior y sefiora Darling...
Wendy explicé que los Darling habian tenido tres hijos, de los
que cuidaba una perra muy pacifica y responsable llamada Nana.
Aunque los ninos eran felices en su casa, una noche decidieron
escaparse al Pais de Nunca Jamas, donde vivieron muchas aven-
turas lejos de los problemas de los adultos, de sus oscuras ofici-
nas y sus brillantes negocios, de sus bodas solemnes y sus pesadas
manias... Asi acababa siempre la historia, siempre salvo aquella
noche. Porque, de pronto, Wendy sintié la necesidad de afiadir
algo que no estaba previsto.
—;Os imaginais lo tristes que se quedaron los Darling al ver
que sus hijos no estaban? —dijo—. Pensad en lo mucho que su-
frieron, en las lagrimas que derramaban cada vez que veian las
camitas vacias de sus nifios. La sehMora Darling se moria de ganas
de verlos de nuevo, y siempre dejaba la ventana del cuarto abier-
ta, para que volviesen volando igual que se habian ido. Los tres
nifios estuvieron muchos afios en la isla, y se lo pasaron muy bien,
peror
Peter Pan hizo una mueca de disgusto. El cuento era peor ain
que los otros dias.
— Al final volvieron? —pregunt6 Simplon.
—Si queréis saberlo, retorceos la nariz con los dedos, porque
es la Unica manera de adivinar el futuro. jYo ya lo estoy viendo!
Han pasado los afios, y por una calle de Londres pasea una ele-
gante dama de mediana edad. ;Sabéis quién es?
— No, Wendy, dinos quién es! —suplicé Chispa.
Wendy hizo un silencio para excitar la curiosidad de los nifios,
y luego dijo:

105
PETER PAN

—Pues esa sefiora tan distinguida es jla bella Wendy! Y los dos
jovenes elegantes que la acompafian son Juan y Miguel. jMirad
cuanto han crecido!
—;Eso quiere decir que los tres hermanos volvieron a su casa?
—pregunt6 Ligerisimo.
—Si —dijo Wendy—. Volvieron volando hasta Londres, y en-
contraron abierta la ventana de su cuarto, y abrazaron de nuevo a
sus padres, y fueron inmensamente felices.
El cuento gust6 tanto a los nifios como a la propia narradora.
Wendy y sus hermanos estaban convencidos de que, a pesar de
que se habian ido de casa, su madre los seguia queriendo como el
primer dia. Y eso era lo que estaban pensando cuando Peter solt6
aquel gemido tan triste. Wendy, asustada, le pregunto:
— Qué te pasa, Peter? ;Es que te duele algo?
—Si—respondio Peter—, pero no en el cuerpo.
—Entonces, ;dénde te duele?
—Me duele la idea que tienes de las madres.
Todos los nifios se agruparon alrededor de Peter. Estaban in-
quietos, aunque no sabian muy bien por qué. Peter Pan cont6 en-
tonces algo que siempre habia ocultado.
—Durante mucho tiempo —dijo—, yo pensé igual que voso-
tros. Creia que mi madre dejaria siempre la ventana de mi cuarto
abierta para que yo volviera cuando quisiese. Asi que estuve fuera
de casa durante muchas lunas. Pero cuando volvi encontré la ven-
tana cerrada. Mi madre ya no se acordaba de mi, y habia otro ni-
no durmiendo en mi cama...
No sabemos si aquello habia pasado en realidad o si era una
pura invencidn de Peter, pero él estaba convencido de que habia
sucedido de veras.

106
EL JUEGO SE TERMINA

—Eso no puede ser —dijo Simplon, muy alarmado—. ;Estas


seguro de que hay madres asi?
—Si que las hay —respondio Peter.
De repente, los nifios se quedaron muy serios, como si un la-
dr6n invisible les hubiera robado todo su entusiasmo. ;Y si era
cierto que las madres daban la espalda a sus hijos en cuanto los
perdian de vista? ;COmo podian estar seguros de que las madres
eran buenas, de que tenian un corazon grande y consagrado al
amor? Una duda hiriente, afilada como un pufial, acababa de cla-
varse en el pecho de los nifios. Todos estaban preocupados. Juan
empezo a morderse las unas, y Miguel se revolvio en el cesto que
le servia de cuna. Alarmados por una sospecha terrible, los dos
hermanos se agarraron a las faldas de Wendy y le suplicaron con
angustia:
—jWendy, vamonos a casa ahora mismo! j;Vamonos antes de
que mama nos olvide!
Wendy pens6 entonces en su madre y se la imagino vestida de
luto, cansada y triste, llorando por los tres hijos a los que ya creia
muertos. El dolor que sintid entonces fue tan insoportable que
hubo de hacer un gran esfuerzo para no echarse a llorar. Y aun-
que respondio con calma, habia una centella de emocién en sus
ojos cuando dijo:
—Si, ha llegado el momento de volver. Tenemos que irnos, y
lo vamos a hacer esta misma noche.

107
La despedida

Peter estaba desolado: era como si un rayo acabara de partirle el


alma. No podia aceptar que Wendy quisiera marcharse. Sin em-
bargo, se esforz6 en disimular su tristeza, pues no queria pasar
por uno de esos nifios blandengues que dependen de los demas
para ser felices. Cuando Wendy le pidio ayuda para preparar el
viaje, Peter contest6 con mucha calma:
—Si quieres marcharte, no hay problema. Lo prepararé todo
ahora mismo.
Peter salio de la casa para hablar con los indios del Gran Tigre.
Mientras subia por el tronco en direccion al bosque, la rabia se le
escapaba por los ojos. «La culpa es de los mayores», se decia, «los
mayores siempre lo estropean todo». Entonces, empez6 a suspi-
rar con mucha fuerza, una vez y otra vez, casi sin descanso. Pero
no suspiraba para sacudirse la tristeza, sino porque en el Pais de
Nunca Jamas se dice que cada vez que alguien suspira, se muere
una persona mayor. Asi que los suspiros de Peter eran suspiros de
venganza...
Abajo, mientras tanto, los nifios perdidos se habian reunido en
corro. Estaban enfadados, mas enfadados atin que Peter, y parecian
dispuestos a todo con tal de retener a Wendy.
—No podemos dejar que se vaya —dijeron los Gemelos—. Es
nuestra madre...

108
LA DESPEDIDA

Ligerisimo se qued6 pensativo.


— 3Y si convertimos a Wendy en nuestra prisionera? —dijo.
Los ninos sonrieron. Parecia un buen plan, asi que Chispa fue
en busca de una cuerda para atar a Wendy. Solo Simpl6n se mos-
traba incémodo. Secuestrar a una dama le parecia una barbari-
dad, y mas atin cuando la dama es la madre de uno. Pero ;para
qué iba a decir nada si nunca le hacian caso? A fin de cuentas, era
Simplon, el tonto del grupo, el que solo decia disparates, el que
siempre llegaba tarde a las aventuras. Simplon sabia que las pala-
bras no le iban a servir de nada, asi que decidié pasar a los he-
chos. De pronto, firme y audaz como un soldado, empufié su cu-
chillo y se plant6é delante de Wendy.
—dQuien se atreva a molestar a nuestra madre —dijo—, ten-
dra que vérselas conmigo cara a cara.
Lo decia en serio. Su mirada habia perdido la inocencia de
siempre, y su voz sonaba firme, casi aspera. Simplon no tenia
miedo. Se hallaba en el momento mas brillante de su vida, y era
muy consciente de la importancia de lo que estaba haciendo. No
iba a echarse atras. Su cuerpo irradiaba tal seguridad que los otros
nifios se asustaron. Chispa, que ya habia encontrado la cuerda
que buscaba, penso si no seria mejor utilizarla para atarle las ma-
nos a Simpl6n. Las cosas, ciertamente, se estaban poniendo feas,
pero, justo cuando la guerra iba a estallar, Peter Pan regres6 del
bosque. Simplén tuvo un instante de duda, pero guard6 su cu-
chillo antes de que Peter pudiera verlo.
Peter Pan se acercé a Wendy y le dijo:
—Para que no te canses volando, les he pedido a los Picaninos
que te guien a través del bosque. Luego, Campanilla te conducira
por los caminos del mar.

109
PETER PAN

Campanilla, que estaba sentada en su alcoba, se levanté de


golpe y comenzo a volar por la habitacion.
— (Wendy es una bruja! —decia con un cascabeleo furioso—.
jNo pienso ayudarla!
—jHaras lo que yo te diga, Campanilla! —replicé Peter—. jSi
no me obedeces, te echaré de esta casa!
El hada no tuvo mas remedio que tragarse la rabia que sentia.
Los nifios, mientras tanto, cada vez se ponian mas nerviosos. En
el fondo, envidiaban a Wendy y sus hermanos. Sabian que se diri-
gian hacia un futuro muy hermoso del que ellos no podrian dis-
frutar. Wendy, al verlos tan tristes, les dijo con mucho carifio:
— Por qué no os venis con nosotros? Seguro que mis padres
estaran encantados de adoptaros.
Los nifios empezaron a saltar de alegria.
— No seremos demasiados? —pregunt6 Chispa.
—Claro que no —dijo Wendy—. Pondremos camas en el sa-
lon, y cuando vengan visitas, os esconderemos en el armario. Bue-
no, si es que Peter os deja venir...
—Por mi, que hagan lo que quieran —replicé Peter, y arrugé
la boca fingiendo indiferencia.
— jY tu por qué no vienes? —pregunt6 Wendy—. No puedes
quedarte aqui solo...
—Por supuesto que puedo. ;Dénde voy a
vivir mejor que aqui?
Entonces, para demostrar que
no le importaba quedarse solo,
Peter tomo su caramillo y empezé a
tocarlo mientras saltaba de aqui para
alla como un salvaje despreocupado.

110
LA DESPEDIDA

—Ven con nosotros, Peter, por favor —insistid Wendy—. Ya


veras como te gusta tener una madre...
—Yo no quiero madres. Las madres solo dan disgustos. Se em-
penan en que sus hijos tienen que crecer, y yo voy a ser nifio para
siempre jams. Lo Unico que quiero es jugar y pasdrmelo bien.
Los nifios no podian creerse que Peter prefiriera quedarse. Pe-
ro asi era. Aunque sus amigos se iban, no parecia sentir pena al-
guna. Ni derram6 lagrimas ni dejé escapar un triste suspiro. Al
contrario: se le veia muy sereno cuando les tendié la mano a los
nifos para darles a entender que habia llegado el momento de
decirse adids. Los nifos sintieron un raro cosquilleo en el est6-
mago, mezcla de miedo y esperanza. Partian hacia una vida nue-
va de la que no sabian casi nada. Uno tras otro, fueron estrechan-
do la mano de Peter. Ellos parecian ansiosos, y él liberado. Wendy
camino hacia Peter con el corazon encogido. Una rafaga de triste-
za aleted en su pecho. Ya habia adelantado la mano cuando, de
pronto, empezo a sonar un tremendo alboroto en el bosque. Los
nifios se asustaron. Incluso a Simplon, el valiente, se le atravesd
un nudo en la garganta.
—;Qué es lo que pasa? —pregunté Wendy, muy nerviosa.
Peter desenvain6 su espada.
—Es la guerra —dijo—. Los indios estan luchando con los pi-
ratas.
Los nifios rodearon a Peter y empezaron a suplicarle:
—jNo nos abandones, Peter, por favor!
En los ojos de Peter centelleé la pasion por la lucha. Notaba en
el ambiente el olor de Ja aventura, y no habia nada en el mundo
que le gustase mas. Arriba, tal y como Peter habia dicho, las ha-
chas de los indios estaban chocando con los sables de los piratas.

Bal
PETER PAN

Durante cerca de diez minutos, se oyeron carreras, quejas, lamen-


tos, maldiciones de rabia y aullidos de dolor. Las flechas silbaban,
los metales rechinaban al chocar y la tierra retumbaba cada vez
que un herido cafa al suelo. No habia duda de que el bosque se
habia convertido en escenario de una batalla brutal. Pero, de pron-
to, como si ya hubiera corrido toda la sangre de todos los guerre-
ros, se hizo el silencio. El combate habia terminado.
Los nifios esperaron inquietos, sin decir nada, reunidos en tor-
no a la figura paternal de Peter. Estaban tan callados que podian
oir el latido de sus propios corazones. Arriba, el silencio era abso-
luto. No se ofa ni siquiera el chirrido de un grillo. Para los nifos,
se trataba de una mala noticia: queria decir que habian vencido
los piratas, pues, cuando los indios ganan una batalla, siempre
tocan su tam-tam para celebrarlo. Una oleada de tristeza inund6
la casita subterranea: los Gemelos miraron a Chispa, Chispa miré
a Wendy y Wendy miro a Peter Pan. Un hilo de pena, tenso como
un alambre, unio de repente el alma de todos los nifos. Pero,
cuando las lagrimas estaban a punto de brotar, un latido enérgico
comenz6 a sonar en el bosque. Los nifos saltaron de alegria. Lo
que estaban oyendo era el viejo tam-tam de los indios. Peter son-
rid. Con gesto triunfal, feliz de lo que el destino habia decidido,
dijo en voz bien alta:
—jHurra! jHan ganado los nuestros!
El tam-tam

Los nifos no podian imaginarse que el sonido del tam-tam era


una trampa, una sucia trampa ideada por Garfio. En aquellos mo-
mentos, el capitan estaba a punto de saborear la venganza que
llevaba tanto tiempo buscando. Desde el dia en que habia descu-
bierto la casita subterrdnea, confiaba en matar a Peter Pan. Odia-
ba a aquel chiquillo con toda su alma, y no solo porque Peter lo
hubiese dejado manco: lo aborrecia por su forma de ser, por la fe
que Peter tenia en si mismo, por su alegria desbordante, por su or-
gullo indestructible. A Garfio le bastaba con ver a Peter Pan para
sentir ardor en el est6mago. El rencor que le tenia era mas profun-
do que el mar, mas ancho que la tierra, mas antiguo que los astros
del cielo. Peter Pan le estorbaba en el alma igual que nos moles-
ta una piedra en el zapato o un mosquito en la noche. Mientras
aquel nifio estuviera vivo, Garfio no podria ser feliz.
Ese fue el motivo por el que atacé a los indios. Lo hizo a trai-
cin, a la hora del alba. Aquella noche, casi todos los Picanifios se
hallaban en el campamento levantado junto a la casita subterra-
nea. Se habian adormilado en torno al fuego, envueltos en sus ca-
lidas mantas de pelo de bisonte, y algunos sonreian con los ojos
cerrados, pues estaban viendo en suefios el paraiso donde habi-
tan sus muertos, que es una inmensa pradera bafiada por el sol.
Sigilosos como lobos, los piratas los estaban espiando, y en cuan-

113
PETER PAN

to los indios se durmieron, les saltaron encima. Cuando los Pica-


nifios despertaron, se encontraron en el cuello los sables del ene-
migo. Y, aunque se defendieron con ufias y dientes, no pudieron
evitar el desastre. Aquella madrugada, en menos de una hora,
murieron los mejores hombres de la tribu de los Picanifios. Solo
el Gran Tigre, su hija Tigridia y unos pocos guerreros se salvaron,
gracias a que estaban durmiendo en otro lugar de la isla.
Cuando la batalla acab6, los piratas se reunieron en torno a su
capitan. Se les veia felices, y esperaban que Garfio también lo es-
tuviera. Pero el capitan no era un hombre facil de contentar. Sus
ojos de hurén! seguian apagados. Era como si llevara dentro del
corazon una llama inextinguible’ de tristeza. Y es que Garfio se-
guia pensando en Peter Pan. Los indios habian sido aniquilados,
pero aquel nifio despreciable continuaba vivo. El capitan ansiaba
darle muerte, eliminarlo cuanto antes, destruirlo de una vez...
Solo tenia que bajar por uno de los troncos para llegar a la casita
subterranea y encontrarse cara a cara con su odiado Peter Pan.
Sin embargo, Garfio sabia que meterse en la guarida del enemigo
es una operaciOn que tiene sus riesgos. Por eso estaba indeciso.
Era preferible que los nifos salieran de su guarida, pero no se le
ocurria cOmo conseguirlo...
Estaba pensando en eso cuando de repente se fij6 en Smee. El
viejo contramaestre se dedicaba a husmear en las cosas que los
indios habian dejado en su campamento, por si encontraba algo
de valor. Al lado de la hoguera, Smee descubri6 el tam-tam, y se
puso a examinarlo. Era un tambor de madera, grande como un

1 hur6n: animal del tamano de una ardilla, de pelaje gris y larga cola, experto
en cazar ratones. Tiene los ojos negros y una mirada viva y penetrante.
2 tnextinguible: que no se apaga nunca.

116
EL TAM-TAM

caldero, cubierto con una membrana de piel de bisonte que tenia


el color del chocolate. A Smee le parecié un instrumento miste-
ri0so, Casi magico, y lo acaricié con la yema de los dedos. Enton-
ces Garfio se acerco y le dijo:
—Toca ese tam-tam, Smee.
Smee se qued6 desconcertado.
—j;Que lo toque? —pregunto.
—Tocalo, si, y hazlo con todas tus fuerzas.
Smee obedecid, y el sonido del tam-tam rompi6 de pronto la
quietud del bosque. Un quejido ritmico subid hacia el cielo a tra-
vés de las copas de los arboles y estremeci6 la cima nevada de las
montanas. Aquel viejo instrumento sonaba como el galope de un
caballo, como el latido de un coraz6n enorme, como la indesci-
frable respiracién de Dios. Mientras el tam-tam cantaba, Smee
comprendio al fin cual era el sentido de todo aquello. Si, Garfio
habia tenido una ocurrencia genial: por medio del
tam-tam, les estaba diciendo a los ninios algo que no
era verdad: «Salid sin miedo, porque los indios han
ganado la batalla». Smee sonrid, mientras el resto
de los piratas, siguiendo las ordenes de Garfio, se
situaban en torno a los arboles que ser-
vian de entrada a la casita subterranea.
De un momento a otro, los nifios em-
pezarian a salir, convencidos de que los
indios habian ganado la batalla, y enton-
ces se llevarian una amarga sorpresa.

sly
Quiero estar solo

Solo hay una cosa peor que despedirse: despedirse dos veces. Y
los nifios, por desgracia, tuvieron que hacerlo. Al oir el tam-tam,
empezaron a saltar de alegria, creyendo que los indios habian ga-
nado la batalla. Estaban convencidos de que ya no habia peligro:
podian salir de la casita y partir hacia el mundo real. Uno tras
otro, los nifios le dieron la mano a Peter, que se mostr6 frio como
un témpano de hielo. Wendy pensaba darle un beso, pero, como
Peter no lo pidid, se limité a estrecharle la mano.
—No te olvides de tomarte tu medicina todas las noches antes
de irte a dormir —le dijo.
—Lo haré —respondio Peter, pero el tono de su voz era tan
seco que costaba creer en su palabra.
En aquel momento, no parecia alegre pero tampoco triste, y
mientras los nifios se marchaban tronco arriba, se dedicé a tocar
su caramillo con tantos brios como si nada en el mundo le im-
portase mas que la musica. Sin embargo, en cuanto los nifios se
fueron, dejé de tocar y se tumb6 en la cama. Entonces, la pena
escondida afloré de golpe, como la lava de un volcan en erup-
cin. «No puedo llorar», se dijo Peter. «Tengo que estar alegre»,
insistid, y entonces rompié a reir. Fue una carcajada escandalosa,
vibrante, cantarina, pero falsa e inutil, pues, después de la risa, la
pena siguidé en su sitio, mas intensa que antes.

118
QUIERO ESTAR SOLO

Peter no podia imaginarse lo que estaba sucediendo afuera.


sComo iba a saber que los piratas esperaban a los nifios al pie de
los arboles para convertirlos en prisioneros? Los nifios intentaron
gritar, pero los hombres de Garfio los convencieron a golpes de
que era mejor que se quedaran calladitos. Tan solo Wendy se li-
bro de aquel trato brutal. Como era una sefiorita, Garfio decidié
tratarla con amabilidad. Cuando la vio, se quit6é el sombrero, son-
ri6 de oreja a oreja y le dijo:
—Bienvenida, princesa.
Wendy no contest6. Deseaba gritar, demostrar el desprecio
que le merecia Garfio, escupirle a la cara, arrancarle el bigote pelo
a pelo... La mirada que le dirigié al capitan estaba cargada de ra-
bia, pero Garfio no hizo caso, porque no hacia mas que pensar en
el maldito Peter Pan, aquel chiquillo aventurero al que odiaba a
muerte. Todos los nifios habian salido menos él. ;Por qué Peter
seguia en la casita? ;Acaso no estaba alli abajo? Garfio se sintid
frustrado. Cerro los pufios, y sus ojos azules brillaron de célera.
Le falt6 muy poco para lanzar un grito, pero habia sido educado
en los mejores colegios, y sabia que un caballero no debe gritar.
Le pregunté a Wendy si Peter estaba en la casa, pero Wendy guar-
dé silencio: preferia morir antes que ayudar a Garfio. Entonces, el
capitan tomo una decisién. Puesto que Peter no salia, él mismo
bajaria a buscarlo. Les ordené a sus hombres que se llevaran a los
prisioneros al barco, y luego afiadid:
—Quiero estar solo.
Los piratas agarraron a los nifios. Pensaron que la forma mas
comoda de trasladarlos era meterlos en la casita de madera de
Wendy, asi que los echaron dentro de un puntapié y luego se lle-
varon la casita a cuestas. Smee iba delante, iluminando el camino

119
QUIERO ESTAR SOLO

con una antorcha, mientras el resto de los piratas cantaba a gritos


su horrible cancion.
Una vez a solas, el capitan se sent6 a pensar sobre una piedra.
Necesitaba concentrarse en lo que iba a hacer. Las nubes velaron
la luna, y se levant6 una brisa ligera que Garfio agradecid, porque
le refresc6 la frente acalorada. Cuando la canci6n de los piratas se
perdio en la lejania, un silencio tenso cay6 sobre el bosque. El ca-
pitan respir6 hondo y se mordio los labios hasta hacerse sangre.
Sus ojos seguian siendo azules como el mar, pero sus pensamien-
tos eran negros como las noches sin estrellas. Garfio examin6é con
atencion el hueco de todos los arboles. ;Cual seria el mejor para
bajar? Se decidié por uno, pero enseguida lo descarté. Luego, eli-
gid otro y después un tercero: se iba a jugar la vida, asi que la de-
cisién no era facil. Al final, tras pensarselo mucho, se acerco al ar-
bol mas viejo de todos. Era el mas ancho, y no correria el riesgo
de quedarse atascado en mitad del tronco.
—Preparate, Peter Pan —susurr6 Garfio—. Pronto vas a saber
lo que es la muerte.
Luego, el capitan metio los pies en el hueco del tronco y, con-
teniendo la respiracién como un buceador, se dejé caer hacia lo
desconocido.

2
La venganza

Cuando Garfio llegé abajo, la casita subterranea estaba en com-


pleto silencio. El capitan trataba de aguantar la respiracion, y su
frente goteaba como una vela encendida. Aunque no tenia miedo,
no estaba tranquilo. Iba a librar su batalla definitiva contra Peter
Pan, y sabia que toda batalla entrafia riesgos. Al principio, Garfio
no veia nada, porque sus ojos no estaban acostumbrados a la os-
curidad, y eso acentuo su inquietud. Pens6 que tal vez Peter Pan
lo esperaba escondido en algtn rincon, con el punal en alto, dis-
puesto a matar para que no lo matasen. El capitan caminaba con
lentitud, y lo unico que ofa era el ritmo acelerado de su respira-
cién. Estuvo a punto de tropezar con una de las setas que rodea-
ban la mesa, pero en el ultimo momento logr6 esquivarla. Enton-
ces vio una luz muy débil al otro lado de la habitacién. Era una
vela encendida que descansaba sobre una mesita, justo al lado de
la cama de los nifos. Garfio sintié ganas de gritar de alegria cuan-
do descubri6é que Peter Pan estaba tumbado sobre la cama, con
los ojos cerrados y completamente inmovil.
Por lo visto, se habia quedado dormido sin darse cuenta, y el
brazo derecho le colgaba fuera de la cama. Peter parecia indefen-
so, pero Garfio no quiso precipitarse. ;Y si estaba fingiendo que
dormia? Era mejor aguardar un poco. Callado, quieto como una
estatua, Garfio permanecio de pie junto a la cama, esperando. Pe-

122
LA VENGANZA

ter no se inquiet6, ni abri6 los ojos, ni movid un solo misculo.


Entonces Garfio comprendi6 que estaba dormido de verdad.
Aquel nino odioso se hallaba a merced de su enemigo, desprote-
gido por completo, desvalido como un cachorro.
El capitan sonrid, feliz con su suerte. Podria haber sentido pie-
dad, porque, en el fondo, no era malo del todo: le gustaban las
flores y la musica, la curva colorida del arco iris y la luna redonda
que ilumina la noche de los trépicos. Sin embargo, en el rostro de
Peter encontr6 algo que detestaba: aquella desenvoltura radiante,
aquel orgullo invencible, la alegria sin limites del nifio que sabe
que el porvenir es suyo. Garfio pens6 que aquella alegria era im-
perdonable, pues sentia que Peter se la habia robado a él. Asi que
levant6 su espada para acabar con aquel mequetrefe de una vez
por todas. Sin embargo, en el ultimo momento le parecié que
matar a un nifo mientras duerme es poco ingenioso. Tenia que
encontrar una forma mas sofisticada de darle muerte... Garfio
vio entonces que en la mesita de noche habia una copa, y se acer-
c6 a olisquearla. Era, sin duda, un jarabe para la tos. Peter, como
todos los nifios, tomaba una medicina antes de acostarse. Garfio
tuvo una idea, y se sacé un frasquito del bolsillo. Se trataba de un
veneno hecho con jugo de arana y ojos de culebra, y con otros in-
gredientes secretos, y era tan potente que podia paralizar el cuer-
po de un hombre en cuestidn de segundos. El capitan lo llevaba
siempre consigo para tomarselo si caia prisionero, pues preferia
envenenarse a si mismo antes que dejarse matar por mano ajena.
Cuando incliné el frasco, los dedos de Garfio temblaban de
alegria. No ech6 mas que cinco gotas en la copa: con eso bastaria
para matar a Peter. Luego, tras mirar por ultima vez al nifo, dio
media vuelta y se marcho sin hacer el menor ruido. Cuando salié

(pe
al bosque, parecia un Hemonic recién esccapado de los infier
nos.
: He Apnea a ese meat, ZS ae siesta nunca
, Peter

a EY se
3Creéis en las hadas?

Ya era noche entrada cuando Peter Pan despert6é. Acababa de oir


unos golpecitos, y se incorpor6 de golpe en la cama.
—j;Quién anda ahi? —dijo, y levant6 su pufial.
Era Campanilla, pero, nada mas verla, Peter comprendié que
algo grave habia ocurrido. Campanilla venia muy alterada, con la
cara encendida y el vestido manchado de barro. Hablando a bor-
botones,’ le conté a Peter Pan todo lo que habia sucedido: que los
indios habian sido exterminados, que el tam-tam lo habia tocado
Smee y que los nifios estaban prisioneros. Peter sinti6 en el cora-
zon el calor de la rabia. ;jNo podia soportar la idea de que Wendy
estuviera en manos de Garfio! De pronto, se dio cuenta de que ha-
bia obrado mal. Se arrepintié de haberse reido a carcajadas cuando
estaba mas triste, y de haber fingido que no le importaba perder
a sus amigos, y de no haberle dado un dedal a Wendy cuando se
iba. Entonces, casi por instinto, Peter levant6 la copa que habia
en la mesita. Sintié que tenia que beberse el jarabe para reconci-
liarse con Wendy. Le habia prometido que se lo tomaria todas las
noches, pero habia faltado a su palabra tan solo porque estaba
enfadado. Iba a tocar la copa con los labios cuando Campanilla
solt6 un brusco cascabeleo.

1 hablar a borbotones: hablar muy deprisa.

125
PETER PAN

—jNo, Peter —dijo—, no te tomes eso 0 moriras!


Entonces, explicé que acababa de ver al capitan Garfio en el
bosque, y que le habia oido decir: «j;He envenenado a Peter Pan!».
Campanilla estaba segura de que Garfio habia echado el veneno
en la copa.
—Eso no puede ser —dijo Peter, escandalizado—. Si Garfio
hubiera entrado aqui, me habria enterado. ;O es que crees que
estoy clego?
Peter estaba tan convencido de sus razones que volvio a levan-
tar la copa. Pensaba beberse el jarabe hasta la Ultima gota. La
muerte andaba cerca, muy cerca, mas cerca atin que en la Roca de
los Abandonados, pero venia con tanto disimulo que Peter no
notaba su presencia. Sin embargo, cuando ya estaba a punto de
rozar el cristal con los labios, Campanilla echo a volar a toda ve-
locidad y se situé en el pequefio espacio que quedaba entre la bo-
ca de Peter y el borde de la copa. De esa forma, cuando el nino
fue a beber, el veneno no cayé6 en sus labios, sino en los de Cam-
panilla. Peter se puso hecho una furia.
—}Por qué has hecho eso? —dijo—. ;Me has robado mi medi-
cina!
Campanilla no tuvo fuerzas para contestar. Empez6 a tamba-
learse en el aire como un guerrero que acaba de recibir un lanza-
zo en el pecho. Entonces Peter comprendié por fin que el hada
habia dicho la verdad.
—Campanilla —susurr6—, te has bebido el veneno para sal-
varme la vida, 3a que si?
El hada bajo los ojos y asintié con la cabeza. Le costaba soste-
nerse en el aire, pues sus alas cada vez se movian mas despacio. Sin
embargo, reunié las fuerzas necesarias para subir hasta el hom-

126
3CREEIS EN LAS HADAS?

bro de Peter y para darle un carifioso mordis-


co en la barbilla.
—jEres un asno, Peter! —susurr6.
Desde el hombro de Peter, Cam-
panilla volvio a alzar el vuelo. Aun-
que se tambaleaba, consiguié alcan-
zat su pequefia alcoba, y una vez alli . %
se tumb6 en la cama a esperar la muerte. : ‘
Peter Pan se acerco y vio con tristeza que la cara de Campanilla
estaba muy palida. Su luz dorada se apagaba como una vela ame-
nazada por el viento. Entonces, los ojos de Peter se llenaron de 14-
grimas, y Campanilla sonrid, contenta de que aquel nijfio la qui-
siera tanto. Poco a poco, el hada extendié su manita para tocar
las mejillas de Peter, y las lagrimas del chiquillo le corrieron dedo
abajo.
—Si los nifos creyeran en las hadas —murmur6 Campanilla
con una voz muy débil—, tal vez me salvaria de la muerte.
Al oir aquello, Peter Pan extendio los brazos. No habia ningtin
nifio cerca, pero eso no importaba. Decidié dirigirse a todos los
nifios que, en aquel momento, en mitad de la noche y en cual-
quier lugar del mundo, estaban sonando en sus camitas con el
Pais de Nunca Jamas. Y con una voz rotunda, llena a la vez de
desesperacion y de confianza, les grit6 asi:
—Decidme, nifios, ;creéis en las hadas?
Campanilla se incorporo un poco. Trataba de distinguir la voz
lejana de los nifios, pero no lograba oirla. Cada vez se sentia mas
débil, mas distante de la vida, mas cerca de la muerte.
—,Si creéis en las hadas —gritd Peter de nuevo—, haced pal-
mas con todas vuestras fuerzas! j;No dejéis morir a Campanilla!

Dy
PETER PAN

No hizo falta que Peter repitiera su suplica. De pronto, con la


energia de una ola que estalla contra un acantilado, lleg6 a la ca-
sita el rumor del aplauso de muchos nifios: mil, diez mil, cien
millones de nifios. Aquel clamor rotundo Ilegaba desde Londres y
Paris, desde la China y el Japon, desde las arenas del Sahara y las
costas de Australia, desde las camitas de paja donde duermen los
nifios de la selva y desde las alcobas de palacio donde descansan
los principes de Europa. El rumor ces6 enseguida, porque las ma-
dres de todo el mundo entraron, alarmadas, en el cuarto de sus
hijos, y les dijeron con severidad:
—jDejad de dar palmas! ;Es que no sabéis la hora que es?
Pero, cuando los aplausos dejaron de sonar, Campanilla de
Cobre ya estaba a salvo. Su cara habia recobrado el color de siem-
pre, y su cuerpo volvia a despedir la luz radiante de la buena sa-
lud. Campanilla se sentia tan bien que se levanté de un salto y
empezo a revolotear por toda la casa, dibujando en el aire un sin-
fin de circulos dorados.
—jY ahora, a rescatar a Wendy! —dijo Peter.
Cuando salié de la casa, armado con su pufial y su espada,
aquel nifio aventurero estaba convencido de que derrotaria a Gar-
fio. El cielo tenia un color triste, y la luna cabalgaba entre nubes.
Peter decidié ir caminando, pues, si echaba a volar, su sombra se
proyectaria sobre el suelo y alertaria a los piratas. Convenia ser
prudente, asi que avanz6 en completo silencio, con el sigilo de un
coyote’ que ha salido de caza. No tenia claro adénde debia ir. Los
piratas habian dejado un rastro de huellas a su paso, pero era im-
posible encontrarlas porque habian quedado cubiertas por una

2 coyote: animal parecido al lobo que se cria en varios paises de América.

128
3CREEIS EN LAS HADAS?

ligera nevada. En la isla reinaba un silencio sobrecogedor: esa cal-


ma ardiente que sigue a las grandes batallas. Parecia como si la
naturaleza estuviera guardando luto por los indios que acababan
de morir. Peter, en cambio, ya no pensaba en los guerreros cai-
dos, ni siquiera en los innumerables peligros que acechan en el
bosque. Su mente estaba concentrada en una sola cosa: debia ave-
riguar lo antes posible donde se hallaban Wendy y los nifos per-
didos. Excitado por lo que iba a vivir, satisfecho de sentirse otra
vez a las puertas de una aventura, Peter Pan lanzo un terrible ju-
ramento:
—jEsta vez, frente a frente, o Garfio 0 yo! —dijo.
Y se sintid enormemente feliz.

129
{Biesate

En sus dias mejores, el Alegre Rogelio habia sido el terror de los


mares. No existia un barco mas agil en el mundo, ni ninguno que
luciera con mayor gallardia la horrible bandera de los piratas. Pe-
ro los buenos tiempos ya habian quedado atras. Con los afios, el
Alegre Rogelio se habia convertido en un barco sucio y anticuado,
de mastiles' agusanados y velas rotas. La herrumbre? se acumula-
ba en sus cafiones, y su casco despedia esa luz verdosa que tienen
los trastos viejos. Aquella noche, el Alegre Rogelio estaba atracado
junto a la desembocadura del rio. No se oia nada a bordo, salvo la
maquina de coser de Smee, que estaba repasando los dobladillos
de unos pantalones. Los otros piratas bebian ron y jugaban a las
cartas en la cubierta, envueltos en el aire enrarecido que subia
desde el mar. De repente, Garfio salié bramando de su camarote.
—;Qué estais haciendo, perros? —dijo—. ;Dejad de jugar y
traed a los prisioneros!
Los piratas obedecieron en el acto, por miedo a la célera de su
senor. Mientras traian a los nifos, Garfio se paseé por la cubier-
ta. Estaba pensativo, pero era imposible saber lo que pensaba,
pues aquel hombre oscuro jamas abria su corazon a nadie. Su al-

1 mastil: cada uno de los palos de un barco que sirven para colgar las velas.
2 herrumbre: capa de 6xido que se forma en la superficie de un metal.

130
PETER PAN

ma era un cofre sin llave, una jaula cerrada a cal y canto. Aunque
Garfio creia que Peter Pan estaba muerto, no se mostraba feliz,
pues se sentia solo, terriblemente solo. Sabia que los nifios lo de-
testaban, que sus piratas no lo querian y que estaba destinado a
envejecer a solas y morir a solas. Aquella noche, su alma era una
cueva tenebrosa en la que bullian las bestias del remor-
dimiento. Desolado, Garfio incliné la cabeza sobre su
pecho como una flor tronchada. Tal vez si se hubiera
compadecido de sus prisioneros se habria sentido me-
——. jor. Pero Garfio odiaba los buenos sentimientos y deci-
did mostrarse mas cruel que nunca. Cuando los ni-
_ hos aparecieron, les dijo con una sonrisa maliciosa:
TIC-TAC

—Pensaba mataros a todos hoy mismo, pero acabo de darme


cuenta de que necesito un par de grumetes. Decidme, cachorri-
llos: 3a quién de vosotros le interesa el trabajo? El que quiera for-
mar parte de mi tripulacién se salvara de la muerte.
Garfio habia imaginado que los nifios se pelearian por ser gru-
metes. A fin de cuentas, no tenfan una opcién mejor: o se enrola-
ban en el barco 0 moririan sin remedio. Pero los nifios le decep-
cionaron. En vez de pelearse, guardaron silencio. Garfio se puso
tan nervioso que una gota de sudor resbaldé desde su frente y le
manchéo la casaca. Entonces se enfurecié, pues nada en el mundo
le molestaba tanto como llevar la ropa sucia.
—jEsta bien! —rugid—. Elegiré yo mismo.
El capitan observ6 con atenci6n a sus prisioneros. Ni los Ge-
melos ni Ricitos le gustaron. La mirada de Chispa le incomodo:
un nifio que miraba asi no era de fiar. Ligerisimo parecia agil, pe-
ro poco reflexivo. Simplon tenia cara de... simpl6on, y Miguel era
demasiado pequefio. Solo Juan parecia lo bastante fuerte y madu-
ro como para trabajar en el Alegre Rogelio. Garfio le lanz6 una
mirada complice.
—Tu podrias ser un buen grumete, muchacho —dijo—. ;Has
pensado alguna vez en hacerte pirata?
Juan se sintié halagado.* Tras hacer memoria, respondio:
—Una vez se me paso por la cabeza, senor. Queria llamarme
Juan Mano Roja, pero luego lo dejé estar.
—Juan Mano Roja... —repitié el capitan, paladeando las pa-
labras—. Es un nombre sonoro. Si quieres quedarte en mi barco,
te llamaras asi.

3 halagado: orgulloso por lo que dicen de uno.

133
PETER PAN

Juan sonrid y enseguida dijo:


—Solo tengo una duda, sefior. Si me quedo como grumete, 3a
quién habré de obedecer?
—A mi, por supuesto —respondio Garfio con orgullo.
—jEntonces no quiero ser grumete! —exclam6 Juan, y le dio
un empujon al barril que tenia delante—. jPrefiero morir antes
que estar al servicio de un bribén!
Los otros nifios se rieron, pues todos pensaban lo mismo. Los
piratas les soltaron unos cuantos coscorrones, pero a Garfio le
pareci6 un castigo pequefio. Estaba rabioso, y la sangre le palpita-
ba en la frente. Era la primera vez en su vida que lo insultaban en
sus propias narices. Con los ojos chispeando de furia, exclam6:
—jPuesto que sois tan valientes, ahora mismo subiréis a la ta-
bla! jY la primera en morir sera vuestra madre!
De repente, los nifos empezaron a temblar como pajaros en
una ventisca. Solo Wendy se mantuvo impasible, y eso que la ta-
bla era el peor castigo imaginable. Consistia en avanzar a ciegas,
con los ojos vendados y las manos atadas, por un tablon que se
balanceaba sobre el mar. El que subia a la tabla no tenia mas re-
medio que caminar hacia delante, pues los piratas le empujaban
con la punta de su espada. Al final, caia al mar, donde moria sin
remedio, pues, al llevar las manos atadas, no podia nadar. Incluso
era posible que acabase devorado por un tiburén hambriento. Pe-
ro, a pesar de todo eso, Wendy subi6 a la tabla con la mirada fir-
me y la cabeza alta. Los ninos corrieron a su alrededor, y entonces
se sintid invadida por una fuerza sobrenatural. Era como si toda
la bondad del mundo se hubiese agolpado en su corazon.
—Antes de irme —anuncié—, quiero recordarles una cosa a
mis hijos.

134
TIC-TAC

—Di lo que quieras —murmur6é Garfio—: seran tus Ultimas


palabras.
—Hijos mios —dijo entonces Wendy—, recordad que sois un
ejemplo para el mundo. Debéis morir con dignidad.
Al oir aquello, los nifos recobraron de pronto los animos.
—jMoriré luchando! —proclam6 Simplon histéricamente.
—iY yo! —gritaron los demas.
De pronto, Garfio comprendié que Wendy no debia morir la
primera sino la ultima. Si los nifios la veian caer de la tabla, se ex-
citarian de tal modo que no habria manera de controlarlos.

135
PETER PAN

—Smee —dijo entonces el capitan—, ata a la nina al mastil.


El contramaestre obedecid. Mientras Smee la ataba al palo, Wen-
dy se fijé en su barba blanquecina y sus gafitas de sabio. Aquel
hombre le inspiraba cierta ternura. Siempre habia pensado que
Smee era un buen tipo al que Garfio habia echado a perder. El
contramaestre parecié leer los pensamientos de Wendy, pues se
inclino hacia la nifia y le susurr6:
—Si prometes ser mi madrecita, te salvaré...
Wendy le respondié con una mirada triste. Se habia cansado
de jugar a las madrecitas.
—jJamas seré la madre de un pirata! —exclamo.
A pocos metros de alli, Garfio sonreia: estaba a punto de con-
templar la muerte de los ninos.
—jSubid a esos mocosos a la tabla! —grito.
Se sentia feliz. De un momento a otro, los niNos empezarian a
caer al mar y sonaria el grito de horror de su madrecita. Garfio
habia afinado el oido, como el aficionado a la musica que espera
el inicio de un concierto, y su corazon rebosaba alegria. Sin em-
bargo, lo que oyé no fue el rumor de un nino que camina sobre
una tabla, ni el grito de una madre que sufre, sino un martilleo
discreto, un odioso soniquete... El capitan parecié a punto de
desmayarse. Conocia muy bien aquel rumor intermitente: era el
terrible tic-tac del cocodrilo. Palido como la ceniza, Garfio co-
menz6 a temblar, y su cuerpo se debilit6 de golpe como si acaba-
ran de rompérsele todos los huesos. Tic-tac, tic-tac, se ofa. El so-
nido cada vez era mas fuerte, lo que queria decir que el cocodrilo
se acercaba. Tic-tac, tic-tac: era mas que un aviso, era el latido de
la muerte, el presagio del fin, la seguridad de que todo iba a aca-
barse. El cocodrilo estaba a punto de trepar al buque, y Garfio

136
sintid una soledad espantosa. Con la voz desgarrada por el mie-
do, les grité a sus hombres:
—jEscondedme! jEsa bestia viene a matarme!
Pero ninguno de los piratas hizo nada. Todos comprendieron
que aquel cocodrilo era mas que una bestia hambrienta: era el
mismo Destino, al que nadie puede vencer. Garfio, caminando a
cuatro patas, se ocult6 tras unos barriles, y entonces los piratas
cerraron los ojos para no presenciar la muerte de su capitan. Los
ninos, en cambio, se acercaron a la borda: querian ver cOmo tre-
paba el cocodrilo por el costado del buque. Y, cuando miraron al
agua, en sus rostros se dibujé una sonrisa enorme. Porque quien
venia hacia el barco no era un cocodrilo de afilados colmillos, si-
no el mismisimo Peter Pan, que estaba imitando con la boca el
tic-tac de un reloj. Se habia hecho pasar por el cocodrilo, y sue
lla ocurrencia genial le iba a dar una gran ventaja.
Ahora Garfio estaba a su merced.
O Garfio 0 yo

Poco antes de llegar al barco, Peter Pan se habia cruzado con el


cocodrilo. Desde el primer momento, lo noté cambiado, y eso
que la fiera tenia los mismos ojos dorados de siempre y la misma
cara de pocos amigos. ;Dénde estaba, pues, la novedad? En que el
reloj que el cocodrilo llevaba en las entrafias habia dejado de ha-
cer tic-tac. Entonces fue cuando Peter decidié enganar a Garfio.
Tic-tac-tic-tac, decia mientras trepaba al Alegre Rogelio. Por suer-
te, ninguno de los piratas lleg6 a verlo, pues todos habian cerrado
los ojos para no presenciar la muerte de su capitan. Peter avanz6
por la cubierta hasta colarse en el camarote de Garfio y, una vez
alli, dejo de hacer tic-tac. Entonces, los piratas respiraron alivia-
dos: parecia que la bestia se habia ido... Smee se quit6 las gafas
para limpiarse los cristales empapados de sudor y luego grit6:
— Ya puede salir, capitan! jEl cocodrilo ha pasado de largo!
Garfio asomé la cabeza. Estaba palido como un espiritu, y sus
dientes castaneteaban de puro terror. Afino el ofdo, tanto que ha-
bria podido escuchar el aleteo de un pez oculto en lo mas hondo
del océano, y comprob6 que, en efecto, el tic-tac ya no sonaba.
Entonces, se puso en pie con gesto digno y dijo:
—jVamos, Smee, hay que acabar de una vez con esos piojosos!
Los ninos gritaron, suplicando piedad. Pero estaban fingiendo,
pues, ahora que Peter se hallaba a bordo, se sentian a salvo de to-

138
O GARFIO O YO

do peligro. Garfio los miré con profundo desprecio. Mientras los


veia desfilar hacia la tabla, rebosaba satisfaccién, como siempre
que hacia dafo a alguien. Tenia en sus manos las vidas de nueve
nifios, y eso le hacia sentirse en la cima de su poder. Pero, de pron-
to, su sonrisa se apago. Algo inesperado acababa de ocurrir a bor-
do. En el camarote del capitan, donde se suponia que no habia
nadie, habia sonado un extrafio cacareo.
—jQuiquiriqui! —se oy6.
El capitan mir6é a sus hombres. Estaba tan desconcertado co-
mo si hubiera visto el sol en mitad de la noche.
—;Qué ha sido eso? —pregunto.
Nadie supo contestarle. Garfio miré entonces a Jukes y le dijo:
—Jukes, ve a retorcerle el cuello a ese gallo cantor.
Bill Jukes, el pirata de los mil tatuajes, era un hombre valiente.
Tenia la cabeza cuadrada y una mirada de perro guardian que de-
rretia la nieve y agriaba la leche fresca. Jukes abrio la puerta del ca-
marote y comprob6 que el interior estaba a oscuras, pero, por su-
puesto, no sintid miedo. Entr6é con paso firme, mientras los otros
piratas esperaban afuera. Al principio, no se oy6é nada: fue como si
a Jukes se lo hubiese tragado la tierra. Los piratas no sabian qué
pensar, y alguno solt6 una risita nerviosa. Entonces, de repente,
brusco como un trueno 0 como un cafionazo, sono aquel alarido.
Fue un grito de loco, un aullido espeluznante, el chillido desespe-
rado de un hombre que acaba de cruzarse con la muerte. Ni si-
quiera los puercos, cuando los sacrifican, gritan asi. Smee, aterra-
do, miré a Garfio, y el panico volvié a empanarle las gafas.
—jQuiquiriqui! —se oyé6 casi al instante.
Una gota de sudor resbald por la frente del capitan: el gallo era
mas peleén de lo que habia supuesto. Garfio miré a sus hombres,

139
PETER PAN

pero todos bajaron la vista: nadie queria enfrentarse con aquel


animal siniestro. Sin embargo, Garfio ya habia decidido: pens6
que Cecco era la persona id6nea para resolver el problema.
—Ve a mi camarote, Cecco —le dijo—, y haz callar a ese gallo.
Cecco, el italiano, era un grandullon que jamas rehuia un com-
bate. De joven, se habia fugado de un penal en las Antillas y, antes
de huir, le habia grabado su nombre en las espaldas al director de
la prisién. Y, sin embargo, cuando abrid la puerta del camarote,
sus dedos temblaban. Habia tanta tension en el ambiente que
Cecco se puso en lo peor. La ultima mirada que les dirigié a sus
compafieros tenia el aire amargo de una despedida. Luego, entr6
en el camarote, y los piratas esperaron. El viento calld y el oleaje
se detuvo: parecia que la misma naturaleza estaba atenta al desti-
no de Cecco. Y entonces sono el grito. Fue un alarido espantoso,
mas impresionante atin que el del pobre Jukes. Los piratas com-
prendieron que Cecco, aquel hombre monumental que tenia es-
paldas de gladiador y voz de organo, no volveria a ver jamas la
luz del dia. El quiquiriqui que se oy6 justo después sonéd como
una tragica sentencia de muerte.
—Ya van dos... —susurr6 Ligerisimo.
Desde aquel instante, el terror se hizo dueno y senor del barco.
Por la imaginacion de los piratas desfilaron todos los monstruos
que pueblan los mares: serpientes gigantescas, pulpos de bronce,
dragones flotantes que pueden paralizar a un hombre con tan so-
lo mirarlo a los ojos... ;Cual de aquellas bestias misteriosas seria
la que habia trepado al Alegre Rogelio y se habia hecho fuerte en
el camarote del capitan? Los piratas se sentian a merced de lo
desconocido, y su miedo era tan intenso que casi se podia palpar.
Garfio, por su parte, estaba rabioso. No podia permitir que una

140
O GARFIO O YO

bestia se aduenara de su barco. En el Alegre Rogelio mandaba él y


solamente él. Decidido a acabar con el gallo cantor, pos6 sus ojos
en el rostro de Starkey. Pero Starkey no le dejé decir nada. Aquel
pirata al que tanto le gustaba matar estaba aterrado. Tanto, que se
echo a los pies de Garfio Ilorando a moco tendido.
—jNo, capitan! —decia—. ;jOrdéneme lo que quiera, menos
entrar en ese camarote! ;Soy demasiado joven para morir!
El capitan enrojecié de rabia.
—jCallate, cobarde! —exclam6, y adelanto su terrible gancho
de hierro hasta ponerlo en las mismisimas narices de Starkey—.
jPonte de pie o te arranco las orejas con el garfio!
Pero Starkey estaba demasiado asustado para obedecer: todo
su cuerpo era un puro temblor. De pronto, comprendi6 que solo
tenia dos opciones: 0 moria en el camarote 0 moria a manos de
Garfio. Y entonces, consciente de lo mucho que amaba la vida, se
levanté de golpe, echo a correr hacia la borda y salt6 al mar. Fue
una escena tragica y c6mica a partes iguales. Los nifos tuvieron
que hacer un gran esfuerzo para no reirse, pues, mientras caia al
agua, Starkey lanzo un chillido ridiculo mas propio de una joven-
cita atolondrada que de un hombre de pelo en pecho.
—jTres! —cont6 Ligerisimo.
Aquello fue la gota que colm6 el vaso. Los piratas parecian a
punto de amotinarse.' Garfio estaba abusando de su poder, y no
se lo iban a permitir ni un instante mas. Si queria saber lo que es-
taba pasando en su camarote, tendria que averiguarlo por si mis-
mo. El capitan sintié una extrafia inquietud en las entranas. Com-
prendidé que sus hombres le estaban perdiendo el respeto, y que

1 amotinarse: rebelarse contra el jefe.

141
PETER PAN

debia recuperar su autoridad lo antes posible si no queria perder


su poder sobre el barco. Entonces tomo una decisién valiente.
—Esta bien —dijo—. Yo mismo mataré a ese gallo sin plumas.
Garfio agarr6 un farol y se dirigié hacia el camarote. Aunque
tenia miedo, trataba de disimularlo. «Soy un hombre valiente», se
repetia, «soy un hombre valiente». Sin embargo, en el fondo de su
alma rezaba por que pasase algo que le impidiera llegar al cama-
rote: que se desatase un huracan, o que un enemigo we
invisible bombardeara el barco, o que un rayo di-
vino pulverizase el palo mayor. Pero nada ocu-
rria. En el buque no se oia otra cosa mas
que los lentos pasos del ca- aoa e :

i
pitan, que hacian rechinar
las maderas de la cubierta. Al fin, cuando
ya se hallaba a las puertas del camarote, Gar-
fio tuvo una buena idea. De pronto se volvi6
hacia la tripulacion y dijo con una sonrisa:
—jYa sé lo que vamos a hacer! ;Echaremos a los nifios dentro
del camarote! jQue sean ellos quienes peleen con el gallo!
Los piratas aceptaron: arrastraron a los ninos por la cubierta y
los metieron a patadas en el camarote. Los chiquillos rogaban
piedad, pero era pura comedia, porque nadie mejor que ellos sa-
bia quién era el gallo que tanto alborotaba. Tan solo Wendy se
quedo afuera, atada al mastil. Cuando la puerta del camarote se
cerro, los piratas se volvieron de espaldas, como si quisieran ais-
larse del horror que estaba a punto de suceder en el barco. Algu-
nos incluso se taparon los oidos. Aunque estaban acostumbrados
a cometer crimenes, no se les hacia facil aceptar que los nifios iban
a morir devorados por un monstruo. Solo Garfio permanecié de

142
O GARFIO O YO

cara al camarote: su coraz6n era demasiado duro para conmover-


se. Si iba a correr sangre, deseaba verla. Sin embargo, en el ultimo
momento se dio la vuelta como los demas, pero no lo hizo por
compasion, sino porque era un hombre supersticioso. Habia oi-
do decir que, cuando uno obra a contracorriente de sus marinos,
se atrae la mala suerte. Asi que al final giré sobre sus talones y le
dio la espalda al camarote.
Peter, que lo estaba viendo todo por un agujerito, sonrié. Cuan-
do los piratas se dieron la vuelta, les susurr6 a los nifios:
—Voy a salir. Tomad todas las armas que encontréis y, cuando
yo os diga, venid a luchar conmigo. Garfio no se imagina lo que
lerespetazn
Peter salid del camarote de puntillas y, una vez en la puerta,
echo a volar para que nadie pudiera oir sus pasos. Surcando el aire
oscuro de la noche, llegé hasta el mastil donde estaba atada Wen-
dy. Cuando la nina lo vio, estuvo a punto de soltar un grito de ale-
gria, pero logr6 reprimirlo a tiempo. Peter sacé su punal y corté a
toda prisa las cuerdas que mantenian atada a Wendy. Entonces,
en voz muy bajita, se acercé a la nifia para decirle al oido:
—Escéndete y no tengas miedo, que ya nadie te hara dano.
Wendy se aparto del mastil poco a poco para no hacer ruido, y
se ocult6 tras unos sacos que vio en la cubierta. Entonces, Peter
puso en marcha la parte mas ingeniosa de su plan: se sent6 al pie
del mastil, en el mismo lugar donde habia estado Wendy, y se cu-
brio hasta la cabeza con la capa de la nina. Luego, tomo aire con
todas sus fuerzas y solt6 de nuevo aquel grito luminoso y potente:
—jQuiquiriqui!
A los piratas se les quedé la cara del color de la cera. Smee, con
los ojos desorbitados, grit6:

143
PETER PAN

—jEl gallo ha matado a los nifos!


La tripulacion empez6 a protestar. El plan de Garfio no habia
resultado, y los piratas volvian a temer por sus vidas. Estaban tan
nerviosos que parecian a punto de saltar sobre su capitan. Garfio
se mostraba indeciso: tenia miedo del gallo, pero también de sus
piratas, que cada vez se volvian mas dificiles de controlar.
—;Sabéis de qué me he dado cuenta, muchachos? —dijo en-
tonces—. Estoy seguro de que todos nuestros problemas se deben
a que hay algo a bordo que trae mala suerte.
—Si, un hombre con un gancho —gruno el negro Coco, que
se habia cansado de callarse lo que pensaba.
—No, muchachos, no —dijo el capitan—. La que tiene la cul-
pa de todo es la nifia, esa tal Wendy. Creedme si os digo que cuan-
do a un barco pirata sube una mujer, todo se tuerce. Tenemos
que deshacernos de esa nifia para recuperar la buena suerte.
Los piratas se refugiaron en aquella ultima esperanza. Como
lobos que acuden en busca de una presa, rodearon la figura que
estaba atada al mastil. Mullins, el pirata de los ojos rojos, dijo en
tono burlon:
—jMirad! La nina esta tan asustada que se ha tapado la cara
con la capucha para no vernos. ;Pobre mufequita, ya no hay na-
die que pueda salvarte...!
Mullins esperaba oir una suplica, un gemido, el llanto de una
nina, pero la figura del mastil respondié con voz pausada y firme:
—wWendy no esta asustada, porque Peter Pan la va a salvar.
Los piratas volvieron a quedarse palidos.
— Peter Pan? —dijeron todos a la vez.
Entonces Peter se deshizo de pronto de la capa que lo cubria y
dej6 al descubierto su verdadero rostro. Garfio se qued6 de pie-

144
O GARFIO O YO

dra: no podia creerse que el maldito Peter Pan, al que creia muer-
to y bien muerto, se hallara a cuatro palmos de su cara.
—jQue no escape vivo! —grit6—. j;Colgadlo del palo mayor
para que las gaviotas le picoteen las tripas!
Pero Peter no se dej6 atrapar. Despego del suelo sin apenas es-
fuerzo, y volo entre los piratas veloz como una bala. Los que in-
tentaron agarrarlo al paso se quedaron con las manos vacias, to-
siendo en medio de la espesa polvareda que levanté el vuelo del
nino. Basté un segundo para que Peter llegara a lo mas alto del
palo mayor, donde ondeaba la bandera pirata. Una vez alli, llamo
a los ninos, que salieron en tropel del camarote. Fue como un
volcan que estalla 0 un rio que se desborda. Los nifios iban arma-
dos hasta los dientes con punales y cuchillos, sables y espadas, y
los piratas se asustaron tanto al verlos que, en vez de presentar
batalla, corrieron a esconderse. Pero los chicos no los dejaron es-
capar. Persiguieron a aquellos desalmados por todo el barco, y los
derrotaron en un abrir y cerrar de ojos. Fue una victoria magnifi-
ca, pues los nifios no recibieron ni un solo rasguno. El unico pi-
rata que se salvé de los golpes fue Smee, que salt6 por la borda y
logr6 llegar hasta la costa. Claro que no le sirvid de mucho, por-
que desde entonces llevé una vida miserable, sin barco ni casa,
familia ni amigos. Durante la batalla, Ligerisimo se dedicé a con-
tar las bajas enemigas, y en cierto momento lleg6 a dieciséis. En-
tonces comprendi6 que no quedaba en pie mas que un unico pi-
rata: el capitan. Le sorprendié mucho verlo entero, pues Garfio
habia estado en todo momento en el mismo corazoén de la bata-
lla. Debia de tener siete vidas lo mismo que los gatos... Aunque
los nifios le saltaron encima, el capitan logr6 repeler el ataque. Es
mas: atrapo a uno de los chiquillos con su garfio y lo levant6 por

145
PETER PAN

la camisa para usarlo a modo de escudo. Peter Pan, que lo estaba


viendo todo desde cierta distancia, trat6 de mantener la calma.
«O Garfio 0 yo, o Garfio 0 yo...», se repetia. Hasta que, de pron-
to, determinado aunque sereno, les dijo a los nifios:
—jDejadmelo a mi!
Los nifios se apartaron, y entonces el capitan y Peter quedaron
frente a frente. Los dos se pusieron en guardia y se miraron en si-
lencio. Estaban tan concentrados en lo que iban a hacer que ni si-
quiera respiraban. El rostro de Garfio parecia ensombrecido por
una vaga tristeza, pero el de Peter irradiaba la luz anticipada de la
victoria.
— (Vas a morir, piojo inmundo! —bram6 el capitan.
—Solo los malvados mueren —replicé Peter—. Has vivido
como un malvado, capitan Garfio, y ha llegado el momento en
que habras de pagar tu maldad con la muerte.
Las espadas chocaron con un chispazo que ilumin6 el aire.
Mas que un hombre y un nino, eran la vida y la muerte quienes
iban a luchar. Peter demostr6 que era un espadachin magnifico:
rapido en el ataque y sabio en la defensa. Se tiraba a fondo en ca-
da golpe, pero, como su brazo era tan corto, no lograba alcanzar
el vientre de Garfio. El capitan era menos agil, pero mas fuerte.
Lanzaba unas cuchilladas atroces que habrian bastado para partir
en dos el cuerpo de un dragon, pero Peter siempre encontraba el
modo de esquivarlas. Revoloteaba alrededor de Garfio sin dete-
nerse, ligero como una pluma en un remolino. El capitan, en cam-
bio, sudaba a mares, y cada vez estaba mas rojo. Se sentia cansado
y tenso, y queria acabar el combate cuanto antes, asi que, en cier-
to momento, detuvo su espada en el aire y traté de ensartar a Pe-
ter con su garfio. Fue un error decisivo. El gancho traz6 un circu-

146
PETER PAN

lo mortal sobre la cabeza del nifio, y justo entonces, como si un


poder sobrenatural le hubiese dictado lo que tenia que hacer, Pe-
ter Pan adelanto su espada. El arma avanzo en linea recta, sin to-
par con obstdculo alguno, y se cold entre las costillas de Garfio
con un breve chasquido. Una blancura de nieve tino el rostro del
capitan: para aquel hombre cruel que no queria a nadie, acababa
de empezar la cuenta atras, la que nos roba el futuro y nos lo qui-
ta todo. Garfio bajé los ojos y se miré el pecho, y sintid asco al
ver su propia sangre. Su casaca, siempre impecable, estaba man-
chada de rojo. Entonces not6 un cansancio tan grande que soltdé
su espada. Peter podria haber aprovechado la ocasi6n para rema-
tar a su enemigo, pero, como era todo un caballero, decidio de-
volverle el arma. Garfio mir6 al nifo a los ojos, trastornado por
aquel gesto tan noble. Entonces por vez primera penso que tal
vez Peter Pan no era el demonio que habia imaginado. Con una
voz muy aspera, oscurecida por la derrota, pregunto:
—;Quién eres, Peter Pan?
Peter respondio sin pensar, pero sus palabras fueron las mas
inspiradas y certeras que habria de decir nunca:
—Soy la juventud —dijo—, soy la alegria. Soy un recién naci-
do, un manantial que brota, un nino al que le queda toda la vida
por delante.
La batalla no duré mucho mas. El capitan lanzé un par de em-
bestidas desesperadas que Peter esquiv6 sin dificultades. Los ojos
de Garfio cada vez se veian mas tristes, y su mirada se iba per-
diendo en la lejania de la muerte. Sabia que la victoria era impo-
sible, y acabé por abandonar la lucha. A su memoria volvieron
entonces los campos floridos en los que habia jugado durante su
infancia, las aulas luminosas donde habia aprendido a escribir, el

148
O GARFIO O YO

patio feliz en el que habia bromeado con otros nifos antes de en-
tregarse en cuerpo y alma al ejercicio del mal. Mientras pensaba
en esas cosas, Garfio caminaba hacia la borda, convencido de que
el mar era su unica esperanza. No podia imaginarse que el coco-
drilo lo estaba esperando abajo, con las fauces abiertas de par en
par. Si hubiera hecho tic-tac como de costumbre, el capitan ha-
bria advertido su presencia, pero ahora el cocodrilo era una bes-
tia discreta y silenciosa. Solo logr6 distinguirlo cuando ya era tar-
de para volver atras. Garfio vio con horror los colmillos enormes,
| los ojos dorados en los que relampagueaba el hambre, la alegria
\ infinita de la fiera que estaba a punto de probar el manjar de sus
suefios. Mientras caia desde la borda, el capitan lanz6 un grito.
Aquel hombre que habia propagado el terror por los siete mares
y que habia bebido ron con el mismisimo Barbanegra y que ha-
bia enterrado mas de tres mil monedas de oro bajo las palmeras
radiantes de la Isla del Esqueleto, iba a morir sin gloria, devo-
rado por un animal. Garfio se sintid humillado por aquel fi-
nal tan triste, pero apenas tuvo tiempo de lamentarse,
porque, en aquel mismo instante, desaparecidé en la
boca del cocodrilo. Todo el odio que llevaba en su co-
razon murio con él, lo mismo que
sus negras ideas y su alma enve-
nenada por el espiritu del mal.
—Diecisiete —sentenci6 Ligeri-
simo.
Y asi acab6é la cuenta.
Vida de perro

Fue una noche feliz. Wendy se sentia muy orgullosa de aquellos


nifios tan valientes que habian demostrado que la bondad puede
mas que el terror. Incluso el pequefio Miguel se habia portado
como un héroe, pues habia puesto en fuga a Smee pinchandole el
trasero con una aguja de hacer ganchillo. Acabada la batalla, los
nifios se dedicaron a explorar el barco. No podian creerse que el
Alegre Rogelio fuera suyo. Cuando Ilegé la madrugada, se sentian
muertos de cansancio, y entonces se acostaron en las hamacas de
los piratas. Aunque estaban sucias y olian bastante mal, los ninos
durmieron a pierna suelta. Pero su sueno no fue muy largo. Ha-
cia las ocho y media, sono un potente quiquiriqui que se exten-
dié sobre el mar y las montanas, y los nifos se levantaron de un
salto. En la cubierta, al frente del timon, los esperaba Peter Pan.
—jMarineros —dijo—, espero que todos cumplais con vuestro
deber! He encaminado el buque hacia Londres, y si el buen tiem-
po no se estropea, llegaremos a principios del verano.
Los ninos aplaudieron, ilusionados, y entonces una legién de
cien hadas, capitaneadas por Campanilla, le dio el primer empu-
jon al buque, que zarpo hacia el mundo real bajo un hermoso sol
de primavera. Durante todo el viaje, los nifios perdidos se mos-
traron felices. Aprovechaban los ratos libres para jugar, y pasaban
largas horas charlando sobre el futuro que los esperaba en Lon-

150
VIDA DE PERRO

dres: por fin iban a tener una familia, por fin conocerian lo que
era un beso... Por el contrario, Wendy, Juan y Miguel parecian
apocados.' Pasaban largas horas sin decir nada, como si en su al-
ma palpitara un vivo temor. Los preocupaba, en efecto, el regreso
a casa, pues se preguntaban cémo iban a recibirlos sus padres.
Estaba claro que mama correria a abrazarlos, pero ;qué haria pa-
pa? Siempre habia sido un hombre severo que no soportaba que
lo desobedecieran. A lo mejor los castigaba por su travesura...
Lo que los nifos no sabian era cuanto habia cambiado el se-
nor Darling en aquellos ultimos meses. La misma noche en que
sus hijos se fueron, le dijo a su esposa:
—Los nifos se han marchado por mi culpa. ;Si no hubiera en-
cadenado a la perra, seguirian aqui...! ;He sido un estupido, un
verdadero idiota! Pero voy a pagar por lo que he hecho, te lo pro-
meto. A partir de ahora, trataré a Nana como a una reina, y ade-
mas voy a hacer penitencia* para que los nifios me perdonen.
Desde hoy mismo, llevaré una vida de perro.
La sefiora Darling se quedo con la boca abierta.
—;Una vida de perro? —pregunto.
—Si, querida, he sido demasiado orgulloso, y vivir como un
perro me ensefniara a ser humilde.
—No digas tonterias, Jorge. Es muy tarde. Vamonos a dormir.
—Vamonos si quieres, pero no pienso meterme en la cama.
Desde esta noche, dormiré en la caseta de Nana.
La sefiora Darling no supo si reirse o echarse a llorar. Estaba
acostumbrada a las exageraciones de su esposo, pero aquello le

1 apocados: entristecidos, sin 4nimos.


2 hacer penitencia: sacrificarse y sufrir voluntariamente para hacerse perdonar
algo que uno no ha hecho bien.
PETER PAN

parecié excesivo. El sefior Darling besé a su esposa en la frente, se


puso a cuatro patas y se metio en la caseta del perro. Desde aque-
lla noche, no volvié a dormir en la cama ni a comer en la mesa.
Pasaba sus dias en la perrera y comia en el cuenco de Nana, a
quien trataba a las mil maravillas. Incluso trabajaba dentro de la
caseta, que él mismo llevaba a
cuestas hasta la oficina. Cuando
llegaba al trabajo, el sefior Dar-
ling saludaba a su jefe con un
ladrido y, cuando se equivocaba
al hacer una suma, soltaba un
triste aullido de perro abando-
nado. Era un comportamien-
to tan estrafalario que el se-
nor Darling acabo por hacerse
famoso. Los desconocidos lo saluda-
ban por la calle, y los periddicos contaban su historia. Todo el
mundo admiraba a aquel hombre tan extrano que habia decidido
ser perro por amor a sus hijos. Claro que al senor Darling la fama
no le importaba nada en absoluto. Lo unico que deseaba era re-
cuperar a Wendy, Juan y Miguel. Muchas tardes, mientras descan-
saba en la caseta de Nana, soltaba un suspiro, y entonces la seno-
ra Darling le decia:
—Echas de menos a los ninos, sverdad, Jorge?
El senor Darling contestaba con un nudo en la garganta.
—Desde luego que si —decia—. Nos reiamos tanto cuando ju-
gabamos juntos...

152
Tristeza

También la sefiora Darling habia cambiado. Desde que sus hijos


no estaban, ya no sonreia, y aquel rinconcito de su boca en el que
guardaba un beso tan dulce se veia casi marchito, como una flor
que nadie riega. Sin embargo, y a pesar del dolor, la sefiora Dar-
ling no perdia la esperanza. Mantenia aireada la habitacién de los
nifios, con las tres camas muy bien hechas, porque confiaba en
que el dia menos pensado sus hijos regresarian, y entonces la vida
volveria a empezar, alegre y plena como antes.
No se equivoco. La vida volvi6 a empezar un jueves de otono.
Estaba atardeciendo, y la sefiora Darling se habia sentado en el
estudio, junto a la ventana: miraba a la gente que pasaba por la
calle y pensaba con nostalgia en sus hijos. Poco a poco, sin darse
cuenta, se quedé dormida. En sus suefios no habia imagenes, pe-
ro se ofa una voz. Al principio, no era mas que un murmullo in-
comprensible, pero, en cierto momento, se volvié nitida y dijo
con claridad:
—Alégrate: los nifos estan en camino.
La sefiora Darling despert6é sobresaltada. ;Seria verdad lo que
acababa de oir? Nana not6é que su ama estaba agitada, y le puso
una pata en la falda para defenderla de la soledad. También ella
tenia los ojos himedos. Asi estuvieron las dos hasta las cinco,
cuando el sefior Darling volvié de la oficina. Entonces, la sefora

153
PETER PAN

Darling se levantd para darle un beso a su esposo y se admiro


otra vez de lo mucho que habia cambiado aquel hombre en poco
tiempo. Su rostro estaba algo envejecido por la tristeza, pero su
expresiOn era dulce. El sefior Darling habia dejado de ser un hom-
bre orgulloso y se habia convertido en una persona tierna y acce-
sible.
—Estoy agotado —dijo el sefior Darling—: voy a acostarme
ahora mismo. ;Por qué no tocas un poquito el piano para que me
venga el suefio? jAh, y cierra la ventana, que hay corriente!
Al oir aquello, la sehora Darling se puso muy tensa.
—jPor Dios, Jorge! —exclamo—. ;Como se te ocurre pedirme
que cierre la ventana? Sabes que la dejo siempre abierta por si los
ninos vuelven...
El senor Darling se dio un golpe en la frente, avergonzado.
—Perdoname, carino —dijo—, ;cdmo he podido ser tan ton-
to para pedirte algo asi?
La senora Darling empezo a tocar el piano, mientras su mari-
do se metia en la caseta y se dormia en dos minutos. Luego, se hi-
zo de noche, y la casa se hundio en las sombras. El piano sonaba,
melancélico, y las notas iban dejando su huella de tristeza sobre
los muebles y los cuadros, la alfombra y las paredes. Incluso las
estrellas parecian apagarse en lo mas alto del cielo, como si el do-
lor infinito de la sehora Darling empanara su luz. El mundo era
un oscuro teatro donde ya no cabia la esperanza. Pero de pronto,
cuando todo parecia perdido, una luz palpit6 en la noche, muy
cerca de la ventana. La vida estaba a punto de empezar en casa de
los Darling.

154
Las madres tontas

Peter Pan fue el primero en alcanzar la casa, acompafiado por


Campanilla. Se habia adelantado a Wendy con mala intencién,
pues queria cerrar la ventana del cuarto de los nifios. «Si Wendy
llega y la encuentra cerrada», se dijo Peter, «pensara que su ma-
dre no la quiere y se volvera conmigo a la isla». Pero sucedi6 que,
cuando Peter iba a cerrar la ventana, oy6 de repente el quejido
del piano, y se dejo arrastrar por la curiosidad. ;De dénde venia
aquella musica? ;Quién la estaba tocando? ;Y por qué sonaba tan
triste? Poquito a poco, para no hacer ruido, Peter salié de la habi-
tacion de los nifios. Empujé la puerta del estudio con los dedos y
al otro lado, acariciando con suavidad las teclas del piano, descu-
brié a la sefora Darling. Campanilla revoloted alrededor de Pe-
ter, ansiosa por saber.
—Es la madre de Wendy —susurré Peter—. Es muy guapa,
sverdad? Su boca esta llena de dedales...
De pronto, la musica ces6: los ojos de la sehora Darling se ha-
bian llenado de lagrimas. Peter Pan no tuvo que pensar mucho
para comprender lo que estaba pasando. Saltaba a la vista que la
senora Darling se moria de ganas de ver a Wendy. Entonces, Peter
sintid un vivo rencor en lo mas hondo de su alma. No le perdo-
naba a aquella hermosa mujer que quisiera tanto a su hija. ;Por
qué era tan egoista? ;Es que no entendia que en la isla necesita-

>>
LAS MADRES TONTAS

ban a Wendy? El también tenia derecho a su compaiiia... De re-


pente, Peter comenz6 a batallar contra su propio corazon. Desea-
ba quedarse a Wendy, pero no podia soportar el dolor de la sefio-
ra Darling: era demasiado intenso, demasiado real. La sefiora
Darling se seco las lagrimas y se levant6, y entonces Peter escon-
did de golpe la cabeza para no ser visto. Por extrafio que parecie-
ra, la belleza de aquella mujer se acentuaba con el sufrimiento. La
senora Darling entr6 en el cuarto de los nifios, y al ver la ventana
cerrada, corrio a abrirla. Luego, solt6 un hondo suspiro de triste-
za. Peter decidio cerrar otra vez la ventana, pero en el ultimo mo-
mento le falt6 el valor. Tenia que admitirlo: la sefora Darling era
mas fuerte que él.
—Vamonos, Campanilla —dijo entonces, e hizo una mueca
burlona—. A nosotros no nos interesan las madres tontas.
Diez minutos mas tarde, cuando Wendy y sus hermanos vol-
vieron a casa, encontraron la ventana abierta de par en par.

157
El regreso

Lo primero que hizo Juan al entrar en su cuarto fue asomarse a la


perrera. Por supuesto, esperaba encontrarse con Nana, asi que se
llevé una sorpresa enorme cuando vio a su padre tumbado en el
interior. El buen hombre roncaba como un tigre.
—Juraria que antes papa no dormia aqui... —dijo.
Wendy mir6 a su padre y entonces tuvo una sensacion desagra-
dable, casi dolorosa: se sinti6 extrafia en su propia casa. A Juan le
ocurridé lo mismo, y penso que se lo merecia, por haberse alejado
de sus padres. Miguel, por su parte, lo miraba todo con ojos de
asombro, como si nunca hubiera estado en aquella casa. Era tan
pequefio que no tenia recuerdos claros de su pasado.
—jEscuchad! —dijo Wendy—. jMama esta tocando!
Todos prestaron atencion. La senora Darling, en efecto, volvia
a tocar el piano, con la poética tristeza que fluia de su dolor.
—jVamos a verla! —propuso Juan.
—Tengo un plan mejor —dijo Wendy—. Nos meteremos en
nuestras camas y cuando mama entre en la habitacién, sera como
si nunca nos hubiéramos ido.
Asi lo hicieron. De modo que, cuando la sefiora Darling volvié
al cuarto, vio las tres camas ocupadas. Wendy pens6 que su ma-
dre lanzaria un grito de alegria, pero la sefora Darling ni siquiera
pestaneo. En las ultimas semanas, habia visto muchas veces a los

158
EL REGRESO

nifios dormiditos en sus camas, pero cuando iba a abrazarlos,


siempre se daba cuenta de que todo habia sido un espejismo. Por
eso se qued6é donde estaba: no queria que su imaginacion la en-
ganiase de nuevo. Los nifios, como es légico, se asustaron. ;Por
qué su madre no se acercaba? ;Acaso habia dejado de quererlos?
Un dolor ardiente aleted en el est6mago de los tres hermanos. Se
sentian al borde de un precipicio, como si hubiesen perdido para
siempre aquello que mas querian. Si una espada les hubiera atra-
vesado el corazon, no habrian sentido un dolor tan grande. Deses-
perados, los tres nifios gritaron a la vez:
—jMama!
A la sefiora Darling le cambio la cara. Habia visto muchas ve-
ces a sus hijos, pero nunca los habia ojdo. Esta vez, la intuicién le
dijo que los nifios eran reales: lo noté en el fondo de las entrafias,
alli donde crecen las raices del amor. Cuando corrio a abrazarlos,
sus ojos se llenaron de lagrimas. Nadie podria explicar lo que sin-
tid al notar el calor de Wendy pegado a su pecho, y el abrazo es-
trechisimo de Juan y el beso de Miguel en la barbilla.
— Jorge, Jorge! —grito la sefiora Darling.
El sefior Darling ya estaba despierto. Habia abierto los ojos un
instante antes de que su esposa lo llamase, sobresaltado por la in-
tuicién de que algo grande iba a pasar en la ca-
sa. Salié de la perrera a todo correr y, cuan-
do vio a sus hijos, no pudo contener la
emocion. Fue la primera vez que los
nifios lo vieron Ilorar. Y les sorpren- “—” ‘|
dié mucho, porque estaban conven-
cidos de que los ojos de su padre no
fabricaban lagrimas.

159
PETER PAN

—jGuau, guau! —se oyé al fin: era Nana, que habia oido el al-
boroto de la habitacién y habia subido corriendo para abalanzar-
se sobre sus pequenos amos.'
Peter Pan, mientras tanto, lo miraba todo desde el otro lado de
la ventana. Aquel chiquillo aventurero poseia un sinfin de dones*
que no estan al alcance del resto de los ninos. Pero en aquel mo-
mento no se sintié orgulloso de lo que tenia sino apenado por lo
que le faltaba. Cuando vio a Wendy y a sus hermanos rodeados
de tanto carino, lo asalt6 una tristeza repentina, pues compren-
did que su corazon solitario no conoceria jamas aquella amable y
luminosa felicidad.

1 Es decir, ‘para saltar sobre sus pequefios amos’.


2 don: virtud, cualidad buena.

160
El beso mas dulce

Mientras tanto, los ninos perdidos esperaban en la calle. Habian


decidido contar hasta quinientos antes de entrar en la casa, para
darle tiempo a Wendy de hablar con sus padres. Cuando llegaron
a cuatrocientos, sus corazones empezaron a acelerarse. A los cua-
trocientos cincuenta, iban al trote, y a los cuatrocientos noventa,
los ninos dejaron de contar. Estaban tan impacientes que, en vez
de acabar la cuenta, salieron corriendo escaleras arriba. En cam-
bio, cuando entraron en el cuarto de Wendy, frenaron en seco, se
pusieron en fila y se quitaron el gorro con mucha educacion.
—Buenos dias —dijeron.
No tuvieron que explicarse para que la sehora Darling supiera
lo que querian.
—Esta es vuestra casa —dijo aquella dama tan amable, y en-
tonces los nifios lanzaron sus gorros al aire para celebrar la buena
noticia.
El sefior Darling miro a aquellas seis criaturas con cara de cir-
cunstancias. Como siempre, estaba haciendo calculos. Seis nifios
mas suponian mucho gasto... Necesitarian comida y ropa, medi-
cinas y escuela. Le parecié que la vida no iba a ser facil con nueve
nifios en casa, pero no dijo nada por miedo a arrepentirse. Su co-
razon, ensanchado por la felicidad, no volveria a mostrarse mez-
quino. Ademias, los nifios le parecieron simpaticos, y no seria difi-

161
PETER PAN

cil encontrarles un hueco en la casa. Asi que, desde aquel dia, los
nifios perdidos se convirtieron en los nuevos hijos del sefior Dar-
ling.
De pronto, soné un golpecito en la ventana. Era Peter, que daba
media vuelta en el aire para volverse al Pais de Nunca Jamas. Tal
vez habia rozado el cristal sin querer, 0 a lo mejor es que queria
despedirse. Wendy, en todo caso, corrié a la ventana y pregunt6:
— Te vas, Peter?
Peter respondio que si, y a Wendy se le humedecieron los ojos.
Entonces, aparecio la sehora Darling. Venia corriendo, temerosa
de que su hija quisiera marcharse de nuevo. Fuera de la casa, levi-
tando! como un pajaro, vio a Peter Pan.
— No quieres quedarte como los otros nifos? —le pregunto.
Peter Pan le lanz6 a la sefora Darling una mirada astuta, para
dar a entender que no era un nino facil de enganar.
—Si me quedo —dijo—, ;me obligara usted a ir a la escuela?
—cClaro que si —respondio la senora Darling.
— Y después a una oficina para que trabaje?
—Supongo que si.
—Y en poco tiempo me convertiria en un hombre...
—Es lo que suele pasar...
—Entonces me voy. No me apetece ir al colegio ni aprender
cosas importantes ni trabajar en una oficina ni convertirme en
un hombre. jSeria horroroso verme en un espejo con la cara cu-
bierta de barba...!
Wendy solt6 un gemidito de tristeza.
—jPero yo te querré aunque tengas barba...! —exclamé.

1 levitar: flotar en el aire.

162
EL BESO MAS DULCE

Sin embargo, Peter Pan no se dejaba convencer asi como asi.


Amaba la vida que llevaba en su isla y no iba a permitir que na-
die, por nada del mundo, le robase su infancia.
—Pero ;d6nde viviras? —pregunto la sefiora Darling.
—Con Campanilla, en la casita que construimos para Wendy.
—jQué maravilla! —exclamé la nifia, tan entusiasmada que su
madre le apreté la mano por miedo a que volviera a irse.
—Yo creia que todas las hadas habian muerto —dijo la sefiora
Darling.
—jQué va! —aclar6 Wendy—. Hay miles y miles, porque cada
vez que un nifio recién nacido rie por primera vez, nace un hada.
Viven en nidos, en las copas de los Arboles.
—Me lo pasaré bien, seguro que si —dijo Peter Pan.
—Pero estaras solo... —le advirtid Wendy.
—Tendré a Campanilla. Ademas, si no quieres que esté solo, lo
unico que tienes que hacer es venirte conmigo.
—;Me dejas ir, mama? —preguntd Wendy.
—Por supuesto que no.
—Pero es que a Peter le hace tanta falta una madre...
—Y a ti también, carifo.
Peter no dijo nada. No se le veia triste, pero la sehora Darling
temia que se sintiese molesto. Entonces, buscé una forma de con-
solarlo.
—Esté bien —dijo—. Dejaré que Wendy te acompanie una se-
mana al afio. Asi te ayudara a hacer la limpieza de primavera.
Wendy parecidé desilusionada: jfaltaba tanto para la primave-
ra...! En cambio, Peter se mostr6 contento.
—;Verdad que no me olvidaras, Peter? —pregunt6 Wendy, y
sus palabras sonaron como un ruego.

163
PETER PAN

—Por supuesto que no. Lo prometo.


Al decir esto, Peter movid un poquito los pies para elevarse en
el cielo. Y entonces, cuando ya estaba a punto de irse, la seflora
Darling le agarré la mano y se acercé a darle un beso. Peter lo reci-
bid con cierta timidez, pero con satisfaccidn. No sabia que estaba
gozando de un regalo unico, del que nadie habia disfrutado y del
que nadie disfrutaria nunca mas. Porque la sefora Darling le de-
jO en la mejilla aquel beso tan dulce que guardaba en la comisura
de la boca, aquel beso por el que tanto habia luchado Wendy sin
conseguirlo nunca.

164
Esperando la primavera

Por supuesto, los nifos perdidos fueron al colegio desde el pri-


mer dia, y les bast6 con pasar una semana en la escuela para dar-
se cuenta de lo tontos que habian sido al abandonar la isla. Esta-
ba claro que en el mundo real acabarian por convertirse en seres
vulgares. Al principio, intentaron escapar, asi que, por las noches,
Nana les ataba los tobillos a los barrotes de la cama para que no
pudieran irse. Pero, poco a poco, se acostumbraron a su nueva Vi-
da y se olvidaron de la isla. Un dia, al cabo de algunos meses, des-
cubrieron que habian perdido el don de volar. Y era ldgico, por-
que se estaban haciendo mayores y ya no creian en lo maravilloso.
Wendy, en cambio, conserv6 su fantasia durante mucho tiem-
po. Desde la misma noche en que volvid a su casa, se dedicé a es-
perar la primavera. Tenia tantas ganas de ver a Peter que las se-
manas y los meses se le hicieron eternos. El dia en que por fin
llegé la primavera, Wendy se puso un vestido de hojas que se ha-
bia cosido en el Pais de Nunca Jamas y se sent6 a esperar junto a
la ventana. Peter lleg6 puntual, y se mostr6 tan encantador como
siempre. En el viaje hacia el Pais de Nunca Jamas, le cont6 a Wen-
dy las aventuras que habia vivido durante el ultimo ano. Habian
sido tan excitantes que Peter habia olvidado las aventuras de anos
anteriores. Cuando Wendy mencioné6 al capitan Garfio, Peter no
supo de quién le estaba hablando...

165
ESPERANDO LA PRIMAVERA

Fue una primavera magnifica. La casita estaba ahora instalada


sobre la copa de un arbol, y Wendy y Peter la limpiaron a fondo.
Por la noche, cansados de trabajar, se sentaban junto al fuego y se
contaban cosas de su vida. Los dos nifios pasaron una semana
juntos, y luego Peter Pan acompafié a Wendy hasta Londres. Se
despidieron en la ventana, porque Peter no quiso entrar.
—Espérame siempre —fue lo ultimo que le dijo a Wendy—, y
alguna noche oirds mi quiquiriqui.
Volvio a pasar el verano, y luego el otofio y el invierno. Cuan-
do llegé la primavera, Wendy se sent6 de nuevo junto a la venta-
na, vestida con su mejor traje. Pero Peter no aparecié. Wendy lo
espero durante varios dias, haciendo suposiciones sobre aquel
extrafio retraso. Una semana después, Peter seguia sin dar senales
de vida. Miguel, viendo que su hermana estaba tan triste, dijo
que alo mejor Peter habia enfermado.
—Peter nunca se pone enfermo —replicé Wendy.
Entonces Miguel se atrevio a decir algo que le rondaba por la
cabeza desde hacia dias, pero que le daba miedo afirmar en voz
alta. Su voz tembl6 cuando dijo:
—Tal vez es que Peter Pan no existe...
Wendy not6 que las lagrimas le subian a los ojos, y el propio
Miguel se echo a llorar. No sabia a ciencia cierta por qué lloraba,
pero comprendio que era por algo que habia perdido.

167
Y Wendy crecié

Al principio, Wendy estaba decidida a no crecer: queria ser nina


para siempre jamas. Pero, cuando Juan y Miguel empezaron a ha-
cerse mayores, se sintid confundida e inquieta. No queria que sus
hermanos pensaran que los estaba traicionando... A fin de cuen-
tas, lo justo era que el tiempo pasase igual para todos. Asi que,
cierto dia, Wendy decidié hacerse mayor para no ser distinta a los
demas. De la noche a la manana, arrincon6o sus juguetes y se con-
virtid en una mujer. Poco tiempo después, lleg6 el amor, yWendy
perdio para siempre esa pizca de egoismo que tienen todos los
ninos, y que tanto les ayuda a ser felices.
Nunca se arrepintié de haber crecido. Al contrario: le gustaba
ser mayor. El dia en que se cas6, vestida de blanco como su ma-
dre, Peter Pan no era para Wendy mas que un recuerdo lejano
emborronado por el tiempo: poco mas que un montoncito de
polvo en el cajén de los juguetes. Todos los hermanos de Wendy
asistieron a su boda. Para entonces, ya eran hombres hechos y de-
rechos. Los Gemelos, Chispa y Ricitos trabajaban en una oficina,
Miguel era maquinista de tren, Ligerisimo se habia casado con
una marquesa, y Simplon ejercia de juez con una vistosa peluca
de rizos blancos. Juan se habia dejado crecer la barba, y tenia va-
rios hijos, a los que nunca les conté un cuento, pero no porque
no quisiera, sino porque no sabia.

168
VYY WENDY
WENDY CRECTO
CRECIO

Wendy tuvo una hija a la que llamo Juana. Era una criatura
adorable, de gesto picaro y mirada interrogante. Tenia los ojos de
un verde intenso y se pasaba la vida haciendo preguntas. Cuando
Juana naci6, la senora Darling ya no estaba en este mundo, pues
la muerte se la habia llevado a su reino de sombras antes de que
los anos arruinaran su belleza. También Nana habia muerto, de
puro vieja, tras pasarse sus ultimos anos grufiendo sin parar.
Juana creci6 deprisa. A los cinco anios, le encantaba que su ma-
dre le contase las aventuras de Peter Pan. Dormia en la antigua
habitacion de Wendy, pues el sefior Darling, harto de subir y ba-
jar escaleras, le habia vendido la casa a su hija. Una noche, cuan-
do ya estaba en la cama, Juana le pregunto a su madre si era ver-
dad que, cuando era nina, habia volado por el cielo.
—Si —respondidé Wendy, pero lo dijo algo indecisa, pues ya
no estaba segura de que aquel recuerdo fuese cierto.
—;Y ahora por qué no vuelas? —pregunto la nina.
—Porque soy una persona mayor, y ya no sé volar.
—;Sabes qué es lo que mas le gusta a Peter Pan, mami?
—;Qué?
—Cantar como un gallo. Se pone asi, mirando hacia el cielo,
hincha el pecho y dice bien alto: jquiquiriqui!
Juana hizo una imitacion tan perfecta que Wendy se sobresal-
to. Por un momento, le parecié que tenia delante al mismisimo
Peter Pan.
—;Cémo sabes hacerlo tan bien? —le pregunto a su hija.
—Porque oigo a Peter muchas veces mientras duermo —dijo
Juana.
Pocos dias después, llegé la primavera, y entonces empezo la
pesadilla de Wendy. Una noche, tras acostar a su hija, se puso a

169
PETER PAN

contarle cosas sobre el Pais de Nunca Jamas. Le explicé que Peter


era tan juguet6n que a veces, en mitad de una batalla, cambiaba
de bando para no aburrirse, y que el capitan Garfio usaba una
boquilla de su propia invencién que le permitia fumar dos ciga-
rros a la vez. Iba a hablarle del dia en que Garfio se achicharr6 el
trasero al sentarse en una seta cuando observ6 que Juana se habia
dormido. Entonces, Wendy se senté junto al fuego y se puso a
zurcir unos calcetines. El cuarto estaba casi a oscuras, y en la casa
reinaba la paz. No se ofan carruajes en la calle, ni relinchos de ca-
ballos ni ladridos de perros, y el viento habia dejado de azotar las
copas de los Arboles. Wendy se estaba adormilando cuando, de
pronto, la ventana del cuarto se abrio de par en par y se oyé un
grito victorioso y alegre que parecia venir de otra edad del mundo:
—jQuiquiriqui!
Cuando Wendy vio a Peter Pan volando por el cuarto, sintidé
un frio muy intenso que le hel6 el corazén. Llevaba mas de diez
anos sin saber nada de Peter, y no se esperaba aquella visita. Mird
al nifio desde la oscuridad, sin abandonar su asiento. Era increi-
ble, pero Peter no habia cambiado nada. Tenia la misma edad de
siempre, y se movia con la misma agilidad, y conservaba aquel
brillo intenso en los ojos y aquella sonrisa insolente de mucha-
chito astuto. Wendy se acurrucé en su mecedora. Ni siquiera se
atrevid a moverse. Se sentia culpable por haberse convertido en
una mujer, y tenia miedo de que Peter la viera.
—Hola, Wendy —dijo Peter Pan, con tanta naturalidad como
si acabara de verla la noche anterior.
—Hola, Peter —murmur6 Wendy.
Peter se fij6 en la nifa que dormia en la habitacién.
—jEs tu hermana? —pregunto.

170
Y WENDY CRECIO

Wendy bajé los ojos.


—No —dijo—. ;Has venido para que me vaya contigo?
—Claro que si. Ha llegado la primavera, y tienes que ayudar-
me a limpiar.
—No puedo ir, Peter. Ya no recuerdo cémo se vuela.
—Eso no es problema: puedo ensefiarte de nuevo.
—No, Peter, de verdad que no puedo ir...
Wendy queria afadir algo, pero no encontraba las palabras.
Entonces decidié que los hechos hablaran por si mismos, y se le-
vant6 de la mecedora. Peter, al ver que Wendy se dirigia a la lam-
para, grit6 alarmado:
—;Vas a encender la luz? ;No lo hagas, por favor!
Por primera vez en su vida, Peter Pan parecia tener miedo. Sa-
bia que estaba a punto de descubrir una verdad terrible, y no
queria conocerla. Las manos de Wendy juguetearon con los cabe-
llos de Peter mientras su boca sonreia tristemente. Wendy habia
tomado una decisién, y ya no habia vuelta atras. La verdad solo
tiene un camino, y conviene descubrirlo por mas que nos duela.
Cuando Wendy encendio la lampara, Peter lanz6 un grito de ho-
rror. No podia creerse lo mucho que Wendy habia cambiado. Es-
taba muy alta, y su cara era menos redonda, y sus ojos habian
perdido buena parte del brillo que tenian. Wendy se incliné para
alzar al pequefio Peter en sus brazos, pero el nifio retrocedid.
—;Qué te ha pasado? —dijo.
—Que soy una persona mayor, Peter. Tengo mas de veinte afios.
—Pero me prometiste que no crecerias...
—No pude evitarlo. Estoy casada, Peter, y la nifia que esta en
la camita es mi hiya.
—jEso no es verdad!

171
PETER PAN

Peter se qued6 en silencio, y cerr6é los pufios de pura rabia. No


podia soportar la idea de que Wendy hubiera crecido. Seguro que
los adultos la habian obligado, porque los adultos siempre lo es-
tropean todo... Peter estaba tan dolido que parecia imposible
rescatarlo del pozo de su decepcidn. Sin embargo, al cabo de un
minuto, ya habia vencido su tristeza, pues en su memoria de nino
nada duraba demasiado tiempo: ni los recuerdos felices ni los
tragos amargos. Entonces, se acercd a la cama de Juana, que se-
guia dormida, y miré a la nifa con curiosidad, incluso con sim-
patia. De pronto, Peter se sent6 en el suelo y empez6 a sollozar.
Wendy se desconcert6: no entendia lo que estaba pasando. Inten-
to calmar a Peter, pero no sirvié de nada. Al final, sali6 del cuar-
to, pues penso que el nifo se tranquilizaria si dejaba de verla. En-
tonces fue cuando Juana desperto. Al ver al nino, le pregunto:
—;Por qué lloras?
Peter se levant6 del suelo.
—Hola —dijo—. Me llamo Peter Pan.
—Ya lo sé —contest6 Juanita.
—He venido en busca de mi madrecita, para llevarmela al Pais
de Nunca Jamas.
—Ya lo sé —repuso Juanita—. Te estaba esperando.
Cuando Wendy volvio a la habitacion, Peter estaba sentado a
los pies de la cama, entonando su quiquiriqui, mientras la peque-
ha Juana revoloteaba por el cuarto en camis6n, rozando el techo.
Estaba loca de alegria, y surcaba el aire con tanta habilidad como
si supiera volar desde hacia muchos afios.
—jEs mi madrecita! —exclam6 Peter.
Entonces Juana descendio y se detuvo al lado de Peter. Lo mi-
ro con tanta admiraci6n que el nifio se sintié encantado.

ye
Y WENDY CRECIO

—Peter Pan necesita una madre —dijo la nifia.


—Ya lo sé —asintid Wendy con tristeza—. Lo sé mejor que
nadie...
No tuvo tiempo de decir nada mas. Porque, justo entonces,
Peter Pan volo hacia la ventana y la pequefia Juana lo siguié.
—jNo, no! —empezé a gritar Wendy.
—Solo me voy para la limpieza primaveral —explicé Juanita,
ya al otro lado de la ventana—. Peter quiere que le ayude...
—Si yo pudiera ir contigo... —suspir6 Wendy.
—No puedes, porque eres mayor y no sabes volar —replicé
Juana con una voz debilitada por la lejania.
Asomada a la ventana, Wendy vio a los dos nifios perdiéndose
en el cielo, hasta que parecieron tan chiquititos como las mismas
estrellas. No pudo hacer nada por retener a su hija, igual que su
madre no habia podido hacer nada por retenerla a ella.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Hoy en dia, Wendy


es una viejecita encorvada, de manos temblorosas y cabellos muy
blancos, y Juana se ha convertido en toda una mujer, y esta casada
y tiene una nifa llamada Margarita. Todas las primaveras, salvo
cuando se olvida, Peter Pan viene a buscar a Margarita para lle-
varsela al Pais de Nunca Jamas, donde la nifia le explica mil cuen-
tos que él escucha fascinado. Cuando Margarita crezca, tendra
una hija que jugara también a ser la madre de Peter Pan, y asi su-
cedera una y otra vez, por siempre jamas, mientras los nifios que
habitan este mundo sean alegres, inocentes y un poquito egoistas.

173
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Guia de lectura

Antes de la aventura

[4] Los primeros capitulos del libro transcurren en Londres. Wendy


asegura que Peter Pan entra en su cuarto algunas noches, pero
su madre se resiste a creerlo. «En qué momento se hace evi-
dente que Wendy tenia razon? (p. 18) Justo entonces, ¢qué
pierde Peter en la habitacion de los nifios? (p. 20)
[2] Un viernes, poco antes de Navidad, los hermanos Darling se
enfadan con su padre. ¢Por qué? (p. 26) ¢Reconoce el senor
Darling los errores que ha cometido? ¢Te parece justo el casti-
go que recibe Nana?
[3] Esa misma noche, Peter Pan regresa a casa de los Darling. ¢Por
qué se echa a llorar? (p. 32) ¢Cdmo resuelve Wendy el proble-
ma de Peter? ¢Y por qué le da un dedal? (p. 36)
[4] En su conversacién con Wendy, Peter cuenta cosas de su vida.
éPor qué se escapo de casa el mismo dia en que naci6? (p. 37)
éCOmo quiere vivir? ¢Quiénes son los nifios perdidos? (p. 39)
éPor qué desea Peter que Wendy lo acompafie al Pais
de Nunca Jamas? (p. 42)
[5] La visita de Peter Pan sacude el pacifico hogar de
los Darling. ¢Quién avisa a los padres de Wendy
de que algo raro esta pasando en su casa? (p.
45) «Qué disgusto se llevan los sefiores Darling
al llegar al cuarto de sus hijos?

177
actividades

En el Pais de Nunca Jamas


[4] Los hermanos Darling viajan al Pais de Nunca Jamas, donde
habran de sobrevivir a las fechorias del capitan Garfio. ¢Qué les
sucede a los nifios cuando vuelan sobre la isla? (p. 54) Aunque
Garfio parece un hombre valiente, ga qué le tiene miedo? (p.
63) éCdmo encuentra el capitan la casita de los niflos perdidos
y por qué no la asalta de inmediato?
Wendy lo pasa fatal al llegar al Pais de Nunca
Jamas. éPor qué le dispara Simpl6n? (pp. 66-
67) éGracias a qué casualidad salva su vida?
(p. 71) Cuando Peter se enfada con Campanilla,
écomo demuestra Wendy su generosidad? (p. 72)
éQué tipo de vida lleva Wendy en la isla de Peter? (p. 79) ¢Por
qué Juan y Miguel deben pasar un examen todas las noches?
(p. 82) ¢Cual es el “trabajo” al que se dedica papa Peter?
En la aventura de la Roca de los Abandonados, Peter Pan deci-
de salvar a la joven Tigridia. ¢Cdmo la libera? (p. 87) Durante
el duelo que Peter mantiene con Garfio, gqué magnifica prueba
de honradez da el nifo? (p. 95) Es el capitan igual de genero-
so? ¢Como reacciona Peter al sentirse traicionado? (p. 96) ¢Por
qué Garfio abandona el combate en el ultimo momento?
Tras la lucha contra los piratas, Peter y Wendy estan a punto
de morir: por qué? (p. 98) ¢COmo escapa Wendy de la muerte
y quién salva a Peter?
Después de unos dias emocionantes, Wendy empieza a sentirse
insatisfecha en la isla. gPor qué se enfada con Peter? (p. 102)
Aunque no lo dice abiertamente, ¢qué espera de él? Esa noche,
équé novedoso final le da Wendy a su cuento? (pp. 105-106)
é Qué explica entonces Peter acerca de su madre?
éPor qué deciden los hermanos Darling volver al mundo real?
(p. 107) ~Quiénes se proponen acompajiarles? (p. 110) Poco

178
actividades

después, ¢qué trampa les tiende Garfio a los nifios? (p. 117) ¢Y
como se propone matar a Peter Pan? (p. 123)
Tras la marcha de los nifos, Peter Pan se queda dormido, pero
Campanilla lo despierta con malas noticias. En ese momento
de alarma, épor qué decide Peter tomarse su medicina?
(p. 125) «Como se salva el nifio de la muerte y como
salva a Campanilla? (pp. 126-128)
Cuando los nifios parecen a punto de mo- Cm | /
rir a manos de Garfio, ¢de qué manera los ayuda
Peter? (p. 137) Posteriormente, ¢qué hace el chico
para aterrar a los piratas? (pp. 139-141) ¢Por qué decide
Garfio matar a Wendy? (p. 144) Sin embargo, ¢qué sorpresa se
llevan los piratas cuando rodean a la nifa?
La enemistad entre Garfio y Peter se resuelve en un apasionan-
te duelo final. Cuando el capitan parece acorralado, ¢cdmo de-
muestra Peter su generosidad? (p. 148) Desconcertado por esa
actitud, ¢qué pregunta Garfio y qué responde Peter? Un ins-
tante después, ¢cOmo muere el capitan?

De nuevo en casa

[14] Los ultimos capitulos de la novela nos devuelven a Londres,


donde el sefor Darling se empefa en vivir como un perro. ¢Por
qué? (p. 151) ~Cdmo ha cambiado su esposa desde que perdio
a sus hijos? (p. 153) Con todo, éen qué se nota que conserva la
esperanza de recuperarlos?
Aunque la acompana a su casa, Peter no se resigna a
perder a Wendy. ¢Qué trampa idea para retenerla y
por qué se rinde al final? (pp. 155-157) Por otro lado,
équé sorpresa le preparan Wendy y sus hermanos a —
su madre? (p. 158) éPor qué no reacciona la sefiora
Darling como los chicos suponian? ¢Qué cosa inespe-
rada le ven hacer los nifios a su padre? (p. 159)

179
actividades

[3] Al contrario que los nifios perdidos, Peter Pan decide regresar al
Pais de Nunca Jamas. ¢Por qué se va? (pp. 162-163) «Qué le
promete a Wendy antes de marcharse? (p. 164) Justo enton-
ces, qué regalo excepcional le hace la sefora Darling?
[4] Wendy acuerda con Peter que se veran cada primavera, pero al
segundo afio el nino falta a la cita. Tras descartar que esté en-
fermo, équé explicacién le da Miguel a esa inesperada ausen-
cia? (p. 167) El narrador dice que Miguel llora por algo que ha
perdido: ¢de qué crees que se trata?
[5] Tras resistirse durante un tiempo a hacerse mayor, Wendy deci-
de crecer. Por qué? (p. 168) ¢Cdmo se siente cuando Peter re-
gresa? (p. 170) éPor qué el nifo se asusta tanto al ver la cara
de Wendy? (p. 171)
[6] La historia de Peter Pan tiene un caracter repetitivo o ciclico que
se nota muy bien en el capitulo final. Cuando Peter se sienta a
llorar en el suelo, qué otro pasaje de la novela nos viene a la
memoria? (p. 172) Poco después, é¢por qué razon grita Wendy?
(p. 173) éY por qué no puede participar en la aventura que
propone Peter? Segun el narrador, ¢qué caracteristicas deben
tener los nifios para unirse a Peter Pan?

180
Comentario y creacion

Personajes y temas
[1] Peter Pan es un nifio aventurero que se niega en redondo a
crecer. ¢Por qué quiere ser niflo para siempre? ¢Qué opina de
los adultos? (pp. 34, 108 y 111) No obstante, ¢en qué momen-
to se da cuenta de que, al vivir lejos del mundo real, se perdera
algunas cosas hermosas? (p. 160)
[2] Al modo de los héroes clasicos, Peter Pan es un nifio valiente
que cree en el bien. ¢En qué pasaje demuestra su sentido de la
justicia? (p. 87) éY su generosidad? (p. 99) ¢Qué actitud adop-
ta frente a la muerte? (p. 99) ¢Y frente a la traicidn? (p. 96)
[3] A pesar de su perfil heroico, Peter tiene los defectos propios de
un chico inmaduro. ¢En qué pasajes se nota que se cree mas
listo que nadie? (pp. 35 y 48) ¢Dirias que es un nifo sensible a
los sentimientos de los demas? ¢Suele expresar lo que siente?
éQué actitud, profundamente inmadura, adopta cuando Wendy
se va de la isla? (pp. 108-110) ¢Cual es el Unico tipo de amor
que Peter conoce y puede concebir? (p. 102)
[4] Wendy es una nifia discreta, gentil y compasiva que
esta a punto de abandonar la infancia. Cuando
Peter la invita a viajar a su isla, gen qué se nota
que Wendy es mas madura que sus hermanos?
(pp. 42-45) Ya en el Pais de Nunca Jamas, ¢como se
siente haciendo de madre? (pp. 79-82) ¢Es Wendy

181
actividades

una muchacha hogarefia o mas bien aventurera? ¢Te parece di-


vertida? ¢Por qué decide Wendy volver al mundo real? (pp. 102
y 107) Una vez ha crecido, ése siente satisfecha de haberse
convertido en una mujer? (p. 168)
Garfio es el antihéroe de Peter Pan, un hombre siniestro que ha
dedicado su vida a hacer el mal. Por eso mismo, ¢cOmo se sien-
te en sus Ultimos dias? (p. 132) ¢Qué tiempo pasado
parece echar de menos? (pp. 89 y 148-149) ¢Tiene el
capitan alguna cualidad positiva? (p. 123) De- ¢
jando de lado el asunto de su brazo, épor qué |”
crees que odia tanto a Peter Pan? ¢Te pare-
ce que le gustaria ser como él?
Los nifios perdidos son los complices incondicionales de Peter
Pan. ¢Qué tipo de infancia han llevado y por qué desean tanto
la compafia de Wendy? ¢Te gustaria haber tenido una infancia
como la de los nifos perdidos? ¢Por qué? ¢Cémo crees que te
sentirias si no hubieras recibido jamas un beso de tu familia?
Aunque los piratas y los niflos perdidos son enemigos irreconci-
liables, gqué tienen en comun unos y otros? (pp. 69, 77, 89 y
136) «Crees que Garfio y sus piratas fueron nifios perdidos en
el pasado? En tu opinion, ¢qué tipo de adultos habrian sido los
niflos perdidos si no hubieran conocido a Wendy?
Campanilla es un personaje con dos caras, pues tan pronto se
muestra egoista y retorcida como sacrificada y generosa. Re-
cuerda un par de momentos en que obre con malicia. ¢COmo
te explicas que Campanilla sea tan malvada con Wendy y que,
en cambio, esté dispuesta a morir por Peter Pan?

La tradicién da explicaciones diversas al origen de las hadas.


Hay quien cree que son angeles caidos, y quien defiende que
son las almas de los muertos, que escapan por la boca del di-
funto justo cuando la vida se le acaba. En cambio, se-
gun Peter, ¢cOmo nacieron las hadas? (p. 49) ¢Por
qué es ldgico, pues, que sean juguetonas?

182
actividades

éCuales son los rasgos principales de la sefiora Darling? (pp. 9-


10) ¢Por qué crees que Peter la considera una madre tonta? (p.
157) «En qué se nota lo mucho que quiere a sus hijos? (p. 155)
14) El senor Darling se parece muy poco a su esposa. ¢Cual ha sido
siempre su principal obsesidn? (p. 10) g¢Cdmo se pone de mani-
fiesto lo exagerado que es? (pp. 22-23 y 151) Durante la
noche en que sus nifios se van de casa, ¢qué actitudes <——
del sefor Darling parecen impropias de un adulto?
Cuando sus hijos vuelven, gen qué ha cambiado el
personaje? (pp. 154, 159 y 161)
En Peter Pan se contrapone de continuo la mentalidad de los
nifios con la de los adultos. ¢Quiénes son mas imaginativos?
éPor qué los adultos no pueden viajar al Pais de Nunca Jamas?
(p. 48) éY por qué a los nifios les resulta particularmente facil
ser felices? (p. 168)
El tema central de Peter Pan es el paso de la infancia a la vida
adulta, que se presenta como un proceso natural pero dificil y
problematico. En tu opinién, ¢qué cosas buenas y qué cosas
malas tiene hacerse mayor? Fijate en la vida de los adultos que
te rodean: ¢te apetece ser como ellos? ¢Por qué? ¢Te gustaria
ser nifo para siempre, al modo de Peter Pan? El escritor italiano
Cesare Pavese escribid que hay una cosa mas triste que enveje-
cer, y es seguir siendo un nifo. ¢Qué crees que queria decir
con esa frase?
éDirias que Peter Pan es una historia alegre o mas bien triste?
Debatid en grupo sobre el asunto y haced una votaci6on pa-
ra saber cual es la opiniédn mayoritaria en vuestra clase.

Creacion

[4] El narrador de Peter Pan dice que, por las noches, las
madres ponen en orden la imaginacién de sus hijos, donde en-
cuentran todo lo que los nifos viven, recuerdan, suefian y es-

183
actividades

peran. Haz una lista con diez cosas que encontraria tu madre si
rebuscara en tu imaginacion para ponerla en orden.
Mientras permanece en el Pais de Nunca Jamas, Wendy refresca
a diario la memoria de sus hermanos preguntandoles sobre los
seres queridos que dejaron en casa. Imaginate que viajas a la isla
de Peter y que tienes que luchar contra el olvido. Redacta una
descripcidn detallada de algunos de los miembros de tu familia
para llevartela contigo cuando visites el Pais de Nunca Jamas.
Los nifios perdidos ignoran lo que es un beso. Supdn que se lo
tienes que explicar en una carta de unas doce lineas. Cuéntales
como se da un beso y qué se siente al recibir uno. Diles Le
si los besos tienen olor, si saben a algo, si son suaves o
duros, si hacen ruido o si manchan la cara. Si no
encuentras los adjetivos adecuados, puedes
echar mano de las comparaciones o meta- \
foras que se te ocurran.
El beso es un gesto con el que solemos expresar nuestra amis-
tad, nuestro afecto o nuestro amor a otras personas. Pero, ésa-
brias decir por qué manifestamos esos sentimientos con un be-
so y no de otro modo? ¢A quién se le pudo ocurrir esa idea y
por qué? Propon otras formas o gestos imaginativos para ex-
presar los sentimientos de amistad o amor entre las personas.
Barrie no nos describe como es la isla magica de Peter Pan ni
especifica en qué lugar viven los piratas, los indios y los nifios
perdidos. Pero seguro que tu, con ayuda de tu poderosa imagi-
naciOn, podras dibujar esa isla con sus bahias y cabos, sus pra-
dos y montafias, sus bosques y playas, sus arroyos y lagunas...
Indica donde esta anclado el Alegre Rogelio, en qué parte de la
isla vive cada grupo de personajes y en qué lugares ocu-
rren los principales episodios de la novela.

184
JAMES M. BARRIE ©
(1860-1937)
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James Matthew Barrie odiaba las caras
tristes. Cuando era nifio y veia llorar a
alguien, se ponia a hacer muecas de pa-
yaso para forzarlo a sonreir, y una vez
lleg6 a adulto, ayud6 a la gente a sobre-
llevar sus amarguras llevandola de paseo
por las rutas doradas de la ficcién. Barrie nacié el 9 mayo de 1860
en un pueblecito de Escocia llamado Kirriemuir, tierra de aires pu-
ros, nieblas espesas y excelentes tejedores. Fue un hombre afable y
algo extravagante que escribia igual de bien con las dos manos y
un gran fumador de pipa partidario de la fantasia y amigo de las
bromas. Como su cuerpo era menudo y débil, costaba hacerse car-
go de la edad que tenia. Todavia a los cuarenta afios, la gente solia
confundirlo con un nifo por su cara de escolar, su voz aflautada y
su modesta estatura, y porque nunca tuvo una sola cana. Hay quien
dice que Barrie no queria crecer.
Paso su infancia en un hogar humilde, donde hubo de compar-
tir la comida con nueve hermanos. A su madre, mujer de gran
imaginacion, le encantaba contar historias, asi que el pequeno Ja-
mes se aficiono pronto a la literatura. Los libros se convirtieron en
su paraiso cotidiano y su evasion predilecta. James adoraba las no-
velas de indios y vaqueros, de policias y ladrones, de islas remotas
habitadas por naufragos solitarios... Un dia, cuando tenia seis
afios, su hermano David, que ya era un adolescente, se maté mien-
tras patinaba sobre un lago helado. Fue una desgracia enorme,

LL a I Te IIT MES EE a SS PSG


LLL EIS I ST UOT I TIE EL EE RE

pues David era la gran esperanza de la familia: un chico inteligente


y apuesto que parecia destinado a sacarlos a todos de la pobreza. El
pequenio James, que no soportaba ver triste a su madre, se empend
entonces en sustituir al hermano muerto: se vistid con las ropas de
David, imit6 sus gestos y su modo de silbar, y trat6 de parecer tan
listo y atractivo como él, pero fue una tarea inutil que le causé mas
frustraciones que alegrias.
Tras pasar por la universidad, Barrie se trasladé a Londres, don-
de trabaj6 como periodista y se hizo popular con una serie de rela-
tos que retrataban con gran sentido del humor la vida de un pue-
blecito escocés muy parecido al Kirriemuir de su infancia. Barrie
escribi6 varias novelas de éxito, mezcla jugosa de episodios cémi-
cos, buenos sentimientos y detalles autobiograficos. No obstante,
fue en el teatro donde mas brillé su ingenio. Su especialidad eran
las comedias sencillas, a veces sensibleras y algo cursis. Barrie solia
enamorarse de las actrices que las representaban, y lleg6 a casarse
con una de ellas, si bien el matrimonio fue un desastre y acabé en
divorcio. Por lo visto, Barrie nunca hallo la felicidad en el amor.
Dicen que sonaba con conquistar a una mujer que se pareciera en
todo a su adorada madre, pero que no pudo encontrarla ni en Es-
cocia ni en Londres ni en ningun otro sitio.
A los cuarenta afios, Barrie era un hombre triste. Su vida le pa-
recia aburrida, y envidiaba a esos aventureros que dedican sus dias
a cruzar los desiertos a lomos de un dromedario 0 a llenar sacos de
perlas en los mares del sur. Se sentia solo, negado para el amor, ate-
rrado por la perspectiva de una vejez que preveia solitaria, nostal-
gico de la infancia que ya quedaba tan lejos... En aquellos momen-
tos dificiles, unos nifos le alegraron la vida. A la altura de 1897, Ba-

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rrie tenia un perro llamado Porthos, de la raza de los San Bernar-


do, al que sacaba a pasear todas las tardes por los jardines de Ken-
sington. Alli empez6 a coincidir con los Llewelyn Davies, unos her-
manitos que jugaban en el parque al cuidado de su nifera. Barrie
se hizo amigo de los nifos, a los que distraia haciéndoles muecas
ridiculas, proponiéndoles juegos que no se esperaban y contando-
les historias de indios sigilosos y piratas ahorcados, sirenas capri-
chosas y hadas esquivas. Con el tiempo, conocié a los padres de los
hermanos: él era un abogado venido a menos y ella una belleza Ila-
mada Sylvia, de la que, por lo visto, Barrie estuvo enamorado en
secreto. El matrimonio Davies y sus cinco hijos fueron el modelo
de los Darling, la excéntrica familia de Wendy.
Hacia 1901, en las historias que Barrie creaba para los Davies
empezo a aparecer un nino llamado Peter Pan que no tenia familia,
vivia en el parque de Kensington, charlaba con las hadas y se nega-
ba a crecer. Peter representaba el placer de una vida sin reglas, de
ahi que se apellidara Pan, nombre de un caprichoso dios griego
que vivia en los bosques sin obedecer mas ley que su instinto. En la
figura de Peter, Barrie volc6 emociones muy personales: su afio-
ranza de la nifiez, su amor a la fantasia y su desdén por las rigidas
convenciones que presiden la vida burguesa. En la Navidad de
1904, Barrie estrené una obra teatral protagonizada por Peter Pan
que fue todo un éxito, sobre todo por la escena en que el nifio les
pedia a los espectadores que, si creian en las hadas, aplaudiesen,
pues solo asi podrian salvar a Campanilla de la muerte. Durante
meses, el teatro se llen6 de nifios entusiastas que aplaudian a rabiar
y que se peleaban por sentarse en las primeras filas, pues querian
lanzarle besos a Peter e insultar al capitan Garfio. Impulsado por el
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éxito, Barrie convirtié la comedia en novela, y asi nacidé el Peter Pan


que todos conocemos, que se public6é por vez primera en 1911 y que
es la obra maestra de su autor.
Peter Pan se transform6 enseguida en un mito, pues reflejaba de
forma cautivadora un deseo ancestral del alma humana: la ambi-
cién imposible de detener el tiempo y anclarnos en la infancia. En
recompensa por su creacién, Barrie recibié un titulo nobiliario, la
amistad de la familia real y un sinfin de homenajes y distinciones.
En 1912, el ayuntamiento de Londres instal6 en los jardines de Ken-
sington una estatua de bronce que representaba a Peter Pan tocan-
do su caramillo: la levantaron de noche, con el mayor sigilo, para
darle una buena sorpresa a todo el que pasara por el parque. Pero
los reconocimientos no impidieron que Barrie volviera a sufrir. Vio
morir a cuatro miembros de la familia Davies y paso sus ultimos
anos recluido en su casa, en un estado de honda tristeza. Su voz
dulce enronquecié, y su mirada, de un azul clarisimo, se fue lle-
nando de sombras. Barrie muri6 en 1937, a los setenta y siete anos,
sin mas compafiia que la de un ama de llaves y un noble criado. Se-
gun sus propios deseos, lo enterraron en Kirriemuir, al lado de su
madre.
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Peter Pan
Lejos, muy lejos de este mundo en que vivimos,
existe una isla magica habitada por indios y -
piratas, y por hadas traviesas que despiden un resplandor de
oro y por bellas sirenas que cantan a la luz de la Luna. Es el Pais
de Nunca Jamas, el refugio del pequefo Peter Pan, un nino
- aventurero que vuela igual que los pajaros y que se niega en re-
dondo a crecer. Una noche, Peter viaja en secreto hasta la ciudad
de Londres y alli conoce a Wendy, una nifia adorable que estaa
punto de abandonar la infancia. «;Por qué no te vienes conmigo
al Pais de Nunca Jamas?», le dice Peter. Tras dudar un poco,
Wendy acepta la invitacion, y de ese modo se embarca en una
_ gran aventura que le permitira volar muy cerca de las estrellas
y ver a las sirenas en su laguna azul y ser la madre imaginaria
de los nifios perdidos y medir su valor frente a un pirata que no
sintio jamas piedad por nadie. Wendy vive, en fin, una experien-
— cia inolvidable que nos demuestra lo lejos que puede llegar la
imaginacion de los nifios, pero que nos ensefia asimismo una
verdad profunda: que todos somos esclavos del tiempo y que la
~ vida pasa veloz como un suspiro y que la infancia, por mas g
nos duela, se marchara algun dia para no volver nunca.

Desde que aparecio sobre un escenario en 1904, Peter


ha convertido en uno de los personajes mas celebrados dig ee
j teratura juvenil. Agustin Sanchez Aguilar ha recre > =
| & historia en esta adaptacion impecable, que sintoniz¥y, x
\ \\ perfeccion con los lectores de hoy gracias a su ar
. dora agilidad y al magnetismo de su estilo.

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ISBN: 978-84 -682-0097-2

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