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Mujeres peruanas: de víctimas a activistas

Derechos mujer

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ISSN: 1130-2887 - eISSN: 2340-4396

DOI: [Link]

LA MUJER PERUANA ENTRE DOS SIGLOS: DE VÍCTIMA DE


LA VIOLENCIA A ACTIVISTA DE DERECHOS HUMANOS
(1980-2020)
Peruvian women bridging two centuries: from victim of violence to defender of human
rights (1980-2020)

Agata SERRANÒ [Link]@[Link] 1

1
Centro de Estudios Políticos y Constitucionales

Envío: 2021-04-05
Aceptado: 2021-10-13
First View:
Publicación: 2021-12-31

RESUMEN: Al cumplirse veinte años del conflicto armado interno que causó más de 70.000 víc-
timas y 20.000 desaparecidos en Perú (1980-2000), este artículo, además del impacto de la violencia su-
frida, se propone examinar el papel que muchas mujeres peruanas han asumido, desde los años 80 hasta
hoy, como protagonistas de una incansable búsqueda de sus familiares desaparecidos y como ejemplo
cívico en su activismo para el respeto de los derechos humanos.

Palabras clave: violencia contra la mujer; desaparecidos; movimientos de derechos humanos; conflicto
armado interno; Perú

ABSTRACT: Twenty years ago the internal armed conflict that cost more than 70,000 victims and
20,000 disappearances in Peru (1980-2000). In addition to the impact of the suffered violence, this article
aims to examine the role that many Peruvian women have played as protagonists of a tireless search for
their disappeared relatives and as civic examples in their activism for the respect of human rights from
the 1980s to the present day.

Keywords: violence against women; the disappeared; pro human rights movements; internal armed
conflict; Peru

Ediciones Universidad de Salamanca / cc by-nc-nd América Latina Hoy, 89, 2021, pp. 23-43

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A. SERRANÒ
LA MUJER PERUANA ENTRE DOS SIGLOS: DE VÍCTIMA DE LA VIOLENCIA A ACTIVISTA
DE DERECHOS HUMANOS (1980-2020)

I. INTRODUCCIÓN
Esta investigación se propone explorar el impacto de la violencia ejercida sobre las mu-
jeres y sobre sus familiares por los principales actores del conflicto armado interno (CAI) y
examinar el papel que ellas han asumido en la sociedad peruana desde los años 80 hasta hoy.
Este trabajo, por tanto, pretende dar respuesta a las siguientes preguntas de investigación:
¿Qué impacto ha tenido la violencia del CAI peruano sobre las mujeres? ¿Cuál ha sido el
papel de las mujeres peruanas durante el conflicto y el posconflicto?
Con el fin de responder a dichas preguntas, se llevó a cabo una investigación de campo
en Perú, concretamente en las ciudades de Lima y Ayacucho en 2018, durante la cual se
entrevistó a 7 mujeres, líderes de asociaciones que luchan para la defensa de los derechos
humanos y/o familiares de víctimas desaparecidas o asesinadas durante el CAI (1980-2000).
La adopción de la entrevista cualitativa en profundidad nos ha permitido comprender su rea-
lidad, obteniendo una representación general de las percepciones de las entrevistadas sobre
sus vivencias durante y después del conflicto. De hecho, la técnica de la entrevista cualitativa
tiene el objetivo de conocer la perspectiva del sujeto estudiado, comprender sus categorías
mentales, sus interpretaciones, sus percepciones (Corbetta, 2003, pp. 343-373). Como afir-
ma Michael Patton «la finalidad de la entrevista es entender cómo ven el mundo los sujetos
estudiados, comprender su terminología y su modo de juzgar, captar la complejidad de sus
percepciones y experiencias individuales» (Patton, 1990, p. 290).
La tipología de entrevista empleada fue la semiestructurada, puesto que esta mo-
dalidad favorece la expresión del/la entrevistado/a, concediendo amplia libertad al/a la
entrevistador/a para abordar los temas relevantes de la investigación, que no está obligado/a
a seguir un orden específico en la formulación de las preguntas. Durante las entrevistas, se ha
procurado evitar preguntas directas que pudieran herir la sensibilidad de las entrevistadas o
producirles una victimización secundaria, siguiendo los criterios éticos de entrevista cualita-
tiva a sujetos vulnerables (Varona, 2015).
Si bien parte de esta investigación ha consistido en la recogida y el análisis de fuentes
primarias como las entrevistas, también hemos consultado fuentes secundarias como el In-
forme de la CVR, artículos publicados en revistas especializadas, libros, legislación, informes
institucionales y/o privados, sentencias, artículos de prensa, etc.
Por lo que se refiere a la muestra de entrevistadas, habiendo adoptado la técnica de la en-
trevista cualitativa, nuestro objetivo no fue el de obtener una muestra estadísticamente repre-
sentativa. Por tal razón, no se usaron criterios que permitieran una cierta proporcionalidad
entre el número de entrevistadas y el número total de víctimas de la violencia ni se pretendió
que la muestra pudiera reproducir a un tamaño reducido las características de una determi-
nada población estadística. Nuestro objetivo fue únicamente el de reunir una muestra variada
de mujeres que habían sufrido una violación de los derechos humanos o bien personalmente
o bien en su ámbito familiar para conocer su experiencia de victimización. Tal muestra fue re-
unida adoptando la técnica del snowball sampling, según la cual los contactos iniciales con los/
as primeros/as entrevistados/as suelen ser proporcionados por entidades locales presentes
en la comunidad que posiblemente estén relacionadas con el tema de la investigación (Corbin
y Strauss, 2008). En nuestro caso, estas entidades fueron algunas asociaciones y fundaciones
de familiares de personas asesinadas o desaparecidas que contactamos en Lima y Ayacucho.

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LA MUJER PERUANA ENTRE DOS SIGLOS: DE VÍCTIMA DE LA VIOLENCIA A ACTIVISTA
DE DERECHOS HUMANOS (1980-2020)

Según esta técnica, usada para acercarse a colectivos especialmente difíciles de contactar, el/
la entrevistador/a accede a otros potenciales participantes gracias a los contactos sugeridos
por los primeros entrevistados. Durante nuestro trabajo de campo muchas víctimas entrevis-
tadas nos pusieron en contacto con otras que ellas mismas conocían.
Las entrevistas se analizaron con el software para el análisis cualitativo [Link] 8, que nos
ha permitido obtener una representación gráfica de los testimonios que presentaremos a lo
largo de este artículo. Hay que precisar que los fragmentos de entrevista elegidos no pueden
considerarse como una narrativa oficial de ninguna asociación o colectivo de víctimas. Asi-
mismo, la elección de dichas participantes en lugar de otras no respondió a ninguna intención
de discriminación personal o colectiva. Del mismo modo, se considera que esta investigación
es un estudio preliminar que constituye el punto de partida para el planteamiento de futuros
trabajos.

II. LA VIOLENCIA CONTRA LA MUJER EN SITUACIONES DE


CONFLICTO
La violencia sexual contra las mujeres fue una de las prácticas más recurrentes en los
conflictos armados durante el siglo XX (Ríos y Brocate, 2017). Entre ellas, destacan por
ejemplo las violaciones sexuales producidas durante la Segunda Guerra Mundial por el ejérci-
to soviético a alrededor de 100.000 mujeres alemanas o la explotación sexual cometida por el
ejército japonés en perjuicio de más de 200.000 mujeres en burdeles militares extendidos por
toda Asia para elevar la moral de las tropas (Villellas et al., 2016). Igualmente, según la ONU,
en Ruanda, entre 100.000 y 250.000 mujeres fueron violadas durante el genocidio de 1994;
más de 60.000 mujeres fueron violadas durante la guerra civil en Sierra Leona (1991-2002);
más de 40.000 en Liberia (1989-2003), y al menos 200.000 en la República Democrática del
Congo desde 1998 (ONU, 2015). En la guerra de los Balcanes de los años 90, se calcula
que alrededor de 40.000 mujeres y niñas musulmanas fueron violadas masivamente por las
tropas serbias. En esta ocasión, con la creación del Tribunal Penal Internacional para la ex
Yugoslavia (TPIY), la violencia sexual fue por primera vez considerada como crimen de lesa
humanidad y crimen de guerra (Jara Gómez, 2013), tal como también se reconoció en 1999
en el Estatuto de Roma (ER) que instituyó la Corte Penal Internacional (1999), en sus artícu-
los 7.1. letra g) y 8.2. letra b) (Lirola y Martín, 2016).
También en los conflictos armados internos de América Latina la violencia sexual contra
las mujeres se manifestó de forma masiva. En el CAI de Guatemala (1962-1996) la violación
sexual fue cometida contra al menos 1.500 mujeres. Aunque también se tiene constancia de
que se produjeron 626 masacres con cerca de 200.000 víctimas directas, donde la violencia
sexual fue el patrón utilizado por el ejército guatemalteco antes y durante dichas incursiones
sangrientas (Moreyra, 2007). Según los datos de la Unidad de Víctimas del gobierno colom-
biano, los delitos contra la libertad y la integridad sexual constituyen, por el número de casos,
el sexto tipo de violencia que sufren las mujeres, contabilizándose durante el CAI (solo desde
1985) más de 25.000 casos (Calbet, 2018).
Todas las cifras aquí presentadas lamentablemente no reflejan los datos reales, por-
que la violencia sexual suele ser infradenunciada y ocultada, debido principalmente a la

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estigmatización, vergüenza y miedo a represalias que las víctimas puedan sufrir. Además, si
bien los móviles de tales delitos son particulares de cada caso, existe un denominador común
basado en el patriarcado y los roles de género (Calbet, 2018). En tal sentido, Aguilar y Ful-
chiron (2005, p. 4) afirman que

la violencia sexual es considerada como síntesis política de la opresión de las mujeres. Porque
implica apropiación y daño. Es un hecho político que sintetiza un acto, la cosificación de la
mujer y la realización extrema de la condición masculina patriarcal. Entre las formas de este
tipo de violencia, la violación es el hecho supremo de la cultura patriarcal: la reiteración de la
supremacía masculina y el ejercicio del derecho de posesión y uso de la mujer como objeto de
placer y destrucción.

Se podría afirmar, por tanto, que la violencia sexual durante los conflictos armados es,
en buena medida, utilizada como arma de guerra, como forma de control de la sociedad o
humillación simbólica del enemigo (Calbet, 2018). Es considerada como arma y estrategia de
guerra, puesto que tiene como objetivo afectar al mayor número posible de personas, sem-
brar el terror en la población, minar la moral del enemigo al mostrar la supuesta incapacidad
para defender a sus mujeres y finalmente destruir el tejido social de la población (Ruta Pací-
fica de las Mujeres, 2013). El proceso posterior a la violencia sexual suele estar caracterizado
por la marginación y la estigmatización de las mujeres que han sido víctimas de esta violencia
(Mackenzie, 2010, p. 203), a las que se culpabiliza y responsabiliza injustamente de lo ocurri-
do, buscando generar un mecanismo de control social que permita justificar las atrocidades y
mantener la impunidad de los responsables reales (Beristain et al., 1999).

III. LA MUJER COMO VÍCTIMA DE LA VIOLENCIA SEXUAL DURANTE


EL CONFLICTO ARMADO INTERNO EN PERÚ (1980-2000)
En este epígrafe examinaremos cómo las mujeres peruanas durante el CAI, por un lado,
fueron víctimas de la violencia sexual1 y, por otro, fueron y, lamentablemente, siguen siendo
también víctimas de una violencia indirecta que radica en discriminaciones por razones de
sexo, raza y clase social2. La violencia directa se enmarca en un periodo sin precedentes que el
Perú vivió entre 1980 y 2000, conocido más comúnmente como «conflicto armado interno»

1. Cuando se examina la violencia contra la mujer durante el CAI peruano no se puede olvidar que
entre 1996 y 2000 el gobierno de Alberto Fujimori implementó una campaña de control demográfico con
el fin de reducir el número de nacimientos en los sectores más pobres de Perú. En consecuencia, más de
272.000 mujeres fueron esterilizadas mediante la ligadura de trompas (La Vanguardia, 2021). Se estima que
muchas de ellas, en su gran mayoría campesinas e indígenas de escasos recursos, fueron esterilizadas contra
su voluntad. Tales delitos han tardado más de 20 años en llegar a los tribunales, ya que solo a principio de
2021 ha empezado el juicio contra Alberto Fujimori y sus exministros de Sanidad, entre otros altos cargos,
por lesiones graves contra 1.300 personas y la muerte de cinco personas a causa de la esterilización forzosa
(El Comercio, 2021).
2. La mujer peruana en el CAI, además de víctima, en ocasiones ha sido un actor activo ante la violen-
cia, siendo miembro de los grupos subversivos (Díaz, 2016) o de los comités de autodefensa (Boutron, 2014).

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(CAI), durante el cual se registraron más de 69.280 víctimas mortales, según una estimación
de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), creada en 2001 para esclarecer tales
hechos (Degregori, 2014).
La responsabilidad de estas violaciones se atribuyó tanto a grupos terroristas como a
agentes estatales. Como se puede observar en el Gráfico 2, según el Informe Final de la
CVR, el 54 % de las víctimas fue causado por el grupo terrorista Sendero Luminoso (SL), el
43 % fue provocado por las Fuerzas Armadas y la Policía; el restante 17 % fue causado por
otros actores (el grupo terrorista Movimiento Revolucionario Tupac Amaru-MRTA, rondas
campesinas, comunidades de autodefensa-CADS, grupos paramilitares, agentes no identifi-
cados). Dichos actores perpetraron diferentes violaciones de derechos humanos, tales como
asesinatos, ejecuciones arbitrarias o extrajudiciales, secuestros, desapariciones forzadas, tra-
tos o penas crueles, inhumanas o degradantes, entre otras (Gráfico 3).

GRÁFICO 1. NÚMERO ESTIMADO DE VÍCTIMAS MORTALES POR AÑO

Fuente: CVR (2003f, p. 22).

Tal como se desprende del Gráfico 4, la mayor cantidad de víctimas se produjo en la re-
gión sur central del Perú, especialmente en los departamentos de Ayacucho, Junín, Huánuco,
Huancavelica y Apurímac. Sin embargo, también el distrito de Lima y la selva nororiental y
central se vieron severamente afectados por la violencia (CVR, 2003c). Las víctimas mortales
en su mayoría fueron campesinos de las zonas más pobres y marginadas del país, poblado-
res quechuahablantes de las zonas rurales andinas e integrantes de diferentes comunidades
indígenas de la selva.

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GRÁFICO 2. PORCENTAJE ESTIMADO DEL NÚMERO DE VÍCTIMAS


CAUSADAS POR RESPONSABLE

Fuente: CVR (2003f, p. 21).

En realidad, a pesar de que las mujeres representaron solo el 20 % del total de las víc-
timas, se puede afirmar que el CAI peruano tuvo un impacto diferenciado en función del
género: las mujeres, por el solo hecho de serlo, fueron víctimas de un conjunto de delitos dis-
tintos a los que sufrieron los varones (Defensoría del Pueblo, 2004, p. 43). En particular, ellas
fueron víctimas de la «violencia sexual»3, es decir, insultos de carácter sexista, tocamientos,
desnudos forzados, abortos forzados, uniones forzadas, esclavitud sexual, violación sexual,
entre otras prácticas, cometidas tanto por agentes del Estado como por miembros de los
grupos subversivos (CVR, 2003e, p. 66).
Por lo que se refiere a las violaciones sexuales, objeto de nuestro estudio, por su carácter
sistemático y generalizado fueron consideradas por la CVR como un delito de lesa humani-
dad, tal como está contemplado por el art. 7 letra g) del ER. En concreto, la CVR enmarcó
la violación sexual entre los tratos o penas crueles, inhumanas o degradantes, es decir, «las
prácticas que buscan despertar en la víctima sentimientos de miedo, angustia e inferioridad

3. La violencia sexual ha sido definida por la CVR como «la realización de un acto de naturaleza sexual
contra una o más personas por la fuerza o mediante la amenaza de la fuerza o mediante coacción, como la
causada por el temor a la violencia, la intimidación, la detención, la opresión psicológica o el abuso de poder,
contra esa(s) personas u otra persona o aprovechando un entorno de coacción o la incapacidad de esa(s)
personas de dar su libre consentimiento» (CVR, 2003d, p. 264).

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GRÁFICO 3. PORCENTAJE DE CRÍMENES Y VIOLACIONES A LOS DERECHOS


HUMANOS Y OTROS HECHOS REPORTADOS EN CADA ACTO

Fuente: Informe Final de la CVR (2003d), p. 274.

además de humillación y degradación; ya sea que se utilicen como medio intimidatorio, como
castigo personal, para intimidar o coaccionar, como pena o por cualquier razón basada en
cualquier tipo de discriminación u otro fin» (CVR, 2003b, p. 205). De hecho, además de la
violencia física padecida, las víctimas de violación sexual sufren graves traumas psicológicos,
generados por la humillación que la misma violación supone y el deshonor que este delito,
si revelado podría causarles en el marco de su comunidad de pertenencia. Asimismo, puesto
que algunas de ellas se quedan embarazadas, deben asumir solas la crianza de los hijos, la
mayoría de los cuales no son reconocidos por los violadores; otras son forzadas a abortar o
están sometidas a otros tipos de maltratos (COMISEDH, 2003, p. 31).
Al igual que la CVR, también el Sistema Interamericano de Derechos Humanos, a partir
del caso María Elena Loayza vs. Perú4, se refirió a la violencia sexual dentro del marco del
conflicto peruano como un trato cruel, inhumano y denigrante, que vulnera el derecho a la
integridad física recogido en el art. 5 de la Convención Americana de Derechos Humanos-
CADH (Ríos y Brocate, 2017, p. 87).
Pero, ¿quiénes fueron los responsables de las violaciones sexuales durante el CAI perua-
no y quiénes fueron las víctimas? En concreto, entre las víctimas el 16,54 % fueron hombres

4. Caso Loayza Tamayo vs. Perú (Corte Interamericana de Derechos Humanos, 1993).

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GRÁFICO 4. NÚMERO ESTIMADO DE VÍCTIMAS MORTALES POR


DEPARTAMENTO

Fuente: CVR (2003f, p. 23).

y el 83,46 % fueron mujeres. La mayoría de las mujeres (de las que se tiene conocimiento)
tenía entre 10 y 29 años, aunque también se registraron víctimas adultas y ancianas.
Todas ellas pertenecieron a los sectores de menores recursos de la población: el 75 %
eran quechuahablantes, el 83 % eran de origen rural, el 36 % se dedicaban a actividades
agrarias, el 30 % eran amas de casa, especialmente de los Departamentos de Ayacucho, de
Huancavelica y Apurímac, es decir, la zona de Sierra sur del Perú (CVR, 2003d, p. 281).
Con relación a los perpetradores, alrededor del 83 % de los actos de violación sexual que
se conocen son imputables a agentes del Estado y aproximadamente un 11 % corresponden
a los grupos subversivos de SL y el MRTA. Estos últimos solían emplear las violaciones
sexuales como castigo, en el contexto de incursiones armadas en los poblados andinos y
amazónicos, en los campamentos o «retiradas» que establecían para escapar de las fuerzas del
orden, en los que se mantenían a numerosas personas en condiciones de servidumbre. Los
agentes del Estado, en cambio, ejercieron las violaciones sexuales contra las mujeres conside-
radas sospechosas de tener vínculos con los grupos subversivos, durante los interrogatorios,
las detenciones arbitrarias y/o desapariciones forzadas de personas. La violencia sexual en
general fue utilizada también en muchos casos como un método de tortura para la obtención
de información o confesiones autoinculpatorias (CVR, 2003d, p. 281).
Ahora bien, si observamos el Gráfico 2, a primera vista las violaciones sexuales apa-
recen como una práctica menos frecuente de la tortura. Sin embargo, los datos reportados
no ofrecen un cuadro completo sobre la situación porque solo contabilizan casos de viola-
ción sexual de víctimas identificadas, es decir, registran solo los casos de violación sexual de

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GRÁFICO 5. VIOLACIONES DE LOS DERECHOS HUMANOS REPORTADAS A


LA CVR SEGÚN EL SEXO DE LA VÍCTIMA

Fuente: Informe Final de la CVR (2003d), p. 273.

aquellas víctimas cuyo nombre se conoce, no recogiendo los casos en que existen referencias
generales sobre los hechos (CVR, 2003d, p. 273). Por tanto, la CVR indica que existe una
subrepresentación estadística de la violación sexual con respecto a las otras violaciones de los
derechos humanos representadas en el Gráfico2 por al menos tres razones.
En primer lugar, por la menor disposición de las víctimas en narrar abiertamente lo
ocurrido, por vergüenza, pudor o por temor a represalias. En la mayoría de los casos las mu-
jeres violadas prefirieron guardar silencio pues sabían que no iban a encontrar una respuesta
adecuada a lo sucedido ni en su familia ni en su comunidad. De hecho, muchas de las que
lo revelaron recibieron ulteriores maltratos verbales, físicos y psicológicos por los esposos
(o familiares), además de la acusación de que las culpables de todo habían sido ellas. Otras
veces, fueron estigmatizadas, tildadas y excluidas en sus propias comunidades de pertenencia
(Crisóstomo, 2015). En palabras de Ríos y Brocate (2017, p. 84), la mujer es considerada
como propiedad del hombre y del conjunto colectivo (la comunidad): violar su cuerpo sig-
nifica violentar a la comunidad. Esta concepción patriarcal de la sociedad y su consiguiente
asignación rígida del rol hombre-mujer conlleva, sin duda, la revictimización de la misma
mujer, la cual ante una violación sexual es repudiada por sus familias y marginada por el resto
de la sociedad.

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En segundo lugar, la CVR afirmó que, en muchas ocasiones, las violaciones sexuales
se llevaron a cabo en el marco de otras violaciones de derechos humanos (masacres, deten-
ciones arbitrarias, ejecuciones arbitrarias, tortura, etc.), por lo que, en los casos en los que
la víctima no lo revelara voluntariamente o no fuera evidente, este tipo de violencia pasó
prácticamente inobservada.
En tercer lugar, la CVR subrayó que

durante mucho tiempo la violencia sexual fue vista como un daño colateral o un efecto secun-
dario de los conflictos armados y no como una violación de derechos humanos, con lo cual
estos hechos no sólo no han sido denunciados, sino que además se les ha visto como normales
y cotidianos (CVR, 2003d, p. 275).

Por tanto, no solo las violaciones sexuales fueron ejercidas en la completa impunidad
como si fueran implícitamente legítimas, sino que, tal como se puede observar en el Gráfico
5, a diferencia de otras violaciones de derechos humanos, fueron un delito especialmente
practicado en contra de las mujeres, configurándose claramente como un tipo de «violencia
contra la mujer» (COMISEDH, 2003).
Sin embargo, la violencia sexual contra las mujeres en Perú no parece haber surgido
durante el conflicto, sino haber sido exacerbada por él. Siendo la sociedad peruana aún tra-
dicional con roles hombre-mujer muy marcados, ya existía una violencia endémica contra la
mujer, cuyas razones residían y, lamentablemente, aún residen en una tríplice discriminación
por razones de sexo, de raza y de clase social. Durante el CAI, esta tríplice discriminación
llegó a su auge, causando la violencia más despiadada, especialmente en contra de las mujeres
históricamente percibidas como ciudadanas de clase baja: indígenas o campesinas de la sierra
y la selva del Perú (Boesten y Fischer, 2012, p. 3). En este sentido, la violencia sexual precedió
y supervivió al conflicto, no pudiéndola considerar solo una estrategia de guerra, porque fue
normalizada y tolerada también en tiempos de paz, no considerándose ni siquiera como un
delito. En la misma línea, Crisóstomo (2011, p. 5) afirma que

la violencia contra la mujer [peruana] y sobre todo contra la mujer campesina, nativa y/o
indígena es parte de un proceso histórico que se sustenta en un antiguo y rígido modelo de
las relaciones de dominación. […] En tiempos de conflicto, los roles atribuidos a cada sexo se
polarizan, la masculinidad tradicional alienta los comportamientos violentos, mientras que la
mujer, portadora real y simbólica de una identidad social y cultural se convierte en territorio
de conquista.

Y añade que, «por lo mismo, se afirma que la violencia sexual en las zonas rurales es un hecho
que ya existía; durante la violencia política, sólo cambió el agresor» (Crisóstomo, 2011, p. 16).
Sin embargo, a pesar de la violencia directa e indirecta sufrida, tanto durante el conflicto
como en el posconflicto, las mujeres peruanas han luchado sin tregua para obtener verdad,
justicia y reparación, tal como examinaremos en el próximo epígrafe.

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IV. LAS MUJERES PERUANAS COMO EJEMPLO CÍVICO: EL ACTIVISMO


EN DEFENSA DE LOS DERECHOS A LA VERDAD, LA JUSTICIA,
LA MEMORIA Y LA REPARACIÓN
Este epígrafe se centrará especialmente en la lucha pacífica de muchas mujeres peruanas
para conseguir verdad, justicia y reparación, durante y después del conflicto, siendo protago-
nistas de una interminable y desgarradora búsqueda de sus familiares víctimas de la desapari-
ción forzada y/o de ejecuciones extrajudiciales. Estos dos delitos, habiéndose llevado a cabo
de forma generalizada y sistemática sobre todo en el departamento de Ayacucho, fueron
considerados por la CVR como crímenes de lesa humanidad, de acuerdo con el ER en el art.
7 letra a) y letra i). Lamentablemente, ambas prácticas resultaron estar inequivocablemente
interconectadas, puesto que las personas desaparecidas, en la mayoría de los casos, termina-
ron siendo ejecutadas arbitrariamente.
Según la Dirección General de Búsqueda de Personas Desaparecidas (DGBPD) estable-
cida en 2016, que creó el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y Sitios de Entierro
(RENADE), las personas desaparecidas entre 1980 y 2000 ascienden a 20.329, aunque este
número está lamentablemente destinado a subir. De los 20.329 desaparecidos, solo se han
hallado los restos de al menos 865 personas, que fueron restituidos a sus familiares para su
sepultura. Estas cifras convierten al Perú en uno de los países con más desaparecidos de
América Latina (LUM, 2018). Las exhumaciones, identificación y entrega de restos de perso-
nas desaparecidas a sus familiares es todavía una tarea pendiente en el país.
Tal como se puede observar en el Gráfico 5, las víctimas mortales y desaparecidas fueron
especialmente varones, llevando a que un significativo número de mujeres fueran testigos de
la traumática pérdida de sus familiares y allegados. La desaparición y/o asesinato (y los demás
delitos cometidos en contra de sus familiares) constituyeron para ellas un trauma personal y
familiar significativo, marcando un antes y un después que nunca olvidarían (Defensoría del
Pueblo, 2000). Lo demuestran los testimonios de las mujeres víctimas del terrorismo y de las
violaciones de los derechos humanos cometidas por agentes del Estado que entrevistamos en
Lima y Ayacucho en 2018, cuyos testimonios presentaremos a continuación.
En el Cuadro 1, las entrevistadas destacan como, después del asesinato o desaparición de
su familiar, su propio proyecto de vida se vio truncado definitivamente. El asesinato o des-
aparición de un miembro de la familia llevó al quebrantamiento de sus sueños, costumbres,
esperanzas de futuro y constituyó un cambio dramático de sus circunstancias, marcado por
inseguridad, incertidumbre, zozobra y desesperación (Cuadro 1). Algunas de las entrevista-
das (Cuadro 2) manifiestan cómo el dolor de la ausencia o de la pérdida se queda enquistado
en sus vidas, volviendo a la luz en diferentes fases o momentos de la vida, cambiando sus
rumbos y sus prioridades para siempre.
A causa de la violencia, muchas mujeres se quedaron sin esposos y, por ello, solas se
tuvieron que hacer cargo de las labores del campo, de las tareas domésticas y de la crianza de
los hijos. Su situación económica empeoró drásticamente, no sabiendo cómo sustentar a sus
niños, muchos de los cuales tuvieron que empezar a trabajar desde muy temprana edad, no
pudiendo seguir escolarizándose, o tuvieron que buscar los recursos económicos para seguir
haciéndolo, a veces no sólo para ellos mismos, sino también para los hermanos menores
(Cuadro 2).

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LA MUJER PERUANA ENTRE DOS SIGLOS: DE VÍCTIMA DE LA VIOLENCIA A ACTIVISTA
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CUADRO 1. CÓMO INFLUYE EL ASESINATO/DESAPARICIÓN DE LOS


FAMILIARES EN EL PROYECTO DE VIDA DE LAS MUJERES ENTREVISTADAS

Fuente: Elaboración propia mediante el software [Link] 8, a partir de las entrevistas cualitativas llevadas a cabo en
Perú.

En muchas ocasiones, la única manera para poder ponerse a salvo era desplazarse del
campo a la ciudad y, en ocasiones, nuevamente desde la ciudad al campo, tratando de fu-
garse continuamente ante el avance de un enemigo cambiante que hoy podría ser un grupo
subversivo, el día siguiente las Fuerzas Armadas, entre otros (Cuadro 3). Para las mujeres,
las pérdidas fueron múltiples, habiendo tenido que afrontar no solo la ausencia de un ser
querido, sino también tener que abandonar sus casas y sus propiedades para huir, lidiar con
el desarraigo cultural que conlleva el desplazamiento forzoso –fenómeno que ha afectado
a más de 600.000 personas en todo el país– y la estigmatización social en el nuevo lugar de
residencia. En ocasiones sus rasgos andinos o indígenas, el analfabetismo o el escaso cono-
cimiento del castellano, los escasos recursos, el estigma de la violencia recibida las llevaron
a tener que soportar la exclusión social, la discriminación y una culpabilización inmerecida,
tanto en el lugar que dejaron atrás como en el nuevo lugar de acogida (Cuadro 3).
Sin embargo, a pesar de todos los sufrimientos padecidos, muchas mujeres peruanas
durante el conflicto decidieron reaccionar con resiliencia frente a la adversidad, tratando de
mejorar su situación personal mediante el trabajo y los estudios, a fin de asegurar un futuro
mejor para ellas mismas y sus familias. Los desafíos no fueron pocos, en una sociedad tradi-
cional, en la cual se asignaba a la mujer exclusivamente el papel de «madre» o «esposa», roles
únicamente asociados al cuidado del hogar y a la crianza de los hijos (Cuadro 2).
Sin duda, uno de los mayores desafíos que la mujer peruana durante el conflicto y en
el posconflicto ha afrontado es la búsqueda de sus familiares desaparecidos. Dicha labor de
búsqueda las ha llevado a visitar hospitales, dependencias policiales, bases militares, cárceles
e incluso morgues, exponiéndolas a ser objeto de nuevos delitos como violaciones sexuales,
detenciones, torturas, amenazas. Demasiadas veces tuvieron que soportar la impunidad patente

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LA MUJER PERUANA ENTRE DOS SIGLOS: DE VÍCTIMA DE LA VIOLENCIA A ACTIVISTA
DE DERECHOS HUMANOS (1980-2020)

CUADRO 2. EL ASESINATO/DESAPARICIÓN DE SU FAMILIAR ACARREA


CONSECUENCIAS PSICOLÓGICAS ECONÓMICAS Y EN LA EDUCACIÓN DE
TODA LA FAMILIA

Fuente: Elaboración propia mediante el software [Link] 8, a partir de las entrevistas cualitativas llevadas a cabo en
Perú.

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DE DERECHOS HUMANOS (1980-2020)

CUADRO 3. LA VIOLENCIA DE SENDERO LUMINOSO Y DE LOS AGENTES


DEL ESTADO OBLIGA A MUCHAS MUJERES A DESPLAZARSE PARA
PONERSE A SALVO

Fuente: Elaboración propia mediante el software [Link] 8, a partir de las entrevistas cualitativas llevadas a cabo en
Perú.

de la que gozaron los perpetradores, a menudo, agentes del Estado que les ocultaron la verdad y
obstaculizaron la obtención de justicia (Ortiz Perea, 2017). En otros casos la búsqueda las llevó
a conocer los hechos, descubriendo una verdad horrible, inhumana, indecente: para destruir
las evidencias de las ejecuciones cometidas, los cadáveres de sus familiares fueron eliminados
mediante mutilación, incineración de restos, arrojando los cuerpos en los ríos u otras zonas
inaccesibles, sepultándolos en sitios de entierro o esparciendo las partes de los cuerpos en
diferentes lugares para dificultar su identificación. Así lo testimonia Marly (Cuadro 4) (comu-
nicación personal, 2018), cuyo hermano Kenneth Ney Anzualdo Castro fue detenido en 1993
y llevado, junto a su compañero Martín Javier Roca Casas, a los sótanos del edificio conocido

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CUADRO 4. LA BÚSQUEDA DE LOS FAMILIARES DESAPARECIDOS, EN


ALGUNOS CASOS, LLEVA A LAS MUJERES PERUANAS A DESCUBRIR UNA
VERDAD INHUMANA Y ABERRANTE

Fuente: Elaboración propia mediante el software [Link] 8, a partir de las entrevistas cualitativas llevadas a cabo en
Perú.

como el Pentagonito, en Lima, sede del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE), donde mu-
chas de las personas desaparecidas fueron incineradas en hornos crematorios5.
Tales hechos fueron confirmados por la Corte Suprema peruana en 2017, la cual con-
denó a Vladimiro Montesinos Torres, Nicolás de Bari Hermoza Ríos, Jorge Enrique Nadal
Paiva, miembros del Servicio de Inteligencia del Ejército peruano, como autores mediatos
del delito de desaparición forzada.
Adelina García Mendoza (comunicación personal 2018) nos relata el caso de su esposo
(Cuadro 4), Zósimo Tenorio Prado, desaparecido en 1983, torturado en el cuartel Militar
«Domingo Ayarza», más conocido como «Los Cabitos», en Ayacucho. La Sala Penal Nacio-
nal de la Corte Suprema en 2017 dictó una sentencia histórica relativa a las violaciones de los
derechos humanos realizadas en este cuartel, dejando probado que, en los años 80, centena-
res de personas fueron detenidas de forma arbitraria y sometidas a tortura con la finalidad de
que confesasen su supuesta afiliación a SL, para ser finalmente ejecutadas extrajudicialmente,
sepultadas en fosas comunes o finalmente incineradas en hornos crematorios (Reyes, 2017).
Estas historias son algunas de las millares que se han quedado en el olvido por décadas y
que aún permanecen desconocidas; historias de mujeres que, además de haber sufrido la pér-
dida de un ser querido, fueron objeto de numerosas revictimizaciones (Guerrica Echevarría y
Echeburúa Odriozola, 2006, p. 198), puesto que no solo padecieron el daño y la vulneración
de sus derechos, sino que fueron humilladas, culpabilizadas por los mismos perpetradores;

5. Caso Anzualdo Castro vs. Perú (Corte Interamericana de Derechos Humanos, 1994).

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desatendidas y desprotegidas por los poderes públicos; marginadas, excluidas y estigmatiza-


das por el resto de la sociedad civil.
Sin embargo, a pesar de todo, ellas intentaron ayudarse mutuamente dando vida a un
movimiento de derechos humanos que trató de afrontar distintas urgencias: en primer lugar,
alentar el cese de la violencia subversiva, cuyo fin principal era destruir al Estado peruano;
en segundo lugar, contrarrestar la progresiva erosión de las instituciones democráticas, cuyo
auge fue el golpe de Estado del 5 de abril de 1992 y la consiguiente instauración del régimen
autoritario de Alberto Fujimori; por último, recuperar a los familiares desaparecidos e im-
pulsar políticas públicas a favor de los derechos a la verdad, a la justicia, a la memoria y a la
reparación (CVR, 2003a, p. 295).

CUADRO 5. LA BÚSQUEDA DE LOS FAMILIARES DESAPARECIDOS LLEVA


A LAS MUJERES A ASOCIARSE Y A LUCHAR POR EL RESPETO DE SUS
DERECHOS

Fuente: Elaboración propia mediante el software [Link] 8, a partir de las entrevistas cualitativas llevadas a cabo en
Perú.

Las acciones del movimiento de derechos humanos contribuyeron a que en 2001 se


instituyera la CVR, gracias a la cual por primera vez alrededor de 16.000 personas ofrecieron
su testimonio, dando a conocer los horrores a los que fueron sujetas. El Informe de la CVR
avaló muchas de las demandas del movimiento, recomendando, entre otras cuestiones, la
adopción de políticas específicas en materia de reparación.
A la luz de las recomendaciones de la CVR, a partir del 2005 se puso en marcha una
política de reparación con la Ley n.º 28592 (Aprobación del Plan Integral de Reparación a las
Víctimas de la Violencia) y su reglamento de actuación aprobado en 2006. Gracias a tales ins-
trumentos legislativos, se creó la Comisión Multisectorial de Alto Nivel (CMAN), encargada

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del seguimiento de las acciones y políticas del Estado en los ámbitos de la paz, la reparación
colectiva y la reconciliación, como ente rector del sistema (Ulfe Young, 2013); el Consejo de
Reparaciones (CR), encargado de la elaboración del Registro Único de Víctimas (RUV) y de
la acreditación, identificación e individualización de las víctimas y diferentes programas de
reparación (Lerner Febres, 2007).
Diez años después de ese primer paso en materia de reparación, gracias a la incansable
lucha pacífica de los familiares, en 2016 se promulgó la Ley n.º 30470, Ley de Búsqueda de per-
sonas desaparecidas durante el periodo de violencia 1980-2000, que tiene como finalidad la búsqueda,
recuperación, análisis, identificación y restitución de los restos humanos de las personas
desaparecidas. Asimismo, en 2018 con el decreto legislativo n.º 1398 se aprobó la creación
por parte de la Dirección General de Búsqueda de Personas Desaparecidas (DGBPD), en el
marco del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, de un banco de datos genéticos que
permitirá contrastar el ADN de los familiares de las víctimas con los restos óseos hallados en
las fosas (El Comercio, 2018).
La DGBPD, finalmente, adoptó el enfoque humanitario en la búsqueda de los desa-
parecidos, propuesto por el movimiento de derechos humanos y equipos de expertos, tal
como testimonia Gisela Ortiz (comunicación personal, 2018), directora de Operaciones
del Equipo Peruano de Antropología Forense (EPAF) en el Cuadro V. Tal enfoque tiene el
objetivo prioritario de satisfacer el derecho a la verdad de los familiares y su necesidad de
cerrar el duelo, intentando darles a conocer la verdad sobre lo ocurrido y, posiblemente,
localizando, exhumando y entregándoles los restos de sus seres queridos, prescindiendo
de si los culpables de este delito estén identificados, juzgados y condenados (EPAF y
CNDDHH, 2009).
A pesar de los pasos que en estos 20 años de posconflicto se han dado hacia la repara-
ción de las víctimas del CAI en Perú, los informes de la Defensoría del Pueblo, que moni-
torean la implementación de las recomendaciones de la CVR (Defensoría del Pueblo, 2008),
reportan graves insuficiencias en las medidas aprobadas y una escasa implementación de las
mismas, por la presencia de obstáculos administrativos que, a menudo, no solo impiden es-
clarecer los hechos y poner fin a la impunidad de los responsables, sino que siguen causando
nuevas y severas revictimizaciones a los familiares (Defensoría del Pueblo, 2013).
Para paliar tales carencias, una miríada de asociaciones y ONG –algunas de ellas muy
reconocidas como la Asociación Pro Derechos Humanos (APRODEH); la Comisión de
Derechos Humanos (COMISEDH); la Asociación Nacional de Familiares de Secuestrados,
Detenidos y Desaparecidos del Perú (ANFASEP); la Coordinadora General de Derechos
Humanos, entre otras– nacidas durante y después del conflicto, por una parte, han supli-
do directamente la atención que el Estado debió otorgarles a los afectados ofreciéndoles
asistencia legal, judicialización de los casos, atención a los desplazados, apoyo logístico y
acompañamiento psicosocial en las restituciones o entrega de restos, transmisión del legado
de la memoria a las nuevas generaciones, entre otras actividades (Crisóstomo, 2019). Por la
otra, han sido un vector de transmisión de las demandas y necesidades de los afectados a
las instituciones públicas a fin de que, en algún momento, puedan cumplir con su deber de
garantizarles el derecho a la verdad, a la justicia, a la memoria y a la reparación.

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V. CONCLUSIONES
Como sostiene Calbet (2018), la violencia sexual contra las mujeres durante los conflic-
tos armados, en buena medida, puede ser utilizada como arma de guerra, como forma de
control de la sociedad o humillación simbólica del enemigo. Tal como hemos comprobado,
el CAI peruano no fue una excepción, ya que la violencia sexual fue ejercida de forma masiva
con esos mismos fines, tanto por los agentes del Estado como por los grupos subversivos
(COMISEDH, 2003). Es más, la violencia sexual contra las mujeres en Perú no parece haber
surgido durante el conflicto, sino haber sido exacerbada por él: en el CAI una tríplice discri-
minación llegó a su auge, causando la violencia más despiadada, especialmente en contra de
las mujeres más vulnerables: indígenas o campesinas de la sierra y la selva del Perú (Boesten y
Fischer, 2012, p. 3). En este sentido, la violencia sexual precedió y supervivió al conflicto, no
pudiéndola considerar solo como una estrategia de guerra, porque fue normalizada y tolerada
también en tiempos de paz.
Respondiendo a la primera pregunta de investigación sobre el impacto de la violencia
del CAI en las mujeres peruanas, es importante resaltar que, además de la violencia física
padecida, las víctimas de violación sexual sufrieron graves traumas psicológicos, generados
por la humillación que la misma violación supone y el deshonor que este delito, si se releva,
haya podido causarles en el marco de su comunidad de pertenencia. En palabras de Ríos y
Brocate (2017, p. 84), de hecho, la violación de la mujer constituye una humillación tanto para
el hombre como para la comunidad. En ese contexto, la mujer es considerada como propie-
dad del hombre y del conjunto colectivo (la comunidad): violar su cuerpo significa violentar
a la comunidad. Esta concepción patriarcal de la sociedad y su consiguiente asignación rígida
del rol hombre-mujer conlleva, sin duda, la revictimización de la misma mujer, la cual ante
una violación sexual es repudiada por sus familias y marginada por el resto de la sociedad.
En cuanto al impacto de las desapariciones forzadas, las ejecuciones extrajudiciales y los ase-
sinatos, en muchas ocasiones, para las mujeres las pérdidas fueron múltiples, habiendo tenido que
afrontar no solo la ausencia de un ser querido, sino también asumir solas la carga familiar, lidiar
con el desplazamiento forzoso y la estigmatización social en el nuevo lugar de residencia.
Respondiendo a nuestra segunda pregunta de investigación en torno al papel de las
mujeres en el conflicto y posconflicto en Perú, gracias al análisis de las entrevistas, se puede
afirmar que, a pesar de todas las injusticias sufridas, muchas de ellas han luchado contra la
impunidad, siendo protagonistas de una interminable y desgarradora búsqueda de sus fami-
liares y allegados, víctimas de la desaparición forzada y de las ejecuciones extrajudiciales. Po-
dríamos, por tanto, concluir que muchas mujeres peruanas han sido y son un ejemplo cívico,
gracias a la creación de un movimiento pacífico en defensa de los derechos humanos que,
por un lado, ha intentado colmar la desatención del Estado hacia los afectados y, por otro,
ha luchado y sigue luchando por una mayor efectividad del derecho a la verdad, a la justicia,
a la memoria y a la reparación.
Los resultados parciales obtenidos en esta investigación preliminar, con toda seguridad,
constituyen un punto de partida para próximos trabajos que exploren cómo promover el
diseño de políticas públicas a fin de reducir las discriminaciones del posconflicto peruano,
sobre todo las ejercidas a daño de sujetos vulnerables como las mujeres, víctimas de la vio-
lencia y, en su mayoría, pertenecientes a comunidades indígenas y campesinas.

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VI. REFERENCIAS
VI.1. Fuentes primarias
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y torturado en el cuartel militar Los Cabitos y presidenta de la Asociación Nacional de Familiares
de Secuestrados, Detenidos y Desaparecidos del Perú (ANFASEP). Ayacucho, Perú.
Entrevista a Gisela Ortiz Perea (2018). Hermana de Luis Enrique, desaparecido en 1992 en la Univer-
sidad La Cantuta (Lima) y directora de Operaciones de EPAF, reconocida activista de derechos
humanos y familiar de las víctimas del caso «La Cantuta». Lima, Perú.
Entrevista a Janet Matta Villacrez (2018). Hija de Oscar Hugo Matta Tello, asesinado por Sendero
Luminoso en 1988 y directora de la Comisión de Derechos Humanos (COMISEDH). Ayacucho,
Perú.
Entrevista a Marly Anzualdo Castro (2018). Hermana de Kenneth Ney, víctima de desaparición for-
zada, cuyos responsables fueron miembros del Servicio Nacional de Inteligencia en 1993. Lima,
Perú.
Entrevista a Nelly Ramírez (2018). Trabajadora de la Asociación Pro Derechos Humanos (APRO-
DEH). Ayacucho, Perú.
Entrevista a Ruth Buendía Mestoquiari (2018). Hija de Rigoberto Buendía, asesinado en 1990 en la
comunidad asháninka en la selva amazónica (departamento de Junín) por agentes indeterminados.
Lima, Perú.
Entrevista a Luyeva Yangali (2018). Hija de Efrén Yangali que, en 1988, víctima de desaparición forza-
da en el departamento de Huancavelica junto con su hermano Rómulo Yangali y su primo Fortu-
nato Yangali, cuya responsabilidad fue atribuida a efectivos de la Policía Nacional. Es presidenta
de la Asociación Nacional de Familiares de Asesinados, Desaparecidos, Ejecutados Extrajudicial-
mente, Desplazados y Torturados (ANFADET - Casos CIDH). Lima, Perú.

VI.2. Fuentes secundarias


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