Prologo.
Nadie sabía con certeza por qué Alma nunca hablaba de olores.
Era perfumista, sí, la mejor de la ciudad. Una auténtica alquimista de la piel que creaba
fragancias imposibles y únicas, como si extrajera memorias líquidas de sus clientes
sin pronunciar una sola palabra.
Pero jamás decía a qué olía ella.
Vivía entre frascos de vidrio, hojas secas, maderas húmedas y gotas que relucían
como sangre dorada. Su boutique, situada en la parte alta de El Poblado, carecía de letrero.
Solo había una puerta oscura y un timbre antiguo. Aquellos que cruzaban el umbral no lo
hacían por casualidad; la buscaban.
Buscaban algo que no sabían nombrar.
Sin embargo, lo que ignoraban era que Alma no podía oler.
Nació sin ese sentido. Una mujer apasionada por el perfume, a pesar de
nunca haberlo experimentado.
Y, sin embargo, todos juraban que sus fragancias despertaban deseos dormidos.
Nadie se atrevía a preguntar cómo lo lograba.
Nadie se atrevía.
Hasta el día que él cruzó la puerta.
Sin hacer preguntas ni tocar frascos, simplemente la observó, como si supiera con exactitud
lo que había venido a buscar.
Capítulo 1: El hombre sin nombre.
El día había iniciado como un día común: con el siseo del agua caliente que caía sobre las
baldosas frías del baño y el tintineo del infusor de jazmín que impactaba su taza de porcelana.
Por el exterior, la ciudad se desbordaba entre nubes bajas y mototaxis acelerados. Alma abría
su perfumería en silencio en el segundo piso de una antigua vivienda de El Poblado, como si
el ritual se tratase de una coreografía oculta.
Encendió las luces ámbar que iluminaban los estantes, movió las cortinas de lino y tocó con
los dedos las etiquetas redactadas manualmente.
Madera blanca. Rosa negra. Tabaco. Mandarina verde. Piel mojada.
Frascos y nombres que no lograba percibir con su olfato, pero que conocía como si fuesen
parte de su naturaleza.
Había adquirido la habilidad de traducir el lenguaje invisible del cuerpo. Algunos leían el
tarot. Otros estudiaban las microexpresiones.
Alma leía la piel.
Sabía cuándo una persona sentía deseo, mentía, cuándo aún lloraba por un amor sin nombre.
Todo estaba allí, en cómo su piel respondía ante el alcohol, los aceites, la temperatura de su
contacto
—¿Tienes algo que huela a “no planeaba acostarme contigo… pero ya es demasiado tarde”?
—preguntó Mariana, mientras dejaba su bolso sobre la mesa, con los labios pintados de rojo.
Alma arqueó una ceja sin dejar de agitar el frasco entre sus dedos.
—¿Nueva víctima?
—Nos conocimos en una galería, hablamos de arte cinco minutos y me dijo que mis manos
le parecían una amenaza.
—¿Lo son?
—Depende…—sonrió, cruzando las piernas con elegancia.
Alma se acercó con una muestra entre los dedos.
—Entonces necesitas algo que exprese “no vine para esto” ... pero también “no me detengas”.
—Precisamente. Algo que se le quede en los dedos cuando me desabroche el vestido.
La conversación trivial, casi dramática, constituía una parte del encanto del sitio. Vapor era
más confesionario que tienda. Cada cliente venía por un frasco, pero se iba con algo más:
una historia, un anhelo, un secreto…
Después del mediodía, Alma se quedó sola. La lluvia empezaba a precipitarse con mayor
intensidad. Las gotas retumbaban en los ventanales y provocaban sombras que parecían
alarmar.
Fue entonces cuando lo sintió.
No la puerta abriéndose. No sus pasos.
Su presencia.
Una vibración tenue, como si la temperatura del entorno hubiera disminuido.
Como si el propio silencio se hubiese intensificado.
No dijo nada al entrar. Caminó entre los estantes con la vista posada en Alma, ignorando los
perfumes. Tenía el cabello mojado, una piel canela, unos ojos oscuros que no buscaban
nada… pero lo veían todo.
Alma, sintió algo antiguo, primitivo, bajo la piel: un calor inesperado en la nuca, un temblor
en el estómago. No lo reconocía. O tal vez nunca lo había sentido.
—¿Qué buscas exactamente? —preguntó, rompiendo el aire como si cortara una tela.
Él se acercó lentamente.
—No sé —dijo con voz grave, apenas un susurro—. ¿Crees que es posible encontrar algo
que no sabes que has perdido?
Alma inclinó la cabeza. Una parte de ella quería responder con ironía. Otra, deseaba continuar
escuchando.
—Depende. ¿Qué crees que perdiste?
—Ella tenía el aroma de una tormenta, a hojas quemadas, de algo que ya no está.
—¿Deseas olvidarla?
—Quiero recordarla sin sufrimiento, sin fragilidad.
Alma sacó los guantes. La mezcla no podía comenzar sin contacto.
—Dame tu muñeca.
Él extendió el brazo sin dejar de mirarla. Alma apoyó sus dedos en su piel. Cálida. Tensa.
Viva.
Y entonces, ocurrió.
Una fragancia etérea atravesó su nariz como un latigazo dulce. Un olor.
Su primer olor.
No era ni una flor ni un fruto. Era algo más profundo, como el vapor que se eleva del
asfalto húmedo, como la ceniza tibia de un cigarrillo recién apagado, como el sudor entre dos
cuerpos que, aunque no se deseen del todo, aún no pueden separarse.
El mundo se redujo a esa muñeca, a ese aroma.
Y su cuerpo… reaccionó.
Las piernas le temblaron y la garganta se le cerró.
Él la miró.
Como si supiera.
Como si lo sintiera también.
—¿Qué sucede? —susurró, casi divertido.
Ella demoró en responder.
—Nada. Solo. . . sentí algo.
—¿Huele bien?
Alma lo soltó. Dio un paso atrás. Respiró hondo.
No.
No huele bien.
Huele a peligro.
Se dijo en su mente.