MÓDULO 1.
1:
Rigo: La psicología de la educación como disciplina y profesión.
César Coll sostiene que el papel de la psicología de la educación hoy está más equilibrado que en el pasado. Actualmente se
reconoce la necesidad de una mirada multidisciplinaria para comprender la complejidad de los procesos educativos. Dentro de este
marco, la psicología educativa sigue siendo muy importante, aunque ya no es la única referencia. El riesgo que identifica es la
dilución de su especificidad frente a otras disciplinas.
Un punto central es que el problema del reconocimiento de la especificidad de la psicología educativa no viene tanto de las otras
ciencias de la educación, sino de los propios psicólogos de otras áreas. Muchos tienden a verla sólo como un campo de
aplicación de los conocimientos producidos por la psicología básica (aprendizaje, neuropsicología, psicología experimental), y no
como una disciplina con objeto y mirada propia.
Coll critica esta visión aplicacionista, ya que parte de una postura epistemológica que concibe al conocimiento psicológico como
universal y aplicable a cualquier contexto. Afirma que esta visión es errónea porque el objeto de estudio de la psicología es el
comportamiento humano, el cual siempre debe entenderse en relación con el contexto, los significados y las intencionalidades.
Los psicólogos de la educación estudian precisamente cómo las personas construyen sentido en su acción, algo imposible de explicar
al margen de las condiciones concretas en las que ocurre la actividad.
César Coll plantea que en la formación de los psicólogos educativos existen dos modelos según la perspectiva epistemológica que
se adopte. Desde una visión aplicacionista, la formación se centra primero y principalmente en los procesos psicológicos básicos
(aprendizaje, memoria, neuropsicología, etc.), y solo después en sus aplicaciones. En esta lógica no es necesario conocer a fondo la
dinámica interna de los procesos educativos, porque lo central es aplicar el conocimiento básico a distintos contextos. En cambio,
desde una postura de interdependencia-interacción, la formación combina dos pilares: el conocimiento del sistema y de los
procesos educativos y el de los procesos psicológicos básicos. Lo específico de la psicología educativa surge justamente de la
articulación entre ambos.
En cuanto a la orientación de la formación del psicólogo educativo, Coll afirma que depende mucho de las tradiciones
académicas predominantes en cada lugar. Allí donde la psicología se ha desarrollado con fuerte énfasis en lo básico (procesos,
neuropsicología), domina la perspectiva aplicacionista. En cambio, en contextos donde los planes de estudio nacen ligados a
preocupaciones de intervención y compromiso social, prevalece la postura de interdependencia-interacción.
César Coll afirma que la identidad del psicólogo educativo se define por ser una disciplina aplicada que genera conocimiento propio
sobre un objeto específico: los cambios en el comportamiento o la actividad de las personas vinculados con su participación en
situaciones educativas, ya sean formales o informales. La psicología de la educación no solo aplica conocimientos de la psicología
básica, sino que produce modelos explicativos e instrumentos de intervención para comprender, orientar y guiar esos cambios.
En el plano profesional, resalta que la intervención del psicólogo educativo se da casi siempre en el marco de equipos
multiprofesionales. El trabajo no consiste en dividir tareas según disciplinas, sino en integrar los diferentes saberes, de modo que
“todos hacen todo” a partir de la convergencia de conocimientos diversos.
Afirma que el desmembramiento de la psicología ya es un hecho en el plano epistemológico, aunque institucional y
profesionalmente se intenta mantener cierta cohesión, en muchos casos por intereses corporativos (como los colegios de
psicólogos o las asociaciones profesionales), más que por criterios de conocimiento.
Respecto a la formación, señala que lo deseable sería definir un núcleo común de conocimientos compartidos (motivación,
desarrollo, atención), pero reconoce que esto es difícil porque cada escuela interpreta esos procesos desde su marco ideológico, y
como en psicología no ha habido acumulación real de conocimiento, las miradas terminan siendo paradigmáticas y excluyentes, en
lugar de complementarias. Coll destaca que la psicología carece de unidad real, que su fragmentación responde más a paradigmas
e intereses corporativos que a un desarrollo acumulativo del conocimiento, y que este es uno de los grandes problemas para
consolidarla como disciplina.
González Rey: psicología en la educación: implicaciones de la subjetividad en una perspectiva cultural- histórica
La psicología ha tenido dificultades para explicar cómo las condiciones sociales y culturales influyen en los procesos psicológicos de
las personas. Desde la antipsiquiatría, autores como Szasz criticaron que los problemas psicológicos se entienda sólo como
enfermedades médicas. Según él, muchas de esas dificultades son en realidad “problemas de la vida” (conflictos personales,
valores, aspiraciones, etc.), pero la medicina y la psicología clínica las han explicado casi siempre como fallas biológicas o
neurológicas.
Con el avance de las neurociencias y la psicología cognitiva, esta visión médica se reforzó: todo lo que se sale de la norma tiende
a considerarse patológico, mientras la industria farmacéutica gana peso al financiar investigaciones y promover medicamentos. Esto
ha hecho que la sociedad se vuelva cada vez menos capaz de convivir con lo diferente, imponiendo normas rígidas de
comportamiento.
En la escuela pasa algo parecido: se suele evaluar a los estudiantes por cuánto repiten información, sin valorar cómo la usan ni verlos
como sujetos activos que aprenden y se desarrollan. Frente a esto, los autores proponen buscar caminos alternativos. Plantean
que es necesario entender cómo los distintos contextos de vida de alumnos y profesores influyen en su experiencia escolar y en sus
relaciones. Su propuesta se centra en el concepto de subjetividad desde una perspectiva cultural-histórica.
La subjetividad se entiende aquí como una cualidad propia de lo humano, que surge y se desarrolla en la cultura. No se limita a los
procesos psíquicos básicos (como adaptación al ambiente), sino que es una forma superior de la mente que permite a los seres
humanos crear, interpretar y transformar la realidad. Por eso, es clave para comprender los problemas educativos y para orientar el
trabajo del psicólogo en la escuela. La subjetividad no es algo fijo ni universal, sino que se construye en condiciones sociales,
históricas y culturales. Pero no se define sólo por los hechos que vivimos, sino por los sentidos subjetivos (la mezcla de
emociones y significados) que cada persona genera a partir de esas experiencias.
Por ejemplo: dos personas pueden vivir el mismo hecho, pero interpretarlo y sentirlo de manera distinta porque cada una le da un
sentido subjetivo propio. Estos sentidos no son inmediatos ni evidentes: trascienden lo objetivo de la experiencia.
La configuración subjetiva es el conjunto de sentidos subjetivos que se organizan en una experiencia, y que guían nuestras
decisiones y acciones, incluso más allá de lo que somos conscientes.
Así, el individuo se convierte en sujeto cuando puede tomar decisiones y actuar de manera singular dentro de los marcos sociales o
institucionales.
La subjetividad no es solo individual: también existe la subjetividad social. Por ejemplo, en el caso del fascismo en Alemania, no fue
solo la suma de subjetividades individuales, sino una configuración subjetiva colectiva, cargada de emoción e irracionalidad, que
unió a la sociedad en una misma dirección. Esto muestra que lo social y lo individual no deben verse como opuestos, sino como
procesos interrelacionados. Sin embargo, algunas corrientes (como el construccionismo social) redujeron lo social únicamente al
lenguaje y los discursos, dejando de lado el papel activo del individuo y el peso de las emociones.
En cambio, los autores defienden que la configuración subjetiva integra tanto lo simbólico como lo emocional, sin reducirlo sólo al
lenguaje.
El texto critica la postura construccionista de Anderson sobre la familia. Ella dice que la familia no existe como tal, sino que es solo
una realidad creada por la comunicación, y que hay tantas familias como miembros la perciben. Los autores señalan que esto es
contradictorio: por un lado encaja con el construccionismo, pero por otro reconoce que cada miembro tiene su propia visión, lo cual ya
no es sólo discurso, sino subjetividad. Ellos aclaran que la familia no es sólo comunicación, sino un sistema social con historia, donde
cada miembro ocupa un lugar, genera expectativas y actúa en relación con los demás. Es decir, existe una configuración subjetiva
familiar que combina emociones, símbolos y vivencias, más allá de lo puramente lingüístico.
En general, los autores sostienen que la subjetividad no es simplemente reflejo de lo social ni de las relaciones de comunicación,
sino una producción activa de individuos y grupos, con capacidad creativa y transformadora. Cuando esto se lleva a la educación,
aparecen varias consecuencias:
1. La educación es un proceso social amplio, no solo lo que pasa en la escuela. Todo espacio social tiene un carácter
educativo, pero lo valioso es que el individuo se transforme en sujeto reflexivo y crítico.
2. La escuela no es solo un espacio de comunicación, sino una institución con configuraciones subjetivas propias (discursos,
relaciones, historias, emociones). Es un microcosmos de la sociedad.
3. Para que la educación transforme, los estudiantes deben sentirse reconocidos y respetados. Solo así los desafíos
educativos pueden impulsar su desarrollo.
4. Los problemas de aprendizaje o conducta no deben medicalizarse de inmediato, sino entenderse como parte de la
configuración subjetiva del alumno dentro de su contexto.
5. La educación es relacional: el diálogo, la cooperación y la responsabilidad compartida fortalecen el compromiso subjetivo de
los alumnos.
6. Debe combinarse trabajo grupal e individual, ya que cada persona tiene una historia y contextos distintos que influyen en
su subjetividad.
Los recursos lúdicos – imaginativos empleados en un contexto relacional semejante, son muy importantes para trabajar con niños con
historial de bajos resultados en la escuela. Un alumno tratado con respeto, cariño e interés es capaz de avanzar en corto tiempo lo
que no avanzó en años enteros de vida escolar donde sus procesos subjetivos fueron desconocidos, separándose lo que se pretende
enseñar de las relaciones con el niño.
La curiosidad, el interés, la fantasía y la imaginación, son esenciales para desarrollar una “condición subjetiva para aprender”, sin la
cual el aprendizaje no tiene lugar, en un proceso donde las dificultades para aprender son inseparables de otros estados subjetivos
como miedo, inseguridad y sensación de aislamiento que impiden el desarrollo del niño en el contexto escolar.
Los procesos asociados al desarrollo del niño siempre deben estar asociados a sistemas de relaciones dialógico – afectivas dentro de
las cuales el alumno consigue desarrollar su identidad dentro del espacio escolar. En las investigaciones se revela que niños que no
se integran en un espacio relacional dentro de la escuela, como Michael, generan configuraciones subjetivas que les impiden
aprender, las que se asocian al miedo, la inseguridad, el sentido de incapacidad, la anticipación del fracaso y muchos otros estados
subjetivos que, de forma singular, se expresan como resultados de esas configuraciones.
Los procesos que ocurren en el aula no son procesos aislados de otras relaciones y experiencias del aprendiz en otras áreas de su
vida. El valor heurístico de la subjetividad permite integrar en la multiplicidad de los sentidos subjetivos diferentes que emergen en
toda actividad humana, el conjunto de producciones simbólico – emocionales, que se configuran como subjetivamente significativas
para los individuos en los diversos procesos institucionales.
Follari: nuevas modalidades de una vieja relación
El texto de Follari habla sobre cómo la filosofía y la ciencia han tenido una relación cambiante a lo largo del tiempo. Antes se pensaba
que la filosofía era antigua, inútil y desconectada de la ciencia y la técnica, que se consideraban los únicos caminos válidos para
entender el mundo moderno. Con el optimismo del siglo XIX y principios del XX, se creía que la ciencia resolvería todos los problemas
y que no hacía falta preguntarse por el sentido de la vida o de lo real.
Pero la historia demostró que ese optimismo era exagerado: guerras, crisis económicas, el psicoanálisis y cambios científicos
mostraron que el mundo no avanzaba de manera lineal ni siempre racional. La filosofía volvió a aparecer, especialmente con
corrientes existencialistas que ponían en duda la supremacía del conocimiento científico, aunque esto duró poco. Después de la
Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y la Unión Soviética impulsaron nuevamente el pragmatismo y la eficiencia, apoyándose en
la ciencia y la técnica para crecer económicamente y mantener poder.
Durante las décadas siguientes, se consolidó un pensamiento centrado en la producción, el consumo y la tecnología, dejando poco
espacio a la crítica o a nuevas formas de imaginar la sociedad. Sin embargo, hoy ese modelo tecnocrático se muestra agotado. La
postmodernidad y la especialización han generado lenguajes y perspectivas muy distintas en distintas áreas del conocimiento, pero el
ámbito educativo aún no ha incorporado bien estos cambios.
El texto analiza críticamente la forma en que se entiende y se practica la investigación en educación, mostrando que existe una fuerte
tendencia tecnocrática. Esto significa que muchas veces se considera que los problemas educativos pueden resolverse únicamente
mediante soluciones técnicas, como la incorporación de tecnología, medios audiovisuales o métodos de planificación sistemática, sin
detenerse a reflexionar sobre los fundamentos teóricos, sociales o filosóficos de la educación.
Esta perspectiva está fuertemente influida por países hegemónicos que promueven un modelo de eficiencia y producción, priorizando
la aplicación práctica por sobre el análisis profundo. Además, la educación tiene una particularidad que la distingue de otras ciencias
sociales: es una función pública y estatal, lo que implica que la investigación educativa no sólo está condicionada por los límites del
discurso científico, sino también por las políticas educativas y decisiones concretas del Estado, lo que restringe su libertad en
comparación con disciplinas como la sociología o la economía.
El texto cuestiona también la idea de que existan ciencias autónomas “de” la educación, como la sociología de la educación o la
psicología de la educación, mostrando que en realidad se trata de aplicaciones de ciencias ya existentes a problemas educativos
específicos. Esta confusión genera investigaciones parciales y limitadas, que rara vez alcanzan el nivel de análisis profundo de las
disciplinas originales.
Por último, el autor señala que la tendencia pragmática y tecnocrática de la investigación educativa, centrada en la eficacia y en
soluciones rápidas, produce un retraso epistemológico y limita la capacidad de la educación para comprenderse como un fenómeno
social complejo.
En consecuencia, mejorar la educación requiere superar esta visión exclusivamente técnica, integrando reflexión teórica y análisis
profundo con la práctica, de modo que las soluciones no sean sólo inmediatas, sino también fundamentadas y sostenibles.
El texto continúa la crítica sobre la situación de la educación y la investigación educativa, pero ahora se centra en cómo Latinoamérica
vive un horizonte práctico diferente al de los países desarrollados. El análisis educativo en nuestra región ha quedado rezagado frente
a otras ciencias sociales y mantiene un prestigio menor, sobre todo porque se ha seguido insistiendo en una idea equivocada de
autonomía: se ha tratado de pensar la educación como un campo aislado, separado de la sociología, la economía o la filosofía, lo que
limita su profundidad y rigor teórico.
El texto critica la posición tecnocrática que domina la educación en muchos contextos: se priorizan los medios, los procedimientos y la
eficiencia, pero nunca los fines, es decir, nunca se reflexiona sobre qué es realmente importante en la educación, cuáles son sus
valores fundamentales o cómo se relaciona con la ideología y la cultura. Esto genera un enfoque superficial: se habla del aumento de
matrícula, de la formación masiva de docentes o de la racionalización del presupuesto, mientras se ignoran preguntas profundas
sobre los objetivos educativos, los valores sociales y la pluralidad cultural. Como resultado, la educación termina reducida a
estadísticas, métodos y procedimientos formales, sin contenido crítico ni reflexión ética o filosófica.
En contraste, la filosofía, que en nuestra región sigue siendo considerada “metafísica” y ajena a la práctica, en los países avanzados
ha regresado como una herramienta esencial para cuestionar los límites de la ciencia y la racionalidad. La filosofía no es mera
especulación ni reflexión abstracta: es un modo de pensar que complementa y amplía lo que la ciencia por sí sola no puede
responder. Por ejemplo, filósofos contemporáneos como Derrida trabajan estrechamente con disciplinas científicas como la lingüística
o la semiótica, mostrando que la filosofía y la ciencia pueden interactuar para profundizar el análisis de problemas complejos.
Además, el texto plantea que la filosofía ya no puede ser entendida como una búsqueda universal que domine todas las ciencias,
como se pensaba en el pasado. En el mundo actual, fragmentado y complejo, la filosofía debe adaptarse: su función es intervenir de
manera específica y localizada, analizando aspectos particulares de la sociedad, sin pretender abarcar todo. Esto se relaciona con la
visión de Gramsci: el filósofo debe actuar como alguien que estudia y conceptualiza el sentido común de los distintos grupos sociales,
comprendiendo sus creencias, su cultura, sus religiones y su folklore. La filosofía, en este sentido, no busca imponer una visión única
ni crear un “cerebro colectivo”, sino reconocer las diferencias, contradicciones y aspiraciones de distintos sectores sociales que
quieren cambiar su situación.
La filosofía y la teoría no son lujos inútiles: son instrumentos necesarios para cuestionar los fines de la educación, entender su
dimensión social y cultural, y permitir que la investigación educativa no se limite a procedimientos y estadísticas, sino que contribuya a
una comprensión crítica y transformadora de la sociedad.
El texto aborda la relación entre filosofía y filosofía de la educación, y cómo estos dos campos, aunque relacionados, son en
realidad bastante autónomos. La filosofía de la educación no surge simplemente como una rama de la filosofía clásica que aplica sus
teorías a la educación; más bien, es un espacio de reflexión propio que se ocupa de los valores, métodos y prácticas educativas.
Mientras que la filosofía se interesa por problemas más generales y abstractos —como la naturaleza del conocimiento, la realidad, la
ética o la lógica— la filosofía de la educación se centra en cuestiones concretas: ¿cómo se debe educar al niño? ¿qué valores se
deben transmitir en la escuela? ¿qué métodos son más adecuados para el aprendizaje?
Históricamente, los grandes filósofos de la antigüedad (Platón, Sócrates) sí incluían la educación dentro de sus sistemas filosóficos.
Pero a partir de la modernidad, con Descartes y la prioridad del “cogito” y la teoría del conocimiento, la educación dejó de ser un tema
central para los filósofos. Por lo tanto, la educación se ha ido desarrollando como un campo autónomo, con sus propios pensadores y
debates-
Este campo autónomo no significa que la filosofía no influya: las grandes corrientes filosóficas han dejado un horizonte de lectura
que ayuda a interpretar y orientar la educación. Sin embargo, las preguntas originales de la filosofía de la educación muchas veces
han sido superadas o respondidas por los avances de otras disciplinas, como la psicología, la sociología o la pedagogía moderna. Por
eso, aunque se hable de “filosofía de la educación”, hoy su papel no puede limitarse a repetir ideas antiguas: lo que se necesita es
filosofía en sí misma, aplicada a la educación de manera crítica y reflexiva.
La labor filosófica en educación no debe esperar a que sean los filósofos quienes tomen el control del tema. Los educadores mismos,
desde la práctica y la investigación educativa, deben establecer los problemas y definir el espacio donde la filosofía puede contribuir.
La filosofía aquí no actúa como autoridad universal que lo explica todo, sino como herramienta para aclarar, cuestionar y
profundizar en aspectos específicos: los valores de la educación, la relación entre teoría y práctica, los fines de la escuela y la
formación de los sujetos.
En resumen:
La filosofía de la educación es un campo autónomo, pero hoy necesita la filosofía en sí misma para enfrentar los problemas
contemporáneos de la educación. Es decir, la reflexión filosófica general debe aplicarse de manera crítica y concreta a la educación,
sin depender de ideas pasadas que ya han sido superadas.
El rol de la filosofía en la educación no puede ser delegado a los filósofos profesionales; deben ser los educadores y los
investigadores educativos quienes definan los problemas y utilicen la filosofía como herramienta para clarificarlos y orientarlos,
siempre desde la práctica concreta y con una perspectiva crítica.
MÓDULO 1.2:
Vivian Rodríguez: Educación para los derechos humanos.
Una educación de calidad no solo incluye aprender bien un idioma, una operación matemática, sino también una educación orientada
a valores fundamentales como el humanismo, la justicia, el respeto a la diversidad, la educación para la paz y el desarrollo sostenible.
La educación es pensada como un proceso sistemático y dirigido, encaminado al desarrollo multilateral del hombre para cumplir
determinado papel en el sistema de relaciones sociales en que está inmerso. Tiene un carácter histórico - concreto y clasista; cada
época, cada clase, prepara a los hombres para que cumplan determinados roles en ese sistema, en la medida que se apropian de la
cultura que le ha antecedido para que pueda enfrentar los retos del momento histórico que les toca vivir.
El derecho a la educación es un derecho humano reconocido y se entiende como el derecho a una educación primaria gratuita
obligatoria para todos los niños, una obligación a desarrollar una educación secundaria accesible para todos los jóvenes, como
también un acceso equitativo a la educación superior, y una responsabilidad de proveer educación básica a los individuos que no han
completado la educación primaria. Adicionalmente a estas previsiones sobre acceso a la educación abarca también la obligación de
eliminar la discriminación en todos los niveles del sistema educativo, fijar estándares mínimos y mejorar la calidad.
El derecho a la educación tiene características esenciales: disponibilidad (existencia de instituciones educativas para todos),
aceptabilidad (programas adecuados culturalmente y de calidad), adaptabilidad (capacidad de ajustarse a cambios sociales) y
accesibilidad (prohibición de exclusión por motivos culturales, religiosos, de género o físicos). La educación se considera una función
pública de máxima relevancia, y los Estados son responsables de proveer los recursos y la estructura necesarios para garantizarla,
fomentando además la cooperación internacional para reducir la ignorancia y el analfabetismo, especialmente en los países en
desarrollo.
Además, la educación tiene un rol central en la promoción de los derechos humanos. La Declaración Universal de los Derechos
Humanos establece que la educación debe contribuir al desarrollo integral de la persona, al respeto por los derechos y libertades
fundamentales, y a fomentar la comprensión, la tolerancia y la amistad entre todos los pueblos. La ONU y la Unesco juegan un papel
clave en este proceso: la Unesco, por ejemplo, promueve la educación en derechos humanos como herramienta para construir la paz,
reconociendo que “si las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben fundarse los
baluartes de la paz”.
La educación para la paz surge como respuesta a los problemas de violencia en la sociedad y busca formar individuos capaces de
vivir y actuar de manera armoniosa, tanto a nivel personal como social. A nivel internacional, la Unesco ha impulsado este enfoque
dentro de su plan de acción integrado sobre educación para la paz, derechos humanos y democracia. Existen múltiples proyectos de
educación para la paz, muchos promovidos por la Unesco, que se enfocan en comunidades, escuelas y personas que viven en
contextos de violencia, con un carácter principalmente correctivo.
Otros proyectos estatales y comunitarios buscan crear redes de protección social, atender menores víctimas de maltrato y prevenir
situaciones de violencia. La idea central es preparar al individuo para analizar críticamente la realidad, asumir valores de convivencia,
y actuar para acercar el mundo real a un ideal de paz. Esto incluye desde la atención a problemas locales hasta cuestiones de mayor
alcance geográfico, enfatizando la importancia de la educación desde las primeras edades para construir experiencias personales y
sociales que fomenten la paz.
La educación para la paz no se limita al individuo, sino que involucra a la sociedad en su conjunto, buscando crear condiciones
objetivas de vida humana adecuadas y promoviendo conocimientos, formas de pensamiento y relaciones sociales basadas en la
cooperación y el respeto. Los documentos internacionales sobre el tema destacan la importancia de valores, actitudes y estilos de
vida que favorezcan la convivencia, y han servido de base para programas educativos nacionales y locales. En última instancia, la
cultura de paz, como resultado de la educación para la paz, implica un nuevo modo de concebir el mundo: respetando la vida y la
dignidad de cada persona, rechazando la violencia, defendiendo valores como la libertad y el diálogo, promoviendo la diversidad
cultural y el desarrollo sostenible, y fomentando relaciones justas y solidarias para toda la humanidad.
En América Latina se han desarrollado distintos modelos de educación para la paz, cada uno con enfoques y alcances variados. Los
modelos más integrales, en cambio, consideran la educación para la paz como parte de la educación global, integrando la enseñanza
de valores, cultura, ciencia y comunidad, y promoviendo un enfoque holístico que forme ciudadanos capaces de enfrentar problemas
sociales y contribuir activamente a la construcción de la paz. En conclusión, la educación para los derechos humanos y la paz en
América Latina requiere políticas educativas innovadoras que desarrollen competencias, fomenten la solidaridad, el respeto a la
diversidad y la justicia, y contribuyan a formar una cultura de paz duradera frente a los problemas de violencia estructural y social. La
escuela, como espacio fundamental, debe garantizar que los estudiantes aprendan a convivir respetando los derechos humanos y
aplicando estos principios en su vida cotidiana.
Flavia Terigi: Trayectorias educativas:
El texto analiza cómo la escuela ha pasado de ser un espacio relativamente invisible en la vida cotidiana a convertirse en un tema de
interés público y de gobernabilidad. Hace décadas, la asistencia escolar era tan habitual que pocas personas se detenían a pensar en
lo que realmente ocurría dentro de las aulas. Hoy, en cambio, los problemas educativos son percibidos como cuestiones públicas:
cuando hay fallas en el sistema, acontecimientos que interrumpen la vida escolar o críticas acumuladas, se generan problemas de
gestión y de confianza social en la educación.
La escolarización no solo organiza la vida cotidiana, sino que también influye de manera significativa en la formación de la identidad y
la trayectoria de niños, niñas y adolescentes. La escuela actúa como un puente con ciertos sectores de la cultura y establece
sanciones de éxito o fracaso que moldean la experiencia subjetiva y el desarrollo personal.
En la segunda mitad del siglo XX se produjo un crecimiento notable de la escolarización masiva, pero este avance convivió con
desigualdades persistentes. Los sectores más pobres enfrentan mayores dificultades para ingresar y permanecer en el sistema, y
existen diferencias significativas en los aprendizajes a los que pueden acceder. A pesar de los esfuerzos y logros de los gobiernos, la
plena inclusión educativa sigue siendo un desafío.
El texto señala que la solución no puede provenir sólo de extender las formas tradicionales de escolarización, que tienden a
homogeneizar y no responden adecuadamente a los “nuevos públicos”. Es necesario revisar conceptos clásicos de política educativa,
como la escuela común o el currículum único, y considerar los cambios en las relaciones entre Estado, sociedad y escuelas, así como
entre poderes centrales y locales.
Finalmente, el documento plantea la importancia de pensar la política educativa sobre marcos conceptuales que reconozcan la
inclusión educativa como condición para cumplir plenamente el derecho a la educación, la relevancia de las trayectorias escolares
estándar en la formación pedagógica, y los límites que existen al formular recomendaciones de política educativa. Además, subraya la
centralidad del Estado en garantizar y coordinar estos procesos.
El texto analiza la historia y la comprensión del llamado “fracaso escolar” y cómo ha sido interpretado a lo largo del tiempo. Desde los
primeros intentos de universalizar la educación, la escuela se encontró con niños que no aprendían al ritmo esperado. Inicialmente,
este problema se abordó desde un modelo individual, es decir, se buscaban fallas dentro del niño mismo, como supuestos
problemas cognitivos o características personales que impedían aprender. A partir de este enfoque, los sistemas educativos crearon
mecanismos de diagnóstico, derivación y recuperación para intentar “arreglar” a los niños con dificultades. Sin embargo, estas
estrategias provocaron efectos negativos, como el etiquetamiento y la segregación, y especialmente afectaron a los niños de
familias pobres, reforzando la idea de que sus dificultades eran culpa de ellos mismos y no del contexto.
En los años 80, hubo un cambio importante. Investigaciones y estudios mostraron que el fracaso escolar estaba estrechamente
relacionado con la desigualdad social. Así, la atención pasó de intentar “arreglar” al niño individualmente a diseñar políticas
sociales y educativas que compensaran estas desigualdades, como programas de atención a la primera infancia y estrategias
educativas inclusivas. Esto reflejaba un enfoque más colectivo: el fracaso escolar no era solo un problema del niño, sino que dependía
del contexto social y de la escuela.
Más recientemente, se reconoció que la desigualdad social no explica todo el problema. Incluso cuando se proporcionan ayudas
sociales, muchos niños siguen interrumpiendo sus trayectorias escolares. Esto llevó a considerar la responsabilidad institucional,
es decir, que las escuelas y los sistemas educativos también influyen en el éxito o fracaso de los estudiantes. Aquí entra en juego la
idea de inclusión educativa, que busca adaptar las condiciones pedagógicas a las necesidades de todos los niños, sin depender
únicamente de sus capacidades individuales. Se reconoce que, salvo casos de condiciones extremas como lesiones graves, todos
los niños pueden aprender si se crean las condiciones pedagógicas adecuadas.
El texto explica cómo la comprensión del fracaso escolar ha evolucionado: de un enfoque individual y patológico, a uno social y
estructural, y finalmente a un enfoque centrado en las condiciones pedagógicas que la escuela debe ofrecer para que todos los
estudiantes puedan aprender, especialmente aquellos en situación de vulnerabilidad social. Se deja claro que fenómenos como la
repetición, la sobreedad, el ausentismo o el abandono no deben considerarse simplemente “fracaso del niño”, sino problemas
críticos del sistema educativo que necesitan atención.
Históricamente la escuela ha funcionado bajo un mandato homogeneizador. Desde sus inicios, los sistemas escolares interpretaron
la igualdad como “hacer a todos iguales” siguiendo un modelo único de ciudadano, maestro y método de enseñanza. Esto significa
que se buscaba que todos los estudiantes aprendieran lo mismo, de la misma manera, independientemente de sus diferencias
individuales o culturales. El problema, como advierten Serra y Canciano (2007), es que este enfoque puede generar exclusión:
aunque todos aprenden los mismos contenidos, si estos reflejan valores elitistas, parciales o de sectores específicos de la sociedad,
algunos estudiantes quedan marginados, porque lo que aprenden no refleja sus propias experiencias ni las de su comunidad.
Connell (1997) ya señalaba hace décadas que los currículos pueden ser injustos, porque codifican como “cultura autorizada” la de
ciertos grupos privilegiados, desautorizando las perspectivas de quienes tienen menos acceso o poder. Esto no se limita solo a los
contenidos, sino que también afecta a cómo se enseña: por ejemplo, en contextos bilingües, la escuela puede ignorar la lengua
materna de los estudiantes y centrarse exclusivamente en la lengua oficial, tratándola como un déficit. En cambio, si se reconoce la
lengua materna como un recurso positivo, puede fortalecer el aprendizaje de la segunda lengua. Esto pone de relieve que la
diversidad no puede ser vista como un problema, sino como un elemento que enriquece la educación.
A partir de este tipo de reflexiones, cambia también nuestra comprensión del derecho a la educación. Hace un siglo, bastaba con
asegurar el acceso físico a la escuela. Hoy, en cambio, se entiende que el Estado debe garantizar medidas que permitan a todos los
estudiantes aprender de manera efectiva, superando obstáculos no solo materiales (como la infraestructura) sino también sociales,
culturales y pedagógicos. Esto implica que la igualdad educativa no puede consistir en homogeneizar a todos, sino en adaptar el
sistema para que todos puedan aprender según sus capacidades, intereses y contextos.
Estas ideas se traducen en la práctica: la inclusión educativa implica que todos los niños y niñas deben asistir a la escuela y tener
acceso a recursos básicos de calidad; que la educación compartida no borre las diferencias culturales, sino que las respete y
promueva la comprensión de la diversidad; y que el Estado debe intervenir activamente para remover barreras de aprendizaje o
acceso, asegurando que cada estudiante pueda ejercer plenamente su derecho a la educación. En pocas palabras, el enfoque actual
no solo se centra en prevenir el fracaso escolar, sino en incluir realmente a todos, respetando sus diferencias, promoviendo
aprendizajes significativos para todos y asegurando que nadie quede excluido por motivos sociales, culturales o lingüísticos. Además,
estas conceptualizaciones no son abstractas: se conectan directamente con recomendaciones de política educativa, ya que la
manera en que se organiza la escuela, el currículo y la enseñanza debe reflejar estos principios.
El texto comienza explicando que las trayectorias escolares ya no se consideran simplemente un problema individual de los
estudiantes, sino un problema sistémico. Esto significa que no se trata de culpar al estudiante por no avanzar “correctamente” en la
escuela, sino de entender que el sistema educativo en sí influye en cómo los niños, adolescentes y jóvenes recorren su
escolarización. Pero, ¿qué son estas trayectorias teóricas? Son los recorridos ideales que el sistema educativo diseña: se espera
que los estudiantes avancen de manera lineal, cumpliendo los grados escolares en los tiempos previstos, siguiendo la organización
por niveles, la gradualidad del currículo y la anualización de los grados. En otras palabras, la escuela tiene un modelo “ideal” de cómo
debe progresar un estudiante a lo largo de su escolaridad.
Sin embargo, la realidad es mucho más diversa. Los estudiantes siguen trayectorias heterogéneas, con retrasos, saltos de grado,
pausas o aprendizajes fuera del aula, que no siempre coinciden con el modelo ideal. Estas trayectorias reales pueden ser igualmente
valiosas y no deben verse como un fracaso. Históricamente, los enfoques individualistas del fracaso escolar consideraban toda
desviación de la trayectoria teórica como un error del estudiante, culpabilizándolo. La educación inclusiva cambia esta perspectiva:
ahora se busca que las políticas educativas y la escuela apoyen que los estudiantes puedan recorrer trayectorias escolares
continuas y completas, respetando sus diferencias y contextos.
Las trayectorias escolares no son lo mismo que las trayectorias educativas. Muchos aprendizajes ocurren fuera de la escuela
—en talleres, deportes, actividades culturales o comunitarias— y enriquecen la educación formal. Reconocer estos aprendizajes
permite diseñar políticas de inclusión más amplias y realistas. Por ejemplo, un joven que deja temporalmente la escuela secundaria
pero participa en un taller creativo o un club deportivo mantiene un proceso de aprendizaje que puede facilitar su reincorporación
escolar posteriormente.
Sin embargo, el sistema educativo sigue muy centrado en la trayectoria teórica, y la mayoría de los desarrollos pedagógicos se
basan en la idea de que los estudiantes de la misma edad aprenden los mismos contenidos al mismo tiempo. Esto no se ajusta a la
realidad de la heterogeneidad: estudiantes con contextos vulnerables suelen tener dificultades para avanzar en la escuela secundaria
porque su trayectoria previa no les permitió adquirir los aprendizajes que el nivel medio supone. Por eso, entender las trayectorias
reales es fundamental para intervenir de manera efectiva.
Finalmente, el texto advierte que aunque el objetivo sea que todos los estudiantes tengan trayectorias escolares completas, esto no
debe lograrse homogeneizando a todos. En un sistema tradicionalmente homogeneizador, cualquier desviación se ve como un
fallo. La educación inclusiva propone remover barreras, garantizar derechos y adoptar medidas positivas, pero respetando la
diversidad de trayectorias y aprendizajes. No se trata de obligar a todos a seguir un camino único, sino de asegurar que todos
tengan oportunidades para aprender y desarrollarse, aunque sus recorridos sean distintos.
El texto comienza señalando que, aunque el objetivo es proponer recomendaciones para mejorar las trayectorias escolares de niñas,
niños y jóvenes, es necesario ser prudentes. Esto se debe a que existen tres límites principales que condicionan la efectividad de
cualquier política educativa:
● El carácter experimental de la educación: La educación escolarizada es relativamente reciente en la historia de la
humanidad y sus efectos se observan a largo plazo. Por ejemplo, los cambios estructurales en la escuela, como la
consolidación de la educación primaria, tardaron décadas en mostrar resultados concretos en alfabetización y bienestar. Esto
significa que no podemos saber con certeza absoluta si una política funcionará, porque el sistema educativo es un
experimento social continuo y sus resultados dependen de múltiples factores. Las “tendencias internacionales” que a veces se
muestran en informes de organismos internacionales no son instrucciones a seguir al pie de la letra, sino referencias para
aprender de la experiencia de otros países, siempre considerando las diferencias contextuales.
● La distancia entre los problemas educativos y el saber pedagógico disponible: Aunque existe conocimiento pedagógico
acumulado, no siempre es suficiente para resolver todos los problemas que enfrenta la educación hoy. Por ejemplo, la
educación tradicional ha priorizado la homogeneización de los estudiantes, lo que deja poco preparado al sistema para
atender la diversidad y los cambios necesarios en inclusión escolar. Esto significa que las políticas deben construirse sobre
saberes incompletos, aprendiendo de la práctica y evaluando continuamente, en lugar de depender únicamente de recetas
teóricas. Además, muchas veces el conocimiento que sí se produce no se difunde adecuadamente, por lo que el saber
disponible no siempre se aprovecha para mejorar la política educativa.
● La singularidad de cada contexto: Cada país, gobierno, escuela y programa enfrenta situaciones únicas que dificultan
aplicar recomendaciones de manera universal. Esto genera una tensión entre lo concreto de los problemas locales y la
necesidad de generalizar recomendaciones para que sean útiles en distintos contextos. Por eso, aunque un documento
ofrezca directrices generales, no puede sustituir la reflexión sobre la realidad específica de cada escuela o país. Los
estudios de terreno y la sistematización de experiencias concretas son muy valiosos, porque permiten adaptar el
conocimiento general a contextos particulares, aunque aún no se utilicen lo suficiente.
En síntesis, las recomendaciones en política educativa deben formularse con prudencia y con conciencia de estos límites. No existen
soluciones automáticas ni fórmulas universales; las políticas deben ser flexibles, adaptables y basadas en la evaluación continua,
aprendiendo de la práctica y considerando la diversidad de contextos y trayectorias escolares. Reconocer estos límites no invalida las
recomendaciones, sino que permite diseñarlas de manera más realista y efectiva.
Cualquier política educativa implica ejercer poder sobre instituciones y personas, y que este ejercicio tiene siempre un
fundamento ético, porque decidir sobre la educación de alguien implica decidir sobre su futuro y sus derechos.
Luego, se mencionan dos perspectivas opuestas sobre cómo se entiende ese poder: una es la macropolítica, que cree que las
escuelas cambian principalmente por las decisiones de quienes gobiernan: leyes, programas y regulaciones. La otra es la crítica al
centralismo estatal, que dice que el Estado debería limitar su intervención y dejar que sean las escuelas o las organizaciones
sociales quienes manejen la educación.
El texto aclara que no se adhiere a ninguna de estas posturas extremas. No se trata de que nos guste más una u otra, sino de que
la historia y la experiencia muestran que la relación entre políticas estatales y la vida real de las escuelas es mucho más compleja. A
veces las políticas estatales ayudan a que iniciativas locales se consoliden, otras veces crean problemas, y en algunos casos incluso
dificultan soluciones locales. Por ejemplo, una política de inclusión puede naufragar si la cultura de una escuela no la permite
realmente.
Por eso, la perspectiva del trabajo es reconocer la centralidad del Estado, pero no como un principio abstracto o retórico, sino
como un actor capaz de intervenir concretamente en la educación. Esto significa que el Estado debe tomar decisiones a nivel
gubernamental que impacten en escuelas, carreras docentes, familias y producción de materiales educativos, pero también
asegurarse de que esas políticas se cumplan en la práctica cotidiana, respetando y fortaleciendo las iniciativas locales. En pocas
palabras: el Estado tiene que ser fuerte y activo en educación, no sólo declarar derechos, sino garantizar que se cumplan en
la vida diaria de las escuelas, equilibrando control central con apoyo a las prácticas locales.
MÓDULO 2:
Gladys Leoz: Habitar las instituciones en tiempos de fluidez: El vintage educativo
El texto de Gladys Leoz parte de la idea de que la escuela es una institución central en los procesos de subjetivación y, como
creación de la modernidad, siempre estuvo en el centro de debates y críticas. Desde hace décadas se habla de su crisis, una crisis
que no es sólo argentina ni reciente, sino que acompaña a la educación moderna desde sus orígenes, marcada por la paradoja de la
igualdad como ideal y la desigualdad como condición de partida. Esta crisis impacta especialmente en los docentes, quienes encarnan
los ideales de la institución y cargan con el malestar que genera.
Hoy, muchos análisis de esta crisis se piensan en clave de modernidad vs. modernidad líquida (siguiendo a Bauman). Leoz
propone no caer en la idealización de la modernidad “sólida” ni en la demonización de la modernidad líquida, sino comprender que
actualmente conviven elementos de ambas, generando un campo de tensiones: entre lo fijo y lo fluido, lo lineal y lo simultáneo, lo
disciplinar y lo flexible, lo universal y lo relativo.
Para pensar cómo se habitan hoy las instituciones educativas, Leoz introduce la metáfora del “vintage”. En el diseño, lo vintage
alude a objetos del pasado reciente que no son aún antigüedades, pero que conviven con lo actual creando nuevas composiciones.
De manera similar, en la escuela actual conviven objetos, prácticas y formatos heredados de la modernidad con los propios de
la modernidad líquida. Así, las netbooks, tablets y celulares coexisten con pizarrones y tizas; la clase tradicional en un aula convive
con plataformas virtuales y entornos digitales; los tiempos lineales de los 40 minutos de clase conviven con la atemporalidad de la
virtualidad. La escuela contemporánea se vive en tensión entre lo sólido y lo líquido, y los docentes habitan esa tensión
cargando con el malestar de la crisis, pero también con la posibilidad de reinventar su modo de habitar la institución. El concepto de
“vintage educativo” sirve para dar cuenta de esta convivencia de elementos heterogéneos, que lejos de anularse entre sí, se
entrelazan en un escenario complejo, híbrido y en permanente transformación.
La escuela actual se ha vuelto un espacio atravesado por tensiones entre lo heredado de la modernidad y lo propio de la modernidad
líquida. En este marco, muchos dispositivos tradicionales –la clase, la escuela como institución, los centros de capacitación, incluso la
propia figura docente frente a un grupo– se convierten en “objetos vintage”: siguen presentes, cargados de un valor simbólico por la
efectividad que alguna vez tuvieron, pero cada vez resultan menos eficaces para interpelar a niños, adolescentes y jóvenes de hoy.
Así, mientras los estudiantes conviven con redes sociales y celulares que compiten por su atención, la escena clásica del aula parece
perder fuerza.
Corea y Lewkowicz proponen la metáfora del “galpón” para describir lo que queda cuando la institución pierde su sentido: un espacio
vacío, con rutinas y reglamentos, pero sin una tarea ni significados compartidos que articulen un proyecto común. En este contexto, el
choque entre la narrativa de la modernidad sólida y la de la modernidad líquida genera desplazamientos en la posición del alumno y
también en la del docente, provocando malentendidos que derivan en malestar, sufrimiento, exclusión y, en ocasiones, violencia.