Reseña crítica literaria intertextualizada
RUIZ CHAMBA, PIERO 5TO D
Rafael Gutarra Luján es uno de los escritores peruanos que mejor ha sabido
trasladar las viejas historias de miedo y los rumores de la calle al territorio literario.
Nacido en la ciudad de Sullana, creció en un entorno donde la palabra dicha tiene el
poder de mantener viva la memoria de una comunidad. En las plazas, en los mercados o
en los corredores de las casas antiguas, Gutarra escuchó desde niño relatos de
aparecidos, amores imposibles, espíritus que regresan para saldar cuentas, y sucesos que
se transmiten de boca en boca con la fuerza de lo verdadero aunque nadie pueda
comprobarlos. Ese contacto temprano con la oralidad lo marcó para siempre. Su
formación académica y su experiencia como narrador se unen en un estilo que mezcla
sencillez y hondura: una prosa clara, directa, que no se pierde en artificios, pero que
sabe dejar abiertas las puertas del misterio. En su libro La novia fugitiva y otras
leyendas urbanas, Gutarra ofrece un catálogo de episodios que parecen haber nacido de
una conversación nocturna, de esas que empiezan como una anécdota común y terminan
revelando las preguntas más profundas sobre la vida, la muerte y las zonas de sombra
que habitan entre ambas.
Entre las leyendas que componen este volumen destaca con fuerza El taxista
fantasma, un relato que se ubica dentro del género narrativo y que pertenece al
subgénero de la leyenda urbana. El texto está escrito en prosa, con un lenguaje que
recuerda el ritmo de una charla contada en confianza, casi como si un amigo se acercara
a susurrarnos algo al oído. La aparente simpleza del estilo es, en realidad, una
estrategia: al hablar con naturalidad, Gutarra consigue que el lector baje la guardia y
acepte como posible lo que está a punto de suceder. Nada de descripciones
grandilocuentes ni de advertencias solemnes; el miedo llega disfrazado de rutina, como
un taxi que se detiene en la esquina cuando más lo necesitamos.
La historia se inicia en una noche cualquiera de la ciudad. Un pasajero, cansado
de la jornada, decide tomar un taxi para regresar a casa. No hay nada extraordinario en
la escena: una avenida casi desierta, algunos faroles que titilan, el eco de pasos lejanos.
El taxi se detiene, el pasajero aborda, y el vehículo arranca con la normalidad de un
servicio nocturno. Sin embargo, desde el primer momento se perciben detalles que
desacomodan. El conductor apenas saluda; su voz, cuando responde, parece apagada,
como si viniera de un túnel lejano. El interior del automóvil resulta inusualmente frío,
aun cuando la noche no es particularmente helada. El espejo retrovisor refleja un rostro
pálido, casi translúcido, que evita el contacto visual. Son señales pequeñas, fáciles de
ignorar, pero que poco a poco siembran la inquietud.
A medida que el taxi avanza, la sensación de rareza se intensifica. Las calles que
recorren parecen más largas de lo habitual, y los cruces que atraviesan no coinciden con
las rutas conocidas por el pasajero. Las luces de los semáforos se quedan encendidas
más tiempo de lo normal, los edificios parecen desplazarse como si estuvieran en otra
dimensión. El viajero se pregunta si el conductor está tomando un atajo o si, por el
contrario, lo está llevando a un destino que no pidió. La conversación es mínima, casi
inexistente; cada vez que el pasajero intenta iniciar un diálogo, el taxista responde con
monosílabos, siempre en ese tono distante, casi metálico. El miedo se va instalando en
silencio, como una corriente helada que recorre el cuerpo.
En algunas versiones que Gutarra recoge, el viaje culmina con un giro abrupto.
El taxi se detiene en una intersección vacía. El pasajero, dominado por la ansiedad, baja
del vehículo y, al mirar hacia atrás, descubre que el automóvil ha desaparecido sin dejar
rastro, como si se lo hubiera tragado la noche. En otras variantes, el pasajero llega
finalmente a su destino, paga la carrera y observa cómo el taxi se aleja. Días después,
intrigado por la extraña frialdad del conductor, pregunta a vecinos o conocidos por el
número de placa y recibe una respuesta imposible: ese taxista murió en un accidente
hace años, en la misma ruta que recorrió aquella noche. En cualquiera de los desenlaces,
el efecto es el mismo: el pasajero, y con él el lector, quedan atrapados en una
experiencia que desafía toda explicación.
La fuerza de la leyenda proviene, en gran parte, de su escenario. A diferencia de
los relatos clásicos de fantasmas que se desarrollan en cementerios, castillos o casas
abandonadas, El taxista fantasma ocurre en la ciudad moderna, en un espacio tan
cotidiano como el asiento trasero de un taxi. No hay niebla de cementerio ni puertas
chirriantes: hay semáforos, avenidas, anuncios luminosos, bocinas lejanas. Esa
familiaridad hace que el miedo sea más intenso, porque insinúa que lo sobrenatural
puede aparecer en los lugares más comunes, en los trayectos que realizamos sin pensar.
Subir a un taxi, un acto rutinario para millones de personas, se convierte en el umbral
hacia un territorio donde las reglas de la realidad dejan de funcionar.
Los personajes, aunque escasos, están cargados de significado. El pasajero es la
encarnación del ciudadano anónimo, de cualquiera de nosotros que, en una noche de
regreso a casa, podría vivir un encuentro que cambie para siempre su percepción del
mundo. No tiene nombre porque su experiencia es universal. El taxista, en cambio,
representa la figura liminal: un ser que parece habitar el borde entre la vida y la muerte,
entre lo visible y lo invisible. Su silencio, su mirada opaca y su eventual desaparición lo
convierten en un mensajero de lo desconocido. El narrador, en tercera persona, se
mantiene a distancia, sin ofrecer explicaciones ni interpretaciones. Esa neutralidad
refuerza el desconcierto, porque deja al lector solo ante el misterio, obligado a
completar con su imaginación los huecos que la historia deja abiertos.
Más allá del susto inmediato, la leyenda puede leerse como una metáfora del
viaje humano. El taxi se transforma en símbolo del trayecto que todos recorremos: la
vida misma como un recorrido cuyo destino final desconocemos y cuyo conductor, en
última instancia, no somos nosotros. La sensación de no saber a dónde se dirige el
vehículo refleja la incertidumbre de nuestra existencia, el hecho de que todos
avanzamos hacia un final inevitable aunque tratemos de ignorarlo. En ese sentido, el
relato no solo provoca miedo; también invita a pensar en el paso del tiempo, en la
fragilidad de la vida y en la proximidad de la muerte.
Esta idea de un trayecto que desafía el tiempo y la lógica encuentra ecos en otras
expresiones culturales. La célebre canción El muelle de San Blas, interpretada por la
banda mexicana Maná, cuenta la historia de una mujer que espera durante años el
regreso de su amado pescador, consumida por una espera infinita que la convierte en
leyenda. Aunque ella permanece inmóvil y el pasajero del taxi está en movimiento,
ambos comparten una experiencia semejante: enfrentarse a un tiempo que no avanza, a
una realidad que parece suspendida. En la canción, la mujer queda atrapada en la
repetición de un gesto —esperar— hasta que su vida se confunde con la eternidad. En la
leyenda, el pasajero recorre calles que parecen no llevar a ninguna parte, atrapado en un
trayecto que podría prolongarse más allá de la vida misma. La diferencia es que en el
muelle la inmovilidad es el castigo, mientras que en el taxi el movimiento sin destino es
la condena.
Algo similar ocurre con la figura de La Llorona, la madre que vaga por las
noches lamentando la pérdida de sus hijos. En los tres relatos —la mujer del muelle, la
madre errante y el taxista espectral— aparece un elemento común: seres que no logran
abandonar del todo este mundo, que quedan atrapados en un espacio intermedio donde
el pasado no se resuelve y el presente se repite sin fin. La Llorona recorre ríos y
pueblos, la mujer del muelle mira eternamente el mar, el taxista conduce por calles
vacías. Todos son viajeros de una frontera incierta, recordándonos que la muerte, lejos
de ser un punto final, puede convertirse en un estado de tránsito.
La grandeza de El taxista fantasma radica en su capacidad para provocar miedo
con los elementos más simples. No hay gritos ni apariciones espectaculares; el terror
surge de lo cotidiano, de la sospecha de que lo inexplicable puede habitar en un
vehículo que tomamos sin pensarlo. Gutarra construye la tensión a partir de detalles: un
silencio prolongado, una mirada que no parpadea, una ruta que se aleja de lo familiar. El
lector avanza junto al pasajero, sintiendo el mismo desconcierto, la misma mezcla de
incredulidad y temor. Y cuando el taxi desaparece o se revela el destino del conductor,
lo que queda no es solo el sobresalto, sino una pregunta que persiste mucho después de
cerrar el libro: ¿qué tan cerca estamos, en nuestra vida diaria, de cruzar sin darnos
cuenta la línea que separa a los vivos de los muertos?
Lo más inquietante es que, después de leer la leyenda, cada viaje nocturno se
siente distinto. Un taxi que frena en silencio, un conductor que evita la mirada, un
camino que parece más largo de lo habitual: todo adquiere un matiz de sospecha. Esa es
la verdadera victoria del relato. No necesita demostrar que los fantasmas existen; le
basta con sembrar la duda. La próxima vez que subamos a un taxi de madrugada,
bastará un pequeño retraso en el semáforo para que recordemos la voz distante de aquel
chofer que, según cuentan, sigue conduciendo mucho después de su muerte.
El taxista fantasma no solo entretiene ni solo asusta. Es una reflexión velada
sobre nuestra condición de pasajeros en un viaje cuyo destino ignoramos. La muerte,
parece decirnos Gutarra, puede sentarse a nuestro lado en cualquier momento, incluso
en el asiento delantero de un taxi. Esa idea, más que el fantasma mismo, es lo que deja
una huella duradera. Por eso esta leyenda, aunque breve en extensión, logra ocupar un
espacio amplio en la imaginación de quienes la escuchan o la leen. No es extraño que,
con el paso del tiempo, siga circulando de boca en boca, enriqueciéndose con cada
nueva versión y recordándonos que el miedo más profundo no proviene de criaturas
extrañas, sino de la posibilidad de que lo sobrenatural se esconda en la rutina más
común.