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Sacramentos: Iniciación y Eucaristía

El documento detalla los siete sacramentos de la Iglesia, que son acciones salvíficas de Dios en la vida de los hombres, incluyendo el Bautismo, la Confirmación, la Eucaristía, la Penitencia, la Unción de los enfermos, el Matrimonio y el Orden. Se enfatiza la importancia del Bautismo como sacramento de iniciación y se describen sus efectos, así como los de la Confirmación y la Eucaristía, que fortalecen la vida cristiana. Además, se abordan los sacramentos de curación y su papel en la reconciliación y el consuelo del creyente en momentos de sufrimiento.

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Sacramentos: Iniciación y Eucaristía

El documento detalla los siete sacramentos de la Iglesia, que son acciones salvíficas de Dios en la vida de los hombres, incluyendo el Bautismo, la Confirmación, la Eucaristía, la Penitencia, la Unción de los enfermos, el Matrimonio y el Orden. Se enfatiza la importancia del Bautismo como sacramento de iniciación y se describen sus efectos, así como los de la Confirmación y la Eucaristía, que fortalecen la vida cristiana. Además, se abordan los sacramentos de curación y su papel en la reconciliación y el consuelo del creyente en momentos de sufrimiento.

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IGLESIA, SACRAMENTOS

Y MORAL
Tema 4

Los siete sacramentos


acciones salvíficas de Dios
en la vida de los hombres
Los siete sacramentos. Acciones
salvíficas de Dios en la vida de los
TEMA 4 hombres

 Hay tres sacramentos que denominamos de la iniciación


cristiana y son el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía.
Mediante estos tres sacramentos se ponen los fundamentos
de toda la vida cristiana. Algunos autores al estudiar estos
tres sacramentos, de un modo global, destacan la unidad que
existe entre ellos y hablan del “sacramento de la iniciación
cristiana”(I. Oñatibia, “Bautismo y Confirmación”, 3-12).
 Dos sacramentos forman el grupo de curación: la Penitencia y
Unción de los enfermos.
 Y finalmente, los sacramentos que están al servicio de la
comunión y misión de los fieles: el Matrimonio y el Orden.

Pasamos ahora a detenernos en cada uno de ellos. Pero queremos


terminar este apartado recordando que los sacramentos son un
encuentro con Cristo:

“El Bautismo vincula a Cristo. La Confirmación nos concede


su Espíritu Santo. La Eucaristía nos hace uno con él. La
Penitencia nos reconcilia con Cristo. Mediante la Unción de
los enfermos es Cristo quien cura, fortalece y consuela. En el
sacramento del Matrimonio Cristo promete su amor en
nuestro amor y su fidelidad en nuestra fidelidad. Mediante el
sacramento del Orden los sacerdotes son capacitados para
perdonar pecados y celebrar la Santa Misa”(YouCat, n 193).
¿Quién puede ser bautizado?

El bautismo de adultos era lo más común en los orígenes del


cristianismo. Esto era lógico, ya que el anuncio del evangelio estaba
empezando. Los que se convertían al cristianismo eran ya personas
adultas que comenzaban un proceso de iniciación llamado
“catecumenado”. Este proceso era una etapa de formación en la que
los catecúmenos eran llevados hacia una fe más madura. Sin embargo,
debemos tener en cuenta que en todas las épocas se ha dado este
bautismo de adultos, aunque con la extensión del cristianismo se
comenzó a implantar el bautismo de niños.

 El bautismo de los niños. Como nos recuerda el Catecismo de la


Iglesia Católica, la práctica de bautizar a los niños se encuentra
desde los orígenes del cristianismo, tenemos testimonios explícitos
desde el siglo II, y lo más lógico es pensar que, cuando familias
enteras recibían el bautismo, también se haya bautizado a los niños.
El bautismo es un don de Dios, y los padres creyentes -que quieren
lo mejor para sus hijos- bautizan a sus hijos para librarlos del poder
del mal e introducirlos en la familia de los hijos de Dios en el Hijo por
el Espíritu.
Conviene en este punto recordar que el bautismo es el
sacramento de la fe y al candidato se le exige la fe
para recibirlo. Esta fe debe ser confesada públicamente en
la celebración del sacramento. En el caso de los bautismos de
niños, esta fe es expresada por los padres y los padrinos, los
cuales se comprometen en la tarea de hacer madurar la fe de
los niños bautizados.
Los efectos del bautismo

Se produce un nuevo nacimiento y nos introducimos en la


familia de Dios. En el bautismo se produce una filiación, ya que
el bautizado se convierte en hijo de Dios en el Hijo por el
Espíritu.

 De esta filiación se deduce una fraternidad: todos los cristianos


son hermanos entre sí al ser todos hermanos del Hijo.
 Este nuevo nacimiento tiene como consecuencia la vocación a
llevar una nueva vida en Cristo. El sacramento del bautismo es
también una iluminación para nuestro peregrinar diario.
 De este modo, el bautismo entra en comunión con Dios y
participa de la vida trinitaria eterna de Dios.
 Se perdonan todos los pecados, tanto mortales como veniales,
así como las penas inherentes que conllevan esos pecados.
 Quedamos libres del pecado original y somos equipados con la
capacidad de vencer al mal.
 Nos incorporamos al Pueblo de Dios.
 Esta incorporación es salvadora y justificadora.
 Dicha incorporación es para siempre, de modo que es uno de
los sacramentos en los que se imprime el carácter
sacramental propio. Los bautizados reciben el sello divino
que les identifica.
 El bautizado recibe las virtudes teologales de la fe,
esperanza y caridad, las cuales son un don de Dios.
 Desde el bautismo, el cristiano participa de la misión salvadora
de la Iglesia y de la triple función de Cristo: sacerdote, profeta
y rey.
El ministro del bautismo: ¿quién puede bautizar?

El ministro ordinario es el obispo, un presbítero o un


diácono. En caso de necesidad, como ministro
extraordinario, cualquier cristiano, e incluso “cualquier
persona que tenga la debida intención” (CIC 861, 2).
La confirmación, el don del espíritu y plenitud del
bautismo

En los Hechos de los Apóstoles encontramos textos en los que


los apóstoles imponen las manos a los que sólo habían recibido
el bautismo, lo que indica una distinción entre los dos ritos:

“Cuando los apóstoles, que estaban en Jerusalén, se enteraron


de que Samaría había recibido la palabra de Dios, enviaron a
Pedro y Juan; ellos bajaron hasta allí y oraron por ellos, para que
recibieran el Espíritu Santo; pues aún no había bajado sobre
ninguno; estaban solo bautizados en el nombre del señor Jesús.
Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo”
(Hch 8, 14-17).

A esta imposición de manos se le unió muy pronto una unción


con óleo perfumado (crisma). Este crisma nos recuerda el
nombre de cristiano que significa “ungido”. Por ese motivo,
en las Iglesias orientales a este sacramento se le llama
“crismación”. Por su parte, en occidente, este sacramento del
don del Espíritu Santo se llama “confirmación”, que sugiere la
plenificación o confirmación del bautismo.
Efectos de la confirmación

 Robustece y perfecciona la gracia bautismal.


 Nos introduce más profundamente en la filiación divina.
 Nos une más a Cristo.
 Aumenta en nosotros los dones del Espíritu Santo: Ciencia,
consejo, sabiduría, entendimiento, piedad, fortaleza, temor de
Dios.
 Nos fortalece para la misión de la extensión del reino de Dios.
Para ser testigos, participando del sacerdocio real.
 Imprime carácter sacramental. Este carácter nos remite al
bautismal, y puede ser comprendido como un sello que ya no
está ordenado al perfeccionamiento del propio bautizado sino
que, en la confirmación, estaría ordenado al perfeccionamiento de
los demás, en bien de la [Link] tanto, hace más perfecto
nuestro vínculo con la Iglesia.
La eucarística: el sacramento del amor de Dios

La estructura de la eucaristía

o Primero el rito de entrada: con un saludo, un acto


penitencial, el canto o recitación del Gloria y una oración
colecta que recoge las intenciones de la Iglesia.
o Seguidamente la liturgia de la Palabra: Se proclama
una lectura del Antiguo testamento, un salmo, una
segunda lectura del Nuevo testamento, se canta el
Aleluya y se proclama el Evangelio seguido de una homilía
por parte del que preside, se termina con la Profesión de fe
y las oraciones de los fieles.
o A continuación la liturgia eucarística: comienza con el
ofertorio que implica la presentación de ofrendas y se
realiza la colecta. Le sigue la anáfora o plegaria eucarística
que tiene como elementos: un prefacio, la epíclesis, la
consagración, la anámnesis y una serie de intercesiones por
las que se ora (recuérdese lo estudiado sobre estos
términos en el capítulo anterior). Cuando se termina la
plegaria eucarística se realizan los ritos de comunión que
incluyen la oración del Padrenuestro, el rito de la paz y la
comunión propiamente dicha.
o Se concluye con el rito de despedida que incluye la
bendición sobre el Pueblo de Dios.
Los nombres de este sacramento

 Eucaristía, que significa acción de gracias.


 Banquete, ya que se nos da Cristo como comida y anticipa las
características del banquete celestial.
 Fracción del pan, que hace referencia al gesto de Jesús de partir el pan
entre sus apóstoles. También puede recordarnos que debemos partirnos y
repartirnos entre nuestros hermanos los hombres, como los granos de trigo se
muelen para formar un pan que luego se reparte.
 Asamblea, porque la eucaristía se realiza en la comunidad de los cristianos.
Recuérdese que la eucaristía hace la Iglesia y la Iglesia hace la eucaristía.
 Memorial, en el sentido que explicábamos la anámnesis en el capítulo
anterior, se actualiza el sacrificio redentor de Cristo.
 Comunión, se centra en el momento en el que se come el cuerpo y sangre de
Cristo.
 Misa, recordando la despedida en latín de la eucaristía, “itemissaest”, donde
actualmente nosotros decimos “podéis ir en paz”. La expresión latina hace
referencia a ser enviados en medio de las ocupaciones ordinarias para trasmitir
la fuerza de lo alto que se acaba de recibir.
Efectos de la comunión eucarística

 Aumenta la gracia santificante.


 Perdona los pecados veniales de los fieles arrepentidos.
 Preserva de los pecados mortales.
 En la comunión el fiel se une más íntimamente a Cristo, se
convierte en un miembro vivo del Cuerpo de Cristo.
 Se fortalece la unidad de la Iglesia que es Cuerpo Místico de
Cristo, ya que se ha fortalecido la unión de Cristo con el
comulgante.
 En la eucaristía comemos el Pan de vida; por eso, en la
comunión, Cristo se nos da como prenda de la gloria que
tendremos junto a Él.
El sacramento de la penitencia: sacramento de la alegría, de la conversión, del
perdón, de la reconciliación

Los actos del penitente son:

o El examen de conciencia, el penitente tiene que darse


cuenta de los pecados que ha cometido y reconocerlos en su
conciencia.
o El dolor de los pecados, esto incluye el arrepentimiento. Este
arrepentimiento puede ser perfecto y entonces recibe el
nombre de “contrición perfecta o de caridad”, esta
contrición nos perdona ya los pecados veniales y también los
mortales con la intención de recurrir, tan pronto como sea
posible, a la confesión sacramental. Pero también existe una
“contrición imperfecta llamada atrición”, y es la que movida
por la fealdad del mal cometido, o por el temor a ser
condenado en el juicio de Dios, mueve a recibir el perdón en el
sacramento de la penitencia.
o El propósito de no volver a pecar, lo que conlleva la
intención de conversión de la conducta anterior.
o La confesión de los pecados al confesor, los que el penitente
tenga en la memoria, diciendo cuáles son y la frecuencia o
número de los pecados cometidos. Es obligatorio confesar los
pecados mortales y convenientes los veniales.

Una vez recibida la absolución, el sujeto realizará la penitencia que le


haya impuesto el confesor. Se llama satisfacción. Es claro su
sentido, después del pecado hemos provocado un desorden o
rotura con respecto a las grandes relaciones que determinan
nuestra relación personal: con Dios, con nosotros mismo, con
los demás, con la realidad. En penitente ya ha sido perdonado, pero
debe reparar el daño producido. Esto es lo que se conoce como
satisfacción de la pena debida. A veces la penitencia implicará la
restitución, como en el caso del robo.

Recuérdese que el confesor está obligado al sigilo sacramental.


Nunca puede comunicar los pecados de una persona escuchados
en confesión. Esto implicaría penas severas, como la excomunión
reservada al Santo Padre.
Celebración del sacramento

Hay tres modos generales de administrar este sacramento:

1.- La celebración de la reconciliación de un penitente concreto


con la confesión individualizada.
2.- Ceremonia comunitaria y confesión personal. Se reúne la
comunidad y se prepara a los fieles para la realización del
sacramento mediante una liturgia de la palabra. Se sigue la
confesión individual con uno de los sacerdotes que estén
preparados al efecto.
3.- Celebración colectiva con una confesión y absolución
general: sólo para casos de grave necesidad. Se da por supuesto
el propósito de confesar ante un sacerdote cuando sea posible.
Efectos del sacramento

Podemos señalar los siguientes efectos, además de los beneficios


que este sacramento ofrece tanto al penitente como al ministro en
cuanto a su madurez personal.

o Reconcilia con Dios. El penitente se llena de paz y de tranquilidad en su


conciencia al saberse perdonado.
o Reconcilia con la Iglesia. Se restablece la comunión con toda la Iglesia
y todos sus miembros por el vínculo de la caridad.
o Se recobra la Comunión de los santos. La unidad y relación entre todos
los miembros de la Iglesia, vivos y difuntos.
o Aumenta la gracia santificante y se recibe la gracia sacramental(Cf. A. Cabrero,
“La vida en Cristo. Iglesia, sacramentos y moral. Grado de magisterio”, 64).
La unción de los enfermos. La cercanía de Dios hacia el que sufre

¿Quién recibe y quién administra la unción de enfermos?

Son receptores los bautizados que se encuentran en una


enfermedad grave. Así lo expresa el Concilio Vaticano II:

“no es un sacramento para aquellos que están a punto de


morir. Por eso, se considera tiempo oportuno para recibirlo
cuando el fiel empieza a estar en peligro de muerte por
enfermedad o vejez” (SC 73).

Por otra parte, los ministros de este sacramento son los obispos
y los presbíteros: “Cristo es quien actúa a través de ellos en virtud
del Orden sacramental” (YouCat, n 246).
Conviene hacer referencia al llamado Viático.
Destinado a los fieles que se preparan para dejar esta vida terrena y
encaminarse hacia el encuentro con el Padre, es la última comunión del
cuerpo de Cristo que recibe el creyente antes de morir. Ciertamente, los
sacramentos de la penitencia, la unción de los enfermos y la eucaristía
son los sacramentos que nos ayudan a despedirnos de nuestra
peregrinación terrena y a prepararnos para nuestra entrada en nuestra
verdadera patria.
Los efectos del sacramento de la unción de los enfermos

Recogemos, por su síntesis, el número 1532 del Catecismo de la Iglesia


Católica:

“La gracia especial del sacramento de la Unción de los enfermos


tiene como efectos:

o la unión del enfermo a la Pasión de Cristo, para su bien y el de toda la


Iglesia;
o el consuelo de la pazy el ánimo para soportar cristianamente
los sufrimientos de la enfermedad o vejez;
o el perdón de los pecados si el enfermo no ha podido obtenerlo por el
sacramento de la Penitencia;
o el restablecimiento de la salud corporal, si conviene a la salud espiritual;
o la preparación para el paso a la vida eterna”.
El sacramento del orden: la transmisión de la potestad ministerial
para el servicio de la comunidad eclesial

El que recibe el sacramento del orden recibe un poder del cual él


es un mero servidor. El sacerdote católico no actúa por sí
mismo, sino “en la persona de Cristo Cabeza de su Iglesia”. Por
eso, la virtud que debe brillar en los sacerdotes ordenados es la de
la humildad por el don recibido y no merecido.

El sacramento del orden es en sí mismo uno, pero se


distinguen en él tres grados que desde los primeros siglos
reciben los nombres de episcopado (obispos), presbiterado
(presbíteros o sacerdotes), y diaconado (diáconos).

En la ordenación episcopal los obispos confieren a un presbítero


la plenitud del sacramento. Los obispos son ordenados como
sucesores de los Apóstoles y entre ellos forman el Colegio
Episcopal. El Papa es un obispo, el obispo de Roma, pero es la
cabeza del Colegio episcopal, por tanto, es el primero entre ellos.
Los presbíteros son ordenados por su obispo, quedando
marcado el nuevo sacerdote con un carácter indeleble. Como
colaborador de su obispo el presbítero anuncia la Palabra de
Dios, administra los sacramentos, principalmente celebra la
eucaristía.

Los diáconos, ordenados por el obispo, se convierten en


servidores dentro del propio sacramento del orden. Participan
en la misión de Cristo que vino “a servir y a dar su vida en
rescate por muchos” (Mt 20, 28). Reciben un sello (carácter
indeleble) que les configura con Cristo servidor, “la
ordenación les confiere funciones importantes en el ministerio
de la palabra, del culto divino, del gobierno pastoral y del ser
vicio de la caridad” (CEC 1596).
Los efectos del sacramento

o Como ya hemos visto, este sacramento, como ocurría con los


del bautismo y la confirmación, imprime un carácter
indeleble.
o Por la gracia propia de este sacramento los que lo reciben
son configurados con “Cristo Sacerdote, Maestro y pastor, de
quien el ordenado es constituido ministro” (CEC 1585).
o Además, quedan fortalecidos para realizar su ministerio:
predicar la Palabra de Dios, administrar los sacramentos,
guiar al Pueblo de Dios hacia la santidad y dirigir al Señor
la oración oficial de la Iglesia con el rezo de la Liturgia de
las Horas.
El sacramento del matrimonio. El amor humano como signo del
amor de Cristo por su Iglesia

A diferencia de los demás sacramentos no es fácil


determinar quién es el ministro, si los contrayentes o el
sacerdote. Esto hace que haya una diferencia de comprensión
entre el derecho canónico propio del rito latino y el de las
iglesias de ritos orientales. Para nosotros, pertenecientes al
rito latino, los ministros son los contrayentes, siendo el
sacerdote asistente un testigo cualificado que además de
bendecir el matrimonio debe preocuparse de que se celebre
válida y lícitamente.
Por su parte, el signo sacramental es el acto libre y personal
por el que “los esposos se dan y reciben mutuamente” (GS
48). Esta es la base que sustenta que sean los contrayentes los
que mutuamente se administran el sacramento del matrimonio
como ministros. Por tanto, el matrimonio se lleva a cabo
mediante el consentimiento matrimonial que públicamente,
y ante Dios, se ofrecen los contrayentes pronunciando el “sí
quiero”. Este consentimiento se consuma con la unión corporal
de los esposos, cerrándose así el signo sacramental.
El “sí” que se ofrecen los contrayentes crea un vínculo
matrimonial indisoluble a imagen de la alianza de Dios
con los hombres.
 La gracia del sacramento

La gracia del sacramento consiste en tres cosas:

o A partir de ese momento, los cónyuges son signo que


actualiza el amor y la fidelidad de Cristo por su Iglesia.
o Pero además, los cónyuges participan de ese amor y fidelidad
de Cristo, “en virtud del sacramento del matrimonio se ayudan
mutuamente a santificarse en la vida conyugal y en la
procreación y educación de la prole, y por eso tienen su
propio don, dentro del Pueblo de Dios, en su estado y forma
(cf. 1 Cor 7, 7)” (LG 11).
o Finalmente, la gracia del sacramento hace que el sacramento
sea anticipación simbólica del amor de Dios al final de los
tiempos(Cf. Conferencia episcopal alemana, “Catecismo
Católico para Adultos, I”, 430s.).
Las propiedades esenciales son tres:

o La unidad. El amor de los que contraen matrimoniotiende por sí


mismo a la unidad. El amor total que expresan en el sacramento es
único y exclusivo. Por lo tanto esta propiedad es contraria a la
poligamia, la poliandria o al adulterio.
o La fecundidad. Los esposos comienzan una “comunidad de vida y
amor” que está abierta a los frutos de ese amor que son los hijos.
Gracias a la fecundidad los esposos participan del amor creador de
Dios. Esta fecundidad no se limita a la procreación sino que continua
en la educación de los hijos, sabiendo además, que para los
matrimonios que no pueden tener descendencia la tarea
fundamental del matrimonio sigue siendo servir a la vida en todas
sus expresiones.
o La fidelidad indisoluble. La cual estáfundada en el vínculo
indisoluble y es consecuencia de la entrega total que se dan los
esposos. Lo propio del amor es que se dé sin condiciones y no que
sea puesto a prueba por un periodo de tiempo. Esta propiedad está
estrechamente unida al bien de la prole(Cf. Conferencia episcopal alemana,
“Catecismo Católico para Adultos, I”, 430-435).
IGLESIA, SACRAMENTOS
Y MORAL
Tema 6

La vida en Cristo
Moral de la persona, bioética
y moral social
La vida en Cristo.
TEMA 6 Moral de la persona, bioética y
moral social

La “persona humana”, la “dignidad humana” y


el “ser humano”

El concepto de “persona” posee una larga historia y, tal como lo


conocemos, tiene un origen y desarrollo muy unido al pensamiento
teológico.
Es uno de los conceptos claves para adentrarse en el estudio de
los fundamentos de la ética. Por el espacio que tenemos no vamos
a detenernos mucho en la historia de la categoría de persona,
pero sí vamos a ponerla en relación con el concepto de “dignidad
humana” y de “ser humano”(Cf. R. A. Pardo, “La dignidad de toda
vida humana. La dignidad de la vida humana”, en Acontecimiento,
108 (2013) 49- 53.)
Después, la noción boeciana de persona se unió al concepto
romano de humanitas y da lugar a la categoría de “persona
humana”, “que se predica absolutamente de todos los hombres y
designa la singularidad de cada ser humano y la igualdad de todos
ellos.

Ahora la persona se concibe como un absoluto, en sí y por sí, más


allá de toda relación jurídica y de cualquier condición social. De
este modo, la persona, y su característica la dignidad, aparecen
como un cierto absoluto”.
Si miramos al concepto clásico de persona, nos encontramos que
la persona es “el ser que es humano; el sujeto o propietario de la
esencia, de la naturaleza y de todas las propiedades. Por
consiguiente, la persona no es simplemente una autoconciencia
intelectual ni un agente racional, es el sujeto que puede poseer (si
no se produce un defectum naturae, un error o decaimiento de la
naturaleza) una autoconciencia intelectual, y que puede realizar
(con las mismas condiciones) acciones libres susceptibles de una
biografía”(J. V. Arregui, “La importancia de ser humano”, en Anuario
Filosófico 1994 (27), 56), de tal modo que su dignidad
fundamental no consiste en el desarrollo de sus capacidades,
sino en su mismo ser humano, es decir, ser el sujeto de esas
capacidades.
Desde esta perspectiva, podemos concluir que si se es “ser
humano” siempre se es “persona humana”, y se posee la dignidad
de persona humana que es la dignidad que se debe reconocer a todo
“ser humano”.
El ser humano es el que vive la vida humana por sí mismo;
pero además, el ser humano puede ser definido desde un punto
de vista biográfico. El ser humano posee una vida humana que
vivir desde su origen a su fin. Todos somos caminantes de un
mismo peregrinar hacia la muerte, compartimos un mismo
destino.
Y en esta línea espacio temporal, los que compartimos el vivir
humano descubrimos que los más débiles en el origen y final de
su vida -como son los enfermos, dependientes, discapacitados y
desdichados- no son un caso límite sino que son el objeto por
excelencia del cuidado moral.
La dignidad humana es algo que tenemos por ser nosotros lo
que somos y, en nuestro origen y en gran medida en el presente de
cada uno, lo que somos es algo que hemos recibido.
Es un don que reclama ser reconocido -como la misma vida que es
una dádiva y, a la vez, una tarea-. Karl Rahner nos recordaba que la
dignidad humana abarca todas las dimensiones de la persona
humana: en su ser espiritual y corporal, en su condición individual
dotado de capacidad de libertad y cultura, en su vida comunitaria,
en su dimensión sobrenatural y religiosa abierta a la comunicación
con Dios y a la posible relación con Jesucristo.
Ante esta dignidad de la persona humana sólo cabe una
responsable toma de conciencia y una respuesta ética, como
bellamente escribió Romano Guardini:

“Persona es el ser conformado, interiorizado, espiritual y


creador, siempre que (…) esté en sí mismo y disponga
de sí mismo. `Persona´ significa que en mí mismo no
puedo, en último término, ser poseído por ninguna otra
instancia, sino que me pertenezco a mí”(R. Guardini,
Mundo y persona. Ensayos para una teoría cristiana del
hombre,179).
Ética de la sexualidad

La dimensión sexual engloba toda la realidad del ser humano(Cf. R.


A. Pardo, “La sexualidad”, en E. Bueno-R. Calvo (Dirs.), “¡Abba!
Enciclopedia del Cristianismo Contemporáneo”, 814-818). Somos
seres sexuados, lo hemos oído reiteradamente, el ser
humano en su comprensión de sí mismo puede decir “yo
soy mi sexo”.
Ninguna otra dimensión está tan enraizada y determina tan
fuertemente al ser humano en su ser, en su comprensión y en su
actuar. La sexualidad, integrada en nuestra constitución biológico-
corpórea, engloba toda nuestra realidad personal, psicosomática,
espiritual, social y cultural.
Conviene recordar en este momento la Instrucción Vaticana
“Orientaciones educativas sobre el amor humano”, en ella
encontramos estas apropiadas palabras:

“la sexualidad orientada, elevada e integrada por el amor


adquiere verdadera calidad humana. En el cuadro del
desarrollo biológico y psíquico crece armoniosamente y sólo
se realiza en sentido pleno con la conquista de la madurez
efectiva, que se manifiesta en el amor desinteresado y en la
total donación de sí”(OAH 6).
Queda claro que la sexualidad es la relación íntima entre dos personas
y, por tanto, entre dos intimidades. Por ello, es un lugar privilegiado en
el que se debe crecer en la dignidad del ser humano y donde se debe
respetar la esfera íntima sexual de cada persona. Como don y tarea, el
desarrollo de la sexualidad va unido al desarrollo biológico de cada
sujeto y al cuidado de su integración en los marcos psicológicos,
espirituales y sociales.

Por ello, en cuanto proyecto a construir, implica responsabilidad y


comportamiento moral hacia lo más perfectivo de lo que significa ser
humano. El ser humano siente la sexualidad en todas las dimensiones
que le constituyen y debe cuidarse tanto de no reprimir su sexualidad
como de no dejarse llevar por ella.
Es preciso anotar que la sexualidad tiene un proceso evolutivo
característico que no se debe olvidar, por lo que las tareas
pedagógicas, educativas y morales deben estar acordes con el
desarrollo de la persona en sus distintas fases: infancia,
pubertad, juventud, madurez y ancianidad, así como las
diferencias marcadas por el género masculino y femenino y por la
vocación al matrimonio, a la soltería o al celibato, al mismo
tiempo, se deberá atender a los factores históricos y culturales y,
todo ello, dentro del clima de la confianza en sí mismo, con la
propia corporeidad y en la relación natural con el otro sexo,
preparándose para el encuentro interpersonal, porque como
señalaba Karol Wojtyla “la tendencia sexual está en el hombre
siempre dirigida hacia un ser humano. Esta es la fuerza normal (…)
La tendencia sexual normal va encauzada hacia una persona del
sexo contrario, y no precisamente hacia el sexo contrario
mismo”(K. Wojtyla, “Amor y responsabilidad”, 63).
La novedad cristiana

El pensamiento cristiano es consciente de la limitación del


ser humano en su proceso perfectivo y en la consecución
de lo que constituye su plenitud.
Sabe de la realidad del pecado original y de que lo propio
del hombre es errar. En el contexto bíblico, la sexualidad
es, como categoría humana, una realidad éticamente
ambigua: buena porque Dios la ha creado, pero con la
posibilidad de orientarse mal a causa de la libertad
herida del hombre.
En el Nuevo testamento, Jesús reafirma que Dios creó la
dualidad sexual, la misma dignidad para el hombre y la mujer, lo
que en ese momento significaba tomar partido por las mujeres,
ya que la praxis de su época había situado a la mujer en una
posición desfavorable frente al varón.
La Iglesia ha proclamado siempre que la mujer está al mismo
nivel que el hombre aunque, ciertamente, la misma Iglesia ha
tenido que estar atenta a las tendencias que, a lo largo del
tiempo, han situado a la mujer en un lugar secundario.

La doctrina católica ha recordado continuamente que la


consumación del amor en el acto sexual -para que sea
una expresión plena del amor que se profesan las personas
que se aman- tiene su lugar propio en el acto íntimo de los
esposos y, por tanto, en un amor público, fecundo, fiel y
unitivo.
La propuesta cristiana de la sexualidad asume los valores éticos
que la razón humana puede descubrir en la realidad sexual, para
que ésta sea realmente acorde con la dignidad del ser humano. La
revelación nos desvela que el hombre es “el primer liberto de la
creación”, que está -por su realidad constitutiva- llamado a no
dejarse llevar sin más por la tendencia pulsional y vocacionado a
desarrollar la virtud de la castidad, la cual “implica un
aprendizaje del dominio del sí, que es una pedagogía de la libertad
humana” (CCE 2338).
Además, la sexualidad integrada en la realidad sacramental
del matrimonio se convierte en un lugar de gracia
sobrenatural:
“Así como la participación de la Eucaristía es fuente de
amor y de gracia, de igual forma la frecuencia de la
relación íntima en el matrimonio se funda en el mismo
principio y es germen de saludables efectos para la pareja.
La unión sexual en el matrimonio es una experiencia
sacramental, que alimenta la unión conyugal mutua y con
Cristo”(M. Finley, “Los 10 Mandamientos. Retos de perenne
actualidad”, 78).
• La carta Encíclica Humanae Vitae (1968)

Al finalizar el Concilio vaticano II, Pablo VI constituyó una


comisión para que estudiara la compleja realidad de la
sexualidad.
Es en esta Encíclica donde encontramos, además de una
profunda reflexión personalista sobre el amor responsable,
la respuesta de la Iglesia a la cuestión de la moralidad de
los actos sexuales de los esposos cristianos en relación a
procreación responsable.
Destacamos una serie de puntos presentes en la
Encíclica que creemos más interesantes:

• Como ya hemos mencionado, “Humanae Vitae” aborda el


amor desde una perspectiva personalista y es analizado en
sus características ontológicas, como humano y
humanizador, fiel, exclusivo y fecundo. Además se nos
recuerda que ese amor da conciencia de la misión de los
esposos. La Encíclica trata la “paternidad responsable”
atendiendo a las cuatro dimensiones que se deben incluir en
su comprensión: la dimensión biológica, el estudio de las
tendencias instintivas y el correlativo dominio de sí, las
realidades fácticas de la familia para poder tener un nuevo
hijo, y en el orden moral objetivo se recuerda el respeto que
se debe al orden establecido por Dios (HV 9).
• Evoca la observancia de la ley natural y “enseña que todos y
cada uno de los actos conyugales deben dejar abierta la
posibilidad de trasmitir la vida” (HV 11).
El matrimonio, fundamento de la familia

El artículo número 16 de la Declaración de Derechos Humanos


reconoce que la familia es un “elemento natural y
fundamental de la sociedad”(Cf. R. A. Pardo, “La familia”, en E.
Bueno-R. Calvo (Dirs.), “¡Abba! Enciclopedia del Cristianismo
Contemporáneo”, 823-827).
Sociológicamente podemos leer esta definición que describe
institucionalmente a la familia:

“La familia es una institución social en el sentido de constituir


toda una estructura cultural de normas y valores organizada por
la sociedad para regular la acción colectiva en torno a ciertas
necesidades básicas, como podrían ser la procreación, el sexo, la
aceptación y seguridad afectiva entre personas, la educación de
los recién nacidos e, incluso, la producción y el consumo de
bienes económicos”(G. Pastor, “Sociología de la familia. Enfoque
institucional y grupal”, 71).
La Sagrada Escritura y la Tradición cristiana, unida a la reflexión
antropológica que tiene en cuenta la estructura significativa
inscrita en la “ley natural”, definen la familia como la comunidad
de los padres con sus hijos; siendo esta realidad familiar querida
por Dios y llamada a acoger el plan de Dios y a realizarlo en las
realidades de nuestro mundo
El “Compendio de la doctrina social de la Iglesia” nos recuerda que “la
familia tiene su fundamento en la libre voluntad de los cónyuges de
unirse en matrimonio, respetando el significado y los valores propios de
esta institución, que no depende del hombre, sino de Dios mismo”(CDSI.
215). Esta realidad matrimonial tiene como características la
totalidad, la unidad, la indisolubilidad, la fidelidad y la
fecundidad. (CDSI. 215). En este sentido, conviene recordar que la
reflexión clásica sobre la familia se ha desarrollado a través del
esquema tripartito de los bienes que del matrimonio propuso San
Agustín: la prole, la fidelidad y el sacramento. El magisterio del
Concilio Vaticano II puso al mismo nivel estos tres bienes que podemos
comprender como pilares para que se cumpla el espíritu de lo expresado
por los padres conciliares al entender al matrimonio y la familia como una
“comunidad de vida y amor” (GS 48); sin olvidar la doble dimensión de
don-gracia y de tarea que ello conlleva.
El respeto a la vida: el aborto y la eutanasia

A lo largo de la historia, los hombres han justificado el maltrato o


la eliminación de algunas vidas humanas con distintos criterios(Cf.
J. M. González, “La defensa de la vida humana, el aborto y la
eutanasia”, en E. Bueno-R. Calvo (Dirs.), “¡Abba! Enciclopedia
del Cristianismo Contemporáneo”, 842-847).

En otras épocas, la ley del más fuerte, del más sano, del macho,
del poderoso, marcaba las diferencias. Pero también han existido
criterios de discriminación, si se nos permite llamarlos así, más
refinados, estos podían ser en razón de la raza, de la pertenencia
a una familia de esclavos, de la religión que se profesa, de la
ciudadanía, extranjería o nacionalidad, de la ideología política o
diferenciación social(Cf. J. R. Flecha, “La fuente de la vida.
Manual de Bioética”, Salamanca 1999, 25-27).
Y sin embargo, en una sociedad globalizada y postmoderna como la
nuestra, estos criterios emergen nuevamente en nuestro redondo
planeta. Pero ahora, a todas estas razones se les añaden otras nuevas
que son presentadas como los caminos del progreso que inevitablemente
se deben recorrer, o como los nuevos rostros que presenta la compasión.
Entre otros, se trata de criterios terapéuticos que en muchas ocasiones
dejan la vida humana a la intemperie de la técnica, criterios de una
sociedad del bienestar en la que se pretende reducir toda clase de
sufrimientos y sacrificios calificados como innecesarios, criterios de
perfeccionamiento de los individuos gracias a la más avanzada ingeniería
genética, criterios de voluntarismo individual donde uno es dueño
absoluto de sus decisiones y de un cuerpo que ya no se reconoce como
realidad integrante de la propia identidad, sino como material manipulable
a nuestro antojo.
Pero a pesar de estas amenazas, la vida sigue reclamando su ser
fundante. Y precisamente, la vida humana es capaz de tomar
conciencia del gran don de la vida y de la responsabilidad que los
seres humanos tenemos sobre ella. Hemos llegado a las puertas de la
ética, algo que existe porque hay vida humana y ésta es capaz de ser
reconocida por otra vida humana, además de darse cuenta y
expresar que

“el nacer a la vida es condición para nacer al sentido, se


comprende claramente qué es lo que constituye para nosotros
el principio primero de la bioética: defiende la vida, es decir,
defiende ese horizonte que garantiza toda posibilidad de
sentido. Un principio, piénsese bien, no es aún una norma; es
una indicación, y por tanto no una prescripción. Pero aún así, es
una indicación absolutamente decisiva. (…) Y puesto que sólo
en la vida y gracias a la vida es posible decir yo, defender la
vida no es sólo un principio de bioética, sino además un
principio ontológico fundamental”(F. D´Agostino, Parole di
bioetica, Giappichellli, 185).
Es verdad que actualmente se declaran continuamente los
Derechos Humanos, se habla del derecho a la vida, pero igual
que en todas las épocas hay ciertas vidas que no están tan
protegidas. En una sociedad en donde se ha perdido el sentido
de Dios suelen ser las vidas de los más débiles las que corren
peligro. En la sociedad moderna posiblemente dos vidas son
amenazadas, la de los niños no nacidos por medio del aborto y
aquellas vidas que bajo la justificación de ser una vida sin calidad
y no digna de ser vivida se decide eliminar por medio de la
llamada eutanasia, intentando también la legalización del suicidio
asistido.

En realidad, la vida es un derecho de los llamados de primera


generación, pero es más que un derecho, es nuestro principio de
existencia, podemos recordar las palabras de Cervantes: “Con
todo es mejor vivir; que en los casos desiguales el mayor mal de
los males se sabe que es el morir”. La vida del hombre es
irreductible, indisponible e inviolable, desde la concepción hasta la
muerte natural.
Los cristianos reconocen su vida como un don de Dios con un carácter
sacral y como nos recordaba San Juan Pablo II “El Evangelio de la vida
está en el centro del mensaje de Jesús” (EV 1).

Además se debe recordar el claro mandato del Éxodo de “no matarás”,


mandato que se desarrolla no sólo en el cumplimiento de no matar,
sino también en la protección e impulso de la vida, es lo que
llamamos el “ministerio de la vida” ejercido por la Iglesia.
La carta Encíclica Evangelium Vitae (1995)

“Por tanto, con la autoridad conferida por Cristo a Pedro y a sus


sucesores, en comunión con los Obispos de la Iglesia católica,
confirmo que la eliminación directa y voluntaria de un ser
inocente es siempre gravemente inmoral” (EV 57).
“Por tanto, con la autoridad que Cristo confirió a Pedro y a sus
Sucesores, en comunión con todos los Obispos —que en varias
ocasiones han condenado el aborto y que en la consulta citada
anteriormente, aunque dispersos por el mundo, han concordado
unánimemente sobre esta doctrina—, declaro que el aborto
directo, es decir, querido como fin o como medio, es
siempre un desorden moral grave, en cuanto eliminación
deliberada de un ser
El aborto
La vida del no nacido es especialmente vulnerable. En una
sociedad donde la cultura de la muerte se ha extendido por todo
el mundo nos encontramos con la realidad de que el movimiento
de liberación del aborto se ha extendido ampliamente en el
mundo y son escasísimas las naciones donde el sistema
legislativo no permita la interrupción voluntaria del embarazo,
además los desarrollos biotecnológicos han conllevado la
eliminación de embriones con motivos terapéuticos, embriones
que son en su mayoría “embriones supernumerarios”
procedentes de las técnicas de reproducción asistida.

Por aborto se ha de entender la muerte intencional del feto en el


seno materno, la interrupción del embarazo antes de que el
feto llegue a ser viable o como enseña Evangelium Vitae: “La
eliminación deliberada y directa, como quiera que se realice, de
un ser humano en la fase inicial de su existencia, que va de la
concepción al nacimiento”.
Ahora bien, la verdad es que antes que nada es necesario
preguntarse por la realidad del embrión humano. Si se
reconoce su dignidad humana muchas cuestiones posteriores
huelgan formularse. Pero si no se reconoce, también se
presenta como necesario el reconocimiento de una orientación
teleológica: nos encontramos ante un futuro ser humano. En
este sentido podemos afirmar que desde la fecundación el
cigoto:

• Dispone de la información genética necesaria para su pleno desarrollo.

• Cuenta con la estructura cromosomática individual específica de un


ser humano, de tal modo que sintetiza las proteínas propias de dicho
ser humano.
• Es autónomo, aunque obviamente en dependencia, siendo capaz de
servirse del medio como actor principal de su propio desarrollo; y,
en condiciones normales, se inicia un proceso homogéneo de
desarrollo sin fisuras, ni saltos cualitativos.
La eutanasia
También es débil la vida del enfermo incurable, del anciano o del
discapacitado.

El término “eutanasia” proviene del griego eu = bueno y tanatos =


[Link] una categoría ambigua que en no pocas ocasiones es un
eufemismo, con él se quiere designar unas veces la decisión de
anticipar el fin de la vida que la enfermedad o la vejez parecen haber
convertido en insostenibles, otras veces se refiere a la medicina
paliativa y también a la legítima y ética renuncia voluntaria a recibir
tratamientos inútiles y desproporcionados.

Para una aclaración sencilla de la doctrina de la Iglesia sobre este tema


resulta clarificador el estudio del testamento vital que ofrece la
Conferencia Episcopal española:
“A mi familia, a mi médico, a mi sacerdote, a mi notario:
Si me llega el momento en que no pueda expresar mi
voluntad acerca de los tratamientos médicos que se
me vayan a aplicar, deseo y pido que esta
declaración sea considerada como expresión formal
de mi voluntad, asumida de forma consciente,
responsable y libre, y que sea respetada como si se
tratara de un testamento.
Considero que la vida en este mundo es un don y
una bendición de Dios, pero no es el valor supremo
y absoluto. Sé que la muerte es inevitable y pone fin
a mi existencia terrena, pero creo que me abre el
camino a la vida que no se acaba, junto a Dios.
Por ello, yo, el que suscribe, pido que si por mi enfermedad llegara a
estar en situación crítica irrecuperable, no se me mantenga en vida
por medio de tratamientos desproporcionados; que no se me aplique
la eutanasia (ningún acto u omisión que por su naturaleza y en su
intención me cause la muerte) y que se me administren los
tratamientos adecuados para paliar los sufrimientos
Pido igualmente ayuda para asumir cristiana y humanamente mi
propia muerte. Deseo poder prepararme para este
acontecimiento en paz, con la compañía de mis seres queridos y
el consuelo de mi fe cristiana, también por medio de los
sacramentos.
Suscribo esta declaración después de una madura
reflexión. Y pido que los que tengáis que cuidarme
respetéis mi voluntad. Designo para velar por el
cumplimiento de esta voluntad, cuando yo mismo no
pueda hacerlo, a...
Faculto a esta misma persona para que, en este supuesto,
pueda tomar en mi nombre, las decisiones pertinentes.
Para atenuaros cualquier posible sentimiento de culpa, he
redactado y firmo esta declaración”.
No quisiéramos terminar, este apartado, sin hacer una brece
valoración ética sobre la posible legalización del suicidio
asistido. Ante esta cuestión nos surgen una serie de cuestiones:

a) Debemos preguntarnos sobre si la petición de la eutanasia esconde


una petición mediante la cual el enfermo está solicitando una ayuda
humana que no se le sabe prestar: búsqueda de calor humano,
fruto de la ira o la depresión.
b) Debemos preguntarnos si el alivio de los dolores significaría una
respuesta a tal petición. Cuidados paliativos.
c) Se debe preguntar si esa petición refleja la verdadera voluntad
del paciente o si, más bien, es consecuencia de estados
transitorios de depresión.
d) Debemos tener en cuenta la falibilidad de los pronósticos médicos.
e) En qué medida se vería afectada la imagen social del médico. ¿Cuál
sería la actitud de un enfermo ante un profesional de la salud que
también es capaz de quitar la vida a un enfermo que se lo solicita o
que se encuentra inconsciente?
f) La posibilidad de que subjetivamente para el enfermo el supuesto
“derecho” se convierta en un “deber”.
La ciencia bioética
Comencemos por analizar etimológicamente la palabra
bioé[Link] término es un compuesto de dos palabras griegas:
bios y ethos, vida y moral. Bios es el modo de nombrar en griego
a la vida concreta y particularizada, es decir, a la vida en su modo
de realizarse; se distingue del término zoé que designa su
significado más biológico o, si se quiere, la vitalidad de los
organismos vivos. Ethos significaba en un principio la casa, la
morada, el lugar donde se vive y se hace la vida, en sentido
poético también era el lugar donde viven los animales, donde hay
calor, la granja, la cuadra. Con posterioridad, ethos comenzó a
significar la morada interior, la intimidad de los seres humanos, el
modo de vida, la costumbre y así progresivamente el significado
que daríamos actualmente: la ética es el saber sobre el modo en
que con nuestra vida y nuestro modo de actuar nos relacionamos
con el desarrollo de nuestro ser, creciendo y fortaleciéndonos en lo
que consiste nuestro bien y apartándonos de todo aquello que nos
impide desarrollar nuestra dignidad humana, es decir, del mal.
Por tanto, etimológicamente la Bioética es la ciencia que versa
sobre el actuar moral con respecto a nuestra vida, en cuanto que
seres humanos.
La justicia: Virtud de la Doctrina Social de la Iglesia

Las realidades e instancias que cimientan, orientan e informan el


actuar concreto y ético de la justicia son los siguientes:
la verdad antropológica y social sobre el ser humano;
los valores de la igualdad y de la libertad;
la vida en comunidad que nos habla de las relaciones de
alteridad; l
a protección del bien común;
los principios de solidaridad y subsidiariedad, y por supuesto,
fundamentando todo, se encuentra la acción creadora y redentora
de Dios.
En este espacio tiene su lugar propio la función de la Iglesia:
“predicando la verdad sobre la creación del mundo, que Dios ha
puesto en las manos de los hombres, para que lo hagan más
fecundo y más perfecto con su trabajo; y predicando la verdad
sobre la redención, por la que el Hijo de Dios salvó a todos los
hombres y, al mismo tiempo, unió a los unos con los otros,
haciendo responsable a los unos de los otros” (CA, 51).
Clases de justicia

Clásicamente se divide a la virtud de la justicia en tres tipos:

a) La justicia conmutativaque es la que se da entre iguales,


afecta a los individuos en cuanto que personas privadas;
b) La justicia legalque se refiere a las relaciones que se
producen entre los ciudadanos y sus gobernantes.
c) La justicia distributivaque en sentido contrario al anterior
dice de las relaciones entre los gobernantes y sus
ciudadanos.
La Justicia conmutativa nos habla del reconocimiento de lo que
cada hombre debe al otro, la clave es la igualdad, con todo el reto y
tarea que ello conlleva. Esta virtud nos habla de la ética de los
contratos, de las promesas, de los acuerdos entre iguales, es decir,
de la convivencia entre los seres humanos. Por tanto, también de la
paridad y de la restitución cuando sea necesaria, incluso de la
compensación. Recordando el pensamiento de J. Pieper podemos
decir que, la justicia compensadora supone,

“como es natural, que la igualdad no subsiste, que todavía no


es o que ya no es. Justo es ante todo el hombre que está,
desde luego, en el desorden y en un desorden del que acaso
fue origen (ser hombre significa aprender a ser injusto, decía
Goethe), pero que no se obstina en el desorden ni se endurece
en él. Es, sobre todo, el hombre que tiene conciencia de
injusticia, sea propia o ajena, y la barre del mundo”(Pieper,
“Las virtudes fundamentales”, 134).
La justicia distributivase refiere a lo que “la comunidad debe a
los ciudadanos en proporción a sus contribuciones y necesidades”
(CCE 2411). Hablar de la justicia distributiva es recordar el poder
político. Aquí la injusticia procede del gobernante, ya Santo
Tomás de Aquino decía que “la corrupción de la justicia tiene dos
causas: la falsa prudencia del sabio y la corrupción del
poderoso”(Santo Tomas de Aquino, “Comentario al libro de
poderoso”). Ahora bien, socialmente esta dimensión de la justicia
tiene una importancia especial. Nos detenemos en las cuatro
condiciones que M. Walzert indica como barómetros para calibrar la
justicia distributiva en la sociedad contemporánea(Cf. M. Walzer,
“Pensar políticamente”, 113-130):

1. crecimiento de las infraestructuras económicas, sociales y culturales.


2. ampliación de un sistema de provisión comunitaria, las infraestructuras
capacitan, pero los enfermos, los ancianos, los indigentes, los
desempleados no están capacitados y debemos cuidarlos.
3. atención a la promoción de “la igualdad de oportunidades”, atendiendo a
que éstas no están fijadas para siempre y cambian con el tiempo.
4. un sistema político democrático fuerte, que proteja el debate público
y la participación de los ciudadanos, con atención especial a las
plusvalías.
Debemos señalar la llamada justicia social. Recogemos lo
que sobre ella nos dice el “Compendio de la doctrina social de
la Iglesia” publicado por el Pontifico Consejo “Justicia y Paz”:
“El Magisterio social invoca el respeto de las formas clásicas de
la justicia: la conmutativa, la distributiva y la legal: Un relieve
cada vez mayor ha adquirido en el Magisterio la justicia social,
que representa un verdadero y propio desarrollo de la justicia
general, reguladora de las relaciones sociales según el criterio
de la observancia de la ley. La justicia social es una exigencia
vinculada a la cuestión social, que hoy se manifiesta con una
dimensión mundial; concierne a los aspectos sociales, políticos
y económicos y, sobre todo, a la dimensión estructural de los
problemas y las soluciones correspondientes”(CDSI 201). Dicho
“Compendio” inserta la justicia social en el capítulo donde
promueve un desarrollo unitario y equilibrado de los
principios y valores que fundamentan la Doctrina Social
de la Iglesia, y que aquí sólo recordamos: los principios
del bien común, del destino universal de los bienes, de
la subsidiaridad, de la solidaridad y de la participación;
así como los valores de la verdad, la libertad, la justicia y
la caridad.
La justicia ante los grandes retos contemporáneos:
hambre, globalización, guerra, pena de muerte y tortura,
derecho penal del enemigo, bioética y la deuda
intergeneracional

“Ser justo tal vez sea fácil cuando uno puede estar seguro de
que los demás también van a ser justos, de manera que
nuestros sacrificios sean pagados del mismo modo. Pero a
menudo no existe tal garantía de que los demás vayan a ser
igualmente justos, y así para practicar la justicia, hay que ir más
allá que la justicia. Con palabras de Lawrence Kohlberg,
`…después de tener un conocimiento claro de los principios
éticos universales válidos contra las dudas corrientes, permanece
aún la duda más fuerte de todas: ¿Por qué ser moral? ¿Por qué
ser justo en un mundo en tan alto grado injusto? En este plano la
respuesta a la pregunta de ¿Por qué ser moral? arrastra a la
pregunta de ¿Por qué vivir? Y la pregunta paralela de ¿Cómo
hacer frente a la muerte?´
Sobre la injusticia del hambre, Benedicto XVI ha escrito:

“Dar de comer a los hambrientos (Mt 25, 35.37.42) es un


imperativo ético para la Iglesia universal, que responde a las
enseñanzas de su Fundador, el Señor Jesús, sobre la
solidaridad y el compartir. Además, en la era de la
globalización, eliminar el hambre en el mundo se ha
convertido también en una meta que se ha de lograr para
salvaguardar la paz y la estabilidad del planeta. El hambre no
depende tanto de la escasez material, cuanto de la
insuficiencia de recursos sociales, el más importante de los
cuales es el institucional (…) El derecho a la alimentación y al
agua tiene un papel importante para conseguir otros
derechos, comenzando ante todo por el derecho primario a la
vida. Por tanto, es necesario que madure una conciencia
solidaria que considere la alimentación y el acceso al agua
como derechos universales de todos los seres humanos, sin
distinciones ni discriminaciones” (CI 27).
Precisamente la globalización debe entenderse no sólo como
una dimensión socioeconómica. Sino que alejándonos de toda
crítica meramente destructiva, debemos tomarla como una
posibilidad que debe seguir la orientación y reflexión ética,
volvemos a retomar unas palabras de Benedicto XVI: “La verdad
de la globalización como proceso y su criterio ético fundamental
vienen dados por la unidad de la familia humana y su
crecimiento en el bien. Por tanto, hay que esforzarse
incesantemente para favorecer una orientación personalista y
comunitaria, abierta a la trascendencia, del proceso de
integración planetaria”. (CI 42).

De la guerra justa ya hemos hablado, aquí debemos recordar lo


dicho tantas veces por el Magisterio de que la justicia es fuente y
condición de paz.
Un tema clásico pero que no deja de ser discutido es el de la pena
de [Link] Catecismo de la Iglesia Católica sigue recordando
la posibilidad de la pena de muerte dentro de la postura ética
cristiana:

“que la navidad refuerce en el mundo el


consenso sobre medidas urgentes y adecuadas
para detener la producción y el comercio de
armas, para defender la vida humana, para
desterrar la pena de muerte”(Juan Pablo II,
“Mensaje Urbi et Orbi en la solemnidad de la
Navidad (25-12-1998): Ecclesia1926-1927 (1999)
21).
Como consecuencia de ello se ha vuelto a plantear la licitud
del empleo de la tortura, incluso profesores de universidad
ofrecen justificaciones morales, legales o filosóficas de la
tortura. Pero la tortura no sólo marca de modo indeleble los
cuerpos de los torturados, sino que también corrompe el espíritu
de los torturadores. Poco a poco, toda la sociedad se ve
alcanzada por este cáncer insidioso. Si se cambia el nombre al
acto más condenable como matar a un semejante y se lo llama
“eliminar a un enemigo” la acción se convierte en la más
valiente. Se ha escrito por parte de un juez: “una sociedad
absolutamente segura, de tolerancia cero, de prevención radical,
de encarcelamiento preventivo, de desconfianza sistemática del
extranjero, de vigilancia y de control generalizado es una de
las más serias amenazas que pesan sobre nuestras
democracias”.
Actualmente cobran una importancia -inimaginable hace pocos
años- los nuevos problemas éticos en torno a la justicia
que plantea la ingeniería genética. La posibilidad de
transformar los talentos personales y seleccionar las
características de los hijos (bebes de diseño) abre un
importante debate sobre la identidad, el mérito, las
habilidades, y sobre si dichos cambios y elecciones selectivas
pueden considerarse “recursos y, así, objeto de
redistribución” y si “desde el momento en que somos
capaces de modificar a las personas en aspectos esenciales,
debemos tener en cuenta que la justicia puede exigir algunas
alteraciones sobre las mismas”(M. Nussbaum, “Genética y
justicia: Tratar la enfermedad, respetar la diferencia”, en
Isegoría27 (2002) 7).
IGLESIA, SACRAMENTOS
Y MORAL
Tema 5

La moral evangélica
Los comportamientos de
La moral evangélica. Los
fundamentos del
TEMA 5 comportamiento cristiano

Introducción

Al comienzo de la Encíclica “VeritatisSplendor” Juan Pablo II


recuerda la escena de Jesús con el joven rico:

“Se acercó uno a Jesús y le preguntó: `Maestro, ¿qué tengo


que hacer de bueno para obtener la vida eterna?´. Jesús le
contestó: `¿Por qué me preguntas qué es bueno? Uno solo
es Bueno. Mira, si quieres entrar en la vida, guarda los
mandamientos´. Él le preguntó:
`¿Cuáles?´. Jesús le contestó: `No matarás, no cometerás
adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honra a tu
padre y a tu madre, y ama a tu prójimo como a ti mismo´.
´. El joven le dijo: `Todo eso lo he cumplido. ¿Qué me falta?´
Jesús le contestó: `Si quieres ser perfecto. Anda, vende tus
bienes, da el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en
el cielo- y luego ven y sígueme. Al oír esto, el joven se fue
triste, porque era muy rico. Entonces Jesús dijo a sus
discípulos: `En verdad os digo que difícilmente entrará un rico
en el reino de los cielos
´Al oírlo, los discípulos dijeron espantados: `Entonces, ¿quién
puede salvarse?´. Jesús se les quedó mirando y les dijo: Es
imposible para los hombres, pero Dios lo puede todo” (Mt 19,
16-26).
Podemos descubrir varios de los conceptos claves para la reflexión
ética de los cristianos:

• El joven rico pregunta por el bien que tiene que hacer y por la
vida eterna. Es decir, por una parte está mostrando la intención
de realizarse como ser humano, haciéndose el mismo “bueno” en
la realización de “lo bueno”; y por otra parte, su deseo de la vida
eterna nos remite a otra categoría fundamental en el estudio del
actuar humano, que no es otra cosa que la búsqueda de la
felicidad.
• Jesús responde afirmando que el máximo Bien es Dios, le
recuerda los mandamientos y finalmente le indica la meta
de la perfección. Ciertamente, el hombre cuando se pregunta
por su actuar descubre su libertad, reconoce el bien y el mal y
debe elegir entre ellos, muchas veces deberá cuestionarse por
cuál es lo que debe elegir entre opciones más o menos buenas,
incluso se deberá preguntar qué debe hacer si una acción buena
puede producir consecuencias malas no queridas.
Además recordará, y tendrá en cuenta, las normas que ha ido
asimilando desde pequeño en el ambiente familiar, religioso y social.
Entonces, descubrirá su conciencia y se preguntará si verdaderamente
es libre. Ante estas cuestiones la respuesta de Jesús es clara:
el hombre es libre y debe alcanzar una “autonomía moral”, pero
sin olvidar a su Creador.
Por tanto, es Dios quien nos marca el “exceso” y la “excelencia” a la
que está llamado todo ser humano.
Este exceso es lo que la ética ha llamado “virtudes” que son las
“excelencias” del desarrollo humano.

Los mandamientos son expresión de la estructura significativa que el


Creador ha puesto en su creación y especialmente en el ser humano
creado a su “imagen y semejanza”.
Y este ser humano es capaz -con su inteligencia y razón- de descubrir
la verdad de lo que es acorde con la naturaleza que le rodea y
descubrir así el sentido de esos mandatos que son denominados como
la “ley natural”.
En una terminología más moderna, podemos decir que los
mandamientos como expresión de la “ley natural” están cerca de los
actualmente llamados “Derechos Humanos”, los cuales implican una
serie de deberes correlativos.
Por tanto, esa autonomía en el comportamiento del ser humano
es más bien una “teonomía participada” que se traduce en una
“autonomía teónoma”, es decir, en la fuente y en el horizonte del
actuar ético del hombre se encuentra Dios, de tal modo que cada uno
de nosotros somos, en primera persona y junto con Dios, los que
tenemos en nuestras manos la posibilidad de hacer una verdadera
“obra de arte” con nuestras vidas.

El texto del joven rico nos ha presentado la problemática del actuar


moral. Jesús llevará a su plenitud la revelación de la intimidad de
Dios y también la del hombre en plenitud. Y también llevará los
mandamientos a su plenitud con la proclamación de las
bienaventuranzas y el mandamiento nuevo del amor. Pero
fundamentalmente la plenitud es Él mismo en su persona, ya que
para el cristiano la norma definitiva es el mismo Cristo.
Apreciaciones terminológicas:ética, moralidad, “lo moral”, “la moral”

La palabra “ética” procede del término griego “êthos” que significa


carácter, modo de ser. Êthosprocede a su vez de “édos”, que se
traduce por hábito o costumbre, es decir que no estamos hablando del
temperamento natural de una persona, sino del carácter que alguien
adquiere para sí misma a través de hábitos buenos (virtudes) o
malos (vicios).
Podemos ir a tiempos más antiguos y encontrar un significado más
arcano del griego “êthos” que sería “morada”, “lugar que se habita”).
La ética estudia los actos humanos -es decir libres y
conscientes, distintos a los meros actos del hombre- en
cuanto que pueden ser considerados buenos o malos. Esta
bondad o maldad de los actos humanos es lo que se llama
“moralidad” de los actos humanos.
El término “moral” viene a significar prácticamente lo mismo.
Procede de la palabra latina “mos, moris” que significa costumbre.
Y frente a distinciones académicas entre la ética y la moral nosotros
las utilizaremos indistintamente y con el mismo significado.
Lo que sí nos interesa describir es la tensión existente entre lo que
llamamos “lo moral” y “la moral”.
En nuestros oídos tienen estas categorías unas suspicacias y
repercusiones interesantes. “Lo moral” hace referencia al
comportamiento responsable y “la moral” a la disciplina
académica que estudia nuestra vida ética.
En este intento de clarificación por lo que se entiende por
“lo moral” es bueno recordar que una serie de precisiones.

• En primer lugar, se debe distinguir entre lo moral y lo legal.


Algo no es inmoral por el hecho de ser ilegal en un
determinado momento y lugar histórico. Además, puede ocurrir
que se promulguen leyes claramente inmorales o, incluso, que
haya acciones morales heroicas que sean consideradas ilegales.
• Lo moral tampoco coincide con una decisión de la mayoría. La
mayoría social no determina la verdad moral. Es más, la historia
nos da numerosos casos en que una mayoría social ha podido
unirse en torno a valores poco éticos o execrables.

• Para finalizar, decir que lo moral tampoco se identifica con un


sentimiento. Es verdad que en el juicio moral se debe atender a la
subjetividad en vistas a calibrar la responsabilidad de una
persona con respecto a sus acciones. Pero esta misma subjetividad
puede llevarnos a cierto relativismo moral, o a algo tan sencillo
como a la disculpa ética. El comportamiento objetivo implica
que una acción es mala por mucho que la intención subjetiva
haya querido ser buena.
La moral cristiana: la especificidad de la ética cristiana

La moral de Jesús es una ética para la libertad, en la que el


hombre está en sus manos y esto en el contexto escatológico
que también está presente en la moral cristiana implica la
posibilidad de la salvación o de la condenación. Pero sobre
todo la vida cristiana es vida en gracia y amor

En pocas palabras, la moral cristiana se encuentra en la


tensión de ser “signo de credibilidad”, “signo de
credendidad” y “signo de contradicción”.
El “ser humano” situado ante la realidad e interrogado por su
modo de actuar, personal y comunitariamente

Buscando un fundamento teológico

El Catecismo de la Iglesia Católica, al comienzo del primer


capítulo donde va a tratar la “Dignidad de la Persona
humana”, presenta el esquema de los artículos que va a
exponer acto seguido.

En dicho punto descubrimos la unión y continuidad que


existe entre la naturaleza creada del ser humano y la
vocación trascendente a la que está llamado:
“La dignidad de la persona humana está enraizada en su
creación a imagen y semejanza de Dios; se realiza en su
vocación a la bienaventuranza divina. Corresponde al ser humano
llegar libremente a esta realización. Por sus actos deliberados, la
persona humana se conforma, o no se conforma, al bien
prometido por Dios y atestiguado por la conciencia moral. Los
seres humanos se edifican a sí mismos y crecen desde el
interior: hacen de toda su vida sensible y espiritual un material
de su crecimiento. Con la ayuda de la gracia crecen en la
virtud, evitan el pecado y, si lo han cometido recurren como el
hijo pródigo (Cf. Lc 15, 11-31) a la misericordia de nuestro Padre
del cielo. Así acceden a la perfección de la caridad”

Ya vimos en el apartado anterior el interés de los teólogos


por ofrecer un fundamento teológico a la ética cristiana. El
teólogo Romano Guardini en su famoso libro “La esencia del
cristianismo” destacó que dicha esencia era la persona de
Cristo. Desde esta perspectiva Cristo es la Norma del
actuar cristiano:
“No hay ninguna doctrina, ninguna estructura fundamental de
valores éticos, ninguna actitud religiosa, ni ningún orden vital
que pueda separarse de la persona de Cristo y del que, después,
pueda decirse que es cristiano.
Lo cristiano es Él mismo, lo que a través de Él llega al hombre
y la relación que a través de Él puede mantener el hombre con
Dios”
La integración de la ley natural y la virtud

Es típico comenzar la exposición de lo que significa el concepto de


“ley natural” con los hechos que Sófocles nos narra en “Antígona”;
en este mito se recoge el conflicto secular que se produce entre la
obediencia a la fría norma y la existencia de algunas “normas no
escritas” al alcance de las conciencias que manifiestan y
promueven la dignidad de todo ser humano. Por encima de las
normas humanas, tantas veces injustas, hay una ley inmutable y
universal al alcance de las conciencias y de la recta razón que
salvaguarda el bien del ser humano. Así lo expresaba el libro del
Deuteronomio poniendo en boca de Moisés una seria advertencia a
su pueblo:

“Escucha la voz del Señor tu Dios, guardando sus preceptos


y mandatos…El precepto que yo te mando hoy no es cosa
que te exceda ni inalcanzable…El mandamiento está muy
cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo” (Deut
30,10-14).
La articulación entre la “ley natural”, con sus correspondientes
normas positivas, y la “virtud”, dentro de la comprensión
tomasiana de la vida moral, tiene un claro cariz antropológico. La
definición que realiza Santo Tomás de la “ley natural” la relaciona
intrínsecamente con la razón humana. Para el sabio dominico la
“ley natural” no es otra cosa que la “ley eterna” ínsita en
el hombre, es “la participación de la ley eterna en la
criatura racional” (S. Th. I-II. q. 94, a. 2). Aquí descubrimos
que el eje de coordenadas desde el que trabaja el Aquinate se
define por ser teológico y antropológico.

Benedicto XVI lo expresaba del siguiente modo:

“En todas las culturas se dan singulares y múltiples


convergencias éticas, expresiones de una misma
naturaleza humana, querida por el Creador, y que la
sabiduría ética de la humanidad llama ley natural.
Dicha ley moral universal es fundamento sólido de
todo diálogo cultural, religioso y político” (CV 59).
• Las tres virtudes teologales y las cuatro cardinales

La definición típica y más sencilla de virtud es ser un hábito


operativo bueno. Ahora bien, siguiendo a Tomás de Aquino, y después
de lo dicho hasta el momento, se comprende mucho mejor que para
este pensador la virtud sea lo máximo a lo que puede aspirar el
hombre, “o sea, la realización de las posibilidades humanas en el
aspecto natural y sobrenatural. El hombre virtuoso es tal que realiza el
bien obedeciendo a sus inclinaciones más íntimas”.

En el cristianismo se habla de tres virtudes teologales, que tienen


su origen en Dios, así como su objeto. El profesor Pieper las
enumera y define del siguiente modo:

• La fe lleva al conocimiento de la realidad del Dios uno y trino.

• La esperanza hace que el cristiano anhele la plenitud


definitiva de su ser en la vida eterna.
• La caridad hace que el cristiano oriente su existencia hacia
Dios y su prójimo con una fuerza mayor que la del amor natural.
Además de estas tres virtudes teológicas, la ética siempre ha
nombrado las cuatro virtudes cardinales, llamadas así
porque cardinal procede del término latino cardo que significa
gozne, es decir, estas cuatro virtudes son los goznes en torno a
los cuales giran las demás virtudes. Pieper las enumera y
define en relación a la vida cristiana del siguiente modo:

• La prudencia permite que el sujeto moral cristiano reconozca la


verdad de la realidad y no se deje enturbiar por el sí o no de la
voluntad. Hace que el sí, o el no, dependa de la verdad de las
cosas.
• La justicia nos permite vivir la verdad con el prójimo,
sabiéndose miembro entre otros miembros de la Iglesia, pueblo,
o comunidad.
• La fortaleza hace que uno esté dispuesto a sacrificarse, y si es
necesario a aceptar la muerte en defensa de la justicia.
• La templanza es la virtud por la que uno es comedido en su
ambición de placer, de tal manera que este afán no le lleve a
comportamientos desordenados y antinaturales.
La conciencia y su formación

La vida cristiana se puede contemplar como una respuesta del hombre


a la llamada que recibe de parte de Dios para entrar en su intimidad; una
vocación que en Cristo se convierte en un seguimiento a planificarse
como “hijos de Dios” bajo la acción del Espíritu Santo, la cual va
haciendo posible que el creyente vaya descubriendo la voluntad de Dios
para cada uno.
Esta relación que se establece entre el Dios trino y el cristiano tiene un
centro neurálgico, el santuario de la conciencia de cada uno.

. Como nos decía Juan Pablo II, la


conciencia es el “testimonio de Dios mismo,
cuya voz y cuyo juicio penetran en la
intimidad del hombre hasta las raíces de su
alma” (VS 58).
El Catecismo de la Iglesia Católica define del siguiente modo la
conciencia:

“La conciencia moral es un juicio de la razón por el


que la persona humana reconoce la cualidad moral de
un acto concreto que piensa hacer, está haciendo o ha
hecho” (CEC 1778).

De las definiciones anteriores se sigue que la conciencia


es una expresión de la persona desde lo más íntimo
de su ser, un juicio práctico sobre la moralidad de
los actos humanos y al ser santuario de cada uno
es “norma interiorizada de moralidad”
Esta última característica de ser norma de conducta moral
implica una responsabilidad. La conciencia es regla moral en
cuanto que es expresión de la recta razón. Es decir, la
conciencia no es la fuente exclusiva de moralidad, puede existir
una conciencia errónea, y aquí es donde entra la necesidad de
formar la conciencia:

“La conciencia no es una fuente autónoma y exclusiva


para decidir lo que es bueno o malo; al contrario, en ella
está grabado profundamente un principio de obediencia
a la norma objetiva, que fundamenta y condiciona la
congruencia de sus decisiones con los preceptos y
prohibiciones en los que se basa el comportamiento
humano”
En el Catecismo de la Iglesia Católica encontramos las siguientes
características de la conciencia

• La conciencia exige interioridad, aprender a escuchar, a


reflexionar y a realizar examen de la propia vida (CEC 1779).
• “La dignidad de la persona humana implica y exige la rectitud de
la conciencia moral” (CEC 1780).
• Gracias a la conciencia es posible que llamemos a una persona
responsable de sus actos.
• La conciencia personal es un santuario de manera que el
hombre tiene derecho de actuar en conciencia y en libertad: “No
debe ser obligado a actuar contra su conciencia. Ni se le debe
impedir que actúe según su conciencia, sobre todo en materia
religiosa (DH 3)” (DEC 1782).
• Pero del punto anterior se deduce que la conciencia debe ser
formada y educada, así como del derecho de toda persona a su
“libertad religiosa”.
Como conclusión de este apartado queremos citar el punto
que el Vaticano II dedica a la conciencia humana, sus palabras
nos sirven a modo de resumen:

“En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia


de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y
cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón,
advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el
mal: haz esto, evita aquello.
Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya
obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado
personalmente.
La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el
que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más
íntimo de aquélla. Es la conciencia la que de modo admirable da a
conocer esa ley cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y
del prójimo.
La fidelidad a esta conciencia une a los cristianos con los demás
hombres para buscar la verdad y resolver con acierto los numerosos
problemas morales que se presentan al individuo y a la sociedad.
Cuanto mayor es el predominio de la recta conciencia, tanto mayor
seguridad tienen las personas y las sociedades para apartarse del
ciego capricho y para someterse a las normas objetivas de la
moralidad. No rara vez, sin embargo, ocurre que yerra la conciencia
por ignorancia invencible, sin que ello suponga la pérdida de su
dignidad. Cosa que no puede afirmarse cuando el hombre se
despreocupa de buscar la verdad y el bien y la conciencia se va
progresivamente entenebreciendo por el hábito del pecado” (GS 16).
La libertad humana
Ciertamente, la noción de libertad ha sido y sigue siendo
utilizada y comprendida de muchas formas. Ha sido usada
de muchos modos pero la mejor forma de superar esta dificultad
consiste en comenzar por reconocer esta diversidad. La libertad
es un concepto complejo que muchas veces pertenece más al
mundo de la conquista que de lo dado: así entendida, la libertad
es un valor que hay que conseguir y, en este sentido, la libertad
se presenta como liberación socio-histórica o como liberación
personal; pero también la libertad se comprende como propiedad
que se posee y entonces es una característica de la voluntad
humana o como algo de lo más constitutivo del ser humano,
entonces la libertad ya no sólo es algo que se tiene sino que se es.
También es conocida la clasificación de las cuatro libertades que
proclamó en su conocido discurso del 6 de enero de 1941 el
presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt, para él: el
mundo debía proteger y fundarse en la libertad de palabra o
expresión de ideas, en la de culto religioso, en la de poder trabajar
para no tener penuria y en la libertad que da la paz, contra el
miedo que produce la amenaza de la guerra.
Se suele dividir la libertad en “libertad de”,“libertad para”
y “libre arbitrio”.“Libertad de” cualquier realidad que me
determine o que me produzca dependencia (denominación
negativa de la libertad como la describió Isaiah Berlin).

“Libertad para” realizar algo por sí mismo, de crear, de


actuar… (denominación positiva de la libertad).

“Libre arbitrio” o libertad de elección, que se distingue de la


capacidad de hacer algo por sí mismo –libertad para- ya que
hay situaciones en las que aunque parece que hacemos algo
por nuestra libertad de elección, no tenemos capacidad de no
hacerlo, puede haber acciones voluntarias pero no libres.
El teólogo Adolphe Gesché señala tres sentidos no cristianos de
la libertad:
la libertad como conquista que a lo largo de la historia tiene
diversas variantes como lalibertad moral, política, de conciencia,
económica, individual, social e interior;
La libertad como esencia entendida como algo ontológico del
hombre, pertenece a su definición, el hombre es un ser libre y esto
le distingue de otras instancias del cosmos;
la libertad de existencia, en este sentido, el hombre es “un
ser para la libertad”, el hombre debe hacer que la libertad exista,
debe realizarse, en este sentido se recuerda que el hombre se hace
a sí mismo.
Los autores norteamericanos Germain Grisez y Russell Shaw
señalan seis modos distintos de predicar la libertad:
la libertad física que es la ausencia de coerción física;
la libertad de hacer lo que nos da la ganaque significa hacer
lo que se desea sin limitaciones sociales;
la libertad idealque es la libertad de actuar según un ideal
determinado, lógicamente no todos los ideales son igualmente
lícitos;
la libertad creative es la que se produce cuando salimos de la
rutina y nos encaminamos a la acción de algo nuevo;
la libertad políticaque se puede entender como la libertad de
las comunidades, incluso para la revolución y la lucha por la
independencia y, por supuesto, la libertad de participar los
ciudadanos en el gobierno de la comunidad;
la libertad como autodeterminaciónes la que hace referencia
a tenerse uno en sus propias manos, es la autodeterminación del
“yo” mediante las propias elecciones.
Nosotros seguiremos la clasificación que de la libertad acoge
Jorge Vicente Arregui -procedente de la clasificación clásica
realizada por el filósofo español Millán Puelles- según la cual se
distinguen cuatro clases de libertades:
la libertad fundamental, entendida como apertura del
hombre a la realidad;
el libre albedrío como capacidad de autoderterminación y
elección;
la libertad moral que es la libertad que el hombre consigue
con el ejercicio de la anterior, autodominándose y
autoposeyéndose en vistas a su crecimiento personal;
y la libertad políticaque es la libertad que se da a sí misma
la comunidad política. Detengámonos un poco en cada una de
ellas, añadiendo al final una reflexión sobre el modo en que se
toma conciencia de la libertad cristiana, las relaciones entre la
libertad divina y la del ser humano.
• La libertad fundamental

Es la libertad del ser humano en cuanto que éste está abierto


a la realidad. El hombre en su conciencia no sólo se siente
rodeado por un mero perimundo, sino por un mundo que va
más allá de lo meramente experimentado, ya que su intelecto
y voluntad no se quedan anclados en lo real, su ámbito es
mayor, el hombre es un ser creativo porque incluso lo que no
existe puede ser pensado y querido.

Dicho con palabras de Aristóteles, “se dice de un ser que es


libre cuando es causa de sí mismo” y “es libre el hombre que
se tiene a sí mismo por último fin de su obrar y no depende de
otro”
• La libertad cristiana

El teólogo A. Gesché describió la libertad cristiana como


creación(Cf. A. Gesché, “El sentido”, 29-58). En este sentido, la
libertad es algo propio del hombre, creado a imagen y
semejanza de Dios (Gn 1, 26), el hombre no ha tenido que
arrebatar la libertad como en los antiguos mitos, sino que le
pertenece por ser creado libre. Además, la libertad es una
vocación, porque “vosotros habéis sido llamados a la libertad”
(Gál 5, 13).
Por tanto, la libertad es un don, el hombre no sólo ha sido
creado sino que ha sido creado como creador, el hombre no tiene
un destino trazado por Dios, su vida no es un dictado de Dios
que él va copiando. De aquí que la libertad del hombre sea
una dinámica, no algo estático, el hombre se encuentra
invitado a participar en el designio creador y redentor de Dios.
Pero esa libertad sufrió el accidente del pecado; hemos dicho
un accidente, ya que podía haber sido de otro modo, y a partir
de ese momento la libertad se descubre también como
reconquista.
En este cuadro que hemos descrito, Dios es el garante de esa
libertad que debe ser liberada sin cesar. Por eso, la libertad es
una libertad agrandada en Dios, recordando al poeta alemán
Hölderling: “Dios crea el mundo como el mar crea la playa:
retirándose”, dejando sitio para el hombre.
Pero también es una libertad ética ya que el hombre
descubre en el rostro del otro ser humano la misma imagen
de Dios que les hermana.
Y es, por último, una libertad que nos capacita, porque
Dios “encuentra su placer en ti” (Is 62, 4).
• El pecado. Un accidente a superar

En el apartado anterior hemos dicho que el pecado es un accidente


en los planes de Dios. Ciertamente, el concepto de pecado es un
concepto teológico, pero lógicamente encuentra sus raíces en la
posibilidad de que el hombre cometa un error en su crecimiento en
cuanto persona. Es típico recordar que el pecado, y el error
moral, implica una ruptura con Dios, con los demás
hermanos, con la naturaleza y con uno mismo. Como podemos
darnos cuenta, estamos evocando las cuatro relaciones de las que
hablábamos al principio de este tema y que constituían el
crecimiento del sujeto moral como persona. De tal modo que en la
relación con “lo otro” (naturaleza, cosas…) el pecado significa caer
en la esclavitud, en vez de mantener el señorío que le corresponde
al ser humano. En relación con “los otros” (los demás seres
humanos”, el pecado implica dejar los lazos de fraternidad por el
paradigma de la competencia y rivalidad. En cuanto a su referencia a
“lo absolutamente Otro” (Dios), se deja la referencia filial por la
búsqueda egoísta de la propia salvación, lo que implica la
búsqueda e implantación de nuevos ídolos. En resumen, el pecado
lleva como consecuencia la esclavitud, la insolidaridad y la impiedad.
Las “estructuras de pecado” son generadas por los pecados
personales y a su vez estas “estructuras de pecado” mantienen
el contexto social que promueve y facilita el pecado personal.

Pero si hemos dicho que el pecado es un accidente es claro que


entonces no tiene la última palabra. Con las siguientes palabras
de salvación comienza el Catecismo de la Iglesia Católica el
estudio de la categoría de pecado:

“El Evangelio es la revelación, en Jesucristo, de la


misericordia de Dios con los pecadores (Cf. Lc 15). El ángel
anuncia a José: `Tú le pondrás por nombre Jesús, porque
el salvará a su pueblo de sus pecados´(Mt 1, 21). Y en la
institución de la Eucaristía, sacramento de la redención,
Jesús dice: `Esta es mi sangre de la alianza, que va a ser
derramada por muchos par remisión de los pecados´(Mt 26,
28)” (CEC 1846).
El mal del pecado tiene en Cristo Jesús una solución, si abundante
fue el pecado más grande fue la gracia, y los seguidores de
Jesús -que nos reconocemos pecadores- también sabemos de la
necesidad y de la posibilidad de la conversión. Por eso, la
Iglesia entera está comprometida en su misión en
anunciar la conversión y la reconciliación.

Del mismo modo que el encuentro con Cristo de Zaqueo o de la


samaritana les cambia y les compromete a una nueva vida los
seguidores de Jesús nos encontramos con él en el sacramento de
la Penitencia para descubrir el amor y el perdón de Dios, así como
la gracia y la reconciliación, y comprometernos a una renovación
en nuestra vida dirigida hacia el Bien.
La moral de Jesús: El mandamiento del amor,
las bienaventuranzas y la misericordia de
Dios, la llamada a la santidad

Jesús nos dijo que no había venido a abolir la Ley y los profetas
sino a conducirlos a su cumplimiento: “No creáis que he venido a
abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar
plenitud” (Jn 5, 17).

En los apartados siguientes queremos adentrarnos en la


características de esta consumación que Jesús trajo a la Antigua
Ley, legándonos una Nueva Alianza.
• El mandamiento del amor. La regla de oro
del cristiano

De todos es conocida la llamada “regla de oro” de


todas las éticas. Puede expresarse de forma negativa:
“No hagas a los demás lo que no quieras que ellos
hagan contigo”. Y podemos también formularla de modo
positivo: “Haz a los demás lo que quieres que ellos hagan
contigo”.

En el Antiguo Testamento también encontramos está


norma universal: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”
(Lev 19,18).
Jesucristo también asumirá este primer principio ético (Mc 12, 28-
34). Pero, en el contexto de la última cena, introducirá un cambio
significativo (Jn 15, 9-17). Ahora la referencia ya no es el amor a
uno mismo sino al Padre y a la misma persona de Cristo.

a) La primera referencia nos habla de la filiación del Hijo: "Si guardáis


mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los
mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor" (Jn 15,10).

b) La segunda referencia nos lleva a Él mismo: "Este es el


mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he
amado" (Jn 15, 12; Jn 13,34-35). El verdadero modelo del amor a los
demás ya no lo encontramos en nosotros mismos, sino en el Señor y
Maestro que ha dado la vida por nosotros y que nos invita a amar
incluso a nuestros enemigos: “Nadie tiene amor más grande que el que
da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13); “Pero yo os digo: amad a
vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen” (Mt 5, 44).
Es importante el “como” en los textos de Jn 15.
Como hemos visto, por dos veces se repite esa
partícula de comparación. Somos invitados a amar al
Padre y a los demás como Jesús ama al Padre y como
nos ama a nosotros.

Con el “mandamiento nuevo” no es que la ética cristiana pase a ser una mera
ética superior, sino que nos relaciona con la novedad de Jesucristo, “la Nueva ley es
la misma gracia del Espíritu Santo (S. Th., I-II, q. 106ª, a. 1)”(Cf. Benedicto XVI,
“Jesús de Nazaret. Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección”, 78-83).
• Las bienaventuranzas. Las felicitaciones de Jesús

Además del mandamiento del amor, la novedad ética de Cristo está


expresada en el conocido “Sermón de la Montaña” y, dentro de
él, en las conocidas bienaventuranzas que proclama Jesús (Mt 5, 3-
10; Lc 6, 20). Como ha señalado la Pontificia Comisión Bíblica, las
bienaventuranzas nos trasmiten “una serie de virtudes o actitudes
fundamentales”(Pontificia Comisión Bíblica, “Biblia y moral. Raíces
bíblicas del comportamiento cristiano” (11-V-2008), 47).

Las bienaventuranzas no se pueden separar para su interpretación


de todo el discurso de la montaña, en el trasfondo de las solemnes
palabras de Jesús se encuentra el Decálogo y se presenta todo un
proyecto de vida moral. Junto a la sencillez de forma del “Sermón
de la montaña”, éste fue pronunciado por Jesucristo con una
gran solemnidad y manifiesta la radicalidad a la que están
llamados sus discípulos:
“En él se nos recuerdan los valores perennes de la
antigua ley y de los profetas y se nos invita a llevarlos a
su cumplimiento, es decir a una perfección que resulta
impensable para los seguidores de la antigua ley. Los
seguidores de Jesús han de aceptar como válidos los
ideales éticos y ascéticos de la antigua Ley, pero han de
vivirlos con radicalidad”(J. R. Flecha, “Bienaventuranzas,
camino de felicidad”, 35s).
Las bienaventuranzas son el pórtico de tan solemne discurso, y
algunos las han llamado la “Carta Magna” del cristiano. Si ya San
Agustín se había dado cuenta que “si alguno con fe y seriedad
examinara el discurso que Nuestro Señor Jesucristo pronunció en
la montaña, como lo leemos en el evangelio de San Mateo,
considero que encontraría la forma definitiva de vida cristiana, en
lo que se refiere a una recta moralidad”(San Agustín, “De sermone
Domini in monte”, I, 1: PL 34, 1229), no menos cierto es las
bienaventuranzas concentran el mensaje evangélico de tal modo
que en palabras de San Pedro Poveda, “las bienaventuranzas
son el mejor resumen del Evangelio, el más firme sostén de
nuestra fortaleza en la lucha por el cielo y la más perfecta regla de
vida. Son el alma de la fe, de la esperanza y de la caridad”.

Las bienaventuranzas son las felicitaciones de Jesús, y antes que


un planteamiento ético son la revelación de ¿quién es Dios?, ¿cómo
piensa?, ¿qué es lo que verdaderamente es importante para Dios?
Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica:

“Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y


describen su caridad; expresan la vocación de los fieles
asociados a la gloria de su Pasión y de su Resurrección;
iluminan las acciones y las actitudes características de la
vida cristiana; son promesas paradójicas que sostienen la
esperanza en las tribulaciones; anuncian a los discípulos las
bendiciones y la recompensas ya incoadas; quedan
inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los
santos” (CEC 1717).
Las bienaventuranzas son “consuelo” ya que todos hemos
sufrido, llorado, necesitado paz, etc., y con ellas nos sabemos
mirados y amados por Dios. Pero también son “responsabilidad”,
yaque, en reciprocidad, nosotrosestamos llamados a enjugar las
lágrimas de los que lloran, a ser pacificadores, a luchar por la
justicia, a ser testigos de Jesús…
• La misericordia

Partiendo de una mirada secular la misericordia puede ser


traducida por términos como solidaridad, voluntariado, compasión.
Pero además, la misericordia tiene mucho que ver con la justicia.
La atención a los Derechos Humanos nos recuerda que no basta
con cubrir con obras de misericordia las necesidades de los más
desfavorecidos, sino que hace falta cubrir los derechos que tienen
por justicia. Pero actualmente también se ha descubierto la
necesidad de que la justicia que se realice se haga con
misericordia, es decir, con cariño y afecto.

Ahora bien, la misericordia cristiana en primer lugar es una


cualidad de Dios que de un modo eminente es mostrada en Jesús
de Nazaret. Especialmente en el evangelio de San Lucas
descubrimos -en las palabras y obras de Cristo- la misericordia
divina. Jesús revela la misericordia propia de Dios con los pobres,
los enfermos, los pecadores, las viudas, los afligidos…
Resulta interesante evocar como Lucas nos trasmite el “sed
perfectos” de Mateo (5, 48) como “sed misericordiosos” (Lc 6,
36). En el evangelio de Lucas Jesús proclama la bienaventuranza
para los misericordiosos y nos narra las entrañables parábolas
de la misericordia (la oveja perdida, la moneda perdida, el hijo
pródigo, Lc 15). En definitiva:

“En el contexto cristiano, la misericordia tiene una


connotación más profunda, que la identifica primer lugar con
el perdón ofrecido por Dios y, en consecuencia, con el perdón
ofrecido por unas personas a otras”
• La llamada universal a la santidad de todos los
miembros de la Iglesia

En este camino de santidad, las virtudes se presentan como


medios para alcanzar dicha santidad. Un aspecto del peregrinar
cristiano es la lucha contra el mal, en este combate debemos
destacar el papel de las virtudes cardinales, no por sí mismas,
sino por el bien mismo. Lo que nos vuelve a recordar, frente al
nominalismo reinante en la ética deontológica actual, que las
normas morales no son buenas porque estén mandadas,
sino que están mandadas porque son buenas. De tal
modo, que el sujeto moral se hace bueno haciendo el
bien. Lo que nos posibilita tender puentes entre las demás
propuestas éticas. Sin olvidar que, a veces, a la conciencia
del cristiano se le puede presentar como exigencia ética
el máximo sacrificio del martirio.

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