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Reflexiones de un músico sobre la vida

Mark Oliver Everett narra su vida marcada por la tragedia familiar, la soledad y la búsqueda de sentido a través de la música. A lo largo de su relato, reflexiona sobre la muerte de su padre, los problemas de salud mental en su familia y su propia lucha con la identidad y la autoestima. A pesar de las dificultades, encuentra consuelo y propósito en la creación musical, mientras explora la complejidad de la vida y la naturaleza humana.

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Reflexiones de un músico sobre la vida

Mark Oliver Everett narra su vida marcada por la tragedia familiar, la soledad y la búsqueda de sentido a través de la música. A lo largo de su relato, reflexiona sobre la muerte de su padre, los problemas de salud mental en su familia y su propia lucha con la identidad y la autoestima. A pesar de las dificultades, encuentra consuelo y propósito en la creación musical, mientras explora la complejidad de la vida y la naturaleza humana.

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Mark Oliver Everett

En COSAS QUE LOS NIETOS DEBIERAN SABER

1
El verano del amor

Conducía por la negrísima noche de Virginia sobre la cinta de asfalto perfectamente plana
que en otra época había ocupado la vía del tren. Cuando llegué al puente elevado que cruza
la cañada, me puse a pensar en los detalles de la noche en la que acabaría despeñándome por
él. Estaba convencido de que no viviría hasta cumplir los dieciocho, y por eso no me había
molestado nunca en hacer planes de futuro. Los dieciocho habían llegado y pasado hacía un
año, y yo seguía respirando. Y las cosas iban a peor.

Verano de 1982. Ese calor repugnante, húmedo, pegajoso con el que la espalda de la camisa
se empapa con solo salir a dar una vuelta con el coche. Al novio de mi hermana Liz se le
cruzaron los cables una noche en la cocina de casa y me atacó con un cuchillo de carnicero.
Poco después, Liz intentó suicidarse, la primera de una larga lista de tentativas. Se tragó un
puñado de pastillas. El corazón se le paró justo cuando llegábamos al hospital, pero
consiguieron reanimarla.

Poco después de todo aquello, Liz y mi madre salieron de viaje para ir a ver a unos parientes
y yo encontré el cadáver de mi padre, tendido de lado sobre su cama, vestido como siempre
con camisa y corbata y con los pies rozando el suelo, como si simplemente se hubiese
sentado para morir, a sus cincuenta y un años. Intenté aprender cómo se practica la
reanimación cardio— respiratoria con la operadora del servicio de emergencias mientras
cargaba con el cuerpo ya rígido de mi padre por el dormitorio. Se me hacía raro tocarle. Que
yo recordase, era la primera vez que teníamos contacto físico, si exceptuamos alguna que
otra quemadura de cigarrillo que me había llevado al intentar escurrirme por su lado en el
estrecho pasillo.

Pensaba que saltar del puente con el coche sería la mejor manera de afrontar la desoladora y
agobiante sensación de ser yo. Melodramática manera de quitarse de en medio, ¿no? Es que
era un crío. Más adelante, lo habitual era que me imaginase usando una pistola, que no es
tan espectacular como tirarte en coche por un puente de tu pueblo. Se puede hacer un
seguimiento de mi desarrollo a partir de estos datos. Más recientemente he pensado a
menudo en las pastillas. El melodrama es para los chavales. Ahora soy un hombre maduro.
Hacia finales del verano (que yo había empezado a llamar ya «el verano del amor») me fui
de casa por primera vez con mi Chevy Nova dorado del 71. El coche, al que yo había
bautizado «Oro Viejo», y cuyo suelo oxidado había sido substituido por una señal de STOP,
se lo había comprado por cien pavos a la rubia buenorra de mi prima Jennifer, que años más
tarde moriría a bordo del avión que se estrelló contra el Pentágono el 11 de septiembre de
2001. Era azafata. Aquella mañana había escrito desde el aeropuerto de Dulles una postal en
la que podía leerse en grandes letras: LA VIDA ES GENIAL.
Mi padre trabajaba en el Pentágono en la época en la que yo nací. Si fuese de los que creen
en las maldiciones me preguntaría si el avión chocó contra el ala del edificio en la que
estaba la oficina de mi padre. Pero no creo en las maldiciones. La vida tiene sus altibajos. A
lo largo de mi vida ha habido situaciones extremas, pero si tenemos en cuenta que no he
tenido nunca un plan y casi nunca la autoestima necesaria para salir adelante, las cosas
podrían haber salido mucho peor. Me limito a ir por ahí y ver qué pasa en cada momento.

No sé qué sucede cuando morimos, y no cuento con descubrirlo antes de palmarla.


Seguramente no pasa nada, pero nunca se sabe. De momento sigo vivo, y he acabado por
entender que algunos de los peores momentos de mi vida han desembocado en algunos de
los mejores, así que no soy de los que devora con avidez el melodrama ajeno. Cada día es
cada día, y punto.

Se me hizo raro dejar a mamá y a Liz en casa, pero había llegado el momento de salir de
allí. Hacía tiempo que me había convertido en el hombre de la casa, visto que nadie más
dictaba las leyes, y la muerte de mi padre apuntaló definitivamente mi posición. Pero sabía
que si no salía pronto de allí quizá no llegase a escapar nunca.

Por muy raras que se pusiesen las cosas, siempre fui capaz de aislarme en mi cuarto del
sótano (paredes pintadas de negro) leyendo El hombre invisible de Ralph Ellison y
escuchando a todo trapo con los auriculares puestos Live at Leeds de The Who, Plastic Ono
Band de John Lennon, o lo que fuera que me flipase ese año. Incluso en aquella fase tan
terrible del Verano del Amor era capaz de escapar a todo al volante de Oro Viejo,
contemplando la puesta de sol mientras escuchaba a Sly Stone cantar «Hot Fun in the
Summertime» a través del radiocassette cutre que llevaba pegado con cinta adhesiva al
salpicadero.

Llegué hasta Richmond y me matriculé en la uni. No me interesaba estudiar, pero parecía


algo que todo el mundo hacía y yo no tenía otros planes. Mis notas en el instituto habían
sido pésimas como consecuencia de mi absoluta falta de interés, de modo que en la uni me
aceptaron sólo a tiempo parcial. Me sentía completamente solo y miserable.

Una noche pasaba por al lado de uno de los edificios del campus y oí unos pianos. Entré y
descubrí que se trataba del departamento de música de la universidad. A mí no me
interesaba estudiar música en aquel plan, pero me moría por tocar algo, lo que fuera, así que
empecé a colarme de día y de noche en las salas de prácticas de piano, siempre preocupado
por que me pillaran, ya que no tenía permiso para estar allí dentro. Eran los únicos ratos en
los que me sentía bien, aporreando las teclas e inventándome cancioncillas sobre la marcha.
A veces imaginaba a una pila de gente que escuchaba lo que estaba tocando y le gustaba.
Hubo otra noche en la que estuve tocando con tanto abandono que rompí una de las cuerdas
graves de un piano, que restalló como un tiro. Salí corriendo del edificio para no meterme
en un lío.

Cada vez me hundía más en la desesperación. No me interesaba ninguna de mis clases. La


única vía de escape era la música. Empecé a sentir algo que casi podría describirse como
ansia de escribir y grabar música. Caminaba atontado por las calles de Richmond mientras
soñaba con recuperar el piano de mi madre y hacerme con una grabadora y un micrófono.
Mira que han pasado años, pero hay noches todavía en las que me siento a pensar en la
época en la que era joven de verdad y lo bien que me sentía cuando todo iba bien aún y
todos estábamos en casa: mi padre leyendo el periódico, Liz dale que dale con Neil Young
en su habitación, mi madre riéndose con su risita bobona de algo que tampoco es que
tuviese tanta gracia... Cuando pienso en lo que sentía al vivir en medio de todo aquello, me
acomete un anhelo irrefrenable y estaría dispuesto a dar cualquier cosa por poder volver a
pasar una noche en esa época.

La vida está llena de hermosuras impredecibles y sorpresas extrañas. A veces, la belleza me


supera y no sé cómo afrontarla. ¿Conoces la sensación? ¿Cuándo algo es demasiado
hermoso? ¿Cuando alguien dice algo o escribe algo o toca algo que te conmueve hasta las
lágrimas, o que llega incluso a cambiarte? Está bien cuando un no creyente tiene que
cuestionar sus propias dudas. Quizá fuera eso lo que me condujo de entrada a la música.
Parecía magia. Bastaba con añadir música y ya era capaz de trascender la lamentable
situación de mi entorno, y convertirla incluso en algo positivo.

Puede que no me guste tanto la gente como al resto del mundo. Parece que la raza humana
está enamorada de sí misma. ¿Qué clase de ego hace falta para llegar a creer que has sido
creado a imagen y semejanza de Dios? A ver, sacarse de la manga eso de que Dios tiene que
ser como nosotros... por favor. Stanley Ku— brick lo expresó muy bien: el descubrimiento
de vida inteligente fuera de la Tierra sería catastrófico para el hombre por el simple motivo
de que ya no seríamos capaces de considerarnos el centro del universo. Supongo que me
estoy convirtiendo poco a poco en uno de esos viejos cascarrabias que creen que los
animales son mejores que las personas. También es verdad que de vez en cuando hay gente
que me sorprende positivamente y acabo incluso enamorándome de ella, así que... Es lo que
hay.

Ya que estamos, ¿qué clase de ego hace falta tener para escribir un libro sobre tu vida y
pensar que le puede interesar a alguien? ¡Uno enorme! Pero no tan grande como para pensar
que fui creado a imagen y semejanza de Dios. A no ser que Dios sea un ectomorfo peludo y
de hombros caídos (y no quiera Dios que me olvide de usar la omnipotente «D» mayúscula).
Sé también que no soy el tío más famoso del mundo. La gente no lanza rumores sobre
hámsteres atascados en mi recto, ni nada por el estilo. Hay quienes están convencidos de
que he saboteado voluntariamente mi carrera con algunas de mis decisiones
«profesionales», pero no es así. Nunca he querido ser famoso por el simple gusto de ser
famoso. Me propuse hacer algo bueno en este mundo, lo mejor que pudiese, y ese es el
único objetivo. Vamos, que hago sólo lo que quiero hacer y dedico una cantidad de tiempo
enorme a decir que no a las estupideces que me piden que haga y que sé que no me
convienen. No soy un tío famoso de verdad, y esos son los que suelen escribir libros sobre
sus vidas, pero aun así he pasado por unas cuantas situaciones y he decidido que ha llegado
el momento de ponerlas por escrito. Esta no es la historia de alguien famoso. Es solamente
la vida de un tío (uno que además se ve de vez en cuando metido en situaciones similares a
las de la vida de un tío famoso).
Ponerse a hacer esto tiene una carga inherente de EGO, de QUÉ IMPORTANTE SOY, que
me hace sentir incómodo. Pero no me habría puesto a ello si no creyese que la mía es una
historia bastante peculiar. No soy tan importante.
Gracias a la educación que recibí, ridicula, trágica a veces y siempre inestable, me fue
concedido un don, el de una inseguridad abrumadora. Una de las cosas que se le nota
enseguida a la gente con problemas mentales es el ensimismamiento continuo. Creo que se
debe a que tienen que esforzarse por ser quienes son y les cuesta muchísimo ir más allá. Yo
no soy la excepción. Pero afortunadamente he encontrado la manera de hacer frente a mí
mismo y a mi familia tratándolo todo y a todos como un proyecto artístico en constante
renovación para disfrute de todos vosotros. ¡Disfrutad! ¡De nada!

Por otra parte, y teniendo en cuenta la historia de mi familia, es muy posible que el ecuador
de mi vida haya quedado atrás hace ya algún tiempo. Por eso creo que quizá sea mejor
escribir todo esto ahora, por si resulta que no escapo a la norma. No quiero ir posponiéndolo
mucho más tiempo.

Por lo visto hay varias maneras de enfocar este asunto. Podría escribir en plan «poético».
Algo así:

De pie frente al porche, fui consciente del penetrante olor de la hierba recién cortada. Podía
también oír el quedo zumbido de los cortacéspedes por todo el vecindario. El aire
acondicionado descargaba sobre mí, y yo, entretanto, esperaba. Mary bajó al fin. Nunca
llegué a entrar en la casa. Rompió conmigo allí mismo. Regresé a casa acompañado por el
canto de las cigarras, ajenas a mi dolor.

O podría incluso darle otra vuelta de tuerca y hacerlo verdaderamente florido. Tal que así:

A lo lejos se entreoye el tenue zumbar de las segadoras. Mozos bronceados y de pechos


lampiños sudando al sol, entregados a una última y genuina actividad física antes de cargar
con sus petates rumbo a Yale o a Brown. Puedo oír los pasos de Mary al bajar las escaleras,
titubeante. Tengo un grillo (no, un saltamontes) junto al zapato. No sé qué es lo que Mary
siente por mí, pero este chiquitín sí ve lo que realmente soy Conectamos por un instante, y
luego se aleja de un brinco. Ahora estoy solo. Aparece Mary. Va a romper conmigo, puedo
verlo en su rostro. Está a punto de tomar el amor desatado y absolutamente incondicional
que le he ofrecido para estrellarlo contra el suelo, donde se desintegra en miles de añicos
inservibles. Me hago a la idea. Me hago a la idea. (Fin del capítulo.)

O bien podría ser sincero contigo. Algo así como:

Un día de julio fui a casa de Mary a pasar con ella un [Link] abrió la puerta, pero no llegué
a entrar nunca. Rompió conmigo en el porche de la entrada.

No quiero malgastar tu tiempo con ñoñerías ni chorradas, así que por respeto a ti, dilecto
lector, me ceñiré al estilo más directo.
Nunca me interesó llevar un diario. Bastante tenía con intentar vivir la vida, de modo que
nunca escribí uno. Tampoco me sentía con ánimos de revivir buena parte de mi vida. Pero
eso es precisamente lo que me hizo ilusión cuando mi amigo Anthony me rogó por milésima
vez que escribiese un libro sobre mi vida. Llevo dentro un mecanismo extraño que se activa
cuando creo que algo queda fuera de mi alcance: sé entonces que tengo que llegar hasta ello.
Aunque suponga volver a procesar todo lo que mi selectiva memoria es capaz de recuperar.
En primaria fui un niño esmirriado y de pelo largo al que a menudo confundían con una
chica y que siempre, siempre era el último o el penúltimo en salir escogido en los equipos
de deporte escolar. Ahora soy un hombre adulto que pasa la segunda mitad de su primera
crisis de la mediana edad oculto tras guardias de seguridad que intentan protegerle durante
sus conciertos del acosador desquiciado de turno.
¿Cómo he llegado hasta aquí?

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