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Orígenes de la Filosofía en Grecia

El documento explora el origen de la filosofía a través de la figura de Sócrates y su influencia en Platón, destacando la importancia de la forma de preguntar en la filosofía. Se analiza cómo las sociedades antiguas, antes de la escritura, utilizaban mitos y relatos orales para dar sentido a su realidad, y cómo la llegada de la escritura permitió el surgimiento del pensamiento racional. Además, se discute el papel de los héroes en la educación moral de la sociedad griega y la legitimación del orden político a través de mitos.

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Orígenes de la Filosofía en Grecia

El documento explora el origen de la filosofía a través de la figura de Sócrates y su influencia en Platón, destacando la importancia de la forma de preguntar en la filosofía. Se analiza cómo las sociedades antiguas, antes de la escritura, utilizaban mitos y relatos orales para dar sentido a su realidad, y cómo la llegada de la escritura permitió el surgimiento del pensamiento racional. Además, se discute el papel de los héroes en la educación moral de la sociedad griega y la legitimación del orden político a través de mitos.

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Historia de la Filosofía IES Miguel Delibes

Introducción

Comencemos como comienzan las buenas historias de detectives: un hombre ha muerto en extrañas
circunstancias. De este hombre sabemos, en realidad, muy pocas cosas, y casi todo lo que sabemos lo
sabemos de boca de sus antiguos amigos. Algunos de ellos le recuerdan como el hombre más justo que
han conocido. El famoso Oráculo de Delfos, incluso, ha dicho de él que era el hombre más sabio de
toda Grecia. Lo misterioso de todo este asunto es que «el hombre más sabio de toda Grecia» no ha
dejado de afirmar a lo largo de su vida que, en realidad, él no sabía nada. Y lo que es más misterioso
todavía: «el hombre más justo» de Atenas ha terminado condenado a muerte por el propio pueblo
ateniense.

Ese hombre se llamaba Sócrates. Entender las extrañas circunstancias que rodearon su muerte es
entender el origen de esa gran conversación que es la historia de la filosofía. Por el momento, vamos a
conformarnos con saber que Sócrates fue el maestro de Platón, quien pasó el resto de su vida
escribiendo y reflexionando sobre el impacto que este personaje había tenido para la sociedad de
Atenas del siglo V a.C. Por eso las obras de Platón, de las que hablaremos más adelante, presentan la
forma de diálogos en los que Sócrates es siempre el personaje principal y su papel consiste en asaltar a
sus interlocutores con preguntas que al principio parecen muy inocentes pero terminan convirtiéndose
en preguntas muy serias. Pues si algo ha hecho a este personaje merecedor de que sigamos hablando de
él 2.400 años después, es su manera de hacer preguntas. Una manera de preguntar que comienza
siendo inofensiva pero que puede terminar con tus huesos frente a un tribunal dispuesto a firmar tu
sentencia de muerte. Eso es justamente la filosofía: una extraña y, para muchos, peligrosa manera de
preguntar.

Las formas de pensamiento racional que hoy conocemos, la filosofía y la ciencia, comenzaron a nacer
en Grecia a partir del siglo VI a.C. Ahora bien, propiamente hablando, se suele considerar que son
precisamente los diálogos de Platón (siglo IV a.C.) el punto de arranque de la tradición filosófica como
tal. No obstante, es imposible comprender su significado si no comprendemos primero el proceso
histórico que creó las condiciones para que pudiera surgir un tipo tan curioso como Sócrates y una obra
tan sorprendente como la de Platón. Para ello, tendremos que retroceder unos cuantos siglos y
preguntarnos cómo era un mundo sin filosofía.

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1. Dioses, héroes y hombres: el largo sueño de la oralidad

Todas las sociedades humanas necesitan dotar de sentido al mundo que les rodea. Para ello, lo más
común a lo largo de la historia de la humanidad, especialmente en las sociedades que carecen de
escritura, ha sido recurrir a los mitos y a formas religiosas de pensamiento. Tratemos de imaginar, por
difícil que sea, cómo podría ser la experiencia común de un pueblo cuya única manera de entender la
realidad circundante se basa en las canciones y las historias que se transmiten en boca de ancianos,
poetas o rapsodas. Imaginemos que las normas y costumbres de las que depende el orden social, todo
el saber acumulado para subsistir, cómo y cuándo sembrar y recoger la cosecha, cómo navegar, qué
significa el rayo o la lluvia, etc.; dependen de la capacidad para retener esas historias en la
memoria colectiva. Desde luego, esas historias deben ser historias memorables.

Los mitos, en general, eran narraciones o historias donde se relata un un acontecimiento inaugural,
de tal forma que la existencia colectiva presente queda explicada por referencia a aquel momento
originario narrado en la historia. Todo acontecimiento que ocurre en el presente de la tribu es visto
como una repetición cíclica de la historia original. Así, toda práctica humana es un rito, una
costumbre que busca mantener ese orden instituido por los dioses, que suelen ser los protagonistas de
estas historias. Tanto el comportamiento de la naturaleza como la organización de la vida colectiva son
dos ciclos inseparables que se repiten eternamente.

Si hoy conocemos estos mitos es gracias a la invención de la escritura y, especialmente en el caso


griego, gracias a la transformación del alfabeto fenicio (que solo tenía consonantes) en un alfabeto
vocálico muy versátil y cuyo aprendizaje requería mucho menos esfuerzo que los anteriores. Esta es
una de las condiciones que llevará más tarde al surgimiento del pensamiento racional. Por el momento,
a la altura del siglo VIII a.C., contamos con las obras de Homero y un siglo más tarde Hesíodo, que
recogen por escrito ese mundo oral en el que todavía vivían los griegos.

1.1. El orden natural en el pensamiento mítico: del Caos a Zeus

«En primer lugar existió, realmente, el Caos. Luego Gea, de ancho pecho, sede
siempre firme de todos los inmortales que ocupan la cima del nevado Olimpo; […] y
Eros, el más bello entre los dioses inmortales, desatador de miembros, que en los
pechos de todos los dioses y de todos los hombres su mente y prudente decisión somete.»
(Hesíodo, Teogonía)

Al principio fue Caos, dice Hesíodo en la Teogonía. «Teogonía» es una palabra griega que significa
«el origen de los dioses». El poema de Hesíodo es una narración en la que vemos desplegarse un árbol
genealógico, una familia de individuos que actúan de forma humana incluso en los tiempos en que
todavía no hay hombres. Esa familia no puede ser entonces más que la familia del cielo y la tierra, el
mar y los montes, el sol, la luna y las estrellas. Todos esos individuos cuyo origen narra el poema
describen en realidad el despliegue de un paisaje inabarcable, terrible y maravilloso.
El mito trata de poner orden en las cosas, explicar cómo del caos surgió un mundo ordenado
y comprensible, pero para ello recurre a proyectar aquello que los seres humanos conocen mejor
(sus propias relaciones) sobre la naturaleza. Los mitos funcionan como un complicado sistema de

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clasificación de los fenómenos y los objetos que pueblan el mundo, recurriendo a la narración y a las
relaciones de parentesco, en lugar de conceptos abstractos. El mito no explica qué es el sol, sino que
narra quién es y qué cosas le han pasado. Allí donde nosotros definimos el sol apelando a alguna categoría
más general (por ejemplo, «el sol es un tipo de objeto celeste»), el mito nos cuenta que el Sol es algún
descendiente de Urano (el Cielo).

Por eso, en la infancia de la humanidad, el origen de todas las cosas no puede ser muy distinto al
origen de cada uno de nosotros: una madre. Una madre que, como en nuestra infancia, no solo nos trae
al mundo sino que, de hecho, es nuestro mundo. Gea (la Tierra) es el nombre que los griegos dan a esta
madre que ya lo contiene todo en su vientre, y que, atravesada por la fuerza de un generoso amor
(Eros), colma nuestro entorno con todo lo que sus entrañas ofrecen. En el cuerpo de Gea, el labrador
abrirá con su arado los surcos que después se siembran y que Urano (el Cielo) debe fecundar con su
lluvia. Urano, sin embargo, no se separa de Gea y por tanto no deja espacio para que de Gea broten los
frutos de su unión. Por eso Cronos se rebela contra su padre Urano y corta con una hoz sus atributos
sexuales dando lugar a que el cielo se separe de la tierra. En el reinado de Cronos, todo lo que nace de
la tierra ya puede brotar, pero inmediatamente Cronos (el Tiempo) lo devora sin posibilidad de que
nada perdure. Una nueva rebelión, la de Zeus, será la que instaure finalmente el orden en el que se hace
posible la vida humana.
En la naturaleza rige, podríamos decir, la ley de Zeus y por eso es Zeus, padre de dioses y hombres,
el dios por antonomasia para los griegos. Asimismo, los Olímpicos que luchan junto a él representan
las leyes, instituciones, costumbres y saberes que otorgan sentido al mundo de los hombres
(los ciclos regulares del día y la noche, las estaciones, la agricultura, la caza, la guerra, las artes, el
matrimonio, etc.).

1.2. El ser humano en el pensamiento mítico: el mito de Prometeo

Desde nuestro punto de vista racional, la voluntad de Zeus, que rige en el universo, es
arbitraria y caprichosa y por tanto los seres humanos están a merced de estos caprichos divinos. Por
eso es especialmente importante para los hombres el mantener buenas relaciones con sus dioses. Zeus
ha domado a la naturaleza y los ritos y costumbres humanas rememoran ese acto de doma que
mantiene las cosas en su sitio. Concretamente, los hombres deben ser conscientes del lugar que ocupan
dentro del universo y jamás tratar de rebasar sus límites mortales, pues los griegos no conocen otra
forma de ofender a los dioses más que la de creerse superiores a ellos (hybris).

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Esto es lo que narran las distintas versiones que conservamos del mito de Prometeo, que a su
vez es la explicación mítica del origen del hombre para los griegos. Abreviando mucho, un titán
llamado Prometeo roba el fuego de los dioses y se lo entrega a los humanos. El fuego, que representa la
capacidad técnica de los hombres, tiene el potencial de equipararnos a los dioses. El castigo de Zeus, sin
embargo, no se hace esperar: por mediación de Pandora, la primera mujer, Zeus hace llegar a los
hombres todos los males (la enfermedad, la muerte, la guerra, etc.). La naturaleza humana, nos viene a
decir el mito, guarda semejanzas con los dioses y se distingue por tanto de la del resto del mundo
animal. Pero al mismo tiempo el hombre debe conocer sus límites y no pretender alcanzar a los dioses.
De este mito tampoco se nos escapa ya que, para la cultura griega, como para prácticamente todas las
culturas humanas, el origen del mal es la mujer, que por tanto debe ser objeto de control y dominación.
Esta es una arbitrariedad tan arraigada en la cultura que el pensamiento racional tardará muchos siglos
en empezar a deshacerse de ella.

1.3. La moral homérica de los héroes y el orden político

Se ha dicho muchas veces que Homero fue el educador de Grecia. En un tiempo en que los
jóvenes no contaban con libros de texto, su educación moral y en cualquier otro campo dependía
estrechamente de lo que cantaban los poetas, aedos y rapsodas. Y eso que cantaban era, antes que nada,
las hazañas llevadas a cabo por los grandes hombres de antaño. Ni la Ilíada ni la Odisea, las dos grandes
obras de Homero, están protagonizadas por los dioses, aunque sin duda alguna estos controlan la
acción y son los responsables del destino de los hombres. Por el contrario, los protagonistas de la
epopeya son héroes como Aquiles, Ulises, Héctor o Áyax; todos ellos, de modo más o menos directo,
emparentados con algún dios.
Los héroes, o «la raza de los semidioses» como los llama Homero, están a medio camino entre
los hombres y los dioses. Representan el modelo moral, el virtuosismo o la excelencia que todo
hombre de la aristocracia debe imitar para cumplir con sus obligaciones sociales. Es lo que los
griegos llaman areté o virtud. El hombre noble debe aspirar a realizarse en esa areté que representan
los héroes: la valentía, el ardor guerrero y la determinación de no rehuir el propio destino. También el
rol social de las mujeres queda definido en la epopeya, como cuando Telémaco, el hijo de Ulises, manda
callar brutalmente a su madre ya que no es propio de mujeres hablar en público.

Por último, además de descender de los dioses y ser extremadamente virtuosos, los héroes se
distinguen también por fundar ciudades. De esta manera, el rey de cualquier ciudad griega siempre
buscaba la legitimación de su poder haciéndose descendiente de un gran héroe fundador y, por tanto,
indirectamente de los dioses. Aquí, el mito y la epopeya ejercen al máximo su papel de cohesión
social y legitimación del orden político vigente: la voz del rey es la ley porque el rey no es más que
un mediador de la voz de Zeus, verdadero garante del orden natural y político.

La sociedad griega fue conformando su acervo cultural en torno a estos mitos a lo largo de
muchos siglos, desde las sociedades prehelénicas de la Edad de Bronce y a lo largo de todo un periodo
conocido como Edad Oscura por lo poco que sabemos de él (s. XII - s. VIII a.C.). El pueblo griego
estaba todavía sumido en el largo sueño de la oralidad. Homero y Hesíodo anuncian la entrada en un
nuevo periodo, la Edad Arcaica (s. VII-VI a.C), en la que por primera vez veremos a un pueblo
distanciarse del pensamiento mítico y fundar instituciones basadas en la razón.

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