ANEXO VII: TRABAJOS GANADORES DEL QUINTO
CERTAMEN DE ENSAYO SOBRE DERECHOS HUMANOS:
LA SEGURIDAD PÚBLICA COMO UN DERECHO HUMANO*
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LA SEGURIDAD PÚBLICA COMO UN DERECHO HUMANO
VERÓNICA GUADALUPE VALENCIA RAMÍREZ
El concepto de seguridad
El concepto seguridad proviene del latín securitas, que a su vez se deriva
del adjetivo securus, el cual está compuesto por “se” que quiere decir sin y
“cura”, que se refiere a cuidado o procuración, lo anterior significa entonces
“sin temor”, “despreocupado” o “sin temor a preocuparse”.
Si bien la seguridad es una construcción permanente de la vida cotidiana,
su término ha generado algunas polémicas debido a los múltiples conceptos
prevalecientes e interrelacionados (seguridad nacional, pública, integral,
humana, ciudadana, jurídica). Actualmente se discuten no sólo los bienes
jurídicos que se deben proteger mediante las políticas de seguridad pública,
sino también la relación existente entre la noción de “seguridad” con las de
derechos humanos, libertad, democracia, criminalidad, orden público, etc.,
ya que aunque una de las amenazas más visibles a la seguridad pública es
la delincuencia.
El concepto de seguridad humana aparece en 1993, propuesto por el
Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y aunque no cuenta
con una definición precisa y concluyente, se plantea que es de orden
polivalente, de contenido antropocéntrico, universal, interdependiente,
preventivo, democrático, indivisible, global, local, integrativo y de
connotaciones cualitativas y cuantitativas y que responde a dos factores:
percepción de inseguridad y un estado de satisfacción de necesidades.
La seguridad humana se concibe como un concepto amplio y significa mucho
más que la ausencia de la amenaza delictiva. Incluye la seguridad en contra
* Evento convocado por la H. LIV Legislatura Local y la Comisión de Derechos Humanos
del Estado de México durante 2002.
de la privación humana, una calidad de vida aceptable, así como garantías
a todos los derechos humanos; significa seguridad para la gente de
amenazas tanto violentas como no violentas, ya que es una condición o
estado caracterizado por la libertad de amenazas a los derechos que tienen
las personas.
Previo al uso del concepto de seguridad pública, se utilizaba el de orden 93
público, cuyas técnicas de intervención en la esfera de la libertad de los
particulares se efectuaban para tutelar una seguridad concebida en un
sentido muy amplio y vinculada a la seguridad del Estado. Este concepto de
orden público se ha ido desechando por su connotación policial, debido a
que las tareas de mantenimiento del orden quedan siempre a cargo de los
cuerpos policiales, cuya actuación responde tradicionalmente a la mera
constatación de la adecuación de conductas a normas. Dicho concepto está
ya superado por el de seguridad pública.
En un Estado democrático y progresista, la seguridad es un factor
coadyuvante del bienestar social y de la calidad de vida. El desenvolvimiento
de una nueva cultura y concepción de la seguridad no debe estar circunscrita
únicamente a la prevención o persecución del delito, sino orientada a
promover la salvaguarda y garantía de todos los derechos humanos.
La seguridad actualmente experimenta un nuevo desarrollo. Es un “estado
social”, un sentimiento colectivo, frágil y difuso, pero con fuertes y profundas
raíces en el quehacer diario, en la forma en la que se desarrolla la convivencia
humana en un determinado hábitat social. Tiene todas las características
de un derecho humano: es universal, posee un contenido y es exigible frente
al Estado, responsable de las medidas de protección en este ámbito.
Para hacerlo efectivo se divide en seguridad pública, exterior, jurídica y
material. La pública engloba la defensa de las instituciones y el
mantenimiento de la tranquilidad ciudadana. El derecho a la seguridad
pública, en oposición al Estado, implica el derecho individual a la protección
de la persona y de sus bienes, el deber de perseguir y detener a los
responsables de delitos así como el derecho a no padecer trastornos que
van más allá de los inconvenientes normales de la vida en sociedad.
La seguridad pública se entiende entonces, como la garantía que debe
brindar el Estado para el libre ejercicio de los derechos de todos los
ciudadanos. Para darle su efectividad real y garantizarla, el Estado tiene el
deber de aplicar determinados instrumentos.
Así pues, con la consolidación del Estado democrático, la seguridad y el
orden públicos se complementan con la salvaguarda de los derechos
MANUAL DEL POLICÍA
humanos, como principal función y razón de ser de la actividad policial, de
tal manera que la tutela del orden público no quiebre nunca el necesario
respeto a los derechos proclamados por la Constitución. La noción de
seguridad pública juega en este aspecto un papel importante, en tanto que
los componentes de la misma brindan resguardo jurídico a la tranquilidad
ciudadana y al pacífico disfrute de los derechos. Aún más amplia es la noción
94 de seguridad pública que en un Estado social y democrático de derecho no
puede circunscribirse al solo y puro orden o tranquilidad de la calle, sino
que debe abarcar todas aquellas medidas que tienden a asegurar el normal
funcionamiento de las instituciones.
La noción de seguridad pública refleja aquella parte de la actuación
administrativa que consiste en un aseguramiento preventivo o en una
realización urgente y sin demora del ejercicio del derecho; y esta función le
corresponde al Estado de modo exclusivo e irrenunciable.
La función de la seguridad pública supone un verdadero resguardo de los
derechos como premisa indispensable de su pleno ejercicio y no se predica
como el resultado de acciones específicas, sino como componente final de
un proceso colectivo que se conforma con una multiplicidad de acciones.
Es el sentimiento de protección jurisdiccional, de garantía jurídica, de
proximidad policial, de confiabilidad en las instituciones y en sus
responsables, entre otros aspectos, lo que da lugar a la seguridad pública.
Por ello, no es posible una aproximación a una idea de seguridad pública
sin hacer referencia a la tipología de seguridad objetiva y subjetiva.
En este sentido, la seguridad subjetiva podría decirse que afecta a todos
los ciudadanos por igual, ya que la sensación que se pueda tener de la
misma es indiferente a la suposición de convertirse en víctima o no. Así, los
ciudadanos podrán ejercer sus derechos y libertades en la medida en que
se sientan seguros de su ejercicio. No cabe duda que en cuanto a la
seguridad objetiva, se trata del grado de seguridad real de una sociedad.
Es cierto que existen elementos que permiten la contabilidad del fenómeno,
como los índices y las estadísticas, pero también se deben tener en cuenta
los límites existentes al tratar de abordar el problema. Uno de ellos supone
que tales elementos sólo pueden reflejar aquello que es conocido por las
instituciones previstas para tal fin, por lo que se habla en la mayoría de los
casos de aproximación a la realidad, en lugar de expresión exacta del nivel
de seguridad objetiva.
Así pues, la búsqueda de un concepto cuyos componentes resguarden,
garanticen y promuevan los derechos y libertades supone la adopción del
término propuesto de seguridad pública, amplio en su esencia y filosófico
en su eficacia.
En un Estado democrático y social de Derecho, no basta que el ordenamiento
penal someta la prevención punitiva a los límites impuestos al ejercicio del
poder. Las exigencias derivadas de la obligación estatal de garantizar el
respeto a los derechos humanos, demandan un proceso penal que en verdad
los garantice.
El derecho a la seguridad pública es fundamental dentro de la estructura 95
de un Estado social y democrático de Derecho, como el consagrado en la
Constitución de la República, por lo que la efectiva garantía de su
cumplimiento es una responsabilidad indelegable del Estado.
Restricciones para el ejercicio del
derecho a la seguridad pública
El disfrute de los derechos humanos está indisolublemente relacionado con
la forma mediante la cual las sociedades democráticas son capaces de
enfrentar el problema de la violencia o de las violencias que puedan
manifestarse en su seno. La violencia afecta profundamente el disfrute de
los derechos humanos de varias maneras. La ejercida por particulares, bajo
formas de violencias privadas o actividades delictivas, obstaculiza también
el disfrute de los derechos humanos. Los altos niveles de criminalidad y de
violencia afectan los derechos y la dignidad de las personas, la vida en
comunidad, el desarrollo económico y las posibilidades de profundización
de la democracia. Para controlarlos y reducirlos, es necesario proyectar
estrategias que tomen en cuenta todos los factores que inciden en ellos. Es
esta una responsabilidad indelegable e intransferible del Estado. Para el
logro de mejoras en materia de seguridad pública, hay que tener en cuenta
una serie de déficits y limitaciones cuya responsabilidad compete al
Estado.
Quizá uno de los problemás más graves asociados a los altos índices de
criminalidad violenta presentes en el país, es el de la inexistencia de una
política integral de seguridad pública. La criminalidad y la violencia son
fenómenos sociales multicausales. La búsqueda de una sola causa conduce
a la formulación de soluciones simplistas y, por lo tanto, inefectivas. Por
ello, se requieren diferentes mecanismos de control y de prevención.
Se considera que en nuestro país los procesos de toma de decisiones en el
área de seguridad pública, se han caracterizado por ser improvisados,
reactivos, atomizados, restrictivos de la participación ciudadana y
escasamente evaluados.
Existen algunas limitaciones para el diseño, formulación y evaluación de
una política de seguridad pública en el país, por ejemplo:
MANUAL DEL POLICÍA
La primera limitación se relaciona al hecho de que prosperan dos visiones
sobre el tema, en el país y entre las autoridades; ya que en el análisis de la
criminalidad existen dos teorías que contrastan en la identificación de sus
causas: a) los factores de naturaleza económica, pobreza, desigualdad
social, falta de perspectiva y de inserción de los jóvenes y marginación social;
y b) las que apuntan al delincuente y a los actos delictivos como violadores
96 del consenso moral y normativo de la sociedad y muestran un bajo grado
de integración moral que torna imperioso el control y el castigo para combatir
las anomias.
Existe además la necesidad de reformas sociales que generen empleo,
combatan el hambre, y garanticen el acceso a la educación básica y media
de calidad, se exige mayor actuación policial y de las instancias de control
social, así como legislaciones y normas más duras. La teoría criminológica
moderna ha venido demostrando que la mayor efectividad en el control del
delito se alcanza cuando se guarda una relación estricta entre las acciones
destinadas a mejorar la calidad de vida de la población más vulnerable,
con aquellas de reducción de la criminalidad más grave.
La segunda limitación se relaciona también con los discursos encontrados
de las autoridades y grupos de opinión, en las que existe una gran
polarización acerca del respeto a los derechos humanos y las formas de
control de la criminalidad y la violencia. Para los activistas y defensores de
una seguridad pública democrática y basada en los principios
Constitucionales, es claro que ninguna política efectiva de control de la
criminalidad puede desarrollarse sin el total respeto a los derechos humanos.
Para otros sectores, estas políticas han propiciado el incremento de los
delitos y la protección de delincuentes.
La ruptura del consenso social acerca de cuáles deben ser las prioridades
de una política de seguridad pública, es uno de los mayores inconvenientes
para su implementación en forma exitosa. El problema de la seguridad
pública se ha abordado, principalmente, desde una perspectiva en la que
se concibe a la policía como la única protagonista de las políticas, sin mirar
el problema desde una forma preventiva.
La tercera limitación se relaciona estrechamente con la anterior, en la medida
en que no se están desarrollando ninguna de las estrategias novedosas de
control democrático de la criminalidad violenta, como lo son la
implementación combinada de políticas de prevención social con las de
prevención situacional, ni se desarrollan intervenciones contundentes para
el control y minimización de los factores criminógenos o de riesgo, como las
armas, el abuso de sustancias psicotrópicas y los problemas asociados a
la exclusión y marginación. En el caso de la prevención, la garantía de
que sea sustentable deriva de un acercamiento multisectorial al
problema.
Existen diferentes estrategias de prevención, según se conciban desde un
enfoque judicial policial o desde un enfoque social comunitario. En el caso
del primero se encuentra, entre otros, el llamado diseño ambiental, que
consiste en limitar al máximo las oportunidades y maximizar las restricciones 97
para la comisión de delitos y desarrollo de conductas violentas, unido al
incremento de facilidades de detección e identificación de los transgresores.
En el caso del segundo, se trata del desarrollo de programas de inclusión
social de los grupos sociales en mayor riesgo de violencia, mediante
intervenciones educativas, sociales, económicas y culturales en las
comunidades más vulnerables.
Ineficacia del sistema de justicia penal
Tal como fue mencionado, otro de los factores asociados con los altos índices
de criminalidad violenta en el país, se relaciona con la inoperancia del
sistema de justicia penal, conformado por los cuerpos policiales, la
Procuraduría General de la República y los Juzgados de jurisdicción penal.
Este problema tiene dos dimensiones: la primera es la información
inadecuada que manejan los organismos oficiales, debido a la falta de
registros expeditos de los hechos delictivos en general, lo que redunda en
una deficiente investigación y posterior débil instrucción de los expedientes
delictivos, dando lugar a una alta impunidad, tanto de los delitos que no
ingresan al registro oficial, como de aquéllos que sí se registran, pero que
no son adecuadamente sancionados.
Quizá, el mayor de los obstáculos para alcanzar los niveles de seguridad
pública que exige la población, se encuentra, justamente, en el
funcionamiento y actuación de sus cuerpos policiales. Atendiendo al
desarrollo de acciones de control de la criminalidad, centradas casi
exclusivamente en el incremento de la policía, lo que ha traido numerosas
consecuencias negativas en el manejo de las políticas de seguridad pública,
que se relacionan con el descontrol y descoordinación de los cuerpos
policiales en el manejo de la criminalidad. Mientras crece el clamor
ciudadano por una mayor efectividad de los cuerpos policiales, éstos acusan
una pérdida importante de legitimidad. Ello se evidencia aún con más fuerza
en el impresionante número de corporaciones de seguridad privada, con lo
que la fuerza de seguridad privada en todo el país casi triplica a la
pública.
La policía de nuestro país requiere de una profunda transformación
estructural y dejar de considerar al Estado de Derecho como un obstáculo y
MANUAL DEL POLICÍA
no como una garantía efectiva de la seguridad pública. Considero que se
debería rescatar la credibilidad de la policía con medidas de “capacitación”o
“depuración”, y con verdaderos cambios en sus estructuras, culturas y formas
de operación institucional. No hay un claro reconocimiento de la grave
situación en la que se encuentra dicha institución en el país, ni de que la
violencia y la corrupción de la policía constituyen hoy problemas centrales
98 de seguridad pública.
En ocasiones las declaraciones de funcionarios públicos que ejercen cargos
relevantes y con poder de decisión dentro de instituciones vinculadas
directamente con el área de seguridad pública, justifican la violación de
otros derechos humanos “a cambio” de mayor “seguridad en el país”,
dando lugar a la ilusión de la necesidad de violar la ley para hacer efectivo
su cumplimiento.
Es de observarse que prácticamente se pone a la ciudadanía frente al dilema
de sacrificar un bien jurídico por otro, es decir, sacrificar su derecho a la
“libertad” por el derecho a la “seguridad”. Para reducir los delitos violentos,
se emplean formas violentas de control, con desastrosos resultados. La
policía actúa bajo la presión de la “opinión pública”, suscribiendo la filosofía
de que el fin justifica los medios, por lo que reprimen el delito a cualquier
precio.
La violencia no es sinónimo de eficiencia en el combate al delito. Las
reiteradas propuestas de “guerra al hampa”, y su manejo como tal por
parte de todas las instituciones estatales responsables de la pacificación
de la sociedad, han contribuido al incremento incontrolado de la violencia
policial, sin que ello haya significado la mejoría de la situación de inseguridad
o un descenso de las cifras delictivas. Por el contrario, a mayor violencia
policial, mayor violencia por parte de los delincuentes, lo que genera una
espiral de violencia incontrolable en la que las principales víctimas somos
nosotros los ciudadanos. Una policía más violenta es también una policía
más corrupta, por lo que su deslegitimación frente a la ciudadanía crece
aún más, colapsando su función social. Al crecer el abuso policial de la
fuerza, crecen también las denuncias de su intervención en otros
delitos.
Es evidente que uno de los principales desafíos que tiene por delante la
sociedad es la construcción social de nuevas prácticas de seguridad pública,
a través de la expansión de la ciudadanía, garantizando un funcionamiento
de las agencias de control bajo criterios homogéneos y universalistas, para
así ir eliminando el patrón antidemocrático de interrelación Estado sociedad.
La mejor prevención de las violaciones a los derechos humanos en una
sociedad democrática se sustenta, entre otras, en un adecuado diseño de
una política de seguridad pública, formulada desde la perspectiva del
derecho al desarrollo.
En un Estado democrático social de derecho, las políticas de seguridad
pública deben ser un conjunto de medidas destinadas a proteger las
relaciones sociales que hacen posible el ejercicio de los derechos
fundamentales, estimulando las sensibilidades democráticas de la población 99
para que la sociedad prefiera la justicia a la ley de los exterminadores. La
construcción de consensos sobre los factores vinculados a la seguridad y el
despliegue de mecanismos democráticos de control, son puntos clave para
pasar de la razón de Estado a la razón de la persona.
El Estado debe reformular su política pública de seguridad mediante la
inclusión de la ciudadanía, no sólo por la magnitud que el fenómeno ha
alcanzado en el país, sino porque la complejidad y agudización del problema
exigen que la comunidad se involucre en su resolución. Está claro que las
respuestas represivas son sólo débiles intervenciones frente a la dimensión
del fenómeno. Es imprescindible desplegar políticas preventivas desde las
cuales se generen nuevos ámbitos de vinculación entre la sociedad civil y
el Estado. Es obligación indelegable del Estado procurar la seguridad de
todos sus habitantes y para lograrla debe estar en condición de efectuar
precisos diagnósticos, así como también planes y programas ajustados a
las nuevas realidades, factibles de ser evaluados externamente de modo
sistemático y que admitan un fuerte componente en la prevención del delito
y la violencia.
La problemática de la inseguridad y la violencia social requieren de una
fuerte participación comunitaria para un abordaje positivo. Por otro lado, la
sociedad civil debe encontrar un espacio de protagonismo que le garantice
una efectiva participación en la distribución de poder. El Estado, para
garantizar en un sistema democrático el derecho básico de la seguridad
pública, debe implementar políticas públicas que integren en la formulación,
ejecución y control de las mismas a la participación comunitaria.
La seguridad pública como un derecho humano
La seguridad pública es uno de los reclamos sociales persistentes en los
últimos añ[Link] nombre de esta seguridad, los derechos humanos en México
se han deteriorado de manera alarmante, paradójicamente vulnerando cada
vez más esa seguridad pública.
Con preocupación observamos la falta de propuestas por parte de nuestras
autoridades, y aún más, el ataque público del que ha sido objeto el respeto
a los derechos humanos de la ciudadanía.
MANUAL DEL POLICÍA
Tortura, ejecuciones, desapariciones, detenciones arbitrarias, amenazas,
expulsiones, discriminación, impunidad, son violaciones a los derechos
humanos propios de un régimen autoritario y militar; sin embargo, en
México, país que se dice en transición a la democracia, ocurren
cotidianamente.
100 Sin garantías individuales no hay seguridad, así como sin derechos humanos
no hay democracia. Se considera que para otorgar esa seguridad pública
que todos los mexicanos anhelamos, se deben garantizar a la sociedad, de
manera mínima, los derechos de verdad, juicio justo, reparación del daño,
equidad social y defensa.
El derecho a la verdad y a la seguridad
La procuración de justicia del Estado, parte de la prohibición absoluta en
México a toda persona de hacerse justicia por sí misma y de ejercer violencia
para reclamar su derecho. La función de procuración de justicia consiste en
la persecución ante los tribunales de todos los delitos que se cometan en el
país. Ésta, recae sobre una institución que se denomina Ministerio Público,
dependiente del Poder Ejecutivo Federal o Estatal, según sea el caso, y que
se encuentra encabezada por un Procurador General de Justicia que tiene
la responsabilidad de solicitar, siempre y cuando reúna los requisitos
establecidos en la Constitución y Códigos Penales, las órdenes de
aprehensión ante el órgano jurisdiccional correspondiente de los inculpados
por delitos.
Le corresponde también al Ministerio Público sustentar su acusación a través
de la aportación de pruebas y otros elementos necesarios para comprobar
la responsabilidad del indiciado, así como hacer que los juicios se sigan
con toda regularidad para que la administración de justicia sea pronta y
expedita, pedir la aplicación de las penas e intervenir en todas las
negociaciones que la ley determine.
El respeto a la garantía de la libertad personal es una premisa y no un
obstáculo para preservar la seguridad pública en México. La militarización
de los cuerpos policíacos y la politización de los cuerpos militares del país
no son remedio a la inseguridad pública que se da en el país. Por el contrario,
la cultura de la impunidad en la sociedad es un factor que sí incrementa los
niveles de inseguridad pública.
Se parte del supuesto de que la procuración y la administración de justicia
son dos elementos fundamentales en la vida social del país por dos razones.
Primera: ambas son funciones exclusivas del Estado. Segunda: son
instituciones que garantizan algunos de los derechos fundamentales de las
personas que viven en México; si fallan ambas se arriesga la elemental
convivencia social porque algunas personas podrían creer justificado el
hacerse justicia por su propia mano.
La inoperancia de la procuración de justicia ha sido admitida por el propio
Procurador General de la República, y ha llevado al Ejecutivo Federal a crear
nuevas corporaciones policíacas al margen de la ley. Tal es el caso de la 101
Policía Federal Preventiva, corporación dependiente de la Secretaría de
Gobernación que entre sus facultades sobresale la de auxiliar al Ministerio
Público en la persecución de los delitos, acción que, según la Constitución
Mexicana, únicamente debería ser competencia de la Policía Judicial.
Sobresale la incapacidad de los órganos investigadores para resolver delitos
del orden común los cuales, en la mayoría de los casos, quedan en la
impunidad debido a la incapacidad y corrupción que permea al interior de
los ministerios públicos y policías judiciales, producto de inadecuadas
políticas de selección y capacitación.
El sistema de justicia penal en México es de naturaleza inquisitiva. En este
tipo de sistema, se parte de la presunción de que la persona indiciada es
culpable de la comisión de un delito en tanto no se pruebe lo contrario. En
el sistema acusatorio, toda persona es inocente hasta que se demuestre
que no lo es ante el juez que resuelve la causa. La naturaleza inquisitiva de
nuestro sistema de justicia, tiene también como consecuencia, un uso
excesivo de la prisión preventiva que se traduce en sobrepoblación
penitenciaria. Esta sobrepoblación consiste principalmente en individuos
que no cuentan con los recursos suficientes para salir bajo fianza. Situación
que se ha agravado a raíz de las reformas legales que aumentan el número
de delitos graves por los que no puede aplicarse un sustitutivo de
prisión.
De acuerdo con las reformas aprobadas en 1993, el artículo 16
Constitucional establece que el Ministerio Público podrá ordenar una
aprehensión sin orden judicial en “casos urgentes”. La definición de casos
urgentes es sumamente amplia. Incluye cualquier situación que involucre
un delito definido como grave por la ley, en la que exista un riesgo fundado
de que el indiciado pueda sustraerse a la acción de la justicia, y cuando el
Ministerio Público no pueda recurrir a la autoridad judicial por razones de
tiempo, lugar o circunstancia.
El derecho a la verdad es uno de los requisitos para acabar con la impunidad.
Tanto los responsables de delitos como de violaciones a derechos humanos,
que no son más que delitos con responsabilidad estatal, no deben escapar
de la justicia; la sociedad tiene derecho a saber quiénes son y qué delitos
cometieron. Por ello, debe existir transparencia y profesionalización en la
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investigación y prevención del delito, y un marco legal amplio que dé certeza
a las víctimas en sus derechos. Para ello sería necesario:
1. Ampliar la protección de toda persona privada de su libertad,
diferenciando formalmente a las autoridades que investigan
los delitos de aquéllas que custodian a los detenidos,
102 eliminando los lugares de detención o “separos” policíacos a
cargo del Ministerio Público;
2. Suprimir la facultad del Ministerio Público de dictar órdenes de
detención;
3. Revisar la legislación para que la prisión preventiva sea empleada
excepcionalmente para casos graves, y en su lugar se establezcan
sistemas modernos de informática, para que sin detrimento de los
derechos fundamentales, se localice y aprehenda a quien evada la
justicia;
4. Investigar de manera imparcial los delitos y reestructurar al Ministerio
Público;
5. Establecer y hacer cumplir un sistema de rotación entre los miembros
de la Policía Judicial y el Ministerio Público, para disminuir el
riesgo de generar vínculos que puedan conducir a prácticas
corruptas;
6. Combatir y prevenir las graves violaciones de los derechos humanos;
7. Capacitar a los integrantes del Poder Judicial de la Federación y los
estados sobre los instrumentos internacionales de derechos
humanos de los que México es parte;
8. Ampliar los controles ciudadanos en materia de seguridad pública y
vigilancia de los servidores públicos;
9. Replantear el concepto de seguridad pública en términos del
cuidado y el respeto a la sociedad;
10. Disminuir el número de corporaciones policíacas de seguridad
preventiva privada y pública, para garantizar una mayor certeza y
control de estos agentes y de sus armas;
11. Garantizar que por ningún motivo la policía preventiva sea utilizada
para perseguir delitos;
12. Depurar los cuerpos policíacos asegurando que los servidores
públicos destituidos por violaciones a derechos humanos sean
realmente sancionados y no sean transferidos a otras jurisdicciones;
13. Prohibir que los militares ejerzan funciones policíacas, en su calidad
de soldados, así como también se prohíba que se les prive de su
calidad de soldados, mediante licencias u otras simulaciones, para 103
ejercer funciones de policías; y
14. Prohibir que los policías reciban entrenamiento militar, en su lugar,
se les debe capacitar para contener la violencia y no para provocarla,
en su papel de protectores de la población civil.
El derecho a un juicio justo
La administración de justicia en México es una función del Estado que se
realiza a través del Poder Judicial y cuya misión fundamental consiste en
imponer la autoridad en la resolución de los conflictos que puedan
presentarse entre los ciudadanos mismos, entre éstos y el Estado, o incluso
entre dos instituciones gubernamentales.
Esta función del Estado se realiza mediante la actuación de los tribunales
previamente establecidos, que siguen ciertos protocolos en el procedimiento,
conforme a leyes expedidas con anterioridad al hecho que resuelven, para
dictar resoluciones que impliquen el reconocimiento o la privación de algún
o algunos de los derechos, libertades, propiedades y posesiones de las
personas (Artículo 14 Constitucional); la manera de emitir las resoluciones
de los tribunales debe ser pronta, completa e imparcial. (Art. 17
Constitucional); al administrar justicia, se presta un servicio que debe ser
gratuito, ajustado a los plazos que fijan las leyes y realizado en completa
independencia, debiendo garantizarse la plena ejecución de sus resoluciones
(Art. 17 Constitucional).
Existen algunas acciones en contra de la administración de justicia que
constituyen una serie de violaciones al Derecho, a la legalidad y la
seguridad jurídica. En torno a la administración de justicia, los problemas
más comunes son: negligencia o dilación administrativa en el proceso
jurisdiccional, por el que los plazos dentro de los procedimientos duran
más tiempo que el permitido por la ley, sin dictar resolución que le
ponga fin; la extorsión; la falsificación de documentos; la negativa
a la reparación del daño por parte del Estado; el omitir imponer
sanción legal; el tráfico de influencias, y la negativa al derecho de
petición.
MANUAL DEL POLICÍA
Por otra parte, las decisiones del Poder Judicial Federal y Estatal no gozan
de autonomía plena, principalmente, porque no se encuentra establecida
la inamovilidad de los jueces del fuero común. Es evidente que el Poder
Judicial depende de las decisiones políticas que le son trazadas desde el
Poder Ejecutivo. En muchos casos, las sentencias emitidas por los juzgados
han sido reiterativas en eximir de responsabilidad a las autoridades
104 señaladas claramente como responsables de graves violaciones a los
derechos humanos, sin tomar en consideración recomendaciones de
órganos nacionales e internacionales de derechos humanos, e inclusive de
la Suprema Corte de Justicia de la Nación.
A pesar de que la Constitución Mexicana establece en su artículo 133
que todo Tratado o Convención firmado y ratificado por el Estado
Mexicano es Ley suprema en el país, los jueces y magistrados del Poder
Judicial, a niveles estatal y federal, desconocen la existencia y contenido
de los instrumentos internacionales en materia de derechos humanos.
Ejemplo de esto es que cuando se hace mención de algún precepto
establecido en una ley internacional, el juzgador omite analizarlo. Es
decir, no existe una capacitación adecuada de los miembros del Poder
Judicial sobre la legislación internacional de derechos humanos vigente
en nuestro país.
El Consejo de la Judicatura tiene entre sus facultades la administración,
vigilancia y disciplina del Poder Judicial Federal. Sin embargo, sus funciones
se han visto severamente limitadas por la misma conformación del Consejo,
dado que, de los siete miembros que la integran, cuatro de ellos, incluyendo
al Presidente –que a su vez es Presidente de la Suprema Corte de Justicia
de la Nación- provienen del mismo Poder Judicial Federal y son nombrados
directamente por los Ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.
Por lo tanto, existe una tendencia a encubrir y justificar las faltas que cometen
los magistrados y jueces federales en el desarrollo de su trabajo. Por tal
motivo, los juzgadores incompetentes o corruptos gozan de la impunidad
que les facilita la ineficacia de este órgano de vigilancia. Otro de los requisitos
para acabar con la impunidad y dar mejores garantías de seguridad jurídica,
es contar con un Poder Judicial efectivamente independiente que defienda
a las víctimas y que procese con justicia a los responsables, lo cual constituye
uno de los pilares de la democracia. Para garantizar el derecho a un juicio
justo se deben contemplar los siguientes elementos:
* Establecer la inamovilidad de jueces y magistrados para dotar al Poder
Judicial de mayor autonomía;
* Invalidar el Amparo para efectos en los casos en que por su
trascendencia política los responsables de violaciones a
derechos humanos no puedan quedar impunes, otorgándoles una
segunda oportunidad;
* Reformar el Artículo 33 Constitucional para omitir la discrecionalidad
del Presidente de la República de expulsar a extranjeros porque
atenta contra el derecho de audiencia;
105
* Promover que las recomendaciones de las comisiones
gubernamentales de derechos humanos s e a n a c e p t a d a s y
adecuadamente cumplidas por las autoridades a las que van
dirigidas;
* Dotar de mayores facultades a las comisiones gubernamentales
de derechos humanos, para que sean competentes en materia
electoral, laboral y de lo contencioso administrativo;
* Homologar la legislación federal y las estatales en materia de
derechos humanos a los estándares internacionales contemplados
en convenios, pactos y tratados multilaterales, así como a la
jurisprudencia internacional;
* Adecuar el orden jurídico interno para dar cumplimiento a las
resoluciones y sentencias de los tribunales internacionales;
* Hacer la declaración prevista en el artículo 22 de la Convención
Contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o
Degradantes; e
* Incrementar la conciencia entre el personal de las procuradurías y
de la judicatura de no tolerar la tortura y de que los responsables de
ese delito deben ser sancionados penal y administrativamente.
El derecho a la reparación del
daño y a la readaptación social
Es necesario que se reforme la ley del sistema penitenciario y que los centros
de reclusión cumplan con la ley que establece las Normas Mínimas sobre
Readaptación Social de Sentenciados y con las Normas de Naciones Unidas
en la materia.
Los centros de reclusión deben estar sujetos al escrutinio de las
organizaciones civiles, con el objetivo de impedir los abusos que sufren los
reclusos por parte de las autoridades penitenciarias. Frente a los deficientes
salarios, la escasa y poca profesional capacitación que recibe el personal
MANUAL DEL POLICÍA
de los reclusorios observamos que se fomentan las prácticas
corruptas.
Los médicos asignados a la protección, atención y trato de personas privadas
de su libertad, deben ser empleados con independencia de la institución
en que ejerzan su práctica; deben formarse con base en las normas
106 internacionales pertinentes, incluidos los principios de ética médica aplicable
a la función del personal de salud, especialmente los médicos, en la
protección de las personas presas y detenidos contra la tortura y otros tratos
o penas crueles, inhumanos o degradantes. Deben tener derecho a un nivel
de remuneración y condiciones de trabajo acordes con su función de
profesionales respetados.
La justicia en México debe responder a la necesidad de fortalecer la
seguridad pública, restituyéndole a la víctima de la mejor manera posible
sus derechos. En este sentido se debe legislar el derecho de las víctimás a
la reparación del daño y a la indemnización por daños materiales y morales,
con base en el reconocimiento formal de la responsabilidad del Estado
cuando alguno de sus agentes comete violaciones a derechos humanos.
Por otro lado, la justicia entendida como restitución y no como castigo, debe
considerar que la prisión es el lugar donde al que delinque se le debe restituir
su dignidad, para lo cual se les debe tratar con dignidad. Para ello, se deberán
contemplar los siguientes elementos:
* Restablecer la inmediatez de la garantía de libertad caucional,
eliminando todo criterio discrecional para su otorgamiento, de
manera particular el concepto de “peligrosidad social”;
* Homologar la edad penal en todas las entidades federativas para
fijarla en 18 años, de acuerdo a la Convención sobre los Derechos
del Niño;
* Eliminar la clasificación de peligrosidad en los penales porque
prejuzga a la persona y constituye un acto de discriminación;
* Promover la conmutación de penas a partir de criterios claros que
garanticen la igualdad de oportunidades a todos los presos;
* Garantizar plenamente la separación de procesados y sentenciados,
de hombres y de mujeres;
* Instrumentar penas alternativas para disminuir la sobrepoblación en
las cárceles; y
* Garantizar a las personas privadas de su libertad, los derechos de:
educación, trabajo, salud, alimentación, visita familiar, etc.
El derecho a la equidad social
Durante años el gobierno ha aplicado una política integracionista y de no
reconocimiento de los pueblos indígenas como sujetos de derecho, 107
provocando su exclusión de las formas de ejercicio del poder político en la
nación, teniendo como consecuencia, por un lado, la casi nula representación
en los órganos de los tres poderes -Ejecutivo, Legislativo y Judicial- y en los
tres niveles de gobierno que componen el Estado Mexicano: el municipio,
el estado y la federación; y por el otro, el no respeto a las autoridades
tradicionales y a los sistemas normativos internos como forma de resolución
de los conflictos.
En México aún vivimos una situación de discriminación estructural que ha
mantenido de manera particular a los pueblos indígenas en la marginación
y la pobreza. Para garantizar el derecho a la equidad debemos reconocernos
como una nación pluricultural y pluriétnica, expresando ese reconocimiento
en un marco legal que contemple nuestra diversidad, reconociendo la
existencia de los pueblos indígenas y sus derechos colectivos.
Debido a que las instituciones de administración pública, en su gran mayoría,
carecen de espacios de interlocución de los pueblos y sus autoridades,
limitándose al Instituto Nacional Indigenista (INI), es necesario que el
gobierno mexicano, en lugar de concentrar en una sola institución todo lo
referente a los pueblos indígenas, desarrolle mecanismos en los cuales
todas las dependencias de gobierno tengan una perspectiva de la diversidad
cultural. Y en otra materia, se tipifiquen los delitos ambientales para
contemplar sanciones a las empresas que afecten derechos humanos,
recursos naturales y el medio ambiente de los pueblos indígenas. Asimismo,
establecer procedimientos jurídicos de indemnización y reparación de daños
a favor de dichos pueblos, así como crear leyes de protección de los pueblos
indígenas que tomen en cuenta su condición y su derecho a preservar su
diferencia cultural, además de las normas internacionales destinadas a
protegerlos.
El derecho a defender los derechos humanos
En México, las violaciones a los derechos humanos se han incrementado
de manera dramática y sistemática. Las violaciones más graves se han
presentado principalmente en los estados de Chiapas, Guerrero y Oaxaca.
La crisis de los derechos humanos ha repercutido en contra de los defensores
de los derechos humanos de manera preocupante.
MANUAL DEL POLICÍA
La acumulación de casos de persecución a defensores sin esclarecer, pone
en evidencia un patrón sistemático que intenta frenar la labor de defensa y
promoción de los derechos humanos en nuestro país. Además, no se
reconoce su trabajo ni su personalidad como defensores de derechos
humanos, obstaculizando el trabajo de éstos de diversas formas, entre las
que sobresalen el impedimento al acceso a las cárceles, a instituciones
108 gubernamentales y militares; el entorpecimiento en procesos penales ante
el fuero civil y militar; el trato humillante y denigrante del que son objeto,
así como su exposición a difamaciones y calumnias por parte de grupos de
poder que representan diversos intereses políticos y económicos. Por otro
lado, existe una campaña publicitaria, en diversos medios de comunicación,
desprestigiando y descalificando la labor de los organismos civiles de
defensa de los derechos humanos, bajo el argumento de que “defienden a
delincuentes”.
Una democracia plena debe contemplar la participación activa de la sociedad
civil en los asuntos públicos del país. La expresión más palpable de la
participación de la sociedad son las organizaciones civiles, en ese sentido,
éstas representan los intereses de la sociedad.
¿De manera particular se debe respetar el
derecho a defender los derechos humanos?
Los defensores de derechos humanos son el termómetro más sensible de
la democracia, su labor contribuye al fortalecimiento de la democracia y de
la seguridad pública mediante sus actividades de promoción, denuncia y
protección de los derechos humanos. Para garantizar ese derecho a
participar, y de manera particular en la defensa y promoción de los derechos
humanos se necesitan los siguientes elementos:
* Garantizar el pleno apoyo a los mecanismos e iniciativas, incluidos
los de los relatores especiales de los sistemas de derechos humanos
de las Naciones Unidas e Interamericano de Derechos Humanos que
otorgan un reconocimiento universal generalizado a los defensores
de los derechos humanos y a su trabajo;
* Establecer mecanismos de protección eficientes para los defensores
en peligro por parte de las autoridades, reconociendo el interés
público inherente a estas organizaciones y a los riesgos que
tienen en el desempeño de su trabajo; y
* Garantizar que se lleven a cabo investigaciones exhaustivas e
imparciales sobre violaciones de derechos humanos contra
defensores, que los responsables sean llevados ante los
tribunales y se proporcione reparación a las víctimas y/o
familiares.
Propuestas
- Una fuerte y conjunta participación comunitaria de la sociedad civil, 109
garantizará un efectivo compromiso por parte de las autoridades.
Es tiempo de dejarnos escuchar y exigir el respeto a nuestros
derechos humanos y garantías Constitucionales, la reestructura de
nuestro sistema judicial, la adecuada distribución del poder que nos
dirige y el fomento de una nueva cultura y educación para nuestros
elementos policiales.
- El Estado debe preocuparse, lejos de las relaciones internacionales;
primeramente por implementar políticas públicas para la protección
de un país libre de violaciones, peligros y corrupción, para después
elevarse al desarrollo de una sociedad segura y preparada para
trabajar y enriquecer a la nación; creando el Estado dichos
instrumentos a través de la formulación, ejecución y control de la
participación ciudadana.
- Trabajar en la disminución, y si fuera posible en la extinción de los
factores que han provocado esta inseguridad pública que vivimos,
como lo son la pobreza, desigualdad social, marginación social,
desempleo, entre otros.
Conclusiones
La seguridad pública radica en el deber y cumplimiento de la función de la
policía de otorgar seguridad a los particulares respecto de sus bienes y su
persona. Lo que hace necesario que la sociedad deba contar con un aparato
policial a su servicio, dispuesto a acudir al llamado de los particulares. El
único fin justificable de la policía en un Estado de Derecho debe ser la
seguridad pública y el respeto y protección a los derechos del hombre,
estando siempre a disposición de los intereses del pueblo. Deberemos
suprimir la razón del Estado, por las razones del gobernado, que entre otras
cosas, implican tan sólo el respeto a sus derechos como persona, y ese
respeto reside en la permanente búsqueda de su bienestar. La sociedad no
está exenta de sufrir violaciones en sus derechos, todos debemos participar
activamente, para ejercitarlos y hacerlos valer ante las autoridades
competentes.
MANUAL DEL POLICÍA
Fuentes de información
ACOSTA URQUIDI, Mariclaire, Seguridad pública, militarización y derechos
humanos, Colección Análisis y Propuesta, México, 1997, pp. 103-120.
110 AGUAYO QUEZADA, Sergio et. al. En busca de la seguridad perdida.
Aproximaciones a la seguridad nacional mexicana, Siglo XXI, México, 1990,
pp. 107-145.
BENÍTEZ MANAUT, Raúl, El uso civil de las fuerzas armadas, Análisis XXI,
año 2, mayo, 1991, pp. 6-7.