Mi testimonio - Una laica marianista en la Beatificación del Padre Guillermo José Chaminade
El 3 de septiembre del año 2000 quedará grabado en mi corazón como uno de los momentos
más significativos de mi vida de fe. Tuve la gracia de participar en la celebración de la
beatificación de nuestro fundador, el Padre Guillermo José Chaminade, en la Plaza de San
Pedro en Roma.
Desde el inicio de la jornada se palpaba un ambiente de fiesta, de alegría desbordante y de
profunda comunión. No éramos unos pocos, sino miles de laicos, religiosos y religiosas
marianistas llegados de distintos rincones del mundo. Aunque no compartíamos la misma
lengua, no fue necesario hablar para reconocernos: bastaba con ver el pañuelo celeste con la
imagen del Padre Chaminade para sentirnos parte de una misma familia. Ese simple gesto se
convertía en un abrazo silencioso que nos unía más allá de fronteras, culturas o idiomas.
Recuerdo con emoción, la noche previa a la celebración eucarística, los saludos espontáneos,
las sonrisas, los cantos en diferentes acentos que se mezclaban en una sola voz de alabanza y
gratitud. En aquel encuentro comprendí de manera viva lo que significa la fraternidad
marianista: ser hermanos y hermanas reunidos en torno a María, siguiendo el ejemplo de
nuestro fundador, con la misión de llevar el Evangelio al mundo.
El momento culminante fue cuando el Papa Juan Pablo II proclamó Beato al Padre Chaminade,
luego de que se reconociera el milagro atribuido a su intercesión: la curación del cáncer de
pulmón de una devota argentina. En ese instante sentí un nudo en la garganta y lágrimas en los
ojos. Era como si todos los sueños, sacrificios y esperanzas de nuestra familia marianista se
hicieran realidad frente a nosotros.
La celebración en la Plaza de San Pedro fue solemne y conmovedora. Ver al Padre Chaminade
elevado a los altares, proclamado beato por la Iglesia, no solo llenó de orgullo mi corazón
marianista, sino que renovó en mí el compromiso de continuar su obra con fidelidad y
esperanza, y de responder el mandato de nuestra madre María “HAGAN LO QUE ÉL LES DIGA”
Ese día comprendí, de una manera muy profunda, que ser marianista es pertenecer a una
familia universal, donde María nos reúne y nos envía a anunciar el evangelio. La beatificación
no fue solo un reconocimiento, fue también una invitación a seguir caminando juntos, como
hermanos, con alegría, fe y compromiso.
Hoy, al recordar aquella celebración, siento el mismo gozo y la misma responsabilidad: ser
parte de esta gran familia que lleva el sello del pañuelo celeste, como el Manto de María
Inmaculada, y el corazón del Padre Chaminade.
Emma