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Enfermedades y Plagas del Café: Guía Completa

El documento aborda las enfermedades y plagas que afectan el cultivo de café, destacando la roya del café, antracnosis y phoma, entre otras, junto con sus signos y métodos de control. Se enfatiza la importancia de un manejo integrado que combine prácticas culturales, biológicas y químicas para mitigar el impacto de estas patologías. Además, se menciona la relevancia socioeconómica de estas enfermedades en las regiones cafetaleras y la necesidad de estrategias coordinadas para su control.

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Enfermedades y Plagas del Café: Guía Completa

El documento aborda las enfermedades y plagas que afectan el cultivo de café, destacando la roya del café, antracnosis y phoma, entre otras, junto con sus signos y métodos de control. Se enfatiza la importancia de un manejo integrado que combine prácticas culturales, biológicas y químicas para mitigar el impacto de estas patologías. Además, se menciona la relevancia socioeconómica de estas enfermedades en las regiones cafetaleras y la necesidad de estrategias coordinadas para su control.

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Universidad Autónoma Chapingo

Centro Regional Universitario Península de Yucatán


(CRUPY).

ENFERMEDADES Y PLAGAS DEL CAFÉ.

Alondra Aparicio Hernández


INDICE
Enfermedades. ................................................................................................................ 3

Roya del café (Hemileia vastatrix) ............................................................................... 3

Signos. ..................................................................................................................... 3

Control. .................................................................................................................... 4

Antracnosis (Colletotrichum spp.) ................................................................................ 5

Signos. ..................................................................................................................... 5

Control. .................................................................................................................... 6

Phoma del café (Phoma costarricensis) ...................................................................... 7

Signos. ..................................................................................................................... 8

Control. .................................................................................................................... 8

Ojo de gallo (Mycena citricolor) ................................................................................... 9

Signos. ..................................................................................................................... 9

Control. .................................................................................................................. 10

Marchitez por Fusarium (Fusarium oxysporum) ........................................................ 11

Signos. ................................................................................................................... 12

Control. .................................................................................................................. 12

Mal rosado (Corticium salmonicolor) ......................................................................... 14

Signos. ................................................................................................................... 14

Control. .................................................................................................................. 15

1
Plagas. .......................................................................................................................... 15

Broca del café (Hypothenemus hampei).................................................................... 15

Signos. ................................................................................................................... 16

Control. .................................................................................................................. 17

Minador de la hoja (Leucoptera coffeella).................................................................. 18

Signos. ................................................................................................................... 19

Control. .................................................................................................................. 19

Arañita roja (Oligonychus yothersi) ............................................................................ 21

Signos. ................................................................................................................... 21

Control. .................................................................................................................. 21

Trips del café (Frankliniella spp.) ............................................................................... 23

Signos. ................................................................................................................... 23

Control. .................................................................................................................. 24

Nematodos (Meloidogyne spp. y Pratylenchus spp.) ................................................. 25

Signos. ................................................................................................................... 26

Control. .................................................................................................................. 26

Cochinilla (Planococcus citri y Dysmicoccus spp.) .................................................... 27

Signos. ................................................................................................................... 28

Control. .................................................................................................................. 28

Referencia de literatura. ................................................................................................ 31

2
Enfermedades.

Roya del café (Hemileia vastatrix)


La roya del café es una de las enfermedades más devastadoras que afectan al cafeto a
nivel mundial. Esta patología es causada por el hongo Hemileia vastatrix, un
basidiomiceto obligado que ataca principalmente las hojas del cafeto, aunque también
puede afectar ramas jóvenes y frutos en condiciones particulares. Desde su
descubrimiento en Sri Lanka en 1869, esta enfermedad se ha diseminado por todas las
zonas cafetaleras del mundo, siendo responsable de pérdidas económicas severas,
especialmente en países de América Latina durante las últimas décadas (Silva et al.,
2020).

El ciclo de vida de Hemileia vastatrix incluye la producción de urediniosporas que


germinan en la superficie de la hoja y penetran a través de los estomas. El micelio se
desarrolla en el mesófilo y comienza a alimentarse del tejido vegetal, formando nuevas
esporas que son liberadas al ambiente. La dispersión ocurre principalmente a través
del viento y el agua, permitiendo que una sola infección pueda propagarse rápidamente
en condiciones climáticas favorables, especialmente en ambientes húmedos, con
temperaturas entre 20 y 25 °C y sombreados excesivos. La presencia de rocío matinal
y lluvias prolongadas favorece la germinación de esporas y el establecimiento de
nuevas infecciones (González & Rodríguez, 2021).

Signos.
Los signos característicos de la roya inician con pequeñas manchas cloróticas de color
amarillo en el haz de la hoja. A medida que la infección progresa, aparecen pústulas
anaranjadas en el envés, formadas por las urediniosporas del hongo. Con el tiempo,
estas lesiones se expanden y provocan la caída prematura de las hojas, afectando la
capacidad fotosintética de la planta. Como consecuencia, se reduce el desarrollo de los
frutos, disminuye el rendimiento del cultivo y se deteriora la calidad del grano,
3
generando pérdidas que pueden superar el 30% en casos de epidemias severas (Silva
et al., 2020; Vega et al., 2018).

Control.
El manejo de la roya requiere un enfoque integrado que combine prácticas preventivas,
culturales, genéticas, biológicas y químicas. En primer lugar, se recomienda la siembra
de variedades resistentes, como las líneas derivadas de Catimor o híbridos como H1
Centroamericano, aunque es importante destacar que la resistencia no siempre es
permanente, pues el patógeno presenta una gran variabilidad genética que le permite
adaptarse rápidamente a nuevas condiciones y superar genes de resistencia (Mendoza
& Ríos, 2020).

En cuanto al manejo cultural, la poda adecuada y la regulación del sombrío son


prácticas clave para reducir la humedad en el follaje y mejorar la ventilación dentro de
la plantación, disminuyendo así la incidencia de la enfermedad. También se
recomienda el monitoreo constante y el retiro de hojas infectadas para reducir la fuente
de inóculo. El control biológico incluye el uso de hongos antagonistas como
Trichoderma harzianum, que colonizan los mismos tejidos donde se instala el patógeno
y compiten por espacio y nutrientes, además de inducir respuestas defensivas en la
planta hospedera (Herrera et al., 2020).

El control químico, aunque eficaz en ciertas situaciones, debe aplicarse con criterios
técnicos para evitar la generación de resistencia en el patógeno y reducir el impacto
ambiental. Se emplean fungicidas sistémicos e inhibidores de la biosíntesis de
esteroides como el triadimenol, así como productos multisitio como el oxicloruro de
cobre. La rotación de ingredientes activos y el respeto de los períodos de carencia son
esenciales para preservar la efectividad de los productos y evitar residuos en el grano
de café (Silva et al., 2020).

La roya del café no solo afecta la productividad, sino también la estabilidad


socioeconómica de las regiones cafetaleras. Por ello, muchos países han
implementado programas de monitoreo y alerta temprana, así como subsidios para
4
renovar cafetales afectados y promover prácticas sostenibles. Las organizaciones
internacionales, como el Centro de Investigación de la Roya del Café (CIFC) y el
Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA), han jugado un papel
importante en la coordinación de estrategias regionales para el control de esta
enfermedad, enfatizando la necesidad de acciones coordinadas entre gobiernos,
instituciones de investigación, productores y comercializadores (González & Rodríguez,
2021).

Antracnosis (Colletotrichum spp.)


La antracnosis es una enfermedad importante en el cultivo de café, provocada por
varias especies del género Colletotrichum, siendo Colletotrichum kahawae y
Colletotrichum gloeosporioides las más frecuentemente asociadas con daños severos.
Esta enfermedad puede presentarse en diferentes etapas fenológicas del cultivo,
afectando tanto frutos como hojas, ramas y flores, dependiendo de la especie
involucrada y las condiciones ambientales. Se caracteriza por su alta capacidad de
diseminación y por la rapidez con la que puede destruir los tejidos vegetales,
especialmente en condiciones de humedad relativa elevada y temperaturas cálidas
(Ramírez et al., 2021).

Signos.
En los frutos del cafeto, los signos se presentan como manchas necróticas oscuras,
hundidas y de forma irregular, que con el tiempo se tornan negras y pueden llegar a
secar completamente el fruto. En infecciones severas, se observa una momificación de
los frutos, lo cual impide su maduración y recolección, reduciendo significativamente los
rendimientos. En algunos casos, la enfermedad también puede provocar la caída
prematura de los frutos, afectando directamente el volumen y la calidad de la cosecha.
Las ramas jóvenes infectadas presentan lesiones canela o pardas, que pueden llegar a
necrosarse y secarse completamente si no se controlan a tiempo (Gómez et al., 2019).

Las condiciones predisponentes para la antracnosis incluyen alta humedad, presencia


de lluvias continuas, mal manejo del dosel arbóreo que impide la aireación, y
5
acumulación de materia orgánica en descomposición. El ciclo del patógeno inicia con la
germinación de conidios en la superficie vegetal, donde el hongo forma una estructura
especializada llamada apresorio, que penetra activamente los tejidos del hospedero. A
partir de ahí, el hongo desarrolla micelio intracelular que degrada las paredes celulares,
provocando la necrosis de los tejidos afectados. Las esporas se dispersan a través de
salpicaduras de agua, viento y herramientas contaminadas, facilitando su propagación
en el cafetal (Ramírez et al., 2021; Mendoza & Ríos, 2020).

Control.
El control de la antracnosis debe abordarse desde un enfoque integral. El manejo
cultural es fundamental e incluye prácticas como la poda regular para mejorar la
ventilación y reducir la humedad, el retiro de frutos y ramas infectadas, y la
desinfección de herramientas. Estas acciones disminuyen la cantidad de inóculo en el
campo y dificultan el establecimiento del patógeno. También es recomendable el uso
de coberturas vegetales que reduzcan el salpique de agua y, con ello, la dispersión de
conidios (López & Vargas, 2018).

Desde el punto de vista biológico, se ha documentado la eficacia del uso de


antagonistas como Trichoderma spp. y Bacillus subtilis, los cuales compiten con
Colletotrichum por espacio y nutrientes, además de producir metabolitos antifúngicos.
En ambientes controlados, estos biocontroladores han demostrado reducir
significativamente la incidencia de la enfermedad. También se están evaluando
extractos vegetales con propiedades fungistáticas, como los derivados del neem
(Azadirachta indica) y ajo (Allium sativum), aunque su efectividad en campo aún
requiere más validaciones a gran escala (Mendoza & Ríos, 2020).

En cuanto al control químico, es importante utilizar fungicidas de contacto como el


clorotalonil o el mancozeb en fases tempranas del desarrollo del cultivo,
preferiblemente como medida preventiva o durante los primeros Signos. Los fungicidas
sistémicos también pueden usarse, pero con moderación, para evitar la aparición de
cepas resistentes. Es fundamental seguir las recomendaciones técnicas en cuanto a

6
dosis, frecuencia de aplicación y rotación de ingredientes activos. El monitoreo
constante de la enfermedad, acompañado de registros detallados, permite tomar
decisiones oportunas y reducir el uso innecesario de agroquímicos (Herrera et al.,
2020).

En regiones con alta incidencia de antracnosis, se ha promovido la investigación y


adopción de variedades más tolerantes a esta enfermedad, aunque la resistencia
genética en el caso de Colletotrichum es compleja, debido a su variabilidad genética y
capacidad de adaptarse a diferentes condiciones ambientales. La implementación de
estrategias de manejo integrado, que incluyan formación técnica a productores,
monitoreo climático, y uso racional de insumos, es clave para mantener la antracnosis
bajo control en cafetales sostenibles (Ramírez et al., 2021).

Phoma del café (Phoma costarricensis)


La mancha de Phoma es una enfermedad emergente del cafeto, provocada por el
hongo Phoma costarricensis, que ha sido reportada con mayor frecuencia en altitudes
medias y altas, especialmente en sistemas de producción bajo sombra o con alta
humedad ambiental. Esta enfermedad, aunque históricamente considerada secundaria,
ha cobrado relevancia en los últimos años por su capacidad de causar daños directos
sobre hojas, ramas jóvenes y frutos, así como por su rápida diseminación en
condiciones climáticas favorables. Es común en zonas con neblina persistente,
temperaturas frescas (15–20 °C) y poca ventilación del dosel vegetal (Guzmán et al.,
2020).

El patógeno pertenece al grupo de los hongos mitospóricos y se caracteriza por la


producción de picnidios (estructuras reproductivas negras) que contienen conidios de
forma elíptica. Estos se diseminan mediante salpicaduras de agua, viento, o
herramientas agrícolas contaminadas. El hongo puede sobrevivir en restos de hojas o
ramas infectadas, y se activa con la presencia de humedad continua. Su principal vía
de ingreso es a través de estomas o heridas en los tejidos, especialmente cuando las

7
plantas presentan estrés hídrico, nutricional o han sido afectadas por insectos como
trips o minadores (Herrera & Quirós, 2021).

Signos.
Los síntomas foliares se manifiestan inicialmente como manchas necróticas irregulares
de color marrón oscuro, que pueden presentar un halo rojizo o púrpura. Estas lesiones
tienden a expandirse, y en casos severos, provocan la caída prematura de hojas. En
ramas jóvenes, el hongo causa chancros o áreas deprimidas con tejidos necrosados,
los cuales pueden avanzar hasta causar el secado de la rama. En frutos, las lesiones
se presentan como manchas pardas con apariencia seca que interrumpen el desarrollo
normal del grano, generando frutos momificados y pérdida de calidad (Guzmán et al.,
2020).

Control.
El control de la enfermedad debe enfocarse en un manejo integrado que combine
prácticas culturales, biológicas y químicas. Desde el punto de vista cultural, es esencial
la poda de ramas bajas y sombreadoras, con el fin de reducir la humedad del
microclima y facilitar la circulación del aire. También se recomienda la eliminación y
quema de tejidos infectados para reducir la fuente de inóculo. La regulación del
sombrío y la densidad del cultivo son factores clave para prevenir el establecimiento del
hongo. El monitoreo temprano, especialmente después de lluvias prolongadas, permite
actuar antes de que la enfermedad avance de forma epidémica (Herrera & Quirós,
2021).

El uso de control biológico se ha explorado con hongos antagonistas como


Trichoderma harzianum y T. viride, que han mostrado eficacia en la inhibición del
crecimiento de Phoma en laboratorio y ensayos de campo. Estos hongos compiten por
espacio y nutrientes y pueden colonizar heridas o zonas de infección incipiente,
desplazando al patógeno y fortaleciendo la resistencia natural del tejido vegetal.
También se ha evaluado el uso de extractos vegetales con propiedades fungistáticas,

8
como los derivados del ajo y el neem, que pueden actuar como tratamientos
preventivos (Alvarado & Meneses, 2020).

El control químico debe aplicarse como complemento y con criterios técnicos.


Fungicidas cúpricos como el oxicloruro de cobre o el sulfato de cobre tribásico han sido
utilizados con éxito en aplicaciones preventivas o ante los primeros síntomas.
Asimismo, productos sistémicos como los triazoles pueden utilizarse bajo condiciones
de alta presión de enfermedad, aunque se debe tener precaución para evitar la
aparición de cepas resistentes. La rotación de ingredientes activos y el respeto de los
períodos de carencia son fundamentales para un manejo responsable (Herrera &
Quirós, 2021).

Ojo de gallo (Mycena citricolor)


La enfermedad conocida como ojo de gallo, provocada por el hongo Mycena citricolor,
constituye uno de los principales problemas fitosanitarios del café, especialmente en
zonas húmedas y de altitud media a alta. Esta enfermedad foliar es común en regiones
con alta pluviosidad y prolongados períodos de niebla o rocío, como las áreas
montañosas de América Central y del Sur. La denominación “ojo de gallo” proviene de
la apariencia característica de las lesiones: manchas circulares de color pardo con un
centro blanco o grisáceo, que recuerdan al iris y la pupila de un ojo de ave. Este
síntoma es tan distintivo que permite un diagnóstico visual relativamente sencillo en
campo (Gómez et al., 2019).

Signos.
Mycena citricolor es un basidiomiceto de vida saprofítica y patógena, que puede
sobrevivir en restos vegetales como hojas caídas, ramas y otros materiales en
descomposición. El ciclo de vida del hongo incluye la producción de basidiosporas que
se dispersan fácilmente por el viento o por salpicaduras de lluvia. Estas esporas
germinan en la superficie de la hoja y penetran a través de la cutícula, estableciéndose
en el mesófilo foliar donde degradan activamente los tejidos. La patogenicidad de
Mycena citricolor se ve potenciada en ambientes húmedos con temperaturas entre 15 y
9
22 °C y poca incidencia solar, condiciones que favorecen la esporulación y la infección
(López & Vargas, 2018).

Los daños provocados por esta enfermedad incluyen la reducción de la superficie foliar
activa, lo que disminuye la fotosíntesis y, por ende, la capacidad productiva de la planta.
En infestaciones severas, puede presentarse una defoliación masiva, debilitando al
cafeto, reduciendo su crecimiento y afectando la floración y el llenado de frutos. En
casos extremos, la pérdida constante de hojas durante varios ciclos productivos puede
inducir un agotamiento fisiológico que compromete la supervivencia del arbusto.
También se ha documentado la infección de tallos y ramas jóvenes, lo cual provoca
necrosis localizada y, eventualmente, la muerte de brotes nuevos (Gómez et al., 2019;
Rodríguez et al., 2018).

Control.
El manejo del ojo de gallo debe comenzar con estrategias culturales. Una práctica
efectiva es la poda de ramas bajas y sombreadoras, lo que mejora la aireación del
follaje y permite una mayor entrada de luz solar, inhibiendo el desarrollo del hongo.
Además, la eliminación de hojas infectadas reduce la fuente de inóculo y limita nuevas
infecciones. Otro componente importante del manejo cultural es el control del nivel de
sombra; en sistemas bajo sombra densa, se ha observado mayor incidencia de Mycena
citricolor, por lo que se recomienda mantener un equilibrio entre la cobertura arbórea y
la necesidad de luz directa (López & Vargas, 2018).

El control biológico de esta enfermedad se ha basado principalmente en el uso de


hongos antagonistas como Trichoderma harzianum y Trichoderma viride. Estos
microorganismos colonizan rápidamente los espacios ocupados por Mycena citricolor,
impidiendo su establecimiento. Además, secretan enzimas y metabolitos antifúngicos
que debilitan al patógeno. Los estudios han demostrado que Trichoderma puede
reducir significativamente la severidad de la enfermedad cuando se aplica de forma
preventiva y bajo condiciones adecuadas de manejo agronómico. También se ha

10
explorado el uso de bacterias como Bacillus subtilis con resultados prometedores en
sistemas agroecológicos (Herrera et al., 2020).

En cuanto al manejo químico, los fungicidas cúpricos, como el oxicloruro de cobre y el


sulfato cúprico tribásico, han sido tradicionalmente los más utilizados debido a su
eficacia y bajo costo. Estos productos actúan como protectores, impidiendo la
germinación de esporas y la colonización de nuevos tejidos. Sin embargo, su uso debe
ser racionalizado para evitar la acumulación de metales pesados en el suelo y la
posible toxicidad en organismos no blanco. En algunos países también se emplean
fungicidas sistémicos como los triazoles, aunque se recomienda alternar ingredientes
activos y respetar los periodos de carencia para prevenir resistencia del patógeno
(Mendoza & Ríos, 2020).

El monitoreo constante del cafetal es clave para detectar a tiempo los primeros focos
de infección. En regiones donde la enfermedad es endémica, se han desarrollado
modelos de pronóstico basados en la humedad relativa y la temperatura, que ayudan a
predecir los periodos de mayor riesgo y permiten realizar aplicaciones dirigidas.
Finalmente, la capacitación de los productores sobre la identificación temprana de
Signos, la correcta aplicación de controles y la integración de prácticas agroecológicas
contribuye al manejo sostenible del ojo de gallo en sistemas cafetaleros diversificados
(Gómez et al., 2019; López & Vargas, 2018).

Marchitez por Fusarium (Fusarium oxysporum)


La marchitez vascular causada por Fusarium oxysporum constituye una de las
enfermedades más severas y persistentes en los cafetales, debido a la capacidad de
este hongo para colonizar el sistema vascular de la planta y permanecer viable en el
suelo durante largos periodos de tiempo. Este patógeno habita naturalmente en la
rizosfera, pero bajo condiciones favorables o cuando existen plantas debilitadas, se
convierte en un agresivo invasor. El problema se agrava en sistemas de monocultivo
con prácticas agronómicas deficientes, en suelos mal drenados y con altos niveles de

11
materia orgánica en descomposición, que favorecen la multiplicación del hongo (Rojas
& Pérez, 2022).

Fusarium oxysporum infecta principalmente a través de las raíces, penetrando por


heridas causadas por nematodos, insectos del suelo o estrés mecánico. Una vez en el
interior, el hongo coloniza el xilema, desarrollando micelio y produciendo toxinas que
bloquean la circulación de agua y nutrientes. Este proceso provoca un desequilibrio
hídrico que lleva al colapso de la planta. Uno de los aspectos más críticos de esta
enfermedad es que los Signos se manifiestan cuando la colonización ya es avanzada,
lo que limita las opciones de recuperación de la planta afectada (Herrera et al., 2020).

Signos.
Los Signos iniciales incluyen un amarillamiento progresivo de las hojas basales, que se
tornan marrones y caen prematuramente. A medida que la infección avanza, el
marchitamiento se generaliza, especialmente en condiciones de calor, donde la planta
no puede compensar la pérdida de agua. En cortes longitudinales de tallos o raíces,
puede observarse una coloración marrón en los vasos del xilema, signo típico de
obstrucción vascular por el micelio fúngico. En estadios avanzados, la planta entera
colapsa y muere, dejando espacios vacíos en el cafetal que comprometen la densidad
de población y la productividad del sistema (Rojas & Pérez, 2022; Martínez & López,
2020).

Control.
El manejo de la marchitez por Fusarium es complejo debido a la naturaleza persistente
del patógeno en el suelo. Por ello, la prevención es el enfoque más recomendable. Una
estrategia clave es la rotación de cultivos, especialmente con especies no hospedantes
del hongo, lo que reduce la presión del inóculo. También se ha propuesto la
implementación de portainjertos resistentes, como Coffea liberica, en sistemas de
injertación con variedades de Coffea arabica susceptibles, lo cual combina tolerancia
con calidad del grano. Otra técnica eficaz es la solarización del suelo, mediante la

12
cobertura con plástico transparente durante semanas en épocas cálidas, lo que eleva la
temperatura del suelo y reduce poblaciones fúngicas (Durán et al., 2021).

En cuanto al control biológico, se han identificado varios agentes antagónicos con


potencial contra Fusarium oxysporum. El hongo Trichoderma spp. es uno de los más
utilizados por su capacidad de competencia y micoparasitismo. También se han
empleado bacterias del género Bacillus y Pseudomonas, que inducen resistencia
sistémica en las plantas y producen metabolitos antifúngicos. Además, se han evaluado
consorcios microbianos que mejoran la salud del suelo y la resistencia natural del
cafeto, destacando su papel en sistemas agroecológicos y orgánicos (Mendoza & Ríos,
2020).

El control químico es limitado y debe ser considerado como último recurso, ya que el
hongo se encuentra en el interior del sistema vascular, donde los fungicidas de
contacto no son efectivos. Sin embargo, en viveros o lotes nuevos puede emplearse el
fungicida carbendazim, que tiene acción sistémica, aunque su uso prolongado puede
generar resistencia y efectos negativos sobre la microbiota del suelo. Por esta razón,
se recomienda usarlo de forma estratégica y como parte de un programa de manejo
integrado, rotando principios activos y combinándolo con prácticas preventivas (Herrera
et al., 2020).

Una acción indispensable en el manejo de Fusarium es el monitoreo de los suelos y la


detección temprana de plantas infectadas. Estas deben ser removidas completamente,
incluyendo raíces, y destruidas fuera del área de cultivo para evitar la diseminación del
inóculo. Además, es fundamental desinfectar las herramientas agrícolas que hayan
estado en contacto con plantas enfermas. La implementación de análisis de suelo
periódicos permite conocer el estado fitosanitario del terreno y tomar decisiones
informadas para prevenir brotes epidémicos (Rojas & Pérez, 2022).

Finalmente, el impacto de la marchitez por Fusarium trasciende el ámbito productivo,


ya que implica inversiones significativas en renovación de cafetales, pérdida de capital
biológico (plantas en producción), y afectación a la economía familiar de los pequeños
13
productores. Por ello, el enfoque sostenible y preventivo debe estar basado en el
conocimiento del patógeno, el monitoreo constante y la capacitación técnica,
articulando las recomendaciones científicas con la realidad local de cada sistema
cafetalero (Herrera et al., 2020).

Mal rosado (Corticium salmonicolor)


El mal rosado, también conocido como “pudrición rosada” o “corteza rosada”, es una
enfermedad fúngica provocada por Corticium salmonicolor, un basidiomiceto patógeno
que afecta principalmente ramas y tallos del cafeto. Se presenta con mayor frecuencia
en sistemas de cultivo bajo sombra densa, zonas de altitud media a alta y ambientes
húmedos con escasa ventilación. Esta enfermedad es particularmente dañina porque
avanza silenciosamente sobre tejidos leñosos y puede causar la muerte regresiva de
ramas e incluso la muerte total de la planta si no se detecta a tiempo (Valverde et al.,
2017).

Signos.
El principal síntoma de la enfermedad es la aparición de un micelio superficial de color
rosado sobre la corteza de ramas, tallos e incluso en el cuello de la raíz. A medida que
el micelio se desarrolla, penetra en la corteza, provocando la necrosis de los tejidos y la
interrupción del transporte de agua y nutrientes. En etapas avanzadas, las ramas se
secan a partir del punto de infección hacia el extremo distal. En zonas húmedas,
pueden observarse cuerpos de fructificación con aspecto algodonoso y color salmón,
los cuales producen basidiosporas que son diseminadas por el viento y las
salpicaduras de lluvia (Valverde et al., 2017; Alvarado & Meneses, 2020).

La infección ocurre a través de heridas en la corteza o por contacto directo entre ramas
enfermas y sanas, ya sea por poda mal realizada o por falta de higiene en las
herramientas. El hongo puede sobrevivir como micelio en tejidos secos por varios
meses y reactivarse en condiciones favorables. La sombra excesiva y la acumulación
de humedad en la copa del cafeto son factores predisponentes clave, ya que generan
microclimas que favorecen el desarrollo del patógeno (Alvarado & Meneses, 2020).
14
Control.
El manejo cultural constituye la base del control del mal rosado. Se recomienda realizar
podas sanitarias periódicas para eliminar ramas infectadas, mejorar la aireación dentro
del cafetal y reducir el nivel de sombra, especialmente en sistemas con árboles de
sombra de copa densa. La eliminación y quema o enterramiento de material infectado
es fundamental para evitar la propagación. También se debe desinfectar el equipo de
poda para prevenir la diseminación del hongo de una planta a otra (Herrera et al., 2020).

El control biológico ha mostrado buenos resultados con el uso de hongos antagonistas


como Trichoderma harzianum, que puede colonizar heridas y espacios de infección
inicial, evitando que Corticium salmonicolor se establezca. Aplicaciones preventivas de
Trichoderma en cortes de poda o como parte de tratamientos al suelo pueden reducir la
incidencia de la enfermedad. También se están evaluando bacterias antagonistas como
Bacillus subtilis y extractos vegetales, aunque estos últimos aún requieren validación
en campo (Alvarado & Meneses, 2020).

El control químico puede considerarse en situaciones de alta presión de enfermedad.


Se recomienda aplicar fungicidas cúpricos como oxicloruro de cobre directamente en
las heridas o zonas de infección visible, preferiblemente después de la poda. También
se ha empleado el mancozeb como tratamiento preventivo, aunque su uso debe
ajustarse a prácticas sostenibles y regulaciones locales. En cualquier caso, el
tratamiento debe enfocarse en puntos focales de infección más que en aplicaciones
generalizadas (Valverde et al., 2017).

Plagas.

Broca del café (Hypothenemus hampei)


La broca del café, Hypothenemus hampei, es considerada la plaga más dañina y
económicamente significativa del cafeto a nivel mundial. Este insecto coleóptero,
originario de África, ha logrado colonizar casi todas las regiones productoras de café
del mundo, incluyendo América Latina, Asia y Oceanía. Su presencia representa un
15
riesgo constante para la calidad y el volumen de producción, afectando directamente la
comerciabilidad del grano y reduciendo los ingresos de los productores. En algunos
casos, las pérdidas asociadas pueden superar el 30% de la producción total,
especialmente cuando no se implementan estrategias integradas de control (Vega et al.,
2018).

La hembra adulta de la broca es la responsable de la infestación de los frutos del café.


Este pequeño escarabajo (de aproximadamente 1.5 mm de largo) perfora el grano
maduro o en maduración para depositar sus huevos en el interior del endospermo. Las
larvas nacen dentro del fruto y se alimentan directamente del tejido nutritivo, lo que
daña de forma irreversible la calidad física y organoléptica del grano. Además, los
túneles que generan sirven como vía de entrada para microorganismos patógenos
secundarios, agravando aún más el daño (Castillo & Núñez, 2017).

El ciclo biológico de Hypothenemus hampei está estrechamente vinculado al ciclo


fenológico del cafeto, particularmente al período de fructificación. La duración de su
ciclo varía en función de la temperatura y humedad, oscilando entre 24 y 45 días. Las
condiciones óptimas para su desarrollo son temperaturas de 25 a 30 °C y alta humedad
relativa. Estas condiciones, comunes en muchas zonas cafetaleras, favorecen una
rápida reproducción del insecto, permitiendo la ocurrencia de múltiples generaciones
por año. Este aspecto convierte a la broca en una plaga difícil de erradicar y que
requiere un manejo constante (Vega et al., 2018; González & Rodríguez, 2021).

Signos.
Los Signos de infestación por broca son evidentes en los frutos maduros que presentan
pequeños orificios redondeados, generalmente en el extremo opuesto al pedúnculo. Al
abrir el fruto, se observan galerías con excrementos y larvas o adultos en desarrollo. A
medida que avanza la infestación, los granos se tornan más ligeros, oscuros y con
menor contenido de sólidos solubles, lo cual repercute negativamente en la calidad del
café en taza. Los lotes altamente infestados pueden ser rechazados por compradores

16
exigentes, especialmente en mercados de café gourmet o de exportación (Castillo &
Núñez, 2017).

El manejo de la broca requiere un enfoque multifacético. En primer lugar, el control


cultural es esencial. La recolección oportuna y completa de todos los frutos, incluidos
los del suelo y los llamados “granos paseros” (frutos secos adheridos a las ramas),
permite reducir significativamente la población de la plaga entre ciclos productivos. Esta
práctica debe ser sistemática y acompañarse del repase, que consiste en revisar
minuciosamente los árboles después de la cosecha para eliminar los frutos que
pudieran haber quedado. Estas acciones interrumpen el ciclo reproductivo del insecto y
disminuyen el inóculo para la siguiente temporada (González & Rodríguez, 2021).

Control.
El control biológico ha sido ampliamente estudiado y aplicado con éxito, siendo
Beauveria bassiana el hongo entomopatógeno más utilizado contra la broca. Este
hongo infecta al insecto a través de la cutícula, lo coloniza internamente y lo mata,
permitiendo además la diseminación de nuevas esporas en el ambiente. Existen cepas
comerciales y nativas que se aplican en forma de esporas viables en suspensión,
preferiblemente en horas de alta humedad. También se ha documentado la acción de
parasitoides como Cephalonomia stephanoderis y Prorops nasuta, que atacan los
estados larvales y pupales dentro del fruto. La combinación de estos enemigos
naturales ha demostrado ser eficaz en sistemas de producción sostenible y de bajo uso
de agroquímicos (Morales & Ortega, 2020).

En situaciones de alta presión de infestación, puede recurrirse al control químico,


aunque este debe usarse con extrema precaución. Insecticidas como el endosulfan o
piretroides han sido utilizados en el pasado, pero su toxicidad y persistencia ambiental
han generado restricciones regulatorias. Actualmente se promueve el uso de productos
más selectivos, como los insecticidas biológicos a base de extractos vegetales o
piretrinas naturales, aunque su eficacia puede ser limitada y depender del momento de
aplicación y del grado de infestación. El monitoreo previo y el uso de trampas tipo

17
alcohol-metanol son herramientas útiles para determinar los umbrales de intervención
(Castillo & Núñez, 2017).

Además del control directo, se ha trabajado en programas de educación y extensión


rural para capacitar a los productores en el reconocimiento de la plaga, la
implementación del manejo integrado y la evaluación económica de los daños. En
varios países productores se han creado programas nacionales de manejo de la broca,
que incluyen subsidios para la compra de insumos biológicos, programas de monitoreo
regional y campañas de concientización sobre la importancia de la cosecha limpia.
Estas acciones han permitido mitigar el impacto de la plaga en comunidades altamente
dependientes del café (Vega et al., 2018).

Finalmente, se están desarrollando nuevas herramientas como el uso de sensores para


detectar presencia temprana de broca, análisis genético para estudiar la resistencia de
ciertas variedades, e incluso biotecnología para mejorar la eficacia de los agentes de
control biológico. La integración de estas tecnologías con prácticas tradicionales puede
marcar la diferencia entre sistemas cafetaleros frágiles y resilientes frente a una plaga
tan destructiva como Hypothenemus hampei (González & Rodríguez, 2021).

Minador de la hoja (Leucoptera coffeella)


El minador de la hoja del café, Leucoptera coffeella, es una de las plagas foliares más
comunes y dañinas del cafeto en América Latina. Este insecto lepidóptero de la familia
Lyonetiidae se caracteriza por su fase larval, durante la cual se alimenta del mesófilo
de las hojas del cafeto, formando galerías o “minas” entre la epidermis superior e
inferior. Estas lesiones reducen significativamente la capacidad fotosintética del cafeto,
debilitando la planta, disminuyendo su productividad y aumentando su vulnerabilidad a
otras enfermedades o condiciones de estrés ambiental (Silva & Gómez, 2016).

Los adultos de Leucoptera coffeella son pequeñas mariposas blancas de menos de


5 mm de longitud, que son activas principalmente durante las horas crepusculares.
Después del apareamiento, la hembra deposita sus huevos en la superficie inferior de
las hojas tiernas. Las larvas emergen y penetran rápidamente en el interior del tejido
18
foliar, donde excavan túneles sinuosos mientras se alimentan. A medida que las
galerías crecen, las zonas afectadas toman un color plateado o blanquecino, y
posteriormente pueden necrosarse. Las larvas pupan dentro de la mina o en la
superficie de la hoja, y el adulto emerge al cabo de unos días, reiniciando el ciclo
(Fernández et al., 2019).

Este ciclo biológico puede completarse en 12 a 20 días, dependiendo de las


condiciones climáticas, lo que permite la aparición de múltiples generaciones al año. El
minador es particularmente problemático en climas cálidos y secos, donde sus
poblaciones pueden incrementarse rápidamente. También se ha observado una mayor
incidencia en cafetales densos, mal aireados y con altos niveles de nitrógeno, ya que el
exceso de brotación favorece la disponibilidad de hojas jóvenes, que son el principal
sitio de oviposición (Silva & Gómez, 2016).

Signos.
Los daños por minador no solo reducen la superficie foliar funcional, sino que también
inducen un envejecimiento prematuro de las hojas, la caída anticipada del follaje y, en
casos severos, defoliación total del cafeto. Estas pérdidas foliares disminuyen el
rendimiento fotosintético, afectando el llenado de frutos, la floración subsiguiente y la
acumulación de reservas. En plantas jóvenes o viveros, el impacto puede ser aún más
crítico, comprometiendo el desarrollo estructural y aumentando los costos de
producción debido a la necesidad de aplicaciones repetidas de control (Fernández et al.,
2019; González & Rodríguez, 2021).

Control.
El manejo del minador de la hoja debe basarse en un enfoque integrado. Entre las
estrategias culturales, se recomienda realizar podas sanitarias para renovar el follaje,
eliminar hojas infestadas y mejorar la aireación del cafetal. También se debe evitar el
exceso de fertilización nitrogenada, ya que el crecimiento vegetativo exuberante atrae
mayores poblaciones del insecto. La diversificación del sistema con sombra moderada

19
y especies arbóreas que atraigan enemigos naturales del minador también ha
demostrado ser una práctica útil en sistemas agroecológicos (López & Vargas, 2018).

El control biológico representa una de las herramientas más efectivas y sostenibles.


Diversos parasitoides han sido documentados como reguladores naturales del minador,
entre ellos Mirax insularis, Closterocerus coffeellae y Horismenus spp.. Estos insectos
atacan principalmente la fase larval del minador dentro de las minas, interrumpiendo su
desarrollo. En cafetales con manejo agroecológico y sin uso intensivo de insecticidas,
estos parasitoides pueden mantener las poblaciones de Leucoptera coffeella por
debajo del umbral económico de daño. Su conservación depende en gran medida de la
reducción en el uso de plaguicidas de amplio espectro y la conservación de refugios
naturales (Morales & Ortega, 2020).

En casos de infestaciones elevadas o en viveros, puede recurrirse al control químico,


utilizando insecticidas sistémicos como el imidacloprid, tiametoxam o abamectina. Sin
embargo, su aplicación debe basarse en el monitoreo de poblaciones y respetando los
umbrales de intervención. El uso indiscriminado de insecticidas no solo afecta a los
enemigos naturales del minador, sino que también puede conducir a la resistencia del
insecto, como ya se ha observado en ciertas regiones con uso prolongado de
neonicotinoides. Es por ello que se recomienda alternar modos de acción y utilizar
productos selectivos que no afecten la entomofauna benéfica (Fernández et al., 2019).

El uso de trampas adhesivas amarillas permite el monitoreo de adultos y ayuda a


determinar el inicio de los ciclos de reproducción. Además, nuevas tecnologías como el
uso de extractos vegetales con propiedades insecticidas, como el neem (Azadirachta
indica) o el ajenjo (Artemisia absinthium), han sido evaluadas con resultados
promisorios como parte de programas de manejo orgánico. La combinación de estas
prácticas, junto con la capacitación del personal técnico y productores, permite reducir
la incidencia de la plaga sin comprometer la sostenibilidad del agroecosistema
cafetalero (Durán et al., 2021).

20
Arañita roja (Oligonychus yothersi)
La arañita roja del café, Oligonychus yothersi, es un ácaro fitófago perteneciente a la
familia Tetranychidae que representa una plaga importante en cafetales de clima cálido
y seco, especialmente durante la época de sequía o de baja humedad relativa. Aunque
es microscópico (menos de 0.5 mm), su efecto acumulativo puede ser severo,
provocando estrés fisiológico, defoliación y reducción en la productividad del cafeto. Su
incidencia ha aumentado con el cambio climático y el uso de sistemas de cultivo más
expuestos, como los cafetales a pleno sol (Rodríguez et al., 2021).

Signos.
Este ácaro se localiza principalmente en el envés de las hojas, donde forma colonias
protegidas por una fina telaraña sedosa. Se alimenta al perforar las células epidérmicas
con su aparato bucal tipo estilete, succionando el contenido celular. Esta acción
provoca la aparición de manchas cloróticas o decoloraciones irregulares que, con el
tiempo, se tornan marrones. En infestaciones avanzadas, las hojas pierden su
capacidad fotosintética, se enrollan, se secan y caen prematuramente. En plantas
jóvenes o bajo estrés hídrico, la defoliación puede ser masiva y comprometer el
desarrollo de frutos y la floración siguiente (Valencia & Mora, 2019).

Control.
El ciclo biológico de Oligonychus yothersi es corto, completándose en 8 a 15 días
dependiendo de la temperatura. Las condiciones óptimas para su desarrollo son
temperaturas superiores a los 25 °C y humedad relativa inferior al 60 %. Las hembras
ovipositan sobre la superficie foliar y las larvas emergen a las pocas horas. Este
desarrollo acelerado permite la ocurrencia de múltiples generaciones por mes, lo cual
agrava las infestaciones si no se detectan a tiempo. Además, el tamaño diminuto y el
hábitat oculto dificultan la detección temprana (Rodríguez et al., 2021).

El manejo de esta plaga se basa en una combinación de medidas. El control cultural


incluye la reducción del estrés hídrico del cafeto mediante prácticas de riego (cuando
sea posible), cobertura del suelo con materia orgánica, y regulación del sombrío para
21
mantener una humedad más estable. También se recomienda la eliminación de hojas
secas y ramas innecesarias que faciliten refugios para los ácaros. La poda adecuada y
la mejora de la ventilación reducen la temperatura foliar, lo cual dificulta el desarrollo
del ácaro (López & Aguilar, 2018).

El control biológico ha mostrado resultados prometedores con el uso de ácaros


depredadores como Phytoseiulus persimilis y Amblyseius spp., que se alimentan de
huevos y larvas de Oligonychus yothersi. En cafetales bajo manejo agroecológico o de
bajo uso de pesticidas, estos enemigos naturales pueden establecerse de manera
estable. También se ha observado que hongos entomopatógenos como Beauveria
bassiana y Lecanicillium lecanii infectan a la arañita roja, especialmente en condiciones
de alta humedad, aunque su uso requiere aplicaciones dirigidas y condiciones
climáticas favorables (Valencia & Mora, 2019).

El control químico, si bien puede ser eficaz, debe utilizarse como último recurso, debido
al riesgo de eliminar enemigos naturales y fomentar la resistencia. Se han usado
acaricidas específicos como el abamectin, milbemectina y azadiractina (extracto de
neem), que tienen baja toxicidad para polinizadores y enemigos naturales. Sin embargo,
su aplicación debe basarse en monitoreo y respetar los umbrales de acción. El uso de
jabones potásicos y aceites minerales es una alternativa aceptada en cafetales
orgánicos, ya que actúan por contacto al deshidratar o asfixiar al ácaro sin dejar
residuos tóxicos (Rodríguez et al., 2021).

El monitoreo constante es esencial para una intervención oportuna. Se recomienda


revisar semanalmente el envés de las hojas del tercio medio del cafeto, especialmente
durante las épocas secas. La presencia de manchas cloróticas, telaraña fina y polvo
rojo en la superficie foliar son indicadores visuales que deben alertar sobre su
presencia. El manejo exitoso depende del enfoque preventivo, ya que una vez
establecida, la plaga puede resultar difícil de erradicar sin afectar el equilibrio del
ecosistema del cafetal (González & Rodríguez, 2021).

22
Trips del café (Frankliniella spp.)
Los trips del género Frankliniella constituyen un grupo de insectos minúsculos pero de
gran impacto en la productividad del café, especialmente en su etapa de floración.
Estas plagas pertenecen al orden Thysanoptera y son caracterizadas por su aparato
bucal raspador-suctor, con el cual perforan células epidérmicas y se alimentan del
contenido celular, provocando un daño visible e irreversible. Aunque los trips han sido
tradicionalmente considerados plagas secundarias en café, su importancia ha crecido
en los últimos años debido a cambios en el clima, la intensificación del cultivo, y la
reducción de enemigos naturales por el uso extensivo de pesticidas (López & Aguilar,
2018).

Signos.
Los adultos miden entre 1 y 1.5 mm, con un cuerpo delgado, generalmente de color
amarillento o marrón claro. Son activos durante las primeras horas de la mañana y al
atardecer, momento en que pueden observarse sobre botones florales, hojas jóvenes y
brotes terminales. Depositan sus huevos en los tejidos vegetales, y las larvas emergen
en pocos días, completando su ciclo en un periodo de 10 a 15 días según la
temperatura. Este ciclo corto, junto con su capacidad de reproducción tanto sexual
como partenogenética, les permite desarrollar poblaciones numerosas en poco tiempo,
especialmente en climas cálidos con humedad relativa moderada (Aguilar et al., 2020).

El principal daño económico que causan los trips se produce durante la etapa de
floración. Al alimentarse de los botones florales, inducen necrosis, deformación o caída
prematura de las flores, lo que reduce el número de frutos formados. También atacan
las hojas tiernas, generando manchas plateadas o bronceadas, deformaciones, bordes
quemados y, en casos severos, caída foliar. En los frutos recién formados, pueden
causar lesiones superficiales que afectan su desarrollo y apariencia. Si bien el daño
individual puede parecer menor, el efecto acumulado sobre la floración masiva puede
traducirse en una merma significativa del rendimiento (López & Aguilar, 2018; González
& Rodríguez, 2021).

23
Control.
El manejo cultural de los trips comienza con el monitoreo periódico de la floración y el
crecimiento vegetativo, prestando especial atención a épocas de transición climática y
brotación intensa. La eliminación de malezas y hospederos alternos, como ciertas
especies de leguminosas o compuestas, reduce las fuentes de alimentación y
reproducción. También se recomienda mantener una cobertura vegetal baja, sin exceso
de humedad, que no favorezca la proliferación de los insectos. En cafetales bajo
sombra, la regulación del dosel arbóreo ayuda a estabilizar el microclima y a reducir los
extremos que favorecen los brotes (Aguilar et al., 2020).

El control biológico es una herramienta efectiva y sostenible. Se ha documentado la


presencia de enemigos naturales como ácaros depredadores (Amblyseius spp.),
crisopas (Chrysoperla spp.) y chinches predadores (Orius insidiosus), que atacan tanto
adultos como ninfas. Además, hongos entomopatógenos como Beauveria bassiana y
Metarhizium anisopliae han sido evaluados con éxito, especialmente cuando se aplican
en la etapa de larva. Estos hongos infectan a los trips por contacto, penetrando la
cutícula y provocando la muerte del insecto en pocos días. Su eficacia mejora con
aplicaciones en condiciones de alta humedad relativa y al inicio del día (Valencia &
Mora, 2019).

En cuanto al control químico, este debe utilizarse únicamente cuando los niveles
poblacionales superen el umbral económico de daño, que suele ser de 5 a 10
individuos por botón floral. Insecticidas selectivos como spinosad, abamectina o
extractos botánicos como azadiractina (neem) han demostrado eficacia con bajo
impacto sobre polinizadores y enemigos naturales. La aplicación dirigida a los botones
florales durante su formación es clave para evitar el aborto floral. El uso excesivo de
piretroides o neonicotinoides debe evitarse, ya que afecta la entomofauna benéfica y
puede inducir resistencia (Aguilar et al., 2020).

El monitoreo fitosanitario es esencial para la toma de decisiones. Se recomienda utilizar


trampas adhesivas azules, que son altamente efectivas para capturar adultos y estimar

24
su densidad poblacional. La observación visual directa de brotes y flores también
permite detectar a tiempo su presencia. En sistemas agroecológicos, se promueve el
manejo preventivo a través de prácticas de diversificación, sombra regulada y
conservación de hábitats para enemigos naturales (González & Rodríguez, 2021).

Nematodos (Meloidogyne spp. y Pratylenchus spp.)


Los nematodos fitoparásitos representan una amenaza silenciosa pero de gran impacto
en el cultivo de café, especialmente en sistemas intensivos y en suelos con manejo
inadecuado. Las especies más reportadas en cafetales son los nematodos agalladores
del género Meloidogyne y los nematodos migratorios del género Pratylenchus, ambos
con alta capacidad de colonización y daño al sistema radical del cafeto. Aunque no
siempre son visibles a simple vista, su presencia puede comprometer gravemente la
absorción de agua y nutrientes, afectando el vigor, la productividad y la longevidad del
cultivo (Martínez & López, 2020).

Meloidogyne spp. incluye especies como Meloidogyne incognita y Meloidogyne exigua,


que inducen la formación de agallas en las raíces del cafeto. Estas estructuras se
generan como respuesta al establecimiento del nematodo hembra, que altera el
metabolismo de las células del hospedero para formar sitios de alimentación
especializados. Las agallas interfieren con el desarrollo normal de las raíces,
reduciendo la capacidad de absorción y alterando el equilibrio hormonal de la planta.
Como consecuencia, se observa clorosis foliar, marchitez en horas cálidas, crecimiento
raquítico y, en infestaciones severas, muerte regresiva de la planta (Durán et al., 2021).

Por su parte, Pratylenchus spp., como Pratylenchus coffeae, no forman agallas visibles,
sino que penetran las raíces y se alimentan del parénquima cortical, causando lesiones
necróticas, necrosis generalizada y destrucción del sistema radical. A diferencia de
Meloidogyne, que es sedentario, Pratylenchus es migratorio, lo que le permite
diseminarse con mayor facilidad en el perfil del suelo. Esta plaga es particularmente
dañina en combinación con otros factores de estrés como sequías, suelos
compactados o infecciones fúngicas oportunistas, ya que las heridas que produce

25
sirven como vía de entrada para hongos como Fusarium y Rhizoctonia (Martínez &
López, 2020).

Signos.
El diagnóstico de nematodos requiere análisis específicos en laboratorio, ya que los
Signos en campo son fácilmente confundibles con deficiencias nutricionales u otros
factores bióticos y abióticos. Las plantas infestadas presentan un crecimiento desigual,
amarillamiento foliar, reducción del tamaño de hojas y frutos, y, en algunos casos,
muerte súbita. El análisis de raíces mediante observación microscópica permite
identificar las especies presentes, su estadio de desarrollo y su densidad poblacional.
También se realizan análisis de suelo para estimar la población por volumen de
sustrato, lo cual es clave para establecer estrategias de manejo (Durán et al., 2021;
Rojas & Pérez, 2022).

Control.
El manejo cultural de nematodos comienza con la selección de suelos bien drenados y
con buena aireación, ya que los ambientes anaerobios favorecen el desarrollo de
patógenos radiculares. La rotación de cultivos con especies no hospedantes como
maíz, sorgo o cebolla puede ayudar a reducir las poblaciones en el suelo. Asimismo, el
uso de abonos verdes como Crotalaria juncea o Tagetes spp. (caléndula) ha
demostrado tener efectos nematicidas naturales, ya que estas plantas producen
compuestos alelopáticos que inhiben el desarrollo de los nematodos. Estas estrategias
deben implementarse en conjunto antes de la siembra o como parte del manejo del
terreno en renovación (Herrera et al., 2020).

En cuanto al control biológico, se han identificado varios microorganismos con


capacidad antagonista frente a nematodos. Paecilomyces lilacinus y Purpureocillium
lilacinum son hongos nematófagos que parasitan los huevos y juveniles de
Meloidogyne, reduciendo sus poblaciones en el suelo. También se han utilizado
bacterias del género Bacillus, como Bacillus firmus, que producen metabolitos tóxicos
para los nematodos y estimulan la resistencia sistémica del cafeto. La aplicación de
26
estos agentes debe realizarse bajo condiciones controladas de humedad y pH para
maximizar su eficacia y supervivencia en el suelo (Durán et al., 2021).

El control químico, aunque disponible, presenta limitaciones importantes. Nematicidas


como el oxamilo o el fenamifos han mostrado eficacia en la reducción temporal de
poblaciones, pero su uso está restringido en muchos países por razones ambientales y
de salud. Además, su aplicación frecuente puede provocar desequilibrios en la
microbiota del suelo, afectando su fertilidad y sostenibilidad a largo plazo. Por ello, se
recomienda usarlos únicamente en viveros o en parcelas con infestaciones graves,
siempre como parte de un manejo integrado y con asesoría técnica especializada
(Martínez & López, 2020).

Una estrategia de gran valor es el uso de portainjertos resistentes a nematodos.


Algunas líneas de Coffea canephora (robusta) han mostrado tolerancia a Meloidogyne
y Pratylenchus, por lo que se han utilizado como patrones sobre los cuales se injertan
variedades de Coffea arabica de alta calidad. Esta técnica permite mantener la
productividad y la calidad del grano en suelos con problemas persistentes de
nematodos. Además, se promueve el uso de biofertilizantes a base de
microorganismos benéficos, como micorrizas arbusculares, que mejoran la salud
radicular y fortalecen la defensa de las plantas (González & Rodríguez, 2021).

En conclusión, el manejo de nematodos en el cultivo de café debe ser preventivo,


sostenible y multifactorial. La combinación de análisis de diagnóstico, prácticas
culturales adecuadas, uso de portainjertos resistentes, aplicación de agentes biológicos
y manejo responsable de nematicidas permite reducir el impacto de estas plagas en los
cafetales, mejorar la sanidad del suelo y asegurar una producción estable y de alta
calidad (Durán et al., 2021; Martínez & López, 2020)

Cochinilla (Planococcus citri y Dysmicoccus spp.)


Las cochinillas harinosas, representadas principalmente por Planococcus citri y
especies del género Dysmicoccus, son insectos fitófagos que constituyen una amenaza
creciente en cafetales, particularmente en sistemas de cultivo bajo sombra o en
27
condiciones de alta humedad relativa y escasa ventilación. Estas plagas pertenecen al
orden Hemiptera y a la familia Pseudococcidae, y se caracterizan por poseer un cuerpo
cubierto por una capa cerosa blanquecina, que les otorga su aspecto harinoso. Se
alimentan succionando la savia de la planta, lo que genera un debilitamiento progresivo
del cafeto y puede abrir la puerta a la infestación secundaria por hongos y otros
patógenos oportunistas (Rodríguez et al., 2018).

Signos.
Las cochinillas se localizan en partes protegidas del cafeto, como las axilas foliares, el
envés de las hojas, las uniones entre tallo y ramas, y, en ocasiones, sobre frutos y
raíces. El daño directo causado por estos insectos se debe a la extracción de savia,
que interfiere con el metabolismo de la planta, causando clorosis, enrollamiento y caída
prematura de hojas. Además, la cochinilla excreta una sustancia azucarada conocida
como mielecilla, que recubre la superficie vegetal y favorece el desarrollo de la
fumagina (Capnodium spp.), un hongo negro que bloquea la fotosíntesis y reduce la
calidad del grano y la apariencia del cafeto (Morales & Ortega, 2020).

El ciclo biológico de las cochinillas incluye los estadios de huevo, ninfa y adulto, y
puede completarse en 3 a 6 semanas, dependiendo de las condiciones ambientales.
Las hembras ovipositan en masas algodonosas que protegen los huevos de
depredadores y condiciones adversas. Las ninfas, que son móviles en sus primeros
estadios, se dispersan en busca de nuevos sitios de alimentación. En cafetales con alta
humedad y sin control, las poblaciones pueden incrementarse rápidamente, dificultando
el manejo y generando brotes epidémicos que afectan grandes extensiones de cultivo
(Rodríguez et al., 2018; Morales & Ortega, 2020).

Control.
El manejo de la cochinilla debe iniciar con estrategias culturales que reduzcan las
condiciones favorables para su proliferación. La poda sanitaria y la regulación del
sombrío permiten mejorar la circulación de aire y la entrada de luz solar, dificultando la
reproducción del insecto y el desarrollo de la fumagina. Asimismo, se recomienda
28
eliminar partes infestadas de la planta, especialmente aquellas que presentan
acumulaciones densas de cochinillas. La limpieza del cafetal y la eliminación de
malezas hospedantes también contribuyen a disminuir las fuentes de refugio y
reproducción de estas plagas (López & Vargas, 2018).

El control biológico ha demostrado ser altamente eficaz en el manejo de cochinillas.


Entre los depredadores más importantes se encuentra el escarabajo Cryptolaemus
montrouzieri, también conocido como “león de las cochinillas”, cuya larva se alimenta
vorazmente de huevos, ninfas y adultos. Este insecto ha sido liberado con éxito en
varios sistemas agrícolas, incluyendo cafetales, como parte de programas de control
biológico clásico. También se ha documentado la presencia de parasitoides como
Anagyrus pseudococci, los cuales parasitan a las cochinillas reduciendo su capacidad
reproductiva. La conservación de estos enemigos naturales es fundamental, y depende
en gran medida de la reducción en el uso de insecticidas no selectivos (Morales &
Ortega, 2020; Ramírez et al., 2021).

En cuanto al control químico, este debe aplicarse con prudencia y únicamente cuando
el monitoreo indique niveles críticos de infestación. Se han utilizado productos como
clorpirifos, piriproxifen y aceites hortícolas, que actúan sobre ninfas y adultos. Los
aceites insecticidas, al no ser tóxicos para muchos insectos benéficos, constituyen una
opción preferida en sistemas de manejo integrado. Su acción física consiste en asfixiar
a las cochinillas cubriendo sus espiráculos, lo que reduce su movilidad y capacidad de
alimentación. Sin embargo, la efectividad de los tratamientos depende de una
aplicación minuciosa y uniforme, especialmente en las zonas de difícil acceso del follaje
(Rodríguez et al., 2018).

El uso de bioinsecticidas, como extractos de neem (Azadirachta indica), también ha


ganado popularidad por su bajo impacto ambiental y su capacidad de actuar como
repelente, inhibidor de alimentación y disruptor hormonal. Estos productos pueden
emplearse en conjunto con agentes biológicos o como parte de programas de
producción orgánica. En viveros y pequeños cafetales, se ha promovido el uso de

29
soluciones jabonosas o mezclas de agua con alcohol y jabón potásico como medida
inmediata y de bajo costo para controlar infestaciones localizadas (Durán et al., 2021).

Es importante destacar el papel del monitoreo fitosanitario, el cual debe realizarse de


manera periódica para detectar las primeras fases de infestación. La evaluación del
porcentaje de ramas o plantas infestadas permite determinar la necesidad de
intervención y elegir el método de control más adecuado. Además, la capacitación de
los productores en la identificación de estados del insecto, la correcta aplicación de
tratamientos y la integración de prácticas culturales sostenibles, es esencial para
garantizar el éxito del manejo a largo plazo (González & Rodríguez, 2021).

30
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Cochinilla (Planococcus citri y Dysmicoccus spp.)

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