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El león y el mosquito
Un león descansaba bajo la sombra de un frondoso árbol cuando un mosquito pasó zumbando a su
alrededor. Enfurecido, el león le dijo al mosquito:
—¿Cómo te atreves a acercarte tanto? Vete, o te destruiré con mis garras.
Sin embargo, el mosquito era muy jactancioso y conocía bien sus propias habilidades y las ventajas de
su diminuto tamaño.
—¡No te tengo miedo! —exclamó el mosquito—. Puedes ser mucho más fuerte que yo, pero tus afilados
dientes y garras no me harán el menor daño. Para comprobarlo, te desafío a un combate.
En ese momento, el mosquito atacó al león picándolo en la nariz, las orejas y la cola. El león, aún más
enfurecido a causa del dolor, intentó atrapar al mosquito, pero terminó lastimándose gravemente con sus
garras.
Lleno de orgullo, el mosquito comenzó a volar sin mirar hacia a donde iba. Fue de esta manera que
tropezó con una telaraña y quedó atrapado entre los hilos de seda. Entonces, se dijo entre lamentos:
– Qué triste es mi final; vencer al rey de todas las bestias y acabar devorado por una insignificante araña.
Moraleja: Ninguna victoria dura para siempre.
La cigarra y la hormiga
Durante todo un verano, una cigarra se dedicó a cantar y a jugar sin preocuparse por nada. Un día, vio
pasar a una hormiga con un enorme grano de trigo para almacenarlo en su hormiguero.
La cigarra, no contenta con cantar y jugar, decidió burlarse de la hormiga y le dijo:
—¡Qué aburrida eres!, deja de trabajar y dedícate a disfrutar.
La hormiga, que siempre veía a la cigarra descansando, respondió:
—Estoy guardando provisiones para cuando llegue el invierno, te aconsejo que hagas lo mismo.
—Pues yo no voy a preocuparme por nada —dijo la cigarra—, por ahora tengo todo lo que necesito.
Y continuó cantando y jugando.
El invierno no tardó en llegar y la cigarra no encontraba comida por ningún lado. Desesperada, fue a
tocar la puerta de la hormiga y le pidió algo de comer:
—¿Qué hiciste tú en el verano mientras yo trabajaba? —preguntó la hormiga.
—Andaba cantando y jugando —contestó la cigarra.
—Pues si cantabas y jugabas en verano —repuso la hormiga—, sigue cantando y jugando en el invierno.
Dicho esto, cerró la puerta.
La cigarra aprendió a no burlarse de los demás y a trabajar con disciplina.
Moraleja: Para disfrutar, primero tienes que trabajar.
El murciélago y las comadrejas
Un murciélago cayó al suelo y de inmediato fue atrapado por una comadreja que detestaba las aves.
Viéndose a punto de perecer, le suplicó a la comadreja que lo dejara vivir. La comadreja se negó,
diciendo que era su naturaleza ser enemiga de todas las aves. Resuelto a no darse por vencido, el
murciélago le aseguró que no era un ave sino un ratón. Dudosa, la comadreja se acercó al murciélago y
al notar que este no tenía plumas, lo dejó en libertad.
A los pocos días, el murciélago volvió a caer al suelo y fue atrapado por otra comadreja. Sin embargo,
esta comadreja sentía una gran hostilidad hacia los ratones. Nuevamente, el murciélago rogó por su vida.
La comadreja se negó, afirmando que desde el día de su nacimiento es enemiga de todos los ratones. El
murciélago le aseguró que no era un ratón sino un pájaro. La comadreja se acercó al murciélago y al
observar sus alas, lo dejó volar. Fue así como el murciélago escapó dos veces.
Moraleja: Es de sabios adaptarse a las circunstancias.
El pavo real y la grulla
Érase una vez un pavo real muy engreído que tenía un plumaje hermoso como ninguna otra ave.
Un día, se encontró con una grulla. El pavo real se burló de las plumas descoloridas y apagadas de la
grulla. Inmediatamente, abrió su colorida cola para que la grulla la admirara.
—Mira mi abanico de plumas— se jactó—. Observa cómo brilla con todos los colores del arcoíris,
mientras que tus plumas son tan pálidas. Yo estoy vestido como un rey.
—Es verdad, tu plumaje es mucho más bello que el mío —respondió la grulla—, pero gracias a mis
plumas puedo volar hasta llegar al cielo y ver la belleza de la Tierra en todo su esplendor, mientras que tú
solo puedes caminar como cualquier pollo.
Moraleja: No menosprecies a los demás pues todos tenemos nuestras propias cualidades.
El perro y su reflejo
Un perro muy hambriento caminaba de aquí para allá buscando algo para comer, hasta que un carnicero
le tiró un hueso. Llevando el hueso en el hocico, tuvo que cruzar un río. Al mirar su reflejo en el agua
creyó ver a otro perro con un hueso más grande que el suyo, así que intentó arrebatárselo de un solo
mordisco. Pero cuando abrió el hocico, el hueso que llevaba cayó al río y se lo llevó la corriente. Muy
triste quedó aquel perro al darse cuenta de que había soltado algo que era real por perseguir lo que solo
era un reflejo.
Moraleja: Valora lo que tienes y no lo pierdas por envidiar a los demás.
El burro con piel de león
Érase una vez un burro que encontró una piel de león en medio del campo:
“Con esta piel podré disfrazarme de león y asustar a los demás animales”, pensó entre risas.
El burro se puso la piel del león y recorrió el campo disfrazado. Al verlo, las personas y los animales
corrían aterrorizados. ¡Pensaban que el burro era en realidad un león!
Un día, el burro estaba tan orgulloso de su hazaña que dejó escapar un fuerte rebuzno.
Cerca, había un astuto zorro que no podía ser engañado.
—Quítate ese disfraz, burro descocado —dijo el zorro—. Pareces un león, pero por la forma en que
rebuznas, solo puedes ser un burro.
Moraleja: Sé tú mismo, no pretendas ser lo que no eres.