Por último, con la lima del herrero real, se afiló los dientes y las uñas.
Por fin, Wolfi se miró en un espejo.
Ya no se parecía nada al manso lobito que siempre era, en cambio, era idéntico al malvado lobo
feroz del cuento.
Satisfecho con su disfraz, decidió gastarles una broma a las tres princesitas.
—¡Con lo que les gustan las bromas! —se dijo—. ¡Se van a reír muchísimo!
Y fue a esperar a las princesas al camino del bosque.
Las trillizas se preguntaban dónde se había metido Wolfi.
—¡Qué raro!, siempre viene a pasear con nosotras. —dijo una princesa.
—¡Seguro que se quiere librar del baño! —dijo la otra.
—¡Ya veréis cuando aparezca! —dijo la tercera.
Aún estaban diciendo esto mismo, cuando de detrás de un árbol apareció Wolfi, que enseñando
las garras y abriendo la boca todo lo que pudo, soltó el rugido más grande que había dado en
toda su vida:
¡¡¡¡RRROOOOOOAAAAAARRR!!!!
Del susto que se llevaron, a las princesas se les borraron las pecas de la nariz, y las
coronas salieron volando cuando se les pusieron los pelos de punta.
Wolfi se cruzó de brazos sonriendo y esperando a que las princesas dijeran algo así como:
— Jolín Wolfi, ¡qué susto!, esta broma sí que ha sido buena …
Pero las princesas no decían nada y miraban a Wolfi con los ojos como platos.
Entonces primero empezó una, después la otra y por último la tercera. Las tres princesas
se pusieron a llorar y a gritar a la vez.
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Sucedía que cuando las tres princesas lloraban y gritaban a la vez, más le valía a uno
taparse las orejas, cosa que Wolfi sabía muy bien, así que corrió a consolarlas antes de que le
dejaran sordo.
Lo que las princesas vieron fue a un lobo feo que corría hacia ellas para comérselas, así que
aún lloraron más fuerte. Menos mal que al acercarse, las princesas reconocieron enseguida a
Wolfi, y dejaron de gritar.
—¡Pero Wolfi!, ¡vaya pinta tienes! —dijo una princesa aún entre sollozos.
—¡Y menudo tufo echas! —dijo la otra princesa sorbiendo los mocos.
—¡A la bañera! —dijo la tercera.
Las princesas metieron a Wolfi en la bañera real, y para bañarlo utilizaron tres botes de champú,
cuatro de suavizante, seis peines, catorce toallas y tres secadores, uno por cada princesa, hasta
que Wolfi quedó de nuevo suave y bien peinadito.
Luego leyeron un montón de cuentos (de princesas) antes de irse a dormir, no sin antes hacer
prometer a Wolfi que nunca más intentaría asustarlas ni se disfrazaría de lobo feroz.
Y todo volvió a ser como siempre…
Bueno…, no exactamente como siempre…
Aquella misma noche, Wolfi soñó que cocinaba en una gran olla ricos guisos hechos con
cerditos, abuelitas y niñitas vestidas de rojo.
Después de todo…Un lobo es un lobo ¿No os parece?
¡AUUUUUUUUUUUUUUUUU…..!
FIN
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EL RATÓN TIMOTEO
Mari Carmen Llavador Martínez
Ilustraciones: Laura Quirante Arenas
Timoteo es un ratón
que vive en un cajón
en un cajón muy bonito,
con ventana y colchoncito.
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Se despereza temprano,
Bosteza como un humano.
Si pereza se levanta
De un golpe la manta aparta.
Cuando se quita el pijama
Lo pliega sobre la cama.
Se lava y peina deprisa
Y se pone su camisa
Luego viene el desayuno
Y come como ninguno
Unas ricas tostadas
Y sabrosas mermeladas.
Entonces se lava los dientes
Para que estén relucientes.
Luego canta mirando al sol
Do, re, mi, fa, sol,
Sol, fa, mi, re, do.
Timoteo es muy goloso
Mucho más que algún oso.
Detrás va de un buen pastel
Que el otro día hizo Isabel.
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Con huevos y con harina
Con yogur y golosina
lo tiene bien guardado
bajo un enorme candado
mas la puerta está entreabierta
Timoteo piensa en la fiesta
que se ha de regalar
con suculento manjar
y no le importa a Timoteo
sabiendo que eso está feo.
Lo primero que él ha hecho
ha sido mirar al techo
allí hay una ventana abierta
que hace las veces de puerta
y ve al vecinito de enfrente
que sabe que es muy valiente
y no le asustan los ratones
que se ven por los rincones.
“Pau, corre, ven a ayudarme”
que necesito calmarme.
Corriendo, veloz, Pau acude.
A dos, escalones sube.
y juntos ambos se van
subiendo hacia el desván.
Pero encuentran a Pimienta
que es la rata más sangrienta.
Que persigue a Timoteo
porque dice que es muy feo.
Más Timoteo la huele
“Pimienta le repele”.
Tampoco a Pau le gusta
también la rata le asusta.
Timoteo no piensa en vano
pintarle a Pimienta un grano
que a la rata le dé picores
y unos grandes retemblores
que suban por sus narices
como si fuesen lombrices.
Y ataquen como piratas
las lombrices a la rata.
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Allí dejan a Pimienta
rascándose por su cuenta.
¡Ya llega el vencedor!
gritan a su alrededor
muchos golosos ratones
que salen por los rincones.
Más Pimienta no se cansa
urdiendo está la venganza
de tener entre sus dientes
a Timoteo el valiente
con sus dientes afilados
morderle piensa en algún lado.
Al guapo de Timoteo
quiere dejarle muy feo
¡más Timoteo es tan guapo!
que lo quiere hasta el gato
El gato de la encina
que se manchó de harina
de aquel rico pastel
que hizo niña Isabel
con cremas multicolores
y que adornó con bellas flores,
todas eran perfumadas
y cultivadas por las hadas
cerca del cajoncito
donde vive el ratoncito
ese guapo Timoteo
al que Pimienta quiere dejar feo.
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NAVIDADES CON MAGGIE
Magdalena Amann Gonzalez de Ubieta
Ilustraciones: Laura Quirante Arenas
Maggie estaba contenta pero nerviosa, pues se acercaban las vacaciones de Navidad.
Necesitaba sacar buenas notas y así recibir los regalos que había pedido en su carta a los Reyes
Magos días antes. A ella no le gustaba ir al colegio, pero había mejorado mucho en su
comportamiento y esperaba conseguirlo.
Esa mañana, al mirar por la ventana, vio el jardín cubierto de blanco por la nevada que
caía, y pensó:
-Seguro que hoy no hay clase y podré jugar con mis amigas en la nieve… – y recordó todos
los planes que tenían para esos días.
Tan pensativa estaba que no oyó a su madre que le llamaba para desayunar. Bajó corriendo
las escaleras diciendo:
-¡Ya voy, mami! ¡No te oía!... ¿Podrán venir Pili y Mili a casa?
- Sí, le dijo su madre, pero antes tendrás que arreglar tu habitación, que está hecha un lío.
Cuando llegaron sus amigas decidieron hacer un muñeco de nieve.
Estuvieron de acuerdo en que los ojos fueran dos trozos de carbón. Luego Pili quiso que la
nariz fuera una zanahoria, pero Mili dijo:
-No! Pregúntale a Maggie y verás como dice que es mejor con un pimiento colorado.
-¿Por qué?
-Pues porque cuando hace mucho frío, la nariz se pone como un pimiento. Lo sabe todo el
mundo.
-Bueno, pues la boca –dijo Maggie – que sea un tomate.
Además le pusieron un sombrero viejo, una bufanda con rayas de colores y un bastón.
-¡Bien! ¡Viva! – gritaron de alegría al verlo terminado.
Le llamaron Don Pim Pon, y fue su mascota.
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Luego siguieron tirándose bolas y deslizándose con el trineo sin parar una y otra vez.
-Ahora me toca a mí – decía Mili – ya he estado mucho tiempo empujando.
-¡de eso nada! - Dijo Maggie – ¡para eso es mío!
Y así, subiendo y bajando, entre enfados y bromas pasaron la mañana, y terminaron
agotadas esa tarde.
El último día volvió al colegio a recoger las notas, que afortunadamente eran buenas esta
vez.
Esa tarde, junto a sus hermanos, la dedicaron a montar el belén, al que no le faltaba de
nada.
Las figuras eran de cerámica y las había hecho todas su padre. Cada año celebraban en
casa un concurso de disfraces y el ganador elegía una nueva figura para añadir al belén, y que el
padre de Maggie hacía con mucha ilusión.
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Ocupaba un gran espacio en el salón, y el él había un ángel, los pastorcillos junto a la
hoguera, el río con las lavanderas y un grueso puente de piedra y madera por el que pasarían
muy pronto Melchor, Gaspar y Baltasar, llevando consigo las cartas.
Los niños de la casa se levantaban cada mañana para ver si los Reyes Magos habían
avanzado hacia su destino, y misteriosamente comprobaban que se acercaban más cuando el día
anterior se habían portado bien.
También adornaron un árbol a la entrada de su casa, al que pusieron bolas de colores,
espumillón y una gran estrella luminosa en su copa.
El día de Santo Tomás su padre les despertó temprano para ir al mercado que ponían los
aldeanos en la plaza del pueblo con sus mejores productos.
-¡Vamos chicos! ¡Arriba!, que llegamos tarde - les decía.
A Maggie no le importaba madrugar ese día en el que iban a elegir el pavo para la
Nochebuena. Se divertía mucho viendo todo aquello lleno de animales, entre la muchedumbre, y
el griterío que organizaban vendedores y clientes en la puja por encontrar la mejor mercancía a
buen precio.
Y llegó el mágico día 22, el de la lotería, en el que los niños de San Ildefonso cantarían con
sus angelicales voces el número del gordo de Navidad.
Estaban todos impacientes junto a la radio escuchando el sorteo. ¿Sería en esta ocasión su
décimo el agraciado?
-¡Oh, no! - Tampoco esta vez la fortuna les quiso favorecer.
-Bueno - se dijeron – tal vez el año que viene.
La nochebuena se presentaba fría, y había que calentar bien la casa encendiendo la
chimenea y las estufas. El comedor estaba adornado con bonitas guirnaldas colocadas de lado a
lado, que hacían resplandecer más aún las lámparas de cristales.
La mesa estaba vestida con todo lujo de detalles. Esa noche se ponía el mejor mantel
bordado a mano por su madre, que era de colores muy vivos formando dibujos de “Papá Noel”,
campanillas y estrellas. A Maggie le dejaban ayudar formando las figuritas de mazapán que a
todos les encantaban.
Esa noche se cenaba pronto, sobre las nueve, pues a las doce en punto, iba toda la familia
a la tradicional misa de gallo. Luego se juntaban con los amigos y vecinos y regresaban a casa a
comer el turrón y a jugar hasta la madrugada. Era una gran noche.
Estaban a punto de sentarse a cenar cuando sonó el timbre de la puerta. Al abrir vieron a
un joven andrajoso pidiéndoles comida o limosna. Los padres, emocionados, pensaron en su hijo
Carlos, que estaba estudiando en el extranjero, pues aparentaba su misma edad y le
preguntaron enseguida:
-¿Qué haces con este frío por la calle, tú solo, pidiendo?¿Acaso no tienes familia?
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