Revelaciones sobre Sirius Black en Azkaban
Revelaciones sobre Sirius Black en Azkaban
ROWLING
Harry Potter y el prisionero de Azkaban
Capítulo 10
El mapa del merodeador
—De todas formas —objetó Fudge—, están aquí para defendernos de algo mucho peor. Todos
sabemos de lo que Black es capaz...
—¿Sabéis? Todavía me cuesta creerlo —dijo pensativa la señora Rosmerta—. De toda la gente que
se pasó al lado Tenebroso, Sirius Black era el último del que hubiera pensado... Quiero decir, lo
recuerdo cuando era un raño en Hogwarts. Si me hubierais dicho entonces en qué se iba a convertir;
habría creído que habíais tomado demasiado hidromiel.
—No sabes la mitad de la historia, Rosmerta —dijo Fudge con aspereza—. La gente desconoce lo
peor.
—¿Lo peor? —dijo la señora Rosmerta con la voz impregnada de curiosidad—. ¿Peor que matar a
toda esa gente?
—Desde luego, eso quiero decir —dijo Fudge.
—No puedo creerlo. ¿Qué podría ser peor?
—Dices que te acuerdas de cuando estaba en Hogwarts, Rosmerta —susurró la profesora
McGonagall—. ¿Sabes quién era su mejor amigo?
—Pues claro —dijo la señora Rosmerta riendo ligeramente—. Nunca se veía al uno sin el otro. ¡La
de veces que estuvieron aquí! Siempre me hacían reír. ¡Un par de cómicos, Sirius Black y James
Potter!
A Harry se le cayó la jarra de la mano, produciendo un fuerte ruido de metal. Ron le dio con el pie.
—Exactamente —dijo la profesora McGonagall—. Black y Potter. Cabecillas de su pandilla. Los
dos eran muy inteligentes. Excepcionalmente inteligentes. Creo que nunca hemos tenido dos
alborotadores como ellos.
—No sé —dijo Hagrid, riendo entre dientes—. Fred y George Weasley podrían dejarlos atrás.
—¡Cualquiera habría dicho que Black y Potter eran hermanos! —terció el profesor Flitwick—.
¡Inseparables!
—¡Por supuesto que lo eran! —dijo Fudge—. Potter confiaba en Black más que en ningún otro
amigo. Nada cambió cuando dejaron el colegio. Black fue el padrino de boda cuando James se casó
con Lily. Luego fue el padrino de Harry. Harry no sabe nada, claro. Ya te puedes imaginar cuánto
se impresionaría si lo supiera.
—¿Porque Black se alió con Quien Ustedes Saben? —susurró la señora Rosmerta.
—Aún peor; querida... —Fudge bajó la voz y continuó en un susurro casi inaudible—. Los Potter
no ignoraban que Quien Tú Sabes iba tras ellos. Dumbledore, que luchaba incansablemente contra
Quien Tú Sabes, tenía cierto número de espías. Uno le dio el soplo y Dumbledore alertó
inmediatamente a James y a Lily. Les aconsejó ocultarse. Bien, por supuesto que Quien Tú Sabes
no era alguien de quien uno se pudiera ocultar fácilmente. Dumbledore les dijo que su mejor
defensa era el encantamiento Fidelio.
—¿Cómo funciona eso? —preguntó la señora Rosmerta, muerta de curiosidad.
El profesor Flitwick carraspeó.
—Es un encantamiento tremendamente complicado —dijo con voz de pito— que supone el
ocultamiento mágico de algo dentro de una sola mente. La información se oculta dentro de la
persona elegida, que es el guardián secreto. Y en lo sucesivo es imposible encontrar lo que guarda, a
menos que el guardián secreto opte por divulgarlo. Mientras el guardián secreto se negara a hablar,
Quien Tú Sabes podía registrar el pueblo en que estaban James y Lily sin encontrarlos nunca,
aunque tuviera la nariz pegada a la ventana de la salita de estar de la pareja.
—¿Así que Black era el guardián secreto de los Potter? —susurró la señora Rosmerta.
—Naturalmente —dijo la profesora McGonagall—. James Potter le dijo a Dumbledore que Black
daría su vida antes de revelar dónde se ocultaban, y que Black estaba pensando en ocultarse él
también... Y aun así, Dumbledore seguía preocupado. Él mismo se ofreció como guardián secreto
de los Potter.
—¿Sospechaba de Black? —exclamó la señora Rosmerta.
—Dumbledore estaba convencido de que alguien cercano a los Potter había informado a Quien Tú
Sabes de sus movimientos —dijo la profesora McGonagall con voz misteriosa—. De hecho, llevaba
algún tiempo sospechando que en nuestro bando teníamos un traidor que pasaba información a
Quien Tú Sabes.
—¿Y a pesar de todo James Potter insistió en que el guardián secreto fuera Black?
—Así es —confirmó Fudge—. Y apenas una semana después de que se hubiera llevado a cabo el
encantamiento Fidelio...
—¿Black los traicionó? —musitó la señora Rosmerta.
—Desde luego. Black estaba cansado de su papel de espía. Estaba dispuesto a declarar abiertamente
su apoyo a Quien Tú Sabes. Y parece que tenía la intención de hacerlo en el momento en que
murieran los Potter. Pero como sabemos todos, Quien Tú Sabes sucumbió ante el pequeño Harry
Potter. Con sus poderes destruidos, completamente debilitado, huyó. Y esto dejó a Black en una
situación incómoda. Su amo había caído en el mismo momento en que Black había descubierto su
juego. No tenía otra elección que escapar...
—Sucio y asqueroso traidor —dijo Hagrid, tan alto que la mitad del bar se quedó en silencio.
—Chist —dijo la profesora McGonagall.
—¡Me lo encontré —bramó Hagrid—, seguramente fui yo el último que lo vio antes de que matara
a toda aquella gente! ¡Fui yo quien rescató a Harry de la casa de Lily y James, después de su
asesinato! Lo saqué de entre las ruinas, pobrecito. Tenía una herida grande en la frente y sus padres
habían muerto... Y Sirius Black apareció en aquella moto voladora que solía llevar. No se me
ocurrió preguntarme lo que había ido a hacer allí. No sabía que él había sido el guardián secreto de
Lily y James. Pensé que se había enterado del ataque de Quien Vosotros Sabéis y había acudido
para ver en qué podía ayudar. Estaba pálido y tembloroso. ¿Y sabéis lo que hice? ¡ME PUSE A
CONSOLAR A AQUEL TRAIDOR ASESINO! —exclamó Hagrid.
—Hagrid, por favor —dijo la profesora McGonagall—, baja la voz.
—¿Cómo iba a saber yo que su turbación no se debía a lo que les había pasado a Lily y a James?
¡Lo que le turbaba era la suerte de Quien Vosotros Sabéis! Y entonces me dijo: «Dame a Harry,
Hagrid. Soy su padrino. Yo cuidaré de él...» ¡Ja! ¡Pero yo tenía órdenes de Dumbledore y le dije a
Black que no! Dumbledore me había dicho que Harry tenía que ir a casa de sus tíos. Black discutió,
pero al final tuvo que ceder. Me dijo que cogiera su moto para llevar a Harry hasta la casa de los
Dursley. «No la necesito ya», me dijo. Tendría que haberme dado cuenta de que había algo raro en
todo aquello. Adoraba su moto. ¿Por qué me la daba? ¿Por qué decía que ya no la necesitaba? La
verdad es que una moto deja demasiadas huellas, es muy fácil de seguir. Dumbledore sabía que él
era el guardián de los Potter. Black tenía que huir aquella noche. Sabía que el Ministerio no tardaría
en perseguirlo. Pero ¿y si le hubiera entregado a Harry, eh? Apuesto a que lo habría arrojado de la
moto en alta mar. ¡Al hijo de su mejor amigo! Y es que cuando un mago se pasa al lado tenebroso,
no hay nada ni nadie que le importe...
Tras la perorata de Hagrid hubo un largo silencio. Luego, la señora Rosmerta dijo con cierta
satisfacción:
—Pero no consiguió huir; ¿verdad? El Ministerio de Magia lo atrapó al día siguiente.
—¡Ah, si lo hubiéramos encontrado nosotros...! —dijo Fudge con amargura—. No fuimos nosotros,
fue el pequeño Peter Pettigrew: otro de los amigos de Potter. Enloquecido de dolor; sin duda, y
sabiendo que Black era el guardián secreto de los Black, él mismo lo persiguió.
—¿Pettigrew...? ¿Aquel gordito que lo seguía a todas partes? —preguntó la señora Rosmerta.
—Adoraba a Black y a Potter. Eran sus héroes —dijo la profesora McGonagall—. No era tan
inteligente como ellos y a menudo yo era brusca con él. Podéis imaginaros cómo me pesa ahora...
—Su voz sonaba como si tuviera un resfriado repentino.
—Venga, venga, Minerva —le dijo Fudge amablemente—. Pettigrew murió como un héroe. Los
testigos oculares (muggles, por supuesto, tuvimos que borrarles la memoria...) nos contaron que
Pettigrew había arrinconado a Black. Dicen que sollozaba: «¡A Lily y a James, Sirius! ¿Cómo
pudiste...?» Y entonces sacó la varita. Aunque, claro, Black fue más rápido. Hizo polvo a Pettigrew.
La profesora McGonagall se sonó la nariz y dijo con voz llorosa:
—¡Qué chico más alocado, qué bobo! Siempre fue muy malo en los duelos. Tenía que habérselo
dejado al Ministerio...
—Os digo que si yo hubiera encontrado a Black antes que Pettigrew, no habría perdido el tiempo
con varitas... Lo habría descuartizado, miembro por miembro —gruñó Hagrid.
—No sabes lo que dices, Hagrid —dijo Fudge con brusquedad—. Nadie salvo los muy preparados
Magos de Choque del Grupo de Operaciones Mágicas Especiales habría tenido una oportunidad
contra Black, después de haberlo acorralado. En aquel entonces yo era el subsecretario del
Departamento de Catástrofes en el Mundo de la Magia, y fui uno de los primeros en personarse en
el lugar de los hechos cuando Black mató a toda aquella gente. Nunca, nunca lo olvidaré. Todavía a
veces sueño con ello. Un cráter en el centro de la calle, tan profundo que había reventado las
alcantarillas. Había cadáveres por todas partes. Muggles gritando. Y Black allí, riéndose, con los
restos de Pettigrew delante... Una túnica manchada de sangre y unos... unos trozos de su cuerpo.
La voz de Fudge se detuvo de repente. Cinco narices se sonaron.
—Bueno, ahí lo tienes, Rosmerta —dijo Fudge con la voz tomada—. A Black se lo llevaron veinte
miembros del Grupo de Operaciones Mágicas Especiales, y Pettigrew fue investido Caballero de
primera clase de la Orden de Merlín, que creo que fue de algún consuelo para su pobre madre.
Black ha estado desde entonces en Azkaban.
La señora Rosmerta dio un largo suspiro.
—¿Es cierto que está loco, señor ministro?
—Me gustaría poder asegurar que lo estaba —dijo Fudge—. Ciertamente creo que la derrota de su
amo lo trastornó durante algún tiempo. El asesinato de Pettigrew y de todos aquellos muggles fue la
acción de un hombre acorralado y desesperado: cruel, inútil, sin sentido. Sin embargo, en mi última
inspección de Azkaban pude ver a Black. La mayoría de los presos que hay allí hablan en la
oscuridad consigo mismos. Han perdido el juicio... Pero me quedé sorprendido de lo normal que
parecía Black. Estuvo hablando conmigo con total sensatez. Fue desconcertante. Me dio la
impresión de que se aburría. Me preguntó si había acabado de leer el periódico. Tan sereno como os
podáis imaginar; me dijo que echaba de menos los crucigramas. Sí, me quedé estupefacto al
comprobar el escaso efecto que los dementores parecían tener sobre él. Y él era uno de los que
estaban más vigilados en Azkaban, ¿sabéis? Tenía dementores ante la puerta día y noche.
—Pero ¿qué pretende al fugarse? —preguntó la señora Rosmerta—. ¡Dios mío, señor ministro! No
intentará reunirse con Quien Usted Sabe, ¿verdad?
—Me atrevería a afirmar que es su... su... objetivo final —respondió Fudge evasivamente—. Pero
esperamos atraparlo antes. Tengo que decir que Quien Tú Sabes, solo y sin amigos, es una cosa...
pero con su más devoto seguidor, me estremezco al pensar lo poco que tardará en volver a alzarse...
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Lunático, Colagusano, Canuto y Cornamenta
Era tan absurdo que les costó un rato comprender lo que había dicho. Luego, Ron dijo lo mismo que
Harry pensaba:
—Están ustedes locos.
—¡Absurdo! —dijo Hermione con voz débil.
—¡Peter Pettigrew está muerto! ¡Lo mató hace doce años!
Señaló a Black, cuya cara sufría en ese momento un movimiento espasmódico.
—Tal fue mi intención —explicó, enseñando los dientes amarillos—, pero el pequeño Peter me
venció. ¡Pero esta vez me vengaré!
Y dejó en el suelo a Crookshanks antes de abalanzarse sobre Scabbers; Ron gritó de dolor cuando
Black cayó sobre su pierna rota.
—¡Sirius, NO! —gritó Lupin, corriendo hacia ellos y separando a Black de Ron—. ¡ESPERA! ¡No
puedes hacerlo así! ¡Tienen que comprender! ¡Tenemos que explicárselo!
—Podemos explicarlo después —gruñó Black, intentando desprenderse de Lupin y dando un
zarpazo al aire para atrapar a Scabbers, que gritaba como un cochinillo y arañaba a Ron en la cara y
en el cuello, tratando de escapar.
—¡Tienen derecho... a saberlo... todo! —jadeó Lupin sujetando a Black—. ¡Es la mascota de Ron!
¡Hay cosas que ni siquiera yo comprendo! ¡Y Harry...! ¡Tienes que explicarle la verdad a Harry,
Sirius!
Black dejó de forcejear; aunque mantuvo los hundidos ojos fijos en Scabbers, a la que Ron protegía
con sus manos arañadas, mordidas y manchadas de sangre.
—De acuerdo, pues —dijo Black, sin apartar la mirada de la rata—. Explícales lo que quieras, pero
date prisa, Remus. Quiero cometer el asesinato por el que fui encarcelado...
—Están locos los dos —dijo Ron con voz trémula, mirando a Harry y a Hermione, en busca de
apoyo—. Ya he tenido bastante. Me marcho.
Intentó incorporarse sobre su pierna sana, pero Lupin volvió a levantar la varita apuntando a
Scabbers.
—Me vas a escuchar hasta el final, Ron —dijo en voz baja—. Pero sujeta bien a Peter mientras
escuchas.
—¡NO ES PETER, ES SCABBERS! —gritó Ron, obligando a la rata a meterse en su bolsillo
delantero, aunque se resistía demasiado. Ron perdió el equilibrio. Harry lo cogió y lo tendió en la
cama. Sin hacer caso de Black, Harry se volvió hacia Lupin.
—Hubo testigos que vieron morir a Pettigrew —dijo—. Toda una calle llena de testigos.
—¡No vieron, creyeron ver! —respondió Black con furia, vigilando a Scabbers, que se debatía en
las manos de Ron.
—Todo el mundo creyó que Sirius mató a Peter —confirmó Lupin—. Yo mismo lo creía hasta que
he visto el mapa esta noche. Porque el mapa del merodeador nunca miente... Peter está vivo. Ron lo
tiene entre las manos, Harry.
Harry bajó la mirada hacia Ron, y al encontrarse sus ojos, se entendieron sin palabras:
indudablemente, Black y Lupin estaban locos. Nada de lo que decían tenía sentido. ¿Cómo iba
Scabbers a ser Peter Pettigrew? Azkaban debía de haber trastornado a Black, después de todo. Pero
¿por qué Lupin le seguía la corriente?
Entonces habló Hermione, con una voz temblorosa que pretendía parecer calmada, como si quisiera
que el profesor Lupin recobrara la sensatez.
—Pero profesor Lupin: Scabbers no puede ser Pettigrew... Sencillamente es imposible, usted lo
sabe.
—¿Por qué no puede serlo? —preguntó Lupin tranquilamente, como si estuvieran en clase y
Hermione se limitara a plantear un problema en un experimento con grindylows.
—Porque si Peter Pettigrew hubiera sido un animago, la gente lo habría sabido. Estudiamos a los
animagos con la profesora McGonagall. Y yo los estudié en la enciclopedia cuando preparaba el
trabajo. El Ministerio vigila a los magos que pueden convertirse en animales. Hay un registro que
indica en qué animal se convierten y las señales que tienen. Yo busqué «Profesora McGonagall» en
el registro, y vi que en este siglo sólo ha habido siete animagos. El nombre de Peter Pettigrew no
figuraba en la lista.
Iba a asombrarse Harry de la escrupulosidad con que Hermione hacía los deberes cuando Lupin se
echó a reír.
—¡Bien otra vez, Hermione! —dijo—. Pero el Ministerio ignora la existencia de otros tres
animagos en Hogwarts.
—Si se lo vas a contar; date prisa, Remus —gruñó Black, que seguía vigilando cada uno de los
frenéticos movimientos de Scabbers—. He esperado doce años. No voy a esperar más.
—De acuerdo, pero tendrás que ayudarme, Sirius —dijo Lupin—. Yo sólo sé cómo comenzó...
Lupin se detuvo en seco. Había oído un crujido tras él. La puerta de la habitación acababa de
abrirse. Los cinco se volvieron hacia ella. Lupin se acercó y observó el rellano.
—No hay nadie.
—¡Este lugar está encantado! —dijo Ron.
—No lo está —dijo Lupin, que seguía mirando a la puerta, intrigado—. La Casa de los Gritos nunca
ha estado embrujada. Los gritos y aullidos que oían los del pueblo los producía yo. —Se apartó el
ceniciento pelo de los ojos. Meditó un instante y añadió—: Con eso empezó todo... cuando me
convertí en hombre lobo. Nada de esto habría sucedido si no me hubieran mordido... y si no hubiera
sido yo tan temerario.
Estaba tranquilo pero fatigado. Iba Ron a interrumpirle cuando Hermione, que observaba a Lupin
muy atentamente, se llevó el dedo a la boca.
—¡Chitón!
—Era muy pequeño cuando me mordieron —prosiguió Lupin—. Mis padres lo intentaron todo,
pero en aquellos días no había cura. La poción que me ha estado dando el profesor Snape es un
descubrimiento muy reciente. Me vuelve inofensivo, ¿os dais cuenta? Si la tomo la semana anterior
a la luna llena, conservo mi personalidad al transformarme... Me encojo en mi despacho, convertido
en un lobo inofensivo, y aguardo a que la luna vuelva a menguar. Sin embargo, antes de que se
descubriera la poción de matalobos, me convertía una vez al mes en un peligroso lobo adulto.
Parecía imposible que pudiera venir a Hogwarts. No era probable que los padres quisieran que sus
hijos estuvieran a mi merced. Pero entonces Dumbledore llegó a director y se hizo cargo de mi
problema. Dijo que mientras tomáramos ciertas precauciones, no había motivo para que yo no
acudiera a clase. —Lupin suspiró y miró a Harry—. Te dije hace meses que el sauce boxeador lo
plantaron el año que llegué a Hogwarts. La verdad es que lo plantaron porque vine a Hogwarts. Esta
casa —Lupin miró a su alrededor melancólicamente—, el túnel que conduce a ella... se
construyeron para que los usara yo. Una vez al mes me sacaban del castillo furtivamente y me traían
a este lugar para que me transformara. El árbol se puso en la boca del túnel para que nadie se
encontrara conmigo mientras yo fuera peligroso.
Harry no sabía en qué pararía la historia, pero aun así escuchaba con gran interés. Lo único que se
oía, aparte de la voz de Lupin, eran los chillidos asustados de Scabbers.
—En aquella época mis transformaciones eran... eran terribles. Es muy doloroso convertirse en
licántropo. Se me aislaba de los humanos para que no los mordiera, de forma que me arañaba y
mordía a mí mismo. En el pueblo oían los ruidos y los gritos, y creían que se trataba de espíritus
especialmente violentos. Dumbledore alentó los rumores... Ni siquiera ahora que la casa lleva años
en silencio se atreven los del pueblo a acercarse. Pero aparte de eso, yo era más feliz que nunca. Por
primera vez tenía amigos, tres estupendos amigos: Sirius Black, Peter Pettigrew y tu padre, Harry,
James Potter. Mis tres amigos no podían dejar de darse cuenta de mis desapariciones mensuales. Yo
inventaba historias de todo tipo. Les dije que mi madre estaba enferma y que tenía que ir a casa a
verla... Me aterrorizaba que pudieran abandonarme cuando descubrieran lo que yo era. Pero al igual
que tú, Hermione, averiguaron la verdad. Y no me abandonaron. Por el contrario, convirtieron mis
metamorfosis no sólo en soportables, sino en los mejores momentos de mi vida. Se hicieron
animagos.
—¿Mi padre también? —preguntó Harry atónito.
—Sí, claro —respondió Lupin—. Les costó tres años averiguar cómo hacerlo. Tu padre y Sirius
eran los alumnos más inteligentes del colegio y tuvieron suerte porque la transformación en
animago puede salir fatal. Es la razón por la que el Ministerio vigila estrechamente a los que lo
intentan. Peter necesitaba toda la ayuda que pudiera obtener de James y Sirius. Finalmente, en
quinto, lo lograron. Cada cual tuvo la posibilidad de convertirse a voluntad en un animal diferente.
—Pero ¿en qué le benefició a usted eso? —preguntó Hermione con perplejidad.
—No podían hacerme compañía como seres humanos, así que me la hacían como animales —
explicó Lupin—. Un licántropo sólo es peligroso para las personas. Cada mes abandonaban a
hurtadillas el castillo, bajo la capa invisible de James. Peter, como era el más pequeño, podía
deslizarse bajo las ramas del sauce y tocar el nudo que las deja inmóviles. Entonces pasaban por el
túnel y se reunían conmigo. Bajo su influencia yo me volvía menos peligroso. Mi cuerpo seguía
siendo de lobo, pero mi mente parecía más humana mientras estaba con ellos.
—Date prisa, Remus —gritó Black, que seguía mirando a Scabbers con una horrible expresión de
avidez.
—Ya llego, Sirius, ya llego... Al transformarnos se nos abrían posibilidades emocionantes.
Abandonábamos la Casa de los Gritos y vagábamos de noche por los terrenos del colegio y por el
pueblo. Sirius y James se transformaban en animales tan grandes que eran capaces de tener a raya a
un licántropo. Dudo que ningún alumno de Hogwarts haya descubierto nunca tantas cosas sobre el
colegio como nosotros. Y de esa manera llegamos a trazar el mapa del merodeador y lo firmamos
con nuestros apodos: Sirius era Canuto, Peter Colagusano y James Cornamenta.
—¿Qué animal...? —comenzó Harry, pero Hermione lo interrumpió:
—¡Aun así, era peligroso! ¡Andar por ahí, en la oscuridad, con un licántropo! ¿Qué habría ocurrido
si les hubiera dado esquinazo a los otros y mordido a alguien?
—Ése es un pensamiento que aún me reconcome —respondió Lupin en tono de lamentación—.
Estuve a punto de hacerlo muchas veces. Luego nos reíamos. Éramos jóvenes e irreflexivos. Nos
dejábamos llevar por nuestras ocurrencias. A menudo me sentía culpable por haber traicionado la
confianza de Dumbledore. Me había admitido en Hogwarts cuando ningún otro director lo habría
hecho, y no se imaginaba que yo estuviera rompiendo las normas que había establecido para mi
propia seguridad y la de otros. Nunca supo que por mi culpa tres de mis compañeros se convirtieron
ilegalmente en animagos. Pero olvidaba mis remordimientos cada vez que nos sentábamos a planear
la aventura del mes siguiente. Y no he cambiado... —Las facciones de Lupin se habían tensado y se
le notaba en la voz que estaba disgustado consigo mismo—. Todo este curso he estado pensando si
debería decirle a Dumbledore que Sirius es un animago. Pero no lo he hecho. ¿Por qué? Porque soy
demasiado cobarde. Decírselo habría supuesto confesar que yo traicionaba su confianza mientras
estaba en el colegio, habría supuesto admitir que arrastraba a otros conmigo... y la confianza de
Dumbledore ha sido muy importante para mí. Me dejó entrar en Hogwarts de niño y me ha dado un
trabajo cuando durante toda mi vida adulta me han rehuido y he sido incapaz de encontrar un
empleo remunerado debido a mi condición. Y por eso supe que Sirius entraba en el colegio
utilizando artes oscuras aprendidas de Voldemort y de que su condición de animago no tenía nada
que ver... Así que, de alguna manera, Snape tenía razón en lo que decía de mí.
—¿Snape? —dijo Black bruscamente, apartando los ojos de Scabbers por primera vez desde hacía
varios minutos, y mirando a Lupin—. ¿Qué pinta Snape?
—Está aquí, Sirius —dijo Lupin con disgusto—. También da clases en Hogwarts. —Miró a Harry,
a Ron y a Hermione—. El profesor Snape era compañero nuestro. —Se volvió otra vez hacia
Black—: Ha intentado por todos los medios impedir que me dieran el puesto de profesor de Defensa
Contra las Artes Oscuras. Le ha estado diciendo a Dumbledore durante todo el curso que no soy de
fiar. Tiene motivos... Sirius le gastó una broma que casi lo mató, una broma en la que me vi
envuelto.
—Le estuvo bien empleado. —Black se rió con una mueca—. Siempre husmeando, siempre
queriendo saber lo que tramábamos... para ver si nos expulsaban.
—Severus estaba muy interesado por averiguar adónde iba yo cada mes —explicó Lupin a los tres
jóvenes—. Estábamos en el mismo curso, ¿sabéis? Y no nos caíamos bien. En especial, le tenía
inquina a James. Creo que era envidia por lo bien que se le daba el quidditch... De todas formas,
Snape me había visto atravesar los terrenos del colegio con la señora Pomfrey cierta tarde que me
llevaba hacia el sauce boxeador para mi transformación. Sirius pensó que sería divertido contarle a
Snape que para entrar detrás de mí bastaba con apretar el nudo del árbol con un palo largo. Bueno,
Snape, como es lógico, lo hizo. Si hubiera llegado hasta aquí, se habría encontrado con un
licántropo completamente transformado. Pero tu padre, que había oído a Sirius, fue tras Snape y lo
obligó a volver, arriesgando su propia vida, aunque Snape me entrevió al final del túnel.
Dumbledore le prohibió contárselo a nadie, pero desde aquel momento supo lo que yo era...
—Entonces, por eso lo odia Snape —dijo Harry—. ¿Pensó que estaba usted metido en la broma?
—Exactamente —admitió una voz fría y burlona que provenía de la pared, a espaldas de Lupin.
Severus Snape se desprendió de la capa invisible y apuntó a Lupin con la varita.
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El vasallo de lord Voldemort
Hermione dio un grito. Black se puso en pie de un salto. Harry saltó también como si hubiera
recibido una descarga eléctrica.
—He encontrado esto al pie del sauce boxeador —dijo Snape, arrojando la capa a un lado y sin
dejar de apuntar al pecho de Lupin con la varita—. Muchas gracias, Potter, me ha sido muy útil.
Snape estaba casi sin aliento, pero su cara rebosaba sensación de triunfo.
—Tal vez os preguntéis cómo he sabido que estabais aquí —dijo con los ojos relampagueantes—.
Acabo de ir a tu despacho, Lupin. Te olvidaste de tomar la poción esta noche, así que te llevé una
copa llena. Fue una suerte. En tu mesa había cierto mapa. Me bastó un vistazo para saber todo lo
que necesitaba. Te vi correr por el pasadizo.
—Severus... —comenzó Lupin, pero Snape no lo oyó.
—Le he dicho una y otra vez al director que ayudabas a tu viejo amigo Black a entrar en el castillo,
Lupin. Y aquí está la prueba. Ni siquiera se me ocurrió que tuvierais el valor de utilizar este lugar
como escondrijo.
—Te equivocas, Severus —dijo Lupin, hablando aprisa—. No lo has oído todo. Puedo explicarlo.
Sirius no ha venido a matar a Harry.
—Dos más para Azkaban esta noche —dijo Snape, con los ojos llenos de odio—. Me encantará
saber cómo se lo toma Dumbledore. Estaba convencido de que eras inofensivo, ¿sabes, Lupin? Un
licántropo domesticado...
—Idiota —dijo Lupin en voz baja—. ¿Vale la pena volver a meter en Azkaban a un hombre
inocente por una pelea de colegiales?
¡PUM!
Del final de la varita de Snape surgieron unas cuerdas delgadas, semejantes a serpientes, que se
enroscaron alrededor de la boca, las muñecas y los tobillos de Lupin. Este perdió el equilibrio y
cayó al suelo, incapaz de moverse. Con un rugido de rabia, Black se abalanzó sobre Snape, pero
Snape apuntó directamente a sus ojos con la varita.
—Dame un motivo —susurró—. Dame un motivo para hacerlo y te juro que lo haré.
Black se detuvo en seco. Era imposible decir qué rostro irradiaba más odio. Harry se quedó
paralizado, sin saber qué hacer ni a quién creer. Dirigió una mirada a Ron y a Hermione. Ron
parecía tan confundido como él, intentando todavía retener a Scabbers. Hermione, sin embargo, dio
hacia Snape un paso vacilante y dijo casi sin aliento:
—Profesor Snape, no... no perdería nada oyendo lo que tienen que decir; ¿no cree?
—Señorita Granger; me temo que vas a ser expulsada del colegio —dijo Snape—. Tú, Potter y
Weasley os encontráis en un lugar prohibido, en compañía de un asesino escapado y de un
licántropo. Y ahora te ruego que, por una vez en tu vida, cierres la boca.
—Pero si... si fuera todo una confusión...
—¡CALLATE, IMBÉCIL! —gritó de repente Snape, descompuesto—. ¡NO HABLES DE LO QUE
NO COMPRENDES! —Del final de su varita, que seguía apuntando a la cara de Black, salieron
algunas chispas. Hermione guardó silencio, mientras Snape proseguía—. La venganza es muy dulce
—le dijo a Black en voz baja—. ¡Habría dado un brazo por ser yo quien te capturara!
—Eres tú quien no comprende, Severus —gruñó Black—. Mientras este muchacho meta su rata en
el castillo —señaló a Ron con la cabeza—, entraré en él sigilosamente.
—¿En el castillo? —preguntó Snape con voz melosa—. No creo que tengamos que ir tan lejos. Lo
único que tengo que hacer es llamar a los dementores en cuanto salgamos del sauce. Estarán
encantados de verte, Black... Tanto que te darán un besito, me atrevería a decir...
El rostro de Black perdió el escaso color que tenía.
—Tienes que escucharme —volvió a decir—. La rata, mira la rata...
Pero había un destello de locura en la expresión de Snape que Harry no había visto nunca. Parecía
fuera de sí.
—Vamos todos —ordenó. Chascó los dedos y las puntas de las cuerdas con que había atado a Lupin
volvieron a sus manos—. Arrastraré al licántropo. Puede que los dementores lo besen también a él.
Sin saber lo que hacía, Harry cruzó la habitación con tres zancadas y bloqueó la puerta.
—Quítate de en medio, Potter. Ya estás metido en bastantes problemas —gruñó Snape—. Si no
hubiera venido para salvarte...
—El profesor Lupin ha tenido cientos de oportunidades de matarme este curso —explicó Harry—.
He estado solo con él un montón de veces, recibiendo clases de defensa contra los dementores. Si es
un compinche de Black, ¿por qué no acabó conmigo?
—No me pidas que desentrañe la mente de un licántropo —susurró Snape—. Quítate de en medio,
Potter.
—¡DA USTED PENA! —gritó Harry—. ¡SE NIEGA A ESCUCHAR SÓLO PORQUE SE
BURLARON DE USTED EN EL COLEGIO!
—¡SILENCIO! ¡NO PERMITIRÉ QUE ME HABLES ASÍ! —chilló Snape, más furioso que
nunca—. ¡De tal palo tal astilla, Potter! ¡Acabo de salvarte el pellejo, tendrías que agradecérmelo de
rodillas! ¡Te estaría bien empleado si te hubiera matado! Habrías muerto como tu padre, demasiado
arrogante para desconfiar de Black. Ahora quítate de en medio o te quitaré yo. ¡APARTATE,
POTTER!
Harry se decidió en una fracción de segundo. Antes de que Snape pudiera dar un paso hacia él había
alzado la varita.
—¡Expeliarmo! —gritó.
Pero la suya no fue la única voz que gritó. Una ráfaga de aire movió la puerta sobre sus goznes.
Snape fue alzado en el aire y lanzado contra la pared. Luego resbaló hasta el suelo, con un hilo de
sangre que le brotaba de la cabeza. Estaba sin conocimiento.
Harry miró a su alrededor. Ron y Hermione habían intentado desarmar a Snape en el mismo
momento que él. La varita de Snape planeó trazando un arco y aterrizó sobre la cama, al lado de
Crookshanks.
—No deberías haberlo hecho —dijo Black mirando a Harry—. Tendrías que habérmelo dejado a
mí...
Harry rehuyó los ojos de Black. No estaba seguro, ni si—quiera en aquel momento, de haber hecho
lo que debía.
—¡Hemos agredido a un profesor...! ¡Hemos agredido a un profesor...! —gimoteaba Hermione,
mirando asustada a Snape, que parecía muerto—. ¡Vamos a tener muchos problemas!
Lupin forcejeaba para librarse de las ligaduras. Black se inclinó para desatarlo. Lupin se incorporó,
frotándose los lugares entumecidos por las cuerdas.
—Gracias, Harry —dijo.
—Aún no creo en usted —repuso Harry.
—Entonces es hora de que te ofrezcamos alguna prueba —dijo Black—. Muchacho, entrégame a
Peter. Ya.
Ron apretó a Scabbers aún más fuertemente contra el pecho.
—Venga —respondió débilmente—, ¿quiere que me crea que escapó usted de Azkaban sólo para
atrapar a Scabbers? Quiero decir... —Miró a Harry y a Hermione en busca de apoyo—. De acuerdo,
supongamos que Pettigrew pueda transformarse en rata... Hay millones de ratas. ¿Cómo sabía,
estando en Azkaban, cuál era la, que buscaba?
—¿Sabes, Sirius? Ésa es una buena pregunta —observó Lupin, volviéndose hacia Black y
frunciendo ligeramente el entrecejo—. ¿Cómo supiste dónde estaba?
Black metió dentro de la túnica una mano que parecía una garra y sacó una página arrugada de
periódico, la alisó y se la enseñó a todos. Era la foto de Ron y su familia que había aparecido en el
diario El Profeta el verano anterior. Sobre el hombro de Ron se encontraba Scabbers.
—¿Cómo lo conseguiste? —preguntó Lupin a Black, estupefacto.
—Fudge —explicó Black—. Cuando fue a inspeccionar Azkaban el año pasado, me dio el
periódico. Y ahí estaba Peter, en primera plana... en el hombro de este chico. Lo reconocí
enseguida. Cuántas veces lo vi transformarse. Y el pie de foto decía que el muchacho volvería a
Hogwarts, donde estaba Harry...
—¡Dios mío! —dijo Lupin en voz baja, mirando a Scabbers, luego la foto y otra vez a Scabbers—.
Su pata delantera...
—¿Qué le ocurre? —preguntó Ron, poniéndose chulito.
—Le falta un dedo —explicó Black.
—Claro —dijo Lupin—. Sencillo... e ingenioso. ¿Se lo cortó él?
—Poco antes de transformarse —dijo Black—. Cuando lo arrinconé, gritó para que toda la calle
oyera que yo había traicionado a Lily y a James. Luego, para que no pudiera echarle ninguna
maldición, abrió la calle con la varita en su espalda, mató a todos los que se encontraban a siete
metros a la redonda y se metió a toda velocidad por la alcantarilla, con las demás ratas...
—¿Nunca lo has oído, Ron? —le preguntó Lupin—. El mayor trozo que encontraron de Peter fue el
dedo.
—Mire, seguramente Scabbers tuvo una pelea con otra rata, o algo así. Ha estado con mi familia
desde siempre.
—Doce años exactamente ¿No te has preguntado nunca por qué vive tanto?
—Bueno, la hemos cuidado muy bien —dijo Ron.
—Pero ahora no tiene muy buen aspecto, ¿verdad? —observó Lupin—. Apostaría a que su salud
empeoró cuando supo que Sirius se había escapado.
—¡La ha asustado ese gato loco! —repuso Ron, señalando con la cabeza a Crookshanks, que seguía
ronroneando en la cama.
Pero no había sido así, pensó Harry inmediatamente. Scabbers ya tenía mal aspecto antes de
encontrar a Crookshanks. Desde que Ron volvió de Egipto. Desde que Black escapó...
—Este gato no está loco —dijo Black con voz ronca. Alargó una mano huesuda y acarició la cabeza
mullida de Crookshanks—. Es el más inteligente que he visto en mi vida. Reconoció a Peter
inmediatamente. Y cuando me encontró supo que yo no era un perro de verdad. Pasó un tiempo
antes de que confiara en mí. Finalmente, me las arreglé para hacerle entender qué era lo que
pretendía, y me ha estado ayudando...
—¿Qué quiere decir? —preguntó Hermione en voz baja.
—Intentó que Peter se me acercara, pero no pudo... Así que se apoderó de las contraseñas para
entrar en la torre de Gryffindor. Según creo, las cogió de la mesilla de un muchacho...
El cerebro de Harry empezaba a hundirse por el peso de las muchas cosas que oía. Era absurdo... y
sin embargo...
—Sin embargo, Peter se olió lo que ocurría y huyó. Este gato, ¿decís que se llama Crookshanks?,
me dijo que Peter había dejado sangre en las sábanas. Supongo que se mordió... Simular su propia
muerte ya había resultado en otra ocasión.
Estas palabras impresionaron a Harry y lo sacaron de su ensimismamiento.
—¿Y por qué fingió su muerte? —preguntó furioso—. Porque sabía que usted lo quería matar;
como mató a mis padres.
—No, Harry —dijo Lupin.
—Y ahora ha venido para acabar con él.
—Sí, es verdad —dijo Black, dirigiendo a Scabbers una mirada diabólica.
—Entonces yo tendría que haber permitido que Snape lo entregara —gritó Harry.
—Harry —dijo Lupin apresuradamente—, ¿no te das cuenta? Durante todo este tiempo hemos
pensado que Sirius había traicionado a tus padres y que Peter lo había perseguido. Pero fue al revés,
¿no te das cuenta? Peter fue quien traicionó a tus padres. Sirius le siguió la pista y...
—¡ESO NO ES CIERTO! —gritó Harry—. ¡ERA SU GUARDIÁN SECRETO! ¡LO
RECONOCIÓ ANTES DE QUE USTED APARECIESE! ¡ADMITIÓ QUE LOS MATÓ!
Señalaba a Black, que negaba lentamente con la cabeza. Sus ojos hundidos brillaron de repente.
—Harry..., la verdad es que fue como si los hubiera matado yo —gruñó—. Persuadí a Lily y a
James en el último momento de que utilizaran a Peter. Los persuadí de que lo utilizaran a él como
guardián secreto y no a mí. Yo tengo la culpa, lo sé. La noche que murieron había decidido vigilar a
Peter, asegurarme de que todavía era de fiar. Pero cuando llegué a su guarida, ya se había ido. No
había señal de pelea alguna. No me dio buena espina. Me asusté. Me puse inmediatamente en
camino hacia la casa de tus padres. Y cuando la vi destruida y sus cuerpos... me di cuenta de lo que
Peter había hecho. Y de lo que había hecho yo.
Su voz se quebró. Se dio la vuelta.
—Es suficiente —dijo Lupin, con una nota de acero en la voz que Harry no le había oído nunca—.
Hay un medio infalible de demostrar lo que verdaderamente sucedió. Ron, entrégame la rata.
—¿Qué va a hacer con ella si se la doy? —preguntó Ron con nerviosismo.
—Obligarla a transformarse —respondió Lupin—. Si de verdad es sólo una rata, no sufrirá ningún
daño.
Ron dudó. Finalmente puso a Scabbers en las manos de Lupin. Scabbers se puso a chillar sin parar;
retorciéndose y agitándose. Sus ojos diminutos y negros parecían salirse de las órbitas.
—¿Preparado, Sirius? —preguntó Lupin.
Black ya había recuperado la varita de Snape, que había caído en la cama. Se aproximó a Lupin y a
la rata. Sus ojos húmedos parecían arder.
—¿A la vez? —preguntó en voz baja.
—Venga —respondió Lupin, sujetando a Scabbers con una mano y la varita con la otra—. A la de
tres. ¡Una, dos y... TRES!
Un destello de luz azul y blanca salió de las dos varitas. Durante un momento Scabbers se quedó
petrificada en el aire, torcida, en posición extraña. Ron gritó. La rata golpeó el suelo al caer. Hubo
otro destello cegador y entonces...
Fue como ver la película acelerada del crecimiento de un árbol. Una cabeza brotó del suelo.
Surgieron las piernas y los brazos. Al cabo de un instante, en el lugar de Scabbers se hallaba un
hombre, encogido y retorciéndose las manos. Crookshanks bufaba y gruñía en la cama, con el pelo
erizado.
Era un hombre muy bajito, apenas un poco más alto que Harry y Hermione. Tenía el pelo ralo y
descolorido, con calva en la coronilla. Parecía encogido, como un gordo que hubiera adelgazado
rápidamente. Su piel parecía roñosa, casi como la de Scabbers, y le quedaba algo de su anterior
condición roedora en lo puntiagudo de la nariz y en los ojos pequeños y húmedos. Los miró a todos,
respirando rápida y superficialmente. Harry vio que sus ojos iban rápidamente hacia la puerta.
—Hola, Peter —dijo Lupin con voz amable, como si fuera normal que las ratas se convirtieran en
antiguos compañeros de estudios—. Cuánto tiempo sin verte.
—Si... Sirius. Re... Remus —incluso la voz de Pettigrew era como de rata. Volvió a mirar a la
puerta—. Amigos, queridos amigos...
Black levantó el brazo de la varita, pero Lupin lo sujetó por la muñeca y le echó una mirada de
advertencia. Entonces se volvió a Pettigrew con voz ligera y despreocupada.
—Acabamos de tener una pequeña charla, Peter, sobre lo que sucedió la noche en que murieron
Lily y James. Quizás te hayas perdido alguno de los detalles más interesantes mientras chillabas en
la cama.
—Remus —dijo Pettigrew con voz entrecortada, y Harry vio gotas de sudor en su pálido rostro—,
no lo creerás, ¿verdad? Intentó matarme a mí...
—Eso es lo que hemos oído —dijo Lupin más fríamente—. Me gustaría aclarar contigo un par de
puntos, Peter; si fueras tan...
—¡Ha venido porque otra vez quiere matarme! —chilló Pettigrew señalando a Black, y Harry vio
que utilizaba el dedo corazón porque le faltaba el índice—. ¡Mató a Lily y a James, y ahora quiere
matarme a mí...! ¡Tienes que protegerme, Remus!
El rostro de Black semejaba más que nunca una calavera, mientras miraba a Peter Pettigrew con sus
ojos insondables.
—Nadie intentará matarte antes de que aclaremos algunos puntos —dijo Lupin.
—¿Aclarar puntos? —chilló Pettigrew, mirando una vez más a su alrededor; hacia las ventanas
cegadas y hacia la única puerta—. ¡Sabía que me perseguiría! ¡Sabía que volvería a buscarme! ¡He
temido este momento durante doce años!
—¿Sabías que Sirius se escaparía de Azkaban cuando nadie lo había conseguido hasta ahora? —
preguntó Lupin, frunciendo el entrecejo.
—¡Tiene poderes oscuros con los que los demás sólo podemos soñar! —chilló Pettigrew con voz
aguda—. ¿Cómo, si no, iba a salir de allí? Supongo que El Que No Debe Nombrarse le enseñó
algunos trucos.
Black comenzó a sacudirse con una risa triste y horrible que llenó la habitación.
—¿Que Voldemort me enseñó trucos? —dijo y Peter Pettigrew retrocedió como si Black acabara de
blandir un látigo en su dirección—. ¿Qué te ocurre? ¿Te asustas al oír el nombre de tu antiguo amo?
—preguntó Black—. No te culpo, Peter. Sus secuaces no están muy contentos de ti, ¿verdad?
—No sé... qué quieres decir, Sirius —murmuró Pettigrew, respirando más aprisa aún. Todo su
rostro brillaba de sudor.
—No te has estado ocultando durante doce años de mí —dijo Black—. Te has estado ocultando de
los viejos seguidores de Voldemort. En Azkaban oí cosas. Todos piensan que si no estás muerto,
deberías aclararles algunas dudas. Les he oído gritar en sueños todo tipo de cosas. Cosas como que
el traidor les había traicionado. Voldemort acudió a la casa de los Potter por indicación tuya y allí
conoció la derrota. Y no todos los seguidores de Voldemort han terminado en Azkaban, ¿verdad?
Aún quedan muchos libres, esperando su oportunidad, fingiendo arrepentimiento... Si supieran que
sigues vivo...
—No entiendo de qué hablas... —dijo de nuevo Pettigrew, con voz más chillona que nunca. Se secó
la cara con la manga y miró a Lupin—. No creerás nada de eso, de esa locura...
—Tengo que admitir; Peter, que me cuesta comprender por qué un hombre inocente se pasa doce
años convertido en rata —dijo Lupin impasible.
—¡Inocente, pero asustado! —chilló Pettigrew—. Si los seguidores de Voldemort me persiguen es
porque yo metí en Azkaban a uno de sus mejores hombres: el espía Sirius Black.
El rostro de Black se contorsionó.
—¿Cómo te atreves? —gruñó, y su voz se asemejó de repente a la del perro enorme que había
sido—. ¿Yo, espía de Voldemort? ¿Cuándo he husmeado yo a los que eran más fuertes y
poderosos? Pero tú, Peter... no entiendo cómo no comprendí desde el primer momento que eras tú el
espía. Siempre te gustó tener amigos corpulentos para que te protegieran, ¿verdad? Ese papel lo
hicimos nosotros: Remus y yo... y James...
Pettigrew volvió a secarse el rostro; le faltaba el aire.
—¿Yo, espía...? Estás loco. No sé cómo puedes decir...
—Lily y James te nombraron guardián secreto sólo porque yo se lo recomendé —susurró Black con
tanto odio que Pettigrew retrocedió—. Pensé que era una idea perfecta... una trampa. Voldemort iría
tras de mí, nunca pensaría que los Potter utilizarían a alguien débil y mediocre como tú... Sin duda
fue el mejor momento de tu miserable vida, cuando le dijiste a Voldemort que podías entregarle a
los Potter.
Pettigrew murmuraba cosas, aturdido. Harry captó palabras como «inverosímil» y «locura», pero no
podía dejar de fijarse sobre todo en el color ceniciento de la cara de Pettigrew y en la forma en que
seguía mirando las ventanas y la puerta.
—¿Profesor Lupin? —dijo Hermione, tímidamente—. ¿Puedo decir algo?
—Por supuesto, Hermione —dijo Lupin cortésmente.
—Pues bien, Scabbers..., quiero decir este... este hombre... ha estado durmiendo en el dormitorio de
Harry durante tres años. Si trabaja para Quien Usted Sabe, ¿cómo es que nunca ha intentado hacerle
daño?
—Eso es —dijo Pettigrew con voz aguda, señalando a Hermione con la mano lisiada—. Gracias.
¿Lo ves, Remus? ¡Nunca le he hecho a Harry el más leve daño! ¿Por qué no se lo he hecho?
—Yo te diré por qué —dijo Black—. Porque no harías nada por nadie si no te reporta un beneficio.
Voldemort lleva doce años escondido, dicen que está medio muerto. Tú no cometerías un asesinato
delante de Albus Dumbledore por servir a una piltrafa de brujo que ha perdido todo su poder; ¿a que
no? Tendrías que estar seguro de que es el más fuerte en el juego antes de volver a ponerte de su
parte. ¿Para qué, si no, te alojaste en una familia de magos? Para poder estar informado, ¿verdad,
Peter? Sólo por si tu viejo protector recuperaba las fuerzas y volvía a ser conveniente estar con él.
Pettigrew abrió y cerró la boca varias veces. Se había quedado sin habla.
—Eh... ¿Señor Black... Sirius? —preguntó tímidamente Hermione. —A Black le sorprendió que lo
interpelaran de esta manera, y miró a Hermione fijamente, como si nadie se hubiera dirigido a él
con tal respeto en los últimos años—. Si no le importa que le pregunte, ¿cómo escapó usted de
Azkaban? Si no empleó magia negra...
—¡Gracias! —dijo Pettigrew, asintiendo con la cabeza—. ¡Exacto! ¡Eso es precisamente lo que
yo...!
Pero Lupin lo silenció con una mirada. Black fruncía ligeramente el entrecejo con los ojos puestos
en Hermione, pero no como si estuviera enfadado con ella: más bien parecía meditar la respuesta.
—No sé cómo lo hice —respondió—. Creo que la única razón por la que nunca perdí la cabeza es
que sabía que era inocente. No era un pensamiento agradable, así que los dementores no me lo
podían absorber... Gracias a eso conservé la cordura y no olvidé quién era... Gracias a eso conservé
mis poderes... así que cuando ya no pude aguantar más me convertí en perro. Los dementores son
ciegos, como sabéis. —Tragó saliva—. Se dirigen hacia la gente porque perciben sus emociones...
Al convertirme en perro, notaron que mis sentimientos eran menos humanos, menos complejos,
pero pensaron, claro, que estaba perdiendo la cabeza, como todo el mundo, así que no se
preocuparon. Pero yo me encontraba débil, muy débil, y no tenía esperanza de alejarlos sin una
varita. Entonces vi a Peter en aquella foto... comprendí que estaba en Hogwarts, con Harry... en una
situación perfecta para actuar si oía decir que el Señor de las Tinieblas recuperaba fuerzas... —
Pettigrew negó con la cabeza y movió la boca sin emitir sonido alguno, mirando a Black como
hipnotizado—... Estaba dispuesto a hacerlo en cuanto estuviera seguro de sus aliados..., estaba
dispuesto a entregarles al último de los Potter. Si les entregaba a Harry, ¿quién se atrevería a pensar
que había traicionado a lord Voldemort? Lo recibirían con honores...
—Así que ya veis, tenía que hacer algo. Yo era el único que sabía que Peter estaba vivo...
Harry recordó lo que el padre de Ron le había dicho a su esposa: «Los guardianes dicen que hacía
tiempo que Black hablaba en sueños. Siempre decía las mismas palabras: ―Está en Hogwarts.‖»
—Era como si alguien hubiera prendido una llama en mi cabeza, y los dementores no podían
apagarla. No era un pensamiento agradable..., era una obsesión... pero me daba fuerzas, me aclaraba
la mente. Por eso, una noche, cuando abrieron la puerta para dejarme la comida, salí entre ellos, en
forma de perro. Les resulta tan difícil percibir las emociones animales que se confundieron. Estaba
delgado, muy delgado... Lo bastante delgado para pasar a través de los barrotes. Nadé como un
perro. Viajé hacia el norte y me metí en Hogwarts con la forma de perro... He vivido en el bosque
desde entonces... menos cuando iba a ver el partido de quidditch, claro... Vuelas tan bien como tu
padre, Harry... —Miró al muchacho, que esta vez no apartó la vista—. Créeme —añadió Black—.
Créeme. Nunca traicioné a James y a Lily. Antes habría muerto.
Y Harry lo creyó. Asintió con la cabeza, con un nudo en la garganta.
—¡No!
Pettigrew se había arrodillado, como si el gesto de asentimiento de Harry hubiera sido su propia
sentencia de muerte. Fue arrastrándose de rodillas, humillándose, con las manos unidas en actitud
de rezo.
—Sirius, soy yo, soy Peter... tu amigo. No..., tú no...
Black amagó un puntapié y Pettigrew retrocedió.
—Ya hay bastante suciedad en mi túnica sin que tú la toques.
—¡Remus! —chilló Pettigrew volviéndose hacia Lupin, retorciéndose ante él, implorante—. Tú no
lo crees. ¿No te habría contado Sirius que habían cambiado el plan?
—No si creía que el espía era yo, Peter —dijo Lupin—. Supongo que por eso no me lo contaste,
Sirius —dijo Lupin despreocupadamente, mirándolo por encima de Pettigrew.
—Perdóname, Remus —dijo Black.
—No hay por qué, Canuto, viejo amigo —respondió Lupin, subiéndose las mangas—. Y a cambio,
¿querrás perdonar que yo te creyera culpable?
—Por supuesto —respondió Black, y un asomo de sonrisa apareció en su demacrado rostro.
También empezó a remangarse—. ¿Lo matamos juntos?
—Creo que será lo mejor —dijo Lupin con tristeza.
—No lo haréis, no seréis capaces... —dijo Pettigrew. Y se volvió hacia Ron, arrastrándose—. Ron,
¿no he sido un buen amigo?, ¿una buena mascota? No dejes que me maten, Ron. Estás de mi lado,
¿a que sí?
Pero Ron miraba a Pettigrew con repugnancia.
—¡Te dejé dormir en mi cama! —dijo.
—Buen muchacho... buen amo... —Pettigrew siguió arrastrándose hacia Ron—. No lo consentirás...
yo era tu rata... fui una buena mascota...
—Si eras mejor como rata que como hombre, no tienes mucho de lo que alardear —dijo Black con
voz ronca.
Ron, palideciendo aún más a causa del dolor; alejó su pierna rota de Pettigrew. Pettigrew giró sobre
sus rodillas, se echó hacia delante y asió el borde de la túnica de Hermione.
—Dulce criatura... inteligente muchacha... no lo consentirás... ayúdame...
Hermione tiró de la túnica para soltarla de la presa de Pettigrew y retrocedió horrorizada.
Pettigrew temblaba sin control y volvió lentamente la cabeza hacia Harry
—Harry, Harry.. qué parecido eres a tu padre... igual que él...
—¿CÓMO TE ATREVES A HABLAR A HARRY? —bramó Black—. ¿CÓMO TE ATREVES A
MIRARLO A LA CARA? ¿CÓMO TE ATREVES A MENCIONAR A JAMES DELANTE DE
ÉL?
—Harry —susurró Pettigrew, arrastrándose hacia él con las manos extendidas—, Harry, James no
habría consentido que me mataran... James habría comprendido, Harry... Habría sido clemente
conmigo...
Tanto Black como Lupin se dirigieron hacia él con paso firme, lo cogieron por los hombros y lo
tiraron de espaldas al suelo. Allí quedó, temblando de terror; mirándolos fijamente.
—Vendiste a Lily y a James a lord Voldemort —dijo Black, que también temblaba—. ¿Lo niegas?
Pettigrew rompió a llorar. Era lamentable verlo: parecía un niño grande y calvo que se encogía de
miedo en el suelo.
—Sirius, Sirius, ¿qué otra cosa podía hacer? El Señor de las Tinieblas... no tienes ni idea... Tiene
armas que no podéis imaginar... Estaba aterrado, Sirius. Yo nunca fui valiente como tú, como
Remus y como James. Nunca quise que sucediera... El Que No Debe Nombrarse me obligó.
—¡NO MIENTAS! —BRAMÓ BLACK—. ¡LE HABÍAS ESTADO PASANDO INFORMACIÓN
DURANTE UN AÑO ANTES DE LA MUERTE DE LILY Y DE JAMES! ¡ERAS SU ESPÍA!
—¡Estaba tomando el poder en todas partes! —dijo Pettigrew entrecortadamente—. ¿Qué se ganaba
enfrentándose a él?
—¿Qué se ganaba enfrentándose al brujo más malvado de la Historia? —preguntó Black, furioso—.
¡Sólo vidas inocentes, Peter!
—¡No lo comprendes! —gimió Pettigrew—. Me habría matado, Sirius.
—¡ENTONCES DEBERÍAS HABER MUERTO! —bramó Black—. ¡MEJOR MORIR QUE
TRAICIONAR A TUS AMIGOS! ¡TODOS HABRÍAMOS PREFERIDO LA MUERTE A
TRAICIONARTE A TI!
Black y Lupin se mantenían uno al lado del otro, con las varitas levantadas.
—Tendrías que haberte dado cuenta —dijo Lupin en voz baja— de que si Voldemort no te mataba
lo haríamos nosotros. Adiós, Peter.
Hermione se cubrió el rostro con las manos y se volvió hacia la pared.
—¡No! —gritó Harry Se adelantó corriendo y se puso entre Pettigrew y las varitas—. ¡No podéis
matarlo! —dijo sin aliento—. No podéis.
Tanto Black como Lupin se quedaron de piedra.
—Harry, esta alimaña es la causa de que no tengas padres —gruñó Black—. Este ser repugnante te
habría visto morir a ti también sin mover ni un dedo. Ya lo has oído. Su propia piel maloliente
significaba más para él que toda tu familia.
—Lo sé —jadeó Harry—. Lo llevaremos al castillo. Lo entregaremos a los dementores. Puede ir a
Azkaban. Pero no lo matéis.
—¡Harry! —exclamó Pettigrew entrecortadamente, y rodeó las rodillas de Harry con los brazos—.
Tú... gracias. Es más de lo que merezco. Gracias.
—Suéltame —dijo Harry, apartando las manos de Pettigrew con asco—. No lo hago por ti. Lo hago
porque creo que mi padre no habría deseado que sus mejores amigos se convirtieran en asesinos por
culpa tuya.
Nadie se movió ni dijo nada, salvo Pettigrew, que jadeaba con la mano crispada en el pecho. Black
y Lupin se miraron. Y bajaron las varitas a la vez.
—Tú eres la única persona que tiene derecho a decidir; Harry —dijo Black—. Pero piensa, piensa
en lo que hizo.
—Que vaya a Azkaban —repitió Harry—. Si alguien merece ese lugar; es él.
Pettigrew seguía jadeante detrás de él.
—De acuerdo —dijo Lupin—. Hazte a un lado, Harry
—Harry dudó—. Voy a atarlo —añadió Lupin—. Nada más, te lo juro.
Harry se quitó de en medio. Esta vez fue de la varita de Lupin de la que salieron disparadas las
cuerdas, y al cabo de un instante Pettigrew se retorcía en el suelo, atado y amordazado.
*
FF
∞ Sirius: es la estrella más brillante del cielo, Alpha Canis Majoris. Es conocida como "la
abrasadora" y NO se ve en el hemisferio norte.
*
FF
MARAUDER CRACK
MISS_JOTA (LIVEJOURNAL)
Esta historia sobre los Marauders se me ocurrió hace tiempo pero iba a ser completamente diferente,
de estructura y todo lo demás. Se me ha ocurrido simplificarla, ya que no soy capaz de simplificar
nada más en mi vida. Y publicarla como drabbles, al estilo de lo que hice el otro día. Ocurre en mi
universo particular de los Marauders, donde Sirius está bueno pero no se entera, Remus es gay,
James persigue a Lily y ella es la mejor amiga de Remus. Nada nuevo en ese sentido. Ah, sí, Lucius
Malfoy es compañero de estudios de nuestros chicos. No sé si eso paso o no, pero a mí me viene
bien y no soy Jo para tener que ajustarme al canon, ¿no?
:: me miro al espejo::
Solo soy una cerda con un ego desmedido a la que le encanta autopromocionarse. Por si hay dudas,
mirar icono. Cortesía de aitnac, a la que le pedí que lo hiciera y que comprendió a la perfección
el espíritu marauder. ¡Ja!
Ya lo has oído: LA AUTOPROMOCIÓN ME EXCITA. Ahí queda eso. Ahora, al fic que es lo que
más me importa del fandom, aparte de las fans. Esto solo son drabbles, fotografías de un momento
que pudieron o no pudieron ser. Tal vez más otro día. Una nunca sabe.
Instinto territorial
En la esquina que lleva a las escaleras flotantes, gira, choca y ve rodar su libro hasta los pies del
cuerpo con el que ha tenido un encontronazo. Sonrisa afilada, pelo tan blanco como una mañana de
enero, escarcha en la expresión, furia disimulada bajo grandeza y un tono de voz deliberadamente
lleno de desprecio. Lucius Malfoy con sus tres esbirros Slytherin. Estupendo.
- Mirad, chicos. La señorita Lupin paseando por ahí sin sus guardaespaldas Griffyndor. ¿No te da
miedo salir por ahí sin Black, Remus?
- No especialmente, pero agradezco tu conmovedor interés. – Intenta abrirse paso. Está cansado,
tiene clase y pocas ganas de perder el tiempo. - Un encuentro breve pero emocionante. Y ahora, si
me disculpas... – deja caer el final de una frase hecha pero ningún Slytherin da un solo paso para
moverse.
- ¿Quieres marcharte tan pronto, Lupin? ¿Qué pasa, no te gusto tanto como Black y Potter?
- ¿En serio?- se acerca a él con esa pose pretendidamente intimidatoria. - Me pregunto qué cosas
serán.
- Excelente. Me alegra resultarte tan interesante como para que dediques tu precioso tiempo a
pensar en mí. Es profundamente halagador.
Tres noches al mes, Remus se transforma. El animal interior estalla en su pecho y le destroza,
desgarra cada célula y cada trozo de piel, hasta que no queda nada del colegial con uniforme raído.
Sabe que el lobo no es solo producto de un mordisco infame, hace tantos años. Es parte de él. Su
rabia, su ira, esa cólera que habita en lo más profundo del estómago. Tres noches al mes, esa rabia
es una explosión que podría destrozar a Lucius Malfoy solo con un simple movimiento certero de
sus colmillos. El resto del tiempo, la brabuconería de Lucius Malfoy y sus insinuaciones le dejan
indiferente. Al contrario que James y Sirius, Remus intenta elegir sus batallas.
- Dinos, Lupin. ¿Le sacas brillo a la varita de Black o a la de Potter? ¿O te utilizan por turnos, para
que ninguno se ponga celoso? – Malfoy acorta la distancia entre ellos y Remus no es un lobo pero
lleva uno dentro que es capaz de olisquear el odio de Malfoy, rezumando con una intensidad
asesina. - ¿Eres la novia de los dos?
- ¡Malfoy! Aparta tu asquerosa cara de él, sino quieres que te la deje todavía más fea de la que la
tienes.
Lo que faltaba.
Lucius se aparta de él al instante, se hace a un lado y brilla en esa mirada gélida la satisfacción de
haber conseguido al fin la pelea que andaba buscando. Tras él, varita en mano, exudando energía
después del entrenamiento de quidditch, pavoneándose, mirando a Malfoy como si fuera la peste
hecha carne, deseando algo contra lo que descargar su constante furia, el más altivo, más fuerte,
más alto y musculoso de todos los Griffyndor de séptimo curso.
Encara a los secuaces de Malfoy. Invade su espacio personal. Remus sabe que le encantaría
olisquearles, gruñir y mear a sus pies para marcar su territorio. Sabe que el perro no fue una
elección casual y el disfraz de animago es solo su animal interior saliendo a la luz. Sirius no eligió
el perro. El perro le eligió a él. El perro siempre ha estado ahí.
- No pasa nada, Black. – No hay palabras para describir hasta qué punto destilan desprecio las
palabras de Malfoy. - Solo estábamos charlando. No te pongas celoso- le desafía. Poniendo un
énfasis especial en esa última palabra. Celoso.
Es inútil. Hay un centímetro escaso entre la barbilla afilada de Lucius Malfoy y la mandíbula de
Sirius Black y parece que en cualquier momento, alguno de los dos recorrerá ese único centímetro y
morderá.
En cualquier otro momento, ése comentario provocaría un puñetazo, sangre de Slytherin en el suelo,
y un castigo para Sirius o algo peor – tal vez esa expulsión con la que siempre le amenazan- pero
esta vez, Remus reacciona, sale del paso, coloca una mano en el hombro de su amigo, baja el tono
de voz, adopta en la mirada cierta severidad contenida como de anciano profesor, murmura "no
merece la pena, Canuto" y la ira de Sirius se evapora, como si el aliento de un lobo hubiera
extinguido un incendio de un solo soplido. Da un paso atrás, lanza una última mirada incendiaria en
dirección a Malfoy y sigue los pasos de Remus en dirección a la Torre, murmurando sus habituales
maldiciones en contra de todo lo Slytherin habido y por haber.
Ha querido decir que me gustan los chicos, Sirius. Eso ha querido decir.
Sirius Black puede rastrear un olor a millas de distancia en una noche de luna llena pero es incapaz
de mirar a Remus y ver que hay un chico bajo el lobo que aúlla por él cuando se oculta la luna llena.
A veces Remus cree que es el único del colegio que no se ha dado cuenta.
**
Sirius
Es el nombre que puebla sus pensamientos, el que más se repite en esa letanía interior que le
acompaña a todas partes. Sirius es el nombre que escucha cuando su corazón empieza a cambiar de
forma y a bombear más rápido, influido por la luna. Lo siente en esos instantes, lo único que siente.
Sirius a pocos centímetros, agarrándole mientras todavía es un hombre. Solo carne, Remus, es solo
carne.
Sirius Black, que entra siempre en la sala común con sus enormes zancadas, hablando en voz lo
bastante alta como para que todos le oigan. Sirius que necesita la atención como Remus necesita a
la luna y se ríe en explosiones estallantes y se ha comprado una absurda moto muggle a la que está
intentando encantar para que vuele solo con el propósito de fardar y pavonearse. Sirius, que busca
siempre una intención deshonesta y quiere convertirlo todo en una travesura. Sirius que un día
descubrió su licantropía y convirtió su condena en un juego, diciendo sencillamente "bueno, tío, si
eres un hombre lobo, habrá que hacer algo para no dejarte solo" y no supo que en ese momento,
Remus Lupin le entregó algo más que tres noches al mes y juro solemnemente no abandonarle
nunca, no dejar que le dominara su furia.
Sirius Black. A quien la mitad de las chicas de Hogwarts desean y la otra mitad detestan porque
esperaban algo más de él que encuentros furtivos a altas horas de la noche y poco más de un saludo
distante la mañana siguiente. Sirius, que atormenta a Snape y es tan brillante que no necesita
estudiar y parece que ha nacido para la magia, algo instintivo y todopoderoso que brota de él con un
talento que asusta a los profesores. Sirius, que a veces se queda en la sala común porque no puede
dormir y apoya los pies en la mesa y adopta esa expresión ceñuda y concentrada y habla con Remus
en voz baja porque no hay ningún otro insomne crónico cerca. Sirius, que en ese momento precioso,
deja que salga a la superficie ese otro Sirius, disgustado y triste y angustiado por los mortífagos y
Voldemort y la implicación de su familia en la guerra que se cierne. Sirius, que se odia a sí mismo
por ser parte de una mala simiente. Incomprendido, solitario a la fuerza. Somos un par de
renegados, lunático. Tú y yo, un par de renegados. Sirius que se confiesa a altas horas de la
madrugada. Si no os hubiera conocido a James y a ti, a lo mejor sería como el resto de mis
hermanos, Remus. A lo mejor sería como ellos. Sirius. Es el nombre que late en sus sueños, en todas
las fases de la luna. Vosotros sois mi familia, lunático. Y ellos la suya.
Sirius. Su familia, su hermano, su mejor amigo. Sirius, que tiene todas las chicas que quiere y la
mayor parte del tiempo las ignora porque prefiere trastear con James o hacer una salida furtiva a
Hogsmeade bajo la capa invisible para robar cerveza de mantequilla. Sirius que berrea canciones
muggle cuando está borracho y tiene una sonrisa perruna y es mucho, muchísimo más atractivo de
lo que Remus desearía. Porque, señor, su vida sería muchísimo más simple si el condenado
engreído no tuviera tantas razones para sentirse satisfecho de sí mismo.
Por las mañanas se mira al espejo y canturrea, mientras James se lava los dientes.
- Es un jodido misterio. – Disfrutan tomándose el pelo. – A veces no duermo por las noches
mientras lo pienso, tío.
Ay. Sirius.
**
(…)
**
Remus.
Es el nombre marcado por la luna, el que resulta más difícil de resumir porque lo abarca casi todo.
Remus es ese niño que se encontró el primer día de clase, cuando montó en el expreso de Hogwarts
pletórico de alegría infantil y ocupó un compartimento entero con todas sus maletas para que nadie
que no le cayera bien se sentara y le estropeara el viaje. Remus es la cara que se asomó por la
puerta, con aquellos ojos enormes y el pelo mojado por la insistente lluvia y una túnica demasiado
grande y dijo "perdona, ¿te importa que me siente contigo?" y estornudó y añadió "lo siento, ya
buscaré otro sitio". Remus es el niño que hizo que Sirius sintiera una simpatía repentina, apartara
sus maletas y dijera "siéntate, tío, está libre". El niño que arrastró su maleta con esfuerzo y le
enseñó un encantamiento para que no se empañaran los cristales y pudiera ver el paisaje y extendió
su mano y dijo, con una sobriedad que siempre sería suya "Remus Lupin, encantado" y volvió a
estornudar mientras Sirius sonreía y se presentaba. "Black. Sirius Black".
Remus es la sombra de un hombre mayor metido en un cuerpo que siempre parecerá algo
desgarbado, como si creciera demasiado deprisa, sin amoldarse del todo en sí mismo. Siempre será
el niño que se sentó bajo el sombrero seleccionador y fue literalmente engullido por aquella prenda
enorme que dijo "¡Griffyndor!" antes casi de acabar de posarse sobre sus hombros. Remus es esa
nariz omnipresente, un libro bajo la cara y una media sonrisa que llega a sus ojos antes de aparecer
en sus labios. Remus es un gramófono muggle y un chiste seco cuando nadie lo espera. Remus es el
que siempre se resiste a trasnochar pero nunca puede dormir cuando se acerca la luna llena. Remus
es el dolor en su estado virgen cuando tres noches al mes estalla, se despeza, sale disparado en mil
pedazos y a veces, cuando llega el primer dolor, la primera contracción de la luna bajo la piel, se
lleva la mano al pecho y cierra los ojos, aprieta los dientes, gime, masculla su nombre. Ya llega,
Sirius. Ya la noto.
Remus es el verdadero espíritu del mapa de los merodeadores. El que resolvió la manera de hacerlo
cuando ninguno de los encantamientos de James surtía efecto. Remus es todo lo que Sirius nunca
será, paciente, templado como el té a primera hora, sensato, enfermizo, torpe. Remus siempre sabe
lo que hay qué decir y es el único que consigue domar el carácter de los Black, con una mirada, solo
un gesto, solo una sonrisa. Siempre has sido un perro con muy malas pulgas, Canuto. Remus es
quien le bautizó aquella noche en la que decidieron ser animagos y James estaba eufórico y quiso
ser Cornamenta y propuso que Sirius fuera Pulgoso haciendo que Peter se riera durante horas y que
Remus, con ese humor callado, se apartara el flequillo de la cara y le corrigiera. Creo que
deberíamos llamarte... Canuto.
Remus es algo que Sirius casi no puede explicar. El mejor mago de Hogwarts, probablemente,
aunque él mismo no lo sepa. Pero más que eso, Remus es lo que hace que Sirius Black, vuelva a
creer en que la magia es algo más que poder desmedido. Con Remus la magia es otra cosa. Algo
mejor para lo que Sirius no tiene palabras. Hace tiempo que su fe en la magia es parte de su fe en
Remus Lupin, que siempre parece distraído y concentrado al mismo tiempo, ausente y presente y
que es, Sirius siempre lo ha sabido la persona que con más fuerza despierta sus instintos perrunos de
sobreprotección.
Busca a Malfoy en la torre de Slytherin. Caminando con grandes zancadas. Se acerca a él sin
contemplaciones. Le agarra de las solapas de la camisa. Le empuja contra la pared. Le levanta dos
palmos del suelo sin aparentar esfuerzo. El resto de Slytherin no tienen tiempo de reaccionar.
- Solo es un aviso, Malfoy. Si alguna vez vuelves a meterte con Remus o me entero de que su vida
ha sido algo menos que agradable porque tu apestosa presencia le ha molestado de algún modo,
forma o manera, me encargaré de maldecirte con un hechizo tan desagradable que desearas que te
hubiera ahogado aquí y ahora. ¿Me he expresado con claridad?
Hay odio en la mirada de Malfoy pero no puede contestar. Sirius parece satisfecho y le deja caer.
Da tres pasos para marcharse y oye a Lucius desde el suelo, casi sin voz.
- A ver si lo entiendes, Lucius. Remus es demasiado bueno para ponerte una sola mano encima.
**
- ¿Y bien?
- ¿Y bien qué?
Remus y Sirius estudian para los exámenes. Aunque sería más preciso decir que Remus estudia y
Sirius, que es demasiado brillante para su propio bien, deja los libros abiertos, pone sus botazas de
motero sobre la mesa y pasa el rato atormentándole. Atusándose el pelo. Siendo irritable y
atosigante y asfixiante y bueno, en fin, siendo Sirius.
Se hace un pequeño silencio pero Remus sabe que no es más que un parentesis. Qué va a ser, sino.
Sirius es un perro con un calcetín usado. Lo deja un rato pero vuelve enseguida para seguir
mordisqueando. Baboseando. Dejando un rastro de saliva.
- Podías habérmelo dicho. -El muy sinvergüenza tiene el descaro de poner su cara de perrito
malherido cuando lo dice. – Somos amigos. Tantos secretos... – chasquea la lengua en señal de
desaprovación. – Primero me entero de que eres un hombre lobo, después que te gustan más los
Beattles que sus canciones y, ¿qué será lo siguiente?
Señor. El muy idiota tiene demasiado encanto. Demasiado, maldita sea. Es imposible estar enfadado
con él más de cinco minutos.
- ¿Qué vamos a descubrir ahora, Remus? ¿Nos enteraremos de que eres una sirena cuando sube la
marea? Porque te advierto que no me convertiré en sirena por ti, lunático
- Lo que sea.
La conversación debería terminar ahí. La conversación no debería seguir adelante. Remus cree que
la conversación no se tenía que haber producido en primer lugar. Pero es inútil. Sirius necesita
saber. No le basta la confirmación de que le gustan los chicos. Demasiado abstracto. Hay un hueso
enterrado y el melenudo de porquería necesita sacarlo, husmear, rastrear. Saber qué chico le gusta
porque según él, James tiene a Lily y su obsesión por ella y él tiene "una legión de fans mayor que
la de Paul y John juntos" y Peter tiene que "aprender a sacudírsela en silencio, tío", pero Remus no
tiene a nadie.
Encoge los hombros. Típico. Lleva la corbata aflojada y las botas cubiertas de barro. Eso y su
sonrisa satisfecha.
- Sirius, no soy tu mascota, ¿qué vas a hacer, transformarte en homosexual cuando salga la luna
llena y acompañarme a Hogsmeade a buscar hombres?
Eso a sonado a la defensiva. Y además, cree que se ha sonrojado. Muy poco pero con su
complexión se nota mucho. La expresión de Sirius se transforma de manera inmediata. Un cambio
brusco, casi cruel. Se vuelve humilde, suave, líquido, como si todo lo Black le abandonara y solo
quedara Sirius, un perro fiel, un sabueso cansado.
- Solo quiero que seas feliz, Remus.
Le late el corazón a toda velocidad. Se pregunta qué pasara si le dijera que ya tiene lo que tiene, o al
menos todo lo que puede tener. Si le dijera "solo te quiero a ti". Si abriera su corazón y enseñara la
cara oculta de la luna.
- De acuerdo. – Le mira dentro, donde no mira nadie. – Pero avísame si aceptable deja de parecer
razonable.
Nota un nudo en la garganta. Traga saliva. Se siente mareado. Balbucea. O eso cree.
- Lo juro solemnemente.
(…)
Sangre sucia
Sirius se rebela porque sí. Porque se aburre. Porque puede. Porque quiere. Porque es su forma de
escupir en ese apellido desafortunado que lleva, esa maldición que le acompaña. Se rebela para
marcar su territorio y enfadar a todo lo Black. Se rebela para ejemplificar el espíritu de Griffyndor y
sabe, sin embargo, en última instancia, que si no le expulsan de Hogwarts, del hogar de los
Griffyndor, de lo único que realmente le importa, es precisamente por ese apellido, ese linaje, ese
nombre que tanto aborrece. El mundo mágico se rige por clases y los Black son pura aristocracia.
Ningún colegio se ha atrevido a expulsarle. Cuando los profesores censuran su comportamiento, lo
hacen casi con condescendencia, murmurando "es el pequeño de Bellatrix, la oveja negra de los
Black". Solía molestarle, tiempo atrás. Ese estigma. Pero conoce lo bastante a su familia como para
saber que haberse convertido en una lacra para los suyos es motivo suficiente para sentirse
orgulloso de sí mismo. No le asustan las amenazas porque si le echan su madre tendrá que explicar
en sociedad que Hogwarts es demasiado bueno para su hijo y no hay ninguna posibilidad de que
ella se resigne sin mover los hilos.
Y sin embargo, cuando Albus Dumbledore le dice que su permanencia en el colegio corre peligro –
me temo que autorizar ciertos comportamientos es un mal ejemplo para el restos de tus
compañeros-, Sirius Black por primera vez en su descerebrada existencia, cree que esta vez la ha
jodido.
Sube las escaleras del director con desánimo, como si cada paso pesara más que el anterior y fueran
no los escalones, sino sus piernas las que estuvieran hechas de piedra caliza. Cuando llega arriba,
toca la puerta despacio, con educación, como si quisiera enmendar su última travesura, la que puede
dejarle fuera de Hogwarts y de paso, acabar con toda su vida porque sin ese colegio, de vuelta en
casa, Sirius es solo un Black. Y ser un Black vale menos que nada. Oye la voz de Dumbledore
invitándole a entrar y se prepara para lo peor.
Pero no se prepara bien porque cuando la ve se le revuelve el estómago y el corazón empieza a
bombear bilis.
- Hola, madre.
Bellatrix es pura cólera contenida. Las siete caras de la hidra mirándole fijamente. Tiene el mismo
pelo oscuro de su hijo, las mismas facciones simétricas, similar arquitectura, parecida
majestuosidad. Todo en ella le recuerda a él. Todo le hace sentirse empequeñecido y enfermo.
- Siéntate, Sirius.
Son frases que ha oído otras veces. Se ve que disfrutas enlodando el apellido de tu familia. Miles de
veces. No madre. En miles de ocasiones distintas, por motivos diversos. No consentiré que te
expulsen de este colegio. Le suenan vacías, como si su madre fuera un eco, una sombra. Lo sé,
madre. El mismo sermón de tantas veces. Idénticos reproches.
Reclinado en su asiento, a Dumbledore solo se le mueve la mirada. Le pregunta a Sirius con ella.
¿Quieres que salga, hijo? En ese momento, Sirius le aborrece con todas sus fuerzas. Por haber
llamado a su madre. Por querer marcharse. Por estar dispuesto a quedarse. Vete, viejo. Aparta la
mirada y Dumbledore se marcha renqueando. Cuando vuelve a entrar, un rato después, nota que la
habitación huele diferente pero todo parece en su sitio. Viejos directores durmiendo en sus cuadros.
Libros de magia apilados. Bellatrix Black sentada en su asiento, erguida y temible. Y Sirius junto a
ella, mudo.
- Espero no recibir más llamadas del colegio, Sirius. Espero no tener que volver.
- Yo también, madre.
Al despedirse, Dumbledore extiende la mano para darle un apretón. Trata de identificar por qué
siente tanto frío en el estómago y qué demonios es ese olor que le está dando escalofríos. Cuando
Sirius se levanta la ardiente furia del odio emite vibraciones poderosas.
Sale sin mirar atrás. Seguida por su hijo, que mira de abajo arriba, con el pelo sobre la cara y una
tormenta desconocida en la cara.
- Sí, profesor.
Es una respuesta automática. Dumbledore quiere preguntar más y no puede. A cambio, intenta
sonreír, le da una palmadita amistosa en la espalda y registra el momento en el que Sirius responde
a su acercamiento arqueándose ante el primer contacto, cerrando los ojos, apretando la mandíbula.
- Estoy bien - y todo en él dice lo contrario. Dumbledore recibe la intensidad de sus pensamientos,
en forma de reproches de hiel y escarcha. Sirius dice "estoy bien" pero claramente es una acusación.
Me dejó solo con ella, profesor. No sabe cómo es mi madre, profesor. No tiene ni idea.
Cuando se queda solo en el despacho, los cuadros abren los ojos. Los viejos directores guardan
silencio y lo dicen todo sin decir nada. El olor de la habitación, Dumbledore nunca lo olvidará, es la
aristocrática sangre de los Black, una familia legendaria que rinde culto al poder y a la pureza de la
magia y que imprime sus lecciones a golpes de varita cuando lo cree necesario, incluso si esos
golpes tienen que recaer en la espalda de sus propios hijos.
- No podemos volver a llamar a Bellatrix, obviamente. Parecería temerario repetir el mismo error
por segunda vez.
Los cuadros murmuran y asienten. El perfume de Bellatrix deja huella, se huele durante horas.
Bellatrix tiene sobre él un efecto inmediato y helador. Fulmina su centro de emociones como un
rayo paralizante. Cuando sale del despacho de Dumbledore, Sirius se siente hueco, el cascarón
vacío de un hombre que una vez fue algo más que promesas. Llega a la Habitación Común sin saber
exactamente qué camino ha tomado. El fuego está encendido, James y Peter enfrascados en una
partida de ajedrez. Remus descansa sobre el sillón de orejas, con los pies sobre la otomana, leyendo
frente a la chimenea. Su paz, esa energía balsámica de Remus, le golpea como una bofetada.
Quiere morder. Quiere morder a toda costa. A lo primero que se ponga delante. Es rabia contra su
madre, contra Dumbledore, contra cualquier puta cosa que se ponga a tiro. Remus parece alarmado
ante la mención de Bellatrix. Que se joda. Que se jodan todos.
- ¿Ha llamado a tu madre? – Remus le censura con la mirada. Al menos a Sirius le parece leer
censura. Tal vez sea preocupación. Sea lo que sea es irritante. - ¿Qué le has dicho?
¿Qué le he dicho? ¿Por qué no me preguntas que me ha dicho ella? Le arde la espalda. No es la
primera vez. La varita de su madre lanza magia negra, destroza la carne, deja llagas más profundas
que la luna.
Decepcionado, Remus agacha la cabeza, chasquea la lengua y esa censura leve a Sirius le saca de
sus casillas, le infecta como la rabia. Le da ganas de asesinarle, convertirse en perro y arrancarle la
cabeza a mordiscos. Meter los colmillos en la carne, sacar al lobo a dentelladas.
- En lugar de hacerla rabiar a propósito, ¿no sería más inteligente que evitaras enfrentarte a ella?
- Evitar un enfrentamiento... – murmura - ¿como haces tú, por ejemplo? ¿Tengo que intentar ser
agradable con todo el mundo? Cambiar como la luna para que nadie se enfade, ¿no es eso?
Su propia voz le suena desconocida, destila esencia de magia negra. Suena como todo lo que odia.
Como si hablara su madre por su boca. Se arrepiente nada más decirlo y sabe que lo haría de nuevo
si tuviera oportunidad. Es su sangre. Esa herencia del mal en sus venas. Es su culpa y no la de su
madre que hay dolor en la mirada de Remus cuando se levanta de su asiento y coge el abrigo.
Se marcha sin mirar atrás. Hace tiempo que ni James ni Peter mueven ficha en su partida.
- Si me vas a decir que me he pasado y que le pida perdón, Potter, te lo puedes ahorrar.
- Ni puta idea.
Sirius no camina. Sirus vuela por los pasillos que llevan al jardín. Sirius está rabioso y le alimenta el
odio contra sí mismo, que es la forma más sublime del odio. Reza para encontrarse con Snape o
Malfoy y poder encontrar una excusa perfecta para descargarse. Se está planteando seriamente
transformarse y salir a cazar conejos. Acaba en ese cobertizo del jardín que nadie usa. Se imagina
que es lo bastante solitario como para que nadie le descubra ni a él, ni a la botella que James guarda
en algún lugar de ese condenado sitio. Lo último que espera es encontrarse con alguien. Mucho
menos con ella.
Se lo piensa pero obedece. Allí está, en toda su gloria. Lily Evans. Perfecta estudiante, perfecta
prefecta, perfecta todo. En el apestoso, humeante, decadente cobertizo del jardín. Melena pelirroja
cayendo sobre la cara y ojos verdes llenos de lágrimas. Ligeramente avergonzada porque alguien la
haya visto. Ligeramente devastada. Levanta la barbilla con dignidad. A Sirius le gusta la gente que
se crece para no aparentar debilidad.
- Podría preguntar lo mismo- se seca la cara con la manga del uniforme en un gesto que podría ser
masculino pero en ella es delicado. Preciosos ojos verdes, esa Evans. Normal que James parezca
medio hipnotizado por ellos. Pobre Cornamenta, tiene menos posibilidades de llegar a algo que
Sirius de acabar siendo Ministro de Magia, pero de ilusión también se vive.
- Lo mismo digo.
- Lo mismo digo.
No hablan a menudo. Bueno, no son amigos. Sí, claro, están en la misma casa pero uno no se hace
amigo de la chica que le gusta a tu mejor amigo. Uno mantiene las distancias y espera que su mejor
amigo tenga suerte con ella y que no deje de hacer cosas divertidas una vez que salgan juntos. Esa
es la relación que se tiene con una chica que le gusta a tu mejor amigo y que siempre parece tan
digna y tan enfadada. Lily Evans es probablemente la única chica de su edad –y de varios cursos
más- con las que no ha intentado ligar y tal vez por eso, acaban juntos en la cabaña, esperando a que
deje de llover, pasando el rato con una botella de whisky que Sirius jura que ha encontrado a allí
"por una de esas mágicas casualidades, Evans, te lo juro". Lily no bebe y al principio apenas habla,
pero llueve, no hay nada que hacer y Sirius puede ser muy insistente cuando quiere saber algo. Lily
claudica, finalmente.
- Problemas familiares
- ¿Ha pasado algo... grave? – Tal vez haya alguien enfermo. O algo peor. Alguna desgracia. Si su
madre enfermera él daría una fiesta y rezaría a la luna por una convalecencia doloroso pero hay
gente que tiene familias ligeramente más tolerables. Tal vez Evans sea una de esos.
No es la primera vez que le dice algo así. No debería doler. Pero duele. A Sirius no se lo dice.
Tampoco hace falta para que él sienta una corriente de simpatía profunda e inmediata. Otra oveja
negra. Bebe un trago para celebrarlo. Casi aplaca el dolor de la espalda. No debe ser fácil ser una
bruja en una familia muggle. Más o menos como ser un Griffyndor rebelde en una familia de
Slytherin asociada a la magia negra.
La chica entorna los ojos. Preciosos, ya lo creo. Verdes como esmeraldas en la tempestad.
- No conoces a mi madre. Un cuarto de hora con ella y querrías casarte con Snape.
- Venga ya, Sirius. Eres un Black. ¿Cambiarías eso por ser hijo de muggles? ¿Por ser un sangre
sucia?
Solo por un momento, Sirius Black deja caer la fachada de bravuconerías y toda esa rabia bárbara se
diluye en la nada más absoluta, en esos ojos verdes que le serenan. Deja de fardar, de ladrar, de
pavonearse, de hincharse como un animal en celo.
Se hace un silencio entre la frontera de lo cómodo y lo incómodo y lo rompe Lily con un reverente
"gracias" que sale de lo más profundo de su corazón. Fuera la tarde amenaza tormenta y ninguno de
los dos sabe exactamente cómo comportarse. Solos en una cabaña.
- ¿Sabes qué, Evans? Deberías darle una oportunidad al pobre James. – Un par de tragos le hacen
sentir lo bastante seguro como para decirlo. – Solo es un buen tío con malas compañías- guiña un
ojo y ella no quiere admitirlo pero Sirius sabe que le hace gracia.
Remus.
A primera hora de la tarde, los calderos burbujean en clase de Pociones. El profesor Rominus
Filchwood, jefe de la casa de Ravenclaw pasea entre las mesas y tuerce el gesto cuando escucha
incluso la voz más leve.
- Es un examen, caballeros. Si estuvieran autorizados a hacer comentarios entre ustedes, sería una
mesa redonda. ¿Me he explicado con claridad, señor Malfoy?
- Sí, profesor.
Los ingredientes requieren tiempos precisos de cocción. Sirius cuenta los minutos y toma nota de la
coloración de los elementos. Tres sillas por delante, el caldero de Remus bulle con placidez y la
escasa luz que llega a las mazmorras desde los ventanucos enrejados de las paredes, se concentra en
él. Como si el sol le cortejara, para hacer rabiar a la luna.
Seis años de colegio y es la primera vez que Remus pone tres sillas de distancia entre su caldero y el
de Sirius.
Joder.
Añade el último ingrediente para la mezcla y el líquido se rebela, estalla en pompas jabonosas,
cabalga sobre el caldero, flirteando con los bordes, a puntos de escurrirse. Medio minuto después y
repentinamente la cocción termina y solo queda en la olla un poso de color plata, que le recuerda a
la luna cuando sale la primera noche de agosto.
- Excelente, señor Black. – El profesor Filchwood observa con satisfacción. – Diez puntos para la
casa de Griffyndor.
Sirius ignora el odio pestilente que le dirige Malfoy en forma de mirada asesina. Ignora a Severus
Snape en el fondo de la clase, murmurando entre dientes contra él. Remus le sigue dando la espalda
y daría diez veces diez puntos y la Copa de las Casas para encontrar el ingrediente que le hiciera
darse la vuelta y dirigirle una de sus sonrisas apaciguadoras.
Se imagina que ya es hora de pedir perdón. Va a hacer historia porque nadie que lleve su sangre ha
pedido disculpas en toda la larga y aristocrática historia de los Black. A Sirius nadie le ha enseñado
cómo hacerlo.
Perro bueno
Hay un roble frondoso en los jardines de Hogwarts. Recostado sobre los nudos de la madera, Remus
lee en voz alta y Lily escucha con la cabeza apoyada en su pierna, alimentando así rumores de
colegio y celos adolescentes. Quedan tres días para el cumpleaños de Remus pero Lily le ha
adelantado su regalo y ahora disfrutan los dos de una primera edición de "La importancia de
llamarse Ernesto". Lo encontré en Londres, cerca del callejón Diagon. Wilde siempre me recuerda
a ti. Siempre. Cada libro, cada historia. Especialmente ésta, que es divertida y liviana y sin
embargo, apesta a dolor detrás de cada ironía, destila un poso de amargura, un pesar profundo y
pudoroso, que se esconde tras una media sonrisa. Suena como si en vez de leer, Remus estuviera
escribiendo sobre la marcha. Como si Wilde hubiera sido un pobre hombre lobo, mirando el mundo
desde una esquina, expulsado del paraíso.
Está entretenida en su voz, pensando en escritores y hombres lobo cuando se acerca el perro. Su
primera reacción es pensar que lo está imaginando. Tiene una silueta amenazadora, patas
larguísimas, una cola lanuda y una expresión extraña, como si fuera demasiado humana. Remus
deja de leer bruscamente pero es Lily quien se incorpora cuando el perro se acerca. Manso, con las
orejas gachas y sin un asomo de agresividad.
- Fíjate qué perro tan bonito – se acerca a él con cautela. Extiende una mano para calibrar la
reacción del animal y sonríe cuando el perro, que de cerca es todavía más negro y más brillante,
saca la lengua y se sienta sobre las patas traseras. – Eso es, bonito. ¿te has perdido?
- ¿No tienes dueño, guapo? – Hunde los dedos en el pelo del lomo, siente una especie de simpatía
repentina. - ¿Cómo has llegado hasta aquí? – se gira para mirar a Remus, como si devolviera la
pregunta y su amigo tiene una expresión difícil de definir, entre incrédula e irritada.
- Infinita- ironiza.
- No seas así, Remus. Solo quiere que le acaricien. ¿A que sí, guapo?
- ¿Ves?
El animal da un par de pasos en dirección a Remus. Brilla con una intensidad mágica, busca la
sombra del árbol y espera, sentado sobre las patas traseras, mirando en dirección a Remus con una
expresión apaciguadora e inteligente. Lily no sabe explicarlo, cree que está siendo víctima de algún
hechizo pero juraría que algo ocurre en ese momento entre ellos. Una conversación que nadie
excepto hombre y animal pueden escuchar. El perro espera, agacha la cabeza levemente y Remus
parece rendirse a una evidencia que para Lily es un misterio. Suspira, cede, estira la mano y le
acaricia la cabeza al perro, que inmediatamente se tumba junto a él y mueve la cola contra el suelo,
jadeando más deprisa. Se deja acariciar la cabeza y Remus le rasca el cuello y le toca las orejas.
Tiene manos de pintor, dedos largos y bien dibujados que se deslizan en el lomo del perro, hasta
que el animal cierra los ojos y bosteza, dejándose hacer. Los dedos le buscan el estómago, frotan y
se deslizan y al cabo de un rato, el perro parece dormido, con el morro apoyado en la pierna de
Remus, justo donde la tenía Lily un rato antes.
- Remus, fíjate, creo que este perro te quiere.
El animal protesta con una serie intermitente de ladridos. Un soplido de brisa primaveral agita las
ramas del roble y Lily se recuesta en el árbol. Remus vuelve a la página que había dejado, leyendo
en voz alta para ella y para el perro, que parece medio dormido en su regazo, a salvo de la ira y la
impaciencia. Remus pasa las páginas con una sola mano. La otra no descansa, deja surcos
desiguales en el pelo del lomo, escribe en un alfabeto misterioso que solo tiene sentido en el
lenguaje secreto de los animales. El perro cierra los ojos y Lily se deja contagiar por la calma que le
inspira.
Antes del anochecer, el perro levanta la cabeza, mira atentamente con las orejas tiesas y sale
corriendo en dirección a Severus Snape, que atraviesa el jardín a esa hora en dirección a la Torre de
Slytherin y tiene que correr durante trescientos metros, sin aliento, para deshacerse del monstruoso
saco de pulgas que no deja de morderle la túnica.
- ¿En serio?
Lily mira las cabriolas airadas de Snape y le parece que el perro se está divirtiendo, ladrando,
jugando, trasteando.
Remus no puede evitarlo. Su risa se deja oír en cada rincón de los jardines.
Ssshhh
Duermen los cuatro en la misma habitación. Peter en la cama del fondo, James en la siguiente,
luego Sirius y finalmente, Remus. La suya es la única cama que siempre está hecha, llena de libros
y pergaminos extendidos. Todas sus cosas están echadas a un lado, cuando Remus sube del jardín y
se encuentra a Sirius en su forma humana, con las piernas cruzadas en el mismo sitio en el que
Remus se tumba por las noches y se desvela, pensando en él.
No contesta. Se levanta con una gracilidad exquisita y se sacude la cabeza para apartarse el pelo de
la cara. El más noble de todos los animales, le pide perdón. Lo siento, Lunático mirándole fijamente
a los ojos, humillado como ante un altar y a Remus Lupin se le corta la respiración porque está
seguro de que no lo ha dicho nunca. Perdón en boca de un Black es un honor inesperado. Y es suyo,
para él. Están solos en la habitación común y Sirius está mucho más desnudo que en ese lago de
Hogsmeade. A Remus le bombea el corazón más deprisa, como las noches de luna llena, cuando
empieza a hincharse y amenaza con estallar.
- A lo mejor estoy condenado a ser como mi madre, ¿no crees? La misma carne maldita.
- La carne no es nada, Sirius.
La carne es leve y cambiante. La carne es lunática y lo que permanece es otra cosa, que está por
debajo y resiste a la gravedad y al tiempo. Lo que resiste es algo más que carne y Sirius lo sabe. Por
eso le toca el pecho, con esa expresión curiosa y una media sonrisa, tranquilo, como si quisiera ver
qué hay debajo o como si sencillamente, le resultara más fácil comunicarse en el lenguaje táctil de
los perros, que lo dice todo sin esfuerzo, que en el idioma esquivo de las palabras, que no significan
nada. Esa mano es tan caliente, que las mareas interiores de Remus se agitan en vaivenes
desiguales. Se siente débil y flojo y sabe que no tiene remedio. Esa mano le perseguirá en sueños.
Se aparecerá en las brumas de la imaginación metiéndose por debajo de la camisa, debajo de la
bragueta, tocándole, tentándole.
El perro sonríe y el chico de diecisiete años que convive con él se rinde, cabecea y se deja caer
sobre él. Es un abrazo inesperado y Remus solo puede devolverlo a medias, con palmadas torpes en
la espalda, conteniendo el impulso de hundir la cara en su pelo y respirar profundamente para
asfixiarse de él. Sirius se aparta para volver en sí, paulatinamente.
Le gustaría pedirle un favor a Sirius a cambio de su perdón. Acuéstame sobre esa cama y lámeme
hazte hacerme ladrar. Le gustaría no tener que pedirle nada y que él se lo diera todo y ese secreto,
como tantos otros, está guardado debajo de la carne y de la sangre, con el celo tortuoso de un lobo
solitario.
Accio magia!
Ese año la primavera amanece especialmente caprichosa y en abril, Escocia estornuda de frío y el
colegio Hogwarts de magia y hechicería despierta un domingo completamente helado. Es James
quien se levanta en pijama, mira desde la ventana y propone que habría que "celebrarlo" pero a
medianoche, de pie frente a los milenarios muros de piedra de un metro de grosor, es Remus el que
prepara el hechizo. Peter tiene problemas para no resbalarse y Sirius golpea con los pies contra el
suelo para no morirse de frío.
- Lunático, ¿quieres darte prisa? Se me están congelando las pelotas y aquí Colagusano, hace
tiempo que no las siente.
Peter, caminando despacio para no caerse, corrobora que, de hecho, no siente nada de cintura para
abajo. Remus les ignora a ambos, se concentra y pide un poco de silencio. Naturalmente pedirle
silencio a Sirius es como suplicar al dios de la lluvia para que truene en el llanura desiertas del
Kalahari.
- Y si tanto frío tienes en las pelotas, pídele a James que te las rasque.
El rayo de luz violeta que sale de la varita estría la bóveda nocturna y cae sobre las altas torres del
castillo. En unos segundos, el hogar de los Griffyndor centellea y se ilumina, como si millones de
fuegos fatuos se hubieran reunido junto a ella, para hacerla revivir como un árbol de Navidad
gigante. De entre las cuatro torres, el hogar de los merodeadores, es el único que brilla. Durante los
cinco minutos que dura el hechizo, los cuatro lo miran pletóricos de júbilo adolescente. Les llena la
magia de su propio poder transformador y Sirius experimenta el gozo de la magia en su estado puro,
cuando sirve para la luz y el bien y todo lo hace de la vida una travesura que merezca la pena.
- Eres increíble, Lunático – le pasa una mano por el hombro mientras miran Hogwarts y su torre de
fuego, a punto de extinguirse- eres jodidamente increíble.
Remus lleva un lobo dentro pero cuando la luna mengua, solo es un chico con ropa demasiado
grande, que se quita importancia y se encoge los hombros.
Por una vez, Sirius adopta un tono serio, que en él resulta casi reverencial. Hogwarts refulge en
mitad de la noche y en lo más hondo de su corazón, ése será el aspecto que tendrá para siempre la
juventud. El colegio, la luz, sus amigos. La magia.
Compórtense, caballeros.
Siempre igual. Poco importa quién empiece la broma. En ese momento, en clase de runas antiguas,
el que ha tenido ha idea ha sido Peter pero lo que sigue es lo mismo de siempre.
Independientemente de la travesura, que hoy consiste en encantar las esquinas inferiores de los
pergaminos y hacer que aparezcan en ellos pequeños dibujos de Quejicus Snape, para que al pasar
las hojas, el Severus animado se haga pis encima y salga llorando. El caso es que al final a nadie le
parece importante que lo haya hecho el pequeño Peter Pettigrew porque, como siempre, unos cardan
la lana y otros se llevan la fama. Cuando se monta un pequeño murmullo en la clase y empiezan a
escucharse las risas, el profesor automáticamente, asume de quién es la culpa.
Sirius, sin embargo, no es capaz de aguantar la risa. La imagen de un Snape chiquitín llorando a
lágrima viva con los pantalones meados le resulta irresistible. Se muerte los labios, cierra los ojos
pero Peter no deja de hacer que se mueva y James se acaba contagiando y naturalmente, les
expulsan de clase a ambos y les obligan a hacer deberes después de la hora. Remus, que fue quien le
enseñó a Peter cómo hacer el hechizo sigue tranquilamente en su sitio y Peter, el brazo ejecutor,
también. Porque en Peter, al contrario que en James y en Sirius, nadie se fija. Ni siquiera los
profesores.
- Supongo que el señor Lupin no querrá seguir a sus compañeros y abandonar también el aula.
- No, profesor.
- Excelente. Sigamos.
El pequeño Snape animado vuelve a hacerse pis encima y Peter sigue esperando que alguien se le
vea a él.
(…)
Griffyndor y Slytherin. El partido que decide la Copa de Quidditch. Los elementos se alinean para
la gran final. Cielos despejados. Un sol entero y satisfecho. Una mañana espléndida en Hogwarts.
Las gradas hierven, centellean en ráfagas de colores. Verde y blanco, excelencia y pureza de
Sytherin. Oro y grana, valor y gloria Griffyndor. Los jugadores quieren rozar el cielo pero solo
James Potter, aclamado por la multitud, consigue acariciarlo cuando ve el revoloteo de la snitch
sobre su cabeza y sale tras ella a propulsión.
La pelota alada se eleva sobre Hogwarts como un cohete hacia la luna. Disfruta haciendo sudar al
mejor buscador de la historia. Cuando cae en picado, zumba, sisea, atraviesa una jugada de gol,
zigzageando entre los jugadores. Pasa junto a una bludger que no ve por donde va y junto a media
docena de escobas que jamás lograrían alcanzarle. James no la pierde de vista y a lo lejos escucha
"Potter", como si gritaran su nombre al unísono cientos de pájaros aleteantes. Cerca del suelo, la
distancia entre snitch y buscador es cada vez más pequeña y James Potter concentra todos sus
sentidos. Desaparece el ruido del viento y el de la multitud, desaparecen el resto de jugadores y el
suelo que está cada vez más cerca, sencillamente, desaparece. Obstáculos, gloria, todo desaparece.
Se quedan solos en el mundo, esa pelota dorada y con alas que parece un polilla nerviosa y él,
James. Sobre su escoba.
A unos metros sobre su cabeza, Sirius esquiva la defensa contraria, entra en territorio Slytherin y
marca un tanto decisivo para empatar. Es el momento.
James se alinea con el viento y los dioses, estira un brazo, cierra los ojos y acelera. Busca,
encuentra, aprieta con fuerza y cambia de rumbo, dando un giro fenomenal justo antes de chocar
contra el suelo, con la snitch en la mano, agitándose como un colibrí que lucha por salir del agua y
respirar.
Griffyndor estalla en éxtasis y Slytherin pierde, un año más, sus posibilidades en el torneo. James
recupera el aliento. Pronto, le rodean la furia y el ruido y la multitud le saca del estadio a hombros.
En medio del gentío, Sirius está pletórico, drogado, exultante. Su abrazo está a punto de tumbarle y
tirarle al suelo. Sirius, literalmente, vibra de felicidad.
- Si no fueras tan feo, Cornamenta, me casaría contigo. – Tiene puesta su sonrisa de hemos ganado
al enemigo, Potter, su famosa sonrisa de juro solemnemente que seré el castigo de todo lo Slytherin
habido y por haber, Potter, su sonrisa casi temible de júbilo. – ¡Dios, Potter, cómo te quiero, joder!
– Le agarra del cuello, le revuelve el pelo y le ofrece a la multitud como un pavo en Acción de
Gracias, levantándole un brazo como si fuera un muñeco. - ¡Señoras y señores, James Potter!
Le aclaman. Vítores, fiesta, victoria. Le felicita una turba de caras que se mezclan. Sonrisas al óleo,
palmadas desdibujadas en la espalda, felicitaciones anónimas que no significan tanto como esa
última felicitación, al final del día, cuando el colegio casi ha enmudecido y se encuentra con Lily
que hace su ronda de prefecta y se queda parada frente a él, solo un segundo.
- Buenas noches.
Pasa junto a él y su perfume duele donde no duele nada más. Donde solo existe ella. Tiene que
decirle algo. Lo que sea. Algo.
Tiene otra pregunta en mente. ¿No vas a felicitarme? Pero resultaría aún más tonta, así que opta por
no decir nada. No se le ocurre qué podría traspasar su coraza. Lily Evans le hace sentir como un
crío incapaz que no entra en sus propios pantalones. Se despide de nuevo, le desea buenas noches
de nuevo y cuando ha dado un par de pasos, ella le llama y el corazón le da un golpe tan fuerte
contra el pecho, que cree que debe haberse tragado la snitch.
- ¿Potter?
Se gira. Es tan guapa. Todo sería más fácil si no fuera tan guapa.
- ¿Sí?
Lily Evans le mira. Seria, pero por una vez, sin dobles intenciones, sin agresividad, sin nada
excepto esa calma femenina que le inspira para ganar todos los torneos del mundo.
- Gran jugada.
Se le queda la garganta seca. Quiere decir algo. Posiblemente gracias pero no le sale. Le acaba de
felicitar la persona cuya aprobación lo significa todo pero de algún modo, de pronto, no significa
nada. Solo era un partido. En el colegio todos esperan que sea el mejor jugador pero de noche, en un
pasillo desierto en el que la gloria no tiene sabor, junto a la mujer que nunca será para él, James
Potter lo cambiaría todo por ser un buscador bastante peor y un hombre ligeramente mejor.
Lo dice en serio. Siente que acaba de madurar cien años. Realmente, no ha sido para tanto.
Esa noche se acuesta con una sonrisa y lo último que le pasa por la cabeza es el quidditch. James.
Es la primera vez que le llama por su nombre.
(…)
¡Animagos!
Le llaman azul a la segunda luna llena del mes. Tiene sed de noche y cuando rompe el cascarón de
la tarde y empieza a elevarse en la bóveda nocturna, escucha un aullido familiar, proveniente de ese
sitio en lo alto de la colina al que todos en Hogsmeade llaman la casa de los gritos. Pronto, los
alrededores del colegio se llenan de sonido. El primero en salir es el lobo y la luna se siente
satisfecha, porque es su esencia la que corre a cuatro patas en lo más hondo del bosque. Tras él
lobo, los otros que le acompañan siempre. Primero, el perro. Después, el ciervo. El último, la rata.
Lobo, perro, ciervo, rata. La luna vigila en lo alto, por segunda vez en un mes y le serena la sinfonía
de ladridos y aullidos, lamentos que parecen risas.
Cuando se eleva lo bastante y su reflejo se convierte en nácar sobre la superficie del lago, la luna se
queda hipnotizada consigo misma. Sobre ella, la silueta formidable del ciervo, siempre a distancia
del lobo, siempre sin perderle de vista.
- ¡Lobo!
- ¡Ahí está!
- ¡Le he dado!
A la luna no le hace falta escuchar el aullido sangrante del lobo para saber que es verdad. Siente el
tiro como un meteorito que estalla en su lado oscuro, formando un cráter ominoso. El lobo está
herido y con él, la luna, que se oculta detrás de negros nubarrones nocturnos para lamerse y siente
que mengua, antes de tiempo. Abajo, en el bosque, las fauces del perro brillan como la ceguera y los
cazadores huyen de su rabia, dejando atrás a un lobo malherido y al resto de los animales.
Colagusano advierte
Es Peter quien llama al despacho de Dumbledore, a las tres de la madrugada. Sudoroso, sin aliento,
los ojos casi fuera de las órbitas, llorando por el esfuerzo. Pidiendo disculpas por molestarle a tan
altas horas, tratando de transmitir urgencia.
Es Peter Pettigrew quien se inventa una historia cuando Dumbledore, de camino a la enfermería
exige saber los primeros detalles. Han sido cazadores, profesor. Fue Sirius quien se dio cuenta,
¿sabe? Miraba por la ventana, no podía dormir, le pareció oír disparos en el bosque. Salimos
todos y estaba malherido. Ni una palabra sobre animagos ilegales. Peter improvisa sobre la marcha.
Y el miedo es el que habla por su boca hilando una historia que resulta convincente y en la urgencia
de la noche, oculta docenas de mentiras. Si Dumbledore se entera nos expulsará. El miedo es el
combustible de su imaginación.
Dumbledore le escucha a medias, más preocupado por el estado de Remus que por las
circunstancias del tiroteo. Cuando llega a la puerta de la enfermería le golpea una emoción
sobrecogedora. En ese umbral entre la vida y la muerte, apesta a inocencia derramada y a sangre
fresca. Huele a un futuro incierto y Dumbledore nota el peso de las señales, que indican un destino
siniestro. El anciano profesor sabe que no es momento de pensar en ello, igual que sabe que llegará
un momento en el que será inevitable pensarlo porque las señales son cada vez más abundantes.
Pero todos los augurios que ha ido percibiendo, el que tiene delante es el más estremecedor.
Sirius Black, apestado, pandillero, rebelde sin causa, casanova sin remedio tiene el cuerpo
moribundo del lobo en brazos. Hay un reguero de sangre que llega desde el jardín hasta ellos.
Sangre en el lomo plateado del lobo. Sangre en los ojos dilatados del animal y sangre en la cara
desencajada del jovencísimo Black, que agacha la cabeza hacia el animal y le acaricia como si fuera
la vida de ambos la que pendiera de un hilo.
Queda, ronca, su voz suena sulfurada y final. No se refiere al lobo, como Peter, sino a Remus.
- Han intentado matar a Remus – repite y hace falta la fuerza de Albus Dumbledore y de James
Potter y de Peter Pettigrew para que el muchacho se aparte del lobo y acceda a hacerles sitio para
que puedan encargarse de sus heridas.
Tres días después. Saliendo de Aritmancia. Lucius Malfoy no puede resistir la llamada de una
buena pelea. Black y Potter cabizbajos con Pettigrew detrás, como la peste, y Lupin en la
enfermería, con alguna misteriosa aflicción. El veneno sale de su boca como si fuera aire. Sisean las
serpientes Slytherin.
- Qué pasa, Black. He oído que Lupin ha tenido un pequeño accidente. Si no sale de ésta, vas a tener
que buscarte novia nueva.
Y tan pronto como ha venido, el dolor desaparece. Tiene las manos y la ropa llenas de sangre pero
busca en el estómago, bajo la camisa y no hay nada. Ni una herida. Ni un rasguño. Black le mira,
todavía con la varita en las manos.
- Un aviso, Malfoy – su voz está desprovista de ira y es esa calma desconocida lo que hace que
Lucius sienta escalofríos intensos. Miedo, por primera vez en su vida. – La próxima vez estarás
sangrando por una herida de verdad. Y ya puedes empezar a rezar para que Remus salga de esa
enfermería lo antes posible porque desde ahora en adelante cada gota de su sangre vale por un litro
de la tuya. Si él cae herido, me aseguraré de que tú no te levantes.
No es una amenaza. Black le ha amenazado muchas veces. Siempre encolerizado, enfermo de ira.
Esto es otra cosa. Magia negra de los Black, a un palmo de la superficie, debajo de todo lo
Gryffindor, Esto es oscuridad. Algo en Lucius se retuerce de placer, a pesar de la humillación.
- Cuando quieras.
James y Peter le acompañan a la enfermería. En la cama del fondo, Remus Lupin todavía duerme.
Tres días después de que la pólvora le atravesara las entrañas.
Delirium Remus
Son tres días de fiebre y alucinaciones. Remus sueña imágenes sin forma, escucha ladridos y siente
que algo le destroza el estómago y le desangra. Son fauces asesinas que parecen de perro pero tal
vez sean pólvora, odio, muerte. Se revuelve entre sábanas sudadas, despierto, dormido, sufriendo.
En el colegio, todos se preguntan qué ocurre y por qué suena como si entre las paredes de piedra
caliza ulularan animales salvajes.
Al cuarto día, con la garganta tan seca que parece en carne viva y la sensación de que tiene una
llaga sangrante en el estómago, Remus abre los ojos. Le cuesta trabajo reconocer el lugar. La
enfermería con sus camas en fila, el olor a sábanas limpias y hierbas curativas. Es un escenario
familiar pero es la primera vez que se despierta de un letargo tan profundo que siente que ha estado
muerto, fuera de su cuerpo. No recuerda con exactitud lo que le llevó allí pero
mentira
lo recuerda todo.
de pronto.
¡Lobo! Olor a gente. Cazadores. La boca del fusil. Huir. El ardor. La explosión. El olor de su
propia sangre. Los ladridos de Sirius. Un perro, lamiéndole la herida. Al borde de la inconsciencia.
Su lengua dentro de su cuerpo. Junto con la bala. Pero más adentro.
Y luego, nada.
Hasta ahora.
Con todo ese pelo esparcido en mechones desiguales, negro como una bandada de cuervos sobre
sábanas blancas. Remus le observa y el tiempo se estira para que pueda relamerse en él. Puede que
no obtenga de Sirius Black todo lo que querría pero obtiene más de lo que podría soñar. No sabe
qué escuece más, si el tiro o el recuerdo de su lengua dentro de la carne.
Sirius le ha lamido donde no ha estado nadie, excepto la luna y cuando entreabre los ojos y sacude
la cabeza y bosteza como un animal que vuelve en sí, Remus se maldice por no tener una cámara de
fotos mágica donde poder capturarle para siempre. Así. Medio dormido, medio despierto.
Desperezándose y sonriendo cuando se da cuenta de que ha tardado cuatro días, pero al fin ha
vuelto.
- Joder, Lunático. Ya te ha costado. Eres un poco flojucho para ser un hombre lobo, ¿no?
- Ostia, los rumores eran ciertos. – Son los chistes de siempre y Sirius disimula con notable maestría
pero el fondo de afecto en cada palabra lo dice todo y lo que no puede decirlo, lo enseñan las ojeras,
las arrugas en la ropa, la expresión de cansancio. - ¿No era que solo podía matarte una bala de
plata?
El tono de su voz es tan grave que Remus tiene dos opciones. Echarse a llorar y besarle como si
realmente se fuera a morir o bromear. Elige la opción de los cobardes en lugar de elegir la de los
moribundos y los héroes.
- Ya me parecía a mí que no estaba en el cielo. Eres feo para ser un ángel. Y no te veo las alas.
Se arrepiente en cuanto escucha cómo suena. Rabo. Sirius es incapaz de dejarlo pasar.
- Los cuernos son de James pero si quieres ver lo otro, tú aúlla, que siempre podemos arreglarlo. –
Se lleva las manos a cinturón, amaga con desabrocharlo pero se echa atrás en el último momento-
Aunque en tu estado, no sé si estás preparado para emociones tan fuertes.
Cuando Sirius le hace reír, la estúpida herida late, escuece y ladra. Maldita sea. La enfermería se
llena de luz y por el aspecto, debe ser primera hora de la mañana. Aunque sabe la respuesta insiste
en averiguar por qué no está en clase, si, según sus cálculos debe ser viernes por la mañana. Sirius,
orgulloso de sí mismo, proclama que ha conseguido crear un espectro idéntico a él que es capaz de
quedarse sentadito y callado en el aula mientras él se pasea por donde quiere. Solo es una ilusión
mágica pero cree que el doble bastará para engañar a los profesores.
- ¿Si se está quieto y callado, cómo van a pensar que eres tú, Canuto?
- Fui ayer a Aritmancia. Me encontré con Malfoy, charlamos, me confesó un ardiente amor por mí,
nos prometimos, y juramos por Merlín amarnos y respetarnos pero ya sabes cómo soy. Se la pegué
con Snape y ahora estoy buscando un nuevo rumbo a mi vida.
Joder. Tiene la sensación de que la bala sigue todavía ahí. El dolor le agarra por las pelotas y le
retuerce por dentro. Se alivia cuando Sirius pone la mano –esa mano mágica y caliente- en el
estómago y templa todo su dolor. Dios. Si esa mano pudiera estar siempre ahí.
En momentos así, es una injusticia desmedida que esté prohibido besarle. Porque Sirius es intenso y
bárbaro y suave y la medicina que necesita para curarse y no es justo quererle tanto y que haya
reglas para ese amor solo porque al muy idiota le gustan las chicas.
- Dios qué bonito – Remus reconoce la voz de James, desde la puerta, interrumpiendo un silencio
que está empezando a ser demasiado espeso, ligeramente irrespirable. – Canuto, por dios, ¿por qué
a mí no me dices cosas así?
James se acerca a la cama, con esa sonrisa de bienvenida que a Remus le hace sentir a salvo y en
casa.
- ¿Ves cómo me trata? ¿Hace falta que me den a mí también un tiro en el estómago para recibir un
poco de cariño?
Remus da las gracias por estar vivo a los dioses en los que no cree. A la luna por haberle permitido
seguir bajo su influjo. A la magia de Dumbledore. A los espíritus del bosque.
Puede que sea lo que más admira de Sirius. Que está hinchado como un pavo y no es capaz de
formar una frase sin decir tres tacos pero que, al mismo tiempo, y aunque sea añadiendo el habitual
gilipollas es capaz de decirlo – sabes que te quiero- sin asomo de pudor, mostrándose ante ellos tal
y como es, regalándoles un momento de intimidad que valdría más que la luna, si se midiera el
amor en plata líquida.
Visitas
La enfermería suena a jazz. Es domingo y el gramófono muggle de Remus desgasta el vinilo, raya a
raya, minuto a minuto. Tiene una colección extensa de discos y podrían estar escuchando Abbey
Road pero es muchísimo más divertido poner a Charlie Parker y asistir al recital de quejidos de
Sirius contra esa música absurda que suena siempre igual, para atrás y para adelante y otra vez lo
mismo. ¿Cómo coño distingues una canción de otra, lunático?
Y más tomaduras de pelo. Sobre si le ponen drogas que le hacen tan gracioso y si está dispuesto a
compartir las pociones que le untan en la herida para comprobar si es contagioso tanto humor.
- La enfermera es guapa, Sirius- dice Peter- a lo mejor no le importa atenderte también a ti.
- Nunca le ha importado que sean guapas. ¿Nadie se acuerda de la estudiante de intercambio que
vino el año pasado? ¿Annie... cómo se llamaba, Peter?
- Oye, subnormales envidiosos de mierda, ¿os digo yo lo feos que sois cuando os levantáis por las
mañanas?
- De hecho, sí.
La hora de visita es eso: UNA HORA de visita pero la enfermera no se basta para sacarles una vez
que ha concluido y en vista de que la mejoría de Remus es consistente, no tiene fiebre y ya ha
remitido el peligro, les deja quedarse un ratito más que pronto se convierte en toda la mañana.
Cerca de la hora de comer, el estómago de Peter emite un rugido escandaloso y Sirius todavía se
está riendo –alguien se ha tragado el león del escudo de Gryffindor- cuando se abre la puerta para
que Lily Evans llene la habitación de luz.
- Esa enfermera loca casi no me deja visitarte- dice, antes de darse cuenta de que le miran los cuatro
amigos y un gramófono que trompetea sin descanso. – Ah, hola- y acto seguido. – Puedo volver
más tarde.
Dicen "no" al mismo tiempo. Dos voces pero James suena más exaltado que Remus.
- No hace falta que se vaya nadie- concluye Remus. – Aunque los que tienen hambre pueden
hacerlo cuando quieran, Peter.
Lily medita en el umbral. Salir o quedarse. La habitación está llena de chicos que le miran. El
ambiente es intensamente masculino y se siente como una intrusa, pero hay algo, una invitación en
la mirada de Remus y algo más intenso, una súplica –por favor, quédate- en James Potter que no se
siente capaz de ignorar. Toma una decisión y cierra la puerta. Sirius le deja la silla que está más
cerca pero Lily se sienta en el borde mismo de la cama, aérea y leve. Mira fijamente a Remus, como
si le examinara detenidamente para asegurarse de que no hay nada que los doctores no hayan visto.
Parece que se da por satisfecha y que se anima a abrazarle con suavidad, para no hacerle daño.
Cuando se separa, solo se escucha a Charlie Parker.
Más que nadie en Hogwarts, Remus está acostumbrado a guardar secretos, por eso sabe que llega un
momento en que seguir escondido es una crueldad intolerable. Llega un momento en el que callar es
mentir y no hay excusa.
Parece que a la pobre chica le van a salir los ojos de las órbitas.
- ¿Qué!
Y Sirius como siempre tiene que decir algo. Nunca se sabe si para evitar incomodidades o para
echar leña al fuego.
- Eso ya lo sé, Black. – Toda la atención de Lily es para Remus. - Repite otra vez lo del lobo.
Esa mañana, suena Charlie Parker, "el pájaro", mientras Remus Lupin, el lobo, cuenta su historia y
Lily se siente como la chica más idiota del universo porque si todas esas enfermedades coincidiendo
con la luna llena no le habían hecho darse cuenta, que le llamaran constantemente "Lunático", al
menos, tendría que haberle llevado a sospechar algo. Se siente estúpida pero por encima de todo
ello, se siente más intensamente unida que nunca a Remus. Como si comprendiera al fin una pieza
vital para entender el puzzle de su mejor amigo. Al finalizar la visita, se despide de él con un beso
suave y casi fantasmal sobre los labios que deja a James sin palabras, a medio camino entre la
fascinación y los celos y a Sirius con la mosca detrás de la oreja.
- Así que le dijiste a Evans que eras marica antes que a mí.
- Eso me temo. Y es raro que lo hiciera porque con tu sensibilidad para los sentimientos, tenía que
haber recurrido a ti el primero.
Peter le da una palmadita en la espalda pero no le consuela. La imagen de los labios de Lily besando
suavemente la boca de Remus le sigue incordiando y se resiste a dejarle en paz. A Sirius le pasa tres
cuartos de lo mismo pero no es por celos, obviamente. Obviamente. Es porque, coño, le dijo que le
gustaban los tíos a ella antes que él. ¡Antes que a él! ¡Y a una chica! Es como cagarse en el espíritu
de los merodeadores, ¿no? Pff, a saber qué más le habrá contado que él no sabe.
(…)
En el cementerio, se acercan un par de personas y Remus les saluda y ellos dicen que su abuela era
ya muy mayor y a Sirius le parece la mayor chorrada que ha oído en su vida. Todas las abuelas son
mayores, ¿no? Bueno, la suya está metida en un cuadro en casa pero está arrugada como un papel
de fumar y apenas se mueve, así que debe serlo.
Cuando todo termina, Remus sigue mirando la lápida y sigue sin decir nada. Sirius olisquea su dolor
como un animal y le parece que se ha aplacado un poco, ahora que están solos. Sigue sin saber qué
decir. Aunque le cuesta trabajo no decir nada. Es primavera y en el cementerio de Bath, condado de
Avon, las flores estallan en colores intensos.
La media sonrisa de Remus es lo más triste que Sirius ha visto jamás. Querría hacer algo. Por él. Lo
que fuera. Le horroriza no ser capaz de hacer nada. Cuando sale la luna y Remus pide clemencia,
Sirius le sujeta el pecho y está con él hasta el último momento y, maldita sea, le gustaría poder
hacer lo mismo ahora. Agarrarle, meterse debajo de la piel, extraer algo de su dolor para poder
cargar con él y hacerlo más llevadero. Entre los dos.
Titubea. Un segundo. Por favor. Hay demasiadas cosas de Remus que no sabe y en ese cementerio
muggle el deseo por conocerlas todas y aspirar su perfume, se vuelve irrespirable. Siente de nuevo
esa cosa en el pecho, ese dolor que ahora es más un soplido que una patada.
- Me encantaría, Lunático.
Aurora
No es lo que espera. Remus le advierte pero no es lo que espera. Para empezar, en los hospitales
muggle huele raro. No es como en San Mungo, donde huele a salvia y romero y hierbas curativas.
En los hospitales muggle huele a la poción con la que friegan los suelos los elfos domésticos de
Grimmauld Place número 12. O peor. Huele a enfermedad y el sentido olfativo de Sirius, que es
extremadamente sensible, se siente agredido. Se pregunta cómo puede sanar la gente con ese olor
invasivo. Se pregunta qué esperaba de la madre de Remus Lupin y no obtiene respuesta.
Tumbada en una cama. Tiene tubos metidos en el brazo y está conectada a una máquina que emite
pitidos. Parece que duerme solo que no lo parece y la presencia de su espíritu en la habitación es
casi imperceptible.
En coma. Dos palabras. Nada más. Pero a Sirius le dan escalofríos. Lleva así dos años y Remus lo
explica con afecto pero sin afectaciones porque Remus es así y a Sirius le dan ganas de llorar. Es
extraño porque él nunca, jamás tiene ganas de llorar. Traga saliva para deshacer el nudo que se le
acaba de formar en la garganta y resopla, cuando Remus se acerca a la cama, hablando del
accidente de su madre y de una especie de bola de sangre que se le hizo en el cerebro.
- Algunos médicos dicen que incluso así puede oírnos o saber lo que pasa.
No sabe si puede acercarse a la cama o no. Le tiembla todo el cuerpo. Se siente enorme, idiota,
fuera de lugar. Todo en la habitación parece frágil y demasiado limpio para él. Remus saluda hola,
mamá y Sirius se da cuenta de que mamá es para él una palabra asociada al desprecio y la cólera
pero que hay otros universos, otros corazones en los que mamá puede ser el afecto insobornable, la
forma más desprendida del amor, la ternura en su estado más puro.
Remus se sienta junto a la cama y a esa mujer delgada y de pelo entre rubio y canoso cuya vida
parece presente y ausente y le habla como si se hubieran visto cinco minutos antes y hubieran
hablado durante el desayuno.
Amigo. Esa palabra nunca le ha sonado tan valiosa. Es un privilegio. Es un honor que Remus le esté
enseñando esto. Una parte de él valiosa como el cristal, irrompible como los diamantes.
- Mamá, este es Sirius. ¿Te acuerdas cuando te hablo de todos esos castigos de los que no tengo la
culpa? Sirius es quien la tiene.
- Se llama Aurora- la voz de Remus se quiebra justo en la última letra. - Y supongo que ahora es
toda la familia que me queda.
Levanta la mirada. Está luchando al borde las lágrimas, con la nariz roja y labios temblorosos. Y no
hay. No existe un corazón lo bastante grande como para abarcar lo que Sirius siente en ese
momento. Siente que se expande y que el dolor de Remus le traspasa. Siente que se transforma con
la luna llena en un hombre distinto y cuando Remus llora, Sirius cae de rodillas y reza para no
disolverse en la fuerza abrasadora de un abrazo que anula las barreras del tiempo y de la carne con
su intensidad monstruosa.
- Estoy aquí – no está seguro pero puede que también él esté llorando y tal vez sea por la injusticia
de la vida, porque hay madres que odian y están vivas y madres que quieren y no pueden abrir los
ojos y si alguien tiene que sufrir, debería ser él, coño, él y no Remus. Su madre debería sufrir y no
la de un hombre lobo que llora como si tuviera la piel en carne viva. – Soy tu familia, Remus. Estoy
aquí. – Fuerte, más fuerte, le abraza con la fuerza de un maremoto y no sabe qué le pasa
exactamente pero ese dolor en el pecho insiste y aúlla y le pide algo pero no sabe qué.
Sirius nunca se ha sentido tan cerca de Remus. Tan cerca de nadie, en realidad. Y es raro, pero al
mismo tiempo, se siente lejos, todavía demasiado lejos. Extraño. Lunático. De un humor perruno. Y
ahora qué mierda me pasa. Debe ser por pensar en su madre. Eso debe ser.
Atardece y le da por pensar que Aurora es un bonito nombre para la madre de un hombre lobo.
London calling
(…)
Falta poco para los exámenes y tienen que volver al colegio porque entre otras cosas, James y Peter
tienen que estar preguntándose dónde coño se han metido.
- Fue él el que decidió llamarse Cornamenta. Ahora tiene que apechugar con los cuernos.
Pero Sirius promete volver a Londres pronto y quemar la ciudad. Hace planes. Consisten
básicamente en pasar por su casa cuando no haya nadie, sisarle dinero a su madre y gastarlo en
antros de cerveza, tatuajes, y chicas. Remus le mira divertido.
- Bueno, quien dice chicas dice chicos. – Hace uno de sus molinetes con los brazos, aspavientos de
Sirius, exceso de teatralidad típicamente suyo. - Tanto monta, monta tanto, Remus.
Están entrando en terrenos pantanosos y Remus sabe que de seguir el rumbo de la conversación
acabará arrepentido. Al fin y al cabo no es buena idea hablar de la vida sexual de uno (o la ausencia
de vida sexual, para ser exactos) cuando el objeto de deseo es quien está enfrente. Pero están en
Londres, tiene el estómago lleno y ha sufrido una noche emocionalmente desgarradora. Necesita
algo de conversación liviana y superficial. Necesita una pelea dialéctica con un perro obstinado.
Necesita a Sirius, para que le rescate.
(…)
Vuelven a Hogwarts en moto. Por carretera mientras dejan atrás la ciudad y volando una vez que
Londres no es más que siluetas desdibujadas en el horizonte. Remus se agarra a Sirius para no
caerse cuando el maldito cacharro empieza a despegar y Sirius se siente demasiado confuso para
pensar en lo agradable que resulta. El dolor en el pecho se está empezando a convertir en una
especie de escozor.
¡otra dosis!
Hay unos chicos en Gryffindor. Están en sexto. Son cuatro pero a estas alturas, ya sabes que todas
las chicas se fijan en tres. Está ese tal Potter, que es el mejor jugador de su equipo y una estrella del
quidditch. Dicen que le gusta Evans, de su misma casa pero ella no le hace ni caso. Y luego, claro,
está Sirius, que les da a las bludgers como si estuviera enfadado con ellas. Un mal bicho, ese Black.
Aunque no es de extrañar, con su familia. Siempre va el otro con ellos. Lupin, se llama, Remus J.
Lupin. Muy buen alumno, un poco solitario, se le ve mucho con la chica que le gusta a su mejor
amigo. Hay muchos rumores sobre el grupo pero bueno, todo eso ya lo sabéis. También sabréis, a
estas alturas, que casi todos esos rumores los empiezan las chicas porque, en fin, son un grupo de
chicos que no están nada, nada mal.
(…)
Intermedio musical
Sube las escaleras de tres en tres, tarareando y silbando hasta llegar al cuadro de la señora gorda,
que le pone ojitos golosos cuando Sirius dice la contraseña- ¡natillas de crema!- y le regala alguno
de sus piropos habituales. Algo sobre lo especialmente encantadora que le encuentra y cómo
deberían llamar "voluptosa" y no otra cosa. Le abre y protesta sin convicción, entre sonrisas
arreboladas, riendo y diciendo qué jovencito tan descarado. Al otro lado del cuadro, le espera
Gryffindor y subiendo las escaleras hasta el punto más alto, escucha las notas que salen del
gramófono muggle. Saca el paquete plano que lleva debajo de la túnica y no tiene tiempo antes de
anunciar su sorpresa porque Remus le interrumpe sin sacar la cabeza de su libro.
Sirius le enseña el paquete, compungido. Dice "It´s only rock and roll".
- Los Rolling Stones son lo más grande que le ha pasado a tu país desde que Arturo decidió que la
mesa fuera redonda. – Se lleva el disco al pecho. - Tío, eres una vergüenza para todos los que
tenemos tu edad. Peor. Eres una vergüenza para el Reino Unido.
Pero Remus no cede porque el gramófono, al fin y al cabo, es suyo. Así que Sirius se mete con su
gusto para la música y con su colección de discos. Saca las cajas de debajo de la cama y a pesar de
que Remus trata de ignorarle, concentrarse en "Trópico de Capricornio" y pasar por alto cualquier
observación sarcástica, tiene que confesar que Sirius enrabietado por idioteces le entretiene
muchísimo.
- ¿Te has fijado en lo que tiene en común tu colección de discos? Veamos. – Saca "Las cuatro
estaciones". – Vivaldi- lee. – Muerto, si no me equivoco. – Coge el siguiente, "La Mamma Morta".
– ¡Donizzetti!- exclama. – De nuevo, muerto-. Uno tras otro, los saca de las cajas. – Beethoven,
muerto. Mozart, totalmente muerto y no nos olvidemos del gran Sebastian.
- Si hablas mal de Bach, te saco de esta habitación a patadas en el culo, Black, te lo advierto.
- Muerto. ¡Todos muertos, tío! Tú no eres un aficionado a la música, Lupin, tú eres un necrófilo.
- Puede que ellos hayan muerto, Canuto, pero su música nos hace sentir vivos.
Lo dice de corazón pero toda su gravedad se diluye cuando Sirius le atraviesa con esa mirada.
- Menuda horterada- exclama. Y solo él, el muy idiota, es capaz de decir algo insultante sin que
resulte un insulto. - ¿Cómo no me he dado cuenta hasta ahora de que eres marica?
Examina las cajas una a una, sentado en el suelo, llenando la habitación de discos, sin ahorrarse
comentarios irónicos sobre ninguno. De vez en cuanto inserta algún grito de horror.
- Es de Lily- se defiende.
Todavía con el disco en las manos, Sirius se acerca hasta su cama. Recorre ese escaso metro y
medio de rodillas, suplicando y rogando. Remus juraría que va a sacar la lengua y lamerle la cara.
- Lupin, por favor, solo una vez. Ha llegado de Londres en lechuza, exclusivamente para mí. No
puedes obligarme a escuchar siempre jazz. ¡Que no te confunda el apellido, no soy negro!
- ¿Te das cuenta de lo profundamente, pero profundamente insoportable que puedes llegar a ser?
¿Eres aunque solo sea remotamente consciente de ello?
- Soy consciente. Es algo terrible. No sé por qué me aguantas. – Lo repite como una perorata. –
Seguro que, en agradecimiento a tu infinita paciencia te santificarán y te venerarán y las
generaciones venideras discutirán sobre quién era mejor mago, tú o Merlín. Naturalmente, la
respuesta será Merlín pero la gente te adorará tanto que llegarán a dudarlo. – Toma aire y añade. -
¿Y ahora, Su Lobicidad, con vuestro permiso, puedo poner al puto Mick Jagger de los cojones?
Debe haber alguna forma, algún modo de resistirse a su idiotez. Alguien, en algún lugar de la tierra,
tiene que ser capaz de no ceder ante un Sirius Black de rodillas, con un disco de Joan Baez en la
mano, y demasiado encanto perruno pero desde luego, ese alguien no puede ser un Gryffindor.
Remus accede. Pero bajo una condición y no es negociable. Los Rolling Stones. Una vez. El
maldito disco entero y luego, lo que él quiera. No hace falta que lo diga dos veces. Sirius corre al
gramófono y los Stones insisten en que es solo rock, ¡solo rock and roll! pero debe ser bastante para
un perro ansioso porque Sirius berrea la letra y Remus tiene que oírle gritar y saltar por encima de
las camas y su imitación de una estrella rock es tan hilarante que deberían darle un teatro en
Londres para que la repitiera cada noche. Los turistas le visitarían a él antes de ir a Picadilly.
Cuando los Stones se callan, Sirius intenta darle la vuelta al disco pero Remus impone su turno y a
Bach. Sirius protesta –otro tío muerto- porque protestar es su naturaleza pero Sirius se tumba en la
cama, con los brazos cruzados bajo la nuca -tendré que oírla varias veces para aprenderme la letra-
. Y lo más sorprendente es que escucha. Una hora seguida, desde Vivaldi hasta Mozart, sin insultos,
ni comentarios supuestamente hirientes. Solo Sirius Black en la cama de la habitación de
Gryffindor, piernas cruzadas sobre la cama y esa especie de paz tan inusual en él. Es la primera vez
que está en la misma habitación que él en silencio. En seis años.
Cuando Remus considera que le ha torturado bastante con esa música sin letra de gente muerta, está
dispuesto a concederle un turno y dejarle oír su ruido de cañerías rebeldes. Como hace casi cada
día, Sirius le sorprende. Con una vehemencia inusual y algo en su voz que Remus no recuerda haber
escuchado nunca y que se parece misteriosamente a la calma dice "no".
Elige Billie Holiday casi sin pensarlo – o sin querer pensarlo demasiado-, procurando que nadie
escuche la cabalgata furiosa de su corazón, que bombea como un aria desbocada. Cuando se da
cuenta de que la primera canción se titula Hagámoslo ya es tarde para cambiarlo y Billie ha
empezado a cantar y Remus siente que tiene que dar una explicación o lo que siente será tan
evidente que incluso Sirius se dará cuenta y lo interpretará como una insinuación ¡y por qué coño he
elegido esto!
"Aquí" dice y da una palmada en la cama. En su cama. Junto a él. Si quisiera resistirse o
desobedecer no sabría por dónde empezar. Intenta no darle importancia. No pasa nada. Los amigos
hacen esas cosas. Se sienta primero y luego, bueno, Sirius ha dicho "túmbate", así que no tiene más
remedio que hacerlo. Recostarse ligeramente, poner la cabeza sobre su pecho y concentrarse en
respirar. Cuando Sirius sonríe, en paz, Escocia parece la tierra prometida. Billie canta y les inspira
para tocarse y quererse porque todo el mundo lo hace, así que Let´s do it, insiste, let´s fall in love.
Sensual y física, humeante y carnal, Billie suena a jazz y besos de medianoche.
- Estoy sorprendido, Lupin- la voz de Sirius suena más cálida de lo normal. - A lo mejor no estás
condenado a ser el típico empollón que oye música de pijos. A lo mejor tienes remedio, después de
todo. – Antes de que pregunte a qué viene, Sirius se contesta solo. – Te pido que me pongas algo
que te guste y vas y me pones una canción para follar, nada menos.
Follar. El muy bastardo dice follar y es una palabra que se dice mucho. Follar. Pero hay pocos
capaces de decirlo como Sirius. Pornográfica y sensual al mismo tiempo. Canina. Voraz. Follar.
- Nunca me olvido.
La intensidad de su tono le corta la respiración. Let´s do it insiste Billie. Let´s fall in love.
Sí.
Hazlo, Sirius, maldita sea. Hazme a mí lo que les haces a las chicas en los pasillos.
En mayo la luna llena se manifiesta con una intensidad sangrienta. El lobo parece hambriento,
insaciable, sediento y Remus amanece a la mañana siguiente dolorido, magullado, sin fuerza para
asistir a clase y los brazos llenos de heridas. Lily las ve durante el desayuno, cuando estira el brazo
para coger la leche y no ceja en su empeño de darle a probar una poción para las heridas que las
hace cicatrizar antes y calma el dolor.
Y no se habla más.
A mediodía, Sirius está leyendo lo último que ha pescado de la colección de libros muggle de
Remus. Una cosa curiosa llamada "La metamorfosis", sobre un muggle que se convierte en bicho.
Tumbado encima de su cama, saltándose, como de costumbre su clase de Adivinación, nota el olor
a poción curativa antes incluso de que Lily, flanqueada por Remus, abra la puerta. Lleva el tarro en
las manos y Remus parece resignado.
- Oye, - Sirius deja el dedo en el libro para no perder la página- ¿por qué cojones las chicas podéis
entrar aquí y nosotros no podemos entrar en vuestra habitación?
- Porque la gente que hizo este colegio- responde Lily- pensaba que los chicos no eran de fiar y
porque, desgraciadamente, los chicos como tú les dan la razón.
Ahí has esto bien, Evans. Una cosa hay que reconocerle a James. Le gustan bravas y que no se
muerden la lengua. A Sirius está empezando a caerle realmente la chica, aunque le moleste un poco
conocerlo. Es testaruda como un Black, eso sí. No para quieta hasta que se asegura de que Remus,
pone cara de recibir un olor asqueroso y se aplicar el ungüento en los antebrazos. Los arañazos son
de un rojo intenso. En carne viva. Sirius los ha visto peores.
- Haced como si no estuviera- dice. -Vosotros a lo vuestro. – Pretende ser un chiste pero suena
ligeramente constreñido, como si estuviera un poco irritado. No puede evitarlo. Lo intenta pero ese
enfado que amaneció en Londres sigue ahí y no es capaz de entenderlo, ni de dominarlo.
- Una amputación por motivos sanitarios- aclara. -No te creas, Evans. Si se lo pide James
seguramente el pobre chaval va y lo hace.
- Oye, - Lily se dirige a ambos, como una artista invitada en un baile que han perfeccionado con los
años, - ¿os ponen algo en la comida para ser tan graciosos o es todo culpa de esnifar esos
calcetines?
Sirius nunca ha tenido una amiga que fuera chica. Ha tenido amigos y ha tenido chicas pero no
amigas chicas. No sabía que se pudiera, puestos a pensar en ello. Nunca le ha tocado una como Lily
está tocando a Remus. No le han quitado la camisa así, con ese cuidado y menos sin que antes o
después haya habido algún tipo de intercambio de fluidos corporales. Generalmente, algo más que
saliva. Bueno, si una chica le toca, Sirius le toca un poco más y la amistad, en esos casos, no suele
ser una opción. Pero Remus no quiere tocar chicas, tío, quiere tocar chicos.
Seguramente por eso le resulta extraño verles a ellos. Seguramente por eso se siente como un
intruso. Remus está sentado delante del espejo, dejándose desnudar sin violencia, apretando
ligeramente los dientes cuando el roce de la tela escuece demasiado. En ese momento, deja entrever
los dientes. Son fuertes y ligeramente caninos.
Todavía están rojas. No llegan a romper la carne pero se distinguen claramente media docena de
dientes. Sirius se pone alerta.
- ¿Qué pasa con ellas?
No claro.
Remus en estado lunático es una bestia que a veces intenta acercarse a Hogsmeade olfateando
animales muertos y excursionistas perdidos. Alguien tiene que detenerle y a veces, solo puede
hacerlo un perro enorme con colmillos afilados que se clavan en el cuello del lobo apretando lo
justo para detenerle, sin llegar a al músculo. Pero Lily no lo sabe. Nadie lo sabe. Nadie podría
entenderlo. Es un secreto viscoso, de animales salvajes.
- Me debí pelear con algún perro- explica Remus. Lacónico, como siempre.
Entre dientes, Lily murmura chucho, asqueroso y Sirius se afana en no darse por ofendido. Tú ríete,
pero este chucho muerde, guapa. Siente el deseo irracional de proclamar que la mordedura es suya.
¡Suya! Además. Él también sufrió unas cuantas mordeduras con la luna llena y nadie le trata así,
con tanto cuidado, como si fuera de cristal. Lily le ayuda con la camiseta, tirando de ella, brazos
arriba, hasta despeinar a Remus, que parece ligeramente turbado. A ver si ahora va a resultar que
no te gustan solo los chicos, Lunático.
Cuando se queda solo con el pantalón del uniforme y una expresión vulnerable y tímida, Sirius
entiende esa turbación. Remus no baja la cabeza porque le guste Lily, sino porque quiere evitar su
propio reflejo en el espejo. Es a sí mismo a quien no se gusta.
Hay una cicatriz que le atraviesa la espalda, de parte a parte. Una rama, seguramente. Muchas más
en el pecho. Algunas son más blancas. Otras están sanando despacio. Como ésa, estrecha y larga,
que comienza en el costado derecho, cerca de la última costilla y continúa bajando hasta la cintura y
sigue más abajo, dentro de los pantalones del uniforme. Sirius no sabe hasta dónde llega.
Él también tiene sus cicatrices, muchas gracias. No tantas, no tan profundas. Y Lily no las unta con
esa poción misteriosa que ya dejado de oler tan mal. Lo hace tan despacio, con tanto cuidado. Debe
ser raro que alguien te trate así. Claro que, en el caso de Remus, supone que ésa es la manera lógica
de cuidarle. Al fin y al cabo, Remus Lupin es lo más valioso que hay en Gryffindor. Su piel es
pálida, como la luna. Y todas las partes que no están rotas, parecen demasiado vírgenes. Sirius sabe
que nunca las ha tocado una chica. Se pregunta cuántos chicos lo han hecho.
- ¿Te duele mucho? – la voz de Lily es tan suave como su manera de extender la poción, con la
palma de la mano.
- De lejos- dice- la luna parece de plata. -Remus se deja acariciar. - Pero cuando los astronautas
estuvieron allí, vieron que solo era una roca desierta y llena de agujeros.
Astronautas. Sirius no sabe lo que son. ¿Muggles? ¿En la luna? Tiene que ser una broma. No saben
hacer volar una escoba, no es posible que hayan llegado hasta ahí arriba.
Parecen una foto en suave movimiento. Lily y Remus. El espejo duplica sus figuras. Dos Lily
pelirrojas y suaves. Dos Remus, semi desnudos y pálidos, hablando en voz baja.
- Así que podemos deducir que cuanto más te acercas a la luna, más y más fea se vuelve.
No habla de la luna, claro. Sino de él. Y es muy extraño. Es realmente muy extraño que Remus crea
que es feo. Pero es muchísimo más extraño fijarse en el cuerpo, la anchura de los hombros, los
brazos demasiado largos, el flequillo, la nariz y sentir ganas de hacer algo para que deje de sentirse
así. ¿Feo? ¿Remus? Remus es mágico. ¿Es que nadie le ha dicho eso nunca? ¿Con qué clase de
gilipollas te has enrollado, tío?
- Ya lo creo.
Sirius no se da cuenta de que lo ha dicho en voz alta, y con la voz ligeramente rasposa hasta que
nota la mirada de Remus a través del espejo, traspasándole. Esa mirada le hace sentir pegado a la
cama. Y le pone un nudo en la garganta y revive esa sensación lejana de enfado que amaneció en
Londres.
- Si tú me pidieras salir – dice- a ti te diría que sí, Remus. – Su tono es más liviano que antes. El
ambiente de la habitación estaba empezando a enrarecerse.
- Er... si le pidieras salir, Lunático, Lily te diría que sí. – Se hace el tonto, se le da estupendamente
después de tantos años de práctica-. Pero cuidado con la varita de James porque es capaz de caparte.
Claro que siempre podrías cumplir tu sueño e ingresar en el coro.
- Que le digas eso no, idiota. Dile que si tú salieras con un chico sería con él. ¿O no?
Joder, qué preguntita, Evans. Si Sirius supiera sonrojarse lo haría de manera inmediata y violenta.
Por suerte, no sabe.
- Desde luego, está todo pensado y decidido. James se queda con Peter y Remus apechuga conmigo.
Iba a quedarme yo con James pero no lo soporto cuando dice tu nombre en la cama, Evans.
Muy al contrario que él, Lily sí sabe sonrojarse. Lo hace suavemente y hasta el borde del pelo. Pero
intentando disimular. Quitándole importancia.
- Vístete, Remus- dice, cambiando de tercio. - Un tal Sirius Black está empezando a mirarte con
malas intenciones.
La chica tiene espíritu de gamberrista, eso está claro. Sirius va a replicar. Quiere hacerlo. Bueno, es
lo que hace, al fin y al cabo. Devolver todas las balas, disparar a todo lo que se mueve. Va a decir
"siempre lo miro todo con malas intenciones, Evans" en plan sugestivo pero por algún motivo no le
sale. Es cierto que en diecisiete años y poco, lo ha mirado todo –absolutamente todo- con malas
intenciones, buscando una trastada detrás de un mediodía. Pero nunca a él. ¿A Remus? ¿Con malas
intenciones?
Cuando Remus y Lily se marchan, la poción curativa queda sobre la mesa. Sirus se acerca y
husmea. Olisquea. Graba el olor en su memoria olfativa y perruna y lo archiva en ese
compartimento de olores llamado "Remus", donde habitan el perfume nocturno del bosque y las
noches de luna llena.
Jamás se le había ocurrido, hasta ese mismísimo momento que fuera ni siquiera remotamente
posible pensar en Remus con malas intenciones.
(…)
Al tercer día en cama, Sirius está desesperado. Ocho horas diarias de media solo en la torre. Sin
poder salir. Sin fuerzas para imaginar maneras innovadoras de torturar a Quejicus. Si se incorpora
demasiado deprisa, se marea. Si intenta leer las líneas de los pergaminos y de los libros se
superponen. Si habla durante mucho rato, le duele la garganta. Le arde el pecho. Tiene calor. Tiene
frío. Tiene calor y frío al mismo tiempo. La enfermera que le visita es más huraña que su prima
Antonia y a su prima Antonia hasta su madre la llama "arpía", lo cual, teniendo en cuenta los
estándares de su madre, es como si viniera el diablo y te llamara demonio.
Y para colmo, tiene que ponerse ungüentos repelentes que huelen a mandrágora podrida. Beber
infusiones tan malas que parecen hervidas en los calcetines sucios de Peter. Y de comer, ni se habla.
Caldo curativo. Y eso es todo. Tres días sin hincarle el diente a nada. A media tarde del jueves,
tiene tanta hambre que podría morder la cama. Los inútiles que se dicen sus amigos no tienen la
puta delicadeza de traerle nada del comedor. Argumentan que son "órdenes de la enfermera". Los
jodidos cobardes.
Lo dice en tono afectuoso pero la mente infectada de Sirius se molesta de todos modos.
- Nada. – Que se aburre. Que tiene hambre. ¡Que está harto! – Que me estoy muriendo, nada más.
Dios, qué calor. Para una vez que tiene fiebre y tiene que ser en primavera. Las sábanas se le pegan
al cuerpo. Las aparta con rabia y se tumba encima de la cama. Delira, se mueve, no encuentra
postura, le duele todo. Acaba quedándose boca abajo, sin fuerza para quitarse el pantalón del
pijama. Ardiendo. La habitación late y se desenrosca. Le huele el pecho a linimento y los vapores
de la pomada le marean. Remus se sienta en la cama que está junto a la suya. No recuerda de quién
es esa cama. Todo es tan confuso cuando se está enfermo. Es muy extraño.
- No, en serio. Creo que me estoy muriendo. Y no veo que a nadie le importe, Remus. – Ve una
sonrisa en Remus y se fija en la caída de esos ojos familiares y llenos de humor. - Me moriré aquí
solo, en la torre de Gryffindor- gime. - Encontraréis mi cadáver a la hora de la cena, pero no lloréis
por mí. – Sí, se está riendo. Ese cabrón de Remus Lupin lo encuentra muy gracioso. El muy
miserable. - Metedme en un barco y prendedme fuego en el mar, es lo único que os pido. – Con las
pocas fuerzas que tiene, se medio incorpora sobre un brazo y extiende el otro. Tira de la corbata de
Remus, para conseguir que se acerque a él y poder enfocarle bien. No tiene muy buenos reflejos, así
que chocan. Frente con frente, pero no duele mucho. Cuesta trabajo coordinarse y, oh, sí, ya lo creo,
se está bien así, nariz contra nariz con Remus, que es lo único que no huele a linimento. De
momento. – Quiero un funeral vikingo, Lunático.
Le quema el aliento. Remus debe sentirlo en la cara. A lo mejor le quema también a él.
Suelta la mano con la que le sostenía la corbata. Qué sabrá si se está muriendo o no. Si dice que se
muere es que se muere y no hay más que hablar. Sirius se sujeta en Remus. Se aferra a su cuello
para mantener el equilibrio. Su piel está más fresca. Alivia bastante. Frescor. Alivio. Sí, mejor,
mucho, muchísimo mejor.
- Promételo- ordena. Su propia voz le suena nasal, más parecida a la voz habitual de Remus, que esa
tarde, sin embargo, suena algo desfallecida, como si él también estuviera enfermo.
Le gusta la vehemencia con la que lo asegura. Mmm, sí. Le gusta. Mucho más que estar enfermo.
Sí, ya lo creo. La habitación huele a poción curativa y a romero. Remus dice que no se va a morir.
Eso está bien.
- Vale. Lo que quieras, Sirius. – Cuando habla su voz es como un jadeo quejumbroso que le roza la
cara y también alivia. - Te conseguiré lo que tú quieras.
Eso está mejor. Sí. Remus va a cuidar de él. Mucho mejor. Tendrá un funeral vikingo. Qué bien.
- Así me gusta. – Sí, así está bien. Apoyado en Remus. - Estás fresquito.
En un tono de voz ligeramente estrangulado, Remus pregunta "¿Qué?" pero Sirius no tiene fuerzas
para contestar, ni para seguir recostado, así que se tira en la cama. Cae, más bien. Por el rabillo del
ojo, distingue una silueta que se levanta y se dirige a la puerta. ¿AHORA SE VA A MARCHAR?
¡No se puede marchar! ¿Ya ha pasado tanto tiempo? No sabe qué hora es pero no quiere quedarse
solo otra vez. La cama está pegajosa.
- ¡Oye! - no tiene fuerza para exigir, así que suplica. Pone su mejor expresión de chucho
abandonado en una noche lluviosa. - No te vayas.
La voz de Remus es tan suave. Jo. ¿Por qué no es todo tan suave? Enfermo todo es duro y violento
y demasiado luminoso. Pero Remus no. Nope. Con Remus se está bien. Si se quedara todo iría bien.
Con todas las veces que se han saltado las clases y ahora el muy traidor quiere marcharse. Convierte
su cara de perro abandonado en su cara de perro abandonado y dolido. Será cabrón.
Parece que se lo piensa. Que le cuesta tomar una decisión pero quiere aparentar que no. Estás
fresquito murmura Sirius, en voz tan baja que parece pensamiento diluido. Como un cubito de hielo
gigante.
- ¿Crees que no tengo otra cosa mejor que hacer que entretenerte, Canuto?
- ¡Pues no deberías!
Es más, si Remus fuera un buen amigo, debería ponerse enfermo con él. Es lo mínimo que se puede
esperar. Ya te digo. Buena idea.
- ¿Sabes qué? Te pegaré mi enfermedad y tendrás que quedarte. Cuando te vayas, pienso meterme
en tu cama y sudar tus sábanas y me lavaré los dientes con tu cepillo. Y si no funciona, y no te
dignas a ponerte enfermo y solidarizarte conmigo, chuparé los platos de tu comida. Y te advierto
que si no surte efecto, entonces – intenta imaginar algo peor pero le queda poca imaginación-
¡esperaré hasta que te quedes dormido y te lameré de la cabeza a los pies hasta que empieces tú
también a tiritar y a sudar y a arder! ¡Y a tener tanto calor como yo! – Eso. Buen plan. Se ha
quedado sin fuerzas con tanto hablar. Pero seguro que Remus lo ha captado. - ¡Hace calor!- chilla. –
Remus, tengo mucho calor- solloza.
No está seguro pero antes de quedarse dormido, delirando con cuarenta grados de fiebre le parece
que oye la voz de Remus diciendo "no eres el único". Pero puede que sea la fiebre.
(…)
Prefiero no decir nada. Prefiero que cambiemos de conversación ahora mismo. ¿Por qué
últimamente no hay conversaciones normales y seguras donde sus sentimientos no corran peligro de
ser públicamente expuestos y acto seguido, ridiculizados?
(…)
Desaparece refunfuñando al interior de la tienda. Les deja con docenas de cajas redondas, como
tartas de latón. Dentro, hay rollos de película y a Sirius el olor le recuerda un poco al hospital
muggle donde vio a la madre de Remus. Sacan una tras otra y James pregunta en cuáles hay buenos
besos y grandes romances. La mayoría de las cintas son muy antiguas y Remus las ha visto casi
todas, pero en un aparato misterioso llamado telepisor.
- Televisor, Sirius.
Les habla de las películas de gansgters y las de detectives. De las mudas y las sonoras y sus
preferidas, las de miedo. Sirius tiene una en las manos.
- "El hombre lobo"- lee y le brillan los ojos. – Yo quiero ver esta.
El más entusiasmado es James, que saca todas las cajas y abre todas las latas y se entretiene
repasando todos los títulos mientras Sirius, incapaz de estarse quieto, les echa un vistazo a los trenes
de juguete que ya no funcionan y al resto de misteriosas reliquias muggle. Lo que le intriga no son
tanto las películas, sino por qué va la gente a verlas.
- A oscuras, sentaditos, sin luz. Dime la verdad, Lunático, la gente va al cine a meterse mano.
Confiesa.
Lo confiesa.
- Supongo. A veces.
Remus les está echando un vistazo a los libros polvorientos que guarda el "Museo de reliquias
muggle y trenes de juguete". Presiente, a lo lejos, peligro.
- Y bien.
- ¿Y bien qué?
- He ido.
Lacónico.
- ¿Solo?
Peligroso.
- A veces.
- ¿A ti que te importa?
- No sé, me provoca curiosidad- dice Sirius, con esa especie de sinceridad desarmante. – Tú lo sabes
todo sobre mí, al fin y al cabo. Qué comida me gusta más, cuál es mi clase favorita, qué chicas me
gustan.
Ya lo creo que lo sabe. Pastel de calabaza. Defensa contra las Artes Oscuras. Y las chicas, por
supuesto.
Ahí está. Tan tranquilo. Remus tiene un nudo en la garganta y Sirius parece inmune al pudor y la
malicia. Más a lo primero que a lo segundo.
- Sí, lo es. Eres un jodido misterio, Lupin y yo soy un perro curioso. Parecías un remanso de paz y
eras un hombre lobo. Te llevabas bien con todas las chicas del colegio y me entero de que no te
gusta ninguna. – Sirius deja los trenes de juguete y se atusa el pelo con una sola mano y Remus no
sabe comportarse ante esa intensidad. Cuando Sirius le mira, le está viendo y se siente desnudo. -
No sé qué escribes por las noches en ese cuaderno muggle o qué haces en verano. No sabía que tu
madre estuviera enferma, tío. No sé qué te pone furioso, si es que algo te pone furioso.
- Tú me pones bastante furioso- le interrumpe. Porque es Sirius, cerca de él, en una tienda
abandonada, casi sin luz, desterrada de la memoria. Y es demasiado.
- No sé qué te preocupa – hace un silencio que no parece deliberado pero podría serlo - o qué te
pone caliente.
Y nuevamente, siempre, la respuesta es tú. Tú me pones caliente, Black. Siempre. Ahora, joder, si
supieras lo caliente que me pones ahora mismo hasta tú sentirías vergüenza. Pero no lo dice, claro.
No tiene saliva para poder hablar.
- Solo quiero decir, que no hay nada que no me puedas contar, Lunático.
- Lo sé.
- Te lo guardas todo dentro, Remus y no puede ser. – Tan pronto como ha aparecido toda esa
seriedad preocupada, se desvanece y ahí está de nuevo, el Sirius de siempre, incapaz de resistirse a
una broma. - De vez en cuando hay que dejar que se pasee el lobo bajo la luna llena, Lupin.
Remus traga saliva. Con cierto esfuerzo. No sabe qué hacer con las manos.
- Lo tendré en cuenta.
- Puedes contarme cualquier cosa, Lunático, porque... – suspira tan hondo que dan ganas de ser aire
y llenarle lo s pulmones- ...porque soy yo, ¿vale?.
Está a punto. Está tan cerca de decirlo que cuando la voz de James les interrumpe desde el fondo,
cree que ya lo ha dicho, sin darse cuenta. Te quiero.
- ¡La he encontrado! – Aparece encantado, con una lata en las manos. – ¡Ya tengo la película!
(…)
Confesión
Remus la busca nada más llegar de Hogsmeade. No es difícil encontrarla pero se le hace largo el
tiempo hasta dar con ella. Le arde el pecho. Ha estado a punto de decírselo. A punto. Y ahora los
sentimientos están tan cerca de la piel que van a salir como el lobo, en cualquier momento. Dios, le
arde todo el cuerpo y cosas que no son el cuerpo.
- Le quiero.
Lily levanta la cabeza de sus deberes. Está sola en la biblioteca. Remus se sienta delante.
Es la primera vez que lo dice. Con todas las letras. En voz alta.
- A Sirius. Ya lo sé, Remus.
- Ya no lo aguanto más, Lily. Le quiero desde el primer día en el expreso de Hogwarts y te aseguro
que ya era insoportable entonces. Le quiero porque olvidé los deberes de pociones la primera
semana de clase y él me dio los suyos y cuando el profesor le dijo por qué no los había hecho se
horrorizó y dijo "¡no sabía que hubiera que hacerlos!". – Lily le escucha, sin alterarse. – Tiene ropa
sucia por toda la habitación, tiene ropa sucia en sitios de la habitación que yo no sabía que existían.
Es un gorrino, Lily, te lo juro. Es descortés y es irracional y hace juicios rápidos y la paga con quien
no tiene la culpa. Es obstinado, tiene mal carácter y solo piensa en sí mismo. ¡En cuarto invitó a tres
chicas al baile!
- ¿Ves lo que te estoy diciendo? ¿Qué hago queriéndole, Lily? – al borde de la desesperación pero
sin caer en ella. - ¿Qué hago?
- Le quiero cuando canta en la ducha y te aseguro que canta peor que un hipogrifo moribundo. No
sabes lo que es dormir en la cama de al lado, te lo aseguro. Saber que está desnudo bajo las sábanas
y oír...
- Pensaba que le quería hace media hora, pero en el rato que he tardado en encontrarte, creo que le
quiero más. Y es peor cada día, en serio. Y no sé qué hago con todo esto pero no sé cómo hacer que
pare. Cómo Lily, cómo hago que pare.
Ya está. Dicho. Desahogado. Lily escucha con paciencia y no puede hacer nada pero está bien,
viene bien que alguien escuche. Las palabras que se quedan sin decir pueden pesar demasiado.
Remus siente que se ha quitado de encima el peso de su vida.
Entonces Lily deja sus deberes a un lado, aparta los libros, se incorpora un poco sobre la mesa y
suspira, entre resignada y decidida.
- Que conste que creo que Sirius Black no te merece. ¿Ha quedado claro? – Remus asiente y Lily
continúa. – Y que conste que si salierais juntos sería pederastia porque no creo que Sirius tenga más
de tres años, en realidad. ¿Entendido? – De nuevo, Remus asiente. – Dicho lo cual y solo porque
admito que una parte de mí cree que el pobre desgraciado te hace feliz, hay una cosa que necesitas
saber. – Remus no podría escuchar con más atención. – Y es que Sirius Black no te toca.
- ¿Perdona?
Pone esa cara. La pone a menudo. Como si pensara "pero qué lento eres, Remus".
- Mira- explica- Sirius es como una especie de chucho o algo así que se comunica por contacto,
¿entiendes?. Todo el día abrazado a James y "ahora te toco el pelo y ahora te abrazo y ahora te doy
palmaditas en el culo".
Le ignora.
- ¿Y eso exactamente por qué debería hacerme más feliz que desgraciado?
Entorna los ojos exageradamente, pero cuando habla Lily es demasiado dulce para su propio bien.
- Santo cielo, Remus, despierta. ¿En seis años de colegio cuántas veces me has visto tocar a ese
idiota de James Potter?
Noticias de Londres
Primer miércoles de junio. Es más de media tarde pero el sol se obstina en seguir iluminando
Hogwarts y es una de esas pocas veces durante el curso en la que los alumnos pueden cenar con las
velas apagadas, bajo la luz natural que ofrece el techo del Gran Comedor. Remus y James repasan
en voz alta las respuestas del examen de Herbología cuando Peter les advierte para que retiren los
platos y hagan sitio en el centro de la mesa.
El pobre todavía recuerda los tiempos en los que la lechuza de los Black dejaba un pequeño
recuerdo en la mesa.
Lo que Sirius querría en ese momento es destruir el sobre e ignorar la existencia de su madre
durante otras tres semanas, hasta verse obligado a volver a Londres para las vacaciones de verano.
Castigo de verano más bien. Pero el sobre está ahí, observándole y retrasar el momento no suele
servir de nada. Saca la varita del bolsillo.
Revélate ordena y en el momento en que la tinta aparece, Sirius se transforma como ese mensaje. El
cambio de humor es repentino y brutal. Del vino al vinagre. Sirius aprieta los dientes y cualquiera
que le mire puede ver cómo se endurece y se afilan sus rasgos. Cuando está así, no hay muchos que
se atrevan a mirarle. James duda por un segundo y luego se da cuenta de que es absurdo temer a su
mejor amigo y está a punto de preguntar qué le dice su madre pero no tiene tiempo porque eso que
pasa por detrás de Sirius es un grupo de alumnos de Slytherin. Lucius Malfoy y sus amigos,
llevándole su bandeja, escuchando cómo pavonea Lucius, orgulloso porque acaba de saber que le
han invitado a la fiesta más importante de toda la temporada en Londres.
- Tu madre es una de las organizadoras, Black. Aprovecha la oportunidad para alejarte un poco de
tan harapientas compañías.
El insulto debe ser para Remus pero ni él, ni James, ni Peter tiene tiempo de pensarlo porque
cuando le envenena el odio, Sirius se mueve deprisa y todo se sucede rápido. Aparta la silla con
fuerza, se levanta deprisa, saca la varita y en un instante los platos y vasos que llevan los esbirros de
Lucius están en el suelo y Lucius tiene en la mano su propia varita, listo para responder al siguiente
encantamiento que le lance Sirius.
Desde el otro lado de la mesa, James hace que la varita de Lucius caiga al suelo y cuando observa la
mirada enrarecida de Sirius, tira también la suya con un segundo expelliarmus. Hay un momento de
tensa furia en la que todo parece posible y brillan las espadas en alto pero pasa en cuanto la
profesora McConagall se acerca hasta Sirius y pregunta con severidad si ocurre algo que yo deba
solucionar. Escupen entre dientes que no pasa nada y se retiran a su sitio a regañadientes.
- ¿Quieres pelearte con ese imbécil delante de todos los profesores? Estamos casi empatados con
Slytherin para la copa, tío, no podemos perder más puntos. – James intenta ser vehemente, intenta
llegar a ese sitio en el que Sirius no escucha casi nada. – Intenta ayudarte, Canuto.
- No necesito tu ayuda.
Se superponen sus voces. ¡Oye no la pagues conmigo! ¡No te metas en lo que no te llaman! ¡Qué
tripa se te ha roto! ¡Nada que te importe! Y solo consigue que se callen esa voz seca y tensa de
Remus.
- Ya basta.
- Ya es suficiente, Canuto.
No hace falta más.
Sirius coge la varita sin agacharse. Con un encantamiento que ejecuta solo con la energía ardiente
que da la cólera y un suave movimiento de la mano. Deja el comedor a grandes pasos, como una
lechuza negra y enorme que no se detiene para dejarse domesticar.
Remus no intenta detenerle. Sabe que a veces ni tu mejor amigo puede salvarte de ti mismo. Lee el
sobre cuando la sombra de Sirius desaparece en el interior del castillo. Una invitación para una
fiesta espectacular. La gran sensación de la temporada en Londres. Con los mejores magos y
hechiceros y brujas de Inglaterra invitados. Y una especificación, por supuesto.
(…)
- No te equivoques, Potter- cuando las pronuncia Lily todas las palabras le traspasan y las que
duelen, hacen daño donde no llega nada más. (…)
(…)
Tormenta
(…)
Los prefectos vigilan a los alumnos más pequeños para que no salgan fuera. Algunos de los
mayores vuelven a sus habitaciones, a descansar al fin, después de semanas de tensión. Sirius
recorre ese camino que conoce de memoria y está fuera cuando empieza a llover. Es una breve
tormenta de verano y Sirius Black la recibe en silencio.
Electrizado.
Es como si todo estuviera vivo. Como si despertaran de un letargo todas las partículas de magia del
mundo. Las que dormitan en la tierra húmeda de Hogwarts. Las que brillan como rocío en las ramas
del sauce boxeador. Las que repiquetean y caen con la lluvia para mojarle y bendecirle, de la cabeza
a los pies. Para darle la bienvenida y lavar sus pecados y decir que está bien, que no pasa nada, que
todavía hay esperanza para los Black.
Le ha seguido desde el aula, a una prudente distancia de seguridad y un paso más lento que el suyo.
Remus, por supuesto.
- ¿La lluvia? – pregunta. – Claro, Canuto. Me estoy hundiendo- se lo explica deletreando cada
silencio, como si estuviera hablando con un niño pequeño y lo encontrara muy divertido.
Sirius abre los ojos. Llueve con intensidad pero es más fácil que nunca respirar hondo y dejarse
embriagar por todos esos olores. La tierra, los árboles, el verano.
Remus.
Abre los ojos. Se gira para mirarle. Remus se deja llover, como se deja hacer casi todo. Sin darle
demasiada importancia. Le chisporrotea la mirada y, efectivamente, se está empapando. Le cae el
pelo sobre la cara y Sirius encuentra especialmente gracioso que le caigan también gotas de lluvia
por la nariz. Es una gran nariz, para ser sinceros.
Una cortina de agua. Entre ellos. Entre ellos y el castillo. Entre el castillo y el resto del mundo. Da
un paso hacia él. Su hermano. Su familia. Su mejor amigo si no fuera porque ya tiene un mejor
amigo. James, claro. Remus es otra cosa. Una categoría distinta, solo para él.
Retumban cerca, en las magníficas almenas del castillo. Y más cerca, junto al invernadero. Y
todavía más cerca, dentro del pecho. Truenos impresionantes. Poder desatado. La naturaleza viva y
protestando. Aquí Estoy, dice. No os olvidéis de mí. Sirius no se olvida. No podría.
- ¿No la sientes? Aquí Remus- y sin pensarlo le toca, solo con una mano mojada y desnuda. En el
pecho, buscando debajo de esa ropa mojada el latido de su corazón. – Tienes que sentirla aquí.
Debajo de la piel, Lunático.
Y la siente. Ya lo creo que la siente. Se eleva desde el suelo, atraviesa el cuerpo de Sirius subiendo
por sus piernas y pasa a Remus a través de esa mano. La tormenta y todo lo que despierta con ella y
vuelve a la vida.
Le hace sentir tan vivo y tan fuerte y tan poderoso y tan capaz de comerse el mundo que querría
gritar y tirarse al suelo y salir corriendo y quedarse quieto, todo al mismo tiempo, como la energía
que se separa en dos –luz y ruido- para poder brillar en un sitio y estallar en otro, un rato después.
Le quema todo el cuerpo y especialmente la palma de la mano y no sabe qué quiere pero algo que le
alivie, contra lo que descargarse.
La tormenta es tan intensa, después de los exámenes, que dan ganas de desnudarla y frotarse contra
ella.
- ¿No te sientes...?
Ninguno se mueve. Y tan pronto como ha aparecido, la tormenta se detiene. Es media tarde, de
pronto, a media noche.
(…)
Remus podría dibujar de memoria cada rincón de Hogwarts y con los ojos cerrados, recorrer el
mapa de los merodeadores. Los pasillos, las aulas, los olores. Le gusta todo porque cada rincón es
lo más cerca del hogar que ha estado nunca. Sabe en qué punto los pasadizos secretos se vuelven
más estrechos. Dónde aparecen las manchas de humedad en invierno, cómo huele la habitación
común cuando encienden la chimenea por primera vez, a finales de septiembre.
Madera, calabaza, azafrán, piedra, libros, tinta. Hogwarts huele a sus cosas favoritas en el mundo y
podría pasar horas en la lechucería, escuchando el ulular vacío de los pájaros o en la biblioteca,
observando por el rabillo del ojo el entrenamiento de Quidditch. Pero si tuviera que escoger un sitio
para pasear en una noche de luna creciente, sería el puente cubierto. Apoyado sobre la barandilla,
puede observar la sobria majestuosidad de Hogwarts, a un palmo de distancia. El hogar del que no
estaba destinado a formar parte hasta que la magia de Dumbledore le concedió una gracia que,
todavía, a veces, tiene miedo de perder. De todos los alumnos del colegio, posiblemente Sirius sea
el único que puede entender la fuerza descomunal de su amor por ese lugar de Escocia. Ninguno de
ellos, después de todo, ha tenido nunca otro hogar. Los dos presienten que nunca tendrán otro.
Podría ser Sirius quien estuviera con él esa noche pero no lo es. Podrían estar los dos viendo la
película pero esa rabia perruna se ha interpuesto, de nuevo.
- De vez en cuando.
No sabe cuánto tiempo pasan en el puente. Bastante. Crujen las maderas bajo los pies y cuando
aúlla un lobo, en algún lugar del bosque, Daniel quiere saber por qué sonríe. Sirius no necesitaría
preguntarlo, pero Sirius no está allí esa noche. Sirius no estará nunca. Y duele admitirlo, pero es
así. No importa lo cerca que esté la luna algunas noches o cuanto extiendas un brazo para alcanzarla
porque la tierra y ella tiran en direcciones diferentes.
Daniel es agradable. Y guapo. Daniel es, para ser sinceros, terriblemente guapo.
- ¿El qué?
- Esto- señala el puente y la noche. – Hablar simplemente, un Gryffindor con un Slytherin. Pronto
no será posible, me temo. Las cosas están cambiando.
Y no es a mejor. Esa noche, en el puente, Daniel le habla crípticamente de Slytherin y el odio que
está brotando, con una fuerza inmensa. No es que antes hubiera muchos amantes de lo muggle pero
ahora es distinto, Remus. No sabría definir con exactitud qué pasa pero en Slytherin solo se habla
de pureza y poder. La voz de Daniel es firme pero opaca. Hace esfuerzos por ocultar una inquietud
profunda. Le cuesta hablar de ello. Tampoco sabe demasiado. Normalmente se hace un silencio en
la habitación cuando él entra.
- Creo que a mí me odian más incluso que a vosotros. Soy una deshonra para su propia casa.
Poco a poco la conversación se vuelve terciopelo oscuro y Daniel está cada vez más cerca y es fácil
hablar con él, es tan fácil. Daniel no presiona, y sabe escuchar y él también entiende lo que significa
ser distinto y de cerca, en fin, es todavía más guapo. Y no es Sirius, claro, no son sus labios los que
se acercan suavemente, pidiendo permiso, ni son sus dedos los que tientan en la nuca y le hacen
cosquillas en el pelo, pero Sirius no está allí, ¿no? Sirius nunca va a estar y ¿es muy terrible desear
unos labios solo para no estar tan solo?
Cierra los ojos e intenta olvidarlo todo excepto esa lengua tan suave que repta en su boca separando
los labios. Es hábil y larga y no deja un solo rincón por explorar y lo hace bien, lo hace
deliciosamente bien para ser un primer beso. Sensual y cautelosa como la gelatina, es caliente y está
dentro de su boca y si no le hiciera sentirse tan solo, si no le infectara de hambre por otra persona,
dios, sería perfecto.
Se separa tan cuidadosamente como sabe y no ha estado nada mal, de verdad, para un primer y
único beso. Algo en la mirada de Daniel le dice que no necesita explicárselo.
- Bueno- parece resignado pero orgulloso al mismo tiempo- a veces hace falta intentarlo aunque
sepas que no tienes esperanza.
Lo dice sin amargura y lo más extraño de todo es que en ese momento Remus tiene más ganas de
besarle que antes. Porque ninguno de ellos le menciona pero los dos saben que tres son demasiados
para un primer beso. Se quedan un rato más en el puente, fumando, hablando, estando. Es
agradable, después de todo, encontrar a alguien que entienda. Ninguno se fija en las sombras al final
del puente, ni en el perro de pelo brillante que les mira y contiene una furia tan intensa que parece
humana.
(…)
La lección de Remus
Escupe en el lavabo con el grifo abierto y caen espumarajos de pasta de dientes muggle a la cañería.
Hay pociones mágicas para después de comer, claro, pero a Remus le gusta el ritual del cepillo y
ese momento en el baño, cuando se queda a solas. Le gusta el sabor de la pasta de dientes azul
desde que James la descubrió en primero y le preguntó si se lavaba los dientes con gelatina.
- Ah, estás ahí. –Escupe con fuerza. - Estarás orgulloso de ti mismo, por supuesto.
No hay contestación. Raro. Con Sirius siempre hay contestación, aunque a menudo no hay razones.
Remus levanta la mirada del lavabo y de los restos de dentífrico y algo se le remueve en las tripas.
Sirius es un animal de reacciones desproporcionadas e injustas pero normalmente esa cólera
desaparece tan pronto como aparece. Esa noche la ira ha tomado vitaminas y crecepelo y Sirius –
opaco, silencioso, mirándole- parece un perro despeinado que huele la sangre. Más alto de lo
normal. No, más alto no. Más grande.
Remus no está dispuesto a admitir que le resulta intimidatorio.
- Te has pasado de la raya, Black, te lo advierto. – Sigue en la puerta, ¿qué coño le pasa? Sigue sin
decir nada y el silencio es desconcertante. Está más que callado. Está aspirando el aire del cuarto de
baño. – Supongo que eres consciente de que EXISTE una raya de la que pasarse, ¿no?
Inmóvil, en el umbral de la puerta. Indescifrable. Hay miradas que son una agresión. Remus nota
que le suda la palma de la mano. Pero qué bicho te ha picado ahora. Debe estar esperando para
decir algo hiriente. Tiene que ser eso. Tanto silencio no es normal. ¿A qué esperas para morder? Le
tiemblan las rodillas o el estómago, no está seguro. Esto es ridículo. Solo es Sirius.
- ¿Sabes? Que odies tanto a Daniel – intenta que su tono suene sereno- solo porque es un Slytherin
y no le des ni una sola oportunidad demuestra que tienes tantos prejuicios como ellos. ¿En qué te
ennoblece eso, si se puede saber?
Eso. Ahí. Una buena pregunta. Al fin, Sirius parece salir del trance. Y habla. Masticando cada letra.
Haciendo pausas demasiado largas entre las palabras.
Le está costando hablar. Parece que tiene que tragarse esa cólera para poder hablar. Se siente
desorientado, como si hubiera perdido la luna. Qué coño te pasa. Háblame, Sirius.
Se ríe. Pero no es su carcajada cien por cien Black. Es otra cosa. Es reírse por no gritar.
- Ya lo creo que estoy enfadado. Estoy más que ... – deja caer las palabras, respira hondo, se le
hunde el pecho y jadea- ...estoy enfermo, Remus.
- ¿Has bebido?
- No. – Da un paso, abandona el umbral, se acerca a él. – Esta noche te lo has pasado tú mejor que
yo.
A veces Sirius se pierde en una rabia voraz que no deja sitio para la paciencia ni el afecto pero
Remus siempre es capaz de encontrarle. Con una mirada, un gesto, un golpe de voz. No es una de
esas veces. Es Sirius y son sus ojos azules pero no parece él, ni hay nada azul o compasivo en su
mirada. Estoy enfermo. Realmente lo parece.
- ¿Qué te...?
- He visto cómo le besabas. – Y lo dice atragantándose, como si esas palabras cómo le besabas
fueran bilis.
- ¿Nos has estado...? – pero no, esa no es la pregunta adecuada. - ¿Me has estado espiando? – No es
necesario quedarse para oír la respuesta. Es evidente que sí. Es evidente que no sabe dónde está la
raya. No lo ha sabido nunca. Espiándole. Sirius. Siente una mezcla de odio y vergüenza. Me has
visto. Nos has visto. Cómo te atreves. – Todo esto es tan absurdo, Sirius, ¡le odias porque pertenece
a [Link]!
Lo deletrea. Incluso esa mente tan obtusa tiene que dejar que pase algo de luz, maldita sea. Pero no.
No hay luz porque cuando Sirius habla se hace de noche en la cara oculta de la luna. Retumba toda
Escocia.
¿Le está gritando? ¿Le está gritando a él? Lo nota. Bajo la piel. Cómo despierta el lobo. Cómo pide
sangre.
Silencio. Y no uno, sino dos pasos en dirección a él. Amenazante. Sirius no está enfermo. Está loco.
- No quiero que te gusten los hombres- dice. Con esas palabras. Como si tuviera derecho a decirlo.
No le llama Sirius porque no es un nombre de perro. Le llama Black. El apellido maldito de una
familia apestada. Y lo dice con desprecio.
- Ya me has oído.
Destila la energía propia de la magia negra. No quiero que te gusten los hombres. Su supuesto
mejor amigo. Y ese era el problema. Desde el principio. Por eso estaba enfadado. Podría llorar pero
prefiere ahogarle para estrangular los gritos del corazón.
- Bueno, Black, eres el mejor mago del colegio, siempre puedes hechizarme para que te gusten las
mujeres.
¿Qué?
- No quiero que te gusten las mujeres y no quiero te gusten los hombres, ni ese Slytherin, ni los
lobos, hembra o macho, ¿me has oído?
Vueltas. El baño da vueltas. Y Hogwarts. De repente. Y toda Escocia. Le flaquean las rodillas. No
puede elaborar sonidos. ¿Qué? Su corazón. Es lo que más vueltas da. Es lo que no deja de gritar.
¿QUÉ? Un paso. Menos. Sirius está a menos de un paso. Furioso. Enfermo. Y bajo toda esa cólera,
ahora está claro, desesperado, desfallecido, moribundo.
(…)
Remus tiene los labios más calientes que ha probado nunca y está ardiendo y es un chico y no
importa, en ese momento, cuando se meten la lengua en la boca, no importa porque es diferente, es
distinto y por eso está bien, por eso es mejor que nunca. Mejor que en toda su vida. Porque a las
chicas las besa con esas partes de sí mismo que está dispuesto a enseñar. Les besa Sirius Black, el
rebelde, el gamberro, el intratable, el donjuan. Pero a Remus no puede negarle nada y le besa con
todo lo demás. La ira y la cólera y el odio y la magia, la sangre, la luna, la carne. Le besa con todo
lo que tiene dentro, lo humano, lo animal. No se guarda nada porque se está muriendo. Se muere,
joder y quiere que Remus Lupin, que nunca se altera y que nunca se enfada y que siempre sabe lo
que hay que decir, caiga muerto con él.
Quiere comérselo a mordiscos. Todavía está enfadado. Quiere que deje de mirar a otros. Quiere
dejar marcas en su piel, más permanentes que las heridas de la luna.
(…)
Cicatrices, debajo de la ropa. Tiene tantas. Debería quitarse la ropa. Debería haberle hecho él todas
esas marcas. Él y no la luna.
Quiere hacerle lo mismo que la luna, afectarle de esa manera, destruirle, transformarle. Quiere
despertar al lobo y que Remus pierda el control para no sentirse tan enfadado, tan frío, tan
condenadamente solo.
(…)
Crimen perfecto
Uno a uno, Minerva McGonagall cuenta a todos los alumnos de su casa. Primero, segundo, tercero.
Están todos. Cuarto, quinto, sexto. Todos presentes y en pijama. Séptimo, chicos y chicas. A salvo,
enteros, bien. En puntos distantes del castillo los jefes de las casas de Ravenclaw y de Hufflepuff, y
naturalmente, el jefe de la casa de Slytherin, hacen el mismo trabajo. En Gryffindor, como en todos
los rincones del castillo, los alumnos exigen saber qué ha pasado.
Se están encargando de los primeros auxilios en la enfermería. A primera hora de la mañana y solo
para asegurarse de que no le ocurre nada, le trasladarán a San Mungo. No hay de qué
preocuparse. El director Dumbledore en persona fue quién le encontró, y se hizo cargo de la
situación. Quien sea que lo hizo, aprovechó la oscuridad del castillo. Por sorpresa. Y no tenía
intención de hacerle más daño o lo hubiera podido hacer. Un par de patadas, un par de golpes. Y
eso es todo.
La profesora McGonagall hace un resumen desapasionado de lo que ha ocurrido. Como si contara
qué ha pasado con los exámenes o que ha habido cambios en el menú del desayuno. Lo dice con
severidad, naturalmente, pero ella lo dice todo con severidad. Incluso esto. Que han atacado a un
alumno. Dentro del castillo.
Probablemente –eso no lo dice pero Remus no puede dejar de pensar que es lo más razonable- ha
sido alguien del castillo.
La profesora les manda a todos a sus habitaciones y Remus no puede ver nada ni a nadie porque
dice una, una sola frase antes de marcharse y no es posible que la haya dicho, no puede ser y como
todas las cosas imposibles, acaba siendo.
Remus tiene el cuerpo lleno de marcas. Y todas gritan y chillan y quieren hablar de su dolor. Pero
sobre todas sus cicatrices, hay una que esa noche grita y patalea y llora desesperadamente. Es la
marca rojiza del cuello, la que Sirius ha lamido con furia, la que ha besado con la misma rabia que
necesitaría un Black para atacar de noche, por sorpresa y a traición.
Sirius sigue los pasos de McGonagall en dirección al despacho de Dumbledore, fuera de la cálida
protección de todo lo Gryffindor. Está casi fuera cuando mira atrás, posiblemente buscando algo
que le guíe. Remus es incapaz de mirarle y se detesta por ello más profundamente de lo que ha
detestado jamás a nadie, ni a nada.
Ni siquiera a la luna.
Sirius Black debe ser el alumno en toda la historia de Hogwarts que ha pasado más tiempo en el
despacho del director Albus Dumbledore. En mil años de historia o las que tenga el colegio. En mil
años o más, ningún otro alumno ha tenido tantas oportunidades de comprobar cuántas piedras hay
exactamente en la pared en la que cuelgan los cuadros de los antiguos directores. Tiene el dudoso
honor de ser el campeón del mundo cuando se trata de escuchar sermones. Sube las escaleras y le
parece que se está viendo a sí mismo desde fuera. Demasiadas emociones para una sola noche.
Cuando entra al despacho y se sienta, a solas, esperando a Dumbledore, le abandonan todas.
El director solo tarda en llegar medio minuto y en ese medio minuto por primera y última vez en su
vida, Sirius odia Hogwarts y todo lo que representa porque en ese minuto Hogwarts es como su
casa, otro sitio en el que le desprecian y le criminalizan y dudan de él. Otro escenario criminal
donde Sirius siempre resulta ser la víctima ideal . En esa breve fracción de tiempo que tarda
Dumbledore en entrar en su despacho, sentarse en la silla y sonreír con algo que podría ser afecto,
detrás de esa larga barba blanca Sirius no tiene casa y es la peor sensación de toda su vida.
¿Cuántas palabras son, seis, siete? Pocas pero balsámicas. Experimenta un alivio inmediato. Y no
puede evitar que le tiemble la voz al hablar. No puede evitar que casi le salgan las lágrimas.
Se agita. Tiembla. Si Dumbledore piensa que es él tendrá que marcharse de Hogwarts. Peor. Tendrá
que odiar Hogwarts por tratarle tan mal como le han tratado siempre fuera de ese sitio. Tendrá que
perder la fe en la magia y en sí mismo.
- Lo sé, Sirius. – La media sonrisa melancólica de Dumbledore ejerce sobre él efectos balsámicos. -
No te he llamado por eso.
No quiere llorar pero tiene que hacer el mayor esfuerzo que recuerda haber hecho nunca para
controlarse. Dumbledore no va a expulsarle. Dumbledore no cree que haya sido él. Siente que, a lo
mejor, su alma puede volver a su cuerpo. Si es que encuentra el camino.
- ¿Por qué?
Esa noche, en su propio despacho, y sin que Sirius alcance a entender por qué, Dumbledore le habla
por primera vez de algo que va a marcar la vida de todos los magos durante generaciones. Le habla
de la guerra que se cierne, no solo sobre Hogwarts, sino sobre todo el mundo mágico. Batallas, dice,
que no podemos imaginar ni en nuestros peores augurios. Le habla de la violencia que siempre ha
estado ahí pero que ahora flota hacia la superficie, desde las profundidades del odio.
- Hay personas que atraen ese odio, Sirius. Un alumno de Slytherin que no se lleva bien con sus
compañeros. Los hijos de familias muggles. – Hace una pausa. Mastica el silencio. – Los hombres
lobo.
Dumbledore se levanta. Pasea por su propio despacho. Como si meditara en silencio la respuesta.
Solo que no puede ser eso porque ya debe conocer esa y muchas otras respuestas que calla. Lo que
medita debe ser la manera correcta de decirlo. Así que Sirius escucha con atención. Con tanta
atención, en realidad, que le parece ser capaz de oír a las sirenas a lo lejos, cantando en el Mare
Nostrum. De hecho, se siente un poco mareado y tras cada palabra del director, siente que hay otras
palabras, más escondidas. Dos frases en cada frase y puede oírlas ambas con la misma nitidez.
- Te lo cuento porque es importante que estemos alerta, Sirius y cuidemos los unos de los otros-
dice Dumbledore.
- Porque no quiero que te enfrentes a los enemigos equivocados –advierte Dumbledore- ni que
pierdas tiempo y energía en batallas inútiles.
- Hijo, habrá que elegir las batallas que podemos luchar. – Dumbledore se gira y le mira y es
extraño oírle decir su nombre, tenerle tan cerca, saber que le habla como a un hombre y no como a
un alumno. Siente que le bautiza y que en ese momento le convierte realmente en un hombre. – Te
lo cuento porque atacarán la esencia de la magia y a los que son más mágicos entre todos nosotros.
Y lo harán en nombre de esa misma magia.
Tan claramente. Escucha tan claramente los pensamientos de Dumbledore. Es como si el propio
director los dejara dentro de su cerebro, uno a uno, como gotas de miel. Cree que es por sus ojos, al
principio. Porque su mirada es tan intensa, tan antigua, que parece capaz de hablar. Luego se da
cuenta de que es otra cosa. Tiene que ser otra cosa. Tiene que ser telepatía. Hace falta ser un mago
poderoso para comunicarse con la mente y Sirius nunca lo ha experimentado pero no tiene duda.
Dumbledore le está hablando dentro, sin palabras, solo con la magia poderosa de su mente y por eso
Sirius le escucha sin esfuerzo. No quiere que nadie nos escuche. Ni siquiera en su propio despacho.
- Sirius, escúchame bien y ten en cuenta, ten siempre en cuenta que atacarán lo que más amamos.
Sabes como son. Tú más que nadie, tal vez tú como no lo sabe nadie en este colegio les conoces.
Porque te has criado con ellos.
Porque Albus Dumbledore cree que va a estallar una guerra y le necesita de su lado.
- Le prometo, profesor, que tendrán que pasar por encima de mí primero si quieren destruir una sola
de esas cosas.
Tendrán que destruirle a él si quieren destruir a los mestizos y a los hombres lobo y a los Slytherin
que no son como ellos.
Vuelve a la habitación sintiendo un peso desconocido en la boca del estómago. El castillo está a
oscuras y le guía solo la luz de la varita. ¡Lumos! La silueta que se refleja en las paredes no parece
la suya. Erguida, noble, orgullosa. ¡Lumos! Sino cabizbaja, apesadumbrada. ¡Lumos! Lo peor es
que no son los augurios de Dumbledore lo que más le preocupa. En el fondo de su corazón siempre
ha sabido que el odio estaba allí y que brotaría con violencia a la superficie a la menor oportunidad.
No es que vaya a haber una guerra. La guerra ha estado ahí. Esperando su momento.
En la habitación, James escucha sus explicaciones con expectante interés y Peter no es capaz de
contener su ansiedad y le acribilla a preguntas. Cuándo, qué, quiénes, guerra, qué guerra, por qué.
En lo profundo de la habitación, agazado en las sombras de su cama como un lobo, Remus calla y
ese silencio es lo que más pesa, lo que más duele.
- Cuando me ha llamado McGonagall- dice Sirius, sin ánimo- pensaba que Dumbledore iba a
acusarme a mí.
- No me jodas, tío- exclama James, incapaz de darte crédito. - ¿Por qué demonios iba a sospechar
que harías semejante cosa?
Remus le dijo una vez que soy más viejo ahora de lo que tú serás nunca y tal vez se equivocaba
porque esa noche se siente tan viejo como él. Separado de la inocencia de James por décadas y
décadas de tiempo marchito.
- Por la misma razón por la que lo ha pensado Remus. – Le suena tan grave su voz, tan vieja. –
Porque podría haber sido yo.
Se hace un silencio tan espeso que podrían caminar sobre él todos los magos del mundo.
Cuando les vi en ese puente lo primero que quise hacer fue atacarles y morder.
Le gustaría exigirle a Remus la misma confianza ciega que tiene James en él, la misma ingenuidad
descarnada pero no puede. Mejor que nadie, mejor que Dumbledore y la luna, Remus conoce al
perro que rabioso que Sirius lleva dentro y él, en ese cuarto de baño, ha sentido, por un segundo, la
fuerza violenta de su lobo interior.
(…)
A lo mejor Peter puede verlo. A lo mejor pueden verlo todos. Ahí, en las paredes. Restos de lo que
ocurrió la noche anterior. A lo mejor pueden ver lo cerca que estuvo Remus Lupin de conseguirlo
todo y cómo lo estropeó con su desconfianza.
Las noches de luna Remus desea sangre y a veces atrapa a un animal y lo despedaza. Al lobo no le
importa de dónde venga el próximo trozo de carne mientras pueda comer y si no fuera un animal, si
fuera una persona, atacaría igual. Los estudiosos de los hombres lobo le echan la culpa al influjo
maligno de la luna pero Remus sabe que no es tan simple. La luna no crea al lobo. Lo único que
hace es diluir al hombre para liberar a la bestia.
Ni él. Ni Sirius. Ni siquiera Peter, que le mira con esos ojos chiquitines y esas pequeñas orejas que
le dan un aspecto de roedor asustado. Lo importante no es el animal que uno lleva dentro, sino
aprender a vivir con él.
(…)
Baudelaire
Efectos secundarios de esquivar a alguien: resulta más o menos inevitable echarle de menos.
Efectos secundarios de esquivar a alguien a quien ves todos los días y con quien lo haces todo a
todas horas: le echas de menos más o menos todo el tiempo. A todas horas. Constantemente.
Para evitar una crisis mortal de melancolía Remus pasa las horas con Lily. El martes a mediodía se
ofrece a dejarle libros para que Lily lea durante el verano y rebuscan juntos entre los baúles de la
Habitación de los Chicos. Los libros de Remus huelen a papel muggle, a biblioteca en horas de
estudio, a tinta y buenos recuerdos. Huelen a Hogwarts y a Lily le gusta recostarse en su cama,
apoyar la cabeza en su brazo y escuchar cómo lee. Despacio y con cuidado de no estropear las
palabras. Entre verso y verso Remus se esfuerza para que no se escuchen los crujidos de su corazón.
Remus tiene un volumen grueso. Antología poética. Lily elige un poema pasando los dedos al azar
entre las páginas.
- Éste.
- A veces siento mi sangre correr en oleadas- dice- lo mismo que una fuente de rítmicos sollozos.
La oigo correr en largos murmullos pero en vano me palpo para encontrar la herida.
Cuando duele el amor todos los poemas parecen escritos para uno mismo. Remus sabe que a veces
se sangra sin que haya herida aparente y que no son las marcas de la luna las que más duelen.
- Me gusta Baudelaire- dice Lily, con esa sencillez, como quien dice "me encanta el chocolate".
- ¿Por qué tenemos que ser siempre las mujeres las malas?
Remus no tiene tiempo de contestar. La puerta se abre y solo por cómo se abre –de par en par, como
si la empujara el vendaval- ya sabe quién va a aparecer al otro lado. Sin chaqueta, aparentemente
irritado y con algo que parece puré sobre la camisa.
En lugar de decir "hola" o su habitual "Evans" que para él equivale a un saludo, la taladra con la
mirada. Echa un vistazo rápido a Remus y a la cama en la que se han tumbado. Echa también un
vistazo al libro pero no cuando habla –gruñe, más bien- no dice nada sobre Baudelaire.
Casi dos días sin dirigirse la palabra y lo primero que sale de su boca es un reproche.
- Qué simpático, Black- dice Lily- ¿Te ha cagado encima un hipogrifo y por eso estás tan contento?
- ¿Te ha cagado encima Peter?- pregunta, aguantando una sonrisa. Y solo por un segundo, solo un
instante, le parece que va a conseguir que Sirius se ría y todo volverá a ser normal. Sirius hará un
chiste. Casi lo está viendo, se meterá con él y todo volverá a ser normal.
Pero Sirius no hace ningún chiste.
- No- su tono es seco. - Se ha emocionado tanto contando sus vacaciones de verano, que me ha
tirado la comida encima.
Se dirige hacia su cama. Está sin hacer, lógicamente y tiene montones de ropa sobre los revoltijos
de sábanas. Entre el caos, distingue una camisa blanca del uniforme. No parece especialmente
limpia pero Remus sabe que seguramente olerá bien. A gasolina, un poco y a Sirius, bastante. Se
afloja la corbata, levanta el cuello de la camisa sucia y se la saca por la cabeza. Desabrocha los
botones pero solo los primeros y se desnuda allí mismo, murmurando protestas contra Peter y su
descoordinación crónica y su incontenible emoción. Deberíamos ponerle pañales. Cuando se saca
la camisa se atasca un instante con los brazos y cuando consigue librarse de ella, está despeinado. Y
desnudo, claro. Con Remus y Lily en la cama de al lado. Los músculos de los brazos y de la espalda
se insinúan con más fuerza que los del estómago, donde una línea recta de suave vello masculino se
esconde sinuosamente bajo los pantalones.
Se pone la camisa sin demasiados miramientos. Y sale de la habitación con el mismo mal humor
que traía. O ligeramente más enfadado, quizá. Antes de cerrar la puerta mira a la cama.
Remus levanta la cabeza del libro. Intenta no pensar en sus brazos, ni su espalda, ni ese vello en el
pecho.
- Para no gustarte las tías pasas todo el tiempo del mundo con una. – Mira a lily con ese gesto
enfurruñado. – ¿Por qué no le das una oportunidad al bastardo de James y sales con él de una
cochina vez y nos dejas algo de Remus a los demás?
Se marcha dando un portazo. Un golpe seco que resuena con fuerza en el corazón de Remus.
- Es un mandón malcriado insoportable- sentencia Lily. Nota bajo la cabeza cómo late el pecho de
Remus. Rápido. Fuerte. Intenso. Como si en lugar de uno, habitaran dentro una manada de lobos.
- Lo dices porque se ha quitado la camisa pero no es mérito suyo estar tan bien hecho, ¿sabes? No
es mérito suyo para nada.
Lily le invita a que siga leyendo, así que obedece. Deja un poco de Remus para los demás. Entre
todas las palabras de Baudelaire no encuentra otras que le emocionen tanto.
Cuando los reproches de un perro herido te parecen dignas de una antología poética es que no
tienes cura.
Qué más da. Hace tiempo que sabe que lo suyo por Sirius, como la licantropía, es una enfermedad
incurable.
(…)
Sirius pregunta y no es de esos perros que husmean antes de ladrar. Sino de esos otros que ladran
por si acaso y muerden sin dar tiempo a correr. Cuando pregunta dispara balas de plata.
(…)
Apartan las mesas a un lado después de la cena y por petición de la mismísima profesora Minerva
McGonagall el gramófono hechizado de Remus sigue sonando. Si no fuera porque el cielo está raso,
y tachonado de estrellas y es de un azul intenso incluso aunque esté anocheciendo, se diría que es
diciembre y están celebrando el baile de Navidad. Sentados en un rincón, incapaces de moverse,
James y Peter, Sirius y Remus, observan los bailes de los alumnos que se van animando a salir a la
pista, incapaces de moverse.
James cree que tal vez el pobre Peter tiene razón y se hayan pasado un poco. A lo mejor el quinto
trozo de pastel estaba de sobra.
Sirius parece al borde del vómito. Respira hondo para hacer sitio en el estómago. El único que
parece más o menos entero es Remus, que siempre se controla para no acabar en la enfermería,
tomando alguna pócima repelente para el empacho. Sirius tiene que reconocer que esa actitud le
resulta entre enigmática e irritante. Tiene que reconocer, con franqueza, que le encantaría verle
perdiendo el control. Y tiene que reconocer, para ser totalmente sincero, que lleva toda la noche
sintiéndose incapaz de dejar de mirarle.
Remus se toma un poco de ponche y medita. Tiene una caída de ojos que siempre le hará parecer
soñoliento y una nariz demasiado grande para su cara y pase lo que pase será demasiado alto y
tendrá ese labio inferior que cae justo un poco, como una invitación. Sirius se pregunta por qué se
siente cómo si le viera por primera vez.
- No.
- Ya.
El gramófono sigue girando y los alumnos con él. Están sonando las primeras palabras de Let it be
cuando Lily se acerca a los chicos. James se pone inmediatamente en guardia y se levanta para
ofrecerle asiento pero Lily no viene a sentarse, sino a bailar. Al fin y al cabo, es su canción favorita.
- A prueba de torpes.
Deja la copa en manos de James, que no les quita un ojo y en ese momento se dejaría sacar un brazo
para ser Remus.
Bailan. Y no importa que no estén en mitad del comedor porque allí donde llegan y giran, la música
suena con más nitidez y ellos se convierten en el centro del mundo. Lily lleva el pelo más largo que
a principios de curso, largas capas pelirrojas hasta la mitad de la espalda y otras más cortas sobre
los hombros y lo que queda de un flequillo que crece despacio se mueve sobre su cara cuando
Remus la hace reír y ella se apoya la frente en su pecho y provoca que todos, hasta esa sabandija de
Severus Snape la miren embelesados, solo un segundo, preguntándose para qué existía la música
antes de esa noche. James no sabe qué le estará diciendo pero le gustaría ser John Lennon para
inspirar en ella esa delicadeza al bailar. Cantarle al oído en mi momento de oscuridad, ella está
conmigo, bailar con ella, dejemos que pase, bailar con ella durante el resto de su vida.
- A veces me duele estar cerca de algo tan bonito- le dice a Sirius, al final de la canción, mirando a
Remus y a Lily-, ¿sabes lo que quiero decir?
James está demasiado hipnotizado por las palabras de la canción y no se fija en el exceso de
emoción que hay en la voz de Sirius. No le extraña que su amigo, como él, sea incapaz de apartar la
mirada de la pista de baile. John Lennon está convencido de que cuando todos los corazones rotos
se pongan de acuerdo, habrá una respuesta y tal vez tenga razón. Lily gira en brazos de Remus,
Remus gira en brazos de Lily, y ambos dejan que pase el tiempo, bailando, riendo, celebrando que
estarán juntos incluso en los tiempos oscuros para los que todavía no han encontrado una respuesta.
- ¿Lily?
En un extremo del Gran Comedor, hablando con un grupo de alumnas de Ravenclaw y Gryffindor
que para James Potter bien podrían ser invisibles. Lily lleva un vaso de ponche en la mano y levanta
la mirada ligeramente sorprendida cuando oye su nombre. Le mira con esos ojos verdes tan intensos
y las otras chicas se limitan a intercambiar miraditas chismosas.
- Solo quería decirte- es difícil acordarse cuando está cerca pero James respira hondo para poder
hacerlo. Acaba siendo porque se llena de su perfume que huele mil veces mejor en ella que en el
frasco y se le nubla la mente. Aún así, busca las palabras, lo intenta. – Solo quería decirte que
seguiré insistiendo.
Ve que Lily quiere interrumpirle con algo sensato y lo evita haciendo una de esas cosas que te
llevan a la muerte o a la gloria. Le pone un dedo. Sobre los labios. Y está casi más sorprendido él
que ella. Aunque ella parece sorprendida. Esos labios suaves, esos labios tan suaves que ay dios,
dan ganas de ponerse de rodillas forma una especie de "o" interrumpida.
- Te lo digo para que estés prevenida y para que pienses si, sinceramente, te merece la pena seguir
rechazándome. Porque insistiré para que salgas conmigo Lily y no me doy a dar por vencido. Estaré
aquí el primer día de clase y el día después de ese y el siguiente. Así que, si piensas decir que no,
descansa en vacaciones, porque tendrás que decirlo un montón de veces.
No se ha muerto ni nada.
Aunque se muere un poco cuando aparta el dedo de sus labios. Pero solo un poco.
Una fractura. Algo. Una pequeña rotura en el caparazón de Lily Evans. Le parece verlo. Justo ahí,
en el verde esmeralda de los ojos. Tan cerca, tan lejos. Lily se rinde. Solo un poco. Levemente.
- Porque aunque digas que no un millón de veces, si dices sí solo una vez, habrá merecido la pena.
La fractura está a punto, está justo a punto de convertirse en una sonrisa pero en el último momento
retrocede y se queda en eso: un presentimiento y poco más. No está mal como regalo de fin de
curso. Casi una sonrisa y James siente que levita, persiguiendo la snitch más rápida de toda su vida.
Lily vuelve con su grupo de amigas pero dice una frase antes y a James le basta.
- Eso es verdad.
- Claro que tampoco habríamos perdido tantos puntos si no fuera por vuestros castigos.
- Oye, Lupin, si quiero que me toquen las pelotas puedo irme con Malfoy.
Cuando Sirius se ríe con ganas el mundo se convierte en un sitio mejor para los lobos heridos.
- No sé qué decirte, Remus- sonríe pero con menos humor, con algo más de melancolía de lo que es
habitual en él. - Ya no estoy seguro de nada.
- ¿Y eso es malo?
Sirius no contesta. Sirius pregunta y tal vez eso sea una respuesta.
- Quedarme.
- ¿Aquí?
Asiente. Dumbledore le ha ofrecido Hogwarts como residencia de verano. Cree que puede ayudar a
los elfos domésticos con algunas clases de magia que les hacen falta. Cree que necesita una casa, y
que no la podrá encontrar en ningún otro sitio, ahora que su abuela ha muerto. Ahora que está solo
en el mundo.
- O sea, tú te quedas en el colegio y yo tengo que aguantar a mi madre. Es evidente que alguien me
está castigando por mis pecados.
- ¿Pecar menos?
Puede que sea la primera vez que lo hace. Dar un paso así. Ni siquiera sabe cómo llamarlo.
¿Flirtear? ¿Es eso lo que está haciendo? En cualquier caso, Sirius se queda sin palabras un buen rato
y solo por esa sensación de poder de experimenta, merece la pena sentir el estómago hecho un
nudo.
Flores de Azkaban
Última mañana del curso. Hacen falta muchos encantamientos para conseguir que todos los trastos
de la habitación de los chicos quepan en sus baúles. Los calderos se pasan la mañana volando de
una maleta a otra y las túnicas se enredan en el aire antes de quedar colgadas de enormes percheros
que se pliegan solos para entrar entre los libros y los zapatos. Media hora antes de que salga el
expreso McGonagall levanta la voz para que todos bajen cuanto antes y James acaba de meter su
lechuza en la jaula, antes de despedirse de Remus. Es la primera vez que no van los cuatro juntos al
tren.
- Solo son sesenta días, Lunático. Te dará tiempo a leer sesenta libros. Sirius se acostará con sesenta
mujeres y Peter me mandará sesenta lechuzas para explicarme qué está haciendo en Rumanía.
Remus se ríe y es más fácil abrazarse así. Riéndose el verano parece más corto.
- Potter, si se hiciera una encuesta sobre el ciervo más ñoño y Bambi pudiera participar, tú seguirías
ganando de calle.
Peter hace tiempo que ha bajado a reunirse con el resto, angustiado desde primera hora de la
mañana con la posibilidad de perder el tren. La última despedida, el último ritual del curso, es solo
para Sirius y Remus, que no saben exactamente qué decirse, ahora que la habitación está vacía y
James está mirando y todo parece distinto, hasta ellos. Sirius lleva su ropa muggle. Chaqueta de
cuero incluida, por supuesto y no sabe qué tiene que hacer. Porque un abrazo parece buena idea y al
mismo tiempo una idea horrible.
- James exagera- dice Remus. - No creo que pueda leer sesenta libros.
- Sí y yo nunca me he acostado con más de cincuenta en un verano. Cuarenta y nueve como mucho.
A Sirius le gusta lo que hace Remus. Esa risa repentina y seca y cómo baja la mirada justo después,
como si se ocultara tras la luna.
- Bueno, ya me contarás en septiembre, Canuto.
- Hecho.
Estira la mano. Remus estira la suya y aprieta. Fuerte, mucho más fuerte que cualquier cosa que se
puedan decir. Sirius, que lo hace todo por impulso, manda sus aprensiones a la mierda y tira de
Remus, sin soltarle la mano, atrayéndole hacia sí mismo con la misma imparable fiereza con la que
lo hace todo. Cierra los ojos en ese abrazo y procura que no signifique nada más porque James está
mirando y porque sospecha que si significa un poco más, lo acabará significando todo. No sabe si
está preparado y no puede joderla con Remus. Pero puede abrazarle y dar las gracias en silencio por
haber tenido la oportunidad de conocerle. Todavía no entiende por qué alguien así elegiría querer a
un bastardo como él pero en ese abrazo poco importan los por qués. Poco importa nada.
Le cuesta separarse. Lo hace despacio, para que no se le rompa Remus entre las manos. Por él, está
dispuesto a no asesinar a ningún miembro de su familia. Pero tampoco puede prometer nada.
Son las últimas palabras que le oye decir como alumno de sexto. Les da vueltas mientras baja hacia
la habitación común, arrastrando el baúl. Te llevaré lo que quieras. Hay algo en esa frase que le
cosquillea en el estómago. Te llevaré lo que quieras. Como un gusanito ansioso que roe y roe
mientras escucha las explicaciones de McGonagall para los alumnos más pequeños. Te llevaré lo
que quieras.
Pero Sirius no se detiene. La escucha escaleras arriba, gritando "¡solo un minuto!" y sinceramente,
le da igual perder el tren porque si no lo hace revienta. Literalmente, es que REVIENTA. No sabe
cómo ha aguantado desde el domingo pero solo ahora, cuando el fin del curso es una realidad y no
solo un temor, se da cuenta de lo imbécil que ha sido.
Abre la puerta de la habitación con toda la fuerza que tiene y si no choca contra la pared y la rompe
es porque Merlín no quiere. Remus está de espaldas, mirando por la ventana, seguramente para ver
cómo se marchan. Se gira inmediatamente al oír la puerta. Remus Lupin, con esa nariz gigantesca y
demasiado ancha y ese extraño labio superior que siempre destaca demasiado en su boca y ese pelo
imposible y esas pestañas tan largas y esos labios calientes y llenos de curvas y esa mirada dolorida,
es lo más bonito, lo más increíble que Sirius ha visto en toda su maldita vida.
- ¿Qué te has...?
Olvidado.
Pero Remus no lo dice jamás. No lo dice porque Sirius cruza la habitación como una tormenta y lo
manda todo a la mierda y se condena para siempre besándole. Es la única cosa sensata que ha hecho
en cinco putos días y no solo es sensato, es espectacular. Es mucho mejor de lo que recordaba. Es
Remus, abriendo la boca sin pensarlo, recibiéndole con idéntica desesperación a la suya,
derritiéndose como chocolate blanco bajo el paladar. Está caliente, está cerca, está besándole, Sirius
le sostiene el cuello para que abra bien la boca y sabe que Remus será lo único que va a ver durante
ocho semanas cada vez que cierre los ojos. Perfecto, brillante, húmedo, lunático. Es un beso
profundo, una pelea de lenguas en la que ninguno está dispuesto a ceder y ambos tienen que
agarrarse para no caer al suelo.
Sirius se separa por necesidad. Antes de que sea demasiado y tenga que mandar el tren a tomar por
saco. Tiene que volver a casa. Si no vuelve a casa, su madre no pagará la matrícula del año que
viene y no puede perder Hogwarts. Se lo recuerda y es importante que lo haga porque Remus jadea
e insiste en seguir besándole y hace de la sensatez un arte realmente difícil. Sería más sencillo si el
cabrón besara aunque solo fuera un poquito peor.
McGonagall espera. El tren espera. Su madre espera. Solo ocho semanas. Se despiden a
trompicones, besándose hasta la puerta. Remus es adictivo como una droga que se inyecta en la
sangre y va directamente al cerebro. Quiere tirar de su corbata, abrir la camisa, bajarle los
pantalones, correrse. Cuesta dejarle y Sirius lo hace con una amenaza.
- No tengo ni idea de dónde has aprendido a besar así pero más te vale no mejorar durante el
verano, Lunático si no quieres que te muerda.
La expresión de Remus dice "muérdeme" y Sirius corre al tren, deseando diluir el tiempo y
aparecerse en septiembre.
En el expreso de Hogwarts. Barullo de maletas. Las mismas cara que el primer día de curso, pero
parecen otras. Mayores, más confiadas. En algunas ha crecido la primera sombra de barba. Otras
están aprendiendo a maquillarse. Algunos han pasado de compañeros a amigos y los que han pasado
de amigos a novios, como uno de los esbirros de Malfoy y una Slytherin de quinto cuyo nombre
James no recuerda. Se besan en los rincones y entorpecen el paso del resto, hasta que Sirius
carraspea y pide paso.
- Un esclavo de Malfoy ligando y tú has pasado otro año dándole brillo a la escoba. ¿No te
avergüenza la comparación?
Y lo dice con tanta convicción que Sirius no puede evitar sonreír de camino al compartimento. No
podría querer más a James Potter aunque se entrenara a diario.
Siempre se sientan en el último compartimento, justo al final del tren porque de esa forma, son los
últimos en abandonar la estación de Hogsmeade y los últimos en llegar a casa y los últimos en
acabar el curso. Ese año, cuando llegan a la cola del expreso, hay un grupo de alumnos de cuarto en
el sitio que siempre ha sido SU sitio.
Le miran los cuatro. Los cuatro conocen su reputación. Parecen intimidados pero se atreven a una
pequeña rebelión de clases.
En dos segundos Sirius ha sacado la varita y un haz de luz violeta dibuja su nombre con grandes
letras barrocas sobre el cristal de la ventanilla.
- Ahora sí.
Los alumnos de cuarto salen murmurando sus protestas y quejándose porque siempre es igual.
Sirius les saca la lengua, se sienta ocupando dos sillas, estira las piernas y enciende un cigarro
mientras se queja amargamente de que los alumnos más jóvenes no sientan respeto por las
tradiciones del colegio.
- Conseguir que Snape se tiña de rubia. Te preguntaría por el tuyo pero empieza por L y termina por
"te quiero Lily". – Le tira el humo del cigarro a la cara deliberadamente y James lo esquiva para no
toser. - ¿Qué tiene de especial esa chica, tío, en serio? ¿Por qué te gusta tanto?
Sirius se lo ha preguntado otras veces y ha escuchado cómo James glosaba todas sus virtudes.
Largas listas que empezaban con el primer día que la vio en clase de Transformaciones y se fijó en
su manera de coger la varita y no acababan nunca. Tal vez sea la primera vez que se lo pregunta no
tanto como una acusación, sino con verdadera y franca curiosidad. A lo mejor por eso, James
contesta con la misma franqueza y esa expresión soñolienta que no puede evitar poner cuando se
trata de ella.
- Te podría dar muchas razones pero entonces intentarías quitármela. Así que, digamos que además
de que me gusta ella, me gusto yo cuando estoy con ella. ¿Me explico?
- Te explicas, Potter.
Sirius no se juega nada. Solo pone esa sonrisa que se dobla en las curvas peligrosas de una
expresión indolente.
- Seguro que sí. Después de todo, yo me acostaría contigo con tal de que me dejaras en paz. – Le
echa el humo del cigarrillo a la cara. - Y ni siquiera eres guapo.
Muchísimo, de hecho. Tanto que cuando llegan a la estación central de Londres y el andén nueve y
tres cuartos se convierte en un tifón de caras sonrientes y miradas llorosas y madres que buscan
niñas que buscan a sus padres, no se siente capaz de despedirse. Ocurre lo mismo año tras año. Y
cada año, repiten el ritual. James tiene su frase.
- Lo juro solemnemente.
No se dicen más. Nunca se dicen más. Sirius atraviesa el muro del callejón nueve y tres cuartos
Sabe que va a verle seis semanas después, en "El caldero chorreante", antes de las finales de
quidditch pero cada año se siente como si le abandonara en una celda sucia de Azkaban, prisionero
de un hogar que siempre le ha tratado como a un renegado y ha marcado su personalidad tanto
como su destino.
Tiene cinco años y Aurora le ha avisado. Pero con cinco años una prohibición es una llamada a la
aventura y por eso, porque se ha enfadado con su madre, porque no le dejan, porque el bosque le
llama, tal vez por alguna otra razón misteriosa, Remus abandona la casa de campo de los abuelos y
se aventura más allá del jardín. Con solo cinco años da un paso hacia delante y avanza en la frontera
entre el hogar y lo desconocido, preguntándose qué habrá más allá. A su espalda, las luces de la
casa empiezan a disminuir y tiritar.
Le atrae la luna. Piensa que si camina lo suficiente, si se asoma a lo alto de esa colina que se insinúa
en medio del bosque, podrá encaramarse y tocarla con las yemas de los dedos. Es alta y plateada y
le inspira una calma profunda. La luna canta y Remus quiere oír.
Ocurre deprisa. Así es como lo contará siempre. Diciendo ―ocurrió deprisa‖. Empieza a estar
cansado y tiene ganas de volver a casa. Está solo y perdido y la colina siempre parece –como la
luna- a la misma distancia. Cuando escucha su nombre en la voz de Aurora - ¡Remus! ¡Remus! –
siente ganas de llorar y piensa ―estoy aquí, mamá‖ y chilla. ―¡Mamá!‖ tan alto como puede porque
ya no le importa la luna y solo quiere volver a casa, tumbarse a dormir entre mantas calientes, pedir
perdón por haber desobecido y ser perdonado con un beso de su madre.
Pero el perdón no llega porque su propio chillido le delata y advierte al lobo de su posición. Grita en
carne viva, ―¡mamá! ¡Estoy aquí!‖ y su voz despierta en la bestia la sed por la sangre. ―No recuerdo
los detalles‖ dirá siempre Remus. ―Yo era muy pequeño‖ añadirá. ―Fue todo muy rápido‖.
Mentirá.
Recuerda los detalles y aunque los hechos se precipitan a gran velocidad, al mismo tiempo podría
decir que duran una vida entera, que van pasando despacio, como si ocurrieran a gran distancia de
ese bosque maldito que está a punto de marcarle para siempre.
Su madre grita. ¡REMUS! Escucha gruñidos y un sonido que le pone la carne de gallina.
¡AAAAUUUU! Nota que le hierven todos los huesos y que la sangre de su cuerpo enmudece y se
para. Remus es pequeño, no sabe qué es el destino, pero si lo supiera podría ponerle nombre a lo
que nota esa noche. El Destino, si existe, poniéndose en pie, guadaña en mano, listo para ejecutar su
sentencia.
Remus echa a correr, sin dirección exacta, sintiendo que algo, detrás de él, corre muchísimo más
rápido. No sabe lo que es, hasta que cae al suelo, se pone de pie trastabillando y le ve.
Lo primero que consigue distinguir son esos ojos amarillos. La bestia. Después, el hocico, a pocos
centímetros de su cara, respirando, inspirando, respirando. El bosque calla. Se hace el silencio.
Remus no tiene miedo aunque supone que debería tenerlo. Pero no puede, porque tan de cerca el
lobo es plateado como la luna. Un magnífico lobo de pelo blanco, brillante como la locura, mayor
que él, casi tan grande como sus temores más profundos. Le hace sentir en calma, durante un largo
instante en el que Remus se pregunta si puede tocarle a él, ya que no llega a la luna.
Alarga la mano y el lobo respira, errático, profundo, como un hombre al borde de una revelación.
Dejándose hacer durante una fracción de segundo. El pánico llega mucho después, cuando el
chillido vuelve a hacerse paso en el bosque. ¡¡¡REMUS!!! Y el lobo se pone en pie sobre sus patas
traseras, abre los dientes para tragarse a la luna, y en lugar de morder hacia el cielo, muerde en
dirección al niño de cinco años, que cae al suelo, inconsciente, sangrando, maldito.
Mordido.
Su hijo está tendido en el suelo, pálido de muerte, del mismo color de esa luna llena de agosto que
les mira a ambos desde el cielo, plateada, como el lomo de un hombre lobo. Remus Lupin tiene
cinco años y ha sido condenado de por vida. No sabe que le esperan condenas peores porque
todavía no conoce a Sirius Black. Y no sabe lo que es el amor.
(…)
Es su tercera Navidad en Hogwarts. En el Gran Comedor, el coro de niños y ranas ensaya para la
cena de Nochebuena y los más pequeños tratan de no perder la nota cuando Sir Cadogan y Sir
Nicholas atraviesan las mesas y rompen las vidrieras montados en sus caballos fantasmales. Remus
Lupin tiene trece años y casi ocho meses y acaba de confesarles a los únicos amigos que ha tenido
nunca que es un hombre lobo. Cree que trece años es una buena edad para morirse.
- ¿Un licántropo? – balbucea Peter. – Pero… los licántropos… es peligroso, ¿verdad? Son…. –
tiene esa mirada horrorizada que Remus ha visto infinidad de veces. – Son bestias, ¿no es cierto?
Sirius está sentado en una esquina menos iluminada de la habitación común. Justo frente a Remus
que tiene la cabeza agachada y procura no levantar la vista para no ver el rechazo, el horror, la
decepción, el miedo. Sabe lo que pasará ahora. Una vez que lo saben, una vez que es público, todos
marcan su distancia para que no les muerda el lobo. Todos se echan a un lado, y si hay suerte, le
sonríen con compasión y si hay menos suerte, le arrinconan en un bolsillo de la memoria y se
olvidan de él.
Esa palabra. Monstruo. Y esa otra. Bestia. Remus quiere replicar y protestar -¡no soy un monstruo!-
pero es inútil porque Peter no dice más que lo que todos piensan. Monstruoso. Bestial. Remus es
algo más que eso, pero no puede negar que una vez al mes es exactamente eso.
Por eso no quería decirlo. Por eso hubiera deseado que no se enteraran jamás. Que Sirius no hubiera
prestado atención en la lección sobre Hombres Lobo durante ―Defensa Contra las Artes Oscuras‖.
Que James no hubiera visto sus cicatrices en las duchas comunes. Que todos hubieran pasado por
alto esa noche al mes que pasaba fuera de la cama de Gryffindor. Que hubieran estado ciegos y
sordos a su desdicha. Mudos e ignorantes. Que, por encima de todo, Dumbledore no le hubiera
obligado a contarlo.
Trece años y Remus lo ha perdido casi todo en la vida pero la posibilidad de perderles a ellos le
aterroriza. Siempre supo que ocurrirá y ahora que está a punto de ocurrir sabe que era imposible
estar preparado.
- Un licántropo- repite Peter, más para sí mismo que para el resto. – Un licántropo en Hogwarts.
Remus se levanta y se marcha. O al menos quiere levantarse y marcharse pero no le tienen las
piernas y no quiere llorar delante de nadie. Le pilla de sorpresa la voz de Sirius, desde el rincón.
- Veamos, Pettigrew, tú eres más tonto que un cesto, más cansino que una lección de Pociones de
tres horas y más pelota que un elfo doméstico drogado con un filtro de obediencia. Contesta a una
cosa. ¿Me paso yo el día diciéndote que eres un enano subdesarrollado sin personalidad que parasita
de la popularidad de James día y noche porque no se atreve a conseguir nada por sí mismo?
Peter se sonroja, lo piensa menos de un segundo y niega con un gesto de la cabeza. Parece tan
mortificado que Remus siente lastima de él.
- ¿Y por qué no hacemos eso, Peter?
- Tú lo has dicho. Así que no volverás a decir esa palabra jamás o me aseguraré de echar pimienta
infernal en tus calzoncillos cada mañana hasta que tus genitales sean tan pequeños que parezcan los
de un gnomo, si es que no lo parecen ya.
El corazón de Remus empieza a latir un poco más deprisa. Sirius no parece aterrorizado, ni lleno de
compasión por él. Sirius parece solamente Sirius. Medio en serio, medio en broma, decidido, algo
inconsciente, más bien primario, de una nobleza deslumbrante.
- No pasa nada.
No puede ser. James no parece preocupado. Sirius, evidentemente, no está preocupado. Ninguno ha
salido corriendo. No da crédito. No es la reacción habitual cuando le confiesas a alguien que eres
una bestia que alimenta las pesadillas de los niños.
Una bestia. Un monstruo. Un licántropo. Es verdad. Pero Sirius no opina lo mismo. Sirius se
levanta y acerca la silla hacia el centro de la habitación y le mira fijamente a los ojos. Más fijamente
de lo que le ha mirado nadie en toda su vida.
- Decir que eres un monstruo, Lupin, es lo mismo que decir que yo soy un Black. No es verdad ni
mentira, no es más que una jodida injusticia.
Remus Lupin tiene trece años y todavía no sabe lo que es estar enamorado. Solo sabe que en ese
momento el corazón le da un vuelco y baja directamente al estómago.
- Sí, tío- quiere saber James - ¿tienes colmillos en plan terrorífico y todo lo demás?
- Joder con el flacucho empollón- protesta Sirius. – En serio, tíos, si alguien tuviera que ser un
hombre lobo entre todos nosotros, ¿no debería ser yo?
Peter y James se miran y asienten pero Remus solo puede ver a Sirius, como si le viera por vez
primera. Sigue siendo ese chico de expresión grave, y gesto sombrío que de pronto, sonríe de medio
lado, le guiña un ojo y hace que todo, incluso ser un hombre lobo, parezca luminoso, festivo y digno
de una travesura. Con solo trece años, Remus Lupin nunca ha estado enamorado pero cuando mira a
Sirius, ahí está. Ese soplo al corazón, esa extraña sensación en el estómago que todavía no sabe
identificar.
Puta puta puta puta puta vieja podrida de mierda. Sirius odia a su madre. Puta casa. Odia la noble
y ancestral casa de los Black, con sus arraigadas tradiciones y sus tapices y sus dieciocho cubiertos
para cada cena. Pero sobre todo, esos días, si odia algo, son esos cochinos, putos, insoportables
elfos que hacen y deshacen al gusto y al disgusto de su augusta madre. Puta vieja de mierda con sus
putos esclavos complacientes, sumisos, resignados de mierda.
Es julio, se acerca la fiesta anual de los Black y todo Londres comenta que será histórica, mítica,
épica. El mayor encuentro de la comunidad mágica desde aquella vez que el Ministerio de Magia
decidió poner barra libre para celebrar el quinto centenario de la muerte de Morgana. En los
círculos sociales que frecuentan los hermanos de Sirius y que comentan DETALLE A DETALLE
durante las cenas, a la fiesta ya se le conoce como la triple M. ¡La Mayor Movida desde Merlín! Por
lo menos, así lo tituló la sección de sociedad de ―El profeta‖. Y por culpa de los asquerosos
preparativos, en Grimmauld Place número doce no solo hay más elfos que de costumbre. Es que
hay más elfos que en Hogwarts. Más que en todos los colegios de magia del mundo JUNTOS.
La casa parece a punto de reventar por lo que Sirius está empezando a llamar ―superpoblación
élfica‖ y en todas partes, en cualquier sitio al que vaya, desde el primero al quinto piso, solo
encuentra elfos limpiando la plata, elfos haciendo camas para invitados, elfos encerando los suelos
para el baile, elfos cocinando, sirviendo, horneando, de aquí para allá y de allá para aquí y son
tantos que literalmente, realmente se está volviendo loco y preferiría sacarse las uñas, preferiría
sacarles las uñas a todos uno por uno antes de tener que pasar en esa casa un solo segundo, un
maldito, asqueroso, estúpido segundo más.
Normalmente los elfos le inspiran lástima, esos pobres desgraciados y sin embargo, está empezando
a creer que algún día tendrá que matarles a todos o morir en el intento. Es una convicción casi
profética.
Lleva dos semanas en casa. Dos semanas fuera del castillo. Las lechuzas de Remus, ese cabrón
malnacido no acaban de llegan.
- ¡Largo!
- ¡Kreacher! ¡Si no quieres que te desmembre, descuartice, haga picadillo y te embote para
convertirte en comida para hipogrifos, no vuelvas a tocar esa cochina puerta!
Ese domingo veraniego James Potter descubre que todos los números de felétonos muggles están
anotados en un solo sitio. En un pergamino encuadernado que se llama ―Guía Telefónica‖ y que se
puede encontrar fácilmente en una cabina feletónica de Strattford, mientras tus padres se vuelven
locos de alegría visitando jardines y rincones con encanto armados con un ejemplar de ―La
Inglaterra Muggle explicada para Magos‖.
James tarda un rato en comprender cómo funciona pero finalmente aprende que lo único que tiene
que hacer es buscar por el apellido, conseguir dinero muggle, marcar el número de teléfono y
esperar con el corazón en la mano a escuchar su voz al otro lado.
- ¿Diga?
No es su voz. James balbucea. Debe ser su hermana. ¿Será tan guapa como ella? ¿Tan dulce? ¿Tan
lista? ¿Tan angelical? ¿Tan sorprendente? ¿Tan misteriosa? ¿Qué debería decir?
- ¿Eh... Lily?
- ¡¡¡¡¡Lily!!!!!!! – chilla.
James tiene que apartar el auricular unos cuantos centímetros para no quedarse sordo. Supongo que
no es tan dulce como su hermana.
- ¿Sí?
Decidido. El felétono es el invento muggle más mágico de todos. Más incluso que la tostadora de
pan que le enseñó Sirius en tercero. El felétono consigue que la voz de Lily entre directamente en el
oído de James Potter como si ella estuviera allí mismo, con él en Strattford, visitando la casa del
muggle que escribió ―Romeo y Alberta‖ en lugar de estar a kilómetros de distancia, perdida en un
verano que a James se le antoja largo e insípido sin ella.
Es tan difícil describir el timbre de su voz. Si James fuera un bardo podría. O tal vez no porque lo
que siente por Lily es cegador e irracional y hace que las palabras se queden pequeñas, idiotas,
disminuidas.
- ¿No serás...?
Cuelga antes de oír una palabra más. Los muggles que pasan por la calle mayor de Strattford,
disfrutando de la tarde en dirección al hogar de William Shakespeare, pueden ver a un chico alto y
con gafas golpearse repetidamente en la cabeza con el auricular del teléfono. Una pareja de mediana
edad que ha venido desde Bath a pasar el domingo comenta que parece afligido.
Comentan que uno nunca sabe con la juventud y siguen su visita mientras el chico alto, moreno y de
gafas sigue murmurando ―cásate conmigo, Lily‖ en el interior de la cabina.
Peter tiene una gran familia. Son al menos cincuenta miembros y eso contando solamente los que
tienen lazos directos de sangre con sus padres. Su tía Dolicia tiene siete hijos. Y siete hijas y Peter
tiene tantos primos que si cogieran todos el expreso de Hogwarts llenarían del primer al último
vagón.
Peter también tiene una amplia colección de objetos de broma que procura mantener alejadas de las
garras de sus sobrinos y primos más jóvenes. Peter tiene, por supuesto, una gran colección de
mascotas que se ha traído a Rumanía. Grillos, una tortuga, cuatro escarabajos y no una, ni dos, sino
TRES lechuzas que ha ido adquiriendo con el tiempo y los ahorros. No puede esperar a que una
vaya y entregue el correo. Tarda demasiado tiempo. Durante unos años tuvo un ratón pero ahora es
demasiado peligroso. Una vez James encerró a Peter en la jaula de la mascota por error, mientras le
insistía al animal para que recuperara su forma humana. Fue humillante que no le reconociera.
Después de tantos años. O hubiera sido humillante, si Peter alguna vez se parara a pensar en que
podría recibir un trato mejor. Por suerte o por desgracia no lo piensa.
Una familia que alborota y va junta a todas partes y siempre tiene algún entretenimiento que ofrecer
y en la que a veces se siente como si fuera uno más, que es lo mismo que no ser nada. Tiene juegos
suficientes para entretenerse durante horas cuando se encuentra solo y mascotas que siempre
necesitan sus atenciones y le traen el correo sin demoras, aunque normalmente llevan muchas más
cartas de las que traen. Tiene todo lo que quiere y todo lo que necesita y, a veces, todo parece
borroso y breve y poco fuerte, como si pudiera derrumbarse solo con un soplido.
Pesadillas intermitentes que han empezado en Rumanía. Imágenes recurrentes. Una cueva con una
presencia informe al fondo, un pantano del que se levanta algo, un lodazal en el que habita un
monstruo deforme. Algo que sisea en su oído y repta por el suelo y se mete en su cabeza, como un
gusano, como una serpiente, como el humo, como la muerte.
Se levanta empapado en sudor y recuerda vagamente que esa presencia le dice algo, se insinúa en
esas pesadillas recurrentes, vagas y repetitivas que le han asaltado de pronto.
No se atreve.
Pasar el verano en Hogwarts tiene muchísimas ventajas. Oh, sí, ya lo creo. Montones de ellas.
Infinitas. Para empezar, Remus ha aprendido la receta especial secreta de los elfos para la tarta de
calabaza gracias a las horas muertas que ha pasado con ellos haciendo pasteles. Además, ahora ya
puede decir con orgullo que no le queda para leer ningún volumen de ―Enciclopedia de las cosas
invisibles e imposibles‖. Por primera vez en años, la habitación de los chicos de Gryffindor está
limpia y ordenada y siempre, a cualquier hora, puede escuchar su música favorita tan alto como
quiera y sin escuchar protestas. Eso sin hablar de todas las cosas que ha aprendido. Por ejemplo, que
el panadero de Hogsmeade, el señor Rúfugus, trae diez clases de pan diferente todos los días a las
seis de la mañana y que, antes de marcharse, siempre se para a hablar un ratito con la profesora
McGonagall. Aunque solo sea para hablar del tiempo. Parece que va a llover. Eso parece. Que pase
un día. Igualmente. Todas las mañanas.
También ha aprendido, que el profesor Dumbledore tiene unos prismáticos muggles a los que llama
catalefos y que le gusta observar a los pájaros a primera hora de la mañana con un ejemplar de
―Guía de pájaros y focas de Escocia: una introducción‖ en las manos. El miércoles de su segunda
semana de verano, Remus se lo encuentra a distancia prudencial del sauce boxeador intentando
reconocer el gorjeo de una golondrina y está tan desesperado por hablar con alguien que se pasa
media hora escuchando a lo que Albus Dumbledore tiene que decir sobre las diferentes especies que
se pueden ver en Hogwarts en esa época del año.
Dumbledore cree que todo el mundo siente pasión por un animal distinto.
- Dice mucho de nosotros, Lupin, aquello que nos lleva a amar a uno u otro animal.
Cuando le pregunta cuál le gusta a él, Remus procura que la dosis de nostalgia que le ataca no sea
mortal.
- Siento cierta debilidad por los perros.
- Ah, sí- Dumbledore sonríe y se entusiasma – los perros. Grandes amigos del hombre, muy fieles.
Bastante fieros pero de buenos instintos.
Dumbledore se pone los prismáticos y busca a la golondrina que sobrevuela el sauce boxeador.
- Lástima de las pulgas – dice, con ese tono de voz jovial que hace que todo sea más difícil para
Remus. Todo. Los días, las noches, la constante ausencia, la maldita sensación de que se ahoga, el
cadencioso paso del tiempo, la angustia que le asalta algunas noches cuando el silencio se hace
irrespirable, el insistente dolor en el corazón cuando le echa tanto de menos que le dan ganas de
ponerse a gritar. Todo.
Dumbledore suena contento y Remus aparenta calma. Como siempre. A veces es más difícil que
otras. A veces, cuando el verano avanza y no has recibido ninguna lechuza de Londres, a pesar de
que has enviado varias, es terriblemente difícil. Pero Remus se aferra a la calma. Porque la calma
mantiene al animal a raya.
La lechuza atraviesa el ventanal del salón y se posa sobre la chimenea, agitando las alas, esperando
a que alguien desate la cinta de color carmesí que llevan en una de las patas, sujeta a un pergamino
mohoso. Cuando Petunia entra para recoger el jersey que está tejiendo los enormes ojos
amarillentos del bicho están a punto de provocarle un infarto.
Santa María. Como si no fuera bastante terrible saber que Lily recibe búhos voladores en su propia
habitación. ¿Ahora también tiene que verlos en el salón?
- ¡¡LILY!! – insiste.
Sigue insistiendo hasta que su hermana baja las escaleras y con esa irritante calma que nunca la
abandona se acerca a la lechuza y trata de quitarle importancia al hecho incontestable de que hay un
bicho anormal en el salón. Incluso le acaricia las plumas pero, claro, qué otra cosa se puede esperar.
Lily, después de todo, está loca.
Muy al contrario que ella misma, desde luego. Porque si algo es Petunia Evans, es predecible. Le
gusta desayunar a las siete y media en invierno y a las ocho y cuarto durante las vacaciones de
verano. Le gusta que la tostada lleve mantequilla en los bordes y no solo en el centro y le gusta que
la mermelada sea de ciruela. No la quiere de fresa, ni de albaricoque. Le gusta de ciruela y la quiere
de ciruela. Le gusta ducharse con agua templada –ni fría, ni caliente- y le gusta que Vernon siempre
le compre un paquete mediano de palomitas cuando salen a pasear el domingo. Le gusta tener las
cosas ordenadas y sobre todo, que Lily estudie en un internado porque así, al menos durante el
curso, puede dar por hecho que todas las cartas que lleguen a casa vendrán selladas y aparecerán en
el buzón. No serán repartidas por bichos de ojos grandes que parecen mirarla como si la estuvieran
juzgando y que parecen demasiado listos para ser simples pájaros.
- Mamá acaba de limpiar la alfombra. Si ese pájaro la ensucia verás cómo se enfada.
Lily la ignora mientras desenrolla suavemente el pergamino y se sienta en el sofá con las piernas
cruzadas bajo esa enorme falda que arrastra a todas partes. Hace tanto que no pasa por la peluquería
que le cae el pelo hasta la mitad de la espalda. Vernon dijo un día que parecía ―una hippie de esas‖
y Petunia tuvo que darle la razón porque realmente, no se puede decir que parezca otra cosa.
Intentar que se preocupe de que su pajarraco no se orine en la moqueta es una pérdida de tiempo –
como si a ella le importara eso- y pensándolo bien, argumentar que a su madre no le haría gracia es
otra estupidez porque, claro, para su madre –como para su padre- todo lo que hace Lily siempre está
bien. Siempre es divino, siempre es sensacional, siempre es fascinante.
Incluso el hecho de que su hija mayor sea un bicho raro, una anormalidad, una bruja, por el amor de
dios. Incluso eso es divino.
Sensacional.
Fascinante.
Petunia tiene que ocultar a su hermana. Petunia tiene que fingir ante sus amigas que estudia en el
extranjero. Petunia tiene que conseguir que Vernon se dé cuenta de que ella no aprueba ese estilo de
vida y hacer un esfuerzo en el que nadie repara para ser, sencillamente, normal pero, ¿a alguien le
importa Petunia o sus problemas?
A nadie.
Lily lo eclipsa todo porque Lily recibe lechuzas mágicas y tiene en las manos una carta escrita a y
junto a ella, una foto con un montón de personas que se mueven y, claro, Petunia NO tiene fotos
que se mueven. De modo que, durante la cena, papá y mamá, le prestan atención únicamente a Lily,
y hablan con ella sobre el colegio y le preguntan cosas de esa foto a ella. Siempre Lily en el centro
de todos los ―aaaaaahhh‖ y los ―ooohhhh‖ que sus padres no dejan de lanzar mientras comen todos
juntos comentado la estúpida foto mágica de fin de curso que le han enviado a Lily.
- Fíjate, cariño – dice su madre, con la foto en la mano - ¡estáis todos tan guapos! ¡Y qué mayores!
Su padre hace idénticos aspavientos y acerca la silla para poder observar la foto al mismo tiempo.
Preguntan por las caras que no conocen y Lily da todo tipo de explicaciones –salimos los alumnos
de sexto de Gryffindor. Me la ha enviado Remus. Está pasando el verano en Hogwarts. La sacó el
director Dumbledore. Petunia preferiría no oír porque sus explicaciones están llenas de palabras
absurdas que preferiría no conocer. Gryffindor. Dumbledore, Hogwarts. Se imagina la cara de
Vernon si le hablara de esas cosas y Santo Cielo, preferiría no tener que hacerlo. Bastante
humillante es ser lo que es y como dice Vernon, cuanto menos hablen de ello mejor.
Tal vez si cierra los ojos, si se afana en negarlo, todo lo que rodea el colegio de Lily acabe por
desaparecer, como un mal sueño.
- Cielo – dice su madre - ¿no es este chico al que siempre vemos en la estación del tren?
Lily asiente y no le da importancia, diciendo sin más ―ajá‖ pero Petunia sabe perfectamente que
solo disimula porque el otro día, sin ir más lejos, vio una de sus revistas diabólicas en la basura y le
echó un vistazo, naturalmente porque en fin, alguien tiene que preocuparse de que Lily no les meta
en problemas a todos y allí estaba, la foto de ese chico montado nada menos que en una escoba
voladora. ¡Volando! Diabólico. Enfermizo. Antinatural. Sus padres, de haberlo visto, habrían dicho
―aaahhhh‖ y ―ooohhhh‖ y les habría parecido maravillosamente extravagante y su madre habría
dicho, incluso, que era una verdadera lástima no poder comentarlo en el club con sus amigas. Así
que Petunia no dijo nada de la revista, volvió a dejar en el cubo de la basura y se fijó –eso sí- en que
un par de horas después Lily se había encargado de volver a sacarla de allí.
Por eso Petunia sabe que toda esa indiferencia cuando Lily dice que se trata de James Potter, papá,
te lo presenté el año pasado no es más que una fachada. Petunia sabe que, como dice Vernon, ―dios
los cría y ellos se junta‖. Lily acabará con ese o con algún otro brujo loco y Dios sabe en qué
problemas le meterá eso.
Sus padres pueden encontrarlo divertido, si quieren. Petunia sabe que no lo será.
Lily se ríe y Petunia observa por el rabillo del ojo mientras se come el brocoli. En la esquina de la
foto, un chico gordito de pelo ralo y ojos chiquitines trata de meterse con el resto pero aparece y
desaparece, sin llegar a conseguirlo del todo. Se llama, aparentemente, Peter y a Petunia le
encantaría que todos dejarán de hablar de él pero sobre todo, le encantaría que su madre no se fijara
en el chico que mira a la cámara desafiante, un poco más a la izquierda, y se atreviera a decir lo que
dice.
- Lily, este chico tan guapo, ¿no es el mismo que le gustaba a Petunia?
Se le atraganta el brocoli a mitad de camino. ¿Es que nunca van a dejar de recordarle ESO!
- ¡Eso es mentira!
Se defiende con vehemencia. Cierra las manos sobre el mantel de hilo blanco y aprieta fuerte hasta
que los nudillos hasta que quedan blancos y se borra de su memoria esa horrible época en la que
sus padres la arrastraban hasta la estación para despedir a Lily y ella tenía que ver a sus amigos con
carros llenos de ratas y de lechuzas y de baúles viejos y malolientes.
Había muchas chicas y muchos chicos pero Petunia solo sentía ganas de esconderse detrás de su
madre cuando aparecían esos dos que siempre esperaban a que Lily atravesara por arte de magia
el muro invisible de su andén. El chico de pelo largo y botas y mirada intensa no se fijaba en
Petunia pero a veces miraba en su dirección y a ella le llenaba el estómago de nudos sin saber por
qué. Hasta que Lily empezó cuarto y Petunia le acompañó, como siempre, y el chico por primera
vez la miró a ella, un buen rato, de arriba abajo y lo preguntó cómo se llamaba y cuando escuchó
su nombre repitió “Petunia” como si fuera alguna especie de delito, haciendo que por un segundo,
solo por un segundo, ella sintiera ganas de atravesar también el muro invisible que separaba la
frontera entre lo normal y lo aborrecible.
- Admítelo, Petunia. No eres la primera en caer bajo los encantos de Sirius, no te preocupes.
Petunia se levanta de la mesa y se siente tan indignada que sería capaz de arder en llamas.
Se marcha a su habitación sin mirar atrás. Se pregunta por qué ella, que no ha hecho nada más que
intentar ser normal, ha tenido que ser castigada con una familia así. Por qué me torturan, por qué
no me dejan en paz, por qué no pueden ser normales. Su madre la visita un rato después,
preguntando si se le ha pasado.
No, claro. Ellos no pretenden ofenderla nunca. Pero existen y a veces, eso es ofensa suficiente.
- Es igual- dice.
Y entierra la cara en el colchón para tratar de olvidar. Se imagina que algún día tendrá su propia
familia, con un marido normal y un hijo normal y una casa normal donde no entren lechuzas, ni
bichos raros, ni fotos móviles con chicos insolentes y gamberros y sinvergüenzas que despiertan en
ella recuerdos que preferiría olvidar.
Se armó la de Caín
Sirius mira desde la ventana de su habitación. Tiene vistas privilegiadas de las chimeneas de
Londres y del jardín trasero de Grimmauld Place. Toda la familia está reunida, Ulises y Bellatrix y
todos sus hermanos, haciendo un corrillo de veneración en torno a Régulus, recién llegado de su
colegio para pijos retardados en Francia. A la gente le han dicho que Régulus se ha beneficiado del
―intercambio cultural‖ durante un curso. Es una manera delicada de decir que mandarle lejos era la
manera más corta de solucionar un pequeño escándalo familiar relacionado con la hija de una gran
familia de Londres y cierto embarazo que tuvo que solucionar un sanador ilegal.
Régulus, el hijo predilecto de los Black ni siquiera es capaz de hacer una poción anti-embarazo.
Antes de la cena, baja las escaleras tarareando ―all together now‖, procurando que todo el que se
encuentre con él pueda sentirse debidamente molestado por sus hábitos muggles.
Se encuentra con Régulus frente a la biblioteca. Su hermano ha crecido en el último año. Sirius le
saca ahora once meses, tres días y menos de un palmo de altura. Por lo demás, Régulus ha
cambiado poco. Sigue teniendo esa actitud insoportable de estudiada indiferencia. Levanta la
barbilla al hablar, como si tratara de intimidar a alguien.
- No hace falta que finjas tanta alegría, Régulus. Pensaré que me has echado de menos y me echaré
a llorar.
El pasillo en el que han coincidido se llena de magia negra. Cada vez que han estado juntos,
siempre se lo han tomado como un duelo a vida o muerte. Un año en Francia no ha cambiado el olor
a sangre podrida que se forma cuando Régulus y Sirius coinciden en el hogar de los Black y
contienen las ganas de sacarse las tripas con las uñas.
- Me han contado que los franceses se han cansado tanto de ti que querían arrancar la torre Eiffel
para darte de cabezazos con ella.
- A mí me han contado que sigues teniendo las mismas andrajosas y lamentables amistades.
- ¿Y no te han contado que si vuelves a meterte con mis amigos tendrán que enviar tu cabeza en un
baúl a Hogwarts para que se reúna allí con el resto de tu asqueroso cuerpo?
- Por eso no te preocupes. No tengo ganas de perder el tiempo pensando en tus amistades. Te
recomendaría que siguieras mi ejemplo pero nunca se te ha dado bien tomar decisiones inteligentes.
- Todos los Black pensamos despacio, Régulus. No te preocupes. Es por endogamia, ya sabes. Por
todos esos primos que se casaron entre ellos.
Se gruñen un buen rato y cuando ni siquiera la idea de hacerse daño les resulta atractiva se pierden
en direcciones opuestas de la casa, murmurando el uno contra el otro.
A la mañana siguiente (mediodía, más bien) mientras desayuna solo en la cocina Sirius se hace
varias preguntas.
- Cómo va a aguantar esa misma noche una fiesta en casa de sus padres cuando a) no soporta a sus
padres, b) no soporta a ninguno de los doscientos invitados, c) no conoce a nadie en Londres que
pueda ofrecerle una casa donde pasar la noche porque todo el mundo que conoce está invitado
(sobre este extremo, consultar el punto b) y finalmente d) sus padres han hecho un hechizo barrera
para impedirle salir a la calle.
La cuarta pregunta.
- Por qué los elfos siempre recuerdan que el desayuno favorito del mamarracho simplón de Régulus
es té de rosas con cuatro gotitas de leche, una nube de vapor y dos tostadas con mantequilla y
azúcar y OLVIDAN que su desayuno favorito es café con pastel de calabaza y no LECHE FRÍA Y
PAN DURO.
Esos cabrones vengativos todavía me guardan rencor por esconderles bombas fétidas debajo de las
camas.
- Por qué sus padres insisten tanto en recalcar que la fiesta es solo para magos de raza pura y no
admite muggles ni mestizos, si está claro que ningún muggle o mestizo en su sano juicio querría ir a
esa MIERDA de fiesta.
Y la primera y fundamental.
- Qué razón podría tener alguien como Remus Lupin para no escribirle.
Sospecha que las dos últimas están relacionadas. Quedan seis horas para la fiesta. ―El profeta‖ de
esa mañana lo anuncia en portada y le dedica toda su sección de Sociedad. Sirius tiene el impulso
de bajar a las calderas para quemarlo. No se le da bien resistir sus impulsos, así que baja.
No está solo. Hay una sombra de medio metro en el fondo del sótano, con un montón de papeles en
la mano, solo frente a la caldera, lanzando algo al interior de las llamas.
- ¿Kreacher?
El elfo se da la vuelta rápidamente. Sobresaltado. Lo que sea que tuviera en la mano, lo oculta
rápidamente, echando los brazos atrás.
El elfo parece asustado. Sus enormes ojos miran a todos lados, buscando una salida.
- Cosas, amo Sirius. Cosas sin importancia con las que Kreacher no desea molestarle.
- Enséñame eso.
El elfo se resiste con palabras complacientes. No quiere molestarle, son cosas de Kreacher, tontería
sin importancia, papeles viejos. La señora le ha pedido que los queme y el elfo quiere obedecer.
Quiere obedecer y marcharse, tirarlo todo al fuego y salir corriendo. Pero Sirius insiste y cuando
Kreacher se resiste, el amo le agarra de la solapa del raído traje beige y le acerca peligrosamente al
fuego, hasta que siente el calor tan cerca que empieza a notar que se le chamuscan las orejas. Sirius
le amenaza con una voz que lucha por no gritar y en su mirada, el elfo distingue el mismo poder
enfurecido de la señora Black.
- Si no me enseñas esas cartas, enano, vas a quemarte con ellas. Así que piensa si tu lealtad a mi
madre te basta para alimentar ese fuego.
Le acerca más a las llamas. Kreacher grita, suplica, aprieta los papeles en la mano. Tiene los ojos
fuera de sus órbitas, tiembla, trata de zafarse de la garra implacable de Sirius y es inútil.
- Puede que no sea el amo que te gustaría, elfo, pero todavía estoy por encima de ti.
-Sí, amo- asiente Kreacher, al borde las lágrimas, asintiendo compulsivamente con la cabeza. – Sí,
amo, por favor, amo, no dejes que nos quememos, buen amo, por favor.
Le aparta del fuego con brusquedad y Kreacher aterriza en un rincón del sótano, dando un cabezazo
que partiría la cabeza de un ser más frágil. Los pergaminos salen disparados en todas direcciones
pero la mayoría ya están quemados y cuando Sirius se agacha para cogerlos apenas se distingue la
caligrafía sutil y esmerada de Remus Lupin.
Hay un fuego en Sirius mucho más peligroso que cualquier hoguera. Kreacher teme quemarse.
- Me lo ordenó su madre, señor. Nada de cartas del harapiento, amo. Eso dijo.
- ¿Cuántas?
- Muchas, señor Sirius. Casi una por cada día desde que llegó del colegio.
Sirius sale tan rápido de ese sótano que provoca una ráfaga de aire lo bastante intensa como para
que las llamas se muevan y tiemblen. Es la ira desatada de los Black. Capaz de desafiar a los
elementos y a las fuerzas del fuego y la tierra.
Tanto odio. Tanta ira. Sirius arde y todas las emociones que le atormentan son de un blanco puro,
de una tortura exquisita. Llega al despacho de su padre levitando, sin tocar el suelo, arrastrado por
el odio. Lleva los restos de sus pergaminos en las manos y no puede creerlo. Que alguien haya
quemado las palabras de Remus. Que alguien se haya atrevido. No se le ocurre un pecado mayor.
Entra sin llamar. Desafiando otra de las reglas de un hogar que ya no soporta.
Están dentro los dos. Su padre probándose el traje para esa noche, rodeado de elfos y con su sastre
favorito arrodillado a sus pies para que la túnica quede a la altura perfecta. Su madre observando,
revisando, juzgando. En cuanto la ve sabe que es inútil. Regalarles su enfado no es más que una
pérdida de tiempo.
Pólux Black levanta la mirada de su túnica. Y repite esa frase, esas palabras odiosas que Sirius lleva
grabadas a fuego.
En labios de su madre hay una mueca siniestra que podría ser una sonrisa.
- Mientras estés entre estas paredes, tendrás que vivir bajo nuestras reglas.
Han quemado las cartas de Remus. Todas esas palabras que le ha escrito arden para siempre,
destruidas y consumidas bajo el fuego de una caldera que alimenta las cocinas del hogar de los
Black, para dar de comer a doscientos invitados que se creen la aristocracia del mundo mágico, el
regalo de Merlín a los hombres. Superiores a todo, mejores que los mestizos, invencibles.
- Sí, padre.
No les dice más. Para qué. No hace falta. Ellos tienen razón. Es su casa. Son sus reglas. Nunca va a
cambiar a los Black. No tiene sentido intentarlo. No tiene ningún sentido. Es su momento de
revelación, todo está claro y Sirius siente paz, de repente. Sube a su habitación para vestirse y
escribe una lechuza breve para James.
“Cornamenta:
Necesito que le mandes a Remus el sobre que hay en esta carta. No puedo enviárselo directamente.
Mis padres están requisando su correo, así que imagino que a él tampoco le llega el mío.
Canuto”
Después de escribir esa primera nota, coge un pergamino en blanco y escribe una carta más larga
para Remus. No es fácil y tarda tiempo en elegir las palabras. Cuando termina, cierra el sobre sin
tiempo para releer. Hay una fiesta en el primer piso y un Black siempre se viste para la ocasión.
Saca toda su ropa del armario y la contempla durante un buen rato. Sopesa, decide y finalmente,
actúa.
Vino de miel. Fresas de chocolate blanco. Cerdo en salsa de oriente. Pavos rellenos de fruta
escarchada. Hay tantos y tan variados manjares en casa de los Black que nadie, ni siquiera los
periodistas especializados en gastronomía que ha enviado ―Corazón de bruja‖ para el evento,
consigue recordar un banquete semejante. Los manteles están bordados con hilo de oro. Las cortinas
de terciopelo tejidas por hadas chinas. El segundo piso ha sido mágicamente eliminado para la
ocasión y las lámparas hechas con cristal y lágrimas de ninfas acuáticas cuelgan de asideros
invisibles para iluminar con todo su esplendor el noble y ancestral hogar de los Black. Bellatrix y
Pólux reciben personalmente a los ilustres invitados. Magos y embajadores, brujas y ministros de
todo el mundo.
Bellatrix huele a un perfume que han elaborado especialmente para ella y ha hecho traer desde las
profundidades de la Atlántida. Reina en el salón como una presencia magnética y todos se pelean
por un minuto de su atención. Ni siquiera el hecho de que Sirius haya elegido ofenderla poniéndose
unos raídos pantalones muggle de tela vaquera consigue enfadarla. Después de todo, incluso el hijo
pródigo, esa noche parece capaz de demostrar de dónde viene y se acerca a un grupo de mujeres que
saludan a Bellatrix para incorporarse a la conversación.
Lady Lorena Longfellows es la primera en saludarle. Sirius lleva en la mano una copa de extracto
de amapolas con ron de azúcar y en la cara, una sonrisa que parece llena de adulación.
- Cuántos años desde que no te veía, Sirius. – Lady Longfellows deja que Sirius le bese la mano,
saboreando ese momento en que recibe toda su atención. Es igual que su padre a su edad. - Tienes
un hijo tan apuesto, Bellatrix.
- Bueno, tengo los ojos un poco juntos- dice Sirius. - Es porque papá y mamá son primos.
Bellatrix se hiela en ese mismo instante. Sirius sigue sonriendo, como si no tuviera ninguna
intención más que pasarlo bien.
- Así es. No sé si sabrás que este año han ganado la Copa de las Casas, por sexta vez consecutiva.
Sirius jamás pierde al quidditch.
Bellatrix odia la noción de que sangre de su sangre pueda estar en Gryffindor pero lo perdona
siempre que Gryffindor gane. Porque si hay algo que odia más que el mestizaje, es a los perdedores.
Sirius lo sabe. Lo ha sabido siempre. Por eso, cuando le habla a la señora Longfellow procura no
perder de vista a su madre, por el rabillo del ojo.
- El mérito no es mío, la verdad. Sino de ese paquete llorica que tienen en Slytherin este año como
buscador. ¿Cómo se llama? – Finge que lo recuerda de repente. - Ah, sí, Longfellow.
- ¿En serio? Nunca lo hubiera adivinado, así vestida jamás hubiera dicho que era una puta.
- En los partidos, le gritan a su hijo ―perdedor hijo de puta‖, supongo que va por usted.
Hambre canina
La luna está menguando. Remus no necesita mirar por la ventana para saberlo. Conoce de memoria
los ciclos lunares y aunque los olvidara, no importaría demasiado porque la luna le transforma todos
los días y no solamente una noche al mes. Cuando está llena, le destroza. Pero cuando mengua o
crece, crea en él cambios sutiles. Remus la lleva dentro y por eso puede notarla, incluso sentado en
uno de los sillones de la Habitación Común, mirando la chimenea vacía.
Está pensando. Se pregunta si tenemos una opción para elegir de quién nos enamoramos. Si ocurre
en un momento o constantemente. Si decidimos de quién o podemos hacer algo para evitarlo.
Intenta rebobinar en el tiempo. Recordar el momento en que su corazón le murmuró ―Sirius‖ y todo
quedó sellado.
Puede que fuera aquel día, después de las fiestas de navidad. En tercer curso, casi a punto de
cumplir catorce años. Sirius se le acercó en la biblioteca y le habló por primera vez de los
animagos. Una idea de Peter, para poder acompañarle en las noches de luna llena.
- ¿Habéis perdido el juicio? ¡Eso es ilegal!- Remus chilló susurrando. - ¡Tienes que pedir un
permiso!
Remus se quedó un instante sin aliento. Dijo “no” y se fijó en que Sirius estaba empezando a tener
una sombra de barba en la línea de la mandíbula.
Intentó protestar.
- Pero si os cogen…
Fue inútil.
- No sé, pero si tú – Sirius le señaló con el dedo, como si todavía no diera crédito- has conseguido
convertirte en un jodido lobo, yo tengo que ser algo más grande.
El corazón de Remus empezó a latir tan deprisa que le dolía en el pecho, como si volviera el lobo.
Recuerda que quiso abrazar a Sirius en ese momento y no soltarle nunca y meterle los dedos en el
pelo y probar a qué sabía su lengua. No hizo nada de eso. Pero no pudo evitar una sonrisa
repentina que hizo que la mirada de Sirius chisporroteara de complicidad.
Les interrumpieron en ese momento. Remus todavía oye los pasos en aquella biblioteca y ve la cara
de un alumno de primero preguntando por la Sección de Plantas Carnívoras, Aves Vegetarianas y
Mamíferos Alados. Recuerda la cara de Sirius cuando le dijo a aquel alumno anónimo que no les
interrumpiera con palabras secas que sonaron como un ladrido.
Entonces lo supo.
- Creo que deberías probar a transformarte en perro.
- ¿Un perro? – se lo pienso despacio. - Podría valer – aventuró Sirius. - Un perro podría ser
bastante guay.
En la Habitación Común de Gryffindor, cuando lo recuerda, Remus todavía sonríe y vuelve a sentir
el mismo vértigo en la boca del estómago, la misma sensación de que el cielo se expande y todo
desaparece excepto Sirius. Durante un segundo. Después las estrellas colapsan y chocan y ese
vértigo se convierte en una explosión atómica que envía su amor a los puntos más remotos del
universo.
- Pero si fuera un perro – quiso aclarar Sirius- tendría que ser grande.
- Los perros son los únicos que se enfrentan al ganado cuando atacan los lobos. Son más grandes
y más peligrosos, sin duda. Mucho mejor un perro que un lobo.
Recorrieron los largos pasillos de la biblioteca. Uno junto al otro, susurrando para que nadie les
robara sus secretos.
- ¿Ah, no?
En aquel momento Remus hubiera jurado que aquello en la mirada de Sirius no era solamente
amistad pero desapareció tan de repente que no tuvo tiempo de averiguarlo. Tenía casi catorce años
y puede que entonces ya estuviera enamorado pero no fue entonces cuando lo supo.
¡Fiesta!
Sirius recorre el salón principal de Grimmauld Place número doce con su copa en la mano. Su
madre todavía trata de sembrar algo de paz donde él ha sembrado ira y por suerte, no tarda
demasiado en ver, entre la multitud, a la persona a la que estaba buscando.
Papá.
Charlando con un montón de amigos vestidos con túnicas de gala a cual más cara y más horrenda.
Jueces, altos funcionarios del Ministerio y el director del departamento de Educación en el
Ministerio de Magia. Hablan, como es habitual, de uno de sus temas recurrentes. Cómo conseguir
que alguien ―más capacitado‖ que Dumbledore dirija Hogwarts. Los argumentos en contra del
actual director ya los conoce. Demasiado sentimental, sin criterio, poco disciplinado, bla, bla, bla.
- Bueno- interrumpe- yo creo que Dumbledore tiene sus criterios y no es cierto que admita a
cualquiera. A su hijo, por ejemplo, no le admitieron este año, ¿no es así?
- Hubo – dice – una conspiración contra mi familia. Dumbledore trata desde hace años de minar mi
autoridad en el Ministerio.
- Ah, ¿era eso? Menos mal. Se rumoreaba que habían pillado a su hijo abusando de una de las
elfinas del colegio.
- De hecho, se rumorea también que ella no solo estaba ofendida, sino que no acabó muy satisfecha,
¿sabe? Al parecer fue todo muy rápido y casi no se enteró.
- Me porto bastante mejor que su hijo. Las elfinas de esta casa pueden dar fe de lo macho que soy.
Es algo que he heredado de papá. Me refiero a mi gusto por las elfinas, no a mi virilidad.
Mientras Pólux se disculpa y hace reverencias ante sus invitados argumentando que su hijo ha
debido beber algún veneno que provoca la locura, Sirius localiza a un grupo de chicos más o menos
de su edad, haciendo corro en torno a Régulus y escuchando sus historias sobre el colegio en
Francia.
- Ya sabéis, - dice Régulus- que los colegios franceses tienen mucho renombre.
- Perdona, Régulus. Te he molestado mientras hablabas de todo el sexo que has tenido en Francia.
- Pero, ¿todavía eres virgen? – finge estar escandalizado y les habla a sus amigos mientras
aprovecha para tirar la copa hacia la orquesta invisible y manchar la alfombra. – Mi hermano está
esperando a alguien lo bastante puro pero yo creo que es una excusa para ocultar el hecho de que
nadie le pondría los dedos encima a no ser que le pagaran. Por suerte, tienes dinero.
Parece que le cuesta estar en la misma habitación que Sirius. Soportar su presencia.
- No tienes de qué avergonzarte, hermano. Quien al putero de su padre se parece, honra merece.
Todos los amigos de Régulus les observan, midiendo el tiempo y el odio, para saber si en algún
momento tendrán que separarles y evitar que se maten.
- Perdonad a mi hermano – dice Sirius, lanzando palabras como escupitajos. - Era una mala semilla
y se ha estropeado todavía más por culpa de unas lamentables amistades. Una pandilla de
perdedores que no saben cuál su lugar y naturalmente, el mejor de todos, un mestizo pobretón que
no estaría en Hogwarts si no fuera por la caridad de Dumbledore.
- Sigue hablando de él, Régulus. Adelante. Dame una excusa para partirte la cara y manchar el suelo
con esa sangre tan pura que tienes.
- No es mi intención hablar mal de él, Sirius. Bastante tiene el pobre, después de la paliza que le
dieron a su novio. Esperemos que el siguiente desgraciado no tenga la misma suerte.
Parece una amenaza. Sirius se pregunta qué sabe y se descubre pensando que le da exactamente
igual lo que sepa. Él, su madre, su padre. Todos los que se sienten por encima de él puede que
tengan razón, pero cuando se sienten por encima de Remus, siempre están por debajo.
- ¿Por qué? ¿Quieres optar al puesto? Te advierto que a Remus no le va la zoofilia. No creo que
quiera acostarse con una babosa como tú.
Régulus no tiene tiempo de pensar en una réplica que esté a la altura. Bellatrix y Pólux han llegado
hasta ellos y Sirius sabe que lo que le espera.
El viento le da en la cara y la motocicleta despega del suelo para abrirse paso en la niebla, rumbo al
cielo, a casa, a ninguna parte. Rumbo a la luna, que asoma entre las nubes. Cada frase, casa palabra,
todo lo que ha pasado en Grimmauld Place le da vueltas y más vueltas, como si todavía siguiera allí,
en el despacho de su padre.
La voz de Pólux, metida dentro de la sangre, la oye sin parar, incluso ahora, a diez millas de ese
sitio que nunca ha sido su casa.
Atraviesa la espesa capa de niebla y bajo sus pies, observa Londres, a ambos lados del río. Luces,
caras desconocidas, su padre.
Su madre.
- Es evidente que estás pidiendo a gritos un castigo. Te dijimos que hay reglas en esta casa.
- Nunca lo ha sido.
No se ha llevado muchas cosas. Casi todo lo que le importa está muy lejos de Grimmauld Place
número doce y nada de ello tendrá nunca un lugar en esa casa. Después de ver quemadas las cartas
de Remus ya no le quedan dudas. Hay dos mundos y el único que le interesa no tiene que ver con
los Black.
Saliendo de casa, a punto de cruzar el umbral. El ruido de la fiesta al fondo. Y todo lo que oye es el
revuelo de la sangre. Y a Bellatrix, varita en mano, amenazante, frente a él. Pólux dice “deja que
se vaya” y ella parece dispuesta a enviarle una maldición. ¡Avada Kedavra! Y todo se acabaría allí
mismo. Parece capaz. Sirius piensa que sería lógico morir a manos de quien le hizo vivir. Tal vez
sea esa la última palabra que oiga de boca de su madre. Avada Kedavra. Una maldición mortal.
- Vete, pero recuerda que nos lleva en la sangre. Puedes correr todo lo que quieras y nunca huirás
de ello.
Ajada, seca, magnífica en su ira, Bellatrix parece medir veinte pies de alto. Le tiembla la mano que
sostiene la varita. Contiene tanta magia negra que podría estallar.
El portazo. A pesar del ruido del motor lo sigue escuchando. Acelera. Acelera todo cuanto puede.
Un perro que reniega de su raza. El combustible que le hace avanzar es su propia vida y no le
importa quemar tantos años como sean necesarios para alejarse de Londres.
―Morirás joven‖. Las últimas palabras que oye en boca de su madre sí son, después de todo, una
maldición mortal. Las suyas son la aceptación de su destino.
Sabe que ha hecho una elección cuyas consecuencias todavía desconoce. Si el precio es su vida
imagina que es mejor que no haber vivido. Milla tras milla, la noche le aleja de Londres y le acerca
a su destino.
James está tumbado sobre la cama cuando oye el ruido del motor que tan bien reconoce. Deja a un
lado el ejemplar de ―Romeo y Julieta‖ que le ha dado su padre argumentando que ―ninguna chica se
puede resistir‖ y agradece la interrupción a todos los dioses conocidos y a varios dioses
desconocidos porque todo eso de los Capuletos y los Montescos no acaba de darle ninguna pista
sobre cómo conseguir que Lily salga con él.
Tocan a la puerta justo cuando está llegando al umbral. No necesita mirar para saber quién es.
James intenta resistir el impulso pero cuando se pone sentimental el maldito Sirius puede con sus
defensas masculinas y no le queda más remedio que abrazarle.
Le abre la puerta para que pase. E insiste en que no tiene que dormir en el jardín. Pero Sirius es
inflexible. Quiere acampar y no se hable más.
Le deja solo en el jardín trasero, tumbado boca arriba, con esa expresión indescifrable que podría
ser calma o angustia. No sabe si marcharse a su habitación es abandonarle a su suerte.
- Gracias, tío.
Lo dice solemnemente.
- De nada, hermano.
La lechuza llega a Hogwarts a primera hora de la mañana. Entra en el comedor por una de las
ventanas del fondo y descarga el sobre justo frente al desayuno de Remus. Llega a nombre de James
y con su lechuza, por eso no la lee hasta un rato después, en su habitación, cuando se ha terminado
el desayuno. Nada más abrir el sobre, siente que le estallan artículos de broma de Zonko en el
pecho.
―Lunático‖- dice la letra de James- ―los Black han estado vigilando la correspondencia de Sirius, así
que me ha pedido que te envíe esto en su nombre. No sé más detalles‖.
Vigilando su correspondencia. Sus padres. Requisando sus cartas. Las cartas que recibía. Sus cartas.
Las que nunca ha contestado. Porque nunca las ha leído.
Cuando monté en el expreso de Hogwarts por primera vez, quería viajar solo. Conocía a algunos
alumnos. Mis hermanos mayores y otros niños que venían a casa. Hijos de otras familias de
Londres. Amigos de mis padres. No quería que ninguno se sentara conmigo, así que llené el
compartimiento de maletas. Me hubiera hecho pis allí mismo para que se alejaran. Nunca te he
contado por qué te dejé entrar a ti. A lo mejor nunca lo he sabido. Pero ahora lo sé.
Es porque pediste permiso. Porque estaba lloviendo y te habías mojado. Porque estornudaste.
Porque pensaste que no te dejaría sentarte. Porque quisiste marcharte. Es porque supe en ese
momento que si mi madre y mi padre y mis hermanos o los otros niños de Londres te vieran, te
despreciarían inmediatamente. Dejé que te sentarás en aquel vagón conmigo porque los Black no
te hubieran dejado y supongo que no fui mejor que ninguno de ellos, en aquel momento. Me eras
útil para rebelarme. Y por eso dejé que te sentaras.
No estoy orgulloso pero me alegro de haberlo hecho. Me alegro de haber rezado durante horas y
horas aquellos días anteriores al inicio de curso para que el sombrero dijera “Gryffindor”. Aunque
lo hice por el mismo motivo. Para disgustar a mi familia. Para demostrarme que yo no era uno de
ellos, sino todo lo contrario.
Pero hoy, igual que hace seis años, cuando te veo entrar en una habitación y eliges sentarte
conmigo a pesar de lo que soy, qué coño, sabiendo lo que soy y que seguramente, nunca seré algo
mejor, siento lo mismo que en aquel vagón de tren o debajo de aquel sombrero que dijo Gryffindor.
Siento fe, Remus, en que hay algo dentro de mí que tal vez no sea tan bueno como tú, pero es mejor
que ellos. Si luchar contra lo que soy no es una batalla que vaya a ganar, puede que con tu ayuda
tampoco la vaya a perder.
Te dejaría entrar en ese vagón una y otra y otra vez. Sabiendo que no merezco que te sientes
conmigo. Esperando que una y otra vez, elijas hacerlo.
Pero soy un gilipollas con suerte. Porque también te llevo dentro a ti. Puede que eso me salve, ¿no
crees?
Mi familia ha quemado todas tus cartas antes de que las leyera. Cuando recibas esto, si James y
sus padres me dejan, estaré viviendo con los Potter. Así que a partir de ahora, nadie me robará tus
cartas. No sé qué me he perdido pero si me has estado contando que te estás tirando a Dumbledore,
no hace falta que me hagas ahora un resumen. Puedo vivir sin saberlo.
Canuto.
Ps: Aunque si me has hecho de menos, ya sabes, aunque solo fuera un poco, no te haría daño
contarlo, Lunático”
Cuando acaba de leer a Remus le tiembla la mirada y siente que es verano por primera vez en
semanas.
*
Árbol genealógico
Los Potter desayunan a lo grande. La señora Potter – Emily- prepara pan tostado y galletas de
jengibre con mantequilla de nueces. El señor Potter – Lester- hace café muggle, té de especias
chinas y leche con sabor a almendras dulces. Tienen zumo de arándanos, tarta de calabaza y bolitas
de chocolate con naranja. No es la primera vez que Sirius se sienta a su mesa pero siempre le parece
que comer con los Potter es como celebrar la mañana de Navidad.
- Da gusto tenerte en casa, cielo. James casi no come. ¿Has visto lo delgado que está?
- Mamá, ¿otra vez con eso? – Tuerce la cara. Entorna los ojos.
- Es el amor, Emily – dice Lester. -El muchacho engordará cuando se case. Es la ley de la vida.
A pesar de los bollos, del chocolate y de las tartas, lo que mejor sienta en casa de los Potter para
Sirius nunca ha sido la comida. Lo que le gusta es que la señora Potter le pregunte tres veces si
quiere algo más, que el señor Potter le dé una palmada en la espalda y le llame ―hijo‖. Que ambos,
señor y señora Potter, le dejen sentarse en su mesa y le permitan acampar en el jardín trasero y se
preocupen por el cariz que están tomando las cosas en Londres, con tantos prejuicios contra los
muggles en palabras del señor Potter. Siempre ha estado ahí dice la señora Potter pero algo está
haciendo que todo empeore.
Les explica que pensaba marcharse de casa al terminar el colegio. Que no va a abandonar Hogwarts,
que tiene unos ahorros en Gringotts y varios miembros de la familia con los que todavía puede
contar. Otros renegados como él, o como el tío Alphard, que siempre le prometió ayuda si algún día
se cansaba de su madre. Ya has vivido con Belcebú, caramba solía decir Alphard desde ahora todo
cambio solo puede ser una mejoría.
- ¿Y después del colegio, cielo? – La madre de James se sienta con ellos a la mesa, frente a un vaso
de café en el que la cucharita se agita sola.
Los Potter no saben quiénes son los Monty Pitón pero sonríen de todos modos. El señor Potter le da
esa palmadita reconfortante en la espalda y expresa su convencimiento de que todo le irá bien
porque siempre tendrá quién le ayude y porque no le falta talento.
- James nos ha contado muchas veces lo bien que se te dan las Artes Oscuras, hijo.
- Es un talento de familia, señor Potter- dice Sirius, sin levantar la mirada. Tratando de hacer una
broma o tal vez no.
El señor Potter vuelve a dar una palmada cariñosa en la espalda pero esta vez, apenas la siente. Al
otro lado de la mesa, James se afana en cambiar de conversación, intenta que corra el aire de nuevo
en la cocina de los Potter y la comida vuelva a resultar digerible. Habla del colegio, de las clases, de
lo primero que se le ocurre, de esa grasienta bola de pelo llamada Severus Snape.
- ¿Le conoces?
- A su padre, sí. Desde luego. Era jefe de sanadores en San Mungo. Tenía un talento singular para
las pociones. Conseguía curaciones que ningún otro sanador hubiera creído posibles. – Hay algo
sombrío, poco iluminado en su tono de voz. – De hecho, hubo una investigación del ministerio para
averiguar qué clase de artes usaba en sus tratamientos. Después enviudó, cayó en desgracia. Un
asunto poco claro, según recuerdo. Tuvo que dejar el hospital.
Sirius observa con detenimiento la expresión del señor Potter. Grave y casi, ¿asustado? Lejano,
gaseoso.
- Llamaría muchas cosas a Dóminus Snape pero idiota e inútil no figuran entre ellas, James. No me
gustaría saber qué ha tenido que aprender ese hijo suyo para sobrevivir en una casa así.
Dominus Snape
La historia que Lester Augustus Potter les cuenta a James y a Sirius esa mañana de domingo en
Oxfordshire es, no cabe duda, la historia de Dóminus Snape. Al menos, parte de ella. Es lo que
Severus llamaría la versión autorizada para menores si alguien le preguntara.
Con ella.
Severus cree que las personas deberían mudar de piel, como las serpientes y que el verano no
debería durar tantas semanas. Recuerda los días en los que su padre salía de casa e iba a trabajar al
hospital. Cuando volvía le contaba las historias de sus sanaciones y los relatos increíbles de sus
pacientes. Si alguien escuchara, Severus tendría muchas historias que contar. No tiene nadie desde
luego, ni un solo amigo a quien poder traer a casa.
En realidad, se alegra por ello. Si los tuviera, tendría que enseñarles todas las habitaciones y
presentarles a su padre y llevarles al sótano y allí, decirles ―éste es mi padre, Dominus Snape, el
mejor sanador de la historia‖ y ellos le sonreirían y le darían la mano. Y entonces su padre con esa
mirada falta de nitidez, enrojecida por el sueño y una sonrisa tambaleante, enfermiza, diría ―¿no les
presentas a tu madre, Severus?‖ y se haría a un lado y dejaría que sus amigos la vieran.
Una masa casi irreconocible. Los pulmones latiendo bajo una piel sin grasa, el corazón al alcance de
una mano, las cuencas sin ojos, las piernas sin piel y la boca entreabierta, como si siguiera gritando,
entre la vida y la muerte.
―Esta es mi madre‖ diría entonces Severus. ―Tuvo un accidente pero papá consiguió traerla de
vuelta. Papá‖ añadiría Severus, ―es el mejor sanador de la historia‖.
Les podría contar toda la historia, no solo el resumen oficial, el autorizado para menores. Que la
despertó de entre los muertos con sus pociones, que le echaron del hospital, que los funcionarios del
Ministerio aparecieron en casa para llevársela, que hubo gritos y una pelea de varitas y maldiciones,
que aquel hombre que entró en casa gritaba ―¡antinatural!‖ y su padre se rebelaba y luchaba y no
permitió que se la llevaran. La cuida día y noche, noche y día, como si todavía fuera humana. En
ocasiones especiales la viste con su antigua ropa y la sienta a la mesa y si Severus trata de esquivar
la mirada para no verle las venas ni pústulas, su padre le recrimina, da un golpe en la mesa y le
habla del amor.
- Sí, padre.
Severus piensa que el amor es a veces como la magia negra pero su padre no cree en la magia
negra, así que Severus no dice nada.
- Sí, padre.
Se imagina qué cara pondrían sus amigos si vieran a su madre y solo con imaginarse el asco, el
profundo horror se alegra de no tener amigos. Las serpientes le hacen compañía. Unos animales
asombrosos, capaces de mudar de piel cuando la vieja no les vale.
De noche, antes de acostarse, Severus baja al sótano para darle las buenas noches a su padre.
Dominus siempre tiene la mirada perdida y una voz que resuena con eco, como si proviniera de un
cuerpo muy lejano y vacío.
Se acerca a esa pulpa informe que una vez fue su madre. La besa con labios secos, conteniendo las
ganas de salir corriendo. Su padre la mira perdido, loco de amor. Severus contiene una arcada y el
deseo de abrazarla.
Ella no le mira pero de vez en cuando mueve la boca como un pez que busca oxígeno fuera del
agua. A Severus le parece que quiere decir algo pero tampoco a ella la escuchan.
Remus tiene una caligrafía correcta que se inclina muy ligeramente hacia la derecha, que se eleva
con estudiada delicadeza en las tes y las eles y baja suavemente en las ges y las jotas. Cuando cae la
noche y James se retira a su habitación, Sirius lee su carta en la intimidad que le da la tienda de
campaña que ha instalado en el jardín de los Potter.
“Ahora que no estás en Hogwarts nadie murmura en sueños y se pone a gritar ¡PAUL HA
MUERTO! a las tres de la mañana solo para ver cómo Peter se despierta gritando por el susto. No
tengo que oír tus constantes protestas cuando James intenta levantarte a tiempo para las clases.
Paso días enteros sin que nadie me llame flojucho empollón y me sorprende tener conversaciones
con Dumbledore porque no dice “joder” después de cada frase. Nadie canta en las duchas
comunes y si subo a la habitación después de comer, no tropiezo con tus botas, ni te oigo roncar
mientras te echas la siesta en mi cama, solo porque la tuya está demasiado desordenada.
Me preguntas si te echo de menos y ésa es tu respuesta.
Que me aburro, Canuto. Que Hogwarts en verano no es más que un enorme castillo vacío. La
respuesta es que te echo de menos con más fuerza de la que creía tener. Echo de menos todo lo que
hacíamos, incluso las cosas que me irritaban. Todo, Canuto. Echo de menos incluso lo que nunca
hemos llegado a hacer.
Las últimas palabras hacen que a Sirius la tienda de campaña se le quede pequeña. Algo asfixiante.
Remus ha firmado como ―Lunático‖ y justo antes ha escrito ―tuyo‖. No está seguro de si es una
forma de hablar o ha medido también esa despedida, como lo mide siempre todo. No sabe si es
realmente suyo y si puede pedirle que le cuente, con detalle, qué es exactamente lo que nunca han
hecho que tanto echa de menos.
No sabe nada pero escribe, guiado por el impulso, como lo hace casi todo.
Accio pruebas!
La lechuza de James atraviesa Inglaterra y llega a Escocia un día después. Deja la carta en
Hogwarts y cuando llega la hora de acostarse, Remus se recuesta en la cama. Deja a un lado la
montaña de libros –los que está releyendo, los que están pendientes de leer, los que está
terminando- y se concentra en el pergamino de Sirius, tratando de leer despacio para no acabar
demasiado deprisa. Cuesta trabajo.
―Lunático:
Potter Junior y yo nos vamos a Londres el fin de semana. Examen de Aparición el viernes y la final
de quidditch el sábado. Hay un sitio en el Callejón Diagon para verlo. Tienen bolas de cristal
enormes y será una oportunidad mítica de ver cómo Inglaterra vuelve a perder ante Pakistán. De
nuevo. Habrá alcohol, habrá drogas y me he prometido a mí mismo hacerme un tatuaje e intentar
que alguna prostituta barbuda desvirgue al pobre James. ¿No crees que Lily lo encontraría mucho
más irresistible si descubre que se ha tatuado “Dios Salve a la Reina” en el culo? No contestes,
ambos sabemos que sí. Yo conozco a las mujeres y a ti te encantan los culos.
Eso dicen.
Estaba pensando en esa cara de niño bueno que tienes, Lupin. Haces tus deberes y no hay faltas de
ortografía en tus pergaminos y Dumbledore te dará una medalla un día de estos. Pero los niños
buenos se portan bien y no está bien, no está nada bien decirle a un tío que vive en una jodida
tienda de campaña que le echas de menos todo el tiempo y que añoras cosas que no has hecho con
él. Ha habido tías a las que les han llamado calienta pollas por menos que eso. Así que si quieres
que te crea, si realmente quieres que te crea cuando afirmas echarme de menos, dame detalles y a
lo mejor tus deseos se cumplen cuando empiece el curso. Ya he visto al niño bueno. Pero dijiste que
había un lobo debajo. Demuéstralo.
Canuto
Ps: Qué cojones. Alguien te lo tiene que decir. Eres un calienta pollas, Lupin”.
Conoce de memoria la caligrafía excesiva de Sirius. Se inclina hacia la izquierda, baja y sube por
impulsos. Las eles parecen a punto de estallar, como si estuvieran infladas y las ges caen en
pendientes imposibles, fuertes y llenas de carácter. Puede que sea por esa energía salvaje que
desprende su letra por lo que Remus se siente mareado cuando lee.
Demuéstralo.
Toda su vida, desde los cinco años, Remus ha guardado a la bestia bajo siete llaves. Haría cualquier
cosa por Sirius y lo único que él le pide es que deje suelto al animal interior. No sabe si puede darle
eso. No sabe si es consciente de lo que le está pidiendo. Si Sirius comprende hasta que punto le
hierve la sangre y se le funden los huesos solo con pensarlo.
Balancea la pluma entre los dedos. Pesa más de lo normal. Apoya el pergamino sobre las rodillas
flexionadas. Es ligero, ingrávido. Pero cuando empieza a escribir, una decisión que no tiene vuelta
atrás pasa de la pluma a la tinta y de la tinta al pergamino, que se llena de peso hasta que se le
duermen las rodillas.
Qué rayos, puede que abrirle su corazón a Sirius sea un acto de valor pero Remus Lupin es un
Gryffindor y hará honor a su casa aunque sea temblando.
(…)
Supervivientes
En verano, Hogsmeade se llena de turistas. Magos y brujas, hechiceros y curiosos del mundo
entero que vienen de viaje al Reino Unido, aprovechando las tarifas especiales para escobas
colectivas que se han puesto de moda. Frente a Honeydukes, un grupo de mujeres americanas que
obviamente acaban de comprar demasiados souvenirs le piden que les saque una foto. Algunas
llevan sombreros en forma de tazas de té y el resto, camisetas con textos ante los cuales, Remus
tiene que contenerse para no poner los ojos en blanco. ―Estuve en el Callejón Diagon y todo lo que
pesqué fue un resfriado‖. ―Londres me hechiza‖. Una lleva la cara de Mick Jagger sacando la
lengua y dos palabras debajo ―flema inglesa‖. Otra dice ―¡accio sexo!‖. Cuando les devuelve la
cámara, le dan las gracias y les indica cómo llegar hasta Honeydukes. Aunque sinceramente, no
cree que les haga ninguna falta el subidón de azúcar.
Los estantes están llenos de tarros y bolsitas. Al fondo, hay un estante con pociones ya preparadas.
Veritaserum, multijugo, filtros de amor, de fidelidad, para atraer la buena fortuna o alejar a los
malos espíritus.
Remus se sobresalta. A sus espaldas, la dueña de la tienda, una mujer de largas pestañas moradas y
pelo rizado y verde que llega hasta la cintura, le mira con interés. Tiene las uñas de una mano largas
y en la otra, un guante que le llega casi hasta los hombros. La ha visto alguna vez en ―Las tres
escobas‖ y sabe que se llama Laurea, como su tienda.
- Vengo a por un recado para el director Dumbledore.
Le enseña la lista de cosas que el profesor ha preparado para él y la bruja las mira con atención. Un
movimiento rápido de la mano que lleva el guante y de rincones opuestos de la tienda, aparecen
frascos y botellas que se juntan inmediatamente junto a ella, levitando a tres pies del suelo.
- No, gracias.
Chasquea los dedos y el pedido se empaqueta solo, en una ráfaga de segundo. Aterriza suavemente
a los pies de Remus.
Había oído que tenía el poder de la Adivinación. Pero Remus nunca ha sido demasiado creyente
para esas cosas. La Adivinación le ha parecido siempre un cuento para embaucar a los muggles y
sacarles el dinero.
- Porque sé cosas. Y porque todo el pueblo comenta que un alumno se ha quedado en Hogwarts
este verano. Las noticias vuelan. – Extiende la mano. - Me llamo Laurea.
Cuando Remus aprieta esa mano tan suave siente una especie de cosquilleo en los dedos de los
pies. Querría marcharse ya, no tiene motivos para quedarse pero en la tienda huele a salmuera y pan
de cruces para alejar a los vampiros y por algún motivo le cuesta marcharse de ese calor tan
aromático.
- ¿Seguro que no quieres nada? – insiste la bruja de largas e hipnóticas pestañas moradas. – Tengo
una poción que se vende mucho en verano. Te hará irresistible para quien tú quieras.
- No, gracias. Puedo vivir siendo perfectamente resistible. Estoy acostumbrado.
- Pociones que menguan la voluntad ajena. Infusiones para soñar con lo que deseamos durante tres
noches y tres días. Y un filtro especial de la casa para conseguir que nuestro amante haga lo que le
pidamos. – Laurea baja el tono de voz y añade, con envolvente misterio y entrecerrando las
pestañas, - cualquier cosa que le pidamos. Especial para amantes fríos y con inhibiciones. Y está de
oferta- añade. - Dos por uno.
Para empezar, Remus cree que vender cosas así es poco ético y seguramente ilegal. Y en segundo
lugar, todavía recuerda la lengua de Sirius en su cuerpo y la fuerza con la que le retenía contra la
pared. ¿Para amantes fríos y con inhibiciones?
- Afortunado en el amor, desafortunado en el juego. ¿Te interesa una poción para mejorar tus
habilidades en el quidditch?
Da un par de pasos en dirección a la puerta. Fuera sigue viendo el estrépito de la multitud y los
grupos de turistas. Quiere salir cuanto antes de la tienda pero no puede porque le detiene una mano
femenina y fuerte, que le hace darse la vuelta. Los ojos anaranjados de la adivina le están mirando
fijamente y no puede desviar la mirada. Antes de que se dé cuenta, Laurea ha cogido su mano
izquierda y recorre con las yemas de los dedos las líneas de su palma. Quiere protestar, marcharse,
decirle que no cree en la adivinación y que, aunque creyera, no está dispuesto a gastarse un solo
sickle en esa tienda. Pero la bruja ha debido llenar la tienda de perfumes para facilitar las ventas y
relajar la voluntad de los que entran porque no puede moverse.
Se deja tocar la mano. Siente que le toca bajo la piel, con dedos demasiados suaves.
- Todo está escrito- dice la adivina. - ¿Qué quieres saber?
- ¿Por qué?
Si la suya es una historia triste, mejor andar el camino a ciegas. ¿Y qué otra clase de historia podría
ser? Su vida no es una tragedia, de eso está seguro. De serlo, no habría dado con Hogwarts. Pero
sospecha que puede ser un lamento y no quiere conocer el final. La adivina parece entenderlo.
Estudia un segundo más su mano, asiente ligeramente y le cierra los dedos, con elegancia.
- Sobrevivirás.
Se marcha de la tienda con paso ligero. Fuera, vuelve a tropezar con el mismo grupo de turistas que
un rato antes le pedían una foto. Querría parecer tan despreocupado como ellas y sacudirse de
encima esa intensa sensación de angustia que le ha sobrevenido. De pronto y sin que pueda hacer
nada para quitársela de encima.
A todo.
(…)
Súcubo es el único local mágico en Londres que no se encuentra situado en el callejón Diagon, sino
tres calles más abajo, cerca de la estación de Victoria, en el corazón de la ciudad muggle. Tiene la
apariencia de una mercería abandonada y el hechizo que la mantiene a salvo de las miradas no-
mágicas es un sencillo ―¡costura suma!‖ que James y Sirius dicen al mismo tiempo para que la
pared que está detrás del mostrador les absorba hacia el interior y les haga aparecer en un pub
abarrotado de gente como no han visto otro. Son las mundiales de quidditch. Pakistán contra
Inglaterra. Y en el único local de Londres que por solo cuatro galeones ofrece cena, dos pintas y
bolas de cristal para ver el partido en directo, no cabe un alfiler. Los camareros han distribuido las
mesas en todos los rincones disponibles y por un añadido de cincuenta sickles, se puede conseguir
un asiento levitador a cuatro metros del suelo, para aprovechar el espacio. Avanzan a codazos hasta
la barra y James reconoce, en una de las mesas del fondo a Arthur ―Excalibur‖ Rogers, uno de los
bateadores de los Canons durante el famoso Trienio de Oro (desde el 68 hasta el 70).
Le asalta una especie de estallido de emoción y se pregunta si sería patético acercarse a la mesa y
chocar con él solo para poder decir que ha tocado a alguien que podía mandar las bludgers desde
Bath hasta Belfast con un solo golpe. Decide que sí, que sería patético. Mejor esperar a que se vaya
al servicio y seguirle para poder decir que ha meado junto a una leyenda.
Sirius pide las bebidas y los vasos voladores no dan abasto. Las camareras cobran y reservan las
mesas y una de ellas, lógicamente, le guiña un ojo a Sirius, pone el escote sobre el mostrador y le
pregunta si van a quedarse mucho tiempo en la ciudad.
Con las jarras en la mano, Sirius se dirige hacia la mesa a la que les conduce y James tarda un buen
rato en darse cuenta de que acaba de ser testigo de un acontecimiento histórico.
- Una chica, James. Es como un chico pero no puede mear de pie. ¿Tanto tiempo pasas con Peter
que no reconoces una chica?
- ¡Has pasado de ella!- Es mítico, es histórico, es colosal. Es la primera vez que ocurre. - ¡Estaba
ligando contigo y has pasado de ella!
Todo lo que Sirius, todo lo que Sirius Black, el terror de las chicas de Hogwarts, contesta a eso es
―he venido a ver el quidditch contigo‖. Como si fuera una explicación, como si fuera normal, como
si alguna vez ALGO se hubiera interpuesto entre él y la más remota posibilidad de estar con una
mujer.
- Tío, estás cambiando- dice James, boquiabierto. – No, mucho peor. ¡Estás madurando!
Elige la palabra ―madurar‖ deliberadamente para cabrearle. Después de todo, fue Sirius el que le
dijo en segundo curso que todas las personas mayores se vuelven profesores, padres o como
Severus Snape y le hizo prometer que nunca se haría mayor, bajo pena de muerte y tortura. En ese
orden. Sirius, efectivamente, se cabrea.
- ¡Eh! No vuelvas a repetirlo o meteré tu escoba en poción reductora y volarás en un mondadientes,
Potter.
Los jugadores de Pakistán salen al campo y mientras suena el himno nacional, Sirius ataca a la cena
y se bebe su cerveza. James no toca su plato. Todavía lo está asimilando. Tiene que haber una
explicación. De hecho, si James lo piensa detenidamente, solo se le ocurre UNA explicación.
No puede ser.
Pero hay algo, James lo nota por primera vez, algo en su mejor amigo, en su hermano del alma, que
parece distinto. Desde que se marchó de casa, o desde antes, Sirius bromea igual y se enfada y le
hace rabiar y promete gasolina y dinamita pero el enfado, la ira, algo de todo eso que siempre le ha
perseguido se ha suavizado. James siente que le acaba de golpear algo en la cabeza. ¿Cómo no me
he dado cuenta antes?
Sirius levanta la cabeza inmediatamente de la cerveza. Aparenta que jamás ha oído algo tan
ridículo.
- Por favor.
Y su ―por favor‖, su exagerada mueca de ofendida dignidad es tan exagerada, tan poco creíble, tan
poco convincente que James tiene en ese momento y en ese lugar una revelación.
- Por el mismísimo Merlín, - musita- Sirius Ulises Black, ¡tú estás enamorado!
Lo dice en voz bastante alta como para que pueda enterarse todo el bar y como consecuencia de la
impresión, Sirius, que en ese momento intentaba darle un trago a su jarra, escupe la cerveza hasta su
lado de la mesa.
- ¡¡¡¡RETIRA ESO!!!!
(…)
Una hazaña. Un triunfo sin precedentes. Un hecho histórico. Primera derrota de Pakistán en una
final en cincuenta años. Primera victoria de Inglaterra en dos décadas. Mítico. Mágico.
Cinco, seis de la mañana. El alba ya se huele en el aire. Pakistán 350, Inglaterra 370. James y Sirius
vuelven a casa en moto. Tan borrachos como lo merece la ocasión. Sobrevuelan en moto algún
punto de Oxfordshire pero la niebla es tan espesa que Sirius se ve obligado a bajar hasta tierra
firme. Una vez abajo, James aprovecha para pedirle a gritos que pare y hacen un alto en el camino.
- Genial- afirma y se agacha en una convulsión violenta para vomitar en un recodo del camino, en
algún punto de Inglaterra.
- Cojonudo.
Sirius para la moto, espera a que termine la última arcada y James se haga un hechizo limpiador. El
pobre vuelve a la moto haciendo eses, pálido y ojeroso. Sirius se siente tan borracho como él pero
incapaz de vomitar.
- ¿Mejor, Potter?
Asiente. No parece que esté mucho mejor. Sirius le ayuda a apoyarse en la moto.
- Solo para que quede constancia, Cuernos, – Puede que sea la borrachera pero Sirius está pensando
que haría cualquier cosa por James Potter, a pesar de que beber con él siempre acaba de la peor
manera posible, – retiro lo que dije sobre echarte una maldición prohibida si vuelves a mencionar la
palabra ―enamorarse‖. Y quiero que sepas que te quiero.
- Sí. Lo sé.
- De acuerdo.
- Y quería que supieras que no quiero acostarme contigo. Lo he estado pensando y no quiero.
James levanta la cabeza con cierto esfuerzo. Parece que le pesa y le cuesta mantener el equilibrio.
- ¿Qué?
- Pero no te lo tomes a mal. Realmente te quiero. Y no creo que seas feo. No es por eso para nada.
Pero no te quiero de esa manera, ya sabes.
- Excelente.
- Qué.
- Que me he perdido.
(…)
Mordido
Es quince de mayo de 1973 y Remus Lupin cumple esa mañana quince años. Cuando despierta en
La Casa de los Gritos, de nuevo con su forma humana, no sabe lo que dará de sí el día, no sabe que
en el futuro, cuando alguien le pregunte si recuerda exactamente la fecha en la que se enamoró,
podrá decir, sin dudarlo un segundo, ―quince de mayo de 1973‖.
Atraviesa el pasillo estrecho que lleva a Hogwarts cojeando ligeramente, con un tobillo torcido. En
la habitación común las cortinas están echadas. Es temprano y la mañana, de un gris plomizo.
Parece que todavía no se ha hecho de día y a Remus le duele cada parte del cuerpo, incluso las que
se han desvanecido con el lobo. Le duelen los brazos y también las garras que ya no tiene, le duele
el pecho y el hocico que ha desaparecido. Todavía tiene los músculos calientes por el esfuerzo, le
crujen los huesos y la sangre reseca bajo las uñas coincide con las marcas que se ha hecho en el
pecho y en la cara. La verdad es que no sabe cómo ha conseguido ocultarles a sus amigos lo que era
durante tanto tiempo llegando con semejante aspecto todos los meses. Nota que tiene algo de fiebre
y un cansancio legendario. Se imagina que cualquiera que pudiera verle deduciría que es un
licántropo antes de dos segundos.
En la Habitación Común las primeras luces del alba de su décimo quinto cumpleaños iluminan a
Sirius, que ronca suavemente, con la cabeza apoyada en un libro.
- Ey, despierta.
Murmura un ―mmmm‖ como única respuesta. Ladea la cabeza. Abre un ojo. Parpadea.
El libro que tiene frente a él, sobre el que descansa todo su pelo, es un manual de Transformaciones
sacado de la Sección Prohibida. Que Remus recuerde, es la primera vez que Sirius trasnocha para
estudiar. Se frota los ojos con fuerza, bosteza con la boca totalmente abierta, estirando los brazos de
par en par. Hay algo en él definitivamente canino. Se rasca la cabeza. Le mira.
- Resaca de luna.
Remus está de pie. Sirius, sentado. Cuando le mira es de arriba abajo, como si adorara a un Dios
que está a punto de abandonarle.
- Pareces enfermo.
De hecho, está roto. Exhausto. Ardiendo. Y una parte de él siente ganas de llorar. Pero eso no lo
cuenta porque no quiere que Sirius se compadezca. Aurora solía decirle que tenía que ser un chico
fuerte y Remus le ha demostrado muchas veces que lo es.
Nunca le ha contado esas cosas a nadie. Cuando se las cuenta a Sirius no ve rechazo, ni asco. Sino
cierta curiosidad fascinada por el lobo y sus costumbres.
- ¿Duele?
El impulso de Remus es decir ―no”. No duele, no pasa nada, ya sé que soy un licántropo, puedo
vivir con ello, estoy acostumbrado, todo irá bien, no tienes que preocuparte, puedo cuidar de mí
mismo, soy un chico fuerte, mamá, estaré bien.
Es mentira. Es la misma mentira que lleva contándose desde los cinco años y está cansado.
- Sí -confiesa. - Duele.
Deja a un lado la silla y Sirius se pone en pie, murmurando ―ya‖. Frunce ligeramente el ceño.
Parece que medita sobre algún enigma ominoso. Extiende un brazo y le coloca la mano en el pecho.
A través de los botones medio abiertos de la camisa de Remus, se pueden ver las heridas más
recientes. Todavía están rojas y duelen. Dios, ya lo creo que duelen.
Normalmente diría ―no duele tanto, en serio, de verdad‖. Pero Sirius le está tocando y se le seca la
garganta, como de costumbre. La palma de su mano le calienta la piel justo sobre el corazón y
cuando dice ―lo siento, Remus‖ con ese ceño fruncido y un tono de voz más adulto del que le ha
oído nunca, lo último de una infancia solitaria se muere y Remus se siente desconocido, nuevo,
aterrado.
Se ahoga. El corazón de Remus choca contra un iceberg invisible y hace aguas. Sirius repite ―te lo
prometo‖ y Remus se está muriendo por la intensidad de algo que estaba ahí un minuto antes en
forma de lluvia pero ahora se ha convertido en una inundación. Le quiere. Dios mío, por dios,
Sirius, ayúdame. No sabe qué decirle. Le flaquean las rodillas. Se fija en el dibujo de los labios de
Sirius y en la forma de su barbilla y las tonalidades del gris en sus ojos y quiere llorar y reírse al
mismo tiempo. Hundir la cabeza en su pecho y volver a casa, besarle con la boca abierta. Le quiere.
Es insoportable, es como volver a casa, es terrorífico y está tan claro que ahora jamás podría
negarlo. Te quiero, Sirius Black. Ahora y para el resto de mis días, amén.
- Vamos a la cama.
Remus se queda ciego. Lo ve todo negro, luego todo blanco y luego solo a Sirius.
- Pareces hecho polvo y yo tengo sueño. Todavía no deben ser más de las seis, nos queda un rato.
Asiente. Accede. Dice ―vale, claro‖ y le acompaña escaleras arriba a la habitación en la que
duermen Peter y James. Está amaneciendo, es su cumpleaños y se siente tan fulminado por el amor
que no sabe si le duelen los ojos por la luna o por Sirius Black, que ha prometido no dejarle solo y
se ha acostado en la cama contigua, y ha puesto su vida patas arriba, marcándole con su amor,
como un perro marca su territorio.
Te quiero.
Solo dos palabras. Le provocan latidos salvajes del corazón y la mezcla de felicidad y pánico más
intensa que pueda imaginar. Le ha mordido un animal, de nuevo. Un perro, esta vez. Y ha vuelto a
marcar su destino.
(…)
Encuentran sitio, como siempre, en el primer vagón. El mismo que les trajo de vuelta a Londres, es
el que les lleva de camino al colegio. En los estrechos pasillos del expreso, saludan a viejos
conocidos y se burlan de los nuevos. Colocadas las maletas y las lechuzas en el compartimiento,
salen al andén, apurando los últimos segundos para que Sirius pueda acabarse el último cigarrillo.
Quedan tres minutos para que salga el tren y maldita sea, James no ha conseguido ver a Lily. Su
mente está empezando a preocuparse más rápido que él, elaborando teorías a cada cual más
paranoica. Está enferma, va a dejar los estudios, estudiará en un colegio muggle, se ha casado con
un cantante de rock melenudo, un hechizo la ha transformado en rana y la tienen en San Mungo.
Está embarazada de quintillizos.
Mira a lo lejos, sin dejar de vigilar la pared de ladrillo porque la que debería entrar en los próximos
tres minutos.
No podría importarle menos de que se acuerda Sirius porque Lily no aparece y, ¿dónde puede estar?
Cuando la escuchó por felétono parecía estar bien pero qué sabe James de los felétonos. Tal vez la
gente siempre SUENA bien por esos aparatos.
- ¿De qué?
- Del sex shop que visitamos en el callejón Knokcturn y cómo luego estábamos tan borrachos que
me perdí con la moto y tuvimos que llegar a tu casa en un tren muggle. ¿Te acuerdas cómo te
quedaste dormido en el hombro de aquel tío barbudo?
Nada. Nadie en la pared. Y quedan dos minutos y medio. El tren resopla y nunca se retrasa, ni
siquiera por Lily. Pero, ¿dónde rayos está?
- Por nada. Es que Lily está detrás de ti y quería dejarte en evidencia delante de ella.
Ya. Sí.
- Hola, Sirius.
James no está seguro de si se gira él o el universo, pero el caso es que las palabras de Sirius, la
exagerada –y casi insultante- INFRAVALORACIÓN de Sirius sobre el asombroso, hiperbólico,
alucinante y sublime nuevo peinado de Lily, queda cada vez más lejos, como el eco del mar cuando
te adentras tierra adentro. Todo queda cada vez más lejos, excepto ella, lo único que se enfoca en un
mundo que se difumina. Oh santo cielo, oh santo, santísimo cielo. Lily. Delante de él. Con una
especie de largos tirabuzones pelirrojos, esas enormes pestañas, ceja derecha ligeramente levantada
en ese eterno aire de censura casi divertida, labios deliciosamente pintados de un rojo cereza
deslumbrante. Vestida con algo que no merece llamarse vestido porque solo podría llevarlo un
ángel.
- Hola, James.
Cuando ella lo dice su nombre suena distinto. El ―James‖ del que habla Lily debe ser un hombre
extraordinario. Se siente empequeñecido por la comparación. Quiere ser ese hombre o morir en el
intento.
- Hola, Lily. – Le sorprende encontrar su voz. – No le hagas ni caso a Sirius. De todos modos, le
mataré con mis propias manos en cuanto subamos al tren.
No puede dejar de mirarla. Espera no estar babeando. Sabe que Sirius se está divirtiendo a su costa
pero qué le puede importar. Lily sonríe y esa sonrisa es para él. PARA ÉL. ¿Para Sirius? No, señor,
PARA ÉL.
- Espero que no tengas puestas grandes expectativas en la primera vez que te acuestes con ella
porque visto cómo te emociona una sonrisa, te habrás corrido antes de quitarte la ropa.
- Riéte, capullo. Pero cuando averigüe quién es la señorita que te gusta, y reciba tus calzoncillos
sucios por correo verás cómo no te ríes tanto.
(…)
¿Has escrito tú el libro del amor?
Cincuenta y seis fotos después, Sirius ya ha visto bastantes Pettigrew sonrientes en diferentes
lugares de Rumanía como para sobrevivir toda su vida sin ver una sola fotografía más. Sale del
compartimiento argumentando que va a fumar al baño y respira aliviado cuando deja de oír la voz
de Peter. No es mal chico, pero no sabe contener su emoción.
- Evans. Te mentiría si dijera que no he echado de esa adorable costumbre de meterte conmigo todo
el tiempo.
Lista. Rápida. Poco complaciente. Buenos instintos. Cierta genialidad para la magia. James siempre
ha sido un jugador de quidditch que buscaba las jugadas más difíciles. De esos que creen que ganar
no basta, hace falta rozar la gloria.
Y además la chica tiene la rara habilidad de hacerle reír. Hablan de nada. El verano, el nuevo curso,
el tiempo.
A veces Sirius olvida que a) es mucho más lista que cualquiera de ellos y b) Remus siempre se lo
larga todo.
- ¿Y te has enterado de eso por tu enorme y legendaria preocupación en todo lo que me concierne a
mí y mi entretenida vida familiar o es por un, digamos, interés en James y todo lo que le concierne a
él?
Ni sí, ni no, ni todo lo contrario. Lily no se da por vencida. Y devuelve golpe por golpe. Antes
admitiría que va a casarse con un hipogrifo que cualquier sentimiento hacia James que se alejara de
la indiferencia.
- Me he enterado porque en cuanto James y tú estáis juntos, los signos del Apocalipsis se suceden.
Y porque venía en la sección de cotilleos de ―El profeta‖.
- Te digo una cosa, Lily respecto a James y tú. – Se acerca a ella deliberadamente. Invade su
espacio personal para intimidarla. – Habrás caído antes del baile de Navidad.
- Los Black no caemos. Puede que te hayas confundido porque a veces nos tiramos.
Lista no. La chica es peligrosa. Y la cola que espera para el baño ya se ha terminado.
- Creo que es tu turno para mear. Y ten cuidado porque Peter ha ido hace un rato y creo que iba un
poquito suelto.
Lily se marcha aguantando una sonrisa. Antes de entrar al baño le lanza una última mirada. Y un
último gancho de derecha.
- Será mejor que entre antes de ti. Pareces tan emocionado con volver al colegio que seguramente
mearías hasta en los zapatos. Y no queremos que Dumbledore te vea en esas condiciones.
Le costaría contar lo que se siente. Lo que significan las cuatro torres del castillo para alguien que
nunca ha tenido una familia digna de tal nombre. No sabría explicar por qué nunca habla cuando el
tren se detiene y carros sin caballo les suben colina arriba hacia el único hogar que le ha dado una
oportunidad para hacer de la magia algo valioso.
Hizo el mismo viaje siete años atrás y aquella noche el Sombrero Seleccionador miró dentro de él y
Sirius sabe que vio las raíces del mal, el ansia por el poder, las semillas de la ambición y la ira. Pero
el escudo de su casa dice valor, y gloria y Sirius le prometió al sombrero que moriría antes de
traicionar el espíritu de Godric Griffyndor si le daba una oportunidad. Le pidió por favor por
primera vez en su vida y se ganó el honor de sentarse a cenar lejos de los Slytherin, junto a aquel
chico llamado Potter. Un niño enérgico que anunció detrás de sus gafas que se convertiría en el
primer buscador miope de la historia y que sería no solo el primero, sino el más grande.
- ¿A ti te gusta el quidditch?
Fueron las primeras palabras que le dirigió James al niño de apariencia frágil que se sentaba
delante de Sirius, aparentemente abrumado por la ampulosa teatralidad del colegio.
- No soy muy bueno en deportes- confesó Remus.
Sirius no recuerda aquella conversación desde años. Y sin embargo, ahora los detalles son nítidos.
Claros. Atraviesa el hall y vienen hacia él sin necesidad de invocarlos.
Remus se vino abajo. Enrojeció. Sirius sintió por primera vez ese impulso por protegerle que
todavía no le ha abandonado. Recuerda que le decepcionó por un segundo el chico de gafas que le
había caído simpático durante la cena y se le amargó la comida, durante un instante. No fue un
instante muy largo.
- Genial – se entusiasmo James, - porque tienes que contarme un montón de cosas sobre algo que
no entiendo muy bien.
- Es sobre el fútbol, ya sabes, el balompié. He leído que la pelota no vuela. ¿Cómo se juega si la
condenada pelota no vuela?
Remus acabó haciendo un dibujo en un pergamino usado y garabateado para intentar explicar lo que
sabía del fútbol, que resultó no ser demasiado y Sirius le preguntó también sobre la música muggle
y escuchó hablar por primera vez de cosas como la calefacción, el batido de fresa y los aviones a
reacción. Fue la mejor cena de su vida y siete años después, cuando atraviesa con James las
enormes puertas de madera de Hogwarts, Sirius aspira con fuerza y trata de contener ese bombeo
insistente del corazón. Experimenta la misma sensación casi religiosa de entonces.
Hogwarts no es el hogar.
Es mejor.
Y si no ve a Remus YA van a tener que darle calmantes porque a estas alturas, lo único que oye es
el aullido de su sangre. Le duele el estómago, joder, y nunca, NUNCA, le ha dolido el estómago
ante la perspectiva de encontrarse con alguien.
- No. Me. Jodas. ¿Es que siempre tienen que hacer eso?
Tiene las tripas revueltas. Y no puede ser el almuerzo porque Remus no ha podido tragar nada. El
maldito nudo en el estómago no le deja en paz. Es inoportuno y más molesto incluso que todas esas
tareas de prefecto que no le han dejado estar en el hall para darles la bienvenida. El nudo, maldita
sea, le impide respirar con normalidad y debe ser por la falta correcta de ventilación por lo que cada
alumno que ve con el pelo ligeramente más largo de lo habitual le provoca una repentina subida de
la sangre. Hasta que el alumno en cuestión se gira y resulta no ser él.
- ¡¡Remus!!
Una voz familiar. Y una cara sonriente. Nunca ha estado tan contento de ver a Lily en su vida. Se
abre paso entre el gentío de Griffyndor y Remus la encuentra más guapa que ocho semanas antes.
Debe ser el peinado y esa sonrisa contagiosa que podría alumbrar Londres en invierno.
- Hola, Lily.
Tiene que ponerse ligeramente de puntillas para abrazarle. Al contacto con su cuerpo el nudo se
afloja un poco. No es mucho pero resulta tranquilizador.
- Lo siento – Lily se separa un poco pero se mantiene en sus brazos – te prometo que ha sido sin
querer.
Tiene un nuevo peinado y su pelo es más rizado de lo normal. Ahora que se han vuelto a ver, ya
puede admitir lo mucho que ha echado de menos la sensatez, ese pelo interminable, las charlas en la
biblioteca a media voz, y los abrazos que le hacen sentir recibido y a salvo.
- Hubo un incidente con unas tijeras. Me temo que no salió bien. Es una historia triste para entrar en
detalles.
- Te queda muy bien- concluye Lily y no es verdad pero añade, - estás muy guapo- mientras le toca
el flequillo y se lo aparta de la cara, aprovechando para acercarse y con la excusa de que le da un
beso de bienvenida en la mejilla, susurrar algo que hace que todo la calma de Remus dimita, haga
las maletas y le abandone para lo que le resta de vida. – Y seguro que Sirius piensa lo mismo
porque, no mires, pero te acaba de ver y tiene la misma cara que tú cuando entraste en Honeydukes
por primera vez.
Lily se separa suavemente y el nudo en el estómago le retuerce las tripas con tanta fuerza que
Remus está seguro que no sobrevivirá. Gira la cabeza y dios, todas las razones que ha tenido para
quererle alguna vez, todo lo que se han dicho, ha sentido, le ha conmovido, hecho reír y
emocionado se mezcla y le envenena para enamorarse de él desde el principio, de la cabeza a los
pies, de izquierda y derecha y del revés. Sirius le mira desde cuatro metro de distancia.
Su presencia es una descarga eléctrica. Se acerca con James y esos pasos que Remus ve a cámara
lenta son el suave movimiento de las placas tectónicas acercándose. Océano y tierra cada vez más
cerca preparándose para un choque inevitable y transformador.
- Deja de sobarle, Evans, -dice Sirius- en este colegio hay reglas sobre las cosas que se pueden
hacer en público.
La cosa es así.
El primer contacto visual es devastador. Con mucho, lo peor que le ha pasado en la vida. Remus
aparece de repente, entre la multitud. A cuatro interminables e inalcanzables metros de distancia
que, inmediatamente, se convierten en la medida que separa la tierra de la luna. Sirius tiene ante sí
lo que James califica como ―la tortuosa visión de ver cómo Lily le hace a otro tío lo que yo mataría
porque me hiciera a mí‖ y no puede moverse del sitio. Ha echado raíces y no puede dejar de mirar.
No sabe lo que ha pasado en ocho semanas pero sin que aparentemente haya cambiado nada en
Remus, ALGO ha cambiado porque ahora, según se acerca a él, azuzado por James, le mira –esos
rasgos conocidos, esa cara tan familiar- y se marea.
Tiene una moto voladora y varios records de velocidad como bateador de quidditch. No se ha
mareado en su puta vida.
Y ahora, esto.
Remus. Hablando con Lily, abrazado a Lily, sonriendo con pereza, el flequillo pajizo sobre la
frente, la nariz llena de pecas, un bronceado ligero por leer en el jardín, seguramente; un uniforme
que siempre le quedará grande y tan ajeno a su jodido carisma que dan ganas de follárselo contra la
pared. Delante de Dumbledore y de todo el mundo. Sirius nunca ha querido besar a nadie antes con
tanta intensidad. Podría besarle la nariz, si se dejara y se sentiría tan agradecido que podría llorar.
No solo soy medio marica, sino que me he estoy convirtiendo en una chica.
Recurre al sarcasmo porque está ahí, a treinta centímetros de él y la cosa empeora. Si no le salva el
sarcasmo nada lo hará.
- Deja de sobarle, Evans, en este colegio hay reglas sobre las cosas que se pueden hacer en público.
¿Empeorar? No, la cosa se pone fatal. Primero, porque REALMENTE está celoso de Lily, que está
autorizada a besarle y tocarle en público y segundo porque Remus le mira por primera vez en ocho
semanas, por primera vez después de saber que se masturba pensando en él y joder, joder, JODER,
no es justo que sea tan difícil no querer besarle simultáneamente nota que se dilata su corazón y lo
que sea que mande sangre a la polla. Todavía no se han tocado y se quiere restregar contra él como
si fuera una cría de tercero.
Lily se separa de él –buena chica- y se aleja con un ―hasta luego, chicos‖ que no suena nada, pero
nada inocente.
Es la primera vez que Sirius se fija en la manera en la que los labios de Remus se juntan, de manera
que el superior queda ligeramente destacado, marcando justo el sitio donde quiere ser debidamente
lamido.
- Y al mismo tiempo me dan ganas de frotarme contra ti solo para estar cerca de algo que ha tocado.
No sé si me explico.
Para sonreír, a veces –como ésta- Remus baja la mirada. En ese momento Sirius quiere comérselo.
Y lamer el plato después.
- Contén tus impulsos, Potter- dice. - Los derechos de frotamiento están reservados piensa. – A ver
si le vas a contagiar algo.
No puede dejar de mirarle. Promete que si alguna vez alguien descubre la clase de palabras que se
le ocurren sin que pueda controlarlas –cosas terribles como ―adorable‖- se suicidará.
- ¿Qué tal el viaje? – Nasal y rugosa. Su voz le recorre la columna vertebral y le mata.
¿Por qué hay tanta gente? ¿Por qué no pueden besarse? Le cuesta trabajo hablar.
Pero habla. Es un Black. Una leyenda con la chicas y bla, bla. Tiene que ser capaz de hablar. Le ha
preguntado qué tal el viaje. A eso puede contestar.
Es probable que ninguna chica le haya puesto tan caliente como Remus cuando dice ―lo siento
muchísimo‖. No solo estoy jodido, estoy tan jodido que ni siquiera sé lo jodido que estoy.
- Remus, ¿por qué tu uniforme tiene una insignia de prefecto? – pregunta James.
- No es lo que parece.
- Ah, vale. Mejor, tío. Porque parece que ERES prefecto.
Sirius tarda en asimilarlo. De hecho, tarda varios segundos en tener una ligera conciencia de que ya
puede despedirse de años y años de reputación como casanova y rebelde. Al parecer, no solo está
colgado por un tío, sino que ahora me van los prefectos. Antes de lo que parece empezará a asistir a
clase y portarse bien.
- ¿ERES PREFECTO!
James se ríe tan alto que le escuchan en Rumanía los paisajes de las fotos de Peter.
Los únicos que prestan atención son los novatos de las primeras filas. Es el mismo discurso de todos
los años, presentación de los profesores –todos repiten este año-, normas del colegio, listado de
prohibiciones de Filch y un aburrido etcétera. En la mesa de séptimo nadie presta atención. Remus
les pregunta sobre el verano y reza para que ese pie que le está rozando la pierna no sea el de James.
- Fue un fin de semana histórico. Cornamenta se hizo un tatuaje en el culo. ¿Quieres verlo, Lily?
La chica entorna los ojos y sigue con su mousse de espinacas y ochenta quesos.
- La verdad es que sí fue mítico. – James aprovecha su momento para vengarse.- De hecho, yo lo
llamo ―el fin de semana en el que Sirius Black rechazó a una tía porque está enamorado de otra
chica‖.
A Remus se le atraganta la comida y tose violentamente. Todavía se está secando las lágrimas
cuando pregunta,
- ¿De verdad?
Si la respuesta es ―sí‖ tiene pensados varios hechizos para desaparecer de la faz de la tierra y
enrolarse con el holandés errante.
- ¡No! – Sirius se apresura en contestar. Lily también mira con interés pero es a Remus al que Sirius
dirige el siguiente, más vehemente ―no‖. – El cabeza hueca éste se lo ha inventado todo! Todo-
subraya. - No hay chica. Nada – insiste y sigue insistiendo ―cero chicas‖ hasta que le parece que
Remus le ha creído. - Son todo invenciones suyas. Se la sacude tan a menudo que le está afectando
al cerebro.
- Si fuera así, tú serías subnormal. Un momento,- James deja la cuchara, como si hubiera tenido una
gran revelación- eso significa que ¡realmente es así!
Entre dientes, James murmura, ―no tan duro como a ti cuando piensas en la chica misteriosa‖.
- ¡Que no hay chica! - De nuevo, más bajo, dirigido a Remus, Sirius repite. – No hay chica.
- Oye, Remus. – James le guiña un ojo. - Tenemos que averiguar quién es. Lo he tomado como un
reto personal. Quiero ver a Sirius casado y con hijos.
A Lily le resulta tan graciosa la sola idea de imaginar a Sirius en el altar que le sale leche de jabalí
por la nariz. Comen y cenan, ríen y celebran la llegada del curso, exactamente igual que cualquier
otro año, salvo por ese detalle en el que nadie repara. El pie de Sirius, bajo la mesa, rozando la
pierna de Remus durante toda la cena.
Solo un detalle. Bajo la superficie. Tal vez una señal de que los tiempos están cambiando.
(…)
Influencia carnívora
Los alumnos van llegando al comedor poco a poco. Al rincón donde desayunan los veteranos de
Gryffindor llega primero el perfume de Lily, caen después sus libros sobre la mesa y finalmente se
sienta ella, con la mitad de los tirabuzones recogidos y la otra mitad lanzados desesperadamente en
todas direcciones. Remus se está sirviendo la leche y si no le cuenta YA MISMO qué ha pasado con
Sirius es licántropo muerto.
- ¿Y bien? – pregunta.
- Buenos días, Lilly- contesta sin contestar. Con su apariencia de pasmosa tranquilidad. Mezclando
la miel con la leche. Tiene la indecencia de untarse una tostada. Y parece tranquilo. Como si no
pasara nada. Como si Lilly no llevara ocho semanas aguantado por correspondencia las idas y
venidas de su corazón.
- Si crees que me voy a conformar con tu ―buenos días, Lilly‖ es que esa leche está caducada y a ti
te han transplantado el cerebro de un elfo-. No se ríe pero casi. Mientras sorbe del vaso, Lilly puede
sentir la sonrisa en su mirada. – Me vas a contar lo que ha pasado y serás gráfico y me darás detalles
porque llevo años, ¡años, Remus! escuchando la misma canción de ―él nunca me querrá‖ y ―es
demasiado heterosexual‖ como para quedarme ahora en ascuas. Y por si fuera poco, anoche las
idiotas de mi habitación me tuvieron despierta hasta las dos de la mañana cacareando sobre lo
guapo que es Sirius, así que, dame una buena noticia. – Se agarra a su brazo mientras suplica ―por
favor‖. – Dime que esas cabezas de chorlito no tienen posibilidades de emparentar con los Black.
Remus lucha consigo mismo. Es evidente que quiere ser discreto. Que trata de contenerse, que
lucha por no emocionarse para no acabar sufriendo. Está en su naturaleza ser prudente y por eso
cuando al fin, AL FIN, deja la leche, se le escapa esa sonrisa y claudica, lo hace a su manera. Sutil,
medida.
Lily siempre ha tenido sus reservas respecto a Sirius, sería idiota negarlo a estas alturas. Pero es la
primera mañana del curso y ese memo cabeza de pájaro ha conseguido que Remus brille por dentro,
iluminado por un gozo interior que Lily no recuerda haber visto jamás. Puede que se arrepienta en
el futuro pero murmura ―me alegro por ti‖ y cuando Remus baja la mirada, se acerca a él y trata de
hacerle creer que huele diferente, ―¡dios mío, hueles a Sirius!‖
Un grupo de alumnos de Slytherin pasa delante de ellos y en voz lo bastante alta como para que
pueda oírles quien pase cerca, Lucius Malfoy hace notar su presencia.
- Lupin con una chica. Me pregunto para qué, si todos saben que no tiene ni idea de qué hacer con
ellas.
Ni Lily, ni Remus sienten ni siquiera la tentación de responderle. Para batalla perdidas siempre está,
como no, Sirius. Su presencia se hace visible de pronto al otro lado de la mesa, como si Malfoy le
hubiera atraído con Artes Oscuras, buscando un oponente a su altura.
- El que faltaba. He oído que te han echado de casa, Black. Podría decir que me sorprende pero
todos sabíamos que era cuestión de tiempo.
Lily lo está oliendo. La pelea. Los insultos. Sirius siempre se lanza a las heridas abiertas. Y Lily
está segura de que esta vez no será diferente. A no ser que esta vez Sirius diga
Y les deja sin palabras. A Lucius y sus esbirros. A ella y a Remus. Es sorprendente. Es inédito. Es,
¿un signo de madurez? ¿De Sirius? ¿Un caso clínico del síndrome de Peter Pan? Lily trata de
digerirlo. Hay unos chicos de quinto que han dejado sus pergaminos y libros donde suele sentarse
Sirius. Cuando se asegura de que Malfoy se ha retirado a su rincón, Sirius les silba a todos ellos y
les ordena que los quiten rápido porque no tiene todo el día. Antes de sentarse, reserva una última
mirada de odio fulminante en dirección a la mesa de Slytherin y murmura en contra de Lucius.
- Si tanto le interesa mi casa, seguro que mis padres le adoptan. El perro se murió el año pasado y
no tienen nadie que se cague en el salón.
Lily no lo admitirá nunca. Pero saber que tampoco ha cambiado tanto resulta tranquilizador. Una
señal de que el universo tiene ciertas reglas inalterables. Remus no le quita ojo de encima y Sirius
se sienta justo delante de él. Le mira atentamente. Puede que sean quince o veinte segundos antes de
pronunciar una sola palabra. Una vez Lily tuvo la mala suerte de interrumpir un hechizo. Tropezó y
se vio envuelta en la magia que salía de la varita de la profesora McConagall, que trataba de hacer
levitar un juego de té. Recuerda que se siente electrizada, llena de energía en sitios que nunca le
habían parecido tan vivos antes. Si estuviera en medio de Remus y Sirius ahora mismo sabe que se
sentiría igual. Ninguno de dos tiene ojos para nada, ni nadie más. Lily desaparece.
- Hola, Lunático. – Toda la furia, todo esa energía destructiva que Sirius aplica a los Slytherin y los
niños que ocupan su sitio se reduce a ese saludo, transformada en otra clase de intensidad. Igual de
amenazadora. Pero distinta. - ¿A qué mierda de hora te levantas, si se puede saber?
- ¿Desde cuándo?
- Desde primero.
Lo que sea que ocurre entre ellos es físico y voraz. Ni Lily ni nadie tiene sitio en ese momento y
está pensando levantarse ya y dar por finalizado el desayuno cuando le oye, a sus espaldas.
- ¿Quieres bailar conmigo en Navidad?
Da un respingo en la silla. Santo Dios. Debe ser porque no le ha visto venir. Debe ser por eso por lo
que su voz cerca del cuello, de espaldas y con alevosía le ha hecho sentir un escalofrío.
- ¿Qué?
Se sienta junto a ella. Con el pelo mojado por la ducha y los ojos especialmente cristalinos tras las
gafas. James Potter, Lily, solo es James Potter. Insoportable. Arrogante. Inmaduro.
No acaba de oír eso. No es posible. Es solo el primer día de clase. ¿Quién piensa en la Navidad?
Parece tan tranquilo. Parece tan seguro de sí mismo. Es irritante. Es… Potter.
- ¡Es septiembre!
No. Por supuesto que no. No va a pensárselo. No tiene intención de claudicar y acabar siendo la
novia de un jugador de quidditch que cree que nadie podría decirle que no solo porque nadie le ha
dicho nunca que no. No quiere ir con él y desde luego, si ha sentido por un momento, una especie
de temblor en su presencia no es por él, sino por esos idiotas de Remus y Sirius que se miran de
ESA manera y parece que quieren comerse y han cargado el ambiente con demasiadas feromonas.
En un rincón de su mente, mientras se dirige a Pociones sin echar la vista atrás, Lily se da cuenta de
que no ha dicho ―no‖. Le echa la culpa al exceso de hormonas en el comedor. La influencia
carnívora de Remus y Sirius, sin duda.
Lo posible y lo imposible
Siempre es el primero en llegar a la clase de Pociones. Cuando los demás alumnos se cuentan en los
pasillos sus estúpidas anécdotas veraniegas y pierden el tiempo en enseñarse fotos, - haciendo
turismo como si fueran muggles – Severus se apresura hacia la clase, anticipando el momento en el
que se siente en su pupitre, con la olla vacía delante y su libro de Pociones Avanzadas abierto por la
primera página. Es cuando mejor se está en el aula. Cuando no hay nadie. Total. Hace el mismo
servicio que si estuviera llena porque esos inútiles de su curso tienen tan poco talento que intentar
hacerles comprender algo es una despreciable pérdida de tiempo. Además, cuando el aula está
vacía, nadie se mete con él.
O podría, si cuando llega, el pupitre no estuviera ocupado por ella. La sangre sucia.
Le oye entrar y se gira.
¿Por qué le saluda? Es evidente que están en clases sociales diferentes y que nunca podrán
encontrarse en medio. No le devuelve el saludo, por supuesto, pero avanza hacia esa primera fila en
la que queda otro pupitre libre. Junto a ella. Trata de decidir si sentarse o no. Estaría cerca del
profesor. Estaría cerca de ella.
- Aparta, Quejicus.
- ¿No puedo?
No, claro que no es de ella. Severus sabe perfectamente de quién es. Es mío. Siempre ha sido suyo.
En primera fila. Siempre. Y ahora, no solo no tiene SU sitio, sino que acaba sentándose en tercera
fila. Detrás de Potter y la sangre sucia. Detrás de esa bestia sin piedad de Black y ese mestizo
licántropo. Los desviados no quieren separarse. Sentado nada más y nada menos que con Pettigrew,
esa sabandija sin personalidad. En cierta forma es el peor de los cuatro. Persiguiéndoles como si
fuera su sombra, dispuesto a arrodillarse ante quien sea para conseguir algo de popularidad. Como
una asquerosa rata.
Una vez más ese grupo de alimañas le quitan el lugar que le corresponde, como si él no fuera más
que una cucaracha que se interpone en su camino. Un estorbo que no merece su exquisita atención.
Durante toda la clase no les quita ojo de encima. Siente un escalofrío de placer cada vez que Potter
trata de pavonearse delante de ella con alguna ridícula anécdota de quidditch y todo lo que consigue
es su indiferencia.
No está mal. Saber que la niña bonita del colegio no puede conseguirlo todo.
Saber que Ella también está fuera de su omnipotente alcance es un gélido consuelo.
Unas horas después de que en Hogwarts comiencen las clases, el verano es ya un lánguido recuerdo.
La rutina tiene la asombrosa cualidad de aparentar que siempre ha estado ahí. Los niños se entregan
a sus tareas y los profesores a sus lecciones como si nunca hubieran hecho otra cosa. Un solo día de
clases y Remus ya tiene deberes de tres asignaturas diferentes. Pasa la tarde en la biblioteca y
cuando termina su ronda de prefecto y llega a la habitación supone que todos estarán ya durmiendo.
Supone mal.
Pone un pie en la habitación y nota una sacudida contra la pared. Alguien –dos personas- le agarran
de cada lado y para cuando oye ―¡lumos!‖ sospecha exactamente qué está ocurriendo. No puede ser.
Pero vaya si lo es. Vaya sí lo es. En medio de la habitación circular de la torre, vestido con la capa
del colegio, con la capucha puesta. Uh-oh. James. El mapa de los merodeadores en la mano y una
grave expresión de censura.
- No se le ha dado permiso para hablar, y será ―señor Cornamenta‖ hasta que acabe El Consejo,
muchas gracias.
Le sujetan con firmeza pero sin apretar demasiado. El más bajito a su derecha debe ser Peter. El
otro, a la izquierda, mucho más cerca de su cuerpo y oliendo ligeramente a tabaco sin quemar es –
sin duda- Sirius. Intenta que alguien entre en razón. Alguien tiene que hacerlo.
Es ridículo. La última vez que hicieron semejante tontería debían estar en cuarto.
- Chicos no. - Sirius le habla cerca de la cara, en la semi oscuridad rugosa de la habitación. –
Caballeros.
La voz de Peter –obediente, complaciente Peter- no está tan cerca, ni le provoca los mismos
escalofríos de calor. Oh, Sirius, las cosas que me haces. Remus sabe que debería pararles los pies
pero le falta práctica. No ha sabido hacerlo jamás y no cree que vaya a aprender pronto. Hay algo en
ellos, en esa energía bestial que emplean para entregarse en cuerpo y alma a lo nocturno, lo secreto
y lo gamberro que le hace sentirse libre a su pesar. Culpable –en parte- y por otra parte, liberado de
lo razonable, pletórico de emoción.
Son James y Sirius los que inventaron el espíritu de los merodeadores pero Remus les ha seguido
paso a paso, compartiendo capas invisibles y secretos, travesuras y momentos en los que casi les
han cogido, casi les han visto, casi les han oído. Son ellos los que idean, traman, piensan pero es
Remus el que siempre ha sido adicto a su contagiosa pasión por la vida.
James cumple con su papel de Gran Inquisidor del Consejo de Merodeadores y, varita en mano,
recita los cargos de los que se le acusa. Confraternizar con los profesores, acceder a cargos de
responsabilidad dentro del colegio, convertirse en espía de los profesores bajo el cargo de prefecto.
James se toma muy en serio su papel.
- Son graves acusaciones, señor Lunático. El consejo quiere saber qué defensa hace de sí mismo.
- Significa que ha estado pasando mucho tiempo con el viejo. – Su voz penetra en el oído de Remus
con cierta cadencia alcohólica. – Intimando con el director en persona. Ese trato con los profesores
es un insulto al espíritu de los merodeadores.
Tres voces dicen al unísono ―culpable‖. Y a Remus solo le queda escuchar su castigo. Reza para
que no sea lo mismo que le hicieron a James en cuarto cuando decidieron que tenía que llamar a la
puerta del director Dumbledore a las tres de la mañana para anunciarle que se había hecho pis en la
cama. Tuvo que hacerlo en calzoncillos. Y solo por haber insinuado que lo único que le haría más
feliz que torturar a Snape sería ir con Lilly Evans al baile de navidad. Y por haber añadido acto
seguido que Lily Evans era ―mejor que el quidditch‖. Sirius lo consideró inaceptable. Y ahora, tres
años después, ése mismo Sirius le agarra del brazo, respira cerca de su cara, se acerca
peligrosamente a su cuello.
Sus ojos se van acostumbrando a la penumbra. Distingue las tres siluetas con claridad. James, con la
varita iluminada, Peter, a un lado y Sirius, al otro. Todos con las capuchas puestas, la cara envuelta
en sombra y humo. Solemne, James le comunica el precio a pagar por su ―desobediencia‖.
- Estáis de broma.
Da tres pasos hasta colocarse a pocos milímetros de su cara. Y no, James Potter no bromea.
- ¿Es esta una cara que bromea, señor Lunático?
No.
- Señor Lunático – sentencia James- ya que tanto disfruta de la compañía de los profesores, no creo
que le cueste trabajo escribir una carta de amor a la jefa de su propia casa.
Se jugaría el cuello a que sabe de quién ha sido la idea. Ese maldito bastardo de Sirius. Terminado
El Consejo, Peter se queda dormido y James sale al baño, silbando la melodía de ―Yellow
submarine‖. Sirius lleva únicamente los pantalones del pijama y esa mirada maquiavélica.
Coinciden frente a la ventana, junto a las camas vacías. El suave ronquido de Peter llena la
habitación. Murmuran para no inquietar el sueño de los dormidos y seguir soñando despiertos.
(…)
Selene
Alta, digna, inalcanzable en el techo del mundo, la luna ejerce su influencia y lo hace sin piedad. En
la costa, los barcos notan oleadas intensas y en los puertos, los barcos chocan contra los rompeolas.
La gente dice ―mareas vivas‖ y todos saben que la luna se está cobrando alguna ofensa. Y que no
hay nada capaz de enfrentarse a su poder. Cuando las mareas se agitan de ese modo, los animales
pasan la noche en vela. La lechucería de Hogwarts se llena de ruido, los pájaros ululan sin descanso,
agitan las plumas y salen a volar en bandadas en los terrenos del bosque prohibido porque les
resulta insoportable la idea de quedarse quietos. Las mascotas de Peter, pequeñas ratas de ojos
brillantes, se pelean entre ellas dentro de la jaula, luchando con saña por un trozo de pan que roer.
En las literas, los que consiguen dormir tienen extraños sueños telúricos y los otros, dan vueltas
buscando postura, incapaces de controlar los flujos de emociones y pensamientos que les asaltan.
La luna quiere sentir cómo los domina. Agita las corrientes nocturnas que rodean a todos los seres y
a todas las cosas. La suya es una llamada incontestable y responden los siete mares y los océanos
interiores que gobiernan el mundo cuando se pone el sol. Responden todos, incluso el joven hombre
lobo que de día trata de eludir su naturaleza.
Gruñe y se desespera, enseña los dientes y sale en busca de algo que le calme. La luna le reclama
esa noche con salvaje intensidad y el lobo quiere carne, quiere sangre y no se conforma con una, ni
dos, ni tres ratas de campo. Busca conejos, liebres, lo que sea. No quiere comer, ni alimentarse.
Quiere morder, matar, dejar su sacrificio, conseguir que la llamada de las mareas interiores le dé un
descanso.
No va a conseguirlo.
La luna siente celos, no consiente que sus criaturas respondan más al influjo de las estrellas que al
suyo.
El perro trata de contener al lobo. Ladridos. Corren por el bosque. Chocan el aire. Bestias.
Animales. El ciervo no tiene espacio entre ellos. El lobo salta para darle caza y solo el perro, solo
sus mordiscos consiguen detenerle a tiempo.
La luna aparenta placidez. Le complace ver el mundo bajo su dominio de plata y carne. Está llena y
brilla con tanta fuerza que las constelaciones no se atreven a hacerse ver. Sirio brilla débilmente y
resiste, temblando en un extremo del universo. El lobo aúlla y la noche cae a mordiscos sobre los
animales.
En carne viva
- Circe Santísima.
- Si pones esa cara al verme – Remus parece exhausto- es que debo estar tan horrible como me
siento.
Se sienta junto a él, querría tocarle pero imagina que debe doler. Está recostado sobre su lado
derecho. Ojeroso, pálido como un pergamino en blanco. Habla con un hilo de voz. Lily querría
preguntar qué ha pasado pero hacerle hablar le parecería una crueldad.
- No es para tanto, Lil. En serio. Solo quieren asegurarse de que no se infecten las heridas.
No hay ninguna a la vista. A veces aparecen. Cicatrices en la cara, en el cuello, en las manos. Pero
lo único que Lily ve son cortes leves en los dedos y poco más.
- Es igual.
No quiere hablar de ello. Prefiere que Lily le hable de las clases y le distraiga. Y Lily lo intenta,
realmente lo intenta, pero cuando Remus quiere cambiar de postura y ella trata de ayudar, le pone
una mano en la espalda y el gemido es tan intenso –tan animal- que tiene que verlo. Sencillamente
tiene que ver a qué heridas se refiere. Si su mejor amigo es un hombre lobo, Lily Evans quiere ver
exactamente qué significa.
Acaba claudicando. Deja que le levante la parte superior del pijama. Y a Lily se le llena el alma de
una mezcla de horror y pena que la ahoga con su intensidad. Tiene que sujetar las lágrimas. Todas
esas marcas, por dios. Dentelladas lo bastante profundas para haber amoratado no solo un parte,
sino prácticamente toda la espalda. Todo es de un color violeta intenso. La carne parece tan
hinchada que solo mirarla resulta doloroso. Hay puntos de sangre de un rojo desesperado bajo la
piel y Remus debe notar cómo late cada uno de sus músculos.
- Un perro… - murmura Lily, tocando con las puntas de los dedos las marcas más profundas- ¿te
hizo esto?
- Era un perro enorme. – Sonríe, a pesar de todo y eso hace que Lily quiera echarse a llorar con más
ganas, si cabe. – Y me salvó de mí mismo.
Ellos, al contrario que Lily, le visitan de noche. Traen sus libros, chocolate con licor de ogro, el
gramófono, los discos de los Beattles, un montón de calcetines porque a Remus, aunque nadie
entienda por qué, le gusta dormir con calcetines y quitárselos en mitad de la noche para que
aparezcan a la mañana siguiente dentro de la jaula de los ratones de Peter o en el alfeizar de la
ventana o algún otro sitio inverosímil. Solo porque saben que tendrán que acabar trayéndolos,
vienen también con sus libros de clase y sus pergaminos en blanco.
Sirius trae el cuaderno muggle de espirales que Remus siempre lleva encima.
- Te hemos hecho un poco de poción de curado rápido- le explica James, mientras deja el frasco
sobre la mesita. - Y esta vez no está podrida. Palabra.
- Gracias. – Remus sonríe débilmente. Parece más triste que nunca. – Teniendo en cuenta que
anoche pude haberte matado es todo un detalle.
James le quita importancia -no digas eso, tío- pero son solo palabras, formas de hablar. Todos
estuvieron allí, vieron lo que pasó y cómo, por primera vez desde hace años, por primera vez desde
que ellos empezaron a acompañarle, el lobo se adueñó completamente de él, hasta que no quedó
nada que salvar, ni rastro del hombre. Le preguntan qué pasó exactamente pero Remus solo tiene
una excusa –me dominó el lobo- y poco más.
Se despiden hasta el día siguiente. Remus consigue decir ―lo siento‖ a pesar de que las palabras, en
casos así, se quedan cortas. A pesar de que se le forma un nudo en la garganta. A pesar de todo, de
su vergüenza, de su crimen, James se agacha junto a la cama, dice ―para qué están los amigos‖ y en
ese momento, le ilumina una nobleza interior que siempre se mantiene bajo la superficie y desflora
con fuerza en los tiempos difíciles. ―Descansa‖, ordena y se marcha seguido de Peter, de puntillas.
Sirius se queda el último. A él no tiene fuerza para engañarle.
- Recuerdo cosas.
La carne. La sangre. La rabia. Recuerda muchas más cosas de las que querría. Algunos recuerdos
son llagas.
- Mejor- bromea Sirius. – Así puedes escribir una novela.
En ocasiones Remus tiene la sensación de que Sirius es mucho más sabio que ninguno de ellos pero
disimula e interpreta al gamberro que todos esperan de él porque le resulta más divertido. Es más
fácil sobrevivir con la piel del sinvergüenza que enfrentarse a todo a carne viva.
Sirius se levanta la camiseta. Cuatro grandes heridas en el abdomen. Cuatro enormes garras que
Remus recuerda perfectamente. Las suyas. Perforando la carne. Todavía puede oírlo todo. Su propio
aullido ante el primer ataque del perro y el gemido del perro cuando él se defendía con las garras.
Sabe que Sirius no va a enseñarle esas heridas a nadie.
- ¿Dolerme? ¿Esto? Por favor. – Resopla. – Ni que fuera la primera vez que amanezco con un par
de arañazos.
Está a punto de decirlo. Te quiero. Pero Remus se contiene. Pueden actuar como si todo fuera una
broma, pero no lo es, maldita sea. Y hay cosas –personas- que no está dispuesto a ver en peligro. Se
pregunta a menudo hasta qué punto está siendo demasiado condescendiente y si el futuro les
cobrará en sangre sus aventuras nocturnas. Animagos ilegales. Escapadas al bosque. Si Dumbledore
lo supiera, todo se vendría abajo.
- Si vuelve a pasar algo así, Sirius, se acabó. Tendréis que atarme en la casa de los gritos y dejarme
solo. No voy a poneros en peligro otra vez.
Todas las cosas que se dicen sobre Sirius son verdad. Sinvergüenza, impresentable, gamberro
compulsivo, egoísta, engreído, arrogante, vago, indisciplinado. Pero no es toda la verdad. Hay otro
Sirius, bajo las bravuconerías y los insultos, que solo unos pocos tienen el privilegio de ver.
- Escúchame bien, alfeñique. Lo que hacemos nosotros, lo decidiremos nosotros. ¿Está claro?
- Está claro.
- Y lo de atarte, ya me lo pensaré.
El que nunca dudará en clavarle los dientes si hace falta. Y tapará sus propias heridas para que
nadie vea que Sirius Black también sangra.
Cuatro días más tarde la herida tiene mucho mejor aspecto y el moratón ha sido reducido a un leve
enrojecimiento de la piel. La enfermera cree que es un milagro médico y Dumbledore argumenta
que puede deberse a su condición de hombre lobo. De hecho, tiene toda una teoría sobre los
humores que predisponen para la licantropía y Remus se ve obligado a escuchar mientras se lo
explica a la señorita Pomfrey durante toda la mañana del viernes. Esa tarde, está escuchando los
gritos del entrenamiento de quidditch en el campo, cuando ve pasar a la última persona que espera.
- McConagall cree que he cogido frío. – Acerca una silla a la cama. – Así que he venido a hacerte
compañía.
- No, no. – Niega con toda su convicción. – Prefiero quedarme contigo. Debes estar aburrido.
Es la primera vez desde que Remus le conoce que se pierde un entrenamiento. Le ha visto ir a
entrenar ardiendo de fiebre.
- Dice que mis gritos distraen a los jugadores. Pero qué culpa tengo yo si lo hacen todo mal.
¡Alguien tiene que decirles cómo jugar a esos paquetes!
Aunque no puede evitar echar un vistazo por la ventana de vez en cuando y maldecir en voz baja la
estrategia de su equipo, James consigue pasar la tarde en la enfermería y evitar cualquier alusión al
quidditch y lo injusta que es McConagall con él no dejándole jugar cuando ni siquiera está enfermo.
Sería convincente si no fuera porque en dos horas, Remus cuenta al menos treinta estornudos.
Cuando empieza a oscurecer, dejan de escucharse los gritos del campo y James se interesa por todas
esas lecturas muggles que Remus siempre tiene entre manos. Ojea unos cuantos libros. El más
ligero es un poemario lleno de subrayados y notas en los márgenes.
Apoya los pies en las barras de la cama, a los pies de Remus. Y lee.
- ―Por estos labios rojos, con todo su triste orgullo, tan tristes ya, que ninguna maravilla pueden
presagiar, Troya se nos fue con destello fúnebre y violento y murieron los hijos de Usna‖.
Medita sobre lo que acaba de leer. Mira por encima de las gafas. Bromea.
- Sigue, anda.
- ―Desfilamos y desfila con nosotros el mundo atareado entre las almas de los hombres, que se
despiden y ceden su puesto como las pálidas aguas en su glacial carrera; bajo estrellas que pasan,
espuma de los cielos, sigue viviendo este rostro solitario‖.
James entona con claridad, trata de abrirse paso en el significado de las palabras y se va
concentrando como en un partido de quidditch, tratando de capturar el sentido final de una jugada
que los demás no pueden comprender en su totalidad. Está tan ensimismado que no escucha el ruido
de la puerta a sus espaldas.
- ―Inclinaos arcángeles, en vuestra sombría morada. Antes de que existierais y antes de que ningún
corazón latiera, rendida y amable permanecía junto a su trono…‖
La voz a sus espaldas recita con él y James retira los ojos del libro para mirarla a ella. Una suave
figura pelirroja que se acerca a la cama, con los últimos versos.
- ―La belleza hizo que el mundo fuera una senda de hierba para que Ella posara sus pies errantes‖.
Lily recita de memoria. Cuando llega a la cama, le acaricia el pelo a Remus y le saluda con un beso
en la mejilla. Le ha traído chocolate. Y una sonrisa que lo ilumina todo al pasar.
- No sabía que te gustara Yeats, Potter.
- Ahora sí.
Remus le explica que ha elegido el poema preferido de Lily. Ella dice ―qué casualidad‖ pero quién
cree en la casualidad pudiendo creer en el destino. Por una vez tiene la sensación de que Lily Evans
le mira –quizá, tal vez, podría ser- con otros ojos y no quiere desaprovechar la oportunidad
estropeando las palabras de otro con las suyas. No sabe qué decir o si tiene que marcharse, si el tal
Yeats pensaba también en Lily cuando hablaba de La Belleza, si se le encogía también el corazón
en su presencia. Prueba a seguir leyendo. Le cuesta dos poemas contener el temblor de la voz,
cuando llega el tercero se atreve a mirar por el rabillo del ojo y cruza su mirada con la de Lily, que
parece absorta en su voz y de vez en cuando, murmura los mismos versos que él trata de no
estropear.
Es la mejor tarde de su vida y si no recuerda cómo jugar al quidditch cuando acabe, a quién le
importa.
Solo interrumpe su lectura por un inoportuno ataque de estornudos huracanados y casi es mejor,
porque entonces es ella la que coge un libro y lee para ellos y su voz –Santo Cielo- su voz podría
convertir los deberes de Pociones en palabra de Dios. Cuando Sirius vuelve del entrenamiento,
todavía con el pelo mojado y la energía del partido, encuentra a Remus reclinado a un lado para
hacer sitio a Lily en la cama. Todos la escuchan y se queda en la puerta, pensando que se ha
equivocado de sitio.
Se resigna con alguna protesta ahogada –―menuda cuadrilla de maricones‖- y se tumba en la cama
más cercana. Reconoce lo que Lily está leyendo. Whitman, el preferido de Remus. Le deja terminar
y cuando le acusa de que lee ―como una chica‖, ella le reta a hacerlo mejor y no puede resistirse.
Sirius se pone en pie y le quita el libro de las manos. Sabe exactamente qué está buscando. Hincha
el pecho, se asegura de que tiene toda la atención posible y de que Remus no le quita el ojo de
encima.
Lily protesta.
Sirius continúa.
Incluso Lily –si la obligaran a confesarlo bajo tortura- admitiría que tiene un don para la
interpretación. Pero no la están torturando, así que prefiere no reconocerlo.
- Whitman- brama Sirius. – Me encanta este tío, joder. El día que quemen toda la poesía a éste le
pueden salvar.
El tono de Remus no delata ninguna emoción concreta pero cuando Sirius le mira le sonríe la
mirada. Siguen leyendo un rato más, a turnos, a versos, a golpes de mirada.
Diosa Minerva
La primera clase del lunes es encantamientos, lo que significa que todos los alumnos se apresuran
para llegar a su hora al desayuno. McConagall es inflexible cuando se trata de llegar tarde a clase.
Remus aparece en el comedor aparece directamente de la enfermería. ―Como nuevo‖ asegura
―aunque tampoco es mucho decir‖. Trae, cómo no, los deberes hechos y una sonrisa enigmática que
hace que James le pregunte qué le pasa y a Sirius se le revuelva ligeramente el estómago.
- ¿Qué deberes?
- Peter, tío, los ―deberes‖- subraya Sirius- que El Consejo le ordenó a Remus. ¿En qué mundo
vives?
Suelta una risita nerviosa. Sirius está convencido de que ha guardado el secreto de los animagos
tantos años por puro milagro.
- Espero que la carta sea convincente y apasionada, señor Lunático. – James se llena la boca de
tortitas de canela y le pasa a Remus un brazo por los hombros. Le encanta interpretar al líder de la
banda. - El Consejo no querría tener que castigarle de nuevo.
Ahí está otra vez. La cara de niño bueno de Remus. He hecho lo que he podido, dice. Como si
Sirius no supiera exactamente la clase de cartas que es capaz de escribir.
- Seguro que a McConagall se le caen las bragas. Todos sabemos que escribes muy bien, Lupin.
Las lechuzas llegan en ese momento y los cuatro se fijan en la hembra gris que sobrevuela la mesa
de los profesores y deja una carta delante de la jarra de zumo de albaricoques de Minerva
McConagall. Peter tiene que hacer verdaderos esfuerzos por contener la risa. Remus sigue
comiendo de su plato, ajeno a todo y cuando la profesora McConagall empieza a leer, murmura
―santo dios‖ y enrojece intensamente, Sirius se siente terriblemente orgulloso de sí mismo.
Sirius también tiene ganas de felicitarle pero lo que se le ocurre casi es mejor dejarlo para otro
momento y un sitio menos público. Además, en ese momento la profesora McConagall se levanta
de su sitio y con toda la dignidad que consigue aparentar, el gesto serio y cara de pocos amigos, se
dirige a la mesa de Gryffindor. A esas alturas Peter tiene que levantarse para no hacerse pis encima.
Está rojo por aguantarse la risa.
Ese día Encantamientos empieza tarde. Y Sirius tiene que escuchar TREINTA MINUTOS de Por
Qué La Confraternización Entre Profesores y Alumnos Está Estrictamente Prohibida. Ese cabrón.
Ese lobo cabrón malnacido ha firmado la puta carta en mi nombre. Se pasa la media hora
planeando su venganza. Dicen que es un plato frío pero ese malnacido se lo va a tomar ardiendo.
- ¡TÚ!
Sirius abre la puerta de la habitación común como un vendaval. Son la cinco y está llena de
estudiantes de todos los cursos que terminan sus deberes. Sirius no tiene deberes, claro porque
Sirius se ha pasado todo el día limpiando la lechucería. Sin usar la magia, CLARO. McConagall
creyó conveniente obligarle a hacer un poco de ejercicio físico. ―Para quemar una energía que
obviamente le sobra‖.
- ¡TÚ, LUPIN!
Un día entero limpiando cagadas de pájaro y Sirius podría matar a ese hombre lobo del demonio.
Matarle con sus propias manos desnudas. Poco importa que baste con esa expresión –manos
desnudas- para que las ganas de matarle disminuyan a favor de castigos ligeramente menos
dolorosos aunque igual de físicos. Poco importa. Black ha sido burlado y la venganza tiene que ser
bíblica. Todos los alumnos, especialmente los más pequeños le miran ligeramente espantados. Y el
culpable de su ira levanta la vista de sus pergaminos como si no pasara nada. Mamón.
James esconde la cara entre sus libros para disimular la risa. El muy idiota. El otro – de momento
no puede pensar en él como ―Remus‖ porque eso aplaca su ira y no es eso lo que necesita- se
mantiene impasible.
- ¿De lechuzas? ¿En serio?
¿Y encima le está vacilando? Se acerca a él grandes zancadas. Pone las manos sobre la mesa. Se
queda a tres centímetros de su cara. Tres centímetros. Es su mirada amenazante. Ha conseguido
hacer llorar a hombres adultos con esa mirada. Se está fijando demasiado en su caída de ojos y el
brillo de su lengua detrás de los labios pero al carajo, no importa.
- Una carta de amor. ¿No era eso lo que se supone que tenía que hacer?
Se aparta. Si sigue mirándole tan de cerca va a tener que besarle y todavía está enfadado. Así no se
juega este juego.
- ¡Y tú no te rías, Potter!
- ¿Después de la lechuza que enviaste a Los Cuarenta Magistrales? Me pienso reír hasta Navidad.
- No. Pero visto lo visto, me arrepiento porque este ajo me encanta. Este ajo me gusta tanto que me
da ganas de hacer sopas de ajo.
- Cabrones. – Les morderías a los dos hasta que le pidieran clemencia. – Sois los dos un par de
cabrones. Eso es lo que sois.
(…)
Durante la comida, Severus repasa mentalmente los ingredientes y las medidas de su última poción,
tratando de mejorar lo que les ha enseñado el profesor. Reducir el tiempo de cocción, disminuir los
efectos secundarios. Le gusta resolver el acertijo en su mente, le aleja de todo ese ruido del
comedor, de todos los estúpidos con los que tiene que convivir. Lleva siempre encima sus libros y
sus pergaminos y mientras trata de buscar sitio en la mesa, se le tambalean entre las manos.
Potter se mete con él desde su sitio en el trono de Gryffindor y todos los idiotas de su casa se ríen
con él. Una manada de monos amaestrados para adorarle. Patético. Black es el primero en reírse con
él, como no. No son más que un par de malcriados insoportables.
Severus choca con alguien, trastabilla, se le cae un pergamino. Hace equilibrios para no caer tras él.
Y cuando quiere darse cuenta, allí está Ella de nuevo. Con esa larga melena que le llega hasta la
mitad de la espalda y esa expresión tan insólita, tan curiosa, entre templada e inalcanzable.
Y le toca.
- Apártate. - Lily pierde el color, aprieta los dientes y da un paso atrás impulsada por la más pura
indignación. – Cómo te atreves a tocarme.
No le gusta que le toquen. Algo dentro de él, algo que permanece atado, sólido e inalcanzable
dentro de él corre el riesgo de romperse si le tocan. Sobre todo si le tocan así. Demasiado suave.
(…)
Pero están solos y esto no son solo besos y cuerpos que tropiezan. Esto es Sirius en la intimidad. Un
regalo raro, precioso.
Acerca la cara despacio, se inclina ligeramente para no chocar con su nariz y le abre los labios
suavemente con la lengua, dejando dentro de la boca un beso líquido que desflora despacio, como si
tuviera miedo de romperle. Es un beso del otro Sirius, más allá del ardor y la ira, todo sensualidad y
pereza. Un beso de domingo por la mañana y sábanas que llevan un rato deshechas.
Si Peter no gritara en ese momento despertando a toda la torre de Gryffindor, Remus hubiera tenido
que aclararle que su calma es solo apariencia y que se siente cualquier cosa menos manso cuando le
tiene cerca.
(…)
Entre los alumnos, Sirius Black tiene fama de ser un capitán de quidditch inflexible. Tiránico,
inmisericorde con la fatiga y el desánimo. Pero entre los jugadores, todos saben que Sirius les pide a
todos y cada uno de ellos nada más y nada menos que lo que se pide a sí mismo. La Gloria o la
Muerte. Morder el polvo, dejar sangre en el campo y salir cantando.
Todos recuerdan en el partido contra Slytherin en quinto, subiendo a su posición frente a la portería
con un hombro dislocado y varios huesos fracturados, manteniéndose sobre la escoba a fuerza de
voluntad y furia. Cuando el partido se pone difícil es su voz la que resuena como un bramido en el
campo y les inspira la fuerza para cometer hazañas con las que nunca hubieran soñado. ―No
jugamos para ganar‖ le gustan las grandes frases antes de los grandes partidos ―jugamos para que la
gente que está en las gradas hable de este partido a sus hijos y se le llenen los ojos de lágrimas‖.
Generalmente sus discursos incluyen frases coloristas y sus habituales expresiones malsonantes.
―¿Me habéis oído bien, cabrones?” “Si descubro que alguno de vosotros tiene un mínimo de fuerza
para mantenerse en pie después de este partido, me aseguraré de que se arrepienta cuando
acabemos”. Los prepara con antelación y una vez se le ocurrió ensayarlo delante de Remus. El
maldito bastardo tuvo la indecencia de reírse.
Sirius no tenía la más remota idea de lo que era el día de San Crispín, ni había oído hablar de
Shakespeare en su vida pero Remus le prestó ―Enrique V‖ y desde entonces lo usa antes de cada
partido. Cuando sus jugadores oyen aquello de ―¡el que vierte su sangre conmigo será mi
hermano!” salen disparados al campo como si les catapultara una emoción sangrienta. Shakespeare
tiene un efecto combustible en su moral. Le encanta animar a sus jugadores, ésa es la verdad. Le
gusta verles ganar y ponerles en pie cuando pierden. Le gusta el barro bajo las botas y esa sensación
increíble de ser parte de un todo indestructible. Le gusta notar que James ha visto la snitch y
mandar las quaffles hasta Dublín con un golpe mortal. Le gusta ganar a Slytherin y los viernes,
después del entrenamiento, le gusta quedarse el último en el campo.
(…)
Nadie sabe de dónde salió el piano. Cuando empezaron a frecuentar la Casa de los Gritos
descubrieron un montón de trastos abandonados. Peter tiene la teoría de que son cosas de
Dumbledore, que utiliza la casa como almacén de deshechos del colegio. En la planta baja hay
pupitres raídos y en la habitación en la que solían encadenar a Remus, varios colchones y una cama
con muelles destartalados. Jugaban a imaginar que alguien había vivido en la casa. Alguna vez. Un
asesino, un espía secreto, un músico solitario. Hay cadenas en una de las paredes para atar al lobo,
así que Sirius concluyó que quien quiera que viviese allí tenía que tener o un perro muy grande o
una vida sexual muy interesante.
Cada vez que van fuera de las noches de luna llena, a jugar a cartas, a beber un rato y a fumar un
poco, rebuscan y descubren cosas nuevas. Un laúd sin cuerdas, unos libros casi deshechos, un
candil sin combustible.
El viernes por la noche, y por pura casualidad, mientras juegan a ―Sé Algo Que no Sabes‖
descubren que Remus toca el piano.
- Venga ya- James le pasa la botella de whisky de fuego a Peter- nunca nos habías dicho que
supieras tocar.
- Tampoco Peter nos había dicho nunca que tenía seis dedos en un pie y acabamos de descubrir que
es verdad- argumenta.
Peter insiste en que está dispuesto a enseñarles una prueba si no lo cree pero todos –Sirius el
primero- le suplican que NO lo haga.
- Si te quitas, el zapato o peor aún, el calcetín – amenaza Sirius – te corto los pies. Te lo juro por los
cojones del viejo Godric.
Remus recuerda la última vez que tocó. En el viejo apartamento de Bath, mientras Aurora le pasaba
las páginas de la partitura. Era un piano viejo y mal afinado y el pedal chirriaba. Se oían sus
protestas más que la melodía. Aurora prometió llamar al afinador y tres días después aquel coche se
cruzó en sus vidas y su madre dejó de darle clases para siempre. Desde entonces no se ha vuelto a
sentar delante de las teclas y cuando lo hace, por insistencia de sus amigos, no puede evitar sentir la
presencia fantasmal de su madre indicándole la postura correcta. ―Espalda recta, Remus. Brazos
sueltos. Así, muy bien”. No está seguro de ser capaz de tocar pero James insiste ―solo un poco‖ y
Peter insiste ―yo quiero ver cómo suena‖ y sobre todo, Sirius insiste, ―¿sabes algo de los Beattles?‖
y tal vez, en algún lugar remoto, su madre esté insistiendo. ―Deberías tocar, Remus; me gustaría
oírte tocar”.
Las primeras notas son las que más cuestan. Luego, Beethoven se toca solo.
Lo único que Remus tiene que hacer es intentar que no le mate la melancolía de esas primeras
notas. Tiene que concentrarse. Sentir esa energía que proviene del fondo del estómago, sube por la
espalda y le sacude desde allí, hasta que aparece misteriosamente en las puntas de los dedos. Hace
tiempo que no la oía, ni siquiera en el gramófono y esa noche, en la casa de los gritos, la melodía
parece más triste. Como su madre, que se va apagando pero no llega a morirse. Cuando la aprendió
por primera vez, le pareció que siempre la había sabido. Que esos graves tubulares eran lamentos
por su propio funeral. Pensó que tal vez ese tal Beethoven era también un hombre lobo y por eso su
canto a la luna dolía tanto.
- La escribió para una alumna de la que estaba enamorado. Pero ella no le quería.
Su madre le contó que Beethoven era sordo. Remus supuso que por eso estaba tan triste.
- Estoy segura de que la oía, cariño. Estoy segura de que la oía aquí.
Le puso la mano en el corazón. Y mientras toca, Remus rememora ese tacto de su madre ausente.
Se agacha para estar más cerca del sonido, como si se agachara para estar más cerca de Aurora a
través del dolor de Beethoven. En ese momento toca con los ojos cerrados, para que no se
interponga nada entre ellos. Las pulsaciones de las teclas bajo la yemas de los dedos le calientan las
manos y la casa de se llena del sonido de una sonata casi sin esperanza, de una yerma melancolía
que anuncia la muerte en las últimas, graves, pesadas notas finales.
(…)
Piérdeme
Un segundo después de dejar a Peter en la cama, una serie de sonoros ronquidos llenan la habitación
de los chicos. En esos casos el siguiente paso suele ser quitarle los zapatos al borracho de turno para
que no ensucie la cama pero tratándose de Peter, casi mejor que no. James se debate entre acostarse
en su cama o volver o volver a la casa de los gritos y finalmente opta por bajar a la habitación
común a comer algo de chocolate de ese que esconde Remus debajo del colchón. Si se acuesta con
el whisky todavía rugiendo en la cabeza, la cama empezará a moverse como un barco a la deriva y
sabe que se despertará con una resaca de miedo. Y no quiere tener que desayunar otra vez una de
esas desagradables pociones Día Después De Una Borrachera que prepara Sirius. Son efectivas pero
saben a pis de mandrágora.
Se apoltrona en uno de los sillones de la habitación común, mordiendo el chocolate con sabor a
naranja y leves destellos de canela que ha encontrado. En el otro sillón, bajo una manta de cuadros
que no recuerda haber visto antes, algo se mueve, respira suavemente y se agita en sueños.
- ¿Lily?
Se despierta sobresaltada y James se censura por haberla despertado. Seré gilipollas. ¡Me he
perdido la oportunidad de verla dormir! El libro que tenía entre manos cae al suelo y cuando se
agacha para cogerlo, la manta cae también un poco y James Potter experimenta la agradable
sensación de tener un infarto. Lily lleva camisón. En realidad, no. Lleva lo que parece una camisa
enorme que le llega hasta las rodillas y ahora que no lleva la manta, deja al descubierto más piernas
de Lily Evans de las que él ha visto nunca. Probablemente más de las que puede resistir.
Tanta pierna. Jesús. No se acaba nunca. Parece suave desde esa distancia. James se pregunta qué se
siente cuando la tocas y se ve a sí mismo proyecto hacia una fantasía en la que puede acariciarle los
muslos hasta que sus manos desaparecen bajo la camisa.
Parece ligeramente avergonzada. Como si tuviera que justificarse. James no quiere que tenga que
justificarse. Quiere que le espere a él y no a Remus. Quiere que puedan hablar a esa distancia, en
esa intimidad que dan la soledad y su camisa y sus piernas desnudas. Quiere acostarse con ella y
que se enreden sus piernas en la cama pero esa es otra historia.
- Por ahí.
- Con Sirius.
Ahora es Lily la que dice ―ya‖ con un tono indescifrable y amaga con levantarse del sillón,
anunciando que se va a la cama.
- No digo ahora, claro. En diciembre, quiero decir. Después del baile. Yo podría recogerte aquí a
eso de las cinco y podríamos bajar al salón juntos. El año pasado llevabas un vestido verde y si
llevaras un vestido verde sería genial porque me encanta cómo estás de verde. Aunque no porque
estés mal con otros colores, en serio. Es porque el verde, no sé, WOW. – Habla James y habla el
whisky y como los dos hablan al mismo tiempo, nadie sabe realmente quién habla más alto. – Y
podríamos bailar, ya sabes, como bailaste con ese carahuevo de Ned O´Leary el año pasado o a lo
mejor, como bailaste con Remus esa canción de los Beatles, no sé si pondrán los Beatles en el baile.
Habría que hablar con Dumbledore. Para que pudiéramos bailar toda la noche. Te juro que no te
pisaría. Palabra de honor. – Se lleva la mano al pecho de manera excesivamente dramática. Toda la
habitación está borrosa excepto Lily y sus piernas y su preciosa boca en forma de ―o‖. – Y después,
a lo mejor, hablaríamos en un rincón, ¿sabes? Donde se oyera la música a lo lejos y yo pudiera oírte
hablar de, no sé, lo que sea que quisieras decirme. Me pregunto de qué hablas con Remus, supongo
que de cualquier cosa porque está claro que sabes de todo. Y eso sería genial. Escucharte hablar
antes de volver aquí y despedirnos en este mismo sitio. Estarías cansada y con ese rubor en las
mejillas y un poco despeinada y no es por aprovecharme de ti pero en esa ocasión tendría que
besarte porque seguramente llevaría toda la noche queriendo besarte. Y tú me dejarías. Mmmmsí. Y
me devolverías el beso.
Por un momento todo parece real. Puede ver esa noche como si estuviera ocurriendo. Cierra los
ojos. Ve cómo Lily inclina la cabeza y se besan. Es brillante y perfecto. No es real pero aún así, es
perfecto. Un diez en la escala de las fantasías.
- Me podría ir a la cama con un beso de Lily. No haría falta nada más. Nada de meternos en las
escaleras y aprovechar la oscuridad para besarnos más largo y tocarnos por debajo de la ropa, te lo
juro. No intentaría nada de eso a pesar de que querría porque, no sé, ¿te he dicho que tienes unas
piernas increíbles y que estoy un poco borracho?
Lily le ha escuchado de pie todo ese tiempo. Parece algo, ¿sorprendida? Puede que sea eso. Le
sienta bien. Está preciosa con esa boca entre abierta y sin saber qué decir.
- Estás borracho.
- Ya te he oído.
- Ah.
- Me voy a la cama.
- Qué.
Suspira hondo. Parece que va a decir algo y se rinde. Pero lo piensa mejor y tal vez lo que acaba
diciendo es más o menos lo que tenía en mente.
- Exasperante.
- Gracias.
- No era un cumplido.
Lily emite un gruñido o algo así. Un delicioso ruido frustrado que parece un gemido suave, como el
de un gatito, y se va a la cama. Arrastrando su manta de cuadros, meciéndose en una habitación que
se mueve y da vueltas y gira y gira como si la arrastraran las mareas mar adentro. Un minuto
después, James está durmiendo en el sillón, deslizándose en un océano pelirrojo de besos navideños
y furtivos. Sueños extraños inducidos por la mezcla explosiva de Lily y el alcohol.
(…)
Le gustaría preguntarle si es un raro bueno o malo. Si tiene ganas de deshacerse de él, qué significa
lo que acaban de hacer, si tendrán que contárselo a James o Sirius se despertará pensando en las
ganas que tiene de estar con una chica. Si son amigos como antes, o son más que amigos o debería
decirle que lleva años soñando con algo así. No sabe nada, de hecho. Y estar tan cerca de la
felicidad le hace experimentar una leve sensación de pánico repentino.
Junto a él, Sirius se incorpora en el piano. Apoya la cabeza sobre la mano y el brazo sobre un codo,
hasta que el instrumento protesta y cruje.
- Y ahora confiesa, capullo. Qué coño le escribiste a McConagall y por qué mierda no podía
mirarme a la cara.
Están desnudos, están juntos, toda su piel tiene marcas de Sirius y hasta sus besos saben a él. Pase
lo que pase por la mañana, en ese momento no puede negarle nada.
La carta de Remus
Diosa Minerva:
Estoy cansado de alumnas que me persiguen pero no son capaces de entender lo que realmente
quiero. Necesito una profesora que me enseñe todo lo que ellas todavía no saben. Seguro que usted
sabe hacer cosas que ellas ni siquiera pueden pronunciar. A veces pienso que con usted, Minerva
podría aprender disciplina. Aunque otras veces, creo que a usted le gustaría más que me portara
mal.
Sé que tendrá que castigarme por haberle escrito esto pero no me importa. Porque eso significa
que tendré que verla a solas en su despacho y mientras me impone su castigo, podré mirarla a los
ojos y saber que está pensando en esta carta y en todas las cosas que podríamos estar haciendo.
Quizá me porto mal solo para que me castigue, ¿no lo había pensado?
Suyo,
Y deshacerme de mí mismo
Ha tenido que rebuscar debajo del piano para encontrar los pantalones de Remus y sacar del bolsillo
de su pantalón el borrador de la carta pero Sirius cree que ha merecido la pena. Relee en voz alta un
par de veces y es que no da crédito.
- ―Quizá me porto mal solo para que me castigue‖. Es la carta de un pervertido, Lunático.
Incluso ha imitado su letra. Hasta Sirius podría confundirse y pensar que la ha escrito él. ―Con usted
podría aprender disciplina”. A saber de dónde coño se ha sacado eso. Y eso que no le gustan las
tías. A lo mejor pasa igual con los chicos que con las chicas. A lo mejor es verdad la regla según la
cual los que parecen más modositos son los peores. O los mejores, según se mire. Si tiene que
juzgarle por lo que ha visto esta noche, desde luego, parece verdad.
- Eres un cabrón mal nacido hijo de una grandísima perra, Lupin. Y a mí no me engañas con la
fachada de ―soy prefecto‖ porque sé que eres un licántropo y un pervertido.
- Basta, por favor. Ya te has enrollado conmigo, no hace falta que me sigas regalando tus
cumplidos.
- Soy un chucho muy cariñoso. – Deja la carta sobre las teclas. – Y ayúdame a buscar mis
pantalones porque necesito un cigarro.
Al final no se fuma uno, sino tres. Comparten caladas, besos con sabor a tabaco, la última cerveza
de mantequilla y un par de anécdotas embarazosas. Tumbados encima del piano, vestidos solo con
los pantalones.
Sirius le cuenta lo de aquella vez, a los ocho años, cuando Régulus les descubrió a él y a su prima
Tonks escondidos dentro de la caseta del jardín, mirando qué tenía el otro dentro de la ropa interior.
Cuando Remus le cuenta que los muggles le llaman ―jugar a los médicos‖ le da la risa y se traga el
humo del cigarrillo. El ataque de tos dura un buen rato. Los primeros años de colegio, solía
perseguir a Remus por todas partes obligándole a contarle todo tipo de historias sobre los muggles.
Todavía le gusta escuchar noticias sobre sus últimas ocurrencias, sobre todo si Remus se las cuenta
en la penumbra de una casa polvorienta, mientras alargan la conversación y los cigarrillos hasta la
madrugada. Sirius se enorgullece de estar de vuelta de todo pero no está acostumbrado a lo que
están haciendo. Hablar, todavía medio vestidos, con esa sensación de laxitud en el cuerpo. Es
nuevo.
Raro.
Diferente.
- Pero te oigo.
Antes de hacer un hechizo difícil, como un patronus o una transformación Sirius puede ver la magia
en el aire, a punto de explotar. Y de la misma manera, también puede ver el pensamiento de Remus.
En algún sitio. Dentro de su cuerpo. Hay algo que le carcome.
- Veamos… está pensando ―Sirius Black es el bastardo más guapo con el que nunca soñé
acostarme. ¿Cómo puedo soportarlo?‖
- Me la hago a menudo.
Lo dice en serio. Remus es listo, es paciente, es el mejor de su clase, siempre sabe lo que hay que
decir, toca el piano y besa como nadie que Sirius haya conocido. Remus es la clase de persona que
siempre da sin esperar nada y es bueno, joder. Esa es la palabra. Es tan bueno. A veces, cuando le
mira a los ojos como en ese momento, y ve toda esa bondad, ahí, donde cualquiera podría robársela,
o aplastarla para hacerle daño con ella tiene ganas de meterle en una caja donde nadie pueda tocarle.
A veces le da miedo ser ese alguien que le destroce, como lo acaba destrozando casi todo. La idea le
aterroriza tanto que tiene que desecharla de inmediato. Pensar en otra cosa. Así que bromea, hace
un chiste. Lo que sea para no pensar.
- Dime que no era en deberes. O en Snape. ¡O en Snape y en deberes! – Mejor. Remus sonríe. Sí,
mucho mejor. - Dime que no estabas pensando en ese rubio que siempre te mira en Defensa Contra
las Artes Oscuras.
- Estaba pensando…- Le cuesta. Traga saliva. Y al final consigue decirlo. - Pensaba en que las
cosas buenas no suelen durarme.
Tarda un par de segundos. Dos o tres segundos en darse cuenta de que cuando Remus Lupin dice
―las cosas buenas‖ está hablando de él.
De él, un mago de pura raza que es incapaz de pensar con la cabeza fría, lleva los peores genes que
se puedan imaginar, es celoso, caprichoso, impaciente, egoísta y siempre se enfada como primera
medida y nunca ha pedido perdón, ni ha suplicado ―por favor‖.
Él es ―cosas buenas‖.
Ha sido muchas cosas y le han llamado de todo pero nunca nada así. Se le hace un nudo en la
garganta.
- Dios me libre.
Le gustaría prometerle que va a durar, que todo irá bien, que la vida le dará solo cosas buenas
porque son las únicas que merece. Le encantaría jurarle que serán jóvenes para siempre y habrá
momentos mágicos a cada vuelta del camino y borrarán los malos recuerdos con mentiras y
giratiempos. Le gustaría que el mundo fuera justo y fértil y estuviera a la altura su triste, solitario,
deslumbrante hombre lobo.
Pero el mundo es otra cosa. Y no puede prometerle nada. Ni siquiera puede prometerle mañana.
Sirius no habla de ello pero sabe que se acercan tiempos difíciles. Se lo dijo Dumbledore pero no
hizo falta. Lo sabía antes. Lo sabía sin saberlo.
- Pienso que no deberías preocuparte. – Le aparta el pelo de la cara, le besa rozando con la punta de
la lengua esa parte del labio superior que queda debajo de la nariz y sobresale ligeramente. - Pienso
que es como con las meigas fritas, ¿sabes? – Debajo de él a Remus le baila la mirada, empieza a ver
en su cara esa media sonrisa descreída que le derrite el corazón. – Están tan buenas que deberían
durar para siempre pero lo de menos es que se acaben porque mientras te las comes, Remus, te
hacen volar.
Les ocurrirán cosas terribles. Incluso a aquellos que no las merecen. Pero mientras esté en su mano
van a volar a tres pies del suelo porque ahora él forma parte de eso que Remus llama ―cosas
buenas‖ y eso no tiene intención de echarlo a perder. Puede que nada bueno dure pero mientras la
vida les deje intentarlo, Sirius se va a asegurar de que sea memorable, joder.
Es una promesa de sangre. No lleva palabras, la sellan con besos, encima de un piano que no tocaba
nadie desde tiempos inmemoriales. Hasta que llegaron ellos. Un perro. Un lobo. Y la música que
hacen cuando están juntos.
Ya no alardeas tanto
Le empujan en sueños. Una serie de sacudidas no demasiado fuertes arañan la superficie del sopor y
penetran despacio en ese mundo de algodón y brandy pero James Potter ignora la llamada del
mundo exterior y se agarra a la almohada.
¿Despertar? Ni hablar. No quiere despertar. Quiere seguir con la cabeza debajo de las mantas. No
sabe qué hora es pero está seguro de que se acostó en viernes y que debe ser sábado. No se le ocurre
ninguna buena razón para levantarse de la cama en sábado. Excepto el entrenamiento. Que no es
hasta las once. No sabe qué hora será pero seguro que no son las once porque nota en la oscuridad
reinante que todavía no ha amanecido.
- Venga, James – Sirius habla en voz baja pero sigue empujando y tirando de las mantas. – Quiero
que estés despierto.
- No quiero – murmura, todavía con la lengua de trapo y el corazón dormido. – Sirius, déjame en
paz.
Es una batalla perdida y James lo sabe. Sirius abre las cortinas. Levanta la manta, levanta la
almohada, apoya la cabeza sobre las sábanas. Está vestido. Está despierto. Está haciendo pucheros
como un chucho abandonado. No tiene ninguna intención de rendirse. James lo sabe pero trata de
alargar ese placer caliente de estar en la cama. Se siente casi agradecido porque normalmente
cuando Sirius le despierta a las tantas para vete a saber qué rayos, suele gritar bastante más alto y
dar empujones bruscos o –ésta es la preferida de James- taparle la nariz para que se despierte medio
asfixiado. Esa mañana se limita a pedirle que no sea muermo y a agitarle sin parar.
- No.
Es casi cariñoso. En términos de Sirius. James acaba abriendo los ojos. Le aletean los parpados.
- Te odio, Canuto.
- Sí, vale. – Le alcanza algo a oscuras. Algo que brilla. - Anda, ponte las gafas, Cornamenta. Quiero
ver cómo sale el sol.
Se incorpora en la cama pero cuando pregunta qué hora es Sirius solo dice "hora de levantarse y ver
amanecer". El maldito idiota tiene el descaro de pedirle que hable en voz baja para no despertar al
resto. Acabáramos. Es lo que faltaba. James se calza en la penumbra, se pone el primer jersey que
encuentra y da las gracias a los elfos por mantener el castillo caliente porque el otoño empieza a
hacer de las suyas y el suelo está frío. Camina con un ojo medio cerrado y se le empieza a despertar
el corazón.
- ¿A qué hora vinisteis? ¿Has dormido algo? ¿Dónde… dónde está Remus?
Efectivamente. James se levanta y escucha a Remus respirar profundamente, con las cortinas
entreabiertas. Un tío con suerte. Típico de Sirius despertarle a las tantas y después preocuparse de
no molestar a Remus. Típico de ese bastardo decir que Remus estaba cansado e ignorar
completamente que a lo mejor él también está cansado. Es que es típico. Cuando se trata de Remus
el instinto territorial canino de los Black despierta. Es como lo que pasó con Malfoy en tercero. Ese
mal nacido se pasó todo el curso riñendo con James y no pasó nada. Un día se le ocurrió encerrar a
Remus en el cuarto de las escobas y Sirius reaccionó rompiéndole la nariz.
- Sirius, en serio, necesito dormir, creo que todavía estoy borracho.
- Mis pociones contra la resaca son infalibles. Y habla más bajo, coño.
Salen de la habitación a hurtadillas. El cabrón de Sirius tiene la delicadeza de cerrar la puerta con
cuidado y bajar las escaleras en silencio. Para él los empujones. Para Remus las atenciones. En
realidad no le extraña. Y en realidad tampoco le molesta pero tiene sueño y todo el derecho del
mundo a estar irritado.
En la cocina, se hacen con un cargamento de bollitos de pan dulce, zumo de arándanos y chocolate
de tres mil sabores. Suben a la lechucería mientras el colegio entero duerme y se sientan en una de
las balconadas más altas del castillo, con las piernas colgando hacia el vacío. Protegidos de la caída
solo por las rejas. El cielo empieza a clarear y teñirse de azul eléctrico.
- No podía dormir.
Ahora que hay un poco de luz y James lleva varios bollitos de ventaja sobre el amanecer, distingue
una expresión curiosa en su mejor amigo. Una especie de felicidad de baja frecuencia, que solo se
puede escuchar si uno presta atención. A Sirius le brilla la mirada. Debe tener sueño porque tiene
los ojos enrojecidos pero hay demasiada energía brotando de él y por eso no puede dormir. James la
nota. Chisporroteando junto a él. Es como después de un gran partido. Sirius se mantiene en pie por
la adrenalina de una emoción intensa. Y solo se duerme cuando le vence un cansancio profundo.
Al menos la vista es espectacular. La corteza de la tierra se fractura y el sol se abre paso como la
yema de un huevo prehistórico. Las nubes adquieren matices violetas y todo se llena de colores que
van cambiando constantemente. Rojo azafrán, naranja calabaza, verde marino. Miran en silencio,
acabando por turnos el zumo.
- Deberías pensar en algo para salir con Lily- dice Sirius de pronto. - Tienes que cambiar de
estrategia, James.
De todo lo que podía haber dicho algo así es lo último que se podía esperar. Sirius nota la sorpresa
en su cara.
- ¿Qué pasa? Quiero ayudarte. Es el último curso, por si no te habías dado cuenta. El reloj marca la
cuenta atrás y tus labios todavía no han rozado los de Lily.
- No, ya. Es que… - no sabe exactamente cómo decirlo- … es que siempre pensé que la idea de que
saliera con Lily no te hacía mucha gracia. – Sirius le mira con mucha concentración y James no
sabe si acaba de ofenderle. – Quiero decir que si yo tuviera novia… bueno, a mí me resultaría raro
que pasaras más tiempo con alguna tía que con nosotros, ¿sabes?
Claro que de eso nunca ha habido peligro porque las chicas han venido y se han ido de la vida de
Sirius y hasta donde James sabe, nunca han dejado huella en él. Pero ahora, algo debe ser diferente
porque Sirius sonríe y sí, ésa es su manera de admitir que tal vez haya estado celoso de Lily en
algún momento.
- Me da igual que salgas con ella, James. Porque te despertaré a las seis de la mañana todos los
sábados y cuando te cases con ella me apareceré en tu casa para comerme tu comida y malcriar a tus
hijos.
- Trato hecho.
- Para empezar, dejar de pedírselo cuatro veces al día y con un poco de suerte, empezará a tomarte
en serio. Y en segundo lugar, cuando estemos juntos ponte más lejos de mí porque soy demasiado
guapo y fíjate en mi pelo, tío, no queremos que ella haga comparaciones odiosas.
- ¿Sabes qué te digo, idiota? – Le da un empujón en el costado. - La próxima vez que tengas un
capricho, despierta a Peter. Despierta a Remus si tienes cojones. A él nunca le despiertas.
Fingen que discuten y se pelean durante un rato más. James le pincha para que le confiese de una
vez quién es la chica misteriosa que no le deja dormir. Dime la verdad, has estado con ella esta
noche. No importa que Sirius lo niegue y afirme que no hay chica porque cuando dice que ha estado
toda la noche con Remus no puede reprimir una especie de sonrisa contagiosa que solo puede
significar que está mintiendo como un cosaco. Al rato, las nubes le hacen un sitio al sol y desde el
interior del colegio empiezan a llegar las voces de los alumnos en dirección al comedor. Sopla una
brisa suave y James cierra los ojos para aspirar el perfume de la mañana escocesa. Dan ganas de
sacar la escoba y dar un par de vueltas.
La única respuesta que recibe es el sonido de la respiración de Sirius, con la cabeza apoyada en las
rejas. Durmiendo como un tronco. Vencido, al fin, por el cansancio.
Amanece en Hogwarts. James Potter sonríe al nuevo día y a sus rincones, llenos de posibilidades.
¿Lo peor? Cuando hablan del tema estrella. ¡Chicos! Generalmente hacen un corrillo alrededor de
una de las chicas populares. Generalmente Sabine Lingwood. Una morena de ojos color miel y
largas pestañas rizadas que cree que su llegada a este mundo fue el mayor acontecimiento de la
historia desde la boda de Arturo y Ginebra.
Mientras acaba de vestirse, Lily procura prestar poca atención. Pero no resulta fácil. Cacarean a voz
en grito.
Después de remolonear y hacerse la interesante, Sabine cómo no, lo acaba contando. Que si no-sé-
que-chico y ella habían quedado en Hogsmeade. Que si ella sabía lo que él quería, que si la llevo
cerca de la casa de los gritos que si bla, que si ble, que si besaba muy bien. Llegado a ese punto se
oyen risas tontas y Lily procura cepillarse el pelo deprisa para poder huir cuanto antes. Recogerlo
en un moño y largarse. No quiere escuchar las aventuras amorosas de nadie, ni atender a los
consejos que Sabine les da a sus esclavas.
- No estamos saliendo en serio, ¿vale? Si estuviéramos saliendo en serio, no me habría dejado llevar
al bosque, tontas.
- Porque si le dejas a un chico hacerte todo eso, ya no quiere salir contigo. Por eso, si quieres salir
con un tío en serio, no puedes dejar que te desabroche la camisa.
Es vomitivo. Es asqueroso. Es… no hay palabras. Lily se pregunta cómo alguien con la inteligencia
suficiente para no hacerse pis encima puede ser tan superficial. Una época Sabine y ella fueron
amigas. Grandes amigas. En un pasado muy, muy lejano, antes de que la pubertad la convirtiera en
una frívola pagada de sí misma. Fue un distanciamiento doloroso y culminó con una discusión de la
que Lily todavía recuerda los detalles, el perfume envenenado, las palabras hirientes.
Ella gritó.
Sabine gritó.
- Veréis- sigue Sabine- a la mayoría de los chicos de nuestra edad, no se les puede pedir más de lo
que dan de sí. Por eso yo siempre salgo con chicos mayores.
No, por favor. Otra vez la historia de aquel estudiante del programa de Aurores no, por favor.
- De los chicos del colegio, solo puedes conseguir lo que puedes conseguir.
Una de las hermanas Lindley dice "¡un rollo!" y la otra, la más morena, añade, "¡un rollo guarro!".
Lily se ata los zapatos contando mentalmente hasta cien. Sus compañeras hacen –DE NUEVO- la
lista de quién-está-más-bueno entre los chicos de su curso. DE NUEVO y como siempre, suspiran y
gimen cuando se trata de jugadores de quidditch como, por supuesto, Sirius –suspiros, algún grito-.
Sabine alardea de sus diez minutos de sobeteos a oscuras con él desde hace meses.
- Al menos, en lo único que se le puede pedir a Black, se le puede pedir un montón de veces.
Ríen como si les faltaría aire en el cerebro. Y cómo no, hablar de Sirius, significa acabar hablando
de James. Sabine, CÓMO NO, también tiene una historia que contar con él como protagonista. La
cuenta como si fuera un gran mérito haber conseguido enrollarse con los dos el mismo curso. Como
si tuviera que sentirse orgullosa de que James la hubiera besado delante de todo el mundo durante el
baile. Le encanta contar cómo la invitó la estrella del quidditch pero olvida los pequeños detalles.
Por ejemplo, que James se lo había pedido antes a Lily y que estaba borracho como una cuba
cuando la besó.
James y ella nunca volvieron a salir. Sabine les explica a sus fieles esclavas que hay una razón muy
sencilla para eso.
Lista para sus clases, Lily recoge los libros y sale de la habitación, rodeando el corro de chicas que
la ignoran. Sabine le mira mientras se marcha pero ninguna de las dos dice nada. Solían ser amigas.
Pero de eso hace mucho tiempo. Hace chicos. Montones y montones de chicos desde entonces.
Sábado de resurrección
Cada fin de semana, Remus se pone al día con los deberes o saca un rato para leer algo de su
colección de novelas muggle. Tiene un rincón en la biblioteca que casi siempre está desocupado y
le gusta pensar en él como suyo. Tiene buenas vistas de los jardines exteriores y está lo bastante
guarecido entre las estanterías como para que nadie le moleste. No tiene que compartir la mesa con
nadie, la puede llenar de libros y de pergaminos y pasar las horas del sábado leyendo, anotando y
redactando, en un mundo que es solo suyo y siempre le ha ofrecido resguardo. Paz. Y calma.
Aunque puede que no necesite calma si puede tenerle a él. Escucha su voz y le cosquillean todas las
terminaciones nerviosas de su cuerpo. Las cicatrices cantan y bailan.
- Llevo todo el día buscándote, Lupin. Cualquiera diría que quieres darme esquinazo. No sé cómo lo
ves.
- Diez. Diez largos minutos, Lupin. Puede que once. Tú verás pero mi abuelo, que debe estar
pasando calor en el infierno, decía que quien hace esperar a un Black no se merece el honor de estar
en su presencia.
Entre los pergaminos de Remus, hay un libro grueso que ha estado leyendo durante la última hora y
media, mientras se preguntaba qué pasaría exactamente una vez que Sirius despertara. Mientras se
preguntaba, para ser exactos, qué son ahora que no son exactamente lo que eran. Ahora que la
mañana después es un hecho y no pueden darle la espalda. Amigos, mejores amigos, amantes,
amantes que son amigos, amigos que son amantes, ¿novios? Sirius nunca ha tenido novia, ¿cómo
va a tener novio? Ahora, con él delante todas esas preguntas se le hacen un nudo en el estómago.
Sirius hace volar el libro de Remus hasta su lado de la mesa, con un movimiento de la muñeca y sin
usar la varita. Tiene más poder mágico que la mayoría de los alumnos del colegio juntos. Asusta un
poco.
- Veamos qué te ha mantenido entretenido. - Lee con desgana, burlándose de cada palabra. - "No ha
habido tiempos mejores ni peores; eran años de buen sentido y de locuras; época de fe y de
incredulidad; temporada de luz y de tinieblas; primavera de esperanza, invierno de desesperación; lo
teníamos todo ante nosotros, y no había nada; todos íbamos derechos al Cielo y marchábamos en
sentido contrario". – Cuando termina la primera frase, bufa con exagerado disgusto y lee el nombre
del autor en la portada. - Charles Dickens, menudo capullo. No puedo creer que me hayas hecho
buscarte por leer esta gilipollez.
Cierra el libro y se relame los labios. Todo es un juego. Todo es una provocación. Está buscando
pelea, diversión. Da igual. Le está buscando a él. Y sabe que siempre le encuentra.
(…)
Desde que se conocen, James y Sirius siempre han apostado. Siempre. Por las cosas más
impensables. Por cuánto puede aguantar Peter sin hacer pis después de tres cervezas, por quién de
los Beatles tiene el pelo más largo en la portada de Sargeant Pepper, por cuántas veces dice
McGonagall "por consiguiente" en una clase de Transformaciones, por quién corre más rápido, por
quién es capaz de hacer mejores acrobacias sobre la escoba. Se apuestan tres whiskys de fuego a
que James no es capaz de robar la snitch del equipo. Se apuestan tres galeones a que Sirius no
consigue encantar la mesa de los profesores para que estornude cada vez que Dumbledore diga
"calcetines". Apuestan por lo posible y lo imposible y ninguno de los dos es capaz de resistir la
llamada del desafío cuando el otro dice "a que no".
Se miran fijamente a los ojos. James mide el gesto de Sirius. Oye la risa ahogada de Peter desde su
litera y por el rabillo del ojo, puede ver que Remus entorna la mirada. Si fuera de los que dicen esas
cosas diría "sois un par de críos".
- ¿En calzoncillos?
Sirius asiente. Está convencido de que me voy a rajar. James trata de pensar qué puede pedirle a
cambio. Es media tarde, lo más probable es que no haya mucha gente en la Habitación Común
todavía. Pero en breve se empezará a llenar de alumnos. Y McGonagall se pasará a hacer su
habitual inspección.
Treinta segundos. Se miran, se pavonean, se miden y antes de que Remus diga "no iréis a hacerlo de
verdad", están corriendo hacia la puerta, sacándose las camisas y desabrochándose los cinturones.
Bajan las escaleras a toda prisa, descalzos y luchando por llegar cuanto antes junto a la chimenea.
Los cuatro o cinco alumnos que juegan al ajedrez, terminan sus deberes y charlan en voz baja, se
quedan boquiabiertos cuando ven aparecer a los Gryffindor de séptimo –estrellas del colegio y seis
veces campeones de quidditch, nada menos- en poco más que unos calzoncillos. Azules, en el caso
de Sirius. Y curiosamente, verdes en el caso de James.
- No te estarás rajando.
- Ya te gustaría.
Se sientan en los sillones de orejas frente al fuego de la chimenea. Como si las miradas incrédulas
de los alumnos no significaran nada. Hay una alumna de tercero que enrojece violentamente y sale
más o menos corriendo hacia el castillo, murmurando una disculpa. El resto, tras unos momentos de
sorpresa, irrumpen en risas ahogadas.
Obviamente, ante algo así, la voz no tarda en correrse y tres minutos después la Habitación Común
se llena de alumnos de Gryffindor movidos por la curiosidad y, en el caso de bastantes chicas,
propósitos bastantes más innobles. James se teme que pronto aparezca McGonagall y espera que
Sirius se raje antes porque la idea de estar castigado una semana no le resulta especialmente
atractiva. Pero no llega McGonagall, sino posiblemente algo peor.
- Dejadme pasar, por dios. ¿Se puede saber qué ocurre… -les ve- aquí?
Lily.
Con el uniforme y su insignia de prefecta, aparece abriéndose paso entre la pequeña multitud y no
tarda en verles. Sentados en los sillones. En calzoncillos. James trata de calcular de qué manera
puede dañar su imagen de "chico con el que me gustaría salir". Imagina que puede dañarla bastante.
Sirius, notablemente contento de sí mismo, se pone en pie y la saluda con demasiada efusividad.
- ¿Se puede saber qué estáis…? – Pero lo piensa mejor. – Es igual, me da lo mismo. – Sirius está a
punto de interrumpirla para explicárselo. - ¡No quiero saberlo! Quiero que subáis a vuestra
habitación y os pongais algo decente encima. O, en vuestro caso y si la decencia es mucho pedir, al
menos ALGO.
James siente un debate interno. Por una parte, si se levanta, tendrá que estar semi desnudo delante
de Lily. Y solo con VERSE así, es posible que su cuerpo le traicione y le ponga en patente ridículo
delante de todo Gryffindor. Por otra parte, no puede consentir que Sirius esté ahí, hablando con ella
en ropa interior y él quedarse sentado en el sofá. Es una apuesta y sobre todo, es Lily. Quién sabe.
Puede que nunca esté casi desnudo y tan cerca de ella.
- Hola, Lily.
- Santo cielo.
Puede que esté enfadada. Puede que no. En todo caso, parece exasperada. Niega con la cabeza, sin
dar crédito a lo que está viendo. James se sentiría mal por hacerle pasar un mal rato pero no puede.
Lily, cuando se exaspera, es un paisaje espectacular. Se le llenan los labios de sangre y traga saliva
y parece a punto de echar humo. James se siente atraído como una polilla. Quiere quemarse en ella.
Una parte de él quiere hacerla enfadar más. Y ver cómo reacciona. Provocar una fractura para
colarse dentro.
- Sirius y yo tratábamos de averiguar quién era más alto. Solo nos íbamos a descalzar pero nos
hemos ido emocionando. ¿A que yo soy un poco más alto?
- Puede –interviene Sirius- pero yo tengo los brazos más musculosos.
- No te pongas así, James, tú tienes un culito ideal. ¿Por qué no nos lo enseñas?
Lily, que ha asistido a la conversación enfadándose por segundos, mascula "ni se os ocurra", al
tiempo que Sirius dice las palabras mágicas.
Es como decir "avada kedavra" delante de un moribundo. No hay escapatoria. Remus, que en ese
momento acaba de bajar las escaleras, sabe lo que va a pasar. Sirius, que ve el desafío aceptado en
la mirada de su mejor amigo, sabe lo que va a pasar. Lily, que no puede creer que alguien sea capaz
de hacerlo, reza para que no pase.
En un abrir y cerrar de ojos, James Potter está desnudo delante de ella y Lily no sabe si chillar,
"¡VÍSTETE!" o salir corriendo después de pegarle para que recupere algo de sentido común. Esto
no está pasando. Respira hondo y se esfuerza muy mucho en mantener la vista bien alta, más o
menos dirigida a los tapices que adornan las paredes. Entre los alumnos congregados hay aplausos –
de chicos, en su mayoría-, risas y otros comentarios que Lily prefiere ignorar.
- Solo te lo diré una vez. – Mira a los tapices. Atentamente. Son muy bonitos. - Vístete ahora
mismo, Potter.
- Sal conmigo.
- ¿Qué!
La proposición le sorprende tanto que Lily retira la vista de un retrato de Gryffindor bordado a
mano y se encuentra con su mirada. Grave error. Sus ojos se mueven involuntariamente un poco
más abajo y aunque los retira inmediatamente, mierda, él la ha visto mirar.
- Sal conmigo y me visto. Una vez. Una cita. Y si no quieres volver a salir conmigo, no te lo pediré
más. Tú solo di que sí y estos pobres alumnos no tendrán que soportar un segundo más de mi culo.
Solo te pido una…
- ¡Está bien!
James nunca llega a acabar su frase y decir "oportunidad" porque ESO ha sido un sí.
Reacciona, se sube los calzoncillos, se siente sin sangre en el cerebro. Ha dicho que sí. Enfadada,
chantajeada, exasperada, sonrojada pero Lily ha dicho SÍ.
- Enhorabuena, Jimmy. Tú sí que sabes conquistar a las mujeres.
Sirius le empuja hacia la habitación y James tarda varias horas en empezar a digerirlo. Va a salir
con ella. Va a salir con Lily Evans. Acaba de ganar la mejor apuesta de toda su vida.
Lo peor es que nadie puede decirle que no ha sido ella misma la que se ha metido en el lío. Yo sola
y sin ayuda. Bueno, con la inestimable ayuda de esos dos… de esos dos… gamberros,
insustanciales, pornógrafos idiotas. Pero fue ella, ¡ella! la que accedió en última instancia y ahora
tiene que esquivarle como puede y cuando no puede, cuando finalmente coinciden camino al aula,
tiene que acelerar el paso y fingir que no existe.
- ¿Y bien?
- Y bien qué.
Para en seco. Se gira para mirarle. Es más fácil hacerlo ahora que lleva pantalones.
- Potter, ¿en serio piensas tomarme la palabra y seguir adelante con esa cita que solo conseguiste
porque si McGonagall os llega a ver yo también me la hubiera cargado?
Ni se lo piensa.
- Sí.
Tiene bonitos ojos azules. Es tonto pero los ojos son bonitos. Y a mí qué me importa.
- ¿Te das cuenta de que cuando la gente sale lo hacen con la remota esperanza de tal vez verse
desnudos algún día y que si yo salgo contigo es precisamente por evitar verte desnudo?
Parece que entra en razón. Al fin. Lily vuelve a acelerar el paso. Nota que le sigue justo un palmo
por detrás. Al llegar a la puerta de la mazmorra de Pociones, bloquea la entrada y sus preciosos -
¡bonitos!- ojos azules le impiden entrar en clase. Y ahora qué.
- Seré patético pero no tanto como para dejar pasar esta oportunidad, Lily. El sábado. A las tres. –
Henchido como un pavo, tal vez un poco demasiado alto, apoyado en el quicio de la puerta,
totalmente encantado de haberse conocido, James Potter es un magnífico ejemplo de alguien que
cree que puede conseguir todo lo que se proponga. Inclina la cabeza, miran por encima de las gafas,
lade una sonrisa casi carismática y sentencia. – Tú y yo. El sábado.
No solo le deja, sino que abre la puerta para ella y sujetándose de la manilla, la sigue mirando, sigue
sonriendo, sigue emitiendo unas extrañas vibraciones que hacen que Lily se sienta insegura,
atrapada en una jaula en la que se ha metido ella misma, encerrada como un canario que está viendo
cómo se acerca el gato y tiene miedo de acabar devorada.
Es tan, pero tan, pero tan insoportable que a veces James Potter hace que de pura exasperación, le
dé un vuelco el estómago, se le acelere el corazón y sienta que le falta el aliento.
Si el martes Sirius hubiera oído hablar de una jaqueca habría preguntado alegremente qué rayos es.
El miércoles hubiera preferido dejarse arrancar un brazo antes de tener que experimentar una de
nuevo y en sus propias carnes. Dolordolordolor. Le estalla la cabeza. Le van a retumbar los
timpanos. Au, au, AU. Llega a la habitación a trompicones y de camino, Peter le ve pálido y
ojeroso.
Es la infravaloración DEL SIGLO. Se está muriendo. Se quiere morir. Es tan intenso, es tan horrible
que tiene hasta calambres en los brazos. McGonagall le recomienda reposo y por primera vez desde
que tiene memoria, obedece a una profesora y sube las escaleras pensando camacamacama. Se tira
sin contemplaciones. El mundo es una bruma borrosa y duele, toda la cabeza es un enorme moratón
gigante que duele, molesta, irrita, DUELE. Oye la puerta como si la hubieran abierto lejos,
terriblemente lejos.
- Me duele mucho.
- ¿La cabeza?
La cabeza y los hombros y los brazos. Y la piel. Y qué tiene de malo que se tumbe conmigo si yo
quiero que se tumbe. Puede que se lo pida.
- Mucho.
Habla en voz muy baja, cualquier esfuerzo para hacerlo más alto solo podría provocar enormes
punzadas de dolor en la base del cráneo. No es una opción. Para escucharle, Remus tiene que
acercarse más y apoyar la cabeza en la cama, hasta que están apenas a unos centímetros,
susurrando. Le ve borroso y cree que es por el dolor, hasta que Remus le aparta un mechón de pelo
de la cara con esos dedos que le tratan con tanto cuidado. Tan suaves. Nadie le ha tratado así nunca.
Sirius no lo habría consentido. A lo mejor le gusta. Y qué si me gusta. A lo mejor se está muriendo y
tiene derecho a un momento de debilidad. Remus tiene pestañas largas y una laaaarga nariz pecosa.
- Lunático.
- Qué.
Se sonroja. Es una de esas cosas extravagantes que a Sirius le fascinan. Cuando a él le dicen lo
guapo que es su respuesta siempre es ya lo sabía si quien le halaga le cae mal o una invitación no es
mi mejor cualidad si la persona en cuestión le gusta. Y eso que Sirius no es guapo como Remus,
guapo de la única manera en la que significa algo.
Es misterioso que Remus lo vea todo siempre tan claro y no se vea a sí mismo.
(…)
Está pensando en Remus, todo el jodido tiempo, y tiene la sensación de que nadie le ve, de que
todos pasan de largo y no se detienen a fijarse solo durante un segundo. Porque si lo hicieran, si le
vieran una vez, Sirius está seguro de que les pasaría lo mismo que a él y se quedarían deslumbrados,
mudos, ligeramente mareados por toda esa belleza.
Todos sentirían, como Sirius, el impulso de interrumpir la clase de Aritmancia y levantar la mano,
anunciando, "lo siento, profesor, pero Remus y yo tenemos que marcharnos al lavabo a tener sexo".
- Oye, Jimmy. Desde que me he pasado al chocolate blanco, tengo la sensación de que Remus
nunca da el primer paso y siempre tengo que acosarle. ¿Tú crees que debería preguntarle algo?
No, James no es una buena opción. Y además. Ni que él fuera una chica para andar hablando de
idioteces. Remus y él son... bueno, Remus y él. Y el sexo es genial. Brillante, sublime. Y no merece
la pena darle más vueltas. Eso. No tiene por qué contarle a nadie que le bulle una cosa rara en el
estómago y que a veces no puede comer porque donde antes había hambre o ira o cólera, ahora solo
hay un agujero con su nombre y no se llena ni siquiera cuando está con él, metiéndole mano entre
besos entrecortados. No se llena con el sexo el maldito vacío interior y Sirius se pregunta cómo, con
qué, cuándo empezará a saciarse esa hambre por él que le está consumiendo vivo. No importa lo
cerca que estén, necesita más. Algo más aunque no sabe qué demonios.
Volar en escoba es como cualquier otra cosa. Como caminar o nadar. Como escribir o pintar.
Cualquier idiota que se lo proponga puede hacerlo pero una cosa es juntar letras o caminar sin
caerse, o mezclar cuatro colores y otra cosa es nadar como los tiburones, crear cuadros para la
historia, escribir poemas épicos. Una cosa es volar y otra volar como lo hacen James y Sirius
durante el entrenamiento de quidditch.
No hay ningún esfuerzo aparente y nunca tienen que buscar el equilibrio porque nunca lo pierden.
Sirius ladra las órdenes dando círculos amplios alrededor de los jugadores. Cuando una bludger se
escapa y amenaza con golpear al más despistado, acelera, crea un ángulo imposible y la para con un
golpe que la manda al otro extremo del campo. "¡Un poco de atención o la siguiente acabará
rompiéndote el cráneo!" Sirius nunca mira a James cuando entrenan pero siempre sabe dónde está.
Detrás, delante, debajo. Persigue la snitch, la coge, la deja volar para darle ventaja y sale de nuevo
por ella. Izquierda, derecha, incansable. No se miran pero se conocen y eso basta.
A Remus no le entusiasma el deporte, tiene que admitirlo pero verles entrenar, ágiles y feroces, no
es deporte. Ni siquiera es volar. Es otra cosa. Poesía. Tal vez delito. Se chillan y se gruñen, prueban
jugadas, cambian de posición, golpean las pelotas, hacen formaciones, prueban diferentes jugadas
de ataque. Ha dejado de llover pero Sirius todavía lleva las gafas. No las lleva puestas sino retiradas
en la cabeza y Remus suspira hondo mientras le ve hacer un par de acrobacias mortales. Cuando el
atardecer estría el cielo de rojo y violeta, los jugadores se retiran del campo. Los últimos en bajar,
son ellos. James y Sirius, sudando, con las botas manchadas de barro y ese brillo en la mirada de
salvaje alegría.
- Remus, - le llama Lily, levantando la cabeza un segundo de su libro de Runas, - ¿por qué estamos
estudiando en el único sitio del jardín desde el que se puede ver el entrenamiento?
- ¿Y el paisaje?
Otra pregunta con trampa. Lily tiene su mirada maliciosa. Posiblemente se ha dado cuenta de que el
libro de Remus lleva una hora en la misma página.
James recoge la maleta donde se guardan las pelotas. Sirius le ayuda con su escoba. Tienen que
pasar junto a ellos para llegar al vestuario. Vienen hablando pero están lejos y Remus no distingue
lo que dicen. James se ríe y Sirius con él. Realmente le cuesta trabajo no volver a suspirar. Se da
cuenta de que se está portando como una especie de colegial idiota borracho de enamoramiento
primaveral pero qué demonios ES un colegial y se siente borracho de Sirius. Aún así, se esfuerza
por mantener cierta apariencia de control. Incluso cuando tiene a Sirius delante mirándole de arriba
abajo. Invitándole al desastre.
- ¿No os venís a la ducha, empollones?- Su tono es tan sugerente que deberían embotellarlo en la
Sección Prohibida. Cuando le pregunta a Lily es distinto, más leve. – Anímate tú también, Evans.
Cuando James está desnudo bajo el chorro siempre murmura tu nombre.
James se apresura en aclarar que es "totalmente mentira". Remus sabe que no lo es.
- ¿Y tú qué? No me dejes solo con éste, siempre quiere engañarme con el viejo truco de dejar caer
el jabón.
Es una oferta tentadora. Una ducha con Sirius. La idea manda escalofríos de calor a partes remotas
de su anatomía. Pero son duchas comunes y no está seguro de que a James le gustara la idea de
compartir lo que Remus tiene en mente.
Se pregunta cómo no se dan cuenta. Todos. La expresión de Sirius es un enorme cártel luminoso en
mitad de Londres diciendo "cómeme, bébeme". Y sin embargo, James no se da cuenta, habituado
como está a la exuberante sexualidad de Sirius, que siempre lo convierte todo en un chiste con
dobles intenciones. Se marchan hacia el vestuario y una parte de Remus, una parte infantil a la que
nunca le deja tomar el control, se sienta defraudada. Querría saltar y gritar desde las heladas
cumbres del Himalaya que Sirius, Sirius Black, le quiere A ÉL. Pero Sirius no se lo ha dicho a
nadie, ni a James. Y si no lo ha contado, es porque no quiere que nadie lo sepa. Tal vez no le da la
importancia suficiente.
Pero no puede hablar con Lily. Por discreción. Por Sirius. Porque él no es de los que hablan y lo
cuentan todo. Él es de los que se lo guardan hasta que los secretos le van astillando por dentro hasta
que ya no puede más.
(…)
Todo empieza de manera casual y únicamente porque han estado hablando sobre animagos en clase
de "Defensa contra las Artes Oscuras". Lily siempre ha sido parcial en ese tema y ha sabido que si
obtuviera una licencia para transformarse en animal escogería un gato. Está pensando en ello
durante la comida cuando se le ocurre preguntarlo en voz alta.
Peter tiene un ataque de tos y escupe leche por la nariz. James le da una serie de palmadas fuertes
en la espalda, mientras dice "tranquilo, Peter, solo era una pregunta hipotética". Sirius afirma que
nunca ha pensado en ello. Normal, nunca piensa en casi nada. Por su parte, James –todavía dándole
palmadas a Peter- dice que no tiene ni idea. Y los tres siguen comiendo. Lo cual no es muy raro.
En silencio.
- ¿En serio? – James deja la cuchara y la mira atentamente, con esa manía que tiene de fijarse en
ella como si el resto del mundo no existiera. - ¿Qué clase de gato?
- Uno con bigotes, Jimmy, - dice Sirius- como todos los gatos.
- Ni caso. – James se sigue fijando en ella. - Al descarriado de los Black no le gustan los gatos.
- Me gustan los perros- afirma Sirius. Con ese tono de voz que dice "los perros son geniales".
La cosa deriva inevitablemente en la discusión gatos contra perros y cuál es mejor. Lily entiende,
lógicamente, que es normal que a Sirius le gusten los perros. Husmean en todas las esquinas, comen
sin descanso, ladran sin motivo, y enseñan los dientes a los desconocidos. Igual que a Sirius. No es
que a Lily le disgusten pero se empeña en defender la superioridad moral de los gatos porque los
gatos son superiores y animales casi sagrados en el mundo mágico y segundo, discutir con Sirius es
sumamente entretenido. Se lo toma tan en serio que parece que estuvieran discutiendo sobre algo
personal.
- ¿Confiarías tú en las personas si fueras un animal? Además. Los perros lo llenan todo de babas y
de pulgas.
- Los perros son fieles. ¿Se usan gatos para proteger las casas? No, señora. Porque los gatos se
quedarían lamiéndose el lomo mientras te roban. El perro lucharía por tus cosas.
Por alguna razón el comentario hace que tanto Remus como Peter tengan repentinos ataques de risa.
Sirius frunce el ceño. Remus baja la mirada al plato y Lily juraría que está tratando de no reírse.
- ¡No todos los perros hacen eso! Al menos no con todos los culos.
Las risas de Peter y James hacen que incluso en Slytherin se giren cabezas para mirarles. Sirius
parece más que asqueado. Parece dolido.
Intermedio
A través de las vidrieras el día se ve brumoso, de un gris plomizo desapacible. Sopla un viento
fuerte y la mayoría de los alumnos se refugian dentro del castillo después de las clases. La intensa
energía del invierno se intuye a lo lejos y Sirius se siente lleno de energía nerviosa, buscando algo
para desahogarse. No hay entrenamiento, no tiene deberes, y Snape no está cerca para ser torturado.
Se aburre y el aburrimiento, en su caso, es un veneno mortal. Cuando se aburre le molesta la piel,
tiene ganas de pegarse contra algo, se siente molesto, irritado, rabioso.
(…)
Ante la gravedad de la situación, Remus no tiene más remedio que bajar al jardín. Cuando llega,
Sirius ya se les ha adelantado y se sujeta el estómago con ambas manos, doblado de la risa. Peter
lucha como puede contra las leyes del equilibrio pero todo lo que consigue es caer al suelo mientras
James le grita que acabará rompiendo el absurdo trasto y acabará así con sus posibilidades de
aprobar. En la habitación de los chicos queda puesto el gramófono y cuando Lily sube para
devolverle a Remus su edición autografiada de Oscar Wilde, lo encuentra sonando por arte de
magia, repitiendo "Love me do" en bucle. Es un día ventoso y gris intenso y Hogwarts, desde la
ventana de los chicos, es más que nunca, Escocia pura. Un castillo incansable que desafía al tiempo
desde el promontorio de la Historia y reta a la meteorología para que se atreva a acabar con él. El
cielo amenaza tormenta y Lily mira a los chicos mientras luchan con una bicicleta herrumbrosa.
Más abajo, en los jardines azotados por la ventisca.
Junto a ella, el gramófono atascado repite la misma canción, acaba y vuelve a empezar y cuando
Paul canta love me do, pide, love me do, suplica please love me do, Lily no puede evitar sonreír.
Ahora que nadie la mira, ahora que no hay peligro de que un Gryffindor descubra una pequeña
debilidad porque todos están abajo, desentrañando el misterio de pedalear sin caerse. Ahora que está
sola, en su habitación desordenada, masculina y llena de ropas arrugadas y botas sucias, puede
aceptar que hay algo atractivo en ellos. Vistos así, desde lejos.
Cuando Peter, que casi no llega a los pedales y se bambolea de un lado para el otro, se levanta del
suelo por sexta vez, Remus que, evidentemente, es el único familiarizado con las bicicletas toma el
mando y trata de explicarles cómo funciona. Desde la torre, Lily puede distinguir sus posturas y con
ellas, casi sus expresiones. James escucha. Sirius se divierte tanto que se tiene que tumbar en el
suelo, y se queda allí, piernas y brazos abiertos y en equis, sacudido por rachas de viento que solo le
invitan a pasarlo mejor. Paul insiste, busca someone to love Remus coge la bicicleta, rindiéndose
ante la incapacidad manifiesta de tres magos de pura raza para comprender la sencillez de un objeto
muggle someone new, someone to love, someone like you.
Consigue enderezarla, pedalear y llevarla recta durante un rato, rodeando en un círculo a sus tres
amigos, de pie sobre los pedales, luego sobre el sillín y de pie, de nuevo, para coger impulso y
dejarse llevar por el viento, que le viene de cara y agita su túnica formando suaves mareas sobre la
bicicleta. Sirius se pone en pie, ligeramente maravillado por la fluidez, por la aparente sencillez con
la que Remus y la bicicleta se dejan llevar por el jardín. Cuando se aleja, los tres le persiguen,
túnicas al viento, gritos que se confunden con Paul y sus exigencias amorosas love, love me do, you
know i love you. Sirius le da alcance y tras una encendida lucha con la bicicleta, y a pesar de las
protestas –risas- de Remus, es lo bastante hábil para montar sobre el manillar y obligarle a que le dé
un paseo.
Durante una breve fracción de tiempo, solo durante un instante, consiguen mantenerse en
movimiento. A pesar de que es demasiado peso, a pesar de que el viento sopla racheado y cada vez
más fuerte, obligando a Remus a dar eses y giros, a pesar de que todo indica que deberían caerse, a
pesar de ellos mismos I´ll always be true se mantienen sobre la bicicleta, briosos, magníficos, en
equilibrio, juntos so please, love me do sobre la bicicleta.
Luego el ulular del viento se vuelve más fuerte, Remus esquiva al sauce boxeador, Peter quiere
probar, Sirius aprende a pedalear de pie y suenan risas bravas, furiosas y jóvenes cuando caen y se
levantan, y James persigue a Peter sobre la bicicleta durante varios metros, amenazando con
arrollarle. En ese momento su enérgica juventud no embiste contra nadie, sino que se celebra a sí
misma y Lily sabe que recordará esa imagen, cuatro estudiantes y una bicicleta, un momento
insignificante y feliz, una nota a pie de página en la milenaria historia de Hogwarts.
Le parece oírles.
A Remus.
A Sirius.
A Peter
- ¡La bicicleta!
A James
A los cuatro, corriendo hacia el castillo bajo la lluvia que cae de pronto como un manto espeso.
Persiguiéndose y riendo, dejando detrás la bicicleta, aparentemente capaces de burlarse de todo, y
de todos, incluso del tiempo.
Cuando los chicos llegan a la habitación Paul sigue repitiendo el gramófono se ha atascado en un
círculo sin música y Lily ya no está, aunque ha dejado su perfume y los libros de Remus. James
aspira hondo y Sirius le salpica cuando se sacude el agua de encima.
Olvidada en un rincón del jardín donde tiempo después crecerá la maleza y le dará alcance el óxido,
nadie recuerda la bicicleta. Un trasto muggle que seguirá allí cuando ellos se hayan marchitado y no
quede nadie, ni siquiera Paul, para hacerla volar con un poco de música y unas pedaladas mágicas.
(…)
Cabeza de turco
Dos horas después Severus Snape está en su cuarto en las mazmorras de Slytherin dando de comer a
las serpientes del terrario cuando escucha el característico ruido de una desaparición en el interior
de su armario y de sus baúles. Solo un ¡crack! y todas sus cosas –lo comprueba abriendo y cerrando
las puertas- han desaparecido. Para cuando llega a las escaleras cambiantes y se encuentra con esa
sabandija asquerosa está lívido, de un blanco mortuorio.
- ¡¡Tú!!
Ni siquiera tiene la decencia de girarse y mirarle. Cerdo, sucio, vil, débil, cucaracha. Finge que no
le ha oído y Black, echándose el pelo hacia atrás se apoya en la barandilla y le dirige una mirada
divertida y satisfecha. Como si fuera un privilegio posar sus aristocráticos ojos en él. Basura.
Severus cierra los puños. Nota que tiembla. Piensa en su ropa, sus libros, sus pergaminos, sus
anotaciones, sus cosas, todas sus cosas desaparecidas. Mancilladas. Tocadas.
- Dónde. Están.
A veces la magia es concentración y precisión y otras veces, ese ardor, esa energía intensa que se
hace notar en forma de tormenta eléctrica en lo más profundo del estómago. Le hace sentir furioso,
brillante, a punto de estallar. Capaz de mandar una maldición mortal y acabar con esos dos
excrementos en esas mismas escaleras, con la mitad de los alumnos de Gryffindor mirando,
observando su pública humillación. Bestias sin civilizar.
- Si no me decís dónde están mis cosas, haré que expulsen del colegio a Black y el zarrapastroso de
Lupin en menos de una semana.
Pero Black, oh sí, algo en su mirada, una tímida transformación delata que sabe exactamente cómo
piensa conseguirlo.
- No me pongas a prueba.
- Sé cosas que Dumbledore desconoce. Pero que en manos del consejo de padres, le garantizarían
una expulsión inmediata. Preguntáselo a Black, si no me crees.
Pero antes de que tenga tiempo de hacer ninguna pregunta, el aludido da un paso al frente, corta en
seco lo que sea que Potter fuera a mascullar y trata de arredrarle con una de sus turbias miradas
asesinas. En realidad, es un placer verle así, oscurecido por la rabia, consciente por una vez de que
Severus Snape no es la marioneta en sus manos que le gustaría. Este es mi poder, Black. Siéntelo.
- Creo que he sido bastante claro incluso para alguien tan notoriamente estúpido como vosotros dos.
Black se crece. Y apesta a poder, a la energía enrarecida de la magia en estado salvaje. Un paso más
y están tan cerca que Severus puede oler su piel. Le parece husmear el rastro del licántropo en él.
Como animales.
- O eres más tonto de lo que creía, Black, cosa que resulta difícil de creer, o estás deseando probar
hasta que punto tengo ganas de cumplir mis advertencias.
Sonríe. Malnacido, bastardo. Sonríe con nocturnidad y alevosía, arrogante, criminal, demasiado
cerca, dando un paso más hasta que no queda apenas espacio entre ellos. Severus se ve obligado a
mantenerse en el sitio porque un paso atrás sería una derrota pero es difícil porque está cerca y a él
no le gusta que nadie se acerque tanto. Mucho menos Black, sabandija, que es capaz de cambiar el
tono de su voz para que chorree como regueros de miel. El desgraciado cree –sabe- que nada puede
molestarle tanto como esa insinuación en su voz, deliberadamente carnal.
- Dónde están.
Su cercanía, el olor, ese aroma a otro hombre, ¿cómo no pueden olerlo todos?, la rabia, todo hierve
y burbujea en su interior y antes de darse cuenta cómo o por qué, con los dientes cerrados, puro
odio en la mirada masculla un "por favor" que suena te odio, te asesino y bebo tu sangre.
Escapa de su presencia tan rápido como puede. Llega prácticamente volando sin necesidad de
escoba a la despensa. Están allí. Sus cosas. Apiladas, amontonadas de cualquier manera, tocadas,
manchadas. Pero sus cosas. No se fía de que eso sea todo, en lugar de entrar a por ellas, las hace
llegar hasta él con un movimiento de la varita y un hechizo que las hace salir flotando. En su
mazmorra, se cuida de mirar cada libro y toda su ropa para asegurarse de que no hay hechizos o
sorpresas desagradables. Pero parece que todo está en su sitio.
Esa noche, antes de la cena, está girando por un pasillo cuando nota que le empujan y distingue la
silueta enloquecida y en penumbra de un Black fuera de sí. Le amenaza con más rabia que acierto.
- Te lo voy a decir solo una vez. Si por tu culpa Remus sufre de alguna manera, pasaré el resto de
mis días en Azkaban recordando el momento en el que te saqué las tripas personalmente. Y ni
siquiera los dementores podrán hacer que me arrepienta.
Black se adelanta, la reacción instintiva, imposible de controlar de Severus es dar un paso atrás. Se
queda contra la pared, atrapado entre dos brazos que podrían partirle el cráneo como una nuez.
Le odia. Dios, cómo le odia. A él y a Potter. Como no ha odiado nada ni a nadie en toda su vida.
Todavía en el guindo
Sirius ignora la pregunta con un ¿mmmm? poco interesado. James deja por un momento de recoger
pelo de unicornio del suelo del invernadero. Uno de los imaginativos castigos de la profesora de
Herbología por haber echado fertilizante de mandragora a las gardenias cantoras. A la profesora
Sprout no le gusta que sus gardenias desafinen.
- Toda esa historia de Quejicus, tío. Sobre que podría hacer que expulsaran a Remus. ¿De qué iba
eso?
Hace calor en el invernadero. Sirius brilla por efecto del sudor.
- Y todo eso de avisar a la junta de padres. – Suspira hondo, apoyado en el rastrillo. Rebeldes
mechones de pelo cien por cien Potter, se han convertido en una especie de tupé enrarecido. Le da
un aspecto cómico. El calor le empaña las gafas. – Está claro que lo sabe, ¿no?
- Que le van los tíos, Canuto. Está claro que lo sabe. Cree que si lo contara en la junta de padres,
esos cabrones de Slytherin purasangres adoradores de la higiene racial que controlan la junta
intentarían expulsarle.
James parece satisfecho. El calor en el invernadero condensa la humedad. Deja rastros como
lágrimas en los cristales. Las mandrágoras duermen en lechos sudorosos de tierra mojada. Quedan
dos días para el sábado y si James no vuelve a pensar en Remus y Quejicus es porque, el sábado es
su gran día con Lily Evans, futura señora de James Potter.
- Me pregunto cómo es que ese imbécil no se quedó encerrado en la despensa cuando fue a buscar
sus cosas-. Sirius deja el rastrillo a un lado y se sienta sobre la mesa de trabajo para fumarse un
cigarrillo.
- Te debe estar distrayendo esa chica misteriosa que tiene enamoraaadooooo- canturrea las últimas
palabras, esquiva la bola de tierra que le envía Sirius como castigo y ninguno de los dos tiene una
buena excusa cuando la profesora Sprout llega y emite un grito de horror al ver su invernadero más
sucio de lo que estaba antes de encargarles que lo limpiaran.
- ¡¡Ponerles a ustedes dos a encargarse de las flores es como pretender que un dragón amamante una
mariposa!!
Se queda parado en las escaleras. Da la sensación de que no ha oído nada más grotesco en su vida.
- ¿Quién? ¿Yo? – Tiene un hilo de voz demasiado agudo. – No- se apresura a decir. – Yo... no. Ni
hablar.
Más que ningún otro alumno en el colegio, más que nadie en el mundo Remus sabe lo que es vivir a
la sombra de dos estrellas deslumbrantes. A él le gusta ese espacio, vivir en la esquina desde la que
puedes mirarles sin pretensión de alcanzarles. Pero Peter lo resiente. Trata de alcanzar. Y no llega.
- Podría decirte que sí, Peter. – Intenta animarle escaleras abajo. Hay algo en su pequeña estatura,
en sus emocionados ojos de roedor asustado que le conmueve. - ¿Por qué iba a decirte que no?
Llegan al final de la escalera. Abajo, las mismas chicas de Hufflepuff que discutían sobre
Aritmancia en la torre, pasan junto a un grupo de Gryffindor de vuelta de Estudios Muggles. Todas
saludan efusivamente a James, batiendo las pestañas, alargando las palabras. Peter mira con
nostalgia a la chica de rizos castaños que observa detenidamente a Sirius, a pesar de que él la ignora
sin ningún esfuerzo. Suspira con tanta nostalgia que Remus se siente repentinamente lleno de
melancolía.
No sabe qué decirle para animarle. Prueba con unas palmadas en la espalda.
- No todos podemos ser James, Peter. Y afortunadamente tampoco puede haber más de un Sirius
por colegio. Pero no tiene nada de malo ser Peter.
Parece un ratoncito asustado y su malestar es tan evidente que nada más llegar abajo, James le
pregunta qué rayos te pasa. Lo último que parece tener ganas de hacer es compartir su sentimiento
de inferioridad con la misma persona con la que no puede evitar compararse. Remus le lanza un
cabo.
Parece tan abatido y tan compungido y tan muchísimo más bajito de lo habitual, que Sirius y James
se apresuran a animarle ya volverá a ser verano, tío, tampoco es para tanto y ofrecerle algo que le
haga cambiar de humor. James le ofrece chocolate, un paseo en moto, fastidiar a Filch, torturar a
Malfoy, envenenar con polvos de la risa la cena de los profesores pero nada se puede comparar a lo
que le ofrece Sirius, tranquilamente agazapado tras una expresión canina.
- No hay nada que los merodeadores no puedan conseguir en este colegio. ¿Cuántas veces os lo
tengo que decir?
¿Si alguna vez voy a San Francisco tengo que llevar flores en el pelo?
La música la elige Remus. No está dispuesto a que James les torture con su disco rayado de los
Beach Boys, aunque James, imperturbable ante las críticas insiste en tararear lo mucho que me
gusta tu ropa, el sol en tu pelo, aaaahhhh, tu perfume en el vientoooo.
- No insistas, James. Esa música se queda pegada al cerebro y es imposible olvidarla durante
semanas.
James hace pucheros pero se le pasan cuando Remus elige a Albert Hammonden honor al verano.
Automáticamente, se sube las gafas y la emprende con que nunca llueve al sur de Califoniaaaa, but
girl don´t they warn yaaaa, it poooouuuurs, man it poooouuuuurs. James no es nada si no es
musical. Y no existe una canción cuya letra no conozca y cuya música no sea capaz de asesinar con
emocionada pasión. Primero destroza The mamas and the papas y después lo que se sabe de Elvis y
naturalmente una versión bastante sui generis de Good vibrations murmurada en voz baja para que
Remus no le oiga. Canta mientras ponen las toallas, canta cuando consiguen arena de playa y la
multiplican, canta cuando sacan las gafas de sol del cajón de cosas confiscadas de Filch, canta
cuando deshacen las camas y cuando Sirius encanta la habitación y todavía está cantando cuando
Lily abre la puerta diciendo
Es un horno. Un invernadero nuclear. Es Londres el día más caluroso de agosto. Es ese sitio donde
van sus abuelos de vacaciones. Torremolinos o como se llame. Y son cuatro chicos de diecisiete
años mirándole fijamente cada uno desde un colchón tirado en el suelo, todos con gafas de sol,
todos con calzoncillos – Remus con camiseta- todos sonriendo como si tuvieran algún tipo de
borrachera cósmica. Todos tirados en la Habitación llena de arena. Todos saludando.
- ¡Tomando el sol!- asegura Peter. Mucho más contento de lo que ha estado en semanas.
Obviamente no hay sol. Pero hay una ENORME cantidad de plantas del invernadero en sus macetas
esparcidas por todos los rincones. Un potente hechizo caloríficam mantiene la habitación a una
temperatura claramente tropical. Y cuatro chicos le miran desde sus colchones tapados con toallas,
todos en fila en el suelo oyendo algo que suena como California Dreamin´. Los cuatro parecen estar
disfrutándo con intensidad de su falsa playa escocesa.
Con la sonrisa más amplia que Lily ha visto jamás, guarecido tras unas gafas gigantes que parecen
de aviador, James Potter y sus calzoncillos de nubes azules le miran fijamente. Extiende el brazo
para ofrecerle crema bronceadora.
Examina fijamente la crema. Su sonrisa de cien mil vatios bajo las gafas. El flequillo empapado de
sudor.
- Hay que decir una cosa a vuestro favor. Cuando parece imposible que hagáis algo más absurdo,
siempre conseguís sorprenderme.
Se marcha exactamente por donde ha venido, tan seria como antes de entrar en la habitación,
intoxicada por el olor a crema, tratando de entender de dónde sacan esos cuatros la energía para
transformar las habitaciones en paisajes asombrosos y mudar las estaciones del invierno al verano y
viceversa. Cuando llega a la Habitación Común se rinde y admite la victoria de los merodeadores
sobre la vida cotidiana esbozando una sonrisa. A la mañana siguiente todavía se sorprende
tarareando California Dreamin´.
Sirius sueña a menudo. Trastabilla de pesadilla en pesadilla. Imágenes difusas, sensaciones nítidas.
Le cuelga la cabeza del brazo de su madre, cae sin cesar por una tubería sin fondo durante años y
años sin que nadie le oiga gritar, mientras se va haciendo viejo. Le asaltan en el callejón Knocturn y
una figura sin rostro le clava unas uñas afiladas en el pecho y le arranca el corazón mientras Sirius
oye el ruido viscoso de sus propias vísceras. En sueños se le espesa la sangre y cientos de pequeños
gusanos de la seda se comen despacio sus cuencas oculares mientras él tararea viejas canciones de
cuna de los Black.
Todo el mundo –incluso James- cree que es un insomne por voluntad y Sirius proclama a los cuatro
vientos que si duerme mucho se pierde todo lo interesante. Grita que quiere estar despierto, que se
niega a dormir, que solo los fracasados y los muertos descansan. No habla de las pesadillas. Nunca.
Con nadie.
Se despierta a las cinco de la mañana sudando, y todo es inestable, la cama se mueve a la deriva, las
vidrieras le confunden con su luz pálida y ojerosa. Le cabalga el aliento, se asfixia con sus tripas y
no sabe dónde está hasta que nota esa respiración, esa voz, esa presencia en la cama de al lado.
Remus.
Peter ronca. James respira profundamente. Pero Remus está despierto. Su vigilia es una presencia
viva en el dormitorio de los chicos. Se puede rozar, es casi tangible. Remus le está mirando. Y
ahora le preguntará. Ahora querrá saber. Y Sirius tendrá que mentirle a Remus y será como mentirse
a sí mismo pero tendrá que hacerlo porque no puede contárselo. Lo que ha visto. Lo que hace. En
sus sueños. No puede contárselo a nadie. Y menos que nadie, a él.
Porque Remus solo le pregunta una cosa y no tiene nada que ver con las pesadillas.
- ¿Un cigarrillo?
Tiene tabaco en la mesilla y le ofrece un cigarrillo encendido. Sirius, que todavía experimenta el
pánico de estar en el borde de sus terrores nocturnos, asiente levemente, porque no entiende cómo
es posible que Remus sepa siempre lo que hay que decir. Y quiera ofrecer consuelo y al mismo
tiempo le deje espacio suficiente para no tener que mentirle.
Lo sé.
No quiero.
No me mientas.
Remus casi nunca fuma. Pero cuando lo hace, es una visión exquisita. Consigue que el humo baile a
su alrededor y le haga flotar. Sirius se sube a su cama. El impulso es meterse dentro pero se
contiene. Después de una pesadilla así, se siente desnudo y en carne viva. No responde de sí mismo
si está tan cerca de él. Sospecha que podría contárselo todo. O, poniéndose en lo peor, llorar. La
última vez que lloró debía tener tres años. Si empieza ahora, con esas imágenes todavía frescas en
su mente, no va a parar nunca. Mejor sentarse a los pies de Remus, sin camisa, en pantalones de
pijama y compartir un cigarrillo.
Encenderlo para Remus, observar su primera calada, el movimiento de la nuez cuando traga, la
forma en la que se unen los labios sobre el papel de fumar y forman la orilla de algún mar
inexplorado. Fuman a ratos, y cuando se pasan el cigarrillo, se rozan los dedos. Remus duerme con
camiseta de manga corta, como los chicos buenos. Pero fuma y es un contraste exquisito. Su
presencia le inspira para la violencia y la carne. Para la calma y el llanto.
Sirius lleva dentro un perro. Y en momentos así, cuando la colilla ilumina restos de cicatrices
recientes en las mejillas de Remus, marcas de heridas que se ha hecho a sí mismo, le gustaría serlo
de verdad. Su perro. Manso y dispuesto y a sus pies. Pero luego recuerda las pesadillas y se ve a sí
mismo en ellas, su figura canina comiendo y arañando y abriendo y devorando la carne de alguien
que no consigue ver hasta el último momento, hasta que distingue las cicatrices y el pelo lacio y las
largas manos de pianista.
En sueños se come a Remus. A veces a James. A Peter. A veces a sí mismo. Su propio cadáver
desencajado entre sus colmillos.
No puede contarles eso. Eso no. Pero podría ser otra clase de perro. Lamer las cicatrices de Remus,
tumbarse a sus pies, hacer lo que le pidiera. Cualquier cosa que le pidiera porque tal vez así Sirius
sería mejor de lo que es.
(…)
Quién es quién
En Herbología la nueva profesora, la señorita Sprout, les manda criar pomelos curativos de la India.
Hay que darles cuatro gotas de incienso con un intervalo de diez minutos exactos, o enfrentarse al
espectáculo nada agradable de un pomelo agonizando hasta la muerte. Eso significa que durante
cuarenta minutos, Remus y Sirius tienen que estar mirando una maceta, calculando el tiempo y nada
más. Nada más, excepto escuchar a Sirius que por desconocidas razones tiene un vivo interés en
saber cuáles de todos los alumnos del colegio son homosexuales. Empieza por Nigel Woods, soliáis
ser muy amigos y a partir de ahí repasa todos los nombres que han pasado por el colegio.
Pero sí que lo sabe. Y Sirius insiste tanto que da otro nombre. Llevan veinte minutos así. Sirius
queriendo saber qué chicos del colegio son gays sabe Dios por qué y Remus intentando no
suspender Herbología. ¿De dónde viene tanto interés? Se rinde. Un poco.
- Colin.
- ¡Venga ya! ¿Cómo lo sabes? Grant me pisó una cita con las gemelas Johnson en quinto.
- Con las dos. No podía distinguirlas y pensé que si salía con las dos, tendría más datos para elegir.
A ellas les pareció bien.
No puede evitarlo. Remus entorna la mirada en un gesto de disgusto. Siente algo parecido a los
celos, en la boca del estómago.
- Pero, ¿cómo lo sabes? ¿Qué tienes, un radar gay? ¿Puedes saber viendo cómo mezclan las
pociones o cómo sostiene la varita? ¿No tendrás un sexto sentido licántropo para distinguirlo?
- Sí, Sirius. Tengo un olfato especial para detectar homosexuales. –Procura ser tan sarcástico como
le resulta posible. - Por eso sé que a Colin Grant le gustan los hombres. Por eso, por su forma tan
gay de sujetar la varita, porque sus pociones siempre combinan con la túnica que lleva y, ah sí,
porque nos enrollamos en la sala de estudios de Ravenclaw el otoño pasado. ¿Satisfecho?
No parece satisfecho.
- ¿Tú y Colin?
- ¿Colin y tú?- repite por segunda vez. Es evidente que algo le resulta incomprensible. - ¿Cómo es
que yo no me enteré de eso?
- ¿Tú y Colin? – pregunta por tercera vez. No da crédito y Remus empieza a sentirse algo más que
molesto.
¿Qué es tan raro? ¿Que tuviera impulsos sexuales? ¿Que necesitara alguien con el que compartir
besos húmedos y fricciones secas? ¿Que alguien se fijara en él cuando Sirius solo se fijaba en sí
mismo?
- Pero es que… - y finalmente lo suelta – Colin es bajito. Y un chulopiscinas. No puedo creer que te
gustara ese tío. ¿No te llega hasta la cintura o algo así?
- ¡Pero es diferente! Yo soy yo. Pensaba que tú eras más exigente. Eres prefecto, por Merlin.
- No pensaba mudarme a una casita con jardín con él, si estás pensando en eso.
- Así que, solo querías un par de horas de acción y Colin era como el tío más disponible. ¿Algo de
eso?
- Diez.
Pero no lo hace.
Porque es un Griffyndor, sí, pero cuando se trata de abrir su corazón, le falta valor. Una parte de él
que siempre lo ha perdido todo sigue pensando en Sirius como un sueño temporal que se acabará
esfumando. Por eso guarda las partes más frágiles de su corazón para sí mismo, para que queden
intactas cuando Sirius se marche y el resto se rompan, inevitablemente.
Remus asiente. Le pasa algo y Remus no sabe explicar cómo lo sabe pero es como cuando va a
subir la marea más de lo normal. Lo sabe.
- Ayer me preguntó sobre – baja la voz, se asegura de que nadie en la habitación común les
escucha- sobre los alumnos gays del colegio.
- ¿Eso hizo?
- A lo mejor quiere enrollarse con otros tíos ahora que se le han abierto las puertas de la
homosexualidad. ¿Es eso lo que estás pensando?
Coge aire. Lily suspira. Tan hondo que si hubiera alguien con ellos se girarían para mirarla.
- Creo que existe la posibilidad, Remus, de que por una vez, Sirius sepa lo que le conviene y no te
deje escapar.
Siempre tiene la frase justa. No es que Remus esté convencido pero en fin, Lily siempre tiene la
frase justa. Hay que admitirlo.
- No te lo crees ni tú pero con frases así, algún día llegarás a ser la primera ministra de magia, Lil.
De hecho, el segundo. Hubo un viceprimer ministro (entonces se llamaba de otro modo) en el 1435,
cuando el Ministerio era esencialmente una cuadra en medio de la nada que desaparecía cada noche
de luna llena sin dar demasiadas explicaciones. Pero es una historia que Remus ha descubierto
después de largas investigaciones en la biblioteca y lo considera una especie de secreto entre
hombres lobo.
Lily sabe que tiene en común más cosas con Remus de las que tendrá posiblemente con nadie en
toda su vida. A ambos les gusta la radio muggle nocturna, el chocolate a la taza demasiado espeso,
ir al teatro en Londres, las películas de terror antiguas, pasear en otoño hacia Hogsmeade pisando
las hojas de los árboles, leer debajo de las sábanas, Yeats, el disco blanco de los Beatles más que
ningún otro, George Harrison por encima de Paul y John. No acaban de entender todo ese alboroto
con el quidditch, les encanta madrugar en domingo, tienen alergía al cuero mal curtido, y la
tendencia a entornar la mirada cuando quieren expresar su disgusto. Les gusta el olor de los libros y
los lápices muggle, son los alumnos favoritos de la profesora McGonagall y creen que Severus
Snape no ha hecho nada aparte de existir como para ganarse la aversión sin piedad de nadie. Son la
clase de personas a los que sus amigos piden ayuda, el tipo de gente que escucha con atención.
Forman parte de esa extraña raza de personas que se distinguen en una multitud porque son los
únicos que mantienen la calma cuando todo el mundo lanza piedras contra el enemigo más fácil.
Hay gente de domingos y gente de lunes. Del mismo modo que hay gente de primera hora de la
mañana y gente de última hora de la tarde. Hay gente de día y gente de noche y entre las muchas
cosas que Lily y Remus tienen en común es que les encantan los viernes por la tarde. Esas últimas
clases tediosas en las que se oye el crepitar de la lluvia contra las ventanas y casi toda la clase
contiene los bostezos. Sentarse frente a la chimenea de la habitación común antes de la cena
sabiendo que pueden quedarse a leer o a charlar hasta tarde, la ronda de prefectos nocturna antes del
fin de semana. El viernes todo les resulta prometedor y lánguido, cálido. Los viernes el tiempo frena
suavemente y se deja a caer gota a gota hacia el fin de semana. Los viernes son estupendos.
Es jueves y Lily atiende la discusión en los asientos de al lado mientras se termina su sopa. Sirius,
evidentemente, no comparte la pasión por los viernes. Y Lily tiene la sensación de que Remus y él
disfrutan de la pequeña discusión a la que se entregan. Cuando discuten, hay que decir que a
menudo, todo lo demás empequeñece y pierde importancia.
- Me gustan los viernes, Sirius. Qué quieres que te diga.
- Los viernes hay clase, Lupin. A los pringados les gustan los viernes. Los sábados hay quidditch.
Los sábados son el mejor día de la semana y se acabó.
A su lado, James se pelea con el pastel de carne con queso y asiente compulsivamente. Dice algo
como "Sirius tiene razón" que suena más como "firiuftiefegafón". Cuando come se le encienden las
mejillas. Lily se recuerda que a ella no podrían importarle menos sus mejillas. Se lo recuerda varias
veces.
- ¡Claro que sí! Los domingos son una mierda. -James asiente de nuevo aunque no interrumpe. –
Los domingos deberían estar prohibidos. Debería haber dos sábados.
Ante eso, Remus dice exactamente lo que Lily está pensando. Como casi siempre.
- No – niega tajantemente- porque no habría lunes después. Y lo que hace asqueroso el domingo es
que haya un lunes después. Es evidente.
Se miran. Es como uno de esos duelos del Oeste en el que cada vaquero espera que el otro saque la
pistola y dispare. Solo que ninguno de los dos busca disparar, sino seguir en el duelo, en ese eterno
amanecer.
Remus esconde la sonrisa debajo del flequillo y se concentra en la sopa para que nadie vea esa
repentina sensación de amor desesperado que Lily puede intuir en su mirada. Que James no pueda
verlo, es un misterio. Pero cómo va a ver nada, si solo piensa en
- el sábado – dice – es el mejor día de la semana diga lo que diga nadie. ¿A que sí, Lily?
Se niega a contestar. Es jueves y mañana será viernes y después será sábado y tendrá que salir con
él y sus mejillas encendidas y la verdad, por primera vez en años, no se enfrenta a la perspectiva del
viernes con especial ilusión.
Cuando Peter se termina su plato asegura para asombro de todos que no hay nada como el lunes por
la mañana. Sirius le da voz al sentimiento mayoritario cuando le pregunta qué coño acaba de decir.
- Es que el domingo lo paso tan mal pensando que llega el lunes, que el lunes me encanta porque ya
no tengo que angustiarme.
Sus tres amigos y Lily le miran con una mezcla de pena y desaprobación. James le da una serie de
palmadas solidarias en la espalda. Remus le reprueba con una mirada que lo dice casi todo. Lo que
no dice su elocuente mirada, lo dice Sirius.
- Peter, colega. Masturbate más a menudo. O hazlo mejor o algo. Porque no lo estás haciendo bien.
Te lo aseguro.
Típico de Sirius darle a todo una solución que pase por el sexo. No debería sorprenderse pero le
sorprende y entorna la mirada para expresar su desaprobación. Cuando levanta la vista del plato,
James le está mirando a través de las gafas, absorto en algo que ve en ella y que debe ser real
porque crece y se hace una bola en el estómago cuando ese idiota la mira.
Canon
A Sirius la noticia le llega cuando está sentado en la Sala Común escribiendo una arenga para
animar a sus jugadores en el próximo partido contra Ravenclaw. Quiere algo sencillito, uno de esos
discursos que te den ganas de llorar de pura emoción. Lo normal. Está meditando si la frase
"imaginad que Godric Gryffindor está con vosotros esta tarde, y haced que se le ponga la piel de
gallina, cabrones" es lo bastante impactante, cuando Peter se acerca corriendo y le advierte.
- ¿Cuántos lleva?
- Catorce.
En ese punto decide ir personalmente al Gran Comedor y mirar. Un poco de presión añadida para el
pobre desgraciado, un alumno de tercero de Hufflepuff que se cree capaz de enfrentarse a una
leyenda. Se sienta frente a él, con las botas sobre la mesa, en medio de una multitud reunida para
asistir al posible acontecimiento. En el veinticinco Sirius finge que no está preocupado pero
empieza a sentir cierta inquietud.
En un encomiable esfuerzo que le dejará arrastrando una indigestión, el aspirante consigue veinti
siete bollitos de mantequilla.
A juzgar por su profunda cara de asco y cómo se lleva las manos al estómago, posiblemente no en
un futuro próximo. Le ve marcharse rodeado de compañeros que le animan y repiten que veintisiete
está realmente muy bien. Peter apunta el nombre del alumno, la fecha y la cantidad de bollitos en un
cuaderno que lleva registrados todos los intentos que se han producido en el colegio por superar el
récord de ingestión de bollitos de mantequilla del desayuno que instauró Sirius Black la mañana del
3 de diciembre de 1972.
Cuando Peter recuerda aquellos treinta y cinco bollitos, a veces, todavía siente arcadas.
Mentiras pero todas piadosas
De vuelta a la biblioteca para continuar con su dura labor como inspiración constante para los
jugadores de quidditch que tienen el honor de llevar a Gryffindor a la gloria bajo su mando –le
encanta cómo suena esa frase-, Sirius escucha la voz inconfundible y nasal de Remus dentro del
aula vacía de Hechizos de Nivel Avanzado. Hablando con alguien. ¿Un tío? Sin saber exactamente
por qué Sirius reduce el paso y presta atención. El alguien con el que está hablando tiene una voz
casi invisible, diminuta.
Y Remus, sabe Merlín cómo, siempre Lo Sabe cuando Sirius merodea cerca. Sería molesto si no
fuera Remus.
Remus y sus enormes piernas están sentados en el suelo, con la capa de prefecto y las rodillas
sobresaliendo casi por encima de los hombros. Aparentemente frágil, tan largo como la vida misma,
misterioso como un puzzle de mil piezas. Nariz imposible. A Sirius le cuesta no mirarle durante
horas y contener las ganas de sonreírle como una especie de idiota embobado.
Junto a él, hay un pupitre raído. Y debajo, un niño de grandes ojos castaños. De primero,
posiblemente.
- Nos da miedo ir a clase- explica Remus, en ese tono que usa siempre con los alumnos que acuden
a él como prefecto. A Sirius esa voz le recuerda a la sensación que experimentas cuando te
despiertas en mitad de la noche para ir al baño y vuelves a la cama con los pies fríos para que te
envuelva el calor de las mantas.
- ¿Miedo? – Sirius se sienta al otro lado del pupitre. – Bueno, en el caso de Remus es normal porque
entre tú y yo – mira al niño, que le mira entre atónito y aterrado-, el pobre Remus es un cagado.
Pero, ¿a ti qué te ha pasado?
- ¿Solo eso? Métete tú con ellos. – Remus lanza en su dirección su mirada asesina. Es tan parecida a
su mirada normal que solo un observador entrenado puede distinguirla. – Qué pasa- se defiende – es
lo que hacía yo.
Por primera vez el niño bajo la mesa se atreve a dirigirle la palabra. Vence la idea intimidatoria de
estar hablando con el mismísimo Sirius Black y le pregunta con un hilo de voz si también se metían
con él.
Lo cierto es que nadie se hubiera metido a hacerlo en primero cuando Sirius era notablemente más
alto y más fuerte y sabía más hechizos dolorosos que los demás críos. Y después... en fin, Sirius
solo se volvió más y más fuerte y aprendió más y más hechizos. Pero miente. Las mentiras piadosas
no son lo mismo que las otras, ¿no?
- Claro que se metían conmigo. Hombre, no tanto como con Remus, como te imaginarás.
- Gracias, Sirius.
- Entre esa nariz que tiene y sus vicios raros como estudiar y llevarse bien con los profesores, era
carne para las burlas. En su barrio muggle, un niño le dijo que tenía labios de subnormal.
Es leve, es casi inexistente pero es una sonrisa en la cara asustada del niño. Balbucea un poco pero
al final, presionado por Sirius para que le cuente lo que ha pasado, respira hondo, coge ánimo y se
atreve a hacer una frase completa.
- Se rieron de mí porque fui el único que no supo hacer volar la escoba en clase.
- Bueno, yo que tú no me preocuparía por eso – sonríe Sirius. - Creo que volar se te da bastante
bien.
El niño tarda un rato en comprender qué es lo que quiere decir y luego, lentamente se fija en sus
propios pies, en sus pequeños pies de alumno de primero que levitan a pocos centímetros del suelo
para su propio y monumental asombro. Junto a él, levita también la mesa. Remus calla, espera.
Sonríe cuando su pequeño protegido grita "¡wow!" y afirma que no sabe cómo lo ha hecho pero es
"lo más guay del mundo".
- Seguramente te esforzaste demasiado en clase y te pusiste nervioso- argumenta Remus con esa
voz que podría convencerte de la bondad de vivir en un adosado en el infierno. – Seguro que la
próxima vez, será estupendo.
El niño parece convencido. Resplandece, incluso, de pura y radiante felicidad. Remus le hacer
descender lentamente con la varita y cuando tiene los dos pies en el suelo, todavía los mira con
asombro. Les da las gracias antes de salir corriendo, "¡espera a que se enteren!" y una vez fuera del
pasillo oyen sus pasos acelerados de camino a la sala común.
Durante la comida, Sirius pasa junto a él deliberadamente y le saluda hola, Harry para asombro del
resto de sus compañeros, que miran al niño de grandes ojos castaños como si fuera una especie de
héroe. Saludado nada más y nada menos que por una leyenda del quidditch (y de los bollitos).
Cuando Sirius se sienta en la mesa con el resto de los Gryffindor, a excepción de James que está
demasiado ocupado en los preparativos de su cita con Lily, Remus le habla sin levantar la cabeza de
su comida.
- Ni se te ocurra.
- ¿Yo? - Brilla con salvaje ferocidad detrás de una mirada aparentemente inofensiva. - Ni se me
ocurriría hacer semejante cosa.
Muchos asientos más lejos, Harry cuenta a sus admirados compañeros de primero cómo conoció a
Sirius y se hicieron "los mejores amigos del mundo". Su historia difiere ligeramente de lo que
ocurrió en la clase y entre otras cosas incluye un encuentro con un dragón de tres cabezas pero
después de todo, se trata de una mentira piadosa.
I can´t live
Ocurre de manera repentina. Uno de esos momentos que Lily recordará siempre y podrá señalar con
el dedo y decir "fue entonces, fue en aquel momento cuando me di cuenta". Es un martes triste y
ventoso. En la cocina los elfos preparan chocolate para la merienda y hierven ramas de vainilla en
grandes ollas con leche. El olor sube escaleras arriba hasta la torre de Gryffindor y para Lily el
recuerdo siempre estará asociado a ese perfume penetrante, casi hipnótico. El recuerdo siempre
estará asociado a Sirius, que discute con pasión sobre cualquier tema pero especialmente sobre el
gramófono y quién tiene derecho a usarlo y quién no.
- El problema es que ella –Sirius señala a Lily con exagerada revulsión- quiere usarlo para escuchar
eso.
- ¿Y eso es un problema?
Vainilla, leche, azúcar, huele a cacao en polvo y el viento azota los árboles. Sirius pasea irritación y
un disco de Lou Reed por toda la habitación. Sentado en el mullido sillón de orejas, hundido en
raído terciopelo rojo, Remus mira pero no interviene.
- ¡Sí! Bastante tengo con los saxofonistas chiflados de Remus todo el día como para ahora dejar que
oigas esa... – su mueca de asco es deliberadamente exagerada - cosa.
- Solo es una canción, Sirius. ¿Te vas a morir por una canción?
- No es solo una canción. Es una cuestión de principios. Deja que el gramófono toque eso y habrá
quedado mancillado para siempre. – Dramáticamente repite "para siempre". – Además, ¿por qué
tienes que poner tú algo? El trasto es de Remus y Lupin sabe – se gira hacia el sillón con esa innata,
enérgica elegancia- que le conviene más tenerme contento a mí.
Cuando mira así, cuando habla así, Sirius es maldad. Veneno puro. Chispa desatada de las fuerzas
del cosmos. El estoicismo de Remus siempre ha sido admirable pero a veces resulta mítico.
Ah, sí, la vainilla. El suave perfume a merienda caliente. El sonido de las torres del castillo
recibiendo los embates del viento. Las gruesas piedras calizas dejan entrar sílbidos musicales y Lily
siempre, siempre recordará ese sonido asociado a la memoria de Sirius Black dando la batalla por
perdida, metiendo la cabeza entre las sábanas y gimiendo un largo y quejumbroso "noooooo".
Después el viento deja de escucharse porque el gramófono empieza a girar y durante tres minutos
Harry Nilson insiste en que no puede vivir sin amor, no puede vivir if living is without you. Es una
canción excesiva, de una sola emoción repetitiva pero a Lily le pone la carne de gallina cada vez y
no le importa tener que oír calladas protestas de fondo y el murmullo de Sirius en contra de las
canciones empalagosas para tías.
- No sé tú, Remus, pero yo me pregunto si soy horrible por querer escucharla otra vez.
Ya no es leche, sino chocolate puro con aroma a vainilla lo que llega hasta el final de la torre
cuando Sirius grita ¡SÍ! Y añade, ¡ES HORRIBLE! Se pone las botas con furia y anuncia con
dramática solemnidad que se va entrenar un rato y si eso no funciona, a obliviarse hasta que
desaparezca todo recuerdo de la existencia de nadie llamado Nilson.
- Te digo una cosa, Lunático. Tú no te das cuenta pero lo que ella quiere es convertirte en una chica.
Caen las primeras gotas de lluvia contra el cristal y Remus se ríe como lo suele hacer, dejando
entrever solo un poco de ese humor callado y de baja frecuencia.
- Es verdad, -suspira Lily- lo admito. Aspiro a que Remus y yo podamos intercambiarnos la ropa.
Estoy trabajando en un hechizo para hacer que la transformación sea completa. Nilson es solo el
comienzo.
Y en realidad, ése es el momento, es ahí donde su recuerdo emerge con más fuerza y todos los
detalles se vuelven nítidos, ásperos, casi físicos. La mirada socarrona de Remus en el sillón, esa
vibrante fuerza interior de Sirius levantado un dedo y señalándola a ella con un "tú", con un "tú,
pelirroja", advirtiendo, "nada de hechizos, nada de intercambio de ropa, nada de cambiar a Remus o
tocarle un solo pelo".
- Lupin no se toca.
Un recuerdo espeso, claro. Que volverá a ella en los momentos más inesperados, en los siguientes
años y tal vez incluso en sus últimos instantes, cuando el tránsito entre ser y no ser haga que se
acumulen todos esos momentos que hacen una vida, por más corta que sea. Sirius en el umbral de la
puerta, y esa última frase, antes de cerrar de golpe y entregarse al quidditch.
Portazo y fuera y el recuerdo a partir de ahí se hará más borroso. Pero Lily siempre recordará la
sensación de claridad en la boca del estómago, esa especie de ternura que la atraviesa mientras las
palabras de Sirius suenan como el eco es mío mientras el viento silba y se queda como está.
Remus apoya la cabeza en la mano y se hunde en el sillón de manera que en su silueta destacan esas
frágiles, huesudas rodillas.
- ¿De qué?
Es tan simple, tan claro de pronto. El olor de la vainilla y ese otro perfume, del amor en su forma
más pura, disfrazado de otras cosas, envuelto en bromas y peleas pero ahí, generoso y frágil donde
cualquiera que se asome a mirar puede verlo. Lily siempre recordará eso. El momento en el que se
cocinaba el chocolate, y vio ese amor como lo que realmente era, por primera vez.
Enamorado. Después de hablar con Lily, esa palabra –nueve letras- no deja de darle vueltas en la
cabeza. Sirius está enamorado de ti. De todas las palabras que podría asociar a Sirius, ésa es la
última. Años sabiendo que jamás querría a nadie como le quiere a él, meses desde que probó su
primer beso, semanas desde que empezó el curso y los besos se empezaron a multiplicar y sin
embargo, enamorado ni se le había pasado por la cabeza. Enamorado es Lionel Ritchie, Nilsson y
tal vez, una canción de los Beatles. Enamorado es imposible. Enamorado es sinfonía y un baile
lento y Sirius, cuando se trata de querer, es sexo a escondidas, empujones y lenguas, ahora y aquí,
ansiedad y desesperación, urgencia y demasiada intensidad para soportarla sin sufrir. Enamorado es
una balada y, para decirlo de la única manera que Remus sabe decirlo, Sirius es puro rock and roll.
Se niega a creerlo. Porque si lo creyera, si por un segundo realmente creyera que Sirius... imposible.
Sirius nunca ha insinuado algo así. Ni siquiera le ha contado nada a James. Si le pidiera una
definición de lo que están haciendo, Sirius sonreiría y le bajaría la bragueta del pantalón.
-¿Como quién?
- Es igual.
Tiene un diccionario muggle que casi nunca usa. Desgastado y con las tapas sueltas. Lo busca entre
sus baúles una tarde que se libra de Transformaciones con una nota de la enfermera y lo encuentra
debajo de una montaña de libros releídos mil veces. Entre Dante y los sonetos de Shakespeare.
Participio de "enamorar", dice, que tiene amor. Una definición muy simple. Alguien debería definir
qué es el amor y qué significa tenerlo. En la a-, Remus busca y encuentra una larga y variada gama
de definiciones. "Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia
necesita y busca el encuentro y unión con otro ser". A Remus la frasecita de marras no le hace
ilusión pero intenta imaginar la cara de Sirus leyendo lo de "su propia insuficiencia" y solo puede
imaginar cómo tiraría el libro contra la pared más cercana. Si para estar enamorado hay que asumir
"la propia insuficiencia" Sirius está vacunado y Lily no puede estar más equivocada.
Hay más, claro. "Sentimiento de inclinación, afecto y entrega a alguien o algo". Con el diccionario
oculto entre libros de Oclumancia se pregunta sobre cada una de esas palabras. ¿Se siente Sirius
inclinado hacia él? A veces incluso tumbado. No duda de su afecto. ¿Y de la entrega?
Enamorado. Sirius. De él. La idea, la idea de que Sirius esté... ¡y de él! A veces parece, a veces
están juntos y se siente volando, como si fuera música, como si pudiera unirme a las estrellas pero
Sirius es Sirius y no se puede esperar, no puedo pensar, que esté, en fin, enamorado, ¿no?
Hay otra definición que describe el amor como la "tendencia a la unión sexual". Ésa puede ser. Esa
puede ser incluso increíblemente válida. Remus tiene marcas de dientes y restos de saliva que
demuestran la "tendencia a la unión sexual". Tiene grabados en la memoria los sonidos de Sirius al
borde del orgasmo y las expresiones de su cara cuando cae en él. No sabe cómo se llama lo que
tiene y si será amor o será otra cosa pero deja huellas tangibles a su paso. Ardor en los labios,
músculos entumecidos, estremecimientos de placer, besos a oscuras, su sudor bajo la lengua.
- Me duele la cabeza.
Sirius levanta la mano izquierda, sin coger la varita dice "ad penumbram" y las vidrieras se
oscurecen, dejan pasar solo un poco de luz. Pregunta si está mejor así y es increíble el contraste
entre todo ese poder de su magia, descarnado, crudo y el tono de su voz, rugoso, cálido.
Se sienta en la cama de al lado. En penumbra parece un Sirius más difuso, más fácil de tener. No le
importaría cogerlo entre sus manos, no dejar que se fuera a ninguna parte.
Sirius se tumba en la cama con él, "solo un rato" que se convierte en "conozco un remedio casero
para el dolor de cabeza" y acaba siendo, "bájate los pantalones". En el diccionario que está cerrado
a los pies de Remus, hay una última definición para el amor, apetito sexual de los animales. Ésa sí,
ésa les puede valer. Al menos casi todo el tiempo porque puede que no sea la más adecuada para
esos momentos en los que continúan tumbados en penumbra, con los pantalones medio
desabrochados y un dolor de cabeza olvidado en la memoria del tiempo.
- Sí.
Recibe un empujón suave. Provoca en él una risa ahogada. El pelo de Sirius le hace cosquillas en la
cara. En ese momento olvida todo lo que le ha dicho Lily, no podría importarle menos que Sirius
esté o no enamorado porque está con él y a la inexistente distancia que les separa, puede escuchar
los latidos de su corazón, una batería insistente. Puro rock and roll.
- Una cosa.
- Por eso te ponen un nombre. Para que la gente lo use. ¿Qué le pasa a mi nombre?
Sirius asegura que "nada" pero es evidente que tiene algo dentro, algo que bulle y le molesta y no
descansará hasta que lo suelte. Una parte de Remus no quiere saber lo que es. Le asusta la idea de
que sea lo que sea, pueda echarlo todo a perder. El sexo y todo lo que no es el sexo y para lo que los
diccionarios no tienen definiciones.
Lilas, naturalmente
Sábado por la mañana. Cuando Lily despierta y oye el tumulto, da por hecho que una vez más,
Sabine está contando una de sus patéticas escapadas amorosas. Todo lo indica. Risas
insubstanciales. Comentarios en voz baja que empiezan como susurros y acaban en cloqueos. Pero
cuando sale de entre las cortinas de su cama todas las chicas de su habitación la están mirando a
ella. Incluida, en primera fila, Sabine.
Saca la mano que tenía escondida tras la espalda y con ella un ramo de flores. De lilas, para ser
exactos. Blancas, carnosas, sensuales, melancólicas lilas blancas.
- Supongo que ya sabes de quién es- el tono de voz de Sabine se le clava debajo de las uñas, le irrita
como nada le ha irritado con anterioridad. – Parece que algunos nunca se rinden. ¿Nerviosa por la
gran cita?
No se molesta en contestar. Aparenta frialdad. Coge el ramo con deliberada serenidad y se retira
tranquilamente a lavarse al cuarto de baño. A sus espaldas deja más risas, más comentarios frívolos,
más cloqueos que la sacan de quicio. Las lilas tienen un aroma intenso y no hace falta que vengan
con una nota para saber a quién huelen.
s.o.s.
Pasillos, aulas, la clase de pociones, mazmorras, territorio Slytherin, aula de estudio de Hufflepuff,
baños de prefectos, jardines exteriores, incluso lechucería y desde luego la biblioteca. Le busca por
todas partes y le encuentra al fin, frente a la puerta del vestuario, posiblemente esperando a que
salgan sus amigos del entrenamiento, concentrado en "Diez mil grandes hechizos y los magos detrás
de ellas". Cómo no se me había ocurrido antes.
Pero pasan estudiantes, no dejan de pasar malditos estudiantes y así no se puede hablar en paz,
especialmente, si esos estudiantes son ruidosos jugadores de quidditch de camino al campo o aún
más ruidosas groopies histéricas de camino a sus traseros. Decidida, sofocada, Lily abre la puerta
del vestuario, comprueba que está vacío y arrastra a Remus al interior.
- Hola Lily, qué tal estás. – No imita muy bien su voz pero se le da bien el sarcasmo. - ¿Muy bien y
tú? Bien, genial. ¿Qué es lo que no vas a poder hacer?
- ¡Parezco una chica idiota! ¿Desde cuándo me importa lo que piense un chico de mí o si está
nervioso?
- ¿Qué ha pasado?
- Supongo que informarás al Ministerio. Hay gente en Azkaban por crímenes así.
Tiene un dramático "no te rías" en los labios y está a punto de decirle que ella le ha aguantado lo
indecible durante años con Sirius y ahora necesita algo de apoyo, cuando la puerta se abre y su voz,
su característica, inconfundible voz llena la sala y tiene exactamente treinta segundos para
esconderse dentro de un armario que se abre por la acción inmediata de la varita de Remus y que
huele a equipamientos deportivos que no se lavan con la suficiente frecuencia. Esto es mi pesadilla
completada, escondida en un armario.
Y luego a él.
- No exageres, cómo voy a darte en esa bolita de ping pong con gafas. Ni yo tengo tan buena
puntería.
Hay una pequeña rendija en el armario y cuando se acostumbra a la estrechez puede ver la sombra
de Remus y delante de la puerta, discutiendo sobre quién es mejor jugador de quidditch podría
patearte el culo / ya lo veríamos les puede ver a ellos. Discutiendo, pegándose afectuosamente
mientras Lily se pregunta si ha utilizado el término "afectuosamente" aplicado a un contexto en el
que Potter estuviera presente alguna vez. Estoy perdida. En la pelea, Sirius le lanza el jersey del
uniforme a la cara, James se burla porque se está ablandando.
- ¿Me has tirado un jersey? Qué miedo. Eras más temible cuando no salías con esa chica.
- Mira quién habló. La señora de Lily Evans. Te tiene tan domesticado que debería ponerte un
collar.
Incluso Sirius lo medita un segundo, antes de lanzarse sobre él, alborotarle el pelo y burlarse
indecentemente y en su cara, de manera que cuando Remus hace acto de presencia, están
prácticamente en el suelo, Sirius encima y sin camisa, James debajo y gimiendo para que le deje en
paz. Enmudecen y paran cuando se dan cuenta de que no están solos.
Lily se pregunta si a James se le puede pasar por alto el tono de deliberada insinuación en la voz de
Sirius.
Es imposible que no se dé cuenta. ¿Cómo puede no verlo? Hay tantas hormonas en ese vestuario
que es raro que las taquillas no estén ardiendo.
- Estoy pensando- responde Remus -que Lucius Malfoy dejaría de llamarme marica a mí si os viera
a vosotros.
- Ahora que lo pienso- dice James- la micro polla de Sirius me está haciendo cosquillas. ¿O llevas
un clip en el bolsillo, Canuto?
Más peleas, más revolcones y Lily deja de mirar cuando Sirius finge estar restregándose contra
James porque, francamente, hay imágenes sin las que resulta más fácil vivir y no quiere llevarse con
ella una que incluya a hombres desnudos y James Potter fingiendo un exagerado orgasmo, muchas
gracias pero ya tengo bastantes problemas tal y como estamos. Espera a que se hayan marchado
antes de salir y repasa runas antiguas mentalmente para no tener que oírles cantando en la ducha la
balada de John y Yoko a dúo.
Lo que ocurre con la histeria es que por más angustiosa, por más insoportable como resulte cuando
uno la padece, vista desde fuera no se le puede negar un enorme valor como entretenimiento. A
Peter y Sirius, que llevan prácticamente dos horas viendo cómo James se prepara para su cita con
Lily, les está pareciendo de lo más divertida. Se ha cambiado el pelo –Sirius lo ha contado- cuarenta
y siete veces.
Envuelto en su agobio interior, James les ignora y vuelve a intentar que su pelo se quede en el sitio
durante más de viente segundos. Un esfuerzo inútil que resulta frustrante. Le sudan las palmas de
las manos. Y está convencido de que por algún fenómeno extraño todo el mundo puede oír los
escandalosos latidos de su corazón al galope.
- ¡Canuto!
Sirius contiene la risa y deshace el hechizo retumbador. Los latidos de James dejan de oírse pero a
él le parece que ahora suenan todavía más fuerte, dentro de su pecho. Diez minutos. Ha quedado
con Lily en diez minutos. Hacen falta dos para llegar hasta la fuente y cree que antes de llegar
posiblemente se va a desmayar. Toda su vida. TODO su futuro depende de una cita. Es mucha
presión. Se vuelve a sus amigos –o presuntos amigos cabría decir porque si fueran amigos de
verdad no se reirían tanto- y les pide un juicio ponderado y justo sobre su aspecto.
Tercera vez que le gasta la misma broma, tercera vez que pica. La bragueta está cerrada.
- Con amigos como vosotros, no sé para qué necesitamos a los gilipollas de Slytherin.
Le tiran un par de almohadas no te pongas así, Cornamenta y está claro que no entienden lo que se
siente cuando estás a punto de enfrentarte con la que es posiblemente la única oportunidad en tu
vida de conseguir a la única mujer que te interesa. No tienen ni idea. Si no les quisiera les
hechizaría para que se hicieran pis en público. Quedan nueve minutos. Coge el libro y se prepara
para cruzar la puerta. Respira hondo. Todavía le sudan las manos. ¿Le huele el aliento? ¿Se ha
echado colonía?
- Es un regalo- le explica. - Yo quería regalarle algo más divertido pero Remus pensó que un libro
sería una buena idea, y yo me acordé de esa película muggle que vimos en el cinematógrafo que
tanto le gusta –se enreda en su propio discurso- y Remus me dijo que está basada en este libro. Así
que, no sé, Remus dijo que sería una buena idea y llegó en lechuza desde Londres la semana
pasada, así que, puede que sea una buena idea. Eso dice Remus.
- Canuto, si quisiera enrollarme con ella y coleccionar sus bragas debajo de mi cama, te pediría
consejo a ti sin dudarlo pero estamos hablando de impresionar a la madre de mis hijos.
- ¿Y?
Resopla y se recuesta en su cama con los brazos agriamente cruzados sobre el pecho.
Refunfuñando. Aunque James tuviera tiempo de pensar en él no lo haría porque Remus cruza en ese
momento la puerta y su balsámica presencia es un regalo de Merlín. Sirius le saluda subrayando su
nombre con exceso de intención. A saber por qué rayos.
- Hola, REMUS.
Remus – Ginebra le tenga en su gloria- le ignora, y pronuncia las palabras mágicas. Dice "todo irá
bien, James" y le desempaña los cristales de las gafas con un movimiento de la varita. James se lo
agradece tanto que podría abrazarle. De hecho, no es capaz de contener el impulso y se echa en sus
brazos. Consuela, tener alguien que le sostenga por un momento. Aunque sea alguien que te da
palmaditas mientras se aguanta la risa. Empieza a recuperar cierto sentido de estabilidad.
Obviamente se lo está preguntando a Remus pero Sirius tiene un día perruno y contesta desde su
cama.
Remus le ignora.
Cuatro, quedan CUATRO minutos para que comience el resto de su vida y a sus dos mejores
amigos se les ocurre que es una buena idea lanzarse a una de esas discusiones que tanto les
entretienen y que parecen más un partido de tenis muggle que otra cosa. Sirius, todavía enfurruñado
y gruñendo desde la cama, cree que su cita con Lily puede ser la única oportunidad para estar a
solas con ella que va a tener James y está convencido de que es besarla o morir. Remus, desde
luego, no está de acuerdo porque según él Lily ya sabe que le gustas y que no te vas a ir a ninguna
parte después de esta cita, así que insiste en que no hay prisa y en que James debe dejarle decidir.
contra Remus y su
Le están dando dolor de cabeza. Y ahí está la histeria, luchando por salir a la superficie en medio de
una escandalosa crisis.
- Merlín Todopoderoso - murmura. - ¡Va a salir mal! – exclama. - ¡Lo voy a hacer todo mal! –
Tiene sudores fríos. Y posiblemente se esté ahogando. - ¿Qué hago? – Rozando la desesperación, se
agarra a las solapas del abrigo de Remus y suplica una salida. - ¡Qué hago!
La estrategia razonable que propone Remus es tranquilizarte, James, y la idea brillante de Sirius es
toser bésala y volver a toser. Es difícil saber a quién hay que hacer caso. Sirius sabe de chicas, pero
Remus sabe de Lily. Al fin le convence la serenidad de Remus y su propuesta de actuar como si no
oyeras los ladridos de Sirius.
Peter grita, "¡¡cuéntalo todo cuando vuelvas!!". En el umbral de la puerta James repasa los últimos
detalles. Lleva su libro, lleva el pelo todo lo bien que un Potter puede llevarlo, que no es mucho, y
lleva el corazón en un puño. Todavía le queda tiempo para escuchar los consejos de Remus no
meterte con Snape, no violar más de diez leyes del colegio, no desnudarte en la primera cita. Le
está tan agradecido que promete ayudarle siempre hasta el fin de sus días para que consiga a
cualquier tío que quiera, incluso al más guapo del colegio.
- El más guapo del colegio, aquí presente, no necesita que ningún cuatro ojos le busque citas,
muchas gracias, Potter.
- No desesperes, Remus, te buscaremos alguien decente –baja el tono hasta volverlo conspiratorio-
no como Sirius.
Remus sonríe y le insta para que salga porque va a llegar tarde. No le falta razón. Menos dos
minutos, sale de la habitación corriendo. Está a punto de ignorar el inconfundible silbido de Sirius
llamándole pero en el último momento se gira es Sirius, después de todo y nota el encantamiento al
final del brazo. Cuando mira el libro que lleva en la mano, está envuelto en papel de regalo. Antes
de que pueda darle las gracias oye "refrigeriam" y siente un alivio inmediato porque ya no le sudan
las palmas de las manos. Un tercer movimiento de la varita de Sirius y nota una especie de calma
caliente en el fondo del estómago, producto de un efectivo hechizo anti – estrés que Sirius
descubrió para la final contra Slytherin de cuarto.
Su irritación hacia los idiotas de sus amigos desaparece al instante. Experimenta una triunfante
sensación de victoria al saber que sus amigos estarán allí cuando vuelva de Hogsmeade.
- Te adoro- ironiza.
Estarán ahí pase lo que pase, ahí hasta el último día de su vida. En el agujero de su estómago donde
había anidado la histeria empieza a brotar algo parecido a la confianza en sí mismo. Se siente
incluso capaz de sonreír mientras se sube las gafas.
- ¿Estoy guapo?
- Precioso, Potter. – Sirius entorna los ojos y disimulando algo que solo puede ser afecto le suplica
que se largue de una puta vez. – Estás tan monísimo que si no te vas seré yo quien quiera salir
contigo.
No necesita decírselo dos veces. Baja escaleras abajo a toda prisa y treinta segundos después Peter
sale disparado tras él como una bala para ver desde primera fila la mítica Primera Cita. James Potter
va a salir con Lily y es un día histórico en la historia del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.
A las cinco menos dos minutos y en una escala del cero al cien, Lily Jane Evans tiene CERO ganas
de tener que enfrentarse a una cita con James Potter. Tal vez menos ganas de cero, si tal cosa es
posible. Puede que tenga menos veinte ganas. O menos cien. Pocas ganas, en resumen. Todo son
problemas. Y dudas. ¿Cómo se viste una para una cita que no quiere tener? ¿Con algo que te haga
sentirte favorecida y llena de autoestima y capaz de enfrentarte con tu habitual punto de vista
práctico al inevitable desastre? ¿O con algo horrible y feísimo que convenza a James Potter de que
no-va-a-pasar? Dudas. Le corroen. Las que confiesa y las que es mejor no plantearse porque, ¿qué
hace ella estando nerviosa si en realidad no podría importarle menos lo que Potter tenga o no tenga
en mente? No estoy nerviosa, debe ser algo que he comido.
Las cinco. En punto. Suena el reloj del colegio y experimenta una especie de alivio pasajero porque
no parece que James vaya a venir.
Y solo Merlín sabe qué es lo que le impulsa a contenerse y esperar treinta segundos más, los
necesarios para que ese cabeza de chorlito aparezca cruzando el portico que rodea la fuente a la
salida principal del colegio, justo frente a la fuente de los hipogrifos. Vestido de calle parece
distinto y por motivos difíciles de explicar, más alto. Se ve que ha pasado sabe Circe cuanto tiempo
intento domar el flequillo porque ha conseguido cepillarlo en parte y los mechones que resisten
llaman más la atención. Caen sobre la frente, por encima de las gafas. No debería tratar de peinarse.
Tampoco le queda tan mal.
Todo honestidad y esa maldita apariencia de buenas intenciones que Lily sabe a ciencia cierta que
no se ajustan a la realidad hace difícil resistirse a él. ¿Qué se supone que tiene que decir? Podría
decir "gracias" pero no le sale. Solo quiere saber a dónde van. A qué tiene que enfrentarse
exactamente.
Algo. Un paquete en sus manos. Envuelto, incluso. Un regalo. Es lo que parece. Lo abre notando el
peso inconfundible de un libro. Lo que no espera es que sea
- Frankenstein – murmura. Y le sale, en un suspiro, ese – gracias- que esta vez sí, nace del corazón.
- Dijiste que te gustó la película. –Encoge los hombros, y es obvio que se trata de una manera
deliberada para resultar adorable. - Remus dice que el libro también.
- Sí- contesta demasiado rápido. Después, se arrepiente y confiesa. - No. Sirius. Con un hechizo.
Lily contiene una sonrisa. Con cierto esfuerzo. La idea de Sirius envolviendo el regalo le resulta
demasiado divertida. Y es más fácil estar con James Potter cuando se muestra tal como es, que
cuando trata de aparentar ser otra cosa. Entre el jugador de Quidditch que hace historia en cada
partido y el chico que no puede dominar el flequillo, prefiere al segundo.
Aunque sospecha que no lo conoce excepto por las breves aberturas que deja sin cerrar de vez en
cuando.
Supone que a Hogsmeade, que es lo típico. A tomar una cerveza de mantequilla, dar un paseo, pasar
por Zonko, claro, conociendo a Potter. Y por Honeydukes, desde luego. Se equivoca. James da un
par de pasos sí, pero hacia el colegio. Se gira, un golpe de viento sacude su bufanda de Gryffindor.
Parece contento.
- ¿No vienes?
- ¿Al colegio?
James asiente.
Puro teatro
Sirius persigue la sombra de Remus colina abajo, murmurando protestas ininteligibles. Algo contra
James y su estúpida cita y contra su madre zorra sin entrañas y contra el mundo que le den por culo
y contra él, el hombre lobo del carajo. Remus escucha fingiendo que no oye y está seguro de que
Sirius ha dicho entre dientes ahora el prefecto es un experto en citas.
- En casa de los Black, no se llevan mucho. Aunque a mi madre le gustaban, "sorpresa, Sirius, ¡hoy
te quedas sin cenar por haber pegado a tu hermano, aunque tu hermano es quien te ha pegado a ti
primero!".
- Ya estamos llegando.
Ya se ven al final del camino las primeras casas de la aldea. En dirección contraria a Hogsmeade,
un pequeño pueblo muggle de calles silenciosas y crudos inviernos de cerveza templada y pubs
abiertos hasta la medianoche. A espaldas de Remus, Sirius sigue farfullando. Es una perorata
indistinguible. Lleva así desde que salieron de Hogwarts.
Son la clase de comentarios que podrían hacer que Remus se enfadara si a) Remus supiera
enfadarse y b) Sirius no llevara una casaca verde botella que recuerda a John Lennon en aquella
película. Hay que tener hormonas de acero inoxidable para enfadarse con él cuando se parece a
John Lennon.
- Podrías tener una actitud más positiva, Canuto. O tendré que sacarte a pasear con collar.
Antes de que acabe su frase, siente que tiran de él, le empujan y le besan con más rabia que talento,
blanco como la furia, torpe y ansioso contra un árbol del camino. Sirius jadea y se devuelven golpes
de lengua sin tregua. Remus oye no me olvido de tu nombre y pregunta qué pero Sirius dice nada y
todo queda olvidado entre la saliva y la fricción ansiosa de los cuerpos. En pleno camino,
guarecidos solo por un recodo donde cualquiera podría verlos. Tocarse así resulta más real y la
sangre se arremolina entre ellos, como si fueran animales feroces.
A lo lejos, suena la campana de una iglesia remota y Remus querría perderse en esa sensación del
aire libre y la lengua caliente de Sirius en la boca. Pero no puede.
Gruñe, protesta, mete una mano por debajo de su jersey y el tacto de la mano contra la piel es
hiriente, físico, real.
- Te estoy siguiendo como un perrito faldero, Remus, dime por lo menos a dónde.
Parece desesperado y dios, cómo besa. Se borra todo, se nubla todo. Solo queda él, su exigencia
febril, su intensidad animal. Sirius Black, distinguido aristócrata, criminal del sexo y el camino más
fácil para llegar al infierno. Tira de la bufanda que da mil vueltas alrededor de su cuello y le ahoga
con besos febriles. Remus le aparta haciendo un esfuerzo sobrehumano. Se siente como si rechazar
a la luna cuando está llena de poder. Luego murmura tarde.
Echa la cabeza en el hueco entre el cuello y los hombros, Sirius gruñe un te odio poco convincente
y se marchan camino abajo hacia el pueblo. Remus tarda un rato en decidir si ha merecido la pena
porque cuando Sirius ve la entrada del pequeño teatro y lee Peter no sé qué en el cártel pregunta
qué tiene que ver con Colagusano y parece poco dispuesto a entrar. No es hasta que está sentado en
su asiento, husmeando en todas direcciones, olisqueando para ver si aquello le gusta o no y hasta
qué punto, cuando Remus se da por satisfecho. Porque en ese momento el telón se abre, se oyen un
par de toses desde el gallinero y Sirius que murmuraba "a dónde carajo me has traído" se queda con
la boca abierta ante la visión de un actor metido dentro de un traje de perro.
No tiene que volver a recordárselo. Sirius Black, que no ha guardado silencio en toda su vida y ha
hecho de la inoportunidad verbal un arte para virtuosos no vuelve a pronunciar una sola palabra
durante las siguientes dos horas. Absorto en las aventuras de Peter Pan y los niños que no querían
crecer. Mudo, como si viera la magia por primera vez en su vida. Transportado al País de Nunca
Jamás.
Remus apenas presta atención a los actores. Está ensimismado observando a Sirius, un espectáculo
hipnótico del que nunca se cansa.
Diseñar el mapa de los merodeadores exigía una enorme cantidad de esfuerzo. Ni James, ni Peter, ni
Sirius se habían esforzado tanto para algo en su vida. Jamás. Remus se había esforzado para casi
todo casi siempre, pero incluso él tuvo que hacer horas extra para dibujar todo Hogwarts. Tuvieron
que emplearse a fondo en los hechizos pero sobre todo, invirtieron una cantidad extraordinaria de
horas recorriendo los pasillos, las galerías, las escaleras y los pasadizos del milenario castillo de
piedra. Si hay alguien que conoce las ochenta y dos aulas, cincuenta y nueve baños, cuatro salas
comunes, siete pisos y dieciséis torres de Hogwarts, son ellos y especialmente James, que por sus
habilidades con el dibujo, fue el encargado de recorrer un mayor número de kilómetros, una absurda
cantidad de veces. A menudo bajo la capa invisible y casi siempre para acabar descubriendo cosas
inesperadas. Como el pasadizo que conducía a la Casa de los Gritos, o la sala de los menesteres, o el
atajo mágico desde la Habitación Común de Gryffindor hasta el corazón de la cocina élfica que
permite saltarse tres pisos y medio y ahorrarse treinta y siete escalones.
Estaba en cuarto cuando descubrió La Esquina que ahora le enseña a Lily. A la izquierda del reloj
de la torre, cerca del pasillo que conduce a la enfermería. Sentados en el suelo, con los abrigos
todavía puestos, solos en una de las galerías superiores.
- Lo sabrás enseguida.
Porque de pronto en la esquina se escuchan claramente unas voces femeninas. Lily no las reconoce,
parecen alumnas jóvenes, de segundo o primero. Discuten sobre la clase de Adivinación y si
realmente la profesora Lingwood ve algo en la bola o se lo inventa todo.
- ¿Cómo va a ver nada con esas gafas, hombre? No puede ver ni la hora. El otro día durante el
desayuno, casi choca con su lechuza. Está claro que se lo inventa todo.
No hay nadie en el pasillo. Lily mira para asegurarse, está convencida de que se trata de algún tipo
de truco pero la conversación transcurre con total normalidad, acaba derivando en una encuesta
sobre los profesores más guapos y se pierde en algún lugar tan misterioso como aquel del que
provenía. Borrada para siempre. Después, el silencio y antes de que Lily haya averiguado cómo,
escucha con nitidez, casi ahí, en el laberíntico interior del oído interno, a Albus Dumbledore.
Hablando sobre lo buenas que eran las alcachofas en vinagre de la comida.
Están ahí. Justo ahí. Invisibles y reales. Conversaciones robadas de algún lugar que permanece
invisible. Voces que hablan sobre exámenes y pociones, sobre el invierno escocés y las criaturas del
lago. Sobre la actualidad de los muggles y los chismes de "Corazón de Bruja" y cuál de los chicos
Ravenclaw es más mono. Voces masculinas y femeninas, viejas y nuevas, desconocidas y otras no
tanto. Lily distingue a Sabine, de Gryffindor, riendo con sus amigas. Y al profesor de Cuidado de
las Criaturas Mágicas tarareando una napolitana. Tarda un rato en comprender que no es magia. Al
menos no en el sentido estricto. Se debe tratar de algún poderoso fenómeno de la acústica por el
cual esa esquina, esa intersección de piedras y ángulos se convierte en altavoz de lo que ocurre
mucho más abajo.
- En la salida al Gran Comedor, en realidad. Se escucha todo lo que ocurre allí. Entre el comedor y
la entrada al colegio.
- ¿Cómo lo sabes?
- Cuando descubrí este sitio, obligué a Peter y a Sirius a recorrer todo el colegio repitiendo la misma
frase para ver desde dónde se oía.
- ¿Qué frase?
De todas las cosas. De todos los sitios, Lily nunca hubiera esperado así. De todas las personas nunca
hubiera creído que James Potter fuera capaz de sorprenderla, obligándole a ver el colegio desde una
perspectiva diferente. Tiene el libro de Frankestein en las manos y le da vueltas, mientras oye
retazos de conversaciones que comienzan de pronto y terminan de la misma manera, sin avisar. En
esa Esquina, el tiempo deja de tener importancia y para cuando quiere darse cuenta, está acariciando
el lomo del libro, sin poder evitar reírse porque acaba de oír a Dumbledore decir que le preocupa lo
que Sirius y James puedan estar tramando.
- Llevan tiempo sin dar guerra, debe estar cociéndose algo gordo pero la verdad es que mi
imaginación no da para adelantarme a lo que pueda ser. Son capaces de vestir a los gnomos del
jardín con faldas de mujer. Una de esas faldas hawaianas, tal vez. Son bonitas.
Guarecidos siete pisos más arriba, James y Lily se ríen juntos por primera vez en su vida.
- En realidad es una buena idea – propone James. - Espera a que se lo diga a Sirius. Encargaremos
la ropa en Londres.
El reloj de la torre da en ese momento las seis y a Lily se le para el corazón durante un segundo.
Porque lo que oye, junto a ella, rebotando en La Esquina es su propia voz. Hablando con Remus.
Una conversación no de esa mañana, ni de ese curso, sino de hace, por lo menos un par de años.
Comentando "Cumbres Borrascosas".
- No es que no me gustara, Remus. Me gustó, lo leí. Solo digo que era desagradable. Catherine está
loca. Y si la palabra loca tiene un buen significado, no lo digo en ese sentido.
- A veces pasa. Creo que algunas voces siguen rebotando, se quedan atrapadas aquí.
No sólo es un efecto del espacio. La Esquina que James Potter le enseña la primera vez que salen
juntos es una abertura en el tiempo. Una señal de que los alumnos dejan su huella en el colegio, del
mismo modo que el colegio se va con ellos una vez que cruzan sus puertas, después del último
curso. Lily suspira hondo, digiere el recuerdo de su propia voz, que suena distinta cuando proviene
del pasado.
- Qué.
- Me gusta esta esquina.
Es difícil seguir pensando en todas las cosas que le hacen odioso, arrogante, pagado de sí mismo
como un pavo relleno cuando sonríe de medio lado, le cae el flequillo sobre las gafas y baja la
mirada ilusionada. Es francamente difícil.
Terminada la función, cuando todos han dejado de aplaudir y recogen sus abrigos para salir a la
calle, Sirius todavía sigue mirando fijamente la escenografía. Le atraen como una llama los
decorados de cartón y antes de cruzar una palabra, se levanta hacia el escenario, abriéndose paso
entre los espectadores que salen. El escenario está cubierto con olas y barcos piratas. La obra no era
mala, bastante buena para ser un grupo de aficionados, pero a Remus lo que realmente le fascina es
el espectáculo de Sirius Black mirando entre cajas, descubriendo los diferentes decorados uno
detrás de otro, husmeando las bambalinas como un perro que quiere descubrir un secreto pero no se
atreve a moverse demasiado para no romper nada.
Todos los espectadores se han marchado cuando la actriz que interpretaba a Wendy sale para cerrar
las puertas y se encuentra con un moreno desconocido hurgando en la cama de juguete de sus
hermanos imaginarios. Remus se siente obligado a dar una explicación.
Desprendida de la peluca rubia de Wendy, la chica parece mayor. Tiene una sonrisa franca,
murmura "ya", no parece del todo convencida de la conveniencia de dejar a un desconocido a sus
anchas entre cajas. Pero se tranquiliza cuando Remus asegura que es esencialmente inofensivo.
Vencida por la alegría infantil que se adivina en su tono de voz, Wendy se rinde y les deja quedarse
un rato. Mientras los actores acaban de cambiarse.
No solo tiene una sonrisa franca, sino que le brillan los ojos cuando la ofrece.
- Descuida.
Detrás del escenario, Sirius ha encontrado Nunca Jamás. Y entre los cortinones del escenario,
aparentemente los baúles donde guardan el atrezzo. Mete la cabeza en el más grande y rebusca entre
telas de colores imposibles.
- Dime una cosa, Lupin y más te vale que te expliques bien. ¿Por qué no me habías traído nunca al
teatro?
- Siempre que te hablaba del teatro decías que era para niñas.
Y en ese momento, con el garfio en la mano, el entusiasmo teatral que le ha mantenido recluido en
un silencio fascinado, se convierte en un arrebato de locuacidad. Sirius narra con apasionado detalle
cada uno de los momentos álgidos de la obra y acaba narrando la obra entera. Y cuando Campanilla
se está muriendo. Y los niños que salen volando por la ventana. Y después, cuando Garfío quiere
hacerle saltar y las sirenas, Remus, y cómo pierde su sombra y los niños perdidos ¡y los piratas!
Es una pregunta retórica. Remus se limita a mirar sus aspavientos y la recreación de sus escenas de
lucha favoritas. Y –lo mejor de todo- la gran cantidad de información equivocada que contiene
sobre hadas, sirenas y criaturas del mundo mágico. Sirius cree que el escritor no hubiera tenido
ninguna oportunidad de aprobar "Historia de la magia". Sentado en un baúl que guarda atrezzo de
otras funciones, Remus contiene la risa.
- Pero está claro que sabía de la magia más que muchos hechiceros.
Todavía con el garfio, Sirius se arrodilla frente a él, de cuclillas sobre el escenario a medio
desmontar. La postura le obliga a mirar ligeramente hacia arriba y su expresión se transforma en
algo cercano a la adoración. En momentos así, de rara quietud, Remus puede fijarse en el gris
azulado de sus ojos, las ondas que forman los mechones más cortos de brillante pelo negro, la
elegancia viril de su gesto. Altivo sin llegar a serlo, noble pero descarado. Está acostumbrado a
enamorarse de él todos los días, varias veces al día pero en momentos así, incluso a él le turba la
intensidad de eso –esa cosa viva y eléctrica- que le une a él.
(…)
Va todo tan bien. Va todo TAN bien. A James casi no le sudan las manos y lo poco que le sudan es
sobre todo por la emoción y casi nada por los nervios. Después de enseñarle la esquina a Lily,
pasean por los pasillos superiores y ven atardecer en la Torre de Adivinación, oyendo a lo lejos el
ulular constante de la lechucería. Lily parece a gusto, no se le ven intenciones manifiestas de querer
arrancarse un brazo solo para darle con él. No le ha insultado ninguna vez, ha censurado sus chistes
entornando los ojos solo dos veces, le ha llamado Potter únicamente cuatro y el resto se ha dirigido
a él como James. Como lo dice ella, haciendo que sea imposible mirar a ningún otro sitio excepto a
sus carnosos, increíbles, hipnóticos labios pintados con azúcar de caramelo. A veces el impulso por
besarle le sacude como una brisa huracanada pero se contiene. Se contiene porque aunque parezca
imposible [Link]á.cagando y eso merece celebrarse. Incluso hablan sobre Frankenstein y Lily le
sonríe, -no solo sonríe en general sino LE sonríe y parece gratamente, GRATAMENTE,
sorprendida. James le cuenta su parte preferida.
- Cuando el monstruo le pide a Frankestein una novia tan fea y deforme como él. – Imita la voz del
monstruo lo mejor que puede y Lily se ríe por quinta vez. – "Este es el ser que has de creaaaaar".
Jo. Es mucho más bonito cuando lo dice ella de memoria que simplemente leyendo las palabras
sobre el papel. Por eso es tan horrible, por eso es deprimente, por eso es CATASTRÓFICO cuando
James propone acabar la tarde comiendo algo de chocolate y Lily se dirige al Gran Comedor y él
dice "mejor no" y la lleva a la cocina y le enseña la despensa de los elfos y firma su sentencia de
muerte cuando la puerta se cierra tras ellos con un click y un leve fogonazo de luz. Lily pregunta
"qué ha sido eso". James solo dice "uh-oh" poniendo, eso sí, lo que Sirius siempre ha llamado su
"cara de pánico Potter".
- Estamos encerrados.
- ¿Perdona?- pregunta Lily, incredulidad hecha carne. Casi sonriendo porque cree que se trata de
alguna broma, eso sí, muy bien hecha porque la puerta no se abre por más que ella lo intente a mano
y con la varita. - ¿Por qué la puerta no se abre, Potter? - Nada de James. Ah, no. Potter. Mal asunto.
No sabe qué decir. Si se lo dice, no se lo va a creer. - ¿Y por qué no pareces sorprendido?
Cruza los brazos. Seguro que es mala señal. Cruza los brazos y aprieta los dientes y al hacerlo sus
labios, sus deliciosos labios de fruta escarchada y sábado por la mañana en la cama, se aprietan en
un gesto de clara desaproBación. De enfado, en realidad. James procura no mirarlos y explicar de
manera lo más convincente posible que ha sido un despiste y que no me acordaba y que realmente,
cuando Sirius y él encantaron la puerta era para que el primer mago que entrara dentro se quedara
encerrado, sí, pero se supone que tenía que ser Snape al recoger sus cosas y todavía no me explico
por qué no funcionó con él y ahora ha funcionado con nosotros.
No está enfadada. Lily está algo peor. Algo que James no ha visto con anterioridad y desearía no
haber visto jamás. Dolida.
- ¿Qué? ¡No! ¡Te lo juro! Pensé que el hechizo de Sirius no había funcionado. No recordé que... se
abrirá en cuanto los elfos tengan que entrar a coger algo. Seguro que necesitan cosas para el
desayuno.
- ¡No pretenderás que me quede aquí toda la noche contigo! – Sin dejarle tiempo para replicar,
añade, repite, insiste que – lo has hecho a propósito. Yo pensaba que... y tú... dios. No sé para de
qué me sorprendo.
Se sienta en el suelo con las rodillas bien pegadas al cuerpo. El ceño fruncido. Se apodera de la
despensa, un cubículo de dos por dos llenos de estanterías y productos de limpieza, un silencio tan
profundo que sobrepasa al silencio. Se produce un curioso fenómeno de la física por el cual, James
siente que las palabras y el aire son extraídos de la habitación. Todo iba tan bien. Todo iba TAN
bien.
Ha soñado durante años con una noche a solas con Lily y al fin la ha conseguido. Lo único que
puede pensar en semejante ocasión es que Severus Snape ES HOMBRE MUERTO.
A las nueve, Lily suspira enfadada. James no sabía que fuera posible pero ahora está claro. Se puede
suspirar enfadada. Ese sonido es el primero en horas y lo utiliza como paracaídas, se lanza a él con
desesperación y aprovecha para disculparse. Bueno, algo parecido.
- No me sorprende. Generalmente seguís uno el rastro del otro como si fueráis animales sin cerebro.
Que probablemente es lo que sois.
Es una respuesta lo bastante contundente como para quedarse callado hasta las nueve y media.
Entonces su estómago emite un rugido insistente y se le ocurre proponer que podrían comer algo.
En las estanterías hay chocolate, dulces, bollos, panecillos, un montón de cosas que no requieren ser
cocinadas.
- No tengo hambre.
- Y cuantas más veces repitas tan poco agradable perspectiva, menos hambre tendré, Potter.
Peor que todo lo demás, que el tono de su voz, que la mirada que clava en algún punto de la pared,
es ese "Potter" que suena a insulto. A este ritmo, difícilmente accederá a que ése sea su apellido de
casada. A las diez, no soporta el silencio un segundo más y prueba otra vez lo de las disculpas. La
despensa se va quedando pequeña y no puede seguir fijándose en los rizos de su pelo y esa venita
azul que deja ver en sus mejillas.
- Te juro que no lo hice a propósito. Y si hubiera alguna manera de sacarte de aquí, te juro que lo
haría.
Está a punto de contestarle. A punto de decirle algo irónico como "pues no estás haciendo esfuerzos
para que tu compañía resulte especialmente agradable, ¿sabes?" pero las cosas ya se han puesto
bastante feas y Lily lleva encima su varita y es bastante buena con ella. Podría hacerle levitar en el
techo durante toda una noche. Y luego está todo el tema de sus labios, y el pelo y lo suaves que
parecen sus mejillas y la manera en la que su pecho se mueve dentro del jersey de cuello vuelto.
Todo eso combinado hace que sea difícil reprocharle su actitud. Enfadada está preciosa. Parece
fuego puro. James se siente atraído a la llama. También siente hambre pero se aguanta.
Seguramente ella se enfadaría más si se pusiera a comer.
- ¿Seguro que no tienes hambre?
- Segurísimo.
A las diez y media, le rugen las tripas escandalosamente. Seguramente hay gente en Londres que
puede oírle. Decide que comer y enfadarla más es mejor que seguir haciendo ruidos semi obscenos
incontrolables y rebusca entre las estanterías hasta encontrar bollitos de azúcar y chocolate con
aroma a naranja y vainilla. Le gustaría un poco de zumo pero todo lo que encuentra es cerveza de
mantequilla. Lily resopla. James come. Procurando no hacer mucho ruido.
Cinco minutos después, lleva cuatro bollitos y Lily, al fin, le dirige la palabra.
- Ahora le podrás contar a todo el mundo alguna aventura inventada sobre lo que supuestamente
hemos hecho esta noche, ¿no es eso?
- ¿Qué? – Casi se atraganta con la cerveza- ¡No! Yo no haría eso. ¿De dónde has sacado esa imagen
de mí? – Se lo pregunta en voz alta a ella y es casi como si se lo preguntara a sí mismo por primera
vez. No sabe en cómo momento, qué fue lo que hizo o dejó de hacer, qué debería borrar o repetir
para que Lily le diera una oportunidad. Pequeña, casi invisible. Pero una oportunidad. - ¿Sabes? En
realidad no me conoces, Lily.
Le mira fijamente a esos asombrosos ojos verdes. Mientras habla. Mientras le habla y se va
enfureciendo.
- No, en realidad, Potter, eres tú quién no me conoce aunque alardees de tu obsesión por salir
conmigo. ¿Qué es, una apuesta ridícula? ¿Te has jugado con Sirius que ganaras su moto si
consigues llevarme al huerto? Y luego, ¿a quién intentará conquistar el héroe del Quidditch? ¿A
quién Sirius te mande?
En el interior de James algo, algo que no atiende a razones y que posiblemente sea el espíritu
mismo de los merodeadores, se mueve y protesta.
- Oye, no sé por qué te empeñas en odiarme pero no es así. Yo no soy así y Sirius no es así. Sí, es
una bestia y sí, puede que disfrute torturando a estudiantes de Slytherin pero si hubieras vivido con
su familia, es lo mínimo que tú harías. Sirius es... – busca las palabras, algo que consiga explicarlo
pero no se le ocurre nada. - Sirius es... – excepto lo único que se le ocurre, que es muy simple, en
realidad- mi hermano.
Si James Potter viera películas muggles y especialmente películas muggles de acción, sabría que
siempre hay un momento en que el protagonista cuelga de una gran altura, un precipicio o la repisa
más elevada de un rascacielos. Y siempre el mejor amigo del protagonista le agarra la mano y él
héroe dice "no me sueltes" y el amigo no le suelta y todo acaba saliendo más o menos bien. Si
James colgara de un edificio muy alto o de un precipicio y Sirius, su mejor amigo, le tuviera sujeto
por una mano y su mano fuera lo único que le separara de la vida más o menos cómoda que lleva o
una muerte dolorosa contra el suelo, trataría de sacar la varita del bolsillo. Trataría de conjurar un
hechizo para que apareciera una cuerda bien tensa. Trataría de pensar qué canción de los Beatles
quiere para su funeral. Lo que no haría en ningún caso es perder el tiempo diciéndole a Sirius "no
me sueltes". Porque James Potter y eso es lo que le gustaría explicarle a Lily cuando dice "Sirius es
mi hermano" sabe que Sirius nunca, jamás le soltaría. Sabe que caería con él si no pudiera más. Que
se le rompieran los dedos y los brazos antes de soltarle. Sabe que literalmente se dejaría matar por
él. Que nada, ni nadie podría hacer que le soltara a cientos de metros sobre el suelo. Decirle "no me
sueltes" sería tan tonto como decirle al sol que se pusiera cada noche. Si James fuera más elocuente
se lo explicaría así a Lily. Pero no lo es y solo repite lo mismo que acaba de decirle.
- Mi hermano, ¿entiendes? Sirius se dejaría matar por mí, se dejaría matar por Remus sin pensarlo y
por Peter, aunque crea que no tiene personalidad y por ti, aunque no te lo creas. Incluso se dejaría
matar por Harry.
Con el ceño ligeramente fruncido, mechones pelirrojos sobre la cara, inflamable como un diamante,
Lily le mira con mucha, mucha atención. Y luego, pregunta.
- Nuestro primer hijo. Le prometí a Sirius que sería el padrino. Pero podemos ponerle otro nombre
si no te gusta.
Se lo piensa un segundo. Claramente anonadada. Después Lily hace algo que James no le había
visto hacer nunca. Coge la cerveza muggle que James tiene en la mano y bebe tres o cuatro tragos
largos que reducen su contenido a casi la mitad.
- Harry es bonito. – El segundo trago acaba con el resto de la botella. - Para un hijo inexistente.
(…)
Seis botellas de cerveza de mantequilla y una cantidad indecente de bollitos y chocolate y Lily
Evans se empieza a sentir no del todo pero tal vez, solo tal vez, un poquito inestable. No tanto como
borracha, ni hablar, pero claramente inestable. No está acostumbrada a beber. De hecho, ni siquiera
le gusta la cerveza de mantequilla pero está encerrada en una despensa con un jugador de Quidditch
adolescente que tiene la costumbre de mirarle embobado y no lo ha confesado nunca, pero tiene
cierta, solo CIERTA tendencia a la claustrofobia física y especialmente emocional. Su intensa
cercanía la ahoga. La despensa huele a fruta embotada y azúcar.
- En lugar de pedirte perdón otra vez, podríamos intentar pasarlo bien, ya que estamos aquí.
Por culpa de la maldita cerveza y por culpa de esas estúpidas palabras, "pasarlo bien", Lily nota que
enrojece. Levemente. Tiene calor en el cuello. No se tenía que haber bebido la sexta botella. Pero
no es culpa suya, sino del estúpido jugador de Quidditch que la ha encerrado en una despensa para
"pasarlo bien".
- Sigue soñando.
- ¿Y a qué te referías? Porque o me he perdido algo o en este sitio no hay muchas formas de
divertirse.
James –James no, Lily, Potter, solo Potter- se ha quitado el abrigo y su jersey está tirado en un
rincón junto a montañas de boniatos. Los pantalones le quedan ligeramente grandes y lleva el botón
del cuello suelto. Y es un chico. Solo un chico idiota. Pero está cerca y hace calor.
- No sé de qué. No me interesa el Quidditch. Ah, ya sé. Podríamos hablar de lo insustancial que hay
que ser para hechizar una puerta con la intención de dejar encerrado a alguien.
Se exaspera. Parece enfadado. Pero ni aún así, es capaz de gritar. Claro, porque no tiene
personalidad. Se limita a repetir que no quería encerrarla. Lily nota que está irritado. Cómo no va a
estarlo, si ella está haciendo todo lo posible por resultar irritante y desagradable. Pero claro, su
retorcido plan para seducirla le impide demostrar su enfado. Es malvado. Y miope.
- ¿Querías encerrar a Snape? Peor todavía. Vosotros y vuestra manía de torturarle constantemente.
Todo el día arremetiendo contra cualquiera que sea de otra casa solo porque os caen mal. ¿Es que
no pensáis cansaros y dejarles en paz alguna vez?
- No.
Le sorprende. Lo dice con total seriedad. Y al fin, ese enfado empieza a salir a la superficie. Mejor.
Todo es más fácil si se enfada y la deja en paz.
- ¿No?
- No.
- ¿No qué?
- No voy a dejarles en paz. Ni a Snape, ni a Lucius Malfoy, ni a todos los que son como ellos. – Se
ha equivocado. No está enfadado. Serio pero no enfadado. - Y no es por nada de lo que tú crees,
porque me divierta torturar a gente indefensa o lo que sea. Es porque ellos no pararán, Lily. ¿Crees
que se conforman con casarse entre ellos y tener hijos puros? Te equivocas. Y si crees que lo harán
estás cerrando los ojos. Me dirán a mí lo que tengo que hacer y con quién casarme y qué hijos son
los buenos y cuáles no merecen los mismos derechos, como estudiar en esta escuela. Si les dejamos
en paz, convertirán esa paz en su tiranía. Así que olvídalo.
Se queda muy quieta. Realmente muy quieta. James se embala cuando habla de algo con pasión. Y
en esos momentos esa pasión, solo por un instante, parece algo digno por lo que luchar. Pero puede
que sea solo por la cerveza o por sus ojos que tan de cerca son expresivos y tienen largas pestañas
que invitan a verle dormir.
Un momento.
¿No están esos ojos muy cerca? ¿No están muy, MUY cerca?
Se ha ido moviendo. Está casi junto a ella. Se rozan las rodillas. Huele a ducha de chico. A jabón de
elfo. A bollitos. A mantequilla.
Extiende una mano, es tan rápido que Lily no tiene tiempo para reaccionar. Solo ve la mano y luego
siente la yema de un dedo en la comisura de sus labios, limpiando lo que debe ser una miga de pan
o un resto de la cerveza de mantequilla. Lo hace suavemente, despacio.
- Basándome en lo enfadada que estás. – Tan engreído, tan seguro, tan creído. - Nunca estás tan
enfadada, Lily. Solo conmigo.
Le sudan ligeramente las manos. Y tiene un nudo en los intestinos. No es un nudo simbólico, una
forma de hablar. Realmente es un nudo. Ahí, en el estómago. Lo siente.
Hay que tener cara. Hay que ser creído y un chulo y un niño mimado y una estrellita del Quidditch y
un caradura y sobre todo un sinvergüenza, un canalla con ojos de niño bueno para seguir
acercándose a ella, mojarse los labios con la lengua e inclinar la cabeza como si realmente tuviera el
valor, la osadía de acercarse y lentamente besarla. No en la boca, no en los labios, sino más a la
derecha, debajo de sus largos mechones pelirrojos. En el cuello, en la yugular, en ese sitio donde
Lily palpita y siente un roce cálido y la punta húmeda de la lengua y luego nada, nada porque
- ¡Amo, Potter!
Sale de allí corriendo, sin mirar atrás. Ya que es James el que tiene la culpa de todo, que sea James
el que dé las explicaciones. Ella, de todos modos, no tiene ninguna. Y James no, Lily, ¡Potter, solo
Potter! Resopla y se encamina hacia Gryffindor enfurecida, subiendo las escaleras de tres en tres.
Es peor el enfado cuando estás enfadada contigo misma. Lleva en las manos el libro de Mary
Shelley. Lo esconde bajo la cama, furiosa con todos los científicos locos y todos los monstruos
desesperados del mundo.
Eterno retorno
Sirius susurra y los busca a oscuras. Es una silueta en penumbra, sometido al escrutinio silencioso
de Remus, que envidia esa comodidad con la que vive en su cuerpo. Ajeno a los juicios y las
condenas, Sirius revuelve entre sus cosas desnudo. En la habitación desordenada y llena de bultos y
de trastos, la suya es una belleza sin concesiones al pudor. Sirius es músculos de Quidditch y
Remus no puede dejar de mirar. Cómo se agacha, cómo se rasca la tripa, cómo se pasa los dedos por
el pelo mientras piensa dónde pueden estar los benditos calzoncillos que ojalá no encontrara nunca
para poder verle así, desnudo en la jungla de la habitación.
- Eh, en vez de quedarte ahí, ¿no puedes poner tu olfato lobuno a funcionar y encontrarlos?
- No eres nada detallista, Lupin. Voy a empezar a creer que solo me quieres por el sexo.
Al final se apiada y le ayuda a buscarlos. De todos modos lleva cinco minutos viéndolos debajo de
la cama, enterrados entre innumerables objetos de difícil clasificación, que incluyen piezas de su
moto y tebeos de Asterix. Es una pena ver cómo se los pone. Debería estar prohibido que Sirius
fuera por ahí vestido.
- ¿Te das cuenta de que encontrarías tus cosas si ordenaras de vez en cuando, Canuto?
- ¿Te das cuenta de que otro comentario así y acabaré pensando que deberías dormir en el cuarto de
las chicas?
Coge también una camiseta escondida entre sus mantas revueltas. La huele antes de ponérsela, al
menos. Anuncia que se va al baño y antes de salir mira detenidamente a Peter, que sigue roncando
de manera muy sonora.
Sale en dirección al baño y Remus trata de escuchar sus pasos. Le da vueltas a la idea de meterse en
su cama mientras él no esté. Se pregunta cómo sería dormir con Sirius y por primera vez, se
pregunta si alguna vez se hará la luz en toda esa penumbra en la que viven y podrán dejar de pensar
en despertar a Peter. Pero posiblemente se ilusiona en vano porque Sirius ni siquiera le ha dicho
nada a James, Remus. En los cinco minutos que pasa en el baño trata de convencerse de que no
tiene tanta importancia y que está bien, mejor que bien, estar con él aunque sea con reglas
restrictivas pero solo es capaz de mentirse a sí mismo durante un minuto porque ahora que tiene un
poco de Sirius, sabe que un poco nunca será bastante. Emplea el siguiente minuto en dar vueltas y
rendido, los últimos tres en curiosear debajo de la cama de Sirius, investigando en ese cajón de
sastre en el que espera encontrar suciedad y libros y zapatos viejos de Quidditch pero nada que le
pare el corazón.
Se equivoca.
Se equivoca de izquierda a derecha. Se equivoca como nunca en su vida hasta ese momento.
Retira la mano inmediatamente. Sirius está bromeando, de vuelta en la habitación pero a Remus el
corazón le pesa tanto que no es capaz de devolver una disculpa en el mismo tono jocoso.
Se acuesta inmediatamente y cuando James llega procurando no hacer ruido un buen rato después,
todavía sigue despierto. Cada vez que respira, se le clavan en los pulmones las astillas punzantes de
las esperanzas rotas. Y es curioso que duelan tanto cuando lleva semanas jurándose que no se haría
ilusiones con Sirius. Pero ha debido hacérselas, ya lo creo, porque no dolería tanto la prueba de que
Sirius se acuesta con otros si no hubiera tenido la remota esperanza de que estuviera, como Lily
efectivamente le dijo, enamorado de él.
Berlín, 1936
A esa hora, lejos de la torre de Gryffindor, en las mazmorras peor iluminadas de Slytherin, Severus
Snape despierta en la Habitación Común de su casa. Se ha quedado dormido sobre sus pergaminos
de Defensa Contra las Artes Oscuras-Nivel Avanzado y el reloj de cuco, a la derecha de los retratos
de Salazar Slytherin, indica que ya ha avanzado la madrugada. Recoge sus cosas con cuidado, se
marcha a su habitación arrastrando la capa, tratando de recordar con qué estaba soñando.
El esfuerzo es inútil, solo recuerda la sensación vaga de estar arrastrándose por un túnel fangoso.
Hace días que sufre un dolor de cabeza sordo, en el lado izquierdo del cráneo, así que trata de
pensar en una poción útil cuando entra en la habitación y todo el fluir de su pensamiento se detiene
en seco. No espera encontrar luces encendidas, ni la totalidad de los alumnos de sexto y séptimo
curso reunidos en un espacio tan pequeño, hablando hasta que él abre la puerta y se quedan en
silencio, esperando la reacción del que parece liderar tan peculiar reunión.
Lucius Malfoy.
Ese año, la junta de profesores del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería toma una decisión que
altera las vidas de los estudiantes desde su mismísima raíz. Cada año, semanas antes del Baile de
Navidad, cuando la temperatura exterior empieza a helarse, la temperatura de la vida social en el
colegio sube hasta niveles poco recomendables y en opinión de miembros destacados del
profesorado como la jefa de la casa de Gryffindor, Minerva McGonagall, hasta preocupantes.
El baile distrae a los alumnos de los estudios, cosa no tan rara porque las moscas y hasta las grietas
de la pared distraen a los alumnos, especialmente a algunos de los estudios. Pero les distrae incluso
del Quidditch y teniendo en cuenta que Slytherin ha ganado todos sus partidos con ventajas
demasiado cómodas para ellos e incómodas para Gryffindor, la profesora McGonagall, no está
dispuesta a consentirlo. Años de experiencia le han demostrado que los estudiantes acumulan
demasiados nervios primero buscando citas y después, buscando la manera de no hacer el ridículo
con sus citas durante el baile. Lo primero no tiene remedio. Lo segundo, podría tenerlo.
El director levanta la mirada de las gafas. El Gran Comedor está lleno de alumnos haciendo ruido.
- ¿De baile?
Se lo explica lo mejor que puede. Un poco de ejercicio les vendrá bien para desfogar tantas
hormonas adolescentes. Y seguramente bailar antes del Baile le restará importancia a la presión de
tener que bailar durante el Baile. Tal vez se conozcan durante las clases y es un buen momento para
escoger pareja. A Dumbledore no le parece mal, bailan sus pobladas cejas blancas sobre los
anteojos y se nota que le entusiasma la idea. McGonagall nota el movimiento de sus pies bajo la
mesa. Bailando bajo la túnica. Se pregunta quién podría dar las clases y antes de que nadie
responda, tiene una brillante idea.
- ¿Sabes, Minerva? Hace mucho tiempo que este colegio no recibe algo de aire fresco.
Y así, en una comida de domingo, queda decidido que ese año habrá dos semanas de clases de baile
para todos los alumnos y para festejar las fiestas, se organizará el Primer Encuentro Anual de
Actividades Lúdico-Académicas del Reino Unido e Irlanda.
- Ah, el baile- medita Dumbledore- los jóvenes tratan de encontrar el ritmo de sus vidas, Minerva.
- A veces es así- sonríe el anciano director- un paso adelante y dos pasos atrás.
Un domingo, por definición, siempre es peor que un sábado. Eso está claro. Pero James nunca ha
odiado los domingos como en ese momento. No es un domingo, ni un mal domingo, es un domingo
DE MIERDA. Es el domingo después de haber pasado la noche con Lily encerrado en la despensa
de los elfos y es el peor día de su vida. Tiene delante un pergamino y un zumo y no se acostumbra a
ver estando tan cerca de algo que se desvanece por momentos. No se acostumbrará nunca a que Lily
pase junto a él y ni siquiera se haya dignado a decirle buenos días cuando ha salido disparada en
dirección contraria nada más verle. Todavía siente el roce de su cuello en la superficie suave de los
labios. Un tacto fantasmal, cálido. Vaporoso.
- ¿Has visto a Remus, tío? Llevo toda la mañana sin poder localizarle.
Sirius baja ladrando de la habitación y se sienta delante de él como si no pasara nada, preguntando
por Remus, nada menos. James le da sus buenos diez segundos de ventaja antes de enfadarse. Hay
que ser paciente con Canuto.
- No. No estoy sordo –aclara-. Y no. No he visto a Remus. Y por tercera vez NO, no puedo creer
que no me preguntes nada sobre mi cita. Aunque sea por curiosidad, joder. – James sabe que está
lloriqueando pero es El Domingo Infernal, tiene derecho a lloriquear con su jodido mejor amigo. -
¿Qué clase de amigo eres, eh? Un traidor, eso es lo que eres. Me venderías al mejor postor si
pudieras.
Sirius tiene la delicadeza de fingir cierta simpatía. Se levanta, cambia de sitio en la mesa y se sienta
junto a él. Le habla con ese tono de santa paciencia, como si se estuviera dirigiendo a un niño
retrasado.
- ¿Tienes ganas de pavonearte, eh? Muy bien. Anda, cuéntale a Sirius por qué no llegaste anoche
hasta las tantas y cómo es realmente besar a Lily Evans. No me digas que hiciste algo más que
besarla porque primero me dará un infarto y después perderé varias apuestas con Peter.
Ejerciendo su derecho a enfurruñarse con maestría, James murmura "no". Cabizbajo. Alicaído.
Hundido.
- Ni nada menos.
Es horrible contarlo. Pero James tiene que contarlo. Tiene que contarlo o morir. Además, es Sirius.
No puede ocultarle nada a Sirius. Es como una ley de la naturaleza.
- ¿Recuerdas el hechizo para que Quejicus se quedara encerrado en la despensa y lo mucho que nos
extrañó que no hubiera funcionado? – Sirius asiente y continúa. - Bueno, pues sí funcionó pero no
con Snape.
- ¿Te quedaste encerrado con Lily en la despensa de los elfos? ¿Y? – Parece contento, el malnacido.
- ¡Es un sitio cojonudo para enrollarse con alguien!
- Sí, ya. Con alguien que no te odia o que no cree que lo has preparado todo para quedarte encerrado
con ella y que no huye a la mañana siguiente en cuanto te ve. Con alguien así, seguramente sí.
Puede que sea un patético intento para reconfortarle pero cuando Sirius le da una palmada en la
espalda y le pasa un brazo con los hombros, se siente relativamente mejor. Posiblemente, menos
solo. Y un tres por ciento menos desesperado.
- Eso le dije.
Se ríe Sirius y vibran los dos. A James le encantaría unirse pero solo consigue una sonrisa débil.
Está demasiado reciente la imagen de Lily saliendo por una puerta del comedor cuando él entraba
por la otra. A veces, algunas veces, incluso la más sólida de las esperanzas, esa firme convicción en
la base del estómago que le asegura que lo suyo con Lily es El Destino, tambalea y se ensombrece.
- Fijo. Si no salgo contigo ahora es porque me veo reflejado en el cristal de tus gafas y mi propia
belleza me distrae de la tuya.
- Un pelo horrible – asegura Sirius- y un amigo que te presta la moto para dar una vuelta.
James levanta la cabeza. Una vuelta en moto suena bien. Un paseo volador, el viento en la cara, la
velocidad traspasándote el corazón hasta que no te queda nada dentro que te atormente. Solo furia y
viento y la euforia de ser libre. Una vuelta en moto sería genial. Se siente con ganas de sonreír pero
se aguanta.
Pero le brillan los ojos y en menos de cinco minutos están bajando las escaleras, intentando llegar al
pasadizo que les lleve a La Casa de los Gritos para poder sacar la moto y dar un paseo. No hay ni
rastro de Remus y mucho menos, rastro de Lily. Las únicas personas que les saludan saliendo de la
Torre son dos chicas de su curso que a Sirius le suenan bastante pero no consigue ubicar.
Cruzan el pasadizo que les saca del colegio, caminando por los húmedos pasillos con paredes de
tierra de camino a la casa de los gritos. Huele a humedad y calcetines de Peter. Sirius sigue los
pasos de James.
- ¿No es raro que no hayamos visto a Remus? Es domingo, ¿dónde se habrá metido? Se ha llevado
el mapa.
- Tranquilo, Cornamenta. No pierdas la fe. Algún día será ella la que te persiga a ti.
Pero ni siquiera él parece muy seguro de tener fe en sus propias profecías. Además. Una profesora
de Adivinación le dijo en tercero que si se decidiera a ser vidente, acabaría mendigando.
Estaban en tercero. Fue la profesora de Cuidado de las Criaturas Mágicas, una mujer achaparradita,
sorprendentemente rápida y que tenía buena mano con los dragones (y una innumerable cantidad de
cicatrices que lo demostraban), la que en tercero decidió que Lily y Remus fueran pareja para un
trabajo sobre los unicornios. Sirius, que siempre había sido pareja con Remus protestó
escandalosamente, más que nada porque era la única manera en la que sabía protestar. Pero no hubo
manera. La profesora Rotarda Reis Ranpunsel estaba convencida de que la única manera de que
Sirius hiciera un trabajo en equipo era que él fuera el único miembro del equipo en cuestión.
- Acabará usted antes con la escasa paciencia que nos queda a todos, señor Black.
- Únicamente porque no he traído el instrumental necesario para separar los cuerpos del señor Potter
y el señor Pettigrew. He visto siameses con más autonomía.
Sirius refunfuñó en una esquina durante el resto de la clase, mientras Remus se sentaba con la chica
pelirroja de grandes bucles y mirada inteligente que siempre resoplaba en clase cuando Peter
halagaba en exceso las habilidades de James. O sea, bastante a menudo.
- En especial, señor Lupin, le animo a que considere la oportunidad de dar un giro en su política de
amistades.
Remus nunca tuvo que decirle nada, ni defender a sus amistades o –lo que seguramente hubiera
acabado haciendo- poner una expresión lo bastante ambigua para que la profesora no insistiera y él
pudiera mantener intacta su "política de amistades". Y no tuvo que hacerlo porque James apareció
en aquel momento para protestar por su nota, un cinco. Sirius llevaba allí un rato.
- Si prefiere le daré un dos y medio a usted y otro dos y medio a su apéndice. ¿Cree que le parecerá
más justa esa decisión al señor Pettigrew? ¿Tal vez si viene acompañada de diez puntos menos para
Gryffindor?
Lo sopesó medio segundo y a continuación James procuró que su sonrisa resultara franca,
espontánea y tan sincera como puede serlo una sonrisa falsa.
Sirius llegó mediando su mentira. Con el trabajo escrito en la mano y visiblemente ceñudo. Le
estaba empezando a crecer el pelo muy por encima de la largura que era recomendable en casa de
los Black. Era una de las razones por las que abusaba de meterse los dedos para lucirlo.
- ¿Por qué tengo un notable? – protestó. Le caían sobre los ojos grises mechones morenos. – Es un
trabajo de sobresaliente.
- Por eso tiene un notable, Black. Porque alguien que es capaz de sacar un sobresaliente sin apenas
esforzarse merece un notable o veinte puntos menos para su casa, lo que le dejaría por detrás de
Slytherin en el campeonato, si no me equivoco.
- Un notable me parece excelente. – Sirius no quiso quedarse detrás de James y también intentó un
cumplido. Con poca fortuna – Bonito peinado- dijo, sin saber que la profesora de Cuidado de las
Criaturas Mágicas tenía una fantástica colección de pelucas y ni un solo pelo en la cabeza debido a
un desagradable encuentro con excogrutos de cola explosiva durante un viaje a Bolivia.
Cuando James y Sirius se marcharon por donde habían venido, Lily observó a Remus siguiéndoles
con la mirada. No eran amigos. Apenas compañeros de clase. Habían hecho un gran trabajo juntos,
y poco más.
- Si pesaran en una balanza el cerebro de un elfo y el de tus amigos, - dijo Lily- ¿hacia qué lado se
movería la balanza?
Y Lily se ganó la suya cuando concedió una sonrisa y le dijo que si su política de amistades estaba
abierta a nuevas incorporaciones, podría dar con ella en la biblioteca.
- Seguro que tú ya sabes dónde está y ellos no te encontrarán nunca. Ni siquiera creo que sepan que
hay una biblioteca, mucho menos cómo encontrarla.
Aquella profesora calva, achaparrada, con una gran colección de pelucas y aversión por los
estudiantes poco disciplinados –especialmente si tenían talento- consiguió un gran trabajo en su
asignatura. Remus Lupin y Lily Evans consiguieron algo mucho más valioso.
La mayoría de la gente podría opinar que no es mucho. A menudo incluso la mayoría de la gente
comete enormes equivocaciones.
En segundo, Lily tuvo un accidente en Pociones. Lo recuerda con claridad cristalina porque nunca
había suspendido un ejercicio pero sobre todo, porque pasó una vergüenza tan intensa que todavía
hoy, si recuerda ese instante nota calor en la cara y la carne de gallina. Fue peor que pasear
sonámbula y desnuda por las mazmorras de Slytherin. Fue peor que comer cucarachas. Y casi peor
que aquella vez que llegó a casa del cine y sorprendió a Petunia y Vernon dándose un beso de
buenas noches. Eeewww.
Fue al levantarse para coger cola de unicornio. La manga de su capa había quedado atrapada bajo el
caldero. Tiró sin querer y antes de que se diera cuenta la olla se rompía contra el suelo y poción
para calmar los picores y curar el mal de ojo salía disparado en todas direcciones. Al intentar
agacharse para hacer algo útil, tropezó con el líquido y acabó en el suelo. Fue el peor día de su vida
y descubrió, sin pretenderlo, que un colegio enorme no es lo bastante grande cuando quieres
esconderte.
Ni siquiera la despensa de Gryffindor, una puerta mohosa en un pasillo mal iluminado, que está
llena de cachivaches inútiles y viejos pupitres desvencijados es un buen escondite cuando tu mejor
amigo tiene olfato de hombre lobo.
- Con magia.
No miente pero Lily no pregunta con qué clase de magia y Remus lo prefiere porque así se evita dar
explicaciones incómodas sobre mapas secretos sobre los que juró solemnemente no decir nada.
- Supongo que has venido aquí para intentar sonsacarme sobre anoche.
- No he venido a esconderme. Tengo deberes que hacer y en la habitación común hay muchísimo
ruido.
- Se comportó como un adulto durante dos horas, creo que es un recórd. Después tu amigo –subraya
esa expresión deliberadamente porque pensar en él como "Potter" no ayuda y "James" es claramente
inaceptable- nos encerró en la despensa de los elfos. Aunque insiste en que todo es producto de una
broma estúpida para Snape que acabó mal. En resumen, fue horrible antes incluso de que intentara
besarme.
Remus cierra los ojos, como si esperara lo que acababa de oír pero aún así le cogiera por sorpresa.
- ¡Intentó besarme en el cuello! – Instintivamente se lleva una mano al lugar exacto en el que estuvo
a punto de producirse el desastre. Le caen largos mechones pelirrojos y le hacen cosquillas. - Fue
horrible – sentencia. - Horrible.
- ¿Qué fue más horrible, la parte horrible o el hecho de que hubo una parte que no fue tan horrible?
- Estoy pensando en abrir mi propia consulta. Abriré los domingos. Cerraré por luna llena.
Sonríe por primera vez y Lily, que esa mañana lleva un jersey gris de cuello alto y huele a leche
caliente con canela, apoya la cabeza en el hombro de Remus. Hay un hueco ahí, justo en el hombro
en el que encaja exactamente su mejilla izquierda. Le gusta ese sitio.
Le responde que no ha dormido bien. No es mentira. Tampoco toda la verdad. Evita contarle el
motivo. Pero nadie que haya oído "¡¡Gryffindor!!" cuando el sombrero se posaba sobre su cabeza se
ha rendido fácilmente y Lily no es ninguna excepción. Sabe que le pasa algo, conoce perfectamente
su cara de pena por Sirius y de nada vale que Remus insista en que no hay ninguna cara de pena
por Sirius. Pero la haya, Lily la está viendo y la reconoce porque durante años la ha visto mañana y
noche, por luna llena tanto como por luna nueva. Quiere borrar esa expresión pero no sabe cómo.
Se conocen desde hace tiempo, se conocen de una manera tan exacta que Lily puede sentir, notar, el
engranaje de su cerebro en movimiento. Huele el hilo de su pensamiento. Remus lleva la tortura
interior escrita en cada una de sus cicatrices. Está pálido, casi borroso y lo peor, lo realmente
dramático, es que ni siquiera se le ha ocurrido la posibilidad de hablar con Sirius. Porque Remus
Lupin es de esas personas que se han acostumbrado tanto al rechazo que viven con el pánico a
perder los pocos afectos que tienen.
- ¿Tú crees que es posible que alguien te engañe si nunca te ha prometido nada?
En realidad no es cierto que Sirius no le haya prometido nada. En ocasiones, alguna vez, le ha
prometido orgasmos espectaculares. Voy a hacer que te corras hasta que aúlles. Y todas esas veces
ha cumplido su palabra, sonriendo en penumbra justo después, susurrando que palabra de Black,
palabra de ley. Lo que nunca le ha prometido es que ellos dos sean algo más que eso. La furia de
una descarga sexual fulminante, que te sacude de la cabeza a los pies y te deja temblando durante
media hora.
Nunca le ha prometido esas cosas que se prometen cuando no eres Sirius. Fidelidad, o lo que es aún
más ridículo, monogamia. Es más. Remus hubiera jurado que no esperaba ninguna de esas cosas y
sin embargo, ahora que está claro que nunca va a tenerlas, esas cosas escuecen. Puede que la razón
sea muy sencilla. Siempre ha asumido que Sirius, el mujeriego nato, no iba a renunciar a las
mujeres por él, pero nunca había pensado que lo que iba a hacer era buscar otros hombres, además
de él.
- ¿Remus?
Se vuelve despacio. Lily está varios pasos más atrás, frente al cuadro de la señora gorda. Él ha
subido sin darse cuenta varios escalones más.
- Sí, me he despistado.
En la Habitación Común no hay ni rastro de James. Tampoco de Sirius. Remus suspira aliviado. Sea
como fuera, lo último de lo que se siente capaz es de tenerle delante. Sus largas crines de pelo
negro, esos ojos que siempre le hablan sin palabras, los chistes que le hacen vibrar, la rabia que le
hace temblar. No está preparado para el contacto de su piel, los besos cuando todos se quedan
dormidos y su voz en el oído, llamándole Lunático, como si esa única palabra quisiera decir todo lo
demás. Te quiero y todas esas cosas que evidentemente no quería decir.
Con Sirius salir a dar una vuelta en la moto casi nunca es solamente salir a dar una vuelta en la
moto. Casi siempre es espantar muggles despistados haciendo vibrar la moto por encima de sus
tejados y a menudo aterrizar en algún sitio inverosímil como en un montón de abono.
- Solo pasó una vez, Cornamenta, UNA vez, ¿me lo vas a recordar siempre?
Y normalmente salir en moto con Sirius "solamente a dar una vuelta" acaba en Hogsmeade en un
día en el que supuestamente no tienen permiso para estar allí, tomando whisky de fuego en "Las
Tres Escobas" y fumando cigarrillos en los que Sirius insiste que solo hay tabaco a pesar de que
todos los magos del bar pueden oler lo contrario.
- La cosa es, Canuto...- James tarda como mucho tres caladas en estar colocado porque a la cuarta
ya tose demasiado y se le empequeñecen los ojos hasta que parecen dos rayitas minúsculas detrás de
las gafas- la cosa...¿de qué cosa estábamos hablando?
- De Lily, tío – Sirius nota el sabor intenso del whisky en la garganta y esa sensación de que la
lengua es demasiado grande para una boca que se va empequeñeciendo. - Siempre estamos
hablando de Lily, James.
- ¿Bien?
- Huele bien, Sirius. Huele... –busca, examina, pasa las hojas de un diccionario invisible y no da con
algo mejor, que- bien- en una voluta de humo. – Sueño con ese olor. No sabes lo que fue estar en un
sitio tan estrecho con ella, enfadada y frunciendo los labios. ¿Sabes cómo frunce los labios? ¿Sabes
qué imagino cuando veo esos labios?
- Me gustaría ver esos labios, ya sabes, rojos y carnosos después de haberla besado durante horas y
horas y deben parecer más rojos si solamente lleva puesta una sábana. – Flota embebido en su
propio pensamiento, se diluye en las mareas de la imaginación hasta que es casi física esa imagen
de Lily desnuda en la cama, sus largos rizos pelirrojos ocupando las sábanas en todas direcciones y
esas largas, larguísimas piernas apenas insinuándose sobre el colchón. - Ostia, Sirius. – James se
moja los labios, trata de aclarar la espesura y seguir el hilo de la conversación. - Me imagino que...
que ella… ya sabes – su tono baja, se vuelve conspiratorio – no puedo evitar pensar...
- Le quitas todo el romanticismo al asunto – protesta pero su enfado se diluye casi inmediatamente
y de pronto sonríe, misterioso y secreto, flotando. – Es que no puedo evitarlo.
No puede. Las noches son largas en la torre de Gryffindor y a veces se despierta a las tantas de la
mañana, sudando, inquieto, todavía con las sensaciones del sueño en la sangre y, ¿es culpa suya que
no pueda volver a coger el sueño hasta que la mano encuentra el ritmo exacto dentro del calzoncillo
y todo estalla en mil pedazos con los ronquidos de Peter de fondo y todas esas imágenes de Lily en
su cerebro? No es culpa suya. ¿O sí?
- No es que, no es en el sexo en lo único que pienso, ¿vale? – trata de explicarse ante Sirius como si
se explicara ante Lily o ante sí mismo. – Pero son… es mucho tiempo, tío. Y es Lily. No me lo
quito de la cabeza – repite. Su sintonía, la letanía interior de su sangre.
Sirius le ofrece el cigarrillo pero lo rechaza. Ah, no. Una calada más y tendrán que incorporarle una
camilla a la moto porque no será capaz de volver a montar.
- Ese sitio del que no te la quitas – Sirius aspira - no es la cabeza –y expulsa. - Es más abajo.
James se lleva la mano al pecho. Ahí abajo late algo y ese algo, sea lo que sea late con más fuerza
cuando Lily está cerca. Ese algo se muere por ella. Y está más vivo cuando está con ella.
Se refiere al sexo, obviamente. James examina con detenimiento el rostro familiar de su mejor
amigo. No le resulta fácil concentrarse pero hace un esfuerzo. Sirius lleva varios whiskys encima
pero casi no se le notan y finge que no entiende nada pero es evidente que lo entiende
perfectamente. El bar está lleno de chicas, algunas le han saludado, casi todas le han mirado y
muchas están solas. Él no se ha fijado en ninguna. Por eso James extiende la mano. La lleva al
pecho de Sirius, que parpadea solo un segundo pero luego se deja hacer, como si fuera un perro
domesticado. Bajo la camisa y bajo todas esas palabras que no significan nada también el gran
Sirius Black está latiendo.
Gris azulados e intensos. Sirius baja los ojos y se queda mirando esa mano que, bajo el efecto de la
marihuana parece mucho más caliente y grande que las manos del bueno de James.
Inmediatamente después anuncia que ha llegado el momento de volver al colegio y arranca la moto
con un estruendo volcánico. De camino a Hogwarts, en los pasadizos subterráneos, caminan en
silencio y James se fija en él, observa que de vez en cuando se lleva la mano al pecho, un gesto que
no es ni deliberado, ni casual. James se pregunta cuánto y cómo le duele a Sirius y qué nombre lleva
ese dolor.
Cuando llegan a la habitación es ya noche cerrada y Peter les pregunta cómo están y dónde han
estado y por qué no le han avisado. Con las cortinas cerras, Remus Lupin duerme.
Lunes
Hogwarts amanece prácticamente helado. Hay rocío cristalizado en las torres más altas y escarcha
en los corazones de los alumnos que no quieren madrugar. Es lunes y Remus acaba de descubrir un
lado de sí mismo que antes no estaba allí. Un lado que de pronto y de manera dictatorial odia las
clases. Las. Odia. Todas las clases. Sí, son una oportunidad para aprender y sí, le encanta aprender
pero cuando hay clases, el arte de esquivar a la última persona a la que te sientes capaz de mirar a la
cara, se hace realmente difícil.
- ¡Hey!
Remus le escucha, a sus espaldas. En contra de su mejor criterio, esto es absurdo, finge que es
posible no oírle. Nota sus zancadas, sabe que dará con él. Es inevitable. Se ha saltado el desayuno
pero esto es Transformaciones, esto es el pasillo que lleva al aula y es el momento de verle. No está
preparado.
- ¡Oye!
A sus espaldas.
- ¡Lupin!
Se pone a su altura. Junto a él. Huele bien. Le gustaría no notarlo pero huele a ducha. Todavía no se
ha abrochado la corbata. Remus le mira por el rabillo del ojo, sin aflojar el paso. Le gustaría
encontrar la manera de evaporarse pero no hay remedio. Sirius le toca, le obliga a parar a cuatro
pasos de la clase. Está lleno de energía. Es Sirius. Y duele como solo Sirius puede doler.
- Estaba distraído.
- ¿Dónde mierda te metiste ayer? Hubiera hecho falta un poco del estilo Remus para consolar a
James de la debacle con Lily, ¿sabes?
Remus tiene la garganta seca y un poco de hambre, la verdad, por haberse saltado el desayuno.
Sirius le habla como siempre. Exultante, enérgico, todo furia y vitalidad y pelo largo y sonrisa
estrellada. Todo Sirius. Le gustaría decirle muchas cosas pero no puede porque Sirius acaba de usar
la palabra "debacle" y lo que tiene ganas de hacer es un chiste porque a veces se le escapa una señal
de que su aversión a los libros no es más que una fachada. Pero no tiene ganas de chistes.
- Como no te encontré hubo que buscar medidas de urgencia, me temo. Alcohol y drogas.
El estilo Sirius.
- Me imagino.
- Es una pena que no vinieras. Perdiste una oportunidad única para emborracharme y abusar de mi
candidez.
Es una insinuación, una invitación a entrar en la batalla. Pasan estudiantes hacia el aula y pronto
llegará McGonagall y seguramente les enseñará algo que Sirius ya sabrá hacer y Sirius refunfuñará
y se escribirá notas con James que no dejará de mirar a Lily y Remus tendrá que asistir a todo eso y
notar su olor y tragarse tantas cosas que podría decir y
Y no sabe cómo va a sobrevivir porque Sirius le mira raro, extrañado y en ese momento, aunque
realmente, técnicamente es Sirius el que le ha hecho daño a él, es Remus quien se siente culpable
por no querer jugar a eso que siempre han jugado.
- Bien. Cansado.
Demasiado para un día que se adivina largo. Los lunes siempre sueñan con alcanzar el infinito y
aunque no lo consiguen, se les da bien fingir que es posible. Este promete ser especialmente
interminable.
Pequeños detalles
Sirius entra en clase de Transformaciones Avanzadas cuando Minerva McGonagall está a punto de
cerrar la puerta con un golpe de varita y cara de muy pocos amigos. Llega el último, vestido como
suele, las botas de motorista, la corbata más bien suelta, la camisa con el primer botón
desabrochado. Lo inusual, son los pantalones vaqueros de los fines de semana.
Si las miradas asesinaran, la de Minerva McGonagall, estaría prohibida por el Ministerio de Magia.
Sirius no se inmuta especialmente. Se ha criado con su madre, necesita más de una mirada asesina
para caer fulminado y morir.
- Procure esmerarse en el futuro, Black y haga el favor de venir debidamente vestido. La disciplina
comienza en los detalles, caballero.
Sirius asiente. A veces, cuando se esmera en ello consigue que en esa mirada gris azulada no quede
ni rastro de él, y parezca todo bondad y obediencia. Es un gran actor.
- Siéntese.
Obedece en silencio y se dirige sin pensarlo al mismo sitio donde se sienta siempre. Justo detrás de
James, es decir, justo al lado de Remus. Más o menos donde Lily Evans está sentada en ese mismo
momento. Dejándole a él un único sitio donde pasar el resto de la clase. Tres asientos más allá.
Bastante más lejos de un hombre lobo de lo que querría sentarse.
Je ne sais quoi
- ¿Acaba de decir que habrá clases de baile? – Peter pregunta claramente horrorizado. - ¡Ya es
bastante horrible cuando hay que bailar una noche!
A Peter no se le da muy bien el baile, sobre todo la parte en la que hay que pedirle a alguien que
baile contigo. El resto de sus compañeros prestan atención por primera vez en años a lo que está
ocurriendo en la mesa de los profesores. Dumbledore está feliz. Hablando sobre profesores
invitados y toda una serie de actividades extra académicas antes del baile de navidad.
Sirius no dice nada. No protesta. No planea un boicot masivo a ningún tipo de actividad extra
curricular. No. Toda su atención está concentrada en la silla que tiene enfrente y en el chico que la
ocupa. Remus está atento en Dumbledore su concentración es una forma elaborada de ausencia. En
realidad, está en alguna otra parte, pensando en alguna otra cosa. Cerca y terriblemente lejos.
Y no es solo la comida. Sino toda la mañana. No ha habido notas en clase. Nada de besos furtivos
en el cuarto de baño. Remus apenas le ha hablado en toda la mañana. Y si se pone a pensarlo juraría
que casi no le ha mirado. Le pasa algo y Sirius no lo entiende. Solo sabe que ese sitio que duele,
ahí, justo donde dijo James se retuerce.
Qué te pasa.
Qué te he hecho.
Puede que no sea nada. Que se trate de la cercanía de la luna nueva. Puede que esté cansado, como
dice. Sí. Debe ser eso. Cualquier otra posibilidad es… no, debe ser eso.
Crucigrámanos
Prácticamente solos en la Habitación Común, Lily y Remus están haciendo lo que suelen hacer Lily
y Remus los lunes a esa hora de la noche, antes de acostarse. Pelearse a dúo con el crucigrama del
Times, que llega especialmente en lechuza para Lily. Están intentando descubrir cuál es el macizo
montañoso al que se refiere la cuarta horizontal cuando Remus decide que ya no puede más.
- Lubricante.
Se le cae la pluma de entre los dedos. Claramente atónita. Pupilas dilatadas. Labios entre abiertos.
Preciosa y atónita. Lily prefiere no haber oído lo que acaba de oír.
- Te dije que no querrías saberlo y ahora que lo sabes ya ves porque te lo dije. – No puede más, por
doloroso como sea contarlo, la verdad es que no puede más. – Encontré lubricante debajo de la
cama de Sirius y estaba... faltaba... – es la idea, la idea de que Sirius y otros chicos, algún otro, en
fin, es la idea lo que le tortura. – Lo ha usado.
Muy despacio, Lily mira a su alrededor. Se asegura de que los alumnos de segundo que juegan al
ajedrez frente a la chimenea no pueden oírle. No, sus caras no delatan haber oído nada así. Parecen
concentrados. Tranquilos.
- Quiero que sepas, Remus, que consiento tener estas conversaciones que incluyen saber cosas de
Sirius Black que nunca querría saber porque te quiero y quiero ayudarte. Solo por eso. ¿De
acuerdo?
- Dicho lo cual, ¿cómo sabes que... o sea, cómo sabes que lo ha usado con otros?
- No es por lo que... bueno, no es que no lo usemos, es que no lo hemos necesitado. No puedo creer
que te esté contando esto. – Es más dificil de lo que pensaba. Aunque liberador, si tiene que ser
sincero. El peso empezaba a ser demasiado grande para llevarlo en solitario. – No hemos hecho
nada que requiera tomar esas medidas.
Remus tiene la teoría de que cuanto más violento sea el tema, más correcta debe ser la gramática.
La correcta gramática ayuda. No cabe duda, la corrección lingüística me salvará del ridículo.
- Pero si vosotros dos siempre estáis... en ello. Yo daba por hecho, la verdad, daba por hecho que no
había nada que no se pudiera hacer que Sirius no hiciera. Incluyendo cosas ilegales
- Pues hay cosas- responde Remus - que no hacemos. Aunque él las hace. Pero no conmigo.
- No puede ser.
No es un "no puede ser" escandalizado es "no puede ser, y por lo tanto, como no puede ser y te
equivocas, no ha sucedido". Es un "no puede ser" típico de Lily Evans. Taxativo.
- Lily, lo vi.
- Es igual. No puede ser. Son pruebas circunstanciales. – Cuando se dibuja ese QUÉ en la mirada de
Remus, Lily explica que lo ha visto en la televisión. - Lo dicen en Starsky y Hutch, mi hermana lo
ve en verano y no tiene sentido, Remus. Piénsalo. ¿Por qué iba a hacerlo con otros y contigo no?
Su consejo es claro y tajante y se reduce a "habla con él". También la negativa de Remus es tajante.
- Remus, eres mi mejor amigo pero nunca te enfrentas a las situaciones y te conformas con lo que
tienes solo por miedo a perderlo. Y siempre esperas lo peor de la gente para que no duela tanto si
alguna vez te decepcionan. Y por más que te quiera, no es justo, Remus y no te hace feliz.
Repite "habla con él" y es evidente por lo resolutivo de su expresión que ésa y no otra es su última
palabra. Remus tiene otra.
- Canino.
- ¿Qué?
Lily lo comprueba, cuenta las casillas y escribe. Encaja con la definición que pide el Times de
Londres. Canino.
Tatúame
Las cosas nunca salen como un piensa. O desea. Es más. Remus tiene la teoría de que cuanto más
desee uno que las cosas salgan de un modo determinado, más se empeñan en ellas en desarrollar el
libre albedrío, unirse en comunidad y llevarte la contraria. El lunes por la tarde es un ejemplo
magnífico de Las Cosas pensando por su cuenta para vengarse de él. Lo que Remus desea con
fervor después de las clases es descansar. Sentarse en la cama, leer un buen libro sin que nadie le
interrumpa. Aprovechar que el entrenamiento de Quidditch se alargará durante al menos tres horas
para no tener que pensar en nada.
Porque lleva todo el día esquivándole y es una tarea titánica para la que no se creía capacitado. Sabe
que es una estupidez, que tarde o temprano tendrá que quedarse a solas con él. Pero es Remus Lupin
y siempre albergará la esperanza infantil de que uno puede comportarse como si los problemas no
existieran, hasta que los problemas, efectivamente, dejan de existir. Es ridículo y sin embargo,
sueña con que evitar mirar a los conflictos a los ojos, puede hacerlos desaparecer.
Cinco minutos después de haberse recostado en su cama, su gozo no solo acaba en un pozo. Su
gozo se construye un adosado en el pozo y se queda a vivir allí de manera permanente.
- ¡Menuda mierda!
James entra en la habitación refunfuñando. Vestido con el uniforme de Quidditch, llenando el suelo
de pisadas de barro y mal humor. Despotrica contra McGonagall por haber suspendido el
entrenamiento y cuando Sirius entra detrás de él, con las botas atadas por los cordones y colgadas
del hombro, ambos despotrican juntos. Aparentemente, no creen que un temporal de lluvia que
reduce la visibilidad casi al cero sea excusa para suspender un entrenamiento. No creen de hecho,
que en vísperas de un partido crucial contra Ravenclaw y con Slytherin a la cabeza del campeonato,
haya ninguna razón para suspender un entrenamiento. Se tiran sobre la cama de James con escobas,
y el equipo reglamentario entero.
- ¡NO!
Desde ese momento, lo único que hace la situación es empeorar gravemente. Sirius y James son
animales de costumbres y cuando no pueden entrenar toda la energía nerviosa que queman dando
golpes al balón y haciendo equilibrios sobre la escoba, inunda la habitación y se vuelve contra ellos.
O contra Remus, más bien. Que es el que tiene que quedarse en la cama, fingiendo que lee,
escuchando sus conversaciones mientras esperan a que amaine.
Sus conversaciones –Remus lo sabe por experiencia- suelen girar en primer lugar en torno al
Quidditch.
Se tiran cuarenta minutos analizando las nuevas tácticas de Slytherin que Peter ha espiado para ellos
y les ha explicado con planos y mapas. Cuando agotan el tema, pasan otra media hora larga
ridiculizando a Severus Snape, e imaginando maneras nuevas de martirizar a las casas rivales.
Léase: Slytherin. Cuando también terminan de buscarle motes a Snape, deliberan si sería buena idea
hacer algo útil. Como por ejemplo, los deberes.
- Vale.
Cinco minutos después de rebuscar entre sus cosas, Sirius anuncia dramáticamente que es el fin del
mundo y no le queda marihuana.
- Tío, Dumbledore, lleva la barba sujeta con una pinza. Lo mínimo que se fuma es maría.
- Anda ya – se exalta James- ¿quieres que me crea que los muggles se hacen dibujos de manera
permanente en la piel?
- No sé, que algo te importe lo bastante como para marcarlo para siempre. No sé. Seguro que la piel
se queda suave, como cicatrices.
Remus finge que no ha oído. Que definitivamente no ha sentido ese temblor familiar entre las
piernas. Mete la cabeza entre las páginas. Está tratando de comprender el poema en el que lleva
veinte minutos atascado. Intenta leer. Intenta desaparecer. Piensa en varias excusas para dejar la
habitación pero no se le ocurre nada convincente y por algún motivo le resulta imposible convocar
la fuerza de voluntad suficiente para levantarse de la cama y marcharse. Llamaría la atención sobre
sí mismo y lo que quiere es desaparecer.
- Remus, ¿tú crees que a las tías les parecen sexys los tatuajes?
Contesta sin levantar la mirada.
- Podrías tatuarte a Lily, James. Total, es lo más cerca que vas a estar de ella.
- Muy gracioso, Black. – Le da una patada que podría ser mucho más fuerte y le sugiere que se tatúe
"bastardo gilipollas" donde todo el mundo pueda verlo. – En tu caso, yo elegiría el culo, así lo
verían todas las chicas del colegio.
La risa perruna de Sirius burbujea y Remus siente que le falta el aire. Deberían inventar la manera
de ser inmune a él y su encanto y su maldito, irresistible y legendario atractivo, maldita sea. Pero
mientras no lo hagan, Remus no puede evitar que se le encoja el corazón cuando Sirius se dirige a
él, en ese tono de voz escalofriante y grave.
Tatuajes. De todas las cosas de las que podrían hablar van y eligen tatuajes. Obligando a Remus a
pensar en cosas como a) lugares en los que Sirius podría hacerse tatuajes, b) cosas que podría
tatuarse, c) cosas que Remus podría hacer con la lengua –d) o con otras partes de su cuerpo- en esos
tatuajes. Da gracias a Merlín cuando el tema se desvía hacia la semana de eventos que ha
organizado Dumbledore para antes del baile pero su alegría dura poco.
- Hay que asumirlo, Potter- afirma Sirius en medio de una lluvia torrencial que se eriza a esa hora
de la tarde con inusual potencia, - no vamos a poder entrenar esta tarde.
- Nope.
- Y sin drogas...
- Sip.
Durante el largo silencio que sigue antes de que Sirius vuelva a abrir la boca, Remus sabe que es su
última oportunidad para abandonar la habitación antes de que ocurra algo horrible de lo que
lamentará haber sido testigo. También sabe que hay torturas a las que nadie, sobre todo un hombre
lobo aquejado de fiebres caninas puede resistirse.
- Si tú me lo haces a mí, yo te lo hago a ti.
- Sin agujas.
- Hecho.
Durante la siguiente media hora, no le queda más remedio que ver, en contra de su voluntad y de su
mejor criterio como Sirius Black y James Potter, capitán y buscador del equipo de Quidditch se
llenan mutuamente de tatuajes hechos con plumas mágicas y rotuladores muggles de la marca
Parker que llevan metidos en un cajón desde la navidad en la que Remus se los regaló a Peter y
Sirius le encargó comprar más al descubrir que daban la risa si los aspirabas con fuerza.
James le ignora, berrea "¡mi turno!" y son diez, DIEZ largos minutos en los que Remus tiene que
intentar descifrar a Rimbaud mientras Sirius –sin camisa y con algo que parece un oso negro con
cuerpo de león en el brazo- se sienta SOBRE James y dibuja con una expresión de intenso
abandono en la espalda igualmente desnuda de su mejor amigo. Cuando Remus vea las imágenes de
su vida antes de morir, sabe que verá esa, grabada a fuego. Sirius sobre James. Ambos vestidos
únicamente con pantalones. Sirius tiene ADEMÁS el primer botón desabrochado. Y aunque Remus
preferiría no saberlo sabe que no lleva calzoncillos.
Sentado a horcajadas, el pantalón se estira hacia abajo. Deja al descubierto los huesos de las
caderas, el comienzo musculoso de las nalgas, y si llevara el último botón abrochado, posiblemente
no se insinuaría el final del abdomen, el comienzo del vello ahí dentro. El botón está desabrochado.
Se le seca la garganta. Rimbaud es un enigma. Apenas ve las letras.
No es, aunque uno nunca sabe con Sirius, ni su polla, ni la nariz de Severus Snape. Lo que aparece
en la espalda fibrosa de James cuando ambos se levantan de la cama, es lo mismo que Sirius solía
dibujar en las esquinas de los pergaminos durante las clases más aburridas de Historia de la Magia.
Siempre el mismo dibujo pero nunca en negro tan intenso y sobre la carne desnuda de James, como
si estuvieran vivas. Las cuatro torres más altas de Hogwarts. Magníficas, rozando el cielo,
invulnerables al tiempo, mágicas.
James hace volar un espejo de mano para ver su propio reflejo. Se mira y mira el dibujo, en todo su
esplendor.
- ¿Te gusta?
- Me gusta.
- Preferiría sacarme un ojo y comérmelo hervido pero cuando Lily y yo nos casemos, la convenceré
para que te adoptemos como mascota.
Cinco minutos después amaina sorpresivamente y salen ambos sin pensarlo, vistiéndose a toda
prisa, sin borrarse los dibujos, calzándose las botas de camino. Remus hunde la cabeza en la
almohada y cierra los ojos pero todo lo que ve es esa espalda desnuda, Hogwarts y tras las torres,
pero sobre todo, el resto del dibujo. Ese detalle al fondo. El perfil engañoso de una nube que oculta
(pero no del todo) una luna nueva, espléndida, que se insinúa sin llegar a mostrarse.
Como él.
En su fuero interno escucha a Lily. Habla con él. Todo el tiempo. Habla con él.
Aunque sabe que después de la luna puede ser demasiado tarde. Ella siempre lo cambia todo hasta
dejarlo irreconocible.
El sauce boxeador se mece al compás del viento nocturno. De vez en cuando estornuda y las plumas
de algún pájaro maltrecho salen disparadas hacia los muros del colegio. Allí, en algún lugar tras las
nubes, está la luna, que todavía no se ha dejado ver pero ya gobierna todo lo invisible y lo nocturno.
Tira de sus criaturas y hasta la hierba crece un poco más rápido cuando Ella se muestra, por primera
vez y se escucha el alarido de la carne desgarrada en la Casa de los Gritos.
Remus está solo. Siempre está solo para la Transformación. Obliga a sus amigos a quedarse fuera,
esperando. Y cuando llega el momento, se contrae. Todavía mantiene su forma humana, excepto las
pupilas que se ennegrecen. Pero sigue siendo él. Lo sabe porque siente esa intensa melancolía, esa
tristeza de los últimos días, está con él, dentro de él.
Hasta que la pena se vuelve invisible porque la luna insiste y Remus está muriéndose. Porque eso es
lo que ocurre, que se muere cada vez, todos los meses. Se le rompen los huesos y todo late dentro
de él. Todo. El corazón empequeñece y le deja sin oxígeno. Después crece, es enorme y le asfixia
porque los pulmones se contraen y se muere diosdiosnomedejesmorir pero se muere. No hay
remedio, se muere. Y renace al mismo tiempo, y eso, nacer, es lo que más duele de todo, lo que
resulta insoportable, le ensordece, le destroza. Y ahí, justo en el fondo del estómago nota la luna
que todo lo puede, que todo lo transforma y lo somete. Líquida y plateada, de una cruel, plácida
serenidad, torturándole lentamente.
Acaba con él. Le tira al suelo de rodillas, le hace aullar mientras la boca se convierte en hocico.
Pelo, sangre, carne, el corazón late y Remus empieza a ser otra cosa, más primitiva, apenas bajo su
control. Y la pena, todo ese pozo de lánguido dolor que lleva días acumulándose, la tristeza, la
frustración, mil conversaciones pendientes y los reproches a los que nunca da voz, se funden y se
transforman en rabia.
El sauce sigue meciéndose cuando entra la rata en el túnel para poder liberar al lobo. Sabe que algo
va a ir mal en el momento en el que esos enormes colmillos blancos se muestran amenazantes. Esa
noche el lobo no quiere pasear, ni jugar, solo quiere correr, cazar. Y cuando el perro trata de
mantenerle cerca del colegio, lejos de los peligros que acechan dentro del bosque, hay gruñidos,
forcejeo entre las bestias, una garra en el aire, carne en carne viva.
Es el perro, que se queja mientras el lobo le ladra para mantenerle lejos y huye.
Heridos
Anna Aurelia Pomfrey es una enfermera con años de experiencia. Ha visto cosas que harían
desmayarse a sanadores de San Mungo pero nunca un paciente con tantas horas de enfermería a sus
espaldas. No se acostumbra a verle envuelto en una capa de sudor muy frío, pálido como la muerte,
ojeroso, con la mirada casi blanquecina y sin color en los labios. Y solo ella y Albus Dumbledore
saben por qué la extraña afección se repite una vez al mes. Por qué el joven Lupin, siempre tan
educado, siempre tan amable, llega tambaleándose a la enfermería, herido por un cansancio
agónico, sin voz, sin fuerzas, lleno de marcas y arañazos, oliendo a su propia sangre.
Siempre llega cuando amanece y siempre, aunque ella nunca se lo ha contado a Dumbledore, le
acompañan ellos. A veces los tres. A veces solo alguno. Siempre y sin excepción, él, que nunca dice
nada y siempre se queda a acompañarle hasta que Lupin se queda dormido, exhausto, vencido.
Black le trae esa mañana a rastras. Le ayudan Potter y el pequeño Pettigrew. Y la fuerza conjunta de
los tres apenas basta para mover el cuerpo casi inherte del joven hombre lobo.
A petición expresa del profesor Dumbledore, la enfermera de Hogwarts lo ha estudiado todo sobre
los efectos anatómicos de la transformación mensual que provoca la licantropía. La mayoría de los
libros hablan del fenómeno místico de la transformación, unos pocos hacen referencia al dolor y el
cansancio extremo que provoca cambiar en una noche de forma, perdiéndose en el lobo para volver
después al propio cuerpo. Pero ninguno menciona lo que se debe sentir cuando abres por primera
vez los ojos nada más ocultarse la luna.
La enfermera Pomfrey tampoco lo sabe pero imagina que ayuda encontrar junto a la cama, la
compañía insobornable de los amigos que te sostienen en pie cuando tú mismo no puedes.
Especialmente él, que nunca, ni una sola vez se mueve de allí hasta que Lupin se queda dormido.
Siempre es el último en abandonar la enfermería. Esa mañana, Lupin murmura algo con los ojos
entre abiertos, y Black se agacha, le responde al oído, deja caer largos mechones oscuros sobre sus
cicatrices. Parece tan cansado como el hombre lobo, como si esa noche la luna también le hubiera
herido a él.
Si la enfermera Pomfrey hubiera estado más cerca habría oído esa conversación en dos palabras.
- Perdona
- Duerme.
Esdrújula
Si hay algo que Severus odia más que el león de Gryffindor, al estúpido de James Potter y las
navidades en casa, son los cambios. No importa lo detestable que resulte la rutina, cambiarla por
algo imprevisto, diferente y que no puede controlar, le altera tanto que le chirrían los dientes.
Cuando Dumbledore anuncia durante el desayuno que parte de los absurdos ritos conmemorativos
de su ridícula semana de tonterías pre-navideñas incluye traer profesores invitados, se le agria la
comida. Saber que es Pociones, precisamente Pociones, su asignatura estrella, la primera clase en la
que tendrá que soportar el calvario de aguantar a un incompetente le saca de quicio. Aprieta el
rostro en una expresión enjuta y entierra la nariz en el libro. Seguro que traerán algún retrasado
amigo de Dumbledore que pretenderá perder el tiempo con charlas absurdas, les retrasará en el
temario y le hará perder la paciencia con tontadas.
Tic tac, tic tac, pasan los segundos y mirar el reloj le da una especie de extraña satisfacción, sabía
que llegaría tarde. Una satisfacción pasajera porque quedan cinco segundos para que suene la hora
cuando ¡PUF! el caldero que descansaba sobre la mesa del profesor emite una iridiscencia verde-
azulada, erupta en un estallido de luz y deja tras el susto inicial, a un montón de alumnos
sorprendidos y una suave estela de humo con olor a... ¿natillas?
Todos los alumnos, incluido Snape, miran en dirección a la mesa. La nueva profesora, una mujer
alta y con gafas que por motivos francamente incomprensibles para Severus no deja de sonreírles,
les invita a sentarse y se presenta varita en mano, dibujando con ella su nombre en el aire. Con
grandes letras capitulares.
- Como sabrán todos ustedes, he sido invitada por el director Dumbledore para impartir esta clase
hasta las vacaciones. Espero que sea para todos una buena oportunidad de enriquecernos
mutuamente. – Habla mucho, a Snape no le gusta la gente que habla mucho, siempre le parece que
piensan poco. - En todo caso, Albus piensa que será bueno para ustedes recibir aire fresco y a mí me
ha ofrecido chocolate especial para alérgicos. Del blanco y también con leche.
¡PUF! De nuevo el mismo ruido, de nuevo humo del caldero y de nuevo un olor que hace rugir las
tripas de los presentes. Esta vez no parecen natillas, sino más bien, ¿leche merengada? Cuando el
humo de color se disipa y mientras los alumnos miran francamente intrigados a la profesora Úrsula
Esdrújula –que desde que llegó no ha dejado de sonreír por idiota como eso suene y a Severus le
suena muy idiota-, el caldero se ha convertido en una serie de pequeños recipientes de cristal. Más
estrechos que vasos y de aspecto alargado.
- Química – dice la profesora y Severus no puede evitar aunque lo intente mirarla fijamente porque
no entiende nada, ni los recipientes, ni el origen de toda esa alegría por la que parece poseída, ni la
razón por la que Dumbledore les ha traído una lunática, ni por qué le mira en especial a él con esos
ojos que chisporrotean tras las gafas. – Del latín quimia, según tengo entendido, aunque siempre fui
muy mala con el latín. Con todas esas declinaciones, qué horror.
- Químico – la profesora ignora las risas- por contraposición a físico, concerniente a la composición
de los cuerpos. No esos cuerpos en lo que está pensando, señor Black.
Snape se da la vuelta inmediatamente. Dos asientos por detrás de él, Sirius Black tiene la boca
abierta, como si le hubieran cortado antes de decir alguna de sus habituales gracietas. Murmura
entre dientes, en dirección a Potter, "¿cómo sabe mi nombre?" y antes de que el gañán de su amigo
le responda con alguna de sus tonterías habituales, la profesora Úrsula Esdrújula demuestra un oído
espectacular y les interrumpe.
- Un poquito de silencio, Potter y Black, que me disperso con facilidad. – Varita en mano, uno, dos,
tres, cuatro golpes y los tubitos de cristal se llenan de distintos líquidos. – La química es también la
ciencia que estudia la estructura, propiedades y transformaciones de la materia a partir de su
composición atómica. También es la relación de peculiar entendimiento o compenetración que se
establece entre dos o más personas pero sobre esa clase de química creo que aprenderán más
ustedes fuera del aula.
Resulta curioso pero su propia ocurrencia le hace gracia y se ríe con franca alegría. Severus se
encuentra queriendo sentirse irritado por ella pero curiosamente ¿intrigado? Algo en los tubos huele
familiar. ¿Azufre?
- ¡Señor Pettigrew!
El tarado da un salto en la silla. Como un ratón asustado. Cómo se puede ser tan débil de carácter.
- ¡No he hecho nada! – se defiende.
- ¿Es una pluma de azúcar eso que tiene en la mano? – Snape no se da la vuelta para comprobarlo
pero apostaría la fortuna de su familia a que lo es. Pettigrew vive por y para los dulces. Le oye
balbucear. Parece que lo es. – Eso me había parecido, desde esta distancia la verdad no veo ni qué
día es.
Un encantamiento rápido y la pluma sale volando rápidamente hasta la mano de la profesora que da
varios golpes de varita hasta reducir la pluma a un pequeño montón de azúcar. Al mismo tiempo no
deja de comentar que ya es hora de que alguien haga también esas mismas plumas en varios colores.
Para poder ir combinándolas con la ropa.
Se acerca a uno de los primeros tubos transparentes, vierte dentro el azúcar y el líquido transparente
que había dentro forma de pronto y sin aviso un movimiento intenso. Es un pequeño volcán en
erupción y después, de la misma manera imprevista en la que comenzó, la erupción desaparece y lo
que era un montón de azúcar es solo una bola negra y endurecida como el carbón.
- El ácido sulfúrico concentrado que había en este recipiente – explica entonces – ha deshidratado el
azúcar.
Suena poderoso.
- Los muggles no pueden alterar las leyes de la naturaleza y por lo tanto se ven obligados a
comprender cómo funcionan para usarlas en su beneficio. Durante los siguientes días procuraré que
aprendan ustedes algo de ese conocimiento para aplicarlo a su propia magia.
La clase le mira atenta. Ni siquiera Black hace un comentario. Snape odia conceder victorias pero
tiene que admitir que al menos ha conseguido interesarles.
- Comprendo que la química es una ciencia poco ortodoxa pero también criticaron al Gran
Hechicero Plumbeus Aristófagus cuando aseguró que no había una relación directa entre la largura
del pelo y la habilidad para los encantamientos. Señor Snape- cuando oye su nombre le da un
vuelco el corazón, si hay algo que odia más que los cambios es tener que participar en clase, con
todos esos mirándole, juzgándole.
- Qué.
- ¿Será tan amable de quedarse cuando termine la clase? Necesitaré un poco de ayuda para
organizar mis cosas.
¡PUF! Y la clase se llena de media docena de cajas llenos de cachivaches, probetas, tubos de
ensayo, extraños aparatos muggles y el inconfundible aroma de las galletas de chocolate cuando se
hornean. Severus está demasiado despistado por una vez en su vida para contestar y la profesora
Úrsula Esdrújula, lo toma como un sí.
Y de nuevo le vuelve a sonreír. Lleva cinco minutos en su clase y trata de hacer memoria pero está
bastante seguro de que sin motivo alguno le ha sonreído más en ese tiempo que el total de las
personas que ha conocido a lo largo de su vida. Resulta irritante, poco profesional, excéntrico y de
un modo que Snape no sabe explicar, casi agradable.
Al final de la clase Snape está todavía pensando en la química y en la manera de ordenar todos esos
trastos cuando se fija en Black, sentándose sobre la mesa de la sangre sucia.
- Aquí no.
Y eso es todo lo que Severus oye antes de que salgan del aula, maldita sea.
- Un sitio encantador esta mazmorra – dice la profesora desde el fondo del aula – con esta humedad
tan lúgubre podríamos aprovechar para poner plantas de interior. Seguro que los helechos crecen
enormes aquí dentro.
Media hora después, Lily sube las escaleras que llevan a la habitación de los chicos Gryfindor,
llevando en la mano un frasco del mismo ungüento verdoso que usa con las heridas de Remus.
Sospecha que el favor de Sirius no es más que una estratagema. Sospecha que en realidad Sirius no
necesita la poción y que diga lo que diga, James no está ocupado con sus clases sino esperándola
arriba. Que todo es una encerrona y ella es una idiota por haber picado.
- Pasa, Evans.
La voz de Sirius la invita a entrar con prudencia. Con Remus está en la enfermería, la habitación de
los chicos le parece territorio extraño. Salvaje.
Especialmente cuando entra y Sirius está tratando de quitarse la camisa delante del espejo.
- Por Dios.
Parecen cuchilladas dentro de la carne. En mitad de la espalda, de un lado a otro. En las partes
menos profundas hay gotas de sangre resaca, en las más anchas, la carne se ha abierto como una
planta carnívora. Sirius intenta mirarse pero no lo consigue.
- Lo que puede haber es una infección si no lavas esa herida. Deberías ir a la enfermería.
Tarda un segundo en darse cuenta de lo que quiere decir. Remus. Y luego, Lily experimenta una
sensación curiosa. Se lo ha hecho Remus. Una especie de miedo repentino porque una cosa es saber
que su mejor amigo se convierte en un lobo todos los meses y otra muy distinta ver ante sus ojos las
consecuencias de esa transformación en la carne de Sirius, a quien Remus jamás, nunca, haría daño
en condiciones normales. Pero tras el miedo y con mayor intensidad, le invade una sensación
desconocida de amor por Remus. Porque no es justo, no es aceptable que la naturaleza le castigue
así, le llene de la rabia necesaria para causarle daño a alguien a quien ha querido día y noche,
incondicionalmente, desde el primer día en que le conoció.
- ¿Te vas a quedar ahí quieta toda la mañana o vas a dejarme el maldito frasco, Evans?
- Siéntate, anda.
Sirius protesta, evidentemente incómodo por tener que pedir ayuda en general y a una chica en
particular.
- No quiero que
- Sirius, sentado.
Obedece refunfuñando y se deja hacer, desnudo de cintura para arriba. En cuanto Lily toca con
dedos impregnados de sustancia verdosa el extremo de la herida, da un respingo en la silla. Y a
partir de ahí, Sirius Black, la leyenda del Quidditch no deja de quejarse –aaauuu-, protestar -¡ah!- y
lloriquear - ¡aaaayyy!- hasta que Lily no puede contenerse.
- ¿Qué es lo que te resulta tan gracioso, Evans? Porque hasta donde yo sé las heridas abiertas en la
espalda no son exactamente divertidas y eso que hay en tu cara es una sonrisa.
- Perdona.
El linimento es una poción que Lily encontró en un antiguo recetario druida. Mejorada con sus
propios conocimientos de pociones curativas y bastantes horas de biblioteca. Le valió para
conseguir una matrícula de honor en tercer curso y su efecto es casi inmediato. La herida blanquea
inmediatamente y las capas interiores de la piel empiezan a cerrarse suavemente. Tardará unos días
en curar del todo pero al menos no hay infección.
Da círculos concéntricos alrededor de las cicatrices. El dolor debe haber remitido porque Sirius
agacha la cabeza y parece relajado, dejándose hacer.
¿Curiosidad? Parece estúpido incluso para Sirius acercarse a un lobo por simple curiosidad.
Posiblemente miente. Tiene que haber algo más. Pero si Sirius no quiere contarlo, no habrá manera
de saberlo. Siempre con secretos. Poco a poco la habitación empieza a oler a romero, tierra fresca,
raíces de rosas de Argelia y otras hierbas menos conocidas que Sirius no sabe identificar y Lily
recuerda haber mezclado una por una. Las huele todas por separado y después todas juntas, sobre la
piel. La curación es un ritual lento y Lily lo ejecuta despacio, dejando que los dedos encuentren
hueco entre los músculos. Y es curioso pero Sirius, que siempre le ha parecido algo amenazador en
sus arrebatos de intensidad, bastante irritante y a veces masculino de un modo un tanto perturbador,
le empieza a parecer un animal domesticado, inofensivo. Además de la herida, tiene rasguños,
moratones casi desvanecidos, contusiones y nudos bajo la piel, en las capas más profundas de la
espalda, bajo todos esos músculos esculpidos al óleo.
Como si resolviera un misterio profundo, Lily busca con las manos en esos intrincados pasadizos
entre los músculos, amasa el misterio de Sirius, busca qué le hace gemir y dónde le duele menos;
desanuda, inventa modos de presionar que le hagan relajarse. Se concentra en los omóplatos y en la
curva del cuello. Aprieta, da círculos, investiga. Al olor del linimento, Sirius se va ablandando,
respira hondo con la cabeza gacha y al rato, empieza a indicarle dónde le duele más y dónde quiere
que siga ahí, ahí no, ahí sí, ahí.
- Mmmmmsí.
Un sonido grave desde el fondo de la garganta. Al principio Lily no está segura de haberlo oído
pero luego se vuelve casi constante. Será el mítico múgido sexy de los Black. Si le obligarán a
confesarlo bajo tortura, puede que tuviera que verse forzada a admitir que sí, hay algo sexy en ese
sonido y en su manera de dejarse tocar sin camisa, desinhibido como un niño, solo que el suyo no
es, posiblemente no ha sido nunca, el cuerpo de un niño. Pero sobre todo, lo que hace que Lily se
sienta misteriosamente a salvo es su manera de abandonarse al masaje y disfrutar intensamente de
las sensaciones físicas, sin dejar de mugir desde el fondo de la garganta.
- Mmmmmlily. - Levanta la cabeza por primera vez y tiene un brillo de sueño en la mirada. -
Deberían cortar tus manos y exponerlas en San Mungo.
- Lo tomaré como un cumplido.
- No, en serio. Si James se entera de esto, está claro que me matará pero aún así habrá merecido la
pena.
Mete los dedos en la base de su nuca. Allí, donde nace todo ese pelo, Lily aprieta fuerte y encuentra
una vieja lesión de Quidditch. Sirius echa la cabeza hacia atrás y cierra los ojos
oooooostiaaaaaaaahí.
Sirius levanta la cabeza. Tiene profundos ojos grises que la taladran y no le dejan moverse.
Aparta las manos de su espalda. Algo que era cómodo se ha vuelto de pronto punzante. El aire era
algodón y se ha convertido de pronto en cristales. Tiene que marcharse de allí. Pero no puede.
Porque Sirius está de pie y le atosiga con cosas en las que no quiere pensar.
- ¿En serio? Dime una cosa. ¿Qué sentirías si fuera James el que estuviera aquí contigo y su cuerpo
el que estuvieras tocando?
La única respuesta que tiene ante eso es que jamás podría ser James. No es una opción. Puede que
ésa sea la respuesta más elocuente de todas pero no le apetece pensar en ello.
Deja el frasco sobre la mesa. Sirius se está levantando, vistiéndose y ella tiene que irse. Ni siquiera
tenía que haber subido en primer lugar. En cuanto Sirius deje de bloquear la puerta, se marcha.
- Como capitán de Quidditch, Evans, escucha un consejo deportivo. No importa cuánto corras, no
puedes huir de un buscador como James.
Lleva la camisa sin abrochar. Huele a linimento. Y podría ser otro chico, sin camisa, dejándose
amasar. Con gafas, una sonrisa gamberra, flequillo imposible, voluntad indomable, cierta dulzura,
cierta nobleza, demasiado encanto. Sale corriendo sin despedirse, mirando solo hacia delante, con
demasiado ardor para alguien que no está intentando huir.
Repercusiones
Tres horas después, James está limpiando las botas de Quidditch –la única prenda que JAMÁS
dejaría en manos de un elfo para que se encargara de su limpieza- cuando nota el olor. Como a rosas
de Argelia y romero, salvia, aloe vera, tierra húmeda, raíces de helecho, algo más. Es familiar pero
tarda un rato en identificarlo. Rebusca en la memoria y de pronto, click. Recuerda.
Lily. Quinto curso. Se torció la muñeca en Levitación. Llevó la mano vendada unos días. Olía a
esto.
Rastrea el origen del olor y el origen del dolor es claramente la cama de Sirius.
- Canuto.
El desgraciado levanta la cabeza de su revista. Lee algo sobre música muggle llamado Rolling
Stone.
- ¿Yo?
- Canuto – James nota la irritación en la boca del estómago-, ¿por qué hueles a Lily y finges que no
sabes de lo que te estoy hablando?
Algo le dice que no. Y a medida que Sirius lo cuenta –linimento, heridas, espaldas desnudas- le va
encontrando menos y menos gracia.
Durante un segundo, un enfurruñado James Potter medita cuál debería ser su reacción. Debe haber
alguna forma madura de enfrentarte al hecho de que tus dos mejores amigos tocan y son tocados por
la chica de tus sueños más o menos regularmente mientras uno se limita a mirar cómo esa misma
chica te ignora. Pero a la mierda la madurez.
- Jimmyyyyyy.
No se gira. Sigue caminando hacia la torre. Lleva así horas. Toda la tarde. Parece más. Parece toda
una vida.
- Ni siquiera me has pedido perdón, idiota. Perseguirme durante todo el día no es lo mismo que
pedir perdón, Canuto. Seguro que piensas que sí porque hasta donde yo sé jamás has pedido perdón
por nada. ¿Sabes qué? Creo que es hora de que empieces.
La verdad es que nunca se le ha dado bien lo de pedir perdón. Su madre decía que los Black nunca
piden perdón. En realidad, tampoco cree que haya hecho nada malo. Pero no soporta que James no
le hable. Se aburre. No lo soporta.
- Está bien. Perdona. Lo siento muchísimo, ¿vale? Perdón. ¿Ya me hablas otra vez?
Serio detrás de las gafas, James lo medita. Y durante un instante parece a punto de ablandarse.
- ¿Cuándo?
- Cuando consiga borrar de mi mente la imagen de Lily tocándote desnudo. Para entonces Snape
dirigirá Hogwarts y tú serás Ministro de Magia.
Prólogo. Canon.
No es algo de lo que se sienta orgulloso y por eso no se lo había contado nunca pero cuando ingresó
en Hogwarts, Sirius no pensó que le habían tocado unos grandes compañeros de habitación. Para
empezar, estaba Peter que se preocupaba demasiado por los deberes y nunca parecía tener una
opinión de algo hasta que el miope hablaba. Secretamente, Sirius le llama Ratonejo. El miope era,
naturalmente, James, aunque secretamente Sirius le llamaba Cuatrojos. Tenía cara de ser el hijo
predilecto de todas las madres y la sola idea de que pudiera caerle bien a la suya le bastó para
bautizarle Cuatrojos. El último le parecía el peor. Remus no parecía preocupado por los deberes
pero los hacía siempre y es más, leía sin que nadie le obligara y se llevaba bien con los profesores.
Y siempre era que si esto por favor, que si aquello otro perdona, que si con tu permiso, que si
encantado y payasadas. Cuando no decía cosas así estaba callado. Secretamente, Sirius le llamaba
Mudito.
Ha pasado día y medio. James sólo le habla para responder "aún no" cada vez que Sirius le pregunta
si ya vuelven a ser amigos. Ha probado todo tipo de tácticas, arrastrarse, humillarse, suplicar. Su
última estrategia es un poco más original. Pretende hacer enfadar a James, dejarse vapulear
verbalmente y arreglarlo como hace todo el mundo. No es sana tanta ira reprimida.
- Sí, venga. Es ofensivo. Os puse motes. Me caiáis mal. Seguro que te enfadas cuando lo oyes. ¿No
tienes ganas de insultarme? ¿No tienes ganas de gritar y desahogarte? Apuesto a que tú también me
pusiste algún mote ofensivo.
Treinta horas. Sirius no recuerda haber estado sin hablar con James durante treinta horas en toda su
vida. Tiene fiebre, sudores, posiblemente náuseas. Síndrome de abstinencia. Por algún motivo el
horario de visitas de Remus en la enfermería es más restringido que nunca. Parece la puta reina de
Inglaterra. La situación es desesperada.
- James, he estado jugando al ajedrez con Peter. ¡Con Peter! Si no superas esto y te enfadas para que
podamos solucionarlo como haría cualquier tío normal, acabaré jugando al cricket con Lucius
Malfoy o hablando del tiempo con Snape. ¡Insúltame, coño!
Pero James insiste en que está –el muy capullo- demasiado dolido y ni siquiera perseguirle durante
media hora llamándole Cuatrojos Retrasado surte efecto. Es hora de tomar medidas drásticas.
- Y ahora no os habláis y se supone que si os insultáis un rato todo se solucionará porque así es
como se soluciona todo en el jardín de infancia. Pero tú – señala a James- no te sientes inspirado y
ahora yo, ¿tengo que insultar a Sirius en tu nombre?
- Lunático, es cuestión de vida o muerte. Es eso o actividades sociales con los Slytherin para matar
el aburrimiento. Insúltame.
Lo que James se espera es que se niegue, abra un libro y les mande a madurar un rato al sol. Lo que
Sirius espera es que les suelte un sermón sobre lo críos que son y de algún modo, obligue a James a
reconciliarse con él. Lo que ninguno de los dos espera es que se lo piense más o menos durante un
minuto entero y después coja aire.
- Bueno, eres impaciente, necesitas ser constantemente el centro de atención, siempre juzgas las
circunstancias y especialmente a las personas de manera precipitada, tienes mal carácter, no sabes
reconocer tus errores, eres poco autocrítico, nada diplomático, tozudo como una mula, con la
capacidad de concentración de una mosca y un ego al que hay que dar de comer aparte. Eres
desordenado, malcriado y el hecho de que creas que insultar a alguien ayuda a superar los
problemas demuestra que dejaste de madurar cuando cumpliste los tres años. Lo peor es que lo
sabes y disfrutas con ello porque crees que tener encanto es más importante que tener fuerza de
carácter.
- Bueno – sonríe James, satisfecho como un felino bien alimentado, - al menos apreciarás la ironía
de haberle puesto "Mudito".
Planes de boda
Las vidrieras están empañadas de frío. Los jardines amanecen escarchados y Peter ronca con
ímpetu. James se encoge sobre sí mismo, tratando de encontrar esa postura dentro de las mantas que
le permita mantenerse caliente pero la cama ofrece esa mañana un espacio mucho más reducido del
habitual.
- ¿No te has metido ya en bastantes camas que tienes que meterte también en la mía?
Es inaudito. Sirius no claudica. James se aleja de él, busca la esquina de la cama, se pelea con la
almohada hasta meter la cabeza debajo.
- No voy a salir de aquí hasta que me perdones, James, te estoy avisando. Dormiremos juntos.
Pronto se correrá el rumor y pensándolo bien, a lo mejor no es lo único que se corre. ¿Te he dicho
alguna vez que tienes un culo ideal?
James protesta "déjame en paz", sin sacar la cabeza de la almohada y sin demasiada convicción.
- Ni hablar. Y olvídate de tus posibilidades con Lily cuando se sepa que dormimos juntos.
Se incorpora en la cama, deja la almohada. Sirius ni siquiera ha tenido la decencia de vestirse para
meterse en su maldita cama. El día que repartieron el pudor nadie le avisó con tiempo.
- Qué más me da. De todos modos, no tengo posibilidades con Lily. Anoche me senté a hacer los
deberes junto a ella en la biblioteca y ella se sentó en una mesa llena de chicas de Slytherin.
Si prefiere Slytherin antes que él, es que está muerto. Muerto. Nota que la esperanza, esa certeza
interna que siempre ha tenido se desinfla día a día, gota a gota. Sirius se rasca la tripa. Medita.
- A lo mejor ése es el problema, Jimmy. Que la persigues demasiado. Piénsalo. No le das tiempo ni
a que te eche de menos.
Se encoge de hombros.
- Qué remedio.
Procura parecer resignado. Pero el desgraciado de Sirius sonríe con tantas ganas que dan ganas de
rascarle detrás de las orejas y mandarle un hueso.
Bromean un rato haciendo planes de bodas imaginarias. James le pregunta si ya sabe lo que vas a
ponerse en la ceremonia. Sirius cree que lo adecuado es un kilt. Primero porque así no hay peligro
de que su traje haga palidecer el de James, aunque a lo mejor con falda mi culo es más bonito que el
de Lily. Y segundo porque todo el mundo pensará que los Black son escoceses, cosa que
inevitablemente irritará a su madre, que entre otras cosas, también odia a los escoceses. La tercera
razón es que el kilt se lleva sin calzoncillos y Sirius está siempre a favor de cualquier cosa sin
calzoncillos.
Ag.
- Creo que pensándolo bien, lo diré a Remus que sea el padrino. Ya me pensaré si te invito.
- Descuida- imposible descifrar lo que hay tras esa mirada que emite chispas de indecencia. - Algo
se me ocurrirá.
Cinco minutos después están tratando de decidir cuál sería la manera más lógica de despertar a
Peter. Debaten si es mejor que misteriosamente un jarrón lleno de agua vuelque sobre él o resulta
más razonable hacer bajar la cama a la Habitación Común con un hechizo. Están a punto de
decidirse por la segunda opción cuando Remus abre la puerta, de vuelta de la enfermería y les ve
metidos en la cama de James. Se queda allí, en el umbral un segundo, con esa expresión en la que
solo se puede leer calma y el más leve cansancio.
- No, -sonríe James- pero parece que tienes que ponerte falda en mi boda.
(…)
Suéñate
Todos los niños magos han oído hablar de ellos, por supuesto. Y todos los niños magos han querido
uno. Pero un cuaderno de sueños es una posesión escasa, en manos de unos pocos anticuarios
élficos y algunos coleccionistas privados. En cuarto, durante un seminario sobre Objetos Raros,
Imposibles y Con Cuatro Patas, les explicaron que las hojas son finísimas láminas de agua cosidas
con hilo de oro y las tapas, frágiles telarañas que se rompen si uno piensa mucho en ellas, o las mira
de mal humor. Les contaron que los cuadernos de sueños parecen hechos de humo y aunque en una
época se producían muchos para tratarse de Objetos Imposibles –al menos cuatro cada lustro-, el
Ministerio prohibió que se siguieran haciendo. Los cuadernos de sueños, al fin y al cabo o eso les
contaron, servían también para provocar pesadillas a uno mismo o la persona elegida.
Convencido de que todos están durmiendo, James se levanta despacio, sin hacer crujir la cama.
Avanza de puntillas, coge la capa, abre la puerta despacio y se encuentra cara a cara con Sirius,
esperándole.
- Esperarte, capullo.
- Solo voy al baño – miente. – Creo que me ha sentado mal la cena. Pero seguro que no quieres oír
hablar de la diarrea.
Intenta avanzar.
- ¿Perdona?
- Pienso acompañarte, Cornamenta, no importa cómo te pongas. Así que hazme sitio en la capa.
- Era una pregunta retórica. ¿No sabes lo que es una pregunta retórica?
- No sabía que supieras lo que es una pregunta retórica. ¿Leyendo a escondidas otra vez, Canuto?
Un cuaderno de sueños es una quimera, pertenece a la categoría de las cosas que no pueden ser y
ejerce por tanto, un influjo mesmérico en quienes lo desean.
Irresistible.
- Mi madre los odiaba – explica Sirius mientras miran en las estanterías con las varitas encendidas.
- ¿Por qué?
- Yo qué sé. Es una pérdida de tiempo, bla, bla, poco útiles, bla, bla, juguetes para squibs, bla, bla,
los sueños son el alimento de los perdedores, bla, bla.
Un cuaderno de sueños es lo que todos los jóvenes magos querrían tener y piden a oscuras cuando
se apagan las velas y se quedan solos en la cama, rezando para soñar con casas de chocolate y
escobas que vuelen por encima de las estrellas.
Aunque casi no está. Solo en una estantería apartada el libro tiembla como el humo, parece que está
vivo y respira. Parece a punto de desaparecer. Frágil, como una pluma.
- Tú primero.
Con miedo de que se rompa, James lo lleva hasta la mesa y mientras Sirius vigila para asegurarse de
que no les ve nadie, sopla entre las hojas que no lo mismo que besos submarinos. Nada. Se agacha,
acerca la cara al libro y recibe una sensación húmeda, vaporosa. Murmura su nombre y las hojas se
agitan suavemente, como si estornudaran. James saca la pluma del bolsillo y escribe. Cuando
termina, sopla y el libro se vuelve borroso un segundo, parece que se blanquea y está a punto de
desaparecer. Cuando se ha vuelto prácticamente invisible, se queda muy quieto, se solidifica un
instante y de entre las hojas, se oye lo que James solo puede definir como un largo suspiro musical.
Casi femenino.
Esta vez vigila James y Sirius repite la misma operación. Intenta poner el oído para escuchar qué
nombre murmura pero es inútil. Habla demasiado bajo. Cuando terminan, devuelven el libro a su
sitio y vuelven a la habitación en silencio. No se encuentra con nadie, ni siquiera fantasmas o
profesores de guardia. Los cuadros duermen y parece que con ellos todo el colegio hubiera caído
víctima de un hechizo del sopor.
Antes de que Sirius conteste, les interrumpe un lamento nasal. Remus, en la cama del fondo. Es raro
porque Remus nunca ronca, como Peter, ni habla en voz alta como Sirius, ni se despierta para
comer algo de madrugada, como James. Pero esa noche se le escucha moverse bajo las cortinas, y
de vez en cuando deja caer largos suspiros que suenan casi doloridos excepto que no, exactamente.
- Tranquilo, James. Seguro que funciona.
Un cuaderno de sueños es un objeto mágico de incalculable valor y aunque nadie sabe cómo lo
fabrican las ninfas se sospecha que lo hacen robando el aliento de los marineros que duermen en
barcos a la deriva, durante las tormentas de invierno. Basta con soplar, murmurarles un nombre y
esa persona, uno mismo si se desea, soñará esa noche con lo que se le haya pedido.
En la habitación de los chicos Gryffindor, Remus Lupin sueña que le resbalan lágrimas de helado
por todo el cuerpo. En la comisura de las labios, en la carne débil de las muñecas. Le resbalan por el
cuello, chocolate helado en la espalda, gotas entre las nalgas y no importa dónde estén, la boca, los
brazos, el culo porque antes de que se hayan derretido del todo, la lengua de Sirius aparece para
lamerlas, chuparlas y borrar su recuerdo. Su lengua. En sitios en los que no ha estado nunca.
Lamiendo y besando y chupando ahí dentro.
En esa misma torre, al otro lado de las gruesas e impenetrables paredes de piedra, Lily también nota
cómo resbalan. Unos dedos insistentes al interior húmedo de sus bragas. Y luego, todavía no puede
ver ninguna cara, la ropa interior hecha un nudo en los tobillos y donde resbalaban los dedos,
resbala una lengua. La besan labios sin nombre y le hacen cosas en sitios calientes y suaves, ahí
dentro.
En su redacción sobre los cuadernos de sueños, para aquel seminario de cuarto curso, Lily escribió
que eran una leyenda imprecisa cuya existencia ponían en duda varias contradicciones
bibliográficas y muchos ensayos eruditos. Que se trataba posiblemente del producto de la
imaginación y el deseo.
Ratonejo
Peter no puede creer que hayan ido sin él. O mejor dicho sí puede creer que fueran sin él pero le
gustaría que le hubieran avisado. Unta los bollitos con mermelada de arándanos en su vaso de leche
y protesta pero no mucho porque después de todo, ya sabe que él no es tan divertido como Sirius
para una escapada nocturna.
- Iba a ir yo solo Peter, pero Sirius se alistó voluntario sin que nadie se lo pidiera. Seguro que le dio
un sueño a esa chica misteriosa. Si lo hubiéramos preparado te habría avisado.
- No y está empezando a resultar molesto, ¿sabes? Habrá que tomar medidas rápido. Nunca nos ha
ocultado nada durante tanto tiempo.
Durante el desayuno, los estudiantes más jóvenes se arremolinan en torno a sus mesas y hay una
energía despierta, alborotada en el comedor. Una señal inequívoca de que se acerca el baile y el
colegio bulle de actividades extraescolares gracias a Dumbledore. Peter suspira hondo. Tocan clases
de baile. Le sudan las manos solamente con pensarlo. James bailará con Lily y Sirius con quien
quiera y
¿Cómo?
- ¿Por qué?
- Cambio de estrategia. Sirius dice que estoy demasiado disponible. Si no le hago caso me volveré
irresistible.
Peter no entiende cómo ignorarla, "pasar de ella" y "hacerme el duro" van a funcionar si lo que Lily
lleva años pidiéndole es precisamente que le deje en paz pero él nunca ha entendido a las chicas, así
que si Sirius lo dice, debe funcionar. De momento, lo único que se le da bien a él es hacer una
papilla con las galletas en el vaso, de manera que cuando se sienta Remus su "buenos días" suena
más como
- Fueffosfías.
Consigue tragar y las galletas se le hacen una bola en el estómago. Sirius mira a todas partes, vigila
como hacen los halcones. Anuncia que no tiene mucha hambre y se bebe tres vasos de zumo sin
darse mucho tiempo para respirar. El sábado hay partido contra Ravenclaw. Discute las tácticas con
James un buen rato, dibujando en un pergamino para que nadie les oiga y les robe alguna idea. Es
difícil decidir quién es más paranoico cuando se trata del Quidditch. No se dan cuenta de que si
alguien quisiera sería relativamente sencillo inventar un hechizo para que todo lo que escriben con
sus plumas se copiara en un segundo pergamino.
Peter sí se da cuenta.
A veces sueña con que tiene un verdadero talento como agente secreto o algo así. Sueña una vida de
aventuras y misterios pero no disfruta del sueño mucho tiempo porque la idea de una vida así le
aterroriza, la verdad.
- Lunático – le saluda Sirius desde su lado de la mesa, reclinándose sobre las patas traseras de la
silla y echando el pelo hacia atrás, - ¿se te han pegado las sábanas?
- Algo así.
No le mira a los ojos cuando le contesta. Peter se fija. En eso, como en casi todo. No sabe qué
significa, pero se fija. Es fácil para él, en un rincón de todas las cosas importantes, a la sombra de
tanta atención, fijarse en los detalles, a falta de otra cosa mejor que hacer.
Es raro y es curioso pero la expresión de Sirius cuando le oye se vuelve... canina. Satisfecha.
Las chicas de Gryffindor llegan poco después. La última, algo apartada del grupo es Lily. Para Peter
ella siempre será el mayor misterio de todo el colegio. La única chica que no parece contenta por la
atención de James. Observa atentamente, para ver si James es capaz de no decirle nada. No puede
funcionar. Su mejor amigo hace un visible esfuerzo por fingir indiferencia y centrarse en su té sin
mirar hacia el lado de las chicas. Y Lily, Lily Evans no deja de mirarle por el rabillo del ojo, con
una expresión algo ansiosa.
De hecho, apenas prueba un bocado de una tostada y un par de tragos de zumo. Se levanta
enseguida y James no mira en su dirección hasta que ha salido del comedor. Recibe inmediatamente
la felicitación de Sirius.
- ¿En serio?
- Aconsejado por Sirius he decidido que lo único que me queda por probar con Lily es no hacerle
caso. ¿Tú qué crees?
- Que cualquier frase que empiece por "aconsejado por Sirius" casi nunca es buena idea.
- Siempre tan cariñoso conmigo, Lunático. – La voz de Sirius suena distinta, amarga. - Gracias.
- No se merecen.
Generalmente cuando discuten no parecen enfadados pero esa mañana hay una tensión que incluso
James parece notar. Algo incómodo que Peter se siente llamado a aliviar. Dice lo primero que se le
ocurre.
- Eh, Remus, ayer estos dos se fueron al despacho de McGonagall y encontraron un cuaderno de
sueños. James lo usó con Lily. Y Sirius con su novia secreta.
Deja el té como si le quemara.
- No me hago idea.
(…)
Son insoportables. No podrían ser más insoportables aunque hicieran un cursillo de Insoportabilidad
para Mentes Especialmente Estúpidas. Todas. Todas las chicas de su curso. Sabine especialmente.
Llevan acosándola desde su cita –o lo que fuera- con James. Qué tarde llegaste, Lily. Las modositas
sois las peores, Lily. A medida que se acerca el baile no hablan de ninguna otra cosa. Quién las
invitará. A quién le dirán qué sí. Quién se lo ha pedido a quién. Hablan en voz lo bastante alta como
para que a Lily le resulte imposible estudiar en la biblioteca y lo hacen deliberadamente. Después
de todo, lo único que les interesa saber es si lo que James finalmente le pregunta, después de media
hora de dar vueltas sobre el asunto.
- Lily, ¿ya has rechazado a James? ¿O ahora que ya consiguió lo que quería no ha vuelto a mirarte?
Últimamente no se le ve rondándote.
Procura que sus palabras acumulen tanto desprecio como resulte posible.
La muy lela respira profundamente. Probablemente piensa que resulta femenino. Lo que resulta es
patético.
- Hija, no sé qué buscas en un chico. Potter es el mejor jugador de Quidditch de todo el colegio,
dicen que el mejor buscador en casi cien años. Es guapo y de buena familia. No entiendo por qué
quieres humillarte yendo sola al baile, cuando podrías ir con un chico así.
No, está claro que ni Sabine, ni ninguna de las chicas que la miran mientras asienten y cacarean lo
entenderán nunca.
- No necesito que me lleve ese o ningún otro chico al baile y lo que quiero, Sabine, no es un
complemento colgado de mi brazo que sea de buena familia y juegue al Quidditch. – Nota que le
sube el color a las mejillas y que varias chicas de Ravenclaw han ido bajando el tono de su
conversación para escucharla. – Ninguna de tus maneras de medir qué chicos son los adecuados y
cuáles no me interesa.
Y aunque sabe que Sabine no la escucha realmente se lo dice, porque no sabe cómo parar. Le
explica, en un tono de voz que no tiembla, ni duda un segundo que si algún día acepta ir
acompañada a alguien nunca será por miedo a estar sola y nunca del brazo de alguien cuyo mayor
mérito en la vida sean unas copas de Quidditch.
- Si te preguntas qué es lo que busco en un hombre, deja de hacerlo Sabine, porque no lo
entenderías ni con un mapa.
Se lo explica, de todos modos. Oh, sí, no podría parar aunque quisiera. Le desbordan las palabras y
puede que esté desahogando demasiadas frustraciones en la víctima más cercana pero sienta bien
decirlo.
- Tendría que ser alguien justo, recto y que no se midiera por las opiniones ajenas, si es que eres
capaz de entender eso. Que no haga siempre lo más sencillo, que persevere y que tenga el valor de
enfrentarse ante quien no le respeta para asegurarse así su propio respeto. Alguien que no haga lo
fácil, sino lo necesario. Porque eso es el coraje, Sabine.
Y sin que sepa exactamente por qué, nota que está a punto de que se le salten las lágrimas. Recoge
sus libros con rabia contenida y calcula sus pasos para poder salir de la biblioteca cuanto antes. Una
vez fuera corre hacia su habitación y se seca las lágrimas delante del espejo. Realmente no sabe por
qué llora. Puede que los nervios, las frustraciones del curso. Puede que sea porque a veces es duro
no tener una amiga. O porque prefiere estar sola que mal acompañada pero preferiría no tener que
estar tan sola.
No queda tanto para el baile. Y normalmente a esas alturas ya habría rechazado al menos media
docena de veces la invitación de James.
Se seca las lágrimas y respira hondo. Es estrés, Lily. Sabe que en la biblioteca esas arpías la estarán
poniendo verde y a mí qué me importa su opinión, lo que no sabe es que en la mesa de al lado, con
la cara metida en su pergamino sobre el vampirismo hay alguien que sí la ha oído. Alguien que
escucha y observa y no olvida fácilmente. Retiene sus palabas alguien que no haga lo fácil, sino lo
necesario y se queda en la biblioteca cuando todo el mundo se ha marchado ya, hasta que la
bibliotecaria le indica que ya es hora de marcharse.
- Han llamado a cenar hace un rato, señor Snape. Será mejor que baje y coma algo.
(…)
Tienen una conversación en bucle. Remus insiste varias veces lo siento lo siento y varias veces
escucha es igual. Pero no es igual, ¿cómo va a ser igual? Le destrozó la espalda porque estaba
enfadado. El chico no dice nada pero el lobo se toma la revancha.
- ¿Es por eso? – pregunta Sirius. - ¿Me evitas por lo que pasó durante la luna llena? – Ante eso no
sabe qué decir pero no tiene tiempo de elaborar nada. - Porque no me importa – se apresura Sirius. -
No es culpa tuya.
- ¿No es culpa mía? – Es de risa que intente disculparle. – Sirius, son mis dientes en tu espalda.
Claro que es culpa suya. Naturalmente que es culpa suya. El lobo no aparece y le domina. El lobo
emerge.
- No me importa. – Da un paso adelante, bajo sus pies el suelo se llena de agua y burbujea. - Te
conozco, Remus, sé lo que eres y no es eso.
Sí, claro. Todo el mundo sabe que Remus no es así. Su madre le decía "no eres así, Remus" y James
habla de la licantropía como si fuera "un problemilla peludo" que ataca una vez al mes. Cualquiera
que le oyera pensaría que Remus tiene un conejo malcriado en la habitación. ¿Y Sirius? Sirius es sin
duda el peor. Para él, el lobo no es más que una mascota. Alguien con el que divertirse y salir a
pasear, alguien a quien controlar, dominar, besar y engañar. Y no se da cuenta de que un lobo no es
un animal de compañía, es una bestia.
(…)
(…)
Apenas es consciente de estar hablando, se oye casi desde lejos, repitiendo es lo que soy, esto es lo
que soy.
La respuesta de Sirius son jadeos, al borde del orgasmo, su nombre y tres palabras.
Chocan. Tanta agua. Salpican en todas direcciones. Giran varias veces, trastabillando a ciegas hasta
dar con un hueco entre los chorros por aspersión. Remus busca equilibrio contra la pared y sus
manos, la manera de acariciarles a ambos, de manera que se froten y resbalen, oh sí, el uno contra el
otro y Sirius repite no me importa no me importa no me importa no me importa.
- ¿Aunque te muerda?
Le besa con desesperación. Sirus se aparta y luego se acerca a sus labios. Gruñe.
(…)
Es dificil saber cuándo te estás hundiendo, quién eres, dónde está arriba, qué es abajo, y si los
impulsos que te arrastran te llevan a la orilla o hacia el fondo del mar. Te pierdas, te encuentras y a
veces vivir es como bailar, si se pone uno a pensar en ello.
Avanzar y retroceder.
Enreda y desenreda
Tienen las manos metidas en el tanque azul irisado que burbujea con ánimo. Dentro del agua, tratan
de trenzar las largas y gelatinosas tiras de los adbecúnculos y la profesora de Cuidado de las
Criaturas Mágicas les advierte que deben tener cuidado porque cada una de las criaturas tiene trece
largas piernas y trece largos brazos, finos como los dientes de las ballenas y uno debe trenzarlos con
cuidado, sin mezclar las extremidades. Siempre bajo el agua para no oír sus lamentaciones.
- Lo intenté.
Atendiendo al tanque y a él, por el rabillo del ojo, Lily se teme lo peor.
Te juro que voy a follarte cuando menos te lo esperes. Cuando lo piensa siente calor, una mezcla de
vergüenza y placer.
Lily no se fía.
- ¿Le preguntaste si tiene algo con otros? ¿Intentaste hablar de lo que tenéis y si él lo ve de la
misma manera que tú? ¿Le dijiste que siempre te ha gustado? ¿Por qué sospecho que la respuesta a
cualquier pregunta que te haga es no?
Pregúntame si nos corrimos en la ducha juntos y verás cómo te digo que sí. Realmente Remus no
sabe qué decir.
- ¿En lugar de hablar te enrollaste con él, a qué sí? – Su mirada semi culpable es un sí. Lily entorna
la mirada. - Es muy decepcionante que te comportes como un chico, Remus.
- Gracias, Lil. Pero te aseguro que hablar con Sirius en relación a los temas que tan certeramente
has expuesto hace un segundo es claramente una prioridad en mi futuro próximo.
Trece y trece. Acaban de enredar y trenzar a los adbecúnculos dentro de su pecera. Tienen que
llevarlos al lago de jardín y trasplantarlos allí para que desoven. Las enormes bocas se sujetan al
cristal como ventosas, flotan las trenzas de brazos y piernas al burbujear del tanque. La profesora
parece satisfecha y les felicita. Cuando James pasa junto a ellos con su tanque en dirección al jardín,
va tarareando Yellow Submarine. Y nada más. Nada de "hasta luego, Lily". Nada de "estás
preciosa". Nada de "¿querrás ir conmigo al baile y aunque no quieras ir, lo harás de todos modos?".
Nada.
- No creo que le falten pretendientas. Puede rifar el honor de acompañarle al bingo. A ellas no les
importaría.
Es curioso que su tono de voz suene irónico pero no del todo desprovisto de algo que suena como
amargura, posiblemente.
- Bueno, quieres ir con él y él accediendo a tus constantes ruegos y súplicas ha decidido dejarte en
paz. Ahora que ya tienes lo que pedías, ¿por qué no ir a por lo que quieres?
Le ha crecido un poco el pelo. Le cae el flequillo sobre los ojos que caen exageradamente. Tiene
largas pestañas femeninas. Y una odiosa capacidad para dar en el clavo.
- El día que tú seas franco y directo con ese tonto del haba de Sirius Black que te sorbe el seso yo le
pediré a James Potter que me acompañe al baile.
- De acuerdo.
- Qué.
- Es un trato, Lily.
Lily se queda un poco boquiabierta pero no protesta. Remus está quieto, serio, decidido.
- Ya sé lo que es un trato.
Cuando acaban de trasplantar las algas mágicas –adbecúnculos- al lago, la profesora les informa del
siguiente paso y todos reciben la noticia con una sonora protesta. El siguiente paso es aprender a
sacarlas del lago, volver a meterlas en el tanque y desenredarlas. No una vez, no. Hay que repetir la
operación hasta siete veces para que desoven en perfectas condiciones.
- Enredar y desenredar, ya me han oído. Enreden y desenreden y manos a la obra. ¿O qué creen que
es la vida, señores? Uno teje y desanuda sus propios problemas. Una y otra y otra vez.
Su fidelidad, Sirius lo supo entonces y no lo olvidó nunca, residía con los ganadores. En casa de los
Black, es así como se educa a los niños. Para que no se rindan, para que no se compadezcan, para
que no se conformen con ser uno más, sino que peleen con los dientes para ser el mejor. En lo que
sea que elijan, el único pecado que no se perdona es perder, dejarse dominar, claudicar.
Es una de esas cosas que odia de sí mismo pero no sabe evitar. Quiere ganar. Siempre. No sabe no
ganar, no entiende perder. Por eso lleva semanas torturándose con las ganas de follarse a Remus
Lupin durante siete días, hasta conseguir que ninguno piense en otra cosa y sin embargo, no se le
había ocurrido que él quisiera hacer lo mismo. Entiende ganar y entiende follar, no entiende perder
y no entiende dejarse follar.
Si su madre supiera que ha cambiado a las chicas por un hombre lobo, sabe lo que diría.
Diría "hijo", seguramente, la zorra esa, y a continuación, posiblemente le haría una larga cronología
de todos los Black que se han casado con sus primas y se han follado a todos los jovencitos que han
querido en los prostíbulos del callejón Diagon. Recuerda que su tío Leopold solía darle palmaditas
en el culo cuando venía a casa por Navidad. Siempre le puso histérico, ahora se da cuenta de que
posiblemente el viejo verde del demonio quería hacer algo más que demostrar afecto familiar.
James se limpia las gafas, y acaba de atarse los zapatos. El vestuario está lleno de vaho y solo
quedan ellos.
Sirius espera hasta que todo el equipo ha terminado de cambiarse y se empieza a desnudar cuando
James ya se ha marchado. Lleva tres días duchándose solo. Incapaz de escuchar el ruido de la ducha
sin que se le ponga dura. No sabe, la verdad, si está preparado para dejar que Remus le haga lo que
prometió pero, ostia, la idea de que Remus Lupin, el chico callado que siempre dice "perdona"
cuando se roza contigo en clase quiera desnudarle, hacerle sudar, ponerle boca abajo y follarle le
pone tan caliente que le cuesta hasta respirar.
Malfoy y sus perros fieles ocupan casi todo el pasillo. Es una pena que sea hora de cenar porque la
idea de partirles la cara para entretenerse es tentadora. Romper la armonía perfecta de esa expresión
gélida, ah sí, qué bien suena. Lástima que sus tripas rujan tanto y esa voz idiota, sospechosamente
parecida a la de Remus le diga "no merece la pena".
- ¿Vas solo, primo? Los zarrapastrosos de tus amigos deben echarte de menos.
La voz, el asqueroso acento de lameculos pijo de mierda que Sirius se afanó en borrar de su propia
forma de hablar en cuanto tuvo uso de razón, todo le pone ENFERMO. Sería tan, tan fácil aplastarle
la nariz contra el cráneo.
Casi peor que un puñetazo. Malfoy muda de expresión, se llena de ira en su forma más pura.
Llamea en su mirada. Se queda lívido.
- Que te follen.
- Me lo estoy pensando, primo – le humilla como mejor saben hacer los Black, dándole una
palmada en el culo- pero ya te mantendré informado.
Y sale de allí con grandes zancadas. Los débiles soplidos de viento que llegan desde el exterior a
través de las rendijas en las ventanas, se huracanan a su paso y murmuran, míralo, es la oveja negra
de los Black.
(…)
- Joder- murmura Sirius entre besos- besas de muerte, Lupin. ¿Por qué besas tan bien?
Descansan frente sobre frente. Sirius todavía sostiene la mano tras su nuca. Pero posiblemente se
sostiene a sí mismo.
Esa vez la voz cristalina de su mente, piensa en voz alta. Y se le escapan las palabras.
- Tú lo haces fácil.
Y le besa antes de decir nada más. No se fía de sí mismo. Porque su propia voz le suena un poco
extraña, acongojada, desesperada, como si proviniera de un sitio nuevo y vulnerable dentro de él.
No está seguro de que esté preparado para seguir dejando que ese sitio hable, así que besa a Remus
indefinidamente.
(…)
Wild World
El día en el que James se da cuenta de que Remus está enamorado llueve a cántaros, es martes y
está nervioso, contando los días hasta el partido contra Ravenclaw. Séptimo año y la posibilidad de
una séptima copa. Ninguna casa ha conseguido siete seguidas y después de tres horas viendo el
entrenamiento de Ravenclaw está convencido de que tendrán que entregarse al partido con uñas y
dientes para ganar. Se le hacen largos los días hasta el viernes y es intensa, la emoción de esperar al
partido. Visualiza las jugadas mientras atraviesa la Habitación Común, defiende y ataca en su
mente. Juega el mejor partido de su vida al contraataque, todo en su cabeza y cuando llega a la
habitación tarda tres segundos en decidir que lo que suena en el gramófono es su nueva canción
favorita y lo será durante al menos quince minutos seguidos. Remus escucha tumbado en la cama,
con un libro en las manos pero sin leer. Asegura que no es broma y realmente el cantante se llama
"Cat Stevens". Subido en su cama, James examina la portada del disco.
Es bonita, como un dibujo que parece hecho por un niño casi adulto, con muchos colores. Hay un
árbol por el que trepa un chico rubio, un sol enorme y rojo como las plumas de un fénix. Un señor
barbudo bajo el árbol, sentado a una mesa de madera. "Tea for the tillerman", se llama. Ante la
insistencia de James, Remus hace girar la aguja con la varita, retrocede unos surcos y vuelve a sonar
la misma canción. Parece una despedida y es triste pero mantiene la esperanza en la melodía. La
mayoría de las cosas que oye Remus son así.
Es cierto y James le pregunta si cree que será por el amor o por su lamentable oído musical. Hablan
de eso, Remus se ríe, y es entonces, cuando le pregunta si a él también le pasa, aunque tenga buen
oído, cuando James se da cuenta de que Remus Lupin está enamorado.
Encoge los hombros pero le delata su "no sabría decirte" porque se le nubla la mirada –solo un
segundo- y parece que está viendo a alguien con claridad aunque ese alguien no está allí con ellos.
Es evidente. Le gusta alguien. A Remus. James tarda un buen rato en asimilarlo. ¡A Remus le gusta
alguien! Es histórico, mítico, colosal. Le toca, se asegura de que es él. El auténtico, imperturbable,
flemático Remus de siempre.
- Podríamos hacer una doble cita con Lily. Salvo por el detalle de que Lily prefiere salir con el
calamar gigante antes que conmigo. Pero podéis hacerlo de todos modos, si no te molesta el olor a
pescado. Tú y tu chico, Lily y el calamar.
Remus tiene una manera de reírse curiosa. Como si no quisiera pero se acabara rindiendo y le
estallara la carcajada primero en la mirada, después en el fondo del estómago, obligándole a echar
la cabeza hacia atrás. James sabe que si Remus no quiere contarlo, no va a contarlo. Aparentemente
el chico misterioso no se lo ha contado a nadie y Remus cree que debería corresponder su
discreción con la mía. Es un fastidio, la verdad, primero Sirius, ahora él. Hasta Peter se echará
novia y no le dirá nada.
- ¿Estáis saliendo?
- No creo que salir sea algo que él... no creo que le vaya mucho.
James se tumba sobre la cama. Apoya los pies en la pared y deja que la canción acabe mientras mira
las manchas de humedad en el techo. Intenta imaginar quién puede ser ese chico. Del colegio.
Ravenclaw, seguramente. Es lo más sensato. Uno de esos estudiantes aplicados con una montaña de
libros bajo la nariz. O a lo mejor, Hufflepuff. Uno siempre puede fiarse de un ´puff y Remus se
merece alguien así.
- Oye, será un buen tío, ¿no? ¿No estarás liado con algún gilipollas sinvergüenza?
- No es para tanto.
A lo mejor Remus necesita que le refresquen la memoria. Está el "incidente" en tercero, cuando
Sirius pensó que no le habían avisado para salir a la casa de los gritos y "accidentalmente"
encontraron sus camas llenas de grillos. Está aquella famosa vez en la que Remus hizo un trabajo
con una chica de Ravenclaw para Aritmancia y Sirius le torturó durante días acusándole de
deshonrar a su casa y remover la tumba del viejo Godric. Sirius no es celoso, Sirius le da un nuevo
significado a la palabra celoso.
- Pero a mí me caerá bien, te lo prometo. Y cuando quieras, que sepas que me lo puedes contar,
¿sabes? Secreto de merodeador, palabra de Cornamenta y todo eso. No se lo diré a nadie.
- Ya lo sé, James.
Cinco minutos después, cuando el único miembro (¡ja!) del Club de los Cínicos entra en la
habitación, James y Remus están entretenidos porque la conversación ha derivado en qué canción
de amor es la mejor de todos los tiempos. Remus cuestiona que exista algo como las "canciones de
amor" y James cambia de elección cada tres minutos. Sirius les sorprende metidos en la
conversación, distraídos.
Una vez en pie, procura parecer enigmático y está seguro de que se le da fatal. Pero aún así. Lo
intenta y le advierte a Sirius que solamente le dirá de qué hablaban si él accede a contar algo sobre
la misteriosa chica. Por ejemplo. Quién es.
Cuando tenía doce años James se escurrió con la capa de invisibilidad debajo de la mesa de los
profesores y puso petardos de caramelo y confetti debajo de la falda de Minerva McGonagall, que
se elevó cuatro pies del suelo a la primera explosión. Y lo hizo antes de haber desayunado.
Cornamenta en acción
- Peter.
- ¡Ey, James, mira! ¿Te gusta cómo ha quedado mi levormentia? Debería ser algo más rosada pero
yo creo que huele mejor así, ¿no crees? Le he puesto callos de ogro, también, para que cure el mal
de ojo.
- ¿Qué pasa?
Pasa Sirius. Pasa una chica. Pasan secretos. Pasan cosas. Y James está un poco cansado de que
pasen a sus espaldas.
- Bueno – delibera- tú siempre dices que Lily pero realmente Snape es bastante...
- Ah, bueno – se sonroja un poco- yo no soy malo del todo, o sea, Sirius es mejor en
Transformaciones y tú, bueno, está claro que eres...
- Peter –no le deja terminar- necesitas hacer una poción para mí.
Faltan treinta y seis horas para el choque contra Ravenclaw. Desde la torre de astronomía, armados
con expresiones concentradas y prismáticos, Sirius y James observan el entrenamiento enemigo.
Les cuelgan los pies a través de la barandilla. Es un gran equipo, Ravenclaw. Subcampeones el año
pasado. Tienen a una chica de sexto dirigiendo el equipo. Siempre eligen grandes estrategas como
capitanes. Ésta, además, es rápida, acrobática.
- Es buena – declara Sirius, después de observarla diez minutos con los prismáticos.
James masca chicle de burbujas. Cuando hace pompas, en el interior rosado de la goma de mascar
estallan y saltan. Chisporrotean.
- ¿Cuándo fue eso?
- Ah- Sirius hace memoria. – Ah, sí. Morena, guapa, alta, bonita sonrisa, ¿con gafas, no?
- Ésa.
Desprendido de los trozos de chicle de los dedos, James sigue mascando, le cosquillea toda la boca
con las burbujas.
- ¿Al Quidditch?
- Sí – mira por los binoculares y sonríe, el muy cabrón- a eso parece que también.
Bastardo. Sopla dentro del chicle y consigue hacer tres pompas, una dentro de la otra. Satisfecho
por la hazaña, las hace estallar con el dedo y deja la goma masticada pegada en la barandilla. Junto
a montones de chicles que llevan allí desde que descubrieron que era un buen sitio para espiar al
enemigo mientras entrenaba.
- Bien.
Tienen media docena de botellines de cerveza de mantequilla. James trata de abrirlas sin murmurar
el encantamiento. Saltan los tapones y se sonríe.
- Pero el baile es el sábado, Canuto. Y estamos a miércoles. ¿No debería pedírselo, no sé... ya?
- No.
- Vale.
Absorto en lo que ve al otro lado de los prismáticos, Sirius bebe sin apartar la vista del campo. Y
repite, como si fuera una letanía, lo que en su opinión le ganara a James el afecto imperecedero de
Lily Evans.
- Puede. Pero tiene que desear que la invites. La anticipación es tres cuartas partes del deseo.
- ¿Y la cuarta parte?
Deja los prismáticos un segundo, le mira muy fijamente y la sonrisa de Sirius se amplía hasta
alcanzar el rostro de la malicia en su estado más puro.
- Un buen trasero.
- Vete a la mierda.
Acaba riéndose.
- Eso haré.
El entrenamiento termina media hora después pero se quedan un rato más mirando el atardecer
escocés. Desde el interior del castillo, llega un olor tenue a la sopa de las mil conchas que hacen los
elfos. Ese olor, a James, le hace pensar siempre en Cornualles y unas vacaciones con sus padres, a
los doce años. Guarda silencio, se deja llevar por la memoria y siente un curioso arrebato de
nostalgia, interrumpido por Sirius y su pregunta. Hecha de un modo totalmente casual, como hace
uno esas preguntas a las que les ha dado muchas vueltas.
- ¿Yo?
- Se me da genial guardar secretos, tío. Mi madre todavía cree que aquellas revistas que aparecieron
debajo de mi cama, te las estaba guardando a ti.
- Pero las había leído. ¿Y ciertas actividades nocturnas en luna llena? ¿A quién le he contado eso?
- A nadie pero no cuenta, Cornamenta, porque a quien no sabes guardarle secretos es a mí.
Bajan las escaleras de tres en tres, y cuando llegan a la puerta del comedor, Sirius ha insistido tanto
que James se acaba por compadecer y le cuenta que estaban hablando de enamorarse. La reacción
no es la que James esperaba – un resoplido -, sino algo distinto. Curiosidad disimulada como
indiferencia.
- No le digas que te lo he dicho porque al parecer el otro tío no quiere que se sepa nada o no sé. Es
complicado, creo. Pero a Remus le gusta alguien.
- No me dijo mucho, ya sabes cómo es. Pero está enamorado. Y no empieces a reírte de él también.
- Te reíste durante tres días cuando nos contó que sus vecinos muggles le llamaron labios de
subnormal, Canuto.
- ¿Por qué?
Es verdad, puestos a pensarlo, que Sirius se ríe menos de Remus que de cualquier otra persona, en
términos generales. Podría decirse que se ríe menos de él, de lo que se ríe de cualquier persona en el
mundo. Es más. Gran parte de las heridas de guerra de Sirius y sus castigos durante los tres
primeros años de colegio, antes de que Remus diera un estirón que le hizo parecer dos años mayor,
se los ganó defendiéndole de gente que se reía de él. James siempre ha querido mucho a Remus,
pero sabe que no con la clase de afecto atosigante y sobreprotector de Sirius, que le trata como si
fuera... en fin, suyo. Para esas cosas, Sirius es como un perro.
- O sea, que... Remus te dijo que estaba... ¿qué? – Cruzan la puerta del Gran Comedor. -
¿Enamorado? ¿Te dijo eso? Enamorado, ¿te dijo?
Caminan hacia sus sitios en la mesa, al fondo. El resto ya están sentados y por el aspecto de Peter,
que suda a chorros, se diría que en la cocina se les ha ido la mano con el picante. James le ve a lo
lejos. Se sonríe. Le sorprende la pregunta de Sirius y otra vez ese tono casual, como si no pasara
nada. Demasiado casual.
- No lo dijo con esas palabras. Pero tampoco lo negó. Y se le notaba en la cara. ¿Sabes qué me sí
me dijo?
Peeves resopla y bufa y atraviesa las paredes protestando, gimiendo, estornudando. ESOS
DELINCUENTES atchis!!!!!!!! ESOS VÁNDALOS atchis!!!!!! ESOS JÓVENES
DESAGRADECIDOS aaaaaatttttchisss!!!!!! Lloriquea y protesta y cuando ninguno de los alumnos
le hace más caso del acostumbrado, se enfurece, arremolina su fantasmal energía y
AAAATTTTCCCCHHHIIIISSSS!!!! se asegura de que todos los pergaminos de las mesas de la
biblioteca salgan volando.
- ¡¡Han sido ellos aaatttchis!! ¡¡Sé que han sido aatttcchiiss ellos!!
Ciento veinte estornudos. Cuando las quejas de los estudiantes llegan a oídos de Filch, el conserje y
la señora Norris salen corriendo tras el fantasma, que sigue lamentándose por la falta de respeto que
sienten las nuevas generaciones por los espectros.
- No era así en mis tiempos. ¡En mis tiempos la gente respetaba a los seres incorpóreos! ¡Polvos
fantasmales para estornudos, lo que me faltabaaaaaatttchis!!!!!
El lomo de la señora Norris se eriza cada vez que oye uno de esos estruendos espectrales. Mientras,
en la Habitación Común de Gryffindor, Remus Lupin, se sienta tranquilamente frente a la chimenea
y saluda con educación al conserje en cuanto aparece.
- ¿Están?
- Es usted prefecto, jovencito. Más le vale que cumpla con su obligación y me diga dónde están.
- No sé quién...
Contestando a su pregunta, James y Sirius bajan en ese momento las escaleras de la torre. James,
con las gafas puestas y el flequillo despegando en todas direcciones, es la viva imagen de la
inocencia personificada. Sirius lleva las manos en los bolsillos, tararea una melodía que suena
animada, feliz.
- ¡Ahí están! ¡Cómo se les ocurre! – berrea Filch, caminando con paso amenazador hacia ellos. Sus
cuatro pelos ratoniles parecen electrificados como el alambre. - ¡Cómo se les ha ocurrido darles
polvos para estornudos mágicos a los fantasmas! ¡Ustedes y sus ocurrencias demoníacas!
Es más larga, naturalmente, su perorata de reproches contra James y Sirius. Incluye insultos, una
amplia gama de calificativos poco generosos. Niñatos diabólicos, engendros de una bruja tuerta,
vándalos mal alimentados, hijos de un excreguto cojo. Filch tiene una gran imaginación y años de
odio acumulado contra ellos. La leyenda dice que Filch era simpático antes de que James y Sirius le
amargaran la existencia. Nadie se cree la leyenda pero existe.
- Señor Filch- se atreve a interrumpirle Remus- no es que no crea que no tiene razones para pensar
que sus sospechas estén fundadas, pero es posible que se esté precipitando al acusarles.
El conserje se gira inmediatamente, cierra la distancia hasta Remus con un par de pasos
tambaleantes y le clava en él una mirada estrábica, rencorosa.
Remus mira plácidamente al fantasma, que resopla y estornuda suavemente, atchis! y tiene que
acabar confesando que no es que viera, exactamente a quien le lanzaba los polvos mágicos.
Simplemente les notó y empezó a estornudar y supuso que eran ellos.
- Desafortunadamente, un hábito no es una prueba incriminatoria y tengo que decir que es imposible
que fueran ellos, porque han estado toda la tarde conmigo.
- Si me estás intentando engañar, Lupin, te aseguro que lo sabré ¡y ni Dumbledore podrá salvaros de
la expulsión! – escupe sus últimas palabras y se marcha enfurruñado, seguido por Peeves y la
señorita Norris.
En cuanto atraviesa la puerta de Gryffindor, Remus se fija en James y Sirius, apoyados en la pared,
bajo el tapiz del escudo de Gryffindor, encantados de haberse conocido. Les lanza los polvos
mágicos que tenía guardados en los bolsillos de la túnica.
- Que tuviera gracia cuando estabáis en primero, pase. Pero que os siga haciendo gracia ahora, es
incomprensible.
Les asegura que es "la última vez que les da una coartada" y no tiene nada que argumentar cuando
James le recuerda que lleva siete años diciendo lo mismo.
- Lo que sí os voy a pedir es que la próxima vez que vayáis a usar polvos para estornudos, os
aseguréis de leer bien la etiqueta.
Una etiqueta que claramente dice que se trata de polvos para fantasmas, criaturas espectrales, y
otros seres mágicos, inexistentes y míticos. En letra pequeña, especifica que se trata entre otros de
goblins, vampiros y
- Licántropos- lee James, con cierta expresión culpable. – En ocasiones – dice la etiqueta- se han
manifestado reacciones alérgicas también en los licántropos.
Remus se pasa toda la tarde estornudando cada siete minutos. James le promete chocolate para
compensarle, Sirius le promete compensarle, a secas y le brilla la mirada cuando James no se da
cuenta. Cuando llega Lily para hacer la ronda de prefectos a Remus le retumba la cabeza y maldita
sea, se pregunta si llegará el día en el que las promesas de Sirius no le hagan retumbar también el
corazón.
- Qué pasa, Evans – ladra como saludo. - ¿Vendrás al partido mañana, no? Partido, baile, es un fin
de semana mítico.
El silencio es largo y está cargado de palabras que nadie escucha. Remus recoge al fin sus cosas,
estornuda de manera repentina e intensa, respira hondo.
Sirius se despide hasta luego, Lunático pidiéndole que no haga nada que él no haría, ni la mitad de
las cosas que yo sí haría. James se despide con un simple hasta luego, solo para él. Nada para Lily.
- Podría por lo menos guardar cierta educación – murmura ella mientras se marchan.
Gryffindor espera a que los prefectos hagan su ronda. Remus estornuda durante toda la noche.
James no sabe cómo ha conseguido Peter hacer que la radio funcione sin electricidad. Pero sabe que
cuando Peter se empeña mucho en algo siempre, siempre, lo consigue y bromea con él diciéndole
que tendría que haber sido Hufflepuff con esa capacidad para el trabajo. James tampoco sabe cuánto
ha tardado Peter en hacer que se sintonice una emisora muggle poniendo la radio en la ventana de la
habitación común mientras todos los alumnos protestan porque ¡hace frío, Pettigrew! Ha tardado
varios días pero, como ya se ha dicho, James no lo sabe. Tampoco se lo pregunta.
Por ejemplo.
Cuánto tiempo dedica Peter a satisfacer todos sus deseos. Hasta el más nimio, o el más festivo.
Como el de escuchar la radio en el colegio, porque la radio es el mejor invento muggle, Peter,
suena música todo el tiempo. Basta ese comentario, durante la hora de la comida, para que cinco
días más tarde sus deseos se hagan la realidad. Peter le trae la radio. Le hubiera traído a los Eagles
en persona, si hubiera hecho falta pero no hace ninguna falta porque los Eagles suenan esa tarde en
la Habitación Común, welcome to the hotel California, dicen, such a lovely place, such a lovely
face. Solos de guitarra larguísimos, James no solo los escucha, sino que los interpreta sin guitarra,
extasiado en la Habitación Común, saltando por encima de los sofás mientras confunde la letra en
todas las estrofas, excepto en el estribillo.
Más ejemplos.
No sabe que la música disco está de moda. Pero acaba de descubrir una cosa titulada ABBA. Una
cosa que hace que Sirius se atragante con su cerveza de mantequilla nada más empezar a oír las
primeras notas.
Para empezar, que a Sirius nunca hay que hacerle mucho caso porque él siempre odia cualquiera
cosa que suene a novedad por principios. Pero no va a estropearle el momento porque ahora James
sabe que la música disco es contagiosa. Se mete dentro del oído hasta que obliga a las piernas a
moverse. Especialmente esa canción, I´ve been cheated by you since I don´t know when, pegajosa,
contagiosa, un poco idiota, feliz canción que hace que Remus frunza el gesto cuando James sube el
volumen de la música so I made up my mind, it must come to an end.
Hay una mesa en la que normalmente la gente juega al ajedrez. Peter está sentado a sus pies. Por lo
demás está despejada y la canción there´s a fire within my soul hace que esa mesa parezca una pista
de baile. Es irresistible, es mamma mía, here I go again, imposible no subirse a ella y mover las
caderas, dejar el flequillo a su antojo, provocar una sonrisa en Sirius y bailar, my, my, I could never
let you go.
Peter se sonroja y se hace una bola en el asiento. Parece más ratonil de lo normal.
Pero es evidente que para Peter, Sirius y Remus y James son alguien. Definitivamente.
Subido encima de la mesa –pista de baile- James trata de contagiarle el hechizo a Sirius.
- No pienso bailar esto. Pienso fingir que no te conozco. Pienso desmemoriarme, de hecho, y
convencerme de que no te conozco.
Otra cosa que James sabe es que a Remus es inútil intentar convencerle. Remus no baila. Como
mucho, tamborilea con los dedos y a veces sigue el ritmo de las canciones con un pie. Es todo.
Así que tiene que bailar solo pero qué importa, de espaldas a la puerta y sobre la mesa, James sabe
que en ese momento el mundo es suyo, y que aunque le rompan el corazón (yes, dice ABBA, I´ve
been brokenhearted), aunque tenga días malos (blue since the day we parted), siempre puede decir,
"¡¡mamma mía!!" y bailar, here I go again! como si la ridícula noción de que todo va a salir bien,
fuera verdad. Al menos durante tres minutos.
James no sabe pero en cuanto oye esa voz deduce una cosa.
Y es que a Minerva McGonagall ABBA no le hace mucha gracia y nunca estará en la onda de disco.
- Señoras- dice McGonagall con severidad- caballeros- mirando a un par de docenas de personas
que miran más o menos divertidos a James – uno de nuestros mejores jugadores de Quidditch, el
señor James Potter, al que aparentemente hemos interrumpido en una grata actividad.
Otra cosa que James no sabe pero sabría si prestara más atención cuando Remus habla es que el
viernes por la noche se celebra la gran cena de ex alumnos que Dumbledore ha preparado en
vísperas de la navidad y como parte de su celebración del espíritu festivo. Ahora que tantos viejos
alumnos de Gryffindor le han visto berrear Mamma Mia sabe que no se le olvidará fácilmente.
James primero, Peter después y Sirius cerrando filas. Siguen a McGonagall escaleras arriba. La
profesora cacarea órdenes. Está dispuesta a darles el nuevo equipamiento de Quidditch para el
partido contra Ravenclaw, nuevas botas, nuevas gafas contra la lluvia, y lo que tiene a James al
borde del éxtasis desde que lo supo, nueva caja de pelotas.
Nueva.
Snitch.
Que si vuela más rápido, que si brilla más, que si pesará distinto y si tendrá tiempo de probarla
antes del sábado. Lo único que le queda por preguntar es si podrá dormir con ella. McGonagall es
taxativa, vuela igual de rápido, brilla lo normal, pesa lo que el reglamento exige y de ningún modo
se puede dormir, ni realizar ningún otro tipo de actividad extra deportiva con ella. Lo que se debe
hacer es cuidarla como no cuidarían ustedes de ningún ser vivo, caballeros. Se debe pulir,
abrillantar, cuidar, guardar en su sitio –dentro de la caja, en el almacén de Gryffindor para la
utilería, en el cuarto cajón del armario del fondo-. Eso y varias decenas de instrucciones más que les
recuerda de camino al almacén.
- ¿Profesora McGonagall?
Su sombrero de pico se para y seco. Peter frena para no chocar con ella. Frena James. Frena Sirius.
Alto, de cara redonda y una mirada limpia, el tal Longbottom, que debe ser uno de los ex alumnos
de Gryffindor, saluda efusivamente a la que fuera jefa de su casa. Sonríen y charlan y no es habitual
que Minerva McGonagall parezca tan contenta. Sirius supone que fue un gran alumno.
Él dice cosas como "no es para tanto" y ella añade "desde luego que sí" y bla, bla, pero James ya no
escucha nada porque el programa de aurores es lo único que le entusiasma tanto como el Quidditch
y posiblemente casi tanto como una pelirroja innombrable. Interrumpe la conversación con ojos
extasiados, diciendo que siempre ha querido entrar en el programa.
Cosa que no es exacta del todo porque Sirius aún no sabe qué va a hacer el año que viene y sus
opciones de momento siguen incluyendo una vida dedicada a la pereza y la nocturnidad. Aunque
James siempre insiste en que tienen que ir juntos.
- Disculpa, Frank, no te he presentado. Peter Pettigrew, y nuestros dos mejores bazas para ganar a
Ravenclaw este sábado, nuestro buscador James Potter y nuestro capitán, Sirius Black.
Es como una cristalización repentina. Es decir "Sirius Black" y todo el universo se detiene. La
expresión del joven Longbottom, serena y franca un segundo antes, se congela en una mueca. Es
una bofetada de algo agrio.
- Black- respira corto, seco. - ¿De los Black de Londres? – Sirius traga saliva y asiente despacio,
sintiéndose asqueado de sí mismo, juzgado, condenado y enviado a prisión en una ráfaga de
segundo. - ¿Eres hermano de Régulus Black?
- Culpable.
De todos los cargos. Pertenencia a los Black. Sangre maldita. Culpable.
El ambiente se ha llenado de bilis y todos los presentes lo huelen. Peter parece querer balbucear
algo. Y la sonrisa de James no suele ser tan hierática cuando es de verdad. McGonagall se despide
de su ex alumno, supongo que nos veremos en la cena y siguen todos escaleras arriba. Sirius se
lleva con él las últimas palabras de Longbottom suerte con el programa de aurores y supone que
extender la mano para saludarles a los tres es su manera de decir en realidad no pasa nada. Pero
pasa.
Pasa que de camino al almacén se cruzan con grupos de Slytherin que le miran de reojo,
murmurando, siempre murmurando contra él, ese traidor a su sangre, y pasa que James le da una
palmada en la espalda y no vuelve a sacar el tema pero eso no cambia el hecho de que siempre será
igual. Le condenaran todos, los justos y los que ansían la pureza. Juzgado, castigado. Por unos y por
otros.
Lleva un estigma que dice culpable de todos los cargos. Alto y claro. "Sirius Black", dice su
destino, y en letras grandes, bajo su foto en movimiento, se puede leer CULPABLE. Se busca.
Lo raro es que ese mañana cuando llegan a clase de Pociones, reconvertida en clase de Química, no
se encuentran con el característico olor a madreselva y tierra fresca, ni el ambiente húmedo del
sótano al que se han acostumbrado durante casi siete años. Ese día, según avanzan por el pasillo, lo
que notan es otra cosa. Música, en concreto. Proveniente del aula. Solo que el aula también parece
distinta. No hay mesas, hasta que miran al techo y las ven flotar, junto con las sillas, hechizadas a
ocho metros sobre el suelo para que no molesten. Tampoco hay calderos, ni una pizarra.
James se asoma sobre el hombro de Remus, tratando de ver qué ocurre. Es lógico que no conozca la
canción, puesto que James no conoce ninguna canción que no tenga letra y por tanto, no pueda
tararearse en la ducha, mientras se va asesinando la melodía al compás.
- Benny Goodman – contesta Remus sin pensarlo. Sigue sin saber qué es, claro, así que Remus lo
sigue intentando. Es swing, le explica, pero nada. - ¿Big Bands? ¿Jazz caliente?
Sirius asoma la cabeza sobre el otro hombro. Sus largos mechones morenos le cosquillean la cara.
Su voz reverbera en el oído de Remus, manda señales de calor a los puntos recónditos de su cuerpo.
Pecaminoso, como chocolate fundido.
- Sí, y yo...- Peter se desliza entre el gentío de alumnos como un ratoncito y consigue llegar hasta
ellos- ...bueno, a mí me tocó en la misma habitación que vosotros.
Al fondo del aula, o lo que era el aula, hay un gramófono desde el que suena la música. Discos
junto a él y ordenando esos discos de vinilo, la profesora Úrsula Esdrújula, vestida con una
larguísima falda de flores y zapatos de lunares, que bailan por debajo de la ropa, al ritmo de las
trompetas. Se fija finalmente en los alumnos da un respingo y canturrea su perenne entusiasmo,
afirmando que está encantada de verles al fin.
- Cuanto antes empecemos mejor, estos zapatos me están matando. ¡Pero es que son tan bonitos!
Nadie pregunta empezar a qué aunque está en boca de todos pero realmente no hay tiempo porque
un movimiento de varita de la profesora y de pronto, la música que salía del gramófono, se amplía y
rebota, inunda el aula como una riada que proviene de todas partes al mismo tiempo. Se oye tan alta
la música que el aula deja de ser un aula y es, efectivamente, un salón de baile, respirando y
resoplando por el jazz.
- ¡Albus me sugirió unas clases de baile!- la voz de la profesora se hace oír por encima de Benny
Goodman. Aunque no sin esfuerzo. - ¡Me pareció una idea buenísima! ¡Hay que mover esos culos!
De entrada, el único culo que se mueve es el suyo, con bastante entusiasmo, la verdad. Ante la
mirada atónita de sus alumnos y las risillas flojas de los más atrevidos. Los más tímidos, se escurren
cuidadosamente hacia atrás y ese movimiento sibilino, deja a Severus Snape prácticamente en
primera fila, con un rictus hierático en la cara y una expresión tan hostil que supura desprecio.
Nadie podría ignorar esa expresión.
Y antes de que pueda resistirse y decir QUÍTEME LAS MANOS DE ENCIMA, se ve arrastrado
por la firmeza de unas manos que le llevan hasta la mitad misma del aula, donde la profesora trata
de explicar cómo debe colocar las manos y los pies.
- El baile siempre empieza con un vals. La verdad es que es un aburrimiento y yo siempre me mareo
con tantas vueltas pero un clásico, es un clásico.
Varita y BUM! El aula es Viena y el gramófono arranca las primeras notas del Danubio Azul.
- ¡A bailar, jovencito!
Es imposible que no lo vea, el odio en la cara de Snape. Se nota desde lejos que le chirrían las
manos, que aprieta los dedos. Y aún así, decidida como un huracán, la profesora lucha contra la
rigidez cadavérica en el cuerpo de Snape, le obliga a levantar las manos y parece totalmente
dispuesta a girar con él al ritmo del vals.
- Ostia, Quejicus bailando el vals - Sirius tiene esa mirada incendiaria que adopta antes de las
grandes travesuras, de las gamberradas míticas. – Creo que éste va a ser el momento culminante de
mi existencia.
Snape no ha bailado nunca, excepto una vez en tercero cuando James encantó sus calcetines para
que se pasaran la clase de Herbología dándole al claqué. Pero nadie se ha atrevido JAMÁS ha
derribar esos muros de impenetrable odio por el género humano y hacerle girar en una clase,
provocando el estupor primero y las risas después de toda una clase. Incluso Remus que nunca le ha
visto ninguna gracia a reírse de un compañero, aunque sea un compañero francamente carente de
cualidades agradables como Severus Snape, tiene que admitir que tiene su gracia, ver a Snape
arrastrado a ese frenesí mientras la profesora les indica cómo tienen que girar y les anima a que
escojan pareja.
James tiene un acto reflejo en ese momento y su cara iluminada por la esperanza se gira
inmediatamente buscando a Lily, dispuesto a convertirla en su pareja sin aceptar un no por
respuesta. Desgraciadamente para él, Sirius es más rápido, se da cuenta de que está a punto de echar
por tierra toda una estrategia destinada a hacerla sufrir y le sujeta con fuerza, tomando decisiones
rápidas y drásticas. Con la mano que tiene libre, consigue alcanzar a una chica de Hufflepuff que se
limpia las gafas después de que se le hayan empañado de la risa.
Les arrastra el uno contra el otro, haciendo que prácticamente choquen nariz contra nariz, las gafas
de la una contra las del otro.
- Eh... – James mira en dirección a Lily, sopesa qué significa esa expresión enfurruñada en su cara y
decide que sí, claro que quiere bailar. – Me encantaría.
La chica que acaba de ponerse las gafas, tiene rizos largos y frondosos, como los de Lily. Y es
morena y no es Lily pero vaya si quiere bailar con ella si Lily va a mirarles con esa cara de pocos
amigos que tal vez, solo tal vez, pueda ser una cara celosa.
La Hufflepuff de rizos preciosos cuyo nombre James desconoce parece exultante de alegría. Hace
que casi se sienta culpable por pensar en Lily.
Y antes de que cambie de opinión, la chica le arrastra cerca del gramófono, adopta la postura del
vals, le dice que está en Hufflepuff, que se llama Luminora Leviosa, que no le gusta mucho la
música clásica pero le encanta bailar y que nunca, nunca, nunca pensó que James Potter le invitaría
a bailar.
- ¡Es como el mejor día de mi vida!
Pronto, un numeroso grupo de alumnos llenan los rincones del aula. Con más tropiezos y pisotones
que aciertos, destrozan las intenciones de Strauss, no aciertan en los pasos y desde luego, disfrutan
del espectáculo sin par de Snape apretando los dientes en brazos de la profesora Esdrújula, que les
invita a bailar y bailar y seguir bailando.
(…)
Ravenclaw, Ravenclaw, Ravenclaw, jugadas, estrategia, darle a esa bludger hasta que rompa el
cascarón del cielo, darle como si fuera la cabeza de su madre y la pureza de la raza. Sirius no piensa
en otra cosa, cuarenta minutos para el partido y todavía no se ha cambiado. Hay algo que tiene que
hacer antes de que empiece. Así que, corre. Corre escaleras arriba, salta un escalón, dos, tres, repasa
la jugada de contraataque, gira por el pasillo, sube, se da prisa, la Señora Gorda, contraseña, le están
esperando todos en el vestuario y solo tiene que hacer una cosa antes de unirse a ellos. La
Habitación Común está casi vacía y la cruza como un tornado, escaleras arriba, hacia el cuarto de
los chicos.
Y allí está, en lo más alto de la torre. Remus, poniéndose el abrigo para salir. Sorprendido de verle.
Se ahorra una contestación. Casi no puede respirar después de haber subido tantos pisos corriendo.
Toma aire apoyando las manos sobre las rodillas y cuando consigue levantarse Remus se ha puesto
el abrigo, le mira con una pregunta en los ojos. Alto y desgarbado, con las manos en los bolsillos,
donde guarda siempre algo de chocolate.
Una de las cosas que más le gustan de Remus es que en siete años, jamás le ha dejado ganar una
discusión sin dar la batalla. Podrían pasar horas discutiendo y serían las mejores horas de su vida.
- Remus, ¿es que no prestas atención cuando juego? McGonagall cree que soy demasiado temerario
para la liga profesional y le oí decir a Dumbledore que no deberían dejarme jugar porque me
acabaré matando contra las porterías. Créeme, morir durante el partido es una opción. Prácticamente
se puede decir que estás ante un general antes de su última batalla.
Remus se acerca caminando con ese andar otoñal. Parece tremendamente divertido por su inminente
y trágico final.
- Muy bien, vas a morir – le habla como a un niño pequeño que requiere de demasiada paciencia. -
¿Qué quieres, Sirius?
Tira de su abrigo.
- Esto.
Un beso musical, lánguido, la lengua separando los labios, derritiéndose hacia la garganta, un beso
lleno de promesas que dice "estaré aquí cuando vuelvas" y provoca que todo su cuerpo se ponga a
cantar, vibrando con las ganas de más. Los labios de Remus se curvan de manera exagerada y besan
con idéntico y exagerado talento artístico. El beso sabe a rosas con espinas, les deja llenos de saliva
y jadeando.
- Perdón – Sirius oye la voz de Lily a sus espaldas. – No sabía que… -suena incómoda- te espero
abajo, Remus.
Pero cuando Sirius se da la vuelta todavía está quieta en la puerta, decidiendo si se marcha o se
queda, sonrojada y evitando mirarles fijamente. Te está bien empleado por subir aquí tan a menudo.
Treinta y seis minutos para el partido, se tiene que ir. Le espera su destino, es una tarde mítica. Se
para un segundo en la puerta y gruñe en el oído de Lily, aunque no está realmente enfadado.
- Y pensar, que podrías estar jugando tu propio partido con James en vez de limitarte a mirar desde
la grada.
Sería más creíble, si no le brillaran las mejillas, como si se reflejará el color del pelo en ellas.
Treinta y tres minutos para el infierno o la gloria. Sirius sale corriendo, gritando que le deseen
suerte, bajando las escaleras a ladridos y alaridos. Le quema la impaciencia, nunca ha sabido
esperar. Antes de salir lo último que le dice Remus –lo oye casi como un susurro- es que tiene que
hablar con él después del partido.
Pero para Sirius "después del partido" suena lejano y se imagina que sea lo que sea, no podrá
estropear una victoria que ya le cosquillea en las manos.
Viernes. Se ciernen nubes espesas y negruzcas sobre el techo del Gran Comedor. Hace tres días que
huele a tormenta. Una amenaza que no descarga pero hace que parezca casi de noche a las dos del
mediodía. Escocia es plomiza, carente de compasión. Hogwarts desafía al clima y el tiempo. En los
jardines, ondean los estandartes. Azul y plata. Oro y grana. Cientos de estudiantes esperan. Las
gradas están llenas de visitantes, junto a Dumbledore se sientan profesores, antiguos alumnos,
profesores invitados, expectantes. Han oído grandes cosas de ambos equipos, y a medida que el
cielo gana peso, parece que el campo se va quedando en silencio, a la espera. Dentro, en el
estómago del castillo, todos están listos. Escobas en mano en Ravenclaw, preparados para el
partido. Todo dispuesto en Gryffindor, donde Sirius explica en voz alta las estrategias que sus
jugadores ya conocen de memoria, después de un trimestre de entrenamientos implacables. No hay
necesidad, en realidad, de subrayar la importancia del partido pero lo hace de todos modos.
Hay algo en Sirius que crece cuando se acerca la competición. Le arde la mirada, parece mucho más
alto, de voz más grave y una seguridad incontestable. Ancho, masculino, victorioso. Responden
todos sus jugadores, a una sola voz.
- ¡NINGUNA!
La gente, los jugadores, los desposeídos, los furiosos, los sedientos, todos ellos podrían seguir a un
hombre como Sirius al fin del mundo, aunque el fin del mundo fuera un precipicio porque cuando
habla así, les inspira para atreverse a tareas titánicas, les convence de que son héroes, afortunados
de morir por una causa más noble que ellos mismos.
- ¡SEIS!
A James le cosquillea el estómago. Cuando todos los demás jugadores caminan hacia el campo y
atraviesan la puerta del vestuario él se queda un rato en silencio, mirando su propio reflejo en el
espejo. Lleva un rato jugando el partido en su mente. Se ha pasado la mañana en el jardín, sentado
en las gradas, notando el viento para saber qué fuerza tiene y cómo afectará al vuelo de la snitch.
Ahora respira, inspira, sonríe.
Trae algo en las manos. Una caja redonda de betún para las botas. Lo hace desde que Remus le leyó
algo sobre pinturas rituales australianas o algo así. Usa dos dedos para pintarse primero él, una línea
negra y ancha bajo los ojos, a cada lado. Le hace lo mismo a James, mirándole en silencio,
decidido, grave, furioso por competir. Exultante.
- La séptima, Cornamenta.
Es una gran casa. Grandes estrategas, rivales nobles, rápidos, de juego brillante, azul y plata. Sirius
sonríe, seguro de sí mismo, sonríe a cuchilladas.
- ¿Y entonces qué hacemos aquí, Potter?
Salen en silencio al campo y cuando se elevan sobre las escobas, cada uno en su posición,
Gryffindor contra Ravenclaw, no pueden esperar a ponerse en marcha, tienen que frenarse para no
salir despedidos hacia la portería contraria. En la grada, Dumbledore hace una señal leve de
asentimiento, bajando la mirada y la cabeza. Sirius nota que le gruñen las entrañas vamos, vamos,
vamos, vamos. James espera, quieto, como si no le costara ningún esfuerzo volar y entonces,
entonces, oye el murmullo de la afición, cada vez más alto, primero como un susurro, después una
letanía, nítida, cada vez más clara. Dice Gryffindor. Dice cada vez más claro Gryffindor, cientos de
voces, al mismo tiempo, conmovidos por la misma emoción. Gryffindor, Gryffindor, Gryffindor.
James ha oído que se refieren a él como el mejor jugador de Quidditch que ha visto nacer un siglo
entero y cuando le preguntan cómo lo hace, nunca sabe explicarles que no lo hace él, sino esas
voces que le acompañan y silencian todo lo demás. Los leones le hacen ganar. Mil ojos, cientos de
brazos, todos esos ánimos.
Ellos son los que le dicen cómo elevarse, cuál es la posición desde la que verá la snitch antes que
nadie, ellos le avisan de que la bludger se dirige hasta su posición y tiene que volar en una ese
acrobática para esquivarla, dejar que avance y mandarla directamente hasta Sirius, que la golpea y
la encaja en la portería contraria, rugiendo y aullando.
Y James siempre, siempre le escucha cuando lo hace. La suya es una voz que se distingue entre
todas esas voces. Gryffindor, Gryffindor, Gryffindor. Y Sirius rugiendo. Arriba, abajo, golpea,
dirige el partido pero sobre todo, lo personifica. No mete goles para ganar, los mete para no
perderse en la furia, para descargarla contra todo de lo que trata de huir. A veces bromea diciendo
que la lanza contra su madre y tal vez no sea una broma y juegue así para demostrarse no que
Gryffindor es mejor, como les dice a sus jugadores, sino que él es lo bastante bueno para
Gryffindor.
Gryffindor, Gryffindor, Gryffindor corea esa única garganta en las gradas. Aaaaaaarrrrrggggggg
aúlla Sirius y ahí está, emergiendo de la nada, la snitch. James no la ve, James nunca la ve. James la
siente y no lo piensa, gira y baja a por ella, tan rápido que el grito del gentío subiendo de tono llega
mucho después de que él haya empezado a perseguirla. Está más cerca del buscador de Ravenclaw
pero ella, una chica menuda y rápida que vuela en siseantes espirales no tiene la ventaja de James.
No sabe que para James todo transcurre muy, muy despacio. Y que no siente prisa, ni ansiedad.
Porque James nunca es tan libre y tan joven como cuando se acerca a la serpenteante figura dorada
que brilla como no brilla nada más en el mundo. James nunca existe como existe en ese momento y
si la inmortalidad es algo más que silencio, es eso, estar a punto de tenerla, volar junto a ella y
extender la mano hasta notar su cosquilleo.
Cuando la sostiene las gradas rugen y Sirius con ellas. Eruptan vítores y le aclaman como un solo
ser que ansía cogerle en sus brazos.
Ganan por treinta puntos. La capitana de Ravenclaw se quita las gafas de lluvia que no ha tenido
que usar. Le brilla la piel por el esfuerzo, chispean sus inteligentes ojos marrones, por efecto de la
adrenalina. James siente respeto por los buenos jugadores, así que extiende la mano y tras un
segundo en el que la capitana de Ravenclaw parece a punto de tener un berrinche y reprocharle que
han ganado haciendo "¡trampa, trampa, trampa!" nota en su mirada, que toma una decisión y le
devuelve el apretón de manos. Firme, un poco enfadado. No deja que su rabia se note demasiado.
Orgullo de perdedor, a James le gusta.
El locutor repite el resultado. La euforia es una corriente de energía que llega hasta él desde las
gradas de Gryffindor.
La chica se debate entre emociones confusas. Es evidente que le halaga un cumplido de un buen
jugador. Y es evidente que le corroe no haber podido ofrecer una victoria en su primer partido al
frente del equipo. Se queda a medio camino. Intenta sonreír.
Sirius aterriza a su lado. Le sangra una mejilla y no podría parecer más feliz. Los dos capitanes se
dan la mano. Nobleza obliga. Aunque Sirius duda, un segundo. Es un ganador al que le gusta
restregar las victorias. Si fuera un partido contra Slytherin llevaría media hora pavoneándose pero
es Ravenclaw. Así que se ve obligado. Se felicitan mutuamente pero al contrario que James, Sirius
no hace ningún esfuerzo diplomático por ocultar su contagiosa sensación de triunfo.
Todavía tiene el descaro de sonreírle como si quisiera invitarla a fumar a escondidas. James la
observa fijamente y mide su reacción ante el flirteo. Ligero rubor, se pone un poco nerviosa pero
finge que no le afecta. Mm.
- Pensaré que la pelota es tu cara la próxima vez que le dé. ¿Sabes qué volando así, Black, algún día
matarás a alguien?
Se marcha murmurando "eso seguro" a recoger los restos del orgullo de un equipo malherido pero
no roto. Ravenclaw sabe perder con elegancia y James se pregunta, solo durante un instante, si no
será ella, morena y guapa, delgada y con carácter, pero no inmune a los encantos de Sirius, la chica
que ha conseguido conquistarle. Podría ser. Después no piensa nada. El estadio se llena de gente,
hinchas exultantes que quieren sacarle en brazos y le jalean, como si ellos no hubieran tenido nada
que ver con la victoria. Como si no hubieran sido ellos los vencedores. James está allí, en el campo,
pero son ellos, todos ellos, los que juegan el partido.
Felicidades
No es fácil dar con ellos pero finalmente la horda de excitados aficionados al Quidditch sedientos
de aunque sea *tocar* a sus ídolos se va aplacando y ambos, James y Sirius, consiguen abrirse paso
a los vestuarios. Rememoran los grandes momentos del partido, caminan juntos, el brazo de Sirius
rodeando los hombros de James. Remus les espera bajo las gradas, apoyado en la base de la
estructura metálica. Hace frío. La bufanda da vueltas y más vueltas alrededor de su cuello. Lleva las
manos en los bolsillos del abrigo. Empieza a arreciar la ventisca, acabará tronando la tempestad. Le
hace cosquillas el flequillo, azuzado por la brisa.
- ¿No hay felicitaciones para mí? Es a mí al que casi le parten la cara esas bludgers chifladas. Y
reconocerás que es una bonita cara.
Si uno entiende por "bonita" que es capaz de cortarte la respiración, sí, está bastante bien.
- Entre la pintura y la sangre no la veo. Pero tengo un vago recuerdo de que no estaba mal.
- Gracias. Viniendo de alguien que tiene una nariz que ocupa tres cuartas partes de la suya, es un
gran cumplido, mister "no estaba mal".
Les acompaña a los vestuarios y aunque no entiende ni una palabra de Quidditch más allá de que
consiste en competir con habilidades que él nunca tendrá, le gusta verles tan emocionados, tan
contentos por algo tan simple en apariencia como pelotas y golpes y porterías. Se despide de ellos
en la puerta del vestuario. Dentro distingue el ruido del resto del equipo, celebrándolo, metiendo a
James debajo del chorro de la ducha. A hombros.
Sirius se queda un segundo en la puerta. Mira a ambos lados del pasillo, tira de su bufanda, le atrae
hacia él. Parece que va a darle un beso y no, en el último momento cambia de opinión con una
sonrisa malévola. Le lame todo el puente de la nariz, como lo haría un perro.
- Maricón.
- Gilipollas.
Le llaman desde dentro y Sirius grita, "¡voy!". Remus camina hacia atrás, sin dejar de mirarle. De
un extremo de la bufanda, Sirius se agarra a él, y tal vez le gustaría que tirara y no tener que
marcharse.
- No te gusta el Quidditch.
- Pero me gusta verte jugar.
Por la manera en la que Sirius sonríe, se diría que no le han felicitado nunca.
Albus Dumbledore arrastra la pesada capa de colores, -dorado, grana, lapislázuli y plata- por el
estrecho puente cubierto de madera que separa los jardines del castillo. Su visitante admira los
cambios en la jardinería y se sube las solapas del abrigo para guarecerse de las cuchilladas del
viento, que amenazan con cortarles la cara. Hogwarts sigue exactamente tal y como la recordaba y
su presencia inmemorial es un consuelo en tiempos tan inciertos.
- Y allí, - Dumbledore señala unos metros a la izquierda- es donde estoy pensando que podríamos
plantar Tumultos de Persia. Dan un perfume distinto cada día de la semana. Y espantan a los troles.
Crujen bajo sus pies, las maderas aparentemente frágiles del puente. Pero también crujían cuando el
invitado estudiaba en Hogwarts, de manera que cabe pensar que esa estructura de madera es más o
menos como el propio Albus Dumbledore. Mucho más difícil de quebrar de lo que aparenta. Tiene
una larga barba cada día más blanca y casi siempre mira con placidez por detrás de las gafas.
Excepto cuando esa calma se vuelve severidad –a veces- o astucia –a menudo-. O simplemente,
alegría casi infantil.
Como cuando alguien –el invitado en este caso- saca un paquete del bolsillo, arrugado a causa del
viaje en tren, lo extiende pensé que le gustaría y nada más abrirlo el director ve un par de calcetines
púrpuras con mandrágoras tejidas en naranja. Diez minutos después, finalizando la visita y de
camino a su despacho, Dumbledore todavía parece feliz como si fuera la mañana de Navidad,
repitiendo excelente, ¡excelente! ¡Calcetines, excelente!
Está tan distraído que girando en el tercer piso prácticamente se encuentra de bruces con un
estudiante que arrastra una larga bufanda de Gryffindor y parece ensimismado, perdido en una vaga
sonrisa.
- Disculpe, profesor.
El invitado le reconoce enseguida. La larguísima nariz. La caída de los párpados, el plácido tono de
la voz. Le da un vuelco el estómago.
- ¿Remus?
Es evidente que no se había fijado en él. Cuando le mira, lo hace durante un buen rato, como si
midiera la reacción que debería tener. Después concede una sonrisa franca y extiende la mano.
Parece sincero.
- Y yo.
Una cara familiar en Hogwarts. Una mirada que no le juzga. Se alegra. Mucho.
- ¿Te incorporas al curso?
- Daniel está estudiando en los Estados Unidos este curso. Me estaba contando todo tipo de cosas
intrigantes sobre América.
- Pero tienes que quedarte esta noche y cenar con nosotros, hijo – vuelve a decir Dumbledore. –
Insisto en que lo hagas. Gran cena de exalumnos, hijo. Tienes que venir.
- Claro, quédate
- Puedes cenar con nosotros. Peter siempre quiere saber cosas de América. Cree que si viviera allí,
ligaría.
- Si es por Peter…- aventura. Y deja caer las palabras. Como una invitación que sabe que nadie va a
aceptar. Pero no lo puede evitar.
Si es por ti.
- ¡Estupendo! – canturrea Albus Dumbledore. – Excelente, excelente. Será una cena estupenda. Ex
alumnos- murmura casi para sí mismo- una ocasión magnífica para confraternizar.
Daniel no está tan seguro. Invitar al pasado a la cena, es a menudo sentar a la mesa a los problemas
que deberían quedar enterrados.
Es curiosa la alquimia de los humores. Cómo cambia. Cómo puede un único –y estúpido- elemento
alterar su estado anímico, del día a la noche, del esplendor a la tormenta. Cuando Sirius entra al
comedor se siente triunfante y pletórico, feliz de recibir las felicitaciones de todo Gryffindor y –lo
que es más importante- el desprecio de Slytherin, que ya hace cuentas que no le salen para la copa
de las casas. Saborea la cena y se le hace la boca agua al pensarlo, saborea a Remus después del
baile y se le hace agua todo el cuerpo. Es la mejor noche de su vida al entrar al comedor y quince
metros después, el agua se hace bilis y todo lo que iba bien se va a la mierda.
No agradable, precisamente.
Los elfos han preparado sus platos preferidos, McGonagalla le felicita personalmente "bien hecho,
señor Black" y Daniel está sentado CON ELLOS, ocupando su sitio JUNTO a Remus, un Slytherin
en los bancos de Gryffindor, compartiendo charla como si tal cosa mientras Dumbledore les saluda,
invita a los viejos alumnos y se enrolla en un discurso sobre el pasado y el presente y bla, bla, BLA.
Le odia –a Daniel pero no puede pensar en su nombre- como no odia en ese momento ni a su
madre. Tan rubio y tan anatómicamente perfecto, con sus perfectos ojos azules y su perfecta sonrisa
radiante y siempre con la palabra perfecta y la conversación ideal. Les encandila a todos, ese
gilipollas y Sirius le odia tres veces por segundo, del derecho y del revés. Odia la manera en la que
James le invita a formar parte de la conversación, haciendo gala de todo su encanto, siendo el
anfitrión perfecto, haciendo las presentaciones. ODIA que Peter se haga pis encima de la emoción
con sus trescientas mil anécdotas sobre lo estupenda que es América. Odia a América Y PUNTO.
Odia lo inteligente que es, cómo se hace con las conversaciones con ese sibilino carisma Slytherin.
Le odia y odia que su odio sea palpable y tan evidente que Remus parece incómodo.
Te jodes.
Lo que más odia es a él. A Remus. Le odia porque ATIENDE a Daniel y se ríe con sus chistes –que
son graciosos pero ésa no es la cuestión- y parece completamente fascinado cuando Daniel habla de
su estúpida visita al estúpido Boston y sus estúpidas bibliotecas que aparentemente no son estúpidas
para Remus. Ni Boston, ni San Franciso y ni siquiera la estúpida Nueva Orleans con su estúpido
Jazz. Nada de eso le parece estúpido al estúpido de Remus. Estúpido.
- Te encantaría, Remus.
Es que ¡ODIA! cómo dice su nombre. "Te encantaría, Remus". Como si le conociera o algo así, o
supiera lo que le gusta. Subnormal. Seguramente sí que sabe lo que le gusta. Como el nombre de un
montón de cantantes de jazz y dónde están las mejores bibliotecas. Y un montón de cosas más de
las que Sirius no tiene ni idea. Gilipollas. Besó a Remus, en aquel puente. A saber cuántas veces. A
saber qué hicieron y cómo y cuántas veces y aaarrg, se enferma si piensa en ello, ¡gilipollas!
¿Qué es, tonto? No es tan difícil decir sí o no. ¡Es que es gilipollas! Cómo no ve todo el mundo lo
tonto que es. Resulta incomprensible cómo no les repugna tanta belleza y tan interesante
conversación y esa actitud de "oh, mira, me pegaron en el colegio, así que soy una especie de héroe,
¡adoradme, adoradme!".
- Cuánta indecisión, Daniel. Dínoslo si podemos hacer algo para que te decidas -. Para que se decida
a marcharse, naturalmente. – Aunque me extraña que quieras quedarte, después de lo que te pasó.
Debe traerte malos recuerdos. Saber que todavía posiblemente siguen aquí, los mismos que te
atacaron. Escondidos en cualquier rincón. No puede ser fácil. Sabiendo que seguramente quieren
volver a hacerlo.
Su voz le recuerda a alguien.
A la bruja de mi madre.
Le odia. Su estúpida manera de no entrar a la batalla. El hecho de que demuestre ser mejor que él.
Le odia con todas sus fuerzas, como si se odiara a sí mismo, a través de sus atractivos ojos azules.
Merodean
Cuarto de baño de los chicos Gryffindor. Quedan siete minutos para las once. James se asegura de
que no venga nadie. Lleva la capa de invisibilidad escondida en el bolsillo, así que es imposible que
alguien se esconda bajo ella. Peter mira dentro de las puertas de los retretes. Hacen un par de
hechizos para garantizar que nadie les escucha. Toda precaución es poca. Tratan de engañar a
Sirius, hay que prevenir.
- No sé qué tal habrá ido. Las raíces de trócolo estaban un poco secas.
Saca una botella del bolsillo. Pequeña, con tapón de corcho. Dentro habrá más o menos un chorrito
de un líquido transparente, inoloro e insípido que se disuelve en pocos segundos.
- Es que...
- ¡Peter!
- Funcionará – asegura. - Sí. Tal vez no mucho tiempo. Dos o tres horas.
- Suficiente.
Más que suficiente. Es la víspera del baile. Y James calcula las horas que le quedan al bastardo de
Sirius Black antes de confesar quién le gusta y ser víctima de su propia medicina. La poción de
veritaserum parece inofensiva y James se la guarda en el bolsillo con una sonrisa que no lo es en
absoluto.
Daniel camina en silencio. A Remus le gusta eso. No tener que hablar. Es agradable. Disfrutar del
silencio de los pasillos.
- De verdad que lo siento, Daniel – dice cuando reúne el valor. - Ha debido ser muy incómodo para
ti.
- No ha sido para tanto- concede, con una mirada intensa. - Y no ha sido por tu culpa.
No, ha sido por culpa de Sirius, en quien Remus no puede dejar de pensar, a quien Remus querría
dar con un palo en las costillas y sabe que no sería capaz porque nunca es capaz de enfrentarse a él
con la verdad. ¿Cuánto tiempo llevas posponiendo el momento de hablar con él? Es como si fueran
años.
- Sirius es muy guapo – dice Daniel de manera sorpresiva- eso no se puede negar.
No es un cumplido, exactamente, más bien una constatación. Fuma con delicadeza, masculino, pero
no demasiado, tiene una invitación en la mirada. Remus nota que enrojece.
- Sirius es... – guapo, sí, se podría decir que sí, no le gusta hablar de eso. De lo guapo que es Sirius
y de cómo le afecta su presencia. Hablar de eso le hace sentir vulnerable. Lo evita. – Atrae mucha
atención, realmente.
- Sí, ya me he fijado.
- Sirius es... él no es... es muy... santo dios, normalmente soy una persona capaz de articular más de
una frase, de verdad. Quiero decir que su manera de tratarte no tiene nada que ver contigo en
realidad, si es que eso es una disculpa, que no creo que lo sea.
- Lo sé. Me trata así por ti. Te mira con más intensidad de la que emplea la mayoría de la gente para
hacer el amor. Me alegro por ti, aunque es él el que debería dar las gracias.
Se despide sin ceremonias, con un apretón de manos que parece a punto de alargarse pero no lo
hace. Lleva carísimas ropas hechas a mano y todo en él es aristocrático y elegante, como lo sería en
Sirius si no hiciera esfuerzos constantes por jurar en vano y borrar cualquier rastro de su origen.
Vuelve a Gryffindor suspirando, preguntándose el origen de su debilidad por Sirius.
No encuentra respuesta. Lo único que encuentra es la pregunta misma en forma de una presencia
repentina en las escaleras comunes. Una presencia que huele a ducha y mal humor, tira de él y le
arrastra sin contemplaciones hasta la pared más cercana y menos iluminada y acalla cualquier
protesta con un beso abrasivo, que le deja los labios en carne viva.
(…)
Díselo
El baile. No se habla de otra cosa en Hogwarts. Queda un día. Chicos y chicas, desde cuarto hasta
séptimo debaten qué ponerse, agonizan con las pequeñas decisiones como dónde debería ir el pelo y
si su pareja saldrá corriendo cuando vea que les ha salido un grano y han amanecido con manchas
en la cara. Todos, excepto los que no tiene pareja. Remus y Lily pasean por los jardines exteriores, a
pesar de la inminente ventisca. Diez minutos más escuchando cacareos femeninos y Lily hubiera
tenido que suicidarse. Claro que tal vez tenga que suicidarse de todos modos, visto que su mejor
amigo, que parecía inteligente y sensato, ha resultado ser tonto del haba.
- Remus, esto es el colmo. No, espera, es lo que hay cuando llegas al colmo y coges un autobús y
sigues avanzando. Es ridículo. ¡Dijiste que hablarías con él hace días!
Frustrada, Lily siente el deseo de darse de cabezazos contra la pared. Los hombres llevarán al
mundo al apocalipsis con su propia y legendaria estupidez. Cuando las mujeres se cansen de
salvarles. Atraviesan el jardín y entran al colegio a guarecerse del viento. Es sábado y no tienen
nada que hacer, así que caminan y acaban subiendo a la torre de Astronomía, para escuchar el tic tac
del reloj y ver el paisaje, que pronto estará nevado.
- Remus, de verdad que no lo entiendo. Crees que Sirius te engaña pero no eres capaz de decírselo y
sigues con él. No lo entiendo.
No lo entiende en la torre de Astronomía, ni en largo puente de madera que separa el colegio de los
jardines, no lo entiende porque Remus guarda silencio en las afueras del invernadero, y en el lago
cuando pasan un rato viendo los nenúfares. No lo entiende, de hecho, hasta que su recorrido por los
pasillos les lleva hasta la habitación de los chicos, a recoger unos libros para devolver en la
biblioteca. Allí, Remus mira por la ventana a algún punto en el que solo él está viendo algo y con
los libros en la mano, suspira despacio, frunce el ceño. Se lo explica.
- Es como una travesura para él, Lily. Algo divertido y diferente. Un secreto entre él y yo que ni
siquiera le cuenta a James. Algo que posiblemente haría enfadar a su madre. La última gran forma
de rebelarse. Y si sospecha que es otra cosa para mí, que es... – se le quiebra la voz un segundo y
tose para aclararse la garganta- si le atosigo, le espantaré.
Lily no sabe bien qué decir. Pero si tuviera que empezar a enumerar cómo se equivoca, no acabaría
nunca.
- No entiendo cómo te tienes en tan baja estima. Ni siquiera un cabeza de chorlito como Sirius
puede pensar que eres algo menos que extraordinario.
Remus solo tiene diecisiete años, una madre moribunda, pelo pajizo y de aspecto debilitado, ropa
que siempre le queda demasiado grande y necesita un remiendo, una larguísima nariz y cierta caída
de ojos lánguida, una compostura algo femenina y un tono de voz demasiado nasal. No tiene ni ha
tenido o tendrá nunca dinero en los bolsillos y no sabe que no hay nada en él, ni una migaja de
Remus Lupin que no merezca ser amada con desproporcionado coraje, con titánico entusiasmo.
No ha hablado más en serio en toda su vida. Sale de la habitación decidida, con Remus pisándole
los talones.
Algún día, suele oír Sirius a menudo, tendrá que recoger lo sembrado. Algún día, le dicen
McGonagall y Filch y el resto de profesores, una de esas inteligentes artimañas que urde en contra
de los desprevenidos y los inocentes, le estallará en la cara. Un montón de mierda, claro. Es lo que
Sirius siempre ha pensado de todas esas advertencias a las que nunca ha hecho caso. Lo dicen para
mantenerle a raya pero van listos. Sirius es más listo, más hábil y siempre controla sus gamberradas
y nunca le salen mal.
Excepto cuando le salen tan mal que todo se va a la mierda, en décimas de segundo.
Todas las navidades Sirius se las apaña para colarse en Slytherin y dejarles algún regalito sorpresa.
cacas de hipogrifo en su salón, ¡sorpresa! Sus camas en la nieve de los jardines exteriores,
¡sorpresa! Sus zapatos llenos de grillos, ¡sorpresa! Esas cosas. Ese año tiene preparado algo un
poquito más sofisticado. Está en séptimo, y es su última Navidad. Cree que se merecen algo grande,
algo como Severus Snape amaneciendo la mañana de navidad colgado del árbol en el gran comedor.
Algo así.
Así que se pone la capa, convence a James, se meten dentro y se dirigen a Slytherin sin hacer ruido.
Se encuentran con Filch de camino, le pisan la cola a la señora Norris, se burlan de Peeves sin que
el fantasma sepa de dónde viene el ruido, esas cosas. Sin problemas, hasta que oyen a Lily. Y a
Remus. Hablando. De camino a la biblioteca, con libros bajo el brazo y tan metidos en la
conversación que permanecen ajenos a cualquier otra cosa.
James quiere seguirles. Sirius le para en seco, tienen cosas que hacer en Slytherin y no pueden
dedicarse a seguir a Lily a donde quiera que vaya solo para oler su perfume.
Sirius tiene que hacer grandes esfuerzos por retenerle físicamente. Pero consigue hacerlo. Se
quedan quietos en el pasillo, hasta que Remus y Lily se pierden en la distancia. Cuando sus voces se
han apagado por completo Sirius está quieto, inmóvil. Petrificado.
Sí.
Pero no le salen las palabras.
A Sirius le pitan un poco los oídos. Un poco. Como si fuera a caer enfermo.
- ¿Qué?
Y de pronto está sudando y es como si todo lo que dice James llegara de muy lejos, realmente muy,
muy lejos. Le cuesta prestar atención.
- Ese chico del que Remus está enamorado, ¿no lo has oído?
Sí.
Sí, lo ha oído.
No sabe por qué porque preferiría no haberlo hecho pero lo ha oído perfectamente.
No.
Quiere quedarse allí, quieto, tan quieto que no tenga que respirar, ni volver a hacer nada, o a sentir
nada. Se le ha revuelto el estómago o eso cree porque nunca le había pasado antes. Se comió un
pavo entero una vez en Navidad y no sintió nauseas. Ahora cree que podría vomitar. Vomitarle a
alguien, si es posible. A Remus, probablemente.
O casi mejor a ese chico del que hablaba Remus con Lily. No deja de escucharles. En su mente. Las
tres frases que ha oído le dan vueltas.
- ¿Y si...?
- Remus –le interrumpe-, no tienes por qué conformarte con una relación basada en el sexo. Así
que no te conformes. Te mereces más de lo que tienes ahora.
Sí, claro. Claro, sí. Remus se merece lo que él quiera. No solo sexo. Claro. Sí. Y le quiere, a
alguien. Bueno, a un chico. ¿Y por qué va a conformarse con sexo con Sirius cuando podría tener
algo más con otro? Lily tiene razón, qué tontería.
- No.
Sale de la capa sin preocuparse de que alguien pueda verle. Le arde el pecho. Un dolor, una presión
dolorosa. Tan dolorosa de hecho, que no para de gemir, que le amenaza con hacerle añicos por
dentro, hasta que Sirius reacciona y convierte ese dolor en la única sensación con la que está
acostumbrado a enfrentarse.
Rabia.
Así que Remus quiere a otro. No sabe quién. Daniel, probablemente. Así que solo sexo. Quería
hablar con él, antes del partido. Probablemente para decirle "ha estado bien, me encantaría que
siguiéramos siendo amigos pero no podría conformarme contigo, Sirius, compréndelo".
Sí, claro.
La rabia le asfixia, como una enfermedad vírica. Sirius es inestable en condiciones normales.
Sentirse engañado por Remus no son condiciones normales, sino un estado de excepción sin
precedentes.
Disparar a matar
Es muy raro todo. Muy, muy raro. Debe ser que el Baile de Navidad vuelve tarumba a la gente
porque Peter no recuerda haber bebido nada, ni haberse fumado uno de esos cigarrillos aromáticos
de Sirius y sin embargo, no entiende un pito de lo que está pasando. El sábado por la mañana todo
parece normal, Sirius y Remus discutiendo medio en broma, James planeando su gran conquista
sobre Lily, la gente todavía felicitándoles por el partido. Todo normal. Y el sábado por la noche,
todo es distinto y Peter mira y piensa pero no acierta a entender qué diablos habrá pasado.
El caso es que está en la Habitación Común. Hasta ahí todo normal. Jugando al ajedrez mágico con
James, que ha encantado los peones para que se parezcan a Snape y digan "¡mierda!" cada vez que
se los comen. Y Sirius, aunque no parece especialmente feliz, está sentado en la mesa, leyendo
"grandes maestros del Quidditch y las juergas que se corrieron". Releyendo, más bien. O bueno,
mirando la misma hoja durante la última media hora, en realidad.
Tiene esa expresión ceñuda pero Peter piensa que Sirius casi siempre tiene esa expresión ceñuda,
así que tampoco le extraña mucho.
Todo normal.
La gente nerviosa por el baile y eso pero Peter no. Peter está bastante tranquilo porque por primera
vez en años, James y Sirius van a ir solos, ¡como él! James porque no se lo quiere pedir a Lily pero
quiere que ella se lo pida. Y Sirius porque... bueno, Peter no sabe por qué. Solo sabe que se lo
preguntó porque le extraña y él dijo que no llevaría a ninguna chica y que era el último año y había
que darle una celebración épica, "solo entre chicos". Parecía terriblemente excitado por esa
posibilidad. Con ese vigor malévolo, tan de Sirius.
Total.
Que las cosas están así cuando todo empieza a ser terriblemente raro.
Su reina está meditando qué hacer con el caballo cuando entran Remus y Lily a la habitación
común. Ambos parecen realmente... bueno, raros, la verdad. Un poco incómodos o algo. Y se
acercan a la mesa, donde descansan el tablero y las botas llenas de barro de Sirius. Ahí es cuando
ocurre el primer hecho extraño. Cuando Lily dice "¿Puedo hablar contigo, James?" y James, del
susto, da un respingo y en vez de mover el caballo, mueve el tablero. Las piezas protestan y vuelven
a su sitio quejándose por el maltrato que reciben.
James balbucea algo. Sirius sigue con su cara de pocos amigos. Y Remus no hace nada, lo cual
parece irritar un poco a Lily que habla por él y dice "Sirius, Remus tiene que hablar contigo". La
segunda cosa realmente, realmente rara es que Sirius no se marcha corriendo con Remus haciendo
un chiste sobre lo blanco que se ha quedado James, sino que se limita a seguir mirando su libro.
- No- dice. Como si fuera normal. Como si dijera "no" a Remus alguna vez.
Peter no se fija en la cara de Remus en ese momento porque su reina se ha confundido de casilla al
volver y tiene que moverla él mismo. Pero oye a Lily insistiendo que solo será un segundo. Peter
está seguro de que Sirius irá. No por educación porque eso a Sirius le importa bastante poco. Sino
porque es evidente que Remus quiere hablar con él y debe ser algo gordo si no se atreve y tiene que
traer a Lily de portavoz.
- En otro momento.
Sirius no se mueve. Y no parece enfadado, gritando y todo eso, sino gélido. A Peter... bueno, no es
algo que vaya diciendo por ahí pero a Peter le asusta un poco cuando Sirius se pone así. Como si
estuviera tan enfadado que se hubiera quedado totalmente tranquilo. Como si no tuviera
sentimientos pero estuviera a punto de romper un caparazón de calma y asesinarles. Sí, ese Sirius
asusta. Cuando se pone así, no suele ser con Remus, la verdad. Es muy, muy raro.
No hay quien se concentre en el ajedrez. La reina de James está empezando a limarse las uñas.
- No es que sea asunto tuyo, Evans, pero la verdad es que James y yo hemos quedado. Y al
contrario que vosotros no con un par de libros.
Raro, una vez más. No solo porque Peter no supiera nada, sino porque James recupera el color de
manera repentina, mira a Sirius con los ojos como platos y su tono de voz cuando pregunta "¿hemos
quedado?" es demasiado agudo para alguien que sabe qué está pasando. A Peter le consuela saber
que no es el único que no se entera. A lo mejor es que Sirius ha planeado algo para que Lily se fije
más en James. Lily no parece muy feliz. Así que Sirius explica, como si estuviera hablando con un
grupo de críos retrasados que es lo lógico salir a dar un paseo con tu pareja antes del baile.
Cuando Sirius dice "paseo" no es como cuando el resto del mundo dice "paseo". Dice "paseo" y
quiere decir que harán algo más que pasear.
- ¡Es tan mono! – exclama. Y después, - ¡iba a ir con Elmert de Ravenclaw, pero que le den a ese
empollón!
Y sale corriendo, diciendo algo sobre su vestido y cómo tiene que pensar en qué peinado va a llevar.
Raro, es muy raro y excepto Sirius, que lee tranquilamente y dice "es muy entusiasta", todos
parecen compartir la sensación de que lo es. Remus tiene ese aspecto como anterior a la luna llena,
debilitado, como si fuera a borrarse o tuviera dolor de estómago o algo así.
Algo rarísimo pasa y Peter se siente como el único capaz de hacerlo notar.
Porque está empezando a pensar que todos se han vuelto tarumba y peor, ¡que tendrá que ir solo,
como todos los malditos años!
- James ya tiene pareja, Colagusano. Y tú llevas ese traje, junto al que nunca dejaría que me vieran.
Como comprenderás no voy a ir a un baile solo con Remus. No quiero que la gente se lleve una
impresión equivocada. Te ven con un... – Sirius levanta la vista del libro y taladra a Remus con una
mirada tan desprovista de todo tipo de sentimientos que Peter siente escalofríos- ...bueno, no se trata
de espantar a las chicas, Lunático.
- Sí, claro. – Remus se aclara la voz, y Peter cree que algo terrible le pasa porque bastaría un
soplido para derribarle. Es tan raro todo. – Naturalmente – dice Remus.
Y eso es todo. Antes de que las piezas se hayan amotinado y los pequeños peones en forma de
Snape se hayan arrancado todos los pelos, Lily y Remus se han marchado, Remus sin mirar atrás y
Lily lanzando duras miradas en dirección a la mesa.
Las piezas tienen formada una batalla campal en la que parece que ganan los caballos mientras la
reina chilla y pierde toda su regia compostura. Sirius lee como si nada de lo que acaba de ocurrir
fuera especialmente interesante. Y James lo resume casi todo, cuando le pregunta lo bastante alto
como para que incluso los alfiles le hagan callar, qué es lo que le pasa.
- ¡¡¡SE PUEDE SABER QUÉ COÑO DE HIERBA ALUCINÓGENA JODE CEREBROS TE HAS
FUMADO??
Peter se pregunta qué habrá pasado y si tendrá que espiarles a todos de noche y a escondidas para
enterarse porque no parece haber otra manera, maldita sea.
- Así que vas a ir al baile –le pregunta esa noche a James- con una chica de la que no sabes nada a
pesar de que quieres ir con Lily porque Sirius se lo pidió, aunque tampoco sabes por qué. – Como
toda respuesta, James gruñe y hunde la cabeza en la almohada. - ¿Y qué pasa con lo del
veritaserum? ¿Todavía quieres dárselo a Sirius?
- ¿Dárselo? – saca la cabeza de la almohada como si le hubiera dado calambre y parece, caramba,
furioso. – Voy a ahogarle en veritaserum hasta que confiese y cuando lo sepa todo, incluido el
nombre de esa chica que le está haciendo perder el seso, te juro, Peter, que se arrepentirá del día en
el que le salió pelo en el pecho y se puso a pensar en chicas.
(…)
Uno
Atada a su brazo como un felino satisfecho. Sabine se siente como la reina del colegio cuando
Sirius y ella se abren paso entre la multitud.
Dos
Veinte segundos después entra James Potter, soplando –resoplando en realidad- para que el flequillo
deje de molestarle al caer sobre la frente. No tiene mucho éxito. El flequillo ha heredado su terca
obstinación. Cae una y otra vez sobre el marco de las gafas. Nunca llega a ocultar la mirada limpia
y preocupada que otea en todas las direcciones para buscar a cierta pelirroja con mucho carácter. No
puede evitar que sus pies se muevan al ritmo de la música dentro de los zapatos. Su pareja le lleva
delantera. Mueve las piernas al compás de una sonrisa contagiosa.
- Canuto- le asalta antes de que los trompetistas se animen a unirse al sonido de la Big Bang. - ¿Te
apetece beber algo para celebrar la Navidad?
- Qué amable, James – sisea Sabine, todavía amarrada a su brazo. - ¿Has traído otra para mí?
- Er... – lo duda un segundo, antes de darle la suya –claro- y alejarse de ella, al ritmo de esa canción
cuyo título sigue sin ser capaz de recordar.
Tres
La canción que está sonando se llama "Sing, sing, sing". Lily no lo sabe pero le gustaría mucho la
melodía si estuviera de mejor humor. Le encantaría Benny Goodman al clarinete, si pudiera
prestarle atención, pero la desbordante melancolía de Remus cuando ve entrar a Sirius en el salón y
se marcha hirviendo de tristeza a tomarse un ponche se lo impide.
Maldita sea el jazz y maldito sea Sirius Black. Lily se abre paso entre la gente hasta él, chocando
con las parejas que bailan azuzadas por esa membrana de la batería, que golpea y respira y no les
deja un segundo para respirar.
- Tengo que hablar contigo, Black- un empujón en la dirección correcta y Sabine grita "¡hey!" y
luego "¡au!". – Perdona, Sabine – dice Lily sin sentirlo en lo más mínimo. – Seguro que no te
importa que te lo robe un segundo.
Y sin darle tiempo a protestar, arrastra a Sirius lejos de una Sabine, visiblemente irritada, furiosa
como un trompetista sudado. Sirius opone cierta resistencia pero Lily está decidida y en mitad del
salón de baile, metidos en ese corazón palpitante que late y baila y y suda a su alrededor, le dice
exactamente lo que piensa de su pareja y de su repugnante actitud. En esencia, que ambos dan
PENA.
- ¿Haces daño a la gente a propósito o es algo que ocurre accidentalmente cuando tú estás cerca por
una especie de onda de negatividad que emites? – Sirius murmura "no te sigo, Evans" y amaga con
marcharse. Lily le retiene sujetando uno de esos brazos musculosos que abarcan mucho más que su
mano. – Oye, Remus lleva suspirando desde ayer y tú has venido con Sabine, o sea que es evidente
que estás desesperado.
Como si la canción que suena no fuera con él, Sirius resopla, y con un hay que reconocer que tienes
gracia, Evans se prepara para tomarse su primer trago de la noche. Imagina que, visto el panorama,
será el primero en una larga, larguísima lista. Pero se equivoca, porque Lily le arranca la botella de
las manos, con un contundente.
Cuatro
El swing es un pulso ágil, que apenas da tiempo a respirar y te obliga a mover los pies contra tu
voluntad. La conversación se vuelve imposible, en parte por la música, en parte por Sabine, que
aparece de pronto para acaparar de nuevo a su pareja. Los saxos empiezan un sudoroso caminar
negruzco. Sabine está enfadada. Y todo su enfadado es para Lily.
- Podrías tener tu propia pareja, Lily- escupe con rabia- si no fueras tan quisquillosa.
- Claro, sí, cómo no. Pasar diez minutos magreándome con un jugador de Quidditch pagado de sí
mismo en el invernadero para luego poder contar lo maravilloso que fue durante los tres siguientes
años. No sé cómo podría pensar en otra cosa. Es el sueño de mi vida.
Se marcha en mitad de un solo de batería, refunfuñando. Antes de que se gire, Sirius recupera de
sus manos su botella de cerveza de mantequillla. O lo que Sirius cree que es su botella y en
realidad, es la que Lily ha cogido un rato antes para ella.
Cinco
Remus lleva un rato alejado del ruido. Con la cara apoyada en las manos y las manos en la
barandilla del piso superior. Se trata de una especie de balaustrada fuera del salón, en las escaleras.
Una atalaya improvisada desde donde Remus escucha y puede ver el baile, y ahogarse en un solo de
clarinete sin que nadie le moleste. O casi nadie.
Una voz femenina interrumpe su melancólico soliloquio interior. Una chica delgada, de piel clara
como la luna, ojos de un castaño profundo que parecen agobiados. Mira como él desde la lejanía,
algo en su compostura calmada le hace sentir automáticamente a gusto. Despierta cierta simpatía la
depresión ajena. Hay que admitirlo.
- ¿Cuál es el problema?
Están en una semi penumbra. Cuando la chica da un paso al frente, el problema se revela en toda su
gloria. Lleva un vestido que nadie de su edad debería llevar. Algo pensado para una niña con
demasiado azúcar encima. Rosa, pero de un rosa que insulta al rojo y al blanco cuando se mezclan.
Es peor todavía. Es rosa con lazos. Es rosa con lazos, un punto de nido de abeja en el pecho y
elefantes rosas, elefantes rosas voladores en la falda. Se mueve entre los volantes, vuelan y agitan
las trompetas.
- Me veo inclinado a pensar que has sido forzada con algún hechizo impenetrable para llevar eso
contra tu voluntad.
La chica parece enfadada, aunque no con él. Remus hace un esfuerzo por recordar su nombre pero
no acaba de tenerlo claro. Pero la conoce, eso seguro. A lo lejos, el clarinete. Más cerca, la chica
cuyo nombre no recuerda, admite que han sido sus padres los que han elegido su ropa y no puede
darles esquinazo porque su madre está abajo. Dumbledore la ha invitado a dar clase y no hace falta
que diga mucho más. Remus distingue a la profesora Úrsula Esdrújula en los elefantes conjuntados
de perfectísimo rosa.
- No es tan terrible – trata de consolarla. – Hay tragedias peores. – Pero entonces mira hacia abajo.
Y ve los calcetines. Rosas. Examina la cara de la chica que censura cualquier intento por consolarla
con una expresión de hostilidad altamente eficaz. – Es terrible.
- Es peor. Mis bragas tienen elefantes. La pena es que no se mueven, por lo menos pasaría el rato
entretenida.
Por primera vez desde la noche anterior Remus ríe con ganas. Por primera vez desde que Sirius
decidió inyectar nitroglicerina en su corazón y hacerlo estallar desde dentro. Lo agradece tanto que
en un acto reflejo saca la varita, murmura, agita y con un suave soplido de clarinete, hace
desaparecer los elefantes, aumenta el largo del vestido, adiós a los calcetines y solo queda un traje
blanco, aceptable. Bonito.
Bajan las escaleras juntos, animados por el swing, swing, swing. Remus solo espera no tener que
cruzarse con cierta cara conocida, abofeteable, de una belleza animal y despiadada.
Seis
No tiene muchas posibilidades, ésa es la verdad, porque Sirius Black está entretenido en el cuarto de
baño, alargando el rato antes de tener que volver con su pareja. No recuerda si Sabine siempre fue
tan estúpida y de algún modo, su mente ha borrado esa valiosa información o si es el tiempo el que
ha hecho mella en su cerebro y la ha incapacitado para mantener una conversación mínimamente
interesante. En todo caso, la cruda realidad, es que su pareja es insoportable y está empezando a
lamentar que apareciera ella cuando decidió invitar al baile a la primera chica que se cruzara en su
camino. Cada vez que se abre la puerta teme que sea ella, invadiendo el baño de los chicos y
preguntando por él con esa vocecita insoportable.
Se da pena. Escondido en el baño como un colegial mientras los metales se unen a la orquesta y el
baile empieza a sonar frenético. Se decide a salir en honor al viejo Godric y enfrentarse al horror
que le espera. Van cinco cervezas de mantequilla y no se siente ni siquiera levemente borracho. Es
una desgracia. Debe ser ese martilleante dolor en el pecho lo que no le deja emborracharse. O eso, o
el swing. Insistiendo dum, dum, dum en su pecho, sin dejarle casi respirar.
- ¡Joder!
Siente una especie de bofetada, como si una enorme pared de agua le hubiera dado en la cara y
obligado a retroceder un par de pasos. Es un dolor repentino y que desaparece pronto. Sirius se
pregunta con qué narices ha chocado y por qué no lo ha visto. Tiene que ser magia. Ordena
"revélate" con su mente y sin palabras. Satisfecho de sí mismo por un segundo. Puede que sea una
verdadera nulidad como persona pero sigue siendo el mejor de su clase en encantamientos sin
varita. Lo que se revela ante sus ojos es una pared invisible de agua y risas en un rincón. Lo
siguiente que ve es que la pared desaparece, las risas se esfuman y una panda de críos que deben
estar en quinto se esfuman corriendo.
- ¡Eh, tú! – Van listos si creen que se la pueden dar a él. Esta vez saca la varita. En el salón
distingue ese sonido patoso y físico de los trombones. En el rincón, los críos, que no son tan críos
cuando se les mira de cerca, se paran en seco. Tarda tres segundos en identificar al líder. Es el único
que no escapa corriendo y se da por aludido con su poco amigable "eh, tú".
Solo que no es un líder, sino una líder. Que permanece quieta y de espaldas, como si quedarse así
fuera a librarle de la que le espera. Es más bajita que él, debe estar en quinto y cuando se da la
vuelta lentamente, lo hace tratando de aparentar que la cosa no va con ella. Tiene suaves rizos
morenos y va lista si cree que Sirius Black no distingue a un gamberro nato cuando lo ve. Suenan
no solo trombones, sino los trombones más vibrantes del mundo.
- Eh, tú- ladra Sirius de nuevo- ricitos. ¿De qué iba eso?
- ¿Perdona?
Negar la mayor. Sí, eso es lo que Sirius hubiera hecho. Es lista. Con las listas lo mejor es poner en
entredicho su inteligencia.
Se ofende inmediatamente.
- ¡Me lo he inventado yo! Me invento mis propios hechizos, Black, no tengo por qué copiárselos a
nadie.
Da dos, tres, cuatro pasos hacia ella. Hasta ponerse casi nariz contra nariz. Le ha llamado Black. Así
que sabe quién es. Y aún así ha roto la regla no escrita de Hogwarts de meterse con él. Se mete con
alguien mayor. Se mete con el tío con el que nadie se mete. Está claro que es temeraria. Puede que
le caiga bien. A cinco centímetros de ella, se baten a duelo, a ver quién es el primero que baja la
mirada. Sirius no lo hace, pero la chica tampoco.
Lleva la bufanda de Gryffindor y su túnica con el escudo. Pantalones vaqueros. Ropa muggle.
Zapatillas de deporte. Era un buen hechizo el de la pared. Odia a Slytherin.
- ¿Sabes quién soy, ricitos? Porque en este colegio nadie se mete conmigo si no quiere meterse
conmigo. Y nadie se mete con Slytherin, sin mi permiso.
Bien pensado. Gryffindor. Bonitos rizos. No se achica. Lo de la pared no ha estado mal. Un hechizo
invisible, esos no son fáciles. Visible rencor hacia todo lo Slytherin que se mueva. Está en cuarto, le
quedan tres años de colegio y hay que admitir que aunque Sirius odie dejar Hogwarts, alguien tiene
que amargar a Filch y darle trabajo a McGonagall.
La chica de los rizos se enciende con una sonrisa de terribles intenciones y Sirius le ladra una vez
más, porque uno no cultiva una fama de malas pulgas durante siete años para echarla a perder en un
segundo, por mucho que le conmueva el hecho de que el futuro esté en buenas manos.
- Que sea la última vez que alguien encuentra divertido meterse conmigo, ¿estamos?
En otra situación, la habría hechizado para que saliera volando por la ventana. Pero el problema es
que le gusta esa chica. Así que se aguanta una sonrisa antes de irse.
Se llama Eleónida, un nombre familiar con el que los suyos llevan honrando a Gryffindor
exactamente treinta y tres generaciones pero Sirius nunca lo sabrá.
Siete
En el momento en el que swing gira con el tin, tin, tin de los platillos, se encuentra de bruces con
James. Su amigo lleva su cara dispuesta, la expresión más decidida que tiene, esa que dice "quitaos
de en medio, que llega Potter". Le quita la botella de las manos inmediatamente. Parece satisfecho
cuando ve que está casi vacía. También parece idiota porque le hace la misma pregunta por
millonésima vez.
Sirius resopla.
Los metales trompetean al ritmo del corazón de James. Sirius le ha vuelto a mentir. ¡Otra vez! Es
imposible. La botella está vacía. Así que le hace una pregunta de control, algo para asegurarse de
que Peter no preparó una tila en lugar de veritaserum. Le pregunta si le cae bien Severus Snape.
Cuando Sirius se pone sarcástico y afirma que le quiere con locura y desea poder amamantar
personalmente a sus grasientos y narigudos hijos, James huele la botella. Es una estupidez porque
sabe perfectamente que el veritaserum no huele. Murmura que no puede ser y cuando Sirius se cae
del guindo y le pregunta qué es lo que no puede ser y qué se supone que tenía que haberse bebido,
James confiesa. Claramente abatido. Odia que los planes salgan mal.
- Veritaserum, teóricamente. Menuda poción de mierda. Voy a estrangular a Peter con mis propias
manos.
- Mi botella, Potter- afirma Sirius haciendo un poco de memoria- tiene que tenerla Lily.
- Exacto.
James desaparece tan rápido que crea una corriente de viento al pasar.
Ocho
Es, James Potter, una de esas personas que creen en la verdad a tirones, a tortazos, a mordiscos. De
los que opinan que sí, es mejor saber la verdad que una mentira piadosa en cualquier circunstancia.
Remus le dijo una vez que era un kamikaze emocional y James no entendió un pito pero imaginó
que, como siempre, tenía razón. El hecho es que sabe que Lily ha tomado veritaserum y no se
plantea nada más. Sabe que ha llegado al fin el momento, su momento de la verdad. La distingue
cerca del gramófono, la distinguiría en cualquier parte, en mitad de una guerra. Rojo fuego, todo
fuerza y esa luz que emana, que le arrastra como un idiota. No pierde tiempo en preliminares. Lleva
una botella casi vacía en la mano. James toma aire. Lleva una, o en realidad, varias vidas esperando
un momento que ya ha llegado.
- Lily. – Ella se gira inmediatamente. A James le trompetea el corazón. - ¿Querías que te besara en
la despensa de los elfos?
Ahí está. El veritaserum no puede dejarle mentir. James sabe que quería ese beso. Lo notó, lo sintió.
- No.
Ocho
- ¿Qué?
- No, Potter. Y yo que tú me movería al centro de la pista porque tu pareja te está esperando.
- Espera. No. Lily. ¿Cuándo le hacemos algo como robar su ropa interior a Snape crees que es
inmaduro o gracioso?
Una pregunta de control. No se ha tomado el veritaserum. Seguro. Dirá que es inmaduro, aunque
James le pilló una vez sonriendo detrás de una mirada severa.
Parece confusa. Es la primera vez que confiesa haberle encontrado gracia a una de sus gamberradas.
James no tiene capacidad para explicarle que está bajo los efectos de una poción que le ha obligado
a decir la verdad. Porque la verdad es que Lily Evans no, NO quería que James la besara. Nunca ha
querido. La respuesta es no. Todas las esperanzas que ha puesto James en el resto de su vida no, NO
se van a cumplir. Nota que se desploma su expresión. Es raro lo que se siente cuando se le parte a
uno el corazón. Es raro poder seguir caminando y hablando, volver donde tu pareja, como si
realmente siguieras vivo cuando en realidad no lo estás. Es raro seguir oyendo el swing. Y es raro
que cuando Luminora, de Hufflepuff, le mira con ojos chispeantes y le pregunta si está bien,
comprenda que ha llegado el momento de confesarse.
- Verás- empieza. La pobre tiene derecho a que no le mientan. Y qué más da si se enfada, de todas
formas su vida ha llegado a su fin. – En realidad no te invité yo, sino Sirius. Y lo único que
pretendía era poner celosa a Lily. Bueno, es que… me gusta Lily.
Espera una reacción dramática. Espera decepción. Espera rabia. No espera un golpecito en el brazo
y que le quite importancia.
- ¡Ya lo sé, hombre! Me lo contó Aurelia de Ravenclaw, que no es muy amiga mía pero es muy
amiga de Berenice, de Hufflepuff, que sí es muy amiga mía y estábamos chafardeando un poco, el
año pasado, Berenice y yo y vino Aurelia y ella nos lo contó todo porque aparentemente se lo contó
alguien en Gryffindor. ¿No te encanta esta canción? ¡Es que se me van los pies!
No solo los pies. También se le van los brazos. En concreto hacia James, obligándole a bailar al
ritmo del swing y de los metales.
- Entonces, ¿no te importa que te haya traído para ponerla celosa?
- Hay que aprovechar las ocasiones, James. Y mira, lo que siempre digo. Si tienes que hacerlo,
hazlo bien.
Antes de que James se dé cuenta está besando –siendo besado más bien- por Luminora Lonlashes,
de Hufflepuff.
Nueve
Remus ve el beso desde un lado de la pista de baile. En extremos diferentes del comedor, Sirius y él
coinciden en un mismo pensamiento. Que se trata de la última y patética estrategia de James para
poner celosa a Lily.
En realidad, es Remus el que piensa que es una manera patética de llamar la atención. Sirius cree
que no está tan mal. Y puede que sean las cervezas que se ha tomado. Seis o siete, ha perdido la
cuenta pero por qué no. Eso de los celos no tiene mala pinta. El único problema es que poner celoso
a Remus es una tarea titánica. Primero porque Remus es inalterable. Segundo porque Remus tiene a
otro tío. Y tercero porque nadie, mucho menos alguien inteligente, podría ponerse celoso de Sabine.
Lleva diez minutos hablando de sí misma y de su vestido y de su peinado. Durante esos diez
minutos Remus Lupin ha estado hablando con una chica vestida de blanco. Tomando algo.
Riéndose de vez en cuando. Feliz. Ja ja. Contento.
- ¿Sabes qué? – dice de pronto procurando que Sabine no le siga al levantarse de su asiento. –
Aunque te hubiera invitado por las razones correctas y créeme que no lo eran, habría sido una mala
idea. Y te lo dice alguien que sabe mucho de malas ideas.
Y con eso procura que Sabine, de Gryffindor, entienda, si es que su cerebro da para eso, que si
alguna vez fueron una posibilidad, no lo volverán a ser nunca. Y que ese nunca va en mayúsculas,
subrayado y con letras de neón. Se despide sin despedirse, se larga en una bocanada de rabia y
malas pulgas. Echa un vistazo en el gentío. La mayoría de la gente ya tiene pareja y están en pleno
ritual de baile- guión- apareamiento. Mierda.
Treinta segundos y distingue una cara familiar. Que le debe un favor. Así que se interpone en su
camino.
- Hola, ricitos.
Es una línea muy débil, mucho más que el sonido musical de los clarinetes, la que separa una
seducción canina de una agresión animal. Sirius se mueve en esa línea como en todas, al límite.
Sabiendo que puede caer al abismo en cualquier momento. Sin red. El que no se arriesga, cree
Sirius, no vive. Así que se asegura de estar en el campo visual del gilipollas de Remus y saca lo
mejor de su repertorio. Invasión del espacio personal, sonrisa castigadora, voz un poco más grave -
antes se me ha olvidado darte una cosa-, mirada llena de segundas intenciones y aprovechar el
momento en el que ella se da cuenta de lo que va a pasar –ese breve "oh" en la mirada- para hacerlo
sin darle tiempo a cambiar de opinión.
Una cosa que hay que decir de los besos, es que son mucho mejores cuando se dan por los motivos
adecuados pero incluso cuando se dan por los equivocados, suelen estar bastante bien.
Especialmente si los da Sirius Black.
Diez
Lily realmente no da crédito. Primero, que James crea que besar a alguien de quien seguramente ni
siquiera recuerda el nombre, va a darle celos es patético. Patético. Y qué si parece que ambos
cierran los ojos y se dejan llevar por la música y parecen disfrutarlo. Sigue siendo patético
igualmente. Segundo, que Sirius haya seguido su lamentable ejemplo es patético elevado al
cuadrado. ¿Qué cree? ¿Que Remus va a sentir, qué? ¿Una especie de rabia mezclada con mal
humor, mezclada con pena, mezclada con angustia en la boca del estómago? Va fino. El salón es un
ir y venir de pies hechizados por el swing y Sirius tiene la cara de despedirse de su nueva amiga y
dejarla petrificada como si tal cosa, posiblemente preguntándose qué acaba de pasar. Pobre chica.
No es que parezca especialmente disgustada, más bien se diría que ese suspiro suyo es más de
satisfacción que otra cosa, pero eso es porque no sabe lo idiota que es Sirius.
Es tan idiota que se dirige hacia la puerta. Seguramente satisfecho de sí mismo. Lily se interpone en
su camino.
- ¿Te vas sin Sabine? Qué pena, le vas a partir el corazón. O se lo partirías si tuviera. Mira, en eso
os parecéis.
Parece que está a punto de responderle algo agradable y típicamente Sirius como "métete en tus
asuntos". Pero cambia de opinión, es evidente, y dice algo todavía más idiota.
- ¿Tú? – Lily le mira sumando tanto desprecio como puede. Se le ocurren varias respuestas
diferentes. Que es guapo como un mono, que es tan guapo que seguramente se casará con él mismo,
que no es tan guapo como obviamente cree que es. Ésa es buena. – Muy guapo.
- Felicidades, Lily. Seis años de ser la mejor en Pociones y al fin pruebas tu propia medicina. – Muy
despacio y como si avanzara a cámara lenta a través de los acontecimientos de toda la noche, Lily
nota que llega a la única conclusión que explica lo que está pasando y por qué nada de lo que sale
por su boca es lo que había planeado. Por si le queda alguna, Sirius termina de despejar sus dudas. -
Te has tomado el veritaserum que James me había preparado a mí. Disfrútalo.
Once
Sirius añade "buenas noches" y se marcha de allí, deseando quedarse a solas lo antes posible. Se ha
hecho un claro entre la gente y lo aprovecha para acelerar. La canción se ha vuelto loca y las parejas
con ella. Atrás y adelante y atrás, los bailarines se interponen en su camino, esquiva a Slughorn y su
inevitable comentario lamentando que no esté en Slytherin. Se acerca a la puerta y afortunadamente
la irritante felicidad del swing parece cada vez más lejana. No ve el momento de deshacerse del
gentío, la música y toda esa algarabía y toda esa felicidad.
- ¡Lily no quería que yo la besara! Nunca ha querido que la besara. ¿Qué hago!
Tiene carmín en los labios y parece hundido. Sirius querría sentir simpatía pero es demasiado
cuando su propio malestar le angustia. Y el swing lo empeora todo. Música martilleante, llena de
ritmo, es como un coche muggle enloquecido en mitad de Londres. Es una música festiva, que le
recuerda que todos están bailando, menos él. Le pone nervioso, el maldito swing. Le pone nervioso,
el maldito Remus que sigue enfrascado en la conversación con esa desconocida. Capullo, cabrón,
malnacido al que podría estar besando si no se le hubiera antojado enamorarse de otro.
- Hace años que te lo digo, James. Si Lily realmente quisiera estar contigo, estaría contigo. Así que
déjala en paz, Potter. No merece la pena.
Lo dice mucho más alto de lo que pretende. Lo dice por James, tal vez. Y por Remus, casi seguro.
Lo dice con rabia. Lo dice y le duele el pecho. Lo dice y James se queda quieto. Pensando en lo que
acaba de oír, haciendo una lenta digestión. Cuando le responde, Sirius ya ha intuido que no va a
darle la razón. Y que no va a rendirse. Le conoce desde hace siete años. Es su mejor amigo. Su
hermano. Su cómplice en todas las travesuras posibles. En siete años nunca, ni una sola vez le ha
visto rendirse.
- ¿Sabes, Sirius? Eres idiota. Eres idiota del todo y lo que acabas de decir es una idiotez. Porque la
quiero, ¿sabes? Aunque ella no me quiera. Así que siempre merecerá la pena. Siempre.
Doce
- Si tan claro lo tienes, Cornamenta, ve a hablar con ella. Algunos tenemos cosas que hacer como
drogarnos para soportar esta música.
Sirius se pierde entre la gente dándole una palmada en el hombro y James se zambulle en la
multitud. De pronto todo le parece sencillo. Como si al decirlo en voz alta, comprendiera lo que está
pasando y cómo debe comportarse. Lo cierto es que no puede hacerlo. Ni con, ni sin veritaserum.
Renunciar a Lily y todo lo demás. No puede. Es más. No quiere. Y puesto que no quiere y no
puede, no piensa hacerlo.
Así que la busca ente la multitud. Se gana varios pisotones y tiene que esquivar las felicitaciones de
aficionados de Gryffindor que le animan a ganar la séptima copa. Se encuentra con Remus y una
chica con la que está hablando. Y está a a punto de preguntarles por Lily, pero no hace falta porque
Lily se dirige hacia ellos. Es como una revelación. Con su traje verde y ese pelo rojísimo. Una
certeza justo en mitad de su vida.
- Te puse veritaserum en la bebida – le dice antes de que ella abrá la boca. – Y aunque pienses que
sí, no era para ti pero eso da igual porque seguramente no me creerás. El caso es que yo sí te creo,
cuando me dices que no querías que te besara, te creo. – La música está alta y tiene que hablar por
encima de ella. – Te creo y está bien, admito una derrota.
- Potter…
- No, espera.
En un acto reflejo sobre el que James apenas tiene control, ni es capaz de anticipar, la obliga a callar
con un par de dedos sobre los labios. Es suave, casi no existe, pero aún así el roce de esos labios le
quema. Los aparta rápido pero con cuidado porque da la impresión de que algo como Lily podría
estropearse si uno lo toca sin tener cuidado.
- En realidad no he hecho nada en estos años que me convierta en especialmente besable, me doy
cuenta de eso. No sé por qué cuando estás cerca me porto como un orangután. Pero no quiero que
esto sea el final porque aunque no pueda tenerlo todo, me gustaría tener algo. De ti, digo. – Toma
aire y espera sonar sincero porque cree que si no es capaz de hacer algo así bien, jamás podrá hacer
bien nada más. - Podríamos ser amigos. Si tú quieres. Prometo no ser demasiado yo mismo.
- James, yo no…
Está a punto de hacer otra vez eso de los dedos pero esta vez reacciona y se contiene.
Se disuelve entre las parejas antes de que ella tenga tiempo de decir nada más. Le sudan las palmas
de las manos y le va el corazón tan rápido que parece que todo ese jazz que emiten los saxos está
saliendo de su pecho.
Trece
Lily no sabe por qué se siente tan mal. Le gustaría echarle la culpa a ese Veritaserum que se ha
tomado. James no es precisamente un experto en pociones, puede que le haya echado cualquier otra
cosa. Conociéndole y sabiendo que era para Sirius puede que llevara cualquier otra cosa a
propósito, como diversión. Por eso se sentida perdida y como un pez bajo el agua, en medio del
gentío. Le gustaría encontrar a Remus pero no da con él y la mezcla de la música y la gente, las
risas y el baile, el humo y la bebida le está haciendo sentir mareada. No deja de pensar en James y
en su cara, viniéndose abajo. ¿Querías que te besara? No. No deja de pensar en James y en su cara,
llena de una esperanza cegadora, tan abrumadora que da miedo. Sé que no he hecho nada que me
haga especialmente besable.
No es la única. Sentada en un rincón, observa a una chica morena, de aspecto menudo y etereo. No
la reconoce del colegio. Está sentada, mirando al curioso piano que lleva varios días en el colegio
sin que nadie lo haya tocado. No es que Lily haya visto muchos pianos pero sabe qué aspecto
tienen. Normalmente cuatro patas, un montón de teclas, una gran caja negra con hilos.
Normalmente esa caja negra es de madera o algo así, no de un cristal de aspecto casi gelatinoso,
rayano en la irrealidad. Cuando uno se acerca a ese piano, puede ver las algas y el agua, y si se
asoma, la profundidad abisal del océano. Es el primer piano mágico – acuático que Lily ha visto y
lleva días preguntándose por qué lo habrán traído. Para quién.
Se acerca a la chica que lo mira tan fijamente. Parece un poco ausente. Y Lily se siente menos
perdida si habla con ella. Menos tiempo para pensar en sí misma.
- ¿Buscas a alguien?
La chica levanta la mirada despacio, como si le costara. Como si hiciera un esfuerzo para cortar una
especie de conexión que la une al piano.
Su mirada señala en dirección a la profesora Esdrújula, que baila animadamente entre un grupo de
Hufflepuffs de cuarto curso. La sonrisa de la chica permanece un buen rato. Tiene algo beatífico.
Instintivamente, Lily siente el impulso de sentarse junto a ella, y de bajar un poco la voz.
Curiosamente, parece que la música suena un poquito más suave al hacerlo.
- ¿Te puedo ayudar en algo? – pregunta. No sabe muy bien por qué. Pero la chica parece un poco
fuera de lugar, aunque cómoda.
No recuerda haberle dicho su nombre. Pero tampoco está muy segura. ¿Conoce a esa chica? Siente
algo de familiaridad.
- Solo estaba aprendiendo a tocar ese piano – afirma. Con tranquilidad. Como si le resultara normal
estar aprendiendo sin tocarlo, desde varios metros de distancia. Ella parece intuir su pregunta y la
contesta antes de que Lily diga nada más. – Verás, la música ya está en el piano. Si quiero sacarla
tengo que escucharla primero.
- Verás – prosigue la chica menuda, de aspecto frágil,- una no querría tocar mal un piano así de
especial. Es demasiado importante para hacerlo mal. Da miedo estropearlo. ¿No crees?
Cuando le pregunta "¿No crees?" lo hace como si la conociera. Como si le dijera "¿a qué tienes
miedo, Lily, de estropear algo demasiado importante?" Lo pregunta como si mirara a través de ella
y viera algo que ella misma preferiría no ver. Lily murmura "sí", muy suave, casi sin escucharse a sí
misma. Tal vez se escucha por primera vez.
- A lo mejor te puedo ayudar yo a ti – aventura la menuda pianista que sigue mirando desde la
distancia las teclas blancas y negras del enorme piano.
- Pues porque, … - la chica menuda suspira y cuando suelta el aire, se escapan en él docenas de
notas musicales. – Porque suenas como una canción interrumpida, Lily.
La chica menuda se levanta, sonríe una vez más, de un modo franco y centelleante, que resulta
balsámico. Se sienta en el largo banco frente al piano y espera, mirando las teclas con atención, sin
sacar ninguna partitura. Casi sin moverse. Aprendiendo a tocar el piano sin tocarlo. Tratando de oír
la música que lleva dentro para poder convocarla y tocarla. Puede que las notas que esconde ese
piano sean esquivas, como la verdad, que difícilmente se encuentra nunca en una poción de
veritaserum, en el fondo de una botella.
La verdad, Lily lo sabe, es musical y abstracta. Nunca se responde con un sí o un no. La lleva ella,
escondida desde hace tanto tiempo que ya no recuerda cuándo empezó a ocultarla, ni a ocultar su
corazón tras ella.
Catorce
El problema de Remus Lupin es que casi siempre piensa demasiado. Que incluso metido en la
algarabía del clarinete y los platillos, está pensando. Hay un departamento en su cerebro, toda una
sección dedicada a Sirius. Y nunca deja de pensar en él. Incluso cuando está enfrascado en una
conversación sobre el jazz y tiene alguien que le escuche, esa parte de su cerebro, busca a Sirius
entre la multitud y sabe en todo momento dónde está. Dice "mírale" y le mira, por el rabillo del ojo,
ahora sí, ahora también. Le ve dejar a Sabine con cara de pocos amigos. Le ve buscando entre la
gente, el depredador por excelencia. Le ve cazar y besar a una chica que Remus sabe que está en
quinto, nada menos. Le ve hablar con Lily. Le ve intentando salir del comedor. Le ve infeliz y tan
guapo que dan ganas de echarse a llorar. Le ve con James y se pregunta de qué hablaran y por qué
le importa tanto cuando evidentemente, no están hablando de él. Se pregunta por qué le molesta una
bola de nervios en el estómago cuando Sirius abandona su puesto en la puerta, y se dirige hasta él.
Se pregunta por qué parece que la multitud se separa en dos mitades para dejarle paso.
Tenerle cerca siempre duele. Ahora, especialmente. Porque Remus no puede dejar de mirar esa
especie de collar que se ha puesto, que aparece y desaparece bajo la camisa al ritmo de su
respiración. El dolor es casi insoportable.
- Hola, Lupin, bonita fiesta. – Deja caer una mirada agresiva hacia su pareja. - ¿Y tú eres…?
Lo pregunta con curiosidad. Y Remus se alegra de que sea solo curiosidad lo que hay en su voz
porque si hubiera tenido que preguntarlo él se le hubiera hecho la boca agua antes de articular una
sola vocal. Y no hubiera sonado curioso, sino como una plegaria. Sirius no contesta. En lugar de eso
le pide, con esa falta de educación que le caracteriza que le traiga una cerveza, por favor. El por
favor es lo de menos porque su tono es una orden. La chica es lo bastante lista para entenderlo. Se
despide con un "hasta luego, Remus" que les deja a ellos dos solos y a Remus sudando. Tiene que
decir algo. Lo que sea. Lo primero que se le ocurre.
En realidad no lo parece. Parece irritado. Parece lo bastante enfadado para morder. Huele distinto.
A igual pero más intenso.
- Tenía otros planes para esta noche pero no me acuerdo qué era. No debía de ser tan importante.
Con la cercanía asfixiante de Sirius el aire se enrarece. Remus ensordece para el swing, deja de oír
nada, excepto la respiración de Sirius y la suya propia. Ambas intensas y flirteando con el jadeo.
Así, tan cerca, los labios de Sirius parecen el único sitio lógico en el que perderse. Y Remus hace un
esfuerzo por recordar que fue él el que decidió, de pronto y sin motivo aparente, venir con una chica
al baile.
- Si me perdonas. Hace un rato que Lily me busca y acabo de verla. Y posiblemente te estoy
entreteniendo para hacer... tus cosas.
Debe haber una razón por la que Sirius le tortura así. Caliente y frío y caliente de nuevo pero por
más que Remus se esfuerza no lo entiende. Debe ser su naturaleza perruna, animal.
(…)
En un rincón del salón, Lily le espera con una bebida en la mano y Remus la bebe de un solo trago.
Ambos parecen incapaces de sostener una conversación. Sus miradas se escapan de la partitura,
buscan entre la multitud, no saben estar lejos de aquello que ansían. Y en los últimos momentos de
la canción, ambas coinciden en un mismo sitio. Aunque cada uno mira a una persona diferente.
Quince
Cerca de los baños, alejado del bullicio y a distancia prudencial de las bebidas, James medita sobre
el resto de su vida y Sirius llega, cerveza en mano, para avisarle de que tiene carmín en la cara. La
música lleva tanto tiempo sonando sin parar que las parejas piden clemencia. La membrana de la
batería les exige un último esfuerzo final. Solo uno.
- ¿Sabes? – berrea James por encima del ruido. - Yo tengo razón, Canuto. Sobre lo de no renunciar.
Intentar hacer lo posible.
- ¿Cómo lo sabes?
El aliento de Sirius huele a alcohol y tabaco. Levemente. Seguramente ya está borracho pero en
Sirius es difícil advertir las sutiles diferencias. Y de todas formas lleva horas rarísimo. Días, tal vez.
A saber qué le pasa.
- Lo sé porque Lily no deja de mirarme. No pienso quitarme este carmín de la cara en días, tío. Me
apuesto un brazo a que está celosa.
Penúltima
Sirius echa un vistazo a sus espaldas y comprueba que tiene razón. A bastantes metros de ellos, Lily
mira y disimula pero mira mucho mejor de lo que disimula. No está sola, sino con Remus, que
también mira en la misma dirección. La suya. Puede que James tenga razón. Puede que uno nunca
deba renunciar si cree que la recompensa merece la pena. Y puede que Remus esté colgado de otro
y que él no sepa nada sobre tíos pero sabe algo sobre sexo. Un poco. Bastante. Y sabe que sexo
como el que han tenido no se encuentra por ahí todos los días. De perdidos al río. Cuando termine
le echará la culpa al swing.
- Jimmy – tira su cigarrillo al suelo. Lo pisa para que se apague. – Quiero que sepas que esto me va
a doler a mí, mucho, mucho más que a ti.
- ¿El qué?
Se asegura de que Remus está mirando y se fustiga por haber sido lo bastante idiota como para
pensar que Sabine pondría celoso a Remus. No necesita una chica para poner celoso a un tío al que
no le gustan las chicas. Lo último que piensa, por tanto, es que no necesita una chica. Y que ha
bebido demasiado. Después no piensa nada, o lo intenta al menos. James es su jodido mejor amigo
y estaría feo pensar en algo, que seguramente sería Remus, mientras le besa.
Simplemente actúa guiado por el impulso mecánico de su legendaria estupidez. No piensa. Son
unos labios, así que los besa. Pone los suyos encima, luego más bien en medio, lo bastante deprisa
para que se abran y aprovecha que James quiere protestar en lo que seguramente sería un grito de
indignación para meterle un poco de lengua encima y besarle como es debido.
Porque si vas a besar a tu mejor amigo para darle celos a tu otro mejor amigo, o lo haces como es
debido, o joder, mejor que no lo hagas.
La verdad es que no besa mal. Sin mariposas en el estómago, sin que se le erice el vello de todo el
cuerpo pero técnicamente bastante aceptable. Es corto, afortunadamente para todos los participantes
y cuando acaban James tiene la expresión más indescifrable que le ha visto nunca.
A más o menos diez metros de ellos, el gramófono suelta un último suspiro. Junto a él les miran
Remus y Lily, y por una vez incluso el impasible Lupin parece sorprendido. Sorprendido, pero no
exactamente celoso. De hecho, más al borde de la risa que de los celos. Mierda. Sirius les deja a
todos con la boca abierta y sale en dirección a no sabe dónde.
Última
Cuando sale, termina el swing, esa música de otra época, feliz y con más ritmo. En la que los chicos
sacaban a bailar a las chicas y la música ardía en sus venas y la vida era un pulso ágil que te
invitaba a mover las piernas sin que tú lo pretendieras. El silencio que le sigue es balsámico y
espeso y dura muy poco tiempo. Antes de que nadie haya recuperado el aliento, del piano emergen
cálidas notas submarinas. De una belleza acuática.
Mágicas notas musicales que hacen despertar a los dioses de las travesuras y convocan a los
espíritus del bosque.
Es un cambio brusco pero no violento. Las parejas que bailaban animadas por el desenfreno final de
los trombones, se quedan quietas y en silencio. Pasan así la mayor parte de una clave de sol y de
pronto comprenden que ha llegado la hora de descansar, sí. Pero en brazos de alguien. Así que se
arriman, se agarran, se abrazan y bailan despacio, arrullados por una música que no comprenden y a
la que no saben negarle nada.
Del piano mágico salen no solo las notas, encadenadas con hilos invisibles, sino pompas de agua
salada, en grupo, una a una. Y luego varias, en fila, al compás, rápido y más despacio.
La tierra, que se había acelerado con el swing, recobra su movimiento natural. Se mueve despacio,
en permanente rotación, bailando junto a las parejas. James no tiene con quién bailar pero no le
importa. Por una vez. La música es bonita y se siente cómodo mirando a la pianista. Una chica
desconocida, menuda y de aspecto quebradizo pero en calma. Toca casi sin moverse, contrayendo
los músculos de la cara, provocando notas y pompas de jabón. Van tan rápido sus dedos que
mirarles es perderse en el misterio de la partitura, olvidando cualquier otra cosa. Incluso los
acelerados recuerdos de la noche. El veritaserum. Lily. Y lo más absurdo de todo, un beso de Sirius.
A saber a qué rayos habrá venido eso. Urge hablar con él, francamente.
- James.
- Lily.
No sabe qué más decirle. Ahora que ha prometido ser menos él mismo, se encuentra paralizado.
Lily parece querer algo pero no acaba de decirlo y se muerde el labio inferior primero y el superior
después. James se pregunta por qué eso hace que sus labios parezcan más gruesos y besables y qué
podría querer. Podría ser cualquier cosa, claro, y James se la traería en bandeja de plata. Remus le
habló una vez de los valles profundos en la superficie de la luna. Si hubiera algo que quisiera en el
fondo de esos valles, hechizaría una escoba para llegar hasta allí. Pero no se le ocurre qué podría
querer Lily en la luna, la verdad.
En la luna, si tú quieres.
- Sí.
Responde una parte automática de su cerebro. La misma que va a por la snitch, antes de que nadie
la vea. Esa parte instintivamente le hace levantarse y seguir a Lily a la pista de baile. Y es entonces,
delante del piano y rodeado de esas extrañas burbujas verdosas de agua marina donde se da cuenta
de que Lily, LILY, quiere bailar con él. Tiene un ataque de pánico y se queda paralizado. La postura
de Lily, la mirada de Lily le indican que tiene que hacer algo. Moverse. Agarrarla. Pero las piernas
no le obedecen.
Lo dice balbuceando y lívido. Y Lily se ríe. Un destello de felicidad improvisada que ilumina todo
el salón. Da un paso hacia él, levanta los brazos y aunque James no sabe muy bien qué ocurre en ese
momento, el hecho es que están bailando, él y Lily Evans. Deben estar imprimiendo una edición
especial de "El profeta", en alguna parte. Es raro que la gente parezca inalterable. Es raro que el
mundo siga su curso. Y es raro que Lily y él se muevan sin tropezar o caerse. Siguiendo el dictado
del piano mágico. James tiene una mano al final de la espalda de Lily. Hay un hueco ahí, justo ahí,
que parece hecho exactamente para encajar con la largura de sus dedos. Se siente un poco mareado.
Pero sigue sin tropezar. Todo un logro.
- Tu pregunta estaba mal. – Habla muy bajito. Dulce y realmente bajito. Tanto que se atreve a
acercarse un poquito más. Apura la distancia entre sus cuerpos. Se acerca a su cara. Lo milagroso es
que Lily le deja hacerlo. - Cuando me preguntaste si quería que me besaras. No, James, no quería
que me besaras.
La interrumpe diciendo que ya lo sabe y tiene pensado repetir su discurso de que pueden ser
amigos.
- Santo Dios, Potter. Intento decirte algo. ¿Es que no sabes estar callado?
- No- sonríe James, mientras la hace girar aprovechando una señal en do sostenido. - Pero puedo
aprender. Si tú quieres.
Procura mirarla a los ojos. Casi nunca los tiene tan cerca y son más verdes así, a tan poca distancia.
Le inspiran para hacer cosas bonitas. Para ser mejor.
- Tienes que dejar de hacer eso, James. – Cuando le pregunta el qué Lily especifica que eso, todo
eso. – Eso de intentar adelantarte siempre a lo que quiero. Eso de no dejarme espacio para saber qué
es lo que quiero, en realidad. Eso de asustarme teniéndolo tan claro. Eso. Tienes que dejar de hacer
eso.
Ah, eso.
Asiente y miente diciendo "vale, eso, claro". Realmente no cree que sea capaz de hacer eso, porque
básicamente eso es lo único que sabe hacer. Porque si eso es tener claro que la quiere y y si eso es
intentar complacerla y hacerla feliz, entonces dejar de hacer eso va a ser bastante más complicado
que traerle agua de la luna.
Tarda una décima de segundo en comprender qué quiere que le pregunte y no entiende por qué se lo
pide. Pero lo hace. La misma pregunta.
- No – vocecita diminuta. Quebradiza. Se muerde el labio inferior, deja las marcas de los dientes.
Suspira y el agujero entre sus clavículas, ese sitio inexplorado y maravilloso, se hace más hondo y
mejor. – Quería besarte yo, James.
Normalmente y al contrario que en las películas, los acontecimientos más importantes de nuestras
vidas, no llevan banda sonora. No hay orquestas con violines cuando nos enamoramos. No hay
canciones de los Beatles cuando uno abandona Londres en el expreso de Hogwarts para marcharse
al colegio por primera vez. No se escucha Puccinni cuando recibes una buena noticia, ni a Wagner
cuando cae una tormenta atronadora. La vida no funciona así. Con orquestas a nuestras órdenes y
los Beatles preparados para sacar las guitarras cuando nos viene bien. La vida es desconcierto y
cuando hace sonar su música, casi nunca es la canción que queremos escuchar. Vamos
desacompasados, mudos o gritando. Casi siempre sin coro. A veces tarareando. Normalmente solos.
La vida es así y a veces hace gloriosas excepciones.
Cuando Lily Evans, prefecta de Gryffindor besa a James Potter, que lleva seis años persiguiéndola,
es víspera de Navidad. El salón está bailando con ellos, atrapado entre pompas de jabón que estallan
y dejan rastros de luz azulada. Hay un piano para ponerle música y un techo mágico que deja que se
vea el cielo nocturno. Un magnífico anochecer de diciembre. Cielo raso, tachonado de estrellas
temblorosas, estriado por el paso fugaz de los meteoritos. Cuando llega el momento para el que
James siente que todo ha sido un preludio, sí, hay música, como debería haberla siempre en la vida.
Porque Lily le está besando. Labios mullidos y carnosos, suave movimiento de la lengua dentro de
su boca. Un suspiro entrecortado y luego nada, excepto profundidad y ganas de morirse ahogado.
La atrae contra sí mismo, girando, besando, pensando Lily. Pensando Lily y nada más. Abrazando,
tocando, besando con una mano tras su nuca, enredada en una melena pelirroja. Sintiendo que eso,
ese momento que cristalizará en las páginas del tiempo con música de piano, hace de su vida un
logro extraordinario. Porque ha besado y ha sido besado por Lily y nada, ni la muerte, podrá
arrebatarle esa victoria de la vida sobre sus peores enemigos.
Nada.
No importa lo que escriban las crónicas sobre James Potter y Lily Evans. Cualquiera que les vea en
ese momento, todos los que les miran en el gran comedor y murmuran sobre ellos saben y sabrán
siempre la verdad. Que la suya es la historia de dos personas que se encuentran y al menos durante
un momento, se tienen. Ese momento les hace inmortales. Porque una vida que ha sido digna de ser
vivida, no importa cuán corta, no importa cuán breve, nunca es una tragedia.
Jamás.
No hay mucha gente que no tenga que pensarlo ni un segundo a la hora de decidir cuál fue el peor
momento de sus vidas. Hay gente que te dirá "pues no sé..." y se pondrán a pensar, repasando si lo
pasaron peor aquella vez que les dejó aquella chica o esa otra vez cuando discutieron con su mejor
amigo. Remus sabe que las personas así son afortunadas porque no les ha pasado nada lo bastante
horrible como para marcar un antes y un después.
Él no necesitaría ni un segundo para decidirse. La peor noche de su vida ocurrió en quinto. Cuando
Sirius decidió contarle a Snape cómo entrar en el sauce boxeador y le rompió el corazón. Estuvo a
punto de matarle y de convertir a Remus en un asesino. Solo James evitó el crimen. Y solo la
autoridad de Dumbledore impidió que Severus contara el secreto, obligándole seguramente a
abandonar el colegio. De todas las meteduras de pata de Sirius, Remus sabe que aquella fue la
definitiva, la última, gran, brutal metedura de pata. Cuando despertó, a la mañana siguiente,
recordaba a medias lo que había pasado y allí estaba Sirius, en la enfermería, con una expresión
horrorizada, diciendo "tienes que perdonarme, Lunático".
Estábamos discutiendo. Me cabreó, Remus. Dijo que te había visto ir al árbol con la señorita
Pomfrey. No sé. Fue su manera de hablar de ti. De lo débil que eras. No lo pensé. Creí que se
merecía saber lo que eres de verdad. Una lección. Saber que podrías matarle si quisieras pero eres
demasiado bueno para ponerle una mano encima. No lo pensé. Te juro que no lo pensé, Lunático,
perdona. Remus, lo siento. Perdona. Me tienes que perdonar.
No lo pensó. No tuvo que hacer un gran esfuerzo. Remus dijo "está bien". Dijo "te perdono" y se
fijó en la manera en la que temblaba Sirius, sobre todo el temblor de la barbilla Cerró los ojos para
no verlo porque no era cierto y Remus lo sabía, que le hubiera perdonado. Pero quería perdonarle y
era más fácil decirlo que contarle lo que sentía.
Cómo has podido traicionarme. No es un juego. Ser un hombre lobo no es un juego. Esto no es una
idiotez, Sirius. Esto es un crimen. No puedo creer que me hayas hecho esto. Tú no, Sirius. Tú no.
Sabía que no debía confiar en nadie. Nunca. Lo sabía.
No se lo dijo. Pensó que hablaría con él de esas cosas y de por qué se le había ocurrido algo así
cuando se le pasara la angustia. Pensó que sentía demasiadas cosas, decepción, enfado, tristeza,
vergüenza, rabia. Y no quería que Sirius le viera perdido en ese tumulto, desnudo y en carne viva.
No quería hablar de Sirius porque significaría hablar de él.
Fue más fácil decir "te perdono" que hablar. Y cuando pasado el tiempo volvió a pensar en ello,
Remus descubrió que le había perdonado de verdad y se torturó durante días porque sabía que le
había regalado su perdón con demasiada facilidad. Solo porque era Sirius, solo porque Remus no
sabe guardarle rencor y no sabrá nunca. Sirius podría hacer cualquier cosa, y bastaría "perdóname"
y un abrazo para olvidarlo.
Remus respira hondo antes de abrir la puerta de la habitación. Ha tardado años en reunir el valor
pero parece que esta vez ha llegado el momento de Hablar.
El interior de la torre está en penumbra. Es una noche de luna menguante. Solo se ven las nubes a
través de las vidrieras. Sirius está en el suelo junto a los vidrieras. Fumando, con los brazos sobre
las rodillas y las rodillas casi en el pecho. Rodeado de nicotina y marihuana y su propio mal humor
reconvertido en algo que parece auto compasión. Mirada gris-rojiza y desprecio supurante. Sin
chaqueta, solo con una de esas camisas negras. Los primeros botones desabrochados. Enfadado y
con un collar de perro. No ha estado más guapo en toda su vida. Corta el aliento.
- He seguido el olor de las sustancias ilegales. Nunca cometas un crimen o los perros policía darán
contigo en dos minutos y serás carne de Azkaban.
Da un par de pasos o tres, tal vez cuatro. Cada uno resulta más fácil que el anterior. Se sienta en el
suelo, guardando una distancia prudencial, preguntándose hasta qué punto se ha jodido todo entre
ellos y cuándo ha empezado a pensar con palabras como "jodido", en el mismo lenguaje en el que
habla Sirius. No sabe muy bien por dónde empezar.
No es una pregunta, sino una constatación. Pero es que la imagen no se le va de la cabeza. No acaba
de entender exactamente qué pretendía con algo tan radicalmente absurdo. La única razón sensata,
que Sirius trataba de ponerle celoso, no tiene ningún sentido. Porque si le gusta lo bastante como
para querer ponerle celoso, ¿por qué no están ahora mismo en la cama? ¿Por qué invitar a una chica
al baile?
- He bebido quince cervezas, Lupin. Y ya has olido que esto no es tabaco. Si me drogo para intentar
olvidarlo, ¿por qué me lo recuerdas?
Porque no lo entiendo.
- No te gusta James.
Otra constatación.
- No he heredado la afición de los Black por el incesto. – Fuma. Huele dulce y denso, a algo más
que tabaco. Las ganas por tocarle y besarle hasta que todo se solucione son casi una necesidad
física. - James es mi jodido hermano, Remus.
Lo sé. También sabe que ha llegado el momento de resolver sus dudas y preguntárselo de una vez.
La pregunta es muy sencilla, en realidad. Lo que cuesta es reunir las fuerzas para escuchar la
respuesta. Se le ocurre que sería todo más fácil si él también estuviera fumando. Así que, carpe
diem, coge el delgado cigarrillo casero de entre los dedos de Sirius y fuma una sola, larga,
aromática calada. Cuando deja salir el humo, no tiene excusas para alargar el momento.
Sirius gira la cabeza y le mira por primera vez. Al contrario que él, tiene mil expresiones diferentes.
Esta dice "eres gilipollas y no puedo creer que haya oído eso".
- Sí, claro – ironiza. - Me estoy follando a Snape. Es bastante feo pero cierro los ojos e imagino que
se trata de mi verdadero amor. Dumbledore. Le quiero, ¿sabes?
Remus no sabría explicar lo que siente en ese momento. Vergüenza, sobre todo. Porque dicho así,
en voz alta, realmente suena un poco humillante haber desconfiado de Sirius. Eres una reina del
drama, Lupin, admítelo. Sirius está siendo sincero. Lo único justo es sincerarse también.
Ya está. Ya lo ha dicho. Doloroso pero soportable. Solo queda esperar a que Sirius diga algo
también. Cualquier cosa mejor que ese largo silencio en el que nota la mirada de Sirius sobre él y no
es capaz de enfrentarse y ver lo que esconde. Imagina que va a decir algo como "pues no lo hacía,
capullo". Imagina que va a enfadarse. Se equivoca.
Sirius también apaga el tono de su voz y pregunta con algo que solo puede ser curiosidad. Es uno de
esos momentos. Uno de esos escasos, raros, valiosos momentos en los que Sirius deja de esconderse
detrás de las bravuconadas, los insultos, la rabia y sus pataletas y se muestra tal y como es. Solo
Sirius. Preguntando por qué. Queriendo saber.
Porque tengo miedo de que te canses de mí. Porque no soy suficiente. Porque deberías estar con
otra persona. Porque no tengo nada que ofrecer. Porque soy pobre y no tengo ni la mitad de tu
pasión. Porque soy un hombre lobo, Sirius y no tiene cura y nunca tendrá remedio.
Tiene muchas razones. Pero da pudor confesarlas y en realidad, solo tiene un motivo.
- Porque encontré lubricante debajo de tu cama. – Habla casi para el cuello de la camisa. Y de
ningún modo piensa mirarle. Mirarle no es aceptable. - Y lo habías usado.
Cabreado. Ahora sí. Sí, ahora definitivamente Sirius suena algo cabreado.
- ¿Me estás tomando el pelo, Lunático? ¡Lo robé en el callejón Knocturn! – exclama. - Cuando fui
con James al jodido sex shop. Solo quería saber cómo era. Ostia con la paranoia, Lupin. No me
jodas.
Murmura de nuevo no me jodas y también con quién coño iba a pero no acaba y repite no me jodas,
hombre. La vergüenza de Remus se está empezando a convertir en alivio a medida que la idea de
que Sirius no se ha acostado con nadie más, empieza a calar en su mente.
Le da una segunda calada al cigarrillo. Se lo pasa a Sirius y se rozan los dedos. El collar que lleva
tiene partes metálicas y brillan cuando reflejan la luz de la ventana. Le mira por primera vez y no es
nada, solo un momento pero ese momento le hace arder en llamas. Es eléctrico.
- Está bien – dice Sirius cogiendo el cigarrillo-. Frío. Un poco gelatinoso. – Suelta una larga
bocanada. - Mejor que escupirse en la mano, la verdad.
- Eres increíble, Lunático. Vienes aquí con tu cara de "mira qué bueno parezco" y me acusas a mí de
tener un harén lleno de tíos, cuando te oí perfectamente hablar con Lily antes del baile. No pongas
esa cara. La escuché perfectamente decirte que no tenías que conformarte con tener sexo conmigo
cuando podías tener a algún otro estúpido gilipollas come almohadas leyéndote poemas de amor.
El baile. Le oyó hablando con Lily antes del baile. Antes de invitar a Sabine. Le oyó hablar sobre él
y pensó que hablaban sobre otro chico. Una conclusión tan estúpida como quien ve un bote de
lubricante e imagina el peor de sus miedos, metido en una botella. No lo puede evitar. Puede que
sea la marihuana y esa repentina laxitud en el cuerpo. Puede que sea alivio por saber que hay
alguien más tan asustado como él, igual de inseguro. Puede que sea amor, maldita sea. Pero no
puede evitarlo. Le tiembla todo el cuerpo, le sale la risa del fondo del pecho.
Era él, Sirius Black cuando se rascó la tripa en tercero, dejando a la vista el estómago bajo el
uniforme de Quidditch. Remus sintió un nudo en el estómago y supo que nunca sentiría eso con una
chica. Era él en quinto, cuando Remus se emborrachó de verdad por primera vez y Sirius apoyó la
cabeza en su nuca. Le resbalaban las palabras y le habló casi al oído sobre lo mucho que deseaba
hacerle daño a su madre por cada golpe recibido, por cada bofetada. Era él cuando no había nadie
más. Cuando pensó que no era posible, era él. Cuando le mataba por dentro, era él.
Es él. Para lo bueno y para lo malo. En la salud y la enfermedad. Y hasta que la muerte decida.
Así que lo admite, al fin. Dejando abierta, por una vez, la puerta del corazón. Por donde entran
todos los golpes. Y todas las alegrías.
- ¿Yo? – Se le llena la mirada de asombro y parece al menos siete años más joven y en su primer día
de colegio. - ¿El que quieres que te lea poemas? ¿Yo?
- ¿Y escuchar cómo destrozas a Yeats con tus impertinencias? No creo, Black. – Traga saliva. -
Pero eres tú. Aunque te asuste.
Le horroriza darse cuenta de que se le forma un nudo en la garganta al decirlo. Posiblemente podría
llorar. Posiblemente podría morirse si llora delante de Sirius por confesarle algo tan sencillo como
te quiero. Posiblemente no se va a morir porque casi seguro, eso que está sintiendo, es un beso. Y
nadie se muere por un beso, aunque tal vez sí, con un beso de Sirius. No es acelerado y áspero, no
es sexual y jadeante como suelen ser sus besos. Es lento, despacio, casi con miedo de romperle. Es
espectacular y le deja con ganas de más. De mucho más. De todo lo demás
Frente contra frente, bajo la ventana, también la voz de Sirius suena algo estrangulada, al borde de
una emoción intensa.
- Soy Gryffindor, capullo, y soy Sirius. Así que no me asusto de nada. – Esta vez le besa Remus, un
poco menos despacio, un poco más profundo, con lengua y más ganas. - Y menos de ti
(…)
Pierden la noción del tiempo, y podrían lavarse pero no lo hacen porque toda esa saliva, todo ese
sudor y las sensaciones pegajosas y húmedas lo hacen más real. Esa noche, Sirius se queda dormido
en su cama, desnudo y agarrándole como si en sueños le estuviera protegiendo de una tormenta
inclemente. Cuesta desenredarse de él pero Remus lo consigue cuando calcula que James y Peter
deben estar a punto de volver. Desde su cama, el mundo le parece enorme y lleno de posibilidades.
- Si me viera forzado a elegir, - le dice, mientras le oye respirar- forzado con imperius y crucio,
realmente obligado. Si estuviera sangrando, estuviera a punto de morir y la única manera de
encontrar un momento de paz fuera elegir entre tú o el chocolate, es posible, existe la posibilidad de
que te eligiera a ti, Sirius Ulises Black, antes que al chocolate, incluso aunque fuera chocolate
blanco, con aroma de vainilla y de la mejor selección de Honeydukes.
- Te he oído, Lunático.
Eso no lo oye. Pero no importa. Sueña. Y esa noche, al contrario que la mayoría de las noches, es
un sueño que merece la pena vivir. Aunque sea irreal y breve y esté condenado a desaparecer en
cuanto amanezca.
Peter también duerme y sueña con un sitio muy raro, en el que ya ha estado otras veces, aunque no
recuerde cuándo o para qué. No es un sitio agradable, pequeño y lleno de algo que parece paja en el
suelo. Aunque en ese sitio enrejado, se siente cómodo y seguro. A salvo. Cuando se mira las manos
son peludas pero por algún motivo misterioso, no le asusta y entonces se da cuenta de que no lleva
su cuerpo, sino el de Colagusano.
- Vaya.
Se alegra por él. Claro que sí. No tiene por qué cambiar todo, ¿verdad? James seguirá estando allí.
Sí, seguramente. Casi, casi seguro. No se olvidará de ti. No, claro que no.
Ah, eso. Ahora que se va sintiendo más despierto, Peter lo recuerda. Volvió a la habitación, después
del baile pero la puerta estaba cerrada con uno de esos hechizos impenetrables que hace Sirius
cuando está ahí dentro con una chica. El pomo de la puerta no deja de arder si uno insiste en abrirla.
James intentó una vez un contra hechizo y tuvo que ir a la enfermería a que le hicieran una cura.
Peter se queja de que no es justo porque ahora le duele todo el cuerpo por haberse encogido en el
sillón y James se apresura en preguntarle si sabe con quién ha subido Sirius. No lo sabe y –eso no se
lo dice a James- ni siquiera ha conseguido averiguarlo intentando arrimar el oído a la puerta.
Hubiera intentado con el mapa pero el mapa lo tiene James.
Que en ese momento, lo saca del bolsillo con ojos chispeantes. Mirando en todas direcciones, se
asegura de que no haya nadie. Murmura así que está arriba con esa chica y sí, su mirada es la de
alguien iluminado con una fuerza descomunal.
Esa noche James emana tanta energía que podría mover los planetas con la fuerza de su voluntad.
Un golpe de varita, juro solemnemente que mis intenciones no son buenas y el mapa se abre para él,
pies y pasos, nombres y más nombres sobre un fondo amarillento. Busca la habitación de los chicos
y ve lo mismo que Peter en el mismo momento. Que no hay chica en la habitación. Solo Sirius y
Remus.
- Se habrá ido mientras yo dormía. – No se tenía que haber dormido. Es muy importante para
James, aparentemente porque no deja de hablar sobre lo harto está de tanto secreto y lo cansado que
le tiene el ir y venir en el humor de Sirius. Mierda, piensa Peter, tenía que haberme quedado
despierto. Así nunca va a conseguir que James no pase de él por Lily. – A lo mejor Remus la ha
visto, James.
El mapa le señala en la habitación.
- ¡Oye, a lo mejor Remus sabe algo! Y no lo quiere decir porque Sirius no quiere que lo diga. Ya
sabes cómo es. Correspondería su discreción con discreción.
Peter se pone a pensar. Tal vez, si elaborarán poción de veritaserum para Remus podrían sonsacarle
a él. Tal vez no estaría muy bien pero si James quiero saberlo, tampoco sería tan terrible. Una
travesura, sin más. O podría espiarle. Espiarle debajo de la capa y enterarse. Se le ocurren todo tipo
de posibilidades, como orejas extensibles. Peter podría averiguar el nombre de esa chica y entonces
James dejaría de parecer tan concentrado y sabría que Peter haría cualquier cosa por él y nunca le
haría sentirse desplazado. Sí, si Peter descubriera cosas para él, James no miraría el mapa tan
fijamente, ni murmuraría en voz baja qué demonios estabas pensando Canuto, para la mierda esa
del beso.
- ¿A quién beso?
- ¿No lo sabes? – Se abstiene de decir que no puede saberlo porque nunca le cuentan nada. - ¡Me
besó a mí!
- ¿Qué!
James se lo jura por Circe Poderosa y todos sus gnomos. Ostras, piensa Peter, y piensa en voz alta
cuando dice, un poco aterrado si eso significa que ahora todos se tendrán que besar con todos.
Y James se ríe y luego ya no se ríe. Se queda mirando el mapa, muy fijamente. Se ríe otra vez, un
poco, como si hubiera pensado algo totalmente absurdo y le hubiera hecho gracia. Peter está a punto
de preguntar qué es tan gracioso, cuando ve ese momento cristalizado en la cara de James Potter.
Ese segundo en el que algo se precipita, un pensamiento que se dibuja en su mirada, como si viniera
de muy lejos. Hace mella en su cara, frunce un poco las cejas.
- Ay, la ostia – dice, con la mirada perdida en eso que acaba de comprender y solo él puede ver. –
No me jodas - murmura.
Peter pregunta ¿qué?, Peter pregunta "¿qué?", una y otra vez. Peter pregunta "qué" y luego "qué
pasa" y luego, "¡pero qué pasa!". Y todo lo que James dice, metiéndose las manos en el flequillo es
"ay, mi madre" y más "no me jodas".
- ¿El qué?
- Es que es...
- ¿Qué? – cada vez más ansioso- ¿Quién?
- Es que no... es que cómo... pero si él no... o sea él sí, pero ÉL no... o sea, siempre... pero no... ¿o
sí?
Ni qué, ni quién, ¡no explica nada! Solo se pone en pie, caminando con el mapa en la mano.
Pensando tan discreto, murmurando ese beso, hablando celoso como un perro. Veinte segundos
enteros. Después se tira en el sillón. Con esa mirada de sorpresa fulminante.
- ¡Que sí, Peter! – grita entonces. Como si Peter estuviera entendiendo algo. - ¡QUÉ
TOTALMENTE SÍ, PETER! ¡QUE SÍ MONTONES DE VECES SÍ, PETER! ¡¡Y DESDE VETE
A SABER CUÁNDO, PETER!!
Pero Peter no entiende nada y se limita a preguntar, QUÉ, QUÉ Y RETEQUEQUÉ deseando en ese
momento que el mapa de los merodeadores sirviera también para abrirse paso en los secretos de la
gente. Como un ratoncito.
Los prefectos de Gryffindor comienzan su ronda cada noche a las nueve y siempre, a las nueve
menos cinco Lily y Remus se encuentran en el corredor oeste de la galería sur. A las nueve menos
tres minutos –dos minutos de retraso no es típico de Remus- una figura más atlética se acerca en
dirección a Lily y el estómago le hace esa cosa rara, esa especie de salto mortal sin red. A esa hora
y en esa época del año, el colegio se llena de sombras y rincones oscuros. A medida que se acerca a
ella James parece más alto.
El Manual del Prefecto indica en el segundo apéndice las tareas de los prefectos. También
especifica (apéndice sexto, edición revisada) que son tareas a realizar en exclusiva por los prefectos,
en quienes recae la autoridad del colegio.
- Bueno, llámame rebelde pero mis amigos y yo pensamos que hay ciertos beneficios en saltarse de
vez en cuando las normas.
James le hace sentir inseguridad en lugares donde normalmente Lily no siente nada. Inestable, como
las mareas, Lily claudica y se deja acompañar. El colegio trasnocha y en las galerías de Gryffindor,
los cuadros observan, murmuran y vigilan. Miles de ojos inquisitivos, susurrando en la penumbra.
James de día es una poción desestabilizadora sobre Lily. James de noche intenta acercarse a ella y
todo lo que es líquido, zozobra.
La motocicleta de Régulus Black
Remus siempre tiene frío. Al menos un poco. En la espalda, a menudo. En los dedos de los pies,
casi siempre. Duerme con cuatro mantas, usa jersey en primavera y se abriga tanto que a menudo
James le pregunta si está bien "ahí dentro", y avisa si necesitas salir, Remus. Sirius, naturalmente,
siempre tiene calor. En pleno diciembre, solo en el sótano de la casa de los gritos, se dedica a
encerar y arreglar la moto con delicado esmero. En pantalón vaquero y camiseta. La casa de los
gritos es el primer sitio en el que Remus le ha buscado y ahora que le mira desde la puerta, Remus
está a punto de decirle "me dan escalofríos solo con mirarte" pero no se atreve a mentir tan
descaradamente. En mangas cortas, Sirius aprieta los tornillos del motor con una llave inglesa y
Remus puede ver las flexiones e inflexiones en los músculos de sus brazos. Flexión, inflexión y
decir que verle así le da frío sería más bien mentira. Remus debería estar haciendo su ronda de
prefectura con Lily pero James le ha convencido para disputarle el honor y ahora, lo único que
puede hacer es observar a Sirius, sin quitarle ojo de encima.
- En lugar de "te quiero más que a mi madre", supongo que tú dirás "te quiero más que a mi moto",
¿no?
Sirius deja por un momento de mirar el motor de la Harley. Hay un silencio renqueante en la casa y
esa tenue claridad que da la nieve, a través de las rendijas.
La llama "ella". Tiene curvas de chica, suele decir. Remus le ha explicado varias veces que los
objetos inanimados no tienen género pero con Sirius la lógica no suele valer de mucho. Casi de
nada, en realidad. Nunca ha entendido muy bien la pasión de Sirius por objetos que pueden volar
demasiado rápido pero siente cierto cariño hacia la moto, aunque no le gusta admitirlo. Es peligrosa,
es ilegal, va demasiado rápido, es poco fiable, es cromada. Y es de Sirius. Parece tranquilo mientras
le saca brillo.
Sirius nunca habla de Régulus. No sin parecer enfadado. No sin que venga a cuento. De pronto y sin
rabia. La casa de los gritos huele a gasolina.
- Era del tío Alphard pero la dejó en casa un verano, cuando todavía se hablaba con mis padres. La
había hechizado para que fuera muy despacio, casi no llegábamos al manillar. – Usando un paño
limpio, Sirius frota el manillar y deshace las nubes de cera hasta que la moto reluce. - Régulus
consiguió deshacer el hechizo, la arrancó y se estampó contra la pared del jardín.
A Remus se le olvida a veces que una vez Sirius fue un niño. Con una madre y un padre y un
hermano. A los que debió de querer, alguna vez. El olor de la gasolina es intenso pero no
desagradable y Remus no sabe qué decir. Así que no dice nada.
- Mi madre deshizo la moto, claro. Pieza por pieza con la varita. Lloramos durante tres días.
Lloramos. Régulus y él. Es una imagen inesperada. Parece que Sirius está a punto de sonreir,
mientras dobla el paño. Pero la sonrisa se le hiela a medio camino.
- Es un gilipollas - sentencia.
Sirius insulta a menudo a su hermano pero esa vez cuando dice "es un gilipollas" no está enfadado.
Tampoco triste. Exactamente. Pero lo más parecido a la tristeza que Remus ha oído nunca, cuando
se trata de su familia. El olor de la gasolina se evapora poco a poco, al tiempo que la luz de la casa
disminuye. Se cuela el atardecer por las rendijas y el suelo se mueve como si respirara. En los libros
de historia se habla de los Black. Legendaria raza de magos. Poderosos hechiceros. Sirius deja el
paño y mira fijamente la moto. Remus no sabe si está hablando con él o está hablando solo.
- No es como mis padres, ¿sabes? Régulus, quiero decir. Mis padres... bueno, mi padre no es más
que un aristócrata de mierda. Un pijo. Lo único que quiere es preservar su selecto club de amigos y
tomarse un whisky hablando de política.
Examina la moto como si ocultara alguna respuesta importante. Remus no sabía que hubiera una
pregunta pendiente pero empieza a sospechar lo que ocurre.
- Mi madre los odia, claro. Los sangresucias, se le llena la boca de bilis si lo dice. Mataría con sus
manos si se atreviera. Pero Régulus se lo cree de verdad. Toda esa mierda de la pureza de la magia
y lo de que el mundo será mejor cuando nos libremos de los impuros bla, bla. Volver a los tiempos
de Merlín y esas chorradas. – Un último vistazo a la moto, y parece que no queda del todo
satisfecho. – Se lo cree de verdad.
Hubo una moto una vez y dos hermanos que lloraron juntos cuando la perdieron.
- Es un gilipollas- sentencia Sirius, saliendo de ese trance repentino. Le mira por primera vez, se
sienta en la moto, saca un cigarrillo con manos manchadas de grasa. – Súbete, Lupin. Podemos
volar hasta Londres. Quemar la ciudad y fumarnos las cenizas.
(…)
Por primera vez desde que Remus le conoce, Sirius hace algo tomándose su tiempo. Le acaricia
profundo y le acaricia suave y no deja de besarle, ni de lamerle la nuca. Lo hace sin prisa y sin
pausa y esa lengua que le lame detrás de las orejas, esos dientes al final de la espalda, hacen que
Remus tenga escalofríos hasta en la punta de los pies, que arden como si ya hubieran olvidado lo
que es el frío. Su orgasmo es una larga sacudida silenciosa y cuando acaba siente la tentación de
llamarle mentiroso.
Y no sabe que es imposible. Que siempre le hace volar. Sin necesidad de despegar los pies del
suelo. Hay muchas cosas que Sirius no sabe. Como por ejemplo, que no hay nada de malo en querer
a un hermano. Incluso a un mal hermano.
The marauder in me
Media hora después, Lily ha mandado a dos alumnos de quinto a la cama, ha calmado el último
ataque de llanto incontrolado de Myrtle, ha impedido que tres futuros delincuentes de tercero, llenen
Gryffindor de Bombas Olorosas Zonko y ha conseguido evitar los pasillos más largos y oscuros. Lo
que no piensa hacer es de ningún modo colaborar en nada que James haya pensado hacer para
martirizar a Sirius ahora que ha descubierto su secreto.
- Venga ya, Lily. Solo es una pequeña colaboración, lo que te pido. Básicamente, que no les digas
lo que sé. A ninguno de los dos. El resto ya lo hago yo.
James responde "¡no!" sin pensarlo y añade "¡no es gente, es Sirius!" como si fuera lo más obvio del
mundo. Tal vez lo sea. Lily no acaba de comprender todos los sutiles ángulos de esa curiosa
amistad que comparten. Si fueran enemigos, se gastarían menos bromas.
- Se lo merece. ¿Sabes cuántos años lleva martirizándome? "Nunca saldrás con Lily, James". "Sigue
intentándolo, Jimmy". Es lo mínimo que puedo hacer por todos esos "no, ella no te ama locamente
en secreto, Jimmy". – Llegados a ese punto, Lily se ve obligada a entornar la mirada. - Ahora que
hemos visto que se equivocaba... – En el espacio entre sus palabras, se podrían escribir sonetos pero
Lily no dice nada. – Y ahora que sabemos que era por pura testarudez por lo que te negabas a salir
conmigo...
Hay una pregunta ahí, detrás de todas esas bromas aparentes de James. Algo como "¿por qué no
querías salir conmigo?". No es una mala pregunta pero la respuesta es esquiva y Lily sale del paso
evitándola. Se adentran en un pasillo largo, habitado por marcos sin figuras. A veces los niños más
pequeños se adentran en los territorios peor iluminados de Hogwarts.
Algo en el tono de su voz suena decididamente sexy. Se pregunta cuándo aprendió a flirtear. James
le sigue un paso por detrás, tocando los marcos al pasar.
- Saliendo, sí, se podría decir que sí. Creo que el termino técnico es "noviazgo".
¿Noviazgo? No está segura de que alguien de la madurez de James esté preparado para "noviazgo".
No está segura de que ella esté preparada para "noviazgo", por el amor de dios. Se pregunta si está
dispuesta y si no será demasiado y si hizo bien en la fiesta y si será normal que no sea el estómago,
sino ella misma la que se siente al borde de un salto mortal. Sin red.
- ¿Noviazgo? Una conclusión algo extrema, diría yo, para un par de besos.
Nota un tirón en el brazo y su cuerpo cede involuntariamente. Antes de que pueda reaccionar, está
apoyada de espaldas contra uno de esos cuadros sin lienzo. Y James Potter la mira con esa mirada
llena de dobles intenciones. El mundo es su gran travesura y ahora, Lily se siente el objetivo
número uno de todas sus gamberradas. El estómago hace tres piruetas mortales, todas sin red. -
Podemos besarnos más. – Su voz se vuelve un susurro.
James es tan arrogante y tan alto. Y tan testarudo. Y nunca le han gustado las normas. Excepto para
romperlas.
Cuando se agacha y se moja los labios antes de besarla, Lily piensa "me va a besar", piensa
"estamos solos", piensa "a oscuras" y luego –labios, boca, se abre, lengua- no piensa nada, excepto
"ay, dios mío". Es lo curioso que tiene besar. Que durante un momento desaparece todo, excepto la
sensación de estar descendiendo a profundidades muy húmedas. No hay deberes, ni reglas que no se
vayan haciendo sobre la marcha y eso es lo terrorífico de besar, sobre todo cuando besas a alguien
como James. Que Lily no puede controlarlo todo.
Ni siquiera a sí misma.
No sabe cómo ha acabado poniendo una mano en la cintura de James, poniendo la otra en su
espalda para sostenerse. Pero no se siente besada, se siente escalando el Himalaya, perdida en ese ir
y venir de las lenguas y el jadeo insistente de su propio corazón. Se siente ebria y le cosquillean los
pies porque no siente el suelo debajo para sostenerse. James le sujeta la cabeza con ambas manos y
murmura "Lily" cuando cogen aire y se separan. A Lily nunca se le había ocurrido morder la lengua
de un chico durante un beso. Nunca le habían besado tan profundo. Se deja caer primero contra la
pared y después contra James, que está cerca y caliente y
- rígido –
Es inconfundible, la voz aguardentosa del señor Filch. Inconfundibles, ese par de ojos amarillentos
en la oscuridad. La señora Norris mira al pasillo desde el hall con el lomo encorvado y Lily está
segura de que les ha visto antes de que se separaran. Se siente de cera de rodillas para abajo. Y
juraría que todavía presiona sobre ella, esa rigidez que nunca había sentido.
Le arde la cara. Pero respira hondo, saca valor y da unos pasos adelante en el corredor.
- Soy yo, señor Filch. Me pareció que se quedaba rezagado un alumno, ahí dentro.
Filch refunfuña un rato, le dice que se ande con cuidado, le lanza un par de sus miradas
desconfiadas y turbias y se marcha flanqueado por la señora Norris, que lleva la cola en alto y bufa
sin motivo aparente. En el antiguo Egipto, los gatos vigilaban el inframundo. En Hogwarts, todavía
son guardianes de los territorios en sombra. A Lily le late el corazón tan deprisa que le sorprende
que no esté rodando en el suelo, para que la gata juegue con él.
- Sirius dice que Filch nota cuando alguien está haciendo algo divertido. Como un instinto de
aguafiestas nato.
James le habla casi en la nuca. Ese vaivén traidor del estómago la acabará mareando y necesita
alejarse de él.
- ¿No te preocupa que tantas frases tuyas empiecen con las palabras "Sirius dice"?
Camina hacia la luz de los corredores más transitados. Sabes que James la sigue. Una vocecilla
interior de Lily, con más curiosidad que experiencia se pregunta cómo es esa rigidez y si todavía
sigue ahí. Pero si mira se morirá de vergüenza. De hecho, tampoco se ve con muchas fuerzas para
sostenerle la mirada. En el pasado no se fiaba de él. Ahora sospecha que no se fía de sí misma.
Cuando llegan a la habitación común dice "hasta mañana" y está subiendo las escaleras antes de
darle tiempo a reaccionar.
O eso cree.
Y de nuevo, le agarra el brazo. Hace eso. Eso de tirar de ella casi sin hacer fuerza. Con seguridad,
con suavidad. ¿Así es como coge la snitch?
- No pasa nada, ¿sabes? – Tiene bonitos ojos castaños y una mirada limpia. - No quiero agobiarte,
Lily. Podemos ir... –respira y busca las palabras- tan despacio como tú quieras.
Se agacha, ladea la cabeza ligeramente y le susurra buenas noches con un beso casi fantasmal.
Labio contra labio y desaparece.
- Soy joven, - añade, con una sonrisa- y no hay prisa para la boda.
Sentido y sensibilidad
No es que Lily no sepa nada sobre el tema. Porque Lily definitivamente sabe sobre El Tema.
Después de todo, en su casa había varios libros sobre El Tema. Anatomía Humana Sin Tabúes,
Cómo Hablarles a tus Hijos Del Sexo, Algo Más que Abejas y Flores. Cuando tienes padres hippies,
es inevitable que quieran ser didácticos y dar todo tipo de explicaciones que a Petunia le parecían
bochornosas y Lily escuchaba a regañadientes. Prefería examinar los libros ella sola. Sabía que
podía preguntarles a sus padres qué era el coito pero, ¿quién quiere hablar con sus padres de eso?
En aquellos libros lo explicaban todo muy bien y Lily los examinó con la misma minuciosa
atención que dedicaba a las tareas del colegio. Con diecisiete años, Lily no tiene ninguna pregunta
pendiente sobre la eyaculación, el orgasmo femenino ni las trompas de falopio.
Le falta, si acaso, un poquito de experiencia.
Está, de hecho, orgullosa de su falta de experiencia. Porque eso significa que no es una
descerebrada dispuesta a un magreo guarro en un aula vacía. Significa que Lily cree que el sexo es
algo más que aprovechar cualquier oportunidad. Significa que tiene dignidad y principios y quiere
que sea algo al menos mínimamente significativo.
A principios del sexto curso le escuchó hablar con Sirius. No escuchó deliberadamente, claro. Hacía
su ronda de prefectura y le pareció escuchar sus voces al fondo del pasillo. Le llamó la atención
porque no se le ocurría de dónde podrían haber salido. Era como si se hubieran aparecido del otro
lado de la pared.
Desde su esquina, podía oírles perfectamente. Susurraban. Les resbalaban las palabras y se
tambalean ligeramente. Si hubiera estado más cerca hubiera olido el whisky de fuego.
[Sirius decía "las tetas pero también las orejas. Y el estómago. Y el cuello, pero James... las tetas".
Sirius respondía algo ininteligible y se reían. Se tambalearon, dieron contra la pared, se hicieron
callar, "ssshhh". James dijo, "Filch nos va a oír con su radar contra la diversión".
Y después Sirius le preguntó qué más había hecho durante el verano con esa chica y si realmente
fueron algo más lejos que las tetas. James se pavoneó como si fuera un animal buscando con quién
aparearse. Envalentonado frente a su auditorio. Lo último que Lily escuchó fue "me lo hizo con la
boca. Ostia, Sirius, con los labios y la lengua y con toda la boca".
Lily ya sabe lo que hizo aquella chica. Y también qué nombre tiene en latín. Fellatio. Lo que no
sabe es qué se siente, si da mucha vergüenza o un poco de asco. No sabe si se sentiría humillada al
hacerlo, si James se lo va a pedir, si tiene que hacerlo, si sabrá. Se lo ha preguntado muchas veces.
¿Tendré? ¿Sabré? Nunca se ha preguntado algo mucho más simple.
¿Querré?
(…)
Los romanos concedían gran importancia a la época del año en la que Sirio dominaba la bóveda
celeste. Eran los meses más calurosos, bajo el influjo del Gran Perro celeste. Los poetas latinos
hablan siempre de ella, la feroz canícula. Remus no sabe, sencillamente no sabe resistirse a su
abrasadora influencia. Le hacen perder el control, la luna una vez al mes y la estrella, siempre que
hace acto de presencia.
Alquimia
Las pociones para curar a los heridos por el veneno de las serpientes, son de cocción lenta y
funcionan mejor si los ingredientes se cortan con los dedos. Uno a uno y asegurándose de lavarse
las manos entre uno y otro. Cuando todos están en la olla, el olor es intenso. Si la proporción es
buena, debe ser al mismo tiempo, dulce y amargo, ese olor característico. Entre todas las mezclas de
la clase, solo dos huelen así. La suya, naturalmente. La de la sangre sucia, como siempre.
Las otras no son igual de buenas. O muy dulces –la de Lupin, por supuesto- o muy amargas –ese
idiota de Black, cómo no-. Ella las hace perfectas. Desde su asiento Severus oye el burbujeo que no
cesa. Ni muy violento, ni falto de carácter. Las pociones requieren mayor disciplina que ninguna
otra rama de la magia.
Slughorn abandona la clase en mitad del hervor, cuando la profesora McGonagall le pide que salga
un momento. Naturalmente, los gandules de la clase se ponen a hablar y, ¿cómo conseguirán alguna
vez comprender la alquimia, la matemática de la poción, si no le prestan atención al caldero y
observan los cambios del color? Inútiles. Faltos de disciplina. Débiles.
- Nah, - dice, ignorando completamente el hecho de que ella, obviamente, no le soporta. – Te salen
tan bien porque las pociones intentan impresionarte. Es por eso.
Severus espera otra réplica semejante a tamaña estupidez. A él se le ocurren unas cuantas y la
sangre sucia no dice ninguna. En realidad dice algo. Algo como "qué tonto eres" pero es con esa
sonrisa que Severus no ha visto nunca y de una manera que significa cualquier cosa menos "tonto".
Potter se sube las gafas, le devuelve otra sonrisa, y la besa.
Solo un beso.
Y sigue sonriendo cuando se separan. Aunque dice "siéntate, antes de que vuelva Slughorn".
Potter obedece y se sienta. Después de haberla besado. Curioso, lo largo que parece ese beso, ahora
que no deja de repetirse en la mente de Severus. Labio contra labio, a cámara lenta.
Qué curioso.
Ella lo odiaba.
Retira su cocción del fuego. Apunta en el libro. "Retirar del fuego en el momento en que la poción
empieza a clarear y se impone lo dulce sobre amargo. Antes de que el olor resulte insoportable". Le
tiembla levemente la mano pero nadie lo nota.
En primero Sirius discutió con tres Slytherin de cuarto en la biblioteca. Quiso hacerles tropezar con
un hechizo y lo que consiguió fue que los libros de tres estanterías distintas se volvieran locos y
atacaran los cristales de las ventanas. El castigo fue encargarse de ordenar la biblioteca al final de
cada trimestre.
Es el séptimo año que Remus le ayuda a hacerlo cuando la bibliotecaria les deja solos. Por
"ayudarle a hacerlo" Sirius entiende que Remus ordena y él le sujeta la escalera. Ordenan la sección
de Bichos Raros, justo al lado de Muggles Locos.
- ¿Raro? – pregunta Remus desde el final de la escalera. - ¿En qué sentido raro?
- No sé. Raro. Distraído cuando le hablo. Ayer me dijo que no tenía ganas de jugar al Quidditch. Le
pregunté qué le pasaba y dijo "es igual". No dijo "no me pasa nada", ¿sabes? Dijo "es igual". Y ya
van tres veces que se sienta contigo en clase, en vez de sentarse conmigo.
- ¿En serio?
- Le pregunté a qué venía y me dijo "te lo mereces". Le dije "qué es lo que he hecho" y me dijo "por
ser Remus".
Sirius sujeta la escalera sin prestarle demasiada atención. ¿Por ser Remus? ¿Qué clase de horterada
es esa?
- Puede que esté raro por salir con Lily – aventura. - Debe ser la emoción.
- Tampoco es tan raro, Canuto. Lleva años pensando en ella. – Se concentra en los lomos de los
libros. Le gustan los colores, el tacto de las portadas, el olor de la tinta. Subido en la escalera, siente
que está seguro, en ese lugar donde se olvida de todos sus problemas y siente que habla solo, sin
temor de ser rechazado. - Ha debido imaginar en su mente el momento de besarla miles de veces, de
mil maneras diferentes, pensando que tal vez nunca ocurriría. Y ahora está ahí, al alcance de su
mano. La posibilidad de todas esas cosas que soñó. Debe ser una emoción intensa tener en sus
manos algo que ha deseado tanto tiempo. Paralizante, incluso.
Coloca el último tomo de "¡En qué pensaban los muggles! Guía Práctica de Sus Más Absurdos
Inventos" y le extraña que la escalera no se mueva hacia el siguiente tramo. Cuando mira a sus pies,
Sirius está allí quieto. Y nunca es bueno cuando Sirius está ahí quieto.
Le mira fijamente.
- ¿Remus?
- ¿Sí?
Uh-oh.
Una parte de su mente, una parte pequeña pero sensata es consciente de que cuanto más lo niegue,
menos convincente sonará.
- ¿Remus?
- ¿Mmm?
Mala. Cuando Sirius está quieto siempre es muy mala señal. La escalera le tiembla bajo los pies.
Leyes del frenado y la aceleración (una teoría)
La lechucería es uno de los lugares más altos del castillo. Casi con seguridad, uno de los más
sombríos. Posiblemente, el más silencioso a primera hora de la mañana, cuando la mayoría de los
pájaros duermen. Remus siempre se levanta temprano y le gusta subir personalmente a por su
periódico, en lugar de esperar a que las lechuzas lo bajen al comedor. En vísperas de Navidad, las
lechuzas trabajan más que nunca y están tan cansadas que apenas ululan cuando las molestan.
- Deberían ser diez puntos menos para Gryffindor, Remus, por no haber hecho tu ronda anoche.
- James me suplicó. Y supongo que no hace falta explicarte lo convincente que puede llegar a ser
cuando se empeña en algo.
De camino al comedor, se encuentran grupos de alumnos que suben y bajan y corren más de lo
normal, excitados por la perspectiva de las vacaciones. Se respira Navidad en el ambiente y cuando
el sauce boxeador estornuda, lanza pelotas de nieve a los cristales del castillo. Remus lee mientras
camina y Lily va tan en silencio que prácticamente está gritando.
- Muy bien.
Bajan dos pisos más y Lily apunta diez puntos menos para Ravenclaw después de sorprender a dos
alumnas de tercero copiando el trabajo de Aritmancia de una compañera. Si son tan listas, murmura,
bien podrían hacer sus propias tareas.
- Absolutamente segura.
Se sientan a desayunar temprano, como siempre. Leche, cereales, bollitos, zumos, mermeladas.
Tienen mucho donde elegir y Lily apenas prueba bocado. Tamborilea con los dedos, mueve la
cucharita contra la taza y no se decide entre el azúcar o la miel.
- Se trata de James.
- Posiblemente.
Durante los siguientes cinco minutos desgrana todas las partes de su personalidad que le convierten
en una persona muy frustrante con la que resulta muy difícil tener conversaciones razonables, no
digamos una relación. Recuerda que es arrogante, bla, bla, tozudo, bla, bla, inmaduro, bla, bla,
como si Remus no hubiera oído todo eso –bla, bla incluido- durante los últimos – al menos – tres
años.
- Ya sabías todo eso, Lil. Y a pesar de todo eso, le besaste en el baile. Y como no eres ni mucho
menos tonta, y sabías lo que hacías, lo que estoy pensando es que no estás arrepentida de haberle
besado. Sino, posiblemente, un poco asustada por las consecuencias.
- No estoy asustada- contesta con toda la vehemencia que puede. Y es mucha vehemencia,
tratándose de Lily. - Abrumada, como mucho. Es que James es tan... bueno, es tan... –baja la voz y
si hubiera más gente en el comedor, Remus no le oiría-... tan intenso y tan seguro de sí mismo. Y ya
sabes, siempre quiere... más.
Indignada, Lily convierte su susurro en ofensa y afirma que no es siempre sobre sexo y hay otras
cosas y te estoy hablando de mis sentimientos y –baja la mirada, admite que – también es sobre eso.
- Crees que James querrá ir rápido y como tiene más experiencia que tú, te... – va a decir "asusta"
pero se contiene- te "abruma" un poco.
- Eso suelen decirme. ¿Te sientes insegura porque no tienes tanta experiencia como él? Porque lo
creas o no, no creo que eso a James le importe. Me atrevo a decir que puede parecerle una cualidad
atractiva.
- Todo esto sería más fácil si fueras una chica, Remus. ¿Por qué no eres una chica?
- No estás preocupada porque James quiere ir rápido. Y tampoco estás preocupada porque James
pensará que eres una estrecha. Porque sabes que no lo pensará. A pesar de que es arrogante bla bla y
testarudo bla bla.
- Estás preocupada porque te asusta querer ir igual de rápido. – Algo pasa en la mirada de su mejor
amiga, algo que dice touché. - Pero siempre te queda una opción más fácil, Lily. Si te abruma lo de
tener menos experiencia, no eches el freno. Y tendrás toda la que quieras.
Lily manda un bollito en dirección a Remus. Impacta en medio del pecho y le caen miguitas al
jersey. Si quisiera consejos descerebrados dice Lily, le preguntaría a tu novio.
Subraya "novio" sacando la lengua. Remus se limpia las migas y se come el bollito.
Convocado por su propio nombre, Sirius se acerca hasta su sitio, pasando por encima de la mesa
para sentarse junto a Remus. Le roba el bollito de las manos antes de que ninguno tenga tiempo de
reaccionar.
- No se puede pasar demasiado tiempo conmigo, Evans. Todo sabe a poco. – Se sirve un vaso
enorme de zumo, que hace desaparecer en un par de tragos inmensos. Lo deja sobre la mesa con
fuerza y ya está con el segundo bollito. – Tan temprano y los dos prefectos ya están sentados. Vais a
acabar empollando un huevo, niños.
- No te preocupes. - Con lo que come Sirius tienen bastante para saciarse media docena de personas.
Lily se levanta sin terminarse su leche. -Si es así, lo llamaremos Sirius en tu nombre.
- Ríete, Lunático –comenta Sirius mientras la ve marcharse, camino del tercer bollito- pero empiezo
a pensar que me cae bien esta chica.
- Bueno, Remus, y por retomar un tema que si no me equivoco quedó pendiente anoche. – Van
cinco bollitos. - ¿Desde cuándo te gusto?
(…)
Malos presagios
Para alguien que tiene como política evitar las batallas, Remus se encuentra metido en las más
peregrinas.
- ¡Mentirosa!
- ¡Embustero!
Dos alumnos de cuarto se pelean a voz en grito y su tarea de prefecto a dos días de Navidad consiste
en intentar que no se saquen los ojos, como parece que van a hacer. Está seguro de que si les obliga
a recordar el motivo original de la disputa ninguno de los dos sería capaz de señalarlo. Es lo de
menos. Lo que importa es que tienen catorce años y se odian de una manera que poco tiene que ver
con el odio.
Ella le llama "cabeza de chorlito". Él la llama "bruja caprichosa". Ambos están rojos de ira y tienen
las hormonas en la casa de Escorpio. Remus les separa, confisca sus varitas hasta la mañana
siguiente en previsión de lo que pueda ocurrir y les impone como castigo ayudar a la profesora de
Herbología a regar los setos que acaba de plantar en el invernadero.
Les da dos horas antes de empezar a hacer cosas juntos que poco tienen que ver con los setos.
- Mañana a las cinco. Le diré a la profesora que cuidaréis de sus setos con el mismo cuidado y
delicadeza con el que os tratáis el uno al otro.
Se marchan enfurruñados y farfullando, cada uno por un pasillo. Cuando está seguro de que no le
ven, Remus sonríe para sí mismo y sigue con su ronda con esa misma sonrisa. Ensimismado en
pensamientos sobre adolescentes atosigados por sus emociones. Si hubiera visto a tiempo a Lucius
Malfoy, se habría cuidado muy mucho de cruzarse en su camino. Desafortunadamente, no es el
caso.
- Vaya, vaya, vaya, la señorita Lupin paseando sola. Es raro que no lleves a tu perrito faldero detrás,
Lupin. ¿O eres tú el que se pone detrás? Nunca me ha quedado claro.
Al contrario que sus alumnos, no tiene quince años, ni el deseo subconsciente de acostarse con
Malfoy. No necesita una pelea para entretenerse y ojalá pudiera decir lo mismo de Lucius Malfoy,
que siempre ha tenido un obsesivo interés en meterse con él. Sus maneras son excesivamente
aristocráticas y todo en él apesta a un odio indisimulado, humeante como la escarcha.
- Crees que puedes pasear solo por aquí, ¿eh, Lupin? Que no importa que seas un harapiento porque
tus amigos te protegerán. – Habla siempre con la barbilla en alto y ese brillo de superioridad casi
lasciva en la mirada. Apenas mueve los labios. - Pero tus amigos, Lupin, son tan vulnerables como
tú. Incluso Black, con toda su magia. – Se le dibuja una sonrisa heladora. - Tampoco Sirius es
invencible.
Saber luchar es elegir las batallas. Remus deja pasar ésta y sigue caminando sin decir nada.
Vuelve sobre sus pasos. No sabe por qué. Pero –tampoco Sirius es invencible- algo se agita, algo se
hiela en su sangre cuando oye esa frase. No es una amenaza, es un augurio.
Tal vez si deja pasar todas las batallas, acabe perdiendo la guerra.
- Puede que no, Lucius. – Le mira a los ojos tratando de desarmar su ira. – Puede que seas mejor
mago que Sirius, incluso. O mejor que yo. – Lucius murmura entre dientes "desde luego", como si
la sola comparación fuera ofensiva. – O mejor mago que James o Peter. Pero no eres más poderoso
que los cuatro juntos. Y si te enfrentas a uno de nosotros, te enfrentas a los cuatro.
El pasillo está vacío excepto por ellos y diciembre azota Hogwarts con inclemente fiereza. Hace
frío. Lucius Malfoy enarca suavemente una ceja y profetiza, "no te preocupes, Lupin".
- Si es necesario, caeréis uno a uno, empezando por el más débil de todos. Caeréis.
Se marcha dejando el final de sus palabras en el aire, caeréis uno a uno y Remus sabe que ese frío
nuclear que le hiela los huesos es más duro de sobrellevar que el embate del invierno. Horas
después, delante de la chimenea de la Habitación Común sigue pensando en Lucius Malfoy y las
debilidades humanas. Empezando por el más débil de todos. Caeréis.
En la mesa donde muchos alumnos leen o estudian, James y Peter juegan al ajedrez mágico y Sirius
critica todos sus movimientos, con exagerados aspavientos que ponen nerviosas a las fichas.
Conteniendo los escalofríos, Remus piensa en ellos. Se pregunta si los augurios se cumplen por la fe
que ponen en ellos los hombres debilidades y cuál de ellos cuatro es más débil.
Tal vez James, con su insobornable confianza en todo y en todos. Con su incauta ingenuidad. Tal
vez Peter, constantemente atemorizado por la más mínima perturbación, siempre buscando cobijo
en alguien más fuerte. Los latidos de su corazón le dicen tal vez Sirius y se precipitan contra el
pecho. Sirius piensa Remus. Estirpe condenada a la magia negra, sangre maldita, demasiado poder.
Llamado para la grandeza, en lo bueno y en lo malo. Tal vez sea el más débil de todos. Él y esa
rabia que le quema por dentro, que podría arrasarlo todo con su imprudencia, con su fiera vanidad,
con su ansia de no sé sabe qué.
Ella dice "el chocolate" y después "o ese tal Black". Sonriendo. Luego se da cuenta de que Remus
tiembla y parece nervioso, ensombrecido. Y le contesta la verdad.
Al igual que Lucius, Lily hace su propio augurio. Marca el destino del futuro con pocas, certeras
palabras en las que Remus no quiere creer. Pero cree.
Adivina qué
No importa que Remus diga "será la emoción" y no importa que Evans no mencione nada y actúe
como si tal cosa. No importa porque James es su mejor amigo y si alguien sabe cuándo le pasa algo,
ése alguien es Sirius. James lleva días evitándole y suspirando a menudo. Comiendo poco, como si
fuera una chica o algo así. Está distraído y lo que es mucho, muchísimo peor. Las dos últimas
tardes, se ha sentado en la habitación común con Remus, ¡haciendo los deberes! El James Normal,
el James que Sirius conoce y que acaba todas sus frases por él, no se pondría así por salir con una
chica. Se pondría histérico, se pondría a cantar, se pondría a bailar, tendría una parada cardíaca.
Pero no haría los deberes y suspiraría.
¿La biblioteca?
- Potter, se acabó. ¿Qué coño te pasa? Y si me dices otra vez que no te pasa nada, te empalaré. Sé
cómo se hace, Cornamenta, te lo aseguro. Los Black nacemos sabiendo esas cosas.
Suspira de nuevo. Duda, balbucea y es como una especie de replicante de James. Su misma cara, el
mismo cuerpo y lo que habita dentro es un tío desconocido. Un tío desconocido que suspira.
- Tienes que jurar que no se lo contarás a nadie, Canuto. Y que no te reirás, porque va en serio,
¿vale? Y que no vas a burlarte. Tienes que prometerme que no vas a burlarte.
No contarlo. Fácil. No reírse, se puede hacer. No burlarse. Chungo. James le está pidiendo que sea
el mismo, sin chorradas, ni chistes. Si se lo pidiera otro, le tiraría por la torre más alta de Hogwarts.
Lo que ocurre a continuación Sirius va a verlo rebobinado en su cabeza durante las próximas horas.
Pero no como si hubiera tomado parte de la conversación, sino como si hubiera asistido a ella como
un simple espectador. Porque lo que ocurre es muy extraño y algo que no había ocurrido nunca. Al
menos no con James porque de eso Sirius se acordaría. Lo que ocurre –para ser breves- es que su
mejor amigo se sienta en un pupitre polvoriento y le cuenta lo que le pasa y parece claramente
avergonzado. Algo inaudito en la larga y delictiva historia de James Potter y Sirius Black. Se lo
cuenta sin mirarle a la cara, con pausas y muchas dudas. Con frases entrecortadas y mal escritas.
- Bueno, ya sabes que pasó eso con Lily, en el baile. Y fue como genial y ya sabes, brillante porque
es Lily, ¿no? Así que pensé "vaya, es Lily" y no digo que no esté bien porque está bien pero pasó
que era el baile, ¿no? Y tú hiciste esa cosa, esa cosa de besarme, ¿te acuerdas de esa cosa?
Sirius se limita a asentir hasta ese momento. En ese momento da un respingo. Y le salta el corazón
en el pecho. Se queda lívido. No, por favor.
- Si me vas a decir que estás enamorado de mí, James, me tengo que sentar.
- ¿De ti? – Resulta un poco ofensiva esa mirada de "Tienes Que Estar Drogado" que lleva puesta. –
Venga ya, Canuto, que estoy hablando en serio.
- Pero, no sé, empecé a pensar. En ese beso, quiero decir y no es que no... no es que Lily no sea...
Cada vez habla más bajo. Sirius quiere gritar DÍMELO YA, GILIPOLLAS pero parece tan abatido,
que no se imagina lo que pueda ser. Así que se acerca, se sienta con él, le asegura que sea lo que
sea, sea lo que sea, no puede ser tan terrible. No puede ser tan grave. No puede ser tan horrible.
Se equivoca.
Los alumnos que le ven pasar se preguntan si es un pájaro, un avión o Sirius corriendo tan rápido
que le sale humo debajo de las botas. Recorre el colegio tan deprisa que pasa dos veces por los
mismos lugares y se le olvidan los más evidentes. Está tonto, está lo más cerca de la histeria que ha
estado en su vida. Está, para decirlo en pocas palabras, flipando. La media hora que tarda en dar con
Remus es la media hora más larga de toda su vida. No es media hora, son una docena de años en
Azkaban.
- James te quiere.
Remus sigue cogiendo ramilletes de dormidera, como si no le hubiera oído. Claramente poco
impresionado.
- Yo también le quiero.
No lo entiende. Y Sirius está sudando. A pesar del frío y de la nieve. Sudando como si fuera el
último partido de Quidditch de su vida. La final del Campeonato más importante de todos.
- ¡No! – chilla. - ¡Cómo voy a estar bien! ¿No me estás oyendo? ¡QUE JAMES ESTÁ
ENAMORADO DE TI!
Media hora corriendo y se le han ocurrido todo tipo de posibilidades a cual más horrible. En la
mayoría de ellas, Sirius es desgraciado. En todas, James acaba llorando. En varias, Remus confiesa
que también le quiere. Todas sus fantasías incluyen alcohol para superarlo. Ni siquiera ha sabido
qué decirle a James aparte de "ajá" en repetidas ocasiones.
Ninguno de sus horribles escenarios en los que, inevitablemente, se jodía toda su vida, incluía a
Remus recogiendo plantas medicinales como si tal cosa.
- Sirius, ¿de dónde has sacado esta absurda, aunque entretenida idea?
- ¡De James!
Va a tener que escribírselo, está visto. Va a tener que explicárselo, tal y como se lo ha explicado
James. No va a ser difícil porque recuerda sus palabras, una a una. Con lacerante precisión.
- Aparentemente, el beso que le di en el baile, le hizo pensar. Lo cual, por cierto, me da la razón y
demuestra que pensar es una mala idea. ¡Mala!
Aparentemente a James nunca se le había ocurrido besar a un tío, pero algo esa noche le hizo
pensarlo y se le ocurrió que si tenía que besar a un hombre, posiblemente Remus sería una buena
elección. Cosa que Sirius no puede reprocharle pero le gustaría poder reprochárselo, visto que esa
idea destrozará sus vidas. Inevitablemente. El tarado de James le ha dicho que no sabe cómo
contárselo a Lily, ni a su madre porque claro, tendrá que contárselo a su madre. Y tampoco sabe,
lógicamente, cómo contárselo a Remus.
Durante un segundo fugaz Sirius cree que va en serio. Luego le ve apoyado en las macetas, con las
hierbas en la mano, sonriendo. Como si le pareciera todo muy divertido. Como si no estuviera en
peligro la amistad más importante en la vida de Sirius. James y Sirius son lo más importante en su
vida, de maneras radicalmente distintas. Son dos bombas de profundidad, a punto de chocar la una
contra la otra.
- Remus, ¿por qué no te tomas esto en serio? ¡Es James! ¿Es que no te das cuenta de que yo y él...?
¿De que él y tú...? ¡De que tú y yo, Remus!
- Primero. Si de algo me doy cuenta es de que es James. Precisamente, James. Segundo. No solo no
le tomo en serio, sino que no entiendo cómo tú te lo tomas en serio. Y tercero. Si yo le gusto a
James, tu madre se casará con Dumbledore.
- ¿Qué?
Sirius tarda uno, dos, tres segundos en atar todos los cabos. Luego piensa "soy un gilipollas".
Después piensa, primera ley del bromista, "tarde o temprano te la querrán devolver". Por último
piensa "JAMES POTTER ES HOMBRE MUERTO".
Como gamberro vocacional y profesional, Sirius siempre ha asumido que tarde o temprano, le
tocaría ser el pringado al que no le queda más remedio que tragarse el orgullo y reconocer que le
han engañado. Nunca pensó que llegado el día, además del fiero deseo de la venganza,
experimentaría esa intensa sensación de alivio.
Solo en el campo de Quidditch, James hace volar la escoba de una portería a otra. Lo hace con los
ojos cerrados, notando el viento en la cara. Calcula la distancia entre una y otra portería y sonríe
cuando al abrir los ojos, se encuentra con Sirius entre los tres aros de la izquierda. Montado sobre la
escoba, furioso. Lleva la varita en la mano y pronuncia en latín antes de que James tenga tiempo de
apartarse.
La escoba sale disparada hacia el suelo, ajena a su voluntad. El cabrón de Sirius no la hace frenar
hasta que quedan tres metros para el suelo y es un milagro que a James no se le caigan las gafas. Es
un hechizo potente y no lleva la varita encima para poder dominarla con un contra hechizo. Durante
los próximos tres minutos, se ve a merced de las piruetas que va decidiendo Sirius. Son en total
quince vueltas de campana y dieciocho piruetas clasificadas como ilegales en los partidos de la liga.
Cuando James, finalmente, pone un pie en el suelo, se alegra de haberse saltado el desayuno. Sus
tripas deben seguir volando, en algún lugar del campo.
- Sería una pequeña pérdida para el Quidditch, Potter, pero un gran paso para la Humanidad.
Sirius baja de la escoba frente a él. Quince vueltas de campana pero cuando le ve tan enfurruñado
James recuerda la expresión de su cara y todavía le da la risa.
Le brillan los ojos detrás de las gafas. Recibe una patada en la espinilla pero llega sin fuerza. No
duele.
Nota, como uno nota esas cosas, que a Sirius le encantaría estar enfadado con él. También nota que
no puede. Y que bajo esa expresión ceñuda hay un bromista nato que sabe reconocer una buena
broma cuando se la juegan.
- Se limitó a confirmar mis sospechas. No hizo falta que me contara nada porque, no sé, tío, siempre
pensé que eras un poco… rarito.
- ¿Hasta cuándo voy a soportar tus chistes sin gracia sobre el tema? Es por hacerme una idea.
James abre la mano, da un golpe seco en el suelo y la escoba sube hasta él. Sirius le sigue camino al
vestuario.
- Bueno, somos longevos en mi familia y piensa que lo último que haré en mi lecho de muerte será
reírme de ti. Calcula cincuenta o setenta años de bromas.
- Entonces, rezaré para que mueras joven. En un terrible accidente para el que yo tendré una buena
coartada.
Sin dejar de caminar, James le empuja. Y Sirius le empuja. Y zigzaguean un rato, camino al castillo.
Empujándose mutuamente.
- Te lo dije, capullo.
- Ya. Pero podías habérmelo dicho. Lo supo una chica antes que yo. Tío, ¡una chica!
- No me atrevo. Vendrá su novio y me pegará. ¿O tú eres la novia? Llevas el pelo largo, creo que
eres la novia.
La escoba de Sirius acelera y frena. Les rodea, avanza hacia el colegio, cuando Sirius le da un
coscorrón a James. Espera y les sigue.
En la entrada del colegio, Sirius silba y la escoba aterriza suavemente bajo su mano. Caminan al
vestuario por pasillos por los que apenas se cruzan con nadie. En la puerta donde dice "Gryffindor",
James se para. Observa detenidamente al que ha sido su mejor amigo desde los once años. Todo
sigue igual. Excepto esa manera de bajar la mirada un poco. Como si esperara algo de él. Algo que
Sirius Black nunca espera. De nadie.
Aprobación.
- Pero estáis… - dice James- o sea… Remus y tú... Sois como un… algo, ¿no? Qué… ¿qué coño
sois?
"No es para tanto" añade Sirius, y es tan evidente que miente, que ni siquiera tiene mérito darse
cuenta. Es para tanto. Todo en el indica que por una vez, por primera vez, es para tanto.
- No estoy flipando, garrulo. – James le empuja, entra en el vestuario y se va quitando las botas. -
Aunque Remus se merece alguien mejor que tú, supongo que ya lo sabes.
Se saca el jersey del uniforme por la cabeza. O lo intenta, al menos. El cuello es estrecho, lleva las
gafas puestas y cuando parece que ya sale, Sirius se acerca, - eso ya lo sé, capullo- y le pellizca un
costado. James trastabilla a oscuras, con la cabeza metida dentro de la ropa, murmurando
"gilipollas". Está rojo hasta las cejas cuando consigue sacarse el jersey. Tiene la gafas empañadas.
- Eh, Sirius, ¿crees que ahora soy oficialmente el heterosexual más guapo de Hogwarts?
- ¿Y Remus?
Uno de sus suspiros dramáticos. Sirius coge una toalla y la deja cerca de la ducha. Enciende el grifo
y lo gira hasta que el chorro echa vapor. Le gusta muy caliente.
- Me gusta más y punto. – Comprueba que el agua esté a su gusto. James todavía no ha terminado
de desvestirse. - ¿Ya hemos terminado el interrogatorio, madre?
- ¿Más cuánto?
Sirius se mete bajo la ducha con los ojos cerrados y le salpica sin mirarle.
- Es verdad, Canuto, estoy siendo un poco atosigante. Sé que eso te molesta. Dime, ¿estás muy
enamorado?
- Cállate, Potter.
- Sirius Black, con lo que tú has sido y ahora enrollado con un prefecto. Seguro que estás muy –
subraya con toda su intención- enamorado.
- Estás súper enamorado, Sirius. Se te nota en la cara. Eres prácticamente… - Sirius murmura "ni se
te ocurra" pero no es más que una invitación a decirlo- …una chica.
Sirius da dos pasos, le retuerce un brazo contra la espalda, le mete la cabeza en la ducha, gira el
grifo y le ducha con la ropa puesta y el agua helada. James se resistiría pero es difícil cuando tienes
un ataque de risa. Media hora después se seca la cabeza murmurando "maricón" y cuando Sirius
dice "gilipollas" tiene la sensación de que por mucho que cambien las cosas, las realmente
importantes, encuentran la manera de seguir ahí. Sobreviven y se adaptan. Como los buenos
amigos. Como los amigos del alma.
Cuenta conmigo
Remus estudia en una mesa apartada de la sección central de la biblioteca. Tiene varios libros sobre
la mesa pero el que está leyendo parece una de sus novelas muggles. Nada que ver con deberes.
James se acerca sin hacer ruido, pero aún así la bibliotecaria le reprende con una mirada, como si le
advirtiera "le echaré sin contemplaciones, Potter". Su fama le precede, ésa es la verdad.
- Eh, Lunático.
Repentinamente interesado, Remus deja el libro y le escucha con toda su atención. Murmurando
"debe ser importante para haber venido hasta la biblioteca". Está abrigado hasta el absurdo, a pesar
de que la biblioteca tiene la calefacción encendida. Caen unos copos de nieve enormes al otro lado
de la ventana.
- Verás, ¿te acuerdas – susurra James- cuando tuvimos que investigar para lo de, ya sabes-
"animagi", murmura aún más bajo- y nos pasábamos el día leyendo libros aburridísimos? – Remus
asiente, parece divertido por el recuerdo. – Bueno, me toco leer todo aquel tocho sobre Pociones
transformadoras y encontré aquel libro, ¿sabes? El de "Cincuenta antídotos Casi Infalibles, Mil
Pociones Peligrosas y otras Mil Que Ni Siquiera Deberían Existir".
- Pues encontré una poción prohibida para que … - mira en todas direcciones para asegurarse de
que no venga nadie y se acerca un poco más a Remus-… para que "Se Venguen Los Ultrajados", se
llamaba. Y básicamente digamos que yo podría prepararla si quisiera que a alguien se le cayera a
trozos y no estoy hablando del pelo de la cabeza, precisamente. O en caso de que te parezca una
pérdida valiosa, siempre podría hacer que le picara durante tres meses seguidos. Es brillante, ni
siquiera existe un contra hechizo.
En realidad, Remus lo sabe antes de preguntarlo pero no se esperaba la revelación de que su secreto
ya no es un secreto, así que lo pregunta de todos modos.
La mirada de James es como ha sido siempre, clara y limpia. Demasiado noble para alguien que se
ofrece a ejecutar desagradables hechizos prohibidos. Es franca y directa y dice con menos esfuerzo
que las palabras lo que James está intentando decir.
Es su manera de expresar "lo sé, Remus". Su manera de decir, "lo entiendo, Remus". Y finalmente,
tal vez lo más importante, "me parece bien, Remus".
- Lo tendré en cuenta. Por si acaso.
- Vale. Guay.
Se levanta haciendo chirriar ligeramente la silla y el "ssshhhh" de la bibliotecaria tiene cierto deje
asesino. James se disculpa con esa sonrisa de niño bueno y deja la silla en su sitio. Se gira cuando
Remus le llama.
- Nos conocemos, tío – dice antes de irse. - Algo habrá hecho él primero.
A veces Remus cree que deberían embotellar a James. Coger esa honestidad, preservar toda esa
nobleza en la que no se adivina ni una sola fisura. Guardarlo así para que en el futuro cuando la
gente hable de él diga, "ah, sí, el bueno de Cornamenta". Y lo digan con una sonrisa, satisfechos de
haberle conocido. Es curioso. Remus ni siquiera sabía que estaba esperando su aprobación y ahora
que la tiene el día parece más liviano, menos invernal.
Bendito sea, dirán los que le conocieron cuando le recuerden, el bueno de James Potter.
Dos días para las vacaciones. Cuesta llegar hasta la habitación, esquivando tantos alumnos de
primero hiper excitados. Sirius se abre paso procurando no chocar con críos que le llegan hasta las
rodillas. ¿Era tan pequeño cuando tenía once años? Se sentía mayor con once años. Y viejo, ahora
que tiene diecisiete y piensa en los críos del colegio como niños pequeños. Entra en la habitación
protestando –quién les da azúcar a esos chavales- pero Remus le hace callar –shhhh- y antes de que
pregunte si se ha muerto la reina y por qué no puede hacer todo el ruido que quiera en su habitación,
se fija en que James duerme y Peter duerme. Los dos con la cabeza sobre el escritorio y los libros
debajo de la cara.
Remus lee sobre su cama. Y habla en voz muy baja para no despertarles.
Despacio –"ahhh, Lily"- y de puntillas, Sirius llega hasta su cama y le imita, "ssshhh" cuando el
colchón cruje bajo su peso.
- ¿Qué lees?
Remus le enseña la portada del libro y Sirius pronuncia un encantamiento -"enmudece"- para que el
colchón deje de molestarles con ese chirriar constante. Encuentra postura tumbado de costado, con
la cabeza apoyada en el brazo de Remus. Encajan y a Sirius le calma ese olor a cosas familiares que
hay en la cama. El libro de Remus dice "El retrato de Dorian Gray".
- ¿De qué va?
- De un hombre que consigue mantenerse joven y guapo a pesar de todos sus crímenes, gracias a un
cuadro en el que se refleja toda su corrupción.
- Ostia. Creo que mi madre tiene uno así en casa. – Le gusta hacer reír a Sirius y la vibración
temeraria de su cuerpo cuando esa risa vibra contra el suyo. – Afortunadamente, a ti y a mí no nos
hace falta. Ya somos jóvenes y guapos.
- Lo de jóvenes, se nos pasará. Lo de incluirme en guapo lo tomaré como una exageración, para no
llamarte mentiroso.
A veces la gente se hace de menos y dice "seré yo, que soy tonto" o dicen "creo que esta camisa me
sienta mal". Dicen "ojalá tuviera ojos azules" o alguna chorrada parecida y lo dicen para escuchar
"eres tan listo", para oír cómo les dicen, "qué va, ¡estás ideal!" A Sirius se lo han hecho muchas
chicas, mientras batían las pestañas y le hacían pucheritos y nunca lo encontró ni adorable, ni
encantador, sino más bien un engorro con el que había que convivir. La diferencia cuando Remus
dice que no es guapo, es que lo dice en serio, sin esperar que nadie le lleve la contraria y Sirius no
puede evitar apoyarse sobre un codo y mirarle fijamente. Porque es imposible que no se vea.
- El cuatrojos está drogado. Quiere que vayamos a buscar a Lily a su casa para llevarle su regalo
personalmente. Quiere que le deje la moto, el tarado ese.
Sobre la mesa, Peter duerme sonoramente. James murmura en sueños y no es difícil adivinar a
quién le sonríe, con los ojos cerrados y las gafas mal colocadas. A Sirius le esperan casi tres
semanas con él y el espectacular pastel de calabaza de la señora Potter.
Le esperan casi tres semanas sin Remus y no es que ese pastel de calabaza de la madre de James no
sea bueno porque es el mejor del mundo, pero tres semanas parece una cantidad absurda de tiempo.
Para estar sin Remus.
- Me temo que sería abusar de la generosidad de los Potter.
- Pero tienes que probar su pastel de calabaza. Nunca has probado un pastel de calabaza como ése,
te lo juro.
Remus suspira hondo y cuando lo hace, el colchón cede en silencio y Sirius se hunde un poco más.
Solo un poco más hacia la esquina en la que descansa Remus.
Su voz tiene esa grave cadencia nasal. Dan ganas de acurrucarse en ella, besar esa voz, dejar que te
anude, acostarte con ella. Remus le mete los dedos en el pelo y le hace cosquillas. Le han tocado
muchas veces y de muchas formas distintas pero esas cosquillas raras, dentro del pecho, eso solo
sabe hacerlo Remus.
- Hecho.
Cuando al día siguiente el expreso sale de Hogsmeade hacia Londres, James persigue a Lily por tres
vagones para intentar que le visite durante las fiestas. Sirius fuma con los pies sobre el asiento
desocupado que tiene delante. Está seguro de que en la torre de Gryffindor, a esa hora en la que el
silbato anuncia el primer traqueteo, Remus enciende el gramófono y lo llena todo de jazz.
El señor Cornamenta
"Lily,
Nunca pensé que las vacaciones de Navidad fueran tan largas. No me digas eso de "solo ha pasado
un día" porque Sirius ya me lo ha dicho. Y ya sé que dijiste que no pero deberías venir a casa, a
mis padres les encantaría conocerte. Y no, sí, ya sé lo que estarás pensando. Corriendo demasiado
y eso pero cambiarías de opinión si probaras la tarta de calabaza de mi madre. Es espectacular. A
Sirius casi le salen las lágrimas la primera vez que la probó. Deberías probarla. O podría ir yo a tu
casa. Podría conocer a tu hermana. Petunia y Lily, siempre me hizo gracia.
Lily. Me gusta tu nombre. ¿Te he dicho eso? Me gusta cómo suena. Lily. Si conociera otra Lily
pensaría que te ha robado el nombre. También me gusta cuando dices el mío. James. No es un gran
nombre. Quiero decir, nunca pensé que fuera un gran nombre. Solo un nombre común pero no
suena común cuando tú lo dices. Suena brillante, extraordinario.
Esta carta podría ser más larga pero estaría llena de todas las cosas que me gustan de ti y cuando
la terminaras de leer tendrías esa cara. Esa cara que pones cuando piensas "este chico es
insoportablemente pesado" y aunque me gusta mucho esa cara, prefiero sea esa otra que tienes
ahora. Esa que dice "esta carta es demasiado corta". Porque ahora que no te veo, seguro que
llevas esa cara y, no hace falta que me lo digas, pero seguro que esta carta te parece corta y hace
que tengas ganas de oír todo lo que quiero decirte en persona. Así que lo dejo aquí. Para que
puedas echarme de menos. En el pasado las cosas me han ido bien cuando me has echado de
menos. Puedes negarlo pero sería inútil.
Aunque, lo confieso, me gusta tu cara cuando lo niegas.
James".
La carta llega un miércoles y aunque James no espera respuesta, el jueves por la mañana tamborilea
con los dedos sobre la mesa, hasta que su padre le pregunta si quiere unirse a una banda de música y
su madre le ofrece tila. Sirius no dice nada. Lleva cuatro trozos de pastel y parece decidido a
enfrentarse al quinto.
Cuando la lechuza atraviesa la cocina, James experimenta la sensación de estar volando. Como esas
veces en las que se acerca al lago y deja que la escoba baje hasta la superficie. Como esas veces en
las que se agacha sobre ella, a toda velocidad, y mete una mano en el agua, para notar el roce.
"James,
Solo las personas que no conocen a mi hermana Petunia, tienen ganas de conocer a mi hermana
Petunia. Encuestas fiables entre todos aquellos que la conocieron indican que ninguno hubiera
repetido la experiencia, de haber tenido oportunidad de retroceder en el tiempo. Hay quien querría
obliviarse para pensar que nunca la conoció. Esta regla conoce una única y curiosa excepción.
Vernon, el novio de Petunia, es el único ser humano que no sólo no evita, sino busca
deliberadamente seguir encontrándose con mi hermana. Claro que, entre nosotros, no estoy del
todo convencida de que Vernon sea realmente un ser humano. He visto trolls más agraciados.
La cara que llevo puesta ahora mismo no dice nada porque estoy escribiendo en el salón y todos
creen que estoy haciendo los deberes. Costaría muchísimo trabajo explicarles que lo que hago es
escribirle a alguien que se conforma con escuchar su nombre de mis labios para sentirse feliz.
Tendría que explicarles que eres insoportable e inmaduro y entonces no entenderían por qué te
estoy escribiendo.
A lo mejor yo tampoco lo entiendo. O a lo mejor, sí, no lo sé. A lo mejor te escribo porque tu carta
era corta, porque tu lechuza esperó mientras yo la leía, porque "Lily" parece especial cuando lo
dices. O porque te imagino esperando una respuesta y por primera vez en mi vida, no sé qué decir.
Y tengo la sensación de que no te importa lo que te diga. La sensación aterradora, James, de que
seguirás esperando mis cartas, te diga lo que te diga. Incluso cuando no sé qué decir y me va el
corazón un poco deprisa.
Lily".
- Eh, Cornamenta. – Sirius abre la puerta de su cuarto y asoma la cabeza -. Hace un frío de cojones,
seguro que se ha helado el lago. Podríamos patinar.
Mira por la ventana y efectivamente, está helada en los bordes. Es curioso, cuando James siente
tanto calor. Muy curioso, que el mundo esté helado cuando por dentro, todo brilla tanto.
Sirius se sienta frente a él en la cama. Como siempre. Con las botas sobre las mantas.
La nieve empieza a caer en pesadas, plácidas volutas. Sirius no dice nada. Al rato se levanta y le
deja solo con la carta. Antes de marcharse le revuelve el pelo.
(…)
Ese año caen unas nevadas tan impresionantes que Sirius y James no pueden hacer mucho. Se ven
obligados a pasar casi todo el tiempo en casa. El señor Potter se ha aficionado a Miles Davis y
cuando entra en el salón para cambiar los discos, le sorprende verles escribiendo o leyendo
pergaminos.
Las lechuzas van y vienen y a Sirius se le hacen largas las tardes cuando llega una carta inesperada.
La trae una lechuza inmensa, de enormes ojos negruzcos y unas alas de tal envergadura, que hacen
oscurecer la tarde cuando el animal se acerca a la ventana del salón.
James abre la ventana y el viento frío de diciembre le corta la cara. El pergamino llega a nombre de
Sirius y el animal no lo suelta hasta que el destinatario entra al salón y le acaricia la cabeza. James
se muere de curiosidad.
A Sirius le daba miedo esa lechuza cuando era pequeño y la veía planear sobre Grimmauld Place.
La letra de la carta también resulta familiar. Sonríe.
No lleva encabezamiento.
"¡Sirius, carajo! Nunca me dijiste que habías renegado de la familia, maldita sea. Son noticias que
hay que compartir con el apestoso de tu tío y no dejar que me entere cuando me encuentro con
viejos conocidos en el callejón Diagon. Cristo, me ha costado lo mío dar contigo. Me imagino que
tu madre debe tener los ojos del revés. ¡Ja! Todo un espectáculo irte de casa, ya lo creo. Tendrías
que haberme avisado antes de darles con la puerta en las narices. Siempre supe que apuntabas
maneras, sobrino. Régulus, incluso, aunque el pobre se nos haya desviado un poco. Al tiempo, con
ese Black. Erais uña y carne cuando no levantabais un palmo del suelo, no podéis ser tan distintos.
Verte lejos de esa casa, hijo, es la mejor noticia que podías darle a tu tío. Hay que abrir el buen
whisky para celebrarlo y si no vienes a verme a Londres cuando ese sinvergüenza de Albus te libere
de los libros un rato, no te lo perdonaré nunca. Has demostrado más valor que yo, yéndote antes de
que te echaran. Bien hecho, hijo. Visítame y deja que tu tío te malcríe un poco. Necesitarás dinero y
dinero es lo único que me sobra, qué rayos. Hay un poco de oro esperando en Gringotts a tu
nombre y un sitio para la nueva oveja negra de la familia en este viejo corazón. Cansado, pero no
del todo renegrido.
El apellido te perseguirá como la peste, te lo advierto. No es fácil ser libre. Querrán encerrarte con
todas sus fuerzas, en cárceles peores de las que puedas imaginar. No les dejes, hijo.
Tu tío,
Alphard".
- Vaya, sí que debes ser su sobrino preferido. - James ve la cantidad por encima de su hombro. – Iba
a pedirte una escoba nueva en Navidad pero con esa pasta podrías comprarme los Canons.
- ¿Para qué iba nadie a querer comprarse los Canons? No valen nada desde que echaron a Rufus.
Rufus T. Humpolding, el mejor bateador de la historia según Sirius. Todavía no les ha perdonado a
los Canons que lo jubilaran, a pesar de que lo jubilaron con honores a los cuarenta y dos años.
James siempre ha creído que fue la decisión más lógica pero Sirius lo venera, así que discuten sobre
Quidditch el resto de la tarde.
Lunático, escribe Sirius esa noche, piensa qué quieres para Navidad y piensa a lo grande porque si
me sueltas una de tus típicas "no necesito nada" o me pides algo que podrías comprar tú mismo
como un libro, solo vas a verme desnudo en tus sueños. Mi tío Alphard ha decidido financiar el
resto de mi vida y tiene que haber algo que quieras".
La respuesta de Remus es escueta y críptica. Suena como él. Huele a él. Desgraciadamente, no se le
puede tocar, ni desnudar, ni lamer.
"Todos queremos cosas que parecen fuera de nuestro alcance. No sé si todas se pueden comprar
con dinero. Pero me lo pensaré".
Mientras Remus se lo piensa, Sirius ve pasar los días, a medida que se acumula la nieve frente a la
puerta y las cartas bajo la almohada. El 23 de diciembre amanece un día de cielo raso y frío
profundo. La señora Potter les prepara uno de sus desayunos legendarios, mientras insiste en que
están demasiado delgados. Se atiborran a dulces y cuando Sirius prueba su tarta caliente de moras
rojas y chocolate negro se le escapa un comentario sobre lo mucho que le gustaría a Remus probar
algo así en Navidad en lugar de la tarta de los elfos.
- ¿Me estás diciendo que el pobre está pasando las vacaciones en Hogwarts? – La madre de James
le da un coscorrón a su hijo y otro a Sirius de propina. – Santísima Circe, sois un par de criaturas sin
corazón, dejándole allí solo. Quiero ver ahora mismo cómo sale una lechuza de esta casa para
invitarle. ¡Y cenaréis leche de gato si no le veo sentado en esta mesa en Nochebuena!
(…)
Ir y venir de lechuzas
A la atención de los señores Canuto y Lunático y conteniendo el deseo por referirme al primero de
ellos como "señorita":
Mi madre lleva un día entero cocinando y quedan dos para Nochebuena, o sea que espera que os
quedéis también a comer en Navidad porque tiene demasiada comida. Curiosamente, aunque sabe
que es demasiada comida, no deja de cocinar. Creo que es algún tipo de lógica materna que no
podemos entender. No lo intentéis. Ah, y cuando mi madre dice "espero" quiere decir que
maldecirá personalmente a todos vuestros antepasados con hechizos que mi padre insiste que son
pura magia negra y serán ellos los que se levanten de sus tumbas y os hagan arrepentiros de
haberla desobedecido. Así que os espero el 24 y os quedaréis también el 25. Podriáis venir antes y
sacarme de mi mortal aburrimiento, agravado por dolorosa ausencia de Lily pero entiendo que
estaréis ocupados.
Prefiero no pensar en los horribles y perniciosos actos de sodomía y fornicación que dejaréis de
practicar para poder venir a casa pero seguro que el sacrificio vale la pena. Mi madre hace un
pastel de calabaza mítico. Respecto a lo que has pensado, Sirius, de seguir practicando dichos
actos en mi casa, ya te puedes ir olvidando. Te leo el pensamiento desde aquí. Ah, y lávate que la
última vez el sofá se llenó de pulgas.
Naturalmente mi madre quiere saber por qué Sirius se ha empeñado en ir a Hogwarts y por qué no
venís juntos hoy mismo. Me he visto obligado contra mi voluntad a contarle lo vuestro. Pero no se
lo ha creído. Dice que es imposible que Remus sea gay. De ti, Canuto, solo me ha dicho "lo sabía"
y algo sobre tu pelo. Lo de "lo sabía" lo ha repetido varias veces. "Es que lo sabía". No deja de
decirlo.
O puede que haya mentido como un cosaco para no decirle la verdad. Pero en tal caso espero unos
regalos de Navidad espectaculares para compensarme, cabrones.
Cornamenta
"Cornamenta
Dile a tu madre que el 24 y el 25 he cancelado mis múltiples compromisos sociales y que su pastel
de calabaza no es solo mítico, sino espectacular y fabuloso. Podrías decirle que su hijo es más
tonto que un puto saco de grillos pero que ella no tiene la culpa. Probablemente te diste algún mal
golpe al caer de la escoba.
Resérvanos un hueco en tu habitación, Jimmy y ponnos sábanas limpias, a Remus le pone caliente
hacerlo con alguien escuchando. Como regalo a tu discreción y por no haberle dicho nada a tu
madre, he pensado traerte preservativos muggles pero tu novia no dejará que le toques ni los dedos
de los pies antes de la boda, y para entonces serás tan viejo que no se te levantara ni pensando en
mí. Un método normalmente infalible.
Canuto"
"James,
Aunque no seré yo quien diga que Lily no te quiere, te recomiendo cautela en un tema tan delicado.
Por ejemplo, y yo no le escribiría diciéndole "me quieres, sé que me quieres" durante demasiado
tiempo, James. La actitud obsesivo-compulsiva tiende a trasladar un mensaje equivocado a algunas
mujeres y puedes parecer atosigante cuando estoy seguro de que pretendes expresar tu más sincera
devoción. Les mando una nota de agradecimiento también a tus padres. Ese pastel suena
francamente apetecible.
Procuraré que Sirius se comporte adecuadamente durante nuestra visita. Hará falta sedación y
posiblemente una lobotomía. Pero empeñaré mis mejores esfuerzos en el intento.
Remus"
La varita de Remus está tirada en el suelo junto a la cama. Knox perpetua ha dicho un rato antes y
no se apagará hasta que enuncie el contra hechizo. Ha caído el sol hace horas. Hacen un contraste
interesante, la luz anaranjada de la varita y el resplandor de la luna menguante. Sobre todo cuando
iluminan al mismo tiempo la espalda desnuda de Remus.
Sirius le acaricia con la mano el espacio entre los homoplatos. Nunca se había fijado en ellos. Ahora
que Peter y James no están, tiene tiempo para contar todas sus pecas.
- Una actriz.
Es curioso. Una mano de Sirius cabe perfectamente entre los homoplatos de Remus. Si la sube, le
cosquillea el pelo entre los dedos. Si baja, descubre el arco de su columna vertebral y otro hueco,
donde termina la cintura, antes de que empiece el culo.
- Lucy Braguitas.
A Sirius le da la risa.
- ¿Quién?
- Éramos vecinos. Nos besamos con siete años. Luego se subió la falda y me enseñó las bragas.
Resultó que hacía lo mismo con todos.
Sirius baja la cabeza, no resiste la tentación de besar algunas de esas pecas. "Menuda fresca" dice,
apoyándose en el hueco de su nuca. Remus contesta "se ve que me gustaban las lanzadas" y Sirius
siente una especie de cosa en el estómago. Tarda un rato en comprender que son celos y sopesa la
opción de suicidarse porque celos de una niña de siete años es demasiado patético. Gracioso, al
mismo tiempo. Podría confesárselo a Remus y Remus posiblemente se reiría, en lugar de tomárselo
en serio. La noche invita a confesiones embarazosas.
- Llegué a pensar que te gustaba Lily. Pero que no hacías nada por James.
Remus se gira levemente. Apoya la cabeza en la almohada. La luna se oculta detrás de una nube,
juega a ocultar el contorno de sus facciones.
Sirius tardó años en darse cuenta de que Remus era gracioso. Fue como –estaban en tercero- y fue
como "joder, qué gracioso". Una especie de epifanía. De repente miró detrás de esa carita tan seria y
pensó "me río más con él que con ninguna otra persona".
- Sí. Ya lo he notado.
Le baila la mirada. La nube pasa y la luna le da de lleno. Un perfil asombroso, lleno de curvas y
ángulos exagerados. Siete años con esa cara, esa noche descubre cosas nuevas, como lo larga que es
la curva del cuello. Besa a lo largo de la yugular. Uno, dos, le caben hasta cuatro besos antes de
llegar al final. Cuando le muerde las orejas, Remus ahoga un sonido suplicante.
- La dejé cuando me di cuenta de que a mi madre le hacía ilusión planear nuestra boda.
Sirius tira de la sábana hacia abajo. Remus, que siempre se viste para dormir, está desnudo. Y
Sirius, que casi nunca va vestido, se siente desnudo.
- No creo que tuviera corazón, siendo mi prima y todo eso. Además, salió con Régulus años
después. Ya sabes, relaciones semi incestuosas. Nos garantiza a los Black un árbol genealógico
impoluto y niños con los ojos muy juntos.
Haciendo crujir suavemente la cama, Remus se gira. Adiós a su espalda. Ahora le tiene de frente,
pálido y huesudo, bajo la luz de la luna. Le cae un mechón de pelo en la cara. Sirius siente el
impulso de apartarlo y luego se aguanta sin saber muy bien por qué.
Detrás de sus palabras Sirius escucha más cosas. "No eres uno de ellos". "No tienes por qué serlo".
No estaría mal creerle. Y sería fácil si fuera verdad.
Pero no es verdad.
- Gracias por decirlo, Lupin. A cambio te aseguro que no tienes labios de subnormal. Apenas.
Cuando la cosa se pone seria, Sirius suele bromear. Y normalmente funciona. Esa noche no.
Convénceme.
- Piensa, Lunático. Si no llega a ser por James hubieras atacado a Snape en quinto. Y entonces no
dirías lo mismo.
- Si hubiera atacado a Snape, ¿quién sería yo para juzgarte? No soy mejor que tú y tú lo sabes.
Sirius siempre vive al límite. Todo es intenso y brillante, exige inmediatez, reclama atención, se
irrita, se enfada, se pelea, grita, bebe, insulta. Pero en la cama con Remus, se siente en calma y
respira. Le besa muy despacio, le acaricia muy suave. Le murmura al oído.
(…)
A las cuatro de la tarde del día 24 la señora Potter chilla, "¡te dije que limpiaras la chimenea,
James!" y a las cuatro y dos minutos un Sirius irritado y lleno de hollín le riñe "se LIMPIA la
chimenea antes de meterla en red flu, James". A las cuatro y media Remus y Sirius ya se han
cambiado de ropa y cinco minutos después, Remus descubre que el señor Potter es un admirador
ferviente de Miles Davis. A las cinco, Remus y el padre de James llevan veinte minutos hablando
sobre Miles y la señora Potter otros tantos diciéndole a Remus "santo cielo, hijo, estás en los
huesos". A las cinco y cuarto James y Sirius renuncian a entender una sola palabra sobre jazz y se
van a la cocina. El reloj señala las cinco y veinte en el momento en el que la señora Potter les
regaña (otra vez) por meter los dedos en las tartas. Se sientan a cenar a las cinco y media y dos
horas después la única capaz de moverse es la señora Potter, que recoge platos y ofrece más y más
postres, como si alguno de los que se sientan en la mesa pudiera mover un solo músculo.
- Creo que esta cena redefine el concepto de cena como tal, cariño.
Todos asienten, confirman el comentario del señor Potter y felicitan a la cocinera. Ninguno es capaz
de moverse. Y como la única actividad que se puede hacer sentado a la mesa es hablar, hablan.
Picando pastel, comiendo chocolate, tomando sorbos de licor, hablan. Primero de Quidditch porque
con James, Sirius y un viejo fan de los Canon sobre la mesa siempre se habla de Quidditch. Elbert
Potter jugó en la misma posición que Sirius y siempre que se reúnen junto a la mesa, a los dos
bateadores les gusta meterse con James, decir que el de buscador es un puesto para chicas y la
verdadera acción está junto a la portería. A pesar de que Remus suspira dramáticamente y la señora
Potter entorna la mirada –siempre con esa barbaridad del Quidditch- hablan de las mejores tácticas
para vencer a Slytherin ese año y el señor Potter pormenoriza los detalles de su lesión de rodilla –
hubiera podido ser profesional-. La noche cae temprano pero la conversación sobrevive al
Quidditch y se centra después en viejas anécdotas de colegio. La madre de James se escandaliza -
¡serás mentiroso!- cuando su marido asegura que era ella la que le perseguía constantemente para
que salieran juntos.
Una cosa lleva a la otra y James se resiste a los achuchones cuando su madre rememora todo lo
relativo a su nacimiento. Años en los que los médicos dijeron "no puede ser" y los sanadores dijeron
"lo sentimos mucho".
- Pero nunca perdí la esperanza. Sabía que vendrías. Supuse que eras vago.
Le revuelve el pelo, le pellizca los mofletes, cuando James dice "¡mamá!" le llena de besos hasta
hacerle sonrojar.
Hablan mucho de la Segunda Guerra Mundial porque el abuelo de James trabajaba en el Ministerio
de Magia, encargado de las relaciones diplomáticas con los muggles. Les cuenta detalles que no
conocían sobre el Tratado Mágico Político que firmaron muggles y magos para proteger Londres de
los bombardeos alemanes. Espías, batallas, la guerra. Escuchan con atención y en reverente silencio
cuando los Potter hablan de los compañeros que cayeron en aquella locura colectiva. A las once
Sirius pide permiso para fumar. "Solo porque es Navidad" dice la señora Potter y con el tabaco, la
conversación cambia de rumbo y hablan de música, de Hogwarts, de James cuando era pequeño, de
embarazosas anécdotas familiares, de la primera vez que Sirius visitó a los Potter.
- Se sentó a la mesa y comió cinco platos – recuerda la señora Potter-. Repitió el postre tres veces y
cuando acabó me entregó una docena de bombas fétidas de Zonko y me dijo que ya no iba a usarlas
en casa. Porque nosotros le habíamos caído bien.
- Pensaba que todas las madres eran como mi madre – se defiende Sirius.
Cuando la señora Potter se levanta para recoger unos vasos y le revuelve el pelo se deja hacer como
un perro amaestrado. No hay ningún lazo de sangre que una a los Black y los Potter. Excepto la
sangre que los unos estarían dispuestos a derramar por los otros. Sirius por James. James por Sirius.
Remus, por cualquiera de ellos.
Cuando a las dos o tres de la mañana se retiran todos a dormir, queda el fuego en la chimenea, los
platos se recogen solos en la cocina. La casa descansa en apacible silencio. En el dormitorio de
James, los tres se quedan hablando un rato más, tumbados sobre colchonetas en el suelo. Con los
estómagos llenos y un millón de ideas en mente para cuando viajen a Londres. James se queda
dormido murmurando "stoidespiertolily". Remus mueve su saco de dormir hacia la izquierda. Le
vence el sueño cerca de Sirius, sus cuerpos casi juntos, tocándose un poco aquí y allá.
103
Cuando se despiertan, hay regalos junto al árbol para todos. La señora Potter les ha hecho sus
tradicionales calcetines mágicos contra el frío. James le ha comprado perfume de Persia a su madre,
un ejemplar de Música Muggle a través de los tiempos para su padre y nada menos que un abono
vitalicio para los Canons en las manos.
Los abonos vitalicios para los Canons se heredan. Hay gente que ha matado a gente de su familia
para conseguirlos. Sirius encoge los hombros y James se aclara la garganta porque bueno, sería de
niñas pequeñas ponerse a llorar por unas entradas. Aunque sean unas entradas vitalicias para el
mejor equipo de Quidditch de la historia.
- Ahora me alegro de no haberte comprado un pijama - bromea.
- Sip.
Las botas sucias de Quidditch de Rufus T. Humpbolding, el mejor bateador de la historia de los
canons. James prefiere no contar lo que ha tenido que hacer para conseguirlas. Sirius murmura
"Potter, coño" y las sujeta como fueran oro puro.
- Joder, todavía huelen a barro – se le quiebra un poco la voz y James tiene la sensación de que
Sirius también se aclara la garganta.
Remus le regala a James un cubo muggle con cuatro caras de distintos colores y después de mover
colores de un lado a otro, le explica que tiene que recomponerlo "sin usar la magia, James". Le
parece fácil hasta que pasan diez minutos y entonces decide que el tal Rubik que lo inventó usó la
magia negra. Para Remus, James ha traído un libro que le recomendó Lily.
- Yo le dije que preferirías algo más divertido pero ella dijo que para ti sería divertido. Supongo que
tiene lógica.
Es una edición encuadernada en piel de un poemario de Auden y Remus sonríe cuando ve el título.
Sirius dice "a ver" y no dice nada porque el título es "Un perro bajo la piel" y se hace un silencio
que los Potter no comprenden pero dejan pasar.
- Gracias, James.
Se encoge de hombros.
- Lily lo sugirió.
- Es un gran regalo.
El siguiente que abre Remus es de Sirius. Una caja enorme, con papel de regalo de Honeydukes.
"No me dijiste lo que querías, he ido a lo seguro" y allí están. Ciento tres clases distintas de
bombones de chocolate. Envueltos individualmente. Ciento tres sabores todos para Remus. Uno por
cada gama de sabor de Honeydukes. Lo mejor del mundo mágico con y sin leche.
El último regalo de Remus es para Sirius. Le ha traído un disco de vinilo de alguien que nadie
conoce y se hace llamar "Don McLean". Se levanta, posa la aguja sobre la tercera hendidura y hace
sonar algo que se llama "Miss American Pie". Es una canción larga, de una letra incomprensible.
Cuando termina Sirius sonríe, esa sonrisa beatífica que no tiene nada de rabia, carece
completamente de malas pulgas y tiende a ser bastante contagiosa. "Cuando me muera", afirma con
esa sonrisa espectacular "quiero que suene esto".
(…)
La Biblioteca Mágica Británica recoge más de cien biografías autorizadas sobre la Familia Black y
al menos otras tantas no autorizadas. Las primeras hablan mucho sobre la gran aportación de Pólux
Black en la Guerra contra los Trolles (año ciento veinte Antes de Merlín) y mucho más sobre la
notable aportación que los Black hicieron a la reconstrucción del Londres mágico después del Gran
Incendio. Los autores que se han atrevido a buscar en las sombras de un apellido ilustre, hablan de
la afición legendaria de los Black por la magia negra y el oscurantismo. En "Historia Oculta del
Sadismo; edición no autorizada y varias veces prohibida" hay un capítulo dedicado a la familia.
Todos los biógrafos, algunos de manera detallada y otros de un modo menos pormenorizado, han
estudiado la etimología de los nombres familiares y su relación con la astronomía. Cada Black lleva
el nombre de una estrella y a los adivinos de poca monta les gusta decir que el mundo se acabará
cuando nazca el último de los Black y no queden más estrellas para nombrarle.
La constelación de la Hydra tiene formas laberínticas que asemejan el cuerpo de una serpiente de
agua. Justo donde debería estar el corazón del animal brilla con fuerza una estrella solitaria. La más
brillante de la constelación y cien veces mayor que el sol. Cuando el tío de Sirius llegó al mundo, su
padre le miró fijamente y vio que no lloraba. Intuyó que sería un niño áspero y de pocas amistades y
proclamó "se llamará Alphard", en honor al solitario corazón de la serpiente.
El metro les deja a cien pasos de su casa, un edificio de piedra roja, en el corazón portuario de
Londres. En las esquinas todavía se oye el ruido de los muelles de carga. Hay quien come anguilas
fritas y todavía habla con ese acento brusco de la vieja ciudad. Alphard Salazar Black ha vivido en
los Docklands desde que Sirius tiene memoria y cuando su madre le insultaba siempre se refería a él
como un apestoso naufrago sin rumbo. A Sirius nunca le pareció un insulto. Más bien al contrario.
- Tío, ¿tenemos que echar la puerta abajo o nos vas a dejar entrar?
Una voz estruendosa brama "¡maldita sea, Sirius!" y la puerta se abre con un graznido. Suben por
una estrecha escalera de caracol y en el último tramo, la puerta del ático se abre de golpe. Remus no
deja de pensar que es un sitio extraño para que viva alguien que tiene tanto dinero para regalar y
trata de hacerse una idea concreta de la persona que les espera al otro lado del umbral. Cuando le ve
aparecer, tiene que contener una sonrisa.
Fibroso, de apariencia fuerte y mirada gris brillante. Tatuajes negros en el brazo, áspera sombra de
barba, arrugas profundas como nudos de mar, mandíbula firme, manos callosas de venas
prominentes. Alphard Salazar Black tiene esa belleza armónica de los Black –la compostura casi
regia, la anchura del pecho, la arquitectura matemática de la cara- y tiene sobre todo, esa apariencia
despeinada, fogosa y salvaje que Remus conoce tan bien. Si le viera entre un millón de personas en
Oxford Street, le señalaría con el dedo y diría "el tío de Sirius" sin dudarlo. Diría "Sirius, dentro de
veinte años". Cualquier duda sobre su linaje, desaparece en cuanto abre la boca y estruja a su
sobrino en uno de esos abrazos atosigantes marca de la familia.
Les obliga a entrar a todos, exclamando que ya era hora y preguntándose si su hermana parió a la
reina de Inglaterra.
Dentro de la casa huele a barco, y parece que el suelo se mueve ligeramente, como en la casa de los
gritos. Hay un ventanal no demasiado limpio en la pared de ladrillo y a través del ventanal, Remus
aprecia una vista panorámica del Támesis, bullendo de actividad. Le gusta tanto esa visión de
Londres –Londres parece tan distinta desde esa perspectiva- que se le olvidan las formalidades.
Hasta que resuena ese bramido de nuevo.
- Son mis amigos – dice Sirius – pero el de gafas es una mosquita muerta. El verdadero
sinvergüenza es el otro, tío.
James se ofende educadamente – le aseguro que puedo ser tan sinvergüenza como me lo proponga-
y devuelve el efusivo apretón de manos de Alphard mientras Sirius le presenta formalmente.
- A James ya le conoces. Te quemó la chaqueta con bengalas de Zonko cuando vino de visita.
Estábamos en segundo.
- Potter, claro. Todavía me debes cinco galeones por esa chaqueta. Siempre recuerdo una deuda,
muchacho.
Remus sacude los hombros y se aparta el flequillo de la cara antes de saludarle, estirando la mano
suavemente. Sirius dice "éste no sabemos quién es pero nos viene siguiendo desde el metro" y
Remus no sonríe pero le chispea la mirada.
El apretón de Alphard es fuerte sin resultar amenazante. Firme, un poco áspero, abrasadoramente
masculino. Le hace sentirse inmediatamente en casa. Los amigos de Sirius, son mis amigos dice sin
soltarle la mano.
- Así que estás en tu casa, Lupin. Pero llámame "señor" otra vez y vas a aprender a nadar en el río.
Cuando Londres no era ni siquiera un proyecto, los antiguos egipcios ya sabían guiarse por las
estrellas. Su mayor referente celeste era el gran astro al que llamaban Sotis. Era especialmente
visible en los meses invernales, en la inconfundible constelación de Orión. Los egipcios creían que
Sotis anunciaba la crecida del Nilo y veneraban su luz titilante, de manera que construyeron templos
enteros para que esa luz iluminara las cámaras interiores. Sotis dominaba con su importancia la
constelación del Gran Can y su salida helíaca coincidía con los meses más calurosos, a los que en su
nombre se llamó canícula. Los griegos llamaron a esa estrella Sirius. Cuando nació su sobrino,
Alphard tenía diecinueve años y en San Mungo las enfermeras le dijeron que era el niño más guapo
que habían visto nunca. Tiene dijeron la cara de un rey. La familia celebraba al recién llegado, que
dormía ajeno a todos y cuando Alphard entró en la habitación vestido con ropas muggles la mayoría
de sus parientes le censuraron con miradas graves y acusadoras. Cuando se asomó a la cuna, el niño
despertó por primera vez y Alphard descubrió que tenía sus mismos ojos grises. En aquella multitud
que le rodeaba, su sobrino era lo único que le resultaba familiar. Alphard pensó en la estrella más
resplandeciente de todas, aquella cuyo nombre significa "brillante". Propuso podríamos llamarle
Sirius y cuando los Black asintieron, así quedo bautizado. El joven rey, futuro príncipe destronado.
Sirius y su tío se parecen tanto que Remus lleva dos horas fascinado por las diferencias entre ellos.
El parecido hace que lo distinto destaque más. Son una variación sobre el mismo tema. Como si dos
pintores hubieran visto la misma estrella pero cada uno hubiera tenido una mitad distinta de la
paleta para dibujar. Alphard tiene arrugas de expresión en el contorno de los ojos. Surcos profundos
a ambos lado de la boca y la misma carcajada repentina, perruna, estallante de su sobrino. Sirius
tiene el pelo más largo y brillante, los ojos más claros pero la misma capacidad para cambiar de
expresión en una milésima de segundo.
Ambos hacen magia sin esfuerzo, a menudo sin varitas. Alphard pone la cocina en movimiento con
cuatro movimientos de las muñecas, sin pronunciar un solo encantamiento. Los cazos salen de los
armarios, el puchero se pone a hervir. Antes de que digan "gracias" tienen cada uno un vaso de
cerveza de mantequilla en la mano. Les ofrece un tabaco negro y oloroso pero Sirius saca sus
propios cigarrillos rubios.
- Así que viviendo con los Potter – brama Alphard. – Buena gente, ¿qué tal están tus padres,
chaval?
James se sube las gafas. Podría engañar a cualquiera con esa apariencia tan inofensiva.
- Están bien, muy bien. Yo salgo ganando en comparación con Sirius, así que ahora mis padres me
quieren más. Es estupendo.
Alphard se ríe. Casi asusta lo parecido que es ese sonido a la risa de Sirius. Cuando se acaban las
cervezas de mantequilla, les invita a salir y les enseña el barrio. Lleva años viviendo junto al río, los
vendedores ambulantes les saludan por su nombre y él se confabula con Sirius para intentar
convencer a todos de que coman anguilas fritas. Ninguno pica.
Le guiña un ojo a Sirius y los dos recuerdan tiempos pasados, cuando todavía aspiraban a su propio
lugar en Grimmauld Place.
Es James quien le pregunta lo que Remus querría saber. Por qué le echaron.
- No les gustó que tuviera mis propios planes para la vida. Aparentemente, creyeron que me iría
mejor siguiendo los suyos.
- Denébola Aliseus Black – recuerda Alphard. - Prima tercera del atontado de tu padre, si no
recuerdo mal.
- Bueno – se ríe Alphard. - A lo mejor no tenía que haber esperado a la víspera de la boda para
anunciar que no me casaba. Puede que eso les irritara un poquito.
Cuando el paseo les lleva al río, Alphard les habla de sus viajes alrededor del mundo y de las
vueltas que ha dado en la vida para acabar de nuevo en el mismo sitio que le vio nacer. Londres,
puentes majestuosos uniendo las orillas del Támesis, espléndido corazón de un imperio, brioso
corazón del mundo.
Se le iluminan los ojos cuando habla de ella y su pasión es tan contagiosa que Remus se acuerda de
Emerson y no es consciente de que le cita en voz alta.
Alphard le mira fijamente y ese escrutinio salvaje hace que Remus se sienta un poco incómodo.
Como en el colegio cuando los otros niños le miraban raro por haber hecho todos los deberes.
- Es que me acordé de
- Emerson.
Alphard se ríe de nuevo, le da una palmada en la espalda que podría mandarle al río con su
intensidad. "Así que tú eres el listo del grupo" masculla.
- Eso le vendrá bien a mi sobrino. Sirius y yo tenemos cierta predisposición a actuar primero y
pensar después. No sé si te habrás dado cuenta.
Sirius se mete las manos en los bolsillos de su casaca verde botella. James se cierra el abrigo para
protegerse del viento. Hace frío en Londres pero en una ciudad así, poco importa. Cuando se les
congelan los dedos de los pies, Alphard les lleva a un pub que apesta a cerveza negra. Las
camareras preguntan por estos chicos tan guapos y Alphard presume de sobrino. Este chaval es lo
único bueno que ha hecho mi hermana en la vida. Les invita a todos a cuatro rondas de pintas.
Quiere oír noticias de Hogwarts y se muestra especialmente interesado por Dumbledore.
- Quiero pensar que tiene algo pensado porque esto no tiene buena pinta. Y si Dumbledore no
planea nada, entonces la llevamos negra.
A James se le deslizan un poco las palabras después de tanta cerveza.
Alphard le mira con intensidad, como si no acabara de comprender cómo alguien ha podido pasar
por alto lo que para él es tan evidente.
Pronto agitará ventanas y puertas (for the times they are a-changin´)
La mañana siguiente, en la estación de King´s Cross y St. Pancrass, los trenes resoplan antes de sus
salidas. James termina de comerse el sándwich de pavo que le han servido en una de las tiendas de
la estación. El tren les deja en Susex en una hora y de allí a casa de los Potter apenas hay dos
kilómetros. Quedan tres minutos para que se anuncie la salida pero ninguno parece especialmente
motivado para subir.
Es como si las palabras de Alphard Black siguieran sonando, mucho después de haberse despedido
de él con apretones de manos y gesto sombrío.
Se oyen cosas en la calle, muchachos les ha dicho. Cada vez más cosas.
La estación es un hervidero, ir y venir de gente. Vuelven de sus trabajos, se marchan a sus oficinas,
llegan de casa, salen de viaje. Parecen distraídos, ocupados. Algunos van con prisa, otros llegan
retrasados. Miran, ven, eligen un tren.
Muggles, sangre sucias, siempre ha estado ahí esa basura contra ellos pero ahora es distinto. Se
los prohíbe la entrada a los mestizos en varios del callejón Diagon. Están pensando cerrar
Relaciones Diplomáticas Muggles en el Ministerio.
El tren que tienen que coger les lleva a casa de James. Un sitio seguro y confortable donde pasar los
últimos días de vacaciones antes de incorporarse al curso. El único problema es que ninguno de los
tres siente que ir a casa sea una buena idea. ¿Cómo ignorar lo que han sabido?
Ha habido ataques a los muggles. Los burócratas lo ocultan pero son cada vez más numerosos.
- No creo que Lily lo sepa – dice James, dejando el resto del sándwich en el asiento. – No creo que
ella se haya dado cuenta.
Dicen que hay alguien detrás de todo esto y que pronto se dará a conocer. Alguien con poder.
Remus y Sirius le miran. En el andén ocho sale el tren a Susex. En el siete hay un expreso para
Manchester. Será fin de año en unas pocas horas. Da buena suerte besar a alguien en fin de año. Si
la guerra se acerca, hará falta mucha buena suerte.
- Coge ese tren, James.
- ¿Y vosotros?
Siempre ha tomado decisiones rápidas. James se levanta, les dice "gracias, tíos" y en treinta
segundos ha atravesado el andén como si cogiera la snitch más rápida de su vida. El expreso de
Manchester le saca de Londres y le lleva al único sitio que tiene sentido, si realmente, si de verdad
la guerra va a empezar.
Los que hablan de él, le llaman el Señor Oscuro. No les gusta decir su nombre. Pero algunos lo
dicen.
[El tío Alphard mira a todas partes, agacha la cabeza, levanta la mirada. Pronuncia el nombre del
enemigo oculto]
Voldemort.
Es 31 de diciembre de 1976. Los historiógrafos magos lo llamaran con el tiempo "el año anterior a
la guerra".
Remus siempre ha pensado que hay poetas y soldados. Ahora que se huele una guerra que se
anuncia inclemente, empieza a pensar que en el corazón del guerrero, es donde se esconden los
verdaderos poetas.
Atreverme (a ti)
Toc Toc.
Un par de golpes suaves en la ventana. Lily se despierta sobresaltada. Coge la bata a oscuras,
imagina que debe tratarse de una lechuza trasnochadora y prefiere no pensar la cara que pondrá
Petunia si se despierta y ve un animal tras el cristal.
Toc Toc.
No es una lechuza. Cuando Lily abre la ventana, lo que hay encaramado en la fachada es un
chico con gafas, empapado de los pies a la cabeza, estornudando sobre el cristal. Saludando como si
pidiera perdón. Si abre la ventana, Petunia se despierta, eso está claro. Le hace una señal para que
baje y procura que las escaleras no crujan cuando se dirige a abrir la puerta, intentando averiguar
qué rayos le ha animado a aparecer en su casa a la una de la mañana del día de Año Nuevo, nada
menos.
Es lo primero que le pregunta. Todavía en el umbral. Y con las luces apagadas para no despertar a
nadie.
Le hace pasar inmediatamente. Busca toallas en el baño de abajo. Todavía queda brasa en la
chimenea. Acerca unas sillas, le obliga a quitarse los zapatos y los calcetines. La historia de "qué
haces aquí" resulta ser larga y bastante entretenida si a uno le gustan las películas de enredos. Cogió
un tren en Londres - ¿qué hacías en Londres? Visitar al tío de Sirius-, se durmió y se perdió el
transbordo -¿a dónde fuiste? A Liverpool-. Esperó un tren, le echaron por no llevar billete –se me
olvidó y no llevaba dinero muggle-, pero tuvo suerte y conoció a un tío de Glasgow que le llevó de
vuelva a Manchester –eso del auto stop es muy interesante-. Llegó por la tarde, cogió un autobús a
casa de Lily, no encontró ninguno, tuvo que conseguir dinero muggle pidiendo en la calle.
- ¿Pediste en la calle?
- Muy graciosa
No ha cenado nada. Le trae sobras de la cena de nochevieja de la cocina. Comida muggle, pastel de
carne, bizcocho de frutas. Le ayuda a entrar en calor. Cuando termina parece más entero y Lily le
pregunta al fin para qué rayos ha venido. Tranquilamente y como si fuera lo más normal del mundo
dice "a verte".
Sí, ya le conoce. Le gustaría censurar su comportamiento, decirle que ha sido una temeridad, que
era innecesario y ha resultado hasta peligroso, especialmente lo del auto stop. Pero el caso es que ha
venido y no parece importarle ni la lluvia, ni la nieve, ni el frío, ni haber tenido que mendigar.
- El tío de Sirius nos ha contado cosas, Lily.
- ¿Cosas?
- Dice que... es posible que se esté organizando una especie de... ejército. Un montón de gente
sirviendo a un mago oscuro.
James escoge las palabras con cuidado para no asustarla pero la asusta de todos modos. Alphard
conoce a un montón de gente en la calle y dice que ese tío es poderoso, puede que más poderoso
que Dumbledore y que odia a los muggles.
- Y también a los mestizos – dice, con un peso en la mirada que Lily no ha visto nunca.
A pesar de las graves noticias, Lily se ve forzada a sonreír. El James que tiene delante la desarma.
No es ese fanfarrón que se pavonea por sus triunfos en el Quidditch, no es el gamberro capaz de
cantar en la calle sin inmutarse. No es todo eso que Lily siempre ha sabido que es –hijo único,
estrella del deporte, chico carismático, fanfarrón sin malicia-. Es otra cosa, que siempre estuvo ahí,
un poco más oculta. Un chico noble, un hombre bueno que se ha hecho un hueco en su corazón a
fuerza de perseverar. Y de quererla.
- No les tengo miedo, James. A todos los que nos odian. No les tengo ningún miedo. Son ellos, los
que nos tienen tanto miedo que les gustaría vernos desaparecer. Pero no lo van a conseguir.
Le abraza sin pensarlo dos veces. Todavía está mojado pero no le importa. Ni que sus padres
puedan oírles o que Petunia se despierte y monte un escándalo. Tampoco le importa. No quiere que
James esté preocupado. No quiere que le pase nada. Ahora que ha empezado a preocuparse por él y
admitir que le importa, no sabe parar.
- Todos esos fanáticos han librado muchas batallas a lo largo de la historia, James. Pero nunca han
tenido una victoria duradera. Y no la tendrán esta vez.
Suena tan convencida. Suena más convencida de lo que se siente, de hecho. Y se convence mientras
habla. Los dedos de James detrás de la nuca, la empujan suavemente hasta sus labios y antes de que
se dé cuenta está envuelta en un beso de Año Nuevo y Buenos Propósitos. Suave encuentro de las
lenguas, cálido ir y venir de los labios. James la besa con cuidado de no romperla, cada vez más
profundo. Durante mucho tiempo, hasta que Lily siente de nuevo ese peso líquido dentro del
estómago, ese sopor en los párpados, esas ganas por frotarse contra él y que sea lo que Dios quiera.
James la aprieta contra su cuerpo, hace un ruido, una especie de quejido que proviene del fondo del
estómago. A Lily le da un vuelco el corazón, ese sonido. Ganas de hacer algo que para que lo repita.
Pero no sabe qué hacer y se separa y jadea "James", sin saber qué decir.
- Qué.
Suena ronco, con la mirada un poco desaforada y las gafas empañadas. La mira como si estuviera
viendo un milagro y no le quedaran palabras para describirlo. Lily le coge la mano, se muerde el
labio inferior. Es un gesto nervioso. James lo interpreta como una invitación y la besa. Los labios, la
cara. Le besa el cuello y provoca temblores. Profundos, deliciosos temblores en todo el cuerpo.
- Sigue.
- No pensaba parar.
Lily tiene la ropa ligeramente mojada. Respira errática y sabe que James puede ver su cuerpo, a
través del camisón translúcido. Sin saber muy bien lo que está haciendo, y a pesar de que nota que
se ruboriza por momentos, le coge la mano, la arrastra hasta su cuerpo, la deja sobre el pecho y
respira contra ella. James parece aturdido un segundo pero luego suspira "Lily" y deja que la mano
busque acomodo debajo del camisón.
Los dedos de James le dejan la piel en carne de gallina. Pero al cabo de un rato, Lily está recostada
sobre el sofá y todos los escalofríos que siente son estallidos concéntricos de placer. James le besa
los pezones en círculos, lame el contorno de sus pechos, utiliza toda la boca hasta arrancarle un
gemido. Escribe con la lengua LilyLilyLily, una palabra que siempre suena mejor cuando la
pronuncia él.
Se besan y se tantean durante horas, en voz baja para no despertar a nadie. Sin quitarse la ropa,
como principiantes. Lily no sabe lo que está haciendo pero empieza a pensar que de eso se trata. De
no saber pero confiar lo bastante como para seguir adelante.
Se murmuran secretos, se quedan dormidos en el sofá y cuando los padres de Lily despiertan, James
está subido en el primer tren de la mañana. Dormido junto a la ventanilla, con las gafas mal
colocadas y una sonrisa victoriosa.
LONDINIUM
Situada al sur de la isla conocida como "Gran Bretaña", la ciudad de Londres descansa a ambos
lados del Támesis. Fue fundada por los romanos que la llamaron "Londinium", adaptación celta de
un vocablo que significa "ciudad de la luz". Es irónico porque el día de fin de año, la temperatura
ronda los cinco grados y las nubes no dejan espacio para un solo claro hasta el mediodía. Lo curioso
es que ni Remus Lupin, ni Sirius Black parecen especialmente preocupados por la metereología. Al
fin y al cabo, hay que ser muy tonto o estar muy ciego para dejar que semejante inconveniencia
haga mella en el esplendor de una ciudad así.
En los almacenes de Fortnum and Mason, Sirius roba una lata de trufas blancas como las que regala
la reina en Navidad. En Harrod´s, el dependiente le pesca antes de que pueda hacerse con una caja
de té hindú pero no les importa demasiado porque en Harrod´s uno puede recorrer pisos y pisos de
exquisitez y extravagancias y a la mierda el té. A Remus se le iluminan los ojos cuando recorren
Oxford Street y las tiendas de música ofrecen estanterías interminables de Miles Davis y Dizzie
Gillespie. En el Soho las prostitutas les ofrecen cosas que Sirius ni siquiera sabe pronunciar y un
descuento si entran los dos juntos. Recorren Carnaby, el corazón punk de la ciudad. Remus le saca
de los pubs y le inyecta aunque sea un poco de cultura, colándose en las galerías griegas del Museo
Británico. Mientras le explica qué son las panatenaicas y reflexiona en voz alta sobre la
expropiación cultural, Sirius se fija en que todos los tíos esculpidos van desnudos "y para mí que
son todos maricas, ¿has visto que faldas llevan?" Comen perritos calientes con demasiada cebolla
observando tragafuegos junto al mercado cubierto del Covent Garden y allí Sirius aprende que,
efectivamente, la mayoría de los tíos con falda, eran maricones.
- Ya me parecía a mí.
Compran lo que no necesitan y cuando Remus dice "ya te has gastado bastante", Sirius le amenaza
con regalarle un pony para hacerle callar. En Candem Town, después de un recorrido exhaustivo por
todas las tiendas de posters, zapatos y discos del mundo, Sirius se compra unas gafas que
supuestamente usó Mick Jagger en su primera gira y proclama que se quiere quedar a vivir allí.
El día se estira en mil ángulos distintos, abarcando lo posible y lo imposible. Mil mercados
ambulantes, todas esas librerías de viejo, guitarristas en el metro, el olor a todas las comidas del
mundo. Anochece temprano, a primera hora de la tarde pero en ese momento en que la luz decae,
Londres emerge con ímpetu y se convierte para ellos no en la ciudad de la luz, sino en la ciudad de
las mil luces. Bulle de actividad, llena de paseantes del mundo entero. Las mujeres más guapas que
Sirius ha visto nunca, cubiertas con velos. Los hombres más bellos del mundo, vestidos con
turbantes. Blanco intenso, negro azulado, rojo cobre, imperial, jovencísima, el futuro a la vuelta de
la esquina, el pasado latiendo a mil por hora. Londinium.
Trastabillan de pub en pub. Cuando toca la campana a las once, se dirigen a Leicester y tropiezan
con la multitud que quiere celebrar el fin del año muggle. Levitan hasta un balcón abandonado,
observan las campanadas desde lo alto. Remus sonríe cuando Sirius silba y aplaude. Acaban en el
callejón Diagon, a la una de la mañana y vuelven a cenar porque hay restaurantes que nunca cierran
en el mundo mágico y a Sirius le entra hambre a horas intempestivas. Tienen suerte de encontrar a
un grupo de chicos de Devonshire tocando versiones de Simon y Garfunkel a deshoras en el metro y
pasan un rato escuchando, hasta que se les ocurre que Trafalgar sería un lugar perfecto para ver
amanecer.
Caminan de noche desde Buckingham, recorriendo el Mall a solas. Parando en cada árbol para
robarse unos besos, gritando frente a las residencias reales "¡cásate con Yoko Ono, Charles!". Sin
motivo aparente.
Agotadas las botellas, a las cinco y media de la mañana están exhaustos, viendo los primeros
destelles de azul en un cielo de momento negro oscuro. Se sientan en las escaleras de Trafalgar
Square frente a la estatua de Nelson, con la promesa del Támesis delante, la imponente fachada
griega del National detrás. Prácticamente solos en pleno corazón de la ciudad que más les gusta en
el mundo. Remus le cuenta la historia de Nelson, su triunfo en Trafalgar, frente a la flota franco
española. La gran victoria de los británicos en el mar le recuerda a Sirius a la inminente guerra.
No es la primera vez que la siente cerca.
- Dumbledore me avisó.
Le explica a Remus lo mismo que le dijo el director de Hogwarts. Tiempos oscuros. Irán a por los
diferentes. Un odio que siempre ha estado ahí. Pero renacido, como si fuera nuevo.
- ¿Cuándo te lo dijo?
- La noche que atacaron a Daniel y me llamó a su despacho. La noche que le besaste. ¿Te acuerdas
de esa noche, no? Te ataqué en el baño, me ignoraste a la mañana siguiente, esa noche.
- No te ignoré.
- Porque me sentía culpable de haber sospechado de ti, Sirius. No porque me arrepintiera de lo que
pasó.
Silencio largo. Siguen esperando a ese amanecer que se adivina en la cúpula del National.
Reverberan las primeras luces, todavía no rompe el cielo. Lo hará pronto.
De día, Trafalgar Square está llena de palomas. A esa hora, no hay más que transeúntes que vuelven
a casa después del horario nocturno. Un par de personas sin hogar dormitando en las esquinas. Y
ellos.
Sirius se gira, escucha con atención. Lleva semanas preguntando desde cuándo te gusto. Puede que
esté en el umbral de la respuesta. Remus es cauto. Habla despacio y no le mira a él, sino al cielo.
- Estaba pensando en ti cuando besé a Daniel. Y antes de eso. – Un silencio tranquilo pero lleno de
emociones intensas. - Estaba pensando en ti bastante antes de eso, Sirius.
Antes. Bastante Antes. Es una revelación. Remus pensaba en él Antes de aquel día. A pesar de que
le conoce. Con las partes gilipollas y todo lo demás. A pesar de eso. Bastante antes.
- ¿De verdad?
- ¿Por qué te extraña tanto? Tienes docenas de chicas persiguiéndote día y noche. No es tan raro que
me gustaras.
La plaza empieza a clarear. El comandante Nelson, en lo alto de la columna recibe un tenue rayo de
sol. La bóveda celeste se torna primero azul intenso y después refulge desde lo más bajo. Cobre
oscuro, amarillo cinabrio. Subiendo lentamente.
- Con las chicas es distinto, Remus.
- ¿Por qué?
- Porque las chicas no me conocen. De verdad, quiero decir. El pelo largo y la moto, les basta con
eso.
Remus murmura "a mí también me basta con eso, soy mucho más superficial de lo que parezco"
pero Sirius le da en el costado – "estaba hablando en serio por una vez, capullo". Mientras tanto y
ajeno a ellos, empieza a quebrarse el caparazón nocturno de Londres. Los edificios tiemblan
sacudidos por la luz. Bajo el subsuelo, el metro empezará pronto a llenarse de gente. La ciudad
despierta y Remus se abriga un poco más, para hacer frente al frío y a esa otra sensación
amenazante de lo que se les viene encima.
La aurora estalla en naranja. El amanecer se tiñe de malva. Estrías larguísimas, sobre sus cabezas.
Es el fin de la noche. El incierto amanecer del resto de sus vidas.
- Sirius.
- Qué.
Remus traga saliva. Piensa en Sirius y todas las chicas que le persiguen. En Sirius y su inseguridad
en la cama, preguntándole con cuántos chicos ha estado. En Sirius recordando a su hermano sobre
una moto. En Sirius, que puede morir y matar en la guerra. En Sirius a quien nunca le ha dicho
franca y sencillamente te quiero.
- Si existiera la manera de decirte lo que siento por ti, te juro que te lo diría.
A Sirius, las palabras nunca le han parecido demasiado importantes. Se pone en pie, extiende la
mano.
- Levanta – ordena.
Sirius se acerca, le rodea la nuca con una mano firme que parece capaz de guiarle en cualquier
guerra. Se moja los labios y se acerca a él.
No hay mucha gente en la calle pero daría igual que estuvieran allí presentes los miles de turistas
que atraviesan la plaza cada día porque ninguno podría interponerse en el camino de ese beso.
Estalla luminoso, como el amanecer, les deja mareados, luchando en alta mar con los vientos
temibles del cabo de Trafalgar. Es luminoso, más importante que las palabras y en ese momento y
en ese lugar, ese beso son ellos. No lo que serán después, no lo que les ha llevado hasta allí. Sino
ellos. Aquí y ahora dice ese beso somos reales.
Cuando se separan, frente contra frente, los que pasan les miran y ellos les ignoran.
- Solo tenemos que confiar el uno en el otro y nos irá bien, Lunático.
Pero ambos piensan "lo intentaré" y sellan promesas tambaleantes con besos salvajes.
El 20 de octubre de 1804 el almirante Horacio Nelson consiguió dominar vientos feroces y hundir
naves enemigas pero lo que Remus nunca le dice a Sirius es que se interpuso en el camino de una
bala y cayó abatido en alta mar. A veces hay que perder algunos hombres, incluso a menudo a los
mejores hombres para ganar las batallas importantes.
Pronto estallará la guerra y no será necesario hablar. Hasta entonces, las palabras se quedan cortas.
Terminamos
Cinco semanas después de reincorporarse al curso, ninguno ha vuelto a oír nada de la guerra y todo
empieza a parecer una fantasía con poco fundamento. La medianoche del nueve de febrero de 1977,
Sirius se despierta cuando escucha el crujido del suelo. En la penumbra distingue la figura de
Remus.
Y supone que al baño o algo parecido. Hasta que observa los detalles. Los zapatos, la bufanda. Va
vestido. Y suena distinto. Roto. Como si hablara a través de un eco, tragando una bola en la
garganta.
- ¿Qué ha pasado?
Tuve una pesadilla. Parecía real. No podía dormir. Salí a dar un paseo. Dumbledore me buscaba.
No era una pesadilla, Sirius. Era un augurio.
Le tiembla la voz. Y la barbilla. Un poco. Sirius decide en menos de una décima de segundo. Se
empieza a vestir inmediatamente.
Lleva varios días sin nevar. Pero la helada es inclemente. Hay escarcha en los cristales. Remus
podría discutir pero no tiene fuerzas y de todos modos, Sirius no está dispuesto a negociar. Van a ir
todos y punto. Despierta a James de una sacudida.
- Cornamenta. Levanta.
Hace frío y James se pone el jersey que usa para el invierno más duro. Bufanda, abrigo, está listo en
un abrir y cerrar de ojos. Despierta a Peter, que duerme profundamente.
- Colagusano. Arriba.
Después, James le manda una nota a Lily, por medio de una lechuza nocturna, que golpea en la
ventana de las chicas. La nota dice, "en la habitación común" y es una letra seria, distinta. Cuando
Lily baja se los encuentra vestidos con ropa de calle, esperando. Peter se frota los ojos, Remus mira
fijamente a la chimenea sin fuego y es James quien le explica que se van a Londres, "pero
queríamos avisarte antes". Hay algo grave en el ambiente, un hielo espeso, humeante.
Remus se gira hacia ella despacio. Tiene una expresión de calma casi terrorífica cuando se lo
cuenta. La decisión de Lily tampoco es negociable y afirma "voy con vosotros" mientras sube a
buscar la ropa.
La guerra aún no ha estallado oficialmente pero en un hospital de Londres Aurora Lupin se muere y
puede que sea un presagio. Puede que prefiera apagarse antes de que el futuro se ensañe con los
mestizos, los gamberros y los hombres lobo.
En tercero, Sirius odiaba Herbología. Con todas sus fuerzas. Sus amigos se reían de él porque
aunque la Herbología no era tan emocionante como el cuidado de las criaturas mágicas o la defensa
contra las artes oscuras, era realmente fácil y además, permitía estar un rato fuera del aula. Fácil y al
aire libre. Puede que Herbología no fuera emocionante, pero nadie le ponía pegas. Excepto Sirius,
que la seguía odiando. Las plantas eran aburridas, estaban casi muertas y no hacían nada, excepto
morirse del todo si uno no tenía cuidado con ellas. Sus manos, que eran perfectas para el Quidditch,
tenían la cualidad de parecer enormes y torpes cuando se trataba de criar estúpidos y aburridísimos
rosales chinos.
Tal vez fue por eso, por la manera en la que aborrecía la asignatura, por lo que decidió probar su
versión de las pompas voladoras de Zonko con la profesora de Herbología. En todo caso, por ese o
por otro motivo más peregrino como que la profesora estaba allí y las pompas estaban allí, lo hizo.
La profesora se elevó hasta el techo del invernadero entre gritos y risas generalizados. Se quedó allí
jurando en arameo contra todos los parientes vivos de Sirius y después, cuando la pompa estalló
cayó sobre las orquídeas con un sonoro ¡pop!
Todos supusieron que James había estado metido en el asunto. No era verdad pero nunca lo negó.
La broma era, después de todo, el último gran acontecimiento en Hogwarts y a James Potter no le
gustaba dejar pasar una oportunidad para optar al título de bromista legendario. Les castigaron a
ambos a arreglar todos los desperfectos y a cuidar del invernadero con una larga lista de cosas
desagradables que hacer. Como recoger algas olorosas para fertilizar la tierra, y hacer abono con
excrementos de threstal. Les obligaron a replantar las orquídeas y a reponer todos los jarrones y
macetas que se habían roto durante el accidentado aterrizaje.
- Me encantaría ayudaros - les dijo Peter antes de que fueran a hacer sus tareas por cuarta tarde
consecutiva, - pero tengo deberes atrasados de Aritmancia.
Recogieron excrementos, hicieron abono, aprovecharon el paseo al lago para pararse a hablar con
un grupo de Hufflepuffs de cuarto y cuando llegó la hora de la cena aún no habían reparado los
jarrones.
- Podemos hacerlo mañana, - James podía oler la sopa desde el jardín-, a primera hora.
Una hora y cuarto después, se despertó jurando en arameo y corrió al invernadero saltándose el
desayuno. Si no acabamos hoy esa bruja nos tendrá otra semana oliendo a cosas muertas. Pensó
que le daría tiempo de hacerlo y llegar a la primera clase pero se equivocó estrepitosamente porque
en la puerta del invernadero, inspeccionando rosales estaba la profesora de Herbología. No tuvo
tiempo de inventar una mentira convincente y cuando la profesora se limitó a decirle ―le espero
después en clase, Black‖, tampoco tuvo tiempo de reaccionar o de comprender por qué no se había
enfadado.
Entonces le vio. Asomando la cabeza casi rubia entre los arbustos, diciendo, "¿ya se ha ido?", con
la nariz manchada de tierra y las manos oliendo a perfume de indias. Una cabecita de ojos mansos y
una nariz que ya se adivinaba enorme.
- ¿Remus?
Las macetas estaban en su sitio e intactas, reparadas por arte de magia y perseverancia. Las flores
en su sitio, el suelo limpio de tierra.
- No tuvo gracia que la metierais en una pompa, ¿sabes? Se podía haber hecho daño. Y las plantas.
¿Qué tienes contra las plantas? No te han hecho nada. Qué barbaridad.
Durante todo el camino de vuelta al colegio Remus le sermoneó sobre sus bromas absurdas y su
insistencia en rebelarse contra todo solo porque sí. Le regañó porque nunca era capaz de hacer algo
cuando tenía que hacerlo y siempre lo dejaba todo para el día siguiente sabiendo que al día siguiente
tampoco lo haría. Durante todo ese camino, estornudó catorce veces.
- En serio Canuto -un fuerte ¡atchis! le hizo temblar hasta los pies-, te acabarán echando del
colegio.
Remus Lupin era alérgico a veinte tipos diferentes de plantas, entre ellas, las orquídeas. Estornudó
tanto esa mañana que Peter se ofreció a cronometrar la frecuencia y presentarle al libro Guinness de
Records Mágicos. James, cuando se enteró de lo que había hecho dijo ―¡gracias, tío!‖ y ―¡te
debemos una, Lunático!‖. Esa noche Sirius le regaló su propia versión de poción para la alergia (y
el picor en la cabeza). Nunca contó sus estornudos, nunca le dio las gracias, nunca enumeró la
cantidad de favores que le debía porque de todos modos, no sabía Aritmancia suficiente para
calcularlo. Le dijo ―tienes tierra en la nariz‖ y le dio un pañuelo para limpiarse y no hizo caso a una
sola palabra de su sermón pero le prometió que no le expulsarían. Y lo hizo con una sonrisa
brillante, tal vez demasiado satisfecha.
Remus suspiró y sembró de estornudos ese suspiro, como si dijera ―lo que tú digas, Canuto‖.
It´s a hard rain (it´s gonna fall)
Porque esa mañana, mientras Londres se confabula contra ellos y llegan al hospital, piensa en
estallidos, montones de pensamientos que se precipitan como la lluvia. Después deja de pensar del
todo, al entrar en los pasillos higiénicos de la clínica, como si se hiciera un claro en la rabia del
cielo. Pero es un claro engañoso y plomizo que promete un diluvio universal. Cuando Remus le dice
al médico ―soy su hijo‖, el doctor asiente, ―puede pasar, pero solo usted‖ y Sirius se queda allí
quieto, con James y con Lily y con Peter, pensando en galerna, miles de pensamientos
huracanándose sin forma los unos contra los otros. Solo les queda esperar y Sirius odia esperar. Con
toda su fuerza, con toda su alma, lo odia. Remus ni siquiera les ha mirado a los ojos desde que
salieron de Hogwarts y en el hospital no le dejan fumar, así que no sabe qué hacer con las manos.
Mira por la ventana hacia la calle y no sabe por qué todos los ruidos le resultan un poco obscenos.
El ruido de la máquina del café, de los coches muggles, las enfermeras comentando algún
chascarrillo entre risas. Piensa ―la madre de Remus se muere‖ y combinado con ese pensamiento,
todos los demás le parece que están llenos de espanto y no tienen compasión. Es raro que nada
cambie. Es raro que él pueda estar de pie, fijándose en la fachada de la galería nacional, al final de
la calle. Que Peter pueda bostezar. Todo es raro y esperar a la muerte es lo más raro que le ha
pasado nunca.
Si hubiera comido algo, tendría ganas de vomitar pero no podría comer aunque le obligaran
repitiendo ―crucio‖ y repitiendo ―imperio‖ hasta que se le doblaran las rodillas. Tiene esa cosa ahí,
ese nudo en el estómago que no deja de apretarse a medida que pasa el tiempo. Tic tac. El hospital
está plagado de relojes, maldita sea, en todas las esquinas. Marcan las nueve y cuarto cuando Peter
propone ir a buscarle aunque sea un té a Remus, porque Remus podría querer tal vez un té. En ese
momento Sirius odia a Peter, por haber tenido una idea estúpida y después a sí mismo, por no haber
tenido ninguna idea. Afortunadamente, James es mucho mejor persona que él. Lo cual no es
ninguna novedad pero consuela, de todas maneras.
- Vamos, Pete, te acompaño a la cafetería. - Ayuda a Peter a levantarse, echándole una mano al
hombro, comprendiendo su incomodidad, ofreciéndole apoyo sin decirlo. - Creo que todos
podríamos tomar un poco de té, ¿no te parece?
Cuando se marchan, Sirius escucha sus pasos en el linóleo y mira la puerta en la que ha entrado
Remus como si pudiera perforarla con la fuerza de su voluntad. No deja de pensar en su propia
madre, a la que no sabe por qué esa mañana odia más que nunca. No deja de pensar en Grimmauld
Place y todos los funerales a los que asistió cuando era niño, siguiendo la estela de los Black que se
iban muriendo. Siempre acompañaba a sus padres, dando pésames que no sentía, de mansión en
mansión. Con un árbol genealógico tan amplio como el suyo, maldita sea, siempre parecía que en
alguna parte del mundo se estaba muriendo un Black.
Tal vez sí. Tal vez deberían morir más. Un millón de los nuestros cada día. Miles de Blacks, por
cada Lupin. Tal vez eso arreglaría las cosas.
- Sirius.
Qué pregunta tan rara. Lily se acerca a él en un par de pasos, mira también por la ventana pero ella
solo ve la calle. No está encerrada en Grimmauld Place, oliendo el cadáver del tío Rastaban, con
solo cuatro años, haciendo vigilia durante toda la noche, besando aquel cuerpo tan rígido.
- En mi familia los muertos tienen que quedarse en casa al menos cuarenta y ocho horas. Con la
familia y eso. Te torturan incluso cuando te has ido, los cabrones.
En condiciones normales preferiría no hablar de su familia. Y mucho menos con Lily, que es una
chica, para empezar. Y que tiene esa mirada tan rara, como si estuviera preocupada por él o algo así.
No estamos aquí por mí, mujer, estamos aquí por Remus. Le gustaría decirle que está bien pero
Sirius está teniendo algo que debe ser un ataque de ansiedad y no encuentra la manera de mentirle.
Sirius asiente. Tenía seis años cuando murió Rastaban. La abuela Andrógena. El primo Orión murió
atacado por un centauro al que había estado molestando toda la mañana. Tenía diez años, hicieron
una caja tan pequeña que Sirius tuvo pesadillas con quedarse encerrado allí dentro durante semanas.
- No puedo creer que obligaran a un niño a pasar por eso. - Lily habla con una voz muy suave, que
esconde reproche hacia los Black pero sobre todo, una especie de ternura que Sirius tarda mucho
tiempo en comprender a qué viene. - Sirius - le llama varias veces y al final consigue que retire la
mirada de la ventana y la mire a ella, - Sirius, estoy segura de que si Remus nos necesita, nos
llamará.
Es por él. Esa ternura. Y cuando Sirius lo comprende cree que debería reírse. Porque, es lo último
que le falta. Que la novia de su mejor amigo ahora se compadezca de él y de su triste infancia.
Acabáramos. Luego considera el enfado como la opción más razonable porque, ¿quién se cree ella?
No es como si realmente le conociese o como si realmente le importara. Ni siquiera le caía bien
James hace unas malditas semanas, ¿no? No es más que una chica, una maldita chica que le mira sin
ira, con enormes ojos verdes y la mano tendida. Lily no sabe lo que es haberse quedado fuera de la
puerta cuando todo lo que quiere es ayudar a Remus. Y no sabe lo que es tener miedo de que la
puerta se abra y haya un cadáver dentro y sea incapaz de reaccionar y no pueda darle a nadie lo que
necesita. Jamás. Qué sabe ella. No sabe nada. Solo sabe quedarse allí quieta y acariciarle un brazo.
Suavemente, arriba y abajo, como si no se diera cuenta de que lo está haciendo.
Ese pinchazo detrás de los ojos. Mierda. No quiere llorar. No es su momento para llorar. Es el de
Remus. Mierda. De qué sirve ser fuerte si no tiene fuerza cuando realmente importa.
- Yo tampoco, Sirius.
Es ella, en realidad. Es ella porque Sirius no sabe hacerlo y no es consciente de que lo necesita. Es
ella la que le abraza, sin mucha fuerza, sin dejar de decir "no pasa nada" y "sshhh" y de nuevo "no
pasa nada". Es ella y no Sirius, aunque Sirius siempre pensó que sería al revés. Que tarde o
temprano, cuando James encontrara a su chica, Sirius tendría que aceptarlo y darle su bendición o lo
que fuera. Pensó que esa chica -supuso que sería Lily porque James siempre consigue lo que quiere-
querría llevarse a su mejor amigo a casa y él tendría que perdonarla por semejante barbaridad y
decirle "está bien, te dejo". Pero es exactamente al revés. En el hospital en el que Aurora Lupin se
muere, es Lily la que le da su bendición y le mira como si no hubiera hecho nada malo y se gana,
con ese perdón, que Sirius no es consciente de necesitar, ese afecto insobornable y vitalicio de
Sirius. Reservado para unos pocos.
En los brazos de Sirius, durante esos largos segundos, Lily no piensa nada. Le sorprende demasiado
la rapidez con la que toda la rabia se ha hecho brasa y el más indomable de los animales se ha
vuelto manso como un perro que solo quiere volver a casa.
A las once y veinte de la mañana, la puerta de la habitación se abre y todos contienen la respiración.
Curioso. Cuando llega el momento, Sirius sabe exactamente lo que tiene que hacer. Es la parte de
pensarlo la que se le da mal, pero hacerlo no tiene ningún misterio. La muerte, piensa entonces, es
realmente poco misteriosa. Ocurre sin ceremonias. En un silencio que no tiene nada de malo y te
mira sin juzgarte.
Y lo único que Sirius tiene que hacer es fulminar a los médicos con la mirada cuando insinúan que
no pueden entrar todos. Se crece en ese momento, mide dos metros y medio y nadie, ningún doctor,
ninguna enfermera se atreve a contradecir su santa voluntad. Remus ha dicho que su madre no
quiere estar sola y a nadie le cabe duda de que el hospital se vendrá abajo si Sirius Black no puede
hacer cumplir su voluntad.
No es lo mismo. Saber que tu madre se consume y decirle hasta siempre, adiós. No es lo mismo en
absoluto. Remus creía que estaba preparado, lleva horas despidiéndose de ella en silencio pero
cuando se enfrenta al entierro, le paraliza la sensación de estar abandonando a alguien querido en un
cementerio que no acaba de florecer. Lo único que sabe con certeza es que no podría hacerlo solo y
esa certeza está acompañada de otra, igual de intensa.
Cinco minutos más tarde, el médico dice ―vendrán a por ella en un rato, pueden esperar fuera‖ y
Remus ya no tiene ganas de llorar porque James dice ―vamos‖ y Lily dice ―ven‖ y Sirius le acaricia
la cabeza y Peter le da una palmada en la espalda y sabe que su madre estaría contenta si pudiera
ver que tiene una familia, después de todo.
Organiza el funeral tomando las decisiones rápido. Cosas horribles como la caja que debe elegir y
los papeles que debe firmar. Lo hace sin pausa, intentando desvincularlo todo de la muerte de su
madre. Decisiones clínicas y eficaces para no venirse abajo. Aguanta la misa con la cabeza de Lily
apoyada en su hombro y unas ganas horribles de cogerle la mano a Sirius. Pero no lo hace y no sabe
por qué. En el cementerio, Peter lleva flores y James le da la mano a Lily y Remus todavía no sabe
por qué no puede hacer lo mismo con Sirius pero sabe en lo más profundo de sí mismo que no, que
simplemente no puede tocarle. Aunque lo nota. Hasta debajo de la piel, nota las ganas que tiene
Sirius de estar con él.
Anochece temprano y cuando el cielo sobre la lápida de Aurora Lupin se llena de estrías
anaranjadas, James propone que deberían buscar algún sitio para dormir y Remus sabe exactamente
dónde tiene que ir y para qué.
En el metro, el ir y venir de la gente, provoca que por primera vez en veinticuatro horas, el cuerpo
de Sirius choque ligeramente contra el suyo. Un roce, con la ropa puesta. El pecho de Sirius contra
su espalda. Su aliento en la nuca. Un segundo y luego se aparta, como si le quemara el contacto.
Respetando las barreras que Remus ha puesto.
Por eso no puedo tocarle descubre en ese momento, si te toco, todo es real.
Si le toca se rompe.
Perdóname, Sirius.
En la puerta de la casa en la que solía vivir con su madre, se da cuenta de que no ha traído la llave y
abre con un hechizo. Le recibe marzo, la memoria de los años perdidos y un fuerte olor a cerrado.
Para llegar al apartamento que Aurora Lupin no volverá a usar, hay que cruzar una puerta de medio
arco y subir cuatro escaleras. Una vez en el portal, recogido el correo atrasado y ahuyentado el olor
al pasado marchito, hay que evitar el escalón que cruje y ascender hasta el primer piso por una
escalera angosta y enmoquetada en colores oscuros. Una vez abierta la puerta, a la izquierda la
cocina y cacharros por fregar, oxidados por el tiempo. A la derecha, muebles llenos de polvo, hasta
que Lily avanza un par de pasos y toma el mando, knox, scourfigi, lumos. Limpia de polvo y
ausencias el apartamento y dispone trabajo para todos.
- Peter, enciende fuego en la chimenea. James, he visto una tienda ahí enfrente. Compra apio,
cebolla, puerro y calabaza. Y algo de carne. Y sal. Un poco de aceite. No creo que haya sal. ¿Te
acordarás?
James repite apio, puerro, calabaza, carne, sal, aceite, cebolla. Y luego sonríe de abajo arriba y de
oreja a oreja, hasta que Lily se ve obligada a preguntar ―y ahora qué‖.
- Ni lo digas.
En media hora la cena está en marcha y el fuego crepitando en la chimenea. Sirius no sabe qué
hacer hasta que cueza el guiso, así que pasea en círculos y trata de imaginar a un Remus más joven
sentado al estrecho piano desafinado que está en el salón. Se imagina que le cuelgan los pies y que
le duelen los dedos después de un rato. No sabe por qué se lo imagina tan pequeño. Al rato, deja a
sus amigos detrás y sube las escaleras que llevan el ático.
Sentado en silencio, sobre una cama con el colchón enrollado, Remus mira por una ventana
estrecha. Aunque la habitación no oliera a él, sabría que es suya. Con todos esos libros apilados en
cajas. Y las cadenas en la pared.
Remus levanta la cabeza y asiente. Sirius se apoya en la mesa que seguramente hacía las funciones
de escritorio. Es vieja pero no tiene marcas de tinta y anotaciones como las mesas de Hogwarts.
Remus siempre tan cuidadoso.
- Cuando empecé a ser demasiado fuerte. Tenían miedo de que echara la puerta abajo. Y le hiciera
daño a alguien.
Sirius nunca se ha arrepentido de haber violado la ley para ser un animago. Si alguna vez se hubiera
arrepentido, en ese momento decide que habría estado equivocado. Le resulta repugnante la idea de
imaginarle solo, tirando de las cadenas hasta agrietar la pared.
- ¿Tienes tabaco?
Es lo más útil que ha hecho en todo el día, buscar cigarrillos entre su ropa. Le consuela poder darle
uno a Remus, buscar el mechero y encenderlo. El cigarrillo se balancea en sus labios y Sirius le
entiende, porque no es fácil mantener el equilibrio cuando te tocan esos labios. Se empieza a
consumir despacio, en lentas, deliberadas caladas. Por las escaleras de la casa, sube muy despacio el
aroma del guiso de Lily y Sirius piensa desesperadamente en algo que decir pero no se le ocurre
nada. Bueno, se le ocurre ―siento mucho que tu madre esté muerta‖ pero la idea de decir algo tan
estúpido en voz alta le mortifica.
Le explica con desapasionamiento clínico que es una casa de renta antigua y que estaba a nombre
de su madre, la pagaba su pensión pero ahora tendrán que realquilarla. Dice, como si no tuviera
importancia, posiblemente podría vender los libros, los comparan al peso en el Soho. Y luego con
esa pasmosa calma, el piano, seguramente. Necesitaré el dinero.
Suena más irritado de lo que Sirius pretendía. Pero primero Remus no le mira. Luego Remus no le
toca. ¿Y ahora quiere vender el piano de su madre? Tal vez esté irritado. Y qué.
- De hecho, sí puedo vender mis cosas. Son las cosas de los demás las que no se suelen poder
vender, Canuto. A menos que quieras ir a prisión.
Sirius está a punto de decirle que no siempre es buen momento para el sarcasmo. De hecho, quiere
decirle mil cosas. La más importante, que no tiene que actuar como si no pasara nada, que da miedo
verle tan tranquilo, hablando de vender el piano cuando la tierra donde yace su madre aún está
blanda. Demasiadas cosas, de hecho, las que quiere decirle y como siempre, cuando salen, salen de
la peor manera posible.
- ¿Y cuándo debería hablar de ello? ¿Cuando vengan a desahuciarme porque no puedo pagar el
alquiler? ¿Debería esperar a que la policía se llevara todo esto a un vertedero?
- No. – Sirius no da crédito. - ¿Qué...? No – repite. - No hace falta. Yo puedo ayudarte, puedo...
Remus le corta en seco con un "no" tajante y sin explicaciones. Se vuelve de hiel cuando repite, "no
voy a aceptar tu dinero, ni el de nadie". Esa determinación helada. Esa tajante inflexión en la voz.
Remus nunca dice "no" pero cuando lo dice es definitivo. Sirius lo sabe. Es inútil discutir. Eres un
cabezota de mierda, Lupin. Nunca me dejas ayudarte. Te odio por no dejar que te ayudemos.
- Vale - apaga el cigarrillo y no sabe dónde apagarlo. Acaba usando la suela de las botas, frustrado
consigo mismo y con el tonto del haba de Remus Lupin. - Como quieras, son tus cosas. Solo pensé
que a ella le gustaría que lo tuvieras.
La verdad es que nunca se le había ocurrido la comparación. Pero Grimmauld Place siempre estuvo
llena de animales.
- Vuelvo luego.
En las tres horas que pasa esa noche mirando la puerta de los Black desde el otro lado de la calle, ve
entrar y salir al servicio y sigue los movimientos de su madre al otro lado de las ventanas, como si
siguiera una sombra. Cuando roza la medianoche, ve salir gente y distingue parientes y la figura
elegante de su prima Bellatrix. La favorita de mamá. Recuerda aquella noche. Tendría quince años
y celebraban la navidad. Se escondió para fumar en la terraza y cuando Bellatrix llegó, le obligó a
compartir el cigarrillo a cambio de guardar silencio sobre su travesura. Fumaron juntos y ella, que
debía tener diecisiete le dijo ―has crecido mucho, primo‖, batiendo las pestañas y asfixiándole con
su perfume. Le dio un beso en la mejilla para despedirse antes de entrar al salón y ese beso estaba
calculado para rozar sus labios sin llegar a tocarlos. Le hizo sentir atrapado como una mosca en una
tela de araña de ambrosía y cuando Bellatrix le miró desde lo alto de una sonrisa glacial diciendo
―ya nos veremos, primo‖ quiso partirle la cara. A esa zorra manipuladora cuyo beso había deseado
durante un segundo.
Remus tiene razón. Quién es él para decirle cómo debe honrar a su madre.
En las estanterías de la que fuera su habitación, la gruesa capa de polvo hace concesiones a la
literatura y cuando Remus levanta sus libros preferidos, deja surcos limpios en la madera. Debajo
de Yeats y de Byron, debajo de Cummings y de Woodsworth, la estantería está a salvo de la
suciedad y algo en esa idea resulta vagamente reconfortante. Se llevó la mayoría de los libros al
colegio y guardó unos pocos en casa de la abuela. En Londres le quedan sonetos sin rima y
pergaminos con poemas que empezó y nunca terminó. La ropa que cuelga en los armarios ya no es
de su talla y no hay muchas cosas que pueda llevarse sin que se le rompa el corazón de nuevo.
- ¿Remus?
Lily asoma la cabeza por la puerta, con una media sonrisa que pide permiso para entrar y perdón si
molesta. Pero Lily nunca molesta.
- Pasa.
Arman juntos una caja de cartón casi vencida por la humedad. Lily la seca con un golpe de varita y
meten dentro los pocos libros que quedan, los dibujos que Remus garabateó su primer verano
después de Hogwarts, unos calcetines mágicos contra el frío, media docena de fotos de sus padres
antes del accidente. Encuentran las llaves del coche de su padre -un Morris Oxford que todavía debe
estar en el garaje de la casa- y una polaroid sin papel de fotografía.
Toda su vida cabe en una caja que se puede coger en brazos. Si él también desapareciera, lo haría
como el polvo, difuminándose en el silencio como mamá.
Lleva un rato mirando la caja en silencio. Pero sale de su estupor cuando se encuentra con la cara de
Lily, preocupada y con el ceño fruncido.
- Sí.
Remus Lupin siempre está bien. Siempre sabe de qué cosas desprenderse antes de que se las
arrebaten, siempre se despide de la gente un minuto antes de que se vayan, siempre conserva sus
emociones para que nadie se burle de ellas, siempre se mantiene a distancia de las cosas que duelen.
Sobrevivir a costa de vivir sin vivir.
- Estoy bien.
Lily murmura algo sobre vigilar que James y Peter no quemen la cena, algo como ―llámame si no
quieres estar solo”. Remus está a punto de contestarle que nunca quiere estar solo, que le aterroriza
de tal manera estar solo, que lleva años solo pero cuando se gira para buscarla y decirle ―quédate‖,
Lily ya ha bajado y Remus se da cuenta de que lleva un rato solo. En la misma habitación en la que
experimentó su primera transformación en lobo. Una jaula llena de libros y poemas sin terminar.
Parece casi una tumba, abierta antes de que llegue el invierno, para no tener que cavar en el hielo
cuando haya que enterrar muertos a los vivos.
Segunda parte
Cuando finalmente baja a cenar Remus pregunta por Sirius y James procura que su voz suene
perfectamente normal cuando le responde que ―ha salido un momento”. La chimenea crepita con
ganas y aunque al principio la noche les sabe fría y sin gusto, el guiso acaba por calentar sus
espíritus y antes de que lleguen al postre, Peter se está riendo con la colección de anécdotas
embarazosas de James en el mundo muggle.
Incluso Lily se esconde bajo los rizos para ocultar una sonrisa. Cerca de la medianoche, todos miran
a la puerta de reojo pero ninguno menciona a Sirius. Incapaces de irse a la cama, proponen té y
Remus encuentra unas bolsas en un armario que chirría. Lo toman frente a la chimenea y antes de la
una, ninguno admite que respira mejor cuando la puerta se abre y le ven entrar. Saluda con un gesto
de la cabeza y ese ―eh‖ típico de él que siempre suena a la defensiva y oculta un sentimiento
profundo de desarraigo. Se hace un silencio entre los cinco, espeso y lleno de preguntas. Dónde has
estado, qué has hecho, qué ha pasado. Sirius, con las manos en los bolsillos y el pelo tapándole la
mirada, parece poco convencido de que le asista algún derecho a sentarse con ellos y no sabe si
debería marcharse a la cama a purgar su mal humor a solas. Entonces James Potter deja su taza de
té, le mira fijamente y rompe ese silencio como hace casi cualquier otra cosa. Haciendo que parezca
sencilla.
- Canuto, si te has ido a ver un strip pease sin nosotros, le pediré a Snape que sea mi nuevo mejor
amigo.
De pie, a medio camino entre sus amigos y la casa vacía, Sirius acepta la mano tendida.
- ¿Has ido a ver uno? ¿Sin mí? – Se toma un segundo y le pregunta, ―¿no sería de tíos?‖
Juegan a las bromas habituales. Es su manera de preguntarse estás bien y responder estoy bien.
Llevan siete años perfeccionando un código de comunicación que solo entienden ellos.
- Es un talento de familia.
Guarecidos en los claroscuros del fuego, Remus ve cómo James se levanta y le acompaña a la
cocina para que Sirius se sirva un plato de cena. Siempre lo ha pensado. Lo piensa esa noche una
vez más. Si James les faltara perderían el rumbo. Es lo que les mantiene unidos, a pesar del silencio,
de las cosas que no saben decirse y las que con demasiada frecuencia, tienden a ocultarse.
Esa noche, ninguno de ellos se acuesta en una cama. A las dos, Sirius mezcla un chorro de whisky
de fuego en sus tazas, a pesar de las protestas de Lily.
- Evans, por Merlín, la única manera de que una chica pueda soportarme una noche entera es que
haya alcohol de por medio. O que yo no lleve ropa. Tú decides.
A las cuatro de la mañana, James bosteza en la frontera del sueño. Y Lily dormita con la cabeza
apoyada en su regazo. A las cinco, Peter se agita en sueños y Remus anuncia que ya no queda más
whisky para el té. Sirius se fija en sus piernas. Las tiene estiradas frente a las brasas del fuego y
resultan larguísimas. Las roza con las suyas y cuando Remus habla está mirando ese punto en el que
se apoyan el uno en el otro.
- A lo mejor Dumbledore quiere el piano – lo dice sin levantar la mirada. - Para el colegio, quiero
decir.
Al oírle, Sirius nota como una cosa. Una cosa en la garganta que se alivia cuando traga saliva pero
que no desaparece.
- Si lo afinan, - murmura Remus- puede que todavía suene.
No le cabe ninguna duda de que sonará. Ni una sola. Seguro que sí, Lunático. Remus se mira los
pies con interés y sigue hablando muy bajito. Algo sobre qué hacer con el coche y me gustaría
guardar su tocador, si pudiera.
- Teníamos un coche. Bueno, mi padre. Hace años que no se usa, no sé si funcionara. Un coche
pequeño. Un coche viejo.
- ¿Tienes un coche?
Remus lee en sus intenciones antes de que Sirius tenga intenciones y es casi tranquilizador.
- No dejaré que lo encantes para que vuele – le advierte, y el tono es lo bastante conciliador como
para que Sirius escuche otras cosas que ninguno de los dos dice.
- Hay un sitio en Knocturn- le explica Sirius-, donde alquilan locales y cosas así. Baratos porque el
ministerio no los aprueba. Para contrabandistas de filtros de amor y cosas así. Podemos guardar tu
coche con mi moto, tienen locales en Hogsmeade y en Londres, si quieres conservarlo cuando acabe
el curso. Gastos a medias – dice, antes de que Remus proteste porque no va a aceptar caridad de
nadie y bla, bla, bla.
No protesta. Lo piensa en silencio y en silencio se alumbra un poquito, con una especie de sonrisa
interior que asoma brevemente en los labios.
- Tú y yo a medias. – Suena descreído pero no es más que ironía que se deshace en cuanto Sirius
abre la boca para discutir con él. – Me parece justo, Canuto.
Y solo con eso cierran un trato solemne. El coche y la moto, gastos a medias.
Cuando rompe el amanecer, todos han caído dormidos donde estaban. Peter apoyado en el sofá,
James derrumbado sobre un sillón, Remus tendido junto al fuego, Sirius tapado con su chaqueta.
Lily, respirando suavemente sobre James. Con los rizos deshechos, los labios entreabiertos, el sueño
profundo.
En Hogwarts, Dumbledore no les hace más preguntas de las necesarias y los otros alumnos llenan el
colegio de rumores extravagantes sobre la razón por la que han pasado fuera dos noches. Durante
tres días, Remus hace sus deberes y asiste a las clases aparentemente tranquilo, aunque en esa
tranquilidad, todos sus amigos leen ausencia. Al cuarto día, Sirius, nota un peso en la cama.
Contiene la respiración de madrugada y finge que sigue durmiendo. El cuerpo se toma su tiempo, se
mete dentro de las sábanas despacio, se acopla a su cuerpo con cuidado, murmura, ―¿Sirius?‖ y
después, cuando al fin se libera ese nudo en el estómago que sienten ambos, se deja abrazar con
fuerza.
- Lo siento.
Le abraza con tanta fuerza que si no fuera un hombre lobo, Remus Lupin se partiría en dos.
La primera vez que Lily vio a James tenía roto uno de los cristales de sus gafas y decía “¡reparo!”
mientras corría pasillo abajo para esconderse de Filch. Tenía las manos llenas de bombas explosivas
Zonko. Era flaco, no demasiado alto y sabía sonreír de tal manera que aunque tuviera la cara llena
de chocolate parecía otro el que había entrado a robar a la cocina. Le interesaban tres cosas. El
Quidditch, las bromas de mal gusto y seguirle la corriente a Sirius Black. Como a Lily no le
preocupaba el Quidditch, le horrorizaban sus bromas y le disgustaba el tal Black, no se le ocurrió
que pudieran tener jamás un tema de conversación en común. Nunca pensó que James Potter
pudiera tener un tema de conversación serio, en realidad.
Lily deja de recoger los pupitres y le mira con atención. Las piernas de James balancean sobre la
mesa de McGonagall y tiene en las manos una de esas snitch que es mejor no saber de dónde ha
conseguido. Si lo supiera tendría que quitarle puntos. No es fácil ser novia y prefecta al mismo
tiempo.
- ¿Cómo dices?
Están ordenando la clase. Lily por obligación de prefecta y James porque espera que puedan
escaparse a Hogsmeade cuando acabe. En un día de clase y sin permiso. Iluso. Balancea las piernas
y no deja de jugar con esa snitch de origen desconocido, que se escapa de él pero no consigue
zafarse.
- ¿Desplazado?
Se sube las gafas y se mete los dedos en el pelo, como si lo reflexionara en profundidad.
- Tú y yo- se explica y hay cierta ternura desgarradora en la manera en la que encoge los hombros. –
Es normal que se sienta un poco solo.
A lo largo de siete años Lily ha pensado muchas veces que James Potter era el típico chico popular
que jamás pensaba en los sentimientos ajenos. Hace tiempo que sabe que no es verdad pero de todos
modos, le sorprende que hable de pronto de Peter. Pobre, apocado y tímido Peter que le idolatra.
- Sois buenos amigos, ¿no? – Lily se sienta junto a él en la mesa, olvidadas durante un momento sus
obligaciones como prefecta. - Y los buenos amigos se adaptan, James, sobre todo cuando a sus
amigos les pasan cosas buenas.
- No es solo tú y yo, Lily. Están Remus y Sirius. Eso no lo vio venir. Qué coño. Yo tampoco lo vi
venir. Merlín, cómo me alegro de tener un sueño profundo durmiendo en esa habitación. – Sonríe
de medio lado, cuando a Lily se le escapa una carcajada. - A veces me vienen imágenes mentales
que tengo que esforzarme en borrar de mi mente, ¿sabes?
- Seguro que a ellos tampoco les hace felices pensar en lo que hacemos nosotros.
Lo dice sin pensar en cómo va a sonar y en cuanto lo escucha de sus propios labios, Lily notar calor
en la cara y rubor subiendo columna arriba, hasta la base del cráneo. Se escucha intentando
arreglarlo ―no quería decir eso” pero escucha más claro a James interrumpiéndola ―tampoco
hacemos tantas cosas” con un tono de voz que seguramente está prohibido en alguno de los
manuales de normas del colegio.
- Aunque si quieres que las hagamos… - James inclina la cabeza hacia ella y le besa el cuello con la
boca abierta, - …eso siempre se puede solucionar.
Un largo beso sobre la yugular y luego los labios de James suben hasta el lóbulo de la oreja y Lily
tiene que contener la respiración, suspirando James, suspirando James, esto es un aula.
- Y esto es un beso.
Un beso sobre la mesa de la profesora, con las cabezas inclinadas y demasiada saliva y la presión
exacta para que empiece esa cosa más abajo del estómago, esa especie de sensación burbujeante,
como si hubiera un montón de gelatina dentro del cuerpo y empezara a hervir. Siempre paran
cuando el calor amenaza con desbordarles pero la parte en la que James interrumpe el beso es cada
vez más difícil y Lily se muerde los labios para morderse las ganas de decirle ―esta vez no pares‖.
- No tengo prisa, Lily. – Le mira muy cerca de la cara y parece que le pesan los párpados tanto
como a ella. - Pero tengo ganas.
En algún momento, el campo de intereses de James se amplió lo bastante como para incluirle a ella
en su lista de aficiones. La snitch es una pequeña libélula dorada con alas, que intenta salir volando
y no hace más que vibrar en las manos del mejor buscador que ha tenido Hogwarts en cien años.
Lily sabe exactamente cómo se siente. James la besa usando una mano para acariciarle el cuello y
en el lento recorrido de su lengua dentro de los labios, Lily vuela, tiembla y vibra.
Todavía está ahí, la vocecita. Solo que sus argumentos parecen cada vez menos sólidos y ahora Lily
oye esa otra voz, la que tenía mariposas en el estómago, cobrando más fuerza. Hablando más alto.
―James Potter mataría por sus amigos‖, dice la voz. ―James Potter se esfuerza en saber lo que te
pasa‖. ―James Potter no te ha abandonado ahora que te tiene‖. ―Y no se cansa de ti‖. ―Y no espera
que cambies‖. ―Y cree que se avecina una guerra y no te soltará de la mano si las cosas se ponen
feas”. James Potter la besa en los pasillos del castillo y a veces son besos sin pausa –pero siempre le
sujeta el cuello para abrirle los labios-. Y a veces son besos sin prisa –pero jadea contra sus labios
como si se le fuera la vida-.
A veces Lily dice su nombre en voz alta – James Potter-, para oír cómo suena y qué es exactamente
lo que significa. Arrogante o convencido. Inmaduro u optimista. Competitivo o luchador. Tal vez
todo eso.
[Habló con Remus de ello. En quinto. Una tarde de tormenta con deberes de Historia para hacer.
James y Sirius se habían pasado la tarde atormentando a Snape en el recreo mientras Peter les reía
las gracias.
Remus no solía hablar de ellos. Eran dos compartimentos distintos. Remus y Lily por un lado.
Remus y sus amigos por otro. Pero aquella noche habló y Lily pensó que simplemente Remus se
tenía en tan baja estima que era demasiado condescendiente.
- Tienen más mérito del que les reconoces, Lily. Provienen de familias de sangre pura, sacan las
mejores notas sin esforzarse y no tienen que hacer nada especial para sobresalir y conseguir la
atención de todo el mundo.
Aquello era exactamente lo que ella les reprochaba. Y no entendió lo que quiso decir Remus.
- ¿No te das cuenta, Lily? Me han elegido a mí como amigo y a Peter. Mestizos y perdedores y… -
Remus hizo un silencio como si quisiera decir más pero se contuviera-… y tiene más mérito, Lily.
Amar aquello que es diferente cuando la vida te pone en bandeja la posibilidad de un camino más
fácil. Para ti es fácil no tener prejuicios pero para ellos es una elección]
En la habitación de las chicas, ahora que Lily sale con James, hay miradas de medio lado y sonrisas
con intenciones poco claras. Sabine y su séquito de fieles le preguntan ―qué tal con tu novio” y
―vaya, sí que llegas tarde, Lily”. Insinúan en voz baja cuando saben perfectamente que ella puede
oírlas.
- Mírala, tan buenecita que parecía y llega con el pelo revuelto.
- Mírala, las prefectas son las peores. Qué escándalo. Llega con la falda sucia.
- Mírala, tanto que se resistía y es como el resto de nosotras. Tapándose el cuello para que no
veamos lo que hace con Potter.
Risas.
- Como si no lo supiéramos.
Antes de entrar en la habitación de las chicas, Lily se sacude la falda para quitarle las arrugas y se
ajusta la camisa y se coloca el nudo de la corbata pero está segura de que aún sin pruebas de delito,
todas sus compañeras la miran y señalan.
- Pues debo estar mejor que tú con el tuyo porque al contrario que a ti, a mí no me sobra tiempo
para meterme en los asuntos de nadie.
Eso acalla las risas durante una noche. A la mañana siguiente, cuando James llega a la mesa de
Gryffindor, Lily nota que todas la siguen mirando, evaluando, juzgando, criticando. Siente ganas de
ajustarse la falda de nuevo, arreglarse la corbata una vez más. Aunque sabe que no hay manera, que
jamás conseguirá aprobación de quien juzga con ánimo de condenar. Y a mí qué me importan esas
mamarrachas. Y sin embargo, a una parte de ella, le deben importar.
Tal vez le importan a esa vocecita que lleva años diciendo ―James Potter es insoportable‖. Tal vez
siente que la está traicionando y el juicio que más teme, es el suyo propio.
- Hey – cuando James se sienta junto a ella trae cargada esa sonrisa de ―buenos días‖ que parece
iluminada como en Navidad-. Le pregunta si está bien, porque pareces rara. Le pregunta si es algo
malo porque lleva esa cosa entre las cejas, como ese agujerito de “hmm, estoy preocupada”. – Me
gusta ese agujerito pero, si estás mal…
- No. – Nadie en toda su vida, se había fijado en ningún agujerito y sabe que cuando James Potter se
ofrece a arreglar lo que sea que la esté preocupando, lo dice esperando a cambio eso. Que se
encuentre mejor. Solo eso. Nada más que eso. Todo eso. – Estoy bien, James.
Y entonces le besa, acallando todas sus voces interiores. Silenciando el ruido de los chismes y de
los rumores. Le besa para darle los buenos días y porque le gustan sus besos a primera hora de la
mañana, nada más despertar. Le besa para decirle a la vocecita ―así son las cosas ahora‖ y para dejar
que hablen, los que quieran hablar de ellos.
Ese año los profesores les atormentan con enormes cantidades de deberes y el invierno parece más
frío que nunca. Es como si las paredes del colegio se hubieran dilatado y hubieran aparecido grietas
entre las piedras. Cuando Peter se tumba de noche en la cama o se sienta en el escritorio a hacer
deberes, siente escalofríos donde antes solo había calor. Pero cuando pregunta, ―¿no tenéis frío?‖
ninguno de sus amigos parece entender de qué está hablando y Sirius le dice que se ponga un jersey.
- O siempre puedes seguir el ejemplo de James y buscar el cálido abrazo de Lily Evans.
Es una broma, va dirigida a James y Peter sonríe pero solo a medias o sin convicción. Después de
todo, y aunque naturalmente se alegra por James, ahora que él y Lily están juntos pasan menos
tiempo colándose en Slytherin o buscando canciones muggle en la radio de la habitación. Nadie
habla nunca del final del curso pero no queda mucho y todos saben que las cosas cambiarán cuando
Hogwarts no sea más que un nombre del pasado. Peter aprueba casi todas las asignaturas pero no
destaca en ninguna y no es rico como Sirius y no es popular como James y no tiene chicas
persiguiéndole todo el tiempo, ni agotadores entrenamientos de Quidditch ahora que se acerca el
partido contra Slytherin. Peter no tiene nada que le distraiga y nadie que le diga ―pues es verdad‖
cuando asegura que ese año hace mucho más frío que los seis anteriores.
Remus pone una sonrisa casi triste y le aconseja que se abrigue hasta que llegue la primavera. Pero
el tiempo pasa despacio y desde que volvieron de Londres todo es distinto. Sirius ya no escucha a
los Stones acompañando las canciones con berridos y todos tratan a Remus como si en un momento
determinado se fuera a quebrar. Una noche Peter ve vacía la cama de James y cuando baja a la
habitación común, le ve hablando con Lily en uno de los sillones frente a la chimenea. Le gustaría
preguntarle a Sirius o a Remus si ellos también se sienten raros por tener que ver esa cama vacía y
ese sillón con Lily pero sospecha que no porque de vez en cuando sus camas también están vacías y
Peter sabe que se van a la casa de los gritos. Solos. Juntos.
- Pettigrew.
Carga con sus libros de camino a la biblioteca cuando la voz le para el seco. Malfoy. Sigue
caminando sin prestarle atención. Tiene la varita en el bolsillo y puede lanzarle un hechizo de pus si
intenta acercarse. Por suerte Malfoy va solo. Por desgracia, habla.
- Qué raro tú por aquí. Sin tus… no sé si llamarles amigos o amos. ¿Te han dejado solo, Peter?
No debería. Cuando Lucius Malfoy dice ―¿te han dejado solo?‖ no debería importarle y desde luego
no debería cortarle el corazón, como si le hubieran metido las uñas en el alma.
Aprieta el paso pero Lucius, como Sirius, tiene esa manera de andar a zancadas y sin esfuerzo. Le
sigue el paso sin perder resuello.
- Todos vamos siempre con prisa, Peter. – Se pone delante cortándole el camino y hay algo en su
gélida mirada que es peor que todas esas corrientes de aire del castillo. - Pero la cuestión es si sabes
a dónde vas.
Están en medio de un pasillo y a través de las ventanas de medio punto que dan al claustro, se
escuchan los sonidos del entrenamiento a lo lejos. La voz de James, casi inaudible, dictando las
estrategias a sus jugadores. Muy a lo lejos.
- Voy a la biblioteca – dice con convicción. Y entonces nota que está algo enfadado y aunque no
está seguro de con quién, sabe contra quién puede usarlo. – Y si no me dejas pasar voy a conseguir
que la saliva te sepa a vómito, te lo advierto.
No hay nada que le espante tanto como esa risa de hiel de Lucius Malfoy. En las sombras heladas
de su sonrisa, Peter está seguro de ver las fauces caninas de un depredador.
- Vaya, vaya, con el pequeño Pettigrew. Se ve que llevas algo de magia negra dentro de ti.
En la velada admiración que le regala Lucius Malfoy, solo por un segundo, Peter Pettigrew
encuentra una confortable sensación de paz que le hiela la sangre.
- Déjame en paz.
El camino a la biblioteca le resulta más largo que de costumbre y a sus espaldas siente que le taladra
una mirada acusadora. Como si Lucius Malfoy hubiera visto algo en él que él mismo preferiría
seguir ignorando.
A veces Peter cree que ve la realidad a través de un velo. Que tarde o temprano el velo se apartará y
aparecerá otra cosa y se dará cuenta de que todo era mentira. Nada más que una ilusión. Entonces
empezará a vivir realmente. Lo que no sabe es cómo será la realidad al otro lado del velo. A veces
cree que será mucho mejor y al fin habrá conseguido todas esas cosas que los demás tienen pero que
parecen vetadas para él. A veces la intuición le dice que en ese otro lado lo que sea que le espera es
un abrazo terrorífico y esa idea no le deja dormir.
Esa guerra de la que le han hablado James y los otros, pero James sobre todo. Se pregunta si es esa
guerra la que al fin hará que se aparte el velo y le permitirá ver qué hay al otro lado. Cuando están
todos juntos, James y Sirius, Remus y él, Malfoy les ignora o les desprecia. Pero cuando Peter va
solo, Malfoy siempre le saluda, ―hasta luego, Peter‖ y ―buenos días, Peter‖.
Y no sabe por qué se guarda esa información como un codiciado secreto. Algo que es solo suyo, y
le hace sentir culpable pero al mismo tiempo, poseedor de algo. Por una vez.
La canción más bonita de los Beatles, la escribió George Harrison y no se hable más. La canción
más bonita de los Beatles -esa tarde de abril, al menos- empieza diciendo ―Here comes the sun‖ y
dice las sonrisas han vuelto a sus caras.
Cuatro semanas desde que volvieron de Londres. Lily ha medido las travesuras impertinentes de
James y las típicas bromas de mal gusto de Sirius y esas sonrisas en la mirada de Peter y ha sumado
apenas una docena. Desde que volvieron de Londres nadie parece especialmente triste y nadie habla
de lo que ocurrió pero es como si siguieran de duelo, tal vez respetando el de Remus, tal vez
acostumbrándose a la sensación de haber crecido de repente.
Pero esa tarde, mientras hace los deberes con Remus y escuchan ―Here comes the sun‖, algo cambia
y Lily escucha un sonido que jamás admitirá que había echado de menos. Bramidos y risas.
Sirius vocifera como los leones durante la hambruna y James despierta a los cuadros a pleno
pulmón.
Pasan a toda velocidad. James va delante, con algo que parece un pergamino en las manos. Sirius va
detrás, con cara de muy pocos amigos. Ambos cruzan la habitación común como poseídos por el
demonio y suben las escaleras a la torre siguiéndose los talones. Cuando llegan arriba, Lily oye los
hechizos de James intentando cerrar la puerta y el de Sirius, cuando finalmente consigue abrirla.
Es imposible hacer los deberes con ese escándalo y es posible que sienta cierta curiosidad por lo
que está pasando.
- ¿Crees que nos arrepentiremos si subimos? - le pregunta Remus (bendito sea) mientras deja los
deberes a un lado.
- Estoy segura.
Suben sin mediar palabra y encuentran a James haciendo volar la carta con la varita mientras intenta
mantener a Sirius alejado de él, con brazos y piernas. Discuten que me des eso, que no quiero,
ahora, ¡solo quiero leer! y cuando Remus pregunta qué rayos está pasando, James solo dice
―Violeta ha escritoooooo‖ y Lily se pregunta quién demonios es esa chica y por qué Remus parece
tan contento, -de un modo ligeramente diabólico, además- cuando oye su nombre.
Un movimiento de muñeca, un golpe de varita y la carta acaba en sus manos. Lily no está segura de
haber visto nunca esa expresión de lobuna anticipación en Remus. Es casi malévola. Ajeno al hecho
de que la carta ya no la tiene James, Sirius da con él, que intenta zafarse sin éxito. Ladrando, Sirius
le exige ―dame la carta AHORA” y conteniendo la risa histérica que dan las cosquillas James insiste
en que ―es todo taaaan romántico, Canuto”. Lily nunca ha entendido la manera en la que se
relacionan los hombres pero está segura de que si Sirius le sigue retorciendo el brazo así a James, va
a causarle una lesión permanente.
Con las manos en la espalda, le retiene contra el escritorio boca abajo. Sea quien sea ―Violeta‖, no
le divierte ser el blanco de bromas que tienen que ver con ella. Eso es evidente. Su cuerpo ejerce
presión sobre el de James, que suplica sin convicción que le suelte.
- Canuto, por favor, ni siquiera me has dado un beso. No quiero que mi primera vez sea así.
James chilla ―Remuuuus‖ y en el momento en el que Peter entra por la puerta, añade, ―tu novio me
quiere violar‖ y luego ―¡vale, vale!‖ cuando Sirius amenaza con dislocarle un hombro e
incapacitarle para el Quidditch hasta el fin de los tiempos. ―Suéltame y te la doy‖ insiste y es una
pena que Sirius le crea, aunque con poca convicción, porque en cuanto le suelta Remus tose
suavemente y le enseña el pergamino que lleva un buen rato entre sus manos.
- Es una carta muy bonita, Sirius. Me atrevo a decir que su prosa ha adquirido un nuevo nivel. No
digo que sea un nivel superior pero es nuevo.
James tiene las gafas empañadas de la risa, Peter deduce inmediatamente, ―¡Violeta!‖ y Lily, al fin,
pregunta de quién rayos están hablando.
Tajante, furioso, Sirius grita ―¡NADIE!‖ pero Remus lo aclara todo. Con el mismo tono de voz
majestuoso con el que recita Hamlet bajo el árbol del jardín. Solo que cuando declama ―Ser o no
ser‖, no tiene que hacerlo aguantando la risa, ni parece dispuesto a enfadar deliberadamente a
Sirius.
- Violeta Afrodita Black. Prima segunda de Sirius. Su prometida desde que nacieron y futura madre
de sus hijos.
Ante los repetidos gritos de ―¡léela Remus!‖ con los que le anima Peter, y pese a las airadas
protestas que Sirius acompaña de molinetes con los brazos y algo que Lily solo sabe definir como
―pucheritos‖, Remus lee. Y tres párrafos después, Lily comprende que lo más importante sobre
Violeta no es que sea prima de Sirius, estudie en Beauxbatons y esté convencida de que acabará
casándose con él, tal y como Bellatrix decidió cuando nació. Lo más importante es que la pobre
chica es… bueno, Sirius la llama ―tonta de remate‖ pero Lily, por compasión, prefiere pensar que es
poco despierta.
Curiosamente, Remus le da la razón a Sirius. Y es raro, viniendo de él una afirmación tan tajante.
- Es una manera muy cruda de expresarlo, pero digamos que si hubiera una maratón de la estupidez,
Violeta estaría descalificada porque los jueces pensarían que se dopa para ganar.
Esa tarde de abril en la que los deberes se quedan sin hacer en la habitación común, Remus relee las
mejores partes en voz alta y Lily descubre que Sirius puede torturar físicamente a James hasta que
las cosquillas le saquen lágrimas de la risa pero que por algún motivo, no se atreve a arrancarle la
carta de las manos a Remus. También descubre, pese a que le cuesta admitirlo, que efectivamente
no hay otro adjetivo para Violeta Afrodita Black que no sea tonta de remate (si acaso ―tonta de
capirote‖).
Descubre, en fin, que uno puede creer sin que aparentemente deje de ser un crío y que no tiene nada
de malo reírse cuando Sirius amenaza con sacarse los oídos o cuando James le ayuda a escribir una
respuesta a su prima (y futura prometida). Pero sobre todo, cree que descubre la razón por la que
Remus Lupin, alumno modélico, prefecto de Gryffindor, lector compulsivo y profesor nato lleva
siete años con semejantes gañanes como amigos. Lily nunca le había oído reírse a carcajadas y
cuando lo oye –sonoras carcajadas de júbilo, con lágrimas en los ojos y sin aire en los pulmones-,
cree que no estaría de más oírlo más a menudo. Es entonces cuando decide que sin duda, ―Here
comes the sun‖ es la mejor canción de los Beatles porque es la única que habla del largo invierno
que acaba, la nieve que se derrite y el sol que vuelve a brillar, por primera vez desde que todo fue
mal.
(…)
Majestuoso, carismático y Black hasta el tuétano, Sirius está acostumbrado a ser el centro de
atención. Popular como no lo ha sido nunca nadie en el colegio, James sabe que la gente le mira
cuando entra en una habitación. El mejor amigo de ambos desde primero, Remus está habituado a
que la gente hable sobre ellos mientras a él, le ignoran. Lily no parece tan habituada.
- Remus, en serio – Lily habla en un susurro casi imperceptible. - ¿Estás oyendo eso?
Está oyendo, sí. No es la primera vez que lo oye. Ha oído a la pelirroja del fondo. Yo creo que el
peor es Potter, el típico con carita de bueno y seguro que se le empañan las gafas cuando empieza
a besarte. Ha oído a la morena que tiene enfrente. Pero Sirius, Sirius puede convocar la sala de los
menesteres y llenarla de cosas malvadas para pasar la noche dentro. Ha oído a la chica pecosa que
no acaba de decidirse. Creo que debería haber uno para los días pares y otro para los impares y
combinarlos a los dos los domingos. La idea parece provocar una oleada de aprobación y una
sucesión de ideas sobre qué se podría hacer exactamente con ambos el día del señor.
Lily parece indignada. Pero a Remus le hace gracia y cuando le aconseja que las ignore, ella solo
consigue indignarse más.
- ¿No te importa?
No le importa. No le importaba cuando Sirius era inalcanzable. ¿Ahora? Le importa menos que
cero.
- ¿Qué? ¡No! - Parece ultrajada. – Pero me parece lamentable esa manera de tratarles como si fueran
objetos sexuales.
- Sí – suspira Remus, intentando hacer un esfuerzo por resultar irónico- a James y Sirius estoy
seguro de que les indigna ese tipo de trato. Sirius avisará a McGonagall si se entera. Y James podría
llorar. O demandarlas.
- Ése es el problema. Que James alimenta ese tipo de comportamiento. –Lo dice de manera analítica
y aparentemente carente de pasión. Como una persona que ha practicado el mismo sistema de
defensa, Remus reconoce los síntomas de los celos. - Ayer consiguió entrar sin la contraseña en la
torre porque cameló a la Señora Gorda. ¿Te das cuenta? ¡Sedujo a un retrato!
Sí, le ha visto hacerlo. Es por la sonrisa. Hay algo en la sonrisa de James que resulta desarmante.
Convence por igual a madres y a hijas.
- Yo no estaría celoso de la Señora Gorda -le tranquiliza Remus- las gafas de James solo se
empañan por ti.
- No tiene gracia, Remus. James cree que puede conseguir todo lo que quiera. Y encanto no es lo
mismo que fuerza de carácter.
- James tiene fuerza de carácter y lo sabes perfectamente. Pero estás celosa porque posiblemente tu
novio no debería pero el hecho es que siempre consigue todo lo que quiere. Y el ejemplo lo tengo
sentado delante.
Las chicas continúan. Este colegio va a ser tan aburrido cuando aprueben. Ojalá suspendieran
séptimo. Les quedan tan bien los uniformes de Quidditch. Veinte minutos después, suspiran con
poco disimulo cuando James y Sirius se presentan en la biblioteca, para en palabras de Sirius
―rescatarles de este infierno de libros y malas artes‖. James se pasa toda la cena intentando
averiguar por qué Lily parece profundamente ultrajada y no sospecha que haber saludado por su
nombre a las tres Ravenclaws de quinto mientras les guiñaba el ojo por costumbre tiene algo que
ver con el asunto.
- Chicas – le dice Sirius, cuando Lily se marcha sin un beso de despedida a hacer la ronda. – No
intentes entenderlas. Es como Aritmancia para tarados o algo. No hay manera.
- James, Lily está enfadada porque estabas flirteando con esas chicas y a ellas les gustas.
Parece tan contento que las cejas amenazan con saltarle de la frente de alegría. Repite ―¡Lily
celosa!‖ como si dijera, ―¡Eureka, la piedra filosofal!‖ y en su entusiasmo siente el impulso
irrefrenable de dar botes, tararear a los Stones y darle un efusivo abrazo a Remus. Sale de la puerta
provocando corriente. En algún lugar del castillo, Lily acaba de perder otra batalla.
- No es por nada, Lupin – comenta Sirius, como si no tuviera importancia, – pero estoy viendo
mucho amariconamiento en Gryffindor.
Se escandaliza, ―¿celoso YO?‖. Su mueca de exagerada indignación es una provocación que invita a
desnudarle por capítulos y saborearle como al chocolate, dejando que se funda despacio.
Jadeos.
Suspiros.
Una protesta.
- Au.
- Qué.
- Mmm, yo no.
Desviados. Delincuentes. Cerdos. Asquerosas ratas Gryffindor. En un aula vacía, donde cualquiera
puede entrar y verles, ¿y qué hacen? Aparearse. Ni siquiera tienen la decencia de esconderlo. Se
revuelcan en sus desviaciones como las bestias que son, casi siempre en la misma aula, cuando
creen que nadie puede oírles. Y cómo se equivocan, los desgraciados. Severus Snape aprieta las
manos hasta hacerse daño con las uñas. Es la única manera de contener su entusiasmo. Black y
Lupin juntos al otro lado de la pared y qué casualidad, los alumnos de sexto están a punto de volver
del invernadero. Cuando lleguen al claustro, letras mágicas dibujadas en el aire les informarán de
que el paso de la izquierda está cerrado y tendrán que pasar todos por la derecha.
Para ir a dar, vaya, qué lástima, con el aula vacía en el que esos dos invertidos se frotan hasta
hartarse.
- Severus.
La voz a sus espaldas tiene un tintineo familiar. Esa musicalidad que le enferma. Cuando se gira,
allí está ella. Con los libros en la mano, la insignia de prefecta y sola, por una vez. Sin su
desagradable compañía rondándola, persiguiéndola, acosándola y besándola. Asquerosa piensa sin
tratar de remediarlo, asquerosa sangre sucia.
- No es asunto tuyo.
Jadeos, gemidos, suspiros. Al otro lado de la pared. Ella también los oye y los reconoce de
inmediato. Es evidente que tiene la astuta inteligencia de los que no son puros de sangre y se ven
obligados a agudizar sus instintos para sobrevivir. Como los perros de la calle. A lo lejos, se acerca
el sonido de los alumnos saliendo del invernadero. Más cerca, esos ojos verdes de Lily Evans le
miran fijamente, como si ambos fueran iguales.
Cómo se atreve.
Gemidos y suspiros. A un muro de distancia. Black y Lupin deben estar semidesnudos, los
pantalones en las rodillas para no perder el tiempo, los miembros en erección y las lenguas tan
dentro de la boca que no saben cuál es de cada uno. Es como si les viera.
Y se repite a sí mismo, sucia, sucia, sucia intentando no escuchar los gemidos. Los asquerosos
jadeos. Los repugnantes sonidos del sexo, a un palmo de distancia.
- Creo que sí es asunto mío, Severus. Me gusta el silencio de este sitio. No me gustaría que nada lo
perturbara.
El grupo de alumnos de sexto está cada vez más cerca. Lily Evans tiene la varita en la mano, la
estudiada compostura de una prefecta, los ojos más verdes que Snape ha visto nunca. De noche, ella
también se deja tocar y lamer, incluso por debajo de la ropa, por ese patán arrogante de James
Potter, que le ha hecho la vida imposible, torturándole de todas las maneras conocidas y de algunas
que ha inventado solo para él. Y ahora, en un pasillo vacío, ella se atreve a pedirle, ¿qué?
¿Comprensión para los idiotas pervertidos de sus amigos?
A cambio de qué.
A cambio de nada.
Siempre a cambio de nada.
Nunca ha detestado a nadie como la detesta a ella en ese momento. Ella y su altura moral. Ella y
esos ojos verdes que le miran como si esperaran de él más de lo que nadie le ha dado nunca.
- No es asunto tuyo – repite por tercera y última vez, alejándose de ella y de esas sensaciones
tóxicas que ella provoca.
En la esquina del claustro, alumnos de sexto están a punto de ver su aviso, justo antes de que un
golpe de su varita lo haga desaparecer. Girarán en el sitio en el que deberían, ignorando el aula que
no deben ver. No escucharán nada, no verán nada. No sabrán que hay jadeos y gemidos y suspiros,
siempre al otro lado de una pared que mantiene a Severus Snape alejado de todo y de todos.
En las mazmorras decadentes de Slytherin, Lucius Malfoy le espera sentado bajo el retrato de
Salazar.
Todo el mundo espera algo de él. Todos. Y nadie, nunca, le da nada a cambio. Nadie. Jamás.
Nunca.
- Aquí estoy.
Casi todo el mundo sabe que Remus Lupin es un gran estudiante. Los profesores saben que pueden
contar con él para que ayude en su asignatura a un alumno retrasado. Los alumnos más jóvenes
saben que es el prefecto al que pueden acudir con ese embarazoso problema que requiere especial
discreción. Hay cosas que la mayoría de la gente no sabe de él pero que podrían aprender si
prestaran atención. Podrían saber que tiene una caligrafía alta y clara, que se inclina levemente a la
derecha. Podrían saber que le gusta Benny Goodman, si le preguntaran. Podrían interesarse y
aprender cosas, si comprendieran que Remus Lupin es algo digno de ser estudiado. Pero Remus
prefiere observar antes que ser observado y a veces Sirius tiene la sensación de que hay un Remus
Lupin para el resto del mundo y otro que aparece, con la guardia baja, solo en contadas ocasiones.
Hay cosas que la gente no sabe de Remus y no todas tienen que ver con lo que se hace cuando las
luces se apagan. Aunque Sirius puede escribir una novela con esas y planea descubrirlas todas. Pero
sus misterios florecen uno tras otro y Sirius piensa ¿cómo no lo ven?
Que no todos sus libros son poesía –también lee revistas y el periódico y esos comics muggles que
le consigue James-, que no siempre lee cuando la gente no le presta atención –porque a veces deja
la mirada en blanco y se deja estar-, que se ríe a carcajadas si tienes talento para descubrir qué le
hace gracia. Que asegura que los Stones están sobrevalorados pero se sabe toda la letra de ―Angie‖
(se lo demostró a Sirius siguiendo la melodía sin cantarla en navidades, haciendo círculos invisibles
con los pulgares en su espalda). Que a veces se pone nervioso aunque lo oculta y en esas ocasiones
contesta con monosílabos y parece ligeramente enfadado. Que escribe poemas que no le enseña ni a
él argumentando que son malos, que besa con toda la boca y con todo el cuerpo, si no hay nadie
cerca. Que evita las caricias en público y se protege de los excesos en privado pero le gusta meter
los dedos en el pelo de Sirius cuando no mira nadie. Especialmente cuando la tarde se templa y
Sirius se acerca al jardín para apoyar la cabeza cerca de su cuerpo y meterse con el libro que esté
leyendo. En ocasiones así, Remus finge que sigue leyendo pero enseguida llegan los dedos,
dibujando suavemente entre el pelo y Sirius sabe que no lee pero finge con maestría. Le gustan esos
dedos, surcos suaves en el cráneo, suavemente dentro del pelo.
La gente tampoco lo sabe pero a Remus le gustan las batallas dialécticas y por eso le pincha y le
provoca y le divierte discutir con él. En las tardes plácidas del jardín.
Se ríe y le vibra todo el cuerpo. Sirius le mira cerrando un ojo para protegerse del sol. Como si le
guiñara.
Se sabe todas las canciones de Simon y Garfunkel. Aunque hay gente que tampoco sabe eso. Porque
no se fijan en que Remus nunca canta pero suele tararear cuando suena I am a rock, I am an island
en la radio.
- Y las islas no lloran – acaba Remus, todavía con los dedos en su pelo. - ¿Has venido aquí a
cantarme una serenata, Black?
Le dice que sí. Pero en realidad, ha venido a que le toquen el pelo. Y a estar, simplemente,
refugiado en la sombra de ese árbol, donde Remus lee en ese silencio lleno de sus cosas, de su olor
y de sus libros y de sus dedos llenos de tinta.
Entre clase y clase, a veces hacen los deberes. Sirius se distrae y piensa que le apetecería salir al
jardín transformado en perro, en lugar de estar estudiando conceptos teóricos sobre la animagia. Los
perros no hacen teorías, solo actúan. Y son libres, en un sentido en el que las personas jamás lo son.
Remus deja la pluma, le mira muy despacio y solo durante un segundo se ilumina con cierta
sensación de malicia pasajera.
En la lista de cosas que la gente no sabe sobre Remus Lupin, Sirius apunta ―chistes sobre rabos‖ y
no le importa que la gente no vaya a saberlo nunca, que hay un crío con tendencias pornográficas
detrás del empollón y un aficionado a las canciones muggles detrás de ese chico que lee tanto. Ellos
se lo pierden. Sirius siempre sale ganando. Porque cuando Remus Lupin te deja un hueco en ese
sitio restringido solo para privilegiados, te sientes mejor, muchísimo mejor de lo que eres.
Labios que dicen no…
- Canuto.
- Qué.
Sirius hace anillos de marihuana y James hechiza densas figuras de humo para que parezcan dibujos
que se desvanecen en un instante. A veces consigue crear una de las torres de Hogwarts. Luego
nada, otra voluta y vuelta a empezar.
Tumbados boca arriba entre plantas carnívoras esquivan clase de Transformaciones con los ojos
rojos y el cigarrillo de mano en mano.
James contesta que ―obviamente” y que ni siquiera debería preguntarlo si hubiera estado prestando
atención los últimos cinco años de su vida, “vaya pregunta, Canuto”. Lo que quiere es consejo,
claro. Sobre chicas. O sea, sobre Lily. Sirius traduce de lenguaje James a lenguaje Sirius.
- Quieres saber cómo puedes acostarte con ella sin que ella piense que la estás presionando y te
monte un drama.
- Así dicho suena mal, Canuto. O sea. No me importa esperar. Pero en realidad no sé por qué
deberíamos esperar, ¿me sigues? Y cuando estoy con ella, no me apetece nada, nada, nada esperar.
Porque me gusta estar con ella, ¿vale?
Es paradójico que alguien que odiaba tanto la Herbología como Sirius haya conseguido hacerse con
un stock de marihuana plantada entre los helechos del jardín de Hogwarts. Abonados con tierra del
bosque prohibido, crecen imparables y mucho más rápido de lo que James puede fumarlos.
- No es que no te entienda, Potter. Pero no sé cómo ayudarte porque el hecho de que las chicas no
quieran acostarse conmigo no es un problema con el que esté muy familiarizado.
La varita de James hace eses en el aire y el humo se riza en laberínticos sollozos antes de
evaporarse.
Sirius tiene técnica y años de práctica y sus volutas son casi perfectas. Las saca con los labios en
forma de ―o‖ y la lengua en medio. Perfectas rosquillas que se desvanecen en lo alto del
invernadero. James las caza al vuelo y las solidifica un segundo para hacerlas girar en la varita. El
mundo se expande como un corazón que palpita leche materna y cuando bromea con Sirius, le dice,
―ya, ya, ya, debe ser difícil ser tan irresistible‖ y Sirius responde que lo es pero ―lo sobrellevo con
dignidad y drogas ilegales‖. Se ríen más por el humo que por otra cosa y las plantas empiezan a
perder verticalidad, como si bailaran asfixiadas por el ambiente. Sirius las observa con pereza y los
ojos vidriosos, tratando de abrirse paso en el sopor que se ha apoderado de él. Las palabras le
resultan largas y las mastica despacio.
- A las chicas les gusta el sexo, tío, eso te lo garantizo. Lo que pasa es que se comen la cabeza
pensando que sus amigas las criticarán, o sus padres se enterarán, o sus novios las dejarán cuando lo
hagan, o qué sé yo, cosas de chicas. Pero estoy seguro de que Lily quiere acostarse contigo.
- ¿Tú crees?
James está casi seguro de que eso que acaba de oír no tiene ningún sentido pero aún así cree que
debería darle las gracias.
- Gracias, Sirius.
- De nada.
Sirius tarda un rato en contestar. La colilla del porro es casi brasa entre sus dedos.
Parece muy extrañado. Y su figura se enfoca y se desenfoca. James le responde que ―nooooooo”
porque las vocales se alargan en un mundo que se ha vuelto tan difuso y tan blandito.
- Peeeero, - continúa diciendo- ¿no crees que le sentaría mal que te acostaras conmigo?
- ¿A quién?
Muy callado y muy quieto durante un segundo, Sirius medita. O al menos adopta una expresión que
parece reflexiva. Cuando se decide, habla con una voz terriblemente cansada.
- Sabes qué.
James no sabe.
- Qué.
- Creo que esta hierba es un poquito fuerte porque no sé de qué mierda estamos hablando.
- ¿Sabes qué? – pregunta James, y no sabe por qué tiene que aguantar la risa para hacerlo.
- Qué.
- A mí ni siquiera me importa.
La risa les sale sola, de manera involuntaria y desde el fondo del estómago. Durante los siguientes
diez minutos es todo lo que pueden hacer. Reír entre plantas de algodón y techos de azúcar, sin
recordar exactamente cuál era el chiste y sin que les importe lo más mínimo. Cuando el ambiente se
dispersa un poco, Sirius escucha un ruido sospechoso y deduce que es su estómago.
Se escurren en la cocina y no salen de allí hasta haber consumido más bollitos de mermelada y pan
con chocolate del que les cabe en el cuerpo. Cuando se le pasa el efecto de lo que sea que hayan
fumado James ya no tiene hambre pero todavía tiene dudas. Está claro que Sirius no puede
ayudarle. Plan B.
Pergamino de Runas en la mesa y los dedos manchados de tinta. Remus comparte una tableta de
chocolate con James y escucha sentado en la cama. Al menos con él no hay peligro de que
sustancias ilegales se interpongan en el camino a un buen consejo.
- Sea cual sea el problema, me parece que lo razonable sería hablar con Lily, James. En vez de
hablar conmigo.
- Ya, Lunático, pero hay cosas que no le dices a tu novia y ―no sé si es pronto para acostarnos‖ está
como en lo más alto de la lista de esas cosas. Si parezco desesperado, la espantaré. Soy bueno
espantándola y no me gusta ser bueno en eso.
- Resumiendo. Quieres que hable con ella, le sonsaque si se lo está planteando y te lo cuente. La
respuesta es que no pero supongo que tenías que intentarlo.
Mierda. Era un plan perfecto. Lástima. Remus y su manía de hacer siempre lo correcto. A lo mejor
si consigue que fume uno de esos cigarrillos de marihuana se le puede convencer. Convocado por el
pensamiento de las drogas, Sirius abre la puerta dramáticamente y dice ―¡ya me acuerdo!‖ en
cuanto ve a James. Trae el pelo mojado y está mal vestido.
- De lo que me preguntaste en el invernadero y vengo del baño de prefectos. No sé por qué nunca
quieres ir James. Esas burbujas se meten por sitios interesantes.
Lanza una mirada sugerente en dirección a Remus pero Remus mete la cabeza en el libro y James
procura borrar de su mente los últimos treinta segundos y lo que posiblemente significan.
- No voy al baño de prefectos porque Myrtle me dice cosas. Cosas que una chica no debería decirle
a un chico. Por más muerta que esté.
Cosas que no puede repetir en voz alta sin sonrojarse. Myrtle es una chica desesperada, desde luego.
Y siempre bucea cuando James intenta nadar. A Sirius no le importa, claro. Cuanta más gente le
mire, más se exhibe.
El hombre en cuestión se tira en la cama de Remus, en la que apenas caben los tres y le explica que
ha dado con dos consejos excelentes para su problema con Lily.
- Después de todo, James, depende de ti mantener alto el pabellón con las chicas, ahora que Remus
ha corrompido mi masculinidad con sus marranadas.
Gratamente sorprendido, Remus dice ―ése es un buen consejo‖ pero luego Sirius especifica lo que
quiere decir. ―Tienes que fingir desinterés para que ella se interese, la otra vez te funciono‖. Remus
se apresura en cambiar de opinión y retirar su apoyo a la idea.
Naturalmente discuten.
- No, James, haz caso a Sirius. Es un experto en novias que le duran entre quince y veinte minutos.
Disparando sarcasmo y balas de fogueo. Uno a un lado de la cama, el otro enfrente, y James en
medio.
- No os haré caso a ninguno – les interrumpe- porque de momento lo único que he sacado en claro
es que estáis más casados que mis padres.
Los dos resoplan pero ninguno insiste y Sirius le explica su segundo consejo. Según él, el más
importante de todos. Lo acompaña de un libro que acaban de traerle en lechuza desde Londres y
tiene remite de una tienda del callejón Knocturn que a ambos les resulta familiar.
- Escúchame con atención. Página ciento tres. Si puedes decirlo en latín, puedes hacerlo. – Abre la
página para él y James se encuentra con un dibujo que tarda varios segundos en reconocer. –
Cunnilingus- dice Sirius. - Hacerle eso a una tía es como darle chocolate a Remus. Infalible.
La página ciento tres viene con dibujos detallados y casi clínicos. No es que James nunca haya visto
lo que describen pero ampliados de esa manera y tan de cerca, todos los sitios que ha tocado a
oscuras parecen diferentes. Y un poco complicados.
(…)
Ajedrez mágico. A ninguno de los dos les entusiasma pero llueve a cántaros y no hay muchas otras
alternativas. Juegan sobre el suelo de la habitación. A Sirius le gusta ver cómo las figuras se
aniquilan las unas a las otras.
- ¿James?
- Qué.
- Te toca mover.
- Ah. Sí.
Mueve un caballo. Se desliza pesadamente sobre el tablero y espera. James estudia su siguiente
movimiento y no se explica por qué Sirius está jugando tan mal y por qué lleva media hora con
ganas de decirle algo, echándose atrás cada vez que parece animarse.
- Sirius.
- Hm.
Primero dice ―¿qué?‖ y luego ―nah‖ pero lo dice poco convencido y enseguida encoge los hombros
y medita. Un rato, mientras los peones se impacientan y la reina bosteza.
- Qué.
- Es igual.
Si fuera cualquier otro el que pareciera así de incómodo, James pensaría que quiere preguntar sobre
sexo y no se atreve pero tratándose de Sirius DEBE ser otra cosa. Y no se le ocurre qué puede ser
tan embarazoso, hasta que la reina embiste su gran jugada y se ilumina su respuesta. No es el sexo
lo que le da pudor. Y no se trata de Lily.
- Canuto, eh.
Sirius levanta la cabeza. Intensos ojos grises que parecen vulnerables.
- No pasa nada malo – le dice, con voz clara. – Por estar enamorado.
Un largo segundo en silencio y Sirius se queda quieto todo ese tiempo. Parece que asiente muy
despacio o tal vez no. Luego recupera el movimiento, mueve un alfil.
- No he dicho que pase nada malo porque estés enamorado de Lily, idiota.
No estaban hablando de Lily pero da igual. James sonríe agachando la cabeza, preparando el
siguiente movimiento para sorprender a Sirius con un jaque mate.
Nessun dorma
Cuando Remus está solo en la habitación, casi siempre está el gramófono en marcha. Normalmente
suena ese jazz sin letra que tanto le gusta pero a veces es peor todavía y lo que suena es el escándalo
chirriante de la ópera. Sirius la aborrece pero a Remus le gusta y lo que es mejor todavía, le hace
parecer feliz. Así que Sirius transige y observa porque la felicidad en Remus, es un estadio que solo
se manifiesta con cambios sutiles en la curvatura de sus pestañas. De todas las canciones en italiano
que oye, a Sirius solo hay una que le gusta lo bastante para ponerle la piel de gallina. En la portada
del disco dice ―Turandot‖ y luego ―Giacomo Puccini‖ y un montón de nombres de cantantes
gorditos. Le gusta un momento en especial, cuando el gordito protagonista canta una oooooooo
larguísima y casi imposible.
Remus le explica el significado pero parece una tontería que ese tío cuya voz vibra hasta que parece
a punto de alcanzar el techo del mundo esté diciendo algo tan insignificante como ―nadie duerme‖.
- ¿El qué?
Sirius no sabe explicarlo. Pero parece que dice algo grandioso o terrible, o ambas cosas a la vez.
Parece que quien quiera que haya escrito esa parte en que la orquesta estalla y el coro se une al
clamor estaba muriéndose de algo que le superaba. Él se ha sentido así a veces. Alguna vez, en la
final de un partido de Quidditch ganado en el último momento. O cuando consiguió hacer volar la
moto por primera vez. Se siente así cuando se acerca al expreso de Hogwarts el primer día del curso
y a veces, cuando Remus entra en la habitación antes de lo previsto, Sirius se siente así,
exactamente así.
- En realidad habla de una batalla que se avecina – explica Remus. - El cantante le pide a su
princesa que no se duerma y le promete que revelará su nombre secreto al alba. Desea que llegue el
alba, que se disperse la noche y se marchen las estrellas. Por eso no quiere que duerma.
A Sirius le gusta esa explicación. Y por las noches, cuando cambia la respiración de James y suenan
los ronquidos de Peter, se cuela en la cama de Remus, buscando el latido de su corazón con la
mano.
―No te duermas‖ le dice y sospecha que quiere decir otra cosa, aunque no sabe exactamente lo que
es pero no importa porque Remus la escucha de todos modos y nunca se duerme. Amanecen juntos
al alba, venciendo al sueño, como si vencieran batallas que están por venir y tal vez no sean tan
benévolas.
(…)
Remus sabe que cuando la gente conoce a Sirius se quedan con la moto, la asombrosa capacidad
para usar palabras malsonantes y el acento que ha pulido para que parezca clase baja y a veces,
cuando se olvida, le sale aristocrático. La gente deduce que es un chico de barrio con buenos genes
y un pelo bonito y no se dan cuenta de que no es más que un pijo reconvertido y un caprichoso nato.
- Sirius, no.
- Termínalo luego.
Le dice que no durante media hora pero está empeñado, el tonto de él, en bajar a Hogsmeade esa
tarde. Esa y no otra.
- Pídeselo a James.
- Castigado.
- A Peter.
- Resfriado.
Diecisiete años y un historial delictivo sin precedentes en el colegio. Pero no sabe aceptar que no
puede tener todo lo que quiere en el momento exacto en el que lo quiere y solo porque lo quiere.
Cuando ninguna de sus tácticas –chantaje emocional, pucheros, sobornos- da resultado, recurre a la
última. La peor de todas. Se transforma tan rápido que Remus da un salto. Sube encima de la cama,
la llena de pelos y le lame la cara, como si eso pudiera convencerle. La ladra, por el amor de Merlín.
Usando sus trucos como chucho cuando sus trucos como Sirius no le valen. Patético.
Se lo toma como una pregunta retórica. Y Lily pregunta de quién es. Incapaz de inventar nada
convincente, Remus solo es capaz de articular ―es mío‖, como si fuera lo más normal del mundo.
Remus balbucea explicaciones que le suenan poco convincentes incluso a sí mismo y que Lily solo
parece dispuesta a creer porque provienen de alguien en quien confía. Inventa que el perro pasea
por ahí a veces y que le dio pena verlo solo en el jardín y que quiso darle algo de comer, al pobre
animal. Lily le advierte que necesita un permiso de mascotas si quiere quedárselo
Lo sabe. Espera que lo haga, de hecho. Debería restárselos él mismo. Para empezar porque el perro
ilegal que tiene en su cuarto es un animago ilegal. Y segundo porque odia mentirle a su mejor
amiga. Y tercero porque no está bien que Sirius siempre haga cosas estúpidas que le salgan bien.
Acabáramos.
Sirius ha nacido con tan buena estrella que consigue ablandar a cuatro patas el corazón de una de las
pocas personas que no le consiente sus estupideces cuando va sobre dos piernas. Será malnacido.
Lily se acerca a la cama y le acaricia detrás de las orejas, sin dejar de repetir cosas que Sirius no
necesita oír. ―Míralo, es tan guapo”. “Y mira qué ojos tiene”. “Y mira qué pelo tan precioso”.
Vaya sí lo sabe.
- ¿Cómo se llama?
Responde sin pensárselo. Empieza a decir ―can…‖ sin darse cuenta y se interrumpe a tiempo de
cambiarlo a ―can…ino‖.
- Te voy a decir una cosa. James es un chico con suerte. Esa chica tiene unas manos geniales.
Abre la puerta y se sopla el flequillo para retirárselo de la cara. Cuando mira de abajo arriba, su
mirada es gris perla, casi azul tormenta.
Remus se pone el abrigo tomándose su tiempo como si no se encontrara los brazos para meterlos en
las mangas. En encontrarse el estómago donde solo nota el latido del corazón, tarda mucho más.
Sexta parte
Salir con James es sentarse a desayunar con él y escuchar las bravuconadas de Sirius. Salir con
James es hacer los deberes con Peter y visitar juntos a Remus en la enfermería después de la luna
llena. Salir con James es aceptar que los chicos son diferentes y soportar que se pelee con Sirius a
empujones para luego fugarse con él a la cocina a robar la merienda. Salir con James es entender
que siete años seguidos y cuatro chicos juntos son un montón de cosas que ella nunca entenderá.
James y Remus. Peter y Sirius. James y Peter y Sirius y Remus. Muchas combinaciones posibles y
entre ellas, Lily las nota, hay mentiras. No solo chistes entre amigos, no solo bromas internas. Más
cosas. Cosas cuya importancia Lily desconoce. Cosas que no quieren que nadie sepa. Voces bajas
cuando alguien se acerca. Momentos en los que desaparecen y luego aparecen. Silencios
inoportunos.
El día en que Lily empieza a desmadejarlas, se encuentra enredada por ellas y pasa –como siempre
con las mentiras- que no sabe si desearía retroceder en el tiempo y no saberlas. Pero la inocencia es
leche derramada que no puede volver a la botella. Cuando empieza a averiguar cosas, lo que tiene
en la mano es el extremo de un hilo y sigue tirando a ciegas en el laberinto, porque una vez que ha
comenzado a andar, necesita conocer el rostro del minotauro.
El primer detalle no es el perro negro en la habitación de Remus, sino la manera en la que James
pierde el color de la cara cuando Lily comenta ―no me habéis dicho lo del perro‖ y el modo en el
que balbucea un rato ―perro…pa…pe…¿qué perro?‖, hasta que Lily le pregunta qué le pasa y le
explica que pueden tener todos los perros que quieran pero deben dar parte a McGonagall si no
quieren que les castiguen.
No lo está. Primera mentira. Y no es una travesura porque lejos de perder el color de la cara, James
Potter se pavonea por sus míticas travesuras. Lo que sea que ocultan, tiene que ver con el perro, por
lo tanto.
Segunda mentira. Peter en clase de Historia. Lily dice ―¿dónde está el perro de Remus?‖ como si no
tuviera ninguna importancia y el pobre muchacho pierde el tiempo intentando escabullirse con
evasivas.
Pero el perro no vuelve y Lily piensa en el nombre. ―Canino‖. Tan poco imaginativo para unos
chicos que se han bautizado los unos a los otros con seudónimos tan extraños. Siempre ha pensado
que Canuto era por los porros y prefería no saber de dónde venía Colagusano, pero, ¿Cornamenta?
Cuando se le ocurre preguntarlo, se encuentra otra puerta cerrada.
La tercera mentira.
- James, ¿por qué te llaman así?
- ¿Cómo?
- Cornamenta. He visto que te llaman así. Sirius, sobre todo. Solo quería saber por qué.
James le esquiva la mirada y cambia de tema. El mismo James inventa travesuras, esconde
chocolate hurtado a los elfos, conoce catorce maneras de saltarse las clases sin que le pillen y
veinticuatro maneras de hacer los deberes en el último momento. Lily lo sabe y no le importa
porque travesuras y secretos son parte de James pero no son lo mismo que mentiras. ―Cornamenta‖
esconde al menos una mentira y tal vez más.
Pero el qué.
Lo descubre sin ninguna intención de hacerlo. Una luna llena de abril. Ese día madruga porque
imagina que Remus se levantará enfermo y sin fuerzas y hacer la ronda de prefectura le exigirá el
doble de tiempo. Se afana en limpiar la Habitación Común antes de que nadie despierte, recogiendo
los libros que los alumnos de primero han olvidado. Antes de que el día haya amanecido del todo.
Cuando escucha ruido cruzando el cuadro, supone que es Remus, de vuelta de la casa de los gritos y
le asalta la curiosidad por verle justo después de una transformación que nunca ha visto pero
imagina dolorosa y llena de sufrimiento.
Lily quiere dar un paso atrás o volver a la habitación de las chicas pero no puede moverse y las
voces se acercan.
- Cornamenta – dice Sirius- asume que viste un centauro, flipaste y saliste galopando. No hay osos
en Escocia.
- Osos no habrá pero hay perros muy pesados.
Los cuatro se ríen y Lily desvela las mentiras como si los trozos de la verdad que ha ido conociendo
llovieran en su mente hasta dibujar un cuadro. James salió galopando. Había un perro con Remus.
Canino. Canuto. Colagusano. Cornamenta. En el comedor, Sirius suele poner los pies sobre la
mesa y James le hace moverse diciendo ―quita, chucho‖. Peter coge comida de cuatro platos
distintos y Sirius le da el queso que le sobra, diciendo ―Colagusano está royendo su desayuno‖. A
Remus le llaman Lunático y en las noches en las que se convierte en lobo, le acompañan al bosque.
Galopando. A cuatro patas.
Como animales.
- Santa Circe.
Los cuatro se quedan paralizados cuando la ven con la boca abierta en la habitación común. Van
vestidos con la ropa del día anterior y Remus se apoya en el cuerpo de James, cojeando ligeramente.
Algo en su cara es un poco distinto a lo normal, o se lo parece a Lily ahora que está tratando de ver
al lobo debajo de las facciones familiares de Remus Lupin. Algo es distinto en todos, con la luz de
la mañana y el resplandor de sus propias conclusiones. Sirius respira con la camisa entreabierta,
canino como un perro de pelo negro sobre la cama de Remus. Peter mira con pequeños ojos
asustados y parece deseoso de escurrirse en algún rincón, como un roedor que ansía cobijo.
Y cuando mira a James, lo que ve es el cuerpo de un chico pero su sombra refleja en los tapices de
Gryffindor, la figura majestuosa de un animal del bosque, con el lomo largo de los ciervos y las
largas puntas que le dan nombre.
- Cornamenta.
Le ve por primera vez sin mentiras que oculten sus sombras y sus luces. Se castiga con Azkaban el
delito de la transformación ilegal en animago. Lily no sabe qué hacer con la verdad. Cuando James
da un paso adelante, ella lo da hacia atrás, de vuelta a la habitación de las chicas. Corriendo
escaleras arriba.
Reunidos en la casa de los gritos. Iluminados con varitas y la tenue luz del anochecer que se cuela
entre las rendijas. Llevan capas de Gryffindor y forman un círculo que indica que dan por
solemnemente reunido el consejo de los merodeadores. Hablan de Lily pero no dicen su nombre y
antes de que nadie exprese la pregunta en la mente de todos, James les adelanta la respuesta.
- No se lo contará a nadie.
Nadie se lo discute pero Sirius tiene otras preocupaciones. Está convencido de que si Lily sigue con
él, le pedirá que deje de hacerlo.
- Es una chica. Es lo que hacen. Pedirte cosas. Que les hagas regalos en los aniversarios, que no
digas tacos, que bajes la tapa del retrete, que no cometas actividades ilegales, ese tipo de cosas,
Jimmy.
Remus no ha dicho más de media docena de frases en todo el día y cuando toma la palabra en el
Consejo es para escuchar lo que nadie quiere oír. Especialmente Sirius.
- Deberías dejar de hacerlo, James. Todos deberíais dejar de hacerlo. Dejando de lado que es ilegal,
también es peligroso y si Dumbledore se entera…
Sirius nunca le ha dejado terminar el mismo razonamiento que lleva años repitiendo y esa noche
tampoco le deja. Brama ―no vamos a dejar de hacerlo‖ con esa feroz seguridad que a veces hace que
Peter se asuste y tenga ganas de dar un paso atrás.
- Me da igual lo que digas tú, Lunático. Y me da igual lo que piense ella. No voy a dejarte atado con
grilletes en este sitio mordiéndote los brazos porque el lobo se desespera. Me da igual lo que digáis
ninguno. Y James no me digas que quieres dejar de hacerlo porque no quiero escucharlo.
James no se lo dice. No dice nada. Y Peter aventura como posibilidad, que tal vez Lily no se lo
pida. Gruñendo de irritación, Sirius pone la cuestión sobre la mesa. Y la cuestión no es qué pensará
Lily Evans, que no está presente ni lo estará nunca en el consejo de los Merodeadores. La cuestión
es que hará él, que siempre ha seguido los dictados del consejo y al mismo tiempo, ha hecho
siempre lo necesario para conseguir a Lily. Sirius le exige una respuesta, presionando para escuchar
lo que quiere oír.
- Tienes que decirnos lo que harás, James. Si estás con ella o estás con nosotros, como has estado
hasta ahora.
- Sirius, basta. – Remus respira hondo y decide. - James tomará sus propias decisiones. Y sea la que
sea, todos estaremos con él. Como hemos estado hasta ahora.
Nadie tiene más que añadir. Y es en ese silencio que sigue a las palabras de Remus cuando James
toma su decisión inapelable y la comunica al Consejo. Al llegar a Hogwarts, manda un pergamino
volando a la habitación de las chicas. Lo obliga a escurrirse debajo de la mesa y lo convierte en un
soplido cuando llega a la cama de Lily para hacerla despertar. La espera sentado en la habitación
común, intentando adivinar en el fuego de la chimenea cómo será el resto de su vida. Lily baja en
calcetines y pijama, armada con una manta, la misma expresión resolutiva con la que hace los
deberes y un montón de preguntas que ha debido acumular a lo largo de todo el día. James no sabe
si tiene respuestas, pero tiene tiempo.
Sí, quiero
Si hay algo que Lily ha aprendido haciendo pociones y problemas de Aritmancia es a resolver los
problemas de manera analítica, ingrediente por ingrediente y asegurándose de dar cada paso de
manera exhaustiva, para no dejar cabos sueltos. Lleva un día entero pensando en animagia y
transformaciones. Por eso, en cada respuesta de James encuentra media docena más de preguntas y
analiza cada respuesta con milimétrica atención. Quiere saber cómo –―estudiando, investigando,
leyendo”-, quiere saber por qué –―para acompañar a Remus durante la luna”-, desde cuándo –―lo
conseguimos en quinto”-, de qué manera –―un poco de suerte, supongo”-, con cuánta frecuencia –
―todas las lunas”-. Quiere saber qué libros consultaron para la transformación, qué pociones
probaron, que hechizos fallaron, cómo consiguieron colarse en la sección prohibida de la biblioteca
y si alguien les ayudó –―no, nadie”-. Quiere saber quién lo sabe –―solo tú”- y qué se supone que
tiene que hacer ahora –―eso no lo sé”-. Supone que no es fácil para James contarle sus secretos y
procura no parecer sorprendida cuando se entera de tantos en tan poco tiempo.
Esa noche descubre varias cosas sobre animagia, -―no es tan difícil, en realidad”- algunas sobre
transformaciones –todas ilegales- y muchas sobre los cuatro chicos a los que en el colegio llaman
―Merodeadores‖.
- ¿Me estás diciendo que tenéis copia de todas las llaves de Filch?
James asiente.
James la saca del bolsillo, escondiendo una mano dentro, hasta que la mano desaparece. No es lo
único que le enseña.
- Un mapa. Del colegio. Lo hicimos nosotros. Te enseña dónde está cada persona. Lo usamos para
que nadie nos vea.
Es demasiada información para digerirla de golpe. El nivel de magia que hace falta para conseguir
cosas así no es solo superior al que se requiere para aprobar séptimo, o al que Lily suponía a chicos
como James y Sirius. Es superior al nivel de muchos magos adultos y puede ser peligroso sin
ningún tipo de supervisión. Especialmente en los tiempos que corren.
- Sirius está seguro de que me pedirás que deje de hacerlo. Cree que te diré que sí porque no quiero
perderte. Y que les traicionaré a ellos y abandonaré a Remus.
- A Sirius. Remus quiso que desistiéramos. Todavía cree que harías bien pidiéndome que no lo
hiciera.
Si el Ministerio autorizara sin licencia a los animagos, no podría controlar sus actividades y se
abriría la puerta para cometer innumerables delitos. A Lily solo le queda una pregunta.
Lo sabe. Asiente.
No le dice cuál pero no hace falta. Siempre lo ha sabido. Que sus amigos eran su sangre y su ley.
Que para bien o para mal, pondría la vida en sus manos y que esos tres chicos decidirían en última
instancia su futuro. Y el de ambos, si Lily acepta esa noche todo lo que significa salir con James
Potter. Ese chico inconsciente que le mira con un temblor casi imperceptible tras las gafas,
conteniendo la respiración, bajando la voz.
- Sirius tiene razón, Lily. – Traga saliva y acerca una mano despacio hacia la suya. - No quiero
perderte. – Aprieta suavemente sus dedos, como si tuviera miedo de hacerlo más fuerte y perderla. -
Pero esto es lo único que no voy a darte si me lo pides.
James Potter le ha dicho ―te quiero‖ incluso a gritos y le ha pedido que salga con ella trescientas
quince veces pero solo le cree ahora, cuando su ―te quiero‖ viene acompañado de un ―pero‖.
Cuando sus promesas tienen un límite, cuando con el corazón en la mano y la mirada vidriosa tras
las gafas se niega a incumplir su ley más sagrada y descubre que el amor duele y aunque parezca un
juego de niños, es un problema de adultos. Solo le cree ahora cuando le ve sufriendo y en conflicto
y su ―te quiero‖ está condicionado a no traicionarse a sí mismo.
Lily tiene un nudo en la garganta pero sonríe. Siempre pensó que James era un crío, le ha pillado de
sorpresa ver que le ha bastado un día para convertirse en un hombre.
En la salud y en la enfermedad, en lo bueno y en lo malo, Lily dice esa noche sí, quiero. Hasta que
la muerte nos separe, amén.
Iluminado por una sonrisa contagiosa, James saca la varita y le enseña el hechizo que abre un
mundo lleno de posibilidades ilegales y peligrosas, diciendo en la penumbra de Gryffindor, ―juro
solemnemente que mis intenciones no son buenas”.
Sí, quiero.
Después de mil años en pie, Hogwarts tiene muchas tradiciones pero no todas son oficiales y solo
hay una que ese año tiene tan molesto a Sirius que literalmente le sale el zumo del desayuno por la
nariz cuando Lily le informa de la situación a primera hora de la mañana.
Hay una lista y ha habido una lista los últimos seis años. Nadie sabe quién la elabora aunque todos
saben que hay un comité de chicas de las cuatro casas implicadas en el asunto. Lily nunca ha
participado, desde luego, en ninguna votación secreta pero conoce la lista, igual que la conocen
todos los chicos de Hogwarts. La lista, para que no haya ninguna sombra de duda, es secreta y
confidencial, se elabora en primavera y como todas las cosas que son secretas y confidenciales,
consigue una asombrosa publicidad. En pocas días, la lista suele estar en boca de todos los alumnos
y a nadie le cabe, por tanto, ninguna duda sobre qué cinco chicos son los más sexys del colegio.
A nadie, excepto a Sirius. Que, boquiabierto, mira a Lily como si acabara de anunciar que el cielo
ha amanecido lleno de pasteles.
No le pasa la leche. Es más, por primera vez en siete cursos, ni siquiera se termina el desayuno.
Sirius Black, famoso por comerse treinta y cinco bollitos de una sentada –algunos rellenos-, deja el
zumo a medio beber y la leche intacta. Lo único que prueba es un poco de agua. Tiene la garganta
seca.
- No pasa nada, Sirius, -dice Lily tan tranquila- tampoco es tan malo ser el quinto.
Que James llegue en ese momento tarareando su segundo puesto, diciendo ―bueno, Canuto, parece
que te vas haciendo mayor‖ no ayuda a mejorar su humor. Sirius se levanta de la mesa en un
arrebato de indignación que crea una corriente de aire al pasar. Ni siquiera chocar
―accidentalmente‖ con Snape hasta hacerle trastabillar mejora su humor. Remus, con toda su
sensatez y todo eso de entornar la mirada cuando se entera no hace nada, pero nada de nada, por
mejorar su humor. ¡Ni siquiera le da importancia!
- Es una chiquillada – se atreve a decir el cochino hombre lobo. - Qué más te da.
- Me da igual.
Miente, miente como un cosaco y miente muy mal. Lo cierto es que no es capaz de pensar en nada
más durante el resto del día. Se mira al espejo buscando algo que haya cambiado pero no hay
desagradables verrugas peludas, no hay una nariz rota, no hay dientes caídos, no hay arrugas, ¡no
hay nada distinto! Cinco años el primero y ahora es el quinto y quién coño es el tal Cornelius, si se
puede saber. A las ocho de la mañana le odia, a las cinco de la tarde todavía no ha dado con él. A
las siete decide que ya está bien, coge la capa invisible de James y decide que ya es hora de dar con
una copia de la maldita lista. Como nadie sabe ni quién la elabora, ni dónde hallar una copia, la cosa
le lleva un buen rato. En concreto, dieciséis horas y quince minutos y un total de trece fantasmas
interrogados, doce cuadros chantajeados y una noche en vela. Tiene que investigar cada rincón,
seguir a grupos de chicas hasta allí donde los hechizos contra hombres no le dejan pasar y escuchar
conversaciones insustanciales sobre temas trascendentales como de qué modo alisarse el pelo esa
temporada. Es una tarea difícil, dolorosa y ardua, pero a las once de la mañana –y diez minutos- del
domingo Sirius vocifera ―¡LO SABÍA!‖ y se da por satisfecho.
Allí, escondida en la taquilla de la capitana de Quidditch de Hufflepuff, hay una copia de la lista y
sí, efectivamente, en el segundo puesto está ―James Potter‖.
Todo lo que tu madre odia en un chico dice la nota al pie. Y todo lo que te gusta a ti.
Durante los primeros diez segundos, después de repetirse varias veces LO SABÍA, Sirius piensa que
Lily tiene que ser tonta para no haberse dado cuenta. Después cae en la cuenta de que Lily Evans
será muchas cosas pero ―tonta‖ no es una de ellas. Su primera reacción es enfadarse, claro. La
segunda es sonreír en contra de su mejor criterio.
- Un poco simple como broma, Evans- le dice durante la comida. - ¿No te parece?
Si fuera un chico, Sirius le sonreiría. Puesto que es la novia de su mejor amigo y está claro que
acabará casándose con él y criando a sus hijos, Sirius se limita a mirarla fijamente hasta que Lily
claudica y le pregunta qué le pasa.
- Inventó pociones para el acné bastante buenas. Debe tener ochenta años, si es que vive. Por cierto,
son diez puntos menos para Gryffindor por haber sobornado a la Señora Gorda. ¿Me pasas la leche
ahora?
Cuesta reconocerlo, pero puede que haya una mente para el crimen, después de todo, detrás de la
prefecta. James desde luego sonríe como si Lily Evans fuera el mejor invento desde la creación del
Quidditch y cuando deja el vaso sobre la mesa, Remus tiene esa cara que dice ―admítelo, Canuto‖.
Incluso Peter parece conforme con el veredicto.
Tres contra uno, no hay nada que hacer. Unanimidad en el consejo. Sirius le pasa la leche.
Hay que admitir las victorias cuando son merecidas. Entre merodeadores, nobleza obliga.
(…)
James dejó Adivinación después de tercero porque mirara donde mirara –tazas de café, bolas
mágicas, líneas de la mano-, lo único que notaba era un sopor terrible y ganas de echarse la siesta.
Sirius nunca la cursó, convencido de que Adivinación era para chicas y tontos del haba. Si el futuro
ya existe, solía decir, que venga rápido, que me aburro. Lily la consideraba la menos precisa de las
ciencias mágicas y Remus no lo hubiera admitido nunca delante de sus amigos pero la razón para
elegir Runas en vez de Adivinación no era tanto su carácter poco científico, sino la arraigada
superstición de que es mejor no enredar en las sombras del futuro. Por si acaso.
Pero esa tarde de viernes todos miran en la bola de cristal que ha traído Peter, el único que siempre
dice que la Adivinación es un arte fascinante y puede ser de gran utilidad para prevenir las cosas
terribles que podrían ocurrir. James le argumenta siempre que si el futuro se puede ver es porque ya
existe y por lo tanto, nada se puede prevenir pero Peter adora Adivinación y les pide por favor que
le ayuden con su ejercicio. La bola es maciza, tiene un aspecto aparentemente normal y pesa mucho
más de lo que parece a primera vista.
- Tenéis que mirar todos y tengo que apuntar lo que ve cada uno y luego hacer un estudio
comparándolo.
Nadie está especialmente motivado para hacerlo pero se hacen cosas para los que uno está poco
motivado por los amigos y de todos modos, es viernes por la tarde y no tienen otra cosa mejor que
hacer. Así que dejan la bola en mitad de la mesa y uno a uno se esfuerzan en ver algo. Peter toma
notas, les enseña a dejar su mente en blanco como ha aprendido en clase y todos hacen lo que
pueden para que no suspenda. Pero una hora después, todos le piden perdón por no haber sido de
gran ayuda.
- No, es igual, – dice Peter con poca convicción, - no ha estado tan mal.
La parte más compleja de la Adivinación, en realidad, no consiste en mirar los indicios del futuro en
el presente, sino en adivinar el significado de los augurios. Claro que no tiene mucho que adivinar
en lo que han visto sus amigos.
- Todo negro, tío, lo siento – ha dicho Sirius. – Es como mirar en un agujero. Pero tranquilo, tú pon
que vi dolor y muerte. A mí no me importa.
- Negro, Peter, - se intenta disculpar James. – Te juro que me esfuerzo pero he hecho lo que tú me
has dicho, y es como… negro.
- Lo siento, Peter – dice con esa voz tan dulce. – Tal vez como un rayito al fondo, no sé. ¿Cómo una
lucecita? No sé si eso te sirve.
- Ni siquiera, Pete.
Cuando Remus se asoma la superficie brillante de la bola, solo le devuelve su propio reflejo. Peter
suspira hondo porque no sabe qué demonios de trabajo va a hacer con tres amigos que lo ven todo
negro y otro que solo es capaz de verse en el cristal, sin que el fondo le devuelva una sola imagen.
Sirius le aconseja que se lo invente todo, insistiendo en que de todos modos la profesora no tendrá
manera de saber qué es mentira hasta que pasen los años y no puede suspenderle de manera
retroactiva.
- Visto así.
Pero no son solo los deberes. A Peter le gustaría tener algo. Una llave, una clave. Algo que le
tranquilizara en estos tiempos en los que la seguridad del colegio se acerca a su fin y sus amigos no
dejan de hablar de cosas terribles como la guerra. Sabe que siempre ha acudido para ellos para
sentirse a salvo pero el final del curso les separará a distancias tal vez insalvables y solo quiere que
la bola le diga que todo irá bien, que alguien cuidará de él, que esa cosa, esa guerra no manchará
sus manos de sangre.
Porque a veces, cuando Peter se asoma en la bola, él también ve lo mismo que sus amigos. Algo
negro. Algo negro y terrible que se queda con él y sigue con él por las noches y con él cuando se
mira en el espejo por la mañana, como si lo que hubiera visto fuera su propio reflejo.
Tal vez James tenga razón y la Adivinación sea un ejercicio inútil. Porque de saber el resultado del
futuro, nadie jugaría la partida.
- El Quidditch, Pete, - insiste James- ahí tienes algo en lo que merece la pena entretenerse.
Pero a veces tampoco el Quidditch sale como uno quiere. Ni siquiera para James. A veces, incluso a
alguien con la mejor estrella del mundo, se le tuerce el futuro. Incluso los mejores jugadores, tienen
problemas para ganar porque en el Quidditch, como en la vida, no es uno el que reparte las cartas.
En el vestuario de Gryffindor, esa mañana tensa de sábado, todos saben que es el partido más
importante de cuantos han jugado. Como capitán, Sirius no les recuerda la estrategia, ni vuelve a
apuntar cuáles son los puntos más débiles de Slytherin. Todos saben que tienen que atacar en
triángulo y que Slytherin juega bien pero se desordena con facilidad. Todos saben que van a tener
que sangrar para ganar y Sirius les recuerda por tanto, lo único que deben saber. Que lo que sean
esa tarde en el campo es lo que la gente recordará. Pero mucho más importante aún.
Las gradas están llenas. Mitad verde y plata. Mitad dorado y grana. Y como siempre antes de un
partido, mientras mira a la gente antes de subir en la escoba, James parece tranquilo. Se quita las
gafas, las limpia con cuidado. Deja que el aspecto borroso del estadio le deje escuchar más
atentamente los gritos. Cuando se coloca las gafas de nuevo, Sirius le pasa un brazo por el hombro.
- No puedo creer que salgamos a este partido con un buscador miope. En qué estaríamos pensando.
- No sé. Pero entre eso y que tenemos un bateador marica, no sé qué vamos a hacer.
Cuando el locutor dice ―¡Gryffindor al campo!‖ salen uno junto al otro. Su último partido juntos.
Cuando Cielo y Tierra se estremezcan: Gryffindor contra Slytherin
Los cronistas que vieron y contaron para la posteridad el último partido de Hogwarts del curso del
76 sabían muchas cosas sobre Quidditch y bastantes sobre partidos históricos. Pero ni una sola
sobre motos voladoras. De hecho, ni el comentarista, un profesional que había venido invitado por
―Los Cuarenta Magistrales‖ expresamente para la ocasión, ni tampoco el periodista deportivo de El
profeta, ni los invitados en el palco de Dumbledore sabían que las motos muggle se pudieran
hechizar para hacerlas volar. Tampoco sabían que existía una, una sola Harley Davidson hechizada
para volar en todo el Reino Unido y que Sirius se había dislocado el hombro al intentar hacerla
volar por primera vez en su sexto año de colegio. No sabían que la lesión se había curado con más
voluntad que precisión y que le dolía en los días de viento o cuando una quaffle de Slytherin le daba
de lleno en el minuto treinta y tres de un partido.
Si Sirius no hubiera tenido aquella lesión posiblemente el impacto de la quaffle no le habría hecho
perder el equilibrio. Una punzada de dolor magnético. En el estómago. Le impide respirar durante
un largo y blanquísimo momento. Cuando recupera el aire, el dolor se extiende por todo el cuerpo.
No puede abrir los ojos.
Cayó volando varios metros, reaccionó cuando quedaban tres yardas para dar contra el suelo de
cabeza. Enderezó la escoba con esfuerzo y consiguió salvar un golpe mortal cayendo de costado.
Notó inmediatamente el crujido de los huesos. El mismo dolor que sintió en el 12 de Grimmauld
Place, cuando se peleó con Régulus, trastabilló en lo alto de las escaleras y acabó un piso más abajo
con la clavícula rota. Me he roto algo, pensó.
Luego la multitud. Detuvieron el partido. El ruido en las gradas, le llegaba todo de otro mundo.
Lejísimos. Slytherin daba por hecho una victoria. ―Black ha caído al suelo. No parece un buen
golpe. Parece que se mueve pero no es posible que pueda subir de nueva a la escoba‖. La voz
metalizada del locutor. ―Un momento. Se levanta, se levanta para ponerse en pie, señoras y
señores‖.
McGonagall le insistió para que no jugara. Dijo, ―es mi última palabra, señor Black‖. Pero no lo
fue. Sirius insistió en que no tenía nada roto. Mentira. Ese crujido. Y con la cara llena de barro y
gravilla sentenció ―voy a jugar‖. Dijo, ―tengo que jugar o perderemos, profesora y usted lo sabe‖.
Iban 25-85 y perdiendo. McGonagall insistió, ―entonces perderemos‖, pero Sirius no entendía más
razones que la suya. Remus estaba allí, a pie de campo, altísimo y vulnerable. Bajó corriendo en
cuanto le vio caer. Tenía esa mirada. Decía ―no lo hagas‖. Sirius la vio, la ignoró, repitió, ―tengo
que jugar‖.
Le costaba trabajo respirar. Pensó ―sanitas, curare, reparo”. Pensó en todo lo que se le ocurría para
aplacar el dolor.
- Por favor.
McGonagall le examinó en silencio. Nunca le había oído suplicar. Las gradas estaban llenas. El
locutor rompió el silencio cuando la vio asentir. ―Black vuelve al partido, señores. Qué locura. No
creo que sepa ni dónde tiene los pies después de esa tunda. Pero ahí va. Volando y en el campo,
amigos y este es un partido de los que hacen afición‖.
Duró cuarenta minutos más. Sirius no sabe cómo jugó pero jugó. Bajo una lluvia feroz, James
empeñó lo mejor de sí mismo para despistar a la snitch. Provocó a los buscadores de Slytherin,
pasando entre ellos para despistar sus defensas. Ganó tiempo engañando al buscador contrario en
dirección equivocada. Y no dejó de mirar en dirección a Sirius, que no era físicamente capaz de
dirigir la estrategia del partido pero inspiró el ánimo de su equipo como ningún otro capitán hubiera
podido hacerlo. Lionel Lionweed recibió un balonazo en el costado y no se movió de su sitio. Rita
Bones marcó tres tantos imposibles al contraataque y por puro instinto. Evelyn Jones ni siquiera
protestó por las faltas de Slytherin, se tragó el dolor y defendió la portería bajo la lluvia con su
propio cuerpo. Ninguno quería estar por debajo del esfuerzo de Sirius. No jugaron su Quidditch
hábil, elegante y que había hecho historia. Ni siquiera jugaron buen Quidditch. No estuvieron bien,
en realidad. Pero estuvieron a vida o a muerte.
El último tanto se marcó a cámara lenta y contra todo pronóstico. El buscador de Slytherin había
visto la snitch al fin. James hizo cuentas. Necesitaba un tanto más. La férrea defensa del contrario
era un muro de piedra. Gryffindor estaba lesionado, Sirius no podría abrirse camino y nadie
consiguió explicar dónde encontró un hueco para pasar hacia la portería. Voló como si no existiera
el tiempo, acelerando en vez de frenar cuando los jugadores le cerraron el paso. Hubiera chocado
contra ellos si no se hubieran apartado para no acabar todos en el suelo. No pudieron placarle.
Devolvió la quaffle a la portería con un alarido de dolor. Antes de que el portero comprendiera que
le habían metido un tanto, la snitch ya rozaba el suelo del campo, a un palmo del buscador de
Slytherin. James se tiró al suelo en vertical tras ella y el campo contuvo el aliento porque a esa
velocidad, no podría frenar a tiempo. No parecía posible. Si hubiera sido otro buscador, no habría
sido posible. Pasó tan cerca del suelo que levantó barro y un remolino de aire que hizo desviarse la
snitch de su trayectoria. Cuando la cogió, el campo eruptó en un vítore de gloria y Sirius perdió el
conocimiento sobre la escoba.
Dumbledore le vio caer. Remus sintió que el golpe era inevitable. El público apenas se dio cuenta.
James lo notó y le recogió a tres metros del suelo, sin soltar la snitch.
Llovía a cántaros.
Todos supieron que no habría otro partido igual. Los que no entendían de Quidditch supieron lo que
era la comunión con el equipo y se sintieron inspirados para hazañas que no se atrevían a soñar. El
locutor resumió la última jugada puesto en pie, mientras Sirius Black iba camino de la enfermería,
sangrando por la boca. ―Qué partido‖, dijo, ―qué partido. Les hablaréis de ello a vuestros hijos y os
saldrán lágrimas al contarlo‖. El estado eruptaba vítores de gloria. ―Porque esto, amigos‖ rezaba la
voz eufórica del locutor, ―esto es el Quidditch‖.
En las gradas de Gryffindor, el alboroto duró media hora más y una hora después Remus Lupin
seguía allí sentado bajo la lluvia. Incapaz de moverse. Veía a Sirius caer. Caer una y otra y otra vez.
Sin pensar en su propia seguridad, lanzándose al abismo. Ciego, sordo, suicida. Cayendo.
Sentado al lado de la cama, en una silla incómoda en la que no le caben las piernas, Remus Lupin
tiene los ojos inyectados en sangre y parece exhausto.
- ¿Qué ha pasado?
Remus no parece afectado. No demuestra ninguna emoción. Y en esa árida falta de movimiento de
su cara, Sirius lee su descontento.
- Te rompiste dos costillas - asevera. Un tono de voz sin inflexiones. De una calma que tiene más
que ver con el horror. – Al caer.
Tiene que haber algo más que dos costillas rotas. Duele diferente. Algo dentro de su cuerpo duele
blando y gelatinoso. Como a sangre.
- ¿Y qué más?
- Nada más – miente Remus, tragando saliva. – Porque en cuanto te lesionaste, dejaste el partido.
Como haría cualquier persona sensata.
Siete pisos más abajo, los elfos de Hogwarts calientan el castillo con enormes hornos que siempre
están encendidos. Pero en la enfermería, Remus es escarcha y Sirius siente que se hiela.
- No podía dejar el partido, Remus. – No puede pero aunque lo intenta no consigue recordar el
resultado. - ¿Ganamos?
Añade ―enhorabuena‖, como una cuchillada. Pero a pesar del dolor, de ese velo opaco en su mirada,
a pesar de todo, Sirius experimenta el sabor de la victoria. Siete copas. Quedarán para la historia.
Gloria es el sabor más intenso de todos. Slytherin perdió y le gustaría recordarlo con detalle pero no
hay manera.
- Al seguir jugando, la costilla te perforó el pulmón. Has perdido mucha sangre. Llevas aquí tres
días.
No está seguro de haber oído antes eso en su voz. Esa terrorífica ausencia de rabia. Remus se
levanta, evita deliberadamente su mirada y sale arrastrando los pies, en lúgubre silencio. Es amarga
una victoria que huele de esa manera a derrota.
Octava parte
Puede que sea un iluso, pero Sirius cree, -Sirius piensa, Sirius OPINA- que dos semanas de hospital
es castigo suficiente, muchas gracias. Cree que Madame Pomfrey aplicando ungüentos en su cuerpo
y con permiso para regañarle es crueldad más que de sobra. Cree que catorce días de
incomunicación casi total y peor todavía, de INMOVILIDAD deberían bastar como purga y
redención de cualquier cosa que haya podido hacer. Incluso aunque fuera algo estúpido como
jugarse la vida. Pero esa primavera descubre que aparentemente no. Aparentemente, Remus cree
que no.
James le trae chocolates, le cuenta segundo a segundo el partido para construir en su memoria la
gloria que Sirius no recuerda. Le trae música, anécdotas que dejan en ridículo a Slytherin y toda la
comida que Sirius necesita.
- Es igual.
De todos modos, James ya sabe que no quiere un televisor, ni las dos mil chucherías que le trae
Peter, ni desde luego el unte repugnante que madame Pomfrey le aplica personalmente. Para
sobarle, está seguro, porque no está tan discapacitado como para no poder darse linimento en el
pecho él solito. Catorce días de cautiverio y Sirius pasea sin permiso por la enfermería, mirando las
vistas de la torre mientras planea terribles maldades que le hagan sentirse mejor. La última visita
que espera llega entonces. Con libros. Y no es Remus.
- Naturalmente.
Lily ya sabe que Sirius esconde libros debajo de su cama pero ambos prefieren no hacerlo notar.
- Se le pasará, Sirius.
Quiere preguntar, ―cuándo‖ pero se contiene. También cree que debería darle las gracias. Por los
libros, por haber subido, por haber dicho ―se le pasará‖. Pero dar las gracias o admitir cuánto desea
la única visita que no llega a la enfermería sería no muy típico de él y claramente embarazoso para
todos. Los dos lo saben y puede que Lily hasta lo entienda porque su mirada parece más simpatía
que acusaciones y eso es nuevo.
- Evans.
- Qué.
Dile que lo siento. Dile que venga. Dile que le echo de menos. Dile a James que le perdono por
quererte.
Catorce días después, Sirius todavía nota algo raro al hacer mucho esfuerzo, como un soplido
interior pero sospecha que le acompañará toda la vida, ese soplido. Al menos entre sus cosas de la
torre se siente libre de nuevo. Al menos en Gryffindor, Remus no puede esquivarle y al fin puede
volver a verle, por primera vez desde el partido. Le han crecido las pestañas desde la última vez,
está seguro.
De todas las cosas que podría decir, Remus dice la más insultante para su inteligencia.
- No estoy enfadado.
- Es tu vida- dice Remus, sin mirarle a los ojos. - Si quieres acabar muerto, adelante.
Una parte de su conciencia quiere hacer entrar en razón a Remus, hablar con él, razonar con ese
licántropo testarudo que le da demasiada importancia a todo. La otra parte quiere sacarle un brazo a
mordiscos y mandarle al infierno por castigarle por ser quien es.
- Al límite.
Catorce días de enfermería. Es castigo suficiente y no le debe explicaciones a nadie. Se supone que
ya sabes cómo soy.
- Acostúmbrate.
(…)
Hogwarts hierve con la actividad que precede a los exámenes. Energía nerviosa allá donde se mira,
especialmente en séptimo, ahora que los alumnos se enfrentan a los ÉXTASIS y a la gente –a Peter-
no le llegan las uñas para mordérselas. Sirius, que puede memorizar un tratado de Aritmancia
durante el desayuno y mientras come tortitas, también tiene ganas de subirse por las paredes. Igual
que el resto de alumnos. La única diferencia es que a él los exámenes se la soplan.
Tres semanas y un día desde que salió de la enfermería y Remus Lupin sigue sin dar señales de
haberle perdonado.
Ha atravesado varias fases. Primero la fase de ―me cabrea que Remus pase de mí‖. Cabreo. La fase
de ―me irrita que Remus pase de mí‖. Irritación. La de ―Remus es gilipollas por pasar de mí‖.
Bastante parecida al cabreo. La de, ―¿alguna vez dejará de pasar de mí?‖ Inseguridad.
Especialmente poco recomendable. Ha pasado por tantos estadios de mal humor diferentes que cree
que no hay nada más allá y se equivoca. El último estadio aparece cuando desaparece del todo el
dolor de las costillas y no queda rastro del dolor de los pulmones y Madame Pomfrey le dice que ya
está ―como nuevo‖.
Entonces ocurre algo. Algo que posiblemente tiene que ver con el hecho de que su cuerpo haya
recuperado las fuerzas y con la llegada de la primavera en su esplendor y con la visión de Remus
Lupin vistiéndose después de la ducha. Sentado en un banco de madera entre el vaho. Gotas de agua
resbalando en la punta de la nariz. Mechones de pelo en todas direcciones. La espalda llena de
pecas y una cicatriz nueva que debe ser el resultado de la luna llena que Sirius se ha perdido en la
enfermería. No muy grande, debajo de ese hueco que hace la garganta entre las clavículas.
Nunca se había fijado pero las clavículas de Remus son de distinto tamaño y esa cicatriz no tiene ni
idea de a qué sabe. Teniendo en cuenta que Remus no le habla, tampoco lo va a saber, ni podrá
comprobar si eso de las clavículas es un efecto óptico raro provocado por la luz del vestuario o si es
algo que se le había pasado completamente por alto todas las veces que le ha visto desnudo. Mierda.
Al cabreo está acostumbrado. Ira. Cólera. Mal humor. Hostilidad. Enfado. Son emociones
habituales. A estar de mal humor con alguien y sentirla dura en los pantalones porque está desnudo
y no puede tocarle, a eso no tanto.
Es Sirius Black, coño. Siempre ha podido tocar a alguien cuando quería hacerlo.
Remus se sobresalta al oírle. Pero un segundo después está ya metiendo la cabeza en la camisa,
murmurando que ya se iba.
- Cojonudo.
Se desnuda delante de él, le tira la camisa delante y los pantalones a su lado. Obviamente Remus ve
lo que es más que evidente y está más que medianamente erguida pero obviamente no hace ningún
comentario, ni mira más de medio segundo.
Le molesta su calma.
- Pásalo bien.
Gilipollas.
Tres semanas y un día. Podría pedirle que se metiera en la ducha con él. Podría hacer algo aún más
original y pedirle perdón o lo que sea que Remus quiere conseguir de él pero decirle que no se
volvería a tirar en picado al suelo con tal de ganar a Slytherin sería mentirle y no está lo bastante
cabreado como para mentirle en algo así.
(…)
Bajo la piel
Cuando en un ataque de rabia infantil, Sirius condujo a Severus Snape hasta la casa de los gritos,
Remus deseó estar más enfadado con él. Quiso que existiera la manera de odiarle y solo consiguió
odiarse a sí mismo por vender demasiado barato su perdón. Han pasado más de dos años desde
aquella noche que pudo ser fatídica y Remus lleva tres semanas sin dirigirle apenas la palabra. Tres
semanas de esquivarle en los pasillos, tres semanas de no mirarle y tres semanas de no tocarle. Los
primeros días, con Sirius en la enfermería, resultaban más fáciles. Ahora que lo ve a todas horas y
lo tiene cerca todo el tiempo, se pregunta por qué, si pudo perdonarle que estuviera a punto de
convertirle en un asesino, no puede perdonarle ahora y acabar con su calvario.
La única respuesta que obtiene es que cada vez que cierra los ojos, le ve caer de la escoba. Y no lo
soporta.
Cuando el reloj de la torre de astronomía da las nueve, Lily y él terminan la ronda de prefectura y se
dirigen al cuadro de la Señora Gorda, pasando delante de retratos enzarzados en discusiones sobre
el significado de la vida y de la pintura. Lily, entre tanto, está más preocupada por él que por la
metafísica.
- Remus, si todo esto lo haces para castigarle a él, creo que el efecto queda anulado por lo mucho
que te estás castigando a ti mismo.
La Señora Gorda lleva un rato intentando estornudar y les hace un gesto con la mano para que
esperen hasta que lo consiga. Remus sabe que tiene un aspecto horrible y más ojeras de lo normal.
Lo sabe por la manera en la que Lily le mira. Con compasión y ese tono de madre preocupada.
- Vamos a ver. Estamos hablando de Sirius. ¿Existe al menos la más mínima opción de que no le
perdones algún día? Porque si vas a hacerlo, hazlo cuanto antes y ahórrate el mal rato.
Es un gran, gran, GRAN consejo. Se lo lleva repitiendo días enteros pero por algún motivo, cuando
tiene a Sirius cerca, no puede dar un paso al frente y decir ―olvidémoslo‖ porque no puede
olvidarlo. Tampoco es que Sirius ayude mucho. Con su omnipresente enfado y esa molesta manera
de convertir el enfado en una cualidad animal (…)
- Me espera McGonagall.
- Para qué.
- No sé. Pero me he puesto guapo por si acaso. Nunca se sabe. Todos sabemos que mi carta le dejó
muy impresionada.
Intenta ponerle celoso. Y con McGonagall. Es ridículo. Pero de algún modo, funciona. Remus se ve
forzado a recordarle que no era su carta.
- Era mi carta.
El enfado no es una cualidad con la que se sienta familiarizado. Pero son tres semanas y le irrita la
idea de que Sirius se haya enfadado con él cuando es él quien tiene derecho, maldita sea, a estar tan
enfadado como quiera.
- ¿Algo más, Lupin? La gente va a pensar cosas raras si nos ven tanto tiempo juntos.
- Hasta luego.
Le deja solo en el pasillo. Y se siente solo cuando le ve hablar con las chicas que hasta hace tres
semanas ignoraba. Ellas se sientan en su mesa, batiendo las pestañas y el viernes por la mañana, es
él quien se sienta en la mesa de Lionel Wood, de quien siempre ha dicho que era el único bateador
lo bastante bueno como para arrancarle un brazo y enmarcarlo. Los dos ríen una gracia,
posiblemente de Sirius, justo antes de que empiece Pociones. Y no es sexual, lo que están haciendo,
en la medida en que no se están tocando y en la medida en la que Lionel nunca le ha parecido el tipo
de chico que se inclina hacia otros. Pero es sexual, la amplitud del pecho de Sirius, los colmillos
caninos cuando se ríe, su forma de echarse atrás el pelo y ese brillo en la mirada que siempre es un
poco voraz, especialmente cuando quiere darle celos. A veces, cuando Sirius te habla, te atrapa. En
ese momento, Lionel es un bateador atrapado y Remus nota que su enfado sube un grado más, como
una poción que va tomando cuerpo.
No está acostumbrado a notarla hirviendo, toda esa ira. No está acostumbrado a estar celoso de
Sirius y de un chico. A verle leyendo en la cama sin camisa, lejos de su alcance. Y con algo en el
pecho que Remus no había visto antes y de pronto no puede dejar de mirar.
Tinta negra mezclada con sudor. Una raya vertical bajo la piel y tres rayas horizontales encima. Un
dedo de largo y la piel debe estar todavía dolorida.
- Tienes… - lo dice antes de pensarlo dos veces - ¿te has hecho un tatuaje?
Sirius escupe un ―sí‖ que le hace sentirse orgulloso. Apoya una pierna contra la pared y parece que
saca pecho para lucirse.
No, claro.
Convencerle. Sí. Claro. A la persona más testaruda sobre la faz de la tierra. Nunca ha podido
convencerle de nada, ése es el problema. Que parece que con él la única filosofía posible es
―oblígame o déjame‖. Lo de dejarle, no sabría cómo hacerlo. Lo que le asusta es que a esa parte tan
enfadada de sí mismo, le atrae la idea de obligarle, doblegar su ferrea, testaruda e indomable
voluntad.
(…)
Viernes por la tarde en la enfermería. Nada especialmente inusual. Pero ese viernes en concreto no
visitan a Sirius que se ha despeñado por algún sitio por pura cabezonería. Tampoco es la visita
habitual a Remus después de la luna. Por una vez, el que se tumba en la cama y les mira con ojos de
carnero degollado, es Peter. Con el pelo azul, la cara llena de granos, el brazo en cabestrillo y
aspecto compungido. El último en llegar y por tanto, el último en oír la explicación de su estado, es
James.
- Vale, pero explícamelo como si fuéramos retrasados. Pete, ¿qué rayos te ha pasado?
James le dice ―es que no se debe leer mientras se camina‖ y Sirius le dice ―es que no se debe
estudiar‖. Peter continúa.
Eso explica por qué lleva un brazo en cabestrillo. No explica por qué su pelo es azul y no queda un
hueco sin granos en su cara.
- Pensé que podía curarme yo solo con poción arregla huesos y así poder seguir estudiando. El caso
es que cogí de la que hicimos por si os lesionabais durante los entrenamientos. Y no recordé que era
una muestra de la que hicimos para Slytherin.
A partir de ahí James ya se imagina el resto. La que hicieron para Slytherin era poción para la salida
repentina del acné. La anti poción falsa pensaban vendérsela a un Hufflepuff para que el pobre tonto
del haba se la vendiera a un Slytherin. Es lo que explica el pelo azul. Si hicieron bien su trabajo,
también estará meando azul, el pobre Peter.
- De hecho, algo más que el pis. Tomé ponche de uva esta mañana y también es azul si haces de
vientre.
El único que se ríe es Sirius. Remus siente demasiada compasión. Y James cree que sería gracioso,
si no le hubiera ocurrido a Peter.
- En serio, Colagusano, da miedo pensar que te pasaría si te enfrentaras a un enemigo de verdad.
Teniendo en cuenta lo que eres capaz de hacerte sin que nadie te ayude.
Peter suspira y se encoge de hombros. Desgraciadamente su brazo protesta –y Peter con él- cuando
lo intenta.
- Te traería chocolate – le dice James – pero es que con esa cara es lo último que necesitas.
Al menos esa vez, Sirius sale de la habitación antes de reírse en la cara del pobre chico. Cuando
acaba la visita, James y Remus salen por orden de la enfermera y Sirius esconde el cigarrillo para
que Madame Pomfrey no lo vea. Hace un hechizo para que el humo no salga y se quede haciendo
una bola, debajo de su chaqueta. Cuando Pomfrey se aleja con esa mirada de censura que dice ―sé
que estaba haciendo algo, Black‖, deshace la bola y el humo comienza a disolverse. Tras el humo,
se aclara la garganta James, buscando la manera de decir lo que quiere decir sin que sus amigos –
Sirius, en concreto- le atormenten.
A Sirius le brilla la mirada, como si sospechara que se presenta una oportunidad para burlarse de él.
No hay forma sutil de decirlo. Mira a todas partes, les hace un gesto para que se agachen y poder
hablar en voz baja.
- Lily y yo vamos a pasar la noche en el hostal. – Decirlo en voz alta le provoca como un sudor
caliente dentro del estómago. – Y se le ocurrió a ella.
La reacción que espera es un día entero de chistes y comentarios insinuantes y ponerle en evidencia
delante de Lily. La reacción que desea es el hechizo que hará que las manos le dejen de temblar. La
reacción que obtiene es Remus diciendo ―te cubriremos‖ y Sirius en completo silencio. Mira por el
rabillo del ojo a Remus, no dice nada.
Hasta esa noche, después de la cena. Cuando se quedan solos en la habitación. Con Peter en la
enfermería hasta el lunes y Remus en el lavabo, lavándose los dientes. Entonces Sirius le invita a un
cigarrillo, sentado en su cama.
- No te pongas nervioso, Jamie, incluso cuando se hace mal, el sexo está bien. Y tú no lo harás mal.
Solo le llama Jamie en raras ocasiones. Lo hacía cuando eran pequeños. Le hace sentir que sí, que
todo irá bien. Que todo irá genial, de hecho. Pero aún así lo pregunta.
- ¿Cómo sabes que lo haré bien?
- Porque lo haces todo bien, memo. Y porque la quieres. – Lentas caladas, mirándose los dedos. -
Eso es la magia. Lo otro, es solo práctica.
Es tan poco habitual ese tono de voz que James no comprende que se trata de tristeza hasta que
Remus vuelve del baño y Sirius se transforma completamente, volviendo a su habitual humor
perruno, ocultando melancolía con ira.
- Quién sabe – le dice James a Peter cuando le visita a primera hora, - a lo mejor les viene bien esta
noche solos para arreglarlo.
En lo más alto del ala oeste del castillo de Hogwarts, alumbrado por velas que no consumen cera y
decorado con grandes retratos de antiguos directores, se encuentra el despacho de Albus
Dumbledore. Hasta ese rincón vigilado por un fénix que dormita, llegan bastantes alumnos. La
mayoría castigados, algunos perdidos, otros incluso para ser felicitados. Muy pocos en sábado, por
propia voluntad y sin que nadie los haya llamado, cuando el resto de los chicos de su curso pasan el
día en Hogsmeade. Pero Severus Snape siempre ha sido un caso peculiar.
Sentado frente a la mesa, el joven Snape parece inquieto pero controla sus nervios con temple
decidido.
- Venía a hablarle de mis opciones cuando acabe el colegio. – Habla casi sin mover los labios,
mirándole con inusitada atención. – Debo saber qué hacer.
Dumbledore hubiera jurado que iba a tratar de algún otro asunto, viendo la gravedad de su
expresión. Siempre un chico tan intenso.
- Claro, naturalmente que podemos hablar. Aunque estoy seguro de que el profesor Slughorn, el jefe
de tu casa…
El ―no‖ rotundo que emerge como una fuerza de la tierra de sus labios detiene en seco lo que
Dumbledore tenía pensando decirle. El muchacho se ensombrece con la fuerza inesperada de su
propia voz. Le mira, a través de mechones de pelo sin orden y en la ausencia total de emoción de
sus ojos se adivina una furiosa tormenta interior. De siniestras olas y descabelladas mareas que
apenas llegan a la superficie.
- Quiero hablar con usted. Es el mago más grande del mundo, dicen. Debo –subraya las palabras al
hablar- tratar con usted de este asunto.
El director tiene más preguntas, ya lo creo. Docenas de ellas, que se agolpan antes de que Albus
Dumbledore, uno de los mejores magos de la historia, tenga tiempo de detenerlas y alejarlas de su
mente. No puede olvidar, después de todo, que se halla ante lo que parece ser un avezado
oclumante. El más joven que ha visto nunca. Desde luego.
Le escucha sin pensar en nada, librando su mente de cualquier cosa que pueda entorpecer su
concentración. El susurro de una voz en su mente es una intrusión profunda.
Se llaman mortífagos y le seguirán sin hacer preguntas, pues tal es su poder. Están siendo
reclutados, también mientras hablamos. Los magos más poderosos. Incluso aquí, en Hogwarts.
Delante de sus narices.
La oclumancia es la más cercana a las Artes Oscuras entre todas las ramas de la magia. Pero si lo
que el muchacho dice es verdad, verla tan desarrollada en un alumno de diecisiete años, debería ser
la menor de sus preocupaciones.
Espera de nuevo a la voz. Pero el joven guarda silencio por un largo periodo de tiempo. Los cuadros
miran, pero al igual que Dumbledore, esperan a que el joven cuente lo que ha venido a decir. Nunca
lo cuenta, esa es la verdad. Se limita a enseñarlo, levantándose parte de la túnica, hasta dejar al
desnudo su antebrazo. Allí, una marca tenebrosa, en forma de calavera marca sus dientes en la
carne.
- Si ellos preparan un ejército, tendrá usted que preparar otro. Porque esto ya ha empezado.
De todos los caminos posibles, piensa Dumbledore, no se le ocurre otro con mayores tentaciones y
peores peligros que el que Severus Snape elige para sí mismo esa mañana, en las paredes milenarias
del castillo. Ninguno, desde luego, tan solitario como el camino de aquel que elige ser un enemigo
en cualquier bando en el que se halle. Odiado por todos, sin obtener nunca nada, ni ver reconocido
un sacrificio. Aunque el chico que tiene delante no parece esperar nada. Se limita a mirarle con
intensidad, envuelto en magia demasiado avanzada.
- Cuando elegimos nuestro futuro, hijo, debemos pensar en qué esperamos obtener.
Y en su mente, Dumbledore oye, tal vez sin que el chico lo desee ―y si esperara algo, no podría
obtenerlo, ni debería desearlo”.
Junto a ellos, el viejo Fawkes gime una sola vez y se consume en una racha de fuego amarillento.
Un humo negruzco con estrías rojas ocupa su lugar en el nido y cuando se dispersa, allí está de
nuevo el pájaro recién nacido. Esperando a crecer mejor y más fuerte que lo que era antes de su
aparente defunción. Un animal realmente magnífico, el fénix.
Es lamentablemente hora.
El pequeño Fawkes se agita en su nido, todavía incapaz de abrir las alas. Solo la simiente de lo que
acabará siendo.
Madame Pomfrey entra en la enfermería con pasos briosos y la bandeja del desayuno en la mano.
Le pregunta qué tal está y se interesa por cómo ha pasado la noche.
- El sueño lo cura todo – argumenta la enfermera. – Y sabe dios que no tiene usted mucho descanso
con sus amigos siempre rondando. Potter especialmente.
Peter suspira.
- ¿Y eso? Pero si parece que hay que separarles a ustedes con cirugía muggle.
- Sí, bueno. – Se encoge de hombros, encaramado en la cama del fondo y abrigado con mantas y
autocompasión. – Excursión a Hogsmeade, ya sabe. Y ahora que James tiene novia… - deja caer
algo de lástima y cuando Madame Pomfrey se agarra a ella y le regala un poco de compasión, se
siente reconfortado. Un consuelo viscoso, cuando no queda otra cosa.
Al final sí recibe una visita. Remus le trae un libro para distraerse. Aunque quien parece distraído es
él.
- No estaba de humor.
- ¿Sirius?
Tal vez sea a él a quien busca mientras mira por la ventana al vacío, en lugar de mirarle a él. Pero
bueno, quién se fija en Peter. Nadie presta atención, ni sabe, ni sospecha. Es lo que tiene estar en el
rincón. Siempre pasas desapercibido.
Espera
Cuando los alumnos de cursos superiores de Hogwarts tienen permiso para salir a Hogsmeade, el
pueblo se llena de gente. Pero a eso de las siete en verano y de las cinco en invierno, los chicos
vuelven al colegio y Hogsmeade recupera la normalidad. Ese día, dos alumnos se quedan más
tiempo del autorizado y el posadero cojo que atiende en El Posadero Cojo – la única pensión de
Hogsmeade- sabe perfectamente que ninguno es mayor de edad cuando les da la llave para subir a
la habitación del ático. En el libro de huéspedes firma la chica, que seguramente ni se llama Eva, ni
está tan tranquila como aparenta.
En la habitación del ático hay sábanas limpias, un baño en el que la puerta chirría y una ventana con
cortinas blancas que da a un patio trasero desde el que se divisa a lo lejos, una de las torres de
Hogwarts. A Lily no le tiemblan las manos pero cuando se ve reflejada en el espejo del tocador, se
ve lívida y por millonésima vez durante la última semana se pregunta qué está haciendo y si James
estará tan nervioso como ella.
Solo es sexo. Lo hace todo el mundo. En el colegio no hay intimidad y si las cosas siguen así,
acabarán haciéndolo en el cuarto de las escobas, arriesgándose a que McGonagall les vea o algo
igual de horrible y embarazoso. Además. Cuanto antes lo hagan es mejor porque ha leído cómo va y
las primeras veces uno no puede contar con que sea nada del otro mundo. Es mejor quitarse de
encima las partes desagradables cuanto antes. Por no hablar de lo mucho que piensan en ello y la
pérdida de energía que eso supone. Cuanto antes acabe uno con las cosas que distraen, mejor.
Todo es muy razonable.
Lleva varios minutos mirando su propio reflejo. Y James la mira con cara de susto. Se apresura a
contestar ―estoy aquí, sí”. Se aclara la garganta. La mejor manera de sentirse segura es aparentar
seguridad.
Se tira en la cama con fuerza, hace rebotar el colchón hasta que suena y proclama que es
―comodísimo para perder la virginidad”. Primero Lily se escandaliza, luego le ve la intención en la
mirada y se ríe, notando cómo se suelta el nudo del estómago. Al menos un poco.
- ¿Por qué estamos aquí, Lily? No digo para qué. Pero por qué.
Lily se sienta en una esquina de la cama. Muy despacio, como si se fuera a romper. Enumera para
James todas las razones que se ha dado a sí misma.
- No es solo eso. Es que, no puede ser, ¿no te das cuenta? Tú siempre seguro y con las cosas claras
y yo siempre poniendo límites. Me canso, James, de ser la mala en esto.
Durante un rato solo se oye el tic tac de un reloj en alguna parte del edificio y el ruido de una
tubería con aire. Luego la voz de James, en perfecta y suave calma.
- Entonces haré yo de malo y me negaré a acostarme contigo. Porque no es que sean malas tus
razones, Lily, pero creo que no debería haber ninguna razón.
Sábado por la tarde. Casi de noche. Abril en Hogsmeade. Séptimo curso. Primavera de 1977 y en el
umbral de una guerra de la que no todos sobrevivirán. Lily recordará siempre esa imagen. La cama
y James sentado. Y el momento en que le vio mayor, desprovisto de la infancia, nada más y nada
menos que un hombre. Le quería antes. Pero solo en ese momento, confía en él lo bastante como
para poner su corazón en sus manos, sabiendo que lo guardara mejor que ella misma si hace falta.
Es patético. Pero tiene que tragarse un nudo de algo que parecen lágrimas. James la mira un poco
horrorizado por la idea, un poco escandalizado.
- No voy a… dios, ¿por qué sales conmigo si crees que soy tan horrible? ¡No voy a dejarte!
Balbucea ―no voy a…‖ y ―hay que aguantarse‖, mientras se lleva las manos al pelo.
- Lily no voy a dejarte. No ahora. Ni mañana. Nunca. ¿Entiendes nunca? Pues nunca. Tendrás que
dejarme tú. Tendrá que pasar algo horrible para que te deje. Y con algo horrible, me refiero a que
tendrán que enterrarme.
No lo dice como se supone que uno hace grandes declaraciones de amor. En verso y con la mirada
temblando de pasión. Lo dice sin más, como cuando uno constata que hace frío o que está
lloviendo. Hace que Lily se sienta la chica más estúpida de todo el planeta. Posiblemente, la más
afortunada. Pero SIN DUDA, la más lela.
- Pero todavía podemos dormir juntos. Si quieres. Prometo quedarme en mi lado de la cama.
- ¿Bromeas? – Se sube las gafas. – Voy a dormir con Lily Evans. Es la mejor tortura que se me
ocurre. Y de todos modos, al Profeta le contaré una versión más picante. Diré que tú llevabas un
corsé.
- ¿Corsé?
Las sábanas huelen a lavanda. Lily le besa hasta que huelen a ellos. No es la noche que ninguno
esperaba. No la primera vez que buscaban pero muchas primeras veces. Conversaciones
intrascendentes sobre la cama. Se dan de la mano, se cuentan cosas que solo importan a altas horas
de la noche, se duermen muy despacio. Es una noche improvisada, de dormir juntos e intimar con la
ropa puesta. No la cambiarían por nada. Ni por todas las noches del mundo.
Al otro lado de la ventana, la luna menguante zarandea el viento, moviendo las nubes a un lado y a
otro, como si buscara asiento en el lecho del cielo.
Décima parte
La luna. Más tarde Remus querrá echarle la culpa a ella. Una opción más cómoda que echarse la
culpa a sí mismo. Y más fácil de explicar porque, hasta donde él recuerda, no estaba enfadado
cuando subía a la torre. Es más. Después de un día solo, leyendo a Elliot en la biblioteca se sentía
con ganas de hacer las paces con Sirius. Decidido a tragarse la desazón y hacer punto con ella, si
hiciera falta.
Pero no se siente así cuando le ve, de vuelta de Hogsmeade, oliendo a cerveza de mantequilla y
enseñando el tatuaje con la camisa medio desabrochada, como si la vida fuera un campeonato en el
que exhibirse para ganar. Llega con su perenne mal humor y es verle y sentir la irritación subiendo
un par de grados. Luna menguante a lo lejos y si alguien le preguntara por qué empiezan a discutir
Remus diría ―no me acuerdo‖.
(Mentiría)
Empiezan a discutir por lo de siempre y no es la luna. Empiezan a discutir porque Sirius ha puesto
sus cosas sobre la cama de Remus por enésima vez y esa costumbre que a ratos le parece hasta
enternecedora (las cosas de Sirius en su espacio), de pronto le irrita sobremanera (Sirius siempre
está invadiendo sus cosas).
Podría decir ―no te enfades‖ o su habitual ―no flipes‖ pero dice ―no te calientes‖ porque
deliberadamente usa la promesa del sexo que no tienen como castigo. A Remus le chirrían los
dientes de puro mal humor. Nunca se ha peleado con él como James, pelearse físicamente y con
todo el cuerpo, pero en ese momento le atizaría. Fuerte.
- No estoy caliente.
(Miente)
Sí lo está. Está caliente desde que Sirius salió de la enfermería como si nunca hubiera ido. Con su
pelo maravilloso y sus grandes zancadas, alardeando de que tenía una nueva lesión de Quidditch.
Está caliente desde que le vio en la ducha en tercero y se fijó en la curva de su culo y perdió toda la
sangre y pensó ―mierda, ¿por qué esto también tiene que pasarme a mí?‖. Está caliente desde que
Sirius volvió de Hogsmeade con un tatuaje. Está caliente y ardiendo de ira, y enfermo de quererle
desde que le vio en primer curso y siete años después, cayendo de una escoba. ¿Caliente? No. Está
ardiendo.
Toda su indignada apariencia dice que sí. Su voz, afirmando que ―es mi cama, Sirius” dice que sí.
(Mentira)
- ¿Cómo dices?
- No estás cabreado conmigo por la ropa o porque ponga las cosas en tu cama. Y tampoco estás
cabreado conmigo porque me caí de la escoba o porque me volví a levantar. Déjalo ya.
Eso no se lo espera.
Realmente siente curiosidad. No sabe a dónde quiere ir a parar Sirius. Naturalmente que está
enfadado con él por lo del Quidditch. Está enfadado con él desde entonces, ¿por qué iba a tener
ganas de pegarle, si no fuera por su temeridad y por su legendaria estupidez? Sirius se quita la
chaqueta, como si se preparara para una pelea en un callejón oscuro, con cascos de botella rotos y
navajas mal afiladas. Le da una respuesta que no espera.
- Estás cabreado contigo, Lupin y eso es lo que te jode. Porque era fácil pensar en mí cuando no era
real pero ahora es real y te duele y si me pasara algo, eso acabaría contigo y eso es lo que te jode. –
Una mirada cruel, típica de sus retratos de familia. - ¿No, Lupin?
(Mentira)
Pero no lo es.
Y Sirius lo sabe.
Y huele a cerveza de mantequilla y a una tarde entera en Las tres escobas. Posiblemente con el
equipo de Quidditch. Posiblemente haciendo esa despedida que habían prometido después de que
Sirius saliera de la enfermería. Toda la tarde fumando y bebiendo, contando anécdotas de partidos.
Mano a mano con media docena de chicos que creen que Sirius es el tío perfecto. Abrazándose y
brindando, maldito Quidditch, malditos chicos, maldito Sirius.
(Está mintiendo)
- Eso es lo que te fastidia, ¿eh Remus? – Su aliento a un palmo. Cerveza, tabaco, chicos. Sí, ha
debido estar con el equipo. Huele a hombre, el bastardo. - Por una vez en tu vida no lo has
calculado bien, Lupin. Y no has conseguido distanciarte de todo y te has olvidado de no querer
demasiado, no vaya a ser que duela cuando lo pierdas.
Es la verdad.
- Suéltame.
Podría soltarse él si quisiera. Pero está viendo la luna a través de la ventana y tal vez no quiere,
después de todo.
Sirius no le suelta.
Ni se calla.
Escupe la verdad como veneno, y con la intención de hacerle daño. Pero eso no significa que no sea
verdad.
- Esta vez lo has hecho mal, Lupin y eso es lo que te tiene cabreado. ¿Duele cuando algo te importa
tanto que no puedes controlar lo que sientes, eh? Bienvenido a mi vida.
Que si duele, dice. Dueles tanto que me gustaría matarte con mis propias manos, Black.
Se está quedando sin sangre en el brazo. Sirius le sujeta con los dedos y con las uñas y con
toneladas de furia. Pero no son nada comparado con lo furioso que se siente él. Le gustaría que
estuviera llena la luna, al otro lado de la ventana. Para poder transformarse y hacerle daño.
- Suéltame.
Es una amenaza.
Suéltame o arrepiéntete.
No es la primera vez en su vida que nota sensaciones fuera de su control pero es la primera vez que
no le importa.
(…)
Todo lo que se guarda siempre. Al fin sale a la superficie. Sirius tiene razón. Se previene contra
todo mal distanciándose. Procura que nada le importe para no sufrir cuando lo pierda. Se despide de
las cosas nada más obtenerlas. Hubiera sido feliz queriéndole sin tenerle. Pero tuvo que llegar él y
darle piel y darle sexo y darle carne. Tuvo que llegar él y romper sus murallas defensivas. Sirius
Black, el terrorista del sexo, el que besa cuando quiere y se folla a quien quiere. Tuvo que llegar
para atormentarle. Algún día le hará tanto daño que Remus desearía no quererle. Pero le quiere
tanto en ese momento, que no le queda más remedio que hacerle pagar. Tiene que entenderlo.
- Me atormentas.
Sirius le mira desquiciado. Sudando como un animal. Jadeando por la lengua. De un humor de
perros.
- Demuéstralo.
Las chicas le miran en los pasillos y suspiran. Remus (…) mucho más adentro que ese tatuaje,
piensa hacerle pagar por el tormento de quererle.
(…)
Domingo tarde, casi anochece cuando le ve por primera vez desde la visita a Hogsmeade. Sirius
aprieta el paso, da con él en el claustro y se planta delante.
- La gente se lo pregunta y la pregunta debe ser contestada. James Potter, ¿héroe de la Gran Bretaña
o todavía virgen?
Dos pasos, vuelve a tomarle la delantera. Le frena con una mano en el pecho, su tajante ―tsk, tsk,
tsk, Potter, quieto ahí‖.
- Hay dos maneras de hacer esto y solo una incluye que no tenga que echar Veritaserum en tu
desayuno mañana mismo. Cuenta. Di. Confiesa.
- Voy con un poquito de prisa para la cena, Sirius. Creo que hoy toca pastel.
Pastel, tal vez. Lo que seguro que toca es drama. Porque cuando Sirius no consigue lo que quiere, le
soborna sin tregua, ―siete años de soportarte y ahora esto”, ―sabía que cambiarías si salías con
ella”, ―a lo mejor siempre he estado equivocado y no somos tan buenos amigos”. Cuando eso no
funciona, el habitual golpe bajo.
Se rinde.
- Hablamos.
- Bueno – le chincha Sirius-, follar y fracasar, las dos empiezan con la misma letrita.
- No fracasé. ¿No me has oído? Hablamos, dormimos juntos. Cuando me desperté olía a ella. Pensé
que no me iba a duchar nunca más. – Resplandor en la mirada. – Fue la mejor noche de mi vida.
Pero sabía que te reirías si te lo contaba.
- Hay quien diría y no estaría muy desencaminado, que realmente me criaste. También hay quien
dice que llegaste a amamantarme pero no hagas caso de rumores.
Le dice ―ja, ja‖ y le da una patada a una pelota de goma perdida en el claustro. Algún niño de
primero. Espera que Sirius no tardará mucho en insistir. No se equivoca. Todavía están en el
claustro cuando pregunta, ―oye, espera un segundo”.
- Si no hicisteis nada, aparte de hablar y todo eso tan bonito, ¿por qué llegas tan tarde?
Las victorias mejores son las que llegan de manera inesperada. James se sube las gafas, se muerde
una sonrisa para que no resulte demasiado triunfal.
- Me preguntaste qué hicimos anoche, Canuto. Pero no qué hemos hecho esta mañana.
Undécima parte
Lily se recoge el pelo con una cinta. Una coleta llena de rizos, que le deja la nuca al descubierto. La
fabulosa nuca que hizo que James se enamorara de ella, millones de años atrás. Después, se lava la
cara en el lavabo, se seca metiendo la cara en la toalla. Luego hace algo con esos rizos que se
sueltan de la coleta. Los humedece con el agua del grifo y mete los dedos dentro boca abajo.
Cuando levanta la cabeza de nuevo, parecen más rizados.
El primer pensamiento de James al despertarse es que es injusto que se haga de día pero ahora que
ve a Lily en el baño a través de la rendija de la puerta –toda esa luz inundándole el pelo- cree que el
amanecer es con mucho lo mejor que podía pasarle.
- No quería despertarte.
- No estoy despierto.
- ¿Ah, no?
- No – le explica. - Si estuviera despierto, estaría oyendo roncar a Peter. Y Sirius estaría boceando.
Ya sabes, gritando, ―¡levántate y anda, Potter!‖ o algo así. No estaría contigo.
Tumbado en la cama en vaqueros y camiseta y con una manta echada encima. Nah, es un sueño.
Está claro.
- Como un tronco.
Lily agacha la cabeza, suspira ―bien‖ contra sus labios, ―entonces no habrás sentido esto”. Labios
calientes, un poco de lengua, ―no‖, miente, ―no he sentido nada‖. Cosquillas en el estómago, ganas
de desperezarse y tumbarla en la cama, ―estoy totalmente dormido, ya ves”. No quiere volver al
colegio, renunciar a Lily agachándose junto a él, ―entonces tendré cuidado para no despertarte,
Potter‖. Leve como el cristal, Lily se tumba junto a él, ―vamos a ver si tampoco sientes esto”, sus
dedos debajo de la camiseta, un momento en el estómago, un rato en el pecho, besos en la nuca, -
―nada” -, empieza a respirar más corto, -―sigo totalmente dormido”. ―Ya veo, ya” mientras le
desabrocha los pantalones, ―me alegro mucho” mientras mete una mano, ―porque me daría
vergüenza hacer esto si estuvieras despierto”. No sabe qué es lo que le da vergüenza si ya lo han
hecho antes, si lo hace tan bien pero ―yo también me alegro” y le deja hacer, conteniendo la
respiración cuando Lily se agacha, batiendo las pestañas nerviosa, lamiéndole el estómago bajo al
camiseta y más abajo.
Larga estría de saliva – ―¿Lily?‖- más abajo cada vez, y ella dice ―sshhh, vas a despertarte, James‖
y le sigue besando. Un asomo de duda, al principio y luego maniobras con su calzoncillo y los
pantalones en las rodillas y James piensa en cosas desagradables como caer en un nido de serpientes
y Snape en ropa interior pero no funciona porque toda la sangre se agolpa ahí, donde los labios de
Lily hacen una o y la lengua revolotea y lame, ―dime si lo hago mal”. ―Noaahh” con más intención
que experiencia, de eso James está seguro pero la manera en la que Lily duda y su forma de
sorprenderse y su boca probando en lugar de sabiendo, eso es lo que lo hace increíble y brillante y
un poco demasiado intenso para que dure mucho tiempo. James está caliente y a medio camino
dentro de la boca de Lily Evans, se considerará afortunado si no se muere allí mismo. Apenas puede
disfrutarlo porque su mente se ha cerrado –exceso de sensaciones-, y posiblemente sí, posiblemente
esté todavía dormido. Lily le mira, mientras lo hace. A ratos, como un experimento de pociones,
totalmente concentrada y tratando de resolver un problema complicado. Resuelve distintas formas
de besarle y de lamerle y de acariciarle con la mano mientras lo hace. Una alumna aventajada,
James se siente como deberes bien hechos y disuelto por debajo de la cintura. Entonces Lily le mira
distinto, los ojos vidriosos, los labios llenos de sangre. Agacha la cabeza, le mira mientras lo hace.
Puede ver su lengua, lamiendo como los gatos y luego largos círculos de saliva. Lily lo nota, la
tensión desbordándose –―¿pronto? ¿quieres que pare?‖-. Qué pregunta. “Pronto pero no –“ no
quiere obligarle a que siga, ―no pares si no quieres”. Se le cierran los ojos, se le hunde el cuerpo en
el colchón. Nota su mano, acariciando espasmos de placer y nota algo más caliente que una mano.
Una lengua, unos labios, no sabe. Nota que se va. Mucho, largo, lamido y besado y mucho. Muy,
muy largo.
Cuando vuelve en sí, Lily ha vuelto a su lado, tumbada pero mirándole. La cabeza sobre la
almohada, se lame los labios y James no debía estar deshecho del todo porque eso le deshace un
poquito más. Y su voz, constatando, ―sabes raro”, no cree que eso sea bueno, ―¿eh?‖ pero Lily se
apresura, casi riendo, ―no mal, raro, distinto‖. Ante eso no sabe qué decir, más que nada porque –
acaba de caer en la cuenta-, él no tiene ni la más remota idea y tampoco sabe –ahora que lo piensa-
cuál es exactamente el sabor de Lily.
Siete años de victorias en el Quidditch y McGonagall siempre ha dicho que ha ganado más veces
por afán de competición que por talento. No puede ser que ella lo sepa y yo no. Lo que Lily ha
hecho es sacarle la delantera con un ataque por sorpresa. No sería mala, si le gustara el Quidditch.
- James qué -
Cogida de improviso – ella, esta vez- se queda sin necesidad de preguntarlo, porque es evidente qué
trata de hacer James. La tumba en la cama, de repente es urgente que lo haga y que lo haga ya.
Lleva falda –bendito sea Merlín- y cuando mete la mano debajo, unos segundos acariciándole las
piernas y encuentra las bragas –incluso las bragas- húmedas. Los tres –James y Lily y la habitación
con ellos- se llenan de vapor. Esta vez es él quien dice –―dime si lo hago mal”- y es ella la que
suspira entrecortada –―espera, no tienes que-―, una discusión sin finales, con la falda en la cintura, -
―pero quiero, Lily”. Por instinto, ella cierra las piernas un poco. James las abre con las manos, besa
con lengua detrás de las rodillas y en las piernas, donde la piel es más sensible. Mordiscos suaves,
solo para besar encima y Lily tiembla –―¿no te da… cosa?”-. Al fin la lengua, entre los labios
interiores, -―no‖.
Sabe a chica. No tiene otra manera de expresarlo. Sabe a chica y a mar. La lengua resbala sola y
justo cuando James está pensando que le gustaría saber cómo se siente Lily y si lo está haciendo
remotamente bien, recibe su respuesta. Un gruñido que no había escuchado nunca, Lily abre las
piernas de tal manera que es una provocación, más que una invitación. Arquea la espalda y se
mueve contra sus labios, ―así‖, se mueve como si cabalgara, ―así”, chocando y apartándose sin
apartarse del todo, ―justo así”. La página ciento tres de ningún libro puede hacerle justicia a lo que
están haciendo. Tiene los dedos de Lily metidos en el pelo, quiere decirle algo –resbalas, estás
caliente, te quiero- pero la que habla es Lily y las fuerzas que se han apoderado de ella. ―James, un
dedo‖ le pide, ―solo uno”. Sabe que no olvidará esas palabras nunca. Lily Evans a medio vestir, la
ropa interior en el suelo, pidiendo ―dos, pero despacio”. Es despacio, al principio, luego no tanto
porque no se le puede pedir a nadie que sepa lo que está haciendo cuando lo hace por primera vez y
menos si lo hace con Lily y menos si ella está así, moviéndose, suspirando, hablando. Estrecha pero
cada vez menos, caliente, rígida, muy quieta de pronto, luego latiendo, temblando, su nombre
repetido una y mil veces JamesJamesJames, mil y una veces, James. Alrededor de sus dedos, nota
la contracción de los músculos y wow, si notara eso en otro sitio sería wow.
Los besos que se dan después saben distintos y son lo más íntimo que han hecho nunca. Largos
besos húmedos y salinos. La lengua de Lily nunca ha buscado tan profundo en su boca.
- Si hubiera sabido que rechazarte tendría estos efectos, lo habría hecho antes.
- ¿James?
- Qué.
- Quítate la ropa.
- ¿Qué?
- Y desnúdame.
Incluso en ese momento, no se da cuenta exactamente de lo que está pasando. Pero obedece por
instinto. Camiseta y pantalón fuera y Lily le ha pedido expresamente ―desnúdame‖, así que
obedece, cumpliendo todas sus fantasías al quitarle la ropa. Se ha imaginado muchas cosas, muchas
veces pero ―desnúdame‖ sobrepasa incluso sus mejores escenarios posibles. Cuando cree que no
puede haber nada mejor, su cuerpo desnudo se roza con el cuerpo desnudo de Lily en la cama y
todas sus fantasías son estupideces comparadas con las sensaciones de toda esa piel y todas esas
partes tocándose, acariciándose, frotándose, resbalando unas contra otras. Podría estar así horas y
correrse solo con el contacto de las piernas de Lily en la cintura y la fricción del uno contra el otro.
Lily tiene otros planes y maniobra para ponerse encima, ―pero tú no te muevas”. No sabe lo que
pretende y no lo ve venir y cuando lo nota no está seguro de notarlo realmente. Tal vez su
imaginación. Demasiado despierta. O tal vez él, que sigue dormido. O tal vez Lily, que sujeta su
erección con una mano y está a horcajadas sobre él y ordena ―estate quieto” y no sabe lo difícil que
es, estarse quieto cuando sabe Merlín lo que intenta y su cuerpo encima y más que encima, ahí,
envolviéndole.
- ¿Lily?
Voz que suena desesperada. Ella tiene los ojos cerrados. ¿No ha sido… realmente a…? Pero no del
todo-
No se está moviendo pero “vale, sí, vale”, procura estarse quieto. Quiere preguntar ―¿te duele?‖
pero no le sale. Se siente un poco ridículo, como si la cosa no fuera mucho con él pero claro, no es
él el que tiene esa expresión de dolor, y se muerde los labios para contenerla. Él simplemente nota
calor y aguanta las ganas de embestir y piensa que es un cerdo y que le está haciendo daño a Lily y
merece un castigo o algo así.
Se queda quieto un rato. No sabe cuánto. Cuando Lily deja de parecer angustiada y se mueve un
poco sin que aparezca ningún signo de dolor en su cara, James al fin pregunta ―¿estás bien?” y
respira tranquilo con su pequeña sonrisa.
- No hacía falta.
No es perfecto. James está demasiado preocupado por Lily y ella se mueve muy despacio y lo
último que quiere es hacerle daño. Lo hacen un rato así, con ella arriba. Y otro rato con ella abajo y
casi se siente culpable cuando nota que se acerca un orgasmo. Pero no puede evitarlo. Desnudo,
Lily en todas partes, sus besos, ese calor tan estrecho. No puede. Intenta no moverse mucho, la
avisa –―creo que, me parece que”-, está perdido cuando ella le da permiso – ―quiero notarlo, por
favor”.
No, no es perfecto. Es brillante, incómodo, húmedo y distinto. Dentro de Lily, nada menos. Su
cuerpo le abraza durante el orgasmo, como nada le ha abrazado antes. Intenso. Sí, sobre todo es
intenso. Y real.
- Sal despacio.
- Lo siento, no te
Le interrumpe besándole. ―No sé lo que te han contado pero la primera vez por lo general, suele ser
bastante peor que esto”. Se lo toma como un cumplido. Lo puede asumir, no ser un dios del sexo,
―mientras haya otras veces”.
- Me alegro de que me saliera mal – dice, y James no sabe a qué se refiere. Pero parece contenta y
casi le da igual.
Tiene ganas de estar más cerca de ella, darle la mano. Algo. Le acaricia la cara, frotando la nariz
contra la suya, perdido en rizos y ganas de estar toda la vida con ella. Le pregunta ―qué es lo que te
salió mal” y ella besa, habla despacio, juega adivinanzas con su flequillo.
- Lo de intentar no quererte – dice-. Lo intenté muchas veces y me salió todas mal. – Beso sin
lengua, labios tiernos, merecen ser besados a conciencia. - Y no sabes cuánto me alegro, James.
Sonríe en su nuca, debajo de su pelo, en todas partes. Tardan un rato en levantarse de la cama.
Metidos bajo las sábanas, con tantos sitios que tocar y tanto tiempo para besar y tantas cosas nuevas
por hacer, resulta difícil resistirse a la tentación. Sienten que les sobra tiempo aunque les falte.
Tienen razón. Después de todo, con apenas dieciocho años todavía son inmortales.
Que tarareen tus amigos cuando no te sepas la letra (With a little help from my friends)
La idea se le ocurrió a James pero Sirius siempre dirá que la idea fue suya porque fue él quien sacó
durante el desayuno el tema del coche de Remus y lo trágico que resultaba tenerlo metido en un
garaje cuando carreteras perfectamente bien hechas en el Reino Unido pedían que alguien las
calentara con los neumáticos. Peter dijo ―tú con tal de calentar…‖ y todos acompañaron la broma
con risas y decidieron que no sería mala idea una excursión. Después de todo, tenían un domingo
libre después de los exámenes y era raro que amaneciera con sol en Escocia.
Fue James quien convenció a Lily para unirse y Remus el que encantó el interior del coche para que
cupieran todos. Suya era la cámara Polaroid que llevaba diez años sin usarse pero Lily le puso papel
e hizo la mayoría de las fotos. El mérito de arreglar la radio hubo que atribuírselo a Peter. Todos
quisieron conducir pero Remus fue tajante cuando Sirius intentó coger el volante.
- No.
- Lupin, un ratito.
- No.
- ¿Es no en plan ―no‖ o es no en plan, ―aquí no que pueden vernos pero en realidad sí que quiero‖?
La rueda trasera derecha se pinchó a treinta millas de Hogsmeade, lejos de cualquier garaje muggle
donde poder arreglarla. Tardaron un rato en comprender que ese ruido como de alas de helicóptero
era de hecho un reventón en la rueda trasera derecha. Examinaron el objeto en cuestión con cara de
circunstancias durante un buen rato, con el coche tirado en el arcén. Sirius sentenció que el
neumático parecía sencillamente ―chof‖. A James le pareció que era más bien ―chof profundo‖.
Peter dictaminó ―hemos pinchado‖ pero no sabía exactamente qué se debía hacer y leyó el manual
del coche durante cinco minutos antes de dar con la rueda de repuesto. En ese rato, Sirius propuso
quitarse la ropa ―para que la rueda se ponga dura”. Argumentó ―suele funcionarme con Remus” y
lo hizo posiblemente para que James dijera algo parecido a lo que dijo.
- ¿La de desnudarme?
- La de que te calles.
Al final le tocó a Lily cambiar la rueda porque era la única que había visto hacerlo alguna vez.
Cuando terminó James proclamó ―¡mi chica es un genio!”, la abrazó en volandas, se le llenaron las
manos de grasa y no le importó, “¡llevaré esta grasa para siempre!”. Sirius masculló que era mala
suerte pinchar el único día que salían pero Remus pensó que si solo pinchaban una de cuatro, la
estadística no estaba tan mal. Hicieron varias millas a una velocidad que era ―prudente‖ en opinión
de Remus y ―ridícula, desquiciante y sobre todo, aburrida‖ en opinión de Sirius, que insistió al
menos una docena de veces para encantar el coche y hacerlo volar hasta Gales.
A Gales no, pero llegaron una playa de arena granulosa en un extremo y grandes rocas de canto
rodado en el otro. Soplaba un viento erizado que alejó las nubes hacia el mar y dejó un cielo azul
claro, que por algún motivo, parecía azul verdoso en el papel polaroid de la cámara de fotos. Lily
fotografió el coche con las puertas abiertas, las piernas de Sirius colgando a un lado y las de Remus
al otro. Ambos metidos dentro oyendo una versión larguísima de una canción que el viento arrastró
como a las nubes, desperdigando notas al viento.
Fotografió a Peter con los pantalones enrollados hasta las rodillas, cogiendo cangrejos en la orilla y
le costó enfocar la imagen porque James no dejaba de abrazarla por detrás.
No hizo frío, en realidad y el abrigo negro que había comprado en el Soho durante las navidades del
año anterior le llegaba casi hasta los pies. Aún así, dejó que James desenfocará unas cuantas fotos
con sus abrazos inesperados y esa forma de tocarle la nuca con las yemas de los dedos y los labios
entreabiertos, murmurando ―te quiero” en su oído. Les enseñó a él y a Sirius a sacar fotos muggles
y se fotografiaron los pies y se fotografiaron las manos y bromearon con fotografiarse otra cosa y
poner punto y final a una discusión legendaria comprobando con pruebas quién la tenía realmente
más grande. Remus cogió la cámara antes de que la cosa pasara a mayores.
Usó la cámara para intentar fotografiar a Sirius sin que se diera cuenta cuando se quedara quieto
pero Sirius no era capaz de quedarse quieto y se conformó con sacarle de perfil cuando miraba al
objetivo a contraviento, con el flequillo en la cara y la expresión intensa de sus momentos más
perrunos. Esa mirada entre la alegría y la furia. Cuando la polaroid se reveló a Remus le pareció que
era guapo más allá de lo razonable pero que aún así, la foto no le hacía justicia. Pero no estaba mal
del todo.
- Me alegro – le dijo Lily, mirando la foto por encima de su hombro. - De que hayas hecho las paces
con él.
- Me alegro.
Remus fotografió también a Peter quitando el pepino del sándwich antes de comérselo y cuando
Lily le cogió la cámara sin que se diera cuenta salió él en una foto, con las manos en los bolsillos,
mirando a las rocas, pensando en algo que parecía importante pero no lo era porque por un segundo,
Remus no estaba pensando en nada y el viento desterraba preocupaciones y dudas. Lily quiso
fotografiarles a los cuatro juntos. Peter con el pantalón arremangado, agachado delante. Remus con
las manos en los bolsillos. Sirius en sintonía con el viento. James y la sonrisa bajo las gafas.
Aquella fotografía se la llevó el viento, una racha que golpeó fuerte, anunciando tormenta. James
corrió detrás, la cogió al vuelo, le dijo a Lily, ―tendrás que cogerla tú si la quieres” y la discusión –
que no lo era- acabó en empate técnico, con los dos sentados sobre las rocas. Lily le quitó las gafas
para vengarse y cuando el viento agitó el abrigo y la falda, Sirius les sacó una foto sin decir una sola
palabra. Se hablaban al oído y era larguísima, la pierna casi desnuda de mujer que se veía en aquella
foto que se fue revelando despacio, tomándose su tiempo antes de aparecer en el papel polaroid.
Cuando la vio, Lily se sonrojó despacio y sonrío aún más despacio cuando Sirius le dijo ―más te
vale cuidar de nuestro pequeño cuatrojos”.
Sirius miró por el objetivo de la cámara, sacó a James atendiendo a los cangrejos de Peter.
- Le he dado la mejor educación, Evans. – Suspiró dramáticamente. – Pero les das amor y cariño
incondicional y al final te dejan por una pelirroja cualquiera. – Lily le siguió el juego murmurando
―menuda arpía‖. – Y no es un mal chico, ¿sabes? Ya te lo dije, malas compañías. Ése ha sido
siempre el problema.
- No tan malas.
Sirius tardó un rato en entender lo que quería decir y disimuló pronto lo que sea que sintió,
ofendiéndose de inmediato, diciendo ―eh, guapa, retira eso‖ con exagerado ardor y muy poca
convicción.
- No sé si sabes que James me prometió que a vuestro primer hijo le pondríais Sirius.
- Además. ¿Crees que aceptaré cualquier cosa solo porque James la haya decidido? Esto no
funciona así, Black.
- No, claro.
Ni siquiera pudo disimular su decepción repentina. Ni el brillo de su mirada, cuando Lily le regaló
algo más que una riña antes de tiempo.
- Y que te quede claro también, Black, que si montas a un hijo mío en tu moto te desapadrinaré
inmediatamente. Así es como funciona esto. ¿Te parece bien?
Le pareció mejor.
- Me parece bien.
Viento racheado en todas direcciones. Remus gritó que tenían que irse. Lily se apartó en pelo de la
cara y no vio venir la foto que le hizo Sirius. No se le veían casi los ojos, se protegía del viento con
las manos. Frágil y fuerte. A James le encantó la foto.
Se marcharon antes de que las rachas que soplaban del norte trajeran malas noticias y merendaron
en un pueblecito de nombre Angus, con las varitas en los bolsillos y dinero muggle en las manos.
Descargó una tormenta pasajera en las torres de las iglesias celtas y cuando pasó la nube la playa
seguía siendo roca y arena y el Oxford Morris de Remus Lupin volvía a Hogwarts con los Beatles
en la radio. James y Sirius e incluso Peter al final, les hicieron los coros a John y a Paul. Incluso a
George y a Ringo, que se oían de fondo, solo levemente pero juntos como en las ocasiones
especiales.
Las fotos las guardó Lily, en una caja de galletas en la que hacía años que ya no guardaba galletas.
Escribió, ―un domingo en Angus, mayo de 1977‖ y cerró la tapa con un hechizo, para que no
fisgaran en ella ni elfos cotillas, ni compañeras de dormitorio molestas. En la caja estaba Sirius
lamiéndole la cara a James y James resistiéndose con cara de asco. Estaba Peter huyendo de Sirius
para no correr la misma suerte (de haber tenido sonido, la foto hubiera sonado a Peter diciendo
―¡déjame!‖ y a Sirius ladrando, ―¡ven aquí, ratoncito, te voy a dar tu merecido!‖. Hubiera sonado a
James entre risas, ―ten piedad, Sirius y perdónale‖).
Una de aquellas polaroids acabó en el bolsillo del abrigo de Remus. Él y Sirius, de espaldas a la
cámara. Mirando el mar, aparentemente. Un cigarrillo encendido de mano en mano y todo normal,
excepto por los dedos de Remus en el pelo de Sirius. Remus siempre pensó que la había hecho Lily,
aquella foto. Lily siempre supo que la había hecho James.
Aquella caja de galletas crujía como si todavía llevara arena cada vez que alguien la abría. Crujía a
menudo, cada vez que Lily sentía ganas de pasear de nuevo por un domingo de primavera de 1977.
Le gustaba pensar en aquel día en el que pinchar una rueda de cuatro no fue suficiente para
detenerles. Sacaron muchas fotos, sopló un viento erizado y sonó en la radio una vieja canción de
los Beatles. Una muy conocida en la que se hacen muchas preguntas y se responde siempre de la
misma manera, diciendo que no pasa nada, que lo conseguiré con un poquito de ayuda de mis
amigos.
Cosa mala
Hay una chica. Bueno, Sirius está seguro que hay muchas chicas pero hay una especialmente. Una
Ravenclaw de su mismo curso, con pelo largo y largas piernas, que lleva años haciéndole ojitos a
Remus. Le da los buenos días en los pasillos y las buenas tardes en el comedor como si con ―buenos
días‖ y ―buenas tardes‖ le invitara a pasear por el jardín y esconderse donde nadie pueda verles.
Remus lleva años negándolo pero no es tonto. Tiene que saber que a la chica le gusta. Cuando salió
el tema en la habitación común, incluso Lily tuvo que darle la razón a Sirius y admitir que sí, que a
la chica no se le da bien disimular.
En la casa de los gritos, hace meses que apareció una cama. Nadie pregunta a nadie pero Sirius tiene
dinero de sobra y no hace falta preguntar nada más para saber quién la compró y quién la hizo
aparecer desde Londres. En la intimidad viscosa de la noche, las horas huelen a fin de curso y Sirius
fuma desnudo. Sábanas hasta la cintura y volutas de humo entre ellos.
- Hemos hablado una docena de veces en siete años – argumenta Remus, como si eso significara
algo.
- Que no le gusto.
Se incorpora en la cama. La luz que entra por las rendijas es el reflejo de una noche estrellada.
Sirius insiste ―quiere Lupin por la mañana” y sigue insistiendo ―quiere Lupin por la noche, quiere
Lupin a montones”. A Remus le divierte pero disimula y entorna los ojos. Claudica solo a medias,
diciendo ―posiblemente le caigo bien porque le ayudé con latín en tercero”. El pobre es un caso.
Las mujeres podrían tirarse en sus brazos y arrancarle la ropa y no se caería del guindo.
En la que puede ser su última noche juntos en la casa de los gritos, hablan sobre chicas. Y Sirius se
sorprende a sí mismo diciendo ―en realidad no” cuando Remus le pregunta, con voz casi invisible,
si no las echa de menos.
- ¿Y tú qué? –le devuelve la pregunta y el cigarrillo. - ¿Te acostarías con una chica?
Normalmente cuesta sacarle respuestas que no sean ni si, ni no, ni todo lo contrario pero el sexo ha
ablandado sus férreas defensas y al final, Remus acaba admitiendo que no lo sabe porque nunca lo
ha probado.
- Me resulta difícil pensar en qué situación una chica podría gustarme más que tú.
Le gusto más que nadie. A Sirius la idea le calienta el estómago. Calma su desmesurado afán de
posesión.
Con argumentos así, resulta muy difícil discutir. Así que Sirius se queda con los ojos abiertos en
penumbra y cuando se consume el cigarrillo, Remus se apoya en su pecho.
- Hipotéticamente. Es un juego.
Tres tías, tres nombres y puede preguntarle lo que quiera. Naturalmente, siendo quienes son, hacen
honor a siete años de tradición y discuten sobre las normas. Si tienen que ser del colegio, si tienen
que ser conocidas, si pueden ser figuras históricas –no, Remus, no me vale Madame Curie, alguien
a quien te tirarías, no alguien que escribiera poemas-¸ esas cosas, - Madame Curie no era… déjalo.
Que la primera sea Aly McGraw se lo espera. A Sirius siempre le ha parecido guapa y es fiel hasta
la obsesión con sus afectos.
Lo hace solo para fastidiarle. Alarga la decisión de decir cada nombre y si no fuera por la laxitud
que le impide moverse, Sirius le mordería el culo para vengarse. Claro que entonces difícilmente
Remus pensaría en chicas. Las otras dos son Janis Joplin, una decisión que Sirius aprueba y sí, por
qué no, ―tal vez esa chica de Ravenclaw”.
Lo dice sereno. Posiblemente, lo dice en serio. Pero las cosas son cambiantes, como la luna.
- Ya. A mí tampoco me gustaban los chicos. Te invito a reflexionar sobre la ironía de nuestra actual
situación.
La actual situación es que ambos están desnudos, después de haberse susurrado tócame, bésame,
córrete el uno en el oído del otro durante todo el anochecer. La vida se transforma y te transforma y
mientras Sirius piensa en ello, Remus enciende un cigarrillo y se entretiene fumando, formulando
en su mente lo que quiere preguntar. Con Remus a veces hay que esperar mucho pero el resultado
suele merecer la pena.
Porque hipotéticamente hablando se le ocurren varios más. Solo con Paul y John y George, eso
hacen tres. No es que Paul le guste mucho pero sigue siendo un Vétale. Y están los Stones, que son
cuatro y exceptuando Slytherin, hay un montón de tíos disponibles en el colegio. Y ahora que la
veda está abierta, qué rayos, hipotéticamente hablando seguro que hay muchos que no le dirían que
no.
Ah, eso.
- ¿Follarme?
Sirius piensa a lo largo de tres caladas de nicotina y dudas. Porque lo que Remus quiere saber no es
con cuántos tíos se acostaría, sino algo mucho más difícil. Y es con cuántos tíos llegaría donde ha
llegado con él. Con cuántos dejaría que el sexo fuera intimidad. A cuantos les abriría no solo la
cama, sino la puerta de la casa de los gritos. Hipotéticamente hablando. Al final, la respuesta es
bastante sencilla. ―Mick Jagger obviamente, porque seguro que no deja que nadie se lo haga a él y
tendré que claudicar si quiero llevármelo a la cama”. Remus se ríe en voz baja. Y cuando pregunta
―quién más”, la respuesta también está clara. ―John Lennon, desde luego”.
Dos famosos. El tercero tiene que ser alguien conocido. Para ser justo con Remus.
James.
- Luego tendríamos que obliviarnos pero hipotéticamente, tendría que ser él.
El pelo de Remus le hace cosquillas en el pecho, debajo de la garganta. Donde el tatuaje recuerda
que hay cosas que se llevan bajo la piel y para toda la vida.
- James – medita Remus. - ¿Por qué?
Sospecha que sabe la respuesta. No la respuesta a la pregunta ―¿por qué dejarías que James lo
hiciera?‖, sino la respuesta a la verdadera pregunta que flota esa noche entre ellos. “¿Por qué dejas
que yo lo haga, si ni siquiera te gustaban los hombres?” Sirius toma aire y lo expulsa, como si
hubiera fumado. Algo le aprieta en el pecho y no es la cabeza de Remus.
- Porque le quiero.
Lo dice despacio. Una vez y para siempre. En esa cama, en esa casa, en ese momento donde el amor
es lo único que tiene un poco, aunque solo sea un poco de sentido. Remus se queda muy quieto, casi
sin respirar. Se nota el latido violento de su pulso en cada parte de esa cama que han deshecho y
sobre la que se han corrido. Le acaricia el estómago con movimientos minúsculos. Con el pulgar de
una mano.
Sirius aspira fuerte, cierra los ojos contra su pelo. Se le dan muy mal las palabras.
Algún día cambiará. También eso que siente y que a ratos le asfixia. También eso se transformará.
Puede. Tal vez. Si la luna le ha enseñado algo, le ha enseñado eso. Que no hay nada cierto, que todo
es inestable. Pero esa noche en la casa de los gritos no hay ventanas ni luna, solo rendijas por las
que se deja ver el temblor luminoso de las estrellas. Si salieran fuera, verían Sirio, dominando la
bóveda celeste, no muy lejos de la luna. Resplandeciente a millones de kilómetros de distancia.
Quizá Sirio es una de esas estrellas que murieron hace millones de años. Pero sigue llegando su luz.
Como si dijera, aunque cambien, las cosas que nos iluminaron una vez, nos iluminarán siempre.
Sirius se siente en cuarto creciente, henchido de eso que solo siente con Remus. Repite ―cosa mala,
Lunático‖ y ambos saben que no está hablando de James cuando se abrazan desnudos. Aunque se
desvaneciera en ese mismo instante, lo que sienten en ese momento el uno por el otro, podría
durarles toda la vida.
En tercero, a Sirius se le ocurrió eructar en la mesa. Nadie le preguntó nunca por qué pero la cosa
derivó en una competición entre él y James a ver quién lo hacía mejor, más veces seguidas y más
alto. Peter intentó entrar en el juego pero jamás consiguió eructar a voluntad. Remus les dijo que
una cosa era disolverle los pantalones con hechizos a Snape y otra muy distinta carecer de modales
en la mesa. Nunca participó en aquello del concurso de eructos. Nunca lo entendió.
- ¿Cuánto queda?
Aquel verano, James comió en Grimmauld Place. Fue un cúmulo de casualidades lo que le llevó a
la mansión de los Black. Visitaba Londres con sus padres y se encontraron de casualidad con
Sirius y su familia. Le pareció que la señora Black les invitaba porque sentía la obligación de
restregarles lo grande que era su casa. Era todo de plata, los cubiertos, los platos, incluso la
mirada de la señora Black parecía de plata. No había nada fuera de su sitio y nadie daba una voz
más alta que la otra. Cuando a Sirius se le cayó el tenedor la plata se volvió hiel. James se despidió
hasta septiembre pero se olvidó su jersey y tuvo que volver. Le abrió un elfo y le hizo esperar en el
umbral. Desde su sitio, podía ver el comedor. Sirius estaba sentado a la mesa en soledad, sujetando
un tenedor hechizado para arder en las manos, como la plata quemada. Su madre miraba. Decía
“no comprendo por qué disfrutas dejándonos en ridículo”. En septiembre ya se había borrado la
herida del tenedor. James eructó sin hacer preguntas. Ni comentó lo que había visto, ni lo olvidó
nunca.
- Venga ya, Cornamenta. – Esperan sentados. Sirius apoyado en la puerta del retrete, James contra
el lavabo, haciendo caso omiso de las protestas de Myrtle. Frente a frente. - ¿No vas a contarme
ningún detalle de la mítica pérdida de virginidad?
Lo dice medio en serio y Sirius le mira primero atónito, se ríe después en estallante risotada.
Como respuesta, James le da una patada. Y chocan los pies un rato, peleándose sin hacerse daño, ni
moverse del sitio. Acaban en tablas, con las piernas de Sirius sobre las de James, para que ninguno
las mueva.
En primero ni siquiera se caían muy bien. James encajaba demasiado bien, parecía siempre feliz.
Sirius se sentía irritado, aburrido, solo, pensando qué le harían sus padres cuando volviera a
casa en Navidad con la bufanda de Gryffindor. Era un poco demasiado vivaracho, el gafotas de
Potter. Les castigaron juntos por primera vez antes de las fiestas. James se había enzarzado en una
pelea con unos Gryffindor de tercero que estaban seguros de que un crío tan joven no merecía ser
buscador en el equipo. Sirius pasaba por allí y les dijo “eh, que sois tres contra uno,
mamarrachos”. Uno de los mayores le dijo que debía respetar la jerarquía y despertó al rebelde
sin causa de Sirius con tanta saña que acabó con mordiscos en el brazo. “Qué deshonra para esta
casa” dijeron los mayores, “que el sombrero se equivocara mandándonos un Black a Gryffindor”.
A James le tenían agarrado por los brazos pero les dio patadas en la espinilla hasta hacerles
aullar. Defendieron el uno el sitio del otro. Sirius creía que el gafotas tenía derecho a estar en el
equipo de Quidditch, aunque fuera pequeño o miope. James creía que Gryffindor debía aceptar a
los que fueran dignos, aunque resultaran ser Black o tuvieran tan mal genio como el melenudo de
Sirius. Los mayores les encerraron en el cuarto de las escobas durante cuatro horas y ellos se
vengaron inventando un hechizo que mantuvo a los tres chicos mágicamente pegados durante día y
medio, a pesar de los esfuerzos de Pomfrey por separarles. Fueron cuatro horas muy productivas,
las que pasaron en aquel armario. Nadie consiguió despegar nunca a James Potter de Sirius Black.
Ni viceversa.
Incapaz de resistirse, James cuenta algo. No todo pero algo de su noche con Lily. Responde a las
preguntas indiscretas de Sirius, y espera que Lily no se entere nunca porque está seguro de que le
amputara un brazo si lo llega a saber.
- Te dije que iría bien. ¿Ves? Lo sé todo. Nunca me equivoco. Soy genial. Mi genialidad es
inspiradora.
- Tu humildad es inspiradora.
Quince minutos de espera. Vuelven a hacer cálculos y deducen que quedan otros diez, al menos.
Sirius odia esperar y se impacienta tumbado en el suelo, apoyando la cabeza en las piernas de
James, quejándose porque es flaco y huesudo y muy malo como almohada. Cuando encuentra
postura se queda quieto, pero no del todo. Nunca del todo.
- Oye, Canuto. Lo de tú y Remus. O sea, la cosa entre tú y Remus. O sea, os acostáis. – Se toma un
tiempo, medita. - Pero, ¿vosotros dos...? ¿Tú dejas que él te... ya sabes? – En cuanto oye cómo
suena de su propia boca, James cambia de opinión. - Nah, no me lo cuentes. Seguro que no lo
quiero saber.
Sirius le pica un rato, -¿quieres que te cuente los detalles, Jimmy?-, divertido por su incomodidad.
Después vuelve a quedarse quieto y ya no bromea cuando pregunta – “¿quieres saber una cosa?”
James asiente.
- Es mejor con Remus que con ninguna chica. No sé si porque es un chico o porque es, ya sabes,
porque es Remus.
- Tú no podrías hacerlo. Te pondrías a decir lo mucho que te duele y no sé qué. Qué marica.
Duda un segundo. Consciente de que su lógica tiene ciertas carencias. Aún así, constante tajante.
- Sí.
Sirius fue el primero en besar a una chica y cuando se pavoneó delante de todos, a James le entró
el pánico y le hizo jurar que nunca intentaría besar a una que le gustara a él. “Si lo que quieres
decir es que nunca besaré a Evans, dilo”. James no le había dicho aún que le gustaba Lily pero
supuso que mirarla embobado en clase había sido señal suficiente. Con toda la vehemencia de la
que era capaz, Sirius le aseguró que no tenía ningún interés en Lily Evans y que nunca se
interpondría entre él y una chica. “¿Aunque la chica te guste mucho, aunque la quieras?” La
respuesta vino inmediatamente. Estaban en un rincón de la clase de Pociones. Esperando a que
hirviera el caldero. “No flipes, Potter”, dijo Sirius más bajito de lo normal, “nunca voy a querer a
una chica más que a vosotros”. Lo dijo así, con aquellas palabras. Dijo “querer” y James pensó
que su madre le decía “te quiero” y su padre, incluso, “ya sabes que te queremos, hijo”. Pero
nadie más le había dicho algo así. Y menos un chico. Y era raro viniendo de Sirius, que siempre
bufaba y resoplaba cuando se trataba del amor y de las chicas. Pero aquel día dijo alto y claro
“nunca voy a querer a una chica más que a vosotros” y James supo que era verdad y se alegró de
que hubiera una excepción a las reglas de los chicos y a las de Sirius, especialmente.
Esperar es aburrido y de pronto James recuerda aquel primer beso y no puede contenerse.
Sirius hace un gesto, dice ―vete a cagar‖. Dice ―mira quién habló‖ pero no lo niega. Y James, al ver
cuánto ha crecido en siete años, se siente crecido. Observa la huella del tiempo en sí mismo. Decide
que le gusta.
- Me voy a casar con Lily, Sirius. Realmente me voy a casar con ella. Te lo aseguro.
- Yo no.
Más de trescientas horas de detención compartidas y el honor de ser los únicos alumnos del colegio
sobre cuyas andanzas Filch guardaba un archivo detallado y personalizado. Se metieron en todos
los líos posibles pero solo corrieron verdadero peligro en cuarto, cuando aquel dragón se escapó
del cuidado de los profesores y se escondió en el bosque prohibido. Les dijeron a los alumnos que
se mantuvieran alejados pero James pensó que no pasaba nada por mirar y que nunca había visto
un dragón de cerca y que sería fantástico poder capturarlo y que incluso Lily Evans le felicitaría
por su hazaña. Ella siempre decía que ganar al Quidditch era una estupidez pero no podría decir lo
mismo de cazar un dragón. El único que le vio escabullirse fue Sirius, que le retiró de las llamas
del dragón justo cuando James trastabillaba y estaba a punto de escaldarse. Fue un golpe de suerte
y tuvieron que salir corriendo. Sirius le empujó a las afueras del bosque. “¡Tú eres tonto o qué!”
Parecía fuera de sí. Estaba blanco y sudaba. “¡Tú sabes lo peligroso que es un dragón, capullo,
podía haberte matado!” Le empujó de nuevo y siguió chillando, hasta que James salió de su
estupor y también se enfadó. “¡Podía haberte matado también a ti, gilipollas!” Se gritaron un buen
rato. James pensaba que ambos habían hecho algo igual de estúpido. Sirius le dijo “tú lo hiciste
antes, no puedes esperar que yo no te siga, mamarracho”. Filch diría tiempo después que eso era
lo que hacían. Seguirse de estupidez en gigantesca estupidez, a ver quién llegaba primero.
- Si va en serio puede pasarme algo, Sirius. Es así como funciona la guerra, ¿sabes? Tendrías que
cuidar de Lily. O dejar que Lily cuidara de ti, más bien.
Guardan ―El Profeta‖ en el bolsillo. No se olvidan de las palabras de Alphard. Algo se acerca.
- No va a pasarte nada, James, no jodas. Si va a pasarle algo a alguien será a mí. Debería ser a mí.
Sirius gruñe.
- Porque me da a mí la gana. Y no vas a quedar tú de gran héroe mientras yo voy por ahí dejando
que la gente me diga que tú eras el mejor de los dos y ―oh, pobre James Potter‖. Moriré yo primero,
eso que te quede claro. Es lo lógico. Será una muerte legendaria. Seré un héroe.
Nunca necesitaron darse explicaciones antes de embarcarse en una travesura. Sirius pensó que
James era él, pero miope y sin el odio en las entrañas. James pensó que había pasado once años
pidiendo un hermano a sus padres y Hogwarts se lo había dado. Estaban castigados por lo del
dragón, recogiendo el suelo de la lechucería cuando Sirius levantó la cabeza y dijo “eh” y luego
“eh, tú, Potter”. James le dijo “qué pasa” y durante mucho rato Sirius no dijo nada pero no dejó
de pensar en aquel dragón y en lo que pudo haber pasado. Cuando al fin habló, dijo “me has dado
un susto de muerte, anormal”. Después, solo una frase, “no dejes que te pase nada irreparable,
¿me has oído?”. James asintió, “pero tú piénsatelo dos veces antes de ir por ahí salvando vidas a
lo loco”. A Sirius le pareció un trato justo. Al rato y sin que viniera a cuento, Sirius dejó la escoba,
dio dos pasos al frente y le abrazó tan fuerte que a James se le doblaron las gafas contra sus
hombros. No le importó.
Pelean como llevan siete años haciendo. Físico pero inofensivo. Sin uñas, ni dientes, ni más fuerza
de la que tiene el contrario. Vueltas en el suelo, a ver quién es más fuerte. Siempre pierde James
porque le acaba dando la risa. Tumbado, con un brazo en la espalda, inmovilizado contra el suelo,
Sirius le obliga a claudicar.
- No te vas a morir primero. ¿Estamos?
Pero se sigue riendo. Y es una risa de las que dejan sin aire. Le obliga a rendirse.
- Júralo, Jamie.
Ni de coña va a dejar que Sirius se muera antes y se lleve toda la gloria. La mano que tiene apretada
bajo su cuerpo, tiene los dedos cruzados. A donde sea que Sirius tenga que ir, tendrá que ir después
de él. Irá James primero, para ver si merece la pena y volverse de puntillas, si no hay nada divertido
al otro lado. Así es como será. Y punto.
- Sirius.
- Qué.
- Que ya está.
El hechizo. Al fin. Rojo púrpura en el caldero. Perfecto. Se sonríen el uno al otro, con malas, muy,
muy malas intenciones.
Doce y media. Avestus Right, profesor de Runas Antiguas se prepara para salir del castillo antes de
su clase de quinto. Un paseo a media mañana para dispersar su espíritu. Al intentar cruzar la puerta,
choca violentamente con una capa invisible de fuerza mágica.
Cuarenta y cinco minutos más tarde, la mesa del despacho de la profesora McGonagall bosteza
sonoramente. Las sillas estornudan y el armario dice ―Jesús‖, de forma muy educada. Cuando los
profesores constatan efectos parecidos en todo el mobiliario de Gryffindor, deciden hablar con
Dumbledore. Lo encuentran echándose la siesta de media mañana a tres metros del suelo.
Durmiendo plácidamente mientras levita. Lleva puestos calcetines de rombos de cuatro colores.
Azul, azul oscuro, turquesa y naranja.
- ¡Albus!
Despierta con una vuelta de campana. Es la una y media, el comedor está lleno de alumnos. Remus
Lupin sabe que algo se cuece cuando Sirius y James ven llegar la ola y dicen al mismo tiempo
―mmm, ¡sopa!‖ No sabe qué va a pasar pero no les gusta tanto la sopa como para MMMM los dos
al unísono. Deduce que se han escabullido a la cocina y que hay poción en el caldero. Está a punto
de advertir a Lily que no se la tome, por si acaso, cuando Argus Filch atraviesa volando el comedor,
gritando algo poco poético y muy parecido a ―¡les voy a capar vivos!‖. Los pomos de las puertas se
ríen. Los alumnos de primer curso dejan la sopa a medio comer y son los primeros en rebotar sobre
el suelo de goma del castillo.
Lily fulmina a James con la mirada. Remus espera que sus ojos digan ―Sirius, te has pasado‖ alto y
claro. En tercero un niño eructa burbujas rosas. La mesa de cuarto empieza a reírse y a sus
ocupantes les cambia el pelo de color. Cada cinco minutos, un color diferente. En Slytherin, uno de
los esbirros de Malfoy sube a la mesa con la cara desencajada de pasión amorosa y se pone a recitar
a Esmeralda Emerson, poetisa mágica y autora de ―Ciento cincuenta sonetos y veinte filtros de amor
desesperado‖. En sexto, alguien grita, ―¡debería ser Navidad ahora mismo!‖ y le sigue un coro de
voces Ravenclaw, ―¡hagamos la Navidad!‖
Unos cuantos Hufflepuff se unen a la idea. Creen que habría que decorar el salón inmediatamente.
- Vale. – Remus Lupin empieza a sumar dos más dos. Los otros prefectos lo miran todo
encandilados por la diversión. Lily no da crédito. – Es evidente que algo está yendo mal.
Sirius pone las botazas sobre la mesa. Reclina el asiento y el asiento se ríe.
James esquiva el paso de Nick Casi Decapitado, que galopa a voz en grito, haciendo una versión
bastante pasable de ―My Fair Lady‖.
Al fondo de una mesa Severus Snape aprieta el tenedor con fuerza, como si estuviera conteniendo
un impulso que le angustia. Al lado de James, Lily parece horrorizada pero al mismo tiempo no
puede dejar de mirar a los profesores, que bailan algo muy parecido al tango, sobre la mesa que
preside el comedor.
- Habéis hechizado a todo el mundo – murmura. – No me lo puedo creer. Son como… millones de
puntos menos.
- A todos no – deduce Remus, buscando el fenómeno que lo explique todo. – Habéis hechizado a
uno solo, ¿me equivoco? Y él nos ha hechizado a todos.
A juzgar por la sonrisa de James, no se equivoca. A juzgar por esa mueca abofeteable y satisfecha
de Sirius, no se equivoca. A juzgar por Peter, que llega anunciando que está brotando gaseosa de las
mangueras que riegan el jardín, no se equivoca. El castillo entero vibra como si sintiera un
escalofrío. El comedor se mece suavemente y Hogwarts, milenario castillo de piedra, emite un largo
resoplido de locomotora. Bufa ―poooo-poooooo‖ y parece genuinamente feliz. El castillo. Todo el
castillo.
Lily exige saber cómo pero en realidad el cómo no importa. Complicados cálculos aritméticos para
trasladar magia animada a objetos inanimados y a esa escala, nada menos. Cuidar de que nadie
pudiera salir herido con contra hechizos para prevenir posible magia negra. Y distribuir la poción
por el sistema de tuberías de Hogwarts, para que no quedara un resquicio libre de magia.
- Desde luego sabéis que con la de puntos que os va a quitar McGonagall cuando se le pase el
efecto, Gryffindor no va a ganar la copa.
- No puede ser todos los años, Remus. – James tiene el descaro de parecer feliz. – Que gane
Ravenclaw, qué narices. Teníamos que despedirnos.
Las patatas de la comida cogen vuelo, se hinchan, explotan como burbujas de aire, ¡pof! El techo
del Gran comedor se llena de estrellas fugaces y es una estación del año diferente en cada esquina.
Nieva sobre los profesores, arcoiris en el comedor, llueve sobre la puerta y Hogwarts, entero y
desde los cimientos, se mueve de una manera que solo puede significar una cosa.
- Se está riendo – y mientras le contagia el hechizo y la magia que rezuman los rincones, Lily se ríe
con él.
Nunca les ha visto tan felices a los dos como cuando miran el caos que han originado. Lleno de
erupciones y de estallidos y de gente que va y viene, hechizado de la cabeza a los pies.
- Y el colegio, - resume Sirius- nos ha hechizado a todos. – Se acerca a su lado de la mesa y hunde
la cabeza en su nuca, ahora que nadie mira y a nadie le importa nada. – Incluido a ti.
Remus se mira los pies. Los tiene en el suelo. Solo que el suelo no es suelo, sino agua. Pisos y pisos
de agua bajo los pies y al fondo, incluso puede ver las raíces del sauce boxeador. Es una ilusión,
porque tiene los pies secos, pero es una ilusión que le hace sentir ebrio y con ganas de bañarse.
- Sí, señor – declara James, subiéndose a la mesa, que empieza a escorar como un barco. Calcula
que al hechizo no puede quedarle mucho más pero mientras dura, invita a todos a que suban con él a
la mesa y miren el espectáculo. Sin profesores, sin reglas, con Slytherin cantando y una snitch
persiguiendo niños, Hogwarts es el espíritu mismo de los Merodeadores. Y es un digno espectáculo.
- Esto es lo que yo llamo una buena fiesta de fin de curso – declara. – Ya lo creo.
Hogwarts. Esa tarde, más que ninguna otra, el mejor sitio de la tierra.
Naturalmente Sirius monta en cólera cuando se entera de que Filch, ansioso de venganza, ha
registrado a James de arriba abajo y le ha confiscado, entre otras cosas, el mapa de los
merodeadores, sin tener ni la más mínima idea de su valor. Le dice ―¡cómo pudiste llevarlo encima,
sabiendo que te iba a registrar!‖ y James se limita a responder ―qué quieres que te diga, cosas que
pasan‖.
- Es que no entiendo cómo no lo escondiste mejor. ¡No supusiste que nos registraría?
- Por una vez, Canuto. Filch fue más listo que yo.
James nunca le explica por qué no escondió mejor el mapa. Tarda un tiempo en comprenderlo
porque sabía que Filch le registraría. Cuando lo comprende, sonríe para sí mismo. Porque lo cierto
es que el mapa no sirve para nada fuera de Hogwarts, el lugar en el que fue ideado y en el que debe
quedarse. Lo cierto es que no les pertenece a ellos, del mismo modo que el castillo no les pertenece
a ellos.
- No puedo creerlo, Jamie- le dirá Sirius, incluso meses después de haber dejado el colegio. – El
mapa confiscado por Filch. Para qué coño lo querrá.
Filch, para nada. Pero tal vez alguien, algún día. Quién sabe. James se lleva con él una parte de
Hogwarts en el corazón. Le parece injusto no dejar en Hogwarts una parte de ese mismo corazón. Si
alguien jura solemnemente que sus intenciones no son buenas, el mapa le abrirá las puertas de las
travesuras. Más que un mapa, una ventana abierta al futuro. Retrato de un pasado glorioso.
Alborotándose en los pasillos que cierran el claustro, el grupo de alumnos de primer año corre hacia
él para despedirle. Remus lleva en las manos una caja de cartón pesada, llena de libros que
sobresalen hasta que prácticamente le tapan la cara. Cuando los niños le rodean, se ve obligado a
apoyar la caja bajo los arcos. Excitados por la perspectiva de las vacaciones y por el desayuno
especial de fin de curso que los elfos preparan con demasiado azúcar, los niños no dejan de
preguntarle si volverán a verle el año que viene.
Un gran ―ooohhh‖ mientras los niños le acosan a preguntas y le dicen que debería quedarse más
tiempo. Son voces agudas que repiten ―los prefectos de las otras cosas no son tan simpáticos,
Remus” y otros ―sí, y nunca dan chocolate”. Les promete que tendrán buenos prefectos y todo el
chocolate que necesiten en Hogwarts.
“Y si no” les dice con esa media sonrisa que sabe a conspiración secreta, ―miraos los bolsillos”.
Los niños corean ―¡mira!‖ y ―¡vaya!‖ cuando meten las manos en los bolsillos deshilachados por los
meses de clase y encuentran bombones casi líquidos de Honeydukes, que duran diez minutos en la
boca mientras se deshacen. La despedida dura un rato más entre promesas de que se verán de nuevo
y sonrisas llenas de chocolate. Cuando el último de los novatos se ha marchado a recoger sus cosas,
Remus vuelve a coger la caja para dejar los libros en la biblioteca y oye un carraspeo familiar.
- Lleva usted dentro un profesor, señor Lupin. No me extrañaría volver a verle aquí como docente.
Dumbledore le observa con esa expresión divertida que chispea una inteligencia despierta y le hace
parecer, a ratos, mucho más joven que esos alumnos de primero. Remus siente que le invade una
intensa sensación de afecto por el anciano profesor y aunque lleva semanas combatiendo con la
melancolía de decir adiós, es cuando Dumbledore le sonríe, cuando siente que está perdiendo la
batalla contra el sentimentalismo.
- Pensar que podría haber un profesor licántropo sería pedirles a las cosas que cambiaran
demasiado, posiblemente.
- Tampoco pensó que llegaría a ser alumno y mírese. Graduado con honores.
Pregunta, ―¿le acompaño?‖ y Remus le invita a hacerlo, ―por favor‖, mientras le explica que va a
devolver algunos libros prestados y a dejar en el colegio otros que no le caben en los baúles.
- Si hasta ahora no les he sacado provecho, ya no debo tener remedio. Y seguro que a alguien le
gustan.
En la vida, y visto que no tiene todavía un lugar al que ir, Remus prefiere viajar con poco equipaje.
Y de todos modos, lo que se lleva es mucho más de lo que deja en Hogwarts.
- Último día del curso, Lupin, confieso que algunos años es más duro que otros. Algunas despedidas
más amargas.
Con la caja entre manos, Remus suspira hondo, ―sí, ya lo sé” y avanza con Dumbledore hacia la
biblioteca. El anciano camina despacio pero con brío. Dumbledore es de esos hombres que van
observando lo que ven a cada paso, fijándose en los detalles. Habla con voz clara de timbre
resonante. Y sus palabras, que empiezan diciendo ―se pueden ser muchas cosas buenas en la vida,
Lupin‖, van cayendo entre los pasillos y parece que caracolean en los rincones, como si Hogwarts
escuchara a su habitante más querido. ―Se puede ser sanador o funcionario o auror‖ dice
Dumbledore, ―y son todas ellas profesiones útiles, desde luego‖. Respira hondo, aspirando con él
esa energía agridulce del final del curso.
- Pero si le sirve el consejo de un viejo no del todo acabado, Lupin, déjeme decirle que no conozco
tarea más noble que la de intentar ser un buen maestro. Sembrar en otros las semillas de la
curiosidad y del conocimiento para que nos honren con el tiempo superando lo que nosotros
sabíamos.
Fue Dumbledore el que ideó la manera de que un licántropo estudiara en un colegio con miles de
alumnos sin ponerles el peligro. Fue él quien convenció a su familia y le convenció a él y le dijo
―todo irá bien, jovencito‖ cuando solo tenía once años y la sensación dolorida de que siempre
estaría solo. Es a Dumbledore, a quien has traicionado permitiendo que tus amigos violaran la ley.
Es a Dumbledore a quien le da la mano, en la entrada de la biblioteca y le mira casi sin atreverse,
esperando que apriete esa mano y le perdone sin saber por qué.
- Confiar en los demás, hijo, es el único error que merece la pena cometer constantemente incluso
cuando nos equivoquemos. – Aprieta su mano con más fuerza de la que nadie le atribuiría a alguien
de su edad. - Volveremos a vernos, Lupin. Tal vez pronto.
Hay algo en su expresión cuando dice ―tal vez pronto‖ que no es exactamente malicia, porque
resulta más grave pero definitivamente tiene dobles intenciones y le deja pensando qué querrá decir.
El profesor asoma la cabeza en la caja y echa un vistazo a los libros, mientras le ayuda a abrir la
puerta y a dejarlos todos sobre el mostrador. Revisa, mira las portadas, asiente, ―mmm, sí, ya veo‖ y
finalmente saca uno que Remus ha releído demasiadas veces y siempre se abre por la misma página
por la que se acaba de abrir en sus manos.
- Quédese con éste, Lupin. Hay equipaje con el que merece la pena cargar en la vida.
Pasa una mano por encima de la página, parece que lee entre dientes y después cierra el libro con
magia y sin tocarlo. Se lo mete en el bolsillo del abrigo y desaparece por la puerta sin hacer ruido
con los pies. Remus siempre lo ha sabido, que eran una misma cosa, el espíritu del castillo y el de
su anciano director. Pero en ese momento le pone palabras a esa sensación y se da cuenta de que
Dumbledore es Hogwarts.
El resto de libros, Remus los deja para los que vengan después. Los ―últimos poemas‖ de Yeats se
los lleva consigo, sin extrañarse siquiera de que Dumbledore sepa cuál era su favorito. Cien veces
releído, mil veces recordado.
Podría pensarse que harían falta más, después de siete años, pero bastan las palabras de un poeta
irlandés para resumirlo todo.
Echarán de menos muchas cosas. Echarán de menos un viernes por la tarde, cristales empañados,
chimenea en llamas, la larga sombra de la pluma sobre el pergamino de los deberes, James hace un
chiste, Remus ríe una gracia, Bob Dylan en el gramófono por primera vez, dedos manchados de
tinta y Sirius llega con Peter y montones de bollitos en los bolsillos, directamente desde la cocina,
todavía calientes. Uno de mermelada para James, relleno de chocolate para Remus, toma, Lunático.
La voz de Sirius a los trece años. Tan distinta, de repente.
Echarán de menos abril. Chicas brotando en los jardines, el sol en la cara en clase de Runas, notas
de un pupitre a otro. James escribe Canuto, me gusta el pelo de Lily Evans con esta luz y Sirius pues
escríbele un poema pero nunca lo hizo y echarán de menos poemas no escritos. Lunes a primera
hora, correr para no llegar tarde a clase. Sábado por la mañana, Sirius les despierta cantando a voz
en grito y le lanzan almohadas para hacerle callar. Echarán de menos los días en los que ocurrieron
cosas extraordinarias y esos otros en los que no pasó nada. Aparte de deberes, tener sueño a primera
hora y oler a leche caliente durante el desayuno.
Echarán de menos enero, volver de las fiestas, contarse los regalos, esperar a febrero, envolver en
marzo, florecer abril, dejar que pase mayo, prometer septiembre en junio. Echarán de menos cuatro
camas en una habitación y ese beso que le dio Sirius a Remus, en el cuarto de baño de prefectos,
cuando se enfadó con la idea de quererle. Y ese otro beso, con la música sonando. James y Lily, con
el comedor lleno de burbujas y el corazón al rojo vivo, latiendo en la mano.
El bosque en luna nueva, crujir de ramas secas y ulular de lobos. Echarán de menos saltarse las
reglas, desobedecer para ser libres, pensar contra corriente, tener una idea brillante para un hechizo
que les tendrá castigados tres semanas. Reír durante un mes con una ocurrencia idiota que solo
entienden ellos. Les basta una mirada y tienen que echarles de clase porque no pueden contener las
risas. Echarán de menos ser cómplices, la primera vez que abrieron el mapa. Los cuatro juntos, juro
solemnemente que mis intenciones no son buenas. La emoción de esconderse, el vínculo de tenerse,
la poderosa sensación de ser inmortales. Desayunos, comidas, indigestiones, el camino a
Hogsmeade corriendo, baños en el lago cuando nadie mira, Sirius desnudo y aquel día en el que
decidieron que los Beatles eran sagrados.
Echarán de menos Hogwarts, papel y piedra, un castillo que conocen mejor que nadie, mil rincones
marcados con besos, amarrados al recuerdo. Una casa enorme, la única casa de Sirius, los triunfos
de James al Quidditch y Severus Snape boca abajo en el recreo. Doscientos ochenta y seis puntos
perdidos por insultar Slytherin, trescientos cuatro ganados con buenas notas. Ochenta y seis
detenciones por hurtos menores, moratones en un ojo y hechizos prohibidos.
Se echarán de menos el resto de sus vidas, aunque se sigan viendo porque nunca volverán a ser los
mismos.
Serán mejor o peor pero serán distintos. Si eligieran un momento, Peter echaría de menos aquel
sábado, todos cantando borrachos en Las tres escobas y James les dijo a aquellas chicas extranjeras,
éste es mi amigo Peter y se sentaron con ellos toda la tarde, contándoles cosas de su colegio en
Francia. James se quedaría con la primera vez que le enamoró la curva de la nuca de Lily Evans y
Remus escogería un día de diciembre. No sabía lo que era estar enamorado pero Sirius tenía frío y
se metió en su cama para hablarle de lo mucho que odiaba las navidades en casa y apoyó la cabeza
en la almohada. Preciosos ojos grises que le acompañaron una hora entera, hasta que se quedó
dormido allí mismo porque ―me gusta tu cama, Lupin, está calentita”.
Si Sirius tuviera que elegir un momento, no podría. Hogwarts se enrosca en su corazón envuelto en
papel de regalo y si intenta extraer un recuerdo, empezaría a sangrar por la herida. Pero echará de
menos, con todas sus fuerzas –y no son pocas- el primer momento en el que cruzó el umbral de la
puerta y se sintió libre, por primera vez en su vida.
- Yo ya estoy – dice Peter, con esa voz empequeñecida por la nostalgia de un momento que aún no
se ha ido pero se intuye ya demasiado breve.
Último día como alumnos en Hogwarts y debe ser magia. El extraño fenómeno por el cual las cosas
que cabían en la maleta al comenzar el curso no caben al terminar. Puede que sea un buen augurio.
La señal de que el tiempo ha valido para adquirir algo nuevo, que no formaba parte del equipaje al
comenzar el curso.
- Bueno. – Tras mucho esfuerzo y varios hechizos, James también ha conseguido cerrar el baúl. –
Pues ya está.
Cuatro baúles cerrados. Los colchones de las camas enrollados. El tabaco recogido de sus diversos
escondites. Las camas parecen desnudas. Solo la estructura y las cortinas enrolladas alrededor de
cuatro palos. Todo reducido a su mínima expresión. Armarios sin ropa. Cajones sin deberes. Sirius
ha robado una manta pero no se lo ha dicho a nadie. Hubiera robado cualquier cosa. Reducir el
castillo, meterlo en el bolsillo. Llevárselo.
- Da pena irse.
Miran la habitación una vez más y todos se preguntan quién dormirá en septiembre, cuando ellos ya
no estén. Bajan las escaleras en silencio y es Remus el que cierra la puerta. No hace frío pero
siempre tiene frío, así que arrastra su larga bufanda con colores de Gryffindor. Escaleras abajo y
demasiado larga. Amarillo y grana sobre el mármol del castillo.
- Desde luego, - se escucha a Sirius escaleras abajo. - Menuda pandilla patética. Lily es una chica.
James siempre lo ha sido. Remus ni se menciona y Peter... sin comentarios.
- ¿Y tú qué?
- ¿Medio? – James bufa, muy lejos ya de la habitación. - Black, asúmelo. Eres maricón perdido.
La risa de Remus y varias más, que se mezclan con la suya. Ya apenas se oyen, desde la torre de
Gryffindor, que queda sola y en silencio.
Siempre es igual. Otro tren que se marcha a Londres. Otro montón de críos gritones e insolentes
despidiéndose en el andén entre mocos y ñoñerías. Paz. Bendita, añorada paz. Eso es lo que llega a
Hogwarts cuando esos mangantes, sinvergüenzas y bandidos se van a sus casas, a darles la lata a sus
padres. Atarlos a una mesa e hincharlos de bromuro, es lo que habría que hacer, en opinión de Filch.
Menos magia y más mano dura, es lo que necesitan. Asusta, caray, saber que el futuro depende de
semejantes idiotas. Es su momento preferido del curso, cuando traqueteando y pitando el trenecito
de marras deja la estación de Hogsmeade.
Ese año la sensación es mejor que nunca porque con el tren se van al fin esos dos criminales en
potencia. El gafotas de Potter y el otro, el diablo ese de Black. Se llevan a Pettigrew, claro, que con
su caruchita de roedor no es mejor que los otros dos. Y Lupin, desde luego. Un hombre lobo. Solo a
Dumbledore se le ocurre. Hay que tener mala leche. Suerte que no ha matado a nadie en siete años.
Aunque de matar a alguien, si se hubiera deshecho de sus tres amiguitos, no habría sido para tanto
la pérdida.
El silencio en Hogwarts es tan intenso que a Filch casi no le importa que haga buen tiempo y el
maldito calor le dé dolor de cabeza. Dentro del castillo, puede vigilar los pasillos en penumbra y
refugiarse en la sombra del claustro. Nadie chilla, nadie pega voces ni alaridos. No hay correteos
histéricos por todas partes, ni chicas mirando a los chicos, ni chicos mirando a las chicas. Nada de
varitas que en cualquier momento te lanzan un hechizo y te dejan el culo en carne viva o algo peor.
Paz. Ya lo creo.
Si Argus Filch no fuera Argus Filch estaría contento. Pero siempre hay algo que enturbia incluso un
día memorable. Incluso una fecha histórica como la del fin de la era de los Merodeadores no es
perfecta con ese cochino pergamino que descansa sobre su mesa desde que lo confiscó. Nadie lo
sabe pero cuando era niño intentó un par de encantamientos. Antes de que sus padres se rindieran
con aquel mortuorio, ―qué se le va a hacer, es un squib”. Lo intentó, incluso con ganas. Todavía
recuerda un par de cosas y se atreve con ellas porque está seguro de que el papel amarillento y
perfectamente doblado, debe ser un artefacto maligno. Usa una varita que alguien olvidó hace años
y mira atentamente el pergamino.
En su cubículo el mapa se agita y por un segundo, solo por un segundo, está convencido de que lo
ha hecho. ¡Magia! Temblando como hilos de araña sobre merengue, las letras aparecen una tras otra
y Filch se agacha para leer qué es lo que dicen.
Los señores Lunático, Colagusano, Canuto y Cornamenta le ruegan que no intente burlar sus
secretos con tan lamentables intentos, puesto que aquellos que no comprenden la magia, nunca
podrán usarla.
Irritado consigo mismo y enfadado con el invento del demonio, Filch deja la varita en el cajón y
esconde el mapa en el armario donde ha ido guardando artículos de broma y trastos mágicos de mal
gusto. Allí, encerrado entre huevos estallantes caducados de Zonko y polvos de la risa tonta de
Madame Filiberta, el pergamino borra su propio mensaje e hila uno nuevo, antes de caer en un
profundo silencio.
Letras que se desvanecen sin nadie que las lea. Magia, que solo despertará cuando alguien jure
solemnemente que sus intenciones no son buenas. El mapa habla por última vez y luego calla. Lo
último en aparecer son cuatro nombres. Barroca, hilvanada con magia, llena de misterio, cargada de
las mejores intenciones, la firma de sus cuatro autores.
(fin)
Notas del capítulo:
Le debo la idea y prácticamente todo el desarrollo de ―Adivinación y las sombras del futuro‖ a
Sebastián. La idea de Violeta Afrodita Black y la importancia de Yeats en el crack se la podéis
agradecer a aitnac y la atmósfera musical del ―Dúo de las flores‖ y ―Cuando cielo y tierra se
estremezcan‖ a truchita.
La cabecera del diario y la idea que consiguió sacarme de mi atasco con James y Lily es de una de
las mejores artistas gráficas del LJ, luxbella. Ella convierte ideas en paisajes y les da cuerpo y me
ha inspirado a acabar cuando no me sentía capaz. Sus ilustraciones han sido claves para mí durante
el crack y esta colaboración me ha hecho inmensamente feliz. Quería significar la importancia de su
trabajo de una manera que dejara claro que sus iconos son el espíritu de mi historia. El poema que
puedes leer es ―The Municipal Gallery Revisited‖, W. B. Yeats, con la ligera modificación de
Hogwarts por Irlanda. Mil perdones, caballero.
Por último.
Sobre el crack.
Esta historia es de sus lectores, cuya enorme generosidad me siento incapaz de honrar, como no sea
diciendo que sin duda he recibido más de lo que he dado. Es de todos ellos y para todos ellos. A
muchos os debo emails. Irán esta semana. Gracias especialmente a fosito por sus análisis del
crack estas últimas semanas. Eres un ángel. Y públicamente, gracias targaryen, porque ese email
llegó el viernes pasado en el momento justo. Os debo mucho a todos los miembros de la lista de
yahoo, de mi FL, cada comentarista, gracias. Procuraré contestar a vuestros comentarios esta vez sí
como lo merecéis.
Si os gusta esta historia, hay seis personas a las que les tenéis que dar las gracias porque no habría
acabado sin ellas. Siete, si contáis a Joanne K. Rowling por crear este universo maravilloso de
enormes posibilidades creativas, que lleva meses inflamando mi imaginación
A lembe, que da lecciones con el ejemplo y encarna como nadie que yo haya conocido el espíritu
de Godric Gryffindor. Decís que Gryffindor es la ejemplificación de valores que no existen. No la
conocéis. A luxbella, porque fue su luz la que iluminó los paisajes del crack. A truchita, que
compuso su melodía y la cantó hasta con los pies. A janedoe1013 y blumis,que no solo se
dejaron retratar, sino que no dejaron de animar. Os debo cuadernos de sueños a todas. Gracias.
Pero muy especialmente, muy especialmente esta historia es de y para aitnac.
Desde el principio, aitnac puso el canon pero hizo muchísimo más que eso y muchísimo más de lo
que cree porque puso también el espíritu. Me ha dado escenas enteras, canciones inspiradoras,
poemas endecasílabos, anglofilia a raudales, ideas poco inocentes sobre mediciones, montones de
documentación. Me ha dado por encima de todo una razón para escribir y una idea clara de qué era
lo que yo quería contar. Ella abrió la puerta del potterverso, metió los pies en mi pensadero y ha
estado detrás de cada palabra con muchísima más fe en mí de la que yo podría describir con
palabras. Ha sido la fuente de esa inspiración espiritual que describe Emerson, creyendo en mí,
confiando en mí. Para escribir a Sirius me ha dado ladridos. Para escribir a Remus, poemas. Me lo
hizo ver ella, de hecho, hace muchos meses. Lo que dijo Yeats. De lo que va esta historia. Y es que
somos, en esencia, la gloria de nuestros amigos. No podemos aspirar a más y yo no me conformo
con menos. Os deseo con vuestros amigos una suerte parecida a la mía. Desearos más sería una
temeridad.
Me pongo sentimental y espero que tu lado Sirius me perdone, aitnac. Sé que he fallado al canon
muchas veces pero en la medida de mis posibilidades he intentado no fallarte nunca a ti. Te debo
montones de aullidos lunáticos.
Gracias por leer a todos. Ha sido un viaje que podría describir con otras miles de palabras pero lo
dejaremos en una, esperando que las abarque todas.
Mágico.
Los señores Canuto y Lunático solo quieren añadir una última cosa. Y es que lo suyo no es canon
pero debería. Hasta aquí, niños. Decidlo conmigo después de año y medio: travesura realizada.
(fin)