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El guardián del reloj en San Aurelio

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El guardián del reloj

En el centro del pueblo de San Aurelio se alzaba una torre con un gran reloj, tan antiguo
que nadie recordaba quién lo había construido. Sus agujas doradas giraban con
precisión, y cada hora el sonido de sus campanas llenaba el aire con un eco solemne.
Los vecinos decían que el reloj nunca se había detenido.

Pero una mañana, cuando el sol apenas asomaba entre los tejados, el reloj marcaba
las seis y media… y se quedó quieto.

Los niños lo notaron primero, luego los adultos, y pronto todo el pueblo se reunió frente
a la torre. Sin las campanadas, las horas se confundían; la panadería abrió tarde, la
escuela empezó sin saber si era temprano o tarde, y el tren que pasaba por la estación
siguió de largo sin detenerse.

—El tiempo nos ha abandonado —dijo doña Marta, la anciana del quiosco—. ¡Esto no
presagia nada bueno!

Entonces apareció Tomás, un joven curioso que trabajaba de aprendiz de relojero.


Siempre había sentido una fascinación por aquel reloj misterioso, aunque su maestro
nunca le había permitido tocarlo. Esa tarde, decidido a resolver el problema, tomó su
caja de herramientas y subió los escalones polvorientos de la torre.

Arriba, encontró un mecanismo gigantesco, lleno de engranajes cubiertos de polvo.


Pero en el centro, junto a las ruedas de bronce, dormía un hombre viejo, vestido con un
abrigo gris y un sombrero de copa.

—¿Quién es usted? —preguntó Tomás, sorprendido.

El hombre abrió un ojo y sonrió.


—Soy el guardián del reloj —respondió con voz ronca—. Mi tarea es mantener el
tiempo en marcha. Pero me he cansado, muchacho. El pueblo no valora el tiempo que
tiene.

Tomás no entendió del todo, pero se acercó.


—Si el tiempo se detiene, todo dejará de funcionar. Déjeme ayudarlo.

El guardián lo miró con atención.


—¿Sabes lo que pides? Si aceptas, tendrás que cuidar el tiempo, y el tiempo no
perdona.
Tomás dudó un momento, pero asintió.
El anciano le entregó una pequeña llave dorada y, con un suspiro, se desvaneció como
el polvo entre los rayos del sol.

Cuando Tomás giró la llave, el reloj volvió a moverse. Las campanas sonaron con
fuerza, tan fuerte que el sonido llegó hasta el río. La gente abajo aplaudió sin saber que
algo había cambiado para siempre.

Esa noche, al regresar a su casa, Tomás descubrió algo extraño: mientras todos
dormían, él seguía despierto. Los segundos, para él, pasaban más despacio. Podía ver
cómo las gotas de lluvia caían lentas, como si flotaran en el aire.

Con los días, comprendió lo que el guardián había querido decir. Cada vez que alguien
desperdiciaba una hora, él lo sentía como un peso en el pecho. Cuando un niño jugaba
o una madre reía, el reloj sonaba más suave, más feliz.

Pasaron los años, pero Tomás no envejecía. El tiempo, su nuevo compañero, lo había
adoptado. Mantuvo el reloj en perfecto estado, arreglándolo cada vez que se cansaba
del descuido humano.

Y una madrugada, cuando el pueblo dormía bajo una neblina espesa, un nuevo
aprendiz subió la torre. Encontró al joven relojero sentado frente al mecanismo, con la
misma llave dorada entre las manos.

—¿Quién es usted? —preguntó el muchacho.

Tomás sonrió.
—Soy el guardián del reloj. Mi tarea es mantener el tiempo en marcha. Pero me he
cansado, muchacho…

El chico miró la llave, sin saber que estaba a punto de heredar un secreto que lo
acompañaría por siglos.

Abajo, en el pueblo, el reloj volvió a sonar. Y el tiempo, una vez más, siguió su camino.

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