NATHANIEL
1
Mi entierro fue triste y rápido, triste por la pena que sentían
todos al despedirme y rápido por que apenas duró unos minutos.
Los únicos que aparecieron en mi funeral fueron mis padres y
mi hermana Emily, nadie más. Tampoco es que esperase un gran
funeral, la verdad. Nunca me llevé bien con mi familia y ahora
ellos se limitaban a devolverme el favor. Aunque esperaba que
al menos se compadecieran de mis padres lo suficiente como
para ir a darles el pésame por mi pérdida.
Y allí estaba yo, mientras mi madre se deshacía en llanto y mi
padre aguantaba estoicamente de pie, miraba sus rostros
acongojados y me sentí tremendamente culpable por haber
abandonado sus vidas de aquella forma. Pero ésta era la única
oportunidad que tenía para reunirme con él y sólo la muerte
podría ayudarme en esta aventura.
2
Él dará orden sobre ti a sus ángeles de guardarte en todos tus
caminos. Te llevarán ellos en sus manos, para que en piedra no
tropiece tu pie.
Salmo 91,11-12
3
1.
1 año antes…
- He dicho que no voy a bajar y no bajaré.
Lady Ann McCoy me miró con severidad y a pesar de que la
mirada de mi madre siempre me había calado hondo, hice
acopio de fuerzas y miré hacia otro lado. No iban a convencerme
tan fácilmente de tamaña locura.
En el piso de abajo esperaban pacientemente mi padre, Sir John
McCoy, mis tíos, Ellen y Matthew Bradbury, el pastor Adam
Stanton y Henry James, mi prometido.
Ése era el día de mi boda, y ya estaba arreglada y dispuesta para
dar el decisivo “sí, quiero” ante el pastor cuando me di cuenta de
que en realidad no conocía de nada a aquel hombre con el que
me iba a casar y decidí dar marcha atrás a la decisión de mi
padre.
- Cariño, -insistió mi madre tomando mi mano entre las
suyas para infundirme ánimos- Sé que te resulta duro
todo esto, pero créeme cuando te digo que es por tu bien.
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Sabes que ni tu padre ni yo haríamos nunca nada que te
hiciera daño.
- Vais a casarme con un hombre al que he visto dos veces.
Mis palabras de reproche hicieron palidecer aún más a mi
madre, que lanzó un hondo suspiro y se aferró fuertemente a mi
mano, como si quisiera darse ánimos a sí misma y no a mí.
- Henry es un buen hombre y un excelente partido. Tu
padre no ha podido elegir a un hombre mejor que él para
casarte. Confía en él.
- ¿Por qué a nadie le importa lo que yo piense?- sollocé-
Todo gira siempre en torno al pobre Henry pero ¿y yo?
Nadie me ha preguntado nunca si es de mi agrado.
Mi madre me sonrió con ternura.
- Pero cariño, sí lo es, ¿o me equivoco? ¿no te parece
apuesto?
No supe qué decir. Henry era un hombre atractivo después de
todo. Era alto, de complexión fuerte, pelo rubio, fino bigote,
ojos castaños… además que tenía una excelente educación y
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siempre había sido amable conmigo. Pero eso no me bastaba
para casarme con él.
- Sí, es apuesto, mamá –accedí- Pero sigo sin conocerle.
¿Y si después de todo no nos llevamos bien?
Mi madre me besó la mano.
- Entonces será como todos los matrimonios, cielo.
Su explicación no me convencía en absoluto pero sabía que por
mucho que me quejase y me negase a bajar, terminaría
haciéndolo. No podía herir el honor de mi padre al negarme a
realizar la ceremonia.
Me levanté de la cama y me miré al espejo de cuerpo entero que
me devolvió la mirada con tristeza. Recogí el ramo de rosas
blancas que había dejado sobre la silla y me dirigí a la puerta.
- Acabemos con esto.
Mi madre no dijo nada, sólo asintió, se colocó a mi lado y ambas
salimos de mi alcoba hacia mi destino.
El salón estaba decorado con excelente gusto. La ceremonia
había sido planeada para que fuese lo más íntima y rápida
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posible, ya que mi futuro marido debía emprender viaje dentro
de dos horas y si hubieran hecho una boda en toda regla, con
cientos de invitados, adornos y una gran iglesia, no hubiéramos
podido disfrutar de nada. Según Henry, ya tendríamos tiempo
para hacer una gran fiesta a nuestro regreso.
El pastor Stanton era un viejo amigo de la familia. Él me había
bautizado y había permanecido a mi lado durante los grandes
momentos de mi vida, por lo que no me extrañaba para nada que
él también oficiase mi boda.
Mis tíos estaban a un lado del salón, de la mano, como siempre.
Ellos eran la excepción que al parecer marcaba la regla. Todos
los matrimonios que conocía habían sido de conveniencia,
inclusive el de mis padres, y todos y cada uno de ellos no se
llevaba ni mal ni bien, simplemente, no se llevaban. Cada uno
tenía su vida, eso sí, de forma clandestina y “secreta” para no
resaltar en la estricta sociedad londinense.
Al bajar las escaleras, tomé aire y mi madre me adelantó y fue a
reunirse con mi padre, que parecía realmente feliz. Al verme,
sonrió, y se reunió conmigo para ofrecerme su brazo.
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- Estás encantadora, hija. Henry se va a desmayar cuando
te vea.
Esbocé un amago de sonrisa y me dirigí, del brazo de mi padre,
hacia el altar improvisado que habían montado en el salón.
Henry estaba realmente muy elegante, con un esmoquin negro,
zapatos relucientes y una sonrisa nerviosa pintada en su rostro.
Al caminar hacia él confirmé lo que había dicho arriba: era un
hombre apuesto y amable, no tenía por qué mostrarme tan
decepcionada. Muchas de las jóvenes de mi edad darían lo que
fuera por que su padre les consiguiese un marido tan educado y
atractivo. Eso me repetí una y otra vez mientras caminaba hacia
él.
- Está preciosa.- me alabó en voz baja Henry mientras
apoyaba mi mano en su brazo y me colocaba a su lado.-
Realmente preciosa.
- Gracias.- respondí.
No era apropiado que yo también le dijese a él lo guapo que
estaba con ese traje, así que guardé silencio, bajé la mirada hasta
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la punta de mis zapatos y escuché al pastor Stanton comenzar la
ceremonia.
En realidad no oí nada de lo que el pobre Stanton decía. Estaba
demasiado distraída con mis propios pensamientos como para
prestarle atención.
A la hora de pronunciar mis votos, fue Henry quien llamó mi
atención cogiéndome de la mano. Dije lo que tenía más que
ensayado y volví a hundirme en mi mundo interior, en el que
seguía dándole vueltas a lo que no me había dejado dormir
durante una semana: la noche de bodas.
Mi madre me había hablado algo sobre aquello pero sólo había
conseguido ponerme más nerviosa y temía que llegado el
momento le diese con la puerta en las narices.
- Ya está.- oí que me decía Henry, apretando mi mano con
ternura.- Estamos casados.
Le miré sin saber qué decir y para mi sorpresa, Henry se inclinó
y me besó suavemente en los labios.
A decir verdad fue un beso -¡mi primer beso!- tan rápido y tan
inesperado que no me dio tiempo a sentir nada. Sólo noté que
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salía medio flotando del salón, que todo el mundo hablaba a la
vez felicitándonos por nuestra nueva vida juntos y que en
cuestión de segundos, mi ahora esposo, Henry y yo, estábamos
sentados en un coche de caballos rumbo a un destino
desconocido.
10
2.
El viaje que tanto disgusto había ocasionado a mis padres por
haber suspendido la fiesta de boda y la debida ceremonia en el
altar mayor, tenía como punto de destino el norte del país, un
lugar que yo ni conocía ni del que había oído hablar, Westhill.
El coche de caballos nos condujo por caminos arbolados cuya
sombra parecía cobijarnos de un sol esplendoroso y agradecí
profundamente no llevar un vestido de novia típico, por que
entonces el calor hubiera sido agobiante. Como todo había sido
tan deprisa, mi madre juzgó conveniente llevar un vestido
blanco pero no de novia. De todas formas, llevaba en el baúl
casi todos mis vestidos, y estaba deseando detenernos en alguna
posada para poder cambiarme de ropa.
Mi esposo, Henry, habló poco durante el viaje. Apenas me
dirigió la palabra, lo que me pareció sumamente extraño, ya que
yo estaba deseando hablar con él y preguntarle si su viaje era
fruto de ocio o de algún negocio que tenía largamente planeado.
Cuando comenzó a oscurecer, Henry decidió hacer un alto en
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una posada llamada La Cabra Roja, cerca del poblado de
Wellington, y me ayudó gentilmente a bajar del carruaje.
- Menos mal- le dije, estirándome el vestido- Pensaba que
íbamos a estar viajando toda la noche.
- Lo pensé mejor y decidí darte un descanso.- me dijo
Henry para mi sorpresa- Creo que no debes estar muy
acostumbrada a viajar, así que será mejor descansar un
poco.
Tras decirme esto, Henry se dirigió al cochero y le dijo unas
palabras en voz baja. Luego se acercó a mí y me ofreció su
brazo. Aún confusa, entramos los dos en la pintoresca posada y
nos recibió un hombre grueso como un barril, de cara roja y
poco pelo llamado Bull.
- Buenas noches, quisiera una habitación para mí y otra
para la señora.
La sorpresa me dejó sin habla. ¡Dos habitaciones!
Henry me ignoró deliberadamente y siguió al posadero escaleras
arriba. No entendía nada de lo que estaba pasando pero desde
luego el comportamiento de Henry rayaba en lo absurdo.
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Una vez en el piso superior me di cuenta de que la posada no era
más que cinco o seis habitaciones de pequeño tamaño, con
suelos y paredes de madera, y camas con colchones duros como
piedras. Tras indicarnos cuáles serían las nuestras y que la cena
se servía a las ocho, el posadero se marchó.
Mi habitación estaba en frente de la de mi esposo, que me
acompañó diligentemente hasta el interior de mi alcoba y echó
un vistazo al mobiliario con satisfacción.
- Está bastante bien ¿no te parece? –al ver mi expresión,
cambió de tono- Bueno, no tiene muchas comodidades,
pero es sólo por esta noche. Estarás bien, ya lo verás. Si
necesitas algo estoy justo en frente de ti.
- Henry- no sabía cómo empezar- ¿Por qué has pedido dos
habitaciones?
Mi marido me miró por primera vez desde que salimos de mi
casa y pareció darse cuenta en ése momento de mi inquietud.
- Creí que esta noche sería mejor dormir separados. Este
no es el lugar más romántico del mundo, y además,
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mañana tenemos que madrugar. Quiero llegar a Westhill
a mediodía, si es posible.
Asentí. Henry me besó en la frente y salió presuroso al pasillo.
Debía de tener miedo de que le obligara a quedarse conmigo a
solas en ese cuarto.
Totalmente frustrada, me senté en la cama. Estaba tan dura
como suponía. Daría lo mismo dormir en el suelo, no habría
diferencia alguna.
Me imaginé cómo sería el cuarto de Henry y deseé que fuese al
menos igual de incómodo que el mío. Nunca nadie me había
humillado de aquella forma y sentía tal frustración que de buena
gana le hubiera dejado allí tirado y hubiese regresado a mi casa
en Londres.
A mi casa, a mi alcoba, a mi cama... sentí ganas de llorar.
Echaba de menos mi hogar y aunque me había ido haciendo a la
idea de que nunca volvería a ver aquella casa como mía, en mi
mente seguía siendo “mi casa”. Allí estaba todo lo que una vez
había sido mío y todos los que me querían vivían bajo ese techo.
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A los pocos minutos me subieron uno de mis baúles y pude ¡al
fin! Cambiar mi vestido blanco por uno de color rosa claro con
cuello de barco y vuelo. Guardé en el baúl el vestido de bodas y
me senté en una silla de madera que había junto a la ventana a
esperar que dieran las ocho en el reloj de mesa.
El escritorio era apenas una tabla con cuatro patas, encima del
cual había un tintero casi seco, una pluma torcida, un viejo reloj
de péndulo que hacía un tictac que me ponía de los nervios, y un
pequeño espejo redondo por si la dama que ocupase el cuarto
quería arreglarse. Obviamente no tenía ganas de estar fingiendo
estar alegre y feliz, pero sí tenía hambre, ése era el motivo
principal de querer bajar a cenar esa noche. Si mi esposo cenaba
o no era asunto suyo. A mí, me da lo mismo, la verdad.
Durante mi espera agucé el oído y comprobé que Henry seguía
encerrado en su habitación, ya que no había oído la puerta ni
pasos que se alejasen por el pasillo. Intrigada, me pregunté qué
diantres estaría haciendo allí él solo. Había pasado todo el viaje
leyendo un viejo libro de tapas de cuero y páginas amarillentas y
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supuse que seguiría leyendo su entretenida lectura en la soledad
de su alcoba.
A las ocho menos diez me puse en pie y di un par de vueltas por
el reducido espacio de la habitación. El minúsculo armario de
madera, situado a la derecha de la puerta, estaba cojo, y para
evitar que se inclinase alguien había colocado un grueso
volumen rojo oscuro en una de las esquinas. Encima del armario
observé un viejo jarrón de latón que seguramente en otros
tiempos había servido para colocar flores y ahora yacía olvidado
en lo alto del ropero.
La cama era más bien un catre, estrecho y pequeño, con sábanas
ásperas y una manta que debía de tener al menos diez años, de
los cuales había sido lavada como mucho un par de veces.
Definitivamente esa noche no iba a pegar ojo.
Escuché un ruido en el pasillo. Me detuve en mitad del cuarto y
agudicé el oído. Alguien se acercaba por el pasillo. Pensé que
sería otro huésped o el mismo posadero, así que me dirigí hacia
el baúl, lo abrí y saqué un chal para cubrir mis hombros
parcialmente descubiertos.
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Escuché el crujido de la madera frente a mi puerta y me di la
vuelta, con el corazón en un puño. Alguien estaba parado frente
a mi cuarto.
Un fuerte golpe se escuchó por todo el piso y supe que la puerta
de la alcoba de Henry había sido abierta con violencia. Corrí
hacia mi puerta pero no la abrí, temerosa de que, quien fuese el
que estaba irrumpiendo así en la habitación de mi esposo, me
descubriese. Además, quizás había oído mal y Henry se habría
marchado ya de su cuarto.
La voz de Henry me heló la sangre. Estaba hablando, casi
gritando, pero no oí al intruso.
Entreabrí mi puerta y me asomé.
La puerta de Henry estaba abierta de par en par, con la cerradura
destrozada por completo. Trozos de astillas se esparcían por el
suelo.
Salí de mi habitación y me asomé al cuarto de mi esposo.
Henry estaba forcejeando con un hombre alto y de anchos
hombros. Mi marido era alto pero aquel hombre lo era aún
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mucho más, y además parecía mucho más fuerte que mi esposo,
que seguía luchando contra él.
Salí al pasillo y busqué en mi habitación el jarrón de latón que vi
antes encima del armario ropero. Sin embargo, estaba
demasiado alto, por lo que me subí a toda prisa encima de la
silla, alcancé el jarrón y salté al suelo.
Corrí hacia el cuarto de Henry. Mi marido estaba de rodillas, el
intruso lo sostenía por el cuello y había comenzado a apretar.
Sin pensarlo, salté sobre el agresor y le estrellé con todas mis
fuerzas el jarrón en la cabeza.
- ¡Suelta a mí marido!
El agresor, sorprendido, soltó a Henry y se balanceó hacia
delante, perdido el equilibrio. Quedó unos momentos de rodillas,
confuso.
- ¡Vamos, corre!- di la mano a Henry para ayudarle a
levantarse y cuando íbamos a salir por la puerta, mi
esposo dio media vuelta y se dirigió hacia el escritorio.
Abrió un cajón, sacó un libro -¡el mismo que había estado
leyendo durante el viaje!- y salió corriendo tras de mí.
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Corrimos por el pasillo tan rápido como nos dejaban nuestras
piernas. Bajamos la escalera de dos en dos y Henry se dirigió
hacia la puerta de atrás de la posada.
El posadero, Bull, nos vio, y se dirigió hacia nosotros con
desconfianza.
- Señores.- nos dijo- Hemos oído un ruido extraño arriba.
Sepan que si hay desperfectos en alguno de los cuartos,
yo…
- Tenga.- Henry sacó del bolsillo del pantalón unas
monedas de plata- Por las molestias. Mi esposa y yo nos
vamos esta misma noche.
- ¿Esta noche?- Bull se metió las monedas en el bolsillo y
se rascó la frente, intentando pensar- Entonces le diré al
chico que prepare su…
- No se moleste, ya nos apañaremos.
Henry tomó mi mano y salimos corriendo por la puerta trasera,
que conducía directamente a los establos.
Era noche cerrada pero Henry encontró nuestros caballos sin
mayor dificultad. Tenía el corazón desbocado, no entendía nada
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de lo que estaba pasando, ni quién era aquel hombre del cuarto,
ni por qué había atacado a Henry, ni adónde íbamos… además,
el cochero estaría cenando a esas horas y no le habíamos
llamado.
- Pero ¿qué haces?- le dije a mi marido mientras éste
ensillaba a los caballos- Deberíamos decírselo al
posadero, llamar a la Guardia, ¡que apresen a ese
hombre!
- Tu padre me dijo que sabías montar.- me interrumpió
Henry- Espero que en eso no me haya mentido.
Alcé la barbilla con orgullo y tomé las riendas que Henry me
ofrecía.
- Sé montar desde los cuatro años.
- Mejor. Ahora, sube.
Henry me alzó hasta sentarme en la silla sin ningún miramiento
y saltó él mismo a su propio caballo.
Me pareció distinguir una sombra de gran tamaño dirigiéndose
directamente hacia nosotros, pero era imposible que fuera el
mismo hombre.
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- Ya viene.- Henry tomó mis riendas y me dirigió hacia el
norte- Ahora, señora, ¡corre!
Azuzó a mi montura y con la vista clavada en la sombra que
corría ya sin ninguna duda hacia nosotros, me alejé al galope
hacia delante seguida de cerca por mi marido.
21
3.
Cabalgar no me molestaba en absoluto, siempre me había
gustado dar largos paseos a caballo, pero cabalgar hacia lo
desconocido, en mitad de la noche, con un vestido y un chal
mal puesto, perseguida por un hombre extraordinariamente
fuerte y tras de mí, cabalgando igual de veloz que yo, mi esposo,
que lo sabía todo y no me había dicho nada, me ponía furiosa.
Aunque en aquellos instantes di prioridad al miedo y dejé la
furia para cuando pudiese desmontar tranquilamente y hablar
cara a cara con Henry.
Nuestro misterioso atacante parecía perseguirnos a un ritmo
antinatural, ya que nosotros debíamos llevarle ya una gran
ventaja, debíamos haberle incluso perdido de vista, y sin
embargo seguía detrás de nosotros con ahínco y ganaba terreno.
Henry miró hacia atrás una vez más y comprobó la distancia. No
había forma de perderle de vista.
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Mi esposo me miró y le devolví la mirada. A pesar de que lo
conocía muy poco me di cuenta de que una idea había surgido
en su mente y no le gustaba en absoluto.
Metió la mano bajo su chaqueta y sacó el libro de tapas de cuero
que había cogido de su cuarto. Y me lo tendió.
- ¡Cógelo!- me dijo, y tal fue su expresión de súplica que
no dudé en tomarlo como pude en mi mano y sujetarlo
contra el pecho.
Henry sonrió y miró de nuevo hacia nuestro perseguidor.
- Ahora quiero que hagas una cosa por mí.- me dijo-
¡Protege ese libro con tu vida! Ve a Westhill, ¡no confíes
en nadie! Ve allí y busca a Nathaniel. Él te dirá qué
hacer.
- Pero ¿qué estás diciendo?
- ¡Nathaniel, recuérdalo!- frenó a su montura- ¡Vete!
A pocos metros de Henry detuve a mi caballo y lo miré sin
entender nada lo que estaba pasando. Mi esposo frunció el ceño,
molesto por mis dudas.
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- Ése libro es más importante que tú o que yo. Llévatelo,
dáselo a Nathaniel. ¡Vamos, vete, ahora!
- Pero ¿y tú?
- Te alcanzaré en Westhill. ¡Vamos!
Con un estremecimiento que me recorrió el cuerpo entero,
dediqué una última mirada a mi marido, admirada por el valor
que estaba demostrando aun sin entender por qué hacía aquello,
y azucé a mi caballo dispuesta a cumplir la voluntad de Henry.
Mientras me alejaba a galope escuché el relincho de un caballo y
un gran estruendo. Luego ya no oí más y la oscuridad de la
noche me envolvió.
Las primeras luces del alba hirieron mis ojos, acostumbrados a
la oscuridad. Mi mente, adormilada, se despertó al cabo de unos
momentos, y miré a mi alrededor. Estaba en mitad de un bosque,
con la espalda apoyada en un árbol y a mi lado, el caballo,
pastando con tranquilidad, ya descansado después de la carrera
que ambos habíamos protagonizado hacía unas horas.
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Tras dejar a Henry cabalgué hasta que el caballo comenzó a dar
síntomas de cansancio extremo, por lo que, por el bien de los
dos, decidí detenerme en mitad de un bosque de abetos y dormir
un poco.
No serían más allá de las cinco o las seis de la mañana, pero
debía continuar el viaje y llegar hasta Westhill antes de que algo
peor sucediese.
Me puse en pie y me desperecé, aunque me hubiera gustado
poder asearme en condiciones y quizás un relajante baño de
agua caliente. Sin embargo, ahí me encontraba yo, sola en mitad
de la naturaleza, con un vestido completamente arrugado, el pelo
enredado, dolor en todo el cuerpo… y se suponía que ése sería el
primer día de mi nueva vida. Me pregunté cómo sería el resto.
Me acerqué al caballo, al que comencé a llamar cariñosamente
Baltar, y saqué del bolsillo izquierdo de la silla el preciado libro
de Henry. Hasta ese momento no había pensado más en él.
Ese pequeño libro, de gastadas tapas de cuero, atado con una
cinta rojo oscuro, era lo único que quedaba de mi esposo. Su
último pensamiento en la despedida fue para ese libro.
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Con curiosidad, quité la cinta y me dispuse a abrirlo pero me
pareció oír algo a lo lejos y contuve la respiración. Escuché de
nuevo. El sonido del viento, el canto de los pájaros, las hojas de
los árboles al mecerse… Sin embargo, el presentimiento de que
podían estar observándome me convenció de que debía irme de
allí cuanto antes. Coloqué la cinta al libro, lo escondí en el
bolsillo de la silla, desenredé las riendas de Baltar y monté.
Calculé aproximadamente dónde debía hallarse el norte y hacia
allí conduje a mi caballo, con la esperanza de llegar cuanto antes
a Westhill. Henry me había dejado bien claro que debía llegar
allí cuanto antes.
Mientras me dirigía al camino, intenté convencerme a mí misma
de que mi esposo se encontraba bien y a salvo. Seguramente
había dejado atrás a nuestro misterioso perseguidor y estaría,
como yo, camino a Westhill para encontrarme.
Con el paso de las horas el sol se alzó en el horizonte fuerte y
luminoso y pronto comencé a sentir calor, mucha sed y hambre.
Debía ser media mañana y para mí, seguía estando exactamente
igual que antes, vagando siempre en dirección norte con un
26
continuo paisaje de árboles, cielo azul, más árboles y un camino
polvoriento y por lo que parecía, poco transitado.
El estómago me dolía y tenía ganas de abandonarlo todo y
dirigirme hacia el primer pueblo que viese, pedir algo de comida
y regresar a mi casa junto a mis padres.
Recordé que mi hermana Emily debía estar a esas horas en clase,
en la Academia para señoritas a la que mis padres la habían
inscrito hacía un año. Cómo desearía poder reunirme con ella
nuevamente y olvidar todo lo que me había sucedido desde la
boda.
Baltar se detuvo repentinamente y miré a mi alrededor,
asustada. Estábamos en un cruce de caminos, uno giraba a la
izquierda y el otro seguía recto. Un poste de unos dos metros se
encontraba clavado en mitad de ambos senderos y dos rótulos
señalaban las distintas direcciones: hacia la izquierda,
Rosetown, a 5 millas; continuando todo recto, Westhill, 40
millas.
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No recordaba haber visto en ningún mapa unas tierras con ese
nombre tan peculiar, pero allí estaba, y debía llegar hasta allí
costara lo que costase.
Calculé que parando únicamente para descansar, tal vez
alcanzase Westhill a mediodía. Con suerte.
Sin embargo, no había calculado bien ni el esfuerzo ni el tiempo
que costaría alcanzar Westhill, y el cansancio –físico y mental-
comenzó a hacer mella en mí. Baltar prosiguió con firmeza por
el camino que le había indicado pero hubo un momento en el
que ni yo misma miraba por dónde íbamos. El hambre que
sentía me quemaba el estómago y la sed abrasaba mi garganta.
Con ganas me hubiera detenido o hubiera ido en dirección a
Rosetown, más cercano, para conseguir algo de comida y una
buena cama, pero habiendo salido de la posada con nada más
que mi ropa y el preciado libro de Henry, no tenía ni una sola
moneda para pagar nada. Y no me veía con fuerzas para suplicar
comida o robarla. Aún.
Baltar se detuvo repentinamente y relinchó, llamando mi
atención. Estábamos a un lado del sendero, bajo la sombra de un
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sauce llorón, y frente a nosotros una figura agachada y oscura
nos miraba fijamente.
Totalmente espabilada, retrocedí y miré a mí alrededor con el
miedo reflejado en mi rostro. ¿Bandidos? ¿Podía ser una
trampa? ¿O es que nos habían dado alcance sin darme cuenta?
La figura estaba sentada encima de una de las raíces más
prominentes del árbol, embozada y encapuchada con una capa
gris oscuro manchada de barro por haber pasado demasiado
tiempo a la intemperie. El desconocido me miró con ojos
brillantes y pese a la oscuridad que emanaba de aquel hombre,
distinguí un azul de azules en su iris que, en otras circunstancias,
hubiera hecho asombrarse a cualquiera que lo mirase a los ojos.
- Buen día.- me dijo con amabilidad- Soy un viajero que
descansa aquí desde hace un buen rato. No temas, no
tengo armas ni te deseo ningún mal.
Aún resonaban en mi mente las palabras de Henry: “No confíes
en nadie”.
- Para demostrarte mi buena fe, mira. Tengo en mi bolsa
comida y agua fresca, y con gusto la compartiré contigo.
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Pese a que mi mente me instaba a marcharme de allí cuanto
antes, mi estómago luchaba por imponer su voluntad, y
finalmente cedí a la imperiosa necesidad de mi cuerpo.
Desmonté y aún con desconfianza, me acerqué al desconocido.
El hombre había sacado de detrás de él una bolsa de piel y la
había abierto ante mis ojos. Sacó un odre, pan tierno y queso
blanco y me los ofreció.
La mano me temblaba visiblemente cuando cogí de aquellas
manos, cubiertas por una capa de suciedad, el odre. Estaba lleno
hasta arriba, lo abrí y lo acerqué a mi boca sin llegar a tocarlo.
El agua fresca cayó sobre mis labios resecos y bebí con avidez,
saciando una sed que me había estado atormentando desde hacía
horas.
El desconocido se limitó a mirarme, aún cubierto por su capa,
pero en ese momento no distinguí en él ningún signo de
amenaza. Por el contrario, parecía satisfecho de verme disfrutar
de aquel modo del líquido de la vida.
Una vez satisfecha, y sin reparo alguno, me senté a su lado, cogí
un trozo de pan y la mitad del queso y comí como si no hubiera
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probado bocado en años. De hecho, era lo mejor que había
comido posiblemente en toda mi vida. Era eso, o quizá tenía
tanta hambre que hasta el barro me hubiera sabido a gloria.
Acabé la comida en pocos minutos y avergonzada por mi
comportamiento, me limpié las migas de la falda como pude.
- Lo lamento, pero es que tenía tanta hambre…- intenté
disculparme.
- No pasa nada, niña, es normal.- me respondió el hombre-
Pero ya estás descansada y alimentada y podrás
proseguir tu camino con más facilidad ahora ¿no es
verdad?
- Sí, ciertamente.- afirmé, con más ánimo del que había
sentido desde que me había marchado de mi casa ayer.
El hombre asintió y miró al cielo azul, cuyas nubes blancas
pasaban veloces en dirección este.
- El día será claro y soleado y para los viajeros como
nosotros no hay mejor día que éste para llegar a nuestro
destino.
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No dije nada. Sabía que debía partir nuevamente pero no sabía
cómo agradecerle por su ayuda, ya que seguramente, sin aquel
gesto de buena voluntad no habría tenido fuerzas suficientes
para seguir mi camino.
- No sé cómo darle las gracias.- le dije- Ha sido usted muy
amable conmigo, y no me conoce de nada.
- Un poco de amabilidad no hace mal a nadie ¿verdad?-
respondió- Ahora, niña, pese a que me gusta tu
conversación, debemos interrumpirla brevemente y
partir. Yo debo hacer aún algunas cosas y tú debes
asegurarte de llegar hoy a tu destino. El tiempo es un
regalo divino y hay que saber aprovecharlo.
El hombre se puso en pie y le imité, profundamente intrigada
por sus palabras. Había, quizás, adivinado que mi viaje era vital
para mí y mi esposo, y tras su ayuda desinteresada, me instaba a
partir cuanto antes.
- Muchísimas gracias por todo. – sujeté a Baltar de las
riendas mientras volvía a subir a su grupa- Jamás
olvidaré el favor que me ha hecho hoy.
32
- No ha sido nada, niña.- respondió despidiéndome con la
mano- Ve en paz.
- Adiós, buen hombre. –di media vuelta con el caballo y
entré de nuevo en el sendero- Y gracias.
Avancé a galope a lomos de mi caballo una docena de pasos
cuando me volví una vez más para despedirme de mi benefactor.
Pero bajo la sombra de aquel sauce ya no había nadie. Me
detuve, perpleja y observé que el lugar donde hacía un momento
me había despedido aquel viajero, estaba desierto y no había
señal alguna de que su presencia allí hubiese sido real, salvo el
sabor de la comida que aún perduraba en mi boca y el agua
fresca que había bañado mis labios.
El viajero, fuese quien fuese, había desaparecido.
33
4.
Westhill resultó ser un conjunto de tierras verdes y fértiles,
rodeado por bosques hasta donde alcanzaba la vista. Por el cartel
que colgaba al comienzo del camino, se trataba de un condado y
el poblado más cercano se encontraba a una milla escasa. Su
nombre era Gilbertown.
Debía ser muy entrado el mediodía cuando nos detuvimos en el
pequeño poblado. Las casas se alzaban a lo largo del sendero y
se extendían hasta los campos de cultivo de alrededor. Los
edificios eran en su mayoría de un único piso, a excepción de las
tiendas, que se habían construido como edificios de dos plantas,
la de abajo, la tienda, y la superior, el domicilio del dueño.
Baltar caminaba con paso cansado, seguramente hambriento.
Durante el trayecto, el pobre animal apenas había comido nada y
bebido menos. Así pues, desmonté y caminé a su lado por la
calle principal del poblado, sintiendo la mirada de curiosidad de
todos los aldeanos sobre mi persona.
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Mi aspecto no debía de ser demasiado bueno, hacía un día
entero que no me peinaba, mi vestido estaba lleno de barro y con
suerte mis brazos y rostro estaban un poco mejor que mi ropa.
Además, mis zapatos estaban destrozados. Definitivamente si
dijese que me había casado ayer nadie me creería.
Pero allí estaba, por fin en Westhill, tal y como Henry me había
pedido. Y el libro estaba a salvo también. Lo que me llevaba a la
inquietante pregunta de ¿y ahora qué? Mi marido no estaba allí,
no me había dicho que Westhill fuese un condado, tan solo me
dijo que volveríamos a reunirnos, nada más. Y ese tal Nathaniel
a quien debía encontrar para entregarle el libro… ¿cómo se
suponía que debía buscarlo?
El cartel de una pequeña posada llamó mi atención. Había
dibujado un caballo blanco y una espiga, y pensé que si Henry
había pasado por allí o pasaba lo primero que haría sería buscar
habitación para descansar.
Até las riendas de Baltar en el poste e intenté estirarme un poco
el vestido arrugado, sin demasiado éxito, he de añadir. Entré en
la posada y lo que vi me gustó.
35
El vestíbulo tenía un mostrador de madera de roble, con algunas
plantas aquí y allá que lo hacían habitable y alegre. Las paredes
estaban revestidas de madera y había una alfombra de múltiples
colores a mis pies.
Una mujer esbelta y de pelo rubio salió de detrás del mostrador
con una sonrisa acogedora. Me miró de arriba abajo pero a pesar
de mi pobre aspecto, no dijo nada.
- Buenos días.- le dije, sintiéndome incómoda.
- Buenos días, señora.- me dijo la joven fijándose en mi
anillo de casada.- ¿En qué puedo ayudarla?
- Estoy buscando a un hombre, quizás haya pasado por
aquí. Henry James es su nombre.
La joven lo pensó un momento y finalmente negó con la cabeza.
- No me suena ese nombre. No ha pasado por aquí.
Al ver la expresión de mi rostro, la mujer se preocupó.
- ¿No le dijo dónde podía esperarlo, señora?
- No. Sólo me dijo que se reuniría conmigo aquí, en
Westhill.
36
- Pero Westhill es bastante grande.- la mujer se rascó la
barbilla, pensativa- No le será fácil dar con él con tan
pocos datos.
- ¿Cuántos pueblos hay en este condado?
- No lo sé con exactitud, pero bastantes. Será difícil que lo
encuentre.
Una fría losa se alojó sobre mi corazón y deseé ardientemente
regresar a mi hogar y olvidarme de todo aquel lío. No sabía qué
hacer ni dónde buscar, y ahora que Westhill se descubría como
un lugar con múltiples posibilidades, la desesperanza comenzó a
minar mi voluntad.
- Quizá quiera esperarlo aquí, señora.- me ofreció la
mujer- No sabe dónde está, y si él viene de camino el
primer pueblo al que irá es Gilbertown, y es probable
que pregunte por usted aquí. Somos la única posada del
pueblo.
Cerré mis manos con impotencia. No llevaba ni una sola
moneda conmigo.
37
- Lo lamento, pero es mi esposo quien lleva el dinero. No
puedo pagarle una habitación.
La mujer suspiró y me miró de nuevo. Sabía que estaba sucia y
desarreglada en todos los aspectos pero no tenía un solo lugar
donde poder bañarme y descansar.
- Venga conmigo.- dijo la mujer al fin- Podrá bañarse,
cambiarse de ropa y descansar un poco. No se preocupe
por el dinero. Si su esposo viene a buscarla ya me lo
pagará.
- No sabe cuánto se lo agradezco.
La mujer se presentó como Marian, la esposa del propietario de
la posada, y me condujo por el piso superior hasta una pequeña
habitación, con una cama mullida, un armario ropero con un
espejo de medio cuerpo y un escritorio al pie de la ventana.
- Aquí podrá descansar y cambiarse de vestido. ¿Ha traído
algo consigo?
- Me temo que no. Durante el viaje extravié mi equipaje.
Marian asintió. Debía suponer que nos habían atacado por el
camino y por eso tenía tan mal aspecto.
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- En ese caso puedo prestarle uno de los míos. Le irán
bien. Espere aquí, mandaré que suban agua caliente y un
barreño y le traeré un vestido.
- Muchísimas gracias.- tomé su mano entre las mías y me
dije que ahora la vagabunda era yo- No tengo con qué
pagárselo.
- No se preocupe y ahora, descanse.
Marian abandonó mi habitación y me dejó sola, sentada sobre la
silla del escritorio. Hubiera deseado tumbarme en la cama pero
mi ropa estaba tan sucia que no quise ensuciar la colcha de rosas
bordadas que la cubría.
Gracias a Dios que había encontrado buenas personas en mi
camino hasta aquí por que de lo contrario no hubiera llegado y
me hubiera visto sola y en la calle, sin nada ni nadie. Me puse en
pie y caminé por el cuarto, intentando relajarme. No se oía nada
en el exterior.
Me asomé a la ventana y contemplé la calle principal, con sus
lugareños, que iban y venían dedicados a sus tareas diarias. Me
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incliné un poco y pude ver a Baltar, atado bajo el edificio. Y
junto a él, Marian, rebuscando en los bolsillos de la silla.
El corazón me dio un vuelco y observé atentamente a aquella
mujer que hacía un momento me había dado cobijo bajo su
techo y ahora intentaba apoderarse de algo vital para mí. El
libro.
Marian fue hasta el otro lado del caballo y abrió el otro bolsillo,
introdujo su mano hasta el fondo y palpó sin éxito. Confusa y
airada, miró hacia arriba y nuestros ojos se encontraron.
Palpé bajo mi chal, y rocé el libro con los dedos. Había decidido
llevarlo conmigo todo el tiempo desde que el mendigo me
detuvo en el camino. Y ahora daba gracias por esa inspiración.
Marian salió corriendo y entró en el edificio. Escuché el ruido
de sus pasos en el piso inferior. Asustada, no se me ocurrió otra
idea que abrir la ventana de par en par y subirme al alfeizar,
agarrada con todas mis fuerzas a los lados de la ventana.
Los pasos se oían cada vez más cerca pero mis pies tropezaban
con la falda del vestido y temía precipitarme al vacío si daba un
mal paso.
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Miré a mí alrededor y observé una piedra sobresaliente en la
pared exterior del edificio, quizá lo suficientemente amplia para
que un pie se posase en ella. Recé para que la piedra soportase
mi peso e impulsándome con las manos salté y quedé
suspendida del vacío con mi pie izquierdo posado sobre la
piedra.
Por fortuna aquella casa era de piedra vista y había un poco más
abajo otras piedras lo bastante anchas para apoyar parte del pie
sobre ellas.
Marian se asomó por la ventana y al verme allí suspendida
palideció.
- ¿¡Pero qué hace!? ¿Es que acaso se ha vuelto loca?
- Déjeme en paz.
Con un esfuerzo bajé lo suficiente hasta que mi pie derecho
tanteó otra piedra y lo apoyé en él. Quizás mi idea funcionase
después de todo.
- ¡Se va a matar!- gritó Marian desde la ventana.
- ¡Me ha mentido!- le dije- ¡No quería ayudarme, quería
robarme!
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Marian no se defendió. Mientras tanto, mi mano encontró otro
agarradero y busqué con mi pie izquierdo otra piedra un poco
más abajo.
- No es lo que parece.
- ¡Sé perfectamente lo que es!- le grité- ¡Quiere el libro!
- ¡¿Qué puede importarle a usted ese libro si no sabe lo
que es?!
La miré un momento y mi pie derecho quedó suspendido en el
aire.
- Mi esposo me dijo que lo cuidara y eso para mí es
suficiente.
- Su esposo robó el libro para nosotros ¿no se lo dijo? Sí
¡su esposo lo robó!
La sorpresa hizo que se me aflojasen las manos y resbalé. Caí
unos centímetros pero gracias a Dios mi pie encontró sujeción y
pude agarrarme con las manos a otra piedra.
- No le haremos daño, se lo prometo.- me suplicó Marian
desde arriba- Déjenos ayudarla. Su esposo debió de
decírselo.
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- ¿Decirme qué?
- Que debe entregarle ese libro a Nathaniel y sólo a él.
Me detuve, aferrada a la pared y miré a Marian, que parecía
totalmente sincera desde allí arriba. Pero antes ya me había
mentido.
- ¿Nathaniel?
- Sí. –Marian sonrió- El libro debe llegar a él, es lo que su
esposo pretendía ¿no se lo dijo?
Las últimas palabras de Henry fueron que no me fiase de nadie
pero también me dijo que debía encontrar a Nathaniel y darle
ese maldito libro. La duda me hizo preguntarme si sería cierto lo
que Marian decía, si mi esposo era un ladrón.
Las manos comenzaban a dolerme terriblemente y no aguantaría
mucho más en esa posición. Tenía que decidirme ya.
- Por favor, déjeme ayudarla. – me suplicó Marian- Por
favor.
- ¡¿Cómo sé que no me está mintiendo?!
Marian lo pensó un momento.
- Por que sé dónde está Nathaniel.
43
5.
El carruaje avanzaba a gran velocidad por el camino. Los
árboles nos rodeaban y podía ver el cielo azul a través de las
copas, que prácticamente lo cubrían todo por completo.
Joshua, el esposo de Marian, conducía el carruaje, tirado por dos
caballos percherones color negro. Era un hombre delgado, de
unos treinta años, de pelo castaño y rizado que le llegaba hasta
el hombro y una mirada azul que expresaba cuanto pensaba.
Su esposa, Marian, iba a mi lado, con un vestido amarillo y un
chal marrón cubriendo sus hombros. Me miraba de reojo de
cuando en cuando, como intentando darme confianza, pero no
era tan fácil.
Había accedido finalmente a escuchar a Marian y con ayuda de
su marido bajé a tierra sin ningún daño. Una vez en el
dormitorio, Marian y Joshua me mostraron ambos su antebrazo
izquierdo y vi tatuada en su piel una serpiente color rojizo
mordiéndose de la cola.
44
- Somos parte de los Primogénitos.- me explicó Joshua- Es
una organización que existe desde hace siglos, desde el
comienzo de la Humanidad.
Miré a Joshua sin entender de qué estaban hablando.
- Existimos desde hace siglos con un único fin.- continuó
Marian- Hallar ese libro. Es importantísimo para todos
nosotros.
- ¿Por qué?- pregunté yo- ¿Qué hay en este libro? ¿y qué
hacía con él mi esposo? ¿Por qué me has dicho que él lo
robó para vosotros?
- Por que- dijo Joshua- él es uno de los nuestros.
La expresión de perplejidad de mi rostro debió de darles a
entender que no les creía. Les escuchaba, sí, pero no comprendía
la importancia de lo que me estaban revelando y no conseguía
situar a Henry en medio de todo aquello.
- ¿Me estáis diciendo que sois una secta y que Henry
forma parte de ella?
Marion miró a su esposo y Joshua negó con la cabeza.
- Tu esposo es un héroe entre los nuestros.- dijo Marian.
45
- ¿Un héroe?
- Henry encontró la forma de sacar el libro del lugar donde
lo habían estado ocultando todo este tiempo. Lo salvó
para nosotros, para Nathaniel.
Alcé las manos, confusa.
- Mi marido me dijo que debía entregarle el libro
únicamente a Nathaniel y así lo haré. Dijiste que sabías
dónde estaba.
- Así es.- Marion sonrió- Y te llevaremos hasta él. – Miró
a Joshua- Él te explicará todo cuanto necesitas saber.
Así pues ahí me encontraba entonces, camino a alguna parte con
la única compañía de Marion y Joshua, que no volvieron a
dirigirme la palabra en todo el trayecto.
Marion me había proporcionado un vestido color verde
esmeralda con escote de barco y pedrería que, a mi juicio,
resaltaba mi cabello color castaño rojizo y mis ojos verde
oscuro. Había podido lavarme y adecentarme, lo que le
agradecía infinitamente a pesar de no dar muestras de ello.
46
Llevábamos mucho tiempo en el camino cuando me decidí a
romper el silencio y pregunté en voz alta cuánto faltaba para
llegar a nuestro destino.
- No mucho.- me informó Joshua- Podrás ver el castillo
tras la siguiente colina.
- ¿Castillo?
Acostumbrada a vivir en la ciudad, la idea de ver un castillo
como los de antaño me hizo sentir como una princesa cautiva en
un cuento de hadas. Sin embargo, a pesar de mi inquietud por
saber adónde me conducían exactamente y lo que me depararía
el destino una vez allí, cierta curiosidad comenzó a hacerme
fantasear con aventuras y emociones que tan solo había
escuchado en relatos.
Al cabo de poco tiempo, tal y como Joshua me había dicho,
divisé en la cima de una colina una estructura con torreones que
dominaba el paisaje. Según nos fuimos acercando por el camino,
el aspecto del castillo se fue haciendo más señorial y una parte
de mí ardía en deseos de llegar cuanto antes y traspasar sus
muros.
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Al llegar el carruaje a las puertas del castillo, dos guardias
armados nos detuvieron y Joshua dijo algo a uno de ellos en voz
baja. Tras consultarlo con su compañero, el soldado accedió a
dejarnos pasar y nos adentramos en el interior del castillo.
Al pasar por las enormes puertas me pregunté cómo podrían
moverlas dado su tamaño y peso, pero no hubo tiempo de
preguntar nada. Los altos muros que rodeaban el castillo me
cohibieron y tan sólo pude comprobar el ajetreo diario de los
habitantes de un castillo de época medieval.
Multitud de campesinos paseaban por el terreno que se extendía
en el intramuros del castillo, todos ellos ocupados en sus
labores. Unos llevaban carretillas y carros con heno, paja,
verduras y demás, mientras que otros corrían de un lado a otro
con mensajes u órdenes, los soldados hacían guardia en lo alto
de los muros o en el patio; incluso había varios niños que
jugaban uno detrás del otro mientras correteaban por el patio.
El carruaje se detuvo frente a la entrada del edificio principal y
Joshua bajó de un salto. Ayudó a bajar primero a su mujer y
48
luego a mí, y uno de los pajes se acercó corriendo y recogió las
riendas del carruaje.
- No tardaremos.- le dijo- Cuida de los caballos y dales
algo de beber.
- Sí, señor.
Al ver la reverencia del paje me pregunté si realmente Joshua
era un simple posadero u ocultaba un cargo más importante.
Seguí al matrimonio al interior del edificio y una vez dentro
comprobé que el señor de Westhill debía poseer una inmensa
fortuna si además de tener tantas tierras podía tener tanto lujo y
comodidades en el interior de su hogar.
Marion y Joshua parecían conocer el castillo a la perfección y se
dirigieron directamente escaleras arriba a través de múltiples
corredores y pasillos. De las paredes colgaban pendones de
brillantes colores, escudos de armas de distintas familias, y
varias armaduras huecas montaban guardia en los rincones,
armadas con lanza, escudo, espada o hacha.
Joshua se detuvo ante una puerta de doble hoja con ricos
adornos de árboles deshojándose en pan de oro. Dos guardias
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armados custodiaban la puerta, sobre la cual colgaba un escudo
de armas de mayor tamaño que el resto: un fondo azul con
varios círculos concéntricos de color blanco.
- Deseamos ver a Lord Eyeswolf.
Uno de los guardias observó el antebrazo que Joshua acababa de
arremangarse y al ver el tatuaje de la serpiente se enderezó y
llamó a la puerta. Tras unos momentos, el soldado entró y cerró
tras de sí.
Marion se alisó el vestido, al igual que yo hiciera ante ella hace
unas horas para aparentar estar en mejor posición de la que en
realidad estaba. Parecía un tanto nerviosa, cosa que no lograba
comprender.
La puerta se abrió y el soldado salió, dejando la puerta abierta
para permitirnos pasar.
Joshua fue el primero en traspasar el umbral, seguido por mí y
por Marion.
El interior de la gigantesca estancia estaba caldeado por un
fuego avivado en la chimenea. Un enorme escritorio de madera
de roble y pan de oro se encontraba en el centro de la estancia,
50
con varias sillas alrededor. Frente a la gigantesca chimenea,
situada a la derecha de la puerta, que además era el doble de
grande que la que mis padres tenían en su casa, había un diván y
varios sillones de aspecto confortable. Las paredes del fondo
estaban cubiertas por estanterías repletas de libros de todo tipo
de tamaño, color y grosor.
Y sentado a la mesa, escribiendo tranquilamente, se encontraba
Lord Eyeswolf.
Joshua avanzó hasta él y bajó la mirada hasta clavarla en la
punta de sus zapatos. Marion hizo una reverencia y aguardó a
que el noble le prestase atención. Yo me limité a permanecer
tras Marion, disgustada por el inesperado giro que estaban
tomando las cosas. Esperaba encontrarme con el tal Nathaniel y
en su lugar me llevaban a ver a un conde.
Lord Eyeswolf levantó la mirada y la clavó en mí. El azul de sus
ojos me traspasó y sentí como si alguien me lanzase un cubo de
agua helada que, sin embargo, ardía. Jamás ojos humanos vieron
un azul tan intenso.
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O eso fue lo que pensé, aunque la impresión duró apenas unos
segundos, y el tono azul oscuro regresó a sus ojos como si jamás
hubieran sido dos llamas azules que me abrasaban al mirarme.
Joshua y Marion parecieron no haber visto nada inusual y
simplemente, aguardaban a que Lord Eyeswolf dijese la primera
palabra.
- ¿Y bien?
La voz de aquel noble era suave y profunda al mismo tiempo.
Era la clase de voz que deseas oír antes de acostarte, por que
intuyes que te protegerá de los malos sueños.
- ¿A qué habéis venido?
- Mi Señor.- Joshua carraspeó, nervioso- Hemos recibido
noticias de Henry James.
Lord Eyeswolf se puso en pie y se colocó frente a Joshua con el
rostro inescrutable. Ahora que estaba tan cerca, pude confirmar
que era un hombre atractivo: tenía el pelo largo y fino hasta los
hombros y de un negro azabache brillante, la mandíbula fuerte,
la piel muy blanca y los labios bien formados. No había ningún
signo de imperfección en él ni en su porte. Era el prototipo de
52
noble con que las jovencitas ingenuas fantasean que las cortejará
algún día.
- ¿Ha regresado?- preguntó Lord Eyeswolf y creí ver en su
rostro un atisbo de inquietud.
- No exactamente.- Joshua se hizo a un lado y me señaló-
Esta joven es su esposa, Señor, y os trae nuevas sobre
Henry.
Permanecí quieta y traté de no mostrar miedo ante la mirada
feroz que me dirigió aquel noble. Mi familia tenía dinero y
nuestro apellido tenía cierto renombre pero no contábamos con
un título de nobleza como aquel caballero que con tanta
superioridad se comportaba con todos.
- Así que Henry optó por la segunda opción.- dijo con
sorna Lord Eyeswolf.- Le dije que podía casarse pero lo
dije en broma. Este hombre no sabe encajar un sarcasmo.
– Me miró con descaro de arriba abajo y pareció no
agradarle en lo más mínimo lo que vio- En fin, si ya no
hay remedio…
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- Disculpe, Lord Eyeswolf, pero no toleraré que se hable
así de mi marido.
Lo dije para defender el nombre de Henry, que ahora también
era el mío, aunque en realidad pensaba muchas cosas sobre su
persona que no iba a decir en voz alta.
Marion se hizo a un lado y me dejó sola bajo la fría mirada de
aquel hombre.
- Comprendo que esté confundida.- dijo Lord Eyeswolf-
Henry me dijo que usted no sabía nada, así que es
prácticamente un milagro que se haya atrevido a venir
hasta aquí usted sola. Sin embargo, es con Henry con el
que deseo hablar y aclarar ciertos aspectos sobre su
compromiso con nosotros. ¿Dónde está?
Joshua y Marion me miraron, impacientes. Deseaban que
abriese mi corazón y les entregase el codiciado libro cuanto
antes pero yo no estaba para nada convencida de lo que debía
hacer en ese momento. De hecho, no tenía ni idea de lo que iba a
pasar conmigo desde el momento mismo en que dije el “sí,
quiero” frente al pastor.
54
- Mi esposo y yo fuimos atacados cuando nos dirigíamos
hacia aquí. –Le dije- Un hombre nos asaltó en la posada
donde íbamos a pernoctar pero conseguimos reducirlo el
tiempo suficiente como para huir de allí. Henry me dio el
libro y se quedó a enfrentarse con aquel hombre.
Lord Eyeswolf frunció el ceño.
- ¿Qué aspecto tenía ese hombre?
- Alto, muy fuerte…- la verdad es que con todo lo que me
había pasado desde entonces no recordaba exactamente
el aspecto de nuestro agresor.- Y rápido. Nos siguió a
caballo a pesar de que le llevábamos ventaja y nos
alcanzó.
Joshua y Marion intercambiaron una mirada. Al parecer todos
sabían de quién estaba hablando menos yo.
- Tranthiel.
- Seguramente.- afirmó Lord Eyeswolf, sombrío.
Miré a todos los presentes, cada uno de los cuales estaban
ensimismados en sus propios pensamientos y me sentí excluida
de algo que intuía era vital para mí también.
55
- ¿Puede alguien explicarme quién era aquel hombre?-
pedí con un leve tono de irritación en la voz.
Joshua me miró como si hubiese olvidado que estaba a su lado.
- Es un… mensajero.
- ¿Mensajero de quién? ¿Qué quería de mi esposo?
- El libro.- me respondió Marion- Le dije que ese libro
había estado custodiado hasta que su marido lo robó para
nosotros. Ése era el plan.
- ¡¿Qué plan?!
Lord Eyeswolf alzó una mano y Joshua y Marion callaron,
obedientes. Perpleja, me volví hacia aquel noble déspota y éste
me pareció mucho más fuerte y amenazador que antes.
- ¿Dónde está el libro?
Sentí el peso del volumen que ocultaba bajo mi chal como si se
tratase de plomo pero no me atreví a mostrarlo. Henry me había
dejado muy claro que únicamente debía dárselo a Nathaniel.
- Si realmente conoce a Henry, también debe saber a quién
va destinado este libro.
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Lord Eyeswolf frunció el ceño, realmente molesto. Quizá me
había equivocado y me había metido en la guarida de los
enemigos de mi marido llevada por mi deseo de terminar con
toda aquella locura cuanto antes. Sentí una mano fría que
aferraba mi corazón ante aquella terrible idea.
- Ése libro debe ser abierto únicamente por mí.
Lo miré de arriba abajo, intentando entender qué quería decir
con aquellas palabras.
- Él es Nathaniel.- me susurró Marion.
57
6.
Lord Eyeswolf aguardó pacientemente a que reaccionase. La
noticia me dejó sorprendida y no sabía qué hacer. Por un lado,
Henry me había dejado claro que debía entregarle el libro a
Nathaniel pero también me había dicho que no confiase en
nadie. ¿Cómo podía determinar si decían la verdad cuando
señalaban a aquel hombre como Nathaniel? No lo podía saber.
- Entrégueme el libro.- me dijo Lord Eyeswolf
extendiendo su mano.
No me moví. Intentaba pensar con rapidez, debía haber alguna
forma de cerciorarse de que decían la verdad, pero ¿Cuál?
- ¿Cómo puedo saber si decís la verdad?- les pregunté-
¿Cómo puedo saber si realmente es Nathaniel? No lo
conozco, no sé nada sobre ese hombre, sólo sé que
Henry lo conocía y que iba a entregarle ese libro.
- Mi nombre es Nathaniel Eyeswolf.- me dijo- Soy señor
de todo lo que ve. Pero no, no puedo darle ninguna
prueba de que soy la misma persona que su esposo
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buscaba. Sólo puedo decirle que Henry pertenecía a
nuestro grupo, y que en su brazo izquierdo llevaba
tatuado un símbolo idéntico al de Joshua y Marion.
Como su mujer, debe saber que es cierto.
Me quedé sin habla. Henry y yo jamás habíamos tenido ningún
tipo de acercamiento físico salvo aquel beso rápido tras la
ceremonia de bodas. Como su esposa se esperaba que hubiera
pasado la noche con mi marido al menos una vez pero ése no era
mi caso y no podía estar segura de si Henry llevaba o no ese
tatuaje.
- No puedo saber eso.- respondí.
Lord Eyeswolf me miró sorprendido.
- ¿Cómo es eso posible?
Me moría de la vergüenza de tener que estar explicando cosas
íntimas de mi vida privada a aquellos desconocidos pero al
parecer, si quería mantener mi promesa de proteger el libro,
debía hacerlo.
- No he tenido intimidad con mi marido aún. Nos atacaron
antes.
59
Lord Eyeswolf lo pensó durante unos momentos. Podía ver en
sus ojos las ideas ir y venir a una velocidad anormal. En pocos
momentos sonrió y dijo:
- Sé cómo demostrarle que su marido es parte de nuestro
pequeño círculo. Venga conmigo.
Lord Eyeswolf estaba acostumbrado a que sus palabras fueran
ordeno y mando y sin esperar ninguna respuesta de mi parte fue
hasta su escritorio, abrió un cajón y saco una cajita de plata
elegantemente tallada con espirales y círculos concéntricos
similares a los del escudo de armas que había visto en el
exterior. De debajo de su camisa blanca sacó un collar en cuyo
extremo pendía una llave de plata de pequeño tamaño. La tomó
y con ella abrió la cajita.
Joshua y Marion aguardaban en silencio y yo tuve que
contenerme para no acercarme y admirar de cerca aquella
pequeña obra maestra.
Lord Eyeswolf sacó un anillo de la cajita y satisfecho, se acercó
a mí y me lo entregó.
- Observe el escudo de armas de su marido.
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En efecto, el anillo era en realidad un sello y el escudo de armas
de la familia de Henry James Afferty, un águila coronada por
laureles y entre cuyas patas sostenía una serpiente rojiza similar
a la que esas personas llevaban tatuadas en su brazo.
- Todos los miembros de mi comunidad- explicó Lord
Eyeswolf- deben dejarme una muestra de su lealtad y la
prenda que deben darme es su anillo personal, su sello de
familia.
Sostuve el anillo de Henry entre mis manos temblorosas. Henry
sí era parte de la nobleza, de hecho su familia era una de las más
importantes de Inglaterra y los padres de mi marido habían
tenido que estudiar detalladamente la propuesta de mi padre, ya
que para ellos la fortuna de mi familia no era suficiente para unir
mi casa a la suya. Finalmente, por insistencia de Henry, sus
padres accedieron y mi padre se enorgulleció de que, al fin, su
familia entrase en lo que llamaba “la alta sociedad”.
No había más dudas. El sello de Henry sólo podría habérselo
dado él mismo.
61
Miré a Lord Eyeswolf y le devolví el anillo. Descolgué mi chal
de los hombros y rebusqué en el bolsillo secreto hasta sacar el
preciado libro.
Joshua y Marion miraron el volumen como si jamás hubieran
visto nada más importante en sus vidas. De hecho, creí percibir
cierto temblor en ambos, y poco faltó para que hicieran una
reverencia ante el objeto.
La expresión del noble ante el libro fue otra muy distinta. Un
brillo extraño desprendía su mirada al fijarse en el libro que
sostenía entre mis manos.
- Le creo.- miré el libro de Henry- Creo que esto es suyo.
Nathaniel Eyeswolf acercó su mano al libro y casi con
adoración, lo tomó. Observé el repentino cambio en su
expresión y me pregunté qué contendría aquel libro. No parecía
tener valor a simple vista y sin embargo aquellas personas,
Henry mismo, habían estado buscándolo durante mucho tiempo.
- Al fin.- Joshua sonreía, emocionado- Por fin podremos
actuar.
Marion se acercó a lord Eyeswolf para ver mejor el libro.
62
- Es la hora.
Lord Eyeswolf miraba el libro en silencio. No parecía escuchar
nada de lo que los demás decían, se limitaba a pensar para sí
mismo, totalmente absorbido por el libro que sostenía.
- ¿Puede alguien decirme qué está ocurriendo?- pedí,
aunque sin esperanzas de que nadie me fuese a explicar
nada.
Para mi sorpresa, Lord Eyeswolf levantó la mirada al oír mi voz
y sonrió, relajado.
- Henry cumplió su parte.- dijo- ¿Sabe algo más sobre su
paradero actual?
- Dijo que nos encontraríamos aquí, en Westhill.
Nathaniel asintió, pensativo.
- Espero sinceramente que no le haya ocurrido nada.
- ¿Me está diciendo que mi marido podría estar herido?-
pregunté, ansiosa. No había pensado hasta ese momento
que cabía la posibilidad de que aquel hombre de
extraordinaria fuerza podría haberle hecho daño.
Marion acudió a mi lado y me rodeó con su brazo.
63
- Eso no lo sabemos. Debemos esperar que regrese con
bien.
- Mientras tanto- Joshua se acercó a Nathaniel- creo que
deberíamos comenzar.
Nathaniel asintió. Con el libro firmemente sujeto, se volvió
hacia Joshua y le dio una palmada en el hombro.
- Reúnelos a todos. Esta noche, a las diez.
- Sí, mi señor.
Joshua hizo una reverencia y se alejó raudo hacia la puerta. Se
detuvo y llamó a Marion, que dudó.
- Ven con nosotros.- me pidió- Cuidaremos de usted.
Todo aquello me parecía absurdo y estaba totalmente fuera de
lugar allí pero ansiaba por sobre todas las cosas, saber más de
todos ellos y entender qué es lo que Henry hacía con esas
personas.
Miré a lord Eyeswolf pero él no hizo intento alguno de
mostrarse hospitalario conmigo, se limitó a mirarme fijamente.
Ante su indiferencia, no tuve más remedio que acceder a la
64
petición de Marion, e igual que vinimos, los tres abandonamos
la residencia de Lord Nathaniel Eyeswolf, señor de Westhill.
Durante el camino de regreso, Marion y Joshua no dijeron una
palabra y me dejaron indagar sola en mis propios pensamientos.
Lo que había averiguado sobre Henry era inquietante. Nos había
engañado a todos, ¡pertenecía a una secta, por Dios santo!
Y no sólo eso, sino que además se había involucrado con gente
muy peligrosa, como ese tal Nathaniel, que parecía ser quien
mandaba en todos ellos. Ese hombre le había hecho robar algo a
gente aparentemente muy importante y eso había motivado que
nos asaltasen durante nuestro viaje de novios. Así pues, si yo me
encontraba en esa situación tan extraña y por descontado,
peligrosa, era por culpa de Lord Nathaniel Eyeswolf.
Una vez en la posada, Marion y Joshua se encerraron en una
habitación y me dejaron nuevamente sola, pero no estaba con
ánimos de salir a dar un paseo y me encerré igualmente en mi
habitación. Me senté sobre la cama y así permanecí, observando
65
mi rostro en el espejo de enfrente, intentando hallar en mí más
valor del que tenía en aquel momento.
Esas personas se iban a reunir esa misma noche pero nadie me
había dicho nada sobre qué querían hacer con ese libro. Según
había entendido de las palabras de Joshua, iban a hacer algo que
habían estado esperando durante mucho tiempo. Pero ¿qué?
Ardía en deseos de investigar más pero temía que si hacía
demasiadas preguntas decidiesen dejarme tirada y sin Henry no
podía ir a ningún sitio sola ya que no tenía ni dinero ni contactos
en aquellas tierras. Estaba completamente a su merced.
Marion me trajo algo de comida al ver que no bajaba al
comedor, pero no tenía hambre. Estaba demasiado nerviosa para
comer nada y la mujer pareció notar mi estado de ánimo, ya que
me dejó la bandeja sobre el escritorio y se retiró en silencio.
Pasé la tarde intentando encontrar una solución a mis problemas
pero la única que se me ocurría era pedirle algo de dinero a Lord
Eyeswolf para poder regresar a mi casa. Una vez allí, inventaría
alguna historia y convencería a mis padres de que mi unión con
Henry no tenía futuro. Sí, eso es lo que debía hacer.
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Pero para ello debía suplicarle a Lord Eyeswolf y esa idea no
podía soportarla. Volver a ver a aquel hombre tan frío y además
culpable de mi situación, me desagradaba profundamente pero
no me quedaba más opción que ésa.
Escuché voces en el piso inferior y supuse que Joshua había
regresado. Le había escuchado marcharse precipitadamente al
finalizar la reunión secreta que había mantenido con Marion en
su habitación y llevaba toda la tarde fuera haciendo alguna
misteriosa labor para su señor.
Bajé las escaleras justo a tiempo para ver a Marion y Joshua
preparándose para salir. Ambos me miraron desconcertados.
- Voy con ustedes.
- No puede venir.- Joshua se mostró inflexible- Esta noche
no.
- Debo hablar unas palabras con Lord Eyeswolf.
- Podrá hablar con él mañana.- me rechazó nuevamente.
Marion me dirigió una mirada de disculpa y Joshua abrió la
puerta para salir.
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- Debo hablar con él hoy mismo. Si no me llevan con
ustedes, iré sola con mi caballo y me las ingeniaré para
llegar hasta él.
Joshua pareció dudar. Seguramente pensaba que si había sido
capaz de hacer todo el viaje solo a lomos de un caballo de tiro
también sería capaz de cumplir mi amenaza.
Marion rozó el brazo a su marido, conciliadora.
- Deja que venga, Joshua.- pidió Marion- Quizá deba
saber en qué se ha metido al casarse con Henry.
Joshua, nada convencido, asintió.
- Está bien. Puede venir. Ya veremos qué opina Lord
Eyeswolf de esto.
Sonreí a Marion, agradecida, y los tres abandonamos la posada
resguardados por la oscuridad de la noche.
68
7.
Definitivamente Joshua tenía razón acerca de la actitud que
tomaría Lord Eyeswolf al verme de nuevo bajo su techo aquella
noche. Fuimos los primeros en llegar a la esperada reunión y
Joshua se apresuró a justificar mi presencia allí en cuanto
apareció Lord Eyeswolf.
Marion se mantuvo callada junto a mí durante toda la
conversación entre ambos hombres, pero las dos observábamos
la reacción del señor del castillo, que parecía realmente furioso.
Las puertas dobles se abrieron y comenzaron a entrar los
invitados. Lord Eyeswolf y Joshua dejaron de hablar al instante
y esperaron a los recién llegados.
Nos encontrábamos en un salón mucho más espacioso que
cualquier otro que hubiese conocido. En el extremo más
apartado se encontraba una chimenea de dimensiones enormes
gobernada por una cabeza de león blanco bellamente tallada. El
salón tenía grandes ventanales pero todos ellos estaban cubiertos
69
por gruesas cortinas oscuras que impedía que desde el exterior
cualquier extraño viese lo que ocurría en el interior.
El suelo estaba cubierto por una hermosa alfombra decorada con
motivos hindúes y sobre nuestras cabezas colgaba una araña de
cristal que bien hubiese podido estar en un gran teatro de la
ópera de cualquier capital del mundo.
Los primeros en llegar fueron un grupo de cuatro personas,
todos ellos cubiertos de arriba abajo con capas oscuras y
encapuchados. Al ver a Nathaniel, todos ellos, sin excepción, se
despojaron de sus capuchas y se inclinaron ante él con devoción.
Ese gesto para mí valió más que cualquier otro en el mundo:
esas personas no sólo le servían –de la forma en que fuese-, sino
que además le respetaban e incluso idolatraban como tan sólo se
hace con los santos, el Papa o el mismísimo rey.
Me pregunté qué tipo de poder debía tener aquel noble para que
todas esas personas, seguramente de apellido notorio, al igual
que mi esposo, le rindiesen vasallaje.
Uno de los cuatro encapuchados, un hombre de pelo cano y
bajito, rechoncho y con un parche en el ojo izquierdo, dio la
70
mano a Joshua tras la reverencia y Nathaniel le dio un amistoso
golpe en el hombro. Sus acompañantes, dos jóvenes de pelo
rojizo de entre veinte y treinta años, se parecían
extraordinariamente a aquel hombre, por lo que deduje que
debían tratarse de sus hijos.
El cuarto invitado era un hombre de color casi tan alto como el
mismo Nathaniel, de expresión taciturna, y ojos azules.
- ¿Quiénes son?- susurré a Marion.
- Aquel hombre de pelo cano es Sir John Crew y los dos
jóvenes que le acompañan son sus dos hijos, el más
joven es Willem y el mayor Dariem.
- ¿Y el otro hombre?
Marion frunció el ceño al observar al cuarto invitado.
- Él es Sir Omir Nassam.
No había oído nunca esos nombres y dudaba que cualquiera de
ellos fuese común en la sociedad londinense.
- ¿Cuántos más han de venir?- indagué.
- Somos ocho- me dijo Marion- En otro tiempo fuimos
trece pero… sólo quedamos nosotros.
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Quise preguntar qué había ocurrido para que el grupo perdiese
tantos miembros pero en ese momento entraron en la sala dos
personas más. Una de ellas se trataba de un hombre de la edad
de Nathaniel, unos treinta años aproximadamente, de tez clara y
ojos verdes. Su pelo castaño lo llevaba elegantemente sujeto por
una cinta lila hacia atrás y bajo la capa negra distinguí el pomo
de una daga.
Nathaniel fue a recibirle personalmente y ambos se sujetaron los
antebrazos con respeto. Sólo después de este intercambio de
saludos, el extraño hizo una inclinación de cabeza ante
Nathaniel.
El segundo y último en entrar era un muchacho que no tendría
más de diecisiete años, llevaba el pelo rubio muy corto y
también tenía los ojos azules. Era el más bajo de todos los
hombres y por su figura, el más débil también. Al ver a
Nathaniel, se inclinó con reverencia y hasta que no sintió la
mano de Lord Eyeswolf en su hombro, no levantó la vista del
suelo.
- El círculo se ha reunido.- dijo Joshua en voz alta.
72
- Pero hay un extraño entre nosotros.- dijo a quien Marion
había llamado Omir Nassam.
Nathaniel y todos en la sala me miraron fijamente y por un
momento sentí que me hacía cada vez más pequeña y deseé
desaparecer de allí cuanto antes.
- Es mi invitada.- dijo Lord Eyeswolf- La esposa de
Henry.
Hubo un mar de susurros llenos de asombro. Al parecer, Henry
era conocido de todos y a nadie había contado sobre su boda
conmigo. No sabía en qué lugar me dejaba eso.
- ¿Ese insensato te tomó la palabra?- preguntó Sir John,
asombrado.
Nathaniel frunció el ceño, molesto por el comentario.
- Sí. Henry nunca tuvo sentido del humor.
- Si hubieses insinuado que cavase un túnel en Alaska en
vez de que se casara, a estas alturas estaría con la tierra
hasta el cuello.- se carcajeó el hombre al que Nathaniel
había ido a saludar en persona.
73
- Bueno, ¿y dónde está Henry?- preguntó Dariem, mirando
a su alrededor.
Joshua carraspeó.
- Él no ha podido venir a esta reunión.
- ¿Por qué motivo?- indagó el más joven- ¿Dónde está?
Nathaniel me miró a mí y respondió.
- Eso, señores, deberían preguntárselo a su esposa. Es ella
la última que lo vio con vida y por lo que sabemos, bien
podría haber perdido esa condición en las últimas horas.
Sus duras palabras me hirieron profundamente y me inquietó
que realmente fuese así. ¿Y su Henry estaba malherido, o
incluso muerto?
- Sólo sé, caballeros.- dije en voz alta, intentando mostrar
entereza bajo la acusadora mirada de aquel noble- que mi
marido luchó contra un perseguidor al que, al menos yo,
no conocía.
La tensión en todos ellos era evidente y supe que ya habían
imaginado de qué se trataba.
- Entonces, ¿tuvo éxito?- preguntó Sir John.
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- Lo tuvo.- respondió Nathaniel- Henry entregó el libro a
su esposa y ella me lo ha entregado a mí hace unas horas.
Diciendo esto sacó de debajo de su chaqueta el mencionado
libro y todos los presentes agrandaron los ojos, expectantes.
Omir Nassam se acercó más y alargó la mano hacia el libro sin
llegar a tocarlo.
- Por fin.- susurró lo bastante alto para que todos lo
oyesen.
- Amigos- comenzó Nathaniel- después de tantos años de
espera y de infortunio, al fin, podremos cambiar nuestro
sino.
Sir John, emocionado, se acercó aún más y por su mirada
hubiese jurado que estaba a punto de abrazar a Nathaniel sin
contemplaciones.
- No he querido quitaros el mérito de haber compartido
mis penas y desventuras durante tanto tiempo, por eso,
he esperado hasta estar todos presentes para comenzar su
lectura.
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La tensión en la habitación casi podía cortarse con un cuchillo.
Marion me abandonó y se reunió con su esposo, que junto al
resto de invitados formaron un círculo perfecto en torno a
Nathaniel.
Lord Eyeswolf quitó la cinta al libro y con extremo cuidado, lo
abrió. Cualquiera diría que en sus manos hubiese algo más
valioso que el oro, tal era la forma en que sujetaba el libro.
- “Día decimotercero desde el fin de la Rebelión.
Cumpliendo con las órdenes, perseguimos a los
insurgentes y los hicimos prisioneros. Muchos de ellos
prefirieron morir a ser detenidos y el dolor por la
pérdida de nuestros hermanos nos endureció el corazón.
No tenía que haber sido así. Pero los rebeldes no nos
dejaron otra opción. Muchos buenos hermanos que han
combatido a mi lado jamás regresarán a la vida y esa
pérdida no es fácil de olvidar ni de perdonar”.
Las palabras de Nathaniel resonaban en la habitación como si un
extraño eco se hubiese adueñado de la voz de aquel noble.
76
Todos los que lo rodeaban escuchaban en silencio, algunos
realmente afectados por lo que estaba leyendo aquel hombre.
Por más que escuchaba, no comprendía qué interés podía tener
para aquellas personas ese diario, por que eso es lo que era. Un
diario sobre un combatiente de nacionalidad desconocida que
narraba sus impresiones tras un levantamiento. Intenté recordar
alguna revuelta que hubiese sido popular recientemente, pero
Inglaterra no era el lugar que aquel diario mencionaba. ¿Qué
otro país sería? Al parecer era la única de la sala que estaba
desconcertada y eso me molestaba muchísimo.
Nathaniel continuó leyendo.
- “Nos ordenaron capturar al cabecilla. Aquel cuya
traición fue peor que la de ningún otro. No pronunciaré
su nombre, ya que a partir de este día será borrado de
las filas de nuestro Señor. Nos costó muchas vidas dar
con él pero finalmente lo detuvimos y lo llevamos ante
Él. Pensé que su orden sería ejecutarlo pero no fue así.
Se celebrará un juicio después de todo. Mientras tanto,
todo se llevó a cabo en el más absoluto secreto y
77
dispusieron su traslado a una prisión especial, una en la
que nadie podrá ayudarlo a salir. Allí permanecerá
hasta que su juicio se lleve a cabo.
Fui convocado junto con otros seis hermanos y entre
todos cerramos la prisión. Cada uno de nosotros se llevó
un sello y éste permanecerá a nuestro lado hasta el día
del juicio. Así nos ha sido ordenado.”
Nathaniel interrumpió la lectura, conmocionado. En su rostro
veía un sentimiento angustiado que me dejó de piedra. Pero si su
expresión me resultaba extraña, la de los demás en la sala era
mucho peor.
Sir John y sus hijos comenzaron a hablar entre sí, muy
excitados; Omir Nassam hablaba en voz muy alta, intentando
llamar la atención del resto; Marion y Joshua permanecieron
callados, cogiéndose de las manos, aguardando. Sólo tres
personas parecían recomponerse en silencio, el propio
Nathaniel, su amigo, el personaje de la cinta lila en el pelo, y el
más joven de todos, que parecía sumido en sus pensamientos.
- Silencio.
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La palabra apenas sí se escuchó pero todos parecieron percibirla
de alguna forma y todos callaron a la vez. Miré a Nathaniel,
maravillada.
- Esto confirma lo que sospechábamos en un primer
momento. Lo mantienen confinado bajo siete sellos.
Joshua asintió. El hombre de la cinta lila sonrió, divertido.
- Siempre les gustó ese número.
- ¿Y ahora?- preguntó Omir- ¿Dice acaso la ubicación de
cada uno de los sellos?
- Lo que dice es que cada sello está custodiado por uno de
ellos.- aclaró Nathaniel- Así que inevitablemente, habrá
lucha.
Marion me miró de reojo y al ver la expresión de perplejidad de
mi rostro, me dedicó una sonrisa triste.
- Estoy preparado.- afirmó Omir rotundamente.
Nathaniel asintió. Todos los presentes estaban dispuestos a
seguirlo adonde fuese, aunque significase tener que ir al fin del
mundo. Lo harían por él.
- Decidido. Romperemos los sellos y salvaremos a Luzbel.
79
8.
Luzbel. Lucifer. Satán. Ese nombre sí lo conocía. El Diablo.
Al darme cuenta de que aquellas personas eran en realidad
adoradores del demonio, lo primero que me vino a la mente fue
escapar de allí cuanto antes y volver a mi casa.
Retrocedí de espaldas hacia la salida, la única puerta del salón,
que estaba cerrada con dos guardias en el exterior custodiándola.
Intenté trazar un plan de huída en el cual, me veía a mí misma
atacando a los soldados, robando un caballo y abandonando esas
tierras tan rápido como me lo permitiese el animal. Sé que esas
ideas eran más propias de una novela de aventuras que de la vida
real pero es que en esos momentos de profundo temor era lo
único que se me ocurría para salvar la vida. Estaba convencida
de que esas personas atentarían contra mi vida si se daban
cuenta de mis intenciones y sabía que debía actuar con rapidez y
sin llamar la atención de ninguno de ellos.
Cuando apenas faltaban unos metros para llegar a las puertas,
una voz me detuvo al instante y heló la sangre en mis venas.
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- Señora James.- Nathaniel me miraba fijamente y el resto
de los presentes lo imitó- ¿Dónde cree que va?
Quise inventar algo para salir de aquella situación pero no se me
ocurría nada.
- A ningún sitio. Sólo paseaba.- agaché la cabeza,
intentando aparentar inocencia, y di un par de pasos
hacia el grupo.
No creo que Nathaniel creyese en mis palabras, pero aún así,
continuó leyendo aunque no presté ya atención a sus palabras.
Miré fijamente las puertas, deseando que alguien entrase y me
llevase de aquella casa de locos adoradores de Satán antes de
que comenzasen algún tipo de misa negra o sacrificio ritual, tal
y como en alguna ocasión, había oído que ese tipo de gente
hacía.
Me sudaban las palmas de las manos y sentía un malestar en la
boca del estómago que, probablemente, fuese también hambre.
La voz de Nathaniel llegó de nuevo a mis oídos con su atractiva
cadencia y no pude evitar escuchar sus palabras.
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- “Es curiosa la forma de obrar de nuestro Señor. Ha
dispuesto que estos sellos sólo puedan ser abiertos por
aquellos a los que están confiados, nosotros, o por
aquellas otras criaturas que Él mismo ordenó destruir.
Dicen que algunos sobrevivieron al Castigo, pocos, pero
ellos y sus descendientes portarán una pizca de nuestra
esencia en sí mismos durante muchas generaciones. No
comprendo los designios de nuestro Señor pero tampoco
estoy aquí para hacerlo, sólo para cumplir su Voluntad.
Así pues, yo y mis hermanos permaneceremos atados a
los sellos hasta que nos reclamen. Y ¡ay! De aquel de
entre esas criaturas que intente apoderarse de lo que
hemos jurado proteger.”
La sala quedó en silencio. Nadie parecía dispuesto a romperlo,
ni yo misma. No sabía qué era aquel libro ni de qué hablaba
pero todas aquellas personas estaban muy afectadas por estas
últimas palabras.
- Realmente el Señor tiene un extraño sentido del humor.
Había hablado el hombre de la cinta lila en el pelo. Sonreía.
82
- Yuriel, no bromees, por favor.- le pidió Joshua- Esto es
importante.
- Sólo quería romper este silencio tan incómodo.- se
disculpó Yuriel encogiéndose de hombros.
Los hijos de Sir John se miraban entre sí con inquietud. Sir John
parecía extrañamente aliviado.
- Entonces será más fácil de lo que habíamos pensado.-
dijo con una gran sonrisa- Aún quedan algunos de
nuestros descendientes vivos y eso será suficiente para…
- Es más complicado que todo eso.- interrumpió Nathaniel
con una seriedad con la que no había hablado hasta
ahora.
Todos en la habitación percibieron ese sutil cambio en su voz,
en su expresión, y todos, al igual que yo, aguardamos
impacientes sus siguientes palabras.
- La señora James nos ha informado de que Henry y ella
misma fueron perseguidos durante su viaje hacia aquí
por un hombre extraordinariamente fuerte, rápido y
resistente. Quizá se trate de Tranthiel o quizá no, pero
83
están sobre la pista del libro. Saben que ha sido robado y
que lo tenemos nosotros. Y no creo que tarden
demasiado en localizar a los últimos vástagos para evitar
cualquier acción por nuestra parte. Yo lo haría en su
lugar.
Omir Nassam asintió.
- Estoy totalmente de acuerdo contigo, Nathaniel. Sus
mejores guerreros deben estar de camino hacia aquí en
busca de los últimos hijos. Sin ellos, no hay amenaza
posible.
- Eso significa que tenemos que darnos prisa.- dijo Sir
John con una nota de pánico en la voz- Mis hijos están
en peligro y cuanto antes permanezcan en un mismo
sitio, aunque sea tu casa, Nathaniel, antes los
encontrarán.
Marion corrió junto al más joven de los hermanos y le dio un
abrazo. El muchacho intentó sonreír pero se notaba en su
expresión que el miedo había empezado a surgir en su interior.
De todo aquello sólo había varios puntos que tenía claros.
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El primero de ellos era que esas personas, fueran de una secta o
no, querían ayudar a alguien que permanecía prisionero.
Probablemente, dejando atrás mi ataque de pánico, aquel
personaje tuviera un apodo y por alguna broma o algún rasgo de
su carácter le habían apodado Luzbel. Sí, sería eso.
Segundo. Que aquellas personas tenían un grave problema
encima. Mi marido había robado ese libro a alguien importante y
ahora ese alguien había enviado a otros, al parecer peligrosos, a
recuperarlo. Y a matar a los hijos de alguien que aún no habían
mencionado con claridad.
Yuriel intentaba discutir con Sir John acerca de su repentina
necesidad de salir huyendo con su familia, mientras Joshua
permanecía a la diestra de Nathaniel, pensativo. Omir Nassam
miraba fijamente al líder, y el más joven de la sala, el muchacho
que al parecer no venía acompañado, escuchaba atentamente la
discusión de Yuriel con Sir John.
- Paciencia, John, ahora no podemos actuar a lo loco. Hay
que pensar con cautela cada paso o fracasaremos.-
insistía Yuriel.
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- Habla por ti, Yuriel. Tú no tienes nada que perder, jamás
lo has tenido. En cambio yo sí. He perdido ya a dos
hijos, lo sabes bien, ¡todos lo sabéis!
- Nadie está diciendo que no vayamos a hacer nada, John.-
le dijo Joshua, intentando calmarle.
- Dos hijos… Raquel y Lorel… ¿los recordáis?- los ojos
de Sir John se llenaron de lágrimas al atisbar los rostros
de sus hijos en sus recuerdos. Esa escena, debo
reconocerlo, me conmovió profundamente. Ese hombre
amaba de verdad a sus hijos y jamás olvidaría a aquellos
que ya no estaban a su lado.
Yuriel no dijo nada. Al parecer él sí debía recordarlos.
- Todos los recordamos, John. –respondió Omir- No eres
el único al que le arrebataron su linaje.
- ¿Linaje?- Sir John casi escupió esa palabra- Yo hablo de
mis hijos, Omir, mi sangre. Tú hablas de apellidos y
coronas. Créeme, los dos lloramos pérdidas distintas.
Omir fue a decir algo pero Nathaniel levantó su mano y los
silenció a todos.
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- Tienes razón, John.- le dijo- Debemos actuar lo antes
posible. Ellos no conocen el nombre de todos los
supervivientes, por lo que su búsqueda llevará más
tiempo…
- Eso no es del todo correcto.- interrumpió el más joven de
todos con una expresión de inquietud en su rostro.
Nathaniel lo miró fijamente, como sorprendido por que aquel
muchacho hasta entonces sin voz, hablase de frente y en voz alta
y clara.
- Hace algunos años- siguió el joven- se escribió una
relación de los hijos que sobrevivieron al Castigo. Se
hizo un seguimiento del desarrollo de cada uno de los
Vástagos y se los localizó. Se conocen sus árboles
genealógicos hasta la actualidad y también sus paraderos
exactos.
- ¡¿Quién hizo eso?!- exclamó Yuriel enfurecido.
El grito de aquel hombre que hasta el momento había sido la voz
más calmada de todas me dejó sin respiración. Había algo en su
87
expresión que me hizo prometerme a mí misma que jamás le
llevaría la contraria a aquel hombre.
- Vertrel.
La conmoción reinó en la sala. Marion parecía realmente
exaltada y quise preguntar quién era ese tal Vertrel pero Joshua
se abalanzó sobre su mujer para intentar tranquilizarla.
- ¿Está vivo, está vivo aún? ¡¿Cómo, dónde?! ¿Por qué no
nos lo habías dicho antes?
- Esa es una buena pregunta.- dijo Nathaniel- Habla,
Mehiel. ¿Por qué esa información se ha mantenido
oculta incluso a mí?
El joven dio un paso al frente y de pronto comprendí que a pesar
de aparentar ser el más joven de todos nosotros, incluso más
joven que yo, aquel muchacho no era ni mucho menos, un niño.
- Recuerda, Nathaniel, que muchos de nosotros nos
dividimos tras la Represión. La mayoría abandonó este
lugar o murió. Quedamos muy pocos y muchos de
nosotros no saben exactamente quiénes fuimos los que
sobrevivimos a aquellos momentos de caos.
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- Eso es cierto.- corroboró Joshua- Pero no explica que
Vertrel haya ocultado que aún vivía y que tú, Mehiel, lo
hayas secundado.
Mehiel asintió.
- Tras muchos años, Vertrel dio conmigo.- continuó-
Estaba recopilando los nombres de todos los que
sobrevivieron y se quedaron. Su deseo era hacer constar
quiénes de nosotros vivían todavía y realizar un árbol
genealógico con los hijos que no hubiesen perecido en el
Diluvio.
El Diluvio. Aquella palabra era Bíblica. El famoso Diluvio
Universal por el que la Tierra quedó sumergida bajo las aguas
durante mucho tiempo. Esa parte de la Biblia la había escuchado
varias veces durante la misa, cómo hubo una única familia digna
ante los ojos de Dios que sobrevivió, cómo construyeron el Arca
y metieron en ella todas las especies animales de los dos
géneros. Así fue cómo Noé y sus hijos cumplieron la voluntad
de Dios.
89
Pero… ¿estaban hablando realmente del Diluvio Universal? Yo
desde luego, no conocía otro Diluvio.
- Le ayudé durante un tiempo en su proyecto pero
finalmente, hará cosa de unos quince años, lo abandoné.
Di con vosotros y me uní a la causa. Antes de
marcharme, sin embargo, Vertrel me hizo prometer que
no lo rebelaría a no ser que no hubiese otro remedio y
creo que ése momento ha llegado.
¿Quince años? Pero si ese joven no podía contar con más de
diecisiete o dieciocho años… Sin embargo, nadie se burló de sus
palabras o le tildó de mentiroso, todos ellos creían sus palabras
al pie de la letra y comencé a pensar qué clase de personas eran
aquellas que no las afectaba el paso del tiempo.
- Está bien, ya hablaremos de eso.- dijo Nathaniel- La
situación no se puede demorar más. John, Dariem y
Yuriel, localizad a Vertrel. Joshua y Marion dad con
Henry. Omir, Mehiel y yo nos haremos con el primer
sello. Pronto podremos volver a casa.
90
9.
La medianoche pasó tan rápidamente como llegó. Oscuros
nubarrones ocultaban el astro lunar que debía haber estado en su
fase completa esa noche. La oscuridad, sin embargo, es amiga
del sigilo, y eso era algo que en el castillo de Westhill, era
esencial.
Tras la reunión, todos los miembros del círculo se separaron con
la tensión dibujada en sus rostros. Nathaniel no dio más
instrucciones aquella noche, era como si todos ellos supieran a
la perfección su cometido y no necesitaran más guías u órdenes.
Lo cumplirían y regresarían, si podían, lo antes posible.
Marion se dio cuenta de mi pésimo estado de ánimo y
disculpándose con Nathaniel y el resto de los allí presentes, me
condujo escaleras abajo hacia las cocinas.
Una vez a solas con una cara conocida y que comenzaba a
demostrar fiabilidad, me relajé. Ansiaba sobre todas las cosas
comer algo para calmar al rugiente estómago, y también,
91
amparada por los altos muros del castillo, poder preguntar todo
aquello que no conseguía comprender durante los últimos días.
Los sirvientes en el castillo permanecían aún despiertos, atentos
a cualquier llamada de su señor, por lo que conseguir algo de
cena para ambas no fue difícil. Allí todos parecían conocer a
Marion y una mujer gruesa a la que mi nueva amiga había
llamado Beatrice, nos aseguró que nos harían llegar una cena
ligera al saloncito azul.
Fue Marion quien una vez más, me guió por el edificio hasta dar
con el citado “saloncito”. Era en realidad una habitación amplia
y de aspecto confortable, amueblado con gusto inglés y dotado
con grandes estanterías repletas de volúmenes. Un sofá color
rojo oscuro presidía la sala, frente a la chimenea encendida y en
un extremo había varias mesas y sillas color marfil.
Marion se sentó en el sofá y pareció ella misma suspirar de
alivio por abandonar la reunión. Me senté a su derecha y
contemplé las llamas bailar en la chimenea de piedra. No sabía
por dónde empezar.
92
- Seguramente estará cansada.- me dijo, rompiendo el
silencio.
- Un poco, sí.- admití- Aunque el hambre me mantiene
despierta.
No quise añadir que la curiosidad y el temor eran partes
indispensables en mi insomnio.
- En ese caso, he acertado al sugerir una cena ligera.-
sonrió ampliamente; parecía realmente feliz por haber
allanado un camino hacia mí.
El silencio nuevamente se hizo tenso entre nosotras. Pero yo
necesitaba desesperadamente contar con el apoyo de alguien,
desahogarme y hablar con la libertad con la que contaba en mi
hogar, y decidí acabar con esa desconfianza que aún se
interponía entre las dos.
- Sé que he actuado con soberbia.- le dije- Y que, quizás,
haya dado la impresión de no necesitar ayuda de nadie.
La verdad, es que nunca en toda mi vida me he visto en
la necesidad de pedir nada a nadie, mis padres siempre
93
me procuraron todo y jamás pensé que eso llegara a
cambiar.
Marion sonrió.
- Incluso cubierta de barro se notaba que era una mujer de
carácter y tampoco pidió nada para sí cuando la conocí.
Si no llego a invitarla a mi casa, quizá a estas horas
estaría dando vueltas sin rumbo fijo por el campo.
Las dos reímos, aliviadas por el mutuo sentimiento de
confidencialidad que estábamos compartiendo.
- Me gustaría poder contar con su amistad.- le dije con
toda sinceridad- No conozco a nadie más aquí. Sólo
contaba con Henry, que supuestamente me guiaría a
nuestra nueva vida aquí y él… bueno, no sé ni dónde
está ni quién es ese hombre realmente. De hecho,
desconozco los motivos que tuvo para casarse conmigo.
Pero- la cogí de la mano, esperanzada- me gustaría
sinceramente poder contar con usted durante el tiempo
en que siga en estas tierras. Por lo que he podido
entender, usted y su esposo irán en busca de Henry.
94
Marion apretó mi mano.
- Cuente conmigo. Henry siempre fue un buen hombre, un
erudito, de hecho. Se unió a nosotros tras muchos años
de estudio y de investigación.
- Entonces, ¿Henry se unió a vuestro… grupo,
recientemente?
- Hace cuatro años.- me dijo- Se puso en contacto con
Joshua y él le presentó a Nathaniel y al resto de nosotros.
Así pues, Henry era quien había buscado a aquellas personas.
Pero ¿por qué? ¿qué necesidad tenía un noble como Henry de
buscar a esas personas, fuesen quienes fuesen en realidad?
- Creo haber entendido que Henry cumplía una misión
para vosotros.
- En efecto. Nathaniel le dio la oportunidad de ayudarnos
y Henry quiso seguir una línea de investigación que él
mismo había abierto y dejado en el aire desde hacía un
tiempo. Al contar con la aprobación de Nathaniel, se
marchó y estuvo ausente durante un año y medio.
95
Eso dejaba un margen de cuatro meses desde que se puso en
contacto con mi padre para negociar nuestra boda.
- Y –le dije- ¿la misión de mi marido era conseguir ese
libro?
Marion pareció tensarse nuevamente pero esbozó una sonrisa.
- Ese libro era lo que todos nosotros estábamos buscando,
incluido Henry. Nos dijo que lo había localizado pero
que tardaría en hacerse con él.
- Y… ¿y os habló de mí?
La expresión de mi nueva amiga me lo confirmó más que sus
palabras.
- ¿A qué te refieres?
- Quiero saber si Henry os dijo que tenía intención de
contraer matrimonio conmigo.
En ese instante, la puerta de la habitación se abrió y Beatrice
apareció llevando una bandeja con comida y bebida en las
manos. A su lado apareció una doncella portando otra bandeja.
Sin decir palabra, ambas dejaron las bandejas sobre la mesita, a
nuestra derecha, y se marcharon.
96
Marion tomó una de las tazas, decorada con delicadas flores
amarillas y azules y me la ofreció. La tomé con cuidado, ya que
estaba bastante caliente e intenté identificar el contenido.
- Es una infusión.- me explicó Marion, bebiendo un
sorbito de su propia taza- Para ayudar a relajarse, es muy
buena cuando se ha pasado por mucho estrés y necesitas
dormir y descansar bien.
Tomé un sorbo y su sabor dulzón me complació. No lo había
probado nunca pero intuía que si necesitaba algo en ese
momento era descansar y relajarme y confiaba en Marion lo
suficiente como para hacer caso a sus consejos.
- No me has respondido.
Marion me miró fijamente. Distinguí en sus ojos muchos
pensamientos a la vez y me di cuenta de que mi pregunta no
obtendría una respuesta sencilla.
- Henry nos enviaba mensajes cada cierto tiempo. Los dos
últimos tardaron tres y cinco meses en llegarnos. El
último nos informaba de su próxima unión, contigo.
97
No comprendía qué tenía que ver mi matrimonio con todos ellos
y mucho menos con el libro que Henry se había apropiado, pero
cuando quise seguir indagando, Marion me tomó la mano y dijo:
- Por favor, no sigas. Comprendo que todo esto te resulte
extraño y difícil de entender, créeme, lo sé. Pero debes
tener fe en que te digo la verdad. Henry es un buen
hombre, y nos ha dado un servicio que jamás podríamos
pagarle en los próximos mil años… Lo único que debes
saber es que él se casó contigo voluntariamente, incluso
en contra de los deseos de algunos de los nuestros, y eso
es lo que debe importarte. Ten fe, lo encontraremos.
Sonreí, intentando tranquilizar mis pensamientos. No dudaba
que Marion creía en todo cuanto me había dicho pero aún
recordaba con claridad lo que Nathaniel me había dicho, “Así
que Henry optó por la segunda opción. Le dije que podía casarse
pero lo dije en broma. Este hombre no sabe encajar un
sarcasmo”. Ésas habían sido sus palabras exactas y todas ellas
me señalaban un hecho que no conseguía comprender: Henry
98
me había desposado por un motivo en concreto, algo
relacionado con esas personas. Pero ¿qué?
Marion percibió mi zozobra pero no dijo nada. Debía
comprender mi situación y prefirió no decir nada que pudiera
hacerme volver a preguntar.
- Entonces, ¿qué se supone que debo hacer ahora?-
pregunté.
- ¿A qué te refieres?
- A mi vida. Mi marido ha desaparecido, posiblemente
haya….haya…-no pude decir la palabra que pensaba,
“muerto” por que aún no podía hacerme a la idea de que
algo así hubiese podido pasar.
- Nathaniel ya ha dado instrucciones.- dijo Marion, como
si saber eso fuese prueba suficiente para calmarme- Lo
encontraremos, no te preocupes.
- Eso es lo que me preocupa- insistí- que todos insistís en
que no me preocupe.
- Haces bien en preocuparte.
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La voz nos sobresaltó a ambas y al girarme me encontré con la
fría mirada de Nathaniel. Al parecer había entrado en la estancia
en completo silencio y ninguna de las dos se había percatado.
Sus movimientos, silenciosos y ágiles, me recordaron a los de
un felino y no pude evitar sentir miedo.
- Señor…-comenzó Marion.
- No intentes consolarla inútilmente, Marion.- le dijo
Nathaniel- Es mejor para ella saber la verdad de su
situación.
- ¿Y cual es mi situación exactamente, milord?
Nathaniel me miró fijamente. Sus ojos parecían traspasarme de
lado a lado y aunque intenté sostener su mirada, para mi pesar y
vergüenza, acabé claudicando y la aparté.
- Henry te trajo hasta nosotros a pesar de mis advertencias.
Ahora que él no está, no puedes quedarte a solas tal y
como están las cosas.
- Marion me ha ofrecido irme con ellos a buscar a mi
marido y eso haré.- le informé, intentando borrar de su
faz aquella sonrisa de suficiencia.
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- No, no lo harás. Vendrás con nosotros, con Omir, con
Mehiel y conmigo.
Me puse en pie para hacerle frente pero Marion me refrenó
tomándome de la mano.
- Sé razonable.- me suplicó.
- No.- les dije a ambos- Ya habéis jugado conmigo
bastante ¡no obedeceré más! He perdido a mi marido y
estoy decidida a recuperarle, ya sea con vuestra ayuda o
sin ella ¿queda claro?
Nathaniel nos miró a ambas sin mover ni un solo músculo de su
cara. Parecía como si todo mi envalentonado discurso no
significara para él más que un molesto sonido que tenía que
aguantar.
- Está decidido. Mañana partiremos a las siete. Te
recomiendo que duermas, ahora que puedes.
- ¡No iré!
Nathaniel, que había dado media vuelta para abandonar la sala,
se detuvo unos instantes y me dirigió una mirada iracunda.
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- No causes más problemas, te lo advierto. El grupo no
pagará las consecuencias de la estupidez de Henry. Si no
colaboras, te dejaremos atrás, y tu vida o tu muerte ya no
será cosa nuestra.
Marion apretó mi mano entre las suyas.
- No temáis, mi señor, creo que lo ha entendido.
Nathaniel asintió en silencio y cerró la puerta a sus espaldas,
dejándonos sumidas en el silencio.
Marion me sujetaba la mano, temerosa de que pudiera salir
corriendo y continuar la discusión. Ganas no me faltaban, la
verdad, pero la actitud de Nathaniel, ese hombre tan extraño y
con ese aire de peligro constante en torno a su persona, me
hacían plantearme dos veces enfrentarme a él.
Una cosa había quedado clara: mi destino estaba ligado de una u
otra forma a aquellas personas. Pero si de ese hombre
dependiese, bien podía engullirme la tierra, que él no movería
un músculo para salvarme.
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